Read the book: «Pensar el feminismo y vindicar el humanismo»

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AMELIA VALCÁRCEL



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© Amelia Valcárcel, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Diseño de la colección: Enric Solbes

Coordinación editorial: Maite Simón

Corrección: David Lluch

Maquetación: Inmaculada Mesa

Fotografías: Pep Pelechà

(Taller d’Audiovisuals de la Universitat de València)

Ilustración de la cubierta:

Libro de las maravillas del mundo y del viage de la tierra sancta de Hierusalem y de otras provincias y hombres monstruosos que hay en las Indias, de Juan de Mandavilla (John of Mandeville). Valencia, Juan Navarro, 1540. (Imagen cedida por Josep Lluís Canet)

ISBN: 978-84-9134-662-3

Edición digital

Índice

Nota de la editora

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA

Laudatio académica a cargo de la doctora Neus Campillo

Lectio pronunciada por la doctora Amelia Valcárcel

Palabras de clausura del Excmo. y Mgfco. Sr. Rector Esteban Morcillo

BIOBIBLIOGRAFÍA

ESCRITOS SELECCIONADOS

I El derecho al mal

II ¿Es el feminismo una teoría política?

III Democracia y feminismo

IV Vindicación del humanismo

V La violencia inevitable

ENTREVISTA con Amelia Valcárcel: «De Valencia a València»

Nota de la editora

Esta selección de textos de Amelia Valcárcel quiere dar cuenta de algunos rasgos de su obra que obedecen a los ejes fundamentales que la caracterizan: una filosofía política y una ética, una vindicación del feminismo, un análisis político e histórico de las mujeres y una vindicación del Humanismo.

Delante de una obra ensayística tan amplia y con tantos matices, convenía centrarse en aquellos textos que mostraran lo más característico de la autora, aunque sin una exhaustividad difícil, si no imposible, de conseguir en una «selección».

Así pues, en la elección se ha optado por textos que resumen su pensamiento, como «Vindicación del humanismo», sin menoscabo de contar también con textos de sus inicios, como «El derecho al mal», que dan cuenta de un pensamiento aún en ciernes, pero que ya contiene toda la energía y lucidez de análisis que posteriormente desarrollará.

El primero de los textos seleccionados, «El derecho al mal», fue originalmente una ponencia que presentó en el Congreso de Filósofos Jóvenes. Luego se publicó en la revista El Viejo Topo. Era 1981 y, posteriormente, su autora lo incorporó al libro Sexo y filosofía. Sobre «mujer» y «poder», como apéndice, por entender que, siendo de difícil adquisición era una manera de poder leerlo para quienes no hubieran podido hacerlo en su momento. Creo que aún contiene un plus de rebeldía.

Amelia nos advierte de que ese carácter rebelde del escrito no es el único motivo para su reedición; otro motivo, quizá más importante, es que se trata de un escrito capaz de crear polémica. Pero entiende, y así lo precisa en la nota a pie de página, que no se trata de una «conclusión» al libro Sexo y filosofía. Diez años después, podemos observar que Amelia Valcárcel ha incorporado, ya en el libro, suficiente bagaje analítico y crítico como para reconvertir las energías reivindicativas en pensamiento feminista crítico; para plantearse la genealogía del feminismo; introducirse en las complejas relaciones de las mujeres con el poder; cuestionarse el tema de la legitimidad; defender un nominalismo que sin abandonar el individualismo optara por un «del vosotras al yo» que pusiera lo político en el centro de atención para las mujeres. No es de extrañar, pues, que ello la llevara a reflexionar sobre la cuestión de si el feminismo era, o no, una teoría política.

Es por ello por lo que el segundo de los textos seleccionados corresponde a los capítulos II y III de Sexo y filosofía, donde se hace esa pregunta: «¿Es el feminismo una teoría política?». La respuesta conlleva una exhaustiva referencia a la historia del feminismo, pero en unos términos que ponen de relieve las problemáticas y las polémicas teóricas que este ha ido generando. Desde los orígenes de la desigualdad de las mujeres hasta los debates, por otra parte recurrentes, entre igualdad y diferencia. En todo caso, se trata de un texto muy significativo para entender la postura de Valcárcel respecto a la necesidad de trazar un nivel ético en el feminismo. La necesidad de que no quede únicamente como una teoría política sustentadora de la igualdad, aunque también, sino que vaya más allá analizando los problemas éticos que el poder comporta.

