Read the book: «Borrones y cuentos nuevos»
Autores
(En orden alfabético)
Barrera, Adolfo
Bernardo, Hugo
Camuzzo, Pierina
Dávila, José
Del Valle, Oscar
Farro, Elmer
Flores, Francisco
Frisancho, Amanda
García, Nelly
Gastelú, Dennis
Huari, Livia
Martínez, Emma
Mujica, Javier
Oporto, Carmen
Patrucco, Sandro
Pérez, Roxana
Pezzini, Miguel
Pinedo, Magnolia
Ramos, Gerardo
Rodríguez Larraín, Claudia
Rodríguez, Julio César
Santillán, Johnny
Vargas, Martha
Vega, José Francisco
Villacorta, Julio


BORRONES Y CUENTOS NUEVOS
Primera edición electrónica: abril del 2022
© De los autores, 2022
© Paracaídas Soluciones Editoriales S. A. C., 2022
para su sello PSE
APV. Las Margaritas, Mz. C, Lt. 17, San Martín de Porres, Lima, Perú
(+51) 966 457 407
http://paracaidas-se.com/
editorial@paracaidas-se.com
Producción editorial: Participantes de los Talleres de Raúl Tola 2020-2021
Editor: Raúl Tola
Corrección de textos: Emma Martínez
Ilustración de portada: 04*34’00” S 081*18’00” W / Nelly García
Composición: Juan Pablo Mejía
Comité Editorial: Emma Martínez, Miguel Pezzini, Claudia Rodríguez Larraín y Julio Villacorta
ISBN ePub N.° 978-612-48639-4-3
Se prohibe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.
Producido en Perú
Agradecimiento a
Raúl Tola, maestro, mentor y amigo.
A nuestro amado Perú,
en el bicentenario de su independencia.
Prólogo
Lancé la primera convocatoria para un taller virtual de creación literaria hace exactamente un año, luego de la declaratoria de pandemia mundial por el coronavirus, cuando, como a tantísimas personas en el mundo, el cierre de las economías por razones sanitarias me dejó sin trabajo y me obligó a buscar una alternativa desesperada para seguir pagando las cuentas y llegar a fin de mes. Al hacerlo tuve muchas dudas: ¿funcionaría un taller en este formato o la distancia y frialdad de la comunicación digital lo volvería impersonal, poco instructivo e incluso hostil? ¿Habría interesados? ¿Y si nadie se matriculaba?
Publiqué el anuncio en la redes sociales y, para mi sorpresa, la primera convocatoria completó el cupo. Lo mismo ocurriría en las sucesivas invitaciones posteriores. Eran talleres de ocho sesiones, en los que repasábamos algunos conceptos fundamentales: el narrador, el tiempo, el estilo, la realidad, el origen de las historias. Obsesionado con los escritores norteamericanos de la llamada «generación perdida», ilustraba la teoría con relatos de Ernest Hemingway («Las nieves del Kilimanjaro»), William Faulkner («Dos soldados») o J.D. Salinger («El pez plátano»), a quienes añadía pequeñas obras maestras de Gabriel García Márquez («El verano feliz de la señora Forbes»), Ambrose Bierce («El incidente del Puente del Búho») o José Carlos Onetti («El infierno tan temido»).
En el camino descubrí que, en lugar de entorpecer la dinámica de grupo, la comunicación virtual podía incluso estimularla. Aplicaciones como la que empleo para los talleres permiten un orden, una proximidad, un nivel de participación y una concentración que a veces se pierden en un salón de clases.
Otra ventaja ha sido la posibilidad de abarcar todo el mundo. Aunque la mayoría de integrantes de los talleres han sido peruanos, pueden encontrarse en los lugares más remotos. Desde que comencé, he tenido alumnos en Italia, Suecia, Francia, Alemania, los Estados Unidos o España (donde yo mismo vivo). En el Perú los participantes han estado en Arequipa, Puno, Cusco, Piura, Huancayo, Ayacucho, Iquitos y Lima. Mujeres y hombres de todas las edades, unidos por el amor a la literatura, con toda clase de profesiones y pasatiempos: cocineros, estudiantes, maestros, historiadores, abogados, militares en retiro, psicólogos, fotógrafos, funcionarios públicos, museógrafos o periodistas. Esta pluralidad de orígenes y destrezas ha servido para enriquecer las discusiones con unas experiencias y un conocimiento imposibles de hallar en un grupo homogéneo de personas.
A medida que se sucedían estos talleres comencé a madurar la posibilidad de formar un grupo de alumnos fijos que, al estar enterados de las nociones del curso inicial, se dedicaran exclusivamente a la práctica, es decir a desarrollar ejercicios y analizar lecturas que les permitieran perfeccionarse en el arte de narrar. Comencé a compartir la idea al final de cada taller y remití un correo de invitación a los alumnos que habían participado desde la primera convocatoria. Así nacieron los talleres continuos de creación literaria, uno los miércoles por la tarde y el otro los sábados por la mañana, que celebran su primer aniversario de existencia con la publicación de este compendio de relatos.
Esta ha sido y sigue siendo una experiencia fascinante. Lo que comenzó como una aventura eminentemente literaria ha evolucionado y, como esos personajes de las ficciones que escapan de las manos de su autor, se emancipan y comienzan a tomar sus propias decisiones, ha cobrado vida propia, autogenerando su propia dinámica. Como solemos comentar, el resultado han sido unas sesiones muy intensas, dos horas que pasan volando, donde los intercambios de opiniones suelen ser apasionados, entusiastas, pueden combinar los elogios más encendidos y las críticas más feroces, pero siempre suceden en un tono distendido, tolerante, afectuoso, cómplice que resulta extraordinariamente didáctico y favorece de una manera asombrosa el aprendizaje. Lo digo por experiencia propia porque, como suelo repetir, desde mi posición de observador, árbitro e instigador del diálogo, quien aprende más con los talleres soy yo mismo.
Creo que sería injusto decir que el aprendizaje de la literatura y el desarrollo de los talentos creativos han sido los resultados más trascendentales de este año de talleres. Es verdad que, al estudiar conceptos, lecturas o entrevistas; al realizar ejercicios de todo calibre, compartirlos y debatir sus resultados; gracias al enorme, inquebrantable compromiso que ha mostrado cada tallerista en ese espacio solitario y muchas veces hostil que es el momento de la escritura, hemos emprendido una aventura del aprendizaje con resultados cada vez más asombrosos y tangibles, una evolución en la producción literaria que ha incluido la búsqueda y el descubrimiento del estilo, así como la temática y las técnicas que mejor se acomodan a cada escritor, haciéndolo único e irrepetible (es decir, dotándolo de una voz propia).
Sin embargo, es en otro campo donde se han producido los efectos más duraderos, profundos e imprescindibles de estos encuentros semanales. Porque aquello que comenzó como una idea desesperada para balancear mi presupuesto, golpeado por los efectos de la pandemia, hace rato dejó de ser un mero trabajo y en las clases no somos solo alumnos y profesor. En cambio, nos hemos vuelto un compacto grupo de amigos que saben que, al menos una vez por semana, tenemos un espacio para compartir nuestra descontrolada pasión por la literatura y, a través de ella, para sincerarnos, hablar de nuestros éxitos y reveses, de nuestros dolores y alegrías, de nuestras intimidades más inconfesables y nuestras aspiraciones más absurdas con total confianza, sabiendo que cada palabra que empleemos en las dos horas del taller (escritas o habladas) serán recibidas con aprecio, comprensión y afecto, como parte de un pacto de complicidad que se renueva y agranda con cada sesión.
Raúl Tola
Rapsodia Pandémica
Con la pandemia a cuestas y como dice el dicho «No hay mal que por bien no venga», busqué qué hacer —como muchos más— y me encontré con el taller literario de Raúl Tola Pedraglio.
¡Aquí la gente es brava! ¡Cuentan cada cuento! Mienten a sus anchas y dicen cosas sin decirlas, esperando que tú puedas intuirlas.
A pesar de que estamos dispersos por los cuatro puntos cardinales, gracias al Zoom nos hemos hecho amigos joviales, nuestras reuniones parecen carnavales. Miércoles y sábados son de jolgorio. Escribir y leer son nuestra pasión, regocijo, fiesta y diversión. ¡Qué misión más sublime abrazamos al querer ser creadores de un mundo mejor!
Los temas fueron hechos con valor y gallardía, ni una pizca de cobardía se asoma entre sus líneas. Por eso, de mil amores, aquí la relación de los autores.
