Read the book: «La sombra de nosotros»

Título: La sombra de nosotros
Autor: Susana Quirós Lagares
© Susana Quirós Lagares, 2020
© de esta edición, EDICIONES LABNAR, 2021
Corrector: Israel Sánchez Vicente
Imagen y diseño de cubierta e interiores por Ediciones Labnar
LABNAR HOLDING S.L.
B-90158460
Calle Virgen del Rocío 23, 41989, La Algaba, Sevilla
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ISBN: 9788416366545
eISBN: 9788416366552
Depósito Legal: SE 1548-2021
Código Thema: FL 5AT
Primera Edición: Septiembre 2021
Impreso en España
Impreso y encuadernado por iVerso
Contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Alec
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
6 meses después
Agradecimientos
A mi abuelo Emilio, quien se fue demasiado pronto.

«En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente».
KHALIL GIBRAN. Ensayista, novelista y poeta libanés.
La noticia salió en todos los periódicos: «Chico menor de edad asesina a su madre». Juliette recordaba haber estado horrorizada. Sin embargo, acostumbrada a buscar patrones en la conducta de la gente, no tardó en indagar acerca de las posibles causas para que un adolescente fuese capaz de cometer un crimen tan espantoso como el matricidio: homicidio involuntario, locura transitoria, maltrato, un estallido de ira…
Los médicos debieron de pensar algo similar, porque el joven acabó ingresando en el ala psiquiátrica del correccional de la ciudad y, pronto, el crimen que había protagonizado gran parte de los cotilleos de Elveside pasó al olvido. Era algo normal en una ciudad donde todos los años se registraba un nivel de criminalidad de más del cincuenta y cinco por ciento.
Pero ella jamás olvidaría la sonrisa de alivio que mostraba el muchacho en las fotos hechas por la policía. Volvería a ver esa misma sonrisa unos años después en un callejón oscuro, mientras un delincuente de poca monta se lamentaba en el suelo.
Una sonrisa manchada con la sangre que gotearía de sus labios cuando volviese a protagonizar las portadas de los diarios locales: «Maníaco fugitivo abatido por la policía».
La vida da muchas vueltas y Elveside siempre ha escondido muchos secretos.
1
—Juliette…
La voz del capitán de la Policía de Elveside sonó cansada a través del auricular. Estuvo a punto de colgarle. Eran las tres de la mañana y había trabajado en un artículo hasta muy tarde. Intentó cerrar los ojos, mientras el jefe Johnson se disculpaba por la hora. Pero nada, ya se había desvelado.
Con un sonoro bufido, se levantó atusándose el revuelto cabello castaño y entró en la cocina rumbo a preparar su primera dosis de cafeína. Encontró el bote vacío. Le sacó la lengua a la cafetera como burla, volvió a colocar la taza en su correspondiente armario y lo cerró de un portazo.
—… por eso he pensado que podrías ayudarnos.
—Claro, Eriol. Siempre es un placer contribuir a que la ciudad sea más segura —le respondió con los ojos en blanco.
Esa dosis de sarcasmo hizo que se sintiera mejor. Quizás, haber pasado tanto tiempo analizando a criminales le había contagiado algo. O a lo mejor tenía que ver con lo que había ocurrido dieciocho meses atrás. De cualquier manera, no había estado escuchando a Eriol divagar. Su amigo era, al fin y al cabo, de ese tipo de personas que daban mil rodeos antes de pedirte un favor, y aún no se encontraba lo bastante espabilada para soportarlo.
—¿Crees que podrías pasarte por la comisaría a eso de las siete? Es un asunto delicado.
¿Las siete? ¿En serio? ¿Y la llamaba cuatro horas antes? Algo dentro de su cerebro empezó a gritar y patalear. Puede que se tratase de la única neurona que permanecía despierta a esa hora.
—En realidad, Eriol, a las siete comienzo a trabajar. —Mentira. Era su día de descanso—. Estaré allí a las cinco.
Colgó antes de que su interlocutor procesase lo que había dicho y pudiese protestar… o ella explotar. Últimamente se encontraba al límite.
Se sintió tentada a abrir la caja que se encontraba bajo su cama, pero no creía ser aún capaz de soportarlo. Optó por buscar en el armario un modelo recatado para evitar tener que aguantar los «ingeniosos» chistes del honorable Cuerpo de Policía de Elveside. Finalmente, tras mucho rebuscar y dejar el suelo de la habitación hecho un desastre, logró encontrar una sencilla blusa y unos pantalones oscuros. Su uniforme de batalla.
«Pantalones. Siempre pantalones, querida. ¿De qué te escondes?».
Alejó esa irritante, a la par que conocida, voz masculina de su cabeza pellizcándose el puente de la nariz. Con una mueca, salió del apartamento y cerró la puerta sin mirar atrás.
Al esquivar a un ciclista madrugador, en busca de una cafetería decente donde pudiese encontrar un café bien cargado y con mucho azúcar —la cafeína y la glucosa eran lo único que le permitían aguantar su rutina diaria—, reflexionó sobre por qué no se había retirado aún. En el periódico la habían ascendido y cobraba suficiente dinero para mantenerse con solo ese empleo. De hecho, hacía unos meses le habían subido el sueldo, algo por lo que protestó al no creer merecerlo. Sospechaba que era una especie de consuelo debido a su «depresión». Pero Jack había insistido y logrado salirse con la suya. Ya no necesitaba ese hobby policíaco y, siendo sincera, tampoco lo veía ya tan emocionante. En ciertas ocasiones la aburría y enfadaba a partes iguales. Le traía recuerdos que, por su salud mental y emocional, estaban bien donde los escondía. Sin embargo, en cierto modo se sentía responsable, y creía que debía compensar su actitud de hacía dos años. Demostrar al mundo que volvía a ser la misma.
No era policía. Tenía veintiún años cuando empezó a trabajar en el diario local, compatibilizando la carrera de Periodismo y la de Psicología. Allí se encargó de la redacción de noticias para la sección económica del periódico. Un puesto demasiado aburrido del que pronto se hartó. Una noche, poco antes de entregar un artículo, decidió tirar de su abundante imaginación y hacer una creativa interpretación de la situación financiera de la ciudad que, lejos de ganarse una bronca de su editor, provocó el efecto contrario: la felicitó, soltó una sonora carcajada y le propuso un cambio de sección, enviándola derechita a artículos de opinión. Juliette no tardó en adaptarse a su nuevo puesto. Se sentía como pez en el agua, impregnando su columna de humor negro y teorías conspiratorias. Hasta que un nuevo criminal se convirtió en la pesadilla de toda la localidad, y ella se vio en la necesidad de dar su opinión sobre este nuevo sujeto.
Acertó. De pleno.
No solo en su motivación, sino en el tipo de lugar donde se escondía, quién sería su próxima víctima e incluso su posible pasado en una familia desestructurada. La policía la sometió a un interrogatorio y la dejaron ir, pensando que había sido una simple casualidad. Pero a este caso aislado le sucedieron Devon Dempsey, un electricista que asesinaba a familias a base de impulsos eléctricos, y Esdras Gaiman, un caníbal cuyo menú estaba compuesto por jóvenes alumnas de instituto.
Si uno es casualidad, tres te llevan directa a la pila de sospechosos. La interrogaron, hablaron con su jefe, con sus amigos, con todos sus conocidos, pero tenía coartada. Siempre la tenía. Para ser una chica que apreciaba tanto la soledad, disponía de una vida social que su yo adolescente jamás habría imaginado. Su única justificación era que las evidencias estaban allí, y ella solo las había interpretado del modo correcto. Tras esto, el doctor del Departamento de Criminalística la sometió a una evaluación psicológica y llegó por fin a una conclusión.
Julie —como sus compañeros ya insistían en llamarla— era inteligente, intuitiva y capaz de ver cosas que para los demás pasaban desapercibidas, patrones que se repetían con los que lograba meterse en la cabeza de criminales y anticiparse a sus actos.
No le sorprendió. Tenía la capacidad de citar en qué página se encontraba determinada fotografía de un libro, encontrar sin problema su coche en un abarrotado aparcamiento, saber quiénes eran de fiar y quiénes no… Había pasado años observando, almacenando información y detalles desde su ventana, con demasiado miedo para vivir su propia vida.
Además, la sometieron al test de Davis, donde obtuvo un resultado perfecto que demostraba que formaba parte de lo que se conocía como «superreconocedores». Personas con la habilidad para memorizar, reconocer y asociar rostros a situaciones concretas. Una capacidad muy valorada en el ámbito policial, pues facilitaba labores de reconocimiento incluso en imágenes con escasa definición.
Le ofrecieron colaborar con la policía en ciertas ocasiones. Los estudios en Psicología inclinaron aún más la balanza a favor de su contratación, sobre todo en una comisaría con tan pocos recursos. Aceptó, le pareció divertido. Y el «en ciertas ocasiones» se convirtió en veinticuatro casos resueltos en cinco meses. La policía recibió condecoraciones y galardones, y sus artículos, aunque nunca revelaron esta parte de su vida por su seguridad, eran los favoritos de toda la ciudad.
La obligaron a adoptar un seudónimo para firmar su columna, como medida de protección de su identidad. Su editor sugirió que se hiciese llamar «el Ángel Despierto». Le iba como anillo al dedo.
Elveside era una ciudad como cualquier otra del estado de Illinois. Relativamente cerca de Chicago, solo compartía con ella su elevado índice de criminalidad, pero carecía de la sofisticación de sus rascacielos e increíble arquitectura. Cuando vivías en Elveside, a menudo olvidabas que existía algo como la Ciudad de los Vientos. No había nada en ella que la hiciese destacar, salvo un número de crímenes casi tan alto como el de una urbe cuatro veces mayor.
No siempre fue así. Hubo una época en la que Elveside podía considerarse, si bien no bonita, al menos sí amigable. Aunque eso fuera casi un siglo atrás, aún se conservaban algunos carteles que invitaban a empezar una vida llena de oportunidades gracias a su puerto fluvial y su nueva zona de negocios. Sin embargo, esto atrajo también a delincuentes que buscaban un lugar donde esconderse. Así fueron formando sus propios barrios y comunidades. Los antecesores de los Elvetrash, término que proviene del original Elverats, se afincaron cerca del río, en una zona muy útil para sus trapicheos. La manzana podrida se encontraba en las altas esferas, en manos de aquellos que debían protegerlos. Bastaron un par de alcaldes codiciosos y una comisaría corrupta para abrir una brecha entre los barrios marginales y los de clase alta. Elveside se convirtió en una mancha, en el polvo que se barre bajo la alfombra. Poco a poco, la ciudad se aisló del exterior, destruyéndose a sí misma en el proceso.
Todo el mundo quería marcharse de allí: los jóvenes soñaban con estudiar fuera y no volver, los ancianos con mudarse a casa de familiares alojados en el extrarradio y las familias, en cuanto tenían sus primeros hijos, salían corriendo sin mirar atrás. Quizás por eso, la ciudad era hogar de criminales, porque en ella solo quedaban dos tipos de personas: los que no podían permitirse un alquiler en cualquier otro lugar y aquellos a los que el miedo no les permitió huir cuando pudieron. Los mismos que años después, cuando decidían coger la sartén por el mango, se daban cuenta de que ya no serían capaces de hacerlo. Eran peatones amargados que veías paseando con la cabeza gacha, con grandes maletines y un deseo en la mirada: que algo les saliera mal para lanzar sus frustraciones a un torpe camarero, a un niño demasiado ruidoso o a un jefe perverso.
Así que los habitantes de la antaño preciosa Elveside se reducían a delincuentes, humildes y resentidos. Aunque con el tiempo, Juliette, como parte de su odiosa tendencia a llevar la contraria, había descubierto una cuarta categoría dentro de la fauna de Elveside: los supervivientes, aquellos a los que les emocionaba encontrarse allí, bien por una insana adicción a la adrenalina —como ella—, aspirar a un puesto de trabajo lleno de retos —como Eriol—, o por ser unos optimistas incansables con un posible pasado hippy, y que eran capaces de ver belleza en las grises y sucias calles de su hogar. Ese era el caso de la camarera que le estaba causando dolor de cabeza con su excesiva verborrea mientras le servía café.
—Y yo le dije, papá, sé que parece que David es una víctima más del capitalismo, pero ambos sabemos que esos zapatos que llevas ahora mismo son de piel, así que, si no quieres que mamá te suelte su discurso sobre la importancia de la moda responsable, vamos a tener la fiesta en paz… ¿Leche? —interrumpió su monólogo ofreciéndole una sonrisa.
¿Pero a quién le apetecía sonreír a las cuatro de la mañana? En serio, ¿a quién? O incluso charlar. ¿Es que una no podía encontrar a un camarero sucio y desagradable que gruñese en vez de hablar y simplemente le cobrase un maldito café?
—No, hoy me apetece solo —recalcó para comprobar si funcionaba mejor que su entrecejo fruncido y la mueca arisca.
—Perfecto, guapa —respondió la camarera, ajena al cabreo de su clienta, y le mostró otra sonrisa de anuncio—. Pues eso, no me puedo creer que quisiese engañar a mamá porque…
—¿Sabes? No me había dado cuenta de que es tan tarde. ¿Me lo pones para llevar? —Juliette se obligó a esbozar una sonrisa y extenderle un billete de cinco dólares—. ¿Por favor?
Diez minutos después, y con la cabeza a punto de explotar, logró salir de la cafetería criticando por lo bajo a novios banqueros, padres hipócritas y zapatos de piel. Tenía que llegar hasta el otro extremo de la ciudad para reunirse con Eriol en la comisaría.
«Al menos está bueno», pensó para sí misma.
Sin embargo, ajena a lo que le rodeaba, y con la oscuridad de la noche aún presente en las calles, no se percató de que la observaban con curiosidad desde las escaleras de incendios del callejón de al lado.
El ambiente en la comisaría era el de siempre. Nada más entrar por la puerta se enfrentó al encantador aroma a cigarrillo barato que solía desprender Leo, fruto del par de cajetillas que devoraba cada noche para hacer frente a la guardia. Tras una inclinación de cabeza —y una mirada de reojo—, refunfuñó algo y la dejó pasar al control. Allí, el bonachón de Will, aún con esa ilusión propia de los novatos, le preguntó por su próximo artículo. Mientras hablaban, un malhumorado Héctor le dirigía miradas, furioso por no haber sido él quien la había recibido.
Dando gracias a su suerte, Juliette se abstuvo de sacarle la lengua como una niña pequeña y le dedicó una sincera sonrisa a Will. Le agradaba ese chico. Era charlatán y coqueto. Conservaba esa inocencia de los jóvenes ricos del otro lado del río. Esos que solo habían visto asesinatos y robos en televisión y descendían a Elveside para vivir emocionantes aventuras. Hasta que se les acababa el dinero, claro. Aun así era dulce. Y guapo. En cualquier otro momento de su vida, Julie hubiese entrado en ese juego de adulaciones, solo por el placer de alimentar su ego. Pero eso habría sido antes del incidente. Ahora solo podía observar al joven como una futura víctima de la urbe. ¿Qué sería? ¿El juego? ¿Una chica? ¿Una persecución que terminaría con él como víctima? Tarde o temprano su preciosa ciudad acababa con las personas, tanto mental como físicamente. No había lugar para la inocencia en Elveside. Ni para la bondad.
Al fin, tras un par de comentarios acerca del nuevo local de moda, Will le dejó ir hacia el despacho de Eriol.
Eriol Johnson era, sin duda, lo mejor que le podía haber pasado al Cuerpo de Policía de Elveside en mucho tiempo. Comenzó como cadete, pero sus escrúpulos y su perseverancia le hicieron destacar por encima del resto de los agentes en poco tiempo. Los ascensos se sucedieron sin demora. Cuando Gregory Murphy fue destituido a causa de un escándalo, no tardaron en darle el puesto de capitán. En gran medida por sus logros, aunque también como parte de una campaña para dar mejor imagen a los agentes de policía. Descendiente de varias generaciones de hombres dedicados a las fuerzas de seguridad, su legado era bastante conocido. Lo llevaba en la sangre. Y en lugar de convertirse en un nuevo títere de la alcaldía o dejarse enredar en turbios asuntos, como ocurrió con sus compañeros, sorprendió a todos expulsando a gran parte de sus agentes veteranos: todos aquellos implicados en acciones ilegales. Contrató a nuevos policías recién salidos de la academia, quienes crecieron y brillaron bajo su mando. Aunque polémico, era probablemente el capitán más querido y respetado por sus subordinados. Incluida Juliette.
Con una sonrisa, abrió la puerta sin llamar. Sabía que con Eriol no era necesario protocolo alguno. El hombre era un segundo padre para ella, y la reprendía cuando actuaba con él de forma cortés o distante.
