Read the book: «Memorias de un anarquista en prisión»

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Título original: Prison memoirs of an anarchist

© De la traducción y nota del traductor: Albert Fuentes

© De la introducción: Marc Viaplana

© Editorial Melusina, s.l., 2007

www.melusina.com

Diseño gráfico: David Garriga

Primera edición, 2007

Primera edición digital, 2020

Reservados todos los derechos.

eisbn-13: 978-84-18403-18-7

A TODOS AQUELLOS QUE DENTRO Y FUERA DE LA PRISIÓN

LUCHARON CONTRA SUS CADENAS

Pero sí sé esto: que toda ley

Que los hombres han hecho para el hombre

Desde que el primer hombre quitó la vida a su hermano

Y dio comienzo este triste mundo,

No hace más que rechazar el grano y retener la paja

Con un perverso cedazo.

Oscar Wilde

Contenido

Introducción. En defensa de un magnicidio frustrado

Nota del traductor

Primera parte. El despertar y su tributo

1. La llamada de Homestead

2. El campo de batalla

3. El espíritu de Pittsburgh

4. El Attentat

5. El interrogatorio

6. La cárcel

7. El juicio

Segunda parte. El penal

1. Pensamientos desesperados

2. La voluntad de vivir

3. Silencio sepulcral

4. Un rayo de luz

5. El taller

6. Mi primera carta

7. Alitas

8. Para la muchacha

9. Persecución

10. El ratero

11. La vía in pectore

12. Zuchthausblüthen

13. El judas

14. El carterista

15. El ansia de sexo

16. La amenaza del alcaide

17. La «nevera»

18. Régimen de aislamiento

19. Invitados del recuerdo

20. Un día en el bloque

21. Los actos del bien para el mal

22. La molienda de la prisión

23. La balanza de la justicia

24. Pensamientos que se hurtan a la prisión

25. ¿Cómo deben gritar las profundidades?

26. Ocultar las pruebas

28. Por seguridad

29. Sueños de libertad

30. Otro cierre en falso

31. «Y nos pudrimos de todos olvidados»

32. La perversa aplicación de la ley de reforma

33. El túnel

34. La muerte de Dick

35. Una alianza con los pájaros

36. Bajo tierra

37. Días inquietos

38. «Cómo los hombres mutilan a sus hermanos»

39. Un nuevo plan de fuga

40. Dar muerte

41. Conmoción en Buffalo

42. Vidas malogradas

43. «Más maravilloso que el amor de las mujeres»

44. La osadía del amor

45. La flor del «cayado seco»

46. El corazón hambriento de un muchacho

47. Compinche

48. Últimos días

Tercera parte. El taller penitenciario

El taller penitenciario

Cuarta parte. La resurrección

La resurrección

Introducción.

En defensa de un magnicidio frustrado

No nos lamentemos.

Si hubo que esperar más de medio siglo a que un editor no alemán se decidiera a publicar la obra cumbre de Max Stirner, El Único y su Propiedad, justo es que dejemos de patalear ante la escasez de textos relevantes en nuestro idioma y celebremos con entusiasmo el advenimiento de cada nueva traducción capaz de revitalizar las neuronas del más postrado.

Memorias de un anarquista en prisión, por ejemplo.

Alexander Berkman (1870 -1936) parece irremisiblemente condenado a figurar en la historia del anarquismo por su efímera asociación a un hecho que se resolvió en menos de un minuto, un 23 de julio de 1892, en las oficinas de la Carnegie Steel Company, en Pittsburgh.

Un disparo de revólver, cuatro cuchilladas en la misma dirección, y una condena de veintidós años de cárcel (resumida en catorce) es casi todo lo que sabemos de Berkman, a menos que dispongamos de una biblioteca más o menos bien pertrechada con aquel tipo de literatura propensa a ser decomisada por los grises hace tan sólo cuatro décadas.

Para otros, Berkman es aquel señor de aspecto cuasicómico (del género marxista-grouchista, podríamos decir) que aparece en algunas fotografías al lado de su incombustible cómplice y concubina, Emma Goldman, conocida en su tiempo como la mujer más peligrosa del mundo en el país de la libertad, las oportunidades y la pena de muerte.