Oscar nos habla de Abrazos Infinitos, como contó este joven que estudia en Alemania, que lo escribió rapidito. Amores con yaya, de película o fotografía, tenemos con Nelly en Amores de otra Laya. En Nube Gris, Javier nos cuenta la historia del tío Benigno, que, a pesar de estar loco, es el ser humano más digno. Miguel en Ceremonias nos cuenta de un quinceañero y de un padre reflexivo por todo lo vivido. El relato de un suicidio de conmoción en Angamos, la estación, de José Miguel. Una niña se convierte en mujer, a pesar de carecer y de crecer en un callejón de un solo caño, como los de antaño, nos relata Livia en Maynas. Y, de todas vainas, hay un milagrito del Patrón San Mateo bendito escrito por Adolfo. En relación al O2, Emma hilvanó finito para encontrar solución a un problema inaudito. De costureras que hacen el sacrificio y pensando pasar el oficio, desarrollaron en su hijo el amor al arte, así es el relato, por otra parte, sobre Yves Saint Laurent escrito por Julio César. Amanda nos traslada desde los Andes hasta París en una aventura musical guiada por los Apus, mientras sólo una tarjeta sale del país.
Enigmática y misteriosa es La Dama del Árbol de Elmer. Gerardo y su Mujer de la Hamaca, una calata olvidada en un rincón, después que por ella se peleara todo el salón. De una joven escritora, Pierina la autora, hace una premonición en Instinto. Roxana nos narra la historia de Erito, una criatura inmigrante con un corazón tan grande como sus faltas en la escritura. Mientras en un bar, Helena, descrita por Dennis es reemplazada, no por las puras, por Beatriz.
¿Cuál fue la sorpresa de no encontrar su raza de origen? Claudia relata que descubrió que no era blanca ni aborigen. Espejos volteados, de Paco, habla sobre una casa de aguas mansas y secretos terribles. Por allí viene la pregunta ineludible de Stefania, escrita por Martha, que me hizo meditar. Más aún la bronca que se va a armar por El Nombre de Juan Francisco, cuando la familia se entere cómo la niña se irá a llamar. Hugo, en el Ciruelo del Viejo, entendió que el agüelo, a pesar de estar añejo, no dejó de procrear. Así como Siempre Serás Mía, la historia de un amor apasionado tan grande como la amazonía, relatada por Julio; en Gárgolas, Johnny cuenta de robos e intrigas en la ciudad, mientras Magnolia en Piñata nos cuenta que no todas vienen premiadas; y Carmen nos habla de amor de solo 48 horas por semana en Un piso en San Hilarión, mientras una bomba llamada fat boy estalla y produce tremenda conmoción en el Pachinko de Sandro. Son apenas algunas de las historias que conforman esta humilde lista de aventuras que comenzó con dulzura a tomar forma y color.
Y sí que Raúl es un crack por habernos convertido en mejores lectores, cosa fundamental en este vendaval que es el oficio de ser creadores de ilusión, artífice de la emoción que nos hace sentir como espuma en la cresta de una ola, cada vez que el señor Tola nos vuelve a decir «A ver, taller, esta semana ¿sobre qué vamos a escribir?»
Adolfo Barrera
Pleasanton, abril de 2021
El patrón San Mateo
por Adolfo Barrera
La estatua llegó a la casa porque así lo decidió papá. Mi padre era médico, coronel de la policía y jefe del hospital; los policías le hacían el saludo militar al pasar a su lado. Seis pitas en sus mangas imponían respeto, pensaba yo; Alfonsito, el suboficial, chofer de papá, me miraba de reojo al ver mi reacción.
Alfonsito no parecía tombo, era tan sencillo y juguetón como cualquiera de mis patas. Siempre lo vi vestido de civil, lo que le daba cierta licencia para hacer cosas que, de otro modo, el uniforme no se lo permitiría.
Después de recogerme del colegio, íbamos al hospital; papá salía tarde del trabajo. Mientras lo esperábamos, hablábamos de Lobatón, el capitán de la selección; de cómo había que meter golpe cuando alguien se te ponía sabroso; de Teresita, mi vecina, la hija del sastre, me preguntaba si tenía enamorado, decía que era igualita a Camucha Negrete; me quería enseñar a afanar, de cómo había que actuar cuando una chica bonita pasaba. Alfonsito hacia su demostración, ponía cara de mongo y lanzaba unos comentarios que me hacían matar de risa. Nos hicimos amigos, le gustaba muchísimo el futbol, así como a mí. Alfonsito trabajó tantos años con papá, que pasó a ser parte de la familia; mis padres serían sus padrinos de matrimonio. Mi cumpleaños se acercaba, veinticinco de mayo, Alfonsito se casaba dos semanas después.
La estatua había venido de Contumazá, donde nacieron mis viejos. Un temblor la hizo brincar de su pedestal, cayó de cara contra la pila bautismal, pero necesitó de varios especialistas en ángeles arcabuceros y entendidos en esculturas del siglo dieciocho para reconstruirla.
Con las carreteras interrumpidas por los huaycos, la imagen recibió hospedaje en mi casa; la pusieron sobre el escritorio que servía de divisor entra la sala y la pequeña biblioteca de papá. Nosotros solíamos sentarnos a escuchar música en el sofá que estaba al frente del escritorio y, por consiguiente, frente a la imagen.
La mamita Ofelia nos contó que fue el Patrón (así lo llamaba ella) quien evitó que los chilenos entrarán a Contumazá. “El Patrón San Mateo tenía los pies con barro cuando fuimos a la iglesia a agradecer el milagro”, nos dijo con ojos saltones y voz emocionada.
Un mes antes del matrimonio, a la hora del lonche, Alfonsito, llegó a la casa con su novia Cecilia, una ayacuchana tímida de trenzas largas adornadas con ganchitos de colores, de mirada esquiva, como avergonzada; su hablar tenía el silbidito de los provincianos. Alfonsito me causó cierta desilusión, pues Cecilia no se parecía en nada a las chicas que él piropeaba, pero juntos se veían felices. Mi madre se dio cuenta que Cecilia estaba nerviosa, le sujetó las manos y le dijo, “eres linda y eres tan joven, me recuerdas a mí cuando me casé”. Mis padres eran de verdad buenas personas, generosos con el prójimo, cariñosos sobre todo con la gente provinciana.
La estatua sobre el escritorio medía casi dos veces mi tamaño; me asustaba pasar de noche por la sala, me daba miedo quedarme a escuchar música. Había veces que parecía mirarme con sus profundos ojos de apóstol juzgador. Sentía que él podía leer mis pensamientos y saber mis intenciones. Una túnica de dos colores cubría su cuerpo, tenía una mano extendida como quien pide un favor y sus pies eran blancos y perfectos.
Las chicas me gustaban, pero no sentía la “arrechura” a la que se referían mis amigos, cuando hablábamos. Le pedí a Alfonsito que me explicara qué era eso, se cagó de risa y me dijo, “huevón, eso no se explica, se siente”. Y de verdad que se siente. Me agarró por sorpresa una tarde que llegué a la casa, después de un partidito; mi prima estaba en la cocina, había venido a visitar a mamá. Vestía su uniforme de enfermera, zapatos negros cerrados de tacón, pantys azules que resaltaban sus estilizadas piernas y pronunciaban sus caderas, una faldita azul corta pero recatada, blusita blanca, medio desabrochada, producto de la fatiga del día, que mostraba parcialmente unos rotundos pechos; el saquito hacía juego con la falda, sus cabellos castaños caían sobre sus hombros, sus ojos claros, sus mejillas y sus labios la hacían verse como una muñeca. Sentí celos del gato que se sobaba en sus piernas; se me hacía agua la boca, sentía sed y no era por el partido, porque me había tomado toda la jarra de chicha morada y no me pasaba. Quise ser el gato para sobarme en esas piernas; allí me di cuenta de que era la otra sed, la sed que no se curaba con agua ni con cualquier cosa líquida, era la sed que esperaba sin saberlo, era la sed de la arrechura.
Vivíamos muy cerca del estadio nacional, tan cerca que se escuchaba cuando la gente gritaba el gol; sonaba como cuando la ola comienza a formarse lentamente hasta alcanzar ese desplome final que lo inunda todo.
Un día antes de mi cumpleaños, el veinticuatro de mayo, jugaba Perú contra Argentina para ir a las olimpiadas de Tokio. Había juntado dinero para la entrada e iba a ir con papá, pero ese domingo llegarían familiares; pensé ir con Alfonsito, pero con los gastos del matrimonio, estaba con las justas. Pedí ayuda a mamá, pues quería ver jugar a Lobatón, nunca había estado en el estadio. Me dijo: “Tu tío Carlos tiene dos entradas, no podrá ir porque se ha adelantado su viaje de trabajo, seguro te las da por lo que tienes ahorrado”. Dicho y hecho, el tío viajaba el viernes y yo tenía dos entradas en mi mano para el domingo; iría a ver jugar a “Loba” y llevaría a Alfonsito a ver el partido como regalo de bodas.
