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Byron Mural

Demonios privados


1ª edición ebook: junio 2019




© Byron Mural


Diseño de la cubierta: ImatChus




Terra Ignota Ediciones

c/ Bac de Roda, 63, Local 2

08005 - Barcelona

931.73.22.29 - 638.07.85.00

www.terraignotaediciones.com




ISBN: 978-84-120490-4-6


IBIC: FA 2ADS




La historia, ideas y opiniones vertidas en este libro son propiedad y responsabilidad exclusiva de su autor.

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A quienes, de una u otra forma, han creído en mí y me han apoyado.


A mi amada familia. Los quiero.




I


El jinete de negro




Eran quizá las dos de la madrugada, la lluvia no dejaba de caer y el cielo parecía llorar el trágico final de la historia que ahora me atrevo a contarles; los caminos arenosos de Costa Asunción fueron los únicos testigos de la carrera ya fatigada que aquella joven desesperada llevaba. Corría casi sin aliento, su pelo y su ropa mojada y su mirada puesta siempre en el camino. Corría por su vida mientras la arena amortiguaba el trotar del caballo negro que la perseguía… sobre él un jinete con una capa negra, tan negra como su alma, en su mano derecha un hacha de la cual aún destilaba sangre. Del hocico del caballo salía vapor, corría tras la joven, y aunque por la oscuridad no se le veía la cara, el jinete tenía una misión en mente: decapitar a la muchacha.


Rania, que así se llama nuestra protagonista, no se detuvo en ningún momento, y cualquiera en su lugar hubiera respirado aliviado si, al igual que ella, hubiera visto una cabaña segura en la cual refugiarse; corrió hacia la choza y tocó desesperadamente la puerta, mientras el asesino continuaba acosándola. Nadie abrió, y aunque en la cabaña no había luz encendida, ella sabía que era un refugio para escapar del demonio que la perseguía. Giró la perilla y la puerta se abrió, corrió, y sin dudarlo ni un segundo, cerró la puerta. Un relámpago iluminó la cabaña de una sola pieza, vio una silla y se abalanzó hacia ella, trancó la puerta y rezó con todo su corazón para que sucediera un milagro.


El jinete se detuvo frente a la casa y se arrojó del caballo, enterrando en la arena sus mojadas botas de cuero y caminó lentamente hacia la entrada de la cabaña. La capa era tan larga que hasta la arrastraba, daba la sensación de que había salido de las profundidades del infierno. Movía el hacha con su mano mientras la sangre caía en la arena, subió los escalones de madera de la cabaña y se paró frente a la puerta, y de pronto un estruendoso rayo iluminó el ennegrecido paisaje. Giró la perilla. Y Rania sintió morirse, temblaba de miedo mientras miraba fijamente a la puerta. Estaba espantada, arrinconada, sentada con las manos alrededor de las piernas y parecía enconcharse a cada segundo; eran los momentos más terroríficos que, a sus apenas 22 años, había vivido. De pronto la silla voló por los aires y la puerta se abrió de par en par. Y la luz del relámpago reveló la silueta del jinete. Y Rania gritó con todas sus fuerzas…




Un año antes…


El hermoso automóvil convertible rojo se estacionó frente a la mansión del millonario árabe Farid; en él regresaban de luna de miel su hermosa hija Rania y su esposo Aldo. Era una mansión con muy marcado diseño árabe, una verdadera joya arquitectónica en Costa Asunción. El auto era uno de tantos regalos que su padre le había hecho. Sidi Farid, como le gustaba que le llamaran, había llegado a Costa Asunción hacía ya 40 años; originario de El Cairo, Egipto, se enamoró de doña Magali, única hija de un terrateniente de la zona con quien Sidi Farid había abierto la brecha de negocios entre América y El Cairo. Se había enamorado tanto de doña Magali que aceptó tenerla solo a ella por esposa, aunque la religión del islam le permitía tener varias mujeres a la vez. Doña Magali le aceptó con tres condiciones: la primera, que ella sería la única esposa tanto aquí en América como si a Sidi Farid se le ocurría volver a Egipto; la segunda, que ella jamás se convertiría al islam, sería cristiana porque era muy devota de la Virgen del Rosario y en su familia jamás nadie se había hecho ni siquiera protestante. La tercera, que todos sus hijos serían cristianos y ninguno de ellos abrazaría el islam, aunque eso se pondría a prueba muchos años después cuando el segundo hijo del matrimonio le diera la espalda a la religión de su madre y se volviera al islam, quizá porque este sí ansiaba tener más de una esposa o la ambición de ser tan rico como su padre y hacer negocios con multimillonarios árabes de la tierra de su progenitor.


Fue doña Magali la que vio por la ventana que su hija volvía junto a su recién estrenado marido y corrió a la puerta. La abrió, cruzó el hermoso jardín que separaba el precioso patio de la entrada y la abrazó como si se hubiera ido una eternidad de su lado.

―¡Mi amor! ¡Qué bueno que regresaron! ―exclamó forrándola de besos.

―Hola, mami ―dijo ella sonriéndole―. Ya estamos de vuelta –esbozó una leve sonrisa.

Doña Magali la miró a los ojos mientras la apretaba con sus brazos:

―Te extrañamos, mi amor.

Rania sonrió zafándose de los brazos de su madre.

―Yo también los extrañé mucho.

Aldo se aproximó un tanto huraño y expresó su saludo con un aire distante:

―Buenas tardes, doña Magali.

Doña Magali soltó del todo a su hija, pues aún la sostenía de la mano y mirando a su yerno se acercó y lo abrazó con mucha familiaridad:

―Hola, muchacho, bienvenidos de vuelta, pasen. ―No dejaba de mirarlos con ternura.

―¡Farid! ¡Farid! ¡Llegaron los muchachos! ―gritaba entusiasmada.

―Dejen el equipaje, que los sirvientes se encarguen de eso ―ordenó sonriendo.

―¿Cómo les fue en la luna de miel? ¿Se divirtieron?

Aldo sonrió tímidamente y, tomando la mano de su esposa, respondió:

―Mucho, doña Magali, pero extrañaba ya trabajar.

Rania sonrió y recostándose en el hombro de su marido, comentó:

―Ya sabes cómo es de adicto al trabajo, mami.

Entraron a la mansión, y de la biblioteca salió Sidi Farid en su silla de ruedas, avanzó lentamente, pero Rania no se contuvo y corrió a sus brazos.

―¡Papi, te extrañamos! ―dijo sonriendo y cubriendo el rostro del viejo Farid con besos, besos dulces, de esos besos que hacen que cualquier padre dibuje en su rostro una sonrisa de amor.

―Alá Andulihlá ―exclamó él rodeando a la muchacha con sus brazos.

―Qué bueno que ya regresaron, más les vale que se hayan divertido ―agregó mirándolos a la cara con ese acento árabe que quizá jamás perdería.

―Suegro… ―saludó Aldo sonriendo y acercándose le besó las mejillas como si fuera una costumbre latina, pero Aldo comprendía que su suegro era árabe y que tenía que tenerlo contento de alguna manera.

―Por supuesto que nos divertimos, Egipto es un país muy hermoso.

―Sí que lo es. Nunca quise llevar a mis hijos a mi tierra natal porque quería que la conocieran en un momento especial de sus vidas, y ya Rania tuvo ese momento, ahora solo falta Maité y mi hijo Omar.

Rania dirigió sus pasos hasta donde estaba su esposo, entrelazó sus brazos con los del joven y agregó:

―Omar se muere por viajar a Medio Oriente, pero hasta que no termine la universidad papá no lo dejará encargarse de los negocios.

Sidi Farid juntó sus manos y en su rostro se dibujó la esperanza. Su yerno era el encargado de sus negocios, pero su sueño más caro era que Omar, su único y amado hijo, se encargara de todo lo relacionado con el patrimonio de la familia Tafur.

―Es verdad, alguien debe guiar todo lo que tenemos, y si no fuera por esta silla de ruedas, yo aún estaría viajando de aquí para allá, los negocios han sido mi vida. Pero Alá así lo decidió y las decisiones de Dios nunca se deben cuestionar ―luego miró a su esposa y continuó―: Mujer, ordena un banquete para la cena, esta noche celebraremos el regreso de nuestros hijos.




Rania abrió la puerta de su hermosa habitación llevándose una grata sorpresa, pues la habían preparado para ella y su marido. Hermosas y gruesas cortinas, nuevas alfombras, flores por doquier y un agradable aroma que envolvía la recámara. Su padre les había rogado que vivieran en la misma mansión que él mismo había mandado construir cerca de la playa.

Aldo la tomó por sorpresa por atrás y la entró a la habitación entre sus brazos mientras cubría su cuello de besos, haciendo que la muchacha rebosara de dicha.

―Te amo tanto ―susurró el enamorado esposo al oído de su amada.

―Eres el amor de mi vida ―afirmó Rania rodeando el cuello de Aldo con sus brazos.

La colocó cuidadosamente sobre la cama, y un beso apasionado puso punto final a la hermosa luna de miel de los recién casados.

―Qué bueno que ya mañana vuelvo a la fábrica ―dijo él después del beso mientras miraba a la ventana.

Rania se enderezó y se sentó en la orilla de la cama y comentó algo que no tenía nada que ver con lo que su esposo había dicho:

―Me preocupa mucho el regreso de Omar, siento que me odia, cree que por mi culpa mi padre lo internó en el colegio más caro de Costa Asunción.

Aldo la miró a los ojos y colocando sus manos alrededor del rostro de la joven Tafur, intentó consolarla:

―Pero es obvio que tú no tienes la culpa, amor, mira, en la vida uno madura y seguramente tu hermano habrá madurado en su estadía en el internado, además se va a incorporar a la fábrica y no tendrá tiempo de fastidiarte la vida, digo, si es que tiene esos planes. ―Luego le guiñó el ojo―: ¿Vamos a la piscina?


Maité era una joven de unos 18 años, al igual que su hermana Rania tenía una combinación entre árabe y latina muy marcada, muy hermosa, por cierto. Era alta y parecía más bien una modelo de modas, estudiaba Ciencias de la Comunicación y trabajaba en el canal local de Costa Asunción, tenía un excelente programa de noticias locales y estaba feliz por su profesión, por eso Maité era muy conocida no solo en Costa Asunción sino también en los pueblos vecinos. Entró a su casa y no encontró a nadie en el recibidor.

―¿Hola? ¿Hay alguien en casa? ―preguntó pasando, con una pantaloneta de lona pegada al cuerpo, unas sandalias, una blusa fresca y unos hermosos lentes, y una cartera elegante en su hombro. Marlen, la sirvienta, quizá de la misma edad que ella, salió de la cocina al oír que “la niña” llegaba.

―Señorita, ya regresó ―dijo, secándose las manos con su delantal.

―Sí, ya volví, Marlen, pero parece que no hay nadie en casa.

―Claro que sí, señorita, sus padres están en su recámara y ¡ay!, le cuento, ya llegó su hermana Rania, está en la piscina con su cuñado.

―¿Ya regresaron de Egipto? ―preguntó Maité interesada en la noticia que recibía.

―Sí, señorita, llegaron al mediodía.

―Toma mi bolsa, Marlen, llévala a mi cuarto, voy a ver a mi hermana.

