Read the book: «Páginas de sangre»

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Título original inglés: Blood on the page.

Autor: Thomas Harding.

© Thomas Harding, 2018.

© de la traducción: Sergio Lledó Rando, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona

rbalibros.com

La editorial William Heinemann y el autor han hecho todo lo posible por retribuir los derechos de autor de cualquier material que aparezca en este libro y corregirán cualquier omisión en las ediciones siguientes en caso de que les sean notificadas.

Primera edición: septiembre de 2019.

REF.: ODBO578

ISBN: 978-84-9187-521-5

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

A JAMES

LISTA DE PERSONAS
ALLAN CHAPPELOW

Paul Chappelow (hermano)

Karen Chappelow (madre)

Archibald Chappelow (padre)

George Chappelow (abuelo)

Torben Permin (hijo de su primo)

Merete Karlsborg (hija de su prima)

Patty Ainsworth (prima lejana)

James Chappelow (primo lejano)

Michael Chappelow (primo lejano)

WANG YAM* (nacido como Ren Hong)

Ren Bishi (abuelo)

Ren Yuanyuan (padre)

Zhang Xiulan (madre)

Ren Jining (primo segundo)

Zhu Xiaoping (prima segunda)

Li Jia (primera esposa)

Dong Hui (segunda esposa)

Angela (hija)

Brian (hijo)

VECINOS Y AMIGOS DE ALLAN CHAPPELOW

Lady Listowel

Steve y Jane Ainger

Peter Tausig

Nigel Steward

John y Peggy Sparrow

Thomas Carr (empleado de mantenimiento)

POLICÍA

Pete Lansdown (inspector jefe del caso)

Peter Devlin (oficial a cargo del caso)

Gerry Pickering (detective, enlace con los familiares)

Rob Burrows (agente de policía)

ABOGADOS

Geoffrey Robertson (abogado de Wang Yam)

Kirsty Brimelow (abogada de Wang Yam)

James Mullion (procurador y abogado de Wang Yam)

Peter Wilcock (abogado de Wang Yam)

Edward (Eddie) Preston (abogado y procurador de Wang Yam)

Mark Ellison (abogado de la acusación)

Juez Ouseley (juez en el Old Bailey, el Tribunal Penal Central, en Londres)

PERIODISTAS

Duncan Campbell (The Guardian)

Richard Norton-Taylor (The Guardian)

Dan Carrier (Camden New Journal)





NOTA DEL AUTOR

El caso Regina contra Wang Yam fue el primer juicio por asesinato de la historia moderna del derecho británico en ser celebrado in camera, excluyendo a la prensa y al público general del proceso. Esto se debió a una petición del gobierno para que ciertas partes del juicio fueran secretas por razones de seguridad nacional y/o para la protección de la identidad de un testigo.

Siguiendo esa petición, el 15 de enero de 2008 se emitió una orden basada en la sección II de la Ley de Desacato al Tribunal de 1981 que imponía restricciones de gran alcance respecto a la información sobre el juicio. En ella se declaraba que los periodistas no podían revelar pruebas, envíos de información, decisiones judiciales ni otros temas que se trataran u oyeran in camera, y que tampoco podían hacer especulaciones sobre los motivos por los que ciertas partes del juicio se celebraban a puerta cerrada. Igualmente, no puede volver a publicarse ningún informe sobre el proceso in camera —ya sea en forma de artículo, entrevista, carta, testimonio o cualquier otro documento—por miedo a caer en el desacato a esa orden, a pesar de que esos informes forman parte ya del dominio público.

Eso significa que existe una infranqueable laguna en el fondo de este libro. Pero esta es la historia completa, y es, hasta donde yo sé, la verdad.


Así como la figura de barro teme al agua,

la mentira teme a la verdad.

Proverbio chino

PRÓLOGO

El sobre blanco que apareció en mi buzón el 18 de diciembre de 2015 no tenía remite. El matasellos indicaba que lo habían enviado dos días antes desde Peterborough (Inglaterra). En su interior había una tarjeta en la que aparecía un colibrí azul revoloteando junto a una madreselva de flores blancas. Al abrirla, vi lo que parecía la caligrafía de un niño:

Querido señor Harding:

¡Gracias hablar con James!

Pido Inside Justice que envía mis documentos legales y pido mi primo llamar usted por teléfono. ¡Espero puede venir a conocerme algún día!

Feliz Navidad y feliz Año Nuevo.

Atentamente,

WANG YAM

El hombre que firmaba la carta, Wang Yam, estaba cumpliendo cadena perpetua en la prisión de Whitemoor por asesinato. Una década atrás, su caso llamó considerablemente la atención de los medios de comunicación por la impactante naturaleza del crimen, pero también porque el juicio se celebró in camera: a puerta cerrada, bajo un control riguroso, en secreto.

«James» era el abogado y procurador de Wang Yam, James Mullion. Inside Justice es una organización sin ánimo de lucro que proporciona asistencia legal a los presos. La tarjeta en sí fue toda una sorpresa. A mi esposa no le entusiasmó recibir correspondencia de un condenado por asesinato.

En cierto momento de mayo de 2006, un hombre de ochenta y seis años llamado Allan Chappelow fue golpeado hasta la muerte en su casa de Hampstead, en la zona noroeste de Londres. Lo descubrieron más de cuatro semanas después, sepultado bajo una montaña de metro y medio de papeles, en posición fetal, parcialmente quemado y cubierto de cera. En septiembre de 2006, Wang Yam, disidente chino, fue detenido en Suiza. Fue extraditado a Gran Bretaña, donde se le condenó por el asesinato de Allan Chappelow. Diez años después, seguía declarándose inocente y protestando.

La policía estaba segura de que había detenido a la persona correcta, aunque no había pruebas forenses que vincularan al acusado con el escenario del crimen. Un patólogo describió el asesinato como particularmente brutal, pero la acusación fue incapaz de demostrar que el acusado tuviera antecedentes de violencia. La policía dijo que Wang Yam había robado la correspondencia del buzón de Allan Chappelow repetidas veces después de matarlo, pero las tarjetas de crédito, las claves secretas y el pasaporte se encontraban intactos a plena vista sobre la cama de la víctima. Cuanto más leía sobre el caso más confuso se volvía todo.

Allan Chappelow era mi vecino, y Hampstead fue mi primer hogar. Durante la década de 1970, yo entregaba periódicos en sus buzones dorados, compraba caramelos en la oficina de correos, paseaba por el parque Hampstead Heath con mi familia. Allí fue donde aprendí a montar en bici un verano en el que mi padre me dijo que me daría una libra si lo conseguía, y también donde montaba en trineo siempre que nevaba.

A pesar de estar cerca de la metrópolis, en Hampstead siempre hubo un fuerte sentido propio de comunidad. Por las bodas de plata de la reina almorzamos en una larga ristra de mesas plegables con mantel dispuestas a lo largo de toda la calle. En la biblioteca de la Keats House, en la calle Keats Grove, había unas abuelitas amables que nos leían a mí y a otros niños. Y, aunque éramos judíos, la mayoría de las Navidades íbamos con nuestros vecinos a la misa del gallo en la elegante iglesia que había al otro lado de la calle. En Halloween, mis amigos y yo llamábamos a los timbres de nuestros vecinos, y, si no nos contestaban o no nos traían caramelos, les metíamos petardos encendidos por debajo de la puerta. Tiempo después, durante la adolescencia, merodeábamos por el exterior de la parada de metro de Hampstead con los amigos y con nuestras primeras novias, sin avergonzarnos por nuestras públicas muestras de afecto.

Hampstead no fue solo el telón de fondo de mi niñez, sino el escenario en el que tuvo lugar. Me sabía los nombres de los árboles del parque Heath y de los tenderos más generosos (que me daban piruletas si esperaba tranquilo mientras mis padres compraban). Sabía dónde cambiar los tacones a nuestros zapatos, dónde arreglar los relojes y dónde enmarcar las fotografías. Sabía en qué panadería hacían el mejor pan, quién vendía las mejores flores, quién hacía el mejor chocolate a la taza. Se trataba, se trata, de un conocimiento físico. Es un lugar que creía conocer bien.

El asesinato de Allan Chappelow es una historia trágica e impactante, una historia que, para ser un caso al que se dio carpetazo rápidamente, resulta de una complejidad inquietante. De hecho, cuando comencé a investigar más, un abogado experimentado me advirtió de que estaba a punto de entrar en aguas «muy, muy turbias».

Tenía razón.

Un crimen de tamaña importancia reduce al autor y a su víctima a estereotipos conocidos: un hombre mayor al que dan una paliza mortal, un asesino a la fuga. Pero eso apenas supone una mínima parte de la historia. No quería averiguar solamente cómo había sido la muerte de Allan Chappelow, sino también su vida. ¿Cómo llega uno a vivir en una casa en ruinas en uno de los bar­rios más elegantes de Londres? Y también quería saber cosas acerca del hombre a quien culparon de su muerte. ¿Cómo demostrar que se es inocente? ¿Qué lleva a una persona a cometer un asesinato? Ante un tribunal se muestran dos relatos y le piden al jurado que decida en cuál de los dos cree y cuál es la versión ganadora. Sin embargo, la vida rara vez es así de clara.

También me percaté de que esta historia me proporcionaba una rara oportunidad para comprender cómo funciona una investigación de asesinato moderna. En una era de conectividad constante, viajes internacionales baratos, pruebas de ADN, análisis forense de manchas de sangre por proyección y fonética forense, seguir el rastro a un criminal y después crear un caso sólido que convenza a un jurado requiere un trabajo de investigación metódico con dedicación y largas horas para recopilar, documentar y, después, hacer una criba de las pruebas. No tiene nada que ver con esos momentos de iluminación que vemos en los procedimientos policiales televisivos. Pero cuanto más empeño ponía yo en seguir la línea de puntos de la policía, menos clara quedaba la imagen del cuadro.

De modo que busqué más allá de la investigación. Intenté establecer quiénes eran realmente estos hombres. Informar acertadamente sobre las vidas de otros nunca es una tarea sencilla; la «objetividad» queda corrompida por la lente «subjetiva» del autor y las fuentes en las que se basa. No obstante, tuve que esforzarme más aún, ya que el crimen tuvo lugar en un mundo en penumbras habitado por estafadores, excéntricos y fabuladores, donde nada era lo que parecía. Busqué testigos y expertos que no habían sido entrevistados por la policía que arrojaban nueva luz sobre el caso. Una pregunta me llevó a otra, una prueba conducía a diez más y de ese modo comenzaron a surgir nuevos relatos que competían entre sí.

A medida que continuaba con mi investigación, se presentaron preguntas más importantes. ¿Por qué se celebró a puerta cerrada el caso de Wang Yam? ¿Es posible garantizar un juicio justo en secreto? En esta época en la que cada vez hay más amenazas criminales y terroristas, ¿están siendo sacrificadas las libertades personales y de información ante el altar de la seguridad nacional?

Y más allá de eso, había algo en esas dos vidas, tanto la de Wang Yam como la de Allan Chappelow, que me intrigaba. Quizás a través de sus historias pudiera albergar esperanzas de comprender mejor lo que significa vivir en los márgenes de la sociedad, qué sucede a puerta cerrada, qué puede ocurrir cuando nadie nos mira.

Páginas de sangre es una obra de no ficción. He intentado ser transparente en mi proceso y articular las ambigüedades del caso. Cuando ha sido posible, he permitido que los personajes hablen por sí mismos sin interrupciones, confiando en su versión de los hechos. También he dejado patentes los momentos en que surgían dudas respecto a la veracidad de sus afirmaciones, cuando tenía dificultades para desentrañar la verdad o se me ha impedido revelar ciertos hechos.

Obtener el punto de vista de la policía resultó una tarea difícil, ya que los agentes que seguían en activo en la Policía Metropolitana de Londres se negaban a compartir sus recuerdos al respecto. Por fortuna, había dos inspectores a cargo del caso que se habían jubilado recientemente y estaban dispuestos a hablar conmigo. Sus reminiscencias han resultado vitales. Para comprender mejor la versión de la policía, leí miles de páginas de evidencias y revisé declaraciones de testigos, testimonios de expertos, informes forenses, registros bancarios, documentos de viaje, cartas, fotografías y correos electrónicos.

Para explicar el papel que tuvo Wang Yam en este relato, confié principalmente en su memoria. Durante treinta horas de entrevistas telefónicas llevadas a cabo desde su celda de la prisión, le formulé preguntas indagatorias acerca de su vida, a menudo repasando los mismos temas para verificar los detalles. Siempre que pude, intenté contrastar sus recuerdos hablando con miembros de su familia o con anteriores conocidos.

Para la biografía de Allan Chappelow me basé en sus propias palabras, en varios libros y cartas y en sus fotografías, realizadas a lo largo de medio siglo, además de contar con el testimonio de sus parientes, amigos y vecinos. Yo también conocí a Allan Chappelow. Viví a cuatro casas de él durante dieciocho años. Es decir, siendo yo niño, lo veía como a ese extraño viejo que vive en la misma calle, ese vecino que ocasionalmente saludaba cuando me veía pasar, aunque no creo que él me reconociera, y seguro que ni sabía mi nombre. En cualquier caso, el hecho de que lo conociera hizo que yo nunca olvidara que, en el fondo, la suya era una historia muy triste, el asesinato de un viejo frágil cuyos amigos y familia todavía lloran su muerte. Una historia trágica con consecuencias que perduran en el tiempo.

Así que cuando recibí esa tarjeta navideña de Wang Yam, tuve que enfrentarme a una decisión: mirar hacia otro lado o intentar encontrar la verdad. Contesté a su carta. Quería saber por qué ese juicio se había celebrado en secreto. Quería saber quién había asesinado a mi vecino.

PRIMERA PARTE
EL CRIMEN

La imaginación, obviamente, puede abrir cualquier puerta, hacer girar la llave y dejar que el terror entre directamente.

A sangre fría,

TRUMAN CAPOTE

1
EL DESCUBRIMIENTO

En los días despejados puede verse todo Londres desde la cima de Parliament Hill. La frontera sur del Hampstead Heath se extiende hasta una pista de atletismo en Gospel Oak, antes de dar paso a las casas unifamiliares de Kentish Town y los bloques de apartamentos de Camden. El techo arqueado de la estación de trenes internacional de St. Pancras es lo siguiente que se ve; y, tras él, muchos edificios icónicos de la capital: la catedral de St. Paul, la torre de telecomunicaciones BT, los rascacielos «Gherkin» y Shard. Después, el London Eye y el palacio de Westminster, marcando la ruta del río Támesis; y más allá, sobre el horizonte, se divisan los cerros calizos que abrazan la frontera sur de la ciudad, a casi cincuenta kilómetros de distancia.

En verano, Parliament Hill, con su brisa prácticamente constante, es un lugar popular para echar a volar las cometas, hacer un picnic o, simplemente, sentarse en uno de sus muchos bancos de madera para disfrutar del paisaje. Si dejamos atrás las vistas de la ciudad y bajamos la colina hacia el oeste, hay un sendero estrecho que te lleva a través de un túnel de robles, arces y alerces antes de cruzar entre dos estanques, uno habitado por cisnes y patos, y el otro, por hombres y mujeres con la valentía suficiente como para bañarse en sus frías aguas. Cuando sigues adelante, el sendero se abre hacia un claro lleno de arbustos. Dos veces al año, durante las vacaciones de verano y Semana Santa, este espacio se llena de norias, pasajes del terror, tiovivos y autos de choque. Aquí es donde acaba el Hampstead Heath, el parque más grande de Londres, con trescientas veinte hectáreas de prados, bosque, pozas y cursos de agua, y donde comienzan las calles del barrio de Hampstead.

Durante siglos, Hampstead fue un pueblo a las afueras de Londres, y era impasible a las intrigas y pasiones de la capital de Inglaterra. Después, atraería a pacientes con problemas pulmonares, ya que su altitud ofrece refugio ante la polución de las calles del centro de la ciudad. Más tarde, llegaron los poetas y los artistas, los novelistas y los actores,[1] que le confirieron a Hampstead un toque de cultura bohemia y una reputación de extravagancia. A finales del siglo XX, dada su proximidad a la zona centro de Londres —apenas a treinta minutos en autobús o tren desde el Soho o Covent Garden—, así como sus hermosas casas, boutiques de moda y elegantes cafés, Hampstead fue colonizada por abogados mercantiles y banqueros de altos vuelos, famosos internacionales, oligarcas, magnates de los medios de comunicación y marchantes de arte.

Pero se dice que Hampstead también tiene su lado oscuro. Por la noche, cuando cierran los comercios y se vacían las calles, cuando la luz azulada de las pantallas de televisión parpadea a través de las ventanas con las cortinas echadas, se instala la tensión. Los residentes saben que es mejor no acercarse al Hampstead Heath cuando anochece. La policía declaró ciertas zonas del Heath como «áreas peligrosas» tras una serie de robos violentos. Se creía que había delincuentes, ladrones y pervertidos que merodeaban por el bosque, acechando a caminantes solitarios, mujeres y niños. Lo propio de las novelas góticas.

No obstante, cuando se hace de día, se convierte en un mundo diferente. En la frontera suroeste del Heath se congregan bebedores en la extensa terraza que hay a la entrada del pub The Freemasons Arms, un local en expansión situado a los pies de Downshire Hill, una de las calles más caras de Londres. Cuando los paseantes suben por ella hacia Hampstead High Street[2] pasan ante unas cuantas casas de ladrillo de los siglos XVIII y XIX, todas ellas en excelentes condiciones, con puertas de hierro forjado y pulcros jardines delanteros. Un poco más allá, en la esquina con Keats Grove —un camino estrecho que desciende abruptamente, donde vivió en su día el poeta John Keats—, está St. John, una iglesia de color crema con un campanario y un reloj de colores negro y dorado. Frente a la iglesia, en el lado derecho de Downshire Hill, hay una hilera de elegantes propiedades encaladas de estilo regencia retiradas unos cincuenta metros de la calzada.

Si continuamos adelante, vemos a la izquierda una casa ultramoderna en forma de cubo construida enteramente a base de cristal y finas vigas de acero azul, y después hay un gran bloque de pisos de ladrillo rojo de la época victoriana. Finalmente, dominando la calle, en las esquinas de Downshire Hill y Hampstead High Street, hay una comisaría de policía de tres pisos. Ahora desocupada, montó guardia durante más de un siglo, proporcionando protección a los residentes y comerciantes de Hampstead.

