Read the book: «Educar sin miedo a escuchar»

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YOLANDA GONZÁLEZ VARA

EDUCAR SIN

MIEDO A

ESCUCHAR

Claves del acompañamiento respetuoso

en la escuela y la familia


© Yolanda González Vara, 2015.

© del prólogo: Susana Volosín, 2015.

© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: marzo de 2015.

Primera edición en esta colección: enero de 2020.

REF.: ODBO650

ISBN: 9788491876144

AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

1  Prólogo, por Susana Volosín

2  Agradecimientos

3  Introducción. La aventura de acompañar a padres y educadores

4  1. EL CONTINUUM INFANCIA-ADOLESCENCIA Informe PISA en adolescentes. ¿Solo cabezas? Formación humana o carrera rentable Aprender o aprobar Fracaso escolar: profesores y alumnos El TDAH y la patologización de la infancia La infancia aterriza en la adolescencia Otro paradigma educativo es posible: adolescencia Conflictos en la adolescencia Algunas claves como plataforma inicial

5  2. LAS EMOCIONES INFANTILES Y SU PROCESO MADURATIVO Desarrollo emocional: de cero a tres años La dependencia La constancia objetal. Mamá está-no está

6  3. CRIAR Y ACOMPAÑAR CON APEGO SEGURO La teoría del apego La respuesta sensible Tipos de apego En la escuela El llanto

7  4. LA ESCUELA INFANTIL EN LA ETAPA BEBÉ La escuela de cero a dos años Criterios preventivos y saludables Educadores y bebés Los acuerdos y las alternativas

8  5. LA ESCOLARIZACIÓN TEMPRANA: DATOS Y CLAVES Maternidad y escolarización Educadores infantiles y escolarización Período de adaptación en bebés

9  6. CONCEPTOS FUNDAMENTALES: ACOMPAÑAR, EDUCAR, SOCIALIZAR O ESCOLARIZAR. CONTEXTOS EDUCATIVOS ¿Educar o acompañar? ¿Escolarizar o socializar? ¿Educar o escolarizar? Dos contextos educativos

10  7. EL PORQUÉ Y EL CUÁNDO DE LA ESCOLARIZACIÓN INFANTIL ¿Por qué? ¿Cuándo? Escuchemos la voz infantil La necesidad de socialización

11  8. El GRAN SALTO: EL PRIMER DÍA DE ESCUELA. «MAMÁ, ¿DÓNDE ESTÁS?» La escolarización desde el adulto La escolarización desde la vivencia infantil La pseudoadaptación Los cuatro años Mi experiencia infantil en el inicio de la escolarización

12  9. CÓMO ESCOLARIZAR: INTEGRACIÓN FAMILIA-ESCUELA Escuela-familia: contextos separados, niños divididos Reflexiones y consecuencias del modelo escindido

13  10. EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN-INTEGRACIÓN CRITERIOS PREVENTIVOS Objetivos del proceso de adaptación-integración Mes de junio. Primer contacto niños-padres-profesorado Mes de septiembre. La vinculación ¿Y si no quiere quedarse? Elemento de diagnóstico Y mis necesidades, ¿cuándo? La participación familiar continúa

14  11. FUNCIÓN DE LOS PADRES Y LOS EDUCADORES Función de los padres Función de la educadora Comedor y autobús

15  12. ALGUNAS INQUIETUDES DEL EDUCADOR: NIÑOS APEGADOS, INHIBIDOS Y MARGINADOS Niños apegados Niños inhibidos Niños marginados Algunas referencias orientativas de integración

16  13. DEBERES, CASTIGOS Y PREMIOS Los deberes y las fichas El castigo Los castigos en la familia Los castigos en la escuela Consecuencias o castigos Los juegos cooperativos

17  14. LA AGRESIVIDAD INFANTIL Y LA ADULTA. FAMILIA Y ESCUELA Sociedad y violencia Opciones ante la agresividad Comprender la agresividad La agresividad. Ira funcional y disfuncional Conflictos entre iguales Destructividad Falsas reparaciones Claves y recursos

18  15. LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ADULTA. EN LA FAMILIA Y LA ESCUELA Breve aproximación Fases sexuales Edades diferentes

19  16. LAS ESCUELAS ALTERNATIVAS, LIBRES, RESPETUOSAS, CON APEGO Otra forma de acompañar a la infancia es posible Madres de día Importancia de la calidad del educador/acompañante Algunos modelos pedagógicos

20  17. LA EXPERIENCIA FORMATIVA CON GRUPOS DE MADRES-PADRES La función de los grupos de madres-padres Estilos parentales en los grupos Grupos de madres-padres

21  18. LA EXPERIENCIA FORMATIVA CON EDUCADORES La mirada Obediencia Cambios operados en los educadores

22  19. TESTIMONIOS DE MADRES

23  Epílogo

24  Bibliografía

PRÓLOGO por SUSANA VOLOSÍN

Es una alegría y un privilegio escribir este prólogo para este libro. Como colega y amiga, puedo afirmar la calidad profesional y humana de su autora, Yolanda González.

Esta, su segunda obra, sigue reflejando como en la primera, sus conocimientos, su experiencia, su amor y respeto a los niños. Pero sobre todo, como escritora, refleja su brillante capacidad para comunicar. No es extraño que Amar sin miedo a malcriar haya tenido tanto éxito editorial.

Sus reflexiones son como un holograma: en él cada parte reproduce la imagen total del objeto. Como apunta el poema de William Blake:

ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre…

Así, ella puede traducir en palabras sencillas los conceptos más complejos de la psicología, la pedagogía, la filosofía, las ciencias sociales, etc.

Los temas preocupantes actuales sobre la adolescencia, la hiperactividad, la depresión, la agresividad y, fundamentalmente, los problemas de adaptación del pequeño en la escuela, los conduce hacia orientaciones operativas, concretas y cotidianas. De esta forma acompaña a los padres y a los maestros que necesitan ese apoyo y ese consejo, ya que hoy en día están desorientados y solos frente a instituciones rígidas que solo estimulan cerebros, cuando las prioridades de los niños son ser reconocidos como personas completas, con afectividad, sexualidad y espiritualidad, además de intelecto.

Las palabras de Yolanda, próximas y cercanas, muchas veces involucrando a los lectores con un «tú», alientan a la esperanza.

A mi parecer, el leitmotiv de su libro es el pasaje respetuoso a la integración de todo lo que está separado, fragmentado o aislado, a una integración reflexionada y elaborada para permitir el acercamiento de la familia a la escuela y de la escuela a la familia, para lograr finalmente el desarrollo integral de la niña y el niño, condición indispensable para convertirse en un adulto «íntegro».

En nuestra civilización hemos perdido el valor de los tiempos y espacios transicionales. En cambio, muchas comunidades indígenas originarias dan mucha relevancia a los ritos de pasaje. La autora tiene el don de recuperar en esta época y circunstancias estos ritos de pasaje, proponiendo «pasos» adecuados al ritmo madurativo de los pequeños. Pasos que permitan reunir en la frontera a profesores y docentes, para crear un espacio en común que yo llamo «transfrontera». Allí, por empatía y sensibilidad a sus hijos y alumnos, surgirá un área especial de acuerdos que manifestarán la urgente conciencia de que estos seres necesitan, a edades tempranas, de un apego seguro para configurar un psiquismo sólido, condición esencial para una buena separación y una apertura a nuevos vínculos.

Yolanda González enfatiza el acompañamiento, pero también la pasión vocacional docente, énfasis de la que es muy coherente también en sus propios gestos.

No olvido un día, hace varios años, en el que, en un restaurante de Alicante, no pudo soportar el sufrimiento de un bebé que lloraba en su cochecito mientras su mamá, distraída, comía y charlaba con sus amigos. Ella se acercó respetuosamente y le aconsejó que tomara en sus brazos a su pequeña y la acunase. Lo hizo sin culpabilizarla, actitud que mantiene permanentemente en su texto, buscando la comprensión y las causas, como en el tema de la agresión infantil.

Como Yolanda, en mi trabajo de psicoterapeuta o en mis clases de expresión corporal, insisto en ayudar a captar y canalizar adecuadamente esta agresión en los pequeños y los adultos antes que involucione en violencia destructiva. De esta manera, se crean las condiciones para transmutar dicha agresión en fuerza y energía para luchar por sus proyectos y valores. Ya que esta fuerza alimentará la confianza de los niños para elevar su voz en la defensa de sus derechos.

Hace unos días, en la fiesta de entrega de los premios de Onda Cero Radio, en Palma, un locutor contó un episodio con su peque de cuatro años: el padre le avisó de que el siguiente lunes empezaría a ir también a la escuela por las tardes, y su niño le contestó: «Oye, papá, eso no lo tratamos tú y yo».

F. Tonucci, el prestigioso educador italiano, tiene un escrito cuyo título es Cuando los niños dicen ¡BASTA! En él habla de la emergencia de los Consejos de niños en Italia, Argentina y en Reus (España). No solo es importante la creación de dichos Consejos, sino que los niños sean escuchados por los adultos. No solo son privilegiados los niños escuchados, sino también los adultos que los escuchan, ya que gracias a ellos han podido mejorar muchos aspectos de la vida de sus pueblos.

En la Escuela de O’Pelouro, en Galicia, cada día se comienza con una asamblea, donde intervienen niños y adolescentes, para planificar el programa del día.

Formo parte de un posgrado para maestros de la Universidad de Baleares. El objetivo de mi módulo es desarrollar «los primeros lenguajes del niño: el cuerpo y la emoción», como base fundamental para adquirir el lenguaje oral, y luego el lenguaje escrito y la lectura.

Desde lo corporal, pido a los docentes de la escuela infantil conectar con su niño interior, porque solo así podrán aplicarlo a sus alumnitos. Entre el programa de ejercicios incluyo el exteriorizar el ¡basta!, y el ¡sí!, y el ¡no!, expresados desde sus entrañas, para afirmarse ante todo lo que quieran o rechacen en sus vidas y en su profesión. Solo desde esa autenticidad podrán conseguir la expresión auténtica de dichos ejercicios en sus alumnos. Así lo pude verificar en algunos vídeos, que mostraban como los pequeños conseguían manifestar esas exclamaciones en las aulas, comunicando sus emociones con sus bracitos y sus voces.

D. Winnicott, el pediatra y psicoanalista inglés, diferencia entre el sí mismo auténtico del falso. El self auténtico es el que permite la espontaneidad y la creatividad, mientras que el falso, de tanto adaptarse a los otros o al sistema social, pierde su «yo soy», su mismidad.

El libro Educar sin miedo a escuchar es uno de esos textos que no solo defiende la autenticidad, sino que da la mano para lograrla.

Y la autenticidad es el camino para la dignidad.

W. Reich dijo: «Los niños auténticos de hoy son el futuro del mañana». Lo que se podría completar así: «Los niños auténticos de hoy, son el futuro para la humanidad digna del mañana».

Que esta obra sea una contribución para ese futuro.

SUSANA VOLOSÍN

Psicóloga y psicoterapeuta,

directora del centro Cor Endins de Mallorca

AGRADECIMIENTOS

Sin los grupos de madres y padres, antorcha viva y permanente de la confianza en el cambio de mirada a la infancia, sin la apertura de sus corazones dispuestos a superar los obstáculos en el camino… este libro no habría podido ver la luz.

Sin los grupos de educadores, luchadores incansables ante murallas invisibles que impiden la proximidad a la infancia, este libro no sería el espejo de mi interacción con su práctica.

Pero sin el contacto con las pequeñas criaturas, sedientas de amor y empatía, hambrientas de comprensión y de respeto, jamás habría osado escribir por ellas.

Dedico este libro a los peques, con todo el respeto, agradecimiento y amor que me despierta el contacto directo con la primera infancia.

Mi gratitud a mis queridas amigas, que me han apoyado y animado en la realización de este libro, especialmente a Isabel y Arantxa por sus sugerencias.

Y te agradezco a ti, apreciado lector, por dejarte acompañar en la senda de la reflexión y la comprensión de esta etapa crucial del desarrollo infantil.

Ayer y hoy, gracias a mi hija. Mi gran maestra.

INTRODUCCIÓN LA AVENTURA DE ACOMPAÑAR A PADRES Y EDUCADORES

Escribir el libro que tienes en tus manos ha sido realmente una labor apasionante. Apasionante, porque cada letra emana del corazón y se desliza y sustenta en las directas y enriquecedoras experiencias con los niños, los padres y los educadores. Experiencias intensas, que a su vez refuerzan y consolidan los conocimientos teóricos adquiridos sobre el maravilloso universo infantil.

Apasionante, sí. Compleja labor, también.

¿Por qué?

Es un reto tratar este tema enfocado a dos colectivos que, en ocasiones, se encuentran con ciertas dificultades o conflictos para alcanzar la necesaria colaboración activa desde sus diferentes funciones. Entre otras causas de índole institucional, los conflictos más frecuentes entre escuela y familia se deben a la diferente percepción que presentan en relación a la infancia y la educación. Sin embargo, es imprescindible caminar hacia la integración de estos contextos educativos si queremos realmente abrir nuevos caminos a favor del bienestar infantil.

El abordaje de la función de la escuela desde una perspectiva saludable que respete a sus verdaderos protagonistas, los pequeños, requiere, por un lado, una reflexión profunda sobre los modelos de crianza actuales y, por otro, un análisis sobre la necesidad de realizar importantes cambios estructurales a nivel institucional y social. En definitiva, tanto la familia como la institución escolar y la sociedad deben unificar criterios saludables que favorezcan una ampliación de la mirada y de la empatía hacia la primera infancia.

¿Cuál es la realidad de estos dos contextos educativos?

Cada mes de septiembre, año tras año, recibo decenas de correos electrónicos de madres, y algunos padres, que se preguntan angustiadas qué hacer ante el llanto desconsolado de su peque al inicio de la escolarización. Madres que narran sus dudas e inquietudes y que se sienten sometidas a una intensa presión social que no repara en la escucha de las emociones infantiles, sino al contrario, ignora y/o normaliza cualquier reacción «adversa» individual, considerada como molesta para el funcionamiento estandarizado.

Además del inicio de la escolarización y las dudas que suscita, hay que sumar las muchas y variadas inquietudes ante las diversas situaciones que se presentan durante el curso escolar en edades tempranas, tanto para padres como para educadores, como veremos en capítulos posteriores.

El otro contexto que interactúa con la primera infancia tampoco lo tiene fácil. Como formadora de educadores infantiles, he tenido la oportunidad de comprobar la necesidad formativa y de reciclaje permanente que presentan, afortunadamente y cada vez más, algunos centros educativos.

Los propios educadores reconocen que son preparados en la universidad para «educar» y enseñar a los pequeños diversos contenidos y conocimientos, pero que experimentan muchas lagunas en otras áreas imprescindibles para interactuar adecuadamente en la primera infancia. Estos profesionales demandan una mayor comprensión de las necesidades emocionales infantiles para no repetir modelos educativos poco saludables como los actuales. Es decir, modelos que potencian en primer lugar cabezas sin corazón, autómatas sin capacidad crítica y tantos otros problemas que acarrea una educación basada en la razón y escindida de la emoción.

Desde 1993, y durante más de diez años en el programa de Bienestar e Infancia del Ayuntamiento de San Sebastián, he sido formadora de educadores infantiles, más tarde del profesorado de la ESO y por último de profesores de bachillerato y monitores de tiempo libre. Paralelamente, formaba y supervisaba a equipos de profesionales que interactuaban en las denominadas escuelas de padres.

Nuestro objetivo central ha sido unificar criterios que posibilitaran un mayor grado de salud y bienestar tanto en la escuela como en la familia, con el foco de atención centrado en preservar y atender las necesidades emocionales en la primera infancia.

Este gran abanico de experiencias formativas me ha permitido comprobar en vivo y en directo las aspiraciones y limitaciones de estos colectivos que buscaban, y buscan, un mayor conocimiento de los procesos emocionales infantiles (en el caso que nos ocupa) y sus intentos de cambio dentro de una estructura rígida, que constantemente limita las necesarias y profundas transformaciones educativas para garantizar un desarrollo saludable y preventivo en esta etapa crucial del desarrollo.

Ante estas dos necesidades y realidades complejas (padres y educadores), y sin olvidar el mencionado foco de atención central y prioritario que es la primera infancia, tomé la delicada decisión de escribir para ambos colectivos, buscando esencialmente unificar e integrar ambos contextos educativos.

