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DARWIN EN ESPAÑA
Thomas F. Glick
Epílogo de Jesús I. Català Gorgues
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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Ilustración de la cubierta: Charles R. Darwin (1809-1882)
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
Realización de ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7818-2
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN, José M. López Piñero
LA RECEPCIÓN DEL DARWINISMO EN ESPAÑA
EL HOMENAJE VALENCIANO A DARWIN DE 1909
EL JUICIO DE DAYTON ANTE LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA
DARWIN Y LA FILOLOGÍA ESPAÑOLA
MIQUEL CRUSAFONT Y GEORGE GAYLORD SIMPSON: INTERFERENCIAS BIOGRÁFICAS, CONFLUENCIAS HISTÓRICAS
EPÍLOGO: THOMAS F. GLICK, REFERENCIA PARA LA HISTORIA DEL EVOLUCIONISMO EN ESPAÑA, Jesús I. Català Gorgues
APÉNDICES
I: Cartas de Peregrín Casanova a Ernst Haeckel, 1876-1883
II: Selección de títulos de la biblioteca de Peregrín Casanova
III: Títulos sobre evolucionismo en la biblioteca de Baltasar Champsaur
IV: Tres cartas de Unamuno referentes al homenaje a Darwin
INTRODUCCIÓN
El evolucionismo darwinista no es simplemente uno de los paradigmas del moderno saber biológico, sino también una de las perspectivas fundamentales de las concepciones del hombre y del mundo que pretenden basarse en la ciencia de modo más o menos exclusivo. De ahí su importancia como piedra de toque para los estudios acerca del lugar de la actividad científica en la sociedad española contemporánea. El primer centenario de la muerte de Darwin, que se celebra este año, va a ser una ocasión propicia para que se publique un buen número de trabajos en torno al tema, de manera parecida a lo que sucedió en 1973, al cumplirse el medio milenio del nacimiento de Copérnico. Los aniversarios constituyen un motivo fútil y estólido para acercarse a una gran figura científica y nadie ignora que gran parte de su celebración consiste en retórica vacía, publicaciones oportunistas o acercamientos periodísticos con fuerte tufo a información de diccionario enciclopédico. Sin embargo, nuestro ambiente no suele responder a motivaciones más serias y, por otra parte, no hay que olvidar que en tales conmemoraciones salen a la luz también trabajos serios que de otro modo quedarían inéditos o sin difusión.
Entre otras aportaciones positivas que sin duda nos irá deparando el año, el centenario de Darwin nos trae la publicación, en una editorial y en una serie adecuadas, del volumen en el que Thomas F. Glick ofrece un balance de sus investigaciones sobre el darwinismo en España. Desde todos los puntos de vista, el tomito está situado en el polo opuesto de las publicaciones oportunistas. El interés de su autor por la materia comenzó hace tres lustros, cuando terminaba en Valencia su memoria para la obtención del grado de PhD, acerca de las técnicas de riego en la sociedad valenciana bajomedieval.[1]
En la fase inicial de su biografía científica, la actividad de Glick estuvo centrada en el período medieval, aspecto de su obra cuya última manifestación ha sido un estudio histórico-social de al-Ándalus que se detiene de modo especial en la actividad científica y técnica.[2]Las indagaciones en torno al darwinismo en España fueron el punto de partida de un cambio de orientación. En abril de 1969, Glick presentó sus dos primeros trabajos sobre el tema en un congreso de historia de la medicina y de la ciencia celebrado en Valencia.[3]Tres años después apareció un volumen colectivo dirigido por él y dedicado a la historia comparada de la difusión del darwinismo en diferentes escenarios socioculturales, que constituye la más destacada aportación existente hasta ahora sobre el problema.[4] Glick se reservó, lógicamente, el capítulo de este libro relativo a nuestro país y se dedicó a partir de entonces a la investigación histórica de la actividad científica en la España moderna y contemporánea. En lo que concierne a las tareas de grupo, la expresión más visible de esta dedicación suya han sido dos proyectos que él y yo hemos codirigido: un Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, redactado por una veintena de especialistas, y la serie Hispaniae Scientia, dedicada a la edición y el comentario de textos clásicos españoles de la ciencia moderna.[5]En lo que atañe a su actividad personal, la dedicación de Glick a la línea citada ha conducido a un ambicioso programa que engloba sus estudios anteriores sobre el darwinismo. El objetivo de dicho programa es conocer el modo en que la ciencia contemporánea se ha integrado en la sociedad española, analizando la recepción y difusión en ella de la teoría de la relatividad, el darwinismo y el psicoanálisis. Apenas hace falta decir que la intención de Glick es utilizar dichas teorías –paradigmas de las ciencias físicas, biológicas y humanas, respectivamente– para desvelar los complejos procesos sociales que van desde la participación española en la actividad de la comunidad científica internacional, hasta la polarización ideológica del conjunto de la sociedad española ante los puntos clave del pensamiento científico de nuestro tiempo.
JOSÉ M. LÓPEZ PIÑERO
Universitat de València, enero de 1982
[1] Publicada más tarde con el título: Irrigation and Society in Medieval Valencia, Harvard University Press, Cambridge, Massachussets, 1970.
[2] Islamic and Christian Spain in the Early Middle Ages, Princeton University Press, Princeton, 1979.
[3]«La recepción del darwinismo en España en dimensión comparativa», Actas del III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia 10-12 de abril de 1969, Valencia, 1971, vol. I, pp. 193-200; «The Valencian Homage to Darwin in the Centennial Date of his Birth», ibíd., 1909, vol. II. pp. 577-601.
[4] T. F. Glick (dir.): The Comparative Reception of Darwinism, University of Texas Press, Austin, 1972.
[5] J. M. López Piñero y T. F. Glick (dirs.): Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, 2 vols., Península, Barcelona (en prensa). De la serie Hispaniae Scientia, dirigida también por ambos y editada en Valencia por Valencia Cultural, han aparecido hasta ahora cuatro volúmenes. Uno de ellos corresponde a la Obra de agricultura (1513), de Gabriel Alonso de Herrera, con estudio preliminar y traducción parcial al inglés del propio Thomas F. Glick.
LA RECEPCIÓN DEL DARWINISMO EN ESPAÑA
La primera generación de evolucionistas españoles y de sus oponentes tuvo conciencia explícita de que la recepción del darwinismo en España estaba asociada a un acontecimiento social y político de primer orden: la Revolución de 1868. Los comentaristas de izquierdas y de derechas coincidieron en que la ideología de la «mesocracia intelectual», que transformó profundamente la fisonomía cultural del país en los años setenta y ochenta, estaba dominada por la arrogante presencia de Darwin, Ernst Haeckel y Herbert Spencer. Parece, por lo tanto, que el caso español puede ofrecer una comprobación válida de la hipótesis de Karl Mannheim de que la estructura y los objetivos de los grupos sociales fundamentan los conjuntos de ideas que asimilan y elaboran.