De ahí la relevancia que adquiere también el escrito que corresponde al tercer texto seleccionado: «Democracia y feminismo». Este texto corresponde al capítulo V del libro La política de las mujeres, que es desde que se publicó uno de los libros más citados de la autora. La selección de este capítulo obedece a que quiero dar cuenta de cómo Valcárcel llama la atención sobre un fenómeno que se estaba produciendo en los años noventa en España y que podríamos resumir con sus palabras: «Yo pienso que la teoría feminista no acaba de encontrar el fácil puente, quizás porque ese fácil puente no existe, entre el discurso inmediato de la acción y el discurso teórico explicativo» (p. 104).

Se trataba de dar cuenta de una desconexión entre la teoría y la práctica feminista, cuando por otra parte el feminismo estaba siendo uno de los movimientos vindicativos que más y mejor había interrelacionado esos dos niveles. Entiende que lo que se estaba produciendo era un problema de desajuste «o un discurso demasiado amplio que luego no tiene inserción, o un discurso complejo que no es capaz de llamar a la acción». Creo que toda la reflexión sobre ese problema aporta una novedad crítica en el feminismo de fin de siglo en España digna de tener en cuenta. Entiendo que, aunque aparentemente sea un texto menor, en realidad aporta una novedad en ese sentido importante. Esta es la razón de introducirlo en esta selección de textos de la autora.

El cuarto texto seleccionado, que lleva el título de «Vindicación del humanismo», es por el contrario un escrito que no necesita justificación para insertarlo en una selección de textos de Amelia Valcárcel. Se trata de los escritos que produjo para las Conferencias Aranguren, a las que fue invitada en el año 2007 y que posteriormente se publicó en la revista Isegoría en su número 36.

Comienza la autora una serie de reflexiones que tienen como eje la imagen de un «mundo global». Ese cambio que se produce en el siglo XXI desde la crisis de los estadosnación estaba siendo una base recurrente en algunos de sus libros, como Ética para un mundo global y Feminismo en un mundo global. Entiendo que estas dos obras tienen su origen en la idea de repensar el humanismo en el nuevo siglo XXI.

Se trata de un recorrido sobre los avatares del humanismo y sus crisis, desde los diferentes momentos históricos, Renacimiento, Ilustración, siglo XX, con las diferentes temáticas y oposiciones entre mundo clerical y secularización; oposición entre las dos culturas, ciencias-letras; el corte entre progreso científico-técnico y la mejora moral de la especie, etc. Las crisis del humanismo en los cruciales debates de mitad del siglo XX entre Sartre y Heidegger o existencialismo y estructuralismo. Todo ello va conformando una reflexión que conduce a la autora a la idea de la necesaria vinculación del humanismo con una base sólida en el universalismo. Una vinculación apoyada sobre la idea que Valcárcel expresa así: «Para el mundo humano, que es una intrincada red de mundos grupales y particulares, además de institucionales y trascendentales, solo para este tejido, existe la conciencia de sí y la pregunta por el sentido» (p. 14).

Ese «tejido del mundo» es objeto de reflexión desde la perspectiva que el nuevo tiempo del siglo XXI nos depara. Una perspectiva que se adentra en los cambios en la democracia y la ciudadanía en un planeta hipercomunicado en el que las grandes decisiones escapan, cree, al estado-nación, y no se acaba de autorizar a nadie fuera de este para tomarlas. Todo ello presenta un panorama poco alentador, aunque, al mismo tiempo, introduce un horizonte universalista con un contenido humanista. Todo un horizonte de valor para salvaguardar principios básicos: libertad, igualdad, fraternidad. Valores y prácticas constitutivos de la democracia y expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. El universalismo y la compasión de la Ilustración están en su base, pero esta declaración introduce claramente un contenido de mínimos.

