Read the book: «Las rutas de la seda en la historia de España y Portugal»
LAS RUTAS DE LA SEDA
EN LA HISTORIA
DE ESPAÑA Y PORTUGAL
RICARDO FRANCH BENAVENT
GERMÁN NAVARRO ESPINACH (eds.)
LAS RUTAS DE LA SEDA
EN LA HISTORIA
DE ESPAÑA Y PORTUGAL
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación se inscribe en el marco del proyecto «Nuevas perspectivas de historia social en los territorios hispánicos del Mediterráneo Occidental en la Edad Moderna» (HAR2014-53298-C2-1-P), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, y cuenta con la colaboración de

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© Los autores, 2017
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico-Letras y Píxeles, S. L.
Ilustración de la cubierta: Portulano de Iacobus Russus(Mesina, 1563). Universitat de València, Biblioteca Histórica, Ms. 896.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-262-5
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN, Ricardo Franch y Germán Navarro
LA SEDA EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y AL-ÁNDALUS, Laura Rodríguez Peinado
LA SEDA EN EL REINO NAZARÍ DE GRANADA, Adela Fábregas García
LA SEDA EN ANDALUCÍA DURANTE LA EDAD MODERNA: BALANCE Y PERSPECTIVAS DE ESTUDIO, Félix García Gámez
VALENCIA EN LAS RUTAS DE LA SEDA DEL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL (SIGLOS XIII-XV), Germán Navarro Espinach
LA SEDA EN LA VALENCIA MODERNA: DE LA EXPANSIÓN PRODUCTIVA Y MANUFACTURERA DEL SIGLO XVI AL PERIODO DE ESPLENDOR DEL SIGLO XVIII, Ricardo Franch Benavent
EL HORIZONTE DE LA SEDA EN EL REINO DE TOLEDO EN LA ÉPOCA MODERNA, Francisco José Aranda Pérez
EL CULTIVO, LA MANUFACTURA Y EL COMERCIO DE LA SEDA EN LA MURCIA MODERNA: DEL ÉXITO DEL HILADO AL FRACASO DEL TEJIDO, Pedro Miralles Martínez
LA SEDA EN ARAGÓN EN LA EDAD MODERNA, Ana María Ágreda Pino
MADRID COMO CENTRO CONSUMIDOR, PRODUCTOR Y REDISTRIBUIDOR DE TEJIDOS DE SEDA EN LA EDAD MODERNA, José Antolín Nieto Sánchez
LA SEDA EN EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII, Daniel Muñoz Navarro
LA SEDA EN CATALUÑA, SIGLOS XVIII-XIX, Àngels Solà Parera
A INDÚSTRIA DA SEDA EM PORTUGAL ENTRE OS SÉCULOS XIII E XVI, Joana Sequeira
PROCEDÊNCIA E CONSUMO DA SEDA ASIÁTICA EM PORTUGAL (SÉCULOS XVI E XVIII), Maria João Ferreira
A SEDA NA REGIÃO DE TRÁS-OS-MONTES DURANTE O ANTIGO REGIME (SÉCULOS XV-XVIII), Fernando de Sousa
INTRODUCCIÓN
UNESCO y el Consejo de Europa pusieron en marcha en 1987 un programa dedicado al estudio integral de las rutas de la seda, contempladas como itinerarios culturales para promover el diálogo entre civilizaciones. En algunos países se crearon inmediatamente comités de expertos para llevar a cabo iniciativas en esa línea. Este fue el caso de España, en donde se constituyó la Comisión Española de la Ruta de la Seda, cuya iniciativa más importante fue la realización de un seminario internacional sobre «España y Portugal en las rutas de la seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente», que se celebró en Valencia entre los días 15 y 17 de diciembre de 1993. La Universitat de Barcelona publicó en 1996 un libro con las ponencias presentadas, que dos años después se tradujo al inglés. Han pasado veinte años desde la edición de aquella obra y los estudios sobre las sederías peninsulares han continuado avanzando desde entonces, por lo que se hacía necesaria una revisión profunda del estado de la cuestión. La oportunidad ha venido de nuevo de organismos internacionales. Hace dos años, el 1 de abril de 2015, España pasó a formar parte del programa «La Ruta de la Seda» creado por la Organización Mundial del Turismo. Las Corts Valencianes acordaron proponer a Valencia como Ciudad de la Seda 2016, iniciando un programa de iniciativas que pretende tener continuidad hasta 2020. En respuesta la UNESCO designó a Valencia como Focal Point de España en la red internacional de la Ruta de la Seda. También en 2016 se inauguró el nuevo Museo del Colegio del Arte Mayor de la Seda de Valencia, gracias a la rehabilitación del edificio llevada a cabo por la Fundación Hortensia Herrero. En esas circunstancias, la Agència Valenciana del Turisme ha asumido la coordinación de todas las actividades que se programen en colaboración con otras instituciones. Y así la Universitat de València está impulsando la realización de actividades científicas encaminadas a la recuperación de la historia y el patrimonio de la seda, con el fin de poner de manifiesto la importancia que esta actividad ha tenido en la conformación de la sociedad y la cultura valenciana actual. En este marco es en el que recibimos el encargo de coordinar un encuentro científico de alto nivel de nuevo en Valencia para actualizar el estado de las investigaciones realizadas veinte años después de la publicación de España y Portugal en las rutas de la seda.
