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En sayos analíticos Analizar, enunciar, deducir
Alberto Moretti
SADAF
Alberto Moretti nació hace bastante tiempo en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires. Se graduó en 1986 como Doctor en Filosofía (UBA). Ha sido Profesor Titular Plenario en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), Profesor Titular de la Facultad de Humanidades (UNLP) e Investigador Principal del CONICET. También fue director del Departamento de Filosofía de la FFyL-UBA (2001-2003), coordinador del Doctorado en Filosofía UNLP (2000-2003), presidente de la Asociación Filosófica de la República Argentina (1997-2000) y presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (2005-2008). Sigue (2020).
Índice
Cubierta
Portada
Sobre el autor
Nota sobre los textos
I. El análisis, la filosofía Sobre el análisis filosófico Russell, Principia Mathematica y el análisis filosófico Análisis filosófico, cultura y filosofía Hermenéutica Todo canon, el Canon
II. El enunciado, lo enunciado Referencia, estructuras y universalidad expresiva T. M. Simpson: formas lógicas, palabras y cosas La unidad proposicional La lógica y la trama de las cosas Breve nota sobre las posibilidades de Borges
III. Frege Frege: conocimiento y lenguaje Lenguaje y lógica en perspectiva fregeana Dos problemas clásicos en la ontología de Frege La ∃xistencia de Frege y la Existencia de Dios
IV. Verdad Verdad, paradojas y semántica El concepto tarskiano de verdad El realismo y las proposiciones destinadas a ser creídas
V. Lógica Argumentos, deducción y lenguaje Razón, lógica y argumentación Concepciones de la lógica La lógica deductiva: entre el lenguaje natural y la ontología deseada Notas de lógica (I)
Créditos
Nota sobre los textos
Aparecen en este volumen textos publicados entre 1992 y 2018. Junto con los reproducidos en una compilación anterior, Interpretar y referir (Buenos Aires: Grama ediciones, 2008), forman la mayoría de mis publicaciones en libros y revistas académicas. El motivo más razonable para este concilio ha sido el de facilitar la tarea de algún archivista rezagado de la historia de la filosofía institucionalizada en la Argentina. Como el primero de ellos, esta reunión también me otorga la satisfacción de completar el abandono de esa actividad con una amigable aceptación de tan limitados pero ya inevitables testimonios de aquellos trabajos y de esos días.
Los datos de las ediciones originales son los que siguen:
1. “Sobre el análisis filosófico”: en Monteagudo, C. y P. Quintanilla (comps.), Los caminos de la filosofía, Lima: Fondo Editorial-PUCP, 2018. Es la redacción final de un escrito expuesto en septiembre de 2016 en el Coloquio Internacional “La filosofía y sus métodos”, organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú.
2. “Russell, Principia Mathematica y análisis filosófico”: en Cuadernos Filosóficos, N° IX, 2012, Universidad Nacional de Rosario. Es la comunicación presentada en el Simposio “El Centenario de Principia Mathematica” realizado en junio de 2010 en el Centro de Estudios Filosóficos de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.
3. “Análisis filosófico, cultura y filosofía”: en Selección de Trabajos del XV Congreso Nacional de Filosofía AFRA, Eduntref, 2010. Presentada en diciembre de 2010 durante una Mesa Redonda sobre los orígenes de la filosofía analítica, en el XV Congreso Nacional de Filosofía organizado por la Asociación Filosófica de la República Argentina.
4. “Hermenéutica”: en Di Tella, T. (comp.), Diccionario de ciencias, sociales y políticas, Buenos Aires: Emecé, 2001.
5. “Todo canon, el Canon”: en Análisis Filosófico, Vol. XXX, Nº 1, Buenos Aires, mayo 2010.
6. “Referencia, estructuras y universalidad expresiva”: en Análisis Filosófico, Vol. XXXI, Nº 1, Buenos Aires, mayo 2011. Comunicación presentada en noviembre de 2009 durante un simposio en homenaje a Gregorio Klimovsky, en las XX Jornadas de Epistemología e Historia de la Ciencia, organizadas por la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba.
