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La construcción del enano fascista

La construcción del enano fascista

Los usos del odio como estrategia política en Argentina

Daniel Feierstein

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción

Capítulo 1. Sobre las definiciones de fascismo

Capítulo 2. ¿Iniciativas fascistas en la Argentina contemporánea?

Capítulo 3. La capilaridad del fascismo contemporáneo y el rol de la antipolítica

Capítulo 4. La transformación de los modos de identidad contemporánea y sus efectos en las relaciones sociales

Capítulo 5. Enfrentándose al huevo de la serpiente

Agradecimientos


Feierstein, Daniel La construcción del enano fascista : los usos del odio como estrategia política en Argentina / Daniel Feierstein ; coordinación general de Creusa Muñoz ; dirigido por José Natanson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-614-597-81. Fascismo. I. Muñoz, Creusa, coord. II. Natanson, José, dir. III. Título.CDD 320.82

© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2019

Director: José Natanson

Coordinadora de la colección de libros de Capital Intelectual: Creusa Muñoz

Diseño de tapa: M

Diagramación: Adriana Manfredi

Corrección: Gustavo Toba

Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui

© Capital Intelectual, 2019

1ª edición. Impreso en Argentina.

Paraguay 1535 (C1061ABC), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Teléfono: (54-11) 4872-1300.

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Digitalización: Proyecto451

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Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-597-8

Introducción

“Los argentinos tienen un enano fascista adentro”, reza el mito que se inauguró en los últimos años de la dictadura militar y se repitió sin cesar de allí en más. La frase se suele adjudicar a la periodista italiana Oriana Fallaci, aunque no resulta fácil encontrar la fuente documental que dé cuenta de la misma. Quizás no fue exactamente así, ya que las versiones accesibles en la web de aquella entrevista con Bernardo Neustadt que se suele mencionar como origen del término no incluyen esta expresión ni ninguna similar. Como suele ocurrir con los mitos, poco importa quién fue el autor original, sino el impacto que cobra como parte de una narración. En este caso, un relato que surgió en los años finales de la dictadura y fue retomado con fuerza durante el período de gobierno de Raúl Alfonsín. Los argentinos teníamos un “enano fascista adentro” y el nuevo consenso “democrático” de los años ’80 venía a conjurarlo. El Nunca Más también quería referir, entre muchos otros sentidos, a ese “enano fascista” al que los argentinos no dejaríamos volver a emerger y al que domesticaríamos con la democracia.

Este libro no busca referenciarse en ese mito sino, por el contrario, ponerlo en cuestión. No somos los argentinos, como podría creer una periodista italiana eurocéntrica, los raros ejemplares que contamos con un “enano fascista adentro” ni fue la dictadura militar el momento de su emergencia, por mucho que haya sido genocida.

¿Y entonces por qué mantener al “enano fascista” en el título de este libro? La propuesta es aprovechar el mito para revisar el sentido que ha cobrado el término “fascismo” a lo largo del tiempo, qué vinculaciones puede tener con la realidad argentina del pasado reciente y, sobre todo, con los desafíos contemporáneos.

Recurrir a la imagen mítica del “enano fascista” puede resultar útil para comprender que el objetivo fundamental del fascismo, en tanto práctica social, es habilitar y producir comportamientos que pueden efectivamente ser parte de nosotros (como argentinos, pero también de cualquier otro ser humano), así como portamos también la posibilidad de ser solidarios o de luchar por la justicia. Las distintas alternativas de nuestra relación con los otros se encuentran siempre presentes en todo ejemplar de la especie, y las luchas por la hegemonía son modos de lograr que determinadas conductas tiendan a primar sobre otras, habilitar y consolidar las mejores o peores posibilidades que tenemos en tanto seres humanos o grupos sociales en nuestros modos de vincularnos con la comunidad en la que vivimos.

