Read the book: «Historia de Roma desde su fundación. Libros IV-VII»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 145

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN GIL .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1990.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1990.
REF. GEBO255
ISBN 9788424931841.
NOTA INTRODUCTORIA
En este volumen, que comprende los libros IV-VII, se abarca un total de 103 años de historia; son, de acuerdo con la cronología de Varrón, los años 445-342 a.C.
Los hechos de política exterior de Roma van desde la conquista de la llanura pontina hasta el comienzo de las guerras samnitas.
En política interior se desarrolla la lucha plebeya por la igualdad civil y política en los matrimonios mixtos, y la participación de los plebeyos en la magistratura suprema. Acceden, por primera vez, los plebeyos a la cuestura, al tribunado militar con atribuciones consulares, al consulado, a la dictadura, a la censura.
Libro IV
Es el libro que cubre mayor número de años, desde el 445 hasta el 404 en cómputo varroniano, y uno de los libros menos elaborados en lo referente a la unidad formal.
Los frentes bélicos se sitúan, sobre todo, del lado ecuo: cerca del río Trero, donde son detenidos romanos y latinos, y del lado volsco: entre Ferentino y Preneste, se trata de cortar a romanos y hérnicos el acceso al mar en la zona Ancio-Anxur. La pugna por el dominio de la llanura pontina sería, históricamente, una anticipación, referida a estas fechas.
En cuanto a política interna, dos aspectos a destacar: la organización censitaria, conectada con el crecimiento de los efectivos militares, incrementándose progresivamente el número de tribunos militares con poderes de cónsul e instituyéndose la paga militar; y, por otra parte, la discusión de los matrimonios mixtos y el acceso plebeyo a la magistratura suprema.
Libro V
Catorce años de historia.
Contrasta con el libro anterior por estar elaborado temáticamente en torno a dos grandes acontecimientos que traban su unidad: el sitio y toma de Veyos por los romanos, y la toma de Roma por los galos y su liberación.
También el sentido unitario desde el punto de vista de los personajes queda manifiesto en torno a una única figura: Marco Furio Camilo.
Desde la perspectiva de la composición, resulta curioso un pasaje: el excursus sobre los galos que abarca los capítulos 33,4-35,3. La ruptura narrativa que supone dicho pasaje ha basado la hipótesis de considerarlo como una inserción posterior. Abren y cierran el libro dos grandes discursos, uno de Apio Claudio y otro de Camilo.
Libro VI
Años varronianos, 390-367.
La línea de confrontación exterior viene definida por el abanico de poblaciones constituido por Ancio, Sátrico, Vélitras, Túsculo, Preneste. Roma se esfuerza por recuperar de nuevo su peso frente a ecuos y volscos.
En el escenario del interior hay que subrayar la agitación social, cuyo rompiente es, primero, Marco Manlio Capitolino, que, ante el problema del endeudamiento y la crisis del crédito, repite el esquema dramático de Espurio Casio y Espurio Melio; y, después, Licinio y Sextio, con sus proyectos de reforma constitucional, desembocando en el primer consulado plebeyo, el de Lucio Sextio.
En cuanto a la composición, dos aspectos a considerar: el protagonismo de Camilo a través de todo el libro, y el preámbulo de I, 1-3, que ha basado hipótesis como la relativa a la publicación de la obra por grupos de cinco libros.
Libro VII
Años 366-342.
En el tapiz de confrontaciones exteriores, se destaca el empeño romano por controlar el acceso a la Campania por el interior, por los valles del Trero y el Liris. Hacia el Norte, se centra la presión etrusca en las poblaciones de Cere y Tarquinios, en la costa, cuya motivación es susceptible de explicaciones diversas. Y, al final, el inicio de las Guerras Samnitas, en las que se va a jugar el papel de Roma hacia el Sur de Italia y en el Mediterráneo.
En política interna atraviesa el libro el tema de la reforma constitucional sobre el carácter mixto del consulado, con altibajos notorios.
Con respecto a la composición, resalta una ruptura del ritmo narrativo en el cap. 29. El plan, hasta entonces, es áridamente analístico. A partir de ahí, dos años de historia ocuparán los catorce capítulos restantes. Resulta, en cierto modo, sorprendente el preámbulo que inicia el cap. 29, un preámbulo que no abre un libro o un conjunto de libros, sino que sirve de presentación a toda una sucesión de guerras, desde las Samnitas a las Púnicas.
NOTA TEXTUAL
La traducción de este volumen corresponde al texto latino de la edición de J. Bayet (Les Belles Lettres , París; 1. IV, 1965; 1. V, 1969; 1. VI, 1966, y 1. VII, 1968). Se ha preferido el texto de R. M. Ogilvie (Oxford, 1974) en: IV 8, 7; 9, 1; 12, 1; 35, 4; 42, 1; 43, 1; 52, 1; 57, 12; 60, 3, y V 2, 8; 18, 2; 34, 8; 42, 3; 53, 1. Y el texto de la edición de C. F. Walters-R. S. Conway (Oxford, reimpresión de 1979) en: VI 24, 10; 36, 3; 36, 12, y VII 10, 13; 40, 2.
Gijón, 1988
LIBRO IV
SINOPSIS
Los matrimonios mixtos y el consulado plebeyo (1-2).
Discurso de Canuleyo (3-5).
Los tribunos militares con poderes de cónsul (6-7).
Creación de la censura como magistratura patricia. Ayuda a Árdea, guerra con los volscos (8-10).
Colonia rútulo-romana en Árdea. Hambre, intriga monárquica en Roma (11-13).
Dictadura de Cincinato, muerte de Espurio Melio (14-16).
Defección de Fidenas. Guerra con Falerios, Veyos y Fidenas (17-19).
Los segundos despojos opimos (20).
Epidemia. Amenazas del exterior. Toma de Fidenas (21-22).
Etruria amenaza guerra. Nombramiento de dictador. Recortes de éste a la censura (23-24).
Tensiones electorales. Ecuos y volscos a la ofensiva en el Álgido. Victoria del dictador (25-29).
Consulados varios. Sequía. Tribunos militares. Dictador (30-31).
Guerra con Veyos y Fidenas, que es tomada de nuevo. Triunfo del dictador (32-34).
Pugna electoral: elección de tribunos militares, elección de cónsules (35-36).
Toma de Capua por los samnitas. Batalla contra los volscos: mal papel del cónsul, y relevante del decurión Tempanio (37-41).
Acusación contra el cónsul, presentada y retirada. Aumento de dos a cuatro censores, negociado (42-44, 5).
El cónsul Sempronio procesado y multado. La vestal Postumia, acusada (44, 6-13).
Conato de rebelión de los esclavos. Guerra con ecuos y labicanos (45-47).
Problemas con el reparto de tierras. Sucesivas tomas de Bolas por ecuos y romanos. El general Postumio muerto a pedradas por sus tropas (48-51, 6).
Toma de Ferentino (51, 7-8).
Epidemia, hambre. Dificultades para la guerra con ecuos y volscos. Popularidad del tribuno Menenio (52-53).
Primeros cuestores plebeyos. Guerra continuada con ecuos y volscos (54-57).
Problemas para declarar la guerra a Veyos (58).
Expediciones en zona volsca. Toma de Ánxur. Institución de la paga al ejército (59-60).
Asedio de Veyos. En zona volsca, Artena tomada y arrasada. Veyos de nuevo centro de la guerra (61).
Los matrimonios mixtos y el consulado plebeyo
[1 ] Les sucedieron los cónsules Marco Genucio y Gayo Curiacio 1 . Fue un año de hostilidades internas y externas. A principios del año, en efecto, Gayo Canuleyo, tribuno de la plebe, presentó un proyecto de ley de matrimonio 2 entre patricios y plebeyos, [2] proyecto con el que los patricios estimaban que se manchaba la pureza de su sangre y se trastocaban sus derechos familiares. Y, por otra parte, la alusión a que se permitiese elegir de entre la plebe a uno de los cónsules, dejada caer por los tribunos cautelosamente en un principio, fue tomando cuerpo, después, hasta el extremo de que nueve tribunos suscribieron una proposición, en el sentido de que el pueblo tuviese la posibilidad de elegir a los cónsules de entre la plebe o el patriciado, a su voluntad. Ahora bien, si [3] esto se llevaba a efecto, el poder supremo no sólo se compartía con los más humildes, sino que pasaba, por completo, pensaban, de la nobleza a la plebe. Por eso, se alegraron [4] los patricios, al oír que la población de Árdea se había separado de Roma debido al injusto pronunciamiento sobre su territorio 3 , que los veyentes habían saqueado los confines del territorio romano, y que volscos y ecuos andaban inquietos a causa de la fortificación de Verrúgine 4 : hasta ese extremo preferían una guerra desafortunada a una paz ignominiosa. Recibidas, pues, estas [5] noticias, exagerándolas incluso para que, entre tantos rumores de guerra, se apagasen las proposiciones de los tribunos, disponen que se haga un alistamiento y se preparen las armas y la guerra con la mayor intensidad, mayor aún, a ser posible, que durante el consulado de Tito Quincio. Entonces, Gayo Canuleyo se limitó a gritar en el [6] senado que, en vano, los cónsules amedrentaban a la plebe para desviarla de su interés por las nuevas leyes, que jamás, estando él con vida, llevarían a cabo la leva antes de que la plebe se pronunciase sobre los proyectos presentados por él y sus colegas, y convocó rápidamente una asamblea.
Al tiempo que los cónsules incitaban al senado en contra [2 ] del tribuno, el tribuno incitaba al pueblo en contra de los cónsules. Decían éstos que ya no se podía seguir soportando los excesos de los tribunos, que se había llegado ya al límite, que se suscitaban más guerras dentro que fuera, y que esto ocurría por culpa de los patricios tanto como de la [2] plebe, de los cónsules tanto como de los tribunos; que todo aquello que un Estado recompensa, va siempre a más con la mayor intensidad, y que así se gestaban los buenos ciudadanos, [3] los buenos soldados; que las mayores recompensas en Roma las recibía la sedición, timbre de gloria permanente [4] para los individuos y para la colectividad. Que tuviesen presente cómo era la majestad del senado que habían recibido de sus padres, y cómo la que iban a entregar a sus hijos, o en qué medida podía la plebe vanagloriarse de ver incrementada su importancia y su grandeza. Que no se ponía ni se iba a poner término a aquella situación, mientras las sediciones tuviesen éxito y sus promotores [5] recibiesen cargos públicos. ¡Qué objetivos, y de qué alcance, se proponía Gayo Canuleyo! Suponen confusión de familias, trastocamiento de auspicios públicos y privados, de forma que no existe nada limpio, nada puro; que, suprimida toda diferenciación, nadie pueda identificarse a [6] sí mismo ni a los suyos. ¿Qué otro alcance tienen, en efecto, los matrimonios mixtos, sino propagar los acoplamientos entre patricios y plebeyos, al estilo casi de los animales, de forma que el que nazca no sepa a qué sangre, a qué culto pertenece, mitad patricio y mitad plebeyo, sin [7] estar de acuerdo ni siquiera consigo mismo? Les parece poco trastocar todo lo divino y lo humano: los agitadores de las masas se disponen ya al asalto al consulado. Al principio se limitó a meras palabras su intento de que uno de los cónsules fuese nombrado de entre la plebe; ahora se presenta una proposición de ley tendente a que el pueblo elija los cónsules de entre los patricios o la plebe, a su voluntad. Y, sin lugar a dudas, elegirán a los plebeyos más sediciosos: así pues, los Canuleyos y los Icilios serán cónsules. ¡Que Júpiter Óptimo Máximo no permita que el poder [8] de la majestad real caiga tan bajo!; ellos morirán mil veces antes de permitir que se acepte una deshonra semejante. Están convencidos de que también los antepasados, de [9] haber previsto que, al hacerle todas las concesiones, la plebe no iba a ser más considerada con ellos, sino más intratable presentando unas exigencias cada vez más injustas una vez satisfechas las primeras, hubiesen afrontado [10] cualquier clase de lucha antes que consentir que tales leyes les fuesen impuestas. Por haber cedido en la referente a los tribunos, se volvió a ceder, y no se puede poner término si [11] en un mismo Estado hay tribunos de la plebe y patricios: tiene que ser suprimido este estamento o aquella magistratura, y hay que salirle al paso a la osadía temeraria mejor tarde que nunca. ¿Es que van ellos a empezar por sembrar [12] impunemente la discordia concitando a los vecinos a la guerra, y después van a impedir que la ciudad se arme y se defienda contra las guerras que ellos han provocado? Cuando no les ha faltado más que llamar al enemigo, ¿no van a consentir que se alisten ejércitos contra los enemigos, sino que va a tener Canuleyo la osadía de declarar en el [13] senado que, a no ser que los patricios acepten sus leyes, como las de un vencedor, él impedirá que el reclutamiento se lleve a efecto? ¿Qué otra cosa es esto, sino amenazar con que hará traición a la patria, que dejará que sea asediada y conquistada? ¿Qué aliento no supondrán esas palabras, no para la plebe de Roma, sino para los volscos, ecuos y veyentes? ¿No van a esperar que teniendo a Canuleyo por [14] caudillo, podrán encaramarse a lo alto del Capitolio y de la ciudadela? Si los tribunos no les han quitado a los patricios, juntamente con sus derechos y majestad, también el coraje, los cónsules están dispuestos a servirles de guía para hacer frente a la infamia de unos ciudadanos antes de hacer frente a las armas enemigas.
Discurso de Canuleyo
[3 ] Precisamente cuando estas manifestaciones tenían lugar en el senado, Canuleyo habló a favor de sus leyes y en contra de los cónsules en estos términos: [2] «Ciudadanos de Roma: creo haberos hecho notar, sin duda, en anteriores y repetidas ocasiones, qué profundo desprecio hacia vosotros sentían los patricios, qué indignos os consideraban de vivir con ellos en una [3] misma ciudad, dentro de unas mismas murallas; pero mucho más ahora, dado el encarnizamiento con que se han alzado contra mis proyectos de ley, con los cuales no se hace más que recordar que somos conciudadanos suyos, y si bien no tenemos los mismos posibles, sí vivimos, sin [4] embargo, en la misma patria. En uno de los proyectos pedimos el derecho al matrimonio que se les suele conceder a los vecinos y a los extranjeros: nosotros mismos hemos concedido el derecho de ciudadanía, que es más que el de [5] matrimonio, incluso a enemigos vencidos. En el otro proyecto no presentamos ninguna innovación, sino que reclamamos y llevamos a la práctica algo que corresponde al pueblo: que el pueblo romano confíe los cargos públicos a quien quiera.
[6] »¿Qué razón hay, por consiguiente, para que revuelvan cielo y tierra, para que, hace poco, haya estado a punto de producirse en el senado una agresión contra mí; para que digan que emplearán la fuerza y proclamen que violarán [7] esta potestad inviolable? Si al pueblo romano se le concede la libertad de voto para que confíe el consulado a quien quiera, si ni siquiera a un plebeyo se le cercena la esperanza de alcanzar, caso de merecerlo, el poder supremo, ¿no va a poder subsistir esta ciudad?, ¿está acabado, por eso, el imperio? El que uno pregunte si un plebeyo va a ser cónsul, ¿equivale a decir que va a ser cónsul un esclavo o un [8] liberto? ¿Os dais bien cuenta de qué profundo es el desprecio en que vivís? Os quitarían, si se pudiera, vuestra participación en la luz que nos alumbra; les indigna que respiréis, que podáis hablar, que tengáis figura humana. Es más: [9] dicen que es contra religión (con perdón de los dioses) el nombrar cónsul a un plebeyo. Decidme, por favor: aunque no se nos permite el acceso a los Fastos ni a los Comentarios de los pontífices 5 , ¿no sabemos, al menos, lo que todo el mundo, incluso un extranjero sabe, que los cónsules ocuparon el lugar de los reyes y no tienen derecho o majestad alguna que no hayan tenido antes los reyes? ¿Es que no [10] estáis seguros de haber oído contar alguna vez que a Numa Pompilio, que no era patricio ni siquiera ciudadano romano, se le fue a buscar al país sabino y reinó en Roma por mandato del pueblo con el refrendo del senado, y que, [11] más adelante, Lucio Tarquinio, ni romano ni siquiera itálico de origen, hijo de Demárato de Corinto e inmigrante procedente de Tarquinios, fue hecho rey en vida de los hijos de Anco; que, después de él, Servio Tulio, hijo de una [12] prisionera de Cornículo, de padre desconocido y madre esclava, ocupó el trono en razón de sus cualidades naturales y de sus méritos? ¿Y qué voy a decir de Tito Tacio el Sabino, con el que el propio Rómulo, padre de Roma, compartió el trono? Por consiguiente, mientras no se despreció [13] por su origen a nadie en quien resaltase el mérito, el imperio romano fue a más. ¡Avergonzaos ahora vosotros de un cónsul plebeyo, mientras que nuestros antepasados no menospreciaron a reyes venidos de fuera, y ni siquiera después de la expulsión de los reyes se cerró Roma al mérito extranjero! Los Claudios, en efecto, procedían de la [14] Sabina después de la expulsión de los reyes, y los aceptamos no sólo como ciudadanos, sino incluso como miembros [15] del patriciado. Un extranjero puede llegar a ser patricio y, después, cónsul; un ciudadano romano, si pertenece a la plebe, ¿verá tronchada la esperanza de llegar al consulado? [16] ¿Es que no creemos, en definitiva, que pueda ocurrir que haya entre la plebe un hombre valeroso y esforzado, buen civil y buen militar, que se parezca a Numa, a Lucio [17] Tarquinio o a Servio Tulio? ¿O bien, ni aun en el caso de que lo haya, le permitiremos acceder al timón del Estado, y vamos a tener cónsules parecidos a los decénviros, lo más aborrecible de la humanidad, patricios sin embargo todos ellos, más que a los mejores reyes, que eran hombres nuevos?
[4 ] »Pero es que, después de la expulsión de los reyes, dirán, ningún plebeyo fue cónsul. ¿Y qué más? ¿Es que no debe producirse ninguna innovación? Y lo que aún está por hacer —pues en un pueblo nuevo son muchas las cosas que no se han hecho aún—, ¿no procede hacerlo ni aun en caso [2] de que sea útil? Cuando reinaba Rómulo no existían los pontífices ni los augures: fueron creados por Numa Pompilio. No existía el censo de ciudadanos ni la distribución en [3] centurias y clases: fue obra de Servio Tulio. Jamás habían existido los cónsules: fueron creados después de la expulsión de los reyes. No había existido el poder ni el título de dictador: comenzó a existir en tiempos de nuestros padres. No había tribunos de la plebe, ni ediles, ni cuestores: se estableció su creación. En el transcurso de los diez últimos años creamos y eliminamos de la república a los decénviros [4] legisladores. ¿Quién pone en duda que, fundada Roma sin límite en el tiempo, desarrollándose sin límite en el espacio, se establecerán nuevas formas de poder, nuevos sacerdocios, nuevos derechos familiares e individuales?
