Read the book: «La violencia justa»

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© Andreu Martín, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO934

ISBN: 9788490567036

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PRIMERA PARTE. LA INTUICIÓN

1. TERESA OLIVELLA

2. ALEXIS RODÓN

3. TERESA OLIVELLA

4. ALEXIS RODÓN

5. TERESA OLIVELLA

6. ALEXIS RODÓN

7. TERESA OLIVELLA

8. ALEXIS RODÓN

9. TERESA OLIVELLA

10. ALEXIS RODÓN

11. TERESA OLIVELLA

12. ALEXIS RODÓN

13. TERESA OLIVELLA

14. ALEXIS RODÓN

15. TERESA OLIVELLA

16. ALEXIS RODÓN

17. TERESA OLIVELLA

18. ALEXIS RODÓN

19. TERESA OLIVELLA

20. ALEXIS RODÓN

21. TERESA OLIVELLA

22. ALEXIS RODÓN

23. TERESA OLIVELLA

24. ALEXIS RODÓN

25. TERESA OLIVELLA

26. ALEXIS RODÓN

27. TERESA OLIVELLA

28. ALEXIS RODÓN

SEGUNDA PARTE. EL INCIDENTE

29. ALEXIS RODÓN

30. TERESA OLIVELLA

31. ALEXIS RODÓN

32. TERESA OLIVELLA

33. ALEXIS RODÓN

34. TERESA OLIVELLA

35. ALEXIS RODÓN

36. TERESA OLIVELLA

37. ALEXIS RODÓN

38. TERESA OLIVELLA

39. ALEXIS RODÓN

40. TERESA OLIVELLA

41. ALEXIS RODÓN

42. TERESA OLIVELLA

43. ALEXIS RODÓN

44. TERESA OLIVELLA

45. ALEXIS RODÓN

46. TERESA OLIVELLA

47. ALEXIS RODÓN

48. TERESA OLIVELLA

49. EL OPERATIVO

50. ALEXIS RODÓN

ANDREU MARTÍN

PRIMERA PARTE

1
TERESA OLIVELLA

Miércoles, 8 de enero de 2014

La primera que me habla de Alexis Rodón es Elena, una mossa d’esquadra que acabo de conocer en el gimnasio.

Ya estoy bien, no es que vaya por el mundo escenificándole mis dramas a la primera que me sale al paso. Pero ella me ve las cicatrices y pregunta. Yo no quería ni hablar del asunto, porque estoy bien, he dejado de fumar y todo, y cuando estoy bien sé que es mejor no menear el pasado. Las Navidades fueron un poco terribles, pero por suerte tuvimos mucho trabajo en el restaurante y me sumergí en él en cuerpo y alma. Luego ibas a casa y la cosa resultaba soportable si te olvidabas de las luces de las calles y de los villancicos y no veías la tele y te aislabas de los abetos con bolas y los papanoeles disfrazados de anuncio de Coca-Cola, y pasabas de mensajes de amor y paz, y guitarreaba un poco y me hacía unos cuantos James Bond de persecuciones, peleas, explosiones y disparos, siempre ayudada por una buena dosis de prozac, y váliums, y oniroles, y lo que haga falta para no darle ni un segundo de ventaja al escacharre.

Tengo un amante, el Exorcista, yo le llamo el Exorcista, el Éxor, porque de vez en cuando me saca los demonios del cuerpo, pero es muy católico y muy muy casado, y en estas fechas no se atrevería jamás a telefonearme para pedir audiencia, bajo peligro de pecado letal.

La gran amenaza eran las vacaciones de Fin de Año.

—¿Piensas hacer vacaciones por Fin de Año? —le preguntaba a Gonzalo con ganas de que me dijera que no, que trabajaríamos cada día y cada hora del año hasta caer reventados.

—¡Pues claro! —respondía él, contento como un bailarín de claqué—. Como cada año.

—Pero este año... con la crisis...

—Este año, con la crisis, nos ha ido de puta madre.

El restaurante donde me empleo es pequeño y modesto y no acepta revellones de campanadas y uvas, serpentinas y confeti, ni comidas de Año Nuevo con familias bíblicas castigadas por la resaca. Bastante hacemos con las comidas de empresa anteriores a estas fiestas, y la cena de Navidad o la comida de San Esteban. La primera semana del año, hasta el lunes 6, el día de Reyes, Gonzalo echa la persiana y nos endosa una semana de dolce far niente. Este año, desde el 28, día de los Inocentes.

—Y a ti te irán bien unos días de recreo —me dijo, paternal.

Me puso la mano en el hombro y trató de mirarme a los ojos.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Podrías estar mejor.

—Como todo el mundo.

—¿Por qué no te vas de crucero una semana?

—¿Con el sueldo que me das, cabrón?

—Pues a una casa de turismo rural del Empordà.

Pensándolo bien, acabé decidiéndome por el crucero, va, que solo eran mil euros por un camarote exterior sin balcón. Me lo podía permitir. «Esplendores de arte e Imperio», se llamaba la travesía. El mismo día 28 compré el billete por Internet. Era sábado, y luego me fui a tiendear un poco, unos trapitos, unos zapatos, bañadores, porque, si una va de crucero, tendrá que exhibirse y tomar el sol, aunque sea Fin de Año. El domingo 29 hice el equipaje y el 30, a las seis de la tarde, zarpamos hacia Marsella en el MSC Preziosa.

Si hoy es martes, esto es Marsella; miércoles, Génova; jueves, Roma; viernes, Palermo; sábado, Túnez, y domingo, un día de navegación sin horizonte de vuelta a la Ciudad Condal. Gimnasio, piscina cubierta, masajes, sauna, hammam (que es como le llaman al baño turco), baile nocturno, y espectáculos de malabaristas que, con la mala mar, se les caía todo por el suelo. Las tres últimas noches conseguí ser la reina de la fiesta, guitarreando, cantando, bailando...; de payasita, como siempre.

Anudé y todo. Ya sabéis, dos desnudos anudándose y desanudándose a no sé cuántos nudos por hora. Sexeando, vaya. Con uno de la tripulación, que iba siempre de uniforme, con una barba de lo más lobo de mar, que se llamaba Artiom, y era ucraniano o lituano o bielorruso o algo así. Un hombretón grandote, que parecía muy bestia, ronaldeaba un poco y, una vez a solas, cuando lo sexeé bien sexeado, se me asustó. Luego se quedaba así, acurrucado, abrazadito a mí como un niño temeroso del Hombre del Saco, y me decía: «¿Por qué haces esto? Tú no eres así».

Pobre de él. Yo pensaba: «Qué sabrás tú de cómo soy yo».

Le impresionaron mucho mis cicatrices. Le dije que había tenido un accidente y que no quería hablar de ello.

A Elena, en cambio, hoy, cuando me ve desnuda y pregunta, no sé por qué se me escapa contarle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Será por la confianza de dos mujeres en pelotas en el vestuario, con esa naturalidad, o porque tiene una mirada firme, de ser muy capaz de encajar cualquier cosa sin despeinarse; es policía, cada día deben de caer sobre ella un montón de tragedias bíblicas y deberá encontrar soluciones inmediatas sin perder los nervios. O yo, que estaba blandurria y cansada y lengualarga por el ejercicio, no sé. No estoy mal. Blandurria y cansada, pero no como para ir corriendo a berrear a casa. Se ha interesado por mis cicatrices y, bueno, por lo que sea, le he volcado el culebrón.

Entonces se le han llenado los ojos de lágrimas y una vez más nos hemos dicho con convicción que todos los hombres son unos cabrones, sin caer en la broma de que, a pesar de todo, los necesitamos, porque no es una broma, o porque no es seguro que los necesitemos, y en algún momento Elena se ha puesto muy seria, casi tenebrosa, con cara de detener a un asesino peligroso, y ha dicho:

—Tendrías que poner un Rodón en tu vida.

—¿Un Rodón?

Se me ha ocurrido que me estaba dando una solución.

—¿No te acuerdas de Rodón? Alexis Rodón. Salió en todos los periódicos, Alexis Rodón, un sargento de los Mossos. Hace tres o cuatro años. ¿No te acuerdas? Detuvo a un criminal, un belga que había secuestrado a una niña y la mató. Rodón fue el primer policía que llegó al lugar de los hechos y agarró al hijopu y le dio la del pulpo. Lo acabaron condenando por torturas y dejó el cuerpo.

Me ha abierto los ojos.

Ahora pienso que, cuando pase lo que pase, si es que pasa, Elena podría recordar que ella me habló de Rodón.

Es posible que sospeche, que me telefonee, oye, Teresa, que quiero hablar contigo. Bueno, está bien. Que hable. Si pasa lo que quiero que pase, entonces ya habrá pasado y la vida será de otro color.

De un color vivo.

Rojo, tal vez.

Pero no negro como ahora.

2
ALEXIS RODÓN

Miércoles, 8 de enero de 2014

Un día como otro cualquiera.

El despertador suena a las siete y media. Salto de la cama sin problemas porque la casa está caldeada y recuerdo inevitablemente la casa familiar de mi infancia, sin calefacción, donde resultaba tan difícil levantarse por las mañanas porque abandonar la calidez de las mantas significaba someterse a un frío paralizador.

Desnudo, aunque estamos en pleno invierno, piso un suelo de metacrilato transparente sobre un pavimento de rejilla que me permite ver el piso que queda bajo mis pies.

Abajo, un espacio de setenta metros cuadrados con hogar, tresillo ante un televisor de ochenta y cinco pulgadas y cuatro columnas metálicas que nunca me permiten olvidar que esto es una porción de la gran nave construida para acoger las máquinas tejedoras e hiladoras de las Hilaturas Camprubí. Da un poco de vértigo, sobre todo cuando has bebido demasiado. Meo en el lavabo de arriba, pongo la radio por si ha ocurrido alguna catástrofe digna de mención, me ducho y me visto. Normalmente, tengo que sacar la camisa de la funda de plástico de la lavandería. Meto la corbata en el bolsillo de la chaqueta.

Bajo y, mientras me preparo un Nespresso largo, pongo la tele por costumbre, no porque me interese demasiado la actualidad, y mojo un par de galletas maría. A las ocho y media salgo de casa y a veces me cruzo con la señora Dolores, que viene a sacar el polvo y a poner orden. Solemos coincidir cuando tengo que pagarle el sueldo o cuando necesita efectivo para comprar algún producto de limpieza.

Conduzco un Saab 9-5 hasta el aparcamiento subterráneo del paseo de Gracia y dejo el vehículo en la plaza señalada con mi nombre.

Hay acceso directo a los almacenes sin necesidad de salir a la calle, y un ascensor, que activo con mi llave, me conduce directamente a los despachos de la séptima planta. Mientras subo, me pongo la corbata.

Repaso la agenda con Esperanza y voy a hacer el recorrido cotidiano por las siete plantas del edificio saludando a los agentes de uniforme y de paisano y comprobando que todos están en sus puestos.

Cumplida esta rutina, ya puedo ir a la cafetería, sección VIP, para desayunar un bocata, café con leche y zumo de naranja. Entretanto, como un bobo que no escarmienta nunca, me dedico a la lectura de los periódicos hasta que me pongo de mala leche.

El juez vuelve a imputar a la infanta Cristina. No sé por qué. Es una pérdida de tiempo.

Obligaban a una niña afgana, Spozhmai, a inmolarse en un ataque suicida y les dijo a los talibanes que se fueran a la mierda, que ella no se mataba ni mataba a nadie. Bravo. Esta es buena. Una de cal y otra de arena.

En la página 33: «Mossos d’Esquadra implicados en la muerte de una magrebí», la madre que los parió.

Leo por encima, en diagonal. Dos agentes acudieron a una llamada de la base por un caso de violencia machista. Entraron en una casa de la calle de En Giralt el Pellicer, junto al mercado de Santa Caterina. Dos agentes detuvieron y esposaron a un magrebí vestido con chilaba después de mantener una salvaje pelea que fue grabada y fotografiada por diez o doce móviles del vecindario. A continuación, los policías subieron al tercer piso, donde vivía ese hombre y, enseguida, una mujer magrebí de treinta y dos años, con chador, salió volando por el balcón y se estampó contra la calzada. Un momento. Dos agentes esposaron al hombre de la chilaba y, cuando subieron al tercer piso, ¿con quién dejaron al detenido? Es evidente que faltan datos y efectivos. Me pregunto de dónde habrá salido la noticia. Esto sucedió el lunes por la noche y hoy es miércoles, o sea que es muy inmediato. No lo habrán difundido los mossos implicados, que deben de tener muchos problemas en estos momentos. Puede haber sido un funcionario de juzgados, un sanitario, médico o enfermero o algún vecino. Sea como sea, la noticia parece dar por supuesto que los mossos precipitaron a la pobre mujer por el balcón porque todo el mundo sabe que la policía se dedica a este tipo de cosas. Dos agentes en un coche patrulla son dos Torrentes mal afeitados, sucios y apestosos, con los ojos vidriosos y enrojecidos por el alcohol y la coca que, después de hacerse unas pajitas, se estimulan mutuamente con algún tópico del estilo de «Necesito acción» y «Qué te parece si vamos y tiramos a un moro por el balcón», y salen del coche, atacan a un magrebí, suben al tercer piso y tiran por el balcón a la primera persona que encuentran. Al ciudadano le gusta leer cosas como estas, los periodistas lo escriben y venden muchos periódicos, y todos contentos. La madre que los parió.

Ahora mismo me gustaría llamar a Xavi Pallars, que es el intendente de la comisaría de la zona (de la ABP, que a los mossos les gusta hablar con siglas, la ABP de la zona) y preguntarle: «¿Qué coño estáis haciendo, qué os pasa? ¿Se puede saber qué hacéis?». Pero no llamo, claro. No tengo que hacerlo. Ya no soy policía. Pero he hecho mucha calle y sé que la calle es dura, muy dura, y que te puedes encontrar con cualquier cosa. Incluso con Torrentes con los ojos inyectados en sangre y vidriosos por la coca y el alcohol, claro que sí.

Además, hoy tenemos que vernos en el gimnasio, como cada miércoles, y entonces tendremos ocasión de hablar.

Xavi Pallars siempre dijo, y todavía dice, que yo era el buen poli, el de la vocación, la intuición y la entrega. Él se considera más funcionario, pasivo y carente de imaginación. Lloró cuando salí del Cuerpo y a menudo me consulta sus problemas: «¿Tú qué harías?». Dice que es él quien habría tenido que salirse, y no yo. No es verdad. Puede que él sea un poco ingenuo, y ahora se ha recluido demasiado en su despacho de intendente, pero es bueno, es muy bueno. Yo lo he visto en acción, tanto dirigiendo operativos desde detrás del escritorio como deteniendo a un violento por la calle o participando en una entrada y registro, y puedo decir que es un buen policía. Se ganó los galones de intendente y una condecoración de plata con distintivo azul cuando estaba en Investigación Criminal, en el ABP de la Zona Franca, enfrentándose con dos cojones a la familia Semiónov-Klein, los traficantes de drogas y armas más importantes de la ciudad. Llegó a organizar un operativo de bloqueo del barrio para que no entrara ni saliera ningún coche sin ser revisado, y en unos días capturó a un montón de colombianos, mexicanos y nigerianos que iban al barrio cargados de mercancía como quien va al mercado. Aquello le ganó las protestas y animadversión de los vecinos honrados que perdían dinero si los Semiónov se cabreaban y no iban a comprar a sus tiendas, y al final se las tuvo que ver con el mismo conseller de Interior, que había recibido las quejas vecinales y ordenó que se levantara el operativo antidroga.

Hicimos juntos la Academia, somos de la misma promoción, juntos aprendimos que los agentes de base son xaiques, los cabos son veleros; los sargentos, laúdes, y los mandamases, bergantines. Él me hizo el mayor favor que se le puede hacer a un amigo: difundir a los cuatro vientos la noticia de que yo tenía un pene descomunal. Eso despierta la curiosidad de las chicas y favoreció enormemente mis relaciones sexuales de la época. Nunca podré agradecérselo como es debido. Nos enviaron al mismo destino, a Seguridad Ciudadana de la ABP de Sant Cugat, donde patrullamos juntos, y estudiamos criminología y todo lo que había que estudiar para prosperar. En Sant Cugat, él conoció a Toni y se casó. Al mismo tiempo, yo conocí a Isabel, que era una niña pija, estudiante aplicada, licenciada en Derecho que preparaba hasta la obsesión las oposiciones a judicatura. No me casé entonces, pero, mira tú por dónde, nos volvimos a encontrar en Barcelona dos años después, en la terraza de un bar, pura casualidad, y entonces sí que nos casamos. Luego pasó lo que pasó, y Xavi y Toni continúan casados, e Isabel y yo nos separamos. Pero, durante mucho tiempo, fuimos dos matrimonios inseparables. Íbamos juntos al cine y al teatro, y de vacaciones y fines de semana, y celebrábamos juntos cumpleaños y verbenas. Ahora es posible que Xavi Pallars se haya aburguesado un poco y le haya cogido el gusto a la poltrona, pero es un buen poli, mucho mejor de lo que él mismo piensa que es. Él llegó a bergantín y yo me quedé en laúd.

A las ocho de la tarde me lo encuentro en calzoncillos en los vestuarios del gimnasio. Él, antes, ha estado nadando. Yo he corrido. Los miércoles, además, añadimos una horita de pádel.

—Eh, tú —nos saludamos.

—Eh.

—¿Qué es eso del mercado de Santa Caterina? —le pregunto.

—La calle, Alexis —murmura—. Ya lo sabes. La calle, que es muy dura. Mira, hoy he traído a un chico nuevo, porque Castanys no ha podido venir. Enric Mayoral, que te quería conocer. Seguridad Ciudadana. Cabo. Impetuoso y joven, pero bueno. Muy bueno. De los mejores que tengo.

Enric debe de tener veinte años menos que Xavi y yo, y usa un slip negro que le marca paquete y le permite exhibir un cuerpo de culturista, como tallado en madera de roble, con todos y cada uno de los músculos a la vista. Del interior del bañador sale el tatuaje de un dragón que le sube por el vientre y parece que quiera morderle el pezón izquierdo. Sobre el pectoral derecho, cuatro naipes, póquer de ases, y un dado. Me gustaría oírlo cuando les relata a sus conquistas lo que todo eso simboliza. Mira fijamente a los ojos, sin parpadear, y estrecha la mano con fuerza y con ganas de impresionarme. Dentro de la mía, me parece una mano insuficiente.

—Tenía muchas ganas de conocerle, Rodón. Usted es un mito, ¿lo sabe? —Quiere hacer ostentación de naturalidad y sentido del humor—: Todo un caimanaco de la segunda promoción...

No me gusta que lo diga. Cuando un mosso me dice que soy un mito, entiendo que tiene presente el episodio de Jaquelín, y lo aplaude, le gusta la violencia y cree que para hacer bien el trabajo de policía de vez en cuando hay que saltarse las normas. Hago como si nada y me cambio deprisa para no hacerles esperar.

Formo pareja con Gerard, un carnicero de la Boquería que últimamente se ha engordado un poco y suda demasiado, resopla y se mueve por la pista como un elefante. Xavi, él y yo somos pesos pesados entre los cuales Enric Mayoral es un bailarín que salta y se mueve con agilidad simiesca. Tiene un exceso de energía y juega para ganar. En concreto, para ganarme a mí. Mucha admiración y mucho todo lo que quieras, pero, en la pista de pádel, me quiere humillar... y me humilla.

Dispara pelotas despiadadas, letales como balas, que si impactaran en mi cuerpo causarían estragos de dumdum. Hace un smash de esos que vuelven la pelota invisible, pam, y Gerard y yo perdemos otro set, perplejos, mientras él lo celebra con una carcajada salvaje, tan feliz como si estuviera bailando sobre nuestras tumbas. Cuando ve llegar una buena pelota, no duda en empujar a Xavi, su compañero, su intendente, para ocupar su lugar y disfrutar del placer de derrotarnos una vez más con un revés de campeón.

—¿La revancha?

—No, por mí ya vale.

Gerard no puede ni hablar, parece a punto de sufrir un infarto.

Al salir del gimnasio, Xavi propone que vayamos a tomar unas birras al bar de enfrente. Gerard se excusa porque dice que está reventado y que le espera su mujer, de manera que alrededor de una mesa de la terraza nos sentamos Xavi, Enric Mayoral y yo.

Mientras cruzamos la calle, el bergantín Xavi Pallars me pasa el brazo por los hombros y me dice:

—Te veo bien, nano. ¿Cuándo vendrás a cenar a casa? Hace tiempo que no ves a Toni. ¿Por qué no vienes el sábado? Mira... —Me muestra una bolsa de papel marrón que contiene una botella de vino—. Abriremos esta maravilla. Me la ha regalado un bodeguero que acaba de abrir cerca del ABP y dice que es buenísimo.

—¿Te regalan botellas de vino? —le sonrío—. ¿Y tú las aceptas? Así se empieza.

—¿Qué voy a hacer? ¿Dársela a Cáritas? Una botella de vino, va, soy cliente de la bodega desde el primer día. ¿Qué mal hay en eso? Soy amigo del bodeguero. Le compro vino y licores. Esto es un regalo, una muestra.

Pedimos las bebidas al chino que nos atiende. Xavi me habla maravillas de Enric. Y a Enric le gusta oírlo.

—Es un crac. No perdona una. Bueno, ya has visto cómo juega. Pues persiguiendo malos es lo mismo. De momento, está en Seguridad Ciudadana, de paisano, es un 200, pero estudia mucho y, dentro de dos días, lo tendremos en Investigación, que es adonde él quiere ir, ya lo verás. Bueno, ya hace mucha investigación por su cuenta. Es un policía vocacional, de esos que lo son las veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año, ¿sabes qué quiero decir? Poli de calle. Con olfato. Como tú, Alexis.

Cojo la bolsa de papel que Xavi ha dejado sobre la mesa y saco la botella que contiene. Tiene muy buena pinta. Un negro Teso La Monja del 2008.

Devuelvo la botella a la bolsa.

—Conozco a todo el mundo en el barrio —presume Enric—. Camellos, prostitutas y reincidentes. Hay un putiferio del que lo sé todo, al minuto. Cuando llega un tío con un hierro, cuando llama un político que quiere entrar por la puerta de atrás, cuando un cliente pega a una chica... Lo sé todo.