A las 11.55 de la mañana del 12 de junio de 2006, dos agentes de policía, Mike Cole y Sam Azouelos, patrullaban en coche por Hampstead High Street cuando recibieron una notificación de la central en su terminal móvil. Cole iba al volante del Ford Fiesta blanco. Debían dirigirse de inmediato al número 9 de Downshire Hill, en Hampstead. El mensaje les proporcionó la siguiente información de contexto:

El cliente del HSBC ALAN [sic] CHAPPELOW (edad: ochenta y seis años) ha realizado transacciones inusuales en su cuenta corriente que podrían ser fraudulentas. El departamento de fraude del HSBC ha intentado contactar con él, pero no han podido hacerlo. Cuando llamaron a su número, un hombre oriental contestó al teléfono haciéndose pasar por el SR. CHAPPELOW. El emisor de la llamada solicita que la policía constate el bienestar del SR. CHAPPELOW y le pidan que este llame al informante en cuanto pueda, si consiguen contactar con él.

Diez minutos después de recibir la petición, Cole y Azouelos llegaron a Downshire Hill. El número 9 estaba prácticamente en el medio exacto de la calle, en la acera de la izquierda, a cien metros de la iglesia de St. John. Cuando aparcaron delante de la casa, Cole y Azouelos vieron a otros dos agentes uniformados que les esperaban: Chantal Thomas y Ben Roberts. La temperatura era ya de 22 ºC, algo inusual en esa época del año. Los meteorólogos habían pronosticado que las temperaturas alcanzarían los 24 ºC a media tarde e incluso era probable que se produjeran tormentas eléctricas. Cole y Azouelos dejaron sus chaquetas dentro del coche, cerraron las puertas y fueron a encontrarse con sus compañeros.

La casa no podía verse desde la calle. La vista estaba vedada por un muro de estuco medio derruido, sobre el que se apoyaban ramas de un extenso roble y habían crecido rododendros asilvestrados, y con dos columnas cubiertas de hiedra que enmarcaban una puerta de dos hojas de hierro forjado. Una de las columnas permanecía recta, tal vez por el apoyo del roble; la otra estaba ladeada, y en su capitel combado lucía las palabras MANOR HOUSE en letras mayúsculas de color azulado. Alguien se había tomado la molestia de apartar las ramas de la hiedra para que se viera el nombre de la casa, pero no lo suficiente como para repintar las desvaídas letras.

La puerta estaba entreabierta. Los cuatro agentes de policía se adentraron por el deteriorado sendero de cemento y, antes de llegar a la puerta principal, pasaron ante una vieja motocicleta Norton tapada con una lona cubierta de musgo. En sus buenos tiempos, la casa debió de ser extraordinariamente hermosa; un edificio de tres plantas color crema con dos balcones ornamentados, algunas ventanas arqueadas y un tejado plano. Ahora estaba en ruinas. Una hiedra gigantesca trepaba por la fachada y se extendía hacia el cielo en forma de horquilla, cubriendo parcialmente las ventanas.

El agente Azouelos, que lideraba la unidad policial, golpeó con firmeza una de las dos altas hojas azules de la puerta principal para llamar, pero nadie contestó. La puerta estaba cerrada, y no presentaba indicios de que hubiera sido forzada. Azouelos rodeó el inmueble para comprobar si había otra entrada al edificio, y miró por las ventanas de la planta baja, cada una de las cuales tenía barrotes de acero azul. A la derecha de la casa había un estrecho pasadizo bloqueado por un muro de ladrillo. Azouelos trepó por el muro entre los números 9 y 10 de la calle, caminó cuidadosamente por la cornisa y saltó hacia el callejón que había al otro lado. Ya en el jardín trasero, que estaba tan cubierto de árboles, arbustos y maleza que apenas podía distinguirse entre una planta y otra, descubrió que las ventanas traseras de la casa también estaban cerradas y tenían barrotes de acero.

Azouelos regresó a la entrada principal y habló con sus compañeros. Tras una breve discusión, decidieron forzar la entrada para acceder al edificio. Las pesadas puertas delanteras medían casi dos metros y medio y tenían pequeñas ventanillas a la altura de los ojos. Azouelos sacó su porra negra de la funda y rompió uno de los cristales. Después metió la mano e intentó abrir la cerradura desde dentro, pero había una tabla pegada al interior de la puerta que le impedía soltar el resbalón. El agente tomó carrerilla y le dio una fuerte patada a la cerradura, y la puerta se abrió.

En el interior, el vestíbulo principal se adentraba en la oscuridad. Medía cuatro metros y medio de largo, y estaba completamente lleno de desperdicios. El suelo estaba cubierto de periódicos viejos, bolsas de plástico, botellas, fragmentos de madera y escombros. Del techo colgaban cables de electricidad sueltos. Al otro lado del pasillo había una gran puerta de color blanco, asimismo cerrada. Azouelos intentó abrirla también de una patada, pero esta vez no cedió, a pesar de que usó una fuerza considerable.

Los agentes de policía volvieron a discutir acerca de la situación. Preocupados porque le hubiera sucedido algo al anciano ocupante de la casa —tal vez se hubiera caído y no podía alcanzar el teléfono, o se hubiera quedado encerrado en una habitación— coincidieron en que era necesario entrar, y en que para ello necesitarían mejores herramientas. Azouelos y Cole condujeron hasta su comisaría de policía en West Hampstead, mientras sus compañeros permanecían en el domicilio y, tras conseguir autorización de su supervisor, el subinspector Nick Giles, regresaron a Downshire Hill poco después de la una de la tarde. Esta vez iban equipados con un ariete cilíndrico de acero rojo brillante de poco más de medio metro de largo al que llamaban el «ejecutor». Una vez dentro de la casa, el agente Cole, con su compañero detrás de él, agarró los asideros del ariete con los guantes puestos y arremetió contra la puerta. No consiguió nada. Necesitó cinco o seis intentos hasta lograr que cediera la cerradura, y entonces pudieron pasar.

«Se hizo evidente inmediatamente el desorden y desbarajuste que había en el domicilio», escribiría más tarde Azouelos en su informe oficial para la policía. «Había polvo por todas partes, y trozos de papel, libros y basura se amontonaba en todas las habitaciones. Parecía como si el propietario no hubiera tirado nunca nada». Al adentrarse en la casa percibió cierto olor. «Había olido un cuerpo en descomposición anteriormente, y solo puedo describir ese olor como nauseabundo y dulce. La casa no olía así, sino más bien como lo que me parecían orines de algún animal. Había tanta basura y desperdicios dentro [de ella] y estaba tan mal cuidada que pensé que el olor podía deberse a cualquier cosa».

En una habitación encontró un carrito de la compra de tela escocesa con cajas vacías de tartaletas de la marca Mr. Kipling. A la izquierda de la escalera había un amplio salón que daba a la calle. Estaba demasiado oscuro como para vislumbrar nada en su interior. Llegando a la parte trasera de la casa había una sala más pequeña que daba al jardín y donde había una montaña de libros, papeles, estanterías metálicas y pilas de desechos que le llegaban a la altura del pecho. Dada la cantidad de basura que había, decidió no entrar allí.

Regresó al exterior y realizó una llamada por radio para pedir la ayuda de una tercera unidad. Cole y él continuaron la búsqueda. Miraron en el sótano, una oscura habitación cavernosa llena hasta arriba de basura, atados de papeles amarillentos, montañas de libros y muebles rotos. Inspeccionaron la cocina, que tenía una pequeña mesa de madera, dos sillas y un frigorífico que parecía no haber sido usado desde hacía años. Miraron en otra habitación grande que había en la planta principal —posiblemente fuera el comedor en otro tiempo—. Estaba demasiado atestada de muebles rotos, montañas de papeles y bolsas con escombros, como si alguien se hubiera quedado a medias en un proyecto de reforma. El aire estaba cargado de polvo, y la sala era húmeda y oscura; ninguna de las luces funcionaba.

Azouelos subió al piso de arriba, y se percató de que había cubos con orina en los escalones. En esta planta encontró un aseo con la bañera hasta arriba de libros, revistas y botellas de plástico. El váter estaba repleto de papeles. Entró en una habitación, miró bajo las mantas y bajo la cama, abrió un armario y retiró montones de ropa. Nada. Después, entró en otra habitación en la que había una cama cubierta con ropas viejas y un saco de dormir azul. Supuso que era el dormitorio de Chappelow. Sobre una repisa al lado de la cama había un viejo radiocasete. Otra estantería contenía libros y diarios. La habitación estaba caliente y húmeda, lo cual hacía incómoda la inspección. Sobre la mesilla de noche había una botella con un líquido marrón. Azouelos supuso que se trataba también de orina. En el suelo había esparcidas diversas publicaciones. Entre ellas había un Daily Mail del 6 de mayo de 2006.

Llegaron más agentes a la casa, que trajeron linternas potentes para facilitar la búsqueda. No obstante, a pesar de sus exhaustivos esfuerzos, no pudieron encontrar ni rastro del propietario. Una inspectora recordaría después que «todas las zonas y superficies de la casa estaban llenas de polvo y todo tenía un aspecto grisáceo». Ella se dirigió a la escalera, pero no le pareció seguro subir por ahí. Una de las habitaciones estaba tan repleta de papeles y otros desechos que no podía ver nada en su interior. «La casa —escribió— tenía el aspecto de una propiedad en ruinas no habitable».

Dos horas después de que Azouelos y Mike Cole entraran por primera vez en el domicilio, este último llamó al subinspector Nick Giles y lo puso al día sobre la situación. Si encontraban un cadáver, Giles sería el responsable de acordonar la zona e informar al grupo de homicidios, que a su vez enviaría a un equipo de investigación al escenario del crimen. Pero todavía no se había encontrado ningún cuerpo. Giles le dijo a Cole que buscara indicios que pudieran indicarles el paradero de Allan Chappelow. Poco después, Cole encontró documentos que informaban sobre un viaje a Estados Unidos con salida el 26 de marzo y regreso el 1 de mayo, seis semanas antes del registro. También encontraron un talonario de cheques, una tarjeta de crédito de Sainsbury’s, un pasaporte británico (todo ello a nombre de Allan Chappelow) y un artículo sobre la historia del aguacatero americano.

Finalmente, el registro acabó alrededor de las cinco de la tarde. Cole llamó a una carpintería de la zona para que sellaran con tablones las puertas de entrada que habían roto, y un joven operario llegó pocos minutos después. Atornilló dos pasadores por debajo y por encima de la cerradura de la puerta blanca que había al fondo del vestíbulo, y después los bloqueó con dos candados. Las puertas azules de hoja doble de la entrada principal quedaron cerradas, pero sin bloquear. Cuando volvieron a la comisaría de policía de West Hampstead, Giles le dijo a Cole que presentara un informe de desaparición de una persona de «bajo riesgo» en la base de datos Merlin de la Policía Metropolitana de Londres.

Unas horas después, a las diez de la noche, Mike Cole llamó a la vecina que vivía en el número 10 de Downshire Hill, lady Listowel. Esta informó de que Chappelow había regresado efectivamente de sus vacaciones a principios de mayo, pero hacía semanas que no lo veía. En caso de que tuviera intención de marcharse nuevamente se lo habría dicho. Antes de acabar su turno, Cole realizó una copia de la fotografía del pasaporte de Chappelow y le pidió al sargento del turno de noche que la trasladara al departamento de personas desaparecidas.

¿Qué le había sucedido a Allan Chappelow? Se preguntaba Cole. Tal vez, a pesar de lo que aseguraba su vecina, se hubiera marchado de vacaciones, o quizás estuviera quedándose en casa de unos amigos. En cualquier caso, había que informar al banco HSBC de que, por el momento, había resultado imposible encontrar a su anciano cliente.

Allan Gordon Chappelow nació en Copenhague (Dinamarca) el 20 de agosto de 1919. Su padre, Archibald Cecil Chappelow, era un decorador y tapicero inglés de treinta y siete años que en aquel momento impartía un curso de restauración de antigüedades en la Universidad de Copenhague. Dispuesto a evitar el servicio militar a comienzos de la Primera Guerra Mundial, se había trasladado a Dinamarca, que se mantuvo neutral a lo largo de las hostilidades.

Karen, la madre de Allan, de treinta y nueve años, había nacido en la pequeña ciudad de Hillerød, justo al norte de Copenhague. Había conocido a Archibald tres años antes en la universidad, y no tardaron en casarse. Karen ocupaba su tiempo gestionando el hogar familiar y cuidando de los niños, especialmente de Paul, el hermano de Allan, que sufría parálisis cerebral. En una carta a un primo estadounidense, Archibald escribió que Paul «tuvo la desgracia de sufrir una lesión al nacer y es un tullido. Sus manos tienen cierta afección, habla entrecortado y camina como a trompicones. No obstante, es guapo, alegre y saludable, un gran lector y un ratón de biblioteca».

Poco después del nacimiento de Allan, al cabo de seis meses del final de la guerra, la familia regresó a Londres y se trasladaron al domicilio del padre de Archibald, George Chappelow, que vivía en una pequeña casa en Hampstead. Estaban un poco apretados, pero contentos de volver a vivir en familia. Archibald se unió a la empresa del padre: George Chappelow & Son, que había sido fundada antes de la guerra. Según el membrete de la compañía, hacían «reformas y decoración, promotores de la vivienda y la propiedad». Instalados en el número 27A de Charles Street, una bocacalle de Berkeley Square, en el distrito de Mayfair, entre sus clientes se incluían los teatros, las galerías, los restaurantes y los clubes del West End de Londres. Al padre y al abuelo de Allan les encantaba trabajar juntos, y, cuando no estaban en el despacho, jugaban al tenis y al billar, o bien llevaban a sus esposas al teatro.

Unos años después, con la ayuda de George, Archibald, Karen y sus dos hijos pudieron trasladarse a una casa grande en el número 9 de Downshire Hill, en Hampstead.[3] Estaban contentos de tener al fin su propio espacio. Construida en 1823, su nueva casa estaba en buenas condiciones, tanto el interior como el exterior de ella. Hasta el final del siglo XIX, el edificio había sido el hogar del señorío de Belsize (que viene del francés bel assis, con el sentido de «bien situado»), y por ello fue llamada Manor House («casa señorial»). La propiedad contaba con un jardín trasero y otro frontal, repletos de una combinación de arbustos y árboles, en tanto que en la fachada había dos elegantes balcones de hierro forjado. En el interior había una sala de estar en forma de «L» con largos ventanales franceses, que llevaban al exterior, y una escalera con paneles de madera en las paredes, que a los Chappelow les parecía adecuada como galería pictórica. «Es prácticamente un ejemplo perfecto del estilo regencia tardío —escribió más tarde Archibald en su libro Old Homes of England, y añadió—: Tal vez sea una pequeña casa de campo emplazada entre bosques naturales —apuntó—, pero está a poco más de tres kilómetros de Oxford Street», es decir, del centro de Londres.

Los padres de Allan eran progresistas y apoyaban reformas radicales. Como miembros de la Sociedad Fabiana, que había sido fundada en 1884, creían en una transición hacia el socialismo y, particularmente, en la mejor redistribución de la riqueza. Cuando era niño, Allan oyó muchas historias sobre sus adelantados familiares. Por ejemplo, su bisabuelo Joseph Stevens, que era predicador, abogaba por el cambio social, e hizo campaña por la mejora de las condiciones en las fábricas. En 1838, Stevens fue detenido y acusado de «asistir a una reunión ilegal», por lo que fue condenado a dieciocho meses de cárcel. No obstante, cuando salió, su reputación permanecía intacta, y contaba con la admiración de sus pares. Grace Chappelow, prima segunda de Allan, fue una de las mujeres que lideraron el movimiento sufragista. La detuvieron en numerosas ocasiones, participó en diversas huelgas de hambre en la cárcel y había sufrido la humillación de ser alimentada a la fuerza por las autoridades. Y después estaba su tío Eric Chappelow, el hermano de Archibald, un poeta que fue objetor de conciencia durante la Primera Guerra Mundial. Detenido y acusado de cobardía y traición, fue uno de los seis mil conchies («objetores de conciencia») encarcelados por el gobierno británico durante la Gran Guerra, lo que provocó una manifestación a escala nacional y peticiones de reforma. A pesar de las protestas de la familia, Eric pasó cuatro meses en prisión. Más tarde, el gobierno admitiría que se había equivocado al encarcelar a Eric y al resto de los objetores de conciencia.

En una carta a un primo de Estados Unidos, Archibald hablaba sobre sus valores personales y describía el carácter de la familia:

Personalmente, jamás creí en la guerra y nunca podré hacerlo. A menudo me pregunto si no estaría bien llevar a mi familia a un lugar donde brille el sol y se viva de manera abierta y sencilla, evitando los periódicos y sin preocuparse más que de tener el dinero justo para vivir. Creo que los Chappelow consiguen sacarle bastante partido a la vida, aunque pocos de ellos parecen ganar dinero, o conservarlo, si es que llegan a ganarlo. Encuentro muy interesante la historia de nuestra familia; hemos hecho muchas cosas buenas en nuestros tiempos, y siempre hemos sido personas sin miedo a decir lo que piensan. También somos «honorables», ya que no conozco a ningún miembro de la familia que haya caído en la quiebra.

Además de historias sobre sus heroicos familiares, al joven Allan también le contaron las tragedias que había sufrido la familia. Había un relato en particular que su abuelo George solía repetir y causaba en el chico una profunda impresión acerca de la importancia de la seguridad personal.

Edward Rayner Chappelow, tío abuelo de Allan, era un apasionado de la aventura. Se enroló en la marina mercante y navegó por los mares, luchó contra los cafres (paganos negros) en Sudáfrica, y en Perú cargó embarcaciones de guano. En la primavera de 1885, Edward llegó a California dispuesto a instalarse. Se abstuvo de la bebida, adquirió un vivero propio y comenzó a cultivar la tierra. Un día, Edward visitó una pequeña comunidad al este de Los Ángeles para recuperar dos mil dólares que le debían. Y los cobró. Como era tarde, no pudo depositar el dinero en un banco. De regreso a casa, fue atacado por una banda de jóvenes que lo apuñalaron de muerte, arrastraron su cuerpo a una pequeña cabaña de madera y le prendieron fuego con parafina. Edward tenía solo veintisiete años.

A pesar de su pintoresca historia familiar, la infancia de Allan fue la típica de un niño educado en la clase media de Hampstead. En septiembre de 1927 comenzó sus estudios en The Hall, una escuela primaria privada a quince minutos a pie de Downshire Hill. El centro era conocido por sus altos logros académicos, así como por sus americanas, gorras y corbatas de color rosa; allí conoció Allan la obra de Shakespeare, y aprendió a leer latín y a adquirir suculentos caramelos en el quiosco.