El humanismo hoy es un humanismo autorreferente, lo que quiere decir que es la humanidad misma la que se toma como un todo cuyo horizonte es su propio fin. Amelia Valcárcel es muy consciente de los límites de la propuesta humanista. Límites que ya el propio Hegel expresó: la fijación del marco dentro de una estructura moral pasajera, que puede claramente resultar escasa en sí misma. Pero, aunque el «humanismo no sea ninguna ganga, es lo que hay». Esa rotundidad en la afirmación nos muestra que la defensa del humanismo va más allá de sus límites epistémicos. Se trata de un humanismo que ya no es ni geocéntrico ni antropocéntrico, ni la tierra ni el hombre son el centro, pero sí lo son los valores. Valores con pretensión de seguridad en un mundo que ha cambiado sus seguridades, en un mundo que nos coloca en consensos de valor, en fines compartidos. Se trata de un resurgir del humanismo como internacionalismo y, sobre todo, con un sentido moral de la democracia. Por ello se insiste en el texto en vindicar no solo la tabla de derechos de la Declaración del 48, sino el sentido moral, la justicia, el cuidado, la caridad. En definitiva, «una ética global para una ciudadanía global».

Desde este planteamiento vindicativo del humanismo, las conferencias Aranguren finalizan con una vindicación del feminismo al entender que «el feminismo es un humanismo pero informado», y dedica las últimas páginas a dar cuenta de esa identidad entre humanismo y feminismo.

Para finalizar la selección, he entresacado el capítulo «La violencia inevitable» de uno de sus últimos libros: Ensayos sobre el bien y el mal (2018). Se trata de un libro de ensayos muy representativos de la forma de reflexión que ha caracterizado la obra de Amelia Valcárcel: claridad en la expresión y profundidad en las reflexiones. Ensayos eruditos, pero sin pedantería. En este libro se atreve con lo que llama «los temas peligrosos de la ética». Temas como la violencia, capítulo que hemos seleccionado, pero también la envidia, la mentira, la obscenidad, etc. Temas que se refieren al mal, que queremos evitar, pero que, sin embargo, nos fascina.

El capítulo seleccionado da cuenta del tema de la violencia, al que considera quizás «el mayor de los que nuestro pensamiento tiene en agenda». Da cuenta de las perplejidades de este nuestro nuevo mundo, postmoderno, postcolonial, global, a la búsqueda de sentido, y se pregunta si estaremos, o no, ante «un nuevo siglo ilustrado» delante de la constatación de que ya no es una cuestión de si la violencia es o no legítima, de definirla de una u otra manera, sino de afirmar que «ya no la queremos en nuestro horizonte» y, sin embargo, como otros signos dispares de nuestro presente, «constantemente la vemos, la sentimos, la usamos». La vindicación del feminismo y la vindicación del humanismo son, sin duda, antídotos contra ella.

NEUS CAMPILLO

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA (8 de marzo de 2016)

Laudatio académica de la doctora Amelia Valcárcel a cargo de la doctora Neus Campillo


Senyor rector magnífic

Excel·lentíssimes senyores vicerectores i excel·lentíssims senyors vicerectors

Il·lustríssima Sra. secretaria general

Doctora Amelia Valcárcel

Distingits convidats

Membres de la comunitat universitària

Senyores i senyors, amigues i amics

Es per a mi un gran honor, com a professora d’aquesta universitat, actuar com a padrina en aquest solemne acte acadèmic en que és va a procedir a la investidura de doctora honoris causa de la professora Amelia Valcárcel. Vull agrair al Consell de Govern de la Universitat de València la proposta de nomenament i l’aprovació la qual ha llegit la Il·lustríssima Secretaria General de la Universitat. Així mateix m’ompli d’orgull i satisfacció haver estat designada per a pronunciar la laudatio de la nova doctora.