El estadio estaba lleno, era las tres de tarde de un mayo gris y la gente estaba ansiosa por que comenzara el partido. Había una torre grande, con inmensos parlantes, por donde un señor decía “atención al propietario del carro con placa …” La cancha era grandísima, los jugadores se veían pequeñitos; Alfonsito, estaba feliz, primera vez que iba el estadio. Argentina metió el primer gol; era difícil seguir el partido, había mucha gente gritando y se paraban con cada jugada emocionante. No me dejaban ver, nosotros necesitábamos empatar para ir a las olimpiadas. A los treinta y tantos del segundo tiempo, Lobatón pone el pie y el rechazo del defensa argentino termina en gol; todos nos abrazamos, gritábamos como locos. Después de una silbatina intensa, la gente comenzó a mentar la madre; el árbitro había anulado el gol, un moreno grandote entró en la cancha queriendo pegarle pero la policía lo detuvo. El descontento de la gente continuaba, insultaban al árbitro con lisuras que nunca había escuchado; los gritos se hicieron más intensos, puras lisuras, y mentadas de madre, más gente comenzó a entrar a la cancha, el árbitro había terminado el partido faltando cinco minutos y los policías trataban de controlar a los que entraban a la cancha con perros que mordían. Escuché disparos.
Alfonsito me tiró al suelo y me protegió con su cuerpo. El humo comenzó a subir a las tribunas como neblina de playa, era espeso, hacía que te ardieran los ojos y la garganta; creo que estaba hecho de rocoto, no podíamos ver bien y no parábamos de llorar. Buscamos la salida, en las escaleras nos convertimos en una mazamorra humana, estábamos apretados unos contra otros. Alfonsito trataba de protegerme, pero era inútil, la gente nos arrastraba hacia las puertas, sin saber que habían sido cerradas por los mismos porteros para evitar que la gente se zampe.
Me oriné, no sé si de miedo o porque no podía respirar; tal vez era el efecto de la neblina que se metía en mis pulmones, me temblaban las piernas y los brazos, ya no tenía más fuerza, me ahogaba, me estaba muriendo. Pensé en mis padres, me dio tristeza el no volver a verlos, me sentí culpable de que Cecilia se quedara viuda antes de casarse, me dio pena Alfonsito, ¿qué le iba a decir a papá? Lo poco que podía ver era el suelo que brillaba, como brea, me pareció ver unos pies blancos y perfectos, estaba divagando, me moría, me acorde del patrón, le recé… después sentí mucho sueño y una paz adormecedora. No recuerdo cómo salimos del estadio, ni cómo llegue al sillón de la sala donde me quedé dormido, esperando que volviera papá de buscarnos por todos los hospitales de la ciudad.
Cecilia estaba radiante, mamá tenía razón era joven y hermosa, brillaba de felicidad. Alfonsito no paraba de temblar de la emoción, tenía la mano enyesada; se la rompió tratando de evitar que la gente me aplastara. “Los declaro marido y mujer”, dijo el cura, y un grito de júbilo estalló en la iglesia.
Tengo el recuerdo de sentimientos, como la alegría de mamá al verme entrar, la angustia de todos por ubicar a papá y el júbilo en mi corazón al acercarme al Patrón. Al darle las gracias, instintivamente mis manos tocaron sus pies; estaban tibios y cubiertos con algo que brillaba como brea.

Adolfo Barrera (Lima 1959), fue creado para amar a Marie France con la que tiene dos hijos. Terco y pendenciero, positivo en los momentos inadecuados. Amante de la vida, a pesar de las injusticias. Vive en California hace 31 años, dentista de profesión, amante del fútbol y el buen vino por vocación. Feligrés de la amistad y la gente inteligente. Agradecido por la oportunidad de escribir y encontrar gente maravillosa en el taller literario de Raúl Tola.
Los ciruelos del viejo
Por Hugo Bernardo
El descenso era rápido, previamente había superado la estepa y la densa neblina, aquella que le hizo vacilar en muchas de las curvas sinuosas. Asimismo, el frío que asestaba sus mejillas y sus manos se fue disipando gradualmente. Pedro detuvo su marcha y, desde su motocicleta, observó hacia el horizonte cómo el sol poniente iba cayendo sobre las montañas. A la vez se remontaba a recuerdos de infancia: «¡No toquen los ciruelos, están envenenados!, con su voz gutural e imponente repetía con insistencia el viejo».
El valle era verdoso y el cielo cerúleo tenía algunas nubes fantasmales. Desde su posición inhaló y exhaló con rapidez, e inmediatamente fijó la mirada en tres edificios modernos rodeados por casitas menudas, algunas de adobe y otras de ladrillo. Las montañas estaban casi desnudas, sólo se distinguían algunos remanentes de bosques tupidos. El valle parecía un cuadro abarrotado por rectángulos imperfectos y atravesado por un río agonizante. Al retomar la marcha sentía que los latidos de su corazón se sobreponían al ronquido del motor de la motocicleta. Ya en la entrada, Pedro ahogó un suspiro melancólico mientras atravesaba un obelisco con ornamentos de vacas, cerdos y algunos bustos de artistas. Un rompe muelles le obligó a bajar la velocidad de la motocicleta, y un hombre de estatura mediana y aspecto gris le hizo un ademán con el brazo izquierdo; no correspondió al saludo debido a que los lentes ahumados del casco que llevaba dificultaban su visión. Avanzó cinco cuadras y ya estaba situado en la plaza principal, en cuyo centro se distinguía una pileta compuesta por tres esculturas en forma de copa. El agua turbia y quieta del estanque acompasaba su nostalgia. Estaban algunos transeúntes en las esquinas y en el centro mismo de la plaza; el pueblo estaba más silencioso que de costumbre.
Se detuvo frente a la iglesia. Recientemente los tres torreones de cemento y piedra habían sido revestidos con pintura color mostaza, mientras las tres cruces que las enarbolaban, con pintura blanca. Notó cómo los rayos del sol incidían oblicuamente en las rejas oxidadas de la iglesia, pensó entonces que el ocaso se aproximaba.
Una anciana llena de arrugas, como un fruto deshidratado, se le acercó y a la vez lo examinaba.
—Hace una hora que se fueron joven —le dijo la anciana de ojos lánguidos y pequeños—. El padrecito también fue.
Pedro asintió con la cabeza y avanzó deprisa por las calles estrechas del pueblo. Sorteando baches y hendiduras, pensaba firmemente en desconocer e ignorar a todos los que se le pondrían en frente: «Las lamentaciones y la lástima incomodaban mucho al viejo. A mí también»
A dos cuadras de su destino divisó dos columnas de vehículos apostados en ambos extremos de la calle, y en la berma central unos arbustos marchitados lo recibían trémulamente. En la puerta divisó grupos de personas mayores con gestos adustos e invariables; parecían absorbidos por el frío que empezaba a disipar el valle. Pedro descendió de su vehículo e inmediatamente se topó con varios niños que arranchaban las flores situadas alrededor de una hilera de nísperos que antecedían a una capilla pequeña y descascarada. Avanzó con pasos firmes, sorteando miradas y susurros de personas vestidas con prendas negras. Tuvo que recorrer una cuesta ligeramente empinada para llegar a su destino final y pidió permiso a las personas que se habían agrupado alrededor del viejo. Pedro reconoció muchos rostros de familiares, amigos y personas que habían sido parte de su infancia; algunos desprendían llantos asolapados y otros quejidos chirriantes.
Un sacerdote, de mirada fría y cabellos blancos, daba unas palabras finales que hacían alusión a lo buen padre y a la familia funcional que había formado el viejo. Pedro emitía gestos casi inexpresivos que denotaban hartazgo y sopor; todo empezaba a generarle irritación.
—Procederemos a introducir el ataúd en el nicho —pronunció un hombre rubicundo y bajito.
Con un movimiento brusco y atropellando al sacerdote que estaba muy cerca del féretro, Pedro se acercó.
—¡Voy a despedirme! ¡Un momento! —vociferó resuelto.
El sacerdote, con cierta confusión, pero recompuesto, dirigió su mirada al hombre bajito y rubicundo que había dado la orden previa.
—Dejemos que se despida, hermanos —añadió el sacerdote.
Por unos segundos el silencio fue contundente, pese a la gran cantidad de personas que se habían reunido en el cementerio para despedir al Sr. Antero; “Don Antero”, “Papá Antero”, “Papá-abuelo”, para Pedro era simplemente “El viejo”.