Según las anotaciones privadas del director de la escuela Gerard Wathen, tras un primer trimestre «malillo», Allan había «mejorado mucho», era «inteligente» y «bueno en las manualidades». Otra de las entradas informaba de que el pupilo no era «un caso perdido en absoluto», sino «inusualmente inteligente en ciertos aspectos». Wathen dejó constancia de que el padre de Allan era un «artista arquitecto», su madre, una «danesa», y su hermano, un «tarado». El director también registró que, en febrero de 1930, Allan fue castigado con golpes de vara por una tal señora Bolton. No obstante, la causa de ese correctivo no se especificaba.

En The Hall, como en muchas otras instituciones educativas de aquella época, se permitían los castigos corporales. De hecho, para la edición de la revista escolar de 1932, un estudiante compuso los siguientes versos humorísticos con las letras del alfabeto:

R is for Rudeness (no not Mr. Rotherham). It’s what the staff say when the boys come to bother ’em.

S is for Sita, best-seller it seems, for some humourist said, «Go to him for ice-creams».

T’s for Thrashing, a penalty rare. You go to the study, the Principal’s there.*

Los deportes también tuvieron un papel relevante en la juventud de Allan. Cuando no estaba jugando al tenis con su padre y su abuelo, a Allan lo motivaban para participar en deportes de equipo. En su último curso en The Hall, él era bateador del equipo de críquet de la escuela, y sus esfuerzos en la escuadra de rugby le granjearon un comentario del director en la revista escolar de 1933. «Chappelow (delantero) necesita más energía —escribió Wathen—. Es más útil en el barro que en terreno seco, cuando se necesita una mayor velocidad».

En sus horas libres, Allan daba de comer a los patos en los estanques del Hampstead Heath y subía a Parliament Hill para apreciar la vista de Londres. Recogía el pan de la panadería Rumbolds, en South End Green, y acompañaba a su madre a comprar frutas y verduras al mercado de Hampstead High Street. Aunque no asistía a la iglesia de St. John, al otro lado de la calle, ni a ninguna otra, ya que su familia era estrictamente atea, sí disfrutaba de las festividades: subía al tejado del número 9 de Downshire Hill para ver los fuegos artificiales de la Noche de Guy Fawkes, participaba en la búsqueda de los huevos de Pascua en el jardín trasero de la casa y disfrutaba de las comidas de Navidad con su familia en el comedor de celebraciones formales.

Allan era un lector compulsivo ya a edad temprana, y esta actividad le resultó más sencilla cuando su oftalmólogo le recetó unas gafas con gruesos cristales para corregir su miopía. Pasaba horas en su pequeña habitación, empapándose de los libros del momento, como Emilio y los detectives, Swallows and Amazons y Los chicos del ferrocarril. En un lugar de honor junto a su cama había una pequeña estantería en la que disponía sus lecturas favoritas.

Y lo que más le gustaba de todo era coleccionar sellos, ya que, como su madre, era un ferviente filatélico. Siempre que llegaba una carta a casa suplicaba para que le dieran el sobre. Si lo conseguía, usaba una tetera hirviendo para despegar el sello con cuidado antes de ponerlo a secar y, después, incluirlo en uno de sus álbumes, dependiendo de su color, valor y tipo. Le gustaban especialmente los sellos extranjeros, en los que aparecían jefes de Estado, animales exóticos y plantas de apariencia extraña. Se sentaba en su cama y pasaba las horas hojeando sus álbumes, pensando en países lejanos que esperaba visitar algún día.

El segundo día de inspección en el número 9 de Downshire Hill comenzó a las tres de la tarde del martes 13 de junio de 2006. Mike Cole había vuelto a hablar con su supervisor, el subinspector Nick Giles, que dijo que el banco de Allan Chappelow había denunciado otro intento de utilizar su tarjeta de crédito. La policía sospechó cada vez más que se pudiera haber cometido un delito grave, y decidió regresar a la vivienda cuanto antes.

Como su compañero Sam Azouelos estaba de baja, Mike Cole fue con el agente Terry Seward hasta la comisaría de policía de Kentish Town, a unos tres kilómetros de Hampstead, donde recogió las llaves y continuó hasta el número 9 de Downshire Hill. El subinspector Nick Giles estaba esperándolos junto a la verja de entrada. Cole abrió la puerta principal y les hizo una breve visita guiada por el ruinoso inmueble. Su intención era hacer un registro más exhaustivo del lugar.

«Al entrar en la casa —escribió Seward después en un informe— olía a polvo y a algo en estado de descomposición». A pesar del calor que hacía fuera, la casa estaba fresca. Seward se puso unos guantes desechables y se dirigió al primer piso. Cuando subía por las escaleras se percató de que había un montón de moscardas revoloteando cerca de una ventana. «Aquí era donde olía más a podrido», escribió.

El subinspector Giles vio una escalera de mano en el piso de arriba, y subió al ático, abrió una trampilla y trepó hasta el tejado plano de la casa. Deambuló por él varios minutos, pero no había rastro del anciano. Miró desde el borde hacia el lugar donde podría haber caído, pero lo único que se veía en el jardín de abajo eran árboles y arbustos. Vio a Seward delante de la casa, y le pidió que buscara en el jardín, pero no encontraron nada.

Mientras continuaba la búsqueda en el interior de la casa, otros policías recogían declaraciones de los residentes del lugar. Los vecinos dijeron a la policía que en los últimos años no veían mucho a Allan Chappelow. Habían acabado pensando que era un excéntrico y un ermitaño.[4] En cierta ocasión, uno de los vecinos le preguntó si podía hacerle una visita, y Chappelow declinó la oferta educadamente. Todos suponían que quizás estaba avergonzado por el estado de su casa.

Lady Listowel, que vivía en el número 10, repitió que no había visto a su vecino desde que regresó de Estados Unidos a principios de mayo. Mujer menuda, pero elegante, de unos setenta años, se había trasladado junto con su marido William Hare, quinto conde de Listowel, a su espaciosa residencia de estilo regencia en 1987. Según dijo, conocía a Allan muy bien, y echaba un ojo a su casa siempre que él estaba fuera. Cuando la gente de la calle se burlaba de Allan por ser un ermitaño o no cuidar de su propiedad, lady Listowel, de nombre Pamela, lo defendía. «Es un chico muy amable», decía. Le gustaba su jardín descuidado y la fauna que atraía, y apreciaba su carácter extravagante. Le parecía una persona inteligente, encantadora y extrovertida, y nunca le molestó el estado en que se encontraba su casa. Posiblemente a algunas personas no les guste vivir de esa forma, en realidad, a la mayoría, pero Allan había vivido allí desde que era un adolescente: si estaba cómodo así, ¿quién era ella para juzgarlo?

Peter Tausig, que vivía en el número 11, también afirmó que hacía tiempo que no veía a Allan. Con sesenta y seis años y jubilado de su empleo como banquero, Tausig dijo que solía cruzarse con su anciano vecino por la calle, normalmente cuando Allan iba a leer el periódico a la biblioteca de Keats Grove. Tausig creía ser una de las pocas personas de la calle que tenía un vínculo cercano con Allan. Dos o tres años antes, Allan le había dicho que ya no le llegaba la correspondencia. Tausig se ofreció a ayudarle. Tras percatarse de que el problema era lo asilvestrado que estaba su jardín, hizo que podaran algunos de los árboles y arbustos. Desde aquel momento, Allan pasaba ocasionalmente por casa de Tausig para tomar el té. No hablaba de sí mismo, sino que prefería hablar de política, y en particular de su desprecio por George Bush y Tony Blair y su «injustificada» invasión de Irak.

Cuatro meses antes, Allan le había dicho que planeaba hacer un viaje a Texas. «Parecía emocionado», recordaba Tausig. «Dijo que iba tras algo nuevo, algo grande, que su nuevo libro sobre George Bernard Shaw sería su obra maestra».

Mientras tanto, en el interior del número 9 de Downshire Hill, Cole buscaba cualquier correspondencia o información útil que hubiera podido obviar el día anterior. Pasó varias horas hojeando balances de cuentas, cartas, revistas y diarios, pero no encontró nada útil. Cole le preguntó al subinspector Giles qué debía hacer con los documentos de viaje y el pasaporte que se había llevado el día anterior. Su jefe le dijo que volviera a ponerlos donde los había encontrado.

Tras echar un nuevo vistazo alrededor de la vivienda, Cole y el resto de los policías abandonaran el edificio. Cerraron de nuevo las puertas y devolvieron las llaves a la comisaría de Kentish Town antes de la hora de la cena.

La mañana del miércoles 14 de junio, dos días después de la primera visita de Cole a la casa, el subinspector Nick Giles decidió tomar el mando de la búsqueda. Se había puesto en contacto con dos parientes lejanos de Allan Chappelow —Michael Chappelow, marchante de arte, y James Chappelow, profesor en la ciudad de Hemel Hempstead—, y ambos le habían dicho que era muy improbable que el anciano estuviera en otra parte que no fuera su casa. El subinspector estaba cada vez más preocupado por la posibilidad de que hubiera sucedido algo desafortunado. Tras dos días de búsqueda, todavía no estaban seguros de que Allan Chappelow no se hallara en su domicilio del 9 de Downshire Hill. La mitad de las habitaciones estaban tan llenas de desperdicios que no habían podido realizar una investigación exhaustiva. La mejor forma de asegurarse completamente sería vaciar todas las habitaciones. No obstante, tardarían semanas en hacerlo, ya que ese trabajo lo llevaría a cabo un equipo de registro especializado que tendría que fotografiar y catalogar cada elemento antes de trasladarlos. Mientras tanto, solo quedaba otra opción: la unidad canina.

Sobre las tres de la tarde, el subinspector Giles regresó al domicilio, donde se encontró con Paul Vardon y Scott Stepney, cada uno de los cuales estaba acompañado por un pastor alemán negro y canela. Stepney y su perro fueron al piso de arriba, en tanto que Vardon dio una vuelta con su perra, Lacey, por la planta principal. Los pasillos, las escaleras y la habitación de la izquierda no suscitaron interés alguno en ella, pero en cuanto se aproximó a la habitación de la derecha, que estaba llena hasta arriba de papeles, emitió un ladrido grave específico y empezó a escarbar entre los papeles con sus garras. Vardon le dijo a Giles que era razonable concluir que había un cuerpo en descomposición de alguna clase en aquella habitación. Era posible que fuera desde comida podrida hasta un animal muerto, pero Vardon añadió que lo más probable era que se tratara de un cadáver. La única manera de comprobarlo sería retirar cuidadosamente toda la basura. El subinspector Giles, satisfecho de hacer finalmente algún progreso, cerró de nuevo la entrada a la casa, y después acordonó la propiedad entera con cinta azul y blanca.

A las cuatro de la tarde, de nuevo en la calle, frente a la casa, había llegado el momento de que el subinspector Giles pasara el caso al siguiente escalafón de la cadena de mando. Llamó a su jefe y lo informó de que habían encontrado algo y de que, a pesar de no poder asegurarlo completamente, era muy probable que se tratara del cuerpo de Allan Chappelow. Recomendó que enviaran al domicilio a un especialista en investigaciones de escenarios del crimen antes de que este estuviera más contaminado.

El caso quedaría ahora en manos de la unidad de homicidios del distrito noroeste de Londres y de su agente al mando, Pete Lansdown.

APUNTES DEL CASO

Decidí intentar dejar constancia de mi búsqueda: con quién hablaba, qué decían, cualquier pista que resultara interesante.

Primer paso, necesito hablar con el agente que dirige la investigación: Pete Lansdown. Encontré su número en internet tras varias horas de búsqueda, y lo llamé. Le sorprendió que hubiera conseguido dar con él, y sugirió que podría ganarme la vida como detective o inspector. Nos reunimos en un despacho tranquilo del Peel Centre de la Policía Metropolitana de Londres, en Colindale, en la zona norte de la ciudad. Su hermana, que también trabajaba para la Policía Metropolitana, nos trajo té y galletas. Me dijo que no debería concederme esa entrevista, ya que no había firmado el papeleo correspondiente, pero le había dicho al personal al mando que no había podido contactar conmigo para cancelar la visita (me enviarían un contrato en los próximos días). Me dijo que la muerte de Chappelow fue un suceso muy triste, una manera horrible de morir para un anciano. Me sugirió que hablara también con Peter Devlin, el detective que gestionó el día a día del caso. Sabía que estaba jubilado y que ahora vivía en Irlanda, pero no tenía su contacto. Me explicó cómo se realizaban las investigaciones de homicidios y lo que él consideraba que era la clave para establecer una teoría con éxito. Dijo que había cuatro «bloques» principales: las pruebas, los testigos, el escenario del crimen y la «victimología» (el círculo social de la víctima). A partir de ahí es posible establecer el método, el móvil y la ocasión: los motivos por los que un crimen sucede en un tiempo y un lugar determinados y de un modo en particular. Cuando me levanté para marcharme, Lansdown dijo que el asesinato de Allan Chappelow fue «uno de los mejores rompecabezas criminales que jamás haya visto».

He intentado encontrar una copia de las transcripciones del juicio por el asesinato de Allan Chappelow. Según me han dicho, solo puedo disponer de ellas si pago miles de libras a DTI Global, que tiene la exclusiva de las transcripciones de todos los juicios celebrados en el Old Bailey (el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, en Londres). Esto contrasta con lo que ocurre en Estados Unidos, donde puedes leerlos libremente en cualquier juzgado. He recibido un correo electrónico de DTI Global: «Hemos realizado la búsqueda en los juzgados —dicen—, y, desgraciadamente, debido a la antigüedad del caso, las cintas ya no están disponibles». Y añaden que: «Nos resulta imposible ayudarle con su petición relativa a esa transcripción». Me sorprende mucho que hayan perdido las grabaciones, sobre todo siendo un caso con solo diez años de antigüedad y que sigue estando sujeto a apelación. Me siento frustrado por no poder leer o escuchar lo que los testigos y abogados dijeron en el tribunal.

Escribí a Wang Yam, que está recluido en la prisión de Whitemoor, en Cambridgeshire. No he vuelto a tener noticias suyas.

2
ALLAN CHAPPELOW

En septiembre de 1933, a los catorce años, Allan Chappelow fue enviado como interno a la escuela Oundle, a dos horas en coche al norte de Londres y a veinticuatro kilómetros de Peterborough. Paul, el hermano mayor de Allan, permaneció en casa debido a su parálisis cerebral.

Situado en el entorno de la localidad medieval de Oundle, a orillas del río Nene, el internado contaba con alojamiento y aulas, un conjunto de campos de críquet, fútbol y rugby, un vestíbulo de piedra de estilo gótico construido en 1908 y la impresionante capilla de St. Anthony. También disponía del campo de tiro de Elmington, que con sus 460 metros era uno de los más largos del país. Lo que atrajo a los padres de Allan fue su reputación como centro de excelencia en ingeniería y ciencias, así como sus métodos de enseñanza progresistas.

A su llegada, Allan fue destinado al alojamiento New House bajo la tutela del señor King, un anciano amable que trataba a sus pupilos con respeto y compasión. Allan se inscribió en muchas de las actividades de la escuela. Recibió clases de piano y se apuntó al club de fotografía. En su tiempo libre paseaba por los alrededores de las instalaciones tomando fotografías de árboles, flores y animales. Después, se encerraba en el cuarto oscuro de la escuela y bañaba el papel fotográfico en líquidos químicos malolientes, mejorando poco a poco sus habilidades de revelado. A pesar de las inclinaciones antimilitaristas de su familia, lo obligaron también a participar en el Cuerpo de Adiestramiento de Oficiales.

A principios de diciembre, Allan regresó a Londres para pasar las vacaciones de Navidad junto a su familia. Aunque había sido un primer trimestre sin incidentes, disfrutó de poder dormir en su propia cama en Downshire Hill. Cuando se despertó a la mañana siguiente, se puso sus gafas y buscó su álbum de sellos favorito, el que contenía la colección de estampas extranjeras. No estaba en la estantería en que lo había dejado la última vez. Sorprendido, y ya un poco más despierto, buscó por toda la habitación. Bajo la cama, detrás de sus libros, en los cajones de la cómoda. No estaba. Enojado, se reunió con sus padres a la mesa del desayuno y les dijo que sus sellos más valiosos habían desaparecido. Tras nuevas búsquedas, sus padres concluyeron que uno de los sirvientes de la familia debía de ser el culpable. Ese mismo día, a pesar de sus protestas de inocencia, el sirviente fue despedido. De todos modos, nunca encontraron su preciado álbum, y Allan quedó abatido.

Karen se esforzó por consolarlo. «Puedes empezarlo de nuevo», lo animó con ternura. Le dijo que era una oportunidad para redefinir el tipo de sellos que quería coleccionar. Durante esas vacaciones, trabajaron juntos para encontrar ejemplares nuevos y más raros incluso, pidiendo a los parientes que les guardaran sus sellos y rebuscando en los mercadillos locales. Cuando volvió a la escuela al trimestre siguiente, Allan pasó muchos de los recreos en el patio comparando e intercambiando sellos con sus amigos. Estaba dispuesto a encontrar cartas y postales inusuales, especialmente si procedían del extranjero. Tardaría algún tiempo en reconstruir su colección, pero iba camino de ello.

Allan disfrutaba con sus estudios, y era reconocido por su inteligencia y su esfuerzo. Por ejemplo, al final del primer curso le concedieron el premio de francés en el Día de Discursos (también hablaba pasablemente italiano, danés y alemán). Al año siguiente, en diciembre de 1934, participó en un simposio que organizaban los estudiantes llamado Junior Scientific Conversazione, donde se plantó ante toda la escuela y presentó un mapa de estaciones inalámbricas y telegráficas del mundo. También trabajó junto con otros tres estudiantes, y explicó cómo un recipiente hueco —por ejemplo, una barca o un cráneo— puede deformarse o destruirse si «existe una fuerza externa lo suficientemente poderosa». Se publicó un panfleto acerca del evento, y el nombre de Allan apareció impreso por primera vez. En su portada, se citaba la siguiente frase del matemático del siglo XVII John Newton: «No hay nada que pueda aprenderse mejor que mediante el juego». Durante su último año en la escuela, Allan tuvo la confianza suficiente como para enviar una de sus fotografías a un periódico local, y quedó encantado cuando la publicaron junto con su nombre.

Sin embargo, tras graduarse en julio de 1938, sus sueños de hacer carrera en el periodismo se desvanecieron cuando su padre le dijo que necesitaba conseguir un trabajo con unos ingresos estables. Quiso demostrar que podía conseguirlo por sí mismo, y comenzó como aprendiz en un banco del centro de Londres justo antes de cumplir los diecinueve años. Mientras tanto, su hermano Paul había encontrado un trabajo vendiendo tabaco y cigarrillos en una tienda local de Hampstead. A Archibald y Karen les gustaba tener a ambos hijos viviendo en casa con ellos.

