Read the book: «Discursos XII - XXXV»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 127

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1989.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO238
ISBN 9788424931674.
XII
«OLÍMPICO» O «SOBRE EL PRIMER CONCEPTO DE DIOS»

INTRODUCCIÓN
Empieza Dión su discurso agradeciendo de una forma original el interés que el pueblo manifiesta por oír su palabra. Él es como la lechuza, sin belleza, sin atractivos, sin voz. Sin embargo, lo que ocurre con la lechuza ha ocurrido también con Dión. El pueblo acude con mayor interés que el que tendrían en escuchar a los sofistas, auténticos pavos reales.
Plantea luego la pregunta sobre el posible tema de su discurso. ¿Hablará de los misterios de las tierras lejanas que acaba de visitar? ¿O les contará de este dios de Olimpia que preside el panteón de todos los dioses de Grecia?
Como los grandes literatos de la remota Antigüedad, Dión invoca a las Musas. Y tomando como punto de partida la estatua de Zeus Olímpico, aborda el tema de la naturaleza de los dioses en general, y de Zeus en particular. Luego expone las fuentes que nos llevan al conocimiento de la divinidad. Son dos básicamente: la idea innata de Dios que poseen todos los seres racionales y la adquirida a través del magisterio de los hombres. Entre estos «maestros» están los poetas , que hablan bellamente de Dios, pero que dejan a sus lectores la libertad de seguir o no sus enseñanzas. Los legisladores , que obligan a aceptar sus normas estableciendo castigos para los desobedientes. También son «maestros» a su manera los artistas plásticos (pintores y escultores). Finalmente, los filósofos son una fuente, la más veraz posiblemente, del conocimiento de la divinidad.
Partiendo de los artistas, el autor se fija en Fidias, el más grande de todos ellos, autor, entre otras obras famosas, de la estatua del Zeus Olímpico . Un presunto interlocutor expone sus puntos de vista sobre la obra de Fidias. Pero Fidias responde subrayando las ventajas que tienen el poeta y el lenguaje frente al escultor y los materiales en los que éste plasma sus obras.
Dentro de este contexto, hace Dión un elogio de Zeus y una exposición de los distintos aspectos de su personalidad que han motivado las diversas denominaciones del dios.

«OLÍMPICO» O «SOBRE EL PRIMER CONCEPTO DE DIOS»
¿Será posible, señores, que, como suele decirse, delante [1] de vosotros mismos y de tantos otros me haya ocurrido esa extraña y paradójica experiencia que se cuenta de la lechuza? Pues no es, en absoluto, más inteligente que las otras aves ni más hermosa de aspecto, sino que es, ni más ni menos, lo que de ella conocemos. Pero cuando se pone a cantar su lúgubre y desagradable canto, la rodean las demás aves 1 . Y en cuanto la ven, unas se posan cerca de ella, otras revolotean a su alrededor. Y ello, a mi parecer, porque desprecian su vulgaridad y su torpeza. Sin embargo, suele decirse que las aves admiran a la lechuza.
Pues, con mayor razón, sentirán admiración al ver al [2] pavo real 2 , tan hermoso y tan lleno de colorido, cómo se pavonea y va mostrando la belleza de sus alas, cuando hace la rueda delante de la hembra y despliega la cola colocándola toda en círculo como un hermoso teatro o un grabado en el que aparece el cielo tachonado de estrellas. Y es, realmente, admirable por el conjunto de sus colores, que casi parecen oro engastado en lapislázuli. En la punta de las alas hay una especie de ojos o de anillos tanto en [3] la forma como en todo su parecido. Y si quieres más detalles, fíjate en que es tanta la ligereza de su plumaje que no resulta ni pesado ni penoso de llevar por su tamaño. En público, se muestra tranquilo y confiado ante los que lo contemplan y da vueltas y más vueltas como en una exhibición. Y cuando quiere llamar la atención, mueve las alas y hace un ruido gracioso como el de un viento ligero que agita la espesura de un bosque.
