Read the book: «La oscuridad que nos lleva»

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SERIE NARRATIVA

LA OSCURIDAD QUE NOS LLEVA

TULIO ESPINOSA


Y después de ir

con los ojos cerrados

por la oscuridad que nos lleva

abrir los ojos y ver

la oscuridad que nos lleva

con los ojos abiertos

y cerrar los ojos.

Gonzalo Millán

© Tulio Espinosa

Inscripción Nº 227.375

I.S.B.N. 978-956-260-636-3

© Editorial Cuarto Propio

Valenzuela Castillo 990 / Providencia / Santiago de Chile

Fono / fax: (56-2) 2792 6518 / 2792 6520

Web: www.cuartopropio.cl

Fotografía portada: Jorge Brantmayer, Woman reading by a window de

Julius Garibaldi Melchers (1860-1932)

Producción general y diseño: Rosana Espino

Impresión: Dimacofi

IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE

1ª edición, abril de 2013

Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile

y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.

Este libro contó con el respaldo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a través de la Beca de Creación.

1

Dos Años Después

–Rosario mantuvo la puerta de par en par mientras el muchacho apoyaba la bicicleta en los peldaños que subían desde el jardín hasta la cocina, y lo dejó entrar con el canasto repleto de tarros, paquetes de tallarines, verduras y botellas. Dando un bufido, depositó su carga sobre el mármol de la mesa. Y al verlo quedarse con los ojos fijos en el vapor de la cacerola después de vaciar el canasto pausadamente, Rosario adivinó que algo le sucedía, que tal vez quisiera pedirle un favor o hacerle una confidencia, ya que había desaparecido su habitual atolondramiento de pequeño coleóptero oscuro y movedizo. Entre todos los muchachos que repartían las provisiones del Emporio Fornino, la cocinera, de ordinario seca y agria, siempre prefirió a éste, por ser el único que se mostraba consciente del vínculo que la unía al Emporio. A pesar de su larga viudez nada halagaba tanto a Rosario como que se la considerara unida aún a tan prestigiosa institución, ya que Fructuoso Arenas había sido empleado de Fornino antes de casarse con ella y pasar a ser jardinero de misiá Elisa Grey de Abalos.

“¿Qué le pasa, Ángel?”

Ángel recorrió la cocina enorme con la vista ensombrecida, paseándola lentamente por el escuadrón de ollas y frascos en orden perfecto...

El Lector se detiene. Tras cerrar el libro se reclina en la butaca y masajea suavemente sus sienes con la punta de los dedos. La Señora se ha dormido. Siempre igual. Mientras él lee no se detiene a mirarla, pero cuando siente perderse el eco de su voz en los rincones de la habitación en penumbras comprende que lee solo para sí. Con movimientos pesados apaga la lámpara del velador y entreabre la cortina de la ventana, largo rato contempla las luminarias de la calle envueltas en móviles hilachas de neblina. Será tarde, las once o las doce, ni un ruido llega de los alrededores ni de la planta baja. Hundido en el silencio que lo rodea como un vaho cierra los ojos y deja caer la cortina, se alisa el pelo y de nuevo se masajea las sienes con aire fatigado. Cuidando de no hacer ruido deposita cautelosamente el libro sobre la cubierta del velador y, luego de coger su abrigo y bufanda del respaldo de la butaca, abandona el dormitorio en puntas de pie.

La gruesa alfombra del pasillo tamiza sus pasos. Antes de descender la escalera se detiene y procura aflojar los músculos de su espalda. Durante los dos últimos años ha aprendido a desplazarse en la penumbra, sabe cuándo estirar el brazo para asir el pasamano, conoce al dedillo el ancho y alto de los escalones y el punto exacto de la curva del descanso, de manera inconsciente va contando las gradas hasta llegar al primer piso. Durante dos años el mismo trayecto. Subir la escalera, saludar a la Señora, intercambiar con ella palabras de rutinaria cortesía y acomodarse junto a su cama en la butaca de todos los días. Afable, delicada, siempre discreta, evitando a todas luces no invadir su territorio personal, la Señora lo interroga, como si se tratara de un asunto de vida o muerte, sobre lo que acontece o pueda suceder extramuros. Todo lo pregunta, con los ojos muy abiertos, quiere saberlo todo, todo le interesa, el estado del tiempo, por ejemplo, si llueve o ha llovido o si el cielo está apenas encapotado como le ha parecido entrever a través de los postigos a medio cerrar de la ventana; si hace calor o frío, si el viento sopla en la calle y agita las ramas de los árboles de la avenida y si acaso la bruma o la niebla envuelven las esquinas. Cada cierto tiempo la Señora le pide describir, por ejemplo, de qué manera los nuevos edificios alteran el paisaje citadino y la perspectiva que abren las nuevas avenidas del barrio alto, como dice ella, su altura y forma, y cómo el sol y las luces se reflejan en los muros de cristal. También suele despertar su curiosidad el cambio de las estaciones, cómo el verano y el invierno influyen en las variaciones, colores y novedades de la moda, si acaso en primavera se ve pasear a mujeres solas y si los jóvenes se acarician y besan en las esquinas, en los escaños del parque o en vagones del Metro. Esa es una costumbre nueva, dice, propia de estos tiempos, antes era considerada de pésimo gusto, un ultraje al decoro, decía mi mamá, y si alguna vez llegaba a ver un espectáculo así apenas entraba en la casa ponía el grito en el cielo. Y con un interés muy especial pregunta cómo actúan, cómo se comportan las personas mayores, maduras, viejas, no sé cómo decirlo, dice, en las plazas, avenidas, en bares y fuentes de soda, si muestran una actitud alegre, despreocupada o al revés, se ven más bien tristes, apesadumbradas, indiferentes, si suelen adoptar ademanes descomedidos o aparecen ingrávidas, afables, sonrientes, contentas de sobrellevar la vida. La vejez, sentencia para justificar su curiosidad, es impredecible.

Pero más allá de estas interrogantes el mayor motivo de interés de la Señora es el mundo de los libros. Con insistencia machacona pide describir el tamaño y formato de las nuevas ediciones, su encuadernación, tipografía y la clase de papel más usada; también el diseño, tipo, estilo de ilustración y colorido de las portadas; qué dicen los resúmenes de las solapas y contraportadas y cómo los disponen y ordenan en los mesones, anaqueles y vidrieras de las librerías. Claro, quiere también saber el tipo, la clase de libros que más se vende, los temas que más atraen los lectores de hoy, los más comentados en diarios, revistas, suplementos especializados y a su juicio, a juicio de él, el Lector, cuáles vale o no la pena leer. A pesar, suele sentenciar la Señora, que los autores de hoy, mire, nada me dicen, nada novedoso, no tratan los grandes temas del hombre, son huecos, vanos y superficiales, nada que despierte mi interés, y para más remate se limitan a reflejar en lenguaje ultra convencional la ambigüedad y mal gusto que caracteriza los tiempos que corren, como si se tratara de los más importantes de la historia. No, suele concluir tajante, por nada del mundo modificaría mis hábitos de lectura.

Al Lector, por su parte, más allá de leerle diariamente en voz alta, le es cada vez más difícil satisfacer tanta inquietud. Hace años que los libros dejaron de interesarle, ya casi no lee y tampoco se pregunta la causa, para nada se le ocurriría asomar la nariz en una librería como solía hacerlo, por el contrario, su mayor preocupación es sacarle el cuerpo a cierta nostalgia por su amor a la lectura perdido en la nada. Pero como al fin de cuentas debe satisfacer la curiosidad de la Señora, no tiene el más mínimo empacho en inventar sobre la marcha autores y títulos recién aparecidos, temas, historias, argumentos, hasta ha tenido el desparpajo de contarle libros que nunca existieron y cuya lectura, según le dice, lo apasionó y, más encima, que tuvieron la virtud de despertar el éxtasis de críticos y comentaristas y se venden como pan caliente. Tampoco se le pasaría por la mente reparar en la gente que pasa junto a él en la calle, se cruza en su camino o se sienta junto a él en el café, lo que no le impide improvisar sin escrúpulos personajes, facciones, hábitos, rostros, peinados, vestimentas, ni deja de describir con lujo de detalles cómo las personas se comportan, cómo ríen o gesticulan, qué comen o beben y de qué manera su expresión refleja indiferencia, desinterés, amistad o desafecto.

Todo esto suele hacer a diario. Todo esto es lo que ahora, de manera absolutamente impensada, forma parte de su vida; jamás habría cruzado por su mente de niño o adolescente la idea de semejante destino para él, compenetrarse hasta tal punto de la existencia de una persona sin otra relación que la resonancia de una voz –la propia– y la fugaz visión de una mirada expectante de la oyente en los breves momentos en que suspende la lectura. Durante dos años ha sido testigo de las mudanzas de la Señora, ha visto debilitarse sus movimientos, consumirse su cuerpo, decaer su voluntad, ha escuchado el monótono relato de sus recuerdos en un inagotable discurso que brota del fondo de su mente y parece ser lo único que conserva capaz de expresarse en una nube difusa, cada vez más distante de la realidad cotidiana. En el caso de las lecturas, por ejemplo, tema recurrente en su conversación, la segura preferencia que expresaba en los primeros meses ha perdido su brújula, con aire indiferente suele ahora descargar en él el peso de elegir tras pedirle escarbar en el alto de volúmenes que alguien cambia y reordena a diario en la mesa dispuesta para ese efecto al pie de la cama. Esa misma mañana, por ejemplo, en cuanto él entró en la habitación y luego de saludarlo con una afable venia, le señaló con gesto vago la columna de libros.

–Hemos terminado a Proust –dijo–. Porque lo terminamos, ¿no? ¿Ayer? Anteayer. Qué lástima. Seguiría leyéndolo por los siglos de los siglos, pero volveremos a él en cualquier momento, ¿no le importa?, una y otra vez, una y otra vez. Vea ahí, por favor, en ese montón, escoja cualquiera, deberemos empezar uno nuevo, el que mejor le parezca.

Tras escarbar con aire displicente el Lector sopesó los títulos.

–Buena selección –dijo–, me gustaría saber quién la hace. Bueno sí, podría ser cualquiera, pero dígame, ¿qué prefiere?

Una vez más cuando ahora último se trata de decidir qué leer la Señora guardó silencio. El Lector tomó un volumen al azar y lo exhibió con ademán algo teatral.

–¿Éste? ¿Donoso? ¿Le parece bien Donoso?

–Sí, está bien, me parece bien –la Señora sonríe con simpatía y un aire algo indiferente–. Coronación, si no me equivoco. Recuerdo muy bien la portada, esa vieja casona a punto de derrumbarse. Lo leí cuando recién apareció el año, el año… bueno, no recuerdo el año, pero qué importa, ¿no?, siempre he pensado que vale la pena releer los libros que nos sedujeron, sin ir más lejos ahí tiene el caso de Proust, con usted es tercera vez que lo leo, completito, los ocho tomos de principio a fin. No sé por qué encuentro Coronación, según parece en contra de la crítica, la más interesante de las novelas de Donoso. Ya sé, va a pensar que me siento identificada con misiá Elisa y sus terrores, pero no, nada tengo que ver con esa señora, a no ser que a una y otra nos persigue la sombra de la muerte. Me agradaba Donoso, fijesé, como persona quiero decir, no sé si le conté pero tuve ocasión de conocerlo, mi suegro era amigo de su familia aunque siempre tuve la impresión de que a Roberto no le simpatizaba. Me parecía un hombre afable, risueño, muy cordial, entretenido, cálido, valía la pena conversar con él, hablaba sólo de libros. Tenía algo de sabio, una sabiduría sin ostentación. Más de una vez vino a comer a mi casa con Pilar antes de irse a Europa, también nosotros fuimos a la suya de Santa Ana y después, claro, a Los Dominicos. Nunca supe qué pasó con esa casa de Los Dominicos. Me agradaba Pilar, no era para morirse de simpática, tal vez algo fantasiosa y alborotadora pero vital, personalidad fuerte, culta aunque eso sí con ostentación, le gustaba lucirse, en especial cuando contaba de los escritores famosos que había conocido. Qué lástima que hayan terminado mal…

–¿Mal, dice usted?

–Sí, no sé bien, no quisiera que piense que soy peladora, no estoy muy informada pero se decían tantas cosas, que terminó alcohólica por enajenarse de Pepe, por medicamentos, parece, no sé, no quiero prejuzgar, no recuerdo bien, tampoco me interesaron antes y menos ahora, nunca he dado crédito a los chismes. ¿Usted supo algo?