Pete Lansdown se consideraba a sí mismo un lugareño.[1] Hijo de una secretaria y de un artillero del Royal Tank Regiment, se había criado en «The Coombe», un alto edificio de apartamentos de King’s Cross con amplias vistas a Regent’s Park y a la zona de Londres que hay tras él. Lansdown era lo que se llama un «buscavidas». Había ingresado en la policía de Londres a los dieciocho años y aprendió el oficio como patrullero en el West End antes de ascender rápidamente en la cadena de mando. Su primer caso de asesinato fue en Chinatown: habían quemado una casa de apuestas en la que murieron varias personas. Tres años más tarde, ya era un reputado detective, y lo enviaron a Harlesden, en Brent,[2] donde se unió al equipo que se ocupaba de las bandas violentas que dominaban el noroeste de Londres en aquella época.

En 1990, Lansdown fue destinado a la Brigada Regional de Delitos, que lidiaba con delitos graves y con el crimen organizado, y después, en 2000, lo designaron inspector jefe del Equipo 3 de Investigaciones de Asesinato para la zona noroeste de Londres. Desde que comenzó como inspector jefe, había estado al mando de más de cincuenta casos de asesinato, de los cuales le enorgullecía poder decir que solo uno de ellos había quedado sin resolver. De hecho, la Policía Metropolitana tenía uno de los índices de éxito más elevados del mundo, con un 75 % de casos resueltos (mediante acusación y/o juicio), lo que contrastaba con el 64 % del FBI. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en el momento del asesinato de Allan, Londres tenía una de las tasas de asesinato más bajas de todas las capitales del mundo, con solo 1,8 asesinatos por cada cien mil personas, comparado con los 5,6 de Nueva York, 4,8 de Ciudad de México, 4,6 de Moscú y 4,4 de Ámsterdam. En 2006 se cometieron 172 asesinatos en Londres, y once de ellos tuvieron lugar en Camden, el distrito al que pertenece el área de Hampstead.

Lansdown, calvo, con más de metro ochenta, espalda ancha y muslos de jugador de rugby, no era el tipo de hombre con el que uno quisiera pelearse. No obstante, su traje de raya diplomática, su almidonada camisa blanca, su elegante corbata, sus gafas sin montura y sus relucientes zapatos de cuero calado sugerían una imagen más refinada. Los únicos indicios de sentimentalismo eran sus gemelos de la guerra de las Malvinas. Tenía maneras de instructor, y compartía sus conocimientos con los demás, usando palabras y expresiones técnicas que después tenía que explicar. En casa, estudiaba casos de asesinato de todo el mundo y leía libros sobre las últimas técnicas de investigación. Pero también tenía otros intereses: en su tiempo libre cuidaba de su flota de coches antiguos, de los cuales el más preciado era un MGB descapotable de 1978 pintado de verde inglés y con brillantes tapacubos cromados en sus ruedas. Cuando era joven, sus compañeros de la policía lo llamaban «Lips» («Labios»), debido a que su boca era grande. Se quedó con ese apodo, incluso después de llegar a la jefatura. (Tal vez porque era propenso a hablar mucho.)

Cuando Pete Lansdown recibió la llamada del subinspector Giles diciéndole que era posible que hubiera un cadáver en el número 9 de Downshire Hill eran casi las cuatro de la tarde del 14 de junio de 2006. Lansdown estaba sentado a su ordenado escritorio, en la segunda planta del Peel Centre de la Policía Metropolitana de Londres, en Colindale, a poco más de seis kilómetros del escenario del crimen. Al ser uno de los seis oficiales al cargo de las investigaciones de asesinato del noroeste de Londres, le tocaba ocuparse de cualquier caso nuevo que se presentara. En teoría, según le habían dicho, no tenía que hacerse cargo de ningún «trabajo» nuevo si no tenía recursos disponibles para ello. Pero, tras cinco años como jefe de uno de los equipos de investigación de asesinatos de la Policía Metropolitana, había aprendido que siempre estaba ocupado con algo —igual que sus compañeros— y que rechazar un trabajo significaría dificultar la tarea a otros. Podía llegar a tener hasta quince investigaciones de asesinato activas al mismo tiempo, junto con otras quince cuyos juicios estaban en marcha. Cada seis semanas le tocaba hacer guardia, y en esos momentos trabajaba un mínimo de sesenta horas a la semana, veinte más de las estipuladas en su contrato. Como siempre, aceptó el nuevo «trabajo».

«A los medios de comunicación les gusta pensar en el inspector de asesinatos como en un agente solitario con un pasado turbulento —comentó Lansdown—. En realidad, resolver los casos es un trabajo de equipo». Enumeró algunas de las profesiones implicadas: expertos forenses, directores de investigación de escenarios del crimen, servicios de información y patólogos. «Dicho esto —añadió—, también es cuestión de carácter, liderazgo y empuje».

Lansdown estaba al mando de veinte inspectores con el apoyo de ocho empleados civiles. Una de las primeras decisiones que tomaba era cómo catalogar la investigación. Esto dependía de lo que él llamaba su «solucionabilidad». Si era del «nivel C», un caso de fácil resolución, solo asignaba seis o siete de sus agentes. Un caso de «nivel B» lo obligaba a usar a sus veinte inspectores, al menos durante los primeros días. Los de máxima importancia, los de «nivel A» o «nivel A+» exigían que contactara con Scotland Yard y pidiera ayuda. Algunas de las investigaciones de asesinato del máximo nivel involucraban incluso a cuatrocientos agentes de policía. Su instinto le decía que este sería de «nivel B» o «B+».

Lo primero que hizo Lansdown fue enviar a Hampstead a un Equipo de Evaluación de Homicidios (Homicide Assessment Team, HAT). Treinta minutos después, un director de investigación de escenarios del crimen llamado Steve Smale llegó al número 9 de Downshire Hill. Smale se ocuparía de fotografiar toda la propiedad y asegurarse de conservar el estado de la localización lo mejor que pudiera para el equipo forense que podría llegar después.

Una vez fotografiada la casa, Steve Smale y Nick Giles comenzaron a despejar la basura de la «Habitación Seis», que es como denominaron a aquella en la que la perra Lacey había ladrado. Encima de la montaña había grandes atados de papel de tamaño A3 doblados en manojos de quince centímetros de grosor. En cada una de las páginas aparecía el título del libro, Shaw: The Chucker-Out, y el nombre del autor, «Allan Chappelow». Según descubrieron, esos manuscritos eran de un libro que el propietario de la vivienda había escrito en 1969. Todas las páginas pertenecían a la misma obra, una biografía del dramaturgo George Bernard Shaw.

Los progresos de los inspectores eran de una lentitud tormentosa. Antes de retirar cada uno de los fardos tenían que buscar en ellos trazas de contacto humano —pisadas, huellas dactilares, restos de sangre, fibras— y realizar otra serie de fotografías. Cinco horas más tarde, y con tres cuartos de la montaña por revisar, el equipo todavía no había encontrado lo que excitó a Lacey. A las diez de la noche, Nick Giles dio su jornada por acabada y dejó que los inspectores continuaran con la búsqueda. Les comunicó que si encontraban algo debían ponerse en contacto inmediatamente con Lansdown. Se hacía ya de noche cuando Giles se metió en su coche. Era un alivio estar al aire libre, más fresco y menos hediondo que el interior. Mientras subía por Downshire Hill para dirigirse a la comisaría de la policía encontró la calle prácticamente desierta. Era la noche de un miércoles normal, pero la mayoría de la gente estaba en casa viendo el Mundial de fútbol.

Media hora después, tras haber desplazado un mayor número de manuscritos, Steve Smale vio algo que sobresalía entre la montaña de desperdicios. Una vez que hubo sacado varios atados de papel más, Smale reconoció una pierna humana vestida con un calcetín y un zapato. Llamó a Pete Lansdown, que todavía estaba en su despacho: habían encontrado lo que llevaban buscando desde hacía tres días.

Durante el verano de 1938, Allan leía los periódicos cada mañana camino de su trabajo en el banco, que estaba situado en el centro de Londres. Veía que las tensiones entre Alemania y Gran Bretaña eran cada vez más intensas, y aquello le inquietaba tanto como al resto de la población. Los periódicos también informaban de que Adolf Hitler estaba reconstruyendo el ejército alemán y los cuerpos de aviación, contraviniendo claramente el Tratado de Versalles de 1919. Después, en septiembre de 1938, el primer ministro británico Neville Chamberlain viajó a Múnich para asistir a una conferencia de paz con Adolf Hitler. Cuando regresó al aeródromo de Heston, al oeste de Londres, Chamberlain declaró que había asegurado «la paz para nuestra época».

Muchas de las personas de la clase dirigente británica recelaban del Pacto de Múnich, y durante aquel invierno, hasta el Año Nuevo, se habló cada vez más de otra guerra con Alemania. Aunque el servicio militar obligatorio se había abolido tras la Primera Guerra Mundial, el 27 de abril de 1939 se reintrodujo una forma limitada de reclutamiento en respuesta al programa de rearme de Alemania y el aumento de la beligerancia. A partir de ese momento, los hombres solteros con edades comprendidas entre los veinte y los veintidós años serían llamados a cumplir con el servicio militar. Aunque por su edad habría tenido que alistarse, Paul, el hermano de Allan, contaba con una exención médica, y continuó trabajando en el estanco local. Sin embargo, Allan no pudo poner esa excusa cuando cumplió veinte años en agosto de 1939. Unos días más tarde recibió una carta a través de la puerta del número 9 de Downshire Hill en la que lo conminaban a presentarse al servicio.

Se enfrentaba a una disyuntiva: ¿se enrolaría en el ejército local como le habían requerido o se inspiraría en sus antepasados y tomaría la decisión política de objetar para intentar eludir el servicio militar? Esta decisión se convertiría en una cuestión crucial cuando, el 1 de septiembre, los tanques de Hitler invadieron Polonia. Dos días después, Gran Bretaña entraba en guerra con Alemania.

Allan tenía un dilema. Aparte de la influencia de su familia y de sus amigos radicales, tal vez su mayor inspiración fuera el escritor, orador y dramaturgo George Bernard Shaw. Aunque solo tenía veinte años, Allan había leído la mayoría de las obras de teatro de Shaw, incluidas Santa Juana, Pigmalión y Hombre y superhombre, además de muchos de sus discursos. Aunque las objeciones de Shaw a la Primera Guerra Mundial fueron contra la opinión pública del momento, Allan se inspiró en ellas. Ahora, ante el comienzo de una nueva guerra, Shaw había vuelto a declarar su oposición al conflicto militar, aunque esta vez parecía tener más simpatía por el gobierno alemán y el italiano que por el suyo propio. Lo más inspirador para Allan fue el argumento de Shaw por el que las clases obreras de las diferentes naciones tenían que permanecer unidas y no luchar las guerras de los ricos y poderosos. Tras discutir el tema con sus padres durante días, Allan tomó una decisión.

De modo que, el 9 de marzo de 1940, Allan puso rumbo al tribunal. Fue solo en autobús desde Downshire Hill hasta St. Pancras, y esperó allí en un banquillo fuera del juzgado. Cuando le llegó el turno, se presentó ante él y fue interrogado por un grupo compuesto por un abogado, un miembro del sindicato y un miembro de la población civil. Ninguno de ellos pertenecía al ejército. Cuando le preguntaron por qué se negaba a servir a su país, Allan declaró: «Soy objetor de conciencia». Afirmó que rechazaba cualquier forma de guerra por cuestiones de principios basados en razones morales más que religiosas.

Allan era uno de entre los sesenta mil hombres y mil mujeres que habían solicitado la exención a servir en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno, en un esfuerzo por evitar el escándalo de la guerra anterior, intentó diferenciar entre los diversos solicitantes. Cerca de tres mil de las solicitudes fueron aprobadas por «exención incondicional», otras dieciocho mil fueron rechazadas por no considerarse «legítimas», tres mil personas fueron encarceladas (la mayoría de ellas en espera de una apelación), y al resto se les asignó trabajos civiles. Allan entró en esta última categoría. Le dijeron que tenía que dejar el banco y empezar a trabajar para el Comité Ejecutivo de Agricultura de Guerra. Por lo tanto, a principios de junio comenzó a trabajar como jornalero en una finca a las afueras de Southampton. Unos meses más tarde fue trasladado a otra granja cerca de Winchester. Para su sorpresa, prefería ese trabajo a las tareas burocráticas que le habían dado en el banco. Le gustaba estar al aire libre, la camaradería con los otros campesinos, estar en contacto con la tierra.

El padre de Allan, de todos modos, renegaba de la política del gobierno. En una carta a un primo estadounidense escrita el 14 de mayo de 1940, Archibald escribió: «¡En qué modo puede beneficiar al país que mi hijo deje su empleo en el banco, donde es útil, para hacer un trabajo de campesino del que no conoce nada y donde no ayudará en nada, es algo que escapa a mi comprensión! Es su forma de fastidiarte, el gobierno te dice que puedes tener una conciencia, pero subraya su desaprobación por medio de una u otra forma de castigo. ¡Qué mezquino y ridículo es todo esto!».

El padre de Allan continuaba describiendo cómo estaba afectando la guerra a su negocio y el peligro que suponía para su casa de Downshire Hill:

A muchos de nosotros nos preocupa la falta de ingresos, que en mi caso supone una pérdida irreparable absoluta. Sí, creo que mi tío y mi padre pueden alegrarse de haber salido del negocio, yo estoy a punto de arruinarme y no me importaría dejarlo también, si no fuera porque tengo cargas familiares. Debido a mi difícil posición, es posible que tenga que vender mi hermosa casa estilo regencia de Hampstead. Era la niña de mis ojos.

En tanto que el padre se preocupaba por salvar la casa familiar, los problemas de su hijo con la ley no acababan. A principios de abril de 1941, Allan merodeaba por las calles de Winchester cuando se percató de un edificio que había sufrido grandes daños en un reciente bombardeo. Entristecido por la escena, comenzó a realizar fotografías hasta que un sargento de la policía que pasaba casualmente por allí corrió hasta él y lo arrestó.

En la comisaría de policía local, Allan fue acusado de quebrantar la Orden de Control de Fotografías de 1939. Según el sargento que lo había detenido, había cogido a Allan in fraganti realizando una fotografía no autorizada de un edificio bombardeado. Tres semanas más tarde, el 28 de abril de 1941, Allan fue citado a presentarse ante un magistrado en Winchester. Estaba representado por un abogado, un tal señor A. D. N. Nabarro, quien dijo que su cliente de veintidós años era un «experto fotógrafo y siempre llevaba la cámara consigo». Su abogado continuó diciendo que Allan hizo todo lo posible por reparar el daño en cuanto se le indicó la falta. En su resumen del caso, el magistrado, el señor F. O. Langley, se dirigió al acusado: «Objeta a participar en la guerra, pero pasea por ahí realizando fotografías de los daños de la guerra. A mí no me parece coherente». La historia tuvo cobertura a escala nacional, tal vez como advertencia general. El diario Hartlepool Northern Daily, por ejemplo, indicaba que Allan había sido multado con la nada despreciable suma de veinte libras, más cinco por las costas.

Castigado doblemente por la ley, Allan decidió agachar la cabeza, y consiguió alejarse de los problemas durante el tiempo restante de la guerra. Los fines de semana podía salir de la granja para visitar a su hermano y sus padres en Londres, y durante el verano le daban varias semanas de descanso. En una de esas vacaciones, en julio de 1942, Allan estuvo durante quince días en la escuela de verano de la Sociedad Fabiana en Frensham Heights, a unos cuarenta kilómetros de Winchester. Allí conoció a los líderes teóricos socialistas Sidney y Beatrice Webb, que le permitieron tomar una serie de fotografías. Allan celebró sus primeros retratos de personajes famosos tanto como había apreciado su primera colección de sellos.

En octubre de 1943 le comunicaron que le habían asignado un nuevo trabajo en Londres. Trabajaría como observador para Defensa Civil. Cada noche salía del número 9 de Downshire Hill vestido con un uniforme de color caqui y su casco blanco sellado con la «W», que designaba a los vigilantes de los bombardeos, y tomaba un autobús que lo llevaba hasta Marble Arch. Allí pasaba la noche sobre la azotea del Hotel Cumberland[3] supervisando Hyde Park y el centro de Londres en busca de aviones y misiles alemanes. Cuando localizaban alguno, sus compañeros y él hacían sonar la sirena, avisando a los residentes locales para que se dirigieran inmediatamente al refugio antiaéreo más cercano.

A Allan le pareció que, durante el día, una vez recuperadas las horas de sueño, le quedaba tiempo libre, así que se inscribió en el Birkbeck College del centro de Londres. Durante dos años asistió a clases de ética y filosofía, impresionando particularmente a una de sus profesoras, Ruth Saw. «Tiene un interés auténtico por la filosofía y mucha capacidad —escribió Saw—. Además de interesarse por sus compañeros y sus problemas de conducta, el señor Chappelow tiene grandes deseos de serles de utilidad».

Esta era la vida de Allan, estudiando teoría moral por el día mientras buscaba misiles por la noche, cuando, un 8 de mayo de 1945, la guerra se dio por terminada finalmente en el Día de la Victoria. Una vez firmada la paz se preguntó qué debía hacer.

A las ocho de la mañana del 15 de junio de 2006, Pete Lansdown concertó una reunión en la comisaría de policía de Hampstead, a menos de doscientos metros del número 9 de Downshire Hill. Aunque las oficinas de la unidad de homicidios en Colindale servirían como base para la investigación, Lansdown decidió que sería más efectivo celebrar la reunión de ese día cerca del escenario del crimen. Ya hacía calor fuera, y lo más probable es que después hiciera más; todos llevaban mangas cortas. A su alrededor estaban aquellos que ya habían participado en la investigación: los agentes de policía al mando, los directores de la investigación del escenario del crimen, los agentes de la oficina de personas desaparecidas y el personal del Equipo de Evaluación de Homicidios (HAT). Los más jóvenes trabajarían con sus compañeros más experimentados, una especie de sistema de tutelaje para que pudieran desarrollar sus aptitudes y técnicas.

El propósito de esa reunión era recopilar todos los hechos conocidos hasta el momento y acordar un plan de actuación para las siguientes veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Porque era durante este período temporal, que Lansdown llamaba las «horas de oro», cuando tenían más probabilidades de hacer grandes progresos. Este era el momento en que el autor de los hechos solía ser más vulnerable y tenía más probabilidades de cometer errores, lo cual haría que resultara más sencillo cazarlo. Además de eso, las «horas de oro» solían generar los mejores resultados forenses.