El viejo tenía el rostro robusto, los ojos grandes, la nariz aguileña y el cabello ceniciento con matices negros como un carbón apagado. Un vidrio, un cajón de cedro y la muerte misma lo separaban del viejo. Quieto y con los ojos fijos en el ataúd, Pedro pensaba: «Hay mucha gente, tus seis hijos (mis tíos) lloran tu partida, te entierran al lado de mi tía Hilda y tu querida Mery. Y yo aquí viejo, después de mucho tiempo te veo, sólo te veo, mis demás sentidos no te perciben. Naturalmente reprimo el llanto y es porque tu dureza se me impregnó hasta el alma. Repelo el pesar de mis hermanos y primos, esos tus numerosos nietos ¡Ingratos! ¡También soy ingrato! Has tenido que morir para reunirnos. ¡Adiós, viejo!».
Después del silencio prolongado, unos hombres ataviados de mariachis, con guitarras, vihuelas, violines, trompetas y un guitarrón empezaron a cantar: “Allá en el rancho grande, allá donde vivía. Había una rancherita…”. Azorado y con gestos de disgusto, Pedro salió del cementerio de la misma manera abrupta con la que había llegado. Su madre intentó detenerlo, pero no pudo.
Ya en su motocicleta, avanzó por una pista delgada y destartalada. En medio de la penumbra, se aproximaba al lugar que le daba tranquilidad a él y al viejo Antero, a la casa de campo.
En la oscuridad, bajo el cielo despejado y una luna tímida, Pedro atravesó la puerta de ingreso a la casa que daba hacia el patio principal. En el centro mismo del patio se distinguía un pozo de agua y al costado había un árbol de ciruelos, en cuyas ramas se posaban unos zorzales negros que huyeron al percibir sus pasos sigilosos. Frente al árbol cayó de bruces contra el suelo y soltó un alarido desgarrador, hacía movimientos desordenados con la cabeza para cerciorarse de la ausencia de personas y las lágrimas caían a raudales en sus mejillas. Mientras aplacaba el llanto sintió súbitamente una mano sobre el hombro; su cuerpo reaccionó con un sobresalto exagerado.
—Joven, joven —le habló un hombre en medio de la oscuridad, mientras quitaba su mano del hombro de Pedro—. Te estaba esperando.
—¿Me esperabas?
—¿Tú eres Pedro, el nieto de Don Antero?
—Sí —respondió con movimientos amenazantes en las manos, mientras se ponía de pie—. ¡Carajo, me has dado un susto!
En medio de la confusión, Pedro con el rostro empalidecido examinaba al extraño. Tenía los hombros anchos, el vientre plano y una voz temerosa.
—Cuando llegaste y estabas cerca al obelisco, te pasé la voz. Creo que no me viste —dijo el extraño.
—No te conozco. ¿Quién eres? ¿Qué haces en la casa de mi abuelo?
—También me llamo Antero. Tu abuelo es mi papá, pero mi mamá no es Doña Mery. Algunas de tus tías saben de mí, ellas no quieren ni verme.
—¿Fuiste al cementerio?
—No fui, el padrecito me lo prohibió. Con tu abuelo solo nos veíamos a escondidas. Me hablaba mucho de ti y si pasaba algo siempre me decía que tenía que buscarte —añadió—. Yo sabía que ibas a venir aquí.
Pedro contrariado por el frío, por la presencia difusa e inextricable de aquel hombre en medio de la penumbra y por las palpitaciones propias de su crispado cuerpo, trataba de tejer y anexar ideas coherentes: «¿Era este hombre parte de esas conversaciones de reuniones familiares, esas que generaban silencios prolongados o cambios repentinos de temas en medio de enervaciones disimuladas?»
Estaba frente al árbol de ciruelos, de frutos rojizos y tallos vetustos, esos que le habían generado tentaciones inocuas en su infancia y que a la vez el viejo prohibía tocarlos. Fue ese mismo árbol el testigo de una revelación, de una verdad póstuma disfrazada de perfecciones falsas y de recatos inexistentes.

Hugo Bernardo. Nací en Pampas, provincia de Tayacaja, departamento de Huancavelica — Perú, en 1991. Estudié Economía en la Universidad Nacional del Centro del Perú, en la ciudad de Huancayo. Desde que culminé mis estudios superiores, laboré en una entidad financiera, hasta que un accidente me ocasionó una paraplejia. Esta situación inesperada me ha llevado a reestructurar mi vida, principalmente a retomar la lectura, y ahora pretendo incursionar en la escritura, que siempre estuvo dentro de mis objetivos de vida.
Instinto
Por Pierina Camuzzo
Forman una pared humana alrededor de Martina bloqueando mi visión de la piscina. Me quedo en silencio a unos metros del resto. Hago mi mayor esfuerzo por identificar las frases perdidas en llantos ahogados. Solo capto algunos intentos de palabras mal articuladas, difusas entre respiraciones agitadas y mojados sollozos. Esquivo los flotadores haciendo espacio entre todos hasta llegar a mi hermana.
Esa madrugada desperté acalambrada. No encontré una posición que me ofreciera dulces sueños. Al medio día mis sábanas no podían estar más enredadas. Seguía con los mareos del día anterior. No habían hecho más que intensificarse desde que recibí la invitación al cumpleaños de mi sobrina. Mi vista también se mantenía ligeramente nublada. Abrí las cortinas y las cerré al instante. El sol me dejó ciega por unos largos segundos. Me dirigí hacia el baño guiándome por la imagen del dormitorio que proyectaba en mi mente mientras recuperaba la visión. Contaba también con la ayuda de ambas manos. La derecha se deslizó por mi cama hasta un poco antes de llegar a mi destino. La izquierda la mantuve estirada en frente de mí moviéndose de arriba a abajo y de un lado a otro. Llegué al lavatorio sin estrellarme con nada. Abrí el caño e inundé mi cara en agua helada.
Después de una refrescante ducha me tomé el menor tiempo posible para desayunar. Me sentía mejor después del agua fría y el batido de lúcuma. La humedad de mi cabello disminuía el sofoco provocado por la blusa. Su color, sumado con los rayos solares que ingresaban por la mampara, me daba la sensación de estar envuelta en brasas incandescentes. Sonó mi celular en la mesa de la cocina. Cerré el caño y me saqué los guantes. Era Martina.
—¿Qué tal Mar? Te escucho.
Mencionó el cumpleaños de su hija, para el que ya estaba tarde. El nombre de la pequeña fue lo último que escuché. Su nombre resonó varias veces en mi cabeza. Empezó como un eco descontrolado y terminó en balbuceos carentes de oxígeno. No divisaba más que sombras en escala de grises. Recosté medio cuerpo sobre la mesa que aún tenía restos de comida. La baja temperatura del mármol con el sudor frío de mi rostro me devolvió a la realidad.
—Llego en diez.
Caminé de prisa por la vereda hasta la siguiente cuadra. Llevaba la pistola de agua dentro de una bolsa de regalo. Busqué estar siempre bajo sombra a excepción de la única calle que tuve que cruzar. La adrenalina de mi tardanza favoreció mis intentos por no desvanecerme. Extendía y contraía mis dedos. No quería perder el control sobre ellos. Se durmió el brazo con el que cargaba el regalo, como si no quisiera llevar el paquete a su nueva dueña. Cerraba los ojos con fuerza cada vez que parpadeaba para así ser capaz de abrirlos nuevamente.
La empleada no demoró en abrir. La corriente de aire en la entrada se llevó con ella mi malestar por unos instantes. Los necesarios para saludar. Todos se encontraban afuera. Saludé a mi hermana, mientras exhibía su destreza en la parrilla, y a sus amigos en el bar. Mi hermano y las empleadas bajaron toallas a la piscina para que los niños salieran a comer. Yo era la única que faltaba para servir el almuerzo.
Instantes después subió mi sobrina corriendo descalza. Me acerqué a ella con el regalo por su quinto cumpleaños. Una profunda inquietud recorría mis brazos al sostenerlo. Tenía la impresión de que pesaba tanto que en cualquier momento perdería la capacidad de seguir sujetándolo. Sentí como si la hubiera echado mucho de menos, pero no había pasado ni una semana desde la última vez que la vi. Con la escasa fuerza que me quedaba articulé la sonrisa que mostré al pasarle el regalo a mi sobrina. Lo puse en sus brazos casi con brusquedad. Los calurosos destellos del sol me empezaban a dejar ciega. Mis ojos ardían. Se habían llenado de lágrimas. No podía mantenerlos abiertos. Era igual que estar sumergida en la piscina sin lentes de agua. Acerqué mis nudillos para secar las lágrimas, pero noté que estaban secos. Me volví hacia mi sobrina, quien después de sacar el juguete de su bolsa, me agradecía empapándome la falda con un abrazo. Acaricié sus finos cabellos húmedos con la mirada incrustada en el lanzador rojo que había dejado en el suelo al lado de sus flotadores.