[5] »El hecho mismo de que no existiese el matrimonio entre patricios y plebeyos, ¿no lo fijaron los decénviros en estos últimos años, siendo el precedente público más detestable, la mayor injusticia para con la plebe? ¿Es que puede darse un agravio mayor o más notorio que el considerar a una parte de los ciudadanos indigna del matrimonio, como si estuviese contaminada? ¿Qué otra cosa es peor que sufrir [6] destierro, relegación, en el recinto de unas murallas comunes? Toman medidas para que no nos mezclemos por la afinidad del parentesco, para que no se una a la suya nuestra sangre. Pues bien, si esto mancilla esa nobleza vuestra, [7] que no tenéis por origen ni por sangre al ser la mayoría oriundos de Alba 6 y de la Sabina, sino por haber sido promocionados a senadores por designación de los reyes 7 o, después de la expulsión de los reyes, por mandato del pueblo, ¿no podíais conservarla pura con medidas de tipo privado, no tomando esposas plebeyas ni dejando que vuestras hijas y hermanas se casasen, sino con patricios? Ningún plebeyo tomaría por la fuerza a una doncella patricia: [8] es ése un capricho de patricios; nadie hubiera obligado a nadie a un compromiso de matrimonio contra su voluntad. Pero, en realidad, el prohibirlo por ley, el abolir el [9] matrimonio entre patricios y plebeyos, eso es, en definitiva, afrentar a la plebe. ¿Por qué, entonces, no proponéis que no exista el casamiento entre ricos y pobres? Lo que siempre [10] en todas partes correspondió a la iniciativa privada, que cada mujer entrase como esposa en la casa que le pareciese y el hombre tomase esposa en la casa en que se hubiese comprometido, eso vosotros lo sometéis a las ataduras de una ley llena de arrogancia, para dividir con ella a la sociedad y hacer dos Estados de uno solo. ¿Por qué no [11] decretáis que un plebeyo no sea vecino de un patricio, ni pueda ir por el mismo camino, ni participar en el mismo convite, ni situarse en el mismo foro? ¿Es que es algo diferente, en la práctica, el que un patricio se case con una plebeya o un plebeyo con una patricia? ¿En qué cambia el derecho, en definitiva? Porque es que los hijos siguen la [12] condición del padre 8 . Ni pretendemos, con el matrimonio con vosotros, ninguna otra cosa que contar como seres humanos, como ciudadanos, ni hay razón alguna para que os opongáis, a no ser que os guste contender para afrentarnos y humillarnos.
[5 ] »Después de todo, ¿a quién pertenece, en último término, el poder supremo, al pueblo romano o a vosotros? La expulsión de los reyes, ¿supuso el poder absoluto para [2] vosotros, o una libertad igual para todos? ¿Es procedente que el pueblo romano pueda sacar una ley, si es su voluntad, o cada vez que sea presentado un proyecto de ley, vosotros decretaréis una leva como castigo, y cada vez que yo, tribuno, comience a llamar a las tribus para votar, tú, cónsul, automáticamente obligarás a los jóvenes a prestar juramento y los llevarás al campamento, y amenazarás a la [3] plebe, y amenazarás al tribuno? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubieseis experimentado ya por dos veces lo que valían semejantes amenazas contra la plebe unida? ¡Naturalmente, rehusasteis la lucha porque queríais nuestro bien! ¿No es más cierto que no hubo lucha, porque el bando más fuerte [4] fue también el más moderado? Tampoco ahora habrá lucha, ciudadanos; ellos pondrán siempre a prueba vuestra [5] firmeza, pero no querrán experimentar vuestra fuerza. Por consiguiente, cónsules, para esa guerra, sea realidad o ficción, la plebe está a vuestra disposición, si restablecéis los matrimonios mixtos, realizando, al fin, la unidad de esta ciudad; si puede ligarse, unirse, mezclarse con vosotros con lazos privados; si a los hombres esforzados y valerosos se les abre la esperanza de acceder a los cargos; si se permite participar y compartir la vida política; si, como corresponde a una libertad igual, pueden alternar la obediencia y el mando en las magistraturas anuales. Si alguien va a [6] impedir esto, discursead y multiplicad los rumores de guerra: nadie se va a alistar, nadie va a tomar las armas, nadie va a luchar por unos amos soberbios con los que no hay en común ni cargos públicos ni matrimonios privados.»
Los tribunos militares con poderes de cónsul
Como también los cónsules se presentaron [6 ] en la asamblea y, de los discursos ininterrumpidos, se pasó a una disputa, el tribuno preguntó por qué no procedía que un plebeyo llegase a cónsul; se le respondió, [2] tal vez con razón, pero con poco sentido práctico dado el enfrentamiento presente, que porque ningún plebeyo podía tomar los auspicios y, por eso, los decénviros habían prohibido los matrimonios mixtos, para que no se perturbasen los auspicios con hijos de origen ambiguo. Fue [3] esto lo que más encendió de indignación a la plebe, porque se le negaba la posibilidad de tomar los auspicios, como si fuese objeto de la aversión de los dioses inmortales. Y como la plebe contaba con un tribuno que la incitaba con toda dureza y ella misma porfiaba con él en empecinamiento, no terminaron los enfrentamientos, hasta que, al fin, los patricios, derrotados, accedieron a que saliese adelante el proyecto de ley sobre el matrimonio, sobre todo [4] porque estaban persuadidos de que los tribunos dejarían a un lado definitivamente la discusión sobre el consulado de los plebeyos o la aplazarían para después de la guerra, y que la plebe, dándose por satisfecha de momento con el matrimonio, estaría dispuesta a alistarse.
Como Canuleyo con la victoria sobre los patricios y [5] con el favor de la plebe cobraba gran importancia, los otros tribunos, animados a la lucha, combaten con todas sus fuerzas en pro de su proposición de ley, y a pesar de que los rumores de guerra aumentan de un día para otro, [6] se oponen al reclutamiento. Los cónsules, al no poder conseguir nada por el cauce del senado, debido al veto de los tribunos, celebraban en sus casas consejos de notables. Estaba claro que había que conceder la victoria a los enemigos [7] o a los ciudadanos. Los únicos excónsules que no asistían a los consejos eran Valerio y Horacio. La opinión de Gayo Claudio era que se armase a los cónsules en contra de los tribunos; las de los Quincios, Cincinato y Capitolino, eran radicalmente contrarias a la muerte o los actos de violencia contra aquellos a los que habían aceptado [8] como sacrosantos en un pacto con la plebe. Por medio de tales reuniones se le dio salida a la situación consintiendo que se creasen tribunos militares con poderes de cónsul, patricios o plebeyos indistintamente, sin modificar en absoluto la cuestión de la elección de cónsules; con ello se dieron por satisfechos los tribunos, y se dio por satisfecha la [9] plebe. Se fija la fecha de los comicios para la elección de tres tribunos con poderes de cónsul. Una vez fijada ésta, inmediatamente cuantos en alguna ocasión habían hablado o actuado sediciosamente, sobre todo los extribunos, comenzaron a abordar a la gente y a dar vueltas por todo [10] el foro con la vestimenta blanca de candidatos, de forma que a los patricios les hizo abstenerse, en primer lugar, la desesperanza de conseguir el cargo dada la irritación de la plebe y, en segundo lugar, la indignación al pensar que tendrían unos colegas semejantes. Presionados, sin embargo, por los más influyentes, acabaron presentando su candidatura para no dar la impresión de que renunciaban a detentar [11] el poder. El resultado de aquellos comicios puso de manifiesto que los ánimos son distintos en la lucha por la libertad y dignidad, y en la serenidad de juicio que se da cuando los enfrentamientos han quedado a un lado: el pueblo, en efecto, eligió tribunos únicamente a patricios, contento con que se hubiese tenido en cuenta a los plebeyos. Esta moderación, equilibrio y altitud de miras que [12] entonces mostró el pueblo entero, ¿dónde se los podría encontrar en la actualidad en un solo individuo?
En el año 310 de la fundación de Roma 9 , por primera [7 ] vez entran en funciones, en lugar de los cónsules, los tribunos militares Aulo Sempronio Atratino, Lucio Atilio y Tito Clelio, durante cuya magistratura la concordia interna dio lugar también a la paz en el exterior. Algunos sostienen [2] que, al haber venido a sumarse la guerra de Veyos a las de los ecuos y volscos y a la defección de Árdea, como dos cónsules no podían hacer frente a tantas guerras simultáneas, se crearon tres tribunos militares dotados de poderes y distintivos de cónsules, y no hacen mención a la ley relativa a la elección de cónsules plebeyos. No quedó, sin [3] embargo, consolidado todavía el derecho referente a esta magistratura, porque, dos meses después de haber entrado en funciones, abandonaron el cargo por un decreto de los augures sobre un defecto de forma en la elección, debido a que Gayo Curiacio, que había presidido los comicios, habría cometido alguna irregularidad al emplazar la tienda augural.
Llegó a Roma una legación de Árdea, presentando, [4] sobre la injusticia cometida, una queja en términos tales que quedaba claro que, si la injusticia era reparada restituyéndoles su territorio, seguirían siendo aliados y amigos. El [5] senado respondió que una sentencia del pueblo no podía ser anulada por el senado: aparte de que no había precedentes ni derecho para hacerlo, estaba la razón del entendimiento entre los estamentos; si los ardeates querían esperar [6] el momento oportuno y dejaban a criterio del senado la manera de reparar la injusticia, iban a tener ocasión más adelante de alegrarse de haber moderado sus iras y de comprobar que el senado se había preocupado por igual de que la injusticia contra ellos no se produjese y de que, una [7] vez cometida, no fuese duradera. Los delegados, después de manifestar que informarían de todo esto, fueron despedidos atentamente.
Los patricios, como estaba sin magistratura curul el Estado, se reunieron y nombraron un interrey. La discusión sobre si se elegirían cónsules o tribunos militares prolongo [8] el interregno durante muchos días. El interrey y el senado propugnan que se celebren elecciones de cónsules; los tribunos de la plebe y la plebe, que de tribunos militares. Ganaron los patricios; porque, por una parte, la plebe, que iba a conferir a patricios tanto uno como otro cargo, [9] cejó de enfrentarse inútilmente y, por otra parte, los notables de la plebe preferían unas elecciones en las que ellos no contasen, a otras en las que se les diese de lado por no considerarlos dignos. También los tribunos de la plebe abandonaron la lucha antes del final para hacer méritos [10] ante los patricios principales. El interrey Tito Quincio Barbato proclama cónsules a Lucio Papirio Mugilano y Lucio Sempronio Atratino. Durante su consulado se renovó el tratado con Árdea, y éste constituye la prueba de que aquel año hubo los cónsules citados, aunque no figuran ni en los [11] antiguos anales ni en los libros de magistrados. Posiblemente, como al comienzo del año hubo tribunos militares, pensando que estuvieron en el poder durante todo el año, se omitieron los nombres de los cónsules mencionados [12] nombrados en su lugar. Licinio Macro sostiene que los encontró en el tratado con Árdea y en los libros línteos del templo de Juno Moneta. En el exterior, a pesar de tantas señales de alarma que habían partido de los vecinos, reinó la tranquilidad lo mismo que en el interior.
Creación de la censura como magistratura patricia. Ayuda a Árdea, guerra con los volscos.
A este año en que hubo sólo tribunos o [8 ] también cónsules sustitutos de los tribunos, sigue otro en que, sin lugar a dudas, hubo cónsules, Marco Geganio Macerino por segunda vez y Tito Quincio Capitolino por quinta 10 . Este mismo año supuso el comienzo de la censura, institución de origen modesto que, posteriormente, cobró tal incremento 11 que en ella radica la dirección de las costumbres y normas de vida de Roma; la decisión sobre el honor y el deshonor del senado y de las centurias de caballeros está bajo la competencia de esta magistratura; la legitimidad de los lugares públicos y privados, las rentas públicas de Roma dependen de un gesto de su libre voluntad. Pues bien, su origen se [3] debió a que, al no haber sido censada la población durante muchos años, no se podía diferir más el censo, ni era cuestión de que los cónsules se hiciesen cargo de este cometido cuando en tantos pueblos había amenazas de guerra. Se [4] presentó una moción ante el senado, en el sentido de que una tarea laboriosa y, en absoluto, propia de los cónsules requería un magistrado propio del que dependiesen la función de los escribas, la custodia de los registros públicos y las resoluciones sobre las formalidades del censo. Los [5] patricios, aunque era una función de escasa importancia, la aceptaron, sin embargo, de buen grado para que el Estado contase con mayor número de magistrados patricios, pensando, además, como de hecho ocurrió, que bien pronto los recursos de quienes lo detentasen dotarían al propio cargo de mayores atribuciones legales y mayor dignidad; los tribunos, a su vez, viendo en ello la gestión de un cargo [6] más necesario que brillante, cosa que entonces así era, para no mostrar ni siquiera en detalles una hostilidad fuera de [7] lugar, no opusieron realmente mayor resistencia. Como los personajes más relevantes de la población menospreciaban el cargo, el pueblo, mediante sufragio, encargó a Papirio y Sempronio, cuyo consulado estaba puesto en duda, de la realización del censo, para que, con esta magistratura, complementasen un consulado incompleto. Por la naturaleza de sus funciones recibieron el nombre de censores.
[9 ] Mientras esto ocurre en Roma, unos delegados de Árdea vienen a suplicar, en nombre de la antiquísima alianza y del tratado recientemente renovado, ayuda para [2] su ciudad al borde de la destrucción. Y es que no les fue posible disfrutar de la paz que con muy buen acuerdo habían mantenido con el pueblo romano, debido a una guerra civil cuya causa inicial radicó, según dicen, en la [3] pugna entre partidos, que fueron y serán para tantos pueblos una calamidad mayor que las guerras con el exterior, que el hambre y las enfermedades y los otros males que se atribuyen a la cólera de los dioses como desgracias públicas [4] extremas. Una joven de origen plebeyo, célebre por su belleza, era pretendida por dos jóvenes; el uno, del mismo origen que la muchacha, contaba con el apoyo de los tutores, pertenecientes también a la misma clase; el otro, noble, [5] cautivado exclusivamente por su belleza, era apoyado activamente por la nobleza. Por ello, el enfrentamiento de los partidos hizo entrada también en el domicilio de la joven: el noble era preferido por la madre, que quería que su hija tuviese un matrimonio lo más brillante posible; los tutores, pensando en su partido incluso en un tema como éste, tiraban [6] por su candidato. Como no pudo resolverse la cuestión dentro de casa, se llegó a los tribunales 12 . Una vez oídas las demandas de la madre y de los tutores, los magistrados autorizan la boda de acuerdo con los deseos de la madre. Pero se impuso la fuerza; en efecto, los tutores, después de [7] pronunciarse públicamente en el foro en medio de sus partidarios contra la injusticia de la decisión, reúnen a un grupo y sacan por la fuerza a la joven del domicilio materno. En contra suya surge más enfurecido aún un [8] grupo de nobles en pos del joven encendido por el desafuero. Se genera una tremenda pelea. Rechazada la plebe, bien distinta de la plebe de Roma 13 , sale armada de la ciudad, se apodera de una colina y realiza incursiones a sangre y fuego por las tierras de los nobles; se dispone, incluso, a [9] sitiar la ciudad, después de que, con la esperanza del botín, acudió también a su llamada toda la multitud de obreros que hasta entonces se habían mantenido al margen de la lucha: no falta ninguno de los aspectos desastrosos de la [10] guerra, como si la ciudad se hubiese contagiado de la rabia de los dos jóvenes que pretendían un funesto matrimonio a costa de la ruina de su patria. Les pareció poco a uno y [11] otro bando un conflicto armado interno: llamaron los nobles a los romanos en ayuda de la ciudad sitiada, y la plebe a los volscos para que les ayudasen a tomar Árdea. Los volscos, mandados por el ecuo Cluilio, llegaron antes a [12] Árdea y levantaron una empalizada frente a las murallas enemigas. Cuando se supo esto en Roma, el cónsul Marco [13] Geganio se puso inmediatamente en camino con un ejército, acampó a tres millas del enemigo y, al caer el día, dio orden de que las tropas repusiesen fuerzas. Después, durante la cuarta vigilia se puso en marcha; comenzaron los trabajos y los agilizaron de tal modo que, al salir el sol, los volscos vieron que los romanos los habían cercado con una empalizada de mayor solidez que ellos a la ciudad; y, [14] por otro lado, el cónsul había llevado, hasta tomar contacto con las murallas de Árdea, una ramificación por donde pudieran los suyos comunicarse desde dentro de la ciudad.
[10 ] El general volsco, que hasta entonces había alimentado a sus tropas no con provisiones dispuestas de antemano, sino a base del pillaje de los campos cogiendo trigo para el día, al verse, cercado por la empalizada, súbitamente privado de todo recurso, pidió una entrevista al cónsul y le dijo que, si los romanos habían venido a romper el cerco, [2] él estaba dispuesto a llevarse de allí a los volscos. A esto replicó el cónsul que los vencidos tenían que aceptar, no que imponer condiciones, y que si los volscos habían venido a atacar a unos aliados del pueblo romano cuando habían querido, no se iban a marchar de la misma manera. [3] Les manda que entreguen a su general y depongan las armas como reconocimiento de que están vencidos y se someten a obediencia. Que, en caso contario, tanto si se van como si se quedan, él, enemigo implacable, llevará a Roma una victoria sobre los volscos, en lugar de una paz [4] no fiable. Los volscos trataron de ver si en las armas había una pequeña esperanza, una vez perdida cualquier otra; aparte de las restantes condiciones adversas, trabaron combate, además, en una posición desfavorable para la lucha y aún más desfavorable para la huida; como eran destrozados por todas partes, pasaron del combate a las súplicas, entregaron a su general, depusieron las armas y, después de pasar bajo el yugo, se les dejó marchar, con una simple prenda de vestir cada uno, cubiertos de ignominia y [5] derrotados. Y habiéndose detenido no lejos de la ciudad de Túsculo, fueron aplastados, inermes, recibiendo el pago del antiguo odio de los tusculanos; apenas si se salvaron algunos [6] para contar el desastre. El romano restableció el orden perturbado por la sedición en Árdea, decapitando a los cabecillas del movimiento e incorporando sus bienes al común de Árdea. Estimaban los ardeates que semejante servicio borraba la injusta sentencia del pueblo romano; al senado le parecía que faltaba aún algo para borrar las huellas de la avaricia pública. El cónsul entró en triunfo en [7] Roma llevando delante de su carro a Cluilio, el general de los volscos, y precedido por los despojos obtenidos cuando había hecho pasar bajo el yugo al ejército enemigo desarmado.
El cónsul Quincio investido con la toga alcanzó tanta [8] gloria, lo cual no es fácil, como su colega investido con las armas, porque mantuvo una preocupación tal por la concordia y la paz interior regulando los derechos de grandes y pequeños, que lo tenían por un cónsul severo los patricios y bastante tratable los plebeyos. También frente a los tribunos [9] se mantuvo más a base de prestigio que de lucha: cinco consulados ejercidos con un mismo estilo, y una vida vivida toda ella con la dignidad propia de un cónsul hacían casi más respetable su propia persona que su cargo. Por eso, mientras éstos fueron cónsules no se habló para nada de tribunos militares.
