Read the book: «En busca de un hogar»

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28001 Madrid
© 2016 Claudia Fiorella Cardozo
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
En busca de un hogar, n.º 278 - septiembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-704-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
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Prólogo
Londres, 1890
Juliet Braxton odiaba Inglaterra.
Bueno, esa afirmación no era del todo cierta; en realidad le gustaba mucho, pero no lo reconocería frente a su abuela a menos que le amenazara con arrancarle los pulgares, y aun así estaba segura de que hubiera podido soportar unas cuantas horas de tortura con bastante aplomo.
Porque si algo podía asegurar era que ella jamás comprendería a cabalidad el motivo por el que mostraba tanta aversión a ese país, pese a lo simple que resultaba; lo único que quería era volver a su hogar.
Sí, porque Juliet no era inglesa, aunque a su abuela le encantara fantasear lo contrario. Era una orgullosa americana, con sangre de inmigrantes corriendo por sus venas, y pese a los intentos de su abuela, la ilustre y muy digna lady Victoria Ashcroft, su mayor anhelo era subirse al barco más cercano y navegar hasta esa tierra que tanto amaba.
Sus recuerdos más preciosos transcurrieron allí, en la felicidad de esa mansión que su padre empezó a soñar al día siguiente de conocer a su madre, según le contaban ambos al fuego de la chimenea, cuando era apenas una niña pequeña y escuchaba sus relatos con los grandes ojos abiertos como platos.
No lograba comprender del todo el significado de cada una de sus palabras, pero sabía que el amor que se profesaban el uno al otro era equivalente al que sentían por ella, y eso era suficiente.
Debieron pasar algunos años para apreciar la historia de su amor en toda su magnitud.
Su madre fue una jovencita inglesa, de buena cuna y muy bella, que insistió en acompañar a su padre en uno de sus viajes al otro lado del océano, pese a las protestas de la familia; pero lord Ashcroft tenía debilidad por su única hija y, considerando que su debut en sociedad estaba muy próximo ya, creyó que bien podría darle el gusto de conocer ese país que a él le maravillaba, como una última aventura compartida.
Lo que no pudo prever fue que una vez allí conocería al hombre que le robaría el corazón y por el que decidiría dejar atrás todo lo que se esperaba de ella.
Nada de presentaciones en la corte o bailes de tímidas debutantes; su lugar estaba junto a Edward Braxton, ese joven heredero de una fortuna trabajada a fuego y acero, literalmente, en los muelles de esa gran ciudad llamada Nueva York, que ahora le acogía como un segundo hogar.
De haberse tratado de un hombre de poca riqueza, tal vez habría resultado más sencillo imponerse a los deseos de la joven Katherine, pero como no era el caso, y este se encontraba en una excelente posición para ofrecerle todas las comodidades a las que estaba acostumbrada, no hubo forma de que lord Ashcroft pudiera negarle la mano de su hija, y con el pasar de los años, al ser testigo de su inmensa felicidad, no pudo menos que congratularse por la decisión adoptada.
Pero el destino puede ser muy cruel, y con frecuencia el amor no es suficiente para asegurar la dicha eterna. La madre de Juliet murió de una afección pulmonar totalmente inesperada; apenas debió resistir unos días de agonía antes de fallecer, dejando a un esposo inconsolable y una pequeña niña de seis años que no podía hacerse a la idea de que jamás volvería a contemplar la sonrisa de su madre.
Edward Braxton nunca pudo recuperarse de la pérdida, pese a que amaba a su hija con todas sus fuerzas y tenía por mayor anhelo asegurar su felicidad. Se negó a permitir que la pequeña Juliet fuera enviada a Inglaterra, tal y como exigían los parientes de su fallecida esposa, especialmente la madre de esta, que nunca vio con buenos ojos su unión, y ahora reclamaba a su nieta para encargarse de su crianza.
Durante cinco años se entregó al trabajo y a hacer feliz a su pequeña, brindándole todas las comodidades, su tiempo y amor, y aun cuando la ausencia de la madre era un agujero infinito en sus corazones, aprendieron a vivir con esperanza y ánimo en el futuro.
