Read the book: «El triunfo del cariño»

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Harlequin Books S.A.
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
El triunfo del cariño, n.º 96 - diciembre 2014
Título original: The Maverick’s Christmas Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5607-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Capítulo 1
ESTO no está bien… —murmuró Nina Crawford cuando detuvo el coche en la señal de stop de la aislada carretera secundaria situada a las afueras de su pueblo natal.
La madre naturaleza no había sido amable con Rust Creek Falls aquel año. Primero la inundación veraniega que había devastado la pequeña localidad de Montana, y ahora, cuando todavía estaba tratando de recuperarse, era azotada por una tormenta de nieve en diciembre.
La previsión meteorológica anunciaba una tormenta moderada que llegaría a última hora de aquella noche. Nina era la encargada de la tienda familiar del pueblo, y fiándose de la previsión, cuando una clienta anciana y con artrosis llamó para que le llevaran una almohada eléctrica a casa, no vaciló en dejar la tienda en manos de sus empleados para ir a llevar el encargo. Y cuando la anciana, que estaba sola y vivía en una granja alejada del pueblo, le ofreció galletas navideñas y una infusión de manzanilla, Nina seguía sin sentir ninguna preocupación por dedicar una hora a aquella visita.
Pero el cielo se había ido oscureciendo cada vez más con nubes de tormenta, y cuando cayeron los primeros copos mucho antes de lo que se suponía, Nina se marchó.
Y se encontró a varios kilómetros de su casa mientras un viento fuerte convertía la nieve en un ciego frenesí.
La temperatura se desplomó rápidamente, y la nieve había empezado a congelarse en las ventanillas del coche de Nina, añadiendo una nueva limitación a su visión. Bajó la ventanilla de su lado con la esperanza de ver si se acercaba algún otro vehículo por la izquierda.
No ayudó mucho. La visibilidad era muy mala.
Observó el cruce en busca de alguna señal que pudiera indicarle si se acercaba otro coche. Pero no vio ninguna luz en aquellas condiciones, y lo único que oía era el aullido del viento. Así que, confiando en que no hubiera moros en la costa, subió la ventanilla y se aventuró a girar hacia la derecha.
Pero en cuanto lo hizo vio las luces. Se dirigían directamente hacia ella.
Giró bruscamente para tratar de evitar una colisión, y el otro vehículo hizo lo mismo.
Lo siguiente que Nina supo fue que su coche había caído de morro en una zanja y que ella, que estaba embarazada, tenía la tripa clavada contra el volante.
Entonces fue cuando sintió el primer dolor.
—No, no, no, no…
Tratando de contener el creciente pánico, hizo lo posible por tratar de apartarse del volante. Algo que, dada la posición, no resultaba fácil.
Salía de cuentas el trece de enero. Todavía faltaban dos semanas para Navidad. Si su bebé nacía ahora, lo haría con un mes de antelación.
No podía dar a luz con un mes de antelación.
No podía…
Dio un respingo al oír cómo alguien golpeaba el cristal de su ventanilla.
—¿Estás bien? —le gritó la voz de un hombre.
Nina no había chocado contra nada, así que el airbag no había saltado y el motor seguía en marcha. Pero estaba confusa y asustada, y no sabía si estaba bien. No podía pensar con claridad.
Entonces la puerta se abrió desde fuera, y allí delante estaba Dallas Traub.
No era precisamente alentador ver a un miembro de la familia que llevaba varias generaciones enfrentada a la suya.
—¿Estás bien? —repitió él.
—No lo sé. Puede que me haya puesto de parto. Creo que necesito ayuda…
—De acuerdo, mantén la calma. Mi camioneta también está atascada al otro lado de la carretera. Pero al menos no ha quedado tan empinada como tu coche. Si puedes salir de aquí, podrás tumbarte en la parte de atrás de mi camioneta.
El miedo y el punzante dolor del abdomen dejaron a Nina sin capacidad para discutir. Aunque fuera un Traub, era la única persona a mano, así que iba a tener que aceptar su ayuda.
—¿Puedes apagar el motor? —le preguntó Dallas.
Aquello tenía sentido, pero a ella no se le había ocurrido. Y sí, podía. Lo hizo y dejó las llaves en el contacto.
—Me alegro de que puedas mover los brazos. ¿Puedes sentir todo, los brazos, las piernas, los pies?
—Sí.
—¿Te has golpeado en la cabeza? ¿Te duele el cuello?
—No, ninguna de las dos cosas. Solo he chocado contra el volante.
—¿Sangras por algún sitio? ¿Has roto aguas?
Por extraño que pareciera, ni aquella pregunta tan personal sonaba fuera de lugar en aquel momento.
—No, creo que no estoy sangrando. Y estoy completamente seca…
—Bien. Todo bien —aseguró Dallas—. ¿Te parece bien que te saque de ahí?
—Creo que sí…
—Deja que yo haga todo el trabajo —le aconsejó él.
Le pasó el brazo por debajo de las piernas, el otro por la espalda y tiró de ella con cuidado pero con fuerza hasta que Nina se vio lejos del volante y acurrucada en su enorme y masculino pecho.
—Tal vez pueda andar… —sugirió.
—No vamos a arriesgarnos —aseguró Dallas cruzando la carretera sin perder un instante.
Llevaba puesta una gruesa cazadora de ante forrada de borrego, pero Nina supo que era todo músculo por debajo porque la llevaba como si fuera una pluma. Y cuando llegaron a la camioneta blanca, que resultaba prácticamente invisible entre la nieve, Dallas se las arregló incluso para abrir la puerta de atrás.
Otro calambre atravesó a Nina cuando la dejó en el asiento de atrás. Se le debió notar el pánico, porque Dallas dijo:
—No pasa nada. Respira hondo. Pasará y conseguiremos que venga alguien antes de que te des cuenta.
—¿Y si mi bebé no quiere esperar? —preguntó ella aterrada.
—He estado presente en el parto de mis tres hijos y he ayudado a nacer a más animales de los que puedo recordar. Llegado el caso, puedo encargarme. Todo va a estar bien.
A Nina se le pasó por la cabeza la idea de llamarle mentiroso, porque nada estaba bien. Pero había algo tranquilizador en su actitud, en su manera de hacerse cargo de la situación. Y aunque fuera un Traub, Nina confiaba en que fuera capaz de ayudarla en aquel trance llegado el caso.