En este sentido, soy consciente de que una lectura empática del presente y complejo tema debe superar ciertas dificultades. Confío en que la lectura y el abordaje conjunto para padres y educadores ayude a sortear cualquier obstáculo que hallemos en el camino, por el bienestar de los más pequeños.

¿Cuáles son los obstáculos o aspectos que hay que valorar?

Se concretan en los tres siguientes:

 El primero: cada contexto familiar o educativo es único, como único es el caso particular de cada pequeño. No se puede generalizar ni realizar afirmaciones globales cuando hablamos de procesos de maduración infantil, debido a que estos procesos no son independientes en sí mismos, sino que responden a la interacción con los dos contextos citados (familia y escuela), de los cuales las criaturas dependen totalmente para su desarrollo y bienestar emocional.

 El segundo: tratar sobre la escolarización temprana conlleva el análisis de muchos factores interrelacionados, que exigen evitar respuestas normativas y simples que pretenden de algún modo y como objetivo final la adaptación infantil a esta sociedad estresada, cambiante y neurótica al precio que sea. Es decir, no deberíamos ignorar las respuestas de resignación o de pseudoadaptación al inicio de la escolarización. Ninguna justificación social o laboral es suficiente cuando se genera sufrimiento innecesario en etapas tempranas. La consciencia de esta situación nos permitirá ir modificando las leyes laborales en lugar de continuar ignorando las necesidades emocionales de la primera infancia.

 El tercero y más importante, el objetivo de este libro, es favorecer una comprensión profunda del proceso madurativo infantil, que favorezca mejorar el acompañamiento a la etapa delicada de edad comprendida entre el nacimiento y los 6 añitos, período de formación del carácter.

Para ello, es fundamental crear nuevos espacios de encuentro real, y no solo teórico, de los dos contextos educativos citados: padres y educadores.

A veces, y aquí estriba la dificultad, padres y educadores interpretan la realidad desde posiciones diferentes, incluso antagónicas, más allá de la probable intención de hacerlo «bien». En esta disparidad de percepción, similar a un divorcio sin acuerdos, el pequeño es el perjudicado.

En definitiva, se trata de superar los obstáculos, caminando hacia la integración de los dos contextos educativos, padres y educadores, estableciendo bases de cooperación, diálogo y objetivos comunes en beneficio de los más pequeños.

Solo desde esa posición y con esa mirada vamos a reflexionar juntos sobre este tema controvertido en nuestra sociedad y de crucial importancia para los peques en edad de «escolarizarse» según los requerimientos sociales y laborales.

Te invito a ir más allá de los propios intereses individuales, personales o profesionales, a abandonar en la medida de lo posible cualquier percepción distorsionada fruto de nuestra propia educación e historia personal, para mirar directamente y escuchar con empatía las necesidades y emociones de las criaturas en formación.

En última instancia, cada lector tomará las decisiones que considere oportunas según sus propias posibilidades, asumiendo la responsabilidad de las mismas en torno al período de educación infantil.

Finalmente, y como en mi anterior libro y en todas las conferencias y formaciones que imparto, señalo un aviso preventivo antes de iniciar la lectura: el sentimiento de culpa.

La culpa casi siempre omnipresente («si lo hubiera sabido antes») es una mala compañía, pues no existe padre/madre perfecto ni educador ni profesional que pueda presumir de ello. Afortunadamente.

Desde la psicología clínica, sabemos que el sentimiento de culpabilidad se estructura en la primera infancia, fruto de la educación recibida. El superyó es una instancia psíquica que se instala progresivamente cuando se interioriza la moral, las leyes y las normas de la autoridad que provienen de los adultos. Cuando este superyó es rígido, nos exige un funcionamiento que choca frontalmente con nuestros deseos y necesidades más íntimas, generando un conflicto que si no es resuelto, recrea un círculo infernal con sentimientos de arrepentimiento, más tarde rebelión, nueva sumisión y así sucesivamente. Las afirmaciones reiterativas de «esto está muy mal», cumplen la función poco educativa de lograr sumisión y obediencia a la autoridad, y dificultan el desarrollo de la actitud crítica y reflexiva que emerge en etapas posteriores.

Como afirmaba el pedagogo escocés Alexander Neill, «la culpa no es una reacción ante la voz de la conciencia, sino saberse desobediente a la autoridad y tener miedo a las represalias».

La culpa engendra miedo, y el miedo, hostilidad a la autoridad. Para sobrellevarlo, se inicia el aprendizaje de la hipocresía, pues pronto aprendemos a quedar «bien» ocultando nuestros propios criterios y nuestra voz interior. Para no ser recriminado, aprendemos a quedar «bien», y pagamos un alto precio al ignorar y reprimir nuestras más genuinas necesidades y emociones por miedo.

El miedo es el polo opuesto del amor.

¿Acaso hay algo de educativo en el miedo y la culpa?

Hay que cambiar la mirada hacia nuestros pensamientos, emociones y actos. En lugar de la culpa, por lo que no hicimos en el pasado o hacemos en la actualidad, tomemos conciencia de nuestra responsabilidad. Es una oportunidad para aprender, reflexionar y evolucionar junto a los grandes maestros: tus hijos o alumnos.

Para acabar, ahora sí, me gustaría hacer unas breves aclaraciones antes de que te sumerjas en el presente libro.

Observarás que indistintamente nombro niño, niña, peque o criatura para referirme a la primera infancia sin hacer distinción intencional de género.

Por otro lado, cito a la «madre» como referente de cuidadora principal, aunque en muchas ocasiones es el padre u otra figura de apego quien sustenta esta representación de atención a las criaturas.

Otro aspecto importante que quiero resaltar especialmente es que este libro está orientado a favorecer la búsqueda de la vía del medio. Adoptar esta saludable posición intermedia es un auténtico arte en las diferentes áreas de nuestra vida y, por tanto, no es nada sencillo: ni el autoritarismo tradicional ni la permisividad absoluta en la crianza y la educación. Ambas posturas son extremos que excluyen cualquier respeto a la primera infancia.

Y, en la misma línea, una apreciación muy importante:

Este libro es inclusivo: va destinado tanto a educadores convencionales como aquellos que acompañan en escuelitas alternativas o libres. De igual forma, está dirigido a los padres-madres que optan por un tipo de escuela u otra.

Pues el objetivo fundamental en la educación y crianza es el conocimiento, la conciencia y el respeto de los procesos madurativos infantiles.

Considero que este amplio y diverso abanico de ópticas educativas puede beneficiarse de las reflexiones conjuntas extraídas de su lectura, posibilitando una mejora en la calidad de la comunidad educativa así como en la función de la paternidad/maternidad.

Se trata de mejorar juntos las diferentes opciones que se presentan en el vasto mundo del acompañamiento y la educación.

En última instancia, soy consciente de la insistencia en algunos conceptos, que, sin ánimo de reiterarlos arbitrariamente, cumplen la función de reforzar gota a gota la comprensión del universo emocional infantil.

Espero que, aunque en algunos momentos te remueva, disfrutes de su lectura como yo de su escritura, y confío en que estas líneas que siguen te permitan potenciar tu amor sin miedo a malcriar, favoreciendo la empatía, durante la crianza y la educación.

Por su bienestar y salud.

1 EL CONTINUUM INFANCIA-ADOLESCENCIA

Los niños de hoy serán los adultos del mañana.

W. REICH

Conocimiento, corresponsabilidad y cocreatividad para buscar soluciones diferentes a problemas recurrentes.

Amor, empatía y paciencia en todo el recorrido del acompañamiento a la primera infancia: base de la futura adolescencia.

Partiendo de estas premisas previas, y teniendo en cuenta lo expuesto en la introducción de este libro, vamos a aventurarnos por el camino de reflexión que tanta controversia y sentimientos encontrados despierta, sin pretender soluciones mágicas a situaciones complejas.

Es un camino largo de transformación que requiere confianza en el proceso, semillas de cambio individuales y modificaciones estructurales profundas desde el punto de vista educativo y social.

Con lo cual, siendo realistas, «los milagros» inmediatos a nivel global son solo una probabilidad, habitualmente poco frecuente aunque no imposible. ¡Quién sabe! Pero ninguna dificultad inicial debería ser una excusa para no transformar lo que esté a nuestro alcance.

Podemos afirmar que no solo es posible, sino necesario intentar cambiar la mirada personal y profesional a la primera infancia, puesto que esta decisión depende solo de nosotros como adultos. Como todo lo reflejado en este libro, el cambio de actitud no responde al requerimiento intelectual de una teoría atractiva y la consiguiente resistencia de «es fácil decirlo, pero hacerlo…». Por el contrario, es una experiencia constatada en muchas familias y educadores, que han logrado dar un salto cualitativo en su posición adulta para integrar y configurar un cambio en la percepción y por tanto en el abordaje de diversos temas relacionados con la primera infancia.

Así que, si sientes que este modelo resuena en tu interior y afina tu percepción, continúa adelante con la actitud de cambio en este camino de transformación creativa hacia una educación más saludable, íntegra y respetuosa con los menores de seis años.

INFORME PISA EN ADOLESCENTES. ¿SOLO CABEZAS?

Recientemente (2014), el último informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), centrado en la competencia matemática, lectora y científica de los alumnos, ha situado al Estado español por debajo de la media de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en los exámenes que tratan de medir las capacidades de los alumnos de quince años.

Por su parte, los adolescentes asiáticos son los que han logrado las mejores puntuaciones: 119 puntos de diferencia con la media y 129 con respecto al Estado español, puntuaciones que representan una ventaja de tres años de escolarización.

Los resultados asiáticos son impactantes. Pero ¿a costa de qué y de quién?

Probablemente, muchos padres y profesores que han leído este informe estarán preocupados por los resultados finales. Sin embargo, también sería deseable valorar la existencia de otros factores que no se evalúan en el informe PISA o en otros informes evaluativos, y que no son de menor importancia.

Reflexionemos juntos:

¿Qué factores determinan que los chinos logren estos resultados?

Los adolescentes del sistema educativo chino dedican todo el día al estudio reglado y extraescolar. Desde las siete y media de la mañana hasta las diez de la noche, la actividad «educativa» es prácticamente continua, restando tiempo a un área fundamental en la adolescencia como es la vida social entre iguales.

Todos sabemos que, salvo excepciones, un adolescente, inmerso y gobernado por las fluctuaciones del sistema límbico a nivel emocional y de los correspondientes cambios hormonales en esta etapa del desarrollo, es muy probable que se resista a llevar semejante ritmo de estudio día tras día, salvo que esté incorporado a su vida desde mucho tiempo atrás.

¿Cuándo comienza la carrera competitiva?

Tal y como analiza Xu Anqi, profesor de la Universidad de Sociología de Fudan, en El País (4/12/2013), «es evidente que los resultados son muy positivos, pero también es cierto que la presión y la competitividad a la que están sometidos los alumnos desde muy pequeños pueden tener efectos negativos en su socialización y en su desarrollo humano, apartados que no analiza el informe PISA».

De hecho, según la Academia de Ciencias Sociales de China, unas 250.000 personas se quitan la vida cada año. No solo eso, sino que en una encuesta realizada en 2008, el 17 % de los estudiantes de secundaria (en la ciudad de Foshan) había contemplado alguna vez la posibilidad de acabar con su vida.

¿Hacia dónde y a costa de qué, y de quién, queremos dirigir a los adolescentes y niños pequeños?

¿Queremos crear genios del intelecto? ¿Cabezas sin corazón? ¿Autómatas que repitan conceptos memorizados sin comprensión integrada ni aproximación a su propia experiencia vital, privados de actitud crítica ante el aprendizaje impuesto? ¿Meros receptores de un conocimiento externo, que ostenta el «saber» no siempre actualizado ni vivo?

Quizá para muchas personas, en este mundo en que vivimos, no haya otra salida que subirse al carro de la robótica y la competitividad.

FORMACIÓN HUMANA O CARRERA RENTABLE

El miedo al futuro incierto a nivel laboral es algo que está presente en nuestro entorno de forma objetiva, dado los índices de paro juvenil y adulto en nuestro país.

Las restricciones actuales al derecho social de acceder a un trabajo digno y remunerado, sin embargo, ¿son motivo suficiente para fomentar la elección de las carreras universitarias con «salida» pero sin motivación? ¿Es suficiente defender la rentabilidad o no de una formación sin reflexión sobre el grado de satisfacción que produce?

Te sugiero que te tomes unos segundos de reflexión sobre lo planteado.

Continuamos. Entonces ¿qué pasa con el aprendizaje? ¿Cuál es su función? ¿Cómo se aprende?

No voy a realizar un ensayo ni un barrido de conclusiones científicas sobre lo que significa aprender. Hay muchos teóricos que han tratado el tema. Pero te traslado una pregunta elemental y profunda que podemos pensar juntos: ¿cómo y qué nos gustaría ofrecer a nuestros hijos y alumnos?

Sin ignorar un amplio abanico de matices, podemos reflexionar sobre dos opciones orientativas desde nuestra función educativa, profesional o parental.

Opción 1

1 Fomentar y ayudar a desarrollar las propias potencialidades y las capacidades internas de los peques y adolescentes, poniéndolas al servicio de la vida con un enfoque global que integre la emoción y el intelecto.

2 Favorecer las relaciones de cooperación frente a la competitividad social cronificada, superando el tópico cultural interiorizado del hecho de competir como algo «inevitable».

3 Rescatar y fomentar criterios de cooperación, para cocrear unas bases educativas basadas en la creatividad, la capacidad de reflexión y el aprendizaje enraizado en la propia necesidad de exploración, que satisfaga la curiosidad y las necesidades individuales y sociales más saludables.

4 Cabezas con corazón: desarrollar las múltiples inteligencias (han sido descritas hasta TRECE INTELIGENCIAS, según la clasificación de Gardner y Armstrong) para percibir lo esencial en la vida, sin miedo a expresar la diferencia, fomentando el «ser razonable con corazón» (siento, luego soy) en contraposición al actual «ser racional cartesiano» (pienso, luego existo), que, por miedo, se adapta de forma mediocre a los requerimientos externos sociales.

Opción 2

1 Fomentar el aprendizaje convencional basado en «funcionar», aprendiendo a memorizar conceptos como autómatas, de manera homogénea, monocromática y masificada, a pesar de los currículos teóricos escolares que defienden lo contrario pero que no se corresponden con la práctica.

2 Evitar el espacio para la reflexión o el cuestionamiento crítico, considerando inevitable o incuestionable la competitividad social y, por tanto, aceptando con cierta resignación el funcionamiento de esta sociedad que pregona la igualdad mientras produce desigualdades cada vez más profundas.

3 Y lo que es más grave, en plena era de la física cuántica y la inteligencia emocional: continuar educando de forma jerárquica bajo el lema latente de «Yo sé, tú no sabes», sometidos al ideal cartesiano de «pienso, luego existo», escindido del respeto y conocimiento de la interacción emoción-intelecto. Solo cabezas que se modelan en la obediencia a veces poco razonable, según los criterios de la autoridad externa.

Ambos caminos coexisten en la actualidad. Cada vez hay más experiencias educativas centradas en la primera opción, con múltiples y ricos matices. Mi experiencia profesional, como puedes comprender, me lleva a estar implicada en esa primera opción, en la que creo sinceramente.

En efecto, si nos preocupa el bienestar y la salud emocional infantil, base de la personalidad adulta, hemos de seguir reflexionando y analizando aspectos que necesitan modificarse, tanto interna como exteriormente.

APRENDER O APROBAR

No se trata de cuestionar el hecho de aprender.

Aprender es consustancial al ser humano. Todo el tiempo estamos aprendiendo en contextos educativos reglados, pero sobre todo en contextos no reglados que son los que más abundan en la vida: la casa, la familia, los amigos, la calle… También es cierto que a veces parece que no aprendamos; por ejemplo, cuando comprobamos que volvemos a tropezar una y otra vez con la misma piedra. Pero esta repetición tiene que ver con nuestro carácter, forjado en la primera infancia, y por tanto con nuestra historia personal, y es harina de otro costal.

Aprender y estudiar son dos conceptos que no siempre representan lo mismo.

«El sistema educativo enseña lo que el profesor sabe, pero no siempre lo que al alumno le interesa y necesita». Frase muy adecuada de un profesor reflexivo.

