Read the book: «Boda por amor»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Trisha David

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Boda por amor, n.º 1503 - febrero 2021

Título original: Marriage for Maggie

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-1375-147-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

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Capítulo 1

ERNESTINE le hizo sospechar que algo estaba mal. La cabra era siempre la primera en meter la nariz donde no debía, y de repente había dejado de intentar robarle las algas a Maggie y miraba hacia arriba.

El avión estaba cayendo, iba a precipitarse en el mar. El piloto trataba de elevarlo, pero sin conseguirlo. Se iba a ver forzado a aterrizar, pero por allí no había ninguna pista. Listall Island tenía unos cuatro kilómetros de largo por uno y medio de ancho, y poseía una de las vistas más espectaculares de Australia, pero no había ningún terreno llano en toda la isla.

–Se van a matar –exclamó.

El avión viró en el aire, corrigió el rumbo y desapareció de la vista por el otro lado de la isla.

El motor averiado dejó de oírse. Ernestine siguió mirando hacia arriba un momento y luego le dedicó de nuevo toda su atención a las algas, como si el drama nunca hubiera existido.

Maggie la dejó hacer y, con el perro a su lado, empezó a correr, sintiéndose más aislada que en toda su vida.

El problema con el avión era el último de una serie de desastres y Dev Macafferty no se podía creer que le estuviera sucediendo todo aquello.

Primero había sido el problema con sus tías. Entre las dos, tenían la fuerza de un tornado en toda regla y su decisión de cuidar del pobre Devlin había sido un desastre desde el principio.

Dev estaba tratando de solucionar eso cuando lo llamó su ex esposa para decirle que se marchaba al día siguiente a los Estados Unidos y que, como a su hijo Dominic lo habían echado del colegio, él conseguiría por fin lo que siempre había querido, la custodia.

Su hijo, Dominic, al que apenas había visto desde que había nacido y al que tanto había querido.

Así que solucionó como pudo lo de sus tías y tomó el primer avión a Sydney, para encontrarse con que a Dominic no lo habían echado. El director del colegio sólo quería que se lo llevaran de allí.

–No creemos que este internado sea el apropiado para su hijo –le dijo–. Accedemos a quedarnos con niños pequeños si están bien adaptados y existen poderosas razones para que estén internos, pero Dominic no es un niño de ocho años bien adaptado. Parece que su único amigo es el ordenador. En nuestra opinión, ha sido muy dejado de lado, así que es trabajo suyo solucionar eso, no nuestro.

Dev no pudo decir nada para defenderse. Había logrado permanecer tranquilo, recoger las pertenencias de Dom y llevarse al niño al aeropuerto.

¿Por dónde empezar? No lo sabía, pero su primera prioridad debía ser volver con Dom a Tasmania. Tal vez sus tías pudieran enfocar sus energías en ayudarlo. O tal vez… ¡No tenía ni idea!

Luego se encontró con el siguiente problema: cuando llegó al aeropuerto, se encontró con que no había vuelos por una huelga de pilotos. Las cosas se le escapaban de las manos. El teléfono móvil no paraba de sonar y en la empresa preguntaban por él.

Por suerte, tenía licencia de piloto, pero tardó un montón en encontrar un avión de alquiler, ya que, con la huelga, todo el mundo se había lanzado a por ellos.

Entre llamada y llamada, le dijo a Dominic que no tardarían mucho, pero su hijo permaneció indiferente.

–¿Y por qué nos vamos a Tasmania? –le preguntó Dominic–. Seguro que allí no hay conexión a Internet.

Dev lo miró y se sintió incómodo. ¿Cómo iba a contestar a eso?

Era su hijo y no sabía nada de él.

Por fin encontró un avión de alquiler y despegaron. Una vez en el aire, Dominic permaneció en silencio e indiferente. Dev trató de hablar con él, pero como si nada. ¡Aquello no iba a ser fácil!

Los problemas de su empresa y los que tenía con sus tías le parecían insignificantes comparados con la tarea de tratar de conocer a su hijo.

Estaban a doscientos kilómetros de la costa, el primer motor ya había fallado y el segundo estaba empezando a toser.

–¿Qué pasa? –le preguntó Dominic sin mucha preocupación.

Dev lo miró y se le heló el corazón.

No podían estrellarse. No cuando por fin tenía esa oportunidad de ser padre.

Llamó por radio y la moral se le bajó más todavía.

–No hay ninguna pista en Listall –le dijo el controlador–. Ni siquiera hay carretera. King Island es la pista más próxima…

El motor tosió de nuevo y a él le entró el pánico. Trató de que funcionara de nuevo elevando el morro, pero el motor tosió de nuevo, se paró y volvieron a caer.

–Esto no va bien –dijo por el micrófono–. Estoy bajando.

–No puede. Permiso denegado. No hay nada…

–Dominic, pon la cabeza entre las rodillas y cúbrete la cabeza con los brazos –le dijo a su hijo–. ¡No hay otra opción! ¡Aterrizo!

Maggie rodeó unas rocas y se quedó helada. El avión había aterrizado en la parte más alejada de la playa. Casi lo había logrado sin daños. Así habría sido si la playa hubiera sido diez metros más larga, pero el aparato se había estrellado contra las rocas del final.

La cabina estaba casi intacta. Mientras Maggie miraba horrorizada, de ella salió un niño. Debía de tener unos ocho años y llevaba el uniforme de un colegio. Tenía el cabello negro y rizado y estaba pálido de miedo. De la avioneta salía humo y el niño parecía atontado pero ileso.

Cuando llegó a su lado no tuvo tiempo de consolarlo. Cada vez había más humo.

–Hay que alejarse de aquí –dijo tomándolo en brazos.

