Read the book: «Soy mi deseo»

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© LOM ediciones Primera edición, julio 2019 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1196-1 eISBN: 9789560012630 RPI: 304.510 Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Y de nuevo para los “happy few”.

Algo sobre el deseo

La experiencia de leer a estos clásicos me ha hecho entender que para ellos el deseo es lo que organiza y dirige la vida hacia algo. Por eso el título. Los personajes de estas narraciones sienten deseos intensos, aspiran a subir en la escala social, conseguir ciertas posiciones de preeminencia y mucho dinero. Es raro que deseen otra cosa. También desean ser amados, pero habitualmente la elegida o es una noble o una burguesa de fortuna. A muy pocos les interesa cambiar la realidad política y social, a pesar de que muchos dicen no sentirse a gusto en el mundo en que viven. Pero su insatisfacción viene mayormente de no haber podido acceder a los fines más codiciados por la sociedad. Tan pronto llegan a enriquecerse, se convierten en otro de los muchos cooptados por el sistema. Son individualistas, hedonistas, buscan siempre su propio beneficio y muy excepcionalmente alguno se sacrifica por el bien de alguien. Entre estos casos raros se encuentran el coronel Chabert de Balzac y el Fouqué de Stendhal, dos personajes extraordinarios por infrecuentes. No asombra entonces que el temple en esta literatura sea habitualmente desilusionado, escéptico, cínico. La mayoría de los héroes no rechaza lo que la sociedad capitalista les vende como lo máximo, sin embargo padecen una suerte de esquizofrenia por desear lo que ellos mismos consideran despreciable. Un ejemplo de esto es el héroe de La piel de zapa, siempre descontento, deseándolo todo y al mismo tiempo sintiéndose indigno por apreciar tanta cosa vana. A veces cansan estos héroes mundanos, pero hay tanto nuestro en cada uno de ellos, que no podemos sino sentirlos cercanos y queridos a pesar de los dos siglos de distancia. Seguimos queriendo cosas equivalentes a las suyas e igualmente vanas. Las ganancias millonarias de los futbolistas los convierten en héroes y modelos para casi todos los jóvenes y aunque son de origen muy popular se casan con mujeres bellísimas y famosas, que sin duda creen encontrar en ellos lo que el sistema considera máximo. En medio de estas regularidades deseosas del XIX son bienvenidos los rebeldes de Zolá, pese a que no hay mucho de que alegrarse, porque o son desquiciados o ilusos o fracasados.

Por lo general aceptamos desear lo que la sociedad nos propone como valioso. Estos deseos nos dirigen dentro de una realidad que ya está dada por el mundo en que nacemos. Puede que el deseo mayor de los miembros de una comunidad sea el mismo, pero la manera concreta en que cada cual lo persigue es invariablemente diferente, por carácter, por clase social, por género, por la región en que se vive y muchos factores más que nos hacen individuales. Los personajes de nuestros cuatro autores desean diferentes cosas, dependiendo de la clase social, del género y de la región en que viven. Pero como casi todos ellos o son burgueses o nobles, el país siempre es Francia y la época siempre el XIX, la variación no es significativa.

Leo Bersani cree que los escritores realistas no quisieron poner nada valioso en sus héroes fuera de su resistencia contra la sociedad. Supone que habrían tenido un gran temor del deseo, al que habrían asimilado a una especie de cáncer que se propagaba por todo el organismo social. Si bien no estoy del todo de acuerdo con las reflexiones de Bersani sobre el deseo, coincido en que uno de los aspectos más señalados de los personajes de estas novelas realistas es su resistencia a lo que ahora entendemos como los comienzos del capitalismo. Y esa resistencia tiene explicación. A los franceses del XIX no podía dejarlos indiferentes el enorme cambio que significó la revolución industrial. La fabricación de artículos en serie, el acceso de las capas medias al consumo, modificaron poderosamente las vidas de los países industrializados. Hubo muchas mercancías para desear y el dinero se convirtió en el Dios de estos deseosos. Aunque la narrativa realista reaccionó contra esta codicia generalizada, empujó para el mismo lado con sus descripciones de las habitaciones suntuosas y lujos abundantes de los ricos. Algo parecido ocurrió con la «supuesta» democratización de la cultura, que puso al alcance de muchos libros a los que antes sólo tenía acceso una élite. La mayor parte de los escritores y pensadores reaccionaron negativamente frente a esta ilustración de las masas. Pero también valoraban que sus libros tuvieran difusión y fuesen leídos por una gran cantidad de personas. Estas ambigüedades de los narradores constituyen uno de los aspectos interesantes de esta literatura, y uno de nuestros objetivos en este ensayo será detectarlas y comentarlas.

Hoy, en nuestras sociedades se estimula frenéticamente el deseo adquisitivo, y no se toleran los deseos que atentan contra el buen funcionamiento del mercado. Tenemos libertad para elegir entre mercaderías equivalentes, pero todo lo que entorpece el flujo comercial está prohibido. Se admite la crítica, pero solamente si ella no daña los intereses y objetivos fundamentales del poder corporativo. Aquellos que se atreven a desafiar estos intereses son silenciados drásticamente, a veces con violencia extrema.

Si los héroes transgresores de Stendhal pagaron con su vida o con la exclusión no es porque a esa literatura, por un espíritu perverso, le complaciera castigarlos. En la realidad se castigó la disidencia erótica en Flaubert y en Baudelaire y también algunas posturas políticas de Zola. Algunos sostienen que este escritor no murió de muerte accidental y que su asfixia fue resultado de una maquinación cuidadosamente programada para castigarlo por su defensa de Alfred Dreyfus. No creo que exista diferencia entre los escarmientos que reciben los personajes y los que sufrieron varios escritores por denunciar injusticias del sistema. Siempre se ha castigado al disidente, ahora también. En la actualidad, pocos escritores contrarios a la ideología dominante obtienen reconocimientos importantes, y probablemente por eso hay muchos que no se atreven a tener posturas ideológicamente comprometidas.

Al mismo tiempo, hay en la narrativa del XIX una posición ambigua respecto de los objetivos más deseables. Algunos de los bienes que entonces se exaltaban son bastante semejantes a los que los medios de masa publicitan hoy; pero a diferencia de ahora, en que casi nadie cuestiona su validez, en el XIX tenían igual peso los valores románticos, que hoy día son socialmente risibles. Entonces había la posibilidad doble: se podía adherir a los valores mediomasivos, que positivizaban la tranquilidad de la vida familiar, la seguridad económica y la posesión de objetos, pero también se estimaban mucho los valores románticos como el heroísmo, el coraje, el individualismo, el valor del arte, el sentimiento enamorado. Esto originaba una ambigüedad que nosotros casi no conocemos hoy, y me parece que sin ella el mundo se ha aplanado.

Un aspecto muy interesante de estos personajes es que el deseo en ellos siempre está mediado o por otra persona o por estimaciones de clase o por alguno de los modelos que entonces se consideraban dignos de imitar1. René Girard afirmó que una de las mayores violencias sociales viene de este deseo imitativo, porque con frecuencia dos que desean lo mismo buscan destruirse. En El Rojo y el Negro la imitación del deseo es generalizada. Cuando conoce a Mathilde, Julien no se siente en absoluto atraído por ella, la compara con Louise y le parece demasiado rubia, demasiado blanca, sus ojos demasiado fríos. Pero contagiado por la seducción que ejerce Mathilde en los círculos aristocráticos de moda, comienza a sentirse atraído por esos grandes ojos azules que antes le parecían tan gélidos y por esa tez de nieve, que le disgustaba por su blancura excesiva. Algo similar le ocurre a Mathilde cuando Julien le provoca celos con madame de Fervacques y posteriormente con Louise. Desaparecen totalmente sus ambigüedades sentimentales cuando nota que a otras mujeres también les gusta.

Actualmente cualquier persona medianamente culta entiende que el deseo depende sustancialmente de la publicidad. Hoy su tarea es estimular el consumo, es decir inducir el deseo. Vestimos de acuerdo a la moda del momento, y deseamos comprar los objetos de marca para parecer que pertenecemos a un grupo «superior». Comemos lo que nos hacen desear por «bueno», nuestras vacaciones las tomamos en aquellos lugares a donde las agencias de viaje nos hacen querer volar. Elegimos como carreras profesionales aquellas que los medios nos hacen deseables por rentables o prestigiosas. Desearíamos que nuestros enamorados se asemejaran a los actores de cine más publicitados, etc, etc. Aunque las novelas que examinaremos pertenecen a otro tiempo, los deseos de sus héroes no son sustancialmente diferentes de los nuestros. Mi interés en este estudio no es examinar la mediación del deseo, sobre la que existen muchos estudios excelentes. Me importa la insatisfacción que viene del cumplimiento del deseo y la manera como en estas novelas se vincula este descontento con ciertas condiciones sociales y políticas. Siempre que el héroe alcanza un objetivo que le importaba mucho, advierte o que no valía la pena o que es simplemente el origen de otro deseo que reinicia el proceso de la interminable insatisfacción. La adquisición de objetos siempre desilusiona, porque el deseo invariablemente pide más. Solamente hay plenitud cuando se acepta la vaciedad de todo deseo y se admite que la satisfacción del objetivo es imposible.

Cesar Vallejo vio que lo que obtenemos al hacer una obra de arte es la conciencia de la dicha que da la acción junto con el reconocimiento de que nunca se puede alcanzar lo que se persigue. De allí que los grandes artistas se muestren insatisfechos de sus obras, y los sabios siempre terminen sabiendo que no saben, y los santos admitan que nunca podrán alcanzar la perfección por sí mismos. Sin embargo, cada uno de ellos siente la plenitud de su empeño y el duro placer del ejercicio del arte, del conocimiento, de la búsqueda de santidad. Esta plenitud no existe en el caso del deseo de objetos materiales.

Se puede decir que en esta narrativa el deseo es malo por tres razones. O porque el deseoso está totalmente equivocado sobre sus posibilidades, por ejemplo, pintar todo París en un solo cuadro (La obra, Zola), o pintar la obra absoluta (La obra maestra desconocida, Balzac), o porque después de la plenitud aspira a permanecer en ese estado, lo cual es imposible (Madame Bovary, Flaubert), o porque ningún deseo de los descritos en esa literatura tiene el valor absoluto que el deseoso le atribuye. Este valor es la promesa vana con que toda sociedad consigue mantener absortos a sus ciudadanos, condenados por eso a la permanente insatisfacción y al deseo siempre renovado. Ni el poder, ni el dinero, ni el reconocimiento de los demás, ni la posesión de las mujeres más codiciadas y bellas, ni ninguno de los objetivos que la sociedad ofrece como deseables puede verdaderamente satisfacer al deseoso. Y sin embargo, estos deseos son inevitables, son la presencia de nuestra gregariedad en cada uno de los momentos de la historia social. No cabe duda de que esta predisposición es la raíz del consumismo actual. Zola fue uno de los pensadores pioneros sobre el consumo. Se dio cuenta de que la satisfacción de los objetivos que la sociedad capitalista estima máximos no frena el deseo, sino que lo aumenta. Hoy el deseo de más, más, más, es utilizado por la máquina propagandista neoliberal.

Probablemente en ninguna novela del XIX se sienten más poderosamente los límites del deseo como en Madame Bovary. Se sostiene ahora que Flaubert nunca habría dicho «Madame Bovary c’est moi», como se dijo durante un tiempo. Pero supongamos que se comparó con Emma para mostrar que los dos habían conocido la plenitud del deseo erótico. Por el mismo tiempo en que escribió el pasaje en que Emma y Rodolphe copulan por primera vez, anotó en sus apuntes íntimos una experiencia casi mística, en que se sintió unido con todos los elementos del capítulo. Él fue entonces Rodolphe, él fue Emma y también los aspectos naturales que rodeaban a la pareja. Tras esta experiencia narrativa gozosa, quiso repetirla, pero en vez de plenitud hubo sequedad, escasez. Volvieron para quedarse los días en que permanecía hasta la madrugada buscando la palabra, la frase, el ritmo, la idea, el temple.

La experiencia mística de Flaubert, concomitante a su escritura, es similar a la experiencia estética de Emma, concomitante a su estado amoroso cuando tras una experiencia sexual dichosa ve filigranas de oro florentinas en una mancha de aceite sobre el agua. Se trata, en ambos casos, de acontecimientos inesperados y maravillosos que acompañan muy pocas veces a una actividad que no las tenía en vista. Flaubert quería escribir y Emma estar amando sexualmente. Que los dos hayan alcanzado experiencias transfiguradoras y excepcionales relativas a su deseo fue un regalo. Creemos que la diferencia entre Flaubert y su personaje es esencial. Flaubert siguió queriendo escribir por escribir, no por alcanzar experiencias místicas. Emma, en cambio, quería la repetición interminable de esos estados excepcionales. Lo triste que le pasó a Emma fue no haber tenido estas experiencias literarias amargas, pero deleitosas.

A Julien Sorel le ocurren dos veces estas experiencias excepcionales. En la primera se produce una concomitancia inesperada entre su temple triunfal después de haber transformado el ánimo patronal y crítico de De Renal en un aumento salarial importante, y su experiencia gloriosa en la montaña al ver el vuelo del águila. La segunda ocurre al final de la novela, cuando, concomitante de su completa aceptación de la muerte, experimenta la dicha. Esta última concomitancia es la superación definitiva de todas sus ambigüedades, temores y deseos.

A cualquiera que profundiza en el tema del deseo se le hace evidente su enorme complejidad. Está la vida diaria en que nos movemos impulsados por los valores sociales que nos hacen imitadores del deseo ajeno. Vivir consiste en perseguir objetivos, en desear lo que la sociedad nos ofrece como deseable: dinero, reputación, poder, objetos, condiciones de vida, amores, juventud permanente, etc. Y está el acontecimiento excepcional y hermosísimo de ocurrencias deslumbrantes que acompañan muy pocas veces al esfuerzo por cumplir esos deseos o a la alegría de haberlos satisfecho. Suele suceder que nos empeñemos en repetir estas experiencias, y deseemos la imposible repetición del acontecimiento excepcional. Si Julien intentara reproducir el gozo que sintió ante el vuelo del águila, jamás podría, ya que es imposible que se repita el conjunto de componentes que estimularon su dicha. El solo propósito consciente de obtener la repetición impide que se produzca, porque originalmente no fue producto de una intención.