Lansdown comenzó informando a sus compañeros de que a partir de ese momento el dispositivo pasaría a conocerse como Operación Barnesdale (esos nombres eran asignados aleatoriamente por la sala de operaciones de Colindale en cuanto se registraba el asesinato, y no tenían ningún significado específico). Desde que se había puesto en su conocimiento el caso la noche anterior, los inspectores apenas disponían de información alguna sobre Allan Chappelow. Rara vez usaba su teléfono móvil, y no tenía una línea telefónica fija ni acceso a internet. Tampoco parecía tener presencia en las redes sociales ni antecedentes delictivos. Además, aparte de su viaje a Estados Unidos, los vecinos no sabían nada acerca de sus actividades recientes.

Para dificultar más aún las cosas, continuó Lansdown, Chappelow aparentemente no tenía parientes cercanos, más allá de Michael y James Chappelow, primos lejanos con los que apenas tenía trato. El agente del equipo que ejercía como enlace con los familiares, Gerry Pickering, añadió que la víctima era soltera, no tenía hijos ni parientes, hermanos o hermanas vivos, ni personas que pudieran considerarse amigos. Por lo que afirmaban muchos, era un ermitaño. Esto, según dijo Lansdown a su equipo, dificultaría el trabajo de lo que él llamaba «victimología». Sin familia ni amigos, sería mucho más difícil comprender al hombre, así como sus costumbres, relaciones personales y motivaciones, todo lo cual podría ayudarles tanto a establecer el móvil como a descubrir al culpable de su muerte. Todos en aquella sala sabían que más del 80 % de los homicidas tienen algún vínculo con sus víctimas. Esta falta de información podía suponer un severo obstáculo para la investigación.

El examen forense también sería un reto, continuó Lansdown. El cadáver, una vez descubierto por completo, se encontraría probablemente en avanzado estado de descomposición, dado el significativo período de tiempo que había transcurrido desde la muerte. El estado en que se encontraba la casa no facilitaba en absoluto la situación. Incluso el hecho de recuperar el cuerpo de Chappelow supondría un esfuerzo considerable. No podían comenzar en el lugar donde yacía el cadáver. El equipo POLSA, los asesores de registro de la policía, tendría que empezar por donde suponían que el asesino había entrado al inmueble, la verja de entrada, retirando la vegetación y los escombros a medida que avanzaban hasta acercarse progresivamente al cuerpo. Aunque esta parte del escenario del crimen ya había sufrido importantes alteraciones por parte de los inspectores, no querían pasar por alto ningún indicio. Tardarían días en hacerlo.

A su favor tenían cuatro elementos considerados como pruebas relevantes. Lansdown les entregó un informe que le había dado la noche anterior Peter Moutre, agente de la comisaría de policía de Hampstead. Moutre había escrito que solo seis semanas antes, poco antes de las cinco de la tarde del 2 de mayo, Allan Chappelow había visitado la comisaría y declarado ante el agente de guardia: «Me han robado la correspondencia». Tras dar su nombre, edad y dirección, Chappelow dijo que había estado cinco semanas fuera, pero que su vecina, Pamela Listowel, había introducido en el buzón de su puerta principal las cartas de mayor tamaño. Tras regresar a casa el día anterior, él había descubierto que alguien había forzado la puerta principal de su casa, y que en el vestíbulo no había correspondencia alguna.

Lansdown les entregó después un segundo informe de otra compañera de la comisaría de Hampstead, Teresa Weston, que era agente de prevención de delitos. En su declaración, Weston escribió que el 4 de mayo caminó hasta el número 9 de Downshire Hill y golpeó fuertemente la puerta, pero nadie respondió a su llamada. Depositó una carta en la que informaba a Allan Chappelow de que si requería una visita de la unidad de prevención de delitos, debía contactar con ella. Ese fue el último contacto que se tuvo con la víctima.

Lansdown dijo que había una tercera prueba que había provocado la visita realizada el 12 de junio por Cole y Azouelos. Se trataba de la llamada de la entidad bancaria HSBC en la que solicitaban que la policía visitara al señor Chappelow. El HSBC informó de que alguien había intentado depositar en su cuenta cheques a nombre de Allan Chappelow y de que este no había respondido a la solicitud del banco para que contactara con ellos.

La última prueba se refería al teléfono móvil de la víctima. A pesar de buscarlo durante tres días, no habían localizado el móvil de Allan Chappelow. Lansdown admitía que, dado el estado en que se encontraba el domicilio, todavía era posible encontrarlo, pero no le parecía probable. Según creía, alguien lo había robado. Gracias a una vieja factura que encontraron en la habitación de Allan, descubrieron que su compañía telefónica era Orange. Tras una rápida llamada al operador les dijeron que se trataba de un Nokia de color negro y que su tarjeta SIM había sido utilizada en numerosas ocasiones durante las últimas semanas. Eso era todo cuanto podían decir por el momento. Para recibir un informe detallado de las llamadas, cuándo habían sido realizadas y a qué números, tendrían que conseguir acuse de recibo de una petición oficial que habría que hacer a través de la Unidad de Información de Telecomunicaciones de la Policía Metropolitana (MPS TIU) en Scotland Yard.

Para entender el crimen, dijo Lansdown ahora a sus compañeros, tenían que desarrollar un relato. ¿Por qué sucedió el asesinato en ese tiempo y lugar determinados? Lansdown creía que, según la información disponible en la reunión, había dos posibles teorías. Tal vez la víctima hubiera trabado relaciones con un estafador al que había dejado entrar en casa y había tenido lugar un altercado, resultando en el asesinato de Chappelow. La respuesta más probable, según dijo, era un asalto frustrado a la vivienda:[4] un timador había entrado subrepticiamente en el vestíbulo del número 9 de Downshire Hill y había abierto la correspondencia de Chappelow. Mientras este se encontraba en Estados Unidos, el ladrón había robado varios cheques. Tras ser atrapado en el acto por el ocupante a su regreso, se había producido un forcejeo. El ladrón habría empujado entonces al anciano hasta la Habitación Seis —a pocos pasos de allí— y lo había asesinado. Por ahora esa sería la teoría con la que operarían.

Lansdown zanjó la reunión haciéndoles saber cuál sería la cadena de mando. Como inspector jefe, él quedaría a cargo de la estrategia general y decidiría qué línea tomarían las pesquisas. Dado que se trataba de un caso complejo, confiaría en sus mejores agentes. El ayudante de Lansdown sería Bill Jephson, un escocés de piel atezada especializado en investigaciones telefónicas. En ocasiones, sus rudos modales molestaban involuntariamente a sus compañeros, especialmente cuando abusaba de su autoridad y les decía lo que tenían que hacer, pero Jephson era un trabajador incansable y se había ganado el respeto por ser siempre el primero en llegar a la comisaría y el último en marcharse. El agente responsable del caso sería Peter Devlin, un detective de homicidios de Glasgow con el que Lansdown trabajaba desde hacía años. Devlin era especialmente versado en investigaciones financieras, algo que el inspector jefe sospechaba que sería fundamental en ese caso. Jephson y, en particular, Devlin serían los encargados del día a día de la investigación.

Tras esto, Lansdown delegó las tareas a realizar. Un equipo iría puerta a puerta recogiendo declaraciones de los testigos. Tenían que averiguar cuanto pudieran sobre Allan Chappelow: con quién se relacionaba, cómo era y a qué se dedicaba. Un segundo equipo de agentes especialistas en escenarios del crimen debía continuar con el examen forense del domicilio, catalogando los elementos que encontraran, fotografiando las pruebas y descubriendo el cadáver por completo antes del mediodía. Por último, otro equipo recogería cualquier tipo de información bancaria y telefónica y, con suerte, localizaría a partir de ello las últimas actividades conocidas de Allan Chappelow. Dado que aparentemente habían robado el teléfono de la víctima, era posible que esto incluso les pusiera sobre la pista del asesino en sí.

Tras salir de la reunión, el subinspector Peter Devlin[5] caminó hasta el número 9 de Downshire Hill para verlo por sí mismo. Siguiendo el protocolo, se aseguró de no entrar en la propiedad, ya que sería su responsabilidad atrapar al culpable —cuando fuera que esto sucediera— y quería evitar cualquier posibilidad de contaminar el escenario del crimen.

Su primera impresión acerca del caso fue que sería «peliagudo», que el estado en que se encontraba la casa complicaría las cosas al equipo forense y que la investigación se dilataría en el tiempo. «Cuando sale un nuevo trabajo esperas que sea un buen caso —afirmó—. Yo me dije que este sería uno interesante». En la mayoría de los asesinatos hay implicado un miembro de la familia, un amigo o conocido, lo cual hace que resulten relativamente fáciles de resolver. Se identifica a un sospechoso durante las primeras veinticuatro horas y después se recogen pruebas que apoyen las pesquisas. Esta investigación, en cambio, supondría un desafío, lo cual agradaba a Devlin. Es más, le gustaba la localización. Pasarían los siguientes meses en Hampstead, y él conocía sus calles y a su gente. Además, contaba con el añadido de tener buenas cafeterías. «Estaba tan excitado como puede estarlo uno tras treinta años en el oficio».

Peter Devlin nació en 1953, lejos de las frondosas calles de Hampstead Village. Se crío en una casa de vecinos junto a sus padres y dos hermanos menores en el distrito Pollokshaws de Glasgow.[6] «Era una chabola —recordó— con un retrete exterior y una vista al parque de bomberos». Su padre era basurero, un «hombre duro con la reputación de ser honrado», y su madre trabajaba como limpiadora en una residencia privada. Era una mujer bajita y robusta con un buen sentido del humor. A pesar de que el suyo había sido un matrimonio al estilo de Romeo y Julieta —él procedía de una familia de devotos católicos y ella pertenecía a la fraternidad protestante Orden de Orange— en su casa reinaba el amor; era un hogar cálido y seguro al que acudir.

En 1970, Devlin dejó el colegio y comenzó a trabajar como administrativo en un banco. Tres años más tarde, aburrido con la vida de burócrata, se alistó en el cuerpo de policía y lo destinaron a la ajetreada comisaría de Oxford Street en Glasgow, como patrullero uniformado. A los veinticuatro años se casó con Denise, una chica nacida en Yorkshire que también vivía en Glasgow, y poco después le sugirió que se marcharan al sur, a pesar de que ninguno de ellos había estado antes en Londres. «Hagámoslo —dijo con valentía—. Vayámonos». Unos meses después, Devlin entró en la Policía Metropolitana, empezando de nuevo desde lo más bajo del escalafón. «Creía en el imperativo celta por el que los hijos mayores se trasladan a otra parte —dijo—. Iba en busca de aventuras».[7]

Durante las dos décadas siguientes, su hambre de aventuras lo llevó a trabajos cada vez más emocionantes. Pasó de localizar a carteristas y ladrones de poca monta a infiltrarse entre narcotraficantes e investigar a agentes de policía vinculados con el crimen organizado. Poco a poco, el novato escocés se convirtió en el curtido subinspector de Londres al que pocas cosas podían sorprenderle. En el año 2000, todavía con ganas de aventuras, se unió al equipo de investigación de homicidios de Pete Lansdown en el norte de Londres.

Tras visitar el escenario del crimen en el número 9 de Downshire Hill, Devlin regresó a su despacho de Colindale. Allí cumplimentó una petición para que asignaran a un patólogo que examinara el cadáver y estableciera la causa de la muerte. Al contrario que sus compañeros, muchos de los cuales encontraron la forma de marchar a casa para ver el partido entre Inglaterra y Trinidad y Tobago del Mundial de fútbol a las cuatro de la tarde, Devlin permaneció en su escritorio toda la tarde, y hasta bien entrada la noche, leyendo los informes forenses preliminares y otros que había amontonados sobre su mesa.

Uno de los primeros documentos que había sobre esa pila era una declaración recogida ese mismo día por Nicholas Sullman, un cartero que trabajaba en la oficina de distribución postal de Hampstead. Sullman informó de que era el responsable de entregar el correo a los residentes de Downshire Hill y que con los años se había familiarizado con el excéntrico anciano que vivía en el número 9. «El jardín está hecho un desastre —había dicho el cartero a uno de los compañeros de Devlin—. Durante cierto tiempo, yo no estaba seguro de que viviera alguien en esa casa».

Entre cinco y seis semanas antes, tal vez el 5 o el 12 de mayo, Sullman había llegado a la puerta y se había encontrado la puerta principal bloqueada por ramas de los árboles caídas. No pudo depositar el correo del propietario en el buzón, de modo que había regresado a la oficina de distribución antes de continuar con su ronda. Unos cuarenta y cinco minutos después, se acercó a él un hombre en Heath Hurst Road, a unos cuatrocientos metros de la casa de Allan Chappelow. El hombre «me preguntó si había llevado el correo al número 9 de Downshire Hill». Cuando Sullman le dijo que no había podido hacerlo porque la puerta estaba bloqueada, el hombre le preguntó si tenía todavía las cartas, y Sullman le respondió que estaban en la oficina de distribución postal. Entonces, aquel individuo «me dijo que era el tío del ocupante» del número 9 de Downshire Hill y que «limpiaría la entrada». Según dijo el cartero, al día siguiente las ramas habían desaparecido, y añadió que «aquello debió de suponerle una ardua tarea».

Cuando le pidieron que describiera al hombre que lo había parado en Heath Hurst Road, Sullman dijo que era «chino. Un poco más bajo que yo, que mido un metro setenta y cinco. Tendría unos cincuenta años. Su acento era inglés, aunque después de hablar con una vecina hoy, me refrescó la memoria y puede que su acento fuera americano». Añadió que se trataba de un hombre «de complexión normal, tal vez algo corpulento» y «recuerdo que posiblemente llevara una bolsa al hombro, vestía de beis, puede que los pantalones fueran de ante. Iba un poco desaliñado. Tenía el pelo moreno con flequillo y le llegaba a la altura del cuello».

Cuando terminó de leer la declaración, Devlin se preguntó si habría leído la primera descripción del hombre que había asesinado a Allan Chappelow. Entre la una y las dos de la madrugada se despidió del sargento de guardia de Colindale, subió a su coche y condujo hasta casa. Al día siguiente tendría que comenzar de nuevo a las nueve de la mañana, y necesitaba estar fresco.

Tras el final de la guerra, Allan quería más que nunca convertirse en reportero fotográfico. Su breve período en el banco le había hecho aborrecer el trabajo de oficinista. No obstante, entendía que su padre le advirtiera que sería duro ganarse la vida con la fotografía. Allan concluyó que la solución sería conseguir primero su licenciatura.

En otoño de 1945 rellenó la solicitud para estudiar en la universidad. Sus notas de la escuela eran excelentes, y Allan esperaba que su interés por la fotografía le diera ventaja respecto a otros estudiantes. No obstante, le preocupaba que sus años como objetor de conciencia supusieran una mancha en su solicitud. Por lo tanto, se sorprendió bastante cuando recibió una invitación para una entrevista en Trinity, la facultad más grande de la Universidad de Cambridge, y más todavía cuando vio que había sido aceptado para estudiar ciencias morales, como parte de su licenciatura de dos años. A pesar de sus ansiedades, la universidad parecía darle una segunda oportunidad.

Allan pasó el verano de 1946 ayudando a sus padres con la casa y preparándose para Cambridge. En su tiempo libre se dedicaba a la fotografía, realizando retratos de los miembros de la familia y de cualquiera a quien pudiera convencer para que posara para él. El 13 de agosto, por ejemplo, consiguió fotografiar al escritor de 79 años H. G. Wells. La fotografía fue realizada en la residencia de Wells, en el número 13 de Hanover Terrace, en el centro de Londres, y captaba al celebrado autor mirando al vacío en actitud serena. Allan estaba contento con aquella imagen de su busto; le serviría como tarjeta de visita para otros posibles retratados.

Unas semanas después, a principios de septiembre, Allan Chappelow se despidió de sus padres y su hermano y marchó a la universidad a los veintisiete años. Se subió a su motocicleta Norton, que estaba aparcada en el jardín delantero del número 9 de Downshire Hill y, con sus pocas pertenencias metidas en las dos alforjas de cuero negro que llevaba, una a cada lado, recorrió los suburbios del norte de Londres hasta llegar a la A1, y después atravesó las planicies de Cambridgeshire.

No tardó en enamorarse de su nuevo hogar: de los grandes jardines y la verja de entrada conocida como Great Gate por la que pasaba cada mañana; del comedor revestido de roble donde la comida era abundante y gratuita; y de la biblioteca Wren, cuya tranquilidad permitía un estudio sosegado y productivo. Y, sobre todo, disfrutaba del río Cam, que manaba tras la facultad y sobre cuyas orillas cubiertas de hierba podía leer y realizar fotografías de las flores silvestres rosadas, amarillas o azules, o, mejor aún, navegar en una chalana.

Allan floreció en Cambridge, esforzándose en sus estudios y recibiendo buenas notas de sus tutores. Vivió durante un año en la facultad, y otro más en el número 22 de Portugal Street, donde compartió alojamiento con el príncipe Dimitri Obolensky, profesor lector de estudios eslavos de veintiocho años. No tardaron en hacerse amigos; Obolensky le contó a su compañero de piso cómo, tras la Revolución rusa de 1917, la armada británica había ayudado a su familia a huir de Rusia junto con el nieto del zar, y Allan le contaba historias de sus antepasados radicales y sus desacuerdos con los gobernantes.

En 1947, y nuevamente en 1948, Allan recibió el premio de oratoria Trinity College Hooper, hablando primero sobre el escritor H. G. Wells y después sobre James Keir Hardie, el primer miembro del Partido Laborista en el Parlamento. También obtuvo el segundo lugar en una competición de ensayo en lengua inglesa. Y aunque no hizo muchos amigos —no se le daban muy bien las conversaciones de sociedad y no le gustaban las fiestas— tampoco hizo enemigos. La mayor parte del tiempo la pasaba en la biblioteca, en el río o en su habitación.

El verano de 1948, Allan se graduó con una licenciatura de tercera clase. Su baja nota final sorprendió tanto al candidato como a sus tutores, el primero creyendo que la enfermedad le había hecho bajar las notas, y estos últimos con la convicción de que la «amplitud de sus intereses podría haber supuesto una rémora para su trabajo académico», a pesar de que era capaz de alcanzar una graduación de clase II. El tutor de Allan, R. M. Rattenbury escribió en una nota: «No cabe duda de que es un hombre inteligente» y «ha mostrado pruebas de un buen trabajo».

Aunque sus notas estaban lejos de la excelencia, Allan se sentía en casa en el mundo académico y disfrutaba con la libertad que le otorgaba. Así que, en la primavera siguiente, solicitó plaza en la London School of Economics para estudiar psicología social e historia social del siglo XIX. Propuso como tema para su tesis a su pariente radical, el predicador Joseph Stevens, con un énfasis particular en el movimiento reformista de mediados del siglo XIX.

