Read the book: «Un amor inimitable»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Anne Weale

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un amor inimitable, n.º 1583 - septiembre 2020

Título original: Worthy of Marriage

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1348-719-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

LUCÍA Graham sintió una mezcla de felicidad y terror aquella mañana en que quedó libre.

Había estado deseando la libertad desde el día en que la habían sentenciado a un año de prisión.

Pero sabía que el mundo al que iba a volver no sería el que había dejado. Ya tenía antecedentes penales y pocas posibilidades de mantenerse con un trabajo decente. ¿Quién iba a querer contratar a una ex presidiaria?

Después de ponerse su ropa, que olía a humedad después de tanto tiempo, fue conducida a la oficina de la directora de la prisión.

–Es lógico que sienta aprensión, Graham –dijo la mujer mayor–. Intente olvidar el pasado y empezar de nuevo. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero afortunadamente hay alguien que quiere ayudarla a reconstruir su vida.

–¿Quién? –preguntó Lucía asombrada.

–Pronto lo sabrá. Un coche la está esperando fuera. Adiós, y suerte –la directora de la cárcel le estrechó la mano, dejando claro que no iba a darle más explicaciones.

Cuando pocos minutos más tarde Lucía atravesó la gran puerta de la prisión, supuso que el coche que la estaría esperando sería del tipo de los usados por trabajadores sociales. No podía imaginarse a nadie más que quisiera ayudarla.

Había un solo coche en el aparcamiento de la prisión, y este era una imponente limusina negra. Cuando Lucía miró en su dirección, un chófer salió del vehículo y fue hacia ella.

–¿La señorita Graham?

–Sí.

–Por aquí, por favor, señorita.

El hombre la condujo a la limusina y le abrió la puerta para que entrase, como si ella fuera una persona respetable, y no un pájaro enjaulado.

Una hora más tarde, después de pasar por un bonito pueblo en una zona que parecía haber escapado al desarrollo urbanístico del sur de Inglaterra, el coche entró en los terrenos de una vieja mansión parcialmente cubierta de hiedra. Cerca de la casa, el camino se bifurcaba. Uno de los cuales conducía a la parte de atrás del edificio, y el otro se abría en un gran espacio ovalado cubierto de grava. Lentamente, con el fin de no salpicar la grava en el parque que lo rodeaba, el chófer hizo un semicírculo con el coche, y lo detuvo a unos metros de la puerta de entrada de la casa.

Unos minutos antes, Lucía lo había visto hacer una llamada en el teléfono móvil. Evidentemente había informado a alguien de su llegada a la casa. En el momento en que el chófer le abrió la puerta del coche, se abrió la puerta principal de la casa y una mujer hizo su aparición.

Al salir del coche, Lucía pensó que la mujer debía de tener cerca de cincuenta años. Llevaba una camisa blanca y una falda vaquera azul clara con un cinturón de piel. Tenía la melena peinada hacia atrás y, como único maquillaje, carmín en los labios.

–Señorita Graham, bienvenida. Mi nombre es Rosemary –extendió su mano y apretó la de Lucía–. Estoy segura de que le apetece un café. Entre y relájese, y le explicaré la situación. Debe de tener curiosidad por saber por qué está aquí.

Después de soltar la mano de Lucía la llevó levemente por el codo para hacerla pasar a la casa, como si fuera una grata invitada.

En el momento en que entraron en el espacioso vestíbulo en el que se apreciaba una escalera, Lucía notó inmediatamente que las paredes estaban cubiertas de numerosos cuadros.

Las paredes del salón donde estaba servido el café estaban igualmente adornadas con cuadros. Había un ventanal que daba a una terraza y a un jardín muy cuidado.

Rosemary le hizo un gesto para que se sentara en un sillón; ella se sentó en otro y tomó la cafetera de porcelana.

–La señorita Harris y yo hemos ido al mismo colegio –dijo, refiriéndose a la directora de la prisión–. Aunque ella es mucho más joven que yo, nos hemos conocido y hemos conversado en varias reuniones de antiguas alumnas. Si no me conociera, es posible que no me hubiera permitido convencerla de que la trajera a usted aquí.

