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Entre dos mundos
Una memoria
Víctor Montejo

Primera edición 2021
Cuidado de la edición
Alfonso Guido
Diseño de interiores y portada
José Javier Pinto Gaitán
Coordinación gráfica
Michelle Orozco Blanco
Gerente de producción editorial
Daniel Esteban Caciá
Directora
Irene Piedrasanta
Sobre la obra:
© 2021 Víctor Montejo
© 2021 Editorial Piedrasanta
5.a calle 7-55 zona 1 Guatemala ciudad
PBX: (592) 2422-7676
ISBN impreso 978-9929-562-51-6
ISBN digital 978-9929-562-58-5
www.piedrasanta.com
EditorialPiedraSanta
@editorialpiedrasanta
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Entre dos mundos
Una memoria
Víctor Montejo

Revista Northeast, The Hartford Courant, noviembre 22, 1992. Fotografía por Stephen Dunn
Agradecimientos
A las hermanas y sacerdotes de Maryknoll, quienes a principios de la década de 1960 buscaron y escogieron niños indígenas de las aldeas para darles una oportunidad de educación en el internado Fray Bartolomé de las Casas de Jacaltenango. A mis padres, quienes lucharon y se sacrificaron para que yo pudiera lograr mis sueños de una educación formal durante estos primeros años de mi existencia. Crecí con muchas limitaciones y no quise solo quejarme de la suerte y pobreza de mis padres. Busqué lograr lo que ellos no pudieron para romper los lazos de la humillación y la discriminacíón que los indígenas hemos soportado durante siglos. He valorado siempre las dos visiones del mundo: la cultura maya de mis padres, abuelos y ancestros, como también la educación occidental. Con ambas visiones me desarrollé como persona, con un pie en dos mundos.

VÍCTOR MONTEJO
Nacíó en Jacaltenango, Huehuetenango, Guatemala, en 1951. Se identifica como maya jakalteko. Fue maestro de escuela primaria urbana en Guatemala, de 1973 a 1982. Luego, exiliado a los Estados Unidos a finales de 1982. Hizo sus estudiós de antropología en la Universidad del Estado de Nueva York, en Albany, y su doctorado en antropología en la Universidad de Connecticut, EE.UU. Fue profesor asistente en Bucknell University y en la Universidad de Montana, Missoula. Luego, profesor y director del Departamento de Estudios Nativos Americanos de la Universidad de California, Davis, de donde se jubiló en 2011.
Ha publicado varias obras literarias: Testimonio: Muerte de una comunidad maya en Guatemala (Curbstone Press, 1991 y Editorial de la Universidad de San Carlos de Guatemala, 1993). El pájaro que limpia el mundo y otras fábulas mayas (Curbstone Press 1991, y Editorial Piedrasanta, 2006). Piedras labradas (Curbstone Press, 1995). Q’anil: el hombre rayo (University of Arizona Press 2001). Las aventuras de míster Puttison entre los mayas (Yaxte’ Press 1998). Popol Vuh: libro sagrado de los mayas, versión ilustrada para niños (Groundwood Books, 1999). Oxlanh B’aqtun: recordando al Sacerdote Jaguar en el portón del nuevo milenio (Editorial del Ministerio de Cultura, Guatemala, 2003). Blanca Flor: una princesa maya (Groundwood Books, 2003). Pixan: el cargador del espíritu (Editorial Piedrasanta, 2014). Secuestro a utratumba (Windmills Editions International, 2020). Y otras obras académicas como: Voces en el exilio (University of Oklahoma Press, 1999). Maya Intellectual Renaissance (University of Texas Press, 2005); Iximi: La leyenda del descubrimiento del maíz (POE, 2020). The Rabbit and the Goat: A Tricksters Story of Transnational Migration to the United States (El Norte) (Windmills International Editions, 2021). Mayologue: An Interactionist Theory of Indigenous Cultures, (SUNY Press, 2021) y otros ensayos.

Autor y su madre, Jacaltenango, 1990.
Fotografía por Peter Schweitzer
Prefacio
En América, durante muchos siglos, la educación formal fue una institución que solo podía ser aprovechada por los colonizadores, que incluía a los gachupines, criollos y, últimamente, los mestizos o ladinos. Era un privilegio que solamente ellos, que se llamaban gente “civilizada”, podían obtener y que se negaba a la población indígena a quienes ellos llamaban indios salvajes incivilizados. Esto se vio más claramente entre los nativos americanos de los Estados Unidos y Canadá, quienes entraron en una fase organizada de asimilación forzada a través de los internados y centros de estudios para hacer del nativo americano, según ellos, una persona “útil a la sociedad”. En los Estados Unidos hay muchos escritos sobre el tema de los internados o “boarding schools” tales como: The Middle Five de Francis La Flesche (1978), They Call it Prairie Light de Tsianina Lomawaima (1994), Boarding School Seasons de Brenda J. Child (2000) y otros. En Norteamérica, los indígenas fueron reducidos a una minoría y recluidos forzosamente en reservas para dar espacio a los nuevos colonos que siguieron migrando y ocupando la tierra que les despojaron a través de la reubicación forzosa. Dicho confinamiento los reducía a vivir en reservas por medio de los “tratados” que muchas veces nunca se cumplieron.
Al contrario, en Guatemala y Latinoamérica, no hubo “tratados” y los indígenas continuaron esclavizados en las “encomiendas”. Por ser mayorías, no les querían dar educación para que no se prepararan y no tuvieran mejores conocimientos y armas para rebelarse. De manera que la educación fue negada a los indígenas, por ello, fue a principios del siglo XX que en las comunidades indígenas de Guatemala comenzaron a fundarse algunas escuelas donde se impartían clases solo hasta el segundo o tercer grado de primaria.
Este es el caso que presento aquí, donde, a falta de oportunidades educativas para los indígenas por parte del gobierno, los misioneros Maryknoll abrieron escuelas de internado en algunos municipios de Guatemala solo para alcanzar el sexto grado. Esto se permitió porque de todos modos, el niño que lograba el sexto grado tenía que volver al trabajo de la milpa, pues no había otra alternativa en las comunidades para romper el ciclo de violencia, pobreza y discriminacíón en contra de la población indígena.
Para la élite de Guatemala, los indígenas eran como animales que podían trabajar largas horas sin quejarse. Era importante, entonces, mantenerlos en esta condición de desventaja para que siempre fueran mano de obra barata y que las grandes fincas nunca se quedaran sin trabajadores durante las épocas de cosecha. En ningún momento se les consideró descendientes de los mayas antiguos, a pesar de que se sabía que había culturas e idiomas diversos. Se supo de la existencia de la civilización maya por los reportes de viajeros en la región tal como la publicación de Incidents of Travel in Central América, Chiapas and Yucatán (John Stephen, 1841), pero a los mayas modernos nunca se les consideró descendiente de esas luminarias del pasado. La razón fue que se consideró a los mayas antiguos como una civilización muerta. Los indígenas del presente eran vistos solo como gente “primitiva” que no había alcanzado su desarrollo humano e intelectual como los europeos y sus descendientes en América.
Obviamente, este desprecio o rechazo de la capacidad del que ellos llamaron “indio” como cualquier otro ser humano, viene de los primeros enemigos del indígena que los esclavizaron durante los primeros días de la invasión española. Los debates sobre la racionalidad del “indio” entre Juan Ginés de Sepúlveda y fray Bartolomé de las Casas, en 1550, particularmente, sobre si el indio debía ser educado, continuaron durante el proceso de colonización de los pueblos indígenas de América.
A pesar de que algunos indígenas que habían sido educados por misioneros lograron sobresalir, al punto de que unos misioneros aseguraron que eran mejores alumnos que los hijos de los españoles, se les siguió negando el acceso a la educación. Entre los pocos que lograron una educación formal en los conventos y que sobresalieron en las letras, tanto en idioma español como en latín, están: Diego Reynoso, indígena K’iché, educado por los misioneros y a quien se le atribuye la autoría del Popol Vuh, Libro Sagrado de los Mayas. Francisco Hernández Arana, autor principal del Memorial de Sololá entre 1551 a 1581 (Otzoy, 1999), también autor de El título de Totonicapán, y otros libros etnohistóricos de gran importancia.
De todos modos, muchos frailes se dedicaron a desprestigiar al indígena como un ser sin inteligencia a quien no valía la pena darle educación superior. Tal fue el caso de un español llamado Gerónimo López, que dijo que era muy peligroso educar a los “indios”. Mientras, otros frailes como el obispo Zumárraga, y Alfonso de Castro sí apoyaron la educación de los indígenas, contrariando la opinión general que decía que “la vida del indio es obscena, porque los indios son como los cerdos, los cristianos no deben tirar perlas ante ellos”. (Las Casas 1974:23)
Sobre esta supuesta incapacidad del “indio” para aprender y convertirse en un buen cristiano, el fraile Domingo de Betanzos y el dominico fray Diego de la Cruz enviaron una carta al rey Carlos V, en 1544, en la que declaraban: “Los indios no deben estudiar porque ningún beneficio se podrá obtener de su educación. Primero, porque ellos no podrán predicar por un largo tiempo, pues para esto se requiere de autoridad sobre la gente, lo cual ellos no tienen: sin embargo, aquellos que sí estudian, son peores que los que no estudian”. (Hanke 1974:26)
La presente nota biográfica es el relato y la memoria de algunos recuerdos borrosos de mi infancia, la que transcurrió en la aldea La Laguna, del municipio de Jacaltenango, Huehuetenango, Guatemala; territorio colindante con el estado de Chiapas, México. Son relatos cortos desde mi punto de vista como adulto, recuerdos de mis primeras aventuras de niño, hasta que cumplí treinta años, cuando salí al exilio. Cada uno de los que crecieron en situaciones similares tendrán sus recuerdos, pero seguramente en algo se parecerán a los míos, ya que fuimos niños a quienes nos tocó nacer, crecer y vivir en la época cuando se sentía y se vivía más la tranquilidad interna en las comunidades aisladas, lo que muchos antropólogos llamaron “la comunidad corporativa”. Quienes vivíamos así no nos relacionábamos mucho con el mundo exterior, ni siquiera con los mismos pueblos indígenas vecinos. Eso era así por la falta de carreteras y medios de comunicación, además, por el idioma vernáculo que se hablaba solo en el propio territorio de cada etnia o comunidad lingüística maya. Como no todos hablábamos el castellano, no era necesario salir de nuestra comunidad, excepto cuando había que ir a trabajar a las costas a cortar caña, café o algodón. En el caso de mi familia, mis hermanos y yo tuvimos la oportunidad de crecer bilingües, pues mi papá siempre nos habló en castellano y mi mamá nos habló solo en idioma maya.
Esta historia es más sobre mi visión y experiencia como niño, adolescente y joven en los diferentes colegios o internados en los que me tocó estudiar. Hay muy pocos estudios sobre los internados para indígenas en Guatemala y esta es una pequeña contribución en este sentido. Como también hubo muy pocos internados de nivel diversificado que lograron preparar buenos estudiantes y líderes que han aportado a su pueblo y nación. Los dos más famosos y conocidos son el Instituto Indígena para Varones Santiago, y el Instituto Indígena para Señoritas Nuestra Señora del Socorro; ambos dedicados a la educación de jóvenes y señoritas indígenas de las diferentes comunidades lingüísticas de Guatemala. Estos institutos demostraron a las autoridades guatemaltecas que los indígenas podían alcanzar una educación superior, como los no indígenas.
Siempre ha existido el deseo de sacudirnos la opresión y la discriminación en que hemos vivido, pues siempre se consideró nuestra cultura como retrógrada y como un obstáculo para el desarrollo de un verdadero nacionalismo guatemalteco.