El 20 de mayo de 1949, durante una larga entrevista con el catedrático Beale de la London School of Economics, Allan explicó que su graduación de tercera clase no «representa su capacidad real» y ofreció numerosos testimonios que certificaban que podía hacerlo mejor. «Tiene tremendas ganas de ser aceptado inmediatamente —escribió Beale en sus notas—. Dudo mucho que debamos aceptarlo este semestre. —Y añadió—: Habla sin parar, tiene una gran opinión de sí mismo». A pesar de las reservas de Beale, el 16 de junio, el decano de estudiantes de posgrado escribió una carta a Allan, informándolo de que habían aceptado su solicitud para el siguiente semestre.

En su solicitud de beca escrita en julio de 1949 para el Ministerio de Educación, Allan escribió: «Mi relación familiar con Joseph Stevens (era mi tatarabuelo) me permite acceder a documentos originales y otras pruebas que no pueden encontrarse de otro modo». Concluía diciendo que su objetivo último era «proporcionarme una carrera académica, en psicología social, por ejemplo, un campo en el que parece haber una escasez de estudios considerable», o, en su defecto, en «otros trabajos prácticos en el campo general de las ciencias sociales». Esta carta fue contestada inmediatamente, haciendo saber a Allan que le habían concedido una beca de dos años del gobierno.

Viviendo con sus padres, Allan reducía sus gastos y podía seguir con su interés por el periodismo fotográfico. Tuvo que trabajar duro. Al no tener experiencia laboral en ese campo, no podía vender un artículo antes de escribirlo. Tenía que escribirlo por su propia cuenta y riesgo, asumiendo los costes de desplazamiento con el riesgo de que los editores rechazaran su trabajo, lo cual sucedía más bien a menudo.

La gran oportunidad de Allan tuvo lugar durante la primavera de 1950. Una mañana soleada de finales de marzo decidió intentar entrevistar a su ídolo George Bernard Shaw. Primero le escribió una carta a Shaw, y adjuntó las fotografías que había realizado de Wells y los Webb. Después se desplazó con su motocicleta cuarenta y cinco minutos al norte de Londres hasta el pintoresco pueblo de Ayot St. Lawrence, donde vivía el dramaturgo. Por aquella época, el gran escritor estaba ya en su décima década de vida, y estaba recluido en su casa, que él llamó «Shaw’s Corner». Allan llegó a la casa a las 12.15 del mediodía, pasó por la puerta de hierro forjado, llegó hasta la puerta principal y, tras golpear fuertemente la puerta, fue recibido por un hombre que se presentó como el doctor Loewenstein. Tras oír la misión que se había propuesto Allan, Loewenstein rechazó el paquete que quería entregarle y dijo: «No serviría para nada, recibimos muchas cartas por correo. Solo servirá para que pierdas las copias de las fotografías sin ningún sentido».

Decepcionado, Allan volvió a montar en su motocicleta y regresó a Londres. Cuando llevaba unos minutos de viaje decidió que no debía aceptar un «no» por respuesta, y volvió a Shaw’s Corner. Esta vez fue recibido por una dama de mediana edad. «¿Sssí?, ¿qué quiere?», le preguntó con severidad. Allan le explicó que quería dejarle esa carta con las fotografías, y la mujer las aceptó a regañadientes y dijo: «Me encargaré de que las reciba. El señor Shaw es un hombre muy ocupado». Y la puerta volvió a cerrarse.

Seis días más tarde, Allan recibió un sobre en el número 9 de Downshire Hill. Para su sorpresa, el remitente era George Bernard Shaw. La carta había sido mecanografiada en un papel azul fino, con sus pocas erratas corregidas a mano. «Lo que queda de mí es un esqueleto de noventa y tres años y medio —escribió Shaw—. Mejor dejarlo en paz. En cualquier caso, desaconsejo a todos que me visiten hasta que los días sean más largos, ya que nunca estoy libre antes de las cuatro de la tarde y a esa hora las calles aquí están ya oscuras, el camino es difícil de encontrar y la niebla es peligrosa en todo momento».

Movido por la impetuosidad de la juventud, Allan contestó a la carta ese mismo día: «¿Por qué se describe usted como un viejo esqueleto? ¡Debería avergonzarse! ¡Bah! ¡Pero si usted es el SUPERHOMBRE! Vuelva a poner el esqueleto en el armario y siga siendo la prueba viviente de su propia teoría de la Fuerza Vital». Esta vez no obtuvo respuesta.

Al cabo de tres meses, Allan mostraba sus fotografías una mañana de domingo en una exposición al aire libre junto al estanque Whitestone de Hampstead, uno de los lugares más altos de Londres, con vistas que se extendían hacia toda la ciudad. «Era uno de esos días de verano particularmente gloriosos —escribiría después—, cuando los rayos de sol, el cielo azul, el canto de los pájaros y el follaje verde susurrando ante la suave brisa hacían que a nadie le resultara posible sentir algo que no fuera benevolencia hacia la vida y hacia los hombres». Tuvo un repentino impulso, y decidió ir en moto hasta Ayot St. Lawrence una vez más. Como siempre, llevaba su cámara consigo, aunque ya había utilizado la mitad del carrete. Más dispuesto a continuar la marcha que a volver a casa a por otro rollo de película, se montó en su motocicleta y salió.

Una hora después estaba plantado ante la puerta principal de Shaw’s Corner. Quien abrió la puerta fue nuevamente el ama de llaves de pelo gris, que esta vez se presentó como la señora Laden. Parecía contenta de verlo, y dijo que sus fotografías de los Webb habían estado posadas sobre la mesa durante varios días, pero lamentaba que el señor Shaw no podría reunirse con nadie, ya que había sufrido ciertas complicaciones médicas recientemente. Saldría a dar su paseo vespertino a las cuatro y media de la tarde, pero no debía molestarlo.

A pesar de las malas noticias, Allan permaneció en la escalinata de entrada charlando con la señora Laden y disfrutando del buen tiempo. Entonces, a las cuatro y media de la tarde en punto, oyeron pasos en el interior. «Ese es él —dijo la señora Laden—, preparándose para su paseo». Allan estaba emocionado; al menos podría decirle a la gente que había oído al «gigante desplazándose por su guarida».

La señora Laden entró en la casa y regresó al cabo de unos minutos. «Ah, señor Chappelow —dijo—. El señor Shaw estará encantado de verlo en la sala de estar. ¿Quiere acompañarme?». Allan, anonadado, siguió los pasos de la ama de llaves hasta el interior «como si viviera un sueño». Lo llevó hasta el salón. Sobre la repisa de la chimenea había una pequeña escultura que representaba a Shakespeare; junto a ella, la estatuilla de oro, el Oscar al mejor guion adaptado por el filme de 1938 Pigmalión, la adaptación al cine de su obra homónima. En la pared de enfrente había una fotografía de la mujer de Shaw, y en el ventanal en saliente, un busto del propio Shaw. A Allan, superado por la emoción, le inquietaba no saber qué decirle a Shaw, y más aún los feroces comentarios que pudiera dirigirle el escritor a él. «El corazón me golpeaba sobre el pecho como un martillo pilón», escribiría después. Entonces, la puerta se abrió, y Shaw entró en la habitación.

Me quedé literalmente mudo por el asombro y la fascinación que me causaba. ¡Qué eternidad puede vivirse en un breve momento de tiempo real! Tenía tantas ganas de ver en realidad lo que hasta hacía unos minutos no me parecía ni una posibilidad remota que lo único que pude hacer durante un buen rato era mirarlo. Bernard Shaw, por su parte también estaba allí de pie, inmóvil, con una mano en el pomo de la puerta y otra apoyada en su bastón, devolviéndome la mirada con una expresión ciertamente perpleja y un tanto divertida. Al final, rompió su silencio. Cuando empezó a hablar y reír se convirtió en la persona más encantadora y deliciosa que jamás haya conocido. Con su hermosa voz irlandesa, rica, apacible y estentórea, dijo: «Como ve, me queda poco ya».

No tardaron en encontrarse sentados uno frente a otro entablando una profunda conversación. Shaw le dijo que reconocía su apellido, y entre los dos descubrieron que la madre de Shaw había sido maestra de música de la prima de Allan, la sufragista Grace Chappelow. Después, Shaw le preguntó qué cámara utilizaba, y Allan le pasó su Zeiss Contax al dramaturgo para que la examinara. Enseguida se enzarzaron en una discusión sobre las ventajas y desventajas de las diferentes marcas y modelos. Al cabo de unos minutos, Shaw lo invitó a «tomar tantas fotografías como quiera». De modo que, durante la siguiente hora, Shaw tuvo la gentileza de hacerle un recorrido por los alrededores de la casa y los jardines, posando cuando se lo pedía. En total, Allan consiguió realizar seis retratos de gran calidad. El anciano empezaba a cansarse, y Allan no solo no tenía más carrete, sino que tampoco quería abusar del recibimiento, así que se despidió, estrechando tres veces la mano de aquel gran hombre.

Al día siguiente, Allan reveló la película. Una vez finalizada la tarea le satisficieron los resultados. Las seis fotografías eran buenas y estaban bien encuadradas. Tom Todd, un editor amigo de su padre, fue a su casa a tomar el té al domingo siguiente y le dijo que las fotografías tenían la calidad suficiente para ser publicadas en un periódico. A Allan le preocupaba la posibilidad de que Shaw solo le hubiera permitido realizar esas fotografías porque apoyaba a la Sociedad Fabiana y de que no le daría el permiso para publicarlas. «Tonterías —dijo Todd—. Yo creo que le decepcionaría que no las publicaras».

Al día siguiente, Allan volvió a subirse a su motocicleta en dirección a Ayot St. Lawrence. Por el camino tuvo un pinchazo, y tras repararlo no llegó a su destino hasta pasadas las siete de la tarde. La señora Laden le dijo a la entrada de la casa que probablemente fuera demasiado tarde para ver a Shaw, pero después de comprobarlo, Allan fue invitado a pasar para una breve visita. Unos minutos más tarde, ambos estaban de pie en la salita observando juntos las fotografías de Allan. Shaw parecía satisfecho, especialmente con una en la que aparecía en el porche apoyado en su bastón con aspecto desafiante. El autor rio: «¡Esta tiene vida, esta hay que publicarla! ¡Llámela… The chucker-out (“El custodio”)!».

La entrevista de Allan con Bernard Shaw apareció en la siguiente edición semanal del Daily Mail. Hizo una impresión de The chucker-out de 50 × 40 centímetros y mandó que la enviaran a Shaw’s Corner. El domingo 10 de septiembre de 1950, seis semanas después de celebrar su nonagésimo cuarto cumpleaños, Shaw salió al jardín a podar unos arbustos. Resbaló y silbó fuertemente para que lo ayudaran. Lo llevaron apresuradamente al hospital, donde le diagnosticaron la fractura de una pierna. Tras la operación, Shaw permaneció veinticuatro días en el hospital antes de regresar a casa para lo que serían las últimas semanas de su vida.[8] Su ama de llaves le preparó la habitación en la planta principal. En la pared de enfrente tenía el retrato de Allan Chappelow. Cuando los amigos lo visitaban, Shaw decía que era su fotografía favorita.

APUNTES DEL CASO

He recibido un correo electrónico de la hija de uno de los vecinos de Allan. Decía: «Todos le teníamos mucho cariño al señor Chappelow, que era un hombre encantador y amable». Después añadía que era un hombre que protegía con celo su privacidad y que le habría molestado que su vida (y muerte) se hiciera pública. Espero tener más suerte con el resto de los vecinos.

Me ha resultado imposible encontrar a ningún Peter Devlin en Irlanda, al menos no uno que haya trabajado para la Policía Metropolitana de Londres. Así que he llamado al Plan de Pensiones de la Policía. La amable señora me ha confirmado que Devlin estaba jubilado, pero que en realidad vivía en Inglaterra. Me prometió que si le escribía una carta se encargaría de que la enviaran a su dirección.

Llamé al abogado de Wang Yam, James Mullion. Le expliqué que estaba investigando el caso y que necesitaba información al respecto. Me dijo que solo podría hablar conmigo y darme acceso a los archivos de la defensa si su cliente daba su permiso. También me informó de que la carta que le había enviado a Wang Yam había sido confiscada por el director de la prisión.

Revisé los archivos de artículos del Camden New Journal en la biblioteca Holborn. En el primer artículo sobre el asesinato de Allan Chappelow informaban de que la policía estaba «siguiendo una línea de investigación por la que el señor Chappelow habría sido asesinado por ladrones que entraron en su casa y suplantaron su identidad, apoderándose de miles de libras de su cuenta bancaria». Otro artículo describía la historia básica de Wang Yam: había desempeñado un «papel secundario en una banda de estafadores que lo había utilizado», pero no tuvo nada que ver con el asesinato. Tengo que encontrar algún modo de hablar con él.

3
EL ASESINATO

A primera hora del 16 de junio llegó una llamada a la sala de redacción del Camden New Journal. El emisor dijo que había una importante actividad policial en el exterior del número 9 de Downshire Hill y que tal vez les gustaría echar un vistazo.

Hampstead era el territorio de Dan Carrier, así que le pasaron el aviso. El periodista, de treinta y dos años, era conocido localmente por su tenacidad y su integridad. Había empezado en el Journal a los doce años, haciendo entregas de periódicos a un penique el ejemplar. Con veinte años, Carrier entró en la redacción como aprendiz de periodista, y no se marchó desde entonces. El Journal, cuya propiedad recaía en manos de sus empleados y tenía su sede en un chalet adosado frente al supermercado Sainsbury’s de Camden Town, era uno de los últimos semanarios verdaderamente independientes que quedaban en Gran Bretaña. Sus ventas eran escasas, su moral, muy alta, sus paredes necesitaban una mano de pintura y su baño, una buena reforma.

Dan Carrier había oído hablar por primera vez de Allan Chappelow cinco años antes, cuando el organismo británico de protección del patrimonio, English Heritage, había añadido el número 9 de Downshire Hill a su lista de inmuebles «en riesgo». En 2001, mientras miraba desde el exterior la casa en ruinas, a Carrier le vinieron a la mente unas cuantas preguntas. ¿Quién era el dueño? ¿Por qué nadie se encargaba de cuidar esa casa? ¿Viviría en ella alguna persona con el corazón herido y que había dejado que se arruinara al estilo de la solterona señorita Havisham de Grandes esperanzas? Le pareció también que tenía cierto «aroma al Boo Radley de Matar a un ruiseñor».

Golpeó con los nudillos las puertas de doble hoja, y esperó. Después se abrieron, y tras ellas apareció Allan Chappelow, con aspecto desaliñado y bastante huraño. «¿Qué coño quiere?», le preguntó el propietario. Cuando Carrier comenzó a hacerle preguntas respecto a la casa, Chappelow dijo: «No, márchese, márchese». Y le cerró la puerta en las narices. Durante los siguientes años, el periodista intentaría hablar con él cinco o seis veces. Y en cada una de ellas fue despachado con rudeza.

Ahora, mientras conducía hacia Hampstead, Carrier sentía frustración por no haber llegado al fondo del asunto. No supo que Allan Chappelow había sido asesinado hasta que se lo dijeron cuando llegó al domicilio. «Me quedé bastante afectado y enojado —recordó Carrier—. Sentía que, en cierto modo, Allan me pertenecía. Me irritaba el no haber llegado a saber más de aquel extraño tipo, qué pasaba realmente con aquel viejo». El periodista observó cómo entraba y salía de la casa esa riada de especialistas del escenario del crimen con sus uniformes blancos. Habían colocado un contenedor amarillo al lado de la acera, y a cada tanto depositaban en ella un montón de escombros, muebles y otros desechos.

Carrier charló con varios de los vecinos e hizo fotografías, pero resultaba difícil saber lo que sucedía. Intentó trabar conversación con alguno de los policías que deambulaban por allí, pero nadie estaba dispuesto a hablar con él. Al parecer, los jefazos habían dado órdenes para que nadie hablara con la prensa.

La responsabilidad general de las relaciones con los medios de comunicación de la Policía Metropolitana de Londres recaía sobre el director de medios y comunicaciones. Este era quien se encargaba de ofrecer transparencia al público, al mismo tiempo que permitía que los agentes continuaran con sus investigaciones y salvaguardaba la reputación de la policía. La tradición dictaba que el contacto directo con los medios nacionales y locales se dejaba en manos del inspector jefe. En este caso, obviamente, el inspector jefe era Pete Lansdown.

La opinión de Lansdown era que siempre podía mantenerse un equilibrio entre proteger la privacidad de la familia y utilizar a la prensa para ayudar en el desarrollo de las hipótesis. La cobertura de los medios de comunicación podía captar la atención del público y animar a los testigos a dar la cara. Si tenían suerte, un artículo podía provocar que el sospechoso hiciera algún movimiento en falso. Sin embargo, Lansdown era muy consciente de que los periodistas también acarreaban problemas. Podían hablar con testigos antes de que su equipo contactara con ellos, podían revelar detalles que él preferiría mantener en secreto y, lo más irritante de todo, podían cuestionar la forma en que se llevaba la investigación.

Cuando volvió a las oficinas del Camden New Journal,[1] Dan comenzó a trabajar en su artículo. No había muchos casos de asesinato en Camden, aunque tampoco eran algo inaudito. De modo que el periodista estaba familiarizado con los diferentes estadios de las investigaciones de homicidios. Daría para varios artículos, según esperaba, así que llamaría a sus contactos en la policía para actualizar la información dentro de unos días. No obstante, por el momento se centró en lo que sabía. Su artículo presentaría testimonios de varios de los residentes locales, una breve semblanza de la víctima y una fotografía de la actividad policial en Downshire Hill, y se centraría en la perspectiva local del crimen.

El primer medio nacional que cubrió el asesinato fue el Daily Mail. Era una historia demasiado buena como para dejarla pasar, con un anciano escritor ermitaño, un brutal asesinato, suplantación de identidad y una localización de lujo. La mañana del 16 de junio publicaron un artículo con el titular: «Encuentran asesinado a un escritor en su casa de dos millones y medio de libras días después de que suplanten su identidad y vacíen su cuenta bancaria». En un artículo que ocupaba la totalidad de la página cinco, el Mail citaba a «fuentes de la policía» —posiblemente Pete Lansdown— que afirmaban estar trabajando con el supuesto de que la víctima intentó abortar un asalto a su casa y fue asesinada. Incluían una fotografía aérea del número 9 de Downshire Hill junto con el retrato The chucker-out de George Bernard Shaw. También citaban el testimonio de un vecino que no quería revelar su identidad que calificó a la víctima como «uno de esos excéntricos de este mundo» y dijo que era «multimillonario», en referencia al valor del número 9 de Downshire Hill.