Colonia rútulo-romana en Árdea. Hambre, intriga monárquica en Roma
Se nombra cónsules a Marco Fabio [11 ] Vibulano y Póstumo Ebucio Cornícine 14 . Los cónsules Fabio y Ebucio, viendo lo [2] gloriosos que habían sido los acontecimientos políticos y militares que les habían precedido, y lo especialmente memorable que era aquel año para los vecinos, aliados o enemigos, porque se había ayudado con tanta diligencia a los ardeates a punto de hundirse, pusieron, por ello, mayor [3] empeño en borrar por completo de la memoria humana la infamante sentencia e hicieron que el senado decretase que, en vista de que la población de Árdea había quedado muy disminuida por la revuelta interna, se alistarían colonos [4] para enviarlos allí como defensa contra los volscos 15 . Esto fue lo que se publicó por escrito, para ocultar a la plebe y a los tribunos el plan trazado de anular la sentencia; se habían puesto de acuerdo, sin embargo, en alistar una proporción mucho mayor de colonos rútulos que romanos, y en que no se repartiese nada más que la tierra sustraída por la vergonzosa sentencia, ni se le asignase allí a ningún romano ni un solo puñado de tierra antes de dar su parte a [5] todos los rútulos. De esta manera el territorio retornó a Árdea. Para llevar la colonia a Árdea fueron nombrados triúnviros Agripa Menenio, Tito Cluilio Sículo y Marco [6] Ebucio Helva. Éstos, aparte de lo absolutamente impopular de su tarea, provocaron el descontento de la plebe al asignar a unos aliados un territorio que el pueblo romano había declarado suyo, y ni siquiera contaron con especial aceptación por parte de los patricios principales, porque no [7] les dieron ningún trato de favor; citados ya por los tribunos para comparecer ante el pueblo, evitaron los problemas fijando su permanencia en la colonia, testigo de su integridad y su equidad.
[12 ] Hubo paz en el interior y en el exterior durante este año y durante el siguiente, en que fueron cónsules Gayo Furio [2] Pacilo y Marco Papirio Craso 16 . Los juegos prometidos mediante voto por los decénviros y decretados por el senado cuando la plebe se separó de los patricios, se celebraron [3] aquel año. En vano buscó la ocasión de una [4] revuelta Petelio, el cual, elegido tribuno de la plebe por segunda vez precisamente por anunciar tal propósito, no pudo conseguir que los cónsules presentasen al senado una proposición sobre el reparto de tierras a la plebe, y cuando logró, no sin grandes esfuerzos, que se pidiese al senado su pronunciamiento mediante voto sobre si se hacían elecciones de cónsules o de tribunos, se dispuso que se nombrasen cónsules; y eran motivo de burla las amenazas del tribuno, [5] avisando de que él iba a impedir el reclutamiento, pues al estar tranquilos los vecinos, no había necesidad de guerra ni de preparativos de guerra.
Tras esta situación de calma viene un año, el del consulado [6] de Próculo Geganio Macerino y Lucio Menenio Lanato 17 , señalado por múltiples calamidades y amenazas: sediciones, hambre, aceptación casi del yugo de la monarquía ante el atractivo de sus larguezas; faltó únicamente la [7] guerra exterior: si ésta hubiera venido a agravar la situación, a duras penas se hubiera podido resistir con la ayuda de todos los dioses. Comenzaron las calamidades por el hambre, bien por ser un año de malas cosechas, o bien por haberse abandonado el cultivo de los campos ante el atractivo de las asambleas y de la urbe, pues ambas razones son aducidas. Los patricios acusaban a la plebe de holgazanería, y los tribunos de la plebe denunciaban, unas veces, la falta de honradez y, otras, la desidia de los cónsules. Al fin [8] decidieron a la plebe, sin que el senado se opusiese, a que se nombrase prefecto del aprovisionamiento de víveres 18 a Lucio Minucio, que en tal magistratura iba a ser más afortunado en la salvaguarda de la libertad que en el ejercicio de sus funciones, aunque al fin el llegar incluso a abaratar los alimentos le supuso un reconocimiento y una gloria no [9] inmerecida. Éste, después de enviar numerosas legaciones por tierra y mar a los pueblos circundantes, sin resultado, excepción hecha de una pequeña remesa de trigo traído de [10] Etruria, al no lograr influir en el precio de los víveres, recurrió a la organización de la escasez, obligando a declarar el trigo y vender el excedente al consumo de un mes, rebajando la ración diaria de los esclavos, acusando después y entregando a las iras del pueblo a los traficantes de trigo. Como con tan dura pesquisa puso de relieve la escasez en [11] lugar de aliviarla, muchos plebeyos, desesperados, antes de arrastrar una vida atormentada se envolvieron la cabeza y se tiraron al Tíber.
[13 ] Entonces un miembro del orden ecuestre, Espurio Melio, extraordinariamente rico para aquella época 19 , recurrió a una medida útil, pero muy mala como precedente [2] y peor aún como maniobra. En efecto, después de comprar trigo de Etruria a sus expensas, utilizando la mediación de huéspedes y clientes —cosa que, a mi entender, precisamente había obstaculizado los intentos oficiales de abaratar los víveres—, decidió hacer repartos de trigo; [3] con estas dádivas se ganó a la plebe y por dondequiera que aparecía, mirado y ensalzado por encima de su condición de ciudadano privado, la arrastraba tras de sí prometiéndole [4] con su favor esperanzador un consulado seguro. Pero él, dada la manera de ser del hombre, que no se siente nunca satisfecho con lo que la fortuna promete, ponía su mira en objetivos más altos y no permitidos, y puesto que incluso el consulado tendría que arrancarlo contra la voluntad de los patricios, pensaba en el trono: esa sería la única recompensa digna de un despliegue tal de maniobras y de la tremenda lucha que habría que sostener.
Las elecciones consulares ya se echaban encima; este [5] hecho lo sorprendió antes de tener suficientemente preparados y madurados sus planes. Fue nombrado cónsul 20 por [6] sexta vez Tito Quincio Capitolino, la persona menos oportuna para quien pretendiese un vuelco en la situación política; se le sumó como colega Agripa Menenio, que tenía el sobrenombre de Lanato, y Lucio Minucio o bien fue nombrado [7] de nuevo prefecto del aprovisionamiento o bien había sido nombrado para mientras las circunstancias lo exigieran, sin fijar fechas: no hay, en efecto, más constancia que la reseña en los libros línteos del nombre del prefecto entre los magistrados en uno y otro año. Este Minucio [8] desempeñaba, de manera oficial, las mismas funciones que Melio se había ocupado de desempeñar a título particular, y como por casa de uno y otro pasaba la misma clase de gente, descubre la trama y da cuenta al senado de que se [9] están reuniendo armas en casa de Melio, que éste tiene reuniones en su casa, y que los planes monárquicos son indudables; el momento de la acción no está fijado aún, lo demás ya está acordado: tribunos comprados para traicionar la libertad, y misiones repartidas entre los cabecillas de la masa; él presenta este informe más tarde casi de lo que la seguridad requería para no presentar nada dudoso o carente de base. Cuando oyeron esto, los senadores principales [10] increpaban, desde todas partes, a los cónsules del año anterior por haber consentido que tuviesen lugar aquellos repartos y aquellas reuniones en casa de un particular por parte de la plebe, y a los nuevos cónsules por haber esperado a que un prefecto de aprovisionamiento informase al senado de un hecho de tal calibre, que estaba pidiendo un cónsul que no sólo informase, sino que tomase represalias. Quincio, entonces, dijo que se estaba acusando sin razón a [11] los cónsules; que, constreñidos por las leyes sobre la apelación dictadas para destruir su autoridad, su magistratura no contaba en modo alguno con unos poderes en consonancia con su voluntad de castigar aquel hecho a tenor de su monstruosidad; que se necesitaba un hombre no sólo valeroso, sino también libre, no atado por las trabas de las [12] leyes; que, en consecuencia, él iba a proclamar dictador a Lucio Quincio, en quien había un coraje a la altura de tan gran poder. Dieron todos su asentimiento. Quincio, en un principio, se negaba y preguntaba qué pretendían al lanzarlo [13] a él, a su edad, a una lucha de tal envergadura. Después, como por todas partes le decían que, en su anciano corazón, había no sólo más prudencia sino, incluso, más valor que en todos los demás y lo abrumaban con merecidos [14] elogios, y como el cónsul no cedía lo más mínimo, al fin Cincinato, después de pedir a los dioses inmortales que su ancianidad no supusiese en tan críticas circunstancias daño o deshonra para el Estado, es nombrado dictador por el cónsul. Él, a su vez, nombra a continuación a Gayo Servilio Ahala jefe de caballería.
Dictadura de Cincinato, muerte de Espurio Melio
[14 ] Al siguiente día, después de establecer un servicio de guardia, bajó al foro y la plebe volvió la vista hacia él sorprendida por lo inesperado de la situación, y el propio Melio y sus partidarios vieron que iba dirigida contra ellos la fuerza de una forma de poder de [2] tanto alcance. Como los que no estaban al tanto de la trama monárquica se andaban preguntando qué revuelta, qué guerra repentina había hecho necesaria la imponente autoridad de un dictador y poner a Quincio, a sus ochenta [3] años cumplidos, al frente del gobierno del Estado, Servilio, el jefe de la caballería, fue enviado por el dictador a decir a Melio: «Te llama el dictador.» Al preguntar aquél, temblando, qué quería y exponerle Servilio que tenía que defenderse y refutar la acusación presentada por Minucio ante el senado, Melio se refugió entre el grupo de los suyos: [4] primeramente, trataba de esconderse mirando en todas direcciones; después, como el subalterno se lo llevaba por orden del jefe de caballería, fue liberado por los circunstantes y, huyendo, pedía la ayuda de la plebe romana y decía [5] que había una conspiración de los patricios para hundirlo, porque se había portado bien con la plebe; les pedía que le prestasen ayuda en aquella situación de extremado peligro y no dejasen que se le degollase ante sus propios ojos. Mientras dice esto a gritos, Servilio Ahala le da alcance y [6] lo mata, y salpicado de sangre, escoltado por un grupo de jóvenes patricios, vuelve a comunicar al dictador que Melio, llamado a su presencia, después de rechazar al subalterno estaba sublevando a la multitud y ha recibido el castigo merecido. Entonces el dictador dijo: «Enhorabuena [7] por tu valor, Gayo Servilio, has salvado a la república» 21 .
Mandó, luego, convocar a asamblea a la multitud, que [15 ] andaba inquieta sin saber cómo valorar el hecho, y declaró que Melio había sido muerto merecidamente, aun en caso de ser inocente del delito de aspirar al trono, porque, llamado por el jefe de caballería a presencia del dictador, no había acudido; que él había tomado asiento para instruir la [2] causa, y que, una vez instruida, Melio hubiese corrido la suerte que correspondiese a su causa; al recurrir a la fuerza para no someterse a juicio, se le había castigado por la fuerza; y no se le debía haber dado el tratamiento correspondiente [3] a un ciudadano: nacido en pueblo libre en el seno de la justicia y las leyes, en una ciudad de la que sabía que habían sido expulsados los reyes, y en el mismo año los hijos de la hermana del rey y del cónsul libertador de la patria habían sido decapitados por su padre por ser convictos de un complot para restablecer la monarquía en Roma; [4] en una ciudad en la que a Colatino Tarquinio, cónsul, por odio a su nombre se le había hecho dimitir de su cargo y exiliarse; en la que a Espurio Casio, algunos años después, se le había castigado con la muerte por haber planeado ser rey; en la que, no hacía mucho, los decénviros habían pagado con sus bienes, con el exilio, con la vida su soberbia de reyes; en una ciudad así, Espurio Melio se había [5] forjado esperanzas de ser rey. Y ¿quién era aquel hombre? Aunque no hay nobleza, ni cargos, ni merecimientos que franqueen a nadie el camino hacia el poder absoluto, al menos en el caso de los Claudios, de los Casios, los consulados, los decenviratos, los altos cargos suyos y de sus antepasados, la gloria de sus familias, habían impulsado su [6] ambición hasta donde no está permitido; ¡pero que un Espurio Melio, para quien el tribunado de la plebe era más de desear que de esperar, que un rico traficante de granos hubiera esperado comprar con dos libras de trigo la libertad de sus conciudadanos, que hubiera pensado que arrojándole comida podía atraer hacia la esclavitud al pueblo [7] vencedor de todos los vecinos, de forma que a quien la población apenas podría tragar como senador lo iba a soportar como rey, revestido de los distintivos y el poder de Rómulo su fundador, descendiente de los dioses, admitido entre los dioses! Más que un delito, esto había que [8] considerarlo una aberración. Y no bastaba que hubiese sido expiada con su sangre, si el techo y las paredes en cuyo interior se había fraguado semejante desvarío no eran arrasados y sus bienes, contaminados por el dinero de la compra de la monarquía, confiscados; que, por consiguiente, ordenaba a los cuestores vender aquellos bienes y revertir su importe al tesoro.
Ordenó, luego, que la casa fuese derruida de inmediato, [16 ] para que el solar hiciese recordar la represión de una esperanza criminal. El lugar recibió el nombre de Aequimaelium 22 . Lucio Minucio fue recompensado con un buey [2] dorado fuera de la puerta Trigémina, sin que ni siquiera la plebe se opusiese, porque distribuyó entre la plebe el trigo de Melio tasado en un as por modio 23 .
En algunos historiadores encuentro que este Minucio [3] pasó del patriciado a la plebe, y que, al ser cooptado como undécimo tribuno de la plebe, apaciguó un motín suscitado como consecuencia de la muerte de Melio. Mas es difícilmente [4] creíble que los patricios tolerasen un aumento en el número de tribunos, y que, precisamente, tal precedente fuese introducido por un patricio, y que la plebe, una vez concedido, no lo hubiese conservado después o no lo hubiese al menos intentado. Pero, sobre todo, prueba la falsedad de la inscripción de su busto el que, pocos años antes, se habían tomado medidas legales para que los tribunos no pudiesen elegir un colega.
Quinto Cecilio, Quinto Junio y Sexto Titinio habían [5] sido los únicos del colegio de tribunos que ni habían apoyado el proyecto de ley sobre los honores a Minucio ni habían cesado de acusar, unas veces, a Minucio y, otras, a Servilio ante la plebe ni de quejarse de la indignante muerte de Melio. Habían conseguido, por ello, que se celebrasen [6] elecciones de tribunos militares en lugar de cónsules, convencidos de que, entre seis puestos —pues éste era ya el número que se podía elegir—, serían elegidos algunos plebeyos, si manifestaban que iban a vengar la muerte de [7] Melio. La plebe, aunque estaba aquel año revuelta por agitaciones numerosas y diversas, no eligió más que tres tribunos con poderes de cónsul 24 y, además, uno de ellos fue Lucio Quincio, hijo del Cincinato por resentimiento hacia [8] cuya dictadura se buscaban tumultos. Más votos que Quincio los obtuvo Mamerco Emilio, hombre muy considerado; el tercer elegido fue Lucio Julio.
Defección de Fidenas. Guerra con Falerios, Veyos y Fidenas
[17 ] Durante su magistratura, Fidenas, colonia romana, se pasó a Larte Tolumnio, [2] rey de Veyos. A la defección se sumó un crimen mayor: por orden de Tolumnio dieron muerte a Gayo Fulcinio, Clelio Tulo, Espurio Ancio y Lucio Roscio, enviados por [3] Roma a preguntar los motivos del cambio de actitud. Disculpan algunos el crimen del rey, diciendo que, en una tirada afortunada de dados, una palabra suya de doble sentido interpretada por los fidenates como una orden de [4] matar a los delegados fue la causa de su muerte. Pero resulta increíble que, a la llegada de los fidenates, sus nuevos aliados, a consultarle acerca de una muerte que iba a quebrantar el derecho de gentes, no dejase de atender al juego, ni atribuyese después el crimen a una equivocación. [5] Es más verosímil que quisiese comprometer al pueblo de Fidenas para que, por la complicidad en un acto tan criminal, no pudiese abrigar esperanza alguna del lado de los [6] romanos. En los Rostros se levantaron a expensas del Estado unas estatuas de los delegados muertos en Fidenas.
Con Veyos y Fidenas, por ser pueblos limítrofes y, además, porque habían dado principio a las hostilidades con un acto tan criminal, se avecinaba una terrible lucha. [7] Consiguientemente, apaciguada la plebe y sus tribunos ante la preocupación por lo fundamental, no hubo problema alguno para que fueran nombrados cónsules 25 Marco Geganio Macerino por tercera vez y Lucio Sergio Fidenate. Llamado así, creo, por la guerra que hizo a continuación, pues fue él quien primero libró batalla, con éxito, a este [8] lado del Anio, con el rey de Veyos; pero alcanzó una victoria sangrienta. Fue, por ello, más profundo el dolor por la pérdida de ciudadanos, que la alegría por la derrota del enemigo, y el senado, como en las situaciones críticas, dispuso que fuese nombrado dictador Mamerco Emilio. Nombró éste jefe de caballería a un colega del año anterior, [9] en que ambos habían sido tribunos militares con poderes de cónsul, Lucio Quincio Cincinato, un joven digno de su padre. En el alistamiento efectuado por los cónsules fueron [10] incorporados viejos centuriones curtidos en la guerra y se compensó el número de bajas del último combate. El dictador ordenó que le siguieran como legados Tito Quincio Capitolino y Marco Fabio Vibulano. Tanto la dictadura [11] como la persona a la altura de la misma hicieron que los enemigos cruzando el Anio se retirasen del territorio romano; ocuparon con su campamento al replegarse las colinas situadas entre Fidenas y el Anio, y no bajaron a terreno llano hasta que llegaron en su ayuda las legiones de Falerios 26 . Por fin, entonces, los etruscos acamparon ante [12] las murallas de Fidenas. También el dictador romano se asentó no lejos de allí, en la Confluencia, en las márgenes de ambos ríos 27 , levantando la empalizada por donde era posible prolongar la fortificación. Al día siguiente presentó batalla.
Entre los enemigos, los pareceres eran diversos. Los [18 ] faliscos, que llevaban a regañadientes una campaña lejos de su tierra y confiaban bastante en sí mismos, reclamaban la lucha; los veyentes y fidenates cifraban más sus esperanzas [2] en la prolongación de la guerra. Tolumnio, aunque estaba más de acuerdo con el parecer de los suyos, anunció que presentaría batalla al día siguiente, no fuese a ser que los [3] faliscos no aguantasen una campaña larga. Al dictador y a los romanos, el que el enemigo hubiese rehuido el combate les acrecentó la moral, y al siguiente día, cuando ya los soldados murmuran que asaltarán el campamento y la ciudad, si no se da posibilidad de combatir, por ambas partes los ejércitos salen al centro de la planicie entre los dos [4] campamentos. Los veyentes, dotados de grandes efectivos, enviaron algunos a rodear los montes para atacar el campamento romano durante el combate. Los ejércitos de los tres pueblos se situaron en formación, de modo que los veyentes ocupaban el ala derecha, los faliscos la izquierda y [5] el centro los fidenates. El dictador se enfrentó a los faliscos por el ala derecha, por la izquierda Quincio Capitolino a los veyentes; el jefe de la caballería, al frente de la misma, [6] se adelantó a cubrir el centro. Hubo un momento de silencio y de inmovilidad, al no estar los etruscos dispuestos a trabar combate, si no se veían forzados, y estar el dictador con la mirada puesta en la ciudadela de Roma para recibir de los augures desde ella la señal convenida tan pronto [7] como las aves fuesen debidamente favorables. Nada más ver la señal, lanzó, primero, a la caballería contra el enemigo dando el grito de guerra; la infantería, detrás, chocó [8] con enorme fuerza. La infantería etrusca no resistió por ningún lado la carga de los romanos; su caballería ofrecía una tremenda resistencia, y el propio rey, con mucho el más esforzado de los jinetes, galopando en todas direcciones contra los romanos que les perseguían dispersos, alargaba el combate.