Enric Mayoral tiene unos ojos redondos y atónitos, como de pájaro incapaz de parpadear. Un búho. Pienso que se trata de una mirada muy premeditada y ensayada, como si creyera que una mirada fija y de frente simboliza la sinceridad y la firmeza y se empeñara en mostrarse sincero y firme en todo momento. O como si tuviera miedo de que su expresión natural delatara inseguridad y fingimiento y tuviera que concentrarse mucho para disimularlos. Es una mirada obsesiva.

—No trabajo de policía —dice Enric con énfasis, como si creyera que las cosas no han quedado lo bastante claras—. Soy policía. ¿Me entiende? —Siempre de usted, con todo respeto. Lo repite—: No trabajo de policía. Soy policía.

Saco el labio inferior y muevo la cabeza para indicar que muy bien, que ahí es nada y que siga así, y me vuelvo hacia Xavi para hacerle la pregunta que llevo preparando desde la mañana:

—¿Qué habéis hecho? ¿Qué coño habéis hecho?

Xavi, paciente y cansado, se recuesta en el respaldo para distanciarse y señala a Enric.

—Que te lo cuente él.

—¿Tú estabas?

—No, pero estaba Nuria, una tía cojonuda, acabada de llegar de la Academia. Es su primer destino y su ilusión era, precisamente, ganar una plaza en la USC. —Unidad de Seguridad Ciudadana, patrullas, siempre las siglas—. Bueno, le falta mucha experiencia, claro, y por eso la ha cagado un poco, pero ¿quién no la caga cuando empieza?

Pienso que la tal Nuria debe de ser guapa y que Enric la tiene en el punto de mira.

—¿Qué pasó?

Me lo cuentan.

Dos coches con distintivos habían llegado en 73 (luz y sirena) a la calle de En Giralt el Pellicer, junto al mercado de Santa Caterina. Respondían a una llamada de ViDo (Violencia Doméstica). Un vecino había oído golpes y gritos al otro lado del tabique, en el piso contiguo. No era la primera vez. Una familia de magrebíes, el hombre mayor y bebedor, la mujer relativamente joven, dos hijos y la abuela. La pobre mujer lo estaba pasando muy mal.

Los mossos del primer coche que había llegado al portal de dicho edificio se encontraron con un hombre vestido con una chilaba blanca manchada de sangre en el pecho, visiblemente borracho y desquiciado, con los nudillos hinchados, que no quería dejarlos entrar. Decía: «No pasa nada, no suban, no pasa nada». A ambos lados del portal se estaba congregando un grupo de vecinos, también magrebíes, que abucheaban, insultaban y grababan con sus móviles a los policías que se pusieron en contacto con el jefe de turno para pedir refuerzos.

—Esto se está poniendo feo.

—Estamos en camino.

Casi simultáneamente llegó la segunda patrulla. Del coche bajaron Nuria, de veintitrés años, acabada de salir de la Academia, y Soci, un tío que se llama Soci; no es que le llamen así, es que se ve que Soci es un nombre que existe en el santoral, un veterano sensato muy capaz de contener y dirigir la situación. Él es el veterano que conducía, porque la chica todavía está en la fase de aprender y pagar los cafés. Me resulta difícil imaginarme a Nuria con los ojos enrojecidos y vidriosos de coca y alcohol y mal afeitada, diciéndole a Soci «Necesito un poco de acción, qué te parece si vamos a tirar a un moro por el balcón», pero así es como nos pintan las cosas y el mundo está lleno de gente dispuesta a creerlas. Cuando querían entrar en el portal, el hombre de la chilaba blanca agarró a Nuria para cortarle el paso y la zarandeó. Los otros tres agentes sujetaron al magrebí para reducirlo y esposarlo, y se produjo un violento forcejeo. Le aplicaron el protocolo previsto para estos casos: le retorcieron el brazo y le trabaron las piernas para hacerlo caer, le pusieron las manos a la espalda y le ciñeron las esposas. Es un procedimiento espectacular y brutal, pero las peleas acostumbran a serlo.

Liberados de ese obstáculo, Nuria y Soci ya pudieron subir hacia el tercer piso, sin ascensor. Escalada agotadora si tenemos en cuenta el peso de la emisora, la pistola, el cargador, la defensa y las esposas. Pero los agentes no se rajan, los han entrenado para hacer cosas así. Trepan los peldaños de dos en dos; una vecina les indica el piso: «¡Es arriba, arriba!», y luego el vecino que ha llamado al 112: «¡Ahí enfrente!».

He entrado en pisos de esos y me lo puedo imaginar. Te encuentras en otro país. Farolas y cortinas de abalorios multicolores y cojines por el suelo y un televisor sintonizado con una emisora norteafricana. Unas paredes con un empapelado de hace treinta años, sucio y estropeado, y una mujer mayor muy tapada, de negro, pequeña, histérica que no paraba de chillar en árabe. Y, a la derecha, dos niños de ocho y diez años, paralizados y mudos de horror.

Al fondo del pasillo, al otro lado de la sala del televisor, una mujer con chador.

Nuria y Soci dicen que la mujer mayor se interpuso en su camino para impedirles el paso y, al mismo tiempo, pudieron ver cómo la mujer del chador, de ojos desorbitados y brillantes, se abocaba por la barandilla del balcón proyectando el cuerpo hacia fuera, se doblaba en dos, se le despegaban los pies del suelo y desaparecía en caída mortal; pero claro, ¿qué van a decir ellos? No querrás que confiesen de buenas a primeras que corrieron hacia ella, sedientos de sangre, enloquecidos por las drogas, y la hicieron caer al vacío para experimentar el placer que causan estas cosas.

El caso es que, de repente, el cuerpo de una mujer de treinta y dos años vestida con chador se estrelló de cabeza contra los adoquines. Tú sabes cómo es cuando lo primero que golpea el suelo es la cabeza. El cráneo estalla como una vasija de cerámica y esparce su contenido en todas direcciones. Hay que suponer que la ropa del chador contuvo un poco la explosión; pero, de todas formas, fueron muchos los vecinos que se vieron manchados de sangre y otras materias repelentes. Dicen que hay grabaciones de este desastre y no se descarta que aparezcan en YouTube cuando menos lo esperemos. Y que no se nos ocurra prohibirlo.

La multitud que se había formado en la calle empezó a gritar «La ha matado la policía, la ha matado la policía» y «Asesinos, asesinos». El magrebí de la chilaba se puso como loco dentro del coche donde lo habían confinado. Lo había visto todo por la ventana. Él también gritaba que la policía había matado a su mujer.

Dos coches más con mossos comandados por el jefe de turno y dos furgonetas de las ARRO (Área Regional de Recursos Operativos) se presentaron de repente y justo a tiempo para poner orden y preservar el lugar del incidente. Hubo mucho follón. Golpes. Gritos. Mucho follón. También hay documentos gráficos que reflejan la brutalidad policial.

Nuria y Soci aparecieron en el portal acompañados de la mujer mayor histérica y de los niños horrorizados, y los metieron en su coche porque enseguida pareció que los vecinos se los querían llevar. Eran testigos de su inocencia y no podían permitir que aquella muchedumbre enfurecida los obligara a callar. A una orden tajante del jefe de turno, que se veía desbordado, los condujeron a la comisaría a toda velocidad, con sirena y luces, saltándose los semáforos.

Una vez en la comisaría, o ABP, va, para usar el lenguaje técnico, los metieron en una salita donde tenían que esperar a que les tomaran declaración.

Como es natural, los mossos aseguran que la mujer se tiró voluntariamente por el balcón en cuanto los vio, cuando todavía no habían pasado del recibidor del piso. La vieja, en cambio, dice que se abalanzaron sobre su nuera, madre de los niños, y la precipitaron al vacío.

—¿Y los niños?

—Los niños dicen que su madre se tiró voluntariamente. Que no paraba de decir «Qué vergüenza, qué vergüenza» y, al ver llegar a la policía, salió al balcón. También dijeron que su padre, el energúmeno de la chilaba, la había estado golpeando como poseído por un demonio.

—O sea, que los interrogasteis —concluyo, sombrío—. No les aplicasteis el protocolo de menores.

Xavi Pallars cabecea avergonzado, hace una mueca y reconoce que sí, que interrogaron a los niños.

—Se hicieron cargo de ellos los del GAV (Grupo de Atención a la Víctima).

En resumen, que no los habían llevado a la Fiscalía de Menores de la Ciudad de la Justicia, como era su obligación. A los menores no se les puede interrogar ni tomar declaración, sino que hay que hacerles lo que se llama una exploración en presencia de sus padres y del abogado, y enseguida tiene que intervenir un equipo de técnicos, un psicólogo y un trabajador social que sondearán su entorno y las relaciones familiares. Si no se hace así, su declaración queda invalidada y, además, convierte a los mossos en sospechosos de haberlos obligado a decir lo que le convenía a la policía. Es lo que dirá el abogado, y el juez tendrá que creérselo.

La cagó el jefe de turno cuando, en medio del maremágnum de vecinos que abucheaban, insultaban y fotografiaban, dio la orden de sacar a los niños de allí; y la cagaron los agentes cuando se los llevaron sin rechistar. Enric Mayoral tiene razón cuando dice que a Nuria le falta mucha experiencia y que por eso la cagó un poco, pero ¿quién no la caga cuando empieza?

El problema es que, cuando un policía la caga, la boñiga puede ser inmensa.

3
TERESA OLIVELLA

Gonzalo es un sol. En cuanto le dije que necesitaba ganarme la vida, me abrió las puertas de su restaurante, y no para que hiciera de cocinera o de pinche, no: me hizo jefa de cocina. A pesar de que tenía —tiene— un cocinero francés mervellé, Jean-Paul Delmar, que tiene un currículum largo como el cuello de una jirafa macho en erección. Protesté en nombre de los gabachos injustamente tratados:

—Pero ¿qué va a decir?

Y Gonzalo:

—Necesito cocina de aquí, cocina catalana. Alguien que sepa hacer la crema catalana y no la queme, y que haga pan con tomate y no pantumaca, y butifarra amb seques y no embutido quemado con un puré de origen desconocido. Delmar sabe mucho, pero lo suyo es ese tipo de cocina internacional que acaba no siendo de ninguna parte.

Me pareció que lo hacía porque somos colegas de pañales, puro nepotismo. Gonzalo y yo éramos vecinos, de Sants, y de críos ya jugábamos a las cocinitas. A él lo deslumbraba mi cocinita con sus cacharritos porque los Reyes nunca le ponían juguetes de esa clase, que se suponía que eran de niñas. Nos recuerdo a los catorce o quince años, en la cocina de casa, preparándonos unas merendolas de categoría cuando nuestros padres nos dejaban solos. Por mí, habríamos sexeado un poco y podría haber sido mi primer amor, pero él nunca me vio como mujer. Llegué a olerme que era gay, pero al final se casó con Blanca y viven tan felices y comen perdices, y tienen un par de descendientes y todo. El padre de Gonzalo había sido malabarista de circo, y eso a mí me garratibaba. Después se jubiló, y yo ya lo conocí como camarero de bar del barrio, pero de vez en cuando agarraba tres naranjas o cuatro botellas de cerveza y yo me quedaba nota como si se transfigurase en superhombre.

Fuimos socios en el primer restaurante que montó y, más tarde, cuando estableció el Figón, fui a ayudarlo con frecuencia, cuando le fallaba la cocinera, o incluso como jefa de cocina. Gonzalo me llamaba y decía: «Teresa, que estoy solo», y ya me tenía allí, como un clavo. Hasta que me casé, claro. Entonces se acabó nuestra colaboración. Gonzalo no podía ver a Ángel, y Ángel no podía ver a Gonzalo. Y yo me debía a mi marido, como entonces me parecía natural.

Ahora supongo que Jean-Paul Delmar debe de odiarme y hablará mal de mí cuando no estoy, pero acepté el ofrecimiento de Gonzalo sin dudar, claro. Y curro tan bien como puedo y como sé. El principal pinche que tenemos es un magrebí que se llama Abderramán, y el pobre hombre no puede soportar verse bajo las órdenes de una hembra. Cuando le digo que tiene que hacer algo, se retuerce como si calzara zapatos dos números más pequeños, no se puede poner a ello inmediatamente. Tiene que dirigirse a Delmar, o a Gonzalo, y decirle: «Mira, que Teresa me ha dicho que haga esto», y ellos le dicen: «Pues hazlo», y entonces lo hace. Porque se lo han dicho ellos, no porque se lo haya dicho yo. Pobre hombre, qué vida tan perra, pero es muy buena persona y hace muy bien su trabajo.

Entro a trabajar a las nueve de la mañana, después de muscularme en el gimnasio, y ayudo con los desayunos, cruasanes, dónuts, cafés con leche, zumo de naranja y algunos huevos con beicon para los guiris. Enseguida me encargo de comprar los frescos, diseñar los menús, y hacer listas para los proveedores. Y siempre acabas cayendo en los fogones a las horas punta, siempre acabas echando una mano. Cerramos la cocina a las cuatro. Yo debería irme a las cinco, pero siempre hay cosas que hacer y siempre me dan las seis. Nunca tengo prisa por volver a casa.

A partir de las seis, quien toma las riendas de las cenas es Delmar, y entonces más me vale largarme y dejarle el campo libre, lo más limpio posible.

Me pongo la cazadora forrada de piel, la bufanda tapabocas, me pongo los guantes, cojo el integral y me despido de todo el mundo.

—Adiós, adiós.

Tenemos también dos sudamericanos que, a estas horas, siempre están pelando patatas y, antes de la movida de las cenas, las hervirán y dejarán a punto para pochar al día siguiente.

Durante todo el día he estado fantaseando con lo que me ha soltado Elena por la mañana: «Tendrías que poner un Rodón en tu vida».

¿Te imaginas?

¿Te lo imaginas, Teresa? ¿Cómo sería?

Cabalgando en mi Honda de color verde botella, salgo al paseo de Colón, voy a rotondar la famosa estatua que con el dedo índice señala a Mallorca, y recorro otra vez el paseo de Colón en dirección contraria, por el paseo de Isabel II, la avenida de Circunvalación entre el zoológico y la estación de Francia, y enseguida, en cuanto puedo, giro a la izquierda para penetrar en la calle Wellington.

No estoy construyendo castillos en el aire, no planeo como un planeador, no esbozo futuro alguno ni me hago ilusiones. Solo repito una y otra vez: «¿Te imaginas, Teresa? ¿Te lo imaginas?».

Y, en cuanto llego a casa, después de cambiarme de ropa, de ponerme cómoda y encender la tele para que me haga compañía, con su runrún de fondo, que si no la pongo me parece que me he vuelto sorda, me siento ante el ordenador y escribo el nombre de Alexis Rodón en el buscador.

Se me ofrecen doscientas y pico mil entradas, pero no todas se refieren a mi objetivo. La verdad es que hay muy pocas referidas a lo que busco. Hago clic sobre la primera y empiezo a internetear la vida de Rodón.

«El sargento Alexis Rodón asume la responsabilidad de las torturas».

Primera plana de un periódico de 2009, hace cuatro años. Alexis Rodón exime de todo a los agentes y a un mando que también estaban inculpados por el juez. «Yo tomé la iniciativa —declara—. El inspector Durán había salido de la cabaña y mis compañeros no pudieron detenerme». «El caso de la pequeña Jaquelín». «El secuestrador, el belga Paul Abélard Zouave, el Ferrailleur, se convierte de victimario en víctima».

La foto solo muestra el momento en que conducían al sargento Alexis Rodón a los juzgados y estaba a punto de montar en un 4×4, y lleva la cabeza cubierta por un abrigo. No puedo saber qué aspecto tiene, pero empiezo a formarme una buena imagen de él. Pienso que es una persona noble y valiente que acepta su culpa y no quiere compartirla con sus compañeros, ni mucho menos descargarla sobre el inspector que dirigía el operativo y habría tenido que responder por los hechos.

Otras páginas web aseguran que Alexis Rodón fue detenido el viernes, 3 de julio de 2009; que el martes, 14 de julio, se sabía que era el único inculpado; que el lunes 27 anunciaba que dejaba la policía; que el 4 de agosto le concedían la libertad con cargos; que en febrero de 2010 se había celebrado el juicio; que en marzo de 2010 había sido condenado a un año de prisión e inhabilitación para ejercer cargo público durante dos años, y en diciembre de 2010 estalló el escándalo cuando Alexis Rodón fue amnistiado, junto con otros policías condenados por diferentes asuntos de abusos, prevaricación y corrupción en general. Las plataformas alternativas habían organizado una manifestación de protesta en la que se mostraban las fotos de todos los policías implicados.

Así es como obtengo la primera muestra del aspecto de Alexis Rodón. El primer plano de un hombre de unos cincuenta años, rostro cuadrado, macizo, un poco carnoso, de mandíbula firme y ojos vacunos que desafían a la cámara. Pelo oscuro, ondulado y un poco alborotado, y sobre la frente un rizo con forma de garfio que me hace pensar en un antiguo cantante de copla.

Me dan las tantas de la noche sin cenar, y todavía no sé exactamente qué fue lo que sucedió con la niña Jaquelín.

Apago la tele para que no me distraiga con sus murmullos y risas falsas y, mientras engullo una ensalada de lechuga, tomate, remolacha, zanahoria, huevo duro y avellanas, continúo internavegando.

Jaquelín Palobio, de seis años, había sido secuestrada un sábado de mayo, cuando dijo que iba a jugar a casa de una amiga. Unos días después, sus padres recibieron una carta exigiendo quinientos mil euros de rescate.

El 10 de junio, cuando la policía llegó a una barraca situada en unos huertos cercanos al mar, en Gavà, se encontró con que el secuestrador, un belga llamado Jean Abélard Zouave, había encerrado a la niña en una especie de ataúd de hierro que había fabricado él mismo soldando la tapa con ella dentro, y la niña había muerto.

Un titular del lunes 15 de junio de 2009 dice: «La niña murió de miedo». No murió asfixiada porque en la tapa de aquel cajón de hierro el cabrón había abierto una ventanilla por donde la alimentaba, pero la chica murió de horror y —me imagino— de claustrofobia.

Los policías, ante semejante panorama, descargaron su rabia contra el detenido. Pero no hay forma de saber qué le hicieron. Es lo que más me interesa, busco por todas partes y no lo encuentro. ¿Qué le hicieron? O, mejor, ¿qué le hizo Alexis Rodón?

El caso es que el lunes, 29 de junio de 2009, salta a la prensa que el belga secuestrador cabrón denuncia por torturas a los policías que lo detuvieron. Tengo que leerlo dos veces. El belga secuestrador cabrón denuncia a los policías por torturas. Y el juez se lo acepta y ordena que comparezcan los nueve policías que participaron en el operativo. Siete agentes de base, un inspector y el sargento, Alexis Rodón, que dio un paso al frente y dijo: «Yo soy el único culpable».

No puedo entenderlo. ¿El secuestrador y torturador denuncia por torturas a quienes lo detuvieron? ¿Y el juez se lo acepta?

Me voy a dormir muy nerviosa. Tendré que tomarme un onirol. Y, con onirol y todo, estaré mucho rato rodando entre las sábanas, preguntándome qué demonios debió de hacerle Alexis Rodón a su detenido.

Qué clase de torturas exactamente.

4
ALEXIS RODÓN

El jueves, 9 de enero, los periódicos continúan hablando de la cuestión catalana e informan del desmantelamiento de una organización que facilitaba la conexión entre ETA y sus miembros encarcelados. La vista me resbala sobre los titulares sin conseguir que me interese por ninguno. Nada nuevo.

Parpadeo finalmente cuando, en páginas interiores, tropiezo con dos fotos de mossos en lucha feroz por reducir a un magrebí de chilaba blanca que mira hacia la cámara con los ojos desorbitados del que se ve en trance de muerte. Fueron captadas por los móviles de los vecinos, han corrido por la red y reflejan una violencia sobrecogedora. Tres agentes jóvenes y fornidos luchando contra un pobre hombre enloquecido por la muerte de su esposa en medio de una multitud hostil que insulta, escupe, saca fotos y graba. Violencia sobrecogedora.

«Las imágenes muestran un uso desproporcionado de la fuerza por parte de los agentes». Quien lo ha escrito sabe que la policía tiene la obligación de hacer un uso proporcionado de la fuerza a la hora de imponer la ley. Si es desproporcionado, ya está haciendo mal las cosas. Los policías, en la intimidad, se ríen a carcajadas del principio de proporcionalidad.

Me entra por whatsapp aviso de un incidente.

Cierro el periódico y voy a ver qué pasa.

Una cámara de la planta baja (complementos, bisutería y perfumería) ha captado el momento en que una mujer rubia, alta, atractiva como una modelo de pasarela, con vestido de colores pastel y chaqueta de color granate, cogía una bolsa pequeña de color rojo y la metía dentro de la bolsa grande que llevaba colgada del hombro.

Desde el Centro de Control de la séptima planta han avisado por móvil a Lorena, que va de paisano, y que ha localizado a la mujer, rubia con bolsa grande de plástico azul, cuando subía por las escaleras mecánicas hacia la planta primera (moda mujer). Allí, mientras el Paquete, de uniforme, bajaba desde la séptima planta, la han visto pasear indiferente entre los estantes de la zapatería y hacerse con unos zapatos de tacón de aguja. Los ha contemplado unos instantes, ha mirado a ambos lados para asegurarse de que no la miraba nadie, no se ha fijado en Lorena ni en la otra agente de la planta, también mujer, que le cerraban el paso hacia las salidas, y con un gesto de discreción exquisita se los ha metido en la bolsa de asas largas, de color azul cobalto, que llevaba colgada del hombro.

A continuación han visto cómo cogía una camisa cualquiera, sin mirarla siquiera, y se dirigía a los probadores, donde no podemos tener cámaras. (Bueno, esta mañana me han advertido de que hay una webcam, probablemente instalada por algún empleado voyeur que habrá que detectar y neutralizar cuanto antes, pero esa no cuenta.) Encerrada en un probador, se ha cargado de paciencia y ha arrancado la etiqueta magnética que protege los objetos del robo.

Entretanto, el Paquete se ha comunicado con los tres uniformados que están a las puertas de la planta baja, junto a los arcos detectores, para que estuvieran alerta: «Mujer vestido colores pastel bolsa azul colgada del hombro».