Por supuesto, el panorama sociocultural, económico, político y espiritual ya no es el mismo. El mundo ha cambiado y hay más oportunidades y facilidades para comunicarse y movilizarse. En aquel entonces, todos caminaban a pie para ir al trabajo, incluso, para ir a las fiestas patronales de municipios cercanos. Ahora, la niñez y la juventud tienen todas las comodidades y ya nadie quiere caminar. Incluso hay jóvenes y adultos que van en moto o en taxi a traer su tercio de leña. Antes, los niños hacían sus propios juguetes como trompos y barriletes, y fabricaban sus pelotas con bolas de trapo, y así jugaban descalzos en los amplios patios desocupados entre las casas de paja o bajareque. Ahora, todo es comprado en las tiendas y el celular ya es algo que encierra o cautiva al niño en un mundo muchas veces fuera de contacto con la realidad. Ni modo, esta es la era de la tecnología y hay más aprecio por lo moderno que recordar las tradiciones culturales del pasado.
El mundo ha cambiado y seguirá cambiando, y los pueblos indígenas han visto la educación como una herramienta para deshacerse de las concepciones erróneas o estereotipos que se les han creado. Muchos indígenas educados en las escuelas públicas y privadas han logrado su objetivo y podemos decir que la educación ha sido el arma que nos ha podido ayudar a salir de esta negra noche de más de quinientos años de soledad y abandono. Ahora podemos usar la palabra para presentarnos al mundo y escribir nuestras historias.
Víctor Montejo

Mapa físico-geográfico. Guatemala y sus departamentos.
De CIA - University of Texas at Austin

Mapa de Huehuetenango, frontera Guatemala-México.
PRIMEROS AÑOS
DE MI NIÑEZ

Mis padres: Eusebio Montejo y Juana Esteban Méndez.
Fotografía por el autor, 1989
Capítulo 1
Mis padres
Desde que apareció la pandemia del coronavirus, en 2020, no he podido dormir tranquilo pensando en mis hijos, a quienes un día llevé a los Estados Unidos cuando eran muy pequeños, después de que salí al exilio en 1982. Allá crecieron y ahora los tres tienen sus propios hijos, mis nietecitos, en quienes pienso y reflexiono sobre el futuro que tendrán. Ahora, he vuelto al pueblo que abandoné para salvar mi vida, pero regresé solo con mi esposa, pues mis hijos ya son adultos con profesión y una vida independiente.
Mi esposa y yo hemos regresado a Jacaltenango después de jubilarme. Claro, todo ha cambiado, pero este pueblo me trae tantos recuerdos. Ahora hay más oportunidades de educación, aunque también la modernización y la migración transnacional han tenido su efecto. Pero sigo creyendo que la educación es la mejor herencia que nuestros padres han podido dejarnos, pues con esto podemos enfrentar mejor el futuro.
—¿En qué está pensando? —me preguntó mi esposa cuando me sorprendió despierto a las tres de la mañana.
—Pienso en los hijos, en los nietecitos, a ver si se están protegiendo de este virus —le dije.
—¡Vaya, usted! Ellos estarán bien dormidos y usted desvelándose preocupado. Ya luchamos por ellos y ahora son profesionales, padres de familia que sabrán cómo pasarse la vida y velar por el futuro de sus hijos, así como lo hicimos nosotros. ¡Duérmase! —me respondió y se volvió a dormir.
Pensé que tenía razón; nuestros hijos están viviendo en otro mundo, no en el de sus padres, ni el de sus abuelos. Esa conclusión me hizo pensar en mi niñez y comencé a recordar algunos eventos de mi vida que quiero relatar.
Cada buen padre de familia debe sacrificarse por sus hijos, así como lo hicieron mis padres. En mi caso, he tratado de rescatar a mi familia de la injusticia, de los siglos de discriminación y marginación que los indígenas de Guatemala hemos enfrentado. Mis padres lucharon para darme la oportunidad de una educación básica para abrirme paso y lograr lo que ellos no pudieron por las dificultades que les tocó vivir.
Mi mamá hablaba muy poco el español y todo el tiempo prefería hablar su idioma nativo, pues temía que los que hablaban bien el castellano se burlaran de su mala pronunciación. Ella no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, aunque, por suerte, siempre valoró la educación. Recuerdo que cuando yo tenía unos seis años, mi mamá me hablaba de la posibilidad de que yo fuera a la escuela. También me contaba cuentos e historias de los tiempos antiguos en que vivieron nuestros antepasados. Fue durante esos años de mi niñez que ella me contó la historia de la paloma herida, cuento que me repetía en nuestro idioma maya, cada vez que se lo pedía. Entonces, mientras ella preparaba la masa para hacer tortillas, me relataba:
“Tolob’ yet payxa tu’, hayab’ hun ni’an kuwis hab’ xhq’anni hunuj bara manta, maka kab’oj bara manta yu skolni sb’a no’ tet chew. Yaj ha’ yet xhq’amb’elax tet no’, tzet yeh no’; hakti’ hab’ chu sta’wi no’ lah. “Mis k’uxumtoj tx’ow; tx’ow holom b’itz’ab’; b’itz’ab’ mach xhchanik’oj kaq’eh; kaq’eh ch’inik’oj asun; asun ch’ok yinh sat tz’ayik; tz’ayik xhmaq’ni tanhoj chew; chew xhq’ahnitoj woj han”.
“Se dice que en la antigüedad
hubo una paloma que pedía
una vara o dos varas de manta
porque le dolía una pata.
Y así, pedía y pedía;
una vara o dos varas de manta
para protegerse del frío.
Pero cuando le preguntaban
qué era lo que tenía,
ella, así respondía:
Gato, que caza ratones;
ratones que abren hoyos en las paredes;
paredes que paran el viento;
viento que mueve las nubes;
nubes que tapan el sol;
sol que mata el frío;
y frío que me quiebra la pata”.1
Y yo me quedaba extasiado escuchando la historia de esta paloma que tenía reumatismo. Recuerdo que antes de que mi mamá me sirviera la comida que yo esperaba junto al fuego, ella me seguía enseñando lo poco que había aprendido en la escuela. Yo tenía una mesa pequeña y una silla donde me sentaba cerca del fuego a esperar las tortillas, entonces, ella le daba vuelta a la mesita y con el carbón que sacaba debajo del comal, escribía con letras grandes las palabras: CASA, MESA, SILLA, MAMÁ, PAPÁ. Esas eran las pocas palabras que podía leer y escribir, y que había aprendido de niña, pues apenas asistió unos meses a la escuela del pueblo.
En esa época solo había una escuela en todo el pueblo o municipio, a la cual iban los hijos de los pocos ladinos e hijos de las familias más pudientes del pueblo. A principios del siglo XX, era difícil pensar que los indígenas tuvieran la oportunidad de ir a la escuela. De manera que tampoco se preocupaban por pensar en una carrera para sus hijos cuando fueran adultos. En las familias indígenas, los padres ya sabían cuál sería la profesión de sus hijos: campesinos que labrarían la tierra como ellos. Era normal que cuando nacía otro varón se pensara: “Son dos manos más para ayudar en los trabajos del campo”. Y si nacía una niña, definitivamente no había que pensar en la escuela, pues se quedaría en la casa cuidando a los hermanitos y ayudando a la mamá en los trabajos del hogar.
Mi mamá nació en el pueblo de Jacaltenango y me contó que hubo una escuela en la cabecera municipal cuando ella era niña. La escuela era una casa de adobe con techo de teja junto a la gran ceiba donde ahora está el parque central del pueblo. Los dos maestros procedentes de la ciudad de Huehuetenango se identificaban como ladinos y no les importó mucho la educación de la gente que ellos llamaban “inditos”. Según mi mamá, ellos aplicaban mucho el castigo corporal, por lo que ahuyentaban a la mayoría de los niños que querían aprender. Mi madre recuerda de esa forma uno de los días que fue a esa escuela.
“Fue muy difícil para mi papá aceptar que yo, como mujer, fuera a la escuela. La condición era que, antes de ir a la escuela, yo tendría que hacer las tortillas y ayudar a mi mamá con otros trabajos, pues ella se sentaba temprano a tejer telas para los güipiles que vendía para subsistir. Esos fueron días difíciles porque mi papá estuvo enfermo y no podía salir a trabajar. La enfermedad lo tuvo en cama mucho tiempo y el cuerpo se le enllagó por estar acostado todo el tiempo. Ese primer día que fui a la escuela, había terminado de hacer mi trabajo en casa, tomé mi pizarra y corrí hacía la escuela. Los niños ya habían entrado y el maestro cerró la puerta antes de que yo pudiera entrar. Comencé a temblar, pero toqué la puerta y pedí permiso para entrar. El maestro abrió y sin responder a mi saludo, me agarró de las orejas y me levantó del suelo. Luego, me ordenó que juntara la palma de mis manos y me dio reglazos que casi me rompieron los dedos. Ese era uno de los castigos que los niños sufrían cada día por cualquier error. Por eso, muchos niños abandonaban la escuela, y para el maestro era mejor, pues tenía menos trabajo que hacer. Yo soy una de las que abandonó la escuela por esas torturas diarias. Además, la escuela solo tenía dos grados, el primero y segundo de primaria, de manera que si alguien quería seguir estudiando, estaría siempre en el segundo grado”, me explicó.
El ciclo era terrible porque los maestros se quejaban de que a los niños no les gustaba ir a la escuela. Entonces, el alcalde exigía a los padres que enviaran a sus hijos o los multarían. Los papás, a pesar de la amenaza de pagar multas, buscaban formas o pretextos para no enviar a sus hijos a la escuela porque los necesitaban para ayudar en la casa, además, los niños no querían ir por los castigos que recibían. De esa forma es que la educación se consideraba una pérdida de tiempo.
Cuando los policías llegaban a las casas y preguntaban por los niños, los padres mentían sobre la edad de sus hijos. Como los policías tampoco podían leer ni escribir, les daba igual. Los padres les decían: “Aquí nuestros hijos son muy pequeños y aún no tienen edad escolar”. Otras veces, decían: “Nuestros hijos ya son muy grandes y ya no deben ir a la escuela, pues están trabajando en el campo”. Así, los policías se iban y dejaban a la familia en paz. Para la gente analfabeta, negar la educación para sus hijos y engañar a las autoridades era una victoria. Mi madre tenía muchos deseos de estudiar, pero no pudo. Ella me dijo: “Los padres que negaban la educación a sus hijos no sabían que estaban dejándolos ciegos y sordos por no saber leer ni escribir”.
Yo le pregunté a mi mamá si eso también le había pasado. Ella se quedó pensativa y luego respondió con una voz llena de nostalgia: “Eso fue en 1938, yo ya tenía diez años. Cuando mi mamá se dio cuenta de que los hombres estaban llegando a la casa para obligarme a ir a la escuela, ella me dijo: ‘Escondete debajo de la cama o metete en un petate enrollado para que no te vean’. Para mí esto era como un juego. Me metí dentro de un petate enrollado en la esquina y ahí me quedé quieta hasta que se fueron. Había que ayudar en la casa; yo era la encargada de cuidar los cerdos y lavar la ropa en vez de ir a la escuela para aprender a leer y a escribir”.
Ella siempre me decía que fue un error haber perdido la oportunidad de ir la escuela y que quería lo mejor para nosotros, sus hijos: “Ustedes no deben perder la oportunidad de estudiar, así como nosotros. Ahora nos sentimos como mancos o ciegos porque no fuimos a la escuela. Tampoco quiero culpar a mis padres porque en verdad ellos también crecieron en una época muy difícil. Yo me daba cuenta de que mis padres necesitaban de mí, pues tenía que ayudar a mi mamá para sobrevivir, aunque con gran dificultad. Además, yo era la primera hija y tenía que cuidar a los otros tres menores mientras mi madre tejía. Mi papá se entristecía al vernos sufrir y trabajar mucho, pero era la única forma de vivir en aquel entonces, pues él estaba enfermo. Apenas pasé unos días en la escuela y por eso tampoco puedo hablar bien el español”.