Si el avión estallaba…

–¿Quién más hay dentro?

–Sólo mi ordenador y…

–¿Y?

– Mi padre –dijo el niño–. Se llama Devlin Macafferty. Yo soy Dominic Maccafferty. Los dos somos D. Macafferty –añadió.

–¿Tu padre es el piloto?

–Sí.

–Dominic, ¿hay más pasajeros?

–No.

–¿Estás seguro?

–Sí.

–Buen chico.

Lo dejó entonces en la arena, fuera de la vista del avión. Rogó que no explotara y añadió:

–No te muevas. Lucy, quédate –le ordenó a su collie blanco y negro.

Luego corrió de nuevo hacia el avión.

Había tanto humo que casi no podía ver nada.

La puerta del piloto estaba aplastada contra la roca, así que se dirigió al lado por el que había salido el niño. Llenó los pulmones de aire y entró en la cabina.

El piloto seguía a los mandos. El golpe debía de haberlo dejado inconsciente, pero estaba volviendo en sí. Cuando Maggie lo agarró, abrió los ojos y la miró.

No cabía duda de que ese hombre era el padre del niño, ya que el parecido era evidente. Tenía sangre en el rostro y el dolor se reflejaba en sus ojos.

–Tiene que salir de aquí –le dijo ella y tosió.

Encontró el cierre del cinturón de seguridad y lo soltó.

–¡Vamos!

–Pero yo no… yo no…

El corte que tenía en la frente era profundo. Ella miró y vio que, por suerte, no parecía tener atrapadas las piernas.

–¿Quién es usted? –le preguntó él.

No había tiempo para presentaciones.

–¡Tiene que salir de aquí!

Entonces él cerró de nuevo los ojos.

–¡No cierre los ojos! ¡Salga de aquí!

Tiró de él, pero era demasiado grande. Ese hombre tenía que ayudarla. No podía quedarse inconsciente de nuevo.

Tiró otra vez, pero él no se movió. Abrió y cerró los ojos de nuevo.

–El avión está a punto de explotar –gritó ella–. ¡Muévase!

–Mi…

–¡Muévase!

El hombre estaba casi inconsciente. Maggie le rodeó el pecho con los brazos y tiró de él con toda su alma.

–¡Saque las piernas! –gritó de nuevo–. ¡Ayúdeme!

Y por fin, logró que se despertara. El hombre reaccionó y sacó las piernas.

Ya así, ella pudo tirar mejor y pronto lo sacó fuera de la cabina. Por fin, ambos estaban sobre la arena.

–¡Todavía no está a salvo! –le gritó–. ¡Muévase!

–¡Mi hijo! Dominic está en…

–Su hijo está a salvo. Pero vamos a morir los dos si seguimos aquí. ¡Muévase!

Maggie, desesperada, tiró de él agarrándolo de los cabellos.

–¡Ay!

–Le haré más daño si no se mueve.

Logró ponerlo en pie, le pasó un brazo por la cintura y gritó de nuevo:

–¡Corra! ¡Su hijo está a salvo, pero tiene que correr!

Pensó entonces que, tal vez, el hombre tuviera rota una pierna. Pero aun así, tenía que moverse.

Y, de alguna manera, lo lograron.

Justo a tiempo, cinco segundos más tarde, el avión explotó.

Pasaron algunos minutos antes de que pudieran hablar. Dev y Maggie se derrumbaron en la arena. Habían estado muy cerca de… Los rodeaba el ruido del fuego y todo olía a gasolina quemada. Un minuto más y…

Por fin, Maggie se recuperó lo suficiente como para que le funcionara el cerebro de nuevo. Ahora estaban suficientemente a salvo y el fuego no podía durar mucho. Se levantó y fue a ver al niño. El pequeño estaba mirando fijamente las llamas. Le puso una mano en el hombro y le dijo:

–Todo está bien, Dominic.

Lo abrazó protegiéndolo del calor, pero el niño seguía muy pálido.

–Tú y tu padre estáis bien.

Miró de nuevo al hombre que había en el suelo. Tenía los ojos cerrados otra vez, pero había corrido. Tenía que estar bien. Le echaría un vistazo, pero primero…

–Dominic, ¿estás seguro de que no había nadie más a bordo? –le preguntó.

Ya era tarde, pero si el niño se había equivocado…

–No –respondió el niño conteniendo las lágrimas–. Pero mi ordenador portátil iba en mi bolsa.

–Ah, vaya…

A Maggie le pareció que aquello era demasiado y le resultó muy difícil contener la risa, pero lo logró. Por lo que parecía, para ese niño la pérdida de su ordenador era muy importante, pero si eso era lo único que habían perdido…

–Seguro que el avión estaba asegurado –dijo–. Así que te podrás comprar un ordenador nuevo.

–Pero acababa de conseguir el Flight Warrior. Sam Craigiburn acababa de instalármelo en el disco duro y…

–Iré a ver si tu padre está bien –dijo Maggie decidiendo concentrarse en lo importante.

Devlin estaba tirado en la arena y, por primera vez, Maggie lo miró de verdad. Tendría unos treinta y tantos años y no parecía un hombre como para meterse con él. Grande y fuerte, muy musculoso, con unas facciones aquilinas y el cabello negro y rizado.

Mientras tiraba de él se había dado cuenta de que tenía unos bonitos ojos castaños, iguales que los de su hijo.

Miró de nuevo a Dominic y pensó extrañada que, mientras su padre estaba tirado inconsciente en la arena, ese niño estaba triste por su ordenador. No parecía preocupado por su padre. Algo no tenía sentido.

Devlin abrió de nuevo los ojos. Estaba consciente, pero parecía como si abrir los ojos le costara un gran esfuerzo. Tenía un buen golpe en la cabeza.