Cuando la mujer rubia ha abierto la puerta para salir, se ha encontrado delante del Paquete uniformado y su risa reprimida y comprimida que se le escapa por los ojitos. En segundo término, las dos mujeres de paisano como refuerzo. Un guardia de seguridad privado solo puede actuar si va de uniforme. Lorena y la otra solo eran testigos mudos y disuasorios.

—Tendrá que acompañarnos.

Pasa todos los días.

Lo que no es tan habitual es que la ladrona se resquebraje como si acabaran de notificarle la muerte de alguien muy querido. Ha dicho: «No, por favor», en castellano, no, por favor, y ha parecido que le fallaban las piernas, que estaba a punto de caer desmayada. El Paquete ha sabido enseguida que nos traería problemas. Cuando ha agarrado a la chica del brazo para conducirla hacia el ascensor, ha notado cómo temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas.

La han traído a la séptima planta, a las dependencias de seguridad.

Si de lejos podía parecer modelo de pasarela, de cerca se le nota el desgaste, la fatiga, el desánimo y la amargura de la puta puteada. Seguro que no es la primera vez que la pillan haciendo algo feo y que la agarran del brazo para arrastrarla a un cuarto donde la regañarán y le pedirán explicaciones. Y, a pesar de ello, se muestra aterrorizada. Dentro del ascensor se dobla y suelta un llanto descontrolado y estridente y está a punto de caer de bruces.

De no ser por eso, no me habrían llamado. El Paquete y Brutus saben perfectamente lo que tienen que hacer en estos casos; pero este no es un caso como los otros.

La bolsa azul cobalto está forrada de papel de aluminio. Cualquier ladrón de grandes almacenes sabe que ahora el papel de aluminio ya no sirve de nada, pero probablemente la habían usado tiempo atrás. Ahora ha quedado claro que la joven sabe perfectamente cómo se quitan los mecanismos de seguridad. Los zapatos son Enzo Agiolini con puntera dorada y talón de aguja de diez centímetros, valorados en ciento veinte euros; y la bolsa es Armani Jeans de color rojo con asa corta y cierre de cremallera y está valorada en ciento noventa euros. Un total de trescientos diez euros, de manera que no se trata de un delito y, por lo tanto, no pasará ni una noche en el calabozo.

A pesar de lo cual, la mujer se ha hundido en una desesperación tan profunda, un ataque de pánico tan violento que hace temer por su integridad.

Llego en un instante porque la cafetería se encuentra en la séptima planta. Brutus me está esperando en el pasillo. En su estado de somnolencia crónica, no parece muy preocupado. Nunca parece que se preocupe por nada. Me acompaña a la salita.

—No sé si habrá que avisar a un médico —me dice.

No sería el primer caso de histeria, o de locura, o de epilepsia con que nos encontramos.

—¿Va cargada? —pregunto, por saber si parece haber ingerido drogas o alcohol.

—Probablemente; pero, sobre todo, es el disgusto.

Entramos en una sala no mucho mayor que un trastero de casa modesta, fría y gris, con dos sillones baratos y una percha. Parece el box del área de urgencias de un hospital.

A primera vista es una mujer muy bonita, de cabello rubio y liso hasta media espalda, buena cintura, buen culo, con un vestido estampado de colores pastel, barato de mercadillo, vulgar y muy usado, un poco transparente, de manera que permite ver que el sujetador es de color blanco.

Está de espaldas a mí, sollozando desconsolada como una criatura abandonada. Abraza con desesperación a Lorena, que tiene poca paciencia y me mira de reojo para darme a entender que ella no ha propiciado de ninguna manera aquella situación tan poco airosa, que lo lamenta mucho y que más vale que le quite de encima a la mujer antes de que le cure la histeria con un par de hostias.

El Paquete, de uniforme, observa la escena con mucha atención, como si esperase que las dos mujeres, de repente, vayan a comenzar un número lésbico. Tengo la sensación de que el guardia está pensando en intervenir de manera violenta para ahorrarse el espectáculo.

Digo:

—Señorita. —Carraspeo para aclararme la voz y hacerme oír mejor—: Señorita.

La mujer se vuelve hacia mí y me descubre el monstruo del llanto. La mueca que convierte un rostro celestial en una abominación repelente, las comisuras de los labios torcidas hacia abajo, la mirada perdida en una catástrofe de arrugas y lágrimas, y la nariz colorada derramando mocos. Tiene una billetera en la mano, como un amuleto. Ha estado mostrando su contenido igual que los policías enseñan la placa.

Entiendo que se trata de una mujer vencida y rota que ha superado los límites y a quien se le han fundido los plomos. Estoy ante un desecho humano que difícilmente se recuperará de esta derrota.

—Por favor, por favor, por favor —dice en un castellano que evidencia que no es de aquí.

Se pone en pie y se me echa en los brazos. Tengo que mantenerla a distancia.

—Señor jefe, señor jefe —gime con un vibrato en la voz. Deben de haberle anunciado que ahora vendría el jefe y ella ha entendido que es a mí a quien tiene que convencer. Continúa hablando en su castellano mal aprendido—. ¿Podemos hablar? ¿Tú y yo, señor jefe? ¿Tú y yo solos?

Parece que tiene algo muy importante que decirme. La tomo del brazo con firmeza, para contener su ataque de pánico y le digo: «Ven». Echo un vistazo circular para pedirles a mis colaboradores que me la dejen a mí, que yo me ocupo.

Lorena va diciendo, como excusándose por el trago que estamos viviendo: «Ya le he dicho que el juez la va a soltar, que lo que ha cogido no llega a los cuatrocientos euros, que no verá la cárcel...».

Pero no es eso. No es eso. La mujer rubia sacude la cabeza atormentada por la incomprensión y la dificultad de expresarse, me suplica con sus ojos azules y su boca torcida, «por favor, por favor».

—¿Habéis avisado a la policía? —pregunto.

Brutus dice que sí. Ya deben de estar llegando. El ABP de la zona es el que dirige Xavi Pallars.

—¿Puedo irme? —pregunta Lorena, fastidiada, como si la situación le resultara asfixiante y le repugnaran las lágrimas que la rubia le ha dejado en la ropa.

—Sí.

—¿Y nosotros? —pregunta el Paquete.

Asiento de nuevo. No los necesito. Es evidente que la presencia del uniforme del uno y la corpulencia brutal del otro intimidan demasiado a la chica.

Salimos todos al pasillo. Lorena, el Paquete y Brutus se van de nuevo a sus puestos de trabajo y yo llevo a la chica a mi despacho. Por el camino, le pregunto si quiere tomar algo, una tila o un vaso de agua, si ha desayunado.

Niega con la cabeza, que no, que no, para expresar que no quiere comer nada, que no la agobie con tonterías, que tiene cosas más importantes en que pensar. Va cabizbaja, como una detenida arrepentida, y no aparta los ojos de la billetera que sujeta con ambas manos.

En cuanto cierro la puerta del despacho, vuelve a echarse a mi cuello, poniendo sus labios muy cerca de los míos con intención inequívoca.

—¡Señor jefe, por favor, por favor...!

La separo de mí con energía y me horroriza ver que se deja caer de rodillas a mis pies, busca con ansia mi cinturón y levanta sus ojos azules de belleza eslava hacia mí al tiempo que me muestra la billetera. «¡Señor jefe, por favor, por favor...!». Donde tendría que llevar el DNI se ve la foto de un niño que todavía no anda y no sabe sonreír. Es evidente que está haciendo un esfuerzo, pero no consigue reflejar la menor alegría.

—Follarán mi hijo, mi bebé, mi pequeñito, solo tiene un año, se llama Aurel y lo follarán.

Palabras textuales.

En mi cerebro estalla un flash que me lo vacía de ideas y palabras. No puedo apartar los ojos del bebé.

—¿Qué, qué, qué?

Sé que no miente.

Xavi Pallars siempre me ha atribuido una intuición especial de policía, dice que a primera vista soy capaz de establecer sin equivocarme la inocencia o culpabilidad de un detenido. Pues bien, si tiene razón, puedo asegurar que esta mujer está realmente aterrorizada y no finge.

En la Academia, en la asignatura de autocontrol, la psicóloga nos enseñaba que un policía debe saber mantener las distancias y no permitir que las catástrofes exteriores lo abrumen, lo desmonten y lo priven de la capacidad de razonar y actuar con presteza. Es fácil de decir y muy difícil de conseguir. En situaciones como esta, siempre me pregunto si me mantengo lo bastante distanciado o si me estoy dejando abducir por el desconsuelo de la víctima. Es difícil encontrar la distancia precisa.

—¿Documentación?

—No tengo.

—¿Cómo te llamas?

—Adela Balanescu.

—¿De dónde eres?

—Timisoara. Rumanía. —Pero no quiere perder el tiempo con bobadas. Lo importante es su hijo, Aurel, salvar a su bebé de un año—. Por favor, jefe, te hago una mamada y tú me dejas ir con el bolso y los zapatos.

La chica habla un castellano torpe y confuso que no trataré de imitar por respeto. Hago que se siente en el sofá, la tomo de las manos y le pido que me explique despacio lo que le pasa y le aseguro que quiero ayudarla. Hace un esfuerzo para calmarse y comienza a hablar entre tartamudeos, titubeos y temblores. El sosiego le devuelve una parte de la belleza perdida, pero hay manchas en su piel que hablan de mala nutrición, y bolsas oscuras bajo los ojos que delatan insomnios y angustias.

Hace tiempo que ejerce de prostituta. La trajeron engañada; le dijeron, como a tantas, que trabajaría de camarera o de azafata y ganaría mucho dinero y, al llegar aquí, la apalearon, la violaron, la domesticaron como a un animal, la han comprado y la han vendido y la han alquilado, la han pasado de un puticlub a otro, ha hecho carretera, calles y pisos, y ahora pertenece a una familia del barrio de la Ribera, ya se ha acostumbrado, llega a decir que no es tan malo y que gana mucho dinero. Aunque la Familia (los llama así) se queda más de la mitad, si espabila por su cuenta puede ganar suficiente como para tener cierta autonomía.

El problema es que hace un año que se quedó embarazada y quiso tener el niño y, desde el nacimiento, no puede cumplir con sus obligaciones habituales. Le resulta imposible trabajar catorce horas diarias como las otras chicas, es incapaz de hacerse veinte o treinta hombres al día, no puede, enseguida se le escapa el llanto, o vomita, o le vienen los temblores, como cuando empezaba —y tiembla como una epiléptica mientras lo cuenta, vuelve a perder las formas— y por eso la Señora —dice así, la Señora— la obliga a sacar pasta como sea de donde sea. Ahora, por ejemplo, le ha pedido que le lleve caprichos. Estos zapatos que la Señora vio en MonDeMon Diseño Global, o esta bolsa roja que no le da la gana de pagar.

Habla muy deprisa, con la cabeza gacha y retorciéndose los dedos. De repente, se me agarra a la ropa y clava en los míos unos ojos azules alucinados.

—... Y dicen que follarán a mi hijo. Dicen que, si no soy buena y no les traigo lo que me piden, follarán a Aurel y me matarán. Y pueden hacerlo porque no existo, no tengo documentación ni estoy registrada en ninguna parte; mi hijo tampoco existe en este país, no está empadronado ni anotado en ningún registro. Si nos matan, nadie sabrá nada. Y están dispuestos a todo, porque están preparando un mercado de niños y saben que se juegan mucho.

El flash de nuevo. Se me seca la boca.

—¿Un qué?

—Un mercado de niños. Quieren traer niños de todo el mundo, igual como por ejemplo que ahora traen mujeres, y comprarlos y venderlos como por ejemplo igual que ahora compran y venden mujeres.

Llaman a la puerta. Sin esperar mi permiso, se abre y entra alguien.

—¿Qué tenemos hoy? —dice la voz jovial y fresca de Enric Mayoral.

La patrulla de los Mossos se ha cansado de esperar fuera.

Sin mirarlo, hago un gesto brusco con la mano para que calle.

—Un momento —digo—. ¿Estabas hablando de un mercado de niños?

—Un mercado de niños —repite Adela Balanescu.

Dedicado a los recién llegados:

—Está hablando de trata de niños. No de menores. De niños. De bebés y niños.

—Niños de todas las edades —insiste la rumana.

Enric ha callado tan de repente y se ha quedado tan quieto que sé que no le ha gustado nada mi imposición de silencio. Me parece que ni siquiera respira.

—... los he oído hablar con los pakis.

—¿Con los pakis?

—Sí.

—¿Pakistaníes?

—Sí. Dicen que hay un mercado, que será más peligroso porque se persigue mucho la trata de niños, pero que ganarán diez veces más si trabajan, como dicen ellos, al por menor. Y la Señora me ha dicho que mi pequeño será el primero si no les traigo la bolsa y los zapatos, si no hago todo lo que me mandan. ¡Me tenéis que dejar marchar con la bolsa y los zapatos, por favor!

—¿Cómo se llama la Señora? Tendrá un nombre.

—Trabaja con sus hijos. La llaman mamá. Pero alguna vez me pareció que alguien la llamaba Chon. ¿Puede ser? ¿Es un nombre? ¿Chon?

—Correcto —le digo.

Sé de quién me habla.

Chon, Asunción Klein, la matriarca de una rama de los Semiónov desde que se quedó viuda, ahora hace un año. Su marido era Gustavo Pérez, el Gran Dogo, patriarca de los Perros, y murió en la cárcel.

Los Semiónov llegaron aquí procedentes de un país del Cáucaso hacia el año 1940 o 1950, fugitivos de los nazis que invadían el centro de Europa y que llevaban a las familias nómadas a los campos de exterminio. Empezaron cometiendo pequeños delitos, viviendo en chabolas y haciendo contrabando de tabaco. Controlaron la heroína en los años ochenta, se enfrentaron a las familias gitanas autóctonas que entonces dominaban la ciudad, ganaron la guerra, y ahora ya son los amos de la cocaína, las armas y de una parte de la prostitución de la provincia. Unos cuantos miembros de la familia están en la cárcel, y son muchos los que han muerto en ajustes de cuentas con otros clanes mafiosos o en enfrentamientos con la policía.

A lo largo de todos estos años, los Semiónov se unieron a otras familias, como los Klein procedentes de Argentina, o los Pérez, españoles, que son una de las ramas más nuevas y menos numerosas. Estos Pérez, Pérez Klein o Pérez Semiónov se hacen llamar los Perros y se dan a sí mismos nombres de razas de perros. El patriarca era el Gran Dogo. El hijo mayor, Marlon, es Rottweiler, lleva la red de prostitución a rostro descubierto y no hay manera de meterle mano: tiene cinco clubes y unas treinta o cuarenta chicas, algunas de las cuales se distribuyen entre esquinas o carreteras. El pequeño, Kevin Pérez Klein, es Pit Bull, lleva el tema de drogas, está en busca y captura y no tiene residencia fija.

Me incorporo y me vuelvo hacia Enric Mayoral. Tanto él como su compañero vienen de paisano. Vaqueros, zapatillas deportivas, camiseta y cazadora. Lleva rapados los lados de la cabeza por encima de las orejas y en cambio conserva el cabello de la parte de arriba lo bastante largo como para ostentar una especie de cresta o tupé. El chico joven que lo secunda tiene el cráneo afeitado. Con una caída de ojos de esa mirada que se esfuerza por ser intensa, me da a entender que también sabe de qué está hablando Adela Balanescu.

Me pregunto por qué Xavi me ha enviado a Enric, precisamente a Enric. No puede ser casualidad.

—¿Qué te parece? —le pregunto.

—¿Te lo crees?

—¿Tú no?

—Es una puta, Álex, y de las putas solo espero putadas. Te acaba de endiñar una milonga para que la dejes ir con el botín.

Me tutea para hacerme pagar cara mi insolencia y, además, se equivoca y me llama Álex.

—Entonces, ¿qué? ¿No quieres jugar? —Me explico por si es tan imbécil que no ha entendido nada—: Tienes la oportunidad de contar con una confidente dentro de una rama de los Semiónov. ¿La vas a desaprovechar?

—No hay niños —sentencia Enric.

—Yo creo que sí. Pero da igual. Si hablamos de niños —subrayo la palabra «niños» con mala leche—, con solo que haya una posibilidad de que sea verdad, con solo que haya una sombra, un átomo de posibilidad, creo que hay que investigar. Y Adela está en un lugar ideal para la investigación, porque está dentro y tiene mucho que perder. En todo caso, cuando menos, podemos demostrar que Chon Klein, la matriarca de los Semiónov, trae a chicas engañadas y hace que las violen, las apaleen y las prostituyan. Solo con que probarais esto, ya podríais meterles mano.

—Pero para eso... —Se desespera, cabecea porque no sabe cómo contármelo, que parece mentira que yo haya sido policía. Él es el policía que controla las calles, la delincuencia, la ley y la justicia, y yo soy el ciudadano ignorante que se deja engatusar por los primeros ojos azules y llorosos que le salen al paso. Me está cabreando—. Ya hemos investigado los puticlubs de los Semiónov, ya les he buscado las cosquillas más de una vez, por activa y por pasiva. Y todo está en regla. Mayores de edad y documentadas, y están ahí porque quieren.

Parpadea lentamente, convencido de que me ha dejado sin palabras.

—O sea —digo—, que no juegas.

Miro al otro chico. ¿Tú tampoco? ¿Tú no opinas, en esto? ¿Demasiado novato? Enric impone su personalidad. No es tan alto como yo, pero es policía y es quien manda:

—En todo caso, tendré que hablarlo con el intendente Pallars, no contigo. Ahora, lo único que importa es si ha robado algo. ¿Ha robado algo o no? Si ha robado algo, tendré que llevármela y ya me entenderé yo con el intendente Pallars.

Le partiría la cara.

—De momento, no ha robado nada porque nada ha salido de los almacenes.

—¿Entonces...? —se impacienta. Quiere decir: «¿Doy media vuelta y me largo? ¿Me has hecho venir para nada? ¿Me estás haciendo perder el tiempo?».

—Entonces la voy a soltar y, si tú no te encargas del asunto, ya hablaré yo con Xavi Pallars. Le daré a él los datos de la chica y tú te quedas fuera de juego.

Calla. Marca una lenta caída de sus ojos redondos y penetrantes como agujas. No se va a quedar fuera de juego, claro que no. Ni siquiera sabe por qué se me ha resistido con tanta energía. Será porque los hombres de verdad no permiten que nadie les imponga nada, y menos si son policías.

De manera que acaba sonriendo como si aquí no hubiera pasado nada, como si yo no hubiera entendido la broma. Pasa de mí a la chica y de la chica a mí sus ojos cargados de malas intenciones y expectativas, mirada de voyeur travieso que sabe perfectamente lo que estábamos haciendo cuando nos ha interrumpido. Me da un golpecito en el brazo, orgulloso de ser mi amigo.

—Sí, señor, Álex Rodón, eres tan duro y tan buen poli como dicen. —No me llamo Álex—. ¿Ves lo que te había dicho, Jordi? —Se dirige a su compañero de la cabeza rapada—. Rodón es de los nuestros, un crac. La tía está buena y lo vale y, si sirve para pegarle un pescozón a Chon Klein, pues cuenta conmigo. Hace tiempo que les tengo ganas a los Perros. Continúa, Rodón. Me gusta verte trabajar.

La rumana, a la vista de las placas que los recién llegados traen colgadas de los cinturones, está pensando que ha hablado de más, se estremece de nuevo y vuelve a tirarme de la manga.

—No le digas, no le digas —suplica, en castellano, y no sé a qué se refiere—, no le hagáis nada. Déjeme que me lleve la bolsa y los zapatos, como si nada. Yo les diré que los he convencido. Una mamada está bien, ¿eh? O lo que queráis, eh, lo que queráis.

Vuelvo a agacharme para ponerme a su altura. Le sujeto la barbilla con la punta de los dedos para que me mire y no pueda apartar la vista.

—No pasa nada. —Le hablo lentamente para que atienda y me entienda—. No ha pasado nada. Te irás tranquilamente con tu bolsa y lo que has cogido. A todos los efectos, lo has comprado, ¿de acuerdo? Me has hecho una mamada y yo dejo que te vayas. No te preocupes, porque yo lo voy a pagar todo. Nadie te parará. ¿De acuerdo?

Hago una pausa. Ella ha cerrado los ojos y deja que fluyan lágrimas mansas de alivio.

—Pero tú, a cambio, tienes que ayudarnos, Adela. —Abre los ojos—. No queremos que prostituyan a ningún niño. Ni al tuyo ni a ningún otro.

No dice nada. No se atreve a moverse. Tiene mucho miedo.

—Dime: ¿nos ayudarás? Puedes pasar información a la policía. Estás ahí dentro. Os protegeremos, a ti y al niño. Tú nos dices quiénes son los que traen a las mujeres engañadas, quiénes las violan y maltratan y quieren prostituir a los niños. Tú nos ayudas y yo te garantizo protección. De entrada, te aseguro discreción absoluta. Si nos ayudas, tendrás permiso de residencia, permiso de trabajo...

Clava la mirada en mí como si tantas promesas la asustaran.

—Yo solo quiero un documento de identidad y un pasaporte español.

—Lo que nos pidas. Te podemos incorporar a un programa de protección de testigos; te daremos una nueva identidad, si quieres. —Me mira y me mira y me mira sin atreverse a decir nada. Ya no tiembla. Es un bloque de hielo. Voy a por todas—: Si no nos ayudas, tarde o temprano volverás a encontrarte como hoy, como ahora mismo, y tu hijo correrá peligro de verdad. ¿Me entiendes? ¿Nos vas a ayudar o no?

No le queda otra salida.

Se encoge de hombros.

—¿Sí o no?

Que sí, que sí.

—Nosotros te vamos a proteger, Adela. Me darás el número de tu móvil y lo llevarás siempre conectado. Así sabremos dónde estás continuamente. Tenemos que pararles los pies a esos cabrones que quieren traficar con niños, ¿verdad? ¿Verdad que estás de acuerdo conmigo? ¿Verdad que sí?

Que sí, que sí.

Enric se pone de cuclillas a mi lado, me aparta con el hombro como apartaba a Xavi Pallars cuando jugábamos al pádel y se le presentaba una buena pelota. Agarra las manos de la prostituta y, sin palabras, le exige: «Mírame a los ojos». Ella lo entiende y obedece, paralizada como un conejo hipnotizado por la serpiente.