Por supuesto, Alexander Berkman es mucho más que esto, y en tiempos recientes algunos historiadores se han ocupado de rectificar tal descuido, explicándonos toda la actividad posterior a su larga estancia en la cárcel en forma de escritos (libros, revistas y panfletos), campañas contra la intervención de Estados Unidos en la primera guerra mundial (por las cuales fue nuevamente encarcelado y finalmente deportado), labores de defensa de anarquistas encarcelados injustamente, o su compromiso en la fundación del Ferrer Center en Nueva York. Y su suicidio, con Berkman viejo, cansado y enfermo, pocas semanas antes de empezar la guerra en España.

Hablemos ahora de la propaganda por el hecho, de aquella estrategia anarquista proclamada en el congreso de Londres en 1881 por Kropotkin, Malatesta, Brousse et al. que preconizaba la revuelta permanente mediante la palabra, el escrito, el puñal, el fusil, la dinamita... todo cuanto sea ilegal nos sirve.

Sabemos que tan poética formulación desató a lo largo de varias décadas una furiosa campaña regicida y dinamitera en todos los

países civilizados, haciendo notorios los nombres de Ravachol, Henry, Vaillant, Luccheni, Czolgosz o Bresci, entre otros, cuyos actos individuales de venganza política poco tuvieron que ver con los preceptos originales, que en realidad abogaban por la insurrección colectiva o, cuando menos, defendían acciones encaminadas a despertar la conciencia popular como paso previo a la revolución social.

Pocos anarquistas de acción interpretaron con propiedad la consigna, pero ninguno la entendió tan bien como Berkman, cuyo Attentat no sólo apuntaba a librar al mundo de un explotador sin escrúpulos que había contratado una tropa de sabuesos para romper una huelga (saldada con un recuento de diez cadáveres), sino especialmente a atizar la llama de la sublevación entre una población trabajadora humillada y hambrienta mediante un magnicidio justo y reivindicable.

Berkman sabía bien que, en el mejor de los casos, no iba a ser él quien recogiera los frutos de su obra. El plan incluía defender su hazaña ante el tribunal y ser enviado ad patres a la manera de los anarquistas de Chicago o los nihilistas de San Petersburgo. El mejor fertilizante para la semilla de la revolución siempre ha sido la sangre de los mártires.

Dejo a Berkman el relato de los hechos y los motivos por los que fracasó en su empresa, pero merecen ser contados algunos de los entresijos de la conspiración, que por razones obvias no podían divulgarse en 1912, y hubo que esperar a que Emma Goldman publicara sus memorias (Viviendo mi vida, 1931), donde deja claro que ella no sólo estaba al tanto de los planes de Berkman, sino que colaboró en todo momento, y si no fueron juntos a perpetrar la ejecución del atentado fue porque el primero insistió en ser la única víctima, además de Frick y, a ser posible, el insalubre estado de cosas que aquél representaba.

El primer contacto de Berkman con la propaganda ocurrió a los once años, cuando el artefacto explosivo que canceló el zarismo por unas horas tras desmembrar literalmente a Alejandro II, rompió también los cristales de la escuela de San Petersburgo donde el futuro revolucionario se hallaba en aquel mismo momento. Quizás fuera ésta la inspiración para que la subversiva pareja decidiera primero pergeñar dos bombas (una para el ensayo general, la otra para el acto de propaganda), siguiendo las instrucciones del folleto de Johann Most, The Science of Revolutionary Warfare, un recetario completo de métodos expeditivos para la liquidación social repleto de consejos para revolucionarios (manejo y manufactura de todo tipo de explosivos, materiales incendiarios, venenos y vete tú a saber qué) y amenazas a los capitalistas. Por alguna razón, el prototipo no funcionó y Berkman viajó a Pittsburgh sin más equipaje que un cú­mulo de buenas intenciones, a la espera de financiación para el proyecto magnicida. Tras varios fracasos en esta dirección (los socios capitalistas revolucionarios debían escasear, en aquella época), Emma decidió —tal como cuenta ella misma— hacer la calle por la causa, pero tampoco triunfó ahí, y los pocos dólares que pudo enviar a su camarada sólo compraron un revólver defectuoso cuyo percutor marró la segunda bala, salvando —posiblemente— la vida de Frick. Cabe pensar que si Goldman hubiera tenido más aptitudes para el oficio más antiguo del mundo, Frick no lo habría contado, pero Berkman tampoco, y esto habría sido una lástima.