El libro que ahora tiene el lector en sus manos recoge las ponencias del Congreso Internacional «Las rutas de la seda en la historia de España y Portugal», celebrado en la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València entre los días 26 y 28 de octubre de 2016. La organización corrió a cargo de la propia facultad, la Agència Valenciana del Turisme y la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana, con la colaboración del Vicerrectorat de Relacions Internacionals i Cooperació y el Instituto Confucio de la Universitat de València, el programa Silk Road Platform de la UNESCO, el proyecto de investigación con referencia HAR2014-53298-C2-1-P del Ministerio de Economía y Competitividad, el grupo de investigación «El mediterráneo hispánico en la época moderna» (Medhismo) y la Corporación Marítima Boluda. Queremos manifestar nuestro agradecimiento a todas estas entidades por el apoyo prestado para la realización del congreso. El Colegio del Arte Mayor de la Seda de Valencia se sumó a la iniciativa ofreciendo una visita a su nuevo museo para los ponentes. Damos las gracias a Vicente Genovés, presidente del Colegio, por esa invitación, así como también a José María Chiquillo, coordinador de Valencia Focal Point of Silk Road de la UNESCO, que en todo momento apoyó la organización del congreso.
A diferencia de aquel primer seminario que se celebró en Valencia en 1993 y que contaba con la participación de expertos vinculados no solo a la historia sino también a la museografía textil o la conservación del patrimonio sedero, en el congreso de Valencia de 2016 se quiso poner toda la atención de los ponentes en el análisis histórico, comparando los distintos territorios peninsulares entre sí. En ese sentido, tras una ponencia inaugural sobre la seda en la Antigüedad tardía y al-Ándalus a cargo de Laura Rodríguez, se plantearon dos ponencias sobre la historia de la sedería valenciana en época medieval y moderna (siglos XIII-XVIII) a cargo de los propios coordinadores del congreso. Y en paralelo se desarrollaron estados de la cuestión sobre el reino nazarí de Granada (Adela Fábregas), Toledo (Francisco José Aranda), Murcia (Pedro Miralles), Andalucía (Félix García), Madrid (José Nieto), Aragón (Ana María Ágreda), Cataluña (Àngels Solà), Andalucía (Félix García), Portugal (Joana Sequeira) y el comercio colonial español (Daniel Muñoz). La revisión de la investigación realizada en el caso de Portugal se ha conseguido reforzar de cara a la presente publicación con la incorporación del trabajo realizado por Fernando de Sousa sobre la región de Trás-os-Montes, que fue la zona en donde el sector sedero adquirió una mayor importancia, y el elaborado por Maria João Ferreira sobre la importación y el consumo de la seda asiática durante la Edad Moderna como consecuencia de la expansión ultramarina experimentada por dicho país. Los estudios recopilados en esta obra permiten disponer, por tanto, de una visión de conjunto sobre la influencia de la seda en la historia de las sociedades ibéricas, poniendo el acento en los periodos cronológicos y las áreas geográficas en las que dicho sector adquirió una mayor relevancia en su vida económica y condicionó más intensamente sus relaciones sociales y manifestaciones culturales.