—Mira, Adela. —Ella lo contempla asustada—. Si no nos ayudas y nos dejas en pelotas, yo no te haré nada pero me encargaré de que Chon Klein se entere de que la has traicionado y ya te apañarás tú solita con ella...

Es como si le hubiera pegado una bofetada.

—No, no, no, por favor, por favor, por favor. No, por favor, por mi niño, por mi niño.

—¡Adela! —la interrumpe el policía insensible—. ¡Adela! Yo no me creo eso del niño, ni del tuyo ni de los otros niños prostituidos, pero te voy a ayudar. No quieras tomarme el pelo. Ayúdame con esa familia que te tiene acojonada y cuenta conmigo. ¿Me oyes? ¿Estás de acuerdo?

Adela está llorando en silencio, pero hace que sí, que lo oye, y que sí, que está de acuerdo.

Me he puesto en pie. He mirado al compañero de Enric, a Jordi, y me parece que tampoco le gusta nada presenciar esta escena.

—¿Te vigilan? —pregunto a Adela—. ¿Te ha acompañado alguien?

Asiente. Que sí, que sí.

—Ahora, saldrás de aquí como si nada. Te vas a casa y, cuando te pregunten, les dices que me has convencido para que te soltara.

Enric toma nota de su número de móvil. Lo marca para comprobarlo. En el aparato de la chica suena un zumbido grave, como el gruñido de un perro peligroso.

—¿Dónde vives?

—En el Hotel Berenice de Badalona.

—¿Irás allí directamente, desde aquí?

—Sí.

—Que sea verdad.

Me maravilla la habilidad de Enric escribiendo con el pulgar de la misma mano que sujeta el móvil.

—No la sigáis —les pido—. Yo hablaré con el intendente Pallars.

Por fin, Adela Balanescu sale de la sala sin mirarnos, abrazada a la bolsa de plástico azul cobalto, y detrás de ella van Enric y el compañero de cráneo afeitado, ¿cómo se llama?, Jordi. Veo cómo se alejan hacia el fondo del pasillo donde está el ascensor.

—Que baje sola —les digo—. Dejad que baje sola.

Me reúno con Brutus en la sala de control.

—Comprueba si la están vigilando.

—Ya lo he hecho —me dice mi agente—. Hemos localizado al acompañante. Ahí lo tienes.

Una de las seis pantallas muestra la foto fija de un hombre vestido de blanco, con zapatos blancos y una mata de cabellos blancos y abundantes.

En otra pantalla, este hombre pasea entre los mostradores de la planta baja sin prestar atención a nada en concreto y echando vistazos ocasionales a las puertas de los ascensores.

—Tenemos grabado cómo han entrado juntos —va diciendo Brutus— y cómo cambian cuatro palabras en la puerta. Enseguida se han separado y este tío ha supervisado cuando ella birlaba la bolsa y se ha quedado abajo cuando la chica ha subido a la primera planta en las escaleras mecánicas. Cuando la llevábamos al ascensor, vuelve a aparecer en la primera planta, lo ha visto y nos ha seguido de lejos. Y ahora la está esperando.

—Conserva esta imagen —digo—. La enviaremos al ABP del intendente Pallars. Igual tiene alguna relación con los Semiónov o con los Perros.

—Ahora mismo.

En una de las pantallas, se abren las puertas del ascensor de la planta baja y sale de él Adela Balanescu con la bolsa de plástico azul cobalto y, detrás de ella, a un metro de distancia, Enric y el compañero calvo charlando animadamente e ignorando su presencia, pero están demasiado cerca. Les he dicho que no tomaran el mismo ascensor. Ella se dirige a la puerta, el Puertas Dos ya está avisado y la deja salir sin mirarla. Detrás, cinco pasos después, va el hombre de los cabellos, el traje y los zapatos blancos. Por un momento he perdido de vista a Enric y a su compañero, pero enseguida reaparecen y cruzan el mismo umbral con prisas de perseguidores.

Demasiado cerca. Demasiado cerca.

Llamo a Xavi Pallars.

—¿Xavi? Tengo un caso para ti. ¿Sabes que habíamos pillado a una mangui, aquí, en los almacenes? Pues te cuento.

Se lo cuento. Chon Klein, los Semiónov, prostitución de niños.

—¿Qué?

—Prostitución organizada de niños. Captándolos por todo el mundo. Eso es lo que se prepara.

—No había oído hablar nunca de eso.

—Siempre hay una primera vez.

Y concluyo:

—¿Cómo se te ha ocurrido enviarme a Enric Mayoral?

—Es el mejor de mis hombres, Alexis, de verdad, créeme. Estoy seguro de que, le hayas dicho lo que le hayas dicho, habrá sido una lección magistral para él. Puede ser un segundo Rodón, créeme.

5
TERESA OLIVELLA

Los jueves vienen a comer al restaurante las Salvajes Puentesangil. Alargan la sobremesa para esperarme, yo adelanto mi hora de salida y nos vamos juntas para salvajear un poco. Dicen que me secuestran y que piensan pedir rescate. Son seis mujeres que —según ellas mismas— han superado la crisis de los cuarenta y han salido de la prueba mucho más fuertes y perversas. Tres divorciadas desesperadas, una viuda, una soltera homo y una soltera hetero y promiscua que nunca se ha dejado atrapar. Yo soy la séptima. Los jueves tienen mesa fija en el Figón y beben, ríen y hacen mucho ruido.

Dos de ellas, Pami y Ruth, son amigas íntimas de Blanca y Gonzalo, que a veces se suman a la juerga. En estos casos, él es el único hombre a quien aceptan en el círculo y, con su presencia, el tono de la tarde varía sustancialmente hacia el tedio. No hemos hablado nunca de ello, pero estoy segura de que me adoptaron porque Gonzalo les habló de mi culebrón. Lo estoy viendo mientras se lo decía: «Teresa, la cocinera, que ha pasado una experiencia traumática y está muy baja de moral...». El miércoles siguiente me dijo: «Mañana, hazme un favor: trae la guitarra, que quiero que unas amigas mías oigan tu versión del “No hago otra cosa que pensar en ti” de Serrat». Y lo hice. Cuando ya habían comido y yo había terminado de adecentar la cocina, salí, canté cuatro cancioncillas, conté cuatro chistes, y ellas me incluyeron, de manera automática e incontestable, en el círculo de las Salvajes Puentesangil, así llamadas porque hace muchos años se ve que había una obra de teatro de un tal José Martín Recuerda que se llamaba Las Salvajes en Puente San Gil.

Me dijeron que, después de comer, los jueves iban a jugar al bridge, siempre lo dicen, «las tardes del bridge», como quien dice «las tardes del Ritz», pero pocas veces se sientan a jugar a las cartas porque solo cuatro saben y, si lo hacen, las otras preparamos el café, o el té, y las distraemos bavardeando o guitarreando y cantando a gritos, si se me ha ocurrido llevar la guitarra. Cuentan que inicialmente tenían la intención de encontrarse para salir de excursión los fines de semana, sobre todo para esquiar; pero en la primera salida que hicieron a Masella, se encontraron con un frío espantoso y el suelo cubierto de hielo y dos se rompieron huesos, Sonia, el fémur, y Pami, el cúbito y el radio. Y no volvieron más. Otra vez, antes de conocerme, se animaron a visitar un club de swingers, que se conoce que Mar es asidua; y montaron tal alboroto, con gritos y risas en la oscuridad, que las acabaron echando.

Hoy, 9 de enero, ha sido un jueves como cualquier otro. Han venido las Salvajes, han prolongado su sobremesa, yo he terminado la cocina tan pronto como he podido, muy limpia, en perfecto estado de revista en manos de Delmar, y me he ido con ellas a puentesangilear.

Pero, durante todo el día, y mientras ha durado la tarde del bridge, no he dejado de pensar en Alexis Rodón. ¿Qué debió de hacerle al secuestrador belga? ¿Y que habrá sido de él?

He tenido más prisa que otras veces por regresar a mi madriguera, y no porque ya estuviera harta de risas, ajetreo, compañía y caridad, sino porque necesitaba, con ansia de adicto, sentarme ante el ordenador y continuar interneteando.

«Alexis Rodón», «el caso Jaquelín», «Jaquelín Palobio».

Me cuesta encontrar algo nuevo.

«Aparece el cuerpo de Jaquelín. Los Mossos detienen al asesino. La pequeña murió de miedo».

Leo decenas de versiones muy similares de la misma noticia, muchas de ellas resultado de un descarado copia y pega.

«Cuando los Mossos vieron el cuerpo de Jaquelín, se abalanzaron sobre el detenido y se ensañaron con él».

«La niña desaparecida era hija de un hombre con antecedentes penales y mala fama en el barrio». (¡Vaya! ¡Esto es nuevo!)

Hubo una carta pidiendo rescate. Se identificó el modus operandi de un ciudadano belga llamado Jean Abélard Zouave, que estaba en busca y captura por la Justicia francesa por un caso muy parecido.

«El secuestrador de Jaquelín en todo momento preservó la vida de la niña: la alimentaba tres veces al día y la encerró en una caja para huir de la tentación de abusar de ella».

«El sargento Rodón torturó a Zouave bajo los efectos del alcohol».

«El sargento Alejandro [sic] Rodón, condenado a un año de prisión e inhabilitación para ejercer un cargo público durante dos años. La acusación particular ha dicho que recurrirá la sentencia».

Encuentro otra fotografía de Alexis Rodón. En esta parece la estatua de granito de un hombre alto, ancho de hombros, cuello de toro ceñido por el cuello de cisne de un jersey que le da aspecto de boxeador. Con la mirada penetrante, amenaza a la cámara y al fotógrafo que lo han pillado por sorpresa. Jo, chaval, de buena te has librado: atacar a Alexis Rodón por la espalda es tan peligroso como despertar con un susto a un veterano de Vietnam. Te has jugado la vida.

«Alexis Rodón no contesta a ninguna pregunta». Me gusta que no contribuya al barullo mediático. «Quien calla, otorga», titula un periódico digital.

Los responsables de la policía, en cambio, sí hablaron. Tanto el conseller de Interior como el jefe de la policía. Primero declaraban que «tenían fe absoluta en la honradez de sus hombres que sin duda habían actuado de manera impecable». Luego, cuando se supo que Alexis Rodón tenía antecedentes por uso indebido de la fuerza, o por brutalidad, las declaraciones oficiales variaron:

«Depuraremos responsabilidades, saldrá la verdad».

Los periódicos contrarios a los Mossos d’Esquadra —casi todos— destacaron que tanto el conseller de Interior como el jefe de la policía habían apoyado a un torturador y pidieron clamorosamente sus dimisiones. A partir de aquel momento, se acababan las declaraciones oficiales, y la prensa observaba que el silencio era muy significativo.

«Manifestación antipolicía».

Una fotografía muestra a una chica con una pancarta donde se lee «Rodón asesino». En la manifestación cantaban «Rodón, cabrón, contra el paredón» y «Este policía tortura y asesina».

Finalmente, en medio de un reportaje que parece muy documentado de primera mano, me lo cuentan: Alexis Rodón desnudó al detenido, lo golpeó en la cara con los puños, lo quemó con un cigarrillo y le aplicó descargas eléctricas en los genitales.

Esto me desconcierta, como el tortazo que corta por lo sano un ataque de histeria. Me quedo escacharrada delante del ordenador. Pelipuntada. Me había formado la idea de una persona elemental, primaria e impulsiva que, a la vista del cadáver de Jaquelín, no había podido reprimirse y se había echado sobre el secuestrador descargándole puñetazos y puntapiés. Eso me sugería un hombre sensible, empático con el sufrimiento de la víctima, cegado por su ansia de justicia. «No sabía lo que se hacía». Pero despelotar al detenido, y quemarlo con un pitillo y meterle calambrazos hace pensar, muy al contrario, en una premeditación y un ensañamiento innecesarios, una crueldad y una sangre fría que me hacen estremecer.

Quiero tranquilizarme diciendo que esto de investigar la vida de Rodón no es más que un juego, una manera de conjurar fantasmas, como ir a ver una película de miedo para librarme del pánico de vivir.

Pero no dejo de buscar y buscar, y me dan la una de la madrugada hasta que descubro dónde puedo encontrarlo.

Una de las opciones que me da Google es la página de MonDeMon Diseño Global. Bajo el titular, entre otros nombres, consta el de Alexis Rodón Delgado, jefe de seguridad.

Entro en la página de MonDeMon. «Oficinas centrales». La dirección de paseo de Gracia. A continuación, el staff, los nombres y las fotos de los jefes de diferentes departamentos, que miran al mirón con sonrisa estándar de «Patata» o «Luiiiis». Este es otro Rodón, muy repeinado, de ojos pacientes y dulces, sonrisa irónica y corbata de rayas. Jefe de seguridad que infunde confianza, empatía y simpatía. Puedes ponerte en sus manos sin el menor recelo.

Y bueno, ya está, ahora ya sé quién es Alexis Rodón y dónde encontrarlo.

¿Y qué? ¿Qué vas a hacer con todo esto, Teresa?

6
ALEXIS RODÓN

Viernes, 10 de enero

Estoy terminando mi desayuno en el bar, bocata, café con leche y zumo de naranja, cuando me llama Xavi Pallars. Cierro los periódicos que hoy tampoco traen nada nuevo y contesto:

—¿Cómo vamos, intendente?

—Yo bien —responde—, pero a Enric lo has hecho feliz con el asunto de la fulana rumana.

—¿Ah, sí? ¿Feliz? Él no creía que hubiera niños.

—Ni yo tampoco. —A lo mejor espera una protesta por mi parte, pero me la trago—. Piensa que a los Semiónov los tenemos estudiados de pies a cabeza, de arriba abajo, por el derecho y por el revés, las veinticuatro horas del día. Entre los del ABP de su barrio y el área de Grupos Organizados, el control es absoluto. Sabemos, por ejemplo, que Chon Klein y sus hijos han sido muy arrinconados después de la muerte del Gran Dogo. Esta rama de la familia nunca había sido muy importante entre los Semiónov, pero ahora tienen menos todavía. Cuando murió Gustavo Pérez, les dejaron dos o tres putiferios y una veintena de niñas para que se ganaran la vida, y para de contar. Ahora, con esta tontería de la rumana, le has dado a Enric la oportunidad de meterles mano y lo has hecho un hombre.

—Yo no le he dado ninguna oportunidad. En todo caso, tú.

—Gracias a ti. —En este momento, levanto la vista y, en el extremo de la barra de la cafetería, distingo al hombre del traje blanco. Su cabellera canosa, sus zapatos blancos. Le están sirviendo un cortado. Xavi Pallars sigue hablando—. Dentro de una semana, el próximo viernes, tiene que traerme un informe con todo lo que le haya sacado a la putilla rumana. No tengo mucha fe, pero será un buen ejercicio para él. Y seguro que le encantará continuar recibiendo consejos tuyos.

—¿Seguro?

—Seguro, seguro. Bueno. Continuaré informándote.

—Eh. ¿Te hicieron llegar la foto del tío que iba con la chica? Uno vestido de blanco, con el pelo blanco.

—Correcto. Lo he pasado a la Central. Aquello está lleno de especialistas en los Semiónov. Si ese hombre tiene alguna relación con la familia, no dudes de que alguien lo identificará.

—¿Cuándo me dirás algo?

—El lunes ya lo tendré sobre la mesa.

—Está bien. Te llamaré. Recuerdos a Toni.

—Gracias.

Corto la comunicación y, mientras me levanto y camino entre las mesas, me entra un whatsapp de Brutus. Me dice que las cámaras han localizado al hombre de blanco. Que está en la cafetería. Contesto: «Ok, ¿solo?». Me responde: «Sí».

Me apoyo en el mostrador, a su lado, y me dedico a estudiar su perfil.

De momento, se resiste a devolverme la mirada, pero soy lo bastante descarado e insistente como para que finalmente se rinda y se vuelva hacia mí.

Me sorprenden unos ojos orientales, de mirada serena y ausente, casi ciega. No me extraña tanto comprobar que la ropa que lleva, vista de cerca, resulta vieja, gastada y arrugada, como si no se la hubiera quitado para dormir. Los zapatos blancos amarillean y sugieren que eran de otro color y que alguien los pintó con brocha hace muchos años. Pero lo que más impresiona de este hombre es la boca, que tiene los labios gruesos y, al mismo tiempo, es muy pequeña y parece fruncida en una mueca obscena, una especie de beso monstruoso, un ano con hemorroides.

—No me vuelvas a traer nenas aquí para que me roben —le digo.

—No te fue tan mal —me responde en un castellano impecable, como si hubiera nacido aquí.

—No me traigas ninguna, nunca más.

—No me negarás que Adela hace las cosas bien. Es una gran profesional.

Trato de transmitirle con un gesto todo el desprecio que me provoca.

—Y si a ti tampoco te vuelvo a ver el pelo, mejor.

—Pues mira por dónde... —alarga el cuello, como si le hiciera gracia—, yo venía para ver si querías...

Lo interrumpo, desagradable:

—¿Me has entendido o te lo tengo que repetir?

Calla, dócil, y centra la atención en el cortado. Lo remueve haciendo sonar la cucharilla contra la taza.

Doy media vuelta y me alejo.

—Rodón —dice.

Me detengo.

Lo miro. Sonríe.

—Sé lo que hiciste. Sé lo que hiciste ayer y lo que hiciste hace cuatro años. Eres famoso.

—Eso solo quiere decir que sabes navegar por Internet. No es que tengas poderes mágicos ni nada por el estilo.

Y, ahora sí, lo dejo solo y, mientras me alejo, constato que su proximidad es perturbadora.

7
TERESA OLIVELLA

Esta mañana, en el gimnasio, he visto a Elena. De lejos. Nos hemos saludado con la cabeza. Yo estaba estepeando y ella entraba. «Hola», «Hola». Me he preguntado si se acordará de lo que me dijo. Si me acerco y me dice: «¿Miraste lo que te dije de Rodón?», no sabría qué responderle. Por si acaso, me he mantenido a distancia. ¿Qué debe de estar pensando? Me habrá visto sonreír, relajada como un fondant de chocolate. Habrá deducido que he seguido su consejo y he puesto un Rodón en mi vida. Este pensamiento me da risa, mira a la loca de Teresa riéndose sola.

Me digo y me repito que solo es un juego. Solo me estoy dejando atraer por la curiosidad, no hay nada malo en contemplar de lejos a una persona, aunque sea una persona mala, un torturador sin entrañas.

La verdad es que el primer pensamiento que he tenido desde que he abierto los ojos esta mañana ha sido Alexis Rodón, y durante todo el día han ido creciendo mis ganas enfermizas de ir a MonDeMon y ver a ese hombre. Cuando una parte de mí decía que no hace falta, que es absurdo y una tontería, la otra parte de mí saltaba furibunda y enloquecida, reivindicando el derecho a concederme algún capricho de vez en cuando.

A media mañana, me ha llamado el Exorcista.

—Tengo muchas ganas de ti —me dice.

Me suena a canción antigua, empalagosa y casposa y absolutamente inoportuna.

—Ah, hoy no puede ser.

—¿Cómo que no puede ser? —Un gemido estupefacto.

Se llama Jaume Romà, está casado, es de Granollers y viene a verme los viernes. Le dice a su mujer que va a sesiones de psicoanálisis. Lo cierto es que hace diván los lunes y los miércoles, y su mujer cree que también va los viernes, que es cuando viene a sexear conmigo un poco. Un agonías, beato, bíblico y obsesivo, medroso, muy pulido y finolis. En cuanto empieza con los tocamientos es consciente de que está pecando y poniendo su alma en peligro mortal, y se le nota. Se persigna cuando cree que no estoy mirando y, de vez en cuando, después del sexo, quiere hablar del infierno y del cielo, y el pecado y los remordimientos y la utilidad de un arrepentimiento espontáneo, instantáneo y sincero. Es un poco insoportable cuando lo ves doblando con cuidado infinito sus pantalones, para que no pierdan la raya, y colgándolos del respaldo de la silla, tan fantoche con camisa, calzoncillos y calcetines. Siempre dice: «Tendrías que comprarte un galán de noche». Tardé un poco en saber lo que era un galán de noche. Creía que era uno de sus juguetes sexuales, o una propuesta de trío o algo así.

—No puede ser. Tengo un compromiso.

—¿Qué clase de compromiso, Teresa?

—Un compromiso muy comprometido, Éxor. De esos muy largos de contar. Lo siento, pero yo también tengo vida.

—Pero tú sabes que los viernes...

—Mira, no me agobies. Dijimos que entre tú y yo no había ningún contrato. ¿Verdad que alguna vez no has podido venir porque te reclamaba tu familia y he tenido que hacérmelo sola? ¿No es verdad que lo que más te gusta de nuestra relación es que no hay preguntas innecesarias? Pues ahórrate una respuesta desagradable, Éxor, por favor.

—Oh —exclama. Solo eso, «Oh», inexpresivo como una piedra que cae al río. «Oh». Plof.

Aparco la Honda en la acera del paseo de Gracia, dejo el casco integral sujeto al manillar y me dirijo como si nada, como si fuera de compras un día cualquiera, al edificio de MonDeMon Diseño Global. Tengo que reconocer que estoy excitada como si caminara desnuda hacia una cama sin conocer de nada a la persona que viene detrás. Me siento adicta. Sufro el momento, pero pagaría por vivirlo.

Paseo por los almacenes como una clienta más, buscando algún regalo entre la exposición de objetos de diseño y complementos de diseño y joyas de diseño y perfumes de diseño que se exhiben en la planta baja.

Me encuentro delante de un mostrador de información preguntando:

—¿Las oficinas de administración, por favor?

—Séptima planta —responde la chica, uniformada e indiferente.

Me da una especie de vahído.

¿Y ahora, qué? ¿Qué piensas hacer, Teresa? ¿Subes a la séptima planta, preguntas por el jefe de seguridad... y qué? ¿Qué le vas a decir? Un torturador. Cruel. Sangre fría. Una Teresa diabólica dice: «Es guapo». Dice: «¿Te imaginas?».

Estoy como una cabra.

Estoy tan como una cabra que me asusto de mí misma y tengo que dar media vuelta y salir catapultada de los almacenes, saltar a mi Honda y conducir hasta mi casa para pegarme un hartón de llorar.

