Read the book: «100 escritores del siglo XX. Ámbito Hispánico»
© Domingo Ródenas de Moya (ed.) y cada autor de su texto, 2012.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO643
ISBN: 9788490561980
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Prefacio
La literatura hispánica del siglo xx: riesgo y ventura de una unidad, por Domingo Ródenas de Moya
ESCRITORES ESPAÑOLES
Rafael Alberti, por Francisco Javier Díez de Revenga
Ignacio Aldecoa, por Ana Casas
Vicente Aleixandre, por Francisco Javier Díez de Revenga
Max Aub, por José-Carlos Mainer
Francisco Ayala, por Ricardo Senabre
José Martínez Ruiz «Azorín», por Domingo Ródenas de Moya
Pío Baroja, por Ricardo Senabre
Juan Benet, por Domingo Ródenas de Moya
Antonio Buero Vallejo, por Ana Casas
José Manuel Caballero Bonald, por Juan Carlos Abril
Camilo José Cela, por Santos Sanz Villanueva
Luis Cernuda, por Javier Pérez Bazo
Rosa Chacel, por Domingo Ródenas de Moya
Álvaro Cunqueiro, por Juan Herrero Senés
Eugeni d’Ors, por Xavier Pla
Miguel Delibes, por Santos Sanz Villanueva
Gerardo Diego, por Francisco Javier Díez de Revenga
Luis Mateo Díez, por Fernando Valls
Miguel Espinosa, por Domingo Ródenas de Moya
Salvador Espriu, por Enric Sòria
Antonio Gamoneda, por Felipe Cussen
Juan García Hortelano, por Santos Sanz Villanueva
Federico García Lorca, por Francisco Javier Díez de Revenga
Jaime Gil de Biedma, por Francisco Díaz de Castro
Pere Gimferrer, por Jordi Gracia
Ramón Gómez de la Serna, por Fernando Rodríguez Lafuente
Ángel González, por Jordi Gracia
Juan Goytisolo, por Santos Sanz Villanueva
Luis Goytisolo, por Domingo Ródenas de Moya
Jorge Guillén, por Francisco Díaz de Castro
Miguel Hernández, por Javier Pérez Bazo
Juan Ramón Jiménez, por Juan José Lanz
Carmen Laforet, por José Jurado Morales
Antonio Machado, por José-Carlos Mainer
Javier Marías, por Jordi Gracia
Juan Marsé, por María Dolores Albiac
Carmen Martín Gaite, por Jordi Gracia
Luis Martín Santos, por José-Carlos Mainer
Ana María Matute, por Alicia Redondo
Eduardo Mendoza, por Santos Sanz Villanueva
Juan José Millás, por Domingo Ródenas de Moya
Gabriel Miró, por María Dolores Albiac
Antonio Muñoz Molina, por Jordi Gracia
José Ortega y Gasset, por Fernando Rodríguez Lafuente
Blas de Otero, por Juan José Lanz
Ramón Pérez de Ayala, por María Dolores Albiac
Josep Pla, por Xavier Pla
Álvaro Pombo, por José-Carlos Mainer
Carles Riba, por Enric Sòria
Mercè Rodoreda, por Xavier Pla
Claudio Rodríguez, por Francisco Díaz de Castro
Pedro Salinas, por Joaquín Marco
Rafael Sánchez Ferlosio, por Santos Sanz Villanueva
Ramón J. Sender, por José-Carlos Mainer
Gonzalo Torrente Ballester, por José Jurado Morales
Francisco Umbral, por Jordi Gracia
Miguel De Unamuno, por Ricardo Senabre
José Ángel Valente, por Juan Carlos Abril
Ramón del Valle-Inclán, por Ricardo Senabre
Enrique Vila-Matas, por Ana Casas
ESCRITORES HISPANOAMERICANOS
Juan José Arreola, por Selena Millares
Miguel Ángel Asturias, por José Manuel Camacho
Mariano Azuela, por José Manuel Camacho
Mario Benedetti, por Teodosio Fernández
Adolfo Bioy Casares, por Daniel Mesa
Roberto Bolaño, por Daniel Mesa
Jorge Luis Borges, por Teodosio Fernández
Alfredo Bryce Echenique, por Daniel Mesa
Guillermo Cabrera Infante, por Javier Aparicio Maydeu
Alejo Carpentier, por José-Manuel Camacho
Julio Cortázar, por Daniel Mesa
Rubén Darío, por José María Micó
