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DISCURSOS DE ESPAÑA EN EL SIGLO XX

Carlos Forcadell Pilar Salomón Ismael Saz (eds.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© Del texto, los autores, 2009

© De esta edición:

Publicacions de la Universitat de València, 2009

http://puv.uv.es, publicacions@uv.es

Publicación n.º 2880 de la Institución «Fernando el Católico»

Organismo Autónomo de la Excma. Diputación de Zaragoza

http:// ifc.dpz.es, ifc@dpz.es

Ilustraciones de la cubierta: Manuel Azaña en un mitin en el campo de futbol de Mestalla, en Valencia, el año 1936 (fragmento).

Fotografia de Luis Vidal Corella. Archivo de Luis Vidal.

Francisco Franco en una visita a Vilafranca el año 1949 (fragmento).

Arxiu de la Imatge i del So de Vilafranca. Fondo Ajuntament de Vilafranca.

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-7391-0

Realización ePub: produccioneditorial.com

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LOS SOCIALISTAS Y LA NACIÓN

REPUBLICANISMO E IDENTIDAD NACIONAL ESPAÑOLA: LA REPÚBLICA COMO IDEAL INTEGRADOR Y SALVÍFICO DE LA NACIÓN

LA NACIÓN DE LAS MOCEDADES DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET Y EL DISCURSO DEL NACIONALISMO ESPAÑOL (c. 1906-c. 1914)

MITOS DE LA ESPAÑA INMORTAL. CONMEMORACIONES Y NACIONALISMO ESPAÑOL EN EL SIGLO XX

LAS ESPAÑAS DEL FRANQUISMO: ASCENSO Y DECLIVE DEL DISCURSO DE NACIÓN

POLÍTICAS DEL PASADO: LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN EL FRANQUISMO

NACIÓN Y DEMOCRACIA. EL NACIONALISMO CONSTITUCIONAL ESPAÑOL

INTRODUCCIÓN

Carlos Forcadell

Pilar Salomón

Ismael Saz

La cuestión nacional, el problema de la construcción de España en la época contemporánea, ocupa desde hace casi dos décadas, como se sabe, el centro de los quehaceres y debates de los historiadores españoles, aunque, claro está, no sólo de ellos. No siempre fue así, sin embargo. Con anterioridad, prácticamente desde finales de la Segunda Guerra Mundial, el problema de los nacionalismos pasó a un discreto segundo plano en el grueso de la historiografía internacional. También en España, la historiografía, una vez recuperada la libertad, se ocupó prioritariamente de otros temas y problemas. Y cuando la cuestión nacionalitaria empezó a ser objeto de atención, lo fue fundamentalmente desde la perspectiva de los nacionalismos subestatales, esto es, la de los nacionalismos alternativos al español. Sólo a principios de los años noventa del siglo pasado empezaron a alzarse algunas voces acerca de esa extraña circunstancia consistente en que todo nacionalismo podía ser objeto de estudio en España salvo el propio nacionalismo español. Este fue el principio de la posterior eclosión de los estudios y debates a los que nos referíamos.

Pero la sucesión de perspectivas cambiantes no es nunca inocente ni neutral. Son muchas las circunstancias y los procesos que explican esta evolución tanto en la historiografía internacional como en la española. No se trata de analizarlos ahora; aunque sí de llamar la atención sobre uno de ellos, que latía con especial fuerza en el caso español. Fuera o no ésta la causa fundamental, lo cierto es que la falta de atención al nacionalismo español venía acompañada del presupuesto más o menos tácito de que sencillamente tal nacionalismo no había existido o, por lo menos, no en la forma de los nacionalismos modernos, que sí habrían tenido lugar en otras latitudes.

Por supuesto, esto enlazaba casi a la perfección con las viejas y venerables tesis acerca de los fracasos de España en la edad contemporánea, en particular aquel aspecto de éstas que remitía a la inexistencia, o casi, de clases medias modernas comparables a las de otras sociedades europeas. Y, ya se sabe, sin clases medias modernas no puede haber nacionalismo moderno.

No resulta sorprendente por ello que un concepto que ha presidido la historia de España del siglo XX, el de regeneracionismo, se tratase como si ese movimiento, proceso o como se quiera llamar no tuviera nada que ver con el nacionalismo. De modo que toda Europa asistía en las décadas seculares al nacimiento de nuevos nacionalismos mientras la España del regeneracionismo parecería inmune a ellos. La paradoja no podía ser más sangrante. El núcleo de los nuevos nacionalismos europeos era, precisamente, el binomio decadencia regeneración, mientras que, en España, la omnipresencia de dicho binomio parecía ocultar, más que inhibir, la eclosión nacionalista. Más aún, el hecho de que el discurso regeneracionista, en su profunda transversalidad, alcanzase a la práctica totalidad de los actores políticos –y culturales–, en mayor medida seguramente que en otros países europeos, venía a servir, no para certificar la fortaleza del renacido nacionalismo español, sino su práctica inexistencia. Tal vez por este lado sea posible extraer alguna reflexión acerca de la inveterada costumbre de los nacionalistas españoles, de prácticamente todos los nacionalistas, de rechazar la autoidentificación como nacionalistas. Y posiblemente no les faltaba la razón: si todos eran nacionalistas, ¿para qué definirse como tales?, máxime si la noción misma estaba adquiriendo por doquier connotaciones negativas o peyorativas.

Cierto es que, finalmente, se terminó por reconocer que aquello del regeneracionismo era también nacionalismo o que, al menos, muchos de los regeneracionistas eran nacionalistas. Aunque pudiera añadirse que ése era un nacionalismo liberal tardío. Lo que volvía a reincidir en la perspectiva de los fracasos o atrasos españoles, al tiempo que a situar a muchos de los regeneracionistas, o noventayochistas, en una perspectiva discretamente favorable. De modo que si, al fin, se reconocía que había nacionalismo, éste volvía a ser peculiar, por llegar con retraso, y por ser liberal, cuando los nacionalismos europeos de la época empezaban justamente a dejar de serlo –liberales–. Claro que, con tales precedentes, la paradoja culminaba en un auténtico callejón sin salida. Si resultaba que, o no había habido nacionalismo, o éste había sido liberal, ¿cómo explicar la existencia en la España del siglo XX de dos dictaduras nacionalistas, una de ellas de las más longevas y ferozmente nacionalistas de la Europa del siglo XX?

Otra cosa es, por supuesto, la problemática de la nacionalización española –de los españoles– en los siglos XIX y XX. Ésta tuvo desde luego sus especificidades –no utilizamos el término peculiaridades por las connotaciones negativas, de carencias, que ha adquirido en el plano historiográfico–. En esos términos negativos se planteó, precisamente, la tesis de la débil nacionalización española. Sin embargo, y cualquiera que sea nuestra opinión al respecto, parece necesario convenir que el simple enunciado de esta tesis constituía el primer intento serio de plantear con toda nitidez el problema. Hasta el punto de que bien puede decirse que sólo por ello, porque marca un antes y un después en los estudios sobre la nacionalización española, la historiografía es profundamente deudora respecto a quienes la formularon.

Desde entonces –principios de los años noventa del siglo pasado–, dicha tesis ha sido sometida a una profunda crítica. Y muchos aspectos del proceso de construcción española han podido ser iluminados desde los más variados enfoques, perspectivas y equipos de investigación. No es nuestra intención profundizar ahora en ello. Pero sí constatar que, tutto sommato, algunos de los supuestos dominantes en la historiografía española en los primeros años noventa, tendían a focalizar la atención en lo que respecta a los problemas identitarios, nacionalitarios, de los españoles en el siglo XIX más que en el XX, en lo que no había sido, o no se había hecho, que en lo que sí se había hecho, en lo que se había logrado.

Directa o indirectamente, todo esto conectaba con algunas de las viejas presunciones en lo tocante al nacionalismo español, a las que nos referíamos más arriba. La primera, era la tendencia a considerar que todo nacionalismo o proyecto de construcción nacional debía darse en el marco de determinados supuestos político-ideológicos, fueran éstos liberales o católicos, hasta el punto de que la adecuación o no adecuación a unos u otros de estos parámetros parecía determinar el grado de aproximación a un nacionalismo digno de tal nombre o a una genuina construcción nacional. La segunda, que la pluralidad de los discursos sobre la nación española, los distintos proyectos de España, frecuentemente enfrentados, terminaba por situarse en el debe del proceso nacionalizador, ocurriera esto a lo largo del siglo XIX –con liberales y carlistas– o ya en el XX –en una guerra civil, por ejemplo, como la de 1936-1939, combatida a sangre y fuego por dos bandos que se legitimaban apelando a la nación española.

Finalmente, debemos considerar que una de las consecuencias de la evolución de las percepciones, desde la de la inexistencia del nacionalismo español a la de sus sucesivas carencias, es que tendimos durante mucho tiempo a dejar en la sombra aspectos relevantes de nuestra contemporaneidad. Desde el viejo principio de que lo que no existe no merece ser estudiado, con lo que, consecuentemente, sigue sin existir, aspectos esenciales del proceso de nacionalización del socialismo español pasaron desapercibidos, tanto como del discurso republicano, estudiado desde todas las perspectivas, menos, justamente, desde la nacionalista. Del mismo modo, se tomaban por su valor facial las protestas de no nacionalismo de algunos de los pensadores españoles que de forma más nítida contribuyeron a su desarrollo; o se desatendían, por mor de sus incuestionables contradicciones, los esfuerzos nacionalizadores de los gobiernos de la Restauración. También la dimensión nacionalista de la dictadura franquista ocupó en los debates sobre su naturaleza un discreto segundo plano. Y aunque mucho se ha hablado y escrito acerca de la construcción de la España autonómica y de los debates sobre el nacionalismo que la acompañaron y siguieron, hay razones suficientes para pensar que no hemos escapado del todo a la vieja tendencia a buscar antecedentes muy lejanos a los discursos del presente, obviando –tal vez porque una vez más se consideren inexistentes o irrelevantes– el estudio en profundidad de experiencias y desarrollos mucho más recientes.

Sobre la base de muchas de estas reflexiones se organizó el seminario de la UIMP sobre Discursos de España que, coordinado por los firmantes de esta introducción, se celebró en Valencia en noviembre del 2006 y del que emanaron los textos que ahora se presentan. Vale la pena subrayar que dicho seminario enlazaba en muchos aspectos con el que, organizado por la Institución Fernando el Católico y coordinado por Carlos Forcadell y M.ª Cruz Romeo, se había celebrado en Zaragoza un año antes con el título, que lo fue del libro editado por dichos profesores, de Provincia y nación. Los territorios del liberalismo (Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2006). Si en aquel seminario se profundizó en la complejidad de los procesos de construcción nacional a lo largo del siglo XIX al tiempo que se cuestionaron algunos de los supuestos de la débil nacionalización, en el que da lugar a los textos que presentamos, se ha desplazado la atención hacia el estudio de los discursos y las prácticas de nación en el siglo XX. Se ha hecho, además, desde el supuesto de respetar la complejidad de unos y otros, fijando la atención en aspectos poco estudiados, desde el supuesto de que la pluralidad de discursos de España y sobre España no comporta, más bien al contrario, una limitación de la difusión social de la identidad española. Podría decirse que se ha tratado de estudiar el proceso de construcción nacional en la España del siglo XX, con todas sus contradicciones y especificidades, pero de construcción nacional al fin.

Se ofrece así en el volumen que ahora presentamos, en primer término y de la mano de Carlos Forcadell, un nuevo enfoque acerca del proceso de nacionalización del socialismo español en el que se incide tanto en lo que ese proceso pudo tener de relativamente tardío respecto a otras experiencias europeas, como en el modo rápido y completo del cambio que se experimenta en el periodo de entreguerras; sin que falte la oportuna reflexión acerca de la necesidad de fijar la atención en la presencia de la identidad nacional en votantes y simpatizantes socialistas, más intensa y temprana de lo que podría hacer pensar la lectura de los programas o el discurso de los dirigentes. Del mismo modo, al analizar el discurso y la praxis de los republicanos españoles, Pilar Salomón advierte de la inapelable presencia del discurso patriótico en toda la retórica laica, anticlerical, interclasista y democrática de los republicanos españoles. Las prácticas movilizadoras y conmemorativas impulsadas por ellos, especialmente en los planos local y regional, coadyuvaron a hacer de ese republicanismo, con todas sus debilidades y contradicciones, un eficaz instrumento de nacionalización. Por su parte, Ferran Archilés analiza en su texto el discurso de nación en el joven Ortega, para captar en él, en sus diversas permutaciones, y aun contradicciones, sólidos elementos de continuidad con el nacionalismo del Ortega maduro. Intentando no perderse por los vericuetos de un pensamiento siempre complejo, se arroja luz así sobre la trayectoria del que fue seguramente el más importante referente del nacionalismo español del siglo XX. También desde la perspectiva de la complejidad y de la pluralidad contradictoria de los discursos y las prácticas conmemorativas, Javier Moreno estudia el papel central de las conmemoraciones en la configuración y el desarrollo del nacionalismo español del siglo XX, para incidir, en una línea convergente con el resto de los textos, en lo poco que tuvo de excepcional la experiencia española si se compara con otras europeas.

Podría decirse que los trabajos referidos nos sitúan ante la perspectiva de una nación construida en el primer tercio del siglo XX, cimentada en discursos plenamente nacionalizados pero en los que alumbran también tendencias y prácticas orientadas a la apropiación de esa nación construida. Y ninguna apropiación mayor, más absoluta y radical, que la intentada por el franquismo, la cual no careció, pese a ello, como analiza Ismael Saz, de su propia pluralidad, de sus vacilaciones y contradicciones, hasta el punto de que ya fuera por la vía de la apropiación absoluta, ya por la de las contradicciones, pudo experimentar con la dictadura el declive del discurso de nación. De una apropiación por el franquismo, la de la guerra de la independencia, hace un estudio de caso Ignacio Peiró para adentrarse en el tortuoso mundo de la historiografía franquista, un mundo de cuya pobreza intrínseca consiguieron huir los mejores, sin que por otra parte se puedan descartar ciertas líneas de continuidad hasta el presente. Apropiación, empobrecimiento y agotamiento del discurso de nación. Si todo esto se produjo con el franquismo, no está dicho que tal agotamiento del discurso debilitara necesariamente el grado de difusión social de la nación española. Pero sí, seguramente, que muchos caminos se entrecruzaran al final de la dictadura, que algunas líneas sumergidas reemergieran, que viejos y nuevos caudales de dos siglos de construcción nacional afloraran a la hora de recomponer los discursos de España en la construcción de la democracia. Un tema, éste, del que se ocupa Xacobe Bastida para preguntarse finalmente si la España actual es realmente una nación cívica.

Si los discursos de España son y han sido plurales, también lo son obviamente los de los historiadores; incluso en los textos que presentamos pueden advertirse diversos matices que, sin duda, constituirán incentivos para nuevas investigaciones. Tampoco tuvo el seminario en ningún momento la pretensión de abordar el estudio de la totalidad de los discursos de nación en la España del siglo XX. Algunos, e importantes, han quedado fuera. Pero sí esperamos haber contribuido, con los textos que presentamos y los problemas que hemos debatido, al desarrollo de las investigaciones. Numerosos proyectos de investigación en curso[1]y nuevos seminarios arrojarán con toda seguridad nueva luz sobre el problema aquí tratado. Vaya de momento nuestro agradecimiento a la UIMP, sin cuya generosidad este seminario no habría sido posible.

[1] Los editores del libro, Carlos Forcadell, Pilar Salomón e Ismael Saz, así como algunos de sus autores, participan en los proyectos de investigación financiados por el Ministerio de Educación y Ciencia, HUM 2005-04651 (Espacio público y culturas políticas de la España contemporánea) y HUM 2005-03741 (Culturas políticas y representaciones narrativas: la identidad nacional española como espacio de conflicto discursivo).

LOS SOCIALISTAS Y LA NACIÓN

Carlos Forcadell Álvarez

Universidad de Zaragoza

El Partido Socialista Obrero Español, al igual que sus hermanos europeos, surge de una tradición ideológica internacionalista en la que la teoría se limitaba a considerar el hecho nacional como un mero producto doctrinal e instrumento político de las burguesías nacionales, algo que el programa y el horizonte de la revolución proletaria tendría que superar, eliminar o subordinar; desde esta perspectiva no deja de ser paradójico que, más de un siglo después, acaben siendo los partidos socialistas, por lo general, las únicas formaciones políticas que mantienen en sus siglas de modo expreso las respectivas referencias nacionales: PSOE spañol, SPD eutschland, PSF rançais, PSI taliano... El Manifiesto Comunista fundacional afirmaba que «los obreros no tienen patria», pero también reconocía que «aunque no lo es por su contenido, en su forma la lucha del proletariado contra la burguesía es, por ahora, una lucha nacional», con lo que el futuro, próximo o lejano, quedaba perfectamente abierto.[1]

La posición de las organizaciones socialistas españolas ante la nación y el nacionalismo, ante el hecho nacional, no dejó de evolucionar y de adaptarse a lo largo del medio siglo que discurre aproximadamente entre 1879/1880 –momento de constitución del PSOE– y la hora de la Guerra Civil, aunque la definición e interpretación de la misma no parecen haber sido objeto de especial atención historiográfica. Si se recurre a un método, que puede ser aconsejable en algunas ocasiones, como es el de buscar, analizar y revisar textos doctrinales socialistas, congresos y resoluciones oficiales del partido, opiniones públicas significativas en la prensa orgánica, en diversos periodos o coyunturas, repasar biografías de líderes y dirigentes, etc., para, posteriormente, consultar la bibliografía y estudios existentes sobre el tema y procurar, así, evitar una aproximación y lectura de las fuentes condicionadas por esquemas e interpretaciones previas, el resultado, en este caso, muestra la carencia de estudios sobre los aspectos o componentes de la dimensión nacional o nacionalizadora del socialismo y de sus organizaciones políticas y sindicales desde la España de la Restauración hasta la de los momentos finales de la República, periodo que constituye el ámbito cronológico de nuestro tema; no parece haber interesado especialmente este asunto de la relación entre la cultura socialista y el proceso nacionalizador en la sociedad española contemporánea, a pesar de la creciente presencia del mismo en la escena y en la agenda historiográficas.

Los numerosos y recientes estudios sobre nacionalismo español, en su versión de nacionalismo laico, político o progresista, desde que la formulación constitucional y cultural gaditana emprendiera la construcción de la nación liberal, lo abordan y lo explican, por lo general, como un producto de ilustrados, liberales, jacobinos, progresistas, regeneracionistas y republicanos más adelante, sin que las acciones colectivas de los trabajadores ni las organizaciones obreras merezcan alguna consideración como agentes de socialización de creencias o valores nacionales, a pesar de su indudable fortaleza y notable incidencia en la vida pública y en la política en algunas coyunturas, y de su reconocida capacidad de expresar y configurar la cultura y la opinión pública de amplios sectores de ciudadanos.

Ni en la historiografía sobre las organizaciones socialistas de los años ochenta (Ralle, Elorza, Pérez Ledesma, etc.), ni en las síntesis de los noventa (Santos Juliá), como tampoco en las aproximaciones más recientes (revista Ayer, n.º 54, 2004), se presta atención a un tema o problema que parece ocupar bastante espacio historiográfico hoy, pero que no constituía preocupación ni interés prioritario para los creadores, dirigentes y miembros de las primeras organizaciones socialistas, tanto en las últimas décadas del siglo XIX como en las primeras del XX. No faltan recopilaciones sobre «El socialismo en las nacionalidades y regiones», que consisten precisamente en lo que anuncia el título, pero no existen sobre el socialismo que sigue definiendo inequívocamente las siglas del partido, el propiamente nacional español, así, en el plano de la investigación como en el más accesible del ensayo interpretativo.[2]

Claro que al principio, hasta finales del XIX, por no haber no había casi, en España, ni socialistas organizados, y los que había eran tan pocos que podían permitirse permanecer incontaminados doctrinalmente, convencidos del fácil eslogan del internacionalismo proletario, más cómodo aún cuando cualquier posibilidad de presencia en las instituciones parecía remota y alejaba la responsabilidad o necesidad de elaborar políticas propias orientadas a encarar la existencia concreta de discursos nacionalistas, en Europa y en España, progresivamente fortalecidos y difundidos. El PSOE nació a la vida pública un 2 de mayo de 1879, y lo crearon un grupo de antiguos internacionalistas, anteriores militantes de la I Internacional en su mayoría, precisamente el día de lo que entonces era fiesta nacional y patriótica española, algo que distaba mucho de formar parte inicialmente de su cultura identitaria de clase trabajadora internacional; un pequeño grupo, pues, que no aprovechó la jornada para celebrar la nación interclasista, sino para inaugurar el partido de la clase trabajadora.