Al lector atraído por la palabra «deseo» de nuestro título quiero advertirle que muy a menudo a lo largo de este libro se encontrará con exposiciones de ideas que no parecen tener relación con ese tema. Quiero advertirle que la comprensión del deseo en este trabajo es realmente muy amplia y necesita ocuparse de muchos temas que a primera vista parecen impertinentes. No lo son. Toda la vida humana y los caminos por donde se desarrolla está traspasada por el deseo. Se diría que todo libro resulta parte de lo mismo. En cierto sentido, desde nuestro punto de vista, eso es verdadero, pero la diferencia es que aquí gobierna todos los movimientos textuales. Cuando hablo de revoluciones, movimientos sociales, intrigas políticas, dinero, apunto siempre al mismo objetivo: el componente deseoso que está detrás de todas estas realidades. Otro tanto cuando me ocupo de temas que parecen puramente literarios, como por ejemplo, alguna reflexión sobre los epígrafes en Stendhal, o la voluntad de Flaubert de escribir sobre nada, o los enigmas del desarrollo de la piel de zapa o la estructura de alguna de las novelas. En todos estos casos, ruego al lector que no olvide mi propósito central: hacer manifiesto el deseo en las sociedades, en los textos, e incluso en los autores. Pienso que así la lectura le resultará ojalá más agradable o por lo menos, más interesante.2

El esfuerzo de escribir este libro me ha regalado la compañía de cuatro «personas» con las cuales me he relacionado con el gusto que da la lectura, aunque alguno de ellos quizá me hubiera desagradado en la vida real. Al mismo tiempo me ha servido de entrada en mundos que al principio creí absolutamente distintos del mío, pero luego me parecieron bastante semejantes. Esto también fue un disfrute, mayormente cognitivo, frente a la sentimentalidad del otro. Ojalá quienes se aventuren a leer los resultados de este esfuerzo compartan mi deleite en ambas experiencias, la cognitiva y la sentimental. Si consiguiera tan sólo estimular al lector a disentir cognitiva y sentimentalmente me daría por satisfecha. De todos modos estoy segura de que en ambos casos habríamos entrado todos en contacto con algunas de las mejores novelas de todos los tiempos. Aunque pueda parecer absurdo, me parece que estas cuatro novelas nos ayudan a entender la situación mundial en que nos encontramos hoy. Cada una, desde su perspectiva, describe los comienzos del capitalismo industrial. Flaubert identifica el enorme poder que tienen los medios de masas en la forma en que pensamos y soñamos. Stendhal prueba que nada en la vida humana es ajeno a la política, tampoco el amor. Balzac describe la desorientación de aquellos que viven en un mundo que sienten en decadencia y el pavor que suscita la mortalidad en tiempos oscuros. Y la novela de Zolá, aunque ciertamente no es un clásico, aborda el consumo y la idea de crecimiento permanente, dos temas de la mayor importancia en la actualidad.

No recuerdo quién dijo que escribía para saber lo que pensaba. A mí me pasa algo parecido. Me gusta lo que dice Anne Carson en Eros de Bittersweet: que el deleite de escribir se encuentra en estar pensando, entendiendo, sabiendo que no se sabe y no en el producto de todo este esfuerzo3. Es evidente que parte importante del placer reside en el esfuerzo, aunque muchas veces pudiera parecer lo contrario. Habitualmente se entiende la voluntad de poder nietzscheana como acumulativa; querer más, tener más, acumular más. Hay eso en Nietzsche, pero la marca que lleva ese deseo material insaciable nunca es positiva. La estimación positiva se encuentra en estar pudiendo, en estar conociendo, en estar sabiendo, en estar gozando, en estar creando. En ese caso la palabra poder no identifica una adquisición, no describe la consecución del deseo, sino el movimiento hacia. Desde allí se entiende que no da lo mismo desear un objeto material que desear la belleza como tal, el bien como tal, la verdad como tal.

1 Esta mediación ha sido ampliamente examinada por el brillante ensayista René Girard y no tengo nada que agregar a sus conclusiones, que comparto plenamente.

2 Para no salirme del tema central, mucho de lo que en un principio fue parte del texto lo puse finalmente en notas bibliográficas. Es verdad que de esta manera también nos vemos obligados a abandonar el texto, pero somos libres de hacerlo. En estas notas hay mucho material interesante, debo grandes alegrías a los críticos y me gustaría compartirlas con ustedes. No todo lo que leí lo cité, a veces porque no venía al caso, otras porque la metodología era muy diferente.

3 Anne Carson, Eros the Bittersweet. New Jersey: Princeton University Press, 1986.

Stendhal: Deseo ser noble y morir como tal
a. Algo sobre el contexto político de El Rojo y el Negro4

El trasfondo político de esta novela es la Revolución de Julio de 1830, cuando en París se levantaron 6000 barricadas y Carlos X se vio obligado a abdicar en favor de Luis Felipe de Orleans. Las barricadas se convirtieron en una eficacísima estrategia de combate urbano recién a partir de 1830, antes fueron utilizadas, pero nunca de manera tan masiva. Las calles estrechas de entonces, donde el paso era fácil de interrumpir, y se podían levantar obstáculos gigantescos, impedían el movimiento de las llamadas fuerzas del orden. Estas barricadas fueron la expresión más genuina de la resistencia popular parisina. Todos los que deseaban oponerse a la autoridad real pudieron contribuir en su ingeniería. Con todo, esta feroz oposición contra el gobierno sólo pudo mantenerse tres días.

Cuando comenzó la revolución, Stendhal se encontraba corrigiendo la última versión de RyN. Recién pudo imprimirse el 4 de agosto (Crouzet.2012: 435), la imprenta se hallaba junto a una barricada donde la multitud luchaba enfurecida. Esta crónica de 1830 fue entonces escrita, revisada, completada y corregida durante un tiempo histórico muy agitado, y solamente en los capítulos XXI, XXII y XXIII de la Segunda Parte, titulados: “La nota secreta”, “La discusión” y “El clero, los bosques, la libertad” hay referencias expresas a hechos políticos, aunque en medio del segundo, el narrador dice que la inclusión de la política en la novela a todos irrita, como el ruido de un pistoletazo en una ópera. La imagen no requiere explicación y el lector actual entiende que para el gusto de la época no estaba bien que se pasara del relato de los amores del héroe a la narración de un incidente político. Eran dos tópicos diferentes que convenía mantener separados. Pero para esta novela nada es ajeno a la política, y la disculpa probablemente quiere destacar lo expresamente político que va a narrarse.

En los capítulos mencionados, el héroe participa en una conspiración de nobles. Su patrón, el marqués de la Mole, le ha dado la misión de aprender de memoria lo que dicen los conspiradores (representantes de la aristocracia y el clero) para transmitírselo a agentes del exterior, dispuestos a financiar una contrarevolución. A estas alturas de la novela, Julien quizá ya no cree en las ideas liberales que lo estimularon en su primera juventud, cuando era preceptor de los hijos de Louise. Ahora está persuadido de que le conviene obedecer al marqués en su embestida promonárquica. De la Mole propone costear con un quinto de la riqueza de cada uno de los presentes un ejército para defenderse de la rebelión de los jacobinos. Exterioriza su profundo odio a los periodistas y escritores, y teme que el trono, el altar y la nobleza pudieran desaparecer si no las defiende una tropa integrada por un noble acompañado de un campesino, «hermano de leche». Aclara que si no actúan, en 50 años sólo habrá presidentes de la república y ningún rey. El primer ministro, también presente en la reunión, refuerza los argumentos del marqués cuando promete suprimir la Cámara para volver a darle a la monarquía el poder absoluto que tenía bajo Luis XV.

Recién al final de la novela, el lector entiende la enorme dimensión que tiene la política en la vida pública y privada de todos los personajes. En ella, cada individuo vela únicamente por sus propios intereses y ambiciones, sin considerar el daño que pudiera producir a otros. Todos son parte de un complejo entramado político, donde vencen los que saben arrimarse a los personajes más influyentes, pero como es tiempo de grandes cambios, no es fácil saber a quién apostarle.

En 1830, tras una larga crisis política y económica, que afectó no sólo a la industria sino también a la producción agraria, Carlos X puso al pueblo en su contra cuando intentó un golpe de Estado. Durante su mandato autocrático se dispararon los precios de los productos de primera necesidad, lo que produjo una gran cesantía y un número considerable de mendigos, vagabundos y ladrones. Los campesinos presionaron para que se rebajaran los impuestos sobre el grano, pero el rey antepuso los intereses de los terratenientes y los mantuvo altos. Fuera de eso intentó reponer los mayorazgos y se dispuso devolver las tierras confiscadas por la Revolución a sus antiguos dueños, iniciativas que contentaron a los nobles y al clero, pero indignaron a los burgueses y pequeños campesinos. Tras las elecciones de la Cámara Baja en 1829, donde triunfaron los liberales moderados, optó por disolverla, y posteriormente decretó las cuatro ordenanzas de julio con que esperaba reconstituir una mayoría parlamentaria que le fuera favorable. Las ordenanzas suspendían la libertad de prensa, alargaban el período de los diputados, reducían su número y limitaban el derecho a voto. Este golpe realista que pasaba por encima de la Carta de 1814 fue rechazado por los diputados, los dueños de comercio, los estudiantes y periodistas. El periódico Le National encabezó la resistencia cuando publicó un manifiesto en contra de la censura y de la disolución de la Cámara. El 27 de julio se gestó una rebelión masiva en que participaron los dueños de comercios que cerraron sus tiendas en señal de protesta, a la que se unieron los obreros, los estudiantes, los periodistas, los exmilitares, incluso las mujeres y los niños y entre todos levantaron cientos de barricadas con todo lo que pudieron conseguir, adoquines, mesas, cómodas, escalas, troncos de árboles, vehículos, «todo lo que rodaba por la calle» y «todo lo que se podía arrancar del suelo». Encima agregaban un trapo tricolor, más la leyenda: ‘la Carta o la muerte’. Luchar contra estos amotinados fue una pesadilla para la Guardia Real, escribe Jean-Louis Bory en su alucinante ensayo sobre la Revolución de Julio:

«los miembros de la Guardia Real, abrumados por el peso del uniforme, disciplinados, pero pesados, sin cesar acosados por un enemigo poco experimentado pero inapresable y entusiasta, han perdido su capacidad bélica, ¡y qué guerra tan lamentable, tan innoble, para un oficial del Rey, que esta guerra de bacinicas! Es imposible encontrar una manera de combate más ingrata: cuando se ataca una asamblea todo el mundo corre a toda carrera, todas las puertas se abren, en un instante ya no hay nadie. Ningún sablazo, ningún lanzazo que asestar, mientras que una lluvia de piedras os cae sobre la cabeza sin que se consiga ver quién las arroja y en cuanto uno pasa, las puertas vuelven a abrirse y vomitan arrojadores de piedras que os disparan con fusiles por la espalda. Los granujas de París son terribles, pululan, se alinean siempre en las primeras filas, casi desnudos, descalzos, llevando un fusil más grande que ellos; casi siempre son ellos los que llevan la primera piedra a la barricada, hacen el primer disparo, cantan, ríen, se burlan, van al combate como a un juego, más habituados a batirse que a jugar. ¡Y las mujeres! Desaforadas, tanto en los barrios de los hoteles y boutiques como en los vecindarios populares. Ellas suben los adoquines a los pisos, instalan trapos en las ventanas, llevan sus moldes para hacer balas. Ellas mezclan la pólvora, instalan su tienda de cartuchos en un cabaret o en el boliche de la esquina, organizan los socorros, traen de beber y de comer, ayudan a morir, ellas se baten, son ellas las que transforman cada uno de sus muebles en “arma guerrera”»5. (1972: 404)

Mientras ocurría todo este desenfreno en las calles, el rey recibía muchas misivas y visitas de personajes ilustres, entre ellos al banquero Laffitte, que describía estos motines populares como muy alarmantes, pero nada de ello alteraba a su majestad y el barón de Vitrolles al verlo tan calmado se asombraba ante su incapacidad para proporcionar respuestas rápidas a situaciones inesperadas. Le parecía que lo perjudicaba identificar a la realeza con una condición divina e inamovible (1972: 406) Esta indolencia y falta de respuesta del rey contrastaba con la actividad febril en las calles, que el 29 de julio sumaba unos 7000 insurgentes. El grito Vive la Charte reforzaba el deseo de volver a legitimar la Carta pisoteada por el rey y sus ministros. Con el apoyo de la Guardia Nacional, los amotinados lucharon como leones contra los soldados del rey y a mediodía consiguieron tomarse el Louvre. La alta burguesía, asustada de que el poder pudiera quedar en manos del pueblo, se adelantó a los acontecimientos y propuso a Luis Felipe, duque de Orleans –amigo del banquero Laffittte- como sucesor de Carlos X. El rey se vio obligado a abdicar y dos días más tarde el duque de Orleans fue proclamado nuevo rey. Estas jornadas de julio hay que entenderlas como un triunfo importante de la alta burguesía y fueron el detonante de otras jornadas parecidas en países vecinos, donde ocurrieron también revoluciones liberales.

Los párrafos finales del ensayo de Jean-Louis Bory, titulado “Reacción” descubren otro lado de estos días gloriosos, que vale la pena citar por su coincidencia con ciertos acontecimientos históricos actuales, donde se hermanan los proyectos políticos con los de la gran Banca:

«Habiendo sido favorecidos los especuladores a la baja por las Tres Gloriosas -¿no es cierto, señor Tayllerand?- los especuladores a la alta exigen que la liquidación de las primas sólo suceda el 9 de agosto- lo que permitiría a los banqueros alcistas y en posición de actuar sobre la bolsa intensificar el curso de las compras convenientemente calculadas. Se acuerda la demora. Por otra parte, las primeras declaraciones del rey de la Greve reaniman la confianza: en todo caso detienen la caída de los fondos públicos. Los Rothschild inquietos durante Las Gloriosas por la baja de las rentas y la incertidumbre de las repercusiones internacionales […] declaran que la época de los borbones está revuelta. Más vale contribuir a la consolidación del nuevo régimen y a la salvaguarda de la paz internacional [...] Al comienzo de agosto, James de Rothschild le hace un regalo de 15000 francos a la Comisión Municipal destinada a los desdichados herederos, a las viudas, a los niños, a los hijos de quienes han sucumbido en los últimos días de julio, primer gesto que los periodistas se apresuran a destacar. Luis Felipe sonríe: siempre hay interés de contar a este banquero de su lado en el juego. Estos dos hombres van a entenderse muy bien: hablan la misma lengua y dan prácticamente el mismo sentido a palabras como libertad, principio monárquico, anarquía, república, paz internacional y defensa del orden […]».