Al leer esta laudatio de la profesora Amelia Valcárcel lo hago en nombre de todos los compañeros de la Universidad, pero especialmente de todas mis compañeras de la Universidad, así como de las mujeres del ámbito social y político del feminismo de todo el País Valencià. También en nombre de aquellos profesores de la titulación de Filosofía de la Universitat de València que fueron sus profesores en los años setenta, cuando cursó aquí sus estudios.

Amelia Valcárcel ha estado vinculada a la Universitat de València mediante la impartición de cursos y seminarios desde que se creó el Institut Universitari d’Estudis de la Dona, con el que colaboró a lo largo de los años. En Valencia mantiene muchas y buenas amigas porque siempre ha acudido a las actividades en las que se le requería, desde la Casa de la Dona y la Coordinadora Feminista de Valencia, hasta el Seminario de Alicante o los de Castellón.

Son muchos los logros científicos y políticos que se pueden destacar de ella para justificar que una institución académica como la Universitat de València la nombre doctora honoris causa. Comenzaré exponiendo algunos de los aspectos más sobresalientes de su proyección política, tanto institucional como académica y en la actividad política feminista. En segundo lugar, me centraré en destacar su pensamiento filosófico y feminista.

1. PROYECCIÓN INSTITUCIONAL, POLÍTICA Y CULTURAL

Amelia Valcárcel es una figura destacada tanto en la filosofía española como en el feminismo, pero también lo es en el ámbito institucional, cultural y político en nuestro país. A la investigación rigurosa y novedosa en el ámbito de la ética y la filosofía política, ha unido la actividad pública en diferentes campos. Forma parte del Consejo de Estado, del que es miembro desde 2006. Es vocal del Patronato del Museo del Prado, así como de la Biblioteca Nacional. Fue Consejera de Educación y Cultura de la Junta del Principado de Asturias, así como miembro del Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Artes en diversas convocatorias.

Fue presidenta del XIX Congreso Español de Filósofos Jóvenes, copresidenta de diferentes congresos de ética y filosofía política, directora de Leviatan. Revista de Hechos e Ideas, miembro del consejo editorial de colecciones de libros y revistas –entre ellas destacaría la colección «Feminismos»– y forma parte de diversos consejos asesores. Así mismo, es presidenta de la Asociación Española de Filósofas «María Zambrano». Le fue concedido el Premio Rosa Manzano en 2006 por su contribución esencial al pensamiento feminista. Recibió también en 2006 la Medalla de Plata del Principado de Asturias como reconocimiento a su trayectoria.

Escribe muy bien, con un gran dominio del castellano, nada de extrañar en alguien que, a los 12 años, leyendo Ideas y creencias de Ortega, descubrió su vocación por la filosofía. Sus escritos son un modelo de ensayo filosófico; no en balde quedó finalista del Premio Nacional de Ensayo en dos ocasiones, por Hegel y la ética en 1989 y por Del miedo a la igualdad en 1994.

Es importante señalar que toda esa actividad es expresión de diferentes formas de ejercer la política feminista. Su proyección pública individual es la proyección pública de las mujeres y de su lucha, emulando a la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft cuando dijo «hablaré en nombre de las de mi sexo» al escribir su Vindicación. La relevancia de la individualidad para la política adquiere en ella una proyección de solidaridad, porque la realiza en nombre de las mujeres. Es por ello por lo que es una de las máximas exponentes del feminismo en España.

2. PENSAMIENTO FILOSÓFICO Y FEMINISTA

Por lo que se refiere a su trayectoria académica e investigadora, habría que señalar que se doctoró en la Universidad de Oviedo en 1982 con una tesis sobre la Ética de Hegel. Desde entonces fue ampliando sus investigaciones a través de diversos proyectos, primero desde la Universidad de Oviedo, en donde fue profesora desde 1977 y catedrática de Filosofía Moral y Política desde 2002, y posteriormente desde la UNED, donde es actualmente catedrática de Filosofía Moral y Política. Realizó su labor investigadora en diferentes proyectos de investigación tanto desde las universidades como desde el Instituto de Filosofía del CSIC. Entre estos proyectos destacaría «Metafísica y desarrollo científico cultural», «Paridad», «La herencia de la Ilustración», «Sobre mujer y poder» o «Leibniz y la idea de Europa».