–En realidad no, nunca me ocupé de la vida de los famosos. Entiendo que ahora aparecen cosas sobre él porque se publicaron los escritos que vendió a una universidad de Estados Unidos, también supe que su hija adoptiva publicó una biografía.

–No tenía idea, pero no me interesa, prefiero quedarme con el recuerdo que conservo de él. Y le encuentro mucha razón en eso de los escritores, todas las veces que conocí alguno me sentí desilusionada, están tan lejos de la idea que uno se forma de ellos por sus libros. Después de Los Dominicos no volví a verlos, a Pepe ni a Pilar, cuando llegaron de España no me interesaba, con el tiempo se me había estratificado su imagen. Me comentaron que no era el mismo, no reconocía a muchos de sus antiguos amigos. Pero igual me conmovió su muerte, me dio pena, viejo se veía el pobre en las fotos.

El Lector se detiene en el primer peldaño al final de la escalera. Como de regreso al mundo de los vivos se disipan los sentimientos que lo acompañan habitualmente desde arriba. A oscuras camina en el primer piso hasta distinguir un fino hilo de luz que cruza el umbral de la puerta de la cocina. La empuja con suavidad. Dentro Camila tararea una canción siguiendo el compás con los dedos en la cubierta de la mesa, la expresión de su cara se ilumina al verlo entrar.

–¿Cómo, ya se va? Parece cansado, ¿no se serviría una taza de té? ¿O café? Hace frío, le hará bien, venga, siéntese.

Todo al mismo tiempo. La retahíla de frases sin pausa de Camila. Como todas las noches el Lector siente el ambiente de la cocina relajado, hogareño, luminoso. En la repostería Selmira plancha con ademanes apacibles al acompasado movimiento de sus brazotes y también sonríe complacida, como si después de todo la entrada del Lector fuera digna de celebrarse.

Desde el primer día se sintió a sus anchas en esta casa. Hasta donde tiene memoria no le ha sido frecuente adaptarse con comodidad en casa ajena, su infancia de niño solitario –recuerdo del que arranca como del demonio– le pesa como un obstáculo insalvable para sentir la seguridad que da el sentido de pertenencia. Aquí, en cambio, de inmediato percibió una tibia forma de hospitalidad del fluir de los muebles y su disposición en las habitaciones, del cálido color de los muros, de los objetos decorativos, cuadros, cortinajes y en particular del acogedor ambiente de la cocina, república independiente de Camila y Selmira. Con el tiempo ha sido testigo de sutiles cambios, que luego dejaron de llamar su atención, cuadros por ejemplo reemplazados por otros, tapices o alfombras de colores y texturas diferentes, cuando no leves variaciones en la pintura de muros y puertas. Solía preguntarse quién sería responsable de esos cambios estando la dueña de casa postrada en su cama, nunca vio a un hombre ni oyó mencionar alguno. Más de una vez Selmira deslizó algo sobre una hija de la Señora, pero nunca tuvo ocasión de toparse con ella.

–Y se va sin despedirse– continúa Camila simulando desolación mientras con la evidente intención de retenerlo se afana en disponer una taza y echar agua en la tetera.

Él no asiente ni rechaza, se limita a observar complacido sus elocuentes movimientos. Al término de la rutina cotidiana y las amigables discusiones con Selmira, Camila no querrá ir a la cama sin distraerse y no deja de ver con agrado la ocasión de echar una parrafada. Sus días serán siempre iguales. Fingiendo resignarse, el Lector se deja caer a plomo en una silla junto a la mesa de la cocina.

–¡Ya!, me convenció, sírvame entonces un café. Y bueno, pues, Camila, ¿y qué hizo ayer domingo? ¿Salió de paseo, descansó, lo pasó bien?

–Al fin que no salí– responde Camila con aire de reconocer una culpa–. A ninguna parte.

–Bah, estoy por creer que le gusta quedarse encerrada en el convento. No me va a decir que no tiene amigos, ¿tampoco fue a ver a su mamá?

Camila suelta una carcajada espontánea que la hace derramar agua en el platillo de la taza que llena con esmero.

–Qué tonta soy– dice y se sonroja.

Tras cambiar el plato deposita la taza en la mesa y se sienta frente al Lector con el mentón apoyado en ambas manos.

–No fijesé, no fui ver a mi mamá. Y no es que no me guste salir, pero no deja de tener razón, ¿cierto, Selmi? En verdad conozco poca gente, amigas tengo, amigos no. Pero cambiemos el temita, ¿quiére?

–¿Y por qué tenemos que cambiarlo? ¿Se ha fijado en lo poco y nada que le gusta hablar de usted? No sé si será conmigo no más, pero todas las veces me sirve un café, se ríe, habla de cualquier cosa, me pregunta cosas mías y al fin de usted no me cuenta nada. No digo que hable de su vida a cada rato, pero desde que la conozco lo poco que sé de usted tuve que sacárselo con tirabuzón. Me ha hablado del sur, de su casa en el sur, no sé dónde, cerca de un lago parece, sí, creo que habló de un lago, y nunca me ha dicho, por ejemplo, cómo llegó aquí, a esta casa. ¿No le dan ganas de volver? A su casa, a su gente, ver antiguas amistades. ¿Cree que no me interesa? ¿Cuánto tiempo hace que no va?

–¿Y por qué tendría que interesarle? ¿Nunca se le ha ocurrido pensar que alguien pueda tener recuerdos personales que son justamente eso, de una y de nadie más?

–¿Secretos?– el Lector intenta una expresión de malicia curiosa.

Camila se encoge de hombros.

–Si tengo secretos es porque son míos. Además lo pasado pasó y se me olvidó. Se fue. Es verdad, le dije que soy del sur, pero de mi casa no queda nada, ni el techo ni las ventanas ni las puertas –esa forma de opacidad que por fracciones de segundos cruza su mirada, una larvada sensualidad vaga en su voz, acento sureño al fin, piensa el Lector–. No sé si alguna vez vuelva, Dios no más sabe.

Desvía Camila la vista y permanece pensativa. Selmira continúa imperturbable su planchado sin hacer un gesto, al parecer la historia de Camila le suena demasiado conocida.

–No se me ponga triste pues, Camila, no era mi intención, me arrepiento de haberle preguntado. ¿Pero se da cuenta, reconoce que le cuesta contar cosas suyas? Si no me equivoco, en dos años es primera vez que le saco más de dos palabras.

–Tiene razón, no digo que no. Pero véase usted también pues, viene, le lee a la Señora, se toma un café y… ¡bah! –se golpea la frente Camila–, acabo de darme cuenta que le serví té, qué tonta soy. Pero bueno, ya se lo está tomando. A lo mejor usted cree que hablar con nosotras es rebajarse, ¡ahí está la cosa!

El Lector bebe el té, complacido, a lentos sorbos.

–Bueno, así es, me sirvió té, pero ¿ve? Me lo estoy tomando tranquilito, se veía tan concentrada que no quise interrumpirla. Ah, claro, lo único que falta es que ahora me eche la culpa a mí.

–Ah, y a propósito, no, no a propósito, no tiene nada que ver, pero… ¿no le importa que le haga una pregunta? Hace tiempo que tengo una curiosidad.

–Pregunte no más. Siempre que no sea de mi vida privada.

–No tenga miedo, no acostumbro meterme en la vida privada de nadie, por si acaso.

–Son bromas pues, Camila –sonríe con aire conciliador–, no tengo secretos. Dígame.

Ella lo mira directo a los ojos y sonríe.

–Ojalá que no le moleste, pero… ¿no le importa estar todos los días, horas y horas leyendo en voz alta, no se le cansa la lengua, no le da sed? ¿Y cuestiones que a lo mejor a la Señora ni siquiera le interesan?

El Lector no puede evitar reír con ganas, mira a Selmira que también lanza una carcajada y termina de beber el té sin apartar de Camila una mirada amable.

–Que es niña chica usted Camila, ¿ah? Y dígame, ¿a usted se le cansan los pies? ¿O los brazos? ¿Las manos? Mi trabajo no más hago, pues, tan simple como eso, igualito que usted. Y no crea que a la Señora no le interesa, si no, no me haría venir todos los días, ¿no le parece? ¿Pero y por qué tiene derecho a preguntarme y yo a usted no?

–Ay, me pilló– ríe pícara Camila tapándose la boca con ambas manos, pero de inmediato vuelve a su seriedad de costumbre–. Es que no me gusta acordarme de mis cosas, no me gusta hablar, ya le dije y ya, pasó la vieja– de nuevo risa alegre a boca abierta que deja ver sus dientes blancos y parejos–. Pero con la Selmira hablamos como locas todo el día, ¿cierto Selmi? No nos para.

Sin mirarla el Lector oye un gruñido satisfecho de Selmira a modo de respuesta. Con suavidad deposita la taza en el platillo y se pone de pie.

–¿Ve, ve cómo es? –Agita Camila el índice frente a su nariz–, se tomó el té y se va. Con usted no se puede, ¿ve? ¿Ve que no le gusta conversar con nosotras? Y después me echa la culpa a mí.

Con una sonrisa ambigua el Lector toma su abrigo y bufanda que ha depositado sobre el respaldo de la silla.

–La Señora se durmió –dice, repentinamente serio–. A propósito, no sé si será idea mía pero esta semana la noté decaída. Ausente. Como si todo le importara cada vez menos. A lo mejor ustedes no se dan cuenta porque pasan todo el día con ella, pero pónganle atención, preocúpense ¿quieren? Y bueno, otro día hablaremos, Camila –se acerca a ella y le toma la mano–. No vaya a creer que no me interesa hablar con ustedes, no es eso, al contrario. Pero todo tiene su tiempo.

Con aire algo desilusionado Camila se pone de pie y le extiende una mano floja.

–Entonces está bien, será otro día.

Tras volverle la espalda, Camila apaga la radio que desde un rincón despide una música sorda, con movimientos enérgicos termina de enjuagar la taza y en el mesón cambia de lugar objetos en un nuevo orden que sólo ella podría justificar. Mira interrogativa a Selmira que, luego de detener su labor, deposita la plancha en el armazón metálico y a través de la ventana fija la mirada en las brillantes hojas de la hortensia que alcanza a iluminar la lámpara fluorescente de la cocina. Suspira Selmira.

–La Señora está bien –dice segura en voz baja, como hablando para sí–. La conozco desde hace muchos años, me la sé de memoria.

Mueve la cabeza como para sacudirse un mal pensamiento y luego de humedecerse el índice en la lengua lo desliza por la cubierta de la plancha que lanza un leve chirrido. Luego reinicia su tarea como si planchar fuera el único objeto de su vida.

–Ah, y antes que se vaya pues –irrumpe Camila para conjurar el silencio apoyando una mano en el antebrazo del Lector–. El sábado me toca salir y…

–¿Y de nuevo se va a quedar encerrada?– sin decidirse a partir termina de abotonarse el abrigo mirando a Camila con marcada ironía.

Nueva risa, viva y contagiosa de Camila de nuevo cubriéndose la boca, su risa característica, breve e inesperada. Selmira le hace coro.

–No, voy a ir a ver a mi mamá. Pero es que, ¿sabe? El domingo es el cumpleaños de una prima mía, una primita, niñita… quería decirle, profe, bueno, si quiere, no se sienta comprometido, pero si se atreve podía llegarse hasta mi casa, lo invito, de verdad lo invito a la hora de once. Si puede, si de verdad puede, no se vaya a sentir obligado.

El Lector se lleva a los labios un cigarrillo y lo enciende con parsimonia, apaga el fósforo agitándolo con energía.

–Ya le dije, varias veces le dije y me cansé, no me diga profe, ¿quiére? En todo caso gracias, no le puedo contestar ahora, usted sabe, tengo obligaciones.

–¿Obligaciones? –Pregunta Camila enarcando las cejas con mordacidad–. ¿Obligaciones dijo?

El Lector no puede evitar reír a su vez, lo sacude la tos, se golpea el pecho, recoge en la palma de la mano la ceniza caída sobre la cubierta de la mesa y la deposita con cuidado en el cenicero.

–No se ría de mí, Camila, ¿ya? No sabe nada de mi vida. Mañana le contesto. O pasado– ambas mujeres lo miran, de nuevo serio, volverse con lentitud, aspirar profundamente el humo y levantarse con ambas manos la solapa del abrigo–. Gracias, Camila. Voy a tratar. En serio.