En este contexto, cobra todo su sentido recordar la posterior oposición simbólica de la fiesta internacional del 1 de mayo, hora de manifestación de la clase desde 1890, frente a la fiesta nacional del 2 de mayo, que continua celebrándose ritualmente y reforzando su función nacionalizadora en la España de la Restauración y cuyo protagonista era el pueblo y no la clase.[3] Anselmo Lorenzo nos ha dejado descrito que, dos décadas antes de que existiera el primero de mayo, la sección madrileña de la Internacional había organizado un té fraternal entre trabajadores españoles y franceses el día 2 de mayo de 1871, como manifestación de su oposición y boicot a la celebración oficial y a la retórica antifrancesa que la acompañaba.

En la misma tradición cultural obrera e internacionalista los primeros concejales socialistas en Madrid, en 1906 y 1908, Pablo Iglesias, Largo Caballero, García Ormaechea, etc., se van a oponer con su voto y con un escrito a los proyectos de conmemoraciones patrióticas y centenarias de las gestas populares contra los franceses, cuyo relato es raíz preferente del discurso nacionalista español, orgullosos entonces, además, de que estas actitudes culturales dejaran bien patentes sus diferencias políticas con los republicanos y con su patriotismo nacionalista. En esta circunstancia se inserta la atención de El Socialista, que el primero de mayo de 1908 dedica un artículo al tema: «Las dos fiestas: 1.º de mayo, 2 de mayo», cuyo significado está tan lejos «como la tierra del sol», pues mientras la segunda es una celebración esencialmente burguesa que «simboliza lo pasado, lo caduco, lo que desaparece para no volver más, la segunda, la del 1.º de mayo, genuinamente obrera, es el porvenir, es la esperanza, es la renovación de todo un sistema».[4]

Son actitudes coherentes en el tiempo, cuya tradición se remonta a los años de la AIT y del primer internacionalismo y que, como doctrina y teoría, van a enraizar bien y a largo plazo en la cultura política de los trabajadores organizados y conscientes. Pero constituyen temas bastante secundarios, incluso inadvertidos en el discurso y en el lenguaje de los protagonistas, como se infiere del hecho de la escasa atención que merecen tanto en la memoria de los dirigentes socialistas como en el relato posterior de los historiadores de las organizaciones socialistas, asuntos más bien desaparecidos tanto en los recuerdos de Largo Caballero, a título de ejemplo, como en sus biografías, indicio evidente de que la atención actual sobre los problemas de la identidad es una preocupación sobrevenida de la posteridad y de nuestro presente.[5]

El programa oficial del nacido PSOE, reescrito en 1880, no menciona en ningún momento los términos y conceptos de nación, patria o España; sus conceptos centrales son los de clase, sociedad, emancipación, burguesía, proletariado y poder político, cuya posesión debe corresponder a la clase trabajadora organizada (que no es nacional por definición). Es decir, son conceptos universales aplicables a cualquier sociedad, lo cual es perfectamente explicable porque son los mismos presupuestos de todos los partidos socialistas europeos que, en sustitución de la I Internacional, y a la espera de organizar la II a partir de 1889, se van creando por estas mismas fechas.

Pero es la realidad de las naciones la que impone la formación de partidos socialistas nacionales, los cuales tienen que actuar necesariamente en el marco de unos estados nacionales en los que hay que representar intereses colectivos, negociar condiciones laborales y acceder progresivamente al poder político. Desde el último cuarto del siglo XIX se van conformando, sin perder la referencia teórica internacionalista, auténticas culturas nacionales dentro del movimiento obrero, y se va incrementando la diferenciación entre diversas variantes nacionales. La nostalgia internacionalista conducirá a la creación de la II Internacional en 1889, pero ahora como reunión periódica de partidos nacionales bien identificados. Incluso la propia revolución, en la concepción original de Marx, se tenía que desenvolver inicialmente en un marco nacional, como había sucedido en el caso de la francesa o la norteamericana, o debía suceder, según sus previsiones y deseos, en el caso de la alemana, o acontecerá más tarde como revolución rusa, que sólo podría mantenerse, según algunos de sus parteros, a condición de internacionalizarse rápidamente.

El Manifiesto comunista era un programa universalista y cosmopolita: los obreros no tienen patria; no se les puede quitar lo que no tienen. Pero incluso en el propio Marx, es decir, en el origen de la teoría y la práctica socialistas, se manifestaban las contradicciones que posteriormente vivirán en la práctica política los partidos socialistas europeos. Pues el Manifiesto también afirmaba, como ya se ha indicado, que «en su forma, la lucha del proletariado contra la burguesía es, por ahora, una lucha nacional». El mundo del que se quería hacer desaparecer el nacionalismo interclasista y burgués se disponía a reforzar las culturas y las políticas nacionalistas. El alemán Marx no ocultaba su deseo de que la Prusia de Bismarck venciera a la Francia napoleónica en 1870, o de que tuviera éxito el movimiento nacional polaco frente a la reaccionaria Rusia, que el nacionalismo italiano fuera útil para debilitar el otro bastión de la reacción que era Austria o que la independencia irlandesa fuera condición favorable para la emancipación de la clase obrera británica. En la socialdemocracia alemana, la derecha del partido llevaba más la impronta de Lasalle y del nacionalismo alemán; el socialismo francés, por su parte, se iba impregnando de nacionalismo desde una tradición revolucionaria profundamente nacionalista, desde Baboeuf hasta Blanqui. Para Kautsky, ya en 1908, el nacionalismo era una realidad proteica de difícil definición, pero «a pesar de todo, está siempre presente y actúa potentemente sobre nosotros».[6]

Y, en España, ¿qué?, ¿cómo se planteaban los primeros socialistas la inserción y adaptación de la identidad nacional a su proyecto político? Pues parece razonable observar y sostener que se produjo una evolución similar a la que iba desarrollando el socialismo europeo desde las últimas décadas del siglo XIX, un desplazamiento, o mejor, una implementación, de los firmes presupuestos teóricos internacionalistas hacia una progresiva asunción del nacionalismo, de eso «que está siempre presente y actúa potentemente» sobre el conjunto de la sociedad, un tránsito cuyos caminos doctrinales pueden ser reconstruidos, pero que venía determinado sobre todo por la necesaria elaboración de políticas de clase nacionales, así como por la cultura previa y propia de los militantes y votantes, especialmente a partir del momento en que comienzan a ser algo más numerosos que la reducida patrulla internacionalista de los inicios.

El proceso fue mucho más lento y más tardío que en los países centrales europeos. Durante las dos primeras décadas de existencia del PSOE, sus dirigentes, que son los mismos que los de la UGT, no abandonan una defensa canónica y reiterada de la clase y de la organización obrera, con un discurso cerrado de clase no contaminado por señuelos burgueses de liberalismos o nacionalismos, basado por otra parte en teorías y lecturas que venían siempre de fuera, pues ningún intelectual español consideraba necesario pensar el socialismo en el entorno político y cultural e hispánico; en el partido no había intelectuales y los realmente existentes en la sociedad española, nuestros regeneracionistas y noventayochistas finiseculares, andaban muy lejos del socialismo, con la conocida y breve excepción del caso de Unamuno. Ajenos al estado de la Restauración, que los marginaba, también eran extraños, en un principio, a la nación y al tipo de nacionalismo con el que se sustentaba y legitimaba el estado canovista.[7]

Entre nosotros hay que esperar a la Guerra de Cuba, momento en el que la oposición de las organizaciones socialistas a la misma implica y anuncia la elaboración de una alternativa al tipo de patriotismo o nacionalismo español que justificaba y necesitaba una solución militar al conflicto, y constituye, a la vez, la semilla de una concepción de patria y de nación diferenciada que se irá elaborando con perfiles más nítidos durante el primer tercio del siglo XX.

El progresivo abandono de la pureza internacionalista inicial es, pues, un recorrido común para el socialismo europeo, que se va cubriendo a medida que los partidos socialistas se integran en las instituciones y en la vida política. Dos factores principales contribuyen al progresivo encaje nacional, y aun nacionalista, de las organizaciones obreras y sindicales: uno de ellos mantiene estrecha dependencia con la progresiva implantación, desde los tiempos modernos de principios del siglo XX, de una nueva sociedad de masas, lo cual implica nuevos procesos, más extensos y complejos, de representación de intereses colectivos, de negociación con instituciones y gobiernos estatales, de presencia en la política de una nación que se ve progresivamente afirmada en la conciencia de dirigentes, militantes y votantes como espacio natural para la gestión de demandas, reivindicaciones, acuerdos o conflictos políticos de los representantes de la clase con los gestores del estado.

Otro factor determinante es la guerra que, especialmente a partir de 1914, impone brusca y brutalmente la realidad nacional a la utopía o deseo internacionalista, tanto en las ideologías como en las prácticas políticas de los socialistas europeos. La realidad impuso, en contra de la pureza doctrinal de las idealistas resoluciones de los congresos de la II Internacional, e incluso de las últimas gestiones de los dirigentes socialistas europeos reunidos en Bruselas en los primeros días de agosto, la política de defensa nacional y de enfrentamiento entre militantes socialistas de las diversas naciones beligerantes: un brutal choque entre los principios y la práctica, entre la vieja teoría y la política real. La II Internacional se había dotado de una especie de secretariado permanente, el Bureau Socialista Internacional (BSI), que ya eligió como sede una Bruselas mediadora e interpuesta entre Francia y Alemania. Pero ni su congreso de 1912 en la catedral de Basilea, prestada por el clero protestante para clamar en favor de la paz europea, ni la siguiente propuesta de concesión a la Internacional del Premio Nobel de la Paz, ni la última y dramática reunión del BSI ya en los primeros días de agosto de 1914, impidieron la guerra y el entusiasmo colectivo y nacionalista con el que los ciudadanos acudieron a combatir.[8]

En este contexto general y común del socialismo europeo hay que insertar la evolución de la doctrina y la práctica políticas de los socialistas españoles hacia la progresiva asunción de un discurso nacional y nacionalista que, además, les permite aproximarse a la opinión pública y a la sociedad, así como ir avanzando pasos en su integración política. La posición de los socialistas españoles ante la Guerra de Cuba (1895-1898) al igual que, pocos años después, ante las guerras coloniales en el norte de África a partir de 1906-1907, expresa, en origen, la concepción y asunción de un concepto y modelo de nación española, bien que delimitado por el interés en marcar diferencias tanto con el nacionalismo oficial de la monarquía restaurada como, inicialmente, con el de los republicanos; por otra parte, son éstos años de una primera integración en las instituciones, en el Parlamento (1910 y 1917), en ayuntamientos, en organismos del Ministerio de Trabajo, y de acuerdos políticos más amplios con unos republicanos más orgullosos de sus identidades nacionales (Conjunción Republicano-Socialista, 1910); también la creciente afluencia de militantes en las organizaciones socialistas, singularmente en una UGT que llega casi a organizar a un cuarto de millón de afiliados hacia 1918-1920, contribuye y es causa fundamental para la entrada en política de los socialistas, y también para el despliegue de un proceso más extenso y profundo de nacionalización de las clases trabajadoras y de construcción de un discurso y un lenguaje de clase común y de una cultura compartida.

La guerra contra los insurrectos cubanos, para los socialistas españoles, inicialmente, es ocasión de reiterar el discurso internacionalista oficial; el PSOE experimenta su primer episodio nacionalizador al calor de la Guerra de Cuba. Como nos relata Juan José Morato, en junio de 1895, El Socialista insiste en que «la defensa de la patria no incumbe a los proletarios sino a los que tienen patria, a los tenedores de papel de la deuda de Cuba, a los jefes de la milicia ansiosos de adquirir nuevos galones o entorchados, a los políticos enriquecidos y a los poseedores de riqueza que hay en aquella isla (...), allá van los esclavos blancos a combatir a los esclavos negros». Un año después, en 1896, el Congreso de la II Internacional de Londres acordó la primera declaración internacional de apoyo a pueblos en lucha por la independencia, distinguiendo entre colonizadores y colonizados. En un grupo tan disciplinado como los socialistas españoles, predispuesto a aceptar que las verdaderas doctrinas venían de fuera y de la prestigiosa Internacional, estas resoluciones se divulgaron y tuvieron su impacto, y poco a poco fue asomando la contradicción de que si los proletarios no tuvieran patria, el combate nacional de los insurrectos contra el viejo estado español y las viejas potencias coloniales sería dudoso, sobre todo a partir del momento en que la entrada de EE. UU. en la guerra actúa de potente estímulo para el nacionalismo español, hasta el punto de que se puede cuestionar el supuesto interpretativo de la debilidad del nacionalismo español desde la evidencia de la fortaleza de una oleada nacionalista española que atraviesa todas las tendencias políticas e ideológicas en esta coyuntura. A partir de aquí se despliegan intensas campañas movilizadoras antibelicistas, con los conocidos lemas de «Guerra a la guerra», que es el título de la colaboración de P. Iglesias el 1 de mayo de 1898, o el popular «O todos o ninguno», de mayor fortuna por cuanto revelaba la injusticia y el clasismo del servicio militar en la España de la Restauración; tenemos noticias de 30 o 40 mítines organizados por el Partido Socialista en el marco de esta campaña por toda la geografía española en octubre de 1897.[9]

Podemos encontrar, en definitiva, el germen y la formulación de un patriotismo alternativo, contra el falso, contra el nacionalismo agresor; implícitamente no se pone en cuestión la nación-estado, un marco que va resultando natural y aceptado, sino su instrumentalización capitalista y bélica. Pablo Iglesias, cuando ya parece inevitable la declaración de Guerra de EE. UU., editorializa en El Socialista oponiéndose a la misma y acusando a «los falsos patriotas», mercaderes y gobernantes de que siempre habían visto en Cuba «un simple mercado para un puñado de capitalistas», porque si la hubieran considerado «un pedazo de España digno de toda clase de atenciones y cuidado», «si los gobiernos de la metrópoli le hubieran concedido libertades... no habrían estallado allí formidables insurrecciones», si le hubiese otorgado la autonomía, la guerra habría cesado.[10]No es sólo un patriotismo alternativo, sin el que no hubiera habido ni insurrección ni conflicto con los norteamericanos, sino también un proyecto de colonialismo positivo, contemplado y propuesto como beneficioso para el conjunto de los ciudadanos y no sólo para algunas elites económicas, militares, políticas, un tipo de colonialismo progresivo que también comienzan, por las mismas fechas, a justificar, en nombre de una cultura occidental superior o una misión civilizadora, sectores del socialismo europeo, británicos, belgas, franceses, alemanes... Se puede observar la continuación y profundización de este proceso si se hace un seguimiento sistemático de las campañas y protestas socialistas contra la Guerra de Marruecos, el gran tema movilizador del PSOE en las primeras décadas del siglo XX, unas campañas en las que los socialistas encuentran la continuidad natural de las actitudes que habían contribuido a popularizar y sacar del aislamiento al partido y a la UGT en el momento de la Guerra hispanocubana e hispanonorteamericana.

Lo cual no quiere decir que dirigentes y militantes, por lo general, no se sintieran conmovidos y reafirmados en sus convicciones internacionalistas al conocer escenas como las que protagonizaron en el Congreso de Ámsterdam de 1904 Plejanoff y Katayama, abrazados en representación de sus respectivos proletariados enfrentados en la Guerra ruso-japonesa, ante el entusiasmo de la plana mayor de la Internacional socialista.

La Guerra de Marruecos, contra la que los socialistas españoles habían preparado ya la huelga general de 1909, que derivó en la Semana Trágica barcelonesa, fue el gran tema de la propaganda socialista en los años anteriores a la Gran Guerra, en 1913 y 1914. La movilización antibélica había comenzado simultáneamente en Francia y en España en el otoño de 1907, tras una declaración común de las direcciones de ambos partidos obreros. Pablo Iglesias afirmaba todavía en el Congreso (1913) que «nosotros sostenemos que la patria del hombre es el mundo, que, aunque habléis de justicia, de patria, la finalidad de la Guerra no es otra que la de encontrar beneficios, campo para los negocios»

–expresiones calificadas por Dato como «indignidades de arroyo»–, manteniendo inmutable el discurso internacionalista, pero la vieja retórica ya comenzaba, también entre nosotros, a albergar una concepción nacional diferente.[11]

Por estas fechas comienzan a ser frecuentes las manifestaciones antibélicas conjuntas convocadas por la joven Conjunción Republicano-Socialista. Los socialistas también pueden ser patriotas, pero de otra manera. García Quejido lo formuló con contundencia en un mitin de febrero de 1914: «La guerra es perjudicial para la nación. No interesa a las clases burguesas. España no necesita mercados ni tiene qué colocar en ellos». Es la nación la que, a diferencia de Francia o de Italia, no tiene interés en las empresas coloniales. En el norte de África los intereses son de Comillas, Romanones y demás plutócratas, no de una España que «ayuna de ciencia e instrucción, sin escuelas, con atavismos imborrables, no puede llevar a Marruecos más que hambre, toreros y frailes», como publican las juventudes socialistas en un manifiesto de junio de 1913. El «honor de la patria» está en otro sitio, «en invertir dinero en alfabetizar, regar, instruir, no en tener convertido Marruecos en un matadero de españoles y en una fábrica de grados militares», como escribe Iglesias pocos días después del comienzo de la Gran Guerra; definitivamente, otro patriotismo, otro nacionalismo, es posible.[12]

Hay que esperar, pues, a la segunda década de siglo, con Iglesias en el Parlamento y los acuerdos programáticos y políticos con los republicanos de la Conjunción Republicano-Socialista, para percibir un cierto debilitamiento del lenguaje tradicional de clase o, mejor, una apertura del mismo compatible con la formulación de un discurso alrededor de la idea de un interés nacional común para los trabajadores y para las izquierdas. A pesar de lo cual, ofrece escasos resultados el intento de rastrear opiniones significativas sobre el hecho nacional o el nacionalismo españoles, algo que puede ocupar extensamente nuestro interés en el presente, pero no preocupaba nada, o muy poco, a Pablo Iglesias y a los socialistas, al menos hasta 1917-1923.[13]

No existe, ni parece necesario elaborar, un discurso propio sobre el nacionalismo español, ni sobre las alternativas nacionalistas subestatales que se estaban desarrollando desde principios de siglo; no les preocupaba nada, ni a Iglesias, ni al partido, ni al sindicato, la estructuración plurinacional o plurirregional del estado; de modo que no es detectable alguna recepción de las posiciones austromarxistas de Otto Bauer y Karl Renner, defensoras de la transformación del Imperio Austrohúngaro en una federación fuerte de naciones, aunque concebidas desde el firme convencimiento de que la clase trabajadora debía subordinar sus sentimientos nacionales a sus intereses de clase: evidentemente, en el socialismo español anterior a la Gran Guerra nadie contemplaba naciones tan diferenciadas cultural y étnicamente como las existentes en la lejana Kakania.[14]

El acuerdo de la Conjunción entre republicanos y socialistas ratificado en noviembre de 1909 en el mitin del frontón Jai Alai de Madrid significó el comienzo de una nueva etapa doctrinal y política en el socialismo español, que ponía fin a tres décadas de aislamiento y comenzaba a aprovechar las oportunidades de una acción política más adecuada a las demandas de sectores populares y obreros de la sociedad española. Esta entrada en política era el resultado de un lento proceso de maduración, que arrancaba del congreso ordinario del PSOE de 1899, que pareció abrir la puerta a la posibilidad de establecer pactos con «los partidos burgueses avanzados»; de las elaboraciones teóricas presentadas por Juan José Morato o García Quejido en la revista socialista La Nueva Era, y de los ejemplos y las bendiciones internacionalistas, como aconsejaba a los dirigentes socialistas españoles el patriarca August Bebel en 1903, los cuales debían «dado el atraso de la situación política del país, prestar concurso a los partidos burgueses más avanzados (...), porque cada progreso que la sociedad burguesa realice hasta su completo desenvolvimiento, es una ventaja para la democracia socialista».[15]

Los dirigentes socialistas, al acordar la conjunción con los republicanos, no hicieron sino certificar la existencia de una cultura y una movilización comunes a las izquierdas españolas y crecientemente extendidas entre las masas urbanas desde comienzos de siglo, reforzadas por una serie de experiencias comunes, desde el análisis crítico de las guerras y derrotas coloniales al fortalecimiento del anticlericalismo desde 1899, la intensificación de la crítica antioligárquica y anticaciquil, las nuevas formas de conflictividad social y acción colectiva, el incremento del asociacionismo obrero, las actividades ciudadanas en sociedades de trabajadores, en federaciones locales, en el casino, en la casa del pueblo, en el ayuntamiento... Los proyectos unitarios de la izquierda republicano-socialista no se deben a la ocurrencia de sus dirigentes, sino a la obligada atención que esos líderes tenían que prestar a las nuevas demandas políticas y culturales que los cambios sociales de las primeras décadas de siglo llevaban consigo. En cualquier caso, la Conjunción Republicano-Socialista fue el primer paso que el PSOE dio en el largo y complicado proceso de su integración progresiva en el sistema político.