Pero las aves no sienten el más mínimo deseo de contemplar al pavo real ataviado con todos estos adornos, ni se inmutan ante el ruiseñor cuando oyen su canto de madrugada. [4] Ni siquiera se deleitan con la música del cisne, cuando, llegado a una feliz vejez, entona su canción postrera de puro placer por haber dejado atrás las pesadumbres de la vida. Ese cisne que canta religiosamente mientras se encamina gozoso hacia una muerte libre de penas 3 . Ni aun entonces las aves, fascinadas por esos cantos, se congregan sobre el ribazo de cualquier río, o en una lisa pradera, en las limpias orillas de un lago o en algún pequeño y florido islote de un río.
[5] En cambio, vosotros, a pesar de que tenéis tantos espectáculos divertidos 4 y tantas cosas que oír, unas veces, a hábiles oradores, otras, a escritores entretenidos tanto en verso como en prosa, otras, en fin, a numerosos sofistas como otros tantos pavos reales llenos de colorido, traídos y llevados por las alas de la fama y por los discípulos, vosotros, digo, venís a mí con ánimo de escucharme; a mí, que ni sé ni presumo de saber cosa alguna. ¿No tengo, pues, razón cuando comparo vuestro interés con el que despierta la lechuza, producto, yo diría, de un designio divino? 5 . Por el mismo designio, esta ave es, según dicen, la favorita de Atenea, la más bella y más sabia de las deidades 6 . En Atenas, la lechuza fue objeto del arte de [6] Fidias, quien la consideró digna de figurar al lado de la diosa en la consagración del templo con el consentimiento del demos. También representó en secreto, según se cuenta, a Pericles y grabó su propia imagen en el escudo de la diosa 7 .
Sin embargo, no creo que estas cosas signifiquen alguna ventaja para la lechuza, si no fuera porque reflejan una inteligencia superior. Por ello compuso Esopo 8 , según [7] creo, aquella fábula en donde la lechuza aparece como criatura sabia 9 . En ella aconseja a las aves que no permitan crecer a la encina recién plantada, sino que la destruyan de la forma que sea. Porque la encina iba a segregar un veneno inevitable del cual las aves quedarían prisioneras, a saber, la liga de cazar 10 . De la misma forma, cuando los hombres sembraban el lino, la lechuza mandó a las aves que recogieran la simiente, porque, si crecía, les causaría [8] muchos problemas. 11 En otra ocasión, habiendo visto a un hombre armado de arco, dijo profetizando: «Este hombre volará más deprisa que vosotras, pues aunque es de a pie, os lanzará dardos alados.»
Pero las aves no confiaron en sus palabras, sino que tuvieron a la lechuza como insensata, y hasta andaban diciendo que estaba loca. Pero, después, convencidas por la experiencia, la admiraron y la consideraron realmente sabia. Por eso, cuando aparece, acuden a ella como a quien lo sabe todo. Pero ya no les da consejos, sino que sólo se lamenta.
[9] Quizá vosotros habéis recibido la doctrina verdadera y los consejos convenientes que dio la filosofía a los antiguos griegos. Pero aquéllos prefirieron ignorarlos y despreciarlos, mientras que los actuales los recuerdan muy bien. Y vienen a mí por mi apariencia, honrando a la filosofía como las aves a la lechuza, aunque realmente ella sea un ave silenciosa y torpe de palabra 12 . Y estoy convencido de que ni antes he dicho nada importante, ni ahora tengo [10] más conocimiento que vosotros. Pero hay otros que son sabios y plenamente dichosos 13 . Y si queréis, yo os los puedo presentar, mencionando a cada uno por su nombre. Pues, por Zeus, creo que puedo ser útil sólo para reconocer a los que son sabios y diestros y a los que todo lo saben. Y si vosotros deseáis figurar entre ellos, debéis abandonar todo lo demás, a vuestros padres y a vuestra patria, los santuarios de los dioses y los sepulcros de los antepasados 14 . Luego, habéis de seguir a los sabios a donde os lleven, o quedaros en donde se establezcan, ya sea en la Babilonia de Nino y Semíramis 15 , ya sea en Bactria 16 , o en Susa 17 , en Palibotra 18 o en cualquiera de las ciudades célebres y prósperas. Y, dándoles dinero o granjeándoos su favor de otra manera, seréis más felices que la misma felicidad. Pero si no queréis, sino que ponéis el pretexto [11] de vuestra naturaleza, vuestra pobreza, vuestra vejez o vuestra debilidad, no sintáis envidia de vuestros hijos ni los privéis de los bienes mejores, antes bien encomendadlos a los cuidados de maestros bien dispuestos o tratad de convencer o de obligar a los que no quieran aceptarlos. Educados así convenientemente y convertidos en sabios a los ojos de los griegos y de los bárbaros, serán famosos en adelante, y destacarán en virtud, gloria, riqueza y, prácticamente, en toda clase de poder. Pues no sólo, según suele decirse, la virtud y la gloria acompañan a la riqueza, sino que también la riqueza acompaña necesariamente a la virtud 19 .