—Hola, jefazo, ¿qué tal la semana?
En cuanto vio la cara agotada del jefe Johnson, su enfado se esfumó por completo. Conocía la seriedad con la que él se tomaba su puesto de trabajo. Debía de estar preocupado. Aquella llamada a deshora no era habitual en él.
—Hola, Julie. Ha pasado bastante tiempo. —Una chispa de alegría inundó unos instantes los ojos azules de Eriol—. ¿Continúas en ese aburrido trabajo?
—¡Eh! Que mi aburrido trabajo paga las facturas, y además me deja mejor aspecto.
Le guiñó un ojo mientras se dejaba caer en la silla de enfrente. Le debía mucho a Eriol. La había apoyado incluso cuando supo la verdad. Le ofreció una mano cuando ella misma no creía merecerla.
—Bueno, entonces no te interesará un nuevo caso…
Dejó el comentario en el aire, pero Juliette lo conocía bien. Eriol era incapaz de mantener las manos quietas cuando se sentía emocionado. Y aquello debía ser algo grande, pues tamborileaba con ambas en la mesa.
—Bueno, paga las facturas, aunque no los caprichos más caros. —Juliette descruzó las piernas para inclinarse hacia delante—. ¡Dispara!
Hacía más de un año que Eriol no le sonreía de un modo tan descarado y, durante un instante, pudo apreciarse la complicidad que los había caracterizado en sus primeros casos. El dolor del pasado, las mentiras, los engaños, la traición y el rencor se desvanecieron por un momento. Hasta que el teléfono sonó, y Juliette apartó la vista. Mientras el capitán atendía la llamada, los sentimientos que tanto le había costado encerrar en sus recuerdos volvieron a ella con una irrefrenable intensidad. Se le empañaron los ojos y tuvo que apretar el puño para sentir cómo las uñas se le clavaban en la palma de la mano. El dolor la hizo despertar. Solo así fue capaz de volver a cerrar esa puerta.
«Aún no. Aquí no», se repitió a sí misma.
Tras aquellos tediosos minutos de respiración entrecortada y emociones desbordadas, volvió a alzar la cabeza. Observó cómo Eriol, ajeno a la brecha en su coraza, colgaba y se disculpaba por la interrupción.
—No te preocupes, señor ocupado. Desembucha, que no tengo todo el día.
—Menos mal que soy yo el ocupado —protestó al sacar unos archivos del cajón—. A ver… Este caso es de los tuyos. La señora Eden, una jubilada de sesenta y ocho años, afirma que su exmarido entró recientemente a robar en su casa. Marido que fue encarcelado hace treinta años.
—Pues no parece un caso demasiado interesante. No sé en qué podría ayudarte.
—Si me dejaras terminar, te enterarías —dijo al extraer una hoja de la carpeta que sostenía en las manos—. Robert Eden cometió una serie de importantes robos junto a su banda. Fue atrapado en un golpe en solitario y le condenaron a cadena perpetua. Jamás se supo la identidad de sus compañeros, ni siquiera cuando años después se descubrieron pruebas que lo relacionaban con un par de asesinatos y fue sometido a un nuevo juicio.
Cuando Juliette miró las fotos vio a un hombre entrado en los cuarenta, que sonreía a la cámara en todos sus perfiles. No parecía el tipo de persona que se beneficiase de una reducción de la condena por buena conducta.
—Y quieres que te elabore un perfil de este sujeto, supongo. Necesitaré todo lo que tengas sobre él, como informes médicos o historial familiar. Será complicado analizar a alguien por su conducta de treinta años, pero creo que podré hacerlo. Siempre y cuando…
—No —la interrumpió—, quiero un perfil de ella.
Juliette no pudo ocultar la sorpresa.
—¿De ella? —De repente, nada parecía tener sentido—. ¿Por qué la mujer? Lo más seguro es que desvaríe a su edad. Apuesto a que ni lo ha visto de verdad.
—Eso espero, porque resulta que Robert murió hace catorce años mediante inyección letal.
La sonrisa de orgullo de Eriol provocó que le diesen ganas de darle un puñetazo en la cara. Otra vez.
—¿Qué? ¿Cómo? Espera, ¿qué? —Ahora sí que no entendía nada—. Está claro que se lo ha inventado. Fin del caso. Si esta es tu forma de intentar que vuelva al trabajo… No pienso perder el tiempo en esto. —Se levantó y lo miró indignada—. Adiós y buenos días, Eriol.
—¡Juliette!
—¿Qué?
Una carpeta le golpeó la cabeza antes de que se diese siquiera la vuelta. Frotándose la zona donde había hecho diana, el de repente lanzador olímpico Eriol Johnson recogió los distintos papeles que se habían dispersado por el suelo.
—Junto al testimonio de la señora Eden hay una docena de vecinos que afirman lo mismo. Además de cinco heridos, cuatro de ellos graves. Este sujeto ha revuelto toda su casa buscando un objeto que desconocemos. Y ha asesinado a dos ancianos. Quiero saber qué podría hacer creer a todo un vecindario que un antiguo residente, fallecido, está rondando su antiguo hogar y quién podría querer atacar a dos personas, en un principio, sin nada en común. Pero, sobre todo, quién querría reclamar las pertenencias de un criminal muerto. ¿Entiendes el problema?
—Lo… lo entiendo —balbuceó la joven.
—Bien, es todo por ahora. Por tu expresión, supongo que aceptas el caso. Puedes irte.
—Sí, hablamos más tarde. —Se dirigió hacia la puerta, aunque se detuvo a dos pasos de ella—. Eriol, yo…
—Lo sé. No pasa nada. —El capitán intentó sonreír sin éxito, y sin mirarla—. Tómate tu tiempo y no te presiones. Es tu primer caso después de… Después de tu retiro.
Juliette asintió, abrió la puerta y salió del despacho. Con la mente cargada de ideas, decidió dirigirse a la biblioteca municipal para intentar ordenar todo antes de ponerse a ello. Como en los viejos tiempos.
2
La biblioteca de Elveside era de los pocos edificios de la ciudad que a Juliette le gustaban. Su fachada neoclásica era una delicia para la vista. Esculpida en mármol blanco, incluía sobre el arco de entrada la figura imponente de un halcón en posición de ataque. De niña siempre lo vio como un guardián dispuesto a ahuyentar sus miedos o preocupaciones. Sobre aquel centinela alado, unos bajorrelieves narraban en imágenes la historia de la ciudad. Un conjunto precioso que se apoyaba sobre dos columnas de tamaño contundente con capiteles dóricos tallados.
Era uno de los escasos edificios dedicados a la cultura que aún se conservaban, en gran medida porque un filántropo amante de la literatura se había enamorado de él medio siglo atrás, y sus descendientes aún enviaban sustanciosas donaciones para mantenerla. Su majestuosidad la hacía sin duda merecedora de aparecer en las guías turísticas del país. Y toda belleza exterior tenía su consonancia en el valor que albergaba tras sus muros.
En ella, una Juliette de ocho años encontró un refugio: paredes plagadas de libros hasta el techo, unidas entre sí por unas escaleras que formaban un laberinto de pasillos volados encima del vestíbulo y que siempre le había recordado puentes colgantes. En los sillones situados entre la sección de Ficción y Psicología, creció contemplando por los amplios ventanales a los niños de su edad en el parque. Nunca le importó. Jamás había encajado entre crío alguno. Por esa razón, Juliette hizo de esas paredes su guarida. Aquella a la que acudía si no había sido invitada a un cumpleaños o si algo iba mal: si el chico que le gustaba salía con otra chica, ella corría a los brazos del señor Darcy; si se metían con ella en clase, Hogwarts tenía la respuesta; si discutía con su amigo Joey, viajaba al increíble mundo creado por C. S. Lewis. Y más adelante, cuando creía que algo en ella podría provocar tanta soledad a su alrededor, buscaba respuestas en Freud, Fromm o Hobbes. Ellos siempre tenían una solución a los problemas.
En la psicología descubrió su mayor pasión, un pasatiempo que ponía en práctica sin tapujos. Pronto se vio atrapada por la conducta de las personas, lo que hacían cuando pensaban que nadie las observaba. Y aunque podría haberse dedicado a ello tras graduarse, Juliette decidió seguir practicando en secreto. Siguió el consejo de sus padres e hizo de la escritura otra de sus pasiones; su mejor terapia. Así llamó a su puerta el periodismo, una serie de asignaturas que cursó junto a Psicología para un doble título. ¿Quién le habría asegurado que podría desempeñar ambos? Al menos hasta entonces, porque desde que puso un pie en la biblioteca aquella mañana no había dejado de distraerse.
Se aburría y mucho. No había encontrado información alguna sobre Leonor Vega, nombre de soltera de la señora Eden, salvo una breve nota en la hemeroteca perteneciente a un periódico local que hablaba del matrimonio entre ella y Robert. Sin embargo, como señora Eden sí que había bastante información. Tanta como para llenar dos carpetas iguales a la de Eriol: interrogatorios a causa de los delitos de su marido, un par de órdenes de desahucio, su testimonio en el juicio o las declaraciones tras la muerte del ahora reaparecido señor Eden. Juliette esperaba encontrar algún informe del hospital, pero parecía ser que Robert, pese a ser un cretino, había tenido la decencia de no ponerle nunca la mano encima. Tampoco a su hijo, quien había fallecido hacía unos años por una insuficiencia cardíaca, única herencia de su progenitor, dejando sola a su madre.
Nada más, y con eso resultaba complicado redactar un perfil decente. Así que había solicitado a Karen, la secretaria de Eriol, que le facilitase el número de la señora Eden para concertar una cita. Al fin y al cabo, nada garantizaba que Leonor fuese la misma treinta años después, y menos aún cuando había tenido que enterrar a sus dos únicos familiares.
Durante la espera observó a un grupo de muchachos que se encontraba al otro lado del pasillo. No eran mucho más jóvenes que ella y aun así sentía que les separaba un abismo de distancia. La gente como ellos manifestaba una total facilidad en comportamientos que a Juliette le suponían un gran esfuerzo, como hablar con personas de su misma edad y salir de su coraza. Exponerse, en general, siempre le había parecido demasiado complejo.
Joey, su mejor amigo desde la adolescencia, siempre solía decir que el problema no era de ella, sino de los demás. Bromeaba con la necesidad que Juliette tenía de aislarse del mundo, argumentando que este no estaba preparado para su mente brillante. Él no tenía ese problema: no era su mente la que le hacía rehuir de la gente, aunque sí su absoluto desdén por las personas. Joey consideraba que socializar era una absoluta pérdida de tiempo. De hecho, Juliette era su única amiga. Aun así, era carismático, caía bien de forma instantánea, y eso le ayudó mucho en el ejército, donde continuaba sirviendo. Ambos compartían ese miedo a que el mundo intentara hacerles daño y se refugiaban el uno en el otro, y en la familia de Juliette.
Sus ojos fueron a parar en el fortachón del extremo, quien miraba de reojo al joven de gafas mientras golpeaba con nervios la pierna contra el suelo. Juliette intuía que había una historia ahí, que probablemente el tamborileo que este hacía con los dedos se debiera a sus intentos de no devolverle la mirada. Pero ella sabía que era una tarea imposible; cuanto más intentaras negarlo, más fuertes se volverán los sentimientos despertados. Y el chico tras las lentes iba a mirarlo inevitablemente en 3, 2, 1… Ahí estaba. Un vistazo fugaz seguido de pieles sonrojadas.
Juliette se permitió una sonrisa. Le parecían tiernos, abrumados por la inocencia del primer amor que pocos encuentran. Entonces, la melodía de su teléfono la sacó de aquella escena.
—Juliette —dijo una voz masculina al otro lado del teléfono.
Estaba claro que no se trataba de Karen.
—¡Dime, jefe!
Oyó a Eriol carraspear. Distraída como iba, apenas se fijó en el chico con capucha con el que chocó.
Ella se disculpó sin darle importancia.
Él se detuvo y se giró para observarla, durante demasiado tiempo para tratarse de un extraño.
Las hojas doradas caían como una cascada sobre su cabeza, mientras que Juliette hacía aspavientos para sacudirlas de su pelo. El taxista acababa de dejarla ante una imponente verja, tan oscura como el ónice, cerrada a cal y canto.
Buscó algún timbre con el que pudiese alertar de su presencia a alguien, pero no parecía haber nadie. Ni coches ni peatones. A este vacío escenario se le sumaba un silencio que a Juliette le ponía los vellos de punta. La urbanización en la que se encontraba, con su entrada de corte gótico y sus tímidos habitantes, bien podría ser un cementerio. E iba a llegar tarde.
Estaba a punto de coger el teléfono para llamar a su anfitriona cuando, con un suspiro, recordó que no había señal alguna. Eriol le avisó cuando le proporcionó el contacto. Lo que olvidó mencionar era que la señora Eden residía en un barrio sacado de una novela de Stephen King. Por un momento temió encontrarse al temible payaso Pennywise saliendo de una de las alcantarillas.
Tan inmersa estaba en sus pensamientos que no fue consciente del coche que se acercaba hasta que el claxon la hizo soltar un breve, y algo ridículo, chillido.
Una ventanilla bajó y se asomó un anciano de sonrisa amable y ojos claros. Un gracioso bigote, más blanco que gris, acompañaba al rostro y provocó que Juliette cayese rendida ante el personaje.
—¿Puedo ayudarla, señorita?
—Eso espero. Vengo a ver a la señora Eden, pero parece que no hay nadie que me permita pasar.
—¿A Leonor? Eso le encantará. La pobre está algo sola, ¿sabe? Aunque jamás lo reconocerá ante nadie. ¡Es muy testaruda! —Salió del coche para dirigirse con pasos cansados a la verja—. Ojalá no haya esperado mucho. Patrick no viene los fines de semana y todos tenemos llave.
El hombre abrió la puerta con un suspiro exhausto y Juliette se acercó a ayudarle a empujarla. Con un cabeceo le dio las gracias en silencio y juntos terminaron de abrirla.
—Su casa se encuentra al final del vecindario. Si quiere la llevo. Está junto a la mía —dijo mientras volvía al coche.
—Se lo agradezco. De ese modo no tendré que rezar para no perderme —respondió ella y siguió al anciano.
—Suba. Esta ciudad es peligrosa, y el barrio no es lo que era. Con las cosas que están pasando preferimos no recibir visitas.
El coche atravesó la cancela y, mientras su acompañante volvía a bajarse para cerrarla, Juliette decidió no desperdiciar la oportunidad de obtener más información sobre el caso.
—¿Qué cosas, señor? ¿Ha pasado algo? —preguntó al ayudar de nuevo al hombre.
—Digamos que nos han visitado antiguos residentes y no están muy contentos.
—¿Qué querían?
—Quién sabe… —murmuró, y pronto pareció recuperar el ánimo—. ¡Pero bueno! ¿Dónde están mis modales? Soy Theodore Carter, pero puede llamarme Teddy. Es un placer conocerla, señorita.
Aquello arrancó una carcajada a Juliette. Se acomodó en el frío asiento de cuero beige y estrechó la mano que le ofrecía su inesperado chófer.
—Juliette. Juliette Libston. Encantada, señor Carter.
—Juliette… ¿Es usted francesa? —le dedicó una mirada curiosa.
—No, es por mi abuela. Nació allí —consciente de que no iba a poder retomar el tema que le interesaba, aceptó de buen grado hablar de una de las personas a las que más quería—. En Villefranche, concretamente.
—Oh, suena encantador. Yo apenas he salido del país. ¿Su abuela sigue viviendo allí?
La joven le habló de su querida abuela Élise y la pequeña ciudad costera en la que se crio. De cómo su marido y ella tuvieron que mudarse a Elveside por motivos laborales del difunto abuelo Jacques.
Se sumergieron en una agradable charla sobre la familia de Juliette, tan solo interrumpida por breves comentarios de Teddy cuando pasaban por alguna vivienda peculiar o cuyos residentes merecía la pena mencionar.
La verdad es que Lakeville, como el señor Carter se había referido a su hogar, era un bonito lugar para vivir. Sus grandes calles, bordeadas por casas con amplios porches, estaban impregnadas de una familiaridad que Juliette solo había sentido cuando visitaba su amada biblioteca. Y, a diferencia del resto de las urbanizaciones de alta clase, los jardines públicos no se encontraban cuidados. Tenían cierto aire salvaje que los convertía en pequeños bosquecillos, al contrario que los jardines particulares.
La competitividad entre vecinos era más que evidente: si uno tenía un gran manzano, el siguiente lucía dos aún más grandes. Igual con rosales, farolillos o incluso el césped. Y ni hablar de los ornamentos. Mirase donde mirase encontraba setos con forma de conejo, enanos de piedra y enredaderas que cubrían las ventanas a modo de cortinas.
