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Valorizar lo propio, potenciar lo común

Gestión cultural para organizaciones sociales

Diego Benhabib

Ricardo Santillán Güemes


Equipo RGC: Nicolás Sticotti, Emiliano Fuentes Firmani y Leandro Vovchuk.

Diseño de interior y tapa: Ana Uranga B. | melasa diseño

Edición: Juan Rosso

Corrección: Sebastián Spano

www.rgcediciones.com.ar

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Benhabib, Diego

Valorizar lo propio, potenciar lo común : gestión cultural para organizaciones sociales / Diego Benhabib ; Ricardo Santillán Güemes ; prólogo de Víctor Vich.–1a ed.–Caseros : RGC Libros, 2022.

Libro digital, EPUB–(Praxis ; 5)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8488-13-4

1. Estudios Culturales. I. Santillán Güemes, Ricardo. II. Vich, Víctor, prolog. III. Título.

CDD 306.01

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Índice

Homenaje a Ricardo Santillán Güemes

Agradecimientos

Prólogo. Exceder el campo de lo cultural

Por Víctor Vich

Introducción

Primera parte. Aproximaciones al campo

El sector de la cultura comunitaria y su universo organizativo

La tríada: cultura – políticas culturales – líneas de gestión cultural

Cultura, civilización y desarrollo

Culturas populares, cultura como recurso y control cultural

Segunda parte. Gestión cultural en organizaciones sociales

El campo y los agentes de la gestión cultural

La ampliación del escenario de la gestión cultural comunitaria

Estrategias para el desarrollo de una gestión cultural en organizaciones

Epílogo

Referencias bibliográficas

Anexo. Guía de trabajo para la realización de una gestión cultural en organizaciones sociales (TMP)

Homenajes

Palabras de los hijos y esposa de Ricardo Santillán Güemes

Conmovidos por tu inesperada partida queremos agradecer todo el amor y la sabiduría que nos has dejado en tus palabras, acciones, valores, creaciones y, sobre todo, en tu convicción de que es posible gestar realidades más vivibles, dignas y cargadas de sentido. Has sido un hombre consecuente con tus ideales, creativo, generoso, lúdico, de pensamiento crítico e innovador; que nos has dejado crecer en libertad, sin condicionamientos, respetando nuestra particularidad.

Expandiremos tu legado como semillas de esperanza y transformación para seguir culturando, valorando y potenciando lo común. Siempre estarás en nosotros, te abraza tu querida “sagrada ¡que familia!”

¡Hasta siempre, Ricardo!

Antes de que salga este libro a “diseño”, me desayuné con la sorpresiva noticia del fallecimiento de Ricardo. Una tristeza enorme me invadió.

Guardaré para siempre en mi memoria las palabras que me transmitiera Graciela, su compañera de vida, en el velatorio: “¿sabés cómo te quería Pilón, no?” Por supuesto, y yo también a él. “Estaba muy contento del libro que iban a sacar juntos.” Y ni se imaginan lo contento que estoy yo, en mi primera obra, compartiendo cartel con una de las personas más lúcidas y comprometidas que he conocido, que tantos libros ha escrito y publicado y que su palabra se extiende como una sinfonía preciosa por el campo de la gestión cultural.

Porque él era un difusor, un docente con todas las letras y en todos los ámbitos. Fue muy fuerte ver a tantas y tantos jóvenes yéndolo a despedir aquel día fresco de julio, demostrando tanto cariño y reconocimiento. Si hay algo que pueda resaltar de nuestro camino juntos, compartiendo varios años de cátedra, fue el aprendizaje constante a su lado y la admiración que le tuve desde el día que lo conocí. Sé que su inmensa bondad, alegría y convicción para trabajar por un mundo mejor nos seguirá contagiando.

A mi amigo RSG3 este pequeño homenaje de parte de uno de tus discípulos que tuvo el placer y el honor de dictar clases con la bibliografía. Es decir, con usted, maestro. Gracias por tanto.

Con la pacha o en el más allá, te saludo.

¡Hasta siempre, Ricardo!