Respecto a mi padre, él fue un hombre muy estricto. Aprendí a sembrar maíz y frijol cuando lo acompañaba a la milpa, y a veces me tocó sufrir silenciosamente a su lado. Él también recordaba los días de su niñez y de lo mucho que quería asistir a una escuela. En una aldea a cinco kilómetros de su casa, un señor llamado Rufino comenzó a operar una escuela en un ranchito que construyeron los vecinos en el centro de la comunidad. Como don Rufino era solo una persona particular que quería enseñar a los niños, los vecinos colaboraron dándole comida y llevándole leña para que su esposa pudiera cocinar. Mi papá describía a don Rufino como un hombre de buen corazón que quería compartir con la gente lo poco que sabía. Lo importante en aquel entonces era saber leer y escribir, pues era lo único que se necesitaba para poder defenderse de cualquier situación con los ladinos. En esas aldeas no había escuelas del gobierno, así que esa fue la primera vez que alguien quería dedicar su tiempo para enseñar a los demás, a cambio de un poco de maíz y un poco de efectivo que pudieran reunir los vecinos.
Cada día, antes de ir a la escuela, mi papá hacía algún trabajo cerca de la casa y luego llevaba arrastrado un palo que serviría para construir y ampliar la escuelita. Él y su papá, mi abuelo, iban a buscar el palo el día antes, de manera que contribuía como los otros niños. La madera o los palos más largos y gruesos los llevaban los padres porque pesaban mucho. Mi papá asistió a esa escuela durante dos años y tenía que caminar tres kilómetros de ida y cinco de vuelta en un camino montañoso. Don Rufino trabajó muchos años en esa aldea, hasta que comenzaron a llegar maestros pagados por el gobierno. Así fue como él se despidió de la gente, agradeciéndoles por haberlo mantenido como maestro empírico y voluntario en una aldea tan remota. Mi padre me contó que don Rufino se fue a otra aldea más pequeña que no tenía maestro y allí abrió otra escuelita. Después de servir muchos años como voluntario, murió pobre, pero con mucha dignidad. Parece que nadie se acuerda de él, pero fue un pionero en la educación de los indígenas en estas aldeas olvidadas del occidente de Guatemala.
Lograr una educación era solo una de tantas dificultades durante la primera mitad del siglo XX. Para muchos, la educación formal era una puerta cerrada muy difícil de abrir. Pero precisamente esa puerta de la educación era la que se necesitaba abrir para salir de tantos problemas como la pobreza y la discriminación. Mi papá me decía que la educación para los niños comenzó a ser más urgente, pues ellos comenzaban a salir de las comunidades para ir a las fincas a trabajar. Necesitaban comunicarse con el mundo de afuera y solo hablando el castellano se podía salir bien de sus viajes y negocios. Los que no sabían leer ni escribir eran fácilmente engañados y robados cuando vendían algo o cuando recibían su paga después de trabajar por meses o quincenas en las fincas. Sin poder hablar el castellano, tampoco podían defenderse y eran la burla de los que los dominaban o discriminaban.
En esas décadas, los jóvenes también eran capturados para prestar servicio militar en los cuarteles. Los que sabían castellano y entendían las órdenes recibían menos golpes que los que no entendían nada. Y como decía mi papá: “Muchas de las humillaciones que nos hacen los llamados ladinos, es porque nuestra gente no puede hablar o entender el castellano”. Otras veces, la discriminacíón es automática, solo porque los ladinos creen que los indígenas son inferiores y pueden hacer lo que se ordene sin poner resistencia. Por eso siempre recuerdo las palabras de mi papá, pues él también fue víctima de muchas humillaciones.
La anécdota que nos contó hace mucho tiempo, cuando yo era niño, me sigue causando risa. Él iba con mis tíos a comprar gas al caserío mexicano Dolores, pues trabajaban muy cerca de la línea fronteriza con México. Había que cruzar el río de Nentón en el lugar llamado “Encuentro”, de manera que todos se prepararon para cruzar el río. Pero entre ellos había un señor ladino, don Carlos, que no quería quitarse los zapatos para cruzar el río y pidió que alguien lo cargara para no mojarse los pies. Don Carlos se aferró a mi papá y le dijo que lo pasara cargado, pues mi papá era fuerte y podría aguantarlo hasta cruzar al otro lado. Mi papá sabía cruzar los vados, así que aceptó cargarlo y cruzar el río, pues con sus guaraches no tenía problemas de mojarse los pies. Así fue como cruzaron los primeros y luego mi papá cargó a Don Carlos. Ya cuando estaban a medio río, mi papá hizo como que se resbalaba zambullendo a don Carlos en el agua que le llegó hasta la espalda. Por supuesto que don Carlos se molestó, pero mi papá y los otros se rieron.
Ya mojado, mi papá lo puso ahí a medio río y tuvo que cruzar como los demás. Al terminar de contar esta anécdota, mi papá se volvía a reír y comentaba: “¿Qué son ellos para no querer mojarse los pies? Allí sí que le di un buen baño y ya para el regreso tuvo que quitarse los zapatos y cruzar el río”.
Entonces, mi papá volvió a reafirmar su deseo de que yo fuera diferente y que valorara la educación, pues era el camino para sacudirse la humillación y el desprecio que los indígenas han sufrido durante siglos.
“Una cosa que aprenderás y entenderás cuando vayas a la escuela es que si los ladinos se burlan de nosotros, los indígenas, es porque saben que nunca respondemos a sus insultos. Siempre actuamos de una forma humilde, por eso piensan que somos tontos y aguantamos sus groserías. Si no respondemos, no es porque seamos tontos, sino porque el idioma es el problema y no podemos defendernos en castellano. Además, hemos heredado una cultura extraordinaria de nuestros antepasados; si no hacemos que la gente lo sepa es porque no podemos expresarnos. De manera que leer, escribir y tener una buena educación es la única forma de hacerles saber quiénes somos”.
También recuerdo lo que mi mamá nos contó, cierto día, cuando fue a vender sus cintas y tejidos en una comunidad cercana a Jacaltenango. Esa vez, una muchacha fue al mercado con sus padres a vender aguacates. De inmediato se le acercó mucha gente a comprar, pero entre ellos había una mujer ladina que levantó unos aguacates y los metió en su canasto de compras. A la hora de pagar, ella no quiso pagar los aguacates que ya había escondido en su canasto. Pero la muchacha indígena ya se había dado cuenta y le exigió a la mujer ladina que le pagara. Pero la compradora no quiso pagar y por eso la joven le gritó entre toda la gente, agarrándole el canasto: “¡Nomás lo rowás!” Con estas pocas palabras, “Nada más lo robás”, ella pudo defender sus derechos, haciendo que aquella mujer ladina pagara los aguacates al sentirse avergonzada ante la gente, allí en el mercado. Mi mamá nos dijo que los papás de la muchacha se sintieron muy orgullosos de ella, hasta la querían vestir de ladina para acompañarlos a vender. Mis padres fueron más visionarios que otros campesinos de su generación. A pesar de ser muy pobres, ellos querían sacrificarse para dar a sus hijos, al menos los seis años de educación primaria. Para ellos, la educación tenía un propósito: el empleo; y hasta se podía escuchar el sonido que produce. Así decía mi papá: “Me admira ver al secretario municipal trabajar con la máquina de escribir que produce ese sonido como el que hacen las pepitas de ayote cuando se ponen a tostar sobre el comal”. Él se dio cuenta de eso cuando fue a pie de Jacaltenango a la ciudad de Huehuetenango a dejar a un hijo del secretario de la municipalidad, a quien llevó cargado durante todo el viaje. Allí, en la gobernacíón de Huehuetenango, fue donde vio por primera vez una máquina de escribir.

Mercado de Jacaltenango, 1962.
Mirando en retrospectiva, puedo decir que mi educación de niño fue como un escape a la opresión que me costó la separación de mis padres a temprana edad. Me doy cuenta de que al no tener educación en este mundo de cambios, la persona queda como cautiva por la ignorancia, sin poder luchar contra la opresión y los abusos que sufríamos. Hoy, por ejemplo, ya nadie se extraña de ver a los extranjeros rubios (gringos) entre nosotros. En los tiempos de mi abuela, cuando mi madre era todavía una niña, la gente se extrañaba mucho de estos extranjeros de piel muy blanca, cabello rubio y ojos azules.
“Ellos se ven como santos”, decía la gente indígena del pueblo. Decían eso porque en las estampas de la Virgen y de Cristo se veían siempre con ojos azules. En los tiempos de mi abuela se le tenía miedo a los extranjeros, pues llegaron gentes extrañas y vagabundos que la gente llamaba los húngaros. Se decía que comían caballos y robaban niños para comérselos. Las mujeres iban con largos vestidos con los que barrían los caminos cuando andaban. Siempre se saludaban de la misma forma: “¿Comadre Bárbara?” Y la otra respondía: “¡Comadre Bárbara!” Mi abuela nunca le dijo a mi mamá si los hombres también se saludan diciendo: “¡Compadre Bárbaro!” Después me puse a pensar que ellos serían los llamados gitanos. También pasaban por los pueblos los alemanes, pero los más extraños y temidos por su agresividad, idioma y traje eran los “húngaros” o gitanos. La abuela decía que se metían en las casas y buscaban cosas para llevarse. De manera que, cuando los veían llegar, la gente escondía a sus niños y les cerraban las puertas para que no pudieran entrar en las casas.
Los tiempos ya cambiaron, ahora nadie se extraña al ver gente que se asoma a los pueblos vestida de manera diferente. Eso se demostró cuando los hippies se asomaron a los pueblos en la década de 1960. Se vestían con ropa rasgada y sucia, y con el pelo también largo y alborotado como melena de león. Lejos de causar susto, provocaban curiosidad, incluso encendieron la chispa de la imaginacíón en muchos jóvenes de la región. Algunos comenzaron a dejarse crecer el pelo porque se dieron cuenta de que los hombres sí podían tener pelo largo como el de las mujeres. Por supuesto, sabían que los lacandones llevaban el pelo largo, pero no se les imitaba porque había rechazo y discriminación en contra de los pueblos indígenas. También veían imágenes de Cristo con pelo largo, pero nadie quiso imitarlo porque nadie era como él. Hasta que aparecieron los hippies con sus locuras y pacifismo, fue entonces que algunos jóvenes comenzaron a imitarlos, porque eran “gringos” y sí valía la pena imitarlos por ser de afuera. Además, estos jóvenes comenzaron a pensar que el pelo largo que exhibían los hippies, era símbolo de poder, belleza, arte y aventura.
Mi madre, como todas las señoras que visten el traje típico del pueblo, se molestó al ver que la moda de la minifalda había llegado. Las jóvenes tanto como los muchachos estaban hambrientas de la moda y de los cambios que llegaban de afuera. Cierto día, apareció una joven gringa en el pueblo vistiendo una minifalda y dejando ver sus piernas bien torneadas, lo cual causó exagerada curiosidad en los hombres. Nadie sabía exactamente de dónde había llegado esa joven rubia, pero automáticamente pensaban que era gringa. Entonces, algunas jóvenes comenzaron a imitarla, levantando el vuelo de sus vestidos pulgada por pulgada, hasta llegar arriba de las rodillas. Por supuesto que no todas las muchachas hicieron eso, pero sí era común entre las jóvenes de la ciudad. También comenzaron a usarse colores muy chillantes que llamaban psicodélicos.