El concepto de “enano fascista” será reformulado aquí como la potencialidad de ser hablados y actuados por el odio, de habilitar formas de violencia específicas que logran redirigir nuestras frustraciones hacia determinadas fracciones sociales —inmigrantes de países limítrofes o de países africanos, jóvenes de los barrios populares, miembros de agrupaciones políticas contestatarias, sindicalistas, piqueteros, árabes, judíos, gitanos— que son construidos como los “responsables” de lo que nos pasa, generando su persecución, hostigamiento, maltrato, discriminación, todo ello ejercido de forma directa o a través de las fuerzas de seguridad, y/o descargando sobre ellos el odio que proviene, por lo general, de las consecuencias que produce en nuestras vidas un sistema opresor cuyos verdaderos responsables (el poder económico concentrado, grupos transnacionales, el sistema bancario y sus “fondos de inversión”, el extractivismo minero, petrolero o sojero) resultan cada vez más invisibles e inasibles.

Pero para no quedarnos en el mito o la banalización, habrá que revisar los usos del concepto de fascismo, sus variables experiencias históricas y también su posible pertinencia o riqueza para entender la realidad argentina y regional contemporánea.

A ello se suma la convicción y necesidad de comprender que el “enano fascista” se construye, no anida dentro nuestro siempre igual. Ello requiere cuestionar su naturalización, observar que nuestras prácticas son producto de procesos sociohistóricos que tienden a habilitar, facilitar o bloquear distintos modos de relación social. El “enano fascista” es una construcción, pero ello no le quita fuerza ni realidad. Que sea una construcción no implica que no pueda instalarse con fuerza como práctica hegemónica, procesar y determinar los modos por los que definimos nuestra identidad y la identidad de aquellos que nos rodean. Frente a la emergencia de dicho riesgo es que se publica este libro.

Una periodista italiana antifascista en la Argentina del fin de la dictadura

Oriana Fallaci nació en la Italia fascista, en 1929, y fue no solo hija de un partisano sino que, como adolescente, se sumó a la resistencia contra la ocupación alemana de Italia, hacia el final de la guerra. Periodista polémica e incisiva, fue corresponsal de guerra en Vietnam y entrevistó a la mayor parte de las figuras políticas más relevantes de las décadas del ’70 y del ’80. A medida que pasaron los años, su liberalismo de cuño europeísta la fue ubicando, paradójicamente, más y más cerca de una nueva derecha eurocéntrica y antiinmigrante que se consolidó con el fin de la Guerra Fría, hasta terminar sus últimos años desarrollando una llamativa y virulenta islamofobia con llamativos puntos de contacto con aquel fascismo al que enfrentara durante tanto tiempo, pero que ahora comenzaba a surgir en una nueva modalidad, más cool y descontracturada y, si se quiere, menos nacionalista.

Sin embargo, y más allá de la decepción de sus años finales, para los argentinos que crecimos en el terror desplegado por la última dictadura, la visita de Oriana Fallaci en aquellos tempranos años ’80 constituyó un claro incentivo para legitimar y consolidar la naciente militancia política de una generación que hacía sus primeros pasos en el contexto del terror impuesto en los campos de concentración por los que había circulado la generación de nuestros padres, e incluso la de nuestros hermanos mayores.

Que una mujer pudiera decirle en la cara a Galtieri “dictador” y “torturador” en una entrevista pública en junio de 1982, que pudiera cruzar a los periodistas argentinos un año después diciéndoles: “Ustedes tuvieron aquí un genocidio, algo tan atroz no es posible sin una prensa cómplice”, que tratara de colaboracionista al mismísimo Bernardo Neustadt al aire, en su programa Tiempo Nuevo, por Canal 13, nos hacía sentir que la militancia —aún clandestina en aquellos años, pero en un contexto de nuevos aires y con la mayoría de los campos de concentración ya desmantelados o en proceso de que ello ocurriera— podía forzar la retirada de los militares.