La sirvienta tomó su bolsa y se retiró al cuarto de Maité.


Maité caminó por todo el borde de la piscina y vio a su hermana con su esposo en la misma, se besaban apasionadamente como si el viaje a Egipto no les hubiera alcanzado para entregarse todo el amor que sentían, y sin que ellos se dieran cuenta, se sentó en la orilla de la piscina metiendo solamente los pies en el agua. Luego tosió con la idea de interrumpir el romántico momento.

―¿Qué me trajeron de Egipto?

Rania la miró y apresuradamente fue donde ella estaba, se sentó a su lado y dándole un abrazo saludó:

―¡Hermanita! ¿Cómo estás?

Maité sonrió correspondiendo a su abrazo:

―Hermosa, ¿no me ves? ―contestó con picardía. Luego mirando a su cuñado dijo:

―¡Ey!, cuñado, ¿no me vas a dar un abrazo?

Aldo medio sonrió y fue a donde estaba ella, la abrazó diciendo:

―Hola, Maité.

Ella lo miró de una sola pieza diciendo:

―Hola, cuñis, ¿qué tal la luna de miel?

―¡Maravillosa! Egipto es lo máximo y más si vas acompañado de una mujer tan hermosa como Rania.

Rania lo miró complacida y sugirió a Maité:

―Métete con nosotros en la piscina.

Maité con una sonrisa en los labios, contestó:

―Noup, claro que no, tengo que terminar un deber de la universidad y luego iré con Gabriel a cenar.

Doña Magali, que iba en busca de Rania, vio al trío disfrutar del precioso día. Había escuchado lo que Maité había dicho sobre ir a cenar con su novio, e interrumpiendo la conversación sentenció:

―Eso de irte a cenar con tu novio, creo que no podrá ser, Maité, tu padre quiere hacer un banquete por el regreso de tu hermana y tu cuñado y no te perdonará si te vas a cenar fuera.

―Bueno, hay que solucionar el problema, invita a tu novio y que cene con nosotros ―sugirió la hermana mayor de Maité.

Maité sacó los pies de la piscina y nuevamente clavó su mirada en el atlético cuerpo de su cuñado, fue un escaneo disimulado, rápido, pero con lascivia.

―Bueno, lo llamaré y le diré a ver si viene porque es muy tímido con eso de venir a ver a los suegros. Nos vemos chicos ―añadió, poniéndose sus sandalias y entrando de nuevo a la mansión.

―Mi vida, tu papá quiere hablar contigo ―agregó doña Magali a su hija, dejándolos nuevamente solos casi instantáneamente.

―Regreso en un instante, amor, no tardaré.

Saliendo de la piscina, Rania se secó con la toalla que estaba a su alcance.

―Yo me echo otro chapuzón y me voy al cuarto, amor. ―Y diciendo esto se sumergió en el agua.

No había pasado mucho tiempo cuando Maité volvió, se paró en el borde y miró el ancho dorso de su cuñado…, estaba de espaldas a ella y su cuerpo atlético llamó nuevamente su morbosa atención. Se lanzó al agua y, sin que este pudiera reaccionar, ya estaba frente a él:

―¿Ya te dije que eres sexi? Estoy loca por probar nuevamente esos labios carnosos.

Aldo, al verla frente a él se asustó, intentó alejarse de ella, pero la atrevida cuñada no lo permitió.

―Maité, ¡por Dios!, ¿estás loca?, me acabo de casar con tu hermana.

―¿Y…? Podrías tenernos a las dos ―comentó coqueteando y pasando su dedo índice alrededor de los labios nerviosos de Aldo.

―Me voy al cuarto, no quiero tener problemas con tus padres ―argumentó Aldo intentando salir de la piscina.

―Eres tan guapo como cobarde. Vete ―dijo ella dibujando en su rostro tristeza, impotencia y rabia mientras su cuñado se alejaba caminando entre el agua rumbo a la orilla de la enorme piscina de la mansión.




Rania tocó la puerta y, después de que Sidi Farid, su padre, autorizara a que entrara, lo hizo. Estaba frente a su escritorio revisando papeles importantes.

―Entra, hija ―invitó.

Rania entró y se sentó frente a él. Aún llevaba un poco mojado el diminuto traje de baño que hubiera sido impensable exhibir por una mujer en un país como del que Sidi Farid procedía, pero vivir en América había hecho que el viejo musulmán dejara pasar muchas cosas que parecían haram (pecado) para su cultura tradicional.

―Veo que estabas en la piscina ―indicó sonriendo con amor paternal.

―Sí, papi, estábamos con Aldo refrescándonos un poco.

―Ya veo. Hija, cuando Aldo, tu marido, asumió la presidencia de la Procesadora, lo hizo sabiendo que cuando tu hermano volviera, él cedería su puesto a mi hijo y, como sabes, Omar está a punto de regresar a esta casa y tal como le prometí, quiero que él sea el presidente. Te llamé porque quiero que vayas preparando el terreno con Aldo, quiero que entienda que su tiempo como presidente de Procesadora de Mariscos “Cairo” llegó prácticamente a su final. Omar se encargará de todo, y cuando digo todo… es todo. Yo hablaré con tu marido, porque necesito que él le enseñe todo lo relacionado con la procesadora, cómo manejarla y cómo presidirla de una manera adecuada. Es su deber y así lo hará; por lo pronto, en vuestras charlas debajo de las sábanas, cuéntale lo que te he dicho y hazle saber que es hora de que mi hijo Omar se encargue de la fortuna familiar.

Rania suspiró. Aunque sabía que ese momento llegaría, no quería tener un enfrentamiento tan pronto con su marido, pero confiaba en que Aldo entendiera lo que su padre quería.

―Está bien, papá, yo me encargo de que mi marido se prepare mentalmente para dejar la presidencia. Papá, ¿crees que mi hermano me guarda algún rencor?

―Mi habiba (mi amor), ¿cómo se te ocurre?, Omar es tu hermano, y no fue culpa tuya que él fuera a ese internado, fue mi decisión. En todo caso al que debería odiar es a mí, no a ti. Relájate, cuando llegue tu hermano te darás cuenta de que Omar maduró en la escuela. Alá hará que la armonía reine en esta casa.

―Solo espero que no te equivoques, papá. Si ya no me necesitas para nada, me retiro.




Rania entró en su cuarto y vio a su marido secándose la cabeza con una toalla, aún sentía su corazón latir al verlo y por un instante sintió miedo de perderlo.

―Pensé que seguías en la piscina.

―No, amor, vine a dormir un poquito, el viaje fue agotador.

―Está bien, toma tu siesta, luego te cuento para qué quería verme papá.

―Apuesto a que quiere que yo deje la presidencia ―dijo acertando por completo, tiró la toalla sobre la cama y se acercó a su esposa.

―Exacto, pero toma tu siestecita que luego te cuento bien lo que me dijo.




Maité estaba en su habitación aplicándose crema en las piernas mientras hablaba por teléfono con su novio.

―Sí, amor, quiero que vengas a cenar esta noche con nosotros. Rania volvió de Egipto con mi cuñado y papá insiste en celebrar el regreso, y ya que tú y yo quedamos que esta noche íbamos a salir, pues se me ocurre que puedes venir a casa y sirve para que por fin formalicemos, al menos con la bendición de nuestros padres… ¿sí?

Aquella noche fue quizá la más incómoda para Gabriel y la más apropiada para Maité para por fin amarrarlo; cuando aquel estacionó el auto en las afueras de la mansión de la familia Tafur, vio a su novia al pie de las escaleras de la entrada. Bajó de su auto y cruzó el jardín frontal. Se veía hermosa la chica, con un vestido gris corto, escandaloso para la visión musulmana de Sidi Farid, pero muy a la moda para el mundo occidental. Ella bajó las escaleras hasta llegar a donde estaba su querido Gabriel. El muchacho iba vestido elegante, pero sin llegar tanto a lo formal: una camisa azul con un saco gris, pantalones del mismo color y unos adecuados zapatos formales negros. A pesar de su vestimenta, se notaba que hacía ejercicio, pues su complexión atlética era parte de lo que tanto amaba la millonaria jovencita.

―Hola, amor ―dijo ella sonriéndole mientras se acercaba y abría sus brazos para recibir un saludo afectuoso de su pareja.

―Te ves hermosa, mi vida ―dijo él perdiéndose entre los cálidos brazos de la rica heredera de los musulmanes como les llamaban en Costa Asunción.

―¿Entramos? ―preguntó Maité enredando sus brazos en los de Gabriel. Este dio un suspiro, como preparándose para entrar a un laberinto del cual quizá no saldría jamás.

―Entramos ―contestó el muchacho decidido.

Sidi Farid y su esposa estaban en la sala muy elegantemente vestidos, esperando que bajaran los recién casados. Entraron entonces Maité y Gabriel. El joven enamorado de la hija menor de los Tafur se quedó estupefacto al ver por dentro los lujos con los que vivía su pareja. Un nudo se le hizo en la garganta, ¿Cómo podría él hacer que la princesa que llevaba del brazo pasara a ser una cenicienta? ¿Estaría en realidad Maité tan enamorada de él que cambiaría la vida de lujos y extravagancia que llevaba para vivir como una chica en un barrio lleno de mugre y desorden? Ni siquiera tuvo tiempo de contestarse esas preguntas.

―Papá, mamá, les presento a Gabriel, mi novio.

Este se acercó a doña Magali y besando su mano saludó:

―Mucho gusto, señora.

―Bienvenido, muchacho.

―Él es mi padre. Sidi Farid.

Gabriel se volteó y vio al viejo Farid sentado en una silla de ruedas, no importaba su estado, lucía muy elegante.

―¿Sidi Farid? ―preguntó el joven sin tener claro su significado.

―Sidi, significa “don” en árabe ―dijo él muy serio.

―Sí, perdón, Sidi, por un instante lo olvidé. Un placer conocerlo ―saludó extendiendo la mano.

Sidi Farid también extendió su mano y la estrechó con el joven que muy probablemente se convertiría en su otro yerno.

―Bienvenido. ¿De qué familia eres muchacho? ―preguntó interesado por saber con quién se emparentarían.

―De la familia Izaguirre, señor ―contestó sonriendo el muchacho.

―¿Los dueños de los cruceros?

―Así es, señor.

―Siéntate, por favor―dijo el viejo soltándolo e indicándole que se sentara en el sofá junto a su hija―. Cuéntame más de ti.

Gabriel se colocó junto a su prometida y, después de una mirada fugaz a su suegra y a su novia, inició su falso argumento:

―Soy el hijo mayor de la familia, administro todo lo relacionado con los cruceros y tengo a mi cargo prácticamente toda la empresa. Mi padre se retiró hace unos meses.

El viejo Farid miró a su hija y con tono dulce le dijo:

―Maité, ordena un té para todos.

―Permiso, ahora lo traerán ―dijo la joven levantándose del sofá y dejando solo al muchacho con sus futuros suegros. El temor se apoderó de Gabriel. Sabía que los Tafur eran una familia rica y poderosa, pero cualquier chisme exagerado de barrio era poco para lo que sus ojos veían.

Luego de que su hija saliera de la sala, el viejo Farid miró al joven intimidado por su presencia.