Y pudiera ser que también heridas internas.

Pero no tenía que pensar en eso ahora. Sonrió pensando que no debía dejarle ver el pánico que sentía.

–Está bien –le dijo–, ya no hay prisa. Vuelva a cerrar los ojos si quiere, Dominic está a salvo.

–El avión…

–El avión se está volviendo a toda velocidad un montón de cenizas. No se puede hacer nada para evitarlo.

–Pero si no hubiera venido usted…

–¿No es una suerte que lo haya hecho? Ernestine me indicó que había problemas, así que aquí estoy. Dele las gracias a Ernestine, no a mí.

–¿Quién es Ernestine?

–Una cabra. Y hablando de ello…

El ruido de una piedras cayendo la hizo levantar la cabeza y sonreír.

–Aquí llega la caballería –añadió.

A unos tres metros por encima de ellos, en el borde de las rocas, estaban Ernestine y treinta de sus secuaces. Dev abrió mucho los ojos.

–¿Eso es la caballería? –preguntó.

–Sí. La comandante Ernestine y sus tropas, buscando por si hay algo comestible. Eh, no tiene que levantarse. Mis cabras no rematan a los heridos.

Pero Dev lo estaba haciendo y, por la mirada que tenía, le estaba doliendo. Pero no lo iba a admitir.

–Si yo soy el peor aquí, no hay heridos –dijo firmemente–. Si las cabras esperaban una cena asada, se sentirán decepcionadas, gracias a usted.

Se dieron la mano entonces y él añadió:

–Yo soy Devlin Macafferty y no te puedes imaginar lo mucho que me alegro de conocerte. Hace un cuarto de hora no creía que fuera a conocer a nadie más.

–Es un sitio muy estúpido para aterrizar –dijo Maggie sonriendo–. En esta isla estamos un poco faltos de terreno para aterrizar.

–Ya me di cuenta de eso, pero no tuve más opción cuando el avión cayó.

–Supongo –dijo ella sin soltarle la mano–. Te has hecho daño en la cabeza, ¿pero te pasa algo más? Parece como si algo te doliera.

–Sobreviviré –respondió él sonriendo de medio lado y apretándole más la mano–. Gracias a ti. ¿Puedo preguntarte quién eres?

–Maggie Cray –le dijo ella.

Retiró la mano y se la metió en el bolsillo de los vaqueros. Un movimiento defensivo y estúpido que no entendió muy bien.

–Mi perra se llama Lucy y la jefa de las cabras es Ernestine. Las presentaciones individuales pueden esperar, pero todas estamos muy contentas de veros intactos, aunque nos hayáis estropeado la playa.

Estaba hablando demasiado aprisa, pensó ella y se preguntó por qué. Apartó la mirada de él para que esa sonrisa no siguiera provocándole cosas raras.

–Has destruido un montón de nuestro kelp.

–¿Perdón?

–Recolectamos kelp, algas, y ahora están todas llenas de humo de gasolina y cenizas, así que ya no sirven.

–¿Para qué las usáis?

Maggie sonrió. Parecía como si él se creyera que se las comía.

–Para antiguos rituales de brujería –dijo sin poder resistirlo–. Ya sabes, encantamientos con gatos muertos, incienso, lunas llenas y una o dos calaveras.

Se rió ante la cara de estupor de él y añadió:

–La verdad es que las secamos para exportarlas a Escocia, donde una gran empresa química las transforma en medicamentos. Yo sólo me quedo con unas pocas para los rituales, cosas como transformar a la gente en ranas y demás.

Entonces se volvió hacia Dominic, que seguía mirando fijamente al fuego.

–Creo que, si estás en disposición de andar, ya es hora de que os lleve a casa –le dijo a Dev–. ¿Puedes?

Dev asintió. Se acercó a donde estaba su hijo y Maggie se dio cuenta al verlo andar de que se había herido una pierna.

–¿Dom?

No hubo respuesta.

–Dominic, ahora te vamos a llevar a la casa de Maggie –dijo Dev suavemente–. Esta es Maggie y nos va a ayudar.

–Mi ordenador se ha quemado.

–Te compraré otro.

–Era mi ordenador –exclamó el niño lleno de furia–. ¡El mío! ¡Lo gané en un concurso y era mío!

–Lo entiendo.

Dev le puso una mano en el hombro, pero el niño la apartó.

–Déjame en paz. Has quemado mi ordenador.

–Dominic, vámonos a la casa.

–No. Déjame en paz.

–Tenemos que ir, Dom…

Maggie contuvo la respiración y miró a los dos. Ambos parecían muy rígidos.

Estaba claro que Dev estaba muy dolorido y no parecía tener ni idea de cómo tratar a su hijo.

Bueno, tal vez ella pudiera ayudar. Sabía cómo tratar a niños en estado de shock y tenía una gran herramienta a mano. Chasqueó los dedos para llamar a Lucy y luego se llevó a la collie hasta donde estaba el niño.

–Dominic, yo soy Maggie –dijo–. Y esta es mi mejor amiga, Lucy. Lucy, dale la mano.

Como respuesta, Lucy miró a Dominic con una pregunta en sus inteligentes ojos.

–Lucy, dale la mano –insistió ella.

La perra echó la cabeza a un lado, miró de arriba abajo al niño, se sentó en el suelo y levantó una pata.

La mayoría de los niños no se resistiría a eso. La misma Maggie nunca había podido, a pesar de que Lucy le daba la pata unas cincuenta veces al día, pero Dominic lo intentó y se quedó rígido durante todo un minuto, inmóvil, con su padre al lado.

