Read the book: «Pasión por el deporte»

Font::

PASIÓN POR EL DEPORTE

DE LA PRÁCTICA A LOS GRANDES EVENTOS

Vicente Añó Sanz

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Vicente Añó Sanz, 2011

© De esta edición: Universitat de València, 2011

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-8178-6

Realización ePub: produccioneditorial.com

A Ana, una mujer extraordinaria, después de treinta años de un caminar conjunto.

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

LA CARA OCULTA DE LA LUNA

PREÁMBULO

LA TRANSFORMACIÓN DE UNA PROFESIÓN A TRAVÉS DE LA EXPERIENCIA PERSONAL

EL ENTORNO DE LA PRÁCTICA DEPORTIVA

CULTURA Y FORMACIÓN EN EL DEPORTE

LA LUCHA POR LA DIGNIDAD DE LA EDUCACIÓN FÍSICA

EL COSTE DEL ÉXITO

LA FINA LÍNEA ENTRE VICTORIA Y DERROTA

TECNOLOGÍA Y ECONOMÍA

LA POLÍTICA DEPORTIVA VALENCIANA Y LOS GRANDES EVENTOS

POLÍTICA DEPORTIVA DE ESCAPARATE

LA LISTA DE AGRACIADOS

LA JUSTIFICACIÓN DE LOS GRANDES EVENTOS Y EL ESCONDITE MARINO

LA FÓRMULA 1 Y EL DESPIL FARRO INVERSOR

EL NAUFRAGIO DE LOS EVENTOS EN LA TIERRA DE PRO MISIÓN

LA VOLVO: EL REGALO DE CAMPS A ALICANTE

DE DINERO Y OTRAS PENAS

PROPAGANDA Y DISCURSOS HIPERBÓLICOS

EL FÚTBOL MODERNO: DE LA PASIÓN A LOS INTERESES ECONÓMICOS

LOS NUEVOS ESTADIOS Y LAS RECONVERSIONES DE LOS CLUBES

COMPRAR UN CLUB DE FÚTBOL

DESPILFARRO DE LOS FICHAJES

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

PREÁMBULO

La serie de artículos publicados por el diario Levante-EMV, bajo la denominación «Ocios y Negocios», nació hace mucho tiempo. Más de veinte años, contemplan la edición de esta segunda fase iniciada a finales de 2006 y que suman, por tanto, tres años de reflexiones en torno a una temática apasionante, como es la del deporte.

Reflexionar en torno al mismo no se hace con frecuencia. Los estudiosos o investigadores de esta materia prefieren otros campos, menos problemáticos y más procelosos que el debate sobre la filosofía de su práctica, el análisis de su entorno y su planificación, las consecuencias de la misma o, la crítica sobre la política y los gestores públicos y privados, principalmente si están cerca del lugar en el que «el escribidor» vive o desarrolla su trabajo.

Eso sí, se habla y se escribe de los resultados, de los fichajes, de las peleas o «broncas » de los deportistas o los dirigentes, de sus salidas nocturnas, algo menos de la economía del deporte, de los niveles de práctica de los españoles o de la preparación de los deportistas y de otros estudios de investigación, que difícilmente alcanzan al «gran público» lector.

De modo, que no se habla, en demasía del impacto de esta actividad del ser humano en la sociedad, que a lo largo del siglo XX ha dejado de tener una forma de práctica caracterizada por un cierto individualismo, para convertirse en colectiva, en un «hecho social» (Cagigal, 1979, 1981; Parlebas, 1988) que traspasa su propio campo para convertirse en una de las más atractivas para la sociedad, en un elemento de identificación del «hombre y la mujer moderna».

Solo hay dos periodos históricos en el que la «actividad física» alcance los niveles actuales: la Grecia clásica como práctica, y la Roma del Imperio como espectáculo. El resto de los periodos o no ha existido o lo ha hecho de forma tan secundaria que no ha dejado casi restos, salvo los inicios de la humanidad en el que todas las acciones tenían unas connotaciones de «práctica física» por razones obvias (Neuendorff, 1986).

Muchos son los autores que han tratado este tema del deporte en la sociedad y la lista sería interminable, pero permítaseme recordar a José Mª Cagigal, que con las limitaciones obvias del final del franquismo fue capaz de publicar diversas obras que han hecho «pensar» a bastantes profesionales de la actividad física y el deporte sobre este «quehacer humano», como le gustaba decir a Cagigal (1975: 19). Desde su muerte en un desgraciado accidente de aviación nos hemos quedado huérfanos de un «pensador» de su categoría. Su altura intelectual traspasó ampliamente las fronteras de nuestro país, y ahora él es objeto de estudio en diferentes países.

Por ello, debo agradecer al diario Levante-EMV, y sobretodo, a su jefe de redacción de deportes, José Vicente Aleixandre, la oportunidad que me dieron de publicar un artículo semanal y, por tanto de analizar y reflexionar sobre la materia. Porqué al fin y a la postre, de eso se trata: de analizar diversos aspectos del deporte, desde el más cercano el que se hace en Valencia a aquel que tiene unas connotaciones más globales, pues tres años a un artículo semanal dan para mucho, puesto que el deporte es una de las actividades más igualitarias y generalistas de esta «aldea global».

Escribir una columna en un diario, sinceramente, no es fácil y, a veces, me ha costado unas cuantas horas, aunque parezca lo contrario. Son artículos cortos, de poco más de una página en los que la labor de síntesis es obligada y de una dificultad tremenda, acostumbrado como estaba, en los últimos tiempos a extenderme para escribir un libro o un capítulo de algún libro colectivo o, peor aún, a escribir cientos de informes para alguno de los Comités Organizadores o de organismos internacionales de campeonatos en los que he estado involucrado. Transformar esos artículos en la base de este libro, casi me ha dejado exhausto, porque a cada paso introducía más material o corregía lo escrito, de manera que algunos pasajes distan mucho ya de aquellos artículos preliminares. Más aún, cuando se ha incluido capítulos nuevos, como el primero, o tablas que es imposible meter en una pequeña columna y menos desarrollarlas y explicarlas.

Sin embargo, a fuer de ser sincero, debo decir que he disfrutado, ahora al escribir el libro y antes con los artículos. Y, confesar, también, que me he sentido leído. Han sido unas cuantas las llamadas recibidas. Las de los amigos y «colegas», que perdonándome los errores, me felicitaban. Otras han sido de tonos variados. Algunos han llamado para agradecerme sacar a la luz determinado temas, otros para avisarme del peligro que acecha a los caminantes de la pluma cuando la crítica y la reflexión es agria.

Pero esa es la grandeza del periodismo y espero poder seguir haciendo esta pequeña labor de reflexión en el futuro, amenizando las mañanas de los domingos de esos incondicionales que uno tiene y sin querer tampoco amargárselas a esos que por ocupar un cargo público se creen en posesión de la verdad o, lo que es peor, que el hábito hace al monje y que el cargo les da sabiduría. Las páginas que siguen a continuación se han estructurado en cuatro capítulos en función de su temática, lo que puede resultar más interesante para el lector al poder ir directamente a los temas de su interés. No obstante, hay un hilo conductor general, una misma unidad de criterio que une el análisis del entorno de la práctica deportiva, donde se tratan temas genéricos o específicos del deporte, con las reflexiones sobre la política deportiva valenciana o la pasión y problemática del fútbol moderno.

Por ello, he tratado de no perder el vehículo historicista del momento en el que se produce un hecho concreto, un peaje que uno paga a su dedicación universitaria y a esa historia del deporte que ha impartido en el antiguo INEF y hoy Facultad de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte desde 1987, con algunos periodos de receso. El viaje sobre esos hechos suele ser muy ilustrativo con el paso del tiempo, cuando comienzan a convertirse en historia, aunque sea, historia reciente. De este modo, podemos «contextualizarlos», de manera que el lector pueda trasladar su imaginación al pasado, contribuyendo a rememorar sus propias vivencias y reflexionar sobre la cuestión que se plantea.

El análisis de algunas cuestiones se hace, en ocasiones desde una gran proximidad a los hechos al haber ocupado diversos cargos directivos dentro del mundo del deporte, desde el profesional al representativo. Como gestor he organizado eventos como el 7º Campeonato del Mundo de atletismo celebrado en Sevilla en 1999, el 3º en pista cubierta de 1991 en la misma ciudad o el Europeo en pista cubierta Valencia en 1998, o los XV Juegos Mediterráneos celebrados en Almería en 2005, entre otros. Ello me ha permitido penetrar algo más en los «entresijos» de la organización deportiva.

Pero, también los cargos representativos me han dado una visión de las dificultades de la práctica deportiva asociada y federada, desde aquellos primeros tiempos en que fui Presidente de la Federación de Atletismo de la Comunidad Valenciana. Su primer presidente autonómico en 1986, cuando se creó hasta 1993. Al igual que los veinte años, desde 1989, en que he sido Vicepresidente 1º de la Federación Española de Atletismo, me ha permitido observar de cerca el deporte español y el internacional, asistiendo a multitud de campeonatos de mundo y a tres Juegos Olímpicos, como delegado del equipo español de atletismo. Justo cuando se publica este libro he dejado de ser vicepresidente. Quizás ya tocaba, pues veinte años son muchos y es lógico pensar en una renovación o en un cambio de aires, sin menoscabo de mi amor por el atletismo, mi «pequeña gran pasión».

Con todo, la memoria se va por los vericuetos de más de cuarenta años en torno al deporte, toda una vida, que diría un «clásico», desde que en 1964 empecé a practicar atletismo. Fui, primero atleta, después entrenador, dirigente y organizador, lo que me ha permitido gozar de este deporte universal, duro como pocos, y extraordinariamente diverso y de otros. Sus enseñanzas son impagables. Primero, con las teorías del entrenamiento, después con la gestión del mismo y de todo ello hablo de alguna manera en el capítulo primero en el que se mezclan las vivencias personales con el transcurrir y el cambio de una profesión: la del antiguo profesor de Educación Física por el de licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

Por otra parte, a los capítulos más generalistas sobre «el entorno de la práctica deportiva» y «la política deportiva», se une un capítulo sobre el fútbol, un tema que genera tal volumen de noticias que es difícil sustraerse a las mismas y a su dinámica. Su presencia en la sociedad ocupa un lugar tan preponderante que he analizado sus vicisitudes en bastantes ocasiones. Ello me ha permitido abrir el abanico de conocimientos, entrar en ese mundo tan abigarrado y estudiar su funcionamiento.

Lo mismo ha ocurrido con otro tipo de actividades o deportes, cuya escritura me ha permitido conocerlos mejor, pero aún cuando su temática sea más concreta, se han agrupado bajo el epígrafe del «entorno de la práctica» o «la política deportiva», puesto que su enfoque tendía más hacia esos contenidos que a los de esos propios deportes.

Del conjunto de libro destacaría, por un lado, aquello que tiene una clara orientación política en el sentido de los clásicos atenienses, no en el reduccionista de los partidos políticos, es decir en cuanto tiene de análisis de las relaciones entre los ciudadanos de la «polis». Unos ciudadanos cuya orientación debería ser hacia la justicia y el bien común, que traducido al contenido de un simple párrafo o apartado es el tratado de las actuaciones y los programas de nuestros gobernantes, en tanto en cuanto han sido elegidos para trabajar por el bienestar de sus conciudadanos. Otra cosa es que discrepemos, y profundamente, de si ese bienestar social se logra haciendo grandes premios de Formula 1 o potenciando la práctica del deporte en las escuelas. Y dado que han caído muchos siglos desde la Grecia clásica, y en la actualidad no podemos dejar de ser herederos de las teorías de Hobbes, Descartes o de esa «crítica de la razón» de Kant, de personajes como Rousseau o Pestalozzi en el ámbito de la filosofía o de la pedagogía física, y, finalmente del conjunto de la Ilustración. De modo que, de vez en cuando, nos sale la vena crítica. ¿Qué haríamos, qué seríamos sin ese «pensamiento crítico»?. Reivindiquémoslo pues, aún cuando le pese a algunos cargos públicos o aún cuando nos cause problemas personales.

Con todo, hemos llegado hasta aquí y seguiremos reflexionando para ver qué nos devuelve ese espejo del deporte, y, sobre todo, por la gente del entorno deportivo que necesita un apoyo, una voz que les defienda, la crítica sana a una política y unos programas deportivos que adolecen de la más mínima planificación, con unos presupuestos escasos y una gestión con tantas lagunas, como el mar de la Copa del América.

No quisiera terminar este preámbulo sin hablar de algunos temas concretos y específicamente de tres. Uno de connotaciones políticas: «La larga mano de Blanquer», sobre el sorprendente nombramiento de Niurka Montalvo, campeona del mundo de salto de longitud en Sevilla, pero sin ningún bagaje en dirección y gestión del deporte, como Secretaria Autonómica del Deporte a menos de dos meses de las elecciones de mayo de 2007. Fue pasar de «las pistas» directamente al máximo cargo ejecutivo del deporte valenciano y eso «chirriaba» mucho, máxime cuando llevaba apenas unos años viviendo en la Comunidad Valenciana. Su nombramiento, asumido por todos, fue cosa de Rafael Blanquer su entrenador, muy amigo del Presidente de la Generalitat. Montalvo logró superar posibles cambios de gobierno tras las elecciones ya que ganó el PP, de nuevo, y ella seguía todavía en ese cargo en mayo de 2011.

Otro de los temas significativos para mí es relativamente reciente y está justo en las antípodas del anterior. Es un homenaje a un amigo recién jubilado, Enrique Martí, mi consejero áulico en los tiempos de estudiantes en Madrid y sobre el que publiqué un artículo que incluyo ampliado en el libro y que me ha servido para traer a colación la situación de la Educación Física, esa antigua «maría» en la enseñanza no universitaria . El artículo trajo consigo un importante despliegue emocional. Y no lo digo por las lágrimas del protagonista, que es un sentimental, sino por la gente que decía haber leído el artículo y haberse sentido identificado con lo escrito y con Enrique Martí, ese gran profesor. «Un profesor de patio», fue, a su vez, una pequeña contribución al honor de todos esos profesores de Educación Física que cotidianamente imparten esta materia en los Institutos y en los colegios y promocionan la práctica física y deportiva entre los jóvenes, a pesar de las deficiencias que todos conocemos y de la poca atención que se les dedica desde los puestos de mando educativo. Son héroes anónimos, merced a los cuales nuestro panorama deportivo no está mucho peor y nuestros escolares bajan algo su obesidad, el gran problema de la salud de nuestra sociedad.

Por último, el tercero de los temas, escrito también en su momento como artículo, era en cierto modo una reivindicación: a nuestros orígenes, a nuestra historia deportiva más genuina y, unas personas que contra el viento y la marea de esa mal entendida modernidad, que arrambla con todo, siguen manteniendo el espíritu del pasado y la esperanza en el futuro, como los hermanos Tuzón. El artículo sobre «El Trinquete de Pelayo salió publicado el 15 de julio de 2007, a punto de que el personal se fuera de vacaciones y la llamada de socorro de los propietarios del Trinquete cayera en saco roto y el tema se olvidara con el «ferragosto». Pero no, junto a otras acciones, contribuyó a que el tema se resolviera y que el Trinquete tuviera las subvenciones oportunas para que entre los Tuzón y la Administración, sobre todo municipal, llevaran a cabo los arreglos necesarios para insonorizar lo que los aficionados llaman «la catedral de la pelota». Hubiera sido un contrasentido todo el «teórico apoyo» que las instituciones dan a la pelota como emblema de la cultura valenciana y dejaran caer la más antigua de sus instalaciones. Como equipo de gobierno y oposición municipal estuvieron totalmente de acuerdo, la cosa pudo solucionarse. Y como de bien nacidos es ser agradecidos, aparte de una llamada nada más publicarse el artículo, los buenos gestores del Trinquete Pelayo tuvieron a bien invitarme a la «reinauguración», cosa que agradecí porque en esta Valencia nuestra, «las autoridades» procuran invitarme lo menos posible. A algunas/os cargos públicos, les produce sarpullidos y algo más, verme en actos públicos, como cuando la Asociación Valenciana de gestores deportivos me otorgó el premio a la «trayectoria profesional», y se entregó el galardón en el curso de la cena oficial del congreso de la Asociación Española de Gestores.

Una de las anécdotas más bonitas sucedió precisamente con este artículo sobre el Trinquete de Pelayo, cuando un alumno mío vino a verme al despacho no para hablar de exámenes, de programas, o quejarse de algo, sino, precisamente para agradecerme que lo escribiera y que defendiera la pelota. Cuando yo le dije que la pelota, aquí, no necesitaba defensa, que era de los deportes más apoyados, me lo negó. De cara a la galería, todo parecía estar bien, pero él como practicante y gran aficionado conocía de primera mano las deficiencias y lo mal que lo pasaban las escuelas de pelota para sobrevivir.

Hay otras reivindicaciones en el libro, como la tristeza y rabia por la desaparición de la «maratonina», tras 25 años de historia, o la discriminación de equipos como el Playas de Castellón y otros, frente al «amiguismo de equipos como los de Aspar o Blanquer. Posiblemente los «amigos» de Madrid no tengan la culpa. Se lo disculparé.