De hecho, podemos estudiar y haber aprendido muy poco o haber olvidado mucho. Nos ha pasado a la mayoría. ¿Recuerdas cuántas asignaturas han sido olvidadas una vez cubierto el trámite del examen? ¿Recuerdas aquel aburrimiento intolerable que representaba una asignatura que no te decía nada y ocupaba espacio y tiempo en tu mente, con aquel profesor monótono y reiterativo sin ninguna pasión en la transmisión de la información, que generaba un sopor general en la clase? ¿Aquellos profesores mecánicos y fríos, con un monólogo interminable, que se ahogaban en su propio narcisismo y sin ninguna conexión con sus somnolientos y/o resignados alumnos?

Pero por otra parte, ¡sorpresa!

FRACASO ESCOLAR: PROFESORES Y ALUMNOS

¿Quién no ha visto como una materia, aparentemente neutra, se iba transformando asombrosamente, como una oruga en mariposa, y se convertía en una fuente de aprendizaje y de placer gracias a haber interactuado con un profesor dinámico, creativo, capaz de transmitir con la cabeza pero también con el corazón?

Un profesor entregado a mostrar conocimientos, favorecedor de experiencias, que desde la pasión y la entrega intenta contagiar el deseo de explorar y aprender más allá de los confines del aula. Ese profesor que, interactuando con los niños o jóvenes, está más centrado en las necesidades de sus alumnos que en impartir la materia según el protocolo curricular. Ese docente que está abierto a coaprender y aprehender de la realidad de sus alumnos, sin miedo a perder «la autoridad» que, dicho sea de paso, nunca se impone, sino por el contrario, se otorga libremente a través del reconocimiento real de una buena praxis docente.

Estas son las claves de la motivación. Los niños y adolescentes no fracasan. Detrás de cada fracaso escolar, hay una ilusión truncada, una decepción temprana, un alumno aburrido con el sistema de aprendizaje. Por tanto: un sistema educativo o modelo insuficiente o caduco.

Es de todos conocido que no es oro todo lo que reluce. Sabemos que no todos los profesores tienen vocación. Y si la tuvieron, están quemados, estresados y resignados con un modelo que les permite renovarse poco y les reconoce menos. Este problema no es exclusivo del profesorado, está presente en todas las profesiones, médicos, psicólogos, camareros… En definitiva, la motivación y la transformación continua son requisitos indispensables para un ejercicio profesional satisfactorio.

¿Por qué ocurre todo esto? Hay muchos factores interrelacionados, por supuesto. Quizás uno de ellos sea la proyección económica del sistema social. Es decir, el sistema prioriza, elimina o potencia las profesiones que más se adecuan a sus intereses, independientemente de la vocación y motivación de los que están preparados ad hoc profesionalmente. El problema radica en determinar si esa proyección económica contempla, o ignora, la satisfacción y creatividad individual de cada potencial y futuro profesional.

Afortunadamente, hay excelentes profesores que, superando las limitaciones externas señaladas, son un extraordinario ejemplo a seguir, tanto por su calidad humana como por su apertura y riqueza profesional.

En el campo que nos ocupa, veamos estas interesantes y recientes conclusiones:

 «Investigaciones internacionales actuales (diario Información; octubre, 2014), en las que ha participado la Universidad de Alicante, concluyen que el docente puede influir hasta un 25 % en el resultado académico de cada estudiante. La formación y la calidad del profesor en relación a su capacidad de empatía con el alumno y su capacidad pedagógica determinan la eficacia de la enseñanza en el citado porcentaje, más que la mera acumulación de contenidos».

 Otro dato destacable en la investigación citada: «Un profesor de baja calidad tiene efectos acumulativos y prolongados en el tiempo hacia un menor rendimiento académico del estudiante. La influencia de un profesor puede acentuar en contra la motivación del alumno, que, junto con la inteligencia, figuran entre los factores más influyentes en el rendimiento de dicho alumno».

Son datos muy interesantes que hay que tener en cuenta cuando hablamos del llamado «fracaso escolar». No podemos hacer una lectura individual del rendimiento escolar, pues, al igual que en la familia, un alumno es reflejo de la interacción con el profesor y el modelo del centro, como lo es una niña en interacción con sus padres. Todo está interconectado.

Pero, además de la vocación y la capacidad del profesorado, junto con la necesidad de conocer sus propios límites personales para el ejercicio de su profesión, es importante reflexionar sobre la función que cumple en general la educación reglada.

La educación tal y como está planteada, salvo honrosas excepciones, está orientada a funcionar. No es lo mismo educar para funcionar que para ser.

No importa si lo que estudias tiene o no sentido para ti. No importa si está vinculado o no a la experiencia de vida directa o responde a conocimientos momificados o tan abstractos que son vividos como «prehistóricos» para la comprensión de un niño o de un adolescente.

El aprendizaje convencional se convierte en la repetición mecánica de conceptos e ideas abstractas lejos de la experiencia vital, y el sujeto se queda atrapado, alienado en un cúmulo de conocimientos que no dejan lugar alguno para la subjetividad ni la creatividad, y que paradójicamente olvida con la misma rapidez que los aprendió. En definitiva: demasiados años dedicados a la acumulación de información para los pocos resultados aplicables a la vida cotidiana posterior.

Volviendo al informe PISA, debiera ser incuestionable que todo el mundo pudiera tener acceso a una educación libre, gratuita y constructiva. Sin recortes, sin discriminación por razón de raza, género o creencias.

¿Es este modelo, la educación china o la española, por citar dos referencias, el mejor sistema para formarse como un ser humano íntegro? ¿Qué estamos favoreciendo? Veamos ejemplos concretos.

EL TDAH Y LA PATOLOGIZACIÓN DE LA INFANCIA

Reflexionemos juntos sobre este tema tan de moda y tan preocupante por sus consecuencias en la primera infancia: el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad).

Existen demasiados manuales sobre la llamada hiperactividad y el déficit de atención, que, por otro lado, han suscitado una gran controversia. La realidad actual es que, a pesar de la gran cantidad de investigaciones en relación al TDAH, sigue sin existir consenso en cuanto a su entidad.

Unos afirman que es un trastorno neurobiológico, mientras que otros cuestionan la misma existencia de la hiperactividad: la consideran un invento que beneficia claramente a la industria farmacéutica, la cual, a su vez, ejerce una gran influencia en la elaboración y desarrollo de guías de práctica clínica y en el DSM (siglas en inglés del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales).

El sentido común debe despertar en el lector la sugerencia ineludible de recabar el máximo de información antes de tomar la delicada decisión de medicar a una criatura.

Tom Laughern, director de la división de productos psiquiátricos de la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), aporta informes de muerte súbita por infarto en niños menores de 18 años sin riesgo, relacionadas con la toma de estos fármacos (www.ccdh.info). En esa misma dirección electrónica, la FDA ha solicitado a los fabricantes de medicamentos para el TDAH que incluyan advertencias sobre «el riesgo cardiovascular y nuevos síntomas psiquiátricos que pudieran producir».

En nuestro país, los datos de FEDRA (base de datos de los centros de farmacovigilancia de cada comunidad autónoma) recogen hasta el año 2013 un total de 264 sospechas de reacciones adversas (185 graves) al metilfenidato y 104 sospechas (85 graves) sobre la atomexitina. Para ambos fármacos, los efectos notificados corresponden a trastornos de la esfera psiquiátrica, como alucinaciones o incluso casos de ideación suicida.

Por otro lado, la agencia vasca del Servicio de Evaluación de Tecnologías Sanitarias, Osteba, cuestiona la existencia de la hiperactividad como enfermedad y alerta sobre el creciente e indiscriminado uso de los psicoestimulantes para su tratamiento (Informe Evaluación de la situación asistencial y recomendaciones terapéuticas en el TDAH), señalando que las guías de práctica clínica «fallan en aspectos tan importantes como la rigurosidad de la metodología utilizada», y apunta a que están financiadas por la industria farmacéutica.

Cito textualmente a Allen Frances, psiquiatra y presidente del grupo de trabajo del DSM-IV: «el afán de las farmacéuticas por encontrar un nuevo trastorno y convertirlo en moda» ha sido en gran parte la razón de la existencia hoy en día de tres nuevas falsas epidemias de trastornos mentales infantiles: el TDAH, el trastorno bipolar y el autismo.

Aunque considero que el autismo requiere un análisis específico con un diagnóstico adecuado, es muy importante RESALTAR la citada crítica a la industria farmacéutica por parte del presidente del grupo de trabajo del DSM-IV y tener presente su interesante puntualización en esta alarmante tendencia a la patologización de la infancia: «la forma más fácil de predecir que un niño va a padecer TDAH es su cumpleaños. Si eres el más pequeño de tu clase, tienes el doble de posibilidades de padecerlo que si eres el mayor».

Y concluye:

«Estamos transformando la inmadurez en enfermedad, y en vez de tratarla en clase, estamos gastando millones de dólares en medicamentos».

Profesionalmente estoy totalmente de acuerdo con esta dispercepción que considera anormal o patológico la dificultad en la interacción adulto-criatura. Cualquier conducta requiere análisis más profundos, como veremos a lo largo del libro, antes de recurrir a la medicalización de la infancia.

Coincido también con Marino Pérez Álvarez (catedrático del Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo y psicólogo clínico) cuando cuestiona si la hiperactividad y el trastorno bipolar infantil «son entidades clínicas o en realidad son problemas normales con los niños o ni siquiera problemas que, sin embargo, se patologizan». Este catedrático (coautor del libro Volviendo a la normalidad) cita a Sami Timimi (psiquiatra infantil británico que acuñó el término «mcdonalización de la infancia») para referirse a la tendencia a diagnosticar el TDAH y el trastorno bipolar infantil en los problemas normales de conducta que los adultos tienen con niños y adolescentes.

Estos problemas, en general cotidianos, acostumbran a estar relacionados con la atención y las tareas que «deberían» ser realizadas por el hijo o el alumno según el criterio adulto.

El extremo del sobrediagnóstico se ha evidenciado con el intento de patologizar las rabietas y berrinches de los peques, así como los cambios de humor, considerados como «trastorno de la desregulación disruptiva del humor» (DSM-V) y que tanta indignación ha despertado, afortunadamente, en círculos clínicos (en los que me incluyo) y también familiares.

En la interacción con la primera infancia, surgen muchas dificultades que guardan relación con una multiplicidad de factores: la expectativa del adulto, el modelo de crianza y educación, el desconocimiento de los procesos emocionales y la historia personal del adulto, entre otros. Estos factores permiten comprender la frustración adulta ante los intentos fallidos de solucionar «un problema», y la razón por la cual el diagnóstico de TDAH supone un alivio y una solución para los profesores, los padres, los clínicos y los políticos, debido a que todos estos colectivos encuentran una respuesta tranquilizadora al «problema».

Una vez realizado el diagnóstico, si el niño es «un TDAH» (España se encuentra a la cabeza del diagnóstico de este trastorno), comienza el proceso de medicalización, con todas las consecuencias que representa para la criatura o el adolescente semejante dopaje.

Sin negar la existencia del trastorno en algunos casos, es sorprendente la proliferación actual de diagnósticos, los cuales corren en paralelo al aumento de medicación en nuestro país. La OMS reconoce un aumento significativo de prescripciones de psicofármacos directamente proporcional al número de diagnósticos de hiperactividad. La economía de la industria farmacéutica está sospechosamente en alza.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos si es una solución tratar de patologizar los problemas de conducta para medicarlos. ¿Es ético?

Hay otra solución menos lucrativa, pero más humanizada y profunda: cada problemática necesita ser contextualizada adecuadamente y de forma prioritaria en cada interacción familiar o escolar. Pero esta opción interesa bastante menos, pues exige más. Exige cambios que implican también a los adultos que se relacionan con la primera infancia, así como al sistema social en su conjunto.

La medicación debería ser el último recurso de los recursos y solo y exclusivamente después de haber sido ampliamente contrastada y fundamentada. Hasta la fecha, en mi consulta no he necesitado, afortunadamente, derivar a familias a un diagnóstico de TDAH.

Recuerdo a una adolescente de quince años que sus padres me presentaron como «una TDAH». La iban a medicar, pero antes quisieron que la viera. A través de las entrevistas clínicas y otros medios diagnósticos, observé que la chica solo reclamaba una atención que no recibía de forma adecuada. Realmente, no podía concentrarse, pues ni los estudios la atraían suficientemente (bastante habitual en la adolescencia) ni se sentía entendida por sus padres. En concreto, su madre descalificaba cualquier acto de autoafirmación de la chica. Tergiversaba los hechos en presencia de su hija y de su marido, hasta que se evidenció un fuerte sentimiento de rechazo materno que la chica sufría en silencio. Solo le quedaba buscar la alianza del padre, muy ambivalente, al estar presionado por la madre.

Después de varias sesiones, la alianza entre padre e hija fue tan evidente que las conductas que tanto molestaban a los padres fueron desapareciendo a través de acuerdos y cambios ante la dificultad de comunicación. Cuando la hija comenzó a mejorar y debíamos empezar a tratar la relación con la madre, no volvieron.

Sin embargo, la hija llamó un día a la puerta de la consulta para comunicarme que se sentía mucho mejor y que estaba muy agradecida. Le ofrecí mi apoyo siempre que lo necesitara. Semanas después, supe que finalmente la estaban medicando y su capacidad de concentración había mejorado. Atrás quedó sepultado el origen de su malestar adolescente.

En otros casos, en la mayoría de las «sospechas» presentadas sobre dicho trastorno, las dudas sobre el mismo se han desvanecido al resituar el llamado problema en otro nivel de comprensión más profundo, es decir, en el abordaje de la crianza y la educación desde una perspectiva de salud.

Eso no significa que niegue la existencia del TDAH. Cuestiono la etiquetación superficial de problemas en la comunicación, interacción y comprensión de las dinámicas familiares y escolares, que se taponan tras la medicación. Pues, desgraciadamente, es mas fácil medicar a una criatura para que se concentre que cambiar el modelo educativo o familiar.

Aulas y movimiento

Vamos a tratar el par «educación infantil-inmovilidad».

En sentido progresivo, desde la educación infantil hasta la primaria, en gran parte de los centros escolares las expectativas del adulto para el aprendizaje escolar se relacionan con cierto grado de inmovilidad (por no decir de total inmovilidad), salvo en los recreos establecidos o en las actividades deportivas.

Probablemente os sonarán bastante estas sugerencias destinadas a mantener el orden: «Siéntate en tu sitio», «Calla y escucha». Con las variantes que queráis colorear, estas indicaciones reflejan las expectativas que se persiguen para, entre otros aspectos, considerar a un niño como «bueno y educado». De lo contrario, el recurso más utilizado para lograr dicho objetivo, en los casos de comportamiento disruptivo o molesto, es la «silla de pensar». También hay otros métodos eficaces para el momento puntual, pero igualmente dudosos en cuanto a su función educativa y a las emociones que suscita en la personita que lo sufre, como veremos más adelante.

Tiene lógica que en aulas masificadas de veinte o veinticinco pequeños, y con la presencia de uno o dos educadores, mantener el silencio y cierto orden ante la presión del currículo a seguir se convierta en un reto complejo para el educador: o están quietos o difícilmente se puede cumplir el programa. En estas situaciones, muchas veces el sentimiento profundo de impotencia se apodera también de los educadores con buena disposición para atender las necesidades emocionales infantiles.

Pero si en lugar de comprender solo la realidad del adulto en este contexto reglado educativo (por supuesto, hay otros espacios educativos más libres), que sufre de ratios abusivas para un buen ejercicio profesional, nos situamos también en las etapas evolutivas de la infancia, en las que el movimiento es central como aprendizaje exploratorio, convendría plantearse si es realmente saludable que en los centros infantiles se limite la necesidad natural de expansión de los niños (con su vitalidad) durante cinco largas horas escolares, «aprendiendo» sentados en sillitas y «atendiendo» cuando lo que quieren es… ¡solo jugar = aprender! Afortunadamente disponen de un recreo como descanso reglado y limitado, y quizá de psicomotricidad. Pero ¿es suficiente?

Tenemos dos problemas. El del profesorado que necesita otras ratios en sus aulas, con menos niños para mejorar la calidad, y el de los peques, que sufren las consecuencias de un sistema que dispone de profesorado en paro y paradójicamente masifica las aulas. Ya sabemos las razones económicas que sustentan semejante incoherencia.