Diego Benhabib

El orgullo de acompañarte

Una de las fotos más lindas de nuestro brindis de cierre de 2018 es la de Pilón levantando la copa para celebrar. Para nosotros siempre fue un orgullo que nos acompañara, él, que era el más mágico de todos nosotros. Nunca llegamos a preguntarle quién era fresco y quién batata en esa comunión fantástica que producían con el profesor Héctor Olmos. Coco Romero lo nombró “El Chamán de Villa Urquiza” y nosotros sentimos que ese es un nombre correcto para don Ricardo, el maestro que siempre nos supo guiar con cariño y compromiso. Es difícil encontrar a alguien de nuestra generación que no se haya formado con Ricardo Santillán Güemes, el maestro militante, ya sea desde su labor como docente o desde su labor política, su pulsión por la enseñanza siempre lo ponían en los caminos ciertos y correctos para ayudarnos a pensar en una gestión cultural situada, profundamente latinoamericana. Generoso como pocos, su guía y consejo siempre fueron un remanso para nuestras juventudes intensas y alocadas. Solía embromarnos con que él también era de la JP, pero de los jovatos peronistas, una chanza que solía soltar, sin ningún criterio de realidad, cada vez que el compromiso militante nos juntaba. Con el empuje de Diego Benhabib, tuvimos la suerte de poder trabajar en su próximo libro, que nunca imaginamos que sería el último. Tampoco que no tendríamos la oportunidad de dárselo en sus manos. Esperamos entonces en estas breves líneas poder expresar el orgullo y la felicidad de haberlo podido acompañar en esta aventura y poder darle las gracias por todo lo que nos brindó. ¡Una vuelta para todos y que viva tu memoria Ricardo!

Equipo de RGC ediciones

Agradecimientos

Este libro es un esfuerzo de redacción conjunta entre dos amigos que nos conocimos hace más de diez años haciendo una capacitación para promotores culturales, en el marco de la entonces pujante Unidad de Proyectos y Programas Especiales de la Secretaría de Cultura de la Nación. Ese espacio de formación fue el primero que ambos emprendimos en equipo con la misma energía con la que ahora presentamos esta publicación.

Es que si bien la idea de escribir un libro surgió a partir de la propuesta de la editorial especializada en estos temas –RGC-, una primera versión de su contenido había sido elaborada para la Materia “Gestión Cultural”, que se dicta de manera virtual desde 2011, dentro de la Licenciatura en Dirección de Organizaciones de la Sociedad Civil en la Universidad Nacional de San Martín. La cátedra armada un año después en la Tecnicatura de Música Popular de la Universidad Nacional de La Plata (hermosa propuesta educativa de “Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora”, la Fundación “Música Esperanza” y en sus inicios el aporte del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, luego su formalización a través del Ministerio de Educación) fue actualizando y poniendo en diálogo -más directo- lo conceptual con lo práctico.

Innumerables mates, charlas y capacitaciones con organizaciones sociales de todo el país, la cercanía con los movimientos sociales vinculados a “lo cultural” y algunos recorridos por latinoamérica, sirvieron para reafirmar la necesidad de elaborar un material de estas características, que intenta abordar de manera ágil y directa una de las demandas principales de estos colectivos y hacer un aporte al campo de la gestión cultural: el que la vincula con el territorio desde un espacio organizado.

Queremos agradecer especialmente a estas organizaciones y a las y los estudiantes que cursaron nuestras materias que, con sus trabajos prácticos y discusiones en clase, nos ayudaron a comprender mejor el campo. También queremos mencionar a nuestro adscripto, Martín Fernández, por su musicar; a Rolando Kandel quien leyó previamente este material y nos hizo sus observaciones, correcciones y aportes para que algunos análisis no quedaran incompletos y pudiéramos reinterpretar nuestras afirmaciones al calor de los debates; y a Sabrina Wernicke, que nos ayudó a incorporar (con nuestras limitaciones) la perspectiva de género. A Pancho Marchiaro que nos inspiró para el título, por lo menos en su formato; a Víctor Vich por su amabilidad para prologar y darle importancia a esta obra; a Juan Rosso, el editor, por haber sacudido la primera versión generando una suerte de caos creativo y productivo que nos llevó a presentar los temas tal como figuran y haciendo que el texto se convierta en ameno a la lectura. Creemos que se ha logrado un estilo coherente y dinámico que sintetiza dos generaciones distintas, lo que no es poco. Y finamente un agradecimiento muy especial para la editorial por creer en nuestro proyecto de libro y animarnos a hacerlo.