Pero, por favor, que el caso no llegara…
—Deberíamos conservar el combustible, así que voy a encender el motor solo lo justo para calentar esto y luego volveré a apagarlo —explicó Dallas cerrando la puerta de atrás y entrando en la cabina para encender el motor—. Pero voy a dejar las luces de posición encendidas para asegurarme de que nos vean en la nieve si alguien se acerca.
El aire caliente empezó a salir al instante, pero Nina se sentía ahora más incómoda tumbada, así que se incorporó para comprobar si eso ayudaba.
Así fue.
—A ver si puedes conseguir que venga alguien —le pidió a Dallas.
Él intento hacer una llamada con el móvil, pero no tenía señal.
—Prueba con el mío —sugirió Nina sacándolo del bolsillo del abrigo mientras contenía una nueva oleada de pánico.
Pero su teléfono resultó tan inútil como el de Dallas.
—Oh, Dios —gimió ella mientras todos los músculos de su cuerpo se ponían en tensión.
—¿Otra contracción? —preguntó Dallas.
—No, no creo —estaba tan asustada que ya no sabía lo que sentía.
Dallas se puso de lado en el asiento delantero.
—Vamos a estar bien. Te lo prometo.
Lo dijo de un modo que le creyó, y Nina volvió a relajarse un poco.
Hasta que él dijo:
—Ahí fuera hay algunas zonas en las que puede haber señal si encuentras el punto exacto. Caminaré un poco a ver si…
—¡No! ¡No puedes marcharte! —exclamó Nina entrando otra vez en pánico—. ¿No conoces esas historias de los granjeros que se pierden en tormentas de nieve como esta cuando intentan encontrar el camino entre su casa y la cuadra? ¡No puedes irte!
—Conozco las historias —respondió él.
Entonces se bajó de la camioneta.
Un instante más tarde se subió en el asiento de atrás a su lado. Llevaba consigo un rollo de cuerda gruesa que Nina le había oído sacar del maletero. Bajó una de las ventanillas de atrás, colocó ahí un extremo de la cuerda y arrojó el resto fuera. Luego volvió a subir la ventanilla, dejando el extremo enganchado.
—De acuerdo —dijo pasándole la cuerda a Nina—. Sujeta esto. Yo me agarraré al otro extremo, y no iré más lejos de lo que mide la cuerda. Si me necesitas, tira y volveré al instante. En caso contrario, yo la utilizaré para asegurarme de que sé cómo regresar.
—¿Tendrás cuidado?
—Lo tendré. Y dejaré el motor encendido para mantenerte en calor mientras tanto, ¿de acuerdo?
—Supongo que sí —accedió Nina a regañadientes mientras sujetaba la cuerda con el puño muy cerrado.
Dallas Traub le puso la mano en la suya y la apretó.
—Todo va a salir bien —aseguró confiado.
Sintió el calor de su mano, y también se dio cuenta de que la tenía un poco áspera y dura, signos del duro trabajo del rancho. Aquello inspiró más confianza en Nina, y la renovada certeza de que podría ocuparse de ella. Aunque fuera un Traub.
Nina consiguió incluso sonreír débilmente.
—Ten cuidado —le pidió, pensando también en la seguridad de Dallas.
—Lo tendré.
Dallas le soltó la mano, y a Nina le sorprendió echar de menos su contacto. En eso pensaba cuando él abrió la puerta, se agachó bajo la cuerda y se marchó, dejándola sola. También lamentaba haber perdido su compañía. Su reconfortante presencia.
El contacto, la compañía y la presencia de un Traub.
Cerró los ojos y aspiró con fuerza el aire, haciendo un esfuerzo por tranquilizarse por el bien del bebé, pidiéndole en silencio que descansara, que no naciera aquel día…
Entonces sintió otra contracción.
—No, por favor, todavía no —le suplicó a su hijo no nacido y al destino, como si aquello pudiera evitar que se pusiera de parto.
¿Cuánto tiempo llevaba Dallas Traub fuera? Le parecía que una eternidad. Nina miró a través del parabrisas con la esperanza de verle, pero solo veía nieve.
Captó su propia imagen en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que tenía el gorro torcido. Por alguna extraña razón, lamentó que Dallas la hubiera visto desaliñada, así que se ajustó el gorro. También se dejó llevar por el impulso de arreglarse la melena que le salía del gorro y le caía por los hombros.
Las mejillas, normalmente sonrosadas, estaban ahora pálidas y se las pellizcó para darles un poco de color. El rímel había sobrevivido al accidente y a todo lo que había sucedido a continuación, pero desgraciadamente, tenía un brillo en la fina y recta nariz que no le gustó.
Trató de borrarlo con el dorso de la mano, lamentando haber dejado en el coche el bolso con los polvos para la cara. Y también el lápiz de labios.
No es que estuviera pensando en pintarse los labios en medio de aquel posible peligro por coquetería, solo quería evitar que se le cuartearan, se dijo. Desde luego, no le importaba lo más mínimo el aspecto que tuviera en aquel momento, cuando acababa de sufrir un accidente y podía estar poniéndose de parto. Y menos para que la viera un Traub.
Pero cuánto deseaba que aquel Traub en concreto regresara…
Consideró la posibilidad de tirar de la cuerda, pero se negó a hacerlo. Necesitaban ayuda, y si había alguna posibilidad de conseguir señal telefónica, no podía renunciar a ella.
«Pero vuelve pronto, vuelve pronto…».
Entonces, como contestando a su silenciosa plegaria, se abrió la puerta de atrás y apareció Dallas.
Nina tampoco entendía por qué le impactó su aspecto en aquel instante, pero le asombró lo alto que era y lo anchos que tenía los hombros. Era todo un hombre del Oeste.
Pero no fue solo el tamaño de su cuerpo lo que le impresionó. Era remarcablemente guapo, algo en lo que nunca había reparado durante la cantidad de veces que debían haberse cruzado en Rust Creek Falls.
Nina conocía a todos los Traub de vista, pero nunca se había fijado al detalle en ninguno de ellos. Ahora se dio cuenta con asombro de que Dallas era guapo al estilo viril, con la nariz algo ganchuda pero de estilo elegante, labios carnosos y unos impresionantes ojos azules con un leve toque gris.
—¿Has conseguido llamar? —le preguntó mientras él sacaba el extremo de la cuerda por la ventanilla, la recogía para guardarla en el maletero y subía al asiento con ella.