Sin abandonar su gesto burlón Camila asiente, quizás todavía en espera de que decida quedarse otro rato. Pero tras una ligera reverencia dirigida a nadie el Lector les da la espalda y abandona la cocina.

Ya en la calle se detiene a contemplar la noche. Nadie a la vista. Neblina, luces de la ciudad se reflejan en los rasantes nubarrones oscuros y en los charcos acumulados en la acera. No llueve pero quizás lloverá más tarde. Apretando el nudo de la bufanda y la solapa del abrigo en torno a su cuello, el Lector se pone en marcha a paso rápido.

2

El Portal del Siglo

– ...después de Portales ningún estadista chileno ha abrigado el sentimiento de la nacionalidad con el vigor que Balmaceda. Lo que en los demás fue amor filial hacia la tierra, la fauna, la flora y el aire que dieron el ser a los antepasados y mecieron la cuna, con otras palabras, mandato del subconsciente, en Balmaceda fue pasión que absorbió casi por completo su rico fondo sentimental. La exclamación con que cierra su testamento: “he amado a mi patria sobre todas las cosas de la vida”, brotó directamente del corazón. Pero mientras en Portales sólo hubo una sencilla idealización, una transferencia a la patria de los sentimientos, abnegaciones y ternuras del amante por la mujer amada, en Balmaceda se produjo un fenómeno distinto: la identificación de la patria con su propia personalidad; el vértigo de la grandeza surgió conjuntamente con la exaltación patológica de su persona...

De manera instintiva, sin explicarse la causa el Lector detiene la lectura. La Señora ha abierto los ojos, muy abiertos, su mirada se fija un instante en el cielo raso y luego resbala lentamente hacia él que permanece en silencio. La Señora suspira, un hondo e inexpresivo suspiro.

–No siga, por favor –dice con calma–. Por hoy es suficiente.

El Lector la observa un instante, cierra el libro y lo deja descansar sobre sus rodillas.

–¿Pasa algo? ¿Está cansada? Quizás prefiera esperar un rato. ¿De verdad quiere que lleguemos hasta aquí por hoy?

–No, no sé, quizás no, aunque sí, tal vez estoy algo cansada. Pero no es por la lectura, no crea, aunque quizás la lectura y algo más. Son demasiadas las cosas que me cansan, recuerdos que se me acumulan como objetos inservibles. Además es temprano, no me gustaría que se fuera. Claro, es que también la historia es un bodegón persa donde cabe tanta cosa, ¿no le parece? A la larga los libros de historia terminan por agotarme, me hacen soñar, me elevan y fuerzan mis recuerdos pero al mismo tiempo me anclan a esta pobre tierra. Como decía con frecuencia mi padre, soy al revés de los cristianos, mi pobre padre, un pozo de conocimientos inútiles, decía que los grandes lectores terminan inevitablemente por caer en la historia. No soy yo, debo reconocerlo, a pesar de haber leído toda mi vida sigo prefiriendo lejos la novela, me parece el más noble de los géneros y, aunque no se lo proponga, la mejor aliada de la historia.

La Señora queda en silencio y el Lector se siente forzado a decir algo.

–¿La novela aliada de la historia, dice? ¿Pero no ha dicho varias veces que la novela es un género de ficción?

–Así le dicen, ficción –la Señora lo mira con curiosidad y le habla como a un niño que no termina de entender–. ¿No me dijo que usted es escritor?

El Lector se reclina en la butaca y sonríe tímidamente como sorprendido en culpa.

–Bueno, tanto como escritor no sé…

–El caso es que escribe, da lo mismo, su experiencia le dirá que por mucho que invente terminará siempre hablando de usted mismo, y al revés, aunque se proponga contar su vida letra por letra estará inventando a cada rato, ¿no es así? Bueno, pues, eso me parece que es justamente la novela, la ambigüedad misma, mezcla de vida y ficción, no sé explicarlo pero el caso es que de ahí viene su relación con la historia, si quiere saber, por ejemplo, cómo vivían, qué hacían las personas, sus hábitos, sus costumbres cotidianas, no sacaría nada con buscarlo en algún libro de historia pero en cambio lo encontraría con pelos y señales en cualquier novela de la época, piense por ejemplo en…, ¿cómo se llamaba ese muchacho, el que terminamos de leer hace poco?

–¿Cuál, Martín Rivas?

–Eso, Martín Rivas, ahí está justamente el Santiago de esos tiempos, ¿qué época era?

–Mediados del diecinueve, entiendo.

–Sí, eso es, por eso nunca me convencieron los agoreros que se despellejan anunciando la muerte de la novela o al menos la ven en último estado de agonía. Se equivocan. La novela prevalecerá, ¿sabe por qué? Porque la novela cuenta una vida, la vida, lo que le pasa a la gente. Satisface nuestra necesidad de contar, lo que sea, una fatalidad, como dormir o respirar, y mientras alguien respire contará lo que oye, lo que ve y lo que siente, nunca dejaremos de contar si hay un oído dispuesto a escucharnos.

La Señora se detiene. Como de costumbre el Lector no ha hecho un gesto para no interrumpirla, siempre igual, cuando comienza uno de sus infatigables discursos no sabe si continuar la lectura como si nada o dejar pasar el chaparrón de su inagotable verborrea. Sí, la Señora tiene razón. Todos contamos y ella es el mejor ejemplo, cuenta, cuenta, cuenta con una memoria prodigiosa a pesar de su edad, de sus males, de su consunción, del agotamiento que constantemente la aqueja, con increíble lucidez narra aspectos de su vida como si de verdad ocurrieron, lo que nunca se sabe, y que no siempre consiguen despertar el interés el Lector, cuando no francamente lo aburren, aunque al final siempre terminan por fastidiarlo y se limita a dejar pasar el tiempo intentando pensar en cualquier cosa o formulando un comentario cualquiera para darle a entender que está totalmente concentrado en sus palabras.

–No –continúa La Señora, sin transición, la vista clavada en el techo–, en realidad no sé bien si la historia me interesa o sólo me entretiene, pero nunca deja de despertar mi curiosidad tanto acomodo de los historiadores para encajarnos su cuento sin dolor. Fíjese, por ejemplo, en lo que acaba de leer del tal Encina, en definitiva no escribe mal, ¿no? Es entretenido, pero qué hombre más apasionado, ¿no deberíamos los lectores, digo yo, por simples seres que seamos exigir de un historiador una pizca de ecuanimidad? Aunque, claro, al fin y al cabo lo entiendo, todos terminamos haciendo lo mismo, contar como nos da la real gana, pero muy diferente es, digo yo, hacer un panegírico o diatriba de un personaje según se le ame o deteste. Digo yo. Sin ir más lejos mire lo que dice de Balmaceda, primero lo glorifica y al segundo lo denigra sin ningún escrúpulo, sin detenerse a pensar que el pobre no pasó de ser su propia víctima, su vida ardió hasta la última hebra consumida en su propio fuego y al final su holocausto, porque eso fue, un holocausto, ¿o no?... ¿Por casualidad sabe usted lo que es un holocausto? …Oiga, pues, ¿no me oye, en qué piensa?

El Lector se sobresalta.

–Perdón, sí, por supuesto, la escuchaba, pero bueno, todos sabemos lo que es un holocausto pero no sabría definirlo. Ahí tiene un diccionario, ¿quiere que lo busque?

La Señora hace con boca y ojos un gesto de molestia y cierra los párpados, su mano se levanta débilmente en un ademán incomprensible.

–No le dé importancia, después de todo cualquiera se evade de las latas de una vieja. Tampoco yo sé bien qué es un holocausto, pero supongo que en definitiva es un acto de abnegación, ¿no? Y por si no sabe en qué consiste la abnegación, pues es, simplemente, un sacrificio por el bien de alguien. Y eso fue lo que le pasó a Balmaceda, el sacrificio máximo, un acto supremo de amor, de amor a sí mismo, claro. Igualito a lo que vivimos hace poco en carne propia y cuyo eco no termina todavía de apagarse, al contrario, durante mucho tiempo nos pesará en la conciencia antes de ser capaces de juzgarlo desde fuera, como cualquier otro hecho del pasado. Al fin y a la larga lo único que puede temperar las odiosidades es el tiempo para permitirnos juzgar los hechos desde un punto de vista humano, eso, libre. Mire no más como el tal Encina se atreve, tan suelto de cuerpo, a afirmar que el impulso final de Balmaceda fue el vértigo de grandeza y, como si fuera poco, una exaltación patológica. ¡Vértigo de grandeza y exaltación patológica! Que ganas de saber si a esta altura seguiría pensando lo mismo, y si el vértigo de grandeza y la exaltación patológica también valen para el que vino después. Y me gustaría tanto saber si eso del vértigo de grandeza lo dice como ofensa o alabanza.

La Señora calla. Un aire de cansancio le pega los párpados. El Lector la observa sin saber si es mejor interrumpirla o dejar fluir su perorata, aunque después de todo qué importa, qué importancia tiene discutirle, preguntar o un gesto de asentimiento complaciente. Termina por hacer un vago ademán con la mano para estimularla a continuar y la Señora sonríe, satisfecha.

–Espero que no me juzgue mal –se vuelve a él con una incierta expresión–. Después de todo, hablar mal de los historiadores es un lugar común, peor, una pequeñez. Es que con los años me puse tan escéptica que no me parece justo calificar a las personas así como así de mejores o peores, ¿quién es mejor o peor, digo yo? Supongo que estará de acuerdo en que no hay nadie cien por ciento bueno ni malo, el mal y la virtud son, al fin de cuentas, resultado de un azar cuando no de un capricho. Una vez leí o escuché, ya no sé, tal vez a mi padre, que nuestro única finalidad en el mundo es un juicio final donde terminarán por dividirnos en buenos y malos por los siglos de los siglos amén, y mientras eso no suceda concedamos a nuestros semejantes por lo menos el beneficio de la duda. O, como decía mi mamá, al freír será el reír.

La Señora se distiende, cierra los ojos. Parece dormitar. De pronto los abre y de nuevo clava la vista en el cielorraso, como si viera más allá de él.

–Bueno, volviendo al loco ese de Encina digamos que Balmaceda se respondió a sí mismo como hombre y eso no es poco, ¿no le parece? Por último qué más da, convengamos en que a lo mejor Encina tiene razón y al fin ya está bueno, basta, le dio forma a la historia a su santo gusto y quedó feliz– incorporándose a medias en la cama da una mirada a su alrededor como temerosa de que alguien más pueda escucharla–. Menos mal que no puede oírme, con el carácter que tenía me hubiera despellejado viva. Por lo demás quién soy para criticarlo, qué presunción, después de todo sé bien lo que se siente cuando a una la ponen de vuelta y media por el simple hecho de decir lo que piensa –mira al Lector encogiéndose de hombros–. Disculpe… ya sabe que hablo sólo de mí, que manía, en la vejez eso no tiene vuelta, los viejos vivimos de recuerdos y por favor no me mire con esa cara, no vaya a decirme que no soy vieja, una y otra vez volvemos a la niñez y adolescencia y es que cuando niña, y con mayor razón ahora que soy vieja, dije siempre lo que me daba la real gana. No puede imaginar con qué frecuencia mi familia se desplomaba cada vez que yo abría la boca, mi mamá se clavaba en el suelo como estaca con una cara espantosa de vade retro, y mi padre se lanzaba a hablar a trompicones para disimular mis palabras o para hacerme callar de un rugido, cuando no de un feroz tapaboca. Mi padre, bueno, no solo él, también mi mamá aunque más no fuera para llevarle el amén, me encontraban el colmo de lo hueca y superficial, nunca conseguirían nada de mí decían y ¿sabe? Terminé por encontrarles razón. ¿Qué soy? ¿En definitiva, quién? Ni la sombra de lo que alguna vez esperaron de mí, apenas el simple y pésimo resultado de mis lecturas –la Señora sonríe bondadosamente–. No puedo dejar de reírme de su cara de interrogación en último grado de curiosidad, ¿me equivoco? No deja de preguntarse una y otra vez si la historia y los historiadores merecen tanta fobia como la mía. ¿Sabe por qué, le interesa mi respuesta? No, ya sé que no, pero después de todo ya estoy hablando...

El Lector la interrumpe.