La educación y la tolerancia no habían llegado como una bendición absoluta. Mi madre se quejó de que los días de la abuela ya habían pasado cuando la modestia y la honestidad eran valores que las mujeres guardaban con el uso del traje típico de su comunidad. A muy temprana edad, me di cuenta de que mi madre analfabeta era más culta que los que habían llegado hasta el sexto grado o más en la escuela. Ella se había educado, pero en la educación tradicional de su padres, abuelos y ancestros; tenía una buena memoria y mantenía fresca la tradición oral del pueblo maya de Xajla’, Jacaltenango. Ella estaba consciente del valor de su tradición, particularmente de su idioma, del traje típico, de la tradición oral histórica y ceremonial de su pueblo. Por eso, siempre nos repetía que el respeto debe ser la expresión más importante de una persona educada, lo que es muy cierto. Si uno no se respeta a sí mismo, nadie más lo respetará ni tendrá dignidad. La dignidad debe ser la expresión más alta de nuestra propia existencia rodeados de las demás personas.
Muchas veces, la educación que recibimos en las escuelas nos hace olvidarnos de nosotros mismos y de nuestras culturas tradicionales. En comunidades pequeñas, uno fácilmente se da cuenta de esto. A menudo, los adultos se quejan, diciendo: “Antes de que este muchacho se fuera a estudiar era muy humilde y respetuoso. Ahora que ya estudió, ha regresado diferente. Ya no saluda a la gente adulta, ya no quiere hablar su idioma y ahora ya es muy creído o vanidoso”.
Por eso, mi madre siempre ha dicho: “Mientras más estudie y se prepare una persona, más humilde y respetuosa debe ser”. Ella pensaba en los tiempos pasados, cuando solía existir la unidad y la solidaridad de la gente para sobrevivir aquellos años, incluso siglos de extrema carencia y limitaciones.
Aprendí mucho de mi madre, pues como ella, pienso que la semilla de la violencia comienza al no conocer y respetar a otras personas. El miedo a otras culturas, a otras tradiciones, nos distancia y fácilmente podemos considerar a otros como enemigos. Por eso estoy de acuerdo con mi madre al decir que la educación debe transformarse en respeto y no solo en la acumulación de conocimientos.
A veces me pongo triste al pensar en todo esto y en mis padres que murieron, pero que me dejaron como herencia la educación de la que hoy me siento orgulloso y agradecido.
Me doy cuenta de que ya es tarde y allá afuera cantan los gallos en esta noche oscura que invita a dormir. Yo sé que debo descansar y no despertar a mi esposa, pero me está costando conciliar el sueño por el peso del recuerdo y el deseo de escribir lo que puedo traer a mi memoria sobre mi niñez y juventud; y parte de mi vida en el exilio donde logré una educación superior universitaria y enseñé en una universidad americana. Esto es lo que puedo recordar y escribir.
Capítulo 2
Los primeros años de mi niñez
Vine llorando a este mundo, el día 9 de octubre de 1951. Este era el día Lahunh Tox (10 Cimi) del calendario maya jakalteko. Soy el primogénito de Eusebio Montejo y Juana Esteban Méndez; nací en Jacaltenango, departamento de Huehuetenango, Guatemala. Según mis padres, a los dos años de edad me llevaron a la aldea La Laguna, a donde migraron para buscar mejores tierras para cultivar. Mi padre se había unido a algunos de sus familiares y juntos cercaron el terreno que trabajaron durante años produciendo maíz, frijol, chile y manía. Todas las aldeas de Jacaltenango se formaron de esta manera, con la gente que se desplazó en busca de tierras baldías para trabajarlas y formar estos caseríos lejos de la cabecera municipal.
Por supuesto que no recuerdo nada de esa etapa de mi infancia, pero mi madre me ha contado lo que ella hacía para cuidarme. Cuando mi papá se iba a la milpa a trabajar, mi mamá se ponía a limpiar la casa, luego se sentaba a tejer antes del mediódía. En la tarde, ella desgranaba el maíz, arreglaba el frijol y se ponía a cocinar la cena para la familia. Todos los oficios de la casa los hacía la mamá. En esa época, la década de 1950, las mamás tampoco se preocupaban por accidentes con carros, pues no había carreteras. El peligro estaba en las mancuernas de ganado y el partil de caballos, mulas y burros que pasaban en la aldea para llevarlos a vender en las ferias de ganado en Huehuetenango y Chiantla.
Recuerdo que todas las casas de la aldea eran de palopique y techos de paja; todas eran iguales. No había agua en la aldea, de manera que las mamás se encargaban de ir al ojo de agua a traerla. Mi mamá me contó que cuando ella iba al río, llevaba la tinaja en la espalda, un bulto de ropa en la cabeza y el bebé colgando adelante. Por eso, algunas mamás dejaban a sus bebés en la casa solos por un rato mientras iban corriendo a traer el agua. Pero antes, lo hacían dormir en un petate, y a su lado, también acostaban una mazorca para que el maíz fuera “guardián y protector” del bebé mientras ellas no estaban. Se dice que el maíz tiene espíritu y si pasaba algún espíritu malo no podía entrar a la casa porque escuchaba y veía que había mucha gente alrededor del niño. Cuando mi mamá me comentaba esta práctica, recordé los pasajes del Popol Vuh donde se dice que el Creador hizo de maíz blanco y maíz amarillo a nuestros primeros padres.
La preocupación de las madres en aquel entonces era el paludismo y la disentería. Aunque, también había enfermedades que las madres no podían prevenir o evitar. Por ejemplo, la enfermedad llamada x-ayk’ay ya’, que es la caída de la mollera, una enfermedad muy común entre los bebés hasta la edad de cuatro años que consiste en que la sección entre la frente y el centro de la cabeza se hunde, ahí donde los huesos no se han unido y endurecido. Este mal, a veces, aparece de repente y causa diarreas, vómitos y deshidratación. El niño enfermo no mama ni duerme, y llora sin cesar. Esta enfermedad es consecuencias de la desnutrición, por eso al niño se le da atol de maíz amarillo.
Otra enfermedad muy común entre los niños a temprana edad era el txih, que es cuando los niños no quieren comer, se ven amarillentos, débiles, con los ojos hundidos y a menudo comen tierra. Para curar esta enfermedad también se le da atol de maíz amarillo y caldo de gallina que lo reanime. Esta dolencia está relacionada con la caída de la mollera, que también es un síntoma de la desnutrición. Es la creencia que al niño le da txih al ver a otro comer golosinas que él no puede conseguir. Son tantas las enfermedades contra las que los niños deben luchar a temprana edad.
Casi nada recuerdo de mis primeros años, pero mi madre siempre me decía que yo era muy chillón, que lloraba siempre en su espalda, sin que ella supiera por qué. Muchas veces las vecinas o amigas llegaban a preguntarle por qué su hijito lloraba tanto y mi madre les decía que no sabía. Ella me había llevado a las curanderas para saber si no era dolor de oídos (kan txikin), o si era dolor de estómago de eso que ellas llamaban cólico; otras aseguraban que tal vez era el mal de ojo (sateh). Había muchas opiniones y mi mamá les decía que ya había ido a averiguar todo eso y no era la causa del mal, pues cuando dejaba de llorar me reía como cualquier otro bebé. Tal parece, decía mi mamá, que algunos bebés lloran porque quieren llorar y es parte de su crecimiento.
Entonces, las vecinas ayudaban a mi mamá cargándome y llevándome a dar un paseo para que yo dejara de llorar. Antes de entregarme a las que querían cargarme, mi mamá se cercioraba de que yo llevara mi birrete rojo en la cabeza y un “chupón” de hueso o de ámbar colgado en la muñeca como una pulserita. Todos los bebés usaban los birretes o pañuelos rojos en la cabeza porque, según la creencia, el rojo sirve de protección y contrarresta el poder de la vista de las personas que tienen la sangre caliente. La gente acalorada y sudorosa no debe ver a los bebés porque con su mirada le pueden causar el mal de ojo. El amuleto de ámbar o chupón, además de distraer al bebé porque lo chupaba, también servía como protección contra el mal de ojo. En vez de pegarle el mal al bebé, el amuleto era el que lo absorbía, entonces el ámbar se rajaba o rompía en pedazos. Luego, era remplazado por otro, hasta que el bebé cumplía dos años.
El mal de ojo era, pues, una enfermedad que afectaba a los bebés que repentinamente se ponían llorones y con calenturas. Luego aparecían los vómitos y la diarrea. Afortunadamente, en las comunidades indígenas siempre había curanderas que se encargan de diagnosticar y curar a los bebés con plantas medicinales como la ruda. El pañuelo rojo también era necesario para repeler y romper el maleficio de las miradas fuertes y dañinas.
Cuando yo tenía unos cuatro años, nacíó mi hermano José Montejo. Era el tercer hijo, pues el que me seguía murió pocos meses después de haber nacido. La atención de mis padres se concentró en mi hermano porque, como cualquier niño en la aldea, él también enfermó del mal de ojo. La primera infancia era una etapa difícil y peligrosa, pero al lograr los cinco años, todas esas enfermedades quedaban atrás.
Cierto día, mi hermano enfermó gravemente. Según decían mis papás, alguien lo había ojeado, por lo que comenzó con vómitos y diarrea. Mis padres buscaron a las curanderas de la aldea, pero no pudieron hacer nada. En Jacaltenango todavía no había hospital y mis papás se desesperaron. En ese entonces, en 1956, la carretera Panamericana se estaba construyendo. En la brecha abierta donde trabajaban los tractores transitaban algunos carritos como taxis que llevaban gente a Comitán, Chiapas, al otro lado de la frontera. La carretera por el lado de Guatemala no se había comenzado a construir todavía.
Entonces, mi mamá cargó al bebé enfermo, mi papá me cargó a mí y cruzamos la frontera para ir a Comitán a curar al enfermo. Al otro lado de la frontera, cerca del río Grijalva, había un caserío llamado Dolores, donde mis padres dispusieron que descansáramos y nos preparáramos para seguir el camino de otros doce kilómetros hasta llegar a donde púdieramos encontrar un carro. Doña Lucrecia, dueña de la tienda donde nos detuvimos, notó la gravedad del bebé y les ofreció a mis padres una galera donde quedarnos. Ella les dijo que sabía curar el mal de ojo, pues ese fue su diagnóstico.
Años después, mis padres recordaron el incidente y me lo contaron: “Mientras curaban a tu hermanito, vos estabas allí ocupado jugando fútbol con el hijo de la señora de la tienda. Parecían entenderse muy bien, aunque vos le hablabas en maya, diciéndole: ‘Ha wanhe xin cho’ ni’an ah B’uxub’. Apúrate pues, niño de Buxub’. El niño no entendía, pero te hablaba en español y vos le respondías en jakalteko”. Yo había oído el nombre de esta aldea y seguramente pensé que allí estábamos, por ser un lugar extraño para mí. No recuerdo ese incidente, pero mi papá siempre me lo recordaba.
Le pareció graciosa esa forma de comunicarse de un niño indígena con un niño ladino, pues parecía que nos entendíamos bien. Después de tres días de curación en manos de doña Lucrecia, mi hermano mejoró y regresamos a la casa en La Laguna, aldea fronteriza con México.
Durante la primera mitad del siglo XX, los padres sufrieron mucho al lado de sus hijos que enfermaban constantemente. Ahora me doy cuenta por qué la gente decía que era una etapa peligrosa de los cero a los cinco años de edad. Al nacer, los niños llegábamos al mundo con limitaciones por la pobreza o extrema pobreza de nuestros padres. Los campesinos pobres no tenían los medios para proteger a sus hijos y proporcinarles buena comida, ropa y medicina. Tampoco existían hospitales o clínicas a donde llevar a los enfermos, de manera que cada quien buscaba cómo sanar yendo con los curanderos.
La preocupación de los padres por sus hijos era muy grande, aunque no expresaban mucho su cariño con abrazos y mimos. No es que los padres no quisieran a sus hijos, sino que era algo así como un estoicismo inconsciente producto de la sobrevivencia de siglos de opresión y miseria. Los pueblos indígenas aislados y abandonados no tenían oportunidades para mejorar su vida, salud, educación y situación económica.