Lucía no dijo nada. Comparado con el sitio de donde venía, aquella habitación de techos altos le parecía un lujo. Tenía la sensación de estar soñando, y de que en cualquier momento pudiera despertarse.

Rosemary le dio una taza de café.

–Por favor, sírvase leche y azúcar, si le apetece.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que Rosemary era mayor de lo que había pensado en un principio. Cuando la había recibido, había estado en sombras. En aquel momento, bajo la luz matinal del salón se le veían las pequeñas arrugas alrededor de la boca y de los ojos. Debía de tener por lo menos sesenta y cinco años.

–No la mantendré en suspenso por más tiempo –dijo Rosemary, sonriendo–. Cuando terminé el colegio, quise ser pintora. Durante el primer año de Bellas Artes conocí a mi marido. Él quiso que me dedicara a ser esposa y madre. Para complacerlo, estaba locamente enamorada, abandoné mis ambiciones.

Hizo una pausa, evidentemente recordando el tiempo en que había tomado aquella decisión.

–Mi esposo murió hace dos años. Como a la mayoría de las viudas, me costó adaptarme a vivir sola. Tengo cuatro hijos muy queridos que me ayudan a seguir, pero ellos tienen sus propias vidas. Uno de ellos pensó que debería empezar a pintar otra vez. Así que lo he hecho. Ahora necesito a alguien que me acompañe en mis viajes al extranjero para exponer mis cuadros. No me gusta la idea de ir sola. Pensé que tal vez le gustase venir conmigo… como compañera de viaje y guía turística personal. ¿Qué le parece la idea?

Desde su exclusivo punto de vista, a Lucía le parecía un regalo del cielo, pero también una locura desde el punto de vista de Rosemary.

–¿Por qué yo? –preguntó Lucía.

–Porque, según creo, no tiene dónde ir, y tiene la cualificación adecuada. Es una experta pintora, y al mismo tiempo es una persona afectiva y sensible, como lo ha demostrado cuidando a su padre tan abnegadamente.

Lucía la miró asombrada y le preguntó:

–¿Cómo es que confía en mí?

–Querida mía, a usted la condenaron por fraude, no por asesinato. Desde mi punto de vista era innecesario que la enviaran a la cárcel. Hay situaciones que pueden conducirnos a actuar de un modo que no es el normal, según nuestra naturaleza. Usted se encontró en una de esas situaciones. Lo que hizo no estuvo bien… Pero no fue una cosa como para apartarla de la sociedad. Al menos a mí no me lo parece.

Inmediatamente después de terminar de hablar apareció un hombre alto y moreno, vestido formalmente, de no ser porque llevaba el abrigo en el brazo, la corbata floja, y el cuello de la camisa desabrochado.

Sonrió, como si supiera que iba a encontrarse con alguien que lo agradase. Luego cambió su expresión al notar la presencia de Lucía. Era evidente que no la reconocía.

Ella lo reconoció inmediatamente. ¿Cómo podría haberlo olvidado? Aquel era el hombre que había tenido un importante papel en su juicio y su encarcelamiento. Sus miradas de desprecio desde la silla de los testigos mientras oía la declaración de culpabilidad la habían atormentado durante largas noches de insomnio en la cárcel.

–¡Oh, hola, cariño! No esperaba verte hoy –dijo Rosemary un poco desconcertada. Se volvió a Lucía y agregó–: Este es mi hijo Grey –los presentó como si no se hubieran conocido–. Grey, esta es Lucía Graham.

El nombre no pareció decirle nada. En cambio, en el juicio le había parecido un hombre con una memoria excelente, en cambio. Pero el día de su anterior encuentro no había sido tan importante para él como para ella. Después del juicio, se habría olvidado de ella.

Lucía estaba diferente en aquel momento. Entonces tenía el pelo corto y con reflejos. Ahora lo tenía largo, y de su color castaño natural. Estaba más delgada. Pocos la habrían reconocido como la joven cuyo rostro había aparecido en las revistas de cotilleos y en los periódicos.

Él fue hacia ella.

Instintivamente, Lucía se puso de pie, preparándose para el momento en que la reconociera.

–Encantado… –él extendió la mano.