Había, entonces, en caballería un tribuno militar, Aulo [19 ] Cornelio Coso, de extraordinaria planta, de igual valor y fuerza, consciente de la categoría de su estirpe, que recibió muy grande y transmitió a sus descendientes acrecida y multiplicada. Al ver éste que en los escuadrones romanos [2] cundía el desconcierto ante los ataques de Tolumnio a dondequiera que se dirigía, y reconocer a éste con su indumentaria real desplazándose al vuelo por todo el frente, dijo: «¿Éste es el que rompe los pactos entre los [3] hombres y viola el derecho de gentes? Ahora mismo voy yo a inmolar, si es que los dioses quieren que haya sobre la tierra algo sagrado, esta víctima a los manes de los legados.» Picando espuelas, lanza en ristre se dirige contra [4] aquel único enemigo; después de derribarlo herido del caballo, inmediatamente salta también él a tierra apoyándose en la lanza; con la bloca de su escudo hace caer de [5] espaldas al rey que trata de incorporarse y, golpeándolo repetidas veces, lo clava en tierra con su lanza. Arranca, entonces, al cuerpo exangüe los despojos, le corta la cabeza y, paseándola victorioso sobre una pica, dispersa a los enemigos ante el espanto de la muerte de su rey. Así fue desbaratada incluso la caballería, que por sí sola había mantenido incierto el resultado del combate. El dictador [6] acosa a las legiones puestas en fuga, las rechaza hacia el campamento y las destroza. Muchos de los fidenates, gracias a su conocimiento del terreno, huyeron hasta los montes. Coso cruzó el Tíber con la caballería y trajo a Roma un enorme botín del territorio de Veyos. Durante la batalla [7] hubo lucha también en el campamento romano contra el contingente de tropas enviadas por Tolumnio, como ya se ha dicho, al campamento. Fabio Vibulano defendió, primero, [8] la empalizada con un cordón de soldados; después, mientras el enemigo estaba atento a la empalizada, salió con los triarios por la puerta principal derecha y cayó sobre él repentinamente. Con el pánico que esto les infundió hubo una matanza menor que en el frente porque eran menos numerosos, pero la huida no fue menos desordenada.
Los segundos despojos opimos
[20 ] Conseguida la victoria en todos los frentes, el dictador, por un decreto del senado ratificado por el pueblo, entró en [2] triunfo en Roma. El espectáculo mayor, con mucho, del triunfo lo constituyó Coso portando los despojos opimos del rey muerto. Los soldados le cantaban versos libres comparándolo con [3] Rómulo. Colgó los despojos como ofrenda, con una solemne dedicación, en el templo de Júpiter Feretrio al lado de los despojos de Rómulo, que fueron los primeros en recibir el nombre de opimos y eran los únicos hasta entonces; había atraído hacia sí del carro del dictador las miradas de los ciudadanos y se había llevado casi en exclusiva [4] el fruto de la gloria de aquel día. El dictador depositó en el Capitolio una corona de oro de una libra de peso, pagada por el tesoro a petición del pueblo, como ofrenda a Júpiter.
[5] Siguiendo a todos los historiadores que me han precedido, he expuesto que Aulo Cornelio Coso, tribuno militar, llevó al templo de Júpiter Feretrio los segundos despojos [6] opimos; ahora bien, aparte de que en rigor se consideran opimos los despojos que un general arrebató a otro, y no conocemos más general que aquel bajo cuyos auspicios se hace la guerra, la propia inscripción colocada bajo los despojos demuestra, contra ellos y contra mí, que Coso era [7] cónsul cuando se hizo con ellos. Yo, habiendo oído decir a César Augusto, que ha erigido o restaurado todos los templos, que cuando entró en el templo de Júpiter Feretrio, restaurado por él cuando debido a los años se desmoronó, leyó personalmente esta inscripción en la coraza líntea, pensé que era casi un sacrilegio privar a Coso, con relación a sus despojos, del testimonio de César, que reedificó el propio templo. Si hay en esta cuestión un error debido a [8] que los anales, tan antiguos, y los libros de magistrados, de tela, depositados en el templo de Juno Moneta, cuyo testimonio Licinio Macro invoca con frecuencia, sitúan el consulado de Aulo Cornelio Coso únicamente seis años más tarde junto con el de Tito Quincio Peno, es algo que cada cual decidirá. Porque a esto hay que añadir, además, que [9] tan brillante combate no puede ser retrotraído hasta ese año, puesto que hubo casi un trienio sin guerras, debido a una epidemia y una carencia absoluta de frutos de la tierra por las fechas en que Aulo Cornelio fue cónsul, hasta el extremo de que algunos anales, como en señal de luto, no mencionan nada más que los nombres de los cónsules. Dos [10] años después de su consulado, Coso aparece como tribuno militar con poderes de cónsul, y el mismo año como jefe de la caballería, mando durante el que libró un nuevo combate ecuestre notable. Las conjeturas sobre este particular son libres, pero, a mi entender, vanas, puesto que el protagonista [11] del combate, al depositar los despojos aún frescos en el sagrado recinto, teniendo a la vista casi al propio Júpiter a quien los había ofrendado y a Rómulo, testigos no desdeñables de un título falso, escribió de sí mismo «Aulo Cornelio Coso, cónsul».
Epidemia. Amenazas del exterior. Toma de Fidenas
Durante el consulado de Marco Cornelio [21 ] Maluginense y Lucio Papirio Craso 28 los ejércitos marcharon sobre los territorios de Veyos y Falerios. Cogieron un botín de hombres y animales; no encontraron [2] por ninguna parte al enemigo en el llano y no hubo ocasión de combatir; no se atacó, sin embargo, a las ciudades, porque la población fue acometida por una epidemia. [3] Hubo también tentativas de revueltas en Roma, sin que llegasen a cuajar, por parte de Espurio Melio, tribuno de la plebe; éste, pensando que, gracias a la popularidad de su nombre, provocaría algún disturbio, había demandado a Minucio y había presentado una proposición de ley sobre [4] la confiscación de los bienes de Servilio Ahala, argumentando que Minucio había envuelto a Melio en falsas acusaciones y echando en cara a Servilio la muerte de un ciudadano que no había sido condenado; estos alegatos tuvieron ante el pueblo menos peso aún que el propio autor de los [5] mismos. Por otra parte, había preocupación por la incidencia, cada día mayor, de la epidemia y los sucesos aterradores y prodigiosos, sobre todo el anuncio de que en el campo las casas se venían abajo a consecuencia de los temblores de tierra. El pueblo hizo, por ello, una rogativa por prescripción de los duúnviros.
[6] Al año siguiente 29 , en que fueron cónsules Gayo Julio por segunda vez y Lucio Virginio, la intensificación de la epidernia provocó tal pánico y tales estragos en la ciudad y en el campo, que nadie salió del territorio romano a saquear, ni pensaron en hacer la guerra los patricios ni la [7] plebe; es más, los fidenates, que primeramente se habían mantenido en sus montañas o dentro de sus murallas, bajaron [8] a saquear el territorio romano. Después llamaron al ejército de Veyos —pues, a los faliscos, ni la desastrosa situación de los romanos ni los ruegos de sus aliados consiguieron decidirlos a reanudar la guerra—, y los dos pueblos cruzaron el Anio y clavaron sus enseñas no lejos de la [9] puerta Colina. Cundió en la ciudad el pánico tanto como en el campo. El cónsul Julio despliega las tropas sobre los terraplenes y las murallas, Virginio consulta al senado en el templo de Quirino. Se aprueba nombrar dictador a Quinto Servilio, cuyo sobrenombre era Prisco según unos, Estructo según otros. Virginio esperó a consultar a su [10] colega y, con el consentimiento de éste, nombró por la noche al dictador, que nombró jefe suyo de caballería a Póstumo Ebucio Helva.
El dictador ordena que, al amanecer, estén todos fuera [22 ] de la puerta Colina. Todos aquellos a quienes sus fuerzas les permitían llevar armas se presentaron. Se sacan del tesoro las enseñas y se las llevan al dictador. Mientras esto [2] se llevaba a efecto, el enemigo se retiró a posiciones más elevadas. El dictador se dirigió hacia allí con la columna en son de ataque; se produjo el choque no lejos de Nomento 30 , y puso en fuga a las legiones etruscas, las empujó luego al interior de la ciudad de Fidenas y la cercó con una empalizada. Pero ni se podía con escalas tomar la [3] ciudad, alta y fortificada, ni el asedio tenía fuerza alguna, porque tenían trigo no sólo suficiente para lo que necesitaban, sino, incluso, sobreabundante por haberse aprovisionado con antelación. Perdida, pues, la esperanza de un [4] asalto, así como la de forzar una rendición, el dictador decidió excavar, en una zona conocida por su cercanía y situada en el lado posterior de la ciudad, muy poco vigilado porque debido a su situación era muy seguro, una galería en dirección a la ciudadela. Él, presentándose ante [5] las murallas por los puntos más opuestos, dividido el ejército en cuatro cuerpos para que se relevasen unos a otros en la lucha, atacando ininterrumpidamente día y noche, desviaba de las obras la atención del enemigo, hasta que, [6] una vez perforado el monte, el pasadizo subió hasta la ciudadela; y mientras los etruscos tenían la atención distraída del peligro real y vuelta hacia las inconsistentes amenazas, el grito de guerra enemigo sobre sus cabezas les hizo ver que la ciudad estaba tomada.
[7] Aquel año los censores Gayo Furio Pacilo y Marco Geganio Macerino llevaron a cabo el reconocimiento de un edificio público en el Campo de Marte, y en él se realizó por primera vez el censo.
Etruria amenaza guerra. Nombramiento de dictador. Recortes de éste a la censura
[23 ] Al año siguiente 31 fueron reelegidos los mismos cónsules, Julio por tercera vez y Virginio por segunda, según encuentro [2] en Licinio Macro. Valerio Anciate y Quinto Tuberón dan como cónsules de este año a Marco Manlio y Quinto Sulpicio. Por otra parte, aun habiendo tal discrepancia en las versiones, tanto Tuberón como Macro aducen el testimonio de los libros línteos; ni uno ni otro ocultan que, según los autores antiguos, hubo aquel año [3] tribunos militares. Licinio se inclina por seguir, sin ninguna duda, los libros línteos, Tuberón no está seguro de cuál es la verdad. Entre las demás cuestiones cubiertas por el velo de su antigüedad, quede también ésta en la incertidumbre.
[4] Cundió en Etruria el pánico tras la toma de Fidenas, aterrados no sólo los veyentes por temor a una destrucción similar, sino también los faliscos por el recuerdo de que, al principio, habían emprendido en común con ellos la guerra, aunque no los habían secundado en la nueva ofensiva [5] bélica. Consecuentemente, las dos ciudades enviaron legados a los doce pueblos y lograron que se convocase, junto al templo de Voltumna 32 , una asamblea de toda Etruria. Ante la amenaza del gran levantamiento consiguiente, el senado dispuso que Mamerco Emilio fuese nombrado de [6] nuevo dictador. Nombró éste jefe de caballería a Aulo Postumio Tuberto y se hicieron los preparativos bélicos con tanto mayor empeño que en la guerra precedente, cuanto el peligro que representaba Etruria entera era mayor que el que habían representado dos pueblos.
Aquella situación se desenvolvió bastante más pacíficamente [24 ] de lo que todos esperaban. Y, así, cuando unos [2] mercaderes informaron de que se les había negado ayuda a los veyentes y se les había dicho que llevasen adelante, con sus propias fuerzas, una guerra que ellos habían tenido la idea de iniciar y no buscasen, en la adversidad, unos aliados con los que no habían puesto en común sus esperanzas cuando estaban intactas, el dictador, para que su nombramiento [3] no fuese inútil, una vez desaparecido el motivo para buscar la gloria en la guerra, deseando hacer algo en la paz que hiciese recordar su dictadura, se dispuso a recortar la censura, bien por considerar excesivos sus poderes, o bien molesto no tanto por la importancia del cargo como por su duración. Reunida, pues, la asamblea, dijo que los dioses [4] inmortales habían tomado a su cargo la gestión de los asuntos públicos en el exterior y la seguridad general; que él iba a velar por la libertad del pueblo romano en lo referente a la política de muros para adentro; pero que la mayor salvaguarda de esa libertad radicaba en que los altos cargos no fuesen de larga duración, y se impusiese una limitación en el tiempo a quienes no se les podía imponer en las atribuciones legales; que las otras magistraturas eran [5] anuales, la censura quinquenal, y era duro vivir durante tantos años, un largo tramo de la vida, sometidos a las mismas personas; que él iba a proponer una ley en orden a que la censura no durase más que un año y medio. Logró [6] que el pueblo, al día siguiente, aprobara la ley por abrumadora mayoría y dijo: «Para que comprobéis prácticamente, Quirites, qué poco me gustan los mandatos de larga duración, dimito de dictador.» Después de abandonar su [7] cargo e imponer una limitación a otro, fue llevado hasta su casa en medio de las felicitaciones y la enorme simpatía del pueblo. Los censores, disgustados, suprimieron la adscripción de Mamerco a una tribu «por haber recortado una magistratura del pueblo romano», multiplicaron por ocho [8] sus impuestos y lo hicieron «erario» 33 . Esta medida la sobrellevó, dicen, con grandeza de espíritu, pensando más en los motivos de la humillación que en la humillación misma; los patricios principales, aunque no hubieran querido que se recortasen los derechos de la censura, se sintieron molestos por el resentimiento de que habían dado muestras los censores, pues cada cual veía que iba a ser más largo y frecuente su sometimiento a los censores que [9] su ejercicio de la censura; la indignación que se produjo en el pueblo fue tan grande, dicen, que nadie, a no ser el propio Mamerco, tuvo autoridad para librar a los censores de la violencia.
Tensiones electorales. Ecuos y volscos a la ofensiva en el Álgido. Victoria del dictador
[25 ] Los tribunos de la plebe, oponiéndose a las elecciones consulares con un empeño incesante, cuando la situación se veía prácticamente abocada a un interregno consiguieron, al fin, que se eligiesen tribunos militares con poderes de [2] cónsul. El fruto que se esperaba de esta victoria, la elección de un plebeyo, no lo obtuvo nadie: fueron elegidos, todos patricios, Marco Fabio Vibulano, Marco Folio y Lucio Sergio Fidenate 34 .
[3] La epidemia aquel año obligó a desentenderse de lo demás. Se hizo voto de un templo a Apolo por la salud del pueblo; los duúnviros, siguiendo los libros, hicieron muchas cosas para aplacar la cólera de los dioses y alejar del pueblo aquel azote: hubo, sin embargo, grandes pérdidas [4] en la ciudad y en el campo, ante la destrucción de que fueron objeto indiscriminadamente hombres y animales. Por miedo también al hambre subsiguiente a la epidemia, al estar afectados por la enfermedad los agricultores, se envió a buscar trigo a Etruria, al territorio Pontino y a Cumas y, finalmente, incluso a Sicilia. No se hizo mención [5] alguna a las elecciones consulares; tribunos militares con poderes de cónsul fueron elegidos, todos patricios, Lucio Pinario Mamerco, Lucio Furio Medulino y Espurio Posturnio Albo 35 .
Este año aminoró la virulencia de la enfermedad y, gracias [6] a las medidas tomadas anteriormente, la escasez de trigo no ofreció peligro. Se barajaron planes de guerra en [7] las asambleas de volscos y ecuos, y en Etruria en el templo de Voltumna. Aquí se aplazó por un año el asunto y, por [8] medio de un decreto, se tomaron medidas para que no se celebrase antes asamblea alguna, resultando inútiles las quejas del pueblo veyente de que se cernía sobre Veyos una suerte similar a la que había supuesto la destrucción de Fidenas.
Entretanto, en Roma, los notables de la plebe, que llevaban [9] largo tiempo ambicionando en vano cargos más altos, mientras en el exterior hay tranquilidad organizan reuniones en los domicilios de los tribunos de la plebe; allí [10] dan vueltas a secretos planes, se quejan de que la plebe los menosprecia de tal forma que, después de tantos años de elegirse tribunos militares con poderes de cónsul, ningún plebeyo ha tenido nunca acceso a tal cargo; muy previsores [11] han sido sus antepasados, piensan, al tomar medidas para que ningún patricio pudiese acceder a las magistraturas plebeyas, pues, si no, hubiesen tenido a patricios como tribunos de la plebe: tan poco los valoraban incluso los suyos, y no eran menos despreciados por la plebe que por [12] los patricios. Otros disculpan a la plebe y cargan las culpas sobre los patricios: sus intrigas y sus tretas hacen que el acceso a los cargos esté cerrado para la plebe; si pudiera la plebe tener un respiro de la mezcla de súplicas y amenazas suyas, emitiría los votos pensando en los suyos y, después [13] de cobrar apoyo, se haría incluso con el poder. Se aprueba, con el fin de erradicar las intrigas, que los tribunos propongan una ley que prohíba a los candidatos aumentar la blancura de sus vestimentas. Cuestión hoy irrelevante y que parece difícil que pudiera ser tomada en serio, pero que entonces encendió a patricios y plebe en una tremenda [14] pugna. Consiguieron, sin embargo, los tribunos que se aprobase la ley, y saltaba a la vista, dada la exaltación de los ánimos, que la plebe iba a inclinar hacia los suyos su favor. Para que no quedase éste en libertad, un senadoconsulto dispuso que se celebrasen elecciones consulares.
