Read the book: «Las formas del feudalismo»

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HISTÒRIA / 193

DIRECCIÓN

Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)

Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)

M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)

CONSEJO EDITORIAL

Pedro Barceló (Universität Postdam)

Peter Burke (University of Cambridge)

Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)

Roger Chartier (EHESS)

Rosa Congost (Universitat de Girona)

Mercedes García Arenal (CSIC)

Sabina Loriga (EHESS)

Antonella Romano (CNRS)

Adeline Rucquoi (EHESS)

Jean-Claude Schmitt (EHESS)

Françoise Thébaud (Université d’Avignon)


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Chris Wickham, 2020

© De la traducción: Ángel Martín y Carlos Estepa (1), Félix Retamero (2, 3, 4 y 5),

Beatriz Márquez Rowe (6, 7, 9 y 13), Ana Rodríguez, (8 y 11) y Antoni Furió (10 y 12).

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Ilustración de la cubierta: Utrecht University Library, Ms. 32, fol. 59v.

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Fotocomposición, maquetación y corrección: Letras y Píxeles, S. L.

ISBN: 978-84-9134-654-8

Edición digital

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LA OTRA TRANSICIÓN: DE LA ANTIGÜEDAD AL FEUDALISMO

LA SINGULARIDAD DE ORIENTE

PASTORES Y SUBDESARROLLO EN LA ALTA EDAD MEDIA

LOS BOSQUES DE EUROPA EN LA ALTA EDAD MEDIA: ESPACIOS SILVESTRES Y ESPACIOS ROTURADOS

LAS SOCIEDADES RURALES DE EUROPA OCCIDENTAL EN LA ALTA EDAD MEDIA: COMPARACIONES Y PROBLEMAS

VENTAS DE TIERRAS Y MERCADO DE LA TIERRA EN LA TOSCANA DEL SIGLO XI

EL TIEMPO DE LOS JURISTAS: HISTORIA Y MEMORIA EN LA ITALIA DE LOS SIGLOS X Y XI

EL SENTIDO DEL PASADO EN LOS RELATOS DE LA ITALIA COMUNAL

LA JUSTICIA EN EL REINO DE ITALIA EN EL SIGLO XI

ORÍGENES DE LA FISCALIDAD EUROPEA OCCIDENTAL, 1000-1200

CHISMORREO Y RESISTENCIA ENTRE EL CAMPESINADO MEDIEVAL

LAS FORMAS DEL FEUDALISMO

ESTRUCTURAS SISTÁCTICAS: TEORÍA SOCIAL PARA HISTORIADORES

INTRODUCCIÓN

Escribí estos artículos –ahora capítulos– a lo largo de un período de veinte años, en las décadas de 1980 y 1990, todos ellos como textos independientes y casi todos por encargo de forma individual y específica (excepto el primero, La otra transición, y el undécimo, Chismorreo). No se complementan de forma «natural», aunque algunos funcionan muy bien como parejas, el primero y el segundo sobre las estructuras del Estado, el tercero y el cuarto sobre actividades no agrícolas en la Alta Edad Media, y el séptimo y el octavo sobre la memoria. Pero cumplen todos la misma función de servir como una guía del tipo de cosas que me han interesado como historiador en el pasado y que lo siguen haciendo en el presente. Los primeros ocho artículos ya habían aparecido juntos antes en un mismo volumen, como una recopilación de artículos en inglés, Land and Power (Londres: British School at Rome, 1994). Esta selección, a la que se añadieron cinco artículos más, la hicimos Antoni Furió y yo mismo con la intención de formar una colección que (esperemos) pudiera tener un interés particular para un público de habla hispana.

Comprende desde la caída del Imperio romano hasta las estructuras políticas del siglo XII, y desde las relaciones económicas a los intercambios culturales. También comprende el conjunto de Europa occidental, con algunas incursiones fuera de esa zona, hacia el norte y hacia el este. Soy italianista de formación y experiencia, pero siempre he sostenido que ningún aspecto de la historia europea –o mundial– puede analizarse de manera aislada, y que en todas partes debería estudiarse tomando en consideración las similitudes y las diferencias entre esa región y otras, y con una disposición a analizar las razones de tales similitudes y diferencias. En todo ello encaja también otro de mis axiomas, que ninguno de los escenarios de la historia tiene prioridad sobre los demás como objeto de estudio. Por el contrario, sin embargo, sigo siendo al mismo tiempo un marxista en mis asunciones básicas sobre el mundo, de manera que mantengo que en el corazón de cada uno de los aspectos de la acción social se encuentra un conjunto de condicionantes económicos. Estos, en la sociedad alto y plenomedieval, la época que más me interesa, son en su mayoría (aunque no siempre) los del modo de producción feudal, como pongo de manifiesto en el primer y segundo capítulos, y también, de una forma más ecuménica, en el penúltimo, «Las formas del feudalismo».

Espero que todos estos capítulos hablen por sí mismos como un conjunto de reflexiones sobre el período, una mezcla entre lo teórico y lo empírico. Los que definen con más precisión mi visión de la historia como un proyecto son, probablemente, el quinto, «Las sociedades rurales», donde desarrollo mis puntos de vista sobre la comparación histórica, que considero esencial para cualquiera que se tome en serio la disciplina histórica, y «Chismorreo», donde se establece, tal vez de una forma poco habitual, mi percepción de la historia como un objeto de conocimiento. No creo que sea necesario que mis lectores sean marxistas para que puedan aceptar mis argumentos, pero espero al menos que se tomen en serio los enfoques de estos dos trabajos en tanto que aproximaciones teóricas. Lo que faltaría en este libro es un desarrollo de mis puntos de vista sobre la relación entre la historia y la arqueología, y, de forma más amplia, la cultura material: se aborda, sin embargo, con cierto detalle en Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo, 400-800 (Barcelona: Crítica, 2008), traducción de una obra de carácter general que se publicó en inglés en 2004.

Los primeros ocho de estos artículos-capítulos contienen notas adicionales con bibliografía extra, procedentes todas ellas de mi libro de 1994. En su mayor parte, he decidido no actualizarlas, ni tampoco añadir notas similares a los últimos cinco capítulos. En el caso de los capítulos 1-5 y también 10 y 12, todas las actualizaciones bibliográficas necesarias recientes pueden encontrarse en Una historia nueva. Con respecto al capítulo 6, «Ventas de tierras», el desarrollo (y las correcciones) más completo de las ideas aparecen en L. Feller y C. Wickham (eds.), Le marché de la terre au Moyen Âge (Roma: École française de Rome, 2006); para el capítulo 9, «La justicia», desarrollo las ideas con más detalle para un período ligeramente posterior en Courts and conflict in twelfth-century Tuscany (Oxford: Oxford University Press, 2003), que incluye bibliografía actualizada. Incorporo una pequeña bibliografía extra sobre la memoria solo en el capítulo 7, «El tiempo de los juristas», que puede servir también para el capítulo siguiente. Pero hay que señalar que casi ninguno de los capítulos de este libro ha sido completamente sustituido por bibliografía posterior. La única excepción es, quizás, el primero, «La otra transición», que se ha subsumido (y modificado) en Una historia nueva; pero en este caso soy consciente de que este artículo ha recibido una respuesta muy amplia en España y América Latina, y que, por ello, a pesar de algunas retractaciones teóricas posteriores por mi parte (ver más abajo pp. 84-85), tiene su propio estatus independiente de mis posteriores vías de investigación. Pensé además que era apropiado empezar con este trabajo, que se sitúa también en los comienzos de mis reflexiones como historiador teórico; lo escribí por primera vez con 31 años y ahora casi doblo esa edad, así que siento un considerable cariño por él.

Antoni Furió y Ana Rodríguez, ambos historiadores cuyos trabajos tengo verdaderamente en muy alta estima, han llevado este libro a buen puerto; estoy seguro de que tenían cosas mejores que hacer con su tiempo y les estoy enormemente agradecido. También agradezco al plantel de traductores que han hecho un excelente trabajo. Los agradecimientos individuales se encuentran en las notas de cada capítulo. Estoy sobre todo agradecido a Leslie Brubaker, quien ha sido, teniendo ella misma que lidiar con su propia investigación, esencial para el desarrollo de las ideas que aquí se expresan. A ella dedico este libro.

Birmingham, mayo de 2020

LA OTRA TRANSICIÓN: DE LA ANTIGÜEDAD AL FEUDALISMO

I

Gran parte del análisis del conjunto de cambios que generalmente se conocen como el fin del mundo antiguo en Occidente –o con un nombre similar– se ha visto perjudicada por una considerable falta de claridad respecto a lo que se quiere realmente decir con esa frase. El concepto de fin de la Antigüedad, por supuesto, significa cosas distintas para diferentes tipos de historiadores, pero muchos hablan de ello como si todas ellas coexistieran por igual, entremezcladas en un gigantesco género clásico: el paganismo grecorromano (y/o el cristianismo de Estado), la literatura secular latina, los templos, el emperador, el senado, la esclavitud, las togas. Estos fenómenos, cada uno por separado, pueden ser la clave de la Antigüedad para algunos, pero sus historias no son lo mismo, y cualquier intento de describir su destrucción simultánea por una única causa no resulta útil, aunque se intente a menudo. Incluso los marxistas, quienes al menos saben que deberían prestar atención a las estructuras subyacentes y a las contradicciones de la sociedad, han visto normalmente cómo su enfoque se descentra conforme los borrosos contornos de la vasta superestructura cultural y política del Imperio Romano entran en su visión. Así, Daniele Foraboschi puede acusar de economicismo a quienes ignoran la crisis espiritual y el impacto del cristianismo en la Roma tardía; Perry Anderson puede abordar el colapso del Estado en Occidente sin engarzarlo más que nominalmente con los cambios económicos subyacentes de los siglos III al VI, que la problemática marxista reconoce que han sido anteriores.1 Los análisis alternativos, y más tradicionales, no logran más que el reduccionismo de El origen de la familia de Engels: lo obsoleto y lo improductivo de la esclavitud, la tiranía del Estado tardorromano, la sustitución de la antigua economía basada en la esclavitud por la más dinámica barbarie germánica, que avanza con rapidez hacia el modo de producción feudal; tales análisis difieren a menudo sobre cuándo fue reemplazado el modo de producción esclavista por el feudalismo (¿en el siglo III?, ¿en el VI?, ¿en el VIII?), pero sobre poco más.2

Quiero volver a analizar el problema de lo que subyace en el fin del mundo antiguo en términos económicos, y cómo estos términos pueden ajustarse a la problemática marxista de la transición. Así pues, me centraré en los procesos económicos de cambio: lo que debo discutir tiene poca relación directa, por ejemplo, con los problemas de historia cultural, que han preocupado a otros. Sin embargo, sí tiene que ver con el Estado, que en el fondo formaba parte de la estructura del Bajo Imperio, y la caída del Estado tiene un papel mayor en mi análisis, como en el de Anderson, aunque por motivos diferentes. Me parece que una comprensión de la historia del Occidente tardorromano sólo puede obtenerse a través de una descripción precisa de la naturaleza de su estructura económica, esto es, de sus modos de producción, y que un gran número de análisis marxistas están viciados porque han hecho estas descripciones erróneamente. Esto no es exactamente un ejercicio de descripción tipológica, de coleccionismo de mariposas, como lo califica Edmund Leach en un contexto diferente; tal discusión ayuda a enfocar nuestro análisis sobre las relaciones causales reales.3 El etiquetarlo como marxista o no es después de todo totalmente inútil sin tal punto de vista (una afirmación que puede tranquilizar a los lectores no marxistas). Lo que sigue tiene la intención de ser un reajuste en la relación entre una gran cantidad de fenómenos bien conocidos, no la producción de una explicación no descubierta nueva (o final); por ahora probablemente no se ha aportado ninguna.

* * *

La interpretación usual sobre los cambios económicos de la época tardorromana es que el modo de producción esclavista da paso al modo de producción feudal: la esclavitud es reemplazada por la servidumbre. La formulación moderna clásica (en términos no marxistas) es la de Marc Bloch en su artículo póstumo «Comment et pourquoi finit l’esclavage antique», que ha dominado las posturas de los medievalistas durante dos décadas y más –un éxito nada despreciable para un sucinto artículo de 25 páginas sin notas. Bloch señalaba el tremendo incremento en el número de esclavos durante las grandes guerras de los siglos V y VI d. C., pero mostraba cómo no se adscribieron a las tradicionales haciendas esclavistas, características de Italia en época de Augusto: estos esclavos se convirtieron en tenentes. En algún momento, las haciendas se habían derrumbado y los esclavos fueron diseminados en tenencias; cuando empeoró la posición de los tenentes libres, la servidumbre surgió a partir de la fusión de estos dos grupos sociales: apareció el feudalismo. En general, este análisis es bastante correcto; pero presenta, o parece presentar, algunos problemas. En particular, el modelo completo es muy poco acorde con lo que se conoce y generalmente se acepta sobre el resto de la historia tardorromana. Si las relaciones sociales feudales ya existían en el 300 d. C., entonces, ¿qué era el Estado tardorromano? Si este último no era feudal, como no parece haberlo sido, entonces ¿qué fue lo que llenó el intervalo, y cómo? Moses Finley, quien lo debería saber si hay alguien que lo sepa, se ha declarado derrotado: «No soy capaz de encajar la antigüedad tardía en ninguna serie clara de etapas», dice al final de su libro más reciente, pero «la sociedad esclavista no dio paso inmediatamente a la sociedad feudal».4 La descripción de Finley de la lenta crisis de la esclavitud encaja de modo interesante con un reciente trabajo italiano sobre el modo esclavista (a menudo situado en explícita oposición con él) para proporcionar una sólida descripción de un aspecto del problema, principalmente qué ocurrió con la esclavitud en los siglos II y III d. C.; pero ahora no podemos verlo. En lugar de eso, el resultado más importante para nosotros es que el modo esclavista puede dejarse fuera de nuestros debates; no hay ninguna razón para contemplarlo como algo que en absoluto haya sido predominante en el Bajo Imperio.5 Para resituarlo lo que se necesita principalmente es un análisis más profundo de los modos de producción del mundo antiguo.

Las definiciones de los modos de producción son interminables, en particular en la vasta colección de revisionismos que han marcado las dos últimas décadas del debate marxista, centrado sobre todo en las llamadas Formen de los Grundisse de Marx de 1857-58. La tendencia más útil se encuentra a menudo, de manera sorprendente, en los trabajos de autores de tradición althusseriana, a pesar de su categórica hostilidad a cualquier forma de análisis histórico; escogería la de Barry Hindess y Paul Hirst en su libro Pre-Capitalist Modes of Production. Estos dos autores establecen una distinción entre el modo de producción antiguo y el modo esclavista, que encontramos valiosa, y también amplían algunas de las definiciones corrientes del modo feudal. El modo antiguo, en su tipo ideal más tradicional (en los comienzos míticos de la República romana, por ejemplo), era no-explotador, y se caracterizaba por el control de un cuerpo ciudadano basado en la ciudad sobre el entorno inmediato; los ciudadanos eran propietarios privados, pero cooperaban en el control de la riqueza basada en la tierra pública de la ciudad. Cuando Roma se expandió, tuvieron lugar dos procesos. Se rompió el igualitarismo teórico de la ciudad y el modo esclavista comenzó a desplazar al campesinado propietario libre, alcanzando en la República tardía su forma clásica, la hacienda esclavista de Catón y Columela, que domina las fuentes de la historia agraria desde el siglo II a. C. hasta el siglo II d. C. Pero también, cuando Roma conquistó el campo y las ciudades de Italia y del Mediterráneo, el modo antiguo se modificó en su tipo, y llegó a ser un modo explotador; la riqueza pública de la ciudad, inicialmente basada en la tierra, pasó a basarse en el tributo o en el impuesto sobre los propietarios en el campo sometido y, en el caso de la propia Roma, sobre otras ciudades sometidas. Ello se desarrolló gradualmente hacia una red general de tributación, con la vieja relación ciudad/campo como estructura interna, como veremos. Es esta red lo que llamaré el modo antiguo en su forma clásica. Será una clave en mi análisis de la Roma tardía.

El modo feudal, el otro que nos interesa, se ha visto en gran parte del análisis marxista tradicional como basado en la servidumbre y la autoridad política coercitiva sobre los tenentes establecida por el señorío; Hindess y Hirst consideran esta visión demasiado estrecha y muestran, correctamente en mi opinión, que las relaciones feudales están representadas simplemente por los tenentes que pagan una renta (o prestan un servicio) a una clase terrateniente monopolista: estos grandes propietarios, mientras el sistema sea estable, tendrán siempre los poderes coercitivos no económicos necesarios para imponer su control, bien de modo informal, bien a través de su control de la justicia pública o privada, pero estos poderes no tienen que estar formalmente codificados en el señorío para que existan. (Los autores presentan todo esto como una visión revolucionaria, aunque hace tiempo que es algo perfectamente bien conocido por los medievalistas.) No es necesario añadir que este feudalismo no tiene nada que ver con las obligaciones militares, el vasallaje o el feudo.6

Obviamente, existen problemas con estas definiciones. No todo el mundo estará de acuerdo con ellas. He defendido la utilidad de mi anterior definición del modo feudal en otra parte: sería inapropiado enredarse aquí en algo que, para muchos historiadores, es un debate un tanto abstruso. Igualmente, el término modo antiguo puede considerarse apropiado o no respecto a la fiscalidad del Imperio basada en la ciudad; pero se trata simplemente de una cuestión de palabras. Los modos de producción son construcciones ideales; la justificación de las definiciones particulares, mientras tengan una lógica interna y por tanto tengan sentido, debe ser su utilidad, y espero demostrar que éstas son útiles.7

Es más delicado determinar cómo estas construcciones ideales actúan realmente en la base y cómo se articulan con los aspectos superestructurales de la sociedad, como la conciencia de clase (o su ausencia) y el Estado. Pueden utilizarse de nuevo algunos de los análisis de los althusserianos, pues son estos teóricos quienes más han hecho por desarrollar el concepto de Marx de formación socioeconómica o formación social. Este concepto es importante, pues es un intento de clasificar la sociedad real como un sistema de niveles estructurales diferentes. Uno de ellos, la base económica, consiste en uno o más modos de producción en una jerarquía de dominación; las diversas superestructuras (política, ideología, el Estado) se organizan en compleja relación con ella.8 De hecho, el propio Marx se preocupó menos por tales complejidades; usaba formación social y modo de producción como más o menos sinónimos, y así lo hace hoy en día mucha gente en sus escritos. Esto es comprensible: la formación social feudal corresponde al modo de producción feudal, y así todo. Sin embargo, a menudo puede llevar a conclusiones erróneas, sobre todo en el caso más crucial y bastante común en el que coexisten más de un modo de producción en la misma formación social.

Este último punto es relevante para nosotros. Empíricamente es bastante evidente que las sociedades (como yo llamaré por lo general a las formaciones sociales para mayor facilidad) a menudo pueden tener más de un modo dentro de ellas: el capitalismo y el esclavismo coexistieron en el sur americano en 1860, por ejemplo. Pero una parte importante de la fuerza de los análisis marxistas de la historia está en el hecho de que enfatizan la existencia de sistemas económicos totalmente diferentes, cada uno con una lógica interna diferente, que son incompatibles y antagónicos en el sentido de que no pueden mezclarse. Entre un modo y otro hay una ruptura; no hay nada que pueda ser semifeudal y semicapitalista; los procesos económicos feudales funcionan realmente de modo diferente a los capitalistas. Pero si dos modos coexisten en una sociedad, tendrán alguna influencia mutua, y, además, uno será dominante, esto es, uno determinará las reglas básicas para toda la formación social; por otra parte, la formación no sería un todo económico. Normalmente, el modo de producción dominante es el que tiene vínculos más estrechos con el Estado; si otro modo va a ser dominante en la formación, y no ha ocupado todavía el Estado –como el capitalismo en (digamos) la Inglaterra de principios del siglo XVII– tenderá a socavarlo, y la forma del Estado tenderá a la larga a cambiar de manera acorde, a menudo violentamente, como resultado de la lucha de clases. Nuestro punto terminal en la tradición de la época tardorromana no es, entonces, simplemente el modo de producción feudal, sino una sociedad dominada por el modo de producción feudal, la «formación social feudal», el punto en que los estados europeos occidentales eran feudales, y no solo sus economías; y el Estado feudal llegó a ser una consecuencia del desarrollo social después de que, en el conjunto de modos existentes en el Bajo Imperio, el modo feudal llegó a ser dominante.9

* * *

El punto de partida para nuestro análisis es el Bajo Imperio, el denominado «Estado de Diocleciano» de finales del siglo III en adelante, la gran época, el triunfo final del Estado romano. Es decir, que comenzamos cuando las haciendas esclavistas del siglo I virtualmente ya han desaparecido, aunque algunas puedan haber continuado aquí y allá.10 En cambio, el trabajo agrícola dependiente se realizaba en este momento por medio de los tenentes, esto es, organizado mediante el modo de producción feudal. Ciertamente, aún había muchísimos esclavos, pero esos esclavos se habían transformado en tenentes, y de este modo controlaban la tierra y su propio proceso de trabajo. Además, comenzamos a encontrar en los textos, cada vez más a menudo, tenentes libres (coloni), con frecuencia en niveles de dependencia personal muy considerables: los grandes terratenientes de los siglos IV y V contaron con ellos de modo creciente.11 Pero el modo feudal no dominaba la sociedad. La fuente dominante de extracción del excedente en el Bajo Imperio no era la renta, sino el impuesto.

El peso de la fiscalidad en el Bajo Imperio es bien conocido, y a menudo se usa como una fórmula estereotipada en las discusiones sobre por qué cayó el Imperio. Pero la fiscalidad no fue solamente gravosa y extremadamente onerosa; era la base del Estado y el elemento clave de todo el sistema económico, la institución que determinaba la dirección de la economía y definía el modo de producción dominante, que aún puede denominarse modo antiguo. Se ha dicho que el modo antiguo dominaba al conjunto de modos que coexistían en la República tardía, para ser desplazado por el modo esclavista en el período comprendido entre el siglo I a. C. y el siglo II d. C.; si es así, ahora dominaba de nuevo. En efecto, como veremos enseguida, a pesar de las tendencias centralizadoras del Bajo Imperio, el impuesto aún se recaudaba a través de las ciudades. Pero la recaudación de impuestos en sociedades complejas nunca podía existir en el vacío; otros modos de explotación tienden a coexistir y su correlación es de crucial importancia. La correlación y su dominio por los impuestos en el Bajo Imperio pueden y deben analizarse de varias maneras, para ver cómo se construyó a partir de ello la formación social tardorromana si queremos entender cómo cayó.

La importancia de la recaudación de impuestos era cuantitativa y cualitativa, y discutiremos estas facetas sucesivamente. Los detalles institucionales de los sistemas de fiscalidad de la época tardorromana son increíblemente complejos y no nos interesan aquí (los mecanismos exactos son aún discutidos). El elemento básico era un impuesto sobre la tierra, a menudo denominado annona o (en términos de gravamen) iugatio/capitatio, tasado sobre la extensión de tierra que un hombre poseía. Otros impuestos, en concreto la collatio lustralis sobre la propiedad de los mercaderes y una variedad de derechos de peaje y aduanas, eran en sí mismos altos, pero representaban una minúscula proporción de los ingresos imperiales (Jones hizo un famoso cálculo basado en los ingresos por tributos de tres ciudades muy diferentes en diversos años alrededor del 500 d. C. en que la collatio lustralis representaba un 5 por ciento del importe recogido en la annona –las estadísticas son de baja calidad, pero la estimación es convincente); mis argumentos se basarán en el impuesto sobre la tierra.12 Parece que el impuesto sobre la tierra se recaudaba de forma uniforme sobre toda propiedad de tierra, grande o pequeña, y en algunas provincias el importe pudo establecerse sobre la fertilidad. Ciertamente, no era un impuesto progresivo; en efecto, como los propietarios senatoriales, burócratas y eclesiásticos estaban exentos de los frecuentes tributos suplementarios (o superindicciones), más bien es todo lo contrario. La annona se tributaba en especie, a diferencia de los primeros impuestos imperiales (aunque a veces se tasaba en términos monetarios), al menos hasta comienzos del siglo V, cuando su organización se alteró y comenzó a cobrarse de nuevo en oro en su mayor parte.13 El impuesto de la tierra se cobraba al principio directamente a todos los agricultores libres, o a sus señores si los agricultores eran esclavos. Así, el proceso institucional era totalmente distinto del del cobro de la renta, incluso donde el agricultor era un tenente. Sólo desde la década de 370, quizá, los tenentes comenzaron a pagar el impuesto a través de sus señores si no poseían ninguna tierra de manera independiente; en el siglo V se generalizó tal pago de impuestos a través de los propietarios, en vez de los poseedores, de la tierra.

Lo que nos interesa aquí en nuestra valoración de la importancia de la fiscalidad no es su peso absoluto, junto con un cálculo de qué perjuicio ocasionó a la productividad de la economía, que es lo que se hace generalmente (fue alto, y probablemente causó perjuicio, pero menos de lo que piensa Jones), sino cuál fue el peso relativo de la fiscalidad sobre el pago de rentas. El primer punto es que el impuesto se estableció sobre todos los grandes propietarios de tierra, y ellos no pagaban renta. Los propietarios campesinos representaban una proporción no determinable del Imperio, pero probablemente constituían un porcentaje considerable, tal vez todavía fueran numéricamente dominantes en algunas provincias marginales –un sector de la población no sin importancia incluso en Italia, donde las haciendas eran probablemente las más grandes. Donde los campesinos tenían que pagar impuestos y renta, no hace falta decir que es difícil estimar la relación proporcional entre los dos, pero nos sorprende bastante el tener algunas cifras. Las dos más detalladas son del siglo VI y nos permiten obtener proporciones casi exactas: una en un registro fiscal completo de Antiópolis en Egipto de quizá el 527, otra de una cesión del Estado a la Iglesia en Rávena del 555 aproximadamente. Las cifras de Antiópolis nos muestran que los gravámenes en especie y en dinero representaban entre un cuarto y un tercio de los rendimientos brutos medios, y por tanto, entre la mitad y dos tercios del excedente total obtenido normalmente de los tenentes en Egipto (el 50 por ciento era la renta más común, el terrateniente pagaba los impuestos aparte). El impuesto, por tanto, es equivalente a más de dos veces la renta. En Rávena la proporción impuesto/renta está explícita en el texto, pues el señor tiene que recaudar ambos y traspasar el impuesto; la proporción es 57/43. Y ello es mucho. En el siglo VI los señores obtenían menos de la mitad del excedente. Por supuesto que no podemos decir hasta qué punto son representativas las cifras, pero Italia y Egipto no están ciertamente entre las provincias en donde la renta se considera como ligera; incluso si el impuesto era más alto en Egipto que en cualquier otra parte, como es posible, la relación entre impuesto y renta no debería verse como inusual. El predominio cuantitativo de la recaudación de impuestos en el Imperio, incluso donde se oponía a la renta, está tan claro como probablemente nunca lo esté, dadas las cifras que generalmente tenemos a nuestra disposición para el Bajo Imperio. Los campesinos independientes pagaban al menos los promedios perfilados en estos textos (las cifras de Antiópolis son tanto para propietarios como para tenentes) y a menudo más, pues el texto de Rávena es para tierra de la Iglesia parcialmente privilegiada. En tales niveles, más de una cuarta parte de los rendimientos brutos se irían en impuestos –como conjetura, a menudo más de la mitad del excedente (esto es, tras la simiente y la subsistencia), y con seguridad, más del cien por cien en los años malos. Las cifras son excepcionales, pero no hay razón alguna para no tomarlas en serio; algún impuesto puede no haberse pagado nunca, pero, igualmente, se sabe que los recaudadores corruptos extraían en otros lugares más de lo teóricamente establecido. Sin embargo, debemos preguntarnos cuándo se impusieron esos niveles de tributación. El registro de Antiópolis, si la fecha es correcta, precede al aumento de los impuestos que se llevó a cabo para pagar las guerras del reinado de Justiniano, y probablemente representa un nivel de tributación típico durante algún tiempo. Por otro lado, los niveles de tributación a principios del siglo IV, al menos en Egipto, eran probablemente algo más bajos. El aumento de un ya alto impuesto sobre la tierra hasta estos niveles extraordinarios comenzó a ocurrir casi con certeza a finales del siglo IV con el comienzo de las guerras, y en el caso de Egipto con el crecimiento de la población de Constantinopla; quizá sólo entonces los impuestos comenzaron a superar a la renta.14

La cantidad relativa de fiscalidad varía, si bien después de Diocleciano fue siempre alta. Pero el predominio cuantitativo o casi de la fiscalidad como un modo de apropiación del excedente debe haber integrado por sí mismo el Bajo Imperio en una única formación social, a pesar de las considerables diferencias regionales. La fiscalidad coexistió con otros modos, es cierto –acabamos de ver su íntima coexistencia con la renta, el modo feudal–, pero pronto tuvo más peso que ellos. Y esto se ve incluso más claramente en términos cualitativos; el impuesto, y a través de él el Estado, llegó a dominar la estructura completa de la economía. Las relaciones sociales de producción estaban alineadas no con los intereses del señor, sino con los del Estado. Esto se muestra mejor por el interés del Estado en atar a los campesinos a la tierra. Los señores habían intentado someter a los tenentes de esta manera a principios del Imperio, mediante la esclavitud por deudas y la renovación forzosa de arrendamientos, probablemente con algún éxito a pesar de la intermitente hostilidad del Estado. (La hostilidad resultaba quizá sorprendente puesto que a menudo se planteó el mismo problema en las tierras del Estado.) Cuando al Estado le interesó obligar a los campesinos a permanecer donde estaban y someterles a impuestos, lo hizo mediante masivos embates legislativos. No es que los propietarios campesinos y los coloni más independientes estuvieran a menudo adscritos en la práctica por tales leyes; del mismo modo, con leyes similares que adscribían a los artesanos a sus profesiones, hubo una desbandada general. Pero no hay duda sobre la seriedad del intento por parte del Estado, al menos en su cúspide, por ejercer un control sobre la mayor parte de los estratos de campesinos sometidos. Es posible incluso que el Estado del siglo IV ejerciera algunas veces más control sobre las vidas de los campesinos dependientes que algunos señores. Es menos fácil determinar exactamente cómo habría afectado esto al proceso productivo. Ciertamente el Estado impuso prestaciones de trabajo, que sólo eran muy raramente requeridas por los señores en el mundo romano. Pero en general el efecto pudo haber sido leve. Es importante recordar que, aparte del modo esclavista, todos los modos explotadores precapitalistas se basan en la agricultura campesina; el proceso de trabajo del campesinado, e incluso sus fuerzas productivas, no se ven necesariamente afectados por los cambios en la apropiación del excedente (y por tanto las relaciones sociales de producción), aunque el modo de producción en su totalidad será diferente si se dan tales cambios. Como veremos, los campesinos intervinieron ciertamente en la lucha por determinar la cantidad de excedente que estaban obligados a entregar, y a quién, pero los señores y el Estado rara vez tuvieron gran efecto directo sobre cómo organizaban realmente los campesinos el cultivo de la tierra hasta el comienzo del capitalismo agrario (aunque a veces podían controlar la localización del trabajo –como en el cultivo de la reserva–, los tipos de cereal, etc., que en algunas circunstancias podían producir un avance tecnológico).15

La fiscalidad dominaba la economía y era la base económica para el Estado. Nada en el sistema económico tardorromano escapaba a los brazos del Estado. El comercio de larga distancia, por ejemplo, fue en gran medida dependiente del Estado como cliente, al igual que estuvo fuertemente condicionado por las regulaciones y a menudo por las requisas que servían a los intereses del Estado. Jones lo muestra muy claramente, y su análisis, aunque subestima el tamaño del comercio tardorromano, sigue siendo válido. El comercio y el Estado continuaron manteniendo una estrecha relación, esto es, de dominio del Estado, hasta el período carolingio y más allá; el patrocinio del Estado siempre podía proporcionar a un mercader una riqueza mucho mayor que algo tan corriente como el beneficio comercial.16

El Estado necesitaba todo el dinero (o provisiones) que recaudaba con los impuestos. Tenía mucho donde gastarlo: el ejército, en primer lugar y lo más obvio, en particular con el comienzo del período principal de las invasiones germánicas a finales del siglo IV; también la vasta burocracia central y provincial; además el aprovisionamiento de las grandes ciudades del Imperio (especialmente Roma y Constantinopla); muchas obras públicas (tanto suntuarias como militares), y gastos extraordinarios como las reservas de grano para aliviar el hambre, mantenidas por la mayoría de los gobiernos responsables, como el de los ostrogodos en Italia. El Estado era la base de la riqueza y del poder en el Bajo Imperio. Incluso los fabulosamente ricos senadores italianos del siglo V no podían desatender su patronazgo y potencial para la explotación corrupta de sus recursos; toda la jerarquía aristocrática estaba estructurada alrededor de él, y no existía ninguna posición social independiente de él. Sus fondos no dependían de la buena voluntad de ningún grupo de poder, al menos al principio; se recaudaban directamente. Su dinero sostenía toda actividad cultural –enseñanza, religión, retórica, el ocio necesario para el cultivo de las belles lettres de Ausonio y su círculo, los gigantescos edificios del Bajo Imperio. Si hay algún factor unificador en la historia de la Roma tardía, está aquí, en el Estado; las únicas tradiciones culturales que sobrevivieron a su caída fueron aquellas que aún podían mantenerse con el dinero obtenido de la propiedad de la tierra. No es sorprendente que la mayor parte de la cultura de la elite altomedieval residiese en la órbita de la Iglesia, que era ya la mayor institución terrateniente en Occidente después del propio Estado (y la Iglesia, a diferencia del Estado posromano, no sería pródiga con sus tierras).

A pesar del peso y de la centralización del Estado, éste no existió propiamente como el único foco de poder y riqueza públicos; estaba firmemente anclado en las ciudades del Imperio. Éste último había sido siempre una estructura celular basada en las ciudades y su territorio (y creándolas donde era necesario, en la Galia o Gran Bretaña, por ejemplo). Los municipia imperiales de la primera época eran soberanos en teoría, con su propio senado local (o curiae) y mecanismos de recaudación de impuestos, y con sus propias aristocracias locales y programas públicos de construcciones y patriotismo local. Estas ciudades y sus elites dominaban sus territorios rurales tanto en los aspectos económicos como en los políticos que formaban el modo de producción antiguo. Lo que Diocleciano y sus sucesores hicieron fue regularizar parcialmente e incrementar enormemente los impuestos que cobraban tales elites urbanas, a veces a expensas de las propias elites. Los miembros de la curia, los curiales o decuriones, aún eran los responsables de la recaudación de impuestos (excepto para las superindicciones del gobierno central), y tenían que garantizar los impuestos no recaudados. A menudo se quejaban; y frecuentemente se han vertido lágrimas modernas por la situación de los curiales, agobiados por la implacable fiscalidad. Tales lágrimas están fuera de lugar; realmente muchos curiales actuaron bastante bien en la recaudación de impuestos, donde las oportunidades para el enriquecimiento propio eran bastante grandes, a pesar de los peligros planteados por los recaudadores del gobierno central, que les coaccionaban y les recortaban sus beneficios. Pero los recaudadores centrales eran pocos. El Imperio era grande; el Estado no podía recaudar la mayor parte de los impuestos sino mediante oficiales civiles. Y aunque las ciudades habían perdido su posición de independencia financiera y política, un cambio en último término superestructural, aún eran explotadores financieros y núcleos de sus propios territorios, y quedaba mucho dinero en ellas, como resultado de la recaudación de impuestos, bien de modo no oficial, bien oficialmente. Es este foco urbano para la extracción del excedente el más claro signo de que aún es útil llamar modo de producción antiguo al proceso de tributación. Cada ciudad era el Estado en microcosmos. Aunque el oficio civil había perdido su atractivo por muchas razones, la ciudad aún era fuerte como institución. Incluso los senadores provinciales, técnicamente oficiales de Roma, no de su ciudad nativa, se sentían ideológicamente vinculados a su propio municipium; patria significaba a la vez el Imperio y la propia ciudad local. Para los ideólogos del Bajo Imperio, la vida y la cultura de la ciudad eran la única civilización posible. Cuando cayó el Estado, los conflictos se manifestaron a menudo tanto en el plano del Estado local como en el del gobierno central. De hecho, las ciudades, en términos ideológicos, eran más estables que el gobierno central, al menos en el Occidente mediterráneo; el Estado, al final, sólo sobrevivió en el nivel de la ciudad, como veremos.17

II

El modo antiguo puede parecer potente en su forma diocleciana, pero realmente fue muy frágil en muchos aspectos, y entre los años 400 y 600 aproximadamente, se colapsó en las zonas occidentales del Imperio; este colapso es el punto nuclear de mi artículo. No debe olvidarse de ninguna manera, sin embargo, que el Imperio no cayó en Oriente, y en el apartado final plantearé la historia opuesta de Bizancio, de un modo inevitablemente resumido.

