Read the book: «¡Sed auténticos!»
Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Presentación
Comentario: El buen comunicador y el arte de escuchar
Comentario
Introducción: El poder de la comunicación es el servicio
Profundidad
«Recen por mí»: Necesito de los demás
La persona al centro: Dignidad
No ser un lago con 3 milímetros de fondo: Profundidad
Ponerse en los zapatos del otro: Empatía
Gritar desde la montaña: Anuncio
Un tema muy serio... alegría y buen humor: Entusiasmo
Tocar el barro de la realidad: Transformación
Escucha
Escuchar es mucho más que oír. Comunicar es más que informar
Contar historias: Storytelling que nace de la escucha
Dejarse amar y amar. Los tres lenguajes: Corazón, mente y manos
Comunicar con los gestos: El silencio, la coherencia y el testimonio
Palabras como armas o instrumentos. Las palabras modelan la realidad
La comunicación no violenta: La pedagogía de la pregunta
Los pecados del comunicador. Infierno o paraíso en la comunicación
Autenticidad
Sé auténtico: Comunicación y relaciones genuinas
Respeta la regla de los 3 puntos: Por favor, no más de 10 minutos
Comunicar es involucrar: Hablar a los sentidos
Enfrentar la crisis: Sé parte de la solución del problema
Comunicar en situaciones difíciles: Los peligros del odio
Crear puentes y eventos: En tiempos de posverdad
Comunicación es comunión: No es cosa de buenos y malos
Conclusión: «Sé revolucionario, sé tú mismo, ama y comunica»
Bibliografía
Agradecimientos

© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
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© Ary Waldir Ramos Díaz 2021
Fotografía de solapa: @Photograph by Vatican Media / Catholic Press Photo
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Resina, 1. 28021 Madrid
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E-mail: ventas@sanpablo.es
ISBN: 978-84-285-6507-3
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Presentación
El libro que tienes entre las manos en este momento no es lo que piensas.
Si crees que vas a leer otra biografía más de Jorge Mario Bergoglio, te sentirás decepcionado. Este no es un texto hagiográfico destinado a exaltar la figura o la personalidad del papa Francisco. No pretende ser un análisis de su pontificado, y, ciertamente, no tiende a ofrecer interpretaciones de su teología, ni consideraciones sobre su Magisterio.
Este volumen tiene como objetivo ofrecer una clave para comprender la comunicación innovadora y valiente del Papa. Revela facetas inusuales de Bergoglio, tanto del hombre y su humanidad, como del papa Francisco y su personalidad. Empezando por los gestos.
Los gestos son un lenguaje universal. Son un recordatorio de todo lo que nos une como seres humanos, de manera atávica, antigua y antropológica. Los gestos brotan de las profundidades de nuestra memoria colectiva, desencadenados por lo que es más verdadero, más espontáneo y más íntimo. Los gestos son autenticidad.
El autor de este libro ha explorado los temas de la gestualidad y de la autenticidad con motivo del curso de paralingüística en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma que realicé hace algunos años.
Y así es como Ary Waldir Ramos Díaz resalta en su trabajo los talentos académicos y experienciales que son suyos, estimulando nuestra curiosidad y llevándonos a descubrir algunos aspectos inéditos del papa Bergoglio. Como periodista, entrevistó a mujeres y hombres que conocen bien al Papa. Como observador agudo, se esforzó por comprender los matices presentes en las palabras y las acciones del Papa. Lo hizo con compromiso, afecto y una pizca de sentido crítico.
El resultado es a veces sorprendente, incluso conmovedor, a menudo entretenido. Pero también es incómodo, porque no todos los gestos del papa Francisco son inmediatamente interpretables. Algunos son desconcertantes, como el silencio. Además el silencio puede convertirse en un gesto. No decir o no hacer también puede convertirse en una forma de comunicación auténtica. Para entenderlo, sin embargo, necesitamos de contexto. Un contexto que se revela entre las líneas de estas páginas. La esperanza es que la curiosidad se apodere de ti y te lleve a leer este libro hasta el final. Seguramente podrás decir que conoces mejor a Jorge Mario Bergoglio y que entiendes más profundamente al papa Francisco.
Pero me atrevo a sugerir más: siguiendo este pequeño camino de comunicación verbal y no verbal se corre el riesgo de descubrir algo nuevo sobre nuestras habilidades específicas en comunicación. Y, por qué no, ¡incluso podrías preguntarte sobre tu propia autenticidad!
SEÀN-PATRICK LOVETT,
Profesor de Comunicación Social
(Producción de Radio y estudios paralingüísticos)
de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma,
ha estado al servicio de cinco Papas. Editor emérito en inglés
del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano.
Comentario:
El buen comunicador y el arte de escuchar
¡Sed auténticos! Claves del papa Francisco para la comunicación interpersonal es el título del libro del periodista colombiano Ary Waldir Ramos Díaz presentado en su versión en italiano en la tarde del martes 19 de octubre de 2021, en la Sala Marconi de Radio Vaticano. En el encuentro, moderado por Alessandro Gisotti, subdirector editorial de los medios de comunicación del Vaticano, participaron el cardenal secretario general del Sínodo de los Obispos (cuyo discurso publicamos íntegramente), Eva Fernández, corresponsal de Cope para Italia y el Vaticano, y Jesús Colina, vicepresidente de Aleteia.
Agradezco al autor Ary Waldir Ramos Díaz la invitación para hacer esta pequeña contribución mía a la presentación de su libro. Tal vez algunos de ustedes se pregunten por qué lo he hecho, por qué he decidido hablar hoy. Cuando Ary vino a pedirme, inmediatamente después de la rueda de prensa de presentación del Documento preparatorio del proceso sinodal que acabamos de iniciar –fue el 7 de septiembre–, sentí inmediatamente que estaba ante una persona, un periodista, un «auténtico» comunicador. En definitiva, estaba ante una persona que había captado en la comunicación del papa Francisco la autenticidad no solo de su comunicación sino también de la persona del propio Papa. ¡Bravo, Ary! Sigue siendo un comunicador auténticamente coherente con las exigencias de tu profesión de periodista y de tu fe.
Al repasar las páginas del volumen que hoy se presenta, no puedo sino aplaudir la elección del autor de titular la segunda parte del volumen con el tema de la Escucha. De hecho, una buena comunicación solo puede provenir de la escucha; y un buen comunicador solo puede ser un «experto» en el arte de escuchar.
No es casualidad que el Santo Padre haya querido comenzar el camino sinodal escuchando al Pueblo de Dios y dedicar la próxima 56ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales al tema de la Escucha. No es casualidad que uno de los versículos más importantes del Antiguo Testamento y todavía hoy de la oración de nuestros hermanos mayores sea el Shemà, Israel (Escucha, Israel, cf Dt 6,4-9).
Pero, ¿qué es escuchar? Esta palabra, como cualquier otra, cuando se enfatiza demasiado corre el riesgo de perder su significado, corre el riesgo de vaciarse de significado. ¿Qué es escuchar? Me gustaría retomar aquí la ya famosa frase del papa Francisco en Evangelii gaudium «Escuchar es más que oír» y desarrollarla. ¿Por qué escuchar es más que oír? Porque:
1. Escuchar es un arte. Es un ejercicio no solo de la mente sino también del corazón. No se trata en absoluto de un acto pasivo, de una ausencia de palabras, de un silencio que demasiado a menudo intentamos en vano llenar en nuestro interior. Significa, en primer lugar, asumir una actitud de disponibilidad, un corazón libre y abierto para el otro que siempre es un regalo para mí. Significa aceptar el esfuerzo de «hacer espacio» para el otro, dejando de lado todos mis prejuicios, esquemas o categorías mentales preconstituidas en las que almacenar, clasificar y depositar la información recibida. Escuchar significa, en primer lugar, reconocerme en la otra persona. La verdadera escucha es un acto de «kénosis», un verdadero vaciamiento de todo lo que podría dejarnos sordos. No se trata de anular la propia individualidad, sino de reconocer en el otro un hermano, una persona que tiene la misma e igual dignidad que yo, sea cual sea su condición física, social, cultural o religiosa...
2. La escucha es un Effatá (Ábrete) que no es solo un ejercicio de oído... sino también un decir y un ver (cf Mc 7,33-34). Ambos necesitan curarse. El episodio de la curación del sordomudo –yo diría del sordo y mudo– es un ejemplo de ello y nos hace comprender claramente el vínculo entre la capacidad de escuchar (yo diría correctamente) con el oído y el corazón, y de hablar «correctamente» con la boca, la pluma y el corazón. Muy a menudo, detrás de una escucha desatenta y sesgada, de una fachada –quizá con una bonita sonrisa o con un atisbo de tristeza, decepción o compasión, según las circunstancias– se esconde un corazón incapaz de captar las razones del otro, su sufrimiento, sus dudas, sus derrotas, pero también sus esperanzas y deseos. El resultado es una forma de hablar mal interpretada, descuidada y a veces muy perjudicial. Un ejemplo de actualidad es la grave crisis de los abusos (de todos los abusos, no solo de los niños), en la que no pocas veces, al abuso físico, psicológico... sufrido se ha añadido otro abuso, otro sufrimiento –a veces incluso mayor y más dañino–, el de una palabra que hiere en lugar de curar, el de una palabra que no ha sabido escuchar. Para muchas víctimas de diversas formas de abuso, este es un mal aún mayor.
3. Finalmente, para un cristiano, escuchar es mirar la cruz: la horizontalidad de su abrazo a la humanidad y la verticalidad de su relación íntima con Dios. Escuchar nunca es un ejercicio unidireccional (ni siquiera en una simple entrevista). Siempre hay una relación (aunque sea efímera) en su base. La verdadera escucha debe basarse en la reciprocidad, donde cada persona sabe que tiene algo que aprender del otro. Pero el cristiano sabe que a esta dimensión horizontal debe añadir también la dimensión vertical, es decir, la disponibilidad hacia Dios para acoger su Palabra, que es la capacidad de mirar con los ojos de Dios. Entonces la escucha se convierte en discernimiento (separación y elección).
Quisiera terminar volviendo al itinerario sinodal que acabamos de emprender y cuyos frutos ya estamos empezando a recoger.
En muchos ámbitos de la vida social y eclesial hemos perdido la capacidad de un diálogo sano y liberador. Tenemos miedo de abrirnos al diálogo. En lugar de orientarse hacia la búsqueda de la verdad, hacia la acogida del otro que es diferente y al mismo tiempo igual que mí mismo, el diálogo acaba a menudo por degenerar en disputa. Ya no hay comunión sino separación. Como nos recordó el papa Francisco en el Ángelus del 5 de septiembre pasado, «el renacimiento del diálogo a menudo no viene de las palabras, sino del silencio, de no impacientarse, de volver a empezar pacientemente a escuchar al otro, a sus luchas, a lo que lleva dentro. La curación del corazón comienza con la escucha».
El camino sinodal que se inicia con este largo tiempo de escucha mutua puede ser un momento oportuno, un kairós, de curación de las muchas heridas que arrastramos en nuestras comunidades eclesiales, como sociedad y como humanidad. Ayúdennos a escuchar a todos, especialmente a los que viven en los márgenes de nuestras iglesias, a los que han sido heridos por una iglesia sorda y muda, a los que esperan un oído y un corazón dispuestos a escuchar. Escucha con el corazón y –si eres cristiano– no te avergüences de pedir al Espíritu Santo –el Consolador– que te ayude a escuchar y te traiga una palabra de consuelo y misericordia.
CARDENAL MARIO GRECH,
Secretario General del Sínodo de los Obispos
(Ciudad del Vaticano, 19 de octubre de 2021).
Comentario
Mucha gente ha hablado y escrito sobre la comunicación del papa Francisco. Es natural, ya que desde el primer momento de su pontificado todos entendieron que era un comunicador original y extraordinario, no por cálculo, sino por carisma. Pero el libro de Ary Waldir Ramos Díaz se las arregla para no ser repetitivo.
Y no solo por la riqueza de los hechos, los gestos y las palabras de Francisco que se encuentran a cada paso a través de sus páginas. Ary Ramos demuestra ser un observador muy atento en seguir los pasos del Papa y haber escuchado a muchas personas que lo conocen bien. Pero, sobre todo, tiene el mérito de haber entrado, con su reflexión, en el espíritu que anima la comunicación del papa Francisco, su relación con los demás. Y de ser capaz de involucrarnos para que este mensaje entre y transforme nuestras vidas.
Así, entendemos que la comunicación no es solo una transmisión de contenido, sino mucho más, la expresión de una forma de ser para los demás, para el Otro. El itinerario del libro llega así, gradualmente y con extrema claridad, a sus conclusiones. Se expresa en dos o tres palabras, pero son el punto de llegada de un viaje exigente: la comunicación es comunión... ¡Sé tú mismo, ama y comunícate!
FEDERICO LOMBARDI S.I.,
Director emérito de la Oficina de Prensa de la Santa Sede
Presidente de la Fundación vaticana
Joseph Ratzinger - Benedicto XVI
Introducción:
El poder de la comunicación es el servicio
El papa Francisco es uno de los comunicadores más influyentes de nuestro tiempo. El mundo comenta sus gestos cotidianos: hacer una caricia a un hombre deforme, ofrecer las palabras de cariño a una persona gay víctima de abuso, sentarse a la mesa con personas sin techo. En la era digital, parecería paradójico que un hombre mayor que no posee un smartphone y se considera a sí mismo un «tronco» (no diestro con la pelota, en jerga futbolística argentina) en el uso de la tecnología, sea, sin embargo, un influencer respetado y dotado de un lenguaje original.
Revistas internacionales de economía, finanzas, estilo de vida y sociedad (Forbes, Time, Rolling Stone, entre otras) incluyen cada año a este líder espiritual en la lista de las personas más poderosas del mundo, espacio que comparte con mandatarios de grandes naciones (China, EE. UU., Alemania) o de magnates tecnológicos (Bill Gates, Mark Zuckerberg, entre otros).
¿Qué tiene de especial el mensaje de Jorge Mario Bergoglio? ¿Cómo comunica con humildad un mensaje profundo? ¿Cómo podemos ser influyentes en un mundo que cambia rápidamente sin caer en el egocentrismo, en lo autorreferencial o en creernos mejor que los demás? ¿Cómo puedo yo mismo ser un comunicador que inspire a otros a construir un mundo mejor? ¿Existe una comunicación inclusiva que considere a cada persona miembro de la familia humana?
El Papa goza de millones de «seguidores» (followers): las noticias que le conciernen crean infinitas interacciones en las redes sociales y fuera de ellas. La información sobre el Papa produce volúmenes de páginas web y visitas que aumentan la audiencia en medios de comunicación de masas.
¿Cuál es el secreto del papa Francisco para que millones de personas, incluso aquellos desinteresados por la religión, se apasionen y comenten su mensaje añejo de dos mil años de historia? Entender la comunicación de Jorge Mario Bergoglio es acercarse al misterio de un intercambio inclusivo, con valores, abierto a la diversidad y a la creación de una comunidad. En la era digital navegamos a la deriva en el mar de la desinformación. Ahora, tenemos la oportunidad de «subir en los hombros» de un gigante de la comunicación y de las relaciones de nuestro tiempo para aprender algunas lecciones.
Este no es un texto para personas que se dejan manejar por «hilos invisibles», por el contrario, está dirigido a hombres y mujeres inconformistas, rebeldes, que usan su inteligencia emotiva y racional sin exclusión. Se trata de un libro abierto, donde el lector escribirá las páginas más importantes.
