Read the book: «Callejón sin salida»

Colección Generación Z
Realización: Letra Impresa
Título original: No Thoroughfare
Autores: Wilkie Collins y Charles Dickens
Traducción: Laura Pizzi
Diseño: Gaby Falgione COMUNICACIÓN VISUAL
Fotografía de tapa: Macarena Díaz Bradley
Collins, Wilkie
Callejón sin salida / Wilkie Collins ; Charles Dickens. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4419-24-8
1. Narrativa Clásica. 2. Narrativa en Español. I. Dickens, Charles. II. Título.
CDD 863
© Letra Impresa Grupo Editor, 2020
Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-126 Whatsapp +54-911-3056-9533
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Callejón sin salida: una novela de suspenso
La selección juega su última oportunidad para ir al Mundial 2010 y un periodista deportivo titula de este modo su comentario radial: “Un nuevo capítulo, el último, en esta larga novela de suspenso”. En un prospecto, un medicamento se describe como una suspensión, y lo que vemos en el frasco son pequeñas partículas sólidas que parecen detenidas (suspendidas) en un líquido, sin que terminen de caer. En un blog sobre pseudo-pensamiento filosófico, un cibernauta guatemalteco nos envía este mensaje a través de la web: “La vida es como una novela de suspenso, porque si queremos llegar al final, debemos seguir y no detenernos en la lectura, esperando siempre, sorpresa tras sorpresa”.
El diccionario de la Real Academia Española dice que el suspenso o suspense (palabra que proviene del francés y esta, a su vez, del inglés) es la “expectación impaciente o ansiosa por el desarrollo de una acción o suceso, especialmente en una película cinematográfica, una obra teatral o un relato”. Y que algo está “en suspenso”, cuando su resolución se ve diferida, retardada.
La RAE define ajustadamente las palabras que usamos con frecuencia y de un modo espontáneo, sin prestar demasiada atención a su significado: la espera impaciente, la ansiedad que produce lo que va a ocurrir pero que no termina de suceder.
Expresiones como “vamos a ponerle un poco de suspenso a tal o cual cosa”, apoyadas con puntos suspensivos y onomatopeyas (chachán- chachán, o tatán-tatán) forman parte de nuestra comunicación cotidiana y nos remiten permanentemente al campo de la literatura, del cine y de la televisión, en los que el suspenso es un género. Boletines en los que se recomiendan libros o se informa sobre sus ventas, cualquier guía de programación de TV y la cartelera clasifican muchísimos libros, películas y series como una combinación de suspenso o thriller con acción, aventura, misterio, intriga, terror, ciencia ficción, romance, comics y hasta humor. Sin duda, el suspenso forma parte de los géneros predilectos del público (lector o espectador). Pero, ¿de qué se está hablando cuando se habla de suspenso?

El suspenso y sus formas
El Diario Las Américas.com, un periódico hispano publicado en Miami, saca una crítica y la titula: “La esclava Isaura: novela de suspenso”. Se refiere a una telenovela transmitida en Argentina no hace mucho tiempo y comienza así:
«Casi siempre, cuando los productores de una telenovela deciden alargarla para complacer el interés de las grandes cadenas televisivas, al final consiguen extender los ratings a costa de la impaciencia del público. Sin embargo, ese no es el caso de la teleserie brasileña La esclava Isaura, (…). De hecho, en sus últimos capítulos, ha surgido una situación tan interesante como si se tratara de una buena película de suspenso.
»Durante dos semanas, el tema de discusión en los descansos para el café en las oficinas es quién mató al crápula de Leoncio, el villano de la serie. Y es que resulta que al hacer una lista de los personajes que en la teleserie podrían tener motivos para matarlo, se pueden contar hasta 16 sospechosos. Es decir, casi todos los personajes de la novela.
»De esta forma, el escritor y el equipo de producción no solamente consiguieron estirar la serie, sino que han despertado en la teleaudiencia el interés de una película de Hitchcock, con todos los ingredientes de dos nuevos crímenes que contribuyen a aumentar la incógnita para descubrir al verdadero criminal, entre los que los más posibles son mujeres. (…)».
El suspenso, sin duda, es el mayor logro al que pueden aspirar una serie televisiva o una telenovela. Estos formatos audiovisuales tienen la capacidad para hacerlo: su estructura (división en capítulos transmitidos diaria o semanalmente) y su extensión les dan el tiempo y el espacio necesarios para “suspender”, en el sentido que da el Diccionario de la RAE, el desarrollo de una historia, creando de ese modo intriga acerca de su resolución. La crítica del Diario Las Américas deja en claro que, sin embargo, pocas veces se logra esto.
Pero fuera de los intentos malogrados, recordemos a Lost, un ejemplo de serie de suspenso. Desde su inicio se plantea un misterio y, a lo largo de sus capítulos, con cuentagotas, tanto los personajes como los televidentes van encontrando (más que averiguando) información que lo devela parcialmente. Pero eso sí, a medida que esto ocurre, siempre aparecen nuevos misterios que sorprenden a los protagonistas y los ponen en peligro.
A diferencia de estos formatos, el cine cuenta con menos tiempo para desarrollar y “suspender” la acción. Pero lo que pierde en desarrollo verbal de una historia, lo recupera en el efecto que producen las imágenes. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pongamos en duda las cantidades pero reconozcamos que, en la creación del suspenso, una buena imagen o la dosificación o enfoque de una imagen valen tanto como muchas palabras. Y el sonido también aporta lo suyo.
Algunos directores de cine ganaron su fama como “maestros del suspenso” y el más grande, sin duda, fue Alfred Hitchcock. En películas como Los pájaros, Psicosis, La ventana indiscreta o El hombre que sabía demasiado, Hitchcock logra sorprender ubicando la cámara en un lugar insólito pero que le da mucha fuerza a la escena. Además, se muestran y se habla de determinados elementos que parecen centrales en la historia y que, finalmente, carecen de importancia: con ellos se distrae la atención del espectador. Al respecto, cuentan que Hitchcock se jactaba, al dirigir una película, de manipular al público antes que a los actores.
En su cine, como en el de otros grandes directores del género suspenso, se valora la capacidad para inquietar, valiéndose de la suspensión de las resoluciones y no de falsos trucos, como un grito, un golpe de música o un corte abrupto y sin justificación. De ese modo, el misterio se descifra lentamente, para que aumenten las preguntas que se hace el espectador quien espera saber en qué momento va a suceder algo terrible y revelador.

El suspenso en la literatura
Alguien está a punto de comenzar la lectura de una novela de suspenso. La escena no es nueva. Durante el siglo XIX y el XX, este subgénero narrativo hizo las delicias de los, por entonces, voraces consumidores de literatura. ¿Y qué sucede en la actualidad? Sin duda el éxito de las novelas de Stephen King, extensas, misteriosas y terroríficas, o el de las más recientes del autor sueco Stieg Larsson (Milenium I, II y III) y de muchísimas más nos permite decir que el gusto por este tipo de historias no ha cambiado.