Por último, entre la parte dedicada al análisis de los eventos ocupan un papel central la Formula 1 y la Copa del América, lo cual es lógico por el papel protagonista que han tenido en la sociedad valenciana y, en el primer caso, también, entre colectivos ciudadanos y los numerosos grupos opuestos al «circuito».

Con todo escribir es duro. Evidentemente no escribir del tiempo o de la luna sino de lo que pasa cotidianamente. Y de lo que pasa en el entorno de tu profesión o de tu trabajo. Genera cierta incomprensión, y te echas a la espalda un montón de «enemigos» (posiblemente no más de los que ya tenía antes de iniciar la serie de «Ocios y Negocios», aún cuando algunos estuvieran ocultos). A veces es bastante ingrato, delicado, y la sensación de soledad, es imposible evitarla, de manera que he estado a punto de dejar de escribir esa columna del Levante-El Mercantil Valenciano varias veces. Me han aguantado las llamadas, felicitaciones y apoyos de esos «amigos» y seguidores fieles que uno tiene o las de los muchos que se sienten discriminados y desprotegidos por la política deportiva que se hace por estos «pagos», o, incluso las de quienes no estando afectados directamente por esas «actuaciones administrativas», les parece negativa. El valor de esas personas que sin conocerte te envían un mail de reconocimiento es de lo más valioso para subir el ánimo y la autoestima y seguir adelante. También el empuje de algunas personas que están en la frontera política «bregando» todos los días, como Concha Caballero y Jeannette Segarra, a las cuales se les hace muy duro el control de ésta república monárquica campista o campsista en la que se ha convertido la Comunitat Valenciana, País Valencià para los amigos. Y, cómo no, el apoyo incondicional de los «amigos», sobre todo, de los miembros de la «Hermandad», esa asociación judeo-masónica a la que pertenezco. Somos 4 individuos tan peligrosos, que nos justamos a cenar una vez al mes para contuberniar.

A todas estas personas, mi pequeño homenaje, porque su aliento se siente y te reconforta. Pero hay una persona especial, cuyo nombre me guardo, que lo hace cotidianamente: me da el parte todos los domingos, esté donde esté, y me comenta el artículo. Incluso me da ideas para otros futuros. Así que, gracias dobles.

Como gracias dobles, y triples, para el periódico Levante-EMV que ampara mis «ladrillos» dominicales y que me han permitido redactar este libro, así como a Eliseu Climet y a Publicacions de la Universitat de València, que acogieron con entusiasmo la idea de escribirlo. Eliseu, además, un inconformista, lo que hizo la primera vez que se lo comenté es darme más faena. Y qué no decir de «eixe amic de tota la vida», el company Aleixandre, un buen muñidor de esta historia, que surgió allá por octubre o noviembre de 2006, en una conversación intrascendente frente a una «cerveseta». Vicent Aleixandre, el «gran Alex», jefe de redacción de deportes del periódico, es para mí uno de los mejores, por no decir el mejor, «escribidor» de deportes de España –así con todas las letras–, y como le he dicho muchas veces, es una pena que no se prodigue más. A él, le debo el rescate de mi vena periodística, y de esos «Ocios y Negocios», base del presente libro con alguna aportación más.

¡Gracias!

LA CARA OCULTA DE LA LUNA

La información deportiva, aunque parezca una paradoja, nunca ha gozado de muy buena prensa. esa mala fama se la ha ganado a conciencia. durante años, el periodismo dedicado a narrar, glosar e interpretar los fenómenos deportivos, sobre todo los que gozaban de un seguimiento masivo, como es el caso del fútbol, estuvo en manos, con demasiada frecuencia, de tipos que no habían abierto un libro en su vida o que apenas habían superado el bachillerato elemental de la época. eso sí: poseían un gracejo especial en la expresión, hablaban con desenvoltura, peroraban con una autoridad que parecían pontífices dictando encíclicas y aparentaban saber de futbol más que los ingleses que lo inventaron. es decir, como cualquier hijo de vecino, pero con más descaro y desparpajo. el resto de deportes, por su interés minoritario, apenas tenían plumas que les glosaran o voces que los narraran pero, sin duda, contaban con mejores comentaristas porque los entendidos en la materia requerían de una preparación previa que no se les exigía a los futboleros.

Durante años, para el periodismo deportivo sólo existió el fútbol y apenas surgía algún especialista en otro deporte, se le echaba en cara su heterodoxia y se le afeaba en público su rareza.

En manos de semejante calaña estuvo, durante los años del franquismo, gran parte de la información deportiva que emitían los diferentes medios. Había excepciones, como en todo, y de vez en cuando surgían expertos de prosa brillante, oratoria ordenada y conocimientos amplios. pero el periodismo deportivo estaba considerado como el hermano lego del convento informativo, porque a él se destinaban los que no servían para otros menesteres. como si hubieran sido condenados a galeras.

A mayor abundamiento, si los primeros espadas de la época regalaban su prosa a la ideología del régimen, los subalternos del deporte se vendían, literalmente, a la dádiva de los dirigentes de turno, así fueran de clubs o de federaciones. eran tiempos duros, en los que el periodismo estaba mal considerado socialmente y peor remunerado salarialmente. los oficiantes de la información, en muchos casos, eran pluriempleados obligados a poner su (in)dignidad al servicio del poder.

Con el advenimiento de la democracia y la aparición desmesurada de medios de comunicación, el panorama mejoró, pero los periodistas deportivos eran observados por encima del hombro por sus colegas dedicados a la información política, emergente y acreditada socialmente en aquellos años. esa especie de fervor y dedicación a la vertiente sociopolítica, provocó un desinterés hacia la faceta social del deporte, que fue aprovechada por una cohorte de saltimbanquis para escalar puestos en el ranking del show informativo que, ya por entonces, comenzaba a tomar cuerpo en el panorama de la comunicación.

De manera que el deporte pasó, de ser un espacio subalterno en la oferta informativa, a convertirse en un espectáculo circense en manos, la mayoría de las veces, de charlatanes indocumentados. de ahí, al griterío actual y la maraña de opinantes, solo había un paso que, en efecto, se dio.

Menos mal que en medio de esa selva de ruidos y panfletos, surgieron firmas como las de vicent añó. desde su experiencia en la práctica atlética, y con su posterior formación universitaria, añó comenzó a aportar a la información deportiva, rigor, documentación y razonamientos contrastados. ingredientes de los que anda muy necesitado el sector. sus artículos en las páginas del diario Levante-EMV, siempre al filo de la actualidad y siempre fundamentados en cifras y datos, cuentan con la frialdad que da la distancia pero también con el interés que proporciona el estudio a fondo del tema. añó contextualiza los números y ofrece siempre la visión de la otra cara de la luna: la que queda oculta a los ojos del profano.

Con aportaciones como la suya, el periodismo deportivo comenzó a recuperar credibilidad, a contar con capacidad introspectiva, a dejar de ser un mero chauchau verborréico y equipararse al resto de las áreas informativas de cualquier medio de comunicación.

Un buen ejemplo de esa transformación se recoge en el presente volumen, que recopila una buena parte de las observaciones y las reflexiones de su autor en torno al fenómeno deportivo como práctica, espectáculo, negocio e instrumento político. como material pedagógico y como objeto de pensamiento al que añó aporta su caudal de conocimientos, el deporte ha alcanzado rango universitario. añó ha sido uno de los pioneros en aportar ese bagaje cultural para una disciplina largos años despreciada, que no merecía otra calificación que el despreciativo título de «maría». ahora, ya hay catedráticos en esa asignatura que, es objeto de sesudas tesis doctorales.

J.V. Aleixandre

Redactor Jefe de Deportes de Levante-EMV

LA TRANSFORMACIÓN DE UNA PROFESIÓN A TRAVÉS DE LA EXPERIENCIA PERSONAL

Parece como la segunda versión de la famosa canción de Serrat «Ara que tinc vint anys»: «Ara que fa vint anys que dic que tinc vint anys», pero la transformación de la Educación Física en España ha acompañado el devenir de mi historia personal. Llegué a Madrid en 1969 dispuesto a estudiar esta carrera «nueva», una vez concluido aquel extinto Preuniversitario que había que estudiar para entrar en la Universidad, aunque no era necesario para el Instituto de Educación Física (INEF) de Madrid, el único existente en aquel momento, que sólo exigía aquel sexto y reválida de la época.

Fui a Madrid sin tener ni idea de lo que representaban esos estudios en España. Eran cuatro años de carrera, eso sí, pero pronto descubrimos que fuimos «conejillos de indias». Esos estudios no eran universitarios ni dependían del Ministerio de Educación. Nunca se sabrá a ciencia cierta si fue por dejadez de este Ministerio o porque «los de deportes», es decir la Delegación Nacional de Deportes, no quería soltar el excelente bocado competencial que conservaba (Cagigal, 1975), desde que finalizó la Guerra Civil española y Franco, más bien la parte oficial de la Falange, copió el modelo deportivo italiano.

Sea como fuera lo cierto es que los estudios de Educación Física, el INEF de Madrid, y posteriormente el de Barcelona creado en 1975, dependían de la Delegación Nacional de Deportes, que, a su vez, estaba adscrita al Ministerio de la Secretaria General del Movimiento. Esa dependencia de los organismos deportivos en lugar de los educativos fue una rémora y tardó en corregirse unos cuantos años después de que la democracia se afianzara en nuestro país. Al menos, en la enseñanza superior no se logró hasta mediados de los años 90, que ya es decir, casi 20 años después.

Pero en octubre de 1969, cuando aterrizamos por Madrid no sabíamos lo que se avecinaba. La respuesta más esperanzadora cuando preguntabas qué pasaba con los estudios de Educación Física, era que pronto nos integraríamos en la Universidad. De hecho el INEF de Madrid se construyó en terrenos de la Universidad Complutense, lo que se situaba como ejemplo de que pronto alcanzaríamos el cielo y saldríamos del limbo en el que estábamos. Porque, los «inefianos» no éramos ni «chicha ni llimoná», o «ni carne ni pescado». ¿Qué significaba? Que para el mundo universitario y para la «predemocracia española», procedíamos de un organismo perteneciente a la Secretaria General del Movimiento, pero éstos tenían sus propias escuelas: la «Academia de Mandos José Antonio», que cambió de nombre en los últimos tiempos del franquismo para no significarse tanto y la Escuela femenina Isabel La Católica, o algo así. Acabados los estudios, había que buscar trabajo y la impartición de la Educación Física en los colegios o en la Universidad, donde existía esa materia como tal, dependía de la Delegación Nacional de la Juventud, la de los chicos, o de la Delegación Nacional de la Sección Femenina, la de las chicas, con sus delegaciones provinciales al uso. Y claro, para los «inefianos», no solía haber trabajo en los centros públicos. No éramos de los «suyos». Pero en hombres, los colegios privados, mayoritariamente religiosos en aquel entonces, ya se habían escapado del control de las Delegaciones de la Juventud y contrataban a quien querían. A los pocos que aparecimos por Valencia a principios de los años 70 (2 de la primera promoción, 4 de la segunda y 5 de la tercera, en la que me encontraba) se nos «rifaban». No querían a los de «falange», como se les llamaba en el argot de la enseñanza, y no tuvimos problemas de trabajo.

Pero regresando al principio, esa entrada en la Universidad se retrasó más de 20 años. Los estudios de «Educación Física», luego de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte», no se crearon desde la óptica universitaria hasta 1993. Previamente, no obstante, en 1992, los INEF existentes firmaron un protocolo de adscripción a la Universidad con un plazo hasta 1998 para integrarse totalmente en la misma, que siguió procesos distintos en las diferentes Comunidades Autónomas.

Hubo que esperar, pues, algo más de 10 años en mi caso, para tener el título de Licenciado en Educación Física, firmado por el Ministro de Educación el 13 de abril de 1984, cuando había terminado en 1973. Ejercíamos con un mero certificado del INEF de que habíamos terminado los estudios y habíamos pagado los derechos del título. Pero ya digo, la llegada del título se retrasó 11 años. Es más, obtuve antes el de Licenciado en Psicología, carrera que curse posteriormente a la del INEF y cuyo título lleva fecha de 24 de febrero de 1983, anterior al que ha sido mi profesión y con el que me ganaba la vida, que diría un clásico.

Y es que el «galimatías» que representaba esta profesión en los albores de la democracia era de tal magnitud que existían alrededor de 140 «títulos», «titulillos », «diplomas» y certificados varios que capacitaban para ejercer la Educación Física en los colegios y, ni digamos para entrenar a los deportistas. Había que ordenarlo y regularlo todo. Así en 1982 salió el Decreto de Convalidaciones de los antiguos títulos, estableciendo una serie de categorías de convalidación, que iban desde el que tenía que hacer un mero examen o un simple curso (aquellas/ os que habían estudiado 4 años), hasta quienes se les eximía de pasar las pruebas de ingreso en los INEF, pero debían hacer toda la carrera. A estas personas, además, se les dispensó de clases presenciales salvo en dos meses al año. Más justo o menos justo, lo cierto es que, por fin, en siglos diría yo, la Educación Física en España caminaba por una sola senda y se ponían las bases para la futura integración en la Universidad.

Las cosas en nuestro país habían empezado a cambiar, con alguna lentitud y fuerte resistencia de los sectores más conservadores de la Dictadura, pero sin vuelta atrás, desde la muerte de Franco en 1975. Las primeras elecciones democráticas se celebraron en 1977, la Constitución, como todo el mundo sabe, se aprobó en 1978, y las primeras elecciones municipales tuvieron lugar en 1979.

Para el deporte, hay, de forma clara, un antes y un después. El deporte es participación y asociación, dos de las claves que han permitido su extraordinario desarrollo actual y ello se dio a partir de la entrada de la democracia, después del oscuro periodo franquista de 40 años, donde no estaba permitido «el derecho de asociación», imprescindible para la estructura deportiva moderna, en la concepción anglosajona de la cuestión (Añó, 1994). Los clubes, que siempre gozaron de algo de independencia y regulación privada, pero sobretodo, las federaciones pasaron a tener sus órganos elegidos democráticamente. Se aprobó la segunda Ley del Deporte en 1980, que echa al cesto de la basura la vieja «Ley Elola» de 1961, y aunque fue una Ley que quedó rápidamente desfasada al aprobarse en un momento en el que España abordaba una profunda transformación administrativa con los Estatutos de Autonomía, sirvió para declarar a las entidades deportivas como sociedades de derecho privado. Sus presidentes y sus diferentes órganos de representación ya no eran elegidos a dedo por el gobierno, sino que eran elegidos por sus afiliados. Esa Ley tampoco llegó a tiempo para regular el deporte profesional, cuyos actores, principalmente futbolistas, se movilizaron, incluso, a través de huelgas –algo insólito hasta entonces– para que les fuera reconocido como «trabajo por cuenta ajena», su actividad deportiva y sus «contratos de deportistas amateurs» pasaran a ser reconocidos como contratos de trabajo.

Posiblemente nunca se ponderará suficientemente el valor de los años 80 para nuestro País, en muchas facetas sociales probablemente, pero en lo que se refiere a la actividad física y al deporte, fueron determinados. Por un lado, los colegios comenzaron a ser mixtos, la enseñanza se generalizó y aumentaron fuertemente los institutos públicos, los Ayuntamientos se convirtieron en los «grandes motores» del desarrollo deportivo español. Había pasado de ser unos organismos anquilosados, con escaso presupuesto destinado al deporte (el Ayuntamiento de Valencia antes de 1979 tenía un millón de pesetas de presupuesto, no tenía concejalía propia, sino que estaba con Fiestas y no sé cuantas cosas más, y no tenía ni una sola instalación deportiva municipal), a construir instalaciones, crear escuelas deportivas, atender a los ciudadanos, y organizar actividades. Paulatinamente, además, fuimos organizando todo tipo de eventos de carácter internacional, de lo que carecíamos en el periodo anterior, salvo alguna honrosa excepción como aquella Copa de Europa de Fútbol, que no tenía el formato actual. Así en 1982, organizamos el mundial de Fútbol, en 1986 el de Baloncesto y Natación, el de ajedrez en 1989 y, ya metidos en los años 90, hemos organizado competiciones de todas las características posibles, desde la Ryder Cup de Golf, a la Fórmula 1, la Copa del América, los mundiales de remo y piragüismo, los de Esquí Alpino, los de Atletismo de pista cubierta (nada menos que 3 entre el de Sevilla en 1991, el de Barcelona en 1995, y el de Valencia de 2008) y al aire libre, Gimnasia, y el más complicado y fastuoso de todos: los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona.

Todo ello contribuyó a que el número de practicantes deportivos aumentase sustancialmente desde un inicial 12,5 % en 1968 o ese 22% que figuraba en 1975 al 34% de 1985 o el 39% de 1995 (G. Ferrando, 1991, 1996), cifras en las que se mantiene en la actualidad, algo estancado, pero cuyo interés está bastante por encima de ese nivel de práctica y alcanza al 60% de la población entre 15 y 74 años (G. Ferrando, 2006), lo que es bueno tener en cuenta a quienes se mueven en el entorno organizativo.