La vida científica de la España prerrevolucionaria se caracterizaba por el estancamiento y el provincialismo. La actividad existente estaba marginada de las tareas intelectuales y académicas por una estructura educativa ortodoxa de orientación inmovilista y autoritaria. José M. López Piñero ha descrito la atormentada existencia de una «generación intermedia» de científicos que, a pesar de sus mediocres contribuciones, mantuvieron el cultivo de la ciencia y crearon las instituciones en las que se formó la primera generación de evolucionistas españoles.[1]
Darwin apenas fue citado entre 1859 y 1868. La más temprana alusión a la evolución de las especies, en una revista española, parece ser una sátira sobre la «Escala de las transformaciones» aparecida en El Museo Universal en 1863. Se trata de una serie de cuatro grabados de línea relativos al «origen de ciertas especies de animales». Presenta primero la evolución de un cerdo en un toro y más tarde en un hombre y, por último, la de un ganso en un asno y en un «mequetrefe». Este último se parece a Herbert Spencer, identificación resultante de la descripción de «cierto individuo» que hablaba sobre cosas que no comprendía –filosofía, religión, política y elecciones– con tal falta de sentido que sus orejas comenzaron a crecer. No se menciona directamente a Darwin o a sus obras. Seguramente el proceso descrito es una parodia del lamarckismo.[2]
En su novela Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós describe el ambiente académico de Madrid durante el período de formación de su personaje, Juanita Santa Cruz, en los años 1864-1869. Afirma en este contexto que los estudiantes discutían sobre el transformismo y las ideas de Darwin y Haeckel, aunque todavía no estaba de moda.[3]
El primer comentario serio acerca de la evolución se encuentra en unas conferencias que dio José de Letamendi (18281897) en el Ateneo Catalán del 13 al 15 de abril de 1867. El médico catalán criticó en ellas la mutabilidad de las especies desde una perspectiva tomista, asociando, en un ataque general al monismo, enérgicas condenas al materialismo de Comte, de Lamarck y de Darwin.[4]
Estas referencias dispersas no modifican significativamente nuestra afirmación de la escasa presencia del darwinismo antes de 1868.
Uno de los tópicos de la literatura científica de la época fue que la revolución había abierto las puertas a una serie de nuevas ideas entre las que destacaba la del evolucionismo.[5] «La llamada Revolución de Septiembre [recordaba Baltasar Champsaur Sicilia, un socialista canario que tomó parte en una de las primeras polémicas en torno al darwinismo] había abierto muchos ventanales y respirábamos un aire de libertad y de vida regocijada que hacía pensar en algo así como un pueblo dueño de sí mismo (...) Se discutía en todas partes (...) Era como un despertar después de una larga somnolencia».[6] Diez años más tarde, el antropólogo Francisco Tubino decía que hacia 1867, al comenzar a explicar la nueva ciencia antropológica en la Sociedad Económica de Madrid, había temido una pobre acogida de estas ideas en España, «un país donde el sentimiento lleva la mejor parte de todo» en detrimento de la razón, y no había previsto el enorme interés que el tema despertaría poco más tarde.[7]
El químico José Rodríguez Carracido subraya la inquietud intelectual existente en la Universidad de Santiago cuando Augusto González de Linares explicó por vez primera la evolución en 1872. Los «murmullos de protesta y aplausos de contraprotesta», señales palpables de la profunda división de los oyentes, hubieran sido inconcebibles, en opinión de Carracido, «si el ambiente intelectual de Santiago no estuviese previamente preparado por la excitación mental consecutiva a la revolución política». Con el mismo vigor que los intelectuales comenzaron a discutir temas como la soberanía nacional y la separación de la Iglesia y el Estado –prosigue Carracido–, empezaron a hablar de la mutabilidad de las especies y del origen del hombre. Podía oírse a grupos de estudiantes que paseaban por las viejas calles que rodeaban la universidad disputar sobre la lucha por la existencia, la selección natural y la adaptación, citando los nombres de Darwin y Haeckel.[8]
En 1872, sin embargo, había cambiado no sólo el ambiente intelectual sino la propia estructura pedagógica. Como consecuencia de la ley de libertad educativa promulgada en el primer mes de la revolución (octubre de 1868), se abolió la censura, se introdujeron cursos científicos modernos en los planes de estudios universitarios y se fundaron nuevos departamentos (por ejemplo, los de fisiología e histología en la Universidad de Madrid). Además, la ley permitió a las autoridades locales nuevos programas científicos independientes del control del Gobierno central. Esta ley, como ha hecho notar Temma Kaplan, hay que considerarla como el fundamento del desarrollo de la ciencia experimental en España y, especialmente, como el supuesto de los comienzos de la biología moderna.[9]
Aunque la Restauración (1874) restableció la «ciencia oficial», volvió a introducir la religión en los estudios universitarios y reimplantó la censura, y a pesar de que la mayor parte de los darwinistas que habían ganado cátedras en la época revolucionaria las perdieron en la crisis universitaria de 1875, la penetración de las ideas evolucionistas era tan importante que la reacción católica fue incapaz de volver las aguas a su cauce.[10]Ofrezco a continuación una visión panorámica de su presencia en varias tareas intelectuales y en diferentes áreas geográficas del país, con la esperanza de conseguir una perspectiva amplia de la difusión de las ideas evolucionistas en España y de sugerir líneas para investigaciones posteriores.
No resulta extraño que El origen del hombre fuera traducida al castellano (1876) antes que El origen de las especies (1877). La revisión de la literatura demuestra también que, aunque el evolucionismo darwinista se había discutido entre 1868 y 1871, hasta la aparición de la traducción francesa de El origen del hombre no se produjo una polémica generalizada. En 1872 hubo ataques al darwinismo desde todos los frentes: Emilio Huelin publicó en la Revista de España una inteligente revisión crítica de la literatura sobre evolución en inglés, alemán y francés; el dirigente político conservador Antonio Cánovas del Castillo pronunció en el Ateneo de Madrid una conferencia atacando la ética darwinista; y a finales del mismo año apareció «A Darwin», el famoso poema polémico de Gaspar Núñez de Arce, incluido en sus ortodoxos Gritos del combate.[11] El contraataque de los partidarios del darwinismo no se produjo hasta cinco años más tarde, o a lo sumo hasta 1876, cuando el positivista cubano José del Perojo fundó Revista Contemporánea, principal órgano de expresión del evolucionismo en España. Perojo publicó la primera traducción castellana de El origen de las especies en 1877 y fue uno de los traductores de la segunda versión española de El origen del hombre.[12]
La publicación de la edición española de El origen de las especies fue comentada por Manuel de la Revilla en Revista Contemporánea como «síntoma felicísimo de nuestros progresos (...) porque esto demuestra que han pasado aquellos tiempos en que la trascendental doctrina en ella contenida era acogida con pueriles asombros por el vulgo, y con vacías declamaciones o insípidos chistes por los doctos». La teoría, continuaba, era ahora atendida con respeto, a pesar del punto de vista conservador que «subleva al orgullo humano, alimentado por el error antropocéntrico».[13]Hay que subrayar, sin embargo, que con traducción o sin ella la mayor parte de los españoles que participaron en la polémica en torno a la evolución preferían manejar en francés los dos libros fundamentales de Darwin.