[12] Movido por sentimientos de benevolencia y amistad, os anuncio y aconsejo estas cosas delante de este dios 20 . Y pienso que debo, ante todo, convencerme a mí mismo y animarme en la medida en que me lo permitan mi salud y mi edad. Pero, a causa de mis achaques, debo buscar entre los antiguos algún posible resto de sabiduría como desechado ya y trasnochado, a falta de buenos maestros que vivan todavía 21 .
Os voy a contar también otra cosa que me pasa por la que, igualmente, me parezco a la lechuza. Y ello, aunque [13] os riáis de mis ocurrencias. La lechuza no saca ningún provecho de las aves que revolotean a su alrededor, pero resulta de la máxima utilidad para el cazador. Pues no hace falta ni que se les ponga cebo ni que se imite su canto. Basta con mostrar la lechuza para que acuda una gran cantidad de pájaros. Pues lo mismo me pasa a mí. No saco ningún provecho del interés de la multitud, ya que no trato de hacer discípulos, sabiendo, como sé, que no tendría nada que enseñarles, puesto que yo mismo no sé nada. Y para mentirles y engañarlos con promesas, no tendría valor. Pero, si me asociara con un sofista 22 , le podría prestar un gran servicio reuniéndole una gran multitud y dándole, después, ocasión para disponer a su antojo de la caza. Pero no sé por qué ninguno de los sofistas me acepta y ni siquiera se alegra de verme.
Así pues, sé por vuestra sabiduría y vuestra sensatez [14] que, de hecho, me creéis cuando os hablo de mi inexperiencia y de mi ignorancia. Y no me lo creéis a mí solo, sino que se lo hubierais creído también a Sócrates, quien, hablando de sí mismo ante el pueblo, afirmaba que no sabía nada 23 . Pero seguramente consideraríais sabios y dichosos a un Hipias, a Polo y a Gorgias 24 , los cuales se admiraban y se alababan a sí mismos más que nadie.
[15] Sin embargo, yo os aseguro que os habéis preocupado, a pesar de que sois una gran muchedumbre, por oír a un hombre que ni es hermoso de aspecto, ni fuerte, sino que ya está marchito por la edad, no tiene ningún discípulo y declara no profesar ni arte ni ciencia alguna ni de las nobles ni de las menores. Tampoco practica la adivinación ni la sofística, ni ejerce ninguna actividad de orador o adulador, ni es hábil para escribir ni desempeña cargo alguno que sea digno de alabanza o que merezca la atención. Solamente lleva cabellos largos 25 .
Pero si esto os parece mejor y más acertado 26 ,
lo haré y trataré de llevarlo a cabo de la mejor manera [16] posible. Sin embargo, no vais a oír las palabras que se acostumbran hoy en día, sino otras bastante más torpes y sencillas, tal como lo estáis viendo. Es preciso, en suma, que vosotros me permitáis seguir hablando de aquello que se me ocurra, y que no os molestéis si os parece que divago en mis palabras, lo mismo que cuando en el pasado llevaba una vida errante y descuidada. Por el contrario, tened comprensión, porque estáis oyendo a un hombre ignorante y charlatán.
