Read the book: «Cartas III. Cartas a los familiares (Cartas 1-173)»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 366


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ MIGUEL BAÑOS .

© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2008.

López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO442

ISBN 9788424937393

INTRODUCCIÓN

Afirmar que la correspondencia de Cicerón es, en el conjunto de su inmenso legado literario, la parte del mismo que el lector contemporáneo puede probablemente sentir como más próxima no responde a un exceso de entusiasmo. Buena parte de este atractivo se debe a su condición de fuente histórica excepcional sobre uno de los períodos más apasionantes de la historia de Roma y aun de Occidente, el final de la República. Por si fuera poco, este valor documental se ve aquilatado además por el contenido autobiográfico de quien sin lugar a dudas fue una personalidad extraordinaria, uno de los protagonistas de esta historia del final de la República y, lo que es más importante, una de las figuras señeras de la cultura occidental. Y, a pesar de todo, el interés que suscita va mucho más allá de su condición documental y atañe al placer de la lectura. Por una parte, el lector sentirá como cercano el género. En efecto, mientras que la gran oratoria y la noble tratadística, géneros de los que Cicerón representa la cima en Roma, apenas tienen cultivo literario en la actualidad, la epistolografía sigue en cambio gozando de lozanía en el canon occidental, en lo cual nuestro autor tiene también no poca responsabilidad, ya que a él le corresponde el mérito de haber otorgado naturaleza literaria a la carta en Roma. Pero, en todo caso, la razón de la vigencia del epistolario de Cicerón hay que buscarla más bien en el hecho de que algunas de sus señas de identidad hallan eco en la sensibilidad moderna. Sobre todo, el frecuente tono personal y directo, a menudo espontáneo, de lo que pretende ser una conversación entre amigos separados por la distancia y que se traduce en una lengua y un estilo que, por más que sometidos, como no podía ser de otra manera, a las normas de la retórica, evitan los excesos de artificio y buscan una elegante naturalidad. Si a todo lo anterior le sumamos que la correspondencia en general, y las Cartas a los familiares en particular, son producto de una persona excepcionalmente dotada para la creación literaria, no se sorprenderá el lector si descubre en el libro que tiene en sus manos una obra sumamente original y atractiva que atesora en sus páginas algunas perlas de exquisita y sofisticada prosa.

1. CONTENIDO Y ORGANIZACIÓN

Esta entusiasta presentación no debe ocultar al lector que con las Cartas a los familiares se halla ante una recopilación de material heterogéneo que sólo en algún momento después de la muerte de Cicerón adquiere la forma en la que la conocemos en la actualidad. Ni siquiera el título de la obra, Epistulae ad familiares , responde a una denominación originaria o antigua, sino que se trata de una creación moderna. En efecto, los testimonios antiguos no recogen un título de conjunto para el epistolario, sino que citan siempre por la carta en cuestión o bien aluden a cada libro con el nombre del corresponsal 1 . Sólo con los primeros editores renacentistas 2 se comenzará a imponer la denominación que ha venido gozando de fortuna, y ello en una época, como luego veremos, de eclosión de un género epistolar en el que las cartas reciben el calificativo de familiares no por hacer referencia a la «familia», sino por aludir a quienes disfrutan de «familiaridad» en el trato, de modo que lo distintivo del género es el tono confidencial y cercano de una correspondencia que tiene a gala ser personal.

El caso es que, tal como se nos han conservado, las Cartas a los familiares son una recopilación parcial de la correspondencia escrita o recibida 3 por Cicerón entre los años 62 y 43 a. C. 4 comprendiendo 435 cartas de naturaleza diversa distribuidas en 16 libros. La primera impresión que se desprende de este conjunto es, por tanto, de una abigarrada diversidad. Por una parte, hay una enorme variedad de registros y de voces, formando parte de la colección tanto las cartas extremadamente formales dirigidas a personajes de la talla de Pompeyo, Apio Claudio, Léntulo Espínter o Catón, como las más personales dirigidas a su mujer Terencia y, sobre todo, a su liberto Tirón, además de aquellas en que la amistad invita a la chanza y al tono humorístico como las dirigidas a Trebacio, Celio o Sulpicio. En total, más de 80 corresponsales. En cuanto al contenido, las Cartas a los familiares reflejan toda la amplia casuística temática de la carta en la Antigüedad con excepción de la carta erótica 5 . En ellas es posible hallar cartas informativas 6 , de amistad 7 , de consuelo 8 , de recomendación 9 o de agradecimiento 10 , por citar tan sólo los tipos más usuales en el ámbito privado y teniendo presente además que con frecuencia los registros y tonos se entremezclarán en una misma carta. En cuanto a las modalidades de las cartas públicas, no faltan ni los despachos oficiales dirigidos al Senado, a los magistrados o los grandes generales 11 , ni las epístolas abiertas de propaganda política 12 o las cartas más eruditas como las de reflexión literaria 13 .