Vida Socialista es un interesante semanario ilustrado que se publica entre enero de 1910 y febrero de 1914 y constituye una buena demostración de la cultura política de este periodo inicial de la Conjunción con los republicanos, una buena ilustración de las nuevas actitudes y prácticas del PSOE; el semanario lleva el significativo lema subtitular de «Pueblo, República, Democracia». Es fácil comprobar, consultando los índices temáticos elaborados con ocasión de la edición de un reprint facsimilar de la revista, cómo recogen, de entre 210 números y muchos cientos de artículos, solamente tres referencias al tema del nacionalismo o de las nacionalidades, dos artículos de socialistas europeos de segunda fila, con la tópica retórica internacionalista, y otro dedicado a celebrar el aniversario de la unificación italiana y las virtudes del nacionalismo risorgimental antiaustriaco, antieclesial y antirromano.[16]

La retórica afirmación de que los trabajadores no tienen patria va evolucionando hacia la convicción de que hay que combatir el patriotismo nacional reaccionario y opresor en el interior y en el exterior, el de la burguesía y el de los estados realmente existentes, que sirven, unos y otros, estados y discursos patrióticos, a los intereses económicos de los capitalistas. Lo cual implicaba la formulación y gestión de un nacionalismo alternativo que, en España, pasaba por entender que eran justamente los trabajadores los más interesados en la modernización de un país atrasado y en defender un verdadero interés nacional, identificado ahora con la conquista y el mantenimiento de las libertades democráticas, la transformación del estado monárquico y oligárquico, la concienciación y organización de los trabajadores y la acción colectiva en beneficio del desarrollo económico de la nación y de una más justa distribución de la riqueza. En la medida en que en ningún momento se ponía en cuestión la nación-estado realmente existente, esta afirmación situaba a la dirección y a los militantes del PSOE en el marco ya consolidado del nacionalismo español de tradición y base liberal y regeneracionista, un camino que la política conjuncionista contribuía a extender y asegurar. Aquí comienza el punto de enlace con unos intelectuales de los que había carecido el partido al que, ahora, algunos, comienzan a aproximarse.

Es a partir de este momento cuando podemos encontrar textos del propio Pablo Iglesias, como el de su discurso de respuesta a Canalejas en enero de 1912, en los que ya afirma de modo tan explícito como novedoso que

no se nos puede acusar a nosotros los socialistas y demás trabajadores de no ser patriotas, de no defender nuestra nación (...); somos los que amamos a nuestro país, no esos vascos que llevan los productos de sus minas en buques no con esa bandera nacional que dicen querer tanto, sino bajo banderas de otros países; el pueblo trabajador, una parte muy principal de la nación, interpretando el interés general, batallará porque esta Guerra termine [Marruecos]; no nos importa que se nos diga que no somos patriotas, sabemos que es todo lo contrario, hacemos nuestra la causa, no sólo del proletariado, sino del país en general.[17]

De modo que, resumiendo y situando el socialismo español en el escenario europeo, el papel determinante que tuvo la Guerra Mundial en el reforzamiento y la consolidación de las identidades nacionales de los socialistas europeos y en el debilitamiento de un internacionalismo que, no obstante, siempre será reconocible, cuando menos como nostalgia, en las tradiciones obreras y socialistas, aquí fue desempeñado y cumplido, incialmente, por la Guerra de Cuba, y luego, de modo más constante y sostenido, por las campañas antibélicas y antimilitaristas contra la guerra de Marruecos; de modo simultáneo avanzaba notablemente la integración política de las organizaciones socialistas en la esfera pública, a la vez que se reforzaban los procesos generales de nacionalización de la clase trabajadora, tanto en el propio lenguaje como en la representación de intereses, la práctica de acciones colectivas y su capacidad de incidir en la vida pública y en el estado, como pronto van a evidenciar la concepción y las consecuencias de la huelga general de 1917.[18]

La movilización sindical y política de la primavera de 1917 se apoyó en un discurso en el que la nación adquiere ya una centralidad clara: en marzo los sindicatos anuncian su disposición para una huelga general en un manifiesto, escrito básicamente por Besteiro, un texto que va dirigido a la nación: «El proletariado ante la nación. A los trabajadores españoles y al país en general». Desde la dirección del PSOE, el propio Besteiro utilizaba un lenguaje más meridiano, interpretando que para «el proletariado organizado era necesaria la transformación del sistema de gobierno para que el interés general de la nación fuera atendido», definiendo el objetivo de un proyecto de huelga general orientado al cambio de sistema político: «las izquierdas españolas (...) deben previamente declarar (...) que no siendo la monarquía española el instrumento adecuado para servir al interés nacional (...) se disponen a organizar fuerzas de poder y garantías morales suficientes para cambiar el régimen por otro», lo cual constituía el programa máximo de la Conjunción Republicano-Socialista.[19]

Las masas de trabajadores acudían a los sindicatos y era la práctica y experiencia sindical la que les influía y orientaba principalmente. La Unión General de Trabajadores alcanzaba la cifra de 241.068 afiliados en enero de 1921, de los que 21.314 eran también militantes del PSOE, según el recuento del congreso celebrado en diciembre del mismo año; los sindicatos españoles se constituyeron pronto como los principales movimientos sociales en la naciente sociedad de masas desde comienzos del siglo XX, los más visibles protagonistas de la acción colectiva, dentro y fuera de un sistema político cuya capacidad de representación era muy limitada, y los principales agentes de nacionalización de la clase trabajadora. La Unión General experimentó un profundo proceso de cambio desde 1910; «la frágil malla de sociedades de oficio se iba a convertir en una federación sindical nacional dedicada a la lucha de intereses que en el verano de 1917 se involucraría por primera vez en la lucha directa por la democratización del sistema político español, en una federación sindical moderna que defiendía los intereses de sus afiliados y que da sus primeros pasos en la política nacional», aprovechando y potenciando su capacidad de actuación a escala nacional española para constituirse como interlocutor con el estado a la hora de reclamar y negociar.[20]

La asunción natural del hecho nacional se lleva a cabo expresando un patriotismo de oposición al discurso nacionalista oficial, identificado con el sistema político de la Restauración y, enseguida, con el aroma más militarista y católico que desprendía la dictadura primorriverista, por lo que en la mentalidad y cultura socialistas se difunde un patriotismo alternativo que explica, por ejemplo, que Pablo Iglesias no se oponga frontalmente a Solidaritat Catalana, vote desde su escaño las Mancomunidades Provinciales de 1912, y no parezca especialmente preocupado por las nuevas identidades regionalistas o nacionalistas, asuntos y proyectos entendidos como meras distracciones de los intereses principales de los trabajadores, que pasaban exclusivamente por el conflicto de clase y por la indubitable hegemonía de una identidad de clase, aun por encima de la nacional española, cuya existencia y compatibilidad iba siendo desplegada por la práctica política por delante de la más resistente teoría tradicional.

El largo combate por afirmar y extender la identidad principal de clase dejaba otras formas de identidad perfectamente recluidas en la vida privada, hasta el extremo que podemos suponer que Pablo Iglesias conociera y hablara gallego, dado su origen social, e incluso conocer que en alguna ocasión lo hablara con su madre, o que no le fuera extraño el valenciano pues lo debía oír en casa a su mujer, Amparo, y a su hijastro Juan Almela Meliá, quien parece tenía dificultades iniciales para hablar correctamente castellano.

Los conflictos entre la indiscutida identidad de clase y otras identidades territoriales, siquiera culturales antes que abiertamente nacionalistas y políticas, van a plantearse en otros escenarios, en aquellos en los que desde comienzos de siglo se plantean proyectos nacionalistas subestatales que van cobrando cierta fuerza también en torno a los años de la Gran Guerra. Un joven Andreu Nin, por ejemplo, ingresaba en 1913 en la agrupación socialista de Barcelona, procedente de la izquierda catalanista y republicana de Reus, y en su carta de presentación política, un artículo en el semanario reusense Justicia Social, exponía que «nosotros podemos ser perfectamente socialistas sin dejar de aspirar a la autonomía y libertad de Cataluña», a la vez que se proponía cubrir el vacío que el socialismo español había dejado al no tratar el problema de las nacionalidades.[21]

Andreu Nin nunca abandonará la reflexión teórica sobre el tema; en septiembre de 1934 publicó en Leviatán un trabajo sobre «El marxismo y los movimientos nacionalistas», mucho más elaborado conceptualmente, en el que subrayaba el importante papel de «los movimientos nacionales» en el desarrollo de la «revolución democrático-burguesa».[22] El socialismo mayoritario español también le respondió tajantemente y desde el principio: el veterano y también catalán A. Fabra Rivas le recordó, a la altura de 1914, la posición tradicional sobre el tema: «el nacionalismo y los nacionalistas sólo pueden ser considerados por nosotros como un adversario a combatir».[23] Pero de momento, la dirección de las organizaciones socialistas podía ignorar perfectamente el problema menor que suponían entonces estas diferencias doctrinales, aunque en un pequeño semanario de una lejana provincia un joven socialista siguiera insistiendo y reflexionando por primera vez sobre el modelo del socialismo austriaco, constituido por seis secciones diferenciadas: alemana, checa, polaca, rutena, eslovena e italiana, o recordara cómo en 1905 el partido socialista de Finlandia había multiplicado por cinco sus efectivos tras liderar una huelga general que demandaba autonomía política para los fineses.[24]

Ya desde 1912, una Federacion Socialista Catalana, dirigida desde Reus por Jose Recasens y Mercadé, comenzó a plantear la necesidad de combinar socialismo y catalanismo, llegando hasta la exigencia de una nueva organización interna del PSOE basada en el reconocimiento de federaciones regionales. El IV Congreso de esta Federación Socialista Catalana (1914) proponía el objetivo de una «confederacion republicana de todas las pequeñas nacionalidades ibéricas»; otro congreso posterior de la Federación, en 1916, retomó el tema proclamando la necesidad de que los socialistas luchasen por la autonomía de Cataluña; Recasens proponía que los socialistas catalanes fuesen en vanguardia de toda clase de descentralización administrativa y política, de la reivindicación de la cooficialidad del idioma, publicación de periódicos y libros en catalán..., llegando a conseguir que el congreso del PSOE de 1918 aceptase entre sus resoluciones esa aspiración a una Confederación Republicana de Nacionalidades Ibéricas, con el apoyo de Besteiro y al calor y en la estela de la actualidad del tema de las nacionalidades en la Europa de la posguerra.

En estas polémicas se imponían las tesis más ortodoxas del veterano Fabra Rivas, que identificaban sin más cualquier ideal nacionalista con el pensamiento y la práctica burgueses y reaccionarios, pero la difusión y extensión de estos presupuestos de compatibilizar catalanismo y socialismo, siempre lejanos a cualquier formulación nacionalista catalana, llevaron a la constitución, en 1923, de la Unió Socialista de Catalunya, o a escenarios no muy conocidos, como el que describe Recasens en sus memorias, escritas en 1943 al salir de la cárcel, cuando recuerda su indignación porque Enrique de Francisco, secretario de la Comisión Ejecutiva del PSOE, les requiere en una reunión orgánica, en 1932 y en Reus, que hablen en castellano. En 1933 se reconstruyó una Unió Socialista de Catalunya, como Federació Catalana del Partit Socialista Obrer Espanyol, que se proponía actuar en Cataluña con personalidad propia como un partido genuinamente catalán, lo cual no agradó especialmente a De Francisco ni a Caballero, «aquells dos homes rancuniosos, obtusos, incomprensius, orgullosos...», en palabras de Recasens.[25]

El reforzamiento de los procesos de nacionalización en la Europa del primer tercio del siglo XX, incluido ahora el de los socialistas –también y más tarde en España–, es, pues, una evidencia; pero tampoco es difícil probar que en este periodo, antes y después de la Gran Guerra, la nación, como mito identitario y movilizador, funcionó más y mejor para la derecha conservadora, que fue quien en España promulgó la ley de jurisdicciones de 1906 por delitos contra la patria, o justificó el golpe de estado de Primo de Rivera por la necesidad de salvar la patria y la nación; frente a ello, en la cultura socialista seguía pesando el internacionalismo, y para la izquierda republicana y obrera, de lo que se trataba principalmente era de transformar el estado, modernizar la sociedad y construir y gestionar un nacionalismo alternativo al oficial.

Así pues, si uno de los factores de la progresiva asunción y expresión de la cultura e identidad nacionales en el socialismo dependía muy estrechamente del grado de integración en el sistema político, de la presencia en las instituciones y en el estado de las propias organizaciones socialistas, de su reconocimiento como interlocutoras con capacidad de negociación o de transformación de las políticas públicas, es en los años de entreguerras cuando este proceso de nacionalización de los socialistas españoles se despliega con más visibilidad e intensidad; en menos de diez años las organizaciones socialistas pasaron de estar presentes en el Consejo de Estado y en las instituciones de arbitraje de la dictadura de Primo de Rivera, a protagonizar la fiesta y revolución popular republicana, componer mayorías parlamentarias, dirigir ministerios claves y, por último, ya en la Guerra Civil, situarse al frente del propio gobierno de la nación republicana con Largo Caballero y con Negrín.

De modo que el tránsito del inicial odio a la patria de Pablo Iglesias a la afirmación, modernización y defensa de la nación es rápido y completo, un camino que llega a afirmaciones nacionalistas españolas tan meridianas como la del famoso discurso de Prieto el 1 de mayo de 1936 en el teatro Cervantes de Cuenca: «a medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más español, siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta el tuétano de mis huesos», aunque haya que explicar que el contexto de estas palabras era el de defender al Frente Popular de las acusaciones de dependencia del extranjero, ruso o francés, que formulaba la derecha en su ofensiva contra el gobierno y contra la República.[26]

O conduce a la sinceridad del ya anciano Largo Caballero cuando al ser liberado en 1945 del campo de concentración de Orianenburg, escribe su «Carta a los trabajadores españoles» y considera necesario dedicar un apartado al «orgullo de ser español»: «cuando se está fuera de España se comprende su grandeza (...), cuanto más lejos y más tiempo me encontraba fuera de ella con mayor fuerza se afirmaba en mi espíritu el sentimiento patriótico (...), cuando más comparaba otros pueblos con el que yo nací, más se agradaba mi orgullo de ser español; la grandeza de España la comprendemos mejor fuera que dentro», anunciando y prefigurando otro tema, que puede quedar para otra ocasión, como es el de la intensificación de los sentimientos nacionalistas en el largo exilio subsiguiente a 1939. Unos años antes, al redactar en 1941 su testamento y hacer balance de su vida, aquel temible Lenin español declaraba que no había tenido nunca otra religión «que el ser buen socialista, buen esposo, buen padre y buen español»: «quiero volver a España aunque sea muerto, adonde he nacido y he desarrollado todas mis actividades para hacerla grande moral y materialmente (...). Realmente, hasta que se vive en la emigración forzada, no se comprende bien lo grande y hermosa que es España».[27]

La identidad nacional, política y cultural, siempre estuvo más presente en la realidad de votantes y militantes socialistas que en los programas de los dirigentes y de las organizaciones. Pero la Guerra Civil alimentó y estimuló extraordinariamente el discurso nacionalista entre todos los actores de la contienda, incluidas las fuerzas del Frente Popular y las organizaciones socialistas, necesitadas de construir un discurso fuertemente movilizador. Los estudios más recientes subrayan cómo ambos bandos compartían una fe similar en la existencia de un ente colectivo, España, de antecedentes milenarios. Los dos estados contendientes, así como sus ejércitos, merecían sobradamente el calificativo de nacional. «Los españoles, eran, para ambos, un pueblo de existencia immemorial cuyo rasgo más notable era haber luchado una y otra vez a lo largo de la historia para afirmar su identidad e independencia contra diversos y constantes intentos de dominación extranjera», un relato y un mitologema compartidos por todos y reforzados por la necesidad adoctrinadora y movilizadora de los contendientes.[28]

El editorial del primer número del ABC madrileño y republicano de 26 de Julio de 1936 titulaba y calificaba el conflicto desatado por la insurrección de «Segunda Guerra de la Independencia». El discurso nacionalista republicano se acentuó manifiestamente a lo largo de la guerra, sobre todo en los momentos en los que la situación militar de la República se hacía más angustiosa. Los verdaderos españoles eran los defensores de la legalidad republicana, que se enfrentaban a extranjeros, antinacionales y traidores a la patria. Incluso en ámbitos catalanes se luchaba «por la independencia de España, por la República y por Cataluña», lema habitual en la propaganda del PSUC.

Hasta los anarquistas cayeron en la tentación de presentarse como la parte más pura y gloriosa de la tradición ibérica, un potente movimiento revolucionario netamente español, netamente ibérico, para diferenciarse también de los comunistas prosoviéticos o de los liberales francobritánicos; utilizaron también la retórica sobre la Guerra de la Independencia y decían de sí mismos que no eran nacionalistas pero se reconocían como «antifascistas dispuestos a reconquistar la España Nueva» (Federica Montseny).

Las guerras, como había sucedido en Europa veinte años antes y pronto se iba a repetir, operaban como situaciones que simplificaban brutalmente las complejidades identitarias reduciéndolas a formas elementales y comunes. El discurso nacionalista es simplificador por definición y resultó adecuado para la persuasión, la movilización y la propaganda. En este sentido se desplegó una fuerte veta nacionalista en la propaganda republicana, socialista, obrera, también comunista, durante la Guerra Civil, aunque el discurso movilizador nacionalista iba acompañado de la insistencia en otros valores o símbolos, los de progreso, libertad, democracia, igualdad, revolución, etc., compartidos por las izquierdas republicanas y profusamente utilizados por los gobiernos y las organizaciones socialistas.

Durante la Guerra Civil ambos bandos recurrieron «a la retórica y al discurso nacionalista como vehículo de movilización, y como una estrategia racional, no sólo para agrupar y cohesionar a sus seguidores alrededor de principios comunes con alta carga emocional, sino también para enmascarar sus contradicciones y divisiones políticas y sociales internas» (Núñez Seixas). La apelación al patriotismo como argumento movilizador y legitimador también tenía que ver con la incorporación a filas de soldados procedentes de levas obligatorias con un adoctrinamiento político precario, cuando no inexistente, y a quienes, como hoy a los norteamericanos en Irak, lo más cómodo era explicarles que luchaban por la patria y por la nación. No hay que olvidar que en la zona republicana, en la que se intensificaba el discurso patriótico de alto contenido emocional dirigido a reclutas ajenos, en su mayoría, a cualquier formación o encuadramiento sindical o político, los gobiernos de guerra estaban dirigidos por el Partido Socialista. El presidente Negrín reforzó, por convicción y por estrategia, el mensaje nacionalista y patriótico, hasta el extremo, como testimonia Zugazagoitia, de afirmar que «no estoy haciendo la Guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la Guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza...». La Guerra tuvo un efecto (re)nacionalizador indudable en el conjunto de la sociedad.[29]

Esta insistencia propagandística en el tema patriótico revela un grado de nacionalización popular superior al que han creído detectar algunos historiadores. Los dirigentes consideraban que el discurso nacionalista y la retórica patriótica eran adecuados a las circunstancias. Quizá los franquistas se supieron aprovechar todavía mejor del fervor nacionalista propio de la Europa de la época, pero también fue la oportunidad para que la izquierda obrera y socialista completara su proceso nacionalizador. Lo mismo habían hecho los partidos socialistas europeos de los países beligerantes durante la Primera Guerra Mundial. La diferencia era que el icono de alteridad, entre nosotros, era un connacional, cuando no un conocido, vecino o pariente.