Pues, en efecto, en la actualidad acabo de terminar un largo camino de regreso del Istro y de la tierra de los getas, o misios 27 , para servirme de la denominación moderna [17] de ese pueblo empleada por Homero. Y he venido no como traficante de mercancías, ni como porteador o boyero al servicio del ejército. Ni traigo una embajada de alianza o de buen augurio de parte de los que elevan sus plegarias junto con nosotros, pero sólo de boca. Vengo
desarmado, sin casco, sin escudo y hasta sin lanza 28
y no dispongo de ninguna otra arma. De modo que me [18] he quedado admirado al ver que habéis aguantado mi presencia. Pues no sé cabalgar, ni soy diestro arquero ni hoplita. Tampoco soy de los soldados ligeros, incapaces de llevar la armadura pesada, ni valgo como lanzador de jabalina ni como hondero. Ni siquiera tengo fuerzas para talar bosques o cavar trincheras, ni para segar forraje de los prados del enemigo mirando frecuentemente hacia atrás, ni para levantar una tienda o una empalizada. Eso lo suelen hacer las tropas auxiliares que siguen a los ejércitos en calidad de no combatientes. Yo, que soy un inútil [19] para todas estas cosas, he venido a vosotros, que sois hombres nada perezosos y que no disponéis de tiempo libre para oír mis palabras. A vosotros, dedicados a temas más altos y que vivís en perpetua agonía, como esos caballos atentos al golpe de la tralla, que no aguantan la demora, sino que, llevados de su ardor y su impaciencia, dan manotazos contra el suelo con sus cascos.
Allí había por todas partes espadas, por todas partes corazas, por todas partes lanzas 29 . Todo estaba lleno de caballos, todo lleno de armas, todo lleno de hombres armados. Y en medio de tantos combatientes, yo solo aparecía [20] despreocupado, con absoluta naturalidad, como espectador pacífico de la guerra, deficiente de cuerpo y avanzado en la edad. No llevaba el cetro de oro ni las cintas sagradas de dios alguno, ni llegaba para rescatar a una hija después del obligado viaje hasta alcanzar al ejército 30 . Lo único que deseaba era contemplar a unos hombres que luchaban por el poder y la autoridad, y a otros por la libertad y la patria 31 . Después, no para huir del peligro —que nadie lo crea así—, sino por haberme acordado de un antiguo voto, me desvié hacia aquí para dirigirme hasta vosotros. Pues considero que los asuntos divinos son más excelentes y provechosos que los humanos, por muy importantes que éstos sean.
[21] ¿Qué es, pues, más agradable para vosotros y más oportuno, que yo os describa lo que hay allí, las dimensiones de aquel río y la condición natural del país, el clima de sus estaciones y la raza de sus hombres o, mejor todavía, su población y su poderío? ¿O, más bien, me referiré a la vieja y gran historia de este dios junto a cuyo templo [22] estamos? Porque él es, en efecto, el rey común de hombres y dioses, su jefe, su soberano y su padre. Más aún, Zeus es el administrador de la paz y de la guerra, según la opinión de los sabios y experimentados poetas de la Antigüedad. Y también según nuestra opinión, si es que, al hablar de estos temas, acertamos a elogiar convenientemente y en pocas palabras su naturaleza y su poder, aunque lejos siempre de sus merecimientos.
Tendré, pues, que hacer como Hesíodo, varón honrado [23] y amado de las Musas, quien, muy razonablemente, no se atrevió a empezar exponiendo sus propios pensamientos, sino suplicándoles a las Musas que le contaran de su padre Zeus. Porque, en todos los aspectos, este canto es más apropiado para las diosas que la enumeración de cuantos fueron contra Ilión, tanto soldados como bancos de remeros, de los que la mayoría eran unos insensatos. Y ¿qué poeta habrá más sabio y más honrado que aquel que de este modo pedía ayuda para componer su obra:
Musas de Pieria, que dais fama con vuestros cantos , [24]
venid a cantar a Zeus, a celebrar a vuestro padre .