―¿Y vas en serio con mi hija? ¿Tienen planes de casarse? ―preguntó en un tono severo.

Gabriel sonrió tímidamente y dando una mirada relámpago a doña Magali aseguró:

―Sí, ojalá podamos casarnos pronto.

―Llevas uno de los nombres más bendecidos por Alá, Gabriel es el nombre de uno de los ángeles más cercanos a Dios.

―Gracias, señor ―respondió el chico sin saber exactamente por qué el viejo árabe cambiaba de tema tan bruscamente.




Rania se maquillaba frente al espejo mientras Aldo la esperaba sentado en la orilla de la cama. Ella lo miró por el espejo y preguntó en un tono dulce:

―¿Qué piensas, amor? Te veo serio.

―No, solo pensaba en la llegada de tu hermano, de lo que me dijiste hace rato, creo que tu padre se va apresurar para entregarle la presidencia a Omar. Él no sabe nada del negocio. Desde mi punto de vista, tu padre debería de dejarlo a mi lado un tiempo para que aprenda el movimiento, tiene que ganar experiencia o la procesadora se irá a la quiebra.

Rania volteó y fue hasta donde estaba él, se sentó a su lado y recostando su cabeza en su hombro sugirió:

―¿Y por qué no le dices eso a papá?, es tu obligación hacerle saber lo que piensas, amor.

―Sí, cuando Sidi Farid me llame para decirme oficialmente que tu hermano será el nuevo presidente, se lo haré saber.

Ella le besó la mejilla, intentando borrar de la cara de su marido la decepción que en ella se dibujaba.

―Bueno, bajemos a cenar y disfrutemos esta noche, que los negocios no se inmiscuyan en nuestra vida privada. ―Las palabras de su esposa hicieron recapacitar a Aldo. Tenía que mantener la cordura, aunque se había acostumbrado a las comodidades de mandar, era hora de despertar del sueño y saber que su papel como presidente de la Procesadora estaba llegando a su final.

Rania y Aldo bajaron por las enormes escaleras que se desplegaban hasta la sala como una inmensa alfombra. Al verlos descender, todos se pusieron de pie y dejaron sus tazas de té en la mesita que estaba en el centro. Entonces Maité tomó la palabra:

―Mira, amor, allí viene mi hermana y su esposo, te los voy a presentar.

Después de que Maité hiciera las presentaciones correspondientes y que todos estuvieran listos, Sidi Farid pidió a todo el mundo que se dirigieran al lugar donde el banquete había sido preparado. Era una mesa exageradamente grande, repleta de diferentes platillos, una mezcla entre comida árabe y típica de la región. Exquisitos manjares que hicieron que Gabriel se escandalizara por dentro, pero mantuvo la calma. La gente rica siempre hace comida para luego tirarla, aunque en las puertas de sus mansiones los mendigos mueran a consecuencia del hambre.

―Y resulta que Gabriel es el heredero de los Cruceros “Blue Adventure” ―dijo Sidi Farid a Aldo su yerno.

―Tu familia es una de las más adineradas de Costa Asunción ―observó Aldo sorprendido por la noticia, aunque su mirada calculadora había carcomido la de Gabriel.

―Pues no nos va mal, no podemos quejarnos ―aseguró Gabriel, tomando un sorbo de café e intentando dar por terminado el incómodo tema.

―Aldo es por ahora el Presidente de la Procesadora “Cairo”, pero claro, cuando mi hijo Omar llegue, se encargará él de todo, y será muy pronto… ―indicó Sidi Farid orgulloso de su hijo.


Gabriel manejó el hermoso auto hasta aquel predio repleto, bajó y canceló el alquiler. Salió nuevamente a la calle y esperó pacientemente a tomar un autobús que lo llevaría derecho a su casa. La joven millonaria quería que su novio impresionara a sus padres, y no le importaba pagar por eso.


Aldo se quitó los zapatos y se sentó en la orilla de la cama después de la cena. Estaba completamente incómodo, pues Sidi Farid no perdía la oportunidad de hacerle saber que era menos importante que Omar, incluso había hecho un anuncio oficial del cambio de mando en la procesadora justo en la cena, antes de sentarse a hablar del asunto con él.

―A tu padre le urge sacarme de la presidencia y sentar a Omar en ella.

Rania, quien estaba en el baño privado de su cuarto, abrió la puerta para hablarle.

―No es eso, amor, lo que pasa es que mi padre es el típico musulmán que está orgulloso de su hijo y quiere que este guíe a la familia, es todo. Mi padre te aprecia mucho y está muy agradecido con lo que has hecho por la familia, mi vida.

Aldo se quitó el pantalón y luego la camisa y buscó su ropa de dormir. Después de vestirse apropiadamente para descansar, se metió en la cama.

―Pues sí, pueda ser que tengas razón, amor, pero de todas formas no debería ser tan obvio. Pero, en fin, al final también tendré menos responsabilidad.

―Mi vida, ¿no crees que fue un hermoso gesto que mi padre te nombrara presidente de la Procesadora cuando apenas eras mi novio?

―Sí, en eso tienes razón, debo ser un poco más maduro y tomar mi puesto, yo solo soy tu marido y Omar es su hijo.


Sidi Farid, quien ya estaba acostado, vio a su esposa doña Magali peinándose frente al espejo en su cuarto.

―Si Maité logra casarse con ese muchacho, nuestra fortuna crecerá, parece que Alá nos bendice más de lo que merecemos. Solo falta que Omar encuentre una chica rica y no tendremos que preocuparnos más, ¿no crees, mujer?

―Farid, por Dios, ¿tú no piensas más que en el dinero?, yo solo quiero que mis hijos sean felices, en todo caso, ricos ya son.

―Oro llama a oro, mujer, oro llama a oro y Alá es muy justo dando abundancia a sus fieles.

Ella se acercó y se sentó en la cama. Se sentía agotada por el día que había tenido. Aunque las cocineras eran muy eficientes, ella se había encargado personalmente de que la fiesta sobria que habían tenido fuera un éxito. Todo el mundo en la mansión sabía que la señora de la casa supervisaba cada movimiento en ese tipo de eventos.

―Lo único que deseo es que mis tres hijos sean felices, es todo. ―Eran palabras sinceras las que salían de la boca de doña Magali.

―Métete en la cama mejor, mujer, y seamos felices tú y yo por esta noche.

―Por Dios, Farid, no empieces con eso otra vez, ¿sabes desde cuando tú y yo no estamos juntos?

El viejo Farid bajó la mirada.

―Desde mi accidente.

Ella lo miró con rabia.

―¡Exacto! ¡Exacto! ¿Y sabes por qué no funcionas? Por inseguro, Farid, porque todo lo tienes en la cabeza, tienes dañadas las piernas, ¡las piernas! Es más, este tema es muy bochornoso para mí, así que mejor duérmete y no empieces a calentarme porque luego, pues… luego ni respondes. Feliz noche, Farid.

Fue un golpe directo a su hombría, pero el viejo árabe sabía que en las palabras enfadadas de su esposa había un poco de verdad. Quizá el problema era mental. Se acomodó e intentó dormir, solo lo intentó.


La noche era muy oscura. Las luces de la inmensa mansión permanecían apagadas y los guardias dormían, todo era quietud. Quizá eran las dos y media de la mañana cuando Rania escuchó la voz de su hermano, como si la llamara, era un susurro casi al oído: “Rania”, decía en un tono casi de canto. Esta se enderezó y, por debajo de la puerta, vio la sombra de unos pies. Era claramente un hombre, o al menos eso le parecía.

―Amor, despierta, alguien se metió a la casa ―musitó asustada.

―Rania, por favor, duérmete, la casa está infestada de guardias, nadie puede entrar. Duérmete ya ―dijo su marido jalando la sábana y echándosela encima.

―Hay un hombre allí ―insistió ella más asustada aún, pero Aldo empezó a roncar. Rania se atrevió a levantarse, con mucho cuidado se puso sus sandalias y tomando su bata se la colocó y caminó hacia la puerta lentamente, pero notó que la sombra se alejaba. Dio la vuelta poco a poco a la perilla y entreabrió la puerta. Sacó la cara para ver por el pasillo, pero no vio a nadie. Iba a regresar a su cama, pero la silueta de un hombre cruzando el pasillo la asustó. Entró y cerró la puerta inmediatamente. Miró a su esposo, que plácidamente dormía, pero no quiso despertarlo, estaba tan asustada. Caminó lentamente hasta su cama cuando, de pronto, dos toques queditos en la puerta… Rania se asustó tanto que corrió a la cama y se enconchó dejando casi desnudo a su marido.

Tardó tanto en quedarse dormida que, a la mañana siguiente, cuando despertó, su marido ya se había ido a trabajar. Se asustó al ver a su hermana sentada en el sillón frente a su cama, se comía una manzana, al verla despertar dijo:

―¡Vaya!, por fin se despierta la bella durmiente.

Rania se enderezó aún adormilada.

―Maité, ¿qué haces en mi cuarto?, ¿dónde está mi marido?

―Se fue a trabajar; oye, ¿ya viste qué hora es? Van a dar las 11, mamá me mandó para ver si estabas bien, al ver que respirabas, decidí esperar a que despertaras.

Rania se quitó las sábanas de encima y se sentó en la orilla de la cama.

―¿Qué? ¿Las once?

Su hermana se levantó y abrió las cortinas, esto molestó la visión de Rania. La luz invadió toda la habitación.

―Sí, mira, el sol está que quema allá afuera.

―Anoche no dormí bien, alguien se metió en la casa, estoy segura de que era un hombre ―dijo Rania restregándose los ojos.

―No lo creo, hay muchos guardias, aquí nadie entra sin que nosotros lo sepamos. Anda, levántate y vamos a cabalgar. ―Maité intentaba quitarle a Rania la idea de que alguien había ingresado a la casa la noche anterior, aunque en sus adentros también a ella le preocupaba. Se sentó al lado de su hermana mayor.

―Maité, no tengo caballo, mi caballo murió hace un mes.

Maité esbozó una sonrisa, e intentando reanimarla, aseguró―: Sí, lo sé, pero puedes montar a “Alma Negra”, Omar no está, y no creo que se enoje porque montes su caballo.

―Está bien, me baño, almorzamos y salimos.

―De acuerdo, nos vemos en el comedor para almorzar juntas.

Sidi Farid estaba en su despacho frente a la computadora cuando su esposa entró sin tocar la puerta. Aunque sabía que a su marido no le gustaba ser interrumpido entró de todas maneras y se sentó frente a él.

―Farid, ¿puedo hablar contigo un momento?

El viejo árabe dejó de mirar al monitor y, quitándose las lentes, la miró fijamente y esperó a que ella hablara.

―Farid, el novio de Maité no termina de convencerme. Tengo la sospecha de que no dijo toda la verdad anoche.

―Por Dios, Magali, no empieces a ver fantasmas donde no los hay, ¿qué piensas? ¿Que ese muchacho es un asesino? ¿Un violador? ¿Un ex convicto?

―¿Sabes qué, Farid? Olvídalo, no he entrado aquí, no te he dicho nada, no dije nada.