Ella se sintió obligada a sonreír, aunque no quisiera hacerlo.

Después de soltar su mano, Grey Calderwood volvió su atención a su madre, y le dio un beso en la mejilla.

–He tenido una semana dura. Me apetecía un día en el campo –dijo.

Apareció una mujer de pelo cano con una sencilla blusa y una falda. Llevaba una taza y un plato.

–Lo vi desde arriba, señor Grey –dijo.

–Gracias, Braddy –Grey tomó la taza. Mientras la mujer se marchaba preguntó–: ¿Interrumpo algo? –luego se dirigió a Lucía y dijo–: Como no hay otro coche fuera, supongo que vive por aquí, señorita Graham, ¿no es verdad?

–Espero que Lucía viva aquí –dijo Rosemary Calderwood–. Acabo de ofrecerle el trabajo de compañera de viaje.

–¡Ah! ¿De verdad? –su hijo dejó la taza y se sentó cerca de ellas.

Cruzó las piernas y miró a Lucía más detenidamente que antes. De pronto dijo:

–Nos hemos visto antes… Usted es la falsificadora.

Lucía se despidió silenciosamente del regalo del cielo.

–Sí –dijo ella.

–¿Qué diablos está haciendo en esta casa?

–Lucía está aquí porque yo la he invitado –dijo su madre–. Yo sabía que la iban a dejar en libertad esta mañana. Envié a Jackson a buscarla. Como sabes, nunca estuve de acuerdo con la decisión del tribunal, pero ahora todo ha terminado. Ella necesita ayuda para salir adelante, y yo necesito ayuda para mis planes de viajar.

–Madre, has perdido la razón.

Antes de que la señora Calderwood pudiera responder, sonó un teléfono que había encima de una mesa al lado de su sillón.

–Perdone –dijo Rosemary a Lucía–. ¿Sí? Mary, ¡cuánto me alegro de oírte! ¿Puedes esperar un momento? Enseguida vuelvo –se levantó de su asiento y dijo a los otros–: Voy a atender esta llamada en el estudio. Sírvase más café, Lucía –salió de la habitación.

Con los modales de un hombre criado en una familia adinerada, Grey Calderwood se había levantado cuando su madre se había ido del salón. Todavía de pie, miró con resentimiento a Lucía.

–No hace un año de su sentencia. ¿Qué está haciendo fuera de prisión?

–Me han concedido la libertad por buena conducta –ella se inclinó hacia adelante para tomar la cafetera–. ¿Quiere otra taza de café, señor Calderwood?

Él agitó la cabeza.

–¿Ha estado en contacto con usted mi madre mientras estaba en prisión?

–No, jamás. Esta mañana, antes de que me soltaran, la directora me dijo que había alguien que deseaba ayudarme a reconstruir mi vida. Estaba esperándome un coche fuera. He conocido a la señora Calderwood cuando llegué aquí.

–Mi madre es un poco quijotesca. A veces deja que ese sentimiento le nuble el sentido común –dijo él fríamente–. La directora habría hecho mejor en ponerla en contacto con varias organizaciones que ayudan a presos que son puestos en libertad. Nuestro chófer la llevará adonde quiera ir. Puede usar el teléfono móvil de Jackson para llamar a algún despacho de Asuntos Sociales. Ellos la pondrán en contacto con quienes puedan ayudarla.

Lucía tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su mano no temblase mientras volvía a llenar su taza. Antes de su arresto y de que la metieran en la cárcel, había sido una persona segura de sí misma, y una persona sociable, características innatas y que ahora tendría que volver a aprender. Se sentía bien con alguien amistoso, como la señora Calderwood, pero con su hijo, una persona hostil, se encontraba incómoda. Con solo mirarla la ponía nerviosa.

–Me gustaría aceptar el puesto que me ha ofrecido su madre –le dijo.

–Eso es imposible. Si mi madre necesita a alguien con quien viajar, es fundamental que sea una persona con referencias impecables y que sea totalmente de confianza. No alguien que acaba de estar en la cárcel por un serio delito –su voz tenía el mismo tono de frialdad que ella recordaba de la sala del tribunal.