La particular vulnerabilidad del modo antiguo yace en su relación con la propiedad privada de la tierra, en este caso el modo feudal, aunque los mismos problemas se habían planteado menos drásticamente en el período de desarrollo del modo esclavista. El Estado proporcionó una considerable riqueza a quienes lo controlaban, gracias a la fiscalidad, pero en un sistema económico tan subdesarrollado como el mundo antiguo, incluso en su mejor momento, no podía hacerse mucho con esta riqueza, salvo colocarla en la tierra. Cuando los ricos obtenían tierras, sin embargo, también obtenían la responsabilidad del impuesto. Sus intereses privados como terratenientes entraban así en contradicción con sus intereses como dirigentes y clientes del Estado. Si sus tierras eran grandes, sus intereses privados pesaban más que sus intereses públicos. Y aunque los recursos financieros del Estado eran aún un poderoso foco de lealtad por sus potencialidades para el enriquecimiento, el compromiso directo con la propiedad tendía a ser para el propietario una fuerza más firme que las oportunidades más mediatas que ofrecía el control sobre los recursos del Estado. Los ricos comenzaron a evadir sistemáticamente la tributación. Las estructuras del modo feudal eran, en otras palabras, más sólidas que las estructuras rivales del modo antiguo para aquellos que tenían la oportunidad de poder elegir entre ellas. Lo que sucedió en el siglo V, siendo esquemático, fue que con las invasiones bárbaras se le planteó a la aristocracia occidental, por vez primera, esta elección política entre los dos polos de la contradicción: por un lado, el Estado romano y su patronazgo, que cada vez se hacía más y más costoso cuando más ejércitos se lanzaban contra la amenaza bárbara, y menos valioso cuando los ejércitos perdían territorios; por otro lado, la posibilidad de quedarse únicamente con la base dada por la propiedad en el contexto de los estados sucesores germánicos de reciente formación. Eligieron esta última. Estos estados eran más toscos, y en esa medida menos capaces de mantener la estructura financiera del Imperio; los aristócratas podían también esperar que se interfiriera menos en los asuntos locales. No es que muchos de ellos lo hubieran visto conscientemente en estos términos: la elección fue el resultado final de acciones muy a menudo dirigidas a evitar el conflicto y la fiscalidad –la guerra y la fiscalidad eran, con todo, los aspectos principales del Imperio.

Los marxistas, cualquiera que sea su punto de vista, no han dudado nunca de que los cambios principales en la estructura económica de la sociedad están mediatizados por la lucha de clases, entre las clases dependientes de la vieja estructura y las dependientes de la nueva. Los aristócratas que evadían impuestos no eran los héroes más simpáticos de esta lucha. Tales aristócratas fueron, en efecto, protagonistas, pero no los únicos. Sus intereses habrían sido sólo marginales de no ser por la intervención del campesinado. Por supuesto que el campesinado no podía tener mucha simpatía por el Estado tardorromano. Pero todavía les resultaba imposible tener una concepción de cómo podría ser la vida sin él. Hubo relativamente pocas revueltas campesinas inequívocas en el Bajo Imperio: todas, lo que es interesante, tuvieron lugar en el norte de la Galia y en el norte de Hispania, donde un campesinado independiente (quizá con alguna organización colectiva superviviente) fue probablemente relativamente fuerte. Tales revueltas, llevadas a cabo por grupos que los romanos generalmente denominaban Bacaudae, acontecieron en puntos débiles respecto al control estatal, al final del período de las invasiones del siglo III, y desde alrededor del 410 en adelante, cuando el aparato del Estado se hundió debido a la invasión de la Galia por la confederación vándala. Sabemos poco acerca de sus intenciones y no está clara la certeza de que todos los Bacaudae fueran campesinos, pero hay indicios de que en los momentos principales de su éxito, a principios del siglo V (los Bacaudae del levantamiento de la Galia alrededor del 410 no fueron completamente aplastados hasta la década de 440), pudieron haber organizado alguna forma de aparato político relativamente no jerarquizado.18 Fuera de las zonas de la Galia e Hispania, sin embargo, los campesinos que rechazaban el Estado actuaban de un modo menos autónomo: terminaron en manos de la aristocracia.

La clave está en el crecimiento del patrocinio privado, el patrocinium. El patrocinio era una antigua relación presente en todo el Mediterráneo, pero como un serio problema para el Estado tardorromano, comienza a aparecer en nuestros textos desde la década de 360 en adelante, en Egipto y Siria, y después en la década de 440 en la Galia. Los campesinos estaban comenzando a entrar en las clientelas de los vecinos ricos para evitar el tener que pagar los cada vez más crecientes impuestos. Una sección completa del Código de Teodosio se ocupa de este proceso; los terratenientes que ofrecen tal patrocinio tienen que pagar los impuestos impagados, y la relación se hace inútil. Leemos esto en seis leyes, datadas del 360 al 415; la última (una ley para Egipto) reconoce finalmente la realidad del patrocinio, pero, un poco desesperadamente, insiste a pesar de todo en el pago del impuesto. Un discurso de Libanio de la década de 380 describe cómo los aldeanos de Siria buscaban activamente protectores militares para evitar el pago de impuestos (y, de hecho, en el caso de los propios tenentes de Libanio, también para evitar el pago de la renta, aunque esto sea un proceso diferente, la sustitución de una elite aristocrática por otra). Todos éstos son ejemplos orientales, no occidentales. Demuestran que esta crisis concreta no se limitó a Occidente. Para Occidente tenemos a Salviano, que escribe un panfleto religioso contra la época, en la Galia de la década de 440. Salviano, con una retórica impresionante, se queja amargamente de las desigualdades de la fiscalidad. Los pobres tienen que hacer frente a más impuestos suplementarios que los ricos, y son los últimos en beneficiarse de las deducciones y la cancelación de los atrasos. La fiscalidad obliga a los hombres, incluso a los instruidos, a huir hacia los bárbaros o hacia los Bacaudae. Y aún más, obliga al pobre a entregar su propiedad al rico a cambio del patrocinium, de protección contra el pago de impuestos, y a ser recibido como tenente; peor aún, entonces se encuentran con que todavía están sujetos a impuestos. Este texto no es menos claro por ser retórico: los campesinos independientes están dispuestos a ser tenentes antes que tener que pagar impuestos. Actúan así presumiblemente en la suposición de que sus patronos/señores van a ser suficientemente poderosos, dentro del Estado o fuera de él, para evadir esos impuestos. Cuando esto no es así, las esperanzas de los campesinos se ven defraudadas, pues terminan pagando el impuesto igual que la renta, pero este último rasgo es menos importante que el punto principal: el pago de la renta es para muchos campesinos preferible al pago de impuestos. Esto no es sorprendente si pudiésemos aplicar aquí las proporciones impuesto/renta de Jones (probablemente lo sean para el siglo V), pues el impuesto resultaba más gravoso que la renta. Pero al menos significa que en un momento de crisis relativa en la Galia (hubo guerra en la Galia a lo largo de este período, aunque no iba demasiado mal para el Imperio), tanto los campesinos como los señores preferían las relaciones sociales feudales a las relaciones antiguas expresadas mediante el impuesto. Los beneficios del Estado nunca habían justificado el peso de los impuestos a los ojos de los campesinos, ni lo justificaban ya para los señores. La evasión de impuestos se extendió; la máquina imperial comenzó a verse privada de recursos. También aumentó la propiedad de la tierra a gran escala, en parte mediante la extensión del patrocinio, incrementándose así las posibilidades de evasión de impuestos. Resultó un círculo vicioso, una involución fatal del Estado.19

Las contradicciones no llegaron necesariamente hasta el punto en que algo se rompe. La evasión de impuestos en Oriente no llevó al colapso del Estado. La diferencia en Occidente estuvo, como he dicho, en las invasiones germánicas. Fueron, esencialmente, una fuerza externa, casi contingente; pero rompieron la estructura del Estado. De hecho, lo derrotaron militarmente, al menos en la conquista vándala de África después del 429 y en la toma francovisigoda de la Galia e Hispania después de la década de 460. Las guerras del siglo V mantuvieron al ejército lo suficientemente ocupado como para hacer de la evasión de impuestos una actividad políticamente factible. Pero en primer lugar los bárbaros provocaron una crisis de hegemonía ideológica, de la que provino gran parte de lo demás. A principios del siglo V, los escritores de la época comienzan por primera vez a dar la impresión de que la duración del Imperio Romano podía ser finita: casi nunca lo habían hecho, ni siquiera en las invasiones del siglo III. El saqueo de Roma en el 410 por los visigodos, aunque es un detalle trivial en la historia militar del siglo V, dio a mucha gente (incluyendo a Agustín de Hipona) una sensación del posible fin del Imperio. El establecimiento de los derrotados visigodos en Aquitania en el 418, aunque quizá fuera una victoria estratégica para el Estado romano (y de ningún modo la primera admisión de colonos bárbaros), introdujo por primera vez un cuerpo extraño estable y semiindependiente en el mundo civilizado. La posibilidad de formas de gobierno alternativas llegó a ser algo más que un espejismo. Las invasiones del siglo III habían producido secesiones locales –siendo la más importante el denominado Imperio galo–; pero eran fieles modelos del Imperio, controlados por hombres que, al menos al principio, aspiraban al dominio universal. Esto era inconcebible para los reyes germanos, sueños ocasionales aparte; por muy romanos que pudieran parecer sus Estados, no eran el Imperio. Incluso a veces fue posible que las aristocracias locales, enajenadas por la rígida y rapaz centralización fiscal-administrativa del Imperio, pudiesen encontrar las nuevas formas de gobierno germanas como una perspectiva más atractiva, produciendo la crisis en la hegemonía una crisis en la legitimidad del Imperio. Hay evidencia, al menos en la Galia de la década de 460, de una verdadera deslealtad política por parte de algunas figuras políticas importantes. (Los campesinos hicieron también esta elección lo bastante a menudo como para que sea un tópico de este período.) Más a menudo, sin embargo, se produjo el mismo resultado de forma menos consciente, mediante la involuntaria consecuencia del propio interés y del partidismo regionales y mediante la rendición de los líderes políticos a lo que ahora parecía la inevitable victoria germana con el fin de proteger sus intereses privados. Ninguna de estas reacciones habría contribuido a la disposición de la aristocracia a pagar los impuestos. El Estado se hizo más débil en la misma medida. Tuvo problemas económicos desde muy al principio del siglo V, pero las cosas se pusieron peor. En el 444-445, Valentiniano III, en una de las leyes más significativas del Bajo Imperio, confesaba que las «agotadoras circunstancias y la afligida condición del Estado» le hacían imposible pagar al ejército, y que consideraba imposible aumentar el impuesto sobre la tierra –en lugar de eso, estableció un impuesto sobre las ventas, aunque resulta más dudoso en cuánto subió. Los vándalos estaban ahora plenamente al mando de África, el principal granero de Occidente, y los problemas de Valentiniano, en gran medida, provenían de ello, pero la evolución descrita por Salviano debió de ponerlos fuera de control. Mayoriano, en el 458, admitió la derrota tan completamente que condonó todos los atrasos pendientes en la tributación debido a la pobreza provincial. En la década de 470, cada región de Occidente tenía sus propios gobernantes bárbaros; el Estado unitario occidental había dejado de existir.20

Los nuevos estados germánicos no eran aún feudales. La oligarquía que controlaba cada uno de los estados-sucesores intentaba mantener los mecanismos financieros del Imperio hasta donde podía. Ello, al menos, muestra que ningún aristócrata que aceptara el gobierno germano, más o menos a regañadientes, podía haber actuado con la esperanza de que esto sólo significaría el final de las funciones recaudadoras del Estado. Casi todos los estados de Occidente en el 500 d. C. recaudaban impuestos: los vándalos en África, los visigodos en Hispania y sur de la Galia, los ostrogodos en Italia, los burgundios y francos en el sureste y norte de la Galia. (Por ahora no sabemos nada de Gran Bretaña.) Tal fiscalidad tuvo éxito en la medida de la fuerza interna de los reinos afectados. Los ostrogodos, cuyos mecanismos de gobierno están bien documentados, fueron aparentemente bastante más afortunados en Italia que cualquier emperador desde el siglo IV. No podemos, sin embargo, esperar la misma efectividad en muchos otros lugares. Había una diferencia crucial: la base financiera del ejército. El ejército constituía la principal partida de gasto para el Estado tardorromano, y fuera de Italia (donde estaban ancladas Roma y la burocracia central) casi la única partida realmente importante. El establecimiento político de cada Estado germánico supuso, sin embargo, que los germanos formaban el ejército, y estos nuevos ejércitos estaban basados en la tierra –es decir, en la propiedad de la tierra. El gasto principal del Estado fue suprimido de un solo golpe. La fiscalidad fue aquí inmediatamente sustituida por la renta: la conclusión lógica de los rechazos y evasiones del siglo anterior. Los germanos ocuparon de un tercio a dos tercios de la tierra, según parece; aunque posiblemente no pudieron ocupar todas las tierras del Imperio (en lugar de eso, en Italia las haciendas no ocupadas pagaban impuestos), no es necesariamente cierto que el establecimiento fuera algo de lo que los aristócratas romanos se beneficiaran mucho. No obstante, el balance de la economía cambió. Probablemente es en este punto, como veremos, donde las relaciones feudales se hacen más importantes que las antiguas: era menos fácil evadir los tributos germanos que los imperiales. Y aunque la tributación se mantuvo, su escala fue inevitablemente bastante menor.21

La fiscalidad siguió siendo esencial para los primeros estados-sucesores germánicos. La concepción global del Estado, asequible a los reyes germanos de los siglos V a VI, implicaba la capacidad de recaudar impuestos; el primer Estado germánico importante que la excluyó no apareció hasta que los lombardos ocuparon la mayor parte de Italia después del 568. Las leyes y los documentos administrativos ostrogodos y visigodos muestran la continuada importancia y complejidad organizativa de los mecanismos de tributación. Pero con el ejército separado de la fiscalidad del gobierno central, el proceso se hizo más marginal. Esto se ve mejor al examinar la fiscalidad de los francos, la que tuvo más éxito (aunque casi la más primitiva) entre los pueblos sucesores en Occidente y la única que presenta una continuidad no interrumpida de desarrollo histórico hasta un período en que el impuesto no se exigía en serio. La evidencia franca es también más significativa, pues a diferencia de la de los reinos godos no se limita a idealizaciones administrativas; tenemos una idea de las reacciones del pueblo ante ella.

No hay duda de que los reyes merovingios exigieron un impuesto sobre la tierra durante largo tiempo. La fiscalidad y sus problemas son un motivo común en las obras de Gregorio de Tours a finales del siglo VI, y en las vidas de santos del siglo VII. El recaudador de impuestos de Teodeberto I, el romano Partenio, fue asesinado por la multitud de Tréveris a la muerte de su rey en el 548. Los intentos de Chilperico I para imponer nuevos y crecientes impuestos le trajeron una sublevación en Limoges en el 579 y (dice Gregorio) la muerte de sus hijos en la peste de 580. El propio Gregorio defendía en el 589 la exención de impuestos de Tours que sus predecesores habían logrado para la ciudad, pero el obispo de Poitiers en el mismo año consideró necesario que los registros de impuestos de Poitiers se revisaran para rectificar la sobreimposición de viudas y huérfanos. El impuesto, entonces, todavía se sentía como gravoso. Era también algo universalmente impopular. Los obispos intentaron lograr la exención para sus ciudades, y los abades hicieron otro tanto para sus monasterios, generalmente con éxito. Las vidas de santos del siglo VII lo subrayan: no sólo la creciente tributación excita la cólera de los santos, sino cualquier fiscalidad. Sin embargo, las esquemáticas referencias que poseemos nos indican que los niveles de fiscalidad habían caído dramáticamente desde época romana hasta situarse por debajo del diez por ciento de la cosecha. Globalmente, el predominio económico de la fiscalidad se había desvanecido. Y la toma de postura popular ante la legitimidad de la fiscalidad estaba también cambiando completamente; incluso un nivel de fiscalidad tan relativamente bajo como éste era inaceptable. Los merovingios eran fuertes e impusieron tributos mientras pudieron, esto es, a lo largo de la mayor parte del siglo VII al menos. Pero no pudieron ocultar el hecho de que la tributación no tenía ya ningún otro propósito más que el exagerado enriquecimiento de los reyes; esto, en efecto, debe explicar su creciente pérdida de legitimidad. Apenas había ya en qué gastarlo. El ejército se estableció en la tierra; la administración (excepto el propio mecanismo de recaudación de impuestos) era rudimentaria con respecto a los niveles romanos; las vastas tierras fiscales que controlaban los reyes eran suficientes para sus necesidades cotidianas. Lo único para lo que servía el sistema fiscal era para entregarlo como dones, en particular como exenciones a la Iglesia, y obtener una ganancia política a corto (o largo) plazo. Pero al hacer esto, los merovingios estaban ya hablando el lenguaje de las relaciones sociales feudales. El impuesto sobre la tierra se convirtió simplemente en una parte de los recursos del fisco, igual que un dominio o un portazgo; los merovingios los concedieron indiferentemente. En el período carolingio todo lo que quedaba del impuesto sobre la tierra era una serie de fragmentos con diferentes nombres regionales, como el impuesto sobre el ganado (inferenda) pagado en Maine y Poitou en los siglos VII y VIII, o el osterstopha (un tribuno anual) de Alamania y Renania, o el «tributo de un cuadragésimo», el tributum quadragesimale en la Galicia (exvisigótica) del siglo X: sus orígenes se perdieron para el recuerdo.22

* * *

Lo que acabamos de ver, de hecho, son las líneas maestras de la historia de la fiscalidad del Bajo Imperio Romano en Occidente. En el resto de este apartado intentaré retroceder y describir lo que sucedió en términos más generales, estructurales, antes de trazar una impresión sobre los modelos iniciales de la formación social feudal que surgió a principios del período medieval.

El primer punto que se debe destacar es que no estamos ocupándonos de la mera sustitución de un modo de producción por otro. El modo antiguo coexistió con el modo feudal desde el siglo IV al VIII; esto es, la extracción del excedente se producía en dos procesos separables, mediante el impuesto y la renta, el uno destinado a un poder público distante (mediatizado a través de las ciudades, al menos mientras duró el Imperio), el otro a un señor más inmediato, aunque a menudo ausente. Las relaciones del campesino con el Estado y el señor eran fundamentalmente diferentes, pudiendo describirse la diferencia en términos de oposición entre lo público y lo privado, en los niveles de la propiedad y las finanzas, y también de lealtad, interés y obligación. Ambos modos coexistieron entonces –de modo antagónico– en la misma formación social. Lo que sucedió, como he dicho, fue simplemente que el equilibrio cambió; el modo dominante se trasladó del antiguo al feudal.

Tenemos que preguntarnos cuándo ocurrió esto y, además, cómo sabemos que ocurrió. Puesto que la plena fuerza del cambio radica en su efecto sobre las estructuras sociales, a través de los cambios en esas estructuras podemos ver cómo se produjo. Ciertamente, el cambio no fue puramente cuantitativo, es decir, el peso relativo del impuesto y de la renta; tal afirmación sería extremadamente mecanicista, al reducir un completo sistema a un reflejo de una serie de relaciones estadísticas (no descubribles). El hecho de que el impuesto llegase a ser menos importante económicamente que la renta se convierte de nuevo en algo obviamente crucial, pero la clave para el cambio reside, en su mayor parte, en cómo se produjo esto y qué nos muestra sobre las relaciones entre los terratenientes y el Estado. Por otro lado, sería igualmente erróneo buscar el momento del cambio a través de un análisis de las intenciones o de la ideología del propio Estado, ya que, como veremos, éste se mantuvo en su forma romana tanto como le fue posible, hasta la caída de los carolingios. Podemos ver mejor el cambio a través del control que tuvo el Estado sobre las relaciones sociales.

El dominio del Estado como modo antiguo se expresaba directamente a través de su organización de la estratificación social. La fuerza explotadora en el Estado romano fue el poder público; el estatus era importante precisamente porque regulaba el acceso a este poder y así, en sus niveles más altos, a los recursos de la fiscalidad –al igual que, en el otro extremo, la obligación de pagar. Ya hemos visto que el Estado controlaba esto último mediante la adscripción del campesinado; ciertamente esto escapó al control de los estados germánicos. Pero la pérdida del control del Estado sobre la aristocracia hizo el proceso más evidente. En el siglo IV, jerarquía y estatus eran conceptos legalmente reconocidos, vinculados directamente en sus niveles más altos a la posesión de oficios del Estado (o a cualquier posesión de oficios senatoriales, teóricamente parte del Estado, pero quizá ya parcialmente alejados del control gubernamental). Las categorías más directamente vinculadas a la riqueza en sí misma eran extremadamente imprecisas (por ejemplo, honestior y humilior); fue la red de títulos oficiales, las categorías más útiles para el Estado, lo que estratificó la sociedad aristocrática. En el siglo VI, aparte quizá de en la Italia ostrogoda, ya no se dio. La complicada terminología utilizada para la posesión de oficios y la jerarquía senatorial en la época tardorromana habían desaparecido. Gregorio de Tours utiliza la palabra senator para cualquier gran propietario romano. Incluso las rivalidades, de apariencia muy romana, por los oficios de la ciudad que describe en sus historias, se mencionan sobre todo en términos de relaciones de poder y patrocinio de los grandes propietarios.23 Los terratenientes ambicionaban oficios y estatus, es cierto, y ello estaba en manos de los reyes, pero el oficio no se buscaba porque comportase una relación intrínseca con el Estado: su valor estaba más en la tierra que llevaba consigo. De modo creciente, el estatus se convirtió en algo sin sentido cuando se separó de la propiedad de tierra, y la propiedad de tierra trajo consigo un estatus independiente de la intervención real. Sólo los más poderosos de los carolingios pudieron conceder a sus hombres oficios y poder sin darles tierras, e incluso entonces sólo en el gobierno central. Incluso los gobiernos más fuertes perdieron la implicación directa del Estado sobre el estatus y su control. El cambio puede expresarse simplemente en términos materiales: un funcionario del siglo IV, a menos que fuera excepcional y personalmente rico, conseguía más de su cargo en términos de riqueza y estatus que de la propiedad de la tierra. Desde el siglo VI, sin embargo, esto sólo era cierto en tanto que los oficios comportaban tierras; a la larga ambos llegaron a ser lo mismo.

Para la mayor parte de Occidente ello sitúa el momento de cambio en el siglo V, lo cual no es sorprendente, aunque sí inconveniente, pues es con mucho el siglo más oscuro del período tardorromano. El siglo V fue el momento en el que se fracturó el poder del Estado sobre las relaciones de producción, al menos en la Galia. (En Italia el cambio se produjo más tarde, con las guerras de los años 535-605.) A partir de entonces, la propiedad privada de la tierra ya no fue un medio para conseguir poder; fue el poder mismo. Hemos visto que los terratenientes evadieron impuestos y que esto provocó que los recursos, y por tanto, la atracción, del Estado se agotaran; vino un tiempo en el que lo intentaron no sólo mediante la manipulación de su posición en el Estado, sino directamente mediante su posición como terratenientes. No sabemos el momento exacto –durante más de un siglo los historiadores han estado buscando un momento equivalente, como entre el feudalismo y el capitalismo, sin éxito–, pero creo que puede considerarse implícito en el decreto de Valentiniano del 444 y en los discursos de Salviano, que de modo significativo, a diferencia de los de Libanio, dejan de hablar de la posesión de oficios cuando pasan del tema de la fiscalidad al de la evasión. No podemos ir más allá.24

En este punto tenemos que volver al problema de las causas subyacentes. Está claro que el cambio no fue inevitable, pues no ocurrió en Oriente. La propiedad de tierra a gran escala estaba, es cierto, probablemente más extendida en Occidente que en Oriente, y se expandía independientemente de los problemas de tributación, al renunciar a sus tierras los campesinos propietarios cuando la desgracia les golpeaba en forma de malas cosechas o de guerras; la balanza entre el Estado y la propiedad privada de la tierra se desequilibró en contra del Estado. Por otro lado, las principales familias aristocráticas eran más poderosas en el Estado en los siglos IV y V en Occidente que en Oriente; tenían más interés en él, aun cuando este interés se utilizase de modo creciente en sus intereses privados. Repetimos los puntos antes señalados: las guerras inclinaron la balanza al desafiar la dirección del Estado; el Estado tenía menos ventajas para la aristocracia como protector y fuente de beneficios, y su hegemonía ideológica, como el núcleo natural e inevitable de actividad política, fue cuestionada. Como la posesión de la tierra (el modo feudal) era ya el elemento más sólido en la sociedad romana, la aristocracia pudo refugiarse en ella.

Con la aristocracia vacilante, el campesinado tuvo también la oportunidad de reaccionar, apuntalando las acciones u omisiones de la aristocracia. Para cuando llegaron finalmente los asentamientos germánicos, el predominio de la imposición tributaria estaba ya fracturándose. Sin embargo, debe ponerse de relieve que esto no es una explicación de por qué el Imperio fue reemplazado por los estados-sucesores germánicos; ello fue ante todo un problema político y militar (aunque tuvieran algo que ver en ello los ingresos disponibles para el ejército romano, al igual que la preparación de los campesinos romanos que servían en él). Es, más bien, una explicación de por qué, cuando ocurrió, los estados-sucesores fracasaron al tomar la forma del Estado romano en microcosmos, como en teoría pudieron haberlo hecho fácilmente y como quizá lo hicieron los ostrogodos en Italia durante un tiempo.25 Las jerarquías germánicas en cada reino estaban ciertamente bastante romanizadas (en términos sociales, si no culturales) para aceptar tal sistema. Fue porque los mecanismos de imposición de tributos, la base del modo antiguo, estaban ya fracasando, por lo que los ejércitos germánicos acabaron en la tierra. Las aristocracias germánicas excluyeron del poder estatal a muchos miembros de la aristocracia romana, y por lo tanto a menudo los reemplazaron como patronos, pero también se establecieron, en consecuencia, no como oficiales, sino como grandes propietarios. El impacto de la guerra había puesto al descubierto las contradicciones existentes en el corazón de la sociedad romana de Occidente, y un modo consiguió el dominio sobre el otro. Los motores de una tal coyuntura no son desconocidos en otros lugares: Rusia en 1917 presenta algunos paralelismos.

La conclusión debería ser muy evidente a partir de este análisis: no considero que el modo feudal, o incluso la formación social feudal, sea una síntesis entre lo romano y lo germano, como dirían Anderson y otros, e incluso como lo dijeron en más de una ocasión Marx y Engels. La cultura y los valores de comienzos de la Edad Media estaban profundamente influenciados por los germanos –la ideología de señorío, por ejemplo, terminó en el vasallaje; pero ése es un asunto completamente diferente. El feudalismo estaba ya presente en el Imperio Romano como un sistema económico subsidiario mucho antes de que llegaran los germanos, y en la medida en que los invasores germanos tuvieron cosas tales como una aristocracia basada en la tierra, éstas se produjeron en gran parte por la influencia romana. La sociedad germana tradicional había sido antes cuasi igualitaria, con elementos comunales que persistieron largo tiempo; Marx lo llama a veces modo germánico y ciertamente fue un modo definible dentro del conjunto de sistemas no jerarquizados inadecuadamente analizados por Marx, que él llamó comunismo primitivo, aunque llamarlo germánico es probablemente demasiado restrictivo –de hecho, las comunidades más marginales de gran parte del suroeste de Europa mantuvieron una estructura cuasi igualitaria similar, centrada en alguna forma de propiedad comunal hasta bien entrado el período medieval.26 Pero el modo de producción feudal y las relaciones sociales feudales no surgieron de aquí; sólo algunos de los aspectos institucionales del Estado feudal y de su ideología tuvieron alguna influencia suya –la relación entre el Estado y el campesinado libre, por ejemplo. La pervivencia económica del modo germánico en zonas del Imperio donde parece que los campesinos germanos se habían asentado en masa –la Inglaterra anglosajona, Renania y (probablemente) Baviera– sólo añadió un modo subsidiario a la formación social feudal, que ya tenía la supremacía en todas estas áreas en el 500 o un poco después; y desde la sólida base territorial de las antiguas provincias romanas el feudalismo se extendió lentamente dentro de la antigua «Germania libre» (Francia orientalis y Sajonia) y eventualmente (pero mucho menos completamente y con un desarrollo genuino independiente) en Escandinavia. Todo lo que la victoria del feudalismo y el fin de la fiscalidad significan en este contexto es que por todas partes comunidades campesinas sin una propiedad de la tierra significativamente importante (esto es, comunidades que habían pagado antiguamente impuestos y por tanto formaban parte del modo antiguo) volvieron a los sistemas económicos preexistentes no explotadores; estos sistemas, faltos de cualquier forma de tenencia dependiente, aún no estaban englobados en el modo de producción feudal. Las comunidades campesinas de este tipo, germanas y no germanas, sobrevivieron al lado del modo feudal, aunque subordinadas a él en la formación social en su conjunto, mientras tuvieron la fuerza local para hacerlo, y la tuvieron durante muchos siglos.27

III

La base empírica de lo anterior es bien conocida por quienes han estudiado el período, incluso superficialmente, tanto marxistas como no marxistas. Lo que me ha preocupado ha sido centrar el debate en la importancia crucial de la extracción del excedente y en el poder de imposición del Estado, para caracterizar la estructura socioeconómica global del período. A este respecto, es literalmente cierto que la crisis del Estado es la crisis del mundo antiguo. Cuando los mecanismos de tributación se derrumbaron, las columnas cedieron y el frontón se rompió y cayó; apenas podemos ver los siglos V y VI a causa del polvo. Los estados que siguieron que no estaban basados en la fiscalidad, como el Estado lombardo en Italia y el Estado carolingio en Francia,28 eran totalmente diferentes, basados esencialmente en la propiedad de la tierra más que en la imposición de tributos, con relaciones respecto a su aristocracia y campesinado crucialmente diferentes. La ausencia de tributación rompió la continuidad global de las funciones del Estado desde el período romano; todo lo que permaneció fueron valores e imágenes. He abordado las implicaciones italianas en otro lugar;29 aquí, como antes, me referiré más a los ejemplos francos.

La herencia del Imperio se ve más claramente en la historia de la ideología del Estado hasta el siglo XI, tanto en el nivel local como en el nacional. En el plano local está mejor representada por la historia de la ciudad. La ciudad bajo el Imperio fue una fuerza real de atracción a causa de su papel en la recaudación de tributos, y el centro urbano tardorromano de la aristocracia y de los valores aristocráticos surgió de aquí. Cuando la tributación dejó de existir, las ciudades actuaron como centros sólo por motivos ideológicos. Los obispos, herederos conscientes de la tradición romana, vivieron en ellas en todas partes; esto, al menos, tuvo como resultado una cierta persistencia de la actividad administrativa. Los aristócratas también pudieron elegir seguir viviendo en las ciudades y centrar sus rivalidades políticas en un escenario urbano; si lo hicieron, las ciudades conservaron su importancia político-administrativa y comercial (o gran parte de ella), a menudo hasta el despegue comercial de los siglos X y XI. Pero la aristocracia sólo eligió actuar así en algunas zonas de Occidente: en Italia, sur de la Galia y sur y este de Hispania. Tal elección es con mayor o menor exactitud un índice de la romanización completa de una zona: nunca totalmente alcanzada al norte del Loira, casi inexistente al norte de los Alpes y en Gran Bretaña, pero casi completa en zonas donde el recuerdo de Roma era la piedra de toque de su autoidentificación.30 La posibilidad de construir o no construir una plena sociedad urbana mediante tal elección subraya el carácter ideológico en última instancia, aunque también muestra cuánto peso institucional puede tener con frecuencia la ideología.

El peso institucional de la ideología se manifestó de modo más importante en el nivel del gobierno central. No hay duda de las implicaciones y ambiciones públicas del Estado carolingio, y de la hegemonía, ampliamente difundida, de su cometido central en su momento culminante bajo Carlomagno y también bajo su hijo Luis el Piadoso, a finales del siglo VIII y comienzos del IX, puesto de relieve por el notable impacto educativo y propagandístico del Renacimiento carolingio y puede añadirse que alimentado por la riqueza casi romana de los reyes en el momento de sus más grandes éxitos militares. Este cometido, el sentido de la naturaleza pública del Estado, de los funcionarios, de la responsabilidad política, es casi puramente romano, y dice mucho a favor de la autoridad residual de los merovingios y del recuerdo del poder regio de los francos en el siglo VI (al igual que la fuerza de los valores romanos en la Iglesia), que pudo haber sobrevivido en la Galia romanogermana del norte, de entre todos los lugares, e incluso extendido su influencia a la Inglaterra anglosajona. (Los lombardos lo mantuvieron también con poca dificultad, y en todo el Imperio carolingio estuvo más firmemente arraigado en Italia.) La única característica germánica de su Estado (e incluso ésta tenía elementos romanos) fueron sus lazos conscientes con todos los hombres libres del reino, descendientes nominalmente de los guerreros asentados en los siglos V y VI; esto fue ciertamente clave para la legitimidad del Estado, pero no para la concepción de sus funciones. El Estado carolingio obtuvo una amplia aceptación de sus aristocracias en el momento de su máximo éxito y también de modo sorprendente mucho después.31 Pero este éxito dependía directamente de tal aceptación. Cuando el Estado tardorromano perdió su aceptación, a la larga se desmoronó, pero el proceso estuvo en marcha mucho tiempo y estuvo muy mediatizado, pues el Estado se basaba en un proceso económico directo de extracción del excedente. El Estado carolingio, sin embargo, se basaba en la tierra, como ocurría con las clases superiores; el poder económico personal de un noble carolingio se fundamentaba así exactamente en la misma base que el de su rey. El único camino de los reyes para poder ejercer su poder era obtener y confiar en la lealtad de la aristocracia: tenían que comprarla. Al principio podían hacerlo a cambio de los oficios, que aún proporcionaban un buen estatus a los aristócratas, y de tierra; pero de modo creciente, cuando las continuas guerras de los siglos VIII al X socavaron una vez más la hegemonía de los reyes, con tierra sobre todo. En el norte de Francia ésta la tenían condicionadamente, «feudalmente», con las obligaciones personales que les vinculaban y tenían una fuerza moral legítima; en Italia y en otras partes la tierra era concedida a menudo de manera plena o arrendada –la distinción no nos importa aquí. Pero el Estado perdía cada vez más tierra, y, por tanto, más poder. Se puede añadir que perdía al mismo tiempo sus lazos con el campesinado, puesto que las obligaciones militares tendían a limitarse a las clientelas aristocráticas. Cuando la aristocracia perdió su interés por el Estado, éste simplemente desapareció. En la crisis final del Estado, digamos en el siglo XI en Francia, lo público se disolvió en lo privado tanto en el plano político-ideológico como en el económico. La tradición romanocarolingia de los poderes y las responsabilidades del Estado desapareció o se transformó en algo nuevo: el sistema privatizado o contractual basado en el señorío personal que tradicionalmente se denomina «feudovasallático» o simplemente «feudal».