―Mira, mujer, yo no creo que ese muchacho haya mentido, no tiene sentido. Además, ustedes los occidentales, creen que el noviazgo es para conocerse sin ningún compromiso ante los ojos de Alá; bueno entonces, ¿qué te preocupa?, si por mi fuera, mis tres hijos estarían casados con gente decente, con gente adinerada, y con gente que nos asegurara la continuidad de nuestra familia, pero no, todo se hace al estilo occidental, así que deja la paranoia y que las cosas fluyan, como dicen ustedes. Mira, mujer, no quiero ser grosero, pero estoy muy ocupado revisando las cuentas de la procesadora, ¿puedo quedarme solo?

Doña Magali se puso de pie y lo dejó solo sin chistar palabra alguna.

Doña Magali había cerrado la puerta del despacho de su marido cuando Maité venía bajando las escaleras.

―Hola, mami, ¿y esa cara? ―preguntó la muchacha en un tono suave.

―No pasa nada, mi amor, ya sabes, no hay día de Dios que no peleemos con tu padre. ¿Vas a salir a cabalgar? ―preguntó.

―Sí, saldremos con Rania después de almorzar.

―¡Qué raro!, Rania no tiene caballo.

―Sí, pero usará el caballo de Omar.

―“Alma Negra”, ¿Rania se pretende subir a ese caballo tan peligroso?

―Mamá, lo que pasó hace años no necesariamente se va a repetir, si mi padre quedó inválido es porque él no es necesariamente el Llanero Solitario, así que despreocúpate. Además, Rania es una gran jinete. Lo vamos a pasar bien, vas a ver.

―Está bien, hija, solo quiero que tengan mucho cuidado, no quiero más tragedias en esta casa. ―Se disponía a retirarse a la cocina cuando regresó y dijo―: Por cierto, hija, ¿todo lo que tu novio dijo es verdad?

―¿A qué te refieres con eso, mamá?

―No, olvídalo, Maité, solo quiero que no te apresures en tomar tus decisiones, disfruta tu noviazgo y pues…

No había terminado cuando esta la interrumpió:

―A ver, mamá, relájate un segundo. Primero: no soy una niña, segundo, no es mi primer novio, tercero, no me voy a casar mañana, así que relájate, solo nos estamos conociendo, cosa que creo que hasta la fecha haces tú con mi papá, ¿no?

―Tienes razón, hija, te adoro y solo pretendo protegerte.

―Mami, no veas fantasmas donde no los hay, no necesito que me cuides de algo que ni siquiera me amenaza, relájate. Creo que necesitas unas buenas vacaciones…

Rania bajaba las escaleras vestida apropiadamente para montar a caballo.

―Estoy lista. ¿Ya estará el almuerzo? ―preguntó.

Doña Magali sonrió, respondió con la dulzura que le caracterizaba:

―Sí, mi amor, ya le ordené a Marlen. Pasen al comedor, yo las alcanzo enseguida, voy por su padre.

II

El farsante

La mansión estaba rodeada de un inmenso llano, a la orilla del llano inmensas palmeras que eran el límite entre tierra firme y las blancas arenas costeras de la zona. Sobre ese llano cabalgaban las hermanas Tafur. Montada en aquel gran caballo negro, Rania, la hija mayor del viejo árabe, y a su lado su hermana en un hermoso caballo color rojo. El aire caliente de la costa revolvía el cabello de las hermosas chicas, el día era perfecto para sentir la brisa del mar.

―Te he visto preocupada, ¿te pasa algo? ―preguntó Maité, mientras su hermana clavaba su mirada en el inmenso mar.

―Omar, Omar me preocupa, tengo un mal presentimiento ―dijo ella, saliendo de la llanura y entrando a la arena.

―¿Vamos al mar? ―preguntó Maité siguiéndola de cerca.

―Sí, vamos ―dijo Rania bajando del caballo y amarrándolo al tronco de una palmera; siguiéndola, su hermana.

Se sentaron tan cerca del mar, que este parecía acariciar los pies descalzos de las jóvenes, quienes se habían descalzado para estar más cómodas. La brisa del mar calmaba a Rania.

―O sea, que tú crees que Omar se vengará de ti…

―Temo tanto por mí, por mi esposo ―contestó Rania, mirando a la cara de su hermana menor―. No quiero que pienses que estoy loca, pero creo que no ha llegado y ya me está jugando una broma, y muy pesada, por cierto. Anoche, estoy segura que fue él quien entró a la casa, escuché su voz, estoy segura que él quiere asustarme.

Maité la volteó a ver y frunció el ceño extrañada por lo que escuchaba.

―Rania, yo creo que lo que pasó anoche no fue más que una pesadilla, no creo que Omar se haya escapado del internado solo para venirte a asustar, ¿no te parece muy infantil?

―Pues sí, ya lo he pensado, pero honestamente no le encuentro otra explicación, estoy segura que estaba despierta. No fue un sueño. Omar será la piedra en el zapato en mi matrimonio, ya lo verás.

A las seis de la tarde Rania había subido a la terraza de su casa. Como de costumbre leía uno de sus libros preferidos, leía por un instante, luego veía el horizonte y en él, el sol que parecía danzar suavemente mientras escondía su cuerpo en el mar. Fue interrumpida por Marlen, quien llevaba en su mano un azafate y en él un vaso con agua.

―Su medicina, mi niña ―dijo, parándose a un lado de ella.

―No entiendo por qué mi madre insiste en que siga tomando esto, ya me siento bien Marlen, ¿tú me ves enferma?

Marlen extendió el azafate para entregarle el vaso lleno de agua y la pastilla que llevaba para ella.

―No, mi niña, si se ve más sana que yo, pero pues a mí me toca que cumplir las órdenes de su mamá y ya la conoce como es de estricta.

Rania estiró la mano y tomó el vaso. Puso a su lado el libro y tomó la pastilla, se la puso en la boca y con un sorbo de agua se la tomó.

―¿Tienes novio, Marlen? ―preguntó mirando hacia el mar, su mirada parecía perderse en la inmensidad del agua a la distancia.

―No, no mi niña, por ahora estoy sola.

Repentinamente Rania clavó la mirada en la sirvienta.

―No eres fea, ¿qué solo chicos ciegos hay en Costa Asunción?

Marlen dibujó en su rostro una sonrisa de agradecimiento.

―Gracias, mi niña, dicen que uno solo una vez ama en esta vida. El resto del tiempo, uno vive buscando donde encontrar un poco de ese sentimiento que un día sintió.

Rania se recostó en su silla.

―¿Te has enamorado? ¿Por qué no te sientas conmigo un rato?

Marlen puso el azafate a un lado, en una mesa que estaba cerca y se sentó junto a su patrona, en una silla que también estaba cerca de ella.

―Una vez me enamoré mi niña, y como una idiota. Alejandro, Alejandro se llamaba, lo conocí en el único bazar que está en Costa Asunción, tendría quizá yo 18 años, era un chico lindo, fuerte y varonil, él atendía el bazar; me atendió con tanta atención que inmediatamente sentí atracción por él, y sus ojos me confesaron que yo no le era indiferente. Ocho días después fui a Costa Asunción, llevaba en mi mano una canasta llena de frutas, su mami me había mandado al mercado, iba por el parque cuando de pronto, unas gotas enormes cayeron sobre mí, ni siquiera tuve tiempo de ver al cielo, cuando quedé empapada, empezó a llover mucho. Continué caminando, pues ya no había nada que hacer. De pronto, él, montado en su bicicleta, a mi lado. Me ofreció traerme a la mansión y yo gustosa acepté. Me subí como pude a la bicicleta, en la parte delantera, cuidaba de la canasta mientras él me protegía con sus musculosos brazos, me sentía tan segura y era todo tan romántico…, nos mojamos como pollos, pero hubiera repetido ese momento mil veces más.

Rania suspiró, quizá en su corazón había un charco de envidia por lo que la sirvienta narraba.

―¿Y qué pasó? ¿Él se enamoró de ti también?

―Claro que se enamoró de mí, o al menos eso me hizo creer, no pasó mucho tiempo para que Alejandro se convirtiera en mi sombra, ya sabía yo que al salir al mercado él me esperaría debajo de la vieja palmera que está en la entrada. Se escondía allí para que los patrones no lo vieran, era tan especial, todo iba tan bien, todo era perfecto hasta que un día, martes, bien me recuerdo, era el día de su cumpleaños, me esperó como de costumbre escondido detrás de la palmera, pero el joven alegre, detallista y bromista, no estaba más en él, al contrario, estaba triste, desanimado y en su rostro había dolor. Me asusté al verlo así, me contó que justo esa mañana, el día de su cumpleaños, lo habían despedido del bazar, y no tenía esperanzas de encontrar trabajo en un pueblo tan pequeño como este. Traté de darle ánimo, le dije que no se preocupara, que Dios nos daría una salida. Pasaron los días y Alejandro no encontró trabajo, hasta que un sábado como a las cuatro de la tarde me invitó a salir con él, me dijo que me tenía una noticia. Me preparé y fui a su encuentro. Me llevó a un restaurante a la orilla del mar, por cierto, de ese restaurante ni sus paredes quedan. Allí mirando al mar me contó que ya tenía trabajo, me alegré tanto por él, pero me asustó el tono con el que me lo dijo. Tres días después se embarcaría en un crucero, como mesero, los viajes serían largos, vendría a Costa Asunción una o dos veces al mes. Nunca volvió ni una sola vez, nunca se supo nada de él. ¿Sabe? La primera vez que usted trajo al joven Aldo a la casa me asusté, me saltó el corazón, el joven Aldo se parece tanto a Alejandro…

Rania sonrió intrigada.

―¿En serio? ¿Aldo se parece a tu ex?

Marlen le devolvió la sonrisa y continuó:

―Mucho, nunca supe nada de Alejandro, y pues como jamás conocí a su familia, no sé si está vivo o está muerto, la cosa es que jamás volvió, nunca me escribió, nunca me llamó. Esa es mi vida sentimental, señorita.

Como de costumbre Maité supervisaba personalmente en su oficina las noticias que pasaría en su noticiero. Estaba tan entretenida que no se percató cuando su secretaria entró.

―Seño Maité ―dijo la joven de quizá 18 años.

―Por Dios, Ángela, me asustaste…

―Disculpe, no fue mi intención, sé que odia que la moleste antes de entrar al aire, pero no lo hiciera si no fuera necesario, alguien quiere verla.

―No, ahora no Ángela, después del noticiero quizá reciba a quien me busca, tengo solo media hora para entrar al aire y quiero estar relajada para cuando eso pase ―aseguró penetrándose en la lectura.

―¿Ni siquiera a mí puedes recibirme?

A mil millones de kilómetros hubiera reconocido esa voz, inconfundible…, bajó lentamente la hoja y se tapó la boca escandalizada:

―¡Oh, por Dios!, ¡Omar! ¿Qué no estabas aún en el internado? ―preguntó levantándose abruptamente de su asiento.

―No, llevo un mes que salí…

―Ángela, retírate ―ordenó ella, lanzándose a los brazos de su hermano, mientras la secretaria los dejaba a solas. Después de abrazarse tan fuerte como si hubieran sido viejos amigos, observó Maité:

―No puede ser, pero mira cómo estás de grande y guapo.

―Gracias, hermanita, lo mismo digo. ¿Cómo están todos en casa?

―¿Tú no has ido por la casa?

Omar la miró extrañado por la pregunta que le hacía.