La condena de Berkman significó el principio de la carrera política de Goldman, que viajó por todo el mapa de Estados Unidos defendiendo el acto revolucionario de su cómplice a la vez que protestaba por tan desmesurada condena (una semana después, Frick volvía a estar en su oficina para seguir explotando obreros), que habría sido de pocos años de no haber estado aquella bala imbuída de las doctrinas de Bakunin. Una de sus primeras actuaciones fue asistir, armada con un látigo, a una conferencia de Most —con quien había tenido algún tipo de relación sentimental en el pasado—, para recriminarle que tras haber estado predicando la bondad de la dinamita durante más de una década como único remedio para la salud de los obreros, se calmara justo a tiempo para desaprobar el acto de Berkman (en lo cual muchos historiadores han querido ver un signo de resentimiento o celos). Llegada la ocasión, Emma se levantó interpelando a Most sobre su extraña postura, y al no recibir una respuesta satisfactoria, disciplinó a su antiguo mentor con dos adustos correazos que provocaron la expulsión inmediata de la espontánea, tanto de la sala como del círculo de amigos de Most.

En cuanto a Berkman, salió de la cárcel con las mismas ideas que tenía antes de entrar, sólo que ahora más desarrolladas. De los medios propuestos por la propaganda para la revuelta permanente ya había ensayado con el puñal, el fusil y la dinamita, pero aún quedaban la palabra y el escrito, armas que esgrimió con el mismo coraje y mucha más eficacia durante el resto de su vida.

Si alguna vez existió un anarquista impecable, un ácrata como Dios manda, éste fue Berkman.

Marc Viaplana

Nota del traductor

Y le echó Yahveh Dios del jardín del Edén para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre puso delante del jardín del Edén querubines y la llama de espada vibrante para guardar el camino del árbol de la vida.

Gen 3:23-24

No se conoce que Alexander Berkman dejase embarazada a ninguna criada en San Petersburgo. Tampoco sus padres, que ya habían fallecido, le obligaron a emprender el largo viaje. Pero al igual que Karl Rossmann, el desaparecido de Kafka en América, Alexander Berkman partió rumbo a Estados Unidos y encontró que las puertas de la libertad estaban custodiadas por una diosa que, en lugar de una antorcha, empuñaba una espada. Consagró su vida entera a arrebatársela, en Estados Unidos, Rusia, Alemania o Francia, dondequiera que los guardianes de la ley y el orden se sirvieran de la promesa de libertad para perpetuar la opresión de la clase obrera, cuya existencia no se solía cuestionar entonces. Sin embargo, cuando se trató de matar, le tembló el pulso y no dio en el blanco.

Berkman pisó suelo americano por vez primera en 1887. Contaba entonces diecisiete años y huía de una vida sin esperanza en Rusia, donde había sido expulsado del instituto por hacer gala de unas precoces y peligrosas inclinaciones anarquistas, lo que le cerraba las puertas de la universidad. Como muchos jóvenes idealistas rusos de aquellos años imaginó que Estados Unidos, la tierra de la revolución y de la república en la que cada cual podía perseguir su felicidad, era poco menos que la tierra prometida y ese fue el destino que tomó. Le esperaba un país sumido en una grave crisis social y económica, en el que el poder de las corporaciones dominaba la estructura política y los trabajadores, mal organizados, apenas si podían hacer frente a los desmanes del poder establecido, en resumidas cuentas, una situación parecida a la de la Europa que había dejado atrás, si no fuera porque en Estados Unidos la conciencia de clase aún parecía dormir el sueño de los justos. Berkman se propuso despertarla de un balazo contra una de las cabezas visibles de la hidra, pero marró el tiro y dio con sus huesos en un penal de Pittsburgh. Fue condenado a veintidós años de prisión de los que, a la postre, cumpliría catorce.

