Read the book: «Las formas del feudalismo»

HISTÒRIA / 193
DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)
CONSEJO EDITORIAL
Pedro Barceló (Universität Postdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Mercedes García Arenal (CSIC)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Del texto: Chris Wickham, 2020
© De la traducción: Ángel Martín y Carlos Estepa (1), Félix Retamero (2, 3, 4 y 5),
Beatriz Márquez Rowe (6, 7, 9 y 13), Ana Rodríguez, (8 y 11) y Antoni Furió (10 y 12).
© De esta edición: Universitat de València, 2020
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Ilustración de la cubierta: Utrecht University Library, Ms. 32, fol. 59v.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Letras y Píxeles, S. L.
ISBN: 978-84-9134-654-8
Edición digital
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
LA OTRA TRANSICIÓN: DE LA ANTIGÜEDAD AL FEUDALISMO
LA SINGULARIDAD DE ORIENTE
PASTORES Y SUBDESARROLLO EN LA ALTA EDAD MEDIA
LOS BOSQUES DE EUROPA EN LA ALTA EDAD MEDIA: ESPACIOS SILVESTRES Y ESPACIOS ROTURADOS
LAS SOCIEDADES RURALES DE EUROPA OCCIDENTAL EN LA ALTA EDAD MEDIA: COMPARACIONES Y PROBLEMAS
VENTAS DE TIERRAS Y MERCADO DE LA TIERRA EN LA TOSCANA DEL SIGLO XI
EL TIEMPO DE LOS JURISTAS: HISTORIA Y MEMORIA EN LA ITALIA DE LOS SIGLOS X Y XI
EL SENTIDO DEL PASADO EN LOS RELATOS DE LA ITALIA COMUNAL
LA JUSTICIA EN EL REINO DE ITALIA EN EL SIGLO XI
ORÍGENES DE LA FISCALIDAD EUROPEA OCCIDENTAL, 1000-1200
CHISMORREO Y RESISTENCIA ENTRE EL CAMPESINADO MEDIEVAL
LAS FORMAS DEL FEUDALISMO
ESTRUCTURAS SISTÁCTICAS: TEORÍA SOCIAL PARA HISTORIADORES
INTRODUCCIÓN
Escribí estos artículos –ahora capítulos– a lo largo de un período de veinte años, en las décadas de 1980 y 1990, todos ellos como textos independientes y casi todos por encargo de forma individual y específica (excepto el primero, La otra transición, y el undécimo, Chismorreo). No se complementan de forma «natural», aunque algunos funcionan muy bien como parejas, el primero y el segundo sobre las estructuras del Estado, el tercero y el cuarto sobre actividades no agrícolas en la Alta Edad Media, y el séptimo y el octavo sobre la memoria. Pero cumplen todos la misma función de servir como una guía del tipo de cosas que me han interesado como historiador en el pasado y que lo siguen haciendo en el presente. Los primeros ocho artículos ya habían aparecido juntos antes en un mismo volumen, como una recopilación de artículos en inglés, Land and Power (Londres: British School at Rome, 1994). Esta selección, a la que se añadieron cinco artículos más, la hicimos Antoni Furió y yo mismo con la intención de formar una colección que (esperemos) pudiera tener un interés particular para un público de habla hispana.
Comprende desde la caída del Imperio romano hasta las estructuras políticas del siglo XII, y desde las relaciones económicas a los intercambios culturales. También comprende el conjunto de Europa occidental, con algunas incursiones fuera de esa zona, hacia el norte y hacia el este. Soy italianista de formación y experiencia, pero siempre he sostenido que ningún aspecto de la historia europea –o mundial– puede analizarse de manera aislada, y que en todas partes debería estudiarse tomando en consideración las similitudes y las diferencias entre esa región y otras, y con una disposición a analizar las razones de tales similitudes y diferencias. En todo ello encaja también otro de mis axiomas, que ninguno de los escenarios de la historia tiene prioridad sobre los demás como objeto de estudio. Por el contrario, sin embargo, sigo siendo al mismo tiempo un marxista en mis asunciones básicas sobre el mundo, de manera que mantengo que en el corazón de cada uno de los aspectos de la acción social se encuentra un conjunto de condicionantes económicos. Estos, en la sociedad alto y plenomedieval, la época que más me interesa, son en su mayoría (aunque no siempre) los del modo de producción feudal, como pongo de manifiesto en el primer y segundo capítulos, y también, de una forma más ecuménica, en el penúltimo, «Las formas del feudalismo».