En el campo estrictamente académico, los años 80 del siglo pasado registran un profundo cambio en el concepto de Educación Física, completándose la normativa reguladora de los estudios y la impartición de una asignatura que no adquirió la merecida igualdad con el resto hasta bien entrada la democracia. Solucionado el problema de las titulaciones, vino a continuación la regulación de la asignatura en las enseñanzas medias (hoy secundaria), para lo que se convocaron las primeras oposiciones públicas a profesor de Educación Física en toda España en 1985. Hasta ese momento el profesor de esta materia cobraba aproximadamente la mitad que otro profesor, una discriminación bastante inexplicable, salvo por la procedencia externa de la materia de los ámbitos educativos durante todo el franquismo, cuyos profesores tenían, en su mayoría, otras «tareas» y cargos en las Delegaciones de Juventud o Sección Femenina, principalmente. Cuando eso se acabó, y buena parte de esos profesores fueron adscritos a los departamentos de Cultura de los gobiernos democráticos (donde cayeron las competencias de la Mujer y la Juventud, o del deporte) como funcionarios de cuerpos a extinguir, dejaron la enseñanza. Entonces, la discriminación quedó demasiado patente, puesto que quienes quedaron (los profesores de Educación Física que procedían del estamento militar ya lo habían dejado antes) eran única y exclusivamente profesores de Educación Física. No tenían otro título y no eran funcionarios. De ahí, que finalmente, en 1985 se convocaran las primeras oposiciones que ya nunca han dejado de convocarse, en la actualidad dependiendo de las Comunidades Autónomas. Así, los departamentos de Educación de las Comunidades Autónomas se han convertido en el primer empleador de los hoy Licenciados en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, antes Licenciados en Educación Física, y en los albores de la democracia Profesor de Educación Física, tres títulos y tres conceptos distintos en la evolución de esta profesión.

Una evolución que nos ha afectado de lleno en lo personal, puesto que hemos ido pasando de una actividad a otra, de manera que, en mi caso concreto, primero he sido profesor de la materia de Educación Física, después entrenador de atletismo, compartiendo esta función con la labor anterior, pues era imposible vivir sólo de entrenar atletas, al menos a mediados de los años setenta, y luego gestor desde que un buen día empecé a organizar competiciones de deporte escolar.

Y es que en primer lugar, los estudios de Educación Física de los INEF impartían materias orientadas a la enseñanza y al entrenamiento deportivo. Desde el principio existió una mezcla conceptual entre docencia y entrenamiento, puesto que en el segundo ciclo de los estudios había que elegir una especialidad deportiva porque se pretendía que el INEF fuera, también, una escuela deportiva que realizase un profundo cambio en las anquilosas estructuras deportivas del país de los años setenta. Estaba Juan Antonio Samaranch al frente de la otrora Delegación Nacional de Deportes y buscaba esa transformación. No le acabaron de dejar y la resistencia de las Federaciones Deportivas a perder su competencia en las titulaciones de entrenadores dura hasta hoy. Federaciones fuertes como Fútbol y Baloncesto nunca han aceptado las «maestrías» de los INEF, Balonmano con reticencias. Sólo los últimos cambios y la conversión de las titulaciones deportivas en una Formación Profesional de segundo grado, ha modificado algo el panorama, pero, en realidad ha pasado al revés: las federaciones han visto reconocidos académicamente sus títulos.

Por ello, cuando la primera orientación de los egresados de INEF era docentedeportiva, casi el 100% de las primeras promociones vivía de la enseñanza en la práctica, y, en todo caso, el entrenamiento deportivo representaba un pequeño sobresueldo. Sólo cuando Carlos Álvarez del Villar «deslumbró» con la preparación física de aquel Rayo Vallecano, que entrenaba en la casa de campo y que subió a primera división y luego con la de la selección española, en la que aguantó poco, empezaron a cambiar las cosas. Con el Athletic de Bilbao y con la selección, Manolo Delgado Meco, fue otro estandarte de la profesión y provocó cambios sustanciales en la preparación del deportista, y permitió que algunos profesionales del INEF pudieran vivir exclusivamente de su trabajo deportivo, aunque la cuestión tardó algunos años en generalizarse, y no fue perceptible hasta finales de los años 1980.

Esa orientación docente-deportiva tardó en cambiar, y la apertura hacia un conocimiento menos reduccionista, no llego hasta la entrada de los estudios en la Universidad a mediados de los años 1990. No obstante, la creación de nuevos INEF, trajo aparejado nuevos planes de estudio, que comenzaron ya a introducir materias de gestión del deporte, un itinerario muy necesario en el campo profesional, pues a finales de los años 1980 los Ayuntamientos se convirtieron en la segunda fuente de empleo del deporte y necesitaban gestores (Campos, 2005; Martínez 2008). Hubo que sacarlos entre los antiguos titulados que fueron, fuimos, aprendiendo sobre la marcha.

El panorama de los años 1970 había cambiado sustancialmente. De la existencia de un solo INEF, creado en Madrid en 1967, y otro en Barcelona en 1975, y pocos profesionales, se pasa a una gran demanda de estos estudios en los años 1980 y la creación de varios INEF más: Granada en 1982, y A Coruña, Las Palmas, León, Valencia y Vitoria en 1987, más una extensión del de Barcelona a Lleida el mismo año. Todos ellos fueron creados por acuerdos entre las Comunidades Autónomas y el Gobierno del Estado, que mantenía competencias sobre la enseñanza superior y, a través del CSD de los INEF.

Lógicamente, ello conllevo un cierto cambio de orientación, si bien pequeño, porque los INEF que surgieron en 1987 y los existentes (sólo Granada, donde estaba involucrada la Universidad era algo diferente), seguían dependiendo de los organismos deportivos y no de los educativos. Por ejemplo, el INEF de Valencia (autobautizado como IVEF ó Instituto Valenciano de Educación Física y que pocos lo utilizaban) se creó mediante un acuerdo de financiación entre el Consejo Superior de Deportes y la Conselleria de Cultura, Educación y Ciencia, que tenía las competencias deportivas a través de una Dirección General. Y eso no cambió, hasta que en 1992 se formaliza un convenio con la Universidad de Valencia, por el que el centro se adscribe a la misma, cuestión determinante para dar validez a los títulos, que ya no eran de profesor de Educación Física, sino de Licenciado.

Habrá que esperar a la creación de los estudios superiores de «Ciencias de la Actividad Física y el Deporte», desde la propia Universidad, para que el panorama cambie completamente y la propia definición lleve aparejado un cambio conceptual sustancial. A partir de ese momento, el enfoque deportivo pierde fuerza paulatinamente en los diferentes planes, y va ganándola otras áreas como la de gestión, la de actividades para colectivos especiales y, últimamente las de «salud y calidad de vida», mientras se mantiene la enseñanza, que sigue siendo nuestra primera fuente de empleo (Martínez del Castillo, 1991; Campos, 2005; Martínez, 2008).

De este modo, aprobados los estudios superiores de «Ciencias de la Actividad Física y el Deporte», cualquier Universidad puede crear una Facultad específica, como así ha hecho la de Castilla-La Mancha en Toledo, la de Extremadura en Cáceres, las primeras en nacer dentro ya del entorno universitario, o la Pablo Olavide de Sevilla o las más recientes de Murcia y Elx o las privadas como la Europea de Madrid, o las católicas de Valencia y Murcia. Mientras los antiguos INEF acaban convirtiéndose en Facultades de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, incluso el de Madrid, e integrándose en la Universidad plenamente. Sólo queda con el antiguo título y fuera de la Universidad, aunque adscritos a ella los INEF de Cataluña, Barcelona y Lleida.

Todos estos cambios, como siempre pasa en cualquier orden de la vida, se han ido produciendo en la vida civil, y luego los poderes públicos, arrastrados por la presión social se han visto en la obligación de dar respuesta a esas nuevas necesidades. Las primeras oposiciones a la enseñanza media, llegaron tras diversas huelgas y manifestaciones en toda España, la creación de nuevos INEF ante una presión fuerte del sector y el hecho de que a principios de los años 1980 los tres INEF existentes no eran suficientes ante la gran demanda existente. Si en 1969, cuando me presenté a las pruebas para el ingreso en el INEF de Madrid, había unos 600 aspirantes, una cifra similar era la que aspiraba a entrar en el INEF de Valencia en 1987, cuando ya existían 9 repartidos por la toda la geografía española. Movilizaciones, artículos, cartas, encierros, y multitud de reuniones consiguió que la Educación Física adquiriera carta de naturaleza, comenzara a existir realmente a partir de mediados de los años 1980, y en todos su niveles académicos ha pasado a tener su propio espacio, ya que también en los estudios para profesor de enseñanza primaria (Magisterio) se implantó la especialidad a comienzos de los años 1990 y sus profesores se integraron en los cuerpos docentes universitarios.

Bueno, pues en todas esa «movidas», he estado involucrado de una u otra manera, desde mis primeros pinitos como profesor y como entrenador, hasta las tareas organizativas más recientes, pasando por la movilización y presencia en diferentes cargos profesionales en los años 1970 y 1980 para empujar a la resolución de los problemas de nuestra profesión.

Así que mi primer puesto de trabajo como profesor fue en las Escuelas Profesionales de San José de los Jesuitas, junto a la llamada «pista de Ademuz», rodeada de huerta por todas partes y que no se parece en nada a la actual. En esas EEPP San José, había nacido de la mano de un «mecenas» deportivo, de los que ya no quedan, Antonio Costa, el club de atletismo Estudiantes-San José, que se mantuvo desde principios hasta finales de la década de los años 70 del siglo pasado. Estamos en 1973 y aquello se cogía con muchas ganas. No había horas. A las clases les seguían los entrenamientos y acabábamos más allá de las nueve de la noche. Pero, aquella idea romántica y altruista no se pudo mantener. En aquellos «miserables» momentos, ninguna institución pública daba dinero para el deporte y menos para el atletismo, no existían los patrocinadores y solo algunos padres (no eran de clase alta) pagaban una cuota como socios. Antonio Costa lo dejó y el club aguantó poco tiempo. La unión con el club universitario prolongó la agonía, pero poco se podía hacer si, con lo ingrata que resulta la promoción, luego venía el todopoderoso Valencia C.F., con su sección de atletismo y te «robaba» los atletas más destacados. ¿A qué les suena?

Han pasado treinta años de aquello y hay quien sigue igual, porque esa es, quizás, una de las características del deporte español que no hemos sabido resolver: el mantenimiento de los clubs de promoción, junto a clubs poderosos, sin que aquellos acaben desapareciendo por falta de apoyo y por la presión de los grandes. En el atletismo, además, los grandes no son tales, puesto que muchos de ellos son simples «equipos» «subvencionados» o, mantenidos gracias al dinero público (Heineman, 1998), hasta que eso se acaba y desaparece. Detrás no había nada, ni socios, ni padres, ni atletas, pues estos suelen ser fichados vivan donde vivan (la reglamentación de atletismo lo permite) y ni siquiera, a veces, pisan la ciudad sede del club, salvo que hayan campeonatos. En el atletismo ha pasado en bastantes ocasiones. Equipos, que no clubs, salen con enorme fuerza de la nada, gracias al dinero público o algún sponsor durante un tiempo, y caen con estrepito: Santiveri, Kelme, Larios, ayer mismo el Chapin Xerez. ¿Y mañana? Ya se verá, pero eso no ha dejado de ser pan para hoy y hambre para mañana.

Aquello de las EEPP San José se acabó en 1977, y uno inicia ya la senda nueva, quizás la más definitoria de mi deambular profesional: la de organizador de actividades o eventos deportivos, la de gestor. La democracia estaba en sus inicios, acababan de desaparecer las Delegaciones de la Juventud y de la Sección Femenina, y el deporte escolar pasó a depender de la todavía así llamada, Delegación Nacional de Deportes. Comenzaba el curso 1977/78 y había que organizar el deporte escolar, pero no sólo el masculino sino el femenino, al haberse reagrupado. Muchas delegaciones provinciales habían llamado a los antiguos «organizadores» del régimen recién finiquitado, en otras, las menos, lo había puesto en manos de las asociaciones de colegios privados (CECE), pero en Valencia se dio un caso peculiar. Gracias a la existencia de lo que se llamó Plan Experimental, que trataba de potenciar el deporte municipal, se contrató a dos profesionales del INEF. Uno, Manuel Ruiz-Parajón para dirigir el Plan y otro que fuera «experto» en deporte escolar. Y ese, en teoría era yo. Nunca acabe de comprender ese nombramiento, salvo por las propias palabras del delegado provincial en esas fechas: Juan Domínguez. Un hombre del deporte, empresario, que había sido Presidente de la Federación Provincial de Atletismo, y paradójicamente, aún siendo del propio régimen «no quería a los de juventudes». Éstos, los de «juventudes» se la juraron, pero tenían poca o ninguna fuerza ya. Una de las cosas que le dijeron y «elevaron a Madrid» en el estilo de la época, es que no le perdonaban que hubiera puesto el deporte escolar en manos de un «comunista», pues yo militaba entonces en el Partido Comunista de España.

Domínguez no me conocía de nada, de manera que, muy probablemente, el nombramiento se debía a Manuel Ruiz-Parajón. El contrato, muy peculiar, pues era a través de la Federación Española de Rugby sólo duró un año, porque el deporte escolar inmediatamente comenzó a trasladarse a la ADECE (Asociación Deportiva Española de Centros de Enseñanza) una rama de la patronal de la enseñanza privada, y dio diversos vaivenes (eran los tiempos de la UCD) hasta que acabó siendo organizado por las Comunidades Autónomas o Preautonómicas mediante un convenio especial con el nuevo y recién nacido Consejo Superior de Deportes para el curso 1980/81. Antes, a través de la ADECE, continué organizado el Deporte Escolar un par de años más y posteriormente ya dentro de la Conselleria de Cultura y Educación nacieron los Juegos Escolares de la Generalitat, como se les denominó, y que siguen desarrollándose hasta la fecha (aunque le han cambiado el nombre de Generalitat por Comunidad Valenciana).

Pasado ese primer año de contrato, y ante las dificultades y problemas para continuar con garantías, algo habitual por entonces, volví a dar clases, esta vez en el Instituto de Bachillerato Juan de Garay, uno de los clásicos, donde me mantuve desde 1978 hasta 1985. En esa etapa sufrí, como la mayoría de profesionales, las circunstancias del «pluriempleo». Más que «pluriempleo», aquello podía denominarse mini-empleo, porque tenías que trabajar en varios sitios para ganar un sueldo normal. En los institutos cobrábamos, aproximadamente el 50% de otros profesores. A principios de los años 1980 eso suponía poco más de 50.000 pesetas al mes. Había que completar el sueldo, y seguí en el deporte escolar y en la Delegación de Deportes gracias a la continuación del Plan Experimental que puso en marcha Benito Castejón, Delegado Nacional de Deportes, que no fue un mal delegado y que aprobó la segunda Ley del Deporte español.

Preocupado por la promoción del deporte creó los CITD (Centros de Iniciación Técnico Deportiva), a modo de escuelas deportivas, que podían seleccionar niños de toda la provincia y tenerlos, incluso, internos en colegios. Los niños debían empezar con 10 años y terminar con 14, y luego pasar a los Centros de Perfeccionamiento. No pudo completar todo el plan. Al igual que le pasó con la Ley del deporte, la nueva estructura de España le rebasó, pero algunas de sus ideas, con diferente formato, fueron puestas en marcha más tarde. De hecho, los CITD , que comenzaron en 4 lugares de España de forma piloto: Salamanca, Valencia, Mataró y Sevilla, continuaron con 11 ciudades más en 1981, entre ellas Alicante, y después transferidos a las Comunidades Autónomas, que los continuaron en buena parte. En la Comunidad Valenciana se mantuvieron hasta los años 90 y se amplió a Castellón, transformándose luego en Centros de Perfeccionamiento o alto rendimiento y subiendo las edades.

Los inicios de los años 1980 fueron frenéticos, con fuertes reivindicaciones, con una enseñanza en transformación y con unos ayuntamientos iniciándose en la actividad deportiva. Todo era nuevo. No había, o había pocos, gestores. Se necesitan instalaciones deportivas y órganos de gestión. Tras las primeras elecciones democráticas municipales, el Ayuntamiento de Valencia estuvo gobernado por el PSOE, que había obtenido 13 concejales y junto a los 6 del PCE le daban la mayoría absoluta en coalición, mientras la UCD se quedaba en 14 concejales, insuficiente número para gobernar. Por un breve periodo de tiempo, Juan Lloret, un abogado, ocupó el cargo de concejal de deportes, pero en apenas seis meses pasa a Antonio Ten, profesor de Física de la Universidad de Valencia. Ten, una persona muy activa, fue, probablemente, el mejor concejal de deportes que ha habido en el Ayuntamiento de Valencia, al margen de su error del nombramiento del primer Gerente de la Fundación Deportiva Municipal, que el mismo reconoció más tarde. Pero, consiguió en una sola legislatura inaugurar 4 instalaciones deportivas (Benicalap, El Saler, San Isidro y la Fuente San Luis) y crear un órgano de gestión: la Fundación deportiva Municipal, a cuya Junta Directiva y su Consejo de Gerencia pertenecí desde su creación hasta 1990.