Recuento del descenso a los infiernos cotidianos de un penal estadounidense a caballo entre los siglos diecinueve y veinte, Memorias de un anarquista en prisión es también la memoria de una metamorfosis, de la descomposición y reconfiguración en el tracto digestivo de la institución penitenciaria y, merced al trato con los demás presos, del discurso político de su héroe. En este sentido, las memorias de Berkman, disfrazadas de apasionante relato de la supervivencia y la lucha por la libertad en una región en la que sólo la muerte parece jugar con cartas ganadoras, se estructuran siguiendo de cerca el modelo de la romántica novela de formación. Alexander Berkman, joven inexperto en los menesteres de la vida y en el arte de las armas, alcanza la madurez política al experimentar la contradicción entre sus ideales y la realidad, tal y como ésta se le presenta en la cárcel. Su anarquismo de corte idealista y que bebe de las fuentes del mesianismo judío comparte con éste último la promesa de la disolución de unos vínculos antiguos que perderían todo su sentido en el contexto de la libertad mesiánica, esto es, la utopía anarquista de un mundo sin explotación económica propiciada por un estallido de violencia y desorden que debería poner fin a toda violencia. Sin embargo, Berkman conoce en la cárcel un mundo muy distinto del que había frecuentado en los círculos anarquistas judíos de Nueva York y emprende un camino sin retorno hacia lo real, en el que el amor homosexual, que antaño condenaba, jugará una baza no venial, que le permitirá despojarse del velo mesiánico para contemplar un mundo que vive sin que la redención revolucionaria le aguarde a la vuelta de la esquina, un mundo en el que el lumpen y el hampa se confunden inextricablemente en los talleres y las galerías de la prisión.

En Memorias de un anarquista en prisión desfilan como en sordina los grandes acontecimientos del cambio de siglo. Los fusilamientos de Montjuic en 1897, la guerra de Cuba, el asesinato del presidente estadounidense McKinley y el de Humberto I de Saboya en Italia a manos de sendos anarquistas, o la revolución rusa de 1905, todo cae en el saco roto del penal. Berkman conoce los hechos, su amiga y camarada Emma Goldman le mantiene al corriente de cuanto sucede en el ancho mundo, pero el preso se sabe lejos de la historia, arrinconado en un desván de vileza y violencia, custodiado por unos guardas y oficiales que engrasan la maquinaria abyecta de la casa de los muertos.

Estas memorias son tanto un acto de justicia como una demostración por la vía de la experiencia del cambio obrado en la conciencia política de su protagonista. Publicadas en 1912, seis años después de su puesta en libertad, reconstruyen la experiencia de unos horrores que parecen consustanciales a la institución penitenciaria y el relato de un aprendizaje de la vida más acá del ideal que la desfigura. Alexander Berkman sobrevivió a su particular descenso ad inferos para legarnos el testimonio de un tiempo de promesas que muy pronto mudaría su piel de serpiente. En una de sus imágenes más bellas y terribles, nuestro héroe, exhausto que no hambriento tras catorce años de prisión, da cuenta del ramo de flores que Emma Goldman le entrega en el momento de su reencuentro. Perplejo ante la belleza que se le ofrece opta por comérsela y así, en el recuerdo de aquel instante, nos brinda con un gesto que se abre como una boca sin conciencia una imagen posible de la experiencia del abismo que separa a la vida del sepulcro de los vivos.

Albert Fuentes

Primera parte.

El despertar y su tributo

1. La llamada de Homestead

I

Cada detalle de aquel día me quedó nítidamente grabado en la memoria. Es el 6 de julio de 1892. Estamos —Fedya y yo— tranquilamente instalados en la parte trasera de nuestro pequeño apartamento cuando de repente entra la Muchacha.1 Sus pasos, ya de por sí rápidos y enérgicos, suenan más decididos que de costumbre. Al volverme hacia ella, me sorprende el brillo peculiar de sus ojos y sus colores subidos.

—¿Lo has leído? —grita, enarbolando un periódico medio abierto.

—¿De qué se trata?

—Homestead. Han tiroteado a los huelguistas. Los Pinkerton2 han matado a mujeres y niños.

Habla deprisa y con la voz entrecortada. Sus palabras suenan como el lamento de un animal herido, su voz melodiosa no puede ocultar la aspereza de su amargura, la amargura de una agonía de­sesperada.

