Read the book: «Placeres violentos»

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PARA TI, MUY QUERIDO LECTOR

Estos placeres violentos tienen finales violentosY en su triunfo mueren, como el fuego y la pólvora,Que al besarse, se consumen.

Shakespeare, Romeo y Julieta

Prólogo

En la esplendente Shanghái despierta un monstruo.

Sus ojos se abren de golpe en el vientre del río Huangpu, las mandíbulas se descuelgan de inmediato para saborear la nauseabunda sangre que penetra en las aguas. Líneas rojas que se deslizan por las modernas calles de esta antigua ciudad: líneas que dibujan telarañas en los adoquines como una red de arterias, y gota a gota alcanzan las aguas, vertiendo la esencia vital de la ciudad dentro de la boca de otra esencia.

A medida que la noche se vuelve más oscura, el monstruo toma impulso para incorporarse, eventualmente emergiendo de las olas con la desidia de un dios olvidado. Cuando alza la cabeza, todo lo que puede verse, muy baja en el firmamento, es una luna enorme.

El monstruo inhala. Se desliza más cerca.

El primer aliento se transforma en una brisa fría que se abalanza sobre las calles y roza los tobillos de aquellos que tienen la mala fortuna de regresar tambaleantes a casa durante la hora del diablo. Este lugar zumba al ritmo de la melodía del libertinaje. Esta ciudad es indecente y está profundamente sumida en la esclavitud del pecado incesante, tan saturada con el beso de la decadencia que el cielo amenaza con venirse abajo y a manera de castigo aplastar a todos aquellos que viven desenfrenadamente bajo su cubierta.

Pero no llega el castigo: no todavía. Es una década laxa y la moral lo es aún más. Mientras Occidente levanta los brazos en celebración de una fiesta interminable, mientras el resto del Reino Medio permanece dividido entre envejecidos señores de la guerra y los vestigios del dominio imperial, Shanghái se asienta en su propia y pequeña burbuja de poder: La París del Este, la Nueva York del Oeste.

A pesar de la ponzoña escurriéndose desde todos los callejones, este lugar está vivo. Y el monstruo, también, nace de nuevo.

Ignorantes de lo que ocurre, los habitantes de esta ciudad dividida continúan con sus quehaceres. Dos hombres salen a trompicones por las puertas abiertas de su burdel favorito en medio de sonoras y penetrantes risotadas. El silencio de esta avanzada hora contrasta repentinamente con la estruendosa actividad de la cual acaban de emerger, y sus oídos se esfuerzan por ajustarse, zumbando ruidosamente durante la transición.

Uno de ellos es bajo y rechoncho, y podría pensarse que si se recuesta en el suelo comenzaría a rodar por la acera como si fuera una pelota; el otro es alto y desgarbado, las extremidades dibujadas en ángulos rectos. Con el brazo de uno alrededor del hombro del otro avanzan tambaleantes hacia la orilla del agua, hacia el río que trae desde el mar las mercancías que transportan los comerciantes día tras día.

Los dos hombres están familiarizados con estos puertos; después de todo, cuando no dedican el tiempo a frecuentar clubes de jazz o a consumir los más recientes cargamentos de vino procedentes de algún país extranjero, transmiten mensajes aquí, guardan mercancías allá, llevan y traen cargamentos: todo ello al servicio de la Pandilla Escarlata. Conocen este malecón como la palma de sus manos, incluso ahora cuando no se escuchan los habituales mil idiomas diferentes voceados bajo mil banderas distintas.

A esta hora sólo se escucha la música tenue de los bares cercanos y los enormes estandartes de las tiendas al ondear con las ráfagas de viento.

Y se escucha a cinco integrantes de los Flores Blancas hablando animadamente en ruso.

Es culpa de los dos hombres Escarlata por no haber escuchado más pronto la algarabía, pero sus cerebros están anegados por el alcohol y sus sentidos zumban placenteramente. Para cuando los Flores Blancas aparecen a la vista, para cuando los hombres ven a sus rivales por los lados de uno de los puertos, pasándose de mano en mano una botella, riendo tan estruendosamente que sus hombros se estremecen, ya ninguno de ambos grupos puede retroceder sin caer en el deshonor.

Los Flores Blancas se enderezan, las cabezas inclinadas hacia el viento.

—Es mejor que sigamos nuestro camino —el hombre Escarlata de baja estatura le susurra a su acompañante—. Ya sabes lo que Lord Cai dijo sobre meternos en otra pelea con los Flores Blancas.

El más desgarbado se limita a morder el interior de sus mejillas, hasta que su rostro enjuto toma el aspecto de un engreído y borrachín espíritu maligno.

—Dijo que no deberíamos iniciar ninguna pelea. Nunca mencionó que no podíamos meternos en una.

Los hombres Escarlata hablan en el dialecto de su ciudad, con la lengua plana y los sonidos apretados. Incluso cuando alzan la voz con la confianza de estar en su territorio, se sienten intranquilos, porque en la actualidad es raro que un Flor Blanca desconozca el idioma: incluso algunas veces sus acentos son indistinguibles de los de un nativo de Shanghái.

Hecho que resulta cierto cuando uno de los Flores Blancas, sonriendo, grita:

—Y entonces ¿están buscando pelea?

El más alto de los Escarlatas emite un sonido bajo que proviene de la base de su garganta y lanza un escupitajo en dirección a los Flores Blancas que aterriza junto al zapato del hombre más cercano.

En un abrir y cerrar de ojos: armas apuntan a otras armas, los brazos firmes y en alto, ansiosos por jalar el gatillo. Ésta es una escena que ya no hace pestañear a nadie; ésta es una escena que es más común en la embriagadora Shanghái que el humo del opio emanando desde alguna gruesa pipa.

—¡Ei! ¡Ei!

Un silbato rompe el terso silencio. El policía que acude corriendo al lugar sólo expresa molestia por el paso bloqueado. Ya ha visto esta misma escena tres veces durante la semana. Ha encerrado a los rivales tras las rejas o bien ha tenido que ordenar una limpieza cuando los grupos se enfrentaron entre sí, dejando a sus rivales perforados a tiros. Agotado por el pesado día, lo único que el policía desea es marcharse a casa, meter los pies en agua caliente, y comer la cena fría que su esposa habría dejado sobre la mesa. La mano está ansiosa por sacar su garrote, ansiosa por moler a palos a estos hombres y hacerlos entrar en razón, ansiosa por recordarles que entre ellos no deberían existir resentimientos personales. Lo único que los impulsa es una imprudente e infundada lealtad hacia los Cai y hacia los Montagov, y eso va a ser su ruina.

—¿Terminamos esto de una buena vez y nos vamos a casa? —pregunta el policía—. ¿O quieren venir conmigo y…?

Se detiene abruptamente.

Desde las aguas resuena el eco de un gruñido.

La advertencia que irradia semejante sonido no es una sensación que pueda negarse. No es la clase de paranoia que uno siente cuando cree estar siendo acechado en una intersección abandonada; tampoco es la clase de pánico que se experimenta cuando una tabla en el suelo cruje en una casa que se había creído vacía. Esto es algo sólido, tangible: pareciera exudar cierta humedad en el aire, un peso que presiona la piel desnuda. Es una amenaza tan obvia como una pistola contra el rostro y, sin embargo, hay un momento de inacción, un momento de vacilación. El hombre Escarlata bajo y rechoncho titubea en un primer momento, echa un vistazo al borde del malecón. Inclina la cabeza, atisbando en las oscuras profundidades y aguza la mirada para seguir los movimientos agitados y ondulantes de las pequeñas olas.

Está justo a la altura adecuada para que su compañero suelte un grito y lo derribe con un codazo brutal en la sien cuando algo emerge desde el río.

Pequeñas motas negras.

Mientras el hombre bajo cae y se golpea con fuerza contra el suelo, tiene la impresión de que el mundo está lloviendo sobre él en forma de briznas; cosas extrañas que no acaba de discernir del todo mientras su visión da vueltas y su garganta se obstruye por las náuseas. Sólo alcanza a sentir punzadas que aterrizan encima de él, que le pican los brazos, las piernas, el cuello: escucha gritar a su compañero, los Flores Blancas se increpan a bramidos entre sí en un ruso indescifrable y, finalmente, el policía empieza a aullar en inglés:

—¡Quítenlo! ¡Quítenselo de encima!

El hombre tendido en el suelo siente el ruido sordo y atronador de los latidos del corazón. Con la frente junto al malecón, reacio a contemplar lo que causa estos terribles aullidos, su propio pulso lo consume. Se apodera de cada uno de sus sentidos, y sólo cuando algo espeso y húmedo le salpica la pierna, se endereza con horror, sacudiéndose con tan inusitado vigor que uno de sus zapatos sale despedido y él no se molesta en recogerlo.

No mira hacia atrás mientras sale corriendo. Se aparta a manotazos los residuos que le llovieron encima, sufre un ataque de hipo en su desesperación por inhalar aire, inhalar, inhalar.

No mira hacia atrás para averiguar qué era lo que acechaba en las aguas. No mira atrás para ver si su compañero necesita ayuda, y ciertamente no mira atrás para determinar qué cosa había aterrizado en su pierna produciendo una sensación viscosa y pegajosa. El hombre no hace otra cosa que correr y correr, más allá del alegre neón de las marquesinas en el preciso momento en que se apagan las últimas luces, más allá de los susurros que se deslizan bajo las puertas de acceso a los burdeles, más allá de los dulces sueños de los comerciantes que duermen con pilas de dinero bajo los colchones.

Y hace tiempo que se ha marchado para cuando sólo quedan cadáveres tendidos en el suelo de los puertos de Shanghái, cadáveres degollados con los ojos yertos clavados en el cielo nocturno, vidriosos por el reflejo de la luna.

Uno

SEPTIEMBRE DE 1926

En el corazón del territorio de la Pandilla Escarlata, un club burlesque era sin duda el mejor sitio para estar.

El calendario se aproximaba cada vez más al final de la estación, las páginas de cada fecha desprendiéndose y volando por el aire más rápido que las hojas secas de un árbol. El tiempo transcurría a la vez de prisa y de forma pausada, los días se volvían más cortos y sin embargo se prolongaban demasiado. Los trabajadores se apresuraban siempre hacia algún lado, sin importar si realmente tenían un destino al cual llegar. El sonido de un silbato se escuchaba de fondo; siempre estaba el ruido constante de los tranvías arrastrándose por las desgastadas vías talladas en las calles; el permanente hedor de resentimiento apestando en los barrios e introduciéndose profundamente en la ropa colgada de los alambres y agitándose con el viento, como anuncios de tiendas tras las ventanas de los estrechos departamentos.

Hoy era una excepción.

El reloj había tomado una pausa en el Festival del Medio Otoño: el veintidós del mes, según los métodos occidentales de registrar las fechas. En otras épocas se acostumbraba encender farolas y susurrar historias trágicas, para rendir culto a lo que los ancestros veneraban con la luz de luna en las palmas ahuecadas de las manos. Ahora era una nueva época: una que se consideraba superior a la de los ancestros. Independientemente del territorio en el que se encontraran, desde el amanecer, los habitantes de Shanghái habían estado trajinando inmersos en el espíritu de las celebraciones modernas, y en este momento, con las campanas marcando las nueve de la mañana, las festividades apenas comenzaban.

Juliette Cai inspeccionaba el club, sus ojos atentos al primer indicio de problemas. El lugar estaba tenuemente iluminado y a pesar de la abundancia de candelabros centelleantes que colgaban del techo, la atmósfera era oscura, turbia y húmeda. También había un olor extraño y húmedo que flotaba en oleadas bajo la nariz de Juliette, pero las exiguas renovaciones no parecían afectar en absoluto el ánimo de los presentes, sentados en varias mesas redondas repartidas por todo el club. Con una actividad constante acaparando la atención de los asistentes, difícilmente iban a notar una pequeña gotera en alguna esquina. Se veían parejas que susurraban mientras en sus mesas se barajaban las cartas del tarot, hombres que saludaban con vigorosos apretones de manos, mujeres que inclinaban la cabeza y soltaban resuellos y grititos en reacción a la historia que en aquel momento se contara bajo la parpadeante luz de gas.

—¡Qué aspecto más lamentable tienes!

Juliette no volteó de inmediato para identificar la voz. No tenía que hacerlo. Para empezar, había muy pocas personas que se aproximaran a ella hablando inglés, no importa que fuera un inglés con los tonos aplanados de la lengua materna china y el acento influido por una educación francesa.

—En efecto. Siempre tengo algo que lamentar —sólo en ese momento Juliette giró la cabeza, con los labios levemente fruncidos y los ojos entrecerrados, y se dirigió a su prima—. ¿No se supone que deberías ser la próxima en el escenario?

Rosalind Lang se encogió de hombros y se cruzó de brazos, los brazaletes de jade en sus delgadas muñecas oscuras tintineando rítmicamente.

—No pueden empezar el espectáculo sin mí —se burló Rosalind—. Así que no me preocupa.

Juliette examinó de nuevo al público, esta vez buscando a alguien en particular. Descubrió a Kathleen, la hermana gemela de Rosalind, cerca de una mesa al fondo del club. Su otra prima estaba balanceando pacientemente una bandeja llena de platos, mirando con fijeza a un comerciante británico que intentaba ordenar una bebida valiéndose de exageradas gesticulaciones. Rosalind tenía un contrato para bailar aquí; Kathleen aparecía en el sitio para servir mesas cuando estaba aburrida y aceptaba un salario insignificante sólo por pasar un rato divertido.

Soltando un suspiro, Juliette sacó un encendedor para mantener las manos ocupadas, liberando la llama y luego apagándola al ritmo de la música que flotaba por el sitio. Agitó el pequeño rectángulo plateado bajo la nariz de su prima.

—¿Quieres?

A manera de respuesta Rosalind sacó un cigarrillo escondido entre los pliegues de su ropa.

—Tú ni siquiera fumas —dijo mientras Juliette dirigía el encendedor hacia abajo—. ¿Por qué cargas esa cosa?

Con expresión seria, Juliette respondió.

—Ya me conoces. Siempre de aquí para allá. Viviendo la vida. Provocando incendios.

Rosalind inhaló su primera bocanada de humo y puso los ojos en blanco.

—Por supuesto.

Un misterio más interesante habría sido descubrir dónde guardaba Juliette el encendedor. La mayoría de las chicas del club burlesque —tanto bailarinas como clientas— estaban vestidas como Rosalind: con el elegante qipao que se extendía por Shanghái como un reguero de pólvora. Con una escandalosa abertura lateral que dejaba al descubierto desde el tobillo hasta el muslo y un cuello alto con el cual se sostenía fijo, el diseño era una mezcla de extravagancia occidental y raíces orientales, y en una ciudad de mundos divididos, las mujeres se convertían en metáforas ambulantes. Pero Juliette… Juliette se había transformado por completo, las pequeñas cuentas de su vestido corto a la usanza de las chicas flapper estadounidenses agitándose con cada movimiento. Sobresalía en este lugar, de eso no había ninguna duda. Era una estrella ardiente y fulgurante, una insignia simbólica de la vitalidad de la Pandilla Escarlata.

Juliette y Rosalind guardaron silencio y dirigieron de nuevo su atención hacia el escenario, donde una mujer canturreaba una tonada en un idioma con el que ninguna de ellas estaba familiarizada. La voz de la cantante era encantadora, su vestido brillaba contrastando con su piel oscura, pero éste no era el tipo de espectáculo por el que era reconocido esta clase de cabaret, de modo que aparte de las dos chicas en el fondo, nadie más la estaba escuchando.

—No me dijiste que vendrías esta noche —dijo Rosalind después de un momento, con el humo escapando de la boca en veloces bocanadas. En el tono de su voz se percibía la queja por una traición, como si aquella información omitida fuera algo inesperado para ella. La Juliette que había regresado la semana pasada no era la misma Juliette de la cual sus primas se habían despedido cuatro años atrás, pero los cambios eran visibles en ambos lados. Al regreso de Juliette, incluso antes de que hubiera puesto un pie en casa, ya había escuchado hablar de esa voz melosa de Rosalind y de la clase que exhibía de manera espontánea. Después de cuatro años fuera, los recuerdos que tenía Juliette de las personas que había dejado atrás ya no encajaban con las personas en que se habían convertido. Nada en su memoria había resistido la prueba del tiempo. Esta ciudad se había transformado y todos sus habitantes habían seguido avanzando sin ella, especialmente Rosalind.

—Fue una decisión de último minuto —en la parte trasera del club, el comerciante británico había comenzado sus pantomimas frente a Kathleen. Juliette señaló la escena con la barbilla—. Bàba se está cansando de que un comerciante llamado Walter Dexter esté presionando para conseguir una reunión, así que voy a escuchar lo que quiere.

—Suena de lo más aburrido —entonó Rosalind.

Las palabras de su prima siempre encerraban algo de mordacidad, incluso cuando hablaba con la más neutra de las entonaciones. Una pequeña sonrisa afloró a los labios de Juliette. Como mínimo, incluso si Rosalind se sentía como una extraña —a pesar de ser de la familia— siempre sonaría igual. Juliette podía cerrar los ojos y pretender que eran nuevamente unas niñas, haciéndose reproches mutuos sobre los temas más insultantes.

Resopló con altivez, fingiendo sentirse ofendida.

—No todos podemos ser bailarinas formadas en París.

—Te propongo algo: tú te haces cargo de mi acto y yo seré la heredera del imperio subterráneo de esta ciudad.

Juliette, estalló en una risa corta y sonora, divertida por el comentario. Su prima era diferente. Todo en ella era diferente. Pero Juliette aprendía rápido.

Con un tenue suspiro, se apartó de la pared en la que estaba apoyada.

—Me marcho —dijo, con la mirada fija en Kathleen—. El deber me llama. Te veo en casa.

Rosalind la despidió con un gesto fugaz, al tiempo que dejaba caer al suelo el cigarrillo y lo aplastaba con su zapato de tacón. Juliette realmente debería haberla reprendido por hacer eso, pero el piso no podría estar más sucio de lo que estaba ahora, así que, ¿qué objeto tendría? Desde el momento en que había puesto un pie en el lugar, probablemente cinco tipos diferentes de opio habían manchado las suelas de sus zapatos. Todo lo que podía hacer era atravesar el club con el mayor cuidado posible, confiando en que las empleadas no dañarían el cuero de sus zapatos cuando los limpiaran más tarde esa misma noche.

—Yo me encargo a partir de aquí.

Kathleen alzó la barbilla sorprendida, y el dije de jade en su cuello resplandeció bajo la luz. Rosalind solía decirle a su prima que alguien iba a arrebatarle esa piedra tan preciosa si la usaba de manera tan descarada, pero a Kathleen le gustaba verla allí. Si la gente iba a mirar su garganta, prefería que lo hiciera por el dije y no por la protuberancia de su manzana de Adán, decía siempre.

Su expresión de sorpresa se transformó rápidamente en una sonrisa al darse cuenta de que era Juliette quien estaba deslizándose en el asiento frente al comerciante británico.

—Avíseme si necesita que le consiga alguna cosa —dijo Kathleen con dulzura, en un perfecto inglés con acento francés.

Mientras se alejaba, Walter Dexter se quedó boquiabierto.

—¿Ella pudo entenderme todo este tiempo?

—Irá descubriendo, señor Dexter —comenzó Juliette, apartando la vela del centro de la mesa y aspirando la cera perfumada—, que si asume desde el primer momento que alguien no sabe hablar inglés, la persona se verá tentada a burlarse de usted.

Walter parpadeó y luego ladeó la cabeza. Tomó nota de la manera de vestir de la recién llegada, de su acento americano y del hecho de que conociera su nombre.

—Juliette Cai —concluyó el hombre—. Esperaba a su padre esta noche.

La Pandilla Escarlata se definía como un negocio familiar, pero no se limitaba a eso. Los Cai eran su corazón palpitante, pero la pandilla en sí era una red de gánsteres, contrabandistas, comerciantes e intermediarios de todo tipo, cada uno de los cuales rendían cuentas a Lord Cai. Los extranjeros menos efusivos en sus juicios llamaban a los Escarlatas una sociedad secreta.

—Mi padre no tiene tiempo para comerciantes sin una historia creíble —respondió Juliette—. Si se trata de algo importante, yo le transmitiré su mensaje.

Desafortunadamente, parecía que Walter Dexter estaba mucho más interesado en las conversaciones triviales que en los negocios.

—Lo último que supe de usted es que se había mudado para convertirse en neoyorquina.

Juliette depositó la vela sobre la mesa de nuevo. La llama parpadeó, arrojando fantasmagóricas sombras sobre aquel comerciante de mediana edad. La luz no hizo más que acentuar las arrugas de su frente perpetuamente fruncida.

—Es una lástima, pero sólo me enviaron a Occidente con el propósito de recibir una educación —dijo Juliette, reclinándose en el sofá—. Ahora tengo la edad suficiente para empezar a contribuir al negocio familiar y todo lo relacionado con él, así que me arrastraron de regreso sin importarles mis gritos y pataletas.

El comerciante no se rio de la broma, como era la intención de Juliette. En lugar de ello, se palpó levemente la sien, desacomodando su cabello de franjas plateadas.

—¿No había regresado también por un breve período de tiempo hace un par de años?

Juliette se quedó rígida, la sonrisa vacilante. Detrás de ella, los clientes de una de las mesas estallaron en estruendosas carcajadas, doblándose de la risa por el comentario de uno de ellos. Ese sonido le produjo a ella cierta comezón en el cuello y le generó un sudor caliente que le recorrió la piel. Esperó a que el ruido se apagara, usando la interrupción para pensar de forma veloz y replicar con contundencia.

—Sólo una vez —respondió Juliette con cautela—. Nueva York no era muy segura durante la Gran Guerra. Mi familia estaba preocupada.

El comerciante seguía empeñado en el tema. Emitió un pequeño ruido mientras ponderaba su respuesta.

—La guerra terminó hace ocho años. Usted estuvo aquí hace cuatro.

La sonrisa de Juliette se desvaneció por completo. Se echó hacia atrás el cabello recogido.

—Señor Dexter, ¿estamos aquí para discutir su amplio conocimiento sobre mi vida personal o esta reunión realmente tenía un propósito?

Walter palideció.

—Le pido disculpas, señorita Cai. Mi hijo tiene su edad, por lo que de manera casual me enteré que…

Interrumpió la frase al reparar en la mirada de Juliette. Se aclaró la garganta.

—Solicité reunirme con su padre en relación a un nuevo producto.

De inmediato, a pesar de la vaguedad de la palabra elegida, quedó bastante claro a qué se refería Walter Dexter. La Pandilla Escarlata era, en primer lugar y sobre todo, una red de gánsteres, y eran raras las ocasiones en las que los gánsteres no estaban intensamente involucrados con el mercado negro. Si los Escarlatas dominaban Shanghái, no había ninguna razón para extrañarse de que también dominaran el mercado negro: ellos decidían quienes podían entrar y quienes debían salir, decidían a cuáles hombres se les permitía prosperar y cuáles tendrían que pasar a mejor vida. En las partes de la ciudad que todavía pertenecían a los chinos, la Pandilla Escarlata no estaba simplemente por encima de la ley; eran la ley. Sin los gánsteres, los comerciantes estaban desprotegidos. Sin los comerciantes, los gánsteres no tendrían mucho propósito ni trabajo. Era una asociación ideal: y una que se veía amenazada continuamente por el creciente poder de los Flores Blancas, la otra pandilla de Shanghái que realmente tenía alguna posibilidad de rivalizar con los Escarlatas en el monopolio del mercado negro. Después de todo, por generaciones habían estado haciendo lo posible por aventajarlos.