Macedonio Fernández, por Fernando Rodríguez Lafuente
Carlos Fuentes, por Trinidad Barrera
Rómulo Gallegos, por Trinidad Barrera
Gabriel García Márquez, por Joaquín Marco
Juan Gelman, por Catalina Quesada
Ricardo Güiraldes, por Trinidad Barrera
Vicente Huidobro, por Trinidad Barrera
José Lezama Lima, por Remedios Mataix
Leopoldo Lugones, por Selena Millares
Gabriela Mistral, por Selena Millares
Augusto Monterroso, por Daniel Mesa
Álvaro Mutis, por José Manuel Camacho
Pablo Neruda, por Teodosio Fernández
Juan Carlos Onetti, por José Manuel Camacho
Nicanor Parra, por Teodosio Fernández
Octavio Paz, por Helena Usandizaga
Alejandra Pizarnik, por Daniel Mesa
Horacio Quiroga, por Trinidad Barrera
Alfonso Reyes, por Sebastián Pineda
Augusto Roa Bastos, por Trinidad Barrera
Gonzalo Rojas, por Helena Usandizaga
Juan Rulfo, por Teodosio Fernández
Ernesto Sábato, por Trinidad Barrera
Juan José Saer, por Teodosio Fernández
Severo Sarduy, por Daniel Mesa
Arturo Uslar Pietri, por José Manuel Camacho
César Vallejo, por Teodosio Fernández
Mario Vargas Llosa, por Joaquín Marco
Índice de autores y obras
Relación de colaboradores
PREFACIO
La literatura no intenta en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer y en realidad no conoce. Quizá sea esta, la verdad, la cualidad más básica e irrefutable de la literatura.
gao xingjian
Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus medios específicos, puede dar.
ITALO CALVINO
Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que acude a mi mente de forma espontánea es: porque me ayuda a vivir.
TZVETAN TODOROV
Este libro sigue siendo, como lo fue en su primera aparición en 2008, una invitación apasionada y firme. A abonar y ennoblecer la vida, a ensancharla y hacerla más espaciosa con el optimismo de la voluntad (y me temo que a fortalecer el pesimismo de la inteligencia), a desembarazarse de las mordazas y ligaduras que impone lo que debe ser pensado, sentido, expresado y acatado, a plantar cara a la estafa de las doctrinas panacea y al fanatismo y al pensamiento augusto y angosto y a impugnar el adocenamiento y el fraude oscurantista del irracionalismo. Hoy, sin embargo, todo parece un poco más difícil y esa invitación puede parecer tocada de inoportuno idealismo o, aun peor, de boba ingenuidad. Pero no ha de bastar el temor a que eso sea así para disimular que este libro quiere ser también una invitación a la libertad de pensar y actuar y a la reflexión crítica de esas mismas libertades, al lujo intelectual y al inconformismo y a la desmitificación del heroísmo manufacturado y la suspicacia ante las marcas registradas y los dueños fatuos de la verdad y a la impaciencia con la necedad y con la violencia, la que se hace de puñetazos y la que se ejerce por la extorsión de la amenaza expresa o latente. Y sigue siendo también y quizá por encima de todo una invitación al conocimiento, a la fulguración de la palabra y al oasis de la imaginación. Por eso, este libro está lleno hasta el borde de luz y de tiniebla, de sublimidad y atrocidad, de clamores e imprecaciones y llamadas de socorro y susurrada aflicción o descarnado espanto y también, aunque en menor medida, de cánticos, risas y delicia, porque en él resuenan algunas —solo algunas pero muy cernidas— de las voces más vigorosas y verdaderas, más lúcidas y escalofriantes, de la literatura del siglo XX.