7. “T. M. Simpson: formas lógicas, palabras y cosas”: en Moretti, A., E. Orlando y N. Stigol (comps.), A medio siglo de Formas lógicas, realidad y significado de T. M. Simpson, Buenos Aires: Eudeba-Sadaf, 2016. Ponencia en el 16 Latin American Symposium on Mathematical Logic – Satellite Colloquium of Philosophy of Logic. A Tribute for the 50th Anniversary of T. M. Simpson’s Formas lógicas, realidad y significado. Organizado por la Facultad de Ciencias Económicas (UBA), Buenos Aires, julio 2014.
8. “La unidad proposicional”: en Avatares Filosóficos. Revista electrónica del Departamento de Filosofía (FFyL-UBA), septiembre 2014. Desgrabación de la conferencia pronunciada en el simposio “Filosofía de la lógica”, que tuvo lugar en el marco del XVI Congreso Internacional de Filosofía organizado por la Asociación Filosófica de México y la Universidad Autónoma del Estado de México, en octubre de 2011.
9. “La lógica y la trama de las cosas”: en Ideas y Valores. Revista colombiana de filosofía. Revista de la Universidad Nacional de Colombia, fue aceptado en octubre 2014 y publicado en Vol. LXV, N° 161, agosto 2016. Este texto sirvió de base para la exposición del mismo título realizada en el simposio sobre lógica y filosofía de las ciencias formales, durante el XVII Congreso Interamericano de Filosofía, Bahía, Brasil, octubre de 2013. Una versión anterior fue presentada en el II Congreso Latinoamericano de Filosofía Analítica, Buenos Aires, Argentina, agosto de 2012.
10. “Breve nota sobre las posibilidades de Borges”: en Espacios de crítica y producción, N° 39, Buenos Aires, FFyL-UBA, noviembre 2008.
11. “Frege: conocimiento y lenguaje”: en Estudios de Epistemología, Universidad Nacional de Tucumán. Fue aceptado en 2011 y publicado en Vol. XI-XII, 2014.
12. “Lenguaje y lógica en perspectiva fregeana”: en Pérez Chico, D. (comp.), Cuestiones de la filosofía del lenguaje, Madrid: Prensas de la Universidad de Zaragoza. Fue aceptado en 2016 y publicado en 2018.
13. “Dos problemas clásicos en la ontología de Frege”: en Ezcurdia, M. (comp.), Orayen: de la forma lógica al significado, México, 2007. Comunicación presentada en el Coloquio en Homenaje a Raúl Orayen realizado en IIF-UNAM en marzo de 2002.
14. “La ∃xistencia de Frege y la Existencia de Dios”: en Epimeleia, Buenos Aires, Año XI, Nº 21-22, 2002.
15. “Verdad, paradojas y semántica”: en Acero, J. (comp.), Filosofía del lenguaje I. Semántica. Madrid: Trotta, 1998. Volumen 17 de la Enciclopedia iberoamericana de filosofía.
16. “El concepto tarskiano de verdad”: en Orayen, R. y A. Moretti (comps.), Filosofía de la lógica. Madrid: Trotta, 2004. Volumen 27 de la Enciclopedia iberoamericana de filosofía. La primera versión de este texto se redactó en agosto de 1994 para integrar ese volumen, y una parte se imprimió, dejando la debida constancia, como publicación interna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en febrero de 1996.
17. “El realismo y las proposiciones destinadas a ser creídas”: en Actas de V Jornadas “Peirce en Argentina”, Buenos Aires, CEF (Academia de Ciencias de Bs. As.) y Centro de Estudios Peirceanos, agosto 2012. También en: http://www.unav.es/gep/JornadasPeirceArgentina.html [9/6/2020].
18. “Argumentos, deducción y lenguaje”: en Scarano, E. (comp.), Metodología de las Ciencias Sociales, Buenos Aires: Macchi, 1999.
19. “Razón, lógica y argumentación”: en Páginas de Filosofía, VI, 8, diciembre 1999. Fue expuesto en el Simposio “Racionalidad, ética y ciencia” organizado por D. Maffía en la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico en 1989.
20. “Concepciones de la lógica” en: Páginas de Filosofía, año XI, N° 23, primer semestre 2010. Desgrabación de la exposición desarrollada en marzo de 2008, en el marco del proyecto de investigación Validez formal, argumentos y lógica, dirigido por C. Behnisch en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue.