A través de estos proyectos fue desarrollando una serie de investigaciones que centró en torno a una reflexión: la cuestión sobre si el feminismo es una teoría política y una ética. Esa afirmación, que nos parece obvia en la actualidad, cuando empezó a plantearla era inusual. Incluso el título de su escrito era una interrogación: «¿Es el feminismo una teoría política?». Un tema sobre el que volvió en 1991, en el libro Sexo y filosofía. Sobre «mujer» y «poder», publicado en Anthropos, que era el compendio de una amplia investigación configurada desde un núcleo teórico que ha sido central en el desarrollo de su pensamiento político. Núcleo formado por varias ideas: (1) Una respuesta afirmativa a esa pregunta: sí, el feminismo es una teoría política. (2) La idea de igualdad es la idea central de esa teoría, (3) por qué «el poder» es un tema clave de toda teoría política, y el feminismo tiene que articular la idea de poder en relación con las mujeres, y (4) por último, aunque no menos importante, una provocativa afirmación: «El derecho al mal».

«El derecho al mal» era un artículo que publicó en 1980 en la revista El Viejo Topo y que incluyó como apéndice de Sexo y filosofía diez años después; «el derecho al mal» aún tenía sentido como reclamo para las mujeres.

¿Por qué? Porque al suponer que «la consecución de los objetivos del movimiento feminista aumentará la suma del bien en el mundo, se nos exige que expongamos no solo nuestra utopía sino también las utopías ajenas».

El problema que ella veía en esa adjudicación era que para realizarlas se atribuían a las mujeres «virtudes que pueden ser contempladas como resultado de la dominación».

Habría que decir: «No reclamamos entonces nuestro mal, el mal por el que se nos ha definido y no queremos tampoco el bien que se nos imputa, sino exactamente vuestro mal. No se pretende mostrar la excelencia sino el derecho a no ser excelentes» (p. 183 de dicho escrito).

Aunque provocativa, la afirmación del derecho al mal introducía un problema que arrastraba la historia del feminismo: las relaciones de las mujeres con la idea de poder. Tras reflexionar sobre la génesis del feminismo desde las ilustraciones históricas, el sufragismo, el ocaso del feminismo de nuevo y las nuevas luchas, una historia que muestra, en definitiva, que «las mujeres han sido el tercer estado dentro del tercer estado», tras todo eso, puso de relieve la necesidad para el feminismo de encarar la discusión sobre el poder criticando la postura tradicional de que las mujeres abominan del poder.

Era esta una discusión que requería previamente la del estatuto del genérico «Mujer», «mujeres». Amelia Valcárcel centró su análisis en «las figuras de la heteronomía» en su condición genérica, como Otro, una designación que excluye a las mujeres de la esfera de la individualidad y del pacto. Ella explica que la causa del no poder se encuentra en la falta de costumbre del pacto.

A mi entender, su pensamiento político feminista se formaría como una constelación que articularía poder, igualdad, individualidad y pacto. Ahora bien, ella señala que en el feminismo se dan ciertas peculiaridades. En comparación con otros movimientos, el feminismo ha sabido que no puede abandonar la defensa de la igualdad y que no debe dejarse atomizar individualmente si quiere ser eficaz, esto es, que debe entonces asumir un nosotras que necesariamente lo lleva hacia la diferencia.

Ella afianza una distinción que Celia Amorós realiza entre dos universos simbólicos distintos, «el espacio de los iguales» y «el espacio de las idénticas». Mientras que el fundamento de la igualdad de los varones es equipotencia, reconocimiento mutuo de la individualidad, las mujeres, sin embargo, soportan el peso de una identidad que se resuelve en figuras finitas, estereotipadas. A partir de ahí la cuestión del poder hay que matizarla.