Esta diversidad se verá en parte contrarrestada por la sensación de unidad que se desprende de la lectura de unas vivencias que tienen a nuestro orador como protagonista y de unos textos que con frecuencia son un reflejo de su ethos 14 . Pero también la heterogeneidad del epistolario se ve atenuada por algunos principios de organización, sobre todo por la tendencia a que haya una correspondencia entre libro e interlocutor —o entre libro y género en el libro XIII— y, con menos constancia de lo que sería deseable, a una cierta propensión a seguir una sucesión cronológica dentro de cada grupo o serie.

He aquí la disposición de la colección tal como nos ha sido conservada 15 :


Lib. I:Nueve cartas a P. Léntulo Espínter, gobernador de Cilicia entre el 56 y el 54, más una breve nota a un amigo residente en esa provincia y que había solicitado la recomendación de Cicerón ante Léntulo.
Lib. II:Siete cartas a Curión el Joven entre el 53 y el 50 y otras nueve a M. Celio Rufo entre el 51 y el 49, ambos jóvenes promesas de la nobleza en los albores de su cursus honorum , amigos entre sí y en buena relación con Cicerón. Se añade un grupo de tres cartas con un común denominador: la primera está destinada al procuestor en Siria —probablemente de la misma quinta que Curión y Celio—; la segunda, a Q. Minucio Termo, gobernador de Asia, respondiendo a una consulta con relación a su cuestor; y, la tercera, a Gayo Celio Caldo, sucesor del propio cuestor de Cicerón. Este grupo final guardaría relación con las dos series anteriores: por una parte, tienen en común con las dirigidas a Celio Rufo, salvo la última, el haber sido escritas por Cicerón desde Cilicia como procónsul; por otra, al estar dirigidas o tratar sobre procuestores enlazan con las dirigidas a Curión el Joven que era cuestor en Asia durante el intercambio epistolar del 53.
Lib. III:Comprende trece cartas dirigidas a Apio Claudio Pulcro, el predecesor de Cicerón en el gobierno de Cilicia (53-50). Todas, salvo la primera, tienen en común la condición de procónsul en Cilicia del Arpinate.
Lib. IV:Comienza el libro con un intercambio de seis cartas entre Cicerón y Servio Sulpicio Rufo —las dos primeras al inicio de la guerra civil en el 49 y el resto durante el mandato de Sulpicio como gobernador en Acaya en el 46—. Sigue a continuación la serie de M. Claudio Marcelo —cuatro cartas dirigidas a él y una recibida de su parte por Cicerón—, colega de Sulpicio en el consulado en el 51, y que tienen como fecha también el 46. Pone colofón a esta sección una carta de Sulpicio informando de la muerte de Marcelo. Finalmente cierra el libro una serie de tres cartas dirigidas a P. Nigidio Fígulo y Gneo Plancio, que tienen en común su condición de pompeyanos, lo que les pone en relación con Sulpicio y Marcelo.
Lib. V:Es el más heterogéneo de toda la colección. Encabeza el libro la correspondencia con los hermanos Metelo Céler y Metelo Nepote: las dos primeras cartas son un intercambio entre Cicerón y Céler a finales del 62 a las que sigue una de Nepote a Cicerón en el 56 y otra de Cicerón a Céler a principios del 57. A continuación, dos cartas del 62 a G. Antonio, colega del Arpinate en el consulado, y a P. Sestio, cuestor y luego procuestor del anterior. Siguen otras dos cartas con cierta relación entre sí: la primera con Pompeyo por destinatario en el 62, lo que la vincula en cierta medida con las anteriores, y la segunda dirigida a M. Craso, quizá por su condición de colega de Pompeyo en el consulado. Acto seguido una serie de cinco cartas dirigidas a P. Vatinio durante su proconsulado en Iliria (45-44) y que quizá tenga en común con las anteriores su condición de consular y su relación con Pompeyo y Craso. En cambio, las diez cartas restantes forman un auténtico cajón de sastre, por más que haya cierta pretensión de orden en la disposición. Abre este grupo final la correspondencia con L. Luceyo, cuatro cartas de las que tres van dirigidas a él y una a Cicerón. Quizá pueda plantearse que se trata de una serie de transición, ya que una de ellas, la famosa reflexión historiográfica de Cicerón, por fecha y contenido estaría en relación con las anteriores y, en cambio, las dos concernientes a la muerte de Tulia apuntarían más bien al grupo que viene a continuación. Éste lo forman tres cartas cuyo común denominador es el pertenecer al género consolatorio: una carta de condolencia a un tal Ticio y las dos de consuelo que Cicerón dirige a P. Sitio Nucerino y a Tito Fadio con motivo de sus respectivos destierros. Cierran el libro las tres cartas a L. Mescinio Rufo, cuestor de Cicerón en Cilicia.