Winston Churchill, en la hora más oscura de su país, prometió «lágrimas y sangre» para combatir la amenaza nazi. Bien, la promesa del papa Francisco radica en contrastar la sombra funesta de la «globalización de la indiferencia» con misericordia, fraternidad y esperanza. En este momento definitivo, el lector, trabajando sobre sí mismo, podrá «influenciar» a los demás con el destello de «una sonrisa sincera y el sacrificio de la escucha», y así, romper paradigmas deshumanizantes.
Lo que necesitamos aprender juntos es la comunicación como un servicio a la familia, a los compañeros de trabajo, a los subordinados, a los amigos; también para tender puentes con aquellos que nos lastiman, nos combaten, o nos ponen obstáculos. Una comunicación que toca mentes, corazones y manos para construir relaciones y abrir procesos.
Este no es un libro de texto, sino un viaje arduo en el terreno áspero y fragoso de las relaciones humanas, al mismo tiempo que fascinante y esperanzador bajo un modelo concreto. Al final será un itinerario único para escalar las cúspides más altas con la certeza de que jamás nos sentiremos solos en el camino.
Sé auténtico es un llamamiento que denota el «yo» –como valoración de la mejor versión de nosotros mismos–, pero que será eficaz únicamente en la relación con los demás, donde el «nosotros» está implícito. Es decir, encontrar el contrapunto en la concordancia armónica de voces distintas, opuestas o distantes. El objetivo es la comunicación concebida en la reconciliación, el diálogo, el entendimiento, el perdón y la valoración de la diversidad y de la alteridad. En este contexto, se vuelve imperativo ver las buenas prácticas en el papa Francisco, observando a un pastor «con olor a oveja» que desde el testimonio comunica más que mil encíclicas. Se trata de un proceso no violento que se diferencia de la mercancía propuesta por maestros del negocio de la persuasión y de la propaganda. Una visión humanista e integral lejos del modelo de comunicadores «lobos», audaces en la distorsión deliberada de la realidad, la manipulación de las creencias y de las emociones.
El objetivo es llegar a ser comunicadores «auténticos» capaces de dialogar con nuestros detractores, opositores y hasta con quien nos odia. Esta obra es un retrato, asimismo, de la comunicación no verbal e interpersonal de Francisco. Un itinerario que se recorre también a través del testimonio de personas que han encontrado personalmente a Jorge Mario Bergoglio a lo largo de su vida: creyentes, ateos, colaboradores, amigos, personajes institucionales o testigos. La comunicación de Francisco, delineada por Omar Abboud, amigo musulmán del Papa; el encuentro y el llanto abrazando a Ernest Simoni, sacerdote de Albania, encarcelado durante 28 años por odio a la fe; la observación privilegiada del padre Federico Lombardi, jesuita, ex jefe de la oficina de prensa de la Santa Sede, entre otros testimonios. «El verdadero amor es amar y dejarme amar», dice Francisco, que recomienda usar el lenguaje de la mente, del corazón y de las manos. Aquí exploraremos estos tres lenguajes con la implícita receta jesuítica del «pensar, sentir y hacer». En Francisco encontramos gestos extraordinarios. Usar las manos y comunicar como los sordomudos para decir: «¡Te amo!»; sentar a un niño enfermo de cáncer en las piernas y hablar con cercanía a sus compañeritos haciendo un círculo; llorar y consolar a un sacerdote mártir del comunismo; abrazar frente al Muro de los Lamentos a dos amigos: un musulmán y un judío. Cada gesto del papa Francisco comunica y deja huellas, pedacitos de experiencia, de sentimientos, de símbolos, de demostraciones, que sirven para entender el poder de las relaciones que hacen de este Papa un líder de la comunicación internacional y no solo el guía para 1.345 millones de católicos en el mundo. En este libro se encuentran «pepitas de oro» sacadas de la observación cotidiana del hombre, el pastor, el religioso, el sucesor de Pedro: admirado, venerado, incluso odiado por sus opositores. Pero líder para creyentes y no creyentes, líderes políticos, celebridades y autoridades religiosas a nivel global.
El libro está dividido en tres partes: Profundidad, Escucha y Autenticidad. En la primera parte exploramos la profundidad de la comunicación del Papa, que se basa en algunas orientaciones filosóficas, en la espiritualidad de los jesuitas (orden religiosa a la que pertenece Bergoglio) y en varios signos biográficos. En la segunda parte observaremos y sacaremos lecciones del apostolado de la escucha que profesa el pontífice. Y en la tercera parte verificaremos la sencillez de la comunicación del papa Francisco y que tanto éxito le garantiza a su mensaje. Una visión popular, no populista, consciente, pero que se deja sorprender por el contexto y los demás y aplicada, pues tiene raíces en la llamada de Jesús de Nazaret. De ahí el paso a la interacción no violenta que ha inspirado a líderes de la talla de Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi o Madre Teresa de Calcuta. Con este libro esperamos ofrecer un camino de desarrollo personal y social en la comprensión del modelo de comunicación del papa Francisco. Un camino para abatir los muros de la indiferencia, del cinismo, del pesimismo, mejorando las propias relaciones interpersonales. ¿Te atreves a aceptar el desafío? ¿Quieres comenzar a cambiar el mundo comenzando con tus relaciones interpersonales? Entonces, este texto es para ti.
PROFUNDIDAD
«Recen por mí»: Necesito de los demás
«La misericordia es ese modo de actuar,
ese estilo, con el cual tratamos de incluir en nuestra vida
a los demás, evitando cerrarnos en nosotros mismos
y en nuestras seguridades egoístas»
PAPA FRANCISCO, 12 de noviembre de 2016.
A Cristina le llamó mucho la atención que un Papa pidiera a la gente: «Recen por mí»; su voz resonaba a alto volumen en varios aparatos sintonizados casi al unísono. La gente murmuraba expectante. Francisco saludaba al pueblo. «Yo escuchaba [la emisión] de esa primera vez; estaba en Tierra Santa, en Jerusalén, en ese momento, y desde entonces tengo esta imagen de él desde el balcón, aunque en sí no lo vi», admite Cristina Scazzosi (1979-), hipovidente desde su nacimiento, adalid del canotaje paralímpico italiano (pararowing). Las palabras que escuchó se modelaron en un icono de «fraternidad» en su mente. Tres años después se cumple un sueño. Francisco ha bendecido a Cristina y a sus compañeros atletas antes de participar en los Juegos Paralímpicos que se celebraron en Río de Janeiro, Brasil, del 7 al 18 de septiembre de 2016. El pontífice recibió a la delegación del Comité Italiano Paralímpico en la Sala Nervi del Vaticano (12 de mayo de 2016). De hecho, el papa Francisco llama a los atletas paralímpicos testigos de «esperanza» porque son una prueba de que «en cada persona existe un potencial que a veces no imaginamos». Dios «nos ama como somos, pero nos hace crecer según aquello que podemos ser» (Audiencia, 4 de octubre de 2014). En efecto, Cristina lleva grabada la esperanza hasta en su piel; el deseo de intentarlo una y otra vez hasta lo inverosímil: «No importa si es difícil, lo importante es que sea posible», se lee en su nuevo tatuaje, frase que ha escuchado de una atleta con discapacidad que practica surf. El gesto de Francisco ha tocado la vida de Cristina. «Ahora estoy en el vértice de la emoción –confiesa tras la audiencia–, pero me siento más libre y con deseos de dar más».
¿Qué tiene de interesante la escena que escuchó Cristina? El himno del Vaticano se oye en el fondo. La multitud grita, ondea banderas de varias naciones por el primer Papa americano, el jesuita argentino, Jorge Mario Bergoglio, de 76 años, arzobispo de Buenos Aires. En sus primeras palabras en la plaza de San Pedro (13 de marzo de 2013), apenas elegido Sumo Pontífice, Bergoglio sorprende al mundo por su humildad, sencillez y autenticidad. Desde el inicio pide oraciones por su predecesor, Benedicto XVI, y cumple un gesto inédito. Usa el «nosotros» como una invitación a caminar juntos. «Comenzamos este camino: obispo y pueblo», dice de manera inclusiva. «Un camino de fraternidad, de amor, de confianza». Insta a rezar siempre «el uno por el otro».
El Papa «venido del otro lado del mundo» entusiasma a los cronistas que comentan en directo la noticia en diversos medios de comunicación. Pide un favor (¡un Papa que pide un favor!): que la gente rece al Señor para que le bendiga: «la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí...». El Pontífice se inclina durante varios minutos ante el pueblo presente, mientras este reza silente por él. El 266º sucesor de Pedro encorva el cuerpo casi 90 grados para significar rendimiento, o especial cortesía para con los presentes. No había nunca sucedido algo así en la historia milenaria de la Iglesia. El lenguaje no verbal expresa sumisión, servicio y respeto hacia la gente que está ahí congregada.
Aunque no entraremos en temas teológicos o pastorales, Francisco es hijo de la Iglesia católica y modelado por la «Teología del pueblo» (1969), o sea la teología que se refiere al estudio de Dios en relación con su pueblo (Scannone, 2014) y que profundiza la opción preferencial por los excluidos.
Precisamente, él mismo dice: el «pueblo es un concepto mítico». Recordamos a propósito algunas frases históricas de su pontificado: como cuando pidió al pueblo argentino que se pusiera «la Patria al hombro» en un mensaje por la fiesta nacional de independencia (30 de septiembre de 2016). Y habla de la responsabilidad colectiva por los últimos: «Un pueblo que no cuida a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que ¡no tiene futuro!», recalcó en el mensaje de la iniciativa «El vídeo del papa», con el que cada mes, desde enero de 2016, aborda un tema concreto de la vida (4 de diciembre de 2017). «En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría», expresó en su Carta a los fieles de Chile en respuesta a los escándalos de abusos sexuales cometidos por clérigos en el país andino (31 de mayo de 2017).
Creyente o no, la gente se pregunta sobre el primer gesto del Papa: ¿Qué está pasando? Y los fieles más acérrimos: ¿Por qué el príncipe de los apóstoles de Cristo saluda de manera tan paradójica? ¿Un gesto anómalo respecto a su posición de magno defensor de la fe para 1.345 millones de católicos en el mundo (2021)? ¿No debería ser el «Santo Padre» quien bendijera a las personas? Desde el principio su comunicación aparece con una áurea consecuente consigo mismo y su entorno. Bergoglio se muestra tal y como es, casi como el párroco del barrio, con voz gangosa, gafas grandes y rostro de genio dócil, crédulo y amable. ¿Pero qué es lo que cautiva del nuevo Papa a creyentes y no creyentes? No tiene aparentemente la elegancia cinematográfica de Juan Pablo II, ni la aparente jerarquía intelectual de guardián de la fe de Benedicto XVI. No obstante, los peregrinos y los fieles, con los que hemos conversado, que estuvieron en la Plaza de San Pedro y lo siguen aún, lo consideran excepcional de frente al público.
La escena era una ruptura del protocolo y consecuente con otras ya vistas. «Si me equivoco [con el italiano] me corregirán», dijo Karol Wojtyla varias décadas antes, apenas elegido Sumo Pontífice, el 16 de octubre de 1978, cuando por primera vez en la historia del papado se dirigió con un saludo al pueblo durante la bendición a la ciudad de Roma en la que manifestó su «miedo» de recibir tal dignidad. El papa Benedicto XVI también había demostrado sencillez: «El Señor sabe actuar con instrumentos insuficientes», y confió en las oraciones de los fieles por su pontificado. El nuevo Papa latinoamericano inauguraba otra forma muy cercana de comunicación entre el pontificado y el pueblo. Esa noche se despide: «Muchas gracias por su acogida. Recen por mí y hasta pronto. Nos veremos pronto. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma. Buenas noches y que descansen», dijo. «Era espontáneo y daba un vuelco a lo habitual», comentó una fiel.
Ese «recen por mí», puede devenir en «necesito de ti, necesito del otro» o «no me salvo yo solo». Efectivamente, desde la perspectiva de esa autoridad, el Papa, el heraldo de la relación del hombre con Dios (porque la evangelización es intercambio), se baja del pedestal principesco. En esa forma de expresarse algo pintoresca coexiste un trato que tiende a la horizontalidad. Aun así, la comunicación institucional piramidal, jerárquica, se mantiene en la Ciudad del Vaticano. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco llaman a los fieles «hermanos» o «amigos» en la fe, como llamó Jesús de Nazaret a sus discípulos [Juan 15,14-15], quien rompió esquemas (el statu quo imperante) hace más de 2.000 años para abrir el camino a una comunicación no violenta y revolucionaria, reiteramos: auténtica. De hecho, hoy las empresas y el marketing digital están plagados de términos religiosos, no siempre con objetivos píos: seguidores, servicio, fidelización, por citar algunos. Y la lista puede llenar un libro.
¿El Papa es un comunicador populista? ¿A quién se dirige Francisco cuando comunica? ¿Comunica para captar secuaces, fieles, curas, políticos o poderosos? ¿Es la comunicación del Papa una construcción a priori? «Jorge tiene gestos espontáneos porque él no hace cálculos», contó Jorge Milia (1949-), que tuvo a Bergoglio como su profesor de literatura española en 1964 y de literatura argentina en 1965, en el Colegio Inmaculada Concepción, fundado en 1610 y administrado por los jesuitas en Santa Fe de Vera Cruz, Argentina. Jorge nos cuenta de esa faceta de pedagogo/comunicador de Bergoglio.
El también periodista, autor del libro De la edad feliz, prologado por Bergoglio, nos confirmó que su amigo enfrenta la vida como viene, aunque admite que para él «es difícil enfrentar el sufrimiento humano». Y de las pocas sorpresas que tiene sobre su ex maestro cuenta «el hecho de haberlo conocido hace más de 50 años y que en sus cartas de esa época hasta hoy, todas terminan siempre con la frase: “Reza por mí”». Por lo tanto, demuestra que Francisco es coherente consigo mismo y esto es percibido, consciente o inconscientemente, por las personas que escuchan su mensaje. «Siempre ha pedido que recen por él, cuando era obispo, cura, “maestrillo”. Desde otro ángulo, es un acto de humildad, de esos que le ponen a uno los pelos de punta. ¿Cómo el Papa pide que recen por él?», confirma Milia. El jesuita argentino Humberto Miguel Yáñez que conoció a Bergoglio cuando entonces era superior provincial de la Compañía de Jesús en Argentina, entre 1973 y 1979 cuenta esta vivencia: «Efectivamente, el primer encuentro personal con él tuvo lugar cuando yo hice la petición de ser admitido en la Compañía de Jesús. Luego fue mi formador en el Colegio Máximo de San Miguel, así que tuve la oportunidad de tener una relación muy cercana, que me marcó para toda la vida de jesuita y de sacerdote. Pero debo decir que la impresión que me dejó fue de una gran austeridad en su vida personal». También comentó que Bergoglio ha buscado desde siempre el contacto personal con los miembros del «pueblo de Dios»: «Cuando Bergoglio era arzobispo y cardenal, siempre que visitaba una parroquia, al acabar la misa salía a saludar a la gente y a cada uno solía decir: “Rece por mí”». El arzobispo prefería hacer homilías breves para poder pasar más tiempo con las personas al final de la celebración.
Minutos después de su elección, con cerca de 77 votos, el nuevo Papa ingresó a la sacristía, el Cuarto de las Lágrimas (se le llama así porque es donde el electo siente por primera vez la responsabilidad del papado) de la Capilla Sixtina, para ponerse los atuendos papales. «Cuando él salió, una silla similar a un trono había sido preparada en una plataforma, pero Francisco prefirió saludar a los cardenales desde una silla a su mismo nivel», dijo el cardenal de Nueva York Timothy Dolan (Reuters, 2013), que contó detalles de las primeras horas del nuevo jefe de la Iglesia católica. Es un comunicador que mantiene el mismo nivel que su público. ¿Sabe de las implicaciones de sus movimientos corporales y de sus palabras? Tal vez sea consciente de algunas cosas, o simplemente desde la médula es humilde, como comentan sus amigos y conocidos más cercanos. Sería reducido decir que se trata de una construcción de su propia imagen.