—No —dijo cerrando la puerta tras él y luego la ventanilla—. Estamos en una zona muerta. Pero no te preocupes. Alguien vendrá a buscarnos. Mis padres están en su casa con mis tres hijos. Enseguida empezarán a preguntarse dónde estoy. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien… —respondió Nina con escaso convencimiento.
—¿Has tenido más contracciones?
—Una —admitió ella.
—¿Y el calor? ¿Crees que podríamos apagar el motor un rato?
—Claro. Sí tú ya has entrado en calor.
Dallas se inclinó hacia delante para hacerse con la llave, y Nina le miró de reojo. Llevaba unos vaqueros que le marcaban el trasero y los fuertes muslos, pero Nina sabía que no tenía por qué estar fijándose en eso.
Entonces el motor se apagó y Dallas volvió a reclinarse en el asiento. Se giró hacia ella y se deslizó al borde del asiento.
—Aquí debería haber una manta —dijo bajando el respaldo de atrás.
Sacó una manta gruesa de cuadros del compartimento oculto detrás del asiento.
—Seguramente no te vaya a gustar esto, pero mantendríamos mejor el calor si compartimos manta y un poco de calor humano —dijo entonces.
—Está bien —accedió Nina, consciente de que tenía razón.
Y no le parecía tan terrible la idea de tenerle cerca ni de compartir manta con él. Pero prefirió no analizarlo.
Dallas abrió la manta de emergencia, la colocó sobre Nina y luego se inclinó para tirar del otro extremo.
Luego se sentó lo suficientemente cerca como para compartir el calor que exudaba y se tapó a su vez con la manta.
—¿Seguro que te sientes mejor sentada? —le preguntó.
—Sí.
—Si eso cambia y necesitas tumbarte, dímelo.
—Lo haré —aseguró Nina.
Se arrebujó más en la manta. Y, al hacerlo, se acercó más a él. A Dallas no pareció importarle que estuviera un poco pegada a su costado.
—Así que tú eres Nina Crawford, ¿verdad? —comentó él girando la cabeza para mirarla cuando la tuvo recostada—. ¿La encargada de la tienda?
Al parecer, Dallas Traub estaba tan poco al día de la vida de sus rivales Crawford como ella lo estaba de la de los Traub. Y como nunca habían estado el uno frente al otro como ahora, a Nina le sorprendió incluso que supiera su nombre.
—Sí, soy Nina. Y sí, dirijo la tienda —una tienda que los Traub apenas pisaban. Todo el mundo sabía que preferían hacer la compra en la vecina Kalispell antes de ayudar al negocio de los Crawford.
—Yo soy Dallas, por si no lo sabes.
—Vives en el rancho familiar, ¿verdad? El Triple T.
—Trabajo en el rancho, pero tengo mi propia casa dentro de la propiedad. Estoy divorciado y tengo tres hijos, Ryder, de diez años, Jake, de ocho y Robbie, que acaba de cumplir seis hace un par de semanas.
—¿Y tienes tú la custodia? —preguntó Nina.
Recordaba que nadie estaba muy seguro de lo que había pasado con su matrimonio, solamente que había terminado el año anterior por aquellas fechas. Hubo muchos rumores, y Nina recordó haber pensado que, dado que Dallas era un Traub, seguramente su mujer se lo había pensado mejor. Sin embargo, no le resultó tan fácil entender por qué su exmujer había dejado también a sus hijos.
Ahora, al apreciar el modo en que Dallas la cuidaba, el esfuerzo que estaba haciendo para distraerla con su charla, lo amable y cariñoso que se mostraba con ella, entendía menos por qué se había marchado su ex.
—Sí, yo tengo la custodia completa —dijo con cierta tristeza—. Mi familia me ayuda mucho, eso es verdad, pero de todas maneras…
—Eres tú el que está al cargo. De tres niños.
—Y no es fácil ser padre soltero —aseguró mirándole de reojo el vientre—. Supongo que no sé demasiado de los Crawford —dijo entonces—. De quién más sé es de tu hermano Nathan, porque se presentó a la alcadía.
—Se presentó contra tu hermano Collin y perdió —le recordó ella.
—Pero creo que no sabía que estuvieras casada y embarazada.
—Embarazada sí, casada no. Nunca lo he estado.
—Pero estabas con alguien, ¿verdad? ¿Con Leo Steadler? Trabajó con nosotros hace un par de años, y…
—Estuve cuatro años con Leo.
Cuatro años que habían terminado en desilusión, pensó ella.
—Pero se marchó del pueblo, ¿verdad?
Nina percibió la confusión y el recelo.
—Así es.
—¿En lugar de asumir las consecuencias?
Parecía que estuviera ultrajado. Nina sonrió.
—El niño no es de Leo.
—Ah.
Nina volvió a sonreír. Se hacía a la idea de cómo estaba llenando los huecos en blanco. Era lo mismo que había hecho su familia: asumir primero que el niño era de Leo, y luego que había tenido una aventura en venganza cuyo resultado había sido un embarazo no deseado.
Pero todos estaban equivocados. Y como no se avergonzaba de las decisiones que había tomado y había sido completamente sincera con todo el mundo, decidió que también podía serlo incluso con Dallas Traub.
—Después de perder cuatro años con Leo, cuando todo acabó decidí que no iba a esperar a que llegara ningún otro hombre —y le hiciera vagas promesas diciéndole «algún día»—, nunca se sabe cuánto tiempo puede tardarse en conocer a alguien.
—Si es que alguna vez pasa —murmuró Dallas, como si no tuviera ninguna esperanza de encontrar a su alma gemela.
—¿Y entonces qué? —continuó Nina—. ¿Y si pasaba un año, o dos, o tres, o cuatro y me encontraba justo donde estaba después de Leo? Sería más vieja y seguiría sin tener el bebé que siempre quise tener. La familia que quiero. A veces tienes que ir en busca de lo que quieres independientemente de lo que piensen los demás. Así que me tomé un tiempo libre y fui a un banco de esperma de Denver sin decírselo a mi familia.
—¿Lo hiciste tú sola?
—Sí —aseguró ella con convicción—. No veía necesidad de contárselo a gente que iba a intentar disuadirme, así que lo hice. Y voilà! Gracias a la magia de la medicina moderna, voy a tener el bebé que quería. Sola.