Por él los mortales se hacen igualmente ilustres y oscuros ,
conocidos y desconocidos, según el beneplácito del gran Zeus;
aquel que truena en las alturas y habita en mansiones etéreas ,
con la misma facilidad da la fuerza que abate al poderoso ,
humilla a los soberbios que exalta a los humildes ,
corrige a los desleales que quebranta a los orgullosos 32 ?
Respondedme, pues, hijos de la Élide, si este discurso [25] y esta canción son los más adecuados para esta asamblea. Pues vosotros sois los jefes y directores de este festejo, los inspectores y supervisores de cuanto aquí se diga o se haga. ¿O acaso los que aquí habéis venido vais a ser solamente espectadores de estos espectáculos tan bellos como famosos y, en particular, del culto al dios y a su imagen bendita? Vuestros antepasados, con generosidad en los gastos y con la más excelsa de las artes tallaron y consagraron esta estatua, la más bella y la más amada de los dioses de cuantas existen en el mundo, elaborada, según se dice, por Fidias que sacó el modelo de los textos poéticos de Homero. El dios, con un ligero movimiento de sus cejas [26] conmueve el Olimpo, como dijo el poeta de manera tan plástica como convincente:
Dijo, y el Cronida hizo un gesto con sus oscuras cejas. La inmortal cabellera se agitó sobre la cabeza inmortal del soberano, y el Olimpo todo se estremeció 33 .
¿O tendremos, acaso, que reflexionar también con mayor atención sobre detalles, como las composiciones poéticas y las ofrendas, y, de una forma más relajada, ver si hay algo que pueda condicionar o configurar de algún modo la opinión universal sobre la divinidad, como si estuviéramos en la tertulia de un filósofo?
[27] Ahora bien, acerca de la naturaleza de los dioses en general y del soberano de todas las cosas en particular, existe antes que nada una opinión y una idea común a todo el género humano, tanto entre los griegos como entre los bárbaros. Esa idea es imprescindible y natural a todo ser dotado de razón, y surge de la misma naturaleza sin necesidad de un maestro mortal ni de un iniciador, y sin riesgo alguno de error 34 . Ella sola se abre paso y pone de manifiesto nuestro parentesco con los dioses, a la vez que aclara muchos aspectos misteriosos de una verdad que no permite que dormiten o actúen con negligencia los hombres más ancianos y más antiguos. Pues, como no habitan [28] lejos ni fuera de la divinidad, sino que están enraizados en medio de ella 35 , más aún, conviven con ella en todo momento, no pueden seguir por más tiempo actuando neciamente. Sobre todo, porque de la divinidad reciben los hombres juicio y razón, como iluminados totalmente por divinas y grandiosas apariciones del cielo y de las estrellas, del sol y de la luna. Día y noche se encuentran con imágenes variadas e increíbles, descubren visiones extraordinarias y escuchan rumores de todas clases producidos por los vientos y los bosques, por los ríos y por el mar, y hasta por animales, tanto domésticos como salvajes. Los hombres mismos emiten sonidos claros y agradables, y saben apreciar el vigor y la sabiduría de la voz humna atribuyendo valores simbólicos a las cosas que llegan a los sentidos. Así pueden nombrar y señalar todo lo que entienden, y consiguen con facilidad recordar y comprender un número infinito de cosas. Por ello, estando, como [29] están, llenos de la naturaleza divina, tanto por la vista como por el oído y, en una palabra, por todos los sentidos, no podían los hombres ser ignorantes ni desconocer quién es el que les ha dado el ser y los ha engendrado, a saber, ese mismo dios que ahora los salva y alimenta. Los hombres, pues, habitan en la tierra, contemplan la luz del cielo, disponen de abundantes alimentos, porque su antepasado dios se lo prepara todo y se lo ofrece en abundancia. El primer alimento que tomaban los primitivos indígenas [30] era producto de la tierra que entonces era todavía blanda y fértil. Y lo tomaban de la tierra como de una madre, lo mismo que ahora las plantas sacan de la tierra la humedad. El segundo alimento que tomaron sus descendientes estaba compuesto de frutos espontáneos y hierba tierna con dulce rocío y
frescas aguas de las Ninfas 36 .