–Perdone pero, ¿puedo responder por mí? Se equivoca, lo que cuenta me interesa, parece pensar que me aburre escucharla y no es así, palabra, cuenta su vida con tanta pasión… Bueno, si de verdad es su vida.

En los labios de la Señora la sonrisa se amplía como un rictus.

–¿Cree que invento, que sueño?

–De inventarlo, supongo que no…

–¿Supone?

Ahora ríe el Lector con ganas.

–Bueno, tal vez todo, todo no, pero siempre le ponemos de nuestra cosecha cuando contamos algo nuestro.

La Señora lo observa con bondad y algo de ironía. Se encoge de hombros, tan consumido está su cuerpo que el movimiento apenas consigue arrugarle el cuello.

–Dejémoslo así, al fin y al cabo dicen que toda vida es una novela, lo que vivimos a diario terminamos inventándolo y, después de todo, no tiene importancia.

El Lector se inclina para decir algo pero la Señora se lleva el índice a los labios y alza las cejas como si al final, de verdad, el asunto careciera de importancia.

–No se preocupe, no importa, da lo mismo. Lo malo es que la lectura y los recuerdos terminaron por soltarme la lengua, no es su culpa, tampoco del fantasioso de Encina. ¿Quiere que le diga? En último término se trata de una suerte de conjuro que me ha perseguido a lo largo de toda mi vida y no solo a mí, a mi familia entera, con persistencia demencial, la famosa historia se empecinó en pisarnos los talones, sin dejar de lado que su ocupación natural es perseguir su propia sombra para convertirnos a todos en víctimas, nihil novum, declamaba mi padre con esa ostentación ridícula de cultura que a la postre de nada le sirvió, aunque, cursilería mediante, el pobre no dejaba de tener razón, la historia se da vuelta de carnero para crear héroes y villanos, todos víctimas igual que nosotros los seres comunes y corrientes, que la vivimos y sufrimos aunque nadie nos pondrá nunca en la cabeza una corona de laurel, igual que el tipo de la piedra, ¿cómo se llamaba?

–Sísifo.

–Eso, Sísifo, ignorados y modestos como hormigas la vamos empujando desde abajo, ¿resultado? Mire no más a su alrededor, adonde gire la cabeza verá víctimas inocentes y anónimas abusadas o esclavizadas, genocidios por las causas más arbitrarias, raza, religión, territorio habitable, que sé yo, venganza, muerte y ambición, bajo todos los vientos el horror de la historia. Macbeth siempre vigente.

Ambos guardan silencio. El Lector asiente con lentos movimientos de cabeza.

–No sé si me va a creer –dice en voz baja el Lector–, pero tengo que decírselo, me sorprende su lucidez.

–¿Estando como estoy postrada, minusválida, no solo de cuerpo sino también de mente?

El Lector se reclina en la butaca, cruza las manos sobre el libro que conserva en las rodillas y asiente con un ademán.

–Quiero creerle –la Señora baja los párpados y se abandona en la almohada–. Me gustaría creerle, aunque sigo pensando que no tiene importancia. Nada la tiene. Porque me parece que a ratos confundo las cosas, recuerdos, hechos, personas se me vienen a la mente como un torrente sin saber de dónde vienen, a veces veo todo negro, o blanco si prefiere, me gusta pensar que leer tanto me fue útil, no me expreso mal, supongo, pero nada más –con sonrisa más bien melancólica observa al Lector casi con dulzura–. No sabe lo que para mí significa que me escuche, alguien, cualquiera, pero de verdad si no fuera usted no daría lo mismo, con tanta lesera que se me viene a la cabeza me siento como un mar después de la tormenta aunque no me gusta repetir lugares comunes. O quizás en plena tormenta, porque todavía tengo ganas de hablar –se vuelve la Señora hacia el muro y continúa como sin esperar ser escuchada–. Sí, así ocurrió con mi familia y como si fuera hoy, perdone, otro lugar común, recuerdo la primera muestra que tuve, la primera que viví. Mi abuelo, el padre de mi padre al que no llegué a conocer, murió la noche y quizás a la misma hora en que el pobre Balmaceda terminaba por reconocer que se hacía humo toda esperanza de salvación. Mi padre, con su retórica venida a menos, solía contar que a pesar de ser muy niño recordaba la tarde en que Santiago se veía cubierto de banderas chilenas y rojas, ¿por qué rojas? No sé, flameaban en los techos de las casas, decía, en los edificios públicos, la gente las agitaba en calles y plazas, las campanas de las iglesias, todas, decía, tocaban a rebato como en una alegre fiesta, soplaban vientos de venganza, decía, con esas palabras, el odio se olía tan fuerte que hasta el más cándido hubiera podido pronosticar un final trágico. Ya de noche, decía, empezó el saqueo mi alma, la chusma, decía, se abalanzó sobre las casas de los parientes, amigos y partidarios de Balmaceda y salían con carretones cargados de muebles, cuadros, cortinajes, ropa, alfombras, las mansiones de lujo eran reducidas a escombros, a nada. No solo saqueaban las casas de los ricos, decía enceguecido de rabia, con la misma saña, la de los pobres y azuzados por gente bien, peor todavía, por curas, sí señor, gritaba, por curas que desde el púlpito o el portal de la iglesia repartían listas con nombres y direcciones. Como podrá suponer la familia de mi padre era partidaria furibunda de Balmaceda, así que no pudieron librarse, un tropel echó abajo a empellones puertas y ventanas y comenzó la rapiña mi alma, decía engrifado por el odio, más de alguien quiso prender fuego a la casa y no le resultó, pero la registraron de punta a cabo arrasando con lo que encontraban a su paso. Y de pronto, entre tanta locura, mi abuelo vio a un hombre que sacaba con berridos de alegría un pequeño arcón donde guardaba antiguas cartas familiares, nada de valor, solo cartas de tíos, abuelos, primos, qué se yo, y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él para recuperarla. Y claro, pasó lo que tenía que pasar, sin conocer el contenido de la caja y tal vez sin siquiera importarle pero a fin de conservar a muerte su tesoro al hombre no se le ocurrió nada mejor que darle a mi abuelo un feroz golpe en la cabeza con un candelabro de plata. Y ahí mismito se acabó todo. Simplemente se la partió en dos, como quien parte un zapallo.

El Lector contiene la respiración, mira con aire incierto a la Señora y sigue sus palabras inclinado en la butaca.

–Pero… ¿Es verdad?

La Señora lo mira sin entender.

–Es verdad qué.

–¿Es cierto lo que me cuenta?

La Señora suspira, cierra los ojos y de nuevo se vuelve hacia el muro, vuelve a suspirar largo y sostenido. Con calma, casi a punto de sonreír, responde como si le explicara a un niño.

–Usted qué cree. ¿Cree que invento? Sabe, a veces pienso que no se traga una sola de mis palabras, que cuento sueños, imaginación, o simplemente que enloquecí.

El Lector se relaja. Sonríe ligeramente.

–¿Por qué no se responde usted misma?

Ella mira el cielorraso con mirada neutra, como si reflexionara sobre algo sin entender si es serio o una broma.

–¿Y usted no se atreve a decirlo?

Ahora el Lector ríe abiertamente, sonrisa algo forzada pero sincera.

–No me pregunte. Ya le dije, si hay algo que admiro es su lucidez, la fluidez con que brotan esos… recuerdos.

La Señora aparta la vista del Lector, reflexiona.

–Lo dice con ironía.

–Perdone, no fue mi intención.

–Ni yo misma tengo la respuesta –suspira–. Sabe, desde chica tuve la capacidad de soñar, dormida quiero decir, una nube de sueños que me agota, cada mañana amanezco extenuada y abrumada por mil imágenes. Pero de ahí a inventar…

–¿Quiere decir que cuando cuenta confunde sueños y realidad?

–Quiero decir algo como eso. No creo inventar, pero las imágenes caminan por mi cabeza como malos vientos.

–¿Pesadillas?

–No, pesadillas no, no siempre. Sueños, extraños sueños, algo indescifrables, un poco inquietantes pero no espantosos. En todo caso lo que acabo de decir es mi recuerdo de lo que una y otra vez contaba mi padre y no tendría por qué no creerle. Desde niña mi lema es la verdad ante todo, por eso le digo que cada vez que él contaba con un dramatismo aterrador la muerte de su abuelo con la cabeza partida por el medio, me daba risa, sin poder evitarlo, claro, era chica y es mi única defensa. Es que contada por él la historia me parecía una peripatética comedia de la radio, ¿puede imaginar a un niño de siete años entrando a toda carrera en los restos humeantes de su casa con media cabeza del padre en las manos para depositarla en la falda de su madre horrorizada? No me juzgue a la ligera, pero no le creía aunque jurara decir la verdad, lo cierto es que el día del desastre de Balmaceda mi abuelo murió de un accidente de… de multitud, por decirlo de alguna manera, y mi padre fue siempre el mismo, genio y figura, capaz de inventar cualquier cosa con tal de aparecer como un súper héroe. Al fin, el suicidio de Balmaceda en un gesto, algo teatral, y la muerte de mi abuelo con la cabeza partida en dos hicieron florecer en mi padre un odio a muerte por lo que llamaba la masa ignorante, nunca dejó de culparla de los males que se dignó traernos nuestro querido siglo veinte. Por qué me mira así, ¿no me cree?

El Lector sonríe, condescendiente.

–Le creo, sí, creo que oyó lo que me cuenta.

–Lo oí. Claro que lo oí. Mil veces. Crecí al amparo de esa historia y no he podido explicarme si es esa la razón, al parecer nadie conoce los verdaderos motivos de sus actos, por la cual en mi vida no he hecho otra cosa sino leer, hundirme en la lectura de los libros como bestia acorralada. Y supongo que las lecturas desordenan mi cabeza, me confunden hechos vividos si es que los viví y me provocan inagotables ensoñaciones, y es así, simplemente así como mis lecturas y mis sueños y a lo mejor mi vida, llegan a ser lo mismo.

–Bueno le repito, ¿por qué no iba a creerle? Aunque no deja de parecerme rara su capacidad para recordar tanto detalle con claridad.

–A lo mejor porque es cierto. A lo mejor porque lo soñé. Y por último porque a lo mejor lo invento, ¿no ha pensado eso?

–¿Nunca le han dicho que es una estupenda narradora?, ilumina todo como si lo estuviera viendo.

–¿De verdad? Mi padre decía lo mismo, aunque no decía narradora sino cuentera, el asunto era desprestigiarme, ante mí misma, claro. La cosa es que cuando ocurrió lo que mi padre llamaba la tragedia balmacedista yo no estaba todavía en este mundo, llegué más tarde. No tendría problema en confesar el año en que nací, pero sencillamente no me acuerdo. Mi padre decía que los acontecimientos balmacedistas fueron el portal, la entrada del siglo veinte. Portal o no, la muerte de Balmaceda por su propia mano es patética hasta la desesperación, aunque no poco poética ¿no le parece? Y como toda muerte trágica novelesca hasta la saciedad. Por eso nunca dejará de extrañarme que nuestros novelistas, generosamente, la hayan olvidado.

Y bueno, como comprenderá fácilmente, la espeluznante muerte de su padre marcó, cerró la mente del mío. A piedra y lodo. Una y otra vez hablaba, en invierno con la música de fondo del zapateo de la lluvia y en verano debajo del parrón, de la insalvable ignorancia de las masas, como el origen de nuestras tragedias, incapaz de ver en su ojo la tremenda viga. Y fíjese que desde niña me pareció ver en esa miopía la más importante de las causas de la oscuridad que se nos vino encima y nos lleva… hacia dónde, desde entonces veo con nitidez a la estupidez pasearse como en su casa por las páginas de nuestra historia, este pequeño, bendito mundo a nuestro alrededor se entontece día a día, paso a paso, año tras año nos hemos venido sumiendo en esta peligrosa oscuridad.

Se detiene la Señora. Relaja los músculos del cuello y descansa la nuca sobre la almohada en actitud de agotamiento. Silencio ominoso, como si la habitación se llenara de presencias.

–La entiendo –dice el Lector en voz baja–. No se ha dado la oportunidad de contarle que también mi padre…

–Sí, sí, sí –se vuelve alerta la Señora hacia él–, por favor no se detenga, cuenta tan poco de usted pero no me diga nada, ya sé, está pensando aunque no lo dice que acaparo todos los momentos en que podemos hablar.

–No se trata de eso, vengo a leerle y me gusta oírla contar.

