Read the book: «Los dos demonios (recargados)»
Contents
1 ExLibris
2 Portada
3 Creditos
4 Dedicatoria
5 CAPÍTULO 1
6 CAPÍTULO 2
7 CAPÍTULO 3
8 CAPÍTULO 4
9 CAPÍTULO 5
10 CAPÍTULO 6
11 Agradecimientos
12 Bibliografia
Landmarks
1 Cover


Feierstein, Daniel
Los dos demonios (recargados) - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea, 2018.
Libro digital, EPUB - (Historia Urgente / Constanza Brunet; 66)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-3783-84-5
1. Ideologías Políticas. 2. Terrorismo de Estado. 3. Derecha Política. I. Título.
CDD 320.5
[no image in epub file]
Edición: Constanza Brunet
Coordinación: Florencia Jibaja Albarez
Corrección: Mónica Campos
Diseño de tapa e interior: Hugo Pérez
Armado de interior: Brenda Wainer
Fotografía de tapa: Marcha del 24 de marzo de 2017, en Buenos Aires, a 41 años del Golpe. © Facundo Geli
© 2018 Daniel Feierstein
© 2018 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371–1511
marea@editorialmarea.com.ar
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-3783-84-5
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A Cachito Fukman,
porque siempre estuviste en todas estas luchas,
porque seguramente no estarías de acuerdo conmigo
(otra vez), porque igual nos daríamos un abrazo,
porque todo se nos hace infinitamente más difícil sin vos.
CAPÍTULO 1
De los dos demonios a su versión “recargada”
Mucho se habla de la “teoría de los dos demonios”. Casi siempre se la utiliza como un insulto o una forma de descalificación: “No, callate, eso que decís es la teoría de los dos demonios”, se afirma. Y del otro lado muchas veces se responde: “No es que quiera caer en la teoría de los dos demonios, pero...”, y entonces se formula algo más o menos parecido a la teoría de los dos demonios, pero que no quiere asumir dicha filiación porque, y en esto algo se ha aprendido en estos años, una de las construcciones de la memoria colectiva argentina es que la “teoría de los dos demonios” no es algo a lo que esté bien adherir. Y, por lo tanto, nadie asume su defensa explícita.
Más allá de las descalificaciones o el intento de escapar de ellas, no está claro de qué se trata esta teoría de los dos demonios. No hay casi materiales académicos ni de divulgación que se hayan propuesto explicar, discutir, confrontar con estas ideas. Y entonces el término ha sido más bien un mantra descalificador que un concepto que permita comprender cómo funcionaron y funcionan determinadas visiones sobre el pasado.
Resulta significativo constatar que hace ya unos años que la expresión “teoría de los dos demonios” tiene su propia entrada en Wikipedia. Sin una definición precisa y sin mencionar ningún libro que se dedique al tema en profundidad, las referencias se limitan a textos sobre la memoria colectiva argentina y, por supuesto, a la remanida cita al prólogo que se supone escrito por Ernesto Sabato1 para presentar el informe Nunca más de la conadep, y al que se considera algo así como el máximo apotegma de la teoría. Incluye también citas del nuevo prólogo, escrito por Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Mattarollo en 2006, precisamente para “refutar” a la teoría de los dos demonios.
Dada la falta de reflexión sobre el tema, se intentará en este libro un análisis de los fundamentos principales que constituyen esta “teoría”, intentando comprender no solo sus planteos, sino situar históricamente sus orígenes y a qué necesidades históricas respondía, así como también qué logros obtuvo y qué dificultades generó para la construcción de una memoria colectiva del pasado represivo en la Argentina. Pero también se buscará, simultáneamente, poner esta teoría en diálogo y contraste con su reaparición y transformación en la última década, en aquello que se llamará su “versión recargada”. Esto es, la utilización de las lógicas implícitas en la teoría de los “dos demonios” en un contexto distinto y con otra intencionalidad, mucho más grave que la de su versión original.