El 19 de junio, The Guardian ofreció un segundo relato posible. «Al señor Chappelow no se le conocían enemigos —informaban—. Una de las teorías es que un intruso había golpeado y torturado al señor Chappelow para sonsacarle sus datos bancarios antes de matarlo a golpes». El artículo añadía que Pete Lansdown «se negaba a especular sobre el móvil del crimen». Lo único que podía decir públicamente es que habían utilizado la odontología forense para confirmar que la identidad de la víctima se correspondía realmente con la de Allan Chappelow.

A las dos de la tarde del 16 de junio de 2006, el patólogo Robert Chapman llegó al número 9 de Downshire Hill para inspeccionar el cadáver de Allan Chappelow antes de que fuera transportado al tanatorio. Chapman, considerado uno de los mejores en su oficio, había realizado miles de autopsias, entre ellas las de la princesa Diana, Dodi Fayed y las víctimas de los atentados del metro de Londres en 2005.

Durante las dieciocho horas anteriores se habían retirado cuidadosamente los desechos que cubrían a Chappelow, revelando a un hombre completamente vestido que yacía en posición fetal bocabajo, con las caderas y rodillas flexionadas. Llevaba un jersey azul descolorido, pantalones azules de los que pendían unos tirantes y zapatos de cuero marrón. La cabeza estaba ligeramente girada hacia la izquierda y apoyada sobre el laminado de madera. Tenía los brazos doblados bajo el cuerpo.

Chapman, como todos los que habían entrado en la casa tras ser declarada escenario de un crimen, iba vestido con un equipo de protección personal, lo que la policía británica llama PPE (personal protective equipment), un mono de trabajo blanco que lo cubría de los pies a la cabeza. También llevaba una mascarilla, guantes de látex para cubrirse las manos y patucos de plásticos para los zapatos. Según el principio de Locard —así llamado en honor al experto forense francés Edmond Locard—, el autor de un crimen traerá algo suyo al lugar de los hechos y se marchará llevándose algo de allí. Es la razón por la que ese atuendo era necesario, para evitar la contaminación del escenario del crimen, lo cual podría dificultar la localización del asesino.

Chapman se inclinó entonces para inspeccionar el cuerpo de cerca, le tomó el pulso y no se sorprendió de que la víctima no diera muestras de vida. El cadáver estaba helado. Cuando le tocó la mandíbula, los brazos y las piernas, notó que estaban rígidos y eran difíciles de mover. Tenía la cabeza y el pelo ennegrecidos por lo que parecía sangre seca, y el cráneo mostraba señales de estar fracturado, como si lo hubieran golpeado repetidas veces con un objeto contundente. El patólogo también se percató de que el rastro de sangre se había proyectado sobre los objetos que se encontraban cerca de la cabeza, y puso cuidado en no alterar esas pruebas. Después, cubrió las manos y la cabeza de Chappelow con una bolsa de papel para conservar su estado y examinarlas más tarde. Llegados a ese punto, algunos patólogos medían la temperatura del cadáver colocándole un termómetro en el recto, pero Chapman prefería dejar ese procedimiento hasta que llegara el momento de la autopsia propiamente dicha.

Le pareció que por el momento con eso sería suficiente. La tarea clave en ese estadio era observar a la víctima in situ, ver dónde había muerto la persona, si presentaba heridas, cómo habían ocultado el cadáver y si se había trasladado el cuerpo tras el asesinato. Para realizar cualquier otra investigación habría que esperar a disponer de las condiciones clínicas del mortuorio.

Una vez que el patólogo indicó que había finalizado su examen inicial, la entomóloga Samantha Pickles pasó a recoger muestras del cadáver. Con guantes en las manos, tomó unas pinzas metálicas y extrajo con cuidado cúmulos de huevos de moscardas de la ropa de la víctima, junto con numerosos puparios (que contienen las pupas) de alrededor del cuello y el codo derecho, y también moscardas adultas de la zona de la cabeza. Colocó estas muestras en matraces de plástico con una solución de etanol, los etiquetó y, después, los colocó en una bolsa térmica para examinarlos más tarde. Hizo señas para avisar de que había acabado y salió de la habitación.

Tras esto, dos agentes especialistas en escenarios del crimen introdujeron cuidadosamente el cuerpo de Allan Chappelow en una bolsa de plástico negra y lo colocaron sobre una camilla bajo la atenta mirada del patólogo. Cuando lo transportaron hasta la ambulancia estacionada fuera, los otros inspectores de la escena del crimen interrumpieron lo que estaban haciendo, realizando una pausa en señal de respeto. Cuando hubieron atado con correas el cadáver y cerraron las puertas, la ambulancia se marchó subiendo por Downshire Hill. Tardaría unos veinte minutos a través del tráfico ligero del mediodía para llegar al tanatorio de St. Pancras.

En septiembre de 1951 Allan regresó durante otro año a la London School of Economics (LSE). «El señor Chappelow tiene dificultades para financiar su investigación —escribió uno de los tutores—, de modo que su trabajo es difícil de calificar». Otro escribió: «Solo lo he visto una vez, y dudo que complete su tesis».

Allan no recibía apoyo económico de sus padres, y, aunque seguía viviendo en la casa familiar, la beca del gobierno no bastaba para cubrir sus gastos. En julio de 1952, Allan escribió a la administración de la LSE: «Me he visto seriamente perjudicado —dijo— por la necesidad de trabajar en un empleo con el que gane lo suficiente para comprar libros básicos y cumplir con variados gastos adicionales». Allan culpaba al gobierno por su negativa a extender la beca y afirmaba que no se matricularía para el curso siguiente.

En contraste con su carrera académica, su carrera periodística empezaba a despuntar. En los cinco años siguientes a su primicia sobre George Bernard Shaw, escribió un mínimo de nueve reportajes largos para el Daily Mail. Sus trabajos fueron publicados también en Contemporary Review e Illustrated London News. Entrevistó al escritor Somerset Maugham, al artista Augustus John y al filósofo Bertrand Russell. Los personajes sobre los que escribía Allan solían ser ancianos, normalmente artistas, políticos y filósofos, que divagaban acerca de su obra y de su futuro legado. En octubre de 1952, por ejemplo, Allan entrevistó al artista ermitaño de ochenta y cinco años sir Frank Brangwyn. «Sir Frank dio rienda suelta a sus visiones sobre el arte y la vida, ofreciendo una muestra de fuegos artificiales de elocuencia que no tiene parangón con nada que yo haya experimentado antes —escribió Allan—. La vitalidad de ese hombre a sus casi ochenta y seis años era simplemente asombrosa».

Durante el verano de 1954, un año después de la muerte de Iósif Stalin, Allan participó junto con otros veintiséis estudiantes en un viaje por Rusia. Según afirmaba, era la primera vez que un grupo de turistas comunes visitaba Rusia desde 1939. El viaje fue organizado por el Departamento de Viajes del Sindicato Nacional de Estudiantes, y les costó noventa y cinco libras por cabeza. El grupo, de naturaleza apolítica, formaba parte de un intercambio en el cual un grupo de estudiantes rusos semejante realizaría una gira por Gran Bretaña. Allan esperaba también que ese viaje le proporcionara material suficiente para escribir un libro, una ambición que albergaba desde la infancia. Por lo tanto, antes de salir de Londres contactó con varias editoriales, llamando la atención finalmente de George G. Harrap & Co., que también había publicado las memorias de Winston Churchill y el popular libro infantil ilustrado The Cave Boy of the Age of Stone.

Allan tenía ganas de visitar Rusia desde que había compartido alojamiento en Cambridge con el príncipe Obolensky. «Tenía mucha curiosidad por la posibilidad de ver algo de la Unión Soviética con mis propios ojos —escribió después—. ¿Cómo era Rusia? ¿Cómo vivían los rusos? Solo tenía una noción muy difusa de todo ello. Por ejemplo, en cierto modo, era incapaz de imaginar a un ruso con bañador disfrutando en la playa». En su lugar, Allan tenía una vaga imagen mental de «personas estrictas, inhumanas y difíciles que decían “no” siempre, o casi siempre».

El grupo de estudiantes británicos viajó en tren y autocar a Rusia, donde visitaron museos y otros centros culturales. Además de Moscú y Leningrado, pasaron por Stalingrado y la ciudad balneario de Sochi. Al cabo de un mes, regresaron a Inglaterra, exhaustos, pero contentos con su viaje. Allan se sentó entonces a escribir un relato de su periplo, un manuscrito llamado Russian holiday. Este contenía varias anécdotas anodinas sobre sus aventuras tras el Telón de Acero, fotografías en color de la vida diaria que Allan había tomado en las calles de Rusia y un prólogo del parlamentario y premio Nobel de la Paz sir Norman Angell. En su conclusión, Allan informaba de una manera un tanto ingenua de que «siempre tuvimos plena libertad para movernos por todas partes» y nuestros anfitriones nunca «intentaron inculcarnos sus opiniones ni realizar ningún intento de influir en nuestras impresiones». Añadió: «Nunca vi a un solo niño infeliz, miserable o desgraciado […], y la gente parecía bastante, feliz, contenta (a menudo sonreían) y sana».[2] Allan finalizó su libro con el siguiente pasaje:

La ignorancia es en sí la negación de la civilización. La ignorancia genera miedo. El miedo genera odio. El odio genera histeria. Y la histeria puede llevarnos a la guerra. Una nueva guerra podría ser completamente desastrosa para toda la humanidad. Percatarse meramente de que el ruso medio (o el británico medio) es un ser humano amigable y con buen corazón que tiene prácticamente las mismas necesidades que las personas de la calle de cualquier otra nación, además de la creencia en la mutabilidad de las instituciones humanas y la evolución natural del espíritu de los hombres, supone dar los primeros pasos hacia un mundo más pacífico.

Russian holiday fue publicado en la primavera de 1955, y recibió críticas favorables de la prensa. Al parecer, la escritura era una ocupación que se ajustaba perfectamente a la personalidad de Allan. Con curiosidad intelectual, pero de preferencias solitarias, trabajador y diligente, estaba preparado para invertir las numerosas horas necesarias para triunfar como escritor.

Allan viajó a Albania con la Sociedad Albanesa de Gran Bretaña en 1957, con la esperanza de repetir el éxito alcanzado con Russian Holiday. Volvió a afirmar que se trataba del primer grupo de británicos que entraba en este país comunista desde el final de la guerra. Durante ese viaje, se hizo amigo de limpiabotas, agentes de aduana y tenderos. Y merodeó por una ciudad de acceso restringido en la que fue recibido con una curiosidad afable por parte de los lugareños (la llegada del grupo había sido anunciada en el periódico aquel día), hasta que lo arrestaron y fue detenido brevemente por la policía albanesa.

Cuando regresó a casa escribió un reportaje largo sobre sus aventuras para el Daily Mail. «Albania es un juego de colores y sonidos ante un fondo de montañas agrestes, pero a menudo hermosas, cielos azules y calor tropical —escribió—. Me encontraba constantemente ante la imposibilidad de creer que estuviera en Europa, en lugar de en la India o Afganistán». Allan, a la edad de treinta y cinco años, parecía haber encontrado su vocación.

APUNTES DEL CASO

He recibido noticias del inspector de la policía retirado Peter Devlin. «Estaré encantado de ayudarle en lo que pueda —dijo—, teniendo en cuenta la Ley de Secretos Oficiales y posibles órdenes del juzgado». Nos vimos en el restaurante Pain Quotidien que hay junto a la estatua de Nelson Mandela en el South Bank de Londres. Había mucho ruido, pero no me importó, ya que Devlin tenía información muy interesante que compartir respecto a la investigación. Dijo que nunca creyó la versión de Wang Yam y que no fueron capaces de encontrar a sus supuestos cómplices. «Ahí no hay nada que rascar», dijo. Añadió que los abogados de Wang Yam habían jugado sucio con ellos, al no proporcionar la declaración de su cliente hasta la víspera de Navidad, justo antes del comienzo del juicio. En su opinión, el objetivo a largo plazo de Wang Yam era apoderarse del número 9 de Downshire Hill. Me asombra lo especulativa que es esa teoría. ¿Cómo podría transferirse la propiedad sin que haya un vendedor que esté de acuerdo o firme la documentación necesaria? Y, en caso de que Wang Yam lo hubiera conseguido, ¿no sería lógico que alguien se percatara de ello?

Me reuní con el abogado de Wang Yam, James Mullion, en su despacho, cerca del palacio de Buckingham. Me dijo que su cliente había dado el permiso para que viera los documentos de la defensa, pero solo se me permitió acceder a los documentos de las sesiones del juicio abiertas al público. Mullion fue sincero respecto a los posibles errores que pudieron cometerse en la estrategia de la defensa. Según dijo, Wang Yam era «testarudo», y se negó a declararse culpable de ninguna de las acusaciones, a pesar de que las pruebas de que había tratado con artículos robados eran «bastante convincentes». Mullion añadió que, «en mi opinión personal, lo habrían absuelto [del asesinato] si se hubiera declarado culpable de cometer fraude» en el primer juicio. Pasé el resto de la tarde examinando los expedientes de la defensa. Entre ellos había declaraciones de testigos, informes de patólogos, imágenes del escenario del crimen (incluyendo dibujos del número 9 de Downshire Hill donde encontraron el cuerpo) y un currículum de Wang Yam. Uno de los testimonios de la policía pertenecía a Jane Ainger, la vecina que vivía al lado de Allan Chappelow, quien dijo que lo había visto a principios de junio de 2006, menos de dos semanas antes de que la policía encontrara su cadáver. Pero la declaración de Ainger contradice la teoría de la policía, según la cual el cuerpo de Chappelow yació en la casa durante semanas antes de ser descubierto. Necesito encontrar el informe de los entomólogos y hablar con Ainger. Uno de ellos tiene que estar equivocado.

Hablé con Tony Hillier, que vivió en el 36 de Downshire Hill hasta 2013 y es el antiguo presidente de Heath & Hampstead Society. Me proporcionó un resumen de puntos de vista de los residentes locales. Hillier dijo que la gente de la calle veía a Allan Chappelow como a un «excéntrico simpático» y que la reacción a su muerte fue de «conmoción y horror». Añadió que se habían producido «considerables contactos» entre Chappelow y Steven Ainger en el número 8. «Yo creo que existía un poco de tensión ahí». Era algo relacionado con los planes urbanísticos. Por contraste, la vecina del otro lado, lady Listowel, del número 10, tenía «buena disposición» hacia Allan y «se encargaba de cuidarlo». La otra persona que «se interesaba por él de manera altruista» era Peter Tausig, del número 11. Tausig «dejó claras sus intenciones de conocerlo y protegerlo, sin duda adoptó ese papel, de modo que creo que el resto de la calle sabía que había un pequeño ejército de personas» que cuidarían de él.

Tomé té y galletas con Peter Tausig. Me dijo que había aconsejado a Allan instalar un medidor de agua para reducir costes y que se había mostrado «extremadamente agradecido». Después de esto, Allan «empezó a confiar en mí para algunas cosas», entre ellas ayudarle con los Ainger de la casa de al lado, de quienes Allan afirmaba que «lo perseguían» y «hacían que su vida fuera un calvario». Allan decía que su casa era «la» casa de la calle, que quería conservarla para la historia. En cierto momento, Peter Tausig le pidió que le mostrara lo más interesante de la casa, pero el viejo «se negó», diciendo que estaba «en muy mal estado». Solo pudo visitar el número 9 de Downshire Hill tras la muerte de Allan. Se quedó anonadado al ver el ruinoso estado en que estaba la casa. Empiezo a entender el dilema de los vecinos: por una parte, querían ayudar a su vulnerable vecino, y por otra querían respetar su deseo de privacidad e independencia. ¿Fueron demasiado cautos?

He contactado con la Sociedad Anglo-albanesa esperando descubrir algo más del viaje de Allan a Albania. Pat Swire, secretaria de la sociedad, respondió diciendo que en la década de 1950 había dos sociedades britano-albanesas: la Asociación Anglo-albanesa, anticomunista, en la que había una mezcla de miembros británicos interesados en Albania y miembros de la diáspora albanesa en Inglaterra; y la Sociedad Albanesa de Gran Bretaña, que era más procomunista y cuyos miembros eran en su gran mayoría británicos. Allan era miembro de esta última. Tras su regreso de Albania, Allan asistió a reuniones de la Sociedad Albanesa, pero «apenas hablaba con nadie». Tras la caída de la Unión Soviética, ambos grupos británicos albaneses se fundieron en uno, pero Allan siguió pagando las cuotas. «Nuestros registros no dejan lugar a dudas de que pagó una suscripción anual en 2005 —escribió Pat—, de modo que en el momento de su fallecimiento era miembro de pleno derecho». Se ofreció a poner un aviso en su carta de notificación a los miembros para ver si alguno de ellos recordaba a Allan.

He recibido una carta del director de la cárcel en la que dice que han denegado mi petición de visita a Wang Yam. Según la política del gobierno (la orden PSI 37/2010), los presos solo pueden recibir visitas de periodistas en «circunstancias excepcionales». La única excepción (según la PSI 37/2010) es que el periodista sea capaz de convencer al Ministerio de Justicia de que la entrevista cara a cara será de interés para el público general, como en el caso de un error judicial. No lo entiendo, y apenas puedo creerlo. No estoy seguro de si esto significa que nunca podré visitar a Wang Yam o si simplemente tendré que esforzarme más en ello.

4
LA FAMILIA DE LA VÍCTIMA

A finales de 1958, Allan contactó con el editor Charles Skilton. Además de Luxor Press, que publicó títulos como Lesbian Love Old and New, Phallic Worship: A History of Sex and Sex Rites y Fanny Hill: Memoirs of a Woman of Pleasure, Skilton también publicaba con su propio nombre libros de temática menos pornográfica, entre ellos, la exitosa saga de Billy Bunter.

A pesar de existir ya más de treinta biografías escritas sobre George Bernard Shaw desde su muerte en 1950, Allan fue capaz de convencer a Skilton de que había espacio en el mercado para otra más. Durante los dos años siguientes, Allan realizó una serie de entrevistas con los residentes de Ayot St. Lawrence —el cartero, el tendero, el farmacéutico y varios vecinos de Shaw—, un grupo de voces al que llamó «simposio». En su opinión, Shaw tenía dos vertientes: primero estaba el gran «GBS» que conocía el gran público, y después el otro, «el ser humano —oculto tras su máscara o fachada— que para mí resultó virtualmente opuesto al anterior: sensible, reservado casi hasta la timidez». La nueva obra de Allan sería un homenaje a este último.