―¿Qué?... Claro que no Maité, ¿por qué me preguntas eso?

―No, olvídalo, es Rania, ha tenido pesadillas, hasta llegamos a creer que eras tú el que la estaba asustando.

―Por Alá que no he ido a la casa. Este mes me lo he pasado en un hotel, quería llegar por sorpresa.

―Y si quieres llegar de esa forma, ¿por qué has venido a buscarme?

Omar se puso detrás de ella, la tomó por los hombros, se los masajeó.

―Porque necesito que tú me ayudes con la sorpresa que les quiero dar a todos.

―¿Me invitas a cenar después del noticiero? Podemos hablar más con calma.

Aldo se quitó su saco y lo puso sobre la cama.

―Amor, seguramente son las pastillas las que ya no te están haciendo efecto, por eso estás oyendo cosas por las noches, mañana mismo vamos a ver al doctor, no sé, quizá te recete algo más fuerte.

Rania, quien ya estaba con ropa de cama, una bata hermosa de color rojo y unas cómodas pantuflas, se acercó a él y rodeó su cintura por la espalda.

―No, creo que no fue una pesadilla, claramente escuché la voz de Omar y luego esa silueta en el pasillo, creo que Omar está detrás de todo esto.

―Rania, tu hermano está aún en el internado, según sé, él saldrá en unos días, además no entiendo esa obsesión tuya por culparlo, por imaginar que él quiere vengarse de ti.

Aldo se zafó de los brazos de su esposa y se recostó en la cama, Rania se acomodó en el pecho de su esposo y en un tono de tristeza agregó:

―Dime que me protegerás siempre.

Aldo le besó la cabeza.

―Claro mi amor, por eso estoy aquí, para amarte y protegerte. Ven, vamos a dormir, mira que estoy cansado, ya mañana será otro día.

―Tu hija entra a esta casa a la hora que se le pega la gana y tú no dices nada, se comporta como una exhibicionista ―dijo el viejo Farid acostado en su cama.

―Por Dios, Farid, son apenas las nueve de la noche, además su programa de televisión acaba de terminar, no pretenderás que se teletransporte, ¿verdad?

―Tú como siempre defendiendo a Maité, no entiendo en qué estaba pensando cuando le permití que se metiera a ese canal, canal que nadie ve.

Doña Magali se deshizo la cola que llevaba y se soltó el pelo, mientras se miraba en el espejo.

―Farid, ¿cuándo nos vamos a dormir en paz? Toda la vida peleamos por algo, siempre peleamos.

El viejo Farid se metió entre las sábanas y no contestó. Mientras que doña Magali continuó peinándose, suspiraba por todo el tiempo que estaba perdiendo al lado de aquel hombre amargado.

Maité tomó un sorbo de soda, había ido a cenar con su hermano después del noticiero. La noche era calurosa, y hacia tanto tiempo que no salía a cenar, pero tenía la excusa perfecta para hacerlo.

―Pues cuenta conmigo, Omar, me encanta tu idea, vamos a sorprender a más de uno. En tres días estarás de regreso en la mansión de donde nunca debiste haber salido.

Omar levantó su vaso con soda e hizo una mueca para brindar por su regreso mientras reía con sarcasmo.

El sol apareció por la ventana de los recién casados. Cuando Rania despertó, su marido se acomodaba la corbata frente al espejo.

―¿Qué hora es? ―preguntó ella, levantándose inmediatamente.

―7:40 ―dijo Aldo―, es mejor que te bañes y te arregles, antes de ir a la oficina pienso llevarte con el doctor Ilario, anoche estuviste inquieta, creo que otra vez tuviste pesadillas, no me dejaste dormir.

―¿En serio?, ¿no te dejé dormir? Yo dormí como un tronco.

―Pues a mí no me dejaste dormir, te movías a cada rato e incluso te sentaste en la orilla de la cama varias veces. Así que báñate y arréglate, que te llevaré con el médico.

Gabriel estaba acomodando unas frutas en el mercado central de Costa Asunción, cuando vio parquearse frente a la abarrotería un auto color gris convertible y de inmediato lo reconoció, de él bajó su novia, Maité.

―¿Maité? ¿Qué haces aquí? ―preguntó dejando la caja de tomates en el suelo, vestía humildemente y el hombre millonario que había llegado la otra noche a la casa de la Familia Tafur se había esfumado, llevaba puesto una camiseta color verde, dejaba ver sus brazos musculosos y el sudor que empapaba el pequeño trapo que apenas llevaba encima.

―Vine a ver a mi novio, quiero invitarte a desayunar…

Gabriel se acercó a ella, era evidente que la joven Tafur sabía exactamente quién era el muchacho, sabía perfectamente que todo lo que había dicho la otra noche era una total mentira.

―Maité, no puedo dejar el puesto, estoy sucio, sudado, ¿qué te pasa? ―preguntó enojado el joven.

―No pasa nada, bebé, quería verte, no creo que pase nada si cierras unas dos horas, no creo que te mueras del hambre.

Gabriel se enojó y tomándola del brazo exclamó:

―¡Pues fíjate que sí, si me muero si cierro!, ¿qué no te das cuenta que de esto dependo? Maité, no tengo que recordarte cómo me conociste, ¿verdad? Jamás te engañé.

Entonces un hombre de aproximadamente unos 56 años se acercó a Gabriel y tocándole el hombro dijo:

―Relájate, Gabriel, ve con la joven, yo te cuido el negocio.

Gabriel soltó a Maité y volteó a ver a su compañero.

―Me da tanta pena con usted don Aureliano.

―Si no confías en mí…

Gabriel lo interrumpió diciendo:

―Claro que confío en usted, pero…

El viejo sonrió de nuevo y comentó:

―Hijo, ve con la señorita, un caballero, aunque sea el más pobre del mundo, si es caballero, jamás deja plantada a una dama y menos si es tan distinguida como la señorita.

―Espérame un segundo, voy a lavarme la cara y a ponerme una camisa vieja que tengo aquí en el negocio, ya vuelvo ―suplicó el joven enamorado a su amada Maité.

Maité le guiñó el ojo y solo se recostó en su auto. Mientras el viejo se quitó el sombrero y se lo volvió a poner como un saludo y se retiró de allí diciendo:

―¡Se acabó el show, todos a trabajar! ―Se refería a todos los hombres que se habían congregado allí para admirar la belleza de la joven.

El doctor Ilario se sentó frente a su escritorio y dijo a la joven pareja:

―No me recuerdo que tuviera cita con usted doña Rania.

Aldo tomó la palabra:

―Doctor, mi mujer no tiene cita con usted hasta dentro de unos meses, pero hemos venido porque parece que las pastillas que le ha recetado no han dado el efecto esperado, ha tenido insomnio, pesadillas. Necesitamos que le recete algo más fuerte u otras pastillas.

El doctor miró a Rania con intriga.

―Muy bien, doña Rania, veamos, por favor, acomódese en la camilla.

―Relájese, doña Rania, no pasará nada ―lo dijo porque al recostarse, Rania parecía sentirse inquieta, el corazón le palpitaba más fuerte y un minúsculo sudor apareció en su frente―, tiene demasiado estrés doña Rania, debe de controlar eso. ¿Aparte de no poder dormir y tener pesadillas, ha sentido otra cosa?

―No, la verdad no, doctor, no estoy segura si lo que me ocurrió en realidad han sido pesadillas o fue real, pero me siento mal, a veces me levanto tarde, cansada, cuando yo he sido la primera en levantarme en mi casa ―dijo mirando al techo.

―Bien, veamos― el doctor puso el estetoscopio en sus oídos y amoldando el calibrador de tensión en el brazo de Rania. Guardó silencio, luego puso el estetoscopio en el estómago de su paciente y nuevamente guardó silencio.

―¿Cómo está con su periodo doña Rania?

―Pues soy irregular, doctor, hasta ahora no me he preocupado por eso, ya me bajará.

―Puede levantarse, doña Rania.

―Don Aldo, temo que no podremos seguir recetando a su esposa ningún medicamento, ni más fuerte ni más débil, en realidad lo único que puedo recetarle son vitaminas, vitaminas para que su bebé nazca muy sanito, pues su señora está embarazada.

Gabriel se tomó un sorbo de agua, estaba sentado frente a su novia, en un comedor de Costa Asunción. La forma en que vestía era completamente diferente, ahora si era él, el muchacho pobre de aquel barrio marginado de Costa Asunción que había puesto los ojos en una de las muchachas más ricas de la zona, él mismo había escogido el mediocre comedor, quería hacerle saber con simples gestos a Maité a que se enfrentaría si seguía con la idea de casarse con él.

―¿Por qué tan callado, mi amor? ―preguntó ella, mientras lo miraba a los ojos.

―No me parece bien que seas tú la que siempre me invita, Maité; me obligaste a hacerme pasar por un muchacho rico ante tu familia, ¿qué va a pasar cuando tus papás se enteren que no soy Gabriel Izaguirre, sino Gabriel López? Este tipo de mentiras no duran siempre.

―Mi padre jamás hubiera aceptado que yo me fijara en alguien que no tiene dinero, es un hombre muy prejuicioso…

―Me estás utilizando, siempre he pensado que no me amas como dices ―agregó Gabriel en un tono de decepción.

―Amor, ¿sabes cuantos chicos ricos hay en Costa Asunción? Muchos, pero todos son unos señoritos, ¿no entiendes? Me encantas, amo el olor a sudor de hombre, eres el chico más guapo de toda la zona, eres fuerte, ¿para qué quiero yo a mi lado a alguien que quiera quitarme mis pinturas de uñas? Y lo digo por esos hijos de riquillos, consentidos que truenan los dedos y sus deseos se cumplen, yo no quiero un muñeco a mi lado, yo quiero un macho, un hombre, un compañero. Tú, tú llenas todas mis expectativas, y no te estoy utilizando amor.

―Nunca jamás te podré dar un nivel de vida como al que estás acostumbrada, Maité ¿Lo entiendes?

―Amor, ¿cuántas veces vamos a hablar de lo mismo? Tú no tienes que mantenerme a mí, los dos vamos a trabajar por hacer nuestro propio patrimonio y si mi padre me deshereda, pues iniciamos de cero, ¿cuál es en sí el problema? No me hagas creer que eres tú el que no me ama.

―Claro que te amo, y te amo más que a mi vida, solo quiero que seas feliz.

―Solo déjame estar a tu lado, así seré feliz. Amor, necesito que me hagas un favor, y para eso vamos a tener que hacer algo que quizá no te guste mucho.

―¿De qué se trata, Maité?

Aldo entró feliz a la mansión, acompañado de su esposa.

―¡Sidi, Sidi Farid! ―gritó desde la puerta.

Al oírlo, el padre de Rania salió de su estudio apresurado en su silla de ruedas, muy asustado.

―Por Alá, ¿qué pasa? ―exclamó.

Aldo corrió a su lado y acurrucándose ante él dijo:

―Va a ser abuelo, ¡estamos embarazados!

―¡Por Alá! ¿Es verdad, Rania?

―Sí, papi, estoy esperando un hijo.

Aldo se extrañó al ver en el rostro de su suegro una expresión de desagrado, la noticia lejos de alegrarle parecía enojarle, no era normal que un futuro abuelo tomara esa actitud, por lo que el muchacho se atrevió a decir:

―No entiendo su expresión, Sidi, lejos de estar feliz parece que está apenado o peor aún, enojado.