DB y RSG / Mayo, 2019

A Sabrilú, Ciro Lionel y Juan,

lo más lindo de la vida.

DB / Septiembre, 2019

Prólogo

[ Víctor Vich ]

Exceder el campo de lo cultural

El campo de los proyectos de cultura viva comunitaria es uno que excede a su propio campo. En ello radica su importancia y su gran valor. Aunque territorialmente asentados y siempre en vinculación directa con las comunidades locales, el trabajo de estos grupos siempre está más allá de su propio lugar. Las organizaciones de cultura viva comunitaria (también llamados “puntos de cultura”) son apuestas políticas que funcionan metonímicamente: lo que se hace en la parte, se quiere hacer con el todo. Al intervenir en un lugar, se está apostando por intervenir en la sociedad entera.

Me explico mejor: estos proyectos no intentan desarrollar únicamente el campo de “lo cultural” dentro del campo de lo comunitario. Más bien, entran en la disputa por otro modelo de sociedad en términos más totalizantes. Sus diferentes estrategias apuestan, no por la simple gestión cultural (entendida hoy como otro saber tecnocrático), sino por la construcción de una sociedad nueva basada en la participación ciudadana, en la organización popular, en la igualdad de las identidades existentes, en la importancia de un nuevo “reparto de lo sensible”, en una nueva “educación estética de la humanidad”.

En realidad, todos estos proyectos no hacen sino insistir en una vieja, pero siempre desentendida, idea política. Una verdadera transformación social tiene que partir de un profundo cambio cultural. Todos estos proyectos saben bien que la escuela no es el único lugar para formar a los ciudadanos. Sostienen que es la sociedad entera, la ciudad entera, el barrio todo, el que tiene que cumplir funciones educativas que contribuyan a introducir nuevos imaginarios sociales, nuevas relaciones humanas, a afinar la sensibilidad y el pensamiento, a construir sentido crítico y a proponer otros modos de vida. Estos son proyectos que apuestan porque la cultura y las artes jueguen un rol central en las políticas públicas y en la vida cotidiana. Hace casi cien años, José Carlos Mariátegui lo dijo de esta manera: “La revolución será para los pobres no solo la conquista del pan, sino también de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu”.

Lo que está en juego en este tipo de proyectos es algo que siempre está más allá de lo que hoy entendemos por lo simbólico, por la cultura, por el campo eminentemente “cultural”, por un conjunto de representaciones que sabemos decisivas pero que deben apuntar hacia otro lugar. En su terco compromiso, los puntos de cultura insisten hacia algo más totalizante. “La política –sostiene Badiou– no es algo referido a un interés particular, sino una fuerza que concierne al destino total de la comunidad”. El valor de todo este trabajo, de todos estos proyectos, es que nos recuerdan que lo cultural debe siempre exceder a lo propiamente cultural y apuntar, más bien, hacia todas las dimensiones de la vida.

Introducción

La sociedad moderna puede caracterizarse como una sociedad organizacional, dado que en ella aparecen diferentes tipos de organizaciones que “están presentes todo el tiempo y modelan nuestras vidas de múltiples maneras” tal como lo manifiesta Darío Rodríguez Mansilla (2001). Cotidianamente y a lo largo de todo el ciclo vital, cada uno de nosotros y nosotras actúa de manera más o menos consciente en más de una organización, usando servicios y realizando prácticas diversas que son indefectiblemente provistas o contenidas por organizaciones, por sistemas organizacionales gubernamentales, no gubernamentales, comunitarios o privados de distinto tipo. “Prácticamente –dice Rodríguez Mansilla– todas las funciones de la sociedad tienen una alternativa de solución generada en algún tipo de organización. Hoy muchas de las funciones que cumplía la familia (grupo primario) fueron absorbidas por las organizaciones: educación, seguridad, abastecimiento, etc.”.