—Un producto, ¿Ummm? —repitió Juliette. Entornó los ojos de forma ausente. Habían cambiado las artistas sobre el escenario, y la luz del reflector se atenuó en el momento en que sonaron las primeras notas de un saxofón. Adornada con un traje nuevo y brillante, Rosalind se pavoneó frente a todos—. ¿Recuerda usted lo que ocurrió la última vez que los británicos quisieron introducir un nuevo producto en Shanghái?

Walter frunció el ceño.

—¿Se refiere a las Guerras del Opio?

Juliette se examinó las uñas.

—¿Qué cree usted?

—No puede achacarme algo que fue culpa de mi país.

—Ah, ¿y no es así como funciona?

Ahora era el turno de Walter de parecer poco impresionado con las palabras de su interlocutora. Juntó las manos mientras a sus espaldas las faldas se agitaban y las pieles destellaban sobre el escenario.

—De todas maneras, requiero la ayuda de la Pandilla Escarlata. Tengo vastas cantidades de lernicrom que necesito mover, y sin duda ése va a ser el próximo opiáceo más apetecido del mercado —Walter carraspeó—. Me parece que en este momento a ustedes les interesa tomar la delantera.

Juliette se inclinó. En ese movimiento repentino, las cuentas de su vestido tintinearon frenéticamente, interponiéndose a la música de jazz que sonaba al fondo.

—¿Y realmente usted cree que puede ayudarnos a tomar la delantera?

Para nadie eran un secreto las constantes confrontaciones entre la Pandilla Escarlata y los Flores Blancas. Todo lo contrario, de hecho, porque aquella guerra entre clanes no era algo que únicamente asolaba a aquellos que llevaban el apellido Cai o el apellido Montagov. Era una causa que los integrantes comunes de cualquiera de las dos facciones asumían de forma personal, con un fervor que casi podía llegar a ser sobrenatural. Los extranjeros que por primera vez llegaban a Shanghái de negocios recibían una advertencia antes de enterarse de cualquier otra cosa sobre la ciudad: elija un bando y elíjalo rápidamente. Si negociaban una vez con la Pandilla Escarlata, serían Escarlatas para siempre. Pertenecerían a su territorio y serían asesinados si deambulaban por las áreas donde dominaban los Flores Blancas.

—Lo que yo creo —dijo Walter en voz baja— es que la Pandilla Escarlata está perdiendo el control de su ciudad.

Juliette se echó hacia atrás. Debajo de la mesa, apretó los puños con tal fuerza que la piel de los nudillos se quedó sin flujo sanguíneo. Cuatro años atrás al escuchar la palabra Shanghái se le iluminaban los ojos, y al pensar en la Pandilla Escarlata el sentimiento era de esperanza. Aún no había entendido que Shanghái era una ciudad extranjera en su propio país. Ahora lo entendía. Los británicos dominaban una porción. Los franceses dominaban otra. Los rusos que integraban los Flores Blancas se estaban apoderando de las únicas partes que técnicamente permanecían bajo el dominio chino. Esta pérdida de control era algo que se había visto venir desde hacía mucho tiempo, pero Juliette preferiría morderse la lengua antes que admitirlo voluntariamente ante un comerciante que no entendía nada de nada.

—Lo contactaremos en referencia a su producto, señor Dexter —dijo ella después de una larga pausa, exhibiendo una sonrisa fácil. En seguida soltó un suspiro imperceptible, liberando la tensión que le había hecho un nudo en el estómago hasta el punto de causarle dolor—. Ahora, si me disculpa…

Todo el club quedó sumido en un momentáneo silencio, y de repente la voz de Juliette resultaba demasiado audible. Los ojos de Walter se abrieron de par en par y se fijaron en la escena que ocurría por encima del hombro de Juliette.

—Apuesto lo que sea —comentó él— que ése es uno de los bolcheviques.

Al escuchar las palabras del comerciante, Juliette sintió un frío que la dejó helada. Lenta, muy lentamente, se dio la vuelta para seguir la dirección de la mirada de Walter Dexter, buscando en medio del humo y de las sombras que danzaban en el vestíbulo del club burlesque.

Por favor que no sea así —imploró—. Cualquier otro menos…

Su visión se hizo borrosa. Por un aterrador segundo, el mundo se inclinaba sobre su eje, y Juliette a duras penas lograba aferrarse a su borde, a punto de trastabillar. Luego el suelo se estabilizó y Juliette pudo respirar nuevamente. Se puso de pie y se aclaró la garganta, concentrando todo su poder en que el tono de su voz sonara lo más apática posible cuando declaró:

—Los Montagov emigraron mucho antes de la revolución bolchevique, señor Dexter.

Antes de que nadie pudiera fijarse en ella, Juliette se escabulló entre las sombras, donde las paredes oscuras atenuaban el brillo de su vestido y las húmedas tablas del suelo amortiguaban el sonido de sus tacones. Sus precauciones eran innecesarias. Las miradas de todos estaban clavadas en Roma Montagov mientras el joven se abría paso a través del club. Por esta vez Rosalind llevaba a cabo una actuación que ni una sola persona estaba mirando.

A primera vista, podría pensarse que la conmoción que emanaba de las mesas redondas del establecimiento se debía a que había entrado al sitio un extranjero. Pero en este club había muchos extranjeros dispersos entre el público, y Roma, con su cabello negro, sus ojos oscuros y su piel pálida podría haberse mezclado entre los chinos con tanta naturalidad como una rosa blanca pintada de rojo en medio de las amapolas. No era por el hecho de que Roma Montagov fuera extranjero. Se debía a que el heredero de los Flores Blancas era totalmente reconocible como un enemigo en el territorio de la Pandilla Escarlata. Por el rabillo del ojo, Juliette pudo entrever el movimiento: armas que abandonaban los bolsillos y hojas de cuchillos que resplandecían fugazmente, cuerpos removiéndose con animosidad.

Juliette emergió de entre las sombras y levantó una mano en dirección a la mesa más cercana. El movimiento tenía un significado preciso: esperen.

Los gánsteres se quedaron quietos, cada grupo observando a los que estaban más cerca para seguir el ejemplo. Esperaron, fingiendo que continuaban con sus conversaciones mientras que Roma Montagov pasaba de una mesa a la otra, sus ojos entrecerrados por la concentración.

Juliette comenzó a aproximarse. Presionó una mano sobre su garganta, obligando el nudo a que bajara, se forzó a emparejar la respiración hasta que dejó de sentirse al borde del pánico, hasta que logró dibujarse una sonrisa radiante. En otra época, Roma habría sido capaz de ver a través de ella. Pero habían pasado cuatro años. Él había cambiado. Ella también.

Juliette extendió la mano y tocó la parte trasera del saco del traje de Roma.

—Hola, forastero.

Roma se giró. Por un momento dio la impresión de que no hubiera registrado la imagen que tenía enfrente. Miraba fijamente, su mirada tan en blanco como un cristal transparente, por completo desconcertado.

Entonces, la visión de la heredera de los Escarlatas lo inundó como un cubo de hielo. Los labios de Roma se separaron con una leve bocanada de aire.

La última vez que la había visto ambos tenían quince años.

—Juliette —exclamó automáticamente, pero ya no había entre ellos la familiaridad suficiente para usar el nombre de pila del otro. No la tenían desde hacía largo tiempo.

Roma carraspeó.

—Señorita Cai, ¿Cuándo regresó a Shanghái?

Nunca me fui, hubiera querido decir Juliette, pero eso no era cierto. Su mente había permanecido aquí —sus pensamientos habían girado constantemente en torno al caos, a la injusticia y a la furia ardiente que hervía en estas calles— pero su cuerpo físico había sido enviado por segunda vez en un barco a través del océano para mantenerla a salvo. Había odiado aquello, había odiado de forma tan intensa estar ausente que llegó a sentir que esa fuerza ardía como fiebre cada noche cuando se marchaba de las fiestas y los bares clandestinos. El peso de Shanghái era una corona de acero clavada en su cabeza. En un mundo diferente, si se le hubiera dado una opción, tal vez habría seguido otro camino, habría rechazado ser la heredera de un imperio de gánsteres y comerciantes. Pero nunca tuvo alternativa. Ésta era su vida, ésta era su ciudad, ésta era su gente, y porque los amaba, hacía mucho tiempo se había jurado hacer lo mejor que estuviera a su alcance para ser ella misma, ya que no podía ser alguien más.

Todo es tu culpa, quería decir. Tú eres la razón por la que fui obligada a salir de la ciudad. A alejarme de mi gente. De mi propia familia.

—Regresé hace ya un tiempo —Juliette mintió con toda naturalidad, acomodando su cadera contra la mesa vacía a su costado izquierdo—. Señor Montagov, tendrá que disculparme por preguntar, pero ¿qué está haciendo aquí ?

Juliette observó cómo Roma movía una mano muy levemente y supuso que estaba comprobando que estuvieran en su sitio las armas ocultas. Luego observó la forma en que él tomaba plena conciencia de la presencia de ella, su lentitud para formar palabras. Juliette había tenido tiempo para prepararse: siete días y siete noches para entrar en esta ciudad y liberar su mente de todo lo que había sucedido entre ellos dos. Pero sea lo que fuere que Roma había esperado encontrar esta noche al entrar al club, ciertamente no se trataba de Juliette.

—Necesito hablar con Lord Cai —dijo Roma finalmente, colocando las manos detrás de la espalda—. Es importante.

Juliette dio un paso adelante. Sus dedos se habían encontrado nuevamente con el encendedor dentro de los pliegues de su vestido, y palpó la pequeña rueda dentada mientras tarareaba mentalmente. Roma pronunció Cai como un comerciante extranjero, con la boca muy abierta. Los chinos y los rusos compartían el mismo sonido para Cai: Tsai, similar al sonido al raspar un fósforo. El acento chapucero que él había empleado era intencional: era un comentario sobre la situación. Ella hablaba el ruso con fluidez, él hablaba con fluidez el singular dialecto de Shanghái y, sin embargo, aquí se encontraban ambos hablando en inglés con diferentes acentos, como si fueran un par de comerciantes de paso por la ciudad. Cambiar del inglés a la lengua nativa de cualquiera de los dos habría sido como tomar partido, por lo que se conformaron con un terreno neutro.

—Si ha venido hasta aquí, me imagino que tiene que ser algo importante —dijo Juliette encogiéndose de hombros y soltando el encendedor—. Mejor hable conmigo, yo transmitiré el mensaje. De un heredero a otro, señor Montagov. Puede confiar en mí, ¿verdad?

Era una pregunta risible. Sus palabras decían una cosa, pero su mirada fría e inexpresiva comunicaba otra: un paso en falso mientras estés en mi territorio y te mataré con mis propias manos. Ella era la última persona en la que él confiaría, y podría decirse que el sentir era mutuo.

Pero sea lo que fuere que Roma necesitaba, debía ser algo grave. No objetó.

—¿Podemos…?

Hizo un gesto señalando a un costado, hacia las sombras y los rincones oscuros, donde no sería tan numerosa la audiencia centrada en ellos como si fueran un segundo espectáculo, una audiencia que aguardaba el momento en que Juliette se alejara para que ellos pudieran abalanzarse sobre el intruso. Apretando los labios, Juliette se giró y le hizo señas a Roma para que éste se dirigiera a la parte trasera del club. Él la siguió al instante, sus pasos medidos tan cerca de Juliette como para escuchar con claridad las cuentas del vestido de ella que tintineaban airadamente, revelando la perturbación que le causaba su cercanía. Juliette no sabía por qué se tomaba la molestia. Debería haberlo arrojado a los Escarlatas, dejar que ellos se encargaran de él.

No, decidió. Soy yo quien debe encargarse. Me corresponde a mí destruirlo.

Juliette se detuvo. Ahora sólo estaban ella y Roma Montagov en medio de las sombras, otros sonidos amortiguados y la vista de otras cosas atenuadas. Se frotó la muñeca, exigiéndole al pulso que se calmara, como si eso estuviera bajo su control.

—Bueno, al grano —recomenzó Juliette.

Roma miró a su alrededor. Inclinó la cabeza antes de hablar y bajó el volumen de la voz hasta que ella tuvo que hacer un esfuerzo para escucharlo. Y, de hecho, hizo un gran esfuerzo, pues se negaba a acercarse a él más de lo necesario.

—Anoche cinco Flores Blancas murieron en los puertos. Fueron degollados.

Juliette lo miró y parpadeó.

—¿Y?

Ella no quería mostrarse insensible, pero los miembros de ambas pandillas se mataban entre sí cada semana. La propia Juliette ya había aportado su cuota a esa cifra de muertos. Si él pretendía achacar toda la culpa a los Escarlatas, entonces estaba perdiendo el tiempo.

—Y —dijo Roma con vigor, evidentemente conteniéndose para no exclamar si me permites terminar —también uno de los hombres de ustedes. Al igual que un oficial de la policía. Británico.

Ahora Juliette arrugó el ceño tenuemente, tratando de recordar si la noche anterior había escuchado a alguien en la casa comentar algo sobre la muerte de un Escarlata. Era muy inusual que ambas pandillas tuvieran bajas en un mismo sitio, dado que las matanzas a mayor escala generalmente ocurrían durante emboscadas, y más inusual aún era que un oficial de policía también hubiera sido abatido, pero ella no iría tan lejos como para calificarlo de algo insólito. Se limitó a mirar a Roma enarcando una ceja, desinteresada.

Entonces, prosiguiendo con sus palabras, él añadió:

—Todas las heridas fueron autoinfligidas. Esto no fue una disputa por territorio.

Juliette sacudió repetidamente la cabeza, inclinándola hacia un lado, asegurándose de no haber escuchado mal. Cuando estuvo segura de que ésas habían sido las palabras de su interlocutor, exclamó:

—¿Siete cadáveres con heridas autoinfligidas?

Roma asintió. Lanzó otra mirada por encima del hombro, como si el mero hecho de no perder de vista a los gánsteres alrededor de las mesas evitaría que lo atacaran. O tal vez a él no le importaba estar mirándolos incesantemente. Quizás estaba tratando de evitar mirar de frente a Juliette.

—Estoy aquí para encontrar una explicación. ¿Su padre sabe algo de esto?

Juliette emitió un ruidito burlón profundo y cargado de rencor. ¿En serio estaba diciendo que cinco miembros de los Flores Blancas, uno de los Escarlatas, y un oficial de policía se habían encontrado en los puertos y luego se habían degollado a sí mismos? Sonaba como la enunciación de un chiste terrible sin un final gracioso.

—No podemos ayudarlo —declaró Juliette.

—Cualquier información podría ser crucial para descubrir lo que sucedió, señorita Cai —insistió Roma. Siempre que se enojaba aparecía entre sus cejas una pequeña muesca similar a una luna creciente. Ahora estaba allí visible. Había algo más sobre estas muertes de lo que él estaba dejando traslucir; esto iba mucho más allá que una emboscada ordinaria—. Uno de los muertos era de los suyos…

—No vamos a cooperar con los Flores Blancas —lo interrumpió Juliette de golpe. De su rostro había desaparecido hacía un buen rato cualquier señal de fingido humor—. Déjeme aclarar eso antes de que prosiga. Independientemente de si mi padre sabe algo o no sobre las muertes de anoche, no lo compartiremos con usted y no propiciaremos ningún contacto que pueda poner en peligro nuestras propias actividades comerciales. Entonces, que tenga buen día, señor.

Sin lugar a dudas Roma había sido expulsado y, sin embargo, permaneció donde estaba, mirando a Juliette como si tuviera un sabor amargo en la boca. Juliette ya había girado sobre sus talones, preparándose para salir, cuando escuchó a Roma susurrar con saña:

—¿Qué le pasó a usted, señorita Cai?

Juliette podría haber dicho cualquier cosa a manera de respuesta. Podría haber elegido sus palabras con el veneno mortal que había adquirido en sus años de ausencia y escupírselo en la cara. Podría haberle recordado lo que él había hecho hace cuatro años, clavarle la espada de la culpabilidad hasta hacerlo sangrar. Pero antes de que pudiera abrir la boca, un grito se expandió por todo el club, interrumpiendo cualquier otro ruido como si operara en una frecuencia diferente.

Las bailarinas sobre el escenario quedaron congeladas; la música se detuvo.

—¿Qué está pasando? —murmuró Juliette. Justo en el instante en que se movía para averiguarlo, Roma siseó bruscamente y la sujetó por el codo.

—Juliette, no.

La joven sintió que aquel contacto le abrasaba la piel como una dolorosa quemadura. Apartó el brazo de un tirón más veloz que si efectivamente estuviera en llamas, los ojos encendidos por la furia. Él no tenía derecho. Había perdido el derecho a pretender que alguna vez había querido protegerla.

Juliette se dirigió hacia el otro extremo del club, ignorando a Roma, quien la seguía. Los rugidos de pánico se hicieron cada vez más audibles, aunque ella no podía comprender qué cosa estaba provocando tal reacción hasta que con un firme empujón apartó a un lado la multitud que se congregaba.

En ese momento vio a un hombre reducido en el suelo, sus propios dedos clavándose en el grueso cuello.

—¿Qué está haciendo? —Juliette dio un grito y se apresuró hacia delante—. ¡Que alguien lo detenga!

Pero la mayor parte de sus uñas ya estaban enterradas profundamente en el músculo del cuello. El hombre estaba escarbando con una intensidad animal, como si hubiera algo allí, algo arrastrándose bajo la piel que nadie más podía ver. Más profundo, más profundo, más profundo, hasta que sus dedos estuvieron completamente enterrados y empezó a sacarse los tendones y las venas y las arterias.

Un segundo después, el club se había quedado en total silencio. No se escuchaba nada salvo la respiración fatigosa de aquel hombre bajo y robusto que se había derrumbado en el suelo, con la garganta desgarrada y las manos chorreando sangre.

Dos

El silencio se convirtió en gritos, los gritos se convirtieron en caos y Juliette se acomodó las brillantes mangas de la blusa, apretó los labios y frunció el ceño.

—Señor Montagov —dijo por encima del alboroto— debe irse ahora mismo.

Juliette avanzó y le indicó con señas a dos hombres Escarlata próximos a ella que se acercaran. Ellos obedecieron, pero no sin una expresión extraña, que Juliette estuvo a punto de considerar una ofensa, hasta que, un instante después, parpadeó y miró por encima del hombro y se encontró a Roma todavía en el mismo sitio, sin la menor intención de marcharse. En lugar de ello, pasó junto a Juliette, actuando como si fuera el dueño del lugar, luego se agachó cerca del moribundo, centrando la vista en, para gran sorpresa de ella, los zapatos del hombre.

—¡Por todos los…! —murmuró la joven en voz baja. Señaló a Roma y dijo a los dos hombres Escarlata—: Escóltenlo a la salida.

Era lo que ellos habían estado esperando. Inmediatamente uno de los Escarlatas empujó con brusquedad al heredero de los Flores Blancas, lo que obligó a Roma a ponerse en pie de un salto, mientras soltaba un bufido, evitando así caer al suelo ensangrentado.

—Dije que lo escoltaran —espetó Juliette a los Escarlatas—. Es el Festival del Medio Otoño. No se porten como unos brutos.

—Pero, señorita Cai…

—¿No se dan cuenta? — interrumpió Roma con frialdad, señalando con el índice al moribundo. Volteó hacia Juliette, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ella: sólo en ella. Actuaba como si nadie más estuviera presente en su línea de visión excepto ella, como si dos hombres no lo estuvieran fulminando con la mirada, como si todo el club no estuviera sumido en una vorágine de gritos y caos, los asistentes corriendo en círculos alrededor del creciente charco de sangre—. Eso es exactamente lo que pasó anoche. No es un incidente aislado; es la locura…

Juliette suspiró, agitando su flácida muñeca. Los dos hombres Escarlata sujetaron los hombros de Roma con fuerza moderada, y éste se tragó sus palabras con un chasquido audible de mandíbula. No haría un escándalo en territorio Escarlata. Podía considerarse afortunado de salir de allí sin un agujero de bala en la espalda. Bien lo sabía. Ésa era la única razón por la que toleraba ser maltratado por hombres a los que bien podría haber dado muerte de haberlos encontrado en las calles.

—Gracias por ser tan comprensivo —dijo la joven con una sonrisa afectada.

Roma no dijo nada mientras era apartado de la vista de Juliette. Ella se quedó mirándolo, con los ojos entrecerrados, y sólo cuando estuvo segura de que lo habían obligado a salir por la puerta lateral del club burlesque se concentró en el desastre que tenía enfrente, dando un paso adelante con un suspiro y arrodillándose con cautela junto al hombre agonizante.

No había salvación posible con una herida como aquella. El tipo seguía chorreando sangre, formando charcos rojos sobre el suelo. La sangre ya empezaba a empapar la tela de su propio vestido, pero Juliette apenas lo notaba. El hombre intentaba decir algo. Ella no lograba entender qué era.

—Haría bien en ponerle fin al sufrimiento de este hombre.

Walter Dexter se las había arreglado para aproximarse a la escena de los hechos y miraba ahora por encima del hombro de Juliette con una expresión casi burlona. Permaneció inmóvil incluso cuando las meseras empezaron a hacer retroceder a la gente aglomerada y a acordonar el área, gritando a los espectadores que se dispersaran. Para irritación de Juliette, ninguno de los hombres Escarlata se molestó en alejar del sitio a Walter: tenía una mirada que daba la impresión de que era alguien que necesitaba estar allí. Juliette había conocido en Estados Unidos a muchos hombres como él: hombres que asumían que tenían derecho a ir adonde quisieran porque el mundo había sido construido para favorecer su etiqueta de civilizados. Ese tipo de autoconfianza no conocía límites.

—Silencio —espetó Juliette a Walter secamente, acercando la oreja al rostro del moribundo. Si tenía unas últimas palabras qué decir, merecía ser escuchado.

—He visto esto antes; es la locura de un adicto. Quizá sea metanfetamina o…

—¡Cállese!

Juliette se concentró hasta que logró escuchar los sonidos provenientes de la boca del agonizante, se concentró hasta que la histeria a su alrededor se convirtió para ella sólo en un ruido de fondo.

—Guài. Guài. Guài.

—¿Guài?

Con el estrés a tope, Juliette repasó todas las palabras que se parecían a lo que el hombre estaba profiriendo. La única que tenía sentido era…

—¿Monstruo? —le preguntó, agarrando su hombro—. ¿Es eso lo que quieres decir?

El hombre se quedó quieto. Su mirada se hizo sorprendentemente clara por un breve segundo. Luego, en un rápido balbuceo, exclamó:

—Huò bù dān xíng.

Después de esa frase de un solo golpe, una exhalación, una advertencia, sus ojos se pusieron vidriosos.

Juliette, aturdida, extendió la mano y le cerró los párpados. Antes de que pudiera procesar del todo las palabras del muerto, Kathleen ya se había acercado para cubrirlo con un mantel. Sobresalían sólo los pies del hombre, enfundados en esos zapatos viejos que Roma había estado mirando con tanta atención.

No son del mismo par, notó Juliette de repente. Un zapato era estilizado y se veía brillante, aún reluciente con la última lustrada; el otro era mucho más pequeño y de un color completamente diferente, el material unido por un delgado trozo de cuerda enrollado tres veces alrededor de los dedos de los pies.

Extraño.

—¿Qué pasó? ¿Qué dijo el hombre?

Walter seguía muy cerca de ella. No parecía entender que éste era el momento en que debía retirarse. No parecía importarle que Juliette estuviera mirando hacia delante en un estado de estupefacción, preguntándose cómo Roma había programado su visita para que coincidiera con esta muerte.