[26 ] El motivo fue una guerra repentina por parte de los ecuos y los volscos, de la que habían informado los latinos [2] y hérnicos. Tito Quincio Cincinato, hijo de Lucio, al que se le da también el sobrenombre de Peno, y Gneo Julio Mento fueron nombrados cónsules 36 . El espanto de la guerra [3] no se hizo esperar. Por medio de una ley sacra, que para ellos era el resorte más eficaz para forzar el servicio a las armas, se efectuó una leva; de cada uno de los dos pueblos salió un poderoso ejército y fueron a reunirse al [4] Álgido: allí acamparon a un lado los ecuos y al otro los volscos; los generales pusieron mayor cuidado que, en ninguna ocasión anterior, en la fortificación y el entrenamiento de sus hombres. Por ello los mensajeros llevaron a [5] Roma un mayor motivo de pánico. El senado acordó que se nombrase un dictador, porque aquellos pueblos, aunque vencidos repetidas veces, habían, no obstante, reanudado las hostilidades con un ímpetu mayor que en ninguna otra ocasión; además, la enfermedad se había llevado a una buena parte de la juventud romana; pero, sobre todo, la [6] mala disposición de los cónsules, las desavenencias entre ellos y los enfrentamientos en todas las deliberaciones, daban pánico. Hay quienes sostienen que estos cónsules sufrieron una derrota en el Álgido y que éste fue el motivo de que se nombrase un dictador. Lo que es un hecho comprobado [7] es que, enfrentados en lo demás, estuvieron de acuerdo en un punto contra la voluntad del senado: en no nombrar dictador, hasta que, como las noticias que llegaban era cada vez más alarmantes y los cónsules no se atenían a las decisiones del senado, Quinto Servilio Prisco, que había desempeñado de manera brillante los más altos cargos, dijo: «A vosotros, tribunos de la plebe, puesto que [8] se ha llegado a una situación límite, os hace un llamamiento el senado para que, en un momento tan crítico del Estado, forcéis a los cónsules en la medida de vuestros poderes a que nombren dictador.» Oídas estas palabras, los [9] tribunos, convencidos de que se les presenta una ocasión de incrementar su poder, hacen un aparte y, en nombre de su colegio, declaran públicamente que su decisión es que los cónsules presten oídos a las palabras del senado; que si se empecinan en contra del acuerdo de tan augusto estamento, ellos darán orden de que se los meta en prisión. Los [10] cónsules prefirieron que la victoria se la llevasen los tribunos antes que el senado, haciendo notar que los senadores habían hecho traición a los derechos del poder supremo y habían hecho pasar al consulado bajo el yugo de la potestad tribunicia, puesto que los cónsules podían, en virtud de tal potestad, ser obligados en algo por un tribuno y podían incluso ser encarcelados, lo último que un particular podía [11] temer. Le correspondió en suerte —pues ni siquiera en esto había acuerdo entre los colegas— nombrar dictador a Tito Quincio. Nombró éste dictador a Aulo Postumio Tuberto, su suegro, hombre enormemente autoritario, el cual nombró [12] a Lucio Julio jefe de la caballería. Se ordena simultáneamente el llamamiento a filas y el cierre de los tribunales, y toda la ciudad se dedica exclusivamente a preparar la guerra. Se deja para después de la guerra el examen de las causas de exención del servicio de armas: de esta forma incluso los que están en dudas optan por alistarse. Se ordenó a los hérnicos y latinos que suministrasen tropas; unos y otros pusieron empeño en obedecer al dictador.
[27 ] Todo esto se llevó a cabo con enorme rapidez y, después de dejar al cónsul Gneo Julio al cargo de la defensa de la ciudad y al jefe de la caballería Lucio Julio para atender a las necesidades imprevistas de la guerra, a fin de que si algo se precisaba en el campamento no sufriese demora, el dictador, repitiendo la fórmula del pontífice máximo Aulo Cornelio, hizo voto de celebrar con motivo de la guerra [2] unos grandes juegos; salió de Roma, compartió el ejército [3] con el cónsul Quincio y llegó hasta el enemigo. Igual que había visto los dos campamentos enemigos distantes entre sí un corto espacio, también ellos emplazaron sus campamentos a una milla del enemigo, más cerca de Túsculo el [4] dictador y de Lanuvio 37 el cónsul. De esta forma, los cuatro ejércitos y otros tantos atrincheramientos tenían en medio una planicie suficientemente amplia no sólo para pequeñas salidas de choque, sino incluso para desplegar sus frentes [5] unos y otros. Desde que se situaron los campamentos unos cerca de otros no cesaron las escaramuzas, consintiendo de buen grado el dictador que los suyos ensayasen sus fuerzas y concibiesen esperanzas de una victoria total después de probar gradualmente éxitos parciales. Así pues, los enemigos, [6] no esperando nada de una batalla en regla, atacan de noche el campamento del cónsul y corren el albur de un resultado incierto. El grito de guerra que estalló súbitamente despertó de su sueño no sólo a los centinelas del cónsul y, acto seguido, a todo su ejército, sino también al dictador. En la medida en que la situación requería medidas [7] inmediatas, el cónsul no anduvo falto de serenidad ni de ideas: una parte de sus tropas refuerza la guardia de las puertas, otra rodea en cordón la empalizada. En el otro [8] campamento, el del dictador, al ser menor el tumulto se advierte mejor qué medidas es necesario adoptar. Se envían refuerzos de inmediato al otro campamento, asignando el mando de los mismos al legado Espurio Albo; el propio dictador, con parte de las tropas, dando un pequeño rodeo, se dirige a una posición bien a resguardo del ataque desde la que caer por sorpresa sobre el enemigo por la espalda; al [9] legado Quinto Sulpicio le da el mando del campamento; al legado Marco Fabio le asigna la caballería y le ordena que, antes de que amanezca, no ponga en movimiento este cuerpo difícil de dirigir durante los ataques nocturnos. Todo lo que cualquier otro general experimentado y activo ordenaría y haría en una situación semejante, sistemáticamente lo ordena y lo realiza; una muestra notable de visión [10] y de decisión, y de un mérito nada común, fue el hecho de enviar a Marco Geganio, con unas cohortes escogidas, a atacar, a su vez, el campamento enemigo del que se había cerciorado que había salido mayor cantidad de tropas. Cuando éste cayó sobre unos hombres atentos a la suerte [11] de sus compañeros en peligro, desprevenidos en lo que a ellos mismos concernía, descuidadas las guardias y centinelas, tomó el campamento casi antes de que los enemigos se diesen cuenta cabal de que eran atacados. Luego, cuando el [12] dictador vio la señal dada, como se había acordado, por medio de humo, grita que el campamento enemigo ha sido tomado y ordena que se dé la noticia por todas partes.
[28 ] Despuntaba ya el día y todo estaba a la vista: Fabio había atacado con la caballería y el cónsul había hecho una salida del campamento contra unos enemigos entre los que [2] cundía ya el desconcierto; a su vez, el dictador había atacado por el otro lado a las tropas de reserva y a la segunda línea, y cuando el enemigo se revolvía hacia los gritos de guerra de procedencias distintas y el repentino ataque, le había echado encima por todas partes a su infantería y [3] caballería victoriosamente. Cercados, pues, allí en medio todos, hubiesen pagado hasta el último el castigo por haber reanudado la guerra, si uno de los volscos, Vetio Messio, hombre más conocido por sus hazañas que por su cuna, no hubiera increpado con voz sonora a los suyos que ya formaban [4] el círculo: «¿Vais a ofreceros aquí, dijo, a las armas del enemigo sin defenderos, sin vengaros? ¿Por qué, entonces, tenéis armas, o por qué habéis tomado la iniciativa de la guerra, alborotadores en la paz, cobardes en la guerra? ¿Qué cabe esperar aquí parados? ¿Es que pensáis que algún [5] dios os va a proteger y os va a sacar de aquí? Hay que abrirse camino con el hierro. Por donde veáis que yo voy delante, ¡vamos!, los que pensáis volver a ver hogares, padres, esposas, hijos, seguidme. No son murallas ni parapetos lo que tenemos delante, sino soldados frente a soldados: iguales en valor; la necesidad, que es el arma suprema [6] y la más importante, os hace superiores.» Siguiendo al que así se expresó e hizo lo que había dicho, después de lanzar de nuevo el grito de guerra presionan sobre el punto por el que Postumio Albo les había enfrentado sus cohortes; hicieron perder pie a los vencedores, hasta que el dictador acudió en ayuda de los suyos que retrocedían y toda la [7] batalla se centró en aquel punto. La suerte del enemigo descansa sobre un solo combatiente, Messio. Son muchas las heridas por ambas partes, muchas las muertes por doquier; ya ni siquiera los jefes romanos se libran de derramar su sangre peleando. Únicamente Postumio, [8] alcanzado por una piedra, con la cabeza rota, se retiró del frente; ni al dictador una herida en el hombro, ni a Fabio un muslo casi clavado al caballo, ni al cónsul la pérdida de un brazo los apartó de tan decisivo combate.
Messio, con una carga por entre los enemigos caídos, [29 ] con un puñado de los jóvenes más valientes abrió brecha hasta el campamento de los volscos, que aún no había sido tomado. Todo el ejército se dirige hacia allí. El cónsul, [2] después de perseguir a los fugitivos hasta la empalizada, lanza el ataque contra el propio campamento y contra el atrincheramiento; también el dictador, por otro lado, lleva sus tropas en la misma dirección. El asalto no es menos duro que lo había sido la batalla. Dicen que incluso arrojó [3] el cónsul una enseña al interior de la empalizada para que los soldados se lanzaran con más ardor, y que, al tratar de recobrar la enseña, se irrumpió por primera vez. Por su parte, el dictador, después de derribar la empalizada, había llevado ya la pelea al interior del campamento. Por todas [4] partes comenzaron entonces los enemigos a arrojar las armas y rendirse y, una vez tomado también este campamento, fueron vendidos todos los enemigos, a excepción de los senadores. La parte del botín que los latinos y los hérnicos reconocieron como suya les fue devuelta, el resto lo vendió el dictador a subasta, y después de dejar al cónsul el mando del campamento, él entró en triunfo en Roma y dimitió de dictador.
Vuelven sombrío el recuerdo de aquella dictadura [5] notable quienes refieren que Aulo Postumio hizo decapitar a un hijo suyo por haber abandonado sin permiso su puesto atraído por una oportunidad de conseguir un triunfo, a pesar de que tuvo éxito. Me resisto a creerlo, y [6] me está permitido al ser diversas las opiniones; sirve, además, de prueba el que se diga «órdenes a lo Manlio», no «a lo Postumio», siendo así que el primer responsable de un ejemplo tal de dureza debió ganarse un título de tan notable crueldad. Por otra parte, a Manlio se le dio el sobrenombre de Imperioso; Postumio no fue señalado con ninguna nota denigrante.
[7] El cónsul Gneo Julio, en ausencia de su colega, dedicó, sin echarlo a suertes, el templo de Apolo. Ofendido por ello, Quincio, cuando volvió a Roma después de licenciar a su ejército, presentó infructuosamente una queja al senado.
[8] A los grandes acontecimientos que dieron relieve a aquel año se suma el hecho, que entonces no pareció que tuviese nada que ver con Roma, de que los cartagineses, que iban a ser tan grandes enemigos, entonces por primera vez durante unas disensiones entre los sicilianos pasaron un ejército a Sicilia para ayudar a uno de los bandos.
Consulados varios. Sequía. Tribunos militares. Dictador
[30 ] Los tribunos de la plebe se movieron en Roma para que se eligiesen tribunos militares con poderes de cónsul, pero no pudieron conseguirlo. Resultan cónsules Lucio Papirio Craso y Lucio Julio 38 . Una legación de los ecuos pidió al senado una alianza, y, como lo que presentaban en lugar de una alianza era su [2] sometimiento, obtuvieron una tregua de ocho años; la situación entre los volscos, aparte del desastre sufrido en el Álgido, derivaba en altercados y sediciones, debido al contumaz enfrentamiento entre los partidarios de la paz y los [3] de la guerra; por todos lados hubo paz para Roma. Los cónsules, enterados por la indiscreción de uno de los miembros del colegio de que los tribunos preparaban una ley muy del agrado del pueblo sobre la cuantía de las multas, se anticiparon proponiendo ellos una.
Consulado de Lucio Sergio Fidenate, por segunda vez, [4] y Hostio Lucrecio Tricipitino 39 . Nada digno de mención se realizó durante este consulado.
Les sucedieron los cónsules Aulo Cornelio Coso y Tito Quincio Peno por segunda vez 40 . Los veyentes hicieron [5] incursiones en territorio romano. Circuló el rumor de que algunos jóvenes de Fidenas habían tomado parte en aquellos saqueos, y se encomendó la investigación de tal circunstancia a Lucio Sergio, Quinto Servilio y Mamerco Emilio. Algunos fueron confinados en Ostia, ya que no [6] estaba suficientemente claro por qué habían estado ausentes de Fidenas durante aquellos días; se incrementó el número de colonos, asignándoles las tierras de los que habían muerto en la guerra. Aquel año hubo dificultades [7] muy graves a causa de la sequía, y no sólo faltó el agua del cielo, sino que incluso la tierra, falta de su humedad natural, apenas tuvo suficiente para los cursos de agua perenne. La falta de agua en otros lugares amontonó a los animales, [8] que morían de sed en torno a los cursos secos de fuentes y arroyos; a otros se los llevó la sarna, y las enfermedades se extendieron a los hombres por contagio: primero, se cebaron en campesinos y esclavos; luego, fue invadida la ciudad. No fueron sólo los cuerpos presa de la epidemia, también [9] los espíritus se vieron asaltados por múltiples supersticiones, en su mayoría venidas del extranjero, introduciendo en las casas, con sus vaticinios, nuevos ritos de sacrificio los que sacan provecho de las mentes dominadas por el temor religioso; al fin, lo que ya era una vergüenza pública [10] llegó a los notables de la ciudad, al ver en todos los barrios y capillas sacrificios expiatorios extranjeros e insólitos, para pedir que los dioses se calmasen. Se encargó, entonnces, [11] a los ediles de que advirtiesen que no se diese culto nada más que a los dioses romanos, y en ningún otro rito que el nacional.
[12] Las represalias contra Veyos fueron aplazadas para el año siguiente, hasta el consulado de Gayo Servilio Ahala y [13] Lucio Papirio Mugilano 41 . También entonces un escrúpulo religioso impidió que se declarase la guerra de inmediato o se enviasen ejércitos; se pensó que había que enviar primero a los feciales a hacer la reclamación.
[14] Con Veyos se había librado batalla, hacía poco, en Nomento y Fidenas; a continuación, se había firmado no la paz sino una tregua, cuyo plazo había expirado, y habían reiniciado, además, las hostilidades antes de que se cumpliese; se enviaron, no obstante, los feciales; sus palabras, a pesar de haber prestado juramento y presentado la reclamación en la forma tradicional, no fueron escuchadas. [15] Hubo, luego, una discusión sobre si se declaraba la guerra por un mandato del pueblo, o era suficiente un senadoconsulto. Los tribunos, con la amenaza de que se opondrían al llamamiento a filas, consiguieron que el cónsul Quincio presentase al pueblo la propuesta de guerra. Todas las centurias [16] la aprobaron. La plebe se impuso también en otra cuestión: logró que no se nombrasen cónsules al año siguiente.
[31 ] Fueron nombrados cuatro tribunos militares con poderes de cónsul 42 : Tito Quincio Peno, cónsul saliente, Gayo [2] Furio, Marco Postumio y Aulo Cornelio Coso. Uno de ellos, Coso, quedó al frente de Roma; tres, efectuado el reclutamiento, marcharon a Veyos y constituyeron una prueba de lo poco útil que es para la guerra el mando de muchos. Siguiendo cada uno su propio plan, como a cada uno le parecía una cosa distinta, abrieron al enemigo la posibilidad de una buena oportunidad, pues los veyentes [3] atacaron, en el momento apropiado, a un ejército indeciso: al ordenar unos que se diera la señal de ataque y otros que se tocara a retirada. El campamento cercano dio cabida a unas tropas desorganizadas que volvían la espalda: fue, pues, mayor la vergüenza sufrida que la derrota. La población, [4] no acostumbrada a ser vencida, se llenó de tristeza; se aborrecía a los tribunos, se reclamaba un dictador: en él se cifraba la esperanza de la ciudad. Y como también en esto se interponía un escrúpulo religioso, pues un dictador sólo podía ser nombrado por un cónsul, consultados los augures eliminaron el escrúpulo. Aulo Cornelio nombró dictador [5] a Mamerco Emilio y él, a su vez, fue nombrado por éste jefe de la caballería; así, cuando las circunstancias de la ciudad requirieron una auténtica valía, el resentimiento de los censores no pudo impedir, en absoluto, que se buscase la dirección de los acontecimientos en una casa inmerecidamente censurada.
Los veyentes, crecidos por el triunfo, enviaron legados [6] a recorrer los pueblos de Etruria jactándose de haber derrotado a tres generales romanos en una sola batalla; pero, como no promovieron ninguna alianza oficial, con el señuelo del botín se atrajeron voluntarios de todas partes. Sólo el pueblo de Fidenas decidió reemprender la guerra, y [7] como si fuese una impiedad que la guerra tuviese un principio que no fuese el crimen, se unen a los veyentes, después de ensangrentar sus armas con la muerte de los nuevos colonos, igual que, anteriormente, con la de los legados. A continuación, los jefes de los dos pueblos deliberan [8] sobre si tomar a Veyos o a Fidenas como centro de las operaciones bélicas. Fidenas pareció más a propósito; por consiguiente, después de cruzar el Tíber los veyentes trasladaron a Fidenas el aparato bélico. En Roma el [9] pánico era tremendo. Se hizo venir de Veyos al ejército, y como las propias tropas estaban muy afectadas a raíz de la derrota, se establece el campamento delante de la puerta Colina, se sitúan soldados en los muros, se suspenden las actividades del foro, se cierran las tiendas y se toman todas las medidas más propias de un campamento que de una ciudad.
Guerra con Veyos y Fidenas, que es tomada de nuevo. Triunfo del dictador
[32 ] Entonces, el dictador, después de convocar a asamblea a la asustada población enviando pregoneros por los barrios, la [2] recriminó porque andaba con el alma en vilo ante tan leves cambios de la suerte, de forma que, al recibir un pequeño revés, debido, además, no al valor del enemigo ni a la cobardía del ejército romano, sino a la falta de entendimiento de los generales, se echaban a temblar ante los enemigos veyentes, seis veces vencidos, y ante Fidenas, tomada casi más veces que atacada; [3] romanos y enemigos son los mismos que a lo largo de tantos siglos; tienen el mismo valor, la misma fuerza, las mismas armas. Él es también el mismo dictador, Mamerco Emilio, que anteriormente aplastó, en Nomento 43 , a los ejércitos de Veyos y Fidenas a los que se habían unido los [4] faliscos; también el jefe de la caballería Aulo Cornelio será en el frente el mismo que en la última guerra, siendo tribuno militar: después de dar muerte a Larte Tolumnio, rey de Veyos, en presencia de los dos ejércitos, llevó los despojos [5] opimos al templo de Júpiter Feretrio. Que, por consiguiente, empuñasen las armas, teniendo presente que en su haber estaban los triunfos, en su haber los despojos, en su haber la victoria, y en el del enemigo: el crimen de haber dado muerte a los legados en contra del derecho de gentes, la muerte de los colonos de Fidenas en tiempo de paz, la violación de la tregua y siete defecciones desafortunadas. Tan pronto como los campamentos estuviesen frente a [6] frente, tenía la convicción de que a tan infames enemigos no les iba a durar mucho su alegría por la ignominia del ejército romano, y el pueblo romano iba a comprender [7] cuánto mayor era el servicio que habían prestado a la república quienes le habían hecho nombrar dictador por tercera vez, que quienes habían echado una mancha sobre su segunda dictadura por haber arrancado a la censura su tiranía. A continuación se pone en marcha, después de [8] pronunciar los votos, y acampa milla y media antes de Fidenas, cubierto a la derecha por las montañas y a la izquierda por el río Tíber. Al legado Tito Quincio le [9] ordena ocupar las alturas y situarse sin ser visto en una cumbre que quedase a espaldas del enemigo.