21. “La lógica deductiva: entre el lenguaje real y la ontología deseada”: en Revista Latinoamericana de Filosofía, Vol. XVIII, Nº 1, otoño 1992.
22. “Notas de lógica (I) (1994-1998)”. Transcribe las notas provenientes del dictado del primer capítulo del programa del Curso de Lógica ofrecido en los años 1994-1998, principalmente en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Buena parte de ellas circularon como publicaciones internas de cátedra.
I. El análisis, la filosofía
Sobre el análisis filosófico*
En un sentido grave, ejemplificado por los procedimientos para purificar el agua corriente, reunir pruebas en un juicio penal o sumar números, un método provee un criterio para determinar la aceptabilidad de lo que se haya hecho. En tal sentido no hay método filosófico que caracterice algún modo especial de filosofar. Aunque haya, en ciertas comunidades reflexivas, maneras habituales de construir discursos cuyo respeto o transgresión es un factor para evaluar parcialmente la aceptabilidad de lo dicho. Por otra parte, en un sentido ligero, la siguiente recomendación establece un método: imagine algo interesante (filosófico, si esta palabra le dice algo) y busque razones a favor y razones en contra. Este es el sentido preferido por quienes no tienen interés en la búsqueda de métodos filosóficos específicos. Pero hay alguna importancia en hacer cierto esfuerzo en esa dirección. Al menos la que se deriva del hecho sociohistórico de la existencia de academias auto- y hasta heterorreconocidas como filosóficas, todas sostenidas con el esfuerzo de sus comunidades, pero divergentes hasta el punto de ignorarse con olímpico desdén. Existen, si no métodos, modos diferentes de elaborar y evaluar discursos filosóficos. Sean o no limitaciones a las que nos resigna nuestra finitud, hallar algunas de sus características puede ayudarnos a entendernos mejor. Hay, por ejemplo, un modo “analítico”, una “filosofía analítica”, y de eso me toca hablar en esta ocasión.
I. Los analíticos
Se sitúa a fines del siglo XIX el comienzo de lo que acostumbra llamarse “filosofía analítica” en los departamentos de filosofía de muchas universidades. Espero que al cabo de esta exposición parezca mejor hablar de su recomienzo, respecto de, al menos, la obra de Platón, Aristóteles y de mucho de lo que le siguió.
Hay varios rasgos que se asocian con ese rótulo. Se cree fundadamente que sus cultores (porque la cultivan y, algunos, le rinden culto) establecen un estrecho vínculo entre la filosofía y el lenguaje, visto como condición y como asunto fundamental del pensar filosófico. Son cautelosos en cuestiones metafísicas: demoran la postulación de entidades y desconfían de los sistemas omnicomprensivos (o se intimidan ante ellos, según quien lo diga). Pero son entusiastas frente a las ciencias. Ven sus conclusiones como grandes ejemplos de lo que quieren lograr: creencias racionalmente justificadas. Por eso estudian sus fundamentos, sus métodos y procedimientos de legitimación y tienden a considerar sus resultados como límites o severas advertencias para las creencias filosóficas. Tienen una lista de autores canónicos, algunos de los cuales han estudiado detalladamente. Y se espera que digan que su método es fragmentario y reposa esencialmente en el análisis filosófico.
A poco andar, los que llegarían a ser sus representantes patriarcales exhibieron, o suscitaron, entusiastas ilusiones acerca del porvenir de su movimiento. Basta leer el esperanzado prefacio de Begriffsschrift (1879) de Frege, o el seductor artículo de Russell, “On Denoting” (1905), o la solución de los problemas filosóficos expuesta en el Tractatus (1921), o la ligeramente más modesta “superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje“ de Carnap en 1932.
El análisis filosófico (del lenguaje y, con eso, de los conceptos, los juicios y la realidad) guiaba sus pasos y sus grandes saltos imaginarios. Primero, el análisis basado en la lógica extensional de Frege y Russell junto con “el” método y los resultados de la ciencia. Véase, por ejemplo, exhibirse la filosofía como ciencia (de un modo en apariencia muy diferente al husserliano de 1911) en la Enciclopedia de la ciencia unificada de 1938. Después, bajo la forma del acotado análisis oxoniense del lenguaje común, ejemplarmente manifiesto en la refutación del dualismo blandida por Ryle, en 1949, frente al fantasma adueñado de la máquina galileana.