Nina le miró y vio que estaba asintiendo lentamente con la cabeza, arqueando las cejas sobre aquellos ojos azules y grises.
—Vaya —dijo, como si no supiera muy bien cómo tomárselo—. Mi familia es muy tradicional y se habría asustado con algo así. ¿Cómo se lo tomó la tuya?
—Se asustaron —confirmó Nina—. Pero una vez que se asentó el polvo… —se encogió de hombros—. Siempre he sido muy independiente y muy obstinada. Cuando pongo la mente en algo, no hay quien me detenga. Mi familia está ya acostumbrada. Y tener un hijo es algo bueno, así que tras el impacto inicial, todos me han apoyado.
—Eso está muy bien. En caso contrario, tener un hijo tú sola te habría resultado abrumador.
—Pero no quería esperar más.
—Pareces demasiado joven como para que tu reloj biológico se haya puesto en marcha ya.
—Eso mismo decía mi familia. Tengo veinticinco, así que supongo que la edad no es el problema. Pero siempre he querido tener hijos joven, antes de los treinta. No sé cuántos años tienes tú, pero si tienes un hijo de diez años, seguramente lo tendrías joven, ¿no?
—Tengo treinta y cuatro, así que Ryder nació cuando tenía veinticuatro.
—Eso significa que tendrás la oportunidad de estar todavía aquí para ver a tus hijos a los cuarenta, los cincuenta y los sesenta. Para conocer a tus nietos y tal vez a tus biznietos. Yo también quería eso. La familia es lo más importante para mí.
—Pero, ¿no se trata acaso de hacerlo con un compañero? —preguntó Dallas con cierto tono de derrota.
—Eso es lo ideal, pero mírate a ti. No hay garantías de que aunque tengas un compañero, sigas luego con él.
—Ya —reconoció él—. Pero la paternidad en solitario es un camino duro. Yo nunca sé si estoy a la altura. Sobre todo últimamente.
Nina sentía curiosidad por lo que estaba diciendo, pero de pronto sintió un dolor más agudo que los anteriores y separó la espalda del respaldo.
Dallas se incorporó igual de rápido, se giró hacia ella y le pasó el brazo por detrás.
—No pasa nada —le dijo en un tono viril que Nina encontró tremendamente tranquilizador—. Capea el dolor. No luches contra él. Respira.
Nina trató de hacer todo aquello, pero el dolor era muy agudo. Cerró los ojos para no pensar en ello ni sentir miedo.
—No pasa nada —repitió Dallas—. Todo va a estar bien.
Entonces Nina sintió sus labios en la sien en un beso dulce y tierno que identificó como una reacción completamente involuntaria por no saber qué más decirle.
El dolor desapareció tan rápidamente como había llegado y Nina descansó.
El hecho de que descansara encima de Dallas Traub tampoco fue premeditado, simplemente sucedió.
Pero él la abrazó como si lo hubiera hecho un millón de veces antes, y le pareció completamente natural apoyar la cabeza contra su pecho.
—Pasó mucho rato entre contracción y contracción —dijo Nina cuando pudo hablar—. Creí que habían parado.
—Es bueno que no surjan con regularidad. Cuando son las contracciones del parto, funcionan como un reloj. Tal vez esto sean solo espasmos musculares.
El bebé había estado moviéndose y dando pataditas normales mientras hablaban, así que no parecía estresado. Pero no había nada de tranquilizador en aquella situación.
—Pero te digo una cosa —comentó Dallas con tono ligero—, si termino trayendo al mundo a este niño tendrás que llamarle como yo. Dallas Traub Crawford.
Aquello hizo reír a Nina.
—A nuestras familias les daría un soponcio —aseguró—. Y no he querido saber si es niño o niña. Quiero que sea una sorpresa.
—Aunque sea niña, se puede llamar Dallas.
—Dallas Crawford —dijo ella. Y luego volvió a reírse—. Veamos. Primero tuve que convencer a todo el mundo de que Leo no es el padre, que me sometí a una inseminación artificial. ¿Y luego te meto a ti en la mezcla? No quiero ni imaginar los rumores.
—En Rust Creek Falls no se hablaría de otra cosa durante años.
—Y nuestras familias nos dejarían seguramente de hablar por unirnos al enemigo.
—Seguramente —reconoció Dallas riéndose a su vez.
De pronto aparecieron unas luces entre la nieve que venían en dirección del pueblo, y unos instantes más tarde un vehículo aparcó a su lado.
—¿Qué te dije? Ha llegado la ayuda —dijo Dallas.
Nina se incorporó y se apartó de él. Echó de menos sentir su brazo rodeándola cuando Dallas la soltó y se giró para abrir la puerta.
Gage Christensen, el sheriff de la localidad, estaba allí fuera.
—¿Has salido a dar una vuelta bajo la nieve? —bromeó Dallas.
Pero Nina escuchó alivio en su voz.
—Cuando se desató la tormenta, tu madre llamó a la granja a la que habías ido a entregar el heno para saber si ya te habías marchado de allí. Le dijeron que sí, y como no volvías a casa, me llamó.
Dallas miró de reojo a Nina.
—¿Qué te dije? La idea de verse atrapada con mis tres hijos ha hecho que envíe una patrulla para encontrarme lo antes posible —luego se giró otra vez hacia el sheriff—. Tengo aquí a Nina Crawford, y creo que necesita ir al hospital de Kalispell. Cuanto antes mejor.
Así que estaba más preocupado por su estado de lo que había dejado ver.
—Creo que puedo empujarte por detrás para que puedas salir —sugirió Gage.
—¿Por qué no me sacas de aquí y luego nos sigues? Me gustaría contar con tu apoyo. Cuando pase la tormenta, alguien puede venir a recoger el coche de Nina.
A ella le sorprendió que Dallas no aprovechara la oportunidad para librarse de la situación. Y agradecía que no lo hiciera, que se preocupara por ella.
—Veamos qué podemos hacer —dijo el sheriff volviendo al coche patrulla.
Dallas se giró hacia Nina y le dio un cariñoso apretón en el antebrazo.
—Tú relájate, estaremos en camino antes de que te des cuenta —dijo sonando seguro de sí mismo una vez más.
Nina asintió, aliviada al saber que iban a salir de allí.
Entonces Dallas se bajó, cerró la puerta de atrás, se puso tras el volante y encendió de nuevo el motor.