Cuenta el mito que fue justamente en una de aquellas visitas de Fallaci al país, en aquel cruce con Bernardo Neustadt en 1983, que creó la ingeniosa frase que se haría emblema en la Argentina de los años ’80. El primero candidato y luego electo presidente Raúl Alfonsín la transformó en un caballito de batalla de su verba discursiva para enfrentar lo que denunciaba primero como el corazón de los acuerdos de la derecha en un “pacto sindical-militar” y luego como una tendencia más general de todos sus detractores, a los que veía atravesados por este autoritarismo. El mal argentino de los golpes militares reiterados, el bombardeo de la Plaza de Mayo, las luchas políticas de los años ’60 y ’70, y la propia dictadura genocida se explicaban porque “los argentinos tenemos un enano fascista adentro”. Alfonsín se sentía llamado a exorcizar a nuestro enano de la mano de la democracia, con la que “se come, se cura y se educa”. Y exorcizar al enano fascista era uno de los modos en los que el naciente alfonsinismo pensaba la “educación” de un pueblo al que se lo caracterizaba como “envuelto en la violencia”, un modo prototípico y problemático de construir una narración sobre los orígenes y consecuencias del genocidio vivido en la década del ’70 que ha vuelto a tomar fuerza en la última década, de la mano de numerosos periodistas, historiadores o cientistas sociales que parecen haber retrocedido en el tiempo hacia aquella coyuntura de los años ochenta.

Se desplegará en este trabajo que la última dictadura argentina fue genocida pero no fue fascista, en tanto no logró movilizar a amplios sectores de la población para sumarlos al despliegue directo de la violencia; se planteará que aquella dictadura fue más bien efectiva en el objetivo de paralizarnos, de sumergir a la mayoría de los argentinos en su cotidianeidad, encerrarlos en el interior de sus casas o de sus oficinas, desconfiando de parientes, vecinos o compañeros de trabajo, y cerrando sus ojos y oídos para evitar enterarse de la magnitud de la destrucción. Este trabajo no comparte el mantra de que la argentina fue una sociedad “violenta”, en el sentido igualador de la violencia que las lógicas de los “dos demonios” han intentado construir como narración exculpatoria del genocidio.

Sin embargo, hay algo de aquella frase poco feliz que desnuda una verdad no solo válida para los argentinos o para los años de la dictadura: que la crueldad, el sadismo, el odio, no constituyen solo conductas observables en otros, sino que se encuentran, como potencialidad, como latencia, en cada ser humano y en cada relación social. Que es una posibilidad innegable en cada uno de nosotros.

La dictadura militar, con su horror y sus campos de concentración, se propuso paralizar a la población y activar no tanto el odio y la violencia sino más bien la desconfianza y el individualismo, buscó habilitar el “sálvese quien pueda” y el “a mí no me ha pasado nada”, que tan bien describiera uno de los mejores politólogos de los años ’80, Guillermo O´Donnell, lamentablemente bastante olvidado por los cultores de aquellos años en el presente. La dictadura no nos transformó en fascistas sino en aquellos monitos que denunciara tempranamente la revista Humor, tapando sus ojos y oídos para no ver lo que ocurría.

Las estrategias de la derecha argentina, en esta última década, comienzan a proponernos algo paradójicamente peor que lo que buscó instalar aquella dictadura: estas nuevas derechas se han propuesto incentivar nuestros odios, transformar nuestras frustraciones ya no en parálisis sino en agresión frente al familiar, frente al par, frente al vecino. Ahora sí se nos propone desatar la violencia contenida contra el inmigrante, el desocupado, el piquetero, el negro, el vendedor ambulante, el ratero, el manifestante urbano, la abortera, el árabe, el gitano o el judío. Insultarlos, molerlos a palos, atacarlos en banda, lincharlos, atropellarlos, acuchillarlos. Exactamente de eso se trata el fascismo en tanto práctica social, no de una violencia política direccionada y contenida como fue la de los años setenta. No fue cierta la “violencia social” colectivizada que postulan los defensores de los “dos demonios” para la época del genocidio pero, paradójicamente, sí quieren llevarnos hoy a una violencia social colectivizada, como parte de una estrategia de opresión. Algo que nuestra generación no ha conocido en la Argentina, ni siquiera durante la última dictadura militar.