―No, no, claro que no, estoy feliz, solo que la noticia me tomó por sorpresa, esperaba esta noticia, pero no tan pronto. ― El tono con el que habló aún era de desconcierto, ¿eran tan inconscientes los jóvenes de no cuidarse y traer a un niño al mundo tan pronto?

Aldo se puso de pie y fue a donde estaba su esposa y acariciando su aún oculto vientre preguntó:

―¿Dónde está mi suegrita? quiero darle la noticia.

―Está en la cocina ―indicó el viejo Farid en un tono frío.

―¿Vamos a darle la noticia? ―preguntó el entusiasmado futuro padre a Rania con una sonrisa rebosante de felicidad.

―¿Puedo hablar contigo, hija?

La pregunta de su padre hizo que Rania se sintiera un poco nerviosa, siempre que su padre pedía hablar a solas con ella no era para cosas buenas.

―Ve con él, yo le daré la sorpresa a tu mamá ―aconsejó Aldo a su esposa y diciendo esto se fue a la cocina, mientras Sidi Farid invitaba a su hija a su despacho.

Aldo, entusiasmado, entró en la cocina y vio a su suegra ocupadísima, no le importó, le dio la hermosa noticia. “Va ser abuela” le dijo sin ningún preámbulo.

Doña Magali frunció el ceño, en su rostro solo podía leerse rabia y desconcierto; su joven yerno no pudo esquivar la bofetada que su suegra le propinó.

―¡Estúpido! ―Fueron las palabras llenas de ira de doña Magali, dejando a su yerno paralizado por sus acciones.

III

A mi manera

Sidi Farid pidió a Rania que cerrara la puerta después de que ambos entraran a su despacho. Ella lo hizo y lo siguió hasta su escritorio, se sentó frente a él, mientras este se acomodaba al otro lado.

―Hija, durante estos años te hemos estado tratando de los nervios y sabes perfectamente que te ha costado mucho superar esa gran crisis nerviosa que te afecta, ahora estoy preocupado porque, como es lógico, no podrás continuar con tu tratamiento, necesito que trates de relajarte y controlarte, todo lo que hagas le afectará al bebé.

Rania entrelazó sus manos, tenía un semblante tranquilo, parecía que durante años había estado esperando el mágico momento de quedar embarazada.

―Sí, papi ―contestó―, ahora que suspendió mi tratamiento, el doctor me advirtió que tengo que estar más relajada. Y pues solo espero poder aguantar estos largos nueve meses que están por venir.

―Alá lo permitirá, mi amor, te lo aseguro. Alá no abandona a sus fieles.

―Gracias por amarme tanto, papá, sé que eso de “fieles” lo dices por el gran amor que me tienes.

―Alá ama más que yo, mil veces más que yo. Es fiel y es infinitamente perfecto, él te dará las fuerzas para continuar sin medicamentos, mi amor. Ahora regresa con tu marido ―sugirió guiñándole el ojo.

―Alá, perdóname por lo que estoy haciendo. Perdóname, oh Dios, rico en misericordia ―exclamó en voz alta el viejo árabe al verse solo en su despacho, su suplica estaba llena de aflicción, pero también tenía la esperanza de que Dios escuchara sus oraciones.

Al no poder evadir la cachetada, se abalanzó sobre doña Magali y la besó en la boca apasionadamente, esta se resistió al inicio, pero al no poderse zafar de los labios de su yerno, se dejó caer en las garras de la pasión que tiempo atrás ya los había consumido. Noches que juntos habían pasado fuera de la mansión cuando Aldo aún era novio de Rania, pero cuando se toman riesgos tan grandes como este generalmente trae consecuencias. De pronto y sin previo aviso entró en la cocina Marlen y al ver la escena se tapó la boca para no gritar. Pero fue inútil, doña Magali y Aldo la vieron y la sirvienta salió corriendo de la cocina:

―¡Marlen! ¡Marlen! ―gritó la dueña de la mansión Tafur, pero no logró detenerla.

Marlen corrió cruzando por la sala, pero se estrelló contra Rania.

―¡Marlen! ¿Qué te pasa?

―Nada, mi niña, yo, yo…

En ese momento llegó doña Magali seguida de Aldo, los dos no podían ocultar su excitación, una mezcla de pánico y miedo envolvía los rostros de ambos.

La criada se sentía acorralada, ella no era nadie y aunque llevaba años al servicio de los Tafur su cabeza rodaría por la imprudencia de haber entrado en la cocina y darse cuenta que la señora de la casa no era realmente tan respetable como se pregonaba en toda Costa Asunción.

―Doña Magali, voy a ir por la ropa sucia ―anunció en un tono pausado y lleno de miedo.

―¿Pasa algo, mamá?

―No pasa nada, hija, solo que Marlen y yo necesitamos hablar, pero después lo haremos.

―La sirvienta está nerviosa porque ocurrió un accidente en la cocina, ya lo solucioné yo, pero salió corriendo y por eso veníamos a tranquilizarla, por un poco hace explotar la estufa… ―explicó Aldo mientras clavaba su mirada amenazante en la sirvienta.

Doña Magali se retiró del lugar argumentando que iría a la lavandería de la casa para tranquilizar a la joven empleada.

Aldo dio un cálido beso a su esposa y se retiró a la Procesadora, dejando a su esposa, quien, entusiasmada, acariciaba su plano vientre.

Maité dejó a su enamorado justo donde lo había recogido, frente al viejo mercado de Costa Asunción, mientras avanzaba en su auto lo veía a través del retrovisor, sí, estaba enamorada, era un muchacho pobre, sí, pero la hacía sentir completa, no tenía ni la más mínima idea de cómo haría para que su padre lo aceptara después de que descubriera el engaño que ambos habían fraguado haciéndolo pasar por un muchacho rico; ese problema lo solucionarían cuando llegara, por lo pronto ella se sentía infinitamente atraída por aquel muchacho sudoroso y trabajador.

Doña Magali entró a la lavandería, la cual estaba ubicada en la parte trasera de la mansión; era un cuarto relativamente pequeño, allí tenían las máquinas de lavado y secado, generalmente solo las sirvientas entraban a ese lugar, era tanta la ropa que se lavaba en la mansión que el viejo Farid tuvo que comprar 5 lavadoras y 5 secadoras para dar cumplimiento a las demandas de todos los que bajo su techo se cobijaban. ―¿Marlen?… ―curioseó doña Magali dando un paso dentro de la lavandería. Su voz advirtió a la criada que la señora de la casa estaba dispuesta a todo para llegar a un acuerdo con ella.

―Señora… ―contestó, dejando la ropa a un lado y colocándose a un lado de la secadora, tenía pánico de lo que doña Magali le dijera; siempre la dueña de la casa tenía la razón, así tendría que ser siempre.

―Marlen, necesitamos hablar…

―Yo me tengo que ir de aquí señora, no es necesario que me despida.

―No, claro que no te vas a ir, lo que viste puedes callarlo, no necesitamos llegar a los extremos, si tú te callas yo te puedo dejar en tu puesto, por Dios, Marlen, llevas más de 5 años trabajando aquí, sé que es un tiempo relativamente corto, pero eres parte de la familia.

―Por lo mismo, señora, no podría verle la cara a mi niña Rania y ocultarle que usted y don Aldo, se, se entienden…

Doña Magali se arrojó sobre ella y apretándole el cuello dijo en un tono amenazador:

―¡Está bien! ¡Lo vamos a hacer a mi manera! ¡Te vas a quedar aquí y vas a mantener la maldita boca cerrada, si dices lo que viste, te arranco la lengua, y te estoy hablando literalmente Marlen, si le cuentas a alguien lo que viste, yo misma te juro que me encargo de cavar tu tumba y enterrarte como se entierra a un perro! ¡Que conste que te lo advertí!

La señora de la casa soltó el cuello de la muchacha, mientras en su rostro se borraba la rabia que sentía. Luego salió de la lavandería como si nada hubiera sucedido, mientras Marlen asimilaba las palabras amenazadoras de la señora Tafur; no tenía más opción que cerrar la boca o terminaría en una tumba fría… Explotó entonces, se recostó sobre la lavadora y lloró como si hubiera sido una niña de 3 años regañada severamente por su madre.

Cuando Maité entró en su habitación encontró a su hermana sentada en la orilla de la cama.

―¿Rania? ¿Qué haces aquí? ¿Te pasa algo? ―interrogó mientras colocaba su cartera en la mesita de noche que estaba a un lado de la puerta al lado derecho de su cama. Rania estaba de espaldas y no contestó las preguntas que su hermana menor formulaba. Maité se acercó lentamente y se sentó a su lado, allí descubrió que su hermana estaba llorando.

―Rania, por Dios, empiezas a asustarme, ¿qué te pasa?

―Estoy preñada.

Al escuchar esa frase Maité empezó a sonreír y su alma se llenó de ilusión, un sobrinito, trató de entender el llanto de su hermana y rodeó los hombros de Rania con sus brazos.

―Sé que ser madre no es una tarea fácil, pero un hijo siempre es una bendición, no quiero que estés triste por eso.

―Maité, temo por mi bebé, no quiero hacerle daño.

―Por Dios, Rania ¿de qué hablas?

―Para nadie es un secreto que tengo una enfermedad nerviosa, temo que pueda dañar a mi bebé, si tomando medicina me pongo como me pongo, ¿te puedes imaginar si no tomo nada?, por lo mismo el doctor me suspendió el tratamiento.

―Hermanita, relájate, justamente es lo que necesitas, relajarte y no pensar en eso. Ser madre ha de ser algo hermoso, disfruta esta etapa, ¿Aldo ya lo sabe?

―Sí, recién hoy nos enteramos juntos, fuimos a ver al doctor y él nos dio la noticia.

―Bueno, relájate, tómate un tecito y recuéstate un rato, apenas estas empezando una carrera que durará nueve meses, yo le pido a cualquiera de las sirvientas que te suba tu té, quédate aquí en mi cuarto. Yo voy a salir…

Diciendo esto tomó su bolsa de nuevo, mientras lentamente Rania se recostaba en la cama de su hermana.

―Vuelvo al rato, y te felicito hermana ¡qué emoción vas a ser madre!

Aldo estaba nervioso, miraba su computadora y no se podía concentrar, estaba en su oficina en la Procesadora de Mariscos, la que estaba ubicada en el último nivel del edificio.

―Señor, su cuñada lo busca ―dijo su secretaria por el teléfono.

―Hazla pasar ―ordenó el aún presidente de la empresa familiar. En efecto, Maité entró a la oficina, cerrando tras ella la puerta. Dejó su bolsa sobre la silla que estaba frente al escritorio de su cuñado y se acercó lentamente a él, y sin que este pudiera esquivarlo, le dio una cachetada, luego, sin que tuviera chance, le dejó ir otra de vuelta. Éste se puso de pie para contenerla.

―¡Maldito estúpido! ―le gritó enojadísima―, hiciste que yo abortara a tu hijo, ¿vas a hacer lo mismo?, ¿vas a hacer que mi hermana aborte el hijo que le hiciste?