Espero que todos estos capítulos hablen por sí mismos como un conjunto de reflexiones sobre el período, una mezcla entre lo teórico y lo empírico. Los que definen con más precisión mi visión de la historia como un proyecto son, probablemente, el quinto, «Las sociedades rurales», donde desarrollo mis puntos de vista sobre la comparación histórica, que considero esencial para cualquiera que se tome en serio la disciplina histórica, y «Chismorreo», donde se establece, tal vez de una forma poco habitual, mi percepción de la historia como un objeto de conocimiento. No creo que sea necesario que mis lectores sean marxistas para que puedan aceptar mis argumentos, pero espero al menos que se tomen en serio los enfoques de estos dos trabajos en tanto que aproximaciones teóricas. Lo que faltaría en este libro es un desarrollo de mis puntos de vista sobre la relación entre la historia y la arqueología, y, de forma más amplia, la cultura material: se aborda, sin embargo, con cierto detalle en Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo, 400-800 (Barcelona: Crítica, 2008), traducción de una obra de carácter general que se publicó en inglés en 2004.
Los primeros ocho de estos artículos-capítulos contienen notas adicionales con bibliografía extra, procedentes todas ellas de mi libro de 1994. En su mayor parte, he decidido no actualizarlas, ni tampoco añadir notas similares a los últimos cinco capítulos. En el caso de los capítulos 1-5 y también 10 y 12, todas las actualizaciones bibliográficas necesarias recientes pueden encontrarse en Una historia nueva. Con respecto al capítulo 6, «Ventas de tierras», el desarrollo (y las correcciones) más completo de las ideas aparecen en L. Feller y C. Wickham (eds.), Le marché de la terre au Moyen Âge (Roma: École française de Rome, 2006); para el capítulo 9, «La justicia», desarrollo las ideas con más detalle para un período ligeramente posterior en Courts and conflict in twelfth-century Tuscany (Oxford: Oxford University Press, 2003), que incluye bibliografía actualizada. Incorporo una pequeña bibliografía extra sobre la memoria solo en el capítulo 7, «El tiempo de los juristas», que puede servir también para el capítulo siguiente. Pero hay que señalar que casi ninguno de los capítulos de este libro ha sido completamente sustituido por bibliografía posterior. La única excepción es, quizás, el primero, «La otra transición», que se ha subsumido (y modificado) en Una historia nueva; pero en este caso soy consciente de que este artículo ha recibido una respuesta muy amplia en España y América Latina, y que, por ello, a pesar de algunas retractaciones teóricas posteriores por mi parte (ver más abajo pp. 84-85), tiene su propio estatus independiente de mis posteriores vías de investigación. Pensé además que era apropiado empezar con este trabajo, que se sitúa también en los comienzos de mis reflexiones como historiador teórico; lo escribí por primera vez con 31 años y ahora casi doblo esa edad, así que siento un considerable cariño por él.
Antoni Furió y Ana Rodríguez, ambos historiadores cuyos trabajos tengo verdaderamente en muy alta estima, han llevado este libro a buen puerto; estoy seguro de que tenían cosas mejores que hacer con su tiempo y les estoy enormemente agradecido. También agradezco al plantel de traductores que han hecho un excelente trabajo. Los agradecimientos individuales se encuentran en las notas de cada capítulo. Estoy sobre todo agradecido a Leslie Brubaker, quien ha sido, teniendo ella misma que lidiar con su propia investigación, esencial para el desarrollo de las ideas que aquí se expresan. A ella dedico este libro.