Lamentablemente, pocas semanas después de su décimo primer cumpleaños, Juliet se vio nuevamente obligada a despedirse del que había sido su compañero más querido desde que tenía memoria. Edward Braxton dejó de existir una mañana de abril, preso de una fiebre adquirida de forma inexplicable. Apenas tuvo tiempo para acariciar los rizos de su pequeña antes de expirar.
Aunque Juliet contaba con la protección de su precavido padre, que había dispuesto que toda su fortuna fuera para ella en cuanto cumpliera los veintiún años de edad, siendo apenas una niña necesitaba la protección que solo un adulto podría proporcionarle. No faltaron personas en su país que se ofrecieran gentilmente, y por amor a sus padres, a encargarse de ella, pero una vez más, desde el otro lado del mar, su abuela hizo oír su voz, y esta vez tuvo éxito en sus pretensiones. Su nieta iría a Inglaterra a vivir con ella, lo deseara o no.
Juliet lloró desde el momento en que debió colocar sus muñecas en los pesados baúles que las doncellas habían preparado para el largo viaje, hasta su llegada a la costa de ese país que le resultaba por completo desconocido.
La presencia de esa abuela imponente a la que jamás había visto no consiguió más que aumentar su angustia, pero una vez allí, enfrentando su destino, recordó las enseñanzas de su padre, que le infundió siempre el coraje frente a la adversidad y la fuerza necesaria para afrontar los cambios repentinos con esperanza.
De modo que tan pronto como llegó a la mansión de su familia materna, decidió que se comportaría tal y como su padre esperaría de ella, y que llegado el momento, cuando pudiera decidir por sí misma, retornaría al que consideraba su único y verdadero hogar.
Capítulo 1
El conde Arlington se enorgullecía de su habilidad con los caballos; en numerosas ocasiones había logrado ridiculizar a más de un petimetre arrogante que creyó divertido retarlo a una carrera.
Esa tarde, sin embargo, mientras cabalgaba por el pequeño bosque a unas cuantas leguas de su propiedad, iba tan ensimismado en sus sombríos pensamientos, que no prestaba mayor atención al camino.
Acababa de sostener una fuerte discusión con su madre que lo dejó exhausto y malhumorado; la única vía de escape que encontró para poder pensar con tranquilidad fue tomar un caballo y cabalgar tan lejos como le fuera posible.
No temía a su madre; en un hombre de su edad y posición hubiera resultado ridículo, pero tal vez fuera el profundo amor que le profesaba lo que inspiraba ese fastidio al verse envuelto en la misma disputa una y otra vez.
¿Qué podría querer una mujer inteligente y amorosa como ella de su único hijo? Bueno, era muy sencillo de adivinar; deseaba verlo casado, y a la brevedad posible, para mayores señas.
Desde luego que el conde comprendía su esperanza; su madre no había mostrado más que simple y sencilla adoración por él desde que tenía memoria, y era lógico suponer que esperaba hacer otro tanto con los futuros nietos que él tan egoístamente se negaba a procrear; esas debieron de ser sus palabras, no estaba del todo seguro, nunca podía estarlo con su madre que, cuando le convenía, usaba las expresiones menos apropiadas para una dama.
Para ser honesto consigo mismo, a veces sentía lástima por ella, sabía que encontraba la enorme casa que habitaban como un lugar vacío y falto de vida. Sus continuos viajes no ayudaban en absoluto, y su madre, que prefería el campo a los vaivenes de Londres, pasaba mucho tiempo a solas, sin más compañía que la de los sirvientes y algún pariente obtuso que aprovechaba su ausencia para disfrutar de las comodidades de Rosenthal Hall.
Él, en cambio, y casi le avergonzaba reconocer su egoísmo, prefería esa vida plácida de soltero empedernido, sin más responsabilidades que las de llevar las riendas de su familia de forma apropiada, labor que estaba seguro cumplía con creces.
Largas temporadas atendiendo sus negocios en Londres, viajes al extranjero que no resultaban tan placenteros como hubiera deseado, y muchas preocupaciones para mantener a la familia correctamente provista.