«Ojalá tuviese mi cámara», pensó, y enseguida supo que era un síntoma de mejoría, pues llevaba años sin pensar en sus aficiones.
El coche se detuvo frente a una vivienda dividida en dos por un horrible vallado. La casa de la izquierda disponía de una fachada amarilla con puertas ojivales de madera clara. En la segunda planta resaltaba una pequeña terraza donde se vislumbraban maceteros con flores, margaritas quizás, de color blanco. Un velador en el costado resguardaba del sol a una mesa redonda de mármol junto a un par de sillones de mimbre. Un rincón exquisito y apetecible. Pero sin duda lo que más le gustó fue el aroma a madreselva que desprendía la entrada, y el enorme ciruelo en medio del jardín, cargado de frutos que recoger. Su abuela Élise era popular por su mermelada casera de ciruela. Cuando llegaba el momento, la familia se reunía para recogerlas antes de que maduraran. Aunque su mermelada preferida era la de limón, cuya receta solo conocían Juliette y su abuela. Aquel solitario árbol le trajo dulces recuerdos.
Consciente de llevar parada demasiado tiempo, se dio la vuelta para dar las gracias a Teddy. Lo encontró fuera del coche con una sonrisa de comprensión.
—Precioso, ¿verdad? —comentó el anciano, a lo que Juliette solo pudo responder con un asentimiento—. Lo ha hecho todo ella.
—Es tan acogedor… No lo esperaba así.
Esa casa gritaba a plena voz la palabra hogar y parecía impregnada de momentos felices. En la mayoría de los casos, los domicilios de los criminales manifestaban alguna huella que advirtiese de la profesión de sus propietarios. Sobre todo, en una ciudad tan gris y sucia como Elveside. Pero aquella urbanización tenía una personalidad… Era un refugio, un templo.
—Un oasis —musitó en voz baja.
—¿Perdona, cariño?
—Nada, nada —dijo de regreso al mundo real—. Muchas gracias, señor Carter.
—Ha sido un placer. Si necesitas ayuda para salir, o un chófer para llegar a casa, allí me encontrarás. —Señaló una fachada de ladrillo rojizo en la acera de enfrente—. Quién sabe, igual hasta te invite a limonada. Mi nieto está hecho un chef.
—Eso me encantaría.
El anciano hizo un gesto de despedida y volvió a entrar en el coche. Cuando parecía estar a punto de marcharse, volvió a dirigirse a la joven.
—¿Juliette?
—¿Sí?
—No seas dura con ella. Ha pasado por mucho y los policías no le dan un respiro. —La perspicacia del anciano la sorprendió por un instante—. Pareces buena persona, por eso te lo pido.
—Tranquilo, señor Carter, no soy policía —ante la mirada de desconfianza que le brindaba su nuevo amigo, se apresuró a aclarar sus dudas—. Trabajo como asesora. Quieren saber más sobre ella para poder creerla.
«O acusarla de estar mintiendo», evitó añadir.
A fin de cuentas, la policía no encontró vestigio alguno en la casa de la visita del desaparecido, solo las huellas de su mujer.
Teddy halló algo en sus ojos que le devolvió la sonrisa. Con una inclinación de cabeza, y de su sombrero, se despidió una vez más de la chica.
—Buena suerte, hija.
Veintisiete pasos separaban la entrada del porche. A Juliette le gustaba el siete, un número primo y diferente. En alguna parte había leído que lo llamaban el número mágico. Razón suficiente para omitir el dos que lo precedía y considerarlo una señal de buena suerte.
Decidida, llamó un par de veces a la puerta con una de esas aldabas antiguas hecha de alabastro y con forma de mano. Un detalle que Juliette no pudo resistirse a utilizar. Al instante, un grito emanó de alguna parte de la zona trasera de la casa.
—¡En el porche de atrás! ¡Pase!
La voz de mujer era tan fuerte y enérgica que abrumó a la joven. Con más inquietud que curiosidad, se apresuró en cruzar el jardín por la izquierda de la vivienda.
Allí se encontró con una postal primaveral: en un pequeño huerto, y manguera en mano, una mujer de rubios cabellos sonreía como saludo. Llevaba unos pantalones de tiro alto algo desgastados y una blusa holgada. Un delantal cubría su frente y unos guantes sus manos. En la izquierda sostenía un sombrero de fieltro que debía llevar puesto hasta antes de aquel encuentro.
En sus ojos, grandes y oscuros, Juliette halló la fortaleza de una mujer acostumbrada a sobreponerse a los tropiezos del camino. Y, aunque parecía cansada, sus movimientos eran elegantes y ágiles para alguien de su edad. Con dos grandes zancadas, cerró el grifo y se acercó a su invitada.
—Perdona, no creí que fuese tan tarde. Debes de ser la joven Julie. —Se deshizo de los guantes y el delantal antes de ofrecerle la mano—. Leonor Eden.
—Sí, encantada de conocerla. Como Eriol le habrá dicho, colaboro con el Cuerpo de Policía. Elaboro perfiles —se sintió en la obligación de aclarar el motivo de su visita, pero sin profundizar demasiado—. Quieren que hable con usted para cerciorarme de los hechos que denunciaron.
—Por supuesto, estaré encantada de ayudar. ¿Cómo has llegado? Pensaba esperarte, pero ando distraída.
—Lógico —se limitó a susurrar casi para sí misma—. Me ha traído su vecino, el señor Carter.
Leonor se ruborizó al oír aquel nombre y Juliette vio en su rostro a la joven y bella señora Eden, la misma de aquella foto en blanco y negro del día de su boda que ocupó los periódicos hacía años.
—Un gesto muy amable de su parte. Es un buen vecino… —Carraspeó y miró hacia la casa—. ¿Te apetece un té?
Se acomodaron bajo el velador, donde el sonido de las avispas zumbando en un panal cercano relajó el extraño ambiente. El líquido ambarino desprendía vapores que ascendían en espiral por la taza. Mientras, Juliette limpiaba con los dedos las gotas de condensación y preparaba su libreta y bolígrafo. Palabras como «mirada intensa» o «sonrisa agradable», no tardarían en ocupar aquel papel, acompañadas de otros gestos involuntarios que fuese observando cuando empezase la charla.
Le pidió que relatase los acontecimientos de aquella noche y Leonor, con un suspiro hastiado, comenzó a narrar lo ocurrido una vez más.
—Como les dije a tus compañeros, todo pasó el martes de madrugada. Me acosté algo más tarde de lo habitual porque habíamos estado jugando a las cartas en casa de la señora Riley, después de cenar.
—¿Qué cenaron?
Para Juliette, aquella pregunta tenía su importancia, aunque pareciese absurda. No necesitaba oír otra vez la misma historia que Leonor había contado a policías y vecinos. Debía sacarla de la comodidad de su hogar, dejar su zona de confort y colocarla frente a los hechos. Solo así evitaría un cuento más de mirada perdida y voz automática.
—Una ensalada y pollo al horno —respondió—. Lo acompañamos de limonada y, antes de que lo pregunte: no, no tomé ni una gota de alcohol.
—Perfecto. ¿Llevó la limonada el señor Carter? Me ha dicho que la hace con su nieto y está deliciosa.
—Sí, así es.
Desvió la mirada hacia su taza y Juliette apuntó el nombre de Teddy en su cuaderno. Le costó horrores no rodearlo de pequeños corazones.
—¿Sobre qué hora llegó a casa?
—A eso de las ocho. Recogí un poco y me acosté después. Lo recuerdo porque puse el despertador.
«Minuciosa». «Organizada». «Madrugadora». Se unieron al resto de palabras anotadas.
—¿Y entonces? —volvió a preguntarle.
—Entonces me desperté a mitad de la noche. Estaba muy oscuro y algo me sobresaltó. Oí un tintineo y cómo la puerta se abría. —Leonor se detuvo para reprimir un escalofrío.
—Debió de asustarse.
—Mucho, pero pensé que si habían utilizado la llave podía tratarse de alguno de mis vecinos que necesitase algo.
«Confiada», volvió a escribir.
—Espere. ¿La llave? ¿Cómo supo que no la forzaron?
—Porque he pasado décadas escuchando ese sonido. Mi marido, y después mi hijo, solían llegar tarde y yo me percataba de todo. Una mujer tiene el oído afinado para estas cosas. —Le dirigió una sonrisa algo resignada—. Después encontré el viejo llavero de Robert, lo que confirmó mis dudas.
—Bueno, podría haber estado en casa todo el tiempo, ¿no?
—Señorita —la anciana alzó considerablemente la voz—, no estoy tan mayor como para limpiar una casa durante años y no ver unas llaves en la mesita del vestíbulo. Y, como les dije, estaba en la lista de efectos personales que le retiraron en prisión, pero no en los que me devolvieron cuando tuve que enterrarle.
La mirada de aquella mujer la obligó a excusarse.
—Perdón, no la interrumpo más.
—No se disculpe, no es culpa suya. Está siendo una semana horrible. No debería mostrar mi enfado contigo, Julie.
«Impulsiva». «Fuerte». «Educada». Garabateó.
—Bajé a comprobar de quién se trataba y vi una luz en el antiguo despacho de mi marido. Lo siguiente fue una sombra y después los ruidos de alguien desesperado lanzando todo por el suelo. Entonces fui a la cocina y llamé a la policía, pero no pude esperar y entré.
—¿Entró?
Le impresionó lo racional y fría que había sido ante aquella situación.
—Debe entender que ese sitio ha sido un santuario desde que él murió. En cuanto la policía me devolvió todo lo que habían requisado para la investigación, lo ordené como siempre lo había tenido. Solo invado su despacho un par de veces al mes para limpiar el polvo acumulado. No iba a permitir que nadie lo destruyese. Los recuerdos son una cosa preciosa, ¿sabe, Julie? Tener esa habitación intacta me hacía sentir acompañada, como si él fuese a aparecer por la puerta y darme un abrazo.
«Más que algo precioso, son peligrosos», pensó Juliette.
Admiraba el temple de la señora Eden porque ella, por su bienestar psicológico, tuvo que encerrar sus recuerdos en una caja de cartón, escondida bajo objetos perdidos en las profundidades de su cama. Los recuerdos, pensó, podían arrebatártelo todo e incluso hacer que te perdieras a ti mismo.
—No esperaba que algo así pasara —continuó la mujer—, pero ahí estaba él. Cuando abrí la puerta se asustó, me miró y sonrió. No había cambiado nada desde la última vez que lo vi, y por un momento pensé que se trataba de un sueño. Me preguntó por su caja. Yo no sabía a qué se refería. Intenté calmarlo, pero no dejaba de lanzar cosas, nervioso. Aquel no era el hombre del que me enamoré, estaba desquiciado. Me acusó de haberle robado la dichosa caja. Solo se me ocurrió decirle que quizá la policía se la llevó como tantas otras cosas suyas. Entonces, un claxon sonó fuera, mientras oía gritos y sonido de cristales en alguna casa cercana. Me dio un beso en la frente y desapareció. Unos minutos después, Teddy tocó en la puerta para ver si todo iba bien. Estaba preocupado, habían entrado en casa de los Clancy y los Márquez y habían herido a los hombres. La policía llegó una hora después… Poco podía hacerse ya por ellos.
—¿Solo usted vio a aquel hombre? —inquirió Juliette.
Leonor era una buena narradora. Su voz calmada y su descripción detallada la habían sumergido por completo en la historia.
—No, Teddy lo vio huir. Lo reconoció por las fotos de mi salón. Y las viudas también afirman haberle visto. Parece ser que mi casa fue su última parada en el vecindario.
—Pero dice que oyó cristales y gritos…
—Sí, Diane Clancy me ha contado que uno de los compinches entró a robar en su casa y salió como alma que lleva el diablo por la ventana.
—¿Y sobre las víctimas? ¿Algo que pueda relacionarlas? Las casas estaban alejadas entre sí.
Juliette se apresuró a sacar la copia del resumen del caso.
—Eran buenos amigos. Thomas Clancy y Lucas Márquez solían venir a casa a jugar al póker con Robert…
—¡Entonces, sí hay relación! —La asesora saltó sobre su silla. Al menos tenía algo.
—Sí, supongo que sí. ¿Eso quiere decir que me crees? —susurró esperanzada. Juliette era la primera persona que no la había mirado con desconfianza. Se sintió culpable por hacer pedazos sus ilusiones.
—Creo que era alguien que se parecía a su marido.
—¡Sé que era mi marido! ¿Acaso no reconocerías a tu chico? ¿O a tus padres?
—Yo —carraspeó— quiero creerla. Sinceramente quiero hacerlo, pero necesito que me dé algo más. Si se acuerda de algo, lo que sea…
—Se lo he dicho, todo sucedió tan rápido que apenas pude hablar con él —se lamentó.
—Vamos a hacer una cosa. Es una especie de terapia.
Sonrió con entusiasmo. Hacía mucho que no realizaba una de estas dinámicas y la verdad es que creía que podría servir de ayuda. Sin embargo, por el ceño fruncido de su anfitriona, iba a costarle convencerla.
Durante la siguiente hora, Juliette le hizo repetir una a una todas las acciones de esa noche por toda de la casa, desde poner el despertador, hasta tumbarse en la cama, la llamada a la policía y cada paso que dio. La experiencia terminó en el despacho, donde la hizo sentarse y cerrar los ojos.
—Quiero que recuerde esos momentos del reencuentro, que vuelva a reproducir en su mente la conversación y que esté atenta a lo que le rodeaba. No tanto a él, déjelo que sea una voz de fondo.
La mujer asintió obediente.
La vio susurrar en silencio y cómo sus gestos iban cambiando de la sorpresa a la felicidad, y luego de la preocupación a la melancolía. Decidió hacer un boceto rápido de ella. Prefería su cámara, pero le bastaría con las lecciones de dibujo de su abuelo. Entretanto, no perdía detalle a lo que la señora Carter murmuraba.
—Pensé que estabas muerto, Bob… Que me habías abandonado —la tristeza impregnaba su voz. Juliette se sintió culpable al presenciar un momento tan íntimo.
Ajena a las emociones, Leonor asentía y sonreía mientras estrechaba sus propias manos como si fuesen las de su esposo. Entonces, gritó:
—¡Norma!
—¿Disculpe? —cuestionó Juliette aún sin recuperarse del susto.
—Me llamó Norma. —La mujer parecía orgullosa ante tal revelación y la joven sintió que algo escapaba a su entendimiento.
—No comprendo…
—Es la unión de mis dos nombres: Leonor Mary Eden. Era como él me llamaba en privado.
—¿Está segura de que nadie más lo sabía? ¿Amigos? ¿Familiares?
—No, en absoluto. Era también nuestro código. Cuando comenzaron los problemas con la ley, me hizo prometer que no se lo contaría a nadie para así tener la certeza de que si nos escribíamos o telefoneábamos éramos nosotros de verdad. Aunque nunca llegáramos a hacerlo.
—Vale, esto sí que es algo importante. Probablemente quieran interrogarla de nuevo, pero creo que es un gran comienzo —sonrió al llamar a la comisaría.
Se dirigieron a la cocina, para hacer café y esperar a la policía. En el trayecto, Juliette reflexionó sobre lo parecida que había sido su historia y la de Leonor.
—Robert se transformaba al cruzar esa puerta. —Señaló su anfitriona hacia la entrada—. Aquí era el hombre más noble y cariñoso del mundo. Un buen marido y aún mejor padre. Lo que ocurría fuera de nuestro hogar era fácil de ignorar para mi corazón. Como dice la canción, si hay alguien dispuesto a rogar, a robar por ti… ¿cómo no iba a quererlo? Amaba a ese idiota soñador. No espero que lo comprendas, muchacha.
—La comprendo mejor de lo que cree.
La entendía mejor de lo que cualquier otra persona podría hacerlo. Juliette había experimentado en su propia piel ese tipo de amor culpable. Y aún era incapaz de pensar en aquellos días sin sentir una agonía desgarradora. Leonor pareció ver en sus ojos el dolor de la pérdida. Le dirigió una mirada cariñosa y le agarró la mano con suavidad.
—¿Fue hace mucho tiempo?
—Dos… Casi dos años —respondió Juliette.
—Si algo duele tanto es que mereció la pena —opinó la mujer.
Juliette contuvo una lágrima furtiva. Era la única vez que se había permitido mencionarlo en mucho tiempo.
—No dejes que nadie te diga que algo que te hizo sentir tan bien es malo. Esta vida es demasiado corta para negarnos la felicidad. Créeme.