–Pero no es el tipo de delito que me convierta en una persona a quien no se pueda confiar el cuidado de niños o personas mayores.

–Eso depende. En mi opinión, no es una compañía adecuada para mi madre.

–¿No le parece que eso tiene que decidirlo ella?

Él apretó los labios. Sus ojos grises oscuros la miraron como hojas de acero afiladas.

–Tal vez una ayuda pueda convencerla de que entre en razón –él fue hacia la silla donde había dejado su abrigo y tomó una chequera de un bolsillo interior. Sacó una ostentosa pluma.

Ella lo observó rellenar el cheque, preguntándose cuánto dinero consideraría necesario darle para que desapareciera. A pesar de que aquel hombre no le había gustado desde el mismo momento en que lo había visto en el banquillo de los testigos, mirándola con tanto desprecio como si se hubiera tratado de una traficante de drogas, o una violadora de niños, una parte de su mente se veía obligada a admirar el movimiento de sus dedos fuertes y largos.

–Tome… Esto le ayudará a cubrir sus gastos hasta que consiga un trabajo –extendió el cheque.

Lucía lo tomó, curiosa por saber cuánto estaba dispuesto a pagarle. Sus padres nunca habían estado en una buena situación económica incluso cuando los dos trabajaban, su padre como reportero en un periódico de una ciudad de provincias, y su madre como bibliotecaria pública. Nunca había podido gastar alegremente lo que había ganado. Jamás habría podido rellenar un cheque con tres ceros tan despreocupadamente como si estuviera dando una moneda a los pobres.

La cifra que había escrito la dejó perpleja. Sobre todo porque el elemento amabilidad brillaba por su ausencia. Claramente no quería ayudarla.

–Pero quítese de la cabeza la idea de que pueda haber más dinero en otras oportunidades. Es un único pago, que no volverá a repetirse. La condición es que desaparezca de nuestras vidas para siempre… En semejantes circunstancias es muy generoso de mi parte ofrecerle ayuda. Si vuelve a aparecer, se arrepentirá. Puedo meterla en un gran aprieto, y lo haré. Créame.

–¡Oh, lo creo! Ya lo ha hecho –dijo ella, doblando el cheque en dos y luego en cuatro.

–Fue usted misma quien se metió en problemas, aunque no lo quiera admitir. Prefiere creerse la historia preparada por su abogado.

No tenía sentido discutir con él. Era el tipo de hombre que había sido un privilegiado desde el momento de nacer, y que era incapaz de comprender las acciones que habían conducido a su arresto.

La señora Calderwood volvió a reunirse con ellos.

–Siento haberla tenido que dejar.

–La señorita Graham ha cambiado de parecer en cuanto al trabajo que le has ofrecido –dijo Grey–. Se ha dado cuenta de que no encajaría con ella.

Su madre no era tonta.

–¿Ha sido Grey quien le ha hecho cambiar de parecer o ha sido una decisión propia? –preguntó su madre, decepcionada.

Instintivamente, Lucía había guardado el cheque en su mano antes de que lo viera la señora Calderwood. A sabiendas de que Grey podría ser un peligroso enemigo, pero impulsada a desafiarlo, Lucía dijo:

–El señor Calderwood querría que fuera decisión mía, pero no lo es. Si de verdad piensa que yo soy la persona indicada, será un placer para mí trabajar para usted.

–¡Estupendo! –dijo Rosemary Calderwood, ignorando el enfado silencioso, pero evidente, de su hijo–. Seguramente está deseosa de darse un baño y cambiarse de ropa. Hay alguna ropa de mi hija aquí que puede servirle hasta que tengamos tiempo de ir de compras.

La mujer de pelo cano entró nuevamente al salón y dijo:

–Pensé que podían querer más café.

–Esta es la señora Bradley, mi ama de llaves –dijo Rosemary–. La señorita Graham se quedará con nosotros. ¿Podrías mostrarle el cuarto de baño y dónde puede cambiarse antes del almuerzo?

–Un momento –dijo Grey bruscamente–. Madre, no suelo interferir habitualmente en lo que dispones, pero esta vez debo hacerlo. No puedo permitir que emplees a esta mujer.