Podemos buscar una explicación de su éxito en una entrevista realizada por la cadena inglesa BBC, en 1966. En ella, Hitchcock, que además de ser el gran maestro del cine de suspenso fue un importante cuentista, explicó lo que él llamaba “el juego de poner al público en el lugar de la víctima”. Se refirió a la historia de la madre que cura el hipo de su bebé dándole un susto, y afirmó que el niño que experimenta esa relación entre el susto y el alivio, pronto desarrolla una adicción al miedo. “Ese mismo bebé va al columpio y quiere hamacarse cada vez más alto. De allí pasa a la montaña rusa y de allí a la casa encantada”, dijo. Según Hitchcock, todo el mundo disfruta de “un pequeño susto”.
En la literatura (como ocurre en el cine o en la televisión con el espectador), el suspenso produce una sensación física en el lector. La inquietud, la ansiedad por no saber se sienten en la boca del estómago. El suspenso acelera el corazón. Siempre se apoya en el misterio: lo que desconocemos se oculta, se muestra parcialmente, parece negarse y vuelve a mostrarse de a poco, muy poco. Y el lector es atrapado por ese procedimiento: está suspendido de los hilos de una historia que un hábil narrador mueve a su antojo. Al respecto, Ian Fleming, el famosísimo autor de todas las novelas de James Bond aconseja:
«No puede permitirse que nada interfiera con la dinámica esencial de una novela de suspenso. No puede haber nombres ni relaciones complicadas, ni tampoco viajes o geografías que confundan o irriten al lector, el cual no debe preguntarse nunca dónde estoy, quién es esta persona, qué demonios están haciendo. Y sobre todo deben evitarse las escenas en las cuales el héroe rumia acerca de su mala suerte, revisa su lista de sospechosos o reflexiona acerca de lo que debió haber hecho o de lo que se propone hacer a continuación. Por todos los medios, escoja la escena o enumere las medidas de la heroína tan amorosamente como quiera, pero, al hacerlo, asegúrese de que cada palabra que escoja interese o haga titilar al lector antes de lanzarlo a la acción».
Entonces, Fleming, Hitchcock y todos los grandes autores del género coinciden: en el suspenso, el lector (ustedes, que están a punto de leer una novela de suspenso) juega un papel central. El éxito está en manejar su atención, en engañarlo con falsas pistas que parezcan develar el misterio pero que no lo hagan, en mantenerlo siempre expectante.
En una entrevista, el escritor Guillermo Martínez, autor de la novela de suspenso Crímenes imperceptibles –llevada al cine con el nombre de Los crímenes de Oxford en una pobre adaptación–, habla de novelas actuales y de clásicos del suspenso como Otra vuelta de tuerca de Henry James, Drácula de Bram Stroker, Extraños en un tren de Patricia Highsmith, Misery de Stephen King o El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, que tienen un estilo muy elaborado, búsquedas de un lenguaje personal y atmósferas muy diferentes. «Me parece –dice– que, justamente, cuando aparece un drama, un elemento de suspenso, una intriga (…), en el pacto entre el escritor y el lector hay inmediatamente una segunda dimensión. Y que es la dimensión de que todo se debe leer bajo sospecha. Hay una densidad y una especie de segunda dimensión en la que el lector tiene que leer obligatoriamente entre líneas. De esa manera hay un quiebre de la relación del principio ingenuo que aparece en primer plano y el lector está forzado a entrar en un pacto de inteligencia para tratar de descubrir lo que está por detrás. Eso fuerza al lenguaje del escritor a la doble tarea de iluminar y ocultar: revelar y disimular. Si se pensara pictóricamente, las novelas de suspenso son de claroscuros. Prácticamente de penumbras. Donde se atisba pero no se llega a ver del todo. Esto, necesariamente, lleva a una serie de cuidados, de estrategias del lenguaje, en la manera que las palabras parecen indicar una cosa pero en el fondo se guardan o reservan un segundo filo».
La novela que Wilkie Collins y Charles Dickens escribieron hace más de un siglo y que ustedes van a leer requiere de ese trabajo del lector del que habla Martínez. Tendrán que descubrir en ella lo que está detrás de las palabras; tendrán que leer bajo sospecha lo que parece simple e ingenuo; tendrán que develar, a lo largo de la lectura, lo que las palabras disimulan. Deberán descubrir, en definitiva, el doble filo que esconde lo que se dice en toda gran obra de suspenso.


OBERTURA
Día 30 de noviembre de 1835. En Londres, el reloj de Saint Paul da las diez de la noche. Todas las demás iglesias londinenses esfuerzan sus gargantas metálicas. Algunas empiezan, insolentes, antes que la potente campana de la gran catedral. Otras, rezagadas, lo hacen tres, cuatro o media docena de tañidos después. Pero todas suenan lo bastante cercanas como para dejar en el aire la resonancia de sus acordes, como si el padre alado [1] que devora a sus hijos, al sobrevolar la ciudad, barriera el aire con su vibrante guadaña gigantesca.
¿Pero qué reloj es este, más grave que la mayoría de los otros y de sonido tan agradable? ¿Este que esta noche se retrasa tanto que coincide solo con la vibración final de los demás? Es el reloj de la Casa de Niños Expósitos [2]. En otra época, se recibía a los expósitos sin averiguaciones, en una cuna junto a la verja. Ahora se hacen preguntas sobre ellos y se los recoge de favor, de manos de unas madres que renuncian para siempre a saber de ellos y a reclamarlos.
Hay luna llena y la noche es clara, con ligeras nubes. El día ha sido todo lo contrario, porque el barro y el lodo, espesados por la caída de una niebla densa, ennegrecen las calles. En una noche así, la dama con el rostro cubierto por un velo, que va y viene cerca de la puerta posterior de la Casa de Niños Expósitos, necesita buenos zapatos. Va y viene de aquí para allá, esquivando la parada de los coches de alquiler, y se detiene bajo la sombra del ángulo oeste de la enorme tapia del edificio. Desde ahí, mira hacia la puerta. Así como sobre ella se extiende la pureza del cielo iluminado por la luna, y a sus pies, la suciedad de la vereda, ¿se sentirá su mente dividida entre los opuestos de la reflexión y la acción? Del mismo modo como sus huellas se cruzan y se vuelven a cruzar unas encima de las otras, dibujando un laberinto en el barro, su camino en la vida la ha envuelto en un intrincado y complejo enredo.
La puerta trasera del orfanato se abre y sale una muchacha. La dama se detiene a un costado, observa con atención, ve que alguien cierra la puerta desde adentro, y sigue a la joven.
Ya han caminado dos o tres cuadras en silencio, cuando la dama, que sigue de cerca al objeto de su atención, extiende la mano y toca a la muchacha. Esta se detiene y, sobresaltada, mira hacia atrás.
–Usted hizo lo mismo anoche y, cuando me di vuelta, no quiso hablar. ¿Por qué me sigue como un fantasma silencioso?
–No fue porque no quisiera hablar –respondió la dama en voz baja–. Es que no pude. Lo intenté, pero no pude.
–¿Qué quiere de mí? ¿Alguna vez le hice daño?
–Nunca.
–¿La conozco?
–No.
–Entonces, ¿qué quiere de mí?
