Read the book: «Transfeminismo o barbarie»
TRANSFEMINISMO
O BARBARIE
AINGERU MAYOR
AITZOLE ARANETA
ALICIA RAMOS
CARMEN ROMERO BACHILLER
CAROLINA MELONI
DUEN SACCHI
JAVIER SÁEZ
LEO MULIÓ
LUCAS PLATERO
MAFE MOSCOSO
MARÍA GALINDO
NURIA ALABAO
OLGA AYUSO
PATRICIA REGUERO
SILVIA L. GIL
KAÓTICA LIBROS
© Kaótica Libros es un proyecto editorial de Ana Orantes, Sofía Sánchez y Lidia López.
© Texto original: Los autores y las autoras
© Imagen de cubierta: Zirconicusso (Adobe Stock)
© Diseño: Kaótica Libros
© Edición: Kaótica Libros
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Colección Teorías del Caos, 2
Editado en Madrid, EspañaPrimera edición: noviembre, 2020
ISBN: 978-84-122129-2-1
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DECLARACIÓN DE INTENCIONES
El libro que tienes en tus manos nace de la necesidad de lanzar una respuesta conjunta ante los nuevos ataques tránsfobos que, desde hace algunos años, y al amparo del anonimato de las redes sociales, se están dando en la actualidad. Están surgiendo debates que hacía tiempo se habían cerrado, discusiones que ponen en duda el cumplimiento de los Derechos Humanos, haciendo uso para ello de las peores técnicas de manipulación del lenguaje, las mismas, lamentablemente, que ya definiera en su día Víctor Klemperer para referirse a la importancia que tuvo la politización de las palabras en la imposición del nazismo en la sociedad alemana. Es lamentable que sean ahora muchas de las que habían sido nuestras «compañeras» feministas quienes tratan, desde ciertas tribunas y posiciones de poder político, de expulsar al resto de un lugar que, por derecho, no les pertenece, porque es el lugar de todas, todos y todes. Pero no vamos a ahondar en ello porque para eso os ofrecemos una buenísima selección de voces.
Estaréis de acuerdo con nosotras, porque no es difícil de percibir, que la mayor parte de las personas, sean afines o no al movimiento feminista, que quieren comprender lo que está sucediendo y por qué existe cierto sector que quiere excluir a las personas trans del movimiento feminista, se encuentran ante un aparatoso cúmulo de desinformaciones basadas en hilos de Twitter. Sus ataques van dirigidos de forma directa a las mujeres trans. Cabe decir que las realidades de los hombres trans no les interesan porque dejan al descubierto las incongruencias de su argumentario.
Nuestra única intención con Transfeminismo o barbarie es ayudar a desentrañar, a través de los textos de todos los colaboradores y colaboradoras, esta realidad –que no tendría que ser ya hoy ninguna problemática–, para que pueda ser entendida socialmente –y, en consecuencia, apoyada– por aquellas personas a las que las realidades trans les son ajenas, bien por falta de contacto con ellas, bien porque, como sabemos, no tienen una cobertura en profundidad en los medios de comunicación generalistas o, incluso, porque han intentado acercarse a ellas y, ante la avalancha desinformativa y desorientativa, han desistido en sus intenciones.
Estas quince voces, referentes y diversas, reunidas en este volumen, han escrito sobre la importancia de la lucha transfeminista y también sobre las tan denostadas y conceptualmente desvirtuadas por algunos sectores, teorías queer. Agradecemos a todas, todos y todes los que han colaborado en el libro, con el deseo de que en próximos proyectos puedan unirse más. Este es un agradecimiento necesario, Kaótica Libros es un proyecto nacido en enero de 2020, este es el tercer título que ve la luz dentro de nuestro sello y contar con su confianza y compromiso –sin apenas saber sobre nosotras– es algo que agradeceremos siempre. Hay colaboradores y colaboradoras a las que ya conocíamos gracias a los años que llevamos en el activismo trans; otros, otras y otres han sido descubrimientos recientes que nos han despertado una profunda admiración.
Antes de concluir esta nota vemos necesario aclarar una cuestión relativa a la edición del libro por la que se nos han preguntado cuando comenzamos a promocionar su publicación. Nos referimos, en concreto, a la elección del título: Transfeminismo o barbarie. El año pasado se cumplió el primer centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo, después de haber sido encarcelada y torturada por paramilitares reclutados por el gobierno. «La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente» es una de sus frases más conocidas junto a la famosísima «Socialismo o barbarie» con la que Rosa ya preveía hace 100 años la revigorización de un sistema capitalista absolutamente depredador e hipócrita. Como es evidente, basamos el título de este libro colectivo que ahora lees, en esta reconocida expresión. No son pocas las publicaciones que la han usado y la han adaptado a sus propios intereses, somos conscientes de ello, así que sirva también este libro como respuesta.
El DRAE define bárbaro/a con siete acepciones muy distintas entre sí. Nosotras usamos la palabra «barbarie» en este título como sinónimo de falta de educación, respeto; tratar de forma grosera, grotesca e invasiva al otro. Por supuesto, esta definición se opone frontalmente con cualquier intencionalidad relativa al uso de un lenguaje que pudiera considerarse colonialista. Como podréis ver en los textos recogidos, para nosotras la lucha decolonial es fundamental y radicalmente necesaria dentro de la batalla diaria contra el heteropatriarcado-liberal-capitalista y son muchas las voces que aquí hacen un especial hincapié en esta cuestión.
Y es esta la tonalidad que consideramos necesaria remarcar, porque las revoluciones no se dan pidiendo permiso, y porque reconociendo las violencias que se han ejercido sobre los cuerpos y el quiebre de sus fronteras imaginarias, es hoy nuestro deber defenderlas mediante el fuego transmutador de la palabra, por lxs nuestrxs, que son lxs otrxs, desde esta cuerpo-escritura –Anzaldúa–, y esa travesía metafórica de los territorios simbólicos desde la conciencia, donde podemos generar un impacto radical para entender el tránsito, como Gloria Anzaldúa afirmó: «Cada incremento de conciencia, cada paso adelante es una travesía, un cruce (...) El conocimiento me hace más consciente, más lúcida. «Saber» es doloroso, porque después de que «se» produzca no puedo quedarme en el mismo sitio como si tal cosa» (1987:99– en Borderlands/ La Frontera: The New Mestiza).
Por otra parte, queremos aclarar que hemos respetado el lenguaje inclusivo que cada uno de los autores y autoras ha usado, así como las diversas formas de escritura.
Al elegir el título Manifiesto cíborg de Donna Haraway como el primer texto publicado en Kaótica Libros, hicimos una clara declaración de intenciones: nuestros pasos van unidos a los movimientos sociales, a la sororidad y hacia un feminismo que incluya a todas, a todes, a todos, sin carnets. Como siempre, os invitamos a reflexionar.
Las editoras
CARMEN ROMERO BACHILLER

Es feminista queer interseccional, femme, y madre. Forma parte del Punto Violeta Somosaguas en la UCM y el colectivo de Familias Heterodisidentes. Además, es doctora en Sociología por la Universidad Complutense y profesora de Sociología en la misma universidad. Su curiosidad se centra en abordar los cuerpos y sus prácticas como productos de materialidad relacional, considerando sus vulnerabilidades y privilegios. Ha publicados sobre mujeres migrantes y reconfiguraciones de género en las migraciones internacionales; sobre dinámicas butch/femme en relaciones lésbicas; sobre dinámicas de patologización y despatologización en la atención biomédica de las identidades trans, y de las condiciones intersexuales; sobre la perspectiva interseccional, las epistemologías feministas y la teoría queer. Dentro del marco de estudios CTS/CTG trabaja en el análisis de los movimientos feministas en salud en el estado español y los saberes que generan y que transforman la práctica y el conocimiento biomédicos; y en la producción biobancos y circulación de la leche materna como biofluido.
¿Quién teme al transfeminismo?
He comenzado este artículo miles de veces para recomenzarlo de nuevo. El tono correcto. La voz adecuada. ¿Desde dónde hablar? ¿A quiénes? ¿Dar cauce al enfado en forma de un « J’Acuse » à la Zola? ¿Hacer un planteamiento más pedagógico que quiebre las verdades «alternativas» construidas a golpe de tweet? ¿O quizá simplemente dar cuenta de la sorpresa y también el cansancio de tener que discutir ciertas cosas que considerabas BÁSICAS en cualquier planteamiento feminista? Supongo que nos encontramos con una de esas tareas imposibles y necesarias de las que hablaba Haraway (1995). Y allí vamos: respondiendo en el convencimiento y compromiso de que el feminismo es un movimiento político de emancipación y que no podemos dejar a nadie fuera. Esa es la capacidad de transformación del feminismo. No deja a nadie indemne. Y, sin embargo, parece que algunas pretenden apropiarse del término y han empezado a dar y quitar carnets de feminista, como si de un club selecto se tratara. Expulsando de la sororidad y apoderándose de los conceptos para retorcerlos hasta que pierden su significado. Palabras clave en este sarao: género, trans, cis, interseccionalidad, teoría queer , gender critical , abolicionistas del género, TERF, ideología de género.
La primera vez que alguien me alertó de estos debates gender critical y su transfobia negacionista de las mujeres trans, fue Akai Baena, estudiante trans a quién tutoricé su trabajo fin de máster en 2017 –Baena, 2017–. Recuerdo cómo le dije que hablara con Juana Ramos y que leyera los trabajos de Lucas Platero y Esther –Mayoko– Ortega –2015, 2016– para convencerla de que aquello de lo que me alertaba, que estaba sucediendo en las redes, no sería sino una deriva anecdótica. Un giro pasajero y minoritario. Algunas twitteras sin mucha formación ni criterio, estarían siguiendo un modelo tránsfobo que había tenido alguna presencia en ámbitos anglosajones, pero que no tenía recorrido en el movimiento feminista en el estado español, donde la presencia de mujeres trans había sido fuerte desde los años 90, y los varones trans se integrarían plenamente en las Jornadas Feministas de Granada en 2009, con la irrupción del discurso transfeminista (Ortega y Platero, 2016). ¡Cómo me he acordado de ella después y de su alerta profética!