Grey habló con tanta autoridad, que Lucía pensó que su madre se iba a rendir. Al fin y al cabo, había contado ella misma que de joven había dejado que su marido anulase sus ambiciones. Parecía improbable que pudiera resistirse a su hijo si este la presionaba.

Pero parecía que la fuerza de Rosemary se había intensificado con los años en lugar de debilitarse.

–Te agradezco tu preocupación por mi bienestar, querido mío, pero por favor, no uses ese tono dictatorial conmigo. A partir de ahora, haré lo que mejor me parezca –hizo un gesto con la mano para indicar a la señora Bradley y a Lucía que se podían marchar, y luego dijo a su hijo–: Espero que te quedes a almorzar, querido. Hoy cocino yo. Prepararé chuletas de cordero.

Hacía mucho tiempo que Lucía no se daba un placentero baño con agua caliente y sales perfumadas. Y nunca lo había hecho en un cuarto de baño tan lujoso.

Al ver un secador de pelo en un estante le había preguntado al ama de llaves si tendría tiempo de lavarse el pelo, y esta le había contestado que sí, que el almuerzo se serviría a la una, lo que le dejaba una hora para bañarse y arreglarse.

La bañera era suficientemente grande como para albergar a un hombre alto, y ella se deleitó en sumergirse en ella. Cuando lo hizo oyó que alguien golpeaba la puerta sin llave. Y Grey Calderwood apareció ante ella.

Capítulo 2

DURANTE algunos segundos, Lucía se quedó tan anonadada que no pudo reaccionar. Luego, cuando él se acercó a la bañera con un par de pasos largos, ella se incorporó rápidamente. Tomó la esponja en un esfuerzo por cubrirse los pechos.

–¿Cómo se atreve a irrumpir aquí? –le preguntó, indignada.

–¿Cómo se ha atrevido a aceptar mi cheque y romper el trato conmigo? –contestó él, mirando su cuerpo desnudo.

Había habido momentos en la prisión, en que había odiado y se había sentido muy vulnerable a la falta de intimidad y a la posibilidad de desagradables acercamientos. Aquello era diferente, pero igualmente perturbador. Ella sabía que no había posibilidad de que él le quitase la esponja o la tocase. No obstante se sentía furiosa por ser sorprendida en una situación tan íntima.

–Encontrará el cheque en el comodín. No he tenido intención de cobrarlo. Tómelo y salga de aquí –le dijo Lucía.

–No antes de dejar algunas cosas claras con usted. Mi madre no quiere escuchar razones. Pero no se ponga demasiado contenta. Si traspasa la línea un solo centímetro, haré que se arrepienta de haber nacido. La última vez le salió barata. Esta vez no lo hará. Yo me aseguraré de ello.

Le habría respondido con alguna expresión que había oído decir a las mujeres en la cárcel. Pero aunque había pasado meses entre ellas, no se había acostumbrado a usar aquel vocabulario para desahogar su hostilidad.

De todos modos, el jurar contra Grey Calderwood solo demostraría lo que él decía: que ella no era la persona apropiada para estar con una mujer como su madre.

Lucía se tragó su resentimiento y dijo:

–Estoy muy agradecida a su madre por echarme una mano. No defraudaré su confianza.

–Cuídese de no hacerlo.

Cuando Lucía bajó, Grey y Rosemary estaban conversando en el salón como si no hubiera pasado nada.

Ella se había puesto una blusa blanca y un par de pantalones marrones.

En el momento en que entró, Grey se levantó. Era un reflejo automático aprendido desde pequeño, ella lo sabía. No tenía nada que ver con el momento presente. Él no sentía ningún caballeroso respeto por ella.

–¿Qué quiere beber, Lucía? –preguntó la señora Calderwood–. Grey está bebiendo un gin tonic, y yo siempre bebo un Campari con soda, excepto si estoy sola. No bebo nunca sola.

–¿Podría tomar una bebida sin alcohol? –después de años de abstinencia, Lucía no quería arriesgarse a que al primer trago de alcohol se le fuera a la cabeza.

–Por supuesto. ¿Quiere zumo de naranja o de melocotón?

–Zumo de naranja, por favor.