Es interesante observar al respecto el auge que en la década de 1990 adquieren un tipo particular de organizaciones, las llamadas ONG (organizaciones no gubernamentales). Este fenómeno social fue tan relevante que, además de haber sido promocionado por las políticas de descentralización y focalización impulsadas por los Estados nacionales –y los organismos de financiación internacional–, el campo académico lo fue tomando cada vez más como objeto de estudio. Desde seminarios, cursos y talleres, hasta la creación de carreras de grado y posgrado, se han multiplicado desde entonces distintos espacios de debate y análisis sobre esta cuestión. Y se presentó de esta manera porque las organizaciones sociales se constituyeron en verdaderas protagonistas y actores fundamentales en los discursos hegemónicos a la hora de pensar la transformación social.

Este proceso comenzó en forma paulatina a partir de las temáticas del desarrollo, de la economía social, la educación, la salud, etcétera. Sin embargo, la cultura, o más específicamente “lo cultural”, a pesar de su escasa visibilidad, fue uno de los aspectos centrales desde los cuales las organizaciones sociales emprendieron sus tareas e intentaron buscar sentido(s) a proyectos de vida alternativos al que el modelo neoliberal proponía. Centros comunitarios, sociedades de fomento, clubes de barrio, comedores, además de centros culturales propiamente dichos, llevaron adelante diferentes acciones culturales como una forma creativa de dar pelea a la injusticia y abordar de otro modo la llamada “nueva cuestión social”.

No menos importante ha sido el aporte de las organizaciones sociales en distintos procesos relacionados con la construcción de ciudadanía y la generación de una cultura más democrática. Sobre todo, porque fueron capaces de generar espacios propicios para la integración social allí donde el Estado no estaba presente para garantizar los derechos de todos y todas (aunque reconociendo en su mayoría la indelegable función de garante que éste tiene).

Incluso cuando se implementaron políticas públicas más activas –y con fuerte presencia estatal–, el rol de las organizaciones sociales siguió siendo fundamental por tratarse de instituciones en las cuales la participación social busca tener implicancias en la cosa pública; espacios en que las personas pueden expresarse y, con su accionar, modificar un estado de cosas no deseado; lugares propicios para un ejercicio democrático en la toma de decisiones y para la construcción de proyectos colectivos. Este tipo de intervención política forma parte de una matriz cultural que en la actualidad continúa produciendo debates tanto en el contexto nacional como latinoamericano.

La idea de la transversalidad de la cultura ha llegado para quedarse y su implicancia y concepción será discutida en este libro. En ese sentido, cualquier proyecto de transformación que se quiera impulsar desde un espacio comunitario debe contemplarla. Pero ya no desde la perspectiva de la promoción de las actividades artísticas o los espectáculos, sino desde la lógica territorial, identitaria y con protagonismo de los y las habitantes del lugar.

En los tiempos que corren, esto se torna cada vez más difícil, por la calidad y cantidad de fuerzas socioculturales interactuantes en un mismo espacio (real y virtual), que se caracteriza a nivel planetario por ser cada vez más heterogéneo, complejo, conflictivo y cambiante.1

Heterogéneo: porque en su seno se entrecruzan y confrontan actores sociales, tendencias y matrices culturales de distinto origen histórico y significación que se constituyen y operan como fuerzas culturales globalizadoras que pretenden imponer sus reglas de juego y sus propios proyectos a partir de planteos absolutizadores y fuerzas culturales locales y regionales que tienden a mantener sus autonomías a partir de distintos tipos de respuestas.

Complejo: por las múltiples tramas identitarias, prácticas organizativas, saberes, formas simbólicas, valores, procesos de escenificación (performatividades) y texturas simbólicas que entran en juego y que incitan a estar alertas, atentos y atentas para no “caer” en lecturas unidimensionales, etnocéntricas y ahistóricas de la realidad.