No podemos proseguir estos temas aquí, pero debe destacarse que es muy fácil equivocarse al ver todos estos procesos como teleológicos, si se considera el feudalismo militar «completamente formado» y los señoríos como el resultado lógico e inevitable de las relaciones económicas basadas en la propiedad privada (con la usual adición de la supuesta similitud en la estructura de dos relaciones de dependencia distintas, vasallaje y servidumbre). Creo que incluso Bloch pensaba esto, y Anderson cae en la trampa cuando identifica el norte de Francia como el centro de la «síntesis ponderada», que «generó el feudalismo más rápida y completamente y le proporcionó su forma clásica».32 «Clásica» o no, la experiencia del norte de Francia estuvo lejos de ser universal. Los italianos, que vieron que su Estado «nacional» se desvanecía, incluso más rápidamente que el francés, en un mundo de lealtades privadas, mantuvieron su ideología pública en las ciudades hasta su florecimiento en el período comunal. Y aunque es muy probable, como apuntaba Jan Dhondt, que el modo feudal no pudiera soportar a la larga una unidad política tan extensa geográficamente como el Imperio carolingio, ciertamente no era necesaria la extinción de todo poder político; Normandía y la Inglaterra normanda, tan «feudovasalláticas» como cualquier otra sociedad, muestran un poder político no disminuido, que ciertamente tiene raíces carolingias (y anglosajonas), aunque los modos de expresión hubiesen cambiado. Sin embargo, el punto que prefiero destacar es diferente. Cada una de las numerosas unidades políticas diminutas del período poscarolingio tuvo un equilibrio diferente de ideología y poder –público o privado, romanocarolingio o contractual, centralizado o señorializado–, y hay que explicar cada una; pero en último término, las diferencias entre ellas, e incluso entre ellas y cualquiera de los otros sistemas de la Europa medieval cristiana occidental, son una cuestión de superestructura. Según las definiciones utilizadas en este artículo, todas eran feudales, pues todas se basaban en la política y la economía de la posesión de tierra, expresada en sus diferentes formas.33

Es posible, incluso probable, que el principal grupo social que se benefició de la caída del Estado romano y de la transición a la sociedad feudal fuera el campesinado. No fue, de ninguna manera, la aristocracia romana; los nuevos estados germánicos tenían sus propias aristocracias étnicas. Algunas familias romanas cambiaron sus nombres y comenzaron a mandar ejércitos –es decir, se hicieron germanas; pero la mayoría quedaron políticamente marginadas, con la notable excepción de las del sur de Francia, seguramente el área menos germanizada dentro de los estados-sucesores, en la que las aristocracias romanas mantuvieron su hegemonía durante muchos siglos. El fin del Estado romano se hallaba en los intereses a largo plazo de la aristocracia como clase; pero no siempre en los intereses individuales de las familias implicadas en su desintegración. Sin embargo, el campesinado estaría, casi con seguridad, mucho mejor; los mecanismos de extracción del excedente fueron en los siglos VII y VIII menos eficientes de lo que lo habían sido en el siglo IV. La percepción de la renta en el Imperio estaba condicionada por el hecho de que el impuesto se llevaba gran parte del excedente: la aristocracia necesitaba tiempo para alcanzar las posibilidades originadas por la ausencia del impuesto. Esta afirmación, hay que decirlo, es totalmente especulativa; pero nos llevaría mucho tiempo explicar la aparente pobreza de la aristocracia altomedieval –e incluso, a veces, de los reyes. El pueblo construía edificios más pequeños y más toscos, vestía ropas más sencillas, compraba muy pocos artículos de lujo de Oriente. No creo que esto pueda explicarse, como se hace a menudo, por la idea de que los campesinos producían excedentes menores que bajo el Imperio; no ha existido nunca mecanismo económico o social que pueda explicar por qué los cambios políticos pueden producir una caída productiva permanente por parte de un campesinado basado en la subsistencia. Lo que debió de suceder es que los campesinos conservaron más para ellos mismos. Y la no insignificante clase de propietarios campesinos, que había sobrevivido a las guerras y al patrocinio del siglo V, se encontró con que se le exigía muy poco excedente; a cambio de ello, los francos y los visigodos, al menos, esperaban que sirvieran en sus ejércitos. Tales campesinos sobrevivieron junto a, o a menudo entre, los tenentes de los dominios feudales de los siglos VI al VIII. Puede que solo en el período carolingio –de hecho un período de amplia afirmación del poder aristocrático, junto a un debilitamiento del cometido campesino en el ejército, que era la defensa política más fuerte de aquel– se diera el paso principal en la extensión de las relaciones sociales feudales a casi todo el mundo en la sociedad, con el sometimiento a gran escala y la expropiación de los campesinos por la aristocracia.34

Fue también en el período carolingio cuando la mayor parte de Europa asistió a un importante debilitamiento de lo que aún quedaba del antiguo concepto de esclavitud. La problemática de la transición de la esclavitud a la servidumbre dominical mediante la práctica de las prestaciones de trabajo, se ha visto tradicionalmente como una característica básica del origen del modo feudal; como ya debería estar claro a estas alturas, me parece que es marginal. El modo feudal englobó a todos los tenentes altomedievales, libres o no libres, pagasen renta o hiciesen prestaciones de trabajo (lo que es en realidad simplemente una forma de renta, aunque estuviese más bajo el control del gran propietario que en el caso de la renta en especie o en dinero). Pero, de hecho, la idea de la prestación de trabajo como institución semiservil a medio camino entre la explotación esclavista y el pago de renta feudal no es, está claro, ni siquiera empíricamente válida. Su lógica histórica tiene una cierta belleza inexorable; desafortunadamente, no sucedió así. Cuando los romanos abandonaron el modo esclavista, pasaron directamente a los tenentes que pagaban renta. (Las alusiones a las corveas se refieren a obligaciones triviales, y limitadas a África: quizá fueran versiones de las corveas públicas requeridas por el Estado.) Solamente un texto temprano hace referencia a fuertes prestaciones de trabajo, un papiro de Padua de mediados del siglo VI; la prestación de trabajo pervivió en zonas del norte de Italia hasta el siglo X, y desde aquí, o de cualquier otro modo, pasó a zonas del sur de Germania a principios del siglo VIII y al norte de Francia, patria del clásico «sistema dominical» bipartito de los polípticos, a finales del siglo VIII y comienzos del IX. En otras partes, durante todo el período altomedieval las prestaciones de trabajo eran raras y generalmente insignificantes, como han demostrado una serie de recientes estudios sobre el sur de Francia. Por entonces, había de nuevo muchos esclavos en la tierra, gracias a las guerras de los siglos V y VI, pero la mayor parte de ellos eran simplemente tenentes y tampoco debían realizar prestaciones de trabajo. Sólo queda por resolver en este contexto un problema principal del análisis: el hecho de que la división binaria entre reserva y tenencias parece que es anterior a las prestaciones de trabajo. Se dice que las villas merovingias de los siglos VI y VII tenían reservas cultivadas directamente por esclavos, independientemente de los tenentes libres que pagaban renta. (También hubo dominios en el noroeste de España en el siglo X.) Estas reservas pudieron representar incluso una débil supervivencia del modo esclavista, englobada en las relaciones características del feudalismo. De manera creciente, sin embargo, parece que se ha exagerado el tamaño y a veces incluso la existencia de estas reservas; las que no eran suficientemente pequeñas como para ser cultivadas por unas pocas familias de esclavos como una especie de «granja familiar», pudieron haber estado divididas en realidad con frecuencia en tenencias serviles. En las áreas, sobre todo en el sur de Europa, donde la prestación de trabajo fue rara o desconocida, el estatus de esclavo era ya sólo una categoría legal, si bien comportaba rentas más pesadas; en el período carolingio fue innecesaria, y desapareció durante los siglos IX y X. En zonas donde la prestación de trabajo fue importante, principalmente en el norte (aunque incluyendo la llanura del Po), el variable concepto de «dependencia servil» pasó a tener alguna relación con la prestación de trabajo, y el principio de que los siervos eran legalmente no libres perduró tanto como las prestaciones de trabajo, a veces hasta finales de la Edad Media (en Inglaterra), o mucho más (en Europa oriental). Es esto lo que ha llevado a la identificación tradicional de los dos tipos por parte de los historiadores; pero la servidumbre es un rasgo nuevo y no puede ser vista antes del siglo IX aproximadamente. Los tenentes de la Alta Edad Media en realidad debieron descender con más frecuencia de los coloni tardorromanos y de los campesinos libres que de los esclavos.35

Sin embargo, el sistema dominical no es del todo irrelevante en lo referente a este artículo. El sistema, en su primera gran época en los monasterios del Imperio carolingio, fue el signo más claro de que las clases no productivas de Europa estaban empezando a descubrir de nuevo cómo extraer todo el excedente del campesinado. El despegue comercial de los artículos de lujo del siglo IX, reforzado desde el siglo X en adelante, podría verse como uno de sus resultados. Estamos entrando en el período de «crecimiento» que marca la «primera edad feudal» –un período de crecimiento que en tanto que se expresaba en consumo de artículos de lujo, con frecuencia se consiguió sobre todo a expensas del campesinado.36

IV

Los detalles de la historia particular de las diferentes partes del Imperio difieren, naturalmente, de estos modelos, formulados sobre todo en el contexto del desarrollo de Francia e Italia. No podemos fijarnos en todas. Sin embargo, Bizancio presenta algunos contrastes muy instructivos en su evolución, y acabaré señalando algunos de ellos. Como hemos visto, los siglos IV y V vieron el crecimiento de la oposición estructural entre Estado y grandes propietarios tanto en Oriente como en Occidente; lo que sabemos de Egipto en el siglo VI también indica considerables avances de los grandes propietarios en una de las más firmes reservas de campesinado independiente en el Imperio. Pero el Estado no cayó. Ni cayó tampoco en el equivalente oriental de las invasiones bárbaras, la ocupación de Siria y Egipto por los árabes y de los Balcanes por los eslavos. ¿Por qué no?

El primer problema con el que tenemos que enfrentarnos al compararlo con Occidente es si las dos historias son comparables en sentido estricto. El siglo V vio la invasión de cada parte de Occidente; el siglo VII en Oriente dejó al menos a los bizantinos Anatolia y el Egeo. Pero, como ya se ha señalado, la cuestión sobre los estados germánicos no es que reemplazaran al Imperio de Occidente, sino que a la larga fracasaron en la reproducción del poder del Estado de sus predecesores romanos. El Estado perceptor de tributos continuó en Oriente, tanto en la parte bizantina como en la árabe del antiguo Imperio unitario. No sólo esto, sino que los siglos VII y VIII en Bizancio parecen mostrar un eclipse del poder aristocrático. El Estado protegía a los generales y a sus ejércitos, a expensas de las aristocracias civiles locales; estas últimas perdieron así su papel independiente en beneficio de los nuevos subordinados del Estado, que eran en principio más seguros, y de hecho más útiles. Las antiguas familias nobles desaparecen de nuestras fuentes; hasta los siglos IX y X (o más probablemente, las nuevas familias militares terratenientes) no aparecen de nuevo en los textos minando el apacible funcionamiento de los mecanismos de gobierno. En la lucha por el poder entre el Estado y la aristocracia en el momento de crisis, quien perdió fue la aristocracia.

Como se ha argumentado antes, la aristocracia bizantina quizá no fue tan fuerte como su equivalente occidental, y esto debe ser una razón de su fracaso. Algunos de sus miembros más ricos estaban en Egipto, que habían ocupado los árabes, y los árabes mantuvieron la fuerza política y financiera, con un Estado mayor que el de los romanos en su momento culminante, para dominarlos. La pequeña nobleza, por otro lado, habría encontrado un centro de poder en las jerarquías del Estado y en los alicientes de la carrera burocrática en Constantinopla, que sobrepasaban con frecuencia a los de la posesión de tierra. El campesinado, con una organización colectiva y una identidad más fuertes que las existentes en gran parte de Occidente, a menudo resistió largo tiempo los intentos de la aristocracia por convertirse en sus señores, por mucho que les estuvieran agradecidos por protegerles contra la fiscalidad. Todas estas diferencias, esencialmente diferencias de grado, ayudaron al Estado a mantener su fuerza en el momento de crisis. Y también influyó la naturaleza de la crisis; persas y árabes eran conquistadores militares exteriores, reales o potenciales, no alternativas interiores, que sedujesen por su desorganización, como los primeros reinos germanos. Las guerras duraron largo tiempo, pero los períodos de conquista real a principios del siglo VII fueron relativamente cortos. A pocos civiles se les dio la oportunidad de explotar la situación: en lugar de ellos, lo hizo el Estado. De hecho, esta capacidad esencialmente política de explotar la situación en su propio beneficio fue la razón más evidente para la supervivencia del Estado bizantino en Oriente. La militarización del Estado no condujo inicialmente a la descentralización, puesto que el ejército necesitó un tiempo para conseguir tierras, reemplazando o casándose con la aristocracia civil políticamente marginada; y estas tierras estaban aún efectivamente gravadas. Así, el ejército se renovó, pero el peso financiero del Estado no disminuyó en absoluto. Este golpe muestra mejor que ninguna otra cosa cómo la época de las guerras, primero en Occidente y después en Oriente, no representó necesariamente un punto de inflexión decisivo, sino sólo la posibilidad de un punto de inflexión decisivo, en la balanza de los modos de producción. En Occidente el equilibrio cambió; en Oriente, no. En efecto, el fracaso del feudalismo en el siglo VII en Oriente detuvo su desarrollo durante muchos siglos. Sólo quizá en el siglo XII (y aún más después de la conquista de Constantinopla en 1204) comenzó realmente a reemplazar al Estado perceptor de tributos como modo dominante en la sociedad bizantina; sin embargo, fue un desarrollo lento y encubierto por la vasta y organizada estructura ideológica del sistema imperial bizantino.37

Es evidente a partir de esta breve caracterización que el Imperio bizantino logró preservar el predominio del modo antiguo, a pesar de la existencia continuada del modo feudal, hasta bastante después del año 1000. El único problema que plantea es de categorización. Una de las claves del modo antiguo es la relación ciudad-campo, con la ciudad fortalecida por sus poderes fiscales. Pero en los siglos VII y VIII la sociedad urbana de Bizancio se colapsó. Las causas exactas son prácticamente desconocidas, pero su colapso fue, en gran parte, el precio pagado por la supervivencia del Estado a expensas de las aristocracias civiles, la base de la vida urbana. Los supervivientes se concentraron en Constantinopla; el Estado abandonó toda pretensión de tributación a través de las ciudades, y organizó el proceso directamente, con una centralización de la autoridad que superó con mucho a la de Diocleciano –aunque a escala menor. Podría decirse que el Imperio se había convertido en una ciudad-estado gigantesca concentrada en Constantinopla. Pero debemos reconocer que estamos tocando aquí el límite extremo del escenario en el que el concepto de modo antiguo nos ayuda a entender cómo funciona una sociedad. La base de la imposición de tributos del Estado bizantino centralizado se ajusta con bastante facilidad a un modelo más oriental –con el Imperio árabe (parcialmente imitador) de los siglos VII al X y, por supuesto, los sasánidas en Persia antes de él y la considerable variedad de estados después de él, llegando hasta hoy a través de otomanos y safávidas. Estos estados, como el romano y el bizantino, tenían el problema de equilibrar la imposición de tributos con la propiedad de la tierra, pero a menudo sobre áreas muy amplias y sin la mediación institucional de las ciudades. Muy frecuentemente tuvieron también bastante éxito. El problema de cómo estos sistemas se ajustan a la categoría del modo de producción antiguo, casi no vale la pena plantearlo; ellos evidentemente no lo hacían. Pero las diferencias entre ellos y, digamos, la formación social del Imperio Romano parecen ser diferencias de grado, no de tipo.

Trato este problema con más detalle en otro lugar, pero quizá deberían exponerse aquí unos pocos aspectos como conclusión. El primero es que imaginar estos sistemas orientales incluidos en la categoría marxista tradicional del modo asiático es totalmente inútil; la categoría es completamente inadecuada. Además, decir que los sistemas orientales son de un modo distinto al de Roma me parece que es una distinción demasiado grande. Samir Amin ha reformulado recientemente este modo como un «modo tributario», una idea que tiene una considerable serie de posibilidades; y no es la menor la de considerar que el modo tiene varios subtipos, uno de los cuales sería el modo antiguo. El desplazamiento de las ciudades se justificaría simplemente por el paso de un subtipo a otro del «modo tributario». ¿Volvemos a coleccionar mariposas? Creo que no, por dos razones. Primera, porque tal formulación restablece algo que estamos bastante inclinados a olvidar: que Europa es uno de los extremos de una gran masa continental, con algunas sociedades evidentemente sofisticadas en ella. Es inútil suponer que cada uno de los sistemas económicos de Eurasia tuvo una morfología completamente independiente hasta que el capitalismo los suprimió todos. El «modo tributario» de Amin nos centra en un denominador común desde Roma hasta China, la tributación, que, debemos reconocerlo, coexistió siempre con instituciones bien enraizadas y antagónicas de posesión de la tierra. Segunda, la formulación da un énfasis total a las características específicas y cruciales del modo antiguo: su dependencia de la estructura de la relación ciudad-campo y el dominio de la primera sobre el segundo. Hemos visto la importancia básica de esta relación en cómo funcionaba el Imperio Romano. La descentralización del Imperio a través de las ciudades debe verse más como una presuposición básica en el análisis de su desintegración final, al menos en Occidente, algo que en el contexto euroasiático parece haber sido realmente inusual. Los imperios de Asia tuvieron a este respecto una estabilidad más duradera, pues las dinastías reemplazan a las dinastías a lo largo del tiempo. En Occidente, Europa se enfrentó con las degradaciones, pero también las posibilidades, del feudalismo.38

Traducción de Ángel Martín y Carlos Estepa

NOTA ADICIONAL

Nota 11. Para la propiedad, véase, como texto básico que inexplicablemente no cité en el artículo original, L. Cracco Ruggini, Economia e società nell’Italia annonaria (Milán, 1961). Y también los artículos más recientes de Domenico Vera, «Strutture agrarie e strutture patrimoniali nella tarda antichità», Opus, II (1983), pp. 489-533; «Forme e funzioni della rendita fondiaria nella tarda antichità», en A. Giardina, ed., Società romana e impero tardoantico (Roma, 1986), t. I, pp. 367-447; «Aristocrazia romana ed economie provinciali nell’Italia tardoantica: il caso siciliano», Quaderni Catanesi, X (1988), pp. 115-172; «Conductores domus nostrae, conductores privatorum. Concentrazione fondiaria e redistribuzione della ricchezza nell’Africa tardoantica», en M. Christol et al., eds., Institutions, société et vie politique dans l’empire romain au IVe siècle ap. J.-C. (Roma, 1992), pp. 465-490; «Schiavitù rurale. Colonato e trasformazioni agrarie nell’Italia imperiale», en prensa. También debería citar aquí el nuevo y notable libro de Dominic Rathbone sobre Egipto, Economic Rationalism and Rural Society in Third-century AD Egypt (Cambridge, 1991).

Nota 18. No tengo muy claro ahora por qué cité a Canudos, salvo porque la historia de este efímero estado mesiánico (1895-97) fue un acontecimiento fascinante en sí mismo. Ya que lo hice, debo añadir como bibliografía M. I. Pereira de Queiroz, O messianismo no Brasil e no mundo (2.ª ed., São Paulo, 1977); G. Marotti, Canudos. Storia di una guerra (Roma, 1978); y, por supuesto, Euclides da Cunha, Os sertões (varias ediciones: 1.ª ed., São Paulo, 1902). Sobre los Bacaudae, véanse además las diferentes opiniones de R. Van Dam, Leadership and Community in Late Antique Gaul (Londres, 1985), pp. 9-56; J. F. Drinkwater, «The Bacaudae of fifth-century Gaul», en ídem, y H. Elton, eds., Fifth-century Gaul: a Crisis of Identity? (Cambridge, 1992), pp. 208-217.

Nota 20. Sobre la política de la Galia, véanse modélicos estudios de caso en Van Dam, Leadership and Community, y la estimulante colección de artículos publicada por Drinkwater y Elton, Fifth-century Gaul, citados ambos en la nota anterior. Este último, aunque evita en gran medida los temas fiscales, me parece que, en conjunto, apoya mi visión general, en contra de algunos de los textos citados en la nota siguiente. Sobre las relaciones romano-visigodas, véase H. Wolfram, History of the Goths (Berkeley, 1988), pp. 170-190; P. Heather, Goths and Romans 332-489 (Oxford, 1981), pp. 213-224. Sobre la aristocracia romana, S. J. B. Barnish, «Transformation and survival in the western senatorial aristocracy, c. A.D. 400-700», Papers of the British School at Rome, LVI (1988), pp. 120-155.

Nota 21. Este tema ha sido ampliamente discutido en los últimos años. Los críticos de Goffart incluyen a M. Cesa, «Hospitalitas o altre “techniques of accommodation”?», Archivio Storico Italiano, CXL (1982), pp. 539-552; S. J. Barnish, «Taxation, land and barbarian settlement in the western empire», Papers of the British School at Rome, LIV (1986), pp. 170-195. Los favorables incluyen a Wolfram, Goths (véase n. 20), pp. 222-226, 295-300; M. F. Hendy, «From Public to Private», Viator, XIX (1988), pp. 29-78; J. Durliat, Les finances publiques de Dioclétien aux Carolingiens (284-888) (Sigmaringen, 1990); y véase la contribución anterior de Durliat y la replica de Goffart a sus críticos en H. Wolfram y A. Schwarcz, eds., Anerkennung und Integration (Viena, 1988), y mi propia crítica a Durliat, «La chute de Rome n’aura pas lieu», Le Moyen Âge, XCIX (1993), pp. 107-126. Sigo concluyendo, leyendo estos argumentos, que el siglo V fue el periodo crucial para el colapso de la fiscalidad, al menos en la Galia y probablemente en España, aunque la manera en que colapsó requiere un análisis más riguroso que el que tuve espacio para dar –podría haberse entendido originalmente que los visigodos, digamos, se habrían asentado como propone Goffart, si bien los procedimientos se descompondrían muy pronto–. En general, cualquiera que desee argumentar una continuidad fiscal y administrativa a gran escala a lo largo del periodo de las invasiones bárbaras debe poder explicar cómo se pudieron mantener, dada la confusión militar y política del periodo –aun cuando, evidentemente, los reinos germánicos mantuvieron tantas tradiciones gubernamentales romanas como pudieron (véase la reciente obra de P. S. Barnwell, Emperor, Prefects and Kings (Londres, 1992).

Nota 26. Un reciente e importante análisis de la España septentrional es el de J. M. Mínguez, «Ruptura social e implantación del feudalismo en el Noroeste peninsular (siglos VIII-X)», Studia Historica. Historia Medieval, III (1985), pp. 7-32.

Nota 29. Para la Galia, véase Van Dam, Leadership and Community (como en la nota adicional 18). Exactamente cuán «urbanas» continuaron siendo las ciudades es un tema que solo se puede resolver arqueológicamente. Véase, para Italia, el capítulo 4 de este libro. Un reciente estudio de la Galia meridional que merece ser citado es el de S. Loseby, «Marseille: a late Antique success story», Journal of Roman Studies, LXXXII (1992), pp. 165-185. No conozco ninguna síntesis arqueológica actualizada para la Galia tardo- y post-romana, aunque se podría escribir una; Simon Esmonde-Cleary está preparando un estudio sobre este tema.

Nota 32. La abrupta privatización del poder público en torno al año Mil se ha convertido en la última década en el centro de un gran debate, siguiendo el artículo de Bonnassie citado en esta nota. Incluye entre otros a J.-P. Poly y E. Bournazel, La mutation féodale (Xe-XIIe siècles) (París, 1980); G. Bois, La mutation de l’an mil (París, Flammarion, 1989); las críticas a Bois en, por ejemplo, Médiévales, XXI (1991); D. Barthélémy, «La mutation féodale a-t-elle eu lieu?», Annales ESC, XLVII (1992), pp. 767-777; y A. Malpica y T. Quesada, eds., Los orígenes del feudalismo en el mundo mediterráneo (Granada, 1993); B. S. Bacharach sostiene de manera convincente que en Anjou esta privatización estuvo lejos de ser completa: «The Angevin economy, 960-1060: ancient or feudal?», Studies in Medieval and Renaissance History, X (1988), pp. 3-55.

Nota 33. Me equivoqué al decir que de un campesinado de subsistencia ningún mecanismo puede resultar en disminuciones productivas: Ester Boserup, The Conditions of Agricultural Growth (Londres, 1965) muestra que el declive demográfico puede hacerlo, y yo propondría ahora que una fuerte caída en la extracción de excedente podría hacerlo también. Véanse, más adelante, los capítulos 4 y 7.

Nota 34. Estos son otros temas que han generado recientemente mucho debate. Sobre la esclavitud, véase P. Bonnassie, «Survie et extinction du régime esclavagiste dans l’Occident du haut Moyen Âge (IVe-XIe s.)», Cahiers de Civilisation Médiévale, XXVIII (1985), pp. 307-343, ahora en inglés en ídem, From Slavery to Feudalism in South Western Europe (Cambridge, 1991), pp. 1-59. Bois, Mutation, cit. nota adicional 32; el debate en L’Avenç, CXXXI (1989), pp. 32-49. Sobre el desarrollo del señorío (manor) y del gran dominio en general hay cuatro coloquios importantes: W. Janssen y D. Lohrmann, eds., Villa, Curtis, Grangia (Múnich, 1983); A. Verhulst, ed., Le grand domaine aux époques merovingienne et carolingienne (Gante, 1985); W. Rösener, ed., Strukturen der Grand-herrschaft im frühen Mittelalter (Gotinga, 1989); Flaran, X (1988). Pero hay mucho más que decir sobre estos temas, incluso ahora, en particular sobre el periodo pre-carolingio, que no dispone todavía de una adecuada y detallada panorámica; todos estos coloquios, excepto el de Flaran, también tienden a omitir la Europa mediterránea.

Nota 36. Véase ahora J. F. Haldon, Byzantium in the Seventh Century (Cambridge, 1990), una excelente síntesis que contiene una bibliografía actualizada de otros trabajos; también resulta fundamental sobre Oriente, especialmente para el siglo séptimo, M. F. Hendy, Studies in the Byzantine Monetary Economy c. 300-1450 (Cambridge, 1985), pp. 619-667; más desarrollado en su colección de artículos The Economy, Fiscal Administration and Coinage of Byzantium (Northampton, 1989), especialmente el primer artículo y en «From Antiquity to the Middle Ages», in De la Antigüedad al Medievo, siglos IV-VIII (León, 1993), pp. 325-360.

* Quisiera dar las gracias a Andrea Carandini, Wendy Davies, John Edwards, Martin Goodman, Michael Hendy, Rodney Hilton, Ian Wood y Patrick Wormald por sus comentarios al texto y por ofrecer nuevas sugerencias y puntos de vista: es más necesario de lo habitual el decir que no son responsables de los errores. La traducción castellana de este artículo, publicado originalmente en la revista Past and Present (103), 1984, pp. 3-36, ha sido realizada por Ángel Martín Expósito y Carlos Estepa Díez; se reproduce aquí con permiso y por gentileza de la revista Studia Historica, revisada por Antoni Furió.

1 D. Foraboschi, «Fattori economici nella transizione dall’antichità al feudalesimo», Studi Storici, XVII, n.º 4, 1976, pp. 65-100, en p. 94. P. Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, Londres, 1974. pp. 76-103 (existe traducción castellana: Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, Madrid, 1979) . Debo añadir al principio que las obras principales y secundarias sobre todos los temas abordados en este artículo son interminables y no puedo referirme a todas ellas; de hecho, no las he leído en todos los casos. La omisión no significa que un trabajo no sea relevante. La mayor parte de las citadas incluyen bibliografía.

2 F. Engels, «The Origin of the Family, Private Property and the State», en K. Marx y F. Engels, Selected Works, Londres, edición de 1968, pp. 568-576. El análisis de Engels fue brillante para su época, pero desde entonces ha sido una camisa de fuerza, incluso para los mejores historiadores. Véase, por ejemplo, E. M. Schtajerman, Die Krise der Sklavenhalterordnung im Westen des römischen Reiches, W. Seyfarth (trad.), Berlín, 1964.

3 E. R. Leach, Rethinking Anthropology, Londres, 1961, p. 2 (traducción castellana: Replanteamiento de la Antropología, Barcelona, 1971). Generalmente, se considera que un modo de producción es una combinación analítica de las fuerzas productivas (como la tecnología o el desarrollo de la fuerza de trabajo) con las relaciones sociales de producción: en particular, para nuestro propósito, quién controla el proceso de trabajo, cómo se extrae la plusvalía (a través de trabajo esclavo, servil o asalariado, por ejemplo) y qué subyace al poder para extraer la plusvalía –por ejemplo, qué tipo de fuerza coercitiva, o qué tipo de acuerdo. Ser más precisos llevaría páginas: para dos análisis recientes, véase B. Hindess y P. Q. Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, Londres, 1975, pp. 1-20 (traducción castellana: Los modos de producción precapitalistas, Barcelona, 1979). G. A. Cohen, Karl Marx’s Theory of History: A Defence, Oxford, 1978, pp. 28-114, 134-174 (traducción castellana: La teoría de la historia de Karl Marx: una defensa, Madrid, 1986).

4 M. Bloch, «Comment et pourquoi finit l’esclavage antique», en sus Mélanges historiques, 2 vols., París, 1963, I, pp. 261-285, repr. en M. Bloch, Slavery and Serfdom in the Middle Ages, W. R. Beer (trad.), Berkeley, 1975, pp. 1-31 (traducción castellana en La tran-sición del esclavismo al feudalismo, Madrid, 1976): M. I. Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology, Londres, 1980, p. 149 (traducción castellana: Esclavitud antigua e ideología moderna, Barcelona, 1982). Véase también, más reciente y excéntrico, P. Dockès, Medieval Slavery and Liberation, Chicago, 1982 (traducción castellana: La liberación medieval, México, 1984).

5 Como una breve bibliografía, véase Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology; K. Hopkins, Conquerors and Slaves, Cambridge, 1978; A. Carandini, Introducción a J. Kolendo, L’agricoltura nell’Italia romana, C. Zawadzka (trad.), Roma, 1980; A. Carandini, L’anatomia della scimmia, Turín, 1979; el monumental congreso de 1979 publicado como A. Giardina y A. Schiavone (eds.), Società romana e produzione schiavistica, 3 vols., Bari, 1981; la discusión de Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology, en Opus, Roma, parte I, 1981, esp. pp. 115-146, 161-179, 201-211. Dockès, Medieval Slavery and Liberation, pp. 119-141, 199-233, es objetivamente erróneo, pero sugestivo.

6 B. Hindess y P. Q. Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, esp. pp. 18-19, 79-108, sobre el modo antiguo; Hindess y Hirst desecharon posteriormente este análisis por su falta de rigor, en mi opinión erróneamente: B. Hindess y P. Q. Hirst, Mode of Production and Social Formation, Londres, 1977, pp. 38-41. Cfr. el amplio comentario sobre las Formen de Marx en Carandini, Anatomia della scimmia, esp. pp. 128-137; y las mismas Formen, traducidas en su mayor parte en K. Marx, Grundisse, M. Nicolaus (trad.), Londres, 1973, pp. 459-514, o también (con introducción de Eric Hobsbawm), en K. Marx, Pre-Capitalist Economic Formations, J. Cohen (trad.), Londres, 1964. Las críticas a Hindess y Hirst son muy numerosas, pero para nosotros las útiles están contenidas en las reseñas de S. Cook en Journal of Peasant Studies, IV, 1976-77, pp. 360-389, y de A. Carandini en su Archeologia e cultura materiale, Bari, 1979, 2.ª ed., pp. 354-375: véase también E. P. Thompson sobre Althusser en su The Poverty of Theory, Londres, 1978, pp. 193-314 (traducción castellana: Miseria de la teoría, Barcelona, 1981). El modo feudal tiene muchos más análisis que mencionar: una versión bien desarrollada de su dinámica económica en un área es W. Kula, An Economic Theory of the Feudal System, L. Garner (trad.), Londres, 1976 (traducción castellana: Teoría económica del sistema feudal, Buenos Aires, 1974; traducción catalana: Teoria econòmica del sistema feudal, Valencia, 2009); para un conjunto útil de definiciones (con un enfoque bajomedieval), véase también G. Bois, Crise du féodalisme, París, 1976, pp. 351-356. Para el vasallaje, véase infra. p. 40.

7 C. J. Wickham, «The Uniqueness of the East» de próxima aparición en Journal of Peasant Studies (véase también en este mismo libro), discute estas definiciones, al igual que el problema concomitante de hasta qué punto un sistema basado en la fiscalidad es un modo de producción, como yo sostendría, mejor que simplemente un modo de apropiación de excedente (nadie dudaría de que al menos fue esto último).

8 En criterios contemporáneos, esta formulación raya en lo simplista, pero es todo lo que necesitamos aquí. Para la versión althusseriana más sucinta, N. Poulantzas, Political Power and Social Classes, T. O’Hagan (trad.), Londres, 1973, pp. 13-16, si bien encuentro su modelo completo innecesariamente sobrearticulado (traducción castellana: Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Madrid, 1973).

9 El fallo de Perry Anderson de no mantener la distinción modo de producción/formación social es lo que está detrás de su curiosa negativa a aceptar que el modo feudal existiera entre el Éufrates y el Mar del Japón; existió, pero no predominó en ninguna formación social: P. Anderson, Lineages of the Absolutist State, Londres, 1974, pp. 397-431 (traducción castellana: El Estado absolutista, Madrid, 1979); cfr. las críticas de P. Q. Hirst, «The Uniqueness of the West», Economy and Society, IV, 1975, pp. 446-475 (un artículo de Hirst con el que por una vez, como debería ser evidente, estoy casi totalmente de acuerdo), y de Wickham, «Uniqueness of the East».

10 Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology, pp. 123-149; Carandini, Anatomia della scimmia, pp. 128-135; Kolendo, Agricoltura nell’Italia romana, introducción, pp. XLIV y ss., LIV-LV; M. Corbier, «Proprietà e gestione della terra: grande proprietà fondiaria ed economia contadina», en Giardina y Schiavone (eds.), Società romana e produzione schiavistica, I, pp. 427-444, y III, pp. 236-237, 262-264. Los principales estudios recientes (demasiado tradicionales) de la crisis del siglo III y el modo esclavista en transición hacia el colonato (feudal) son Schtajerman, Krise der Sklavenhalterordnung, especialmente pp. 23-134, y M. Mazza, Lotte sociale e restaurazione autoritaria, Bari, 1973, 2.ª ed., pp. 119-216. Dockès, Medieval Slavery and Liberation, pp. 77-90, sitúa todo el proceso demasiado tarde.

11 Para los coloni es básico A. H. M. Jones, The Later Roman Empire, 284-602 (Oxford, 1964), pp. 781-823; véase también A. H. M. Jones, The Roman Economy, Oxford, 1974, caps. 14, 21. Para el crecimiento de los poderes privados (casi señoriales) sobre los campesinos, véase infra. n. 25. Incluso Jones destaca la importancia de los esclavos: hay pocos motivos para pensar, por ejemplo, que en las villas esclavistas de Melania (Jones, Later Roman Empire, pp. 793 y ss.) no fueran todos tenentes.

12 Para detalles y referencias, véase Jones, Later Roman Empire, pp. 411-469, 819-823 (p. 465 para el cálculo de la collatio lustralis), que resume todo el conocimiento anterior. El mejor análisis del papel de la fiscalidad en la primera época del Imperio es K. Hopkins, «Taxes and Trade in the Roman Empire», Journal of Roman Studies, LXX, 1980, pp. 101-125. Para mayor profundización y bibliografía, véase A. Cerati, Caractère annonaire et assiette de l’impôst foncier au bas-empire, París, 1975, con reseña de A. Castagnol en Latomus, XXX, 1971, pp. 495-501, W. Goffart, Caput and Colonate: Towards a History of Late Roman Taxation (suplementos de Phoenix, XII). Toronto, 1974, reevalúa el desarrollo de la responsabilidad fiscal. Debe recordarse que el Estado también era un terrateniente a gran escala.

13 Jones, Later Roman Empire, p. 460; Cerati, Caractère annonaire et assiette de l’impôt foncier, pp. 81-94. La vuelta al oro es muy extraña: el monto de las transacciones comerciales que tendría que haber habido para conseguir el dinero para pagar los impuestos, ciertamente no se refleja en nuestra evidencia. Posibles explicaciones incompletas incluyen ventas forzosas al Estado y los pagos de facto en especie, pero el problema plantea alguna objeción a los argumentos de Hopkins, «Taxes and Trade in the Roman Empire», especialmente pp. 123-124.