Como es sabido, son los historiadores los que mejor han acertado siempre a codificar y difundir los códigos nacionalistas vigentes a partir de una reconstrucción del pasado imaginario de las naciones, de modo que un historiador socialista español de los años treinta o cuarenta puede constituir una buena vía de aproximación a esa «nación de los socialistas» difundida y compartida en la cultura de las organizaciones socialistas y sus áreas de influencia. Ese historiador se llama Antonio Ramos Oliveira (1907-1975), militante socialista y ugetista, escritor, joven periodista corresponsal de El Socialista en el Berlín de los últimos días de Weimar, quien, a finales de los años cuarenta trabajaba en la preparación de su conocida Historia de España, tres volúmenes publicados en México en 1952, de los cuales el tercero se ocupa de la España contemporánea.[30]

Su consulta nos proporciona la primera sorpresa al comprobar que el primer epígrafe de la introducción al conjunto de la obra lleva precisamente el rótulo de «Nación e historia», en cuyo contenido subyace una concepción esencialista de España y de su historia: «en España inician cartagineses y romanos la segunda Guerra Púnica (...). Sobre España descarga el islam toda la energía de su expansión...», hasta tal punto de que, «en rigor, la Historia de España no la han hecho los españoles más que en una mínima parte»..., una visión en cuyo trasfondo estaba la experiencia de la internacionalización de la Guerra Civil y el traspaso de las responsabilidades de la derrota, por acción o por omisión, a las potencias europeas; «el rumbo peculiar que la ocupación musulmana impuso a España la quebrantó y descompuso como nación, e hizo imposible para lo futuro, quizá para siempre, la reaparición de una nación regularmente constituida», prosigue, respirando por la herida de la derrota y del pesimismo del exilio. En el contexto de los primeros años cuarenta, preparando y escribiendo su Historia de España, Ramos Oliveira sostenía que al general Franco lo habían elevado al poder las potencias extranjeras, como en 1823 auparon a Fernando VII, cuando toca reforzar la condena y el aislamiento del régimen en la primera posguerra europea. Según el historiador y militante socialista lo que mejor podía haber fundido la identidad nacional y la identidad socialista hubiera sido esa revolución española que nunca llegó a comparecer en el pasado: «al pueblo español se le ha negado el derecho a la revolución, es decir, el derecho a cambiar la clase directora».

El nacionalismo historiográfico de Ramos Oliveira recogía la tradición liberal y republicana y no se diferenciaba sustancialmente del que reflejaban, por esta misma época, Claudio Sánchez Albornoz o Menéndez Pidal. Si acaso era más comprensivo hacia el reconocimiento de identidades territoriales en los estatutos de autonomía aprobados por la II República, e incluso contemplaba la identidad catalana desde la afirmación de dos axiomas: la existencia de una nación catalana y la inevitabilidad de su destino histórico español.

Ésta es la tradición con la que han contado el Partido y los gobiernos socialistas, desde 1975, para emprender y desplegar la relegitimación democrática del nacionalismo español de raíz liberal, progresista y laica que naufragó en la derrota del 39, sustentada ahora en la democratización, modernización y europeización del estado y de la sociedad, en una concepción de España como «nación de naciones», o bien como «nación de ciudadanos», propugnando alguna especie de patriotismo cívico posnacional, aunque compatible con el énfasis en potentes marcadores culturales, con la lengua castellana al frente... «No cabe duda de que en los últimos treinta años la izquierda ha reinventado la nación española en la mente de millones de españoles». [31]

[1] «Obgleich nicht dem Inhalt, ist der Form nach der Kampf des Proletariats gegen die Burgeoisie zunächts ein nationaler».

[2] A. Elorza y M. Ralle, La formación del PSOE, Ed. Crítica, Barcelona, 1989; M. Pérez Ledesma, El obrero consciente, Alianza Ed., Madrid, 1987; S. Juliá, Los socialistas en la política española, Taurus, Madrid, 1997; revista Ayer, 54 (2004), dosier «A los 125 años de la fundación del PSOE. Las primeras políticas y organizaciones socialistas»; S. Juliá (coord.), El socialismo en las nacionalidades y regiones, Ed. P. Iglesias, Madrid, 1988.

[3] Simbología y lenguaje de ambas fiestas en L. Rivas, Historia del 1.º de mayo en España desde 1900 hasta la II República, UNED, Madrid, 1987 y C. Demange, El dos de mayo. Mito y fiesta nacional (1808-1958), Ed. M. Pons, Madrid, 2004.

[4] Artículo de Francisco Nuñez, El Socialista, 1 de mayo de 1908, véase C. Demange, op. cit., pp. 198 y 234.

[5] F. Largo Caballero, Mis recuerdos, Ed. Unidas, México, 1976; J. F. Fuentes, Largo Caballero, el Lenin español, Ed. Síntesis, Madrid, 2005; tampoco atiende a estos temas y testimonios el buen estudio de P. Ruiz Torres sobre Rafael García Ormaechea que precede a la edición de su Superviviencias feudales en España: estudio de legislación y jurisprudencia sobre señoríos, Ed. Urgoiti, Pamplona, 2002, pp. I-LXXVI.

[6] G. Haupt, M. Lowy y C. Weill, Les marxistes et la question nationale (1848-1914), François Masperó, París, 1974; R. Gallissot, «Nación y nacionalidad en los debates del movimiento obrero», en Historia del marxismo, vol. 6, «El marxismo en la época de la II Internacional», Ed. Bruguera, Barcelona, 1981; J. L. Robert, Les Ouvriers, la Patrie et la Revolucion. Paris 1914-1919, Les Annales Litteraires, Beçanson, 1995. Véase también Mouvements ouvriers espagnols et questions nationales 1868-1936, n.º 128 de Le Mouvement Social, dirigido por A. Elorza, M. Ralle y C. Serrano, París, 1984.

[7] Para la función de los intelectuales en el primer socialismo véase todavía, E. Hobsbawm, «La difusión del marxismo 1890-1905», en revista Estudios de Historia social, 8-9 (1986), pp. 11-29. Una útil caracterización de la cultura política de los socialistas españoles hasta el fin del siglo XIX en Santos Juliá, Los socialistas en la política española, Ed. Taurus, Madrid, 1997, subrayando sus fuertes componentes antiestatistas y antipolíticos, p. 38.

[8] G. Haupt, Le congrés manqué. L’Internationale à la veille de la premiére guerre mondiale, Ed. François Masperó, París, 1965. También: Les internationales et le problème de la guerre au XX siècle, Ed. École française de Roma, 1987.

[9] A. Elorza, «Centros y periferia: el movimiento obrero español y la entrada en la sociedad de masas», en E. Acton e I. Saz (eds.), La transición a la política de masas, PUV, Valencia, 2001, pp. 59 y ss.; S. Balfour, «War, nationalism and the masses in Spain 18981936», en el mismo libro, pp. 75 y ss. M. Pérez Ledesma, «La sociedad española, la guerra y la derrota», en J. Pan Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Alianza Ed., Madrid, 1998, pp. 91 y ss. La cita de J. J. Morato en su libro El Partido Socialista Obrero, Biblioteca Nueva, Madrid, 1918, p. 229.

[10] P. Iglesias, «Los causantes de la Guerra», El Socialista, 22 de mayo de 1898.

[11] Discurso en el Parlamento de Pablo Iglesias, reproducido en El socialista, 27 de mayo de 1913.

[12] Las citas en El Socialista, 14 y 22 de junio y 25 de julio de 1913.

[13] Como ha observado Pere Gabriel en una de las escasas reflexiones existentes sobre el tema: «Actitudes de Pablo Iglesias ante los nacionalismos y el nacionalismo español», en E. Moral Sandoval, Construyendo la modernidad. Obra y pensamiento de Pablo Iglesias, Ed. P. Iglesias, Madrid, 2002, pp. 205 y ss. La cuestión de la actitud de Iglesias ante la nación también pasa desapercibida en la reciente y extensa biografía de J. Serrallonga (a pesar de su título): Pablo Iglesias. Socialista, obrero y español, Barcelona, Edhasa, 2007.

[14] Para las diferencias entre España y el Imperio Austrohúngaro véase F. Sosa Wagner e I. Sosa Mayor, El estado fragmentado. Modelo austrohúngaro y brote de naciones en España, Ed. Trotta, Madrid, 2006, pp. 56 y ss.

[15] Un análisis de la revista La Nueva Era en M. Perez Ledesma, Pensamiento socialista español a principios de siglo, Ed. del Centro, Madrid, 1974. La cita de Bebel en La Revista Socialista, 1903, pp. 487-489.

[16] Vida Socialista fue un semanario promovido y dirigido por Tomás Álvarez Angulo y Juan Almela Meliá, hijastro de P. Iglesias, quienes ya habían impulsado con anterioridad la quincenal Revista Socialista, publicada entre 1903 y 1906 (91 números); disponemos de una edición facsimilar de Vida socialista en ocho volúmenes, con introducción de E. Moral Sandoval y con útiles índices onomásticos y temáticos a cargo de A. Martín Nájera.

[17] El Socialista, 22 de enero de 1912, véase también P. Gabriel, op. cit., p. 212.

[18] Para la evolución de las organizaciones socialistas en la segunda década de siglo, véase también A. Robles Egea, «La Conjunción Republicano-Socialista: una síntesis de liberalismo y socialismo», Ayer, 54 (2004), pp. 97-127. H. Fesefeldt, «Del mundo de los oficios a la lucha de intereses: la UGT, 1888-1923», Ayer, 54 (2004), pp. 71 y ss. También su tesis doctoral, Vom Netzwerk zum Zentralband.

[19] Manifiesto suscrito por UGT y CNT el 27 de marzo de 1917; el texto de Besteiro en «Partido Socialista Obrero. Comité Nacional. A la opinión y a todas las organizaciones», El Socialista, 24 de mayo de 1917.

[20] Die Entstehung der sozialistischen Gewerkschaftsbewegung in Spanien 1888-1923, Dietz, Bonn, 2002.

[21] A. Nin, Justicia Social, 27 de diciembre de 1913.

[22] Leviatán, septiembre de 1934, pp. 39-47. Nin sistematizará al poco tiempo su posición en el libro Els moviments d’emancipació nacional, Ed. Proa, Badalona, 1935.

[23] Justicia Social, 14 de febrero 1914.

[24] A. Nin, «Con los nacionalistas, no, con el nacionalismo, sí», Justicia Social, 28 de febrero de 1914.

[25] El tema cuenta hoy con una extensa bibliografía: J. L. Martín Ramos y R. Alcaraz, La Unió Socialista de Catalunya, Eds. La Magrana, Barcelona, 1987; los mismos autores, junto con otros, han editado un libro sobre el 75 aniversari. Unió Socialista de Catalunya, Ed. Mediterrània, Barcelona, 1999. Los testimonios de Recasens en J. Recasens y Mercadé, Vida inquieta. Combat per un socialisme catalá, edición y notas a cargo de P. Anguera y A. Arnavat, Ed. Empúries, Barcelona, 1985.

[26] O. Cabezas, Indalecio Prieto, socialista y español, Ed. Algaba, Madrid, 2005, p. 307.

[27] La biografía de Largo Caballero en J. F. Fuentes, Largo Caballero, el Lenin español, op. cit., p. 403.

[28] J. Álvarez Junco, «Mitos de la nación en guerra», en República y Guerra Civil, vol. XL de la Historia de España de Menéndez Pidal, p. 639; X. M. Núñez Seixas, ¡Fuera einvasor! Nacionalismo y movilización en la Guerra Civil española (1936-39), Ed. Marcial Pons, Madrid, 2006.

[29] Citado por X. M. Núñez Seixas, ¡Fuera el invasor!..., op. cit., p. 121.

[30] A. Ramos Oliveira, Historia de España, 3 vols., Compañía General de Ediciones, México, 1952 y ss. El tercer tomo está compuesto básicamente sobre el texto que se publicó traducido al inglés en 1946, el brillante e influyente libro Politics, economics, and men of modern Spain 1808-1946 (Victor Gollancz, Ltd.), sobre cuya edición crítica para la Editorial Urgoti estoy trabajando, contrastando añadidos, supresiones y modificaciones entre ambos textos. También, del mismo autor: La unidad nacional y los nacionalismos españoles, Ed. Grijalbo, México, 1970.

[31] S. Balfour y A. Quiroga, España reinventada. Nación e identidad desde la transición, Ed. Península, Barcelona, 2007, especialmente capítulo 4: «España, la visión de la izquierda», pp. 136 y ss.

REPUBLICANISMO E IDENTIDAD NACIONAL ESPAÑOLA: LA REPÚBLICA COMO IDEAL INTEGRADOR Y SALVÍFICO DE LA NACIÓN

M.ª Pilar Salomón Chéliz

Universidad de Zaragoza

* La autora participa en el proyecto de investigación HUM 2005-03741 financiado por el MEC.

¡Resurrección! España, que se creía muerta, respira con Electra. España, que parecía no responder a ningún llamamiento del deber después de la derrota, vive y alienta cuando se toca su libertad. España, a quien se señalaba en Europa como a manera de vertedero donde van a parar las aguas pútridas que expulsa la comunidad civilizada, se dispone a obrar por sí misma la labor de higienizar y sanear su alma y su cuerpo. España, que languidecía anémica, se recobra y se levanta y enseña sus puños a la reacción clerical. España aún tiene tribuna parlamentaria, aún tiene teatro, aún tiene novela, aún tiene Arte, aún tiene prensa.

Y todo, incluso la batalla por la fuerza, que siempre condenaremos, y a la cual ojalá Dios no lleguemos nunca, es preferible al marasmo, al desmayo, a la asfixia en la que parecía vivir la patria, y que merecía, ¡oh, tristeza!, que nos dijeran en el extranjero que nos tomábamos muy filosóficamente el desastre. No, no se toma con filosofía, ni con resignación, ni con mansedumbre el pueblo hispano el agravio de sus infortunios. Lo que les faltaba es una bandera, un ideal, es un lema de batalla para contarse, para sumarse todos los elementos de renovación y de progreso de la España nueva. Y ya lo tiene; se lo han dado hecho reaccionarios clericales, ultramontanos, que ni siquiera han tenido el instinto de esconderse después de la catástrofe, y se ciernen sobre el cuerpo palpitante de la nación sin ventura.

Y no hay, no, otra salvación para España que el que no se encierra en ese espíritu liberal que resucita. Si España debe culminar siendo nación, no puede eliminarse del derecho y de la vida de los pueblos de Europa, extendiendo hasta los Pirineos una prolongación del Magreb. Si España, dentro de sus condiciones modestas, honradas, de un mediano pasar, a modo de Bélgica o Suiza, debe merecer el respeto de los poderosos, lo logrará a condición de que para su existencia se sienten aquí las ideas y las costumbres de tolerancia y de libertad de la comunidad europea civilizada...[1]

Las vinculaciones entre el republicanismo y la cuestión nacional en la España contemporánea son muy variadas y presentan múltiples ángulos y perspectivas. Desde la historiografía, se han abordado, por ejemplo, los distintos modelos que aquél planteó para articular políticamente el Estado bajo forma federal o unitaria, los discursos republicanos sobre la Nación y el Estado, el desarrollo de los nacionalismos periféricos y sus repercusiones sobre el republicanismo, la contribución de éste a la configuración de la ciudadanía, etc.[2] Como en otros asuntos relacionados con la cuestión nacional, también se ha analizado más el republicanismo en relación con los nacionalismos subestatales que con el español, carencia ésta que está siendo subsanada desde los años noventa por la creciente atención que merece por parte de los historiadores el proceso de construcción de la nación española contemporánea. Los estudios sobre el particular, muchos de ellos realizados desde la historia social y la cultural, tienen un enfoque fundamentalmente constructivista; abordan la construcción nacional de España analizando su plasmación en tradiciones, mitos, representaciones, símbolos, lugares de memoria y visiones imaginadas de la Historia de la nación.[3]

En la mayoría de ellos, el republicanismo no es el principal objeto de estudio, pero sí se ofrecen datos e indicios sobre la contribución de éste a la configuración de la identidad nacional española, objeto principal de este artículo. Con ser importante, no nos interesa tanto ahora el análisis político de partidos republicanos, sus postulados teóricos o el papel de sus líderes, como las prácticas sociales del republicanismo generadoras de identidad nacional, o los discursos, interpretaciones del pasado histórico, símbolos y materiales culturales que se difundían en ellas y que configuraron formas de entender España específicas de la cultura política republicana.

Los estudios sobre los procesos de nacionalización y de construcción de identidades nacionales han remarcado reiteradamente la importancia que para el desarrollo de los mismos han tenido los mecanismos no necesariamente dependientes del Estado. Es decir, más allá de la eficiencia y extensión de los niveles de escolarización, del servicio militar y de los medios de transporte y comunicación, resulta crucial para la creación y difusión de identidades nacionales el papel de instancias políticas y cívicas ajenas al poder establecido, así como el de los mecanismos no formalizados que en torno a ellas se activan.[4]Ésta es una idea fundamental que hay que tener muy en cuenta a la hora de analizar el papel del republicanismo en la construcción de la identidad nacional española, dado que sólo en dos ocasiones, y por muy corto periodo de tiempo, accedió al ejercicio del poder en la España contemporánea. Ojear cualquier órgano periodístico del republicanismo basta para percatarse de que el nacionalismo español –lo que los republicanos denominaban patriotismo– constituía una parte esencial de la cultura política republicana. Una simple ojeada, como decía, permite presentir que el republicanismo desempeñó un papel relevante en ese proceso, dados su arraigo y su capacidad de movilización entre amplios sectores de población.

La crisis de conciencia nacional que se extendió por España tras la derrota del 98 provocó, como se ha señalado en diversas ocasiones, una acentuación del nacionalismo español, algo que también afectó al republicanismo.[5]Éste tendría que adaptarse al nuevo contexto político y sociocultural marcado tanto por dicha crisis de conciencia como por el desarrollo de los nacionalismos periféricos. Y lo haría con un discurso fundamentalmente regenerador, preocupado por sacar al país del estado de postración en el que a su juicio se encontraba. La solución pasaba por conseguir el final de la Monarquía y establecer la República. De forma que el discurso nacionalista y regenerador de los republicanos se puso al servicio de la movilización política del electorado y con ello se acentuó la capacidad de difusión de los componentes nacionalizadores de la cultura política republicana.

Desde la oposición, y a pesar de estar marginado del sistema político de la Restauración, el republicanismo desarrolló una intensa labor nacionalizadora al concurrir junto con otras culturas políticas en la esfera pública. Su acción en esa dirección fue mucho más allá del debate político que se podía suscitar en los ateneos y círculos republicanos, y que la prensa republicana se encargaba de difundir en la plaza pública, en tabernas y cafés. La movilización política y social, el recurso al anticlericalismo, la promoción de unas determinadas manifestaciones culturales, la difusión de imaginarios simbólicos, mitos y lugares de memoria, las interpretaciones de la Historia, la exaltación de lo local/regional como símbolo de lo nacional, etc., son otros tantos aspectos igualmente importantes que cabe analizar a la hora de abordar la contribución republicana a la nacionalización de los españoles. Por ello nos centraremos en dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, el discurso y los planteamientos generales que el republicanismo difundió sobre la nación, entre los que destaca el componente anticlerical por su importancia en el nacionalismo español de tradición republicana; en segundo lugar, los mecanismos de socialización de la identidad nacional española en clave republicana. Las primeras décadas del siglo XX, hasta la proclamación de la República, serán el marco temporal privilegiado de este análisis, un periodo en el que los republicanos no tenían acceso al poder estatal y, en consecuencia, tampoco a los mecanismos convencionales de nacionalización en manos del Estado. Quedaban, sin embargo, a su alcance las posibilidades abiertas por una creciente politización de la vida pública, en la que competía con otras culturas políticas por atraer el apoyo de las masas que se estaban incorporando a la política.