Conflictivo: por el entrecruzamiento y choque constante entre intereses y proyectos de vida diversos que expresan las fuerzas interactuantes en distintas escalas y niveles: clases, grupos étnicos, géneros, edades del ciclo vital. Por supuesto que esta conflictividad se expresa también con relación a los marcos de interpretación que se generan para comprender u ocultar la misma realidad.

Cambiante: por la interacción dinámica de temporalidades y ritmos culturales diversos (simultaneidad/secuencia)2 y por la velocidad con la cual la tecnología modifica nuestros hábitos y nos interpela. En un mismo espacio y en un mismo tiempo “cronológico” se observa, como bien decía el antropólogo Arturo Sala3 ya en los años setenta, “una simultaneidad heteróloga de tiempos culturales intervinientes”. Porque incluso hoy en día, en algunos lugares de la Argentina, como en el noroeste, coexisten pautas organizacionales precolombinas (la minga como forma de trabajo solidario que culmina con la realización de una fiesta en homenaje a los que participaron de la recolección de la cosecha o una marcada de animales), coloniales (la figura del alcalde de aguas que administra el uso de los canales de riego; ciertos vestigios cuasi feudales en las relaciones socioeconómicas entre el dueño de una finca y los pastores; los llamados alféreces que antiguamente portaban el estandarte real y que hoy son personajes clave en ciertas fiestas religiosas populares), modernas (el sistema educativo, los medios masivos de comunicación, las grandes empresas de capital nacional y transnacional) y posmodernas (algunas expresiones cotidianas de los y las jóvenes; este intento de utilizar un lenguaje “más” inclusivo que nos propusimos; y ciertas prácticas del turismo cultural, entre otras posibilidades).

Es en este sentido que es imposible no tener en cuenta a la hora de diseñar y ejecutar proyectos de distinto tipo estas características propias de una realidad pluricultural y por lo tanto diversa. Justamente por ese motivo es necesario reflexionar no solo sobre cómo se manifiestan estos procesos sino también sobre cómo se podrían orientar desde las propias organizaciones, y en un marco de libertad y justicia, las relaciones interculturales.4

Relaciones que se prueban y reactualizan de manera constante, a partir de distintos clivajes, y que son mucho más usuales de lo que imaginamos. Habitamos diversas comunidades (económicas, sociales, culturales, etc.), nos identificamos con variados colectivos y, sin embargo, también construimos una idea de lo común que lo trasciende. La comunidad se constituye como un ámbito de integración, como familia ampliada, como espacio de convivencia, de cuidado mutuo, respeto y unión. Lugar de reconocimiento, donde tenemos concepciones compartidas sobre el mundo de la vida y, por qué no, sobre el mundo de los sistemas. “En suma, la ‘comunidad’ representa al tipo de mundo al que, por desgracia, no podemos acceder, pero que deseamos con todas nuestras fuerzas habitar y del que esperamos volver a tomar posesión”.5 Como dice Roberto Leher, el principio del común exige una práctica, conlleva una correlación de fuerzas. Es un principio instituyente, de autoorganización creativa de las comunidades, de refundación de las relaciones sociales. Es un principio político para el Buen Vivir de los pueblos.6 Y las organizaciones sociales (universo a su vez inmenso, heterogéneo y dinámico), probablemente, ayuden a expresarlo.

Por ello es importante comenzar considerando en grandes líneas cómo se conforma el campo de las organizaciones sociales, pero tomando como referencia su rol o función social –porque es allí donde se intenta poner en juego una “definición operativa” de comunidad–, más que en su forma o tipo (lo que, por supuesto, también se hará).

Es en esta dirección que, junto a Oscar García (2011), podemos decir que existen dieciseis denominaciones genéricas7 –con sus posibles combinaciones– y cuarenta tipos o formas, en lo que constituye una suerte de inventario8 de organizaciones que para ser consideradas como tales deben cumplir con tres requisitos indispensables: ser no gubernamental, de bien público y sin fines de lucro.