Lib. VI:La mayor parte de las veintitrés cartas están dirigidas a ex pompeyanos que aguardan el perdón de César durante los años 46 y 45, salvo el grupo formado por la extraña nota a Basilo, las dos cartas a y de Pompeyo Bitínico, gobernador de Sicilia en el 44, y las dos a Quinto Paconio Lepta, comandante de ingenieros de Cicerón en Cilicia.
Lib. VII:Abre el libro un grupo de cuatro cartas dirigidas a Marco Mario, un rico y buen amigo residente en la bahía de Nápoles. Sigue la voluminosa correspondencia con el joven protegido, y también amigo, Trebacio Testa en dos grupos: trece cartas que Cicerón le escribe mientras Trebacio desempeña tareas militares en la Galia (54-53) y que van encabezadas por una carta de recomendación ante César; y cuatro cartas de una segunda época, dos del 44 y dos de fecha incierta. A continuación figuran cuatro cartas del 46-45 a M. Fabio Galo, que, como Trebacio, es epicúreo y amigo de Cicerón. Habría que añadir a esta serie una carta dirigida a T. Fadio, pero que la tradición manuscrita atribuye por error al citado Fabio Galo. Se incluyen luego cuatro cartas a Manio Curio, caballero romano comerciante en Patras y gran amigo de Ático y de Cicerón. Cierran el libro dos cartas a P. Volumnio Eutrápelo, amigo de Ático y probablemente epicúreo también. En suma, esta sección del epistolario se caracterizaría por pertenecer los corresponsales al círculo de amigos íntimos de Cicerón, epicúreos además, y por el tono amable y con frecuencia humorístico.
Lib. VIII:Forman el libro las diecisiete cartas que Celio Rufo dirige a Cicerón.
Lib. IX:Veintiséis cartas dirigidas a tres corresponsales: ocho a Varrón; seis al yerno de Cicerón, Dolabela; y doce a Lucio Papirio Peto, hombre de negocios y epicúreo, amigo de Cicerón y de Ático, que habitualmente reside en Nápoles. El denominador común parece estar en el carácter privado de la correspondencia y el tono de humor predominante. Quizá también la datación de las cartas, mayoritariamente entre el 46 y el 44, sea otro vínculo.
Lib. X:Con los libros XI y XII forma una unidad temática concerniente al enfrentamiento con Marco Antonio en los años 44-43 y que, por lo general, se traduce en un intercambio epistolar con los comandantes en provincias. Este libro, en concreto, parece compilar los comunicados con las provincias de Hispania y Galia. Así recibe y remite 24 cartas a L. Munacio Planco —procónsul de la Galia Cisalpina en 44-43—, dos a su legado Furnio, cuatro de y a M. Lépido —Pontífice Máximo y gobernador de Hispania Citerior y Galia Narbonense— y tres cartas a y de G. Asinio Polión —gobernador de Hispania Ulterior en 44-43—. La excepción la constituyen las cartas 28, 29 y 30, puesto que se trata de una misiva a Trebonio en Asia, una nota a Apio Claudio el Joven y el relato de Servio Sulpicio Galba de la batalla de Forum Gallorum.
Lib. XI:El núcleo del libro lo constituye la correspondencia con D. Bruto, gobernador en la Galia Cisalpina, si bien se abre con una carta de éste a M. Bruto y G. Casio de fecha inmediatamente posterior al asesinato de César y dos cartas de éstos a Marco Antonio. Cierran el libro el intercambio epistolar con G. Macio y una carta dirigida a G. Opio. Todas ellas en torno a agosto del 44.
Lib. XII:El común denominador de este libro parece ser que trata de la correspondencia mantenida con las provincias de Oriente y de África. Son corresponsales G. Casio Longino —quien se había dirigido primero a Asia y luego a Siria—, Casio de Parma, Léntulo Espínter el Joven (Asia), G. Trebonio (procónsul en Asia) y Q. Cornificio (gobernador de África).
Lib. XIII:Es el único libro de la colección que responde a un criterio temático y no de destinatario: se trata de un compendio de cartas de recomendación.
Lib. XIV:Las veinticuatro cartas dirigidas a su esposa Terencia (y a su familia).
Lib. XV:En su mayor parte se trata de correspondencia «oficial» de Cicerón como gobernador de la provincia de Cilicia: dos informes de Cicerón como gobernador a los magistrados y al Senado; un intercambio de cuatro cartas con M. Catón; otro de cinco cartas con los Marcelos y dos con L. Paulo en su condición de cónsules; y finalmente otra carta como gobernador de Cilicia a G. Casio, procuestor en Siria. La conexión con Casio sirve de pretexto para añadir la correspondencia privada mantenida con él en los años 47-45 y permite cerrar el libro con dos cartas también personales dirigidas a G. Trebonio en 45 y 44.
Lib. XVI:Forman el libro las veintiséis cartas de Cicerón a Tirón y otros miembros de la familia, además de una de Quinto a su hermano Marco en relación a Tirón 16 .