Oriana Fallaci denunció la parálisis y la complicidad de numerosos sectores de la sociedad argentina con la dictadura. Y muy en especial la de la prensa, que no solo callaba sino que ofrecía sus páginas para las operaciones de los servicios de Inteligencia.

Pero hoy muchos de esos periodistas —o sus herederos, porque en la mayoría de los casos los periodistas de hoy eran niños o adolescentes durante la dictadura, o incluso nacieron después de su finalización— no solo prestan otra vez sus medios y su voz para las operaciones de los servicios de Inteligencia sino que, muchos de ellos, ahora llaman a la población a indignarse, a ejercer una violencia en banda, cobarde, la de los muchos moliendo a patadas a una persona en el suelo, la de quienes se envalentonan quemando a quienes se ven obligados a dormir en la calle, la de quienes atacan a golpes a alguien porque es negro, porque parece boliviano o paraguayo o porque usa una kipá, intentando al mismo tiempo convencernos de que una vida vale mucho menos que un celular o una bicicleta, que el “cumplimiento de la ley” (aunque sea la ley de circular sin inconvenientes de casa al trabajo) justifica la más dura represión, el encarcelamiento e incluso el asesinato de aquellos que osen ocupar el espacio público con la protesta.

Ya no nos quieren encerrados en nuestras casas y haciendo oídos sordos al terror, como aquellos monitos que ilustraba Humor. Quieren que seamos nosotros quienes salgamos a insultar, a golpear, a agredir, a escupir. Incluso a matar. Nos incitan a ello desde los medios de comunicación e incluso desde algunos cargos públicos. Nos reiteran una y otra vez que “los argentinos hemos sido muy dóciles”. Pero parece que insubordinarnos y dejar de ser dóciles no sería enfrentarnos al poder concentrado, a la injusticia sino, como buenos cobardes, desquitarnos con aquellos que sufren más que nosotros, con los que reclaman dignidad cortando una calle o una ruta, organizando una huelga o reclamando por sus derechos.

Ahora sí buscan construir, despertar y habilitar al “enano fascista” para obligarnos a encontrar un enemigo sobre el cual descargar la violencia contenida como consecuencia de un nuevo orden que nos expulsa de la posibilidad de ganarnos el sustento con nuestro trabajo, de acceder a un sistema de salud, de contar con una educación pública de calidad o con una vivienda propia. Parece que no merecemos nada de esto y que la culpa es del que tiene menos que nosotros, del “planero”, de las mujeres embarazadas de los barrios populares (“que tienen hijos para cobrar un plan”), de los miserables que con la misérrima ayuda que reciben del Estado se estarían robando nuestro bienestar.

Al tiempo que con la lucha popular lográbamos derrotar la impunidad de los genocidas, allí a comienzos del siglo XXI se iba gestando el huevo de la serpiente fascista en los subsuelos de la sociedad argentina, de la mano de la versión recargada de los “dos demonios”, del discurso sobre la inseguridad, de la estigmatización del piquetero, del huelguista o del maestro, y de la mano también de un nuevo periodismo soez y descalificatorio y una nueva política que han hecho del insulto, la burla, la chicana, la denigración y las operaciones de Inteligencia o los “carpetazos” sus herramientas más efectivas.

Este libro busca desplegar algunas de estas preguntas, aportando una reflexión sobre cómo es posible pensar el fascismo en tanto práctica social, cuáles de dichos elementos comienzan a darse cita en el contexto argentino, qué similitudes y diferencias pueden encontrarse con las formas más clásicas y canónicas de las experiencias fascistas (los casos español, italiano y alemán en la Europa de la primera mitad del siglo XX) y, sobre todo, el sentido que puede tener pensar la necesidad de conformación de un frente antifascista, como modo de articular los muy distintos y variados espacios de militancia que, teniendo fuertes diferencias en sus caracterizaciones y posicionamientos políticos, podrían confluir en la lucha por impedir este nuevo posible giro de las derechas argentinas.