14 Para las cifras y análisis, véase Jones, Later Roman Empire, pp. 464, 819-823: Jones, Roman Economy, caps. 4 y 8. Las cifras de Antiópolis pueden ser sólo para tierra de cereal: las de Rávena son en dinero, y en un cálculo global. La cifra de Antiópolis ha sido recientemente contestada por C. R. Whittaker, «Inflation and the Economy in the Fourth Century A. D.», en C. E. King (ed.), Imperial Revenue, Expenditure and Monetary Policy in the Fourth Century A. D., Brit. Archaeol. Reports, serie internacional, LXXVI, Oxford, 1980. pp. 7-9, citando a A. C. Johnson y L. C. West, Byzantine Egypt: Economic Studies. Princeton, 1949. Johnson y West (pp. 234-240, 275-280) presentan sus evidencias de un modo confuso, pero los bajos promedios que cita Whittaker son sólo para el impuesto en especie; Johnson y West (p. 280), después de excluir algunos tributos especiales que Jones no excluye, llegan a una tabla global de impuestos próxima a la de Jones, y el entre un cuarto y un tercio de mi texto representa un promedio que incluye a unos y otro. Jones critica las cifras bastante convincentes de Johnson y West en una reseña: Jl. Hellenic Studies, LXXI, 1951, pp. 271-272. Hay, sin embargo, cifras mucho más bajas para Egipto desde comienzos a mediados del siglo IV, con –si lo entiendo correctamente– una evidencia menos segura: Johnson y West, Byzantine Egypt, pp. 234-235: A. K. Bowman, «The Economy of Egypt in the Earlier Fourth Century», en King (ed.), Imperial Revenue, pp. 28-31. (Tengo que confesar que los papiros egipcios son bastante superiores a mis fuerzas; sería bueno tener todo esto más claramente analizado.) Whittaker intenta demostrar que el impuesto no destruyó por sí mismo la economía romana («Inflation and Economy», pp. 1-22); esta parte de su argumentación es bastante razonable. Cfr. también su «Agri deserti», en M. I. Finley (ed.), Studies in Roman Property, Cambridge, 1975, pp. 137-163, con Goffart, Caput and Colonate, pp. 67, n. 137. Foraboschi, «Fattori economici», pp. 94-95, plantea el delicado tema de cómo la productividad económica que el impuesto apuntalaba fue una guerra fructuosa para el Estado, y cómo el impuesto sólo era improductivo cuando cesaba.

15 Sobre la adscripción en el Alto Imperio, véase, por ejemplo, Finley, Ancient Slavery, pp. 143-144. Para la época tardorromana: Jones, Later Roman Empire, pp. 796-803, y Jones, Roman Economy, cap. 21. Sobre prestaciones en trabajo, véase infra p. 31. Para un aspecto ideológico del control por el Estado del sistema social, la preocupación romana por la estratificación, véase, por ejemplo, K. Hopkins, «Elite Mobility in the Roman Empire», Past and Present, 32, Diciembre, 1965, pp. 12-26, y p. 27. Sobre los campesinos, véase por ejemplo R. H. Hilton, Bond Men Made Free, Londres, 1973, pp. 25-62 (traducción castellana: Siervos liberados: los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, México, 1978); R. H. Hilton, The English Peasantry in the Later Middle Ages, Oxford, 1975, pp. 3-19. La estabilidad del campesinado ha permitido a algunos, bajo la influencia de Chayanov, decir que es irrelevante quién se apropia del excedente: los señores o el Estado (véase E. Patlagean, Pauvreté économique et pauvreté sociale à Byzance, IV-VII siècles, París, 1977, pp. 271-296, e infra nota 36): esto no me parece que sea útil. Ni la moda entre los marxistas de un «modo de producción campesino» chayanoviano (por ejemplo Cook, reseña citada en la nota 6, pp. 376-386), al menos como se han formulado corrientemente. Para una mayor discusión véase Wickham, «Uniqueness of the East».

16 Jones, Later Roman Pottery, Londres, pp. 824-872. Para el comercio, cfr. la vasta disponibilidad por el Mediterráneo de la cerámica africana en el Bajo Imperio (Jones siempre ignora la arqueología): J. W. Hayes, Late Roman Pottery, Londres, 1972, pp. 414-427, para una visión general. Sobre el control del Estado posromano, véase, por ejemplo, G. Duby, The Early Growth of the European Economy: Warriors and Peasants from the Seventh to the Twelfth Centuries, H. B. Clarke (trad.), Londres, 1974, pp. 55-70, 97 y ss (traducción castellana: Guerreros y campesinos: desarrollo inicial de la economía europea 500-1200, México, 1976).

17 Sobre el período tardorromano como modo antiguo: B. Hindess y P. Q. Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 106-168; Carandini, Anatomia della scimmia, pp. 134-137. Difiero de uno y otro en mi análisis. Sobre las ciudades y la fiscalidad: Jones, Later Roman Empire, pp. 456-458, 732-757, y, para el más importante texto legal, desde el 458, Novellae Maioriani, II (en la edición básica de Código de Teodosio. Theodosiani libri XVI cum constitutionibus sirmondianis, T. Mommsen (ed.), 2 vols., Berlín, 1905, II, pp. 157-159). Para la ideología urbana de la Roma tardía, son ejemplos clásicos Ausonio, Ordo nobilium urbium: Burdigala, o Sidonio Apolinar, Epistolae, V, 20; VII, 9, 15; VIII, 8; etc.

18 Sobre la variedad de los conflictos de clase, más o menos mediatizada en el período tardorromano, véase G. E. M. de Ste. Croix, The Classes Struggle in the Ancient Greek World, Londres, 1981, pp. 474-488 (traducción castellana: La lucha de clases en el mundo griego antiguo, Barcelona, 1988); Dockès, Medieval Slavery and Liberation, pp. 199-233 y passim. Parece que los romanos tejieron una consciente conspiración de silencio sobre los Bacaudae, y no sabemos casi nada de ellos. Véase E. A. Thompson, «Peasant Revolts in Late Roman Gaul and Spain», Past and Present, 2, Nov. 1952, pp. 11-23. Para paralelismos medievales, véase Hilton, Bond Men Made Free. Para paralelismos modernos E. J. Hobsbawm, Primitive Rebels, Manchester, 1959, pp. 57-92 (traducción castellana: Rebeldes primitivos, 1968); y (para Canudos, el Estado igualitario de Antonio Conselheiro en el Brasil de los años 1890), M. I. Pereira de Queiroz, «Messiahs in Brazil», Past and Present, 31 (julio, 1965), pp. 62-86; R. Faco, Cangaceiros e fanáticos: génese e lutas, Río de Janeiro, 1963, pp. 41-71, 90-112, referencia que debo a Paulo Farias.

19 Código de Teodosio, XI, 24, 1-6 (T. Mommsen (ed.), I, pp. 613-615): Libanio, Orationes, XLVII, 4-17 (el comentario usual para ambos es el de F. de Zulueta, De Patrocinis viciorum, Oxford, 1909); Salviano, De gubernatione dei, IV, 20-1, 30-1: V, 17-45 (ed. G. Lagarrique, Sources chrétiennes, CCXX, París, 1975); cfr. Novellae Maioriani, II, 4 (T. Mommsen (ed.), II, p. 159). Obras secundarias: Patlagean, Pauvreté économique et pauvreté sociale, pp. 278-296 (con mucho el análisis más acertado); Jones, Later Roman Empire, pp. 773-781; Foraboschi, «Fattori economici», pp. 73-83; Whittaker, «Inflation and the Economy», pp. 13-14.

20 Algunas aproximaciones a la crisis de la hegemonía en F. Paschoud, Roma aeterna, Roma, 1967; cfr. G. Alfoldy, «The Crisis of the Third Century as Seen by Contemporaries», Greek, Roman and Byzantine Studies, XV, 1974, pp. 89-111. La enormemente convulsa política del siglo V se ve bien en E. Stein, Histoire du bas-empire, 2 vols., Brujas, 1949-59, aunque el dominio de la tierra está ahora mejor trazado en J. Matthews, Western Aristocracies and Imperial Court, A. D. 364-425, Oxford, 1975. Leyes: Novellae Valentiniani, XV (T. Mommsen (ed.), II, pp. 99-100; traducción a partir de C. Pharr, The Theodosian Code, Princeton, 1952, p. 529); Novellae Maioriani, II (T. Mommsen (ed.), II, pp. 157-159). Irónicamente, el nuevo impuesto de Valentiniano, el siliquaticum, fue uno de los pocos que pervivió hasta principios de la Edad Media, en un conjunto de tasas de tránsito que aún existían en el siglo XII.

21 Todo esto es discutido por W. Goffart, Barbarians and Romans, A. D. 418-584, Princeton, 1980, pero pienso que su argumento debe ser rechazado. Goffart mantiene que los godos y los burgundios, al menos, mantuvieron los niveles de tributación, y dieron a sus soldados participación en los derechos de fiscalidad sobre las propiedades mismas. Pero el problema es que muy pocos textos tienen una lectura prima facie que permita sostener esto: ningún texto lo dice explícitamente (y seguramente alguno debería hacerlo), y varios se oponen a ello explícitamente –así, para Italia, véase Casiodoro, Variae, II, 16 (T. Mommsen (ed.), Monumenta Germaniae Historica [a partir de ahora MGH]. Auctores antiquissimi, 15 vols., Berlín, 1877-1915, XII, pp. 55-56). El argumento más sólido de Goffart, la curiosa pasividad de los romanos cuando les expropiaron sus tierras, se explica mejor por una caída general en los niveles del impuesto. El sistema fiscal era mucho más débil, y el asentamiento germánico fue enormemente más complejo y desorganizado de lo que admite Goffart. (Realmente, incluso si Goffart tuviera razón, no afectaría al argumento principal; en cualquier caso, el asentamiento germánico traspasó fondos y responsabilidades del Estado al ejército en favor de hombres que terminaron como propietarios privados: Goffart, Barbarians and Romans, pp. 206-230). Estoy agradecido a las discusiones de estos aspectos con Ian Wood. Debe añadirse que el nivel de tributación en los reinos germánicos es, por regla general, totalmente especulativo. La cifra de Rávena antes citada (supra p. 21) es del período posterior a la reconquista bizantina de Italia, y refleja las proporciones romanoorientales. Véase la nota siguiente.

22 En general, sobre la fiscalidad germánica, véanse los artículos de F. Thibault, aún útiles, en Nouvelle Revue Historique de Droit Français et Etranger, serie 3, XXV/1901, pp. 698-728; XXVI, 1902, pp. 32-48; XXVIII, 1904, pp. 53-79, 165-196; XXXI, 1907, pp. 49-71, 205-236. Para los visigodos, véase P. D. King, Law and Society in the Visigothic Kingdom, Cambridge, 1972, pp. 62-77 (los gastos del Estado aún incluían algunas guarniciones); C. Sánchez-Albor-noz, «El tributum quadragesimale», en Mélanges d’histoire du moyen âge dédiés à la mémoire de Louis Halphen, París, 1951, pp. 645-658. Para los francos F. Lot, L’impôt foncier et la capitation personelle sous le bas-empire et à l’époque franque, Bibliothèque de l’Ecole des hautes études. Sciences historiques et philologiques, CCLIII, París, 1928, pp. 83-118, es aún el estudio principal. Véase también (para la inferenda), F. Lot, «Un grand domaine à l’époque franque: Ardin en Poitou», Cinquanténaire de l’Ecole pratique des hautes études, 2 vols. Bibliothèque de l’Ecole des hautes études, Sciences historiques et philologiques, CCXXX, París, 1921, II. pp. 109-129, y la instructiva y reciente discusión sobre algunos de los modos en los que la fiscalidad se vino abajo en W. Goffart, «Old and New in Merovingian Taxation», Past and Present, 96, agosto, 1982, pp. 3-21; Gregorio de Tours, Historia francorum, III, 36: IV, 2; V. 28.34; VII, 15-23; IX, 30; X, 7, ed. B. Krusch y W. Lewison, MGH, Scriptores rerum Merovingicarum I. I. Hanover, 1885, pp. 131-132, 136, 233-234, 239-241, 336-337, 343-344, 448-449, 488. La cifra del diez por ciento procede de los cálculos de Lot (Impôt foncier et capitation personelle, pp. 85-86) sobre el intento de tributación por Chilperico en Limoges, si las cifras son correctas (¿pero estaba Clotario I realmente insistiendo en un tercio de los ingresos de la Iglesia en la década del 540?: Historia francorum, IV, p. 2). Sobre tasas de circulación: F. L. Ganshof, «A propos du tonlieu sous les mérovingiens», Studi in onore di Amintore Fanfani, 6 vols., Milán, 1962, 1, pp. 293-315. Para el impuesto sobre la tierra en la Italia lombarda, véanse referencias en C. J. Wickham, Early Medieval Italy. Central Government and Local Society, 400-1000, Londres, 1981, p. 40.

23 Estratificación: Hopkins, «Elite Mobility in the Roman Empire», y Jones, Later Roman Empire, pp. 523-606 para el Imperio; para la Galia franca, Gregorio de Tours, Historia francorum, passim; K. F. Stroheker, Der senatorische Adel im spätantiken Gallien, Tubinga, 1948, pp. 112-115.

24 Véase Patlagean, Pauvreté économique et pauvreté sociale, pp. 291-296, para el patrocinio oriental, aún dentro del contexto de posesión de oficios, y J. C. Percival, «Seigneurial Aspects of Late Roman Estate Management», English Historical Review, LXXXIV, 1969, pp. 449-473, para la señorialización de las relaciones señor-tenente.

25 La infraestructura de la fiscalidad en Italia podía no haberse colapsado hasta el punto de no poder alimentar a Roma y proveer a las burocracias del gobierno central. Los ostrogodos se establecieron en la tierra, pero Teodorico pudo restablecer una red bastante efectiva de fiscalidad, quizá por vez primera en medio siglo o más.

26 Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, pp. 107-142; Engels, «Origin of the Family», pp. 574-576; Engels, «Appendix on the Mark», en su Socialism. Utopian and Scientific, E. Aveling (trad.), Londres, 1892, pp. 96-103. Sobre el modo germánico véase Marx, Grundrisse, pp. 477-485. Exactamente los mismos modelos básicos existieron en los Apeninos centrales a comienzos de la época medieval y en el norte de España, no siendo ninguno de ellos lugares de un abundante asentamiento germánico: C. J. Wickham, Studi sulla società degli Appenini nell’alto medioevo: contadini, signori e insediamento nel territorio di Valva, Bolonia, 1982, pp. 34-42, 100-103; R. Pastor, Resistencias y luchas campesinas en la época del crecimiento y consolidación de la formación feudal. Castilla y León: siglos X-XIII, Madrid, 1980, pp. 51-52, referencia que debo a John Edwards.

27 Esta interpretación aún se sigue discutiendo; las consideraciones ideológicas se hunden en la historiografía. Para una buena exposición de una posición contraria, véase A. I. Njeussychin, Die Entstelung der abhängigen Bauernschaft, trad. B. Topfer, Berlín, 1961. Para los anglosajones, véase por ejemplo Agrarian History of England and Wales, I parte 2, ed. H. P. R. Finberg, Cambridge, 1972, pp. 400-401, y passim. Anderson sirve para Escandinavia: Passages from Antiquity to Feudalism, pp. 173-181; véase también T. Lindkvist, Landborna i Norden uner älare medeltid, Uppsala, 1979, a quien estoy muy agradecido por su estimulante discusión. Para la subordinación del modo germánico a la sociedad feudal, véase Pastor, Resistencias y luchas campesinas, pp. 3-4, 9; Engels, «Appendix on the Mark».

28 Francia en el texto original en inglés no se refiere solo a Francia (France en inglés), sino al conjunto del territorio franco, que comprendía tanto la Francia orientalis (la actual Alemania) como la Francia occidentalis (la actual Francia). Nota del traductor.

29 Wickham, Early Medieval Italy, pp. 38-42, 87-88, 124-145, 172-179, 191-193.

30 Ibíd., pp. 80-92; para Francia, véase, por ejemplo, A. Dupont, Les cités de la Narbonnaise première depuis les invasions germaniques jusqu’à l’apparition du Consulat, Nimes, 1942; M. Rouche, L’Aquitaine des Wisigoths aux Arabes, París, 1979, pp. 261-300; E. James, The Origins of France: From Clovis to the Capetians, 500-1000, Londres, 1982, pp. 43-63; para España, por ejemplo, R. J. H. Collins, «Mérida and Toledo», en E. James (ed.), Visigothic Spain, Oxford, 1980, pp. 189-219.

31 Para todo esto, véase, por ejemplo, H. Fichtenau, The Carolingian Empire, trad. P. Munz, Oxford, 1957; J. M. Wallace-Hardrill, Early Germanic Kingship, Oxford, 1971; R. Mckitterick, The Frankish Church and the Carolingian Reforms, Londres, 1977; P. J. Fouracre, The Career of Ebroin, Universidad de Londres, Tesis Doctoral, 1981. Agradezco a Paul Fouracre su ayuda y sus reflexiones sobre éstos y otros aspectos relacionados. Para los campesinos y el Estado, véase infra nota 34.

32 M. Bloch, Feudal Society, L. A. Manyon (trad.), Londres, 1961 (traducción castellana: La sociedad feudal, México, 1958); Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, pp. 154-157, y muy explícitamente, Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 402-412. Es responsable de esto el intencionado privilegio que Anderson otorga al Estado; véase Hirst, «Uniqueness of the West». Su descripción de las formaciones sociales feudales es, sin embargo, muy útil; Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, pp. 154-196.

33 J. Dhondt, Études sur la naissance des principautés territoriales en France, IXe-Xe siècle, Gante. 1948, pp. 253-258. Para una discusión del paso de lo público a lo privado, véase Bloch, Feudal Society, passim; para un modélico examen reciente del problema (basado en el sur de Francia y norte de España); véase P. Bonnassie, «Genèse et modalités du régime féodal», en Structures féodales et féodalisme dans l’Occident méditerranéen, Ecole française de Rome, Roma, 1980, pp. 17-44; cfr. los artículos sobre Italia en el mismo volumen de G. Tabacco, R. Bordone y G. Sergi, pp. 219-261 (traducción castellana: Estructuras feudales y feudalismo en el mundo mediterráneo (siglos X-XIII), Barcelona, 1984). Algunos de estos estados, especialmente la Inglaterra sajona tardía, incluso impusieron tributos, aunque su desarrollo fue un proceso nuevo y con una base socioeconómica diferente, y relativamente marginal desde un punto de vista económico (excepto para los reyes).

34 A. R. Bridbury, «The Dark Ages», Economic History Review, 2.ª serie, XXII, 1969, pp. 526-537, plantea muy bien ideas similares. Para la caída del campesinado libre bajo los carolingios (a pesar de los intentos de los reyes por protegerlos), véase E. Muller-Mertens, Karl der Grosse, Ludwig der Fromme, un die Freien, Berlín, 1963; G. Tabacco, I liberi del re nell’Italia carolingia e postcarolingia, Espoleto, 1966.

35 Para la época tardorromana, véase Finley, Ancient Slavery and Modern Ideology, pp. 123-127; Bloch, Slaves and Serfdom, pp. 1-31: Jones, Later Roman Empire, pp. 803-808 según King, Law and Society in the Visigothic Kingdom, pp. 164-170. C. Verlinden, L’esclavage dans l’Europe médiévale, 2 vols., Gante, 1955-77, es sorprendentemente inútil, al examinar la esclavitud casi exclusivamente como una categoría legal. Francia: F. L. Ganshof, «Quelques aspects principaux de la vie économique dans la monarchie franque au VIIe siècle», Settimane di studio, V, 1958, pp. 74-91; R. Latouche, The Birth of Western Economy, trad. E. M. Wilkinson, Londres, 1961, pp. 64-84 (traducción castellana: Orígenes de la economía occidental, México, 1957); G. Fournier, Le peuplement rural en Basse Auvergne, París, 1962. pp. 201-216; A. Verhulst, «La genèse du régime domanial classique en France au haut moyen âge», Settimane di studio, XIII, 1966, pp. 135-160; todos ellos tienden a destacar la explotación esclava directa de las primeras reservas. No se constatan reservas en las posesiones de San Martín de Tours en el siglo VII: Documents comptables de Saint-Martin de Tours à l’époque mérovingienne, P. Gasnault y J. Vezin (eds.), París, 1975, referencia que debo a Paul Fouracre; hay pocas o ninguna corvea o reservas en el sur en el siglo IX: E. Magnou-Nortier, La societé laïque et l’église dans la province ecclésiastique de Narbonne, Toulouse, 1974, pp. 138-143; J. P. Poly, «Régime domanial et rapports de production féodalistes dans le Midi de la France, VIIIe-Xe siècles», en Structures féodales et féodalisme, pp. 57-67. Michel Rouche generaliza a Gasnault y ve en el siglo VII a esclavos y a coloni como personas que pagan renta, con más evidencia: Rouche, L’Aquitaine des Wisigoths aux Arabes, pp. 210-214; cfr. también su «Géographie rurale du royaume de Charles le Chauve», en M. Gibson y J. Nelson (eds.), Charles the Bald, Brit. Archaeol. Reports, Internat. ser., CI, Oxford, 1981, pp. 193-211. Italia: Wickham, Early Medieval Italy, pp. 99-112, para referencias. Para España, véase C. Sánchez-Albornoz, Viejos y nuevos estudios sobre las instituciones medievales españolas, 3 vols., Madrid, 1978-1980, III, pp. 1365-1405, 1553-1574; pone énfasis en las obligaciones especializadas, agrarias o industriales, de los esclavos de las reservas, característica que también se encuentra en Italia, la Inglaterra anglosajona y la Francia de los polípticos.

36 Véase Duby, Early Growth of the European Economy, passim.

37 Para Bizancio, son buenas introducciones Patlagean, Pauvreté économique et pauvreté sociale, pp. 236-296, y su importante análisis, de nuevo desde un punto de vista chayanoviano, «“Economie paysanne” y “féodalité bizantine”», Annales E.S.C., XXX, 1975, pp. 1.371-1.396. También hubo otros modos en Bizancio, por supuesto: el comercio no fue insignificante, y a menudo más independiente de lo que lo fue en Roma. Para la coyuntura del siglo VII, estoy agradecido a las discusiones y consejos de Michael Hendy y John Haldon; cfr. J. F. Haldon y H. Kennedy, «The Arab-Byzantine Frontier in the Eight and Ninth Centuries; Military Organisation and Society in the Borderlands», Zhornik radova Vizantoloskog institua, XIX, 1980, pp. 79-116, y J. F. Haldon, «Considerations on Byzantine Society and Economy in the Seventh Century», en J. F. Haldon y J. Koumoulides (eds.), Perspectives in Byzantine History and Culture, Amsterdam, de próxima aparición, para el análisis de las líneas que he establecido. La naturaleza del feudalismo bizantino ha sido objeto de una gran discusión entre los marxistas, no siempre del todo constructiva, y demasiado esquemática, por ejemplo en Recherches internationales à la lumière du marxisme, LXXIX, n.º 2, 1974. En la Italia bizantina de los siglos VII y VIII, aislada del resto del Imperio, la red de tributación parece haberse colapsado bastante antes: Wickham, Early Medieval Italy, pp. 75-79, y especialmente, T. S. Brown, Gentlemen and Officers: Imperial Administration and Aristocratic Power in Italy, 504-800, Londres, 1984.

38 Wickham, «Uniqueness of the East»; S. Amin, Unequal Development, trad. B. Pearce, Hassocks, 1976, pp. 13 y ss. El desplazamiento de las ciudades como centros de imposición de tributos pudo darse también en Occidente, al menos allí donde las ciudades estaban en retroceso después del fin del Imperio y la caída de la propia tributación, como en la Galia franca y la España visigoda.

LA SINGULARIDAD DE ORIENTE

En un artículo estimulante, titulado «Was there feudalism in Indian history?», Harbans Mukhia rechazó la utilización del concepto marxista de feudalismo más allá de ciertas áreas restringidas del mundo, principalmente de Europa. No fue el primero; también lo hizo, enérgicamente aunque en términos diferentes, Perry Anderson, al final de su Lineages of the Absolutist State. El presente artículo, una respuesta crítica a esta concepción restrictiva del feudalismo, parte principalmente de mis intentos de reformular el problema de la caída del Imperio Romano en términos marxistas. Me propongo tratar aquí el contraste entre el Imperio Romano y la destacable continuidad de algunos de los imperios asiáticos, especialmente de los de China y de los del mundo islámico (árabe, persa y turco). Debo advertir que escribo como un medievalista de Occidente y que no pretendo tratar de manera experta estas áreas. Me he adentrado en un terreno que me es ajeno, siguiendo el ejemplo del propio Anderson. De hecho, sería descortés no reconocer desde el principio mi deuda con Anderson, a pesar de no estar de acuerdo con él: empecé con su análisis y su bibliografía, y ciertamente he acabado en otra parte.1

Hay dos maneras habituales de considerar Asia en la historiografía marxista actual. La primera consiste en tomar los modos de producción de los escritos publicados e inéditos de Marx (el modo de producción feudal, el asiático e incluso el esclavista algunas veces), y tratar de encajar en ellos las pautas peculiares de la historia de Asia. Los resultados han sido particularmente desafortunados. Este método ha conducido a un encorsetamiento del desarrollo histórico asiático y a veces a serios malentendidos de los procesos socioeconómicos. El segundo método consiste en abandonar los sistemas de Marx y formular nuevos modos o categorías de análisis que no resultan ser otra cosa que postulados, a la manera tradicional, de la singularidad histórica de áreas específicas: «yo estudio Bizancio, o algunas partes de África, o de la India, o del Mediterráneo; esto que estudio es empíricamente diferente del Occidente medieval o del Imperio Romano, por lo tanto, puedo establecer un nuevo modo» –el bizantino, el africano, o el hindú. La «economía medieval de la India», de Irfan Habib, o el rechazo de Gunter Lewis a categorizar el sistema económico de la China medieval son variantes de lo mismo, aunque expresadas en términos diferentes.2

Harbans Mukhia y Perry Anderson forman parte de este segundo grupo. A mí me parece que, mientras que el primer método es excesivamente esquemático, el segundo es descorazonador. Tanto como un tercer método, habitual entre algunos historiadores, que consiste en decir que debe de haber una especie de mezcla indefinida de modos en el interior de las formaciones sociales existentes en diferentes lugares de Asia que puede explicar las divergencias asiáticas respecto a las normas europeas. Esto conduce de nuevo a rechazar cualquier intento de establecer categorías. Un ejemplo de esta tendencia es el Islam and Capitalism, de Maxime Rodinson, a pesar de que la obra incluya una crítica sucinta de los diversos análisis hechos sobre el Islam medieval.

Los modos de producción son construcciones ideales, mientras que las formaciones sociales son sociedades reales con toda su complejidad, y así, tienen la virtud de ser irreductibles a categorías formales en la práctica. Esta aseveración no es mucho más que una excusa de la inexistencia de análisis, pero, con todo, me parece el procedimiento más práctico. No ha habido ninguna sociedad en la historia humana, después del desarrollo de las clases sociales, que contuviera un solo modo de producción. Lo que importa es saber cómo se han articulado los diferentes modos, un proceder que ha sido normalmente soslayado, también, por los filósofos, que han elaborado patrones complicados sobre el posible funcionamiento de estos míticos modos.3

¿Por qué intentamos crear categorías de la historia del mundo en términos marxistas? Dejando a un lado los componentes devocionales de estas categorizaciones –un elemento que es bastante importante aún, como se sabe–, la única respuesta posible es la del propio Marx: porque entendemos mejor el mundo de esta manera, y así podemos cambiarlo. Tales categorizaciones deben ser elaboradas y tienen que hacer más o menos comprensibles los procesos socioeconómicos latentes en las formaciones sociales, los sistemas sociales, las sociedades que estudiamos y cuyas clases dirigentes han sido las que (habitualmente) han generado los restos materiales de los que disponemos. El gran logro de Marx fue poner al descubierto la lógica económica subyacente en el capitalismo, dejando bien claro que esta lógica era específica del modo de producción capitalista, y no un hecho histórico atemporal. Las reflexiones de Marx sobre los sistemas precapitalistas fueron de hecho reflejos de esta percepción. Pero, a pesar de que nuestras claves provienen de esta reflexión, para los historiadores precapitalistas se plantea un problema: ¿qué clases de lógica económica tuvieron realmente los modos anteriores al capitalismo?

La lista de Marx de los modos de producción varió durante su vida y la de Engels, y es absurdo asumir a priori que esta lista fuera completa e, incluso, que hubiera sido elaborada adecuadamente. Pero los sistemas económicos, con sus correspondientes procedimientos y lógicas de desarrollo, no pueden ser ilimitados. Llama la atención qué pocos intentos de inventar nuevos modos de producción ha habido después de Marx, fuera de los surgidos de los contextos particulares en los que los historiadores han llevado a cabo sus estudios. Y también sorprende que apenas se explique de qué manera funcionan tales modos, cuál es su especificidad. Existen, por supuesto, los modos en los que no existe la explotación, en los que las combinaciones y recombinaciones no parecen tener fin: explotación de los recursos nómada o seminómada/trashumante, o sedentaria; propiedad comunitaria o colectiva, o privada; cooperación clánica/de parentesco, o de aldea o doméstica, etc. Estos elementos también subyacen en los modos en los que existe explotación formando una disposición compleja, y ésta puede parecer aleatoria a primera vista, sin un estudio concienzudo. Pero aquello que distingue a los modos de explotación son las relaciones de producción que contienen, y se definen en buena medida por los sistemas específicos de apropiación del excedente. Y ciertamente, no hay un número ilimitado de ellos. Los métodos de apropiación del excedente parecen estar restringidos en la práctica a unos cuantos tipos básicos: la esclavitud, la extracción de renta (sea feudal, es decir, basada en la coerción, o determinada por las fuerzas del mercado), los tributos y la fiscalidad, el trabajo asalariado y la manipulación del pequeño comercio. Puede haber otras, pero no muchas más. Y, en mi opinión, las diferencias entre los modos de producción surgen de las diferencias entre estos elementos.4

Barry Hindess y Paul Hirst han seguido algunas de estas líneas argumentales –si bien en desacuerdo con las formulaciones que yo hago– en su perspicaz, si bien algo criticado libro, Pre-Capitalist Modes of Production. Hindess y Hirst proponen algunos criterios estrictos para discernir lo que constituye un modo de producción. Se trata, bien es cierto, de unos criterios demasiado estrictos, particularmente en lo que se refiere a su insistencia en que existe una correspondencia unívoca entre un conjunto dado de fuerzas productivas y otro de relaciones de producción. En algunas ocasiones, su propia práctica contradice este planteamiento, pero el libro es una crítica útil de otras formulaciones menos sólidas que la suya.5 Lo que resulta particularmente destacable es su demostración de que el núcleo del modo de producción feudal no lo constituyen tanto los aspectos político-jurídicos de la servidumbre como las relaciones de extracción de renta, intrínsecas en todas las formas señoriales precapitalistas. Por supuesto, lo que define y respalda tal relación es la fuerza de coerción noeconómica; no depende de la falta de libertad de los campesinos, ya que éstos pueden ser fácilmente libres en términos legales. Es el hecho de pagar renta (o trabajo) lo que define su mundo como feudal, y no su sujeción política.

Ciertamente, Mukhia se opondría a esta definición de feudalismo. Él considera al feudalismo como algo casi totalmente específico de Europa, ya que lo que en su opinión lo define son los servicios de trabajo, sobre todo. Sin embargo, tal caracterización es demasiado restrictiva. Aparte de que muy pocas zonas de Europa medieval habrían sido feudales de acuerdo con este planteamiento, se presupone que estos servicios representaron un control señorial sobre el proceso de trabajo diferente al que se habría dado en el caso de que los señores hubieran especificado qué tipos de productos debían ser entregados como renta en especie. De hecho, los señores no acostumbraban a considerar sus reservas como los lugares por excelencia donde podían dirigir de manera estrecha los procesos de trabajo de los campesinos sometidos; éstos llevaban a cabo sus servicios en trabajo de acuerdo con los mismos procedimientos localmente determinados que empleaban en sus propias tierras (los señores tendían a intentar dominar el proceso que determinaba estos procedimientos, como veremos más adelante). En la historia de Occidente se dio una marcada interrelación entre las diferentes formas de renta –trabajo, especie, dinero–, y nada hace pensar que se tratara de sistemas económicos diferentes. El conjunto de relaciones entre señor y campesino confiere al feudalismo una coherencia analítica como modo independiente, y es esta definición de Hindess y Hirst la que utilizaré en adelante.6

Creo que el feudalismo fue un sistema mundial. Y esto, no en razón de alguna teleología extrahistórica, sino porque empíricamente ha habido pocas –si es que ha habido alguna– sociedades de clases que no hayan experimentado alguna forma de propiedad y de extracción de renta por medio de la coerción. Esta experiencia une a la Francia de los Capetos y el Ancien Régime francés y ruso, la China Sung y el Iran Qajar, y el Bajo Imperio Romano y la Guatemala moderna. Cualquiera que analice las experiencias de los campesinos en diferentes lugares y períodos de la historia del mundo deberá reconocer las similitudes existentes, no de orden existencial, sino derivadas de la comparación de la lógica del sistema económico de la extracción de renta. La China Sung no es extraña, irreconocible para los historiadores económicos de Occidente; no, al menos, en este aspecto.

La réplica habitual consiste en hacer el claro e irrefutable planteamiento de que en el resto de aspectos todas las sociedades mencionadas son bastante diferentes a la Francia de los Capetos, de manera que los respectivos modos de producción no pueden ser el mismo, es decir, feudal. Anderson ha tratado esta cuestión con cierto detenimiento y, posiblemente, de la manera más clara. Muchos otros, específicamente historiadores de las respectivas sociedades en cuestión, han procedido del mismo modo. A veces, este argumento al que acabo de aludir ni se plantea, ya que la definición de feudalismo se hace derivar simplemente de la existencia de feudos, vasallos y servicios militares reglados mediante contratos. Ésta no ha sido nunca una definición marxista, y argumentos de esta índole son el resultado de un simple malentendido.

P. Anderson es más sofisticado. Él reconoce ciertamente que una definición mínima de feudalismo, como la que he indicado más arriba, puede cubrir franjas amplias de la historia del mundo. La inexactitud del análisis resultante le preocupa sólo en parte; lo más preocupante, según él, es que así no se puede explicar el desarrollo único de Occidente hacia el capitalismo. Anderson resuelve el problema definiendo el modo de producción en términos de su superestructura, y así, lo que caracterizaría al feudalismo serían los sistemas político-militares de vasallaje y todo lo demás. Paul Hirst ha analizado el juego de manos de Anderson. En palabras de Hirst, «esto significa que puede haber tantos modos de producción como diferentes constituciones legales y políticas, y otras tantas formas de sancionar de manera extraeconómica lo que de ellas se derivara». Anderson abandona en este punto a Marx, e incluso el análisis económico sistemático (que el lector decida qué es peor).7

Pero el problema no tendría que haberse planteado nunca. Todos estos autores saben y afirman que un solo modo de producción casi nunca define a una sociedad (es decir, a una formación social).8 Pero todos ellos lo han olvidado constantemente en sus análisis, ya sea en el de Hindess o Hirst sobre el Imperio Romano, o en el de Anderson sobre China (que contrasta, no obstante, con su diestro tratamiento de la relación entre modos en Rusia). Si el feudalismo no es necesariamente el modo dominante allí donde está presente, entonces es más fácil explicar las notables diferencias que existen entre las sociedades en las que se encuentra el feudalismo, especialmente en el sistema político. El problema de Anderson de la singularidad (o primacía) de Occidente es bastante menos difícil de resolver si se reformula este término: el Occidente medieval y posmedieval ha sido una de las pocas sociedades en las que el feudalismo ha dominado.

No voy a tratar ahora, y mucho menos a explicar, el origen del capitalismo. En lugar de ello, intentaré ceñirme a una cuestión relativamente escueta, como alternativa realista a la tarea de caracterizar toda la historia del mundo en 10.000 palabras: la relación entre dos modos de producción caracterizados respectivamente por la obtención de renta y por la exacción fiscal en ciertas sociedades precapitalistas con estado, de Oeste a Este, de Roma a China. Trataré sobre la relación entre estos dos modos en dos niveles, el de la economía y el de la política y el Estado; así pues, dejaré de lado en buena medida el problema de la ideología. También excluiré cualquier consideración sobre otros modos y su rol en estas sociedades, incluido el modo capitalista (potencialmente naciente en muchas de las sociedades que trataré), a pesar de la importancia que tiene en el problema clásico del desarrollo bloqueado. Por supuesto, tampoco me detendré en los problemas de la distribución. Una omisión más significativa será, sin embargo, la del conjunto de modos más primitivos que también contienen estas sociedades, y que han tenido a menudo un relieve considerable en su desarrollo histórico (particularmente lo que ha sido llamado a veces el modo nómada. Los nómadas conquistaron todos los estados asiáticos a los que me referiré al menos una vez, y en algún caso, varias. El nomadismo, tanto en las formas en las que genera explotación como en las que no, es aún un sistema económico y social de cierta importancia y peso político en Irán, por ejemplo).9 La renta y el tributo han sido hasta el siglo XX, sin embargo, las formas más importantes de extracción de excedente en todos los estados de Asia, y la relación entre ambos es crucial histórica y analíticamente. Hay que empezar por aquí.