No siendo esta una biografía del papa Bergoglio, referiremos algunos aspectos para remarcar esa comunicación contundente de la primera hora a su elección, hecha de poderosos gestos que desde el principio sorprendieron al mundo.
Ciertamente, cuando se «crea» cardenal a un líder de la Iglesia católica, se sabe que existe el «riesgo de ser papable». Eso significa tener una preparación que dura toda la vida para esa situación eventual. Pero un muestreo rápido de la sorpresa detrás del estilo comunicativo de Francisco ilustra que el margen de construcción de los gestos es muy limitado. Además, los psicólogos coinciden en que el carácter verdadero de una persona emerge en las situaciones más extremas. Participar en un cónclave debajo de los frescos del Juicio Final y ser elegido para liderar una de las instituciones más antiguas del mundo occidental con la función de «salvar almas» y que llegue el «Reino de Dios» no es una situación que se repita todos los días y que admita control absoluto de sí mismo. «Sucede cada muerte de Papa», afirma un dicho popular romano que subraya ese evento extraordinario.
Entre los periodistas que cubrían el gran evento mediático, estaba allí una periodista, quizás una de las primeras vaticanistas en el cerrado panorama de la Curia Romana junto a Paloma Gómez Borrero (1934-2017). En la selva vaticana dominada por hombres, Valentina Alazraki Crastich (1955-), corresponsal desde 1974 de Noticias Televisa, México, ante la Santa Sede, aparece con su profesionalidad para ganarse la atención hasta del mismo papa Juan Pablo II. Alazraki asegura que a nivel profesional Bergoglio le ha vuelto a dar el «entusiasmo de los primeros años de trabajo. Para mí su elección ha sido como una bocanada de aire fresco, una nueva primavera». Lo dice con sentido de causa tras seguir la agenda papal de tres pontificados y celebrar el récord histórico, con el viaje apostólico de Francisco a Emiratos Árabes Unidos (3-5 de febrero de 2019), de participar en 150 vuelos papales. La experimentada periodista entrevistó a Francisco en marzo de 2015, coincidiendo con el segundo aniversario de su pontificado. Ese mismo año anunció en primicia la visita del Papa a México, que se realizó del 12 al 17 de febrero de 2016. El mensaje del papa Francisco también ha tocado desde el punto de vista personal a Alazraki: «Soy más autocrítica, menos autorreferencial, intento ser más auténtica y, sobre todo, mejor persona. Intento ser más comprensiva y más despegada de las cosas materiales».
Ese miércoles, al final del cónclave, la mayor parte de los 116 cardenales presentes para el solemne evento habían tomado un bus para volver a su residencia en el Vaticano y cenar por última vez todos juntos y agasajar al nuevo Papa. En el Palacio Apostólico había una limusina ya preparada para trasladar al apenas elegido Obispo de Roma, quien rechaza con cortesía la invitación a subirse al auto oficial, casi extrañado. «No, no, me voy con los muchachos». Es decir, parecería que dijera con acento porteño y una sonrisa: yo soy uno más del grupo, no ha cambiado nada, disfruto de la compañía de la gente.
Durante el brindis en la cena, el Papa también muestra su sentido del humor. Los cardenales alzaron las copas tras siete reuniones pre-cónclave y dos días de encierro total. «Que Dios los perdone por lo que hicieron», dijo Francisco, levantando sonrisas. Adelantó a sus «compañeros» que visitaría al papa emérito Benedicto XVI, quien renunció al papado el 11 de febrero, en su retiro al sur de Roma y, nuevamente, con su humor fino sostuvo: «También debo pasar por la residencia, tomar mis maletas y pagar la cuenta». Efectivamente, ironía o no, así lo hizo. Una foto da la vuelta al mundo en esas horas sucesivas: la imagen de Bergoglio vestido de blanco, virtualmente con potestad de mando sobre el hotel de propiedad pontificia, Casa del Clero, ubicado en Vía Scrofa, en Roma. Los empleados le informan de que todo corre por cuenta de la casa. Pero él prefiere pagar su cuenta para dar ejemplo y saluda con afecto a los empleados que lo asistieron en su estancia, carga él mismo con su maleta y lleva en la otra mano el maletín ejecutivo negro que le acompañará siempre en sus viajes apostólicos.
Presentarse con el propio nombre ante una persona o un público es el primer paso para iniciar un intercambio. Nuestro nombre también comunica. Poco después de ser elegido, Bergoglio decide que su papado se inspira en san Francisco de Asís (1182-1226), conocido en el catolicismo como el santo «pobrecillo» debido a que renunció a los bienes terrenales para ponerse al servicio de los últimos. El nombre de Francisco es ya todo un programa para el pontificado: cuidado de la Creación (cambio climático), reforma de la Iglesia (el místico italiano recibió una invitación divina a reparar la casa del Señor), reafirmar la opción preferencial por los pobres y los más necesitados (el fundador de la orden franciscana lideró un movimiento de renovación cristiana que tuvo un inmenso eco entre las clases populares e hizo de él una personalidad en la Edad Media). Jorge Mario Bergoglio, según sus biógrafos, también abandonó la vida principesca de los cardenales; hasta su elección vivía en un pequeño apartamento –no quiso ocupar el palacio del arzobispado–, no tenía chófer, viajaba en el metro (subte), cocinaba él mismo y tenía un teléfono en su habitación solo para recibir las llamadas de auxilio de sus sacerdotes comprometidos en trabajos sociales y pastorales en las periferias, por ejemplo en las Villas y otros barrios pobres en Buenos Aires. La provincia cuenta con una población de cerca de 16 millones de personas. José María Di Paola, conocido como el padre Pepe, párroco de La Carcova, describe sus sensaciones al volver a ver a Bergoglio, ahora vestido de «blanco». «La primera vez que lo vi me causó una sensación difícil de explicar, muchos años trabajando con él y después verlo como Papa, pero teniendo la misma naturalidad de siempre», dijo el padre Pepe al referirse a la actitud del arzobispo de Buenos Aires entrando a las barriadas más pobres, 56 solo en la capital de Argentina y 650 en el cinturón urbano, acompañando a los curas villeros. Así pues, Bergoglio, cuando habla de los descartados y de los últimos en la sociedad, no lo hace de oídas. Él tiene en la mente rostros de personas.
El Papa venido de las periferias y la sencillez del pobrecito de Asís se sobreponían para trascender una época y erigirse en un modelo atemporal. Para Francisco, el vivir, el dar testimonio y predicar deberían ser siempre en minoridad, pobreza, humildad, parafraseándolo: «Predica el Evangelio en todo momento y, cuando sea necesario, usa las palabras». Bergoglio y Francisco de Asís ponen asimismo al centro del mensaje cristiano a la persona. La alegre fraternidad de Francisco de Asís influye igualmente en el modelo de diálogo del pontífice con otras personalidades religiosas del islamismo, el judaísmo, la ortodoxia y otras denominaciones cristianas no en comunión con la Iglesia de Roma, además del budismo, el hinduismo, entre otros conjuntos religiosos y filosóficos espirituales. El trato del Papa es personal. Por eso, su figura es valorada, más allá incluso de las propias creencias, como una de las más importantes en la cartografía del liderazgo global en medio de una sociedad líquida (Zygmunt Bauman, 2002) y sedienta de trascendencia.
Hubo algunas especulaciones alrededor del nombre del nuevo pontífice, dado que Bergoglio es miembro de la Compañía de Jesús y podría haber escogido el nombre en honor de san Francisco Javier (1506-1552), uno de los primeros jesuitas. Sorpresa. Nada de eso. La comunicación de Francisco se sale de las expectativas más personales para ir en busca de la realidad y de la gente que está involucrada en ella. La maravilla está a la vuelta de la esquina, a pesar de que su comunicación sigue una línea simbólica con el pasado, porque el acontecer se presenta inesperado atravesado por el valor práctico de las cosas. En este sentido, el cardenal Dolan comentó que la elección de Francisco era «un impulso para la Iglesia». Probablemente, por su visión universal de las cosas y no circunscrita a una facción. «Existe una sensación de alivio en todos nosotros porque ahora sabemos que tenemos un buen pastor», dijo el cardenal estadounidense a la prensa. «Él es un hombre con los pies en la tierra [...] un hombre de confianza y aplomo, con una hermosa sinceridad y humildad», añadió.
Francisco convive con el poder, pero sin perderse en él. En marzo de 2014, a un año de su elección, el papa Francisco fue proclamado el líder mundial más influyente del planeta según la revista norteamericana Fortune. En la lista Top Ten de ese año de los hombres y mujeres más poderosos del planeta no estaba el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ni siquiera se encontraba entre los 50 nombres. Después del Obispo de Roma, el segundo y tercer lugar lo ocupaban la canciller alemana, Angela Merkel, y el director general de la industria de automóviles Ford, Alan Mulally, respectivamente. En el cuarto lugar, el llamado mago de las finanzas, Warren Buffett, y el ex-presidente de Estados Unidos Bill Clinton estaba en el quinto puesto debido a sus obras «filantrópicas». «En poco tiempo, Francisco ha electrizado la Iglesia y ha atraído multitudes de admiradores no creyentes, dando un enérgico viraje», argumentó el editorial de Fortune. «Se ha negado a ocupar el apartamento papal, ha lavado los pies a una detenida musulmana», argumentó.
La fama no desvela a Bergoglio. El jesuita Federico Lombardi (1942-), director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede en ese momento, comentó: «Me parece evidente que el Papa es una persona que causa en el mundo una gran atención. No es para asombrarse; además, los criterios de estas investigaciones son muy opinables. Solo es un reconocimiento de la atención que despierta». Un director de comunicación normalmente estaría entusiasmado de que su jefe ocupara las portadas de las revistas internacionales. No obstante, el segundo lema tácito del pontificado, el poder es servicio, contradice las lecciones de la mayoría de gurús de la propaganda que profesan el posicionamiento de la marca personal a toda costa. Después de la revista Time, que lo había elegido Hombre del año en 2013, la revista Rolling Stone también llenó su portada con la imagen del papa Francisco, pero descalificando al papa emérito Benedicto XVI. Algo que causó malestar en la Santa Sede. Según la revista norteamericana, el llamado «efecto Francisco» se ha hecho evidente en tantas maneras: «En una encuesta de marzo, uno de cada cuatro católicos decía haber aumentado ese año su aporte en beneficencia a los pobres. Entre ellos, el 77% había dicho que es debido en parte al Papa». El portavoz de la Santa Sede se refirió al poco entusiasmo que suscitó en el Vaticano la decisión de la revista Rolling Stone, pues se trivializaba el «efecto Francisco» con argumentos poco periodísticos que buscaban enterrar la imagen y los esfuerzos del predecesor, el Papa emérito. Lombardi recordó al respecto las palabras y gestos de admiración del papa Francisco en relación a Benedicto XVI.
Francisco jamás hubiera querido pasar por encima del Papa emérito, pues considera que «es como tener en casa al abuelo sabio», a quien pedir consejo, con quien conversar y a quien escuchar. Ratzinger, por su parte, cansado de polémicas, había dicho que en el Vaticano «solo hay un Papa», respecto a la posible sobreexposición de poder en la cohabitación de dos pontífices. Hecho inédito en la historia y objeto de especulaciones de teóricos de la conspiración que clamaban al cisma y a un «papa hereje». En el mundo de las empresas, de los negocios y de la política, es la praxis común echar la culpa de todos los fracasos al presidente del gobierno anterior o al jefe que renunció. Incluso, con la competitividad exacerbada, se trata a toda costa de borrar las cosas buenas que hizo el predecesor para brillar con luz propia. Francisco obtuvo, sin duda, el interés de los medios de comunicación a nivel global por la novedad que representaba. De hecho, es el primer Papa no europeo en casi 1.300 años, el primer Papa latinoamericano, es seguido por jóvenes y personas de otras confesiones religiosas incluso en Internet, como indica una investigación encargada por la página católica de información aleteia.org a la sociedad de consultoría 3rdPlace, publicada el 28 de enero de 2014. El estudio evidenció que, a nivel global, el papa Francisco ha sido el personaje con el mayor volumen de búsquedas mensuales en Google (1.737.300) hasta ese momento y el más mencionado en la red (49 millones), comparado con algunos de los líderes mundiales más populares de 2013 como por ejemplo Barack Obama, Vladimir Putin y Angela Merkel.
Pero, ante todo esto, ¿cuál es el secreto del papa Francisco? En primer lugar, el Papa considera que la comunicación es una conversación con la persona que tiene de frente aunque haya una multitud ante su vista. Igualmente, con su cuerpo busca la sintonía con el grupo o con la persona y, por supuesto, no tiene ínfulas de estrella. El poder no se le sube a la cabeza. Es el retrato que emerge también del libro entrevista de Antonio Spadaro (2017) con el papa Francisco: Adesso fate la vostre domande (Hagan ahora sus preguntas). En esta colección de preguntas dirigidas al Sucesor de Pedro, el director de La Civiltà Cattolica explica que Bergoglio responde a conversaciones de «tú a tú», no importa que tenga de frente grupos pequeños o de mediana grandeza (prefiere grupos de máximo 250 personas). El Papa mira a los ojos e indica que necesita de eso para poder comunicar.
A Jorge Mario Bergoglio, es sabido, no le gustaba mucho dar entrevistas. Ahora Francisco lo hace siempre pensando en el bien pastoral y no tiene el afán de promover su figura o de ser un «personaje» de poder o relevancia mediática por vanidad individual. De hecho, la primera vez que el sacerdote jesuita Antonio Spadaro le pide al Papa latinoamericano una entrevista es el 14 de junio de 2013, en el marco de un encuentro para los jesuitas escritores de La Civiltà Cattolica, la revista cuyos textos son revisados por la Secretaría de Estado, el Papa dijo que no. Spadaro cuenta que sucesivamente, en el discernimiento, Francisco le concede tres tardes para conversar. Así rompe su resistencia de dar entrevistas mirando hacia un bien superior, pues considera ese género periodístico como un encuentro con el otro; es decir, el lector. El Papa se hace cercano ante las personas revelando su debilidad. Él admite cuándo está mal físicamente, por ejemplo por un resfriado que le impide alzar la voz, como lo hizo en su encuentro con los Superiores Generales de las Órdenes Religiosas. Y eso ayuda a crear un clima relajado.
Es decir, es un encuentro más íntimo y personal de lo que estamos acostumbrados quienes seguimos sus audiencias generales cada miércoles o los discursos de los viajes apostólicos. Escuchamos una voz más íntima de Bergoglio que habla a sus hermanos jesuitas (en Filipinas o en Polonia), religiosos, incluso hasta a ateos, como en el caso de alguno de los periodistas del vuelo papal.
Spadaro señala que Bergoglio se comprende mientras se hace camino al andar. Se debe leer en el momento en el que está marchando y diciendo las cosas. Incluso expresa que algunas afirmaciones se perciben con mayor claridad después en una conexión a sus acciones (palabra y gesto). Un ejemplo: la importancia dada al Sínodo sobre la familia de octubre de 2014. Por eso, las entrevistas que le ha hecho en el año 2013 y 2016 no solo se debían transcribir, sino que además era necesario contar cómo y qué sucedió durante el coloquio por tratarse de un «encuentro» que era parte de la manera en que comunica Francisco, abundó Spadaro.