Las obras de Ernst Haeckel contribuyeron decisivamente a la difusión de las ideas evolucionistas en España. Los positivistas partidarios del darwinismo las leyeron con entusiasmo. Aunque eran sensibles a los argumentos sólidos basados en las ciencias biológicas, prefirieron a Haeckel antes que a Darwin porque el autor alemán se ocupaba, de forma más directa, de la aplicación de los modelos darwinistas a las ciencias sociales, principal área de interés de los positivistas españoles. A finales de la década de los setenta apareció, en las páginas de Revista Contemporánea y de Revista Europea, una serie de artículos de Haeckel o de comentaristas de su obra. El contenido de todos ellos era prácticamente el mismo: Haeckel había creado un sistema global que explicaba el desarrollo evolucionista del universo.[14] Los antidarwinistas no tardaron en comprenderlo y condenaron unánimemente a Haeckel como la cabeza del materialismo anticristiano. El papel de Haeckel era tan destacado que un católico favorable al evolucionismo como Juan González de Arintero llegó a defender que Darwin no había hecho afirmaciones contrarias a la Biblia en El origen de las especies, pero, «convertido» por obra de Haeckel, había formulado, bajo su influencia, las ideas inaceptables de El origen del hombre.[15]Las opiniones de Haeckel, propiamente científicas, también alcanzaron amplia difusión. Augusto González de Linares escribió trabajos y dio lecciones sobre su morfología en la década de los setenta[16] y varios de los libros del autor alemán fueron traducidos al castellano.[17]
El más importante discípulo español de Haeckel fue el anatomista valenciano Peregrín Casanova Ciurana (1849-1919). Hombre de la Revolución de Septiembre, Casanova terminó su licenciatura en Medicina en Valencia en 1871 y se doctoró cuatro años después en Madrid. Entre 1876 y 1883 mantuvo relación epistolar con Haeckel, y en alguna ocasión durante este período (quizá durante un mes en 1876) viajó a Jena para trabajar con el maestro personalmente. En la Ernst-Haeckel-Haus de Jena se conservan nueve cartas a Haeckel de su seguidor valenciano; los textos de estas cartas se transcriben en el apéndice I. Las cartas de Casanova son sumamente interesantes para la historia interna del darwinismo español, en la medida en que revelan su firme intento de mantenerse al corriente del nuevo desarrollo en la anatomía evolucionista.[18]
Consultó, insistentemente, a Haeckel sobre el modo de orientar sus cursos en la Facultad de Medicina de acuerdo con las más recientes teorías evolucionistas combinadas con la anatomía humana descriptiva. Haeckel le informó acerca de las últimas investigaciones de Carl Gegenbaur antes de que fueran publicadas y, gracias a Casanova, el tratado del anatomista alemán se convirtió en libro de texto de la disciplina en la Universidad de Valencia.[19]También le envió ejemplares de Jenaische Zeitschrift y de Kosmos, revistas que le permitieron estar al día de las contribuciones de su maestro. Además de esto, las cartas manifiestan repetidamente tres temas: la dificultad de Casanova para comunicarse con los científicos extranjeros; su resistencia y resentimiento por lo que él consideraba un clima hostil hacia la biología evolucionista en España; y, finalmente, su ingenua y casi exagerada devoción a Haeckel como heredero del cetro de Darwin. Las cartas están escritas en un francés inteligible pero claramente rudimentario. En la carta I declara que no sabía todavía alemán, pero que había leído los trabajos de Haeckel a través de las traducciones francesas. En la carta III expone que ha comenzado a estudiar alemán por su cuenta exclusivamente para poder leer los trabajos de Haeckel, y lamenta que no hubiera profesores de alemán en Valencia. Constante, solicita de Haeckel la aclaración de títulos o del contenido de los libros anatómicos recientes, de los cuales Casanova poseía un conocimiento imperfecto. En las cartas III, IV y VIII, Casanova alude al clima hostil en que se desarrollaba la investigación científica en España y reitera su sentimiento de marginación por la oposición del clero al darwinismo, y por el control gubernamental de la educación, que limita ba la libertad de expresión.
En 1877, Casanova publicó un libro sobre biología general, saturado de conceptos haeckelianos.[20]Comenzaba con una carta de salutación del propio Haeckel y, en su introducción, Casanova trazaba un esquema evolucionista de la historia de la ciencia, según el cual las ideas más fuertes se imponían sobre las débiles. Las ideas científicas y cosmológicas anticuadas pertenecen al pasado y la ciencia moderna tiene todavía que luchar contra las supervivencias medievales. La biología debe participar en estos progresos y su vertiente morfológica no puede ser meramente descriptiva sino dinámica, no solamente ontogénica sino filogenética, investigando no sólo la historia del individuo sino la de la especie. El estudio intenta, en suma, nada menos que «la reducción de todos los fenómenos a causas eficientes naturales, mecánicas: la concepción monística del Universo». Su texto es una divulgación de Haeckel. La sección sobre el carácter dinámico de la biología comienza con una cita de Natürliche Schopfungsgeschichte relativa a la base bioquímica de la vida. En ella, Casanova ofrece las ideas de Haeckel acerca de la formación de la vida, desde la materia inanimada en forma de granulaciones o plastídulos. El capítulo sobre los resultados del desarrollo morfológico se ocupa de la integración y la diferenciación en las series filogenéticas, e incluye descripciones de los procesos de selección natural, herencia y adaptación. Otro extenso capítulo, acerca de la teoría de la evolución, termina lamentándose de que en España, país que deja mucho que desear en cultura moral y científica, esta doctrina tiene pocos seguidores.[21]
En 1881, Casanova escribió una introducción a la versión castellana de dos trabajos de Haeckel titulados La perigénesis de los plastídulos y El alma de las células. En ella expuso las concepciones genéticas de su maestro –que eran opuestas a las de Darwin–, afirmando que el intento de reducir la herencia y la reproducción a causas físicas y químicas iba a provocar una cerrada hostilidad. Como librepensador, admiraba especialmente el segundo trabajo, porque formulaba el concepto de que formas de vida inferiores al hombre tenían también «actividades intelectuales». «¿Quién puede encerrar la voluntad y el pensamiento en el estrecho círculo del cerebro humano?», preguntaba retóricamente.[22] La biblioteca de Casanova, conservada en la Facultad de Medicina de Valencia, incluye una selección representativa de obras evolucionistas (véase apéndice II).
El papel de Casanova como vía de difusión de las ideas de Haeckel, así como su gran influencia como pedagogo, se manifiesta en la disertación doctoral de su discípulo Ramón Gómez Ferrer, quien elaboró en 1884 un estudio sistemático sobre las ideas vigentes acerca de la herencia. El análisis de Gómez Ferrer es una exposición directa sobre los mecanismos de pangénesis (la transmisión material de las características hereditarias por medio de las partículas albuminoideas contenidas en células germinales), tal y como las entendía Haeckel. No obstante, Gómez Ferrer mostraba ciertas reservas. Él proponía que los caracteres adquiridos sólo serían heredados si fueran más fuertes que las tendencias hereditarias, lo que supone una aparente restricción de la teoría de Haeckel, que sostiene que todos los caracteres adquiridos podrían heredarse en determinadas circunstancias. También muestra Gómez Ferrer ciertas reservas en lo que respecta a la teoría de la recapitulación.[23]
La influencia de la teoría evolucionista sobre la ciencia española superó, por supuesto, los límites de la mera divulgación. El ejemplo de mayor importancia es la obra de la gran escuela histológica española que fue evolucionista en sus supuestos. Sus fundadores tomaron contacto con Darwin en los años inmediatos a la Revolución de Septiembre. En realidad, dicha escuela estaba integrada por dos grupos interrelacionados. El primero, asociado a Luis Simarro (1851-1921), se ocupó principalmente de la anatomía patológica del sistema nervioso, mientras que el segundo, encabezado por Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), cultivó fundamentalmente la neurohistología.