El dinero, ¿y si fuese él el verdadero vencedor de las barricadas? ¿Los rayos del gran sol de julio no serían otra cosa que el oro de un escudo? Si, el dinero tiene un olor. Las Tres Gloriosas nos enseñan este detalle y la sabiduría de las naciones se equivoca sobre este punto. Y este olor, se sabe, lo hemos respirado en el mercado de los Inocentes la tarde del 28 de julio; en la plaza San-Antonio, plaza de Greve, y en la plaza del Louvre el jueves 29, en los jardines de las Tullerías y en la trinchera de Babilonia. Es él, el que flotaba alrededor de la barca de los muertos sobre el Sena, al pie de la Morgue». (630)

Lo que se dice aquí del dinero recuerda acontecimientos actuales. Las guerras en Medio Oriente se han hecho por dinero, las sanciones con que Estados Unidos y la Unión Europea castigan a los países que se oponen a sus intereses geoestratégicos son siempre por dinero. Y siempre hay aprovechamiento financiero en los tiempos de efervescencia popular. Ahora hay otros ultrapoderosos, que hacen temblar los mercados mundiales en los momentos de turbulencia política con sus compras y ventas de acciones, nunca obstaculizadas por los gobernantes de turno. En el caso de las Tres Gloriosas, Bory destaca el buen entendimiento entre Luis Felipe y James Rothschild y casos semejantes se pueden encontrar en la historia actual. Se trata, por cierto de otras economías, otras guerras y otros proyectos geoestratégicos. También podemos aplicar al presente lo de que la Gran Banca y los gobernantes de turno hablan el mismo idioma; por democracia, libertad, derechos humanos entienden algo muy diferente del contenido que el diccionario da a estas palabras. Probablemente el cinismo sea más intenso ahora. Hoy la maquinaria mediática tiene como preocupación central mantener al ciudadano desinformado y entontecido, de modo que las guerras del Imperio y los negocios del complejo militar industrial puedan funcionar sin frenos incómodos. En suma, lo descrito por Bory no es muy diferente de lo que vemos en el siglo XXI.

La novela no recoge los importantes sucesos descritos por Bory, aunque su subtítulo es: “Crónica de 1830”. Pero al final de ella se siente el peso de estos acontecimientos, especialmente cuando habiendo mudado de humilde preceptor a caballero de la Vernaye, el héroe muere guillotinado por atentar contra la vida de una mujer noble.

La noche del 26 de julio, después de haber pasado el día entero rehaciendo el manuscrito de El Rojo y el Negro, Stendhal visitó al conde Real y a su hija, donde se habló de la inminencia de una insurrección popular. La idea despertó la hilaridad del novelista, le resultaba gracioso imaginar al pueblo francés, legalista y militar ,participando en una revolución enérgica, capaz de destruirlo todo. El 27, mientras la efervescencia crecía, Stendhal seguía no creyendo, y las notas al margen del manuscrito prueban que apenas salió de su casa, concentrado siempre en el trabajo de corrección. Recién el 29, como a Guilia, su enamorada de ese tiempo, le dio miedo el espectáculo del pueblo armado, Stendhal acudió donde ella para tranquilizarla y para eso tuvo que atravesar París en llamas, y luego escribió que había visto la revolución desde debajo de las columnas del Theatre-Francais y que el azar lo había salvado de haber sido herido por una bala. El 1o de agosto reconoció que el exceso de felicidad no lo dejaba leer, su sentimiento esperanzado le hacía creer que vendrían tiempos mejores para Francia. El 3 de agosto solicitó una audiencia a su amigo Guizot, que estaba encargado del Ministerio de Interior en el gobierno provisional y le pidió una prefectura, pero tras una semana supo que no se la darían. Este rechazo fue el primero de una seguidilla de actos persecutorios que la máquina burguesa puso a funcionar en su contra. Algunos de sus amigos escritores lo compadecieron por tener que marcharse de París para hacerse cargo de su puesto de cónsul en Civitavecchia. Lo apoyaron desde la distancia, escribiéndole sobre los importantes sucesos que en ese momento ocurrían en la capital. Hay que agregar al rechazo de Guizot, el del tutor de Guilia, que rehusó su petición de matrimonio, argumentando que su trabajo de cónsul no le parecía muy sólido.

Casi 4 meses después de haber partido a Italia (sin siquiera haber terminado de corregir las galeradas), el 13 de noviembre RyN salió a la venta. Fue un libro de moda, la prensa atacó su lado político rebelde y espíritu desilusionado y se quejó de que Stendhal hubiera destruido las más bellas creencias del hombre. Lo acusaron de haber practicado una especie de disección de las pasiones y las costumbres, y mostrado que el amor contiene odio; la generosidad, el cálculo; la belleza, la fealdad. A pesar de estos juicios, o quizá precisamente a causa de ellos, el libro tuvo muy buena venta, y su editor, en vez de pagarle lo que le correspondía, se guardó para sí más de la mitad. Y después de escribirle una carta a Italia donde le informaba sobre el éxito de ventas, lo apuró a que escribiera otra novela.

Pero Stendhal renunció por un tiempo a escribir sobre lo que estaba viendo. Siempre es difícil sostener una novela política, pero es peor cuando lo que se narra corresponde a la actualidad. Las novelas políticas habitualmente despiertan reacciones muy negativas, porque junto con cuestionar al régimen vigente, no contentan a ninguno de los bandos. Peor si se trata de un ataque frontal, que identifica claramente lo que rechaza. RyN dijo lo que veía, y eso no era ni bello, ni justo ni bueno. Sin embargo, la novela no condena, simplemente presenta, y lo hace desde adentro. Para pronunciarse sobre la verdad religiosa, política o moral tendría que alejar su mirada y desde fuera emitir un juicio. Eso casi no sucede y cuando ocurre, el juicio viene envuelto en disimulo. El texto no dice cómo deberían actuar sus personajes, sólo alcanza a ver cómo actúan y muestra que sus comportamientos son consecuencia de valores de clase, de concepciones religiosas y de un sistema político. Probablemente el libro tuvo una recepción tan negativa precisamente por no haber ni condenado ni aprobado. La aprobación se acepta sin más, la condena también, porque permite identificar, ubicar y reducir al que condena a enemigo del sistema. Los lectores esperaban que su autor tomara partido, pero Stendhal no lo hizo, y en vez de eso describió neutramente el desplazamiento del poder de los aristócratas al de la burguesía. No dijo que en las Tres Gloriosas los pobres habían desempeñado el papel más activo, y que habían muerto en las calles para volver a su condición de siempre.

En vez de describir las pugnas políticas públicas de los principales actores de este proceso revolucionario, Stendhal prefirió contar la vida privada de algunos personajes pertenecientes a diferentes estratos sociales. La descripción de esta crónica política comienza en provincia, donde monsieur de Renal, aristócrata dueño de una fábrica de clavos y monsieur Valenod, burgués que se ha enriquecido con los dineros que aprovecha de un hospicio para indigentes, compiten por el poder. Las pugnas continúan en el Seminario de Besancon, allí se confrontan el jesuita de Frilair con el jansenista Pirard. El primero quiere poder, riqueza, galas, mientras el segundo estima el ascetismo, la relación con Dios, la probidad moral. En París, lo descrito son los nobles que habitan en el hotel de la Mole y también los que lo visitan. Son aristócratas de título antiguo, cuya autoridad aún vigente se siente amenazada por el poder económico de los burgueses y los repetidos levantamientos de los trabajadores. En el juicio en contra de Julien se prueba que han vencido los burgueses adinerados y su éxito decide la suerte del héroe.

Desde un criterio actual se diría que Stendhal era un demócrata progresista, que por un lado simpatizaba con las luchas populares y los valores de la Revolución: libertad, igualdad, fraternidad, pero por otro no le agradaba la idea del pueblo en el poder, especialmente cuando pensaba en la alta cultura. Quizá por eso todos sus héroes estiman los modos refinados de los nobles, pero por otra parte querrían cambios estructurales que sustituyeran los valores monárquicos por otros más justos y democráticos. La visión política de Stendhal fue compartida por los escritores realistas, que por un lado criticaban al orden vigente con gran severidad, despreciaban su chatura de costumbres y modos de pensar, pero por otro lo preferían a la ideología socialista.6

Como es sabido, RyN es la ficcionalización de una historia real; la de un preceptor francés de provincia llamado Berthet,7 que fue condenado a la guillotina por haberle disparado a su amante. Las ediciones de RyN habitualmente incluyen la defensa de Berthet en el juicio, como si este texto fuese indispensable para comprender la novela. No pienso lo mismo, incluso me parece que se le hace un flaco favor a la novela cuando se la circunscribe al caso Berthet, porque la semejanza entre las dos historias son ciertos hechos generales (Julien hijo de campesinos, Berthet hijo de artesanos, ambos preceptores en la casa de personas acomodadas, ambos amantes de la madre de sus discípulos, ambos seminaristas, ambos guillotinados), pero todo lo que constituye la novela, eso que Stendhal llamaba su sustancia, no está. Ni siquiera son parecidos Berthet y Julien; el primero aparece en el juicio como un individuo arribista, un tanto psicópata, no muy inteligente, aunque con algunos talentos, mientras que el héroe de RyN es un personaje excepcional. La amante de Berthet es un misterio para el que lee la defensa, mientras que las dos enamoradas de Julien constituyen dos personajes literarios sólidos, comprensibles, enamorantes. Explicar las decisiones estéticas que conforman la novela como influencias de la historia de Berthet me parece una manera de evitar explicar la novela misma y reducirla a un error literario producido por la fuente de la anécdota. Me refiero concretamente a aquellos que critican el atentado de Julien y su intervención en el juicio como tonterías estéticas producidas por un supuesto apego de Stendhal a la historia de Berthet.

b. La dedicatoria, los epígrafes inventados, el azar y el título

Son muchas las originalidades de RyN, quizá la mayor fue haber vinculado la realidad política con la vida concreta e íntima de los personajes, pero eso no gustó a los críticos de su tiempo. Tampoco les gustó que incluyera relaciones amorosas entre personajes de clases distintas.8 Les pareció inverosímil que una noble como Mathilde pudiera enamorarse de un hijo de campesino. También sintieron inverosímil a Julien, lo juzgaron un «monstruo», siguiendo al narrador de la novela, que repetidamente lo califica así, aunque el apelativo tiene en su caso un sentido casi opuesto al corriente. Para los críticos, lo monstruoso de Julien era que osara subir de clase y se atreviera a dispararle a la que se lo impedía. En cambio, para el narrador stendhaliano, Julien es monstruo cada vez que resiste, se rebela y conculca las valoraciones de su tiempo. Es decir, lo que molestaba de Julien a la crítica era precisamente aquello que encantaba a Stendhal. Por lo mismo, un par de años después pensó que no valía la pena publicar Lucien Leuwen, cuyos componentes políticos eran mucho más explícitos. Resignado, conociendo muy bien su país y su tiempo, se sabe que le habría comentado a una amiga suya: «qué quiere usted, se es bastante bestia en la Francia de hoy para no comprenderme». Todo esto explica, quizá, que la dedicatoria de RyN haya sido para los happy few.

¿A quiénes aludió Stendhal con estos happy few? A algunos comentaristas les parece que alude al texto del Antiguo Testamento: “muchos son llamados, pero pocos son elegidos” (Mateo 22.14), otros suponen que estaba pensando en la novela The vicar of Wakefield, de Oliver Goldsmith, donde el vicario se lamenta de que su publicación haya sido leída solamente por happy few. Y hay los que piensan que alude a la famosa arenga de Enrique V a sus soldados en el texto de Shakesperare. Antes de la batalla de Agincourt, el rey los reúne y anima: We few, we happy few, we band of brothers. En este caso lo de few es por el desequilibrio de fuerzas, ya que por 6000 ingleses había 36000 franceses, es decir seis veces más. Pero la eficaz estrategia guerrera de Enrique V les permitió vencer a los franceses.

Lo curioso es que los tres textos se complementan bien, porque lo señalado en cada uno es siempre la escasez: escasos los llamados, escasos los lectores, escasos los combatientes. Como señaló el propio Stendhal en una carta dirigida a Louis Crozet el 28 de septiembre de 1816, El Rojo y el Negro estuvo destinado a los lectores «sensibles», dispuestos a apreciar una obra de arte original, es decir, a algunos muy pocos. Si Stendhal tuvo en mente el texto de Shakespeare, es significativo que lo evocara en el contexto de las Tres Gloriosas, cuando las fuerzas más progresistas lucharon para terminar con el reinado de Carlos X. No creo que pensara ni en la aristocracia derrotada por la burguesía ni en el pueblo vencido por ambas clases. ¿En quienes pensaba entonces?

De las reflexiones numerosas que el narrador hace sobre Julien se desprende que Stendhal apreciaba el refinamiento, la inteligencia, la pasión y la locura romántica de su héroe. Por cierto que también lo critica mucho, le refriega constantemente su locura, su hipocresía, pero el lector siente que lo mismo que ocurre con la palabra monstruo pasa con hipocresía y locura. Shoshana Felman probó que en el universo literario de Stendhal la palabra locura tiene un sentido eminentemente positivo, y creo que algo parecido se puede decir de “hipócrita”. En una novela realista nadie, nunca, puede decir siempre la verdad. Y se dice que El Rojo y el Negro es una de las primeras novelas realistas francesas. Fue leída por una masa lectora acostumbrada a otro tipo de novelas, donde los personajes o eran muy buenos o muy malos. En las novelas de Stendhal los buenos nunca lo son tanto, en ellos hay ambición, celos, falta de generosidad, resentimiento, deseos de venganza y a veces cierta vileza. Los críticos rechazaron a Julien por arribista, ambicioso, hipócrita, descarado e incluso narcisista, pero lo que más les molestaba era su rebeldía política. Lo querían respetuoso del orden establecido. Obediente y dócil al sistema. Tampoco aprobaron a Mathilde, cuyas ideas políticas consideraron inadmisibles. Una marquesa no podía desafiar las costumbres de su clase. Se sintieron personalmente agredidos y alegaron que ni los aristócratas eran tan vanos como Stendhal los había representado, ni los burgueses tan viles y apegados al oro como aparecían en su novela. Los pocos que leyeron con gusto RyN entendieron e incluso justificaron los grandes deseos de subir de Julien. Y también comprendieron su deseo de ser hombre honesto y verídico. Leyeron que había sido educado por jansenistas, y que muchos de sus valores correspondían a esa educación, pero comprendieron que, a diferencia de sus maestros, el joven terminó dando su vida por ser fiel a sus convicciones. Los maestros jansenistas de Julien también juzgaban mal el mundo en que vivían, pero se consolaban imaginando que después de muertos morarían en uno mejor.