La panorámica general de resultados ha consolidado varias líneas de reflexión. Es evidente el éxito que ha tenido finalmente el concepto Rutas de la Seda, denominación creada por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen en su libro China, publicado en Berlín en 1877, con vistas a definir una red de caminos que a partir del siglo II a. C. surcaron Eurasia desde Oriente a Occidente para la exportación de sedas y otros productos. Los primeros ensayos de confección de tejidos de seda se documentan muchísimo antes, allá por el año 2750 a. C. Sin embargo, hasta el siglo I a. C. la importación de sedas no llegó al Imperio romano y, cuando lo hizo, se dijo que procedía de un país misterioso del Extremo Oriente llamado Sérica. Los primeros detalles sobre estas rutas los proporciona Ptolomeo en el siglo II d. C. pero hubo que esperar hasta el siglo VI para que se consolidase la primera producción industrial autóctona de seda en Occidente, concretamente en Constantinopla en tiempos del emperador Justiniano. Tras la conquista de Persia por los musulmanes a mediados del siglo VII estos controlaron la ruta de la seda y, al extender después su dominio sobre el norte de África y la península Ibérica, difundieron ese saber técnico hacia el Mediterráneo occidental. Al-Ándalus, la península Ibérica en poder del islam, fue la primera región del continente europeo en la que se identifica la cría del gusano de seda de forma masiva. Desde aquel entonces la seda fue además una industria presente en varias partes de Europa. Cuando los reyes cristianos conquistaron los territorios musulmanes peninsulares, aprovecharon la herencia recibida del arte de la seda y, por medio de artesanos mudéjares y judíos, encargaron la confección de vestiduras y telas ricas tanto para la liturgia cristiana como para su propia indumentaria y adornos en cortes y palacios, hábitos que tiempo después se extendieron entre la burguesía.
Desde entonces las rutas de la seda, además de llevar mercancías y técnicas, transportaron también ideologías y religiones, en un trasiego complejo de formas y estilos artísticos, modas y costumbres. Mientras tanto, a partir del siglo XIV, con la llegada al poder de la dinastía Ming en China, las rutas marítimas de la seda comenzaron a tener un mayor protagonismo frente a las caravanas terrestres, que quedaron reducidas a un número pequeño de intercambios. Y hubo un giro importante en los itinerarios comerciales de la seda mirando al Pacífico. Las islas Filipinas fueron avistadas por la expedición de Hernando de Magallanes en 1521 y cuarenta años después conquistadas y colonizadas por España. El protagonista de esta empresa fue Miguel López de Legazpi, nombrado primer gobernador del lejano archipiélago, que descubrió la ruta de regreso a México en 1565 y fundó Manila en 1571. Con el hallazgo de ese viaje de ida y vuelta entre Asia y América se inició el comercio regular entre ambas orillas del inmenso océano. Cientos de galeones partieron del puerto de Manila rumbo a México transportando la seda de China para regresar cargados de plata americana. El Pacífico en época moderna se convirtió así en un océano de seda y plata, como reza el título de un libro recientemente editado por Salvador Bernabéu y Carlos Martínez Shaw (Un océano de seda y plata: el universo económico del Galeón de Manila, Sevilla, 2016). De ese modo la ruta alcanzó por fin América y las cortes virreinales pudieron utilizar los géneros de seda con mayor profusión para remarcar su poder y la preeminencia social de sus élites. Asia, Europa y América quedaron conectadas por el negocio de la seda.