Por eso, durante la edad peligrosa los niños fácilmente podían morir de sarampión, tos ferina, disentería, paludismo y desnutrición. De manera que al alcanzar los cinco años, las madres los llevaban frente al altar del santo patrono de la comunidad y agradecían a Dios por haber permitido que su hijo lograra sobrevivir. Hasta había un término especial para nombrar a los niños sobrevivientes: xkoltx’akanh que quiere decir: “ha emergido o ha dejado atrás ese ropaje de enfermedades que atentaban contra su vida”. Así como la metamorfosis de la culebra que cambia de piel, así el niño había botado la piel de enfermedades y había emergido como un ser nuevo, fuerte y saludable. A esa edad, ya podía aguantar mejor cualquier problema de salud, incluso ya podía defenderse por su propia cuenta.
De hecho, se instituyó una promesa espiritual o nab’eb’al a la Virgen de Candelaria para que protegiera de las epidemias y pandemias que diezmaron a las poblaciones indígenas en todo el país, de tal forma que incluso habían arrasado con pueblos completos. Recuerdo haber visto a mucha gente en las calles con marcas como hoyuelos en la cara. Mi mamá me explicaba que eran las huellas que les había dejado el sarampión. Esta y otras enfermedades llegaron con los españoles y nuestra gente no tenía las defensas o la inmunidad contra ellas. Según mi mamá, la gente del pueblo llamaba a estas tres epidemias (sarampión, viruela y tifoidea) como “Las tres justicias de Dios”.
En aquel tiempo, la gente no sabía de las pandemias ni de cómo se propagaban, de manera que cuando las enfermedades llegaron a Jacaltenango hubo gran confusión. La gente ya no podía salir a trabajar, algunos se fueron a esconder a las cuevas para aislarse, pero ya iban infectados, así que murieron. La epidemia de 1918 llegó al pueblo con la gente que regresaba de trabajar en las fincas. La enfermedad causaba calenturas, diarreas y vómito de sangre. Los curanderos no podían contra este mal, de manera que cada día moría tanta gente que se llenaron los cementerios y hubo que abrir nuevos lugares para enterrar los cuerpos. A veces los que llevaban a enterrar a un familiar también caían muertos y ahí los enterraban, de una vez en la misma fosa común.2
Mi mamá, como toda la gente del pueblo, cuenta que hubo un hombre que no se enfermaba y que era el que más atendía a los enfermos y los llevaba a enterrar. La gente se extrañó, pues todos eran afectados, menos Kat Mat, que así se llamaba ese hombre. Él ya había sobrevivido a otras epidemias y ahí seguía vivo, como si ninguna enfermedad pudiera tocarlo. Entonces, al ver que tanta gente moría y que los curanderos no podían hacer nada para salvar a los enfermos, un grupo de gente supersticiosa se organizó y comenzó a decir que Kat Mat era el responsable, pues él no se enfermaba como los demás. Decían que él era un brujo y que tenía dominio sobre la enfermedad porque la había llevado al pueblo.
Cierta tarde, cuando los cofrades estaban celebrando la fiesta de San Sebastián, de una de las ermitas del pueblo, llegó la marimba y tocaron sones tristes para que la gente llorara y bailara para olvidar sus penas. Todos estaban tristes porque el pueblo se estaba quedando desolado. Entonces, apareció Kat Mat, el hombre que se dedicaba a ayudar a su pueblo a sepultar a los muertos, y se puso a bailar. Él también estaba triste al ver a tanta gente morir. Entonces, un grupo de gente ignorante y envidiosa se organizó y rodearon ahí mismo a Kat Mat para matarlo. Mi mamá y la gente en el pueblo cuentan que esos hombres gritaban: “¡Agárrenlo, mátenlo, él es el causante de la enfermedad y de nuestra desgracia!” Pero Kat Mat logró defenderse; saltando sobre los que lo rodeaban corrió hacia el barranco del Río Azul y desde ahí se tiró hacia abajo cayendo en la copa de un árbol para no golpearse. Los hombres lo persiguieron cuesta abajo hacia el río, pero él logró esconderse en una pequeña cueva, en el lugar llamado Yich Has.
Los alborotadores lo buscaron en todas partes, pero no lo encontraron. Entonces, ya en la tarde, pensando que todos habían regresado a su casa, Kat Mat salió del agujero de la cueva para huir más lejos. Por desgracia, había un hombre que se había quedado a buscar leña, y lo descubrió. Kat Mat le suplicó que no lo delatara porque era inocente y los brujos ignorantes lo acusaban porque no sabían qué enfermedad era la que estaba matando a la gente. El hombre le dijo que no iba a decir nada y que se quedara tranquilo en la cueva. Aunque no cumplió con su palabra, pues de inmediato corrió a darles alcance a los otros para decirles que había descubierto la cueva donde estaba escondido Kat Mat. Todos regresaron y juntaron fuego en la entrada de la cueva para que el humo ahogara a Kat Mat y saliera de su escondite. Pero como no salía, cortaron largos palos y les hicieron punta como lanzas; con eso puyaron adentro en el agujero el cuerpo de Kat Mat. Mi mamá dice que así mataron a ese pobre hombre que no estaba haciendo nada malo, sino que solo ayudaba a su gente. Como la gente era muy ignorante, no entendía cómo y de dónde provenía aquella maligna enfermedad. Así murió ese hombre de bien llamado Kat Mat que había desarrollado inmunidad por haber sobrevivido a otras epidemias en el pasado.
La gente tenía mucho miedo a las enfermedades, por eso se han preocupado siempre por la salud de sus hijos. Yo logré llegar a los seis años de edad y mis padres se contentaron mucho. Para dar gracias a Dios por haberme permitido vivir y pasar la edad difícil, mi mamá me llevó a la iglesia de Jacaltenango y frente el altar agradeció a la Virgen de Candelaria, patrona del pueblo, por mi salud y bienestar. Recuerdo que con sus candelas en la mano, ella le hablaba a la virgen en jakalteko: Yuch’an tiyoxh tah wet, komi’ Xahanlaj mi’. “Gracias por bendecirnos y darnos la alegría de que mi hijo haya sobrevivido sus enfermedades y que de ahora en adelante crezca sano. Hago la promesa de que él bailará durante una de las fiestas a tu nombre como agradecimiento”. Efectivamente, había varios bailes-drama que se hacían durante las fiestas patronales para que bailaran los que habían hecho promesas. Era una tradición antigua que los padres presentaran a sus hijos dando gracias por la vida. También hacían promesas de que el niño o la niña haría tal o cual cosa para servir a Dios y a su pueblo. Esta promesa o nab’eb’al era muy sagrada, de manera que con varios años de anticipación la gente se preparaba para cumplirla. Hecha la presentación, mi mamá y yo regresamos a la aldea La Laguna, donde vivíamos en aquel entonces.
Fue en ese tiempo cuando llegó un maestro del gobierno a enseñar en La Laguna. Los vecinos construyeron una escuela con paredes de madera y lodo, y con techo de tejamanil. Los que asistieron al principio a esta escuela fueron niños ya grandes, de diez a doce años de edad, pues era la primera oportunidad que tenían para entrar a la escuela. Yo tenía una hermana, solo de padre, que entró a la escuela y yo la acompañaba de vez en cuando por órdenes de mi papá, para escuchar y aprender un poco, aunque no estuviera inscrito. El maestro era del oriente del país y solo llegaba a trabajar los primeros meses del año. Luego decía que se iba a cobrar su sueldo y se quedaba meses en su casa. Regresaba otros dos meses más para finalizar el año escolar. Mi hermana no aprendió mayor cosa, después de varios años, seguía en segundo grado, hasta que mi papá la sacó de la escuela. Acompañándola aprendí el abecedario, además de leer y escribir un poco.
También recuerdo que, con los niños de mi edad, nos gustaba explorar el bosque alrededor de la aldea y bajábamos al río a nadar durante los meses calurosos de marzo y abril. Los niños teníamos más libertad que las niñas para salir a explorar los alrededores y, por supuesto, éramos muy traviesos. Aunque, también éramos muy cuidadosos porque nuestros padres siempre nos enseñaron que el bosque también tiene su espíritu protector que se llama Witz. Nos decían que ese espíritu podría asustarnos si nos internábamos mucho en los bosques. Según mis padres, Witz-ak’al era el guardián que Dios puso en las montañas para cuidar y proteger los ríos, bosques y animales. Él era prácticamente el dueño de los animales porque estaban bajo su protección.
Los hombres mayores siempre hablaban de pedir permiso al dueño de los cerros y de los animales, antes de salir a cazar, para evitar accidentes y peligros en los caminos y montañas. Había una infinidad de cuentos de gente que era castigada por Witz, por haber matado animales sin pedir permiso o porque mataban demasiados animales. Todos sabíamos desde niños que Witz, el dueño del cerro, era un ser sobrenatural que tenía su propia fiesta. Eran días muy especiales que coincidían con la cuaresma. Durante esos días, la gente no iba a trabajar y se quedaba en la comunidad a hacer sus danzas y celebraciones llamadas sajach. Eran juegos, bailes y dramatizaciones que hacían personas disfrazadas con cueros de animales o con harapos. Ese baile antiguo se llama kahnal xilwej o “baile de los harapos”. Prácticamente era un simulacro de lo que hacían los Witz, dueños de los cerros, durante su fiesta en el inframundo o en las cavernas. Ese es el caso del juego de la pelota entre los héroes gemelos y los Señores del Mal allá en Xibalbá, según el Popol Vuh.
A los niños más grandes les gustaba vestirse con harapos o con pieles de animales y bailar junto a los adultos que danzaban de forma más organizada. Mi papá siempre recordaba aquella vez que yo participé en ese “baile de los harapos”, cuando tenía ocho años. Él había cazado un venado grande y guardaba los cuernos y la piel que había secado. Quise usarlos, pero cuando llegué a la casa a buscar los implementos para vestirme, ya alguien había llegado a prestarlos y me quedé sin los cuernos. Eso me molestó mucho y me puse a llorar. Mi tío que vivía en la vecindad se rio de mí y me dijo que no tenía nada de malo bailar con la piel de venado, pero sin los cuernos. “Puedes bailar como un venado hembra, sin cuernos”, dijo, y esto me enojó más. Afortunadamente, mi mamá intervino y me convenció de que era solamente un “baile de harapos” y que podía vestirme con una máscara y estaría bien. Así fue como salí a bailar con mi harapo y con una máscara de perro. Mi papá y mi tío, que siempre recordaban ese incidente, se reían de mí. Ahora, ya nadie recuerda el “baile de los harapos” en el que logré participar durante mi niñez.
Cuando cumplí ocho años, mi mamá me recordó que ya podía aguantar los viajes largos y que tendría que comenzar a viajar de La Laguna a Jacaltenango cada quince días para ensayar el baile. Esos fines de semana tuve que viajar, pues ella me había inscrito en el Baile de Cortés para cumplir la promesa que ella había hecho frente al altar de la Virgen de Candelaria. Recuerdo que fue muy penoso viajar a tan temprana edad por esos caminos de terracería y una distancia tan grande de veinte kilómetros. Mi hermana y yo iniciábamos el viaje muy temprano en la mañana, siguiendo a los primeros señores o señoras que iban al pueblo. Luego, nos rezagábamos porque yo tenía que descansar varias veces en el camino, especialmente cuando ascendíamos las montañas para llegar a Jacaltenango. Mi hermana me esperaba pacientemente, mientras yo me tendía a descansar en la orilla del camino, y luego continuábamos hasta llegar a la casa de mi mamá, allí en el pueblo.