Simarro leyó por vez primera a Darwin en una traducción francesa poco antes de la Revolución de 1868, mientras estudiaba Medicina en Valencia. Cuando descubrieron el libro en su cuarto, los frailes que regentaban el colegio en el que daba clases de ciencias lo expulsaron.[24]En sus primeros artículos sobre morfología y anatomía comparada se refleja una gran influencia de Haeckel y sus discípulos; en todos ellos aparecen referencias de los Morphologische Jahrbücher de Gegenbaur. Entre 1880 y 1885, Simarro trabajó en París con varios científicos franceses, entre ellos el anatomista evolucionista Mathias Duval, cuyo curso antropológico (planteado conforme a líneas evolucionistas) resumió para el público español en un artículo aparecido en 1880.[25]De regreso a España, dio numerosas clases sobre la teoría de la evolución e incorporó las nociones de cambio evolutivo y de desarrollo adaptativo a sus trabajos en torno a la anatomía patológica del sistema nervioso. A causa del riguroso evolucionismo de Simarro, la influencia de Darwin y Haeckel se refleja también en la obra de Nicolás Achúcarro (1880-1918), su discípulo más importante. En los años de transición del pasado siglo al actual, Achúcarro tomó contacto en el laboratorio de Simarro con la histología evolucionista, comenzando sus estudios con el sistema nervioso de los peces y otros animales inferiores, antes de abordar la estructura más compleja del sistema nervioso humano. Su obra sobre la neuroglia también estaba basada en series filogenéticas.[26]
Cajal subraya que leyó por vez primera a Lamarck, Spencer y Darwin hacia 1874-1875, después de licenciarse en Medicina. En la misma época pudo también «saborear las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente inaceptables o exageradas, hipótesis biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena».[27] Reflexionando acerca de su orientación científica al iniciar sus estudios de doctorado, lamenta haber sentido «desdén hacia normas interpretativas sacadas de la anatomía comparada, la ontogenia o la filogenia». Destaca que su candor provinciano y su ingenuidad científica contrastaba con la propensión de algunos de sus jóvenes colegas a especular sobre las implicaciones filosóficas del evolucionismo y del vitalismo, que le parecían muy lejanas de la tarea de conocer los detalles anatómicos. En 1879, sin embargo, aprendió alemán y comenzó a estudiar anatomía comparada, y esta vez en serio «me impuse en las modernas teorías tocantes a la evolución, de que por entonces eran portaestandartes ilustres Darwin, Haeckel y Huxley; amplié bastante mis noticias embriológicas».[28]Según Laín Entralgo, los prejuicios iniciales de Cajal respecto a la evolución (1876 1880) le impidieron al principio seguir a Gegenbaur y resolver el problema de la investigación anatómica a través de los estudios comparados. No obstante, en 1883, cuando publicó varios artículos de divulgación en revistas de Valencia y Zaragoza, su pensamiento estaba ya claramente impregnado por la mentalidad y la retórica evolucionista que guiarían su futura carrera de histólogo. La clave de su metodología consistía, sencillamente, en aplicar al estudio de la histología del sistema nervioso la idea de que lo menos diferenciado morfológicamente es anterior filogenéticamente a lo más diferenciado. «Puesto que la selva adulta –la selva de la corteza cerebral– resulta impene trable e indefinible, ¿por qué no recurrir al estudio del bosque joven?». Sus célebres investigaciones sobre la neurogénesis tenían un supuesto evolucionista, ya que estudió el desarrollo del sistema nervioso desde las formas embrionarias a las adultas en series filogénicas. Describió esta tarea en otra expresiva pregunta retórica: «En esta trayectoria evolutiva, ¿no se revelará, quizá, algo así como un eco y recapitulación de la historia vivida por la neurona en sus milenarias andanzas a través de la serie animal?». Su creencia en la individualidad de la neurona y en la ley biogenética de Haeckel le llevó a examinar, sistemáticamente, médulas embrionarias de diferentes edades. Su evolucionismo, sin embargo, estaba estrictamente limitado. Como ha afirmado Laín Entralgo, mientras que otros concebían una continuidad evolutiva –diferencias puramente cuantitativas entre las especies– Cajal estaba más interesado en las diferencias morfológicas cualitativas; es decir, en innovaciones a lo largo de la trayectoria filogénica. Pensaba que era improbable, a pesar de su metodología haeckeliana, que solamente las diferencias cuantitativas pudieran explicar la distancia existente entre el cerebro de los mamíferos y el humano.[29]
El evolucionismo es uno de los supuestos del monumental estudio comparado sobre el sistema nervioso del hombre y de los vertebrados que Cajal publicó a finales de siglo, sistema que consideraba «el último término de la evolución de la materia viva y la máquina más complicada (...) que nos ofrece la naturaleza».[30]En él recurre repetidas veces a conceptos evolucionistas, especialmente al sintetizar el material comparado. Reduce el proceso de desarrollo del sistema nervioso a tres leyes evolutivas: a) la multiplicación de neuronas, con la finalidad de aumentar las conexiones entre diversos órganos y tejidos; b) la diferenciación morfológica y estructural de las neuronas para adaptarse mejor a su función de transmisores; c) la unificación o concentración de las masas nerviosas, o ley de conservación del protoplasma y del tiempo de conducción. Cajal subraya la semejanza de este tercer principio con la ley de integración longitudinal y transversal del sistema nervioso propuesto por Spencer, que había encontrado en la traducción de Progress: Its Law and Cause, publicada en el año 1896 por Miguel de Unamuno. En resumen, Cajal afirma lo siguiente:
... en buena doctrina evolutiva, y con mayor motivo admitiendo el principio de la selección natural como causa eficiente del progreso morfológico y funcional, es preciso justificar todo fenómeno estructural aparecido en la serie filogénica u ontogénica, por la utilidad real que de él pueda prometerse al organismo; pues de resultar inútil, la misma selección acabaría pronto por descartarlo. El fin utilitario, perseguido en el citado caso por la naturaleza, es sencillamente el ahorro de protoplasma combinado con la economía de tiempo.[31]
A comienzos de siglo los puntos de vista de Cajal acerca del desarrollo del sistema nervioso eran al mismo tiempo darwinistas y teleológicos. Suponía que si los animales pluricelulares no hubieran sido capaces de crear un sistema nervioso en un momento determinado de su evolución, no habrían avanzado en complejidad mucho más allá de lo que observamos en el reino animal: «porque la división excesiva del trabajo exige, al objeto de conservar la armonía y solidaridad de las diversas partes asociadas, el freno y dirección suprema de las células nerviosas». Además, en la lucha por la existencia, las respuestas nerviosas amplias y enérgicas son más eficaces que las débiles; de aquí la base evolutiva de la diferenciación de las funciones nerviosas en la escala animal. En los años siguientes, el pensamiento de Cajal fue, cada vez, menos darwinista y más propiamente teleológico.[32]