Por tanto, no siempre las alteraciones de la conducta infantil responden a una supuesta hiperactividad. En ocasiones, la dificultad radica en mantener cierto orden y silencio en un aula con un alumnado excesivo y elevada exigencia para las educadoras.

Ante un niño movido que llama la atención, la tentación de considerar un TDAH es alta. Ya hemos visto que no se trata de negar este trastorno, pero tampoco trivializar los diagnósticos y estigmatizar a una criatura sin suficiente justificación. En realidad, en muchas ocasiones, es la ignorancia de los procesos emocionales y las necesidades vitales infantiles lo que lleva a la desesperación a padres y educadores, y promueve tratamientos de dudosa eficacia, y de grandes consecuencias, para abordar la problemática de fondo.

Toda criatura sana necesita movimiento.

La emoción representa un movimiento de dentro hacia fuera (etimológicamente, del latín ex movere), y los menores de seis años se encuentran regidos por el sistema límbico (sede de las emociones en la estructura cerebral) en clara oposición al funcionamiento adulto que despliega sus potencionalidades neocorticales (intelecto, razonamiento, etc.). Carece de sentido la expectativa adulta de inmovilidad durante el aprendizaje.

Los niños pueden y están capacitados para permanecer concentrados, si la actividad atrapa su atención. Pero no responden igual ante el aprendizaje mecánico y estructurado.

En las aulas infantiles, el día podría comenzar con una actividad en movimiento: música y danza, deporte, yoga, etc.; seguido de una asamblea para compartir y crear un clima de acogida que favorezca el resto de actividades. Lo veremos en capítulos posteriores.

Si los educadores tienen cierta formación en dinámicas grupales, pueden generar un clima de colaboración y de escucha mutua basado en el respeto, base fundamental para desarrollar cualquier aprendizaje.

Familia y movimiento

Imaginemos la siguiente escena, bastante habitual:

Inés tiene tres años y medio. Ha estado en el cole y también se ha quedado al comedor, pues sus papás trabajan. Sus padres han estado realizando sus funciones laborales todo el día y recogen al final de la jornada a su pequeña en casa de la abuela. La niña, al ver a sus padres, se revoluciona y comienza a moverse, a saltar y a hacer cosas que «no debe». La abuela dice: «con lo tranquila que estaba hasta que habéis llegado vosotros…». La niña no para y continúa la actividad motriz en la casa, incluyendo alguna descarga emocional, llamada «rabieta», cuando los padres y la abuela le recriminan tanto revuelo.

¿Qué le pasa a esta pequeña? ¿Es su movimiento, sus carreras, sus subidas y bajadas un trastorno del comportamiento? Por supuesto que en el TDA hay muchos más factores a tener en cuenta. Pero es tan fácil aplicar inadecuadamente este concepto tan delicado en las actividades cotidianas que se nos escapa de las manos.

Los padres observan, se preocupan y llegan a pensar que tiene «algo» que no es normal para reaccionar así.

¿Os suena?

¿Es hiperactividad lo que tiene el pequeño que desarrolla más actividad motriz al ver a sus padres cuando regresan del trabajo?

Comprendemos a los adultos, madres y padres, que llegan cansados de la jornada laboral y a los que habitualmente les esperan también las labores del hogar, y lo que menos desean es jugar, subir, bajar, explorar… con esa energía incansable para el juego vital de los peques y que pone a prueba a cualquier adulto.

Pero ¿es hiperactividad el deseo expansivo de jugar y compartir el juego con sus papás? Claro que no. Sin embargo, hay mucha confusión. Por ello, insisto en un serio y riguroso diagnóstico, sin caer en estigmatizaciones prematuras en los numerosos casos que no responden clínicamente a ese trastorno.

Caso concreto

Con los grupos de padres tenemos grandes oportunidades para tratar cualquier tema relacionado con la crianza y la educación. La consulta también es un espacio privilegiado para atender a familias preocupadas por una posible hiperactividad de los hijos.

En una sesión de grupo de padres, tuvimos ocasión de ver con diáfana claridad un caso que se encaminaba ya a la búsqueda de un diagnóstico que corroborara un posible trastorno de hiperactividad, según la opinión de los padres.

A través de la exposición pormenorizada de la situación, así como de la aplicación de técnicas activas, el «problema» desapareció en el acto.

El padre, en el role playing, pudo escenificar su modo de interacción con su hija en escenas de la vida cotidiana. Fue muy evidente para todo el grupo el ejercicio de control que desarrollaba sobre el movimiento de la pequeña de dos años, con un constante ejercicio del NO:

«No toques eso. No te subas a la silla. No corras. No te metas eso en la boca…», para finalizar con una elevación clara de la voz al decir: «¡Cuántas veces te he dicho que pares quieta ya! ¡Para!». Curiosamente, desde la observación grupal, el verdadero «hiperactivo» era el padre, con un intenso despliegue de movimientos muy poco operativos y extenuantes.

En la verbalización durante la sesión siguiente, el cambio fue total. ¿De quién? Primero de la percepción de los padres y, por tanto, de su actitud, y finalmente de su conducta.

Inmediatamente, y como consecuencia de ese cambio de actitud y percepción, se disolvió el problema. Problema que, dicho sea de paso, realmente no existía. Es más, como tantas veces ocurre, dicho «problema» responde y se genera como consecuencia de la expectativa educativa de padres y educadores sin contemplar el momento evolutivo de cada criatura.

¿Cómo se resolvió? Durante el siguiente mes los padres observaron el movimiento, inicialmente «caótico», como necesidad de descarga y expansión de la pequeña, sin necesidad de marcarle y limitarle su expresión con un «no» reiterativo que hasta entonces solo lograba provocar el efecto contrario al esperado. Una vez descargada la tensión y la necesidad de la pequeña, solo pedía brazos, mimos y recogimiento materno. Progresivamente, esa conducta fue desapareciendo a medida que el «no», como limitación sin ninguna discriminación, fue reduciéndose.

Aprovecho la ocasión para manifestar que el NO debe ser homeopático, como señalaba en mi anterior libro Amar sin miedo a malcriar. Es decir, en muy pequeñas dosis, y cuando es realmente necesario. El cambio es asombroso, y casi milagroso o mágico, cuando los padres y educadores comprenden esto. Se puede limitar e incluso prevenir una conducta sin el reiterativo «no». Es más, el «no» automático y repetitivo no es educativo. Y provoca el efecto contrario al deseado. En Amar sin miedo a malcriar, profundizo más en este tema tan importante, que tantos conflictos acarrea y que habitualmente se identifica con «los límites». Los límites son necesarios, pero el cómo, cuándo y por qué son esenciales. Este es uno de los talleres más demandado por padres y educadores.

Finalmente, y a modo de llamada de atención ante este tema tan delicado y controvertido, quiero volver a la cuestión del gran negocio desarrollado por las grandes industrias farmacéuticas ante diagnósticos poco rigurosos y contrastados de TDAH, como muchos informes e investigadores han hecho notar. Se medica a niños de dos añitos que necesitan moverse o que «desobedecen» (están en una fase del desarrollo concreta, como veremos más adelante), ignorando las graves consecuencias para la salud física y emocional del pequeño. Se medica a adolescentes, que están perdidos o buscando su propia identidad y camino en la vida. Pero hay que tener muy presente las posibles relaciones entre los índices de suicidio y también de homicidio que nos llegan desde Estados Unidos en adolescentes sometidos a este tipo de medicación. Nuevamente, sugiero una profunda y adecuada búsqueda de información antes de dar el paso a la medicación, salvo en casos estrictamente necesarios y probados que no deseen recurrir a la medicina alternativa.

La sociedad nos educa para blindarnos ante las emociones y las respuestas de malestar de la infancia. Todo lo que molesta hay que eliminarlo. No interesa llegar a las causas del malestar, sino suprimir los síntomas para continuar con un funcionamiento «normalizado», sin reparar si responde a la salud óptima (placer de vivir) o al «funciona, adáptate y haz las cosas “bien”».

LA INFANCIA ATERRIZA EN LA ADOLESCENCIA

Las dificultades y los miedos o dudas de educadores y padres no acaban en la primera infancia ni en la segunda. Claro que no. Tampoco las alegrías y las satisfacciones, que las hay, afortunadamente.

El desarrollo de un ser humano responde a un continuum, tanto en el plano psíquico como en el somático y social. La maduración psicoafectiva humana conlleva un proceso largo y profundo, y todas las etapas merecen atención.

Sabemos que la adolescencia es una etapa delicada. A veces es una etapa temida, tanto por los padres y los educadores como por los propios adolescentes.

La adolescencia ha sido llamada «enfermedad transitoria» de forma coloquial, sin embargo, no lo es. Es una etapa de profunda transformación, que genera en ocasiones un diluvio de emociones y también sentimientos de confusión en el camino hacia la búsqueda de la identidad personal y única del adolescente.

Son muchos los factores que explican la vivencia de cada adolescente. Las nubes y los claros, las borrascas y las tormentas, el deseo de experimentar y encontrar la propia identidad son en parte fruto de las experiencias previas vividas en todo el proceso de maduración infantil. La adolescencia es ese tránsito cuántico de la infancia a la adultez. Ese pasaje intenso y rico que eclosiona en el plano emocional, hormonal y corporal durante el proceso de llegar a ser un joven. Joven que se abre a la vida con ilusión o llega demasiado herido y escéptico, lleno de miedos que le dificultan el camino para seguir madurando y aprendiendo de sus experiencias íntimas e interactivas con los demás.

Eligiendo el porvenir

¿Cómo es posible que el adolescente, sumergido en sus crisis y en la búsqueda de la propia identidad, se vea obligado a elegir su porvenir, sin experiencia previa, entre multitud de carreras en las que se valoran las «salidas» profesionales más que la capacidad, la satisfacción laboral y, sobre todo, el don para la profesión?

Muchas veces los adolescentes que son escuchados se quejan de que estudian temas que no les hacen vibrar, lejanos, repetidos, aburridos, y lo viven como un trámite inevitable, que ahoga e impide que nazca la motivación real. De esta forma se sumergen en la oscuridad sus potencialidades formativas y sus intereses reales en esta vida.

En los grupos de madres/padres de adolescentes, abordamos con frecuencia esta problemática: «No quiere estudiar, dice que es un rollo». «Está todo el día con el móvil». «Me han llamado del centro, diciendo que puede mucho más pero que no quiere». «He recibido una nota en la que me citan por su mala conducta». Y así múltiples ejemplos más. En la actualidad, se ha acuñado el concepto de «Ni-Ni» para los casos de desmotivación total.

¿Son vagos y maleantes? ¿Desobedientes? Es muy probable que en muchos casos (cada persona es un universo a analizar) sea una señal de alerta, a veces convertida en alarma, que está reflejando su malestar y desconcierto adolescente ante un mundo adulto que ha olvidado que también atravesó esta etapa.

Apreciado lector: Quizá recuerdes lo costoso que te resultaba en la adolescencia estudiar el latín o el griego. ¿O eran las matemáticas? O quizá la historia de siglos pasados, muy pasados en el tiempo para tus inquietudes adolescentes. Quizá disfrutaste mucho con alguna materia o excepcionalmente con todas.

Si en la infancia los peques responden a lo que no les interesa, buscando el juego, molestando a sus iguales o llamando la atención por aburrimiento o desconcierto, en la adolescencia las respuestas de malestar son más evidentes todavía.

En el instituto, cualquier asignatura impartida por un profesor que, o bien no motiva, o bien vuelca conocimientos sin alma, en términos de «es un conocimiento necesario para tu formación», pasa directamente a la papelera virtual de un adolescente sumergido en las inquietudes propias de la edad. He señalado en páginas anteriores las investigaciones de la Universidad de Alicante en relación a la función del profesor y el fracaso escolar. Pero ¿fracaso de quién? La situación es mucho más compleja como para zanjarla responsabilizando al adolescente casi en exclusiva.

En el polo opuesto, algunos adolescentes se centran en los estudios y parecen disfrutar de esos conocimientos intensamente, relegando las actividades sociales y otras inquietudes a un segundo plano.

En ocasiones, el estudio constituye un refugio ante las dificultades en las relaciones sociales, y también hay que tenerlo en cuenta. No es suficiente la relación en las redes. Lo virtual no sustituye a lo personal.

Es decir, a la hora de analizar cualquier situación, vivencia o conducta de una persona, hemos de tener presente que responde a múltiples factores, caracteriales, familiares y sociales, y no deben darse respuesta globales a situaciones individuales.

Esta constatación de las diferentes realidades adolescentes no significa que creamos que no haya que estudiar. Nada más lejos. Hay que formarse. Pero teniendo en cuenta, en qué y cómo, respetando la etapa madurativa, los intereses y capacidades individuales, así como la realidad familiar.

Continuando con nuestra experiencia personal, es probable que una vez pasada la tormenta, o quizá simplemente los nubarrones puntuales durante la adolescencia, tuvieras la fortuna de experimentar un cambio cualitativo de actitud al llegar a la universidad o a la formación profesional. Quizá las nubes se disiparon y viste los intereses algo más claros, pese que a veces la elección de la carrera o profesión no fuera la idónea por desconocer todavía «qué quiero ser de mayor».

Son pocos los privilegiados que dieron con su vocación y disfrutan enormemente de su trabajo. El grado de satisfacción en relación a la vocación adecuada contrasta con los que viven el trabajo como mera forma de supervivencia.

Gran diferencia, ¿no crees?

Todos, absolutamente todos, tenemos dones y capacidades específicas, que no siempre responden a las expectativas familiares o sociales. Sentir que estás en el camino adecuado para desarrollar tus potencialidades permite ofrecer lo mejor de ti mismo, y eso produce una enorme satisfacción. Puesto que hay que trabajar, que sea desde una función gratificante.

OTRO PARADIGMA EDUCATIVO ES POSIBLE: ADOLESCENCIA

Desde la física cuántica, como nuevo paradigma científico, se han revolucionado muchos conceptos estáticos y compartimentados de la percepción mecanicista de la vida.

Gracias a la física cuántica sabemos que el observador no es independiente de lo observado. Somos cocreadores de nuestra realidad. Esto implica un cambio de paradigma, que posibilita que nuestra conciencia se vaya expandiendo más allá de nuestras fronteras actuales de pensamiento.

Sin imaginar nuevos escenarios, nada cambiará.

El cuento que Carlos González Pérez menciona en su libro Veintitrés maestros del corazón es un buen ejemplo de ello:

Érase una vez tres gusanos de seda que ignoraban su futuro como mariposas. Sus nombres eran: Pesimista, Realista e Idealista.

Se les acercaba la hora de su transformación y empezaron a sentir los primeros síntomas. Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba a gran velocidad y, finalmente, sintieron como el capullo les aislaba del mundo conocido, de la seguridad de lo cotidiano. En la oscuridad del misterio de su futuro, tuvieron pensamientos distintos:

Pesimista se dijo a sí mismo que estaba viviendo el final de su vida y en lo más profundo de su sentir, se despidió de los buenos momentos.

Realista se dio ánimos diciéndose que todo aquello sería momentáneo y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad.

Idealista sintió que, aquello que le estaba ocurriendo, podría ser la oportunidad para que se cumpliese su sueño más preciado: poder volar. Y aprovechó la oscuridad para perfeccionar sus sueños.

Cuando los tres capullos se abrieron, dejaron ver tres realidades iguales y distintas a la vez…

Pesimista era una bellísima mariposa, pero… estaba muerta… Había muerto de miedo.

Realista era una hermosísima mariposa, pero… a pesar de ello empezó a arrastrarse como cuando era gusano. Con satisfacción dio las gracias al cielo por haber podido seguir igual.

Idealista, nada más ver la luz del día, buscó sus alas… y al verlas, su corazón rezumó alegría, emprendió el vuelo y dio las gracias, repartiendo su dicha por todo el bosque.

¿Qué mariposa eres tú?

El sistema educativo actual no permite la cocreatividad en el instituto ni en la universidad. Las asignaturas son las que son y los exámenes o trabajos en grupo son la forma de evaluación habitual.