Y al día siguiente, sábado, 11 de enero, vuelta. Abro los ojos y ahí tengo a Rodón, pero no el de la mirada suave sino el de los dardos oscuros y feroces que se clavan con odio en el objetivo y en quien lo contempla.

Luego, en el trabajo, Gonzalo dice:

—¿Qué tienes, hoy?

—¿Qué tengo?

—Te veo bien, te veo contenta.

—¿Contenta? No. En todo caso, nerviosa.

—¿Estás nerviosa?

—No. ¿Por qué tendría que estar nerviosa?

—No lo sé. Tú lo has dicho.

—¿Yo lo he dicho?

¿Me ve bien? ¿Contenta? Anoche lloré hasta que la saliva se me hizo dulce, y me dormí profundamente, sin prozac ni váliums ni oniroles, cansada de llorar pero aligerada, lejos del mundo de las pesadillas. Por la mañana, un Rodón muy amable y cariñoso me ha deseado buenos días y me he sentido acompañada.

¿Bien? ¿Contenta? No: acompañada. No tan sola como hace unos días.

Por la tarde, vuelvo a MonDeMon.

No tengo intención de meterme en el despacho de Rodón, claro que no. Ni de hablar con él, Dios me libre. Solo se trata de verlo. Ya que he llegado hasta aquí, al menos poder verlo en persona.

Ya no dejan entrar a más clientes. Ahora echan a los que quedan dentro. Apagan luces y el personal va saliendo, agotado de todo un día de vender y vender y vender.

Me dirijo al hombre uniformado que hay en la puerta.

—¿El señor Alexis Rodón no sale por aquí?

Me mira de arriba abajo, asegurándose de que no soy una fulana, ni una terrorista, ni una estafadora, ni una asesina en serie y llega a la conclusión de que no soy peligrosa y de que a lo mejor, si el señor Rodón se entera de que no ha propiciado el encuentro, se cabreará y le meterá un puro.

—El señor Alexis Rodón ya no está aquí. —Consulta el reloj para asegurarse de la hora como si no fuera evidente—. Suele salir hacia las cinco.

—¿A las cinco?

—Y no sale por aquí. Lo hace por el párking, con su coche.

—Ah. —Me hago la tonta, que no me cuesta mucho—. Entonces no nos hemos entendido. Me ha dicho que nos encontraríamos a la salida...

El agente de seguridad se encoge de hombros.

Voy a la rampa que hay a unos cincuenta metros, por donde salen los coches del aparcamiento. Avanzo tan decidida como si realmente tuviera una cita con Alexis Rodón, como si pudiera llamarlo de lejos: «¡Eh, Alexis, que estoy aquí!». Como si él pudiera reconocerme de lejos: «¡Teresa!».

¿Te imaginas?

Entro en el aparcamiento subterráneo por la salida de vehículos, lo que está totalmente prohibido. Tengo que pegarme a la pared porque sale un Audi, y miro a su interior por si el conductor es la persona que busco. No lo es. No puede ser. Ya hace cuatro horas que se ha ido. Yo a las cinco no puedo estar aquí. Salgo a las seis del restaurante, como muy pronto. Voy más allá de la barrera y camino entre los coches como la tontuela que no recuerda dónde ha dejado el suyo.

Hay plazas reservadas, y lo pone en letreros de la pared. Señales de prohibido aparcar y la matrícula del único que tiene derecho a ocupar aquel espacio. Incluso, a veces, un nombre y un apellido. No sé cuánto rato me paso allí abajo hasta que, junto al acceso a los almacenes, encuentro la hilera de estacionamientos con el común denominador del demoniejo de MonDeMon. Tienen los nombres escritos.

El de Alexis es el quinto.

Dice «A. Rodón Delgado» y el número de una matrícula.

Pero él se ha ido a las cinco. Hace cuatro horas.

8
ALEXIS RODÓN

El 13 de enero, lunes, por la mañana, cuando salgo de la reunión de jefes de seguridad de las diferentes sucursales de MonDeMon, con la cabeza como un timbal y la responsabilidad de ampliar la bisutería de la planta baja a joyería de lujo y aumentar el número de cámaras de seguridad en todo el edificio, Esperanza me dice que Xavi Pallars me ha llamado tres veces, que parece que es urgente.

Le devuelvo la llamada y responde al primer timbrazo como si estuviera esperándola, ansioso, con el móvil en la mano.

—Tenemos caso, Alexis —me dice—. Me parece que tenemos caso. ¿Te dije que Enric era un crac, a que sí? El viernes le di una semana para que encontrara indicios que interesaran a un juez y a él le ha bastado con un fin de semana. Esta mañana me ha traído el escrito, de veintiún folios, y una solicitud de intervención telefónica, y la jueza de instrucción nos lo ha concedido. Tanto del móvil de Marlon Pérez como del teléfono fijo del Hotel Berenice.

—Muy bien —digo, sinceramente admirado.

—Tenemos en el punto de mira a Marlon Pérez Klein, el Rottweiler. Y quiero que lo celebremos esta noche, tú y yo, ¿qué te parece?

—¿Esta noche? —Un poco atropellado.

—Esta noche. Porque te tengo preparada una sorpresa. Tiene que ser esta noche o nunca. ¿Qué te parece en L’Oliana? Ya tengo reservada mesa.

L’Oliana. Experimento un escalofrío, como si me hicieran un masaje de aceite en la espalda. Hubo una época en que los dos matrimonios íbamos a cenar a menudo a L’Oliana de la calle Santaló. Xavi, Toni, Isabel y yo. Hace años que no he vuelto por allí. Hacían unas alubias fritas con cebolla y anchoas que me parecían espléndidas. Siempre que íbamos pedía lo mismo.

—De acuerdo —le respondo.

—¿A las nueve?

—De acuerdo.

Me dará tiempo de ir al gimnasio a las siete, o a las seis y media, como todos los días.

Después de comer, cuando estoy poniendo orden en las notas que he tomado durante la reunión, Esperanza me anuncia una visita.

—El señor Enric Mayoral.

Tardo un poco en reaccionar. He dado por supuesto que él estaría en la cena de esta noche y ahora me pregunto qué querrá decirme antes del encuentro con Xavi. Se me ocurre que quiere conspirar: «Sobre todo no le digas que...», «Cuando pregunte tal cosa, tenemos que decirle...». Reconozco que la expectativa me intriga.

—Que pase.

Entra como una riada de vitalidad, como la oleada expansiva de una explosión nuclear. Llega impulsado por unos pensamientos densos y pesados que seguramente, cuando venía de camino, hacían que moviera la cabeza como si hablara solo.

No me levanto.

—¿Has leído los periódicos? —pregunta, y sus ojos buscan por encima de la mesa desconcertados porque no tengo la noticia delante—. Lo llaman el Caso de la Vergüenza. Qué vergüenza. Ellos sí que no tienen vergüenza. Ahora ya lo dicen así mismo: «Los Mossos tiraron a aquella mujer por el balcón», con todo el morro. En titulares así de grandes. Son unos depredadores. A Nuria la han suspendido de empleo y sueldo, ¿lo sabes? A Nuria y a Soci. —Se detiene y me mira con una especie de rencor. Ha venido aquí para contarme algo y ahora se da cuenta de que no puede hacerlo—. Tú eres muy amigo del intendente Pallars, ¿verdad?

Queda claro: quien ha suspendido de empleo y sueldo a su querida Nuria es Xavi, y ahora a Enric le gustaría decirme que Xavi es un cabrón, pero si somos amigos no puede, claro. Pues no se lo voy a impedir.

—Cuando estalla la cañería del piso de arriba —digo, como si eso ya tuviera que saberlo él—, la inundación es en el piso de abajo.

Frunce el ceño porque no sabe cómo interpretar mis palabras.

—Cuando los gigantes mean, los enanos se mojan. —Lo veo incómodo, sometido a un examen que no se ha preparado. Más claro—: En la azotea puede ser que se caigan, pero la hostia siempre es abajo, en la calle.

Tuerce la cabeza y frunce los ojos.

Resumo el concepto:

—Que los jefes siempre son unos cabrones.

—Tú no pasaste de sargento, ¿verdad? —se asegura.

—Laúd —confirmo.

Eso nos hermana. La base siempre contra los jefes. Considera que le acabo de dar permiso para hablar mal de su superior y, después de un instante para tomar aliento, se prepara para endiñarme la tormenta que lleva dentro. Me pregunto por qué tengo que tolerárselo, pero me siento relajado como el espectador que se dispone a asistir a una comedia ligera.

—Pallars ha suspendido a Nuria y a Soci de empleo y sueldo por no aplicar el protocolo de menores a los dos niños moros. Los putos PNT, Procedimientos Normalizados de Trabajo, que quieren condicionar tu vida al milímetro y no te pases ni un pelo. No, así no es la vida. —Niega con la cabeza, exasperado—. Mira que le había dicho a Nuria que no se metiera en temas de seguridad ciudadana. Solo traen problemas. Cuando llaman de la base por un caso de violencia doméstica, tú ni caso. Ya se apañarán. ¿Tú sabes con quién te enfrentas? ¿Tú sabes lo que piensan de nosotros los ciudadanos? ¿Tú sabes lo que dicen los periódicos y los blogs y los twitters y los facebook de los Mossos d’Esquadra? No vayas a ayudar nunca a una mujer maltratada porque se volverá contra ti y te dirá que no te metas donde no te llaman. ¿Los magrebíes y los negros? Les pides el DNI y te acusan de racismo. Ves a un tío mareado por la calle, te acercas a él para ayudarlo, se te muere en los brazos y dirán que lo has matado tú. Nos llaman cabrones, e hijos de puta, y nos escupen para provocarnos, se cagan en la madre que nos parió y, cuando se te escapa la hostia, eres un monstruo. No, no, mira: el ciudadano, que se joda. Tú pregúntale a un ciudadano qué piensa de los Mossos, sin que él sepa que eres mosso, y se te quitarán para siempre jamás las ganas de ayudarlo.

Me mantengo serio e inexpresivo, tal vez un poco severo. ¿Le ha sacado de quicio que castigaran a la chica que le gusta y se ha metido en mi despacho para desahogarse? Bueno, permitiré que lo haga. Me pregunto cómo acabará el discurso cuando tome conciencia de la situación que está creando.

—... Mira que se lo dije a Nuria —continúa, sin pararse a tomar aliento—, pero no me hizo caso. Es joven, es idealista y le entró por el portátil lo de la violencia doméstica y, en vez de quedarse tranquilita en un rincón, que vaya otro, se metió de cabeza, ella la primera. Y es la que sube al piso, con Soci, y todavía no han entrado cuando una mujer sale volando por el balcón. Y lo primero que piensa todo el mundo es que la han tirado los Mossos. Y el juez que se ha hecho cargo del caso tiene tantos prejuicios o más que la gente contra nosotros, eso lo sabemos tú y yo. Ah, y por si fuera poco, ¿quién se ha metido por medio? El carroña número uno de los abogados de este país. Enseguida ha salido voluntario para defender a ese cabrón que estaba apaleando a su mujer. Borja Alonso Graña. ¡Anda y que les den pol puto saco! ¿Estás de acuerdo conmigo o no? Sí, tú me entiendes porque tú eres poli de calle y sabes que la calle es muy dura. Lo primero que le dije a Nuria: «Olvídate de todo lo que te han enseñado en la Academia, todo lo que te han enseñado en la Academia es mentira, todo eso de servir a la sociedad y trabajar al servicio de las personas, mentira, no te creas nada». La calle es muy dura y la gente es enemiga de la poli. No de los polis que hacen mal su trabajo: de la poli, de toda la poli, del concepto «poli», todos en el mismo saco.

No me desagrada del todo esta situación. Porque, de pronto, este descerebrado me está demostrando su sincera admiración, su confianza, y me está abriendo su corazón. No puedo negar que me halaga.

—... Los Reyes Magos nos tiran caramelos, ¿te acuerdas, durante la última cabalgata?, tirándoles caramelos a los Mossos a mala leche, que los denunciamos y todo, ¡a los Reyes Magos! Los manteros nos tiran piedras y no les pasa nada, no les pasa nada. Así no se puede hacer de policía. De manera que no te preocupes nunca por el ciudadano. El policía es el único funcionario que, cuando le preguntan de qué trabaja, dice que es funcionario. ¿Por qué? Porque sabe que, si dice que es policía, le escupirán en los zapatos. O a la cara. ¿Sabes qué pienso que tiene que hacer un policía? Lo que he hecho yo con Adela y el Marlon, que es lo que te quiero contar. De hecho, he venido para contarte eso y no para soltarte este sermón. ¿Qué tiene que hacer un policía? Lo que he hecho yo. Investiga, localiza al malo y ve a por él, espéralo, estúdialo, reúne pruebas y, cuando lo tengas bien ligado, le caes encima con todas las de la ley. Todo el mundo considera que los Mossos son especialistas en zurrar a viejos, mujeres y niños. Bueno, pues que lo continúen creyendo, yo no sé qué hacer para convencerlos de lo contrario. Que se jodan. Que se solucionen ellos sus pequeños problemas miserables, mientras nosotros nos dedicamos al trabajo serio. ¿No piensas como yo?

No, no pienso como él, pero no se lo voy a decir porque nos podríamos meter en una discusión eterna. Tan solo enarco las cejas y hago un gesto indefinido.

—¿Has venido a verme para decirme todo esto?

Detiene en seco su galope. Ahora sí, calla, suspira, mira al techo y hace un gran gesto de impotencia, antes de mirarme con la intención de resignarse.

—No —suspira, casi jadea—. Mientras venía hacia aquí me ha llamado Nuria. Me ha contado lo de la suspensión de empleo y sueldo, y está asustada porque puede ser que los procesen por asesinato. Estaba llorando, pobrica, y me he cabreado. Perdona. Joder, qué bronca te he metido. No. He venido para decirte que la jueza ha aceptado el caso de Adela Balanescu. En un fin de semana lo he ligado todo. ¿Qué te parece?

Espera aplausos. Apruebo su acción frunciendo la boca. Con un gesto de la mano, lo invito a sentarse en uno de los sillones que tengo delante, el escritorio por medio como una trinchera.

—¿Todo ligado? —Estoy dispuesto a escuchar. Es un buen showman.

No se sienta. Tiene demasiada energía para quemar. Retrocede unos pasos como si tuviera la idea de saltar por encima del escritorio y de mi cabeza.

—La palabra clave —me apunta con el índice— fue «pakis». ¿Los pakis y los Perros? De momento no parecía que tuviera ningún sentido, pero pensé: «Calla, calla, que la mafia de los pakis está dominando la ciudad. Más que las tríadas chinas, más que los albanokosovares y más que los cosacos del Volga». Tú debes de saberlo.

Gesticula como un cantante de rap. Me señala con el índice y el meñique sin ánimo de hablar de cuernos. Subraya cada concepto importante con movimientos histriónicos. Es un espectáculo.

—Los pakis están volviendo a traer heroína a la ciudad. Han recuperado la ruta de los Balcanes, desde Afganistán, donde se producen el opio y la morfina base, hasta Barcelona, pasando por la antigua Yugoslavia e Italia. Se han asociado con la mafia turca, que controla el transporte durante todo el recorrido. Y traen pasaportes que han sido falsificados en Malasia. Todo esto lo sabemos, aunque se esconden bien, los puñeteros. Cuando pillamos un cargamento de heroína, todos los que hay alrededor son magrebíes, ni un solo pakistaní. Saben mimetizarse con el paisaje. Y también sabemos que muchos de los beneficios que obtienen sirven para financiar el yihadismo por el sistema hawala. Solo por eso, pensé que cualquier juez justificaría una actuación inmediata si le dábamos un buen punto de partida.

»Pero es que los pakis también se han juntado últimamente con los chinos para traficar con seres humanos. Traficar con seres humanos. Y aquí ligué una cosa con la otra. Importación de chicas. Todo parecía encajar.

»El mismo viernes, al salir de aquí, antes de hablar con el intendente, la seguí. A Adela Balanescu. La seguimos, Jordi Vergara y yo. Tal como ella nos había dicho que haría, tomó un taxi y se fue directa al Hotel Berenice de Badalona.

—¿Iba sola? —intervengo.

—Ah, no. —Ahora se acuerda. Ahora reacciona—. Había un tío esperándola en la calle. Tomaron el taxi juntos. Que dice el intendente que ya lo habíais localizado por las cámaras de seguridad de los almacenes.

—Sí. ¿Se sabe algo?

—Lo han identificado en la Central. Un filipino que hace trabajos para Chon Klein. Nada, un recadero. Nada importante.

»Bueno, el caso es que, mientras seguíamos al taxi de Adela y el filipino, llamo a uno de mis informantes. Conducía Jordi. Le pregunto: “¿Pakis y Perros?”.

»Y me contesta: “No sé nada, no me suena. Pero...”. Siempre hay un pero, ¿verdad? —Comparte conmigo la astucia del veterano—. Cuando tienes intuición, siempre acaba apareciendo un pero. “¿Pero...?”.

»“Un paki que se llama Nazir Ashraf se ha peleado con su familia, o lo han expulsado de los negocios de su familia, no sé qué ha pasado, el caso es que dicen que va buscando gente con quien asociarse. Dice que quiere vender ideas. Dice que es muy genial, o se cree muy genial y va muy a la suya, muy individualista e indisciplinado, y por eso lo han echado los pakis. ¿Puede ser que quisiera asociarse con los Perros?”.

»Gran pregunta, Álex, gran pregunta. —Enric está exponiendo su tesis doctoral ante el gran tribunal. Y el Gran Tribunal, yo, asiento muy interesado, francamente muy interesado, y lo animo a continuar—. “¿Cómo has dicho que se llamaba ese paki?”. “Nazir Ashraf”.

»Bueno, ¿por dónde íbamos? Que llegamos al Hotel Berenice. Un edificio de cuatro plantas construido en el lugar más inhóspito, en la avenida del Maresme, al lado mismo de un polígono industrial. Un hotel situado en ese rincón del mundo solo podía tener un destino, y es lo que tiene. El vestíbulo y el bar a media luz y lleno de chicas, pantallas de televisores que pasan porno, y las habitaciones arriba para hacer el trabajo. Los clientes son los trabajadores del polígono industrial, ya te puedes imaginar el estilo. Es propiedad de una sociedad anónima cuyo principal accionista, y presidente director general, es un Klein Semiónov. No te lo pierdas: antes de entrar, veo que Adela pasa el dedo índice por un escáner de huellas dactilares que controla entradas y salidas. Y, junto a la puerta, dos cajeros automáticos, por si los clientes se quedan sin efectivo. Ah, y cámaras de control. En la puerta una, en el aparcamiento otra y, más tarde, pude comprobar que el interior está todo controlado por las videocámaras.

»Bueno, una vez colocada la nena y comprobado que nos había dicho la verdad, le envié un whatsapp: “Hola, rubia, te he hecho compañía hasta aquí. Prepárate, que luego iré a verte”.

»Desde allí, fuimos a ver al intendente Pallars. No tuve que convencerlo —dice con una especie de rencor—. Ya lo habías hecho tú.

»Me dio una semana, solo una semana, así que tuve que espabilarme. Por la tarde, ya volvíamos a estar con Jordi en el Berenice. Pero entonces entramos. El interior no es nada del otro jueves. Muchas chicas con poca ropa cansadas de esperar y de subir y bajar de los cuartos. Poca clientela a aquellas horas. Pero Adela no estaba.

Esto me interesa. Me apoyo en la mesa.

—Sí —me dice con énfasis—. Estate atento, porque ahora sabrás a qué se dedica tu rumanita. No es una putilla más de la cuadra. Es muy especial.

Pienso: «Es especial porque, desde que parió, es incapaz de currar catorce horas diarias, como les gustaría a los Perros. Por eso estaba robando bolsas y zapatos en MonDeMon. Ya sabíamos que era especial».

—No pregunté por ella —continuaba Enric—. Me pareció más prudente enviarle un whatsapp. “He venido a verte. ¿Dónde estás?”. Pero no funcionaba. Allí dentro tienen inhibidores de móvil. Tuvimos que salir y escribirle desde fuera. Me contestó: “Entra, que ya voy”.

—¿Viste si en el local estaba el Hombre de Blanco, el filipino? —lo interrumpo.

Duda. Interpreto que no se fijó en eso.

—No —dice, demasiado seguro—. No, no estaba.

—¿Y...? ¿Le enviaste el mensaje y...?

—Me contesta: “Ve adentro, que ahora bajo”. Y baja. Se había cambiado de ropa...

La mirada de Enric se empaña, como cuando nos miró, a Adela y a mí, en la salita de la séptima planta, dando por supuesto lo que no era. Acaso espera una reacción cómplice por mi parte. O de rechazo. O de incomodidad. O una risa de aprobación. Yo procuro no expresar nada, pero es posible que no pueda evitar una sombra de compasión. No puedo quitarme de la cabeza a aquella Adela fatigada y fastidiada, derrotada y destrozada por una vida repugnante.

Tengo la sensación de que Enric hace una brusca e higiénica elipsis.

—Le dije a Jordi Vergara: “Déjame con ella”. Él salió, y Adela y yo fuimos a una mesa del fondo. Le pregunto, a bocajarro: “¿Conoces a uno que se llama Nasir Ashraf?”. Me dice que no y pienso que no miente. “Un paki —le digo—. ¿Cómo se llamaba el paki amigo de Chon Klein?”. Dice: “No era amigo de la Señora. Yo solo sé que Rottweiler, un día, hablaba con él por teléfono. Y no dijo su nombre. Solo sé que lo llaman el Viajero porque viaja mucho”.

Enric cambia de actitud para darme a entender que ahora viene su golpe de genio:

—No sabe cómo se llama, pero le llaman el Viajero, ¿te das cuenta? Y Marlon Pérez habla por el móvil con el paki en cuestión delante de ella. Digo: “Un momento, un momento”. Le digo: “Tú no eres como las otras. He visto cómo te miraban. He visto cómo le pedías la copa de coñac al camarero y cómo te la ha puesto. Tú aquí eres la madam, me juego lo que quieras”.

»Ella se pone así, toda tímida y encogida, y dice: “No, la madam no, yo aquí no mando”.

»Le tiro de la lengua. A mí no me la pega. No es una puta como las otras. Y acaba diciéndome..., ¿sabes qué me acaba diciendo?