En esta línea, insiste que solo así se reconoce el nuevo valor del término «periferia» que considera «es una categoría profética» del pontificado. De igual manera, es sugestivo lo que dijo a los superiores generales: el Evangelio no es un calmante que aquieta la conciencia. Así, desvela un pequeño vocabulario esencial para ir caminando con Francisco para entender hacia dónde va su comunicación y sus actos (más adelante, nosotros proponemos 7 palabras clave).
Por ejemplo, una clave son sus homilías en Santa Marta, signo distintivo y único de este pontificado. Spadaro la llama la «doctrina oral» de Bergoglio. Como el pan que viene compartido, la palabra del Papa se parte para ser comunicada, indica el autor. La comunicación del Pontífice tiene raíces en su ser sacerdote. Cura que ha pateado el barro de las calles de Buenos Aires y, ahora, como Pontífice, viajando por las periferias del mundo y las que llama también existenciales, habla con los fieles de a pie de sus problemas y vivencias.
Las relaciones interpersonales son alimento de la pastoral de Bergoglio. En efecto, Francisco interroga sobre el mundo a sus 18-20 huéspedes puestos en fila para saludarle tras cada homilía en el corredor de afuera de la Capilla de Santa Marta, la residencia donde vive. Otro elemento de análisis es la comunicación no verbal del Papa, la que los expertos llaman la paralingüística. El cuerpo del obispo vestido de blanco, comunicador, también se inclina hacia quien tiene delante, y para nada parece autoritario o rígido, confirma Spadaro. La comunicación la hace el encuentro con cada ser único e irrepetible fuera de nuestros esquemas mentales o preconceptos. Francisco trata como un pastor, también, a los periodistas internacionales que le acompañan en sus viajes por el mundo, aunque no crean o sean de otras religiones. Bergoglio sabe que los periodistas hacen su propio oficio y no pide favores; solo que respeten la hermenéutica de sus palabras. Y esto lo motiva aún más para un acercamiento pastoral hacia ellos, describe el jesuita italiano.
Francisco hace comunicación porque se sumerge en las relaciones con una, con dos o varias personas; sean aquellas que siguen sus catequesis y discursos en la plaza de San Pedro o que le estrechan la mano.
A continuación, también presentamos un vocabulario «esencial» para entender a Francisco en este camino, donde los términos son nomenclaturas que indican una dirección, pero que no limitan el destino que es amplio, dinámico y sorprendente.
Siete palabras: misericordia, periferia, profecía, discernimiento, estrategia, poliedro y consolación para definir el «caos calmo» de un Papa que no se define en un gesto, sino en el conjunto de todo el pontificado, según Antonio Spadaro. Nosotros escogimos algunas otras, como misericordia y esperanza y, sin menoscabar la propiedad intelectual de Spadaro, citamos discursos ya realizados por Francisco en otras ocasiones.
Misericordia: El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, indicó que el pontificado del papa Francisco será recordado por la palabra misericordia (4 de diciembre de 2015). Una palabra que tiene sentido en la medida en que es acompañada por las obras, es decir en la transición de la teoría a la acción como ejemplo de testimonio auténtico y concreto. Por eso, durante el Año Santo de la Misericordia, Francisco ha usado la pedagogía de las obras de misericordia (corporales y espirituales) para invitar a los fieles a acoger a los últimos y necesitados, los pobres de espíritu, no con palabras, sino con gestos concretos (visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos, enterrar a los difuntos). Bergoglio, que admira al papa Montini, también toma inspiración del concepto «la civilización del amor», expresión que pasó a la historia. «¿Soñamos tal vez cuando hablamos de civilización del amor? No, no soñamos. Los ideales, si son auténticos, si son humanos, no son sueños: son deberes», Pablo VI (Audiencia general, 31 de diciembre de 1975). Cabe notar que, en este contexto, Francisco insiste en la fuerza universal del perdón: «La misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón [...] El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza» (Misericordiae vultus 11 de abril de 2015).
Periferia: Los cambios de la historia comienzan en las periferias, no como un «eslogan súper abusado o estereotipado». «La profecía que inicia en el barrio abandonado, allá donde el centro ya no tiene nada que decir». Y recuerda la exhortación a los Superiores Generales en 2016 de «ser radicales en la profecía». Un Evangelio sin calmantes. Sin pastillas que atormentan las conciencias. La palabra de Dios para despertar el alma para ir al encuentro de los demás. Dios en el barrio abandonado o en la vereda olvidada.
Profecía: El Papa ha usado este término en sus homilías. Sin embargo, en el mencionado libro de entrevistas (Spadaro, 2017), el término profecía viene considerado como el movimiento explícito de quien sale a encontrar los significados espirituales en el día a día, en la cotidianidad y en la realidad de nuestros días. La visión de un mundo nuevo en la voz de quien se atreve. Y ese papel lo tienen –anima el Papa– los jóvenes con sus deseos de cambio y sueños de futuro, sin olvidar el pasado en un pacto generacional con la sabiduría de los abuelos. Y el puente entre ambos es la profecía de un mundo plasmado por el amor.
Clericalismo: Al lado extremo se encuentra el clericalismo, sostiene Spadaro. Explica que el Papa lo concibe como la hipócrita adhesión a las reglas. Paraliza porque esconde rigidez y anclaje al pasado. A los jesuitas de Filipinas, Francisco les pide ser creativos y abrazar los desafíos del tiempo sin miedo.
Discernimiento: Ante la exposición de la realidad, Francisco anima a «incrementar el hábito del discernimiento», tanto en los pequeños como en los adultos. Hoy parecería que todos tienen razón. Internet está lleno de gurús. En este sentido, considera que es esencial «el discernimiento de lo que nos conduce a la Resurrección, a la Vida, y no a una cultura de muerte». Ya es famosa la frase: en la vida «no es todo negro o blanco». Discernir –como dijo a los jesuitas– «en el campo de Dios y en el campo del diablo». Hoy en día los cristianos tienen necesidad de sacerdotes que los guíen «en el saber reconocer la voz de Dios entre la multitud de voces a menudo confusas que se sobreponen, con mensajes que contrastan entre ellos, en nuestro mundo caracterizado por una pluralidad de sensibilidades culturales y religiosas», dice Francisco a los sacerdotes italianos.
Poliedro: Otra palabra para entender cómo concibe el Papa la «auténtica globalización» e incluso el «ecumenismo». El poliedro, figura geométrica, representa para el Papa la unidad en las diferencias. «La esfera –explica– puede representar la homologación, como una especie de globalización: es lisa, sin facetas, igual en sí misma en todas sus partes. El poliedro tiene una forma semejante a la esfera, pero está compuesta por muchas caras. Me gusta imaginar a la humanidad como un poliedro, en el que las múltiples formas, expresándose, constituyen los elementos que componen, en la pluralidad, la única familia humana».
Esperanza: Es una palabra que está implícitamente en las conversaciones con el Papa, en el magisterio mismo, y además en el ciclo de varios meses de catequesis (2016-2017) sobre la esperanza. «No se dejen robar la esperanza» fue la frase que retumbó en la plaza de Bolívar en Bogotá, dirigida a los jóvenes, y que lleva como bandera a varios lugares del mundo. La esperanza presente en la vida de cada persona y a la que no se puede renunciar. Se preocupa por educar en ella y alertar de los enemigos de la esperanza, e invita a la espera vigilante. «No te rindas a la noche: recuerda que el primer enemigo a derrotar no está fuera de ti: está dentro. Por lo tanto, no concedas espacio a los pensamientos amargos, oscuros» (Audiencia general, 20 de septiembre de 2017).
El Papa va más allá del sermón del pecado como terrorismo espiritual de antaño al hacer un llamamiento a morar en el anhelo, en el encuentro, con aquel que con alegría nos invita a amar al prójimo en cualquier circunstancia y a vivir los momentos más difíciles como espera razonable y paciente de que ningún suplicio es eterno. Especialmente, si existen personas que salen de sí mismas, abandonando las malas acciones, para dar esperanza a los que la han perdido, confianza que se vuelve contagiosa y testimonio vivo.
Como hemos visto en las páginas anteriores, el centro de la comunicación bajo el modelo de Francisco es la persona dentro de un contexto específico, lleno de mediaciones en torno a ella y a su pertenencia a un colectivo que incluye todo lo que le rodea; lo histórico, lo físico, las relaciones interpersonales, además de lo espiritual, lo inmanente y lo trascendente. Esto queda latente en sus discursos por el mundo y en sus gestos, en los que evoca casi siempre símbolos de la cultura popular y de la historia de cada nación.
El alfa y el omega del proceso comunicativo es la persona. Según el paradigma de la comunicación que se elija en términos más generales (culturalista, materialista, mediatizado o social) la persona se presenta como la parte de un todo llamado sociedad que puede evocar el concepto de pueblo, cultura, grupo, comunidad. Lejos de este modelo humanista encontramos un concepto de persona en términos técnicos o instrumentales; receptor, audiencia, consumidor, usuario, navegador o secuaz (marketing digital), etc.
Pero si el hombre es producto de sus circunstancias (Ortega y Gasset, 2016), en Francisco vemos signos biográficos que corroboran fehacientemente ese fervor por una comunicación al servicio del pueblo, al servicio de la persona. El «necesito de los demás» se hace implícito. Francisco es un hombre que «se hace», se va haciendo, se está haciendo; de ahí precisamente su ser libre y su comunicación, que vive la circunstancia de sacerdote prestado al papado. Francisco inventa posibilidades nuevas para ejercer su liderazgo comunicativo. Su ser Papa, entonces, no es algo dado, estático, sino algo creativo que él mismo va haciendo posible a cada momento en su encuentro dinámico con los demás. Así demuestra que la persona no vive para hacer comunicación, sino que hace comunicación porque vive y se relaciona con los demás. El educador comunica porque vive como tal, el político, el padre de familia, el sindicalista, el empresario, el líder social, entre otros. En este sentido, el modelo propuesto es un llamamiento a innovar en las relaciones y sorprender gratamente al otro considerándolo parte activa.
La persona al centro: Dignidad
«Se necesita más fuerza para reparar que para construir,
para recomenzar que para iniciar, para reconciliarse
que para llevarse bien. Esta es la fuerza que Dios nos da»
PAPA FRANCISCO, mensaje en Twitter,
21 de agosto de 2019.
El papa Francisco alienta a la construcción de una sociedad que pone en el centro la persona humana. «La humanidad vive una crisis que no es solamente económica y financiera... también es ecológica, educativa, moral, humana. Cuando hablamos de crisis, hablamos de peligros, pero también de oportunidades. ¿Cuál es la oportunidad?: ser solidarios. Ven y ayúdame. Para que cada uno contribuya al bien común y a la construcción de una sociedad que ponga al centro la persona humana» (El vídeo del Papa, 5 de septiembre de 2016). Desde el principio, el Papa pone la persona al centro, pues asegura que no podemos continuar con el sistema actual que produce violencia y exclusión.
Francisco quiso recibir personalmente a las víctimas de los abusos del sacerdote chileno Fernando Karadima Fariña (19302021), suspendido de por vida de su ministerio hasta ese momento y meses después dimitido del estado clerical debido a una decisión «excepcional» a través de un decreto firmado el 27 de septiembre de 2018. Era un paso más «en la línea férrea» contra los abusos: «Estábamos ante un caso muy serio de podredumbre y había que arrancarlo de raíz», dijo Greg Burke, entonces director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, explicando la decisión del Pontífice. En 2010 se dio a conocer a la opinión pública la existencia de una serie de denuncias en contra del poderoso párroco de la parroquia El Bosque por abusos sexuales, de poder y de conciencia. En este contexto, en el encuentro con las víctimas –no hay forma de comprobar lo que se dijo, pues se trató de una reunión estrictamente privada–, supuestamente salió la cuestión de la homosexualidad de uno de ellos, Juan Carlos Cruz, y esto fue utilizado por la prensa internacional como una declaración por parte del pontífice sobre esta cuestión, cuando esto no fue el verdadero fondo del encuentro. De nuevo, el fondo de la reunión fue la persona.
Los medios de comunicación internacionales han subrayado con frenesí el tema de la homosexualidad en la reconstrucción de las palabras del Papa, referidas por Juan Carlos Cruz, víctima de abuso sexual, en una entrevista al diario El País, el 19 de mayo de 2018. Varios medios se hicieron eco de la entrevista, transformándola en un pretendido apoyo del Papa a la causa LGTB.
«Sí, hablamos. A él le habían dicho prácticamente que yo era un perverso. Ahí le expliqué que yo no soy la reencarnación de san Luis Gonzaga, pero que tampoco soy una mala persona; trato de no hacerle daño a nadie». Me dijo: «Juan Carlos, que tú seas gay no importa. Dios te hizo así y te quiere así y a mí no me importa. El Papa te quiere así, tú tienes que estar feliz con quien tú eres», responde Juan Carlos a la pregunta si hablaron de su homosexualidad y cómo le habían hecho sufrir más por ello.
Está claro que la reconstrucción de las palabras del Papa, publicadas en el diario El País, pertenecen a un contexto muy privado, íntimo y único reproducido en la voz de Juan Carlos Cruz. Es cierto, también, que no hay manera de saber si las palabras del Papa fueron textuales. Pero lo que sí cabe considerar y no tiene posible confusión es que el Papa tenía de frente al joven que perdió a su papá a los 17 años y que, en vez de recibir apoyo del sacerdote al que consideraba como un nuevo padre, este abusa de él y lo manipula. Y luego, fue herido doblemente, siendo desacreditado por altos jerarcas de la Iglesia chilena y por muchos fieles.
Francisco hizo lo que está escrito en Marcos 9,30-37 y dice Jesús a sus discípulos: «El que recibe a un niño como este en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado». No son novedad estos gestos del Papa hacia personas heridas, sin mirar su condición.
El contexto de ese encuentro revela que el Obispo de Roma tenía frente a sí a una víctima para consolar y amar. El gesto está más que corroborado, no necesita de confirmación oficial, y puede ayudar al lector con su testimonio a ser «servidor» y no «juez».
Entrevistamos a Juan Carlos Cruz en Roma tras el coloquio de tres días con el papa Francisco en Santa Marta. Fue al final de la conferencia de prensa del 2 de mayo de 2018, en la sede de la Oficina de Prensa Extranjera en Italia, cuando la sala quedó casi vacía. Él estaba conmovido hasta las lágrimas porque el papa Francisco le había pedido perdón y le había tratado con cariño y como persona (como lo que es), y no como un enemigo de la Iglesia por gritar su dolor y el de las víctimas.