Por consiguiente, en su opinión, hubiera sido poco menos que absurdo involucrarse en un asunto tan espinoso como buscar una mujer apropiada para convertirla en la señora de Rosenthal. Desde luego que aceptaba su obligación de engendrar un heredero en cierto momento, pero con veintiocho años no creía estar tan cerca de la senectud como para ir con prisas.
Cuando fuera el momento propicio, organizaría sus asuntos para pasar una temporada en Londres, socializaría con jovencitas apropiadas y sus astutas madres, y escogería a la que pudiera desempeñar mejor el lugar que estaba dispuesto a ofrecer, el cual no era nada deleznable.
¿Un poco cínico? Quizá, pero honesto y práctico, dos cualidades de las que también se encontraba muy orgulloso.
De modo que su incomodidad, a su parecer, era más que justa. Deseaba paz en los escasos momentos de descanso que podía permitirse, pero se veía en la necesidad de prácticamente escapar de casa como un adolescente imberbe por causa de su madre.
Insólito.
El sentimiento de culpabilidad daba paso a la ira y, curiosamente, eso le hizo sentir mucho mejor, aunque no por ello tuvo más cuidado en su cabalgata. Tal vez hubiera sido buena idea escoger a un caballo menos bravío para ese escape tan poco decoroso, y aún mejor, mantener la vista en el camino.
Sin embargo, para cuando reparó en estos dos detalles tan importantes, era ya muy tarde; algo debió de asustar a Byron, que se encabritó, tirándolo de la silla, y nunca se enteraría de cuál fue la causa, porque en ese momento su más grande preocupación fue caer con el mayor cuidado, todo el que se puede tener en un momento como ese para al menos no romperse el cuello.
Luego daría gracias al cielo por haber logrado caer en terreno blando, pero en ese instante lo único que deseaba era recuperar todo el aire que parecía haber escapado de sus pulmones, dejándolo con la respiración agitada y la vista borrosa. Su mente funcionaba a toda velocidad, la suficiente para identificar el espantoso dolor que empezaba a circular de su pie derecho a la rodilla, y, de no sentirse tan mal, hubiera encontrado una forma de incorporarse.
Habría pasado valiosos minutos en ese trance, pero quiso la fortuna que cuando estaba a punto de desvanecerse, unos pasos ligeros se acercaron con rapidez a donde él se encontraba. No podía levantar la cabeza o articular palabra, pero escuchaba perfectamente lo que se decía a su alrededor.
—¡Daniel, por Dios, olvida el caballo! Está mucho mejor que este pobre hombre.
Suponía que con «pobre hombre», esa voz se refería a él, e intentó recordar cuándo fue la última vez que alguien lo llamó así.
—Va a perderse.
—Lo dudo, parece ser de la zona, encontrará el camino de vuelta a casa; ahora, ayúdame con él, vamos.
El conde abrió y cerró los ojos hasta que empezaron a lagrimear, inquieto por el giro que estaban tomando los acontecimientos. ¿A quiénes pertenecían esas voces? Nunca las había escuchado.
Eran jóvenes, mucho, eso era seguro; una pertenecía a un muchacho, el llamado Daniel, suponía, la otra era delicada, femenina y con cierto deje gruñón que habría encontrado gracioso en otras circunstancias.
—Creo que se ha roto el pie —la voz era de la joven, y se oía casi a su altura ya.
—Siempre pensando lo peor…
—Y usualmente acierto, no lo olvides.
El conde hubiera deseado poder hablar para decirles que dejaran de discutir y le ayudaran o al menos que simplemente callaran, porque sentía que su cabeza iba a estallar en cualquier momento.
Pero no fue necesario que pensara más en ello, porque la cosa más sorprendente ocurrió a continuación.
De pronto, mientras veía al cielo y sentía sus oídos zumbando, una visión se presentó ante sus ojos. Era lo más bello que había visto jamás, lo que le hizo pensar que tal vez después de todo sí que se había roto el cuello.