Tras haber examinado con cuidado RyN me atrevo a decir que sus happy few aspiran a una libertad diferente de la que publicitan los voceros oficiales del sistema, que hacen una resemantización perversa de realidades negativas aplicándoles palabras que las hacen parecer muy positivas. Pasa no sólo con «libertad» sino también con «fraternidad» e «igualdad». Se diría que el significado real de estas palabras es opuesto polarmente a su significado manipulado y mediático. Los happy few entienden que la verdad está manipulada, es decir, la ven como no verdad, sin embargo, ellos mismos no se consideran dueños de ella y esta falta de certidumbre ni los asusta ni inmoviliza, más bien los envalentona. No creen que la verdad sea algo fijo y definitivo, piensan que se mueve, que es histórica y por ello han hecho de lo resbaladizo su suelo, en que a menudo sufren costalazos. Pero de cuando en cuando se apasionan por una idea y son capaces de dar la vida por ella. Y a pesar de su número, vencen en una batalla y esa experiencia no sólo los alegra a ellos, sino también a sus seguidores.

Por todo lo anterior, y pensando en los tiempos actuales, creo que la dedicatoria aún vale y reforzada.

¿Habrá incluído Stendhal a Flauber, a Balzac y a Zola dentro de los happy few? No creo. Por razones de probable rivalidad dos de ellos no apreciaban mayormente sus escritos. Flaubert consideraba a Stendhal un diletante y a RyN un libro mal escrito. Tampoco Zola dijo nada positivo de sus novelas, debe haber rechazado sus componentes románticos. Solamente Balzac se pronunció a favor de La Cartuja.9 Incluso su buen amigo Merimée no le perdonó que le pusiera ciertos rasgos atroces a su héroe Julien. En cuanto a escritores de otras regiones, el inglés Elliot comparó el estilo de Stendhal a un cuchillo en el alma del lector, «impiadoso destructor de sus ilusiones». Posteriormente Henry James, dijo de RyN que era un libro «casi absolutamente ilegible». Le parecía que la novela que examinaremos tenía «una atmosfera de irredenta corrupción» y que era inmoral.10 Pero a Nietzsche lo ayudó a precisar su teoría de la voluntad de poder, consideraba a Stendhal uno de los grandes escritores de su tiempo. Tolstoi también admiraba al escritor francés y reconocía que había aprendido a narrar una guerra leyendo La Cartuja. Otro admirador de Stendhal fue Gorki, que junto a varios escritores rusos confesaba que RyN lo había marcado como escritor y como individuo. A los novelistas rusos no les importaban las ambigüedades ideológicas de Stendhal, que por lo demás las tenían casi todos los escritores franceses sin reconocerlo. Los franceses criticaban lo ambiguo, pero ellos mismos oscilaban entre su respeto por los refinamientos aristocráticos y su estimación por ciertos valores progresistas. Los rusos tenían sus ambigüedades asumidas, no parecen haberse avergonzado de sus contradicciones ideológicas y quizá por eso empatizaban con la visión política de RyN. Una prueba del gusto con que se leían en Rusia los libros de Stendhal son las ediciones que se hicieron de su obra en tiempos de la Unión Soviética; en veinte años se sobrepasó el medio millón de ejemplares, diez veces más que durante todo un siglo en Occidente. (Rude. 1967: 257)

Muchos críticos encuentran que recién ahora se puede apreciar esta novela en lo que vale. Quizá porque hoy se puede entender lo que Auerbach destacó de Stendhal: que difería de los demás novelistas de su tiempo en que para él la realidad siempre fue un problema y no algo «dado». Lo dado tiene su explicación en sí mismo y no llama la atención por cotidiano. Por ejemplo, las guerras del Imperio norteamericano y sus aliados europeos son algo dado, la población mundial las ha encontrado naturales, ni siquiera las relaciona con el neocolonialismo. También es algo dado que los medios de masas dicen la verdad, aunque constantemente la realidad de las cosas termina desmintiéndolos.

Si la dedicatoria sorprende, más aún asombran los epígrafes, que son numerosos y que juntamente con tener una relación muy lejana o ninguna con los capítulos a los que preceden, son en su mayoría falsos, porque los autores y personajes importantes citados por Stendhal, entre ellos Hobbes y Dantón, no dijeron lo que les atribuyen las citas. De los setenta y tres epígrafes, solamente siete han sido verificados como exactos. ¿Cuál podría ser el sentido de citar en falso? Lo único que se me ocurre es que pertenecen al mismo mundo que la novela, es decir, son tan ficticios como ella. Incluso más, porque aunque demoraron en ser descubiertos, su relación con autores famosos les agrega el carácter de burla al lector, un grado más de rara ficcionalización. Recuerda el famoso consejo del amigo de Cervantes en el prólogo del Quijote: «Epigramas […] que os falten […] se puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda». (Parte I, Prólogo) Cervantes alardea con esto de su originalidad; no está siguiendo a nadie. Igual función cabe atribuirle a los epígrafes de RyN. Stendhal era devoto ferviente de Cervantes.

Y no por inventado, el primer epígrafe de la novela es menos significativo. Al leerlo ideológicamente, se entiende que en: La verité, la apre verite se hace decir a Dantón que la nueva verdad es áspera, es decir, es otra verdad. Los poderosos siguieron dueños de la verdad, pero de una nueva, que vista desde la otra, perdió su dulzura. La acción de los pobres había cambiado las cosas. Fueron ellos los que terminaron con la monarquía mediante la fuerza y la guillotina, pero tras ese paréntesis de caos se impuso como siempre el poder del dinero, aunque de una manera diferente, áspera para Stendhal.

Se conservó el orden jerárquico piramidal, donde unos pocos decidían sobre política y economía. Pero los nuevos actores que se introdujeron en los nuevos espacios de poder modificaron el temple de la vida cotidiana. El refinamiento aristocrático dejó de normar la vida de los poderosos y quedó sólo como un criterio, desde donde Stendhal juzgaba el modo de vivir burgués chato y mediocre. Cambió la forma de producción, la relación entre los trabajadores y su labor, la distribución de la población urbana ya no estuvo regida por los gremios. También cambiaron las fiestas sociales de los nobles, se cerraron los salones. Los burgueses enriquecidos se casaron con nobles empobrecidos y se fueron a vivir a los barrios aristocráticos.

Se ha dicho mucho sobre el título de la novela. Hay los que creen, como Sandy Petrey, (1988: 148) que El Rojo y el Negro no significa nada o que significa todo lo que el lector quiera. Otros descubren contenidos precisos como que refiere a la opción entre el sacerdocio (negro) y lo militar (rojo) o a la pulsión de vida y pasión (rojo) y al deseo de muerte (negro). Uno de los sentidos que conviene a mi lectura es el de las polaridades. Julien vacila entre dos destinos, el eclesiástico y el militar. Tiene dos amantes, una materna y generosa, otra fría e imaginativa. La primera parte ocurre en provincia y la segunda en la capital. Incluso lleva dos atuendos, uno negro cuando desempeña el rol de secretario del marqués y otro azul cuando el marqués le pide que se finja hijo de un amigo suyo. Y siempre en el terreno de las polaridades pueden agregarse los dos colores de la ruleta, que incluye en el título la presencia del azar, que determina donde cae la suerte, en el rojo o en el negro.

Hay una prueba clara de esto al inicio de la novela, cuando el ateo y futuro seminarista decide entrar inmotivadamente a la iglesia de Verrieres, que en ese momento se encuentra adornada con cortinas color rojo carmesí por una fiesta religiosa. El rojo está en las cortinas, en la luz del interior y en la sangre que cree ver Julien junto a la pila del agua bendita iluminada por el sol. Al sentarse en el sitio que corresponde a monsieur de Renal, descubre en el reclinatorio un trozo de periódico que informa sobre el ajusticiamiento de un señor llamado Luis Jenrel. Julien comprueba que el nombre del desventurado acaba igual que el suyo, y no nota (lo que descubrieron posteriormente los críticos), que el nombre y apellido del ajusticiado son anagrama de Julien Sorel. Este pasaje es premonitorio: Julien se ha sentado en el lugar asignado en la iglesia a monsieur de Renal, marido de Louise. Al final de la novela, Julien dispara sobre Louise en una iglesia y de nuevo las cortinas tienen color sangre. El círculo se ha cerrado, y el lector siente que desde el principio el final de Julien estuvo determinado.

Fundado en ciertas observaciones que hizo Stendhal acerca de la imposibilidad que tenía de escribir todo lo que se le venía a la cabeza, porque su mano no era tan rápida como su imaginación, lo que lo llevaba a perder ideas e imágenes y también aspectos de sus personajes, Georges Blin señaló el peligro de escribir sin un plan preconcebido. Le pareció que al escribir tan espontáneamente, cualquier accidente que pudiera ocurrirle a algún personaje correspondería a un azar de la invención y no a una elección voluntaria. La narrativa de Stendhal sería entonces insegura, porque jamás se podría saber lo que va a ocurrir posteriormente. Pero también sería libre, porque por ser todo en ella azaroso, el lector tendría la impresión de estar asistiendo al movimiento de la acción, como si ella se estuviera escribiendo precisamente mientras se la lee. (1998:130-131)

Veo confuso el razonamiento de Blin. Que a Stendhal, en el acto concreto de escribir, las imágenes se le aparecieran más rápidas que su mano no tiene relación necesaria con que haya carecido o no de un plan general. Las dos cosas me parecen independientes y creo que se puede perfectamente tener claro el camino que se va a recorrer y al mismo tiempo encontrar por ese camino una multitud de imágenes, tantas que superan las que se esperaba encontrar al seguirlo.

Por eso el pasaje de la sangre y de Luis Jenrel contradice las reflexiones de Blin. Al poner este trozo al comienzo de la novela, Stendhal está anunciando su final, y con eso da una prueba indudable de que está desarrollando un plan preconcebido. Aquí hay espontaneidad a pesar de que haya cálculo, esa lógica inflexible que Taine consideró admirable en RyN. Pienso que al incluir el peso de la fatalidad se produce un perfecto encadenamiento entre los acontecimientos, que encajan matemáticamente unos con otros, de modo que el lector queda perfectamente persuadido de lo que está leyendo. Es decir, azar y causalidad no son opuestos en esta novela como ocurre en la lógica aristotélica. Entre otras cosas, porque la acción de la novela, es azarosa, pero no lo es el plan que la articula.

Hay causalidad en la novela, pero ella no es previsible. Cuando el joven descuelga la espada de la pared de la biblioteca del marqués con la intención de matar a Mathilde, ni se imagina que ese gesto suyo la enamorará. Y cuando dispara contra Louise tampoco alcanza a representarse las consecuencias trágicas que traerá este acto a todas las personas que estima. Me parece que la idea de la novela es que de las acciones personales resultan consecuencias completamente insospechadas, creencia que se opone a la cartesiana, de que nuestras elecciones personales determinan resultados previsibles. Nunca es más poderosa la influencia del azar como al final, cuando Julien apuesta por una opción que lesiona los intereses de los burgueses que lo van a juzgar y la bolita de la ruleta imaginaria cae en rojo. Pero si hubiera caído en negro, Julien tampoco se habría librado, puesto que desde el principio de la historia estuvo destinado a morir en la guillotina.

c. El disimulo de Julien y del narrador

Ya nos referimos a la ambigüedad de algunos escritores franceses del XIX, que junto con despreciar el juicio de los lectores esperaban su reconocimiento. Stendhal no era ajeno a este sentimiento.

En 1830, fecha en que RyN salió a la venta, el mercado editorial era un gran negocio y existía en los escritores el deseo de comerciar con productos de fácil consumo y gran rentabilidad. Las editoriales francesas buscaron enviciar a las nobles y a las burguesas con sus folletines y novelas. Ellas fueron las más importantes consumidoras.

Ni Stendhal, ni Balzac, ni Flaubert ni Zola se sintieron cómodos en la sociedad burguesa en que escribieron. No fueron apoyados por sus progenitores, que hicieron cuanto pudieron por disuadirlos de sus empresas literarias. Resulta entre gracioso y triste el caso de Balzac, cuyos padres le dieron dos años para que escribiera una obra que los convenciera y cumplido el plazo se reunieron junto a un amigo de la familia para evaluar el producto. Como no aprobó, le suprimieron la pensión y Balzac se vio obligado a ganarse la vida escribiendo novelas muy mediocres, que su socio Poitevin vendía. De la totalidad de estos libros no hay un registro fiel, y no importa mucho, porque su calidad era muy baja. A Flaubert tampoco le fue fácil, tuvo que estudiar derecho para complacer a su padre, que le compensó su esfuerzo con la herencia que le dejó al morir. Recién entonces Flaubert pudo ponerse a lo suyo. Menos suerte tuvo Stendhal, cuyo padre, rico y de buena familia, se arruinó antes de morir y no le dejó un centavo. Stendhal consiguió un puesto de cónsul, oficio que quizá le hizo bien a su prosa, al ponerla en relación con el mundo real, pero él no parece haber pensado lo mismo. A los cincuenta años se quejaba en Civitavecchia de tener que pasar la mayor parte del día resolviendo problemas burocráticos en vez de conversar de literatura y política con sus amigos parisinos. Para peor, ni la Iglesia italiana, ni los organismos políticos ni sus superiores lo dejaban trabajar en paz; estos últimos lo presionaron -cuando estaba muy enfermo-, a dar una cuenta anual, clara y precisa de todo el movimiento financiero del puerto donde trabajaba. Y los historiadores han probado que Stendhal falsificó detallados informes para que lo dejaran tranquilo y le permitieran volver a París, donde murió poco tiempo después de regresar.

Balzac envidiaba el éxito de Sue, cuyos folletines tenían engolosinadas a todas las parisienses. Se propuso sobrepasarlo en las ventas. No pudo. Sin embargo su empeño ahora es ampliamente reconocido por los expertos, que le alaban haberle elevado el nivel literario al melodrama y convertido este género en algo interesante y seductor. Por otra parte, y como es sabido, todos hemos aprendido a leer con lo fácil para luego pasar a una literatura de mayor nivel. Es así que los malos libros ayudan a vender los buenos, y lo mismo ocurrió en el XIX con los que ahora consideramos clásicos, cuya venta experimentó un notable desarrollo. Los editores firmaban contratos por montos nada despreciables, que a veces hacían posible vivir de su trabajo a escritores como Zola, que recibió una buena suma por Los Rougon-Macquart. Es más, La taberna y Naná obtuvieron un éxito considerable, y con ese dinero Zola compró una casa en las afueras de París. Pero a menudo, como en el caso de Balzac, el dinero no alcanzaba, y antes de haber terminado de escribir una novela, el autor se había gastado el adelanto. Este deseo de triunfo no les fue ajeno a Stendhal y a Flaubert. Aunque a ambos les producía indignación tener que depender del gusto de gentes ignorantes, al mismo tiempo anhelaban que los adorara un público numeroso y por eso se les puede atribuir lo que de sí mismo dijo Nerval: “Yo siento dos hombres en mí”.