A continuación, Juan Carlos Cruz (JCC) nos cuenta el gesto que tuvo el Papa con él y sus compañeros durante esos tres días en Santa Marta. «Yo creo que el gesto que ha hecho el Papa, independiente de las cosas que tienen que pasar, ha sido significativo, en el sentido de que lo dijimos nosotros [las tres víctimas de Fernando Karadima: JCC, James Hamilton y José Andrés Murillo]: el mayor signo de que es infalible [el Papa] es que sabe cuándo se ha equivocado y lo acepta. Porque él se podía haber quedado callado y hay forma de tapar y de tratar de arreglar cosas... Entonces, para mí fue muy emocionante que me dijera perdón. ¡Y claro, salté y me puse nervioso!: “¡No, no Santidad!”. Y Francisco insiste: “No, no, yo fui parte de este problema y te quiero pedir perdón”. Es decir, eso no lo hace ni un amigo de uno. A la sazón, menos te lo esperas del Papa. En ese sentido [silencio...] fue una cosa emocionante para mí [llanto]. Pero, por otro lado, me duele que me estén pasando cosas tan buenas y a otras personas les estén pasando cosas tan malas [sollozo]». Cruz describió con emoción la gestualidad del encuentro: «Él me miró a los ojos. Yo me sentía que estaba hablando con alguien tremendamente sincero, tremendamente emocionante y emocionado». Le pedí a Juan Carlos Cruz que analizara cómo queda el liderazgo del Papa ante esta crisis de los abusos. «Yo te diría que si las palabras que hemos oído del Papa y las reuniones que hemos tenido con él después las complementa con las acciones que se tienen que tomar, entonces lo engrandece». Cruz, entre tanto, analiza esta crisis de la Iglesia en Chile que también ha golpeado directamente al pontificado de Francisco. «En Chile engañaron al Papa, no los chilenos, sino la Conferencia Episcopal de Chile, con nombres y apellidos, el cardenal [Francisco Javier] Errázuriz y muchos otros obispos. Al Papa lo engañaron y el nuncio (Ivo) Scapolo, también. Entonces, yo creo que el Papa ha permitido eso y se va a andar con más cuidado con la gente a la que le cree y la que no, esperemos, y que vayan a ver consecuencias». La víctima de los abusos de Karadima indicó como lección aprendida de lo vivido en Roma: «Hay que seguir, cuando uno está diciendo la verdad hay que seguir hasta las últimas consecuencias. La verdad os hará libres, dijo Jesús (Juan 8,31-38)...». Y también os hará enojar, le recordé. «Sí, me enoja, me pone triste... todo. Pero, cuando lo pongo en el contexto de que a lo mejor estoy ayudando a alguien, eso me hace salir adelante».
El calor humano, la actitud no tendenciosa y sin juzgar y la capacidad de comprensión son los factores que hacen el encuentro y el diálogo una experiencia significativa. La experiencia cotidiana nos indica que es importante para nosotros entrar en comunicación con otra persona cuando nos sentimos preocupados, amedrentados, confundidos o desesperados; hablar con otro ser humano puede dar sentido a nuestra experiencia y sufrimiento. Para nadie es fácil hablar de forma directa y honesta abriendo el propio corazón a los demás, es la calidad percibida de la relación que determina la profundidad del intercambio entre las personas. Si me siento aceptado puedo aceptar a su vez y convertir mi comunicación en algo significativo. Todos tenemos necesidad de una persona que nos escuche, nos hable, nos comprenda y nos acepte así como somos. El objetivo es trabajar sobre la persona y no sobre el problema. Así, se trata de facilitar el crecimiento de la persona.
No ser un lago con 3 milímetros de fondo: Profundidad
«Si cada uno de nosotros, cada día, hace una obra
de misericordia, habrá una revolución»
PAPA FRANCISCO, mensaje en Twitter,
16 de noviembre de 2016.
Dos intelectuales venezolanos vivían en una confrontación constante. Un día el político, jurista e historiador Ramón José Velásquez Mujica (1916-2014), dijo de su rival, el escritor Arturo Uslar Pietri (1906-2001), exponente del realismo mágico: «Arturo es un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad». La genial máxima era probablemente inmerecida hacia el mencionado polímata, político y periodista. Para el caso, la llamada sociedad de la información, el nuevo capital, o riqueza, radica en la profundidad del conocimiento. Saber de todo un poco no es suficiente. Las nuevas habilidades comunicativas requieren profundidad de conocimiento y en un determinado ámbito del saber. Las personas que saben de todo, pero sin la profundidad del testimonio y de la práctica de lo que dicen, pasan fácilmente por superficiales o incoherentes. Comunicadores mercenarios de ideas, la mayoría de las veces, flojas. Porque son ideas dispensadas sin el peso que da el testimonio que parte de la vida real. Vivir y luego predicar. ¿Cuántas veces salimos de seminarios de comunicación donde el orador es solo un entretenedor? Así, por el contrario, vivimos excelentes experiencias cuando encontramos oradores cuya profesionalidad está sumergida en la experiencia de la vida y en lo cotidiano. «Un cristiano que no sirve se convierte en un cristiano sin fuerza, sin profundidad». Lo anuncia Francisco en la Misa matutina de la Casa Santa Marta el 11 de noviembre de 2014.
El mensaje que custodia y testimonia el papa Francisco tiene el peso de un poco más de dos mil años. Todo comienza con la predicación de Jesús de Nazaret a un grupo de pescadores, sus discípulos. Una comunicación tan sencilla como profunda, radical y basada principalmente en parábolas (contar historias) y gestos (milagros) que llegan hasta nuestros días. Un mensaje esperanzador especialmente para los cautivos, los esclavos, los descartados, los últimos de todos los tiempos. La profundidad del mensaje cristiano a nivel más personal tiene raíces también en la vida de Jorge Mario Bergoglio. De hecho, el lema de su misión desde que fue llamado a ser obispo y elegido pontífice de la Iglesia católica es una evocación procedente de las Homilías de san Beda el Venerable, sacerdote (Hom. 21; CCL 122, 149-151), quien, comentando el episodio evangélico de la vocación de san Mateo, escribe: «Vidit ergo Iesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me (Vio Jesús a un publicano, y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: Sígueme)». Recordemos que Mateo fue uno de los doce apóstoles, vergüenza para su propio pueblo por colaborar con el opresor, pues en Cafarnaún cobraba los impuestos para Roma.
El lema elegido por Bergoglio rememora la llamada a un hombre lleno de defectos. Se trata además de un homenaje a la misericordia. Reviste un significado particular en la vida y en el itinerario del Papa. En efecto, en la fiesta de San Mateo del año 1953, el joven laico Jorge Bergoglio experimentó, a la edad de 17 años, la llamada a servir a Dios y a los demás en su vida. Después de una confesión dijo que su corazón se había sentido tocado. Una vez elegido obispo, Bergoglio, en recuerdo de dicho acontecimiento, que marcó los inicios de su total consagración a la Iglesia, decidió elegir, como lema y programa de vida, la expresión de san Beda miserando atque eligendo (lo miró con misericordia y lo eligió), que también ha querido reproducir en su escudo pontificio. A partir de su elección, ese mismo lema, como es tradición, se pone en el escudo pontificio, que, además, cada iglesia del mundo debería exponer en su interior, junto al del obispo local, sencillamente para demostrar la comunión con el Papa de Roma y su representante local: el obispo.
El 21 de febrero de 2001 se realizó el consistorio en el que el entonces monseñor Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, fue creado cardenal por el papa Juan Pablo II. Desde ese momento, la opinión pública empezó a preguntarse quién era ese «cardenal venido desde lejos y que no ama el trato principesco» designado a los cardenales de la época. El poeta y sacerdote Juan de la Cruz decía hacia el año 1500: «El alma que está enamorada de Dios es un alma gentil, humilde y paciente». Idiosincrasia que se esperaría fuera un ideal para todos los pastores de la Iglesia. «Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos», ha dicho más de una vez para explicar la opción de vivir en un pequeño apartamento y de prepararse la cena él mismo, se lee en la biografía oficial en la página web del Vaticano.
Antes del consistorio de su creación como purpurado, el futuro Papa era más conocido en el ámbito latinoamericano, pero ahora la birreta cardenalicia lo ponía bajo observación mundial como «papable». De hecho, en el cónclave del 2005 quedó segundo en la votación después de Joseph Ratzinger, en la elección a la sucesión de Pedro. Para el Consistorio de febrero de 2001, Bergoglio no quiso ser acompañado por nadie desde Buenos Aires e invitó a sus amigos a que el dinero que pensaban gastarse en el billete de avión lo donaran a los pobres o a obras de caridad. Después del cónclave de 2013 hizo lo mismo.
Esquivo y conciso, el jesuita no concedió entrevistas por doquier. Comentando la noticia de su inminente creación, dijo: «Ser cardenales significa una mayor cercanía al Papa y a un servicio a la Iglesia Universal. Estoy absolutamente seguro de que se trata de una atención especial y un afecto particular del Papa hacia la sede de Buenos Aires». En la única entrevista concedida antes de ser cardenal a Elisabetta Piqué, experimentada corresponsal en Italia del periódico La Nación, Bergoglio cuenta cómo estaba viviendo esa espera. «Yo lo vivo religiosamente. Es decir, rezo, hablo con el Señor, pido por la diócesis, y no lo vivo como haber llegado a algo. Según los criterios del Evangelio, cada ascenso entraña un descenso: hay que descender para servir mejor. Y quiero tomar esto con ese espíritu de servicio», reveló.
Otro detalle que llamó la atención fue que el cardenal Bergoglio no compró traje nuevo para tan prestigioso momento. Como buen religioso, atento al voto de pobreza, mandó arreglar el de su antecesor, Antonio Quarracino, fallecido en 1998. Por lo demás, se dice que aún hoy usa la misma mitra desde su ordenación como sacerdote. La tradición dice que después del Consistorio, todo nuevo cardenal tenga encuentros con familiares, amigos y fieles. Tras la ceremonia, el cardenal Bergoglio recibió efusivamente y con atención particular a cada persona, sin tener en cuenta quién era: bastaba con estar allí como fiel. No aceptó ninguna fiesta u homenaje, ni siquiera cuando regresó a Buenos Aires. Austeridad total.
En el mundo de hoy, ser profundos significa estar siempre en búsqueda. Ser irreverentes hacia lo establecido, lo convencional. Revolucionarios hasta el punto de buscar siempre el bien de los demás. En este sentido, la ciencia, la técnica y la política se deben nutrir de una comunicación que entra en contacto con la realidad y la dimensión individual y colectiva. Entre mitos y falsas noticias... la comunicación con sencillez, evidente, cimentada en lo elemental y sin rebusques gana siempre.
Otro aspecto de la profundidad del Papa que podemos notar con ojo atento se encuentra en la cruz pectoral de Francisco. Una cruz que no es de oro, simplemente evoca en su relieve los símbolos más cristianos que pueda haber; el Espíritu Santo, representado en la paloma, la oveja perdida y la imagen del buen Pastor que recuerda a Jesús.
Tras el cónclave en la Capilla Sixtina, el nuevo Papa venido del sur del mundo se dirigió a los cardenales que le aplaudieron en pie, y se arrodilló ante uno de ellos que estaba enfermo en silla de ruedas. En la Sala de las Lágrimas no hubo lágrimas. Sí, alegría y mucha calma, como contara después Bergoglio. El nuevo pastor de la Iglesia Universal salió vestido de blanco y no quiso la tradicional cruz de oro del pectoral. La cruz no llevaba incrustada ninguna piedra preciosa. Bergoglio prefirió llevar en su pecho la cruz que le acompaña desde su ordenación episcopal (27 de junio de 1992), celebrada en la catedral metropolitana de Buenos Aires.
En primer lugar, en la cruz pectoral del nuevo Papa se observa la Paloma que está en la parte superior de la misma. El Espíritu Santo es uno de los símbolos más fuertes de la iconografía cristiana. De hecho, el Catecismo de la Iglesia católica explica que sin el Espíritu Santo no se puede entender a Jesús. Él viene a nuestro corazón para que conozcamos a Dios, argumenta. El Espíritu desciende sobre Jesús en forma de paloma (en el Jordán), y en el Diluvio universal aparece como símbolo de la reconciliación del hombre con Dios.
«Sean pastores con olor a oveja», había dicho Francisco en su homilía en la misa del 28 de marzo de 2013 apenas unos días después de su elección. De hecho, en la cruz pectoral, el rebaño y el buen Pastor campean en el centro. Se trata de la referencia a la parábola del Evangelio que considera importante recuperar la oveja perdida más bien que cuidar solo las 99 en el redil. El icono bíblico del buen Pastor (Jn 10,11-18) resume la misión que Jesús recibió del Padre: dar la vida por las ovejas. Esa actitud es un modelo también para la Iglesia, que acoge a sus hijos, como una madre que da su vida por ellos, sostiene Bergoglio. En la exhortación programática de su pontificado explica que la Iglesia está llamada a «ser siempre la casa abierta del Padre [...]». «¡Nada de puertas cerradas!» (Evangelii gaudium, 47). Los cristianos están llamados a imitar al buen Pastor.
No cabe duda de que debería preocupar cuando el uso de la cruz no es más arquetipo del amor incondicional hasta el sacrificio en la realidad del mundo cotidiano. Entonces, este magno signo de amor se desvirtúa cuando no representa verdad, belleza y fe encarnada en la esperanza para los últimos y los desfavorecidos, en el hoy y en el ahora de la miseria humana (como Mateo), y podría convertirse contrariamente en emblema de prestigio, estatus y riqueza, y también, incluso, en sinónimo neutro de jerarquía eclesial como el barroquismo invistió a las cruces de su época, o desvirtuarse como objeto sagrado entre pompa, arte y ornamento lucido en el pecho de corazones rígidos o blindados a la misericordia.
Anselm Grün (1997) explica que vivir en armonía, o en paz con nosotros mismos, se corresponde con lo que la Biblia define como «ser misericordiosos». Jesús, como comunicador, no ha anunciado solo la misericordia, sino que también ha mostrado la misericordia en su vida y en la de sus discípulos. Jesús demostró su misericordia con hombres y mujeres juzgados como glotones, prostitutas y traidores. Pecadores sin remedio ante los ojos de aquellos que no creen en el mensaje. Jesús era el mensaje, el mensaje era con él y lo hacía vivo en las personas. «Misericordia quiero, no sacrificios». La misericordia hacia los enemigos, pero también hacia nosotros mismos. No podemos dar misericordia sin aplicarla a nosotros mismos. La profundidad del comunicador consiste en vivir el mensaje que se profesa y hacer que la persona a la cual se dirige el mensaje sea ella misma la mejor demostración del «milagro» implícito de su profundidad de contenido. Así como lo fue el mensaje de la misericordia para Jesús y que Bergoglio ha vivido en su vida y que ha hecho como lema y misión de su sacerdocio y pontificado para llegar a las personas de nuestro tiempo, independientemente de que crean o no. La profundidad del mensaje, entonces, va más allá del conocimiento fragmentado y también de los sentimientos fragmentados, esos que tienen en cuenta solo una dimensión de la persona.
Ponerse en los zapatos del otro: Empatía
«A la globalización de la indiferencia es necesario
contraponer la globalización de la empatía»
PAPA FRANCISCO (29 de abril de 2016).
Hoy vivimos en una especie de autismo social, resultado de un sumergirse inconsciente y concupiscente en la tecnología (Goleman 2007, p. 12) y en las distracciones individualistas de la sociedad moderna. Al alzar la cabeza en el metro, vemos que la mayoría de personas tienen sus ojos puestos en las pantallas de sus móviles o tablets. Entrar en el mundo real del otro se ha vuelto cada vez más una utopía. «Ponerse en los zapatos del otro» parece una frase rancia.
La empatía es un proceso que involucra la mente y los sentimientos. Sin embargo, requiere el gran esfuerzo consciente de entender la experiencia de la otra persona. Es un don precioso que podemos dar y recibir en las relaciones interpersonales. La comunicación es vehículo de empatía cuando reconocemos en el otro de manera profunda su experiencia. En ese proceso, la persona pierde momentáneamente la sensación de soledad individual y siente la libertad de expresarse. Significa entrar en el mundo personal del otro acogiendo esencialmente el aspecto más positivo del crecimiento de la persona. En efecto, Madre Teresa de Calcuta indicaba: «Para dar amor a alguien se necesita entrar en contacto con él. Si nos interesan los números grandes, en los números grandes nos perderemos y no lograremos encontrar al hombre singular en el amor y en la aceptación. Creo en aquello que sucede entre persona y persona. La persona que encuentro es para mí, en ese instante, única en el mundo» (Bader, 2000).