Aldo detuvo a Maité, pues esta estaba dispuesta a seguir golpeándolo, con sus manos aprisionó las de la joven furiosa y trató de calmarla:

―Maité, cálmate, no es el lugar.

―¿No es el lugar?, ¿olvidas cuántas veces me hiciste el amor sobre este maldito escritorio? Entonces sí era el lugar, ¿no?

―Maité, ya supéralo, yo no voy a estar contigo nunca.

―Te maldigo, Aldo, eres el hombre más infeliz que pude conocer en mi vida. No sé cómo no se me soltó la lengua y le conté todo a mi hermana, eras mi novio Aldo, eras mi novio, nos íbamos a casar, claro, al conocer a mi hermana la elegiste mejor a ella ¿y yo?, ¿y yo qué? ¿Dónde quedaba mi amor por ti?

―Te he pedido perdón mil veces, mil veces, en el corazón no se manda.

La chica empezó a llorar de dolor, de rabia, de impotencia, aún seguía sintiendo ese amor apasionado por su cuñado, en el pasado Aldo la había marcado y esa marca ni Gabriel ni nadie la borraría, los primeros amores, siempre los primeros amores son los más destructivos cuando se vuelven imposibles.

―Te enamoraste de la estúpida enferma cretina de mi hermana. A veces pienso que debí matarte, infeliz. Tú no te mereces un hijo, no mereces que nadie te diga papá, maldito asesino, nunca debí aceptar abortar, maldito el día que te conocí.

―¿Puedes retirarte? O ¿quieres que llame a seguridad?

Maité se le soltó y arrojó a su cuñado con todas sus fuerzas para quitarlo de donde estaba, entonces se sentó en la silla que Aldo ocupaba y ahogada en histeria reclamó:

―¿Tú?, ¿tú me vas a echar de la fábrica de mi padre, maldito estúpido?, a ver, eso sí lo quiero ver, llama a tus achichicles y que me saquen y te juro que, si me ponen una mano encima, no solo ellos saldrán despedidos, sino que tú también. Esta empresa es más mía que tuya, imbécil, así que aquí me voy a quedar el tiempo que se me dé la gana.

―Por Dios, Maité, no hagas esto más difícil.

La joven suspiró, intentaba calmarse, inhalo y exhaló fuertemente y su temperamento cambió de histeria a calma en un santiamén, entonces se levantó de la silla y acercándose a él, dijo sensualmente:

―¿Estás seguro que quieres que me vaya? ―Se secó las lágrimas con delicadeza y levantándose la falda, añadió:

―Apuesto a que quisieras revivir viejos tiempos, ¿recuerdas los gemidos de placer que pegaba sobre este escritorio? ¿No quieres que los revivamos?

―Es mejor que te vayas cuñada.

―Uf, que sexi sonó eso de “cuñada”, me puso más ardiente, ¿seguro quieres que me vaya?

Aldo se abalanzó sobre ella y la besó apasionadamente. Se fueron pegados besándose apasionadamente hasta la puerta y Aldo cerró con llave, la llevó a su escritorio tirando todos los papeles los cuales volaron por los aires, la desnudó y como en aquellos viejos tiempos los dos se entregaron a sus bajas pasiones.

Doña Magali entró al cuarto de Maité, llevaba en sus manos una bandeja con una taza de té.

―Matilda me dijo que necesitabas un té, te lo traje personalmente ―dijo cerrando la puerta tras de ella.

―Deja eso allí, mamá, abrázame, necesito un abrazo tuyo.

Doña Magali dejó la bandeja en la mesa de noche que tenía cerca de la cama y se acostó al lado de Rania.

―¿Qué te pasa mi vida? ¿Por qué te pones así?

―No estoy preparada para ser mamá, no sé cómo serlo.

―Nadie nace lista para ser mamá, mi amor, eso se aprende en el camino y ¿sabes qué?, el instinto hace todo el trabajo, ya lo verás, es lo que de menos debes preocuparte.

Marlen entró a la mansión, venía de la lavandería y tenía los ojos como si hubiera llorado sin parar, entró secándoselos, sabía positivamente que estaba en grandes problemas. A lo largo de los años se había dado cuenta que su patrona era una mujer de carácter, no vacilaría en hacerla a un lado si le estorbaba, era evidente que la había dejado en su puesto de trabajo para poderla controlar. Fue Sidi Farid quien la vio y la detuvo. Intentó actuar como si nada sucedía, hubiera querido borrar por completo su semblante de aflicción, pensó que sus ojos estarían irritados por el llanto y en efecto así era, el viejo Farid se habría dado cuenta de inmediato, pero quiso mantener la calma.

―¿Y a ti que te pasa, mujer? ¿Por qué has estado llorando?

―No, Sidi, más bien, sí Sidi, problemas de mujer. ¿Puedo seguir?

―Claro, sigue con tus quehaceres.

“Problemas de mujer, sí, cómo no” ―murmuró acariciando su barba, intrigado. Los años lo habían coronado de experiencia, no solo en los negocios si no en el arte de intentar entender a las mujeres, pero tenía tantas cosas en que pensar, tantos problemas que solucionar que no tardó en desaparecer la intriga que la joven sirvienta había provocado en él.

La noche llegó de nuevo, más oscura que de costumbre, la luna había sido resguardada por espesas nubes y el frío era insoportable; eran las tres de la mañana cuando Rania sintió una mano en su hombro. Era un hombre vestido completamente de negro. Ella intentó gritar, pero no lo logró, no podía hacerlo, miraba a su lado a Aldo, profundamente dormido, pero no podía moverse. El hombre llevaba una gran capa negra con un gorro que cubría su cabeza. De pronto un niño de unos dos añitos salió del baño, estaba semidesnudo, parecía envuelto en pena, su rostro lleno de lodo y su diminuta ropa interior harapienta, de él emanaba un olor horrible, sus pies descalzos y maltratados, provocando en Rania una pena terrible. El infante clavó su mirada en la joven angustiada.

―Mami. ―Su tono triste hizo pensar inmediatamente a Rania que el niño pedía auxilio, era él, era su hijo.

El hombre le quitó la mano del hombro y le permitió a Rania que se acercara al pequeño, los labios de Rania parecían cosidos con un hilo invisible, le fue imposible pronunciar palabra alguna, pero tenía terror de que el hombre de negro le hiciera daño; el hombre sacó de su capa negra un cuchillo grande, y lo acercaba al cuello del niño.

―Mami ―dijo el niño llorando del miedo, mientras Rania no podía moverse; frente al niño nuevamente se encontraba paralizada y en un instante el hombre lo degolló frente a ella… el enorme grito de horror que Rania pegó no solo la despertó a ella de la terrible pesadilla sino también a su esposo.

―Mi amor, por Dios, ¿qué te pasa?

―Una pesadilla ―exclamó fatigada, con su mano secó el sudor frío que tenía en todo el rostro, su corazón palpitaba a prisa y su cuerpo estaba completamente invadido por la adrenalina y la desesperación.

―Por un poco y me da un infarto del susto, estaba completamente dormido ―argumentó su marido encendiendo la luz, iluminando de una sola pieza la habitación.

―Una horrible pesadilla ―explicó la chica intentando calmarse y procurando calmar su agitado corazón.

―Ya, ya pasó, voy a ir a la cocina por un poco de agua para ti ―dijo, poniéndose de pie y cubriéndose con una bata. Rania se volvió a acostar.

Aldo bajó por las escaleras hasta la sala y cruzó a la derecha en dirección a la cocina, al entrar en la estancia se percató que la luz estaba encendida, y vio allí sentada frente a la mesa a doña Magali.

―¿Qué hace a estas horas aquí?

―No puedo dormir, no después de enterarme que vas hacerme abuela.

Aldo caminó lentamente y jaló una silla, se sentó frente a su suegra, no entendía como la vida lo había enredado de tal manera, pero ahora tenía que asumir su papel como esposo de Rania, los días de pasión al lado de la señora Tafur habían quedado en el pasado, más valía que así fuera.

―Magali, si me casé con su hija, usted sabe positivamente por qué lo hice, no puede reprocharme nada, cuando yo la conocí a usted, usted ya estaba casada, y bien casada con don Farid, era obvio que no tenía cómo acercarme a usted, hasta que vi a su hija, sabía que era la forma de hacerlo.

―¿A qué estás jugando, Aldo?

Aldo se puso nervioso, se levantó y fue hasta el refrigerador, tomó una jarra de agua, llenó un vaso para su esposa y agregó:

―¿A qué juego? Por Dios, Magali, sabe positivamente que me encantan las mujeres mayores que yo, usted me gusta, pero es obvio que vivimos bajo el mismo techo y tenemos que controlarnos. Además, son las tres de la mañana, no es ni la hora ni el lugar adecuado para hablar de esto. La espero mañana en mi oficina, llegue a las diez, a esa hora todos van a su refacción, podremos hablar tranquilos ―y diciendo eso salió de la cocina dejando a doña Magali sola allí en medio de la nada. Envuelta en una nube de confusiones.

Aldo subió rápidamente las escaleras y entró a su cuarto, pero no encontró a Rania allí, la esperaba ver acostada, aguardándolo, pero no fue así.

―¿Rania? ―preguntó mirando a su alrededor. Puso el vaso de agua en la mesita de noche y fue al baño. Allí estaba enconchada dentro de la tina.

―Amor, ya pasó, vamos a la cama ―dijo él tomándola del brazo.

―Fue horrible. No puedo dejar de pensar en ese sueño ―musitó llorando.

―Fue un sueño, solo un sueño mi vida ―indicó él, ayudándola a salir de la tina.

―Vamos, tómate un poco de agua y volvamos a la cama.

El cálido beso que Aldo le dio en la boca le recordó a Rania que ya no estaba sola, que tenía la obligación de ser fuerte, más fuerte que sus temores.

―No quiero dormir, no quiero volver a soñar eso.

―Nadie puede reanudar un sueño, mi vida, vamos, fue una pesadilla, ya amanecerá.

Se acercaron a la cama y Rania tomó un sorbo de agua, y casi obligada por Aldo, se acostó a su lado, este la abrazó fuertemente mientras ella se sentía confundida.

La alarma despertó a Aldo a la mañana siguiente, quiso abrazar a su esposa, pero no estaba allí, se levantó asustado y poniéndose la bata salió de su cuarto corriendo.

―¿Rania? ―preguntaba por el pasillo.

Maité al oírlo salió de su cuarto, aún la joven llevaba su ropa de dormir, Rania siempre terminaba asustando a todo mundo y eso hizo que ella se alarmara.

―¿Qué pasa, cuñado?

―¿Has visto a Rania?

Maité sonrió y le hizo una señal con la mano:

―Entra ―dijo en un tono tranquilizador, los dos entraron al cuarto de Maité y miró a su esposa en la cama de su hermana completamente dormida.

―¿Tan mala compañía eres, cuñadito, que mi hermana me prefirió a mí esta noche? ―preguntó ella burlándose de él descaradamente.

―Deja tus ironías, Maité, por favor, voy a darme un baño y me voy al trabajo.

―¿Quieres compañía? ―propuso ella susurrándole al oído.

―Voy a bañarme… solo ―sentenció Aldo dejándola allí parada junto a la cama mientras Rania permanecía dormida. No pasó mucho tiempo para que la hermana de Maité despertara.