Ahora sí que se sienta Enric, y se acoda en el escritorio donde yo estoy acodado para invadir un poco mi espacio vital, para contemplar bien de cerca la sorpresa del maestro:

—¿Sabes a qué se dedica Adela Balanescu? Es una tía de confianza de los Perros, que los trata de tú a tú. No es que esté cansada de follar, y todo eso que dijo de su hijo y de los niños, y toda esa palabrería. Es mentirosa, como todas las putas. Está harta de vivir esta vida y se hace pasar por loca, por deprimida, para no currar, para no follar, ¿sabes? Y por eso la matriarca la envía a comprar caprichos, ¿sabes lo que quiero decir? «Pues ahora quiero unos zapatos. Y, si no me los consigues con el coño, me los traes como quieras». Y ella ya está harta de esto. Porque no es una puta como las demás, pero los Perros la tratan como a una puta como las demás, de manera que se quiere largar de aquí, y sabe que para una persona tan importante no es fácil decir: «Ahora me despido y me voy a casa». Por eso se inventó lo de los niños, porque sabía que tú entrarías al trapo.

»¿Sabes qué hace, ahí dentro? Es la que recibe a las chicas que han traído engañadas hasta aquí, la que detiene el primer golpe, la que les dice que se tienen que portar bien si no quieren recibir estopa; la que, cuando han recibido estopa, les dice: «¿Ves, mujer, cómo te tienes que portar bien?». La que les enseña lo que tienen que hacer y cómo lo tienen que hacer. Ella es la buena. Los otros, los malos, y ella, la buena. Este es el punto clave. El problema de estas tías es que, si tardas mucho en llegar hasta ellas, enseguida se acostumbran a hacer de putas y al final no denuncian a nadie porque perderían su fuente de ingresos...

Cuando lo oigo hablar así, pienso en catorce horas de trabajo diario; el día favorable para ser penetradas por veinte o treinta hombres uno detrás de otro. Hombres a quienes no les interesa nada ni esta ni aquella: cualquiera sirve; solo se trata de eyacular.

Continúa Enric:

—... o bien ya les han metido tanto miedo en el cuerpo que no se atreven a levantar un dedo. No podemos engañar a esas mujeres diciéndoles que nadie sabrá que ellas han sido las denunciantes porque tarde o temprano se sabrá y el sistema de protección de testigos funciona como el culo. Y, si no prestan declaración en el juicio oral, ¿cómo vas a probar el tráfico de personas o el elemento coactivo? El caso es que, después de operativos complicadísimos, llega la hora de la verdad y a los proxenetas les caen penas mínimas o absoluciones en bloque, por culpa de esa Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882.

»Pero, si tenemos la oportunidad de encontrarlas cuando acaban de desembarcar secuestradas, cuando están horrorizadas porque a lo mejor ya las han violado una vez o las han forrado a hostias, si llegamos en ese preciso momento, no dudes de que denunciarán y tendremos material de sobra para empapelar a todo el mundo que esté alrededor. Y, si alrededor está Chon Klein, nada me haría más feliz que pillarla en una situación tan comprometida, supongo que me entiendes.

»De manera que le digo: “Tú eres una persona importante aquí; seguro que tratas directamente con Rottweiler. Seguro que tienes el número del Rottweiler en tu móvil”.

Enric mira a un lado, como vigilando que no haya nadie escondido por algún rincón de mi despacho, marca la pausa intrigante que precede a la gran revelación y continúa:

—No me lo quería confesar. Estaba muerta de miedo. Las putas siempre tienen miedo. Le digo: “Trae”.

»Dice: “Aquí no. Salgamos”.

»Me levanto, se levanta. Cruzamos el local y salimos al aparcamiento. Mientras caminamos hacia mi coche, me da su móvil. Dice: “Es la RW”.

»RW de Rottweiler. Marlon Pérez Klein, el hijo mayor de los Perros, el que dirige el chiringuito.

—Pero —intervengo— Rottweiler debe de cambiar más a menudo de teléfono que de calzoncillos.

—De este número de teléfono, no. Comprobé las llamadas entrantes y vi que ese número había llamado a Adela muy a menudo como mínimo desde el pasado mes de octubre. Tres meses. Hace tres meses que Rottweiler no ha cambiado ese número de móvil. Puede ser que tenga otros que va cambiando, y o los tira o los rompe después de una llamada comprometida, pero este no. Si espabilamos, todavía podemos sacarle el jugo que queremos. Por eso era urgente tener la orden enseguida. Esta misma mañana. Pallars le ha pedido la orden a la jueza y ya la tenemos.

Ya está. Aplausos. Ovación. Bravo y bravo. Ahora me toca a mí dictar el veredicto. Enric está muy orgulloso de sí mismo.

Busco objeciones.

—Tendrás que asegurarte de que la información que te pasa es fiable...

Me interrumpe, demasiado sobrado:

—Tú creías en ella, yo no. Ahora yo me he convencido —como recriminándome «¿A qué juegas?».

—Y tendréis que establecer un sistema de comunicaciones. Cómo y cuándo os encontraréis y...

—Por favor.

Le acepto la objeción. Ya es mayorcito y lo bastante veterano. Y yo no soy ni policía. Pero todavía tengo algo que añadir:

—No te crees el tema de los críos —murmuro—, pero sí que te crees todo el resto del discurso de las chicas secuestradas y el teléfono de Marlon y todo lo demás.

—No me lo creo —afirma para desconcertarme—. No me lo creo, Álex. Pero es una posibilidad de llegar hasta la Señora y pillarla con las manos en la masa. Y, si lo conseguimos, habrá valido la pena arriesgarse. El teléfono de Marlon nos demostrará si Adela ha dicho la verdad. Si es así, tendremos información de primera mano. Cuando estemos muy seguros, ella nos dirá: “Mañana llega un cargamento”. E iremos a por ellos. Primer paso: intervenir el teléfono de Marlon. ¿Que no es el teléfono de Marlon o se lo cambia y no nos sirve para nada? Pues a tomar pol saco la bicicleta, adiós Adela, que te den y aquí se acabó el operativo. ¿Que funciona? Nos haremos famosos. El caso es que la jueza ha dicho que adelante.

No pregunto quién es la jueza.

—¿Y por qué vienes a contarme a mí todo esto?

Tiene un instante de duda. Un relámpago de inteligencia, una sonrisa torcida, un «¿te lo digo o no te lo digo?» que me provoca cierta irritación. La intuición de que tal vez me voy a llevar un susto en las próximas horas.

—Te lo cuento —dice al fin— porque quiero que confíes en mí. Porque sé que, si no te demuestro lo que sé hacer, no moverás ni un dedo por mí. Quiero demostrarte que vale la pena apostar por mí.

—Yo no apuesto nada —le contesto—. Yo no soy nadie. No soy ni policía. Es el intendente Pallars quien tiene que apostar por ti.

—El intendente Pallars apostará por mí si tú apuestas por mí, Álex. Y tú lo sabes.

—No lo sé.

—Solo tienes que ver la manera como nos presentó: «Mira, Álex, este es Enric, a mí me cae bien, ¿a ti qué te parece?».

Entonces sí, no me puedo contener más y se lo digo, como fórmula de despedida:

—No me llamo Álex. Me llamo Alexis.

9
TERESA OLIVELLA

—¿Qué estás haciendo, Teresa?

—Nada.

—¿Nada? Te has largado del restaurante a las cuatro. Le has dicho a Gonzalo que tenías que ir al médico. Y él se lo ha creído.

—No le había mentido nunca. Y Delmar contento, que lo he dejado más horas de chef.

—¿Se puede saber qué buscas?

—Nada. Solo quiero saber dónde vive.

—¿Para qué?

—Para nada.

Lunes, a las cinco menos cuarto, cuando bajo al aparcamiento del paseo de Gracia, la plaza de A. Rodón Delgado está ocupada por un Saab 9-5 de color negro, charolado y solemne como un coche fúnebre. Tomo nota de la matrícula y paseo un poco arriba y abajo, entre los vehículos alineados diseñando mi plan de acción.

—Te estás volviendo a liar con un mal hombre.

—No me estoy liando con nadie.

—Es un torturador.

—Por eso lo sigo. ¡Calla ya, jolín, que no me dejas pensar!

Si meto la Honda en el aparcamiento, cuando baje Alexis tendré que validar el tíquet antes de salir. Localizo los cajeros. El más cercano está junto a las escaleras que llevan a la calle. No estoy segura de llegar a tiempo de ponerme tras él cuando salga por la rampa.

En cambio, si dejo la Honda arriba, en la acera, junto al acceso al párking, solo tendré que subir de cuatro en cuatro los peldaños y saltar a su grupa mientras él monta en el coche, lo pone en marcha y se dirige a la rampa.

Dejo la moto en el lugar adecuado. No está permitido, pero pienso que solo será un momento. Rodón no puede tardar mucho. Solo faltaría que se la llevara la grúa. O que me entretuviera discutiendo un policía quisquilloso.

—Es un asesino.

—No, eso no es verdad.

—Es un monstruo.

—Y qué.

—Esto que haces no tiene ningún sentido.

Casi tropiezo con Rodón. Estoy paseando cerca de la puerta que une el subterráneo con los almacenes MonDeMon, cabizbaja y pensativa, cuando él sale pegando zancadas de siete leguas.

Me impresionan su altura y su volumen. El abrigo oscuro, la camisa azul y la corbata a rayas tan convencional. Es un ejecutivo gigantesco, una especie de rey de película, con el detalle de un pelo castaño, ondulado y alborotado como si saliera de una dura batalla. Ni me ve. Pasa por mi lado y el aire que desplaza me deja girando como una peonza.

Tardo unos segundos en reaccionar. Por un momento, se me ha borrado del todo lo que tenía que hacer.

Subo corriendo las escaleras que dan a la acera del paseo de Gracia. Allí me espera mi Honda fiel y en su puesto, me pongo el casco, cosa que no sabía que fuera tan difícil y compleja. Hondeo entre los peatones hacia la salida de la rampa del párking.

El Saab no está, el Saab no está.

¿Se ha ido ya?

No. Aparece de pronto, como la ballena que inesperadamente rompe la superficie del mar en los documentales del National Geographic. Frena y se incorpora con cuidado al tráfico que bloquea el cruce. Yo estoy con la moto en medio del paso de peatones lleno de gente que va y viene, tan apretujados que entrechocan unos con otros. Cuando se pone rojo, todavía hay unos cuantos que pasan al trote, y por fin el Saab puede abrirse paso. Enmascarada bajo el casco integral y conmovida como el día de la primera comunión, me pongo tras él. En Barcelona hay muchas Hondas Scoopy SH. La mía es una más, y de lo más normal. Oculto mi carita mona y visto una cazadora de cuero que me disimula la forma del cuerpo, vaqueros y botas de caña alta, como tantas y tantas otras mujeres del mundo occidental. Alexis Rodón no tiene por qué fijarse en mí.

—Lo que hago no tiene por qué tener ningún sentido. Me tranquiliza, me gusta, me hace sentir bien, y ya está. ¿Qué sentido tiene que me ponga un collar nuevo, o que tome vino con la comida? ¿Por qué pongo albahaca en el tomate con queso de Burgos? Porque me gusta y me da la gana, y ya está.

Vamos hasta Pau Claris y bajamos como si nos dirigiéramos a la catedral o al puerto.

—¿Te gusta correr hacia el peligro?

—Mirar el peligro de lejos.

—Te emborrachas de adrenalina.

—¿Estoy borracha ahora? Si la policía me para y me hace soplar, ¿me retirará el carné?

Me mantengo detrás del Saab. Le doy ventaja de dos coches o me pego a él, siempre atenta a su próxima reacción. Estoy segura de que es una de esas personas que usan escrupulosamente los intermitentes cuando tienen que girar.

—¿Qué quería decir Elena cuando te dijo que tenías que poner un Rodón en tu vida?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No lo sé.

Saca el intermitente de la izquierda una calle antes de llegar a la Gran Vía. Yo no. No quiero que se fije en mí. No usaré señales luminosas para proclamarle al mundo que lo estoy siguiendo.

Vamos por la Gran Vía hasta la amplia rotonda de la plaza de Tetuán. Tengo que estar atenta por si tuerce hacia abajo, hacia el Arco de Triunfo.

—Elena quería decir que tenías que buscarte un león, agarrarlo de la oreja y adiestrarlo para que muerda a quien tú le digas.

En el otro extremo de la rotonda, cuando ya es evidente que continuaremos por la Gran Vía, el Saab se mete por el carril lateral de manera inesperada. Voy un poco rezagada y distraída con mis pensamientos y me pilla por sorpresa y, para seguirlo, tengo que frenar y dejar pasar a un par de coches que hacen sonar los cláxons y me cierran el paso con esa desconsideración que tantos conductores les dedican a los motoristas.

—¡Cuidado, que se va!

De lejos, a más de cuatro vehículos de distancia, me parece distinguir que Alexis Rodón tuerce para emprender la calle Cerdeña hacia el mar. No puedo abrirme paso entre los que me obstaculizan. Llego a la esquina, y a unos diez metros nos encontramos con un camión de frutas, aparcado en doble fila y descargando, que nos obliga a desfilar lentamente de uno en uno, como con cuentagotas.

Me enciendo de impaciencia y furia, rígida en la moto como si me hubieran atado a ella con cadenas.

—¡Lo has perdido, Teresa! Ríndete, Teresa. No puedes. ¿De dónde crees que vas a sacar las fuerzas, Teresa? ¿Quién te has creído que eres? ¿Meterás la cabeza dentro de la boca del león y, cuando estés segura de que te respeta, lo sacarás a pasear y recogerás sus caquitas? ¿Qué clase de fantasía loca tienes en la cabeza, Teresa?

Más allá del atasco, el semáforo que hay a continuación pasa del ámbar al rojo y los tres conductores que me preceden son de esos tan respetuosos con las leyes de tráfico que se detienen sin darme la oportunidad de una transgresión necesaria. Ninguno de los tres es el Saab negro, que ha traspasado la barrera del semáforo y se ha perdido de vista en lontananza.

Voy avanzando entre los coches, despacio, con cuidado de no arrancarles los jodidos retrovisores, hasta ponerme en primera línea de salida. Y el Saab no está en mi campo visual.

—¿Cuál es mi fantasía? La fantasía de que tal vez algún día todo pueda arreglarse. Eso de las películas de Disney: que mis sueños se hagan realidad. Un final feliz.

La luz verde me concede el privilegio de arrancar y ponerme en cabeza de la carrera y continúo bajando por Cerdeña, pero no veo el coche de Rodón por ninguna parte.

—Ya te ves follando con Rodón.

—¡No! Pero ¡qué dices! Bastaría con un beso de The End. Salirle al paso cuando haya aparcado y esté bajando del coche. «¡Alexis, ostras, qué casualidad, Alexis!». ¿Te imaginas? Lo miro fijamente a los ojos. «¿No te acuerdas de mí? A ver si te acuerdas. ¿De qué nos conocemos?». Él diría: «No sé. De...», por ejemplo, de un lugar donde veranea, «... ¿de Playa de Aro?». Y yo le digo: «¡Exacto! Como estás acostumbrado a verme en biquini...», ¿o digo en top-less?, «... ahora no me reconoces».

—Y él dice: «No he estado nunca en Playa de Aro», y te jode.

—Un beso. Un beso y fin. Un beso y fino.

Superamos el cruce de Caspe, y de la calle Áusias March, y de la calle Alí Bei, y de la calle Almogávares, y mi objetivo no aparece, ni circulando ni aparcado. O será que ya no sé verlo porque estoy ofuscada e hidrófoba y se me llenan los ojos de lágrimas.

—Lo has perdido, Teresa. Déjalo ya. No sabes hacer esto. ¿Creías que era tan fácil seguir a un coche por la ciudad?

—No te has perdido nada, Teresa. Seguro que este hombre no sabe besar. No puede saber besar.

—No lo sabré hasta que lo pruebe.

—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Qué estás diciendo? ¡Qué burra eres, Teresa! Qué burra. Qué burra que llegas a ser.

Lloro desconsoladamente escondida bajo el casco integral.

10
ALEXIS RODÓN

Me lo temía.

No lo había formulado con todas las letras y todas las palabras, porque quizá no quería ni pensarlo, pero ahora, cuando entro en el restaurante y viene a recibirme una de las propietarias, me reconoce, me saluda tan cariñosa como siempre, me dice que me están esperando y señala la mesa de siempre, no me sorprendo en absoluto.

Esta mañana, Xavi me ha hablado de una jueza de instrucción, de una sorpresa y de una cena en L’Oliana, donde íbamos a menudo con nuestras respectivas. Y la expresión de Enric cuando le he preguntado por qué venía a contarme su investigación con pelos y señales, esa sonrisa torcida, te lo digo o no te lo digo y dejo que sea una sorpresa, me ha provocado un escalofrío. Él estaba al tanto de la sorpresa, era feliz sabiéndola y ha vencido heroicamente la tentación de descubrírmela. Alguien debería reconocerle el mérito.

L’Oliana es un restaurante luminoso y transparente, de líneas rectas, donde se respira comodidad. A un lado del comedor, como una porcelana valiosa y frágil en la urna preferente del museo, destaca Isabel Uribe, jueza de instrucción, mi ex.

Menuda y frágil. Se ponía de puntillas para besarme. La timidez se mezcla con la coquetería y le hace insegura la sonrisa y la obliga a fruncir los ojos como si la deslumbrara un foco demasiado potente.

Se pone en pie, espléndida con un vestido negro de escote discreto que le permite lucir un collar de cuentas blancas y negras, el pelo más corto y de otro color, una miniatura valiosa junto al cuerpo voluminoso de Xavi Pallars que la verdad es que ha engordado demasiado últimamente.

—Isabel.

—Sorpresa.

—¿Qué te parece? —dice mi amigo sonriendo con malicia, sin ocultar que le gustaría que Isabel y yo volviéramos a vivir juntos, como en los buenos tiempos, vamos, ¿por qué no?, tan felices como éramos. ¿Tan felices como éramos? La madre que lo parió. Por eso no ha venido Toni, a quien esta clase de cosas siempre le dan mucha vergüenza. Es más dura y pragmática que Xavi. «Tú no te metas, Xavi, ellos sabrán lo que hacen».

Me los imagino a los dos en el dormitorio, vistiéndose para salir. Veo a Xavi preguntando:

—¿Pero a ti no te haría gracia que volvieran? ¿Que volviera a ser todo como era antes?

—Las cosas nunca vuelven a ser como eran antes.

—¿Fines de semana juntos, aquellas cenas...? ¿Las discusiones sobre películas...?

—Las cosas son como son, Xavi. No te metas.

Por fin, le pongo la mano encima a Isabel.

Aquel día dijo: «No me toques, no me pongas la mano encima, me das miedo, lo siento, lo siento pero no puedo permitir que me toques, tengo que irme, me voy a casa de Elisa, te llamaré, necesito un tiempo para reflexionar».

Nunca más volví a ponerle la mano encima. Ni me acerqué a ella. Ni un beso. No nos volvimos a abrazar entre sábanas.

Ahora, pasados cuatro años, le pongo la mano encima del hombro, y no pasa nada, y nos acercamos casi hasta tocarnos, casi, para darnos esa clase de besitos aéreos cerca de las mejillas, sin contacto epidérmico, todo puramente simbólico, muá, muá.

—¿Cómo estás? —digo en voz baja, como para prescindir de la presencia de Xavi y buscar sinceridad.

—Ya veo que tú estás muy bien —me dice, con esa sonrisa que es un faro en la niebla—. ¿Estás bien?

—Bueno, un poco cansado porque vengo del gimnasio, pero pienso que me repondré con una cena de categoría.

Está muy bonita, más de lo que recordaba. Tiene un año más que yo, cincuenta y cuatro, pero nadie lo diría. Ha engordado un poco, pero solo un poco, y no le sienta mal. Ya no debe de ser la jueza más delgada de la Ciudad de la Justicia. Tal vez continúe siendo la más sexy, pero eso yo ya no lo sé, ni lo puedo saber.

—Tú, tan guapa como siempre. Te sienta bien el pelo corto.

La melena apenas le oculta las orejas y se la ha teñido de un caoba brillante. Tiene un aire a los años veinte.

—Es la jueza de instrucción del caso de la rumana —informa Xavi, justificándose.

Nos sentamos los tres. Hay tres copas de cava delante de los platos. También las cartas. Agarro una, dando por supuesto que ellos ya saben lo que comerán.

—¿Hace mucho que me esperáis?

—No.

No me entretengo nada. He hecho mi elección mientras venía hacia aquí. Siempre que cenábamos en L’Oliana pedía lo mismo. Cierro la carta.

—Pues por mí cuando queráis.

—Bueno, brindamos, ¿no? —Isabel alza la copa y me esquiva la mirada agachando un poco la cabeza, como la tímida que coquetea—. Por el reencuentro.

Levantamos las copas. Xavi responde con un neutro «Salud», yo lo miro y no digo nada porque esto no es un reencuentro, espero que no lo sea, esto es una cena para hablar del caso de la rumana.

Bebemos, y ya tenemos aquí al camarero. Estaba atento y se acerca sin que tengamos que dirigirle ni una ojeada. Isabel pide alcachofas fritas y tartar de lubina y langostinos. Xavi, canelones de la casa y pies de cerdo guisados con setas. Yo, las inevitables alubias fritas con cebolla y anchoas, y me gustarían los calamarcitos de playa confitados con cebolla y judías, y estoy a punto de pedirlos, pero la suma de las judías y las alubias me parece excesiva y opto por el tronco de merluza norteña con patatas.

—¿Vino?

Le cedo la palabra a Xavi, que tiene un amigo bodeguero.

—Un Atrium de las bodegas Torres. —Cuando el camarero se ha ido, nos ilustra—: Negro, cabernet sauvignon. Me parece que os va a gustar. La ventaja que tienen los Torres es que nunca te van a decepcionar. Un vino de Torres siempre tiene el gusto que esperas que tenga, tanto si lo han hecho en el Penedés como en Chile.

—Y agua —pide Isabel—. Sin gas. Natural.

—Pensaba que traerías el vino de la Monja, ¿cómo se llama?

—No me presentaré nunca en un restaurante con la botella de vino. Eso, el sábado, en casa.

Mira a Isabel y me temo una invitación. ¿Un reencuentro de los dos matrimonios en casa de los Pallars? No, no.

—Este fin de semana estoy con los niños —digo con naturalidad, a modo de disculpa. Miro a Isabel—. Me toca a mí.