EL DISCURSO NACIONALISTA REPUBLICANO: HISTORIA, POPULISMO Y ANTICLERICALISMO

Desde el siglo XIX se habían ido configurando al menos dos formas diferentes y contrapuestas de concebir la nación española: la católica y la liberal progresista. Muchos de los planteamientos de esta última, potenciados en una dirección democratizadora, fueron asumidos por la visión republicana de España. Los republicanos no compartían una única imagen de ella, como se puso de manifiesto durante la I República con las tensiones entre federales y unitarios. A pesar de estas diferencias, España aparecía en todos ellos como algo dado, incluso entre los federales. Como ha recordado Ángel Duarte, el republicanismo «asumió como propia la tarea de participar en la construcción del moderno Estado nacional español» y se decantó desde el Sexenio a los años de la II República por planteamientos claramente anticentralistas, alternativos al modelo centralizado de construcción de la nación liberal. Con objeto de que el Estado fuera realmente participativo, proponía dotar de autonomía a los marcos locales y regionales[6]La posibilidad de penetración de los presupuestos republicanos se multiplicó desde los años noventa del siglo XIX, y sobre todo desde la crisis finisecular, con la expansión de centros de tendencia republicana tras la aprobación de la ley de asociaciones de 1887. Los nuevos espacios de sociabilidad favorecieron la conexión con las clases populares, sobre todo las urbanas –aunque el mundo rural no quedó totalmente al margen–, y se intensificó el proceso de configuración y difusión de la cultura política republicana.[7]

Las apelaciones al pueblo, entendido éste como un conglomerado interclasista formado por la no oligarquía, por todos los excluidos del sistema político de la Restauración, habían sido una constante de la cultura política republicana desde el siglo XIX. Al potenciarse el nacionalismo español republicano tras el 98, se reforzaron las apelaciones a ese Pueblo identificado con el conjunto de la Nación. Del descontento y la crítica con la realidad política y social existente surgía una afirmación colectiva a favor de la regeneración nacional. Crear una entidad nacional fuerte pasaba para los republicanos por implantar la República, única salida política a la crisis de la Restauración. El diagnóstico de los males de España estaba claro desde la perspectiva republicana, y gozó de una importante repercusión pública. De acuerdo con él, la responsabilidad de la decadencia nacional recaía, no sobre el pueblo, sino sobre la Monarquía autocrática. A este respecto, los republicanos insistían en que la Monarquía borbónica, continuadora de la establecida por la también extranjera dinastía de los Austrias, «era ajena al alma nacional»; y, en el siglo XIX, había mantenido a la sociedad española en una situación de atraso que contrastaba duramente con el progreso alcanzado en el entorno europeo. La Monarquía, pues, no respondía a las necesidades de la patria, que era víctima de los malos gobiernos; sólo la República, encarnación del pueblo y conocedora de sus problemas, garantizaría el resurgimiento de España y la salida de la crisis en la que la había sumido la Monarquía. La República era mucho más que una forma de gobierno; era también el régimen ideal, el que mejor se adecuaba a «la nobleza, dignidad e independencia del pueblo español», según había escrito décadas antes Fernando Garrido.[8] La fuerza y la capacidad de movilización de las formulaciones regeneracionistas republicanas residían en las apelaciones constantes al Pueblo, en sus llamamientos a los sectores populares como parte de la Nación, para luchar por ese ideal integrador y salvífico que simbolizaba la República. Con la crisis finisecular, el momento parecía más oportuno que nunca para tratar de movilizar la conciencia nacional de los españoles en favor de un cambio de régimen.[9]

Con ese objetivo movilizador, los republicanos construyeron un discurso de la nación como ámbito de referencia y de actuación en el que se combinaban una determinada visión historiográfica de España y la comparación con modelos exteriores, principalmente con la III República Francesa. La visión que sobre el pueblo español a lo largo de la Historia manejaban los republicanos contenía abundantes referencias de corte esencialista. Vislumbraban a ese pueblo desde los tiempos más remotos, como fruto de una mezcla de pueblos (íberos, celtas, celtíberos, fenicios, griegos, etc.) de la que «salió una gente potente y vigorosa. (...) De tan diversos elementos, y con tan importantes cualidades, pudo formarse la potente raza que atravesó el difícil tránsito del mundo antiguo al nuevo. (...) Estos pueblos (...) nos dejaron tales gérmenes de independencia, de grandeza, de libertades, que las ideas democráticas quedaron en nuestra España como una semilla oculta».[10] Palabras como éstas, escritas por el republicano federal Enrique Rodríguez Solís en su obra Historia del partido republicano español, publicada en 1892, reflejaban perfectamente algunas de las ideas compartidas por la cultura política republicana en torno al origen del pueblo español. Manifestaban asimismo la influencia de la tradición liberal progresista decimonónica sobre el republicanismo, una tradición que remitía al mito de las antiguas libertades medievales perdidas por culpa de reyes extranjeros que no amaban ni respetaban al verdadero pueblo español. Los republicanos celebraban las virtudes de la España medieval, en la que la tolerancia hacia judíos y musulmanes caracterizó a la nación. Con la llegada de una dinastía extranjera, la de los Austrias, y su intolerancia religiosa, había comenzado la decadencia de la nación española. Otros republicanos iban más atrás y señalaban que los problemas sociales, políticos, culturales y religiosos que afligían a la España de la Restauración se enraizaban en el proceso de decadencia nacional iniciado con la reconquista católica.[11]

A título de ejemplo, podemos observar la larga trayectoria de estas ideas acercándonos a la obra de dos republicanos que escribieron sobre su concepción de España en el primer tercio del siglo XX: Luis Morote y Marcelino Domingo. La visión de la historia de España que ofrecía Luis Morote en La moral de la derrota, obra publicada en 1900, respondía claramente a los presupuestos que el discurso nacional de tradición liberal había construido a lo largo del siglo XIX.[12] Defendía soluciones democráticas y autonomistas a nivel local o regional, e incidía en presupuestos del liberalismo decimonónico partidarios de que una vida local fuerte contribuiría a asentar la nación sobre bases sólidas. Con todo, su obra transmitía una imagen esencialista de la nación española. Buscaba el origen del problema nacional en el carácter nacional de los españoles y retrocedía en su busca hasta los tiempos de los celtíberos y de los romanos. Situaba el origen de la nación española en los Reyes Católicos, aunque juzgaba de forma crítica el hecho de que la unidad nacional se hubiera fundado en la unidad religiosa, por las consecuencias negativas que ello implicó con la instauración de la Inquisición. Como muchos liberales y republicanos, localizaba el comienzo de la decadencia de España a partir del momento en el que ésta se había identificado con la «resistencia al progreso de la Edad Moderna», es decir, cuando se llevó a sus últimas consecuencias esa identificación entre unidad nacional y unidad religiosa al instaurar la Inquisición. De igual forma, el periodo de los Habsburgo merecía un juicio negativo para Morote por su fanatismo religioso y por haber acabado con las libertades de los distintos pueblos de España.

Con marcado carácter regeneracionista, se interrogaba también por España Marcelino Domingo en 1925. Ese año publicó su obra ¿Qué es España? y, en 1930, ¿A dónde va España? Partía de los problemas que tenía el país (Marruecos, el caciquismo, la corrupción electoral, la falta de instrucción, el problema clerical, etc.) para definir lo que significaba España. A su juicio, el Estado, incapaz e inmoral, era la causa directa del retraso de la Nación. La no vertebración del Estado y la Nación había provocado la decadencia del país, y retrotraía el inicio de esa situación al papel de las monarquías extranjeras y expoliadoras que había sufrido España al menos desde Carlos V. Igualmente, la unidad que los monarcas habían querido imponer había producido una notable decadencia, al tratar de extirpar las diversas personalidades y libertades peninsulares tan arraigadas. En su idea de España, se identificaba la causa republicana con la causa nacional, lo que le llevaba a ver en el triunfo de la República el requisito indispensable para la existencia de la Nación.[13]

Era un discurso que remitía a la reiterada esperanza republicana en un futuro no demasiado lejano en el que las libertades serían finalmente recobradas. En las primeras décadas del siglo XX, los republicanos desarrollaron un discurso regeneracionista que hacía hincapié tanto en los males de la patria como en la necesidad y en la esperanza de establecer la República como única forma de acabar con ellos. Su discurso se movía entre el optimismo de que dicho día estaba próximo y la desesperanza por ver que el pueblo no terminaba de despertar y de movilizarse en pos de ese objetivo. Rasgos, pues, típicamente regeneracionistas que a principios de siglo se vieron respaldados por el éxito de los planteamientos sobre las razas y pueblos decadentes y moribundos, entre los que invariablemente quedaba España.[14] Y se esgrimían distintos argumentos para explicar tal situación: la creciente emigración que sufría, a pesar de la inmensa riqueza de la patria −se remarcaba−; el despilfarro de dinero que suponía el presupuesto destinado al culto y clero; la labor de la Monarquía, perjudicial para la patria por el caciquismo y el clericalismo imperantes; el fanatismo religioso, que favorecía la ignorancia y la sumisión del pueblo a los dictados de los gobernantes, etc. Las quejas por la desidia del pueblo, por su atonía, persistieron en el tiempo y siguieron formulándose en los años de la dictadura de Primo de Rivera, como reflejaban los lamentos de Marcelino Domingo por la «frivolidad», la «indiferencia», el «encogimiento de hombros», que caracterizaban a su juicio la realidad española del momento.[15]

Frente a esa atonía, cualquier acontecimiento que pusiera de manifiesto la existencia de una movilización republicana servía para exclamar que todavía quedaba patria: una patria joven cuyas características se definían por oposición a la vieja, una patria que laboraba, estudiaba, se rebelaba contra el estado de cosas existente...[16] Una patria joven que se identificaba con la República. En este sentido, los republicanos gustaban de reiterar que la República, a pesar de haberse enfrentado a múltiples dificultades y a varias guerras, había sabido conservar la integridad territorial, a diferencia de lo ocurrido desde la restauración de la Monarquía. Los republicanos se presentaban, pues, como los verdaderos patriotas: sólo ellos podían salvar España, y la República era la única que podía garantizar la integridad de la patria.

A pesar de sus divergencias, los republicanos aspiraban a construir una España fuerte, moderna y laica. Los llamamientos interclasistas del republicanismo incluían una retórica del patriotismo, del nacionalismo, que apelaba a la nación, al pueblo depositario de justicia social, para movilizarlo contra la oligarquía.[17]Y entre la oligarquía, ocupaba un lugar destacado la jerarquía eclesiástica, la Iglesia. Ya en las últimas décadas del siglo XIX, los sectores republicanos progresistas esgrimían argumentos anticlericales cuando hablaban de la necesidad de superar los males de la patria y de regenerarla. La Iglesia católica y el cura ya aparecían en la literatura republicana decimonónica como símbolos de una reacción que encarnaba todos los vicios, entre los que destacaba especialmente el abandono de sus deberes para con la familia y la patria.[18]Pero fue con la crisis que siguió a la derrota del 98 cuando el anticlericalismo se intensificó al hilo de las acusaciones que identificaban a la Iglesia, en general, y a las órdenes religiosas, en particular, como las causantes de la decadencia de

España. Desde entonces esos argumentos pasaron a formar parte significativa de la visión que muchos sectores partidarios de la República tenían de España, remachados por las comparaciones que establecían con la imagen idealizada de una Francia republicana y laica, libre de injerencias y sumisiones vaticanas. Las apelaciones de los republicanos a la conciencia nacional estuvieron plagadas de referencias anticlericales al lastre que representaba la Iglesia para el resurgir de España como nación.[19]Todos los republicanos responsabilizaban a la Monarquía de la injerencia clerical en la vida del país porque, en su opinión, aquélla no mostraba fortaleza ante el clericalismo, toleraba sus acciones e incluso lo defendía con la fuerza pública. Como prueba palpable solían aducir casos en los que clérigos acusados de algún abuso escapaban a la ley o se evitaba su comparecencia ante la autoridad judicial, lo que a juicio del republicanismo representaba un atentado a la soberanía de la Nación. En una República fuerte no se atreverían a despreciar las leyes, aseguraban los republicanos. De hecho, la intensificación de ese componente anticlerical fue la peculiaridad que caracterizó al nacionalismo español de signo republicano en esos años de comienzos del siglo XX y lo que reflejó más claramente las diferencias que lo separaban de otras posiciones nacionalistas españolas de tradición liberal.

El anticlericalismo aparecía vinculado en ese discurso a la modernidad y la europeización, en un debate que el conflicto clericalismo/anticlericalismo situó entre la tradición y la modernidad: entre el respeto a la tradición católica, española, y la defensa de valores como la libertad, la tolerancia y la apertura a Europa. Era un debate que afectaba a la concepción que cada contendiente tenía de la nación. En el ideal republicano, la modernización de la sociedad, la unidad nacional y el prestigio internacional aparecían ligados a la afirmación de una moral cívica y laica, que tenía como enemigo definido a la Iglesia. Como ha señalado Ferran Archilés, el anticlericalismo constituía así un elemento central del discurso nacionalista republicano. Resultaba además muy útil por su potencial movilizador y porque reforzaba el mensaje interclasista al apelar a todos aquellos que se pudieran sentir agraviados por la Iglesia a considerarse parte de una comunidad imaginada en la que las aspiraciones de modernidad y de unidad y fortaleza de la nación corrían parejas a la consolidación de una moral cívica y laica.[20]

REPUBLICANISMO Y SOCIALIZACIÓN DE LA IDENTIDAD NACIONAL ESPAÑOLA

Si del discurso pasamos a la praxis, habría que resaltar que los republicanos actuaron como eficaces instrumentos nacionalizadores. Impulsaron una serie de mecanismos de socialización política con los que contribuyeron a la difusión de la conciencia nacional republicana. De ellos, el discurso era uno de los medios esenciales, sobre todo si se difundía con una retórica tan populista y penetrante como la de Lerroux. En su famoso artículo «¡Rebeldes, rebeldes!», por ejemplo, aparte de sus diatribas anticlericales, hablaba de «la vieja patria ibera, la madre España» en términos como estos:

Ni el pueblo, dieciocho millones de personas, ni la tierra, 500.000 kilómetros cuadrados, están civilizados. (...) // La tierra es áspera, esquiva, difícil: necesita que el arado la viole con dolor, metiéndole la reja hasta las entrañas; (...) necesita colonos que penetren su alma y descubran sus tesoros, colonos que la cultiven con amor como los viejos árabes, caballeros del terruño que de nuevo con ella se desposen y auxiliados de la ciencia la fuercen a ser madre próvida de treinta millones de habitantes y le permitan, por su exportación, enviar aguinaldos de su rica despensa a otros 80 millones de seres que hablan en el mundo nuestro idioma.[21]

La prensa republicana constituyó el principal altavoz del discurso republicano y como tal contribuyó intensamente a su labor nacionalizadora. La prensa de partido desempeñó un papel esencial en los esfuerzos que los republicanos desarrollaron para movilizar políticamente a la población. Y con ese objeto, no dudaron en apelar reiteradamente a la conciencia nacional de los españoles, a su patriotismo. Para las elites intelectuales con aspiraciones políticas que rivalizaban con las que controlaban el Estado, la prensa ofrecía un medio eficaz con el que difundir sus presupuestos nacionales entre importantes sectores de la población. A pesar de lo limitado de sus tiradas y de los altos índices de analfabetismo existentes en España, hay que valorar la prensa como un instrumento que contribuyó a la construcción de la identidad nacional, especialmente importante para los republicanos en la medida en que no tuvieron acceso hasta los años treinta a los medios convencionales de nacionalización en manos del Estado.

La prensa espoleó los preparativos de algunos festejos conmemorativos, aunque su papel fundamental a este respecto se centró en reactivar la memoria colectiva de las celebraciones. Esa labor se vio marcada por el devenir de la historia reciente de España, a cuya luz se releían los acontecimientos del pasado. Así, por ejemplo, como ha estudiado Christian Demange, el aniversario del 2 de mayo a comienzos del siglo XX se vio lastrado entre los republicanos por la conciencia de crisis nacional que se extendió tras la derrota del 98. De ridícula parodia y de bofetón a Francia calificaba las celebraciones por entonces El País, periódico republicano madrileño. Pocos años más tarde, sin embargo, con motivo del centenario, dio una gran prioridad a la conmemoración de los sitios en Zaragoza y a la exposición hispano-francesa, evento que ensalzó como expresión de la modernidad a la que aspiraba el conjunto del país. De igual forma, este periódico promocionó acciones concretas, como la campaña que emprendió para asociar el centenario de la Constitución de Cádiz con el de la Guerra de la Independencia a fin de que aquélla no pasara desapercibida. Y sobre todo, El País aprovechó el centenario para ensalzar el papel del pueblo bajo en el 2 de mayo, revisando, por ejemplo, varios mitos –el de Agustina de Aragón como mujer del pueblo o el de Manuela Malasaña– y hechos relevantes del periodo de la guerra –Cádiz y la independencia, las Cortes de Cádiz–. Publicó durante varios meses dos Episodios Nacionales de Galdós, considerado por los republicanos un educador y sembrador de patriotismo. Y tras el centenario, como el conjunto de la prensa republicana, apoyó la resistencia frente al olvido oficial de la tradición de celebrar esa fecha.[22]Para los republicanos era importante fomentar el desarrollo de la cultura nacional mejorando el conocimiento del pasado. Sólo de esta manera se podía contrarrestar la manipulación del patriotismo que, a juicio de aquéllos, llevaban a cabo conservadores y tradicionalistas, y contribuir así a la emancipación del pueblo. Esto se tradujo en una disputa continua sobre cómo se entendían los mitos esenciales para la configuración de la identidad nacional española. La diversidad de lecturas sobre el 2 de mayo constituyó una prueba evidente de ello y la prensa sirvió para reactivar y enriquecer el debate y la memoria colectiva sobre el particular. Como destaca Demange, para los republicanos, el 2 de mayo tenía una interpretación democratizadora clara ya que «simbolizaba la irrupción del pueblo como actor de la historia». La fecha permitía resaltar el papel tan decisivo que había supuesto aquella intervención histórica del Pueblo en un momento, la Restauración, en el que estaba excluido de la vida política; servía, asimismo, para recordarle sus hazañas y para advertir a los políticos del sistema oligárquico de que ese Pueblo continuaba existiendo, que podía renacer y acabar imponiéndose a ellos.[23]El discurso, pues, no se quedaba en una pura retórica. Daba sentido, significado, a las diferentes experiencias de politización que se vivían en el mundo republicano relacionadas con la sociabilidad, los festejos, la movilización o la difusión de referentes simbólicos, y que contribuían a nacionalizar a diversos sectores sociales, principalmente entre las clases medias urbanas y los sectores populares.[24]

La labor nacionalizadora del republicanismo se había puesto de manifiesto ya en el siglo XIX. Hay que destacar, por ejemplo, que los republicanos fueron los únicos que tras el Sexenio se esforzaron por mantener la conmemoración del 2 de mayo, festejando su significado democratizador. Si en las celebraciones republicanas del 2 de mayo durante el Sexenio habían potenciado el componente de lucha y triunfo del pueblo frente al despotismo, eliminando toda referencia religiosa, ya en la Restauración, seguirían celebrando la fecha y fomentando una lectura del mito que respaldara el proyecto de regenerar España mediante la República. A diferencia de la prensa obrera, los republicanos no consideraban que el 1 y el 2 mayo fueran fechas contrapuestas. Para ellos eran complementarias y, a pesar de la competencia que representaban las manifestaciones del 1 de mayo, renovaron su interés en celebrar la segunda fecha con la esperanza de que la movilización social abriera la puerta a importantes cambios sociales y políticos. En los primeros años noventa, los republicanos fomentaron aquella conmemoración patriótica para movilizar al pueblo en favor de una nueva lucha por la libertad, identificada con el ideal republicano.2[25]Otro ejemplo de la labor nacionalizadora desarrollada por el republicanismo finisecular procede de los republicanos exiliados en Argentina, dados el interés y el esfuerzo que mostraron por cohesionar la comunidad de españoles allí emigrados recurriendo fundamentalmente al patriotismo. Como ha estudiado Àngel Duarte, colaboraron con los gastos de la guerra en Cuba, elaboraron artículos de contenido nacionalista, apoyaron formas de regeneracionismo de tipo republicano y democrático y crearon asociaciones patrióticas que impulsaron movilizaciones en los momentos de enfrentamiento abierto con Estados Unidos. Y ya durante las primeras décadas del XX continuaron esa labor identitaria impulsando distintas iniciativas de sociabilidad (fiestas españolas, sobretodo) y la edición de publicaciones que difundieron ideas españolistas de corte regeneracionista.[26]

Al igual que ellos en el exilio, los republicanos que vivían en España tuvieron que adaptarse al surgimiento de los nacionalismos periféricos. Frente a ese reto, y al igual que aquéllos, los republicanos trataron de regular las distintas identidades, intentando hacer compatibles las identidades local, regional y nacional. Con todos los debates que ello generó, ésa fue la tónica dominante en el conjunto de España, si bien en Cataluña las reacciones fueron más variadas y sus consecuencias más drásticas. Una parte del republicanismo catalán adoptó actitudes más eclécticas en las primeras décadas del siglo a la vista de las posibilidades que ofrecía el regionalismo, y se impregnó de la visión que ponía el acento en el papel de Cataluña en la regeneración de España. Sin embargo, en otra parte del republicanismo predominó el rechazo, incluso visceral, al catalanismo, como ocurrió con el españolismo lerrouxista.[27] Frente al desafío del regionalismo y la aparición de Solidaridad Catalana, las juventudes republicanas lerrouxistas en Barcelona dieron a luz periódicos radicalmente antisolidarios, El Descamisado y La Rebeldía: el primero, españolista a ultranza, escarnecía la simbología catalanista y ensalzaba Lepanto, Trafalgar o Agustina de Aragón; el segundo, de tono fundamentalmente anticlerical y de exaltación revolucionaria, no excluyó las referencias patrióticas.[28] Las repercusiones de la aparición del nacionalismo catalán sobre el republicanismo no se limitaron a Cataluña, como dejan claro tanto el anticatalanismo del republicanismo castellonense como el caso andaluz, donde la aparición de Solidaridad Catalana llevó a algunos a intentar la formación de un partido regional inspirado de alguna manera en aquélla, la Liga Republicana de la Región Andaluza. Apelaron a la descentralización y al regionalismo dentro de la defensa de un nacionalismo republicano español que fomentara la solidaridad nacional. Sin embargo, estos ensayos no acabaron de cuajar, entre otros motivos porque primó más la defensa republicana de un nacionalismo español y porque se consideraba más útil a los intereses del republicanismo potenciar el municipalismo.[29]