Además, pendientes del viento que los rodea y alimentados por su soplo continuo, aspiran el aire húmedo, como niños pequeños a quienes nunca les falta la leche, porque tienen [31] siempre a disposición el pecho de su madre. Con razón, pues, podemos decir que ésta fue la primera comida tanto para los primitivos como para los que vinieron después. Porque, cuando el bebé, tierno y débil todavía, abandona el seno materno, lo recibe la tierra que es su madre verdadera. Luego, el aire, soplando sobre él y reconfortándolo, lo reanima con un alimento más fluido que la leche y le comunica la facultad de emitir sonidos. Éste sí que podría llamarse con razón el primer pecho que la naturaleza ofrece a los recién nacidos.
[32] Al observar estas experiencias, no podrían por menos de admirar y amar a la divinidad, tanto más cuanto que percibían cómo las estaciones del año se sucedían con absoluta regularidad sin alteraciones de ninguna clase, y todo para nuestra supervivencia. Más aún, los hombres han recibido de los dioses, frente a los demás animales, la particularidad de entender y reflexionar sobre estas cosas. [33] Esto viene a ser prácticamente lo mismo que si alguien presentara a un individuo, griego o bárbaro, para ser iniciado en un santuario de misterios, espléndido por su belleza y tamaño 37 . El aspirante contempla allí muchas visiones misteriosas, oye muchos sonidos por el estilo, ve cómo aparecen luz y tinieblas alternativamente y cómo van sucediendo otros mil detalles. Y no digamos, si, como se acostumbra a hacer en la ceremonia llamada de entronización, los padrinos hacen sentarse a los neófitos y luego danzan a su alrededor 38 . ¿O es natural, acaso, que ese [34] hombre no sienta nada en el fondo de su alma ni sospeche siquiera que lo que va sucediendo es fruto de un plan y de una sabia preparación? Pues así lo entendería cualquiera, aunque fuese uno de esos bárbaros lejanos y anónimos, y no tuviese exégeta o intérprete, con tal de que estuviera dotado de sentimientos humanos. ¿O será, quizás, algo imposible de percibir? Pero ahora es toda la raza humana la que es iniciada, en público, con la iniciación más completa y perfecta, no en un pequeño edificio construido por los atenienses para recibir a un pequeño grupo, sino en este mundo, construcción artística y sabia, donde abundan por doquier infinitas maravillas 39 . Además, los iniciadores no son hombres semejantes a los iniciados, sino dioses inmortales los que inician a simples mortales. Y de noche y de día, a la luz del sol o de las estrellas —si se nos permite la expresión— danzan sin cesar a su alrededor 40 . Y de todas estas cosas, ¿no va a percibir el hombre ninguna sensación ni va a tener la más ligera sospecha, sobre todo cuando hay un corifeo que lo preside todo y que organiza el cielo entero y el universo, a la manera de un sabio timonel que gobierna una nave bella y copiosamente pertrechada?