Sirvieron el almuerzo en la mesa de la terraza, frente a la parrilla. Corría aire suficiente como para despejarme y permitirme sostener una conversación estable. La sangría con más hielo que fruta, ofrecida por Martina, cooperaba también. Mi expresión de inseguridad se escondía tras los lentes de sol, pero mi postura movediza me mostraba un tanto vulnerable. Vacilé dando sorbos casi inexistentes mientras contemplaba el pasto mojado bajando las escaleras. Seguí con la vista el camino de piedras que conducía a la piscina y lo completé con mi imaginación puesto que las barandas no me permitían ver más allá.
Martina se lució en el arte culinario. Nos invitó unos cortes espectaculares que dejaron a todos babeando por repetir. Yo miraba la parrilla. Me acerqué y examiné la variedad de carnes, embutidos y vegetales. Lo mismo con las bebidas en el bar. Estiraba el cuello y me fijaba si había algo en plato ajeno que me provocara. Nada lo hacía. Martina me acercó la fuente un par de veces recomendándome por cual empezar, pero rechacé su oferta en ambas oportunidades y dejó de insistir un tanto decepcionada.
Los niños arrasaron con las hamburguesas en cuestión de minutos, corrieron a seguir jugando gracias a sus inagotables energías. Mi sobrina no se retiró sin antes preguntarme cómo funcionaba su nuevo lanzador. Desde ese instante, la figura de la niña alejándose con el juguete y mi intranquilidad en aumento se convirtieron en mi norte, sur, este y oeste durante el trascurso de la reunión, al punto que apenas lograba mantenerme mentalmente presente en la conversación que se desarrollaba en la mesa.
Inhalaba profundamente por la boca. El humo ocupó mis pulmones por completo. Una combinación de carne con cloro atormentaba mi olfato. Aguanté la respiración y te tapé la vista con ambas manos. Sentía cómo hervía la sangre en mis dedos e incineraba mis venas. Abrí lentamente mis ojos mientras los protegía poniéndome lentes oscuros.
Martina desapareció segundos antes de escuchar un grito desgarrador proveniente de la piscina. Me quedé helada. Noté mis pies bajando las escaleras sin que se los haya pedido. Seguían automáticamente al montón.
Mi hermana aún llora al borde de la piscina, junto a los flotadores de su hija. Tiene la espalda encorvada, su cabeza apunta hacia abajo en dirección al agua y sus manos forman un nudo entre su cuello y su pecho.
Camino entre todos hasta llegar a Martina. Ella me toma ambas manos. La paleta de colores en sus ojos se ha limitado a descendientes del rojo. En ella sobresale un llamativo rojo fosforescente que rebota en un espejo de lágrimas. Sujeto sus manos con fuerza impidiendo que suelte las mías. Antes de poder decir nada, mis palabras se atascan en mi garganta formando una atadura incapaz de escapar. Me abandono en ese triste rojo causado por el nítido reflejo del lanzador que ahora flota en la piscina.

Soy Pierina Camuzzo. Nací el 10 de febrero del 2004. Este año 2021 termino la secundaria. Adicta a los libros desde los cuatro años, fanática del básquetbol desde los ocho y estudiante de teatro justo después de cumplir dieciséis. Amante del taller que me ha enseñado mucho más que literatura y ha sido mi bote salvavidas en esta tormentosa cuarentena.
Estación Angamos
por José Miguel Dávila Salas
Son las tres de la tarde y hago el intento de controlar el temblor de mis manos mientras escribo esto. El corazón me late a todo dar, como intentando afirmar mis ganas de vivir.
Hoy es mi penúltimo día en Lima tras casi veinte de estar aquí. Como de costumbre, salí tarde del departamento donde me quedo, tras haber empacado rápidamente mis libros y el almuerzo que preparé y dividí en tapers para toda la semana. Anduve rápidamente, aunque con sueño aún, la media cuadra que me separaba del paradero de buses en la Av. Primavera; casi de inmediato abordé uno que me llevaría al cruce con la Av. Aviación. A pesar de ser verano, la ciudad había amanecido gris, lo que era un alivio al calor infernal de esta época. Mi sentido del equilibrio nunca ha sido bueno y sumado al astigmatismo hacían que aun estando sentado me fuese casi imposible leer en un vehículo en movimiento sin sentir mareos y confusión. Por esas semanas había encontrado una solución en Spotify: un podcast de Patricia del Río sobre literatura que había sido mi entretenimiento en los kilómetros de transporte público de esta ciudad. Casi llegando a mi destino de conexión, donde habría de tomar el metro hasta la estación La Cultura que me dejaba a pocos pasos de la Biblioteca Nacional, Patricia comenzó a hablar de Virginia Wolf, su amor profundo y difícil con una mujer y su final decisión de lanzarse a un río con los bolsillos repletos de piedras. “Poético”, pensé. Perdido en esas palabras me bajé un poco antes del vehículo por temor a haberme pasado.
Con los audífonos aún puestos, pero prestando más atención a la calle y abrazando la mochila con miedo provinciano, ingresé con mi tarjeta a la estación Angamos del metro línea 1. Con la determinación de quienes ya conocen su ruta, encaminé hacia las escaleras que me llevarían al tren con dirección a Bayovar. Casi llegando a los últimos escalones del tramo final del andén escuché varios gritos junto al sonido de un golpe seco que me dejó paralizado. Luego vinieron más expresiones de espanto. La gente retrocedía con las manos en el rostro, y una mujer abrazaba a su pareja sollozando en su hombro. “¡Se ha tirado, se ha tirado!”, alcancé a escuchar el llanto de una señora. Mientras la gente, que no era tanta, se replegaba contra la pared y las escaleras; yo permanecía congelado en un escalón sin saber qué hacer.
Por mi lado izquierdo subió rápidamente una mujer con el uniforme de limpieza del metro a ver lo sucedido y comunicó algo por walkie-talkie con el horror impreso la cara. Retornando, con el rostro desencajado, al verme me dijo:
—No suba joven, no vale la pena que lo vea.
Bajé detrás de ella y me quedé esperando en el descanso entre bloques de escaleras. Me di cuenta que había personas que aún subían sin haberse percatado de nada y otras con el afán de ver el suceso. La señora de limpieza intentaba cerrar el paso y contenerlos, yo me apoyé en la pared mientras me percataba cómo mis manos temblaban y el agua se iba recolectando en mis ojos. Entre la gente, mi vista se volvió a cruzar con aquella mujer de limpieza que me miraba con una mezcla de ternura y desaliento. Yo en el fondo necesitaba que me abrazara, creo que ella también.
Un grupo de personas que había bajado del andén se reunió ahí, comentaban todavía en shock lo sucedido, un poco para calmar los nervios y un poco porque no sabían qué más decir. Con el cuerpo aún frío y entumecido seguí a un grupo de tres mujeres y un anciano que habían bajado y se disponían a salir. Caminábamos lento, compungidos. Vimos como un agente de policía subía corriendo junto a un grupo de personal del metro.
—Hay gente atrapada en el vagón— comentaba el señor —ojalá puedan salir rápido.
Las personas se quejaban en la puerta de entrada y los controladores les decían que había ocurrido un accidente y que la estación estaba cerrada. Un señor en camisa gritaba junto a otro grupo reclamando y preguntando la razón.
—¡Se han suicidado! —la mujer de mi costado contestó en tono seco.
—Voy a llegar tarde —el hombre respondió.
Los seguí al cruzar la pista para tomar alguna combi que reemplazara mi trayecto; las mujeres conversaban acerca del incidente invocando a Dios y preguntándose la razón de aquella decisión.
—En este país no hay trabajo —masculló una de ellas— no hay de qué vivir.
Con la voz casi en murmullo finalmente pregunté
—¿Cómo era él?
—Ay joven, era chiquillo, como de su edad— respondió la más bajita.
Consulté en varios carros si pasaban por la biblioteca y uno me dijo que me dejaba en frente; lo abordé junto con una señora de aquel grupo que ahora les comentaba a los demás pasajeros el incidente. Se quejaba a viva voz de cómo iba a llegar tarde a su consulta con el cardiólogo, a lo que un hombre le respondió que se apresurase pues con tren cerrado el tráfico sería un caos. Busqué un asiento, junto a la ventana; me senté y como quien abre un caño de agua helada empecé a llorar sin terminar de entender por qué.