Está menos estudiado cómo afectó el surgimiento del nacionalismo vasco al republicanismo, pero las investigaciones desarrolladas hasta la fecha apuntan a que, tras la supresión del régimen foral en la Restauración, los republicanos vascos recordaron los fueros como una cuestión pendiente, si bien adoptaron una actitud benévola ante su abolición. En el resto de España, sólo los federales harían mención expresa al respecto, mientras que los demás grupos de tendencia unitaria se decantaron por subsumir la cuestión entre las diversas propuestas de descentralización que plantearon para el país.[30] El intento de los republicanos vascos en el Sexenio, y en menor medida durante la Restauración, por hacer una lectura democrática de los fueros y disociarlos de la causa carlista no parece que tuviera éxito entre los republicanos españoles, si tenemos en cuenta los argumentos tan difundidos en la prensa republicana desde la derrota del 98 que alimentaban el rechazo hacia el nacionalismo vasco al identificarlo con la larga mano del clericalismo que amenazaba la integridad del país y pretendía agravar la decadencia de España. Similares afirmaciones se podían leer con respecto al catalanismo, pero mientras éstas se diluyeron considerablemente durante la II República, mostraron mucha mayor persistencia con respecto al País Vasco.[31]

En conjunto, desde finales del XIX hasta los años treinta, los republicanos españoles se movieron entre el rechazo a los nacionalismos periféricos, la apertura (si bien no exenta de muchos recelos) hacia los regionalismos y la apelación en sus discursos y prácticas a componentes de la identidad local y/o regional del área en la que se encontraban, integrados siempre en la identidad nacional española. Era ésta una visión compartida por la tradición liberal progresista procedente del siglo XIX, en la que la historia siempre ocupó un lugar central. Los republicanos hicieron hincapié en aquellos personajes y hechos históricos del pasado local, regional o nacional a los que se podía atribuir un significado de lucha por las libertades y por el bien de la patria. Con esta interpretación de la historia, establecían una continuidad entre el pasado y el presente, mediante la cual los republicanos reclamaban ser los auténticos herederos de dicho espíritu, argumento que gustaban de reiterar especialmente en épocas previas a las elecciones.[32]

Esa narración que vinculaba el pasado con el presente, y que resaltaba las conclusiones que se desprendían de los hechos pretéritos para la lucha política coetánea a favor de la República, aparecía, por ejemplo, en el mito del Castellón liberal fomentado por los republicanos de la ciudad. Como ha estudiado Ferran Archilés, estos se proclamaban herederos de aquella lucha patriótica contra el carlismo de 1837 en la acción política del momento y ligaban el patriotismo local con el español, identificándolos como auténticos sinónimos. A través de la narración histórica que incluía la prensa local sobre la fecha, se vinculaba de forma precisa la construcción de la historia de la ciudad con los mitos de la historia de España. Con objeto de conmemorar cada aniversario, se organizaba anualmente una fiesta en la que resultaban tan relevantes los símbolos y los ritos como la socialización festiva: todo servía para producir y difundir una identidad nacional en clave republicana. Los actos conmemorativos que conformaban la fiesta republicana reforzaban de distintas formas los patriotismos local y nacional. Así ocurría en los certámenes literarios, donde se premiaban obras cuya temática estuviera relacionada con la victoria de 1837, y, sobre todo, en la procesión cívica, que pretendía simbolizar «una representación social horizontal e interclasista con el pueblo republicano como comunidad imaginada y solidaria».[33]

Junto a figuras emblemáticas del panteón histórico republicano por su vinculación con la lucha por la libertad –Juan Lanuza, el último Justicia de Aragón ejecutado por Felipe II, o Juan de Padilla, líder de la rebelión de las comunidades en Castilla–, la Guerra de la Independencia, las contiendas carlistas y, en su caso, las resistencias ofrecidas al pronunciamiento de Pavía en 1874, constituían episodios contemporáneos habituales a los que aludían las interpretaciones republicanas de la historia local o regional para reclamarse herederos de aquellos antiguos luchadores por la libertad. Eran episodios sobre los que la interpretación republicana se solapaba con la liberal, habida cuenta de las continuidades de la primera con respecto a la visión liberal de la historia de España. A pesar de la confluencia entre muchas fechas significativas de los calendarios liberal y republicano, los republicanos las aprovecharon para difundir su cultura política, su propaganda y sus símbolos y, en algún caso, llegaron a hacer prevalecer su ritual sobre el liberal.[34] En los aniversarios correspondientes, la prensa republicana recordaba las fechas y gestas más gloriosas con las que corroborar los tópicos sobre el sentido liberal de la historia local y/o regional con la que se identificaban, siempre insertas en el marco nacional español, y las utilizaba para reivindicar su propia historia como defensores de la libertad. En Zaragoza, por ejemplo, la fecha más rememorada era la del 5 de marzo, aniversario de la victoria liberal sobre el asalto carlista a la ciudad en 1838. Constituía la única fiesta local de origen civil en la capital, y su protagonista principal era el pueblo, que acudía a los parques y arboledas de la ciudad a comer y descansar. Se festejaba la amplia participación popular en la defensa de la ciudad y el significado del evento como ejemplo de lo que un pueblo podía lograr cuando le guiaba «su amor a la libertad y al patriotismo».

Similar significado tenía en Teruel la conmemoración anual de la defensa de la ciudad frente al asedio carlista en el verano de 1874. Una procesión cívica al monumento erigido con tal motivo en la llamada Plaza de la Libertad recordaba aquellos acontecimientos. La conmemoración hermanaba a todos los liberales de la localidad, vencedores de la contienda carlista, si bien siempre estuvo muy ligada a los republicanos, que se consideraban los verdaderos promotores de la defensa de la ciudad.[35] De modo que cobró una especial solemnidad al comienzo de la II República, porque mostraba, en palabras del alcalde José Borrajo, un histórico republicano de la villa, la «arraigada convicción liberal y republicana» de la ciudad y servía para recordar que la lucha de aquellos héroes, ejemplificada en los protagonistas que todavía vivían –a quienes se saludaba como a «un trozo viviente de nuestra historia y de nuestro pueblo»–, no había sido estéril, pues el régimen «por el que lucharon y muchos murieron» ya no era «una quimera» sino «una realidad».[36] Como debió de ocurrir en celebraciones parecidas en esos primeros tiempos de la República triunfante, los discursos que se escucharon apelaban al pueblo, simbolizado por la numerosa participación popular en las procesiones cívicas conmemorativas. Como ha recordado recientemente Rafael Cruz, era el mismo pueblo que el discurso populista republicano había caracterizado desde décadas atrás con una serie de cualidades morales que le garantizaban el triunfo futuro; un triunfo que finalmente se había hecho realidad, y cuyo devenir estaba en sus manos porque, proclamada la República, «ya contaba con los derechos políticos para participar activamente en la política y consolidar la República».[37] En el discurso articulado en esas conmemoraciones seguían presentes, igual que a comienzos de siglo, las referencias nacionalistas que hacían hincapié fundamentalmente en la contribución que tal o cual ciudad o región había hecho a la nación española. Así se puede observar en el poema que el obrero turolense José Maícas leyó con motivo de la fiesta en julio de 1931, en el que se pueden apreciar dos hilos conductores característicos de la cultura política republicana en estos temas: la vinculación del pasado con el presente a través de las personas que lucharon por la libertad y la República, y la contribución de la ciudad o región –en este caso, Aragón– a la proclamación del nuevo régimen –gracias a los llamados héroes de Jaca:[38]

(...) // De Abril el doce corría

cuando el sol salió triunfante

barriendo cuantos infantes

a su paso se oponían.

Acompañando venía

la que fue tan deseada

la República adorada

que a España así le decía.

¿Por qué eres tan mal tratada,

hija de mi corazón?

¿por ese mal rey Borbón

que te tiene sofocada?

Avanza, no mires nada,

recobra tu libertad,

honra así a tu dignidad

por ese rey pisoteada.

Mira que en el tres de Julio

los Borbones ya quisieron

avasallar a Teruel

pero no lo consiguieron.

Porque a ello se opusieron

Villalba, Marzo y Espílez

Espallargas, Oria y Quílez,

que en la defensa murieron.

(...) // Sólo por la libertad

todos ellos sucumbieron

y sus nombres no murieron

miradlos a donde están.

Ellos dicen brotarán

un día hombres de talento

que por lograr nuestro intento

jamás retrocederán.

Y ha de ser en Aragón.

Se cumplió la profecía

en Jaca es donde nacía

la hermosa revolución.

Pues en García encarnaron

y en Galán sus ideales,

y aquellas personas reales

también los asesinaron.

(...) // El pueblo ya tan cansado

de tanta canalla vil,

que vio tanta ingratitud

le prepara el ataúd

el día doce de Abril.

El entierro es el entierro

que el pueblo así lo ha mandado.

Y al proclamar la República

las espadas se han doblado.

Es un acto de heroísmo,

es un acto tan honrado,

que defender la nación

es antes que un soberano.

Y con un deber profundo

nacido del corazón,

spaña da una lección

a las Naciones y al mundo.

(...) // Viva la República

Viva dice Azaña

con Prieto y Zamora

y yo Viva España.

Con referencias como ésta, la prensa republicana definió y difundió una identidad en la que lo local se solapaba con lo regional y que remitía en última instancia a lo nacional. La historia seguía ocupando un papel central. Los personajes y acontecimientos históricos mencionados construían una imagen del pasado que se proyectaba hacia el presente a base de destacar, desde la perspectiva republicana, aquellos elementos que los relacionaban: todos simbolizaban la lucha por la libertad y por el bien de la patria, los mismos valores que los republicanos resaltaban de la labor que desarrollaban en el presente.

Ese patriotismo local republicano se configuró en disputa con otras formas de entender lo local y lo nacional, preferentemente con las formulaciones de carácter católico, un enfrentamiento que se plasmó simbólicamente en la erección de monumentos o en la propia celebración festiva. Así se puso de manifiesto, por ejemplo, en Bilbao, donde desde 1896 la celebración de la Fiesta de la Libertad del 2 de mayo en conmemoración del fin del sitio carlista de 1874 se convirtió en una batalla simbólica por intentar desligar de ella la celebración religiosa del Te Deum típica hasta entonces; o en Zaragoza en 1904, con la inauguración del Monumento al Justicia de Aragón, acto que fue seguido de la inauguración a pocos metros y horas de diferencia del Monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria. O en Castellón, donde la rivalidad por la fiesta local culminó con la instauración de un calendario festivo católico propio centrado en la patrona de la localidad, la Mare de Deu del Lledó.[39]Esa tensión con la interpretación católica de la historia alcanzaría su culminación en los años treinta, cuando frente a las iniciativas legislativas y culturales de signo laico fomentadas desde distintas instancias de poder controladas por los republicanos, tanto a escala nacional como local, los sectores católicos militantes impulsaron todo tipo de tradiciones litúrgicas y actividades culturales relacionadas con la religión para conformar una identidad católica antagónica a la republicana laica.[40]

Como recuerda Pamela Radcliff, los rasgos generales de la cultura política republicana estaban claramente definidos a comienzos del siglo XX y variaron escasamente antes de la Guerra Civil.[41] Desde la perspectiva republicana, había que difundirla para promover la transformación cultural necesaria que permitiera hacer realidad el cambio político. Para los republicanos, esto significaba transformar una nación de súbditos en otra de ciudadanos que pudieran participar en el desarrollo del proceso democrático. Los republicanos se aprestaron a ello cuando accedieron al poder en abril de 1931, pero no partieron de la nada. Llevaban décadas tratando de incorporar a esa cultura política a la población, principalmente a los sectores de clases medias urbanas y a las clases populares. ¿Cómo? Las fiestas y celebraciones, como las ya mencionadas, constituían experiencias de sociabilidad importantísimas en ese sentido. Los asistentes compartían actos, símbolos y ritos establecidos y reconocibles que remitían a concepciones sobre la identidad local y nacional en clave republicana. Ofrecían, además, la posibilidad de socializar en la comunidad republicana y sentirse miembro de ella a todos los que participaban en las celebraciones, mientras compartían y expresaban sus esperanzas en que la República se haría algún día realidad en toda la Patria.

Esto ocurría también en las celebraciones de los llamados días republicanos. Desde las últimas décadas del XIX, según ha analizado Pere Gabriel, se fueron estableciendo unas simbologías republicanas y populares específicas, alternativas a las cultivadas oficialmente durante la Restauración y muy beligerantes sobre todo con la iconografía y el calendario católicos. Alcanzaban su máxima expresión en el aniversario de las fechas más emblemáticas del calendario republicano: el 11 de febrero de 1873, cuando las Cortes españolas proclamaron la I República; el 14 de julio de 1789, toma de la Bastilla; el 29 de septiembre de 1868, fecha de la Gloriosa; el 3 y 4 de enero de 1874, o el 11 de enero en el caso catalán, en recuerdo de la resistencia de grupos republicanos al golpe del general Pavía, etc. Otras tenían un carácter eminentemente local, como la del 6 de agosto en Gijón, fecha en la que conmemoraban el retorno de Jovellanos a la localidad que le vio nacer; la del 11 de diciembre en Málaga, aniversario del fusilamiento de Torrijos, o la del 1 de enero de 1869, celebrada por los republicanos malagueños desde finales del siglo XIX en honor de los muertos en esa fecha por oponerse al desarme de la milicia. Con la celebración de estas fechas reivindicaban la historia del republicanismo, la versión republicana de la misma, y mantenían viva la esperanza en la conquista de sus ideales. Trataban asimismo de configurar y difundir un referente identitario propio, alternativo al imaginario nacional español que se estaba imponiendo desde el poder establecido, que resaltaba por encima de todo la lucha por la libertad y el inevitable avance del pueblo español en pos de su consecución frente al oscurantismo y el clericalismo.[42]

Las celebraciones de esas fechas podían presentar sus peculiaridades locales, tener altibajos en su seguimiento y estar sujetas a las limitaciones y prohibiciones que estableciera la autoridad competente, pero sus ritos y símbolos estaban definidos y eran claramente reconocibles. Ya tuvieran lugar en los casinos y locales de los partidos republicanos, en teatros, en ámbitos más reducidos apropiados para banquetes o en calles y espacios abiertos, todas conllevaban actos diversos, decoración de espacios, despliegue de banderas y estandartes, presencia de música –desde los himnos con significación política a la música popular–, discursos, procesiones cívicas o giras campestres, representación de obras de teatro o lectura de poemas. Predominaba en estas obras el contenido bien histórico-épico, bien social costumbrista, y en ellas se colaba la visión que de España o de sus gentes asumía el republicanismo. De igual forma, la habitual interpretación de piezas conocidas de zarzuelas y de música popular o folclórica contribuía a difundir un repertorio musical propio de la cultura española nacionalizada que se asumía desde el republicanismo.

La prensa amplificaba el eco de las conmemoraciones: les imprimía significado mediante artículos de contenido histórico que enaltecían los hechos o a los héroes festejados, hablaba de los preparativos, animaba a la participación en los días previos y resumía los actos organizados, sin olvidar detallar los emblemas enarbolados, las melodías interpretadas y las palabras más aplaudidas de los oradores. Éste era el tono del editorial de El Popular de Málaga con motivo de la celebración del aniversario del fusilamiento de Torrijos en 1904:

Por eso hoy, a pesar del vergonzoso decaimiento del ánimo nacional en el que nos hallamos, esos recuerdos avivan el espíritu y conmueven el corazón; por eso elevamos nuestra alma con la memoria de aquellos mártires heroicos y exhortamos a los buenos patriotas, a los que sienten vivo el fuego del amor a la libertad y al progreso de España, que recuerden siempre e imiten, cuando sea necesario, los altos, nobles y generosos ejemplos que nos legaron esos mártires, si queremos ser dignos descendientes de ellos.[43]

Con el auge de la movilización política en la primera década del siglo XX, los republicanos, especialmente los radicales, trataron de imprimir a estas celebraciones un carácter más multitudinario. Pretendían que los actos festivos tuvieran mayor repercusión política en el ámbito público y, sobre todo, difundir la identidad republicana y fomentar la movilización política en todos los que se sumaran a las celebraciones. Aumentó, por ejemplo, el número de procesiones cívicas, meriendas democráticas y giras campestres, sobre todo en los años en los que la batalla política local y/o nacional era más intensa.[44] Aunque esa movilización se desarrollara en el ámbito local, donde los republicanos tenían influencia, ya que no podían acceder al poder estatal, la referencia última de sus aspiraciones políticas era la nación. Esto resultaba especialmente evidente en los actos que se organizaban dentro de campañas desarrolladas a nivel nacional en protesta por o en defensa de determinadas actuaciones gubernamentales, como por ejemplo los actos organizados, alguno de ellos en forma de romería cívica, en 1910 en apoyo de la política anticlerical de Canalejas.[45]

La ocupación de la calle con motivo del entierro de republicanos relevantes cumplía también esas funciones, y si el finado era una gran personaje de la vida nacional, el evento reunía los requisitos para ensalzar los consabidos vínculos entre el mundo local que encarnaba el difunto y su significado a nivel nacional. La muerte de Costa, por ejemplo, constituyó un buen motivo para ensalzar la nación a través de su figura. «Patriota», «ingenio español», «patriota aragonés», «preclaro hijo de Aragón y de la nación», «infinitamente español y aragonés», había muerto pero iba a vivir −aseguraban distintos artículos de La Correspondencia de Aragón− «unido al resurgimiento de España». El lecho de muerte de Costa representaba la «nueva Covadonga» desde donde los republicanos debían conquistar «la España nueva» propagando sus enseñanzas, levantando escuelas para formar a «ciudadanos constructores de una nacionalidad redimida por la libertad, por el trabajo y por la ciencia».[46] Los republicanos se sumaron a las demandas de otras instituciones de Zaragoza para conseguir que Costa fuera enterrado en la ciudad y no en Madrid. Consideraban un desdoro para Aragón el que sus restos pudieran ir a otro lugar, ya que −decían− era la cuna de sus actos más resonantes y Costa quería que de ella «resurgiera el león español». Estando sus restos en Zaragoza, la ciudad se convertiría en la

«Meca de España»: de ella saldría el impulso regenerador de la patria y a ella vendrían los españoles a estudiar su obra y a obtener fuerzas para llevar a cabo la salvación de la patria. Participaron también intensamente en la propuesta de ideas para perpetuar su memoria. De las lanzadas en la prensa republicana, dos tenían una especial relevancia en clave identitaria. Una planteaba colocar una escultura en el lugar donde se unían la calle Costa con el paseo Independencia, con lo que desde allí la vista abarcaría los dos monumentos más simbólicos, éste y el del Justicia de Aragón, en honor de ambos personajes históricos, «tributo eterno de la raza aragonesa a sus instituciones y a sus glorias». La otra sugería levantar una colosal cabeza de Costa, de 50 metros, en el Moncayo, de forma que fuera visible desde las tierras que se dominan desde dicho monte, Castilla, Navarra, La Rioja y Aragón.[47]

Tanto estas propuestas como la movilización ciudadana por conseguir que los restos de Costa reposaran en Zaragoza, o el sepelio, activaron entre los republicanos la simbiosis, característica de su cultura política, entre la identidad local y/o regional y la nacional española, así como los llamamientos a aplicar la misma energía que se había desplegado para conseguir que Costa reposara en Zaragoza a la tarea de derribar la Monarquía e instaurar la República. Ésa sería la mejor manera de honrar su memoria, se aseguraba. No faltó tampoco la rivalidad entre distintas culturas políticas por el significado de Costa y el carácter de su entierro. Al igual que los republicanos, todos los sectores sociopolíticos de la vida zaragozana intentaron erigirse en depositarios de la memoria de Costa, lo que se manifestó en especial en la pugna periodística entre los segmentos católicos y los republicanos por el carácter, civil o religioso, que correspondía al enterramiento. La rivalidad se volvería a reproducir un año después con ocasión de la colocación de la primera piedra del mausoleo dedicado a Costa en el cementerio de Zaragoza.[48]

Actos de este tipo –aunque el anterior no fuera exclusivamente republicano– permitían a los republicanos ocupar la calle, desplegar sus emblemas y, con ello, afirmar la presencia pública republicana y reivindicar la República. Servían a esto mismo también las concentraciones y/o manifestaciones que realizaban al recibir a los líderes republicanos más caracterizados que venían de otras capitales para participar en algún acto propagandístico. Estas celebraciones podían adquirir en ocasiones un carácter multitudinario, sobre todo en la primera década del siglo XX, cuando el republicanismo potenció el populismo y la movilización política de la población. Y, al igual que las celebraciones festivas o los entierros, activaban una serie de símbolos y ritos establecidos y reconocibles que remitían a concepciones sobre la identidad local y nacional en clave republicana.