Esa fue una de mis actividades directivas más interesantes de comienzos de los años 1980, junto a la del deporte escolar, y la Presidencia del Colegio de Profesores y Licenciados en Educación Física, que habíamos arrebato a la «vieja guardia» en 1980, gracias a la Asociación de Licenciados, que creamos buscando un órgano paralelo al Colegio que realizará actividades y planteará las reivindicaciones que pedíamos y que estuvo presidida por Pepe Campos, decano de la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte entre 2006 y 2009. Luego, una vez en el colegio, la Asociación desapareció en poco tiempo. Había cumplido su objetivo.

La actividad gestora, directiva u organizadora no pararía ya, sino que en todo caso se complementó con la enseñanza, y así, entre 1981 y 1984 con diversos cargos administrativos, nunca consolidados (subdirector de deportes, jefe del servicio de deportes...) estuve organizando el deporte en la Generalitat y montando una estructura ajustada a las competencias transferidas en 1983 por el Gobierno central, y más específicamente por el CSD. Fueron tres años de mucho trabajo y poca compensación, porque muchas de las iniciativas se paraban. Y es que el deporte no tenía siquiera una dirección General. Era compartida con Juventud, y claro, el director general procedía de las Juventudes sociales. Fue el primer director, no era muy amante del deporte, pero tenía un pase: juventud y deportes estaban juntas, pero su escaso conocimiento y su poca dedicación al deporte en momentos de fuerte transformación eran insufribles. El Conseller de Cultura y Educación, Ciprià Ciscar, tardó en hacer los cambios y se separar juventud de deportes. Procedía de una cultura de oposición al franquismo a la que no gustaba el deporte, pues lo había visto como el «opio y el entretenimiento del pueblo», parafraseando a Marx. De manera que fue imposible aguantar y uno dimitió y se fue con la cuerda a otra parte. A dar clases en el «Juan de Garay» y a poner en marcha el Palacio de Deportes de la Fuente S. Luis, «mi querido monstruo» como le he llamado muchas veces, transferido al Ayuntamiento e inaugurado finalmente en 1984.

El Pabellón de la «Fonteta», como se le conoce popularmente era una obra increíble. Diseñado en los años 1960, se empezó a construir en 1969, pero se paralizó en 1972, más o menos. La empresa constructora había quebrado y como le habían adelantado certificaciones hasta que se resolvió el entuerto pasaron casi 10 años. Por en medio, habían venido las autonomías, el «monstruo» se había transferido a la Generalitat, y esta al Ayuntamiento, que exigió al CSD su acabado o la correspondiente subvención. Fue una larga reivindicación desde el primer día que Antonio Ten llegó al Ayuntamiento y no lo vio inaugurado porque no repitió como concejal. Por fin en 1984 se puso en marcha, con pista de atletismo, con un parquet para deportes de equipo comprado expresamente por el Ayuntamiento, ya que no tenía (en medio de la recta de atletismo, habían pintado el campo de balonmano, baloncesto y voleibol, ¡ver para creer!), con una parte central en el sótano, debajo de la pista completamente vacío, y nueve enormes salas que se habilitaron para diferentes deportes de lucha y para gimnasia. Los mejores equipos de Valencia se vinieron a jugar al nuevo Pabellón y la actividad fue frenética. Luego se vino el Pamesa, se montaron gradas móviles, se habilitó la parte de abajo para las pruebas cortas y los saltos de atletismo, que amplificó los problemas y…, esa ya es otra historia.

Y es otra historia, porque, en realidad, duré un año y poco más en el cargo. Convocadas las oposiciones a la enseñanza media, me presenté y aprobé. Saqué el número tres de la oposición, pude elegir instituto en la propia ciudad de Valencia, el IB El Clot, en el barrio de la Olivereta, junto a la avenida Peset Aleixandre. Después de la experiencia en la Conselleria tenía muy claro que no quería dependencias «políticas». Aunque estaba muy bien en el Ayuntamiento y en el Pabellón, eso podía cambiar y un «crítico· como yo acabar en la calle o pegando sellos. Mi independencia siempre ha estado por encima de todo y esa posibilidad la daba aprobar unas oposiciones en la enseñanza.

Pero, lo que uno pensaba que sería para largo tiempo o para siempre, también duró poco, de manera que los años 1980, ahora que lo escribo y lo rememoro, fueron de constantes cambios. Dos años después, en 1987 se crea el INEF de Valencia y allá que vamos, de nuevo a otra oposición. En realidad se trató de una «mini oposición», pero oposición, al fin y al cabo, porque había un tribunal con cinco miembros. Uno representaba a la Conselleria de Cultura y Educación, otro a la Universidad, y el resto eran profesionales de la Actividad Física y el Deporte.

Antes de convocar las plazas para profesores, en ese año 1987 se concretan los acuerdos con el CSD que permiten ponerlo en marcha. Un largo proceso que ya se inició en 1984, estando yo todavía en la Conselleria con una jornadas abiertas sobre el futuro de la profesión de de los INEF, y la petición formal al gobierno central de la creación del INEF, que no se había hecho y que fue una de las primeras actuaciones que lleva a cabo el primer gobierno autonómico de la Comunidad Valenciana, del PSPV-PSOE, una vez aprobado el estatuto de autonomía. Las conversaciones con el CSD estaban muy avanzadas en 1984, pero la petición de varias comunidades autónomas al mismo tiempo, hizo que la decisión final se retrasara hasta 1987. Por fin, en febrero de ese año se firmó un convenio con el CSD, por el que está aportaba fondos para la infraestructura del mismo que fue ubicado en la antigua Universidad laboral de Cheste, convertida en ese momento en centro de enseñanzas integradas y transferido a la Generalitat. Allí, se impartían clases de Enseñanza Secundaria, a través de varios institutos públicos, con alumnado procedente mayoritariamente de la propia ciudad de Valencia, en la que no cabían; se impartía Magisterio, enfermería, algunos otros estudios y, por fin el INEF. De este modo, la Conselleria le costaba menos dinero porque ya se disponía de aulas y de instalaciones deportivas. Con cuatro cambios y arreglos, solucionado el tema, debió pensar alguno. Craso error, porque la deficiencia de las instalaciones era monumental, «los arreglos» tardaron en llegar y ni siquiera nos adjudicaron aulas como tales, sino que habilitaron una de las antiguas residencias de estudiantes. Al principio, hasta que se construyeron las aulas esa «habilitación», consistió en una mera colocación de sillas y mesas en un espacio libre, el cual en los días de lluvia se asemejaba más a un «barranco» de los varios que circundaban la montaña que a un aula de enseñanza.

Hay que recordar que ese centro fue una de las «megalómanas» obras del tardo franquismo que albergó en el Complejo de Cheste, construido exprofeso, a 5.000 niños del segundo ciclo de EGB (según la ley de Educación de 1970) de toda la geografía española, es decir niños de entre 11 y 14 años sacados de su entorno natural e internados allí durante el curso escolar, dentro de la red de Universidades Laborales. Construido a finales de los años 1960 y puesto en marcha a principios de los años 1970, la monumentalidad de sus edificaciones (residencias, aulas, instalaciones deportivas, comedores…) era de tal calibre que su gasto en mantenimiento se hacía insoportable, máxime, cuando acabado el franquismo y eliminada su función básica de «internado masivo», su uso era mucho menor. La degradación, que continúa ahora, era ya patente en 1987: las residencias tenían muchos problemas de servicios, a la pista de atletismo no le quedaba ya «material sintético», era puro cemento, los pabellones eran fríos, pequeños e inapropiados para un INEF.

Ello provocó varias huelgas y reivindicaciones de alumnos y profesores casi hasta el momento en el que, una vez integrados en la Universidad, el centro se ubicó en el Campus de Blasco Ibáñez. Esa fue, desde sus inicios, una reivindicación de los estudiantes: bajar al campus universitario e integrarse plenamente con el resto de la comunidad universitaria.

Pero, nos habíamos quedado, en la «mini-oposición» para la contratación de los profesores del INEF y la composición del tribunal, sobre la que cabe apuntar el intento de designar a los profesores «a dedo» por parte de la Dirección General de Deportes de la época, que no pasó a mayores porqué siempre hay, desde los servicios jurídicos, por ejemplo, quienes avisan de posibles problemas legales, a personas más juiciosas y sensatas. De manera que la opción final fue sacar las plazas de profesores de materias específicas que no daba la Universidad de Valencia a concurso público (la convocatoria se publicó en el DOGV). Esas dudas iniciales sobre el sistema de designación del profesorado provocó un cierto retraso y las plazas salieron casi iniciado el curso.

Un par de años antes, por fin, el Conseller de Cultura y Educación, Ciprià Ciscar, se decidió a separar juventud y deportes, pero la sorpresa fue mayúscula cuando el primer director de deportes «a secas», fue un tal Manuel Ortiz, profesor de Historia de un Instituto de Cheste, precisamente, y antes profesor de la Universidad Laboral, al que tenía como Delegado provincial de Cultura de Valencia. Debía buscarle una nueva ubicación, ya que las delegaciones provinciales de cultura y educación se habían acabado de unir y uno de los dos sobraba. Y sobró, Manuel Ortiz, aparentemente ascendido, pero, políticamente, para quitárselo de encima a la delegación conjunta de educación y cultura de Valencia. Venía precedido de una fama de «antideportista», según cuentan los que le conocieron en sus clases de Cheste. Desde luego lo demostró con creces. Pasó por estas latitudes con mucha más pena que gloria, pocos le recuerdan y sólo lo hacen como yo en este caso, para rememorar su «intervención» ante el tribunal (sin ser miembro), primero intentando que la plaza a la que yo optaba se la dieran al otro candidato que se presentaba, y dado que eso no coló, que se declarará desierta la plaza. Tampoco coló. Siempre hay personas honorables que son capaces de aguantar la presión de esos políticos de «pacotilla», que pretenden que la gente se pliegue a sus intereses. De manera que, al final, el tribunal por unanimidad me dio la plaza y desde entonces fui profesor del INEF y después de la hoy Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, tras superar una nueva oposición, ante un Tribunal de profesores universitarios, todos de otras Universidades al no existir en la de Valencia especialistas del área. Una función, que no he dejado nunca, porque cuando he estado fuera organizando algún evento ha sido en Comisión de Servicios y, además, he seguido dado cursos, máster, etc.

El INEF/IVEF que sale en Valencia en octubre de 1987, es un centro con un plan de estudios aprobado, muy similar al del INEF de Madrid y con la orientación clásica hacia las materias de enseñanza/entrenamiento, con la existencia de las maestrías y una carga lectiva bastante deportiva. No existía más que una asignatura de gestión, que pudiera ser calificada como tal, asociada a legislación deportiva, de manera que fue adscrita al departamento de Derecho de la Universidad de Valencia.

Esta fue una de las características del INEF de Valencia en su creación y que, de algún modo, ha condicionado su funcionamiento posterior. Una parte de las materias se le adjudicaron directamente a departamentos universitarios a través de un Convenio con la Universidad de Valencia, que preveía las adscripción del mismo, el sistema legal de reconocimiento de títulos para centros externos no dependientes directamente de aquella. En aquellas materias que la Universidad no pudiera impartir, la Conselleria convocó las plazas y designó los tribunales.

Realmente este sistema mixto provocó problemas, fue una rémora en la integración y provocó agravios comparativos. No se hizo en ninguna parte. Los INEF de A Coruña, León, Vitoria convocaron todas las plazas desde el propio departamento de deportes de la Comunidad Autónoma, y en Las Palmas, salieron todas las plazas desde la propia Universidad, pero con convocatoria nueva y fruto de un convenio similar al de Valencia, lo que les facilitó su integración posterior. El sistema mixto valenciano, además, causó una división, lógica, entre el profesorado durante años según el tipo de procedencia contractual. Finalmente, todo eso quedó atrás con la plena integración del INEF a la Universidad de Valencia y la primera convocatoria de plazas de profesores universitarios en 1998.

De modo y manera, que la asignatura que yo aprobé en aquella primera oposición de 1987 fue Historia del Deporte, que he impartido prácticamente hasta el curso 2008/09, con los paréntesis de mis ausencias. Con posterioridad, una vez alcanzado el quinto curso, también impartí bastantes años, «Directrices para el entrenamiento de los jóvenes», hasta que desapareció del plan de estudios. Pero significativamente no di asignaturas de gestión hasta después de mi regreso de Almería, en el curso 2006/07, cuando hacía años que me había convertido en un especialista en esta área, porque no existían esas materias.

Bien profesionalmente o bien como «gestor «amateur», es decir sin remuneración, desde aquellos inicios del deporte escolar en 1977, nunca dejé el campo de la gestión del deporte. Así, si tras el deporte escolar, vino la gestión del CITD, a principios de los años 1980, la colaboración en la Junta Rectora y el Consejo de Gerencia de la Fundación Deportiva Municipal del Ayuntamiento de Valencia o la Dirección del Palacio de Deportes de la Fuente de S. Luis, la cosa continuó en la Federación de Atletismo. Del mismo modo que en 1985 abandonaba la dirección del Pabellón de la Fonteta, y me integraba en la enseñanza secundaria en el IB El Clot, en 1986 gané las primeras elecciones autonómicas a presidente de la Federación de Atletismo de la Comunidad Valenciana (FACV ), en la que estuve como tal hasta 1993, después de revalidar mi candidatura en 1990, y debo decir que el nivel de exigencia y de trabajo fue muy superior a cualquier otro cargo de gestión profesional que hubiera tenido antes, excluido, probablemente, la dirección del deporte escolar en 1977, pues aquello eran palabras mayores sobre todo por la época en la que se desarrolló y la necesaria obligación de montar una estructura nueva.

Aquí, una vez más, todo estaba por hacer porque nacía la Federación Autonómica, y, había que integrar a tres federaciones, Alicante, Castellón y Valencia, que hasta su creación eran, no solo independientes entre sí, sino, incluso rivales. No fue tarea fácil, pues desde el propio montaje de la estructura, el local, los cargos directivos, el personal de trabajo, el calendario de competiciones, todo debía partir de cero, porque no servía lo que existía con anterioridad para la nueva etapa y, además, había que andar con tiento y mano izquierda para evitar los típicos «piques» territoriales. No obstante, creo que valió la pena y conseguimos poner ciertas bases para el futuro, consolidando la organización autonómica.

Por otra parte, fue una etapa estupenda, pues no en vano es mi deporte. El deporte al que lleva asociado más de 40 años, que se dice pronto, desde que en 1964 comencé a practicarlo con 13 años, del que fui, también, entrenador, y por último dirigente, por lo que le tengo un cariño especial. El atletismo, me permitió continuar profundizando en el campo de la gestión, aprendiendo y aportando novedades. Así, al margen de la propia estructura organizativa de la FACV , creamos los campeonatos autonómicos, paso lógico obligado, que conseguimos fueran televisados unos años por Canal 9 en directo; el Gran Premio Caja de Ahorros de Valencia (la actual Bancaja), patrocinado por esta entidad, con premios a los atletas y competiciones puntuables en las 3 provincias; las competiciones y encuentros internacionales volvieron por Valencia, gracias a esos dos primeros mítines internacionales en pista cubierta organizados en 1987 y 1988 y a un España-Francia en el Pabellón de la Fonteta cuando tenía pista de atletismo. En fin, que para un amante del atletismo como yo, me lo pasé muy bien, y que algunos todavía lo recuerdan con agrado.

Desgraciadamente, tuve que dimitir en 1993, porque el Presidente de la Federación Española (RFEA), José Mª Odriozola me ofreció en su segundo mandado hacerme cargo de la gestión económica de la federación y para evitar suspicacias de otras federaciones territoriales o de clubes no valencianos, creí más oportuno no compaginar ambos cometidos.

Yo ya estaba en la Junta Directiva de la RFEA desde que, al poco tiempo de ser Presidente de la FACV , Juan Mª De Hoz, el presidente en aquel entonces, me ofreció estar en su junta directiva. No había nadie de Valencia en ese momento y acepté. Estábamos en 1987 y a finales de 1988 se celebraron elecciones, y fui uno de los pocos (sólo 2) de esa Junta Directiva de J.M. de Hoz que apoyó a Odriozola. Fuimos (la FACV ), además, la federación territorial que le aportó más votos, puesto que el otro candidato era catalán, cuya federación contaba con la mayor representación en la asamblea, mientras que otras como Andalucía o Madrid estaban divididas, al contrario que la valenciana. José Mª Odriozola ganó esas elecciones y durante 20 años fui Vicepresidente 1º de la RFEA.