Cuando un adolescente finaliza la ESO o el bachillerato, parece impensable en nuestro país la simple idea de que viva un año sabático, es decir, no reglado. Año que podría dedicar a aprender inglés, a experimentar o, simplemente, a viajar. ¡Impensable! ¿Y si luego no quiere hacer nada? ¿Y si se pierde? ¿Y si…? De «y si…» está el mundo de los miedos lleno.

Por supuesto que esta posibilidad no es una regla para todos igual. Hay adolescentes que prefieren seguir el ritmo académico y tienen claro lo que quieren. Excelente.

Pero para aquellos que están confundidos, ¿qué sentido tiene empujarles a que «hagan cualquier cosa» aunque no les motive realmente?

A los dieciocho años, tener la oportunidad de hacer un parón con objetivos experienciales o de búsqueda personal se considera una «pérdida» de tiempo.

Pérdida de tiempo por no seguir el mismo ritmo académico como los demás, aunque ese ritmo implique elegir porque hay que elegir. Eso sí es pérdida de tiempo. Y también lo es si permanecen en casa viendo la televisión o conectados a las redes sin mayor búsqueda personal.

Sin embargo, darse la oportunidad de buscar, trabajar si es posible, viajar, aprender idiomas, conocer otras realidades… les da la experiencia de la universidad de la vida.

En muchos países de Europa, los jóvenes dedican un tiempo a viajar o a aprender alguna habilidad antes de elegir una carrera o profesión. Necesitan «tiempo» para sentir, experimentar y decidir sobre su futuro profesional.

En los grupos de padres de adolescentes, comentamos que las asignaturas que estudian a esa edad deberían partir de temas relacionados con la mayor proximidad a sus intereses actuales, para, poco a poco, retomar las raíces históricas del saber y del conocimiento. Realmente, es en la universidad o en los módulos profesionales donde emerge el verdadero interés por ampliar los conocimientos, si este aprendizaje responde a la motivación interna. El libro Veintitrés maestros del corazón, mencionado anteriormente, es una prueba experimental, entre otras, que demuestra la posibilidad de aprender de forma inteligente y gratificante en la adolescencia.

Realmente, el adolescente tiene poco interés por lo que pasó en siglos pasados. Lo viven como conocimientos «muertos».

Necesitan buscarse a sí mismos, y solo desde ahí pueden enlazar con otros conocimientos de forma más dinámica.

El otro día me llegó este correo electrónico que transcribo literalmente. Es una escena de una clase de un instituto de la Comunidad Valenciana, pero podría ser de cualquier otra:

Clase de Lengua

Miércoles, 11:10 h, en un instituto de secundaria. Una profesora de lengua llega a clase después del recreo, abre la puerta, todavía no hay nadie en clase…

La profesora: Otra vez lo mismo, estos chicos no son nada puntuales, llegan tarde y perdemos más de diez minutos en sentarnos, callarnos…

—¿Otra vez tarde? ¡Os tengo dicho que cuando suene el timbre tenéis que subir a clase rápidamente! ¡No podemos perder tanto tiempo! Venga, abrid el libro por la página 57. Recordad que el lunes expliqué el sujeto y el predicado…

—¡Yo no me acuerdo de nada!

—¡Yo, sí, recuerdo que fue un rollo insoportable!

—¡Silencio! Como iba diciendo… En una oración, el sujeto es la parte de la cual se predica o anuncia algo, y su núcleo es un sintagma nominal. El predicado, en cambio, es lo que se dice del sujeto, y su núcleo es el verbo.

—¡Pues yo sigo sin entenderlo!

—A ver, piensa en esta oración: «Juan come peras». ¿De quién estamos hablando? ¿Quién realiza la acción? El sintagma «Juan» será el sujeto.

—¿Juan es un sintagma? Yo creía que era mi primo.

—Seriedad, por favor. Y lo que Juan hace será el predicado. ¿Más claro? Hala, pues ahora haced los ejercicios 1, 2 y 3 de la página 57.

—¿Los tenéis ya…? ¿Ya están…? Venga, todavía tenemos que corregirlos y falta poco para que se acabe la clase… Bueno, ya habéis tenido suficiente tiempo, ¡corregimos!

Existen otras formas de aprender. Otras maneras de integrar los conceptos sin estar escindidos de la vida. Otras posibilidades de motivar e incentivar desde la realidad del adolescente.

CONFLICTOS EN LA ADOLESCENCIA

No es el objetivo de este libro centrarnos en el devenir de la adolescencia, pues merece la elaboración de otro trabajo. Sin embargo, es elemental no olvidar que el adolescente fue antes niño. Es decir, cada adolescente es el reflejo de su historia infantil, su estilo de apego y sus interacciones sociales. Por tanto, un «óptimo funcionamiento emocional y social en la niñez puede propiciar las bases para un adecuado desarrollo en la adolescencia y adultez» (John Bowlby, 1998).

Es muy probable que un adolescente marcadamente conflictivo no haya disfrutado de un apego seguro en la infancia. Voy a citar un estudio que nos puede ayudar a comprender la relación entre los problemas de conducta de los adolescentes y la importancia con las relaciones parentales:

En una investigación (Madina y Palacios, 2002) con chicos de 12-14 años por medio de entrevistas clínicas, los resultados revelaron que los adolescentes con relaciones parentales no cercanas tenían conflictos en un 45 % con los padres y un 30 % con las madres. Estos chicos manifestaban, en el 71 % de los casos, problemas comportamentales en la escuela, la calle o la casa. Y un 90 % mostraba poco interés al contacto emocional cercano, además de una gran desconfianza hacia los demás.

El apego inseguro representa un factor de riesgo, determinante en estas edades. Los padres que son inconsistentes o rechazantes generan ira e inseguridad en el niño y el adolescente.

Dozier (1999) realizó una investigación en la que señalaba la relación del patrón de apego rechazante (adulto-adolescente) con la personalidad antisocial, abuso de drogas y trastornos alimentarios. Por el contrario, el apego seguro (Yela, 2000) desempeña una función de protección, estabilidad y seguridad durante la adolescencia.

Como vemos, las conductas adolescentes no son casuales. Como cualquier otra etapa de la vida, responden a situaciones multifactoriales, pero el tipo de apego del adolescente es un elemento esencial para comprender la dinámica familiar o escolar. Más adelante, en el capítulo 3, ampliaremos algunos conceptos de la teoría del apego.

ALGUNAS CLAVES COMO PLATAFORMA INICIAL

En síntesis, señalo algunas premisas para la reflexión de profesores y padres:

 El adolescente está inmerso en un universo cambiante e inquietante. Se pregunta cuestiones existenciales sin respuesta definida y cuestiona las normas existentes. Poco le motiva repetir conceptos o escuchar pasivamente. Más allá de la necesaria innovación e incorporación de las técnicas audiovisuales en el aula y los accesos a la información actual, el adolescente necesita la interacción. Necesita poder rebatir, cuestionar y comprobar por sí mismo el conocimiento, los valores y las normas transmitidas socialmente en su búsqueda de identidad personal.

 La función del profesor es partir del saber del adolescente e integrarlo en su práctica docente. Es decir, priorizar lo que le interesa al adolescente e incorporarlo al aula, por encima de sus propios monólogos del conocimiento. Un profesor ha de ser creativo para impartir los conocimientos que los adolescentes demandan y no un reproductor de datos. No se trata de impartir lo que sabe, sino lo que el adolescente necesita.

 La educación necesita ser mucho más dinámica. Más participativa. Con espacios asamblearios semanales para compartir y debatir la vivencia de la propia transmisión de la enseñanza en la comunidad educativa y los aspectos relevantes de la vida cotidiana. Los delegados de clase cumplen en muchos casos una mera función simbólica, en lugar de representar los intereses de los estudiantes.

 Se debe incluir la posibilidad de que los adolescentes puedan evaluar, desde una base de respeto (la misma que se merecen), la calidad docente de sus profesores, e incluso sugerir propuestas de mejora. ¿Por qué no? Estamos demasiado acostumbrados a ser evaluados pasivamente, cuando la realidad escolar necesita una evaluación constante y recíproca del hecho de aprender-enseñar, para mejorar la calidad y la satisfacción del profesorado y alumnado.

 En los institutos, los adolescentes deben contar con espacios diarios en el aula para resolver conflictos, incorporando técnicas dinámicas que favorezcan la escucha activa y el respeto ante las opiniones de los demás (role playing). Para ello es imprescindible que los propios profesores se capaciten para crear dinámicas grupales que fomenten el aprendizaje adecuado para la resolución de conflictos. Es la mejor manera de formarse en actitudes democráticas reales, no solo teóricas. Recordemos que la autoridad se otorga, no se impone.

 Los profesores deben capacitarse para favorecer dinámicas que fomenten la cooperación frente a la competitividad, favoreciendo un clima grupal de colaboración e integración de todos sus miembros.

 Es imprescindible ampliar el conocimiento sobre las diferentes inteligencias (H. Gardner), especialmente la emocional, clave en todas las etapas evolutivas. Escuchar la emoción del adolescente, sin juicio, es un arte que posibilita la comprensión de la conducta y favorece la búsqueda de soluciones reales ante cualquier dificultad. Valorar las diferentes inteligencias que no guardan relación exclusiva con la intelectual permite la expresión de capacidades sorprendentes en muchos adolescentes que «fracasan» según las exigencias de un modelo rígido e intelectualizado.

 La institución escolar, en función de sus posibilidades, debe potenciar viajes que acerquen la vida a las aulas, en relación a los temas abordados u otros que susciten interés formativo de los propios adolescentes. Dos o tres excursiones durante el curso escolar no son suficientes. Los intercambios educativos con otros países favorecen la interculturalidad y abren las fronteras para la interconexión humana, y son medios preventivos necesarios para evitar la xenofobia.

 En situaciones de conflicto o dificultad escolar, trabajar en equipo con la familia, de forma precoz y preventiva ante las primeras señales de malestar, evita las expulsiones y castigos fruto de la ausencia de recursos educativos inclusivos. Detrás de cada adolescente hay una historia familiar y otra escolar. Llegar a las causas de la problemática no solo es asunto de la psicóloga escolar o asistenta social. Familia, centro y adolescente deben buscar soluciones conjuntas en un abordaje sistémico, no solo individual.

 Se requiere un tutor de resiliencia y un compañero de resiliencia en el aula, a quien el adolescente pueda acudir en caso de necesidad o conflicto. Este concepto proviene de la teoría del apego y cumple una función de apoyo fundamental ante las adversidades de la vida, posibilitando la transformación de situaciones dolorosas en aprendizaje positivo. El tutor y el compañero pueden ser elegidos previamente en los primeros meses de clase, de forma anónima o propuestos directamente, según cada situación concreta y cada centro. Su función desde una alianza real es escuchar, empatizar y colaborar en la búsqueda de alternativas ante situaciones de conflicto o sufrimiento. Muchos sentimientos de exclusión y marginación, así como acosos escolares encubiertos, pueden encontrar en este recurso una salida satisfactoria como ya hemos comprobado en la práctica.

 Todos los programas preventivos son fundamentales: los programas puntuales sobre temas diversos son necesarios, pero insuficientes. Desde la perspectiva del continuum, la formación preventiva y formativa se inicia en la infancia, favoreciendo la continuidad y la coherencia, hasta la adolescencia. Estos programas deben formar parte del currículo de las escuelas y los institutos. Son muchas las opciones formativas, pero resaltaría la importancia de:Formación en el abordaje psicosexual (fases del desarrollo) desde la infancia hasta la adolescencia, como base de una sexualidad saludable y al mismo tiempo como medio eficaz para la prevención de la violencia de género.Información adecuada y suficiente sobre el abuso de sustancias y sus consecuencias desde primaria.Formación en el cuidado y respeto del medio ambiente y la ecología.Formación en resolución de conflictos y dinámicas grupales que favorezcan la cooperación.Este abordaje formativo y preventivo, que puede ampliarse en función de las necesidades de cada centro, debería ser destinado tanto al profesorado (programa específico) como a los padres y los adolescentes (adaptado a cada colectivo).

 Las asociaciones de madres-padres de alumnos (APA o AMPAS), deben plantearse ampliar sus funciones. Necesitan más protagonismo en el centro, y un cambio de enfoque. Además de participar en el Consejo Escolar, la orientación podría centrarse en colaborar en aspectos educativos y formativos, más allá de las habituales organizaciones festivas.

 Los alumnos tienen poca representación en el Consejo Escolar, al igual que los padres. Si realmente es una comunidad educativa, los tres colectivos, padres, educadores y alumnos, deben tener una representación más equitativa tanto en los debates como en las decisiones.

Formarse en otros ámbitos que no sea el estrictamente académico lleva cierto tiempo (tendría que estar integrado en asignaturas universitarias para los futuros docentes), pero las ventajas compensan y favorecen un clima más distendido y gratificante para el aprendizaje real.

Las sugerencias y orientaciones que he explicado hasta ahora provienen de mi experiencia de formación con los profesores de la ESO y de bachillerato. El nivel de aplicación siempre es diferente, según cada profesor y las limitaciones del centro en el sistema educativo actual, pero los cambios generalmente han sido muy significativos y han mejorado la calidad de la relación y la satisfacción de alumnos y profesores.

Está claro que la presión social, la competitividad, las reformas educativas cambiantes, las necesidades laborales de los padres, el paro, la crisis… son demasiados factores que inciden en los adultos y también repercuten en el entorno familiar y los hijos. No vamos a entrar en el análisis de las sucesivas, caóticas y constantes reformas educativas que tanto marean a los profesores y a los propios niños y adolescentes. Es evidente que se requiere una transformación profunda y duradera del sistema educativo, para satisfacción de los educadores, los padres y, por supuesto, de los niños, adolescentes y jóvenes.

Mientras tanto, considero importante que ante tanta presión y tanta incertidumbre, los profesionales de la salud, los padres y los educadores no perdamos el norte justificando lo injustificable sin implicarnos, cada uno desde donde está, para realizar los cambios que considere saludables en relación al bienestar de hijos/alumnos. Pues sin echar balones fuera o culpabilizar al exterior, hemos de asumir que todos somos corresponsables y capaces de buscar nuevas y creativas opciones a los modelos de crianza y educación actuales.

Tratemos de llegar a las causas profundas que provocan las «dificultades» o problemas en las diferentes áreas, como la adaptación escolar, el comportamiento o el rendimiento en cada caso individual. Quizá descubramos con sorpresa que el llamado «problema» en el bebé, el niño o el adolescente es irresoluble sin mirarnos a nosotros mismos. Analizando las causas, quizá lleguemos a una comprensión de varios factores (proceso de maduración, interacción familiar y escolar) que inciden y explican esa dificultad.

No olvidemos que sembrar semillas de cambio y de consciencia está en nuestras manos. Y por tanto, es nuestra responsabilidad.

2 LAS EMOCIONES INFANTILES Y SU PROCESO MADURATIVO

Quien no conoce nada, no ama nada.

Quien no puede hacer nada, no comprende nada.

Pero quien comprende, también ama, observa y ve.

Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa,

más grande es el Amor.

Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo

que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas.

PARACELSO

DESARROLLO EMOCIONAL: DE CERO A TRES AÑOS

Observar, conocer, respetar… para amar.

Este es el proceso:

 Primero, tener información de los procesos madurativos infantiles. Este conocimiento nos ayudará a liberar tópicos y modelos poco saludables desde el punto de vista educativo.

 Segundo, partiendo de esa formación, podremos observar a cada criatura y respetar su ritmo real de maduración psicoafectiva.

 Tercero, desde los dos puntos anteriores surgirá el respeto auténtico, en base al conocimiento y a la observación, del ritmo madurativo infantil.

No basta con amar a la primera infancia. No basta con la buena intención. Es necesario conocimiento, observación y respeto.

Os propongo que desde esta mirada entremos en la fase primaria del desarrollo psicoafectivo desde el nacimiento a los tres años, es decir, la etapa en la que la emoción es omnipresente. Etapa presidida por el sistema límbico y el sistema instintivo (reptiliano o R-complex).

Sugiero al lector que, además de otros libros afines, retome la lectura de mi libro Amar sin miedo a malcriar, como referencia clarificadora que posibilite una mayor profundización de esta fase y de la siguiente, pues abordaremos esta etapa desde una síntesis que nos permita continuar con la exposición.