La influencia del evolucionismo en otras ramas de la ciencia española se refleja, quizá, más en trabajos de divulgación que en contribuciones científicas de carácter original. Un ejemplo representativo es el libro de fisiología general publicado por Balbino Quesada en 1880. Su contenido se basa en un punto de vista estrictamente evolucionista, en especial porque destaca, repetidas veces, la importancia de la adaptación en el proceso fisiológico, desde la célula al organismo. Expone la reproducción, apoyándose ampliamente en Spencer, y defiende la conclusión eugenética de que los hombres cultivados están obligados a la mejora de la especie. El volumen termina con un panorama general del transformismo y sus detractores, y afirma Quesada que el evolucionismo es la única teoría capaz de explicar los datos científicos sin contradicciones.[33]
No cabe duda de que autores como Quesada y Cajal eran convencidos evolucionistas. Sin embargo, se encuentran en sus obras importantes aspectos vitalistas y finalistas. Sobradamente conocida es la tendencia de Cajal a describir, en términos antropomórficos, las neuronas y otras células. Por otro lado, parte de su resistencia inicial a aceptar el evolucionismo se debía a su opinión de que la interpretación estrictamente haeckeliana de la relación entre el hombre y los animales inferiores atentaba a la dignidad humana. Quesada, más finalista que vitalista, no creía en una evolución en línea recta, sino en la que, «por cambios y evoluciones progresivas y desenvolvimientos cada vez más elevados, conduce a la realización de un fin universal».[34]En un filósofo evolucionista como Miguel de Unamuno, los elementos vitalistas y finalistas son mucho más centrales y explícitos, lo que sugiere que la conciliación entre el evolucionismo y los valores tradicionales de la cultura española se realizó en un nivel explicativo filosófico antes que en el terreno teológico.[35]
En la recepción y difusión de las ideas evolucionistas en España, parece haber sido crucial el papel desempeñado por las sociedades científicas fundadas tras la Revolución de 1868, aunque en el actual estado de la investigación solamente disponemos de noticias generales al respecto. A través de las biografías de los primeros neurohistólogos sabemos, en concreto, que las Sociedades de Anatomía e Histología, fundadas ambas en Madrid después de 1868, eran centros de investigación evolucionistas. La segunda de estas instituciones, creada en 1874, tenía la significativa denominación de Sociedad Libre de Histología, símbolo de su independencia de las instituciones académicas tradicionales, al igual que la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1875, subrayó su independencia después de la segunda crisis universitaria. La Sociedad Histológica sirvió de tribuna para discutir los avances científicos europeos, así como de trampolín para la investigación con supuestos evolucionistas.[36]El Ateneo de Madrid fue también uno de los núcleos de la polémica sobre el tema. De origen anterior, estaba, no obstante, dominado por los hombres de 1868, sobre todo después de 1876, cuando los conservadores desertaron en masa. A pesar de que la dirección krausista tendía a ser contraria al evolucionismo, el Ateneo fue el escenario de una amplia y, a menudo, agria discusión en torno a la teoría darwinista.[37]La Sociedad Antropológica Española, fundada en 1865, fue también otro de los centros del debate en torno al tema, y algunos de los primeros trabajos acerca de la influencia del evolucionismo sobre la antropología se publicaron en su revista. Las instituciones humanísticas al viejo estilo, como la Academia Española y la Academia de la Historia, parecen haber sido bastiones antievolucionistas, aunque se adujera que la admisión en la segunda del geólogo Juan Vilanova y Piera, un seguidor español de Armand de Quatrefages, era un signo de su falta de hostilidad hacia Darwin.[38]
El evolucionismo darwinista alcanzó su máxima influencia entre los positivistas cultivadores de las ciencias sociales. Los primeros tratadistas de temas antropológicos en la España del siglo XIX estaban todos influenciados, en mayor o menor grado, por Darwin y Haeckel y por antropólogos evolucionistas como John Lubbeck y Edward B. Tylor.[39]Entre los prehistoriadores puede citarse a Manuel Sales y Ferré (1843-1919), krausista de formación que estuvo después fuertemente influenciado por el positivismo y el evolucionismo. Fue el fundador de otra institución académica nueva, el Instituto de Sociología de Madrid. El supuesto de su visión del desarrollo de las primeras civilizaciones era la noción de la lucha por la existencia entre las tribus y sociedades primitivas.[40]
El sociólogo evolucionista más importante en la España de finales del siglo XIX fue Pedro Estasen y Cortada (1855-1913), autor de una serie de artículos (1876-1878) destinados a demostrar la naturaleza totalmente evolutiva del desarrollo social.[41]
La teoría positivista transformista [afirmó] parte de la observación, consigna la ley de la evolución que halla en los organismos sociales, así como en los naturales, y aplica la ley de la selección, de la herencia, de la adaptación al estudio del humano desenvolvimiento.
Esta evolución es, además, finalista, en cuanto que las leyes inmutables de la naturaleza conducen a una perfección incesable de todas las cosas, incluyendo las leyes sociales. Las transformaciones naturales y orgánicas han llegado a un punto en el que la humanidad tiende cada día al ideal de la verdadera felicidad. El mecanismo que subyace en estas transformaciones es la selección, «esta ley que refunde lo irregular e inarmónico, esta fuerza que sostiene a lo bueno y lo hace permanecer».[42]La función que desempeña la herencia en la evolución natural corresponde en la evolución social al derecho, conjunto de preceptos con los que las sociedades se organizan a sí mismas, de acuerdo con concretas coordenadas morales. Por otra parte, el derecho se relaciona directamente con la lucha por la existencia en el sentido de derecho a la vida, derecho inherente a los mejor adaptados, lo que en términos sociales implica la sociedad con el mejor sistema de sanciones jurídicas o, lo que es lo mismo en este contexto, con la mejor moralidad. Tales sanciones pasan de generación a generación, constituyendo este proceso la ley de la herencia social, «el cúmulo de elementos y de instituciones que una generación hereda de otra generación». Por este mecanismo, «los pueblos se van transformando, poco a poco, en virtud de la adaptación y de la variabilidad de las especies sociales».[43]
La variación (y la selección natural) de la teoría evolucionista de Darwin tiene sus correlatos sociales en la división del trabajo, analizada por Estasen en un estudio sobre la función de las aristocracias. El trabajo subraya la existencia en todas las sociedades del fenómeno constante de la diversidad de clases y categorías, lo mismo que en la naturaleza. Todos los seres son desiguales, lo que conduce a la desigualdad de funciones, así como a la adaptación de los organismos, a través de continuos cambios de forma, a la di-visión del trabajo que la naturaleza exige. En la historia general de los organismos, los que aparecen más tarde, con mayor complejidad morfológica y, por ello, con mayor capacidad para adaptarse a las variadas condiciones del medio ambiente, ocupan la posición más destacada, tanto en el mundo vegetal y animal como en las sociedades humanas. Antes de exponer el núcleo de su interpretación acerca del mecanismo de selección de las minorías, Estasen hace una breve y fascinante disgresión en torno a la ley biogenética: de la misma forma que la ontogenia recapitula la filogenia en el seno materno, el desarrollo extrauterino del ser humano recapitula la historia social de la humanidad. El proceso de socialización de un niño es «un resumen sociológico de la vida de la humanidad». El perfeccionamiento del control de la motilidad en el individuo se considera, por ello, análogo al desarrollo del control social. Los aristócratas no son más que los selectos que han demostrado ser capaces de ocupar los puestos más elevados de la vida social. Estasen aclara que los únicos aristócratas dignos de este calificativo son los aristócratas de la inteligencia. La aristocracia del dinero de su época no significa el cumplimiento del orden natural, sino una injusta deformación de éste. Para explicar por qué su interpretación evolucionista no debe ser entendida como una justificación de la tiranía recurre de nuevo a la noción de derecho, a través del cual la sociedad garantiza a todos las mismas oportunidades y una minoría intelectual asume el Gobierno.[44]