El niño miró a la perra y luego trató de apartar la mirada, pero Lucy no lo iba a dejar así como así. Se quedó muy quieta, como estaba, delante de él y mirándolo fijamente a los ojos, meneando la cola.

Dev miró a Maggie, que agitó la cabeza y le indicó con la mirada que no se metiera. El hombre fue lo suficientemente inteligente como para no hacerlo.

Por fin, Dominic no lo pudo resistir más y le dio la mano a la perra. Lucy agitó más aún la cola y luego hizo lo que Maggie había sabido que iba a hacer. Se puso de pie sobre las patas traseras, las delanteras en los hombros del niño y le lamió la cara de la barbilla a la frente.

Dominic se estremeció, rodeó a la perra con los brazos y se puso a llorar.

Por fin se encaminaron hacia la casa formando una extraña procesión. Maggie le servía de apoyo a Dev con un hombro, la otra mano se la daba a Dominic, que sujetaba con la suya a Lucy, e iban todos seguidos por una treintena de cabras.

Para cuando llegaron a la casa, Dev estaba pálido de dolor y se tumbó en la cama del dormitorio de invitados como si no se fuera a volver a levantar.

Maggie se alegró mucho de verlo allí. La herida de la cabeza estaba empezando a preocuparle mucho.

–Llamaré por radio a Melbourne para decir que estáis aquí. El control de tráfico aéreo ya debe saber que habéis caído.

–Sí –admitió él–. Gracias. Yo les dije que tenía problemas y estarán preocupados.

–Les haré saber que necesitamos ayuda médica y enviarán a un helicóptero para evacuaros. Tendrán que hacerte una radiografía de la cabeza para ver si tienes una hemorragia interna.

–¡Eh!, ya he sangrado bastante por fuera. No estoy sangrando por dentro.

–Eso no lo sabremos hasta que no lo vean.

Dev logró sonreír a su hijo, que estaba en la puerta, muy pálido y con Lucy aún a su lado.

–No la escuches, Dominic. Si me hubiera hecho daño de verdad, el dolor de cabeza iría a más, no a menos. Puede que parezca que estoy en muy mal estado, pero tu padre vivirá.

Dominic se limitó a mirarlo como si no le importara.

–Iré a llamar –dijo Maggie–. Volveré y te ayudaré a meterte en la cama dentro de un momento. Luego te curaré un poco ese corte. Pero si no llamo ahora, van a mandar aviones de rescate desde tierra firme, cuando lo que yo quiero es un helicóptero.

–No es necesario que me metas en la cama, ni quiero un helicóptero. Diles que el avión se ha estrellado pero que estamos bien.

–Pero quiero que te hagan una radiografía de la cabeza…

–Yo no –respondió él firmemente–. Y es mi cabeza.

–Yo te la he salvado –respondió Maggie con actitud beligerante–. Si no fuera por mí, ahora sería una cabeza asada.

–¿Y eso te da derechos de imagen sobre ella?

–Sí.

Maggie levantó la barbilla y, a pesar del dolor que sentía, él logró sonreír.

–Entonces deberías haberme hecho firmar un contrato antes de salvarme. Sinceramente, no es necesario todo este lío. Sé el mal aspecto que debo de tener, pero es sólo sangre. Tengo toda la intención de vivir y no quiero molestar al Servicio Aéreo de Rescate. Así que, si tienes una bolsa de hielo, una aspirina y esparadrapo, te estaré eternamente agradecido. Y, si puedes cuidar de Dominic mientras yo me repongo, también te lo agradeceré.

Sus miradas se encontraron y fue como un cruce de espadas. Maggie parpadeó. Ella tenía una personalidad muy fuerte, pero la de ese hombre lo era más. Estaba acostumbrado a mandar, pensó. A salirse con la suya.

Bueno, era su cabeza, se dijo a sí misma. Si quería morir…

–Si muero en las próximas veinticuatro horas –dijo él como leyéndole el pensamiento–, tengo un seguro lo suficientemente importante como para que Dominic se pueda comprar otro ordenador. Eso es lo único que importa, y no me echará de menos. Pero sinceramente, no tengo ninguna intención de morirme. Sólo dame la bolsa de hielo y lo demás, y déjame descansar.

Maggie lo miró aún preocupada.

–Vamos, Maggie. Soy un hombre adulto. Dame una aspirina y déjame dormir. Tú cuida de Dominic. Él te necesita y yo no.

Capítulo 2

CUANDO Dev se despertó ya había oscurecido. Por un momento no tuvo ni idea de dónde estaba, pero enseguida recordó los sucesos del día.

La oscuridad sólo quedaba rota por una vela colocada en el quicio de la ventana. Y su luz iluminaba a una chica.

Maggie.

De alguna manera, ese nombre calmó el dolor que sentía en la cabeza y en la pierna. Aquella era Maggie, la chica que le había salvado la vida.

No se parecía a ninguna otra mujer que hubiera conocido anteriormente. Esa tarde, con los vaqueros y un jersey grande, le había parecido más un chico, con muchas pecas, una nariz muy respingona y unos brillantes ojos verdes. Le había parecido que debía de tener unos quince años.

Pero esa noche… No parecía tener quince años. Parecía madura, serena y encantadora.

¿Encantadora? Sí, podía decir que sí. Pero lo era de una manera a la que él no estaba acostumbrado. Las mujeres con las que solía salir eran habitualmente hermosas, sofisticadas, y vestían muy bien. Esa noche Maggie llevaba una falda con vuelo que le llegaba a los tobillos, una blusa color crema y un chal tejido a mano, al parecer. Los rizos le caían sobre los hombros como una suave nube. Parecía como salida de un camafeo antiguo.

–Mirar fijamente es de mala educación –dijo ella entonces.