[35] No hay, pues, razón para que nadie se sorprenda de que sucedan estas cosas entre los hombres. Pero sí, y con mayor motivo, al constatar que estos sentimientos alcanzan también a los brutos e irracionales animales, hasta tal punto que reconocen y honran al dios y están dispuestos a vivir según sus preceptos. Y mayor sorpresa todavía nos causan las plantas, las cuales no tienen ningún género de inteligencia, sino que, al carecer de alma y de voz, están gobernadas por una naturaleza sencilla. Con todo, voluntariamente y de buen grado, produce cada una de ellas su propio fruto. Así la intención y el poder de este dios [36] quedan totalmente evidentes y manifiestos. Y nosotros caeremos en el colmo del ridículo y de la ingenuidad, si andamos diciendo que tal manera de sentir es para los animales y los árboles tan natural como para nosotros la estupidez y la ignorancia. Algunos hombres, que se creen más sabios que la misma sabiduría, no derraman cera en sus oídos, como, según dicen, hicieron los marinos de Ítaca para no oír el canto de las Sirenas 41 , sino más bien una especie de plomo, blando y, a la vez, impenetrable para la voz humana. Más aún, pienso que arrojan ante sus ojos una capa de oscuridad y tinieblas, como aquella, bajo la cual, según Homero, no fue posible descubrir ni reconocer a Zeus 42 . Luego, desprecian lo divino y erigen una estatua a una divinidad perversa y extraña, imagen del lujo, de la excesiva desidia y de la insensatez licenciosa, divinidad realmente afeminada a quien dan el nombre de Placer. Y la honran y la veneran con címbalos de sonido leve y con flautas tocadas en la oscuridad. Nadie podría censurar esta suerte de diversión, si no se pasara de cantar razonablemente [37] y no se tratara de suprimir y desterrar a nuestros dioses haciéndolos salir de su propia ciudad y de su reino, y hasta del universo entero, para ir a otros países extraños, lo mismo que esos hombres desgraciados que van desterrados a islas desiertas. Y andan diciendo que todas las cosas que existen no tienen conciencia, ni inteligencia ni dueño, y que sin jefe, sin guía y sin guardián, andan errantes y vagan al azar, al no haber nadie que ahora las cuide y que antes las haya creado a todas. Ni siquiera quieren reconocer que los dioses pueden hacer como los niños: que ponen sus aros en movimiento y luego los dejan rodar solos 43 .
Estas cosas las he abordado en mi discurso sin salirme [38] del tema. Lo que pasa es que quizá no resulte tan fácil seguir la línea del pensamiento o el razonamiento de un filósofo, ni saber a dónde se dirige, dado que lo que expone parece siempre lo más conveniente y hasta necesario para los oyentes. Y es que yo para nada me preocupo «ni de la clepsidra ni de las fórmulas jurídicas» 44 , sino, como alguien ha dicho, hago uso de una gran independencia y libertad. Sin embargo, no me es difícil volver sobre mis pasos, como pasa a los diestros timoneles que se desvían ligeramente del rumbo con su nave.
[39] Ahora bien, ya hemos dicho que la primera fuente de la opinión y la creencia en los dioses es, sencillamente, la idea innata en todos los hombres, formada a partir de las mismas obras y de la verdad. Esta idea se ha ido consolidando no por algún error o al azar, sino que empezó con claros perfiles y permanece constantemente a lo largo del tiempo y entre todas las gentes, siendo realmente algo común y general de los seres racionales 45 .
La segunda fuente es, a nuestro parecer, la idea adquirida 46 que se va formando en nuestras almas no de cualquier manera, sino con relatos, fábulas y costumbres, unas veces de autor desconocido y por transmisión oral, otras [40] veces por medio de escritos de autores famosos. En cuanto a la creencia en los dioses, podemos afirmar que una parte es voluntaria y fruto de la exhortación, otra es obligatoria y de precepto. Y estimo que la que contiene el aspecto de voluntariedad y exhortación nos viene por los poetas, la que contiene la obligación y lo preceptivo nos llega por los legisladores. Pero ninguna de estas dos partes podría prevalecer, si no preexistiera la idea innata sobre los dioses. Pues por ella les llegan a los que están bien dispuestos las órdenes y las exhortaciones, sobre todo cuando de algún modo las preveían de antemano. Por cierto que algunos poetas y legisladores las expresan correcta y ordenadamente, mientras que otros divagan en algunos puntos. No podría, por el momento, explicar con suficiente amplitud [41] cuál de estos dos aspectos citados —la poesía o la legislación— fue más antiguo en el tiempo entre nosotros, los griegos. Pero parece más probable que el sistema que no usa castigos, sino que se basa en la persuasión, es más antiguo que el método que funciona mediante castigos y obligaciones. Hasta ahora, pues, casi podemos decir que, [42] para el género humano, evolucionan por igual la actitud hacia el padre primero e inmortal —a quien los que nos sentimos griegos llamamos Zeus Patrio— y la actitud hacia los padres mortales y humanos. Pues, ciertamente, el primer sentimiento de benevolencia y atención hacia los padres existe en los hijos espontáneamente como un don de la naturaleza y de la práctica de la bondad. Y así el [43] que nace devuelve enseguida, en la medida de lo posible, amor y servicio a aquel que, después de haberlo engendrado, lo alimenta y lo ama. En segundo y tercer lugar, están los sentimientos suscitados por los poetas y legisladores. Los poetas exhortan a no negar la gratitud debida a quien, además de anciano y consanguíneo, es autor de nuestra vida y nuestra existencia. Los legisladores obligan y amenazan con castigos a los que no están dispuestos a obedecer. Sin embargo, no explican ni aclaran a qué clase de padres y con qué servicios debemos pagar las deudas que con ellos hemos contraído. Pero, en los relatos y en las fábulas acerca de los dioses, podemos observar que sucede lo mismo y hasta en mayor medida.