Como hemos comentado, en el héroe de RyN también hay dos; uno desea preeminencias, ser distinguido por los personajes públicos importantes, mientras el otro desprecia a aquellas gentes de quienes espera reconocimiento. Esta condición de querer lo que al mismo tiempo menosprecia lo hace sentirse hipócrita. Siempre a la defensiva, atemorizado de lo que le podría pasar si revelara sus verdaderos sentimientos e intenciones, desde pequeño disimula, dice otra cosa de la que siente y piensa. Solamente al final de la novela se asume como un campesino que pudo llegar a ser noble por sus propios méritos. Reclama entonces que lo persiguen por odio de clase, porque resienten su talento, audacia y empuje y por eso lo están juzgando y por eso lo van a llevar al patíbulo. Y los que lo juzgan son burgueses, los mismos que consiguieron elevarse de posición al desbancar a la aristocracia.

Su menosprecio abarca a casi todos, tanto a los que están por encima de él como a los que pertenecen a su misma clase.

La posición moral en que había vivido toda su vida se renovó en casa del alcalde de Verrieres. Allí, como en el aserradero de su padre, despreciaba profundamente a las personas con que vivía y era detestado por ellos. Cada día notaba en las conversaciones del subprefecto, de Monsieur Valenod y de otros amigos de la casa cuan poco correspondían sus ideas a las cosas que acababan de ocurrir frente a los ojos de ellos. ¿Alguna acción le parecía admirable? Era precisamente esa la que suscitaba desaprobación en las gentes que le rodeaban. Su comentario interior era siempre: «¡Qué monstruos o qué estúpidos!» Lo gracioso en medio de tanto orgullo era que muchas veces no comprendía nada de lo que se hablaba.(387)11

Aquí, como en otras ocasiones, a pesar de su condición inferior, Julien mira a los que están por encima de él con sentimiento de superioridad. Le parece que los demás no ven la realidad, por lo menos no la que él ve. Lo que aprueba, a ellos les produce escándalo. El narrador se burla de su héroe y comenta que «muchas veces» no comprendía nada de lo que se hablaba. Esta ironía es frecuente, se mofa de sus personajes en aquellos pasajes en que se siente más identificado con lo que hacen o dicen. Si se lee la novela completa, queda claro que no le parecen estimables ni el subprefecto, ni monsieur Valenod ni los amigos de este último. Sin embargo, el narrador no pronuncia aquí un juicio negativo en contra de estos burgueses. ¿Por qué? Porque entiende de qué hablan, mientras Julien no. Al joven no lo dejan entender sus ideas preconcebidas acerca de cómo debería ser el mundo, mientras que el narrador reconoce que una cosa es el mundo como querríamos que fuese y otra el mundo que hay. Cinismo, realismo y pragmatismo del narrador; versus inocencia, romanticismo, incompetencia del héroe.

Al examinar la reacción negativa de los lectores de RyN de entonces, Prendergast comentó que a nadie le gustó que Stendhal mostrara tan descarnadamente lo mezquino de los valores de la Restauración. El ensayista inglés opuso esta novela a las pastorales, donde las acciones de los personajes jamás desafían los códigos vigentes, mientras que en las de Stendhal los héroes desprecian la ideología del régimen. Aspiran a valores más nobles. Prendergast identificó un conjunto de sociolectos propios de grupos sociales con quienes debe alternar Julien. Hay los valores estrechos y mercantiles de las autoridades de Verrieres, el vocabulario hipócrita del Seminario de Besancon y el ritual de los salones aristocráticos de París, destinado a preservar el orden de la nobleza.

Este último dice exactamente lo que se espera que se diga y rechaza cualquier afirmación original que pudiera desafiar las convicciones de los nobles. El propósito de las conversaciones entre los aristócratas es asegurar que toda comunicación actúe como una reproducción del orden de la realidad consagrada por ellos como la única válida. La marca del comportamiento aristocrático es una especie de aburrimiento satisfecho, de ahitamiento que lo tiene todo. Cuando el conde Korasoff le enseña a Julien cómo mantener enamorada a Mathilde, le dice que la tristeza no es de buen tono, porque implica que falta algo, o que algo ha salido mal, lo que es asimilable a mostrarse inferior. En cambio el comportamiento aburrido del noble prueba que lo inferior ha tratado en vano de entretenerlo.

A pesar de que Julien practica la hipocresía desde que llega al hotel de la Mole, los nobles ni lo sienten perteneciente a su mundo ni les parece auténtico lo que dice. Al comienzo no consigue imitar su charla vacía y lo excluyen por demasiado grave, serio y pedante. Después siguen desconfiando de él, a pesar de que logra que su charla se parezca a la de ellos. Pero lo que es natural en ellos es cosa medio artificial en él. Hay siempre algo que no persuade, algo disonante, aunque la elegancia de sus maneras sea perfecta. Tampoco logra asimilarse a sus compañeros en el Seminario de Besancon. A los jóvenes campesinos no les importa la religión, entraron en el Seminario en busca de posiciones de preeminencia. Detestan al hombre culto, al creyente o al interesado en los misterios teológicos. Inmediatamente lo aíslan por no acatar el discurso oficial del Seminario, que pone por encima de Dios y de cualquier creencia religiosa al poder del Papa. Junto con el del rey son los únicos dignos de consideración, porque desde allí se obtienen prebendas, reconocimientos, posiciones interesantes. A pesar de los esfuerzos de Julien por persuadirlos de que quiere lo mismo que ellos, no le creen.

El narrador usa el mismo procedimiento con Mathilde, al presentar como defectuosos o tontos comportamientos suyos que en verdad juzga simpáticos o estimables. Por ejemplo, al calificar el amor de Mathilde de «cerebral» agrega que lo que acaba de decir «perjudicará en más de un aspecto a su infeliz autor», porque las almas glaciales lo acusarán de indecente, entonces precisa en un paréntesis:

(Este personaje es puramente imaginario, y hasta imaginado muy lejos de los hábitos sociales que, por los siglos de los siglos, asegurarán un rango tan distinguido a la civilización del siglo XIX. No es precisamente prudencia lo que les falta a las muchachas que han sido el ornamento de los bailes de este invierno.

Tampoco creo que se las pueda acusar de desdeñar demasiado una brillante fortuna, los caballos, las magníficas tierras y todo lo que asegura una posición agradable en el mundo. Lejos de no ver más que aburrimiento en estas ventajas, ellas son, por lo general, lo que desean constantemente, y si en los corazones hay alguna pasión es para estas ventajas). (670)

El fragmento entre paréntesis manifiesta mediante una confusa y violenta ironía las verdaderas estimaciones del autor. Su real pensamiento se realza en un trastrueque de los puntos de vista que sostiene su discurso. Desde el punto de vista del autor, claramente se valora muy alto el erotismo desinteresado de Mathilde. Desde la perspectiva de los lectores decimonónicos, se ridiculiza el punto de vista del autor. Por otra parte ningún lector de RyN puede imaginar ni por un momento que en este libro se valore la «prudencia» de las jovencitas interesadas en esos bienes que siempre se han considerado vanos (carruajes, fortunas, tierras). Sin embargo, el autor sirve de vocero a la posición de estas jovencitas, claramente para denostarlas, y con ellas a cualquier lector que pudiera considerar que es Mathilde la desaprobada. El paréntesis se hace cargo, gallardamente, de lo transgresora que es su heroína y de la pobre lectura que sus contemporáneos harán del personaje. Este paréntesis no es una defensa del autor ni tampoco un guardarse las espaldas, al revés, es un insolente ataque a los prejuicios de su tiempo.

Genette dijo que no es fácil saber quién habla en los textos stendhalianos (1969:192). Es cierto, no es fácil. Nada es fácil en RyN, partiendo por el extraño título. Pero también hay la rara dedicatoria, los epígrafes falsos, el disimulo constante del narrador, la hipocresía de su personaje central, los silencios en los momentos claves y particularmente extraño es el discurso de Julien en el juicio. Todo esto produce desconcierto en el lector. Eso podría explicar que los escritores del tiempo de Stendhal lo hayan sentido un amateur.12 Deben haber pensado que su espontanidad lo llevaba por caminos que él mismo no había elegido conscientemente. Pero posteriormente, otros escritores lo alabaron por la destreza con que manejó la trama y por su estilo casi diáfano; entre ellos Genette, que identificó en Stendhal una transparencia enigmática, que a algunos hace felices y a otros ofende. Cierto, ha entusiasmado a los happy few, a los que entienden a Julien y a Mathilde, a los que valoran su resistencia y rebeldía, a los que sueñan con un mundo distinto, donde la libertad de pensamiento fuese cosa real, pero ha enojado a los reaccionarios, que detestan que se pongan en duda los principios y creencias en que ellos fueron educados. Ideas semejantes a las de Genette expresó Hugo Friedrich, cuando lo consideró escritor difícil y complejo, que gustaba del bluff y del juego (1939: 36). Brombert coincidió con ambos autores al señalar que Stendhal practicó dos formas de intervención en sus novelas: una aparente infidelidad en su manera de ver las cosas y el hábito de desaprobar a los seres de excepción que produjo su imaginación (1954: 60). Este enmascaramiento del autor es semejante al disimulo de Julien. Es la única salida para el que piensa distinto en una sociedad que no acepta al que disiente y la ambigüedad es la expresión de este disimulo en el texto.

d. Algo sobre el deseo de Julien en Le Rouge et le Noir

A través de la novela Julien se mueve entre dos opciones de vida, dos amores, dos maestros, dos padres y dos deseos. A pesar de pertenecer a la pequeña burguesía, desea ser parte del grupo de los poderosos, ojalá nobles. Varias veces rechaza ofertas económicas interesantes por un futuro incierto que imagina lleno de éxitos. Se siente llamado a grandes hazañas, su modelo es Napoleón. Este deseo le exige habituarse a una hipocresía ingenua. Por ejemplo, le oculta a Louise que siente gran admiración por Napoléon. Teme que ella pudiera rechazarlo, denunciarlo. Por otra parte siente cierto respeto por las valoraciones morales de sus maestros jansenistas, algunas ideas políticas que le inculcó en su pubertad el médico castrense, esos artículos de revistas progresistas que son su alimento espiritual en Verrieres y las lecturas de ciertos autores como Voltaire y Rousseau. Querría poder decir lo que piensa de la sociedad y del poder, pero sabe que no le conviene. Además, no sabría como hacerlo, puesto que no tiene una idea clara de lo que quiere para sí mismo, y menos aún de lo que quiere para el resto de la sociedad.

Cuando acepta el trabajo de secretario del marqués, deja de pensar en Napoléon y en ciertas ideas republicanas y se empieza a enamorar del relato apasionado que hace Mathilde de su antepasado Bonifacio de la Mole. También le sirve de modelo el conde de Altamira, segundo hijo del príncipe San-Nazaro-Pimentel, una de las familias más nobles de Nápoles, condenado a la horca por haber fracasado en una conspiración. Eso hace pensar que sus convicciones del comienzo eran muy poco sólidas y que obedecían mayormente a un resentimiento de clase. Siempre deseó ser noble, pero no a la manera de Renal, quien le parecía un pobre hombre, codicioso, vil e ignorante. Posteriormente tampoco respeta demasiado al padre de Mathilde y mucho menos aún a los nobles que visitan el hotel de la Mole. Mathilde lo persuade de que en 1830 no hay mucha nobleza que admirar y lo contagia de su nostalgia por los nobles de antaño, cuando la valentía y el arrojo eran consustanciales a esa clase. Tan pronto el marqués lo beneficia con un título nobiliario y una renta cuantiosa, siente que su novela ha terminado, y en lo que sigue después, eso que llamaremos su segunda novela, los logros de la primera le siguen interesando, pero de otra manera. Se dice a sí mismo que obtuvo todo lo que quería: una mujer noble, una fortuna, un título nobiliario por mérito y una condena a muerte, que lo pone en el mismo nivel de Bonifacio de la Mole y el conde Altamira. Con esos modelos clavados al corazón acepta morir en la guillotina y sólo desea estar a la altura de su nueva condición superior. Su deseo es jamás mostrarse cobarde y jamás infundir piedad. A este destino superior se agrega el atractivo de ser amado por una mujer generosa, digna y noble como Louise.

Muchos críticos han considerado a Stendhal el gran psicólogo del siglo, por haber sabido complejizar e iluminar el amor como nadie antes. De hecho, acuñó una categoría nueva, que llamó cristalización, extraordinariamente útil para representar la condición del enamorado. Lo característico de la cristalización es que pone en el amado(a) una serie de cualidades que quizá no tiene y es ciega a las que sí tiene. No se trata de narcisismo juvenil ni de querer que la realidad sea otra de la que es. Ocurre porque el amado(a) es siempre una promeuse de bonheur, una esperanza de algo más hermoso, más libre, mejor. Pero también porque en el enamoramiento cristaliza un conjunto de deseos, esos que hemos entendido como constitutivos del Yo. El Yo espera encontrar una enormidad en el amor: desea alegría, desea placer, desea que le reciban lo que da, desea quebrar resistencias, desea ser acogido, desea sentirse acompañado, desea compartir, desea ser comprendido, desea ser reconocido, desea ser aceptado, desea que lo ayuden a ser mejor. No es fácil que esto ocurra, en parte porque el amado quiere cosas parecidas, pero viene de otro mundo, lo mueven otras convicciones ideológicas, tiene otro carácter, otras cualidades, otros sentimientos, otro tono de vida, otra energía, es más físico o más reflexivo, más lento o más rápido, más flexible o más rígido. Las realidades de ambos a menudo chocan, se agreden, violentan, malentienden.

Igual lucidez de la que revela su estudio de la cristalización opera en la descripción que hace de los amores desiguales. En ellos cualquier distancia o apartamiento es interpretado como rechazo. El que se siente despreciado se cierra, guarda silencio o se aparta. Recuerdo haber leído en un ensayo sobre frigidez femenina acerca de una recién casada, cuyo marido se refirió negativamente a la delgadez de sus piernas en la noche de bodas. Según el ensayista, desde esa fecha en adelante ella fue impermeable a cualquier demostración de afecto. Probablemente a lo que dijo el marido se sumaron otras cosas, tan o más importantes que su comentario sobre las piernas, por ejemplo, temor de la primera experiencia sexual, tabúes sobre sexo, alguna característica personal de la afectada, o cualquier otra cosa, porque en relación al amor la vulnerabilidad es tremenda. Pero es mayor aún cuando existe diferencia de clases. Julien se siente continuamente maltratado por ser de origen plebeyo y reacciona a menudo con violencia cuando se siente tocado en ese aspecto. A veces con razón, otras sin ella.