La preocupación que inspira este libro es la percepción de que hay quienes comienzan a pensar seriamente en desplegar la posibilidad de una salida fascista contra las consecuencias de una profunda crisis económica, sociopolítica e incluso generacional que pone en jaque las funciones masculinas y femeninas, paternas y maternas, y que solo una detección temprana, la comprensión de sus lógicas (viejas y nuevas) y la creación de un frente antifascista sólido y plural para contenerla podrá conjurar dicho peligro.

Capítulo 1 Sobre las definiciones de fascismo

Preguntarse por el riesgo de una avanzada fascista en la Argentina requiere, antes que nada, clarificar de qué se habla cuando se menciona el término “fascismo” y qué sentido tendría utilizarlo hoy.

Los trabajos sobre el fascismo son innumerables y las perspectivas son de lo más diversas. También los modos actuales de utilización del término. Vale entonces iniciar este libro ingresando en la complejidad de los distintos usos del concepto para tomar una postura clara y explicitar en qué sentido se hablará aquí de fascismo, en qué sentido no, y cuál podría ser la ventaja de recurrir a dicho término para analizar la compleja realidad política contemporánea en nuestra región y, especialmente, en nuestro país.

Para comenzar a despejar el panorama, es bueno distinguir inicialmente tres usos muy empobrecedores del término que conviene evitar.

El primero es un modo falto de especificidad y simplificador, que califica como “fascista” cualquier rasgo autoritario o cualquier régimen con el que se disiente. Es así que, por ejemplo, Elisa Carrió califica a Cristina Fernández de Kirchner de “fascista de izquierda” (1), apelando a un término (fascismo de izquierda) ya de por sí cuestionable, aunque sin embargo utilizado por algunos autores, como Jürgen Habermas, Seymour Lipset o Irving Louis Horowitz. Aunque el propio término “fascismo de izquierda” es, a mi modo de ver, muy problemático, y no suele ser compartido, estos autores lo utilizan para experiencias políticas en modo alguno comparables a las lógicas del kirchnerismo, con lo cual la descalificación de su uso por parte de figuras políticas como Carrió sería doble. En el mismo tono, en su reciente libro El fascismo argentino (2), Ignacio Montes de Oca ubica en “el peronismo” (así, a secas) la matriz “autoritaria” del “fascismo argentino”, una concepción con mayor pregnancia histórica que las afirmaciones de Carrió y con acompañamientos varios en el plano político e intelectual, pero no con mayores méritos en cuanto al sentido teórico del término “fascismo” y su remisión a conductas de sujetos o a analogías sin mucho fundamento y de impacto más bien mediático, en lugar de intentar dar cuenta de prácticas sociales. Ya un autor clásico europeo como Ernst Mandel había planteado una referencia al caso argentino en sus propios libros, al considerar como “grave error” la concepción del peronismo como fascismo, fundamentalmente porque el fascismo se propuso históricamente destruir la organización sindical de los trabajadores y recortar sus derechos, en tanto que el peronismo logró exactamente lo contrario, algo que resulta absurdo que deba señalarnos un autor alemán a los argentinos cuando resulta tan evidente. (3)

Asimismo, también desde la izquierda política o incluso desde el peronismo se ha utilizado muchas veces el término fascismo como insulto, como adjetivación descalificadora o como remisión a la represión o al autoritarismo. Es así que se incluye en la calificación de “fascistas” los golpes militares de 1955, 1966 o 1976, o a todo movimiento político autoritario, a los “gorilas”, a cualquier conato represivo ante una manifestación de masas, al accionar policial regular contra el crimen o incluso a regímenes conservadores, liberales o neoliberales.