Nunca, en todos los años de su vida, había contemplado unos ojos tan azules, cutis más terso y unos labios tan rosados. Ese ángel que lo miraba con el ceño fruncido, lo que le pareció un poco extraño, porque en su opinión los ángeles no deberían hacer tal cosa, llevaba sus largos cabellos apenas atados con descuido, y los mechones cayeron a ambos lados de su rostro cuando se agachó a su lado para verlo con más atención.
¿Qué debía hacer ahora? ¿Rezar?
El ángel se acercó aún más, sin dejar de contemplarlo y cuando esperaba que empezara a recitar alguna letanía acorde a la ocasión, le hizo la pregunta más extraña:
—¿Cuántos dedos ve?
Tras pasar las últimas semanas en Londres con su abuela y primo, Juliet recibió la noticia de su visita al campo como una flor recibe el rocío en la primavera; no pudo sentirse más feliz ante la perspectiva de cambiar de aires y disfrutar de la paz que encontraría en las praderas, lejos de la ciudad.
Si bien, gracias a que acababa de cumplir dieciocho años, su abuela había decidido postergar su debut en sociedad la temporada anterior, no tendría la misma suerte con la venidera y, además, tampoco se había librado de tener que departir con infinidad de amistades de la familia que visitaban la residencia Ashcroft. A muchos los conocía, claro, su abuela se encargaba de ello, pero no por eso le resultaban más interesantes.
Una vez escuchó a escondidas cierta conversación sostenida por dos de sus tías lejanas, Dios la librara de que su abuela se enterara, en la que hablaban de ella, y aún le ardían las mejillas tan solo de recordarlo.
Según estas, esperaban que tan pronto como hiciera su debut en sociedad, recibiera una buena cantidad de propuestas matrimoniales, y lo mínimo que estaba dispuesta a aceptar su abuela era a un conde. Después de todo, aun cuando su padre no fue un hombre de buena cuna, o lo que ellas consideraban como tal, ese detalle carecía de importancia cuando se tomaban en cuenta los antecedentes de su familia materna, su belleza, y lo que más le disgustó oír, su fortuna.
Claro, como si la idea de que un hombre deseara casarse con ella solo por su apariencia y dinero fuera algo agradable para oír.
A diferencia de otras jóvenes de su edad, a Juliet la idea del matrimonio no la sumía en ensoñaciones y suspiros; al contrario, a su parecer el casarse solo complicaría sus planes de volver a América.
Cierto que no había tratado a muchos hombres, por supuesto, pero conocía a varios jóvenes que asistían con frecuencia a las veladas en la residencia Ashcroft y ninguno le había causado una gran impresión. Tal vez uno o dos le resultaron agradables a la vista y hasta simpáticos una vez que entablaron conversación, pero nada más.
El único ejemplar del género masculino con el que se sentía plenamente cómoda, y a quien apreciaba con un cariño sincero, era su primo Daniel, y ya que lo veía como a un hermano, era lógico suponer que no podía incluirlo en sus cálculos.
De modo que esa era su situación actual; pasaba casi todo el tiempo con su abuela y primo, que tenía por familia más cercana a un padre que viajaba casi todo el año, de modo que se había convertido ya en una presencia constante en su vida. Era difícil imaginar el día a día sin él, aun cuando la mayor parte del tiempo discutían, si bien sus disgustos no les duraban mucho tiempo; se parecían mucho y eso les permitía comprenderse con facilidad.
La llegada al campo, a la propiedad de unas queridas amistades de la familia, que contaban con acres y acres de terrenos, amén de una casa de ensueño, fue muy bien recibida por Juliet, y el saber que no solo iría en compañía de su abuela, sino también de Daniel, fue un gran alivio; así tendría con quien divertirse.
Los primeros días debieron controlar sus ansias de explorar, ya que los dueños de la casa deseaban tenerlos a la vista casi todo el tiempo, cosa que le costaba comprender, porque no podía imaginar qué encontraban de interesante en dos muchachos de apenas dieciocho y diecinueve años, a cuál más taciturno.
Pero tan pronto como agotaron todos los temas de conversación, se encontraron en libertad de recorrer la casa y los grandes jardines a su gusto. Su abuela, que usualmente los seguía con ojos de halcón, quizá suavizada por el ambiente bucólico, les permitió dar paseos más largos y hasta pedir caballos prestados para visitar los terrenos siempre y cuando no se alejaran demasiado.