–En este sobre hay dos guineas [3]. Reciba este regalo y se lo diré. El rostro de la joven, que es honesto y gracioso, se sonroja mientras responde:
–No hay nadie, ni una persona mayor ni un niño en toda esa institución a la que pertenezco, que no tenga una palabra amable para mí. ¿Seguiría siendo igual si dejara que me comprasen?
–No pretendo comprarla, solo quiero recompensarla. Con gesto firme, pero sin ser dura, Sally cierra la mano que le tiende la dama.
–Señora, me confunde si piensa que haré por dinero algo que podría hacer sin gratificación. ¿Qué quiere?
–Usted es una de las enfermeras o ayudantes del orfanato. La vi salir de allí hoy, y anoche también.
–Sí, lo soy. Me llamo Sally.
–Hay una expresión agradable en su cara, de persona paciente, que me hace pensar que los niños se relacionan con usted con facilidad.
–¡Que Dios los bendiga! Así es. La dama levanta su velo y deja ver una cara de no mucha más edad que la de la enfermera. Un rostro más refinado e inteligente, pero angustiado y consumido por la pena.
–Soy la desgraciada madre de un bebé que desde hace poco está bajo su cuidado. Tengo que pedirle algo.
Instintivamente, y por respeto a la confianza que la dama demostró al alzar su velo, Sally –cuyos modales son espontáneos y sencillos– vuelve a bajarle el velo y comienza a llorar.
–¿Escuchará mi ruego? –pregunta la mujer con inquietud–. ¿No hará oídos sordos al pedido de esta suplicante y destrozada persona en que me convertí?
–¡Querida, querida! –exclama Sally–. ¿Qué le puedo decir? No hable de súplicas. Las súplicas solo se dirigen al Padre Todopoderoso, y no a enfermeras. Además, yo solo me quedaré en este puesto medio año más, hasta que otra joven aprenda lo necesario para ocuparlo. Estoy a punto de casarme. No tendría que haber salido anoche ni tampoco esta noche, pero mi Dick (que es el hombre con quien me casaré) está enfermo, y voy a ayudar a su madre y a su hermana a cuidarlo. ¡No lo tome a mal, no lo tome a mal, por favor!
–¡Oh, mi buena Sally, querida Sally –solloza la dama, mientras la sujeta del vestido con un gesto suplicante–, como usted tiene esperanzas y yo estoy desesperanzada, como frente a usted hay una hermosa vida que jamás estará delante de mí, como puede aspirar a ser una esposa respetada y una orgullosa madre, como es una mujer que vive y que ama y yo debo morir, por el amor de Dios, ¡escuche lo que tengo que pedirle!
–¡Querida, querida MÍA! –exclamó Sally, cuya desesperación estalló en el pronombre–. ¿Qué podría hacer yo? ¡Ay! ¡Mire cómo vuelve mis propias palabras en mi contra! Le digo que estoy a punto de casarme para hacerle ver que pronto me voy a ir y que, por lo tanto, no puedo ayudarla. Y usted hace que todo esto parezca una crueldad. Como si fuera una crueldad que yo me casara y no la ayudara. Eso no es justo, ¿no le parece?
–¡Sally, escúcheme! Mi súplica no tiene que ver con el futuro sino con el pasado. Se lo puedo explicar con dos palabras.
–¡Claro! Si imagino bien cuáles son esas dos palabras, esto se pone cada vez peor –grita Sally.
–Sí, ya lo comprendió. ¿Qué nombre le pusieron a mi bebé? Solo quiero saber eso. Averigüé las costumbres de la institución. Lo bautizaron en la capilla y lo anotaron con algún apellido. Lo recibieron el lunes pasado por la noche. ¿Qué nombre le pusieron?
La mujer está a punto de arrodillarse en el barro pestilente del callejón por el que se han desviado –un callejón solitario y sin salida, que da a los sombríos jardines del orfanato–, mientras hace su apasionada súplica. Pero Sally se lo impide.
–¡No! ¡No! Usted hace que yo me sienta obligada a ser mejor persona de lo que soy. Déjeme ver su cara otra vez. Ponga sus manos sobre la mía. Ahora prometa que jamás me preguntará nada que no sean esas dos palabras.
–¡Nunca! ¡Nunca!
–Si se las digo, ¿nunca hará mal uso de ellas?
–¡Nunca! ¡Nunca!
–Walter Wilding.
La dama oculta su rostro en el pecho de la enfermera, la abraza, susurra una bendición y las palabras «¡Dele un beso por mí!», y desaparece.
······
Primer domingo de octubre de 1847. El gran reloj de Saint Paul marca la una y media de la tarde, hora de Londres. El reloj de la Casa de Niños Expósitos hoy da la misma hora que el de la catedral. En la capilla, el servicio [4] terminó y los niños huérfanos están por comer.
Hay muchas visitas en el comedor, como de costumbre. Dos o tres administradores, familias enteras de la congregación, pequeños grupos de hombres y mujeres, personas rezagadas de diversa condición. El brillo del sol otoñal entra, fresco, en los pabellones. Y las ventanas de marcos pesados a través de las que brilla, y las paredes sobre las que se cuela, recuerdan a las pinturas de Hogarth [5]. El comedor de las niñas, donde también están las más pequeñas, es la principal atracción. Impecables y calladas asistentes se deslizan entre las mesas ordenadas y silenciosas. Los espectadores se mueven o se detienen, según les parezca. Comentarios susurrados, referidos a esa cara que está frente a una determinada ventana, no son infrecuentes: muchas de esas caras llaman la atención. Algunas de las personas que llegan de afuera son visitantes habituales. Han entablado cierta relación con los niños y hasta hablan con los ocupantes de determinados puestos de las mesas, junto a los que se detienen y se inclinan para decir una o dos palabras. Esa amabilidad no es menos valiosa porque esos sean los niños con los que simpatizan. La monotonía de las amplias salas y de las filas de caras se alivia gratamente –aunque muy poco– gracias a esos episodios.
Una dama solitaria, cubierta con un velo, se mueve entre los niños. Se diría que ni la curiosidad ni otro motivo la han traído a este lugar antes. Parece sentirse algo confusa por lo que ve y, mientras camina junto a las mesas, lo hace vacilando y con cierta incomodidad. Por fin llega al comedor de los niños. Son mucho menos populares que las niñas, de modo que no ve visitantes cuando mira desde la entrada. Pero junto a la puerta está una gobernanta [6] bastante mayor, una matrona o ama de llaves. Le hace algunas preguntas comunes: ¿Cuántos niños hay? ¿A qué edad se los deja salir del orfanato? ¿Sueñan con conocer el mar? Y así, despacito, despacito, y todo con un tono más y más bajo cada vez, hasta que llega a hacer la pregunta:
–¿Cuál es Walter Wilding?
La gobernanta sacude la cabeza. Va contra las normas.
–¿Usted sabe cuál es Walter Wilding?
La mujer siente la cercanía con que los ojos de la dama examinan su rostro y, con astucia, baja sus propios ojos hacia el suelo, para que no la traicionen.
–Sí sé quién es Walter Wilding, señora. Pero no es mi tarea revelarles nombres a los visitantes.
–Pero puede señalármelo sin nombrarlo.