La psicología nos enseña que una persona puede estimarse y amarse, solo si encuentra alguien que lo aprecie y lo acepte. Es el amor que nos pone en estado de empatía con el otro, que nos permite ir más allá de sus palabras y nos ofrece la posibilidad de comprender sus sentimientos más profundos. La aceptación, hija del amor, hace a la persona capaz de estar en armonía con su realidad exterior, de perseguir un proceso vital para su existencia: la socialización. No hay diálogo sin escucha activa del otro, sin nuestro compromiso por entender cuanto el otro nos quiere comunicar. No se escucha solo con los oídos, como confirma el Papa, se participa con todo el ser: mente y corazón para poder comprender profundamente lo que el otro dice y lo que es.
El papa Francisco habló sobre la empatía en la publicación gratuita milanesa mensual Scarp de’ tenis publicada por Cáritas, con motivo de su visita el 25 de marzo de 2017 a Milán, norte de Italia, donde visitó algunas de las zonas más marginadas de esa ciudad. «Es muy difícil meterse en los zapatos, en el lugar, de los demás, porque a menudo somos esclavos de nuestro egoísmo», señaló.
Para Francisco, la gente prefiere «ocuparse de sus propios problemas sin querer ver el sufrimiento u otras dificultades». Pero advierte que hay otro nivel. «Ponerse en los zapatos de los demás significa tener una gran capacidad de comprender, de entender los momentos y las situaciones difíciles. Si pensamos, además, en las existencias que están hechas a menudo de soledad, ponerse en los zapatos del otro significa servicio, humildad y generosidad, que es, también, la expresión de una necesidad. Necesito que alguien se ponga en mis zapatos. Porque todos necesitamos comprensión, compañerismo y un consejo. Cuántas veces conocí a personas que, después de haber buscado consuelo en un cristiano, ya sea un laico, un sacerdote, una monja, un obispo, me dice: “Sí, me ha escuchado, pero no me ha entendido”. Entender significa ponerse en los zapatos de los demás. La empatía no es algo fácil», confirmó. Francisco admite que nos perdemos en las palabras. Se habla. Se aconseja. Pero cuando hay solo demasiadas palabras, entonces «falta la grandeza de ponerse en los zapatos de los demás».
En este caso, el Papa se ha comprometido a mejorar la vida de los sin techo en Roma, mientras Cáritas ha alertado de que el programa económico de austeridad de la Unión Europea perjudica a los más pobres. Giovanni es un sin techo ayudado por la caridad del Papa, ríe cuando hablamos del nuevo servicio de barbería instalado, pues él mismo se sorprendió al mirarse al espejo: sin la barba larga, se encontró de frente a otro hombre en el espejo. A lo mejor más joven y quizás alguien que se le parece a la edad más adulta de su propio padre, un obrero metalúrgico polaco que cuando llegaba a casa abrazaba a todos sus hijos sin ahorrar esas ultimas energías al final del día. «Francisco está con nosotros, nos entiende», dijo Giovanni, uno de los primeros beneficiarios de la apertura del servicio de duchas y barbería abierto al público por orden del Papa el 16 de febrero de 2015 en el Vaticano. La «barbería del Papa» es una iniciativa de la Limosnería Apostólica, la Oficina que tiene la tarea de practicar la caridad a favor de los pobres en nombre del Obispo de Roma.
Quitando el jugoso negocio de las bendiciones a los comerciantes de la zona aledaña al Vaticano, el Papa ha querido que el dinero de la venta de los pergaminos con su bendición sea utilizado en financiar más servicios a favor de los pobres de la ciudad eterna o en las zonas donde se concentran los «sin techo». Para la inauguración de la barbería al lado de la columnata de Bernini en la Plaza de San Pedro han llegado cerca de «50 personas», contó Giovanni. Después de perder el trabajo y ocupar por necesidad una casa abandonada, ahora este ciudadano polaco de 49 años duerme bajo el soportal del Palacio, sede de la Sala de Prensa de la Santa Sede.
Él se consuela con la compañía de un grupo de seis paisanos sin techo que duermen al lado de la puerta del ingreso del edificio en Vía de la Conciliación y asegura no tener familia. Porque sus padres murieron, dejándole solo una foto gris que forma parte de su bagaje de calle y recuerdos. Simbólicamente, el Papa ha tenido en su mente a Giovanni y a otras personas que, como él, sufren la marginación social: «Tenemos mucho que recibir de los pobres a los que nos acercamos y ayudamos. Luchando con sus dificultades, a menudo dan testimonio de lo esencial, de los valores familiares; son capaces de compartir con aquellos que son más pobres que ellos y lo saben disfrutar...», indicó Francisco recibiendo esa semana a los miembros de la Asociación Pro Petri Sede. Giovanni convive con ese hombre nuevo del espejo y aspira a cambiar en algo su vida. Ese reciente aspecto limpio y ordenado que le devolvió ese corte de cabello y la rasada del vello facial le motiva a querer darle una oportunidad a ese buen reflejo de hombre apenas descubierto. «Es más fácil ir a buscar trabajo», dijo Giovanni, mientras asomaba una sonrisa roída por el tiempo. El aseo personal ya no es la crónica de un fracaso anunciado: oler mal en un bus para llegar desde la zona del Vaticano al otro extremo de la ciudad para hacer una fila interminable y acceder a una ducha era la norma. Pero a lo que nunca se acostumbró fue a que en muchos casos prefería evitar ese trayecto, dado que, en su estado de suciedad, aún era más duro para él ver cómo la gente le hacía el quite tapando boca y nariz. Un día después de la inauguración del servicio, el papa Francisco dijo: «El creciente número de personas marginadas y que viven en gran precariedad nos interpela y nos llama a una mayor solidaridad para ofrecerles el apoyo material y espiritual que necesitan».
Giovanni espera que don Corrado (el limosnero del Papa) le consiga un puesto de trabajo porque aspira a casarse con su novia, que ha conocido hace dos años, pero que ha tenido que aguantar pacientemente el cumplimiento de la promesa de matrimonio ante la crisis económica. «Ella no conoce toda mi situación», dice con ojos aguados. Nos vemos cada vez que puedo. «La atención a los pobres nos enriquece poniéndonos en un camino de humildad y verdad», dijo Francisco, invitando a los fieles a implicarse en la vida de los más vulnerables en la Cuaresma de ese año. En diciembre de 2013, el Papa desayunó con tres sin techo. El 17 de diciembre de 2014, seis de ellos fueron sus invitados de honor en la audiencia del miércoles. En las escaleras de una puerta cerrada al público en Vía de la Conciliación 54, Giovanni comparte el lugar con Mandek, otro sin techo, nacido en Polonia, 45 años, quien vive en Roma desde 1986 y también manifiesta su alegría por la atención del Papa hacia los necesitados. Así, recuerda que las tarjetas telefónicas distribuidas por los voluntarios de la Limosnería Apostólica lo ayudaron a saludar a su hermano en Polonia en Navidad. «A veces no tenía cómo llamarlo y no quería, pero la tarjeta fue una señal de que debía buscarlo».
Cada hombre tiene derecho a tener a alguien que le dé seguridad, que le ayude a crecer o que le recuerde, cuando es necesario, la propia dignidad. Como escribió la Santa de Calcuta: «Se siente hambre no solo de pan, sino también de existir por alguien; se está desnudo, no solamente por falta de vestido, sino también de compasión, de refugio, no solo de aquel que se construye de piedra, sino también de un corazón amigo por el cual se pueda decir que se tiene a alguien». La comunicación no solamente de las palabras, sino de los hechos. No cuenta cuántas cosas se hacen para comunicar, sino cómo se hacen. En otras palabras, el amor que se pone en la relación interpersonal, de entrar en contacto con la necesidad verdadera del otro, más allá de lo aparente.
Gritar desde la montaña: Anuncio
«El que sabe reprochar será un día más apreciado
que el bueno para adular»
(Prov 28,23).
El papa Francisco, inspirado en la comunicación de Jesús de Nazaret, habla de las bienaventuranzas en sus discursos por el mundo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,3). Es un grito desde la montaña: «Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados». Es un grito de denuncia, pero que habla de esperanza si aprendemos a secar las lágrimas de quien sufre. «Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra». Es un grito por una comunicación que anuncia y mueve a la acción de salir al encuentro de los necesitados sin alguna presunción.
El Papa lleva consigo una pequeña agenda negra. Lo que anota en ella es imprevisible. Los obispos de Sicilia, sur de Italia, agobiados por las malas noticias que llegaban desde su isla debido a la crisis migratoria, saludando al nuevo Papa e informándolo de la muerte en el mar Mediterráneo de miles de personas que escapan de los conflictos y de las carestías de África, le preguntan –sin esperar una respuesta inmediatacuándo iría a la isla de Lampedusa. El Papa saca su pequeña agenda negra del bolsillo y dice: ¡Voy el 11 de julio de 2013! Ellos quedan de piedra. El Obispo de Roma realizó a un lugar simbólico su primer viaje apostólico dentro de Italia. La foto del día: Francisco que reza y lanza al mar una corona de flores en ese cementerio abierto. Los titulares claman a la globalización de la indiferencia en medio de los naufragios: «¿Quién de nosotros ha llorado por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos sobre las barcas, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Estamos anestesiados ante el dolor de los demás». Y más símbolos: El altar de la misa, una patera. La cruz y cáliz, trozos de las barcazas que llegaron a la isla en la primavera 2011 y cuyos esqueletos continúan como un cementerio de la memoria en el lugar. En vez de un lujoso coche oficial, un jeep pequeño, viejo y prestado. Y a los gestos acompaña las palabras que marcan como látigos en la conciencia: «Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto... La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia». Y la pregunta que retumba aún hoy: «Caín, ¿dónde está tu hermano?».
«Nos hará bien llorar», dice el papa Francisco frecuentemente para avezar nuestra humanidad al sentimiento y comprender la proclama que hay detrás del dolor que experimentan los demás. Esto para evitar el cinismo que invade la comunicación, que nos frena cuando debemos proteger al que lo necesita o que inhibe, incluso, el buen sentido de no causar más daño. «Son lágrimas fecundas que nos hacen capaces de compartir las lágrimas de otras personas, de ejercitar el conforto». «Es el llanto de Jesús delante de María que llora la muerte de su hermano Lázaro, el antídoto contra la indiferencia de mis hermanos. Ese llanto enseña a hacer mío el dolor de los demás, a hacerme parte del malestar y del sufrimiento de los que sufren en las situaciones más dolorosas», dijo el papa Francisco, enfrentando incluso la tristeza que causa la muerte prematura de una persona (5 de mayo de 2016). Como el llanto de Glyzelle Palomar, 12 años, que en Filipinas conmovió al papa Francisco. Era un llanto que buscaba respuestas. El Papa cambió su discurso por ella y por los niños abusados del país asiático.
En un discurso espontáneo en la universidad de Santo Tomás de Manila, Francisco instó el 18 de enero de 2015 a 30.000 asistentes a no ser jóvenes de museo, que solo acumulan información, sino a ser sabios y aprender a llorar, a conmoverse con el sufrimiento ajeno, a aprender a amar, dejarse amar y ayudar a los pobres, los enfermos y los huérfanos. Glyzelle, con lágrimas en los ojos, le contó a Francisco que había recogido comida entre la basura y dormido en la calle. Sollozando preguntó por qué Dios deja que pasen esas cosas, cuando además no es culpa de los niños. Y remató insistiendo por qué solo algunas personas ayudan a los niños más vulnerables.
Las lágrimas de Glyzelle inspiraron al Papa un discurso sublime, que podríamos llamar de «teología del llanto». «Su realidad es superior a todas las ideas que yo había preparado», explicó Francisco. En su inocencia, Glyzelle hace con claridad una fotografía de los problemas de miles de niños en Filipinas y en varios países llamados emergentes. «Hay muchos niños rechazados por sus propios padres. Hay también muchos que han sido víctimas de tantas cosas terribles que les han pasado, como drogas o prostitución». Ante estas palabras, el Obispo de Roma apartó las hojas que había preparado hablando con naturalidad a los jóvenes del público. «Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta, y no le alcanzaron las palabras y tuvo que decirlas con lágrimas», aseguró el Papa. «Cuando nos hagan la pregunta de por qué sufren los niños, entonces que nuestra respuesta sea o el silencio o las palabras que nacen de las lágrimas», añadió.
Glyzelle se presentó ante el Papa acompañada de Jun Chura, otro joven de 14 años que también había sido un niño de la calle, quien leyó un emocionante testimonio sobre la vida de los pequeños filipinos víctimas de abusos. Los jóvenes fueron salvados de la calle por la fundación ANAK-Tnk, la casa de acogida que visitó el papa Francisco por sorpresa acompañado por el Cardenal Luis Antonio Tagle y Gokim. El Pontífice dijo que «ciertas realidades de la vida se ven solo con los ojos limpios por las lágrimas» y, al respecto, afirmó que «si ustedes no aprenden a llorar no son buenos cristianos». El Papa ha recordado el testimonio de los niños ex habitantes de la calle y aseguró que «al mundo de hoy le hace falta llorar, lloran los marginados, lloran los que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar». Los testimonios inspiraron al Papa para improvisar «las palabras que nacen de las lágrimas» y, de esta manera, pidió perdón por hablar en español y no hacer su discurso oficial, porque le brotó la pregunta: ¿Por qué sufren los niños?, y añadió que en estos casos la compasión mundana no sirve para nada.
Gritar desde la montaña hoy significa facilitar la comunicación para que la voz que denuncia el propio dolor llegue lejos y toque en «profundidad» el corazón humano, «donde toman forma las decisiones importantes», parafraseando al papa Francisco. Una comunicación que no mira ni desde arriba ni de lejos para rechazar el dolor de los demás, sino que lo abraza, como hizo el Papa con Glyzelle. Una comunicación que deja los discursos preparados, para no caer en la corrupción de una práctica empaquetada, estilizada, rígida que se queda en la apariencia de bien. Una comunicación para iluminar los lugares oscuros de la soledad y de la marginación. Una comunicación que denuncia lo que no funciona, lo que esclaviza y lo que limita la dignidad de las personas; al mismo tiempo, que demuestra entrega a los demás, fuera de la vanidad y de la apariencia. Y esto significa también ceder el escenario y nuestro protagonismo como comunicadores para que el llanto sorpresivo del indefenso encarne el deseo universal de consolar y de ser consolados.