No es fácil saber lo que uno desea, tampoco saber lo que uno es. Habitualmente se requiere una vida larga de aprendizaje para formular lo que uno siempre ha sido sin saberlo. A pesar de su temprana muerte, Julien tuvo tiempo para llegar a saber. Su deseo en la primera novela fue «ser una persona importante», y en la segunda quiso asumir plenamente su condición de caballero de la Vernaye y morir como tal. Estos deseos no eran contradictorios, se complementaban bien, puesto que para Julien la palabra noble no tenía exclusivamente un sentido de clase, sino también uno moral. Deseaba ser de esos nobles de los tiempos de Bonifacio de la Mole, y en ese sentido coincidían sus valoraciones con las de Mathilde.

Es claro que aquí no se está usando la palabra deseo en el sentido habitual, que lo entiende como el anhelo de un objeto determinado. En el deseo del que hablo no tengo conciencia de mi deseo como algo distinto de mí, yo simplemente soy eso. A lo largo de la novela Julien desea mujeres, galones, distintivos cardenalicios. Al desear estas cosas se está deseando a sí mismo como amado y socialmente preeminente. Sólo en el desenlace de la novela, el personaje adquiere conciencia cabal de que esos objetivos implicaban uno mayor. Sin saberlo, desde el principio su deseo central excluía los valores del jansenismo; nunca quiso ni pobreza ni ascética. Arrastraba el ideal de la antigua nobleza, como se prueba en sus comentarios acerca del desvalor de las ambiciones burguesas, implícitamente comparadas con lo que él cree haber sido la nobleza prerevolucionaria. Pero al mismo tiempo él siempre fue también otro, al que nunca abandonó y que era lo que le arruinaba cada una de las conquistas que conseguía.

e. Deseo a Louise y confío en ella

En lo que Julien llama «mi novela», que es prácticamente todo lo narrado antes de que lo encarcelen, es decir el 90% o más del libro, sus amores ocupan un lugar central. También importan en el resto, aunque el personaje de esas páginas nada valora más que prepararse para morir dignamente.

Cuando conoce a Louise, el héroe experimenta el clásico amor a primera vista. Desde el comienzo se siente medio enamorado, aunque no reconoce que lo está y justifica sus acercamientos eróticos diciéndose a sí mismo que lo hace por deber. Cada centímetro del cuerpo de ella se le representa como un avance en el campo de batalla. Este sentimiento belicoso parece ir en paralelo con su sentimiento de inferioridad económica, acompañado de una fuerte desconfianza. En un pasaje le confiesa a Louise que la caída de Napoleón frustró las esperanzas de jóvenes como él, que no podían hacer carrera por falta de dinero, y al notar un gesto desdeñoso de ella, finge que está repitiendo las palabras de un contratista de maderas. El narrador explica que a ella su riqueza le impedía ver que Julien podía sentirse atormentado por ser pobre, mientras él interpretó su gesto como desprecio. Con el tiempo Julien reconoce su bondad y su disposición generosa y al final de la novela llega a decirle: «Y te hablo como me hablo a mí mismo. Dios me libre de exagerar».

Es una hermosa manera de comunicarle que la quiere más que a nadie. Igual que a sí mismo. Y también una hermosa manera de decirle que confía en ella. Lo que me digo a mi también te lo puedo decir a ti. Sabe que lo que dice no es fácil de creer. Invoca a Dios, porque parece que tanta cercanía pudiera ser exagerada. Muchos ven en Julien a un narcisista, pero ¿existe amor completamente libre de narcisismo? Tampoco lo está el de Julien, su deseo es que lo ame una mujer materna, que lo quiera por encima de todos y todo. Así lo ama Louise, con ella goza una cercanía que todos creemos irrepetible en el adulto. En la novela es posible, ¿milagro de amor o sueño romántico?

De Mathilde también se enamora, pero la distancia entre ellos no se acorta ni siquiera cuando se convierten en amantes. Más bien aumenta. Ella siempre le recuerda su propia pertenencia a la nobleza. Sólo lo siente a su altura al final de la novela, cuando lo asimila a Bonifacio de la Mole, ese noble antepasado suyo que fue condenado a muerte. Pero el lector piensa, errando en este caso, que nadie querría la condición de condenado a muerte para ser amado. Al final del libro, Julien se distancia de ella, aunque no de su estimación por el antepasado Bonifacio. Con ese relato en el corazón se vuelve nuevamente a Louise.

Algunos críticos se han asombrado de que en Louise convivan la maternidad cariñosa y el erotismo apasionado, porque la literatura de ese tiempo no admitía esa coexistencia. La mujer o era madre buena o era buena amante, pero nunca las dos cosas al mismo tiempo13. Los esposos temían al vivo deseo sexual de sus mujeres, había el peligro de los hijos adulterinos, asunto descrito en la novela balzaciana La mujer de treinta años. También había el peligro de que la esposa huyera con el amante y abandonara sus deberes conyugales, como sucede en la novela rusa Anna Karénina. El orden burgués necesitaba una familia sólida, y ella dependía de la esposa, por eso durante la Restauración se impuso el confinamiento de las mujeres a la esfera doméstica. No es raro que los personajes femeninos de Stendhal produjeran molestia en los lectores de ese tiempo. Les debe haber parecido muy desagradable que el autor imaginara personajes femeninos con destino personal, con deseos eróticos fuertes, además de un sano instinto maternal.

Los lectores contemporáneos de Stendhal despreciaron a Julien por considerarlo un arribista inmoral. Incluso ahora se lo juzga así. Ven cálculo e interés en su deseo de ser amado por dos mujeres nobles. Es verdad que desde que llega a la mansión de los de Renal, Julien se pone a la tarea de enamorar a la esposa de su empleador, pero no lo hace con el propósito de escalar, mayormente desea probarse a sí mismo que puede hacerla suya. Lo mueve una extraña idea del deber, que al borde de la muerte entiende como «el tronco de un árbol sólido en el que me apoyaba durante la tormenta». (798)14 Por cierto, también lo seduce su belleza. Se siente encantado cuando la ve por primera vez, lo enamoran sus ojos oscuros y se atreve a besarle la mano, lo que la sorprende desagradablemente. No espera un gesto así del futuro preceptor de sus hijos. Pero a Julien no lo detiene ni su juventud ni su condición social; unos meses después le toma la mano, luego el brazo, más tarde pone su pie encima del de ella, entendiendo estos avances como parte de una estrategia guerrera de conquista. Y como es inexperto en asuntos amorosos y no ha leído las novelas que lo podrían ayudar en su plan de seducción, se guía por unas normas medio espontáneas que ha elaborado a partir de sus lecturas sobre las campañas de Napoleón y de los dichos del emperador sobre las mujeres. El narrador ironiza su estrategia y la compara con los modelos parisinos:

En París, la posición de Julien con respecto a madame de Renal se habría simplificado muy pronto; pero en París, el amor es hijo de la novela. El joven preceptor y su tímida amante habrían encontrado en tres o cuatro novelas y también en los couplets du Gymnase el esclarecimiento de su posición. Las novelas les habrían dado los roles que debían jugar, mostrado los modelos a imitar; y tarde o temprano, y aunque sin ningún placer, y quizá a regañadientes, la vanidad de Julien lo habría forzado a seguirlos.(383)

No se ama en provincia como en la capital. En París los enamorados se rigen por los modelos que encuentran en las novelas. Más tarde, con Mathilde, Julien se ve obligado a utilizar el método del príncipe Korasoff. Esta estrategia coincide con los códigos de la época, su rasgo principal es el disimulo. Jamás dejar ver lo que se siente realmente, porque toda espontaneidad estimula el desprecio femenino. Pero como Julien vivía en provincia y no conocía los modelos parisinos, se inspiraba en Napoleón, y se imaginaba a las mujeres como territorios de conquista. En la guerra napoleónica, después de conquistar la fortaleza, se termina el combate, mientras que con el método Korasoff el juego diplomático sigue indefinidamente y fastidia al conquistador, que nunca vence del todo.

Antes de la primera cita con Louise repasa algunas ideas de Napoleón sobre las mujeres y la guerra. Va a su dormitorio como a una fortaleza, «más aterrado que si fuera al encuentro de la muerte […] Cuando abrió la puerta temblaba de tal modo que las piernas se le doblaban y tuvo que apoyarse en el muro; […] respondió a sus reproches arrojándose a sus pies y abrazándose a sus rodillas. Y como ella le hablara con gran dureza rompió a llorar»15. (426) Difícil identificar sus actos con los de un guerrero experimentado, menos con Napoléon. Lo de que se ponga a llorar como un niño muestra que el ánimo marcial se ha convertido en debilidad infantil y temor del rechazo. Y esta estrategia resulta mejor, consigue transformar la primera indignación de ella en acogimiento y amor.

«Unas horas más tarde salía del cuarto de madame de Renal; hablando como en las novelas, puede decirse que no le quedaba nada que desear». Las imágenes que siguen son como una narración razonada de lo que pasó durante la elipsis más la complicadísima idea que el autor parece tener de su personaje:

Pero víctima de su complicado orgullo, hasta en los momentos más dulces pretendió desempeñar el papel de un hombre acostumbrado a dominar mujeres: hizo increíbles esfuerzos de atención para malograr sus propios atractivos. En lugar de atender a los arrebatos de amor que suscitaba y a los remordimientos que despertaban, no olvidó ni un momento la idea de deber. Temía a un remordimiento horrible y a un ridículo eterno si se apartaba del modelo ideal que se había propuesto seguir. En una palabra, lo que constituía la superioridad de Julien fue precisamente lo que le impidió gustar la felicidad que le salía al paso. Como una mocita de dieciséis años, con una tez de rosa que cometiera la insensatez de ponerse colorete para ir al baile. (426)

La equivocación que señala el narrador parece probar que una vez conseguido el acceso a la amada, Julien volvió neciamente a sus estrategias napoleónicas y arruinó con eso su propia experiencia, que debió haber sido sublime, como parece haberlo sido para ella, que actuó simplemente como una enamorada y no como un ejército vencido. El narrador extrema su ridiculez comparándolo con una jovencita que cubre su belleza tontamente con colorete.

Tras salir del cuarto de Louise, Julien se pregunta: «¿De modo que ser feliz, de modo que ser amado no es más que esto?» (427) y el narrador comenta: “Se sentía en ese estado atónito y desasosegado en que cae el alma que acaba de obtener lo que durante mucho tiempo deseara. Habituada a desear, no le queda ya qué apetecer; y por otra parte, todavía no ha llegado a la etapa de los recuerdos». De regreso en su cuarto repasó lo que había hecho «como el soldado que vuelve del desfile» y se preguntó si había cumplido bien su papel16. El deseo es algo muy complejo, incluye una idea de uno mismo y Julien pensaba que entre las habilidades de un hombre superior debía estar la sapiencia erótica. El narrador cree que esta virtud se encuentra en la espontaneidad, en estar allí, sintiendo a la mujer, percibiendo sus cambios, sus temores, sus deseos. Piensa que si Julien hubiese sido espontáneo como Louise, no habría abandonado el cuarto de ella con el alma vacía de deseo y sin nada por qué suspirar. Y deplora que por vanidad masculina y deseo de quedar bien haya desaprovechado esa oportunidad que podría haber sido gloriosa. Aunque el narrador se ríe de Louise por lamentar no haber conocido a Julien diez años atrás, cuando no era la mujer de treinta que es ahora, la entiende, y la encuentra adorable, porque a todos en esos casos se nos ocurren tonterías semejantes.

Merece atención la estimación muy positiva del texto por la espontaneidad erótica, cuando en los artes amandi siempre se ha destacado la importancia del control masculino. Pero aquí la espontaneidad no implica ni abandono ni falta de conocimiento, refiere a dejar fluir y a no obstaculizar con ideas preconcebidas la mágica coincidencia entre los amantes. Julien es como el violinista, que en vez de hacer música, se observa constantemente mientras ejecuta la pieza, ya sea para aprobar o para corregir.

La conciencia de la diferencia de clase es una constante en Julien y por eso se pregunta: «¿cómo yo, tan pobre, de tan baja crianza, tan ignorante, a veces tan ordinario en mis modales, he podido inspirar un amor como este?»17 (450) Según el narrador, uno de los componentes más importantes de su amor «era todavía ambición, alegría de poseer a una mujer tan hermosa». Le encantaba mirar los vestidos que ella guardaba en el armario, cada uno de ellos le reafirmaba su vanidad, la dicha de su triunfo por haber enamorado a una mujer hermosa, noble y rica. Al sentirse objeto del amor de una mujer así, él se elevaba de clase.

Cuando Louise consigue hacerlo nombrar guardia de honor el día en que el rey visita Verrieres, los lugareños liberales huelen algo raro y se ponen a murmurar. Deciden que son amantes y justo entonces el hijo menor de Louise se enferma gravemente. Ella se culpa primero a sí misma y luego a Julien: «Déjame –le dijo un día- por el amor de Dios vete de esta casa; tu presencia aquí es lo que mata a mi hijo. ¡Dios me castiga –añadió en voz baja-: él es justo y adoro su equidad; mi pecado es horrendo, y yo vivía sin remordimiento!» Al verla de rodillas a los pies de su marido, dispuesta a confesar su falta, Julien se asombra: «¡Con que esto es el adulterio […] ¿Será posible que estos curas tan hipócritas tengan razón? Con todos los pecados que cometen, ¿tendrán el privilegio de conocer la verdadera teoría del pecado? Qué cosa más rara». Recién entonces se da cuenta de la gran pasión que ella siente por él, más fuerte que la lealtad al marido, más poderosa que la devoción por sus hijos, más intensa que sus convicciones religiosas.