Birmingham, mayo de 2020
LA OTRA TRANSICIÓN: DE LA ANTIGÜEDAD AL FEUDALISMO
I
Gran parte del análisis del conjunto de cambios que generalmente se conocen como el fin del mundo antiguo en Occidente –o con un nombre similar– se ha visto perjudicada por una considerable falta de claridad respecto a lo que se quiere realmente decir con esa frase. El concepto de fin de la Antigüedad, por supuesto, significa cosas distintas para diferentes tipos de historiadores, pero muchos hablan de ello como si todas ellas coexistieran por igual, entremezcladas en un gigantesco género clásico: el paganismo grecorromano (y/o el cristianismo de Estado), la literatura secular latina, los templos, el emperador, el senado, la esclavitud, las togas. Estos fenómenos, cada uno por separado, pueden ser la clave de la Antigüedad para algunos, pero sus historias no son lo mismo, y cualquier intento de describir su destrucción simultánea por una única causa no resulta útil, aunque se intente a menudo. Incluso los marxistas, quienes al menos saben que deberían prestar atención a las estructuras subyacentes y a las contradicciones de la sociedad, han visto normalmente cómo su enfoque se descentra conforme los borrosos contornos de la vasta superestructura cultural y política del Imperio Romano entran en su visión. Así, Daniele Foraboschi puede acusar de economicismo a quienes ignoran la crisis espiritual y el impacto del cristianismo en la Roma tardía; Perry Anderson puede abordar el colapso del Estado en Occidente sin engarzarlo más que nominalmente con los cambios económicos subyacentes de los siglos III al VI, que la problemática marxista reconoce que han sido anteriores.1 Los análisis alternativos, y más tradicionales, no logran más que el reduccionismo de El origen de la familia de Engels: lo obsoleto y lo improductivo de la esclavitud, la tiranía del Estado tardorromano, la sustitución de la antigua economía basada en la esclavitud por la más dinámica barbarie germánica, que avanza con rapidez hacia el modo de producción feudal; tales análisis difieren a menudo sobre cuándo fue reemplazado el modo de producción esclavista por el feudalismo (¿en el siglo III?, ¿en el VI?, ¿en el VIII?), pero sobre poco más.2
Quiero volver a analizar el problema de lo que subyace en el fin del mundo antiguo en términos económicos, y cómo estos términos pueden ajustarse a la problemática marxista de la transición. Así pues, me centraré en los procesos económicos de cambio: lo que debo discutir tiene poca relación directa, por ejemplo, con los problemas de historia cultural, que han preocupado a otros. Sin embargo, sí tiene que ver con el Estado, que en el fondo formaba parte de la estructura del Bajo Imperio, y la caída del Estado tiene un papel mayor en mi análisis, como en el de Anderson, aunque por motivos diferentes. Me parece que una comprensión de la historia del Occidente tardorromano sólo puede obtenerse a través de una descripción precisa de la naturaleza de su estructura económica, esto es, de sus modos de producción, y que un gran número de análisis marxistas están viciados porque han hecho estas descripciones erróneamente. Esto no es exactamente un ejercicio de descripción tipológica, de coleccionismo de mariposas, como lo califica Edmund Leach en un contexto diferente; tal discusión ayuda a enfocar nuestro análisis sobre las relaciones causales reales.3 El etiquetarlo como marxista o no es después de todo totalmente inútil sin tal punto de vista (una afirmación que puede tranquilizar a los lectores no marxistas). Lo que sigue tiene la intención de ser un reajuste en la relación entre una gran cantidad de fenómenos bien conocidos, no la producción de una explicación no descubierta nueva (o final); por ahora probablemente no se ha aportado ninguna.