Nos alternamos fines de semana. Uno Isabel, otro yo. En casa de Pol, con nuera y nietos, o en casa de Sílvia, con su novia lesbiana. Claro que esto no nos priva nunca de ir a cenar con quienes queramos, de manera que ella y yo sabemos que se trata de una excusa sin fundamento. Desafío a Isabel para que me ponga en evidencia y ella me sostiene la mirada con ojitos desconsolados.

Aquel día dijo: «No me pongas la mano encima» y añadió que se iba a casa de Elisa porque necesitaba «un tiempo para reflexionar». Pero no se fue a casa de Elisa, y esto lo sé tan bien como ella, porque había otro hombre. Me lo había dicho pocos días antes. «No te quiero engañar». Un artista. Un pintor que había hecho una exposición, que cobraba dos mil euros por cuadro y hablaba del dripping de Jackson Pollock y de la actualización del cubofuturismo, y se rodeaba de intelectuales tan engreídos como él.

La verdad es que el caso de Jaquelín me pilló borracho. Yo todavía estaba digiriendo la noticia, confundido, con el cerebro en ebullición, cuando tropecé con el festival de Jaquelín. En eso tenía razón el fiscal. Yo estaba borracho y destrozado por dentro.

Rompe la tensión la intervención del camarero, que llega con el vino, la botella de agua y el ritual de quién lo va a probar; Xavi, naturalmente, «está muy bueno»; nos llenan las copas, «¿quién toma agua?», Isabel y yo y, por fin, nos deja en paz.

Xavi toma la palabra.

—Esta mañana, Enric me ha traído el atestado con el número de teléfono de Marlon Pérez. Digo: «Tengo que pedir una orden de intervención telefónica de urgencia porque este número puede dejar de estar operativo en media hora». Y resulta que Isabel estaba de guardia. Se me ha ocurrido que era como una señal, y la he llamado enseguida. Una solicitud de intervención telefónica urgente me ha permitido elegirla como jueza.

—Y tú —le digo a Isabel, un poco acusador— has dado la orden de la intervención telefónica y has abierto el operativo. —Me relajo un poco para dirigirme a Xavi—. Ya debéis de haberle puesto nombre y todo. Operación Goldfinger o algo así.

—Operación Baskerville —aclara—. Nuestros enemigos son los Perros, Marlon, Kevin y Chon, y El perro de Baskerville es la más famosa de las aventuras de Sherlock Holmes.

—Os habéis lucido. Como siempre.

Isabel, seria, reclama atención y se reviste de la autoridad de jueza.

—Le he pedido a Xavi que organizara esta cena... —puntualiza— de trabajo... porque quería conocer tu opinión.

—¿Mi opinión? —me río, incrédulo—. Si no soy policía.

—Nunca dejarás de ser policía.

Me halaga que lo diga. Primera noticia de que me valora como policía. Me imagino que Xavi la ha convencido. Isabel me llamaba manazas, que es peor que chapucero. Manazas tiene algo que ver con manos grandes, manazas que pueden hacer tanto daño como tenazas. Quería decir que me consideraba muy peligroso. Pero, en aquella época, eso le gustaba. Fue luego, al final, cuando le provoqué un pánico enloquecido: «No me toques, no me pongas la mano encima, me das miedo».

Aquel día, le dije:

—No: tú te das miedo. Tú te horrorizas de ti misma porque sabes que, en mi lugar, habrías hecho lo mismo. O aún peor.

Xavi y quienes lo vivieron de cerca lo entendieron, y por eso me apoyaron.

Pero la empatía es más difícil cuando lo ves todo de lejos.

—Mira —comienza Isabel, que ha optado por comer las alcachofas fritas como si fueran patatas chip, con las puntas de dos dedos de la mano derecha—: No creas que veo claro este caso al cien por cien. —Miro a Xavi, muy concentrado en recoger hasta la última migaja del relleno de los canelones, miro a la pareja que cena al otro lado del comedor, y me froto la barbilla, que ya rasca. No me metáis en líos, por favor—. Tiene dos lecturas, y de momento me decanto por una de ellas. ¿Cuál es la lectura que me gusta? Sabemos, porque hay un confidente que nos lo dice, que existe una banda organizada y que están a punto de recibir un cargamento de chicas jóvenes, procedentes de Rumanía, que vienen engañadas porque las quieren prostituir. Esta intervención telefónica no es una prospección, a ver qué cae, que así no podríamos hacerla, sino que se basa en una convicción: que Marlon pertenece a una banda organizada está fuera de toda duda y, si podemos interceptar a esas chicas cuando ya las hayan maltratado, y antes de que las prostituyan, muy probablemente podremos meter a unos cuantos miembros de esa familia en la cárcel. Solo por eso, ya valdría la pena. La intervención telefónica solo tiene un objetivo: conocer la fecha y hora exactas de la llegada de esas chicas para poder intervenir a tiempo.

—Pero... —la invito a que me muestre el lado oscuro.

—Pero todo esto también podría ser solo humo. Imaginaciones de ese inspector Mayoral...

—¡No, no! —la interrumpe Xavi—. No es ni inspector. Solo es cabo.

Me sorprende. Creí que saldría en defensa de su hombre y, en cambio, me sale con que no es ni inspector. ¿Qué significa eso de que no es ni inspector? Es como si dijera que no es nada, que no tiene ningún nivel. ¿Dónde se ha quedado el cabo impetuoso y joven, pero bueno, muy bueno, de los mejores que tiene? ¿Está renegando de él? Lo miro frunciendo los ojos.

—La verdad es que su atestado —continúa diciendo Isabel— puede ser cualquier cosa. Todo sale de un solo confidente anónimo y nos lo tenemos que creer porque él lo dice. He sacado el caso adelante porque me lo pide Xavi, pero también me ha dicho que conoces a la confidente, y que de hecho todo empezó en tus manos. Quiero saber lo que te dice tu intuición.

—No, no —me resisto—. A mí no me líes.

—Solo dame tu opinión. Sin compromiso.

Ahora es la jueza que de vez en cuando irrumpía con severidad en nuestro matrimonio. Me está dando órdenes desde el tribunal. Era la representante de la ley. Yo también lo era, como policía, pero la policía siempre ha estado bajo las órdenes de los jueces. Solo en las dictaduras es la policía la que les dice a los jueces lo que tienen que hacer. Pero la jueza siempre estaba ahí, fiscalizando mi vida. Aquel día, hace cuatro años, cuando volví a casa, Isabel me compadeció y me acarició. Hizo un violento esfuerzo por acariciarme y compadecerme. Pero a la Isabel samaritana enseguida le fallaron las fuerzas. Una jueza no puede compadecer y acariciar a un torturador, y me dijo que no la tocara, que no le pusiera la mano encima, que le daba miedo, que tenía que irse a casa de Elisa para reflexionar. Mentira. No se fue a casa de su hermana. Ella y yo sabíamos que era mentira.

Trato de resistirme:

—Pero esto no tiene pies ni cabeza. No jodas.

—¿Dice Xavi que tú crees que hay trata de niños? —Niego con la cabeza para indicarle que no quiero jugar, que no, que no pueden hacerme esto—. Porque, en caso de que hubiera niños, sería completamente diferente. En el caso de las chicas, si las han violado o si les han dado una paliza, bueno, no sé, qué le vamos a hacer... —La entiendo: quiere decir, aunque nunca lo dirá, que casi mejor, porque así podremos acusar a los Semiónov de secuestro, lesiones y agresión sexual—. Pero, si se trata de niños, no podemos distraernos ni un segundo. A ellos sí que no quiero que se les ponga la mano encima... —Cualquiera que la oiga pensará que no le importa que pongan la mano encima de las chicas engañadas, pero no es así. Yo sé que no es así—. Di: ¿crees que hay niños?

Estoy a punto de escaparme por la tangente. Decirle que no lo sé, que son suposiciones, porque lo son. Pero no soy policía, ya no, y es como si eso me liberara de precisiones, formalidades y responsabilidades.

—Correcto, creo que sí hay niños. La manera en que lo dijo aquella mujer. No decía nada que se acabara de inventar; no era una locura ni un delirio. Me pareció que decía la verdad. Si quieres saber lo que me dice la intuición, es que sí, que hay niños.

Isabel baja la cabeza y recoge con dos dedos migajas de alcachofas. Conozco esta reacción de nuestra época de casados. Te exige que la convenzas y le digas la verdad, y luego no se deja convencer y duda de tus palabras. Típico. Ahora yo tendría que levantarme de mesa y largarme.

La entrada del camarero con los segundos platos marca un nuevo intermedio. Pone el tartar de lubina y langostinos ante Isabel, los pies de cerdo guisados con setas ante Xavi y mi tronco de merluza norteña con patatas, que ahora no me apetece. A continuación, como si no se hubiera dado cuenta de que su presencia nos impide hablar, reparte el resto del vino entre las tres copas antes de irse.

Xavi trata de salvar la situación.

—En todo caso, ya está hecho. La operación está en marcha. Ah, y la llevamos nosotros, en el ABP.

Me sorprendo.

—¿El ABP? —No es normal que un caso de bandas organizadas y tráfico de seres humanos lo lleve una comisaría de barrio. Es una investigación demasiado compleja.

—Sí: tanto la División Central como el Área Regional están colapsadas, con horarios forzados y dotaciones escasas, y para ellos de momento la familia de los Perros es poca cosa, no creen que de esto salga nada nuevo. De manera que nos han dicho que continúe adelante nuestro equipo de Investigación, y que les vayamos informando por si la cosa crece. Yo, además, añado el grupo 200, con Enric al frente, porque son policías de calle que conocen a las putas y a los camellos que hacen esquinas. En la Central se encargarán de los pinchazos telefónicos y, si necesitamos más efectivos, los Grupos de Intervención y demás, pero de momento Andrea Pasqual nos ha dicho que está a verlas venir. Que les pidamos ayuda si hace falta pero que, de momento, cree que es prematuro. Adelante, adelante, id tirando y tenednos informados.

»Los de arriba también creen que puede ser una manera de que mi ABP se lave la cara, para paliar los estragos del Caso de la Vergüenza, ¿sabes? La prensa nos va a echar tanta mierda encima como pueda, de forma que si la podemos contrarrestar con un operativo brillante...

No lo veo convencido. Hay algo que chirría y que no me cuenta. Tengo ganas de preguntarle por Enric, pero me parece que delante de Isabel no sería oportuno.

—Ahora que habláis del Caso de la Vergüenza —interviene Isabel—. ¿Sabéis quién se hace cargo de la defensa del magrebí maltratador, el que dice que los Mossos tiraron a la mujer por el balcón? —Yo ya lo sé, me lo ha dicho Enric Mayoral esta mañana—. Borja Alonso Graña. Precisamente el abogado de los Semiónov.

—Hostia. —Xavi lo encaja como mala noticia—. No sabe qué hacer para convertirse en abogado estrella. No te extrañe que lo represente gratis. Este tío, en la época en que yo estaba en la Zona Franca, comía cada sábado con miembros de las tres ramas principales de la Familia, los Semiónov, los Klein y los Pérez. En el restaurante que tiene allí Chon Klein, La Chilindrón, donde hacen unas berenjenas rellenas espléndidas.

Mientras habla, Xavi nos hace notar con un gesto que se ha terminado el vino y llama al camarero.

—Quizá no haga falta —digo, dando por hecho que quiere pedir otra botella.

—Pago yo, hombre —me tranquiliza—. No te preocupes. Si no nos lo acabamos, me lo llevaré a casa. —Ha llegado el camarero—. Otra botella, por favor.

Isabel deja pasar cuatro o cinco segundos antes de retomar la palabra para demostrar cuánto le ha incomodado la interrupción.

Vuelvo a verla distante y severa. Constato una vez más que todo acabó bruscamente aquel día, cuando regresé a casa borracho y destrozado, y ella hizo el efímero esfuerzo de acariciarme. Entonces, Pol y Sílvia aún vivían con nosotros, tenían dieciocho y dieciséis años, respectivamente, y se daban cuenta de todo casi antes de que sucediera. Isabel exigió que no le pusiera la mano encima y tuve la sensación de que el mundo se hundía, de que alguien se estaba pasando por el culo todo lo que Isabel y yo habíamos planeado y construido a lo largo de nuestros años de matrimonio.

—Pues ese es el que os va a llenar de mierda —dice por fin la jueza en un tono demasiado ligero, como si no le importara—. Borja Alonso Graña.

Y parece que no tiene nada más que añadir.

—Ese quiere hacerse famoso atacando a la policía —afirma Xavi—. No a los policías cabrones que se lo merecen, sino a toda la policía en general. Para él, un mundo feliz sería un mundo sin policía. —Mientras guardamos un minuto de silencio por un mundo sin policía, recuerda algo y busca en su bolsillo—. Ah, hemos localizado al hombre de blanco que nos dijiste. —No cambio de expresión, como si Enric no me lo hubiera adelantado. No sé si Xavi está al corriente de su visita de esta mañana—. Es Justo Feremín, filipino, vinculado a los hermanos Perros, Marlon y Kevin. El Caniche de la Señora.

Me da un papel donde ha anotado los datos. Entretanto, ha vuelto el camarero, ha descorchado la segunda botella y nos ha llenado las copas.

Isabel bebe y comenta:

—Es bueno, el vino.

—A propósito de vino —aprovecho, con la expresión de quien se dispone a gastar una broma—. El que me enseñaste el otro día... ¿El Tano de la Monja...?

Xavi me envía una ojeada llena de recelo.

—Teso La Monja —me corrige. Y puntualiza a manera de advertencia—: Del 2008.

—Exacto. ¿Tú sabes cuánto vale la botella que me enseñaste, según la Guía Peñín? —Me extiendo un poco para mantener el suspenso—: Es un vino que no tenemos en MonDeMon, porque es demasiado caro. ¿Sabes cuánto vale esa botella? Noventa y siete puntos en la Guía Peñín, novecientos euros y pico, casi mil euros. Mucho dinero, para ser un regalito sin importancia, una muestra para que lo pruebes. Si alguien se entera del precio de los regalitos que te hace tu bodeguero, se puede mosquear. Deberías darle esa botella a Cáritas. Los viejecitos del asilo te lo agradecerán. —Ahora, como casualmente, una curiosidad—: El enólogo que tenemos allí, en el Departamento de Gastronomía de Diseño, dice que tienes que ser muy experto y tener el paladar muy educado para distinguir la diferencia de calidad que hay entre un vino de cien euros y uno de mil. Ahora, los que compran grandes partidas de vinos de estos tan caros son los rusos y los chinos. Pero si estos vinos son tan caros es porque la producción es muy reducida. Quiero decir que es imposible enviar camiones y camiones y camiones de La Monja esa a Rusia y a China porque no se producen suficientes botellas. A lo mejor llenaríamos medio camión y gracias.

—¿Me estás diciendo que es un vino falsificado? —pregunta Xavi Pallars con la mano sobre media boca y expresión de resentimiento.

Isabel nos mira divertida.

—No. Seguramente es un vino de cien euros, que es un vino muy bueno, con una etiqueta cambiada. Solo hay que falsificar la etiqueta para que un vino de cien valga novecientos. Ochocientos euros de beneficio. No me extrañaría nada que, en el sótano de la bodega de tu amigo, encontrases una imprenta.

—Que cabrón eres —dice Xavi, muy sonriente—. Ahora no me voy a poder beber el vino de La Monja. —Me señala con el índice—. Ni tú tampoco.

Me vuelvo hacia Isabel. Se ríe como se reía antaño, cuando éramos tan amigos y comentaba con Toni: «Estos dos, siempre igual».

¿Continuará viéndose con el pintor de los cuadros a dos mil euros? La verdad es que no he vuelto a saber de él desde que nos separamos. Claro que no soy de visitar exposiciones ni de leer las páginas de cultura de los periódicos. Ante la risa de Isabel, no sé por qué me viene a la cabeza que, hace cuatro años, no quise ni oír hablar de condecoraciones ni de homenajes secretos. Solo habría faltado que trascendiese que la cúpula de Mossos brindaba por el torturador. No. No, no. Mientras Isabel era feliz follando con el pintor, yo abandoné el trabajo que siempre había querido hacer, desde pequeño; la profesión más bonita del mundo. Lo sabían el conseller de Interior y el jefe de la policía y, durante un tiempo, si coincidíamos aquí o allá, en la inauguración de una nueva sede de MonDeMon, por ejemplo, me sentía contemplado por ellos con secreta complicidad y admiración. Pero ahora han cambiado al conseller de Interior y al jefe de la policía, y los actuales solo conocen mi historia de oídas, como si fuera una leyenda urbana. Al fin y al cabo, cuando pasó todo aquello, yo solo era un sargento.

Un sargento de policía casado con una jueza. ¿Cómo se come eso?

—¿Queréis tomar postre? —pregunta Xavi.

Respondo que no. Estoy incómodo. Quiero irme. Isabel tampoco quiere.

—¿Café?

—No.

—¿Un chupito?

—No.

Miro a Xavi, como diciéndole: «Basta ya».

¿Tomábamos chupitos cuando salíamos Toni, él, Isabel y yo?

He encontrado a Isabel tan atractiva como cuando me enamoré de ella.

—¿Nos vamos?

Siempre pagábamos a medias.

Hoy dividimos por tres.

11
TERESA OLIVELLA

Martes, 14 de enero

Un déjà vu:

—A las cuatro tendré que salir, que tengo cita en el Hospital del Mar.

—¿Otra vez? —se alarma Gonzalo, siempre sobreprotector—. ¿Te pasa algo?

—Nada, nada.

—¿Estás mal?

—Que no, que no. Cosas de mujeres. Prevención de cáncer de mama, prevención de cáncer de ovarios, prevención de cáncer de útero, ya sabes.

—¿Pero tienes algo? ¿Te encuentras mal?

—Que no, que no. Mi mal es mental, Gonzalo, ya lo sabes. No es físico: es psíquico.

Emerge el Saab negro del aparcamiento subterráneo y se implanta, majestuoso, entre la multitud de vehículos que espera a que cambie el semáforo. Tuerce a la derecha, va a buscar Pau Claris y baja hacia el mar.

Hago como si fuéramos al mismo sitio que ayer. Si no es así, dejaré de perseguirlo y ya está.

Me permito el lujo de ir delante de él y controlarlo a través del retrovisor. Todo se desarrolla según lo previsto. Tomamos la Gran Vía, rebasamos la rotonda de Tetuán y esta vez no me dejo sorprender. Me meto por el lateral y, llegados a Cerdeña, no encontramos obstáculos. Freno y dejo que me adelante.

Pasamos una, dos, tres, cuatro travesías y, dos más allá del desvío de la Meridiana, tomamos Llull, cruzamos Marina y nos internamos en Poble Nou. Me gusta pensar que Rodón vive en Poble Nou. Es un barrio que me cae bien.

De pronto, pone el intermitente y se detiene con la intención de introducirse en un complejo arquitectónico muy raro, una especie de fábrica remodelada.

Paso de largo.

Por el retrovisor, veo que el Saab sube a la acera con mucho cuidado y desaparece en el interior de la antigua industria.

Dejo la Honda en el primer chaflán y retrocedo a pie, trotando por la acera de enfrente. Eran unos talleres textiles, como tantos otros de este viejo barrio obrero, reconvertidos hoy en bloque de apartamentos. La fachada es de obra vista, con un aire novecentista, con ornamentos de ladrillo en los alféizares y las cornisas y almenas coronando los muros. El arco de entrada todavía conserva, medio borrado, el letrero de Hilaturas Camprubí. Debajo, una verja moderna permite el acceso a un callejón de viejos adoquines flanqueado por lo que eran naves que sin duda han compartimentado en viviendas de uno o dos pisos. Hay coches aparcados a ambos lados, y deben de pertenecer a los residentes en cada habitáculo. El callejón de adoquines desemboca, al fondo, en una rotonda decorada con una alta chimenea testigo del origen de la construcción, y el horizonte queda bloqueado por un inmueble principal de siete plantas.

Cuando alcanzo la verja, ya está cerrada, y llego justo a tiempo de ver a Rodón, que, con movimientos pausados y pacientes, saca su abrigo del interior del Saab, camina los tres pasos que lo separan de la puerta más inmediata, mete la llave en la cerradura, abre y se encierra en casa.

Son las seis menos cuarto.

Espero. No sé qué, pero espero. ¿Y ahora, qué?

Se enciende una luz en la ventana del domicilio de Rodón.

Las seis y cuarto.

«Vimos a una mujer rondando por aquí. Plantada en esta esquina, no perdía de vista los apartamentos Camprubí».

No lo hago. Me alejo, paseo, una calle más allá, una calle más acá.

Me invento una historia. «Tengo una amiga que vive por aquí. —Pienso en Mar, por ejemplo, de la pandilla de las Salvajes—. Tenía que darme un libro de recetas pero, cuando he llegado, no estaba en casa. He estado esperándola un rato. Soy de esas personas que, en un caso así, piensa que la culpa es suya, que no ha entendido bien la hora de la cita, que a lo mejor era una hora después».

Empiezo a coger frío, pero no tengo ninguna intención de abandonar mi vigilancia.

Me imagino llamando a la puerta.

«¿Señor Rodón? Quisiera hablar con usted».

¿Habrá una señora Rodón que abra la puerta? ¿Qué pensará de una mujer como yo?

—¿De qué quiere hablar?

Silencio. Las siete menos cuarto.

—Déjelo.

Precisamente en este momento, sale a correr. Chándal gris, zapatillas de deporte y una toalla roja al cuello, con trote ágil de bailarín clásico, como si las piernas no notaran ese peso de noventa o cien kilos.

Cruza la verja y se lanza calle arriba a la carrera. No lo voy a seguir, claro que no, eso sí que sería ridículo. Se aleja. Y yo todavía no estoy dispuesta a abandonar mi punto de observación.

—Pero ¿qué piensas hacer? ¿Qué esperas?

Tengo la idea de que, si hoy no hablo con él, ya no podré hablar nunca. Si me voy ahora, ya no volveré. Estoy loca, sí, como una cabra, pero no puedo desistir sin hacer un intento.

—Pero ¿intentar qué? Tienes que pensar qué le vas a decir, qué le pedirás, pero para eso debes tener claro si quieres pedirle algo, si quieres explicarle algo.