—Las desgracias nunca vienen solas —tradujo Juliette cuando su conciencia finalmente regresó al frenesí de la situación. Walter Dexter se quedó mirando en dirección a la joven, con una mirada vacía, tratando de entender por qué un moribundo diría algo tan intrincado. No entendía a los chinos y su amor por los proverbios. Su boca empezaba a abrirse, probablemente para ofrecer otra perorata sobre su extenso conocimiento acerca del mundo de las drogas, otra disertación sobre los peligros de comprar productos a aquellos que él consideraba poco confiables, pero Juliette levantó un dedo para detenerlo. Si de algo estaba segura, era que éstas no habían sido las últimas palabras de un hombre que se había excedido con las drogas. Ésta era la advertencia final de un hombre que había visto algo que no debería haber visto.

—Permítame corregirme —le dijo la joven al intruso—. Ustedes los británicos ya tienen una traducción adecuada: “Siempre llueve sobre mojado”.

Por encima de las tuberías con fugas y de la alfombra mohosa de la casa de los Flores Blancas, Alisa Montagova estaba encaramada sobre una viga de madera en el techo, con la barbilla presionada contra las rodillas, escuchando a escondidas la reunión que tenía lugar abajo.

Los Montagov no vivían en una residencia grande y ostentosa, como perfectamente se habrían podido permitir con sus montañas de dinero. Preferían quedarse en el corazón de todo, mezclándose diariamente con los indigentes de rostros mugrientos que recogían basura en las calles. Desde el exterior, sus alojamientos parecían idénticos a la fila de edificios de departamentos a lo largo de esta bulliciosa calle céntrica. En el interior, habían transformado lo que fuera un complejo de viviendas en un enorme rompecabezas de habitaciones, oficinas y escaleras, manteniendo en orden el lugar no con criados o recamareras, sino con jerarquías. No eran sólo los Montagov los que vivían aquí, sino cualquier miembro de los Flores Blancas que desempeñara algún papel notable en la pandilla, y entre la multiplicidad de personas que circulaban por esta casa, tanto los que habitaban en el interior como los que llegaban del exterior, existía un orden. Lord Montagov reinaba en la cima y Roma, al menos de forma nominal, ocupaba el segundo lugar, pero debajo de él las funciones cambiaban constantemente, determinadas más por el brío de ciertos integrantes que por el linaje. Mientras que la Pandilla Escarlata dependía de las relaciones —cuáles familias se remontaban más atrás en la historia antes de que en ese país se derrumbara el trono imperial— los Flores Blancas operaban en el caos, en constante movimiento. Pero el ascenso al poder era un asunto de elección propia, y aquellos que permanecían abajo en la escala de la pandilla lo hacían por propio deseo. El objetivo de convertirse en un miembro de los Flores Blancas no era obtener poder y riquezas. Era saber que podían marcharse en cualquier momento si no les gustaban las órdenes impartidas por los Montagov. Era una palmada en el pecho, un cruce de miradas, un asentimiento de cabeza en señal de entendimiento: por consiguiente, los refugiados rusos que llegaban a Shanghái harían cualquier cosa para unirse a las filas de los Flores Blancas, cualquier cosa para reconciliarse con el sentimiento de pertenencia que habían tenido que dejar atrás cuando los bolcheviques llegaron a arrasar con todo.

Al menos para los hombres.

Las mujeres rusas que no habían tenido la fortuna de nacer dentro del clan de los Flores Blancas tomaban ocupaciones de bailarinas y concubinas. La semana anterior, sin ir más lejos, Alisa había escuchado a una mujer británica lamentarse por el estado de emergencia en el interior del Asentamiento Internacional de Shanghái: de familias que estaban siendo divididas por culpa de las mujeres de hermosos rostros provenientes de Siberia que no contaban con fortuna alguna, sólo una cara bonita, buena figura y la voluntad de vivir. Los refugiados tenían que hacer lo que fuera necesario. Los referentes morales carecían de sentido ante la posibilidad de morir de hambre.

Alisa se sobresaltó. El hombre al que había estado escuchando a escondidas de repente había comenzado a hablar en susurros. El abrupto cambio de volumen la obligó a prestar nuevamente atención a la reunión que se desarrollaba abajo.

—Las facciones políticas han hecho demasiados comentarios sarcásticos —murmuró una voz ronca—. Es casi seguro que los políticos están manipulando la locura, pero es difícil decir en este momento si los del Partido Nacionalista Chino, el Kuomintang, o los comunistas son los responsables. Sin embargo, muchas fuentes dicen que es Zhang Gutai… bueno, tengo mis dudas sobre esta teoría.

Otra voz agregó con ironía:

—Por favor, Zhang Gutai es tan mal secretario general del Partido Comunista que imprimió la fecha incorrecta en uno de los carteles de sus reuniones.

Alisa podía ver a tres hombres sentados frente a su padre a través de la rejilla delgada que revestía el espacio del techo. No podía distinguir sus rasgos sin arriesgarse a caer de las vigas, pero el ruso con marcado acento los delataba abiertamente. Eran espías chinos.

—¿Qué sabemos de sus métodos? ¿Cómo se propaga esta locura?

El que ahora hablaba era su padre, su pausada voz tan distintiva como uñas que arañaran una pizarra. Lord Montagov hablaba de una manera tan imperativa que sería un pecado no prestarle total atención.

Uno de los chinos se aclaró la garganta. Se retorcía las manos en la camisa de manera tan agresiva que Alisa se inclinó hacia las vigas, aguzando la vista para mirar a través de la rejilla y constatar si estaba malinterpretando el movimiento del hombre.

—Un monstruo.

Alisa estuvo a punto de caer. Sus manos se aferraron a la viga justo a tiempo para enderezarse, dejando escapar una pequeña exhalación de alivio.

—¿Disculpe?

—No podemos confirmar nada con respecto al origen de la locura, excepto por una cosa —dijo el tercer y último hombre—. Está relacionada con avistamientos de un monstruo. Yo mismo lo vi. Vi unos ojos plateados en el río Huangpu, parpadeando de una manera que ningún hombre podría…

—Suficiente, suficiente —interrumpió Lord Montagov. Su tono era áspero, impaciente por el giro que había tomado esta sesión informativa—. No tengo interés en escuchar tonterías sobre un monstruo. Si esto es todo, será un gusto convocarlos de nuevo cuando llegue el momento de nuestra próxima reunión.

Frunciendo el ceño, Alisa se escabulló a lo largo de las vigas, siguiendo a los hombres mientras salían. Ya tenía doce años, pero era pequeña y delgada, saltando siempre de sombra en sombra a la manera de un roedor salvaje. Cuando se cerró la puerta abajo, saltó desde una viga del techo a otra hasta que se extendió sobre la superficie directamente encima de los hombres.

—Él parecía asustado —comentó uno de ellos en voz baja.

El hombre de en medio lo hizo callar, aunque las palabras ya habían sido dichas y habían nacido al mundo, convirtiéndose en flechas afiladas que atravesaron la habitación sin un blanco preciso en mente, sólo la destrucción. Los hombres se ajustaron los abrigos y dejaron atrás el caótico y ardiente desorden de la casa de los Montagov. Alisa, sin embargo, permaneció en su pequeño recoveco en el techo.

Miedo. Esto era algo que según creía ella, su padre ya era incapaz de sentir. El miedo era un concepto para los hombres sin armas. El miedo estaba reservado para personas como Alisa, personas pequeñas y livianas, siempre mirando sobre sus hombros.

Si Lord Montagov estaba asustado, las reglas estaban cambiando.

Alisa se bajó del techo de un salto y salió corriendo.

Tres

En el momento en que Juliette entró velozmente en el corredor, acomodándose el último palillo en el cabello, sabía que había llegado demasiado tarde.

En parte era culpa de la criada por no despertarla cuando se suponía que debería haberlo hecho y en parte culpa suya por no levantarse al alba, como había estado intentando hacerlo desde su llegada a Shanghái. Esos fugaces momentos justo cuando el cielo se estaba iluminando, y antes de que el resto de la casa se despertara en medio del estruendo cotidiano, eran los minutos más tranquilos que uno podía encontrar en esta casa. Las mañanas en que comenzaba el día lo suficientemente temprano para atrapar un soplo de aire frío y una bocanada de silencio absoluto en su balcón eran sus favoritas. Podía deambular por la casa sin que nadie la molestara, entrar en la cocina y recibir de los cocineros cualquier cosa que le apeteciera probar, para luego ocupar el asiento que deseara en la mesa vacía. Dependiendo de qué tan rápido masticara, incluso podía pasar un rato en la sala de estar, con las ventanas abiertas de par en par dejando entrar los cánticos de las aves madrugadoras. Por otra parte, los días en que no conseguía salir tan rápido de las cobijas, equivalían a sentarse malhumorada a desayunar con el resto de la familia.

Juliette se detuvo ahora frente a la puerta de la oficina de su padre, maldiciendo en un susurro. Hoy no había sido sólo una cuestión de evitar a sus parientes lejanos. Hubiera querido fisgonear una de aquellas reuniones de Lord Cai.

La puerta se abrió velozmente. Juliette dio un paso atrás, tratando de parecer natural.

Definitivamente demasiado tarde.

—Juliette —Lord Cai la miró con el ceño fruncido—. Es muy temprano. ¿Por qué estás despierta?

Juliette acomodó las manos debajo de la barbilla, la viva imagen de la inocencia.

—Escuché que teníamos un ilustre visitante. Pensé en venir a presentar mis saludos.

El mencionado visitante arqueó una ceja. Era un nacionalista, pero el que fuera realmente ilustre o no, era algo difícil de determinar, así vestido únicamente con un traje occidental sin las condecoraciones que su uniforme militar del Kuomintang exhibiría en el cuello. La Pandilla Escarlata había mantenido una relación de amistad con los nacionalistas —el Kuomintang— desde su fundación como partido político. Últimamente, las relaciones se habían vuelto aún más cercanas con el propósito de combatir el ascenso de sus “aliados” comunistas. Juliette llevaba en casa sólo una semana, y ya había visto a su padre tener al menos cinco reuniones diferentes con los consternados nacionalistas que buscaban el apoyo de los gánsteres. Todas las veces había llegado demasiado tarde para entrar a la reunión sin avergonzarse por su demora, y entonces había debido conformarse con permanecer a la espera tras la puerta para atrapar retazos de la conversación.

Los nacionalistas tenían miedo, eso ya lo sabía. El incipiente Partido Comunista de China animaba a sus miembros a unirse al Kuomintang como una muestra de cooperación con los nacionalistas, pero en lugar de demostrar cooperación, la creciente influencia de los comunistas dentro del Kuomintang estaba comenzando a amenazar el control de los nacionalistas. Tal escándalo se había convertido en la comidilla del país, especialmente en Shanghái, un lugar sin ley y una ciudad que era lugar de nacimiento y muerte de muchos gobiernos.

—Es muy amable de tu parte, Juliette, pero el señor Qiao debe apurarse para acudir a otra reunión.

Lord Cai hizo un gesto a un sirviente para que condujera al nacionalista hasta la puerta. El señor Qiao se retiró el sombrero con un gesto cortés y Juliette sonrió forzadamente, tragándose un suspiro.

—No sería mala idea que me permitieras asistir a una reu­nión, Bàba —dijo tan pronto como el señor Qiao se perdió de vista—. Se supone que estás enseñándome.

—Puedo enseñarte gradualmente —respondió Lord Cai, sacudiendo la cabeza—. No deberías involucrarte en política todavía. Es un asunto muy aburrido.

Pero era un asunto relevante si la Pandilla Escarlata pasaba tanto tiempo recibiendo las visitas de estas facciones. Especialmente si la noche anterior Lord Cai apenas había parpadeado cuando Juliette le comunicó que el heredero de los Flores Blancas había entrado en su muy céntrico club burlesque, y se había limitado a responderle que ya estaba enterado del asunto y que hablarían de ello por la mañana.

—Vamos a la mesa del desayuno, ¿de acuerdo? —dijo su padre. Colocó la mano en la nuca de Juliette, guiándola por las escaleras como si existiera el riesgo de que ella saliera corriendo—. También podemos hablar de lo sucedido anoche.

—Va a estar delicioso el desayuno —murmuró Juliette. En realidad, la algarabía durante las comidas matutinas le producía dolor de cabeza. Había algo en particular en las mañanas en esta casa que inquietaba a Juliette. Sin importar de qué hablaran sus parientes, sin importar lo mundano que fuera —como sus especulaciones sobre el aumento de los precios del arroz— sus palabras destilaban intrigas y mordacidad implacable. Todo lo que discutían parecía más apropiado para horas tardías de la noche, cuando las criadas se retiraban a sus habitaciones y la oscuridad se extendía por los pisos de madera pulida.

—Juliette, cariño —gritó una tía en el momento en que ella y su padre se acercaban a la mesa—. ¿Dormiste bien?

—Sí, Ā yí —respondió Juliette destempladamente, tomando asiento—. Dormí muy bien.

—¿Te volviste a cortar el cabello? Seguro que sí. No recuerdo que fuera tan corto.

Como si sus parientes no fueran lo suficientemente molestos, había tantos de ellos entrando y saliendo de la casa Cai como para que Juliette se interesara de verdad por alguno de ellos. Rosalind y Kathleen eran sus primas más cercanas y sus únicas amigas, y eso era todo lo que necesitaba. Todos los demás eran simplemente un nombre y un parentesco que tenía que recordar en caso de que necesitara algo de ellos algún día. Esta tía que parloteaba en su oído ahora mismo era demasiado lejana para ser útil en cualquier situación en el futuro, tan lejana que Juliette tuvo que detenerse un segundo para preguntarse por qué estaba presente en la mesa del desayuno.

—Por amor de Dios, dà jiê, deja respirar a la chica.

La cabeza de Juliette se alzó bruscamente, sonriendo ante la voz que había intervenido desde el extremo de la mesa. Pensándolo bien, sólo había una excepción a su apatía: el señor Li, su tío favorito.

Xiè xiè, murmuró.

El señor Li simplemente levantó su taza de té para agradecer, con un brillo en los ojos. Su tía resopló, pero dejó de hablar. Juliette volteó en dirección a su padre.

—Entonces, Bàba, anoche —comenzó—. Si le damos crédito a las habladurías, uno de nuestros hombres se encontró en los puertos con cinco de los Flores Blancas y luego se degolló con sus propias manos. ¿Qué puedes inferir de todo esto?

Lord Cai hizo un ruido premeditado desde la cabecera de la larga mesa rectangular, luego se frotó el puente de la nariz y suspiró profundamente. Juliette se preguntó cuándo habría sido la última vez que su padre había dormido toda la noche sin que lo interrumpieran las preocupaciones y las reuniones. Su agotamiento era invisible para el ojo inexperto, pero ella podía notarlo. Ella siempre lo notaba.

O tal vez simplemente estaba cansado de tener que sentarse a la cabecera de esta mesa y escuchar los chismes de todos a primera hora de la mañana. Antes de que Juliette se marchara de la casa, la mesa del comedor era redonda, como deberían de ser las mesas chinas. Sospechaba que la habían cambiado con el propósito exclusivo de dar gusto a los visitantes occidentales que pasaban por la casa Cai para las reuniones, pero el resultado era caótico: los miembros de la familia no podían hablar con quien prefirieran hacerlo, como podrían haberlo hecho si todos estuvieran sentados en círculo.

—Bàba —insistió Juliette, aunque sabía que él todavía estaba pensando. La cuestión es que su padre era un hombre de pocas palabras y Juliette era una chica que no podía soportar el silencio. Incluso cuando todo estaba agitado a su alrededor, con el personal entrando y saliendo de la cocina, una comida en marcha y la mesa dando lugar a varias conversaciones a volúmenes oscilantes, no podía soportar que su padre dejara su pregunta en el aire, en lugar de responder de inmediato.

El asunto era que, aunque la complaciera ahora, Lord Cai sólo estaba fingiendo estar preocupado por una supuesta locura. Juliette podía darse cuenta: se trataba de un juego de niños que se sumaba a la ya monstruosa lista que requería la atención de su padre. Después de todo, ¿a quién le importarían los rumores de extrañas criaturas que surgían de las aguas de esta ciudad cuando los nacionalistas y los comunistas también se estaban rebelando, las armas preparadas, con ejércitos listos para entrar en acción?

—¿Y eso fue todo lo que Roma Montagov reveló? —Lord Cai preguntó finalmente.

Juliette se estremeció. No pudo evitarlo. Había pasado cuatro años rehuyendo ante el mero pensamiento de Roma y por ello escuchar su nombre en voz alta, nada menos que pronunciado por su propio padre, se sentía como algo inapropiado.

—Sí.

Su padre tamborileó lentamente sobre la mesa con los dedos.

—Sospecho que sabe más —continuó Juliette— pero fue prudente.

Lord Cai volvió a sumirse en el silencio, permitiendo que el ruido a su alrededor se acallara, elevándose primero para descender después. Juliette se preguntó si su mente estaba en otra parte en ese mismo momento. Después de todo, se había mostrado terriblemente indiferente ante la noticia de la presencia del heredero de los Flores Blancas en su territorio. Dada la importancia que tenía para la Pandilla Escarlata la guerra entre clanes, esto únicamente demostraba cuánto más trascendental había pasado a ser la política, si Lord Cai apenas prestaba atención a la infracción de Roma Montagov.

Sin embargo, antes de que su padre tuviera la oportunidad de volver a hablar, las puertas batientes de la cocina se abrieron de golpe y el sonido rebotó con tanta fuerza que la tía sentada junto a Juliette dejó caer su taza de té.

—Si sospechamos que los Flores Blancas tienen más información que nosotros, ¿qué estamos haciendo simplemente hablando del asunto aquí sentados?

Juliette apretó los dientes y se secó las gotas de té que habían salpicado su vestido. Era Tyler Cai quien había entrado, el más irritante entre sus primos hermanos. A pesar de tener la misma edad, era como si él no hubiera crecido en absoluto durante los cuatro años de ausencia de Juliette. Aún seguía haciendo bromas burdas y esperando que otros se arrodillaran ante él. Si él pudiera, exigiría que el globo girara en la dirección contraria simplemente por pensar que ésa sería una forma más eficiente de hacerlo, por poco realista que eso sonara.

—¿Tienes el hábito de escuchar a escondidas tras las puertas en lugar de entrar? —se burló Juliette, pero su comentario mordaz no fue apreciado. Sus parientes se levantaron de un salto al ver a Tyler, y se apresuraron a buscar una silla, a traer más té, a buscar otro plato, probablemente uno grabado en oro y con incrustaciones de cristal. A pesar de la posición que tenía Juliette como heredera de la Pandilla Escarlata, nunca la mimarían de tal manera. Ella era una chica. Desde el punto de vista de sus familiares, sin importar cuán legítima fuera, nunca sería lo suficientemente buena.

—Me parece simple —continuó diciendo Tyler. Se deslizó en un asiento, reclinándose como si estuviera en un trono—. Ya es hora de que mostremos a los Flores Blancas quién realmente tiene el poder en esta ciudad. Exijamos que entreguen la información que con la que cuentan.

—Tenemos mayor cantidad de integrantes, un armamento superior —intervino un oscuro tío, respaldando a Tyler mientras se acariciaba la barba.

—Los políticos se pondrán de nuestro lado —añadió la tía junto a Juliette—. Tienen que hacerlo. No soportan a los Flores Blancas.

—Una batalla territorial no es prudente…

Por fin una voz sensata en esta mesa, pensó Juliette, volteando hacia el mayor de sus primos segundos, quien acababa de hablar.

—… pero con tu experiencia, Tyler, quién sabe cuánto más podríamos hacer avanzar nuestras líneas territoriales.

Juliette apretó los puños. Me apresuré a sacar conclusiones, se dijo, apartando la vista de aquel primo.

—Esto es lo que debemos hacer —comenzó Tyler con entusiasmo. Juliette lanzó una mirada a su padre, pero éste parecía contento con concentrarse en lo que comía. Desde el regreso de Juliette, Tyler había estado buscando todas las oportunidades para eclipsarla, ya fuera en una conversación o mediante comentarios indirectos. Pero en todas las ocasiones Lord Cai había intervenido para silenciarlo, para recordar a estas tías y tíos en la menor cantidad de palabras posible quién era la verdadera heredera, para manifestar que ese favoritismo mostrado hacia Tyler no los llevaría a ninguna parte.

Sólo que esta vez Lord Cai permaneció en silencio. Juliette no sabía si se estaba absteniendo porque consideraba que las tácticas de su sobrino eran ridículas o porque en realidad estaba tomando en serio lo dicho por Tyler. Su estómago se retorció, ardiendo con ácido de sólo pensarlo.

—… y las potencias extranjeras no podrán quejarse —continuó Tyler—. Si estas muertes han sido autoinfligidas, es un asunto que podría afectar a cualquiera. Es un asunto de nuestra gente, que necesita nuestra ayuda para defenderlos. Si no actuamos ahora y recuperamos la ciudad por su bien, entonces ¿qué papel cumplimos? ¿Sufriremos otro siglo de humillaciones?

Los presentes en la mesa manifestaron su aprobación por distintos medios. Gruñidos de alabanza; pulgares arrugados y llenos de cicatrices que se alzaban; palmaditas en el hombro de Tyler. Sólo el señor Li y su padre permanecieron callados, sus rostros se mantuvieron neutrales, pero eso no era suficiente. Juliette arrojó sus palillos, rompiendo las finas varitas de porcelana en cuatro pedazos.

—¿Quieres entregarte tú mismo en el territorio de los Flores Blancas? —dijo ella poniéndose de pie y alisándose el vestido—. Adelante. Haré que una criada desenrede tus tripas cuando las envíen de vuelta en una caja.

Con sus parientes demasiado conmocionados para protestar, Juliette abandonó la cocina. Su corazón latía con virulencia a pesar de su comportamiento tranquilo, temerosa de que tal vez en esta ocasión había ido demasiado lejos. Tan pronto como estuvo en el pasillo, se detuvo y miró por encima del hombro, viendo cómo se cerraban las puertas de la cocina. La madera de esas puertas, importada de alguna nación lejana, estaba tallada con caligrafía tradicional china: poemas que Juliette había memorizado mucho tiempo atrás. Esta casa era un espejo de su ciudad. Era una fusión de Oriente y Occidente, incapaz de abandonar lo antiguo pero desesperada por imitar lo nuevo, y al igual que la ciudad, la arquitectura de esta casa no lograba compaginar los distintos elementos.

Las hermosas, pero mal ajustadas puertas de la cocina se abrieron de nuevo. Juliette apenas se estremeció. Había estado aguardando este momento.

—Juliette. Necesito hablar contigo.

Era Tyler, quien la había seguido, con el ceño fruncido. Tenía la misma barbilla puntiaguda de Juliette, el mismo hoyuelo que aparecía en momentos de desconcierto en la esquina inferior izquierda del labio. El que se parecieran tanto era algo que superaba el entendimiento de ella. En todos los retratos de la familia, a Juliette y Tyler siempre los acomodaban juntos, dispuestos como si fueran gemelos en lugar de primos. Pero ellos nunca se habían llevado bien. Ni siquiera en la cama plegable para los niños, cuando jugaban con pistolas de juguete en lugar de armas reales, y Tyler nunca fallaba uno solo de los perdigones de madera que apuntaba a la cabeza de Juliette.

—¿Qué pasa?

Tyler se detuvo. Se cruzó de brazos:

—¿Cuál es tu problema?

Juliette puso los ojos en blanco.

—¿Mi problema?

—Sí, tu problema. No es divertido cuando te niegas a escuchar mis ideas…

—No eres estúpido, Tyler, así que deja de actuar como tal —lo interrumpió Juliette—. Odio a los Montagov tanto como tú. Todos los odiamos, tanto que lo llevamos grabado en la piel. Pero ahora no es el momento de librar una guerra territorial. No con nuestra ciudad desmembrada por los extranjeros.