* * *
La interpretación usual sobre los cambios económicos de la época tardorromana es que el modo de producción esclavista da paso al modo de producción feudal: la esclavitud es reemplazada por la servidumbre. La formulación moderna clásica (en términos no marxistas) es la de Marc Bloch en su artículo póstumo «Comment et pourquoi finit l’esclavage antique», que ha dominado las posturas de los medievalistas durante dos décadas y más –un éxito nada despreciable para un sucinto artículo de 25 páginas sin notas. Bloch señalaba el tremendo incremento en el número de esclavos durante las grandes guerras de los siglos V y VI d. C., pero mostraba cómo no se adscribieron a las tradicionales haciendas esclavistas, características de Italia en época de Augusto: estos esclavos se convirtieron en tenentes. En algún momento, las haciendas se habían derrumbado y los esclavos fueron diseminados en tenencias; cuando empeoró la posición de los tenentes libres, la servidumbre surgió a partir de la fusión de estos dos grupos sociales: apareció el feudalismo. En general, este análisis es bastante correcto; pero presenta, o parece presentar, algunos problemas. En particular, el modelo completo es muy poco acorde con lo que se conoce y generalmente se acepta sobre el resto de la historia tardorromana. Si las relaciones sociales feudales ya existían en el 300 d. C., entonces, ¿qué era el Estado tardorromano? Si este último no era feudal, como no parece haberlo sido, entonces ¿qué fue lo que llenó el intervalo, y cómo? Moses Finley, quien lo debería saber si hay alguien que lo sepa, se ha declarado derrotado: «No soy capaz de encajar la antigüedad tardía en ninguna serie clara de etapas», dice al final de su libro más reciente, pero «la sociedad esclavista no dio paso inmediatamente a la sociedad feudal».4 La descripción de Finley de la lenta crisis de la esclavitud encaja de modo interesante con un reciente trabajo italiano sobre el modo esclavista (a menudo situado en explícita oposición con él) para proporcionar una sólida descripción de un aspecto del problema, principalmente qué ocurrió con la esclavitud en los siglos II y III d. C.; pero ahora no podemos verlo. En lugar de eso, el resultado más importante para nosotros es que el modo esclavista puede dejarse fuera de nuestros debates; no hay ninguna razón para contemplarlo como algo que en absoluto haya sido predominante en el Bajo Imperio.5 Para resituarlo lo que se necesita principalmente es un análisis más profundo de los modos de producción del mundo antiguo.
Las definiciones de los modos de producción son interminables, en particular en la vasta colección de revisionismos que han marcado las dos últimas décadas del debate marxista, centrado sobre todo en las llamadas Formen de los Grundisse de Marx de 1857-58. La tendencia más útil se encuentra a menudo, de manera sorprendente, en los trabajos de autores de tradición althusseriana, a pesar de su categórica hostilidad a cualquier forma de análisis histórico; escogería la de Barry Hindess y Paul Hirst en su libro Pre-Capitalist Modes of Production. Estos dos autores establecen una distinción entre el modo de producción antiguo y el modo esclavista, que encontramos valiosa, y también amplían algunas de las definiciones corrientes del modo feudal. El modo antiguo, en su tipo ideal más tradicional (en los comienzos míticos de la República romana, por ejemplo), era no-explotador, y se caracterizaba por el control de un cuerpo ciudadano basado en la ciudad sobre el entorno inmediato; los ciudadanos eran propietarios privados, pero cooperaban en el control de la riqueza basada en la tierra pública de la ciudad. Cuando Roma se expandió, tuvieron lugar dos procesos. Se rompió el igualitarismo teórico de la ciudad y el modo esclavista comenzó a desplazar al campesinado propietario libre, alcanzando en la República tardía su forma clásica, la hacienda esclavista de Catón y Columela, que domina las fuentes de la historia agraria desde el siglo II a. C. hasta el siglo II d. C. Pero también, cuando Roma conquistó el campo y las ciudades de Italia y del Mediterráneo, el modo antiguo se modificó en su tipo, y llegó a ser un modo explotador; la riqueza pública de la ciudad, inicialmente basada en la tierra, pasó a basarse en el tributo o en el impuesto sobre los propietarios en el campo sometido y, en el caso de la propia Roma, sobre otras ciudades sometidas. Ello se desarrolló gradualmente hacia una red general de tributación, con la vieja relación ciudad/campo como estructura interna, como veremos. Es esta red lo que llamaré el modo antiguo en su forma clásica. Será una clave en mi análisis de la Roma tardía.