En los años setenta hubo en España numerosos comentarios del capítulo sobre las «facultades morales» de El origen del hombre. Fue un tema que ocupó a casi todos los filósofos sociales destacados; el más importante de ellos fue Antonio Cánovas del Castillo, futuro primer ministro. A Cánovas le complacía que Darwin hubiera prestado atención a la sensibilidad religiosa en su historia evolucionista de la humanidad, aunque le criticó que no indicara que era «indispensable».[45]Pocos años más tarde el mismo problema fue considerado con mayor amplitud por otro político conservador, Joaquín Sánchez de Toca, que pensaba que el análisis de los darwinistas acerca de la evolución de las facultades morales era históricamente incorrecto porque se basaba casi exclusivamente en observaciones de los pueblos primitivos y antiguos, omitiendo los progresos de la era cristiana. Criticó desde un punto de vista cristiano la interpretación darwinista del matrimonio y la aplicación social de la selección sexual, atacando las bases morales de la eugenética evolucionista.[46] En su artículo sobre la evolución de las instituciones religiosas (que lleva el interesante título de Materiales para llegar a la síntesis transformista de las instituciones humanas), Estasen desarrolló también el tema de las emociones en los animales como posibles antecedentes de las prácticas religiosas primitivas de los seres humanos, basándose no sólo en Darwin, sino también en Lubbock y Walter Bagehot.
La mayor parte de la actividad intelectual que hemos descrito hasta ahora tuvo lugar en Madrid, la capital política, intelectual y científica. Sin embargo, la difusión de las ideas evolucionistas en la periferia fue notable tanto por su profundidad como por su rapidez. En Sevilla, el médico Antonio Machado y Núñez contribuyó a la propagación de las ideas darwinistas con una serie de artículos de divulgación favorables a la evolución, aparecidos en la publicación positivista Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias (1869-1874). En ellos destacó especialmente los temas geológicos que apoyaban la teoría evolucionista, citando procesos en marcha como la formación de dunas y pólderes que permitían deducir que la tierra tiene millones de años de antigüedad.[47] También comparó a Darwin con Newton e insistió en la apertura y falta de dogmatismo del primero.[48]En 1874, Machado y Núñez lanzó una campaña para divulgar las obras de Haeckel con un largo artículo sobre la ontogenia y la filogenia, junto con la traducción de un trabajo del propio Haeckel.[49]Sevilla fue también la sede de las actividades de Sales y Ferré a favor del evolucionismo.
En Granada hubo una polémica cuando, en el otoño de 1872, Rafael García Álvarez, profesor de Historia Natural del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, inició el curso con una exposición completa y explícita de la teoría de la evolución, que defendió como la mejor explicación del desarrollo natural y social. Su discurso fue condenado por el obispo e incluido en el índice de libros prohibidos.[50]En 1880 se produjo otra disputa académica en la misma ciudad, cuando Miguel Rabanillo Torres, catedrático de química orgánica en la Facultad de Farmacia, inauguró el curso universitario con una conferencia en la que afirmó que las emociones humanas eran cualitativamente semejantes a las de los animales, lo que motivó la condena de los ortodoxos.[51]
En Barcelona, aparte de la publicación de varias obras de Darwin, parece haber existido una actividad sorprendentemente reducida. Se desarrolló un fuerte contraataque católico en una serie de artículos publicados en la revista El Sentido Católico en las Ciencias Médicas, así como en conferencias antidarwinistas como las pronunciadas en febrero de 1879 por Francisco de Paula Benessat en la Asociación Catalana de Excursiones y el discurso inaugural del curso 1880-1881, pronunciado en la Facultad de Farmacia por Fructuoso Plans y Pujol.[52]
Valencia fue el escenario de un largo debate sobre el evolucionismo que tuvo lugar bajo los auspicios del Ateneo Científico en 1878. En la sesión del 4 de febrero, el médico Joaquín Serrano Cañete habló de la trascendencia del tema, lamentando que la polémica hubiera caído en manos de dos grupos de extremistas, «el partido de los impacientes» y el de los «retrógrados», cada uno de los cuales había engrandecido la teoría darwinista para sus propios fines. «Las ciencias experimentales [advirtió] no admiten tales mentores». Subrayó que la idea de la evolución era antigua pero que la gloria de Darwin consistía en haberla fundamentado sobre la sólida base de la selección natural y de la lucha por la existencia. Concluyó su participación con una crítica de las ideas exageradamente materialistas de Ludwig Büchner y Carl Vogt.[53]
Las tres sesiones siguientes se dedicaron a una exposición del darwinismo por parte del médico Amalio Gimeno, que inició su primera conferencia afirmando que a pesar del gran interés del tema pocos voluntarios se habían decidido a explicarlo públicamente, debido «al conflicto aparente entre las ideas religiosas y la teoría del transformismo». Aseguró que cuando la ciencia fuera capaz de probar la verdad del darwinismo, no existiría ya conflicto entre el evolucionismo y la religión, tal como lo habían afirmado clérigos católicos simpatizantes del transformismo como Angelo Secchi y Hiacinthe de Valroger. La resistencia religiosa, en su opinión, se debía principalmente a la repugnancia que inspiraba la idea del desarrollo de la vida a partir de la materia inanimada. La primera conferencia terminó con un comentario de la reciente división de los darwinistas entre materialistas como T. H. Huxley, Haeckel, Büchner y Vogt, por un lado, y evolucionistas deístas como Clémence Royer, Jean Albert Gaudry y Asa Gray, por otro. La segunda conferencia comenzó con la exposición de los puntos de vista de Gray (que afirmaba que los evolucionistas debían eludir el problema de la causalidad), de Secchi y Valroger. Fue seguida por una discusión entre Gimeno y Rafael Rodríguez de Cepeda, que proclamaba que el darwinismo era incompatible con el catolicismo porque negaba el espíritu humano, haciendo que toda la humanidad emanara de la materia. La última conferencia de Gimeno se ocupó de argumentos y pruebas a favor de la teoría de la evolución procedentes de la embriología, anatomía, fisiología y psicología. Citó la teoría de la gastrea de Haeckel y afirmó que la ley biogenética era por sí sola un sólido fundamento de la teoría de Darwin, aunque algunos la rechazaron considerando simplemente este proceso como prueba de la consustancialidad de la materia. Gimeno terminó advirtiendo que la teoría de la evolución era más importante de lo que pensaban muchos españoles y que los evolucionistas no podían ser condenados de oídas. Por otra parte, la generación joven parecía haberse convertido en esclava de un nuevo mesías científico, olvidando que el juicio científico final pertenecía al futuro.[54]