El conductor me avisó, con una cortesía inusual en esta ciudad, que había llegado al paradero más cercano a la biblioteca y bajé apresurado. Iba ya bastante tarde. La ponencia de “El arte contemporáneo amazónico” iba por la mitad cuando llegué. Por más elocuencia de la ponente, me fue imposible concentrarme, aunque había conseguido mantener mi cara inexpresiva desde que bajé del bus. Hacía casi un mes y medio había empezado mi tratamiento con antidepresivos, después de varias crisis llenas de ideas suicidas que jamás llegue a concretar. Pensé en aquel chico, pensé en mí mismo al fondo del abismo, pensé en Virginia Wolf y la desesperación que minutos antes había tomado por poética, pensé en Arguedas en el baño de la universidad Agraria, pensé en esa hostilidad de Lima que es también la del ser humano que quizá opta como defensa. Pensé en cómo hace unas semanas me había dado cuenta de lo mejor que estaba sintiéndome con relación a esos días oscuros, que realmente fueron años. Pensé en cómo un abrazo quizás habría salvado a aquel anónimo, pensé en Vallejo y sus versos, tiernos, tristes y ciertos. En todo el dolor que nos podría haber ahorrado el desterrar la indiferencia.
Casi sin notarlo llegó el break de las 11 y aún más rápido terminó la jornada del día, a la 1:15 tras una larga tanda de preguntas a la expositora; salí del auditorio. Después de sellar mi asistencia, descendí al comedor del sótano a almorzar lo que había traído. Me senté en la esquina de una mesa solitaria pues en ese momento no quería compañía. O tal vez sí, pero mi timidez no me lo permitía; además por alguna razón me sentía especialmente vulnerable. En la mesa contigua se sentó un grupo compuesto tres jóvenes enternados. Probablemente eran trabajadores de las oficinas de la biblioteca, un par de años mayores que yo, entre 25 y 28. Uno de ellos comenzó a hablar quejándose de que había tenido que tomar taxi, a lo que el otro respondió
—Qué cojudo, ¿No podía ir a matarse a otro lado? —el primero estalló en risas.
—Dicen las noticias que le pasaron tres vagones encima—respondió otro— después del primer segundo seguro ya no te duele nada, tu sistema nervioso colapsa pues.
Rieron mientras el tercero miraba su plato de comida con expresión de aburrimiento.
¿Y todo lo que le había dolido antes? Entonces sin poder controlarme empecé a llorar en silencio nuevamente, ahora de rabia, de frustración, de cobardía, de dolor. Lloré por ellos, lloré por él, pero sobretodo lloré por mí.

José Miguel Dávila Salas es un diseñador publicitario y activista de la ciudad de Arequipa; actualmente está cursando la carrera de psicología en la Universidad Católica de Santa María. Cuenta con un diplomado en dirección de Arte y ha trabajado en la organización de diversos eventos culturales. Apasionado por la diversidad, cree firmemente en la capacidad del arte para cambiar el mundo y construir uno mejor.
El abrazo infinito
Por Oscar Del Valle
—¿Aló, buenos días?
—Hola, querida, soy yo. Una voz enérgica se oía por el auricular.
—Hola, Amandita ¿qué milagro? —respondió Delfina, tomando asiento sobre la cama destendida.
—Ningún milagro, Delfina. Hablas como si no te hubiera llamado hace años. ¿Cómo sigues?
—Bueno, a lo mejor meses, —replicó con sequedad.
—Perdóname, he estado con la vida de cabeza, yendo de aquí para allá con esta remodelación que no tiene cuándo acabar.
—Al menos puedes moverte sin problema. Yo aquí, ensartada con los dolores —respondió palpándose la axila.
—¿Qué dice el médico? ¿Alguna novedad?
—Nada nuevo y nada esperanzador tampoco, a lo mejor ya me llegó la hora.
—¡No digas tonterías, Delfina! Recién estamos empezando nuestros setentas y dicen que son los nuevos cincuentas, —dejó escapar una risita vanidosa. —Vas a ver que pronto quedará todo esto como una anécdota del pasado.
—Si tú lo dices, Amandita.
—Yo lo sentencio y así será. Y también te digo que iré a visitarte apenas acabe con todo este lío. Tengo la casa llena de tierra y gente entrando y saliendo todo el tiempo.
—Está bien, querida, te prometo que de aquí no me muevo.
—No te pongas sarcástica conmigo, todo va a estar bien—. Agitó el índice como una varita mágica en el aire.
Delfina suspiró y se despidió no muy convencida del futuro que su amiga pronosticaba. Los dolores la acosaban apenas se despertaba con los primeros rayos de luz que ingresaban por la ventana, ante los cuales regañaba cerrando las gruesas cortinas de terciopelo. La alcoba quedaba entonces sumida en una oscuridad semejante a aquella que sentía crecer en su pecho. Durante horas, daba vueltas y vueltas arropada por el edredón, pretendiendo negar la vida que sentía le había sido arrebatada desde que le descubrieron un cáncer de mama en el seno izquierdo. No era el único pesar que cargaba Delfina, la muerte se había llevado a Paco dos años atrás y, como si así pudiera evitar el paso del tiempo, no había permitido que nadie tocara sus objetos personales. La mitad del armario lo ocupaban sus trajes de invierno, corbatas y zapatos; los de verano se hallaban en la maleta que se preparaba a desembalar la noche anterior a su partida y que seguía sobre la misma silla en la esquina del cuarto. En el tocador del baño reposaban sus peines y cepillos de cerdas ya resecas en el vaso color ocre, y su abrigo beige colgaba en el ingreso con la mancha de salsa de tomate que tanta risa les causó mientras cenaban en la trattoría del viejo Carmelo.
Horas más tarde, aquello que no pudo el sol lo consiguió el hambre. Con dificultad, se puso de pie para enfrentar la enorme puerta de nogal que la separaba del mundo exterior. La alacena apenas contenía un tarro de leche rancia y dos hogazas de pan que habían endurecido en el olvido. Delfina se vio obligada a salir al café de don Porfirio por algo de alimento. Apoyada en un bastón y con los mismos lentes de sol que compró para el velorio de su esposo, caminó hacia la avenida. Sus pasos tenues se volvieron sólidos con el primer saludo, pero no le duró mucho el aliento, que se desvaneció apenas dobló la esquina y perdió de vista a la señora Ponce. Continuó hasta el quiosco de periódicos, donde se detuvo un momento a ojear los titulares: “Un locutor de radio muere de cólera por la comida en Aerolíneas Argentinas”, “Perú niega su responsabilidad en el cólera de Aerolíneas Argentinas”. Delfina sacudió la cabeza, como si con ello pudiera olvidar lo leído y continuó su camino hacia la tienda, aunque con menos apetito que cuando salió de casa. Decidió entonces que no comería más que el maní salado que acompañaba su jarro de cerveza y repitió esta ecuación cada mañana por los siguientes meses. En varias ocasiones el jarro se multiplicó y Delfina tuvo que ser asistida por un amable don Porfirio para volver a casa.
—¿Segura que se siente bien, doña Delfina?
—No muy bien. Pero, como todo, ya pasará, —respondió arrastrando las erres.
—Si necesita algo de ayuda, por favor, no dude en pegarme una llamada.
Porfirio intentaba mirarla a los ojos mientras escribía su número de teléfono sobre un papelito arrugado que depositó en el bolsillo de su abrigo antes de que Delfina cerrara la puerta.
Durante las noches intentaba dormir, cada vez con más dificultad. Ya no solo era la hinchazón en los ganglios o la memoria de Paco, eran también sus huesos, ahora más pronunciados que antes, que le impedían reposar por largas horas. Se levantó de madrugada, en medio de una oscuridad ya familiar, y encendió el lamparín de su mesa de noche, abrió su cajón y volvió a sacar la fotografía tamaño carnet de Paco que lo mostraba en blanco y negro. Tenía la mirada seria, pero con un brillo en los ojos que solo ella sabía identificar, el bigote recién cortado y un nudo bien hecho en la corbata. Lo pensó luego en su ataúd, tranquilo y con los ojos cerrados, rodeado de rosas blancas y crisantemos. Recordó el pésame cálido de los amigos, el sabor del café para aguantar el pasar de las horas, impasible, en la misma banqueta de madera. Recordó el almuerzo en el restaurante de la esquina junto a Amandita y Leonardo, quienes intentaban animarla con anécdotas sobre Paco, como aquella vez en que perdió el zapato persiguiendo a un ladronzuelo de carteras en medio de la lluvia y terminó exprimiendo su media tras perder el aliento en la fallida gesta, o aquel viaje que hicieron a la sierra de La Libertad para conocer Marcahuamachuco en que, luego de seis largas horas en carro desde Trujillo, frente al monumento arqueológico, Paco exclamó perplejo: “¿Y para ver esto es que he sacrificado la raja del culo?” Delfina soltó una risa ligera, los ojos húmedos tornaban la pequeña fotografía borrosa que se acercó al pecho y luego devolvió al cajón.