Sin embargo, el desarrollo de la filosofía analítica durante el siglo XX fue desdibujando la centralidad de la idea de uno o varios métodos de análisis del lenguaje, al compás del cambio en los intereses intelectuales y el debilitamiento de la presunta solidez de los logros del análisis. Luego del atomismo metafísico de Russell (1918-19), casi toda especie de metafísica especulativa cayó en descrédito con el auge del empirismo lógico, en los años veinte y treinta, los analizadores del lenguaje común en los cincuenta y los quineanos en las dos décadas siguientes. El predominio de estos últimos (en buena medida por motivos histórico-sociales) mantuvo rasgos anteriores: del positivismo lógico conservó el uso de lenguajes formales (deudores, claro, del composicionalismo fregeano) para modelar semánticas, y de la filosofía oxoniense tomó el respeto por los datos derivados del uso del lenguaje común. Fue la época de la semántica de condiciones veritativas, en sus versiones extensionales, intensionales e hiperintensionales. Y de sus críticos amigables, lectores del segundo Wittgenstein y defensores de las condiciones de asertabilidad y del antirrealismo. Pero ya en esos tiempos comenzaron algunos brotes metafísicos de viejo cuño, cuando la semántica de mundos posibles mezcló el extensionalismo con el realismo modal (Lewis) o con el esencialismo aristotélico (Kripke) y cuando surgieron exitosas reivindicaciones de los espectros ahuyentados por Russell en 1905 (Routley, Parsons, Castañeda) y excéntricas, pero esta vez atendidas, elucubraciones ontológicas de autores como D. M. Armstrong. En la última década del siglo pasado la filosofía del lenguaje fue perdiendo su lugar predominante frente a la presión de la filosofía de la mente, sugiriendo un triunfal retorno del psicologismo que espantaba a Frege (y Husserl). También se acentuó la separación entre la filosofía del lenguaje y la metafísica; y esta, desde entonces, parece retornar inocentemente a un status prekantiano. El nuevo siglo encontró a los analíticos sin philosophia prima aparente.
La filosofía analítica, desde su recomienzo lingüístico en el siglo XIX, dio numerosos pasos y algunos saltos. Desde la perspectiva actual, ambos ejercicios fueron útiles. Los primeros porque han dejado algunos éxitos intelectuales y los otros, como el adiós a la filosofía especulativa y la bienvenida a la filosofía como ciencia casi-empírica o como terapia lingüística, porque fracasaron honorablemente.
Uno de los primeros éxitos fue la explicitación fregeana del papel central de las paráfrasis oracionales para la comprensión de los conceptos básicos, que condujo a su análisis reductivo del concepto de número y a los análisis alternativos presentados durante el siglo XX por Russell y tantos otros. No está demás señalar el clima propicio de la época revelado, por ejemplo, en los esfuerzos contemporáneos por aritmetizar el cálculo infinitesimal o sistematizar la geometría o analizar el concepto de superficie o el de simultaneidad física. Una de las principales contribuciones generales de Frege y Russell fueron, precisamente, sus intentos por explicitar el carácter propio del análisis (ofreciendo, así, rudimentos de análisis de la idea de análisis) y proponerlo como paradigma filosófico. Entre los mayores éxitos analíticos también hay que citar el trabajo de Russell por deslegitimar tesis ontológicas mediante su análisis de las descripciones definidas. También el de Tarski, ahora por legitimar el uso del concepto de verdad en la comprensión del conocimiento. Los textos de Gentzen y Tarski para caracterizar diversas nociones de consecuencia lógica. De Church y Turing respecto del concepto de cálculo algorítmico. De Hempel para analizar la noción de explicación. De tantos epistemólogos empeñados en clarificar la idea de teoría científica y, luego, de actividad científica. De Carnap en torno a la idea de creencia racional, y de sus herederos ocupándose del cambio de creencias y de la gnoseología formal. Y, desde luego, los numerosos ejemplos de análisis alternativos de conceptos como los de significado, referencia, acto de habla e interpretación.