La extracción coercitiva de renta es el modo feudal de producción; supone la relación de explotación entre los campesinos y el señor, aspecto que ha sido tratado ampliamente por generaciones de expertos.10 ¿Qué es el tributo? No es lo que se ha definido tradicionalmente como modo de producción asiático. No dispongo de espacio para repetir las variadas críticas dirigidas contra esta categoría de análisis y sus más (y recientes) o menos sofisticados partidarios. Baste por ahora decir que las comunidades autárquicas, o el Estado posesor de tierras y realizador de grandes obras públicas necesarias, o bien ambos, se dan con bastante rareza. En efecto, el predominio absoluto del Estado propietario de tierras, como veremos, es una característica de sociedades desarrolladas hasta tal punto que la autarquía aldeana y la organización comunal han sido excluidas, y así, resulta disparatado pensar en la ausencia de clases, otra característica tradicional de este modo. La hidráulica organizada por el Estado, la propiedad de las tierras en manos de éste, y una equivalencia entre tributo y renta pueden estar presentes en lugares y períodos diferentes, pero raramente aparecen juntos. El modo asiático, tal y como ha sido siempre formulado, no tiene ninguna validez analítica.11

El problema del modo de producción asiático es que se plantea en términos políticos y legales demasiado específicos. Como en la versión del modo feudal centrada en la justicia privada-servidumbre-servicios de trabajo, hay demasiadas instituciones arbitrariamente vinculadas a ese modo como para que resulte de alguna ayuda como categoría económica. Pero la categoría más simple, aquella representada por una burocracia estatal que grava con tributos al campesinado, ya es otra cosa. Samir Amin emplea un término alternativo, el de modo de producción tributario, y esto le da carta blanca para reformular los elementos constitutivos de este modo de producción sin volver una y otra vez a aquello que Marx pensaba de Bernier y de Kovalevsky. Yo seguiré su ejemplo (y también me daré carta blanca para empezar a partir de Amin cuando sea necesario).12

Ciertamente, la existencia de una clase estatal basada en una institución pública, con derechos políticos para extraer excedentes del campesinado sin que medie un control sobre la tierra, resulta bastante común tanto en Asia como fuera de ella. En la medida en que el modo asiático ha perdido credibilidad, este patrón ha sido a veces visto simplemente como una versión estatal de feudalismo, particularmente por los historiadores soviéticos. Pero, por un lado, es importante reconocer que este modo coexiste con relaciones feudales más típicas, como la de los propietarios que obtienen rentas de los campesinos, y por otro, que el tributo entabla siempre una relación antagónica con esta obtención de renta –los propietarios, como los campesinos, tampoco quieren pagar impuestos. El tributo y la renta son así percibidos frecuentemente como una oposición. Pero no resulta tan obvio que las respectivas lógicas económicas sean opuestas, como si fueran necesariamente modos diferentes. Volveré sobre esta cuestión al final, en el tercer apartado, donde trataré de exponer cómo funciona tal oposición. En el apartado que sigue daré por válido el antagonismo entre tributo y renta, y mostraré cuán útil resulta a la hora de explicar algunas sociedades específicas y cómo se han desarrollado. Esto me proporcionará una posición heurística más firme a partir de la que plantearé algunos de los problemas que queden pendientes.

II

Empecé intentando explicar la caída del Imperio Romano en Occidente, un tema sobre el que he publicado un estudio en otro lugar (ver «La otra transición», en este volumen). Postulaba, en este artículo, la correspondencia entre la relación que hay entre el tributo y la renta, y la existente entre los modos antiguo y feudal, considerando la forma que tenían las clases sociales del modo antiguo como un subtipo del modo tributario basado en las ciudades. El modo antiguo predominó sobre el feudalismo en los buenos tiempos del Bajo Imperio Romano, por el hecho de que a veces se obtenía más de los campesinos a través del tributo que de la renta, y (más importante aún) gracias al dominio que ejercían las jerarquías de la administración y de la distribución financiera del Estado sobre las relaciones de la aristocracia rural. Pero los dos modos eran estructuralmente antagónicos, a pesar de que la aristocracia participara y obtuviera beneficios de ambos: en una economía subdesarrollada, no hay mucho que hacer con la riqueza, aparte de dedicarla a la tierra, y la tierra hacía posible la obtención de tributos. En la medida en que la aristocracia acrecentaba sus posesiones, el Estado dejaba de ser beneficioso para ella y se iba convirtiendo en una carga. Cuando la invasión y el establecimiento de los germánicos amenazaron al Estado, la aristocracia y el campesinado no estuvieron dispuestos a pagar más impuestos por una defensa cada vez menor. El Estado, simplemente, se deshizo. Los germanos no encontraron una infraestructura recaudatoria suficiente para mantener el gasto más importante de Roma, el ejército permanente. Los ejércitos germánicos se establecieron en el campo y se convirtieron en aristocracias y campesinados. Aunque los tributos tardaron más de un siglo en desaparecer del todo, las relaciones feudales dominaron desde entonces en Europa occidental.13

La clave –se podría decir peculiaridad o particularidad– de este relato es el fracaso final del Estado romano cuando se opuso directamente a la aristocracia rural. Resulta obvio para los occidentalistas: las aristocracias municipales estaban más próximas a la tierra que el Estado; eran lo suficientemente poderosas como para sabotear la recaudación fiscal por parte de los funcionarios estatales –que acostumbraban a ser otros aristócratas con los que estaban confabulados; extendieron su protección de facto contra la imposición de tributos sobre aquellos campesinos libres dispuestos a convertirse en sus arrendatarios, etc. El Estado se vio privado de fondos y se derrumbó. Posiblemente, la economía era demasiado subdesarrollada como para permitir estados grandes y poderosos. Tampoco fue posible esto en el Imperio de Oriente (que pronto sería Bizancio), por no hablar de Irán, China y los incontables estados árabes que se sucedieron en Oriente Medio. Estos estados pasaron malas rachas o fueron sustituidos por otros, pero nunca desaparecieron. ¿Por qué no?

Empecemos por China. Uno de los rasgos más destacables de la historia de China no es precisamente el hecho de ser única, sino más bien el de ser casi homóloga, un calco, en buena medida, de la historia del Bajo Imperio Romano, tal como he presentado esta historia anteriormente. Por supuesto, la diferencia radica en que el Estado chino no se derrumbó; para ser más precisos, se eclipsó, a veces se descompuso temporalmente y a continuación fue nuevamente formado en varias ocasiones, durante los aproximadamente dos milenios transcurridos desde su unificación en el 211 a. C. El ciclo dinástico tuvo lugar bajo los Chin y los Han (221 a. C.-220 d. C.), los Sui y los Tang (581-907), los Sung (960-1127/1279), los Ming (1368-1644) y los Tching (1644-1911).14 La naturaleza recurrente de este ciclo ha dado lugar a la falsa imagen de una historia de China estática, cuando en realidad la estructura del Estado sufrió cambios constantes en la coherencia política e ideológica, al menos desde el período Ming, y cuando tuvo lugar una expansión de la agricultura y del comercio, especialmente bajo la dinastía Sung y durante el período más antiguo de la dinastía Ming. Pero lo que nos interesa ahora es la relación entre la aristocracia y el Estado, cuya complejidad aparece esbozada en la documentación que fue generada casi en su totalidad por el propio Estado, al menos hasta la dinastía Sung.

Recientemente, ha aparecido un volumen considerable de producción historiográfica sobre China en lenguas occidentales, mayoritariamente en inglés. Esto facilita bastante nuestra labor, a pesar de que resulte difícil presentar esta producción historiográfica sobre cuestiones socioeconómicas de forma sumaria en unas pocas páginas. Un hecho que aparece de manera clara a lo largo de la historia de China es la lenta absorción política de la aristocracia rural por parte del Estado, el cual continuó funcionando a pesar de los cambios dinásticos y de los períodos de dificultades, y con independencia de las expansiones y contracciones de la aristocracia. Esta aristocracia era más antigua que el Estado unificado, y los Han reconocieron la independencia de los clanes aristocráticos, al menos de los más poderosos del norte del país. Tal independencia tuvo en parte un componente ideológico, ya que estos aristócratas no dependieron del desempeño de cargos oficiales para fijar su estatus. Además, disponemos de noticias sobre el control político que ejercieron localmente. Los Tang reconocieron esta autonomía ideológica, tanto en el caso de las aristocracias del norte (del río Amarillo), como en el de las del sur (del valle del Yang-Tsê). Por otra parte, fueron capaces de reclutar entre la vieja dinastía del norte oficiales para la corte imperial, hasta el extremo de que las familias aristocráticas más importantes desaparecieron de hecho cuando cayó la dinastía Tang después del 870, aproximadamente, y antes de que los Sung impusieran una nueva centralización entre los años 960 y 970.15 Bajo los Tang, las pequeñas aristocracias locales de toda China empezaron a ser sistemáticamente vinculadas a cargos estatales (y así, a la cobertura económica del estado) a través de un sistema de acceso pseudomeritocrático. Bajo la dinastía Sung, el estrato de la pequeña aristocracia burocrática se convirtió en la aristocracia gobernante: una vasta (aunque poco densa) capa de pequeños y medianos propietarios dispuestos a aceptar el patronazgo del Estado y a expensas de recibir su reconocimiento como cargos oficiales, y así, de determinar el lugar que ocupaban en las jerarquías aristocráticas locales.

Esta pauta perduró y fue perfeccionada. Su vigencia llegó incluso hasta el período Tching, cuando Occidente estrechaba el cerco sobre China. Según los cálculos realizados por Chang Chung-li, la pequeña aristocracia obtenía casi la mitad de sus recursos de las pagas y de los servicios oficiales, y sólo un tercio de la tierra (el resto provenía del comercio). Así, más que una aristocracia propiamente dicha, parece de hecho una clase vinculada al Estado, económicamente dependiente de la recaudación de tributos. Pero estas cifras son válidas sólo en el caso de los cargos oficiales y no en el de los parientes que no ocupaban cargos. Sería un error considerar a la pequeña aristocracia de cualquiera de los períodos situados entre las dinastías Sung y Tching en función únicamente del desempeño de cargos oficiales. Los funcionarios –incluso, o especialmente, los pocos que habían surgido del campesinado– emplearon continuamente su riqueza para comprar tierras, igual que sucedió en el Imperio Romano. El período Sung, el primero en el que el Estado controló de manera efectiva la ideología y las jerarquías sociales de la aristocracia, fue también, por excelencia, el de la creación de grandes posesiones, principalmente por parte de funcionarios que empleaban su nueva riqueza mientras detentaban el cargo y antes de ser sustituidos por otros. Un estudio reciente sobre la circunscripción de Tchen, que ocupa una parte de la llanura del Yang-Tsê, durante los períodos Ming y Tching, muestra cómo estas familias de funcionarios fueron adquiriendo poder localmente gracias a la posesión de tierras (y, por supuesto, de las posibilidades de patronazgo derivadas del cargo), tanto si los miembros de estas familias detentaban algún cargo como si no. Aunque estuvieran sometidas al Estado, estas aristocracias funcionariales daban importancia al control local, basado en esencia sobre las relaciones feudales relacionadas con la posesión de tierras.

Por supuesto, cuando la vinculación de las aristocracias con el Estado era demasiado estrecha, éstas podían irse a pique cuando lo hacía el Estado, tal como sucedió en el caso de las viejas familias del norte durante el período Tang. La aristocracias de China, pues, no dejaron nunca de ser feudales, independientemente del grado en que estuvieran vinculadas a la clase del Estado y a su vasto aparato cultural e ideológico (confucianismo, la ética literaria del mandarinismo, etc.). Y cuando estaban estrechamente ligadas a él, caían.16

Con el tiempo, y a pesar del ciclo dinástico, el Estado fue adquiriendo más poder. El Estado Tang del siglo VII era relativamente pequeño, basado en ejércitos de campesinos con tierras y en una tributación poco pesada. Esto explica en parte por qué los emperadores Tang (con algunas excepciones notables) reconocieron que la vieja aristocracia era necesaria para el Estado, incluso bajo las condiciones impuestas por la misma aristocracia. Los Tang no tenían la fuerza suficiente ni para usurpar este poder ni para llegar a intimidarlo. Pero cuando los nómadas amenazaron China –y no fue ésta la primera vez–, los ejércitos se hicieron profesionales y aumentaron los tributos. La burocracia –dicho de otro modo, la red de patronazgo que fue incorporando a las aristocracias locales al Estado– también se extendió rápidamente, y subieron aún más los impuestos. Y todo esto condujo entonces al patrón clásico del ciclo dinástico: las subidas de impuestos dieron lugar a redes de clientelas, a la protección, a la evasión fiscal y al debilitamiento del Estado.

Y con el tiempo, lentamente, todo esto fue a más. El restablecimiento de la dinastía Sung supuso la recaudación de tributos que, aunque fue posiblemente inferior a la del período final de la dinastía Tang, fue ciertamente más alta (y más eficiente) que en la fase inicial de esta dinastía. Los últimos Tang y las dinastías Sung y Ming también sacaron provecho de la imposición sistemática de una fiscalidad a gran escala sobre el comercio y la extracción de minerales. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que la escala de la fiscalidad haya sido exagerada. En comparación con los niveles de Occidente, los impuestos oficiales nunca fueron altos: bajo la dinastía Ming, a penas supusieron un diez por ciento de las cosechas, aproximadamente, incluso en las fértiles llanuras del Yang-Tsê, donde los señores podían obtener hasta el cincuenta por ciento de ellas en forma de renta (si bien los impuestos eran descontados de este porcentaje). El Estado fue capaz de financiarse gracias a que extrajo tributos de una extensión vasta, y no al hecho de que estos tributos fueran elevados. Además, sus oficiales tenían que bregar con poderosos intereses locales, incluso durante los momentos álgidos del poder dinástico. El gobierno no siempre podía mostrarse coercitivo de manera intransigente (despótico), por mucha fuerza que tuviera.17

China es un país extenso, con muchas montañas que dificultan las comunicaciones. Aun reconociendo que mi descripción se centra en gran medida en las dos cuencas fluviales conectadas del río Amarillo y del Yang-Tsê, unidas por un sistema de canales desde el 600, el tamaño del área sigue siendo enorme, y las dificultades para ejercer el control fueron también enormes hasta en el siglo XX. Esto puede observarse claramente en los primeros siglos del gobierno centralizado, con largos (aunque cada vez menos) períodos de interrupción provocados por las invasiones externas y los desórdenes internos, sobre todo entre el 220 y el 589, y entre aproximadamente el 880 y el 979. Pero incluso durante estos años hubo estados regionales más o menos efectivos, sin que se produjera una ruptura total del Estado y del sistema fiscal. El hundimiento del modo tributario, tan visible, casi inevitable, de Roma no llegó a ocurrir aquí.18

La razón principal de ello debió de ser la existencia de campesinos libres posesores de tierras, sobre todo en la mayor parte de la llanura del norte de China. En el norte, incluso durante el período Tching, hubo relativamente poca presencia señorial. El reducto de los estados ha sido siempre el fértil valle del Yang-Tsê. Aunque efectivamente hubo poderosas familias aristocráticas en el norte, al menos hasta la dinastía Tang, los estudiosos tienden a destacar el predominio de un campesinado libre en el valle del río Amarillo a lo largo de diferentes períodos históricos. La llanura norteña fue posiblemente demasiado pobre como para suscitar una concentración de posesiones similar a la del delta del Yang-Tsê. Pero, por ello mismo, ha sido siempre un lugar en el que la actividad del Estado ha encontrado facilidades: ha habido pocos señores que socavaran el modo tributario. Incluso en el momento de más debilidad, aun fragmentado en provincias enfrentadas –como tras la desaparición de las dinastías Han y Tang–, el Estado siempre fue capaz de asegurar allí la recaudación de tributos.19

Observados de cerca, los ciclos dinásticos tienen un aspecto ligeramente diferente: no el del auge y la caída de un gobierno fuerte, sino el de la expansión y concentración del grado de centralización del Estado. El núcleo político del Estado chino estuvo siempre en el norte, más pobre y más igualitario. Después de los períodos Han y Tang, el Estado, mermado, perduró en esta zona, como si hubiera estado experimentando formas de organización estatal nuevas con las que reconquistar el sur, más rico y feudal.

Entre los siglos IV y VI, los turcos Toba del norte fueron generalizando el denominado chün-t’ien, o sistema de reparto de lotes iguales de tierras propiciado por el Estado y sobre el que, a principios del período Tang, se hicieron concesiones de tierras a los miembros del ejército. Las Cinco Dinastías (907-960) rehicieron la esclerótica burocracia del período Tang tardío y recentralizaron los ejércitos provinciales del norte, de tal modo que sirvieron de base para la reunificación Sung. Cada vez que los emperadores reconquistaban el sur, descubrían que se había desarrollado económicamente mientras había sido independiente y que de esto podían sacar partido. El control y el aprovechamiento del desarrollo del sur afianzaron el poder del gobierno central durante cerca de un milenio.20

Así pues, ¿cuál fue el modo de producción dominante? Algunos historiadores se han decantado por destacar la levedad y la debilidad del gobierno central y por atribuir totalmente a la ideología confuciana de las clases elevadas el hecho de que China no hubiera acabado disgregada a la manera feudal. Pero, si bien parece que el gobierno central no fue de ningún modo una carga financiera onerosa en comparación con otros casos del resto del mundo (aun si los pobres del norte hubieran encontrado excesivo un diez por ciento de la cosecha), los propietarios rurales privados no fueron nunca capaces de destruir su estructura. Estos posesores, aunque extorsionaban, sólo llegaron a controlar a una minoría del campesinado chino concentrada en el centro y en el sur, y fueron, comparativamente también, unos posesores a escala notablemente pequeña. Hubo, no obstante, algunos aristócratas (posiblemente después del 880) lo bastante grandes como para representar una alternativa feudal firme a la fiscalidad pública del estado tributario –si bien se contentaron siempre con la evasión o con la expropiación de impuestos a pequeña escala allá donde podían. Incluso cuando el Estado desaparecía, a menudo a causa de revueltas campesinas generalizadas, dirigidas tanto contra el Estado como contra los señores (en la década de los años 880, 1350 y 1630),21 el gobierno y la recaudación seguían funcionando en el norte. Si en algún lugar cabría haber esperado la descomposición del modo tributario ante el feudal, éste fue el delta del Yang-Tsê, en los reinos independientes del siglo X, donde el poder feudal era más fuerte. Sería interesante disponer de un estudio sobre los estados de Wu y de Nan Tang, por ejemplo. De cualquier modo, el modo tributario siguió siendo dominante –ideológicamente, con seguridad; económicamente, con probabilidad (el total de los tributos pudo sobrepasar la renta total durante todos los períodos), y políticamente, sin duda, ya que la clase señorial estuvo siempre muy dividida. Esta situación fue a más a medida que fueron pasando los siglos, ya que el tamaño medio de las posesiones aristocráticas tendió gradualmente a ser menor. De esta manera, el Estado pudo dar siempre a los aristócratas más de lo que éstos hubieran sido capaces de conseguir por su cuenta. El modo tributario dominó las relaciones sociales de producción: los campesinos fueron siempre considerados nominalmente sujetos fiscales libres, y la aristocracia y los notables más modestos se plegaron a las normas de las jerarquías estatales. Pero el modo feudal estaba siempre presente, amenazando al Estado, llegado el caso.22

Este entramado básico del desarrollo histórico de China muestra de manera muy clara la pauta que me gustaría examinar. En mi opinión, el dominio del modo tributario sobre el feudal caracteriza la relación entre el Estado y los posesores/campesinos en la mayor parte de las sociedades tradicionales con Estado. Prosigamos con el segundo ejemplo, el Imperio Árabe y sus sucesores a lo largo del período medieval. Me centraré, no tanto en el período del Imperio Árabe propiamente (636-945), sino en sus herederos iraníes y turcos entre los siglos X y XII, ya que en este período más tardío tuvo lugar un declive general del poder del Estado que, por otra parte, está bastante bien documentado y estudiado. Se puede disponer, pues, de casos adecuados para abordar el problema de la supervivencia del Estado. Me centraré en los búyidas (945-1055), en el oeste de Irán y en Irak, en los gaznávidas (994-1040) en el noreste de Irán (Jorasán), y en los selyúcidas (1037-1157), gobernantes de la totalidad de Oriente Medio y que persistieron después de mediados del XII en algunas áreas del oeste de Irán y de Turquía hasta que fueron reemplazados finalmente en el siglo XIII por los mongoles iljaníes.23 Aunque estos estados sean bastante diferentes observados en detalle, comparten sin embargo una característica común relevante: a diferencia de los imperios de Roma y de China, en los que una aristocracia prácticamente homogénea participaba tanto en los beneficios del Estado como en los derivados de la posesión de tierras, en la mayor parte de estos estados islámicos la clase vinculada al Estado se opuso claramente a la clase aristocrática de posesores locales. Por supuesto, hubo solapamientos, pero ambas fueron socialmente y a menudo étnicamente distinguibles, y frecuentemente antagónicas, tanto en lo que respecta a la ideología como a las respectivas bases económicas.

Los orígenes de tal oposición son bastante fáciles de explicar: son el resultado de la conquista, primero por los árabes, y luego por varias oleadas de turcos y finalmente de mongoles. Cada nuevo régimen tuvo un respaldo armado diferente, y este sostén militar permitió que el estado en cuestión perdurara durante un siglo, aproximadamente, en alguna de las partes que constituyeron el Imperio Árabe. Como resultado de ello, el ejército se distinguió siempre muy claramente de la aristocracia civil local. Por el contrario, el gobierno central, en su dimensión civil –la burocracia que dirigía los estados y la fiscalidad– tuvo más continuidad. Si bien la fiscalidad era vista también en oposición al poder local, se dio con frecuencia un solapamiento de personal: los burócratas tenían que venir de alguna parte. Así, Nizam al-Mulk, el gran visir de los selyúcidas (1063-1092) y gran teórico laico del gobierno de este siglo, perteneció a una familia local de propietarios (dihqan) de Baihaq, en el Jorasán. Nizam al-Mulk ascendió desde la burocracia civil del Jorasán hasta el poder central (y casi absoluto). Estos orígenes eran los normales, pero no eran –o al menos no de manera frecuente– los propios de las elites militares. Esta es la característica más destacada de este período.24

Los árabes conquistaron parte del Imperio Romano de Oriente (Bizancio) y la totalidad del Imperio Persa (Sasánida). En ambos estados hubo una larga tradición de oposición entre tributo y renta, y existieron unos cuerpos de oficiales civiles y militares que fueron, a su vez, posesores de tierras. El Imperio Bizantino fue descentralizado institucionalmente en el sentido romano del término, pero los árabes cambiaron todo esto. Como en el caso de los sasánidas (y como harían los mismos bizantinos en adelante), tanto la administración del Imperio como la organización fiscal estuvieron centralizadas en la capital. No se sabe muy bien cómo funcionó el Estado sasánida en términos socioeconómicos. Parece ser que los tributos eran recaudados por el estrato más bajo de la aristocracia, los dihqan-s, un rango que incluía desde campesinos ricos hasta posesores locales acaudalados. Presumiblemente, tenían suficiente fuerza para recaudar impuestos del campesinado libre, que aún era un grupo considerable, pero no de la más alta nobleza, de facto exenta de pagar, y que habría estado formada, claro, por grandes posesores (con campesinos dependientes, tanto libres como esclavos).

Los árabes establecieron sus ejércitos, étnicamente diferenciados, en medio de algunas tensiones, y prescindieron de los dihqan-s. Desde luego, los siguieron empleando como recaudadores, especialmente en Jorasán, pero la organización de la fiscalidad acabó siendo burocratizada. Dependiendo de los lugares, los árabes alteraron en mayor o en menor medida la estructura social existente, especialmente en cuanto a la posición de la alta nobleza (en el Irán dominado por los nobles, la posición de ésta apenas cambió, mientras que, por el contrario, la igualmente rica aristocracia egipcia desapareció pronto, una vez que sus tierras fueron a parar al Estado).

Pero los cambios más importantes tuvieron lugar en el gobierno central y en el ejército. La tradicional posesión privada de tierras continuó siendo la base del poder local en los siglos X y XI y posteriormente. Los gobernantes árabes mantuvieron el dominio sobre una parte considerable de las tierras del Estado, cuyo tamaño fluctuaba, por una parte, según fueran divididas en bloques pequeños y entregadas en plena propiedad a los de origen árabe mayoritariamente (como sucedió en el período inicial), y, por otra parte, en la medida en que algunas de estas tierras fueran recuperadas por el Estado cuando se producía un cambio dinástico.25

De los grandes estados precapitalistas centralizados, muy pocos han sido capaces de funcionar sin fijar pagos fiscales sobre la producción agrícola, y en este sentido, los estados árabes no fueron una excepción. Esta fiscalidad, sin embargo, era peligrosa para el gobierno central en la medida en que se transformaba en poder privado. Y así sucedió con los árabes. Desde el siglo IX en adelante, la concepción de la fiscalidad sobre la producción agrícola fue incluyendo progresivamente al ejército. En el siglo X, los búyidas empezaron a adoptar el procedimiento de conceder la iqtac a los soldados, es decir, el derecho de recaudar tributos de áreas determinadas, en lugar de pagar una parte o la totalidad de los estipendios. Esto se generalizó bajo los selyúcidas, y se convirtió en el procedimiento principal de remunerar al ejército en todo el mundo islámico durante muchos siglos. Mucho se ha escrito sobre la iqtac. Se ha discutido largamente si es feudal o no, por ejemplo, en el sentido del feudalismo militar de Occidente (respuesta: sí, a veces, pero dependiendo del tiempo y del lugar).26 Claude Cahen, que conocía bien la historiografía, trató detenidamente el planteamiento clásico del término. Destacó la facilidad con que un muqtac (un beneficiario de una iqtac) podía usurpar todas las atribuciones del Estado, privatizarlas y convertir las cargas fiscales sobre las tierras recaudadas por él como muqtac en renta recibida como señor, sobre todo desde que la iqtac se hizo hereditaria, aproximadamente en el siglo XII. En efecto, igual que a la manera clásica de Occidente, un muqtac era capaz de extender el privilegio de la exención fiscal entre sus vecinos mediante la persuasión o la coerción, a cambio de sus tierras. Cahen tiende a asumir en sus trabajos que todos los que pagaban tasas eran campesinos. Sabemos, sin embargo, que había muchos posesores privados que habrían podido resistir probablemente la privatización del poder de los muqtac-s de manera más efectiva. No obstante, el desarrollo (o sus potencialidades) es claro: el estado tributario fue tendiendo hacia el feudalismo, esta vez entendido en términos marxistas.

Los estados, por supuesto, se resistían. A veces, redistribuían iqtac y se aseguraban de que no fueran hereditarias durante el mayor tiempo posible; mantenían bajo control, así, la burocracia encargada de la estimación fiscal. Los muqtac-s no residían en sus tierras, de manera que disminuía el contacto con sus posesiones. Sin embargo, los estados fueron, de manera creciente, incapaces de mantener tales controles. La iqtac hereditaria, como en el caso de Siria en el siglo XII o del Iljanato en el XIV, era una señal clara de que el Estado era débil.27 Si leemos los lamentos de los burócratas del gobierno central en estos períodos, nos puede parecer prodigioso que el Estado sobreviviera: los tributos ya no llegaban al fisco; la autoridad central sobre las provincias remotas era cada vez más débil. Incluso había jerarquías de muqtac-s ligadas por lazos privados de lealtad.

Podemos observar claramente el mismo proceso en el Imperio Bizantino tardío (del siglo XIII al XV), donde de hecho está mejor documentado. Se puede decir que allí el Estado siguió pautas feudales antes de la conquista otomana. Pero los estados islámicos, no. La posesión de iqtac-s nunca llegó a estar ideológicamente separada del reconocimiento del sistema fiscal; nunca se convirtió simplemente en una posesión de tierra. En parte, esto puede explicarse por el hecho de que la escala de las concesiones de iqtac-s ha sido a veces exagerada; los gobernantes mantuvieron bajo control tanto una proporción considerable de la tributación como a sus recaudadores civiles más dependientes.28 Pero también porque la sociedad de Oriente Próximo era localmente más compleja y diversa de lo que los documentos gubernamentales admiten.

Recientemente, se han hecho algunos buenos estudios sobre las elites locales de las ciudades del norte de Irán y del Jorasán en los siglos X y XI, concretamente sobre la de Nishapur, basados en historias sobre las ciudades y sobre los linajes locales. No debe extrañar el hecho de que estas historias estén centradas en las ciudades, ya que se trata de áreas urbanocéntricas: todos los posesores de tierras importantes, y muchos de los que no lo eran tanto, vivían en las ciudades (el enfoque religioso de las historias es más engañoso, pero no puede soslayarse). De estas historias se desprende claramente lo descentralizada que estaba la vida social en un espacio tan vasto y escasamente poblado como Irán. Las elites del patriciado urbano (acyan) controlaban Nishapur, Bayhaq y Qazvin. Aunque no autogobernadas formalmente, fueron al menos legalmente autónomas en el sentido de que no había apelación más allá del juez local, el qadi, que era casi siempre elegido por la elite local y/o formaba parte de ella.

Si bien se discute cómo estaba organizado el gobierno local (el jefe urbano o ra’is, casi siempre perteneciente a los acyan, es una figura particularmente oscura, a pesar de tener una importancia crucial en la ciudad y en su relación con el Estado), está claro que el poder local era lo suficientemente coherente como para que mereciera la pena luchar por hacerse con él –las facciones locales fueron algo bastante habitual en todas estas ciudades. Y los estados, incluso aquellos gobernados por los dirigentes más poderosos, como Mahmud de Ghazni o Nizam al-Mulk, tuvieron que respetar a estas ciudades y a sus facciones –una intervención decidida conducía a la deslealtad. En buena medida, tales elites eran posesoras de tierras. Aunque la religión y la riqueza comercial fueran también indicadores del estatus y determinaran los peldaños establecidos en el escalafón del patriciado, la base de las familias de los acyan, y lo que adquirían cuando podían eran tierras. La posesión de tierras y el poder local eran inseparables. Los posesores locales principales estaban así en disposición de convertirse en figuras importantes de las facciones urbanas. Así pues, el poder económico y social en estas ciudades era feudal al fin y al cabo, a pesar de la importancia del componente comercial (e ideológico). De todas maneras, todo esto tenía que ver con el poder civil. Nada de lo expuesto revela un desarrollo de la iqtac, tal como ha sido descrito anteriormente.29

La causa de esta división tiene que deberse, en parte, al hecho de que hasta el momento no se ha analizado de manera sistemática la interrelación política entre la estructura del poder central y las elites locales; es como si ambas hubieran pertenecido a mundos diferentes. Por supuesto, esto no fue así; las elites centrales no podían haber estado tan desarraigadas como a veces lo parece. De cualquier modo nos encontramos ante dos tendencias diferentes hacia el feudalismo en una misma sociedad: una, la descentralización y la privatización de la actividad tributaria del gobierno central, y la otra, la continua independencia de los posesores civiles de tierras. Ambas tendencias eran distintas y comportaban una rivalidad estructural. El Estado se benefició de ello procediendo como un intermediario honesto entre las facciones.30 Por sí sólo, esto no puede explicar la supervivencia del Estado, por supuesto; es una explicación demasiado inconsistente. Como ya he dicho, uno de los elementos principales de la supervivencia política de los estados tuvo que haber sido el continuo control ejercido sobre al menos una parte de la riqueza fiscal de sus localidades.

Sin embargo, la perspectiva local del sistema político iraní muestra que el panorama de un dominio completo por parte de los muqtac-s es incompleto, ya que no se tienen en cuenta ni las diferencias, ni las elites locales. Por otra parte, la fractura entre la tierra y el gobierno central (militar) en los estados sucesivos significa que la tierra, por sí sola, no comportaba derechos automáticos de dominio directo. No había muchos incentivos para rechazar las oportunidades y responsabilidades de la administración civil o militar y continuar siendo simplemente un posesor de tierras: el poder aún era definido en los términos del gobierno centralizado, y los cargos (o más iqtac-s) eran todavía una concesión del Estado. El poder local estaba en manos de las elites urbanas, pero pocas intentaron la independencia –no tenían ejércitos. La única solución para el sedicioso era reinventar el gobierno central a escala local (un desarrollo que se vio favorecido cuando, como acabó siendo corriente, provincias enteras y la administración de éstas eran entregadas como iqtac-s a los gobernadores). Así, el desmoronamiento del gobierno centralizado en Irán y en otros lugares próximos, como en China, comportó el establecimiento de estados regionales siguiendo el modelo de Bagdad, y no, en rigor, el fin del Estado (ni de su base tributaria).31

La proporción de los impuestos sobre la producción era muy variable. Adams ha calculado que entre una cuarta y una tercera parte de la cosecha bruta de grano se destinaba al pago de impuestos en Irak durante el siglo IX. Se trata de una cifra considerable. En el siglo XIII, los campesinos aún pagaban este porcentaje, más otro tercio a sus señores. En el vecino Susistán, en un período posterior, los tributos representaban al parecer sólo un diez por ciento, y la renta, hasta un cincuenta por ciento. No es posible obtener las cifras globales de cada fracción porque, dejando de lado la suerte de conocer estos porcentajes, no podemos ni siquiera imaginar cuánta tierra podían tener los señores en un período determinado. Así pues, no podemos sacar conclusiones generales sobre esta relación.32 Es una pena, porque el alcance global de la posesión de tierras por parte de la aristocracia y la relación general entre renta y tributo tienen una importancia obvia para el poder del Estado, como lo muestran las experiencias contrastadas de Roma y de China. En el caso de Irán, tenemos que aceptar la imposibilidad de conocer este aspecto cuantitativo del análisis. Pero el aspecto cualitativo que se convirtió en la clave de la supervivencia del Estado fue el continuo control ejercido por éste sobre los términos en que tenía lugar la relación ente aristócratas y campesinos. Como hemos visto, esto sí que se puede estudiar, y es, razonablemente, aún más importante.

Puede dudarse de que los campesinos consideraran de manera separada el tributo y la renta, teniendo en cuenta sobre todo que el posesor de tierras tenía la responsabilidad de dividir los pagos y de entregar la parte correspondiente al impuesto. Más adelante volveré a tratar las implicaciones que tuvo esto. Pero la percepción indiferenciada del campesino habría sido la correcta en un tipo de tierras: en las del Estado no podía darse en absoluto una diferencia estructural entre tributo y renta. Y en una zona de Oriente Medio, en la Turquía selyúcida y otomana, este fue un hecho crucial, ya que allí, contrariamente a lo que ocurría en otras partes, casi todas las tierras pertenecían directamente al Estado. No está del todo claro cómo el Estado llegó a controlar toda la tierra, pero ciertamente tuvo que ver con las posibilidades derivadas de las circunstancias en las que tuvieron lugar las conquistas, y esto, para la cuestión que nos ocupa, no es un problema relevante.33 Existe, por supuesto, una posibilidad teórica en cualquier sociedad estatal. En efecto, en muchas sociedades se considera que Dios (= la comunidad = el Estado) es el posesor nominal de todas la tierras. Lo consideraron de este modo los expertos árabes en leyes, los selyúcidas incluso fuera de Turquía, y también compartían esta percepción las ideologías zoroastriana y confuciana. En circunstancias normales, sin embargo, esto perdía todo sentido, ya que la apropiación privada tenía lugar ininterrumpidamente. Ello no significa que tales sociedades fueran asiáticas, como se las denomina a veces: Guillermo el Conquistador, nada menos que el monarca feudal emblemático en todos los aspectos, se otorgó la posesión total y ejerció sus derechos eminentes de una manera bastante más seria. Pero los selyúcidas en Turquía y, más aún, los otomanos, fueron aún más allá: no ejercían meros derechos eminentes, sino que poseían las tierras. Esta diferencia no se derivaba de prerrogativas legales, sino del poder.34 En Turquía, el Estado tuvo la fuerza política necesaria para mantener sus derechos sobre todas las tierras como Estado y como posesor inmediato, efectivo e incuestionado durante siglos. Al actuar así, todas las relaciones que pudieran ser denominadas feudales en términos marxistas fueron aplastadas. En muchos aspectos, la Turquía posterior al siglo XI puede ser legítimamente considerada como la más pura sociedad tributaria. Acabaré la sección descriptiva con una reflexión sobre cómo parece que funcionó todo esto.