Grey se movió hacia un mueble antiguo que contenía vasos y botellas en el estante de arriba, y debajo albergaba un pequeño frigorífico. Le llevó un vaso con cubitos y zumo de frutas. No se lo dio, sino que lo dejó en una mesa, que su madre había dicho que compartiría con ella.

–Gracias –dijo Lucía.

Y se preguntó si él pensaría que el más mínimo contacto con ella lo contaminaría.

–¿Cómo eran las comidas en la cárcel? –preguntó Rosemary Calderwood–. Como la comida del internado, supongo, muchos guisos y verduras pasadas de cocción.

Lucía asintió.

–Patatas fritas con todo, y pocas ensaladas. Pero ya se sabe que la cárcel no es como hacer un crucero.

–No, pero deberían alimentar adecuadamente a la gente. Tiene aspecto de pesar algunos kilos menos de su peso habitual. Arreglaremos eso pronto. Tanto Braddy como yo somos excelentes cocineras, y tenemos una pequeña huerta así que nuestras verduras no crecen bajo plástico ni se pasan días siendo transportadas a los mercados. Yo soy una fanática de lo sano. Mis hijos me toman el pelo por ello, pero yo soy de la idea de que somos lo que comemos.

Notando el antagonismo entre su hijo y su protegida, Rosemary mantuvo una conversación fluida con la habilidad de una excelente anfitriona. Cada poco tiempo forzaba a su hijo a participar de la conversación con alguna pregunta o algún comentario. Lucía se alegró de contestar a lo que le preguntaba. De no haber sido por la presencia de Grey, se habría sentido en el paraíso.

La elegante habitación, con sus cuadros, sus antigüedades, sus alfombras orientales y jarrones con flores frescas del jardín era un bálsamo para sus sentidos.

Fueron al comedor, donde habían puesto una larga mesa de madera lustrosa para tres personas.

Grey le ofreció una silla a su madre. Lucía se sentó también. Enseguida la señora Bradley entró con el primer plato, que consistía en berenjenas con una salsa de hierbas y queso.

–¿Quiere tomar un poco de vino? –preguntó Grey, después de servir un líquido dorado en el vaso de su madre.

Lucía decidió que beber un vaso estaría bien.

–Sí, por favor.

Grey rodeó la mesa y se quedó de pie, cerca de su silla, haciéndola sentir extrañamente consciente de su cercanía, de su masculinidad. ¿Sería solo porque ella estaba acostumbrada exclusivamente a un ambiente de mujeres? El médico de la cárcel y el capellán habían sido los únicos hombres que había visto durante su tiempo de reclusión.

Las berenjenas estaban deliciosas comparadas con la comida de la cárcel. Luego llegaron las chuletas, que estaban exquisitas.

Mientras comían, Grey le preguntó de pronto:

–¿Lleva DIP?

Antes de que Lucía pudiera contestar, su madre preguntó:

–¿Qué es eso?

–La señorita Graham te lo explicará –dijo Grey con desprecio.

–Son las iniciales de Dispositivo de Identificación Personal –contestó Lucía–. Es del tamaño de un reloj de pulsera, pero puede ajustarse al tobillo o a la muñeca. Envía una señal a un receptor de radio llamado Unidad de Monitorización de Hogar. Si el monitor no puede detectar la señal, envía un mensaje al Centro de Monitorización donde se guardan los antecedentes de un delincuente y sus órdenes de toque de queda. Es un modo de controlar a la gente que han soltado antes de tiempo.

Lucía se había dirigido a la señora Calderwood, pero ahora se dirigió a su hijo:

–Pero yo no lo llevo, señor Calderwood. Deben de haber pensado que no era necesario. No me han dado ninguna instrucción que tenga que seguir.

–Posiblemente, no. Pero creo que descubrirá que no se encuentra totalmente en libertad –dijo él–. Las condiciones de su puesta en libertad probablemente no le permitan salir del país. Si no puede viajar, a mi madre le será de poca ayuda.

Aquel era un aspecto de la situación que Lucía no había tenido en cuenta. Y tuvo la angustiosa sensación de que él debía de estar en lo cierto.