Junto a las experiencias de sociabilidad, la conmemoración y los símbolos, la cultura republicana claramente nacionalizadora se difundió a través de instituciones republicanas que tenían una voluntad educadora, principalmente los ateneos, las escuelas privadas laicas o la formación de adultos que se impartía en casinos y centros republicanos, mediante cursos, conferencias, excursiones y otras actividades lúdicas. Además de ateneos y casinos, los republicanos crearon instituciones orientadas a la educación cívica de los trabajadores. En el caso bien conocido de Gijón, esta voluntad educativa se plasmó en la Asociación Musical Obrera y la Asociación de Cultura e Higiene. La primera proponía la música como vía de progreso moral y de participación cívica, y la segunda se orientaba a la ayuda mutua y prestó una creciente atención al desarrollo de la vida de los obreros, presionando para que se realizaran mejoras en los barrios donde vivían. Según Radcliff, para la Asociación de Cultura e Higiene «el barrio era el microcosmos de la nación» y los logros eran celebrados como una conquista de la comunidad de ciudadanos unida y organizada. A pesar de las tensiones que surgieron en la asociación a medida que se fue desarrollando el movimiento obrero de la localidad, sirvió hasta los años treinta de medio civilizador impulsado por reformistas de clase media que trataban de integrar a los sectores populares y obreros en una futura nación de ciudadanos republicanos.[49] En el proceso, fueron enseñando a los obreros, entre otras cosas, a implicarse de alguna manera en lo local, a combatir políticamente por la mejora de la ciudad, lo que no parece que fuera incompatible con la tendencia anarquista de muchos trabajadores de la asociación.[50]

Por último, la movilización impulsada por los republicanos también favoreció la difusión de una conciencia nacional. Ellos trataron de dirigir los conflictos sociales y políticos existentes en las localidades donde tenían apoyo e intentaron orientarlos en función de sus intereses políticos. Con ese objetivo recalcaban constantemente la interpretación que hacían de dichos conflictos y aprovechaban la oportunidad para reiterar sus apelaciones populistas de fondo en las que insertaban la interpretación de los problemas concretos. De forma que éstos solían quedar insertos en los planteamientos dicotómicos tan característicos del populismo republicano: los parásitos, explotadores y oligarcas, a un lado, junto a los que indefectiblemente aparecía la autoridad gubernamental establecida; y, al otro, el pueblo, los productores oprimidos y los que los defendían. Al insertarlos en esquemas de este tipo, hasta los conflictos de carácter más local podían remitir a una conexión con lo nacional, aunque fuera de forma imprecisa. La retórica quedaba especialmente reforzada si en la calle la protesta se plasmaba en manifestaciones conjuntas entre todos los sectores populares y obreros con sus representantes, encabezados por los republicanos.

Desde los años noventa del siglo XIX, la protesta popular y obrera fue uno de los mecanismos que favoreció la penetración de la cultura política republicana en las clases populares, lo que se tradujo en un reforzamiento de los lazos entre el republicanismo y la clase obrera. En las décadas previas a la Primera Guerra Mundial, antes de que se perfilara de forma cada vez más independiente el movimiento obrero, se sitúa el periodo de mayor ascendiente del republicanismo entre las clases populares y obreras. Es en esa época en la que se aprecia una evolución desde una movilización social y política espoleada básicamente por asuntos locales a otra en la que adquieren una creciente importancia las cuestiones de política nacional. Este momento parece situarse a finales de la primera década del siglo XX, como lo refleja sobre todo la relevancia que adquirieron las protestas contra la ejecución de Ferrer i Guardia en 1909 o contra la política gubernamental en Marruecos. De hecho, la guerra de Marruecos se convirtió en uno de los principales motivos de concienciación política de los españoles a escala nacional, con las movilizaciones desarrolladas desde 1909 a 1914.[51] Ello no quiere decir que la movilización anterior a esos años fuera exclusivamente localista. A lo largo de las dos décadas precedentes, y sobre todo desde 1898, se dio una progresiva incorporación de lo nacional entre los motivos para la movilización de los sectores populares, y los republicanos desempeñaron un papel relevante en el proceso. La mayoría de ellos, a excepción de una parte de los federales, se encontraron entre los principales impulsores de movilizaciones patrióticas a favor de la guerra de Cuba, actitud que compatibilizaron desde 1896 con la participación en protestas contra las desigualdades del sistema de reclutamiento. Y tras la derrota militar se convirtieron en los principales agentes de la movilización anticlerical que se extendió por el país hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial.[52]

Los mítines organizados por los republicanos seguían una ritualización parecida, aunque se desarrollara en contextos distintos y por motivos diferentes. No faltaban los elementos simbólicos –banderas, música, algún retrato de característicos republicanos– y, tras escuchar las intervenciones de diferentes republicanos de relevancia local, regional, y a veces nacional, se elaboraba una lista de demandas que incluía también peticiones políticas a nivel nacional. A veces, marchaban después en manifestación hasta el ayuntamiento o el gobierno civil, acompañados por los líderes republicanos de la localidad, con banderas y estandartes de los centros republicanos y obreros que participaban en la movilización, mientras se tocaba o cantaba La Marsellesa y se daban vivas a la República. Al llegar al lugar de destino, se hacía entrega del pliego de peticiones y se daba por finalizada la concentración. Las movilizaciones políticas resultaban especialmente interesantes para los republicanos, sobre todo si se realizaban de forma conjunta con los sectores obreros. Aunque el motivo inicial de la movilización fuera localista, si el tema permitía convertirlo en motivo de ataque global al régimen monárquico, los republicanos podían erigirse en líderes de la movilización y consolidar su posición entre los sectores opuestos al régimen monárquico. Aunque el conflicto se centrara en la estructura de las relaciones de poder a nivel local, como afirma Pamela Radcliff, se le podía dar una lectura insertada en cuestiones nacionales, algo que era posible hacer porque existía una tradición de protesta en defensa de los intereses populares compartida por el republicanismo y el societarismo obrero frente a un régimen oligárquico y represivo.[53]Incluso cuando comenzó a manifestarse la progresiva independencia del movimiento obrero con respecto al republicanismo, aquél siguió participando de una cultura popular básicamente antioligárquica y anticlerical que le permitía colaborar con los republicanos en movilizaciones políticas y actos de protesta contra la guerra o el clericalismo, por ejemplo, cuyo referente era claramente nacional. En Zaragoza, en un mitin contra la guerra en agosto de 1914 organizado por las sociedades obreras, y que contó con el concurso de los republicanos, además de los consabidos gritos contra la guerra y los llamamientos en favor de la unión entre obreros y republicanos, se elaboraron unas conclusiones para enviarlas al gobierno que reflejaban una cultura política republicana compartida por el mundo obrero, en la que la protesta contra la guerra era perfectamente compatible con una disposición a implicarse en la política nacional, siempre que ésta sirviera a los intereses del pueblo, y sin escatimar afirmaciones de cariz patriótico:

Aragón, arma de la patria que ha sabido morir por ella, ante la desacertada política africana que lleva estéril a los hijos del pueblo, demanda la inmediata terminación de la guerra con la consiguiente repatriación de tropas, y dice a los poderes públicos: para el trabajo y la cultura, para caminos, riegos, fomento de la riqueza y reforma social, nuestro esfuerzo jamás regateado; para insensatas empresas, para combatir sin plan ni objeto en Marruecos, ni una peseta, ni un hombre.[54]

La movilización anticlerical fomentada por los republicanos respondía a estas características que mencionamos. Aunque su origen estuviera en un conflicto local, los discursos de la protesta y los escritos en la prensa republicana acababan remitiéndolo a un esquema nacional de conflicto con el clericalismo y el régimen monárquico, en el que solían aparecer retazos de la visión republicana de España con rasgos claramente anticlericales. Como recordaba un dirigente republicano de un pueblo de La Rioja (Cenicero) en el discurso ofrecido a los participantes en la manifestación de julio de 1910:

La cuestión religiosa, relegada en los países cultos a la esfera privada de la familia y la conciencia, constituye entre nosotros problema nacional de gran importancia, problema nacional que atañe a las cuestiones políticas y sociales, de tal trascendencia que su resolución, en uno o en otro sentido, tiene que influir de una manera definitiva y notable en el porvenir, en el mañana de nuestra Patria.[55]

Las protestas, los mítines y las manifestaciones respondían muchas veces a campañas impulsadas a nivel nacional, como las campañas electorales, la protesta por el nombramiento de Nozaleda para la sede arzobispal de Valencia o por la negociación del Concordato, o la campaña a favor de la legislación secularizadora de Canalejas. Los mítines movilizaron a los líderes nacionales que recorrían la geografía española, o a los líderes locales y regionales que se movían en ámbitos locales o provinciales, ante la atenta mirada de la prensa de partido, que recogía puntualmente sus palabras más significadas. Los llamamientos populistas invitaban a participar en las movilizaciones a todos los hijos del pueblo. Los símbolos, gritos y cánticos (La Marsellesa, Himno de Riego, los vivas a la República y a los líderes republicanos nacionales) unificaban a todos los participantes. Y el objetivo era que el clamor de la protesta local llegara en última instancia al gobierno, o bien, en el caso de Canalejas, para manifestarle su apoyo como si se tratara de un plebiscito popular.

Las mujeres eran bienvenidas a los actos de significado anticlerical como una prueba de que se distanciaban del oscurantismo y la dominación a la que, según los republicanos, las sometía el clero. No es que pensaran en ellas como ciudadanas con plenos derechos políticos. Esto de hecho no ocurrió hasta la II República, e incluso, entonces, muchos de ellos se opusieron al derecho al voto de las mujeres con el argumento de que estaban demasiado influidas por el clero e iban a votar a las derechas, pero sí que veían que las mujeres tenían un papel dentro de esa nación española. Una función que se definía fundamentalmente por el lugar que ocupaban en la familia: como compañeras de los esposos republicanos y como educadoras de los hijos en los valores republicanos. De ahí la importancia que atribuían a la necesidad de que las mujeres adquirieran una educación laica.[56]

Fue precisamente la defensa del acceso de las mujeres a una mejor educación lo que definió la lucha de las librepensadoras laicistas desde finales del siglo XIX. Para estas mujeres, ligadas principalmente al republicanismo, ése era el camino si se quería lograr la regeneración de la sociedad. Fundamentaban sus demandas en la importancia del papel que desempeñaba la mujer en la sociedad como esposa y madre, cuidadora de la familia y educadora de sus hijos, futuros ciudadanos. Insertaban estos presupuestos en los planteamientos regeneracionistas de la época y lamentaban que, a pesar de la importancia que tenían las mujeres para el avance de los pueblos, no contribuyeran como podían y debían a la regeneración nacional por falta de una mejor formación.[57]

No todas las mujeres laicistas estaban de acuerdo con la subordinación social de las mujeres que llevaba implícita el republicanismo por el papel que les atribuía en relación con la nación. Las demandas de emancipación de las mujeres laicistas llevaron a algunas republicanas, desde finales de la primera década del siglo, a ver en la educación una vía para acabar con esa subordinación. Eran conscientes de las limitaciones que presentaba el republicanismo a este respecto, ya que no se planteaba que en un futuro próximo las mujeres quedaran integradas en el conjunto del pueblo con las mismas capacidades soberanas que sus componentes masculinos. Entre tanto, al hilo del conflicto anticlerical, también se implicaron en movilizaciones que tenían un referente nacional, como la manifestación celebrada en Barcelona en defensa de las mujeres, el librepensamiento y la república, o el contramanifiesto firmado por 50.000 mujeres según El Pueblo de Valencia frente a las presiones de las mujeres católicas sobre el gobierno de Canalejas. En ambos casos, la vinculación de las organizadoras con el republicanismo permitió que las dos iniciativas tuvieran mayor repercusión en la esfera pública. Reflejaron también que en el republicanismo había posibilidades de que las mujeres participaran en la regeneración de la nación de formas diferentes a los papeles de compañera y madre propugnados por el discurso republicano mayoritariamente aceptado, como lo demostró la lucha de las republicanas laicistas y feministas librepensadoras.[58]

En conclusión, la movilización política y social liderada por los republicanos, las prácticas de sociabilidad, las conmemoraciones, la difusión de ritos e imaginarios simbólicos, la prensa, así como la labor educativa y cultural desarrollada por ateneos, casinos e instituciones republicanas constituyeron experiencias de politización de la población que mostraron la capacidad nacionalizadora de una cultura política como la republicana, que tenía en el patriotismo español uno de los referentes ideológicos esenciales. Eran mecanismos de socialización política característicos de la cultura política que desarrollaron los republicanos en el marco de una creciente politización de la vida pública, en la que debían competir con otras culturas políticas para atraerse el apoyo de las masas que se incorporaron a la política en las primeras décadas del siglo xx. El discurso nacionalista y regenerador de los republicanos dio significado a dichas prácticas, poniéndolas al servicio de la movilización política del electorado. Con ello favorecieron la difusión, sobre todo entre las clases medias urbanas y los sectores populares, de los componentes nacionalizadores del republicanismo, siempre en disputa con otras culturas políticas con las que concurrían en la esfera pública. A pesar de no tener acceso al poder estatal, marginado como estaba del sistema político de la Restauración, el republicanismo desarrolló una intensa labor nacionalizadora con la esperanza de ver a España convertida algún día en una República fuerte, moderna y laica.

[1] L. López Ballesteros, Heraldo de Madrid, 31 de enero de 1901, citado por M. Suárez Cortina, El gorro frigio. Liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000, pp. 181-182.

[2] A. de Blas Guerrero, Tradición republicana y nacionalismo español, Tecnos, Madrid, 1991. J. Beramendi, «Republicanos y nacionalismos subestatales en España (1875-1923)», en A. Duarte y P. Gabriel (eds.), El republicanismo español, Ayer, 39 (2000), pp. 135-161. X. Castro Pérez, «Républicanisme et nationalisme en Galice jusqu’à la guerre civile de 1936», en M. Gilli (ed.), L’idée d’Europe, vecteur des aspirations démocratiques: les idéaux républicains depuis 1848, Université de Besançon, Besançon-París, 1994, pp. 233-240; J. M. Jover Zamora, «Federalismo en España: cara y cruz de una experiencia histórica», en G. Cortázar (ed.), Nación y Estado en la España liberal, Noesis, Madrid, 1994, pp. 105-167. J. Álvarez Junco, «El nacionalismo español como mito movilizador. Cuatro guerras», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 35-67 y Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, Taurus, Madrid, 2001. A. Duarte, «Republicanos y nacionalismo. El impacto del catalanismo en la cultura política republicana», Historia Contemporánea, 10 (1993), pp. 157-177; I. Castells et al., «Nation, République et Démocratie dans la formation et le dévelopement du modèle libéral espagnol: la Catalogne et l’Espagne», en M. Gilli (ed.), L’idée d’Europe, vecteur des aspirations démocratiques..., op. cit., pp. 215-232. P. Gabriel, «Nació i nacionalismes del republicanisme popular català. El catalanisme federal del vuit-cents», en C. Serrano y M. C. Zimmermann (orgs.), Les discours sur la nation en Catalogne aux XIX et XX siècles, Université de Paris-Sorbonne. Centre d’Études Catalanes, París, 1995, y «Catalanisme i republicanisme federal del vuit-cents», en P. Anguera et al., El catalanisme d’esquerres, Cercle d’Estudis Històrics i Socials, Girona, 1997, pp. 31-82.

Me remito al reciente balance historiográfico de X. M. Núñez Seixas, «Questione nazionale in Spagna: Note sul recente dibatitto storiografico», Mondo Contemporaneo, 2 (2007), pp. 105-127. Véase también F. Molina Aparicio, «Modernidad e identidad nacional.

[3] A. de Blas Guerrero, Tradición republicana y nacionalismo español, Tecnos, Madrid, 1991. J. Beramendi, «Republicanos y nacionalismos subestatales en España (1875-1923)», en A. Duarte y P. Gabriel (eds.), El republicanismo español, Ayer, 39 (2000), pp. 135-161. X. Castro Pérez, «Républicanisme et nationalisme en Galice jusqu’à la guerre civile de 1936», en M. Gilli (ed.), L’idée d’Europe, vecteur des aspirations démocratiques: les idéaux républicains depuis 1848, Université de Besançon, Besançon-París, 1994, pp. 233-240; J. M. Jover Zamora, «Federalismo en España: cara y cruz de una experiencia histórica», en G. Cortázar (ed.), Nación y Estado en la España liberal, Noesis, Madrid, 1994, pp. 105-167. J. Álvarez Junco, «El nacionalismo español como mito movilizador. Cuatro guerras», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 35-67 y Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, Taurus, Madrid, 2001. A. Duarte, «Republicanos y nacionalismo. El impacto del catalanismo en la cultura política republicana», Historia Contemporánea, 10 (1993), pp. 157-177; I. Castells et al., «Nation, République et Démocratie dans la formation et le dévelopement du modèle libéral espagnol: la Catalogne et l’Espagne», en M. Gilli (ed.), L’idée d’Europe, vecteur des aspirations démocratiques..., op. cit., pp. 215-232. P. Gabriel, «Nació i nacionalismes del republicanisme popular català. El catalanisme federal del vuit-cents», en C. Serrano y M. C. Zimmermann (orgs.), Les discours sur la nation en Catalogne aux XIX et XX siècles, Université de Paris-Sorbonne. Centre d’Études Catalanes, París, 1995, y «Catalanisme i republicanisme federal del vuit-cents», en P. Anguera et al., El catalanisme d’esquerres, Cercle d’Estudis Històrics i Socials, Girona, 1997, pp. 31-82.

Me remito al reciente balance historiográfico de X. M. Núñez Seixas, «Questione nazionale in Spagna: Note sul recente dibatitto storiografico», Mondo Contemporaneo, 2 (2007), pp. 105-127. Véase también F. Molina Aparicio, «Modernidad e identidad nacional. El nacionalismo español del siglo XIX su historiografía», Historia Social, 52 (2005), pp. 147-171; M. Aizpuru, «Sobre la astenia del nacionalismo español a finales del siglo XIX y comienzos del XX», Historia Contemporánea, 23 (2001), pp. 811-849.

[4] U. Özkirimli, Contemporary debates on nationalism. A critical engagement, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2005. M. Billig, Banal Nationalism, Sage, Londres, 1995.

[5] J. Álvarez Junco, Mater Dolorosa..., op. cit.; «El nacionalismo español como mito movilizador..., op. cit.», y «La nación en duda», en J. Pan-Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp. 405-475.

[6] A. Duarte, «Republicanismo, federalismo y autonomías: de los proyectos federales de 1873 a la Segunda República y los Estatutos de Autonomía», en M. Morales Muñoz y J. L. Guereña (eds.), Los nacionalismos en la España contemporánea. Ideologías, movimientos y símbolos, CEDMA, Málaga, 2006, pp. 187-206, de donde procede la frase entrecomillada (p. 187). Véase también A. de Blas Guerrero, Tradición republicana y nacionalismo español, y M. Suárez Cortina, El gorro frigio..., op. cit., pp. 120-141.

[7] J. Álvarez Junco, El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Alianza Editorial, Madrid, 1990; A. López Estudillo, «El republicanismo en la década de 1890: la reestructuración del sistema de partidos», en J. A. Piqueras y M. Chust (comps.), Republicanos y repúblicas en España, Siglo XXI, Madrid, 1996, pp. 207-230; M. Morales Muñoz, «Los espacios de sociabilidad radical-democrática: casinos, círculos y ateneos», Studia Historica. Historia Contemporánea, vols. 19-20 (2001-2002), pp. 161-205.