Él, al día siguiente, cuando los etruscos habían salido [10] en formación de combate llenos de moral por su buena suerte, mejor que victoria, del día anterior, después de demorarse un tanto hasta que los exploradores le anunciasen que Quincio había subido hasta la cima cercana a la ciudadela de Fidenas, inicia el avance y lanza las líneas de infantería en formación contra el enemigo a paso ligero; ordena al jefe de la caballería que no inicie la lucha sin que [11] se le mande, que él le dará la señal cuando sea precisa la ayuda de la caballería; que, entonces, actúe pensando en su combate contra el rey, pensando en la ofrenda opima, en Rómulo y en Júpiter Feretrio. Las legiones van al choque con enorme empuje. Los romanos, encendidos de odio, [12] llaman impíos a los fidenates, bandidos a los veyentes, violadores de treguas, manchados con el asesinato execrable de los legados, bañados en la sangre de sus colonos, aliados pérfidos, enemigos cobardes, y sacian su odio con hechos, a la vez que con palabras.
[33 ] Habían aplastado al enemigo nada más producirse el primer choque, cuando, de repente, se abren las puertas de Fidenas e irrumpe un extraño ejército, como hasta entonces [2] no se había oído ni visto: una enorme multitud armada con fuego, iluminada toda ella por teas encendidas, como arrebatada por un furor delirante se precipita sobre el enemigo; el insólito aspecto del combate provocó, por unos [3] instantes, el pánico entre los romanos. Entonces, el dictador llamó al jefe de la caballería y a sus jinetes; hizo, después, que acudiese Quincio desde los montes, y animando personalmente el combate acude corriendo al ala izquierda, que había retrocedido asustada por las llamas, en lo que [4] más parecía un incendio que una batalla, y, con voz vibrante, dice: «¿Vais a retroceder, vencidos por el humo como un enjambre de abejas, desalojados de vuestro puesto, ante un enemigo desarmado? ¿No apagáis esas llamas con las armas? Si hay que combatir con fuego y no con armas, ¿no va a arreglárselas cada cual para arrebatar [5] esas mismas antorchas y arrojarlas a su vez? ¡Vamos!, pensad en el nombre de Roma y en valor de vuestros padres y vuestro, y haced que este incendio se vuelva contra la ciudad enemiga, y con sus llamas destruid Fidenas, a la que no pudisteis mantener en paz con vuestros beneficios. Os lo piden la sangre de vuestros legados y vuestros confines [6] devastados.» Al mando del dictador toda la línea se pone en movimiento. Unas antorchas las recogen después de haber sido lanzadas, otras las arrebatan por la fuerza: [7] ambos frentes se arman de llamas. El jefe de la caballería encuentra, también él, un nuevo estilo de lucha ecuestre: ordena que les quiten los bocados a los caballos y él, en cabeza, picando espuelas, se lanza en medio de las llamas montando su caballo sin bridas, y los demás caballos arrancándose al instante llevan a sus jinetes en carrera desenfrenada [8] contra el enemigo. La polvareda que se levanta y se mezcla con el humo no deja ver a hombres ni monturas; el espectáculo que había atemorizado a los soldados no asustó en absoluto a los caballos; por dondequiera, pues, que pasaba la caballería causó estragos, como si de un hundimiento se tratara. Un nuevo grito de guerra se alza a [9] continuación, atrayendo en su dirección la atención sorprendida de uno y otro ejército, y el dictador grita que el legado Quincio y los suyos han atacado al enemigo por la espalda; él, a su vez, repetido el grito de guerra, lanza el ataque con mayor brío. Rodeados los etruscos y acosados [10] por el frente y por la espalda por dos ejércitos, por dos ataques opuestos, con la huida cortada hacia atrás hacia el campamento y también hacia los montes, dirección en la que se les había presentado el nuevo enemigo, y con jinetes llevados en todas direcciones por los caballos libres de bridas, los veyentes en su mayoría se dirigen en desbandada al Tíber y los fidenates supervivientes tratan de llegar a Fidenas. [11] La huida los empuja, en su desconcierto, al centro de la matanza; son degollados en las orillas del río; a otros, que se tiran al agua, se los llevan los remolinos; incluso los que saben nadar sufren el lastre del cansancio, las heridas y el pánico; pocos de entre tantos cruzan a nado al otro lado. El otro grupo se dirige a la ciudad a través del campamento. El ardor de la persecución empuja también en la [12] misma dirección a los romanos, sobre todo a Quincio y a los que acaban de bajar con él de los montes, hombres en plenitud de fuerzas, porque habían llegado al final de la batalla.
Éstos, después de cruzar la puerta mezclados con los [34 ] enemigos, suben a las murallas y dan a los suyos, desde lo alto del muro, la señal de que la ciudad está tomada. Al [2] avistarla el dictador — pues ya había entrado también él en el campamento enemigo abandonado—, lleva hacia la puerta a sus tropas ansiosas de correr a por el botín, haciéndoles concebir esperanzas de un botín mayor en la ciudad; una vez dentro del recinto amurallado, se dirige a la ciudadela, dirección en la que veía que corría el tropel de [3] fugitivos; la masacre no fue menor en la ciudad que en la batalla, hasta que, arrojando las armas, se entregan al dictador sin pedir nada más que la vida. La ciudad y el campamento [4] son entregados al pillaje. Al siguiente día, después de llevarse por sorteo cada soldado de a caballo y cada centurión un prisionero, y dos los que se habían distinguido por su valor, y después de vender en subasta a los demás, el dictador, al frente del ejército victorioso y cargado [5] de botín, volvió en triunfo a Roma; hizo que el jefe de la caballería dimitiera de su cargo y, después, dimitió él mismo, deponiendo en paz a los quince días un mando que había recibido en guerra en una situación crítica.
[6] Algunos analistas reseñaron que hubo también un combate naval contra los veyentes en Fidenas, cosa tan difícil como increíble, al no tener, ni siquiera en la actualidad, anchura suficiente para ello el río y ser, entonces, bastante [7] más angosto, según sabemos por los antiguos; a no ser, tal vez, que el choque de unas cuantas embarcaciones para impedir que se cruzara el río fuese magnificado, como suele ocurrir, buscando la gloria infundada de una victoria naval.
Pugna electoral: elección de tribunos militares, elección de cónsules
[35 ] Al año siguiente 44 fueron tribunos militares con poderes de cónsul Aulo Sempronio Atratino, Lucio Quincio Cincinato, Lucio Furio Medulino y Lucio [2] Horacio Barbato. Se les concedió una tregua de veinte años a los veyentes y de tres a los ecuos, aunque la habían pedido de más; en lo referente a disturbios interiores, hubo tranquilidad.
El año siguiente 45 , que no se significó ni por guerras en [3] el exterior ni por disturbios en el interior, fue famoso por los juegos prometidos cuando la guerra, debido a la fastuosidad de los tribunos militares y a la afluencia de forasteros del contorno. Eran tribunos con poderes de cónsul Apio [4] Claudio Craso, Espurio Nevio Rútulo, Lucio Sergio Fidenate y Sexto Julio Julo. El espectáculo fue aun más del agrado de los forasteros por la buena acogida por parte de sus huéspedes, que se habían comprometido a ello por acuerdo público.
Después de los juegos, los tribunos de la plebe pronunciaron [5] discursos sediciosos recriminando a la multitud porque, pasmada de admiración hacia quienes detestaba, eternizaba ella misma su esclavitud, y no sólo no se atrevía [6] a alentar la esperanza de tomar parte en el consulado, sino que ni siquiera en la elección de tribunos militares, comicios en los que se podía elegir indistintamente a patricios y plebeyos, se acordaba de sí misma ni de los suyos. Que [7] dejase, por tanto, de extrañarse de que nadie actuase de acuerdo con los intereses de la plebe: el esfuerzo y el riesgo se inclinan hacia donde hay expectativas de provecho y honor; no hay nada que el hombre no esté dispuesto a emprender, si los grandes esfuerzos tienen como objetivo grandes recompensas. Pero no se debe esperar ni exigir que [8] ningún tribuno de la plebe se lance ciego con riesgo enorme, sin ventaja alguna, a una lucha por la cual tiene la certeza, por una parte, de que los patricios, a los que se opone, le harán una guerra implacable, y, por otra, ante la plebe, por la que se bate, no va a gozar en absoluto de mayor consideración. Los grandes valores se generan con [9] grandes honores. Nadie se despreciaría a sí mismo por ser plebeyo, si dejase de ser despreciado. Se debe, en fin, hacer la experiencia en uno o dos casos, a ver si existe algún plebeyo capaz de soportar el peso de un alto cargo, o si es una especie de prodigio extraordinario el que surja algún [10] hombre valiente y esforzado de origen plebeyo. A viva fuerza se había conseguido que los tribunos militares con poderes de cónsul se eligiesen también de entre la plebe; se habían presentado candidatos hombres de probada valía política y militar: los primeros años habían sido objeto de ultrajes, rechazos, burlas por parte de los patricios; al fin, [11] habían dejado de ofrecer su mejilla a las afrentas. Ellos no ven por qué no abolir, incluso, una ley que da derecho a algo que nunca va a tener lugar: producirá, sin duda, menos rubor una falta de igualdad en los derechos, que verse preteridos por su propia bajeza.
[36 ] Los discursos de esta índole, aprobados por los oyentes, incitaron a algunos a presentarse como candidatos al tribunado militar, prometiendo que, durante su magistratura, propondrían en interés de la plebe, unos, unas leyes y, [2] otros, otras: se dejó traslucir la esperanza de repartir las tierras del Estado, de fundar colonias y de sacar el dinero para la paga de los soldados de un impuesto que gravaría a [3] los propietarios de tierras 46 . Los tribunos militares aprovecharon, después, el momento favorable, cuando la población estaba fuera de Roma y después de pasar aviso clandestinamente a los senadores a fin de que volviesen un día determinado, para elaborar un senadoconsulto en ausencia [4] de los tribunos de la plebe destinado a que saliesen los tribunos militares —puesto que corría el rumor de que los volscos habían entrado a saquear en territorio hérnico— a investigar el asunto y se celebrasen elecciones consulares. [5] Al marchar dejan de prefecto de la ciudad a Apio Claudio, hijo del decénviro, joven activo y ya desde la cuna imbuido de odio hacia los tribunos y la plebe. Los tribunos de la plebe no tuvieron con quién discutir, una vez consumados los hechos: ni con los autores del senadoconsulto, ausentes, ni con Apio.
Toma de Capua por los samnitas. Batalla contra los volscos: mal papel del cónsul, y relevante del decurión Tempanio
Fueron nombrados cónsules Gayo Sempronio [37 ] Atratino y Quinto Fabio Vibulano 47 .
Un hecho exterior, pero que merece ser recordado, tuvo lugar, dicen, este año. Volturno 48 , ciudad etrusca —la Capua actual—, fue tomada por los samnitas y llamada Capua por el nombre de su jefe, Capis, o más verosímilmente por su terreno «campestre» 49 . Pues bien, la [2] tomaron después de que los etruscos, agotados por la guerra, los admitieron a compartir la ciudad y sus tierras y, luego, un día de fiesta, los nuevos colonos atacaron y dieron muerte, durante la noche, a los antiguos habitantes entorpecidos por el sueño y los banquetes.
Cuando esto había tenido lugar, el trece de diciembre [3] comenzaron a ejercer su magistratura los cónsules citados. Entonces no sólo habían vuelto los que habían sido [4] enviados con esa finalidad anunciando la inminencia de una guerra por parte de los volscos, sino que, además, los legados latinos y hérnicos informaban de que nunca hasta entonces los volscos habían puesto mayor empeño en la selección de generales ni en el alistamiento de tropas; que [5] todo el mundo andaba comentando que, o bien se relegaban al olvido para siempre las armas y la guerra y se aceptaba el yugo, o no había que irles a la zaga en valor ni en aguante ni en conocimientos militares a los adversarios en la lucha por la supremacía. Sus informes no carecían de [6] base; pero ni aun así se inmutaron los patricios, y Gayo Sempronio, al cual le tocó en suerte aquella misión 50 , confiado en la suerte como en la cosa más inmutable, por el hecho de ser el jefe de un pueblo vencedor enfrentado a unos vencidos se comportó en todo de una manera temeraria [7] y descuidada, hasta el extremo de que había más disciplina romana en el ejército volsco que en el de Roma. La consecuencia fue que la fortuna, como tantas otras veces, [8] siguió al valor. En el primer combate, que Sempronio entabló a la ligera y sin tomar precauciones, se fue al choque sin dejar reservas que reforzasen las líneas y sin haber [9] situado adecuadamente a la caballería. El grito de guerra fue un indicio de los derroteros que la situación iba a tomar: el de los enemigos fue vivo y nutrido; el de los romanos, disonante, desigual, repetido con desgana, puso [10] en evidencia su pánico interno. Crecido, por ello, en su intrepidez el enemigo, acosa con los escudos, hace brillar las espadas. En el bando opuesto oscilan los yelmos al volverse las cabezas en una y otra dirección; se desconciertan [11] y, sin saber qué hacer, se apiñan en masa; las enseñas en unos casos resisten pero son abandonadas por quienes las cubren, en otros se refugian entre sus manípulos. No es aún claramente una huida ni una victoria: los romanos se cubren, en vez de pelear; los volscos avanzan, presionan sobre las líneas contrarias, ven que el enemigo muere, en vez de huir.
[38 ] El repliegue se da ya en todos los puntos, mientras el cónsul Sempronio increpa y alienta inútilmente. De nada [2] servía la autoridad ni la dignidad, y se hubiera vuelto la espalda al enemigo, si Sexto Tempanio, un decurión 51 de caballería, no hubiese salvado con su presencia de ánimo la ya tambaleante situación. Gritó éste con fuerte voz que los jinetes que quisiesen la salvación del Estado saltasen de sus caballos, y cuando todas las turmas de la caballería realizaron [3] el movimiento, como si se tratase de una orden del cónsul, dijo: «Si nuestra cohorte armada de pequeños escudos 52 no detiene el avance del enemigo, se acabó el imperio. Seguid mi lanza por bandera; demostrad a romanos y volscos que ni a caballo hay jinetes ni a pie hay soldados de infantería comparables a vosotros.» Acogida su [4] arenga con un clamor de aprobación, se adelanta llevando en alto la lanza. Por dondequiera que avanzan se abren paso a la fuerza; cubriéndose con los escudos se dirigen a aquellos puntos donde ven que los suyos están en mayores dificultades. El combate queda restablecido en todos los [5] sitios a los que su empuje los arrastra; sin lugar a dudas, si aquel puñado de hombres pudiera hacer frente a todo a la vez, el enemigo hubiera tenido que volver la espalda.
Como ya no los contenían en ninguna parte, el general [39 ] volsco da la consigna de que se le deje campo libre a aquella insólita cohorte de enemigos armados de pequeños escudos, hasta que, llevados de su empuje, queden separados de los suyos. Cuando esto se llevó a efecto, los jinetes, [2] cercados, no podían abrirse paso por donde habían avanzado, al agolparse en masa el enemigo allí donde habían abierto brecha; por su parte, el cónsul y las legiones romanas, [3] al no ver por ningún sitio a los que hacía poco habían servido de cobertura a todo el ejército, para evitar que el enemigo cercase y aplastase a tantos valientes se exponen a lo que sea. Divididos en dos frentes, los volscos contienen [4] en uno al cónsul y las legiones, en el otro acosan a Tempanio y sus jinetes. Éstos, después de intentar repetidas veces abrirse paso hacia los suyos sin conseguirlo, ocuparon un montículo y se protegían formando el círculo, devolviendo [5] golpe por golpe; la lucha continuó hasta llegar la noche. El cónsul, a su vez, sin interrumpir la pelea en ningún punto, [6] contuvo al enemigo mientras hubo algo de claridad. La noche interrumpió el combate aún por decidir. Debido al desconocimiento del resultado, ambos campamentos fueron presa de un pánico tal que, después de abandonar a los heridos y gran parte de la impedimenta los dos ejércitos, considerándose vencidos, se retiraron a los montes cercanos. [7] El montículo estuvo, no obstante, cercado hasta pasada la media noche. Cuando les llegó la noticia a los que lo asediaban de que el campamento había sido abandonado, pensando que los suyos habían sido vencidos huyeron también ellos por donde a cada uno lo llevó su [8] miedo en medio de la oscuridad. Tempanio, por temor a una celada, mantuvo allí a los suyos hasta el amanecer. Salió, luego, con unos cuantos a hacer personalmente un reconocimiento y, una vez cerciorado a base de preguntar a los enemigos heridos de que el campamento volsco estaba abandonado, lleno de alegría hace bajar a los suyos del [9] montículo y penetra en el campamento romano. Al encontrar allí una soledad y un abandono total y el mismo horror que en el campamento enemigo, antes de que los volscos regresasen al caer en la cuenta de su error, se lleva consigo a los heridos que puede y no sabiendo qué dirección había tomado el cónsul se dirige a Roma por el camino más corto.
[40 ] Había llegado ya allí la noticia de la batalla adversa y el abandono del campamento; había sido llorada sobre todo la caballería, y el duelo público no había sido menor que el [2] privado. El cónsul Fabio, al haber cundido el pánico también en Roma, ponía guardias ante las puertas, cuando fueron avistados a lo lejos unos jinetes, no sin miedo ante las dudas sobre su identidad; reconocidos enseguida, hicieron que el temor se convirtiese en una alegría tan intensa que se extendió por la ciudad el clamor de los que se felicitaban porque la caballería había retornado a salvo y victoriosa; desde las casas, poco antes llenas de tristeza en las [3] que se había dicho el último adión a los suyos, había carreras precipitadas hacia las calles y, temblorosas, las madres y esposas, olvidándose de las conveniencias a causa de la alegría, salían corriendo al encuentro de la columna arrojándose cada una sobre los suyos en cuerpo y alma casi locas de alegría.