La mano de la dama se acerca con suavidad a la de la gobernanta. Pausa y silencio.
–Voy a dar una vuelta por las mesas –dice la interlocutora de la dama, haciendo como si no hablara con ella–. Sígame con los ojos. El niño con el que converse no será el que a usted le interesa. Pero el que toque será Walter Wilding. No me diga nada más y aléjese un poco.
En respuesta a ese pedido, la dama entra en la sala y mira a su alrededor. Pocos instantes después, la gobernanta, con un serio aire profesional, avanza entre las filas de mesas, empezando por la de su izquierda. Recorre toda la hilera, da la vuelta y regresa por el lado interno. Después de una breve mirada hacia la dama, se detiene, se inclina y conversa. El niño al que le habla levanta la cabeza y responde. Con un gesto de buen humor y familiaridad, mientras escucha lo que él le dice, la gobernanta apoya la mano en el hombro de otro niño, el que está a su derecha. Para que su gesto sea evidente, mantiene la mano sobre el hombro mientras le responde al otro, y le da dos o tres palmaditas antes de alejarse. La mujer completa su inspección de las mesas sin tocar a nadie más, y se marcha por la puerta de la sala opuesta a aquella junto a la que está parada la dama.
Una vez terminada la comida, la dama también avanza junto a la fila de mesas que están a mano izquierda, llega al final, gira y vuelve por el lado interno. Afortunadamente para ella, hay otras personas en el comedor y se mueven de aquí para allá. La dama alza su velo, se detiene junto al muchacho señalado por la gobernanta y le pregunta qué edad tiene.
–Doce años, señora –responde el niño, con sus ojos fijos en los de la dama.
–¿Estás bien, y contento?
–Sí, señora.
–¿Serías tan amable de aceptar estos caramelos?
–Si usted me los diera.
Al inclinarse para hacerlo, la señora toca la cara del niño con su frente y su cabello. Después sigue su camino y se marcha, sin mirar atrás.

[1]. Se refiere al dios Cronos, de quien la mitología griega dice que mató a sus hijos para que no lo destronaran. Se lo suele representar como un anciano con una guadaña (símbolo de la muerte) en sus manos. Cronos es el dios del Tiempo, de ahí la relación con los relojes de la ciudad.
[2]. Casa de Niños Expósitos es el nombre que se le daba, hasta fines del siglo XIX, a los orfanatos o instituciones que recibían a los niños abandonados. El nombre de expósitos dado a estos niños se debe a que sus madres los dejaban anónimamente en las calles o en los umbrales de las iglesias y quedaban expuestos a cualquier ataque o daño.
[3]. La guinea era una moneda de oro que se utilizaba en Gran Bretaña. Equivalía a 20 chelines y, posteriormente, a una libra.
[4]. Se refiere a la ceremonia o servicio religioso del día domingo que, si bien no se especifica, puede suponerse que fuera protestante o anglicano.
[5]. William Hogarth (1697-1764) fue un reconocido pintor y grabador inglés, famoso por reflejar en sus obras las costumbres de la sociedad con espíritu moralizador.
[6]. Una gobernanta es una de las encargadas de la administración de una institución.
ACTO I
Se levanta el telón
En un callejón de Londres, sin salida para vehículos ni peatones. Es una especie de plazoleta en la que se ensancha una calle empinada, resbaladiza y sinuosa, que conecta Tower Street con la ribera Middlesex del Támesis. Allí se levantan las oficinas de las Bodegas Wilding y Cía. Probablemente como una broma por la dificultad que presenta este acceso principal, el punto más cercano a su base, por el que alguien podría llegar al río (si quisiera hacerlo sin importarle el olor) lleva el nombre de Escalera Rompecuellos. Y la plaza recibió, en otros tiempos, también el descriptivo título de Rincón del Lisiado.
Años atrás, antes de 1861, la gente había dejado de frecuentar los botes de la Escalera Rompecuellos y los barqueros ya no trabajaban allí. La estrecha calle fangosa se había precipitado hasta el río en un lento proceso de suicidio, y dos o tres restos de pilotes y un oxidado anillo para el amarre eran todo lo que quedaba de las pasadas glorias de Rompecuellos. Algunas veces, una barcaza cargada de carbón llegaba hasta el lugar, y algunos laboriosos cargadores –que parecían salidos del barro– repartían su carga en el vecindario, volvían a zarpar y se desvanecían. Pero durante la mayor parte del tiempo, el único comercio de la Escalera Rompecuellos consistía en el acarreo de barriles y botellas, tanto llenas como vacías, desde y hacia la bodega de Wilding y Cía. Incluso este trabajo era solo ocasional, y en las tres cuartas partes de las mareas altas, el color indecorosamente sucio del río se escurría, solitario, hasta el anillo herrumbrado para lamerlo, como si supiera de Venecia y del Adriático.
A unas doscientas cincuenta yardas a la derecha, en la colina de enfrente (subiendo por la Escalera Rompecuellos), estaba el Rincón del Lisiado. En el Rincón del Lisiado había una bomba y en el Rincón del Lisiado había un árbol. Todo el Rincón del Lisiado pertenecía a Wilding y Cía., vendedores de vino. Sus bodegas se hundían bajo el edificio y su vivienda se erigía sobre él. Realmente había sido una mansión en los días en que los comerciantes habitaban la ciudad, y tenía un ceremonioso tejadito en la entrada, sin ninguna columna visible, como si se tratara de un viejo púlpito [7]. También tenía un cierto número de estrechas hileras de ventanas, dispuestas de tal manera sobre el ladrillo oscuro que quedaban simétricamente horribles. Y sobre el techo, una cúpula con una campana.
–Considero, Mr.[8] Bintrey, que cuando un hombre, a las cinco y veinte, puede ponerse este sombrero y decirse «este sombrero cubre al dueño de esta propiedad y del negocio que se lleva a cabo allí» sin hacer alarde, puede estar profundamente agradecido. No sé qué piensa usted al respecto, pero esto es lo que pienso yo.
Así hablaba Mr. Walter Wilding a su abogado, en su oficina, tomando su sombrero para acompañar la palabra con la acción y, a continuación, lo volvía a colgar, para no apartarse de su modestia habitual.
Un hombre inocente, franco, de aspecto fresco, el señor Walter Wilding, con su piel blanca y sonrosada y una figura que, para sus pocos años, resultaba demasiado voluminosa a pesar de su estatura. Tenía el cabello ondulado y castaño, y los ojos, amigables, brillantes y azules. Se trataba de un hombre extremadamente comunicativo, un hombre para el que la locuacidad [9] resultaba ser la expresión irrefrenable de la alegría y de la gratitud. Mr. Bintrey, en cambio, era un hombre reservado, con ojos centellantes como cuentas en una cabeza grande y calva, que disfrutaba en su interior, aunque intensamente, de una palabra franca, o de la mano o del corazón abiertos.
–Sí –dijo Mr. Bintrey–. Sí. ¡Ja, ja! Sobre el escritorio había una jarra, dos vasos de vino y un plato de bizcochos.
–¿Le gusta este oporto de cuarenta y cinco años? –preguntó Mr. Wilding.
–¿Gustarme? –repitió Mr. Bintrey–. ¡Claro que sí!