Ante todo, digamos que aprendí de economía. A la fuerza ahorcan, que dice el refrán. Y es que uno sabe cómo empieza a ejercer su vida laboral, qué ha estudiado, pero no cómo acaba, máxime en el mundo de la Actividad Física y el Deporte, nuevo, cambiante, con nuevas áreas de conocimiento que se abrían, con la necesidad de encontrar profesionales y con la exigencia cada vez mayor de realizar una gestión de corte empresarial y no «amateur», es decir: dedicando un rato por las tardes como ocurría a principios de los años 1990, incluso. Sea como sea, lo cierto es que «el marrón » al inicio de 1993 era cómo para pensárselo dos veces. La RFEA tenía un déficit de 160 millones de pesetas, de un presupuesto que apenas llegaba a 800, nada que ver con el actual, que supera los 2.000 millones de pesetas (12,7 millones de euros de presupuesto ordinario en 2007 y 12,3 millones de 2008, sin contar los eventos extraordinarios). Se debía la mayor parte de las becas, no existía ninguna medida financiera, como póliza de crédito, préstamo o similar, que permitiera aliviar los problemas de tesorería. Hubo que establecer urgentemente este tipo de medidas y aprobar una póliza de crédito, que permitiera continuar la actividad normal, que de eso se trataba, al fin y al cabo. Se contaba para ello con unos presupuestos y subvenciones, que, aún cuando había que esperar a su aprobación anual, estaban más que consolidadas, lo que debería permitir contar con esos recursos financieros.

Conseguimos, no sin agobios, salir del problema y la RFEA desde 1993, salvo un par de ejercicios económicos, tuvo siempre superávit económico, lo que le permitió enjugar aquel déficit agobiante y contar con un Fondo Social (en términos técnicos) positivo, que a finales de 2007 era de 494.670,07€, nada que ver con aquellos duros comienzos, que ya me hubiera gustado a mí empezar con un panorama como el actual.

Los primeros cuatro años de mandato de Odriozola, estuve en temas más de carácter técnico, ocupando la Vicepresidencia del Comité Técnico, yendo de delegado de equipo a los principales eventos, pero nada más en lo que llamaríamos gestión federativa, aunque en este periodo, ya tuve entre las manos la organización de mi primer gran evento: el III Campeonato del Mundo de Atletismo en pista cubierta, celebrado en Sevilla en 1991.

Pero era una organización externa a la RFEA, con un Comité organizador formado por todas las instituciones sevillanas (Ayuntamiento, Diputación y Junta de Andalucía), el CSD en representación del Gobierno central, además de la propia RFEA. Había bastante preocupación por su organización. Era el primer campeonato del mundo, que no fuera de cross que organizamos, estábamos a un año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y se trataba de un deporte como el atletismo de claras connotaciones olímpicas, de manera que los fallos organizativos podían afectar a la credibilidad de cara a los Juegos. Estuve algo más de dos años en Sevilla, desde Octubre de 1989, con la única experiencia de la Copa del Mundo de Barcelona, celebrada en 1989, y de cuyo Comité era Vicepresidente, de los propios campeonatos federativos, y de los eventos que se habían montado en Valencia en los años 1980, de cuyos comités organizadores forme parte.

Pero la cosa no salió mal y, quizás, por ello, me tocó volver a Sevilla cuando en marzo de 1997, se nos concedió el único campeonato del mundo al aire libre que hemos organizado. Allí estuve, de nuevo, desde finales de 1997 hasta diciembre de 1999, pero por en medio me tocó, también, ser el Coordinador General del campeonato europeo de atletismo en pista cubierta de Valencia de 1998, hasta que me fui a Sevilla y me sustituyó el Presidente de la FACV en ese momento, Pepe Campos, aunque me mantuve de adjunto suyo hasta la celebración del campeonato la última semana de febrero de 1998.

Este último, fue para mí, el campeonato que mejor nos ha salido organizativamente, pero falló en dos cuestiones fundamentales para que un evento se perciba como exitoso: la asistencia de público, que no llenó ni las 4.000 escasas localidades del Palau-Velódromo Luis Puig, y los buenos resultados deportivos españoles, que no pasaron de discretos, pues se sacaron 3 medallas, ninguna de oro, cuando se esperaban al menos 6. La sociedad valenciana, ni, sus autoridades obviamente, apostaban entonces por los grandes eventos y, así nos fue.

La dificultad de un campeonato en pista cubierta tampoco es la misma que el de un campeonato al aire libre, y el trecho entre un europeo y un mundial también es grande, y si a ello se le suma que no existía un estadio, las cosas se presentaban bastante complicadas cuando me hice cargo de la Coordinación General del 7º Campeonato del Mundo de Atletismo de Sevilla. En efecto, el campeonato que se concede en marzo de 1997 no disponía de estadio, sino de un gran «agujero» en la Isla de la Cartuja. Era un estadio cuya construcción se previó para la Expo de 1992, pero no se hizo finalmente. ¿Se imaginan Vds., organizar un gran evento, como es el mundial de atletismo, con sólo dos años y medio de tiempo, y sin estadio? Pues se hizo. Con problemas, con zonas sin finalizar totalmente, incluso, con otras terminadas in extremis, sin conocer el estadio, sin saber su nivel real de ocupación de espectadores, con dificultades en los accesos…Para qué seguir. Cuanto más lo pienso, más increíble me parece, pues en primer lugar, fue el campeonato que se concedió con menor tiempo entre la fecha de concesión y la de celebración; en segundo lugar se diseña un estadio pensando en unos posibles Juegos Olímpicos (Sevilla presentó su candidatura para la ediciones de 2004 y 2008, adjudicadas la primera en 1998 y la segunda en 2001) y su utilización por los dos clubs de fútbol, Sevilla y Betis, pero nunca en el atletismo; ese estadio cuenta con un aforo excesivo de 58.000 localidades, y con 4 torres pensadas para otras actividades sociales y/o comerciales (un hotel, en funcionamiento, cines, que nunca se pusieron en marcha, un centro para federaciones, que está en proyecto y locales para la administración deportiva local y autonómica), que nunca llegaron a tiempo y que retrasaron la obra por su volumetría.

Sin embargo, a diferencia del europeo de Valencia, y a pesar de las graves dificultades organizativas, sobre todo provocadas por la instalación, el campeonato fue un éxito, porque tuvo las dos bazas que faltaron en el velódromo Luis Puig: público, pues acudieron 452.000 personas en sus 9 días de actividad, y los nuestros sacaron 4 medallas, dos de ellas de oro.

Las tareas organizativas me llevaron con posterioridad a alejarme de nuevo de Valencia, y es que, definitivamente, se puede decir no solo que se ha convertido en casi un hábito, sino que esa transformación que se ha ido produciendo en la profesión, desde la inicial orientación académica y de entrenamiento a la de gestión, me ha afectado de forma total. En el campo de la gestión de eventos, además, los traslados y cambios de domicilio son constantes, como bien saben los que se dedican a la organización de los mismos, de modo que hay que estar con la maleta preparada, como quien dice.

Así, en julio de 2000 me trasladé a Almería para organizar los Juegos Mediterráneos de 2005, ya que en febrero de ese año, el Comité Permanente del COJMA 2005 (Comité Organizador Juegos Mediterráneos Almería 2005), me había elegido como Consejero Delegado por unanimidad, siendo ratificado en el mes de abril por el pleno de ese Comité. El bagaje de Sevilla fue importante. En esta ocasión, aún siendo ciudades distintas, conocía el medio, puesto que dos de las instituciones que componían el Comité (CSD y Junta de Andalucía) eran las mismas que en Sevilla, aún con personas distintas, y contaba con un fuerte apoyo del organismo deportivo, que en este caso no podía ser otro que el Comité Olímpico Español, y nunca agradeceré bastante ese apoyo por parte de su Presidente, Alfredo Goyeneche, en el momento del aterrizaje en Almería, que es cuando más se necesita. Su sucesor, José Mª Echevarría también mostró ese apoyo continuamente, algo importante para la estabilidad de este tipo de organizaciones, que cuando se conceden a 6 años vista pasan por distintos avatares políticos y cambios en su composición.

No podía ser de otro modo en Almería, puesto que la competición, muy al contrario que el Campeonato del Mundo de Sevilla, dispuso de bastante tiempo. Los Juegos se concedieron en abril de 1999 y se inauguraron el 24 de junio de 2005. Hubo, por tanto, más de seis años por delante, y el primer cambio en la composición del Comité ya se produjo antes de su total conformación y legalización. En junio de 1999 hubo elecciones municipales y cambió el equipo de gobierno municipal. El PP que dirigía el Ayuntamiento con mayoría absoluta, perdió ésta y una coalición PSOE/IU gobernó hasta 2003. En ese momento el PP retomó el gobierno municipal, pero sin mayoría absoluta sino en coalición con el GIAL (Grupo independiente de Almería), encabezado por Juan Megino, el alcalde que consiguió los Juegos, siendo militante del PP. Pero en setiembre de 2002, este partido decidió presentar como candidato al entonces Presidente de la Diputación y después alcalde de Almería, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador. El pacto en estos dos grupos no fue sencillo y afectó a la estructura de los Juegos: para el PP la alcaldía, para Juan Megino (GIAL), la primera tenencia de alcaldía y urbanismo, y la presidencia de los Juegos, lo que obligaba a cambiar los Estatutos, ya que en los mismos constaba que el Alcalde era el Presidente.

Cuento todo esto, para que nos demos cuenta de lo complicado que supone, en ocasiones organizar un evento, y de qué manera los cambios políticos en las instituciones pueden afectarle. Porque la cosa no quedó ahí. De una presidencia del PSOE entre 1999 (el Comité se creó definitivamente en Octubre de ese año) y 2003, pero mayoría del PP en el Comité, debido a la representación de la Diputación y del Estado, se pasó a una mayoría del PSOE con Presidencia de un independiente coaligado con el PP, después de las elecciones generales y andaluzas de 2004. A nivel estatal ganó el PSOE, por lo que cambiaron los 3 representantes del CSD, y este partido obtuvo la mayoría absoluta en Andalucía, de modo que los 3 representantes de la Junta de Andalucía también fueron de este partido (antes gobernaba en coalición con el Partido Andalucista y dado que la Consejería de Turismo y Deportes estaba en manos de ellos venían 2 representantes del PA por 1 del PSOE).

Precisamente, teniendo en cuenta todos estos cambios, era fundamental mantener el equipo de trabajo, el Comité Técnico, como se le denominó y en esa estabilidad jugó una baza clave el COE. Sin embargo, cabe decir que los representantes institucionales, a todos los niveles, de un signo o de otro, supieron estar a la altura, presionaron muy poco para provocar cambios en los directores del evento y eso fue, a la postre, una de las bazas más importantes para el éxito de los Juegos. Es más, ese buen comportamiento institucional y la unión entre las instituciones, con sus discrepancias lógicas, que mayoritariamente se quedaron entre bastidores dentro del Comité, se ha convertido en un aval para los organizadores de eventos a la hora de pedir competiciones internacionales. Es más, Jaime Lissavetzky, Secretario de Estado para el Deporte, con cuyo apoyo conté desde el primer día, ha acuñado ese estilo de trabajo como el «spanish model», una característica que vendemos por ahí fuera.

Mucho cambiaron las cosas en Almería, y el nivel de sufrimiento fue bastante menor, ya que las cosas se planificaron bien y con tiempo (disponíamos de él). De entrada se adjudicó a un experto en planificación como Fernando París, que fue Director de Gabinete del Secretario de Estado para el Deporte con Felipe González y luego Ministro, Javier Gómez Navarro, la elaboración del Plan Director, y en él se incluyeron diagramas de operaciones temporales, que permitieron prever cualquier tipo de incidencia y asegurar que los trámites burocráticos, por ejemplo, en la construcción de instalaciones no afectaran a la organización y que se cumplieran las previsiones. Realmente se hizo una buena planificación. Contamos, también con mucho apoyo. Tanto las instituciones como los ciudadanos se volcaron en el acontecimiento. El resultado final fue una gran satisfacción, puesto que aquí, como en ningún otro lugar, las condiciones necesarias para el éxito: buena organización, excelentes resultados del equipo español (que por primera vez casi igualó a Italia y Francia en el número total de medallas, con un aumento respecto a la edición anterior considerable) y gran asistencia de público que llenó las instalaciones.

De manera que Almería siempre estará presente entre mis mejores recuerdos. Fueron seis años formidables, de gran trabajo, no exentos de problemas, de ciertas incomprensiones y críticas, pero a las que superan con creces los aspectos positivos. Aunque los Juegos Mediterráneos no estén en la primera fila mediática de la organización de eventos deportivos, su organización es complicada, y salvado las distancias, técnicamente, con un desarrollo muy similar a los Juegos Olímpicos, su «hermano mayor». Tener 22.424 personas acreditadas, 5.508 de ellas miembros de las delegaciones oficiales de los Comités Olímpicos Mediterráneos, entre deportistas, delegados, entrenadores y personal sanitario; una Villa Mediterránea para alojarles con lo que ello supone de complicación logística; 40 instalaciones deportivas entre competición y entrenamiento y 4 circuitos de pruebas exteriores; 3 centros de Medios de Comunicación, y 6 de acreditaciones, entre otro tipo de oficinas. Todo eso no es una cuestión fácil ni mucho menos, sobre todo para una ciudad de tamaño medio/pequeño con 180.000 habitantes. Si, finalmente, además, se acaba con un superávit económico el nivel de autoestima y satisfacción sube muchos enteros. Por otra parte, además, según los datos facilitados por Sofres la audiencia televisiva acumulada en España fue de 25.471.000 espectadores. Hubo 290 horas de retransmisión en directo (230 por TVE y 60 por Canal Sur), cuya máxima audiencia fue la final de Fútbol entre Turquía y España con 1.250.000 espectadores (TVE2). Según el estudio de Sofres, los Juegos generaron sólo durante su celebración 659 noticias que fueron vistas por un total de 259 millones de personas. Y en prensa se produjeron 3.305 noticias entre el 1 de junio y el 6 de julio, con 2.948 páginas dedicadas a los Juegos y un impacto de difusión 154.758.172 ejemplares (OJD) y 949.730.000 lectores (EGM).

La cosa, pues, era ideal para retirarse. Pero no pudo ser. Terminados los Juegos, durante el año 2006 colaboré como asesor técnico con el Comisionado del Gobierno de España para la Copa del América de Valencia, Ricard Pérez Casado, y después José Mª Odriozola, el Presidente de la RFEA me propuso como Coordinador General del Campeonato de Europa de Atletismo de Barcelona en 2010. Así, que continué con mi labor organizativa, yendo uno o dos días a la semana a la Ciudad Condal para ir poniendo en marcha la gestión del mismo, durante el año 2007 y 2008, hasta el mes de setiembre, en el que me vi obligado a renunciar al no poderme trasladar a vivir de forma permanentemente allí durante los dos años que quedaban hasta 2010, aunque me mantuve en el Comité y como asesor técnico de la organización.

El Presidente de la RFEA también me propuso como Coordinador General del Campeonato del Mundo de atletismo en pista cubierta de Valencia en marzo de 2008. Era lo lógico, porque al margen de ser mi ciudad, había sido antes el máximo responsable ejecutivo en un campeonato similar en Sevilla en el año 1991, y, también había estado en el comité organizador que montó el mundial de pista cubierta de Barcelona en 1995. Es decir, los dos campeonatos anteriores del mismo tipo realizados en España. Eso sin contar, que fui el Coordinador General del único mundial al aire libre por el momento celebrado en España, y, especialmente el Coordinador General del Campeonato de Europa de Valencia en 1998 con el PP detentando todo el poder institucional en sus manos: Ayuntamiento, Diputación, Generalitat y Gobierno central y no había habido ningún problema. No pudo ser porque el PP se opuso rotundamente, o, al menos sino como partido, sí institucionalmente a través de sus representantes en las negociaciones para la conformación de Comité: el ínclito David Serra, a la sazón Secretario Autonómico de Deportes y Cristóbal Grau, Concejal del Ayuntamiento de Valencia. Pero el culpable estaba mucho más arriba, en el propio Presidente de la Generalitat, instigado por su gran amigo Rafael Blanquer, a quien no le interesaba que yo estuviera en el campeonato, para «manejarlo a su antojo, lo que no logró del todo, puesto que al final tampoco fue Coordinador General quien a él le hubiera interesado.

La cosa resultaba insólita, más todavía, por cuanto en los últimos 8 años había vivido fuera de Valencia. ¿Qué había hecho yo? Si hemos de hacer caso a la versión oficial que le dieron al Presidente de la RFEA, al estar colaborando con Ricard Pérez Casado, y, por tanto con el PSOE, en la Copa del América no podía estar en el Mundial de Atletismo, dejando caer mi vinculación con este partido. Si hemos de creer la versión que dieron algunos de esos responsables políticos del deporte valenciano mencionados, Grau y Serra, vetadores oficiales, preferían a una persona que hubiera estado desde el principio y no yo que andaba aún por las costas almerienses. Y si hemos de creer a la propia «intuición» y a la sabiduría popular, es decir a la base del deporte y el atletismo valenciano, que lo tiene claro, el «veto» se debió al personaje citado antes.

Sea como fuere, lo cierto, es que no pude estar en la organización de un campeonato del Mundo que se organizaba en mi «pueblo, porque algunos «indocumentados », así lo decidieron, siguiendo «consignas políticas». Uno de ellos, incluso, como David Serra ha pasado tan fugazmente por el campo del deporte que no ha dejado nada. Yo, al menos, por lo único que le recordaré es por vetarme para organizar ese campeonato. Triste balance en su gestión.