No es un libro sobre literatura, sino sobre la felicidad. Porque toda la literatura, toda, gira alrededor de ese fuego inalcanzable cuyo lejano resplandor nos orienta y cuya promesa de calor nos impulsa, abruma y envenena. Aunque no lo parezca, toda la literatura habla de la felicidad, aunque casi siempre, indefectiblemente, acabe haciéndolo sobre su imposibilidad o su ocaso o sobre las murallas y grilletes que los sistemas políticos y morales o las perversiones del juego social, laboral o sexual nos colocan para trabarnos el esfuerzo de alcanzarla o para degradarlo en empeño iluso además de inútil. A veces la literatura dice en voz audible qué es, cómo nos incendia por dentro la felicidad (o sus vísperas, que es donde echa las raíces), pero solemos juzgar ese tipo de canto una fantasía idílica, cuando no una impudicia o una forma de sonrojante cursilería. Es lo cierto que casi toda la literatura trata de las infinitas maneras que tiene la infelicidad de gobernar los destinos humanos o de las ingeniosas maneras que los humanos inventamos para destruir nuestras oportunidades, que nunca son muchas.
Pero si digo que este es un libro sobre la felicidad es también porque, para muchos, la literatura constituye una de esas oportunidades infrecuentes en la medida en que proporciona una experiencia muy similar (si no idéntica) a la de la felicidad. En el mero tránsito de la lectura —pues esta siempre es un traslado a otro lugar— reside el gozo, en el viaje a un espacio mental cuyo perímetro vamos empujando, como quien amplía los metros cuadrados de su vivienda, libro tras libro. Y esa alegría nunca se parece a sí misma, es cambiante e inesperada porque unas veces la causa el choque milagroso de dos palabras que designan con quirúrgica precisión lo que parecía sustraerse a ser nombrado, otras deriva del poder envolvente y suspensivo de una trama o de la empatía suscitada por un personaje, otras del reconocimiento de las propias dudas, miedos y ansiedades o de la deslumbrante claridad con que se exhibe la mecánica de cierta realidad, incluso de la representación suntuosa del acontecer histórico o del altruismo o de la maldad, que solo puede ser humana... y cuyas sinrazones, cuando quedan atrapadas en el lenguaje como un insecto en una perla de ámbar —y a lo mejor justo por eso—, también inspiran una forma de júbilo, turbia, aturdida y turbadora, pero júbilo al fin y al cabo.
El título de este libro, 100 escritores del siglo XX, tan simple y denotativo, requiere, sin embargo, alguna explicación, que ha de empezar por desmentir que albergue solo a cien autores, puesto que se compone de dos volúmenes independientes de breves ensayos interpretativos sobre cada uno de ellos, Ámbito internacional y Ámbito hispánico, que suman una galería de doscientos nombres. Conviene, además, aclarar que, en el título, «escritores del siglo XX» no denota únicamente el emplazamiento cronológico en la pasada centuria (para la mayor parte de nosotros la nuestra), sino que alude al hecho menos obvio de que los creadores de que aquí se habla han escrito el siglo XX de la misma manera que se escribe un poema, una novela o un artículo, pero también con la misma fuerza de fijación, con la misma perdurabilidad, con que Thomas Mann ha narrado la historia de la familia Buddenbrook o Gabriel García Márquez ha escrito la de los Buendía. Los avatares del siglo pasado, su cambiante fisonomía, su biografía convulsa y su espíritu atormentado han quedado inscritos no tanto en los periódicos y revistas, en la profusa documentación audiovisual que nos ha legado, como en las novelas, poemas, obras de teatro y ensayos de los que se trata en esta obra. La imagen que compone ese acervo de textos no se asemeja a la de una fotografía o a la que ofrece un reportaje, a menudo engañosas en su inmediata evidencia, sino a la de un escáner o una tomografía que revela las intimidades del organismo, sus lesiones profundas. Es la imagen que el futuro tendrá del Novecientos y cada uno de los escritores que aquí se allegan es responsable de un trazo fundamental de la misma. Ellos, pues, han escrito el siglo XX.