En la presente traducción el orden de las cartas es el adoptado por D. R. Shackleton Bailey en su edición y comentario de 1977, esto es, una ordenación cronológica de las cartas que sólo en segundo lugar atiende a criterios temáticos, de corresponsales o de género. Esta disposición tiene la ventaja de permitir una lectura acorde con la biografía de Cicerón a la par que se facilita la contextualización de las cartas en el marco histórico 17 . En todo caso, se adjuntan sendas tablas de correspondencias entre la ordenación tradicional y la propuesta por Shackleton Bailey, por lo que el lector siempre tiene la posibilidad de seguir una de las dos opciones 18 .

2. LAS CARTAS EN SU CONTEXTO HISTÓRICO : AÑOS 62-47

Como se apuntaba al inicio mismo de esta Introducción, al epistolario ciceroniano se le atribuye el mérito excepcional de ser una fuente sin parangón para el conocimiento de ese momento clave en la historia de Occidente que es la transformación del viejo régimen republicano en una autocracia imperial. En este sentido la correspondencia de Cicerón se erige como un inmenso caudal de información acerca de los vertiginosos acontecimientos que llevaron al fin de la República.

Y por cierto, y aunque sea de manera incidental, conviene llamar la atención sobre la producción misma de este inmenso caudal. Estamos ante una sociedad, o al menos una parte de la misma, que entiende la comunicación epistolar como una actividad cotidiana no sólo para satisfacer unos intereses pragmáticos inmediatos, sino también como una necesidad espiritual. De ahí el ilustre caso de Cicerón que prácticamente dedica a la actividad epistolar una parte de sus quehaceres diarios 19 . Pero también se trata de una sociedad lo suficientemente bien organizada como para que, sin un servicio postal propiamente dicho 20 , el envío de correspondencia fuera razonablemente rápido, económico y fiable 21 , alcanzando los confines del Imperio ya se trate de la lejana Cilicia, de la que es gobernador Cicerón, o de la brumosa Britania invadida por César 22 .