A lo largo de este desarrollo se produjeron cambios significativos en “el” método analítico. El momento inicial fue decisivo. La búsqueda de definiciones explícitas de conceptos básicos fue modelo del análisis durante siglos, desde que Sócrates fue visto en Atenas haciendo algo parecido. La tarea cobró nueva forma cuando Frege notó que las ideas que más requieren del esfuerzo clarificador son las que parecen centrales para comprender y justificar creencias que resultan fundamentales para nuestras acciones y tranquilidades. Visto así, la primera instancia del análisis conceptual es nuestra precomprensión de un entramado de oraciones que expresan creencias que nos parecen importantes. El trabajo analítico, en consecuencia, tendrá que estar guiado por el avance en la comprensión sistemática y el mejoramiento de ese tejido de creencias. Y la urdimbre de esa trama tendrá que estar dada por fuertes nexos de significado, cuya explicitación será asunto de la lógica y no de la mera gramática. A partir de aquí surgió una vigorosa línea de investigación (aludida por los ejemplos del párrafo anterior), estrechamente ligada a la evolución de los modelos de definición y de estructura lógica, que ejerció influencia principal en el desenvolvimiento de toda la filosofía analítica contemporánea. En los cambios que la práctica del análisis fue produciendo en esos modelos (y que la teoría trató de fundamentar después) pueden verse indicadores fiables de importantes cambios en el hipotético método analítico. Estas modificaciones, en conjunto, muestran una primera etapa de confiada univocidad metódica, una segunda etapa de surgimiento de alternativas razonables, y una etapa final de confiado desinterés por cuestiones de método. En lo que sigue, intentaremos identificar, sumariamente, rasgos “metódicos” que han caracterizado buena parte de los esfuerzos realizados por los filósofos analíticos desde fines del siglo XIX.
II. Preguntar
En el comienzo, preguntar. Cualquier asombro, angustia, calma o desconcierto, ingresa plenamente a la esfera pública, donde habitan el lenguaje y la filosofía, cuando motiva preguntas. Formular preguntas remite a una práctica más amplia y, con eso, ya es el comienzo de alguna comprensión de lo que inquieta. Entre analíticos, mucho circulan las siguientes: ¿qué (tipos de) entidades hay?, ¿qué relaciones hay entre entidades?, ¿qué principios lógicos rigen nuestro pensar y hablar?, ¿qué es una lógica?, ¿hay relación entre las relaciones entre entidades y los principios lógicos?
Preguntar y responder, como hablar en general, involucra restricciones en la formación de conjuntos de creencias y propósitos, lingüísticamente caracterizables, que normalmente aluden a relaciones entre entidades y presuponen la participación en una comunidad de hablantes. Estos constreñimientos establecen normas para la generación y admisión de los conjuntos de proferencias, oraciones y proposiciones que expresen creencias y propósitos. Tales restricciones constitutivas se manifiestan especialmente en las evaluaciones intersubjetivas de la corrección de lo que se dice. Dado cierto estadio de la práctica dialógica común, las restricciones que allí tengan mayor arraigo, junto con el propósito de mejorar esa práctica (al menos respecto de lo que pase por ser una mejor comprensión de, o participación en, la realidad), contribuyen a generar la idea de corrección deductiva y a dotarla de contenidos específicos.
Un lenguaje común es un objeto abstracto que se postula para comprender la práctica intersubjetiva concreta de hablar y comunicarse hablando. Una parte importante de esa práctica, la subpráctica de producir y evaluar razonamientos, está directamente relacionada con la adquisición y cambio de creencias y pone claramente en juego las restricciones recién mencionadas. Las creencias, junto con los deseos, son postulaciones habituales para la comprensión en general y, fundamentalmente, para explicitar motivos para actuar y justificar las acciones. (Explicar las acciones es un asunto, en general, diferente). Qué sean o qué no sean las creencias y deseos dependerá de análisis específicos; ahora solo tenemos en cuenta el uso habitual de estas palabras (uso que será un dato para esos análisis específicos). Tener creencias y propósitos se vincula con la capacidad de hacer una cantidad indefinida de afirmaciones y con la capacidad de evaluar los subsistemas que esas afirmaciones forman (diálogos y razonamientos, por ejemplo). Una afirmación es, primariamente, un decir algo acerca de algo, y es un acto sujeto a condiciones de aceptabilidad intersubjetiva.