Que las mujeres no quieren el poder puede querer decir «queremos transformar el poder». Pero es distinta de los que defienden que «la Mujer simboliza el antipoder», afirma en este escrito.

Sin embargo, Amelia Valcárcel nos advierte de que «interrumpir la designación heterónoma requiere poder hacerlo, exige poder» (ibíd.: 125). Las mujeres necesitan poder para su lucha.

Hay, por lo tanto, dos cuestiones centrales: cómo se consolidó y redefinió un patriarcado que sitúa a las mujeres en la heterodesignación, la desigualdad, el no poder y la esencialidad genérica. Y cómo se ha generado autonomía para las mujeres. Es decir, qué dificultades han tenido y tienen las mujeres para adquirir la autonomía, la igualdad, el poder, la individualidad.

Si su teoría política feminista quedó articulada en torno a mujer, igualdad, individualidad, poder, su desarrollo posterior vino a completar y complementar estos análisis. Numerosas publicaciones lo fueron mostrando, los libros El miedo a la igualdad (1994) y La política de las mujeres (1997), entre otros.

Tuve la suerte de asistir en nuestra universidad al seminario sobre «Románticos y decadentes: Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche», que impartió Amelia en el Institut Universitari d’Estudis de la Dona. Comprobé por primera vez su capacidad discursiva, pareja a su cuidada escritura.

La política de las mujeres (1997) arranca con ese análisis sobre románticos y decadentes: donde desgrana los discursos que mostraron la definición esencialista del género femenino como un proyecto político. En esta obra, Amelia centró su reflexión en cómo pudo configurarse un entramado filosófico, cultural y político que logró excluir a las mujeres de la ciudadanía. Entiende que el discurso misógino que elaboró la filosofía para legitimar esa voluntad masculina y excluyente no fue una circunstancia histórica azarosa, sino que claramente se elaboró contra la vindicación de derechos de las mujeres en la Ilustración y la revolución del XVIII.

Algunos de sus temas preferidos son El miedo a la igualdad y La herencia ética de la Ilustración, que son, además, como decía, títulos de algunos de sus escritos. En ellos,

1) clarifica la controversia en torno a «la contraposición entre igualdad y libertad»;

2) precisa que «La igualdad es siempre una relación pactada según un parámetro porque en caso contrario sería indiferencia absoluta»;

3) aborda un análisis ontológico y lógico del principio de igualdad, diferenciando entre igualdad, identidad, diferencia («El principio de igualdad», 1995), y

4) considera que el feminismo maneja la idea de igualdad dando como resultado libertades (ibíd.: 66).

En definitiva, además de las reflexiones teóricas apuntadas, sus escritos abordan la mayor parte de los problemas que a finales del siglo XX teníamos las mujeres en Europa. Hay una evidencia que Valcárcel expresa así: «A las mujeres les está vedado de alguna manera no explícita el ejercicio de actividades significativas que comporten poder». Entiende que eso llevó a que «el feminismo renunciara a diríamos la igualdad simple y comenzara a implementar el principio de discriminación positiva. Desde la exigencia de un sistema de cuota de participación en el poder dado y posteriormente la paridad» (La política de las mujeres, p. 110).

A ella le parece que el argumento por el cual esto se produce es muy claro: «… dado que la cooptación existe y en ella las mujeres son rechazadas, la forma de alcanzar la representación dual es el sistema de cuotas».

Y de nuevo aparece el problema del poder: realiza un análisis pormenorizado de fenomenología política, de las formas de detentar el poder por las mujeres, es la falta de «la plena investidura», recogiendo la frase de Celia Amorós; la dificultad de los lobbies de mujeres, las dificultades de la solidaridad y los pactos entre mujeres.

La reflexión filosófica de los debates morales que se presentan, de las dificultades y paradojas que se generan, le va proporcionando un abanico histórico del problema, así como una descripción de los términos del debate. Sobre todo ello se pronuncia tomando una determinada postura, aunque siempre con la visión de quien sabe que lo último que hay que hacer es dogmatizar en la controversia.