El Estado otomano poseía más o menos todas las tierras de Anatolia y de los Balcanes: sobre un 87% (¿sólo en Anatolia?) en 1528, su momento culminante, de acuerdo con los cálculos de Inalcik.35 Los campesinos otomanos no pagaban renta, sólo impuestos al Estado. Pero durante los siglos XV y XVI, el Estado asignó aproximadamente la mitad de este paquete en calidad de timar a la caballería de sipahi-s, denominados timariot-s en el contexto fiscal.36 Si el timar era un descendiente directo de la iqtac o de la prónoia, la institución bizantina paralela, no tiene importancia ahora; la función del timar era la misma que la de ambas (los nombres proliferaron después de aproximadamente el año 1500: el tuyul mongol-iraní y el jagir mugal son la misma institución). Sin embargo, los sipahi-s vivían en el campo, en sus timar-s. Los timar-s no eran hereditarios y podían ser transferidos. No obstante, tales transferencias fueron cada vez menos frecuentes, especialmente después de 1550, aproximadamente. El hecho de que los sipahi-s vivieran en la localidad y se apropiaran directamente de las cosechas produjo un lazo inusualmente estrecho entre éstos y sus campesinos adscritos (pero libres), vínculo reforzado a su vez por los amplios poderes delegados en los timariot-s: la justicia local y la policía, el derecho de exigir servicios en trabajo privados y el control sobre las tierras y sobre el producto de las ventas. Sin embargo, los timar-s no fueron nunca totalmente privatizados ni inmunes a la acción del gobierno central; el Estado mantuvo en todo momento sus registros fiscales.

Sin duda, los otomanos se dieron cuenta de los peligros de feudalización que comportaba el sistema de timar-s, de manera que lo abandonaron cuando cambió la tecnología militar y el sistema de sipahi-s perdió utilidad. Después del siglo XVI, así, los otomanos empezaron a emplear un ejército asalariado y los sipahi-s perdieron importancia (no sin una revuelta ocasional, con apoyo campesino, a principios del XVII). En su lugar, el Estado confió la recaudación de tributos a negociantes ciudadanos. Estos recaudadores tuvieron inicialmente un carácter menos hereditario, más civil, pero esto pronto empezaría a cambiar, como no podía ser de otro modo –los recaudadores desarmados no siempre eran capaces de obtener los tributos. Ya a finales del siglo XVII, también podían tener ejércitos privados y ser de facto cargos hereditarios. Los representantes más espectaculares en el siglo XVIII fueron los derebey-s, señores de valles, que controlaban provincias enteras y a veces grupos de provincias como si fueran príncipes hereditarios de miniestados. Más significativa fue, sin embargo, la importancia adquirida por un estrato urbano completo, los ricos locales, aún denominados acyan, notables, gracias a la recaudación y la influencia local. Este estrato fue autónomo respecto al Estado entre finales del siglo XVII y el XIX, y mantuvo su papel tradicional como intermediario entre el Estado y la sociedad civil. Los acyan fueron también los primeros en adaptarse a las posibilidades del capitalismo en el mundo exterior (occidental). El concepto de la posesión de tierras, çiftlik, reapareció bajo su influencia en los Balcanes y en el oeste de Anatolia en el XVIII, después de permanecer eclipsado durante siglos, como un instrumento organizador orientado hacia el comercio: una notable concesión al control privatizado que, significativamente, tuvo lugar en las áreas más abiertas a Occidente. Pero el Estado no se había dado por vencido. Entre las décadas de 1820 y 1830, Mahmud II actuó contra estas fuerzas descentralizadoras. Depuso o sometió a los derebey-s, confiscó la mayor parte de las tierras de los acyan y se volvió a apropiar de los timar-s que quedaban. Su éxito no fue completo, pero sí sustancial (Muhammad cAli, perteneciente a los acyan, sí que tuvo, por el contrario, un éxito casi completo en Egipto siguiendo una política similar). El siglo XIX discurrió en una lucha continua entre el Estado y los notables para determinar en qué medida tenía que aceptarse la ley de la propiedad privada y a quién debía beneficiar. Pero incluso el debilitado (y comercialmente socavado) Estado otomano de finales del siglo XIX pudo como mínimo contener a los notables hasta la Primera Guerra Mundial.37

En todo esto resultan obvios los componentes feudales. Los otomanos no pudieron mantener un entramado de poder totalmente centralizado en un imperio tan subdesarrollado, ni en el propio solar turco. La tendencia a la privatización implícita en cualquier poder descentralizado implicaba la inclinación, como sucedía en todas partes, hacia ejercer un control directamente personal sobre la tierra, hacia el modo feudal. Pero tal tendencia no llegó a cumplirse totalmente en este caso. De hecho, la apropiación genuinamente feudal apenas comenzó antes de finales del XVIII, y el Estado otomano siempre fue lo bastante fuerte y sofisticado como para restablecer su poder, ya fuera a finales del XV, a mediados del XVII o a principios del XIX. Nunca perdió el control sobre las reglas de la legitimidad política. Sus rivales locales, aun siendo fuertes, nunca pudieron establecer estructuras de poder local que no fueran más que versiones o perversiones de los poderes delegados a ellos mismos por el gobierno central.

El artículo clásico de Hourani sobre los notables urbanos del XIX, si bien enfatiza la sustancial autonomía de estos poderes, pone a su vez de relieve la informalidad y la ambigüedad de la arena política en la que actuaban, a caballo entre la clase Estado, por un lado, y la plebe urbana y el campesinado, por otro. Su poder residía en la capacidad de manejar el Estado. A diferencia de los notables poderosos del Jorasán selyúcida o de la pequeña aristocracia del Yang-Tsê, éstos no generaron un espacio político propio; el poder feudal centrado en la posesión de tierras era demasiado débil, y el potencial del Estado para ejercer el patronazgo era demasiado vasto como para permitir tales desviaciones. La única independencia local posible pasaba por la usurpación de los poderes del gobierno central y por usar estos poderes de una manera más efectiva, tal como sucedió en Egipto en época de Muhammad cAli.38

Esto tuvo que ver más con el ejercicio del poder que con las formas legales, tal como se puede ver mejor en el caso de Qajar (Irán) en el siglo XIX. Los safávidas y los kajares también reclamaron derechos de posesión sobre todas las tierras, si bien las justificaciones legales aducidas para ello derivaban más de una interpretación cada vez más contundente de la ley islámica que de la total ocupación de las tierras por parte del Estado, tal como sucedía en Turquía. Pero no pudieron mantener estos derechos. Irán estaba demasiado subdesarrollado; las comunicaciones eran demasiado deficientes. Las aristocracias, basadas en los tuyul-s, podían ser puestas y depuestas, pero en la práctica el Estado tenía que reconocerlas como auténticas aristocracias posesoras de tierras, y éstas actuaban como si lo fueran. Así, los tuyuldar-s eran considerados como posesores, no como encargados fiscales, y las fuentes revelan que también llegaron a convertirse, de alguna manera, en posesores que detentaban algo parecido a la titularidad privada plena, ya antes del siglo XIX. El Estado tenía que negociar, ya que su dominio estaba limitado por un ejército y una burocracia demasiado débiles.

Hay que reconocer que tanto los kajares como sus efímeros predecesores del XVIII lo hicieron bastante bien. Controlaron a las elites locales con manejos inteligentes y mantuvieron la existencia y la influencia del poder central y de la tributación a lo largo de un período de creciente penetración del capitalismo, hasta llegar al siglo XX. Pero la pauta de estas relaciones tiene más reminiscencias del Irán del siglo XI que de la Turquía del XIX. Con títulos legales o no, los dirigentes iraníes tuvieron que reconocer que la posesión de tierras tenía un carácter feudal y que tenían que defender la base tributaria de su poder de una manera consecuente con esta situación.39

Turquía, y en menor grado, Irán, fueron los estados asiáticos que mejor conocieron los predecesores de Marx. Lo que mejor conocía Marx era la India, cuyo caso encaja sin dificultades, creo, en este orden de cosas. Pero la concepción que tenía Marx del poder del Estado asiático se formó en buena medida a partir de imágenes de segunda mano del poder otomano y de los derechos legales. Le parecía que la ausencia de propiedad privada en el campo era una representación extraordinaria de las formas sociales más primitivas. Y es posible que fuera así. Pero habría que dejar claro que sólo un inusualmente desarrollado sistema económico y político fue efectivamente capaz de mantener este orden de cosas. Sólo el Estado islámico más centralizado y sofisticado, el más inflexible, intentó que la propiedad de tierras no fuera de facto privatizada, que no se volviera a caer en el feudalismo. Los otomanos pudieron hacerlo; el estado kajar, mucho menos desarrollado política y económicamente, no. Así pues, los estados tributarios coexistieron normalmente con la posesión feudal; no tenían otra opción. Las extremadas formas sociales del mundo otomano que yacen bajo lo que Marx llamó a veces modo asiático estaban de hecho en el extremo opuesto del curso de la historia humana al que él supuso. El calificativo estático es el menos adecuado para referirse al desarrollo que condujo al Estado otomano.

III

Hasta ahora me he centrado a grandes rasgos en la historia sociopolítica, más que en la socioeconómica. Los campesinos no han aparecido demasiado por ahora. Esto no se debe a que la evolución histórica yazca en la historia del Estado, como a veces da a entender Anderson. Se debe, en primer lugar, a que la caracterización de Asia ha radicado siempre en la destacable coherencia de sus estructuras estatales (despotismo, como, de manera sorprendente, aún se denomina, sin ninguna pretensión de analizar su significado –la propia palabra, en efecto, implica abstenerse de hacer un análisis sociológico). En segundo lugar, se debe al hecho de que la problemática del modo tributario se centra, claro está, en el Estado; en tercer lugar, al hecho de que me produce asombro, en mi calidad de estudioso de Occidente, cómo persistieron los mecanismos de explotación de estos estados. Son precisamente las razones de este asombro las que he intentado estudiar en el principio.

He intentado caracterizar una oposición particular entre tributo (el Estado) y renta (posesión privada feudal de la tierra) centrada, principalmente, en el nivel político de las diversas formaciones sociales tratadas. Todo lo demás se ha quedado en el tintero, especialmente las evoluciones productivas y comerciales en estas diferentes sociedades, muchas de las cuales producen la engañosa impresión de ser económicamente estáticas.40 También he dejado de lado el aspecto ideológico del dominio estatal, lo que ahora es denominado a veces reproducción. Es una lástima, pero resulta inevitable, teniendo en cuenta el espacio que exigiría describir tales articulaciones. De cualquier manera, sería pretencioso por mi parte intentar poner los puntos sobre las íes en la descripción de unas sociedades cuyos datos primarios y análisis realizados están escritos mayoritariamente en lenguas que no puedo leer. Acabaré con dos problemas. El primero tiene que ver con la diferencia entre tributo y renta, entendidos como las claves para caracterizar modos con lógicas económicas distintas; el segundo, en general, está relacionado con la supervivencia del Estado. Evidentemente, el primero es el presupuesto de toda mi argumentación; el segundo, el punto que me interesó originalmente.

El problema de la oposición entre tributo y renta es doble. El primero es el de la apariencia: unas veces son difíciles de distinguir, y otras, como en el caso del Estado otomano, aparecen incluso fusionados. El segundo problema es el de la razón latente de esto: que ambos son modos de apropiación del excedente basados en la producción campesina individual o colectiva. Considerados desde la perspectiva de los campesinos, podría parecer que no había una gran diferencia entre tributo y renta, ya que ambos implicaban salidas innecesarias forzadas, en última instancia, por una coerción extraeconómica de varias clases. La percepción de esta equivalencia era aún más evidente cuando el campesino estaba vinculado a un señor, ya que en muchas sociedades tributarias (aunque no en todas), los impuestos eran transferidos por el posesor de las tierras, quien a su vez los había percibido en el proceso de obtención de la renta.

Como resultado, existe un considerable aunque variado grupo de expertos que no distinguen, en absoluto, el tributo y la renta, o, para ser más exactos, que los consideran como variantes, centralizada o descentralizada (pública o privada), de un mismo sistema económico, al que muchos de ellos califican como feudal. Un porcentaje considerable de investigadores soviéticos diría esto, por ejemplo. También Amin, aunque él lo denomina tributario y, desde una posición diferente, la bizantinista francesa Eveline Patlagean.41 Desde luego, es una postura mejor que la de aquellos que defienden una definición mucho más basada en la consideración occidental del feudalismo y que intentan encajar a Asia en ella, aunque esto suponga poner bajo una misma etiqueta a casi toda la historia del mundo. Pero el problema principal de esta formulación es que presupone que toda la extracción extraeconómica de excedente campesino debe tener la misma forma económica; que tiene que ser el mismo modo de producción. ¿Es esto realmente cierto?

He excluido de mis contraposiciones, y lo continuaré haciendo, las definiciones políticas y legales. La oposición de público y privado es sólo una simplificación útil, pero que deriva de las superestructuras ideológicas de una formación social, y no puede definir una oposición económica (por ejemplo, se mantuvo una clara noción de lo público en la Europa del siglo X, la sociedad donde seguramente el modo feudal fue, de largo, el más dominante sobre todos los otros como nunca lo había sido ni lo sería posteriormente). La constitución formal del Estado y la caracterización legal de la propiedad de la tierra son igualmente superestructurales, si bien pueden dar indicaciones de hacia dónde mirar. Como he recalcado, lo que importa en la constitución de los estados no es tanto la legalidad como el poder y su origen, la fuente de los recursos económicos del Estado. Sólo así se puede investigar la diferente identidad del Estado (tributo) vis-à-vis los señores (renta).

Los estados no sólo exigen tributos a los campesinos; también los exigen a los señores, en tanto en cuanto se apoderan, al menos, de un porcentaje del excedente que el señor ha obtenido previamente (recordemos que no siempre fue un porcentaje muy elevado). Tras el escenario de una oposición categórica entre tributo y renta se encuentra un antagonismo estructural entre el Estado (a no ser que trate de un estado feudal42) y la aristocracia local, o –como con los otomanos– la aristocracia rural que aspira a serlo. Consideremos un estado tributario muy pequeño, digamos una ciudad-estado, y una gran posesión rural. Las relaciones sociales son muy diferentes –irónicamente, en efecto, el reverso de la oposición tradicional entre asiático y feudal. En la segunda hay sólo un poder y un único lugar donde es ejercido; en la primera, destaca la existencia de poderes explotadores independientes, posesores de tierras, inscritos y sujetos a la exigencia fiscal del aparato del Estado y de la clase asociada a él. Un Estado tributario, así pues, es tanto económica como sociopolíticamente más complejo que un dominio feudal. Esto proporciona un contraste más sólido que el que se pudiera establecer en términos legales. El modo feudal puede existir sin el tributario, pero el tributario no puede existir sin el feudal, excepto en circunstancias extremas, cuando tiene que luchar para no sucumbir ante los impulsos feudalizantes de alguna de sus instituciones locales. Su historia es la historia de los antagonismos resultantes.

El contraste político entre Oriente y Occidente podría incluso no ir más allá de este punto. Pero si vamos a establecer una diferencia modal entre tributo y renta, ésta debe sostenerse sobre la relación entre los grupos de explotadores que se van alternando y el campesinado (esto, a grandes rasgos, es una manera de replantear la formulación clásica según la cual el modo de producción es una articulación entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, aunque a un nivel diferente: la producción y la sociedad campesinas ciertamente no pueden reducirse al nivel técnico y a la apropiación simple de los productos del suelo, lo que constituye las fuerzas productivas).43 Las oposiciones generadas en tales relaciones derivan de la distancia social y del control.

La fiscalidad estatal está sujeta a mediaciones y a formalizaciones. El Estado necesita excedentes, pero de una manera hasta cierto punto abstracta: a veces necesita monedas, y a veces, productos. El Estado puede intervenir para fijar a los campesinos a la tierra para que cultiven y paguen impuestos; pero está fuera de su alcance controlar el proceso de producción. Si lo hace, lo hace de una manera muy generalizada: el semimítico estado hidráulico, por ejemplo, o la organización de la colonización y el artigado de tierras, o la periódica redistribución de tierras que permitió sostener a los ejércitos durante el primer período Tang en China. Pero no interviene sobre el propio proceso de producción: ni sobre lo que se cultiva, ni sobre la organización social de la producción. El sistema de irrigación estatal del Irak sasánida ilustra bien la inexistencia de relación estructural entre el Estado y los presupuestos de la producción. Este sistema fue mantenido por el primer Estado árabe hasta que se permitió que cayera en desuso desde aproximadamente el 900 en adelante, y esto conllevó el abandono de gran parte de la región. Parece como si al Estado, el creador de hecho de las condiciones que permitieron en este caso la existencia del campesinado, le hubiera dejado de interesar que las tierras estuvieran o no en cultivo, tal como se afirma en un testimonio contemporáneo.44 La distancia entre el Estado y la sociedad civil es clara en este caso. Los estados podían favorecer las vidas de los campesinos sujetos a éstos. De la misma manera, como sucedía más a menudo, podían imponer una carga fiscal tan pesada sobre ellos, o bien administrar el país tan ineptamente (como en Irak durante el siglo X), que lo dejaban exhausto. Y todo, por no estar lo suficientemente cercanos a sus súbditos como para darse cuenta de ello, o por no haber comprendido lo bastante los procesos económicos globales como para percibir que su actuación era contraproducente a la larga.

Hindess y Hirst atacaron el concepto de modo asiático, criticando, en buena medida, los componentes tradicionales de este modo, tales como la ausencia de propiedad, cosa que yo también he rechazado. Hindess y Hirst son particularmente reacios a la idea de que un modo tenga coherencia si permite la articulación de varios conjuntos de fuerzas productivas con diversos grupos de relaciones de producción (o viceversa). Esta definición de modo de producción es demasiado restrictiva y debe ser rechazada (efectivamente, esto les ha causado tantos problemas que ahora se oponen al concepto de modo de producción). Tal como yo lo defino, el modo tributario permite que los campesinos organicen en sus poblados la producción como les parezca, de la misma manera que permite que los señores coexistan con esto. De esta manera, resulta que puede darse una gran variedad de tipos de cooperación en estos poblados, maneras de organizar la producción que irían desde la individual a la totalmente comunitaria, que podrían haber sido anteriores a la explotación de clase, y que se convirtieron en sistemas articulados con el estado tributario y dominados por éste como parte integrante de una formación social. El Estado no necesita controlar la vida económica y social de sus súbditos; tan sólo los recursos que le permitan conseguir sus objetivos. Aquí es donde encontramos la lucha de clases entre el Estado y su campesinado (y, claro está, sus posesores de tierras): en la cantidad de los pagos fiscales, sobre todo cuando se preveía que los ingresos no iban a ser suficientes.45

La relación entre posesores de tierras y campesinos era más estrecha. El interés no estaba centrado en la cantidad de los excedentes, aunque esto por sí solo ya fuera importante, sino en el reconocimiento del poder local, del control local. En este sentido, la mejor prueba de que los representantes de la clase del Estado se habían convertido en feudales era que el control local les reportara más riquezas y estatus que su relación subordinada con el Estado. Pero no se trataba de un control estrictamente político, es decir, coercitivo, sino que implicaba a la misma producción. Esta implicación era más estructural que necesariamente consciente; los señores no se interesaban siempre por la producción, ni tan sólo lo hacían a menudo. Pero su control se extendía habitualmente hasta algunos de los presupuestos de la producción –molinos, a veces arados en Occidente, canales en Irán o en China. Algunas veces, la extracción del producto excedentario tenía lugar bajo una estricta supervisión, por ejemplo, en el caso del cultivo de las tierras señoriales, si bien las prácticas consuetudinarias campesinas tendían a contrarrestarla. Además, el control señorial sobre el acceso a la tierra era muy variable, independientemente de cuánto poder reportara en la práctica este control, y dependía en buena medida de la fuerza o de la debilidad de la resistencia campesina. Estas dos últimas cuestiones muestran que los señores no ejercían un poder incontestado sobre sus campesinos. No siempre tenían éxito cuando intentaban influir en la producción; después de todo, era el campesino quien de hecho generaba la producción bajo el feudalismo. La investigación reciente tiende más bien a enfatizar la autonomía de los campesinos y de las comunidades de aldea vis-à-vis los señores incluso –y especialmente– en lo concerniente al proceso de producción. Pero los campesinos tenían que luchar por esto. Era en este escenario, así, donde se producía la lucha de clases entre campesinos y señores; una lucha por el control de los procesos productivos, y en un nivel intermedio, por las condiciones en que una u otra parte eran capaces de ejercer tal control: protección de costumbres locales, por un lado, sujeción judicial, por el otro.46

A veces la lucha era por el volumen de la renta, tal como sucedía también en el escenario de la tributación; pero la dinámica de la lucha de clases en el feudalismo era más aguda en lo concerniente al control de la producción. De hecho, en según qué coyuntura económica, tal lucha podía conducir más allá del feudalismo. Cuando perdían, los campesinos podían ser reducidos a la sujeción absoluta, propia de una plantación de esclavos, o al control económico total representado por la agricultura capitalista basada en el trabajo asalariado (o, en este último contexto, podían ser expulsados de la tierra para formar parte del proletariado de las ciudades en expansión, como en la Inglaterra del XVIII). Cuando ganaban, como en Albania, en China o en Cuba en el siglo XX, se establecían relaciones de carácter socialista (en períodos anteriores, las victorias campesinas eran raras; en la Suiza bajomedieval, el éxito se concretó en una vuelta parcial a unas relaciones sociales propias de un período anterior y no posterior a las relaciones de clase).

La lucha de clases es un indicador de la lógica económica interna de los modos de producción. Cuando estaba sujeto a presión, el Estado intentaba incrementar la intensidad de la explotación, mientras que, en el caso del señor, lo más probable era que intentara acrecentar su influencia sobre el proceso productivo. Los señores también estaban en mejores condiciones de responder a las oportunidades y a las presiones mediante un incremento de la extracción de excedente –así, en la Polonia estudiada por Kula, los señores de la primera época moderna respondieron al desarrollo del mercado de grano ejerciendo todo el control que pudieron sobre la agricultura, específicamente mediante la gestión de las explotaciones agrícolas propias.47 (Por el contrario, los estados precapitalistas fueron bastante reacios a expropiar excedentes para llevarlos al mercado, excepto cuando se hacía con el propósito de redistribuirlos, tal como sucedió en Roma y en China, para paliar el hambre, aunque no siempre de manera efectiva.)

Se puede decir que, en cierto sentido, la diferencia entre las clases dirigentes de los modos feudal y tributario radica en la relativa separación del primero de los procesos de producción y en la casi total separación del segundo de estos procesos (en la misma medida, por otra parte, en que el modo capitalista conlleva el control total de los propietarios sobre tales procesos). Pero esto no significa que el modo tributario no implique relaciones económicas entre gobernante y gobernados; el vínculo no es tan arbitrario como para estar basado en una extracción de excedentes sin más. El Estado tiene objetivos económicos, y la fiscalidad puede aumentar o disminuir de acuerdo con el éxito que tenga en conseguir estos propósitos. La guerra es uno de los ejemplos más obvios. Como se ha señalado a veces, la guerra ofensiva es un recurso económicamente productivo para un estado exitoso, mientras que la guerra defensiva es una de las pocas actividades del Estado que pueden ser auténticamente consideradas útiles y necesarias por sus súbditos. Y, claro está, las luchas por el pago de los tributos son normalmente más graves después de las derrotas militares, es decir, cuando el Estado ha dejado de desempeñar su función principal.

Así pues, la diferencia entre feudal y tributario no radica en la presencia o ausencia de relaciones estructurales, en la oposición entre lógica económica y falta de lógica económica. Hay una diferencia definitiva en los métodos y en los propósitos de las intervenciones económicas que tienen lugar en ambos modos. Por este motivo, tampoco se pueden combinar la fiscalidad y la obtención de renta por procedimientos coercitivos. Cada una de ellas representa un sistema económico diferente, a pesar de que puedan aparecer juntas en algunas circunstancias excepcionales. Sus diferencias, sus antagonismos, yacen en las respectivas y divergentes intervenciones sobre la economía campesina, de la misma manera que las convergencias radican en el hecho de que tanto la fiscalidad como la renta hunden sus raíces en ella. Las mismas fuerzas productivas pueden dar lugar a dos modos de producción diferentes.

Para acabar, volvamos a la cuestión de la supervivencia del Estado en Asia: al mantenimiento del dominio del modo tributario en varias formaciones sociales, a pesar del continuo desgaste producido por las relaciones feudales. Hemos visto, en el caso de China, cómo el hecho de conservar un campesinado libre a cuyos excedentes tenía acceso sólo el Estado fue una de las claves que permitieron la continuidad de la actividad fiscal incluso en momentos de adversidad. Por otra parte, este dominio fue en buena medida posible gracias a la modesta importancia de los posesores de tierra (aunque ejercieran dominios extensos en algunas áreas), de tal manera que las redes de patronazgo y la protección militar del Estado ofrecían más alicientes a la pequeña aristocracia local que los que podrían haberse derivado de una incierta independencia local.

Los estados árabes y los que vinieron después fueron posiblemente más complejos, y la gran vaguedad de la historiografía moderna no es de mucha ayuda a la hora de encontrar explicaciones. Pero, tal como hemos visto, la descentralización condujo a un cúmulo de estados de menor tamaño, en vez de a la abolición de las propias estructuras estatales. A pesar de que los procesos fiscales fueran delegados a recaudadores locales, el Estado mantuvo en todo momento el poder para volverlos a centralizar periódicamente, o al menos para asegurarse de que no fueran privatizados definitivamente. Unos estados hicieron esto con más facilidad que otros (los mamelucos en Egipto, la Turquía del siglo XVI, el Egipto del XIX, contrariamente a Irán en muchos períodos), pero siempre era posible.

No he tratado los orígenes de estas variadas versiones de las formaciones sociales tributarias, y este problema no tendría más importancia dentro de las pautas que he intentado desarrollar. No obstante, la cuestión de los orígenes puede ser relevante en el caso del único fracaso evidente entre estos éxitos seculares: el del Imperio Romano occidental. Los orígenes históricos del Imperio Romano arrancan de la diferencia entre la ciudad como institución y el campo. Esta diferencia se manifestó inicialmente, durante los primeros tiempos de la República, en la existencia de una propiedad pública sobre las tierras de las que podían disfrutar todos los ciudadanos y a la que se oponía la propiedad privada detentada por éstos. Éste es el núcleo del modo antiguo, que fue (al menos, idealmente) un sistema económico anterior a la aparición de las clases. Pero cuando los romanos empezaron a conquistar a todo el mundo, la parte pública del Estado, formada en origen en buena medida por tierras, empezó a incluir también el tributo. En el contexto de la historia económica del Mediterráneo, esto puede ser considerado, en lo que se refiere a las clases sociales, como una expresión del modo antiguo, en el que la ciudad explotaba al campo y a otras ciudades, las cuales, a su vez, explotaban a sus respectivas zonas rurales.48 Pero desde una perspectiva asiática, no hay una diferencia estructural, modal, entre esto y los estados tributarios clásicos. La única diferencia organizativa estriba en que en el modo antiguo la fiscalidad fue delegada a cuerpos públicos locales, las nominalmente independientes ciudades del Imperio Romano. Los orígenes específicos del modo tributario en la ciudad-estado del Imperio Romano dejaron su rastro en una identidad institucional particular, cosa que basta para caracterizar al modo antiguo como un subtipo. La sociedad ciudadana descentralizada del Imperio fue la clave, no sólo de la recaudación de impuestos, sino de todos los aspectos de la sociedad y de la ideología de las clases dirigentes, a caballo entre el acceso al patronazgo del Estado y la posesión local de tierras, que en Occidente podían ser extensiones considerables. Las ciudades fueron los centros de la recaudación y también de toda la vida aristocrática, dotada formalmente de autonomía institucional. Nada de todo esto se parecía a las ciudades chinas, o a las árabes y a las iraníes, las cuales, si bien eran núcleos sociales principales, no gozaban de autonomía ni desempeñaban funciones recaudadoras.

En este aspecto, incluso el más autocrático de los sistemas romanos, el Bajo Imperio de los siglos III al VI, estuvo más descentralizado que cualquier estado oriental. Y justamente fue esta cuestión, el control local sobre la recaudación en particular, la que resultó fatal para el Imperio Romano. Cuando sufrió una crisis militar en el siglo V, el Imperio occidental se deshizo, efectivamente, en sus componentes urbanos; y cada uno de estos componentes fue controlado por aristócratas que no tenían ya ningún interés económico en una recaudación fiscal que no les reportaba beneficios (ya que el ejército romano se estaba disolviendo) y que procedía en gran parte de sus propias posesiones. Las aristocracias del Bajo Imperio Romano de Europa occidental, civiles, pudieron ser conquistadas por los germanos desde el momento en que el gobierno central del Imperio empezó a caer, tal como lo fueron las aristocracias del Jorasán en el siglo XI por los turcos. Pero, mientras que las aristocracias romanas locales, como cuerpos organizados, es decir, como una clase (feudal), tenían en sus manos las propias estructuras de la recaudación fiscal, las aristocracias iraníes, salvo alguna excepción, no. Los romanos sabotearon el sistema. Cuando los germanos constituyeron estados organizados, la recaudación era apenas posible. El modo feudal tenía que ser el dominante desde entonces. No debe causar sorpresa que, cuando el superviviente Estado romano de oriente (bizantino) afrontó y superó su propia crisis en el siglo VII, en parte gracias a que no había grandes propietarios de tierras, una de las víctimas de la reorganización del Imperio fueran las redes de recaudación descentralizadas constituidas alrededor de las ciudades. A partir de entonces, Bizancio siguió un camino similar al de los estados árabes, con el antagonismo entre tributo y renta expresado en términos de centro frente a periferia. Y esto le permitió sobrevivir durante siglos. La delegación fiscal era un peligro para los estados a causa de su potencial de feudalización local; pero esto no resultó tan decisivamente fatal para su supervivencia como la descentralización institucional de la fiscalidad, con la consiguiente confianza otorgada a poderes que organizaban la recaudación de manera autónoma, a quienes estructuralmente se oponían al Estado, a la aristocracia feudal.

Al volver a la cuestión de la supervivencia de los estados mediante un repaso de las diferencias inherentes al Imperio Romano, he planteado el problema desde una perspectiva diferente a la habitual entre los estudiosos de Occidente: la supervivencia es la norma; la caída, una desviación. Los occidentalistas deben tener en consideración la capacidad de recuperación de los imperios asiáticos frente a las extraordinarias desventajas inherentes a sus vastas dimensiones y a las deficientes comunicaciones. No debemos usar esta capacidad para menoscabarlos (despotismo oriental, estasis o estancamiento). Una cosa diferente, desde luego, es lo que pensaran los campesinos de estos estados. Pero la base de su supervivencia fue la continua capacidad de actuar como motores de extracción de excedentes, incluso ante la presencia de aristocracias feudales estructuralmente antagónicas y más o menos dispuestas a remplazarlos en la jerarquía del poder, llegado el caso (que casi nunca llegaba). El planteamiento de este antagonismo ha sido lo que ha guiado mi análisis.

NOTAS ADICIONALES

Añado menos bibliografía que en el capítulo «La otra transición». He sido menos sistemático en las lecturas, de manera que las referencias pueden ser más incompletas. Es de justicia, sin embargo, hacer una concesión teórica al comienzo de esta retractatio. Se me ha criticado por sostener que la diferencia entre tributo y renta es una diferencia modal, que afecta más a la estructura económica básica que a la extracción del excedente. He llegado a la conclusión de que la crítica estaba justificada. Los que la han planteado argumentan que todos los sistemas económicos en los que los campesinos que practicaran una agricultura de subsistencia y entregaran excedentes a poderes extraños, fueran estos señores u oficiales del Estado, eran similares y seguían los mismos ritmos económicos. De ello se deriva que la división económica básica en las sociedades de clases se establece simplemente entre aquellas sociedades basadas en la extracción de excedentes de los campesinos (o de los artesanos domésticos), y aquellas basadas en la obtención de excedentes de los trabajadores asalariados (han existido otros sistemas de explotación, pero en términos históricos a escala mundial han tenido un alcance espacial y temporal muy limitado). El trabajo que he llevado a cabo posteriormente sobre los grupos campesinos en la Europa altomedieval, y cuyos pagos a los gobernantes no pueden ser fácilmente definidos como tributo o como renta, me ha ayudado a cambiar de opinión sobre esta cuestión (ver los capítulos «Los bosques de Europa en la Alta Edad Media: espacios silvestres y espacios roturados» y «Las sociedades rurales de Europa occidental en la Alta Edad Media: comparaciones y problemas», en este volumen). ¿Cuáles son las diferencias respecto a lo que sostengo en «La otra transición» y en «La singularidad de Oriente»? Lo dicho no significa que los imperios de Roma y China, los reinos francos y el mundo feudal del XI fueran exactamente la misma cosa, ya que existe una diferencia estructural entre los dos primeros, sistemas estatales tributarios (con aristocracias poseedoras de tierras sujetas a ellos), y los otros dos, dominados por aristocracias extractoras de rentas y por la política de tierras descrita por Marc Bloch. Ahora bien, se trataría, principalmente, de una diferencia que tendría que ver más con la estructura sociopolítica que con las reglas de la actividad económica implícitas en cada uno de los dos pares. Aquellos que no sean economistas marxistas encontrarán este cambio de posición irrelevante, teniendo en cuenta, sobre todo, que existen considerables diferencias en términos económicos entre los dos sistemas (ver, por ejemplo, los argumentos que presento en «Italia en la Alta Edad Media»). Debe quedar claro, no obstante, que mi cambio de opinión, que socava considerablemente buena parte del apartado III de «La singularidad de Oriente», no me ha llevado a omitir este capítulo de la presente publicación: creo que el análisis que presento en él sobre los conflictos estructurales entre estados y aristocracias es útil todavía. Y persiste también la importancia de la lógica económica de cada uno de los sistemas sociales. Tal lógica es la que hace posible y constriñe los otros aspectos de la sociedad. En otras palabras: este debate, ni es un arcano, ni una discusión abstracta mantenida en el seno de una escuela de pensamiento económico, sino que plantea directamente aquello que los campesinos, la gran mayoría de gente en las sociedades preindustriales, hacían diariamente. Ver H. Berktay, «The feudalism debate: the Turkish end –is “tax vs. rent” necessarily the product and sign of a modal difference?», Journal of Peasant Studies, XIV, 1987, pp. 291-333; J. F. Haldon, «The feudalism debate once more: the case of Byzantium», ibíd., XVII, 1989, pp. 5-39; ídem, The State and the Tributary Mode of Production, Londres, 1993; y, entre otras críticas relevantes, la de T. Asad, «Are there histories of peoples without Europe?», Comparative Studies in Society and History, XXIX, 1987, esp. pp. 594-607, en pp. 599-600. Cito a los primeros partidarios de esta visión en la nota 41 de este capítulo.

Nota 19. Infravaloré en su día a los posesores de tierras en el norte de China durante el período anterior al Sung. Ver F. Bray, Agricultura = J. Needham, Science and Civilisation in China, VI, 2, Cambridge, 1984, pp. 587-615, esp. pp. 591-597. Creo, no obstante, que fundamentalmente mis argumentos siguen siendo válidos.

Nota 25. Sobre los árabes en Irak, ver M. G. Moroni, Irak after the Muslim Conquest, Princeton, 1984, esp. pp. 99-124.

Nota 26. Un análisis importante de la iqtac y de la posesión de tierras en general, centrado en el Irán selyúcida y post-selyúcida, es el de A. K. S. Lambton, Continuity and Change in Medieval Persia, Nueva York, 1988, pp. 97-157.

Nota 37. Un estudio más reciente sobre la economía otomana es el de H. Berktay y S. Faroqhi (eds.), New Approaches to State and Peasant in Ottoman History, Londres, 1992 = Journal of Peasant Studies, XVIII, pp. 3-4, y las referencias citadas en este trabajo, especialmente las monografías de S. Faroqhi y B. McGowan.

Nota 40. Sobre la evolución del comercio asiático, ver J. L. Abu-Lughod, Before European Hegemony. The World System A. D. 1250-1350, Oxford, 1989; K. N. Chaudhuri, Trade and Civilisation in the Indian Ocean, Cambridge, 1985.

Traducción de Félix Retamero

* Agradezco a Paulo Farias, a Rodney Hilton, a Stephanie White y especialmente a Joanne de Groot la lectura y los comentarios del borrador de este artículo. También agradezco a Anthony Bryer, Michael Cook, Mark Elvin, John Haldon, Martin Hinds y Sam Lieu las reflexiones y las referencias bibliográficas.