Pero no solo ellos, desde luego, sino tantos otros creadores que no figuran en estos dos centenares y que podrían haberlo hecho sin desdoro alguno ni méritos inferiores, o que figuraron en la edición de 2008 y que, por motivos diversos ajenos a su relevancia, ahora ya no lo hacen. No han podido entrar en el arbitrario cupo al que, por serlo, no le es menester justificación más allá de la redondez de las cifras: 100 más 100. No hay otras razones para que autores como Flann O’Brien, Anna Ajmátova, Raymond Roussel, Georg Trakl, E. M. Forster, Gertrude Stein, Karl Kraus, Henri Michaux, Hermann Hesse, Saint-John Perse, Paul Éluard, Yasunari Kawabata, Alexandr Solzhenitsyn, Dylan Thomas, Czesław Miłosz, Christa Wolf, Isaac Bashevis Singer, Wole Soyinka, Jun’ichirõ Tanizaki, Carson McCullers, Dino Buzzati, André Malraux, Djuna Barnes, Jack Kerouac, Jorge Amado, Nikos Kazantzakis, Philip Larkin, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Simone de Beauvoir, Jean Rhys, Romain Rolland, John Fowles, Cormac McCarthy, E. E. Cummings, Julian Barnes, Paul Theroux, Salman Rushdie, Jean-Marie Le Clézio, Martin Amis, A. S. Byatt o Jonathan Franzen... (¡pero también H. G. Wells, Dashiell Hammett, Simenon, Lovecraft, Colette, J. R. R. Tolkien, John Le Carré, Stanisław Lem, Umberto Eco o John Irving!) se hayan quedado fuera que las razones que he considerado para incluir a los que están dentro. Y si he amontonado algunas ausencias (solo algunas) en el volumen internacional, habría de hacer lo propio respecto al hispánico, donde podrían (o deberían) figurar Juan Larrea, Cintio Vitier, Alfonso Castelao, Martín Luis Guzmán, J. V. Foix, Jesús Fernández Santos, Gabriel Aresti, Fernando del Paso, Óscar Hahn, José Eustasio Rivera, Cristina Peri Rossi, José Donoso, Benjamín Jarnés, José Juan Tablada, Josep Carner, Delmira Agustini, Roberto Arlt, León Felipe, Leopoldo Marechal, José Bergamín, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas, José Emilio Pacheco, Manuel Puig, Blanca Varela, Pere Calders, Julián Ríos, Quim Monzó, José María Merino, Fernando Vallejo, Bernardo Atxaga, Carlos Monsiváis, Ricardo Piglia... Entre las razones que han conducido a los dos centenares de nombres finales se mezclan la excelencia literaria y la representatividad (que concurren en tantos de los ausentes), pero también, sin remedio, las arbitrariedades del gusto personal (aunque contrastado y corregido en diálogo con muchos de los redactores de los ensayos y con otros omnívoros y antiguos lectores con los que tengo contraídas deudas de gratitud) y, last but not least, las condiciones materiales de realización del proyecto.
No es inconveniente, pues, advertir que este libro no pretende proponer un enésimo y preceptivo canon literario à la Bloom porque no está elaborado con criterios de objetividad ni exhaustividad ni inapelable selectividad —ni, aún menos, desde una autoridad sancionadora de controvertible legitimidad— que suelen concurrir en la determinación de un canon. El censo de escritores de la centuria pasada, en los dos volúmenes, es impugnable porque es insuficiente y felizmente cuestionable, pero ese es tal vez uno de los beneficiosos efectos secundarios que podría tener, el de convocar a los ausentes y estimular también su lectura (una buena porción de ellos son mencionados a lo largo de la obra). Así pues, lector, no tienes en tus manos ni un canon preceptivo —y siempre antipático— ni un mausoleo de ilustres, sino un conjunto de acercamientos a grandes escritores del siglo XX que han transformado el concepto de arte literario y a través de los cuales se consigna y examina la transformación de la vida humana.
Cada uno de los breves ensayos que componen el libro pretende ser una pasarela hacia un universo literario particular y una concisa sugerencia de ruta por su geografía. Dada su extensión, necesariamente limitada, no se ha podido ceder a todas las seducciones del camino, pero cuando menos se ha colocado un rótulo de alerta: «Hacer posada aquí unos días tiene su recompensa». Para quienes deseen permanecer una larga temporada en uno de estos destinos y explorarlos con más detenimiento, se ofrecen unas sumarias indicaciones bibliográficas al final de cada capítulo.