A los tribunos de la plebe, que habían demandado a [4] Marco Postumio y a Tito Quincio por haber sido los causantes del desafortunado combate de Veyos, les pareció apropiado el momento para reavivar la ojeriza contra ellos aprovechando el encono actual contra Sempronio. Convocaron, [5] pues, la asamblea y dijeron a gritos que los generales habían hecho traición a la patria entregándola a Veyos y que, después, como ellos lo habían hecho impunemente, el cónsul había traicionado al ejército ante los volscos, había entregado a la muerte a unos soldados de caballería llenos de valentía, había abandonado el campamento de una manera vergonzosa. Entonces, uno de los tribunos, [6] Gayo Junio, mandó llamar al caballero Tempanio y, cuando estuvo en su presencia, le dijo: «Sexto Tempanio, yo te pregunto si, en tu opinión, el cónsul Gayo Sempronio entabló el combate a su debido tiempo o aseguró las líneas con fuerzas de reserva o cumplió en alguna medida con el deber de un buen cónsul, y si tú, una vez vencidas las [7] legiones romanas, resolviste por ti mismo que la caballería echase pie a tierra y restableciste el combate; si, después, cuando se te cortó el paso hacia nuestras líneas a ti y a tus jinetes, acudió el cónsul personalmente en tu ayuda o te envió apoyo; finalmente, si, al día siguiente, contaste con [8] alguna ayuda en alguna parte, o tú y tu cohorte os abristeis paso hasta vuestro campamento a base de valor; si es que encontrasteis en el campamento algún cónsul, algún ejército, o el campamento desierto y los soldados heridos [9] abandonados. De acuerdo con tu valor y tu lealtad, lo único que ha mantenido en pie a la república en esta guerra, esto es lo que debes decir hoy; por último, dónde está Gayo Sempronio, dónde nuestras legiones; si has sido tú abandonado o abandonaste al cónsul y al ejército; si somos, en fin, vencidos o vencedores.»
[41 ] En respuesta a estas preguntas, la intervención de Tempanio fue, dicen, poco cuidada, pero tuvo el peso característico del militar, sin envanecerse en la propia gloria, sin [2] recrearse en los fallos ajenos: sobre el alcance de los conocimientos militares de Gayo Sempronio, no era un soldado quien tenía que hacer un juicio de valor sobre su general, sino que lo había hecho el pueblo romano, al elegirlo cónsul [3] en los comicios. Que no le preguntasen a él sobre las resoluciones de un general o las cualidades de un cónsul, cuestiones que daban qué reflexionar incluso a los grandes caracteres y a los grandes talentos. Pero podía contar lo [4] que había visto. Pues bien, él había visto, antes de perder el contacto con el ejército, al cónsul batiéndose en primera línea, dando ánimos, moviéndose entre las enseñas romanas [5] y los dardos enemigos; después, él, cuando ya había perdido de vista a los suyos, se había dado cuenta, no obstante, por el fragor y los gritos de que el combate se había prolongado hasta la noche; y no creía que, debido a la multitud de enemigos, se hubiese podido romper hasta el montículo [6] que él había ocupado. Dónde estaba el ejército él lo ignoraba; suponía que, al igual que él mismo en una situación apurada había buscado en la protección del terreno la seguridad suya y la de los suyos, el cónsul habría buscado una posición más segura para el campamento, a fin de salvar [7] al ejército; y no creía que a los volscos les fuesen las cosas mejor que al pueblo romano: la casualidad y la noche lo habían llenado todo de equivocaciones recíprocas. Pidió, luego, que no lo retuvieran, que estaba agotado por el esfuerzo y las heridas. Entre encendidos elogios a su modestia tanto como a su valor, se le dejó marchar. Cuando esto ocurría, el cónsul, siguiendo la vía Labicana, [8] se encontraba ya en el santuario del Descanso. Carretas y otros medios de transporte enviados allí desde Roma recogieron al ejército quebrantado por el combate y la marcha nocturna. Poco más tarde, hizo su entrada en Roma el [9] cónsul, afanándose menos en exculparse que en ensalzar a Tempanio con merecidos elogios. Marco Postumio, que [10] había sido tribuno militar en funciones de cónsul en Veyos, presentado como acusado ante una población abatida por lo mal que se habían llevado las cosas e irritada con los generales, es condenado a una multa de diez mil ases librales. A su colega Tito Quincio, dado que contra los volscos, [11] como cónsul a las órdenes del dictador Postumio Tuberto, y en Fidenas, como legado del otro dictador Mamerco emilio, había llevado con éxito las operaciones, al cargar todas las culpas de aquella ocasión sobre su colega ya condenado lo absolvieron todas las tribus. Dicen que contó a su favor [12] el recuerdo de Cincinato, su padre, hombre respetable, y la avanzada edad de Quincio Capitolino que pidió, en tono de súplica, que no le hiciesen a él, para el poco tiempo de vida que le quedaba, llevar a Cincinato tan triste noticia.
Acusación contra el cónsul, presentada y retirada. Aumento de dos a cuatro censores, negociado
La plebe nombró tribunos de la plebe [42 ] en ausencia a Sexto Tempanio, Marco Aselio, Tiberio Antistio y Espurio Pulio 53 , a las órdenes de los cuales, a manera de centuriones 54 , se había puesto la caballería por iniciativa de Tempanio. El senado, [2] puesto que el nombre de cónsul resultaba molesto debido al odio contra Sempronio, hizo elegir tribunos militares con poderes de cónsul. Fueron elegidos Lucio Manlio Capitolino, Quinto Antonio Merenda y Lucio Papirio Mugilano.
[3] Nada más comenzar el año, el tribuno de la plebe Lucio Hortensio demandó a Gayo Sempronio, cónsul del año anterior. Cuatro de sus colegas, a la vista del pueblo romano, le pidieron que no vejase a su general, inocente, al [4] que sólo se le podía echar en cara su mala suerte. Hortensio lo tomó a mal, pensando que con ello se ponía a prueba su perseverancia y que el acusado no confiaba en los ruegos de los tribunos, hechos de manera ostentosa para salvar [5] las apariencias solamente, sino en su apoyo legal. Dirigiéndose, pues, unas veces a él, le preguntaba dónde estaba su orgullo de patricio, dónde su voluntad de apoyarse y confiar en su inocencia: en la sombra de los tribunos había [6] buscado cobijo un personaje consular; otras veces se dirigía a sus colegas: «Y vosotros, si sigo hasta el final con la acusación, ¿qué pensáis hacer? ¿Acaso arrancar sus derechos al [7] pueblo y dar al traste con la potestad tribunicia?» Ellos dijeron que el pueblo romano tenía sobre Sempronio, como sobre todos, un poder absoluto y que ellos ni pretendían ni podían suprimir un juicio del pueblo, pero que si sus ruegos en favor de un general que era para ellos como un padre no surtían efecto, ellos cambiarían con él de vestimenta. [8] Entonces, Hortensio dijo: «No verá la plebe romana a sus tribunos vestidos de duelo. No retengo más a Gayo Sempronio, puesto que durante su mando ha conseguido [9] hacerse querer tanto por su soldados.» El cariño de los cuatro tribunos, al igual que el talante de Hortensio al dejarse aplacar por sus justos ruegos, fueron del agrado tanto de la plebe como de los patricios.
[10] La fortuna no les sonrió por más tiempo a los ecuos, que habían acogido la dudosa victoria de los volscos como cosa propia.
Al año siguiente 55 , durante el consulado de Gneo Fabio [43 ] Vibulano y Tito Quincio Capitolino, hijo de Capitolino, bajo el mando de Fabio, al que había correspondido en suerte aquel área de competencias, nada memorable se llevó a cabo: nada más presentar los ecuos un medroso [2] frente, son puestos en fuga vergonzosa sin mayor gloria para el cónsul. Le fue, pues, negado el triunfo; pero, en razón de haber atenuado la ignominia de la derrota de Sempronio, se le concedió la ovación al hacer su entrada en Roma.
Si bien la guerra había finalizado con una lucha menos [3] dura de lo que se había temido, sin embargo, en Roma, en una situación de calma, estalló inesperadamente un cúmulo de discordias entre la plebe y los patricios, originadas en la cuestión de si se duplicaba el número de cuestores. La propuesta, [4] consistente en que se nombrasen, además de los cuestores urbanos, otros dos que asistiesen a los cónsules en los servicios militares, fue presentada por los cónsules y aprobada sin reserva alguna por el senado; entonces, los tribunos de la plebe iniciaron una lucha encaminada a que una parte de los cuestores, que hasta entonces habían sido patricios, fuesen elegidos de la plebe. A esta iniciativa, tanto cónsules como senadores [5] en un principio se opusieron con el mayor empeño; después, concediendo que, conforme a la práctica seguida en la elección de tribunos con poderes de cónsul, también en la de cuestores fuese libre la voluntad del pueblo, al no tener mucha aceptación esta propuesta prescinden por completo del tema de la ampliación del número de cuestores. Al dejarlo [6] ellos de lado lo retoman los tribunos y, acto seguido, surgen otras propuestas subversivas, entre ellas la de la ley agraria. Como el senado, a causa de esta agitación, prefería que se eligiesen cónsules más que tribunos, y no se lograba sacar un senado-consulto [7] debido al veto de los tribunos, el Estado pasó del consulado a su interregno 56 , y aun esto no sin enorme lucha, pues los tribunos impedían a los patricios reunirse.
[8] Después de pasar la mayor parte del año siguiente los nuevos tribunos de la plebe en enfrentamientos con varios interreyes, unas veces impidiendo los tribunos que los patricios se reunieran para nombrar interrey y, otras, vetando al interrey para que no sacase un senadoconsulto para la elección [9] de cónsules, al fin Lucio Papirio Mugilano, que había salido interrey, recriminando, bien a los senadores o bien a los tribunos de la plebe, recordaba que el Estado abandonado y olvidado por los hombres, tomado a su cuidado por la providencia de los dioses, se mantenía en pie gracias a la [10] tregua con los veyentes y a las vacilaciones de los ecuos. Si de ese lado surgía algún motivo de alarma, ¿les parecía bien que el Estado, privado de magistrado patricio, fuese aplastado, que no hubiese ejército, que no hubiese general para reclutar un ejército? ¿O es que pensaban alejar la guerra [11] exterior con una guerra intestina? Si éstas se producían a la vez, a duras penas se podría con la ayuda de los dioses impedir que el poderío de Roma se viniese abajo. ¿Por qué no buscaban, cediendo cada uno un poco de sus estrictos derechos, un principio de acuerdo siguiendo una vía intermedia: [12] los patricios consintiendo que se nombrasen tribunos militares en funciones de cónsules, y los tribunos de la plebe no poniendo el veto a que se eligiesen cuatro cuestores indistintamente de entre la plebe o el patriciado por libre sufragio del pueblo?
El cónsul Sempronio procesado y multado. La vestal Postumia, acusada
[44 ] Se celebraron, primero, los comicios para elegir tribunos. Fueron elegidos tribunos con poderes de cónsul, todos patricios, Lucio Quincio Cincinato por tercera vez, Lucio Furio Medulino por segunda, Marco Manlio y Aulo Sempronio Atratino. Presidió este tribuno las elecciones de [2] cuestores, y se presentaron candidatos, entre cierto número de plebeyos, un hijo de Aulo Antistio, tribuno de la plebe, y un hermano de Sexto Pompilio, otro tribuno de la plebe; pero ni su influencia ni su apoyo electoral pudieron evitar que fuesen preferidos por su nobleza aquellos a cuyos padres y abuelos se había visto de cónsules. Se enfurecieron [3] todos los tribunos de la plebe, y sobre todo Pompilio y Antistio, encendidos por el rechazo de los suyos: ¿qué significaba [4] aquello? ¡Que ni en razón de sus propios servicios, ni de las injusticias de los patricios, ni del deseo, en fin, de hacer uso de un derecho que antes no tenían se hubiese elegido a algún plebeyo, no ya tribuno militar, es que ni siquiera cuestor! ¡No haber servido de nada los ruegos de [5] un padre en favor de su hijo, de un hermano en favor de su hermano, tribunos ambos de la plebe, potestad sacrosanta, instituida para defender la libertad! Indudablemente allí había fraude, y Aulo Sempronio había puesto en juego en los comicios más habilidad que honradez; su queja era que por su falta de equidad los suyos habían sido desbancados del cargo. Por consiguiente, como a él, protegido por su [6] inocencia y por la magistratura que entonces desempeñaba, no se le podía atacar, volvieron sus iras contra Gayo Sempronio, primo carnal de Atratino, y lo demandaron por la ignominiosa guerra con los volscos, contando con la colaboración de su colega Marco Canuleyo. Acto seguido, los mismos tribunos presentaron [7] en el senado una moción sobre el reparto de tierras, medida a la que siempre se había resistido con la mayor energía Gayo Sempronio, persuadidos, como así era, de que, si cambiaba de parecer, los patricios iban a tomar con escaso interés su proceso, y si lo mantenía hasta el momento del juicio disgustaría a la [8] plebe. Prefirió exponerse a la impopularidad de frente y perjudicar su propia causa, antes que dejar desasistida la [9] causa pública, y se mantuvo firme en la misma opinión de que no se hiciese ninguna largueza que iba a redundar en provecho de los tres tribunos; no eran tierras para la plebe lo que se buscaba, sino odio contra él; que él también afrontaría aquella tormenta con fortaleza de espíritu, y que para el senado él o cualquier otro ciudadano no debía contar tanto que, por preservar a un individuo, se produjese [10] una desgracia colectiva. Sin perder nada de su entereza, cuando llegó el día, pronunció él mismo su propia defensa, los patricios recurrieron en vano a todo para aplacar a la plebe, y fue condenado a una multa de quince mil ases.
[11] Aquel mismo año una joven vestal, Postumia, tuvo que defenderse de la acusación de incesto 57 , sin haber incurrido en tal delito, por estar poco al abrigo de sospechas debido a lo cuidado de su atuendo y a su manera de ser menos [12] cohibida de lo conveniente en una doncella. Después de una ampliación del sumario a la que siguió la absolución, el pontífice máximo, por acuerdo del colegio, le indicó que se abstuviera de bromas y pusiera en su atuendo más modestia que sabiduría.
El mismo año, los de la Campania toman Cumas, ciudad entonces en poder de los griegos.
[13] Al año siguiente 58 fueron tribunos militares con poderes de cónsul Agripa Menenio Lanato, Publio Lucrecio Tricipitino y Espurio Naucio Rútulo.
Conato de rebelión de los esclavos. Guerra con ecuos y labicanos
El año, gracias a la buena suerte del [45 ] pueblo romano, se distinguió por un enorme peligro, más que por un enorme desastre. Los esclavos se conjuraron para incendiar Roma en puntos distantes entre sí y ocupar armados la ciudadela y el Capitolio, mientras la población estaba atenta en todas partes a prestar asistencia a los edificios. Júpiter desvió el criminal intento, y los culpables, [2] apresados gracias a la delación de dos de ellos, fueron castigados. Los delatores tuvieron como recompensa diez mil ases librales, que entonces se consideraba una fortuna, recibidos del tesoro en metálico, y la libertad.
Después, los ecuos reiniciaron los preparativos de guerra; [3] también llegó a Roma la noticia, de fuentes seguras, de que los labicanos, nuevos enemigos, hacían causa común con los antiguos. La ciudad estaba ya acostumbrada a las [4] hostilidades prácticamente anuales de los ecuos; a Labicos fueron enviados unos legados y, como trajeron de allí una respuesta ambigua, en la que no quedaba claro ni que la guerra estaba siendo preparada entonces ni que la paz iba a ser duradera, se les encargó a los tusculanos que estuvieran atentos a que no surgiese en Labicos ningún movimiento bélico inesperado.
Una legación llegó de Túsculo a ver a los tribunos militares [5] con poderes consulares del año siguiente 59 , tan pronto como entraron en funciones, Lucio Sergio Fidenate, Marco Papirio Mugilano y Gayo Servilio, hijo de Prisco, bajo cuya dictadura había sido tomada Fidenas. Los legados traían la noticia de que los labicanos habían [6] tomado las armas y, en unión del ejército de los ecuos, habían devastado el territorio de Túsculo y acampado en el [7] Álgido. Se les declaró, entonces, la guerra a los labicanos. Después de que un senadoconsulto dispuso que dos de los tribunos partieran para la guerra y uno se hiciese cargo de los asuntos de Roma, se produjo un súbito enfrentamiento entre los tribunos: cada uno de ellos se consideraba a sí mismo mejor jefe militar, y desdeñaba la administración de [8] la ciudad como tarea ingrata y oscura. Mientras los senadores contemplaban con asombro aquella pugna poco decorosa entre colegas, Quinto Servilio dijo: «Puesto que no hay respeto a nuestro estamento ni al Estado, la dignidad paterna pondrá fin a un altercado semejante. Mi hijo, sin echarlo a suertes, quedará al frente de Roma. Ojalá los que ansían ir a la guerra pongan más reflexión y entendimiento en dirigirla que en desearla.»
[46 ] Se acordó que el reclutamiento no se hiciese de entre todo el pueblo indistintamente; fueron sacadas a suerte diez tribus; de éstas fueron alistados los jóvenes, al frente de los cuales salieron para la guerra los dos tribunos. La pugna entre ellos, iniciada en Roma por un mismo afán de poder, se avivó mucho más intensamente en el campamento: nunca opinaban lo mismo, cada uno se aferraba a su parecer, quería que únicamente sus planes, sus órdenes, tuviesen validez; cada uno menospreciaba al otro y era [3] menospreciado por él, hasta que, al llamarles la atención los legados, al fin se arreglaron las cosas de forma que ejercerían [4] el mando supremo en días alternos. Cuando llegó noticia de ello a Roma, dicen que Quinto Servilio, al que había enseñado la edad y la experiencia, pidió a los dioses inmortales que la desavenencia entre los tribunos no fuese más funesta para el Estado de lo que lo había sido ante Veyos, y como si no tuviese duda de que se avecinaba un desastre, apremió a su hijo a que alistase tropas y preparase [5] armas. Y no resultó falso profeta; en efecto, a las órdenes de Lucio Sergio, que tenía el mando aquel día, en posición desventajosa por debajo del campamento enemigo, atraídos a ella por la vana esperanza de tomar por asalto el campamento porque el enemigo simulando miedo se había refugiado en la empalizada, en un ataque súbito de los ecuos fueron dispersados por la pendiente del valle y muchos de ellos, rodando más que huyendo, fueron aplastados y degollados; y el campamento, conservado a duras [6] penas aquel día, al día siguiente, rodeado ya en gran parte por el enemigo, es abandonado en vergonzosa huida por la puerta trasera. Los generales, los legados y lo que quedó de consistente del ejército en torno a las enseñas, se dirigieron a Túsculo. Los demás, diseminados por todas partes por [7] los campos, se dirigieron a Roma por muchos caminos anunciando una derrota mayor que la sufrida. La alarma [8] no fue mayor, porque los hechos se correspondían con los temores de la gente y porque había tropas de reserva sobre las que volver la vista en lo apremiante de la situación, preparadas por el tribuno militar. Siguiendo instrucciones [9] de éste, los magistrados inferiores sosegaron la agitación de la ciudad; enviados a toda prisa unos observadores, trajeron la noticia de que los generales y el ejército estaban en Túsculo y que el enemigo no había movido el campamento del mismo lugar. Además, y esto levantó mucho los ánimos, [10] fue nombrado dictador mediante un senadoconsulto Quinto Servilio Prisco, hombre cuyas dotes de previsión en asuntos públicos había comprobado la población con anterioridad en muchas otras ocasiones, pero, sobre todo, por el resultado de aquella guerra, ya que había sido el único en quien la rivalidad de los tribunos había suscitado recelos antes de que las cosas hubieran ido mal. Después de nombrar [11] jefe de la caballería al tribuno militar por quien él mismo había sido nombrado dictador, su propio hijo — según alguos autores, pues otros escritos dicen que fue Ahala Servilio el jefe de la caballería aquel año—, marchó [12] a la guerra con un nuevo ejército, hizo venir a los que estaban en Túsculo y acampó a dos millas del enemigo.