Transcurrió un instante.

—¿Estúpido?

Tyler no había entendido en absoluto lo que Juliette había tratado de implicar y ahora se sentía ofendido. Aquel primo era como un chico con piel de acero y corazón de cristal. Desde que perdió a sus dos padres siendo demasiado joven, se había convertido en un falso anarquista Escarlata, pretencioso por el simple hecho de serlo, de comportamiento salvaje al interior de la pandilla, y dado que los similares se atraen, sus únicos amigos eran aquellos que trataban de establecer una conexión con los Cai saltando escalones y de la manera más expedita posible. Todos parecían andar en puntitas a su alrededor, satisfechos con lanzarle golpes coreografiados y permitir que se sintiera poderoso cuando rechazaba cada uno de esos fingidos puñetazos, pero si alguien le conectara una patada repentina, de inmediato se derrumbaría.

—No creo que defender nuestro modus vivendi sea estúpido —prosiguió diciendo Tyler—. No creo que reclamar nuestro país a esos rusos…

El problema era que Tyler pensaba que su manera de ver las cosas era la única correcta. Juliette desearía de todo corazón no encontrarlo culpable siempre. Después de todo, Tyler era como ella; quería lo mejor para la Pandilla Escarlata. Sólo que en su mente, él era lo mejor para el futuro de la Pandilla Escarlata.

Juliette no quería seguir escuchando. Giró sobre sus talones y comenzó a alejarse.

Hasta que su primo la sujetó de una muñeca.

—¿Qué clase de heredera eres?

Más veloz que un rayo, Tyler la estrelló contra la pared. Mantuvo una mano apretada contra la muñeca izquierda de ella y el resto de su brazo extendido contra la clavícula, empujando con la suficiente fuerza para que se interpretara como una amenaza.

—Déjame ir —bufó Juliette, sacudiéndose de su agarre— ahora mismo.

Tyler no cejó.

—Se supone que la Pandilla Escarlata es tu prioridad. Nuestra gente debe ser tu prioridad.

—Mira quién lo dice.

—¿Sabes lo que creo? —Tyler respiró hondo, sus fosas nasales se dilataron, las profundas arrugas salpicaron su rostro con absoluto disgusto—. He escuchado los rumores. No creo que odies a los Montagov en absoluto. Creo que estás intentando proteger a Roma Montagov.

Juliette se quedó completamente estática. No fue el miedo lo que se apoderó de ella, ni ningún tipo de intimidación que Tyler hubiera intentado provocar en ella. Era indignación, y en segundo lugar una ira ardiente, muy ardiente. Ella haría pedazos a Roma Montagov antes de volver a protegerlo.

La mano derecha de la joven se alzó bruscamente —puño cerrado, muñeca firme, nudillos apretados— e hizo un contacto perfecto y centrado con la mejilla de su primo. En el primer instante él no pudo reaccionar. Un instante en el que Tyler simplemente se quedó parpadeando, con los rasgos de su pálido rostro temblando por la conmoción. Luego tropezó, soltó a Juliette y giró la cabeza para mirarla, con el odio fijo en las órbitas de sus ojos. Una línea roja apareció en la superficie de su pómulo, resultado del reluciente anillo de Juliette que había rasgado su piel.

Pero eso no era todo.

—¿Qué yo estoy protegiendo a Roma Montagov? —repitió ella.

Tyler se quedó helado. No había tenido la posibilidad de moverse, apenas si había logrado dar un mínimo paso atrás, antes de que Juliette sacara de su bolsillo un cuchillo. Lo presionó justo sobre el corte en el pómulo de su primo y susurró:

—Ya no somos niños, Tyler. Y si vas a amenazarme con acusaciones escandalosas, tendrás que responder por ellas.

Una risa suave.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó Tyler con voz ronca—. ¿Vas a apuñalarme en pleno pasillo? ¿A diez pasos de la mesa donde todos desayunan?

Juliette presionó el cuchillo más profundamente. Un chorro de sangre empezó a manar por la mejilla de su primo, escurrió hasta las líneas de su propia palma, goteando en seguida a lo largo de su brazo.

Tyler había dejado de reír.

—Soy la heredera de la Pandilla Escarlata —dijo Juliette. Su voz era ya tan afilada como su arma—. Y créeme, tángdì, te mataré antes de permitir que me arrebates mi lugar.

En ese momento empujó a Tyler fuera del alcance de la hoja del cuchillo, que ahora brillaba con destellos escarlatas. No dijo más, no ofreció más respuesta que una mirada difusa.

Juliette dio media vuelta, y al hacerlo sus zapatos de tacón produjeron surcos en la alfombra. En seguida se alejó de allí.

Cuatro

—No hay nada aquí.

Irritado, Roma Montagov continuó su búsqueda, clavando los dedos en las grietas a lo largo del malecón.

—Cállate. Sigue buscando.

Todavía no habían encontrado algo que valiera la pena el esfuerzo, eso sin duda era cierto, pero el sol todavía estaba en lo alto del firmamento. Candentes rayos se reflejaban en las olas que golpeaban silenciosamente el malecón, cegando a cualquiera que las mirara durante demasiado tiempo. Roma seguía dando la espalda a las turbias aguas de color amarillo verdoso. Si bien era sencillo mantener el sol brillante fuera de su campo de visión, era mucho más difícil mantener a raya la incesante y molesta voz que parloteaba detrás de él.

—Roma. Roma-ah. Roma…

—Por Dios santo, mudak. ¿Qué quieres? ¿Qué pasa?

Las horas que quedaban del día eran abundantes, y a Roma no le gustaba particularmente la idea de regresar a casa sin llevar algo a su padre. Se estremeció al pensarlo, imaginando la atronadora decepción que marcaría cada palabra de Lord Montagov.

—Puedes ocuparte de esto, ¿no? —le había preguntado esa mañana, poniendo una mano sobre el hombro de Roma. Para un observador casual, podría haber parecido que Lord Montagov había aplicado un gesto paternal para animarlo. En realidad, la palmada había sido tan contundente que Roma todavía tenía una marca roja en el hombro.

—Esta vez no me decepciones, hijo —susurró Lord Montagov.

Siempre era esa palabra, hijo. Como si aún siguiera significando algo. Como si Roma no hubiera sido reemplazado por Dimitri Voronin —no en el nombre sino en el favoritismo—, y relegado a las tareas que Dimitri estaba demasiado ocupado para hacer. A Roma no se le había encomendado esta pesquisa porque su padre confiara mucho en él. Se la asignaba porque la Pandilla Escarlata ya no era el único problema que rondaba sus negocios, porque los extranjeros en Shanghái estaban tratando de sustituir a los Flores Blancas como la nueva facción contra los Escarlatas, porque los comunistas estaban siendo una molestia constante tratando de reclutar dentro de las filas de los Flores Blancas. Mientras Roma registraba el suelo en busca de algunas manchas de sangre, Lord Montagov y Dimitri estaban ocupados lidiando con la política. Estaban manteniendo a raya a los infatigables británicos, estadounidenses y franceses, todos los cuales babeaban por un trozo del pastel que era el Reino Medio, ávidos por sacar algún provecho de Shanghái, la llamada “ciudad sobre el mar”.

¿Cuándo fue la última vez que su padre le había ordenado que se acercara a la Pandilla Escarlata como lo había hecho anoche, como un verdadero heredero que debía conocer bien al enemigo? No era porque Lord Montagov quisiera protegerlo de la guerra entre clanes, eso era ya cosa del pasado, sino porque su padre no confiaba en él ni un poco. Dar a Roma esta tarea era un último recurso.

Un largo e irritado bramido devolvió la atención de Roma al presente.

—Sabes muy bien que tú mismo elegiste venir hoy —dijo con brusquedad a su acompañante, girando y protegiéndose los ojos de la luz que se reflejaba en el río.

Marshall Seo se limitó a sonreír, finalmente satisfecho ahora que había llamado la atención de Roma. En lugar de replicar con una burla, Marshall metió las manos en los bolsillos de sus pantalones cuidadosamente planchados y de la forma más casual cambió el tema, pasando en el acto del ruso al veloz y estridente coreano. Roma logró pescar algunas palabras aquí y allá: “sangre”, y “repulsivo” y “policía”, pero el resto se le había escapado, consecuencia de las lecciones a las que no había querido asistir cuando era más joven.

—Mars —interrumpió Roma—. Vas a tener que cambiar de idioma. Hoy no tengo el cerebro afinado para traducir.

En respuesta, Marshall continuó con su diatriba. Sus manos gesticulaban con su habitual vigor y entusiasmo, moviéndose al ritmo que hablaba, una sílaba superponiéndose a la anterior hasta que Roma no estaba muy seguro de si Marshall seguía usando su lengua materna o simplemente hacía ruidos para expresar su frustración.

—La idea en términos generales es que aquí huele a pescado —suspiró una tercera voz, más calmada y agotada que la anterior a unos pocos pasos de distancia—, pero es mejor que no sepas el tipo de analogías que está utilizando para establecer la comparación.

La traducción vino de parte de Benedikt Montagov, primo de Roma y quien aquel día completaba ese trío de Flores Blancas. Por lo general, su cabellera rubia se podía encontrar inclinada hacia la cabeza morena de Marshall, enfrascados ambos en conspirar alguna acción para ayudar en la próxima tarea de Roma. En ese momento su atención estaba centrada en examinar una pila de cajas tan alta como él. Estaba tan concentrado que no se movía, únicamente sus ojos escudriñaban de izquierda a derecha.

Roma se cruzó de brazos.

—Agradezcamos que huele a pescado y no a cadáver.

Su primo soltó un gruñido, pero salvo eso no reaccionó. Benedikt era así. Siempre parecía a punto de explotar por alguna razón, pero nunca traslucía nada por muy cerca que pareciera del estallido. La gente de la calle lo describía como la versión descafeinada de Roma, algo que Benedikt acogía sin enfado únicamente porque tal asociación con Roma, sin importar cuán despectiva, le confería poder. Quienes lo conocían mejor pensaban que tenía dos cerebros y dos corazones. Siempre estaba sintiendo demasiado, pero pensaba el doble de rápido: una granada modestamente cargada, sujetando su propio detonador cada vez que alguien trataba de activarla.

Marshall no tenía el mismo control. Marshall Seo era un tipo de dos toneladas, explosivo y furioso.

Finalmente se había detenido con sus comparaciones a pescado, al menos, y se había agachado repentinamente junto al agua. Marshall siempre se movía así, como si el mundo estuviera a punto de terminar y él necesitara ejecutar tantos movimientos como fuera posible. Desde que Marshall se había visto envuelto en un escándalo que involucraba a otro chico y un armario oscuro, había aprendido a golpear primero y golpear rápido, contrarrestando las habladurías que lo seguían con una sonrisa de gato de Cheshire en el rostro. Si era más duro que los otros, no podría ser derrotado. Si era más despiadado, entonces nadie podría juzgarlo sin sentir miedo a que un cuchillo terminara presionándole la garganta.

—Roma.

Benedikt hizo un gesto con la mano y Roma se acercó a su primo, esperando que hubiera encontrado algo. Después de la noche anterior, los cadáveres habían sido removidos y enviados a la morgue local para su almacenamiento, pero la escena del crimen, salpicada de sangre, permanecía inalterada. Roma, Marshall y Benedikt necesitaban entender por qué cinco de sus hombres, un miembro de los Escarlatas y un oficial de policía británico se destrozarían sus propias gargantas, sólo que la escena del crimen estaba tan escasa de pistas que obtener respuestas parecía una causa perdida.

—¿Qué sucede? —Roma preguntó—. ¿Encontraste algo?

Benedikt miró hacia arriba:

—No.

Roma acusó una nueva decepción.

—Esta es la segunda vez que registramos la escena de esquina a esquina —prosiguió Benedikt—. Creo que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance: no puede haber nada que hayamos pasado por alto.

Pero además de examinar la escena del crimen, ¿qué más podían hacer para entender a qué se debía esta locura? No había nadie a quien preguntar, ni testigos a los que interrogar, ni historias personales que reconstruir. Cuando no había autor de un crimen, cuando las víctimas se hacían algo tan terrible a sí mismas, ¿cómo se suponía que se encontrarían respuestas?

Junto al agua, Marshall suspiró con exasperación, apoyando el codo en la rodilla y la cabeza en el puño.

—¿Escuchaste acerca de un supuesto segundo incidente anoche? —preguntó, cambiando ahora a la lengua china—. Se oyen rumores, pero hasta ahora no he recibido algo concluyente.

Roma fingió encontrar algo de especial interés en las grietas del suelo. No pudo contener una mueca cuando comentó:

—Los rumores son ciertos. Resulta que yo estaba allí.

—¡Oh, excelente! —Marshall se incorporó de un salto y juntó las manos—. Bueno, no tan excelente para la víctima, ¡pero excelente para nosotros! En lugar de seguir aquí, revisemos la nueva escena y esperemos que ofrezca más información que esta maloliente y…

—No podemos —interrumpió Roma—. Ocurrió en territorio Escarlata.

Marshall dejó de agitar los puños, desanimado. Benedikt, por otro lado, miraba con curiosidad a su primo.

—¿Y cómo es que fuiste a parar a territorio Escarlata? —preguntó. Y además no nos llevaste contigo, era la adición tácita al final de su pregunta.

—Mi padre me envió a obtener respuestas de los Escarlatas —replicó Roma. Eso era una verdad a medias. De hecho, Lord Montagov había enviado a Roma con la orden de determinar qué sabían los Escarlata. Caminar hasta el club burlesque había sido por decisión propia.

Benedikt arqueó una ceja.

—¿Y obtuviste respuestas?

—No —Roma desvió la mirada—. Juliette no sabía nada.

Una explosión repentina resonó con fuerza en la relativa calma del malecón. Benedikt accidentalmente había dado un codazo a las cajas, causando que la superior de la pila cayera al suelo y se astillara en docenas de trozos de madera.

—¿Juliette? —Benedikt exclamó.

—¿Juliette regresó? —preguntó Marshall.

Roma permaneció en silencio, sus ojos todavía oteando la orilla del río. Un dolor comenzaba a gestarse en su cabeza, una tensión aguda que palpitaba cada vez que exploraba sus recuerdos. El simple hecho de decir su nombre ya era doloroso.

Juliette.

Aquí era donde la había conocido. Mientras los trabajadores iban y venían con trapos sucios metidos en los bolsillos, que sacaban de vez en cuando para limpiar la mugre que se acumulaba en sus dedos, dos herederos de distintas familias casi todos los días estaban aquí ocultos, aunque a la vista de todos, divirtiéndose con un juego de canicas.

Roma apartó las imágenes. Sus dos amigos desconocían aquello que había sucedido, pero sabían que algo había sucedido. Recordaban que en una época su padre había confiado en Roma tanto como es posible confiar en un hijo, y de un momento a otro había pasado a ser visto con el mismo recelo con el que se trata al enemigo. Roma recordaba las miradas, las miradas intercambiadas entre los presentes cuando Lord Montagov lo interrumpía, lo insultaba, lo golpeaba en la cabeza ante la más pequeña infracción. Todos los Flores Blancas percibieron el cambio, pero nadie se atrevía a expresarlo en voz alta. Se convirtió en algo que se aceptaba en silencio, algo que generaba preguntas, pero sobre lo cual no se hablaba. Roma tampoco lo mencionaba nunca. Debía aceptar esta nueva tensión, o arriesgarse a que se agudizara aún más la confrontación. Ya habían pasado cuatro años de estar en una delicada cuerda floja. Mientras no corriera más rápido de lo que se le pedía, no perdería su precaria posición sobre el resto de los Flores Blancas.

—Juliette regresó —confirmó Roma en voz baja. Apretó los puños. Su garganta se contrajo. Tomó aire, apenas capaz de exhalar palabra en medio del escalofrío que le consumía el pecho.

Todas las historias abominables que había escuchado, todas las historias que cubrían Shanghái como una densa niebla de terror, inyectadas directamente en los corazones de quienes estaban fuera de la protección de la Pandilla Escarlata: había esperado que fueran mentiras, que no fueran más que propaganda que pretendía envenenar la fuerza de voluntad de los hombres que querían hacerle daño a Juliette Cai. Pero había encarado a Juliette la noche anterior por primera vez en cuatro años. La había mirado a los ojos y, en ese instante, sintió la verdad de esas historias como si un poder superior le hubiera abierto la cabeza y acomodado los pensamientos en su mente con toda intención.

Asesina. Violenta. Implacable. Todas esas características y más, eso era lo que ella era ahora.

Y lamentó lo que ella había perdido. Habría querido no hacerlo, pero lo hizo; le dolía saber que la liviandad de su juventud se había ido para siempre, que la Juliette que recordaba llevaba mucho tiempo extinta. Le dolía aún más pensar que, aunque él había dado el golpe final, durante estos cuatro años había seguido soñando con ella, con la Juliette cuya risa había reverberado a lo largo de la orilla del río. Era inquietante. Había enterrado a Juliette como un cadáver bajo las tablas del piso, contento de vivir con los fantasmas que le susurraban en sueños. Verla de nuevo fue como encontrar el cadáver bajo las tablas del piso no sólo para verla resucitar, sino para ver como ella le apuntaba con un arma directo a la cabeza.

—Oye, ¿qué es esto?

Benedikt empujó a un lado un trozo de la caja que había roto, levantó algo del suelo y lo sostuvo en sus manos. Se llevó los dedos a la nariz y echó un vistazo antes de gritar de asco, sacudiendo una sustancia polvorienta de sus palmas. Intrigados por la escena, Roma se arrodilló y Marshall se acercó rápidamente, ambos aguzando la mirada ante lo que Benedikt había encontrado, sumidos en un gran desconcierto. Pasó un minuto antes de que alguien hablara.

—¿Esos son… insectos muertos? —preguntó Marshall. Se rascó la barbilla, incapaz de explicar la presencia de aquellas pequeñas criaturas esparcidas en la caja. No se parecían a ningún insecto que alguno de los tres hubiera visto antes. Cada criatura tenía el cuerpo dividido en tres segmentos y mostraba seis patas, pero eran de una forma muy extraña; tenían el tamaño de la uña de un niño y su tono era de un negro muy oscuro.

—Mars, revisa las otras cajas —ordenó Roma—. Benedikt, dame tu mochila.

Con una mueca, Benedikt le entregó su mochila y observó con repugnancia cómo Roma recogía algunos de los insectos y los acomodaba junto a sus lápices y libretas. No había alternativa: Roma necesitaba llevárselos para una inspección más detallada.

—No hay nada aquí —informó Marshall, en cuanto rompió la tapa de la segunda caja. Lo vieron ocuparse del resto de ellas. Cada caja era sacudida a fondo y golpeada unas cuantas veces, pero no aparecieron más insectos.

Roma levantó la vista hacia el cielo.

—Esa caja en la parte superior —dijo—. Estaba abierta antes de que tú la tocaras, ¿no es así?

Benedikt frunció el ceño.

—Supongo que sí —respondió—. Los insectos podrían haberse arrastrado dentro…

En ese momento un repentino estallido de voces que hablaban chino a la vuelta de la esquina, sobresaltó a Roma lo suficiente como para dejar caer la mochila de Benedikt. Giró sobre sus talones y se encontró con la mirada de su primo, luego miró a la postura combativa que Marshall había adoptado de inmediato.

—¿Escarlatas? —preguntó Marshall.

—No necesitamos quedarnos para averiguarlo —dijo Benedikt en el acto. Antes de que Marshall pudiera reaccionar, le dio al otro joven un fuerte empujón. La sorpresa de Marshall lo había llevado a tropezar con el borde del malecón, tambaleándose una y otra vez antes de caer, ¡aterrizando sobre el agua con un silencioso plunc! Roma no alcanzó a pronunciar una sola palabra de protesta antes de que su primo también cargara contra él, causando que ambos cayeran al río Huangpu, justo antes de que las animadas voces doblaran la esquina y alcanzaran el malecón.

Una turbia oscuridad y destellos de luz solar rodearon a Roma. Se había dejado caer al agua silenciosamente guiado por Benedikt, pero ahora hacía tanto ruido como los latidos de su corazón, sus brazos se agitaban frenéticamente en su prisa por orientarse entre las olas. ¿Estaba hundiéndose más o subía a la superficie? ¿Estaba boca arriba o boca abajo, a punto de alcanzar tierra firme o a punto de hundirse en el río para no ser visto nunca más?

Una mano le golpeó el rostro. Los ojos de Roma se abrieron de golpe.

Benedikt estaba nadando frente a él, el cabello flotando en mechones cortos alrededor del rostro. Cruzó un furioso dedo sobre los labios de Roma para pedir silencio y luego lo tomó del brazo, nadando hasta que estuvieron debajo del malecón. Marshall ya estaba flotando allí, después de haber ubicado la cabeza en los pocos centímetros de espacio respirable entre la parte inferior del malecón y el ondulante río. Roma y Benedikt hicieron lo mismo, tomaron aire lo más silenciosamente posible para recuperar el aliento y luego presionaron sus oídos contra los paneles del malecón. Podían escuchar las voces de los Escarlatas arriba de ellos, hablando de un Flor Blanca al que acababan de golpear hasta dejar casi muerto, huyendo sólo en el momento en que un grupo de policías pasó por allí. Los Escarlatas que allí estaban no se detuvieron ni notaron la mochila que Roma había dejado caer. Estaban demasiado concentrados en su euforia, atrapados en las secuelas que producía la sed de sangre de la guerra entre clanes. Sus voces se hicieron terriblemente ruidosas antes de desvanecerse de nuevo, continuando sus caminos sin reparar en los tres Flores Blancas ocultos en el agua debajo de ellos.

Tan pronto como se alejó el grupo de los Escarlatas, Marshall se acercó y golpeó a Benedikt en la cabeza.

—No tenías por qué haberme empujado —gruñó con enojo Marshall—. ¿Escuchaste lo que decían? Podríamos haber luchado contra ellos. Ahora estoy empapado en lugares donde ningún hombre debería estarlo.

Mientras Benedikt y Marshall comenzaban a discutir acaloradamente, los ojos de Roma se pasearon por el lugar, escrutando la parte inferior del malecón; con el sol brillando a través de las rendijas de la plataforma, la luz revelaba todo tipo de moho y suciedades que se acumulaban en grumos. Después condujo la mirada de Roma hacia… lo que parecía ser un zapato, flotando en el agua y golpeteando contra el lado interior del malecón.

Roma lo reconoció.

—Dios mío —exclamó. Nadó hacia el zapato y lo sacó fuera del agua, sosteniéndolo como un trofeo—. ¿Saben qué significa esto?

Marshall miró fijamente el zapato, lanzándole a Roma una mirada bastante elocuente sin necesidad de pronunciar palabra.

—¿Que el río Huangpu está cada vez más contaminado?

A estas alturas, Benedikt se estaba hastiando de flotar en la porquería bajo el malecón y dio unas brazadas para salir de allí. Marshall lo siguió velozmente; Roma, recordando de pronto que ahora era seguro salir a la superficie, se apresuró a hacer lo mismo, y cuando nuevamente estuvo de pie golpeó con las manos el lado seco del malecón flotante y sacudió el agua de sus pantalones.

—Esto —dijo Roma, señalando el zapato—, pertenecía al hombre que murió en territorio Escarlata. Él también estuvo aquí. —Roma agarró la mochila de Benedikt y acomodó dentro el zapato—. Vamos. Yo sé dónde…

—Oye —interrumpió Marshall. Aún empapado, entrecerró los ojos para mirar en dirección al agua—. ¿Tú viste…? ¿Viste eso?

Cuando Roma miró hacia el río, todo lo que logró percibir fue un sol abrasador.

—Ah… —dijo—. ¿Estás tratando de ser gracioso?