–Bien, pero siga, ¿su padre?

–Era un hombre inteligente, eso creo, vivía enfrentado a su tiempo, se sentaba junto a mí en la mesa de la cocina y me hablaba largo rato, como usted se quejaba de la tontería a su alrededor, una especie de entontecimiento generalizado, decía, nadie enfrenta su responsabilidad, nadie es culpable, todos son víctimas, a pesar de alguna forma de progreso todo parecía derrumbarse, no sé si por haber vivido mucho…

–Ah, eso, claro, añejeces de la vejez. Quizás no deja de tener razón, pero no solo eso, también cuestión de oído, a veces me siento transportada por esta maligna oscuridad que nos está llevando.

–No preguntes por quién doblan las campanas…

–Justo. ¿Eso es de?

–Hemingway, no de él sino un poema de…

–No me interesa, lo importante es lo que dijo.

La Señora queda en silencio. El Lector escruta el cielo raso como en busca de la mejor forma de decir algo.

–No le puedo decir que no esté de acuerdo –parece reflexionar, codos apoyados en los brazos de la butaca y el mentón en los puños cerrados–. Pero me habla como si fuera filósofo y estoy lejos de eso.

La Señora cierra los ojos, demora en hablar.

–Yo, de filosofía, nada. No estoy segura de lo que digo, las imágenes me brotan sin premeditación. Pagué un precio alto. Pero volviendo a Balmaceda, fíjese que nunca me he topado con una novela, no sé si existe, que recree a ese pobre hombre en medio de la furia, nuestros novelistas parecen haber olvidado un drama novelable como pocos. Pero también los historiadores, en general les preocupan los acontecimientos y poco los seres humanos detrás, o delante, según se mire. Quizás sea por eso que para mí no hay como hundirme en el mundo de las novelas, el único lugar donde encuentro seres comunes y corrientes como yo, igual como los historiadores se las arreglan para acomodar a su aire los hechos y personajes a fin de defender a sangre y fuego su trinchera, a mí me interesa la vida y alma de los pequeños seres, los modestos, insignificantes, inocentes y anodinos y tantas veces indefensos testigos de la vida.

Y ya ve, puedo divagar hasta el agotamiento, lo aburro, ya sé, pero no se defienda, no es necesario, trate de entender sin juzgarme. No viví en carne propia la historia de mi padre con la cabeza del suyo a la rastra, pero ya le dije, lo que ocurrió esa noche terminó por convertirse en un símbolo, como mi padre acostumbraba decir, fue el vestíbulo del siglo que se nos vino encima con su secuela de odio y violencia. Pero disculpe, es que hablo y hablo y hablo y mi pobre cerebro se enreda, ¿no ha pensado que mis recuerdos perdieron su norte? Sea sincero, hablar me agota. ¿Nos vemos mañana?

La Señora deja caer los párpados. El Lector hace una reverencia de múltiples interpretaciones que ella no alcanza a ver y lentamente, sin decir palabra, se pone pie y se dirige a la puerta de la habitación. Se detiene y regresa al oír las últimas palabras dichas por la Señora en voz muy baja sin abrir los ojos.

–Deje el libro a mi alcance, a ver si más tarde me viene el valor de leer. Cada día me cuesta más soportar libros tan pesados. No se ría, me refiero al volumen, no al autor. Gracias, muchas gracias, hasta mañana.

3

Un Barco de Velas de Colores

–Tantísima lluvia– decía Camila– para llegar al fin la primavera tan esperada.

Sonríe el Lector y bebe su café a meditados sorbos. Sin mirarlo, Camila se afana en la rutina diaria, friega minuciosa y va depositando la vajilla en el secador en un orden incierto. Camila tiene movimientos refinados y un dejo de coquetería en el accionar de sus manos más bien toscas, de los ojos transparentes y volátiles.

–Así que usted es lector– dice sin desconcentrarse, con lentos movimientos de cabeza que parecieran reafirmar algo que cuesta comprender.

–Lector no, pues, Camila, qué significa ser lector, ese oficio no existe –modula exageradamente como hablándole a un niño–. Ya le dije, le he dicho varias veces, estudié para profesor.

–¡Ah! –reafirma Camila, como si por primera vez entendiera mientras enjuga sus manos en el delantal, desconfiada lo observa de soslayo–. Interesante –notorio tono admirativo en su voz –. ¿Y si es profesor por qué no le hace clases a los niños? ¿Por qué lee no más? Si lee es lector, esa es su profesión.

–Mire Camila, en primer lugar leer en voz alta no es una profesión, ni siquiera un oficio. No solo a niños se les hace clases. También a los grandes…

–Pero ¿ve? Dice que no es profesor y me habla como profesor.

–Es que parece que usted no entiende nada de nada, Camila, pero bueno, dejemos eso, no enseño porque… Tal vez alguna vez lo hice, lo cierto es que no terminé de estudiar.

–¿Y por qué dejó de estudiar, no le dio el mate?

–¿Qué cree usted?– leve acento de fastidio en el tono de voz del Lector.

–No creo nada. Es una pregunta.

–Estoy empezando a acostumbrarme a sus preguntas que son como bombazos. No pude seguir, Camila, mis padres no podían pagar, debí dejar la universidad.

–¿Y le hubiera gustado seguir?

–No sé, tal vez, pero así fue.

–¿Me creería si le digo que nunca he leído un libro?

–¿Nunca? ¿Ni siquiera en la escuela?

–Bueno, a lo mejor en la escuela sí, tanto no me acuerdo. Es que fui poco a la escuela, quedaba a leguas de mi casa y allá en invierno llueve pero ¡llueve! Ahora a veces leo el diario. A veces.

Tras un momento de inmovilidad concentrada en la conversación, Camila continúa en su afán de toda hora, trapea el lavaplatos, seca cubiertos y mesones a la velocidad del rayo, displicente arroja el paño junto al secador y después de dirigir al Lector una sonrisa imposible de descifrar sale de la cocina. Se oyen sus pasos breves subir la escalera y perderse en el pasillo del segundo piso.

El Lector queda solo. Ha llegado el fin de su jornada. Como todas las tardes Camila lo retuvo ofreciéndole una taza de café. A veces lo invita a almorzar o a comer, a la Señora no le importará, dice, al contrario. Pero sin conocer la razón nunca ha aceptado, tal vez por un afán de no molestar mal entendido. Enciende el tradicional cigarrillo tras una taza de café y camina hasta la ventana. La vista del jardín casi en penumbras hace presagiar un día tibio. El ocaso de una primavera anticipada. Fuera todo estará como de costumbre, cerrando los ojos puede ver el paisaje citadino de todos los días en torno a la casa que le ha llegado a ser familiar. Barrio, calles, castaños y abedules, gente que conversa de pie apoyada en las verjas, todo sobradamente visto. Diariamente durante dos años al terminar la diaria jornada de lectura recorre con la vista las fachadas, las casas señoriales de dos pisos, los escasos edificios y pequeños locales comerciales, más de algún negocio de automóviles que de un día para otro han ido abriendo sus puertas a lo largo de la avenida Bilbao desde no hace mucho tiempo, hasta entonces un barrio exclusivamente residencial.

Ha quedado solo en la cocina. Solo. Inexplicablemente Camila, siempre atenta y preocupada, se ha ido al segundo piso, la Señora tendrá necesidades que atender, labor de Camila; al parecer Selmira es la encargada sólo del aseo, lavado y planchado de ropa y aunque cumplen actividades perfectamente diferenciadas permanecen unidas por una potente amistad. O solidaridad, qué se yo, se dice el Lector, algo que como un hilo invisible las une de mujer a mujer. Y ahora, el silencio y vacío producidos en torno suyo, le traen de improviso la antigua y reiterada sensación de tener la vida en suspenso. ¿En suspenso de qué? Nunca tiene respuesta, sólo que, como suele decirse a sí mismo, siente su vida en compás de espera. ¿En espera de qué? Se ha preguntado sin darse tampoco una respuesta. De algo. Un hecho, una circunstancia imprevista, un suceso casual, ya que nunca ha tenido una opción de voluntad, con la potencia de alterar la rutina cotidiana. Incapaz de defenderse de ella odia la rutina, aunque no tanto ahora que desempeña este impensado trabajo –sí, trabajo, su oficio, como dice Camila– de leer diariamente en voz alta, una labor insólita por decir lo menos, aunque capaz de liberarlo del hastío, que sin aviso ni motivación aparente se apodera de él en ciertas ocasiones desde el exacto día, ha terminado por creer, de su nacimiento.

Ayer, por ejemplo, sucedió algo levemente distinto. La Señora había estado todo el día tensa, sumida en sus profundos recuerdos, detalles de vidas soñadas o vividas, y le pidió retirarse más temprano que de costumbre, la simple ruptura de sus hábitos lo sumió en esa sensación. Indeciso trepó en una micro, la primera en detenerse en la esquina de Bilbao, que por la hora viajaba semivacía. Ni un pensamiento vino a su mente durante el trayecto. Solo observar, mirar, registrar lo que abarcaba su mirada evasiva, líneas, colores, figuras en movimiento, los pequeños y deslucidos letreros comerciales de todos los días. Sin darse cuenta llegó al centro y siguiendo un desconocido impulso descendió en la Alameda frente al Paseo Ahumada. Algo desconcertado observó a su alrededor, finalmente, sin escoger conscientemente rumbo ni lugar se encaminó en dirección a la Estación Mapocho.

Al acercarse el Paseo Huérfanos un ruido inusitado, un suave coro de voces le hizo observar a su alrededor y tomar conciencia del lugar donde se encontraba. Detenido en la esquina, las manos hundidas en los bolsillos, vio avanzar por el medio de la calzada desde el oriente a una compacta columna de mujeres que interrumpía el paso de los transeúntes; marchando con expresión grave, dolida, las mujeres llevaban prendida al pecho la fotografía de un hombre o una mujer, borrosa o mal reproducida, rescatada seguro de viejos álbumes familiares y ampliada o retocada en modestos talleres periféricos. Sobre cada una de ellas se veía la leyenda: ¿Dónde están? Murmuraban las caminantes, repetían palabras, frases cuyo significado él no lograba distinguir apagadas por las conversaciones de la muchedumbre que al atardecer repletaba las veredas y se veía obligada como él a detenerse. De vez en cuando un grito apagado interrumpía pesaroso el rumor de la marcha: ¿Dónde están?

Sin justificación aparente acudió a su memoria una frase escuchada en reiteradas oportunidades en boca de la Señora: el corazón humano en conflicto consigo mismo. ¿Dónde la habría leído? Soy producto de mis lecturas acostumbra decir, con frecuencia reitera citas casi siempre mal recordadas sin saber a quien atribuirlas y él había adquirido el hábito de evocarlas si encontraba en ellas algún motivo digno de reflexión. Verdad, pensó, a cada corazón su conflicto, y preguntarse dónde están es un conflicto. Doloroso, claro, más allá del tiempo, a la manera de cada cual. En alguna zona profunda todos tenemos un dónde están yacente. También él, seguro, aunque quizás su conflicto fuera justamente carecer de alguno que tuviera el poder de conmoverlo hasta los huesos para impulsar un cambio de vida. O cuando menos de piel. Y quizás en esa carencia residiera la causa del esfuerzo inútil que desde hace tiempo lo desgastaba en la construcción de historias y personajes, personajes y su historia, la mayor parte de las veces abortado en la nada.

Sí, termina por concluir ahora, no sin cierta decepción, mientras observa el avance de la noche de pie junto a la ventana, su conflicto es carecer de conflictos. Una vida insustancial, se dice, anodina, vidas mínimas, las llamó un novelista del pasado. Nuestra generación, solía decir a sus compañeros de universidad que se burlaban de él motejándolo de tonto grave, no tuvo siquiera el consuelo de una guerra. Ignoraba que a poco andar ocurriría en el país un conflicto más potente que cualquier guerra y que permanecería como tallado a corvo en el alma no solo de su generación sino también de las siguientes, mil veces peor que una guerra que a la larga une y no divide el alma de un pueblo. Aunque en su incipiente adolescencia de opaco provinciano no tuvo ocasión de vivirlo en carne propia rozó tangencialmente su vida con la apagada sensación del dolor ajeno, un rumor lejano del que vagamente oyó hablar en voz baja a los mayores. Y ahí marchaban las dolientes mujeres con su respectiva foto colgada al cuello, preguntándose, preguntando al aire, a los transeúntes impasibles, quién sabe a quién, dónde están.