Poco después, en octubre de 2018, una intervención de Sam Fernández en la Universidad Popular de Podemos –o más concretamente un clip de su intervención donde animaba a arriesgar el sujeto del feminismo como un ejercicio de apertura que se desprendía de las seguridades identitarias, de las esencias, para, desde una profunda convicción y tradición de análisis transfeminista e interseccional, recoger la inquietud feminista de enfrentarse a las opresiones y reconocer las vulnerabilidades múltiples y las contradicciones que nos atraviesan– abría la Caja de Pandora. Los comentarios en las redes y medios de comunicación sobre la cuestión del sujeto del feminismo volvían a convertirse en trendic topic. La circulación de artículos y respuestas, muchas veces por teóricas feministas que han sido profesoras mías y en las que pienso con afecto, pero que dejaban fuera del sujeto del feminismo a las personas trans e ¡incluso a las lesbianas!, que se convertían en meras «aliadas» incendiaban las redes y, confieso, me provocaban una gran sensación de desorientación y dolor.
Según se iban exacerbando los debates, los comentarios iban pasando de intervenciones poco afortunadas o profundamente problemáticas, pero discutibles dentro del marco de los feminismos y los intensos debates compartidos a lo largo de los años, a afirmaciones hirientes y cargadas de odio. Mofas y «chanzas» que avergüenzan al movimiento feminista. Hemos descubierto con horror –para regocijo de la ultraderecha católica, habría que añadir– la versión cuñao de un feminismo blanco, cis e ¿ilustrado? La viralización de las intervenciones tránsfobas y antiqueer de la XVI Escuela Feminista Rosario Acuña en el verano de 2019, el manifiesto anti-trans del Partido Feminista –que llevó a su justificada expulsión de IU–, y ya, en plena pandemia, el ideario del PSOE publicado en junio de 2020, son hitos sorprendentes de una campaña extraña donde la hostilidad y la transmisoginia se han convertido en discursos consagrados. Una campaña que realiza un ejercicio de apropiación del término «mujer/es» de forma excluyente, en el que no caben, no solo las mujeres trans, sino, en forma paralela, tampoco las mujeres racializadas –que solo son reconocidas si se pliegan a ciertos discursos feministas blancos y aceptan un único modelo de emancipación (Pearce, Erikainen y Vincent, 2020)–, o ninguna «feminista» que no reconozca estos planteamientos. Por supuesto la teoría queer y la interseccionalidad –ambos planteamientos netamente feministas– quedan excluidos del «feminismo» así definido, proclamados como «anatemas» y acusados de «querer acabar con las mujeres» y con el feminismo. Pero ¿cómo es posible que hayamos llegado a este punto? ¿Qué ha pasado en estos últimos tres años para que se produzca este giro? ¿Por qué las mujeres trans, la teoría queer y la interseccionalidad se presentan, de repente, como «enemigos» del feminismo? ¿De qué feminismo? ¿Quién teme al transfeminismo?
Confieso que ante esta sucesión de disputas me vengo revolviendo como una lagartija entre la incredulidad y la sorpresa, por un lado, y la indignación, por otro: mi sensación creciente es que hemos vuelto a los 80, y también a los 90 y los principios de los 2000, pero a golpe de tweet. Las matizaciones y las complicidades tejidas en la militancia y el encuentro colectivo parecen haber adelgazado dejando paso a una mirada corta, la búsqueda del zasca más sonado y a la impunidad en los ataques personales amparados en el marco digital. Como en El juego de la Oca, parece que hemos sido arrastradas a la casilla de salida, y veo recreados ad nauseam debates ya tenidos y discusiones ya pasadas. Pero quizá son debates que nunca se zanjaron, o –me digo en mis momentos más optimistas–, tal vez necesitamos volver a tenerlos recurrentemente para asegurarnos de que no nos hemos atrincherado en nuestras seguridades y estamos produciendo, de nuevo, exclusiones opresoras en nuestra producción feminista.
Paradójicamente, esto sucede en medio de un momento de muestra de fuerza sin igual por parte del feminismo. Las huelgas feministas convocadas el 8 de marzo de 2018 y 2019 fueron un rotundo éxito al que se aprestaron a sumarse –e intentaron patrimonializar– diferentes partidos políticos. Se ha ampliado el debate de la violencia de género más allá de la violencia de los varones hacia sus parejas o exparejas, incluyendo todas las violencias machistas a pesar de las pataletas de la ultraderecha. Hemos salido a la calle a gritar «Hermana, yo sí te creo» y «Aquí está tu manada», llenas de indignación para denunciar la justicia patriarcal y las violencias institucionales que se suman a las agresiones sexuales. Hemos compartido nuestras vulnerabilidades y las violencias que nos atraviesan colectivamente con el #MeToo. Hemos bailado –si no se puede bailar no es mi revolución, Emma Golman dixit– uniéndonos al grito internacional de «Un violador en tu camino» de LasTesis: «Que la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía». Se ha puesto sobre la mesa la cuestión de las violencias sexuales desde el empoderamiento colectivo y con una potente reflexión contra el punitivismo. Por otro lado, y como no podía ser de otro modo, la extensión del feminismo ha llevado a la necesidad del reconocimiento de diferentes situaciones y voces. Los colectivos feministas gitanos, afrodescendientes, racializados y migrantes han construido una potente voz propia en los últimos años proporcionándonos una mirada crítica al colonialismo y a los racismos producidos desde el reino de España y las ignorancias blancas sustentadas históricamente desde el privilegio, también en el feminismo y las disidencias sexuales (Colectivo Ayllú, 2017; 2018; 2020; Ortega, 2019).
En este marco, la cuestión trans parecía un tema plenamente integrado tras años de lucha contra la despatologización trans: el derecho de autodeterminación de género se ha ido reconociendo en el marco legal desde 2014 con diferentes leyes a nivel autonómico y a la espera de la aprobación de una ley estatal de la que ya se presentó un borrador en la legislatura pasada. ¿Por qué ahora se identifica el reconocimiento de la autodeterminación de género –un derecho recogido en los Principios de Yogyakarta de la ONU en 2006– como una amenaza para el feminismo y las mujeres? ¿Por qué se plantean argumentos –que no cabe calificar sino como absurdos– sobre cómo esa autodeterminación podría poner en peligro la aplicación de la LO 1/2004 de Protección Integral a la Violencia de Género, si un agresor decidiera «afirmar» que es una mujer para evitar la aplicación de la misma? ¿Por qué se reitera –dando muestras de un profundo desconocimiento de la teorización feminista sobre género– que el feminismo pretende «erradicar el género» para, a continuación, afirmar que el problema es que las mujeres trans reproducen y perpetúan el género?
Se apunta a cómo «el problema son las identidades de género» porque son parte de una «estructura patriarcal» –algo que viene señalando ampliamente la teoría queer y sobre lo que apostillaría «y cisheteronormativa»–, pero parece obviarse, que todes, también las mujeres cis, reproducimos y nos posicionamos en esa estructura de género: nos identificamos como mujeres en medio de complejas estructuras de poder en un ejercicio que es al tiempo impuesto, introyectado e investido subjetivamente. De hecho, si apelamos a «las mujeres» lo estamos haciendo reafirmando en parte dicha estructura de género. Una de las cosas que nos ha enseñado la teoría queer es que las categorías sociales, si bien son ficciones, construcciones socio-históricamente situadas producto de relaciones de poder, constituyen también espacios habitables que nos configuran: sujetos sujetados, pero también agentes capaces de la transgresión y el cuestionamiento. Las personas trans viven en lo cotidiano las dificultades de quebrar con la norma del género, interpeladas múltiplemente –en ocasiones desde las instituciones médicas y administrativas– a reproducir dicha norma para poder ser reconocidas en la posición de género con la que se identifican. ¿Podemos acusarlas de ser las enemigas últimas del feminismo por ello? ¿No son, más bien, compañeras que de formas concretas, y muchas veces más violentas que en el caso de las personas cis, sufren las opresiones de género e intentan sobrevivir en medio de ellas? Ya nos recordaba La Radical Gai en los 90 en medio de la pandemia del sida: «La primera revolución es la supervivencia». Cuando en tu vida la lucha por el reconocimiento en la posición de género con la que te identificas no resulta evidente y puede ser sistemáticamente cuestionada –desgraciadamente también por las «compañeras» feministas que supuestamente quieren «abolir el género»–, cada acto cotidiano es un acto político. Un acto político que cuestiona los marcos de género y visibiliza las violencias que se descargan contra quienes los transgreden en lo que Rita Laura Segato denomina «pedagogía de la crueldad» (2016). ¿Vamos a ser cómplices de esta violencia? «Son varones», afirman en algunos casos para referirse a las «mujeres trans», reproduciendo el odio y encaramándose en el privilegio de género cis para negar el reconocimiento. Tampoco reconocen a los varones trans que quedarían, sobre todo si antes pertenecieron al movimiento feminista, en una especie de zona de nadie, bien confundidos por el patriarcado –¿con «complejo de masculinidad» como plantearía Freud?–, bien semi-reconocidos con lo que Akai Baena (2017) denominó una «introyección melancólica de la lesbiana» que habrían encarnado en algunos casos previos a su salida del armario como varones trans.
Pero volvamos al argumento de la violencia de género y de la supuesta inseguridad jurídica a la que daría lugar el reconocimiento de la autodeterminación de género. Según se comenta en las redes y se incluyó en el ideario difundido por el PSOE, el reconocimiento de la autodeterminación de género de las personas trans sin diagnóstico médico podría poner en peligro la aplicación de la Ley Integral de Violencia de Género (LO 1/2004) [¡¿?!], porque los varones violentos a los que se aplicara la ley podrían argumentar que «son mujeres» y así «evitar su imputación» [¡¡¡¡¡¿?!!!!!]. Esta afirmación es particularmente sorprendente en un ideario del PSOE porque fue este partido el que diseñó la ley, y muestra una profunda ignorancia de su funcionamiento, o intenciones conscientes por embarrar de forma absurda un entramado legal consolidado. En primer lugar, porque ignora que las mujeres trans son especialmente vulnerables a la violencia machista en las relaciones de pareja, y que, incluso, muchas veces son negadas. Tampoco queda claro que queden amparadas por la actual ley si no tienen concedido el cambio registral de nombre y sexo. En segundo lugar, y como recordaba Marina Sáenz, Catedrática de derecho de la Universidad de Valladolid y activista trans en una charla que se celebró el 23 de septiembre de este año con el título «Feminismos hoy, un debate abierto», porque con independencia de cómo se decidan declarar una vez han acontecido los hechos, a efectos de la ley, durante el ejercicio de la violencia contra su pareja o ex pareja, se trataría de varones, y como tales se les juzgaría. Pero más allá de eso, y en tercer lugar, porque el incremento de penas que plantea la Ley Integral de Violencia de Género (LO1/2004) frente a la Ley de Violencia Doméstica (LO 11/2003), que se aplica a todos los casos de violencia entre parejas del mismo sexo, o en los casos de denuncias cruzadas cuando el varón acusado por violencia de género acusa también de agresiones a su pareja mujer, es nimio: el umbral mínimo de la pena pasa de tres a seis meses a de seis meses a un año. ¿Alguien cree, realmente, que un varón maltratador va a transitar por todo lo que implica vivir como una mujer trans y ser repudiado por una sociedad profundamente tránsfoba para evitar un incremento en la pena de seis meses? Autoras como Rita Laura Segato (2016) nos hablan de cómo la «pedagogía de la crueldad» que sustenta las violencias machistas tiene que ver con la socialización en género de los varones: por aprendizajes de la masculinidad que pasan por mostrar dominio ejerciendo la violencia hacia los «otros» –mujeres, disidentes sexuales y de género, personas racializadas, todxs aquellxs que pueden ser identificadxs como «inferiores»– para poder ser reconocidos por los pares, los otros varones. Si es así, ¿alguien cree que un varón maltratador va a poner en riesgo semejante reconocimiento de sus pares para reclamarse en una posición abyecta en los marcos de las normas de género y fundamentalmente para sus compañeros cisheterosexuales normativos? Lo dudo mucho.