—Señor Rodón, me gustaría saber cómo piensa un torturador. Meterme en su mente, en su trastorno psíquico. Me gustaría...

Rodón mirándome estupefacto. Pero ¿qué está diciendo esta mujer?

—¿Sí?

—No, perdone, da igual, déjelo.

En la esquina hay un bar donde busco protección contra el frío. Bar Amadeu. El contraste de temperaturas me provoca un escalofrío y el miedo a pillar un trancazo. Es un establecimiento bastante grande, con pantallas de televisión por todas partes que difunden videoclips, un mostrador largo que atiende un hombre gordo con camisa de manga corta hawaiana, y una veintena de mesas. Ahora, solo hay tres ocupadas, una por tres jóvenes que repasan apuntes de una asignatura que parece muy interesante, otra por una pareja de mediana edad que apila las manos entre vasos y botellas y se mira en silencio, y una tercera por una mujer absorta en una tablet donde debe de estar leyendo la novela más apasionante del mundo.

Me siento al mostrador, en un taburete que queda de espaldas a la puerta. Si me apoyo en la pared, puedo ver la calle y la fachada de Hilaturas Camprubí. Pido un café con leche muy caliente.

Vuelvo a pensar que no tiene ningún sentido quedarme aquí, que estoy haciendo la tostada, que estoy perdiendo el tiempo y que, de hecho, no pierdo ningún tiempo porque no tengo tiempo, no tengo absolutamente nada que hacer, ¿que estarías haciendo si no estuvieras aquí? ¿Encerrada en casa? Llegados a un punto, me dejo caer por el tobogán de la melancolía y me convierto en una muerta viviente que ve videoclips. No puedo decir que me esté compadeciendo de mí misma, ni que me sienta abrumada por el fracaso o, mejor, por la inutilidad de mis esfuerzos, de mi vida; ni que claudique ante una sublime obsesión que no sabía adónde conducía. Es mucho más terrorífico que eso, y no es la primera vez que me pasa. Es que se me vacía el cerebro. Es que, a partir de un instante, no soy nadie, las imágenes de la tele me hipnotizan, me cautivan y me llevan a un mundo de paz, sin sentimientos ni pensamientos, un mundo que se parece mucho a una nada de música, canciones y colorines en movimiento, un mundo que probablemente se parezca mucho a la muerte.

No estoy.

Hasta que una voz me vuelve a la realidad:

—Eh, Amadeu.

El camarero gordo se llama Amadeu. Y contesta:

—Eh, Rodón. ¿De dónde vienes, tan cansado?

Rodón. Pelos de punta. Teresa pelipuntada.

Son las nueve menos cuarto. Rodón se aleja hacia el fondo del local pasando los dedos por el mostrador como acariciándolo, mientras habla con el camarero. Chándal gris sudado y toalla roja al cuello.

—Pues tú verás. De comprobar que cada día me hago más viejo.

—Joder, es lo que me pasa a mí. Igual hemos comido lo mismo.

—Hablando de comer, ponme un amadeu. Y una cerveza. ¿Tienes el Sport de hoy?

El periódico está en el extremo del mostrador situado enfrente del mío. Rodón lo coge y se dirige a una de las mesas libres. En un gesto casual, me he puesto ante la boca una mano mampara para que me ampare. Sigo viendo la tele, pero ahora ya sé lo que estoy viendo y escuchando. Es el «Sailing» de Mike Oldfield.

—¿Qué vamos a hacer este año? —pregunta Amadeu.

—Nada. El ridículo.

—No jodas, que vamos los primeros en la Liga.

Rodón se ha sentado, ha desplegado el periódico y habla mientras lo hojea.

—Este no es mi Barça. Estamos igualados a puntos con el Madrid y el Atlético.

—Coño, porque el Madrid tiene un partido más. Y al Levante le metimos siete a cero.

—Este domingo jugamos con el Levante, ¿no?

—¿Vendrás?

—¿Claro! Ya me puedes guardar una mesa.

Aparto la vista del televisor, donde hacen el idiota unos que se llaman Martin Solveig & The Cataracts, y agarro una servilleta de papel. Del bolsillo de la cazadora saco el boli y escribo: «Levante Barça 7 a 0. Madrid un partido más. Iguales a puntos Barça = Madrid = Atlético».

No llamo al camarero gordo que se llama Amadeu. Espero a que mire en mi dirección, le hago una señal y dejo un billete de cinco euros sobre el mostrador. De este modo, no llamo la atención de Rodón, que no levanta la vista del periódico.

Amadeu me da el cambio. Le dejo cincuenta céntimos de propina. Ni mucho ni muy poco: que no sea un motivo para que se acuerde de mí.

Bajo del taburete y salgo al frío y a la oscuridad de la calle. Voy pensando que al Levante le metimos siete a cero y, caray, siete goles son muchos goles.

12
ALEXIS RODÓN

Miércoles, 15 de enero

En el departamento infantil de la tercera planta, dos señoras que revolvían un barullo de jerséis de colores se han encaprichado del mismo, el único que había de color salmón. La señora de más edad, gordita, con canas y gafas, ha agarrado la manga izquierda de la prenda de ropa, y la más joven, de cejas muy negras y gruesas, vestido chillón, mucho maquillaje y expresión poco amistosa, lo ha sujetado del cuello. Han tirado las dos a la vez y se han encontrado una en cada extremo del jersey. Han empezado discutiendo, «es mío», «que no, que es mío», «que yo lo he visto primero», y de repente la maquillada y poco amistosa le ha pegado a la abuela un puñetazo en la boca que la ha tirado al suelo. La mujer mayor, no obstante, se ha llevado consigo el jersey de color salmón y esto ha hecho que su antagonista cayera sobre ella, con ánimo de arrebatarle el botín o tal vez de continuar golpeándola. Los otros clientes la han sujetado y se ha producido un altercado muy confuso de gente abrazada y chocando contra los mostradores. El agente de planta ha dado la alerta por el portátil y, en la séptima, se han movilizado el Paquete y el otro agente de uniforme.

Me levanto del sillón giratorio, me ciño el nudo de la corbata y, cuando me dispongo a abrocharme la chaqueta y salir a controlar la situación, me suena el móvil.

Lo saco del bolsillo, miro la pantalla por inercia y contesto mientras camino por el pasillo hacia el ascensor.

La pantalla me anuncia una llamada privada. En estos casos, suele ser alguno de mis amigos policías. Contesto:

—Sí.

—¿Alexis? Soy Isabel.

Freno en seco.

La voz fina, mansa, inofensiva y tímida. Siempre he pensado que debe de resultarles muy odiosa a los detenidos para los que decreta prisión incondicional sin fianza.

He perdido el compás de la respiración y el de los latidos cardíacos. Solo un instante, como si hubiera pegado un tropezón. ¿Es posible que todavía me afecte una llamada de Isabel?

—Ah, hola, Isabel.

—Perdona que te llame —¿«Perdona que te llame»? ¿Qué coño significa «perdona que te llame»?—, pero tengo una noticia que te va a interesar.

El lunes cenamos juntos, y el miércoles me llama. Es demasiado invasivo. Asfixiante. Abro la puerta del despacho de Brutus. Le digo:

—¿Quieres ir a ver lo que pasa en la tercera? —Y a Isabel—: Perdona. Di, dime.

Brutus asiente con la cabeza, siempre abotargado; levanta con esfuerzo su voluminosa humanidad del sillón, y se dirige al ascensor.

—Noticia bomba —prosigue Isabel—. Mira: esta mañana me llama Mistral, Matías Mistral, un comisario de no sé qué área central. Interesándose por la Operación Baskerville. Que qué es eso de la Operación Baskerville, que no entiende que la lleve una ABP en vez del Área Central de Investigación, que no puede ser.

—¿Que no puede ser?

—Ha empezado de manera muy prudente. No nos conocemos, no habíamos coincidido nunca y supongo que estaba tanteando el terreno, para ver de qué pie cojeaba yo. Ha empezado pidiéndome que le contara lo que sé y, cuando ha visto que lo mantenía a raya...

—... como era de prever... —puntualizo.

—... he notado que se ponía nervioso. Ha empezado a decir que ha estado mirando los atestados y que le parece que esto no se aguanta por ninguna parte, que tiene pocos efectivos y muchos operativos en marcha y que los necesita, que estamos perdiendo el tiempo, y que lo deje, que revoque la orden de intervención telefónica y todo lo demás.

Quiero preguntarle por qué me lo cuenta, que a mí qué me importa, pero puede ser que se lo tome mal, así que replico:

—¿Y cómo lo interpretas?

—¿Cómo lo interpretas tú? —me la devuelve.

Apela a mi intuición de policía. Lo que decíamos el lunes por la noche.

—Supongo que el teléfono de Marlon Pérez que tenéis ya no sirve para nada, ¿no?

—Debe de estar en el fondo del mar.

—Me estás diciendo que intervenir el teléfono de Marlon no ha servido de nada.

—Sí, hemos averiguado que Marlon está en contacto con una banda de Nou Barris. Unos muy jóvenes, ¿sabes aquellos que robaban supermercados y que se encontraron con un mosso de paisano, le dispararon a la cabeza y no lo mataron de milagro...? —Sí, sí, ya sabía de qué me hablaba—. ¿Los que todavía están en busca y captura...?

Mientras la escucho, me traslado al Centro de Control y localizo en una pantalla el alboroto de la planta tercera. Brutus ha impuesto la paz y todo ha vuelto casi a la normalidad. Solo puedo ver a una chica de la limpieza pasando la mopa para limpiar la sangre del suelo y un par de dependientas ordenando un mostrador que debe de haberse caído durante el altercado.

—Correcto. Sí. Ya sé —prosigo.

—Bien, pues hemos averiguado que esta banda, no hace mucho, robó en la autopista un camión cargado de ansiolíticos...

—¿Un camión cargado de ansiolíticos?

—Sí, señor. Un medicamento que se llama Onirol. Una benzodiazepina, que sirve para calmar a la gente y, a grandes dosis, para dormir como un lirón. Pues este cargamento lo tienen los Perros en un almacén y no saben qué hacer. Y, de momento, algunas de las chicas del Hotel Berenice, de vez en cuando, lo utilizan para dormir a los clientes y vaciarles la cartera. Es una información poco útil, porque no era esto lo que buscábamos, pero así se forma otra línea de investigación, por otro lado. Alguien podrá sacar provecho de esto.

—Pero no os sirve para nada.

—Sí que sirve —se empecina la jueza, que siempre tiene que demostrar que sabe lo que se hace—, porque, en estos días, Marlon ha hablado con gente cuyos teléfonos hemos retenido. Uno, por ejemplo, es un pakistaní llamado Nazir, quien damos por supuesto que es Nazir Ashraf. Dedujimos que el Viajero de quien nos habló Adela sería realmente ese Nazir Ashraf, imaginativo, individualista, y que busca socios porque lo han expulsado de su familia.

—A lo mejor la idea de traficar con niños —intervengo, con intención— ha salido de esa mente tan imaginativa.

Hace como si no hubiera oído nada.

—Otra persona con quien comunicó Marlon es una mujer con fuerte acento rumano, una tal Rudi. Hablaron de un cargamento, de un pedido y de la factura, y Marlon insistió en que necesitan material con urgencia. Interpreto que el material son las chicas a las que queremos salvar, y ahora tenemos intervenido el teléfono de esa Rudi. Además, todavía nos queda el teléfono fijo del Hotel Berenice. Ahora estamos haciendo seguimientos y vigilancias para encontrar el escondite de Rudi. Pero vaya, da igual, vamos avanzando, aunque sea despacio. ¿Qué me dices de la aparición en escena del comisario Mistral?

Mantengo unos instantes de silencio mientras reflexiono. Al fondo del pasillo se abren las puertas del ascensor y aparecen Brutus y el Paquete acompañando a la mujer atrabiliaria vestida con jersey rojo y falda azul eléctrico, medias de lana a rayas, como de payaso, y zapato barato. Muy maquillada. Supongo que la señora mayor debe de estar en la enfermería.

Por señas, les indico a mis agentes que pasen a la salita y que vayan haciendo. No me necesitan.

Me decido:

—¿Sabes qué es lo que saco de todo esto? —Me encierro en mi despacho—. Pues que hay niños.

—¿Que hay niños? —Me invita a explicarme, pero sé que ella también lo ha pensado.

—Hay niños, Isabel, hay niños. —¿No me explico bien? ¿Quiere más datos?—. Esto me sugiere que la cosa es más gorda que una red de prostitución que ya tenéis controlada. Mucho más gorda. Interpreto, como tú, que tienen al comisario Mistral en nómina y que han decidido quemarlo. Un comisario en nómina es muy valioso. Lo envían a hablar con la jueza y corren el riesgo de que la jueza se lo huela todo y lo empure. Tenían todos los números para que tú hicieras lo que vas a hacer, que es poner al comisario bajo sospecha. Esto no se hace por cuatro putas maltratadas. Para hacer que un comisario se ponga en evidencia ante la jueza de instrucción hace falta tener una mierda mucho más gorda que tapar. Un cagarro inmenso. De la medida aproximada de una red de tráfico internacional de niños, por ejemplo. ¿Nos han hablado de niños? Pues esta salida desesperada me demuestra que hay niños.

—Pero sobre niños solo tenemos la palabra de una mujer acorralada e histérica, dispuesta a decir cualquier cosa.

—No jodas, Isabel. Sé que estás pensando lo mismo que yo. —Ahora es ella quien se toma unos segundos para pensar. Se me ocurre que no tiene por qué compartir conmigo sus pensamientos y, antes de que se sienta obligada a hablar, me adelanto—: ¿Se lo has dicho a Xavi?

—Se lo diré a Asuntos Internos para que inicie una investigación.

¿Me lo está consultando o me lo parece a mí? No, no tiene sentido que me consulte nada. Continúo hablando para evitar silencios:

—Asuntos Internos depende directamente de Conselleria. A Xavi puede ser que no le digan nada. ¿No quieres que lo sepa?

—No me gusta que haya polis pringados en este caso. Y menos, un comisario.

No sé si me está diciendo que teme que Xavi también pueda estar implicado. Prefiero que no me lo diga.

—Bueno —quiero acabar la conversación—. Pues yo ya te he dicho lo que pienso. Que hay niños.

—Ya te he oído. Sí. —Suspira—. Sí, ya te he oído, gracias. Solo quería conocer tu opinión.

Ahora, quizá tocaría cambiar de tema. Volver al «¿Estás bien?» para ver si desembocábamos en una cita para charlar, por ejemplo para hablar de nuestros hijos. Y mirarnos a los ojos otra vez para ver qué encontrábamos de nuevo en aquellas pupilas demasiado conocidas. Pero no. No. No estoy dispuesto. Ni soñarlo.

—Bueno, pues, adiós, Isabel. Celebro haberte servido de ayuda. Adiós.

Como cada miércoles, hoy toca pádel.

Estoy deseando hablar con Xavi desde el momento en que he salido del trabajo, a las cinco. Voy a casa, me cambio de ropa y estoy viendo la tele hasta las seis y media, en que voy al gimnasio y hago un poco de cardiorrespiratorios y musculación hasta las ocho. Pero entonces todavía tengo que contenerme porque coincidimos en los vestuarios con Gerard, el carnicero de la Boquería, y con Castanys, que hoy sí ha podido venir.

Gerard comenta el Caso de la Vergüenza con la intención evidente de conocer la opinión de los dos mossos y el exmosso que se están desnudando con él. Los periódicos de hoy decían que el juez de instrucción que lleva el caso ha invalidado el testimonio de los dos niños que estaban presentes y exculpaban a los policías diciendo que su madre se había lanzado voluntariamente al vacío. El abogado Borja Alonso Graña denuncia que se los llevaron a la comisaría, que los encerraron en una «sala de interrogatorios» (dice él y recoge el periodista) y que no les aplicaron el protocolo exigido para menores de edad. No los llevaron a la Fiscalía de Menores, ni los asistió ningún psicólogo ni asistente social, y queda insinuado que les dijeron lo que tenían que decir o, en otras palabras, les metieron miedo y les lavaron el cerebro.

Xavi Pallars, intendente directamente responsable del caso, no da ninguna explicación, se hace el distraído y chuta pelotas fuera como si no entendiera el idioma que habla el carnicero. Castanys se embarulla con explicaciones que nadie podría entender nunca. Yo, sordomudo y autista, le anuncio mis intenciones a Xavi preguntando, como por casualidad, «¿No ha venido hoy Enric?», y no sé si mi amigo lo entiende o no pero, en cuanto nos hemos duchado y vestido, después de una relajada sesión de pádel, me agarra del brazo y me lleva al bar de los chinos de la acera de enfrente.

—¿Qué quieres? —me dice—. Hablar de Enric, ¿verdad?

—El lunes, durante la cena, noté que tú no querías hablar de él.

—No delante de Isabel.

Abre la boca, a ver cómo me lo dice. Bebe un poco de cerveza y mira al otro extremo de la calle, como si estuviera esperando a alguien.

—Tengo miedo de que, con sus prisas, eche a perder el operativo. —Se vuelve hacia mí, resuelto—. Un día, tú me hablaste de los policías demasiado obsesionados por atrapar malos, ¿te acuerdas? Los que odian a muerte a los malos, no les perdonan una, van detrás de ellos como el galgo detrás de la liebre. ¿Recuerdas que me hablaste de eso?

—Correcto —le digo. Sí, recuerdo que le hablé de eso.

—Y me dijiste que cuidado con ellos. Cuidado, porque hay policías de esos que lo que no pueden soportar de los malos es que tengan lo que ellos no tienen. Pura envidia. No hay derecho a que una mierda de gente, que hace daño, una pandilla de palurdos, mal educados, odiosos, despiadados y traidores, una lacra para todo el mundo, pueda disfrutar de coches de alta gama, palacios reales, yates y mujeres espectaculares. Me dijiste: cuidado, porque el día en que descubren que, si cruzan la raya, podrán tener exactamente ese lujo, esos coches, los relojes, los palacios y a las chicas, no dudarán en cruzar la raya.

—Y tienes miedo de que Enric sea uno de estos.

Xavi aparta la vista de nuevo, se acaricia la barbilla, y se bebe lo que le quedaba de cerveza.

—Podría ser —acepta a regañadientes—. No te digo que no. Enric Mayoral es una persona muy primaria, muy apasionada, muy visceral. Muy impetuoso. Y no me haría ninguna ilusión con respecto a su código ético...

—¿Qué ha pasado?

—Su compañero, un agente que se llama Jordi Vergara...

—Lo conozco.

—Vino a verme. El mismo lunes que Enric me trajo el informe de Adela Balanescu, Jordi Vergara vino a verme. Me dijo que no le gustaba la manera de trabajar de Enric. Me pidió que lo pusiera en otro tema.

—Se está tirando a la rumana —casi afirmo.

Cosas de esas que entiendes de repente. No habría hecho falta que Xavi me lo dijera. Si yo hubiera estado en el campo de batalla, con los diez sentidos alerta, habría interpretado correctamente la visita que me hizo Enric el lunes.

Lo hizo para restregármelo por la cara. Tal vez para comentármelo como aquel imbécil que decía que lo mejor de haberse acostado con Ava Gardner era correr a contarlo después. Quería decirme: «Yo también sé tratar con putas», dando por supuesto que la felación que habíamos pretextado en los almacenes para soltar a Adela se había producido realmente. Claro, ¿cómo podía ser de otro modo, en su imaginación? Es evidente que Enric incluye la felación entre los méritos de su acción policial.

Todavía veo su mirada equívoca cuando inició el relato. Adela se había cambiado de ropa, bajaba a encontrarse con él al puticlub. Pero yo no había mostrado la complicidad que él esperaba y, en el último instante, pegó el golpe de timón. Ahora no me resulta difícil imaginar lo que pasó.

Oigo cómo le dice a Adela con absoluta autoridad:

—Antes de nada, me debes una.

Ella:

—¿Una?

—Una mamadita, ¿no? Si se la has hecho al jefe de seguridad de MonDeMon esta mañana, yo también me merezco una, ¿no te parece?

Como si lo estuviera viendo ahora mismo.

Y a lo mejor ella, sometida por la autoridad, resignada a la extorsión, preguntó:

—¿Los dos?

Probablemente, según los cálculos de Enric, yo tendría que haberme partido de risa ante aquel relato formidable. Pero, en el último momento, decidió no correr el riesgo.

Le dijo a Jordi Vergara: «Vete a dar una vuelta» o el mismo Jordi Vergara se dio cuenta y prefirió hacer un mutis discreto. Adela y Enric se fueron a una mesa del rincón y, por el camino, ella había pedido una copa de coñac —eso sí que me lo había dicho Enric—. ¿Una copa de coñac para ella y ninguna bebida para el hombre que la acompañaba? Sí, si estaba dispuesta a dejarlo muy satisfecho tragándose su descarga.

Para él, debía de ser la prueba de fuego que demostraba que tenía a Adela Balanescu absolutamente subyugada. «A las putas hay que tratarlas así, esto lo sabe todo el mundo. Hay que ponerlas en su sitio». De haber llegado a contármelo, no me extrañaría que hubiera añadido: «Tú habrías hecho lo mismo». Es muy probable que él lo hiciera porque creía que era lo que tenía que hacer.

—Bueno —digo con cara de no impresionarme por nada—. ¿Y qué? Un policía y su confidente. Lo que hagan en la intimidad es cosa suya.

—No te hagas el idiota. —Xavi tuerce el gesto para demostrar que me conoce y que sabe lo que pienso—. Un abogado cabrón como Borja Alonso te dirá enseguida que el poli estaba aceptando sobornos, cobrando en especie. Corrupción policial, hummm, cómo me gusta. Sobre todo si Jordi cuenta que, cuando Enric salió del putiferio, iba acompañado de Marlon Pérez.

Eso sí que me sorprende.

—¿Rottweiler?

—El mismo. Muy cariñosos y sonrientes, encantados de conocerse, dándose la mano, como si fueran amigos de toda la vida.

Eso sí que es grave. Pero pienso que todavía es más grave que Enric no me hubiera mencionado su relación con el Perro. Me mintió. Y no fue porque le diera vergüenza. Al contrario: estoy seguro de que estaba deseando contarme todo lo que había pasado con pelos y señales. Pero en el último instante no se fió de mí. Y eso hace que yo tampoco pueda fiarme de él.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
450 p. 1 illustration
ISBN:
9788490567036
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