De los 70 al “Prólogo” del Nunca más: los argumentos principales de la teoría de los dos demonios
Es difícil situar cuándo comienzan a utilizarse las lógicas que luego serían bautizadas como “teoría de los dos demonios”, pero ya en los tempranos 70 había quienes planteaban los fundamentos de la idea, en la referencia abstracta a “la violencia” como una figura que tendía a homologar las diversas acciones de la insurgencia armada, las tomas de fábricas, las movilizaciones masivas o las “luchas de calles” con los secuestros y asesinatos realizados por organizaciones paraestatales o los fusilamientos e incipientes desapariciones cometidas por las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad.2
Pero sea como sea su genealogía, el eje del planteo es la construcción de un observador “neutral”. El argumento principal de la teoría de los dos demonios no está en los “demonios”. Tampoco en su equiparación. El elemento más importante está en la posición de quien señala, enuncia y denuncia a los dos demonios: una sociedad ajena a ellos, que se percibe y se construye como víctima. Esto vuelve más o menos inútiles o extemporáneas algunas de las críticas, que postulan que no existió una equiparación en la versión original de los dos demonios o que se destaca más a uno o al otro.3 El procedimiento político fundamental es este escamoteo del conflicto a partir de construir una “neutralidad” social: la de la “gente común” victimizada por los “demonios”.
Es precisamente esta necesidad de “exculpación colectiva” la que otorgó su alto nivel de aceptación a la teoría de los dos demonios y la que sigue primando en muchos sectores de la sociedad, aun cuando necesiten aclarar que “no están adhiriendo” a dicha teoría, al tiempo que sostienen sus líneas principales, muy en particular la ajenización de la sociedad con respecto al conflicto social y la homologación de “los violentos”.
Lo que resultaba una reacción natural de muchos argentinos, primero aterrados por la represión estatal y luego conmocionados por las revelaciones sobre lo ocurrido en los campos de concentración, fue capturado como parte del sentido común por los discursos del candidato presidencial Raúl Alfonsín (luego electo como primer presidente postdictatorial). En la misma línea, el escritor Ernesto Sabato, electo para presidir la “Comisión de Notables” encargada de la investigación sobre el período (la conadep, Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), podía representar en sus declaraciones a sectores importantes de la población porque había seguido su propio derrotero: primero cierta simpatía lejana por los reclamos populares, luego el alineamiento con el orden militar, por último, el asco, la condena y la “sorpresa” ante el conocimiento de las dimensiones del proceso represivo.
Ponerse “por afuera” del conflicto político de toda la década permitía ubicarse como “gente común” y quedar de este modo exculpados simultáneamente de la simpatía que pudieran haber sentido por muchas de las acciones y reclamos de las fuerzas contestatarias en los años 60 como del silencio, complicidad pasiva e incluso de ciertos niveles de participación en la propaganda del régimen dictatorial una década después. Demonizando a unos y a otros, muchos sectores de la población se podían ubicar en el cómodo rol de víctimas de “la violencia” y hasta condenarla con un dejo de “imparcialidad” por haberse sentido “engañados” por un régimen militar que había utilizado la clandestinidad para ejercer la represión.
La frase con la que abre el prólogo al informe Nunca más se transformó en la mejor síntesis de lo que luego se denominaría teoría de los dos demonios: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”. Poner al terror en “los extremos” implicaba ajenizar al conjunto de la sociedad, conjurar los demonios que asomaban al haberse sabido parte (aunque fuera marginal, meros simpatizantes) no solo de una de las fuerzas, sino en algunos casos de ambas. Sectores que, desde 1955 en adelante, apoyaron primero la lucha de distintas organizaciones peronistas o de izquierda contra las dictaduras y los ajustes económicos que implementaban y, pocos años después, con la misma tibieza, apoyaron la represión a dichos movimientos de protesta, a los que ya veían como exageradamente radicalizados, en particular a partir del comienzo de acciones armadas de mayor envergadura como tomas de cuarteles o ajusticiamiento de miembros de las fuerzas armadas y de seguridad.
Sigue el prólogo planteando que “a los delirios de los terroristas, las fuerzas armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido”. Esta es la frase que equipara responsabilidades, no desde una igualación tonta, sino a través de una concatenación causal: los “terroristas”4 son responsables de la violencia por haberla iniciado y desencadenado con ello la respuesta de las fuerzas armadas (que, en tanto respuesta, sería menos grave que la responsabilidad por iniciar el conflicto). Pero que resultó “infinitamente peor” porque “contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto”.
En otras palabras, la equivalencia no pasa por plantear que actuaban del mismo modo ni que eran iguales, sino por equiparar sus responsabilidades como dos caras de “la misma violencia”: los dos “extremismos”, los unos desataron el horror, los otros lo llevaron a cotas demenciales.