1 H. Mukhia, «Was there feudalism in Indian History?», Journal of Peasant Studies, VIII, 1981, pp. 273-310; P. Anderson, Lineages of the Absolutist State, Londres, 1974 (El estado absolutista, Siglo XXI, Madrid, 2002). Sobre el Imperio y sus problemas, ver el capítulo «La otra transición» en este mismo volumen.

2 I. Habib, «Economic history of the Delhi sultanate», Indian Historical Review, IV, 1978, pp. 287-303, esp. p. 298; G. Lewin, Die ersten fünfzig Jahre der Song-Dynastie in China, Berlín, 1973, pp. 260-262, con un apéndice en inglés.

3 M. Rodinson, Islam and Capitalism, Londres, 1974, pp. 58-68 (Islam y capitalismo, Siglo XXI, Madrid, 1973). Algunos investigadores soviéticos eran proclives a aceptar estas formulaciones. Ver algunos comentarios al respecto en Soviet Studies in History, IV, 4, 1966. S. P. Dunn, en The Fall and Rise of the Asiatic Mode of Production, Londres, 1982, esp. pp. 81-84, las ha contextualizado y ratificado. Poca gente ha afrontado el problema de la articulación de modos. Pueden encontrarse buenos ejemplos (y contrastados) en H. Islamoğlu y C. Keyder, «Agenda for Ottoman history», Review, I, 1, 1977, pp. 37-55, y en R. Milton, «Towns in English feudal society», Review, III, 1, 1979, pp. 3-20.

4 Sobre las variantes lógicas económicas: ver, por ejemplo, el análisis sustantivista de M. Sahlins, Stone Age Economics, Londres, 1974 (Economía de la Edad de Piedra, Akal Universitaria, Madrid, 1977); M. Godelier, Rationality and Irrationality in Economics, Londres, 1972, pp. 303-18 (Racionalidad e irracionalidad en economía, Siglo XXI, Madrid, 1967), o el tratamiento central en W. Kula, An Economic Theory of the Feudal System, Londres, 1976 (Teoría económica del sistema feudal, Siglo XXI, Madrid, 1976, 2.ª ed.). Sobre los modos sin explotación: que yo sepa, no existen categorizaciones completamente coherentes, a pesar del abundante tratamiento de aspectos parciales (nótese que el nomadismo no implica necesariamente que no haya explotación: ver la nota 9). Algunos útiles comentarios generales sobre la definición de los modos se pueden encontrar en la introducción de E. Hobsbawm a K. Marx, Pre-Capitalist Economic Formations, Londres, 1964 (Formaciones económicas precapitalistas, Ed. Crítica, Barcelona, 1979). Recalco la cuestión de las relaciones sociales de producción, a diferencia, por ejemplo, de G. A. Cohen, Karl Marx’s Theory. A Defence, Oxford, 1978, pp. 134-174 (La Teoría de la historia de Marx: una Defensa, Siglo XXI, Madrid, 1986). Las fuerzas productivas pueden ser bastante más variadas, pero hay, por supuesto, un condicionamiento mutuo y una interrelación entre ellas: ver p. 185 y siguientes. Para un planteamiento lapidario de la postura que defiendo, ver K. Marx, Capital, Londres, 1971, III, pp. 791-792.

5 B. Hindess y P. Q. Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, Londres, 1975 (Los modos de producción precapitalistas, Península, Barcelona, 1979). Ver las útiles críticas de A. Carandini, Archeologia e cultura materiale, 2.ª ed., Bari, 1979, pp. 354-375 (Arqueología y cultura material, Mitre, Barcelona, 1984); S. Cook, Journal of Peasant Studies, IV-4, 1976-7, pp. 360-389; T. Asad y H. Wolpe, Economy and Society, V, 1976, pp. 470-506. Su teoría del conocimiento es particularmente inaceptable para los historiadores. Casi resulta reconfortante pensar cómo debe irritarles la utilización que otros y yo hacemos de sus modelos.

6 Hindess y Hirst, Pre-Capitalis Modes of Production, pp. 221-255 (vale la pena notar que ambos tratan sobre la renta de manera extensa, pero excluyen explícitamente aquello que define al modo feudal –pp. 254-255). Mukhia, «Was there feudalism in Indian history?», pp. 273-280. Mukhia ha sido criticado por sus definiciones y éste las ha defendido en Compte rendu des scéances de la société du féodalisme, III-IV, 1979-80, pp. 59-60. La renta capitalista es diferente, por supuesto, ya que está determinada por el mercado. Cada vez más campesinos de todo el mundo van entrando en este sector. Ver el relato clásico en Marx, Capital, III, pp. 614-639 y 782-813.

7Anderson, Lineages of the Absolutis State, pp. 401-431. Este punto de vista es criticado por P. Q. Hirst, «The uniqueness of the West», Economy and Society, IV, 1975, pp. 446-475, esp. p. 462. Para la cuestión del feudalismo como feudos, etc., ver especialmente «Islamic feudalism», citado más adelante, notas 26, 39.

8Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 421, 428-429 (y 348-360); Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 13-15. Ver, sin embargo, la reseña de Asad y Wolpe en Economy and Society, v, 1976, pp. 501-505.

9 Ver algunos tratamientos recientes de la cuestión en la revista Iranian Studies. Empíricamente, A. K. S. Lambton, Landlord and Peasant in Persia, 2.ª ed., Oxford, 1969, pp. 140-144, 157-164, 283-294, es el punto de partida, junto con una considerable literatura antropológica. T. Asad, «Equality in nomadic social systmes? Notes towards the dissolution of an anthropological category», en Pastoral Production and Society, Cambridge, 1979, pp. 419-428, ataca el concepto del modo nómada como categoría independiente de manera bastante efectiva. Sobre los nómadas como conquistadores, ver el resumen y las referencias de P. Crone, Slaves on Horses, Cambridge, 1980, pp. 18-26, 215-223, y las advertencias contra el exceso de entusiasmo en la utilización de Ibn Khaldun en T. Asad, «Ideology, class, and the origin of the Islamic state», Economy and Society, IX, 1980, pp. 450-473, esp. pp. 456 y ss.

10 Su lógica económica es tratada de manera más explícita en Kula, An Economic Theory of the Feudal System, si bien algunas partes de su estudio están específicamente dedicadas al feudalismo polaco. Se puede encontrar una caracterización práctica en G. Bois, Crise du féodalisme, París, 1976, pp. 351-356.

11 El mejor análisis de la vasta bibliografía sobre este modo se puede encontrar en G. Sofri, Il modo de produziones asiatico, 2.ª ed., Turín, 1973, y en A. M. Bailey y J. Llobera (eds.), The Asiatic Mode of Production, Londres, 1981; Dunn, The Fall and Rise of the Asiatic Mode of Production, analiza y explica los planteamientos soviéticos. Ataques: Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 484-495, 548-549; Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 178-206, y muchas críticas empíricas. Sobre la «autarquía aldeana», R. Owen, «The Middle East in the 18th century», Review of Middle Eastern Studies, I, 1975, pp. 101-112, esp. pp. 109-110, es una referencia útil (cf. también Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 489-490).

12 S. Amin, Unequal Development, Hassocks, 1976, pp. 13-58 (Sobre el desarrollo desigual de las formaciones sociales, Anagrama, Barcelona, 1974); cf. también S. Amin, «Modes of production and social formations», Ufahamu, IV-3, 1974, pp. 57-85. Curiosamente, el único tratamiento general del tributo que conozco (G. Ardant, Théorie sociologique de l’impot, 2 vols., París, 1965) resulta poco útil por la extensión que tiene (1.200 páginas).

13 Ver «La otra transición», en este volumen. Excluyo el modo de producción esclavista, prácticamente desaparecido durante el Bajo Imperio. Tengo dudas de que este modo hubiera existido durante la Antigüedad fuera del Mediterráneo.

14 No iré más atrás de la unificación. El período mongol Yuán (1263-1368) es un caso aparte. Un tratamiento bueno y breve, en términos tradicionales, de los ciclos, puede encontrarse en Wu Ta-k’un, «An interpretation of Chinese economic history», Past and Present, I, 1952, pp. 1-12.

15 Para este estado de la cuestión me he centrado en la historiografía sobre la dinastía Tang, sólidamente basada en tres generaciones de grandes historiadores japoneses a cuyos trabajos no he podido acceder. Una guía básica para la historia de los Sui y los Tang, en The Cambridge History of China, vol. 3 [CHC], D. C. Twitchett (ed.), Cambridge, 1979 (el volumen 4 tiene que ver con otros aspectos del período). Sobre la aristocracia, ver la introducción de Twitchett a la CHC (pp. 8-31); D. C. Twitchett, Land Tenure and the Social Order in T’ang and Sung China, Londres, 1962; ídem, «Chinese social history from the 7th to the 10th centuries», Past and Present, XXXV, 1966, pp. 28-53; ídem, «The composition of the T’ang ruling class», en A. F. Wright y D. C. Twitchett (eds.), Perspectives on the T’ang, New Haven, 1973, pp. 47-85; P. B. Ebrey, The Aristocratic Families of Early Imperial China, Cambridge, 1978; y el repaso general sobre economía más antiguo en H. Maspéro, «Les régimes fonciers en Chine», Recueils de la société Jean Bodin, II (2.ª ed.), 1959, pp. 275-323.

16 Sobre el cambio de la dinastía Sung y el declive de la vieja aristocracia, ver Ebrey, Aristocratic Families, pp. 87-119 (para el Po-ling Ts’ui); D. Johnson, «The last years of a great clan», Harvard Journal of Asiatic Studies, XXXVII, 1977, pp. 50-102 (para el Chaochun Li); ambos autores insisten en los cambio ideológicos más de lo que yo haría. Para el período posterior al Sung: W. Eberhard, History of China, 4ª ed., Londres, 1977, pp. 205-216, para una introducción; y especialmente, H. J. Beattie, Land and Lineage in China, Cambriege, 1979, sobre T’ung-Ch’eng, contra Chang Chung-li, The Income of the Chinese Gentry, Seattle, 1962.

17 El libro básico sobre la fiscalidad Tang es el de D. C. Twitchett, Financial Administration under The T’ang Dynasty, 2.ª ed., Cambridge, 1970. Sobre el esqueleto del estado Tang temprano, ibíd., pp. 11, 104-106, 229-230; CHC, pp. 12 y ss.; 203-210 –aunque los Sui estuvieron lo suficientemente organizados como para acabar el Gran Canal a base de corveas en las décadas precedentes (pp. 134-138). Nótese, además, que los Han y los que precedieron a la unificación consideraron el diez por ciento como un mínimo de la exigencia fiscal, y un veinte por ciento como el porcentaje habitual. La tasa oficial de explotación y el poder del Estado no fueron necesariamente de la mano. Ver, con precauciones, Hsu Choyun, Ancient China in Transition, Stanford, 1965, pp. 108-113. Sobre la fiscalidad oficial baja en época Ming, ver Beattie, Land and Lineage in China, pp. 56-87 (cf. pp. 135-137), y R. Huang, Taxation and Government Finance in 16th Century Ming China, Cambridge, 1974, especialmente pp. 182-188. Los funcionarios cobraban frecuentemente porcentajes más elevados, sin embargo. Los impuestos podrían haber sido incluso más bajos: ver D. H. Perkins, Agricultural Development in China 1368-1968, Edimburgo, 1969, pp. 175-178. Sobre la negociación del gobierno ver, por ejemplo, Beattie, Land and Lineage in China, pp. 67-80; para los Tang, D. C. Twitchett, «Varied patterns of provincial autonomy in the T’ang Dynasty», en J. C. Perry y B. L. Smith (eds.), Essays on T’ang Society, Leiden, 1976, pp. 90-109; sobre la escasez de personal de la burocracia Sung y la dependencia de las elites locales para mantener el orden, ver B. E. McKnight, Village and Bureaucracy in Southern Sung China, Chicago, 1971, especialmente pp. 3-10, 183-185.

18 Donde mejor se plantea esta problemática es en M. Elvin, The Pattern of the Chinese Past, Londres, 1973, pp. 17-110. Cf. también Perkins, Agricultural Development in China, pp. 169-182.

19 Sobre las cifras correspondientes al último siglo, Perkins, Agricultural Development in China, pp. 5-110, y Chang Chung-li, The Income of the Chinese Gentry, pp. 144-145. Debo advertir que la contraposición que hago entre norte y sur es una generalización excesiva; hubo muchas excepciones. Sobre los estados del Yang-Tsê, Lewin, Song-Dynastie, pp. 66-150; Elvin, The Pattern of the Chinese Past, pp. 69-83; Beattie, Land and Lineage in China, passim. Sobre la continua capacidad fiscal del estado, ver CHC, pp. 514-522 (C. A. Peterson sobre el gobierno provincial circa 750-880); Wang Gungwu, The Structure of Power in North China During the Five Dynasties, Kuala Lumpur, 1963; y el francamente horrible trabajo de E. H. Schafer sobre Fukien en el siglo X, The Empire of Min, Tokio, 1954. Las dos últimas obras muestran la fiscalidad estatal y provincial, más que analizar cómo esta fiscalidad perduró.

20 Sobre los Toba (Wei del Norte) y otras dinastías norteñas, Ebrey, Aristocratic Families, pp. 17-20, 24-29; Elvin, The Pattern of the Chinese Past, pp. 34-61. Sobre las Cinco Dinastías, Wang Gungwu, Structure of Power, passim; Twitchett, «The composition of the T’ang ruling class», p. 79; Eberhard, History of China, pp. 195-204, elaborado a partir de su idiosincrásico Conquerors and Rulers, Leiden, 1952.

21 CHC (es decir, R. M. Somers) es de poca utilidad en el caso de las revueltas de los años 870-880 (por ejemplo, p. 237): no se trataba de campesinos rebeldes, sino de bandidos (cf. Eberhard, Conquerors and Rulers, pp. 54-64). Es inconcebible esperar que hubiera existido una conciencia social propia del siglo XX en el siglo IX (cf. E. J. Hobsbawm, Bandits, 2.ª ed., Londres, 1972. Bandidos, Ariel, Barcelona, 1976). Es posible que estos campesinos hubieran aterrorizado a todo el mundo, pero en cualquier caso está claro que mataron a muchos señores. Esta es una de las cuestiones en las que la ausencia de historiadores chinos en la CHC resulta particularmente obvia.

22 Vietnam sigue esta pauta también, de acuerdo con Le Tranh Khoi, «Contribution à l’étude du mode de production asiatique: le Viêt Nam ancien», Studi Storici, XIII, 1972, pp. 231-248.

23 Las fechas son aproximadas. Seguiré en adelante la trascripción y la terminología árabes, para mayor consistencia, en lugar de las respectivas variantes persa, turca o mogol, siempre que no resulte ridículo (se han eliminado, sin embargo, la mayor parte de los diacríticos en la transliteración).

24 Sobre Nizam al-Mulk, J. Aubin, «L’aristocratie urbaine dans l’Iran seldjukide: l’exemple de Sabzavar», Mélanges R. Crozet, 2 vols., Poitiers, 1966, pp. 323-332. Sobre las elites militares, ver, por ejemplo, Crone, Slaves on Horses, especialmente pp. 82-89; M. A. Shaban, Islamic History: a New Interpretation, 2, Cambridge, 1976 (Historia del Islam, 2 vols., Guadarrama, Madrid, 1976-1980).

25 Sobre la tributación, ver F. Lokkegard, Islamic Taxation in the Classic Period, Copenhague, 1950, pp. 168-172, para la continuidad de los dihqan. Sobre los dihqan, etc., bajo los sasánidas: A. Christensen, L’Iran sous les Sassanides, 2.ª ed., Copenhague, 1944, pp. 111-113; N. Pigulevskaja, Les villes de l’état iranien, París, 1963, pp. 133-158; A. K. S. Lambton, en Encyclopaedia of Islam, (EI2), Leiden, 1960, s.v. Sobre la complejidad de la conquista árabe: D. C. Dennet, Conversion and the Poll Tax in Early Islam, Cambridge, Mass, 1950; M. A. Shaban, The ‘Abbasid Revolution, Cambridge, 1970, pp. 5, 19-21, 96-97, 129-130; cf. Asad, «Ideology, class, and the origin of the Islamic state», pp. 464-467. Sobre la qati’a: C. Cahen, «L’évolution de l’iqtac du IXe au XIIIe siècle”, Annales E.S.C., VIII, 1953, pp. 25-52, pp. 26-28. Sobre las pautas de posesión de la tierra después de la conquista: C. Cahen, «Fiscalité, proprieté, antagonismes sociaux en haute-Mesopotamie», Arabica, I, 1954, pp. 136-152; A. S. K. Lambton, «An account of the Târîkhi Qumm», Bulletin of the School of Oriental and African Studies, XII, 1947-8, pp. 586-596, una referencia que debo a Martin Hinds. H. Kennedy, «Central government and provincial élites in the early ‘Abbasid caliphate», Bulletin of the School of Oriental and African Studies, XLIV, 1981, pp. 26-38, que tuve ocasión de leer en la fase final de preparación de este artículo, y en el que se tratan, de la manera más completa que he visto, las complejidades del poder estatal anterior al siglo X.

26 Cahen, «L’évolution de l’iqtac», es aún la piedra de toque después de cincuenta años. Ver también ídem, EI2, s.v.; Lambton, Landlord and Peasant in Persia, pp. 31-76, y passim; ídem, «The evolution of the iqtac in medieval Iran», Iran, v, 1967, pp. 41-50; A. N. Poliak, «La féodalité islamique», Revue des études islamiques, X, 1936, pp. 247-265, entre muchos estudios generales. Emplearé iqtac en singular y en plural, y haré lo mismo con otras palabras árabes.

27 Egipto es la excepción. Aquí, el Estado ayúbida y mameluco de finales del XII en adelante mantuvo el carácter fiscal de la iqtac (Cahen, «L’évolution de l’iqtac», pp. 45-48; H. Rabie, The Financial System of Egypt 1167-1341, Londres, 1972). Egipto, totalmente llano, es relativamente fácil de controlar políticamente. Las posesiones del Estado fueron abundantes.

28 Cahen, «L’évolution de l’iqtac», pp. 50-51. También había impuestos sobre el comercio que el Estado pudo retener mejor. Las elites de muqtac fueron de hecho constantemente reemplazadas a medida que los estados recobraban el poder o eran derribados por otros (cf. n. 32). Esto no sucedió porque las iqtac fueran legalmente precarias, que lo eran –como los feudos europeos, después de todo–, sino porque los estados podían obtener (i. e. pagar) una fuerza armada suficiente para hacerlo. Esto es una manifestación del poder del Estado, no su causa. Hay que recordar, de todas maneras, que el movimiento de los individuos de las familias aristocráticas en Europa occidental fue casi tan habitual como el de estas elites, sin que ello supusiera una amenaza para el dominio feudal global.

29 Aubin, «L’aristocratie urbaine», en C. E. Bosworth, The Ghaznavids, 2.ª ed., Beirut, 1973, pp. 163-200 (los gaznavíes no emplearon la iqtac ); R. W. Bulliet, The Patricians of Nishapur, Cambridge, Mass, 1972 –cf. la reseña de R. P. Mottahadeh, Journal of the American Oriental Society, XCV, 1975, pp. 491-495; Mottahadeh sobre Qazvin y Bulliet sobre Nishapur en D. S. Richards (ed.), Islamic Civilisation 900-1150, Oxford, 1973, pp. 33-45, 71-91; el estado de la cuestión más pulcro en R. W. Bulliet, «Local politics in eastern Iran under the Ghaznavids and Seljuks», Iranian Studies, XI, 1978, pp. 35-56. Cf. también Kennedy, «Central government and provincial elites», para el período anterior. Nótese que en el Estado mameluco tardío, en el que la posesión de tierras estaba en manos de los muqtac, hombres de estado (y sometidos a un control central considerable), las ciudades fueron mucho menos independientes y estuvieron fuertemente sujetas a un patronazgo local del Estado (el emir). Ver I. M. Lapidus, Muslim Cities in the Later Middle Ages, Cambridge, Mass, 1967.

30 R. P. Mottahadeh, Loyalty and Leadership in an Early Islamic Society, Princeton, 1980, es el único análisis sistemático del Estado buyida vis-à-vis la sociedad civil, casi por completo desde el punto de vista de la ideología. Mottahadeh afirma que la gente necesitaba al Estado (pp. 175-190), contrariamente, por ejemplo, a las implicaciones de algunos trabajos de Bulliet. También destaca la informalidad de muchas de las estructuras del poder local (pp. 123-174). Tengo la sospecha de que Mottahadeh puede haber estado demasiado influido por el trabajo de Lapidus, que trata de una estructura socio-política bastante diferente (ver n. 30). Sobre los paralelos posteriores del Estado como intermediario, ver E. Abrahamian, «Oriental despotism: the case of Qajar Iran», International Journal of Middle East Studies, V, 1974, pp. 3-31.

31 Las conquistas continuas provenientes de la estepa y los desiertos, aunque inconstantes, ayudaron periódicamente a restablecer el Estado en Oriente Medio, especialmente en Irán, y a socavar la independencia de los señores. Los desiertos estaban cerrados después de todo (al contrario de lo que sucedía en Europa occidental). Una posición extrema es la de Ibn Jaldún, que vivió en el norte de África durante el siglo XIV, y quien afirmó de plano que la posesión de tierras no tenía ningún valor sin la protección del Estado (The Muqaddimah, trad. F. Rosenthal, 3 vols., Londres, 1958, II, p. 283-286= Lib. IV, pp. 15-16; Introducción a la historia universal. Al-Muqaddimah, FCE, México, 1977). Pero hay que tener en cuenta que el norte de África estuvo particularmente expuesto a las presiones de los nómadas –toda la teoría de la historia de Ibn Jaldún está basada en este hecho.

32 R. M. Adams, Land Behind Baghdad, Chicago, 1965, pp. 101-102; I. P. Petrushevsky, «The socio-economic condition of Iran under the Îl-Khâns», en J. A. Boyle (ed.), Cambridge History of Iran Cambridge, 1968, pp. 483-537, esp. pp. 525-526. Este último es el análisis básico sobre el campesinado; un artículo maravilloso, un extracto de su libro, escrito en ruso, Zemledeliye i agrarnyye otnošeniya v Irane XIII-XIV vv., Moscú, 1960; cf. también F. Nomani, «Notes on the origins and development of the extra-economic obligations of peasants in Iran, 300-1600», Iranian Studies, IX, 1976, pp. 121-141; ídem, «Notes on the economic obligations of peasants in Iran, 300-1600», Iranian Studies, X, 1977, pp. 62-83. Los campesinos estaban ligados, pero eran libres; no había otros controles feudales sobre ellos –no había servicios de trabajo en las tierras del señor; todo el trabajo forzado era para el Estado. No hay estadísticas generales en el caso de Irán hasta el siglo XX. Lambton, Landlord and Peasant in Persia, p. 266.

33 Ver O. Turan, «Le droit terrien sous les seldjoukides de Turquie», Revue des études islamiques, XVI, 1948, pp. 25-49; C. Cahen, «Le régime de la terre et l’occupation turque en Anatolie», Cahiers d’histoire mondiale, II, 1954, pp. 566-580; ídem, Pre-Ottoman Turkey, Londres, 1968, pp. 173-189; I. Beldiceanu-Steinherr, «Fiscalité et formes de possession de la terre arable dans l’Anatolie préottomane», Journal of the Economic and Social History of the Orient, XIX, 1976, pp. 233-322.

34 Contra Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 424-426; 497-499; 522, para quien las estrictas formas legales romanas de la propiedad, en contraste con la vaguedad de las feudales, islámicas o chinas, son una causa del desarrollo capitalista. Los otomanos habrían incurrido como nadie en esta vaguedad (cf. ibíd., pp. 387-388) –y, en efecto, los representantes europeos del XIX se afanaron en introducir la propiedad privada en el imperio turco. Pero tanto la expropiación de los rivales como su contrario, la seguridad de la propiedad, dependen menos de los derechos legales que del poder –que se lo pregunten si no a un propietario rural ruso de después de 1917. Existen límites en el ejercicio del poder por parte de los gobernantes, pero éstos apenas son fijados por el sistema legal. Cf. también n.º 40.

35 H. Inalcik, The Ottoman Empire, Londres, 1973, p. 110. El resto eran waqf, bienes piadosos destinados a propósitos religiosos e incorporados por la ley islámica, si bien en la práctica generaban a su alrededor la concentración de linajes de las familias aristocráticas que los controlaban (como las obras piadosas de los linajes chinos o los monasterios propietarios de Occidente). Esto, al menos, era feudal; pero los waqf fueron minoritarios en el conjunto de las posesiones de tierras en época otomana, incluso después de la expansión del siglo XVIII. Fueron relativamente numerosos en los Balcanes, y se convirtieron, en cierta medida, en la base de la supervivencia de posesores étnicos (D. A. Zakythinos, The Making of Modern Greece, Oxford, 1976, pp. 38-42, p. 110-114; V. Demetriades, «Problems of landowning and population in the area of Gazi Evrenos Bey’s Waqf», Balkan Studies, XXII, 1981, pp. 43-57. Debo estas referencias a A. A. M. Bryer. No obstante, ver la nota de advertencia de Anderson en Lineages of the Absolutis State, p. 386).

36 Se ha mantenido la forma plural de sipahi, timar, etc., adoptada por el autor (N. del T.).

37 El análisis más cercano al mío es el de Islamoğlu y Keyder, «Agenda for Ottoman history», quienes además insisten en la ideología y el comercio, temas que yo ignoro. Consideran «asiáticos» a los otomanos, de la misma manera que el más peculiar S. Divitçioğlu, «Modèle économique de la société ottomane», La Pensée, CXLIV, 1969, pp. 41-60. Sobre la evolución social: Inalcik, The Ottoman Empire, pp. 104-118; H. A. R. Gibb y H. Bowen, Islamic Society and the West, Oxford, 1950, I.1, pp. 235-375; N. Beldiceanu, «Le timar dans l’état ottoman», en Structures féodales et féodalismedans l’occident méditerranéen, Roma, 1980, pp. 743-753; H: Inalcik, «Centralisation and decentralisation in Ottoman administration», en T. Naff y R. Owen (eds.), Studies in 18th Century Islamic History, Carbondale, 1977, pp. 27-52. Artículos sobre los acyan: Derebey, Kara, cOthman-oghli, en EI2, s. v. v.; R. Owen, The Middle East in the World Economy 1800-1914, Londres, 1981, pp. 10-44, 58-64; K. H. Karpat, «The land regime, social structure and modernisation in the Ottoman empire», en W. R. Polk y R. L. Chambers (eds.), The Beginnings of Modernisation in the Middle East, Chicago, 1968, pp. 69-90.

38 A. Hourani, «Ottoman reform and the politics of notables», en Polk y Chambers, The Beginnings of Modernisation, pp. 41-68. Inalcik también destaca que, en los siglos precedentes, los acyan eran eventuales –cuando ocupaban cargos oficiales, dejaban de ser acyan. Inalcik, «Centralisation and decentralisation in Ottoman administration», p. 32. Cf. También Owen, The Middle East in the World Economy, passim, para el caso de los contrastes en Egipto.

39 Tengo que admitir que este análisis es cuestionado. Utilizo a Lambton, Landlord and Peasant in Persia, pp. 105-177; ídem, «Tribal resurgence and the decline of the bureaucracy in the eighteenth century», en Naff y Owen, Studies in 18th Century Islamic History, pp. 108-129; Abrahamian, «Oriental despotism: the case of Qajar Iran»; el estudio local de M.-J. DelVecchio Good, «Social hierarchy in provincial Iran: the case of Qajar Maragheh», Iranian Studies, X, 1977, pp. 129-163; y, para problemas similares a los de los safávidas del XVI, J. Aubin, «Études safavides I. Šah Ismacil et les notables de l’Irak persan», Journal of the Economic and Social History of the Orient, II, 1959, pp. 37-81. En contra, existen los análisis antifeudales, con enfoques variados, de A. Ashraf, «Historical obstacles to the development of a bourgeoisie in Iran», en M. A. Cook (ed.), Studies in the Economic History of the Middle East, Londres, 1970, pp. 308-332, y M. A. H. Katouzian, The Political Economy of Modern Iran, Londres, 1981, pp. 7-26, alguien de la escuela de los que proponen de manera extrema que «toda la propiedad es precaria» (¿y por qué tanta gente de la que estudia cualquier parte de Asia insiste machaconamente en el hecho de que la partición de las herencias inhibió el surgimiento de aristocracias?) –ver «La otra transición», p. 15, en este volumen. Tal hecho no detuvo a nadie en la Europa occidental durante la Alta Edad Media. Debo muchas revelaciones sobre Irán, así como ciertas referencias de las notas 37-39, a las conversaciones que he tenido con Joanna de Groot.

40 Cf. Elvin, The Pattern of the Chinese Past, y Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 520-546, para el caso de China, y las cuestiones planteadas por Hirst, «The uniqueness of the West», pp. 452-453. El feudalismo no produjo el capitalismo; produjo el capitalismo primero. Pero el dominio del modo feudal se prolongó durante al menos un milenio; que el tributario lo haya sido durante dos milenios o más no parece probar que fuera estático en un sentido absoluto (esperemos que estas escalas de tiempo no sean el reflejo de una desconocida ley de la economía aplicable al dominio de todos los modos).

41 Dunn, The Fall and Rise of the Asiatic Mode of Production, especialmente pp. 20-22, para la advertencia contra esta tendencia hecha por Kovalev ya en 1931; Petrushevsky, «The socio-economic condiiton of Iran», pp. 514-515, 536-537; Amin, Unequal Development, pp. 15-16; E. Patlagean, «“Économie paysanne” et “féodalité byzantine”», Annales E. S. C., XXX, 1975, pp. 1371-1396. Cf. Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 223-225, quienes consideran esta equivalencia, pero muestran que es diferente a su modo feudal. E. R. Wolf (Europe and the Peoples without History, Berkeley, 1982, pp. 79-88) considera las diferencias entre sistemas estatales centralizados y descentralizados, pero las subsume con demasiada facilidad en un único modo tributario que cubriría Europa, Asia y buena parte del resto del mundo. Sin embargo, su análisis es altamente sofisticado y sólido en lo que respecta al comercio, tema que yo he dejado de lado en este artículo.

42 Como lo fueron los estados absolutistas en Occidente a principios de la época moderna. Ver la nítida síntesis de Anderson, Lineages of the Absolutist State, pp. 15-59. Por supuesto, estos estados establecieron tributos, tal como hicieron muchos estados feudales desde la Inglaterra sajona tardía y las ciudades de Italia en adelante. Esta fiscalidad es considerada generalmente como una versión concentrada de la renta feudal, y nadie duda del dominio general del modo feudal en estas sociedades. Por eso me parece inevitable que algunas de mis reflexiones sean relevantes en este aspecto.

43 Ver Cohen, Karl Marx’s Theory of History, pp. 28-62, para la definición más clara de las fuerzas productivas.

44 Sobre los análisis contemporáneos de este hecho, Adams, Land Behind Baghdad, pp. 71-89, especialmente pp. 87-89.

45 Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 193-200; cf. ídem, Modes of Production and Social Formations, Londres, 1977, y la reseña de Asad y Wolpe en Economy and Society, V, 1976, pp. 482-484. Un buen tratamiento de la absorción y la explotación de relaciones anteriores a las clases en el caso de los incas en M. Godelier, Perspectives in Marxist Anthropology, Cambridge, 1977, pp. 63-69 –dejando a parte la discutible categorización empírica que Godelier hace de los incas.

46 R. H. Hilton, Bond Men Made Free, Londres, 1973, passim; R. Brenner, «Agrarian class structure and economic development in pre-industrial Europe», Past and Present, LXX, 1976, pp. 30-75; cf. Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 233-255.

47 Ver Kula, An Economic Theory of the Feudal System. Los señores feudales fueron más receptivos a las fuerzas del mercado que los estados tributarios. También fueron menos capaces de controlar y englobar ideológicamente a mercaderes y artesanos.

48 Hindess y Hirst, Pre-Capitalist Modes of Production, pp. 106-108; ver el capítulo «La otra transición», en este volumen, para todo lo que sigue a continuación.

PASTORES Y SUBDESARROLLO EN LA ALTA EDAD MEDIA

Los pastores europeos han sido siempre un mundo aparte. Nosotros, o mejor, nuestros campesinos se dedican a cultivar tierras. Los pastores son marginales, incivilizados: la gente de la montaña, o peor aún, los nómadas, los que no están asentados en ningún sitio ni comparten las normas culturales de las tierras bajas de Europa. Así, en la descripción que hizo de los hunos en la década del 390, Amiano Marcelino explicaba que eran más salvajes de lo que uno podía imaginarse, que eran repugnantes como bestias, que comían carne cruda, que no tenían casas y que vivían a lomos de caballo y en carretas; que no se cambiaban nunca de ropa, que no tenían gobierno, ni moral, ni leyes. Éste es el arquetipo de los pastores nómadas. Los hunos, por supuesto, eran bastante diferentes a los otros europeos, pero lo que decía Amiano era una exageración y algo esencialmente increíble. Lo que hizo Amiano fue sencillamente enumerar con claridad los tipos de vida opuestos a la vida civilizada. Un mayor conocimiento de los hunos podría haber añadido precisión, pero no simpatía. En el 364, por ejemplo, los pastores trashumantes eran prima facie bandidos para Valentiniano I: «Para evitar toda tentativa de los bandidos por falta de recursos, denegamos a los pastores el derecho de poseer rebaños de caballos... Aquellos que intenten violar las estatuas de Nuestra Clemencia serán sometidos al castigo aplicado a los ladrones de ganado».1 En la cultura popular (y no tan popular) de España, de Italia o de los Balcanes, aún hoy persisten actitudes similares frente a los pastores especializados en las rutas de trashumancia –los maragatos y pasiegos de León y Castilla, los sardos, los Vlachs, son todavía grupos marginales y despreciados, y a veces excluidos de la sociedad sedentaria mediante distinciones de casta.2

No hay duda de que los pastores especializados, locales, trashumantes o nómadas, han sido siempre excluidos durante los tiempos históricos, o se han excluido ellos mismos, de los valores de la civilización sedentaria en Europa. Estos valores han sido por lo general algo diferentes de los de los agricultores asentados en África o en Asia, donde los pastores han sido a veces lo suficientemente poderosos como para hacer que sus valores fueran los dominantes en algunos sistemas culturales. Se han elaborado teorías históricas sobre todo ello. Ibn Jaldún, quien probablemente formuló la teoría política más importante de la época medieval, consideró que todos los cambios históricos eran resultado de la interacción cíclica entre nómadas y sedentarios, y de la imposibilidad de su integración.3 Lo que pretendo mostrar al respecto en este artículo es que, a pesar de la diferencia cultural que existe entre los agricultores y los pastores, planteada en Europa como una diferencia entre civilizados y bárbaros, en términos económicos los pastores están tan –y habitualmente incluso más– desarrollados como los agricultores. La actividad pastoril requiere normalmente la existencia de un complejo sistema que la haga posible.

Volveré a la definición de actividad pastoril enseguida.4 Antes, hace falta aclarar una cosa. La práctica exclusiva del pastoreo no ha sido usual en Europa. Han sido más habituales los sistemas económicos que implicaban la combinación de la ganadería con el cultivo de cereales (en inglés, mixed farming5); o bien aquellos que únicamente incluían el cultivo de cereales y en los que tan sólo se utilizaban bueyes para trabajar. Estos últimos sistemas han sido comunes en el sur de Europa, si bien no tan universalmente presentes en la historia de esta parte del continente como creyeron los observadores del XIX al constatar la dependencia campesina de los cereales en ese siglo.