Comencemos destacando unas citas de tres investigadores reconocidos en el conocimiento de la salud psíquica infantil. R. Winnicott decía que, «de los cuidados infantiles satisfactorios, se desprende la edificación del sentimiento de continuidad del ser, base de la fuerza del yo. Cada falta de cuidado conduce a la interrupción de este sentimiento de continuidad y a un debilitamiento del yo resultante». El mismo autor afirma: «la fuerza o debilidad del yo del niño-a está en función de la capacidad del cuidador de responder de forma adecuada a la absoluta dependencia del bebé en las primeras fases de la vida».

Estas citas son un referente necesario para un abordaje adecuado durante la primera infancia.

En términos de Winnicott, el cuidador principal debe ser para el bebé o niño «lo suficientemente bueno» para satisfacer sus necesidades emocionales. Desde la teoría del apego, el psiquiatra John Bowlby considera que dicho cuidador principal debe disponer de la capacidad de desarrollar una «respuesta sensible» a las demandas del bebé. Esta respuesta sensible conlleva la capacidad para percibir las señales del bebé y satisfacerlas de forma adecuada e inmediata. La respuesta sensible se considera un potente organizador psíquico que permite la estructuración progresiva del mundo interno del bebé, así como la incorporación de los modelos internos de interacción con el exterior (modelos operativos internos).

Siguiendo con Bowlby: «Consideramos esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño tengan la vivencia de una relación cálida, íntima y continuada con la madre o sustituto materno, en la que ambos alcancen satisfacción y goce».

Tampoco pueden faltar las grandes aportaciones del pionero del abordaje en la prevención infantil, el psiquiatra Wilhelm Reich, que considera acertadamente: «Los niños de hoy son el futuro del mañana. Preservemos sus potencialidades». Y sintetiza la función de la prevención en: «Si un árbol crece torcido, es más difícil enderezarlo». En esta expresión sintetizada, Reich enfatiza la importancia de prevenir los trastornos psicoafectivos que se pueden producir en la primera infancia, ya que el abordaje psicoterapéutico, si bien es eficaz, resulta más costoso que una saludable interacción familiar y escolar en edades tempranas.

Desde este abordaje de la promoción de la salud y la prevención infantil, junto con las aportaciones de la teoría del apego, centro mi intervención en mis grupos de madres-padres, así como en las sesiones familiares y las formaciones en el ámbito sanitario, educativo y profesional. Desde este modelo, corroboro una y otra vez los resultados positivos dirigidos a preservar la salud de los bebés y los niños pequeños.

Son muchos los autores e investigadores que han aportado luz a las primeras fases del desarrollo psicoafectivo infantil. En el enfoque integrador presentado, subyacen los dos modelos mencionados basados en diversas investigaciones, la práctica clínica y la riqueza de la observación directa de los sistemas familiares y educativos. En otros autores y en mi libro anterior, obtendrás más información y datos sobre estos procesos.

Retomemos una síntesis de los aspectos más importantes que hay que tener en cuenta durante la etapa infantil:

 Nuestra prematuridad como especie. Es una característica común a todos los mamíferos humanos, que nos hace dependientes y vulnerables. Somos, en realidad, fetos extraúteros hasta los doce meses de vida extrauterina, momento en que habitualmente comienza la bipedestación y la locomoción. Durante este período inicial, necesitamos ser transportados en brazos para nuestro bienestar y supervivencia. En algunos modelos de crianza, el transporte también se realiza en sillitas y capazos. Este medio de transporte aleja a los bebés del necesario contacto corporal, que ofrece amplios beneficios, entre los que destaca el de la seguridad emocional y corporal. Desde el modelo que presentamos, los bebés se benefician del contacto directo materno, del colecho, del amamantamiento prolongado…, modelo favorecido por el instinto natural de protección adulta, presente desde épocas milenarias.

 Los siete primeros años de vida representan el período de desarrollo psicoafectivo crítico (por las consecuencias para la salud). Este período abarca desde la concepción, el embarazo, el parto y el nacimiento natural hasta los siete años de edad, etapa de la constitución del carácter. Este carácter, definido como nuestro «modo habitual y automático de funcionar y de percibirnos a nosotros mismos y al mundo», responde a una serie de mecanismos defensivos más o menos rígidos, destinados a protegernos emocionalmente de los peligros externos, al tiempo que nos impide conectar con nuestro yo y su potencialidad. El carácter es el fruto del modelaje familiar, escolar y social que pretende la adaptación al funcionamiento de esta sociedad. El carácter o modo de ser se configura en estrecha interacción con las figuras parentales, primero, el entorno familiar, después, y la escuela y la interiorización de las normas sociales y educativas, finalmente.

 Todo este proceso del desarrollo psicoafectivo infantil, que atraviesa por una serie de fases psicosexuales (fase oral, etapa anal, fase sexual), debe ser respetado desde el concepto de continuum, es decir, sin fisuras ni rupturas en el proceso que pongan en peligro la base potencialmente saludable del desarrollo psicoemocional. El hilo conductor es la coherencia del modelo educativo (con frecuencia ausente) que favorezca el respeto de las necesidades emocionales infantiles.

LA DEPENDENCIA

Durante el primer año de vida, el bebé es un ser totalmente dependiente. Esta dependencia es absolutamente natural y necesaria para propiciar un desarrollo saludable. La dependencia no se crea, se nace con ella. Es inherente al ser humano y necesita satisfacerse para favorecer una posterior y sana autonomía. Ser dependiente es totalmente imprescindible en las primeras etapas para alcanzar paulatinamente cotas de autonomía real.

Por el contrario, la hiperprotección se caracteriza por impedir el desarrollo progresivo de la autonomía natural que emerge paulatinamente durante la infancia. El respeto del proceso de dependencia natural se confunde muchas veces con la hiperprotección. Pero son actitudes diametralmente opuestas. La hiperprotección limita el desarrollo natural, y es fruto de las dificultades adultas para acompañar y respetar los signos de autonomía que se van produciendo durante el proceso natural del desarrollo emocional. Por el contrario, la dependencia, si se satisface, permite el acceso progresivo a una real autonomía.

Carece de sentido pretender forzar actitudes de independencia en esta etapa de gran inmadurez psíquica y física.

A un árbol, nadie con sentido común lo estira para que crezca. Y si nuestra ignorancia nos llevara finalmente a intentarlo, el resultado sería el daño inevitable e irreversible, consecuencia de una percepción errónea de la realidad.

De la misma manera se daña emocionalmente al bebé (aunque no se observen aparentemente secuelas físicas) si forzamos su independencia, negando los signos de dependencia natural. Se producen fisuras, daños imperceptibles, rupturas del continuum, cuando desde una falta de empatía se le fuerza a renunciar a su dependencia saludable. Son los casos en los que el bebé recibe la dolorosa e incomprensible ausencia de «respuesta sensible» por parte del cuidador principal ante sus demandas imperiosas de atención a través del llanto.

Recapitulando los aspectos esenciales descritos en mi citado libro, podemos partir de la base de los siguientes puntos de partida:

 El nacimiento de un bebé representa el inicio de una serie de fases de maduración, desarrolladas durante todo el primer año de vida que dará lugar a otros procesos de crecimiento progresivo en etapas posteriores. Todas las fases del desarrollo infantil están impregnadas por la indiscutible realidad de dependencia natural. A través de los procesos de formación psicoafectiva comienza un lento desenvolvimiento de la autonomía yoica.Diversos autores e investigaciones confluyen en afirmar que el nacimiento real se produce al cumplir el primer año de vida, coincidiendo con la bipedestación. Por tanto, los bebés necesitan frecuentemente ser transportados en brazos hasta el inicio de la locomoción.

 El parto y el nacimiento, en función del contexto y las características maternas, pueden ser experimentados como un pasaje no traumático intra-extraútero y por tanto vivenciado de forma amorosa y no violenta. También puede constituirse en una experiencia dolorosa y traumática en partos convencionales (instrumentales y fríos, máxime si se añade la rutinaria separación madre-bebé, totalmente innecesaria y contraproducente en los casos con mínimas condiciones de salud maternoinfantil).

 En los primeros meses, los bebés están en una fase de simbiosis, fusión o indiferenciación, según los diferentes autores. Mahler señala todo un proceso progresivo de separación-individuación, que se inicia en el nacimiento y finaliza a los seis años. Otros clínicos, como Winnicott y Fairbain, resaltan el proceso de cohesión del sí-mismo y la progresiva diferenciación entre el sí-mismo y el otro durante las etapas primeras del desarrollo.Es decir, hasta los seis meses, los bebés realizan un enorme trabajo de maduración de diferentes funciones visuales, auditivas, táctiles, motrices y de rudimentario reconocimiento del entorno inmediato: su madre o cuidador principal. Durante esta etapa primitiva del desarrollo, el pecho o el biberón (dado con contacto, presencia emocional y mirada intencional de acompañar) es vivido por parte del bebé como una prolongación de sí mismo. Todavía desconoce que detrás de «su teta» está la mamá como «objeto total». Por ello, en esta fase de fusión-simbiosis inicial, se siente completo cuando está en contacto con el cuerpo materno y disfruta de la lactancia materna a demanda, y siente inseguridad y temor si su demanda de atención no se satisface.

Primer año de vida

Destaco la función de una mirada cálida durante la lactancia. Tanto en los grupos como en los artículos que dedico a este tema, resalto la importancia de la mirada, no siempre presente durante la lactancia, como hemos observado frecuentemente en los grupos de crianza. No es suficiente dar teta a demanda. Ser mirado y mirar, para reconocerse y ser, cumple una función fundamental durante los primeros seis meses, pues permite el proceso de diferenciación psíquica progresiva del bebé con respecto a la cuidadora principal, de forma lenta y continua; de esta manera se posibilita el gradual establecimiento del «yo-no yo», que le permite salir de la fase de fusión a través de la fase de separación-individuación.

A partir de los seis meses, la relación del bebé con la madre pasa de ser de parcial a total, es decir, comienza a reconocer plenamente a su mamá y tiende a elegirla de forma privilegiada, si dicha mamá es la cuidadora principal que atiende sus demandas adecuadamente.

A partir del primer año

Durante todo el primer año, la dependencia es total. Con el inicio de la bipedestación, a partir de los doce meses, empieza el desplazamiento locomotriz, pero no la independencia.

Los bebés necesitan de una figura de referencia estable y segura que les acompañe en su proceso, para establecer el vínculo seguro. De ahí la importancia de analizar la función de las escuelas infantiles a edades tan tempranas, y el cómo se atienden las demandas de atención exclusiva y continuada en cada centro educativo, como veremos más adelante.

Con el logro de cierto control psicomotriz y la bipedestación, la criatura continúa explorando y aprendiendo en la relación diádica madre-bebé, vínculo privilegiado que le ha permitido, en condiciones saludables, ampliar desde meses anteriores los apegos a otras figuras de referencia, como el padre, los abuelos o los hermanos. Continúa avanzando en su maduración, siempre dependiente de sus figuras de referencia.

A los dos añitos

Evolutivamente, el bebé de dos añitos ya cuenta con un acceso al lenguaje muy rudimentario, mientras explora con creciente seguridad su entorno, siempre desde una base exploratoria segura (el cuidador principal). Comienza a saber lo que le gusta y lo que no le gusta, usando el «no» en ocasiones a modo de ensayo; otras, como clara oposición, y finalmente, como un ejercicio de elección libre. La dependencia continúa, para jugar, para dormir, para todo en general, y sigue siendo natural. Algunas veces hacen pequeños pinitos de «autonomía», para regresar inmediatamente a la fuente de seguridad y apego en caso de aflicción, caídas o necesidad de reaseguramiento afectivo. Son los primeros pasos de un largo proceso que no debe forzarse.

En síntesis, la etapa que abarca desde el nacimiento hasta los tres años, corresponde a la fase del proceso psicoafectivo sexual denominada oralidad infantil. Es la etapa de la lactancia materna, del placer oral, del descubrimiento del mundo a través de la boca (carece de sentido reprimir el deseo de conocer los objetos a través de la boca, salvo los peligrosos, evidentemente). Para más información detallada de esta etapa, consultar mi libro anterior.

Hacia los tres años

El niño experimenta un salto cualitativo en el proceso de separación-individuación y, por tanto, de diferenciación progresiva con la madre. Ha adquirido una identidad física, pero todavía no puede pensar sobre «sí mismo». Necesita al otro para seguir construyendo su identidad psicológica. Aunque pueda referirse a los demás con su propio nombre, y hacer planes lúdicos, sin embargo todavía no es capaz de emplear símbolos para diferenciar el «sí mismo» de los otros y sus experiencias. Continúa en la fase egocéntrica y omnipotente propia de su edad madurativa. No es capaz de ponerse en el lugar del otro, está restringido a un punto de vista, que es el suyo. Por esta razón, carecen de sentido las explicaciones racionales del adulto, pues chocan contra un egocentrismo evolutivo, que requiere otro lenguaje acorde a su momento: el lenguaje de la magia y la creatividad. Las explicaciones racionales son el autoconsuelo del adulto y representan el intento de estirar el árbol a una posición que, al ser inadecuada, se traduce en frustración innecesaria para ambos.

Pues bien, es al final de la fase (3-6 años) cuando emerge el «sentido del yo», es decir, la autoconciencia como inteligencia intrapersonal (Gardner). Por otro lado, a los tres años se produce un hito evolutivo muy trascendental y bastante desconocido en el contexto educativo y familiar: durante los primeros tres años aproximadamente, un niño todavía no ha interiorizado a su mamá. Desde el psicoanálisis se llama a este proceso «constancia objetal».

LA CONSTANCIA OBJETAL. MAMÁ ESTÁ-NO ESTÁ

Es un proceso complejo y lento. Durante el proceso de separación-individuación descrito por la pediatra y psicoanalista Margaret Mahler, se atraviesan una serie de fases hasta alcanzar los 36 meses, momento de adquisición de la constancia de objeto: este concepto hace referencia a la capacidad de mantener internamente una representación mental estable de la figura materna. Es decir, la criatura ha llegado a ser capaz de interiorizar la imagen materna sin requerir su presencia externa. Es un paso evolutivo fundamental.

Hasta los 36 meses aproximadamente, si el niño no ve a su madre, no está. A partir de los tres añitos, si la criatura ha logrado interiorizar la figura materna (llevarla simbólicamente integrada dentro de sí mismo), puede tolerar su ausencia por momentos breves, si se encuentra en un contexto seguro.

Esto explica las emociones tan intensas que despierta la ausencia materna en ambientes desconocidos y con personas desconocidas. Por eso lloran y protestan con desesperación esperando el reencuentro de la figura de referencia que les da la seguridad. La ausencia de la figura de apego puede ser tolerada solo si ya ha realizado un vínculo seguro con otra persona. De lo contrario, y en el inicio de la escolarización temprana, las reacciones de llanto y desesperación proliferan con demasiada frecuencia, como ya sabemos, en los casos de ausencia de un adecuado período de adaptación.

A lo largo de su corta e intensa experiencia vital, la niña va realizando modelos de representación del mundo exterior, que toma como modelos de interacción posterior. De ahí la importancia de comprender la función vital del cuidador principal para ofrecer la seguridad emocional que necesitan en edades tan tempranas. Veremos más adelante la trascendencia de este criterio para fomentar apegos seguros en la díada madre-bebé que posteriormente pueden extenderse a educadora-infante.

3 CRIAR Y ACOMPAÑAR CON APEGO SEGURO

Todos los seres desean ser felices. El amor y la compasión enriquecen nuestra vida interior, reduciendo el estrés, la desconfianza y la soledad.

DALAI LAMA

El concepto de apego fue definido inicialmente por John Bowlby como «la conducta que reduce la distancia de las personas que suministran protección».

Mary Ainsworth lo definió como aquellas conductas «que favorecen ante todo la cercanía con una persona determinada».

LA TEORÍA DEL APEGO
¿Qué es el apego?

Podríamos afirmar que es la tendencia natural de los seres humanos a establecer relaciones íntimas y estables (vínculos afectivos), a lo largo del tiempo, a través de las interacciones con personas significativas, que se constituyen en figuras de apego.

Este lazo afectivo cuenta con una base biológica e innata (mantenimiento de la supervivencia del bebé) y se constituye básicamente a lo largo de los tres primeros años de vida, se consolida durante la infancia y sus efectos se manifiestan en todos los ámbitos y a lo largo de todo el ciclo vital (López, Heese y Main, 2000).