Es interesante señalar que la documentación existente sobre el período no ratifica esta concatenación causal, por mucho que haya sido aceptada por vastos sectores de la población e incluso en la mayoría de los trabajos académicos y periodísticos sobre la época. La decisión de establecer un sistema de campos de concentración en la Argentina y de desatar un aniquilamiento de porciones significativas de la población no tenía como principal objetivo ni como detonante “derrotar a la guerrilla”, sino que fue decidido con anterioridad a la existencia de organizaciones armadas insurgentes. En los propios documentos y planes de acción de las fuerzas armadas argentinas, sus objetivos eran mucho más vastos y su “blanco” (en términos militares) era el conjunto de la población, con el propósito de transformar sus valores ético-morales y restablecer aquello que identificaban como la “occidentalidad cristiana”.5
Guillermo O’Donnell calificó, con precisión e intuición poética, a estos procedimientos como un sistema de “liberación de los microdespotismos”:6 la posibilidad de que cada figura de poder (en el trabajo, en la familia, en la calle, en la escuela) se viera autorizada para desplegar su disciplina, su arbitrio, incluso su capricho o su sadismo ante quienes se encontraban bajo su autoridad. Padres, gerentes, policías, maestros, directores fueron no solo autorizados, sino también instigados a participar en la recomposición de un principio de autoridad tiránico, que había sido puesto en cuestión en la sociedad argentina por la rebelión plebeya en los valores sociales que implicó el peronismo y que condensaba décadas de luchas conducidas por decenas de organizaciones previas (anarquistas, comunistas, socialistas), que incluso planteaban cuestionamientos mucho más radicales al orden que los del propio peronismo.
Rodolfo Walsh había detectado, a su vez, el carácter estructural de estos mecanismos de la represión en su Carta abierta a la Junta Militar, cuando sostenía en marzo de 1977 que “en la política económica de ese gobierno debe buscarse no solo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. El trabajo de Aspiazu, Basualdo y Khavisse, ya a esta altura un clásico,7 demostraría años después las transformaciones estructurales de la economía argentina que nada tenían que ver con la existencia o inexistencia de organizaciones armadas insurgentes y que constituyeron las determinaciones centrales del aniquilamiento: la transformación estructural de la sociedad argentina en un sentido productivo, lo cual requería reorganizaciones sociopolíticas previas a través del terror. En términos jurídicos modernos, podría caracterizarse como una “destrucción parcial del propio grupo nacional argentino”, un modo de descripción que el jurista judeopolaco Raphael Lemkin caracterizó como genocidio en el año 1943: “la destrucción del patrón nacional del grupo oprimido [... y] la imposición del patrón identitario del grupo opresor”.8
Por lo tanto, la lógica principal de narración del pasado operante en “los dos demonios” es que existió una violencia insurgente que desató una violencia infinitamente peor (porque fue implementada desde el Estado) y que la sociedad resultó víctima de ambas violencias (“fue convulsionada”). Siendo que lo que le cabe en el retorno democrático es “abjurar” de “la violencia” (concepto que iguala a los extremismos) y recuperar la paz, el diálogo y la convivencia, castigando a los responsables (tanto a los que desataron la violencia como a los que la combatieron utilizando métodos aún peores).
Alfonsín o Sabato buscaron representar a la sociedad “agredida” por los extremismos violentos y, de este modo, volvían inútil la pregunta (fundamental para cualquier proceso de elaboración de experiencias traumáticas) sobre el propio rol de cada uno de ellos o cada uno de nosotros en el conflicto social.
La teoría de los dos demonios se impuso en la década de los ochenta (y mucho más allá) no por su apego a la verdad, sino porque permitía a muchos clausurar la pregunta sobre su propia responsabilidad e involucramiento en los hechos, proyectándola tan solo hacia “los extremismos”, que pasaron a ser “demonios” y fueron arrancados tajantemente de la definición del “nosotros” argentino.
La “gente común” se sintió entonces con derecho para juzgar a quienes se comprometieron políticamente en la defensa de sus ideales, apostrofándolos desde la condena genérica a “la violencia”.9 A su vez, quedaban igualados aquellos que enfrentaban la injusticia con los que defendían el orden, en tanto ambos apelaron a “la violencia” para lograr sus objetivos. Y quedaban inmediatamente deslegitimados los dos, pese a que “la violencia” podía implicar hechos tan distintos como la toma de una fábrica o una universidad, la participación en una huelga, la confrontación masiva en las calles con las fuerzas de seguridad, la toma militar de un cuartel, el asalto a un banco, el ajusticiamiento de torturadores o disidentes políticos, la desaparición de personas en un sistema concentracionario, la violación, la apropiación de menores, la tortura, el lanzamiento de cuerpos al océano desde aviones militares. Todo pasa a ser capturado por el significante “la violencia” y es esta una de las equiparaciones más perversas y perdurables de la teoría de los dos demonios.