Le arranco el periódico de las manos. Mi emoción va en aumento a medida que me adentro en el vívido relato del espantoso combate, la huelga de Homestead o, mejor dicho, el cierre patronal. El relato describe el complot por parte de la compañía Carnegie para aplastar a la Asociación Reunida de los Trabajadores del Hierro y el Acero; la designación, con ese propósito, de Henry Clay Frick, cuya hostilidad hacia el proletariado es implacable; sus preparativos militares en secreto cuando fingía proseguir las negociaciones con la Asociación; la fortificación de las acerías de Homestead; la construcción de una empalizada rematada con alambre de púa y provista de aspilleras para los francotiradores; la contratación de un ejército de matones de la Pinkerton; el intento de introducirlos a hurtadillas en Homestead a altas horas de la noche; y finalmente la terrible matanza.

Le doy el periódico a Fedya. La Muchacha me mira. Permanecemos sentados en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Sólo de vez en cuando intercambiamos alguna palabra o una mirada expresiva, inquisitiva.

II

El calor es asfixiante en el tren. El ambiente está muy cargado de humo de tabaco; la bulliciosa conversación de unos hombres jugando a cartas me saca de quicio. Me vuelvo hacia la ventana. La ráfaga de aire perfumado, henchida con la generosa fragancia del heno recién segado, resulta balsámica y reparadora. Bosques verdes y campos amarillos trazan un círculo a lo lejos, se ensortijan, cada vez más cerca y, entonces, pasan volando y ceden su lugar a nuevos círculos de campos y bosques. El país parece joven y atractivo bajo los primeros rayos de sol. Pero mis pensamientos giran alrededor de Homestead.

La gran batalla ya se libró. Nunca antes, en toda su historia, los obreros americanos habían logrado una victoria tan señalada. Con la fuerza de sus brazos, los trabajadores de Homestead han conseguido que unos trescientos Pinkertons se rindan, la rendición más deshonrosa e ignominiosa. ¡Qué humillante derrota para los poderes establecidos! ¿O es que los jenízaros de Pinkerton no representan la autoridad organizada, siempre dispuestos a aplastar a los jornaleros en beneficio de los explotadores? El imprevisto despertar caerá con todo su terror sobre los enemigos del pueblo. Pero el pueblo, los trabajadores de América, ha saludado con alborozo a los hombres rebeldes de Homestead. Los trabajadores del acero no fueron los agresores. Con resignación trabajaron sin descanso y sufrieron. De su carne y de sus huesos prosperó la gran industria del acero; con su sangre engordó la poderosa Carnegie Company. Y aun así esperaron pacientemente un mejor reparto de la riqueza que estaban creando. Como un trueno en un día soleado cayó el golpe: ¡se proponían bajar los salarios! Los magnates del acero rechazaron terminantemente continuar con la escala móvil de salarios que se había acordado como una garantía de paz. La firma Carnegie desafió a la Asociación con la propuesta de unas condiciones que sabía que los trabajadores no podrían aceptar. Previendo el rechazo, se exhibió con unos preparativos más propios de una guerra para aplastar al sindicato con su talón de hierro. El pérfido Carnegie se amilanó. Acababa de proclamar a los cuatro vientos la santa palabra de la buena voluntad y la armonía. «Sentaría como una máxima», había declarado, «que nada puede excusar una huelga o un cierre patronal hasta que el arbitrio de las desavenencias haya sido propuesto por una de las partes y rechazado por la otra. El derecho de los trabajadores a asociarse y formar sindicatos no es menos sagrado que el derecho del fabricante de crear asociaciones y conferencias con sus semejantes, y tarde o temprano deberá concederse. Los fabricantes deberían llegar a algo más que un compromiso con sus hombres.»

Con su labia el gran filántropo convenció a los trabajadores de que refrendasen el aumento de los aranceles. Toda vez que había conseguido la protección de sus fundiciones, Andrew Carnegie obtuvo una reducción de los impuestos sobre los lingotes de acero como recompensa por su generosa contribución a la campaña de los republicanos. Con un control total sobre el mercado de los lingotes de acero, la Carnegie maquinó la depresión de los precios como aparente consecuencia de la rebaja de los impuestos. Pero el precio de mercado de los lingotes era el único criterio para los salarios de las fundiciones de Homestead. ¡Los sueldos de los trabajadores tienen que reducirse! La propuesta por parte de la Asociación de arbitrar la nueva escala salarial fue despreciada y rechazada: nada había que arbitrar; los hombres deben someterse incondicionalmente; había que aniquilar el sindicato. Y Carnegie designó a Henry C. Frick, el sanguinario Frick de las regiones del coque, para ejecutar el programa.