No pasó mucho tiempo hasta que sintieron un suave empujón en la parte de atrás. Luego se oyó el rápido girar de las ruedas y sintieron cómo la camioneta avanzaba unos centímetros hasta que las ruedas de Dallas volvieron a tener tracción sobre el suelo.
—Ahora ya estamos enfilados —aseguró él victorioso.
—El bolso... tengo que llevar la tarjeta del seguro —dijo Nina al darse cuenta de que iban a ponerse en camino.
—Yo te lo traigo —dijo Dallas parando suavemente la camioneta. Luego salió a toda prisa a la tormenta y regresó con su enorme bolso y las llaves.
—Gracias —le dijo ella cuando puso todo en el asiento delantero—. Gracias por todo lo que estás haciendo —añadió algo emocionada.
—Vamos a llevarte al hospital —aseguró Dallas poniendo la camioneta en marcha y dirigiéndola con cuidado hacia la cegadora tormenta.
Mientras le observaba la coronilla, Nina no pudo evitar maravillarse ante el hecho de que quien seguía cuidándola era nada menos que Dallas Traub.
Era cercano, cariñoso, fuerte, tranquilizador y guapo, y estaba encantada de que no se hubiera limitado a entregársela al sheriff.
Y en aquel momento no pudo evitar preguntarse por qué se suponía que debía odiarle.
Capítulo 2
ACOMPAÑÁNTES de Nina Crawford?
Dallas se puso de pie en cuanto oyó aquellas palabras. Estaba en la sala de espera de urgencias del hospital de Kalispell, donde permanecía desde que llegaron y se llevaron a Nina.
—Soy la doctora Axel —se presentó la mujer.
Dallas no sabía si admitir o no que no era de la familia, pero antes de que pudiera decir algo, la mujer continuó.
—Nina y el bebé están bien. Las punzadas que ha experimentado eran debidas al golpe contra el volante, no al parto. Nada indica que vaya a dar ya a luz. Hemos hecho una ecografía y el bebé parece estar bien. Además, le hemos puesto a Nina un monitor fetal y no parece haber signos de estrés.
—Estupendo —aseguró Dallas sintiendo un gran alivio.
—Como seguro ya sabe —continuó la doctora—, Nina está de treinta y cinco semanas así que un parto a estas alturas, aunque no sea lo más deseable, no supondría tampoco mayor problema para la madre ni para el bebé en caso de que algo cambiara de pronto. Pero con esta tormenta y las dificultades que hay en las carreteras, volver a traerla aquí rápidamente podría suponer un problema, y prefiero pasarme que quedarme corta. Así que vamos a dejarla aquí esta noche. Así podremos tener monitorizados a madre y a hijo.
—Por supuesto.
—La van a llevar ahora a la habitación. Si pregunta en el mostrador, le dirán el número.
Dallas le dio las gracias a la doctora y luego se acercó al mostrador, dio el nombre de Nina y le dijeron dónde estaba.
Al recibir aquella información, se preguntó si debería quedarse.
Después de todo, no era de la familia.
Pero aunque Gage Christensen había prometido notificarles a los Crawford lo del accidente y decirles dónde estaba Nina, ninguno de ellos había aparecido todavía. A pesar de que la tormenta había cesado y solo caía una nieve ligera, las carreteras seguían en mal estado, así que no le sorprendía. Y a Dallas no le gustaba la idea de que Nina se quedara sola aunque todo estuviera bien.
Así que optó por quedarse. Igual que había decidido seguir allí a pesar de que el sheriff le dijo que ya había hecho bastante, que Nina ya estaba en manos de profesionales y que podía irse a su casa con su familia.
Su familia, sus hijos, estaban en buenas manos con sus padres. Había hablado con todos mientras esperaba en la sala. Todo iba bien. Pero por el momento, Nina no tenía a nadie más.
Y no se veía capaz de dejarla.
Así que entró en el ascensor y apretó la tecla de su planta.
La planta de maternidad.
La conocía bien. Había estado allí en el parto de todos sus hijos. Con Laurel…
El recuerdo le provocó un nudo en el estómago, como habían hecho otros recuerdos durante el pasado año. Un año infernal.
Sencillamente, no era fácil.
No fue fácil despertarse un día y ver que su mujer le había dejado.
No era fácil criar a tres hijos solo.
No era fácil lidiar con su propia rabia, su dolor, y a veces la rabia y la desesperación.
No era fácil lidiar con las emociones de sus hijos, que a veces las manifestaban claramente y otras veces sus muestras eran tan sutiles que se las perdía hasta que ya era demasiado tarde.
No era fácil seguir adelante en el mismo pueblo en el que ambos habían crecido, estar en sitios como aquel hospital en el que habían sucedido hechos que al parecer no eran tan importantes para su exmujer como para él.
Sí, «infernal» era la mejor palabra para describirlo. Y él estaba tratando de abrirse camino en medio del desastre emocional, como Rust Creek Falls estaba todavía tratando de superar la inundación.
Pero tenía confianza en que el pueblo superaría aquel bache y llevaría su reconstrucción a buen puerto. No estaba tan seguro respecto a él mismo. Ni respecto a Ryder, Jake y Robbie.
Cuando el ascensor llegó a la planta de maternidad, encontró la habitación de Nina sin problemas y suspiró aliviado. Era una habitación privada, situada en un pasillo distinto al de las demás madres.
Si hubiera tenido que entrar en una de las habitaciones en las que había estado Laurel cuando dio a luz, no sabía si hubiera sido capaz de soportarlo. Tenía un límite, aunque estaba haciendo todo lo posible para salir del infierno en el que vivía desde que Laurel se marchó.
Pero había decidido fingir que todo estaba bien aunque no fuera así. Si fingía que no estaba deprimido, tal vez empezara a ver por fin la luz del sol.
Había hecho un propósito de año nuevo: estaba decidido a no seguir machacando a su familia y sus amigos con lo que le había pasado. Ya no iba a decirle a nadie que tuviera cuidado con el amor, que evitara las relaciones. Mantendría la boca cerrada al ver cómo se formaban nuevas parejas.
La puerta de la habitación estaba abierta, y la cortina que rodeaba la cama, parcialmente echada. Así que vio que Nina estaba dormida y volvió a considerar una vez más quedarse o no. Después del día que había tenido, seguramente estaría agotada y seguramente dormiría hasta que su familia apareciera, o seguramente hasta por la mañana.
