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Américo Castro

José Jiménez Lozano

Correspondencia (1967-1972)

Introducción, edición crítica y notas

de Guadalupe Arbona Abascal y Santiago López-Ríos


TIEMPO RECOBRADO

© Editorial Trotta, S.A., 2020

© Fundación Xavier Zubiri, 2020

© José Jiménez Lozano, 2020

© Guadalupe Arbona Abascal y Santiago López-Ríos,

introducción, edición crítica y notas, 2020

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ISBN (e-pub): 978-84-9879-989-7

Depósito Legal: M-24814-2020

La edición de este libro ha contado con la ayuda del Departamento de Literaturas Hispánicas y Bibliografía de la Universidad Complutense de Madrid y del Proyecto I+D Feder / Ministerio de Ciencia e Innovación Epistolarios inéditos en la cultura española desde 1936 (Referencia PGC2018-095252-B-I00).

ÍNDICE GENERAL

Pequeña posdata a unas cartas: José Jiménez Lozano

«Las diferencias de creencias y esperanzas de que usted hablaba son simplemente una riqueza más»: las cartas de Américo Castro y José Jiménez Lozano en su contexto: Guadalupe Arbona Abascal y Santiago López-Ríos

Criterios de edición

Américo Castro - José Jiménez Lozano CORRESPONDENCIA (1967-1972)

I.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 3 de junio de 1967

II.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 24 de julio de 1967

III.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 3 de agosto de 1967

IV.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 23 de agosto de 1967

V.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 29 de agosto de 1967

VI.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 1 de septiembre de 1967

VII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 17 de septiembre de 1967

VIII.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 22 de septiembre de 1967

IX.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 8 de octubre de 1967

X.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 10 de octubre de 1967

XI.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 22 de octubre de 1967

XII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 15 de noviembre de 1967

XIII.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 8 de diciembre de 1967

XIV.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 31 de diciembre de 1967

XV.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 12 de marzo de 1968

XVI.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 18 de marzo de 1968

XVII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 10 de mayo de 1968

XVIII.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 1 de junio de 1968

XIX.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 7 de junio de 1968

XX.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 8 de junio de 1968

XXI.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 23 de julio de 1968

XXII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 25 de julio de 1968

XXIII.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 18 de septiembre de 1968

XXIV.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 21 de septiembre de 1968

XXV.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, [diciembre de 1968]

XXVI.De José Jiménez Lozano a Américo Castro, 23 de marzo de 1969

XXVII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 30 de octubre de 1969

XXVIII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 29 de abril de 1970

XXIX.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 18 de noviembre de 1970

XXX.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 25 de noviembre de 1970

XXXI.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 4 de enero de 1971

XXXII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 29 de abril de 1971

XXXIII.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 4 de noviembre de 1971

XXXIV.De Américo Castro a José Jiménez Lozano, 15 de enero de 1972

Apéndice. TEXTOS DE JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO RELACIONADOS CON AMÉRICO CASTRO

Dos catolicismos diferentes

Miguel de Cervantes, nuestro contemporáneo

A vueltas con la pasión de España. El último libro del profesor Américo Castro

El aporte del profesor Américo Castro a la interpretación del sentimiento religioso español

Los españoles y Américo Castro

En la muerte de Américo Castro

Américo Castro: in memoriam

Una historia existencial desde una experiencia existencial

Algunas preguntas y melancolías sobre Cervantes

Índice onomástico

PEQUEÑA POSDATA A UNAS CARTAS

José Jiménez Lozano

Este libro recoge una breve correspondencia entre don Américo Castro y quien esto escribe, que comenzó en torno a la publicación por mi parte de un libro sobre la libertad religiosa que él encontró interesante; y otras personas, ahora, han pensado que estas cartas podrían evocar de alguna manera el recuerdo de aquel problematismo vivido por dos corresponsales que hicieron, además, su amistad en torno a aquella cuestión, y venían de dos mundos distintos: católico el uno y laico el otro. Nunca he comprendido que se haya hablado tanto, y con tanta admiración, como de un episodio nacional extraordinario, de la amistad entre de don Benito Pérez Galdós y don José María de Pereda, siendo este un recio católico carlista y aquel un viejo liberal, incluso si ya en aquel tiempo funcionaba, por ahí fuera desde luego, un famoso y divertido juego dialéctico entre tesis e hipótesis, según el cual no tenía sentido reunirse para discutir sobre el calvinismo de Mr. Rothschild, pero sí sería confortante deducir la síntesis y resolución de tomar el té con él.