–Es del mejor lote de nuestros vinos de cuarenta y cinco –aclaró Mr. Wilding.
–Gracias, señor. Es excelente –respondió Mr. Bintrey y volvió a reír, mientras alzaba su vaso y lo miraba con aprobación, ante la muy absurda idea de no aprovechar semejante vino.
–Pues bien –dijo Wilding, infantilmente contento al hablar de sus asuntos–. Creo que tenemos todo en orden, Mr. Bintrey.
–Todo en orden –coincidió Bintrey.
–Un socio asegurado...
–Un socio asegurado... –repitió Bintrey.
–El anuncio pidiendo un ama de llaves...
–El anuncio para que un ama de llaves venga a «presentarse personalmente en el Rincón del Lisiado, Great Tower Street, de diez a doce», mañana, dicho sea de paso –dijo Bintrey.
–Los asuntos de mi difunta madre solucionados...
–Solucionados.
–Y todos los gastos pagados.
–Y todos los gastos pagados –coincidió una vez más Bintrey sonriendo, tal vez por la rara circunstancia de que le hubieran pagado sin regateos.
–Nombrar a mi querida difunta madre –continuó Mr. Wilding, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y las secaba con su pañuelo– todavía me afecta, Mr. Bintrey. Usted sabe cuánto la quería. Y también sabe cuánto me quería ella. Nos unía el amor más grande que pueda haber entre una madre y un hijo, y jamás tuvimos un momento de distanciamiento o desdicha desde que me tomó a su cuidado. ¡Trece años en total! ¡Trece años al amparo de mi querida difunta madre, Mr. Bintrey! ¡Y ocho de ellos reconocido en secreto como su hijo! Nadie sabe esta historia mejor que usted, Mr. Bintrey.
Mr. Wilding dejó escapar un sollozo y se secó los ojos sin tratar de ocultar sus gestos mientras hablaba. Mr. Bintrey tomó un sorbo del inspirador oporto y, después de paladearlo, aseguró:
–Conozco esa historia.
–Mi querida difunta madre, Mr. Bintrey –siguió el bodeguero–, tuvo una profunda decepción y pasó por sufrimientos crueles. Pero sobre ese tema los labios de mi querida difunta madre siempre estuvieron sellados. Quién la engañó y en qué circunstancias, solo el Cielo lo sabe. Mi querida difunta madre nunca traicionó a quien la había traicionado.
–Ella perdonó en su corazón. Estaba segura de lo que hacía y pudo mantener su decisión –dijo Mr. Bintrey, que una vez más remojaba su paladar con el vino. Y con una chispa divertida en sus ojos añadió–: ¡Mucho mejor de lo que usted habría querido!
–«Honra a tu padre y a tu madre» –dijo Mr. Wilding, citando uno de los mandamientos–. Cuando estaba en el orfanato, Mr. Bintrey, me sentía tan incapaz de hacerlo que temí que mis días fueran cortos en la Tierra. Pero más tarde llegué a honrar a mi madre profundamente. Y ahora honro y reverencio su memoria. Durante siete felices años –siguió Wilding, siempre con el mismo sollozo inocente y las mismas lágrimas no disimuladas–, mi excelente madre me relacionó con mis predecesores en este negocio, la empresa Pebbleson y Sobrino. Por previsión, me mandó como aprendiz a la Compañía de Viñateros y luego me hizo establecer como viñatero independiente y... y todo lo demás que pueda desear la mejor de las madres. Cuando llegué a la mayoría de edad, me dejó la parte que ella había heredado de Pebbleson y Sobrino. Después, con su dinero compré la otra parte y le cambié el nombre por el de Wilding y Cía. Ella me dejó todo lo que poseía, exceptuando el anillo de luto que le legó a usted. Pero, Mr. Bintrey –dijo mientras lo interrumpía un nuevo estallido de intenso dolor–, ella ya no está con nosotros. Hace poco más de seis meses que vino al Rincón para leer con sus propios ojos el letrero que dice Wilding Y Cía. Bodegueros. ¡Y ya no está con nosotros!
–Es triste, pero es la ley de la vida, Mr. Wilding –observó Bintrey–. Tarde o temprano ya no estaremos aquí.
–Es cierto, Mr. Bintrey –siguió Wilding, mientras guardaba su pañuelo y se enjugaba los ojos con los dedos–, que yo ya no puedo demostrarle mi amor y mi respeto a la querida mujer por la que mi corazón se sintió misteriosamente atraído, por obra de la Naturaleza, desde la primera vez que me habló (y sabe Dios que me pareció una señora rara aquella tarde en el comedor del orfelinato). Pero al menos puedo demostrar que no me avergüenzo de haber sido un huérfano y que yo, que no conocí a mi padre, quiero ser un padre para todos mis empleados. Por lo tanto –continuó Wilding, que empezaba a ponerse entusiastamente locuaz–, por lo tanto, quiero que un ama de llaves excelente se ocupe de la casa de Wilding y Cía. Bodegueros, en el Rincón del Lisiado, para que yo pueda recuperar en mi establecimiento algo de las antiguas relaciones entre empleador y empleado. ¡Así podré vivir en el mismo sitio en que se producen mis ingresos! Y me sentaré cada día a la cabecera de la mesa en la que los empleados de mi bodega comen juntos. Y comeré con ellos la misma carne asada, las mismas verduras cocidas, y beberé la misma cerveza. ¡Los que trabajen en mi negocio vivirán bajo mi techo! Y todos seremos uno. Perdóneme, Mr. Bintrey, pero de pronto volví a oír esos cánticos en mi cabeza, y le agradeceré que me acompañe hasta la bomba.
Alarmado por el excesivo acaloramiento de su cliente, Mr. Bintrey lo llevó inmediatamente hasta el patio. Fue fácil hacerlo, porque la oficina en la que estaban daba al patio interno, a un costado de la vivienda. Allí, el abogado bombeó con todas sus ganas, respondiendo a una señal del joven, que se mojó la cabeza y la cara con las dos manos, tomó un buen trago y declaró que se encontraba mucho mejor.
–No permita que sus sentimientos lo alteren –dijo Bintrey mientras volvían al despacho, donde Mr. Wilding se secó con una toalla que había detrás de la puerta.
–No, no lo haré –respondió, al mismo tiempo que dejaba de mirar la toalla–. No lo haré. No estuve confuso, ¿verdad?
–Para nada. Todo está muy claro.
–¿Dónde me interrumpí, Mr. Bintrey?
–Se interrumpió, aunque no es para preocuparse, en lo mismo de siempre.
–Tendré cuidado. Tendré cuidado. ¿Cuándo volvieron los cánticos a mi cabeza, Mr. Bintrey?
–Con lo de la carne asada, las verduras y la cerveza –respondió el abogado sin dudar–, lo de vivir bajo el mismo techo, lo de ser todos uno...
–¡Ah! Y todos juntos cantando en mi cabeza...
–Ya sabe que, si estuviese en su lugar, yo no permitiría que mis buenos sentimientos me alteraran –volvió a sugerir el abogado, ansioso–. Volvamos a la bomba.