Marshall volteó para encararlo. Había algo en su grave expresión que contuvo cualquier otro comentario burlón de parte de Roma, sellando sus labios con un regusto amargo.

—Me pareció haber visto ojos en el agua.

El regusto amargo se extendió. El aire a su alrededor de repente se volvió cobrizo por la sensación de aprensión, y Roma apretó con más fuerza la mochila de su primo hasta que prácticamente la tenía pegada a su cuerpo.

—¿Dónde? —preguntó.

—Fue sólo un destello —dijo Marshall, frotándose el cabello con las manos en un esfuerzo por escurrir el agua—. Honestamente, podría haber sido simplemente la luz del sol sobre el río.

—Parecías seguro acerca de los ojos.

—Pero ¿por qué razón habría ojos…?

Benedikt se aclaró la garganta, una vez que terminó de sacudir el agua de sus pantalones. Roma y Marshall voltearon hacia él.

—Has oído lo que dice la gente, ¿no?

Sus respuestas fueron inmediatas.

—Goe-mul —susurró Marshall, al tiempo que Roma entonaba—: Chudovishche.

Benedikt profirió un sonido afirmativo. Fue eso lo que finalmente sacudió de golpe a Roma, sacándolo de su estupor. Enseguida hizo señas a sus amigos para que se dieran prisa y se alejaran del agua.

—Ay, por favor, no van a dar crédito a todas esas habladurías sobre monstruos que se extienden por la ciudad —dijo—. Simplemente vengan conmigo.

Roma echó a andar a toda prisa. Recorrió las calles de la ciudad, serpenteando por entre los puestos abiertos del mercado, a duras penas dando un segundo vistazo a los vendedores junto a los que pasaba, incluso cuando ellos se acercaban para tomarlo del brazo, con la esperanza de venderle una extraña fruta nueva que venía de otro mundo. Benedikt y Marshall resoplaban y gruñían tratando de mantener el paso, intercambiando ceños fruncidos de forma ocasional y preguntándose adónde los estaba llevando Roma tan decididamente con una mochila llena de insectos muertos al hombro.

—Por aquí —declaró finalmente Roma, patinando hasta detenerse fuera de los laboratorios de los Flores Blancas, jadeando pesadamente mientras recuperaba el aliento. Benedikt y Marshall chocaron entre sí, ambos a punto de caer en su prisa por detenerse en el instante en que Roma lo hizo. Para entonces, estaban prácticamente secos tras la inmersión en el río.

—Auch —se quejó Marshall.

—Lo siento —dijo Benedikt—. Por poco me resbalo con esto —levantó el pie y rescató un trozo de papel delgado, un cartel que se había caído de un poste. Por lo general, anunciaban servicios de transporte o alquiler de departamentos, pero éste tenía un texto gigante en la parte superior que anunciaba EVITE LA LOCURA. ¡VACÚNESE!

—Dame eso —exigió Roma. Benedikt le entregó la hoja y Roma la dobló, deslizando el pequeño cuadrado en su bolsillo para examinarla más adelante—. Síganme.

Roma irrumpió en el edificio y se abrió paso por el largo pasillo, entrando en los laboratorios sin llamar a la puerta. Se suponía que debía ponerse una bata de laboratorio cada vez que entraba al edificio, pero nadie se había atrevido a reprenderlo, y los científicos jóvenes que los Flores Blancas empleaban en estas estaciones de trabajo apenas levantaban la vista cuando Roma los visitaba una vez al mes. Estaban lo suficientemente familiarizados con su presencia para dejarlo tranquilo, y el científico titular del lugar, Lourens, conocía lo suficiente a Roma para no señalarle su comportamiento indebido. Además, ¿quién se molestaría en protestar por el proceder del heredero de los Flores Blancas? Por lo que sabían estos científicos, Roma era prácticamente el encargado de que les hicieran llegar sus salarios.

—¿Lourens? —llamó Roma, al tiempo que echaba un vistazo a los laboratorios—. Lourens, ¿dónde estás?

—Aquí arriba —retumbó la profunda voz de Lourens en un ruso con marcado acento, agitando la mano desde el segundo descanso. Roma subió las escaleras de dos en dos, con Marshall y Benedikt saltando detrás de él, cual cachorros ansiosos.

Lourens se percató de los recién llegados y frunció sus tupidas cejas blancas. No estaba acostumbrado a recibir invitados. Las visitas de Roma al laboratorio solían ser expediciones en solitario, realizadas con la cabeza agachada. Roma siempre se introducía en este laboratorio como si el acto físico de encogerse pudiera funcionar como un escudo contra la naturaleza repulsiva de las actividades clandestinas que se llevaban a cabo. Quizá si no caminara con su erguida postura habitual, podría absolverse de culpa cuando viniera a pedir los informes del progreso mensual de los productos que entraban y salían de este laboratorio.

Se suponía que este lugar era una instalación de investigación de los Flores Blancas a la vanguardia de los avances farmacéuticos, perfeccionando medicamentos modernos para los hospitales que operaban en su territorio. Ésa era, al menos, la fachada que mantenían. En realidad, las mesas del fondo estaban manchadas de opio, con denso olor a alquitrán, mientras los científicos agregaban sus propias toxinas únicas a la mezcla, hasta que las drogas eran modificadas pasando a ser el epítome de la adicción.

Luego, los Flores Blancas las enviaban nuevamente al exterior, recolectaban el dinero y la vida continuaba. Ésta no era una empresa humanitaria. Éste era un negocio que empobrecía aún más la vida de los desvalidos y permitía a los acaudalados seguir enriqueciéndose a su antojo.

—No lo esperaba hoy —dijo Lourens, palpándose la de­sordenada barba. Estaba apoyado contra el pasamanos para mirar hacia el primer piso, pero su espalda encorvada hacía que el gesto pareciera terriblemente peligroso—. Aún no hemos terminado con el lote actual.

Roma hizo un gesto de desagrado. Tarde o temprano se acostumbraría a la manera displicente con que la gente del laboratorio se refería a sus labores. El trabajo era trabajo, después de todo.

—No estoy aquí por las drogas. Necesito tus conocimientos.

Mientras Roma se apresuraba hasta la mesa de trabajo de Lourens y apartaba los papeles para despejar el espacio, Marshall se adelantó y aprovechó la oportunidad para presentarse de manera extravagante. Todo su rostro se iluminó, como siempre lo hacía cuando podía agregar otro nombre a la lista eternamente larga de personas con las que se había codeado.

—Marshall Seo, encantado de conocerlo —extendió la mano, haciendo una breve reverencia.

Lourens, con sus articulaciones lentas y crujientes, estrechó los dedos extendidos de Marshall con cautela. Luego, sus ojos viajaron hacia Benedikt con anticipación, y éste, con un suspiro imperceptible también extendió su mano, la muñeca flácida.

—Benedikt Ivanovich Montagov —dijo. Si su impaciencia no se evidenciaba ya por su manera de hablar, su mirada errante ciertamente demostraba dónde estaba su atención: los insectos que Roma estaba desplegando sobre la mesa de trabajo de Lourens. El rostro de Roma se había quedado congelado en una mueca mientras usaba su manga para cubrirse los dedos y separar a cada pequeña criatura de la otra.

Lourens emitió un sonido dubitativo. Señaló con el dedo a Roma.

—¿No es Ivanovich tu patronímico?

Roma se apartó de las criaturas. Miró al científico con los ojos entrecerrados.

—Lourens, el nombre de mi padre no es Ivan. Eso lo sabes.

—Me es imposible reordar tu apellido, debe ser que mi memoria está empeorando con la edad —murmuró Lourens—. ¿Nikolaevich? Sergeyevich? Mik…

—¿Podríamos mejor echar un vistazo a esto? —interrumpió Roma.

—Ah —Lourens giró hacia su mesa de trabajo. Sin preocuparse por la cuestión crucial de la higiene, extendió los dedos y tocó los insectos, sus ojos cansados parpadeando en estado de confusión—. ¿Qué es lo que estoy examinando?

—Los encontramos en la escena de un crimen —dijo Roma cruzándose de brazos, metiendo los dedos temblorosos en la tela del saco de su traje— donde siete hombres perdieron la razón y se degollaron con sus propias manos.

Lourens no reaccionó ante la gravedad de tal declaración. Sólo jaló su barba unas cuantas veces más, frunciendo las cejas hasta que se convirtieron en una sola forma larga y peluda sobre su frente.

—¿Crees que estos insectos indujeron a que los hombres se desgarraran sus propias gargantas?

Roma intercambió una mirada con Benedikt y Marshall. Los dos se encogieron de hombros.

—No lo sé —admitió Roma—. Esperaba que pudieras decírmelo. Confieso que no puedo imaginar por qué otra razón encontraríamos insectos en la escena del crimen. La única otra teoría que tenemos es que un monstruo podría haber emergido del río Huangpu y haberlos inducido a la locura.

Lourens soltó un suspiro. Si hubiera venido de otra persona, Roma podría haber sentido una punzada de irritación, una indicación de que no lo estaban tomando en serio a pesar de la trascendencia de su solicitud. Pero Lourens suspiraba cuando estaba preparando su té y suspiraba cuando estaba abriendo sus cartas. Roma había sido testigo por suficiente tiempo del temperamento de Lourens van Dijk para saber que éste era simplemente su estado neutral.

Lourens volvió a tocar un insecto. Esta vez retiró el dedo rápidamente.

—Ah… oh. Eso es interesante.

—¿Qué? —Roma exigió—. ¿Qué es interesante?

Lourens se alejó sin responder, arrastrando los pies. Examinó su estante, luego murmuró algo en voz baja en holandés. Sólo cuando tomó un encendedor, una cosa pequeña de color rojo, respondió:

—Le mostraré.

Benedikt contrajo el rostro, agitando silenciosamente un brazo en el aire:

—¿Por qué este tipo es así? —murmuró muy quedo.

—Déjalo divertirse —murmuró Marshall a su vez.

Lourens regresó cojeando. Extrajo una caja de Petri de un cajón debajo de la mesa de trabajo y con delicadeza recogió tres de los insectos muertos, dejándolos caer sobre el cristal uno tras otro.

—Probablemente debería usar guantes —dijo Benedikt.

—Silencio —atajó Lourens—. No lo notó usted, ¿verdad?

Benedikt contrajo de nuevo el rostro, como si estuviera masticando un limón. Roma reprimió un atisbo de sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios y rápidamente colocó una mano en el codo de su primo a modo de advertencia.

—¿Notar qué? —preguntó, cuando estuvo seguro de que Benedikt permanecería callado.

Lourens se apartó de la mesa de trabajo y caminó hasta quedar al menos a diez pasos de distancia de los visitantes.

—Vengan aquí.

Roma, Benedikt y Marshall lo siguieron. Observaron cómo Lourens prendía el encendedor, observaron cómo dirigía la llama al insecto en el centro de la caja de Petri, sosteniendo la ardiente luz anaranjada hacia el insecto hasta que éste comenzó a resecarse: el exoesqueleto estaba reaccionando a los estímulos incluso después de la muerte.

Pero estaba sucediendo algo de lo más extraño: los otros dos insectos a cada lado del que empezaba a arder también se estaban quemando, resecándose y brillando con el calor. A medida que el insecto de enmedio se enroscaba más y más, ardiendo con el fuego, los que estaban a ambos lados hacían exactamente lo mismo.

—Poderoso encendedor el que tiene usted —comentó Marshall.

Lourens apagó la llama. En seguida caminó hacia la mesa de trabajo, con un paso veloz del que Roma no habría creído que fuera capaz, y colocó la caja de Petri sobre el resto de las docenas de insectos que seguían en la superficie de madera.

—No es el encendedor el qué lo produce, mi amigo.

Dirigió hacia abajo el encendedor. Esta vez, cuando el insecto debajo de la llama se puso rojo ardiente y se enroscó, también lo hicieron todos los insectos colocados sobre la mesa: de una manera brutal, repentina, Roma estuvo a punto de un ataque de pánico al pensar por un instante que estaban cobrando vida.

Benedikt dio un paso atrás. Marshall se llevó la mano a la boca.

—¿Cómo puede ser posible? —inquirió Roma atónito—. ¿Cómo es esto posible?

—La distancia es determinante aquí —dijo Lourens—. Incluso en la muerte, la acción de un insecto está determinada por los otros que están cerca. Es posible que no tengan voluntad propia. Es posible que actúen como un solo individuo, cada uno de estos insectos que permanecen vivos.

—¿Qué significa esto? —presionó Roma —. ¿Son ellos los responsables de la muerte de aquellos hombres?

—Quizá, pero es difícil asegurarlo —Lourens dejó a un lado la caja de Petri y se frotó los ojos. Pareció dudar, lo cual era algo terriblemente inesperado y, por la razón que fuera, provocó que un vacío comenzara a crecer en el estómago de Roma. En los años en que Roma había conocido al anciano científico, Lourens siempre decía lo primero que se le venía a la mente, sin prestar la menor atención al decoro.

—Suéltalo de una buena vez —lo instó Benedikt.

El científico dejó salir un suspiro grande, muy largo.

—Éstas no son criaturas orgánicas —dijo—. Sea lo que sean estas cosas, no fueron creadas por Dios.

Y cuando Lourens se santiguó, Roma finalmente comprendió la naturaleza sobrenatural de aquello con lo que estaban lidiando.

Cinco

La luz del sol del mediodía entraba a raudales por la ventana del dormitorio de Juliette. A pesar del brillo, hoy el día estaba fresco, uno de esos fríos que alentaba a las rosas del jardín a enderezarse un poco más, como si no pudieran permitirse perder un solo segundo del calor que se filtraba a través de las nubes.

—¡No puedo creer lo de Tyler —Juliette fumaba al tiempo que se paseaba por su habitación—. ¿Quién se cree que es? ¿Ha estado intimidando a todo mundo durante los últimos cuatro años?

Rosalind y Kathleen arrugaron el rostro desde la cama de Juliette, donde Rosalind estaba trenzando el cabello de Kathleen. El gesto equivalía a una confirmación.

—Tyler no tiene influencia real en la pandilla —intentó apaciguarla Kathleen—. No te preocupes por él… ¡ayay, Rosalind!

—Deja de moverte y tal vez no me vea obligada a hacerlo tan fuerte —respondió Rosalind en un tono plano—. ¿Quieres que te haga dos trenzas idénticas o prefieres dos trenzas desi­guales?

Kathleen se cruzó de brazos, resoplando. Lo que fuera que estuviera diciendo a Juliette hacía un momento ahora parecía completamente olvidado.

—Ya verás cuando aprenda a trenzar mi cabello. Entonces dejarás de tener poder sobre mí.

—Llevas cinco años dejándote crecer el cabello, mèimei. Simplemente admite que te parece que mi estilo de trenzado es superior.

En ese momento, se oyó un leve sonido justo afuera de la puerta del dormitorio. Juliette frunció el ceño y escuchó con atención mientras Kathleen y Rosalind continuaban en lo suyo, sin indicios de que hubieran escuchado el mismo ruido.

—Por supuesto que tu estilo de trenzado es superior. Mientras tú estabas aprendiendo a arreglarte con estilo y a comportarte como una dama, yo aprendía a ejecutar un swing de golf y a estrechar manos de forma impetuosa.

—Sé que los tutores eran unos idiotas llenos de prejuicios en lo concerniente a tu educación. Pero lo único que te pido ahora es que dejes de retorcerte…

—Oigan, oigan, silencio —susurró velozmente Juliette y cruzó con firmeza un dedo sobre sus labios. Había escuchado pasos. Pasos que se habían detenido, probablemente con la esperanza de captar fragmentos sueltos de alguna conversación.

Mientras que la mayoría de las mansiones de los jefes de renombre se asentaban a lo largo de la calle Bubbling Well en el centro de la ciudad, la casa Cai se ubicaba discretamente en el propio límite de Shanghái; era un esfuerzo por evitar los ojos vigilantes de los extranjeros que ahora gobernaban la ciudad, y a pesar de su singular ubicación, era el centro de actividades de la Pandilla Escarlata. Cualquiera que tuviera importancia en la red podía llegar a tocar esta puerta cuando dispusiera del tiempo, a pesar de que los Cai poseían innumerables residencias más pequeñas en el corazón de la ciudad.

En medio del silencio, volvieron a sonar unos pasos, que ahora avanzaban. Es verdad que importaba poco si las criadas, las tías y los tíos pasaran a cada minuto intentando escuchar a escondidas: Juliette, Rosalind y Kathleen siempre hablaban en un veloz inglés cuando estaban solas las tres, y muy pocas personas en la casa tenían la capacidad lingüística para actuar como espías. Aun así, era algo irritante.

—Creo que ya se fueron —dijo Kathleen después de un rato—. De todos modos, antes de que Rosalind me distrajera —le lanzó a su hermana una fingida mirada de ira para dar énfasis a sus palabras—, mi punto era que Tyler no es otra cosa que un simple fastidio. Déjenlo decir lo que quiera. La Pandilla Escarlata es lo suficientemente fuerte como para dejarlo al margen.

Juliette suspiró profundamente.

—De todos modos me preocupa —se acercó a las puertas de su balcón. Cuando apoyó los dedos sobre el cristal, el calor de su piel empañó la superficie que de inmediato se convirtió en pequeños puntos: cinco puntos idénticos donde había dejado su marca—. No llevamos un registro formal, pero las bajas a raíz de la guerra entre clanes siguen en aumento. Ahora, con la aparición de esta extraña locura, ¿cuánto tiempo pasará antes de que nos quedemos sin la suficiente cantidad de integrantes para seguir operando?

—Eso no va a pasar —aseguró Rosalind, terminando las trenzas—. Shanghái está bajo nuestro control.

—Shanghái estaba bajo nuestro control —la interrumpió su hermana. Kathleen soltó un bufido y señaló un mapa de la ciudad que Juliette había desplegado sobre su escritorio—. Ahora los franceses controlan la Concesión Francesa. Los británicos, los estadounidenses y los japoneses tienen el Asentamiento Internacional. Y nosotros estamos luchando contra los Flores Blancas por un dominio estable en el resto del mapa, lo cual es una hazaña en sí misma considerando las pocas zonas en manos de los chinos que han quedado…

—Ay, déjalo ya —Rosalind soltó un gemido, fingiendo que estaba a punto de sufrir un desmayo. Juliette tuvo que reprimir una risita cuando Rosalind se pasó una mano por la frente y se dejó caer de nuevo en la cama—. Has estado escuchando demasiada propaganda comunista.

Kathleen frunció el ceño.

—No es verdad.

—Al menos admite que tienes simpatías comunistas, no lo niegues.

—No están equivocados —replicó Kathleen—. Esta ciudad ya dejó de ser china.

—¿Y a quién le importa? —Rosalind de repente lanzó una patada, usando el impulso para incorporarse, sentándose tan rápido que su cabello recién peinado le rozó los ojos—. Toda fuerza armada en esta ciudad tiene una lealtad ya sea hacia la Pandilla Escarlata o hacia los Flores Blancas. Es ahí donde reside el poder. No importa cuánta tierra perdamos ante los extranjeros, los gánsteres son la fuerza más poderosa en esta ciudad, no los blancos llegados del extranjero.

—Hasta que los blancos llegados del extranjero comiencen a desplegar su propia artillería —murmuró Juliette. Se alejó de las puertas del balcón y caminó de regreso hacia su tocador, deteniéndose junto al sillón largo. Casi sin pensarlo, extendió la mano, pasando el dedo por el borde del jarrón de cerámica que estaba junto a sus cosméticos. Allí solía haber un jarrón chino azul y blanco, pero las rosas rojas no combinaban con los espirales de porcelana, por lo que se había hecho el cambio por un diseño occidental.

Habría sido mucho más fácil si los Escarlatas hubieran expulsado a los extranjeros, los hubieran ahuyentado con plomo y amenazas de muerte en el momento en que sus barcos y sus artículos de lujo atracaron en El Bund. Incluso ahora, los gánsteres todavía podían unir fuerzas con los extenuados trabajadores de las fábricas y apoyar sus boicots. Juntos, si así lo quisiera la Pandilla Escarlata, podrían desplazar a los extranjeros… pero no lo harían. La Pandilla Escarlata se estaba beneficiando enormemente. Necesitaban esta inversión, esta economía, esas carretadas de dinero que llenaban sus arcas y los mantenían a flote.

A Juliette le dolía pensar en ello. En su primer día después de regresar, se detuvo frente al Jardín Público, vio un letrero que decía NO SE ADMITEN CHINOS y comenzó a reír. ¿Quién en su sano juicio prohibiría a los chinos entrar en un espacio dentro de su propio país? Sólo más tarde comprendió que no se trataba de una broma. Los extranjeros realmente se consideraban lo suficientemente poderosos para hacer cumplir sus reglas en los espacios que estaban reservados para la Comunidad Extranjera, razonando que los fondos extranjeros que invertían en los parques recién construidos y en los bares clandestinos recién abiertos justificaban su dominio.

A cambio de riquezas temporales, los chinos estaban permitiendo que los extranjeros dejaran marcas permanentes en su tierra, y los extranjeros estaban sintiéndose cada vez más cómodos con su nueva posición. Juliette temía que las cosas dieran un vuelco por completo algún día, y que la Pandilla Escarlata comprendiera de repente que se había quedado al margen de todo.

—¿Pero qué te pasa?

Juliette volvió de pronto al momento presente, usando el espejo de tocador para mirar a Rosalind.

—¿Qué?

—Por tu expresión parecía que estuvieras planeando un asesinato.

Se escuchó un golpe en la puerta del dormitorio de Juliette antes de que ella pudiera responder, lo que la obligó a voltear por completo. Ali, una de las criadas, abrió la puerta y apareció en el umbral, pero se quedó inmóvil, renuente a dar un paso al interior del recinto. Ninguno de los integrantes del personal de la casa sabía cómo tratar con Juliette. Ella era demasiado atrevida, demasiado descarada, demasiado occidental, mientras que ellos eran demasiado nuevos, demasiado inseguros, nunca estaban cómodos. El personal doméstico rotaba todos los meses por motivos prácticos. Esto le evitaba a los Cai conocer sus historias, sus vidas, sus relatos personales. En un abrir y cerrar de ojos, su mes de trabajo había concluido y se les indicaba la puerta de salida por su propia seguridad, cortando así los lazos que habrían unido a Lord y Lady Cai con un creciente número de personas.

—Xiăojiĕ, hay un visitante abajo —dijo Ali en voz baja.

No siempre había sido así. Tiempo atrás, habían tenido un grupo de personas fijas que se encargaba del trabajo doméstico y que se mantuvo durante los primeros quince años de vida de Juliette. Alguna vez, Juliette contó con la compañía de una niñera, a quien llamaba Nana y Nana arropaba a Juliette y le contaba las historias más conmovedoras de tierras desérticas y bosques exuberantes.

Juliette extendió la mano y sacó una rosa roja del jarrón. En el momento en que cerró las manos alrededor del tallo, las espinas le pincharon la palma, pero a duras penas sintió la punzada, incapaz de hacer mella en los callos que protegían su piel, de penetrar en los años que había pasado endureciendo cualquier parte de su ser que podría considerarse “delicada”.

Al principio Juliette no lo había entendido. Cuatro años atrás, mientras se encontraba de rodillas en los jardines, recortando sus rosales con unos gruesos guantes que le cubrían las manos, no había comprendido por qué la temperatura a su alrededor había subido tan intensamente, por qué sonaba como si todo el terreno de la mansión Cai se hubiera estremecido con… una explosión.