El capitán del baile nos enseñaba la coreografía durante todo el día sábado. En la mañana del día domingo, comprábamos algunas cosas que mi mamá encargaba y regresábamos de nuevo a La Laguna. Cada bailador tenía su compañero con el que intercambiaba los días de baile, porque era muy cansado estar bailando durante todo el día. Así, cada uno bailaba un día sí y otro no durante veinte días, antes, durante y después de la fiesta patronal. Esa vez, yo bailé de Chichimit (guerrero chichimeca), de esos guerreros con máscara roja y hacha que bailaban como miembros del ejército de Moctezuma.
Era muy divertido bailar durante las fiestas y participar en las procesiones que hacía la iglesia para saludar a la Virgen de Candelaria, patrona del pueblo. Mi mamá tuvo que hacer muchos gastos en esa oportunidad porque la ropa de baile se rentaba en las morerías de Momostenango o Salcajá, Quetzaltenango. Por eso, era necesario tener un compañero, porque los papás compartían los gastos de esa tradición. Esa fue la única vez que usé zapatos como parte de la ropa de baile y, cuando se rompieron, otra vez anduve descalzo como todos los otros niños de la comunidad.
Desafortunadamente, ya no se practica esa tradición de las promesas que hacían las mamás para que sus hijos bailaran durante la fiesta de la virgen patrona de la comunidad. Antes, sobrevivir era toda una lucha de los papás y de los niños que sufrían enfermedades por la desnutrición. Por suerte, esos años de sufrimiento extremo ya han pasado; ahora hay más oportunidades para la gente; es mucho más factible soñar y luchar por un futuro mejor.

Niño bailando con traje de perro. Baile del Venado, Fiesta Patronal de Candelaria.
Foto por el autor, 2012.
Capítulo 3
Primera educación y
lecciones de la naturaleza
La vida de los niños de seis a diez años era la más divertida, pues todos se conocían y hacían grupos para jugar. A temprana edad ya conocíamos los nombres de los pájaros, las plantas y los animales nativos de la región. Recuerdo que cuando íbamos a traer leña, algunos de nosotros nos animábamos a matar grandes culebras como esa que llaman Cheh-kan (caballo del cielo), que parecía tener frenos y estribos en la boca. Conocíamos los nombres de los ríos y montañas a los alrededores, y desarrollábamos habilidades para conocer y apreciar la naturaleza a nuestro alrededor. El bosque era como un libro abierto que palpábamos y leíamos con nuestros cinco sentidos para acumular conocimientos prácticos. A muy temprana edad mi papá me enseñó a hacer trampas llamadas latz’ab’ para los pájaros grandes como chachalacas y palomas. La trampa era un trozo de madera gruesa que se ponía sobre un palito falso y que se conectaba donde se colocaban los granos de maíz. Al entrar el pájaro a comer, tocaba el palito falso y caía el trozo encima, aplastando al pájaro. Pero si queríamos capturar vivas a las palomas, construíamos el k’unha latz’ab’, que es como una pequeña troje con cuatro paredes y techo. Adentro se ponían los granos de maíz cerca de la punta de una pita escondida que se amarraba al palo falso. Al alborotarse las palomas adentro en busca de comida pasaban moviendo el palillo falso y la puerta caía, quedando encerradas las palomas vivas. Estas aves llamadas alom, adornaban las casas y alegraban la vida en la comunidad con sus cantos. La otra trampa que usábamos para aves más grandes como la perdiz o los pavos salvajes era el b’oxob’, que consiste en una argolla con un lazo amarrado a una rama flexible que se dejaba caer al suelo y se cubría con hojas. Entonces, se barría un pequeño espacio donde se ponían los granos de maíz. Cuando el ave metía la cabeza dentro de la argolla y jalaba para alcanzar los granos, la rama regresaba a su lugar, apretándole la garganta, así se quedaba ahí colgada de la rama. Ese era el mismo sistema ancestral para atrapar venados; por supuesto que ya nadie lo usa ahora.
Cuando tenía unos cinco años, sucedió algo muy extraño que aún hoy recuerdo y que no sé cómo explicar. Era la fiesta de Todos los Santos, dos de noviembre, y yo acompañé a mi mamá al rosario un día viernes, como a las cinco de la tarde. Ella estaba allí en la capilla rezando y cantando con las demás señoras los cantos a las ánimas benditas, mientras yo, al lado de ella, sentado y aburrido. Entonces, me levanté y salí corriendo a la puerta de entrada de la capilla. En ese momento, iba llegando por el lado derecho de la capilla y cerca de la entrada, una mujer vestida con un manto brillante y hermoso que me dejó maravillado. Vi a la mujer y quedé boquiabierto, pero luego me entró miedo porque nadie más estaba allí y ya estaba oscureciendo. Retrocedí y entré corriendo a decirle a mi mamá que una mujer o un “baile” estaba entrando a la capilla. Ella volteó hacia la puerta y no vio nada, yo tampoco la vi otra vez, y por eso pensé que se había quedado parada en el corredor de la capilla. Insistí en que mi mamá saliera conmigo para ver a esa mujer tan hermosa con su vestido y capa de brillantes; mi mamá me acompañó afuera, pero no había nadie, le di una vuelta a la pequeña capilla y ya no la volví a ver. Mi mamá se preocupó por mí, y dijo: “Este es el tiempo en que los espíritus están libres y pudo ser un espanto”. Así que me quedé prendido a ella hasta que terminó el rezo y regresamos a la casa. 3
A esa misma edad o a los seis años me sucedió algo similar. Estaba jugando cerca de mi casa y de pronto los cerdos que dormían al pie de un árbol de caulote se levantaron espantados y gruñendo de miedo sin saber a dónde ir, por lo que me erguí y vi hacía donde los cerdos dormían. Era como mediodía y no vi a nadie, pero sí vi cómo un listón dorado (como luz) que ondulaba en el aire, pasó cerca de los cerdos y aterrizó sobre una roca frente a mi casa. Se lo dije a mi mamá y ella no me prestó mucha atención en ese momento. Ya en la tarde, como a las cuatro, llegaron dos señores a avisar a mis papás que mi tío Juan se había ahogado en una poza del río, allá en el lugar llamado “El Encuentro”. Mi papá y otras personas fueron a rescatar el cadáver. Allá les dijeron que Juan había ido a almorzar como a mediodía a orillas del río. Luego, decidió bañarse en una poza; como no sabía nadar, pensó que la poza no era profunda y se ahogó.
Recuerdo cosas muy bonitas y agradables durante mi niñez, pero también me tocó vivir momentos de tristeza. Cuando tenía unos ocho años, recuerdo que mi papá sufrió un accidente y casi murió. Esa vez el río de Nentón había crecido mucho y arrastró muchos troncos de pino que quedaron atascados en la playa, en un lugar llamado Yul-tenam-sow. Dos amigos de mi papá le avisaron que eran de ocote aquellos trozos de pino que la corriente había arrastrado desde tierra fría. Mi papá llevó su hacha y se fue con ellos a rajar aquellos trozos para sacar ocote que era un elemento muy importante en la casa, pues con él se encendía el fuego y se iluminaban las casas en aquel entonces. Mientras él cortaba uno de los trozos, en un descuido el hacha golpeó un nudo del trozo y se desvió pegando exactamente sobe el pie de mi papá. Su guarache se partió en dos y el filo del hacha le cortó el pie a la mitad.
Él y sus compañeros tuvieron que regresar porque la hemorragia del pie cortado no se detenía. Por suerte, alguien llevaba un caballo, así que lo ayudaron a montar y le pusieron una horqueta amarrada en el arquillo para que mantuviera el pie en alto y con un torniquete. Así fue como mi papá logró llegar a casa, pero ya muy débil por haber perdido mucha sangre en todo el camino. Recuerdo que esa misma tarde varios vecinos lo ayudaron y lo llevaron en una camilla a Jacaltenango. Nadie en la aldea podía curarlo, por eso él pidió ser llevado a una clínica que los misioneros de Maryknoll habían abierto en Jacaltenango.
Después de que le suturaron la herida, mi papá volvió a La Laguna y allí se quedó acostado mucho tiempo para curarse. Le habían dado alcohol, pomadas y esparadrapos para limpiar y secar la herida. Mientras tanto, mi mamá se encargó de nosotros, sus hijos. Afortunadamente, mi papá tenía la troje llena de maíz allá entre la milpa y yo iba con mi mamá a traer redes de maíz. Cierta vezque llegamos a la troje, ella se horrorizó al ver una gran culebra enroscada durmiendo sobre las mazorcas. Muy asustada me dijo que me retirara, mientras se arrancó unos pelos de la cabeza, los enrolló en un olote y los aventó sobre la culebra. En ese momento la culebra se movió, lentamente se deslizó fuera de la troje y se perdió entre la maleza. Rápidamente cargamos con nuestro maíz y regresamos a casa. Recuerdo bien esa temporada porque mi papá estuvo enfermo mucho tiempo y no podía regañarnos por nuestras travesuras. Como ya dije, yo era el hijo mayor y el que acompañaba a mi mamá a donde quiera que ella iba, ya sea a vender tomates o a traer maíz y leña.
Durante uno de estos viajes fue cuando mi mamá me dio la lección más interesante que jamás olvidaré. Yo había preparado mi honda para tirar piedra a los pájaros o culebras que se nos atravesaran por el camino, como cuando fuimos a traer maíz a la milpa. Mientras caminábamos una mañana, vi un colibrí que se paraba en el aire zumbando muy cerca de mí. Pasaba chupando el néctar de las flores a orillas del camino cuando yo alisté mi honda y le tiré una piedra. El pájaro voló rápido así que no di en el blanco. Entonces, mi mamá se detuvo en el camino y me dijo: “Usa tu honda solo para tirar piedras a los pájaros que se comen, no es conveniente matar a esta clase de pájaros, porque el niño que mata colibríes (tz’unun’), se quedará así de pequeño toda la vida y no crecerá”.
Este mito del tz’unun o colibrí me obligó a pensar mucho sobre el misterio del mundo y de la naturaleza. En ese momento me dije: “¡Qué afortunado soy por no haber matado al colibrí!” La verdad es que mis padres todavía recordaban esa forma de enseñanza a los niños, según la antigua tradición maya. El ropaje de misterio que envuelve el mito o historia es lo que me causó temor y así absorbí la lección a tan temprana edad. Este mito de matar colibríes y sus consecuencias quedó fijo en mi memoria. Era una forma de enseñar a los niños a no cometer abusos en contra de la naturaleza. El colibrí, como las abejas, son definitivamente animales que hay que cuidar porque sin ellos no habría frutos, productos, ni vida. Cada quien puede sacar la lección o analizar el cuento como quiera, pero en mi caso, nunca más volví a tirarle piedras a un colibrí.4
Durante esta etapa de mi niñez, me divertí mucho al pasear libremente por los bosques y bajar a nadar al río con mis amigos. Era lo más hermoso que alguien podría vivir estar en contacto con la naturaleza, aprender de cada cosa que hay allí y de cómo nos puede servir. Es maravilloso conocer la naturaleza de las cosas. Esa era la primera educación que todos adquiríamos al relacionarnos con la tierra, ya sea trabajando o jugando aprendíamos las primeras lecciones de nuestra vida. Ahora, que pienso en esos primeros años de mi niñez, recuerdo cuando acompañé a mi madre al río a lavar la ropa. De nuevo, por mis travesuras, mi mamá me volvió a regañar, dándome el susto más grande de mi vida. Ella tenía otra forma de educar y no era como mi padre, que se enojaba rápido y nos mostraba el cincho para tratar de corregirnos. No, mi madre parecía provenir de una línea especial de mujeres mayas que no solo amaba a sus hijos sino que buscaba compartir con ellos el misterio de sus antepasados.