A veces se ha dado una importancia excesiva al peso diferente que pueden tener dentro de esta combinación habitual la reproducción de animales y el cultivo de plantas. Por ejemplo, los romanos tendían a considerar que una marcada dependencia de los productos animales no era aceptable culturalmente, a pesar de que a menudo ellos mismos acapararan surtidos considerables de estos productos. César dijo que la única vez que dio de comer carne a sus tropas fue, como último recurso, cuando empezaron a pasar hambre en la Galia central en el 52 a. C. Por el contrario, los germanos, decía el mismo César, la comían a todas horas y consideraban la carne y la leche como sus alimentos principales. Sin embargo, esto no era cierto. El énfasis de César sobre la actividad pastoril de los germanos no puede ser tomado al pie de la letra. Tácito es más fiable. Él supo, y dijo, que los germanos eran en realidad agricultores. Pero incluso Tácito insistió tanto en sus actividades ganaderas que han acabado convirtiéndose en la imagen más extendida de los germanos, y la que ha llegado hasta las concepciones modernas. Tácito dijo que los germanos se mostraban más perezosos y flojos a la hora de labrar que a la hora de combatir, que tenían muchos rebaños y que éstos eran muy importantes para determinar la riqueza y el estatus.6

Consiguientemente, las invasiones germánicas del sur de Europa han sido consideradas invasiones de pastores. Los germanos llevaban a sus rebaños con ellos. Sus leyes están repletas de disposiciones muy precisas sobre la guarda del ganado. En la Lex Salica se preveían multas por el robo de cualquiera de las diez categorías de cerdos o de otros rebaños de diferentes tipos y tamaños.7 Pero tal contraposición no debe ser entendida en términos económicos, sino de valores. Los germanos conducían rebaños y éstos podían, por supuesto, ser desplazados. Pero también cultivaban. No hay apenas indicios que permitan afirmar que los germanos establecieran diferencias entre las variadas maneras de explotar el suelo en ninguna de las áreas donde se asentaron ni de que pudieran haber roto el equilibrio entre la ganadería y la agricultura. Hay que recordar que César y Tácito describieron a los germanos en términos opuestos a los valores romanos, tanto negativa como positivamente, como después lo haría también Amiano. Todos ellos tenían razones para acentuar las actividades ganaderas, más allá de la simple exigencia etnográfica. Pero también los germanos, poniendo el énfasis sobre estas actividades en sus códigos legales, estaban más por las cuestiones morales que por las etnográficas. En relación con esto, me gustaría tratar, como segunda cuestión, este contraste entre los valores y la práctica. Durante la Alta Edad Media, la cría de ganado fue altamente valorada en el sentido ideológico en muchas sociedades europeas, desde la irlandesa, hasta la asturiana o la húngara. Pero en todas ellas la agricultura pesó tanto, e incluso más, en las prácticas económicas (o en las prácticas de los campesinos), como la ganadería.

Para situar el tema, definiré como ganadería aquel sistema económico centrado principalmente en la cría de ganado, y como pastores a aquellos grupos sociales especializados en esta cría. A tenor de esta definición, no incluiré las actividades pastoriles, a veces bastante específicas, de algunos agricultores marginales, y excluiré también a los que individualmente son pastores, especialistas en guardar el ganado de diferentes comunidades de agricultores. Obviamente, la ganadería es una actividad que abarca desde la cría de animales practicada en combinación con el cultivo y la economía ovina de Castilla y de Puglia en la Baja Edad Media, hasta el nomadismo de los mongoles y la exclusiva actividad pastoril de los masai (volveré a hablar de ellos). Caracterizo la ganadería como un sistema de especialización simplemente para definir, tan claramente como sea posible, unas economías centradas en la gestión del ganado, frente a otras basadas en el cultivo de plantas. Me gustaría que el lector considerara este planteamiento más como un tipo ideal, en el sentido weberiano, que como una caracterización exacta de alguna sociedad específica –y aunque sólo sea por esto, querría mostrar en esta exposición cuán poco aplicable resulta tal caracterización en el caso de la Europa altomedieval.8

Se ha pensado habitualmente que el pastoreo fue el paso siguiente en la evolución desde la caza y la recolección, y que la agricultura supuso un avance ulterior. Sin embargo, los prehistoriadores están cada vez más convencidos de que la agricultura precedió a la ganadería, y que los que primero domesticaron animales fueron agricultores. Habitualmente, el pastoreo como sistema era, de hecho, el resultado de una evolución de la combinación de la agricultura con la cría de ganado, que permitía la explotación de las tierras más marginales: en primer lugar, y más típicamente, los desiertos y los semidesiertos del norte de África y de Asia.9

Hay un aspecto de los pastores que debe ser considerado casi como una verdad universal, y que posiblemente sea, en parte, un resultado distante de estos orígenes a los que me he referido: todos ellos comen cantidades considerables de productos vegetales. Estrictamente, no se trata de una necesidad nutricional. Justamente, se puede vivir sólo de animales. Los pastores masai de Kenia y de Tanzania fueron un ejemplo de esta situación extrema en el Viejo Mundo hasta los años 60 del siglo XX. Un 85% de su dieta estaba compuesta por leche y sus derivados, sangre y carne (en este orden de importancia), y menos de un 15% por productos agrícolas. Gozaban de bastante buena salud (la leche muy fresca proporciona vitamina C, la ausencia nutricional más destacada de esta dieta). Algunos cazadores del Ártico vivían aún con menos cantidad de vegetales. Los esquimales se limitaban a comer bayas para suplir las deficiencias de una dieta de focas, renos y pescado. Y es que los esquimales no tenían otra alternativa: los cereales no crecen en Groenlandia. Pero su caso no era del todo excepcional. En Islandia y en Groenlandia, los escandinavos se enfrentaron al mismo problema y, como resultado de ello, se convirtieron en el ejemplo más claro de una economía estrictamente pastoril en la Europa altomedieval.10

Los masai son un ejemplo en sentido contrario, ya que representan un caso atípico dentro del conjunto de sociedades normalmente catalogadas como pastoriles, desde Marruecos hasta Mongolia. Los nómadas del Sahara, como los tuareg y los fulani, los turcomanos, los bactrianos y los beluches de Irán, los kazajos y mongoles, e incluso, en una época anterior, los hunos, todos ellos dependían de los cereales, que, en su mayor parte, no producían (aunque hay que tener en cuenta que incluso los nómadas pueden cultivarlos volviendo al lugar sembrado en la época de la cosecha, tal como hacen rutinariamente algunos nómadas de Marruecos y de Irán). Por eso, los compraban. Han existido relaciones económicas sistemáticas entre pastores y los agricultores más próximos en todas estas sociedades. En otras palabras, para subsistir, los pastores están ligados a una economía de mercado.11

Para mostrar cómo funciona lo que acabo de explicar, me referiré brevemente al ejemplo de los basseri del sur de Irán, descritos en un estudio pionero de principios de los 60 del siglo XX por el antropólogo noruego Fredrik Barth. Los basseri son una tribu de pastores trashumantes de ovejas y cabras que se desplazan desde el sur del Zagros, por encima de Shiraz, cerca del Golfo Pérsico. Como pastores trashumantes de ovejas que se relacionan continuamente y en diferentes lugares con agricultores, tienen unas características análogas a las de otros muchos pastores europeos. Los basseri no representan la única solución posible a los constreñimientos impuestos por las montañas de Irán. No sólo hay agricultores en cada uno de los extremos de la ruta que siguen, sino que estos agricultores crían ovejas a lo largo de todo el año sin practicar la trashumancia, y estas ovejas son más resistentes al frío (en las montañas) y al calor (en las llanuras) que las de los basseri. Pero éstos, al ser especialistas en la cría de ovejas, son más ricos, aunque cuando se encuentran en problemas económicos abandonan el pastoreo y se convierten en agricultores. Una familia de estos pastores tiene entre un mínimo de 60 y un máximo de 400 ovejas, con una media de 100. Cien ovejas no bastan para vivir –una familia de seis miembros que viva exclusivamente de las ovejas necesita un rebaño de 130 cabezas, sin contar las rentas y los tributos. Pero los bassrri venden la lana y a los propios animales a cambio de grano en una relación que les resulta favorable. Comen mucho grano, acompañan con pan cada comida y también compran una cantidad considerable de otros productos alimenticios, además de ropa, metal, cerámica, narcóticos y otros objetos de lujo necesarios. Recientemente, aunque a regañadientes, han empezado a cultivar grano en los pastos de verano.12

Los nómadas y las tribus trashumantes como los basseri no tienen una estabilidad geográfica que les permita desarrollar los aspectos de la cultura material sofisticada que se acostumbran a valorar, como edificios o aquellas tradiciones indígenas de trabajo artesanal. Tienen que viajar demasiado. Sin embargo, son gente próspera que posee riquezas transportables que están en condiciones de comprar, como alfombras y joyas. Toda familia de pastores con bastante ganado para vivir de él exclusivamente tiene también animales suficientes para vender y conseguir un intercambio favorable por grano y por otros artículos de primera necesidad –e incluso de lujo. Hay que añadir que esto es así, sobre todo, cuando los pastores de ovejas venden mayormente lana en vez de carne, ya que la lana puede ser un producto comercializable internacionalmente. Los rebaños destinados a la producción especializada de lana son un signo claro en cualquier parte de que se ha llegado a un nivel mínimo de intercambio mercantil.

Por el contrario, los pastores que practican la agricultura de manera subalterna, generando así un marcado desequilibrio en la práctica combinada de la agricultura y de la ganadería, actúan de este modo cuando no tienen suficiente acceso a los granos a través del intercambio –por esta razón los pastores que tienen que cultivar lo hacen muchas veces contra su voluntad, y a menudo fingen no hacerlo. Los campesinos que combinan la agricultura y la ganadería no necesitan mantener lazos con otras comunidades de manera sistemática para sobrevivir. Ni tampoco los que se dedican exclusivamente a la agricultura; pero los pastores, o al menos la mayor parte de ellos, sí.

El antagonismo tradicional entre los nómadas y los agricultores es tan cierto como el hecho de constituir una simbiosis económica, un sistema económico bastante sofisticado. Por otro lado, los condicionantes a los que me he referido debieron de darse en el pasado, a pesar de que los ejemplos utilizados han tenido que ser modernos, ya que hasta hace poco los antropólogos y los economistas interesados en el desarrollo no se han dedicado a estudiar lo que los pastores hacen y no lo que éstos (o sus enemigos agricultores) piensan que hacen. Específicamente, me refiero al hecho de que los pastores han vivido en los márgenes del desierto, en los límites de las tierras pobladas desde la prehistoria, y algunas veces, como en el caso de los mongoles y los chinos, han comerciado sistemáticamente a lo largo de milenios cruzando estos límites.

Son estas las consideraciones que debemos tener presentes a la hora de afrontar el problema de la ganadería en la Europa altomedieval. Lo primero que hay que decir es que Europa no es, ni ha sido nunca, un territorio propicio para el nomadismo en sentido estricto. No hay espacio suficiente en la mayor parte de la masa continental. Por otra parte, la vegetación natural de Europa la forman normalmente bosques templados que no han sido despejados para el uso de los nómadas. Las únicas áreas con extensiones considerables de espacios abiertos naturales son el sur de la estepa rusa, la meseta de España y la (bastante más reducida) llanura húngara, aparte de la tundra del extremo norte. Los espacios montañosos de los Alpes, Italia y los Balcanes ofrecen buenos pastos, pero no en la escala del nomadismo propio de los mongoles y de los hunos. Incluso Hungría era demasiado pequeña para permitir el pastoreo de ejércitos a caballo en la escala practicada por los mongoles. De hecho, los nómadas no fueron nunca más allá del delta del Danubio, y no dejaron de ser nómadas. Tampoco la estepa del sur de Rusia ha sido necesariamente una base para los nómadas. Los magiares, por ejemplo, estuvieron allí en el siglo VIII bajo el gobierno de los jázaros, justo cuando se empezó a manifestar una considerable actividad agrícola, tal como han comenzado a mostrar los arqueólogos. Se trata de la denominada cultura de Saltovo-Mayatsk, centrada en el ganado vacuno, las ovejas e incluso los cerdos (nada de caballos) y en un volumen considerable de cereales cultivados: en otras palabras, en la práctica combinada de la agricultura y la ganadería. Cuando los magiares llegaron a Hungría, llevaron con ellos esta práctica. En las tumbas del siglo X aparecen hoces, azadas y piedras de molino. A lo sumo, se podría objetar que las sepulturas más ricas, supuestamente aristocráticas, contienen joyas ecuestres. Y por otro lado, que algunos análisis toponímicos, en mi opinión algo sospechosos, podrían mostrar la existencia de pastos de verano y de invierno dominados por la aristocracia, de manera que sería posible pensar en un mayor peso de la cría de ganado. De todas maneras, aunque no se haya probado aún, tal cosa no tendría por qué ser sorprendente. La cuestión es que en el período magiar temprano en Hungría predominaron la gestión combinada de plantas y de ganado y los asentamientos estables, tal como van demostrando cada vez más los arqueólogos.13 A pesar de la reputación que tienen y de muchos de sus valores, los húngaros no fueron pastores.

En el occidente de Europa encontramos nuevamente la misma pauta, por supuesto bien conocida, consistente en combinar las prácticas agrícolas y las ganaderas. Sería tedioso enumerar la larga lista de yacimientos arqueológicos, en especial de Dinamarca, Alemania, los Países Bajos y Gran Bretaña, en los que se ha puesto de relieve tal combinación. A lo largo de la Alta Edad Media europea, como lo fue antes y lo sería después, la base era, invariablemente, la producción de cereales, y a ésta se añadía, en proporciones variables, de muy poca a mucha importancia, la producción ganadera. No haría falta insistir sobre esta cuestión si no fuera porque ciertos historiadores, algunos de ellos muy eminentes, han perpetuado la imagen de unas prácticas llevadas a cabo en la Europa central y del noroeste que pueden acabar siendo mitos. El clásico trabajo de Georges Duby, Guerriers et paysans, es uno de los que ha caído en esta trampa. En esta obra, Duby plantea un contraste entre un paysage y una tradición alimentaria germánicos, por un lado, y romanos, por otro. Lo que Duby quería decir con esto es que en el Mediterráneo romano –y altomedieval–la economía estuvo decantada hacia la producción de cereales, vino y aceite, mientras que en el norte había grandes extensiones de bosque, y a menudo muy grandes, como en el este de Alemania, y también más animales. Esto, por supuesto, no deja de ser cierto. Hasta tal punto, que las aristocracias germánicas consideraron la viticultura y el uso del aceite, que incorporaron en parte, como algo romano, civilizado. Pero el hecho de proceder a una atribución étnica de estas prácticas, y no a una derivada de la lógica geográfica, ha llevado a Duby aún más lejos: los campos de la Europa bárbara fueron incontestablemente menos agrícolas que ganaderos; la romanización no significaba tan sólo la adquisición del hábito de beber vino, sino también del de comer pan (aunque Duby sabía, y así lo dijo, que el cultivo de grano era algo conocido en todas partes); por otro lado, la oposición entre el aceite de oliva y la grasa animal representaba la diferencia esencial entre la cultura romana y la germánica.14

Este último planteamiento tiene una larga historia. Muchos autores clásicos lo formularon o aludieron a él de manera implícita –posiblemente, el más citado haya sido Sidonio Apolinar en su comentario sobre los burgundios. Pero, sencillamente, de lo que se trata en realidad es del límite septentrional de la plantación del olivo, de la que quedan excluidos el noroeste de España, el norte y el centro de la Galia e incluso la mayor parte del norte de Italia. En estas zonas, el olivo crece con mucha dificultad. Los romanos importaron aceitunas en estas zonas cuando estuvieron en ellas, cuando menos para el consumo de la aristocracia y del ejército. No encontramos, por ejemplo, referencias a la obtención de aceitunas en la llanura romaña del Po, mientras que sí que abundan las relativas a la cría de ganado –Parma, Módena y Padua fueron importantes centros de ganado ovino. La llanura del Po ha sido un lugar en el que se ha practicado siempre de manera combinada el cultivo de plantas y la reproducción de ganado. Y la importancia crucial de esta práctica se mantuvo en la Alta Edad Media. Los germanos no introdujeron allí la grasa animal ante los inconvenientes de la producción de aceitunas. Lejos de ello, en el siglo VIII encontramos los primeros registros documentales de olivos, que ocupaban una superficie bastante más extensa que en la actualidad, por ejemplo en los establecimientos de S. Ambrogio del lago Como, en Milán. El aceite tenía un uso litúrgico y en buena medida era consumido por la aristocracia, aunque también por los campesinos de manera ocasional.15 Se trata de condiciones geográficas y no de cuestiones que tengan que ver con una tradición cultural, si bien pudo haber sido por esto por lo que los italianos del norte del siglo VIII plantaron olivos en un medio poco favorable, una vez interrumpidas las importaciones sistemáticas.

Se ha sobreestimado, pues, la etnicidad de los germanos en esta cuestión. El cambio en las preferencias de las aristocracias por el vino y las aceitunas está bien documentado. Y los campesinos ya eran, como veremos, sobre todo agricultores. Sus prácticas no diferían demasiado de las de los campesinos de las provincias romanas y, más aún, nunca fueron lo bastante numerosos, excepto en Bretaña y en el norte de la Galia, como para ser capaces de cambiar las pautas de la producción agraria de una manera sustancial, ni aun habiéndolo pretendido.

Existen tres tipos de información sobre las prácticas agrarias en la Alta Edad Media europea: la arqueología, los documentos sobre tierras y la legislación, de mayor a menor importancia. Los tres tipos presentan problemas. Definitivamente, lo que no se puede hacer es contar referencias e informaciones sobre animales, compararlas con las relativas a cereales, y llegar a conclusiones sobre el peso que tuvo en la economía la relación entre la cría de ganado y la agricultura. Y sin embargo, a menudo parece que tales referencias sean la única información de la que disponemos. Habitualmente, estos datos no permiten ningún tipo de cuantificación. Por ejemplo, no quiere decir nada que 20 leyes de Rotario tengan que ver con cultivos y unas 35 con ganados. El problema es más fácil en el caso de la arqueología, que permite manejar muestras de centenares o de miles de restos óseos de animales y de granos de cereales procedentes de yacimientos excavados recientemente. Aunque la relación entre estos dos tipos de materiales sea habitualmente oscura, desde la arqueología se pueden aclarar algunos puntos, como veremos más adelante.

La documentación textual es la más problemática, ya que es muy abundante, sobre todo la del período carolingio, y da la sensación de que aporta informaciones precisas: un establecimiento con 500 cerdos por aquí, una tenencia campesina con 30 ovejas por allá, y un conjunto de rentas sistemáticamente reclamadas en ganado por otro lado. Llegados a este punto, me gustaría insistir en una cuestión de método. Si queremos investigar la importancia del pastoreo como sistema, las referencias aisladas a animales (o a cosechas de granos) no son de ayuda en absoluto, independientemente de la cantidad de referencias y del número de animales de que dispongamos, a no ser que estén situadas en contextos específicos. Un establecimiento con 5000 cerdos podía haber incluido una veintena de poblaciones con 50 familias cada una de ellas: cinco cerdos por familia es una cifra bastante menos impactante. Estas cifras se pueden emplear cuando, por ejemplo, el área en la que se ubica la referencia, en términos geográficos y ecológicos, no es la que uno espera, como en el caso de las economías marginales. Volveré más adelante sobre esta cuestión. Dicho de otro modo, las cifras sólo son utilizables cuando dejan de ser referencias aisladas. Por ejemplo, los polípticos, que incluyen listas de rentas exigidas de manera sistemática, informan algo sobre el sistema económico, pero no del todo, ya que tienden a excluir a menudo las diferentes economías domésticas de los tenentes.16 Los análisis microrregionales planteados de manera estricta también pueden contribuir a aclarar el equilibrio entre agricultura y pastoreo, pero no se han llevado a cabo muchos sobre este período tan temprano. La información disponible no siempre permite plantear estos análisis a pequeña escala, ni cuando el ámbito parece lo suficientemente extenso en el contexto de Europa.

En vista de todo esto, no es extraño que los historiadores a menudo se limiten a hacer generalizaciones. Un ejemplo bien conocido, citado a menudo, es la reserva señorial de Tresson, en el Maine, del 572, muy extensa y casi totalmente cubierta de bosque. Todo hace pensar que la economía silvopastoral era la dominante. Esta reserva y su villa central contaban con apenas diez esclavos, de los que sólo uno era un pastor especializado.17 El bosque de Tresson no era el fondo pastoril de un paisaje poco cultivado; sencillamente, no se explotaba. Y así, no nos aclara nada sobre la relación entre la agricultura y el pastoreo en una zona en la que, de hecho, no vivía nadie. Por sí solo, el mero hecho de que grandes extensiones de Europa estuvieran cubiertas de bosque no es de relevancia alguna a la hora de abordar la cuestión de la ganadería como actividad económica. Por otra parte, la escasa utilización de áreas potencialmente aptas para el pastoreo en este período indica una falta de especialización que, como veremos, también tiene que ver con el tema del intercambio.

Volvamos a algunos aspectos relacionados con el tipo de información del que disponemos. Lo primero que hay que decir es que a menudo estas informaciones parecen contradictorias, por ejemplo, en cuanto a la importancia dada a los diferentes tipos de ganado. Una cantidad considerable de yacimientos arqueológicos de los siglos III al VI (y anteriores) de la costa del Mar del Norte y de Dinamarca, y algunos del este de Alemania, muestran un predominio apabullante –lo normal son dos tercios sobre el total– de huesos de ganado vacuno. Los de ovejas y cerdos siguen a mucha distancia: las ovejas en la zona costera más abierta, y los cerdos en el interior más boscoso. En muy pocos de los yacimientos excavados llegaron a tener importancia las ovejas y los cerdos, y la misma situación se aprecia en yacimientos más tardíos, aunque aún hay menos de los que se dispongan análisis de huesos publicados (una de las pocas áreas del norte en la que los cerdos tuvieron más importancia que el ganado vacuno fue la boscosa zona central de Dinamarca).18 Al observar la otra clase de información más sistemática, la de los registros de rentas incluidos en los polípticos de los siglos VIII y IX, la impresión que uno tiene es la contraria. En el políptico del 893 de Prüm se exigía una renta de un cerdo anual de cada establecimiento campesino, muy raramente ovejas, y ganado vacuno, nunca. En general, éste era el patrón seguido habitualmente en las exigencias de rentas detalladas en los polípticos. En el mismo sentido, los cerdos son también los animales más frecuentes en las referencias de las reservas señoriales. Así, en los cuatro fisci del Brevium Exempla, aunque las menciones de ovejas son tan importantes como las de cerdos, las de ganado vacuno son bastantes menos.19

Hay algunas razones que posiblemente expliquen este desequilibrio. Los cerdos generan más descendencia. Los campesinos de las tenencias tenían algunas cabezas de ganado vacuno que utilizaban como animales de tiro, y cualquier renta en terneros habría representado una carga muy dura. Por otra parte, los polípticos hacen referencia a los animales de las reservas, y muestran que el vacuno también en este caso tenía una importancia comparativamente menor. La diferencia más importante entre los polípticos y los asentamientos del Mar del Norte es de índole regional. Ha habido muchas más excavaciones en el extremo norte de la Europa continental que en las regiones centrales, en el núcleo de las tierras francas. Pero, justamente, los polípticos y los cartularios en general provienen principalmente de esta zona central del continente que, por otro lado, contiene muchas más extensiones boscosas que el norte. Y el ganado porcino tuvo una importancia mayor en las regiones boscosas, mientras que el ovino y el vacuno predominaron en los brezales y en los prados abiertos. Brebières, fechado entre los siglos VI y VII, uno de los pocos yacimientos altomedievales sobre los que se ha publicado en Francia, muestra la misma pauta: los huesos de cerdo representan el 40%, y los de ganado vacuno, sólo el 22%.20 Por supuesto, el predominio de diferentes tipos de cabaña en los asentamientos no es, por sí solo, un reflejo del peso de estas cabañas en el conjunto de la economía. Más bien, supone una advertencia ante las grandes generalizaciones. No hay suficientes razones para pensar que la composición de la cabaña ganadera era por fuerza la misma en todos los lugares, incluso dentro de una misma región agrícola (de hecho, varía sustancialmente en los fisci del Brevium Exempla). Por ello, sería equivocado esperar que tal homogeneidad entre regiones diferentes, desde las tierras pantanosas de Inglaterra o la costa del Mar del Norte en Alemania, hasta el Lüneburger Heide, la cuenca de París o la Selva Negra. Y lo mismo se puede decir sobre las proporciones correspondientes a la agricultura y a la ganadería. No podemos hacer ninguna generalización sobre la cría de ganado en el norte y el centro de Europa durante el período que sea sin caer en esta trampa; cada área tuvo su propia historia y siguió una evolución particular.

¿Pueden, las proporciones de las diferentes cabañas, ser indicios importantes de la composición ganadera en el conjunto de la economía? No, en aquellas áreas con predominio de ganado vacuno y ovino. Pero hay algo que sí podemos afirmar: que el predominio de los cerdos en la composición de la cabaña muestra por lo general una supeditación de la economía ganadera a la agricultura. El ganado porcino exige pocos cuidados; vive en el bosque, en los márgenes del mundo cultivado; se alimenta de los despojos domésticos y no se puede desplazar con facilidad –es decir, que tiende a estar presente en asentamientos estables (los nómadas no llevan cerdos). Además, no tiene ninguna utilidad cuando está vivo; no se le puede ordeñar. Por ello, resulta casi imposible que un sistema económico se base en la cría de cerdos. La importancia del ganado porcino en el conjunto de la economía es, así pues, un buen indicio del predominio de la agricultura en ella. Y en este sentido consideraré la gestión del ganado de cerda reflejada en los polípticos.

Las únicas indicaciones claras que por ahora nos han proporcionado las cuatro clases de datos a las que aludía más arriba tenían que ver con la posibilidad de convertir grandes cantidades de animales en cifras por unidad doméstica.21 Se trata de una estimación prometedora, y que a veces permite llegar a algunas conclusiones. Así, en Ezinge, un yacimiento costero del Hierro tardío situado en Friesland, se excavaron unas casas alargadas (es decir, con establos), en las que cabían hasta 50 vacas. En la otra orilla del Elba, hacia el este de esta zona, se ha hallado un espacio para estabular 25 cabezas o más. Cincuenta vacas es el número mínimo de cabezas que aproximadamente necesita una familia para depender exclusivamente del ganado vacuno. Si bien queda fuera del período que estamos tratando, el caso de Ezinge podría mostrar el predominio local de una actividad económica basada en este tipo de ganado. Pero los arqueólogos no han encontrado este patrón en otros lugares. En Dinamarca, la estabulación era de una escala bastante menor, mientras que las casas alargadas son raras en Inglaterra y más al sur.22

Más al sur, disponemos de la Lex Salica. Ya se ha mencionado el interés de esta ley por diferenciar entre diferentes tipos de cerdos, y ahora podemos observar cómo se ajusta este interés al predominio general del ganado porcino en esta área, de acuerdo con indicios posteriores. Ahora querría subrayar otro aspecto, el de las multas por el robo de rebaños. En la Lex Salica se contemplaba que las piaras de cerdos tuvieran entre 25 y 50 cabezas; los rebaños de vacas, entre 12 y 25, y los de ovejas, entre 40 y 60. Aparte del hecho de que las cifras superiores del número de cabezas debieron de ser poco habituales en el contexto que estamos tratando, podemos decir que tales rebaños no podían garantizar la supervivencia en una economía dominada por la práctica de la ganadería. Tampoco parece que hubieran sido, al menos en algunos casos, los rebaños de una sola familia, ni aun siendo rica, sino los de todo un poblado. Vistas de este modo, las cifras resultan ciertamente bajas. La agricultura fue el componente dominante de la gestión campesina de plantas y de ganado en las tierras centrales de los francos salios durante el siglo VI. Y esto, sin perjuicio de la importancia que hubieran tenido los cerdos, sobre todo, en las mentes de los legisladores. Pero una actividad económica basada en el ganado porcino es, de hecho, una actividad económica dominada por la agricultura, tal como acabamos de ver.23

En Gran Bretaña, la situación fue bastante parecida, si bien las proporciones de las cabañas variaron continuamente. El código del oeste de Sajonia de Ine, de la década del 690, trata de la responsabilidad en la que se incurría cuando el ganado que pacía en tierras comunales causaba algún perjuicio en los campos de labor cercados. Se trata de una cuestión presente en los códigos germánicos y que revela en cualquier caso unas preocupaciones propias de una práctica combinada de agricultura y ganadería. Existen, no obstante, algunos indicios de especializaciones, si bien éstas se producían a pequeña escala. Parece que algunos establecimientos rurales se centraron en producciones específicas en Gran Bretaña durante el período romano. Y, como en toda la Europa romana, en los espacios de frontera se organizó una muy precisa especialización ganadera, bien destinada a la venta, bien al pago de tributos para el ejército que protegía la muralla de Adriano. Buena parte de esta zona, como el norte de Inglaterra y Gales, por ejemplo, está ocupada por tierras altas y pobres, de manera que uno se plantea cómo pudieron ser ocupadas estas tierras altas por agricultores, tal como señalan los indicios disponibles.

La trashumancia de ovejas ya existía (o aún existía) en el norte de Inglaterra en el siglo VII, en los Pennines del condado de Durham, de acuerdo con las vidas de San Cutberto, del siglo VIII, en las que se mencionan explícitamente pastos frecuentados por las ovejas durante el verano. No está claro de qué manera estaba relacionada esta práctica con la agricultura. Parece, de todas maneras, que se trataba más de una trashumancia de corto alcance, vertical, como la denominada alpeggio en Italia, practicada en el interior de una comunidad o de una red subregional, que de una trashumancia de larga distancia, horizontal, vinculada con la especialización, y a la que me referiré más adelante, en concreto, a la practicada en el sur de Europa.

No es fácil decir si eran los señores o los campesinos, o bien ambos, quienes organizaban esta trashumancia. Lo más probable es que hubiera sido cosa de campesinos. Por ejemplo, las zonas colectivas en las que pacían los cerdos están registradas desde muy pronto en Kent, en el bosque del Weald. Y estas zonas estaban vinculadas con asentamientos y pueblos específicos, a veces situados a decenas de kilómetros. Encontramos una pauta similar en Gales. Aquí, aunque más tarde (en los siglos XIII y XIV), las leyes aluden a la trashumancia de ganado vacuno, generalmente llevada a cabo a corta distancia. Esta trashumancia estaba claramente introducida en un contexto marcado por las comunidades agrícolas situadas en las tierras bajas. No disponemos de información sobre el período que nos interesa, ni de la mera existencia de la trashumancia, ni mucho menos de la manera como era llevada a cabo, pero se trata, de manera verosímil, de una práctica antigua.

En cualquier caso, no hay ninguna razón para pensar que hubiera existido alguna comunidad en Inglaterra o en Gales que hubiera practicado exclusivamente la agricultura o la ganadería. A pesar de que en los cartularios de las posesiones aristocráticas se mencionan rebaños bastante a menudo, incluso centenares de veces, también se hace referencia a los cereales justamente en los mismos contextos. No podemos extraer ninguna pauta precisa al respecto, sino que las ovejas eran bastante más habituales en Inglaterra que en el resto de Gran Bretaña o que en la mayor parte de Europa del norte. En el siglo XI, el Domesday Book y algunos porcentajes de restos óseos hallados en yacimientos arqueológicos muestran por igual que las ovejas fueron muy numerosas, sobre todo en East Anglia, y que esta abundancia tenía que ver con la producción de lana. Esta situación, aún embrionaria, preludiaba la especialización ovina orientada hacia la comercialización propia de la Baja Edad Media.24

Este tipo de repaso superficial puede extenderse a la mayor parte de Europa. Me he limitado a las zonas del continente con abundante documentación escrita, en parte, porque se trata de áreas situadas en su mayor parte en el sur de Europa. En estas regiones ha habido siempre pocos animales, excepto en algunas zonas ecológicas específicas, como veremos. Además, me circunscribo a estas zonas porque hasta el momento apenas se ha analizado la información disponible desde esta perspectiva, y también porque, dada la complejidad de la información documental, cualquier análisis global de esa documentación proporcionaría una visión aún más impresionista, como ya he dicho, que la que pudiera ofrecer un estudio basado en la información arqueológica. Ya he expresado mi incomodidad ante los análisis demasiado generales. A menos que uno se detenga a examinar regiones precisas y claramente delimitadas, cualquier consideración sobre la ganadería será tan predecible como errática. Predecible, en el sentido de que en casi toda Europa la actividad económica rural fue el resultado de la práctica combinada de la agricultura y de la ganadería. Errática, por el hecho de que apenas se pueden explicar por ahora con detalle las variaciones en las proporciones de las diferentes cabañas (y, en relación con esto, de los diversos tipos de productos vegetales). (Y aún menos explicables resultan las variaciones temporales. Por ejemplo, ¿por qué parece que hubo una actividad agrícola bastante menor en Tornow, Lausitz –en el este de Alemania–, antes del siglo VI que en los siglos VII a IX, y a partir de este siglo se produjo de nuevo una expansión de la actividad ganadera?).

Puedo soslayar el problema con la excusa de que tales proporciones entre agricultura y ganadería sobrepasan los límites de este artículo. Lo abordo tan sólo en la medida en que me permite descartar la idea de que existiera una ganadería especializada en el norte y el centro de Europa en el período que nos ocupa. En este aspecto, resulta más clarificador observar lo que ocurría en los auténticos márgenes ecológicos del norte de Europa y mirar cómo se las arreglaban los agricultores gestores de ganado cuando la geografía y el clima dificultaban la continuidad de los cultivos. El análisis de las zonas marginales proporciona más información sobre las opciones campesinas principales que el de las tierras ricas. En este sentido, volveremos a la pregunta de por qué se resalta la ganadería en según qué clase de información histórica. Y para finalizar, abordaré, desde un punto de vista específicamente regional, una región de Europa, el norte de España en el siglo X, la única zona centrada en la reproducción de ganado durante el período tratado y que nos proporcionará información abundante sobre el papel desempeñado por el ganado en la economía.

Para empezar, nos detendremos en un yacimiento marginal de Inglaterra, el único yacimiento medieval inglés que ha revelado datos interesantes sobre el problema que nos ocupa. Se trata de un asentamiento de Ribbleshead, de finales del X y/o principios del XI, situado a unos 340 m de altura, en una vertiente muy inclinada y en una zona cárstica pelada por completo, en la falda de una montaña de los Pennines centrales; uno de los lugares más desfavorables que uno pueda imaginarse. Allí, tres edificios parecen surgir directamente de la piedra caliza. Ni la altitud, ni el suelo, ni la pendiente hacen verosímil la práctica de la agricultura en este lugar, ni siquiera en los períodos relativamente templados de la Alta Edad Media. Por otra parte, está a una altura que no habría permitido que el ganado hubiera pasado allí el invierno fácilmente. Los huesos de reses hallados en el yacimiento son mayormente de individuos jóvenes, aunque no eran necesariamente becerros. Las ovejas muertas, criadas probablemente por la lana, eran más viejas. Parece que se practicó alguna forma de trashumancia organizada e iniciada desde el yacimiento, probablemente de corta distancia. Los edificios son más impresionantes que las frágiles chozas a las que se alude en las vidas de San Cutberto. También se ha encontrado una piedra de moler; había, pues, grano, si bien no era cultivado allí mismo. O bien las casas formaban parte de una unidad económica más amplia que incluía campos de cultivo a menor altitud, o bien existía alguna forma de intercambio entre los pastores de las colinas y los agricultores de las tierras bajas. Lo que está claro es que los pastores comían grano.25

En la medida en que fuera posible, encontramos este mismo panorama a mayor escala en el extremo norte, en el norte de Noruega, en Islandia y en Groenlandia. Los noruegos cultivaron tan al norte como les fue posible, hasta donde la cebada podía completar la maduración, cerca de Tromsö, más allá del círculo polar ártico. Así lo muestran los hallazgos de hoces y, ocasionalmente, de rejas, y los recientes análisis de polen. De hecho, en el siglo V se podía cultivar más al norte de lo que se puede en la actualidad. Me refiero exclusivamente a la estrecha franja de la costa, la única zona en la que era posible el cultivo. No había asentamientos fuera de esta franja. Por supuesto, el ganado tuvo una importancia crucial en estas regiones. Ohthere, un habitante del norte más extremo de Noruega que se presentó en la corte del rey Alfredo en el siglo IX, explicó a éste cómo vivía, y el rey incluyó esta narración en la antigua traducción inglesa de Orosio. Ohthere no araba a menudo, y no porque tuviera mucho ganado, ovejas o cerdos. Lo que tenía eran 600 renos domesticados. También daba caza a los salvajes y cobraba tributos a los lapones que vivían aún más al norte. Los renos eran cruciales en la actividad económica de Ohthere, pero no por ello dejaba de arar. Pese a lo que sostenga la ideología ganadera de los germanos, éstos no rebasaron en Noruega los límites en los que era posible cultivar y dejaron la tundra para los lapones. Y además, labraron la tierra en las circunstancias más adversas. Se podría argüir que Ohthere podría haber obtenido cereales importados para asegurar su subsistencia –ya que, en efecto, comerciaba–; pero tal hecho sólo se produjo a partir del siglo XII en adelante, cuando se organizó el comercio de pescado seco desde el norte hasta Bergen e Inglaterra, y los habitantes de esta zona se especializaron en la pesca, con lo que la obtención de grano dependió de las importaciones.26

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