Relativamente a estas especificaciones, el lenguaje puede representarse como un conjunto potencialmente infinito de oraciones declarativas, sistemáticamente relacionadas por relaciones de diversos grados de necesidad. Entre estas, la más decisiva es la relación de consecuencia lógica. Para comprender esta relación, se postulan ciertas entidades abstractas, propiedades de las oraciones: las formas lógicas. Estas formas encapsulan los rasgos que gobiernan el papel inferencial de las oraciones y, con eso, el núcleo sistemático de su contenido o significado cognitivo. En camino hacia este análisis oracional surgirán los elementos para el análisis de nuestros conceptos fundamentales.
La práctica de discurrir y dialogar supone, además de una comunidad hablante y algo de que hablar, ciertas capacidades personales como las de discriminar, identificar, suponer, afirmar y concluir, cuya interacción es determinante de las normas evaluativas de lo que se dice. Capacidades que cuando logran representarse lingüísticamente dan lugar a expresiones lógicas (‘es …’, ‘es idéntico a’, ‘es’, ‘no’, ‘si …’, ‘por tanto’) y a tipos de expresiones de importancia lógica (oraciones, predicados, términos singulares, conectivos, cuantificadores). Sobre estas bases, ulteriormente y bajo el rótulo de ‘teoría lógica’, se procura dar precisión (no necesariamente de una sola manera) a la idea de conexiones proposicionales necesarias, formales, con consecuencias normativas y constituyentes básicos de un lenguaje común. Pero antes de cualquier teoría de esta clase, la práctica de hablar se asienta en la precomprensión de lo que será tema de esas teorías: alguna estructura lógica parcialmente determinada. De este modo, el preguntar filosófico, que promueve análisis conceptuales diversos, siempre demanda el análisis que cristaliza en alguna teoría lógica. No significa esto que el análisis lógico haya de ser primero o fundante. Ni que, producido alguno, deba ser el punto de partida indiscutido para los otros. En particular, las teorías lógicas estándar, centradas en proposiciones luego de que Bolzano expulsara a Kant de esa cátedra al sustituir las funciones racionales por los lektá estoicos, no parecen recoger adecuadamente el componente normativo y constituyente, que demanda una mejor consideración del papel de los sujetos hablantes y su autocomprensión. El hablar y su lógica están siempre en desarrollo. Por ende, es hablando en general y, especialmente, produciendo análisis filosóficos de los más diversos conceptos y cuerpos de creencias, como aprendemos a hablarnos y, de ese modo, vamos determinando la estructura lógica de un hablar que nos haga creer que mejoramos nuestro estar en el mundo.
Resulta entonces que las estructuras lógicas son constitutivas de los lenguajes en los que pueden aparecer nuestras preguntas, creencias y propósitos característicos del conocimiento y la filosofía. Por esto es que ningún intento de pensar lingüísticamente o analizar creencias o conceptos, incluidos los de quienes, para hacerlo, rehúsan apoyarse en resultados científicos, puede evitar comprometerse con alguna estructura lógica (compromiso que incluye la voluntad de mejorarla). De este modo, tampoco la reflexión filosófica que busca explicitar estructuras lógicas puede evitar apoyarse en alguna estructura lógica (en general no totalmente determinada) aunque, obviamente, no lo hará en alguna teoría sobre ella. Aunque la “teoría” que como resultado de esa reflexión se ofrezca deberá legitimar el lenguaje de la reflexión efectuada (las comillas son porque esa “teoría” no es típicamente empírica, descriptiva, sino parcial, pero esencialmente, normativa).