Por fin Julien se siente querido y encantado con la imagen que ella le devuelve de sí mismo. Antes de partir a París, después de un período de estudios en el Seminario de Besancon, Julien la pasa a ver. Es de noche y utiliza una escala para llegar a su dormitorio. Como la primera vez, ella lo echa indignada de su cuarto, «estoy arrepentida de mi pecado; el cielo se ha dignado iluminarme –repetía con voz entrecortada- ¡Márchese! ¡Huya!», pero Julien insiste y cuando ella rechaza incluso su tuteo, él se pone a llorar amargamente y reclama: «¡De modo que yo he sido olvidado completamente por el único ser que me amó alguna vez! ¿Para qué vivir entonces?» (546) Pero tras tres horas de tiras y aflojes, ella vuelve a ceder. E igual que la primera vez, «así obtenida con arte, la cosa no fue más que un placer». (549)

De nuevo los cálculos excesivos le echan a perder a Julien una dicha que podría haber sido «divina», pero «ebrio de gozo le propuso pasar todo el día escondido en su cuarto y no marcharse hasta la noche siguiente». (550) A la mañana, ella le aconsejó que se metiera debajo de la cama si entraba la doncella y Julien entusiasmado pensó, «¡mujer verdaderamente superior! Oh, reinar en un corazón como este es una verdadera gloria», y un poco más adelante, al decirle Louise que su único temor era quedarse sola después que él se fuera, reflexionó, «ni siquiera en París podré encontrar un carácter tan grande». (553)

Al examinar sus relaciones con Louise, se entiende que junto con desear quebrar su resistencia para obtener nuevas victorias, Julien la quiere y confía en ella como en nadie. Pero a pesar de eso, sigue obsesionado de que lo reconozca una mujer superior, de gran carácter, como esas soberbias mujeres que viven en París. En su alusión a las parisinas prueba que quiere amar a Louise, pero también a esas mujeres que pudieran ser superiores a ella. Julien apuesta al rojo y al negro. Confunde al lector la mescolanza que atosiga el ánimo del joven. Parece no darse cuenta de que andan enredados en su pensamiento componentes de vanidad necia y de real enamoramiento, además de una suerte de resistencia a conocer la dicha cuando la experimenta. Estos enredos juveniles van a resolverse al final de la novela. Sólo cuando se enfrenta a la muerte, entiende que nada deseó y gozó tanto como estar amándola. No queda sino pensar que en su extrema juventud no tuvo tiempo para distinguir su propia vanidad de sus sentimientos profundos.

f. Deseo que la nobilísima Mathilde me ame

De todas las heroínas de Stendhal, la más interesante y compleja es ciertamente Mathilde de la Mole. Muy culta, ha leído a los clásicos, a los filósofos y a los políticos. Siempre esconde entre sus cosas íntimas un par de libros prohibidos. Le gusta Voltaire y parece entenderlo. Tiene una idea muy clara de su tiempo, reconoce que el poder se ha desplazado de la nobleza a la industria y a la banca. Se ríe con los nobles, le agrada que sean de costumbres refinadas, que sepan comportarse en los salones y decir lo que se debe. Pero al mismo tiempo la aburren, los encuentra blandos, previsibles, insignificantes, ignorantes. Saben bailar, se visten con elegancia, tienen buenas maneras, pero no comprenden la estructura real de las cosas y a pesar de todas las revueltas sociales y cambios políticos siguen comportándose como si nada hubiera pasado. Su padre, el marqués, es hombre muy rico, de influencias, y conoce el tejemaneje especulativo y el mundo en que vive, pero permanece apegado a los valores tradicionales de la nobleza y le duele comprobar la decadencia de los suyos. Su gran deseo es casar a Mathilde con un duque.

Al enterarse del linaje de Mathilde y escuchar su relato apasionado sobre Bonifacio de la Mole, Julien piensa: «Esta es la inmensa ventaja que ellos tienen sobre nosotros […] La historia de sus antepasados los eleva por encima de los sentimientos vulgares y no tienen que pensar constantemente en su subsistencia». (623) En esta reflexión se revela su estimación por los nobles, cuyo linaje les permite no preocuparse de cosas tan pedestres como ganar dinero y tener lo indispensable para vivir. Se trata de una nobleza de clase, de espíritu y de fortuna. Querría tener la independencia de ellos, y no estar a sueldo como secretario del marqués, donde a menudo se siente ninguneado, por eso lo pone loco de alegría la primera declaración de amor de Mathilde, esa mujer tan rica y tan noble. El texto es explícito al destacar que su dicha no es amorosa, sino de clase. «De modo que yo –exclamó de pronto, pues la pasión era demasiado fuerte para poderla contener- yo, un pobre plebeyo, recibo una declaración de una gran dama». (639) Lo hincha de orgullo que ella lo prefiera al marqués de Croisenois, que es guapo y sabe decir oportunamente una frase ingeniosa y aguda. Aunque se siente medio culpable de serle desleal a su patrón por acostarse con su hija, al mismo tiempo piensa que es estúpido apiadarse de ese hombre sin escrúpulos, que aumenta su gran fortuna especulando con los títulos de renta en períodos de crisis políticas. Sería tonto si no bebiera de ese «cristalino manantial que viene a calmar [su] sed en el desierto abrasador de la mediocridad que [atraviesa] tan penosamente». (640) Tiene una sed de nobleza gigantesca, y Mathilde, la aristócrata más codiciada de París, podría quizá saciarla. Piensa que jamás un pobre diablo como él, que se cree nacido por obra del azar, volverá a tener una ocasión semejante; tendrá amoríos, pero subalternos. Por cierto que la posibilidad de casarse con ella no entra en sus cálculos, es realista y entiende que eso es imposible.

Al verla por primera vez lo deslumbran sus ojos azules, le parecen los más bellos que ha visto, pero en ellos adivina un alma fría. Recién se siente medio seducido cuando la mira desde la ojos de los nobles en la fiesta del duque de Retz. Lo que lo entusiasma es la admiración que suscita su belleza entre la aristocracia y siente una satisfacción vanidosa por su preferencia18.

En la relación erótica de la pareja hay pasión, pero no del cuerpo. Según el texto se trata de pasión cerebral. Ella no siente placer la primera vez que copulan. El narrador comenta que «en realidad, sus efusiones eran un poco forzadas. El amor apasionado era más bien un modelo a imitar que una realidad». (657) La joven se forzó a dulzuras que no sentía y a un tuteo que le daba vergüenza, y en vez de sentir la felicidad perfecta de que hablaban las novelas, sólo experimentó sufrimiento de clase por haberse acostado con un inferior. Y el narrador aclara que su «razón condenaba con horror la insigne locura que acababa de cometer […] era como para tenerle odio al amor». De manera concisa, pero a la vez explícita, el texto concluye que «Mathilde terminó por ser para él una amante amable».

Tampoco Julien se sintió enamorado. «La alegría que de tiempo en tiempo ocupaba su alma era como la de un joven subteniente, que a consecuencia de alguna acción extraordinaria acababa de ser nombrado coronel por el general en jefe». (658) Su alegría era de clase, gracias a su arrojo y coraje había ascendido varios peldaños en la escala social. De subteniente a coronel. En esta novela las escalas tienen dos sentidos: funcionan como imagen del encumbramiento social y son también el medio de que se sirve Julien para llegar a las alcobas de sus enamoradas.

Desde el comienzo de la relación, Mathilde lo desprecia cuando lo siente enamorado. Suele ocurrir que las mujeres reaccionen negativamente ante el exceso de manifestaciones cariñosas de sus enamorados. Desde allí Mathilde incorpora a su relación con el joven la superioridad de su clase e incluye una contradicción que ella misma no ve y que se vincula a su feminidad. Cuando Julien es respetuoso y distante, ella siente que sólo la situación lo obliga a eso y que quizá el joven dude de la superioridad real de ella. Siendo distante y frío resiste su poder y se eleva por sobre los nobles que la pretenden.

Mathilde es inteligente y teme que pudiera estar incubándose una nueva revolución política. En el baile del duque de Retz reflexiona sobre los méritos reales de su clase y concluye que los únicos individuos que están en una situación de poder real son aquellos que han logrado hacerse o de una gran fortuna personal, como Rothschild, o los condenados a muerte como el conde de Altamira, que asiste a los grandes banquetes, se ríe y conversa con naturalidad siendo que su vida está amenazada por haber conspirado en contra del poder. Los aristócratas evitan pensar en la Revolución, cuando deberían tenerla siempre presente, y meditar sobre lo frágil que es un poder cuyo sostén no es Dios. Mathilde sabe que hay mucha distancia entre el mundo de antes, dónde el rey podía decir de sí mismo: “el Estado soy yo”, y el de 1830 en que el monarca debe obedecer a una Constitución y los alzamientos populares se han tornado cada vez más frecuentes.

Ella hace una curiosa reflexión en el capítulo VIII de la Segunda Parte; después de aclarar que un título se puede comprar, que una cruz se obtiene sin mayor esfuerzo, y que un grado se consigue fácilmente, reflexiona que:

¡Una gran fortuna! [...] eso es, después de todo, lo más difícil y, por consiguiente lo más meritorio. ¡Qué curioso!, es lo contrario de todo lo que dicen los libros […] Bueno, pues para la fortuna, se puede casar con la hija de Rothschild […]Pero [...] La condena a muerte es lo único que a nadie se le ha ocurrido solicitar. (668)

En esta meditación, la joven valora dos cosas: una gran fortuna y una condena a muerte, todo lo demás se supone relativamente fácil de adquirir. La razón por la que Mathilde distingue estas dos cosas no es fácil de comprender. Poco dice la novela sobre la adquisición de grandes fortunas, quizá lo más señalado sea la especulación accionaria del marqués de la Mole en tiempos de crisis política, parecida a las movidas financieras de Rothschild durante la revolución de julio. No hay en Mathilde nada parecido a un reproche moral, es claro que ella identifica a las grandes fortunas personales o familiares con la estructura del nuevo orden capitalista burgués. Una forma de acceder al grupo de los poderosos es casarse con la hija de Rothschild. Mathilde calcula que su padre es mucho menos rico que el banquero, pero Rothschild es noble reciente, mientras que el linaje de ella se remonta hasta Bonifacio de la Mole, y en 1830 una nobleza así despertaba gran admiración y respeto. Había los nobles de rancios linajes y los recientes, que solían comprar sus títulos, como es el caso de Valenod. También a principios del XX, según describe Proust, un linaje como el de los Guermantes era muy valorado. Mathilde admira a su pariente por haber sido amante de la reina Margarita y por haber conspirado en contra del rey y recibido el castigo de la decapitación. También recibieron una condena a muerte los miembros de la familia real durante la Revolución y muchos otros nobles de quienes se siente próxima. Al poner juntas a las grandes fortunas (burguesía adinerada) con las condenas a muerte (nobles o reyes) señala dos cumbres en su valoración, muy difíciles de entender para el lector actual, que nunca ha estado en relación con un poder de origen divino como fue el de los nobles antes de la Revolución y que suele ignorar el enorme poder real de los muy ricos, de la misma manera que lo ocultaban, según observa Mathilde, los libros que ella leía entonces.

Cada aniversario de la muerte de Bonifacio de la Mole, Mathilde viste riguroso luto para mostrar veneración por su antepasado. A su naturaleza apasionada y romántica le encanta recordar la prueba de amor de Margarita de Navarra, que «escondida en una casa de la plaza de Greve, tuvo el valor de pedir al verdugo la cabeza de su amante». Tanto linaje y pasado heroico mortifican a Julien. Al lado de esta nobilísima se siente mísero y vulgar y quizá por eso más tarde se consuela con la idea de que quizá sea hijo natural de un aristócrata.

«¡Dios mío! ¿Por qué yo seré yo?» (722), se queja Julien cuando decide seguir las reglas del ars amandi del príncipe Korasoff. Este método no da satisfacción al que lo utiliza, pero consigue poner celosa a la enamorada. Julién está cansado de sufrir las oscilaciones de ánimo de Mathilde, que un día se pone de rodillas y le jura amor y al otro lo basurea. Hay días en que se siente una heroína por desafiar los prejuicios de su clase, y hay otros en que se avergüenza por compartir la cama con un plebeyo. Nunca olvida, ni quiere olvidar, que es hija de un marqués, de una madre cuyos antepasados participaron en las Cruzadas, pariente de Bonifacio de la Mole, amante de Margarita de Navarra, la reina más inteligente del siglo XVI.

El príncipe le entrega a Julien un conjunto de cartas para que las copie y ofrezca cada día una nueva a madame de Fervacques. Ella es la elegida para provocar los celos de Mathilde. Es curioso lo que dice Julien antes de copiarlas: «Sí, cubrir de ridículo a ese ser tan odioso, que yo llamo Yo, me entretendrá» (715). Se ve que a una parte de Julien no le gusta la otra y por eso la ridiculiza. Esa que rechaza tiene ciertamente que ver con su origen campesino. Detecta en las cartas del príncipe un miedo espantoso al ridículo, pero a él no le importa burlarse de sí mismo, se entretiene con el plan de seducción, que exige el aprendizaje de frases pintorescas y elegante dicción, pero completamente vacías de contenido. Julien entiende que para conquistar a madame debe evitar las ideas simples y razonables. En el profundo agrado que tenía madame de Fervacques por las frases largas había convicciones ideológicas, «¡no había allí ese estilo cortado puesto de moda por Voltaire, ese hombre tan inmoral!» (721), pensaba, mientras se deleitaba con las cartas de Julien.

Aquí hay una prueba clara de que incluso la literatura amorosa ha sido profanada por la ideología. El estilo refleja una condición política: estilo breve y cortado (como el de Voltaire y Stendhal19) indica progresismo; estilo largo y adornado, conservadurismo. Y el texto refuerza lo que estamos diciendo al señalar que «Aunque nuestro héroe se esforzaba mucho por desterrar de su conversación toda sensatez, todavía había en ella un matiz antimonárquico e impío que a madame de Fervacques no le pasaba inadvertido». Es decir, junto a sus frases largas, alambicadas y sin sentido (propias del estilo monárquico), a Julien se le sale algo sesudo (estilo antimonárquico), que produce molestia en madame.

Merece atención que Mathilde también se sintiera atraída por esta charla vacía y recargada, la cautivaba su perfecta falsedad, eso que llamaba su maquiavelismo: «¡Qué profundidad!», se decía, «¡qué diferencia con los tontos enfáticos y los deshonestos comunes!» (721). Aunque la conversación de Julien era casi tan vacía como la de los demás, a Mathilde le gustaba su artificialidad, porque él la usaba a conciencia.

Julien aprendió a hablar como los nobles cuando entendió los supuestos de ese discurso aristocrático. No convenía que su charla tuviese como referente al mundo real y a la política. Lo bueno era emitir frases huecas que los nobles tenían naturalizadas. Ellos no notaban su vaciedad, porque esa forma de hablar era la suya, vivían en ella. Mediante ella reforzaban su sentimiento de clase, e intentaban persuadirse de que seguían siendo los dueños de Francia. No era tan difícil seguirles el juego, bastaba tener ingenio, ser un buen comediante y esconder los verdaderos sentimientos. Con la manera de vestir pasaba algo ligeramente diferente. El texto dice que durante este tiempo Julien llegó a ser de los hombres más elegantes de París y que tenía una ventaja respecto de los nobles: dispuesto su atavío, no pensaba más en ello. Los aristócratas, en cambio, se cuidaban exageradamente de su aspecto y conseguían resultados menos espectaculares que Julien.