Otro de los argumentos repetidos: las agresiones en los baños. De nuevo, el argumento se invierte de forma paradójica. Quienes sufren peligro de ser agredidxs tanto en los baños de mujeres como en los de varones son las personas trans, fundamentalmente las mujeres trans. Traer un argumento planteando situaciones que no existen es semejante a las afirmaciones de los negacionistas de la violencia de género que señalan que «la violencia no tiene género» y que hay mujeres que también agreden a sus parejas varones. Pues sí, también, pero los porcentajes de casos son tan abrumadores en una dirección, que en un caso nos encontramos ante una situación estructural y en otro caso, en una actuación puntual. Tampoco podemos olvidar aquí las «denuncias cruzadas» que forman parte de las estrategias de defensa de los abogados de varones maltratadores y donde se equiparan rasguños o arañazos compatibles con un intento de defenderse o zafarse, por parte de las mujeres agredidas, con agresiones de mucha mayor gravedad.
En general, los argumentos no pueden ser más peregrinos. Pero uno que me fascina particularmente tiene que ver con el retorno al sexo y el abandono de la noción de género. Si el género es producto de la estructura patriarcal y, por tanto, fruto de la opresión, tenemos que «abolir el género». Cualquiera desde la teoría queer podría firmar esa afirmación. «El matiz viene después» como en la canción de Mecano: abolir el género pasa no por denunciar la forma en que se construye ese orden social, sino en dejar de hablar de género. ¡FANTÁSTICO! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Años de discusiones feministas para esto. A riesgo de repetirme, eso ya se había hecho desde la Teoría queer. Concretamente en lo que yo identifico como «versiones lolailo» de la teoría queer, que apuntaban sensatamente [¡ejem!] que si el género estaba construido, la forma de evitar la desigualdad era acabar con el término género. Y, ¿cómo se lograba esto? Dejando de hablar de género. Confieso que he suspendido exámenes con semejante afirmación, pero, sí, en algunas interpretaciones que asumían que todo era mera construcción lingüística –a las que invitaría a releer a Judith Butler (2007) y a Teresa de Lauretis (1987– se hacían lecturas que podían desembocar en eso. Ahora bien, ¿señalar que algo está construido implica que no existe? Como les pregunto en muchas ocasiones a mis estudiantes, decir que las razas no existen en sentido biológico y por tanto son constructos sociales, ¿elimina el racismo y sus consecuencias incluso mortales en los cuerpos? Igualmente, dejar de hablar de género, ¿permitirá acabar con la desigualdad de género o, por el contrario, nos dejará sin una herramienta teórica potente que permite la visualización de las dinámicas de poder cisheteropatriarcales? Qué miramos, ¿el dedo o la luna?
Pero no solo es que se proponga abandonar el género como herramienta teórica. En una vuelta de tuerca paradójica que se alinea de forma perversa con los discursos ultra sobre «ideología de género», ¡se proclama la vuelta al sexo reclamando la verdad de lo biológico! Aquí recomendaría leer a Anne Fausto-Sterling (2006), Emily Martin (1991) y Haraway prácticamente en cualquiera de sus textos. La biología es una narrativa cuentacuentos, nos dice Haraway, que es parte del contexto socio-histórico y responde a las expectativas generizadas de ese marco de tal modo que «ve» aquello que espera ver (2015). Cuando Butler (2007) afirma que «el sexo fue siempre género desde el principio» en El género en disputa, no está haciendo un alarde donde apunta a que todo es mero discurso. A lo que apunta es a que no podemos discernir las lecturas de los cuerpos sexuados y las interpretaciones biológico-médicas de los mismos de los marcos sociales y de sentido en los que se producen tales interpretaciones. «El sexo fue siempre género desde el principio» da cuenta de que la biología es un discurso atravesado por expectativas generizadas y por normas de género: no un discurso aséptico. Y es triste tener que apelar a esto en este contexto, pero toda la tradición de las epistemologías feministas lleva años denunciando cómo la ciencia está permeada de prenociones que reproducen el androcentrismo y el sexismo en sus interpretaciones. ¿Por qué vamos a confiar en la ciencia androcéntrica y patriarcal y en su producción de ignorancias (Tuana, 2006) más que en las herramientas con las que venimos trabajando desde hace años en el feminismo? ¿A qué responde este cúmulo de cuestiones absurdas revestidas en ocasiones de cierto empaque intelectual? ¿Qué amenazas, ficticias o reales, las ocasionan? ¿Tienen realmente que ver con el feminismo o tienen quizá que ver con un intento por tratar de domesticar y «meter en vereda» un feminismo demasiado rico, demasiado diverso, demasiado incontrolable para que determinadas posiciones feministas mantengan su posición de privilegio? Sinceramente lo ignoro, pero invito a que nos repensemos colectivamente, desde la transformación profunda que supone el feminismo, recordándonos que las feministas queremos transformarlo todo. Transformarnos todxs. Y no podemos ni queremos dejar a nadie en el camino. Audre Lorde, en una cita que recuerdo como un mantra, nos invitaba a habitar la casa de la diferencia, pero continuaba con no menos fuerza incitándonos al aprendizaje y a la apreciación colectiva de nuestras vulnerabilidades más allá de nuestros espacios de seguridad. No sé si nos llevará años, pero estoy segura de que es el camino por recorrer. Juntas/es:
«Ha hecho falta cierto tiempo para darnos cuenta de que nuestro lugar era precisamente la casa de la diferencia, más que la seguridad de una diferencia en particular. –Y a menudo, fuimos cobardes en nuestros aprendizajes–. Hicieron falta años para que aprendiéramos a usar la fuerza que la supervivencia cotidiana proporciona, años antes de que aprendiéramos que el miedo no tiene por qué incapacitar, y para que pudiéramos apreciarnos unas a otras en términos que no eran necesariamente los nuestros». (1984: 226.)
Traducción propia
BIBLIOGRAFÍA de ¿Quién teme al transfeminismo?:
Baena, Akai (2017): Hombres trans y feminismos. Trabajo Fin de Máster. Máster en Estudios Feministas. Universidad Complutense de Madrid.
Butler, Judith (2007): El género en disputa. Feminismo y subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.
Colectivo Ayllú (2018): Devuélvannos el oro. Cosmovisiones perversas y acciones anticoloniales. Madrid: Matadero.
De Lauretis, Teresa (1987): Technologies of Gender: Bloominton, Indiana UP.
Fausto-Sterling, Anne (2006): Cuerpos sexuados. Barcelona: Melusina.
Lorde, Audre (1982): Zami. A New Spelling of my Name. Freedom, The Crossing Press. [Disponible traducción en castellano en Horas y horas].
Haraway, Donna (2015): El patriarcado del osito Teddy. Taxidermia en el jardín del Edén. Vitoria-Gasteiz: Sans Soleil.
Haraway, Donna (1995): Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.
Martin, Emily (1991): «The Egg and the Sperm: How Science Has Constructed a Romance Based on Stereotypical Male-Female Roles». Signs: Journal of Women in Culture and Society, 16 (31), 485-501.
Ortega, Esther (Mayoko) (2019): «Las negras siempre fuimos queer». En Vila, F. y Sáez, J. (Eds.). El libro de Buen Vmor. Sexualidades raras y políticas extrañas. Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 222-229.
Ortega, Esther (Mayoko) y Platero, Lucas (2016): «Movimientos feministas y trans* en la encrucijada: aprendizajes mutuos y conflictos productivos». Quaderns de Psicologia. 17 (3), 17-30.
Pearce, Ruth; Erikainen, Sonja; y Vincent, Ben (2020): «TERF Wars. An Introduction». The Sociological Review Monographs. 68 (4), 677-698.
Platero, Lucas y Ortega, Esther (Mayoko) (2015): «Building coalitions: The interconnections between feminism and trans* activism in Spain». Journal of Lesbian Studies. 20 (1), 46-64.
Rojas, Leticia y Godoy, Francisco (eds.) (2017): No existe sexo sin racialización. Madrid: El porvenir de la revuelta.
Segato, Rita Laura (2016): La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.
Tuana, Nancy (2006): «The speculum of ignorance: The women’s health movement and epistemologies of ignorance». Hypatia. 21(3), 1-19.
LUCAS PLATERO

Desde su juventud ha participado en diferentes movimientos sociales, en defensa de los derechos de la infancia, el movimiento feminista y por los derechos sexuales, reproductivos y LGTBQA+, lo cual le ha llevado a querer estudiar y saber más. En el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid y la Asamblea de Mujeres de la UCM ha adquirido su formación política básica; en RQTR ha vivido y ha crecido dentro del activismo crítico y queer; y en el movimiento trans, ha encontrado un refugio donde pensar críticamente el cuerpo. Sin todos estos aprendizajes, no sería la persona que es hoy.