¿Cuándo fue que empezó a escribir? Por más de hurgar en su memoria no puede precisar el año, la época ni referencias que le den una pauta, tal vez lo hizo desde siempre, de niño, muy niño; tampoco tiene una idea de la cantidad de páginas, cuadernos, hojas sueltas y sobajeadas libretas llenas de palabras que nunca dieron con su norte. Comenzó siguiendo la sugerencia –más que eso, es una recomendación, le había dicho– del viejo de castellano, a quien sus compañeros menospreciaban, pero él en secreto admiraba y seguía embobado cada una de sus palabras, alucinado del amor de ese hombre por la letra impresa; cuéntate, le dijo, anota tus sensaciones, hechos, todo, por minúsculos que te parezcan, los simples sucesos cotidianos, malos ratos, pequeñas gratificaciones, encuentros fugaces con amistades o parientes lejanos cuya imagen, mejor todavía, haya comenzado a diluirse. Bajo esas pautas continuó haciendo lo que había hecho por instinto, contando su propia historia en el infructuoso intento de avanzar en un relato, desprendiéndose de a poco de sí mismo para convertirse en personaje. Tras sucesivos fracasos descubrió que tampoco ese era el camino, prefirió volver a bucear en su memoria en el intento de reencontrar seres conocidos pero no los encontró, todos quienes acudieron a su mente le parecieron opacos, inocuos, desangelados; alguna vez leyó que de la vida de esos seres deslucidos, sin sombra de heroísmo podía también tejerse una historia, toda vida por anodina que sea es una novela, decía su maestro, no importan tanto los hechos sino la procesión que va por dentro. Pero todo lo que pudo recordar se volvió humo en la página en blanco. Lo cierto fue el descubrimiento de que escribir, sin conocer la razón, le llenaba la vida, lo desconectaba del mundo aún de los seres más próximos, es lo mío, acostumbraba decirse, mi única instancia de conciliación con el mundo es el intento de entender lo que sucede a mi alrededor. Explicaciones ineficaces e inútiles, porque escribir lo cargaba al mismo tiempo de ansiedad sabiendo de antemano el resultado: cerrar los ojos, tomar el lápiz y lanzarse a borronear las hojas de la libreta para finalmente abandonar la escritura sin encontrar nada aceptable y tirar lápiz y libreta para recomenzar la próxima vez con mayor dificultad e igual desenlace.

A quien más consiguió aproximarse en busca de un personaje fue a su padre, pero tras reiterados intentos rechazó la idea. Por su parecido a él, ¿desistió de reconocerse en ese yo prestado, que es todo personaje de novela? ¿Miedo al ventarrón destructor de la memoria? Pensó también quererlo demasiado para diseccionarlo en un escrito, pero terminó preguntándose, ¿de verdad lo quiso tanto? ¿No será él, al fin, el responsable si no culpable de las frustraciones que marcaron su vida? No. Nadie puede ser responsable de lo que cada persona construye en pleno uso y usufructo de su libertad y nadie sino él mismo, el Lector, había sido constructor de su propia vida. Injusto sería culparlo. Sin embargo la pregunta continuaba acosándolo, ¿era acaso amor la nostalgia de su recuerdo? La vida de su padre, en todo caso, no fue la única en rozarlo, también otras, aunque nunca con la voluntad de comprometerse en ellas, así no solo había sido espectador de su propia vida sino también testigo inerte y distante de otras.

–¿En qué piensa tan concentrado?

Camila ha regresado a la cocina, agitada, el ánimo acelerado pero sonriente.

–Listo, me desocupé, por suerte hoy parece que, al fin, todo está tranquilo –se sienta a la mesa de la cocina ventilándose la cara con la mano–. ¿Se tomaría un café conmigo? En qué piensa, ¿me quiere decir? No sé si me equivoco pero tiene una cara triste, ¿me va a contar o no?

–Triste no, Camila– responde volviéndose y apagando el cigarrillo en el cenicero que ella ha puesto a su alcance.

–Pero bueno, la Señora está dormida, usted nunca me acepta nada pero ahora…

–¿Y Selmira no vino hoy?

–Se fue temprano, tenía que hacer en su casa.

Se levanta Camila para afanarse en torno a la mesa, pone agua a hervir en la tetera, prepara tazas, platos, cucharas, del refrigerador toma una pequeña bandeja de cristal con un queque finamente rebanado.

–Siéntese– ordena.

Él obedece. Una vez todo dispuesto, impecable mantel estampado de amapolas suavemente apasteladas, servido el café y tras una satisfecha mirada final a su labor, Camila se sienta frente a él, que no puede dejar de percibir la vehemencia de su voluntad y un potente olor femenino, no propiamente perfume, que emana de su cuerpo esbelto.

–Esta vez no lo voy a dejar arrancarse –dice agitando el índice–. Siempre me dice que no, cuando se queda pregunta cosas mías y de usted no cuenta nada, ¿con qué cara? Bueno, pues, demuestre ahora si es tan hombre, demuestre que no se debe tener secretos con los amigos, como dice a cada rato.

El Lector sonríe algo melancólico, revuelve pensativo la taza de café, con lentos movimientos toma un trozo de queque y lo muerde suavemente en un extremo.

–Bueno, me pilló pues, Camila, qué quiere que le diga.

–¿Y entonces, qué pensaba? Y no me mienta porque si me miente lo voy a pillar, no tenga duda de que lo voy a pillar altiro, pero ¡altiro!

El Lector asiente, serio, masca con calma y bebe un sorbo de café. Demora en responder.

–No, no voy a mentirle– dice en voz baja.

–¿Y?

–En realidad me acordaba de… Tuve un recuerdo de mi padre. Un sueño.

–Mi padre… –afirma ella curiosa–, ¿no mi papá?

El Lector parece reflexionar.

–No me di cuenta. Tal vez porque él era algo distante. Para empezar mucho mayor que yo, no la diferencia normal de edad entre padres e hijos.

–¿Tiene hermanos?

El Lector sonríe y la observa fijamente.

–Es curiosa usted Camila, ¿ah?

–¿Curiosa? –Camila abre los ojos con sorpresa–. No me había fijado fijesé, nunca pensé… es que es raro eso de recordar, no sé cómo decirlo, las cosas se vienen a la mente y parece que todo se enturbia… ¿Y por qué ese recuerdo, de dónde le vino soñar con su padre, como dice usted?

–Tantas preguntas al mismo tiempo, Camila. Para empezar no tengo hermanos. ¿De dónde pudo aparecer ese recuerdo? No tengo explicación, los recuerdos son así, invasores, nadie dice voy a recordar esto o lo otro, aparecen sin previo aviso porque están ahí, a mitad de camino entre el pasado y el presente. No se extrañe si le pasa lo mismo, uno puede reencontrarse con su infancia en una visión, en un perfume, sin darse cuenta de que todo estaba guardado, alguien… bueno, un escritor, dijo que una persona aunque haya vivido un solo día tendría recuerdos para no aburrirse aún si permaneciera cien años encerrado en un calabozo.

–Oiga, que habla bonito usted, ¿ah?

–Y eso me pasó, Camila. Me sucedió también sin causa aparente porque de mi padre guardo una imagen más bien difusa, escenas sin ilación, fotografías visuales. Poco nos vimos los años anteriores a su muerte, venía muy de tarde en tarde a Santiago, vengo a verte, decía, con aire más bien festivo pero también algo melancólico, para la muerte de un obispo. No, le respondía yo, entre serio y divertido, de un Papa.

–Perdone, de nuevo me va a decir que soy curiosa pero es que se le quedan cosas en el tintero, así decía mi papá, que cuando chico usaba tintero. ¿Dónde vivían? ¿Cómo era su papá?

–Curiosa y además preguntona, sin el más mínimo escrúpulo –el Lector termina de beber su café con lentitud, luego levanta la vista–.Espérese no más, ya me va a tocar a mí. Es que ayer en la tarde vi en la calle una escena que me impresionó, unas mujeres marchaban preguntándose dónde están, sin saber por qué se me vino a la mente la imagen de mi padre, lo vi, a él, no a mi mamá, tal vez porque ella murió mucho antes, caminando entre esas mujeres con mi retrato colgado al pecho.

–¡Pero qué imagen!– levanta Camila los brazos en ademán algo dramático y él no puede evitar sonreír–. Claro, entiendo, si la vida de ustedes fue así tenía que soñar con él, tenía, ¿se le aparece en sueños muy seguido? Aproveche, lo escucho, se nota a la legua que tiene ganas de hablar, no se me vaya pa’ dentro.

–Tal vez sí –se detiene el Lector, lentamente saca un cigarrillo y lo enciende, aspira hondo–. No, no es frecuente y cuando ocurre me persigue una inquietud extraña, una desazón inexplicable que me dura días. El caso es que en el sueño lo vi como las tardes anteriores a su muerte, a medias sentado en la cama creyendo viajar en un vagón del expreso a Santiago, las manos enlazadas, el viejo sombrero negro de fieltro asentado firmemente en la cabeza y el diario doblado sobre el chal escocés que cubría sus muslos inertes, describía el paisaje que observaba desde la ventanilla del tren, el brumoso ocaso campesino bajo la lluvia, el ganado inmóvil como en un cuadro, decía, soportando el chaparrón, el gentío que repletaba el andén de las estaciones cuando el tren se detenía, el cambio de colores de ese cielo tan triste, decía, el sombrío gotear de los sauces azotados por el puelche y unos álamos lejanos que se desplazaban en el sentido contrario a la marcha del tren.

–Pero eso es muy triste– los ojos de Camila parecen al borde de unas lágrimas que alcanzan a dar finos brillos–. Usted habla como poeta.

El Lector despierta, se detiene, regresa de su ensoñación.

–¿Le gusta la poesía?

–¡Qué capacidad la suya de cambiar de tema! ¿Se fija cómo es? Pero en todo caso de poesía nada, tal vez alguna leída en la escuela.

–Cómo qué, por ejemplo.

–¡Uf!, ya no me acuerdo, algo de que puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero no sé más.

–¿Se considera romántica?

–Lloro por cualquier cosa si es bonita y con hipo si es triste. Si eso es ser romántica... no sé.

–Pero yo de poeta nada, Camila, me limito a contar.

Camila hace un ademán invitándolo a seguir –Entonces cuente.

–No sé qué sigue. Bueno, mi madre murió cuando yo era un niño y en adelante solos compartimos la vieja casa de adobes provinciana llena de viejos muebles de familia. De noche acostumbraba pasarme a su cama y apretarme a él y él solía apartarse con brusquedad sumiéndome en una sensación de abandono. A veces lo veía despertar sudoroso, suspirar, más quejido que suspiro, encender la luz y serenarse hojeando los aprontes del Club Hípico que se amontonaban en su velador, o folletos con un título misterioso cuyo significado años después pude descifrar: Punto y Banca. Y ahí estaba, horas, anotando extraños signos con su enorme letra irregular en una ajada libreta de tapas negras.

–¿Eso era su vida? ¿El juego?