Pese a ello, esta versión original de la teoría de los dos demonios intentaba “rescatar” a muchas de las víctimas de la violencia represiva, aunque al precio de su vaciamiento identitario y su angelización. Dice el prólogo: “En el delirio semántico encabezado por calificaciones como ‘marxismo-leninismo’, ‘apátridas’, ‘materialistas y ateos’, ‘enemigos de los valores occidentales y cristianos’, todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de sus amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría, inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque estos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores”.10
La operatoria es brillante y muy efectiva, fracturando al universo de víctimas entre una minoría terrorista, delirante, demoníaca, mesiánica, que constituía un extremismo violento, y una mayoría de “personas” sin vínculos con los violentos y caracterizada con adjetivos mucho más benévolos y empáticos: “adolescentes sensibles”, personas que “luchaban por una simple mejora de salarios”, “muchachos del centro estudiantil”, “profesiones sospechosas”.11
Las fuerzas represivas, por lo tanto, se habrían equivocado de dos modos articulados: primero, al no haber perseguido a los “terroristas” dentro de la ley y haber implementado métodos ilegales. Segundo, al no haber distinguido entre esos extremistas y las víctimas “en su mayoría inocentes de terrorismo”.
Esta construcción que divide a culpables de inocentes se refuerza con otro argumento falso: mientras los detenidos desaparecidos eran secuestrados en situación de indefensión, los guerrilleros “presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse”.
Pues no. Ninguno de los cuadros de análisis publicados por el propio informe de la conadep ni las investigaciones posteriores ratifican esta afirmación. La enorme mayoría de las víctimas que pertenecían a organizaciones armadas de izquierda fueron secuestradas sin haber tenido posibilidad alguna de librar combate, en estado de indefensión (por la noche en sus domicilios, en sus lugares de trabajo, en la vía pública) y las situaciones de suicidio fueron muy escasas, en la mayoría de los casos porque, aun cuando algunos militantes contaban con pastillas de cianuro, el suicidio era impedido por los propios represores. Ni siquiera es cierto que los asesinatos (esto es, cuando la víctima no era desaparecida, sino que su cuerpo era presentado públicamente) se dirigían fundamentalmente contra los miembros de organizaciones armadas, sino que en muchos casos se ejecutaron contra abogados, periodistas, artistas, entre otros, muy en especial en el período 1973-197612 y por parte de fuerzas paraestatales que, a diferencia de lo que ocurriría luego con las fuerzas armadas organizadas que seguían las directivas secretas, dejaban por lo general los cuerpos de los asesinados en el lugar en el que se cometían las acciones o se deshacían de ellos en terrenos baldíos o lugares abandonados.
O sea que la distinción entre que las víctimas de desaparición eran los “inocentes de terrorismo” en tanto que los “culpables” fueron asesinados, no solo crea una acusación de “terrorismo” que no justifica ni puede sostener, no solo divide a las víctimas en las categorías de “culpables” e “inocentes”, sino que tampoco logra probar la ecuación que sostiene en el prólogo entre “terroristas asesinados” frente a “jóvenes sensibles desaparecidos”.
Porque tal división es uno de los argumentos principales de la teoría de los dos demonios, que solo puede rescatar a las víctimas al precio de integrarlas al conjunto de la “gente común” y quebrar los vínculos complejos, contradictorios, múltiples entre las organizaciones sociales y las formas armadas que algunas de ellas asumieron en un contexto dictatorial (1966-1973, como punto de llegada de las dictaduras sucesivas iniciadas con la proscripción del peronismo en 1955) en el que no estaban dadas las condiciones para la disputa democrática. Otro debate será el devenir de dichas organizaciones después de 1973.
El precio de la empatía con las víctimas de la represión en la teoría de los dos demonios es la despolitización de estas y la alienación y demonización de los miembros de organizaciones armadas de izquierda, pero, sobre todo, la invisibilización de los vínculos entre ambos conjuntos.13
Pagado ese precio, la mayoría de la sociedad puede sentirse “gente común”, olvidar sus simpatías cambiantes, ubicarse en el cómodo rol de víctimas de “la violencia” y salir a condenar todo conflicto que no se salde a través del diálogo, en un modo “pacificado” que será lo suficientemente vacuo como para no despertar a los fantasmas dictatoriales y permitir la subsistencia de la “democracia ganada”. Pero, mucho más grave aún, esta ecuación parece enseñarle al conjunto de la sociedad que todo intento de desafiar el orden instituido puede concluir en un baño de sangre y que, por lo tanto, hay que aceptar los límites establecidos por el poder.