Pero no solo eran mercancías las que circulaban por las rutas sederas, sino también saberes técnicos, gustos artísticos, conocimientos, ideas, creencias religiosas, etc. La seda posibilitó, pues, procesos de aculturación que enriquecieron a las civilizaciones existentes e incrementaron los elementos comunes que las vinculaban. Y en ese escenario de incipiente globalización, la península Ibérica se convirtió en un epicentro histórico al hallarse ubicada en el extremo sudoccidental de las rutas euroasiáticas, pero constituyendo una encrucijada de comunicaciones entre Europa Occidental y el norte de África y entre el Mediterráneo y el Atlántico. El protagonismo que tuvieron españoles y portugueses en los descubrimientos geográficos los convirtió en los pioneros de la comunicación directa por vía marítima con Asia y en la prolongación de las rutas hacia el continente americano, otorgando como resultado una dimensión mundial a las rutas vinculadas con el comercio de la seda. Si dentro de veinte años se vuelve a celebrar un congreso internacional como este, que a nadie le quepa duda de que las investigaciones seguirán abriendo nuevos horizontes de análisis ante una realidad tan compleja. Nosotros no sabemos si estaremos para contarlo, pero el legado científico y cultural puesto en marcha seguirá imparable. El análisis de las estructuras explicativas del mundo actual ha encontrado desde hace tiempo en el tema de las rutas de la seda un pozo inagotable de experiencias transculturales. La historia de España y Portugal son buena prueba de ello a tenor de la solidez de los estudios que componen esta obra colectiva.
RICARDO FRANCH BENAVENT
Universitat de València
GERMÁN NAVARRO ESPINACH
Universidad de Zaragoza
LA SEDA EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y AL-ÁNDALUS*
Laura Rodríguez Peinado Universidad Complutense de Madrid
Según la leyenda china, reinando Huangdi, el legendario emperador amarillo de la dinastía Xia, la emperatriz Silingshi observó en los jardines del palacio de Shanhung cómo un gusano formaba su capullo. Intrigada, supo apreciar su utilidad, lo introdujo en agua caliente y consiguió devanarlo obteniendo un hilo de gran longitud, muy resistente y con gran brillo, desarrollando las técnicas del hilado y tejido de esta maravillosa fibra.
La leyenda ubica el origen de la seda en el siglo III a. C., pero será en el siglo I a. C. cuando se utilice como moneda de cambio y producto de exportación muy codiciado por pueblos que desconocían su origen, hasta llegar a igualar su valor al del oro.1
En el siglo V a. C. ya se conocía el secreto en Asia Central y, otra vez, la leyenda atribuye su difusión a una princesa china que al tener que abandonar su país para contraer matrimonio con el rey de Khotan llevó escondidos entre su cabello huevos de gusanos y semillas de morera, para implantar su cultivo y su arte fuera de las fronteras chinas.
La seda se conoció en la cuenca del Mediterráneo a partir de las expediciones asiáticas de Alejandro Magno, uso que se impuso entre las élites griegas.2 Su maestro Aristóteles, en su Historia Animalium (V.19), comenta la finura del hilo de la especie que denomina «gusano que tiene cuernos», así como que la primera seda tejida en la cuenca del Mediterráneo fue en la isla de Cos, donde se hacían unas finas gasas seguramente a partir de la fibra de una oruga que vivía en especies mediterráneas como robles, fresnos o cipreses, que poco debía de tener que ver con la codiciada seda asiática.3
Desde el siglo II a. C., la Ruta de la Seda conectó China con el Mediterráneo comercializando esta fibra textil entre otros productos de gran valor.4 Fue también una vía por la que se transmitieron ideas y conocimientos y, en el caso de la seda, diseños y motivos decorativos que fueron utilizados en distintos contextos como símbolo de distinción, aunque también se intercambiaron técnicas y artefactos que facilitaron la evolución de estas manufacturas en Oriente y Occidente.
Roma controló algunas de las ciudades de esta ruta, siendo Palmira uno de los centros principales al que llegaban las caravanas cargadas de productos de lujo, entre los que se encontraba la seda, de la que los romanos desconocían su naturaleza y su origen animal, identificándola Plinio con un vellón blanco extraído de los árboles (Naturalis Historia, VI.54).
El uso de los tejidos de seda pronto se extendió entre las clases privilegiadas romanas, lo que llevó a legislar sobre su uso y a establecer algunas prohibiciones, como la de vestir seda para los hombres en un edicto del Senado del año 16 a. C., citado por Tácito (Annales, 2.33). Con el tiempo llegó a declararse que era un deshonor su uso entre los hombres, por eso a Calígula se le censuraba por vestir de seda como una mujer (Suetonio, Calígula, 52). Pero Plinio lanzó juicios morales sobre su uso tanto entre hombres como entre mujeres (Naturalis Historia, XI, 27-28).