Pero lo que las instituciones valencianas no aceptaron, si lo hicieron las catalanas, y además, debo decir que encantadas. Tuve un apoyo total y cuando, obligado por las circunstancias tuve que renunciar, la verdad es que me supo muy mal, precisamente por esta razón. Pero en Barcelona no sólo se aceptó que una persona no catalana fuera el Coordinador General, sino también que el Presidente de la RFEA fuese el Presidente del Comité, cosa que en Valencia tampoco aceptaron, dicho sea de paso, rompiendo el modelo organizativo más lógico que había remitido y planificado la federación. En Valencia, Odriozola se vio obligado a ceder esa presidencia a la Alcaldesa de Valencia. Diferentes criterios, diferentes visiones entre los actores políticos de un lado y el del otro. El caso es que entre la cesión de la Presidencia y el «veto» al Coordinador propuesto la formación del Comité y la firma de los convenios correspondientes se retrasó 8 meses, hasta que yo mismo y Odriozola cedimos, pues pasaba el tiempo y el campeonato peligraba. No valía la pena y no se podía trabajar con quien no te quería.

La cuestión, para quienes nos dedicamos a la gestión, acabó siendo más absurda todavía, pues dado que el CSD no aceptaba mi veto, y si se producía, no aceptarían la propuesta alternativa emanada desde Valencia, la solución de consenso fue nombrar a José Luis de Carlos, director General de la RFEA como Coordinador General. En síntesis, que un señor que vive en Madrid y que ya tenía mucho trabajo (aparte de la RFEA, era el Coordinador General del Campeonato de Europa de cross que se celebraba en Toro en diciembre de 2007 y Vicepresidente de la Asociación Europea de Atletismo) debió venir a Valencia a hacerse cargo del Mundial y yo mismo que vivía en Valencia tenía que irme a Barcelona para organizar un europeo al aire libre.

Sin embargo, este incidente me permitió un mejor y más tranquilo regreso a la enseñanza en la FCAFD de la Universitat de València, aunque en la práctica siga en contacto con la gestión deportiva a través de varios eventos o candidaturas, como el Campeonato de Europa de Atletismo de Barcelona o la candidatura de Tarragona a los Juegos Mediterráneos de 2017.

En esa vuelta a la enseñanza ha habido cambios importantes en los planes de estudios y el área de gestión ya cuenta con una serie de materias que permiten a los estudiantes salir con los conocimientos necesarios para desarrollarse profesionalmente en un sector que se ha convertido en los últimos años en la segunda fuente de empleo, y, probablemente, en la primera con un mayor número de plazas libres, ya que la enseñanza está saturada y las plazas salen con cuentagotas. Ello representa un cambio sustancial desde que en 1987 se creara el INEF valenciano, y me permitió impartir materias más acorde con mi actividad y una especialización a la que me había encaminado de los últimos tiempos, cuestión que beneficiaría, creo, a los estudiantes, en tanto en cuanto a la teoría puedes añadir la experiencia práctica. Así, he asumido una asignatura que todo el mundo conoce por Planificación de Eventos, pero que tiene un nombre mucho más amplio y enrevesado, y que compartí con lo que se ha convertido en un gran «hobby» intelectual: la historia del deporte, a la que llevo dedicado desde que se abrieron las puertas de Cheste a estos estudios.

No eran los únicos cambios con los que me encontré, porque el más trascendental fue la consolidación de la integración en la Universidad y el traslado del centro al Campus de Blasco Ibáñez, una vieja reivindicación, sobre todo, estudiantil. Ello acabó con el periodo de interinaje, con directores o decanos que no pertenecían a estos estudios y ni siquiera al centro, como había ocurrido hasta la elección de Vicente Carratalá como decano, salvo un pequeño periodo en que Pepe Campos fue nombrado director técnico por la Conselleria de Cultura y Educación, una manera de no incumplir un convenio con la Universitat en la que se marcaba que el Director, nombrado por la Conselleria debía ser profesor de la Universidad y tener a una persona vinculada al centro, y específicamente, a la profesión.

En esos seis años se habían consolidado tres unidades de investigación, el departamento de Educación Física y Deportiva, sólo incipiente y casi recién creado en 2000, mientras los profesores habían ido desarrollando su currículum universitario, en el que partíamos con la desventaja de la tardía incorporación a la Universidad. Esto es lo trascendental, lo verdaderamente importante y donde se trazan las vías para el futuro, al margen de las discusiones y discrepancias de siempre o las pequeñas rivalidades personales, fruto del quehacer humano. Nos falta mucho trecho por recorrer para la consolidación del centro dentro de las estructuras universitarias, para contar más entre los órganos directivos de la propia Universidad y entre el resto de la comunidad científica, pero todo se andará.

De modo que, muy al contrario a lo que me ocurrió en Octubre de 1999 a mi vuelta del Campeonato del Mundo de Sevilla, donde estuve un periodo escaso de 9 meses antes de mi marcha a Almería, ahora he consolidado mi faceta universitaria. Me he acoplado bien tras seis años de ausencia, estoy entusiasmado, he participado en la elaboración del nuevo plan de estudios (de algún modo obligada por el proceso de convergencia europeo de la enseñanza superior, el llamado proceso de Bolonia), el Grado de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, y he reorientado mis pasos hacia la enseñanza, y la investigación, al tiempo que quiero tener una mayor dedicación a la tarea de «escribidor», algo abandonada por la dedicación a la gestión.

De manera, que así es como hemos llegado a la realidad actual, de la que este capítulo pretendía ser una pequeña muestra personal de cómo se ha ido transformado una profesión, con el deseo expreso de que sirva de acicate e invitación a la reflexión y el debate en torno a este campo de la actividad humana tan enriquecedor.

EL ENTORNO DE LA PRÁCTICA DEPORTIVA

La práctica deportiva de los ciudadanos cuenta con un entorno tremendamente potente y variado, desde los meros practicantes hasta los deportistas de alto rendimiento, los aficionados que acuden a los estadios o los telespectadores. La manera de practicar que tenga cada persona, determina también su «actitud» hacia el mismo. Así, casi el 70% de los practicantes lo hacen por su cuenta, y alrededor del 50% se inscribe en sociedades o clubes, mientras que sólo el 25%, aproximadamente se federa, lo que supone una cifra real de 3.250.000 licencias en el año 2008 (CSD, 2009). De este modo, nos encontramos con cifras globales de «deportistas» que según los diversos estudios (Gil y Menéndez, 1985; Peiró y Cols, 1988, 1990; G. de la Torre y Antón, 1990; G. Ferrando 1991, 1995,2001, 2006; Izpizua, 1993; Casimiro, Añó y otros, 2006) están entre el 35% y el 39% de la población entre 15 y 70 años, con un cierto estancamiento desde los años 1990 tras un fuerte ascenso entre 1980 y 1985 (Añó, 2003). Es una cifra baja en comparación con el resto de Europa y, sobre todo, con los países nórdicos que alcanzan cifras superiores al 70% de la población.

En cambio, estamos mejor en los índices de interés hacia el mismo de los ciudadanos, que se sitúan en un 60%, y si tenemos en cuenta las respuestas de aquellos que dicen que han practicado y lo han dejado, pero pueden volver a practicar nos situamos en algo más del 50% de la población. Mientras tanto, también ha mejorado de manera notoria la frecuencia con la que se práctica, puesto que en la actualidad una gran mayoría (87%, G. Ferrando 2001) ya no lo hace esporádicamente sino semanalmente. El acceso al deporte precisa ante todo de instalaciones y equipamientos que faciliten esa práctica, una de las quejas habituales a principios de los años 1980, y que ha dejado de serlo en buena parte, porque, en mi opinión, tenemos ya una cantidad suficiente, incluso nos sobran, puesto que muchas no se cuidan, porque los ayuntamientos las han solicitado y construido, pero no tienen suficiente número de practicantes para contar con los ingresos necesarios para mantenerlas o no disponen de partidas económicas en consonancia en sus presupuestos.

Otra cuestión clave en ese entorno del deporte es el apoyo institucional. Un apoyo que ha ido perdiendo importancia en los últimos años, a medida que la sociedad ha ido evolucionando. Frente a una sociedad del bienestar («welfare state») en la que el deporte se integra plenamente entre los años 1960 y 1980, nos encontramos con una reducción de ese apoyo público al extenderse cada vez más la teoría de que la práctica deportiva debe acometerla el ciudadano, salvo la que se encuentra dentro del ámbito educativo o de salud. En España asistimos a una caída paulatina de los presupuestos públicos para el deporte, muy inferiores, todavía al que disponíamos en 1991. En la actualidad, no se han alcanzado, todavía, los niveles presupuestarios gubernamentales del año 1991 y 1992, y con alguna oscilación se mantiene una cantidad entre los 130 y los 190 millones de euros, desde mediados de los años 1990. En el 2001, por ejemplo el presupuesto del CSD subió en relación al del año 2000 alcanzando una cifra de 134,41 millones de euros frente a los 129,69 millones de euros. En el año 2002 tuvo 145,3 millones de euros. En la primera etapa del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, con Jaime Lissavetzky de Secretario de Estado, ese presupuesto ha ido subiendo cada año. De este modo, en 2005 el presupuesto deportivo del estado fue de 159,6 millones de euros, todavía inferior al de 1991 (199,9), para situarse en 2009 en 193,2 millones, sólo un 1,24 más que en 2008, pero ya en cifras cercanas a ese periodo mítico. Pero para 2010 fue de 181,2 millones, es decir 12 millones menos que el año anterior, un 6,2%.

Y si hablamos del apoyo institucional en Valencia, podemos decir que el panorama es desolador, con unos presupuestos oficiales que están en la cola de las autonomías. No lo estarían tanto si todo el «gasto de los grandes eventos», estuviera en el presupuesto de la Conselleria correspondiente que es Cultura y Deportes. El PP no ha cuidado el deporte base, y sólo le ha preocupado las grandes citas deportivas, aquellas del «glamour» y la foto de la copa o la medalla. El presupuesto para 2010 baja el 7,61%. El gasto corriente, que es el «manejable», excluidas las inversiones, alcanza unos ridículos 3,78 millones de euros, frente a un total de 4 millones y medio en 2009. Ese es el dinero que va a los practicantes, el que se reparte entre clubes, federaciones, planes de tecnificación, e, incluso, formación e investigación (con sólo 49.000€ y una bajada del 41% con respecto a 2009, muy poco, por no decir nada, se puede hacer).

Por todo ello, al final resultará decisiva la motivación que lleve a una persona a ejercitarse en el deporte, dada esa complejidad del entorno y la cantidad de elementos que inciden en la misma. Ya G. Ferrando (1991, 1995,2001, 2006) apunta que las principales motivaciones son por el simple hecho de «hacer ejercicio físico» (58%), por divertirse (44%), porque le gusta (34%), por «encontrarse con los amigos (24%) o por salud (27%). Un abanico, como se ve bastante variado.

Decisiva es, también, la cultura deportiva, muy baja en los albores de la democracia, donde todo el mundo sabía de lo único que funcionaba como diversión y catarsis permitida por el régimen franquista: el fútbol. La expansión del deporte, la generalización de su práctica, el interés de la población han permitido ese cambio trascendental que se ha operado en la cultura del deporte, a través fundamentalmente de unos planes de formación acelerados en los comienzos de los años 1980, con cursos, congresos, seminarios de todos los tipos y colores que venían a demostrar el afán de conocimiento de esa parcela, y con la creación de centros académicos superiores, los antiguos INEF, y su incorporación a la Universidad.

CULTURA Y FORMACIÓN EN EL DEPORTE

En la Comunidad Valenciana ha sido clave para tener buenos profesionales del deporte, la creación del primer Instituto Valenciano de Educación Física, integrado en 1992 en la Universitat de València y rebautizado como Facultat de Ciències de l’Activitat Física i l’Esport, en 1987, con más de 20 años ya de existencia. Sin embargo, se montó un poco tarde. Fue, no solo un poco tarde para la demanda existente, sino también, para los primeros profesionales que nos integramos en él.

Hoy, además, a la vista de la proliferación sin sentido de Facultades de Ciencias de la Actividad Física o de secciones de Educación Física en Facultades de Educación, se entiende menos la cicatería de aquel momento. En 1987, solo había en España 3 INEF: Madrid, Barcelona y Granada. Y ese mismo año se crearon, por necesidad imparable, nada menos que 5: León, Coruña. Vitoria, Las Palmas y Valencia. La demanda de profesionales era muy fuerte, ya que, por fin, en 1985 se celebraron las primeras oposiciones para profesores de Educación Física en la enseñanza secundaria, y en el terreno deportivo los «preparadores físicos» de los deportes económicamente pudientes se habían consolidado. Además, comenzaba a aparecer un nuevo sector de profesionales: los dedicados a la gestión y organización del deporte.

El mes de Octubre de 1987 fue el nacimiento formal del IVEF con el inicio de las clases, pero a lo largo del año se fueron formalizando los diversos procesos que lo hicieron posible: convenio de creación con el CSD, convocatoria de plazas de profesores, convocatoria de plazas de alumnos (se presentaron más de quinientas personas, para un máximo de 80 plazas), ubicación provisional en la antigua Universidad Laboral de Cheste (provisionalidad que duró 15 años), hasta llegar a la actual ubicación en el Campus de Blasco Ibáñez de la Universitat de València.

A lo largo de 2007 debió celebrarse el 20 aniversario, un 20 aniversario que debió ser sonado y tanto la Universidad como las Instituciones que contribuyeron a crearlo, principalmente la Generalitat y el CSD, debieron volcarse en el mismo, por lo que el IVEF ha representado como motor de excelentes profesionales valencianos, pero, también, porque quienes empezaron en el mismo, los pioneros, los que sufrieron en sus carnes los avatares de todo comienzo, siguen en activo, son historia viva.

Una historia hecha debajo de goteras en las aulas, como hemos explicado en el capítulo 1, de peleas por el uso de los escasos pabellones, en una pista de atletismo descarnada y otras carencias. Alejados del mundanal ruido estudiantil de los Campus Universitarios, no obstante, era una historia que desbordaba ilusión y que consiguió muchas mejoras y, al final, la integración completa en la Universitat de València.

Sin embargo, se cumplieron los 20 años y pasaron absolutamente desapercibidos. No se organizó nada, ni apareció ninguna referencia en el exterior. Sólo algún que otro curso. Pero lo importante, es que la formación de profesionales en el sector ha continuado con normalidad y, además, hemos visto la aparición de otros centros en el País Valenciano, como la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte de la Universidad Miguel Hernández de Elx, o la transformación de las antiguas escuelas de formación de profesores de primaria (los antiguos magisterios) como la de Alicante o la privada Edetania de Valencia (hoy Universidad Católica) en facultades, con su especialización en Educación Física y Deportes, dentro de esas Facultades de Educación.

La integración de los INEF o la creación de nuevas facultades de Ciencias de la Actividad Física y el deporte se produjo después de un cambio en la concepción de la Educación Física y el Deporte en la Universidad. En los tiempos del franquismo cualquier estudiante de Derecho, Medicina, Historia o cualquier otra especialidad debía aprobar la asignatura de Educación Física. Era una materia obligatoria para todo el mundo, estudiara lo que estudiara, algo absurdo que la Democracia eliminó cuando llegó a nuestro país allá por el año 1977/1978.

Aquella Educación Física, se sustituyó por una oferta libre de actividades deportivas y las universidades crearon los servicios de deportes. Nació, así, un nuevo concepto donde lo primordial no era la obligatoriedad de una materia en edad adulta sino «la prestación de un servicio», como el de bibliotecas, el de publicaciones o la propia organización de eventos culturales. Eso sí, muy necesario, por cuanto los universitarios, seres humanos al cabo, precisan hoy más que nunca ejercitarse físicamente ante el creciente sedentarismo de la sociedad. Las universidades no podían quedarse atrás y debían ofrecer a sus alumnos una gama amplia de posibilidades, como lo hicieron los ayuntamientos, los grandes motores del deporte en la democracia española, y otras instituciones.

La Educación Física y el Deporte como materia académica quedó reservada a quienes necesitaran obtener conocimientos para ejercer como profesionales de la misma. Como en los albores de los años 1980, además, esos estudios no estaban en la Universidad, ésta tardó en incorporarlos y, principalmente, en comprender su impacto en la sociedad. Algo que, de alguna manera todavía perdura entre muchos de los profesores universitarios y, lo que es peor, entre muchos de sus cargos directivos, a pesar del tiempo transcurrido y de la incorporación de los antiguos INEF o la creación de Facultades de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

Y es que, al igual que pasó con muchos de los políticos de la izquierda española, condicionados por la utilización que el franquismo realizó sobre el deporte, el nuevo «opio del pueblo» para unos cuantos, se consideraba una actividad poco relevante intelectualmente y de «derechas». De lo primero hay tantos datos, documentos, autores y hasta restos arquitectónicos y artísticos, que eludo dar aquí una relación siquiera sea mínima, por considerarlo una obviedad. Lo segundo es tan erróneo como lo primero. Habrá de todo, como en la viña del señor, pero en cualquier caso entre la rama de los «estudiosos del deporte», hay más que tiran, cuanto menos hacia el «centro izquierda» y son más los liberales, en última instancia que los «fascistas». Pues, ni incluso en sus orígenes en España podía aplicársele ese calificativo. Baste recordar que en Barcelona estaba prevista la celebración de la Olimpiada Popular, auspiciada por la Internacional Socialista como réplica a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, y que, al no celebrarse, muchos de sus participantes se quedaron a luchar por la República en la guerra civil.