En este ámbito y hábito psicológico y moral, no se piensa ni en la tolerancia ni en la libertad, sino que se vive y respira en ellas como si se tratase de un modo de ser, de una configuración moral que viene de esa convivencia verdadera, y está limpia de toda ideología y de lo que pudiera funcionar como tal, y cuya presencia siempre gustaría al diablo porque, como advierte Leszek Kolakowski, toda presencia significativa de lo ideológico y lo abstracto es un puro pródromo de totalitarismo.

Por lo demás, aquel fue un tiempo en que la figura de don Américo se tornó polémica, por sus comentarios históricos ante el entonces sorprendente descubrimiento del judaísmo de santa Teresa, fray Luis de León y otros grandes españoles y, desde luego, en medio de un triunfo muy amplio de la filosofía marxista de la historia en las grandes universidades y estudios europeos y americanos, que fue tan arrasador como para resultar casi imposible tener en cuenta otro punto de vista cualquiera, y especialmente el que tuviera un cierto aroma de interpretación existencial o idea de la historia como «vividura» y res nostra, como se entendía en el caso de Dilthey o Bultmann, de cuyos conceptos era la visión de Castro tan cercana. Aunque también hubo historiadores que, incluso por implicación de este idéntico tema con sus propios estudios sobre Teresa de Ávila misma, como en el caso de la hispanista italiana, profesora Rosa Rossi, vieron facilitada su tarea.

Castro mismo ha contado que fue su situación de español exilado la que le forzó a preguntarse por lo que sería ser español, en un momento en el que se comenzó a discurrir en torno a la ascendencia y apellidos con la ocultación o cambio de nombres y gentilicios de algunos españoles que habían tenido el peso de un cierto renombre o prestigio en la vida pública de unos años atrás, pero cuyo recuerdo ahora pudiera producir incluso desdoro o perjuicio en una nueva sociedad antitética de la sociedad republicana. Había algunos escritores también en este caso, y Castro se percató enseguida de que estos españoles en conflicto con sus propios apellidos y ascendencia reaccionaban como Teresa de Jesús, en ocasión en que el padre Jerónimo Gracián invocaba la memoria de los padres de ella, sus virtudes y la alta cuna a la que pertenecieron, y fue interrumpido por Teresa para afirmar de manera terminante que más la valía a ella ser hija de Dios. Lo cual no impedía que, a la vez no se debieran ni mentar grandezas y castas, verdaderas o postizas, porque era una mención que podía acarrear devastadoras consecuencias, como Teresa misma sabía.

Lo que ocurriría, en cualquier caso es que, habiendo convertido la figura de esta en «la Santa de la Raza» hispánica, y emparentada con los más altos brillantes gentilicios de la aristocracia española, veinte títulos de los cuales firmaban la «Junta Nacional de Damas para la Organización del III Centenario de su muerte» en 1882, pronto se mostró inequívocamente no ser ella precisamente el espejo de casta, en el entorno del siguiente Cuarto Centenario de su muerte, en 1982, a tenor de los documentos publicados muy parcialmente, cuarenta años atrás, por el erudito don Narciso Alonso Cortés sobre el informe de hidalguía o limpieza de sangre de la familia paterna de santa Teresa, y unos documentos, por cierto que, para que no faltase en relación con ellos el elemento novelesco, fueron robados del archivo que los custodiaba, y se hizo su devolución más tarde en confesión sacramental antes de ser publicados in extenso, finalmente, por el especialista teresiano Teófanes Egido.