Habría que decir también que, así como la vida está llena de momentos oscuros, se necesita de la misericordia para encontrar luz de esperanza que nos ayuda a saber sonreír, no obstante la adversidad. «Desconfía de quien no sabe reír, porque no sabe qué es la Misericordia», dijo Roberto Benigni a los periodistas presentes en la presentación del libro entrevista El nombre de Dios es Misericordia del papa Francisco en conversación con el periodista italiano, Andrea Tornielli, durante su lanzamiento a nivel mundial, el 12 de enero de 2016, en la Sala del Instituto Augustinianum de Roma y contemporáneamente en 86 países. «Francisco está llevando consigo toda la Iglesia a un lugar del cual casi nos habíamos olvidado, no lo pensábamos más... la está llevando hacia Jesucristo, hacia el Evangelio, hacia el cristianismo», dijo Benigni, mientras compartía la mesa del evento con el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado. «Desde que era pequeño quería ser el papa, entonces la gente reía, así yo descubrí que podía ser un comediante». El cómico italiano sostuvo: «Es un honor estar en el Vaticano, en el Estado más pequeño del Mundo, donde reside el hombre más grande del mundo». El también director y guionista de cine, que recibió un Óscar por la película La vida es bella, el día anterior de su presentación se había encontrado con el papa Francisco junto a una pequeña delegación para entregarle el libro. «Me sentía como Zaqueo...», contó entre las risas del público. El evangelio de Marcos es el evangelio preferido de Benigni, que indicó en broma que el primer acto de misericordia de Jesús es la curación de la suegra de Pedro: «Maestro, no, no vayas a visitar a mi suegra, está enferma, déjala, no queremos causar molestia». «Es una bonita historia que narra la victoria de todas las suegras». Ella «luego se levantó y preparó a Jesús un almuerzo suculento». El cómico italiano realizó un monólogo sobre la alegría. «El hito del pontificado de Francisco es la misericordia, que no debe ser confundida con la piedad, que es dada desde lo alto hacia abajo [...] Dentro de la misericordia hay alegría, la gravidez del perdón. La alegría es el gran don secreto del cristianismo», expresó antes de iniciar su explicación personal del libro-conversación. ¿Dónde está la justicia? «La justicia es el fin de la misericordia, que no cancela la justicia, sino que va más allá. Un mundo con solo la justicia sería frío, la misericordia es la base del cristianismo». La misericordia «no se queda quieta, como tampoco el Papa, entre los pobres, los miserables», comentó. «Muchos cristianos hoy no entrarían en la casa de Zaqueo». «Jesús es el sí de Dios [...] con la Misericordia, el Papa también se dirige a los no creyentes, es una lucha entre quien cree y no cree. Es renunciar a sí mismo, depender de los demás. Amar al propio enemigo, es el riesgo divino; amar», sostuvo. El amor cristiano «es misericordia, y esta nace del dolor. El Papa está lleno de ella y nos la quiere brindar». «El dolor es más fuerte que el mal, porque el sufrimiento es el lugar de la solidaridad entre Dios y el hombre; entre Dios y el hombre no hay mejor colaboración; no hay gracia si antes no hubo dolor». El Papa nos dice, según Benigni, que cada «acto de amor, de atención, de misericordia, es una resurrección, y cada acto de egoísmo, de avaricia, es un acto de muerte».
Un tema muy serio... alegría y buen humor: Entusiasmo
«La vida es una cosa demasiado seria
para ser vivida seriamente»
GILBERT KEITH CHESTERTON (1874-1936),
escritor, ensayista y periodista inglés.
La tristeza es un enemigo silencioso de la sociedad. Hablamos de una fruta amarga que cuelga del árbol de una vida enraizada en la búsqueda exasperada de uno mismo y de la satisfacción propia. Por ello, el Papa insta a una alegría interior que se renueva y se comunica a los demás, lejos del pesimismo y del cinismo de nuestro tiempo. En la vida existen problemas, pero la manera en que se afrontan marca la diferencia. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Francisco, 2013, p. 2). La alegría no se compra en el supermercado. Para Francisco, la alegría cristiana es como la respiración, pues el cristiano «que no es alegre en el corazón no es un buen cristiano». Es la respiración, el modo de expresarse de la persona llena de misericordia, alegría y amor. «No es algo que se compra o se hace con el esfuerzo, no»: es un fruto de cómo se vive la vida de manera auténtica. Una alegría que se encuentra dentro, en el corazón.
Zygmunt Bauman, el famoso sociólogo fallecido en 2017 y que se autodefinía como un «pesimista» de la sociedad moderna, tuvo un encuentro digno de mención y poco documentado con el «Papa de la esperanza». ¿Dos figuras opuestas? Parecería a simple vista, pero no es así. El 20 de septiembre de 2016, en Asís, en la tierra de san Francisco, el teórico de la «sociedad liquida» estrechó la mano al primer Papa americano que proclama en su pontificado alegría, belleza, esperanza y misericordia. La conversación privada de dos protagonistas de la historia de nuestro tiempo se había quedado hasta ahora en un círculo privado y en el recuerdo de pocos allegados. «He trabajado toda mi vida para hacer de la humanidad un lugar más hospitalario. Llegué a los 91 años y vi falsos comienzos, hasta que me volví pesimista [...] Gracias, porque usted [papa Francisco] es, para mí, la luz al final del túnel de la globalización negativa», expresó Zygmunt Bauman, cinco meses antes de morir, durante el referido encuentro privado en la ciudad de Asís, mirando a los ojos del Sucesor de Pedro. Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de San Egidio en Roma, contó en las páginas del periódico italiano católico Avvenire esa inédita declaración. El filósofo ex comunista era ajeno a comentarios obsequiosos o halagos fáciles para alguien o algo. Sin embargo, con el papa Francisco algo cambió. El contexto del encuentro fue memorable igualmente; la celebración de los treinta años de la Jornada mundial de oración por la paz, que Juan Pablo II había instituido en Asís en 1986, en la línea de la contribución de las religiones a la paz y el diálogo. Bauman participaba en el encuentro en Asís en 2016 y escuchó con mucha atención el discurso del papa Francisco. Riccardi explica que el famoso sociólogo se encontraba allí porque su nombre resonaba constantemente en los círculos de la cultura en Italia, especialmente cuando se trataban temas alrededor del diálogo global. Al lado de la Basílica, donde están conservadas las reliquias del «santo pobre», Bergoglio y Bauman se reunieron en una sala en privado, después del almuerzo con los líderes religiosos, donde estuvo, entre otros, el patriarca ecuménico de Constantinopla Bartolomeo I, en el antiguo convento franciscano, el Sacro Convento, inaugurado en el siglo XIII tras la beatificación de san Francisco. Riccardi narró que el sociólogo manifestó –en esa cita– toda la comprensión y cercanía por la esperanza que Francisco estaba profesando en el mundo. Bauman y su compañera de toda la vida, Aleksandra Kania, socióloga, polaca y católica, fueron de los pocos personajes que tuvieron un encuentro a solas con el Papa ese día. El fundador de San Egidio admitió que no era una novedad absoluta, pues ya Bauman había tenido palabras públicas de aprecio hacia Francisco, por ejemplo lo había hecho dos días antes en una conferencia en el foro sobre diálogo interreligioso de Asís. El profesor no escondió todo su «pesimismo» sobre la situación y la evolución del mundo contemporáneo. Pero de frente al Papa le manifestó que a su edad lo veía como una «luz al final del túnel». El Papa, según confesó a sus colaboradores, había quedado sorprendido de las palabras de su interlocutor y de su lucidez. El Papa, con buen humor, respondió a Bauman: «Nadie me ha dicho que estoy en el fondo de un túnel». Y Bauman salió al paso: «Sí, pero como una luz». Dos personalidades distintas, visiones discordantes de la vida, pero –nota Riccardi– con un fuerte punto de convergencia. «El “mensaje de Francisco” fue una “luz” al final del “túnel” de la globalización negativa, que caracterizó las dos primeras décadas del siglo XXI». Bauman, «con su “pesimismo”, se expresó en una crítica severa de la globalización, caracterizada por una serie de temores posteriores, como el mal del milenio, la vaca loca, el terrorismo, etc. La serie de esos eventos es una de las principales causas de la “incertidumbre” del ciudadano global y, sobre todo, de su retirada hacia sí mismo y el presente, lo que lo empuja a no esperar, sino a construir “muros” contra el otro», argumentó el historiador.
Otro dato inédito que emerge es que Francisco había leído a Bauman; en el verano de 2017 –cuenta Riccardi– pidió a sus colaboradores que le llevaran algunos de los libros del pensador del amor líquido. El 17 de febrero de 2017, Francisco, en un discurso sin hojas preparadas, ante los estudiantes de la universidad pública Roma TRE sostuvo que la belleza, la esperanza y la diversidad en un mundo globalizado son posibles, aun en tiempos de «una sociedad liquida», y citó a Bauman. Probablemente, esa luz de alegría que Bauman ha visto en el Papa se refleja en ese discurso donde ambos pensamientos convergen y –diría– se perfeccionan desde la fenomenología existencial cristiana. El filósofo pesimista y el teólogo de la esperanza se complementan para dar al mundo una visión de equilibrio en el reconocer el mal que existe, sin quedarse en el pantano.
La alegría es parte del carácter esencial de la comunicación del Papa porque es abierta y se renueva en los demás. Ayuda a reflexionar sobre nuestra propia comunicación, ya que Francisco impacta a las personas que le conocen porque sonríe espontáneamente y frecuentemente. Es una manifestación profunda de su ser comunicador en la que «palpita el entusiasmo por hacer el bien». La alegría que invita a comunicar se convierte en antídoto contra resentimientos, quejas y muerte. Además, la alegría se muestra como gesto externo de algo que se encuentra en lo más profundo del ser que vive una opción de vida plena y digna en el donarse a los demás, en el perdón, levantar la cabeza y volver a empezar ante las dificultades que no faltan. La alegría también es una clave de la pedagogía divina. «Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: “Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien [...] No te prives de pasar un buen día” (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!», asegura el Papa (2013, p. 2).
El Papa ha invitado siempre a los fieles a ser parte de una Iglesia alegre y acogedora. El jesuita Humberto Miguel Yáñez conoció a Jorge Mario Bergoglio cuando era superior provincial de la Compañía de Jesús en Argentina, entre 1973 y 1979. A Yáñez le preguntamos si Bergoglio profesa y aplica esto en su vida privada. «Él es una persona alegre, con gran sentido del humor, suele contar chistes, sabe reírse incluso de sí mismo. Creo que su actitud proviene de una profunda vida espiritual, de su oración cotidiana, como establecen las normas de la Compañía de Jesús. Para poder dedicarse con tiempo a la oración, se suele levantar muy temprano». El también director del Departamento de Teología Moral de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma nos contó una alegría personal: el cardenal Bergoglio, recién llamado desde tan lejos para llevar las riendas en el gobierno universal de la Iglesia católica, alzó, un día inesperado, el auricular del teléfono para tener noticias de su ex alumno y amigo, padre Yáñez, de quien fuera formador en el Colegio Máximo de San Miguel. El nuevo Papa quería saludarle y contarle que ahora estaba en Roma. Yáñez, que obviamente había visto el evento en mundovisión, no soñaba que el pontífice en persona tuviera tiempo para hacerle una llamada, dados todos los problemas, compromisos y agenda que esperan a tan alta misión. Conversamos con Yáñez de sus recuerdos bonaerenses al lado de Bergoglio. «Solíamos festejar nuestros cumpleaños el sábado por la noche. La cocinera preparaba una torta que se compartía en el recreo después de cena, cuando volvíamos de nuestros apostolados. Pasábamos un rato agradable entre guitarreada, cantos y juego de cartas. Él estaba como uno más entre nosotros, haciendo chistes o jugando a las cartas. Su cumpleaños era como uno de los nuestros», contó.
De hecho, cotejando las anécdotas de Jorge Milia, ex alumno de Jorge Mario Bergoglio, en Argentina en los años sesenta, encontramos una creciente coherencia entre las enseñanzas del «maestrillo» aspirante jesuita, con las del papa Francisco en las homilías de Santa Marta o en las catequesis en la Plaza de San Pedro. De ahí que haya dedicado un año entero a predicar sobre la esperanza cristiana en las catequesis (2015-2016) y haya titulado el documento sobre la familia: La alegría del amor o su primera exhortación, documento programático de su pontificado: La alegría del Evangelio.
En la homilía de Santa Marta del 28 de mayo de 2018, Francisco insistió en el sentido de la verdadera alegría, que no «es vivir de risotada en risotada. No, eso no. La alegría no es ser divertido. No es eso... La alegría cristiana es la paz del corazón y que solo Dios nos puede dar». En otras palabras, es algo que está en las entrañas de las personas y luego se refleja hacia los demás. ¿Cómo era Bergoglio como profesor? «A cualquier persona que tenía un proyecto, él trataba de ayudarla a concretarlo; nos decía que lo triste sería que no tuviéramos proyectos, triste como personas y como cristianos». Era cuidadoso «de potenciar la personalidad de cada uno», sostuvo Milia. Así ocurrió cuando algunos alumnos, inspirados por el auge de los Beatles, acudieron al maestro Bergoglio para pedirle ayuda. «Ellos trataban de buscar cómo hacer un grupo musical [...] A Bergoglio le encantó la idea y les consiguió, por un lado, una sala dentro del colegio para que pudieran ensayar; también logró que les prestaran el equipo de audio del instituto». «Bergoglio como profesor era bastante original», recalcó Milia. Un ejemplo fue cuando llevó a sus alumnos al cine Garay, salón de actos del colegio, para hacerles ver la proyección de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. «En una sociedad de provincia y en un colegio católico, mostrar una película de Bergman les puso los pelos de punta a todas las madres», contó divertido. Milia sostiene que el papa Francisco le saca broma hasta a la posibilidad de ser víctima de un atentado, escenario que aterroriza a sus amigos más cercanos, pues le ven abrazar, estrechar manos y tomar mate (bebida típica argentina) sin precisión de quién se le acerca en la Plaza de San Pedro durante las concurridas audiencias generales.
Tiene un humor «borgiano» (en referencia al famoso escritor argentino, Jorge Luis Borges), pues a «él no le preocupa tanto el hecho de morir. Pero sí le preocupa que quienes cometan el acto no sean profesionales». Así, con un poco de ironía, el Papa tranquiliza a sus amigos. El periodista se encontró a Francisco al final de la audiencia general, el 23 de mayo de 2018, durante el llamado «besamanos». Aseguró que, cuando tienen oportunidad, ambos charlan de muchas cosas, y admira su capacidad de «verlo todo desde la óptica del humor». Milia describe a Bergoglio como un hombre capaz de enfrentar con seriedad un problema, pero que para él es indispensable rescatar siempre el humor. Porque, de hecho, considera importante hacer reír a las personas, en algún momento, para donarles vida y elevar su alma.
Asimismo, contó una anécdota jocosa de su relación con Bergoglio. Tras la renuncia de Benedicto XVI, en febrero de 2013, apenas recibió la convocatoria para ir a Roma para participar en el cónclave, acordaron encontrarse a su regreso al final del mes, cuando todo hubiera pasado y conversar. Obviamente, no se encontraron. Los medios de comunicación llamaban hasta en la madrugada a la casa de Milia para obtener el testimonio del amigo del Sumo Pontífice, tras la sorpresa del humo blanco que se divisó en el techo de la Capilla Sixtina. Pasaron dos meses. Milia decidió escribir a Bergoglio, animado por su esposa. Le envió un e-mail con un adjunto. Eso fue un viernes y el domingo por la mañana suena el teléfono: «¿Hablo con la casa de Jorge Milia?», dice una voz del otro lado del teléfono. «Yo respondí: “Usted se ha comunicado con la casa del amigo del Papa, si es el Papa marque uno y si es alguien de los medios, cuelgue, porque ahora estoy esperando hablar con el Papa”». Francisco lanzó una carcajada y le dijo en fuerte acento porteño: «Estás completamente loco y perdido». El Papa le contó que había recibido su carta, pero que tenía un problema y le llamaba para darle la excomunión. Su tocayo se sorprendió del otro lado del océano. «¿La excomunión?». Francisco recibió la carta el viernes de mano de su secretario, quien le hace notar que recibió una misiva. El Papa creyó que su secretario se había enloquecido: «Aquí las cartas llegan por montones», le dijo. «Sí, pero, ha recibido una carta de 12 páginas», contestó el secretario. «¿12 páginas? Eso es para excomunión. ¿Quién la envía?». «La envía un tal Jorge Milia». «Entonces, déjamela aparte».