[47 ] A raíz del triunfo, el orgullo y el descuido de los generales [2] romanos habían pasado a los ecuos. Así, nada más iniciarse el primer combate, el dictador, después de desbaratar la primera línea enemiga con una carga de la caballería, dio orden de que avanzasen rápidamente las enseñas de la infantería y al único de sus portaestandartes que vacilaba [3] le dio muerte. Fue tal el brío que pusieron en la lucha, que los ecuos no aguantaron el ataque; vencidos en el frente, huyeron en desbandada hacia el campamento, y fue más corto en tiempo y menos intenso el asalto al campamento [4] que el combate. Tomado y saqueado el campamento, el dictador dejó el botín a los soldados y, como la caballería, después de perseguir al enemigo en su huida del campamento, volvió diciendo que todos los labicanos vencidos y gran parte de los ecuos se habían refugiado en [5] Labicos, al día siguiente el ejército marchó sobre Labicos y la plaza fue rodeada en cordón, tomada con escalas y [6] saqueada. El dictador llevó de nuevo a Roma al ejército victorioso y, al octavo día de su nombramiento, dimitió de su cargo. Muy oportunamente, antes de que los tribunos de la plebe promoviesen revueltas agrarias presentando una moción sobre el reparto del territorio de Labicos, el senado votó por gran mayoría el envío de una colonia a Labicos. [7] Mil quinientos colonos enviados desde Roma recibieron dos yugadas 60 cada uno.
Después de la toma de Labicos, siendo, a continuación, tribunos militares con poderes de cónsul 61 Agripa Menenio Lanato, Gayo Servilio Estructo y Publio Lucrecio Tricipitino, todos éstos por segunda vez, y Espurio Rutilio Craso, y al año siguiente 62 Aulo Sempronio Atratino por tercera [8] vez y Marco Papirio Mugilano y Espurio Naucio Rútulo, ambos por segunda vez, hubo un bienio de tranquilidad en el exterior y de discordias en el interior con motivo de las leyes agrarias.
Problemas con el reparto de tierras. Sucesivas tomas de Bolas por ecuos y romanos. El general Postumio muerto a pedradas por sus tropas
Los agitadores de las masas eran Espurio [48 ] Mecilio y Marco Metilio, tribunos de la plebe por cuarta y tercera vez, elegidos ambos cuando estaban ausentes. Habían [2] presentado un proyecto, en el sentido de que todo territorio conquistado al enemigo se repartiese a tanto por cabeza, y así por un decreto de la plebe se confiscaban los bienes de gran parte de la nobleza —pues, al [3] tratarse de una ciudad asentada en suelo extranjero, prácticamente no había tierra alguna que no hubiese sido conseguida por las armas, y nadie, a excepción de la plebe, tenía tierras que hubiesen sido vendidas o asignadas por el Estado—. Parecía avecinarse un tremendo enfrentamiento [4] entre la plebe y los patricios. Y los tribunos militares, reuniendo, unas veces, al senado y, otras, a los notables en asambleas privadas, no encontraban una salida. Entonces [5] Apio Claudio, biznieto del que había formado parte del decenvirato legislativo, el más joven de la asamblea de senadores, dicen que dijo que él brindaba una vieja solución [6] de familia, pues su bisabuelo Apio Claudio había señalado a los patricios el único camino para destruir el poder tribunicio: la oposición entre colegas. Los hombres [7] «nuevos» fácilmente cambian de parecer por influencia de los notables, si se utiliza un lenguaje a tenor de las circunstancias más que del rango. Son sus intereses los que los [8] animan: cuando vean que los colegas que van en cabeza en la gestión de este asunto se les adelantan en granjearse todo [9] el favor de la plebe sin dejarles un lugar a ellos, no les costará mucho inclinarse a favor de la causa del senado, para ganarse con ello bien al estamento entero bien a los [10] senadores más importantes. Todos asienten y, de manera especial Quinto Servilio Prisco alaba al joven por no haber degenerado de la estirpe de los Claudios, y se encarga a cada uno que atraiga a la oposición a los miembros del [11] colegio de tribunos que le sea posible. Una vez levantada la sesión del senado, los tribunos se ven solicitados por sus principales miembros. Sugiriendo, advirtiendo y prometiendo que ello les sería grato a ellos en particular y grato [12] al senado en general, ganaron a seis para la oposición. Al día siguiente, al hacerse en el senado referencia, según lo convenido, a los disturbios que Mecilio y Metilio concitaban [13] con una dadivosidad de muy mal ejemplo, los principales senadores tuvieron unas intervenciones en la línea de decir cada uno de ellos que ni se le ocurría una solución, ni veía por lado alguno ningún otro recurso que la ayuda de los tribunos; que el Estado asediado, se acogía como un [14] particular desvalido a la lealtad de esta potestad; glorioso sería para ellos y para su potestad que no hubiese en el tribunado una fuerza mayor para hostigar al senado y promover la desavenencia entre las clases, que para oponer [15] resistencia a unos colegas inicuos. Brotó, a continuación, un griterío generalizado en el senado, al llamar a los tribunos desde todos los rincones de la curia. Entonces, restablecido el silencio, los que habían sido predispuestos por influjo de los notables aclaran que ellos se opondrán a un proyecto, presentado por sus colegas, que a juicio del [16] senado va a servir para destruir al Estado. El senado dio las gracias a los que se oponían. Los autores del proyecto convocaron a la asamblea, llamaron a sus colegas traidores a los intereses de la plebe y esbirros de los personajes consulares y, después de pronunciarse contra ellos en otros duros términos, retiraron la proposición.
Al año siguiente 62 bis , en que fueron tribunos militares [49 ] con poderes de cónsul Publio Cornelio Coso, Gayo Valerio Potito, Quinto Quincio Cincinato y Gneo Fabio Vibulano, hubiera habido dos guerras, si un escrúpulo religioso de los [2] notables no hubiese diferido la guerra de los veyentes, cuyas tierras asoló el Tíber al desbordarse, arruinando, sobre todo, las casas del campo. Al mismo tiempo, a los [3] ecuos la derrota sufrida dos años antes les impidió prestar apoyo a los bolanos, pueblo de su raza. Habían hecho [4] incursiones en territorio labicano, limítrofe, y llevado la guerra a los nuevos colonos. Como esperaban sostener este [5] mal proceder con el apoyo unánime de todos los ecuos, al ser abandonados por los suyos, en una guerra ni siquiera memorable, tras el asedio y un único y ligero combate perdieron ciudad y territorio. Intentó Lucio Decio, tribuno de [6] la plebe, presentar la proposición de que se enviasen colonos también a Bolas 63 , como a Labicos; quedó descartada por la oposición de sus colegas, los cuales hicieron ver que no consentirían que se llevase a término ningún plebiscito sin el consentimiento del senado.
Al año siguiente 64 los ecuos, después de recuperar [7] Bolas y enviar allí una colonia, aseguraron la plaza con fuerzas nuevas, mientras en Roma eran tribunos militares con poderes de cónsul Gneo Cornelio Coso, Lucio Valerio Potito, Quinto Fabio Vibulano por segunda vez y Marco Postumio Regilense. A éste le fue encomendada la guerra [8] contra los ecuos; era un hombre de mente torcida, puesta [9] de manifiesto en la victoria más que en la guerra. En efecto, después de alistar prontamente un ejército y llevarlo a Bolas, quebrantó en pequeños combates la moral de los ecuos y, finalmente, irrumpió en la plaza. Pasó luego, de atacar al enemigo a atacar a sus conciudadanos y, habiendo proclamado durante el asalto que el botín sería para los soldados, una vez tomada la plaza faltó a su palabra. [10] Me inclino a creer que ése fue el motivo de la irritación del ejército, más que el hecho de que en la ciudad, saqueada hacía poco tiempo, y en la colonia, reciente, el [11] botín fue menor de lo que el tribuno había anunciado. Esta irritación se acentuó, cuando regresó a Roma reclamado por sus colegas a causa de los disturbios promovidos por los tribunos, al escuchar una frase suya estúpida y casi insensata en una asamblea; en ella le dijo a Marco Sextio, tribuno de la plebe que proponía una ley agraria y declaraba que iba a proponer, al mismo tiempo, el envío de una colonia a Bolas, pues era justo que la ciudad y el territorio de Bolas fuesen para quienes los habían conquistado con sus armas: «Habrá palos para mis soldados, si no se quedan quietos.» Lo que acababan de oír molestó a la asamblea, y [12] no menos a los patricios poco después. Por su parte, el tribuno de la plebe, hombre agudo y no falto de elocuencia, al encontrar entre sus adversarios un carácter presuntuoso y una lengua incontrolada a la que podía impulsar, provocándola y hostigándola, a unas manifestaciones que le harían impopular no sólo a él sino a su causa y a todo su estamento, a nadie del colegio de tribunos militares provocaba [13] a discutir tan a menudo como a Postumio. En aquella ocasión, a tenor de una frase tan cruel e inhumana, dijo: «¿Le oís, ciudadanos de Roma, amenazando con un castigo [14] como a esclavos a los soldados? ¡Sin embargo, este salvaje os parecerá más digno de tan alto rango que quienes os envían a colonias obsequiándoos con una ciudad y sus tierras, quienes preparan un retiro para vuestra vejez, quienes luchan a brazo partido por vuestros intereses contra tan crueles y arrogantes adversarios! ¡Venid, después, extrañándoos [15] de que sean ya pocos los que defienden vuestra causa! ¿Qué pueden esperar de vosotros? ¿Cargos, que dais a vuestros enemigos antes que a los defensores del pueblo romano? Os lamentasteis, hace poco, al oír su frase. ¿Qué [16] importa eso? Si ahora mismo se celebra una votación, a éste que os amenaza con el palo lo vais a preferir a quienes quieren aseguraros tierras, hogares y bienes.»
Llegada la frase de Postumio a oídos de los soldados, [50 ] provocó en el campamento una indignación mucho mayor: ¿un ladrón, un escamoteador de botín, amenazar encima con el palo a los soldados? Así pues, como se protestaba [2] abiertamente y el cuestor Publio Sextio pensaba que se podía reprimir el motín con la violencia, lo mismo que había sido provocado, envió a un lictor contra un soldado que vociferaba; como con ello se suscitó un griterío y un altercado, alcanzado por una piedra abandona el tumulto, gritando, además, el que le había herido que el cuestor [3] tenía lo que el general había prometido a los soldados. Atraído por este tumulto, Postumio lo puso todo más difícil [4] con el rigor de las investigaciones y la crueldad de los castigos. Finalmente, como no controlaba en modo alguno su ira, al formarse una aglomeración a los gritos de los que había mandado matar bajo el enzarzado 65 , él mismo bajó enfurecido del tribunal corriendo hacia los que se oponían al suplicio. Como, entonces, los lictores y centuriones maltrataron [5] a la masa al intentar alejarla y dispersarla, hubo tal explosión de indignación, que el tribuno militar fue lapidado por su propio ejército. Cuando llegó a Roma la [6] noticia de tan horrible atentado, los tribunos militares decretaron a través del senado una investigación, y los tribunos [7] de la plebe se opusieron. Pero esta tirantez dependía de otro tira y afloja: a los patricios les había entrado la preocupación de que la plebe, por miedo a las investigaciones y por ira, eligiese tribunos militares de entre la plebe, y encaminaban todos sus esfuerzos a que se eligiesen cónsules. [8] Como los tribunos de la plebe no dejaban que saliese el senadoconsulto 66 y también se oponían a los comicios consulares, la situación desembocó en un interregno. La victoria, al fin, correspondió a los patricios.
[51 ] Presidiendo los comicios Quinto Fabio Vibulano, interrey, fueron elegidos cónsules Aulo Cornelio Coso y Lucio [2] Furio Medulino 67 . Durante su consulado, a primeros de año salió un senadoconsulto disponiendo que los tribunos presentasen, a la mayor brevedad, una proposición de ley a la plebe sobre la investigación de la muerte de Postumio, y que la plebe encargase a quien quisiese la dirección de la [3] investigación. La plebe por unanimidad encarga la tarea a los cónsules. Éstos, con el mayor comedimiento y suavidad, condenando a unos pocos, los cuales, según una opinión bastante extendida, se dieron muerte ellos mismos, resolvieron la situación, pero no pudieron evitar, sin [4] embargo, que la plebe lo tomase muy a mal: se dejaban sin efecto durante tanto tiempo las mociones que se presentaban en relación con sus intereses, mientras que se ponía en práctica, con toda rapidez y con una fuerza tan grande, [5] una ley referente a su sangre y su suplicio. Era el momento más adecuado, una vez castigada la sedición, de ofrecer un reparto de las tierras de Bolas para tranquilizar los ánimos, medida con la que hubiesen quitado fuerza a la demanda de una ley agraria que despojaba a los patricios de las tierras del Estado, que poseían injustamente. Precisamente, lo [6] que entonces indignaba y torturaba los ánimos era no tanto la obstinación de la nobleza en aferrarse a las tierras del Estado que ocupaba a la fuerza, como el que no se repartiesen entre la plebe ni siquiera las tierras desocupadas, recientemente conquistadas al enemigo, destinadas a ser bien pronto presa de unos pocos como las demás.
Toma de Ferentino
Aquel año, el cónsul Furio llevó a las [7] legiones contra los volscos, que devastaban los confines de los hérnicos, y, al no encontrar allí al enemigo, tomaron Ferentino 68 , a donde se había retirado una gran masa de volscos. El botín fue menor de lo que esperaban, [8] porque los volscos, cuando las esperanzas de defenderse eran escasas, lo cogieron todo y abandonaron por la noche la plaza; al día siguiente, la tomaron casi desierta. La ciudad y sus tierras se las dieron a los hérnicos.
Epidemia, hambre. Dificultades para la guerra con ecuos y volscos. Popularidad del tribuno Menenio
Después de un año tranquilo gracias a [52 ] la moderación de los tribunos, apareció el tribuno de la plebe Lucio Icilio, siendo cónsules Quinto Fabio Ambusto y Gayo Furio Pacilo 69 . Cuando éste, ya desde [2] que comenzó el año, igual que si se tratara de una obligación de su nombre y su familia, promovía disturbios a propósito de la promulgación de leyes agrarias, brotó una epidemia, más amenazadora [3] no obstante que dañina, que desvió del foro y los enfrentamientos públicos la atención de la gente hacia el hogar y los cuidados de la salud; se cree que fue menos perjudicial de lo que lo hubiera sido la sedición.
[4] Cuando la población salió del trance a costa de muchísimos casos de enfermedad y contados casos de fallecimiento, tras el año de peste, debido al abandono, corriente en estos casos, del cultivo de los campos vino la falta de alimentos, durante el consulado de Marco Papirio Atratino [5] y Gayo Naucio Rútulo 70 . El hambre hubiera sido más funesta que la epidemia, si no se hubiese asegurado el aprovisionamiento de víveres enviando legados a todos los pueblos que habitan en el contorno del mar de Etruria 71 y [6] en las riberas del Tíber a comprar trigo. Los samnitas, a los que pertenecían Capua y Cumas, impidieron con arrogante actitud que los legados comprasen; por el contrario, los tiranos de Sicilia les ayudaron de buen grado; los contingentes mayores, al poner en ello Etruria su mejor voluntad, [7] bajaron por el Tíber. Los cónsules tuvieron una prueba de la falta de hombres en la población enferma, cuando se vieron forzados, al no encontrar nada más que un senador [8] para cada legación, a sumarle dos caballeros. Enfermedad y provisión de víveres aparte, no hubo durante aquellos dos años ningún problema interno ni externo. Pero, cuando aquellas preocupaciones desaparecieron, surgió todo lo que solía inquietar a la ciudad: en el interior la discordia, en el exterior la guerra.
[53 ] Durante el consulado de Marco Emilio y Gayo Valerio Potito 72 , los ecuos preparaban la guerra y los volscos tomaron presurosos las armas, aunque no por decisión oficial, [2] entrando en el ejército como voluntarios a sueldo. Al correr el rumor de estas hostilidades —pues ya habían pasado a territorio latino y hérnico—, el cónsul Valerio procedía a un alistamiento y el tribuno de la plebe Marco Menenio, autor de un proyecto de ley agraria, se oponía, y al contar con el apoyo del tribuno, nadie podía ser forzado a prestar juramento; repentinamente se anuncia que la ciudadela [3] de Carvento 73 ha sido ocupada por el enemigo. La [4] afrenta recibida, por una parte, suscitó en los patricios el odio hacia Menenio y, por otra, brindó a los demás tribunos, trabajados ya anteriormente para obstaculizar la ley agraria, un motivo más legítimo para oponerse a su colega. Así pues, como la situación se prolongaba en altercados: [5] los cónsules, poniendo a dioses y hombres por testigos de que cualquier desastre o afrenta que se hubiese recibido ya del enemigo o fuese inminente sería culpa de Menenio que impedía el reclutamiento, Menenio, por su parte, diciendo [6] a gritos que, si los propietarios ilegítimos abandonaban la posesión de las tierras del Estado, él no retrasaría el alistamiento, los nueve tribunos intervinieron con un decreto poniendo fin al enfrentamiento y proclamaron, por resolución [7] del colegio, que si el cónsul Gayo Valerio, con motivo del llamamiento a filas, aplicaba una sanción o cualquier otra medida coactiva, no obstante la oposición de su colega, a los que rehuían el servicio militar, ellos lo apoyarían. Una vez que el cónsul, armado con este decreto, [8] retorció el cuello a unos cuantos que apelaban al tribuno, los demás, atemorizados, prestaron el juramento. El ejército [9] marchó hacia la ciudadela de Carvento y, a pesar de su antipatía y hostilidad hacia el cónsul, nada más llegar desalojó prontamente la guarnición y recuperó la plaza: los componentes de la guarnición que andaban al pillaje dispersos sin tomar precauciones, brindaron una ocasión favorable para el asalto. El botín procedente de saqueos [10] continuos, amontonado en su totalidad en lugar seguro, fue considerable. El cónsul ordenó a los cuestores que fuese vendido a subasta y revirtiese en el tesoro, manifestando que el ejército tendría participación en el botín cuando no [11] rehusase el servicio militar. Se avivaron, por ello, las iras de la plebe y de los soldados en contra del cónsul. Así, al hacer su entrada en Roma recibiendo la ovación concedida por senadoconsulto, se cruzaron versos toscos con la licencia [12] característica de los militares, en los que se zahería al cónsul y se ensalzaba el nombre de Menenio, y cada vez que se mencionaba al tribuno, la simpatía del pueblo allí situado competía en aplausos y muestras de aprobación [13] con las voces de los soldados. Esta circunstancia dejó más preocupados a los patricios que el desenfado casi tradicional de los soldados con relación al cónsul; y como era indudable que uno de los cargos de tribuno militar sería de Menenio, si se presentaba candidato, se le descartó celebrando elecciones consulares.
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