Conocer nuestras genealogías
En este breve texto quiero plantear la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que hasta 2018 la participación de las mujeres trans en los movimientos feministas tuviera lugar con relativamente pocas resistencias? Utilizo la fecha 2018 para situar un momento particular de la historia de los feminismos contemporáneos en el Estado español, y lo elijo a raíz de las reacciones a la celebración de la Escuela de Otoño de Podemos. Y en particular, me refiero a las respuestas identitarias a la ponencia de Sam Fernández, en la que Fernández llamaba a ampliar el sujeto político del feminismo. Usando sus propias palabras, Fernández afirmaba que «hay que arriesgar el sujeto político del feminismo»:
«¿De qué manera estamos entendiendo el sujeto “mujeres” para acabar pensando que una mujer que se dice a sí misma mujer, en realidad, es un hombre que ha venido a usurparte a ti el discurso? (...) También qué necesidad tenemos de tener categorías muy bien establecidas. De saber muy bien y controlar muy bien quiénes somos las mujeres para poder hacer una política desde un lugar que igual ya empieza a ser un poco simplista, honestamente. Esto de tener los enemigos tan claros y las posiciones tan categóricas y tan bien delimitadas… (...) tenemos que arriesgar el sujeto del feminismo. Y arriesgarlo con un para qué, que es el anclaje. Es lo que va a hacer que no nos perdamos. Tenemos que tener clara nuestra apuesta política del feminismo para la transformación social. No seguirnos anclando al cuerpo de las mujeres como entidad biológica».
(Fernández, 2018)
La propuesta de Sam Fernández surge en este momento en particular, si bien está inscrita en el centro de las inquietudes feministas que tienen lugar desde hace tiempo, como señalaba Elena Casado en 1999 cuando discutía sobre el sujeto político de feminismo. Y más importante, dicha apuesta de Fernández está en consonancia con los debates que se abordaron en las Jornadas Feministas Estatales de Granada de 2009, con la aparición del giro transfeminista, que recibe un apoyo masivo de dichas jornadas feministas. Como es sabido, el Partido Feminista de Lidia Falcón se hizo la cara visible de tales ataques en 2018, seguido de la celebración de la XVI Escuela Feminista de Rosario Acuña, en julio de 2019, a lo que se sumó el manifiesto del PSOE publicado en Twitter en contra de la aprobación de una ley trans estatal en 2020. Este repunte creciente de discursos TERF (Osborne, 2017), que es más visible desde 2018, es similar al que hubo en los años ochenta en USA. Dicha respuesta TERF está especialmente localizada en las redes sociales y está encarnada por algunas mujeres en particular (Partido Feminista, Iniciativa Feminista, PSOE, algunas académicas de la segunda ola, etc.), mujeres que desde su posición privilegiada en ciertos puestos políticos, sociales y académicos tratan de generalizar su visión reaccionaria, como si fuera la voz mayoritaria de los movimientos feministas (González Ramos, 2019).
La pregunta que aquí planteo surge de la necesidad de conocer nuestras genealogías feministas (Solá 2013; Araneta y Fernández, 2013), ya que estas guerras del sexo que estamos viviendo en la actualidad tienen por objeto precisamente tratar de fijar y sujetar qué es el feminismo, el sujeto político del feminismo y quién tiene derecho a escribir dicha historia. Unas guerras del sexo que de alguna manera se parecen a lo vivido a raíz de las Jornadas Feministas de Santiago sobre violencia machista, celebradas en 1988, donde se produjo una ruptura entre feministas importante a raíz de las posturas encontradas sobre la pornografía y la prostitución.
Mi propuesta es visibilizar este pasado de participación de las mujeres trans en los feminismos, trazando un recorrido histórico que muestra cómo las mujeres trans han sido bien acogidas, en general, aunque no aproblemáticamente por los movimientos feministas que se agrupan en las jornadas estatales y la coordinadora feminista. Para ello, me baso en un trabajo de investigación con entrevistas a las personas protagonistas de estos debates en el seno de las jornadas feministas estatales, un trabajo realizado junto a Esther Ortega Arjonilla (2015 y 2016) y publicado en revistas de investigación con revisión por pares, así como en reflexiones posteriores. Además, es importante señalar que esta genealogía tiene una historia propia, distinta a otros contextos políticos y geográficos. Dicha genealogía tiene una trascendencia vital para los debates actuales. Y lo afirmo con la radical convicción de que se quiere borrar dicha historia de participación y de encuentro feminista con las mujeres trans, planteando que es un tema «nuevo» e «imposible».
DEBATES TRANS EN EL SENO DE LAS JORNADAS FEMINISTAS ESTATALES
En 1993 tuvieron lugar las Jornadas Feministas Estatales «Juntas y a por todas», celebradas en Madrid con más de tres mil participantes, en las que se aborda por primera vez en este tipo de foro las vivencias y demandas de las mujeres trans. Desde entonces, las jornadas de 2000 en Córdoba y de 2009 en Granada, han sido un tema recurrente. Volviendo a 1993, en «Juntas y a por todas», se abordó la identidad transexual así como la realidad de las trabajadoras del sexo transexuales. ¿Cómo llegan a tener lugar estos debates? Fueron facilitados por la organización misma de las jornadas, la coordinadora feminista, así como también por el activismo de algunos colectivos de feministas lesbianas, como el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid (Ortega y Platero, 2015). Este último, el CFLM, promovió un activismo específico ligado al derecho al placer y la visibilidad lésbica, cuyas participantes habían establecido vínculos personales y políticos con miembros del colectivo Transexualia, y que habían manifestado una posición favorable a la pornografía y al trabajo sexual (Platero y Ortega, 2016).
Como señala la activista Kim Pérez en una entrevista personal, su ponencia «¿Mujeres o trans? La inserción de las transexuales en el movimiento feminista» tuvo una buena acogida en el seno de los movimientos feministas:
«Nunca tuve una reacción negativa desde el feminismo. Si hubo alguna, debió ser cosa de silencio... Pero en aquellos años (1993), después incluso, me sentí arropadísima por la gente. Más que arropada, es que había surgido una especie de vínculo de simpatía mutua. Tengo que usar la palabra catártica, porque se puede decir que yo nunca he tenido una experiencia tan fuerte de ser aceptada por un colectivo, como aquella (las jornadas feministas de 1993). Y realmente, no podíamos medir la importancia que tenía (...) hasta ese momento no estábamos cerca del movimiento feminista».
(Kim Pérez, entrevista personal)
Cristina Garaizabal recuerda bien ese encuentro feminista de 1993. Afirma que la ponencia que presentó en 1993 Kim Pérez causó una huella importante en las participantes de las Jornadas Feministas y plantea que las discusiones feministas sobre las vivencias trans tienen un recorrido que no es ya novedoso, sino que está enraizado en una empatía con las vivencias personales de las mujeres trans, así como en plantearse preguntas comunes sobre qué es ser mujer, la psicopatologización de las mujeres y la raíz común de la discriminación que viven.
A partir del 93 empieza ya la discusión en todo el movimiento (sobre lo trans). Kim explicó toda su parte, creo que fue lo que más impactó.
Cuando pensamos que la historia feminista es una y es singular, a modo de recorrido prefijado por lo sucedido en otros países, perdemos la oportunidad de conocer que hay personas concretas, movilizaciones específicas, que tienen que ver con los lugares que habitamos. La coordinadora feminista ha jugado un papel importante en la visibilidad de estos debates, como señala Justa Montero, por su postura a favor y abierta sobre de la sexualidad de las mujeres:
«Todas las Jornadas Estatales son jornadas que se organizan, digamos, con un planteamiento de qué es lo que se quiere que esté presente en el debate, o sea que son jornadas muy abiertas, pero sí que hay un enfoque determinado y una apuesta determinada por situar algunos debates y, siempre, con una voluntad de situar debates novedosos o debates vinculados a la práctica política (...). Es el sector del movimiento feminista el que ha hecho un recorrido más en profundidad sobre el tema de la sexualidad, con debates sobre la sexualidad y todas las reivindicaciones en relación al lesbianismo, identidades sexuales, las jerarquías sexuales (...)».
(Justa Montero, entrevista personal)
Esta acogida feminista, como señala Juana Ramos, tiene que ver con contexto político particular, que es bien distinto de otros, y surge gracias a las alianzas y amistades feministas y trans que suceden lo largo de los años, como ya he mencionado:
«En el Estado español, a diferencia de otros sitios, ha habido una alianza importante porque se han dado unas circunstancias concretas, que incluyen el liderazgo y receptividad, tanto por parte de determinadas personas pertenecientes al movimiento feminista como por parte de activistas trans».
(Juana Ramos, entrevista personal)
Las siguientes jornadas feministas estatales no tuvieron lugar hasta el año 2000 y se celebraron en Córdoba. Coincidieron con la entrada en el sistema andaluz de salud de la atención a las personas transexuales, con un servicio específico en el Hospital Carlos Haya de Málaga (Ortega y Platero, 2015). Tituladas «Feminismo es... y será», estas jornadas incluyeron dos ponencias sobre transexualidad lideradas por Laura Bugalho del Colectivo Trans Galicia y Kim Pérez. ¿Cómo se puede entender que se discutiera sobre transexualidad en dos ponencias feministas estatales? No solo es importante que se iniciaran estos debates, sino que algunas corrientes concretas del feminismo han tenido un papel clave para que tales debates se produzcan. Han tenido un impacto tanto en el seno del movimiento feminista como en su relación con las activistas trans. En este sentido, Laura Bugalho señalaba la voluntad de diálogo, al tiempo que apuntaba a las dificultades para articular una alianza que rompiera con una lógica binaria, «nosotras/ellas», «feministas/transexuales»:
«La ponencia de Kim era interesante, en el debate surgió ya, cuando una compañera feminista formula una pregunta, que es ¿qué le pedimos las mujeres trans a las feministas? Le dije que había un problema, una confusión en la pregunta, las trans no le pedimos al feminismo, las trans somos feministas. Por la experiencia que hemos tenido que hacer, por nuestra deconstrucción y por todas inclemencias que hemos sufrido, compartiéndolas con muchas más compañeras, feministas (...). En las jornadas de Córdoba hubo ya textos sobre las cosas trans, sobre cómo se fue batallando y quitando las asperezas de las feministas, luego llamadas «feministas clásicas», con la participación de las trans. No se veía bien. Estaba en la televisión La Veneno, en «Cruzando el Mississippi» y parecía que éramos todas lo mismo, que éramos lo que el heteropatriarcado denominaba, el objeto».