–No es necesario, no es necesario. Bien, Mr. Bintrey. ¡Todos seremos como una gran familia! Ya ve, de niño no me acostumbré a esa especie de existencia individual que casi todos llevan, más o menos, en la infancia. Después, me dediqué a la relación con mi querida difunta madre. Y ahora que la perdí, siento que nací para ser parte de un conjunto, y no para estar aislado. Vivir de este modo y a la vez cumplir mi deber con los que dependen de mí tiene una suerte de aureola patriarcal y agradable. No sé qué piensa usted al respecto, Mr. Bintrey, pero así es como lo veo yo.
–En este asunto, el que importa es usted –respondió Bintrey–. Por lo tanto, lo que yo pueda pensar sobre este tema significa muy poco.
–¡Pues yo pienso –dijo Mr. Wilding, con vivacidad– que es prometedor, beneficioso, encantador!
–Verá –volvió a sugerir el abogado–, no quise decir...
–Además, está Haendel.
–¿Quién? –preguntó Bintrey.
–Haendel, Mozart, Haydn, Kent, Purcell, el Doctor Arne, Greene, Mendelssohn [10]. Conozco los coros de sus cantatas [11] de memoria. El repertorio de la capilla del orfanato. ¿Por qué no podemos aprenderlos juntos?
–¿Aprenderlos juntos? ¿Quiénes? –preguntó el abogado, con un tono algo brusco.
–Empleador y empleados.
–¡Ah, ah! –dijo Bintrey, más aliviado, como si hubiese estado esperando que la respuesta fuera «abogado y cliente»–. Eso es otra cosa.
–¡No es otra cosa! Es la misma cosa. Una cláusula del pacto que hay entre nosotros. Formaremos un coro en alguna iglesia tranquila y cerca del Rincón. Y después de haber cantado juntos un domingo, volveremos a casa gustosos, a cenar temprano, también gustosos. Ahora me propongo poner este sistema en marcha sin demora, para que mi nuevo socio lo encuentre funcionando cuando ingrese en la sociedad.
–¡Que todo vaya bien! –exclamó Bintrey, mientras se ponía de pie–. ¡Que la prosperidad les sonría! ¿Joey Ladle piensa tomar parte en eso de Haendel, Mozart, Haydn, Kent, Purcell, el Doctor Arne, Greene y Mendelssohn?
–Eso espero.
–Les deseo a todos lo mejor –replicó Bintrey sinceramente–. Adiós, señor.
Se dieron la mano y se separaron. Después (no sin antes golpear para anunciarse), entró por una puerta que comunicaba la oficina privada de Mr. Wilding con la oficina de los empleados, el encargado de bodegas de Wilding y Cía., y antiguo encargado de bodegas de Pebbleson y Sobrino. Era el ya mencionado Joey Ladle, un hombre lento y robusto, del tipo de los changarines, vestido con un traje arrugado y un delantal con pechera de un material entre esterilla y piel de rinoceronte.
–Por lo del asunto de la casa y comida pa’ todo, joven patrón Wilding –dijo.
–¿Sí, Joey?
–Hablo por mí, joven patrón Wilding, y jamás hablé ni jamás voy a hablá por nadie má. Entoavía no quiero casa ni comida. Pero si usté quiere darme de comé y alojarme, hágalo. Puedo picá lo que venga, como la mayoría de los mortales. Dónde vaya a comé no es un asunto tan importante como lo de qué como. Ni siquiera me preocupa demasiado cuánto pico. ¿Todos van a viví en la casa, joven patrón Wilding? ¿Los otro do grandes, los tre changarine, los do aprendice y los cadete?
–Sí. Espero que seamos una familia unida, Joey.
–¡Ah! Que lo sean.
–¿Que lo sean? Que lo seamos, Joey.
Joey Ladle sacudió la cabeza.
–No cuente conmigo p’ hablá de un «nosotro», joven patrón Wilding. No en esta tapa de la vida y dada las circunstancia que marcaro mi caráter. A Pebbleson y Sobrino les dije más de una ve, cuando me decían: «Póngale mejor cara a la cosa, Joey», yo les dije má de una ve: «Señore, eso de ponerle buena cara a la cosa está bien pa’ ustedes, que se han acostumbrado a introducí el vino en su organismo a travé del alegre conduto de sus garganta, pero –digo– yo me acostumbré a tomar vino por los poros de la piel. Y tomado de esa forma, no atúa igual. Resulta deprimente. Una cosa, señore –le digo a Pebbleson y Sobrino– es llená los vaso en un comedó, entre gritos de hurra y fiesta, y otra, sentí que te se llenan los poro de vino en una cava [12] oscura y llena ‘e moho. Es la diferencia que hay entre burbujas y vapore». Eso le digo a Pebbleson y Sobrino. Y es tal cual. He sido un hombre de bodega toda mi vida, con la cabeza entregá totalmente al negocio. ¿Cuál e’ el resultado? Soy el hombre más confuso del mundo. No encontrará usté un hombre más confuso que yo, ni otro tan melancólico. ¿Eso que cantan de «Llena el vaso hasta el borde, que cada gota que dejes caé, en un entrecejo fruncío, borra una arruga»? Sí, puede que sea así pa’ alguno. ¡Pero a vé qué pasa si te llenas a ti mismo por los poro, bajo tierra, aunque no quiera!
–Siento oír lo que dice, Joey. Incluso había pensado que participaría en el coro, en casa.
–¿Yo, señó? No, no, joven patrón Wilding, no agarrará usté a Joey Ladle embrollado con la armonía. Comé, e’ todo lo que puedo hacé fuera de mis bodega. Pero se agradece si usté piensa que merece la pena conservá una cosa así en su negocio.
–Claro que lo pienso, Joey.
–No diga más, señó. La palabra «negocio» es mi ley. ¿Y va usté a incorporá como socio de la bodega al joven patrón George Vendale?
–Eso haré, Joey.
–¡Más cambios! Pero no cambie otra vez el nombre de la empresa. No lo haga, joven patrón Wilding. Ya bastante mala suerte con convertilo en «Yo Mismo y Compañía». Mejó, por mucho, habría sío dejá Pebbleson y Sobrino, que la güena suerte siempre fue con ellos. No se debería cambiá la suerte cuando e’ güena, señó.
–De todos modos, no tengo intención de cambiar otra vez el nombre de la bodega, Joey.
–Me alegra sabelo, y le deseo que pase un buen día, joven patrón Wilding. Pero habría sido mejó –murmuró Joey Ladle muy bajo, mientras cerraba la puerta y sacudía la cabeza– dejá tranquilo el nombre desde el principio. Habría sido muchísimo mejó dejá tranquila a la suerte en lugá de enfrentarse con ella.