Allan pasó el invierno de 1960-1961 corrigiendo las pruebas del libro, que llevaba por título Shaw the Villager and Human Being. Entonces, el 19 de febrero de 1961 murió Karen, la madre de Allan. Tenía setenta y nueve años. Los médicos dijeron que falleció debido a su avanzada edad. A Allan, que tenía cuarenta y un años en aquel momento, le afectó profundamente la muerte de su madre. Siempre había tenido un vínculo más estrecho con ella que con su padre, y ella era la que ponía calma entre los dos cuando discutían. Al comienzo de Shaw the Villager, que fue publicado a la primavera siguiente, escribió: «Este libro está dedicado a mi madre. En recuerdo de su inquebrantable compasión y su apoyo incondicional e intemporal».

Sin embargo, al contrario de lo que sucedió con Russian Holiday, este nuevo libro no fue bien recibido por la prensa. Un crítico que se hacía llamar «Literary Lounger» («Holgazán Literario») lo describió como «interesante» pero «confuso». Otro crítico dijo que los comentarios de Allan «tenían el tono de un presentador que se esforzaba demasiado en que se produjera un debate». La crítica más dolorosa apareció en el Daily Mail, que Allan consideraba «su periódico». Bajo el titular «GBS hablando de sandeces y viceversa», el crítico anónimo calificó Shaw the Villager como una «recopilación elefantina de trescientas cuarenta y cuatro páginas», una «jungla de trivialidades» que contenía «necedades» del barbero de Shaw, tales como: «Me sorprendió el interés que mostraba el señor Shaw en todo, especialmente en las máquinas de cortar pelo eléctricas. Le encantaban. No era en absoluto un hombre anticuado».

En una «Nota al lector» que había al final de Shaw the Villager, Allan prometía un segundo volumen que, según dijo, se llamaría Shaw: «The Chucker-Out». Su reacción, tanto a la crítica literaria como a la muerte de su madre, fue sumergirse más si cabe en el trabajo.

Tras la muerte de Karen, y en contraste con el retraimiento de Allan, Archibald Chappelow empezó a salir más. Le gustaba particularmente asistir al Player’s Theatre, una bulliciosa y, en cierto modo, lujuriosa sala de fiestas de Covent Garden. Durante una de sus visitas, Archibald conoció a la gerente del teatro, Peggy March, una mujer atractiva y amante de la diversión que tenía veinticinco años menos que él. Peggy compartía la visión positiva de la vida que tenía Archibald, y no tardaron en salir juntos. En poco tiempo, él empezó a comprarle joyas, y alquiló un piso para ella en el West End. Nada de esto agradaba especialmente a Allan, que sentía que su padre traicionaba la memoria de su madre y estaba siendo demasiado generoso con sus limitados fondos. El negocio de su padre nunca acabó de recuperarse tras la guerra, y Allan habría preferido que en caso de gastar dinero lo invirtiera en la casa, que necesitaba reparaciones urgentes.

A principios del otoño de 1965, con un tiempo más frío y húmedo de lo habitual para esas fechas, Paul, el hermano de Allan, cogió una neumonía. A pesar de su discapacidad, Paul había prosperado, pasando de vender cigarrillos en un estanco local a ser el contable de un empresario tabaquero con sede en la calle Charles, en la zona central de Londres. Las personas que tenían ese moderado nivel de parálisis cerebral solían alcanzar las esperanzas de vida de la población general. De modo que supuso una gran conmoción que la dolencia de Paul empeorara y que este muriera el 7 de octubre de 1965 en su cama de Downshire Hill. Tenía solo cuarenta y nueve años. Allan había perdido a su madre y a su hermano en un intervalo de cuatro inviernos.

Su depresión empeoró con la publicación en 1969 de Shaw: «The Chucker-Out». El libro, que era una serie de fragmentos de pasajes pertenecientes a los textos y discursos de Shaw y contaba con una introducción de Vera Brittain, fue unánimemente vapuleado por la crítica. Stanley Weintraub, por ejemplo, renombrado crítico de Shaw que escribía en The New York Times, describió el libro como «valioso no gracias a las intervenciones editoriales de Chappelow, sino a pesar de ellas».

Al verano siguiente, el ambiente en la casa se vio en cierto modo apaciguado por la llegada de Torben Permin,[1] el sobrino nieto de Karen, de veinticinco años. El plan de Torben, que voló desde Copenhague (Dinamarca), era pasar una semana asistiendo a un curso para mejorar su inglés. La casa estaba hecha un absoluto desastre; se habían realizado muy pocas reparaciones desde hacía años. Torben durmió en un sofá en la primera planta, con las paredes y los muebles cubiertos de polvo. Todo espacio disponible estaba lleno de antigüedades y cuadros en varios estadios de renovación. El aseo estaba asqueroso, con la bañera verde y negra por las algas y el moho. Para el desayuno, Archibald le cocinaba huevos fritos con beicon en un hornillo del atestado sótano.

Durante su estancia en Londres, Torben acompañó al padre de Allan y a su novia Peggy cuando salían al teatro, al cine y a los restaurantes. Allan se negaba a salir con ellos, y prefería quedarse en su habitación. Torben observó que, cuando se encontraban en las escaleras o a la entrada del baño, Allan y su padre podían saludarse o darse los buenos días, pero hasta ahí llegaba su comunicación. Según le contaron, la comida de Navidad era la única ocasión en la que padre e hijo se sentaban a la misma mesa.

Las cartas que escribía Allan a su familia suponen una de las pocas formas que tenía de interactuar con el mundo exterior, y nos proporcionan una visión inusitada del estado mental en que se encontraba por aquella época. El 17 de diciembre de 1973, por ejemplo, le escribió a su prima Margaret Ainsworth de Austin (Texas):

En cuanto a las contribuciones que pueda hacer al árbol genealógico de la familia, el hecho es que a) no sé mucho al respecto, y b) aunque me interesa y me gustaría investigar sobre este asunto, estoy demasiado ocupado con la segunda edición de mi libro Shaw: «The Chucker-Out» como para emplear un minuto en otra cosa; y la investigación genealógica, como supongo que ya has descubierto, puede ser un asunto muy complicado que exige mucho tiempo.

Allan ya no escribía para el Daily Mail, y dejó de vender sus fotografías a otros periódicos. Pasaba muchas horas en su habitación leyendo y releyendo las cartas, discursos y manuscritos de George Bernard Shaw. Cuando sus amigos le preguntaban, decía que estaba trabajando en su nuevo libro sobre el genial escritor. La verdad era que sus esfuerzos no se traducían en grandes avances que pudiera mostrar.

En septiembre de 1976, el padre de Allan falleció en su propia cama. Acababa de cumplir noventa y cuatro años. Allan hizo los arreglos para que sacaran de la casa el cadáver del padre y lo incinerasen. Decidió no colocar las cenizas en la tumba que compartían su madre y su hermano en el cementerio de Highgate. Tampoco organizó ninguna misa funeraria, para sorpresa de sus primos británicos, daneses y estadounidenses.

Poco después de la muerte de su padre, Allan decidió que había llegado el momento de comprarse una nueva motocicleta. Aparcó su vieja Norton en el jardín delantero, la tapó con una lona y se fue de compras. En realidad, para él no había más que una opción, la Vincent HRD 1000, también conocida como la «Black Shadow», una motocicleta terriblemente veloz que hacía un ruido atronador. En cierta ocasión, cuando la pilotaba calle abajo, un policía lo detuvo y lo advirtió de que tenía que llevar indumentaria protectora. Allan compró un casco de piel suave de tiempos anteriores a la guerra y, desde aquel momento, lo lució siempre que rodaba por las calles de Hampstead, junto con una vieja gabardina Mackintosh atada por la cintura con una cuerda que aleteaba al viento por detrás.

Fue por esta época cuando conoció a John Sparrow, que vivía junto con su esposa Peggy en Darmouth Park, cerca de él. John y Allan decidieron ganar un dinero extra trabajando para la oficina de correos durante la temporada de Navidad. Tras una semana de instrucción básica, se encontraron sentados uno junto al otro, clasificando el correo en pequeños anaqueles de madera en función de su código postal. «Era un tipo simpático», recordó John Sparrow. «Siempre tenía conversación, podía hablar de cualquier cosa». Al cabo de dos semanas, aquel trabajo temporal finalizó, pero siguieron siendo amigos.

Allan hablaba abiertamente de la relación con su padre, tal vez porque acababa de morir, y lo describía como un «bruto» que trataba a su mujer y a su hijo con crueldad y que era «extremadamente desagradable» con quienes estaban a su alrededor. Un hombre que «se dedicaba a vaguear» y «nunca saludaba a nadie». Según decía, la razón por la que su padre nunca arregló la casa era que quería conservar su estado original. A consecuencia de ello, las cañerías eran primitivas y muchos de los desagües estaban en el exterior, con lo que a menudo se congelaban. A partir de esas conversaciones, y de otras, John Sparrow deducía que era «bastante posible», e incluso «probable», que Archibald maltratara físicamente a sus hijos y a su mujer.

Pero Allan también faltaba a la verdad. Le dijo a su nuevo amigo que no había entrado en acción durante la guerra porque tenía la obligación de cuidar de su hermano discapacitado. También afirmó que había tenido que convencer a la oficina de admisión de Cambridge porque no alcanzaba la nota de corte. Además, le contó a Sparrow que había mantenido romances con numerosas chicas y que pronto se casaría. Dado el olor corporal de Allan y su costumbre de vestir con ropa sucia, por no hablar de las condiciones ruinosas de la casa, Sparrow no se creía en absoluto esas historias. Para él eran meras «fantasías».

John Sparrow fue uno de los pocos amigos, si no el único, al que Allan invitó a su casa, y sucedió solo en una ocasión. Al entrar en el número 9 de Downshire Hill, Sparrow se percató de que había enormes cantidades de antigüedades valiosas almacenadas en las habitaciones de abajo. En las plantas superiores, había columnas de libros y de papeles con escritos. «Era bastante reservado —dijo Sparrow—. Había cierto halo de misterio en torno a la casa».

Cuando Chappelow se reunía con sus amigos, siempre lo hacía bajo sus propias condiciones. Se montaba en su motocicleta y «hacía la ronda», según decía él mismo, para dejar regalos de Navidad o parar a tomar una copa. Al no tener teléfono en casa, era difícil localizarlo para concertar una cita con él y nunca dejaba entrar a nadie en su vivienda.

A pesar de criticar a su padre por ese mismo motivo, Allan se negaba a invertir en la casa. No tenía los fondos necesarios para devolver la gloria pasada a la propiedad, y en lugar de renovar la instalación eléctrica, la calefacción o la fontanería —lo cual pensaba que alteraría el tejido histórico de la casa—, decidió quedarse de brazos cruzados. Así fue como el edificio empezó a desmoronarse a su alrededor. El jardín estaba cubierto de vegetación, la pintura de las paredes estaba resquebrajada y desconchada. En su interior, las pilas de papeles, los libros antiguos, los cuadros a medio restaurar y los muebles viejos se amontonaban uno encima de otro para convertirse en montañas inamovibles, hasta que finalmente no quedaba más espacio sobre el suelo y resultaba imposible entrar en muchas de las habitaciones. Las cañerías dejaron de funcionar; el depósito de agua fría se soltó de su soporte, traspasó el suelo del desván y nunca fue reparado. El hornillo de la cocina se convirtió en una superficie más sobre la que almacenar cosas.

Hampstead Village también había cambiado desde los tiempos de juventud de Allan. Durante las décadas de 1960 y 1970 había aumentado su reputación como destino residencial codiciado, y, dada su proximidad al centro de Londres y su atractiva combinación de casas de estilo regencia, georgiano y victoriano, así como los beneficios de vivir cerca del parque Heath, los precios subieron enormemente. Las viviendas más grandes eran divididas en pisos separados, lo que permitía a los arrendadores conseguir rentas más elevadas. Del mismo modo, los comercios tradicionales se vieron obligados a marcharse debido a los alquileres prohibitivos y a la subida de impuestos del ayuntamiento. La tienda de materiales de bellas artes Hegner’s, la farmacia Morris, la panadería Rumbold’s y el garaje Ruby’s cerraron y fueron reemplazados por boutiques de moda, bares de tapas, establecimientos de utensilios de cocina de diseño y nuevos bloques de apartamentos. Los negocios familiares de la charcutería, la joyería y la cafetería se enfrentaron a un destino parecido, y fueron sustituidos por grandes cadenas y restaurantes caros. Finalmente, en 1980, McDonald’s adquirió un edificio en Hampstead High Street.[2] Parece que a los residentes locales esto les pareció ir ya demasiado lejos, e iniciaron una campaña para impedir que la cadena de hamburgueserías obtuviera el permiso de urbanismo, una disputa que se prolongaría durante más de una década.

Dado el aumento del valor de mercado, para Allan habría sido fácil, e incluso sensato, trasladarse a una vivienda más pequeña y gestionable. De hecho, no pasaba una semana sin que recibiera en su buzón un sobre preguntando si estaba interesado en vender. Pero Allan, igual que su padre, se había comprometido fuertemente a mantener la casa. Para él, el número 9 de Downshire Hill era mucho más que un edificio de estilo regencia en una localización envidiable. Allí se sentía cómodo, conocía cada uno de sus rincones. Le recordaba a su madre y a su hermano. La mayoría de las personas no disfrutarían viviendo en unas condiciones cada vez más deplorables, pero a él no le importaba en absoluto. Haría cualquier cosa para proteger esa casa. Era su hogar.

A lo largo de la mañana del 16 de junio de 2006, el agente encargado de hacer de enlace con la familia, Gerald Pickering, intentó establecer contacto con los parientes de Allan Chappelow. Había hablado con dos de los primos ingleses de la víctima, Michael y James Chappelow, pero ese hilo no llevaba a ninguna parte. Eran primos lejanos que apenas conocían a Allan y no podían proporcionar el contacto de ningún otro miembro de la familia. James Chappelow admitió que ni siquiera había conocido a su primo; la única vez que había intentado visitar el número 9 de Downshire Hill nadie contestó cuando llamó a la puerta. Por su parte, Michael no había visto a Allan desde hacía muchos años, y no tenía ninguna información valiosa que compartir.

No obstante, Pickering disponía de una pista acerca de otros familiares. Durante la primera búsqueda en el número 9 de Downshire Hill, la policía había encontrado una carta de una prima estadounidense de Allan, Patty Ainsworth. Estaba fechada el 4 de marzo de 2006, unas semanas antes de su viaje a Estados Unidos.

Pickering contactó con la oficina del Fiscal General de Austin (Texas), a través de Interpol, la red policial internacional. Unos días más tarde, dos miembros de la oficina del fiscal llegaron a la pequeña casa revestida de madera de Patty en Delwood, un barrio tranquilo al sureste de la ciudad. Al ver que no contestaba nadie, rodearon el inmueble y encontraron a Patty descargando la compra de su coche. Le mostraron sus identificaciones, le pidieron que les confirmara que se trataba de ella y, sin aviso previo, le dijeron que habían encontrado a su primo Allan Chappelow muerto en su casa de Londres.

«¿Cómo ha muerto?», preguntó cuando los hombres ya estaban a punto de marcharse. «Ha sido asesinado», dijeron, y le pidieron que se pusiera en contacto con Gerry Pickering de la Policía Metropolitana de Londres. Querían saber cuándo había sido la última vez que tuvo noticias de Allan tras su regreso a Inglaterra. Unas horas más tarde, Pickering recibió un correo electrónico de Patty Ainsworth. «Detective Pickering —escribió—. La carta que recibí de Allan fue escrita el 4 de mayo y tenía un matasellos del 6 de mayo. Habla sobre su viaje a Austin. Si necesita una copia de esa carta, hágamelo saber y podré enviársela por correo o fax». Unas horas más tarde, Pickering respondió que la carta era importante, ya que demostraría hasta qué momento permaneció Allan con vida. Sin duda le gustaría ver la carta, dijo, pero le sugirió que enviara una copia para que no se perdiera el original en el envío.

Pickering recibió otro correo electrónico de Patty Ainsworth al día siguiente; esta vez adjuntaba una copia de la carta de Allan del 4 de mayo. «He estado en contacto con Michael Chappelow —escribió—, y nos preguntábamos si habrían encontrado por casualidad algún testamento entre los papeles de Allan». Pickering respondió ese mismo día, explicando que había hecho que examinaran la carta en la oficina de correos y que le habían dicho que había sido enviada entre las 18.30 del viernes 5 de mayo y el mediodía del sábado 6 de mayo. «De modo que puede conservar la carta, ya que es una prueba oficial del caso. Todavía estamos intentando trazar los últimos movimientos de Allan».

Respecto al testamento de su primo, Pickering dijo que no habían encontrado copia alguna en el número 9 de Downshire Hill y que preguntarían en los bancos de la víctima para comprobar si tenía algún abogado. «Por el momento la casa pasará a manos del gobierno local a partir de esta semana, ya que no hemos encontrado rastro de ningún pariente directo. En el sentido de hermanos, hermanas o primos de primer grado». El mensaje estaba claro: ni ella ni Michael Chappelow tenían muchas posibilidades de beneficiarse de la sustancial herencia de Allan Chappelow.

Pickering no tardó mucho en localizar a los primos daneses de Allan Chappelow. Mientras revisaban su diario de 1994, que los inspectores del escenario del crimen habían recogido del número 9 de Downshire Hill, Pickering vio una lista de tarjetas de Navidad. Sobre ella estaba escrito el nombre «Merete». También descubrió una tarjeta de negocios con el mismo nombre y decidió contactar con ella.

Merete Karlsborg le confirmó por vía telefónica que era la hija de una prima hermana de Allan —su abuelo Aage Permin era hermano de Karen—, lo que la convertía en el pariente vivo más cercano de los que había encontrado hasta la fecha. Merete puso en contacto después al detective británico con tres primos que tenían vínculos igual de cercanos con Allan, uno de los cuales era Torben Permin.

Dado que Torben hablaba un inglés excelente y había visitado a Allan en Londres, fue designado enlace familiar principal para los agentes de policía británicos.

Cuando Torben preguntó respecto a los preparativos para el funeral de su primo, Pickering le dijo que eso le tocaba decidirlo a la familia, aunque tendrían que esperar hasta que los agentes de investigación estuvieran preparados para poner el cuerpo a disposición de la familia. Pickering dijo que volvería a ponerse en contacto con él en cuanto tuviera más información que ofrecerle.

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14 November 2024
Volume:
441 p. 36 illustrations
ISBN:
9788491875215
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