Una de las mejores críticas a esta banalización —por derecha o por izquierda— del concepto de fascismo puede encontrarse en un trabajo clásico de la izquierda marxista a propósito del surgimiento de dicha experiencia política en la Italia de los años ’20: la crítica de Palmiro Togliatti (contemporáneo de Gramsci y cercano a él) a esta generalización del uso del término en la izquierda. Decía Togliatti:

“Ante todo quiero examinar el error de generalización que se comete ordinariamente al hacer uso del término ‘fascismo’. Se ha convertido ya en costumbre el designar con esta palabra toda forma de reacción. Cuando es detenido un compañero, cuando es brutalmente disuelta por la policía una manifestación obrera (...) en toda ocasión, en suma, en que son atacadas o violadas las llamadas libertades democráticas consagradas por las constituciones burguesas, se oye gritar: ‘¡Esto es el fascismo! ¡Estamos en pleno fascismo!’ Es preciso dejar las cosas bien claras: no se trata de una simple cuestión de terminología. Si se considera justo el aplicar la etiqueta de fascismo a toda forma de reacción, conforme. Mas no comprendo qué ventajas ello puede reportarnos, salvo, quizás, en lo que hace referencia a la agitación. Pero la realidad es otra cosa. El fascismo es una forma particular, específica de la reacción; y es necesario comprender perfectamente en qué consiste esa su particularidad.” (4)

La segunda utilización problemática que vale la pena descartar es aquella que hace equivaler el concepto de fascismo con el ambiguo y confuso término de “totalitarismo”. Fascismo sería entonces una modalidad de ejercicio de este totalitarismo, que podría encontrarse tanto en regímenes de derecha como de izquierda y que cubriría desde las experiencias italiana o alemana hasta las de la Unión Soviética bajo Stalin, e incluso la de China con Mao (algunos hasta lo expanden hacia cualquier régimen de partido único, incluyendo el caso cubano y, ahora que se encuentra en el eje de la atención mediática, también la Venezuela de Maduro, aunque no tenga partido único). Pese al interés que poseen algunos de los análisis de Arendt en su clásica obra Los orígenes del totalitarismo (5), el término, en manos de autores como Carl Friedrich, Dwight Macdonald, Arthur Koestler o Zbigniew Brzezinski, entre otros, se transformó en lo que Slavoj Žižek ha llamado, simpáticamente, un “antioxidante ideológico”. (6) El concepto de totalitarismo, y el uso de “fascismo” como su equivalente, cobra su fuerza real (y, por tanto, su trampa conceptual) cuando se entronca en la lógica de la Guerra Fría como modalidad de igualación de nazismo y stalinismo, de autoritarismo de derecha y de izquierda y, por tanto, de rescate y glorificación de la democracia liberal “antitotalitaria” que se opondría a “ambos extremos” de la violencia. (7) Igualación banalizadora que cobra sus diversos sentidos en las “teorías de los dos demonios”. (8)

Es interesante observar cómo la homologación de nazismo y stalinismo resulta funcional tanto a esta perspectiva liberal (basada en el concepto de “totalitarismo”) como al revisionismo nacionalista de Ernst Nolte. Nolte plantea el nazismo como una “respuesta” al bolchevismo, que habría implementado una “violencia simétrica”, explicada en espejo por la violencia bolchevique, prefigurando las lógicas de “dos demonios” que tanta pregnancia han tenido unos años después para analizar el caso argentino. (9)

Lo significativo es que este revisionismo no se presenta como tal sino que se ha construido a sí mismo como voz hegemónica con respecto a la evaluación de la experiencia nazi-fascista, y ello ha permitido una formidable operación negacionista de los orígenes y fundamentos del fascismo en su igualación con las experiencias revolucionarias bajo la fórmula de “totalitarismo”.

El concepto de totalitarismo es el mejor ejemplo de cómo la elaboración de los procesos sociales se salda en su “realización simbólica”, en aquello que los discursos hegemónicos logran que la experiencia pueda significar, para ser apresada de una u otra forma. (10) La tesis del totalitarismo fue un tabique más sólido que los ladrillos del muro de Berlín para impedir que la caída del nazismo permitiera un reflujo de la autodeterminación de los pueblos, homologando al tirano con las formas políticas que permitieron derrotarlo.