Durante el día deambuló por la casa, sin rumbo, abstraída en sus recuerdos. Durante horas miró por la ventana de su habitación sin que nada alterara el ritmo de los transeúntes ni el sonido de las campanas ni el trayecto de las sombras. La vida, la verdadera vida, parecía tan lejana ahora, que le resultaba un sinsentido comer o agarrar un libro. “Para qué alimentar algo que se muere”, murmuraba para sus adentros. Caminó hasta el espejo del baño y se vio a los ojos, castigados por la miopía, se tocó los pómulos que destacaban prominentes y sintió la piel áspera y quebradiza. Se descubrió el pecho y vio su seno extirpado que le había dejado una gran cicatriz a la altura del corazón. A duras penas se acomodó el cabello sin teñir y bebió un sorbo del agua que se escurría entre sus manos. El sonido del teléfono la sacó de aquel trance.
—Querida, quería visitarte esta semana, pero no voy a poder. El carpintero me ha hecho una lista de pedidos que ni te imaginas y en cualquier momento me llegan los azulejos. Si no fueran tan incumplidos ni tuviera que estar persiguiendo a estos muchachos, hace rato que estaría en la puerta de tu casa.
Amandita sonaba agitada, como si de verdad hubiera estado persiguiendo a los obreros por las calles. —¿Cómo te sientes?
—Ahí, bien, —contestó Delfina sin ganas de hablar.
—¿Segura? Porque si es necesario que vaya, dejo todo de inmediato, Delfina. Tú sabes que cuando digo algo lo digo en serio.
—Segura, Amandita.
—Está bien. Un abrazo, querida, te dejo porque aún tengo mil cosas que hacer y se me hace de noche.
—Adiós, Amandita.
Delfina colgó el teléfono con un aire de insatisfacción, como si hubiera perdido algo de valor en ese instante. En un gesto quizás desesperado por recuperarlo buscó el papelito con el número de don Porfirio y le marcó con prisa. Tres timbradas le bastaron para saber que no contestaría y con el índice en la tecla del teléfono, pero el auricular todavía sobre el oído, cortó la llamada.
Eran poco más de las cuatro de la mañana cuando Delfina se levantó perturbada de la cama. Con determinación, se dirigió a la vieja silla de madera donde reposaba la maleta con la ropa de verano de Paco y empezó a retirar camisa por camisa, pantalones de lino y chaquetas de algodón. Estiró y colgó cada pieza en el armario, reemplazando cada una por otra más ligera. En algunos abrigos encontró pañuelos usados que le daban vida a Paco de forma momentánea y antes de doblarlos se los acercaba a la nariz para extraer algún olor que lo trajera de vuelta. Luego de acabar con la maleta, se dirigió al tocador del baño y guardó sus objetos de aseo en una bolsita negra, descolgó el abrigo del perchero en el ingreso y lavó la mancha de salsa de tomate. Finalmente, se dirigió a la mesa de noche, al otro lado de la cama, donde estaba su antiguo reloj Longines a cuerda que marcaba desde hace dos años los momentos sin él. Se lo colocó en la muñeca y vio que daban casi las seis.
El cielo aún reposaba oscuro cerca al mar, pero el celeste avanzaba desde las montañas con la calma de diciembre. Caminó acongojada y adolorida con ayuda de su bastón y llegó hasta la altura del faro que iluminaba el Pacífico, al que las embarcaciones acuden para no perder la orientación. Ahí encalló Delfina, en medio de la soledad y el silencio, interrumpidos solamente por el sonido del mar. Le faltaba el oxígeno luego del enorme esfuerzo, así que se apoyó en el muro que la separaba del acantilado. Miró hacia abajo y sintió vértigo, la brisa marina pegaba en su rostro ajado, sus manos sudaban frío y sus pensamientos iban y venían incesantes como las olas. El no tener a quién escribirle una carta de despedida la entristecía aún más. Cruzó el muro por una grieta y se adentró por los ramajes hasta llegar al límite, donde empezaba la nada y terminaba el dolor. Sus piernas temblorosas avanzaron centímetro a centímetro, removiendo la tierra que despedía pequeñas piedras en el abismo. En la quietud de aquella mañana, Delfina cerró sus ojos por última vez y vio a Paco ante sí, más joven y liviano, y ella también se sintió así, y sus ojos negros le pidieron perdón por haberla abandonado y ella lo perdonó sin murmuraciones, y el dolor se disipó en el instante en que él le extendió sus brazos y ella lo abrazó con la fuerza del mar.

Oscar Del Valle Salinas. Soy un abogado más que escribe, no sé si gracias al derecho o a pesar de él. Más seguro es que mi razón para escribir sea anterior y se la deba a mi abuelo, que no era escritor pero amaba el arte y la cultura. Nunca lo sabré con certeza. Solo sé que cada vez que escribo soy menos abogado, quizá más ingeniero como él. Tal vez escribo porque cuando me expreso con las letras tengo la sensación de dejar de ser o de serlo todo a la vez.
La dama del árbol
por Elmer Farro
Yo siempre me había considerado un hombre racional, totalmente galvanizado contra todo lo que pudiera validar un hecho sobrenatural. Si alguien me hablaba de almas en pena, de espíritus o de mensajes del más allá, yo sonreía convencido de que todo tenía una explicación lógica. Hasta aquella tarde lluviosa en Yakarta que empezó cuando Pak Gondo, mi chofer, fue a buscarme al terminar mi trabajo en la oficina.
—Hoy está en silencio, Mister.
Pak Gondo tenía la habilidad de captar mi estado de ánimo lo que, sumado a una asertividad envidiable, lo llevaba a interrumpir mis momentos de introspección, algo que podría verse como una impertinencia pero que yo había aprendido a agradecer. Íbamos en el Toyota Avanza que usaba en Yakarta, regresando a mi casa en Benda Atas por la Jalan Antasari. Era poco más de las cinco de la tarde. Por el espejo retrovisor de la puerta izquierda yo observaba densas nubes oscuras que el viento empujaba en nuestra dirección y, a juzgar por las líneas negras que bajaban desde ellas como el bosquejo de un cuadro en carboncillo, se sabía que estaban provocando tormentas a su paso, algo normal en la temporada lluviosa. Pak Gondo conducía en medio del tráfico, entre otros autos y un enjambre de motocicletas con uno, dos o tres pasajeros, algunos ya provistos de impermeables, listos para el temporal.
—La próxima semana viajo a Palembang con Farid —dije, a modo de respuesta, desde el asiento del copiloto.
—Palembang es una linda ciudad, Mister. No se moleste por eso.
—No, Pak Gondo. Ese no es el problema. Lo que ocurre es que yo he reservado en el Novotel y Farid no quiere quedarse ahí si no en el Aryaduta.
—Aryaduta también es una buena cadena de hoteles —insistió Pak Gondo, sin entender mi contrariedad.
—En el Novotel puedo acumular puntos y con los que ganaría en este viaje tendría para un fin de semana gratis en un hotel en Bali, luego de mi próxima visita a la mina de Batu Hijau —expliqué—. Pero como Farid no quiere quedarse en el Novotel, me han pedido que cambie mi reserva.
—¿Y por qué Pak Farid no quiere cambiarse de hotel?
—Porque dice que en el Novotel hay fantasmas.
Habíamos llegado al semáforo para girar a la izquierda y seguir por Kemang Raya. Cuando ya avanzábamos nuevamente, Pak Gondo sentenció:
—No es buena idea ir a un hotel con fantasmas, Mister.
No pude esconder una sonrisa burlona tras el comentario de Pak Gondo. Parecía la continuación de la discusión de la oficina. “Farid, tú mides casi dos metros; no puede ser que le tengas miedo a unos espíritus que ni siquiera existen”, había sido el argumento más convincente que se me había ocurrido, sin conseguir el efecto esperado. Por el contrario, Alfian, nuestro jefe, fue a buscarme para pedir amablemente que modificara mi reserva porque por política de la empresa no podíamos quedarnos en dos hoteles diferentes, amenazando, sin saber, mi fin de semana de playa y fiesta. Solo respondí que lo iba a revisar, pero el resto de la tarde me quedé furioso pensando que estaba rodeado de niños que creían en el cuco. Y ahora mi chofer les daba la razón.
—Pak Gondo, los fantasmas no existen —dije, tratando de zanjar la discusión.
—Mister, usted no cree porque no ha visto, pero yo sí.
—¿Donde, Pak?