Entra en escena el ama de llaves
Para entrevistar a las interesadas en ocupar el puesto vacante en su establecimiento, a la mañana siguiente el bodeguero se había instalado en el comedor. Era una habitación anticuada, revestida con paneles de madera adornados con guardas de flores talladas, piso de roble, una alfombra turca muy raída y muebles oscuros de caoba que, en la época de Pebbleson y Sobrino, habían estado cuidados. Un gran armario había asistido a muchas comidas de negocios ofrecidas por Pebbleson y Sobrino a sus relaciones, siguiendo la idea de que, si se tiran arenques por la borda, se cazan ballenas. Y el amplio calientaplatos triangular, que ocupaba todo el frente de la gran chimenea, montaba guardia sobre un aparador con forma de sarcófago, que por entonces guardaba varias docenas de botellas del vino de Pebbleson y Sobrino. Pero el viejo solterón, menudo y rozagante, peinado con coleta, cuyo retrato colgaba en la pared arriba del armario (a quien sin duda podía identificarse como Pebbleson y no como Sobrino) había pasado a otro sarcófago. Y el calientaplatos ya estaba tan frío como él. De igual modo, los animales fabulosos que sostenían unos candelabros y que sujetaban en sus bocas unas bolas negras en las que terminaban unas cadenas doradas, tenían el aspecto de haber perdido con la edad todas las ganas de jugar a la pelota, y más parecía que exhibían con pena sus cadenas en la fila de interrogatorios de una prisión: tal vez ya eran libres y habían dejado de ser seres mitológicos y hermanos.
Aquella mañana de verano era tan descubridora como Colón, pues había descubierto el Rincón del Lisiado. La luz y el calor atravesaban las ventanas abiertas e iluminaban el retrato de una dama que colgaba sobre la repisa de la chimenea, único adorno de las paredes que faltaba mencionar.
–Mi madre a los veinticinco años –se dijo Mr. Wilding, mientras sus ojos vivaces seguían la luz en el rostro del retrato–. Está ahí, para que los visitantes puedan admirarla en la flor de su juventud y de su belleza. A mi madre a los cincuenta la tengo en mi cuarto, como un recuerdo sagrado. ¡Ah, es usted, Jarvis!
Estas últimas palabras iban dirigidas a un empleado que había llamado a la puerta y estaba entrando.
–Sí, señor. Solo quería avisarle que ya son las diez y que hay varias mujeres esperando.
–¡Pero claro! –dijo el bodeguero, a la vez que sus sonrojos se volvían más rojos y sus blancuras más blancas–. ¿Vinieron varias? ¿Cuántas? Será mejor que empiece antes de que sean más. Las entrevistaré una por una, Jarvis, según el orden de llegada.
De inmediato se acomodó en su sillón, detrás del gran tintero colocado sobre la mesa, no sin antes haber puesto una silla al otro lado, frente a su asiento. De este modo, Mr. Wilding inició su tarea con bastante ansiedad.
Tuvo que soportar las incomodidades propias de esas ocasiones. Se presentaron, como sucede habitualmente, mujeres con absoluta carencia de simpatía y mujeres de excesiva simpatía. Se presentaron viudas corsarias que querían apoderarse de él y que llevaban el paraguas sujeto bajo el brazo, como si cada paraguas fuera él y cada brazo lo hubiera atrapado. Se presentaron señoritas solteras muy solemnes, que habían conocido tiempos mejores, y que llegaron provistas de declaraciones de su confesor sobre su religiosidad, como si Wilding fuera San Pedro, el de las llaves [13]. Se presentaron jovencitas agradables, que en realidad iban para casarse con él. Se presentaron amas de llaves profesionales, que parecían militares sin galones, y que le tomaron examen sobre su modo de organizar la casa, en lugar de someterse a un aprendizaje. Se presentaron lánguidas inválidas que buscaban más la comodidad de un hospital privado que un sueldo. Se presentaron criaturas sensibles, que estallaron en lágrimas cuando él les dirigió la palabra y tuvieron que ser reconfortadas con vasos de agua fría. Se presentaron algunas candidatas que llegaban de a dos, una muy aceptable y la otra absolutamente inaceptable. La aceptable era la que contestaba todas las preguntas con mucha gracia, hasta que por fin se descubría que no era la verdadera candidata sino una amiga de la inaceptable, que mantenía la mirada baja, en completo silencio y dando la impresión de estar ofendida.
Y cuando el bondadoso corazón del bodeguero estaba a punto de darse por vencido, se presentó una aspirante muy distinta de las demás. Una mujer, tal vez de unos cincuenta años, aunque parecía más joven, con una cara que llamaba la atención por su tranquila alegría, y una actitud que también llamaba la atención por su sereno equilibrio. Nada se podría haber cambiado en su ropa para mejorarla. Nada se podría haber cambiado en la seguridad callada de su aspecto para mejorarlo. Nada correspondía mejor con estas características que su voz, cuando respondió a la pregunta: «¿Cuál es el nombre que tendré el placer de anotar?», con la frase: «Mi nombre es Sarah Goldstraw, Mrs. Goldstraw [14]. Mi marido murió hace años y no teníamos hijos».
Solo media docena de preguntas habrían bastado para obtener la información necesaria, referida al objetivo principal. Pero su voz resultaba tan agradable a los oídos de Mr. Wilding que, mientras tomaba nota, se demoró bastante. Cuando alzó los ojos, la mirada de Mrs. Goldstraw naturalmente había recorrido la habitación y en ese momento volvía a él, desde la repisa de la chimenea. Con su actitud, demostraba estar dispuesta a que la interrogaran y a contestar con sinceridad.
–¿Me disculpa si le hago algunas preguntas? –dijo el modesto bodeguero.
–Por supuesto, señor. Si no fuera así, no habría venido.
–¿Ha trabajado antes como ama de llaves?
–Solo una vez. Durante doce años viví con una señora viuda, desde que perdí a mi marido. Pero ella murió hace poco y por eso llevo luto.
–Imagino que le habrá dejado excelentes referencias –dijo Mr. Wilding.
–Creo que las mejores. Pensé que lo indicado era traer por escrito el nombre y los datos de los representantes de esa dama, señor –y puso una tarjeta sobre la mesa.
–Es raro, Mrs. Goldstraw –comentó Wilding mientras tomaba la tarjeta–, pero usted trae a mi memoria el recuerdo de una actitud y una voz que me son familiares. No de una persona, sino de un modo de ser. Sin embargo no puedo recordar qué es lo que tengo en la memoria. Debo añadir que se trataba de un modo de ser amable y simpático.
La mujer sonrió al contestar:
–Eso me alegra mucho, señor.
–Era un modo de ser amable y simpático –repitió, pensativo, mientras echaba un rápido vistazo a su futura ama de llaves–. Pero es todo lo que le puedo decir. A veces los recuerdos son como sueños olvidados a medias. No sé qué piensa al respecto, Mrs. Goldstraw, pero así es como lo veo yo.
Tal vez Mrs. Goldstraw pensaba lo mismo, porque hizo un silencioso gesto de aprobación. Mr. Wilding mencionó que se pondría de inmediato en contacto con los caballeros nombrados en la tarjeta: un estudio de procuradores del Colegio de Abogados de los Comunes [15]. Mrs. Goldstraw asintió, agradecida. El estudio no estaba lejos de allí, así que Mr. Wilding sugirió que Mrs. Goldstraw volviera tres horas después. Mrs. Goldstraw estuvo de acuerdo. En síntesis, como el resultado de las averiguaciones de Mr. Wilding fue muy satisfactorio, esa misma tarde Mrs. Goldstraw se comprometió (en los términos perfectamente correctos que ella misma propuso) a volver al día siguiente para instalarse como ama de llaves en el Rincón del Lisiado.