Por todo ello, la integración del INEF de Valencia no fue fácil. De entrada la Generalitat tampoco facilitó las cosas, ya que en lugar de establecer una dependencia directa de la Universidad de Valencia, sólo firmó un convenio para dotarlo de profesores de materias impartidas en ella y presentes en el primer Plan de Estudios, creando un hibrido de difícil gobierno, con dependencia orgánica de la Dirección de Deportes, dependiente de la Conselleria de Educación y Cultura, y menos mal, que estaba en educación. Tampoco la Universidad estuvo muy por la labor, hasta el punto que se llegó a negociar con la Politécnica su incorporación a ésta, ante la lentitud y reticencias en asumirlo definitivamente. No llegó la cosa hasta ahí, y en 1992 se firmó el convenio de integración que culminó en 1998, en lo que podríamos llamar primera fase. Y digo eso, porque ese INEF transformado hoy en facultad es un centro pequeño, con poca fuerza, sin muchos votos para elegir al nuevo Rector, e inacabado. Solo las protestas y manifestaciones en el año 2000 y anteriores consiguieron que se bajará de Cheste al campus de Blasco Ibáñez, metiéndole con calzador en el antiguo Aulario, sin piscina (los alumnos va a Abastos para dar esa asignatura), sin pista de atletismo, salvo la recta del Campus, entre otras carencias y sin cumplirse promesas hechas en el pasado y, a veces, con decisiones y criterios que demuestran el escaso conocimiento que se tiene de su funcionamiento o su relevancia social. Como por ejemplo, el hecho de que el Vicerrector de Cultura fuera el representante de la Universidad en el Consell Asessor de L’Esport en lugar del decano de la Facultad, pongo por caso, como si ha pasado en la Universidad Miguel Hernández, o en la Católica, nada menos. O más todavía, nunca un profesor de la misma, especialista en Actividad Física y Deportes, ha dirigido su Servicio de deportes. Ese servicio que nació a principios de los años 1980, contó como directora del mismo, en los tiempos del rector Lapiedra, con la profesora Carmina Pascual, licenciada en Educación Física y profesora de Magisterio.

Aún así, y a pesar de todo, la incorporación del antiguo INEF a la Universidad puede considerarse como positivo. A mi entender, incluso, como muy positivo. Hay que resolver cuestiones claves, sobre todo, el papel que la Facultad debe jugar en su «entorno deportivo», que no me atrevo a decir como emisor de mensajes hacia un nuevo concepto del deporte en la sociedad, para no caer en algo parecido al «gran hermano» del famoso libro «1984» de George Orwell.

La formación de profesionales alcanza no sólo a la formación reglada ordinaria sino a la formación de postgrado, con la creación de centros de estudios, como el Centro de Estudios Olímpicos creado por un convenio entre la Universitat de València y la Academia Olímpica Española, dependiente del COE en 2007, que vino a sumarse a otros existentes en el Estado Español que desarrollan su actividad con diversa fortuna, porque en la mayoría de los casos dependen del apoyo de su propia Universidad y de las instituciones públicas de su entorno. En algunos casos, también, cuentan con el patrocinio de empresas privadas que financian actividades y ofrecen becas para investigación entre otras cuestiones.

En Valencia, el Centro empezó fuerte celebrando varias reuniones, y planteando una estructura de funcionamiento muy interesante que si se consolidara puede convertirse en un Centro a imitar. Dirigido por el Decano de la Facultad de Ciencias del Deporte en ese momento, José Campos, y bajo la tutela del Vicerrector de Cultura de la Universitat cuenta con auténticos «pesos pesados» de la investigación deportiva en nuestro país, como el Catedrático de Sociología, Manuel García Ferrando, o el Director del Instituto de Biomecánica, de la Politécnica, Pedro Vera. Y junto a ellos, el director del Servicio de Deportes de la Universidad o el del departamento de Educación Física y Deportiva de la Universitat, José Enrique Gallach y Vicente Carratalá, ambos dos personas muy conocidas, también, en los círculos deportivos, además del autor de este libro. El Centro agrupa los tres aspectos fundamentales sobre los que debe basarse un Centro de Estudios Olímpicos: la cultura, la formación y el análisis del entorno deportivo.

Desde su creación a finales de 2008, el Centro buscó el apoyo institucional y, en ese sentido, hay que alabar la rapidez en la contestación del Ayuntamiento de Valencia, el cual no solo se integró en el mismo, sino que participó activamente, a través del propio Concejal de Deportes, Cristóbal Grau, o del Gerente de la FDM, Luis Cervera, y presentando propuesta para su eficaz funcionamiento y las formas en que el Ayuntamiento podría colaborar.

No obtuvo el Centro la misma y rápida respuesta por parte de la Secretaría General de Deportes de la Generalitat, como casi siempre, puesto que ni siquiera respondió a la propuesta de integración. Pero qué esperar de una Secretaría Autonómica de Deportes que se hace propaganda de la concesión de 24.000 euros para la asistencia de técnicos y profesionales, a actividades de formación en el ámbito de la actividad física y el deporte. ¡Qué fácil es hacerse propaganda desde algunas instancias oficiales, con extensos gabinetes de prensa! A pesar de esos gabinetes, hay que tener cuidado cuando alguien estudia las cifras con más detenimiento. Posiblemente anden flojos de aritmética para hacer la correspondiente división y darse cuenta que esos 24.000€, globales se quedan en 233€, de media por persona que asiste al curso, según los propios datos que ellos remitieron a los medios de comunicación (103 personas).

A uno de los asistentes, compañero de facultad le dieron en una ocasión unos misérrimos 200€ con lo que apenas pagó la matrícula. Luego se arrepintió de haberlo pedido por la cantidad de papeleo que encima tuvo que hacer para cobrar. En efecto cuando divides los 24.000 euros entre esas 103 personas «agraciadas» salen exactamente 233 euritos, y ahí sí que te das cuentas del verdadero estado de la cuestión, porque con esa cantidad no pagan casi ni la matrícula, y si le sumamos el viaje, la estancia y la comida, pues ni para pipas. Pero, ello no era impedimento para que la Secretaria Autonómica, Niurka Montalvo, declarara: «constituyen un incentivo para la actualización de conocimientos, la renovación constante de nuestros profesionales con una mejora de conocimientos que repercute en nuestros deportistas, en nuestras instalaciones y en nuestras competiciones». Aparte de la repetición dos veces en un par de líneas del mismo concepto (actualización de conocimientos y mejora de conocimientos) es encomiable que se preocupen por la formación de nuestros «profesionales», para que acudan a cursos de entrenadores de diferentes deportes, o a congresos y másters tan ponderados como algunos de los que constaban en la relación dada.

Esas declaraciones y los datos de apoyo a la formación de profesionales se hicieron públicas precisamente en un momento de fuerte contestación de los estudiantes europeos con el proceso de Bolonia, puesto que al acabar el graduado quien quiera seguir estudiando tendrá que hacer un máster, y la inmensa mayoría de los que hoy existen no bajan de los 3.000€, alojamientos, viajes, etc., si es fuera de tu ciudad, aparte. Así, que con los 233€, de media a quien fuera al máster de alto rendimiento que se celebra en Madrid, no le dio ni para uno de los viajes obligados, aunque supongo que si esa cantidad es la que sale de media, alguno le habrán tocado solo 100€ y a otros 400 ó 500. Con todo, lo más importante, si de verdad quieren que nos creamos que hacen una política de formación entre los profesionales de la actividad física y el deporte, es que aumenten sustancialmente esa cantidad y que potencien la organización de cursos y actividades formativas o culturales en torno al deporte, pero no parece que la cosa vaya por esos derroteros. Para 2010 sólo hay 49.000€, un 35% menos que en 2009, donde la cifra estaba en 84.000.

Y es que reflexionando sobre el tema caemos en la cuenta de la escasez de cursos, máster, congresos o similares que hay en la actualidad por estos pagos. Me viene a la memoria una relación de ese tipo de actividades en las que uno participa. Todas, menos una –el Foro de l’Esport que organizó el servicio de deportes de la Universidad de Valencia en 2009– son fuera de Valencia, en lugares como Madrid y Barcelona, varias veces, Granada, Méjico, Lausanne, entre otros, y de los seis máster de gestión del deporte (uno internacional) en los que ando involucrado como profesor, sólo uno pertenece al ámbito del territorio valenciano. Y es que de los tres másters en torno a la gestión deportiva que hubo en su momento, el de la Universidad de Valencia, el de la de Alicante y el de la Politécnica, los dos primeros desaparecieron, y solo quedaba el de la Politécnica, aunque en el curso 2009/10 se ha reeditado el primero con características algo diferentes y dependiendo de otros departamentos. ¿Casualidad?, ¿exceso de oferta?, ¿falta de apoyo? Quizás, un poco de todo, aunque las casualidades no vienen solas.

Volviendo al centro de estudios olímpicos, debemos decir que nació con voluntad de análisis, con una perspectiva de estudio del deporte y fiel a la larga tradición del movimiento olímpico. Un movimiento olímpico ligado a la cultura desde sus tiempos más ancestrales, cuando allá por el año mil antes de Cristo (que no en el archiconocido año 776 A.C., fecha de inicio de la relación de vencedores olímpicos) inició su andadura. No hay más que acudir a los textos históricos, como los de Pausanias, a la esplendida literatura de las Odas de Pindaro o a las estatuas que esculpió Fidias, para corroborar esa interrelación. Pero no solo eso, sino que el moderno olimpismo nació en el seno de una Universidad y a través de un Congreso más que en una pista de carreras. Fue en 1894 en la Sorbona de París y con la celebración del Primer Congreso Olímpico. Y ahí es donde se decide reinstaurar los Juegos Olímpicos, cuya primera edición se celebró en 1896 en Atenas y que han continuado hasta la fecha. Es decir, el olimpismo moderno nace como una demanda desde el ámbito cultural, pues no en vano el deporte surge en el seno de los colegios y las universidades inglesas a lo largo del siglo XVIII.

La actividad de la Academia Olímpica Internacional o los Congresos Olímpicos son menos conocidos que los propios Juegos Olímpicos, lógicamente, pero no por ello carecen de importancia y, posiblemente, el desarrollo de aquellos le deba mucho al estudio y las investigaciones que se realizan auspiciados desde la órbita cultural. Las perspectivas halagüeñas del Centro de Estudios Olímpicos de 2007 han tenido un brusco parón y prácticamente en 2008, 2009 y 2010 no se ha movido una hoja. La verdad es que la cosa empezó bien, se aprobó, incluso, una estructura de funcionamiento, entró a formar parte de la Fundación de la Universidad de Valencia, pero ahí quedó la cosa. En todo ese proceso se tardó un año, prácticamente, porque los comienzos siempre son difíciles. Pero luego, diversas circunstancias, han paralizado su dinámica. De momento no ha pasado de aprobar una estructura, y anunciar el interés en organizar actividades.

Menos mal que quedan otros organismos que velan por la formación o la investigación del deporte y el olimpismo. Posiblemente el Comité Olímpico Internacional sea uno de los organismos que más contribuyen al desarrollo y la promoción del deporte y la educación en los países no desarrollados o en vías de desarrollo y lo hace sobre todo en los últimos tiempos porque dispone de medios económicos para ello. Por los JJ.OO. de Atenas en 2004 ingresó un total de 1.494 millones de dólares por los derechos de retransmisión, y 736 por los JJ.OO. de invierno en Salt Lake City en 2002. Por Pekín obtuvo 1.734 millones y, al parecer, por los JJ.OO. de Vancouver en 2010 y Londres 2012 la cifra superará ya los 3.000 millones de dólares. A ello hay que añadirle la aportación de los patrocinadores que va por periodos cuatrianuales, y en el de 2005 a 2008 (Torino 2006 y Pekín 2008), el CIO tuvo 11 «partners» que han representado unos ingresos de 866 millones de dólares. Son unas cifras espectaculares, alejadas de las «penurias» de los años ochenta y anteriores del siglo pasado y demuestran la fuerza del deporte y lo que algunos califican como «comercialización», pero no podría ser de otro modo teniendo entre las manos el «producto» de mayor impacto en las sociedades modernas actuales.

Pero esas cantidades no se quedan en el CIO. De los derechos de retransmisión el 50% va al Comité Organizador local (Atenas, Pekín, etc.), y del otro 50%, sólo se queda un 8%. El resto se reparte entre las Federaciones internacionales de Deportes Olímpicos en función de unos baremos que tienen en cuenta su participación en los Juegos y su impacto televisivo y los Comités Olímpicos Nacionales. El reparto entre estos últimos se lleva a cabo a través de un organismo del CIO que se llama Solidaridad Olímpica y que prima a los países más pobres.

Solidaridad Olímpica establece programas de fomento y promoción del deporte, crea escuelas en países escasamente desarrollados, la mayoría de las veces vía los Comités Olímpicos Nacionales, pero en casos en que esto no es posible, debido a la debilidad y falta de estructura de esos comités olímpicos, mediante acuerdos directos con los gobiernos de los países. Quizás, una de sus tareas principales sea la organización de cursos, seminarios, másters de formación de técnicos y entrenadores y también de dirigentes y gestores, en el convencimiento de que ello es la mejor manera de ayudar a desarrollarse deportivamente a países del llamado Tercer Mundo. Es aquel viejo axioma de «enseñar a cruzar la calle a un niño y no cogerle de la mano y cruzar con él».

Uno de esos instrumentos de formación es el MEMOS (con sus siglas en inglés/ francés, que significa Máster Ejecutivo en Dirección de Organizaciones Deportivas), que lleva 13 ediciones en inglés y francés y 3 en castellano. ¡Sólo tres!, pero por fin se puso en marcha, demostrando por un lado, el cada vez mayor peso del mundo hispano y, por otro, que en nuestra esfera idiomática también es necesario realizar esos cursos de formación puesto que son pocos y elegidos, socialmente al menos, quienes podrían apuntarse al Memos de inglés o francés porque la mayoría de las personas no habla idiomas. En cierto modo, era injusto, porque si Solidaridad Olímpica establece estos cursos para países no desarrollados, sólo podrían inscribirse, salvo excepciones, países africanos o asiáticos, excolonias francesas o inglesas, que tienen esos idiomas como primera o segunda lengua, en cambio un enorme subcontinente como el de Sudamérica o Centroamérica quedaba discriminado.

La experiencia es formidable e ilusionante, pues frente a los alumnos que tenemos en nuestros «másters» de países avanzados, los alumnos del MEMOS en español desbordan entusiasmo y sabemos a ciencia cierta que los conocimientos adquiridos van a intentar ponerse en práctica con mucha más fuerza que en Europa. Y conocer la realidad deportiva y social de México, Brasil, Chile, Guatemala, Cuba, Uruguay, Paraguay, Argentina…, y un largo etcétera, resulta sorprendente. En la última edición finalizada hasta tuvimos un argelino, y hace tres años un Mozambiqueño y un Angolano, puesto que el Memos se abre a los países de habla portuguesa. Nos entendemos perfectamente, y pueden presentar sus proyectos finales en su lengua.

Como expresión de la aplicación práctica de estos cursos, un antiguo alumno mejicano del Memos inglés, presentó a los alumnos del curso 2007/08 su proyecto final. Un proyecto titulado Alto Rendimiento Académico Deportivo, que trata de apoyar a los deportistas de alto nivel en sus estudios universitarios. Era un proyecto teórico, académico, tremendamente interesante, hoy puesto en marcha en la Universidad Tecnológica de Monterrey, la mayor del país. Su autor, es hoy el director de Marketing de los Juegos Panamericanos de Guadalajara en 2011. En fin, que la solidaridad, en este caso Solidaridad Olímpica, da en ocasiones buenos réditos.

Dentro del análisis del entorno deportivo, uno de los aspectos claves es su promoción, el acceso de los niños a la práctica físico deportiva, simplemente, sin pretender inicialmente que sean campeones, que se conviertan en deportistas de alto rendimiento. De hecho, en los estudios que he mencionado antes sólo entre un 2% y un 4%, manifiestan que practican deporte por competir. Quienes participan en competiciones sólo son el 7% de los practicantes y los 3,4 millones de federados representan algo más del 8 % del total de la población, algo más si excluimos a los de edad avanzada y a los muy niños.

Hablar de la promoción y del alto rendimiento en el deporte ha suscitado siempre multitud de controversias entre los partidarios de uno u otro enfoque. Y dentro de ello que las Instituciones Públicas se gasten el dinero en la organización de Grandes Eventos Deportivos en lugar de destinarlo al establecimiento de programas de formación y fomento del deporte.

La realidad es mucho más simple y ambos enfoques son necesarios y actúan como vasos comunicantes, si el tema se aborda convenientemente, ya que la organización de eventos sirve para ver en acción directa a las «estrellas» y pueden servir de referencia para que los jóvenes se inicien en el deporte y, así lo demuestran los estudios de investigación sobre la materia. Amén de que la organización de eventos trae consigo una serie de beneficios de corte socioeconómico.