Por la mirada que lanzó a la casa de Teddy a través de la ventana de la cocina, supo que el consejo también se lo estaba dando a sí misma. Juliette decidió recomponerse, y dejar sus sentimientos al lado. No era la primera vez que lo hacía y, aunque acababa de decidir aceptarlos de nuevo, prefería dejarlos escapar en la intimidad de su cuarto. Necesitaba ser más objetiva que nunca en este caso, y pensaba hacer bien su trabajo.
—Vamos a resolver todo esto, Leonor. Te lo prometo.
La sonrisa asomó en el rostro de la mujer al mismo tiempo que un coche patrulla estacionaba frente a la casa. Fueron dos agentes quienes tomaron declaración de nuevo a la señora Carter.
La entrevista no se demoró demasiado.
El viaje de regreso fue más silencioso que el de ida. Había pensado volver caminando hasta la verja, pero Teddy insistió en acercarla. Juliette sospechaba que había sido una excusa para visitar a su anfitriona. Shake It Out de Florence and The Machine sonaba en los altavoces del coche en la emisora de radio local. Era una de sus canciones favoritas, y le pareció perfecta para aquel instante.
Fuera del vecindario la esperaba Eriol, lo que la hizo sentirse como un paquete que iba pasando de mano en mano con una etiqueta grande en la que rezaba «frágil».
—Juliette, sé que estás molesta —dijo ya a bordo del vehículo—, pero tienes que entenderme.
—Lo estoy, y sabes por qué. —Negarlo no habría servido de nada—. Pero no te preocupes, no voy a romperme.
Ambos sabían que no era el momento de lanzarse los errores que uno y otro habían cometido.
—Necesitas esto tanto como yo tu pericia —aclaró él—. Nos vendrá bien a ambos volver a trabajar juntos.
—En eso tienes razón —respondió Juliette.
Después de compartir una mirada cómplice, consiguieron encontrar un tema de conversación. Se pusieron al día sobre sus vidas y sin quererlo abordaron el caso de aquella mañana. Al parecer, sí que había huellas del sospechoso, aunque habían sido descartadas al creer que podrían ser de cuando vivía con su esposa. Un error que admitía una fácil corrección. Tras cotejar las pruebas no había dudas de que el fugitivo Robert Eden había estado, en compañía de dos sospechosos sin identificar, tanto en su vieja casa como en la de sus vecinos, lo que sacó una sonrisa a Juliette, pues ayudó a demostrar que Leonor no se había vuelto loca.
La charla llegó a su fin frente al edificio donde vivía la joven. El viejo bloque continuaba con el ascensor estropeado desde que se hizo con un apartamento en el quinto piso. Por entonces no le importó, solo quería disfrutar de su independencia. Pero en noches como aquella maldecía tener que subir cinco plantas de escaleras. Sus pensamientos divagaron mientras jugaba con las llaves en la puerta. En el momento que fue a encender las luces vislumbró un movimiento entre las sombras y sacó su pistola del bolso. Cuando todo se iluminó, se encontró apuntando a sus padres y a medio Cuerpo de Policía de Elveside. Algunos sonreían. Otros se alertaron al ver que les encañonaban con un arma.
—¿Podemos gritar «sorpresa» ya? —preguntó su padre con las manos en alto.
Juliette estaba al borde de un infarto.
—¡Julie! —gritó una voz a su espalda—. No te di eso para que boicotearas tu propia fiesta de reincorporación.
—Eriol Johnson, ¿por qué no me has avisado? —gritó enfadada.
—Ha sido idea de Will. Ya sabes cómo es para estas cosas.
Juliette sonrió con ternura ante la mención del joven, quien se acercaba con un par de cervezas.
—No todos los días la hija pródiga vuelve a casa. —Le ofreció una de las cervezas y ella se la llevó a los labios de inmediato.
—Gracias. Muchas gracias —y lo decía de verdad. Después de todo, no esperaba que tantos compañeros se preocupasen de ella.
«Aunque falta alguien…».
Juliette espantó aquel pensamiento de su cabeza tan pronto como apareció. Él no habría podido estar entre tanto policía.
—¡Un momento! ¿Por esto has ido personalmente a recogerme? —preguntó a Eriol.
—En parte sí —comentó su jefe con una sonrisa—. De lo contrario habrías llegado tarde.
La chica le devolvió la sonrisa y se alejó para agradecer a sus compañeros el detalle de la fiesta sorpresa. Se desplazó hasta la terraza, donde sus padres disfrutaban de las vistas.
—¿Debo pedirte las llaves de vuelta?
Su madre se giró al escucharla.
—¡Hola, pequeña! ¿Cómo has estado? —su padre le había lanzado la pregunta que el resto no se habían atrevido a hacer. Así era Frank Libston, directo y sin tapujos. No se andaba por las ramas cuando algo le importaba. Igual que su hija.
—Ahora mejor, necesitaba un descanso después de…
—Te fuerzas demasiado. Sigo insistiendo en que no necesitas dos trabajos.
—¿Y cuál debería dejar? —Juliette había olvidado la de veces que se había hecho esa misma pregunta.
—Ninguno, por eso eres mi pequeña sabelotodo —dijo orgulloso al abrazarla.
Lo que temía Juliette aún estaba por llegar. Su madre no perdería la oportunidad de bombardearla a base de preguntas: si había conocido a alguien, si su dieta era equilibrada o si pensaba visitarles más a menudo. Pero nada le molestaría esa noche, los echaba de menos. A todos.
Los invitados se marcharon a eso de las diez, pues al día siguiente había que madrugar. Su familia, en cambio, se negó a abandonarla sin haberlo recogido todo.
Ya a solas, salvo por la compañía de su libreta y el ordenador portátil, se dejó hipnotizar por los ruidos nocturnos de la ciudad en la tumbona de la terraza. Repasó los hechos de aquel día de primer contacto tras meses sin trabajar y comenzó a trazar el perfil de la cariñosa viuda, o no tan viuda, Carter.
Las palabras sobre la felicidad y la culpa que la mujer había compartido con ella la hicieron pensar en su pasado más inmediato:
«Solo extrañamos a quienes amamos y a quienes nos hicieron felices», resolvió.
El cansancio y el estrés del día no tardaron en manifestarse.
Un maullido familiar la despertó. Reconoció la llamada de su esquivo gato y se levantó aún aturdida por el sueño. No había ni rastro del felino en la terraza, así que se asomó a la calle, donde el animal pasaba largas temporadas en los callejones cercanos.
Desde las alturas pudo ver cómo Loki, su gato rebelde, trataba de librarse de la compañía de un chico alto y delgado que también se encontraba en aquel callejón. Sin embargo, no fue la actitud del felino o del joven lo que llamó su atención. Había algo en aquel chico que le hacía aparecer y desaparecer a la simple vista.
—Estoy demasiado dormida para esto… —comentó Juliette para sí misma—. Y para bajar a buscarlo.
Pero un lamento más alto de Loki le hizo replantearse la situación.
«Me las pagarás», pensó para su mascota.
Descendió las escaleras del edificio en pijama. Cuando se percató de su vestuario, ya era demasiado tarde para dar media vuelta. Continuó avergonzada ante la posibilidad de cruzarse con algún vecino y murmurando alguna que otra cosa hacia su desobediente gato. Imaginó por un instante que aquel chico del callejón era real, que no había sido todo un juego de luces, sombras y demasiado cansancio. Pero allí no había nadie más que Loki.
Intentó agarrar al gato cuando este se coló entre unos cubos de basura para coger lo que se convertiría en su juguete favorito: un gorro de lana gris.
—Pero… —fue todo lo que pudo decir Juliette al ver la prenda que llevaba el supuesto chico desvanecedor del callejón.
Ella miró a su alrededor con Loki ya en su regazo. Nada le causó más alarma que la luz tintineante de la única farola de aquel oscuro rincón. Y decidió volver a casa.
En la esquina, una figura maldijo al contemplar a Juliette con una de sus pocas pertenencias. A punto estuvo de exigir que se la devolviese, pero entonces el parpadeo de la luz iluminó el rostro de ella un instante. Suficiente para reconocerla.
—No puede ser —susurró.
Se esforzó en guardar en su mente cada detalle de aquella chica en pijama que había bajado a por su gato. Se pasó la mano por el oscuro pelo y dio por perdido su gorro favorito antes de volver con sus compañeros.
3
Loki era un compañero de piso decente. Por lo general, desaparecía en cuanto desayunaban, lo que dejaba a su dueña tiempo suficiente para dedicarse a escribir sus columnas diarias para el periódico. A la hora del almuerzo volvía a aparecer para que la joven no comiese sola y juntos veían con atención las noticias locales en busca de inspiración. Sin embargo, su momento favorito era por la tarde, cuando la humana solía ir de paseo y su amigo felino la acompañaba a una distancia prudente. Por las noches, los dos insomnes por naturaleza se acurrucaban en la cama de la habitación de Juliette.
No tardaron en acomodarse a una agradable y tranquila rutina, salpicada de esporádicas riñas, en la que la joven acababa con los brazos marcados de arañazos y un felino despreocupado que buscaba hueco en su regazo.
Las semanas fueron dando paso a un ventoso y frío mes de octubre. El episodio del callejón continuaba latente en las noches de Juliette. Se sentía torpe. Le daba la sensación de que había algo que no alcanzó a ver en su momento. Cuando pasaba por el lugar solía ralentizar el paso para observar una vez más. Pero allí no había nada. Siempre podía contárselo a Eriol. Quizás alguna cámara cercana captase algo. Aunque la idea de acudir a él con la historia de un tipo que se desvanecía a los pies de su edificio le costaría un nuevo retiro obligatorio, y volver al trabajo le había sentado genial. Además, el caso Eden estaba en su momento álgido, pues hubo otros avistamientos del sospechoso y una víctima más. Seguían desconociendo las identidades de sus acompañantes, pero hacía unos días una cámara de tráfico había fotografiado a Robert al volante de un Volvo. Era cuestión de tiempo que la policía acabara encontrando el vehículo a través de su matrícula.
Por su parte, Juliette continuaba rascando la superficie de un caso cada día más profundo. Analizaba y se entrevistaba con los implicados, sobre todo con Leonor. La amistad entre ellas ya era más que evidente. Tanto como para que la anciana le contase las historias no dichas de su vida y la joven incluyera su matrimonio en los artículos del periódico:
[…] Es curioso cómo, cuando perdemos a alguien, todo parece acabarse. Como si una parte de nosotros mismos también muriese. ¿Compartimos con la gente lo que somos? ¿O estamos formados de las opiniones de otros? Quizás por eso no volvemos a ser los mismos, porque ese fragmento que creó la persona que amamos ya no está, y seguirá faltando hasta que alguien decida ocuparlo. Es lo que veo cuando miro a los ojos de Laia. Es tan fuerte que parece una roca, pero si te fijas bien, no es más que el junco que se adhiere a la tierra. El junco que el viento mece y el río intenta arrastrar, pero aún se sostiene. Y, sin embargo, cuando veo fotografías de hace años, no puedo dejar de apreciar las diferencias entre ambas. ¿Cómo era cuando conservaba la pieza que Bill creó para ella con esmero? El fragmento que moldeó con cariño y recuerdos ahora no está. Y, aun así, ella es tan cálida…
Laia era Leonor, y por supuesto Bill era Robert. Su nueva amiga la llamó nerviosa en cuanto leyó su columna aquel domingo. Le había confesado que lloró mientras lo hacía y que no se lo perdonaría nunca. Juliette temió que Leonor se sintiera ofendida y perder así los testimonios de la mujer, aunque nada más lejos de la realidad. A aquella reprimenda le siguió una carcajada y palabras cariñosas. Poco a poco sus textos pasaron de tristes a melancólicos, y cada semana recuperaban parte de esa chispa que siempre los había caracterizado, lo que la animó a escribir sobre otros casos, la torpeza de ciertos delincuentes o teorías macabras sobre crímenes no resueltos. Esperaba volver a ser la Juliette de siempre, extraña pero feliz, reconciliada con el mundo. Lo que no esperó fue la llamada a la hora del alba, ni el nombre que brillaba en su teléfono: Leonor.
En el instante que tardó en contestar, imágenes terribles aparecieron en su mente, escenarios en los que la mujer volvía a ver su casa asaltada o en los que alguno de sus vecinos llamaba para contar que había ocurrido una desgracia. Por un momento sintió la tensión que había dominado sus noches dos años atrás; el pánico por recibir la temida llamada que notificara su pérdida; madrugadas pendiente de la televisión por si las noticias hablaban de él. Con tales pensamientos pronunció asustada el nombre de la mujer, quien respondió más entusiasmada que nunca.
—¡Julie! ¡No te lo vas a creer! —gritó emocionada—. ¡Tenías razón!
—¿Qué? ¿En qué? —preguntó confusa.
—Creo que he encontrado algo importante en el despacho de Robert.
—¿En serio?
—Sí. Estuve pensando en lo que dijiste, eso de que debía haber alguna relación entre las víctimas —las frases se atropellaban unas a otras—. Y revisando sus cosas con Teddy creo que he encontrado algo. Ni siquiera sé si servirá, pero creo que podría ser un comienzo.
—¿Quieres que me pase? Lo comprobaré antes de avisar a Eriol.
—¿No será un problema? Manipular las pruebas, el escenario o algo así.
—Ese escenario no puede estar más alterado, créeme —bromeó. Deseaba saber qué había encontrado Leonor—. Bueno, quizás Eriol se enfade un poco, pero no te preocupes. Estoy acostumbrada a sus broncas. Me visto y voy para allá. Y esta vez no me dejéis colgada en la entrada.
Mientras se ponía unos vaqueros desgastados y un jersey de cuello vuelto, su gato, curioso, la observaba correr de un lado a otro de la habitación.
«Sigue ahí plantado, sin quitarme ojo, como solía hacer Alec…».
Aquel pensamiento la hizo detenerse.
«Espera. Acabo de…», quiso repetir para estar segura.
La revelación la dejó en medio del cuarto con una bota en la mano y la mirada perdida en alguna parte de la cama. Hacía dos años que no pensaba en su nombre; dos años en los que ni siquiera en su mente había sido capaz de referirse a él con esas cuatro letras, una eternidad desde que creyó que jamás volvería a hacerlo de nuevo. Y, sin embargo, ahí estaba: una palabra, dos vocales y dos consonantes, un diminutivo; una montaña rusa de recuerdos. Unas emociones que, cansadas de estar encerradas a cal y canto, habían aprovechado para irrumpir en su vida cuando ella menos lo esperaba.
La importancia de Alec aún continuaba latente.
Un amor a través del tiempo, de las dificultades, de la realidad que ambos se ocultaban, pues ninguno de ellos se mostró en un principio como era en realidad. Corazas a prueba de relaciones desdichadas que no tardaron en caer cuando se percataron de que habían nacido el uno para el otro. Un encuentro que traspasó corazones y almas. Y una pérdida que dejó a Juliette sumida en la oscuridad más desoladora de este mundo.
Alec comenzó siendo un misterio, algo molesto que la perseguía a todas horas. Y más tarde resultó ser una estrella brillante, aunque rodeada de una densa tiniebla. Había crecido en un ambiente pernicioso para cualquier niño y aun así se convirtió en un buen hombre. Juliette llegó a conocer toda la verdad. No lamentaba lo que Alec le había ocultado al principio. Su amor por él iba más allá de vidas secretas. Lo que ella jamás había podido perdonarse fue darse cuenta demasiado tarde. Aquellos recuerdos amenazaban con regresar a sus días y convertirlos en noches eternas.
Por un momento, pensó en cancelar sus planes y acurrucarse en la cama hasta que el dolor pasase o hasta que la rutina volviese a adormecer sus sentidos y acabara invadiéndola por completo. Entonces, su móvil vibró encima de la mesilla. Con movimientos apesadumbrados estiró el brazo para alcanzarlo. Un mensaje:

Su madre. Su siempre oportuna madre había conseguido, sin ser consciente de nada, evitar que volviese a caer en ese oscuro abismo. Y se dio cuenta de que debía moverse. Él no iba a volver, un hecho más que evidente, pero ella seguía ahí para sus familiares y amigos. No podía dejar a Leonor sin respuestas. Muchos habían confiado de nuevo en ella y no pensaba dejarse amedrentar por el pasado, por muy fuerte que este tirara de su cabeza, su ánimo, sus fuerzas… Decidió terminar con las botas y borrar el rastro de la tristeza. Escogió seguir adelante, al menos un día más.
Sin remordimientos.
Sin miedo.
Sin Alec.
Una hora y un par de autobuses después, que no hacían más que evidenciar que necesitaba con desesperación arreglar su coche, se encontraba ante la gigantesca verja. Esa vez abierta, y al otro lado la esperaban Steve, el joven guardia de seguridad, y su ya caballero andante, Theodore Carter, dispuesto a ahorrarle el largo paseo hasta el número dieciocho de Carnation Street.