(Laura Bugalho, entrevista personal)
Y como señala Miriam Solá (2013: 19), en las jornadas de Córdoba aparece por primera vez el término transfeminista, en las ponencias «El vestido nuevo de la emperatriz» del Grup de Lesbianes Feministes de Barcelona y en «¿Mujer o trans? La inserción de las transexuales en el movimiento feminista» de Kim Pérez.
Cuando llegan las jornadas feministas estatales de Granada en 2009, se produce un giro importante, que es especialmente significativo. Ya no se trata de algunas mujeres trans que hacen una ponencia importante en las jornadas, sino que se produce un encuentro intergeneracional donde se plantea la necesidad de cuestionar los binarismos –no solo el de género–, aparece una apuesta por abordajes interseccionales y la transexualidad está en el centro del debate. La propia Isabel Franc, en el monólogo que inauguraba las jornadas, planteaba jocosamente que este debate se produce como un encuentro entre las diferentes olas feministas, entre aquellas que han leído a Simone de Beauvoir –y hablan de un sujeto político mujer, así, en singular– y sus hijas, que leyeron a Paul Preciado ¡y han hecho talleres Drag King! En estas jornadas se lee el «Manifiesto para la insurrección transfeminista» donde se articula esta nueva alianza transfeminista (Solá 2013, 22). Sobre la trascendencia de este encuentro en Granada Justa Montero señala la aportación que hacen algunas personas que traen su experiencia crítica sobre la sexualidad y la transexualidad:
«En Granada lo que pasa es, primero, que viene precedido de grupos que empiezan a tener un trabajo real, concreto, con mujeres trans y de reflexión sobre la transexualidad, en general. De todo lo que representa, el cuestionamiento que supone al binarismo. (...) Y luego, por otro lado, son unas jornadas donde se plasma un cambio generacional, vamos, no un cambio, sino un diálogo intergeneracional, donde hay una incorporación de toda una generación de mujeres que ya parten de tenerlo mucho más integrado en su discurso. Aunque sean pequeños sectores, son activistas que tienen muy integrada la crítica al binarismo, a las identidades fijas.
(Justa Montero, entrevista personal)
De esta manera, se visibiliza la pluralización de los debates feministas que están teniendo lugar en el Estado español en ese momento, abiertos a lecturas críticas sobre los feminismos, interesados por la teoría queer, por la crítica antirracista y decolonial, desde las mujeres con diversidad funcional, entre otros posicionamientos. Y se hace evidente la permeabilidad y receptividad que existe para entender no solo las realidades trans sino la relevancia que tienen estos debates para los movimientos feministas, ya que ayuda a avanzar sobre la pregunta relativa al sujeto político. De hecho, estas jornadas suponen una entrada clara en los feminismos de la tercera ola, que reconocen la diversidad del sujeto(s) político de los feminismos. También en 2009, como señalan Sam Fernández y Aitzole Araneta (2013), se produce un cambio en la hegemonía de los debates sobre los derechos trans, con la irrupción de la demanda por la despatologización de la transexualidad «lo que antes había sido una lucha minoritaria pasaba a liderar el cambio de perspectiva de las demandas trans dentro del movimiento» (Fernández y Araneta, 2013, p. 52).
Cristina Garaizabal señalaba la voluntad de encuentro y lucha común de estos movimientos sociales, así como el papel que ha jugado la coordinadora feminista en facilitar estos encuentros:
«Es la primera vez que lo trans se dirige al feminismo, en el 2009. Es la primera vez que grupos trans interpelan directamente al feminismo, es decir: “Queremos estar ahí porque creemos que lo que queremos decir tiene algo que ver con lo que estáis haciendo”. Y entonces, yo creo que, en parte, en la ponencia sobre la política sexual del movimiento feminista, las organizadoras de las Jornadas piensan: “Pues tiramos al menos de dos personas que conocemos que han estado en la Coordinadora, que pueden hablar de esto y que pueden simpatizar con el asunto trans”, y nos llaman a tí, Lucas, y a mí.
(Cristina Garaizabal, entrevista personal)
Esta sororidad quizás inesperada está basada en un interés político común sobre las libertades sexuales, basado en amistades y vínculos personales de cuidado que se trazan al menos desde los años noventa (Platero y Ortega, 2016). Un movimiento trans liderado básicamente por mujeres, como señalaba Juana Ramos en una entrevista personal:
«Hubo una apertura del movimiento feminista hacia la realidad transexual y en el caso concreto de las mujeres transexuales. Porque en aquella época, la transexualidad masculina todavía no era muy conocida aquí, en el Estado español. Básicamente, quienes estaban representando al movimiento trans eran mujeres. Luego ya, a partir del año 95-96, empezaron a aparecer en los colectivos hombres transexuales, pero antes no».
Una característica de este movimiento feminista plural de la tercera ola, con respecto a la pregunta sobre sujeto político, es que se plantea no solo la pluralidad de la encarnación de las mujeres, sino también la participación de los hombres. Temas como la masculinidad femenina, los hombres trans en el feminismo o la sexualidad disidente de las mujeres estuvieron muy presentes en las jornadas, con sendas ponencias. En este sentido, Cristina Garaizabal señalaba que:
«Es evidente que es un reto ya abierto... al feminismo. El tema en el 93 era: “¿Quién decide quién es mujer y por qué?”. El problema es que en el 2009 no es ese el debate. Porque en el 93 el sujeto del feminismo siguen siendo las mujeres. Cada cual que lo entienda como le dé la gana y ese es el debate: “¿Qué es ser mujer?”. Pero en el 2009 el problema que se plantea ya no es ese porque, como entran los trans masculinos, el asunto es “¿por qué los hombres no?”, “¿todos los hombres son opresores?”, “¿el sujeto del feminismo son solo las mujeres?”. El sujeto del feminismo son los… discriminados por el sistema de géneros».
(Cristina Garaizabal, entrevista personal)
Una de las aportaciones claras de estos debates, como señalaba Sam Fernández en 2018, es un debate que plantea un cuestionamiento al esencialismo biológico del sujeto político mujer, como apunta Aitzole Araneta:
«“El feminismo ha podido influir al movimiento trans en ser más crítico”, ese cuestionamiento del orden social y de las normas, en base a lo “biológico” o tomando como dogmas de fe formas de ser, roles, etc. En cuanto al cuerpo sexuado, es una de las líneas distintivas del feminismo. Así que sí, –el feminismo– ha dado herramientas de análisis retóricas y prácticas –también desde varios lados nuevas normatividades–, para repensar y repensarse lo trans y el movimiento trans».
(Aitzole Araneta, entrevista personal)
Como señala Sam Fernández, lo que sucede en 2009 es de «una apelación al feminismo desde el feminismo», y añade, «en esa apelación no se puede separar lo feminista de lo trans, ya que estaba plenamente articulado en esa alianza, donde había gente que se definía como trans y otra no». A esas jornadas de Granada llega un feminismo, que se podría definir como cabreado, que plantea «el feminismo será transfeminismo, o no será». Muestran un hastío con la agenda política existente, y que pone un límite a cómo se han tratado algunos temas como, por ejemplo, el trabajo sexual o las genealogías feministas. Por otra parte, como señalan Fernández y Araneta, en estas jornadas se interpela a un movimiento feminista plural para que haga suya la demanda de la despatologización trans, disipando el silencio feminista ante dicho señalamiento y movilizando a las personas trans desde el feminismo, y tercero, supone un desafío a una parte del feminismo más tradicional y binario (Fernández y Araneta, 2013, p. 52-53). Así, surgen preguntas comunes que facilitan el debate, pero también hay resistencias y asperezas ante tal interpelación doble:
«Si se ha conseguido hasta ahora [una posición común] es precisamente la de seguir indagando en este tema de ¿qué nos hace mujeres? ¿Qué nos hace hombres? ¿Qué es ser mujer? Y esos momentos donde confluye esta España, este proceso histórico, estas jornadas... Sigue siendo un tema que está en la agenda de los movimientos feministas del Estado español, el tema por ejemplo de la despatologización, de lo que pasa con los profesionales sanitarios, la educación, las identidades sexuales… Diría que aquello se desinfló un poco, que hubo sus conflictos y que no fue todo como la seda.
(Aitzole Araneta, entrevista personal)
Para Amets Suess, las resistencias que señalan las activistas entrevistadas tienen que ver con el rol y ausencia/presencia de las personas trans en el movimiento del transfeminismo después de las jornadas feministas de 2009, a menudo liderado por mujeres con sexualidad no normativa. En este sentido Amets Suess, afirmaba que:
«Mi experiencia ha sido la de un apoyo inicial y participación de grupos feministas en la convocatoria del Día Internacional por la Despatologización Trans, la emergencia de un movimiento transfeminista en el contexto español, seguida por un proceso de ruptura y distanciamiento de los grupos transfeministas del activismo por la despatologización trans. Esta ruptura se manifestó en el encuentro transfeminista de Barcelona en abril de 2010, y estaba relacionada con la falta de apertura por parte de los grupos transfeministas a la inclusión de todos los géneros, especialmente la de hombres gays cis, lo que a su vez provocó la crítica por parte de activistas por la despatologización, ya que los activistas gay cis eran participantes comprometidos en el activismo por la despatalogización trans. Además, esta postura de rechazo de los hombres cis en el movimiento transfeminista se criticó por implicar una falta de reconocimiento indirecta de la expresión/ identidad de género de los hombres trans. Aparte de estos desarrollos en el ámbito activista, se puede nombrar la aportación teórica de feministas en el contexto español a los discursos por la despatologización trans.
(Amets Suess, entrevista personal)
Para Sam Fernández, la ruptura no se debió tanto a estas resistencias, que podrían haber sucedido con algunos hombres trans en particular, sino que se trata más de un desacuerdo con qué se entiende como una crítica al binarismo. Hay quienes piensan el binarismo como una estructura anclada en el patriarcado, por tanto, su crítica está en la base de la lucha feminista. En palabras de Marina Collell «el binarismo es la punta del iceberg del patriarcado». Y hay quien piensa que aún es útil estratégicamente hablar de hombres y mujeres cuando se plantea la violencia machista, por ejemplo.
En cualquier caso, estas resistencias muestran que lo sucedido en las jornadas feministas estatales de Granada fue importante, que el debate continúa desde ese momento y que, además de la visibilidad transfeminista, también se han producido diferencias importantes, si bien no son irresolubles. De hecho, se ha producido un importante punto de encuentro y diálogo, que es visible por ejemplo en las jornadas de 2018 en Barcelona: «Una revuelta trans». En dichas jornadas se plantean puntos comunes para la lucha transfeminista y se celebran «los diez años de la primera manifestación trans en Barcelona».