Pero lo cierto era que no quería irse todavía. Por si acaso.
Así que se sentó sin hacer ruido en la silla de visitante y se centró en observar a Nina en lugar de pensar en las otras ocasiones en las que había estado en la planta de maternidad o en el horror del año anterior.
Nina Crawford…
Dios, era muy guapa.
Tenía el cabello largo y brillante color castaño que le enmarcaba el rostro sobre la almohada.
La piel era porcelana pura.
La nariz perfecta, fina y delgada, y un poco respingona en la punta.
La boca era como de un rosa pálido, con los labios carnosos y deseables.
Tenía un rostro de rasgos finos y la barbilla bien definida, los pómulos altos y esculpidos y la frente lisa.
Y aunque tenía los ojos cerrados, Dallas recordaba perfectamente su tono marrón oscuro como el café.
Sí, era preciosa. Exquisita y delicadamente bella.
Si la doctora no se lo hubiera dicho, no habría pensado que estaba de tanto. A aquellas alturas del embarazo, en los tres casos, Laurel no tenía el mismo aspecto que Nina. No es que pensara que Laurel no era guapa.
Pero cuanto más peso ganaba, más se entristecía. Más todavía de lo que estaba durante el resto del tiempo, en el que tampoco era realmente feliz.
Pero Laurel era lo último en lo que quería pensar, así que selló aquel recuerdo y se centró en Nina, quien hacía real la frase de que las embarazadas desprendían un brillo especial.
O tal vez tuviera siempre aquel halo. Como no se había fijado en ella con anterioridad, no podía saberlo.
Pero al estar allí sentado, observándola, se preguntó por qué no se había fijado en ella antes. ¿Cómo era posible que alguien la mirara y no se fijara?
Solo tenía veinticinco años, seguramente aquello influía, porque era demasiado joven para que le hubiera prestado atención. Además, estaba tan centrado en su matrimonio, primero disfrutando del amor y luego intentando salvarlo, que no había prestado atención a las demás mujeres. Y además, Nina estaba en el paquete del resto de la familia Crawford, a la que los Traub despreciaban. Por lo tanto, Dallas había estado ciego a ella.
Pero ya no estaba ciego.
En aquel momento lamentó no estar tan cerca de ella como en el asiento trasero de la camioneta compartiendo manta. Rodeándola con el brazo, como había hecho sin siquiera pensar en ello.
Del mismo modo que la había besado sin pensar.
Había besado a una Crawford.
Una Crawford embarazada.
Pero aunque no fuera una Crawford, seguía teniendo solo veinticinco años y estaba embarazada. Él tenía treinta y cuatro y tres hijos. No tenían nada que ver el uno con el otro. Y la gente que no tenía nada en común no debía estar junta. Lo había aprendido del modo más duro con Laurel.
—¿Dallas Traub? ¿Qué estás haciendo aquí?
A aquel Traub sí que lo conocía bien.
—Nathan —murmuró Dallas alzando la vista para mirar al hermano de Nina, que estaba en la puerta con sus padres, Todd y Laura. Nathan había perdido recientemente las elecciones a la alcadía, cuyo vencedor había sido el hermano de Dallas, Collin Traub.
Dallas se puso de pie al instante.
—¿No os ha contado Gage lo que ha pasado? —susurró en voz baja para no despertar a Nina.
—Dijo que Nina se salió de la carretera y que hubo que traerla aquí. No dijo nada sobre ti —la matriarca de la familia Crawford respondió en tono áspero pero en voz baja.
Pero ya era demasiado tarde, porque Nina dijo desde la cama:
—Basta. Dallas no tiene la culpa de nada. Fue culpa mía. No vi venir su camioneta hasta que ya fue demasiado tarde. Los dos tuvimos que dar un volantazo para evitar chocar.
—Qué lástima. Pero, ¿qué estás haciendo aquí ahora? —inquirió Todd Crawford.
—¡Papá, Dallas se ha portado de maravilla! —le informó Nina a su padre—. Me ha cuidado hasta que llegó el sheriff y luego tampoco dejó que Gage me moviera, así que le dijo que nos siguiera para asegurarse de que llegáramos aquí sanos y salvos. ¡Y todavía está aquí!
La doctora Axel se unió al grupo entonces y Nina aprovechó su presencia para utilizarla como mediadora.
—Hola, doctora Axel. ¿Podría llevarse a mi familia al pasillo y contarles cómo está el bebé?
La doctora hizo lo que le pedía y sacó a los Crawford de la habitación.
—Has pensado que necesitaba que me rescataran, ¿verdad? —dijo Dallas riéndose y dirigiéndose a los pies de la cama.
—Tres contra uno, eso no es justo —respondió Nina, que sonaba cansada y adormilada.
—No quería dejarte sola —aseguró Dallas para explicar su presencia allí.
—Eso es muy amable por tu parte —Nina señaló la dirección por la que había salido su familia—. Siento que esta haya sido la recompensa a tu amabilidad.
—No pasa nada. Me alegro de que el bebé y tú estéis bien.
—¿Sigue nevando? —preguntó ella entonces.
—Sí, pero el viento ha amainado y el tiempo ya no es tan malo.
—Entonces deberías irte a casa. Volver con tus hijos.
Dallas asintió. Tenía que volver a casa. No entendía por qué se mostraba tan reacio a dejar a Nina. Nina Crawford, se recordó, como si aquello ayudara.
—Supongo que tu familia se ocupará a partir de ahora de ti.
—Lo harán. Y todo está bien, así que tampoco hay que ocuparse de nada.
La familia de Nina volvió a aparecer en la puerta con la doctora, y Dallas tuvo claro que tenía que irse tanto si quería como si no.
—Estás en buenas manos, así que me voy.
—Gracias —murmuró Nina con un tono que encerraba algo de intimidad—. Ten cuidado al volver.
—Lo tendré —prometió él mirándola una última vez.
Los ojos marrones de Nina se clavaron en los suyos y le dirigió una sonrisa que hablaba de la conexión que habían hecho, aunque solo fuera durante un instante. Entonces, él se despidió con la mano y consiguió finalmente salir de allí.
Deseando, sin entender por qué, que las cosas fueran de otro modo.