El recorrido en coche, al ritmo de Uptown Girl de Billy Joel, estuvo marcado por dos breves temas de conversación. Juliette intentó sonsacarle información sobre su relación con Leonor y así poder hablar del misterioso descubrimiento. Teddy solo canturreó la canción y también interrogó a la joven sobre su trabajo, sus amores y su vida. Ninguno consiguió demasiado.
Al llegar, Leonor los esperaba en la puerta.
—¡Julie! Disculpa por hacerte venir tan pronto.
—Dime que hay café hecho y no habrá nada que disculpar —respondió con una sonrisa.
—Bueno, señoritas, tengo que dejarlas, o mi pequeño llegará tarde al colegio. —Los ojos del anciano brillaban cuando mencionaba a Sam, su dulce nieto.
—Adiós, Teddy. Gracias —se despidió Juliette.
Leonor no dijo nada. Su mirada hablaba por ella.
En la cocina, ya frente a una taza de café, las mujeres se miraron:
—Adelante, cuéntame —le pidió Juliette.
—Ah, sí. Casi me olvido…
Leonor abandonó la cocina, no sin antes coger los guantes de goma del fregadero.
La anfitriona volvió al instante con los guantes colocados y una bandeja en las manos. Sobre ella, unas fichas de póker, unas cartas y un sobre.
—Encontré esto en la caja que guardé en el desván hace demasiados años —explicó la mujer. Su actitud con los objetos era exagerada para Juliette. Los trataba como si fuesen explosivo plástico.
Sacó el contenido del sobre con los guantes todavía puestos. Una vieja fotografía en la que cinco hombres jugaban a las cartas mientras sonreían a la cámara. Entre ellos, Robert.
—Thomas Clancy —indicó Leonor y deslizó su dedo hacia el hombre de su derecha—. Lucas Márquez. El del otro extremo es Steve Harris.
—Comprendo. Eran vecinos y amigos.
—Sí, pero hay un hecho que los une y no es la timba semanal entre vecinos… Todos están muertos, Julie —la anciana hizo una pausa—. Todos menos…
Entonces algo chasqueó en el cerebro periodístico de Juliette. Todos en esa foto habían muerto, antes o después, asesinados por Eden, salvo uno. Un detalle que convertía esa excepción en un objetivo.
—¡Oh, Dios! ¿Cómo se llama el otro hombre?
Si efectivamente todos estaban relacionados, el último rostro de la foto se encontraba en peligro.
—Eric. Eric Harris. Pero, Juliette, eso no es todo…
La joven, quien se afanaba en realizar aquella llamada con urgencia, se detuvo.
—¿Qué más puedes decirme?
—Dale la vuelta —dijo con tono cansado.
Con curiosidad, giró la fotografía para encontrar una breve inscripción.
Casiopea, 1973.
Repitió para sí nombre y fecha. De repente, la constelación formada por cinco estrellas en forma de uve doble la abordó, pero no se detuvo ahí su mente. Cinco hombres sonrientes, cinco astros en la noche. Lo siguiente que vio fue una sucesión demencial de noticias. Robos a bancos, asaltos a viviendas, asesinatos, aquel autobús de niños que fue secuestrado para cubrir una huida… Los tenía en sus manos, todos los miembros de aquella banda criminal de nombre cósmico que jamás desveló la identidad del resto de sus componentes. Todos vecinos. Todos amigos. Todos criminales.
—Me marcho, y me llevo esto —dijo al coger cartas y foto.
—Pero los guantes…
—No te preocupes, Leonor. ¡Gracias por el café! —se despidió sin dejar de caminar.
Eriol no contestaba al teléfono, pero sí la compañía de taxis.
Al llegar a la entrada, un vehículo la esperaba. Prometió una cuantiosa propina al taxista si olvidaba las normas de circulación e ignoraba señales y semáforos. La vertiginosa travesía por Elveside se volvió un torbellino de colores, una sinfonía de cláxones y una carrera arriesgada. Eriol continuaba ausente cuando el taxi se detuvo con un sonoro frenazo. Will se sorprendió al ver aquella llegada.
—¿Julie? —se preguntó al verla salir a la carrera.
—Will, dime que Eriol está en la oficina —le asaltó a la vez que intentaba recuperar el equilibrio. No olvidaría el dichoso viaje en mucho tiempo.
—Creo que sí —respondió el chico preocupado—. ¿Estás bien?
—Vamos dentro. Es urgente.
Evitaron el control de entrada. No había tiempo que perder. Irrumpieron en el despacho del capitán del mismo modo que un huracán por una ventana rota. Eriol osciló en su silla y casi cayó de espaldas.
—Pero qué demonios…
Juliette no esperó a disculparse, vomitó las palabras suficientes para que comprendieran la situación. El resto de la historia quedó claro con la maldita fotografía.
Eriol reunió a los equipos en servicio en la sala de operaciones. Maggie, la agente más joven de la comisaría, fue la última en unirse, aunque la más importante.
—Aquí tiene la dirección de Eric Harris, señor —dijo de modo marcial la agente.
Eriol sacudió el papel en su mano y les explicó:
—No sabemos qué encontraremos, pero sí sé que no quiero lamentar nada. Tened mucho cuidado. Will —Señaló a su agente de confianza—, encárgate de la estrategia operativa del asalto.
—Sí, capitán.
—Julie, conmigo —le indicó, y salieron de la sala.
La joven siguió al jefe de policía hasta su despacho. Allí, Eriol abrió el armario.
—Ponte esto. —Le lanzó un chaleco antibalas—. No volveré a cometer el error de dejarte en el coche.
Las imágenes que provocaron aquella decisión acudieron a Juliette de forma repentina. Un atraco frustrado. Todo agente de policía participó en el asalto mientras ella esperaba fuera, en el coche. Así descubrió al tipo que esperaba fuera con el motor en marcha. Aquella bala atravesó la ventanilla para acabar alojada en su hombro. Un recuerdo doloroso. Una herida de guerra que lucía con orgullo los días más calurosos.
Fueron diez minutos en coche lo que precisaron para llegar al lugar. Ante tanto policía, los vecinos no tardaron en acudir a ventanas y puertas. Juliette bajó del vehículo a la par que Eriol. Vio a Will correr hacia ella.
—El jefe quiere que también lleves esto.
Le entregó un casco.
—¿Es necesario? Parezco una corresponsal de guerra.
Will le ayudó a colocárselo.
—A ti nada te queda mal —le sonrió.
Esa sonrisa fue suficiente para calmarla.
—¡Todos a sus puestos! —ordenó el capitán—. Julie, no te despegues de mi espalda.
Aquello iba en serio. El asalto había comenzado.
4
Los agentes con Will al frente se adentraron en el edificio en silencio, aunque no con calma. Subieron por las escaleras uno detrás de otro, armados y dispuestos a salvarle la vida al viejo miembro de Casiopea. Al llegar a la puerta del apartamento de Eric Harris, eran cinco los agentes disponibles para el asalto y una joven periodista y analista de conductas que jamás sopesaba el riesgo al que se exponía. El resto del equipo cubría cada planta inferior y superior del edificio. Así, ocurriese lo que ocurriese, Robert Eden no tendría escapatoria alguna.
—¿Eric Harris? —preguntó Will junto al flanco derecho de la puerta.
Otro agente le cubría las espaldas y tres más, incluido Eriol, ocupaban el lado izquierdo de la entrada con Juliette tras ellos.
Will lo intentó una segunda vez sin obtener respuesta. Luego, solicitó permiso visual del capitán Johnson, quien asintió para autorizar la entrada.
De una sola patada, la cerradura de la puerta se hizo pedazos y se abrió con gran estruendo. Fue todo el ruido que se oyó, pues el interior permanecía en silencio. Los agentes entraron a la carrera.
—¡Policía de Elveside! —gritaban.
—Nosotros esperamos aquí —le aclaró Eriol a Juliette.
Un instante después, Mike aseguró que todo estaba despejado. Eriol y la joven entraron en el apartamento, aunque Juliette no esperaba ver la escena de un crimen. Se quedó inmóvil junto a la entrada sin apartar la mirada del cuerpo de quien se suponía que era Eric Harris en el centro del salón sobre un pequeño charco de sangre. El mobiliario estaba volcado, destrozado y había restos de cristales por cada rincón.
—Es imposible que haya salido por aquí —indicó Will desde la ventana.
—¡Aún está vivo! —señaló Mike en el suelo, junto al cuerpo.
—¡Avisad a una ambulancia! —ordenó Eriol.
Pero nadie pudo hacerlo.
Una sombra dejó el hueco tras la puerta de entrada y un arma asomó. La detonación tuvo lugar demasiado cerca de Juliette, lo que provocó el aturdimiento y la sordera instantánea de la joven, quien cayó al suelo cuando Eriol se lanzó sobre ella. Aquel disparo tenía como objetivo al líder del operativo, aunque el único que pudo ver cómo la sombra de Robert Eden salía de su escondite se interpuso ante él. Mike recibió la bala justo en el abdomen que protegía su chaleco balístico, lo que no le ahorró un fuerte dolor de vientre. Mientras, Will se ponía a cubierto para arremeter a disparos contra Eden, al igual que el resto de sus compañeros.
Sin embargo, cuando todos estuvieron listos, Robert ya había salido de aquel apartamento. Juliette abrió los ojos solo para verle coger las escaleras hacia el piso inferior.
—¡Escapa! ¡Está bajando! —gritó con los dedos protegiendo todavía sus orejas.
Eriol se incorporó y le dijo algo que ella no oyó debido al pitido que se había alojado en sus oídos. No necesitó escucharlo para saber que le había ordenado no moverse de allí.
Will y dos agentes más saltaron por encima de ella, pues bloqueaba la puerta, y se incorporaron junto con Eriol a la caza de Robert Eden. Juliette se obligó a levantarse para seguir la huida desde la barandilla de las escaleras. A través del enorme hueco central pudo ver al agente que custodiaba la planta inferior tirado en el suelo mientras se sujetaba la cabeza con expresión de dolor. Eriol y Will corrían hacia el apartamento con la puerta abierta.
—¡Policía! ¡Salgan de ahí! —gritó Eriol.
Pero no fue Eden quien abandonó la seguridad del apartamento, sino un niño asustado con aspecto desaliñado y ropa holgada.
—¡Está ahí! —lloraba el crío—. Por favor, salven a mi madre.
—Sal de aquí, chico —le dijo Will—. Corre abajo, esto no es seguro.
El niño siguió las órdenes del policía y corrió escaleras abajo.
Will, Eriol y un par de agentes más entraron en el apartamento. Juliette se agarró a la barandilla con todas sus fuerzas a la espera de algún disparo más.
Nada.
Temió que alguno de sus amigos no saliese de aquel apartamento. La calma y el silencio le tenían los nervios afilados, a punto de ahogarla.
La puerta de su izquierda se abrió y una anciana asomó la cabeza con curiosidad.
—¡Vuelva dentro y cierre! —gritó ella, desesperada.
Entonces, vio que los policías salían del apartamento.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Juliette.
Will le lanzó una mirada de incredulidad.
—Ha desaparecido —respondió.
—¿Cómo que ha desaparecido? —insistió ella.
Eriol hablaba con el novato que había sido golpeado para asegurarse de que aquel era el apartamento en que había entrado Robert Eden.
—Ni la madre del chico ni Eden —comentó Will.
Aquella respuesta la dejó sin réplica.
—El crío, hay que hablar con el crío —dijo ella.
—Eh, Meyer, subid al crío —indicó Will por la barandilla hacia su compañero de la planta baja.
—¡No está, Goldberg! En cuanto salió a la calle corrió como un poseso —explicó desde abajo.
—¿Qué? —se cuestionó Juliette para sí misma—. Pero…
—Si este caso ya era extraño, ahora se ha convertido en imposible —comentó Will.
Los sanitarios aparecieron a toda prisa para salvar la vida al último miembro de Casiopea. No pudieron asegurar que Harris sobreviviría a aquel frenético día.
Mientras el hombre iba camino del hospital, los engranajes de la mente de Juliette comenzaron a girar.
Abatida, se sentó en uno de los sillones de la destrozada habitación tratando de ignorar la mancha de sangre del suelo. Todo el esfuerzo había sido en vano. El último de los miembros de la banda estaba a punto de morir. No había más pistas. No más testigos. Habían perdido. Se llevó las manos a las sienes para intentar detener el dolor de cabeza inminente que le impedía concentrarse.
«Puede que el señor Harris viva. Harris vivirá. Eric Harris va a vivir», se repetía Juliette.
—¡Julie! —gritó Eriol en su oído.
—¿Está vivo? —preguntó.
—Acaban de avisarme que ha despertado incluso antes de llegar al hospital —aclaró satisfecho.
Juliette reflexionó en silencio sobre los planes que comenzaban a formarse en su enérgica mente.
—Conozco esa mirada, Julie. Estás tramando algo.
—Sí, y no va a gustarte. Como siempre —sonrió ella.
En la comisaría, después de todo lo ocurrido, Eriol y Will continuaban repasando la peligrosa idea de Juliette.
—Es una locura. Se ha hecho mil veces y no siempre ha salido bien —comentó por tercera vez Eriol.
—Es un clásico, capitán —respondió Will al enfurecido jefe Johnson—. Debería salir bien.
Juliette sonrió ante su inesperado aliado. Era la única solución que tenían y cuando el capitán de policía se calmase sabría verlo.
Habían pasado muchas cosas en las últimas horas. La ambulancia llegó y se llevaron a Harris al Hospital St. Claire, donde una legión de agentes fue destinada para protegerle. El hombre aún no había despertado tras la intervención quirúrgica y las próximas veinticuatro horas serían decisivas, pero los médicos eran optimistas. Mientras tanto, media comisaría llevaba toda la noche patrullando las calles en busca del vehículo o cualquier indicio sobre Bob Eden.
—Sigo pensando que no deberíamos usarle como cebo —repitió el veterano oficial.
—Debemos aprovechar la sed de venganza de Eden, jefe —expuso Juliette, más decidida que antes—. Es arriesgar la vida de Harris, lo sé. Pero ese criminal acabará con él tarde o temprano si no le paramos los pies, y esta es la única opción que tenemos.
—Capitán —intervino Will—, creo que solo así lograremos entender este extraño caso de resurrecciones y fantasmas del pasado.
Eriol apoyó el rostro sobre sus manos.
—Necesito ciertas garantías antes de arriesgar la vida de ese hombre —resolvió al fin—. En cuanto despierte averiguad el motivo de esta vendetta. Después tomaré una decisión.
Juliette y Will se miraron de manera cómplice. Las respuestas a todo estaban más cerca.
Siempre le había parecido curioso cómo el tiempo se dilata cuando se espera por algo. Las manecillas del reloj parecían detenerse durante décadas en cada hora, como si al universo no le importara que alguien tenga prisa. Y probablemente fuese así, porque ¿qué eran unas horas para alguien que tenía toda la eternidad por delante? El tiempo pasaba, indolente, ajeno a los intereses de nadie. Pero pasar pasaba. ¿Cuántas cosas podían suceder a la vez en un minuto? En sesenta segundos un perro podía ladrar esperando que le dieses comida, un semáforo cambiaba de rojo a verde y las nubes grises descargaban su agua sobre pobres peatones sin paraguas. En un minuto, alguien podía morir de un infarto, podía nacer una nueva vida o incluso caer un régimen totalitario. La historia estaba llena de minutos que destacaron sobre otros, que conllevaron hitos valiosos, pero también de eventos sin importancia: ¿A quién le interesaba que en ese tiempo una mariposa hubiera salido de su capullo? ¿O que se hubiese producido un tornado? A nadie. No importaba porque si ese recién nacido, si ese régimen o incluso ese perro no fueran de nuestro interés, entonces carecían de valor. Pasaban al olvido. Aunque en algún lugar del mundo se encontraba una persona para la que sí era importante.
¿De verdad la humanidad era tan egoísta? Claro que sí. Pues no era suficiente el que en tan poco tiempo sucedan cientos, miles o incluso millones de eventos porque solo le interesa lo que le afecta. Y, caprichosa, no solo querría que lo que ansía sucediera cuanto antes, sino que tuviese lugar en ese mismo instante. Sin importar nada ni nadie.
Aunque se sintiese culpable, Juliette no podía dejar de pensar, mientras contemplaba el ajetreo propio de la sala de urgencias en la que se encontraba, que necesitaban que Harris volviese a despertar. Veinticuatro horas son mil cuatrocientos cuarenta minutos, y estos contienen ochenta y seis mil cuatrocientos segundos. Eso era demasiado tiempo. Tiempo que podían aprovechar los fugitivos para trazar mil planes, descartarlos todos y tomar nuevas decisiones. Decisiones que podrían acarrear víctimas. Víctimas que podrían perder la vida. Y vidas que merecían ser salvadas.