Habla el ama de llaves
Al día siguiente, Mrs. Goldstraw llegó para hacerse cargo de sus deberes domésticos. Después de acomodarse en su cuarto, sin molestar a los sirvientes y sin perder tiempo, la nueva ama de llaves dijo que escucharía con gusto las recomendaciones que su patrón quisiera hacerle. El bodeguero recibió a Mrs. Goldstraw en el comedor en el que la había entrevistado el día anterior y, después de intercambiar las habituales cortesías, los dos se sentaron para revisar juntos los asuntos de la casa.
–Sobre las comidas, señor –dijo Mrs. Goldstraw–, ¿tendré que ocuparme de muchas personas o de pocas?
–Si puedo poner en marcha un antiguo plan, tendrá que ocuparse de muchas personas –respondió Mr. Wilding–. Soy un soltero solitario, Mrs. Goldstraw, y me propongo vivir con todas las personas de la empresa como si fueran miembros de mi familia. Hasta que eso ocurra, solo tendrá que ocuparse de mí y de mi nuevo socio, al que estoy esperando de un momento a otro. No puedo decirle aún cuáles son sus costumbres. Pero en cuanto a mí, le anticipo que soy hombre de horarios fijos, con un apetito del que siempre podrá estar segura.
–¿En cuanto al desayuno, señor –preguntó Mrs. Goldstraw–, hay algo especial...?
El ama de llaves dudó por un momento y dejó la frase sin terminar. Sus ojos se alejaron lentamente de su patrón y se detuvieron en la repisa de la chimenea. Si ella no hubiera sido un ama de llaves excelente y con experiencia, Mr. Wilding podría haber pensado que la atención de la mujer empezaba a vagar desde casi el comienzo mismo de la reunión.
–Desayuno a las ocho en punto –continuó el bodeguero–. Una de mis virtudes es que no me canso nunca del tocino frito. Y uno de mis pecados es dudar siempre de la frescura de los huevos.
Mrs. Goldstraw volvió los ojos hacia él, pero su atención seguía dividida entre la repisa de la chimenea de su patrón y su patrón en persona.
–Tomo té –siguió Mr. Wilding–, y en eso creo ser bastante terminante e impaciente, porque me gusta beberlo inmediatamente después de preparado. Si mi té reposa demasiado...
También Wilding dudó y dejó la frase sin terminar. Si no hubiera estado concentrada en la discusión de un tema tan importante para ella como el desayuno de su patrón, Mrs. Goldstraw podría haber pensado que la atención de él había empezado a vagar casi desde el comienzo de la reunión.
–¿Si su té reposa demasiado, señor? –repitió el ama de llaves, para retomar educadamente el hilo de la frase de su patrón.
–Si mi té reposa demasiado –repitió el bodeguero, con tono mecánico, mientras su mente se alejaba más y más de su desayuno, y sus ojos se fijaban más y más inquisitivos en el rostro de su ama de llaves–. Si mi té... ¡Por Dios, Mrs. Goldstraw! ¿A qué figura y a qué tono de voz me recuerda usted? Hoy es más fuerte que cuando nos vimos ayer. ¿Qué será?
–¿Qué será? –se preguntó también Mrs. Goldstraw.
Evidentemente, el ama de llaves dijo esas palabras mientras pensaba en otra cosa. El bodeguero, que aún la miraba con aire inquisitivo, observó que los ojos de Mrs. Goldstraw se desviaban una vez más hacia la repisa de la chimenea, para detenerse en el retrato de su madre, colgado allí, y lo contemplaban con ese mínimo encogimiento del entrecejo que acompaña un esfuerzo casi inconsciente de la memoria. Mr. Wilding señaló:
–Mi querida difunta madre, cuando tenía veinticinco años. Con un movimiento de cabeza, Mrs. Goldstraw le dio las gracias por haberse tomado el trabajo de decirle de quién era el retrato. Luego comentó que era el retrato de una dama muy hermosa.
Mr. Wilding, confundido nuevamente, una vez más intentó recuperar aquel recuerdo asociado tan de cerca, aunque tan oscuramente, con la voz y el aspecto de su nueva ama de llaves.
–Disculpe que le pregunte algo que no tiene nada que ver conmigo o con mi desayuno –dijo–. ¿Alguna vez realizó una actividad distinta de la de ama de llaves?
–Oh sí, señor. Cuando era muy joven trabajé como enfermera en la Casa de Niños Expósitos.
–¡Claro, eso es! –exclamó el bodeguero e inclinó su silla hacia atrás–. ¡Ese es el tipo que usted me recuerda!
Mrs. Goldstraw lo miró asombrada, cambió de color, se controló, clavó sus ojos en el suelo y siguió sentada, sin decir una palabra.
–¿Qué le ocurre? –preguntó Mr. Wilding.
–¿Tengo que deducir que usted estuvo en la Casa de Niños Expósitos, señor?
–Claro que sí, no me avergüenzo de ello.
–¿Con su nombre actual?
–Con el nombre de Walter Wilding.
–¿Y la dama...?
Mrs. Goldstraw hizo una pausa para dar una mirada al retrato, una mirada que ya mostraba una alarma inequívoca.
–Usted dice, mi madre –la interrumpió Mr. Wilding.
–Su... madre –repitió el ama de llaves, haciendo un esfuerzo–, ¿cuándo lo sacó de la Casa de Niños Expósitos? ¿A qué edad, señor?
–Cuando tenía entre once y doce años. Es una historia romántica, Mrs. Goldstraw.
Con su estilo, inocente y comunicativo, le contó la historia de la dama que le había hablado cuando él estaba comiendo con los demás niños en el orfanato, y todo lo que ocurrió después.
–Mi pobre madre jamás me habría encontrado de no haber sido por una de las asistentes, que se apiadó de ella y accedió a tocar al muchacho llamado «Walter Wilding», mientras se paseaba entre las mesas. Y así mi madre volvió a encontrarme, después de haberse separado de mí cuando yo era un bebé, junto a las puertas de la Casa de Niños Expósitos.
Al escuchar esas palabras, la mano de Mrs. Goldstraw, que tenía apoyada sobre la mesa, cayó desmayada sobre su falda. Sentada, con los ojos fijos en su nuevo patrón, empalideció como una muerta y sus ojos mostraron una conmoción indescriptible.
–¿Qué ocurre? –preguntó el bodeguero–. ¡Un momento! ¿Hay algo más en el pasado que yo deba asociar con usted? Recuerdo que mi madre me habló de otra persona del orfanato, con quien tenía una deuda de gratitud. Al poco tiempo de separase de mí, siendo yo un bebé, una de las enfermeras le dijo cuál era el nombre que me habían puesto en la institución. ¿Usted era esa enfermera?
–Que Dios me perdone, señor, ¡sí, yo era esa enfermera!
–¿Que Dios la perdone?
–Señor, mejor volvamos (si puedo atreverme a pedírselo) al tema de mis deberes en la casa –rogó Mrs. Goldstraw–. Su desayuno a las ocho. ¿Almuerza a mediodía?
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