¿Acaso los oprimidos tendrán que doblegarse siempre? Los hombres de Homestead se rebelaron; los trabajadores de las fundiciones rechazaron el despótico ultimátum. Entonces cayó sobre ellos la mano de Frick. ¡La guerra había empezado! La cólera barrió el país. A lo largo y ancho de estas tierras, se censuró con toda el alma la actitud de la Carnegie Company, y la despiadada brutalidad de Frick fue execrada por todo el mundo.

No podía quedarme al margen. La hora era urgente. Los jornaleros de Homestead habían desafiado al opresor. Se estaban despertando. Pero los trabajadores del acero mostraban una rebeldía ciega. Sólo la visión del anarquismo podía imbuir su descontento de un objetivo revolucionario consciente; sólo el anarquismo podía dar alas a las aspiraciones de los obreros. La propagación de nuestras ideas entre el proletariado de Homestead iluminaría la gran lucha, contribuiría a clarificar las cuestiones sobre la mesa y a señalar el camino hacia una emancipación final completa.

Un resquemor febril consumía mis días. La conmovedora llamada, «¡Despertad obreros!», incendiaría los corazones de los desheredados y les inspiraría los actos más nobles. Llevaría a los oprimidos el mensaje del Nuevo Día y les prepararía para la Revolución Social en ciernes. Homestead sería el resplandor rosado del Amanecer glorioso. ¡Cómo me enojaban los obstáculos que mi proyecto encontraba! Dificultades imprevistas entorpecían cada uno de mis pasos. Los esfuerzos por conseguir traducir mi octavilla a un inglés popular resultaron infructuosos. Distribuir un llamamiento tan exaltado me pondría en peligro, protestaba mi amigo. Con impaciencia desestimé sus objeciones. ¡Como si las consideraciones de orden personal pudieran pesarse, siquiera por un instante, en la balanza de la gran causa! Pero en vano discutí y defendí mi postura. Y entre tanto se perdía un tiempo precioso, y nuevos obstáculos me cerraban el paso. Corría como un poseso del impresor al cajista, suplicando, implorando. Nadie osaba imprimir el llamamiento. Y el tiempo volaba. De pronto centellearon las noticias de la matanza cometida por los Pinkerton. El mundo se quedó horrorizado.

El tiempo de los discursos había pasado. A lo largo y ancho de estas tierras los jornaleros se hicieron eco del desafío de los hombres de Homestead. Los trabajadores del acero se habían reunido valientemente para acometer la defensa; de la ciudad llegaban los asesinos de la Pinkerton. Pero desde las riberas de Monongahela clamaba con toda su aliento la sangre de las víctimas del Dios Dinero. Clama con toda su fuerza. Es la llamada del pueblo. ¡Ah, el pueblo! El pueblo grande, misterioso, y aun así tan próximo y real...

Mi mente me lleva de vuelta a la pequeña ciudad universitaria rusa, inmerso en el círculos de estudiantes de Petersburgo, de vuelta a casa por vacaciones, nimbados con el halo de aquella cosa vaga y preciosa que llamábamos ser «nihilista». El tren acelerado, Homestead, los cinco años en América, todo cae bajo la niebla, brumoso en los confines de la irrealidad, de los siglos; y de nuevo tomo asiento entre seres superiores, y escucho respetuosamente la discusión apasionada de elevadas cuestiones apenas comprendidas, con el incesante y recurrente estribillo de «Bazarov, Hegel, Libertad, Chernishevsky, v naród.» ¡Por el pueblo! ¡Por el simple y hermoso pueblo, tan noble pese a los siglos de sufrimiento envilecedor! Como un toque a rebato suena en mis oídos la nota, entre el estruendo de las posiciones encontradas y la fraseología oscura. ¡El pueblo! Cuando me dejo llevar por la mitología griega, él se me figura como el poderoso Atlas, que sostenía en sus hombros el peso del mundo, la espalda doblada, en su rostro el espejo de un sufrimiento inenarrable, en su ojo la mirada de una angustia desesperada, la muda y lastimosa súplica de ayuda. ¡Ah, poder ayudar a este desesperado gigante doliente! ¡Poder aliviar su pesada carga! El camino es oscuro, los medios inciertos, pero en el caldeado debate estudiantil la nota suena nítida: por el pueblo, sé uno de ellos, comparte sus alegrías y sus penas, y así podrás enseñarles. ¡Sí, ésta es la solución! ¿Pero qué está diciendo este pelirrojo, Misha, de Odessa? «No veo ningún inconveniente en ir con el Pueblo, pero los hombres enérgicos de la acción directa, los Rajmetovs, iluminan el camino de la revolución popular mediante actos individuales de revuelta...»