Le rechinaban los oídos: primero con los remanentes de ese horrible y fuerte sonido, luego con los gritos, el pánico y los lamentos que llegaban desde la parte trasera, donde estaba la casa que ocupaban los sirvientes. Cuando se apresuró a acercarse, vio escombros. Vio una pierna. Un charco de sangre. Alguien había estado de pie justo en el umbral de la puerta principal cuando el techo se derrumbó. Alguien con un vestido que se parecía a los que usaba Nana, con la misma tela de la que Juliette siempre jalaba cuando era niña, porque era lo único que lograba alcanzar con sus manos para llamar la atención de Nana.

En el camino hacia la casa de los sirvientes quedó una única flor blanca. Cuando Juliette se quitó los guantes y la recogió, con los oídos zumbando y la mente completamente aturdida, sus dedos encontraron una nota pegada con alfileres, escrita en ruso, en letra cursiva, sangrando con tinta cuando la desdobló.

Mi hijo envía sus saludos.

Ese día fueron transportados tantos cuerpos al hospital. Cadáveres sobre cadáveres. Los Cai habían estado siendo mesurados, pacíficos, habían decidido paliar el odio ancestral cuya causa se había ido olvidando con el paso del tiempo; entonces conocieron a dónde los había conducido su manera de actuar: a la muerte llevada directamente a la puerta de su casa. A partir de ese acontecimiento, la Pandilla Escarlata y los Flores Blancas comenzaron a intercambiar disparos en cuanto se veían, protegiendo y defendiendo los límites territoriales como si su honor y reputación dependieran de ello.

—¿Xiăojiĕ?

Juliette cerró los ojos con fuerza, dejó caer la rosa y se pasó una mano fría por la cara hasta que logró difuminar todos los recuerdos que amenazaban con hacer erupción. Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada estaba apagada, desin­teresada mientras se inspeccionaba las uñas.

—¿Y? —dijo ella—. No atiendo a los visitantes. Busca a mis padres.

Ali se aclaró la garganta y luego pasó las manos por el áspero dobladillo de su blusa de botones.

—Sus padres están fuera. Entonces puedo ir a buscar a Cai Tailei…

—No —contestó Juliette con rudeza. De inmediato lamentó el tono de voz empleado al ver la expresión mortificada de la criada. De todo el personal de la casa, Ali era la única que trataba a Juliette con el mínimo nivel de precaución. No merecía recibir sus gritos.

Juliette intentó sonreír.

—Deja tranquilo a Tyler. Probablemente sea Walter Dexter quien está abajo. Yo iré.

Ali inclinó la barbilla respetuosamente, luego se apresuró a alejarse antes de que la joven volviera a enfadarse. Juliette supuso que daba una impresión equivocada al personal de la casa. Ella haría cualquier cosa por la Pandilla Escarlata. Se preocupaba por su bienestar y su política, sus coaliciones y alianzas con las empresas comerciales y los inversores.

Pero no tenía tiempo para hombres insignificantes como Walter Dexter, que se consideraban tremendamente importantes sin tener la capacidad de respaldar tal afirmación. No tenía ningún deseo de ocuparse de las diligencias que su padre no quería hacer. Aquello estaba lejos de ser el negocio despiadado en el que esperaba ser involucrada cuando finalmente la convocaron de regreso. Si hubiera sabido que Lord Cai la dejaría fuera de la guerra entre clanes, fuera de la beligerancia que de manera paralela tenía lugar en el escenario político, tal vez no se habría apresurado a hacer sus maletas y derramar todo el contenido de su reserva de alcohol cuando se marchó de Nueva York.

Después del ataque que mató a Nana, Juliette había sido enviada a Nueva York por seguridad y había tenido que dejar hervir a fuego lento su resentimiento durante cuatro largos años. No era ésa su naturaleza. Habría preferido quedarse y reafirmar su presencia en el territorio por su cuenta, luchar con el mentón erguido. A Juliette Cai se le había enseñado a no huir, pero sus padres, como suelen ser todos los padres, eran unos hipócritas y la habían obligado a escabullirse, la habían obligado a permanecer al margen de la guerra entre clanes, la habían forzado a convertirse en alguien alejada del peligro.

Y ahora estaba de regreso.

Rosalind emitió un ruido gutural mientras Juliette se colocaba un abrigo sobre el vestido.

—Ahí está de nuevo.

—¿Qué cosa?

—Esa expresión asesina —dijo Kathleen sin levantar la mirada de su revista.

Juliette puso los ojos en blanco.

—Creo que simplemente es mi expresión de reposo.

—No, tu expresión de reposo es ésta.

Rosalind imitó la expresión más disparatada que logró inventar, con los ojos desorbitados y la boca muy abierta, balanceándose en círculos sobre la cama. En respuesta, Juliette le arrojó una pantufla, lo que provocó risitas de parte de Kathleen.

—Shuu —la reprendió Rosalind, con un golpe lanzando lejos el calzado y conteniendo la risa—. Ve a atender tus deberes.

Juliette ya iba de salida, haciendo una seña obscena por encima del hombro. Mientras caminaba lenta y pensativamente por el pasillo del segundo piso, mordiéndose las uñas astilladas, se detuvo frente a la oficina de su padre para acomodarse un zapato que no le ajustaba bien desde que se había atascado en la tapa de un desagüe.

Luego se quedó paralizada, con la mano sobre el tobillo. Alcanzó a escuchar voces provenientes de la oficina.

—Ah, disculpen —gritó Juliette, abriendo la puerta de una patada con su zapato de tacón alto—. La criada dijo que ambos estaban fuera.

Sus padres levantaron la cabeza de inmediato, parpadeando visiblemente. Su madre estaba de pie detrás del hombro de su padre; una mano descansaba sobre el escritorio y la otra sobre un documento frente a ellos.

—El personal dice lo que queremos que ellos digan, qīn’ài de —explicó Lady Cai. Hizo un movimiento rápido con los dedos en dirección a Juliette—. ¿No tienes un visitante que atender abajo?

Resoplando, la joven cerró la puerta de nuevo, mirando con furia a sus padres. Apenas le hicieron caso. Simplemente volvieron a su conversación, asumiendo que Juliette se marcharía.

—Ya hemos perdido a dos hombres, y si los rumores son ciertos, caerán más antes de que podamos determinar con exactitud qué lo está provocando —dijo su madre en voz baja, reanudando la conversación anterior. Lady Cai siempre sonaba diferente en shanghainés que en cualquier otro idioma o dialecto. Era difícil verbalizar exactamente qué era, acaso una cierta sensación de calma, incluso si el tema conllevaba una terrible ráfaga de emoción. Esto era lo que significaba hablar tu lengua materna, supuso Juliette.

Ella no estaba realmente segura de cuál era su propia lengua materna.

—Los comunistas están exultantes de alegría. Zhang Gutai ya no necesitará un megáfono para el reclutamiento. —su padre era todo lo contrario. Veloz y agudo. Aunque los tonos del shanghainés provenían completamente de la boca en lugar de la lengua o la garganta, de alguna manera lograba hacer que reverberaran diez veces dentro de sí antes de proyectar el sonido—. Con la gente cayendo como moscas, las inversiones capitalistas dejan de crecer, las fábricas se convierten en caldos de cultivo para la revolución. El desarrollo comercial de Shanghái se frena abruptamente.

Juliette adoptó un gesto de agobio y se alejó de prisa de la puerta de la oficina de su padre. Por mucho que él lo hubiera intentado a través de sus cartas, a Juliette nunca le había importado mucho quién era quién en el gobierno, a menos, claro, que sus actividades tuvieran algún efecto directo en los negocios Escarlatas. Lo único que le importaba era la Pandilla, los peligros y las tribulaciones inmediatas a las que se enfrentaban en el día a día. Lo cual significaba que en sus maquinaciones, a la mente de Juliette le gustaba gravitar hacia los Flores Blancas, no hacia los comunistas. Pero si en verdad eran ellos quienes habían desencadenado la locura en esta ciudad, como su padre parecía sospechar, también los comunistas estaban matando a su gente, y ella no iba a quedarse de brazos cruzados. Después de todo, esta mañana su padre no se había desentendido de las muertes para concentrarse en la política. Quizás en este caso lo uno y lo otro estaban íntimamente relacionados.

Tiene sentido que los comunistas puedan ser los responsables de la locura, pensó Juliette mientras bajaba las escaleras hacia el primer piso.

¿Pero cómo podrían lograr tal proeza? La guerra civil no era una novedad. Este país pasaba más tiempo sumido en el caos político que en períodos de paz. Pero algo que hacía que personas se desgarraran la garganta estaba ciertamente lejos de cualquier guerra biológica que Juliette hubiera estudiado.

Juliette saltó al último tramo de la escalera.

—¡Hola! —gritó—. ¡Estoy aquí! ¡Pueden hacer la reverencia! —entró en la sala de estar y, con cierto sobresalto, encontró a un extranjero sentado en uno de los sofás. No era el molesto comerciante británico, pero sí era alguien que se parecía mucho, sólo que más joven, más o menos de la edad de ella.

—Me abstendré de hacer la reverencia, si le parece —dijo el extranjero, curvando los labios hacia arriba. Se puso de pie y extendió la mano—. Me llamo Paul. Paul Dexter. Mi padre no podía venir hoy, así que me envió en su lugar.

Juliette ignoró la mano extendida. Pésimos modales de etiqueta, notó de inmediato. Según las reglas de la sociedad británica, una dama siempre tenía el privilegio de ofrecer el apretón de manos. No es que le importara la etiqueta británica, ni cómo la alta sociedad definía lo que era una dama, pero detalles tan minúsculos apuntaban a una falta de formación adecuada, de manera que Juliette archivó esa información en su cabeza.

Y realmente el joven debería haberse inclinado.

—¿Debo asumir que se encuentra aquí por la misma solicitud? —preguntó Juliette, alisándose las mangas del vestido.

—Así es —Paul Dexter retiró la mano sin ningún rencor. Su sonrisa era un cruce entre la de una estrella de Hollywood y la de un payaso sin talento—. Mi padre puede prometerle que tenemos más lernicrom que cualquier otro comerciante que navegue hacia esta ciudad. No encontrará mejores precios en otro sitio.

Juliette emitió un suspiro, esperando a que pasaran unos cuantos primos y tíos que circulaban por la sala de estar. Mientras el grupo pasaba, el señor Li colocó una mano sobre el hombro de la joven y dijo afablemente al visitante.

—Buena suerte, chico.

Juliette le mostró la lengua. El señor Li sonrió, arrugando todo su rostro, luego sacó un pequeño caramelo y extendió su palma para que Juliette lo tomara. Ella ya no era una niña de cuatro años ansiosa de comer dulces hasta que le dolieran las muelas, pero de todos modos lo recibió, introduciendo el caramelo en la boca mientras su tío se alejaba.

—Por favor tome asiento, señor Dexter…

—Llámeme Paul —interrumpió, sentándose en el largo sofá—. Somos una nueva generación de gente moderna y el señor Dexter es mi padre.

Juliette, a duras penas logró reprimir una expresión de desdén. En lugar de hacerlo, mordió con fuerza el caramelo y luego se dejó caer en un sillón perpendicular a Paul.

—Desde hace un buen tiempo admiramos a los Escarlatas —continuó diciendo Paul—. Mi padre tiene grandes esperanzas en una provechosa colaboración.

Un visible estremecimiento recorrió el cuerpo de Juliette ante la familiaridad con la que Paul empleaba el término “Escarlatas”. Como nombre, la Pandilla Escarlata sonaba mucho mejor en chino. Se llamaban a sí mismos hóng bāng, las dos sílabas giraban juntas en un rápido chasquido de vocales. Tal nombre entraba y salía a través de las lenguas Escarlatas como un látigo, y quienes no sabían cómo tratarlos correctamente terminaban siendo aplastados.

—Le daré la misma respuesta que le dimos a su padre —dijo Juliette. Elevó las piernas levemente apoyándolas en el reposabrazos y las capas de su vestido cayeron hacia un lado dejando a la vista parte de sus muslos. Los ojos de Paul siguieron el movimiento. Ella percibió cómo la ceja del joven se movía con la visión de su largo y pálido muslo—. No estamos aceptando nuevas líneas de negocios. Estamos ya bastante ocupados con nuestros clientes actuales.

Paul fingió decepción. Se inclinó hacia delante, como si pudiera persuadirla con el mero contacto visual. Todo lo que logró fue que Juliette notara que no se había cepillado bien para disolver un grumo de gel de su cabellera rubia.

—No sea así —dijo—. He oído decir que hay una empresa rival que podría mostrarse más entusiasmada con la oferta…

—Entonces tal vez lo mejor sea que haga negocios con ellos —sugirió Juliette, enderezándose de repente. Él estaba tratando de que ella lo escuchara con mayor atención sugiriendo que llevaría su propuesta a los Flores Blancas, pero eso a ella le importaba poco. Walter Dexter era un cliente que querían perder—. Me alegra que pudiéramos resolver este asunto tan pronto.

—Espere, no…

—De modo que adiós… —Juliette simuló que estaba pensando—. ¿Peter? ¿Paris?

—Paul —rectificó él con un gesto amargo.

Juliette esbozó una sonrisa, no muy diferente a la expresión disparatada que Rosalind había estado imitando antes.

—Cierto. ¡Adiós!

La joven se puso en pie de un salto y atravesó veloz la sala de estar hacia la entrada principal. En un abrir y cerrar de ojos, sus dedos se habían posado sobre el pesado aldabón y estaba jalando para abrir la puerta, ansiosa por deshacerse del visitante británico.

Paul, en honor a la verdad, se recuperó rápidamente. Se acercó a la puerta e hizo una reverencia.

Por fin, algo de modales.

—Muy bien.

Salió del sitio y ya sobre el porche se dio la vuelta para mirar a Juliette.

—¿Puedo hacer una solicitud, señorita Cai?

—Ya le dije que…

Paul sonrió.

—¿Puedo verla de nuevo?

Juliette cerró de un portazo.

—De ninguna manera.

Seis

Roma no estaba teniendo un día en absoluto agradable.

En la hora que llevaba despierto, se había tropezado subiendo las escaleras, había roto su taza predilecta con su té de hierbas favorito y se había golpeado en la cadera contra la mesa de la cocina con tanta brusquedad que se le formó una gigantesca mancha púrpura en el torso. Luego se había visto obligado a inspeccionar la escena de un crimen. Luego había tenido que enfrentarse a la posibilidad de que se tratara de una escena de crimen de proporciones sobrenaturales.

Mientras Roma regresaba al centro de la ciudad bajo los rayos del sol de la tarde, podía sentir que la paciencia que le restaba era increíblemente limitada. Cada silbido de vapor escuchado al pasar sonaba como el ruido que hacía su padre con la boca cuando se enfadaba, y cada crujido del cuchillo usado por un carnicero le hacía pensar en un tiroteo.

Por lo general, Roma adoraba el ajetreo que rodeaba su hogar. Deliberadamente, tomaba las rutas largas para entrar y salir de los puestos de venta, dando así un vistazo a los bultos de vegetales cultivados en granjas que muchas veces se apilaban hasta superar la altura de su vendedor. Solía hacer muecas a los peces mientras inspeccionaba las condiciones de sus pequeños y desaseados tanques. Si no tenía prisa alguna, recibía dulces de todos los vendedores que los ofrecían a la venta, llevándoselos a la boca a medida que avanzaba, de tal manera que solía emerger de los mercados con los dientes adoloridos y los bolsillos vacíos.

El mercado al aire libre era uno de sus más grandes aficiones. Pero hoy no pasaba de ser una irritación sobre un sarpullido que ya comenzaba a ser viral.

Roma se agachó por debajo de las cuerdas para tender ropa dispuestas en el estrecho callejón que conducía al bloque de viviendas central de los Montagov. Tanto el agua limpia como la sucia goteaban intensamente, formando grandes charcos sobre el pavimento: transparentes si estaban debajo de un vestido empapado, y negros y fangosos si estaban debajo de una tubería a medio instalar.

Ésta era una característica que se hacía más prominente a medida que uno se adentraba en Shanghái. Era como si un artista perezoso se hubiera encargado de construir todo: los tejados y los alféizares de las ventanas se curvaban y se estiraban con los ángulos y arcos más gloriosos, sólo para terminar abruptamente o cortarse en el siguiente edificio. Nunca había suficiente espacio en las zonas más pobres de esta ciudad. Los materiales se agotaban justo antes de que los constructores estuvieran listos para empezar. Las tuberías eran siempre demasiado cortas, los desagües sólo tenían cubierta hasta la mitad, las aceras parecían inclinarse sobre sí mismas. Si Roma quisiera hacerlo, podría estirar los brazos desde la ventana de su cuarto en el cuarto piso y alcanzar fácilmente las cortinas de la ventana plegada hacia afuera de una habitación en el edificio contiguo. Si en lugar de ello se impulsaba con las piernas, podría dar un salto sin mucho esfuerzo y asustar al anciano que allí vivía.

Tampoco es que estuvieran cortos de espacio. Había abundancia de tierra fuera de la ciudad para la expansión: terrenos que no habían sido tocados por la influencia del Asentamiento Internacional ni de la Concesión Francesa. Pero los alojamientos de los Flores Blancas estaban ubicados justo al lado de la Concesión Francesa, y allí estaban decididos a quedarse. Los Montagov habían estado ubicados aquí desde que el abuelo de Roma había emigrado. Los extranjeros sólo habían reclamado las tierras cercanas en estos últimos años, a medida que se volvían más impetuosos con su poder legal. De cuando en cuando los Flores Blancas debían encarar graves problemas cada vez que los franceses intentaban controlar las actividades que en ese momento llevaba a cabo la Pandilla, pero los vientos siempre parecían soplar a favor de los rusos. Los franceses los necesitaban a ellos; ellos no necesitaban a los franceses. Los Flores Blancas dejaban que los extranjeros siguieran practicando sus leyes en un espacio que no parecía pertenecer ni a unos ni a otros, y los pomposos comerciantes con sus abrigos florales y sus zapatos lustrados se apartaban cuando los gánsteres cruzaban desbocados las calles.

Era un pacto, pero un pacto que se había estado tensando a medida que pasaba el tiempo. Lugares como éstos ya eran asfixiantes. No había diferencia si se añadía más peso a la almohada presionada contra sus rostros.

Roma acomodó la mochila de Benedikt más arriba del hombro. Benedikt no estaba muy contento de que Roma le estuviera quitando sus implementos de arte, pero luego Roma había pretendido devolverle la mochila, y su primo sólo había necesitado una mirada —a todos los insectos muertos que Lourens no quiso guardar y el zapato del muerto que Roma había metido allí—, antes de devolvérselo rápidamente, pidiéndole que se lo entregara después de haberle dado una buena lavada.

Roma retiró el seguro de la puerta principal y se deslizó dentro. Justo cuando avanzaba pausadamente hacia la sala de estar, una puerta se cerró de golpe a su derecha y Dimitri Voronin también hizo su entrada.

El día ya de por sí desagradable de Roma empeoró aún más.

—¡Roma! —Dimitri gritó—. ¿Dónde estuviste toda la mañana?

A pesar de ser sólo unos años mayor, Dimitri actuaba como si fueran incalculables los años que los separaban. Cuando Roma pasó a su lado, Dimitri sonrió y extendió la mano para despeinarle el cabello.

Roma se apartó bruscamente y entrecerró los ojos. Tenía diecinueve años, era el heredero de uno de los dos imperios clandestinos más poderosos de la ciudad, pero cada vez que Dimitri estaba en el mismo recinto que él, se vería reducido a ser nuevamente un niño.

—Fuera —respondió Roma vagamente. Si se le ocurría decir que esto estaba de alguna manera relacionado con negocios de los Flores Blancas, Dimitri empezaría a preguntar e indagar hasta estar igualmente al corriente. Si bien Dimitri no era lo suficientemente torpe como para insultar abiertamente a Roma, él podía escuchar esa insinuación en cada referencia a su juventud, en cada chasquido de lengua supuestamente cordial cada vez que hablaba. Era por culpa de Dimitri que a Roma no se le permitía ser blando. Era por culpa de Dimitri que Roma había perfeccionado un semblante frío y brutal que odiaba vislumbrar cada vez que se miraba en un espejo.

—¿Qué quieres? —le preguntó Roma, sirviéndose un vaso de agua.

—No te preocupes —Dimitri entró en la cocina detrás de él, agarrando un cuchillo de picar que estaba a la mano. Lo clavó sobre un trozo de carne cocida que estaba en un plato sobre la mesa, se llevó el cuchillo a la boca y masticó la carne alrededor de la gruesa hoja de acero sin importarle quién había dejado el plato allí o cuánto tiempo había estado la comida a la intemperie—. Yo también estaba de salida.

Roma frunció el ceño, pero Dimitri ya se estaba alejando, llevándose consigo el fuerte olor a almizcle y humo. Al quedarse solo, Roma exhaló un largo suspiro y dio la media vuelta para poner su vaso en el lavabo.

Sólo que al girar se dio cuenta de que estaba siendo observado por unos grandes ojos castaños en una cara pequeña, parecida a la de un duende.

Estuvo a punto de soltar un grito.

—Alisa —le dijo entre dientes a su hermana, abriendo las puertas del armario de la cocina. No podía entender cómo ella lo había estado observando desde allí sin que él se diera cuenta o cómo se las había arreglado para hacerse espacio entre las especias y el azúcar, pero a estas alturas había aprendido a no hacer preguntas.

—Con cuidado —se quejó la niña mientras Roma la sacaba del armario. Cuando la dejó en el suelo, ella señaló la manga que Roma había apretado—. Que esto es nuevo.

Distaba mucho de ser nuevo. De hecho, la blusa de lana que rodeaba sus pequeños hombros se parecía al tipo de ropa que usaba el campesinado antes de que terminaran las dinastías reales en China, y estaba rasgada de una manera que sólo podía ser causada por estar entrando y saliendo de los rincones más estrechos. En ocasiones Alisa decía cosas desatinadas con el único propósito de crear confusión, lo que llevaba a la gente a dudar si se trataba de inmadurez extrema o indicios de demencia.

—Silencio —le dijo Roma. Le alisó el cuello de la blusa y en seguida se quedó inmóvil, al palpar la cadena que Alisa llevaba puesta alrededor de la garganta. Era de su madre, una reliquia de familia traída de Moscú. La última vez que la había visto, estaba en su cadáver después de ella fuera asesinada por la Pandilla Escarlata, una resplandeciente cadena de plata que contrastaba con la sangre que manaba de su garganta degollada.

Lady Montagova había enfermado poco después del nacimiento de Alisa. Roma la veía una vez al mes, cuando Lord Montagov lo llevaba a un lugar secreto, una casa segura escondida en los rincones desconocidos de Shanghái. En sus recuerdos era una mujer gris y demacrada, pero siempre alerta, siempre dispuesta a sonreír cuando Roma se acercaba a su cama.

La razón de permanecer en una casa segura era que Lady Montagova no necesitara guardias. Se suponía que estaba a salvo. Pero hace cuatro años, la Pandilla Escarlata la encontró, le había cortado de un tajo la garganta en respuesta a un ataque a principios de esa semana y le había colocado una rosa roja marchita entre las manos. Cuando enterraron su cuerpo, en las palmas de las manos todavía estaban incrustadas las espinas.

Roma tendría que haber odiado a la Pandilla Escarlata mucho antes de que mataran a su madre, y tendría que haberlos odiado aún más —con una pasión ardiente— después del asesinato de Lady Montagova. Pero no ocurrió así. Después de todo, se trataba de la ley del talión: ojo por ojo, así era como funcionaba la guerra entre clanes. Si él no hubiera lanzado ese primer ataque, ellos no habrían tomado represalias contra su madre. No había forma de trasladar la culpa en un enfrentamiento de tal envergadura. Si había alguien a quien culpar, era a sí mismo. Si había alguien a quien odiar por la muerte de su madre, era a sí mismo.