–Cada tarde de viernes acomodaba en un viejo maletín de cuero café algo de ropa, cosas de aseo y la infaltable libreta negra. Cuídate, me decía como una orden, apoyaba una mano dura en mi hombro y me miraba fijo, acuéstate temprano, no dejes entrar a nadie, y antes de salir el roce de sus labios en mi frente. Esa noche dormía solo en la enorme cama como en un desierto sin poder descifrar el origen de los crujidos nocturnos, si los muros de adobe, los resecos muebles, los estantes repletos de libros heredados de mi madre, que consumían las polillas, o las tablas del piso que de a poco iban perdiendo el brillo de la cera, y un miedo desconocido me impulsaba a enroscarme como culebra en el fondo de la cama. Los domingos, después de comer lo que me dejaba preparado en el refrigerador, permanecía solitario o salía a vagar con amigos por las calles abandonadas y polvorosas del pueblo, dejábamos atrás las últimas casas y nos íbamos al río. Sumidos en la corriente hablábamos, ¿de qué? No sé, me esfuerzo pero no recuerdo, pololeos, seguro, detalles de la matiné del cine dominical. Me fascinaba nadar de aquí para allá, de una ribera a otra y tenderme en el pasto a escuchar los cuentos picarescos o sentimentales a la manera de cada cual. Al atardecer volvía temprano a la casa temiendo que no me encontrara a su llegada, pero él aparecía entrada la noche y con genio dispar, alegre o ingenioso o hundido en un mutismo casi hosco. Siempre con un regalo, una vez un auto de carrera de hojalata de tamaño descomunal, otra un velero de velas a rayas azules y anaranjadas que me hizo esperar el sábado con impaciencia para llevarlo al río. Y eso hicimos, esa tarde lo depositamos en la corriente siguiéndolo desde la orilla con vítores frenéticos. Olvidé qué se hizo del auto de carrera y de su conductor con casco y antiparras, como los aviadores de las viejas películas de la tele, pero una tarde de domingo depositamos en el agua el barco de velas de colores y lo seguimos mientras navegaba cada vez más rápido hacia una cascada que había al final del potrero, no muy alta pero cascada al fin, lo vimos despeñarse creyendo que se hundía pero no, su larga quilla consiguió estabilizarlo y levantarlo de proa para continuar navegando con aire de triunfo, hasta llegar al ensanche del río donde comprobamos con pena que ya no podríamos recuperarlo; en el rápido que seguía a la cascada, frente a un horizonte cada vez más vasto, aceleró la marcha como un vencedor, traspuso la cerca de alambre que separaba el potrero del terreno vecino y no pudimos seguirlo, solo contemplarlo siguiendo con la vista las velas desplegadas que iluminaban los últimos rayos del sol. De regreso al pueblo, algo cabizbajos, alguien hizo una broma que a nadie hizo gracia– el Lector hace una larga pausa vista baja, pensativo, enciende otro cigarrillo y mira a Camila a los ojos–. Y, bueno, para terminar el cuento pasó lo que tenía que pasar, esa noche pegado al cuerpo dormido a plomo de mi padre soñé con el buque, sus velas anaranjadas y azules perdiéndose en el horizonte sobre la cresta de una ola. Al día siguiente no pude recordar detalles del sueño, pero me pareció que a bordo alguien o algo se alejaba. Para siempre– se incorpora el Lector y golpea bruscamente la mesa con la palma de la mano–. Y fin, Camila. Se acabó. No hablo más. Me sacó cosas que… ya, ahora da lo mismo.

Con suavidad Camila pregunta: –¿Y después?

El Lector hace un ademán como dando a entender que el asunto está terminado, pero algo, un inconsciente impulso interior, lo obliga a continuar.

–¿Después? –el Lector medita–. A veces todavía sueño con el barco, la poderosa quilla que le impedía escorar a despecho del oleaje y esfumándose en el ocre del atardecer el azul y naranja de las velas. Y también eso aún sin descifrar, alguien, alguien o algo alejándose para siempre –se detiene y sonríe–. Pero parece que se me anduvo apenando, Camila. No me haga caso, nada triste hay, nada en lo que le conté, son imágenes del pasado que perviven sin consecuencias, alguien dijo que los sueños son un viaje nocturno hacia la infancia, no sé si es cierto pero también despiertos volvemos a la niñez. Y aquí no ha pasado nada, la infancia pasa como las enfermedades y eso me ocurrió a mí. Después me fui, me vine, debería decir, a Santiago a estudiar y escasas veces volví, nunca supe qué significó para mi padre mi partida.

–¡Qué bien habla! ¿Y de verdad no ve tristeza en lo que contó, nada? Me gustaría creerle. A mí se me vienen cosas de la niñez no dormida sino despierta, como dice usted, y dormida también.

–¿Alguna vez me contará?

–¿Alguna vez? No sé. Usted me inspira confianza ¿sabe? Pero no es eso, no es solo eso, son cosas mías que, al revés de usted, viven y por eso vuelven. Pero son mías, solo mías.

–La vida son momentos, Camila, el pasado ya es un sueño, el futuro no existe y el presente en cuanto lo piensa ya pasó.

–No entiendo, disculpe, no entiendo pero me gusta.

Un ruido, un aire, un suspiro, algo como la caída de un objeto llegan desde la planta superior. Camila se endereza, alerta.

–La Señora –dice–, voy, tengo que subir, pero no, por favor no se vaya.

–Es tarde, Camila, no se preocupe, usted va a estar ocupada –responde, pero Camila ya no puede oírlo porque brinca escaleras arriba.

El Lector suspira. Se levanta luego de un instante de inmovilidad y fija la mirada en la ventana, lo poco que se puede apreciar por el vidrio empañado, el cielo nocturno y el brillo de un par de estrellas. Se arropa, envuelve en torno al cuello la vieja bufanda que una vez fue de su padre, abotona su abrigo hasta el último botón, cierra suavemente la puerta de calle y a pasos lentos camina en la vereda. Aquí no ha pasado nada, piensa. La vida.

4

Eso Era Entonces la Vida

– ...Porque Daisy era joven y su mundo artificioso estaba perfumado de orquídeas, de extravagancias gratas y alegres y de orquestas que daban el tono a los ritmos de moda para la temporada, resumiendo la tristeza y la sugestión de la vida en armonías nuevas. Toda la noche los saxofones gemían el desesperanzado comentario de los Beale Street Blues, mientras cien pares de zapatos dorados y plateados sacudían el polvo resplandeciente. A la hora gris del té había siempre habitaciones que vibraban incesantemente con su fiebre dulce y suave, y caras frescas que se movían de un lado a otro como pétalos de rosa llevados por el aire del triste sonido de las trompas. En este universo de medias tintas, Daisy comenzó nuevamente a actuar con la iniciación de la temporada; de pronto se encontró otra vez dándose media docena de citas con media docena de hombres y llegando semidormida a la madrugada para dejar confundidos por el suelo, junto a la cama, los canutillos y chifones del vestido de fiesta con las orquídeas desfallecientes. Y constantemente había algo en ella que clamaba por una decisión. Ahora quería que su vida tomara una estructura definitiva, que la tomara de inmediato y alguna fuerza a su alcance tenía que impulsarla a la decisión: fuerza de amor o de dinero, fuerza capaz de ofrecerle soluciones prácticas. Esta fuerza tomó forma a mediados de la primavera con la llegada de Tom Buchanan. Había tal salud y tal fuerza en su persona que halagó a Daisy. Y sin duda sentía, a la vez, la lucha de su espíritu y un cierto alivio. Gatsby aún estaba en Oxford cuando le llegó la carta...

–Por favor perdone, perdone que lo interrumpa –levanta la Señora un escuálido brazo y observa a su alrededor con interés, como si de golpe y porrazo algo despertara en su memoria–, ¡pero qué bien escrito y qué cantidad de cosas sugiere! ¿No encuentra maravilloso eso de un mundo perfumado de orquídeas?

El Lector se detiene, cierra el libro manteniendo el pulgar entre las páginas para no perder el punto de lectura. Mucho podría decir en torno a la esplendorosa vida de Daisy y el obsesivo Gatsby, como cuando en sus años de universidad él y sus amigos se arrebataban el único ejemplar de hojas deshilachadas, peleándose por el que seguía en su lectura y poder lucirse desentrañando a los personajes en la cafetería de la Escuela. Pero eso era cuando leía, cuando los libros le importaban, cuando vagamente pensaba en escribir, de ser posible a la manera de Scott Fitzgerald, cuándo aún no se quemaba en el intento. ¿Por qué un día amó libros que ahora carecían de interés? ¿Acaso porque representaban vidas soñadas, irrepetibles, inalcanzables? ¿Fue suficiente decirse, como alguna vez lo hizo, para qué quiero libros si tengo la vida?

–¿No va a contestarme –insiste la Señora–, en qué piensa?

El Lector desliza los dedos por su frente.

–Disculpe –dice–, sí, pensaba. Diría que me parece bien, demasiado bien escrito y, claro, esa pasión de Gatsby por nada, la inútil nostalgia.

–Pero mire qué poeta me salió usted, y qué desencantado para ser tan joven. Pero no me refería a eso, iba a preguntarle sobre la intensa manera de ese hombre de sentir la vida cuando a su alrededor el mundo entre guerras no era nada. Pero no me refiero al personaje sino al autor, porque, claro, el personaje habla por él y al fin y al cabo ¿no es así como se escribe una novela proyectándose, o como se quiera decir, en los personajes, un poquito en cada uno? No le he preguntado y si lo dijo no me acuerdo, ¿nunca le dio por escribir?

El Lector siente endurecer los músculos de su cuerpo.

–Creo habérselo dicho más de una vez –responde, algo seco…

–Bueno, no es para tanto –dice la señora, cierra los ojos y reposa la cabeza en la almohada–. No se sienta obligado, no es más que una pregunta al paso.

–No me mal interprete. Quizás una vez escribí y quizás todavía lo hago. Me he fijado que no solo yo, tal vez todos intentamos escribir alguna vez, aunque sea para guardar las hojas en el cajón del velador.

–Vaga su respuesta, pues –dice la señora sin abrir los ojos–, no me satisface. Siento que se me pone a la defensiva. Pero no importa, solo quería comentarle con qué propiedad, con qué sabiduría describe ese hombre los sentimientos de una mujer. ¿Cree que un hombre pueda situarse de verdad en el alma de una mujer?

–Por supuesto.

–Lo veo muy seguro.

–No es que lo diga yo, leí que el talento de un escritor consiste precisamente en la facultad de perderse dentro de sus personajes. A lo mejor no lo digo bien, algo como eso.

–Supongo que así es, no son pocos los personajes de novela narrados por autores del sexo opuesto, incluso pueden diferir entre sí hasta odiarse a muerte descritos por la misma mano. Pero sí, creo que ninguna mujer podría dejar de identificarse con Daisy y sus orquídeas desfallecientes, ¡qué bella frase! ¿Quién podría no desear sentirse alguna vez amada de esa manera, digo yo? Aunque todas lo hemos sido alguna vez, supongo. Pero mire, yo no era nada de fiestera, tampoco de alborotos ni de muchedumbre, peor, la gente me lateaba hasta un punto que no puede imaginar. Pero eso no me impide reconocerme en más de alguna escena de ese libro, más todavía, lamentar no haber aprovechado mejor mis días, bailar hasta el agotamiento y amar, amar como loca como ese hombre… ¿Cómo es que se llama?

–Fitzgerald, Francis Scott Fitzgerald.

–Claro, como ese hombre amó a su mujer y disfrutó la vida aunque más no fuera para derrocharla en el fondo de la noche.

–Bueno, pero piense también que el corazón se lo cobró a los cuarenta y cuatro años, en casa de su amante y mientras su pobre mujer se consumía en un loquero.

–Ah, ¿sí? Nada conozco de la vida de ese pobre hombre y si es así un triste final, después de todo. No me avergüenza confesarlo, el caso es que yo era romántica, pero romántica en el más amplio sentido de la palabra…

–¿Era, dijo, era?

–¡Uf! No me pregunte más, la vida, usted sabe. El asunto es que de alguna manera todas las mujeres lo somos, creo, y aunque no soy muy entendida en amores he visto que a la larga termina siempre identificándose con el dolor, no se puede, no es posible poseer a otra persona como aspiramos, tal vez por eso la soledad de este personaje sea capaz de remover tantas cosas en mí. Fíjese que cuando Roberto, mi Roberto se murió quedé fría, de piedra, como una estatua. ¿Lo quise alguna vez? Fue lo primero en preguntarme, ¿de verdad lo quise? Mil noches me hice la pregunta sin respuesta. A todo esto, ¿le hablé de Roberto?

El Lector cierra definitivamente el libro y lo deposita en sus rodillas. Ha visto cómo la lectura ha conseguido penetrar como un estilete en algún recóndito lugar de la memoria de la Señora, nada tendrá el poder de detenerla, ya no hay lugar en ella para otra cosa que no sean sus ¿evocaciones? ¿Recuerdos? ¿Sueños?

–No sé con quién ni dónde estaba cuando me avisaron de golpe y porrazo que Roberto se había infartado en momentos en que, entiendo, le dictaba a su secretaria. Mi respuesta fue la inercia total. Los más próximos, parientes, amigas de mi mamá, lo atribuyeron a un dolor tan grande incapaz de expresarse, decían, por formación, decían, por el sentido religioso que de chiquitita le inculcaron a esta niñita, la cristiana resignación de que tanto hablan, aunque nunca he entendido bien, fíjese, en qué consiste esa famosa resignación –mira al Lector, interrogante.

–Me hace preguntas difíciles, no creo saber mucho más que usted.

–Bueno, le pregunto porque usted es lector o profesor o escritor, qué sé yo.