Aunque la utilización de seda fue habitual entre la familia imperial, fue Heliogábalo, de origen sirio, el primer emperador en vestir íntegramente con este material (Lampridio, Heliogabalus, 26), porque hasta entonces esta fibra estaba reservada para algunos detalles y aplicaciones de la indumentaria; por eso Alejandro Severo censuró y prohibió a la emperatriz cubrirse con un vestido de seda cuyo coste equivalía a su peso en oro (Lampridio, Alexander Severus, 40).
Es evidente que la seda se convirtió en Roma en un artículo de lujo, poder y estatus cuyo uso estaba regulado.5 La sociedad romana expresó su pasión por estas exóticas telas, hasta el punto de que fue necesario fijar sus precios, como queda reflejado en el Edictium de Pretiis Maximis de Diocleciano (XXIII, 1-2).6 Por el deseo que suscitaba su disfrute se entiende que cuando Alarico sitió la ciudad en el año 410 exigiese al Senado, para liberarla de su asedio, 4.000 túnicas de seda, entre otros tributos.7
Durante el Imperio la fibra que se adquiría a los comerciantes que traficaban con ella en la Ruta de la Seda se tejía en centros con tradición textil de Asia Menor, Grecia y Egipto al menos desde el siglo I d. C.,8 aunque las primeras piezas que confirman esta actividad provienen de los enterramientos egipcios de Antinoé y Akhmim a partir del siglo VI, donde orbiculi, tabulae y clavi de este material sirvieron de guarnición para túnicas y prendas de indumentaria. En la ornamentación de estas piezas se advierte una influencia sasánida como consecuencia del control que los persas ejercieron sobre la Ruta de la Seda a partir del siglo IV, supervisando el suministro de materia prima a Occidente y proporcionando tejidos manufacturados en sus talleres, que serían imitados técnica y decorativamente en los centros textiles ubicados en los territorios del Imperio.
Poco sabemos de los tejidos de seda manufacturados en los talleres sirios, porque no se han encontrado evidencias arqueológicas, pero igual que en los centros textiles egipcios, parece que la seda se mezclaba con lana en las tramas para aportar mayor resistencia y porque constituía una forma de ahorro en la utilización de un material de elevado coste.9 Todavía en el siglo VI, Isidoro de Sevilla habla de la fibrina (Etimologías, XIX, 27.5 y 22.6), un tejido cuya trama estaba formada por lana de castor y seda.10
Uno de los puertos de llegada más importantes de la Ruta de la Seda al Mediterráneo era Alejandría, ciudad que desde su creación por Alejandro Magno fue un importante centro textil, aunque las condiciones de su suelo no eran las más adecuadas para la preservación de materiales orgánicos y son las fuentes escritas las que nos aportan datos sobre esta actividad.11 Según Lucano (X, 141-143), los alejandrinos importaban sedas que luego deshilaban y volvían a tejer de acuerdo con sus gustos. Esta afirmación ha sido discutida por muchos autores, que la han interpretado como una descripción poética de la actividad de la ciudad, pero no como una práctica inhabitual entre comunidades de tejedores que apreciaban más el material que los diseños textiles.12 Por el Codex Theodosianus del año 438 se sabe que en Alejandría había un gineceo imperial donde se trabajaba la seda, tan reputado como los de Damasco, Antioquía, Tiro o Sidón.13
Como ya se ha mencionado, Antinoé y Akhmim, dos ciudades con tradición textil en la provincia romana de Egipto,14 desarrollaron una tecnología adecuada para producir tejidos de seda que en parte llegaba a través de los puertos del Mar Rojo, donde atracaban las embarcaciones con las mercancías que seguían la vía marítima desde los puertos de la India con destino a Alejandría.15 El auge de la industria textil sedera de estas ciudades parece que se produjo a partir de la dominación sasánida del territorio egipcio (619-629). En sus necrópolis se han exhumado tejidos de origen sasánida y otros manufacturados en los talleres de estos centros imitando las sedas de esta procedencia.16 Son aplicaciones que formaban parte de la ornamentación de tejidos de indumentaria y de amueblamiento con decoración bicolor y esquemas