De un texto literario debemos esperar —y exigir implacablemente— vigor estético y hondura semántica, superioridad expresiva (o sublimidad poética, si esto no suena inapropiado) y coraje intelectual, vale decir la ambición de formular preguntas difíciles a las normas, rituales, instituciones y valores humanos, privados y públicos, morales y políticos. Porque todo lo que no sea esto es trivialidad o ganga y la ganga no tiene acomodo en este libro.
Barcelona, julio de 2012
LA LITERATURA HISPÁNICA DEL SIGLO XX: RIESGO Y VENTURA DE UNA UNIDAD
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
Primero como lector, después como escritor, nunca he puesto en duda la unidad de nuestras letras. Es verdad que nuestra literatura abarca a dos continentes y a muchos países pero ni las diferencias geográficas ni las políticas ponen en entredicho su unidad esencial.
OCTAVIO PAZ
Apenas hay que molestarse en argumentar que el siglo XX ha sido el auténtico siglo áureo de la literatura hispánica. El remoto Siglo de Oro español (que fue mucho más que un siglo desde La Celestina hasta La hija del aire de Calderón) parece haber producido una explosión retardada de energía creativa en todos los rincones del ámbito hispánico, desde el nicaragüense Rubén Darío y el vasco Miguel de Unamuno por un extremo hasta el catalán Enrique Vila-Matas o el chileno Roberto Bolaño por el otro. La pluralidad y originalidad de esta literatura solo pueden compararse con las de las letras anglosajonas, tal vez por razones semejantes: la universalidad del idioma. El español o el inglés de muy distintas latitudes no solo dota de polifonía los conjuntos literarios respectivos sino de cosmovisiones muy dispares. La misma heterogeneidad que representan hoy Vikram Seth, J. M. Coetzee, Ian McEwan, Sandra Cisneros, Paul Auster, V. S. Naipaul o Don DeLillo es la que se halla en Juan Marsé, Alfredo Bryce Echenique, Luis Mateo Díez, Ricardo Piglia, Belén Gopegui o Tomás Eloy Martínez. Pero también en Manuel Rivas o Suso de Toro, en Ramón Saizarbitoria o Bernardo Atxaga, en Quim Monzó o Carme Riera, porque el ámbito hispánico no se define exclusivamente por la lengua sino por el entronque en una tradición cultural plagada de convergencias y divergencias, afluencias y difluencias, que no depende, como tantas cosas, de la voluntad individual. Es probable que bastantes de los autores reunidos en este volumen pudieran suscribir los versos del mexicano José Emilio Pacheco: «No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques, desiertos, fortalezas. / Una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / —y tres o cuatro ríos».
Además de ser una feraz Edad de Oro literaria, el siglo XX ha sido el del encuentro, diálogo e intercambio entre las diversas literaturas del ámbito hispánico y, muy en particular, entre Latinoamérica y España. Desde las postrimerías del siglo XIX es costumbre entre los artistas americanos realizar un viaje iniciático a Europa (Roma, Londres, Berlín, pero sobre todo París) para conocer y empaparse de las corrientes estéticas y filosóficas más en boga. Desde 1896, con Rubén Darío, la Península figurará en ese itinerario, cuando no sea el destino último o único. A la zaga de Darío, en las primeras décadas del siglo, escritores como Vargas Vila, Amado Nervo, Vicente Huidobro, José Gorostiza, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda u Octavio Paz harán el viaje de ida y vuelta. Al mismo tiempo, escritores españoles como Unamuno u Ortega y Gasset siguen con enorme interés las producciones espirituales americanas, las reseñan y les consagran artículos y ensayos. En los happy twenties, las revistas literarias españolas daban cuenta de las novedades del otro lado del Atlántico con absoluta normalidad y basta hojear rarezas bibliográficas como Ariel disperso (1946), que reunió las reseñas que Benjamín Jarnés dedicó a las letras americanas, para comprobar hasta qué punto se prestaba atención incluso a lo irrelevante (aunque en ese cofre de trastos olvidados figure el primer libro de Borges, Fervor de Buenos Aires).