Por todo ello, afirmo que su feminismo es claramente un feminismo crítico, que no renuncia, sin embargo, a la contundencia de sus posiciones, argumentadas hasta la exhaustividad.

La herencia de la Ilustración en las bases de su feminismo se traduce en una vindicación del humanismo de forma explícita en su última época. Precisamente ese título es el que dio a las XV Conferencias Aranguren del Instituto de Filosofía del CSIC.

El cambio de la globalización en el siglo XXI le lleva a las reflexiones de Ética en un mundo global (2002), en donde recoge esos problemas. Feminismo en el mundo global (2007) es el título del libro publicado por la colección «Feminismos» para analizar los problemas en torno a las mujeres en ese cambio de época.

De manera que si «igualdad, sexo, poder e individualidad» formaban una constelación que ella articuló como el discurso y la política de las mujeres de finales del siglo XX, ahora la agenda global del siglo XXI la articula en torno a género, paridad, poder y violencia contra las mujeres. Los retos del feminismo se unen a los de la globalización, que condiciona la agenda del nuevo feminismo.

La formación de una agenda global ha tenido que pasar por varios escollos desde el cambio de siglo porque las propuestas de la Declaración de Atenas en 1992 o la Conferencia de Pekín en 1995 no parece que hayan tenido el resultado esperado. Por ejemplo, la paridad, una propuesta que vino a catalizar y redefinir todos los problemas de la discriminación positiva, no acaba de dar sus frutos.

Amelia Valcárcel ha denunciado reiteradamente este hecho. Una de sus mayores preocupaciones es la de cómo es posible que nos encontremos repetidamente con el techo de cristal cuando las mujeres han llegado a alcanzar niveles de saber equivalentes o superiores en muchas profesiones a los varones.

A las mujeres no se les permite vestir la nueva calidad de saber y poder obtenida desde «los poderes públicos, la gran empresa, los medios de comunicación, la religión, la creatividad y el saber» (ibíd.: 168), lo que da lugar a su imagen colectiva, que dan los medios y la publicidad: el deber de agradar, el poder sabiamente escondido, o bien y desgraciadamente víctimas de abusos, violencia, tráfico de mujeres. Poder inexistente para las mujeres, considera.

Su propuesta es que «es imperioso corregir eso y mostrar a las mujeres reales y sus logros, no solo sus problemas, ni menos aún sus estereotipos». Porque «el espacio de visibilidad disponible ocupado por representaciones estereotipadas o misóginas reduce la capacidad de conocimiento y por ende, de reconocimiento» (ibíd.: 182).

Por ello defiende: 1. Que uno de los retos más acuciantes del feminismo del siglo XXI es evidenciar las microfísicas del poder que se engendran desde un patriarcado que parece indestructible en su constante reproducción estructural. 2. Que la paridad, en la agenda global, requiere un permanente esfuerzo. Un esfuerzo que es distinto en según qué partes del planeta nos encontremos. Pero el denominador común es la igualdad y el disfrute de las libertades. Como lo fue en las vindicaciones de Mary Wollstonecraft en el siglo XVIII, en el discurso de Seneca Falls en el XIX o en el de Clara Campoamor en el siglo XX.

Como dice Amelia Valcárcel: «Vindicaciones que no pueden hacerse sin utilizar una argumentación universalista: el universalismo es el fundamento esencial del feminismo» (ibíd.: 219).

En un momento en el que desde fuera y dentro del feminismo se habla de posfeminismo y de transhumanismo, Amelia Valcárcel, como si fuera una sufragista del siglo XIX, defiende y vindica el universalismo junto con el humanismo. La Edad Global nos exige repensar el humanismo como raíz de la Ilustración en su presentación feminista.

Profesora Amelia Valcárcel, querida amiga, mis últimas palabras serán de agradecimiento por habernos hecho partícipes de tu saber, agradecimiento por tus aportaciones al feminismo crítico y a la genealogía de las mujeres. Agradecimiento, también, porque has mantenido en este país durante muchos años y no sin dificultades una lucha constante por la igualdad y las libertades para las mujeres.