De esta manera había quedado desvelada la condición de sangre no limpia de la familia paterna de Santa Teresa, aunque ella debió de saberlo muy pronto, y en sus escrituras protestó como nadie contra el hecho terrible a todos los efectos de que la fe cristiana se equiparase, en España, a la casta y esta pudiera falsearse, y comprarse la carne y la sangre limpias que habían sido convertidas en signo de la fe cristiana.

Así las cosas, no tiene nada de extraño que las consideraciones que de este descubrimiento hizo Castro hicieron a su vez de él una especie de hebraizante de nuestra españolidad, que dividía a los españoles en buenos o malos españoles como funcionando igualmente en la dicotomía de una «mala y buena casta» perfectamente contraria y simétrica a como se descubría que habían funcionado las cosas en nuestra historia. Pero, cuando todo volvió a su cauce, un muy ilustre hispanista y gran amigo de Castro, Marcel Bataillon, pidió a este integrar su tan poderosa visión vertical de España, con la otra no menos rica y compleja visión horizontal o de historia compartida con la historia europea, porque España también es una nación continental y de un grande y singular poder e influencia.

Un discurso absolutamente libre y amistoso estuvo también presente en nuestros encuentros y cartas, y está en el quehacer de quienes publican ahora estas. Quiero agradecérselo.

Alcazarén (Valladolid), 27 de noviembre de 2019

«LAS DIFERENCIAS DE CREENCIAS Y ESPERANZAS DE QUE USTED HABLABA SON SIMPLEMENTE UNA RIQUEZA MÁS»: LAS CARTAS DE AMÉRICO CASTRO Y JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO EN SU CONTEXTO*

Guadalupe Arbona Abascal y Santiago López-Ríos

Universidad Complutense de Madrid

«Será usted en el futuro —también— uno de los más eminentes autores de cartas en lengua española», le decía el 18 de mayo de 1971 a Américo Castro el poeta Jorge Guillén, alguien quien, por cierto, no estaba del todo convencido del valor último de su historiografía, pero que apreciaba los innegables méritos de su prosa después de décadas de escribirse con el filólogo1. Transcurrido casi medio siglo del vaticinio, el tiempo ha concedido la razón al autor de Cántico, a la vista de los diversos epistolarios de Américo Castro que se han venido publicando últimamente o cuya edición se anuncia2. Jesús Antonio Cid ha llegado a asegurar que el conjunto de su correspondencia constituye su obra maestra.

El cruce de misivas de Américo Castro con José Jiménez Lozano se prolongó solo cuatro años (entre 1967 y 1971) y consta de treinta y cuatro documentos en total3. Nada que ver con la extensión de la correspondencia con Marcel Bataillon, Camilo José Cela o Jorge Guillén. Ahora bien, a pesar de este reducido número de textos, nos encontramos ante un epistolario singular. Para empezar, se trata de la primera vez que sale a la luz correspondencia de José Jiménez Lozano, premio Cervantes 2002, una correspondencia que aporta detalles de cómo se fue produciendo la influencia de Castro en el joven escritor4. Por otro lado, la correspondencia con José Jiménez Lozano representa, asimismo, un caso aparte y sin parangón en el conjunto de los epistolarios de Américo Castro. Estas cartas van más allá del mero diálogo entre dos intelectuales que intercambian pareceres. Aunque coincidieran los dos en puntos de vista, entre ellos había una diferencia sustancial que, casi siempre, relegan, de tan obvia que era, a un elocuente silencio. Se trata de una diferencia que en la cultura y sociedad españolas no es que suela dividir, sino que, por desgracia, a menudo enfrenta, incluso en la tumba, según analizaría el propio Jiménez Lozano en un libro memorable, Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978). Ni el ateísmo de Castro —que a Camilo José Cela se le antojaba como «acendrado y aleccionador»5—significó el más mínimo problema para Jiménez Lozano, ni el catolicismo de este para el filólogo granadino. Antes bien, ambos intelectuales alcanzaron una plena sintonía desde sus diferencias espirituales. Lo más fascinante de estas cartas radica en que en ellas palpamos que ambos pusieron en práctica para con el otro (el ateo con el católico y el católico con el ateo), de forma natural y espontánea, lo que tanto defendían en sus escritos, y ambos se enriquecieron intelectual y espiritualmente por ello. «Gracias por su humana compañía», le dirá Castro a Jiménez Lozano en una ocasión6, mientras este le agradece «las perspectivas espirituales que ha abierto» en él el autor de La realidad histórica de España7.