Como se sabe, la Guerra Civil española no fue solo un conflicto intestino sino un campo de pruebas internacional y no, por desgracia, en un sentido figurado. Muchos escritores hispanoamericanos participaron directamente en la contienda o la vivieron como propia y por eso podemos tomarla como un quicio divisorio, como un malecón donde rompe el oleaje del primer tercio largo del siglo, el de la modernidad, pero también donde se estrelló el proyecto de configurar una vasta comunidad intelectual hispánica. César Vallejo, Pablo Neruda, un joven Octavio Paz experimentan dolorosamente la lucha entre la libertad y la opresión durante la guerra. Después de 1939 todo quedó suspendido. Mientras se armaba un Estado nacional-católico sobre la España de «cerrado y sacristía», la España «inferior que ora y bosteza» y «embiste, / cuando se digna usar de la cabeza» de la que habló Antonio Machado, las naciones americanas —señaladamente México y Argentina— acogían la inteligencia exiliada pero también emprendían su propio vía crucis de regímenes despóticos y populistas. Para ser exactos, ese vía crucis había empezado mucho antes, tanto que su origen se pierde en el siglo XIX y las guerras de la independencia, que propiciaron gobiernos redentoristas y caudillajes infames. La inestabilidad política de las naciones hispanoamericanas parece —aunque no lo fue— un producto exportado desde la «madre patria» en el siglo XIX, donde tanta afición hubo al golpe militar y el ejercicio de la autoridad por gracia del espadón.
En España, dos dictaduras escribieron buena parte de la partitura política del siglo. Entre 1923 y 1930, el general Primo de Rivera, con su punto de andaluz jacarandoso, llevó las riendas del país y permitió que ese ectoplasma llamado cultura campara por sus fueros a condición de no pisar las arenas movedizas de la cosa política. Por eso Ortega y Gasset pudo inventarse una revista prodigiosa como Revista de Occidente el mismo año 1923 (mientras se inhibía ante lo que estaba ocurriendo) y por eso la literatura de los años veinte alcanzó un nivel de excelencia equiparable a la que estaba rompiendo los viejos moldes en todo Occidente. Bien es cierto que el gruñón Miguel de Unamuno había sido desterrado y lanzaba su jupiterina condena de la tiranía desde París y luego desde Hendaya (no fue el único, allí estaba desterrado también Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo y editor del folleto Hojas libres contra la dictadura), pero, pese a la persecución de la disidencia política, hubo un amplio margen de tolerancia con las manifestaciones del pensamiento y el arte, incluso cuando este entraba en conflicto con la moral católica reinante. Desde 1939, sin embargo, tales conflictos se iban a terminar: la moral iba a ser incrustada en la ideología del Estado —que no por capricho se llamó nacional-católico— y, empedernida por una Iglesia oscurantista e inquisitorial, se inculcó en las escuelas, se suministró en la radio y la prensa, en la televisión cuando la hubo, y fue empuñada por los censores para flagelar con ella a poetas, narradores, ensayistas, dramaturgos o periodistas, a cualquiera que osara poner por escrito sus pareceres discrepantes o los hijos de su imaginación. Luego, en los años sesenta, aquella tenaza (o mordaza, que fue como la metaforizó Alfonso Sastre en un drama célebre) fue aflojando, nunca mucho, no fuera a desmandarse la grey, y lo que pudo parecer a la sazón el principio del final no fue sino un larguísimo compás de espera (o de desesperación) hasta que en noviembre de 1975 la biología tomó la vez.