Pero, para que sea rentable la organización de eventos para «el deporte local», tiene que venir acompañada de programas de promoción, porque de no ser así el evento queda como una isla o un oasis en el desierto: no deja huella y la distancia entre lo que cuesta un evento y lo que se destina al deporte base se hace extraordinaria. Y hay unos cuantos ejemplos para ilustrarlo como los pocos miles euros de un campo de fútbol, que demandaban los niños de Orriols al Ayuntamiento en 2007, frente a los 90 millones del canon de la Copa del América, o los 26 o 18, que se pagan por el Gran Premio de Fórmula 1, o los 9 del Mundial de atletismo, mientras la Federación Valenciana pasa por dificultades económicas por alguna que otra «promesa» institucional no cumplida.

Las confusiones sobre esta cuestión son notorias. Por ejemplo, el Secretario Autonómico del Deporte, David Serra, declaraba en enero de 2007 que el año sería «importante y crucial» para el deporte en la Comunidad Valenciana. Pero, todas las referencias que daba de ese año «crucial» se ceñían a la organización de eventos, salvo su mención a la celebración de los 25 años de «los Juegos Escolares». Y así, citó la Copa del América, la subsede del Eurobasket en Alicante, el mitin de atletismo como ensayo del Mundial del 2008, un partido de las estrellas de la Euroliga femenina, y la posible consecución del Gran Premio de Fórmula 1, que se negociaba en aquellos momentos «preelectorales». Sin embargo, la organización de un evento en la actualidad es más importante desde el punto de vista socioeconómico que del deportivo. Y a veces, el efecto deportivo es mínimo sino va acompañado de otras acciones específicas, como puede leerse en la variada literatura que existe sobre «los problemas del día después». Lo importante y crucial desde el punto de vista deportivo sería que el Valencia C.F., hubiera ganado la liga o se hubiera metido en Champions League, el Levante hubiera seguido en primera, o el Pamesa hubiese accedido a la Copa del Rey de Basket, que volviéramos a tener en Valencia un equipo en la ASOBAL, que varios atletas valencianos «de la terreta» quedaran campeones de España (como antaño), o nadadores, que volviera existir un equipo ciclista corriendo el Tour y la Vuelta , y, por supuesto, que los equipos de Balonmano femenino hubieran seguido ganando. En cuanto los Juegos Escolares, con sus 25 años de historia «reinstaurados» en 1983 lo que hubiese debido hacer es prestarles la atención y el apoyo que merecen, porque si ese dirigente lo hubiera comparado con esos primeros tiempos de autonomía se hubiera sonrojado. Pero, qué sabía él de deporte.

LA LUCHA POR LA DIGNIDAD DE LA EDUCACIÓN FÍSICA

El Sr. Serra, olvidaba que uno de los mayores problemas que tiene la sociedad española es el de la obesidad infantil, y ninguna de esas actividades contribuye a eliminarla. Pero, claro debía hacer lo que le indicaba desde arriba, desde la Presidencia de la Generalitat, Francisco Camps, el cual se reúne frecuentemente con deportistas, valencianos o no, de primera fila. En mayo de 2007, reunido con algunos de ellos en plan foto electoral, anunciaba su apuesta por los «grandes eventos» y la creación de un ADO valenciano. De este nunca más se supo, pero uno pensó cuando leyó el anunció en los medios de comunicación, que «a buenas horas mangas verdes», porque los ADOS territoriales ya existen en varias Comunidades Autónomas, como Andalucía que fue la primera o Castilla-La Mancha, Castilla León y el País Vasco. Le llaman de otra manera, pero tiene importantes becas para sus deportistas más destacados.

A mi modo de ver, el problema en nuestro país en estos momentos no son los deportistas del Plan ADO nacional o territorial. No son las ayudas a los deportistas que ya han comenzado a despuntar, sino la propia práctica deportiva de los niños y las niñas, que atraviesa por momentos muy difíciles. Evidentemente prefieren el «botellón », dormir en la cama (buena parte del deporte se hace los sábados y domingos por la mañana y obliga a madrugar) o sentarse tan ricamente en el sofá a ver la «tele». Cómo conseguir que hagan deporte es el reto de la sociedad moderna y no es tarea pequeña, porque los datos de salud de nuestros jóvenes son muy preocupantes.

Un estudio del Ministerio de Salud de 2007: Encuesta Nacional de Salud, sacaba a la luz cifras problemáticas. Un 52% de los adultos españoles pesa más de lo que es «aconsejable médicamente», un 37,4% tiene sobrepeso y un 15.3% es obeso. Y la tendencia es al alza y preocupante en el caso de los niños que aumentaron en un 11,47% su nivel de sobrepeso u obesidad de 2003 a 2006.

Podríamos decir que lo que hagan los adultos es cuestión suya, si no fuera por los problemas sanitarios, pero no podemos quedarnos cruzados de brazos con los niños. La sociedad y el sistema educativo son los culpables, en este caso. Pero, además, que un 27,61% de menores de 17 años pesen más de la cuenta me parece muy grave, porque a esa edad uno juega más, se mueve más, sale más, con lo que desgasta muchas grasas.

Ese estudio se complementa con la Encuesta de Salud de la Comunitat Valenciana realizada en 2005 por la Generalitat, cuyos datos son también preocupantes, porque viene acompañada de porcentajes de práctica de ejercicio físico. No se habla de «deporte », que sería un escalón superior, sino del simple «ejercicio físico». Pues bien, el 40%,¡el 40%!, lo repito, de nuestros niños no realiza actividad física en su tiempo libre. Imagino que ahí no se cuenta la Educación Física escolar, de obligado cumplimiento, porque si la contamos el 100% diría que si es practicante, pero como es totalmente insuficiente porque se queda en menos de 1.30 a la semana, el tema es preocupante.

Paralelo a ello, aumenta, según la misma encuesta, el número de niños o niñas que ve la «tele» a diario: el 93%, dos o más horas. Está claro, que una cosa va en consonancia con la otra y con la obesidad. A menos ejercicio y más televisión, «sillón bol» mediante, más «kilitos». Un consuelo es que el porcentaje de quienes no hacen deporte ha descendido un 7,4 desde el año 2001. Eso quiere decir que con el tiempo podemos conseguir que el 100% de nuestros menores hagan ejercicio físico en un plazo de casi 22 años. Pero ese plazo es tan largo, y además, como no será directamente proporcional, muchos de nosotros no lo veremos. Porque frente a ese factor de descenso de quienes no practican, está el aumento de la obesidad y el de quienes dedican mucho tiempo a «navegar por Internet». Ha pasado, nada menos, del 9,9% de 2001 al 32% de 2005. ¡Ahí es nada! Y como eso engancha, es muchas veces incompatible con el deporte, a menos que se haga un esfuerzo por parte de los padres, los maestros y la administración, Un esfuerzo que debe conducir a esa mayor práctica física, que el cuerpo demanda y necesita.

Por eso, echo de menos las políticas deportivas en esa dirección. No digo que no existan, que no estén en el programa deportivo de la Generalitat, pero no se ven, no se oyen, probablemente por aquello de que los árboles no dejan ver el bosque y sólo suenan algunos grandes eventos, que pueden estar muy bien, pero que precisan de su complemento en una decidida política para que nuestra población más infantil, al menos, haga actividad física.

Este sí es uno de los problemas más graves de la sociedad española actual, y a pesar de ello sigue sin hacerse casi nada al respecto. La medida más efectiva, cual sería potenciar la práctica deportiva en las escuelas, a través de la dotación de personal que dirigiera esa actividad en el propio centro, pero fuera de las horas de clase, sigue durmiendo en el limbo de los justos. El resto de medidas son paliativas. Y sirven de poco.

Este sería uno de los elementos claves que resolverían la cuestión de la obesidad: potenciar la Educación Física y Deportiva escolar, hoy bastante abandonada. La Educación Física es la única materia que atiende la formación corporal, frente a nueve o diez de carácter teórico o psíquico. Esa atención a la «parte física» de nuestro organismo, contribuirá a alcanzar, también, un óptimo desarrollo de la «parte intelectual». Desde el punto de vista de la armonía del ser humano ambas partes se necesitan y el sentido de la globalidad psicofísica es obligatorio. Se trata de educar a través del movimiento, como decía Jean Le Boulch(1972, 1978), y no solo de educar el «físico» o de ponerse «cachas», como algunos confunden.

Pero muchísimo antes ya lo dijeron los antiguos griegos, que llamaron «Fisis» a esa educación globalizada y en los tiempos modernos se ha acuñado el término clásico «mens sana in corpore sano», que suena como muy beato, pero arroja todo un significado de la necesidad de una educación multidisciplinar. Y así, podríamos seguir citando autores y épocas históricas, donde se ha puesto de manifiesto tal axioma, desde Galeno a Mercurialis, pasando por los ilustrados Rousseau o Pestalozzi, o el inglés Tomas Arnold, introductor del deporte en las escuelas, hasta llegar a nuestro reconocido Cagigal (1979, 1981) pero pecaríamos de excesivamente académicos.

Bueno, pues todo eso, no sirve para nada. La Educación Física, esa «maría»: la gimnasia de la época franquista, está volviendo a convertirse en la cenicienta del sistema educativo. Tampoco, al parecer, sirve de nada todos los estudios de salud que vienen publicándose, según los cuales España es ya el segundo país del mundo en «obesidad infantil», y que se necesitan, al menos, 5 horas a la semana en la infancia y la adolescencia para lograr ese desarrollo «armónico y global» del que hablábamos antes. Pues ni por esas, ya que se anuncian malos tiempos y un retroceso más acusado si cabe en la impartición de la Educación Física en la escuela.

Por ejemplo, el Gobierno Vasco estudió en 2008 quitar una hora de Educación Física a los niños de primaria de las dos semanales que había, y se anunciaron planes similares en otras Comunidades Autónomas, que se paralizaron ante la presión de los padres y madres (consiguieron 72.000 firmas en apenas unas semanas) y de los medios de comunicación. Si eso ocurrió allí, en ese País Vasco, antes modélico en la formación deportiva, con muchos aficionados al deporte, qué no pasará en el resto.

La cosa, la verdad, suena extraña, pero es real como la vida misma. Y suena extraña, porque no se entiende que teniendo una de las «tasas de obesidad» más altas del mundo, con todos los problemas sanitarios que ello acarrea y cuando desde el campo del deporte todos los dirigentes ponen de manifiesto la desaceleración de la práctica deportiva en los niños y jóvenes de hoy, y el negro futuro que nos espera, se quite a los niños el 50% de su práctica física obligatoria semanal, la única que puede garantizar su movilidad, porque dedicar más horas a la práctica física siempre será voluntario y, por tanto, de menor alcance. Más aún, las dos horas semanales de Educación Física escolar, frente a las 30 ó 35, de otras materias que cuidan el «intelecto», se quedan en 90 minutos, como mucho. Es decir, en lo que supone un partido de fútbol semanal ya que el niño sale de otra clase, se cambia, hace su práctica, se ducha y/o se vuelve a cambiar y a la clase siguiente. Normalmente todo ese proceso dura más de 15 minutos, de manera que ya me contarán en que se queda la Educación Física escolar si le quitamos una de las dos horas regladas.

A lo dicho: una «barbaridad». Y así, luego los estudios de hábitos deportivos de los españoles se encargan de situarnos a la cola de Europa y mostrando el gran estancamiento que ha sufrido la práctica deportiva después de un extraordinario despegue a principios de los 80, donde pasamos de un 22% en 1975 a un 34% en el 85 (G. Ferrando, 1986), pero seguimos sin rebasar la cota del 40%, tal y como indicamos al principio del capítulo. Por ello, quizás, cuando tomó posesión de su segundo mandato como Secretario de Estado para el Deporte en 2008, Jaime Lissavetzky, gran gestor, señaló entre sus objetivos para la nueva etapa «mejorar la relación entre el deporte y la salud, la calidad de vida de los españoles y la lucha contra el sedentarismo y el sobrepeso, que amenaza especialmente a la juventud». Sabio objetivo, a cuyo alcance seguro que ha puesto un gran empeño e interés. Pero el problema es que las competencias en materia educativa están transferidas y desde el Ministerio de Educación (o desde la actual Presidencia del Gobierno, a la quedó adscrito el deporte, tras la remodelación ministerial que hizo Zapatero en 2009), poco se puede hacer en ese sentido, salvo legislar. Una nueva Ley del deporte parece que se abrirá camino en esta Legislatura y ahí, algo se podrá hacer, aunque la Educación Física no sea materia de la misma.

Con todo, la actitud de los profesores de Educación Física de los colegios e institutos también es determinante. Una actitud como la que ha tenido durante toda su vida unos de esos «profesores de patio», Enrique Martí.

Le conocí en un viaje a Perpignan hace ya alrededor de cuarenta años. Íbamos a un encuentro de atletismo entre la selección valenciana (provincial en aquel momento) y la de la ciudad francesa. Fue un viaje larguísimo, pues era en un autocar que se estropeó a la vuelta a la altura de Amposta y Aldea, y con las carreteras de la época, sin autopistas o autovías. Se parecía a Steve Mcqueen, uno de mis actores favoritos, y con su ironía de «llaurador socarrón», que aún conserva, me acabó de cautivar y desde entonces mantenemos una buena amistad, porqué además, es de los que conserva la integridad y la honestidad del que nunca ha pretendido otra cosa que cumplir con su trabajo.

Una demostración de ello, es que en aquel viaje corrió 400 metros vallas, 800 metros y como no había nadie para saltar altura y un punto era un punto, se ofreció a competir, también, en esa prueba. Y ahí se lesionó y volvió con un esguince de tobillo de los gordos. Pero era un hombre de «equipo» y si hacía falta allí estaba él, un atleta internacional juvenil, becado en la Residencia Blume de Barcelona y recordman provincial de 400 metros vallas, de 800 y de 1500 obstáculos. ¡Ahí es nada!

Durante unos años le perdí la pista, porque abandonó el atletismo. Se sintió poco apoyado tras esa lesión del tobillo y lo dejó. Así que el nuevo encuentro con el «Steve Mcqueen» de Llanera de Ranes (su pueblo), se produjo en el INEF de Madrid, donde estudiamos los 4 años de Educación Física en el mismo curso, en la tercera promoción de unos estudios novedosos en nuestro país. Ya no le perdí la pista hasta hoy. No le perdí la pista porque como estudiantes y como profesionales hemos compartido juntos muchas cosas, muchas anécdotas, muchas historias. Y además, lo «explote» en unas cuantas ocasiones. Como cuando, sin querer, le pedí que fuera Secretario Técnico de la Federación Autonómica de Atletismo allá por 1986. Aquello le hacía sufrir mucho porque el atletismo obligaba a desdoblarse en mil facetas distintas. Era un perfeccionista, quería hacer los mejores horarios de las competiciones, le gustaba contentar a todo el mundo y no tenía fines de semana libres. Acabó casi pidiéndome de rodillas que le eximiera de ese «cáliz». Me compadecí por un tiempo, pero después le pedí que fuera el responsable del transporte del campeonato de Europa de Atletismo en sala en 1998, y no supo decirme que no. Como no supo escaparse del compromiso cuando de nuevo le pedí que fuera el responsable de las llegadas y salidas de los participantes en los Juegos Mediterráneos de Almería en 2005 en el Aeropuerto.

Y otros muchos «embolados» más, ya que estuvo conmigo en la Junta Directiva del Colegio de Profesores y Licenciados en Educación Física y después le tocó ser el Presidente. El decía siempre que era «un hombre de patio», un «profesor de patio», que lo que le gustaba era dar clases a los chavales. Así, nada más acabar los estudios en Madrid, fue profesor del colegio Maristas, que simultaneaba con el entrenamiento de atletas en el club Estudiantes-San José (un embolado más y es que no sé ni cómo me habla, pues encima no se cobraba), y después, aprobadas las oposiciones, fue profesor del Instituto de El Cabañal y definitivamente del Instituto San Vicente Ferrer, y del colegio Dominicos, en los que se había convertido en una institución y que le han visto jubilarse anticipadamente, gracias a una disposición de la LOGSE para mayores de 60 años.

Pero en realidad, han sido sus «maltrechas» rodillas las que han hecho rendirse y una cadera, una maldita cadera. Una rodillas, sobre todo, que no han aguantado el paso del tiempo de este «profesor de patio», amante como pocos de preparación física de los jóvenes, a los que ha dedicado su vida. Ahora, pasa media semana, o menos, en Valencia y la otra media en L’Alcudia de Crespins, el pueblo de su mujer. Las más de las veces en su maravilloso cuatro por cuatro o la «cabaña», como también le llama a una pequeño cuarto de apeos de labranza junto a su campo de naranjos. Y así culmina esa vuelta a los orígenes, «del campo al patio» y «del patio al campo», que le permite sobrellevar la ausencia de lo que ha sido el hilo conductor de su vida: el «patio del colegio». Una rutina que sólo rompe de tanto en tanto para acudir a las cenas con sus amigos de la Hermandad, cuatro amigos descreídos e iconoclastas.

The free sample has ended.