Y mientras bajaba en el ascensor, se dio cuenta de que durante el tiempo que había estado con Nina no se había sentido tan mal como de costumbre…
El viernes, Nina estaba en casa, en el pequeño apartamento situado encima de la tienda, y se sentía bien otra vez. Mejor que nunca, de hecho. Pero siguiendo las instrucciones de la doctora, no iba a volver a trabajar hasta el sábado.
Su madre estaba muy encima de ella. Laura Crawford había pasado la noche del jueves con ella. Pero el viernes a la hora de comer, al ver que seguía allí y no hacía amago de marcharse, Nina la convenció de que todo estaba bien y que podía irse a casa.
Cuando se quedó a solas, los pensamientos de Nina se dirigieron hacia Dallas Traub.
Desde el accidente del miércoles, le había resultado casi imposible no pensar en él, y había utilizado la presencia de la familia para distraerse. Pero cuando se quedó sola, no parecía capaz de pensar en otra cosa que no fuera aquel Traub de ojos azules y sexys que la había tratado con tanto cariño.
Quería darle las gracias otra vez por todo lo que había hecho por ella el miércoles.
Aquella era la razón por la que pensaba tanto en él, se dijo. Era razonable que quisiera expresarle su gratitud. ¿Y qué si sentía además la necesidad de oír su voz otra vez y de tener contacto con él? Tal vez fuera un fenómeno normal entre rescatado y rescatador. Eso le parecía más posible que cualquier otra alternativa, como que quería tener contacto con Dallas porque se sentía atraída hacia él.
Eso sería una locura. ¿Cómo se iba a sentir atraída por alguien si estaba embarazada de ocho meses?
¿Atraída hacia un Traub?
Aquello de por sí ya era una locura, pero además Dallas era nueve años mayor que ella. Leo tenía diez años más que Nina, y ya había sufrido bastante las desventajas de una relación con aquella diferencia de edad. Ya se había cansado de acomodarse, adaptarse y hacer todo tipo de ajustes porque ser mayor parecía llevar implícito privilegios.
Y Leo no tenía hijos.
Dallas Traub sí, tres.
Los niños implicaban que cualquier mujer que saliera con él tendría que acomodarse todavía más.
¿Salir con él?
Ella no quería salir con él, solo hablarle. Y tal vez encontrar un modo de demostrarle su agradecimiento. Como llevarle una cesta de fruta o algo así.
Para darle las gracias de nuevo. Para disculparse por el modo en que le había tratado su familia.
Era lo correcto, teniendo en cuenta lo que había hecho por ella. Nada más.
Y si se trataban con cordialidad, tal vez podría ser el principio de una especie de tregua entre las dos familias. Así su hijo y los hijos de Dallas no tendrían que odiarse por alguna razón que nadie podía explicar.
Seguramente era una quimera. La mala sangre entre los Traub y los Crawford llevaba presente varias generaciones, y era poco probable que el mero acto de reiterarle su agradecimiento fuera a cambiar aquello.
Pero de todas maneras, se sintió impelida a hacer esa llamada de teléfono.
Necesitó de varias llamadas anteriores a algunos amigos para conseguir el móvil de Dallas, pero finalmente lo obtuvo. Y cuando marcó, Dallas respondió al instante.
Al oír el sonido de aquella voz profunda, sintió algo que no pudo explicar. Algo cálido y satisfactorio.
Pero Nina ignoró aquella respuesta y dijo:
—¿Dallas? Soy Nina Crawford.
Él se rio.
—Eres la única Nina que conozco. Hola —añadió. Parecía contento de saber de ella—. He estado pensando mucho en ti. ¿Cómo estás? —le preguntó con tono amistoso.
—Muy bien —respondió ella—. Volví a casa ayer y no puedo trabajar hasta mañana. Pero me encuentro de maravilla, y si no fuera por las indicaciones del médico, estaría abajo en la tienda.
—Yo estoy justo ahí.
¿Dallas estaba justo bajando las escaleras? Saber que lo tenía tan cerca le provocó una sensación de alegría.
—Yo vivo en el apartamento de arriba —le informó Nina—. ¿Quieres subir y comprobar por ti mismo que gracias a ti estoy muy bien?
Nina no supo de dónde había salido aquella idea. Fue un impulso.
Pero Dallas no vaciló y dijo:
—¡Me encantaría! ¿Cómo subo?
—Vete a la parte de atrás de la tienda, hay una escalera detrás de la zona de lencería femenina.
—A los niños les va a encantar —comentó con picardía—. Ah, no había pensado en eso —añadió—. Tengo a los niños conmigo. Tal vez no deberíamos subir.
—Me gustan los niños —aseguró Nina. Y luego volvió a reírse—. Más me vale.
—¿Seguro que no te importa?
—Seguro. Subid.
Nina colgó. Sabía que era absurdo estar tan emocionada al pensar que iba a volver a ver a Dallas.
Pero lo estaba.
Tanto como para acercarse al espejo más cercano y asegurarse de que estaba peinada y ponerse un poco de rímel y de colorete.
Llevaba vaqueros y un suéter rojo de cuello vuelto suficientemente grande como para acomodarse a su vientre. Estaba descalza, pero tenía puestos unos calcetines rojos y verdes que pegaban con la época navideña.
Nina abrió la puerta justo cuando Dallas iba a llamar con los nudillos.
No pudo evitar sonreír al verle. Era alto, de pecho ancho, y llevaba botas, vaqueros y la misma cazadora de ante sobre una camisa de cuadros.
Así que su mente no le había idealizado. Era masculino, un tipo duro y guapísimo.
—Adelante, quitaros el abrigo —les invitó echándose a un lado.
Dallas cruzó el umbral seguido por tres niños de distintas alturas, todos una versión infantil de él, con los mismos ojos azul grisáceo, el mismo cabello castaño oscuro y la misma estructura ósea.
—Este es Ryder —les presentó mientras los niños se quitaban el abrigo—. Este es Jake, y este Robbie.
—Acabo de cumplir seis años —anunció Robbie.
—Entonces apuesto a que tu profesora es Willa Christensen —dijo Nina.
—No. Es mi tía Willa, pero en clase tengo que llamarla señorita Traub. Como yo, Robbie Traub. Pero no es mi madre, porque es mí tía, porque está casada con mi tío Collin.
—Ah, es cierto. Se me había olvidado que Willa se ha casado con tu hermano —le dijo Nina a Dallas.