Así, le contó sus «desventuras, después de haber tenido que sufrir» la elección como Papa. «Siempre que me encuentro con él, siempre, tenemos algo de que reírnos, y creo que es importante. Porque cuando uno puede reírse junto a un amigo las cosas son mucho mejores, aunque podamos estar tratando un tema espinoso, complicado o simplemente triste, como hay tantos». De hecho, una de las características del papa Francisco es que siempre sonríe, no obstante que, figurativamente hablando, pueda tener sobre sus hombros el peso de la humanidad. «Una vez me dijo Jorge que uno tenía que saber sonreír porque los demás no tenían por qué hacerse cargo de nuestros problemas; y de golpe saludar a alguien con una sonrisa era cambiar su día, era hacer el bien [...] Dios no es un Dios de caras agrias», abundó Milia. La pedagogía de la sonrisa era algo que Bergoglio enseñó a sus alumnos: «Él nos decía que el ceño fruncido siempre genera un rechazo». Pero, también, que había que aceptar la otra cara, la del dolor, «frente a los hechos que nos superan». «Realmente una sonrisa para una persona que está en medio de una tribulación, la enfermedad, es también una forma de caridad». Jorge Milia dice que aprendió del «maestrillo» Bergoglio que «la sonrisa tiene un poco de esa riqueza del que lo da todo».
En el libro entrevista Dios es joven (2018), Francisco invita a los jóvenes para que no falte nunca en sus vidas entusiasmo y alegría. Además, les confía la oración que reza desde hace más de cuarenta años para no tomarse las cosas demasiado en serio. «Si no se conserva el sentido del humor, es muy difícil ser felices». En su intercambio con el periodista italiano Thomas Leoncini, el Papa describe el sentido del humor como una cualidad que no debe faltar nunca en el cristiano, porque de ello dependen «la capacidad de gozar» de la vida y de «entusiasmarse». El humor, dice, es «como el agua que brota naturalmente con gas de la fuente; tiene algo más: se percibe en ella la vida, el movimiento». Él mismo, para no correr el riesgo de tomarse las cosas demasiado en serio –confiesa– reza desde hace cuarenta años la «oración del buen humor» de santo Tomás Moro (1478-1535), un hombre alegre y comprometido seriamente con la vida. Moro –destaca el Papa– fue capaz de reír incluso en el patíbulo: «“Esta no ha ofendido al rey”, dijo apartando su propia barba para que la decapitación no la cercenara». Esta es la oración que el Papa propone a los jóvenes al final del libro: «Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor preciso para mantenerla. Concédeme, Señor, un alma santa, que atesore lo que es bueno y puro, para que no se asuste del pecado, pero halle en tu presencia la manera de poner las cosas en orden. Concédeme un alma que no sepa del tedio, de las quejas, suspiros y lamentos, y no dejes que sufra en exceso por ese ser tan dominante que se llama yo. Concédeme, Señor, el sentido del humor, dame la gracia de entender las bromas, para que la vida me dé un poco de alegría y pueda compartirla con los demás. Así sea».
No es una casualidad que el Pontífice haya lanzado una exhortación apostólica sobre la llamada a la Santidad en el mundo actual bajo la invitación «alegraos y regocijaos». Francisco es un pastor que se toma en serio el sentido del humor y la alegría. En esta línea, se dio a conocer el 9 de abril de 2018, la exhortación apostólica Gaudete et exsultate, en la que presenta la santidad como un camino para todos, una manera de salir de la mediocridad cotidiana y, sobre todo, una búsqueda llena de gozo. Una carta larga del Papa con un mensaje directo para personas casadas, consagradas, trabajadoras, educadoras y, en general, personas sumergidas en la vida de todos los días con sus dificultades y fatigas, pero que jamás deben dejar de donar una sonrisa, porque sonreír es ese gesto divino que hace florecer la cercanía.
El Papa explica que ser santos no tiene nada que ver con tener un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. «El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor», expresa Francisco en el número 122. Una sonrisa transforma y desmiente el tomarse demasiado en serio y derriba muros, esos que se erigen por vanidad y orgullo contra los demás. Así, cita a reconocidos santos llenos de alegría. Por ejemplo, Tomás Moro, que acabamos de mencionar, san Vicente de Paúl o san Felipe Neri. La tercera exhortación apostólica del papa Francisco invita a dejar que el Señor «nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida». El Papa admite que «hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo». La alegría cristiana es manifestación de una «seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos».
Francisco señala que el mal humor no es un signo de santidad: «Aparta de tu corazón la tristeza» (Qo 11,10). Es tanto lo que recibimos del Señor, “para que lo disfrutemos” (1Tim 6,17), que a veces la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar tan encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios». El Obispo de Roma asegura que el amor paterno de Dios invita a que cuidemos de nosotros mismos. «No te prives de pasar un día feliz» (Si 14,11.14). Dios «nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados». «En tiempo de prosperidad disfruta [...] Dios hizo a los humanos equilibrados, pero ellos se buscaron muchas preocupaciones» (Qo 7,14.29). En todo caso, hay que mantener un espíritu flexible, y hacer como san Pablo: «Yo he aprendido a bastarme con lo que tengo» (Flp 4,11). Es lo que vivía san Francisco de Asís, capaz de conmoverse de gratitud ante un pedazo de pan duro, o de alabar feliz a Dios solo por la brisa que acariciaba su rostro».
El líder de la Iglesia católica asegura que no habla de una alegría consumista e individualista, tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. Advierte que el consumismo «solo empacha el corazón». Porque «puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo». Se refiere a una alegría auténtica que se vive en comunión, «que se comparte y se reparte, porque “hay más dicha en dar que en recibir” (He 20,35) y “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7)». Contra el egoísmo, insiste en gozar de las alegrías de los demás. Por eso, el amor fraterno multiplica «nuestra capacidad de gozo». «Alegraos con los que están alegres» (Rom 12,15). Y agrega: «Nos alegramos siendo débiles, con tal de que vosotros seáis fuertes» (2Cor 13,9). En cambio, si «nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría». Ser santos alegres y tener sentido del humor, no significa perder el realismo de las cosas. Lo dice el Papa que en las audiencias generales del miércoles bromea, abraza y sonríe con los fieles que logra tocar mientras pasa en el «papamóvil», y luego, enfrenta temas doctrinales y hace llamamientos a los líderes del mundo por los diversos males que golpean a la humanidad. Igualmente, quiere que se mantenga una actitud esperanzadora y donarla para iluminar a «los demás con un espíritu positivo». Se trata del quinto documento escrito por el Papa en el que pone de ejemplo también a María, que «supo descubrir la novedad que Jesús traía» y cantaba: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador».
Del lado opuesto a la alegría, incluso de reírnos de nosotros mismos, encontramos la vanidad y el narcisismo que sumergen a la persona en una idolatría de sí mismo que esclaviza. «Se puede usar maquillaje, pero hay un maquillaje que distorsiona la realidad», dijo el Papa (18 de diciembre de 2017). Pero ¿qué concepto tiene de sí mismo el papa Francisco? Una pregunta insólita para el pastor que cumplía 81 años y una respuesta digna de reflexión profunda. El Pontífice enseñó su método diario para no caer en la vanidad y en el narcisismo. Advirtió sobre el peligro de evaluarnos a nosotros mismos siguiendo la que llamó la «evaluación del espejo». «¡Nos va a engañar, nos va a engañar siempre!». «Mucha gente tiene una muy buena imagen de usted. ¿Cuál es la imagen que usted tiene de sí mismo?», inquirió la joven Michiko, estudiante de la Universidad de Tokio durante una conexión en vivo por Internet (live streaming) con el Vaticano. «Es una pregunta que tendría que hacer una “cosmetóloga”, no una estudiante de inglés que quiere estudiar sociología. Pero me gusta», respondió socarronamente el Papa a Michiko. «Con el problema de la imagen, siempre hay como una confusión. Te digo con una palabra: “el espejo”. Cuando nosotros nos peinamos, nos lavamos, nos miramos al espejo tenemos una imagen. Pero cuando el espejo entra a formar parte de tu vida, empiezas a dialogar con el espejo en una actitud casi o totalmente narcisista y llegas a una patología de autorreferencialidad».
El Papa enseña lo que él hace para combatir ese peligro. «Tú me preguntabas –continuó– cuál es la imagen que yo tengo de mí mismo. Trato de no mirarme al espejo porque es una cosa que hay que estar cuidando continuamente. Porque la vanidad te puede agarrar por todos lados. Yo procuro una o dos veces al día mirarme adentro. Las cosas que yo sentí durante el día; mirar a las cosas que pasaron dentro de mí. Y ahí, la palabra parece fuerte, pero me vas a entender, de ahí, juzgarme a mí mismo, o sea, qué opiniones merezco por esto que hice, por esta decisión que tomé, por esa actitud que tuve. Ahí, volviendo a la imagen que tuve durante ese día». El Papa insistió sobre la cuestión de qué pensaba de sí mismo desde una imagen más general. «Yo pienso [...] y te lo voy a decir desde mi fe, pienso que soy un pecador a quien Dios amó mucho y sigue amando. Pero mi imagen plástica completa la voy encontrando día a día mirando cómo me comporto, las decisiones que tomo, los errores que hago, y es una imagen que va caminando, como camina la vida». El Sucesor de Pedro advirtió que «siempre existe la trampa de engañarse con la imagen o disimular la imagen. Evidentemente, yo no estoy en contra del maquillaje. Creo que las mujeres tienen que maquillarse un poco porque está bien, ¿no? Pero hay maquillajes que deforman la realidad». Sucesivamente, el papa Bergoglio, que ama el «neorrealismo italiano», trajo el recuerdo de una actriz emblemática de esta corriente cinematográfica nacida como forma de expresión bajo las cenizas de la segunda guerra mundial. «Recuerdo a la actriz Anna Magnani [Roma, 7 de marzo de 1908 - Roma, 26 de septiembre de 1973]. Una vez, ya mayor, le dijeron que convenía que se quitara las arrugas de la cara para poder tener más éxito en el cine. Y ella dijo: “¡No, no, no. Me ha costado muchos años tener estas arrugas. Y no las voy a tocar”. Eran como un tesoro para ella», narró Francisco. De esta manera, invitó a aceptar metafóricamente los surcos que nacen en el rostro, producto auténtico de la vida. «Aceptar la imagen de cada día, de los éxitos, de los fracasos, la imagen de la salud y de la enfermedad, la imagen de una vida corta y una vida larga. Aceptar la imagen de cada día y corregir lo que se pueda. Pero nunca ocultar la imagen o autorreferenciarla con el espejo. La imagen que tengo de mí es la de un pecador que Dios ama y amó mucho. Eso me hace muy feliz».
Ahora, el método del Papa contra la vanidad se llama «examen diario», que deriva de la palabra latina examinatio (examinación). Es una meditación que practican los jesuitas. Hay muchas versiones de este examen, pero normalmente tiene cinco pasos muy sencillos. A continuación, una simple aproximación a este método espiritual inspirado en san Ignacio de Loyola (14911556): 1) Ponerse en presencia de Dios. Dar gracias por el inmenso amor que Dios tiene por nosotros. 2) Rezar por la gracia de entender de qué manera Dios está actuando en nuestra vida. 3) Revisar lo que ha pasado en el día. Recordar momentos específicos y los sentimientos en esos momentos. 4) Reflexionar acerca de lo que hicimos, qué se dijo o qué pensamos en esas instancias. Algunos sugieren evaluar esas acciones en términos de acercamiento y de alejamiento de Dios. 5) Pensar en lo que viene y cómo podremos colaborar más efectivamente con el plan de Dios. Posiblemente, ser específico, y concluir con un Padrenuestro. Y para las personas menos religiosas o no creyentes, se puede intentar meditar sobre la propia existencia y su acercamiento al amor en cada situación. El narcisismo, además, nos lleva a ver siempre los problemas desde el punto de vista del «yo», y esto alimenta lamentaciones continuas, como: solo a mí me pasa esto, pobre de mí, nadie me tiene en cuenta, nadie me escucha, etc.
En términos más generales, la psicología también expone que los quejumbrosos no avanzan ante los problemas de la vida. Las personas que enfrentan las dificultades cotidianas con valentía tienen un empujón extra. Un psicólogo que ha leído el mensaje esperanzador que profesa el Papa coincide en la relación positiva que existe entre espiritualidad y psiquis. Aquí también hay una historia. Un aviso poco convencional es el que tiene el papa Francisco colgado en la puerta de su habitación, la número 201, de la Casa Santa Marta (donde vive en el Vaticano) y que alerta a quien franquea el umbral: «Prohibido quejarse». A esta frase le sigue una explicación: «Los transgresores son sujetos a un síndrome de victimismo con la consecuente disminución del tono del humor y de la capacidad para resolver problemas». Y añade: «La sanción es doble si la violación es cometida ante la presencia de niños. Para volverse el mejor de uno mismo hay que concentrarse en las propias potencialidades y no en los propios límites, por lo tanto: Deja de quejarte y actúa para hacer mejor tu vida», finaliza el texto.
El psicólogo, psicoterapeuta y mediador familiar italiano Salvo Noè, de 47 años, le regaló el aviso al Pontífice el 14 de junio de 2017 en la Plaza de San Pedro junto a un folleto que explicaba su trabajo de años para indicar que todo lo que hacemos o dejamos de hacer tiene consecuencias. Noè nunca imaginó que ese regalo fuera tan apreciado por Francisco y que la noticia se volviera viral. Un sacerdote amigo comentó que este gesto del Papa encierra un mensaje que todo cristiano debe saber por la resurrección de Jesús: «ninguna noche oscura» es eterna. Y una abuela, custodia de sabiduría popular, diría: «no hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista».
En efecto, «el núcleo de la fe cristiana es la resurrección de Jesús. Por eso, el cristiano no puede ser un profeta de desgracias», confirmó Francisco. Los cristianos son misioneros de esperanza por eso «no se dejan llevar del desánimo o de la queja» (Audiencia general, 4 de octubre de 2017). La ciencia, asimismo, apoya este mensaje evangelizador: Lamentarse no sirve a nada. Así lo divulga con su trabajo el doctor Noè, quien ha escrito el libro: Prohibido quejarse. ¡Haz algo para mejorar tu vida y la de los demás! (Vietato lamentarsi. Agisci per cambiare in meglio la tua vita e quella degli altri), ediciones San Pablo. «¡Los lamentos son como mecedoras; te tienen entretenido, pero no te llevan a ninguna parte!», argumentó Noè.
Precisamente, el Papa ha hablado de la esperanza cristiana en una serie de catequesis durante cerca de un año en la que ha invitado a los cristianos a abrazar la fe como un signo concreto y esperanzador que no se debe confundir con un simple optimismo. Transformación del interior para llegar al exterior. Para el Papa un cristiano no debe tampoco tener «cara de vinagre», encogerse de hombros o cruzarse de brazos. Todo esto –alude– contradice la esperanza evangélica. Noè asegura que ser quejumbrosos nos condena a quedarnos en la misma condición sin solucionar nada. «Debemos poner en nuestra vida más entusiasmo, más agradecimiento y más responsabilidad para obtener cohesión y alegría», argumentó. En este sentido, citó a Martin Luther King: «Posiblemente ustedes no son responsables de la situación en la cual se encuentran, pero lo serán si no hacen nada para cambiarla». El experto invita a liberarse del sentimiento de insuficiencia que lleva a las personas a lamentarse y transformarlo en «sentimientos» de estima y de «amor por sí mismo». El autor argumenta en su libro que el bienestar físico y mental llegará solo cambiando las sensaciones y la visión de las cosas. Hay que poner en sintonía los aspectos prácticos de la vida y de las emociones para evitar caer en la trampa de la persona que se hace pasar por víctima. Fe, confianza, ayuda al prójimo, desarrollo de las propias capacidades, forman parte de los elementos que sirven para salir del papel de víctima en la vida familiar, en las relaciones interpersonales, en el mundo del trabajo. «Deja ya de lamentarte, y comienza a valorizarte, respetarte y amarte», insiste el autor.
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