Esperaba que el anciano lograse pasar de aquella noche y despertase por la mañana, porque solo así podrían detener a Bob Eden. Tenían todas las piezas: personajes, sinopsis y portada; planteamiento y nudo. Pero les faltaba el desenlace. Ese final en el que todo cobraba sentido, se resolvía la incógnita que rodeaba al villano para llegar a la moraleja de la historia. Aunque sabía que la realidad implicaba resoluciones agridulces, no había visto un caso que necesitase tanto un final feliz: por Leonor, que llevaba toda su vida arrastrando la pérdida de su familia y los crímenes de su marido; por Teddy, eternamente enamorado de la supuesta viuda; por Eriol y sus agentes, que arrastraban una mala racha. Y por ella misma, que hacía tiempo que dejó de creer en la posibilidad de recuperar su vida. Necesitaba un triunfo, algo que le indicase que había vuelto al camino correcto.
«Lo necesitamos», pensó cansada.
Un leve pitido le indicó que su bebida ya estaba lista, y una vez más le sorprendió el contraste entre la brillante máquina que tenía enfrente, de color amarillo que destacaba como un faro en la amplia e impoluta sala de paredes blancas donde se encontraba. Salvo un par de sillas arrimadas en uno de los extremos, se trataba de un espacio diáfano en el que no cesaba de entrar y salir gente. Aferrando con fuerza ambos vasos de plástico, Juliette se sintió algo perdida entre tanto desconocido, ya que apenas podía ver por encima de su cabeza. Si no hubiese hecho ese mismo recorrido otras tres veces en el último par de horas probablemente se habría perdido. Sin embargo, logró entrar en uno de los ascensores y marcar la sexta planta mientras se hacía hueco entre un par de enfermeras y un anciano que sostenía una percha con una bolsa de suero. El hombre le regaló una sonrisa cansada y, aunque ese tipo de lugares le ponían nerviosa, no pudo evitar devolvérsela.
Llevaba horas en el hospital. Tan solo había pasado por casa para dar de comer a Loki, realizar una breve llamada a su madre disculpándose por haber faltado a la merienda y prepararse un sándwich. Una ducha rápida y un cambio de ropa después se encontraba cruzando las puertas hacia la habitación del último miembro de la banda de Bob Eden, pero la enfermera jefe la detuvo. Por su culpa llevaba las últimas seis horas agarrotada en una de las sillas de la sala de espera junto a Eriol. Él continuaba con las dudas sobre el plan y ella aprovechaba el tiempo muerto para escribir su columna semanal. Nunca les había molestado el silencio, pero ambos detestaban esperar, por lo que habían estado haciendo turnos para estirar las piernas, ir al baño y a por sus respectivas dosis de cafeína.
Le entregó el café a su amigo y volvió a tomar asiento a su lado mientras guardaba el ordenador portátil en la funda. Incluso ella tenía un límite. Treinta y seis horas despierta la habían agotado en todos los sentidos de la palabra. Sentía que las emociones de aquel día se le echaban encima y cerró los ojos un par de minutos para centrarse en el murmullo que la rodeaba: en los susurros de Eriol al teléfono, que la calmaban y ayudaban a desconectar de la espera que aún le aguardaba. Se llevó el vaso a los labios y apoyó la cabeza en la pared que tenía detrás. Tomaba pequeños sorbos para que la bebida calentara cada rincón de su cuerpo. Siempre le había gustado el aroma del café. La hacía sentir como en casa.
Con un suspiro exasperado, el policía colgó el teléfono y se revolvió el pelo. Pequeñas arrugas se habían formado en los extremos de sus ojos y Juliette no pudo evitar darse cuenta de que parecía tener diez años más. Este caso le estaba afectando más de lo que parecía. A ambos, de hecho.
—Bueno, Julie, ¿contenta de volver? —le preguntó Eriol.
No pudo evitar bufar mientras ponía los ojos en blanco.
—No es como lo recordaba —respondió ella. Su voz sonaba áspera después de tantas horas en silencio.
—Y aun así más divertido que la prensa, ¿verdad?
—Sin duda —consintió Juliette con una sonrisa.
Su compañero jamás se rendiría con eso. Si por él fuera, le habría obligado a entrar en el cuerpo hacía años. Pero ella disfrutaba escribiendo. Siempre fue su forma de escape.
—¿Qué has decidido?
—Ahora no, ya te lo he dicho. Cuando despierte —la reprendió Eriol con la mirada. Ella no se sintió intimidada. Al fin y al cabo, ya no era una niña.
Se batieron en un duelo de miradas, el suave azul del mar chocando con el cálido chocolate, hasta que ambos sonrieron con amabilidad. Sintió en su nuca la intensa mirada de la enfermera del mostrador. Era difícil ignorar cómo observaba a Eriol de vez en cuando mientras jugaba con su pelo. No quiso prestarle atención. Lo que menos necesitaba era tener a una mujer celosa acechándola, sobre todo cuando su amigo estaba fielmente enamorado de Claire. Una mujer encantadora, de gran carácter, que Juliette, aunque conocía poco, aprobó desde el instante en el que ordenó a Eriol que dejara de insistirle a la joven con convertirse en policía. Sí, esa enfermera no aguantaría ni un asalto contra Claire. Además, su amigo no parecía haberse percatado de nada.
—¿Cómo estás? —la interrogó él, y por el súbito cambio en el clima entre ambos se dio cuenta de que no preguntaba por los eventos de aquella tarde.
—Bien. —Dirigió la mirada del suelo hacia el rostro de su amigo. No podía mentirle. A él no. Por lo que se corrigió—. Mejor.
—Me alegro.
—Disculpen —la voz de la enfermera coqueta los interrumpió. Parecía algo crispada y su mirada se detuvo más de lo normal en la mano de Eriol, que descansaba sobre la de Juliette—. He pensado que quizás querrían entrar a ver al paciente.
Aquello los espabiló por completo. Llevaban solicitándolo horas y siempre habían recibido una brusca negativa, al menos para ella, o en el caso de él, una explicación de por qué no podían permitírselo, acompañada de un intento de sonrisa seductora.
Después de haber recogido todo, la siguieron hasta la habitación, donde Eric Harris descansaba sobre una cama cubierto de vendas. No tenía buen aspecto y su extremada delgadez ayudaba a que el anciano se desvaneciera bajo las sábanas.
Pese a que tuviese esa apariencia indefensa, Juliette no pudo evitar recordar al hombre de sonrisa confiada y mirada impenetrable que aparecía en la foto que encontraron. Algo en su rostro afilado indicaba problemas. Sin duda, era fácil imaginárselo como parte de la banda que aterrorizó la ciudad décadas atrás. Se sentía intrigada y asustada a la vez, porque si alguien tan fuerte podía ser vapuleado por su antiguo jefe, Bob Eden debía ser alguien a quien temer pese a su avanzada edad.
Por un momento dudó de Leonor. Ella le había hablado con tanto cariño de su marido que quiso creerla, pensar que solo se trataba de un hombre que había tomado malas decisiones y no había podido prever hasta dónde llegaría la magnitud de sus acciones. Había dejado que sus sentimientos interfiriesen en su juicio, y eso era algo que no podía permitirse. Para alejar aquellos pensamientos comenzó a anotar en su cabeza detalles que observaba sobre Eric Harris para redactar su perfil. La habitación era tan impersonal que apenas daba pistas que la relacionasen con el ocupante, quien ni siquiera estaba consciente. Se preguntaba si…
Miró hacia la puerta donde el jefe Johnson se encontraba de espaldas hablando con uno de los agentes que custodiaban al paciente. Dando gracias a su suerte, se acercó con rapidez a la silla donde se encontraba colgada la ropa que había llevado Harris y sus efectos personales. Si había algo relacionado con el caso, era muy probable que lo llevase consigo para evitar que nadie lo encontrase, sobre todo habiendo sido asesinados el resto de sus compañeros. Revisó la chaqueta del traje de tweed que llevaba cuando lo encontraron desangrándose. No había nada, ni tampoco en los pantalones. Frustrada, dirigió una mirada nerviosa hacia la puerta mientras intentaba pensar qué era lo que se le escapaba. Tampoco en la cartera había pistas, solo una foto de los que suponía eran sus nietos, bastante dinero en efectivo y un par de tarjetas. Enfadada, volvió a dejar todo en su lugar y golpeó la chaqueta con el dorso de la mano. Fue entonces cuando sintió algo bajo la palma. Volvió a revisar los bolsillos, pero seguían vacíos. Fue directa a por el forro, y ahí estaba. Cerca de la costura volvió a notar el chasquido del papel cuando se arruga.
Forzó el cosido hasta desgarrarlo, siempre con la precaución de no alertar a Eriol, quien no aprobaría los métodos. Cuando consiguió estropear la chaqueta, extrajo la pequeña hoja de papel de su interior.
Una foto idéntica a la que hallaron Leonor y Teddy se encontraba junto a un recorte de periódico.
Importante colección de arte es robada del museo de Elveside. Los responsables dejan en su lugar el dibujo de una constelación.
Se trataba del primer caso de la banda, pero ¿por qué alguien guardaría pruebas que lo relacionasen con un pasado criminal del que nadie sospechaba? ¿Sentimentalismo? No, no parecía que ninguno de ellos fuese a cometer tal desliz solo por recordar el pasado. ¿Por qué lo haría?
Sentía cómo su cerebro se sacudía en busca de una solución. Mientras tomaba asiento al lado del hombre se fijó en su expresión, calmada, serena. Y entonces todo encajó. La única forma por la que alguien podría encontrar esa foto sería que revisasen su traje, y eso solo podría pasar si hubiese sido asesinado. No trataba de ocultarlo, sino todo lo contrario. Pretendía que alguien lo descubriese en caso de que le pasase algo. Su propio hermano había muerto a manos de Bob Eden, al igual que sus otros compañeros. Probablemente hizo las conexiones y quería que hiciesen pagar al responsable. En ningún momento pensó que fuesen a encontrarle con vida, ni que una muchacha con la curiosidad de Nancy Drew revisase entre sus pertenencias.
Más que nunca necesitaban que despertase, porque con estas pruebas en su contra no iba a tener más opción que confesarles qué sucedía. Y ella pensaba estar en primera fila cuando eso pasase. Mientras su compañero entraba de nuevo en la sala, agarró la mano del anciano y le susurró al oído:
—Señor Harris, es hora de que despierte.
El sol empezaba a asomar por la ventana del cuarto cuando Juliette procedió a contarle su descubrimiento a Eriol, dispuesta a someterse a la correspondiente bronca por volver a hacer las cosas por su cuenta y sin seguir protocolos. Pero su amigo la sorprendió quedándose en silencio, ojeando los recortes. Le dirigió una mirada entusiasmada cuando se dio cuenta de que la joven le había proporcionado una prueba tangible, algo que relacionaba a ambos criminales y, aunque aún necesitaran el testimonio del último superviviente del grupo Casiopea, habían conseguido algo para continuar con el plan.
—Al menos ahora sabemos qué dirección tomar con el interrogatorio. Aunque, cuando contemos esto, diremos que yo te encargué revisar sus pertenencias.
—Claro, llévate la gloria. Aléjame de los focos. —Le dedicó una mueca de falsa tristeza que hizo que el otro la golpeara en la cabeza.
—Te noto de muy buen humor. ¿Qué hay de ese pesimismo y mal genio que suele acompañarte?
—Creo que estoy demasiado cansada para utilizarlos.
—Bien, porque la enfermera me ha dicho que sus constantes son normales y que debería despertar pronto.
Lo siguiente en la lista era descansar. Juliette se echó sobre el sillón y, antes de quedarse dormida, Eriol la cubrió con su chaqueta.
OTOÑO 2016
Correteó por la calle mientras se dejaba envolver por la cálida lana de su abrigo. Era una noche fría, perfecta para una velada de película y pijama en casa. Sin embargo, ella se dirigía a una estúpida cita con un estúpido chico que conoció en una de las estúpidas reuniones del periódico. No es que fuera un mal tipo. Lo cierto es que era inteligente y muy atractivo, y las chispas saltaron cuando se conocieron, por lo que cuando él le preguntó si podía invitarla a cenar decidió olvidarse de su regla sobre no salir con alguien que acababa de conocer y aceptó sin dudarlo. Quizás porque hacía meses que no tenía una cita y le pareció buena idea.
Desde que la concertaron semanas atrás, las ganas de asistir habían ido reduciéndose hasta el mínimo. Y no era solo a causa de su habitual manía —Juliette disfrutaba de cierta fama entre sus amigos por perder el interés siempre que ligaba con algún chico, pues cuando ya no suponía un reto, el chico dejaba de merecer la pena— sino también porque de repente él le había empezado a parecer un esnob, aburrido y superficial. Lo que antes veía como virtudes de repente se convertían en defectos. Pese a todo, su instinto le decía que había algo artificial en la máscara de chico perfecto de aquel hombre. Perdida en sus reflexiones tropezó con una grieta y a punto estuvo de caerse.
«Benditos reflejos» pensó, mientras miraba la hora en su reloj de pulsera.
—¡Hola, Jules!
La voz de Alec Trailaway la sorprendió por segunda vez en la última semana. No podría haber escogido peor momento. Llegaba tarde al restaurante y no tenía tiempo para uno de sus debates. Pero el chico ya había bajado del contenedor en el que se encontraba sentado y la alcanzó en un par de zancadas.
—Que no me llames así… —replicó con voz cansada—. ¿Qué haces aquí? ¿No tienes algún gato que torturar?
—En realidad, me gustan los gatos —reveló el chico tras encogerse de hombros.
Vestía con prendas oscuras para pasar desapercibido. Una sudadera con capucha cubría su desordenado pelo.
—Menuda sorpresa… —respondió Juliette, quien, por el contrario, iba más sofisticada que de costumbre, con un abrigo abotonado hasta las rodillas y un par de tacones bajos. El vestido verde botella, más ceñido de lo que le gustaría, quedaba oculto para aquel chico descarado.
—Bueno, ¿a dónde vamos?
Sonrió como si fuesen a comenzar una aventura y ella estuvo a punto de sentirse mal al contrariarle. Pero solo a punto.
—Yo tengo una cita. Tú puedes perderte.
Juliette intentó continuar su camino.
—¿Una cita? Eso me ofende, pensé que teníamos algo especial —declaró mientras se llevaba una mano al pecho, fingiendo estar dolido—. He luchado en vano. Ya no quiero hacerlo. Me resulta imposible contener mis sentimientos. Permítame usted que le manifieste cuán ardientemente la admiro y la amo, señorita Libston.
—Lo siento, pero no te pareces en absoluto al señor Darcy alguno, así que para, por favor.
Él se limitó a sonreír con inocencia, sabiéndose atrapado. Si había algo que admiraba del chico era cómo parecía encontrarle el lado divertido a todo. Se trataba de algo extraño en una ciudad como Elveside y le resultó incluso irónico que fuera alguien tan callejero y demente como Alex Trailaway quien pareciera entender la importancia de ser feliz. Quizás había que estar loco para hallar la felicidad en aquella ciudad.
—Bueno… —Se balanceó sobre sus pies mientras se llevaba las manos a la espalda—. ¿Sobre qué hora acabarás? No me importa esperar.
Entonces fue ella quien le dedicó una sonrisa.
—Julie… Julie —oyó como alguien la llamaba y le sacudía el brazo.
Con un gran bostezo, abrió los ojos al desperezarse como un gato. La habitación estaba llena de luz y tuvo que pestañear varias veces antes de que su vista se enfocara del todo.
—¿Qué pasa, capitán? ¿Está bien el viej… oh?
Unos ojos grises la miraban curiosos desde la cama y la joven sintió que su cara enrojecía al instante. Como si le hubiesen echado encima un jarro de agua fría, se levantó de un salto atusándose el pelo y la ropa.
—Oh, me alegro de verlo despierto, señor Harris. Soy…
—Una jovencita muy curiosa, sin duda.
El anciano parecía amable, pero a ella no se le escapó cómo entrecerró los ojos por un momento para evaluarla. Dispuesta a pasar la prueba, aceptó el reto y se recompuso. Con pasos confiados, se acercó a la cama del convaleciente y le dedicó una sonrisa desafiante.
—Disculpe mi aspecto. Su caso lleva impidiéndome dormir bien desde hace semanas. Mi nombre es Juliette Libston y soy asesora del Cuerpo de Policía de Elveside.
—Un placer, señorita Libston. ¿No es algo joven para encargarse de casos como este?