Volviendo a su condición de fuente histórica, el epistolario de Cicerón, y en particular las Cartas a Ático , nos ofrece no sólo una historia pormenorizada del período que va desde su consulado hasta su muerte 23 , sino que nos permite conocer además las reacciones y juicios de Cicerón ante los grandes y pequeños acontecimientos del momento y casi siempre con una sorprendente franqueza como corresponde a la confianza que tenía depositada en la amistad con Ático. Por si fuera poco, estas cartas nos iluminan, a veces hasta el detalle nimio, sobre la vida cotidiana de Cicerón en este marco histórico y, sobre todo, nos permiten acceder a su alma hasta el punto de que pueden considerarse una detallada y excepcional autobiografía. Estas características, aunque en menor grado, se hallan también presentes en las Cartas a los familiares . El epistolario es un buen relato de la historia de Roma en estos momentos, si bien carece de continuidad y, aunque no falten los juicios y reacciones del Arpinate sobre el curso de los acontecimientos políticos, se echa de menos con frecuencia una auténtica sinceridad en los mismos, por más que no falte la franqueza en la correspondencia mantenida con amigos como, por ejemplo, Trebacio o Celio. En cuanto al ámbito privado, el lector va a disponer de una información privilegiada sobre aspectos tales como la relación con su esposa Terencia, la constante preocupación por su hija Tulia o el profundo afecto por su secretario Tirón, sin que se vean relegadas al olvido cuestiones como el estado de sus finanzas y su patrimonio. Y, por supuesto, el epistolario estará trufado de opiniones y comentarios personales sobre los asuntos más variopintos, entre los que siempre conviene prestar atención a los concernientes a la cultura y a la literatura. En todo caso, lo distintivo de las Cartas a los familiares es que a través de su correspondencia tenemos ante nosotros a Cicerón desenvolviéndose en la enmarañada política romana, relacionándose en el seno de la sociedad o mostrando sus sentimientos personales a sus amigos y familia. Y no sólo nos permiten observar a Cicerón, sino que al incluir en su seno cartas de los corresponsales podemos oír en primera persona las voces de éstos, ya se trate de fascinantes secundarios como Celio Rufo o de los grandes protagonistas de la historia 24 . Las Cartas a los familiares no son, en definitiva, una mera fuente histórica documental, sino que es la historia misma, la historia de la alta política y la intrahistoria de las vivencias cotidianas, la que tiene lugar ante los ojos mismos del lector. Por todo ello merecen con razón el juicio de fresco histórico excepcional.

Hechas estas consideraciones, la lectura de las cartas parece recomendar un conocimiento, aunque sea somero, del marco histórico y de sus protagonistas, con especial atención a los episodios a los que se hace referencia en la correspondencia y dejando la exégesis del detalle para la nota ocasional. En todo caso, además de situar las cartas en su contexto histórico 25 , sirvan también estas páginas a modo de aproximación imparcial y lo más objetiva posible a la figura de Cicerón, sobre la que han recaído interpretaciones dispares y aun contradictorias 26 fundadas precisamente en el subjetivismo inherente al carácter autobiográfico de las cartas.

2.1. De la gloria consular al exilio (años 62-57)

2.1.1. La consecución y ejercicio en el año 63 del consulado, la más importante de las magistraturas de la República, supuso no sólo la cima de la carrera política de Cicerón, sino también su inclusión definitiva entre los miembros de la aristocracia romana a pesar de su condición de homo novus , esto es, de quien obtenía por vez primera en su familia la pretura o el consulado. Pero si bien había logrado el más alto grado de dignidad a la que podía aspirar un noble romano, sin embargo, desde el momento mismo del máximo esplendor de su estrella política ésta fue declinando paulatinamente. Tras abandonar el cargo, el Arpinate hubo de dedicar buena parte de sus esfuerzos a defender su actuación como cónsul y a hacer frente a los ataques de sus adversarios. En este contexto se inicia el presente epistolario cuyas cinco primeras cartas (Fam . 1-5) constituyen un magnífico ejemplo de lo cuestionada que fue su actuación consular así como de las complejas relaciones que mantienen entre sí los miembros de la nobleza romana.