Para Fernández y Araneta (2013, p. 57) han surgido movimientos sociales que se solapan en algunos momentos, en cuanto a protagonistas, acciones y grupos, refiriéndose al movimiento transfeminista y al movimiento prodespatologización, al tiempo que hay grupos trans más tradicionales que están más centrados en otros intereses. Y, por otra parte, nos encontramos una pluralización de los grupos y debates feministas que surgen por doquier, sin necesidad de ser parte de una organización o estar en una institución académica, o haber participado en debates feministas de calado, como los que se incluyen en esta genealogía. Sobre los desacuerdos, el hecho de que sean públicos y se aborden repetidamente muestra el gran interés por ese lugar de encuentro y debate, pero suscitan también una importante respuesta TERF, que nada tiene que ver con esta voluntad de debate y encuentro. Para quienes sí tenemos esta voluntad y estamos en el proceso de abordar esas incomodidades y dificultades, supone abrirse a nuevas formas de entender la lucha social feminista, arriesgándose a seguir creando nuevos significados feministas para la transformación social.
¿Y DESPUÉS?
Si tenemos un legado de debate y encuentro feminista con mujeres trans y cis, con sus incomodidades y diferencias, ¿qué hace que estemos frente a una oleada creciente de discursos y ataques TERF en las redes y desde algunas instituciones académicas y políticas? Se trata de una lucha por marcar una agenda feminista, ya que hay diferentes demandas que se plantean como antagónicas. Así, las resistencias no solo surgen alrededor de las mujeres trans, sino de que se hagan visibles las luchas como las encarnadas por las mujeres racializadas, migrantes, trabajadoras del sexo, entre otras. Probablemente tiene que ver con la visibilidad y atractivo que tienen las perspectivas críticas feministas para una parte importante de los movimientos feministas, que está desplazando a algunas feministas conocidas (Alabao, 2020) y que no están «recibiendo el reconocimiento que ellas creen merecer». Por perspectivas críticas me refiero a los feminismos antirracistas y anticoloniales, transfeminismos, de las mujeres con diversidad funcional, entre otros. Por otra parte, me lleva a pensar si es posible que estas mujeres estuvieran fuera de los debates feministas que estaban teniendo en foros, digamos populares o de acceso fácil para feminista de a pie, como son las jornadas feministas estatales, las organizaciones que se agrupan en la coordinadora feminista, o los distintos lugares plurales de debate feminista que están sucediendo por doquier. Es decir, estos espacios académicos feministas más conservadores o feminismos institucionales conservadores, como por ejemplo, del PSOE, no conectan con los debates feministas a pie de calle. ¿Será que no han vivido estos procesos?, ¿o acaban de llegar a los debates y por eso los entienden como «debates nuevos» o «aún no abiertos»?
Por tanto, no solo hay una fractura generacional con un feminismo joven y dinámico que apuesta por una mirada crítica que no cabe en el sujeto político singular «mujer», que sigue la estela de voces críticas como las mostradas en las entrevistas, entre otras; sino que también hay un ejercicio interesado de impostar una voz feminista única, como si fuera un faro del conocimiento feminista que guía en el camino de la consecución de un carnet de «buena feminista». Bromas aparte, esta perspectiva identitaria esencialista típica del feminismo de la segunda ola es tremendamente problemática por muchos motivos, el principal, porque excluye a muchas mujeres que no encajan fácilmente en el perfil de ser blancas, de clase media, sin discapacidad, españolas, tener estudios universitarios, ser heterosexuales, cis o adultas. De hecho, el transfeminismo surge precisamente por un agotamiento de las categorías identitarias simplistas, reivindicando a quienes han sido desplazadas a los márgenes (Gandarias, Montenegro y Pujol, 2019; Solá, 2013). Finalmente, también hay una necesidad de preguntarse si lo que sucede en las redes sociales se corresponde con lo que sucede fuera de ellas, por lo que podemos afirmar que las miradas feministas mayoritarias en la actualidad sí se están aventurando en este debate y encuentro transfeminista, con sus problemas, contradicciones e incomodidades.
BIBLIOGRAFÍA de Conocer nuestras genealogías:
Alabao, Núria (2020): «El feminismo de las élites busca recuperar la centralidad perdida». Entrevista realizada por Sato Díaz. Cuarto Poder, 8 de agosto 2020.
Casado Aparicio, Elena (1999: «A vueltas con el sujeto del feminismo». Política y Sociedad, 30: 73-91.
Fernández, Sam (2018): Ponencia en la Escuela de Otoño de Podemos. Disponible en: https://twitter.com/ahorapodemos/status/1051077505652846594
Fernández, Sam y Aitzole Araneta (2013): «Geneaologías Transfeministas». En: Solá, M. y Urko, E. (eds.). Trans-feminismos. Epistemes, fricciones y flujos. Tafalla: Txalaparta, pp. 45-58.
Gandarias Goikoetxea, Itziar, Montenegro Martínez, Marisela y Pujol Tarrés, Joan: «Interseccionalidad, iden-tidad y articulación: hacia una política de la agregación». Feminismo/s, 33: 35-63. DOI: 10.14198/fem.2019.33.02
González Ramos, Isabel (2018): «El sujeto político del feminismo y la inclusión de las mujeres trans. Una aproximación a las discusiones en el contexto digital». Master en Estudios Interdisciplinares de Género, UAM.
Ortega Arjonilla, Esther y Platero R. Lucas (2015): «Movi-mientos feministas y trans* en la encrucijada: aprendizajes mutuos y conflictos productivos». Quaderns de Psicologia, 17–3–: 17-30 http://dx.doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.1280
Osborne, Raquel (2017): «TERF». En: Lucas Platero, María Rosón y Esther Ortega (eds.). Barbarismos Queer y otras esdrújulas. Barcelona: Bellaterra.
Platero, R. Lucas y Ortega Arjonilla, Esther (2016): «Building Coalitions: The Interconnections between Feminism and Trans* Activism in Spain». Journal of Lesbian Studies. 20–1–:46-64. DOI:10.1080/10894160.2015.1076235.
Solá, Miriam (2013): Pre-textos, con-textos y textos. En: Miriam Solá y Elena Urko (eds.). Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos. Tafalla: Txalaparta, pp. 15-27.
MAFE MOSCOSO

Mishu nacida en país bananero, reside actualmente en Barcelona. Docente e investigadora, explora el mundo entre la escritura, la etnografía y el arte.
La danza cuYr de lXs enchaquiradXs
[[[[hermanxs]]]]
hay un nuevo orden geológico pre-colonial que es anunciado. entre la espuma de olas y las olitas del mar pacífico lxs hermosxs enchaquiradxs proclaman la llegada de un nuevo tiempo estratigráfico. el tiempo bananero de la recuperación de la vida y de la recuperación de la muerte. la celebración andina de la vida y de la muerte que se yuxtaponen difunde la llegada de mundos arqueológicos pre-coloniales que son necesariamente no-bi-na-rios. la llegada de los mundos de capas tectónicas que florecen exuberantes y promiscuas. seguimos en duelo pero resistiremos. seguimos en duelo colonial pero resistiremos promiscuos y exuberantes. hay una danza ritual que es una fiesta. es el tiempo de la danza ritual que anuncia. es el tiempo de la danza ritual que es resistencia anti-binaria. lxs enchaquiradxs se sublevan entre las líneas invisibles de las cenizas volcánicas equinocciales. hacen un llamado geológico.
[[[[hermanxs]]]]
las danzas rituales de lxs enchaquiradxs se hace juntxs. se hace apretadxs. se festeja en comunidad. la celebración de los nuevos tiempos solo puede tener lugar en las amorosas comunidades políticas que sobreviven porque conocen la alegría de convivir entre diferentes manteniendo la radicalidad de las diferencias que nos embellecen. la ceremonia de lxs enchaquiradxs que produce una yuxtaposición entre lo sagrado y lo profano se hace en comunidad. se baila entre todxs. el ritual es lo que une lo de abajo con lo de arriba. lo que entreteje los opuestos. la celebración litúrgica de lxs enchaquiradxs es una inmensa danza cósmica a favor del florecimiento y reparación de la herida colonial binaria. se practica en comunidad. se repara en comunidad. se perrea en comunidad.
nuestra fiesta es bien de perrear. es de brillos y exuberancias. de cuerpos que sudan. es una fiesta de cuerpos contra-coloniales. es una celebración de deseos ininterrumpidos que viven en el flujo de la continua transformación. es una fiesta cuyr anti-colonial. es una fiesta andina. es una fiesta bolivariana. es la gran fiesta de los guayacanes. de figuritas zoomorfas de arcilla pre-colombina. de unidades cronoestratigráficas que tiemblan. es una fiesta de sol equinoccial. de olas del océano pacífico. de pelícanos. es de fragatas. es una fiesta bananera. es un llamamiento de lxs hermosxs enchaquiradxs que gritan.
[[[[hermanxs]]]]
lxs hermosxs enchaquiradxs que se comunican con las divinidades y lxs ancestrxs invitan. se escucha el sonido. bajo la tierra de la península de santa elena se escucha el sonido enterrado. el sonido de barro de las huacas. el rugido del volcán. el terremoto. es el llamado de los espíritus huancavilcas que desestabiliza el orden de las categorías universales. los espíritus que anuncian el tiempo bananero de la reparación de la herida binaria colonial. es el tiempo del retorno de las figurillas antropomorfas cuyos cuerpos de arcilla perturban la historia occidental. es el tiempo cosmológico propicio para la desestabilización. el retorno del tiempo geológico manteño-huancavilca anuncia el restablecimiento pre-colombino del equilibrio contra-binario del mundo. el éxtasis celebrativo de lxs hermosxs enchaquiradxs es la celebración de la vida de lxs que se atreven. es el tiempo de la sublevación. del caos. de la insurrección de los géneros.
las comunidades cuyr del tercer mundo celebramos la exacerbación frenética y gozosa del sistema binario universal que es disuelto en el aire. somos lxs bendecidos de lxs hermosxs enchaquiradxs que nos protegen.

Figura hackeada en rosa y rayo verde: Representación de personaje con silueta femenina y pene. Cultura Tolita, Colección Nacional, Museo Nacional del Ecuador, MCYP, LT- 20-24-78.