Su voz era áspera y estaba impregnada de prepotencia. No iba a llevarse bien con aquel anciano.
—¿No es usted algo mayor para seguir jugando a los delincuentes? —contraatacó la joven.
—Descarada y mordaz. Sin duda una fiera con cara de ángel. Algo peligroso, ¿no cree, jefe Johnson?
—Bueno, mi equipo debe estar a la altura. ¿No le parece? —Eriol no pensaba jugar a aquel juego, aunque el comentario no detuvo la lengua del anciano.
—Conozco a las personas como usted, demasiado brillantes para su propio bien. Aves fénix que no pueden ser enjauladas y que siempre buscan nuevos retos. Por desgracia, necesitan problemas para renacer. Y eso no se encuentra en el lado de la ley —explicó Harris con provocación.
La joven sintió la ira recorrer todo su cuerpo al escucharlo, como si una corriente eléctrica le atravesase las venas, y tuvo que apretar los puños para no lanzarse hacia el anciano que intentaba retarlos.
No pensaba darle la razón.
—Las personas como yo —respondió ella— nos sentimos mejor encerrando a los tipos como usted.
—Basta —se apresuró a intervenir Eriol para evitar una discusión mayor—. Es su vida la que está en peligro, no la nuestra. Aproveche el tiempo que corre en su contra, amigo. Quizás quiera explicarnos qué relación tiene con esto.
Eriol puso delante la fotografía y el recorte haciendo que la sorpresa inundase los rasgos de Harris.
—¿Sabe? Este de aquí se parece a usted —comentó Juliette bajo la mirada que le lanzó Eriol. Era momento para la policía.
—¿Ahora es delito sacarse una foto con amigos?
«Mala elección», pensó Juliette. Lo creyó más inteligente y sagaz. Aquella postura de indiferencia no beneficiaba a nadie de aquella habitación, y menos aún a Harris.
—Por supuesto que no, pero cuando tres integrantes han sido asesinados por un cuarto miembro, uno no puede evitar hacerse preguntas.
—Dado que ese cuarto es un criminal que creíamos muerto, en realidad no hay ninguna sospecha. ¿Quién creen que me atacó? —alzó la voz con enfado.
—Sin duda sabemos que Eden va tras usted, pero ¿se le ocurre por qué? —Eriol cuestionaba cada palabra de aquel viejo criminal. Harris, por el contrario, solo podía creer que su vida dependía de aquel hombre y de la joven que le acompañaba, aunque él ya se sentía condenado y no deseaba ensuciar aún más su memoria.
—No tengo ni idea.
—Claro. ¿Por qué alguien iría asesinando a los miembros de su antigua banda? —se burló el policía mientras le tendía una trampa.
—Está mal de la cabeza. Siempre lo estuvo.
—Entonces, lo admite. ¿Formaba parte de Casiopea?
—Yo no he dicho eso.
El hombre se dio cuenta de su error e intentó repararlo, pero ya no había solución.
Eriol no pensaba marcharse de allí sin una confesión.
Juliette tampoco.
—Sin embargo, no lo ha negado. ¿Qué tal si nos dejamos de mentiras? Pongamos todas nuestras cartas sobre la mesa, porque solo cuando aclaremos esto podremos asegurarnos de que no llega a usted de nuevo.
—Quiero un abogado.
—Por supuesto, llamaremos a su abogado y, para que hablen más tranquilos, retiraré a todos mis agentes del edificio. A todos sin excepción.
Juliette admiraba la versión más policial de Eriol. Solo él conseguía que un maldito viejo orgulloso desembuchara de aquella manera. Aún tenía mucho que aprender de él.
Tras unos minutos en silencio, el anciano suspiró y asintió.
—Está bien, nada de abogados. Pero tengo condiciones.
—Pues claro que las tiene —se le escapó a Juliette, y el hombre le dirigió una sonrisa torcida.
—No iré a la cárcel por esos crímenes. Mi nombre no saldrá en la prensa. Y me protegerán hasta que atrapen a ese bastardo.
—Me parece razonable —intervino la joven antes de que Eriol negase algunos de los requisitos. Él le permitió continuar—. Pero si vuelve a involucrarse en algo, no habrá condiciones.
—No se preocupe, me retiré hace décadas.
—Más le vale —gruñó Eriol.
—Bien, ¿qué quieren saber?
La actitud del anciano cambió por completo y, si no hubiese estado presente minutos antes, ella misma se habría tragado esa fachada de abuelo agradable dispuesto a colaborar en lo que pudiera.
—¿Fue miembro de Casiopea? ¿Sabía que Robert Eden estaba vivo? ¿Por qué va tras ustedes? —el capitán disparó todas las dudas que le habían acechado durante los últimos días sin esperar respuesta.
—Pensé que lo primero estaba claro: sí, fui integrante del grupo Casiopea, y por desgracia no sabía que ese traidor aún vivía. De lo contrario, créame que habríamos hecho algo al respecto.
—¿Quiénes?
—El equipo, claro está. Thomas Clancy, Lucas Márquez, mi hermano Steve y yo. Y aunque ya no estemos para cacerías, seguimos teniendo viejos contactos dispuestos a pagar más de un favor. Quizás Clancy y Márquez no hubiesen participado. Al fin y al cabo, lo último que supe de ellos era que habían rehecho sus vidas y no querían saber nada del pasado. Supongo que el tiempo nos cambia a todos —reflexionó—. Aunque no de la misma manera.
—¿Por qué lo dejaron? Estaban en su mejor momento y de repente atraparon a su jefe durante un golpe en solitario —Juliette no pudo evitar interrumpir—. ¿Qué ocurrió en el seno de la banda?
—Ambas preguntas tienen la misma respuesta. ¿Sé por qué nos está dando caza el viejo Bob? Sí, se me ocurre una razón. La misma por la que se disolvió el grupo. ¿Quieren saber mi teoría? Probablemente esté enfadado porque por nuestra culpa le atraparon. —Mostró una sonrisa de satisfacción que ambos quisieron borrarle del rostro—. No me miren así. El muy idiota se lo buscó. Nos atrajo a su lado con promesas de riqueza, de hacernos dueños de nuestro propio destino, de la gloria que nos merecíamos… y de repente decidió rajarse y aceptar un encargo en solitario. Un encargo por el que recibiría más dinero del que nunca habíamos visto. No nos gustó la idea de que se quedase con el botín él solo. Y cuando dijo que después de eso se retiraría… Bueno, comprenderán que no podíamos dejarlo así. Él era el líder de la banda, quien había planeado todos los golpes, y pensaba comprarse una nueva vida y dejarnos a nosotros en el punto de mira de toda la policía. ¿Y si los remordimientos le llevaron a cambiar su inocencia por nuestros nombres con los maderos de esta ciudad?
»Fuimos indulgentes. Podríamos haberlo matado, pero, a diferencia de él, nosotros sí pensábamos en el grupo, en la familia que habíamos formado. Nos criamos juntos, nuestras esposas eran amigas y vecinas, incluso nuestros hijos habían sido compañeros de colegio. Así que contratamos a alguien para que diese el chivatazo. Le entregamos pruebas suficientes para asegurarnos que no volvía a salir nunca a la calle.
»Después de la condena a cadena perpetua, los hijos de una de las víctimas lucharon para que reabrieran el caso. Así dieron con todos los trabajos que Bobby hizo sin contar con nosotros. Aquello le supuso la sentencia a muerte. No pude estar más de acuerdo con el juez.
A Juliette le horrorizó la confesión. Pensó en lo mal que debió pasarlo Leonor y cómo aquel hombre parecía regodearse mientras contaba su victoria sobre su exjefe. Ni siquiera el hecho de que muriese parecía afectarle.
—Esa misma reacción tuve yo, querida. No soy tan cruel, créeme. Incluso después de su traición apreciaba a ese bastardo. Había sido el último en entrar en la banda, a causa de mi juventud, y el bueno de Bobby nunca me dejó ensuciarme demasiado las manos. «Alguien debe seguir teniendo el alma intacta, muchacho», solía decirme. Pero a quien vi en mi apartamento no era nuestro Bob. Como he dicho, la gente cambia y algunos dejan de ser personas para ser criminales, sí, pero otros se convierten en monstruos.
Le costaba pensar que el anciano no formase parte de los grandes golpes. Si el bueno de los cinco era así, se alegraba de no haber tenido que interrogar a los otros. Los remordimientos la abordaron en cuanto ese pensamiento estalló en su mente. No debía regocijarse por la muerte de alguien. Incluso si eran asesinos tenían familia y deberían haber sido juzgados, pero Bob Eden lo había impedido. Había decidido ser fiscal, juez y verdugo y nadie, aún menos alguien de su calaña, podía tomar esa decisión.
—El bueno de Bob se fue a dormir y no volvió a despertar —continuó Harris—. Su mujer, pese al dolor, lo llevó todo con una calma asombrosa. Se ocupó ella misma de todo el papeleo, de vender lo que hizo falta y cuidar de su hijo. Incluso volvió a trabajar como maestra. Aunque algo cambió. Se hizo más fría. Creo que dudaba de nosotros, porque cortó lazos con mi hermano y conmigo. Nos dolió bastante. Nos preocupábamos por ella. A fin de cuentas, éramos responsables. Por esa razón le ofrecimos nuestra ayuda varias veces, pero se negó en redondo. Siempre fue una mujer muy orgullosa y decidió sacar a flote a su familia sin ayuda de nadie. No me extraña que lo consiguiese.
Por primera vez vio una emoción sincera en el rostro del hombre: inmerso en sus recuerdos, sus labios se torcieron en una sonrisa de cariño hacia Leonor.
—Pero no estaba muerto —señaló Juliette.
—En efecto. No lo estaba, y yo no lo supe hasta hace un par de semanas.
—¿Cómo? ¿Quién se lo dijo? —preguntó Eriol.
—Mi hermano. Días antes de morir. —Cerró los ojos por un momento y cuando los abrió el dolor marcaba su mirada—. Al parecer, Diane le había llamado contándole que Thomas, su marido, y Lucas habían sido asesinados por un hombre con el aspecto de Bob. A partir de ahí, fue sencillo. Steve movió sus hilos y se enteró de los avances que se producían en el caso. Cuando un agente confirmó que el responsable era Robert Eden no nos cupo duda de que nos estaba cazando.
—¡Eso no es cierto! —Eriol se levantó de un salto y su silla se estrelló contra el suelo—. No hay topos entre mis agentes.
—Le sorprendería la cantidad de policías que van a tomar una copa después del trabajo, jefe Johnson. No se ofenda, pero con un par de copas de más, incluso Judas habría cantado el acuerdo de las treinta monedas. Se oyen muchas cosas en ese bar… The Raven.
Juliette frecuentaba ese pub durante sus primeros meses en la comisaría. Su proximidad y su ambiente tranquilo hacían de él un lugar perfecto donde despejarse cuando el estrés y la crudeza de los casos le pasaba factura. Ella misma había sido testigo de cómo sus compañeros comentaban sin ninguna discreción detalles sobre los casos con el siempre atento camarero.
—Entonces, ¿cree que el señor Eden volverá a por usted? —quiso saber la joven para tratar de volver a la conversación.
—Sin lugar a duda, nunca deja un trabajo a medias. Puede que esto sea algo personal, aunque Bob siempre se ha dejado guiar por su cabeza. Contemplará todas las opciones y actuará en cuanto lo vea claro.
—No parece preocupado —comentó incrédula.
—Señorita, le aseguro que lo estoy. Pero, cuando llegas a mi edad, hay cosas más importantes en las que pensar, como mi familia o mis amigos. Colaboraré en todo lo que necesiten para volver a encerrarlo. Por el Bob que conocí —pese a la frialdad de su voz, un fuego parecía arder en los ojos del anciano.
—Tenemos un plan, ¿verdad, Eriol? —sonrió mordaz al ceder el testigo a su amigo, quien parecía más recompuesto.
—En efecto, lo tenemos.
—¿Y bien? ¿Un piso franco? ¿Una nueva identidad? ¿Patrullas alrededor de casa?
—Señor Harris, ¿le gusta pescar? —cuestionó Juliette
—¿Pescar? —Su ceño se frunció—. Oh, no. No, me niego.
—Eric Harris, le informo de que vamos a usarlo como cebo —aclaró Eriol.
5
Convencer al anciano para que participase en su plan fue una tarea bastante ardua, pero después de un par de horas habían logrado dejarlo sin argumentos. Al desconocer la ubicación del escondite de Robert, esta era la única opción para atraparlo antes de su próximo asesinato. Sospechaba que la tentativa de participar en la captura de un criminal tan buscado había contribuido a que aceptase, porque pronto estuvo compartiendo información sobre su antiguo jefe. La chica se había dado cuenta de que, aunque durante los años con Casiopea se le excluyó de ciertas acciones a causa de su juventud, el anciano conocía bien a los suyos.
A regañadientes, Eriol había aceptado el consejo tanto de Harris como de Juliette para ocultar la treta al resto del cuerpo. No tenían tiempo de descubrir quiénes eran los bocazas, así que sería mejor partir de la premisa de que todos podían ser culpables. La joven incluso sugirió que corriera el rumor de que la vigilancia en el hospital sería mínima.
Todo pareció funcionar, porque Will acudió para asegurarse de que les había entendido bien, incapaz de creerse que fueran a dejar sin apenas vigilancia al único testigo del caso.
Por otro lado, Juliette se vio obligada a esperar en The Raven, el bar de los rumores policiales. Discutió con Eriol sobre el destartalado teatro del cebo. Ella quería permanecer en alguna parte del hospital y él tenía claro que debía alejarse allí.
—¿Es que no puedes simplemente obedecer? —le dijo Eriol antes de marcharse—. Te estás comportando como una niña orgullosa. Quizás no debería haberte dejado volver tan pronto.
Había intentado explicarle que su empeño por estar allí no se debía a otro motivo que ellos. Lo hacía por ellos, por sus compañeros del Cuerpo de Policía. Bob Eden era capaz de cualquier cosa, y no se perdonaría que algún agente sufriera durante la ejecución de aquella locura de plan si ella podía haberlo evitado. Ellos tenían armas y todo tipo de preparación, pero Juliette disponía de la capacidad para conocer a las personas como nadie las conocería jamás. Y Eriol no quiso escucharla.
—Te recuerdo que la última vez fastidiaste toda tu vida por un simple capricho —comentó el capitán al acompañarla en coche.
Un escalofrío se apoderó de su cuerpo al oír aquella palabra. «Capricho». Así había llamado a Alec. Pese a todo lo que le había contado, Eriol Johnson seguía pensando que Juliette había arrojado su futuro por el desagüe a causa de un simple cuelgue. Por mera atracción o por haber sido esclava de sus emociones. Cuando, en realidad, ella se obsesionó con aquello porque supo ver la inocencia en sus ojos. No hubo asesinato, sino defensa propia. Por esa razón presentó aquellas pruebas a Eriol y se afanó en que todos vieran que Alec no era un maldito asesino. A nadie le importó. Con el chico muerto, ¿qué más daba si solo se defendía o realmente mataba? Si ella había vuelto a trabajar en la comisaría fue porque al final Eriol la escuchó, aunque fuese demasiado tarde. Pero la creyó, o eso pensaba hasta aquel momento.
Con un suspiro, volvió a tomar un trago de la cerveza mientras esperaba noticias.
—¿Tú qué crees, Julie? —la voz de Will la sacó de sus pensamientos.
—Perdona, ¿qué decíais? —preguntó para entrar en la conversación.
—Sobre los incendios. Ha habido varios en los últimos seis meses, en edificios abandonados, sin ocupantes y sin nada de valor. Lo interesante es que no se ha encontrado origen alguno para el fuego. Todo indica que se produjeron de manera espontánea en los propios objetos. Pero no hay nada. ¿Crees que nos encontramos ante un extraño pirómano?
—Eso es algo obvio. Si sigue además el mismo procedimiento, supongo que habréis determinado que se trata de la misma persona. Lo que me preocupa es la razón en sí.
Había oído a los agentes comentar el incremento en casos de incendios durante los días anteriores en la comisaría, pero Eden la mantuvo demasiado ocupada para pensar siquiera en ello.
—Podría tratarse de algún explosivo que al prenderse se lleve todo rastro, aunque dudo que exista semejante producto que no deje vestigio alguno de su combustión.
—Lo curioso es que se produzcan en edificios abandonados. ¿Por qué alguien haría eso? Podría tratarse de jóvenes desatados, pero no en lugares tan distantes de la ciudad. Eriol mencionó algo sobre una casa en llamas cerca del centro.