El modo feudal, el otro que nos interesa, se ha visto en gran parte del análisis marxista tradicional como basado en la servidumbre y la autoridad política coercitiva sobre los tenentes establecida por el señorío; Hindess y Hirst consideran esta visión demasiado estrecha y muestran, correctamente en mi opinión, que las relaciones feudales están representadas simplemente por los tenentes que pagan una renta (o prestan un servicio) a una clase terrateniente monopolista: estos grandes propietarios, mientras el sistema sea estable, tendrán siempre los poderes coercitivos no económicos necesarios para imponer su control, bien de modo informal, bien a través de su control de la justicia pública o privada, pero estos poderes no tienen que estar formalmente codificados en el señorío para que existan. (Los autores presentan todo esto como una visión revolucionaria, aunque hace tiempo que es algo perfectamente bien conocido por los medievalistas.) No es necesario añadir que este feudalismo no tiene nada que ver con las obligaciones militares, el vasallaje o el feudo.6
Obviamente, existen problemas con estas definiciones. No todo el mundo estará de acuerdo con ellas. He defendido la utilidad de mi anterior definición del modo feudal en otra parte: sería inapropiado enredarse aquí en algo que, para muchos historiadores, es un debate un tanto abstruso. Igualmente, el término modo antiguo puede considerarse apropiado o no respecto a la fiscalidad del Imperio basada en la ciudad; pero se trata simplemente de una cuestión de palabras. Los modos de producción son construcciones ideales; la justificación de las definiciones particulares, mientras tengan una lógica interna y por tanto tengan sentido, debe ser su utilidad, y espero demostrar que éstas son útiles.7
Es más delicado determinar cómo estas construcciones ideales actúan realmente en la base y cómo se articulan con los aspectos superestructurales de la sociedad, como la conciencia de clase (o su ausencia) y el Estado. Pueden utilizarse de nuevo algunos de los análisis de los althusserianos, pues son estos teóricos quienes más han hecho por desarrollar el concepto de Marx de formación socioeconómica o formación social. Este concepto es importante, pues es un intento de clasificar la sociedad real como un sistema de niveles estructurales diferentes. Uno de ellos, la base económica, consiste en uno o más modos de producción en una jerarquía de dominación; las diversas superestructuras (política, ideología, el Estado) se organizan en compleja relación con ella.8 De hecho, el propio Marx se preocupó menos por tales complejidades; usaba formación social y modo de producción como más o menos sinónimos, y así lo hace hoy en día mucha gente en sus escritos. Esto es comprensible: la formación social feudal corresponde al modo de producción feudal, y así todo. Sin embargo, a menudo puede llevar a conclusiones erróneas, sobre todo en el caso más crucial y bastante común en el que coexisten más de un modo de producción en la misma formación social.
Este último punto es relevante para nosotros. Empíricamente es bastante evidente que las sociedades (como yo llamaré por lo general a las formaciones sociales para mayor facilidad) a menudo pueden tener más de un modo dentro de ellas: el capitalismo y el esclavismo coexistieron en el sur americano en 1860, por ejemplo. Pero una parte importante de la fuerza de los análisis marxistas de la historia está en el hecho de que enfatizan la existencia de sistemas económicos totalmente diferentes, cada uno con una lógica interna diferente, que son incompatibles y antagónicos en el sentido de que no pueden mezclarse. Entre un modo y otro hay una ruptura; no hay nada que pueda ser semifeudal y semicapitalista; los procesos económicos feudales funcionan realmente de modo diferente a los capitalistas. Pero si dos modos coexisten en una sociedad, tendrán alguna influencia mutua, y, además, uno será dominante, esto es, uno determinará las reglas básicas para toda la formación social; por otra parte, la formación no sería un todo económico. Normalmente, el modo de producción dominante es el que tiene vínculos más estrechos con el Estado; si otro modo va a ser dominante en la formación, y no ha ocupado todavía el Estado –como el capitalismo en (digamos) la Inglaterra de principios del siglo XVII– tenderá a socavarlo, y la forma del Estado tenderá a la larga a cambiar de manera acorde, a menudo violentamente, como resultado de la lucha de clases. Nuestro punto terminal en la tradición de la época tardorromana no es, entonces, simplemente el modo de producción feudal, sino una sociedad dominada por el modo de producción feudal, la «formación social feudal», el punto en que los estados europeos occidentales eran feudales, y no solo sus economías; y el Estado feudal llegó a ser una consecuencia del desarrollo social después de que, en el conjunto de modos existentes en el Bajo Imperio, el modo feudal llegó a ser dominante.9
* * *
El punto de partida para nuestro análisis es el Bajo Imperio, el denominado «Estado de Diocleciano» de finales del siglo III en adelante, la gran época, el triunfo final del Estado romano. Es decir, que comenzamos cuando las haciendas esclavistas del siglo I virtualmente ya han desaparecido, aunque algunas puedan haber continuado aquí y allá.10 En cambio, el trabajo agrícola dependiente se realizaba en este momento por medio de los tenentes, esto es, organizado mediante el modo de producción feudal. Ciertamente, aún había muchísimos esclavos, pero esos esclavos se habían transformado en tenentes, y de este modo controlaban la tierra y su propio proceso de trabajo. Además, comenzamos a encontrar en los textos, cada vez más a menudo, tenentes libres (coloni), con frecuencia en niveles de dependencia personal muy considerables: los grandes terratenientes de los siglos IV y V contaron con ellos de modo creciente.11 Pero el modo feudal no dominaba la sociedad. La fuente dominante de extracción del excedente en el Bajo Imperio no era la renta, sino el impuesto.