—¡Mira cuántas cosas de Navidad! ¡Mira el árbol! —dijo entonces Robbie, entrando en el apartamento y observando la decoración navideña.
—Cuántos adornos —comentó Dallas.
—Me encantan las Navidades —reconoció Nina centrándose en los otros dos niños, que se habían quedado cerca de su padre—. Así que Robbie tiene seis años. Jake, tú tienes ocho y Ryder diez, ¿verdad?
—Sí —confirmó Jake. Ryder no dijo nada.
—Bueno, pasad. Allí hay un plato con bastones de caramelo y otros dulces. ¿Os gustaría tomar un chocolate caliente con galletas navideñas?
—¡Sí! —dijeron Robbie y Jake al unísono.
Ryder se limitó a encogerse de hombros.
Nina abrió camino hacia la cocina, que incluía una zona amplia de comedor separada del enorme salón por una isla.
—Qué sitio tan agradable. Ni siquiera sabía que hubiera una parte de arriba —comentó Dallas mientras ella calentaba la leche y le añadía cacao y barritas de chocolate partidas.
—Aquí es donde vivían los primeros Crawford de Rust Creek Falls cuando abrieron la tienda. Muchos nos hemos aprovechado de su ubicación. Está muy cerca del trabajo —bromeó.
—¿Vas a vivir aquí con tu hijo?
—Sí. Hay dos dormitorios, solo me faltan los últimos toques del cuarto del niño.
Cuando el chocolate estuvo listo, Dallas se llevó dos tazas en cada mano y dejó que Nina llevara la quinta con el plato de galletas al salón. Lo dejaron todo sobre la mesa oval del centro y los niños se sentaron en el suelo mientras Nina y Dallas ocupaban el sofá blanco y gris lleno de cojines.
Cuando los niños hubieron probado el chocolate con galletas, Robbie miró a su padre y dijo:
—¿Cuándo vamos a poner nosotros el árbol?
—¿Todavía no lo habéis puesto? —preguntó Nina sorprendida.
—Papá ha estado muy ocupado —respondió Jake con tono desilusionado.
Entonces los tres niños agarraron las galletas y el chocolate y se fueron a jugar con el tren que daba vueltas alrededor de la base del árbol de Navidad.
—Ocupado y sin muchas ganas —reconoció Dallas en voz baja para que sus hijos no lo oyeran.
—Ogro —bromeó ella en el mismo tono.
—Normalmente no lo soy tanto —admitió él—. Pero este año… no lo sé. Siento como que esta familia ha estado todo el año hecha jirones, y no sé cómo recomponer el tejido. Ni si puedo hacerlo.
—Los niños necesitan que haya Navidad pase lo que pase —insistió Nina.
Pero no podía ser demasiado dura con él teniendo en cuenta que ahora se cumplía un año del final de su matrimonio. Para él no debía haber sido fácil.
Así que en lugar de seguir criticándole, decidió volver al motivo por el que se había puesto en contacto con él.
—Te he llamado porque quería volver a darte las gracias por tu ayuda —dijo dejando su taza de chocolate en la mesa—. También quería disculparme por el modo en que te trató mi familia en el hospital.
—Seguro que estaban preocupados por el bebé y por ti.
Robbie, que había escuchado aquello, giró la cabeza para mirarles.
—¿Vas a tener un bebé? Creí que tenías tripa por beber mucha cerveza.
Nina miró confundida al hijo menor de Dallas y luego al padre, que sonreía.
—Antes hemos visto a un amigo mío que estaba bastante más grueso que la última vez que le vimos, y he bromeado con él sobre la ingesta de cerveza. Pero tú no pareces haber ganado casi peso —aseguró—. Estás… bueno, muy guapa…
Parecía que lo decía de verdad, y aquello la complació. Y cuando sus miradas volvieron a cruzarse, Nina sintió como si no hubiera nadie más en el mundo aparte de ellos dos.
Pero sí había más gente en el mundo, y en aquel salón. Sus hijos.
Y, justo entonces, Ryder dijo:
—Tengo que ir a casa de Tyler.
Dallas pareció sobresaltarse, como si él también hubiera estado perdido por un momento.
—Se va a quedar a dormir en casa de su amigo Tyler —explicó Dallas—. Y todavía tengo que comprar algunas cosas abajo en la tienda. Nuestros caballos y las cuadras principales se libraron de la inundación, pero algunas construcciones han sufrido daños menores y necesitan reparación, así que he venido a comprar tablones y algunos clavos.
Hizo una pausa y sonrió tímidamente.
—Y pensé que si venía aquí en lugar de bajar a Kalispell, tendría la oportunidad de preguntarte cómo estabas…
—Estoy de maravilla —respondió Nina.
La tímida sonrisa de Dallas se hizo más grande, iluminándole toda la cara.
—Le dije a Tyler que estaría en su casa sobre esta hora —insistió Ryder.
Dallas puso los ojos en blanco.
—De acuerdo, las tazas a la cocina —ordenó con tono reacio.
—Yo me ocupo —se ofreció Nina.
—Ni hablar —Dallas se llevó también su taza.
Cuando hubieron lavado las tazas en el fregadero y se pusieron los abrigos, Nina les abrió la puerta del apartamento.
Los niños salieron corriendo por la puerta y se dirigieron escaleras abajo.
—Esperadme ahí —les advirtió Dallas quedándose un instante con Nina.
Pero, en ese momento, él le dirigió una mirada parecida a la de antes, cuando le dijo que estaba muy guapa.
—Me alegra ver que estás bien. Mejor que bien.
—Todo gracias a ti —aseguró Nina.
—Me alegro de haberte ayudado —dijo Dallas.
—Estoy en deuda contigo —afirmó ella sonriendo—. Me alegro de que hayas venido hoy.
—Yo también.
—¡Papá! —gritó Ryder desde el pie de las escaleras.
—Un momento —respondió Dallas sin apartar la mirada de Nina. Estaba claro que no quería marcharse—. Será mejor que me vaya. Cuídate.
—Lo haré.
Entonces Dallas se marchó porque no le quedaba más remedio, y Nina se apoyó en la puerta del apartamento para poder ver cómo se reunía con sus hijos al bajar las escaleras.
Y no dejó de sonreír en ningún momento.
Porque había pensado en un regalo de agradecimiento mucho mejor que una cesta de frutas.
Un regalo que le permitiría disfrutar de la compañía de Dallas Traub una vez más.
The free sample has ended.