Al solo efecto de simplificar la lectura y por una cuestión que roza lo ideológico, venimos llamando a este conjunto “organizaciones sociales”. Lo seguiremos haciendo de esta manera a lo largo del libro, pero utilizando también –e indistintamente– el término “organizaciones comunitarias”; precisamente, porque en los últimos años se ha constituido, como nuevo sector dentro del campo cultural, el de la cultura comunitaria. Durante la década de 1990 ambas denominaciones prácticamente no se utilizaban y, desde los ámbitos académicos, gubernamentales y aun desde las entidades del propio campo, se escogían otros nombres como “organizaciones del tercer sector”, “organizaciones no gubernamentales”, “organizaciones sin fines de lucro”, “organizaciones de la sociedad civil”, etcétera.

Las organizaciones sociales o comunitarias (organizaciones populares, organizaciones libres del pueblo, fuerzas vivas de la comunidad) sintetizan en su nombre el conjunto de esfuerzos y acciones desarrolladas por la sociedad civil organizada desde una visión amplia y plural. Por este motivo, preferimos aquí dejar de lado tanto una definición reconocida por la negativa (sin fines de lucro, no gubernamentales) cuanto sectorial (tercer sector).

Por su parte, los llamados movimientos sociales son aquellos colectivos de organizaciones sociales que, en articulación con otros actores, aúnan demandas y movilizan recursos en torno de una necesidad y/o para ejercer un derecho, y logran instaurar una identidad común que les permite construir una visión de mundo alternativa a la hegemónica. Entre estos, cabe destacar en la actualidad al Movimiento feminista y por la igualdad de géneros que probablemente sea el de mayor capacidad transformadora de nuestra sociedad y quien interpela más profundamente nuestras formaciones culturales arraigadas.

Más allá de esto, queremos remarcar que muchos de estos tipos de organización poseen una estructura política o administrativa diferente a la que nos interesa abordar en este libro. Nos referimos a los partidos políticos y sindicatos (que tienen funciones de representación en el marco de la legislación política y laboral); los círculos de profesionales y cámaras (que suelen ser agrupaciones que defienden o promueven intereses sectoriales, cuando no corporativos); los institutos o las universidades (que son establecimientos de educación formal); las parroquias e Iglesias (que tienen principalmente fines religiosos); las federaciones, confederaciones y uniones (que pueden estar conformadas como representación de varias organizaciones sociales de primer o segundo grado); las asambleas y vecinas y vecinos autoconvocados (que suelen surgir al calor de una protesta); las fábricas recuperadas y los microemprendimientos sociales (que, junto con las cooperativas, son organizaciones de la economía social), etcétera.

Es usual, en este campo, tomar una parte por el todo. Efectuar a menudo esto es útil con fines didácticos o expositivos, pero siempre deberá tenerse en cuenta que se trata de un mundo complejo, sumamente diverso por sus dinámicas y sus formas de institucionalización. En este punto, cabe decir que son “asociaciones civiles” y “fundaciones” los tipos jurídicos que pueden adquirir la mayoría de estas organizaciones, pero también se puede dar el caso de no tener personería y constituirse como una simple asociación u organización de base.

Como parte de la introducción baste decir que, en general, las organizaciones comunitarias son espacios propicios para la gestión cultural. De hecho, algunas de las organizaciones detalladas en la tipología de Oscar García tienen una clara finalidad cultural, dado que, justamente, su eje está puesto en una de las acepciones más usadas de cultura, que es la que la considera casi como sinónimo de “lo artístico”. Esto sucede, por ejemplo, en muchísimos sindicatos e incluso en fábricas recuperadas (como IMPA o Grissinópoli), que cuentan con una oferta artística y cultural interesante. Otro caso es el de las Bibliotecas Populares –cuya tradición en la Argentina merece ser resaltada gracias a la cantidad de espacios que se han abierto de manera autónoma en todo el territorio, pero donde ha habido una clara política de fomento por parte de las instituciones del “sector cultura” del Estado9–, que, más allá de su finalidad principal de promoción de la lectura, se han reconfigurado como centros culturales desde inicios del nuevo milenio. Asimismo, desde la Reforma de 1918, las universidades cuentan con el área de “extensión cultural”, cuya misión principal se centra en las relaciones con la comunidad. El Centro Cultural Rector Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires depende de esta área, por citar solo un ejemplo.