NOTAS:
Las investigaciones desarrolladas por Ugalde (2019) y Benavides (2006) en Ecuador demuestran que la heteronormatividad y el binarismo de género son principios que no imperaban en la época pre-colonial. Por una parte, la evidencia arqueológica de la existencia de estuatillas de varones participando en sexo oral y anal –incluyendo la de los Manteño-Huancavilca– y por otra, el abordaje detallado de las imágenes de la cultura Tolita –aprox. 600 a.C. - 400 d.C.–, permite sostener que la mayoría de las representaciones antropomorfas son no binarias. Sin embargo, la violencia colonial y la historiografía producida por los españoles modificó la información desde un juicio de valor heteronormativo y binario, encasillando dentro del concepto genérico de sodomía a varios tipos de manifestaciones de sexualidad que se manejaban con naturalidad entre las poblaciones originarias (Horswell, 2010). Como recoge Benavides, en varias crónicas –Girolamo Benzoni (1985), Miguel de Estete (1918) y Cieza de León (1971, 1986)– se describen prácticas homosexuales ritualizadas que fueron interpretadas en clave de pecado y de sodomía. En las descripciones se destaca la existencia de un grupo de hombres jóvenes reconocido por su actividad homosexual religiosa: los enchaquirados. Sus prácticas sexuales, junto a los hallazgos arqueológicos de las últimas décadas, es la constatación de que en la zona andina el orden binario apareció durante la colonia y fue impuesto violentamente, implantando un régimen hetero-normativo y binario de mirar e interpretar el mundo.
Actualmente, el término «enchaquirado» alude a personas con identidades y expresiones de género no binarias que viven en la costa, en Ecuador. Lxs comunerxs trans de Engabao, autodenominados «enchaquirados» reivindican las reminiscencias de un legado huancavilca que aún se expresa en las prácticas estéticas y sexuales de los habitantes. Engabao es un pueblo pesquero y paradero de surfistas que fue inscrito como comuna el 3 de julio de 1982.
**El textito «la danza cuYr de lXs enchaquiradXs» también se ha alimentado de los comentarios de Valeria Linera y de la lectura a mis amigxs Diego Falconí –quien propuso el concepto cuyr– y Silvia L. Gil, quienes siempre me enseñan cosas**
CAROLINA MELONI GONZÁLEZ

Es filósofa y profesora titular de Ética y Pensamiento Político. Se ha especializado en la obra de Jacques Derrida, la filosofía política contemporánea y el pensamiento feminista. Entre sus publicaciones se encuentran: Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas (Madrid: Ed. Fundamentos, 2012). Con Julio Díaz Galán: Abecedario zombi. La noche del capitalismo viviente (Madrid: El salmón contracorriente, 2016). Y con M. González de Oleaga y C. Saiegh: Transterradas: el exilio infantil y juvenil como lugar de memoria (Buenos Aires: Editorial Tren en movimiento, 2019).
Disculpen las molestias,
¡esto es una revolución!
«Pero ¿somos acaso los peores? Si es así, la revolución tendrá que ser hecha, una vez más, por los peores».
Paul B. Preciado
«Empecemos por ahí. Dejemos que el movimiento vuelva a empezar»
Bell Hooks
La casa del feminismo anda revuelta. Como en toda familia tradicional que se precie, las madres fundadoras parecen haber cerrado filas y se afanan desesperadamente en recolocar los trastos desperdigados, reorganizar los armarios, poner en marcha una limpieza radical y profunda. El discurso castigador y la disciplina punitiva hacia los vástagos descarriados parecen imponerse. Tras la euforia del 8M de 2018, hay que instaurar el orden, homogeneizar las estrategias, marcar seriamente los puntos de la agenda y, principalmente, establecer y delimitar estrictamente quienes son lxs hijxs merecedores de sus Excelsos títulos. Aquellxs que no cumplan estrictamente con los dictámenes biológicos –útero, condición gestante, capacidad de menstruar, criterios cromosómicos definidos, etc.– serán estrictamente rechazados de nuestras filas. Los cuerpos se auscultan, se observan de cerca, se escudriñan: ni un bigote postizo, ni un pelo fuera de lugar, ni un tacón que altere la pureza metafísica que nos ha dado la biología. Al coño lo que es del coño. Y fin de la discusión.
La casa del feminismo ya no es el refugio de todxs. Y casi cuarenta años después de que Lorde denunciara que ese supuesto hogar le resultaba ajeno, hostil y excluyente, parece que poco hemos aprendido como movimiento de transformación social. En esta casa matriarcal, la diferencia comienza a diluirse, cuando no a borrarse, en anacrónicos discursos esencialistas. Nos hemos creído al borde de la revolución, pero la proclamada cuarta ola no ha hecho más que traer una resaca de debates que se pensaban superados. ¿Qué mutaciones hemos atravesado hasta llegar aquí? ¿Qué debates y posturas han propiciado determinados argumentos? ¿Qué voces, cuerpos, vidas y deseos han formado parte de estos procesos políticos? Y, principalmente, ¿quiénes han sido excluidos de los mismos? ¿Cuáles han sido algunas de las experiencias, prácticas y propuestas que han surgido en el seno de los distintos colectivos y propuestas feministas en estos últimos años? ¿Y de qué clase de revolución estamos aquí hablando? No es posible defender un cambio de paradigma cuando nuestras posturas se instalan en la defensa de aquellos postulados hegemónicos basados en la exclusión, marginación y patologización de determinados cuerpos y sujetos. No podemos cambiar radicalmente el sistema, si nos refugiamos en los míseros privilegios que este nos ha otorgado. Dejemos de rearmar la casa del amo con sus mismas armas y herramientas. Si la revolución que se defiende parte de estas propuestas, que me disculpen las señoras, pero esta no es mi revolución.
DE LO INHABITABLE, DE LO VULNERABLE: CARTOGRAFÍAS SOMÁTICAS DE LA OPRESIÓN
«Como si de una figura de porcelana se tratara, se hace pedazos la idea de ‘la mujer’. Se hace trizas en las indomables espaldas de las lesbianas, en las entrepiernas llagadas de las putas, en las cabelleras espesas y pesadas de las indias, en las preguntas inagotables de las jóvenes, en la frustración de las viejas, en las estrías, asperezas y saberes de todas esas ‘otras’ que no encajan o que no quieren encajar en ninguna parte».
María Galindo
Y vinieron las negras, las latinas y chicanas, las extranjeras y pobres, las bolleras y las putas, y lxs trans. Todo un espectro de sujetos outsiders, de cuerpos procedentes de lugares inhabitables, marginales, innombrables. Esos cuerpos atravesados por la violencia, el patriarcado, la precariedad, el racismo, el silencio y la muerte, pero también por la rabia, el deseo y la furia, vulnerados y vulnerables, olvidados hasta de nuestras luchas políticas. Y se plantaron ante la puerta, denunciando la complicidad de cierto feminismo con algunos dispositivos de poder. Son las otras, las inapropiables, como las definió Trinh T. Minhha, las no universalizables, siempre deslocalizadas y fuera de lugar, indigeribles y molestas, parias de las identidades hegemónicas, desertoras del sistema sexo-género y dinamitadoras de toda diferencia sexual. Y con sus voces y gritos nos hicieron ver, nos abrieron los ojos ante la ceguera, el paternalismo, el eurocentrismo y la ideología dominante de muchos de los discursos que se defendían: ni la mística de la feminidad era aplicable a todos estos sujetos, cual cromo intercambiable; ni las realidades vividas tenían como marco y como coordenadas interpretativas a la familia burguesa europea; ni las dicotomías del sistema sexo-género parecían reproducirse en todas las culturas. Tampoco la opresión podía homogeneizarse y simplificarse bajo la opresión sexista y la teoría del enemigo común, dado que las opresiones eran múltiples, complejas, cual Hidra de varias cabezas que atravesaba muchos cuerpos, sumiéndolos en la precariedad de la materialidad económica, las cuestiones raciales y la vulnerabilidad sexual.
Ya desde finales de los 70, fueron muchas las voces que iniciaron esta mutación, que alertaron de estos peligros, poniendo en marcha una crítica radical e interna al feminismo mismo, sacando a la luz las complicidades discursivas y políticas que cierta tradición feminista mantenía con determinados dispositivos de poder. De este modo, fueron analizados conceptos y procesos teórico-políticos, algunos urgentes y necesarios para la consolidación del movimiento como estrategia de transformación social; otros, en cambio, contradictorios y complejos a la hora de afrontar las distintas realidades. En una suerte de genealogía crítica y de deconstrucción, se cuestionaron conceptos como el de diferencia sexual, la consolidación de categorías ontológicas cerradas y pretendidamente universales, tal y como ocurre con el concepto mismo de «mujer», o la necesidad y urgencia de definir un sujeto femenino común como punto de partida de la lucha por la igualdad. Pudieron salir a la luz, entonces, los peligros del esencialismo dentro de los discursos feministas, la exclusión que sufrían todas aquellas «otras» mujeres que no terminaban de identificarse con las propuestas de muchas feministas, y las jerarquías internas que se habían establecido en un feminismo de corte eminentemente blanco, eurocéntrico y burgués. La llamada «tercera ola del feminismo» supuso ya una problematización del feminismo mismo. Se trata de un cuestionamiento interno, una crítica radical a ciertos presupuestos y una propuesta para abrir nuevas líneas de pensamiento respecto al feminismo mismo como teoría y práctica de la transformación social. Dicho cuestionamiento vino, precisamente, de aquellas que habitaban lo inhabitable, que se habían quedado al margen de los debates, espacios académicos y partidos políticos. Las voces de aquellas mujeres comenzaron oírse como un eco fantasmático dentro de una comunidad feminista en cierto modo cómplice con la exclusión y la violencia. La voz de la frontera, de aquellos sujetos fronterizos en todos los sentidos del término –fronteras físicas y geográficas, corporales y sexuales, lingüísticas, raciales– reclamaba una política de la transformación basada no en los cohesionadores conceptos de unidad y de una identidad común, sino en la diferencia, la disonancia, el antagonismo y el reconocimiento de la alteridad.
Llevamos, pues, casi 40 años asistiendo a una auténtica mutación, en el sentido literal del término. Es decir, la mayoría de las problematizaciones que han surgido en los discursos feministas durante las últimas décadas tienen que ver, desde mi punto de vista, con cierta alteración o modificación no solo teórico-epistemológica, sino incluso morfológica, me atrevería a decir ontológica, puesto que el orden mismo del ser será cuestionado. Casi 40 años de debates y transformaciones en el seno mismo del pensamiento feminista, que han dado lugar a una forma de pensar radicalmente distinta. Dicha mutación, además, tiene su origen, decíamos, en las fronteras del feminismo, en aquellos discursos fronterizos, subjetividades marginales y marginadas, identidades complejas y múltiples que han sido, en cierto modo, expulsadas y olvidadas incluso por las propias luchas feministas.