En 1967, cuando se inicia la relación epistolar entre los dos intelectuales, Américo Castro atraviesa por el peor momento de su vida desde 1936. Sus sueños de un plácido retiro en La Jolla (California), rodeado de sus libros y con acceso a la biblioteca de la Universidad de San Diego, se están frustrando. A sus ochenta y dos años, empieza a asumir que los padecimientos de su esposa, Carmen Madinaveitia, cada vez más dependiente, son irreversibles. Por razones de tipo práctico, empieza a sopesar si no sería mejor trasladarse a vivir (y morir) a España, algo que jamás había entrado en sus planes, pero que no le quedará más remedio que hacer en 1968. Con ciudadanía estadounidense desde hacía tiempo, el traslado a Madrid, obligado a deshacerse de su biblioteca personal, supondrá un desgarro atroz, como «un segundo exilio», se lo describirá a Jiménez Lozano8. «Mi casa está aquí [en Estados Unidos], por muchos motivos», le dice en otra carta a Francisco Márquez Villanueva, añadiendo espontáneamente en perfecto inglés: «I am experiencing —in a contrary direction— my misfortune of 1937. As a reincarnated American, I shall live as an exile in my former country»9.

Por si fuera poco, tras su jubilación de Princeton, se siente desconectado de los círculos académicos de Estados Unidos, pero lo peor son las críticas que arrecian desde varios frentes a raíz de una nueva edición de La realidad histórica de España, aparecida en 1965, cuando ya ha cumplido ochenta años, a pesar de lo cual, no la dará aún por definitiva. No se trata solo de la difusión cada vez mayor del libro de Sánchez Albornoz España, un enigma histórico, sino también del enfrentamiento que mantiene con la historiografía marxista, del desdén con el que se contemplan sus teorías en el mundo universitario israelí (indignado por su explicación de que, en el fondo, la limpieza de sangre tiene un origen semítico), y se trata también de que voces de prestigio como la de Israël Révah (París) o Eugenio Asensio (Lisboa) arremeten contra cuestiones esenciales de sus planteamientos10. Aunque en los años sesenta ya está publicando en España, tanto en revistas (Papeles de Son Armadans, Revista de Occidente, por ejemplo) como en editoriales (Taurus, Alfaguara, Revista de Occidente), sigue siendo persona non grata para el régimen, pero no porque hiciera manifestaciones en contra del dictador. De hecho, no le interesaba nada la política española ni la oposición antifranquista, y se indignó cuando la revista neoyorquina Ibérica: por la Libertad insinuó que sus reuniones veraniegas en Mallorca con Camilo José Cela en los años cincuenta tenían cariz político. Exasperado, protestó a Victoria Kent y exigió una rectificación11. Sin embargo, para el régimen no dejaba de ser un exiliado «rojo», al que se le identificaba con la Junta para Ampliación de Estudios, la política cultural de la República y la Institución Libre de Enseñanza12. «Usted debe de saber mucho de los institucionistas. A mí me enseñaron a odiarlos», le admite con impresionante franqueza Jiménez Lozano en una carta (23 de julio de 1968). Entre algunos miembros del Opus Dei la mera enunciación de su nombre concitaba antipatías, queja que aparece de forma específica varias veces en su correspondencia13.