—En el jardín de su casa.
Comenzaban a caer las primeras gotas desde un cielo cada vez más oscuro. Pak Gondo había tomado como atajo una calle estrecha, una jalan tikus, o “camino de ratones” para llegar más rápido, seguramente también para que no lo atrape la tormenta en la motocicleta con la que se desplazaría desde mi casa hasta la suya. Yo lo miraba con la misma incredulidad con la que reaccionaba en Lima cada vez que me hablaban de almas en pena.
—¿Y se puede saber en qué parte del jardín está ese fantasma?
—Es una mujer que está en el árbol donde crecen las orquídeas —explicó Pak Gondo con una tranquilidad inquietante—. Yo la he visto, Mister. Es una dama esbelta que viste un sarong de batik y lleva el cabello suelto, muy negro. Le gustan mucho las flores y está contenta porque usted las cuida con esmero.
—Parece que has hablado con ella, Pak Gondo.
—No se puede hablar con los fantasmas, Mister. Pero ellos saben cómo transmitir lo que sienten.
Ya estábamos cerca a la casa, pero la entrada por Benda Atas estaba bloqueada, así que Pak Gondo decidió tomar un último atajo.
—Crucemos por el cementerio.
Jeruk Purut es el nombre del camposanto que colindaba con mi casa. Es un cementerio con tumbas bajo tierra y lápidas de granito negro que tiene un camino afirmado por donde podíamos cruzar con el auto. Para mí, se trataba de una curiosidad, más todavía cuando me enteré de que había sido el escenario de una película de terror acerca del fantasma de un pastor decapitado y que la traducción del nombre respondía a una variedad de cítrico. Debo reconocer que me sobresaltó el saber que vivía junto a un cementerio llamado Lima.
La tormenta ya se había desatado y el agua caía furiosa, golpeando el techo del auto y limpiando las piedras de las tumbas. El sendero se había convertido rápidamente en un lodazal por donde avanzábamos a pesar de que los neumáticos estaban sumergidos por encima de sus ejes. Las ramas se agitaban con el viento como si se tratara de una discusión entre los árboles.
No sin dificultad salimos nuevamente al asfalto y llegamos finalmente a la casa. Pak Gondo estacionó el auto bajo techo y fue a rezar en dirección a La Meca, como siempre lo hacía antes de emprender el camino a su casa en Tangerang. Calculé los habituales diez minutos y lo esperé bajo el dintel de la puerta principal con el pago del día; él apareció al poco rato ya con un impermeable color verde petróleo y el casco azul metálico.
—La Dama del Árbol es real, Mister. Yo la he visto. Y Mefistófeles también —dijo a modo de despedida, luego de lo cual se subió a la motocicleta y se perdió en medio de la lluvia.
Dentro de la casa me esperaba Mefistófeles, mi gato. Era un persa de dos años con un abundante pelaje negro y ojos de un ámbar intenso. Vivía conmigo desde los tres meses. A su corta edad ya era un sobreviviente: carecía de un colmillo que hubo que extraerle debido a una malformación de nacimiento que no le permitía masticar, lo que le habría producido la muerte por inanición cuando dejara de lactar. Al verme cerrar la puerta, se subió a una mesa y comenzó a ronronear, anticipando que me acercaría para que le acaricie el lomo.
—¿Te parece que vayamos a la piscina? Aún tenemos algo de tiempo antes que anochezca —le dije. Mefistófeles me respondió con un leve maullido. Siendo los dos únicos habitantes de esa casa, él se quedaba como dueño absoluto mientras yo estaba en la oficina. Luego, al volver, compartíamos todo el tiempo, ya sea durante la cena, mientras veía algún tema doméstico o me iba a dormir. Eso incluía el momento en el que estaba en la piscina, que era cuando yo permitía que Mefistófeles explorara el amplio jardín. A veces Pak Gondo regresaba a la casa en las horas que yo estaba trabajando; él también dejaba que el gato practicara su instinto de cazador atrapando mariposas en el jardín.
A pesar de la tormenta, la temperatura era agradable y nadar era un ejercicio relajante. Así que me puse la ropa de baño y salí al patio. La piscina era un rectángulo de quince metros de largo por cinco de ancho que ocupaba la mitad del jardín. Sus paredes estaban recubiertas de mayólicas celestes con algunas figuras geométricas hechas con losetas más oscuras. El jardín lo completaba una abundante vegetación donde predominaban los arbustos con flores blancas, destacando un árbol alrededor del cual crecía una variedad de orquídeas de un color rosa intenso que llevan el curioso nombre de kimilsungias, bautizadas así por Sukarno en honor a un dictador norcoreano.
Traté de identificar infructuosamente algo extraño que me diera indicios de la Dama del Árbol. Pensé entonces en lo difícil que era contradecir creencias tan arraigadas, donde la racionalidad tenía poco espacio. Fastidiado por el recuerdo de que tenía que modificar mi reserva, me zambullí en la piscina para distraerme. La tormenta continuaba aumentando el nivel del agua por encima de lo normal. Eran casi las seis de la tarde y la noche se estaba cerrando. Mefistófeles me observaba desde los arbustos, maullando inquieto, empapándose. Yo me había puesto a nadar a lo largo de la piscina, yendo de un extremo a otro una, dos, tres, diez veces.
Fue entonces que ocurrió algo que cambió totalmente mi forma de ver las cosas.
En un momento en el que descansaba, aún dentro de la piscina, vi cómo algo que me pareció un ave voló hacia mí y tocó la superficie del agua con la punta de una de sus alas para luego volver a alzar vuelo. La rapidez y plasticidad me hizo recordar a las golondrinas que solía ver en los atardeceres de mi Lima natal. De pronto apareció otro “pájaro” que hizo lo mismo, y luego otro y otro que iban llegando desde la espalda de la casa. Cuando los miré con detenimiento comprendí que no eran golondrinas, sino murciélagos que provenían del cementerio de Jeruk Purut y que se lanzaban ciegos hacia la piscina solo para elevarse cuando detectaban el agua. Al descubrir de qué se trataba, mi primera reacción fue salir y buscar refugio dentro de la casa, pero la acción cada vez más agresiva de los quirópteros me llevó a sumergirme nuevamente, dejando solo la cabeza fuera. Pero llegaban más y más murciélagos que me rozaban el cabello y las orejas, obligándome a tomar aire y quedar totalmente bajo el agua.
Desde ese silencio pude ver que la bandada formada por un número infinito de murciélagos volaba hasta la piscina y se alejaba, creando un anillo negro que cubría toda la superficie y que yo sospechaba que me atacaría no bien alguna parte mía atravesara la piel del agua. La tormenta y la oscuridad agregaban un escenario caótico, mortal, que contrastaba con la engañosa tranquilidad que experimentaba sentado en el fondo, donde sentía poco a poco cómo me iba quedando sin aire y veía cómo se desplazaban hacia arriba las últimas burbujas de mi respiración. Habrían transcurrido unos pocos minutos y yo comenzaba a desesperarme, impotente ante el macabro derecho de elegir la forma de mi muerte, ahogado o destrozado por esas bestias aladas. Cerré los ojos, mi cabeza estaba por estallar, iba perdiendo la capacidad de razonar y mis últimos pensamientos se dirigían hacia los espíritus en los cuales no había creído y de los que formaría parte dentro de muy poco.
Fue entonces, con el último hilo de mi conciencia, que pude sentir cómo una mano suave, muy fina, me tomó con fuerza del brazo derecho y me sacó a la superficie, lanzándome al césped como un saco de arena. Una bocanada de aire invadió mis pulmones y me sentí rodeado de una extraña calma: los murciélagos habían desaparecido y la lluvia había amainado. Yo seguía sin abrir los ojos, pero pude percibir cómo Mefistófeles, con el pelaje húmedo, acercaba su nariz hasta la mía, olisqueando para confirmar que respiraba. Me quedé en posición fetal por un tiempo impreciso, aterrado, temblando, agitado. Cuando finalmente pude levantar la cabeza, me senté y miré agradecido al árbol rodeado de kimilsungias.
Al día siguiente cambié mi reserva para el Aryaduta.

Elmer Farro nació en Lima en 1968. Es ingeniero mecánico de la Universidad Católica con una maestría en administración en la misma casa de estudios. Ha publicado en colaboración el libro Plan estratégico para la producción y comercialización de tilapias (Centrum Católica, 2007). Gran parte de su vida profesional la ha desempeñado realizando viajes dentro del Perú y alrededor del mundo y ha vivido en Indonesia durante cinco años. Actualmente participa de un emprendimiento orientado al desarrollo de proyectos de iluminación. Publica artículos y narraciones en el blog Asiento1c.com.
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