El peso de la fiscalidad en el Bajo Imperio es bien conocido, y a menudo se usa como una fórmula estereotipada en las discusiones sobre por qué cayó el Imperio. Pero la fiscalidad no fue solamente gravosa y extremadamente onerosa; era la base del Estado y el elemento clave de todo el sistema económico, la institución que determinaba la dirección de la economía y definía el modo de producción dominante, que aún puede denominarse modo antiguo. Se ha dicho que el modo antiguo dominaba al conjunto de modos que coexistían en la República tardía, para ser desplazado por el modo esclavista en el período comprendido entre el siglo I a. C. y el siglo II d. C.; si es así, ahora dominaba de nuevo. En efecto, como veremos enseguida, a pesar de las tendencias centralizadoras del Bajo Imperio, el impuesto aún se recaudaba a través de las ciudades. Pero la recaudación de impuestos en sociedades complejas nunca podía existir en el vacío; otros modos de explotación tienden a coexistir y su correlación es de crucial importancia. La correlación y su dominio por los impuestos en el Bajo Imperio pueden y deben analizarse de varias maneras, para ver cómo se construyó a partir de ello la formación social tardorromana si queremos entender cómo cayó.
La importancia de la recaudación de impuestos era cuantitativa y cualitativa, y discutiremos estas facetas sucesivamente. Los detalles institucionales de los sistemas de fiscalidad de la época tardorromana son increíblemente complejos y no nos interesan aquí (los mecanismos exactos son aún discutidos). El elemento básico era un impuesto sobre la tierra, a menudo denominado annona o (en términos de gravamen) iugatio/capitatio, tasado sobre la extensión de tierra que un hombre poseía. Otros impuestos, en concreto la collatio lustralis sobre la propiedad de los mercaderes y una variedad de derechos de peaje y aduanas, eran en sí mismos altos, pero representaban una minúscula proporción de los ingresos imperiales (Jones hizo un famoso cálculo basado en los ingresos por tributos de tres ciudades muy diferentes en diversos años alrededor del 500 d. C. en que la collatio lustralis representaba un 5 por ciento del importe recogido en la annona –las estadísticas son de baja calidad, pero la estimación es convincente); mis argumentos se basarán en el impuesto sobre la tierra.12 Parece que el impuesto sobre la tierra se recaudaba de forma uniforme sobre toda propiedad de tierra, grande o pequeña, y en algunas provincias el importe pudo establecerse sobre la fertilidad. Ciertamente, no era un impuesto progresivo; en efecto, como los propietarios senatoriales, burócratas y eclesiásticos estaban exentos de los frecuentes tributos suplementarios (o superindicciones), más bien es todo lo contrario. La annona se tributaba en especie, a diferencia de los primeros impuestos imperiales (aunque a veces se tasaba en términos monetarios), al menos hasta comienzos del siglo V, cuando su organización se alteró y comenzó a cobrarse de nuevo en oro en su mayor parte.13 El impuesto de la tierra se cobraba al principio directamente a todos los agricultores libres, o a sus señores si los agricultores eran esclavos. Así, el proceso institucional era totalmente distinto del del cobro de la renta, incluso donde el agricultor era un tenente. Sólo desde la década de 370, quizá, los tenentes comenzaron a pagar el impuesto a través de sus señores si no poseían ninguna tierra de manera independiente; en el siglo V se generalizó tal pago de impuestos a través de los propietarios, en vez de los poseedores, de la tierra.