Las conductas de apego, como veremos a continuación, se observan en las diversas formas que el niño utiliza para obtener y mantener la proximidad con la figura privilegiada.

Por otro lado, es importante saber que el apego no se desarrolla de forma instantánea. Al contrario, requiere tiempo: es el resultado de un proceso de interacciones privilegiadas que se producen inicialmente en la familia biológica con una figura de referencia, para luego extenderse a la familia extensa y a figuras relevantes de la vida. Este factor tiempo es esencial si queremos respetar los procesos de vinculación en las criaturas cuando hablamos de terceros o de la escuela infantil. Y también necesitan tiempo de calidad para poder vincularse con seguridad.

Para formar el vínculo afectivo seguro entre bebé-niño y cuidador principal es fundamental que el adulto tenga la capacidad de desarrollar una «respuesta sensible» a las demandas del bebé-niño.

El lector puede encontrar más información en mi libro Amar sin miedo a malcriar, y si desea profundizar de forma más exhaustiva, sugiero la lectura de los teóricos de la teoría del apego.

LA RESPUESTA SENSIBLE

Este concepto de la teoría del apego, tan ignorado todavía por la población en general y en muchos centros escolares, es un organizador psíquico esencial para favorecer la salud infantil y el apego seguro. M. Ainsworth (1978) realizó una investigación para determinar el grado de sensibilidad o insensibilidad mostrado por una madre ante las señales y comunicaciones no verbales de su bebé.

Estas son algunas de las características de la respuesta sensible (Ainsworth, 1974) por parte del cuidador principal: percibir las señales del bebé, interpretarlas adecuada y rápidamente, y satisfacerlas.

 Percibir las señales del bebé. Es decir, captar el lenguaje emocional del bebé. Son demandas incuestionables que requieren atención para su equilibrio emocional.

 Interpretarlas adecuada y rápidamente. Contrariamente a lo que se cree, las señales del bebé han de ser interpretadas adecuadamente (contacto, sueño, alimento u otras) para recibir la respuesta inmediata requerida. El bebé no «sabe» esperar y no se le puede «enseñar». Lo que algunos opinan que los bebés aprenden después de largas esperas, es en realidad la constatación del doloroso sentimiento de resignación. Renuncian al derecho de ser atendidos ante la ausencia de respuesta, pero esta renuncia dolorosa e incomprensible para tan corta edad no es inocua para el desarrollo posterior de la personalidad. Interpretar adecuadamente las necesidades del bebé implica desarrollar la empatía y la capacidad de contacto.

 Y satisfacerlas. La satisfacción de sus necesidades ofrece a los bebés la seguridad y confianza en la disponibilidad afectiva del cuidador principal, lo que favorece la formación del vínculo seguro, objetivo prioritario para garantizar el desarrollo saludable.

No siempre el cuidador principal, sea la madre o la educadora, responde a estas cualidades que permiten desarrollar dicha respuesta sensible.

En palabras de Bowlby: «Mientras que una madre sensible parece estar siempre dispuesta a recibir las señales de su hijo lactante y se halla presta a interpretarlas correctamente y a responder a las mismas de forma rápida y adecuada, una madre insensible no captará en muchas ocasiones las señales de su bebé, no las interpretará bien cuando las advierta y responderá a ellas tardíamente, de modo inadecuado o no responderá en absoluto».

Estas investigaciones permiten concluir que el aspecto más importante de la conducta materna, comúnmente asociada con la dimensión de seguridad-inseguridad del apego, es la sensibilidad ante las señales y comunicaciones del bebé.

Es importante señalar que esta respuesta sensible a las demandas del bebé, tan determinante para generar seguridad o inseguridad y, por tanto, los diferentes tipos de apego, es aplicable a la madre, al cuidador principal o a la educadora que atiende a cada bebé.

Cuando se establece el apego seguro se produce una serie de conductas destinadas a lograr o mantener la proximidad y el contacto con las figuras de apego significativas para el bebé o el niño. Estas conductas de apego que veremos a continuación nos permiten comprender la función vital del vínculo.

En la actualidad, es muy frecuente hablar del apego. De hecho, se ha popularizado mucho la idea de «criar con apego» (término acuñado por W. Sears), y es un gran avance que en los grupos y círculos de crianza se establezca esta prioridad.

Sin embargo, quiero destacar que hablar de «apego» no es sinónimo de apego seguro. Hay que matizar que la crianza y la educación deben plantearse desde el fomento del apego seguro. Pues como veremos a continuación, hay varios tipos de apego según la calidad de la interacción.

TIPOS DE APEGO

Existen diversas clasificaciones de los tipos de apego. Sin embargo, y para simplificar, nos centraremos en la diseñada por la psicóloga Mary Interpol.

Ainsworth (1960) estudió las conductas de apego entre cuidador principal y bebé. Diseñó un procedimiento en un laboratorio, denominado «la situación extraña», destinado a evaluar la conducta presentada por el pequeño ante la separación de la madre. El espacio de la sala de observación resultaba desconocido para el bebé de doce meses de edad, al igual que el observador que participaba en la sala de investigación.

La separación temporal del bebé de su madre, a la que se invitaba a salir de la sala tan solo tres minutos, permitió constatar las diferentes respuestas ante la separación materna y discriminar los siguientes grupos de tipos básicos de apego:

 Apego seguro.

 Apego inseguro-evitativo.

 Apego inseguro-ansioso-ambivalente o resistente.

 Apego inseguro desorganizado o confusional.

¿Cuál es la reacción de los niños con apego seguro ante la partida materna? Algunas personas todavía creen que el seguro es el de aquel bebé o niño que no llora y es independiente, «porque no está apegado a las faldas de mamá», y, si lo hace, le dura muy poquito.

La realidad es otra.

Los bebés con apego seguro presentan ansiedad y reacciones de llanto durante la separación. Es más, interrumpen la exploración del entorno y el juego y reaccionan con conductas de búsqueda y seguimiento de la madre, sin admitir el consuelo de una tercera persona desconocida. En el reencuentro, con la madre o el cuidador principal, buscan la proximidad corporal y son fácilmente consolados. Se recuperan del llanto y reinician el juego y la exploración.

Por el contrario, el apego inseguro se observa en los bebés que no presentan ninguna reacción emocional externa ante la partida materna, ni tampoco signos de ansiedad ni de seguimiento. Continúan jugando. En el reencuentro, no hay búsqueda de proximidad corporal. Las madres de estos bebés no tienen desarrollada la «respuesta sensible». Se caracterizan como cuidadoras que rechazan el contacto corporal con sus hijos, mantienen una actitud irritable o de reproche y una escasa expresión emocional. Son madres poco pacientes, que bloquean de algún modo los intentos de proximidad de sus hijos y que muestran una desvalorización o negación de la importancia de las relaciones afectivas en la vida cotidiana (Ainsworth, 1978).

De esta forma, los pequeños aprenden a reprimir sus conductas de apego, restando importancia a las respuestas de cuidado y cariño, y generando una autosuficiencia emocional como mecanismo defensivo ante su inseguridad afectiva (Bowlby, 1973).

Estos bebés y niños responden al deseable modelo social de bebé-niño «independiente», que no llama la atención, juega solo y no pide demasiado.

En casa y en la escuela, son los niños que sufren pero han renunciado a protestar y a reclamar su derecho a ser cuidado con afecto.

En la clasificación del bebé-niño inseguro, encontramos también al ansioso-ambivalente o resistente. Son las criaturas que presentan una angustia intensa ante la separación del cuidador principal. En el reencuentro, manifiestan una conducta agresiva que alterna con una gran demanda afectiva, al mismo tiempo que muestra resistencia a la aproximación afectiva. Las madres de los bebés-niños ambivalentes son inconsistentes en sus respuestas en cuanto a su disponibilidad afectiva. Son las madres que un día reaccionan de forma cariñosa y otro, agresiva o indiferente en función de su estado de ánimo, independientemente de los estados emocionales del bebé.

El apego desorganizado, por su parte, responde a los bebés que no presentan estrategias coherentes ante la separación. Esta incoherencia se debe a que el cuidador principal es fuente de temor y de necesidad simultáneamente. Es frecuente en casos de niños con historia de maltrato o abusos sexuales, y también de negligencia familiar.

El apego inseguro ambivalente y el desorganizado implican que si las primeras relaciones del niño responden a modelos negativos de interacción (hostilidad, rechazo), el pequeño desarrollará expectativas negativas sobre las relaciones interpersonales y, consecuentemente, desarrollará un mayor número de conductas inapropiadas (Oppenheim, Goldsmith y Koren-Karie, 2004).

Vemos aquí el posible origen de comportamientos que no comprendemos a priori, pero que guardan estrechísima relación con la interacción desarrollada con sus figuras de apego. Nuevamente, podemos comprobar que las criaturas son espejos en los que mirarnos los adultos para preguntarnos qué pasa y qué puedo cambiar… para que el pequeño cambie.

EN LA ESCUELA

Conocer mínimamente la teoría del apego permite comprender por qué un pequeño en determinadas ocasiones desarrolla conductas intensas de rabietas al mismo tiempo que se tornan muy demandantes pero agresivos con el cuidador principal.

También favorece la empatía ante los pequeños que lloran tras la partida materna, o se apegan impidiendo que se vayan.

Confío en que estas nociones esenciales ayuden a no realizar interpretaciones inadecuadas de las respuestas emocionales de los pequeños, sino todo lo contrario, que los educadores realicen un esfuerzo por desarrollar la respuesta sensible que favorezca apegos seguros, también en la escuela.

Tal y como afirman Silver, Measelle, Armostrong y Essex (2005), el establecimiento del apego seguro con la maestra no solo favorece a los niños con una historia afectiva sana, sino que lo hace en mayor medida con aquellos niños que, por características propias de su madre o del contexto, tienen historias afectivas de apego inseguro.

De hecho, los niños con apego inseguro en el entorno familiar, que no cuentan con padres con capacidad para la respuesta sensible, han aprendido que sus demandas de afecto y seguridad no van a ser atendidas. Sin embargo, si cuentan con nuevas experiencias afectivas más saludables, pueden amortiguar o reconfigurar un modelo interno de inseguridad, siempre que el adulto muestre una sensibilidad y accesibilidad ante las demandas de afecto del pequeño, pudiendo llegar a generar un apego seguro con su maestro (Silver et al., 2005).

Es decir, de la misma manera que en el capítulo 1 sobre la adolescencia he señalado la importancia de un tutor de resiliencia, en la primera infancia, la educadora con capacidad de desarrollar una respuesta sensible puede cumplir una función de resiliencia, que fomente apegos seguros con los peques que presentan dicho modelo interno de apego inseguro en la interacción familiar.

En los talleres de los vínculos afectivos destinados a padres o educadores, muchos adultos realizan un insight de forma súbita al comprender los tipos de apego e identificarse con alguno de ellos. Y esta comprensión directa facilita una mayor aproximación a sus alumnos o a sus hijos.

Efectivamente, no es posible hablar de un individuo sin relacionarlo con sus vínculos principales. Establecer vínculos es una necesidad primaria y, por tanto, es del orden de lo instintivo y no aprendido en nuestra especie.

Conductas de apego

 Esfuerzo por parte del bebé (cero a dos años) por mantener la proximidad física con la figura de apego. Necesitan el contacto seguro y placentero con el/la cuidador/a principal.

 Mantenimiento del contacto sensorial (visual) privilegiado. Es decir, vigilan al cuidador principal, aunque estén jugando.

 Exploración del entorno, siempre desde la figura de apego, como base segura. Van a explorar, pero vuelven a la figura de apego como fuente de seguridad.

 Ansiedad ante la separación y sentimientos de desolación y abandono ante la pérdida de la figura de apego. Lloran, no entienden la partida de la figura vinculante, por muchas explicaciones racionales que reciban desde el exterior. Estas reacciones emocionales son interpretadas en algunos sectores de manera equivocada, como conductas de niños malcriados o apegados. El llanto no es una emoción superficial, al contrario, es una llamada de auxilio vital, no trivial, precisamente para lograr el reencuentro que permite restablecer la seguridad emocional.

Funciones de la figura de apego

Las figuras de apego cumplen una función esencial para asegurar el bienestar del bebé-niño.

 Garantiza la supervivencia y favorece la salud psíquica y física del pequeño.

 Se constituye en una base segura, desde la cual el bebé-niño puede explorar el mundo sin temor.

 Ofrece la cantidad y calidad de estimulación que el niño necesita.

 Atiende al pequeño en los momentos de aflicción y de llanto.

 Satisface las necesidades de comunicación.

 Satisface su necesidad de afecto y contacto placentero.

Características básicas del cuidador principal-apego seguro

 Constancia y disponibilidad afectiva (coherencia y presencia emocional).

 Respuesta sensible a las necesidades del bebé-niño.

 Capacidad reflexiva del adulto. Reflexión sobre las relaciones interpersonales. Intersubjetividad.

En palabras de M. Marrone (2001), «el apego seguro representa la capacidad del individuo para confiar en la disponibilidad de su figura de apego y sentirse digno de su disponibilidad».

Desarrollar un apego seguro no siempre guarda relación con el sentimiento amoroso que pueda sentir un padre o una madre hacia su hijo. Es el bebé o el niño quien tiene que sentir el amor a través de la interacción y disponibilidad afectiva de sus padres o cuidadores.

Realmente, el bebé y el niño se sienten dignos de amor cuando el cuidador principal es accesible y está disponible para satisfacer sus necesidades emocionales. Muchas veces, los padres o los educadores me consultan porque creen que los niños son inseguros. La inseguridad no es genética. Es consecuencia de la interacción con las figuras de referencia, y con el tipo de apego que se haya desarrollado.

Muchos adultos narran la relación con sus padres como distantes. Aprendieron a ser «independientes», a no esperar nada, a no pedir nada. Es habitual encontrar personas que consideran que esa actitud es la ideal, y de forma inconsciente la transmiten a hijos o alumnos.

Sin embargo, tras esa aparente independencia, en un proceso psicoterapéutico o a través de una relación saludable, se revelan muchos sentimientos en relación a dolorosas ausencias, renuncias y vivencia de aislamiento, largamente ignorados o rechazados, para poder sobrevivir con «normalidad».

De ahí la importancia de comprender como adultos que la necesidad de seguridad y de afecto sin condiciones es un derecho de la primera infancia.

EL LLANTO

Abordemos el tema de la expresión emocional del llanto. Nunca es suficiente tratar este tema, tan elemental y tan poco tenido en cuenta en muchos ambientes familiares y escolares.

Sabemos que el llanto es una descarga emocional liberadora. Biológicamente y psicológicamente, esa descarga es necesaria en momentos de aflicción o de otro tipo de sucesos, y no requiere justificación alguna.

Demasiados adultos han recibido una educación castradora, que les ha llevado a reprimir el derecho natural a expresar las emociones, y ya no pueden llorar. En la consulta, soy testigo de las inhibiciones del llanto de las personas que acuden a realizar un abordaje psicoterapéutico. Sufren por su sufrimiento y sufren por no poder abandonarse a su emoción.

Este adiestramiento comienza desde el mismo momento del nacimiento.

No es casual que se oiga en la calle, en las casas y en la escuela estas desafortunadas expresiones: «No llores», «Con lo mayor que eres…», «Qué fea te pones». Y otras peores, con amenazas incluidas: «Si lloras, me voy» o «Nos vamos a casa ahora mismo». En la escuela también se dan actitudes censuradoras en cuanto al llanto infantil: «Aquí no se llora».

En estas expresiones, es patente el desconocimiento de la función saludable del llanto. Y también queda claro el desconocimiento sobre las consecuencias de reprimir o inhibir el llanto. No es inocuo reprimir, negar, rechazar, cuestionar el llanto de cualquier ser humano. Por algo llora. La censura del llanto deja huellas en el carácter y en el corazón.

¿Te has preguntado alguna vez qué siente un bebé o una criatura pequeña cuando llora? ¿Te has dado cuenta de la rapidez con la que socialmente se interpreta el llanto de un bebé? «No le pasa nada». «Ya comió». «Tiene que aprender a esperar». «No sabe nada…». «Lo que quiere es que lo cojas en brazos».

¿Y cuando van a la escuela los primeros días y lloran? «Es normal. Enseguida se le pasará».

Es verdad, es normal (habitual) que lloren, pero no es sano.