—Comenzó con varios vehículos que no relacionamos hasta más tarde. Le siguieron dos naves en el puerto, ambas vacías. Al parecer pertenecieron al ejército. Luego fue una casa en la avenida St. John y ayer un edificio en la periferia —explicó Will con entusiasmo.
Juliette siempre había tenido una buena opinión del chico. Solo él se involucraba tanto como ella en los casos, disfrutaba de su profesión. Que Eriol pensara en ascenderle a sargento de policía no era ninguna sorpresa.
—¿Y si están probando algo? —sugirió Juliette—. No habéis dado con el origen de las llamas ni producto alguno, acelerante o detonación… Puede que se trate de ciertos experimentos. Si lo analizara como periodista, pensaría en la industria química o quizás en una nueva arma. Tú mismo has dicho que los almacenes del puerto pertenecieron al ejército.
—No es una idea descabellada. La velocidad a la que se expande es increíble, y parece controlado, pues nunca se extiende fuera del recinto o del edificio…
Un fuerte golpe en la mesa ahogó la voz de su amigo y ambos se volvieron para ver a un Héctor ya ebrio.
—Bueno, tortolitos, dejemos el trabajo, por favor. —Les guiñó un ojo mientras se sentaba en el otro extremo—. ¡Bastante hemos tenido con lo de esta tarde!
—¿A qué te refieres? —Juliette alzó la voz, para que los oídos indicados escucharan con claridad.
—A todo. ¿Un hombre regresa de entre los muertos y se pone a matar a diestro y siniestro? Parece una película de zombis.
—Pero eso no es culpa de Eriol, no tiene nada que ver con él.
—Claro que no, pero lo de hoy ya ha sido de locos.
Sintió la mirada crítica de Will, quien estaba perdido con la nueva actitud de la joven.

—El teléfono de Juliette vibró. Con discreción, le echó un vistazo. —Eriol tendrá sus motivos —Juliette sabía qué botones pulsar para hacer funcionar la máquina de los rumores.
—¿Dejar a un testigo sin protección? ¿En el St. Claire? ¡Ese hospital no está a un paso de la comisaría! Ha puesto una diana en la frente de ese anciano.
Will no era como los demás. Conocía bien a sus compañeros y a Juliette. Supo ver la dirección que llevaba aquella charla y se sumó al engaño.
—¿Qué más da? —dijo al alzar la copa—. Tú misma me has contado que os ha tratado a puntapiés. No creo que ese viejo merezca otra cosa.
—Vaya, el bueno de Will mandando al traste todo —comentó Héctor.
—No quiero que el viejo muera a manos de ese monstruo resucitado —añadió—, pero hemos intentado ayudarle y él niega todo apoyo porque somos maderos.
—Quizás no sea lo correcto, pero es lo que Harris se ha ganado —terminó Héctor con la discusión.
—Es una lástima —opinó Juliette—. Espero que Eriol sepa lo que hace.
Will sonrió a la joven y ella le devolvió la sonrisa.El sedal no debería tardar en sacudirse.
Nada sucedió esa noche. Tampoco las dos siguientes. Quizás las noticias no habían llegado al criminal, o se había olvidado de su viejo amigo. Cuando pasó una semana, hasta Juliette se rindió. Eric Harris podría recibir el alta hospitalaria y tendría que volver a casa, algo a lo que él se negaba por completo. El anciano exigía protección y, en realidad, merecía ser protegido. La comisaría parecía un hervidero, pues algunos criticaban la actitud de Harris hacia la policía y otros defendían su inocencia en el caso Eden, como le ocurría a Juliette. De cualquier manera, el abogado de Harris los puso contra las cuerdas y se vieron obligados a solicitar su ingreso en el programa de testigos. El fiscal no tardó en aceptar la petición. En tan solo unos días, el caso de Robert Eden se había enfriado, prácticamente perdido, y se habían quedado sin su única herramienta para poder detenerle, o al menos encontrarle.
El fracaso policial fue para Juliette algo personal. Sintió que había fallado a Leonor y a sus propios compañeros armados. Sus artículos en el periódico se volvieron melancólicos y desprovistos de ánimo alguno. Incluso Jack se preocupó por ella cuando leyó aquel fragmento:
[…] Está claro que no somos dueños de nada: ni de nuestro destino, ni de nuestros sueños. ¿Por qué esforzarnos? ¿Por qué amargarnos? Si algo tiene que pasar, entonces lo hará, independientemente de si actuamos o no. Esta actitud es un mal que invade nuestra ciudad, la razón de sufrir uno de los mayores índices de criminalidad del país. Lo arreglamos con pensar que no es nuestro problema. No ayudamos en nada si no nos afecta. Hasta que lo hace, y entonces clamamos al cielo, nos quejamos y hablamos de la incompetencia de nuestros agentes, de las leyes, de los políticos… pero los responsables somos nosotros. Hoy se ha absuelto a Jeremy Gordon, un pez gordo del tráfico de armas en nuestra ciudad. ¿La causa? Los testigos se echaron atrás. Nadie dice nada, y así, contribuimos a que Elveside sea un lugar más peligroso para nuestros hijos, padres, ancianos… Para todos.
Su jefe la obligó a releer sus columnas de todo el mes e incluso ella se dio cuenta de que parecía haber dado un paso atrás desde que regresó. Eso la abrumó y decidió ponerle fin.
Había llegado el momento de seguir adelante, y nada mejor para hacerlo que trabajar en otro caso y calor familiar. Como decía su abuela sobre la lotería: la suerte es para los desdichados. Si aquello era cierto, Juliette no dispondría de suerte con el caso Eden, pero era afortunada en la vida. Aunque ella no lo supiera.
Decidió dos cosas entonces, y ambas fueron mediante una llamada. Primero telefoneó a su madre para tomar un café con ella y su abuela en The Green Garden aquella tarde. La segunda llamada fue a Will. Le pidió que la pusiera al día sobre los incendios de la ciudad. Unos minutos después ya tenía la tarde planeada y un nuevo caso en el que centrar toda su atención.
Antes del encuentro familiar, su visita sería a la biblioteca, donde sabía que la esperaba una Agnes dura de pelear. Los primeros pasos de la investigación del Pirómano de Elveside, como ya lo llamaban en las noticias, los había realizado a través de internet, pero los planos de las localizaciones de los incendios eran antiguos e incompletos, y solo Agnes podría proporcionarle tal información actualizada a través de la base de datos de información geográfica urbana. La confidencialidad de determinadas zonas y una bibliotecaria estrictamente reglamentaria le provocarían dolor de cabeza, pero no había otro modo si pretendía hallar algún tipo de patrón o comportamiento en los objetivos del extraño pirómano. Además, Juliette amaba visitar la biblioteca.
—Sé lo mucho que quieres verlos, Juliette —dijo Agnes. Su voz pretendía ser conciliadora, aunque tenía el efecto contrario en la joven—, pero no puedo darte acceso. Estos procedimientos requieren tiempo y permisos. Piensa que son bienes de incalculable valor histórico para la ciudad y tú te niegas a seguir los protocolos legales. Ni siquiera me has dejado consultarlo con el director de los archivos.
—Es que es para una investigación. Requiere confidencialidad —lo había repetido ya tantas veces que no entendía cómo la mujer aún seguía insistiendo.
—Pues trae una orden. Estoy segura de que no te será complicado. Trabajas con la policía.
—Ni siquiera voy a sacarlos de aquí, Agnes. Te prometo que serán unos minutos.
—No es no, jovencita.
—Media hora. Lo juro. —Esto hizo poner los ojos en blanco a la bibliotecaria que ya ni siquiera se molestó en contestarle—. Por favor, Agnes.
Un suspiro exasperado salió de los labios de la mujer, que se volvió con enfado.
—¿De verdad esto es tan importante para ti?
—Lo es, créeme.
Se esforzó en expresar con una mirada triste la envergadura de aquella necesidad.
Agnes siempre había sentido debilidad por su pequeño ratón de biblioteca, como siempre la llamaba, y Juliette iba a explotar todos sus encantos.
—Te doy diez minutos. Nada de trampas.
El grito que dejó escapar la chica hizo que varios estudiantes le dedicasen miradas de desaprobación e incluso algún insulto. Algo avergonzada, murmuró una disculpa mientras Agnes contenía una carcajada. Sacó los planos del archivo y Juliette los sostuvo como si fuesen de cristal.
—Cuídalos, ratoncito.
—Je prends soin, tante Agnes.
Sabía que con ese apelativo se la ganaría. Así conseguía acceder a la sección de terror cuando era pequeña.
Sin dudarlo un instante, se dirigió a la sección de Historia, que limitaba con las de Biología y Religión, un rincón perfecto donde nadie solía adentrarse y en el que podría actuar lejos de cualquier mirada.
Juntó dos mesas para desplegar ambos planos. El primero de ellos mostraba la red de alcantarillado y, aunque le sacó una foto por si acaso, lo descartó enseguida. Era el otro el que le interesaba: donde aparecían terrenos y calles al detalle. Fotografió a conciencia cada sección del plano. Le servirían para construir su propio puzle de la ciudad encajando las diversas imágenes.
—¡Listo! Ahora sí puedo trabajar en condiciones —bromeó para sí misma.
Antes de volver a enrollarlos, marcó mentalmente la localización de los incendios. Ventajas de poseer una memoria fotográfica. Al seguir el orden en que se produjeron, pudo advertir que el pirómano se aproximaba con cada acto hacia el centro de Elveside desde el oeste, algo que llamó su atención, pero no hizo saltar las alarmas en su cabeza. La policía también lo habría visto. También se fijó en el plan cultural del Ayuntamiento, con el que habían cambiado nombres a parques y plazas otorgándoles connotaciones literarias. Pero Elveside continuaba siendo la misma ratonera para delincuentes y tramposos.
«Aunque la mona se vista de seda…», pensó.
Observó, por la distancia entre los lugares calcinados, que el próximo golpe podría encontrarse en un par de calles del centro con edificios de la administración, aunque tampoco se le habría escapado a la policía. Aun así, pensaba hablar con Eriol aquella misma noche.
El sonido de pasos contra el mármol se hizo eco por toda la biblioteca. El tiempo se había acabado para la fisgona. Retiró los materiales de la mesa para no recibir una reprimenda de Agnes Einberg, quien se asomó cuando se encontraba guardando el último de los planos.
—¿Ya has acabado? Pensé que tendría que despegarte de ellos con una espátula —bromeó la mujer mayor.
—Yo siempre cumplo mis promesas, tante Agnes.
La anciana sonrió con cariño mientras comprobaba que estuviera todo en orden.
—Ratoncito manipulador.
Con un abrazo, le dio las gracias y se despidió de la bibliotecaria. Había quedado con su madre y la abuela Élise a tomar café con la promesa de un trozo de tarta Sacher.
Salió del edificio risueña, como siempre. Al guardar la cámara en el bolso tropezó en las escaleras. Por suerte, alguien que entraba pudo sostenerla para no caer al suelo. Juliette no quiso mirar a su salvador. La vergüenza solo le permitió dar las gracias y seguir adelante. Si se hubiese detenido, habría presenciado la expresión de espanto que aquella persona le dirigía.
The Green Garden era la cafetería favorita de Juliette. No si alguien buscaba un café fuerte, eso estaba claro. Sin embargo, era el lugar perfecto para charlar con tranquilidad. Las paredes de espejo del interior y las sofisticadas lámparas le otorgaban cierto aire parisino, pero donde residía la magia era sin lugar a duda en la terraza. Como el nombre indicaba, se trataba de un jardín donde abundaba la vegetación: una alfombra de verde grama, tan solo salpicada por un camino de piedras grisáceas que llevaban hasta un pequeño estanque con una graciosa cascada, lo cubría todo. Enredaderas colgaban de las paredes hasta el suelo y pequeños arbustos de flores azules y blancas ocupaban los rincones. Las mesas se distribuían sobre una plataforma desde donde apreciar el maravilloso jardín botánico interior y salvaguardadas por una barandilla de forja en forma de ramas y hojas.
Sorteó a los clientes hasta que vio a su madre y a su abuela charlando en la mesa de siempre. El mundo era un lugar menos trágico cuando su abuela sonreía. Tenía ese porte orgulloso que la hacía admirarla, pero también una expresión cariñosa que reservaba para aquellos a quienes amaba. Se levantó para recibirla y ahí, rodeada de ese jardín de ensueño, le pareció estar frente a la misma reina Titania de Sueño de una noche de verano.
El cálido abrazo borró las preocupaciones de la mente de Juliette.
—Ça va, ma petite libellule? —preguntó una vez la dejó ir.
—Très bien, mamie —sonrió al abrazar a su madre—. Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Tarde productiva?
—Eso espero. —Había ocasiones en que tenía ese sexto sentido propio de las madres—. ¿Qué me ha delatado?
—El pelo. Parece que no le hubieses cepillado en días.
Tenía la costumbre de recogerse el pelo cuando trabajaba y soltarlo tan pronto como acababa.
Mientras se ponían al día, Juliette no pudo evitar fijarse en el contraste entre ella y sus referentes consanguíneos. Tanto su madre como la abuela tenían unos ojos azules que tendían a violeta cuando les daba la luz. Aunque compartía la melena lisa de color chocolate repleta de suaves reflejos de un tono miel, ella había heredado los ojos marrones de su padre. Pero la diferencia más extrema era a la hora de vestir. Mientras que las mujeres a su lado se sentían cómodas con sendos vestidos y un cuidado maquillaje, Juliette no cambiaría unos vaqueros y un jersey por nada, sobre todo su jersey gris de amplio cuello vuelto. Deseaba tener fuerzas para acicalarse como su madre por las mañanas, algo que no iba a ocurrir jamás.
—¿En qué estás trabajando ahora?
Su madre, adicta a las series policíacas, siempre aprovechaba para conocer un poco más de su trabajo. Antes de empezar a colaborar con la policía tuvo que sentarse a su lado tarde tras tarde para empaparse de Ley y orden que, según su madre, era de obligado visionado para estar correctamente preparada.
—Estoy liada con el extraño caso del pirómano de Elveside.
—Oh, cuenta, cuenta.
Rachel Libston no pensaba perder aquella oportunidad. Juliette era consciente de que su habitual insana curiosidad le venía de ella.
—No puedo decir nada, mamá. Ya sabes que trabajo con información clasificada y a ti te encanta cotillear.
—¡Eso no es cierto! —su madre hizo un mohín—. ¿A que no, mamá?
—En esta ocasión estoy con mi nieta.
—Para variar —susurró al cruzar los brazos.
La charla continuó durante el café y los bollos. El aroma a moca y el perfume que emanaba del jardín era lo que hacía de The Green Garden un lugar único. Aunque nada duraba eternamente, y la tarde se vio interrumpida por el dichoso tono del teléfono. Se disculpó antes de atender la llamada de Eriol y se apartó para hablar.
—Julie —respondió con voz cansada—. Disculpa que te moleste.
—Tú nunca molestas. De hecho, iba a llamarte esta noche.
—¿Con una proposición indecente?
El comentario logró sacar una carcajada a la chica. Hacía mucho que Eriol no traía a la mesa el enamoramiento que tuvo durante sus primeros meses de novata.
—Muy indecente: pizza y conspiraciones. ¿Qué te parece?
—Doblemente delicioso. —Aunque no podía verlo, sabía que estaba sonriendo—. Sin embargo, vamos a tener que dejarlo para otro día.
—Pero…
—Escucha, Eric Harris quiere verte antes de desaparecer para siempre de nuestras vidas.
—¿A mí? Si ni siquiera nos soportamos.
—Eso pensaba yo, aunque parece ser que eres, y cito textualmente, «la única con agallas suficientes para ocuparse de este caso». Puede que sea uno de sus caprichos, vete tú a saber… Lo único que me importa es lo que pueda decirte.
—Sí, lo entiendo. No podemos perder una oportunidad así. Aunque pensé que el caso había sido archivado.
—Y lo estará desde mañana si ese anciano grosero no nos dice algo para continuar.
—Tenía la certeza de que le habíamos sacado todo —comentó Juliette—. Quizás mi instinto se haya atrofiado con el retiro…
—No te preocupes. Como decía mi padre, de nada sirve llorar por la leche derramada.
—En nada lo sabremos. Pillo un taxi y nos vemos allí.
Tras despedirse, pasó por la barra y se aseguró de pagar la cuenta de su mesa. Además, pidió que les llevaran un par de porciones de bizcocho de plátano. Garabateó una nota como disculpa y la incorporó a uno de los platos.
El viejo Harris, a quien llevaba un par de semanas sin ver, exigía hablar con ella.
«La única con agallas…», se repetía en el taxi.
Solo Alec la había alentado cada día de ese modo antes de ir a trabajar.
Sin pretenderlo, se vio inmersa en uno de sus recuerdos más preciados.
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