–Creí que había muerto y que había vuelto atrás en el tiempo uno o dos siglos –dijo él sonriendo.

Ella se levantó y se acercó a la cama, así que Dev añadió:

–Parece como si te hubieran sacado directamente de Jane Eyre.

Sorprendentemente, ella no se ruborizó.

–¿Te gusta mi falda? –le preguntó girando sobre sí misma–. Me la hice yo misma y estoy muy orgullosa de ello. Tardé mucho.

–Es preciosa.

Maggie sonrió.

–Sí, bueno, tal vez no lo sea. Es preciosa a la luz de las velas, pero está llena de fallos. Pero para ser un primer intento, no está tan mal y sólo me la pongo por las noches. Aquí no hay mucha compañía, así que no me la critican mucho. ¿Cómo te encuentras?

Dev se lo pensó un momento antes de responder.

–Fatal.

–¿Te duele la cabeza?

–No te preocupes por ella. Ya te dije que no me voy a morir en tu casa.

Luego, al ver la cara de preocupación de Maggie, añadió:

–Bueno, puede que no esté muy bien, pero ha mejorado.

–Me alegra oírlo –dijo Maggie sonriendo–. Puede que sea una buena enfermera, pero soy una pésima enterradora. La tierra por aquí es dura como la piedra. Me costó mucho hacer un hoyo cuando una de mis cabras murió, ¡y tú eres el doble de grande!

–¿Sí?

La idea de esa chica cavando tumbas en su rocosa isla era demasiado. Dev parpadeó e hizo un esfuerzo para volver a la realidad.

–¿Y Dominic? –preguntó ansiosamente–. ¿Cómo está? No parecía estar herido.

–Y no lo está. Sólo afectado. Ha cenado algo y ahora está dormido, con Lucy a su lado. Ha llorado un poco por su ordenador, pero Lucy es una buena medicina. Por esta noche he dejado a un lado los principios de enfermera, que dicen que no se deben compartir las almohadas con los perros.

–¿De verdad eres enfermera?

Maggie sonrió.

–¿Y por qué no lo iba a ser?

–Bueno, para empezar, porque no veo por aquí ningún hospital.

–Estudié en Melbourne. Y luego trabajé en obstetricia, pediatría, urgencias y psicología. En lo que fuera.

–Entonces, ¿por qué estás aquí?

–Este es mi hogar –dijo ella sencillamente–. Pero estudié para enfermera, y de eso voy a ejercer un poco ahora. Tengo que darte unos puntos en esa herida de la cabeza.

–Estás de broma…

–No te dolerá.

–Siempre dicen eso.

–¿Te refieres a los médicos?

–No, a la enfermera de mi colegio. Lo decía siempre que nos ponía inyecciones. Acabas de usar su mismo tono de voz.

–Nos lo enseñan en la facultad. Ahora vamos, deja que te cosa o llamaré a la caballería.

–¿A las cabras?

–No, a un helicóptero ambulancia. Pero ahora que lo pienso, las cabras son también una buena amenaza. ¿Qué te parecería tener treinta cabras en tu dormitorio?

Ella se inclinó entonces y abrió una caja al lado de la cama.

–Vamos, veinte puntos o treinta cabras. ¿Qué prefieres?

–No necesito veinte puntos.

–Dieciocho entonces. De verdad, hay que hacerlo y yo soy más que capaz. Si lo dejamos así, terminarás con una cicatriz de una pulgada de ancho. Debería haberlo hecho antes, pero habías dejado de sangrar y estaba preocupada por Dominic. Y tampoco quería hacer nada hasta estar convencida de que no te estabas muriendo de una hemorragia interna.

–¿Y no lo estoy haciendo?

Maggie sonrió.

–¿A ti qué te parece? Todavía me gustaría que te hicieran una radiografía, pero tus constantes vitales están bien. Te las he estado controlando cada cuarto de hora.

–¿Sí? ¿Qué constantes has estado controlándome?

–Bueno, si respirabas o no. Eso siempre es un buen comienzo. Pero tu tensión arterial también estaba bien…

–¿Me has mirado la tensión arterial?

–Sí. Te gustará saber que pareces estar tan fuerte como un caballo. Así que hice lo que querías y les dije a los chicos del helicóptero que no se molestaran en venir. Me lo agradecieron mucho porque tienen mucho trabajo con los accidentes de carretera. Al parecer, con eso de la huelga de pilotos, todos los locos del país están tratando de matarse con formas alternativas de volver a casa.

–¿Es eso lo que crees que soy yo? ¿Un loco?

–No tengo ni idea de lo que eres –dijo ella mientras preparaba la anestesia local.

–¿De verdad estás cualificada para hacer eso? –le preguntó él nerviosamente al ver la aguja.

–Soy muy buena costurera. Has sido tú quien ha admirado mi falda. Y ahora, yo no tengo ni idea de quién eres tú, ni tú de quien soy yo, pero tal vez tengamos que confiar un poco el uno en el otro. Así que relájate y déjame trabajar.

Él le hizo caso por fin y, cuando se tumbó de nuevo sobre la almohada, ella le preguntó:

–¿Puedo empezar ya?

–Sí.

–¿Confías en mí?

–No tengo más remedio.

–No –admitió ella alegremente–. Yo tengo el monopolio médico en esta isla. Puedo cobrar lo que quiera. ¿No te parece que está muy bien?

Cuando por fin terminó, Maggie respiró profundamente. La verdad era que, aunque había asistido a cientos de suturas, eran siempre los médicos quienes las hacían, pero no le iba a decir eso a Dev, para que se pusiera más nervioso todavía.

–Gracias, Maggie –le dijo él y se dio cuenta entonces de que ella había estado más nerviosa que él.

–De nada.