Fue esta funcionalidad, y no ninguna conspiración o control del aparato mediático, la que explica el éxito relativo de esta visión por más de una década y su persistencia en el presente.14 Las memorias colectivas no se construyen tan solo como confrontaciones por el sentido, sino que, en dichas confrontaciones, también intervienen defensas psíquicas que buscan evitar el conflicto o restablecer equilibrios, creando un sistema de compensaciones que permite enfrentar el presente sin ser interpelados por el pasado.15
La irrupción de una nueva generación una década después, con otros conflictos, otras preguntas y otras necesidades, activará nuevas preocupaciones y sentidos y jugará su papel en la posibilidad de poner en cuestión la hegemonía de la teoría de los dos demonios, rescatando voces que se encontraban más escondidas, marginales pero persistentes. La participación política de la segunda generación implicó la posibilidad de hacer otras preguntas y cuestionar los supuestos que se habían aceptado acríticamente por parte de aquellos que se sentían parte de la “gente común”.
Los 90 y las disputas por la hegemonía
Es hacia mediados de la década de los 90 cuando comienza a fisurarse la profunda hegemonía de la teoría de los dos demonios, con la irrupción de esta segunda generación (que ya había tenido una década larga para madurar, entre 1983 y alrededor de 1995 o 1996) y que tuvo su expresión más visible con la conformación de la agrupación hijos (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). En un nivel inmediato, la emergencia de hijos significó la posibilidad de comenzar a elaborar las consecuencias concretas sufridas por los hijos de los desaparecidos y los modos de pensar las identidades propias y las de sus padres. Pero esa emergencia también expresó, de un modo menos lineal, a un conjunto generacional que iba mucho más allá de quien estuviera directamente afectado en su estructura familiar. En definitiva, se trataba de un conjunto al cual la teoría de los dos demonios no le resultaba funcional.
Ya desde muy temprano −fines de la dictadura, primeros años de transición democrática−, organizaciones como los Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas16 o las propias Madres de Plaza de Mayo (muy en especial en los discursos de Hebe de Bonafini en sus actos públicos a partir de 1984) o la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos, buscaron siempre quebrar los procesos de angelización y despolitización de las víctimas y recuperar la identidad política de los desaparecidos, a diferencia de los organismos más “profesionales” que centraban el eje en la denuncia de los “ilegalismos” estatales, cuyo caso emblemático podría ser el del cels (Centro de Estudios Legales y Sociales). Pero este proceso de rescate identitario cobró otra fuerza a partir de la irrupción de la segunda generación, que tuvo su bautismo político en la organización de los “escraches” a los genocidas impunes y que apareció movilizada públicamente en la conmemoración del vigésimo aniversario del golpe militar, el 24 de marzo de 1996.
Para esta segunda generación argentina (la primera de la postdictadura), la necesidad de exculpación colectiva no era necesaria: no habían participado vivencialmente ni de los conflictos de la década de los 60 y 70 ni de la dictadura (durante la cual eran muy pequeños). De este modo, no tenía sentido una narrativa que buscara “ponerlos por fuera” del conflicto social. Por el contrario, la alienación que se hacía de la identidad de las víctimas creaba un relato con demasiados agujeros, que desterraba la causalidad a la locura o maldad de los militares y no permitía comprender el sentido del pasado trágico.
La recuperación de la identidad de sus padres llevaba a estos hijos no solo a rescatar elementos cotidianos (fotos, recuerdos familiares, apodos, gustos), sino también su propio involucramiento político en las luchas, intentando conectarse con aquellos miembros de la generación previa que continuaban reivindicando esa identidad, cuyo núcleo más homogéneo se encontraba precisamente entre los sobrevivientes.
Esta necesidad e interés por el pasado de sus padres jugó también su rol en la posibilidad de corroer lentamente los principios fundamentales de la teoría de los dos demonios y a replantear las preguntas sobre las estrategias de lucha contra la injusticia, más aún en un contexto de impunidad con respecto a los crímenes cometidos y de profundo ajuste económico, con sus consecuencias en los rápidos incrementos de los niveles de pobreza e indigencia y en la destrucción del conjunto de indicadores sociales. Consecuencia de ello fue la implementación de las acciones directas contra la impunidad de los genocidas, bajo la consigna “si no hay justicia, hay escrache”.