Lo que nos interesa aquí en nuestra valoración de la importancia de la fiscalidad no es su peso absoluto, junto con un cálculo de qué perjuicio ocasionó a la productividad de la economía, que es lo que se hace generalmente (fue alto, y probablemente causó perjuicio, pero menos de lo que piensa Jones), sino cuál fue el peso relativo de la fiscalidad sobre el pago de rentas. El primer punto es que el impuesto se estableció sobre todos los grandes propietarios de tierra, y ellos no pagaban renta. Los propietarios campesinos representaban una proporción no determinable del Imperio, pero probablemente constituían un porcentaje considerable, tal vez todavía fueran numéricamente dominantes en algunas provincias marginales –un sector de la población no sin importancia incluso en Italia, donde las haciendas eran probablemente las más grandes. Donde los campesinos tenían que pagar impuestos y renta, no hace falta decir que es difícil estimar la relación proporcional entre los dos, pero nos sorprende bastante el tener algunas cifras. Las dos más detalladas son del siglo VI y nos permiten obtener proporciones casi exactas: una en un registro fiscal completo de Antiópolis en Egipto de quizá el 527, otra de una cesión del Estado a la Iglesia en Rávena del 555 aproximadamente. Las cifras de Antiópolis nos muestran que los gravámenes en especie y en dinero representaban entre un cuarto y un tercio de los rendimientos brutos medios, y por tanto, entre la mitad y dos tercios del excedente total obtenido normalmente de los tenentes en Egipto (el 50 por ciento era la renta más común, el terrateniente pagaba los impuestos aparte). El impuesto, por tanto, es equivalente a más de dos veces la renta. En Rávena la proporción impuesto/renta está explícita en el texto, pues el señor tiene que recaudar ambos y traspasar el impuesto; la proporción es 57/43. Y ello es mucho. En el siglo VI los señores obtenían menos de la mitad del excedente. Por supuesto que no podemos decir hasta qué punto son representativas las cifras, pero Italia y Egipto no están ciertamente entre las provincias en donde la renta se considera como ligera; incluso si el impuesto era más alto en Egipto que en cualquier otra parte, como es posible, la relación entre impuesto y renta no debería verse como inusual. El predominio cuantitativo de la recaudación de impuestos en el Imperio, incluso donde se oponía a la renta, está tan claro como probablemente nunca lo esté, dadas las cifras que generalmente tenemos a nuestra disposición para el Bajo Imperio. Los campesinos independientes pagaban al menos los promedios perfilados en estos textos (las cifras de Antiópolis son tanto para propietarios como para tenentes) y a menudo más, pues el texto de Rávena es para tierra de la Iglesia parcialmente privilegiada. En tales niveles, más de una cuarta parte de los rendimientos brutos se irían en impuestos –como conjetura, a menudo más de la mitad del excedente (esto es, tras la simiente y la subsistencia), y con seguridad, más del cien por cien en los años malos. Las cifras son excepcionales, pero no hay razón alguna para no tomarlas en serio; algún impuesto puede no haberse pagado nunca, pero, igualmente, se sabe que los recaudadores corruptos extraían en otros lugares más de lo teóricamente establecido. Sin embargo, debemos preguntarnos cuándo se impusieron esos niveles de tributación. El registro de Antiópolis, si la fecha es correcta, precede al aumento de los impuestos que se llevó a cabo para pagar las guerras del reinado de Justiniano, y probablemente representa un nivel de tributación típico durante algún tiempo. Por otro lado, los niveles de tributación a principios del siglo IV, al menos en Egipto, eran probablemente algo más bajos. El aumento de un ya alto impuesto sobre la tierra hasta estos niveles extraordinarios comenzó a ocurrir casi con certeza a finales del siglo IV con el comienzo de las guerras, y en el caso de Egipto con el crecimiento de la población de Constantinopla; quizá sólo entonces los impuestos comenzaron a superar a la renta.14