[8] Se desarrollan estas ideas en A. Duarte, «La esperanza republicana», en R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 169-199, de cuyas páginas 172-173 proceden las palabras entrecomilladas del párrafo; y «Los republicanos del ochocientos y la memoria de su tiempo», Ayer, 58 (2005), pp. 207-228. Sobre la concepción de Pueblo en el republicanismo, J. Álvarez Junco, «Magia y ética en la retórica política», en J. Álvarez Junco (comp.), Populismo, caudillaje y discurso demagógico, Siglo XXI de España/Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1987, pp. 219-270, y «Los amantes de la libertad: la cultura republicana española a principios del siglo XX», en N. Townson (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Alianza editorial, Madrid, 1994, pp. 265-292.

[9] Una conciencia que estaría mucho más extendida por entonces de lo que se ha considerado habitualmente desde la teoría de la débil nacionalización; véase, por ejemplo F. Archilés y M. Martí, «Un país tan extraño como cualquier otro: la construcción de la identidad nacional española contemporánea», en M.ª C. Romeo e I. Saz (eds.), El siglo XX. Historiografía e historias, Universidad de Valencia, Valencia, 2002, pp. 245-278; y F. Archilés, «¿Quién necesita la nación débil? La débil nacionalización española y los historiadores», en C. Forcadell et al. (eds.), Usos de la historia y políticas de la memoria, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2004, pp. 187-209.

[10] F. Peyrou, «La Historia al servicio de la libertad. La Historia del Partido Republicano español de Enrique Rodríguez Solís», en C. Forcadell et al. (coords.), Usos Públicos de la Historia, Asociación de Historia Contemporánea, Zaragoza, 2002, vol. 1, pp. 519-533, donde se cita el texto entrecomillado en p. 529.

[11] E. A. Sanabria, Anticlerical Politics: Republicanism, Nationalism and the Public Sphere in Restauration Madrid, 1875-1912, tesis doctoral (inédita) defendida en la Universidad de California, San Diego, 2001, p. 235. Agradezco a Julio de la Cueva el habérmela proporcionado. De la interpretación republicana de la historia se ocupa A. Duarte, «Los republicanos del ochocientos y la memoria de su tiempo», Ayer, 58 (2005), pp. 207-228. Para el contexto narrativo en el que se inscriben los relatos republicanos sobre la nación, véase S. Juliá, Historias de las dos Españas, Taurus, Madrid, 2004.

[12] L. Morote, La moral de la derrota, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, en cuya p. 98 aparecen las palabras entrecomilladas en el párrafo. Las líneas principales de la interpretación de la historia de España que se recogen en este párrafo y el anterior aparecen también, aunque con un tono anticlerical y antimonárquico mucho más radical, en Resumen de la Historia de España, escrito por el republicano federal Nicolás Estévanez en 1904 y publicado por la Escuela Moderna, que lo utilizó como manual; véase M.ª P. Salomón Chéliz, «La enseñanza de la historia de España en la Escuela Moderna de Barcelona: una contribución a la construcción de la identidad nacional española», en C. Forcadell et al. (eds.), Usos de la Historia y políticas..., op. cit., pp. 379-394.

[13] D. Cucalón, «Concepción nacional e idea de España en Marcelino Domingo», trabajo mecanografiado, pp. 12 y ss.; y Auge y caída del Partido Republicano Radical Socialista, Memoria del DEA (inédita), Dpto. Historia Moderna y Contemporánea, Universidad de Zaragoza, 2004, pp. 47 y 68-69. Agradezco al autor que me haya permitido consultar ambos trabajos.

[14] Gráficamente lo expresaba, al día siguiente de la jura de la Constitución por Alfonso XIII al cumplir la mayoría de edad, El Clamor Zaragozano, que en su primera página incluía una enorme esquela a «Doña Esperanza de Redención de la Patria», fallecida «víctima de la peste jesuítica (...). // Su desconsolada madre la República, ruega á todos los españoles de buena voluntad, se sirvan contribuir á desinfectar la atmósfera de tan terrible plaga, para precaver mayores estragos»; El Clamor Zaragozano, Zaragoza, 18 de mayo de 1902.

[15] M. Domingo, ¿Qué es España?, Editorial Atlántida, Madrid, 1925, p. 7.

[16] Sobre la metáfora de las dos Españas, la vieja y la nueva, escribe S. Juliá, Historias de las dos Españas, op. cit., pp. 147 y ss.

[17] E. A. Sanabria, Anticlerical Politics: Republicanism, Nationalism and the Public Sphere in Restauration Madrid..., op. cit., p. 252.

[18] M. Suárez Cortina, «Anticlericalismo, religión y política en la restauración», en E. La Parra y M. Suárez Cortina (eds.), El anticlericalismo español contemporáneo, Biblioteca Nueva, Madrid, 1998, pp. 145-146.

[19] Algunas canciones como la que sigue también aludían a estas ideas: «Caigan que caigan los tronos / juntamente con el clero, / pues son lobos carniceros / que devoran la nación...»; recogida por M. Morales Muñoz, «Republicanismo, anarquismo y librepensamiento: un cruce de identidades», en M. Morales (ed.), República y modernidad. El republicanismo en los umbrales del siglo XX, Diputación de Málaga, Málaga, 2006, p. 146.

[20] F. Archilés, Parlar en nom del poble. Cultura política, discurs i mobilització social al republicanisme castellonenc (1891-1909), Ayuntamiento de Castellón, Castellón, 2002, p. 96. Referencias al debate entre tradición y modernidad y su relación con el conflicto anticlerical, en M. Suárez Cortina, El gorro frigio, op. cit., pp. 184-185. He abordado la relevancia del anticlericalismo en los presupuestos del nacionalismo español republicano en «El discurso anticlerical en la construcción de una identidad nacional española republicana (1898-1936)», Hispania Sacra, 54 (2002), pp. 485-497. Sobre el potencial movilizador del anticlericalismo, véase J. Álvarez Junco, El emperador del Paralelo..., op. cit.; R. Reig, Blasquistas y clericales, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 1986; J. de la Cueva Merino, «Movilización política e identidad anticlerical, 1898-1910», Ayer, 27 (1997), pp. 101125; M.ª P. Salomón Chéliz, «Anticlericalismo y movilización política en Aragón (18981936)», Ayer, 41 (2001), pp. 189-211.

[21] A. Lerroux, «¡Rebeldes, rebeldes!», La Rebeldía, 1 de septiembre de 1906, reproducido en J. Culla y Clarà, «Ni tan jóvenes, ni tan bárbaros. Las juventudes en el republicanismo lerrouxista barcelonés», Ayer, 59 (2005), pp. 51-67.

[22] Ch. Demange, El dos de mayo. Mito y fiesta nacional, 1808-1958, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2004, pp. 229-231 y 265. Véase también J. Moreno Luzón, «Entre el progreso y la virgen del Pilar. La pugna por la memoria en el centenario de la Guerra de la Independencia», Historia y Política, 12 (2004), pp. 41-78.

[23] Ch. Demange, El dos de mayo..., op. cit., pp. 239-240.

[24] Una reflexión al respecto en F. Archilés, «El “juego de espejos” de la identidad nacional. Experiencias de nación y nacionalización en la España restauracionista», ponencia presentada en el II Coloquio Internacional de Historia Política. Nacionalismo español y procesos de nacionalización en España, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 10-12 de mayo del 2006 (en prensa).

[25] Ch. Demange, El dos de mayo...., op. cit., pp. 195-196.

[26] A. Duarte, «Republicanos, emigrados y patriotas. Exilio y patriotismo español en la Argentina en el tránsito del siglo XIX al XX», Ayer, 47 (2002), pp. 57-79; véase también su libro La república del emigrante. La cultura política de los españoles en Argentina (18751910), Milenio, Lérida, 1998.

[27] A. Duarte, «Republicanos y nacionalismo. El impacto del catalanismo...», op. cit., pp. 172 y 177. Trata cómo abordaron la cuestión los exiliados en Argentina, en «Republicanos, emigrados y patriotas...», op. cit., pp. 74-76. Véase también P. Gabriel, «El republicanismo militante en Cataluña en la primera etapa de la Restauración (1875-1893)», en J. A. Piqueras y M. Chust (comps.), Republicanos y repúblicas en España, Siglo XXI, Madrid, 1996, pp. 179-181.

[28] J. Culla y Clarà, «Ni tan jóvenes, ni tan bárbaros...», op. cit., pp. 55-56.

[29] A. Barragán Moriana, «El republicanismo andaluz en el cambio de siglo», en M. Morales Muñoz (ed.), República y modernidad..., op. cit., pp. 106-108; F. Arcas Cubero, El republicanismo malagueño durante la Restauración (1875-1923), Ayuntamiento de Córdoba, Córdoba, 1985, pp. 264-272. Sobre Castellón escribe, F. Archilés, Parlar en nom del poble..., op. cit., pp. 117-144, quien señala también las preferencias por el municipalismo frente al regionalismo, en pp. 144-174.

[30] J. M.ª Ortiz de Orruño, «El fuerismo republicano (1868-1874)», en C. Rubio y S. de Pablo, Los liberales, fuerismo y liberalismo en el País Vasco (1808-1876), Besaide, Vitoria, 2002, pp. 375-400. J. Penche González, Republicanos en Bilbao (1868-1890), Memoria del DEA (inédita), Dpto. Historia Contemporánea, Universidad del País Vasco, 2006, pp. 25-26, 35-36; «Los republicanos y la cuestión foral (1865-1900)», artículo mecanografiado. Agradezco la amabilidad del autor por haberme permitido leer ambos trabajos inéditos.

[31] M.ª P. Salomón Chéliz, «El discurso anticlerical en la construcción de una identidad nacional española...», op. cit., pp. 498-499. J. Louzao Villar destaca como particularidad del republicanismo vizcaíno el fuerte componente antinacionalista que caracterizaba su anticlericalismo, en El anticlericalismo en la Vizcaya de la Restauración (1898-1912), Memoria del DEA (inédita), Dpto. Historia Contemporánea, Universidad del País Vasco, 2007, pp. 4245; en la p. 79 indica que el mitin anticlerical organizado en octubre de 1903 para protestar por la peregrinación a Begoña estaba decorado con colgaduras con los colores nacionales. Agradezco al autor su amabilidad por enviarme su investigación inédita.

[32] A. Duarte, «Los republicanos del ochocientos y la memoria...», op. cit., pp. 210-211.

[33] F. Archilés, «Una nacionalización no tan débil: patriotismo local y republicanismo en Castellón (1891-1910)», Ayer, 48 (2002), pp. 283-312, de cuya p. 304 procede la frase entrecomillada. El mismo autor reflexiona sobre la centralidad de la construcción de las identidades regionales en el configuración de la identidad nacional española en «Hacer región es hacer patria. La región en el imaginario de la nación española de la Restauración», Ayer, 64 (2006), pp. 121-147.

[34] La conmemoración en Málaga del aniversario del fusilamiento de Torrijos el 11 de diciembre adquirió características eminentemente republicanas en los años en los que los republicanos dominaron el ayuntamiento, según M. Muñoz Zafra, «El calendario republicano local, 1898-1909», en M. Morales Muñoz (ed.), República y modernidad..., op. cit., pp. 186-190.

[35] El recuerdo de los sitios carlistas a los que fue sometida Bilbao en 1836 y 1874 representaba para liberales y republicanos bilbaínos un factor que los hermanaba y que les permitió compartir la Sociedad liberal «El Sitio», que aunque no republicana contribuyó a conservar la cultura política republicana en los primeros tiempos de la Restauración, cuando estaban clausurados los centros republicanos, antes de la Ley de Asociaciones de 1887. Véase J. Penche González, Republicanos en Bilbao..., op. cit., pp. 55-58. Para Cataluña, también señala esa confluencia entre republicanos y liberales en la conmemoración de las resistencias frente a los carlistas entre 1872 y 1875, P. Gabriel, «Los días de la República. El 11 de febrero», Ayer, 51 (2003), p. 40.

[36] La Voz de Teruel, Teruel, 3 de julio del 31, p. 1. Con respecto al republicanismo zaragozano de comienzos de siglo XX, véase M.ª P. Salomón Chéliz, «Patriotismo y republicanismo en Aragón, o lo aragonés como símbolo de lo español (1898-1910)», en C. Forcadell y A. Sabio (coords.), Las escalas del pasado. IV Congreso de Historia Local de Aragón, Instituto de Estudios Altoaragoneses/UNED Barbastro, Huesca, 2005, pp. 197-210.

[37] R. Cruz, En el nombre del pueblo. República, rebelión y guerra en la España de 1936, Siglo XXI, Madrid, 2006, pp. 29-31. La caracterización moral del pueblo propia del populismo republicano la aborda J. Álvarez Junco, «Magia y ética en la retórica política», en J. Álvarez Junco (comp.), Populismo, caudillaje..., op. cit., pp. 219-270.

[38] El Turia, Teruel, 16 de julio de 1931.

[39] F. Archilés, «Una nacionalización no tan débil...», op. cit.; C. Forcadell, «Ciudadanía y liberalismo en Aragón. El Justicia: de mito a monumento», en A. García-Sanz (ed.), Memoria histórica e identidad. En torno a Cataluña, Aragón y Navarra, Universidad Pública de Navarra, Pamplona, 2004, pp. 47-63; M.ª P. Salomón Chéliz, «Patriotismo y republicanismo en Aragón...», op. cit. J. Louzao Villar, El anticlericalismo en la Vizcaya..., op. cit., pp. 4142; en la p. 65 muestra cómo tampoco el teatro escapó a la tensión nacional: los nacionalistas vascos intentaron boicotear la presentación de Electra en Vizcaya en distintas ocasiones, y en una de ellas lo hicieron con vivas a Euskeria y a los vascos.

[40] R. Cruz, En el nombre del pueblo..., op. cit., pp. 50-62.

[41] P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil. Historia política y social de Gijón, 1900-1937, Debate, Barcelona, 2004, pp. 204-207.

[42] P. Gabriel, «Los días de la República. El 11 de febrero», Ayer, 51 (2003), pp. 39-66. Sobre Málaga, M. Muñoz Zafra, «El calendario republicano local, 1898-1909», en M. Morales Muñoz (ed.), República y modernidad..., op. cit., pp. 175-194. Para Gijón, P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil..., op. cit., p. 214. Acerca de la reivindicación republicana de Jovellanos escribe S. Sánchez Collantes, «El Círculo de Instrucción y Recreo de Gijón, 1881-1885», comunicación presentada al I Congreso El republicanismo en España. Política, sociedad y cultura, Universidad de Oviedo, 2004.

[43] El Popular, Málaga, 10 de diciembre de 1904, citado por M. Muñoz Zafra, «El calendario republicano local, 1898-1909», p. 188.

[44] La merienda democrática que convocó en 1903 en Barcelona Lerroux para celebrar el aniversario de la I República de forma alternativa congregó a unas 45.000 personas. Actos de ese tipo sirvieron de referente para medir la capacidad de convocatoria del lerrouxismo; P. Gabriel, «Los días de la República. El 11 de febrero», pp. 61-64. En 1906 los republicanos malagueños celebraron el 11 de febrero con una gira campestre; M. Muñoz Zafra, «El calendario republicano local...», op. cit., p. 183.

[45] P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil..., op. cit., p. 215, menciona la romería anticlerical en La Guía, Gijón.

[46] Distintas artículos de La Correspondencia de Aragón, Zaragoza, del 9 al 28 de febrero de 1911. No faltaron tampoco las referencias religiosas típicas de la cultura política republicana y obrera que situaban a Costa en el panteón de los santos laicos: «profeta», «apóstol», «moderno Cristo muerto de dolor porque su patria agoniza».

[47] La Correspondencia de Aragón, 10 de febrero de 1911, p. 2 y 12 de febrero de 1911, pp. 2-3, de donde proceden también las frases entrecomilladas del párrafo.

[48] M.ª P. Salomón Chéliz, Anticlericalismo en Aragón. Protesta popular y movilización política (1900-1939), Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2002, pp. 274-275.

[49] P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil..., op. cit., pp. 221-228, de donde procede la cita entrecomillada, p. 225. Véase, para el caso gallego, A. Míguez Macho, «Republicanismo y movimiento obrero en la Galicia de la Restauración: Amigos y correligionarios», comunicación presentada al I Congreso El republicanismo en España. Política, sociedad y cultura, Universidad de Oviedo, 2004.

[50] M.ª P. Salomón Chéliz, «Anarquisme i identitat nacional espanyola a l’inici del segle XX», Afers, 48 (2004), pp. 369-382.

[51] C. Gil Andrés, Echarse a la calle. Amotinados, huelguistas y revolucionarios (La Rioja, 1890-1936), Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2000, pp. 282-306; P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil..., op. cit., pp. 276-277; F.-A. Martínez Gallego, Valencia, 1900. Movimientos sociales y conflictos políticos durante la guerra de Marruecos, 1906-1914, Universitat Jaume I, Castellón de la Plana, 2001; F. Moreno Sáez, El movimiento obrero en Elche (1890-1931), Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, Alicante, 1987, pp. 431-433; V. M. Lucea Ayala, La protesta social en Aragón (1885-1917), Tesis doctoral (inédita), Dpto. Historia Moderna y Contemporánea, Universidad de Zaragoza, 2006, pp. 246-257. Agradezco al autor su amabilidad al proporcionarme su investigación inédita.

[52] Aparte de las referencias de la nota anterior, véanse también M. Pérez Ledesma, «La sociedad española, la guerra y la derrota», en J. Pan-Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba..., op. cit., pp. 91-149. C. Serrano, Final del Imperio. España, 1895-1898, Siglo XXI, Madrid, 1984; y El turno del pueblo: crisis nacional, movimientos populares y populismo en España (1890-1910), Península, Barcelona, 2000. J. de la Cueva Merino, Clericales y anticlericales. El conflicto entre confesionalidad y secularización en Cantabria (1875-1923), Universidad de Cantabria, Santander, 1994; y «Movilización, política e identidad anticlerical, 1898-1910», Ayer, 27 (1997), pp. 101-126. E. de Mateo Avilés, Anticlericalismo en Málaga, 1874-1923, Edición del autor, Málaga, 1990; M.ª P. Salomón Chéliz, Anticlericalismo en Aragón..., op. cit.; F. Archilés, Parlar en nom del poble..., op. cit., pp. 174-212; J. Louzao Villar, El anticlericalismo en la Vizcaya..., op. cit., pp. 62-82, donde analiza también los marcos de sociabilidad anticlerical.

[53] P. B. Radcliff, De la movilización a la guerra civil..., op. cit., pp. 291-292.

[54] Heraldo de Aragón, 4 de agosto de 1913; citado por V. M. Lucea, La protesta social en Aragón..., op. cit., pp. 256-257.

[55] C. Gil Andrés, Echarse a la calle..., op. cit., p. 362.

[56] M.ª P. Salomón Chéliz, «Las mujeres en la cultura política republica: religión y anticlericalismo», Historia Social, 53 (2005), pp. 103-118.

[57] C. Fagoaga, «La herencia laicista del movimiento sufragista en España», en A. Aguado (ed.), Las mujeres entre la historia y la sociedad contemporánea, Generalitat Valenciana, Valencia, 1999, pp. 91-111; M.ª D. Ramos, «La cultura societaria del feminismo librepensador (1895-1918)», en D. Bussy-Genevois (dir.), Les Espagnoles dans l’histoire. Une sociabilité démocratique (XIXe-XXe siècles), PUV, Saint-Denis, 2002, pp. 102-124; «Federalismo, laicismo, obrerismo, feminismo: cuatro claves para interpretar la biografía de Belén Sárraga», en M.ª D. Ramos y M.ª T. Vera (coords.), Discursos, realidades, utopías. La construcción del sujeto femenino en los siglos XIX y XX, Anthropos, Barcelona, 2002, pp. 125-164.

[58] M.ª D. Ramos, «La república de las librepensadoras (1890-1914): laicismo, emancipismo, anticlericalismo», Ayer, 60 (2005), pp. 45-74. De la misma autora, la referencia de Barcelona, en «La cultura societaria del feminismo librepensador...», op. cit., p. 113; la de Valencia, en Myriam, «Mujeres anticlericales», El Pueblo, Valencia, 25 de julio de 1910. M.ª L. Sanfeliu, Republicanas. Identidades de género en el blasquismo (1895-1910), PUV, Valencia, 2006, analiza en profundidad la inserción de las mujeres en el republicanismo blasquista, los discursos de género que manejaba éste, así como las críticas y las propuestas feministas alternativas que surgieron de algunas republicanas.

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