Alisa agitó una mano frente al rostro de Roma.

—Veo unos ojos, pero no veo un cerebro —le dijo a su hermano.

Roma regresó al presente. Con suavidad puso un dedo debajo de la cadena, sacudiéndola.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó en voz baja.

—Estaba en el ático —respondió Alisa. Sus ojos se iluminaron—. Es bonita, ¿no te parece?

Alisa sólo tenía ocho años. Aún ignoraba lo del asesinato, en su momento sólo le dijeron que Lady Montagova finalmente había sucumbido a una enfermedad.

—Muy bonita —dijo Roma, con voz ronca. En ese momento sus ojos se movieron rápidamente hacia arriba al escuchar pasos en el segundo piso. Su padre estaba en la oficina—. Ahora vete. Te llamaré cuando sea la hora de cenar.

Haciendo un gesto burlón de despedida, Alisa salió apresuradamente de la cocina y subió las escaleras, con su delgado cabello rubio flotando tras de ella. Cuando escuchó que se cerraba la puerta de su dormitorio en el cuarto piso, Roma también comenzó a subir las escaleras y se dirigió a la oficina de su padre. Sacudió la cabeza con brusquedad, tratando de aclarar sus pensamientos y tocó la puerta.

—Adelante.

Roma llenó sus pulmones de aire. Abrió la puerta.

—¿Y bien? —Lord Montagov dijo en lugar de un saludo. No levantó la mirada. Su atención estaba fija en la carta que tenía en la mano, la cual revisó rápidamente antes de arrojarla al suelo y tomar la siguiente de una pila—. Espero que hayas encontrado algo.

Con cautela, Roma entró y dejó la mochila en el suelo. Metió la mano en ella, dudando un momento antes de sacar el zapato y dejarlo sobre el escritorio de su padre. Contuvo la respiración, entrelazando las manos detrás de la espalda.

Lord Montagov miró el zapato como si Roma le hubiera mostrado un perro rabioso. Era una expresión que con frecuencia dedicaba a Roma.

—¿Qué es esto?

—Lo encontré donde murieron los primeros siete hombres —explicó Roma esmeradamente— pero pertenece al que murió en el club Escarlata. Creo que estuvo presente en la escena del primer crimen y, de ser así, podría tratarse de un agente de contagio…

Lord Montagov golpeó el escritorio con las manos. Roma parpadeó intensamente, pero se obligó a no cerrar los ojos, se obligó a mirar hacia delante con decisión.

—¡Contagio! ¡Locura! ¡Monstruos! ¿Qué le pasa a esta ciudad? —preguntó Lord Montagov con un alarido—. ¿Te pido que encuentres respuestas y me traes esto?

—Encontré exactamente lo que pediste —respondió Roma, pero en voz baja, apenas audible. Durante los últimos cuatro años, había estado haciendo lo que se le pedía, ya fuera una tarea pequeña o un encargo terrible. Si no lo hacía, tendría que enfrentar las consecuencias, y aunque odiaba ser un miembro de los Flores Blancas, odiaba aún más la idea de no serlo. Su título le daba poder. El poder lo mantenía a salvo. Lo dotaba de autoridad, tenía a raya a quienes lo amenazaban y le permitía cuidar de Alisa, le permitía mantener a todos sus amigos dentro de su círculo de protección.

—Quita esto de mi vista —ordenó Lord Montagov, señalando el zapato.

Roma apretó los labios, pero retiró el zapato, que volvió a meter en la mochila.

—El punto sigue siendo el mismo, papá —sacudió la mochila, dejando que la tela se tragara el zapato—. Ocho hombres se enfrentan en los puertos de Shanghái, siete se desgarran su propia garganta y uno escapa. Si el que queda vivo también se desgarra la garganta al día siguiente, ¿no te parece que se trata de una enfermedad contagiosa?

Lord Montagov permaneció un buen rato sin responder. En lugar de ello, giró en su silla hasta que estuvo frente a la pequeña ventana que daba a un callejón muy transitado. Roma observó a su padre, observó cómo sus manos se aferraban a los brazos del gran sillón, observó la cabeza bien afeitada que exhibía un levísimo vestigio de sudor. La pila de cartas había sido abandonada momentáneamente. Los nombres que firmaban en chino en la base de muchas de ellas resultaban familiares: Chen Duxiu, Li Dazhao, Zhang Gutai. Comunistas.

Después de que la revolución bolchevique se propagara velozmente por Moscú, la marea de esa ola política había descendido aquí, a Shanghái. Las nuevas facciones formadas un par de años atrás habían estado tratando persistentemente de reclutar como aliados a los Flores Blancas, sin tener en cuenta el hecho de que lo último que querrían los Flores Blancas era la redistribución social. No después de que los Montagov se habían esforzado durante generaciones por escalar a la cima. No cuando la mayoría de los integrantes de menor jerarquía de la pandilla habían huido de los bolcheviques.

Incluso si los comunistas veían a los Flores Blancas como aliados potenciales, los Flores Blancas los veían a ellos como enemigos.

Lord Montagov finalmente emitió un ruido de disgusto, alejándose de la ventana.

—No deseo involucrarme en este asunto de la locura —decidió—. A partir de ahora ésa será tu encomienda. Averigua qué ocurre.

Roma asintió lentamente. Se preguntó si la rigidez en la voz de su padre era una señal de que él pensaba que este asunto de la locura no era algo digno de su atención, o si se debía a un temor de contagiarse de la locura él mismo. Roma no sentía temor. Sólo temía al poder de los demás. Los monstruos y las cosas que vagaban durante la noche eran fuertes, pero no eran poderosos. Había una diferencia.

—Averiguaré lo que pueda sobre este hombre —afirmó Roma, refiriéndose a la víctima más reciente, la del zapato perdido.

Lord Montagov hizo retroceder la silla unos centímetros y luego colocó los pies sobre el escritorio.

—No te apresures, Roma. Primero debes confirmar que este zapato realmente pertenecía al hombre que murió anoche.

Roma arrugó el ceño.

—La víctima más reciente está en una morgue de los Escarlatas. Me dispararían al verme.

—Encuentra una forma de entrar —se limitó a responder Lord Montagov—. Cuando te di la orden de obtener información de los Escarlata, pareciste tomar el camino de la prudencia.

Roma se puso rígido. Eso era injusto. La única razón por la que su padre lo había enviado a territorio Escarlata era porque una interacción entre un jefe y otro era vista como algo demasiado severo. Si Lord Cai y su padre se hubieran encontrado y su careo hubiera terminado pacíficamente, ambos habrían sufrido un desprestigio a los ojos de su gente. Por lo que concernía a Roma podía mostrar cierta deferencia ante la Pandilla Escarlata sin que aquello tuviera consecuencias para los Flores Blancas. Era simplemente el heredero, enviado a cumplir una importante misión.

—¿Qué dices? —preguntó Roma—. El hecho de que tuviera motivos para entrar en su club burlesque no significa que pueda pasearme a mi antojo por sus instalaciones, mucho menos en la morgue de un hospital.

—Encuentra a alguien que te ayude a entrar. He oído rumores de que la heredera Escarlata ha regresado.

Roma sintió que una soga se anudaba sobre su cuello. No se atrevió a reaccionar.

—Papá, no me hagas reír —dijo.

Lord Montagov se encogió de hombros, con indolencia, pero había algo en sus ojos que no le gustó a Roma.

—No es una idea tan absurda —dijo su padre—. Sin duda puedes pedirle un favor. Después de todo ella fue alguna vez tu chica.

Siete

En el lapso de unos pocos días, las habladurías se habían extendido por toda la ciudad. Al principio, eran poco más que rumores: la sospecha de que no era un enemigo ni una fuerza natural la que provocaba esta locura, sino que era el mismísimo diablo quien llamaba a las puertas en medio de la noche y provocaba la demencia inexorable de la víctima con una sola mirada.

Luego comenzaron los avistamientos.

Las amas de casa que colgaban a secar la ropa cerca de los puertos afirmaban haber visto tentáculos deslizándose cuando al anochecer se aventuraban afuera para recoger sus pertenencias. Un par de trabajadores de la Pandilla Escarlata que llegaban tarde a sus turnos fueron atemorizados con gruñidos y luego con destellos de ojos plateados que los observaban desde el otro extremo del callejón. El relato más espeluznante era el que contaba el dueño de un burdel junto al río, quién hablaba de una criatura acurrucada en medio de las bolsas de basura afuera de su establecimiento cuando estaba cerrando. La había descrito como una criatura jadeante, como si sufriera dolores, como si luchara consigo misma, apenas visible entre las sombras, pero sin duda una cosa extraña y antinatural.

—Tiene una espina dorsal cubierta de cuchillas —escuchaba susurrar Juliette frente a ella en ese momento, la historia contada de hijo a madre mientras ambos esperaban que les entregaran la comida en la ventana de un restaurante de servicio rápido. El niño se balanceaba de un lado a otro en medio de su furor, haciendo eco de las palabras escuchadas a un compañero de escuela o a un amigo del vecindario. Cuantas más muertes ocurrían —y habían sido numerosas desde aquel hombre del club burlesque— más especulaba la gente, como si con el mero hecho de hablar de las posibilidades pudieran encontrarse de pronto con la verdad. Pero mientras más hablaba la gente, más se nublaba la verdad.

Juliette habría descartado de tajo las historias como simples rumores, pero el miedo que se filtraba en las calles era real, y dudaba que una reacción semejante llegara tan lejos sin un respaldo sustancial a semejantes afirmaciones. Entonces, ¿qué podía ser? Los monstruos no eran reales, no importaba que en el pasado las fábulas chinas hubieran sido tomadas como reales. Ésta era una nueva era de ciencia, de evolución. El supuesto monstruo tenía que ser una criatura creada por alguien, pero ¿por quién?

—Cállate —decía la madre al chico, con los dedos de la mano izquierda entrelazando nerviosamente las cuentas en la muñeca derecha. Eran cuentas de oración budistas, utilizadas para guiar los mantras, pero cualquiera que fuera el mantra que la mujer recitara ahora no podría competir con el desaforado entusiasmo de su hijo.

—¡Dicen que tiene garras del tamaño de los antebrazos de un hombre! —prosiguió el chico—. Merodea por la noche en busca de gánsteres, y cuando percibe el aroma de su sangre, se arroja sobre ellos.

—Los gánsteres no son los únicos que están muriendo, qīn’ài de —dijo su madre en voz baja. Su mano se apoyó con fuerza en la nuca del chico, asegurándose de que su hijo no se apartara de aquella fila que avanzaba lentamente.

El niño se detuvo. Un temblor se filtró en su dulce voz. —Māma, ¿yo voy a morir?

—¿Qué dices? —exclamó su madre—. Por supuesto que no. No seas ridículo —alzó la mirada, habiendo alcanzado el inicio de la fila—. Dos.

El tendero le extendió una bolsa de papel a través de la ventana y la pareja de madre e hijo se apresuraron a partir. Juliette los miró fijamente y pensó en el temor repentino en la voz del chico. En ese breve instante, el niño, no mayor de cinco años, había comprendido que él también podía morir al igual que los cadáveres encontrados en Shanghái, porque ¿quién podría estar a salvo de la locura?

—La casa invita, señorita.

Juliette levantó la vista y encontró una bolsa de papel enfrente de su rostro.

—Sólo lo mejor para la princesa de Shanghái —dijo el viejo tendero, con los codos apoyados en el alféizar de la ventana de servicio.

Juliette desplegó su sonrisa más deslumbrante.

—Gracias —dijo, tomando la bolsa. Esa simple palabra proporcionaría al tendero mucho tema para presumir al día siguiente cuando se reuniera con sus amigos para jugar mahjong…

Juliette se dio la vuelta y dejó la fila, introdujo la mano en la bolsa, sacó un trozo del bollo y empezó a masticar. Su sonrisa desapareció tan pronto como se perdió de vista. Estaba haciéndose tarde y la esperaban pronto en casa, pero de todos modos se entretuvo con las tiendas y el bullicio de Chenghuangmiao, avanzando lentamente entre una multitud caótica. No tenía muchas oportunidades de deambular en lugares como éstos, pero hoy podía hacerlo. Lord Cai la había enviado para que inspeccionara un centro de distribución de opio, que desafortunadamente no había sido un sitio tan emocionante como ella había pensado. Simplemente apestaba, y cuando por fin localizó al dueño para pedirle los papeles que su padre quería, el hombre se los había entregado medio adormilado. Ni siquiera la había saludado cuando llegó ni había verificado el derecho de Juliette a pedir ese tipo de información sobre suministros de carácter tan confidencial. Juliette no entendía cómo a alguien así se le podía confiar la administración de un establecimiento con más de cincuenta trabajadores.

—Disculpen —murmuró, abriéndose paso entre un grupo particularmente apretado reunido frente a una tienda de dibujos trazados a lápiz. A pesar de que la oscuridad que ya se filtraba por los cielos rosados, Chenghuangmiao todavía estaba repleto de visitantes: enamorados que se paseaban lentamente en medio del caótico ajetreo, abuelos que compraban paletas heladas para que los niños se deleitaran con ellas, extranjeros que simplemente disfrutaban de la escena. El nombre Chenghuangmiao se refería al templo, pero para los habitantes de Shanghái había pasado a abarcar todos los concurridos mercados circundantes y los otros claustros activos en el área. El ejército británico había establecido su oficina central aquí hacía casi un siglo, en los Jardines Yuyuan, por donde ahora pasaba Juliette. Desde entonces, incluso después de que los británicos se marcharan, los extranjeros gustaban mucho de visitar el lugar. Por todos los rincones se veían sus rostros, con sus gestos de asombro y diversión.

—¡El fin ha llegado! ¡Obtenga la cura ahora! ¡Sólo existe una cura!

Y algunas veces también estaba repleto de excéntricos nativos.

Juliette hizo una mueca de desagrado, inclinando la barbilla para no hacer contacto visual con el vociferante anciano en el puente Jiuqu. Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos por pasar desapercibida, el hombre se enderezó al verla y corrió a lo largo del puente en zigzag: los golpes sordos de sus pasos producían sonidos que resultaban muy preocupantes de escuchar en una estructura tan antigua. El anciano se deslizó hasta detenerse frente a ella antes de que la joven pudiera poner suficiente distancia entre los dos.

—¡La salvación! —gritó. Sus arrugas se profundizaron hasta que sus ojos fueron completamente engullidos por la flácida piel. Apenas podía erguir la espalda más arriba de su perpetua joroba, no obstante podía moverse tan velozmente como un roedor corriendo en busca de comida—. Debe difundir el mensaje de salvación. ¡El lā-gespu nos lo dará!

Juliette parpadeó rápidamente y arqueó las cejas. Sabía que no debía prestar atención a hombres que sermonean en plena calle, pero había algo en aquel viejo que hacía que se le erizaran los diminutos vellos de su cuello. A pesar de su acento rural, ella había entendido casi todo el áspero shanghainés del hombre: todo excepto aquel pequeño enigma hacia el final.

¿Lā-gespu? ¿Era el sonido de la “s” simplemente un ceceo particular de su generación?

—¿Lā gē bō? —Juliette trató de adivinar la forma correcta—. ¿Un sapo nos dará la salvación?

El viejo pareció profundamente ofendido. Sacudió la cabeza de lado a lado, agitando sus finos cabellos blancos y liberando la delgada trenza que usaba. Era una de esas pocas personas que aún vestían como si el país no hubiera dejado atrás la era imperial.

—Cuando era joven mi madre me contó un sabio proverbio —continuó diciendo Juliette, ahora divirtiéndose—. Lā gē bō xiāng qiē tī u ny.

El anciano se limitó a mirarla fijamente. ¿Acaso no entendía su shanghainés? Cuando vivió en el extranjero, Juliette constantemente temía que estuviera perdiendo su acento, temía olvidar cómo pronunciar esos tonos persistentemente planos que no se encuentran en ningún otro dialecto en todo el país.

—¿Le parece malo el chiste? —le preguntó al hombre. Haciendo uso del dialecto más común, repitió, esta vez con más vacilación—. ¿Lài háma xiăng chī tiān é ròu? ¿Sí? Merezco al menos una pequeña sonrisa. ¿No le parece?

El anciano dio un fuerte pisotón en el suelo, temblando en su esfuerzo para que lo tomaran en serio. Quizá Juliette había elegido el proverbio equivocado para bromear. El sapo feo quiere un bocado de carne de cisne. Quizás el anciano no se había criado con los cuentos infantiles el príncipe rana y su feo hermanastro el sapo. Tal vez no le gustó que su broma implicara que su lā-gespu salvador —lo que sea que eso significara— fuera el equivalente de una criatura proverbialmente intrigante y fea que codiciaba a una cisne, la amada de su hermano, el príncipe rana.

—El lā-gespu es un hombre —espetó el hombre directamente a la cara de Juliette, su voz en un agudo siseo—. Un hombre de gran poder. Me dio una cura. ¡Una inyección! Yo tendría que haber muerto cuando mi vecino se derrumbó sobre mí, desgarrándose la garganta con sus propias manos. ¡Ay! ¡Tanta sangre! ¡Sangre en mis ojos y sangre corriendo por mi pecho! Pero no morí. Me salvé. El lā-gespu me salvó.

Juliette dio un largo paso atrás, un paso que debería haber dado cinco minutos atrás, antes de que comenzara esta conversación.

—Eh, esto fue divertido —dijo—, pero en verdad debo irme.

Antes de que el anciano pudiera tratar de sujetarla, ella lo esquivó y se apresuró a marcharse del sitio.

—¡Salvación! —le gritó mientras ella se alejaba—. ¡Sólo el lā-gespu puede traer la salvación ahora!

Juliette dio un giro brusco y se perdió de vista por completo. Ahora que estaba en un área menos concurrida, dejó escapar un largo suspiro y se tomó un buen tiempo serpenteando entre las tiendas, dando vistazos por encima del hombro para asegurarse de que no la seguían. Una vez que estuvo segura de que no había nadie tras de sus pasos, suspiró con tristeza por dejar atrás Chenghuangmiao y salió del conjunto de tiendas estrechamente congregadas, volviendo a las calles de la ciudad para comenzar a dirigirse a casa. Podría haber llamado un rickshaw o convocado a cualquiera de los Escarlatas que merodeaban fuera de estos cabarets, y pedirles que le consiguieran un auto. Cualquier otra chica de su edad lo habría hecho, especialmente con un collar tan brillante como el que llevaba alrededor del cuello, sobre todo si sus pasos reverberaban con un eco que se extendía más allá de dos calles. El secuestro era un negocio lucrativo. La trata de personas prosperaba con las cifras más altas de todos los tiempos y la economía se respaldaba en la delincuencia.

Pero Juliette siguió caminando. Dejó atrás hombres en grupos grandes y hombres que se sentaban en cuclillas frente a burdeles, lanzando miradas lascivas como si ése fuera su segundo trabajo. Dejó atrás a gánsteres manipulando cuchillos afuera de los casinos que los habían contratado para ofrecer protección, así como a comerciantes sospechosos que limpiaban sus armas y masticaban mondadientes. Juliette no menguó el paso. El cielo exhibía un tono más rojo y sus ojos se veían más brillantes. Dondequiera que fuese, sin importar qué tanto se adentraba en los puntos más oscuros y recónditos de la ciudad, siempre y cuando permaneciera dentro de su territorio, ella era la reina suprema.

Hizo una pausa, estirando su tobillo para aliviar la estrechez de su zapato. En ese momento, cinco gánsteres Escarlata que se encontraban a la puerta de un restaurante cercano también se paralizaron, aguardando a ser llamados. Esos hombres eran asesinos y extorsionistas y unos temibles instrumentos de violencia, pero según los rumores, Juliette Cai era la chica que había asesinado a su amante estadounidense estrangulándolo con un collar de perlas. Juliette Cai era la heredera que, en su segundo día de regreso en Shanghái, se había involucrado en una pelea entre cuatro Flores Blancas y dos Escarlatas y había dado muerte a los cuatro adversarios con apenas tres balas.

Sólo uno de esos rumores era cierto.

Juliette sonrió y agitó una mano para saludar a los hombres Escarlata. En respuesta, uno le devolvió el saludo y los otros cuatro se rieron entre sí nerviosamente. Temían la ira de Lord Cai si algo le pasaba a ella, pero temían más la ira de la propia joven de atreverse a poner a prueba la veracidad de tales rumores.

Era su reputación lo que la mantenía a salvo. Sin ella, Juliette no era nada.

De tal manera que cuando entró en un callejón y fue detenida por la presión repentina de lo que parecía ser un arma colocada en la parte baja de la espalda, supo que no era un Escarlata quien se había atrevido a detenerla.

Juliette se quedó congelada. En una fracción de segundo repasó todas las posibilidades: un comerciante ofendido que deseaba una compensación, un extranjero codicioso que deseaba una recompensa por liberarla, un adicto callejero confuso que no la había reconocido por las cuentas brillantes de su vestido extranjero…

Luego, una voz familiar dijo, para su sorpresa, en inglés:

—No grites para pedir ayuda. Sigue avanzando, acata mis instrucciones y no dispararé.

El hielo en sus venas se derritió en un instante y en su lugar rugió una furia ardiente. ¿Había esperado a que ella entrara en un área aislada, hasta que no hubiera alguien cerca para ayudar, pensando que ella tendría demasiado miedo para reaccionar? ¿Había pensado que realmente este plan funcionaría?

—En serio que ya no me conoces —dijo Juliette en voz baja. O tal vez Roma Montagov pensó que la conocía demasiado bien. Tal vez se consideraba un experto en lo que se refería a ella y había ignorado los rumores que Juliette difundía sobre sí misma, que de ninguna manera se había convertido en la asesina que pretendía ser.

La primera vez que ella había dado muerte a una persona tenía catorce años.

En ese entonces conocía a Roma desde hacía sólo un mes, pero se había jurado que no seguiría la guerra entre clanes, que estaría por encima de ello. Hasta una noche que de camino a un restaurante con su familia su auto había sido emboscado por los Flores Blancas. Su madre le había gritado que se quedara abajo, que se escondiera detrás del auto con Tyler, que usara las armas que habían puesto en sus manos para emplear sólo si era absolutamente necesario. El enfrentamiento casi había terminado. Los Escarlatas habían abatido a casi todos los Flores Blancas. Entonces el último Flor Blanca que quedaba se lanzó en dirección a Juliette y de Tyler. Había una furia desesperada ardiendo en sus ojos, y en ese momento, aunque no había duda de que se trataba de un momento de absoluta necesidad, Juliette se había quedado inmóvil. Fue Tyler quien disparó. Su bala se había incrustado en el estómago del Flor Blanca y el hombre había caído, y Juliette, horrorizada, había mirado hacia un costado, donde sus padres observaban lo que sucedía.

No era alivio lo que vio en su mirada. Era confusión. Confusión sobre el por qué Juliette se había quedado congelada. Confusión sobre por qué Tyler sí había sido capaz de hacerlo. Así que Juliette había levantado su arma y también había disparado, poniendo fin al asunto.

Juliette Cai le temía más a la desaprobación que a las manchas turbias en su alma. Ese asesinato era uno de los pocos secretos que le había ocultado a Roma. Ahora sabía que debería habérselo dicho, aunque sólo fuera para demostrar que era tan malvada como Shanghái siempre había dicho que era.

—Camina —exigió Roma.

Juliette permaneció quieta. Tal como ella se había propuesto, él interpretó erróneamente su inacción como miedo, pues dudó y muy levemente, sólo un poco, aflojó la presión de su arma.