«El billete, por favor». Una pesada mano cae sobre mi hombro. Con dificultad comprendo la situación. Los jugadores de cartas intercambian improperios. El revisor arranca el cartón con un gesto experto, y se lo lleva bajo el brazo caminado tranquilamente. Un estruendo de carcajadas saluda a los jugadores. Los demás pasajeros les toman el pelo y éstos pronto se relajan. Ahora, la tranquilidad se adueña del vagón.

Me cuesta trabajo no caer de nuevo en mis ensoñaciones. Debo crearme un plan de acción definido. Tengo muy claro mi objetivo. Una batalla terrible tiene lugar en Homestead: el pueblo está haciendo gala de un gran temple en su resistencia contra la tiranía y la invasión. Mi corazón se regocija. He aquí, por fin, lo que siempre había esperado del trabajador americano: una vez en pie, no tolerará ninguna injerencia, luchará contra todos los obstáculos, y sus conquistas le llevarán más allá de sus primeras exigencias. Es el espíritu del pasado heroico reencarnado en los trabajadores del acero de Homestead, en Pensilvania. ¡Qué alegría suprema contribuir a esta tarea! Esta es mi misión natural. Siento en mí la fuerza de una gran empresa. Ni una sombra de duda empaña mi decisión. El pueblo

—los jornaleros del mundo, los productores— integran, a mi parecer, el universo. Sólo ellos cuentan. Los demás son parásitos que no tienen ningún derecho a existir. Pero la tierra pertenece al Pueblo —por derecho, aunque no de hecho—. Para conseguir que lo sea también de hecho, cualquier medio es justificable, mejor dicho, aconsejable, incluso si ello exige eliminar vidas. La cuestión acerca del bien moral a menudo perturbaba los círculos que solía frecuentar. Siempre tomé partido por la opinión extrema. Cuanto más radical sea el tratamiento, sostenía, tanto más rápida será la cura. La sociedad es un paciente enfermo, tanto constitucional como funcionalmente. El tratamiento quirúrgico es a menudo imperativo. El derrocamiento de un tirano no resulta simplemente justificable, sino que es la obligación más alta de cualquier revolucionario

auténtico. La vida humana es, desde luego, sagrada e inviolable. Pero la muerte de un tirano, de un enemigo del Pueblo, no debe ser considerada en absoluto como la supresión de una vida. Un revolucionario preferiría perecer mil veces a ser culpable de lo que se entiende de ordinario como un asesinato. En verdad, asesinato y Attentat3 se me antojan términos opuestos. Eliminar a un tirano equivale a un acto de liberación y a dar vida y oportunidades a los oprimidos. Cierto es que la causa a menudo empuja al revolucionario a cometer actos desagradables. Pero es el lance de honor de un verdadero revolucionario —mejor dicho, su orgullo— saber sacrificar cualquier sentimiento simplemente humano en cuanto oye la llamada de la causa del pueblo. Si ésta le exige su propia vida, tanto mejor.

¿Puede haber algo más noble que morir por una causa grande, sublime? Pero si la vida de un verdadero revolucionario no tiene otro objetivo, otro sentido, en realidad, que sacrificarla en el altar del pueblo bienamado. ¿Y existe algo en la vida más alto que ser un verdadero revolucionario? Un revolucionario es un hombre, un hombre completo. Un ser que no posee ni intereses personales ni deseos más allá de las necesidades de la causa; que se ha emancipado de ser simplemente humano y se ha elevado por encima de ello, hasta la altura de una convicción que no deja lugar a dudas ni arrepentimiento; en pocas palabras, un ser que en lo más profundo de su alma se siente revolucionario primero y humano después.