Pese a todos los obstáculos, mantiene un ritmo de trabajo asombroso. Su absoluto convencimiento de la validez de sus hallazgos de senectud provoca en él una obsesión febril —y en lucha contra el tiempo— por explicarlos, responder a las críticas, ampliar y perfilar sus argumentos y buscar nuevas pruebas que sustenten sus tesis. La pasión intelectual de Castro trasciende y se separa de la de cualquier investigador al uso. «A mí la erudición y el hispanismo me dejan indiferente» le admite a Jorge Guillén14, frase que evoca, tiñéndola del desengaño y la amargura propios de la última etapa, su máxima de veinteañero en una carta a don Francisco Giner de los Ríos: «La vida es más grande que la filología» (das Leben ist sicherlich grösser als die Philologie)15. A Castro le invadía una responsabilidad moral inusitada en comunicar sus descubrimientos, como si le fuera la vida en ello. Y realmente, dentro de sus esquemas, le iba, como se ve en su epistolario de forma reiterada. Desde 1940, todos los aspectos de su existencia quedarán subordinados a su producción intelectual acerca del pasado español. Se borrarán las fronteras entre la vida y la obra: «Castro mismo es un ejemplo vivo de su teoría: su obra científica es, a la vez, autobiografía», escribió con verdadero acierto Andrés Amorós, quien cultivó una fecunda relación con él en sus últimos años16. En buena medida, el interés de las cartas de Américo Castro, incluidas las que aquí publicamos, reside en llevarnos al núcleo mismo de su cuestión palpitante, ese vértice en el que se fusionan, por completo ya, la vida y la obra.

En el fondo, la razón última de este altísimo grado de implicación emocional en su labor historiográfica responde a que la considera imprescindible para explicar la guerra civil española y, en consecuencia, evitar que se pudiera volver a producir una tragedia semejante. Como se ha recordado en repetidas ocasiones, nunca habríamos de perder de vista, pues, que, cuando el filólogo granadino construye durante su exilio en Estados Unidos sus teorías en torno a las tres castas y la limpieza de sangre, acuña neologismos como «morada vital» y «vividura», y se sumerge en lo que él llama «la edad conflictiva», lo hace para intentar entender la guerra que asola España entre 1936 y 1939 y que le afectó tan de cerca. La finalidad última de su controvertida indagación histórica no busca iluminar una época remota de manera erudita, a través del acarreo de datos, sino sentar las bases de la hermenéutica necesaria para plantearse el presente y actuar en consecuencia.

A menudo, Castro acude a la metáfora médica. España sería como un pueblo enfermo que desconoce los orígenes de su secular dolencia. Continuando la metáfora, podríamos añadir que él asume, entonces, el papel de psicoanalista que escucha al paciente y, ahondando en su pasado, a través sobre todo de sus textos literarios, diagnostica la raíz del problema: la casta cristiano-vieja acaba imponiéndose a las otras dos (la mora y la judía) y excluyéndolas, a la vez que asume algunas de sus costumbres. En último término, de ahí derivaría la intolerancia castiza española y la incapacidad de los españoles para convivir y prosperar como pueblo. Ese darse cuenta, ese hacerse consciente del problema resulta una epifanía para Castro, ya que, de acuerdo con su particular punto de vista, sobre ello habría de fundamentarse la solución de los males de España:

A decir verdad, el propósito que me llevó (en 1940) a «profesar» en la orden histórica, para mí hasta entonces marginal, fue el sugerir algún procedimiento de unir a los españoles que no consistiese en coserlos a puñaladas, en lanzarlos a la guerra «cibdadana», según decía en el siglo XV don Alonso de Cartagena. Mas ¿cómo crear convivencias sin bucear hasta el fondo en la razón de haber sido la vida secular de los españoles radicalmente inconvivible?17.

En este contexto, estando en California en los primeros meses de 1967, no debió de dar crédito al abrir un día la revista barcelonesa Destino y encontrarse que un periodista católico, José Jiménez Lozano, lo citaba haciendo suyas sus tesis en un artículo titulado «Dos catolicismos diferentes». Así se lo dijo a Marcel Bataillon18. La sorpresa irá a más: en mayo, le llega la noticia, a través de Jorge Guillén, de que este mismo periodista ha escrito un libro entero basado en su obra:

Aquí tengo un librito, modesto y animoso, Meditación española sobre la libertad religiosa, de un paisano mío, más aggiornato que Maritain, cuyo prudente Paysan de la Garonne acabo de leer. José Jiménez Lozano no solo le cita a usted muchas veces. Es que su visión de la historia religiosa española tiene dentro, ya asimilada, la visión de usted19.