Como se verá, un propósito clave de este libro es brindar a las organizaciones sociales algunas herramientas conceptuales y metodológicas relacionadas con la gestión cultural que colaboren en la ampliación de sus modelos de y para la acción en función de sus propios objetivos. Por supuesto que siempre partiendo de la base de que la gestión cultural no se da en el vacío ni en un espacio neutro, es decir que los sentidos y prácticas (líneas de acción) que se pongan en juego variarán según el concepto de cultura que se posea, lo que, a su vez, incidirá en la construcción y despliegue de ciertas políticas y no de otras.

Las organizaciones comunitarias y su función social

Si bien es importante caracterizar y conocer detalladamente al sujeto/espacio que nos ocupa, cuestión que se retomará más adelante, consideramos que es más valioso trabajar la gestión cultural en las organizaciones comunitarias tomando como referencia su función social o el rol que desempeñan en la sociedad, pues ello permitirá vislumbrar el para qué se gestionará y, a su vez, ofrecerá algún indicio sobre el concepto de cultura imperante, algo que incidirá de manera directa en el tipo de acciones específicas a programar y llevar a cabo.

A continuación, repasamos lo sintetizado en otro texto10 acerca de algunas de las funciones y roles que se les adjudican a las organizaciones sociales:

– La “provisión de bienes y servicios básicos” a la población en situación de pobreza o con necesidades insatisfechas cumpliendo el rol de subsidiariedad del Estado.

– La función de “innovación” mediante la ejecución de proyectos que, si en alguna intervención focalizada resultaran exitosos, podrían luego ser replicados a mayor escala.

– La “promoción” (en teoría, una función superadora a la de asistencia), que, en general, se lleva a cabo a partir de capacitaciones y/o asesoramiento técnico para la adquisición de conocimientos y herramientas que permitan el desarrollo de la comunidad. Esta función la suelen desarrollar las ONG como un “servicio” a las organizaciones de base y a grupos o personas en situación de pobreza.

– La “difusión” de las problemáticas que aquejan a la comunidad y de formas de prevenirlas o solucionarlas, cumpliendo el rol de concientización o de denuncia y poniendo en manos de la opinión pública información considerada esencial para el desarrollo democrático.

– La “defensa de derechos”, íntimamente ligada a la anterior función, pero adquiriendo aquí un grado mayor de compromiso: el de la defensa de derechos a través de acciones concretas de lobby (incidencia o influencia) y negociación con los sistemas de poder.

– La función “económica”, ofreciendo una salida laboral para trabajadores desocupados o jóvenes a través de múltiples estrategias (se trata, sobre todo, de organizaciones de la denominada “economía social”: cooperativas, empresas recuperadas, microemprendimientos sociales, etc.). Ese rol de activación también pueden realizarlo en el marco de planes de desarrollo local.

– La de “fomento y cuidado de la transparencia pública”, cumpliendo el rol de agentes de control sobre posibles desvíos de fondos o “clientelismo” en las políticas públicas (sociales).

– La “asociatividad”, función vinculada específicamente con el desarrollo de relaciones con otras organizaciones, lo que permite un accionar con mayor impacto para la comunidad y el rol de generación de “capital social” o de articulación.11

– La función de “conciencia crítica” a partir de la apertura de espacios de reflexión y debate acerca de las temáticas más variadas, cumpliendo el rol de generación de cultura democrática.

Desde luego, cada organización puede cumplir uno o más roles y funciones al mismo tiempo. Sin embargo, lo más probable es que dedique sus esfuerzos en mayor medida a uno que a otro. Las organizaciones sociales suelen nacer para “algo”, su razón de ser, que es la misión que se proponen y que están dispuestas a cumplir. Cada “tipo” de organización tendrá sus intereses (que responderán –deberían responder– a dicha razón de ser) y elaborará sus estrategias de intervención de acuerdo a ellos.

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281 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878488134
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