–Te lo agradezco.

–Espera hasta que te veas la cicatriz. Puede que no te haya hecho un zurcido muy limpio.

–Entonces te recordaré siempre que me mire a un espejo.

Maggie se ruborizó.

–No lo hagas. Necesitabas un cirujano.

Se pasó levemente los dedos por la herida aún anestesiada. Incluso él podía decir que estaba bien cosida, teniendo en cuenta que ella lo había hecho a la luz de las velas.

–Está bien. Dudo mucho que un cirujano, con anestesistas y en un quirófano, lo hubiera podido hacer mejor. ¿Es que no tienes electricidad aquí?

–Está un poco lejos para traer un cable desde tierra firme. Tenemos un generador, pero sin luces. La gasolina es demasiado valiosa para lujos como tener luz. Lo usamos sólo para los frigoríficos.

–¿Así que nos podemos tomar una cerveza fresca? –preguntó él.

–Sólo leche fresca –dijo ella sonriendo–. Lo siento, la cerveza no está en la lista de lo que se puede conseguir en esta isla. Puedo ofrecerte un whisky, pero incluso eso ha de esperar a mañana. No puedes tomar alcohol esta noche.

–No, señora.

–Te puedo ofrecer una taza de té.

Dev movió la cabeza, se estaba mareando y todavía tenía dolores. En parte, estaba reaccionando ante Maggie como lo estaba haciendo a causa del golpe, pensó. Le señaló el vaso de agua de la mesilla de noche.

–Con eso basta –le dijo–. No necesito más. Si no te importa…

–Te gustaría dormir –dijo Maggie ofreciéndole unas pastillas–. Tómatelas. Son analgésicos y te vendrán bien tanto para la pierna como para la cabeza.

–¿La pierna?

Casi se había olvidado de que le dolía la pierna.

–Tienes un gran rasponazo en la parte superior del muslo. ¿No lo recuerdas? Te quité los pantalones cuando te tumbé en la cama para echarle un vistazo.

–¡No me digas!

Maggie sonrió.

–Me dijiste que me fuera y que te dejara morir en paz, pero no podía hacerlo hasta estar convencida de que eso no iba a pasar. Así que llamé a Melbourne para decirles que estabais bien y luego volví para echarte un vistazo. Ya estabas casi dormido, así que no protestaste cuando te desnudé.

Dev se quedó boquiabierto. No se había dado cuenta hasta entonces, pero metió las manos bajo las sábanas y se encontró las piernas desnudas, el pecho desnudo…

Todavía tenía los calzoncillos y lo agradeció.

–Soy enfermera –le dijo Maggie sonriendo–. Desnudar a pacientes semiinconscientes es una de mis habilidades y, si te tranquiliza, estaban presentes Dominic y Lucy. Dominic se quedó muy impresionado con tu herida.

–Seguro.

Por lo que parecía, él iba a ser la última persona en ver su herida. Sintió la necesidad impulsiva de levantar las sábanas y echarle un vistazo, pero se controló. Miró de nuevo a Maggie y vio que seguía sonriendo. Estaba claro que se había imaginado lo que estaba pensando.

–Vamos, échale un vistazo.

–De eso nada.

Él era tímido, por Dios. No tenía la menor intención de aparecer semidesnudo delante de esa mujer…. ¡que lo había desnudado!

Maggie se rio al ver su cara y él se sintió más incómodo aún.

–Te dejaré la vela encendida cuando me vaya –le dijo–. Mira lo que quieras entonces, pero no te preocupes. Por cómo andabas al venir aquí, temí que te hubieras roto o dislocado algo, así que tuve que echarle un vistazo pero, aunque tiene un aspecto desagradable, el hematoma desaparecerá por sí mismo. Dale tiempo.

–Yo…

Maldición, estaba completamente desconcertado.

–No te preocupes, sólo duerme.

Ella se inclinó y lo arropó hasta la barbilla.

–Sólo duerme, Dev –añadió ella–. De momento estás a salvo. Mañana será otro día. Por ahora, duerme.

Y le sonrió, luego se llevó la vela de nuevo hasta el alféizar de la ventana y salió de la habitación.

Dev se despertó con el ruido del mar. No le dolía nada.

Nada absolutamente.

Se quedó completamente quieto un momento, para disfrutar de la falta de dolor. Abrió los ojos esperando que el dolor empezara de nuevo, pero no pasó nada.

Menos mal.

Quiso echarle un vistazo a la pierna, y eso sí fue un error. El dolor no había desaparecido por completo. Pero si se quedaba muy quieto…

Maggie debía haber vuelto en algún momento durante la noche, probablemente para comprobar cómo estaba. Bueno, pensó, todavía respiraba. ¿Qué más quería esa mujer? Había dos pastillas más y un vaso lleno de agua en la mesilla. Las tomó agradecido y luego se tumbó de nuevo y echó un vistazo a lo que lo rodeaba mientras esperaba a que las pastillas hicieran efecto.

Era una casa sorprendente, pero apenas se había dado cuenta de ello la noche anterior. Parecía antigua, con las ventanas viejas y sin cortinas. En las paredes había algunas grietas. Estaba escasamente amueblada, pero el sol entraba por los limpios cristales de la ventana, la colcha blanca de la cama de hierro estaba extremadamente limpia y el antiguo suelo de madera mostraba la rica pátina del tiempo.

Aquello era tan espartano que bien podía estar en un monasterio.

Había un bastón apoyado contra la cabecera de la cama. Supuso que era cortesía de Maggie. ¿Qué más era capaz de proporcionar esa mujer? ¿Un equipo de médico? ¿Muletas? ¿Pico y pala para cavar tumbas?