Cuando llegamos al Río Azul cerca de la aldea, mi mamá me aconsejó no meterme en la parte más profunda, ni nadar en las corrientes rápidas porque podría ahogarme. Yo tendría unos cinco años, por eso mi mamá me cuidaba mucho todavía. Mientras ella lavaba la ropa a la orilla de aquel río junto con otras señoras, yo me quité la ropa y me metí a nadar desnudo como todos los niños de mi edad que ya estaban chapoteando. Busqué un lugar donde el agua corría mansamente y donde la corriente me llegaba a la rodilla. Allí estuve jugando y aprendiendo a nadar, pues nadie se ocupaba de enseñar a nadie. Cada quien aprendía por su cuenta y era necesario lograrlo porque el río desde siempre ha sido parte de nuestra comunidad. Yo recordaba a mi tío Juan que había muerto ahogado por no haber aprendido a nadar.
Después de una hora de nadar cerca de mi mamá, me dieron ganas de orinar y en vez de salir del río e ir a la playa o entre los matorrales, yo me paré donde estaba y allí mismo comencé a orinar entre la corriente. Cuando mi mamá se dio cuenta de lo que yo hacía, se metió al agua, me levantó de los hombros y me puso en la orilla: Wunin, machach hatxulwi yul ha niman… “Hijo, no se debe orinar en el río, porque los niños que hacen eso tendrán problemas en el futuro. Una persona que orina en el río queda marcada por komam Jahaw, nuestro Creador y, cuando muere, no se le permitirá entrar al cielo. Los que reciben las almas allá le dirán que regrese a la Tierra y que vaya al mar a sacar esa orina que echó al agua, desobedeciendo las leyes de la naturaleza. No debes, pues, orinar en los ríos ni ensuciarlos para que en la vida no tengas problemas como esa gente abusiva que orina o ensucia los ríos”.5
¡Aquellas palabras de mi mamá me asustaron mucho! Me puse a pensar en infinidad de cosas que no lograba entender a esa edad. El río entonces era azul y limpio, y se podía nadar en él. Había ramales donde las mujeres lavaban la ropa sobre grandes piedras y todos se divertían al llegar allí porque, incluso, el agua se podía tomar. Pero desde que mi mamá me sacó del río regañándome por orinar en él, me puse a pensar en los misterios del río, del mar y del cielo. Yo era un niño de aldea que no había salido de su comunidad, por eso el mar era un misterio para mí. ¿Cómo encontrar y sacar esa orina que yo había puesto en el río y no tener problemas en el futuro, especialmente cuando quisiera entrar al cielo? Me quedé muy pensativo sobre lo que mi madre había dicho; más aún cuando me imaginaba el mar como algo inmenso que me provocaba temor.
El halo de misterio que envolvía el mensaje de mi madre me había dejado profundamente pensativo. Por eso, cuando yo bajaba con mis amigos a nadar al río, me aseguraba de que eso no volviera a suceder. Cuando veía a otros niños orinando en el río, yo mismo les decía que no lo hicieran porque el niño que orina en los ríos no será recibido en el cielo cuando muera, hasta que haya sacado esa orina del mar.
Como lo he mencionado antes, me gustaba acompañar a mi madre, pues ella era muy buena conmigo y me enseñaba muchas cosas que debía aprender como niño. Pienso que así también enseñaron los antiguos mayas a sus hijos durante los primeros años de vida, y luego iban a las escuelas kuyum donde aprendían artes, ciencias, filosofía, religión, matemáticas, el uso del calendario y todo lo que hizo extraordinaria a esta gran civilización.
Papá estuvo mucho tiempo en casa luego de su accidente y era mi mamá la que debía trabajar duramente para que pudiéramos subsistir. Cuando mi papá se recuperó del accidente, comenzó a sembrar en el campo que tuvo que abandonar durante tres meses. De nuevo volví a acompañarlo a Pajb’a, el lugar donde él tenía su terreno con siembra de frijol, maíz y tomates. El mes de octubre era especial porque no había mucho calor y mi papá se dedicaba a sembrar tomates y limpiar la caña de azúcar. Él quería que aprendiera a trabajar como los campesinos, pues me decía que no tenía nada de malo saber defenderse en la vida con cualquier tipo de trabajo. Me compró un machete pequeño para que aprendiera a limpiar las matas de tomate. Me sentí muy contento, pues mi papá afiló muy bien el machete y me dije: “Hoy sí voy a ir a traer buena leña porque ya tengo mi propio machete”.
Cierto día, cuando acompañé a mi papá a limpiar el tomatal, yo iba adelante de él muy contento. Cortaba la punta del monte a orillas del camino, probando el filo de mi machete. Entonces, vi un poco más retirado un arbolito de tronco recto y me entraron las ganas de probar mi machete con él. Avancé por el monte y comencé a cortarlo. Era de un palo suave con el que pensaba hacer mis trompos. Ya le había dado dos o tres machetazos cuando mi papá me gritó: “¿Por qué estás cortando ese árbol, no te das cuenta de que es un arbolito recto y si crece dará un buen servicio a la gente que va a construir su casa con él? Además, ni sabés qué árbol es. Este es un árbol tiyox te’ o cedro y no se deben cortar, pues son finos”. Dejé de cortarlo porque no quería hacer enojar a mi papá. Entonces, al regresar donde él estaba parado, me volvió a decir, no con regaños, sino de una forma suave que me quedó bien grabada en la mente:
“Hijo, yo sé que te gusta tu machete y que quisieras utilizarlo para saber si corta bien o no, pero te digo una cosa, y quiero que no te olvidés de esto. Nunca cortés árboles pequeños o grandes por gusto, porque el que esto hace, acorta su propia vida y muere lentamente”. Al terminar mi papá de decir esto, le respondí: “Sí, ya no lo voy a volver a hacer”. Ciertamente, cuando mi papá dijo las palabras: “El que corta árboles por gusto, acorta su propia vida y muere lentamente”, comencé a sentir preocupación, pues me preguntaba qué significaba eso. Ahora sé que se refiere a que los árboles ayudan a la humanidad para mantener la vida sobre la Tierra. Los incendios, las deforestaciones y la destrucción masiva de los bosques causan otros males que poco a poco afectan a la humanidad. Definitivamente, la violencia ecológica acorta la vida y su consecuencia es una muerte lenta y dolorosa.6
Este pensamiento estuvo fijo en mi mente todo el día. Cuando llegamos al tomatal, mi papá me enseñó a limpiar las matas con mucho cuidado, pues eran muy delicadas. Él hacía su almaciguero de tomates y cuando las plantitas estaban fuertes, las trasplantaba y les echaba agua. A veces, cuando le ayudaba, se me pasaba la mano y más de alguna vez corté con mi machete algunas plantitas por descuido. Con el miedo de recibir sus regaños, inmediatamente abría un hoyo en la tierra y sepultaba las matas cortadas para que él no se diera cuenta. Pero era difícil engañar a mi papá, pues él sabía exactamente la distancia que daba a cada mata y cuando veía que faltaba una, escarbaba la tierra y descubría el tronquito sobre el que yo amontonaba tierra y hojas. Entonces, yo corría o me escondía, y desde lejos escuchaba sus regaños.
Mis hermanos y yo teníamos que estar siempre atentos y no cometer errores o “pendejadas”, como él decía. Mi papá quería que nos fijáramos en todo y que hiciéramos bien las cosas, pero su método para enseñar era muy rígido. Recuerdo una vez que yo lo estaba siguiendo en el camino y de repente tropecé con una piedra; me fui de cabeza, cayendo en el suelo detrás de él. Mi papá se volteó de inmediato e hizo como que se quitaba el cincho y me gritó: “¡Mirá tu camino, cabrón!” Él no era como esos papás que al caer el hijo por torpeza, llegaban a levantarlo con cariño. No, mi padre tenía un carácter fuerte y no aceptaba errores. Eso provocó que nos mantuviéramos muy atentos y fuéramos muy precavidos, además de buscar cómo solucionar los problemas sin acudir a él.
No puedo decir que mi papá fue malo. Solo reaccionaba enojado cuando cometíamos ciertos errores, pero cuando todo andaba bien, era interesante andar con mi papá, porque él sabía muchas cosas por haber sufrido desde niño y como adulto. Cuando era joven, fue a las fincas muchas veces para trabajar y conseguir dinero para su propia ropa y demás necesidades. Él nos decía que había que ser chispudos para sobrevivir, pues la gente pendeja y sin disciplina, fácilmente comete errores. Decía: “Yo aprendí a ser adulto desde que era muy joven. Nadie le enseña a uno a sobrevivir, son los problemas y las necesidades los que nos obligan a ponernos firmes y luchar para no ser víctimas de tanta injusticia”.
Entonces me contó que a los diecisiete años fue a las fincas acompañado de gente más adulta y logró hacer los trabajos que ellos también hacían. Así todos los hombres de su edad y generación fueron a las fincas a trabajar, porque era la única forma de obtener un poco de efectivo para comprar ropa, medicina y otras necesidades de la familia. Esa vez, ellos fueron a las fincas de Chiapas, allá en las costas del Pacífico, en Tapachula. Quedaba más cerca ir allá que a las costas de Guatemala, pues su aldea estaba cerca de la frontera mexicana. Ahí, el mayor problema era defenderse de los ladrones y de los agentes de migración mexicana, llamados celadores de línea. En ese entonces, mi papá contó esta anécdota de uno de sus viajes:
“Escuché a varios señores hablar y hacer planes para ir a las fincas, entonces decidí irme con ellos. Yo tenía mis diecisiete años y pensé que ya podría trabajar como cualquier adulto. Ellos dijeron que era mejor ir a las fincas de la costa cerca de Tapachula, pues era el corte de café y podríamos ganar lo suficiente en dos meses y regresar para la fiesta de Candelaria. Mis padres no querían que yo fuera, pero necesitaba el dinero para comprarme ropa; así que me alisté y salimos de viaje como a las cuatro de la mañana. No había carros ni carreteras; tuvimos que caminar desde Jacaltenango, luego cruzar la frontera y pasar varios pueblos hasta llegar a Amatenango de la Frontera, donde había un puesto de migración. La caseta de migración estaba al otro lado del puente, tuvimos que bajar al río y cruzarlo para no ser vistos por ellos, pues tenían fama de ser malos.
“Así continuamos nuestro viaje, pasando Motozintla y otros pueblos hasta llegar a Tapachula. Luego, buscamos la finca Santa Isabel donde íbamos a trabajar, pues ya muchos habían ido allí. Llegamos a la finca y trabajamos dos meses en la limpia y corte de café. Después de que nos pagaron la última quincena dispusimos nuestro regreso para llegar a tiempo para la fiesta de Jacaltenango. Había mucho control en la frontera y los celadores de línea capturaban a la gente y a veces les disparaban para que se entregaran y les quitaban lo que llevaban para su familia. Comenzamos a hacer planes en el camino porque no queríamos que nos robaran lo poco que habíamos ganado. Pensamos que era mejor vestirnos como chamulas, la etnia que vive en Chiapas; entonces compramos nuestro traje en una tienda allá en Motozintla. Cada quien se probó el suyo y quedamos satisfechos. Esos indígenas mexicanos transitaban con su traje sin que nadie les molestara. Solo mi tío Antonio fue el que se sintió incómodo con el traje, pues era demasiado alto y el pantalón corto de los chamulas le llegaba exactamente a las rodillas, muy apretado.