–Supongo que resignarse, acomodarse a algo, supongo.

–Si es así, de resignación en mi caso nada, ¿y sabe por qué? Simplemente porque desde hacía años Roberto me era totalmente indiferente, según me dice resignarse es conformarse, ¿no? Entonces no tenía de qué conformarme, me importaba un pepino y en ese mismísimo momento me puse en campaña para vivir mi vida. Y eso significaba, en primer lugar, desentenderme de mi padre autoritario y posesivo por excelencia, una señorita bien –le gustaba remarcar la palabra bien con los labios apretados– no hace eso, no siente de esa manera, no se comporta así. Hasta entonces me había dejado llevar por los vientos familiares, mis amigas, primas, siguiendo la estricta ordenanza de ser como ellas, un ejemplo de señorita, aunque estaba muy lejos de ser como quería mi padre. Por eso cuando escucho los derroches y pasiones de ese Gatsby y sus ganas locas de vivir a fondo, no dejo de sentir la nostalgia de los salones iluminados con mil luces, a giorno, se decía. Aunque, fíjese, no se trata de nostalgia, para mucha gente la nostalgia es revivir lo que queda después de alcanzar la sensación verdadera, para mí es más bien la sensación de pérdida al tomar conciencia de que nada volverá a repetirse, que el tiempo mató definitivamente todo, es fantástico recordar los buenos momentos, lo fatal es saber que no queda nada, nada, ni siquiera alguien con quien concertarse para recordar. Bueno, el asunto es que esa noche las lámparas de lágrimas brillaban como lágrimas de verdad, cientos de ampolletas se reflejaban en la seda de los vestidos y en las solapas de raso de los smokings, los mozos circulaban como soplos con bandejas llenas, champaña, cualquier cosa, a pesar de que una señorita no bebe, solo besa la copa decía mi padre, la roza con los labios, y ahí estaba yo en mi inútil fiesta de graduación, gentileza de mi padre para lucirse ante sus amistades que repletaban el salón del Club Hípico, todos, todos felices más allá de las conversaciones superfluas de los señorones fumando sus habanos y las señoronas en pleno acto de gesticular para resaltar el brillo de sus joyas y de los ventanales por donde en oleadas se colaban los aromas del jardín. Un ademán, una mirada de soslayo y todo era posible. Y los valses de Strauss, ese ritmo, qué suavidad, la fiesta de los violines como si las notas brotaran de la varita mágica del director, pero no me haga caso, la sinceridad antes que nada, no porque la vida me estafó voy a dejar que me siga metiendo el dedo en la boca, nunca me gustó Strauss, nunca, lo encuentro empalagoso, cursi, dulzón, meloso como él solo, después de todo era lo de menos, ahí iba yo girando y girando bajo las luces al compás del peor de sus ridículos valses, pero nada me importaba, solo un brazo musculoso en la cintura, un aliento varonil en la frente y el perfume con reminiscencias de tabaco o gametos masculinos o lo que fuera. Eso era entonces la vida. Toda la vida, solo la vida y nada más que la vida.

Y entonces él, él… ¿cuál era su nombre? Si lo supe no me acuerdo y ya no interesa, el asunto es que girando y girando como un trompo me condujo a la terraza, y mire, si le digo que había luna llena no me va a creer, pensará esta vieja exagera, la nostalgia se le sube a la cabeza, no puede haber en este mundo una noche tan perfecta, créame, es verdad, como si fuera poco una luna redondita y pálida como pancutra flotaba enterita en el cielo justo encima de nuestras cabezas. Se lo juro. Al llegar junto a los balaustros de la baranda me detuvo en seco, tanto que si no me chanta en el suelo con su brazo de fierro hubiera seguido de largo hasta aterrizar en el jardín. Apoyados en la baranda permanecimos en silencio intentando normalizar nuestra respiración, en la penumbra más allá del jardín se podía entrever la pista de carreras, si nos hubiéramos dejado llevar un poco por la imaginación, solo un poco habríamos oído el pataleo de los cascos y el griterío de la multitud. Pero nada. Silencio, sombras y sombras desdibujaban la pista hundida en la luz líquida de la luna, mientras el famoso Strauss seguía llegando en sordina del interior del salón. Bueno, el hecho es que mi dulce acompañante fue desplazando de a poquito el brazo como si nada, mirando la luna el muy hipócrita, hasta depositar su mano sobre la mía; yo, sorprendida y tal vez temerosa, no la retiré, de modo que se sintió autorizado para deslizarla por mi antebrazo y terminar enlazándome por la cintura como una serpiente. Y ahí quedamos, inmóviles, yo en espera de lo que vendría y lo confieso, muerta de curiosidad, hasta que al fin, supongo, se hizo a la idea de que mi actitud era condescendiente y con toda delicadeza me volvió y pegó sus labios a los míos. Lo dejé. Primera vez, creo, que me dejaba llevar por una pulsión, cómo decirlo, no buscada ni deseada, o, de manera simple, inconsciente, y es verdad, aunque no crea, al fin y al cabo apenas lo conocía, peor, siempre pensé que era todo lo torpe que puede ser un hombre, ragbista, imagínese, con eso le digo todo, torpe de ideas, sentimientos, de modos. Igual me dejé. Después, mucho más tarde aprendí que ese tipo de impulsos sin origen que de tarde en tarde se apoderan de una como una erupción, una vez comenzados no se puede ni desea contener. Hay que dejarse llevar para sentirse viva.

Entonces ocurrió la tragedia, perdone, es la primera palabra que se me viene a la mente, porque de tragedia nada, más bien tragicomedia, digo yo, pero el tipo de cosas que a esa edad se vive como el drama máximo, cuando sentía mi boca presionada por unos labios pegajosos y con tufo alcohólico abrí los ojos y vi que alguien miraba fijamente la escena, no recuerdo haber visto en la vida igual expresión de estupor, un pasmo infinito le contrajo la frente en un gesto de ira. Usted se preguntará quién, quién era el personaje, la verdad es que en ese momento nadie, ni siquiera un amigo, lo reconocí vagamente como un alumno de mi padre que alguna vez había pasado por mi casa, en más de una ocasión nos habríamos cruzado en casa de amigos o en el mismo Club. Para decirlo en una palabra, se trataba de Roberto, nada menos que el mismísimo Roberto, más tarde mi celoso e infiel marido, pero esa noche en que nuestras miradas se cruzaron yo y tampoco él, supongo, podríamos haberlo siquiera imaginado. Y es lo que me hizo tan inexplicable la escena que vino a continuación, de dos trancadas se vino a donde estábamos y con una mano como garra de ave de presa cogió al atrevido del hombro, lo volvió de un empujón y como en la más típica película de gangsters, que entonces estaban muy de moda, al más puro estilo Bogart, le encajó, ragbista y todo, dos secos puñetazos en el mentón que sonaron como cuetazos, el primero lo inmovilizó, el segundo lo lanzó contra la balaustrada y en cámara lenta, muy lenta, fue doblándose de espaldas hasta caer al vacío con un gemido; ahora, claro, decir vacío es una exageración, no más de un par de metros de altura, pero igual se fue de cabeza como un mono de paja para quedar abajo enredado en unas matas de boj. Los segundos de silencio que siguieron me parecieron eternos. Me asomé sobre la baranda y vi al ragbista levantarse a trastabillones, la cara llena de rasguños y las manos chorreadas de sangre, con la estupidez más marcada que nunca en su pobre cara inexpresiva, levantó la vista hacia nosotros y después de sacudirse medio inconsciente a manotones las ramas y el polvo, se alejó cojeando tan rápido como pudo en dirección a la salida. Sin una palabra, sin una explicación, sin mirarme, Roberto me dio la espalda, lo vi dirigirse al mesón, pedir un vaso grande lleno de no sé qué y tomárselo de un trago. Solo entonces me di cuenta de que la música se había detenido, todo el mundo estaba inmóvil, paralizado observando la escena, y cuando me volví a enfrentar al gentío, roja como un tomate, supongo, la orquesta fue recomponiéndose instrumento por instrumento, volvió el director a darle a la batuta hasta restablecer los compases del pegote de Strauss, algo desafinados al principio, y una tras otra las parejas reiniciaron los ridículos movimientos al ritmo del apestoso vals.

El Lector ríe sin poder contenerse a pesar de su esfuerzo.

–¿Lo que me está contando es una película? ¿O quiere decirme que de verdad lo vivió?

La Señora lo mira con curiosidad entrecerrando los ojos.

–No cree nada, ¿no? Ni una palabra de lo que digo.

–Tanto como ni una palabra… –responde él sin cesar de reír.

Pero la expresión de la Señora dice que no lo encuentra divertido. Tampoco se molesta, una forma de cansancio parece volver laxos los músculos del cuello y hombros.

–Me da igual, ¿y sabe por qué? Porque esa historia de lo que entonces era la famosa presentación en sociedad simplemente la olvidé, huyó de mi mente, del recuerdo de los vivos. Solo más tarde se hizo presente a retazos, mucho después de la muerte de Roberto, pero en el momento mismo de ocurrir no me dejó nada, no era digna de memoria, tampoco un par de combos por nada en el Club tenía mayor importancia, no serían los primeros ni los últimos. Después de nuestro matrimonio Roberto y yo nunca hablamos de eso, no lo mencionó, no sé si de vergüenza o por temor de hacer de nuevo el ridículo, incluso llegué a creer que lo habría olvidado, años después supe que se lo había contado a mi padre cuando eran ya suegro y yerno y se les iban las horas hablando y hablando de lo humano y lo divino y bebiendo coñac en el escritorio de mi padre.

Pero eso, claro, es otro cuento, no le interesa y a mí tampoco. Pero volviendo a la memorable noche del Club Hípico, mi actitud de tolerar sin reacción un beso gratuito ni considerarlo deshonroso contra las moralinas que desgastaban a mi padre fue mi primer gesto de, ¿de qué? No sé decirlo, ¿rebeldía? No creo, no sé, en ese segundo en que el cabeza de músculo se doblaba sobre la baranda con las piernas al aire, la cara chorreando sangre y desaparecía balcón abajo, las monsergas de mi padre acerca de los nuevos tiempos, los cambios, una forma de sociedad que se desvanece en el aire, qué hace y no hace una dama, se agolparon confusas en mi mente. Noche a noche reflexioné sobre el asunto para terminar reconociendo que esa actitud representaba lo que sería yo en el futuro, lo aprendido de niña me entraba por una oreja y en ese mismo instante me salía por la otra, aún la idea de familia, ¿familia? ¿De qué familia me hablaban? ¿Era eso una familia? Un padre para nada preocupado de su familia y menos de mí, así que decidí enterrar el pasado, sacarme los pelos de la lengua, las bisagras del lomo, como se dice, no para derrumbar las bases familiares como mi padre me reprochó años después, para nada, si él y todos me daban lo mismo ¿qué iba a querer echar abajo? Me costó, claro, sangre, sudor y lágrimas, para usar la frase que repetía mi padre a cada rato, yo no sabía entonces de dónde la sacó pero ahora sí, sé quien la dijo pero ya no importa y tampoco nadie la recuerda.

La Señora se detiene. Observa a su alrededor con expresión neutra, al parecer lo dicho no le ha producido emoción sino más bien una especie de ira soterrada.

–Y a propósito de sangre, sudor y lágrimas, ¿qué le parece si llegamos hasta aquí? Es curioso –se incorpora la Señora apoyándose en un débil codo y parece sonreír–, cuando usted no está no hallo las horas de verlo, y en cuanto llega basta empezar la lectura para sentir que con ella el mundo, un mundo de verdad y no de fantasía, se cuela a torrentes por la ventana y me hundo en la vida de los personajes como si fuera la mía. Y cuando se va, cuando desaparece por esa puerta vuelvo a lo de siempre, las cosas que me rodean, personas, circunstancias, los hechos y seres que dicen ser de verdad y los otros se confunden en mi pobre cabeza, no sé si sueño o estoy despierta, solo aspiro a revivir sus lecturas de nunca acabar, como si me emborrachara con la vida de esos personajes que nunca sabré si alguna vez existieron. Qué confusión –vuelve la Señora a apoyar la cabeza en la almohada y cierra los ojos–. Pero por ahora lleguemos hasta aquí, ¿no le molesta?

El Lector sabe que nada queda por agregar y nada ni nadie lo retiene ya en la casa.

5

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280 p. 1 illustration
ISBN:
9789563961232
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