Sonrió y luego miró con cuidado el bastón. Tal vez lo intentara al cabo de unos minutos, cuando las pastillas hubieran hecho su efecto. Había ropa en el pie de la cama. Unos pantalones anchos de pescador y un jersey. ¡Cielo Santo! La organización de esa chica era sorprendente, pero él no estaba seguro de querer ir a ninguna parte.

No se oía nada, aparte del mar y, al cabo de un rato, lo encontró enervante. Tenía que surgir algún ruido de alguna parte.

Tenía que ir al cuarto de baño.

Ella no había pensado en eso, se dijo, y sonrió de nuevo. Si lo hubiera pensando, no se le habría pasado dejarle un orinal en la habitación.

Pero por suerte, le había ahorrado esa indignidad.

Los minutos pasaron y, por fin, se le calmó el dolor de la pierna. La movió para probar y no pasó nada. Por la ropa y el bastón, era evidente que Maggie creía que se podía levantar. No podía decepcionarla.

Maggie.

La verdad era que, si lo pensaba bien, esa mujer le había causado un impacto evidente.

Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le impresionaba así.

¿Mucho tiempo? Esa reacción no había sido sólo física, pensó al recordar el aspecto de Maggie a la luz de la vela la noche anterior. Su contacto… su olor.

La verdad era que no podía recordar haber sentido algo así por ninguna otra mujer. Lo que era curioso, porque a él le gustaban las mujeres bien arregladas.

El aspecto de Maggie estaba muy bien para una isla y estaba muy bien para agradar a un enfermo, pero en la vida real…

En la vida real, Maggie estaba claramente esperando que se levantara de la cama y un hombre tiene su orgullo, así que se decidió a hacerlo.

Le costó, pero al cabo de diez minutos estaba decente. Una vez salió de la habitación, la organización de Maggie se hizo evidente de nuevo, ya que una nota clavada en la pared de enfrente le indicaba dónde estaba ella, y que la cocina estaba a la derecha y el baño a la izquierda.

Pasó unos minutos muy malos en el cuarto de baño, mirándose al espejo y tratando de imaginarse cómo quedaría cuando se le bajara la hinchazón y si quería lavarse con el agua helada que salía del grifo. No había manera de poder afeitarse.

Por fin, salió de allí y, apoyándose en el bastón, se dirigió a la cocina.

Allí había esperado encontrarse a Maggie o a Dominic o, por lo menos, a Lucy, pero lo que se encontró fue a algo muy parecido a un gnomo viejo.

El anciano estaba sentado en un sillón al lado de la estufa de madera. Parecía tener unos cien años, pensó Dev. Pero los ojos con que lo miró estaban llenos de vida. Brillaban con la misma luz verde que había visto en los de Maggie.

–Bueno, bueno…

El gnomo no se levantó, pero lo recorrió de arriba abajo con la mirada.

–Así que estos son los restos que ha recogido Maggie. Yo soy Joseph Cray, el abuelo de Maggie. Usted debe de ser Devlin Macafferty, el padre del joven Dominic. El jersey y los pantalones que lleva son míos. Es una suerte que le vengan bien. Bienvenido a la tierra de los vivos, señor.

Le extendió una mano huesuda y Devlin se acercó para estrechársela.

–Gracias –dijo Devlin.

La mano era más fuerte de lo que se hubiera imaginado en alguien tan viejo. Firme y segura. Tal vez no fuera tan viejo como había pensado.

–Y gracias también por la ropa. ¿Ha dicho que soy los restos que ha recogido Maggie?

–Ha habido una mar muy dura los últimos días. Grandes vientos. Ayer Maggie dijo que, tan pronto como terminara con las algas iba a ver si recogía los restos que dejara el mar en la orilla. Y en vez de traer a casa un tronco de árbol o dos, lo trajo a usted.

–Lamento haberlo decepcionado.

Dev se sentó en otra silla al lado de la estufa.

–Qué se le va a hacer. Sólo usamos esos troncos como leña y Maggie me dijo que usted estuvo a punto de quemarse. Y que se había hecho un par de heridas. ¿Le duelen?

–No.

–Mentiroso –dijo el anciano animadamente–. Pero es joven y sobrevivirá. El pequeño tuvo más suerte.

–¿Dónde está Dominic? –preguntó Dev sin poder disimular la angustia.

–Me parece que a Maggie le ha costado lograr que se pusiera uno de sus chándales, pero cuando el pequeño vio que no era rosa, se lo puso. Supongo que andará por alguna parte de la isla con Lucy. Yo no me preocuparía. Un niño de su edad no se puede meter en muchos problemas en un sitio como este. Además, parece bastante inteligente y se ha ido con la perra. Lucy lo cuidará. ¿Tiene perro su hijo?

–No.

¿Un perro? No, no creía…

–No parece muy seguro.

–Ha estado viviendo con su madre.

–Ya veo, uno de esos hogares rotos –dijo Joseph–. ¿Y qué pasa? ¿Que su madre no lo quiere? Esa es la impresión que da. Parece como si Lucy fuera la cosa más fiable que hubiera visto desde hace tiempo. ¿Tiene hambre?

Dev parpadeó. Se notaba la ira en la mirada del anciano, pero no le estaba dando ninguna oportunidad de defenderse. Y… ¿tenía hambre?

Se dio cuenta de que se moría de hambre. El día anterior le había comprado una hamburguesa a Dominic en el aeropuerto, pero él no había comido nada. Llevaba veinticuatro horas sin comer nada.

–Eso pensaba –dijo Joseph y Dev frunció el ceño.

Ese anciano parecía estar leyéndole el pensamiento.

–Lo siento, pero va a tener que servirse usted mismo –añadió el anciano–. Ya sé que está herido, pero mis piernas no funcionan muy bien.