Una nueva horda de precarias y subalternas, de desposeídas y olvidadas, condenadas siempre a habitar los espacios de marginación y violencia, de segregación y exclusión social, denunciaron la inhabitabilidad de esa casa del feminismo, en las que muchas solo podían ejercer la función de chachas, condenadas a ser las invisibles que nos limpian la mierda, a ser consideradas malas copias o simulacros de un sistema pretendidamente universal y hegemónico, que se ha encargado bien de definir y delimitar sus categorías ontológicas, haciéndonos creer ciegamente en ellas. Testimoniar ese silencio, politizar esa zona de indiferencia y oscuridad en la que muchos cuerpos, sujetos y deseos habían sido sumidos, hacer habitable lo inhabitable, es decir, los espacios periféricos e intermedios, supuso ya el síntoma de una praxis política diferente, suerte de resistencia irredenta que hizo temblar todo el edificio desde sus cimientos.
SUJETOS EXCÉNTRICOS, SUJETOS DESCENTRADOS
«La identidad del sujeto feminista no debería ser el fundamento de la política feminista…».
Judith Butler
Un significante vacío, fantasmático y efímero, recorre los debates del feminismo actual. La consabida unidad identitaria, en torno a esa figura mítica de «la mujer» vuelve a ser el centro de las disputas. Ahora bien, ¿qué y quién se autofundamenta como sujeto?; ¿qué y quién es considerado como sujeto, y quién no?; ¿qué intereses se esconden detrás de la defensa a ultranza de una supuesta universalidad inquebrantable? ¿Cómo se construye aquello que llamamos sujeto?; ¿qué caracteriza al llamado sujeto del feminismo?; ¿acaso podemos establecer unos presupuestos comunes, una identidad común, única y universal, que pueda definirse y defenderse como subjetividad femenina?; ¿es el eje del género y de la diferencia sexual el elemento constitutivo del sujeto feminista? Pareciera que, en el camino, hemos ido olvidando todos aquellos debates en torno a los peligros de defender la supuesta homogeneidad de dicho constructo, cuya condición de construcción simbólico-material ya fue anunciada por Beauvoir en la década de los 40.
No solo no existe el grupo natural «las mujeres», nos dirá Wittig, sino que «la mujer» como tal no es más que un mito, continuando la línea de desnaturalización de lo femenino iniciada ya por S. de Beauvoir. «Las categorías ‘hombre’ y ‘mujer’ [...] son categorías políticas –y no datos naturales–» (Wittig, M., 2006, 36). La categoría de mujer solo puede ser entendida en el interior de esta lógica discursiva. No es un hecho natural, sino una construcción determinada, un producto concreto, un fetiche esencialista cuya legitimidad viene dada por la matriz epistémico-hegemónica que la fundamenta. «No hay ningún destino biológico, psicológico o económico –afirma Wittig parafraseando a Beauvoir– que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esta criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica como femenina» (Wittig, M., 2006, 32). No hay unidad romántica posible, nos advierte Galindo, en torno a ese significante que nos permita actuar en común, dado que ha sido precisamente dicha pretendida unidad la que ha obviado las jerarquías de raza, clase y opción sexual que atraviesan los cuerpos (Galindo, M., 2013, 43). Resulta, por tanto, sorprendente que el argumento esgrimido sea el peligro de que dicha ficción sea borrada y, por ende, los derechos adquiridos en tanto que sujetos políticos, cuando hace tiempo que sabemos que ambos significantes, hombre-mujer, nos miran con la sonrisa del gato de Alicia, sin una materialidad corpórea ni biológica por detrás que los sustente.
Subyace en nuestros argumentos, como es sabido, una crítica radical a toda subjetividad que se pretenda sustantiva y soberana, como aquella que es recogida por cierto feminismo identitario. La necesidad de que se produzca un desplazamiento en la idea del llamado sujeto del feminismo –en el concepto de sujeto como tal– y, consecuentemente, en la noción de «mujer» como punto de partida para toda posición política, es más que evidente, cuando no urgente para evitar con ello reproducir argumentos de corte esencialistas. Ni el sujeto ni las identidades son algo dado, ambos se configuran y constituyen según la posición que ocupan en el entramado simbólico y político que nos atraviesa. Afirmar que la auto-determinación de género no es sino un ejercicio voluntario, individual, cuando no un gesto neo-liberal de una subjetividad consumista, es no haber comprendido que dichas subjetividades surgen de una situación de injusticia y opresión estructural, sistémica, en la que su propia identidad viene marcada por el estigma y la marginación. Tal y como afirma Vidarte, la subjetividad política surge y se conforma en la comunidad donde se halla inserta. No es lo mismo un yo cuyas circunstancias sean privilegiadas, a otro que nace, de por sí, desposeído incluso de la posibilidad de un yo: «expropiada de su yo, de su circunstancia, todo le viene impuesto, dado o, mejor dicho, ya se le ha robado todo nada más nacer en unas circunstancias hostiles que otros han preparado como su lecho de espinas». (Vidarte, P., 2007, 33).
Por todo ello, el hecho de que se dé esta crítica no supone el abandono absoluto de la cuestión sobre la subjetividad, tal y como esgrimen muchas voces desde el feminismo radical. «Si el concepto de sujeto –afirma Butler– [...] ya no es un hecho dado, ya no se presume, esto no implica que no tenga un significado para nosotros o que ya no pueda ser utilizado» (Butler, J., 2006, 25). Evidentemente, como nos dice la propia Butler, la cuestión del sujeto es fundamental para la política, principalmente para una política de corte feminista: analizar cómo este se construye, qué subjetividades cristalizan en los espacios de violencia, opresión y vulnerabilidad y, evidentemente, qué posibilidades de revertir dichos escenarios tenemos resignificándonos en tanto que sujetos políticos. «¿Qué posibilidades políticas surgen como consecuencia de una crítica radical de las categorías de identidad?» –se pregunta Butler– «¿Qué nueva forma de política surge cuando la identidad como terreno común ya no restringe el discurso sobre las políticas feministas? ¿Y en qué medida el esfuerzo por localizar una identidad común –como fundamento de una política feminista– puede impedir un cuestionamiento radical de la construcción política y la reglamentación de la identidad de sí?» (Butler, J., 2001, 29). Asimismo, D. Fuss se pregunta de forma similar a Butler y nos increpa a cuestionarnos sobre «¿qué efectos –materiales, políticos, sociales– pueden esperarse en nuestras prácticas sexuales y políticas de semejante esfuerzo continuo por erosionar y reorganizar los fundamentos conceptuales de la identidad?» (Fuss, D., 1999, 113). Puesto que toda construcción política de un sujeto identitario ha demostrado operar de forma excluyente, surge la necesidad urgente de llevar a cabo una genealogía crítica de nuestros conceptos, como también de analizar qué tipo de subjetividades pueden abrir posibilidades de resistencia, subversión y disidencia frente a aquellas que nos han situado en la más pura vulnerabilidad. De ahí, también, la urgencia absoluta de una política diferente, de un desplazamiento de nuestro concepto de lo político, de transformar y extender a otros ámbitos más allá de la representación y el reconocimiento la noción de lo político.
Si las categorías ontológicas de identidad utilizadas hasta ahora no solo son insuficientes, sino que encierran en su interior una violencia radical hacia lo otro, hacia aquello que no se define según sus parámetros, es entonces necesario un replanteamiento completo de estas construcciones. Pensar, por tanto, la ontología constitutiva del sujeto y analizar cómo este se ha constituido marginando, excluyendo y patologizando la diferencia ha sido, es y debería ser la tarea del feminismo hoy. Pero, al mismo tiempo, proponer ontologías distintas, acategoriales, que nos permitan abordar el sujeto feminista, parafraseando a Deleuze, como «partículas que giran en la polvareda de lo visible», como «lugares móviles de un murmullo anónimo», como algo siempre derivado y no substancial, que «nace y se desvanece en la espesura de lo que se dice y de lo que se ve». La subjetivación feminista, nos advierte Braidotti, es, ante todo una figuración, esto es un mapa, una cartografía política, investida tanto por lo social, lo biológico, lo material como por lo discursivo. Y las figuraciones, como tropos, abren la posibilidad de imaginar y proponer estilos de vidas, modos de existencias radicalmente distintos. Redenominar y repensar el sujeto feminista, más allá de presupuestos identitarios, evitando en lo posible tanto el esencialismo como el relativismo, es el mayor compromiso del feminismo como teoría de la transformación social. Imaginemos, soñemos, construyamos juntas no sujetos cerrados y soberanos, sino subjetivaciones, existencias políticas, identidades contradictorias y mapas somático-deseantes que funcionen tanto como lugares simbólicos, poéticos y como espacios para la lucha (Galindo, M., 2013).
Porque, tal y como nos señala Haraway, «no necesitamos una totalidad para trabajar bien. El sueño feminista de un lenguaje común, como todos los sueños de un lenguaje perfecto, de una denominación de la experiencia perfectamente fiel, es totalizador e imperialista» (Haraway, D., 1995, 296-297). Ha llegado el momento de defender un tipo de política y de lucha comunitaria y antagónica, rebelde e indigesta, que incida en las micropolíticas del deseo, de los cuerpos y subjetividades diversas, sin caer en el peligro de ser fagocitadas por las agendas de la macropolítica. Tal y como afirma Raquel Gutiérrez, no podemos caer en las trampas de la totalidad, por lo que urge no solo desplazar y deconstruir el orden simbólico hegemónico, sino denunciar toda defensa del mismo bajo el paraguas de los derechos y la lucha feminista. Y este tipo de política pasa, necesariamente, por una crítica radical de los presupuestos subjetivistas e identitarios que hasta entonces había mantenido el feminismo. Pues «no solo era el sujeto androcéntrico el que velaba las diferencias y las revestía de valores supuestamente neutrales y universales, sino que el propio sujeto que el feminismo había construido mostraba esas mismas limitaciones con respecto a otras categorizaciones sociales, a otras fronteras, a otras subjetividades» (Casado, E., 1999, 79).
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