La sesión del 25 de abril, a cargo de José Arévalo, comenzó con una alusión apenas velada a la persecución política sufrida por los evolucionistas declarados que habían sido expulsados de sus puestos durante la segunda crisis universitaria. «El profesorado español en general y el valenciano en particular [afirmó Arévalo] tienen suficiente independencia y convicciones bastante firmes para no dejarse imponer por nadie». La mayor parte de su exposición la dedicó al concepto de especie, uno de los mayores obstáculos para que la teoría de la evolución fuera aceptada por los católicos dogmáticos. Defendió que las especies eran variables sin limitación alguna y que en épocas pasadas los lazos existentes entre los grupos naturales habían sido probablemente más estrechos que los actualmente existentes. Concluyó volviendo a insistir en la necesidad de la indagación científica libre, fuera o no contraria a las ideas de los teólogos.[55]
La última conferencia del ciclo, pronunciada por José María Escuder el 9 de mayo, comenzó evocando el espíritu de la Revolución de 1868, que había terminado con todos los prejuicios sociales y religiosos. Escuder no se anduvo con rodeos. «Existe un antagonismo [afirmó], una oposición completa entre la revelación y la ciencia». La revelación no puede permitir contradicciones de ninguna clase, mientras que la ciencia se basa en un solo dogma, el dato, que investiga mediante la observación. Se ocupó a continuación con detenimiento del problema de si la materia era eterna o creada, considerando absurdo que el padre Secchi postulara una creación ex nihilo. A los argumentos de que el darwinismo era contrario a la Biblia, contestó que un libro cuyo autor era dudoso no podía ser aducido como criterio de verdad. Replicaron a Escuder dos asistentes que protestaron «en nombre de sus sentimientos católicos heridos» y la sesión fue apresuradamente clausurada por Gimeno, que ocupaba el sillón presidencial.[56]
La intensidad de la polémica en torno al darwinismo en las Islas Canarias en los años setenta demuestra la rápida difusión de la teoría evolucionista en España a partir de 1871; difusión que fue tan penetrante que alcanzó incluso a las provincias más alejadas en menos de una década.
El debate acerca del evolucionismo se desarrolló en Las Palmas, ciudad que entonces tenía unos veinte mil habitantes y era la capital intelectual del archipiélago. Comenzó en los primeros meses de 1876 con la aparición del fascículo inicial de la historia natural de las Islas, original de Gregorio Chil y Naranjo.[57]En la introducción a su tratado, Chil trazó un panorama del período cuaternario durante el cual las estructuras de los simios se habían modificado hasta conducir al hombre, que se distinguió de los otros animales por su capacidad de pensamiento abstracto. Subrayó que los estudios prehistóricos estaban todavía en su infancia y que habían recibido un gran impulso gracias a las obras de Darwin, que «ha abierto las puertas», y de Haeckel, que ha probado «la unidad de la naturaleza orgánica e inorgánica, la identidad de los elementos fundamentales en la una y en la otra y ha conducido la ciencia genealógica al punto de vista de la concepción de todo lo creado».[58]
Al publicarse en mayo el décimo fascículo, que no contenía referencia alguna a la evolución, se reunió un sínodo especial convocado por el arzobispo José María de Urquinaona y Bidot para examinar el contenido de la obra.[59]El 12 de junio emitió un informe negativo y nueve días más tarde el arzobispo publicó una carta pastoral prohibiendo la lectura del libro.[60]
En esta carta pastoral, Urquinaona lamentaba en primer término que Chil, miembro de una distinguida familia y educado en escuelas religiosas, se hubiera desviado por la senda del materialismo. El resto de la carta estaba dedicado en su mayor parte al informe del sínodo, que declaró que Chil era un librepensador de la estirpe de Hobbes, Diderot y La Mettrie. Casi todas las refutaciones de sus argumentos evolucionistas estaban basadas en la Biblia, aunque se citaba a Buffon para defender la superioridad del hombre sobre los animales y del espíritu sobre la materia.[61]El sínodo acusó a Chil de ignorancia teológica y advirtió que si sus ideas fueran aceptadas implicarían la negación del dogma del pecado original («la caída del primer hombre») y, con ello, de la promesa del mesías y de la fundación de la Iglesia. Los que favorecen la libertad de pensamiento, continuaba afirmando el informe, pretenden amar a la humanidad pero niegan al pobre la esperanza de la gloria eterna; el pobre, privado de sus creencias religiosas, maldecirá su miseria y pronto lanzaría su cuchillo contra el rico. Tales eran las consecuencias del materialismo que, en opinión del sínodo, no era sino «un síntoma triste de desorganización social».[62]La obra, en suma, se consideraba «falsa, impía, escandalosa y herética».
Como resultado del informe, el arzobispo ordenó a los fieles que se abstuvieran de leer el libro y que los fascículos que ya hubieran sido adquiridos fueran remitidos directamente al arzobispado o entregados a los párrocos. Ningún fiel cristiano podía leerlo, a no ser que contara con licencia de la Santa Sede. Urquinaona terminaba expresando su esperanza de que Chil tomara conciencia de su error y llegara a una retractación pública.[63]
La condena de Chil se convirtió en un caso célebre. Al parecer, la Iglesia acosó personalmente al naturalista, porque sabemos que a principios de julio tuvo que trasladarse a Madeira para contraer matrimonio a causa de la oposición de ciertas autoridades de la diócesis local.[64]Acontecimientos posteriores ejemplifican el modo en la que las medidas antidarwinistas se desarrollaron en el ámbito de las parroquias. La Prensa informaba en agosto de que el párroco del pueblo de Santa Brígida había ordenado a sus fieles entregar inmediatamente «algunos papeles» de la obra de Chil. Más tarde ordenó a todos los católicos que se presentaran en su casa para firmar una especie de declaración jurada. «¡Y estamos en el último tercio del siglo XIX!», comentaba el periódico.[65]Varios días después el párroco de San Telmo, en Las Palmas, leyó la condena desde el púlpito advirtiendo a los fieles que entregaran los ejemplares de la obra proscrita. Apenas había pronunciado el nombre de Chil cuando un perro, que hasta entonces había estado quieto, saltó al altar y comenzó a ladrar al sacerdote. El animal, observaba La Prensa:
parecía combatir abiertamente el veto eclesiástico, pudiendo a duras penas terminar el sacerdote la lectura del celebérrimo documento contrariado por el can, que produjo la hilaridad en el auditorio. Este suceso se ha interpretado de dos modos a cual más maravilloso: unos han creído que Satanás, por boca de un gozque, se declaraba en contra del mandato episcopal, y otros, que el sentido común se expresaba por el conducto canino.[66]