En cuanto Castro llega a Madrid en julio de ese año, compra esta obra de Jiménez Lozano y la lee con tanto asombro como entusiasmo, según sabemos por la carta que le expide inmediatamente al autor el 24 de julio20. No era para menos. Jorge Guillén había acertado en su juicio: un intelectual católico español abrazaba el armazón teórico de su producción historiográfica para reflexionar sobre la intolerancia religiosa en España. Con independencia de criterio e indiscutible valentía, Meditación española sobre la libertad religiosa buceaba en la llamada «Edad conflictiva» para explicarse el siglo XX. Partiendo de las tesis de Castro sobre historia de España, ponía de manifiesto la necesidad de devolver al sentimiento religioso español su originalidad y esa dimensión de generador de libertad —nunca de ejercicio arbitrario del poder o constricción de la conciencia— que a la vez tiene como base el respeto y defensa de la libertad humana:

La imbricación de nuestro sentimiento religioso con sentimientos de toda clase: patrióticos, sociales y hasta económicos creo que necesita este deslinde y explicación de los que este libro es solo un apunte o esbozo. Pero esta necesidad era sobre todo urgente ahora en esta circunstancia en la que un tema como la libertad religiosa ha levantado toda una llamarada de pasiones en cristianos sinceros, sin duda alguna, pero no suficientemente avisados de su propia contextura mental y sentimental que no les permite ver que la libertad humana, de la que la libertad religiosa es solamente la expresión más profunda, es el principio básico del cristianismo y su gran fermento en el universo pagano de opresiones y tabúes que asfixiaban el espíritu humano hasta la venida de Cristo21.

José Jiménez Lozano (nacido en 1930) era un cristiano «de chaqueta», expresión que usaban los franceses para señalar su carácter de laico cristiano. No fue nunca un intelectual católico al uso, si con esto se quiere aplicar una etiqueta-tópico (o, casi mejor, un mero prejuicio) que lo encasilla demasiado y habría que usar con suma cautela. Para lo que ahora nos importa, baste decir que el título de uno de sus primeros libros (Un cristiano en rebeldía22) y el de su sección en el semanario Destino («Cartas de un cristiano impaciente») dan un poco la medida de su inquietud religiosa, según ha recordado ya más de un crítico23. Si el título del primer libro señalaba el carácter de cuestionamiento y crítica sobre un estado de la cristiandad hispánica, el elegido para la sección de la revista catalana le hermanaba con su admirado poeta francés Charles Péguy, del que recogía la frase, tal y como ha señalado Joseba Louzao24. De esta manera, se situaba en gran medida —y seguirá siendo así durante el resto de su vida— como un outsider, o, mejor, como un pensador libre, resistente a los encasillamientos25. Entre los intelectuales católicos del tardofranquismo (Laín, Tovar, Marías, Aranguren…), se ha dicho que parece «un francotirador sin retaguardia que lo arrope»26. Si es verdad que no se vinculó a ninguna escuela o grupo, su pensamiento se perfila, su sensibilidad se conforma y sus creencias se personalizan en diálogo con autores y escritores que le sirven para agudizar sus meditaciones y relatos. Este epistolario es ejemplo paradigmático del influjo de Américo Castro en su pensamiento y en la revisión del sentir religioso de los españoles. En otras palabras, evidencia un ejercicio de diálogo que se apoyó en el encuentro personal para profundizar en los hallazgos y confluencias. «[Jiménez Lozano] no es un escritor cómodo —apuntaba Martín Descalzo en prólogo de Un cristiano en rebeldía— leyéndole, uno siente que toda el alma se le pone en pie»27.