Esta irrupción generacional se concatenó con toda otra serie de factores que fueron generando obstáculos para la continuidad de la versión original de los dos demonios, habilitando la emergencia y visibilidad de todos aquellos miembros de la primera generación para quienes la condena abstracta a la violencia, el olvido de las luchas e identidades de las décadas de los 60 y 70 y la angelización de los desaparecidos resultaba indigerible. Entre ellos destacaban la mayoría de los sobrevivientes, pero también muchos cuadros políticos e intelectuales de la época (exiliados, insiliados, presos políticos), que encontraron el espacio para expresar su mirada crítica.
Si bien en ningún momento se logró abrir explícitamente la discusión sobre la lucha armada contra las dictaduras previas (muy en especial frente a la extensión en el tiempo de la llamada “Revolución Argentina”, comandada por el ejército bajo la figura de Juan Carlos Onganía), comenzó a disolverse la idea dominante de que los desaparecidos eran “quienes figuraban en una agenda” o “jóvenes sensibles” y a recomponerse la identidad militante de las víctimas en procesos que atravesaron a los espacios gremiales, universitarios, barriales, con iniciativas como la construcción de baldosas de conmemoración, de secretarías de derechos humanos en sindicatos o centros de estudiantes, de eventos en cada vez más lugares del país donde la población intentaba recuperar esa memoria colectiva de lucha y conectarla con un presente de ajuste, resistencia y piquetes y, muy en especial, articular todo ello en la lucha común contra la impunidad de los genocidas.
La teoría de los dos demonios comenzaba a erosionarse, en un proceso lento y paulatino, aunque nunca dejó de resultar un elemento importante en la conformación de los relatos colectivos sobre el pasado.
El kirchnerismo y la asunción estatal del cuestionamiento a “los dos demonios”
El triunfo electoral de Néstor Kirchner condensó este proceso, que tuvo a diciembre de 2001 como uno de sus puntos más emblemáticos. El nuevo gobierno encontró en la lucha por los derechos humanos un puntal para la construcción de una legitimidad imprescindible, al asumir el poder en un contexto de una profunda crisis social, política y económica y con apenas el 22 % de los votos, ya que no contó ni siquiera con la oportunidad de resultar triunfante en el ballotage frente a Carlos Menem, quien decidió retirarse de la contienda.
Los primeros gestos del gobierno de Kirchner fueron más que claros en este sentido y le valieron el apoyo de muchas organizaciones y sectores de la sociedad que no lo habían acompañado electoralmente. La modificación y democratización de la Corte Suprema, la anulación de las leyes de impunidad previamente derogadas y la reapertura de los juicios a los genocidas, la recuperación de la esma y el ingreso al predio acompañado por los sobrevivientes, el desalojo de los marinos y el difundido “descuelgue” de los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar fueron hechos de enorme contundencia alrededor de los cuales comenzará a tejerse una narrativa que expresaba, desde el poder político, el cuestionamiento que había ido erosionando los argumentos principales de la teoría de los dos demonios.
De algún modo, el nuevo prólogo escrito en 2006 vino a cumplir dicho objetivo. Tal como Sabato expresaba a la sociedad de su momento y a su presidente Alfonsín, ahora Duhalde y Mattarollo (secretario y subsecretario de Derechos Humanos de la Nación y abogados de detenidos políticos en los años 70, sindicados como autores del nuevo prólogo) resultaban la representación de una militancia no necesariamente vinculada de modo directo con las organizaciones armadas, pero con fuertes lazos de solidaridad y simpatía hacia ellas, en la cual buscaban referenciarse Néstor y Cristina Kirchner y, con ellos, muchos de los funcionarios políticos que los acompañaban.17
La decisión de escribir un “nuevo prólogo” al informe Nunca más en 2006 (trigésimo aniversario del golpe militar) buscó expresar este cambio de paradigma, precisamente cuestionando en el texto no tanto ni solamente al prólogo de la edición de 1984 como, mucho más profundamente, a las lógicas que se desprendían de la teoría de los dos demonios. Allí se plantea, en su párrafo más explícito que “Es preciso dejar claramente establecido −porque lo requiere la construcción del futuro sobre bases firmes− que es inaceptable pretender justificar el terrorismo de Estado como un juego de violencias contrapuestas, como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado que son irrenunciables”.18