compositivos a base de elementos vegetales estilizados con palmetas y hojas cardiáceas a menudo dispuestas en torno a un eje de simetría, esquemas geométricos y escenas figuradas.17 Eran motivos ajenos al repertorio decorativo de estos territorios integrados en nuevos contextos como símbolo de distinción.18 Técnicamente son samitos19 en los que se observan constantes desde el punto de vista de su ejecución que sugieren agrupamientos. Aunque se ha discutido el origen de estos textiles, las investigaciones recientes han puesto de manifiesto su carácter autóctono en función de los testimonios papirológicos que mencionan la importante producción de estos centros.20 Hay que tener en cuenta que durante la Antigüedad tardía Egipto fue un gran productor e importador de tejidos, influyendo decisivamente en su industria los de importación, de tal forma que no solo imitaron en seda los tejidos que llegaban de Persia e incluso de Asia Central,21 sino que imitaron esos mismos diseños en tejidos de lino y lana realizados en tapicería,22 materiales y técnicas tradicionales en sus manufacturas.23
Antinoé fue fundada en el Medio Egipto en el año 140 d. C. por Adriano en memoria de su favorito Antinoo. La ciudad se convirtió en un centro clave en la ruta por el desierto hasta el mar Rojo que enlazaba con Siria, Persia e India, por eso su producción textil muestra gran originalidad, aunque su catalogación presenta problemas a casusa de los métodos de excavación llevados a cabo en sus necrópolis por Albert Gayet a finales del siglo XIX, que desenterró ricos ajuares entre los que no faltan las sedas ni la indumentaria de moda sasánida.24 La homogeneidad en los procedimientos técnicos de la tejeduría permite reevaluar la delicada cuestión de las importaciones, pudiéndose concluir que los talleres de la ciudad desarrollaron una tecnología capaz de elaborar tejidos de seda imitando los de procedencia oriental,25 donde los códigos decorativos se organizan con composiciones de losanges que encierran en su interior rosetas, medallones con motivos vegetales o animales en su interior, o figuras afrontadas a un eje de simetría.
Akhmim, la Panópolis griega, situada asimismo en el Medio Egipto, fue famosa por sus manufacturas de lino. Excavadas sus necrópolis por Gaston Maspero, se sacaron a la luz tejidos de varias generaciones en los que se observa diversidad de estilos. Las sedas de Akhmim muestran una iconografía de tipo bizantino con motivos vegetales y figurados, aunque podrían haberse realizado en talleres locales. Se han establecido grupos en función de su decoración y de criterios estilísticos, clasificándose entre los siglos VII y VIII.26 Destacan por su singularidad un grupo con inscripciones en griego con los nombres «José» y «Zacarios», que se han asociado al nombre de tejedores o a talleres.27 En tejidos salidos de las manufacturas egipcias en la Antigüedad tardía se encuentran algunos signos reiterados que se podrían interpretar como marcas de taller, incluso en dos de ellos se han podido leer inscripciones que podrían mencionar localidades concretas; en el Victoria and Albert Museum de Londres se lee «Panos», posiblemente Panópolis (Akhmim), y en el Textile Museum de Whasington, ¿«Heraclée»?, probablemente Heracleópolis.28 Pero en el caso de las sedas de Akhmim, la posible alusión a un tejedor las acerca a la identificación que las leyendas epigráficas aportaban en los tejidos fabricados en los tiraz como señal de control e identificación, por lo que podrían considerarse un antecedente de los tiraz islámicos.
La producción sedera de Egipto se realizó a partir de la importación de materia prima durante la dominación romana, bizantina, sasánida y posteriormente árabe, porque el suelo egipcio no es apto para la implantación de la sericultura.29 La milenaria tradición textil egipcia favoreció el florecimiento de su industria durante la época islámica. Los tejidos fatimíes tuvieron su influjo técnico y decorativo en los andalusíes y su industria se extendió a Sicilia, el primer territorio europeo, a excepción de al-Ándalus, donde se implantó la sericultura.