Para entonces, el mapa de libertades de Hispanoamérica era para echarse a llorar. En 1973 había sido asesinado en Chile Salvador Allende y un general, Augusto Pinochet, había usurpado el poder para desencadenar una sañuda —y cruenta— persecución de los opositores destinada a sembrar de veneno la memoria de los chilenos hasta el siglo XXI. Ese mismo año, otro golpe de Estado impone en Uruguay una dictadura que se prolongará hasta 1985. (La dictadura de Pinochet aún duraría cinco años más.) Más al norte, Paraguay, esa isla rodeada de tierra por todas partes, como dirá Augusto Roa Bastos, sufría al autócrata Alfredo Stroessner desde 1954, mientras que en Perú el Ejército, al mando del general Alvarado, había tomado el poder en 1968 y estaba empujando el país a la ruina económica. También Bolivia se encontraba bajo la bota de un militar, el coronel Hugo Bánzer, quien, tras tomar el poder en 1971, había suspendido los derechos civiles y había iniciado una dura represión contra la protesta de obreros y mineros. En Colombia se acababa de disolver, en 1974, el Frente Nacional que había permitido poner fin, en 1953, a la dictadura del general Rojas Pinilla y de acuerdo con el que se alternaban en el poder liberales y conservadores con exclusión de otras fuerzas. Esa disolución no impidió que se recrudeciera la acción de grupos guerrilleros revolucionarios como las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) o el FLN (Frente de Liberación Nacional), creados en los años sesenta, que han convertido el país en una pesadilla en las últimas décadas. Nada extraño resulta que algunos de los mejores escritores colombianos residan fuera del país, como García Márquez, Álvaro Mutis o Fernando Vallejo. Venezuela, sin embargo, parecía haber conquistado una relativa estabilidad democrática dejando muy atrás la dictadura personalista de Marcos Pérez Jiménez (su gobierno encargó a Camilo José Cela una novela de exaltación nacional venezolana que acabó siendo La catira para oprobio de los más nacionalistas) y los gobiernos endebles de Rómulo Betancourt y el terrorismo de los sesenta, pero no tardarían en hacerse sentir los efectos desestabilizadores de la crisis internacional del petróleo en la segunda mitad de los setenta y desde finales de los ochenta regresaría el espectro de un ejército levantisco. Con todo, la situación más terrible iba a vivirla Argentina en muy poco tiempo: solo cuatro meses después de nuestra fecha de referencia (noviembre de 1975) se producía un golpe de Estado militar que daba cerrojazo no solo al nuevo y efímero gobierno peronista (desde 1973), sino a todas las garantías y libertades constitucionales. Los militares desataron, a las órdenes de la siniestra Junta de Comandantes (Videla, Masera y Agosti), una salvaje guerra sucia que industrializó el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de ciudadanos. Fueron muchos miles, decenas de miles los desaparecidos entre 1976 y 1983, y es incalculable la vastedad del destrozo causado en la vida corriente y en el tejido social del pueblo argentino. Para qué continuar con esta relación execrable. Será suficiente añadir que las dictaduras que he mencionado (Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y también Brasil, regido por una junta militar desde 1964 hasta 1985) cooperaron en una operación conjunta y clandestina de eliminación física de los opositores y elementos subversivos que se llamó Operación Cóndor y contó con auxilio operativo norteamericano.
El consternador retablo de espantos que se deja inferir del párrafo anterior puede ampliarse a los países caribeños y centroamericanos, desde 1959 bajo el influjo de una Revolución cubana que empezó siendo una festiva liberación de la dictadura de Batista para convertirse con el transcurso de los años en un régimen caudillista y represivo. En 1975, Honduras, Panamá o Haití vivían regímenes tiránicos y lo mismo puede decirse de Nicaragua, donde la familia Somoza retenía el poder desde 1936, de El Salvador, sujeto al designio de los militares desde 1948, o de la República Dominicana, donde Joaquín Balaguer, que se había formado políticamente bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (para siempre fijado en las páginas de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa), perpetuaba la injusticia social. Ni siquiera México, la «región más transparente», gobernado por el PRI (Partido Revolucionario Institucional) desde los años treinta, se libraba de sombras: la matanza de decenas de estudiantes, el 2 de octubre de 1968, perpetrada en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco por el Ejército mexicano es la más alargada de ellas. Ni siquiera puede considerarse irónico que el presidente Díaz Ordaz inaugurara solo diez días después unos Juegos Olímpicos que se llamaron «de la Paz».