El asunto Chil, que provocó una polémica generalizada en torno al evolucionismo en Las Palmas, llegó a alcanzar en el extranjero cierta notoriedad. En junio de 1877, La Prensa informó de que había llegado de París René Verneau, profesor en el Museo de Historia Natural, con cartas para Chil de Quatrefages y Paul Broca. Varios días después se supo que Broca había leído en una sesión de la Sociedad Antropológica de París un pasaje del libro de Chil que defendía la necesidad de realizar más investigaciones sobre la prehistoria canaria.[67] El interés de la Sociedad Antropológica Francesa por la obra de Chil fue todavía más lejos. Sus Estudios, aunque llevan pie de imprenta en Las Palmas, fueron en realidad impresos en París por Ernest Leroux. El trabajo fue comentado en la revista de la Sociedad por Ludovic Martinet,[68]que más tarde publicaría un amplio informe sobre el asunto Chil comentando el texto de la condena episcopal y preguntándose retóricamente: «A quand notre tour?».[69]
La polémica sobre la evolución suscitada por la carta pastoral de Urquinaona fue una batalla de tres frentes entre Baltasar Champsaur Sicilia, socialista partidario de Darwin que publicaba en Las Palmas; el abogado Rafael Lorenzo y García, librepensador anticlerical opuesto al darwinismo que escribía en La Prensa, y los antidarwinistas clericales, encabezados por un joven sacerdote llamado José Roca y Ponsa, que publicaba en el semanario eclesiástico El Gólgota y era defendido por revistas derechistas como La Lealtad y Gran Canaria. La fase inicial de la polémica consistió en varios artículos que intercambiaron durante el invierno de 1876-1877 Champsaur y Lorenzo con motivo de la publicación del libro de este último, Estudios filosóficos sobre la especificación de los seres, que criticaba las concepciones de Darwin sobre este tema.[70]La opinión de Lorenzo, bosquejada en su libro y desarrollada en posteriores artículos y monografías, era que las especies eran inmutables y no podían transformarse unas en otras, aunque se modificaran de manera limitada. La fundamentaba con citas de Louis Agassiz, Pierre Flourens y otros científicos antidarwinistas.[71]
Lorenzo fue defendido por Pablo Romero, director de La Prensa. La posición de ambos es difícil de comprender. Combinaron de modo ininterrumpido ataques al evolucionismo con lugares comunes sobre las conquistas omnímodas de la ciencia y, por otra parte, el periódico había sido un destacado defensor de Chil.[72]A lo largo de la controversia quedó claro que su enemigo real era la Iglesia; tanto Lorenzo como Romero se esforzaron por mantener una discusión intelectual con Champsaur, mientras que insistieron en la obstinación y la ignorancia de los clérigos. De este modo, Lorenzo se tomó la molestia de citar en la introducción de su tratado antidarwinista el libro de John William Draper sobre la oposición entre ciencia y religión, afirmando que el evolucionismo no era antiespiritualista.
A pesar de ello, los teólogos persiguen como impío, escandaloso y herético a cualquiera que defienda lo que ellos consideran una idea antiespiritualista, sin conocer siquiera el lenguaje de las ciencias naturales, alusión apenas velada a la condena de Urquinaona.[73]Lorenzo parece haber sido un finalista agnóstico que consideraba las especies como «tipos divinos» y se refería a la presencia de una «idea superior» en el origen del hombre. Romero, por su parte, subrayó que Lorenzo, aunque opuesto a Darwin en la cuestión del origen de la especie humana, se oponía también a los teólogos que interpretaban su libro de una manera literal y rutinaria. Según Romero, Lorenzo demostraba que el darwinismo, aunque erróneo por sus bases científicas, no rebajaba la dignidad humana, no era antiespiritualista y no desacreditaba la idea de divinidad. En una reseña de su libro publicada en 1877 mencionó a dos detractores de Lorenzo, uno darwinista y otro antidarwinista, pero reservó sus ataques para el segundo, al que acusó de socavar los sólidos principios de la ciencia con «formas grotescas y observaciones pretenciosas».[74]
Baltasar Champsaur Sicilia cargó contra Lorenzo en una serie de artículos publicados en Las Palmas.[75]Atacó violentamente el planteamiento antidarwinista sobre la especificación, subrayando que las especies eran meras clasificaciones artificiales y que los argumentos que defendían su fijeza eran engañosos. Como socialista, Champsaur puso también de relieve las implicaciones sociales del antidarwinismo, destacando, por ejemplo, que una persona que se avergüenza de descender de un mono puede también avergonzarse de tener relación con un negro o un salvaje. Champsaur era un típico representante de la clase de intelectuales radicales no científicos que se proclamaban casi universalmente darwinistas. Su biblioteca, conservada en el Museo Canario de Las Palmas, corresponde a los libros propios de un lego entusiasta de la evolución (véase apéndice III).
El ataque clerical se dirigió más contra Lorenzo que contra Champsaur. Se ha afirmado con razón que los intentos de compaginar las posturas de la ciencia y de la religión horrorizaban a los conservadores más que el propio ateísmo,[76] y Lorenzo proclamaba sin contradecirse que pretendía armonizar la posición deísta con la científica. El libro de Roca, basado en una serie de artículos en El Gólgota, es una andanada antidarwinista rutinaria: el darwinismo es anticientífico, anticristiano y contrario a la dignidad humana.[77] Ataca también a los periodistas canarios de izquierdas que se habían aprovechado de la polémica en torno a Chil para ridiculizar la fe.[78]
La polémica canaria ejemplifica la diversidad de opiniones que el evolucionismo motivó en la España provinciana a finales de los años setenta. Una de las características fue el diletantismo, ya que los participantes no eran científicos, ni siquiera médicos. De su presencia en la primera página de los periódicos puede deducirse que despertó un gran interés entre los lectores que corresponde a una amplia popularidad del tema. En 1881, cuando el darwinismo fue discutido en la Sociedad de Amigos del País de la isla de La Palma, podemos considerar completa la difusión regional de las ideas evolucionistas entre los españoles instruidos.[79]
Manuel de la Revilla, destacado portavoz positivista, comentó con razón, a mediados de los años setenta, que la polémica en torno a Darwin había provocado una notable confusión filosófica, hasta el punto de que movimientos como el positivismo, el materialismo y el darwinismo habían llegado a considerarse prácticamente idénticos por parte del observador ocasional. Como la mayor parte de los científicos y casi todos los seguidores de la filosofía positivista y materialista aceptaron el darwinismo, parecía que procedía de dichas corrientes. Había, además, tanto entre los positivistas como entre los darwinistas, pensadores que formularon una metafísica materialista, «que presentan, con notoria ligereza, como irrecusable resultado de la observación científica, como fruto necesario del positivismo y como ineludible consecuencia de la teoría de la evolución». Pero el evolucionismo, continúa diciendo Revilla, no conduce necesariamente a una filosofía monista ni excluye una concepción religiosa elevada.[80]Con ello se refería, sin duda, más a los krausistas contrarios al darwinismo que a los ultras católicos; pero tocó un punto que era nuclear para la postura católica. Uno de los supuestos básicos del antidarwinismo español era que el evolucionismo tenía que conducir al materialismo y al ateísmo y que los positivistas eran los culpables de los tres. Sánchez de Toca subrayó que la izquierda se adhirió al darwinismo porque era antirreligioso, de modo que desacreditar a Darwin equivalía a desacreditar todas las otras corrientes a él asociadas.[81]
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