Ella se dio la media vuelta rápidamente. Antes de que Roma pudiera siquiera parpadear, la mano derecha de Juliette descendió con fuerza sobre la muñeca derecha del joven, torciendo la mano que empuñaba el arma hacia afuera hasta que sus dedos se doblaron de manera antinatural. Golpeó el arma con la mano izquierda. El arma cayó al suelo. Su mandíbula se contrajo a modo de preparación para el impacto, Juliette giró su pie detrás del de Roma y jaló de él contra sus tobillos, hasta que logró hacerlo caer hacia atrás, mientras ella seguía el movimiento, con una mano apresando el cuello de su oponente y la otra en el bolsillo de su vestido para extraer una navaja de hoja muy delgada.

—De acuerdo —jadeó Juliette, respirando con dificultad. Lo tenía inmovilizado, la espalda sobre el suelo, las rodillas de ella a sendos lados de la cadera de él y la navaja presionada contra su garganta—. Intentemos esto de nuevo, ahora como gente civilizada.

Sentía los latidos de Roma bajo las yemas de sus dedos, su garganta esforzándose por alejarse del filo. Los ojos del joven estaban dilatados mientras miraba fijamente a Juliette, ajustándose a las sombras que arrojaba la puesta de sol mientras el callejón se fundía en un violeta oscuro. Estaban lo suficientemente cerca como para compartir respiraciones cortas y rápidas a pesar de los mejores esfuerzos de ambos por parecer serenos ante el esfuerzo de la lucha.

—¿Civilizada? —Roma repitió. Su voz sonó áspera—. Me estás amenazando con una navaja.

—Tú me estabas apuntando con una pistola.

—Estoy en tu territorio, no tenía opción.

Juliette frunció el ceño, luego presionó levemente con la navaja hasta que una gota de sangre apareció en su punta.

—Está bien, para, para —Roma hizo una mueca—. Ya entendí.

Un pequeño desliz de la mano de ella en ese momento y le abriría en dos el cuello a Roma. Estuvo casi tentada a hacerlo. Todo entre ellos dos se sentía demasiado familiar, demasiado íntimo. La joven ansiaba deshacerse de ese sentimiento, extirparlo como si fuera un tumor maligno.

El aroma de Roma seguía siendo el mismo: a bronce y menta y la suavidad de una brisa. A tan corta distancia, ella podía constatar que nada y, sin embargo todo, había cambiado.

—Continúa —apuntó Juliette, arrugando la nariz—. Explícate.

Los ojos de Roma parpadearon con irritación. Trataba de actuar con insolencia, pero Juliette estaba rastreando su pulso errático mientras se agolpaba bajo los dedos de ella. Podía sentir cada salto y cada asomo de temor en él mientras apoyaba levemente la navaja.

—Necesito información —dijo Roma.

—Impresionante.

El joven alzó las cejas.

—Si me sueltas, te lo puedo explicar.

—Preferiría que lo explicaras así.

—Ay, Juliette.

Click.

El eco del seguro de una pistola al ser retirado resonó por todo el callejón. Sorprendida, Juliette miró a su izquierda, donde seguía tendida en el suelo el arma de la cual había despojado a Roma. Llevó la mirada hacia el joven y lo encontró sonriendo, sus hermosos y perversos labios curvados en un gesto de burla.

—¿Qué? —preguntó Roma. Casi parecía que estuviera bromeando—. ¿Pensaste que solamente traía un arma?

La presión del metal tocó la cintura de Juliette. Su frialdad se filtró a través de la tela de su vestido, imprimió su forma en la piel. A regañadientes, lentamente, Juliette retiró su navaja de la garganta de Roma y levantó las manos. Lo liberó de la presión mortífera que ejercía hasta ese instante y empezó a retroceder, cada zancada lo más prolongada posible hasta que se encontró a un par de pasos de la pistola.

Al mismo tiempo, sin otra manera de disuadir el uno al otro, guardaron sus armas.

—El hombre que murió en tu club anoche —comenzó a decir Roma—. ¿Recuerdas que sus zapatos no combinaban?

Juliette se mordió el interior de las mejillas y luego asintió.

—Encontré el par de uno de esos zapatos en el río Huangpu, justo donde el resto de los hombres murieron la noche del Festival del Medio Otoño —continuó Roma—. Creo que escapó de esa primera masacre. Pero la locura fue con él, se la llevó a tu club y un día después sucumbió a ella.

—Imposible —Juliette respondió irritada—. ¿Qué tipo de ciencia…?

—No estamos hablando de ciencia, Juliette.

Con una indignación que le abrasaba la garganta, Juliette alzó los hombros hasta la altura de las orejas y apretó los puños. Consideró la idea de acusar a Roma de paranoico, de irracional, pero desafortunadamente sabía lo diligente que era cuando encontraba algo en lo cual concentrarse. Si él pensaba que aquello era una posibilidad, ella la aceptaría como tal.

—¿Qué dices?

Roma se cruzó de brazos.

—Digo que necesito tener certeza de si se trata del mismo hombre. Necesito ver el otro zapato en su cadáver. Y si el calzado coincide, entonces esta locura… podría ser contagiosa.

Juliette sintió cómo el deseo de rechazar por completo lo que estaba escuchando parecía extenderse a lo largo de sus huesos. La víctima había muerto en su club, esparciendo sangre en un salón lleno de sus Escarlatas, tosiendo saliva en un espacio en que se reunía su gente en grandes números. Si esto era realmente una enfermedad de la mente —una enfermedad contagiosa de la mente—, la Pandilla Escarlata estaba metida en un lío enorme.

—Podría haber sido un pacto suicida —sugirió sin mucha convicción—. Quizás el hombre se arrepintió en un primer momento, y decidió hacerlo más tarde.

Pero Juliette había mirado a los ojos del moribundo. En ellos, el terror había sido la única emoción que podía detectarse.

Dios. Ella había mirado a los ojos del moribundo. Si esto era contagioso, ¿cuál era su riesgo de contagiarse?

—Estás percibiendo lo mismo que yo —dijo Roma—. Hay algo aquí tremendamente preocupante. Para cuando esto pase por los canales oficiales para ser investigado, más personas inocentes habrán muerto a causa de esta peculiar locura. Necesito saber si se está extendiendo.

Roma estaba mirando directamente a los ojos de Juliette cuando guardó silencio. Ella también lo miró con fijeza, mientras una profunda frialdad se desplegaba por su estómago.

—Como si te importara… —dijo ella en voz baja, negándose a parpadear en caso de que sus ojos comenzaran a humedecerse— la muerte de personas inocentes.

Cada uno de los músculos de la mandíbula de Roma se tensó.

—De acuerdo —dijo él hoscamente—. Mi gente.

Juliette apartó la mirada. Transcurrieron dos largos segundos. Luego giró sobre sus talones y comenzó a caminar.

—Apresúrate —dijo, volteándose para verlo. Sólo por esta vez lo ayudaría, y nunca más. Únicamente porque ella también necesitaba conocer las respuestas que él buscaba—. La morgue cerrará pronto.

Ocho

Caminaban en medio de un silencio tenso, palpable.

No es que fuera incómodo; honestamente eso hubiera sido preferible. Lo que sucedía es que la proximidad entre ambos, Juliette caminando delante suyo y Roma tres pasos detrás para que no los vieran juntos, resultaba tremendamente familiar y, con toda franqueza, lo último que Juliette quería llegar a sentir por Roma Montagov era nostalgia.

Juliette se atrevió a mirar hacia atrás mientras atravesaban las largas y sinuosas calles de la Concesión Francesa. Debido a que había tantos extranjeros aquí disputándose una fracción de la ciudad, las vías de la Concesión Francesa reflejaban su codicia, su lucha. Las casas ubicadas en cada sector se volvían hacia dentro de tal forma que, si fuesen observadas desde el cielo, lucirían casi circulares, apiñadas sobre sí mismas para proteger sus entrañas.

Las calles allí eran igual de congestionadas que en las partes chinas de la ciudad, pero de alguna manera todo estaba más ordenado. Los barberos hacían su trabajo en la acera como de costumbre, sólo que cada par de segundos extendían un pie y discretamente empujaban hacia las alcantarillas los mechones de cabello cortados. Los comerciantes vendían sus productos anunciándolos a volúmenes moderados en lugar de los gritos habituales que Juliette escuchaba en los sectores occidentales de Shanghái. No eran sólo la manera en que las personas se adaptaban lo que hacía peculiar a la Concesión francesa: los edificios parecían erguirse un poco más rectos, el agua se veía más limpia, las aves parecían piar un poco más alto.

Quizá sentían la presencia de Roma Montagov y de alguna manera se alertaban.

Y Roma correspondía, inspeccionando las casas con los ojos aguzados que encaraban el crepúsculo.

Daba pena verlo así: abstraído, curioso.

—Cuidado con tropezarte —advirtió Roma.

Juliette lo fulminó con la mirada, aunque él seguía escrutando las casas; luego se obligó a mirar hacia la acera de enfrente. Debería haber sabido que cualquier expresión de desinterés en ella por parte de Roma Montagov era simplemente fingida. Existió una época en que ella lo había conocido mejor de lo que se conocía a sí misma. Solía ser capaz de predecir cada uno de sus movimientos… excepto la única vez que realmente importó.

Roma y Juliette se habían conocido en una noche como ésta hacía cuatro años, justo antes de que la ciudad implosionara con el torbellino de su nueva reputación.

El año era 1922, una fecha en la que nada era imposible. Los aviones subían y bajaban por el firmamento y los últimos restos de la Gran Guerra iban siendo eliminados. La humanidad parecía haber entrado en un impulso ascendente desde el precipicio de los rencores y el odio y la guerra que había llegado hasta su punto más álgido, y ahora las cosas buenas comenzaban a surgir lentamente hacia la superficie. Incluso las guerras entre clanes en Shanghái habían alcanzado una especie de equilibrio tácito, y en lugar de enfrentarse cuando se encontraban en las calles, un Escarlata y un Flor Blanca podían limitarse a reconocer la presencia del otro con un gélido asentimiento de cabeza.

Era una atmósfera de esperanza la que le había dado la bienvenida a Juliette cuando en aquel entonces bajó del barco de vapor que la traía, con las piernas inestables después de un mes de navegar. Era mediados de octubre, el aire todavía se sentía cálido pero comenzaba a refrescar; en el puerto los trabajadores bromeaban entre sí, mientras arrojaban paquetes al interior de los barcos que esperaban.

Con quince años de edad, Juliette había regresado cargada de anhelos. Iba a hacer algo para recordarse, sería alguien digna de ser celebrada, ayudaría a las personas por las que valiera la pena luchar. Era una sensación que no había conocido cuando se marchó de la ciudad a la edad de cinco años, enviada con apenas un par de mudas de ropa, una elaborada pluma estilográfica y una fotografía de sus padres para no que olvidara cómo eran.

Fue el efluvio de aquel sentimiento de exaltación lo que la había llevado a seguir a Roma Montagov.

Ahora, de nuevo junto a él, el pecho de Juliette se estremeció al exhalar hacia la noche. Le ardían los ojos y rápidamente se secó la única lágrima que había resbalado por su mejilla, apretando los dientes con ahínco.

—¿Ya casi llegamos?

—Relájate —contestó Juliette sin girarse. No se atrevió a hacerlo, por si sus ojos resplandecían un instante bajo las tenues farolas—. No es mi intención extraviarte.

Cuando años atrás ocurrió el primer encuentro, ella no sabía quién era él, pero Roma sí estaba al tanto de quién era ella. Meses después le revelaría que en aquel primer momento, mientras esperaba junto a los puertos, había echado a rodar aquella canica a propósito, para ver cuál era la reacción de ella. La canica se había detenido cerca de uno de sus zapatos: zapatos americanos que desde luego parecían fuera de lugar entre las telas burdas y las suelas pesadas que estampaban el suelo a su alrededor.

—Esa canica es mía.

Recordó el momento en que levantó la vista al recoger la canica, pensando que la voz pertenecía a un rudo comerciante chino. En cambio, se quedó mirando a un rostro pálido y joven con la apariencia de un extranjero, una mezcla heterogénea de rasgos nítidos y ojos grandes y preocupados. El acento con el que el joven hablaba el dialecto local era incluso mejor que el de ella, cuyo tutor se había negado a hablar otra lengua que no fuera el shanghainés por temor a que su pupila lo olvidara.

Juliette giró la canica en la palma de su mano, cerrando los dedos con fuerza alrededor de ella.

—Ahora es mía.

A la luz del presente, aquel instante parecía algo divertido, la forma en que Roma se había sorprendido al escuchar el ruso de ella, impecable, aunque un poco forzado por la falta de práctica. Su frente se había arrugado.

—No es justo —dijo, insistiendo en el dialecto de Shanghái.

—El que encuentra algo se lo queda —Juliette se negó a dejar el ruso.

—Bien —había dicho Roma, finalmente regresando a su lengua materna para que hablaran el mismo idioma—. Juega conmigo. Si ganas, puedes quedarte con la canica. Si yo gano, la recupero.

Juliette había perdido, y de mala gana, devolvió la canica. Pero Roma no había comenzado el juego sólo por diversión, y no dejaría que la chica se escapara tan fácilmente. Cuando ella se giró para marcharse, él le tomó la mano.

—Estoy aquí todas las semanas a esta hora —dijo con sinceridad—. Si vuelves, podemos jugar de nuevo.

Juliette comenzó a reír mientras deslizaba los dedos fuera de la mano de él.

—Espera y verás —respondió—. Te ganaré todas las veces.

Más tarde descubriría que el chico era Roma Montagov, el heredero de su mayor adversario. Pero, de cualquier manera, volvería a buscarlo creyéndose muy astuta, creyéndose muy inteligente. Durante meses coquetearon veladamente y se pasearon por las líneas divisorias entre el enemigo y el amigo, ambos sabiendo quién era el otro, pero sin admitirlo, ambos tratando de ganar algo de esta amistad, pero sin tomar demasiadas precauciones, cayendo demasiado profundo, sin apenas darse cuenta.

Cuando estaban lanzando canicas por el terreno irregular, eran sólo Roma y Juliette, no Roma Montagov y Juliette Cai, herederos de pandillas rivales. Eran chicos risueños que habían encontrado en el otro un confidente, un amigo que entendía la necesidad de ser otra persona, aunque sólo fuera por un instante cada día.

Se enamoraron.

Al menos… Juliette pensó que así había sucedido.

—¡Juliette!

La joven jadeó y se detuvo en el acto. En su aturdimiento había estado a punto de estrellarse con un rickshaw estacionado en la calle. Roma la jaló e instintivamente, ella lo miró, encontrándose de pronto con su certeza, su cautela y sus ojos claros y fríos.

—Suéltame —profirió Juliette, apartando su brazo—. Ya casi llegamos a la morgue del hospital. Sigue caminando.

Ella se apresuró para adelantarse, su codo escociendo donde él la había tocado. Roma la seguía con rapidez, como siempre lo había hecho, como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo, caminando en la misma dirección de una manera que parecía casual para el ojo inexperto, de modo que cualquiera que los mirara pensaría que era una coincidencia que Roma Montagov y Juliette Cai caminaran el uno junto al otro, si es que el ojo indiscreto acaso los reconocía.

El grandioso edificio que se erguía delante apareció a la vista. Número 17, Arsenal Road.

—Llegamos —anunció Juliette con frialdad.

El mismo hospital al que habían llevado todos los cadáveres tras la explosión.

—Baja la cabeza y mantenla así.

Sólo para desafiarla, Roma alzó la cabeza hacia el hospital, aguzando la mirada. Frunció el ceño como si pudiera sentir la familiaridad de un lugar por el simple temblor en la voz de Juliette. Pero, por supuesto, no lo hizo, no podía. Ella lo vio allí detenido, tan seguro de sí, y sintió que las palmas de sus manos ardían a causa de su furia. Supuso que Roma sabía con exactitud cuán profundamente esta ciudad sentía el peso de lo que él había hecho. La guerra entre clanes nunca había sido tan cruenta como en el primer par de meses después del ataque lanzado por él. Cuando Juliette se inclinaba para oler las cartas que Rosalind y Kathleen le enviaban a través del Océano Pacífico, cuando inhalaba la tinta con que garabateaban desordenadamente en un papel grueso y blanco describiendo el creciente número de víctimas, imaginaba que era capaz de oler la sangre y la violencia que teñía las calles de rojo.

Ella había creído que Roma sentía su mismo deseo. Había creído que podían forjar un mundo propio, libre de esa guerra entre facciones.

No habían sido más que mentiras. La explosión en la casa de los criados había sido el golpe más contundente que los Flores Blancas podrían haber asestado. Habrían sido descubiertos si hubieran tratado de volar la mansión principal, pero la casa de los criados no era vigilada, no se tomaban precauciones para salvaguardarla, era algo secundario.

Tantas vidas de Escarlatas segadas en un instante. Había sido una declaración de guerra.

Y era algo que no podría haberse logrado sin la ayuda de Roma. La forma en que los hombres habían entrado a hurtadillas, la forma en que la puerta había sido dejado abierta: era información que sólo Roma podía conocer, producto de las semanas de incursiones junto a ella.

Juliette había sido traicionada y era algo de lo que cuatro años después todavía no se recuperaba. Y ahora estaba en aquel sitio, albergando ese nudo palpitante de odio que ardía en su vientre y que sólo se había tornado más y más ardiente durante los años en que su familia le había impedido ser testigo directo de la confrontación. Y pese a todo aún no tenía el valor para clavar su navaja en el pecho de Roma, para vengarse de la única forma en que sabía hacerlo.

Soy débil, pensó. A pesar de todo este odio que la consumía, no resultaba suficiente para eliminar sus instintos de velar por Roma, de impedir que fuera lastimado.

Quizá la fuerza para destruirlo vendría con el tiempo. Juliette simplemente necesitaba aguardar el momento.

—La cabeza abajo —le pidió de nuevo, empujando a través de las puertas dobles para entrar al vestíbulo del nosocomio.

—Señorita Cai —saludó un médico tan pronto como Juliette se acercó a la recepción—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—Puede ayudarme de esta forma… —con una mano, Juliette simuló que sus labios se cerraban como una cremallera. Con la otra, se inclinó sobre el escritorio y tomó la llave de la morgue. Los ojos del médico se abrieron de par en par, pero desvió la mirada. Con esa llave que se sentía fría en la palma de su mano, Juliette avanzó por el edificio, tratando de respirar lo menos posible. Ese lugar siempre olía a descomposición.

En pocos minutos ya habían llegado a la parte trasera del hospital y Juliette se detuvo frente a la puerta de la morgue con un bufido. Se dio media vuelta para mirar a Roma, quien había estado caminando con la mirada clavada en sus propios zapatos, tal como ella le había ordenado. Incluso si hacía su mejor esfuerzo, su actuación para mostrarse tímido y apocado no resultaba convincente. Una postura sumisa no le sentaba bien. Había nacido con el orgullo cosido a su columna.

—¿Aquí? —preguntó el joven. Sonaba vacilante, como si Juliette lo estuviera conduciendo a una trampa.

Sin hablar, Juliette deslizó la llave, abrió la puerta y encendió el interruptor de la luz, revelando el único cadáver que había dentro. Estaba sobre una plancha de metal que ocupaba la mitad de la cámara. Debajo de la iluminación blanquiazul, el difunto, en gran parte cubierto por una sábana, parecía estar consumiéndose.

Roma entró tras ella y echó un vistazo al pequeño recinto. Se dirigió hacia el cadáver, arremangándose. Sólo en el instante de levantar la sábana, se detuvo, presa de la duda.

—Éste es un hospital pequeño y probablemente alguien más morirá antes de que transcurra una hora —advirtió Juliette—. Date prisa antes de que decidan transferir a este hombre a una funeraria.

Roma le lanzó una mirada a la joven, observando la postura de impaciencia que ésta había adoptado.

—¿Preferirías estar en otro sitio? —le preguntó.

—Sí —dijo Juliette sin dudarlo—. Manos a la obra.

Visiblemente afectado por la actitud de ella, Roma jaló la sábana. Pareció sorprenderse cuando vio que el hombre estaba descalzo.

Juliette se apartó de la pared.

—¡Vaya! ¡Lo que faltaba!

Se acercó y se puso en cuclillas junto a las repisas debajo de la mesa de metal, recuperando una caja grande que contenía diversos artículos y arrojando al suelo su contenido. Después de lanzar a un costado la alianza de bodas ligeramente ensangrentada, el collar muy ensangrentado y el peluquín, Juliette encontró el par de zapatos que no combinaban y que había calzado el hombre aquel día. Abrió la bolsa y sacó el de mejor aspecto de los dos.

—¿Sí?

Los labios de Roma se adelgazaron, su mandíbula se tensó.

—Sí.

—¿Podemos estar de acuerdo en que este hombre en efecto estuvo en la escena del crimen? —preguntó Juliette.

Roma asintió.

Eso era todo. No mediaron palabra mientras Juliette regresaba todo a la caja, moviendo los dedos ágilmente. Roma se veía sombrío, sus ojos fijos en un punto cualquiera en la pared. Ella supuso que estaba ansioso por salir de allí, por aumentar la distancia entre sus cuerpos tanto como le fuera posible y fingir que el otro no existía… al menos hasta que el próximo cadáver producto de la guerra entre clanes fuera arrojado más allá de las líneas que dividían los territorios.

Juliette volvió a guardar la caja y descubrió que sus manos temblaban. Las cerró en puños, apretándolas tan fuerte como le fue posible, antes de ponerse de pie y encontrarse con la mirada de Roma.

—Después de ti —dijo él, señalando la puerta.

Cuatro años. Debería haber sido suficiente. A medida que transcurrían las estaciones y todo este tiempo avanzaba lentamente, él debería haberse convertido en un extraño. Debería haber crecido y ahora sonreír de manera diferente, como lo había hecho Rosalind, o caminar de manera diferente, como le ocurrió a Kathleen. Debería haberse vuelto más insolente, como Tyler, o incluso adoptar un aire más cansino, como la propia madre de Juliette. Solamente que ahora él la miraba y todo lo que había cambiado en aquel joven era que… ahora tenía más años. Él la miró y Juliette todavía veía exactamente los mismos ojos con la misma mirada exacta: ilegible a menos que él le permitiera franquearla, inflexible a menos que él se permitiera relajarse.

Roma Montagov no había cambiado. El Roma que la había amado. El Roma que la había traicionado.

Juliette se obligó a aflojar los puños, los dedos le dolían por la tensión con que los había apretado. Con un leve gesto de asentimiento en dirección a Roma, permitiéndole que la siguiera para salir de aquel sitio, Juliette alcanzó la puerta y le indicó que pasara, cerrando la morgue a sus espaldas con una firme determinación y abriendo la boca para despedirse de Roma de forma fría y firme.

Sólo que antes de que ella tuviera la oportunidad de hablar, se vio interrumpida por un absoluto pandemonio del fin del mundo dentro del hospital. En el otro extremo del pasillo, los médicos y las enfermeras empujaban camillas, gritándose unos a otros para pedir una actualización sobre un paciente o para preguntar por una habitación disponible. Roma y Juliette corrieron de inmediato hacia el frente, regresando al vestíbulo del edificio. A esas alturas ya esperaban una tragedia, pero de cierta manera lo que encontraron fue incluso peor.

El suelo estaba lleno de sangre. El aire se sentía espeso.

Dondequiera que miraran: integrantes moribundos de la Pandilla Escarlata, chorreando sangre de las gargantas y lanzando alaridos de agonía. Tenía que haber veinte, treinta, cuarenta individuos moribundos o ya muertos, ya inmóviles o todavía intentando clavarse los dedos en sus propias arterias.

—Oh Dios —susurró Roma—. Ya comenzó.

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Release date on Litres:
02 March 2026
Volume:
564 p. 7 illustrations
ISBN:
9786075574721
Copyright Holder::
Bookwire
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