Esa no es la forma de aprender ni de crecer con seguridad. Estamos demasiado acostumbrados al sufrimiento y, sin darnos cuenta, nos parece normal reproducirlo. Y en la tierna infancia, los peques, cuando se sienten desoídos, se adaptan o se resignan ante la nueva situación, más allá del sentimiento de desolación y tristeza interno.

Ante el llanto infantil, el mensaje social es bastante claro: el llanto es molesto. Por tanto, la respuesta emocional y «educativa» consiste en cuestionar el legítimo derecho a exteriorizar la emoción.

¿Cómo? La respuesta es muy simple y conocida por todos. A través de múltiples estrategias llamadas «educativas», como son represión directa del mismo o, en ocasiones la indiferencia, la ridiculización o incluso la amenaza.

¿Por qué todo esto? Tenemos miedo a nuestras propias emociones. Nos han enseñado a considerar inadecuada la expresión emocional.

Cuando una persona reprime sus emociones una y otra vez, emerge el miedo al descontrol cuando la emoción reclama su espacio de expresión.

En esos casos, el miedo crece ante el menor amago de emoción. Miedo a no quedar bien ante el otro, a hacer algo incorrecto, a ser considerada llorona…, y poco a poco la persona se consuela con una mal entendida privacidad (lloro en casa), que le lleva a un aislamiento y soledad profundos. Pero al llegar a casa, en muchas ocasiones, ya no puede llorar.

Esta represión emocional, transmitida intergeneracionalmente durante cientos de años, nos ha ido encogiendo el corazón, nos ha acorazado con una máscara fría de control que solo valora el discurso racional sin emoción, por tanto, sin pasión.

Es la cultura de miedo: «habla bajo que te van a oír», «no llores, que eso es de débiles», «si lloras, te haces vulnerable». Y así, poco a poco, renunciamos a conectar con nuestras propias emociones, hasta que llegamos a desconocerlas. Nos alienamos, ya no sabemos qué sentimos en profundidad y cuáles son nuestros deseos genuinos.

Sin embargo, tengamos en cuenta que el llanto es el único lenguaje emocional del que disponen los bebés y los niños pequeños para indicarnos un malestar físico o emocional.

El objetivo del llanto no es molestar. Tampoco es caprichoso, por muchas interpretaciones desviadas que se producen desde el mundo adulto. Por el contrario, representa una clara demanda para recuperar el bienestar. Es decir, los pequeños reclaman a través del llanto una respuesta adecuada a sus necesidades, afectiva e inmediata, para su equilibrio emocional y físico. Por eso cesa de inmediato cuando un adulto atiende su demanda. Se ha sentido entendido. Se ha sentido querido y respetado.

Desde la teoría del apego (Bowlby) y la teoría psicodinámica de Anna Freud como precursora de la observación de bebés y niños ante la separación, se sabe que la separación de las figuras de referencia despierta la vivencia de inseguridad cuando los menores de tres años se exponen a espacios pocos conocidos en ausencia de figuras de apego. Se han observado tres fases consecutivas en caso de ausencia de la figura de apego.

1 Viva protesta. Las criaturas que no están maduras para la separación lloran ante la partida de la figura de referencia. El llanto busca el reencuentro ante la vivencia de abandono. Los pequeños reclaman restaurar la confianza y la seguridad perdida con la figura de apego. Si la madre vuelve, se calman de inmediato, al producirse el reencuentro con la fuente de seguridad emocional y física. Esta es la conducta de un apego seguro.

2 Desesperación. Es la segunda fase en la que los peques entran, después de un tiempo de reclamo a través del llanto, cuando se prolonga la ausencia de encuentro con la figura reasegurante. Se caracteriza por no aceptar el consuelo externo de extraños. Lloran, pegan y se muestran desconsolados, anhelando restablecer el contacto perdido.

3 Resignación o apatía. En los casos en los que el lenguaje del llanto de forma reiterada no ha surtido el efecto deseado para el reencuentro, los bebés y los niños pequeños «aprenden» a resignarse. Se observa con frecuencia en las aplicaciones del método Estivill para el sueño infantil. Ya no protestan, callan e incluso llegan a jugar solos, a pesar de estar en un ambiente desconocido y con personas desconocidas. Se podría valorar la presencia de un apego inseguro, aunque habría que tener más datos precisos de la historia infantil. Son los bebés y los niños considerados «independientes» a una edad demasiado prematura para serlo, que no protestan, debido a que ya no esperan que su protesta tenga alguna respuesta en el entorno inmediato. En ocasiones, se muestran inhibidos, pero sin llanto. Aunque no reclaman atención, hay sufrimiento. Los apegos inseguros necesitan, si cabe, una mayor atención.

En la actualidad, a través de las neurociencias, se conocen las consecuencias nefastas de la separación del bebé de la madre o figura sustituta.

En la fase de desesperación, el bebé «Cursa con una bajada de temperatura del cuerpo y del ritmo cardíaco, inducidos por un aumento masivo de las tasas de las hormonas del estrés, que genera una hipervigilancia en el bebé con llanto y gritos. Se produce una disociación como estado de reacción subsiguiente a la respuesta de terror, con embotamiento y retraimiento, que lleva a una respuesta del parasimpático, que sobreviene a la situación donde ya no hay ayuda ni esperanza. El individuo se desconecta» (Nils Bergman, 2006). Y por si fuera poco: «en este estado, en el cerebro de la criatura, tanto los componentes del sistema simpático como los del sistema parasimpático se activan, provocando alteraciones bioquímicas caóticas y un estado de toxicidad neuroquímica para el cerebro de la criatura en pleno crecimiento» (Store, 2001).

En definitiva, además de las investigaciones científicas, dejar llorar a un bebé o un niño pequeño es antinatural y poco saludable. A ningún adulto le agradaría estar viviendo un ataque de pánico sin recibir ningún tipo de ayuda. Y sin llegar tan lejos, ¿a quién le place no ser escuchado en un momento de necesidad? Pero con los bebés y niños pequeños, fruto de nuestra ignorancia y de las presiones sociales, actuamos como no nos gustaría que lo hicieran con nosotros.

Si queremos ser escuchados, atendidos y respetados en la vida, reflexionemos sobre el tema de la escucha empática durante la primera infancia: el lenguaje del llanto merece ser atendido. De la misma manera que su necesidad de seguridad afectiva. Y lo más difícil en nuestra sociedad estresada y neurótica: siempre respetando su ritmo madurativo, más allá de los tópicos y presiones sociales.

4 LA ESCUELA INFANTIL EN LA ETAPA BEBÉ

La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración.

W. REICH

No hay frase comparable que recoja mejor el sentimiento que provoca a un ser humano sensible el contacto con un bebé. Desde esta sensibilidad, podemos entender la consideración que merece la primera infancia si queremos realmente una sociedad mejor.

Enfoquemos nuestra mirada ahora hacia los bebés. Son los que más necesitan nuestra empatía y conocimiento. Nuestra paciencia y atención. Nuestro cuidado y nuestro amor. Porque son los más vulnerables y dependen de nuestra capacidad de contacto para cubrir sus verdaderas e incuestionables necesidades.

LA ESCUELA DE CERO A DOS AÑOS

Vamos a ver a continuación la etapa bebé en relación a la escuela infantil. Pero antes de entrar en esta etapa tan delicada para el proceso del desarrollo emocional (cero-dos años), quiero mencionar algún aspecto que he observado durante años de formación con educadoras infantiles. En el capítulo 18, ampliaré el tema de la formación.

Cuando comenzamos la inmersión en las necesidades emocionales infantiles, y por tanto comprendimos el factor de seguridad que representa la figura de apego o cuidador principal, muchas educadoras se sintieron amenazadas. «Si es tan importante esta etapa para el desarrollo saludable del bebé y necesita de una figura de apego para su evolución adecuada, ¿qué pasa con mi trabajo?».

Es bastante frecuente que, cuando comenzamos a analizar las necesidades emocionales infantiles, se cuestionen muchos aspectos en los modelos de crianza y educación actuales, moldeados para responder a las exigencias sociales de nuestro sistema económico.

La perspectiva del adulto es una: la realidad en la que vive. Pero la del bebé y el niño es otra totalmente antagónica (necesidades emocionales y su maduración) y no entiende de circunstancias personales.

Entonces ¿qué hacemos? ¿Nada? Para eso no es necesario centrar la energía en la lectura de este libro.

Por el contrario, ¿intentamos cambiar algo? ¿Qué?

Tenemos dos opciones posibles:

1 Cambiar al bebé y a los peques para que se adapten al modelo social, independientemente de que sea saludable o no, asumiendo, eso sí, las consecuencias de nuestra decisión.

2 Intentamos transformar lo que sea posible en nuestro entorno inmediato, pese a que el mantra «es muy difícil» sea reiterativo ante cualquier posibilidad de cambio.

Lo ideal es que exista este conflicto entre el ejercicio de la maternidad-paternidad responsable y el funcionamiento social. De la misma manera que lo óptimo es lograr una integración de contextos familiar y escolar como objetivo de educación comunitaria, la sociedad debe apoyar cualquier iniciativa que defienda el bienestar integral de la primera infancia.

Hay muchas opciones, además de las escuelas infantiles de cero a tres años, y si no las hay, hay que crearlas.

Pero vamos a comenzar por esta realidad social: la escuela infantil en la etapa bebé. La primera reflexión ante esta etapa es la siguiente: ¿qué función cumple la escuela infantil cero-dos años?

Pese a todos los proyectos educativos, que habría que analizar detalladamente para ver su utilidad y cometido, fundamentalmente en esta etapa, la atención educativa responde ante todo a una función asistencial. Función asistencial que es realmente importante, siempre que responda a unos criterios mínimos destinados al cuidado responsable y consciente del desarrollo emocional infantil, por encima de cualquier otro planteamiento educativo.

Es decir, las llamadas escuelas infantiles de cero a dos años deben constituirse como un referente que garantice un ambiente seguro, no solo a nivel de estructura, sino, sobre todo y esencialmente, fomentando la seguridad emocional. Por tanto, estos espacios infantiles deberían representar una prolongación del hogar, priorizando ante todo el juego libre a través de la presencia emocional respetuosa del educador. La función de la educadora en la etapa bebé es ante todo maternal, más que propiamente educativa. En ese sentido, la siguiente investigación alerta sobre la importancia de la atención afectiva en el cuidado infantil.

En México D.F., se realizó un estudio destinado a valorar si los infantes corrían algún riesgo en su desarrollo intelectual cuando su cuidado estaba a cargo de terceros en una institución. Los resultados preliminares de dicha investigación (Guzmán A. Barranco y S. González, 1989) destacaron no tanto el tema inicial de la investigación, sino los resultados en otras áreas importantes de la atención temprana. Cito textualmente: «En cuidado infantil en la institución de bebés durante el primer año de vida, dio como resultado que las educadoras dedicaron un 51 % de tiempo a todas aquellas actividades que no significaban un contacto con los bebés, un 20 % a las interacciones negativas, un 22 % al cuidado realizado en forma impersonal y tan solo un 5 % en demostrar afecto al infante».

Por supuesto, el contexto sociocultural, la cualificación del personal y las ratios, como veremos, son factores cruciales para determinar la calidad de atención afectiva que reciben los bebés en edades tempranas en el ámbito institucional. Sin embargo, dicha investigación nos permite discriminar qué aspectos son prioritarios para fomentar la calidad en la interacción con bebés. Y este aspecto prioritario no es otro que la atención afectiva por encima de cualquier supuesta función educativa.

Sin embargo, la atención afectiva se encuentra con muchos obstáculos. El primero es la constatación de que la función asistencial en las escuelas infantiles, en la etapa cero-dos años, absorbe la mayor parte del tiempo a las educadoras. Hay que cambiar pañales, atender al llanto, cantar, mecer, mirar, jugar, facilitar la comida en un ambiente tranquilo y favorecer el sueño a través del contacto corporal.

El segundo es la falta de reconocimiento a estos profesionales, que ha supuesto darles una dimensión pedagógica que responde más al modelo escolar que a la etapa específica que representa la franja cero, dos, tres. Esta extrapolación del modelo escolar implica asumir tareas pedagógicas que muchas veces van en detrimento de la asistencia emocional que necesitan imperiosamente las criaturas a esta corta edad.

Menores de seis meses

Recordemos que los bebés menores de seis meses están inmersos en un estadio primitivo de indiferenciación, como vimos en el capítulo anterior. El bebé y la mamá son uno en su constelación interna. Progresivamente, van siendo conscientes de forma rudimentaria de que la mamá es un ser separado de sí mismo.

A menor edad, mayor vulnerabilidad y necesidad de atención asistencial y vínculo afectivo. Por tanto, es un error creer que «cuanto antes mejor», justificándolo con el tópico popular de «no se enteran», atribución y creencia bastante generalizada aplicada sobre los bebés menores de seis meses.

Ese «no se enteran» responde a una lectura equivocada de las señales del bebé. El hecho de que no disponga de una expresión de protesta activa e identificable como en los casos de bebés más mayores, no significa en absoluto la ausencia de un intenso impacto emocional en el organismo del bebé. El llanto recurrente y desolador de los bebés nunca debe ser minimizado y mucho menos juzgado o valorado como secundario. Es el único lenguaje emocional del que disponen, y representa un autoconsuelo adulto equivocado creer que es inocuo cuando no es atendido adecuadamente.

Los bebés menores de seis meses, o de un año, no disponen de la respuesta racional «no quiero ir a la escuela» como los más mayorcitos. Por esta razón, por la ausencia de verbalización, muchos bebés somatizan su fragilidad y vulnerabilidad en ese período con intensas manifestaciones sintomáticas que reflejan dicho malestar: eccemas, dermatitis, otitis, etc., que suelen atribuirse a los virus del entorno, ignorando una lectura psicosomática de la enfermedad.

No todo son somatizaciones, pero tampoco todo se justifica por la existencia de los virus, como habitualmente se acostumbra a zanjar el tema. Un sistema inmunitario alto (el estrés y la depresión lo reducen) permite un respuesta inmunológica altamente protectora. Los bebés somatizan y enferman con mayor facilidad cuando están sometidos a un estrés elevado ante la ausencia de la figura de apego. Los experimentos con los monos rhesus, así como las numerosas investigaciones en el campo de la teoría del apego, lo avalan sin lugar a dudas. El contacto corporal y la formación del apego seguro son imprescindibles para un desarrollo saludable. Es el mejor factor de protección en relación a la salud.

Continuando con la función de la escuela en la etapa cero-dos años, como hemos visto anteriormente, la función asistencial responde en gran medida a una serie de necesidades de las madres y padres, generalmente por razones laborales o por la creencia en que la estimulación precoz o la socialización prematura ofrecen ventajas estimables. Es decir, consideran que esta etapa en un centro escolar favorece que aprendan a comer, a compartir, a adquirir habilidades sociales y cognitivas. Este aprendizaje funcional, como ya he mencionado, se desarrolla también espontáneamente en los ambientes no formales, como veremos en el capítulo 6.

La creencia de que cuanto antes y más es mejor se impone en esta sociedad competitiva y estresante, que ignora que el respeto hacia el ritmo madurativo de los más pequeños exige tiempo de presencia de la figura de apego, además de calidad afectiva. De hecho, para desculpabilizar la reducción de nuestra entrega cotidiana al juego y la mirada y el contacto afectivo, nos han hecho creer que lo que importa es el tiempo de calidad: poco pero bueno.

Evidentemente, más vale poco y bueno que mucho y de mala calidad, pero tenemos que ser conscientes de que no podemos medir lo que necesita un bebé o un niño solo desde nuestra realidad, de manera unilateral, sin tener en cuenta que las criaturas no entienden de tiempos ni del estrés, solo lo padecen.

Así nada cambiará. Hemos de ir más allá, crear nuevas opciones y posibilidades si queremos satisfacer sus necesidades emocionales, para favorecer un apego seguro y un yo sólido y fuerte, que pueda enfrentarse a los retos de la sociedad.

La privación endurece. No fortalece.

En definitiva, todas estas situaciones están dirigiendo a numerosas familias hacia la demanda de servicios de atención infantil, cuya función principal es cubrir las necesidades de los adultos, y una gran parte del aumento que observamos en la escolarización de la pequeña infancia se debe a estos motivos.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
341 p. 2 illustrations
ISBN:
9788491876144
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