El origen de la sericultura en la cuenca del Mediterráneo se atribuye a la audacia y al espionaje industrial de dos monjes nestorianos que, según la leyenda, hacia los años 553-554 d. C. llevaron a Bizancio huevos y semillas escondidos en el hueco de sus bastones para ofrecérselos al emperador Justiniano (Procopio, De Bello Gothico, IV.17). Esta historia no hace más que ratificar un hecho que, al parecer, ya se había producido en la ribera del Mediterráneo siglos antes, porque como ha sugerido Muthesius apoyándose en Teophanes de Bizancio (Fragmenta Historicorum Graecorum, IV, 270) y en documentación china, las moreras debían cultivarse en Siria al menos desde el siglo V, por lo que seguramente ya se produciría seda para alimentar, al menos en parte, los talleres de Siria y Asia Menor.30 Con Justiniano se legisla sobre la manufactura, distribución y uso de este material,31 estableciéndose talleres imperiales en Constantinopla y otras ciudades con gran tradición textil como Antioquía y Tiro, con el fin de llevar a cabo una política monopolística en la industria de la seda, dándose los primeros pasos de lo que se convertiría en uno de los pilares de la economía bizantina, utilizada como medio de pago y con sentido diplomático.32 A partir del establecimiento de estos talleres estatales se produjo un declive de los talleres privados que habían funcionado en los siglos anteriores proporcionando tejidos de lujo a la corte y a las clases privilegiadas de la sociedad bizantina.33 Con todo, la producción de seda se extendió gradualmente en Bizancio, por lo que sus manufacturas fueron durante siglos dependientes de la importación de materia prima, como evidencia el hecho de que todavía en el siglo X Constantinopla continuase comprando el producto a comerciantes sirios.34
La seda se convirtió en un artículo de lujo imprescindible en Bizancio y, vinculada al color púrpura,35 fue símbolo de poder político y de autoridad esencial en el rígido ceremonial cortesano. También la Iglesia requirió ornamentos e indumentaria de seda que aportaban boato a la liturgia. Estas ricas sedas se convirtieron en poderosas armas políticas del Imperio al ser utilizadas como regalos diplomáticos para reafirmar alianzas con los reinos occidentales. Sirvan como ejemplo la seda imperial de los leones (Schloss Köpenick, Berlín) con una inscripción alusiva al reinado del basileo Romanos y la seda imperial del elefante (Tesoro de la Catedral de Aix-la-Chapelle), regaladas a los emperadores del Sacro Imperio.36
En los siglos XI y XII, como resultado del aumento de la demanda, el cultivo de la morera y la producción de la seda cruda se hicieron muy activos en Bizancio. Los principales centros de producción de seda dentro del Imperio estaban en el Peloponeso, Macedonia y algunas islas del Egeo, porque los centros de cultivo de Siria y el sur de Italia fueron conquistados por turcos y normandos respectivamente.37 La producción se concentró en Constantinopla, Tebas y Corinto, donde junto a los talleres oficiales se incrementó el número de establecimientos privados que tejían productos de gran calidad ante la necesidad de abastecer una demanda que iba en aumento. En este periodo las sedas bizantinas llegan a Occidente en mayores proporciones a través del comercio mediterráneo. Bizancio concedió concesiones comerciales a las potencias marítimas de Venecia, Pisa, Génova y Amalfi para asegurar, a cambio, la ayuda militar y naval para los territorios bizantinos. Pero los comerciantes italianos no solo ejercieron de intermediarios, sino que desempeñaron un papel importante en la transferencia de tecnología y diseños decorativos, lo que se tradujo en el nacimiento de la industria textil italiana.38
La complejidad técnica de las sedas bizantinas hizo necesaria una especialización de acuerdo con las técnicas y el tipo de telar.39 Técnicamente dominaron el samito y el lampas,40 aunque también se realizaron damascos, tapicerías y bordados.41
Desde el punto de vista decorativo, las sedas más antiguas se caracterizan por diseños pequeños distribuidos en losanges o semilleros trabajados a dos colores. A partir del siglo VIII los diseños se distribuyen en hileras o en medallones con bordes perlados o con roleos vegetales que albergan elementos de influencia sasánida afrontados o adosados a un eje de simetría: caballos alados, leones, bestias imaginarias; junto a escenas que evocan actividades cortesanas como carreras de cuadrigas o jinetes practicando la caza; símbolos imperiales como el león, el águila y el grifo; y una iconografía cristiana que parece que se impone tras el periodo iconoclasta.42