Así es que nuestro hablar involucra tanto una estructura fundamental (imperfectamente determinada) de la producción y evaluación de los discursos y diálogos, como una estructura fundamental (imperfectamente determinada) de aquello sobre lo que se habla. Por ejemplo: “aristotélicamente” no podemos creer ni decir significativamente que algo sea y no sea de cierta manera, o tenemos que creer o decir que eso es imposible. Pero “hegelianamente”, a veces podemos. De reflexiones como estas surgen preguntas como las recordadas al comienzo acerca de ontología y de lógica. Y surge también la creencia de que están íntimamente ligadas.
III. Atender, interpretar, proyectar
Hechas las preguntas (operación, vimos, para nada inocua) y empeñados en encontrar modalidades reflexivas, más o menos recurrentes o explícitas, en el trabajo que hacen los “filósofos analíticos” cuando intentan responderlas, es posible ofrecer el siguiente esbozo metódico de tres instancias.
(1) Reunir datos presuntamente pertinentes respecto de las preguntas formuladas y suficientes en cantidad y diversidad. Buscados en las más diversas fuentes, cobrarán el aspecto de conjuntos de expresiones lingüísticas (aceptadas, rechazadas, dudosas) y actos de habla reales o posibles (aprobados, reprobados, incomodantes) en los que pueda reconocerse la presencia de los conceptos o de las realidades que se pretende analizar. Esta tarea es un primer paso en dirección a entender las propias preguntas, y está abierta en todas las etapas de la reflexión. El objetivo es ir delineando un núcleo suficientemente seguro que habrá que legitimar, un corpus, digamos, que permitirá elaborar criterios con los que juzgar los resultados del análisis que se haga. Y una serie de enigmas y misterios que lo rodean. Aguzando la imaginación, se pasará revista de experiencias, acciones y actitudes normales (esto es: pretendidamente típicas, básicas o, incluso, originarias) relativas a las preguntas iniciales. Se describirán vivencias, opiniones, prejuicios, creencias, actos de habla y dificultades conocidas (los “puzzles” de Russell pero, en otra capilla, las aporías de Hartman). Alarmados por los riesgos de la contemplación desde sillones (los sillones suelen decir cosas distintas cuando cambian sus ocupantes) algunos sostienen que para formular estas descripciones habrán de usarse, además de las competencias interpretativas y vitales adquiridas, técnicas propias de las ciencias sociales empíricas. Pero esta tesis también es riesgosa debido al valor justificador, incluso de esas ciencias sociales que, en esa u otra instancia analítica, se intentará otorgar a los corpus que se buscan. Por tanto, tales recursos no serán necesarios, ni estarán prohibidos, en la formulación general de la tarea. Tampoco es pertinente resolver de modo general si lo que efectivamente se analiza son expresiones lingüísticas, conceptos, creencias o realidades. La práctica sugiere que el análisis no excluye ninguna de esas formas de concebir el abordaje y puede servirse de todas.
Un resultado deseado será un conjunto de opiniones de las que pueda pensarse encierran los significados fundamentales del caso, y cuya verdad o credibilidad deberá quedar, prima facie, preservada por el análisis. Un ejemplo, de nitidez difícilmente repetible, lo fueron las afirmaciones de la aritmética elemental para Frege y Russell, cuando analizaron el concepto de número. Otro, también bastante firme cuando se analiza la idea de consecuencia lógica deductiva, lo ofrecen los tipos de casos que, en cierta comunidad hablante, resultan ejemplos claros de razonamientos correctos y de incorrectos. Si se confía en un corpus tal, puede rechazarse cualquier análisis conceptual que impida o aleje la posibilidad de justificarlo. Una ilustración extrema pero famosa: si de una pretendida definición del concepto de verdad no se derivan todas las oraciones como “‘Calias es blanco’ es una oración verdadera si Calias es blanco, y sólo en ese caso es verdadera”, entonces la definición es errónea (supuesto, claro, que podamos distinguir satisfactoriamente entre oraciones genuinas y meros subproductos de una indecisión gramatical). El error imputado en estos casos no tiene que hacer pensar que todo análisis procura descubrir un contenido conceptual suficientemente predeterminado por alguna práctica lingüística privilegiada. Una tarea importante del análisis es la de colaborar en la determinación, incluso en la reforma, de los contenidos conceptuales. Todo el lenguaje está, por así decir, en construcción. Analizar es participar de esa obra, guiada mas por apremios que por planes.