Tengo observado que en todas partes resulta molesta la exactitud para la mayoría de las personas. Y por lo que a los discursos se refiere, no les importa tanto la precisión cuanto la abundancia de palabras. Esas personas, sin exponer un plan previo ni seguir un orden temático, y sin partir de un verdadero exordio en sus discursos, se lanzan a exponer inmediatamente las cosas más obvias y evidentes, según suele decirse, «sin lavarse los pies» 47 . Ahora bien, los pies sucios no son ningún perjuicio cuando se ha de pasar a través del barro o de abundantes inmundicias. Pero una lengua ignorante se convierte en un castigo nada pequeño para los oyentes. Sin embargo, es justo que las personas educadas, a las que se debe prestar mayor atención, nos ayuden y colaboren con nosotros hasta que, como de un camino sinuoso y escarpado, logremos llevar nuestro discurso al camino recto.
[44] Hemos señalado, pues, tres razones para explicar la opinión que los hombres tienen de la divinidad: la naturaleza, los poetas y los legisladores. Ahora podemos añadir como cuarta razón las artes plásticas y artesanales en la elaboración de estatuas e imágenes de los dioses. Me refiero a los pintores, escultores, talladores de piedras y, en suma, a todo aquel que demuestra ser capaz de imitar con el arte la naturaleza de la divinidad. Unas veces se trata de un ligerísimo esbozo que fácilmente engaña a la vista. Otras veces es una mezcla de colores y un trazado de líneas que refleja casi con exactitud lo que se pretende. A veces, con el trabajo de tallar la piedra o labrar la madera, va quitando el artista lo que sobra hasta dejar la imagen que aparece al final 48 . Otro sistema consiste en fundir el bronce y otros materiales preciosos por el estilo y verterlos en moldes. Otras veces, en fin, se moldea la cera que es lo que más fácilmente se acomoda al arte y mejor admite rectificaciones. Así trabajaban Fidias, Alcámenes 49 y Policleto 50 . [45] Así también Aglaofonte, Polignoto y Zeuxis 51 y el primero de todos, Dédalo 52 . Y no les bastaba con demostrar su destreza e inteligencia en otras cosas, sino que exhibiendo imágenes y toda clase de interpretaciones de los dioses, y, tomando como mecenas tanto a personas particulares como a ciudades, lo llenaron todo de abundantes y variadas representaciones de la divinidad. Y no se apartan en absoluto de los poetas y los legisladores. De los legisladores, porque para no aparecer contrarios a las leyes, se sometían a los castigos previstos. De los poetas, porque veían que habían sido precedidos por ellos y que fueron los poetas los más antiguos forjadores de imágenes. Por ello, no querían aparecer ante la mayoría como indignos [46] de crédito y autores de odiosas novedades. Y, así, realizaban la mayor parte de sus obras de acuerdo con losmitos, pero otras las inventaban por su cuenta haciéndose en cierta manera rivales y, a la vez, compañeros de oficio de los poetas. Pues mientras que los poetas componen sus argumentos basándose simplemente en lo que se dice, los artistas interpretan la divinidad, para la mayoría de los espectadores y para los más ignorantes, mediante lo que entra por los ojos 53 . Todas estas cosas tienen su fundamento en aquel principio primero y han nacido en honor y alabanza de la divinidad.