–Ese tema lo he tratado con la señorita Harris cuando hablamos sobre Lucía –dijo la señora Calderwood–. Afortunadamente, tengo una amiga en los tribunales, o mejor dicho en el Ministerio del Interior, quien me ha echado una mano. Puesto que he sido miembro de un jurado popular durante veinte años, se decidió que era la persona apropiada para supervisar la vida de Lucía hasta que tenga la libertad de ir adonde le plazca. Mientras esté conmigo, no tiene restricciones de movimiento.

Aquel anuncio puso más furioso a Grey.

Lucía se preguntó si él también tendría amigos en altos cargos que tuvieran influencias. Le daba la impresión de que era un hombre que, una vez que hubiera puesto su mira en algo, no se daría por vencido fácilmente.

La comida terminó con una compota con crema.

–Recordaré este almuerzo toda mi vida –dijo Lucía, olvidándose del hombre al otro lado de la mesa–. Ha sido una comida estupenda en cualquier caso, pero para mí… –hizo un gesto expresivo.

–Bien, me alegro de que la haya disfrutado. Como es un día bastante cálido, tomaremos el café en la terraza, ¿le parece? Luego la llevaré a dar un paseo por el jardín. Como los niños se han marchado de casa, mi principal ocupación ha sido el jardín –le dijo Rosemary–. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que no me puedo arrodillar y agacharme como antes, así que me estoy dedicando cada vez más a pintar.

–Después del café, debo marcharme. No tendría que haber hecho el gandul –dijo Grey.

Aquella expresión a Lucía le sonó rara en él.

Grey la miró. Seguramente estaría pensando que se alegraba de haberlo hecho, puesto que de otro modo no habría sabido nada acerca de los planes de su madre.

–Trabajas demasiado –dijo su madre–. No te vuelvas como tu padre… Que era adicto al trabajo. Hay más cosas en la vida que hacer negocios…

Lucía no sabía en qué se ganaba la vida Grey Calderwood, pero debía de ser algo muy rentable para que pudiera permitirse pagar tanto dinero en cuadros. En el momento del juicio, la prensa lo había descrito como «un empresario de alto vuelo, muy entendido en arte». Y siempre decían su edad, treinta y seis años, después de su nombre.

Como casi toda la gente millonaria de su edad había hecho dinero en el negocio de las telecomunicaciones, pero él no parecía la réplica británica de Bill Gates, lo más probable era que hubiera heredado los hábitos de trabajo de su padre.

La opulencia de la casa familiar y el hecho de que la señora Calderwood hubiera sido ama de casa toda su vida indicaban que el señor Calderwood había sido un hombre con buena posición económica.

Grey no hizo ningún comentario sobre el reproche que le había hecho su madre. Tal vez se lo hubiera hecho muchas veces, y ya no se lo tomase en serio. Parecía un hombre que siempre hacía lo que creía conveniente, sin tener en cuenta los consejos de los demás. Daba la impresión de ser un hombre con gran empuje. Pero Lucía no sabía qué fuerza lo arrastraría. Seguramente sería el dinero o el poder, o ambas cosas. Aquellas parecían ser las motivaciones más comunes entre el sexo masculino. Ella prefería la gente creativa, los pintores, los músicos, los poetas. Grey seguramente veía los cuadros como una inversión más que como alimento para el espíritu.

La terraza de escaleras de piedra estaba en el lado sur de la casa. Tenía muebles de caña. Lucía bebió el café. Le habría gustado echarse hacia atrás y dormir un rato.

Había sido un día agotador y apenas había dormido la noche anterior. Le costaba mantener los ojos abiertos…

Mientras conducía hacia Londres, Grey maldijo el no haber previsto y abortado los planes de su madre para ayudar a aquella chica.

Su papel de llevar a los fraudulentos a los tribunales le había preocupado a su madre. Él amaba a su madre y a sus hermanas, pero eran todas iguales, unas incorregibles y sentimentales bienhechoras que podían encontrar excusas para todo, excepto para la crueldad con los animales y los niños, y los crímenes contra la humanidad. Y aun en esos casos, buscaban razones por las que hubieran actuado de ese modo los inculpados.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
23 October 2024
Volume:
131 p. 3 illustrations
ISBN:
9788413487199
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Bookwire
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