Por último, existe otra fuerte corriente dentro del campo académico que, como contrapartida de la ampliación extrema de las dos miradas previas, busca restringir la utilización del término “fascismo” para la experiencia italiana de la primera mitad del siglo XX, considerando que cuenta con una especificidad incomparable a cualquier otro proceso histórico. (11) Cada vez más extendidas en el campo de la historia e incluso avanzando en el conjunto de las ciencias sociales, este tipo de miradas se niegan a cualquier posibilidad de comparación y restringen el conocimiento de los hechos a una mera descripción densa de cada caso histórico, sin poder comprender procesos de mayor nivel de generalidad y elementos comunes presentes en casos diferentes. Estas lógicas “literalistas” terminan derivando en análisis estériles que constituyen un fuerte obstáculo para las posibles utilizaciones del pasado en las disputas políticas del presente, eje fundamental del sentido del propio proceso de conocimiento, que no puede ser apenas una abstracción interesada en especificidades únicas y excluyentes que podrían encontrarse en cada caso. Esto es: que cada caso resulte único en muchas variables no elimina en modo alguno la legitimidad y utilidad del trabajo comparativo para la creación de conceptos que den cuenta de similitudes estructurales entre estos casos históricos específicos. El concepto de fascismo es un ejemplo privilegiado de la utilidad política de este conjunto de reflexiones, siempre que se comprenda lo que implica un procedimiento de abstracción, que en modo alguno significa postular la equivalencia absoluta de aquellas experiencias que se abstraen en el concepto común.

* * *

Es así que, más allá de encontrarse en polos enfrentados, las tres posturas descriptas previamente resultan empobrecedoras en un sentido teórico y político. Si todo régimen autoritario es fascista, si el fascismo iguala la consolidación de los sectores dominantes o su cuestionamiento (como en el caso del concepto de totalitarismo o de la díada “fascismo de derecha-fascismo de izquierda”), o si el caso italiano es tan único que no puede ser comparado con ninguna otra experiencia histórica, el análisis conceptual queda obturado. El desafío entonces radica en definir qué características estructurales darían cuenta de definiciones más útiles de fascismo para distinguir distintos proyectos, analizar sus consecuencias y evaluar, a partir de allí, en qué sentido existe un riesgo fascista en la Argentina contemporánea y en qué sentido dicho riesgo no es tal o no se deja comprender por las experiencias europeas que hemos conocido. Pregunta crucial para el presente y para todo movimiento que se proponga intervenir en la coyuntura política contemporánea.

Tres definiciones estructurales del fascismo

En un sentido más útil y comparativo, y en tanto abstracción que da cuenta de características estructurales de procesos históricos distintos, el término fascismo ha tenido tres tipos de definición:

1) en tanto ideología: la que se caracteriza por el monopolio de la representación por parte de un partido único de masas, la utilización de proyectos mesiánicos, el culto personalista del jefe, la verticalización autoritaria de la sociedad, la exaltación de la comunidad nacional y la estigmatización de quienes no pertenecerían a ella o resultarían en un peligro para su conservación, el desprecio del individualismo liberal articulado con un profundo y violento anticomunismo, la postulación de orígenes míticos de la identidad nacional y su vinculación con objetivos de expansión imperialista, la construcción de un aparato de propaganda centralizado y basado en la restricción o eliminación de los medios opositores, entre otros elementos;

2) en tanto régimen de gobierno: de carácter corporativo y vinculado al cuestionamiento de la democracia representativa liberal desde un modelo de conciliación y articulación de clases a través de las “fuerzas vivas” de la sociedad: empresarios, sindicalistas afines al régimen o creados desde el aparato estatal, estructuras militares o religiosas. Régimen tendiente, a su vez, a un dirigismo estatal de la economía; y

3) en tanto conjunto de prácticas sociales: que dan cuenta de un tipo específico de utilización de la demonización de los grupos minoritarios, de la exacerbación y proyección de los odios de los sectores medios, proletarizados o excluidos y la movilización política activa de los mismos, en tanto estrategia de los sectores concentrados del capital para destruir la organización popular —y muy en particular su expresión sindical— en contextos en los que la democracia liberal no logra resolver las contradicciones o encuentra problemas en la construcción de su hegemonía política.

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200 p. 1 illustration
ISBN:
9789876145978
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