–¿Es este su bastón, señor?

–Llámame Joe –gruñó Joseph–. Todo el mundo lo hace. Joseph es para las presentaciones, bodas y funerales, pero últimamente no hay muchas bodas y todavía no estoy pensando en mi funeral. Y sí, es mi bastón, pero ahora no me sirve de mucho. Sufrí un ataque. Maggie dice que puede que vuelva a caminar, pero yo no estoy tan seguro. Dentro de nada empezará con eso de la recuperación y a darme órdenes, pero mientras tanto… Las sartenes están sobre la cocina, el beicon en la mesa, hay un par de huevos y pan en la alacena. Maggie me dijo que te dolerá, pero que lo podrás hacer si tienes bastante hambre.

Y la tenía. Dev se puso en pie de nuevo y empezó a cocinar moviéndose lo menos posible y apretando los dientes. Pero cuando se vio delante de un plato con huevos fritos, beicon y pan frito, su pierna había mejorado mucho. Se podía mover más libremente y con menos dolor.

De todos modos, cuando se sentó, se sintió aliviado.

Nada más hacerlo, Maggie entró por la puerta, se detuvo en seco y lo miró fijamente. Lo mismo que hizo él.

Ella iba como la había visto por primera vez. Con vaqueros y un chubasquero muy usado, sin calcetines y con unas zapatillas con un agujero por el que asomaba un dedo. Llevaba de nuevo el cabello recogido en un moño. La nariz respingona y las pecas la hacían parecer como si tuviera…

¿Catorce años?

–Tengo veintinueve –dijo ella sonriendo al ver la cara que había puesto.

Luego se acercó para servirse un café de la cafetera que Dev había puesto de nuevo al fuego. Finalmente se sentó a su lado en la mesa y le dio un trago a su taza.

–Perfecto –dijo–. Llevo una hora ansiando tomarme un café. Esa ropa te sienta muy bien. Con la ropa de trabajo caqui y esas heridas… Pareces recién salido de una película de guerra en la selva. Ah, y era eso lo que me ibas a preguntar, ¿no? ¿Qué edad tengo?

–Puede que no hubiera sido tan maleducado.

Dev seguía mirándola fijamente. No podía evitarlo. Esa chica era… ¿magnética?

–Estoy acostumbrada a que me lo pregunten –dijo ella alegremente–. A veces todavía he de enseñar el carnet de conducir cuando me voy a tomar algo con alcohol o voy al cine. Siento no haber estado aquí para hacerte el desayuno y calentarte el agua para que te pudieras lavar. Habría podido despertarte antes, pero me dio pena. ¿Ha cuidado bien el abuelo?

–Él se cuida solo, chica –gruñó Joe–. Y lavarse con agua fría no le hace daño a nadie. ¿Qué has hecho con el pequeño?

–Está con Lucy en la playa.

El rostro de Maggie se puso serio entonces.

–¿Pasa algo? –preguntó dev rápidamente.

Maggie agitó la cabeza, pero no volvió a sonreír.

–No, sólo que…

–¿Qué?

–No puedo hacerlo reír.

–Su madre no lo quiere –murmuró Joe.

Maggie lo miró fijamente, lo mismo que Dev. Esos dos eran muy intuitivos y rápidos de discernimiento.

–Yo no he dicho eso –protestó él.

–Pero es cierto –insistió Joe–. ¿No?

–Yo…

–Te lo digo yo.

–¿Por qué no lo quiere su madre? –preguntó Maggie mirando a Dev.

Mientras tanto, él trataba en vano de concentrarse en el desayuno.

¡Esos ojos!

–¿Por qué no os lo imagináis? –dijo–. A los dos parece que se os da muy bien eso.

–Son las algas –dijo Maggie riéndose–. Nos hace ser omniscientes. Pero eso no responde a la pregunta.

–Mirad, lo siento, pero no es…

–Cosa nuestra. No, pero si podemos ayudarlo…

–No es necesario que lo hagáis –dijo Dev–. De hecho, ya habéis hecho más de lo necesario. Nos habéis salvado la vida y nos habéis dado un sitio donde dormir. Pero ahora… tenemos que salir de vuestras vidas. ¿Podemos usar el teléfono…?

–Radio –le dijo Joe–. Aquí no hay teléfono.

–Radio entonces. Llamaré a un helicóptero para que nos lleve a tierra firme.

–¿De verdad? –le preguntó Maggie mirándolo a los ojos–. ¿Y cómo piensas hacerlo?

–Estoy seguro de que hay helicópteros de alquiler.

–Sólo hay dos con autonomía suficiente como para llegar hasta aquí –dijo Maggie–. Y no pongas esa cara. No es que tenga poderes sobrenaturales que me lo digan. Es que lo sabemos, vivimos aquí. Y créeme, cuando se vive aquí tienes que conocer muy bien cuáles son tus posibilidades de escapar en una emergencia. Si anoche hubiéramos pedido un helicóptero ambulancia, podríais haber salido de aquí inmediatamente porque era una emergencia, pero ahora… Les hemos dicho que estáis bien, así que tendrás que ponerte a la cola.

–¿Qué cola?

–Esta mañana llamé a Melbourne por radio –le dijo Maggie–. Sólo para ver cómo iban las cosas, por si querías que os evacuaran.

–¿Y?

–La huelga de pilotos ha afectado a todos los vuelos del país. Todo el mundo está como loco tratando de encontrar un medio de transporte y la huelga parece que va a durar hasta la semana que viene, así que los dos helicópteros de alquiler están ocupados hasta entonces. Me temo que deberías haber aceptado la ambulancia aérea anoche, porque ahora estáis anclados aquí durante el tiempo que dure la huelga.

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