A este respecto, la crítica ha especulado sobre el significado de que Cinco horas con Mario esté dedicado precisamente a Jiménez Lozano. Parece seguro que Miguel Delibes, su mentor literario y su jefe en el periódico vallisoletano El Norte de Castilla, se inspiró en su amigo para más de un rasgo del difunto protagonista de su novela, en el que también hay mucho del propio autor y no poca imaginación. Así se lo confiesa Delibes a su editor, Josep Vergés, en una carta del 7 de agosto de 1966: «Comoquiera que Mario responde en ciertos aspectos al carácter y trayectoria de Jiménez Lozano, he decidido dedicarle el libro; [pon] simplemente: a JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO»28. Y también a Javier Goñi en una entrevista:

No eres el único, no, que se fija en la coincidencia de las iniciales de mi nombre y apellido con las de Mario Díez, el protagonista de la novela, pero Mario tiene más de Jiménez Lozano…, sí, efectivamente, es a él a quien dedico la novela…, de él, de Pepe, creo que tiene los principios, y de mí, la superficialidad, que esas teorías son muy hermosas, pero a la hora de la verdad Mario era un intelectual poco riguroso, por lo que no cabe buscar un paralelismo ajustado entre él y Jiménez Lozano, al que, como sabes, le tengo puesto en un pedestal y cuya categoría intelectual no puede ser comparada con la de Mario… ¿las anécdotas?, muchas de ellas son mías29.

Hay que darle la razón a Ramón Buckley cuando asegura que Cinco horas con Mario «no es una novela sobre el concilio [Vaticano II], pero sí sobre el impacto que tuvo el concilio en la sociedad española y, más concretamente, en el seno de una familia burguesa de Valladolid»30. Pero todo contemplado —habría que agregar— desde una perspectiva como la del Jiménez Lozano que había cubierto momentos culminantes del concilio para El Norte de Castilla y Destino, y que, ya en 1965, ha terminado Meditación española sobre la libertad religiosa. En efecto, cuando Carmen, ante el cadáver de su marido, proclama que prefiere «la muerte» antes de «rozarse con un judío o un protestante», o cuando Carmen reivindica la Inquisición («¿Es que también era mala la Inquisición, botarate? Con la mano en el corazón, ¿es que no crees que una poquita de Inquisición no nos vendría al pelo en las presentes circunstancias», llega a decirle), parece como si Delibes estuviera novelando páginas de Jiménez Lozano sobre la concepción castiza del cristianismo español31. Meditación española sobre la libertad religiosa, que, en un principio, su autor pensaba darlo a la luz en la editorial Nova Terra, le entusiasmó tanto a Delibes que le recomendó a Josep Vergés que lo publicara él en Destino y sin demora32. En verdad, los libros de estos dos amigos castellanos periodistas de El Norte de Castilla, Meditación española sobre la libertad religiosa y Cinco horas con Mario, publicados el mismo año (1966) y en la misma editorial (Destino), en las colecciones La Espiga y Áncora y Delfín, se iluminan mutuamente. Así pareció entenderlo también Elisa Lamas, quien visitó a los dos periodistas de El Norte de Castilla a principios de 1967 y escribió una crónica de la conversación mantenida que giró en torno dichas publicaciones. La periodista se alegraba de que existiese un grupo tan vivo en una ciudad como Valladolid y describió a Jiménez Lozano en expresivos términos:

A todo esto, miro a José Jiménez Lozano, que me tiene intrigada. No sé bien el motivo, pero me parece un personaje chestertoniano. Quizá por la impresión, a primera vista contradictoria, que me ha producido su último libro Meditación española sobre la libertad religiosa. El libro refleja un conocimiento muy profundo de la historia religiosa española, un conocimiento de investigación personal, y esa historia dista mucho de ser alegre. Sin embargo, de su lectura se desprende un hálito de alegría. ¿No será, por casualidad que el autor además de escribir sobre temas religiosos, es él mismo un cristiano? Parece difícil, en otro supuesto, conseguir una respiración tranquila y suave, esa especie de esperanza que revolotea por todo el libro33.

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271 p. 3 illustrations
ISBN:
9788498799897
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