Fue precisamente una de esas mañanas en que llevaban a los alazanes de las riendas mientras admiraban el paisaje, que oyeron ese relincho tan poco común, y decidieron acercarse para ver lo que pasaba.
Su abuela se habría disgustado de saber que habían desobedecido sus órdenes al dejar los lindes de la propiedad, pero, de haberlo hecho, no habrían sido testigos de ese accidente.
Cuando observaron al jinete caer del caballo, intercambiaron una mirada espantada, y mientras Daniel se hacía cargo de sus monturas, Juliet corrió hasta llegar cerca del hombre que apenas sí respiraba sobre la grama.
Dio pasos cortos, aterrada ante la posibilidad de encontrarlo muerto, pero comprobó rápidamente que su pecho bajaba una y otra vez, si bien la dificultad era notoria, lo mismo que el extraño ángulo de su pie derecho.
Cuando vio que Daniel, en lugar de ayudar, parecía más preocupado por el caballo que se alejaba al galope, lo llamó al orden, y terminó de recorrer la escasa distancia que la separaba del hombre caído.
Sin pensar en su vestido, se arrodilló, se hizo el cabello hacía atrás y vio fijamente al herido, que le devolvió la mirada de un modo tan extraño que empezó a parpadear, sin comprender muy bien ese raro agitar que sentía en el pecho.
Tal vez se debiera a que nunca había estado tan cerca de un hombre como este; a pesar de la caída y el poco atractivo estado en el que se encontraba, no podía negar que tenía unos rasgos muy agradables a la vista, con un cabello claro espeso y unos ojos que a simple vista parecían grises, aunque tal vez tuvieran algo de azules, era difícil asegurarlo por la forma en que la miraba.
Entonces, recuperando el aplomo, dijo lo primero que hubiera preguntado su padre para comprobar el estado de una persona en semejantes circunstancias. Luego de poner la mano de modo que pudiera verla, le preguntó cuántos dedos mostraba.
El pobre hombre debía de encontrarse más confundido aún de lo que parecía, porque no le contestó, sino que continuó con la vista fija en su rostro, lo que empezó a perturbarle, y se sintió muy agradecida cuando Daniel llegó a su lado.
—¿Está bien?
—¿Te parece que está bien? —se arrepintió de inmediato por su respuesta cortante; Daniel no tenía la culpa de su incomodidad—. Insisto en que se ha roto el pie, ¿qué podemos hacer?
Se giró para mirar a su primo, en parte para oírle mejor y también para retirar la mirada de esos ojos que no le quitaban la vista de encima.
—No lo sé, supongo que lo mejor será sacarlo del camino y llevarlo a un doctor, por supuesto —Daniel tenía una maravillosa habilidad para señalar siempre lo evidente.
—Estoy de acuerdo, pero creo que la pregunta es cómo haremos eso; obviamente no podemos moverlo sin ayuda, y en todo caso no estoy segura de cuál será el mejor lugar para llevarlo.
—¿Con los Sheffield? —se refería a sus anfitriones—; ellos conocerán a un médico, es más, posiblemente sepan de quién se trata, quizá sea uno de sus vecinos.
¡Por supuesto! ¿Cómo no se le había ocurrido a ella?
—Tienes razón, pero si es así, tal vez su casa esté aún más cerca que la de los Sheffield.
—Ayudaría si dijera algo…
Juliet no pudo menos que estar completamente de acuerdo con esa frase, ¿se habría golpeado tan fuerte la cabeza que no podía recuperar el habla aún?
—Señor. —Se agachó una vez más, mirándolo con atención—. Por favor, haga un esfuerzo, deseamos ayudarle; si fuera tan amable de decirnos su nombre, en qué dirección se encuentra su casa…
Su reacción la sorprendió tanto que un gemido escapó de su garganta; el hombre alzó el brazo con una rapidez sorprendente para su estado y, tomando su muñeca con fuerza, la jaló hacia sí.
—Rosenthal —susurró, antes de perder el conocimiento.