“Al siguiente día nos vestimos y allí mismo en Motozintla compramos lo que necesitábamos traer a nuestras familias. Mientras comprábamos en la tienda, Gaspar, el más chaparro y chistoso del grupo, estaba en la calle bailando con la música de marimba que provenía de una radio desde la ventana de una casa. Para la gente, eso fue muy divertido y se amontonaron a verlo bailar pensando que en verdad éramos chamulas. Por ahí pasaban muchos indígenas tzotziles que también iban a las fincas, de manera que la gente ya estaba acostumbrada a verlos. Incluso, algunas personas tuvieron lástima de nosotros y se decían entre ellos: 'Pobres chamulas, estos siempre se emborrachan y pierden sus cosas’. Tuvimos que regañar a Gaspar por haber llamado la atención de mucha gente, pero por lo visto, podíamos pasar muy bien como verdaderos chamulas.
“Así seguimos el viaje vestidos de chamulas, con nuestras cargas en la espalda. De pronto, vimos a la distancia que se acercaba un grupo de verdaderos chamulas vestidos como nosotros. Nos vieron desde lejos y caminaron directo hacía nosotros para preguntarnos a qué finca habíamos ido. Nosotros sabíamos que no podríamos responderles y se darían cuenta de que no éramos chamulas, por lo que decidimos correr hacía la ribera del río y caminar entre el monte para evitar que nos hablaran. Ellos se extrañaron de nuestra huída y desde lejos gritaron: ¡Batu pinkail makex betik kerey! ‘¡A que finca fueron, compañeros!’ A lo que respondimos también a los gritos: ‘¡Santa Isabel!’
“Seguimos trotando con nuestra carga a cuestas, con ese paso rápido que los chamulas tienen. Fue así como evitamos que descubrieran que éramos impostores intentando babosear a los de migración. Seguimos caminando y le dijimos a Gaspar que no se le ocurriera hacer otra travesura porque los celadores podrían reconocer que éramos indígenas guatemaltecos. Así llegamos al puesto de control en Amatenango de la Frontera. Teníamos que pasar por fuerza ante los de migración porque llevábamos nuestros bultos cargados y no queríamos bajar y cruzar el río. Además, ya habíamos visto que nadie nos había reconocido todavía y la gente que nos veía creía que éramos puros chamulas. Acordamos solo saludar a los que estarían apostados en el puente. Si nos preguntaban algo, haríamos como que no podíamos hablar el castellano. Eso fue lo que hicimos. Los cinco íbamos en fila; el primero saludó: ‘Wenas tartes’ y, luego, todos al mismo tiempo. Los agentes de migración ni siquiera voltearon a vernos, ¡nos ignoraron completamente! Y nos dejaron pasar como que si no hubiesen visto a nadie. Pocas horas después, alcanzamos la frontera de Guatemala y cruzamos el río. Allí descansamos y comimos, mientras nos reíamos de nuestra aventura. Eso me hizo pensar que los celadores de línea, así como todos los ladinos, de veras discriminan y odian ver a los indígenas. Aquellos agentes de migración, ni siquiera levantaron los ojos para vernos, pues desde lejos habían visto que los que venían cruzando el puente eran ‘indios chamulas’”.
Mi padre era un hombre alto y fuerte como todos mis tíos. Él me recuerda a los mayas antiguos que supieron vivir, sobrevivir y salir victoriosos de las situaciones más difíciles. ¿Cómo es posible que después de más de quinientos años, hayan podido mantener su cultura en medio de tanta opresión y la violación de sus derechos? Creo que la severa disciplina con la que nos educó mi padre responde a todo lo difícil que vivió, pues tuvo que luchar para liberarse del abuso sistemático que los oprimía. Esa disciplina me ayudó a ser precavido, buscar soluciones a los problemas y mantener alerta mis cinco sentidos.
Mi niñez fue como la de todos en el pueblo. Mis amigos y yo nos divertíamos inventando nuestros propios juegos. Uno de nuestros preferidos era maxhtik’a no’, “¿dónde está tal animal?” Los niños se ponían nombres de animales y formaban una fila detrás del que se designaba como líder. Otro niño era el buscador, quien gritaba algún nombre: jaguar, perro, venado, etc. Entonces, el que llevaba el nombre mencionado salía corriendo hasta que el dueño lo capturaba y lo metía en un corral imaginario.
Nosotros jugábamos todas las tardes hasta que entraba la noche. Entre todos los juegos, el más común era el fútbol. Hacíamos nuestras pelotas con trapos viejos y las amarrábamos con pita de manera que quedaran bien redondas y seguras para jugar. Recuerdo que todos andábamos descalzos y más de alguno terminaba con los dedos de los pies lastimados al patear una raíz o piedra. Durante la época de los mundiales, todos querían ser como el rey Pelé. En la aldea no había radio ni televisión, pero de alguna forma nos enterábamos quiénes eran las estrellas brasileñas, los mejores del mundo. No teníamos ni la menor idea de qué sucedía en los campeonatos, pero sí sabíamos los nombres del rey Pelé y el de Garrincha, dos jugadores que todo el mundo conocía desde el mundial de Chile de 1962.
También jugábamos tzak’ o cera y fabricábamos nuestros trompos con madera de los palos de guayaba. Nos entreteníamos con tejos y canicas, y volábamos barriletes durante noviembre y diciembre. Después, bajábamos al Río Azul a nadar. Aprendíamos a nadar cuando éramos muy chiquitos porque el río estaba muy cerca y era muy limpio. Ahora ya nadie se atreve a meterse al río que está muy contaminado.
Jugar, nadar, pasear libremente por los bosques con los amigos era lo más hermoso que alguien podría vivir. Ese contacto con la naturaleza nos enriquecía la vida, nos daba sabiduría y alegría. Esa era la primera educación que recibíamos, las lecciones directamente de la Tierra.

Río Azul, Jacaltenango.
Capítulo 4
Misioneros en la comunidad
El mundo mágico en el que crecía me perseguía de día y de noche. En sueños iba al bosque, me bañaba en el río como cuando estaba despierto y recordaba todo claramente al siguiente día. Me gustaba mucho salir al campo con mi papá, aunque siempre con cuidado de no hacer travesuras, pues si hacía algo que lo molestaba, las regañadas eran de esperarse.
Cierto día, cuando mi papá estuvo totalmente recuperado del accidente, fuimos con mis tíos a traer chicozapote a los bosques cerca del río Lagartero, en la frontera con México. Allí había tantos árboles de esos muy rectos y altos que daba gusto. Se requería de gente experta para treparse y bajar las frutas, por eso iban con nosotros un par de buenos trepadores, por si nadie se atrevía a trepar a los árboles.
Yo era un niño, pero me gustaba seguir a los adultos y aunque era cansado caminar tanto, siempre lograba llegar a donde ellos iban. En la tarde llegamos a la orilla del río junto a los grandes árboles y buscamos dónde acampar. Mi papá buscó la sombra de uno de esos árboles de chicozapote que no había crecido recto, sino algo arqueado sobre el suelo. Hizo fuego y calentó las tortillas con frijol y chipilín que llevaba en un morral. Aquel árbol nos hizo buena sombra y pudimos ver que arriba, entre sus ramas, tenía muchas frutas. Después de cenar, mi papá salió a inspeccionar los árboles para ver cuál tendría más frutos y que no fuera tan difícil de trepar. Para su sorpresa, el árbol inclinado bajo cuya sombra teníamos que pasar la noche era el más cargado y se contentó, pues era un árbol joven no muy difícil de trepar.
Al día siguiente nos levantamos como a las seis de la mañana a cocer el café y preparar el desayuno. Habíamos recogido jutes en la orilla de aquel río, pues abundaban esos caracoles. Mi papá preparó un caldo de jutes con tomate y mamón que quedó delicioso, aunque era difícil sacar la carnita del caparazón de los caracoles. De todos modos, la tradición era recoger frutas, buscar jutes y llevarlos a casa para toda la familia. Después de desayunar, todos salieron a buscar su árbol para trepar, en cambio mi papá ya tenía el suyo ahí mismo. Se puso un morral debajo del brazo y trepó el árbol. Cuando el morral se llenaba, lo deslizaba hacia abajo con un lazo, yo lo vaciaba y él lo volvía a jalar. No nos llevó mucho tiempo juntar lo que necesitábamos y nos quedamos esperando a los otros que habían ido un poco más lejos para trepar en árboles muy gruesos y altos.
Cuando todos estuvieron listos, prepararon sus cargas y caminamos un poco para llegar a otro pequeño ramal del río Lagartero donde sacábamos los jutes para llevar a vender a las aldeas. Aprovechando que estábamos allí, mi papá y mis tíos se metieron al agua a buscar más de esos caracoles para llevar suficiente a la familia. Esa era una de las comidas más comunes entre los mayas.
Mientras mi papá buscaba jutes en el río, de lejos vi un panal y me dediqué a bajarlo a hondazos. El panal tenía mucha miel y yo me sentí feliz porque nunca había encontrado uno tan lleno como ese. Así que comí de lo lindo. Como a las dos de la tarde, después de que todos juntaron sus jutes, dispusimos regresar a casa. Caminando detrás de mi papá, comencé a sentir un gran dolor en el estómago. Bajé dos limones de un árbol a orilla del camino y me fui chupándolos, pero mi dolor se intensificaba. Entonces le dije a mi papá que ya no podía caminar por el gran dolor de estómago, y él, muy preocupado, me preguntó: “¿Qué comiste?” Le tuve que decir que había comido la miel de un panal. Afligido me dijo que me apretara la panza mientras llegábamos a casa. Los demás seguían avanzando, pero yo no aguantaba. “Papá, voy a ir al monte”. Él sabía que eso significaba que iba a intentar defecar, pero no pude. Todo me dolía y sentía mucha sed.
Ya todos estaban algo lejos cuando los alcancé. “Papá, ya no aguanto el estómago. Me voy a acostar en el camino”, le grité. Cuando mi papá se dio cuenta de que yo realmente necesitaba ayuda, le dijo a mis tíos: “Adelántense, yo tendré que pasar a mi milpa un rato”. Afortunadamente ya estábamos cerca de la milpa de mi papá donde yo iba a traer maíz con mi mamá. Al llegar a la troje, mi papá barrió el lugar y me acostó en el suelo, mientras me decía: “Quedate quieto y ahorita te preparo una medicina”.
Encendió el fuego y puso agua a calentar en una ollita que mantenía en la troje. Luego, ahí cerca comenzó a arrancar las raíces de una planta como bejuco y de hojas redondas. Después de lavar los trocitos de raíz, los machacó y los metió en el agua para que hirviera. Cuando estuvo listo, quitó la ollita del fuego y comenzó a entibiar el agua que me sirvió en una jícara. Me tomé la medicina. ¡Estaba muy amarga! “Esta es muy buena medicina”, dijo mi papá mientras yo seguía allí acostado. “Esta planta se llama sut’ut’ en nuestro idioma y en español se llama curarina”, me explicó.
Ciertamente, aquella planta era muy buena para el dolor de estómago, pues pronto me relajó y comencé a sentirme mejor. Me dolía un poco el estómago todavía, pero ya lo podía aguantar. Así fue como continuamos nuestro camino a la casa, donde él le contó a mi mamá lo sucedido. Llegaron al acuerdo de que yo no debía comer cosas dulces, pues siempre me dolía el estómago cuando comía miel. Ellos no lo sabían, pero años después, ya de joven, estuve hospitalizado; en ese momento me di cuenta de que era alérgico a la miel.
Los niños de mi edad conocíamos bien el bosque y sabíamos defendernos de los peligros. Lo que aprendemos cuando somos niños siempre nos sirve cuando somos adultos, especialmente lo que aprendemos haciendo. El bosque era un lugar de muchos misterios y yo nunca quise encontrarme con Witz, el dueño del cerro. Evitábamos ir muy lejos o hacia lugares donde nuestros padres nos decían que la gente había tenido problemas y accidentes. Y eso de los accidentes para los niños era común, pues éramos demasiado aventureros y nos arriesgábamos. Varias veces me caí de los árboles y mi papá, a pesar de ser muy estricto, me llevaba cargado donde los curanderos o hueseros para tratarme algún hueso roto.
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