Buena prueba de la afirmación anterior es el intercambio epistolar entre Quinto Cecilio Metelo Céler y nuestro orador (Fam . 1-2). Como cónsul pudo Cicerón contar con la lealtad y colaboración de Céler, a la sazón pretor del año 63, en la represión de la conjuración de Catilina. Bien distinta, en cambio, fue la actitud de su hermano Quinto Cecilio Metelo Nepote, como distintos eran sus intereses políticos que en su caso venían a ser los del ausente Pompeyo. En efecto, concluida la pacificación y reorganización de Oriente, Pompeyo decidió retornar a Roma donde esperaba ocupar una posición de primacía, respetando, eso sí, el orden constitucional. Sin embargo, se encontró con el recelo de la oligarquía senatorial y del propio cónsul Cicerón, quienes albergaban además el temor de que pudiese recurrir a sus tropas para hacerse con el poder al modo de un nuevo Sila. A fin de superar estas suspicacias, Pompeyo se sirvió en un principio de Metelo Nepote en su condición de tribuno de la plebe para el año 62. Nada más tomar posesión de su cargo el 10 de diciembre de 63 —cinco días después de la famosa sesión del Senado en la que se condena a muerte a los conjurados— y con el apoyo de César, pretor urbano, inició una campaña contra Cicerón y el Senado. Como parte de la misma Nepote impidió a Cicerón dirigirse al pueblo el 29 de diciembre en el discurso de despedida de su magistratura bajo la acusación de haber ajusticiado a ciudadanos sin permitírseles apelar ante el pueblo, al tiempo que le ataca también en diversas asambleas ciudadanas, en particular en la convocada el 3 de enero de 62, en la que propone la concesión de poderes extraordinarios a Pompeyo para acabar con Catilina y su ejército en Italia además de poner fin al poder absoluto de Cicerón (Plut., Cic . 23). Naturalmente, Cicerón no permaneció de brazos cruzados. Así, al desplante de Nepote del 29 de diciembre responde en la sesión del Senado del 1 de enero y, poco después, sobre el 7 o el 8, pronuncia un discurso contra Nepote en respuesta a la citada arenga asamblearia. Y asimismo la reacción del Senado tampoco se haría esperar: mediante un senadoconsulto último serán destituidos de sus cargos el pretor César y el tribuno Nepote. En este complejo entramado de relaciones e intereses en el que tiene lugar el presente intercambio epistolar de enero del 62 el Arpinate habrá de hacer gala de toda su maestría para preservar un delicado equilibrio: por una parte, ha de hacer frente a los ataques de Nepote a la par que atempera la irritación de su hermano Céler por las medidas de represión adoptadas; por otra, procurará que su posición de liderazgo en el Senado no sufra menoscabo alguno, pero siempre con la vista puesta en no agraviar al todopoderoso Pompeyo. Por ello, a la irritación de la carta con la que se abre esta colección en la que Metelo Céler reprocha amargamente a nuestro orador el trato recibido por su hermano (Fam . 1), responde Cicerón (Fam . 2) con una elaborada pieza en la que las prolijas explicaciones van aderezadas con un tono conciliador, aunque siempre imbuido de la dignidad de un consular.

Fam . 3 es reveladora, en cambio, de la posición real que ocupa Cicerón en el complejo entramado de la política romana. Carente de los ingentes recursos económicos y sociales de las grandes familias romanas, desarrolló una exitosa trayectoria política al amparo de Pompeyo, auténtico hombre fuerte entre las dictaduras de Sila y César. A este respecto no puede resultar más significativo que buscara su apoyo en la elección que le llevó al consulado (Cic., Cart. a Át . I 1, 5; Q. Cic., El manual del candidato 5, 14 y esp. 51). En contrapartida, el Arpinate colaboró con Pompeyo siempre que fue menester. Sin embargo, como se desprende de la queja de Cicerón, esa buena relación se ha enfriado: por una parte, no supo o no quiso colaborar en el retorno de Pompeyo en cuestiones tan capitales para él como la propuesta de reforma agraria de Servilio Rulo o en la convalidación en bloque de las medidas adoptadas en la reorganización de Oriente; por otra, Pompeyo, que sigue aspirando a ocupar una posición de primacía en la política romana, tampoco puede comprometerse con un Cicerón cuya actuación como cónsul ha sido sesgadamente optimate —amén de una dudosa legalidad en lo que atañe a la ejecución de los catilinarios— y de quien, si hemos de hacer caso al propio Cicerón (Cart. a Át . I 13, 4), siente cierta envidia. Éstas serían las razones de la falta de reconocimiento, y aun de un mínimo agradecimiento, en la carta privada que le dirigió Pompeyo y que no se nos ha conservado. Sí que podemos leer, en cambio, la respuesta de Cicerón en el mes de abril del 62 (Fam . 3). Consciente de que ya no goza de la inmunidad que otorgaba el ejercicio de una magistratura y de que por tanto tiene necesidad de contar con el apoyo de los personajes más poderosos, Cicerón procura en su respuesta limar asperezas y renovar su amistad con Pompeyo y con sus enormes recursos económicos y militares. Disponemos así de una carta calculada hasta sus mínimos detalles, tal como, por otra parte, ilustra el colofón de la misma en el que aspira a reproducir con Pompeyo la relación que se dio en el pasado entre el gran Escipión Emiliano y su consejero el sabio Lelio.