―¿Maité? ¿Qué hago aquí en tu cuarto? ―preguntó extrañada, enderezándose lentamente.

―¿Cómo que qué haces aquí?, esta madrugada viniste llorando que querías quedarte aquí. ¿No lo recuerdas?

―Sí, ya recuerdo, me duele la cabeza. ¿Ya se levantó Aldo?

―Sí, vino a buscarte, pero te encontró dormida, fue a darse un baño. Dime una cosa hermana, ¿no amas a tu marido?

―Claro que lo amo, lo adoro, Aldo es el amor de mi vida, anoche tuve una horrible pesadilla y tenía miedo porque Aldo es de los hombres que cae a la cama y se queda dormido como un tronco, al final siempre me quedaría sola en la cama, aunque él estuviera a mi lado.

―Ve, date un baño con tu marido y luego vamos a desayunar, quiero que vayamos a Santa Rosario a comprar ropa; Gabriel nos ha invitado a una cena hoy.

―Estoy cansada, ¿quiénes vamos a ir a esa cena?

―Todos: papá, mamá, Aldo, tú y yo.

―Está bien, voy a darme un baño y después de desayunar, vamos de compras.

Rania entró al baño y vio la silueta perfecta de su marido, era un hombre atlético y muy guapo, se quitó ella la toalla, a pesar de estar embarazada tenía un cuerpo envidiable.

―Nada como un baño contigo… ―comentó su joven esposo, dándole así la bienvenida a la regadera. Con sus fuertes brazos la jaló y la obligó a recibir los cálidos y diminutos chorros de agua que caían incesantemente sobre su desnudo cuerpo. Se colocó detrás de ella e hizo a un lado su pelo para poder besar su apetitoso cuello, probó su piel con agua, agua que tragaba excitado por la ocasión, deslizó sus manos alrededor de los pechos desnudos de Rania y los acarició con morbo excesivo, mientras ella cerraba los ojos dejándose caer en la trampa morbosa de su marido. Dándose la vuelta se envolvió en los besos mojados de su amante y marido, este la tomó por la cintura y la obligó a que enredara sus piernas alrededor de su cintura atlética, así la hizo suya mientras el agua acariciaba sus cuerpos extasiados por el placer.

Eran quizá las cinco de la tarde cuando todos salieron de la mansión Tafur. Aldo empujaba la silla de ruedas de Sidi Farid. Y este, incrédulo, gruñó:

―No entiendo porque vamos tan temprano a la casa de Gabriel, si nos invitó a una cena supongo que deberíamos llegar más tarde, ¿no?

Maité sonrió, iba caminando al lado de su padre, vestía un hermoso atuendo rojo, elegante y atrevido, escandaloso para el gusto de su religioso padre.

―Sí, papi, pero Gabriel quiere pasar una tarde con nosotros, la cena es solo el pretexto ―explicó la hermosa Maité.

Rania llevaba un hermoso vestido color gris, ajustado al cuerpo, en su muñeca una lujosa pulsera de plata con piedras preciosas, una discreta cartera que hacía verla como una princesa, en su cuello un hermoso collar de piedras blancas; era una mujer en exceso hermosa, mientras que doña Magali lucía un vestido negro con perlas blancas y una cartera plateada muy elegante; por su parte Aldo iba un poco informal, pero sin excederse, el viejo Farid había preferido ir con saco y sin corbata. Subieron al hermoso auto grande que utilizaban para salir toda la familia, y Aldo se encargó de conducirlo. Desde la ventana, Marlen vio cómo se alejaban de la mansión.

Se acercó a los empleados y exclamó entusiasmada:

―¡Perfecto! ¡Ya se fueron, ya saben qué hacer, tenemos tres horas para armar todo!

Los empleados escuchaban atentamente las instrucciones que les daba aquella muchacha que parecía haber olvidado el incidente de su patrona y el esposo de su querida niña Rania.

Era una casa hermosa, al otro lado de Costa Asunción, con jardines grandes y con una fuente justo frente a ella, dos leones custodiaban la entrada. Y fue justo allí donde Maité llevó a todos los integrantes de su familia. Un sirviente elegantemente vestido salió a recibirlos.

―¿La familia Tafur? ―preguntó haciendo una reverencia.

―Sí, la familia Tafur ―confirmó Maité.

El hombre, esbozando una sonrisa, los invitó:

―Por favor, adelante.

Bajaron a don Farid y lo colocaron en su silla de ruedas y procedieron a entrar a la mansión. En la entrada estaba esperándolos Gabriel, vestido de acuerdo a la ocasión.

―Bienvenidos todos ―saludó sonriendo―. Gracias por aceptar mi invitación.

Maité, que era una mujer muy expresiva, se acercó casi corriendo a él y lo abrazó fuertemente, le obsequió un beso en la boca y sonrió a su familia, parecía tan dichosa. Sidi Farid en cambio prefirió echar un vistazo a la lujosa mansión de su futuro yerno, sí, le gustó lo que veía, era lo que siempre había soñado para su amada hija, “el dinero siempre trae consigo la felicidad, aunque los pobres lo nieguen” pensó.

―Gracias por invitarnos ―dijo doña Magali.

―Muy hermosa casa ―comentó Sidi Farid, echando un segundo vistazo relámpago al lugar.

―No se queden allí parados, entren por favor.

Los llevó a una hermosa sala donde los invitó a sentarse, era una verdadera joya arquitectónica aquella inmensa mansión. Maité, por supuesto, se sentó orgullosa al lado de su novio; Gabriel intentó no sentirse incómodo ante la farsa que había montado con su novia, aunque temía hasta por su vida cuando el telón de aquel fraudulento teatro cayera.

―¿Y dónde están sus padres? ―preguntó doña Magali, quien estaba sentada cerca de su marido.

―Mis padres están de luna de miel, en realidad están celebrando 25 años de matrimonio y se fueron de viaje, por eso no están aquí ―respondió el joven farsante mirando a su novia.

Rania permanecía al lado de Aldo mientras este levemente miraba a doña Magali. Gabriel ordenó a uno de los empleados que estaban cerca:

―Tráeles algo de tomar, deben tener sed.

El empleado no dijo ni media palabra y se retiró del lugar para llevarles algo de tomar.

―¿Y para cuando es la boda? ―interrogó Sidi Farid, mientras su esposa lo miraba perpleja.

―En realidad, no tenemos una fecha definida, Sidi.

El empleado llegó con una botella de champaña y unas copas, se puso a repartirlas, pero cuando llegó a Sidi Farid, dijo este:

―Qué pena, no puedo tomar alcohol, pero si me traes una limonada te lo agradeceré.

El sirviente miró a Gabriel, esperando alguna instrucción.

―¿Qué esperas? Tráele lo que pide.

La tarde se esfumó en la casa que Maité había alquilado para hacer pasar a Gabriel como un muchacho rico ante su familia. Cuando el reloj estaba por marcar las siete de la noche y después de entretenidas pláticas entre los allí reunidos, Gabriel se puso de pie y expuso con alegría:

―Bueno, señores, ahora sí viene la cena y una pequeña fiesta.

―¿En serio? Pues yo no veo donde vaya a haber fiesta ―señaló Sidi Farid, pues en la casa parecía tan tranquila y solo ellos estaban allí, no había invitados, y sin invitados no existe fiesta.

―La cena y la fiesta no serán aquí en mi casa, Sidi, la fiesta y la cena serán en su casa.

La familia Tafur se quedó sorprendida mirándose las caras unos a otros mientras Maité dibujaba una pícara sonrisa en su rostro.

―¿Qué? ¿De qué estás hablando muchacho? ―preguntó la Señora Tafur.

Maité, quien había fraguado el plan, se levantó y sonriendo explicó:

―Vamos a la casa, es una pequeña sorpresa que les tenemos preparada a todos.

Fue Sidi Farid el que entró a su mansión empujado por Maité, y detrás todos los demás incluyendo a Gabriel; el viejo árabe se quedó sorprendido al ver su casa adornada al estilo árabe, con bailarinas y con música de su tierra natal. Había alrededor de 100 invitados llegados del centro de la ciudad. La música árabe le hizo volver al viejo Cairo, su barrio lleno de especias y aromas. La bella infancia y la hermosa juventud parecían volver a su mente como una vieja proyección en la pared. Nadie jamás puede olvidar los momentos más hermosos que de niño se viven.

―Por Alá, jamás pensé que fueran a sorprenderme así ―exclamó soltando una carcajada.

Las bailarinas danzaban frente a él mientras doña Magali sonreía al verlo feliz. Maité cerró la puerta detrás de todos los que venían de la supuesta casa de Gabriel. Luego ella misma se puso en el centro de la sala y exclamó:

―¡Alto a la música! ―Los músicos marroquíes se callaron y las bailarinas dejaron de danzar―. Esta fiesta árabe tiene su significado y es que a esta fiesta ha venido alguien muy especial ―dijo sonriendo―, por favor pido un aplauso porque hoy regresa a su casa ¡Omar!

Cuando dijo esto, apareció Omar en la escalera que daba de las habitaciones a la sala, traía consigo un traje árabe, mientras a sus padres se les llenaban los ojos de lágrimas.

―¡Qué pasa! ¡Esto es una fiesta! ¡Música! ¡Música! ―dijo él bajando lentamente las escaleras. Doña Magali corrió a los brazos de su hijo. Lo abrazó y lo besó mil veces.

―Mi amor, ¡qué sorpresa!

―Volví, mamá. Qué bella te ves ―exclamó abrazándola, sabiendo que no existe lugar más seguro que los brazos de una madre, que no existe lugar donde reine la paz más limpia que el regazo de la mujer que nos dio la vida.

―Salam, padre ―saludó caminando lentamente hacia su orgulloso papá.

―Salam, Omar, que Alá multiplique días como este, días de felicidad por tu regreso ―diciendo esto puso su mano sobre su cabeza y luego le dio un abrazo fraternal.

Omar miró a Maité y le guiñó el ojo, la sorpresa había salido tal cual la habían planeado.

Luego su mirada se detuvo en Rania y caminó lentamente a donde estaba ella. La sonrisa del hijo menor de los Tafur se había esfumado, el corazón de Rania empezó a acelerarse, su peor pesadilla se hacía realidad, su hermano estaba en casa, quizá listo para su venganza…

―Que… ¿no le darás un abrazo a tu hermano? ―preguntó mientras una sonrisa aparecía como un relámpago en el rostro del muchacho.

A pesar de su sonrisa, no logró calmar los nervios ni la ansiedad de su hermana, los dos se abrazaron fuertemente. Omar quería dejarle claro a Rania que las viejas rencillas habían terminado.

―Qué bueno que ya volviste.

Fueron las palabras frías de Rania, cosa que extrañó a Omar, pero no era el momento para preguntar qué sucedía.

―Todo va a cambiar en esta casa con mi llegada Rania, ya lo verás.

Con todo su corazón Rania deseó que fuera para bien, los viejos demonios semejaban aparecer nuevamente en su vida con la repentina venida del consentido de la casa. La mirada de Omar se posó sobre su cuñado Aldo.

―Cuñado, ¿no hay un abrazo para mí?

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Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
271 p. 3 illustrations
ISBN:
9788412049046
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Bookwire
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