Finalmente, aunque distintas por el tono y por la relación que mantiene con los destinatarios, en Fam . 4 y 5 Cicerón acepta otorgar su ayuda a dos antiguos colaboradores en la represión de la conjura, el cuestor Publio Sestio y su colega en el consulado Gayo Antonio: con el primero (Fam . 4) se compromete a conseguir del Senado una prórroga de su administración de la provincia de Macedonia; con el segundo (Fam . 5) va un poco más allá y, a pesar de sus malas relaciones, decide asumir su defensa ante la acusación de extorsión y malversación de fondos públicos en su gestión como gobernador de esa misma provincia. En todo caso, esta ayuda no será desinteresada. De la lectura de ambas cartas se desprende que Cicerón obtuvo créditos con unas condiciones muy favorables, préstamo que invertirá en la adquisición de una magnífica mansión sobre el Palatino, el barrio residencial de la más alta aristocracia y, por tanto, símbolo de la posición que se ocupaba entre la élite de la sociedad romana. Por lo demás, estas cartas de finales del 62 nos iluminan sobre uno de los aspectos menos conocidos, y probablemente menos honestos, de la política romana: la administración provincial. Sirvan, por tanto, de anticipo a la abundante información que proporcionará el presente epistolario acerca del proconsulado de Cicerón en Cilicia.

2.1.2. Al modo de una tragedia griega 27 , en pocos años Cicerón se vio arrojado de la cumbre de la gloria del consulado al abismo del destierro lejos de su amada Roma. Y como si se pretendiera una catarsis mayor, fue precisamente la acción de gobierno de la que más se vanagloriaba, la represión del golpe de estado de Catilina, la causa de este exilio. En esta caída en desgracia no cabe duda de que la mayor responsabilidad corresponde al tribuno de la plebe del 58 Publio Clodio, que no olvidaba el testimonio en contra de Cicerón en el juicio celebrado contra él con motivo del escándalo de la Bona Dea, en diciembre del 62. Pero este encono personal no hubiera ido más lejos si no hubiese sido por la negativa de Cicerón a colaborar con el denominado Primer Triunvirato —pese a los ofrecimientos hechos por los mismos (cf., p. ej., Cart. a Át . II 3, 3-4)— y, no hay que olvidarlo, por la falta de apoyo de quienes Cicerón consideraba los suyos, los optimates. Así las cosas, atemorizado por la rogatio de capite ciuis Romanis propuesta por Clodio en febrero del 58, por la que se condenaría al destierro y se confiscarían los bienes de quienes hubiesen condenado a muerte a ciudadanos sin juicio previo, Cicerón huía de Roma a mediados de marzo de ese mismo año 28 y no regresaría hasta el 4 de septiembre del 57.

Las Cartas a los familiares presentan, sin embargo, una laguna para el período que va de los años 62 a 58, reanudándose en este último año el epistolario con un Cicerón que se encuentra en Brundisio camino del destierro. Escasa será también la correspondencia del exilio y toda ella con el denominador común de que en ella Cicerón nos ofrece sobre todo su perfil psicológico, pero muy poca información factual 29 tanto sobre las vicisitudes políticas como sobre las más cotidianas. Sobre este último aspecto contamos sin embargo con las cartas Fam . 6-9, que Cicerón dirige a su familia. En ellas encontramos una muestra de los sentimientos hacia su esposa e hijos y un excelente testimonio de la amargura y del desencanto del Arpinate, si bien todo ello expresado de una manera excesivamente formal y retórica. En todo caso, la expresión de estos sentimientos más personales no impide las constantes referencias a la preservación del patrimonio familiar y, sobre todo, al interés por las gestiones en favor del retorno.