De esta descripción stendhaliana de los nobles se desprende que en ellos había cierta inseguridad respecto de cómo vestir. ¿Con la elegancia y el lujo de antes o la sencillez y austeridad de ahora? Conviene recordar lo mucho que se simplificó la indumentaría masculina durante el siglo XIX: los burgueses ricos se vestían sobriamente y su color preferido era el negro, aunque también incluían el color pardo. En vez de los antiguos calzones se comenzó a llevar pantalones y al final de siglo todos los llevaban, independientemente de su clase social.

En todo caso, lo que Mathilde admiraba de Julien era que pudiera simular ser noble y al mismo tiempo burlarse con una gracia y habilidad admirables de eso que llamaba «yo».

Este juego lo entretuvo por un tiempo, pero lo martirizaba la idea de que Mathilde pudiera deslizarse a su desdén de antes. Calculaba que podía cortar con esa sucesión estúpida de desprecios y amores si llegaba a dominarla mediante el miedo. Su idea coincidía con una de las fantasías romántico-eróticas de Mathilde, cuando se representaba a Julien como un Dantón vengador y sanguinario, capaz de defenderla de los motines populares. Para ilustrar esta etapa de sus relaciones, el narrador la compara al caso de un viajero inglés, que vivía con un tigre al que acariciaba con regularidad, sin olvidar jamás mantener cargada una pistola que ponía sobre la mesa. El narrador describe a la Mathilde atemorizada como una joven tierna de las que viven en el «quinto piso» (en el siglo XIX las habitaciones en altura estaban reservadas para la servidumbre). Los papeles se han invertido, el plebeyo Julien ha conseguido quedar por encima de la noble Mathilde, todo gracias al control de sí mismo y a mantenerla atemorizada. Y tanto logró con este dominio de sí, que al final de la novela llegó a manejarla «con la misma tranquilidad con que un pianista hábil domina el piano»20.

La estrategia era demandante, debía hablar lo menos posible21, poner distancia y atemorizar. Cuando ella le rogó que la amara nuevamente, Julien exigió «garantías», lo que suscitó la aprobación entusiasta del narrador: «A mi juicio este es uno de los rasgos más bellos de su carácter; una persona capaz de tal esfuerzo sobre sí mismo puede llegar lejos, si fata sinant (730). Antes lo había criticado por excesivo control con Louise y ahora lo alaba por su frialdad con Mathilde, y es que las dos mujeres son muy distintas y las situaciones también.

La descripción de estos amores corresponde a eso que Julien llama «mi novela». Louise es sencilla, apasionada, materna, leal, sincera, inteligente, aunque con mucho menos conocimiento de la realidad que Mathilde. La marquesa es cambiante, compleja, teatral, fría, cerebral y pertenece en cuerpo y alma a la sociedad mundana de París. Louise le da a Julien seguridad, amor, confianza en sí mismo, un suelo donde pararse, información sobre los personajes más importantes de Verrieres y le facilita la sociabilidad con ellos. Gracias a Mathilde aprende a moverse en la alta sociedad de París y después se convierte en caballero de la Vernaye. Con Louise, Julien se siente aceptado y reconocido, no tiene que fingir, todo fluye, la madre lo va a recibir siempre, está dispuesta a cualquier cosa, porque lo pone por encima de todo. A Mathilde hay que probarle constantemente que se es meritorio y que se está a su altura. Hay que rendirle pleitesía y tratar de alcanzar su nivel, lo que paradojalmente sólo es posible tratándola mal, mostrándose seco, duro e insensible. Así la reduce a su rol femenino, donde se reconoce secundaria y puede amar.

g. Deseo ascender

En lo que Julien llama «mi novela», su deseo es subir de posición social sin traicionarse demasiado a sí mismo. Consigue el título de caballero de la Vernaye, desposa a la noble más codiciada de París y se convierte en yerno de uno de los hombres más influyentes de Francia. Parece demasiado para ser cierto, y quizá por eso, cuando Mathilde le habla de las concesiones a que está dispuesto el marqués, él reacciona con incredulidad y piensa que su novela ha terminado. ¿Cómo puede ser cierto que haya dejado de ser el plebeyo de antes? Ahora no se llama Sorel, le han otorgado un título nobiliario. Estas cosas milagrosas rara vez ocurren en la realidad. Y en las novelas, sólo a veces los méritos y esfuerzos personales son recompensados. Para subir hay que intrigar, coludirse con los poderosos, mentir, venderse, incluso matar y todo esto no va con Julien.

Desde niño ha sufrido su posición social y se ha visto a sí mismo como un enemigo potencial de alguien. En su breve y agitada vida reacciona violentamente cada vez que se siente pasado a llevar, como ocurre con el sastre del marqués, al que casi golpea por haberle tocado un hombro mientras le tomaba las medidas para confeccionarle un traje. También le parece pésimo que un desconocido lo mire feo en Besancon, y si no hubiera intervenido una simpática tabernera, lo habría golpeado. Algo parecido le pasa con el cochero de un noble, a quien desafía a duelo. Con sus enamoradas tampoco controla su carácter violento, a Mathilde casi le asesta un sablazo y a Louise la hiere ligeramente con un tiro de pistola.

Ives Ansel afirma que el crimen de Julien fue no haber interiorizado el formalismo de la jurisdicción moderna y no haber podido transformar la venganza personal (golpe por golpe) en una violencia simbólica. Durante la Restauración, la alta sociedad consideraba de muy mal gusto responder a las ofensas con golpes. En ella se asesinaba pulcramente con epigramas y frases filudas, como lo hace estupendamente bien Mathilde. Ansel piensa que hasta el final de la novela Julien no corrige su inclinación a responder a la afrenta con el puño, la pistola o la espada y cree que esa propensión a la violencia explica su reacción brutal a la carta de Louise. Esta lectura es perfectamente sostenible, aunque pienso que la violencia de Julien está mayormente condicionada por el mundo que lo rodea. No hay que olvidar que el intento de Stendhal fue escribir una Crónica de la revolución de 1830, es decir, quiso describir un tiempo revolucionario en que el enfrentamiento entre clases, individuos y grupos sociales era normal. Y a pesar de que la novela no incide directamente en esos hechos políticos, se siente en ella la tensión de este ambiente convulsionado.

Desde el comienzo de la novela, el narrador nos introduce figuradamente en esa atmósfera violenta, por ejemplo, al referirse a Verrieres, describe la poda de los árboles del paseo de la Fidelidad: «esa bárbara manera como la autoridad hace podar y rapar hasta lo vivo estos recios plátanos» (355). Estos robustos plátanos que –según el texto- tienen formas magníficas en Inglaterra, deben aguantar en Verrieres el despotismo del alcalde y «dos veces al año todos los árboles pertenecientes al municipio sufren una despiadada amputación». La palabra amputación tiene aquí como marco histórico las Tres Gloriosas sobre el fondo de la Revolución. Al final de la novela el narrador compara a Julien con una planta que podría haber crecido bellamente si no la hubiesen cortado cuando recién echaba brotes. Con esta comparación, el lector está obligado a ver que la violencia está incorporada al texto desde las primeras páginas: los plátanos amputados vienen a ser interpretantes de la vida y la muerte de Julien.

La Iglesia es un engranaje central de esta organización represiva. El narrador interpreta la ceremonia de Bray-Le-Haut como una excelente propaganda política del gobierno monárquico: «una jornada como aquella destruye el efecto de cien números de periódicos jacobinos» (445). Sostiene que «desde Voltaire, desde el gobierno de las dos Cámaras, que en el fondo no es otra cosa que desconfianza y libre examen y da al espíritu de los pueblos esa mala costumbre de desconfiar, la Iglesia de Francia parece haber comprendido que los libros son sus verdaderos enemigos» (509). Tampoco se libra de esta crítica irónica la vida seminarista de Julien: «El lector nos permitirá que demos muy pocos detalles claros y precisos sobre esta época de la vida de Julien. No es que nos falten, al contrario, pero quizá lo que vio en el Seminario es demasiado negro para las moderadas tintas que hemos procurado conservar en estas páginas» (516). Y de los seminaristas dice: «Mas ¿para qué nombrar a sus amigos, a sus enemigos? Todo esto es feo; y tanto más feo que la descripción, porque es más verdadero. Y sin embargo, esos son los únicos profesores de moral que tiene el pueblo, y ¿qué sería de él sin ellos? ¿Podrá el periódico algún día reemplazar al cura?» (528). La pregunta es brutalmente irónica, después de todas las descripciones negativas que hay en la novela sobre los sacerdotes, se deduce que sólo una prensa libre e informada podría sacar al pueblo de su ignorancia.

En su viaje en diligencia a París, acompañado del bonapartista Falcoz y el filósofo Saint-Giraud se agrega otro elemento provinciano negativo. El filósofo cuenta que harto de París y «sediento de cordialidad y de simplicidad», decidió comprar una finca en las montañas de Verrieres, pero en vez de buen espíritu encontró la perversidad de la provincia. De las maldades de los curas y de los nobles recientes culpa a Bonaparte, que «sólo fue grande en los campos de batalla» y que como emperador fue «una nueva edición de todas las sandeces monárquicas» (558). Su interlocutor se burla de los hidalgos rurales, y menciona a nuestro conocido Valenod, ennoblecido por la Revolución. Los personajes se quejan de que los antiguos nobles hayan sido desplazados de sus posiciones de poder por los burgueses adinerados, cuyos títulos recientes no inspiran respeto. Estos burgueses aspiran a que se les considere nobles de verdad, pero todo en ellos es falso, basto y vulgar. El narrador incluye entonces el dato de que el hermano del filósofo se adjudicó a muy bajo precio propiedades municipales.

No es raro entonces que en este mundo, donde los burgueses aprovechan los resquicios legales para enriquecerse con bienes del municipio, donde la norma es la corrupción silenciosa, donde la propaganda gobiernista utiliza el poder de la Iglesia para desinformar al ciudadano común, donde los libros y los periódicos son demonizados, donde las posturas disidentes son severamente castigadas, los que desean ascender se vean obligados a convertirse en hipócritas.

Por eso mismo, en este texto la palabra hipócrita tiene una especial polisemia. Muchas veces se dice de Julien que es hipócrita y como la palabra tiene marca negativa en nuestra cultura, se piensa que en la novela también. Pero si se atiende a la lógica del mundo narrativo, se entiende que prudencia e hipocresía tienen más o menos los mismos valores sociales. Si se trata de escalar posiciones, el texto estima a ambas como eficaces y realistas. En este mundo sólo hay que abrir la boca para decir lo políticamente correcto. A este sentido inusual, positivo, se le agrega el negativo corriente.

Casi todos los que se relacionan con Julien vaticinan que llegará muy lejos; la primera es, por cierto, Louise: «ella creía ver con más claridad cada día al futuro gran hombre en este joven abate. Lo veía Papa, lo veía primer ministro como Richelieu» y se preguntaba «¿viviré yo lo suficiente para verte en tu gloria?»(436). El obispo de Besancon piensa cosas parecidas al final de una visita que le hace Julien; después de regalarle unos volúmenes de Tácito le dice: «Joven, si es prudente tendrá algún día la mejor parroquia de mi diócesis y no a cien leguas de mi palacio episcopal, pero es preciso ser prudente» (537). Tampoco se resiste a su seducción la mariscala de Fervacques, que después de leer sus cartas y escuchar su charla resbaladiza, artificial y estudiada, lo imagina obispo (716). Y a pesar de su sequedad jansenista, el abate Pirard no le mezquina alabanzas. Cuando lo recomienda para el cargo de secretario del marqués dice de él que «tiene el fuego sagrado, él puede llegar lejos» y agrega que aunque dicen de él que es hijo de un carpintero, «yo le creo más bien hijo natural de algún hombre rico» (541). El propio marqués de la Mole, al escuchar el gracioso relato de Julien sobre su caída del caballo en un lugar público comenta: «Yo auguro algo bueno de este curita […] ¡Un provinciano con naturalidad en semejante caso!; eso no se ha visto nunca, ni se volverá a ver, y, para colmo, cuenta su descalabro delante de señoras» (573). Quienes lo conocen, valoran su inteligencia, memoria superior y finos modales y le auguran un futuro superior. El lector imagina que el texto apunta a su ulterior ennoblecimiento.

Cuando su padre lo apremia para que acepte el trabajo de preceptor de los hijos de Louise, Julien responde: «Yo no quiero ser criado» (366), pero luego reconoce que «entonces adiós a mi porvenir, adiós a mi ambición, adiós a esa hermosa condición de sacerdote por la que se llega a todo». En ningún momento, el sacerdocio se le presenta como una ayuda a los necesitados o una forma de llegar a Dios, lo que prueba que su aspiración es semejante a la de sus compañeros seminaristas. La diferencia consiste en la cuantía de lo que espera y en lo que está dispuesto a pagar por obtenerlo. Los seminaristas, cuya clase social es aun menos pudiente que la de Julien, se contentan con una abadía de pueblo y cometerían cualquier bajeza para conseguirla. Julien en cambio aspira en ese momento a un obispado y la novela entera no permite imaginarlo cometiendo indecencias en busca de ese resultado.

No es fácil saber cuánto y qué espera, puesto que ni él mismo sabe. Pero después de leer la novela completa se aclara finalmente su deseo. Mientras vive en Verrieres da la impresión que hubiera aspirado a un cargo de obispo o de general. El obispo de Besancon le advierte que a ninguna de estas posiciones se llega sin prudencia, lo que en el lenguaje de la época significa disimulo, es decir, aprender a hablar el lenguaje del medio y dotar a ciertas palabras del significado que satisface a los que mandan. Julien a menudo confunde lo que debe decir con lo que le parece moralmente conveniente, se le mezclan nociones de su formación jansenista con las nuevas que aprende en la sociedad de Verrieres y luego en el hotel de la Mole.

En Verrieres, rechaza un par de ofertas económicas bastante atractivas, como casarse con una doncella que había recibido una herencia no despreciable o formar una sociedad con su amigo Fouqué, junto a quien podría haber amasado una importante fortuna. Estos rechazos se entienden sin más: a su nariz ambiciosa y refinada le desagrada el olor del dinero burgués y prefiere el perfume de la nobleza, los obispados y los generalatos. Al rechazar a la doncella, Julien reconoce que es un hipócrita por mentirle a su tutor sobre sus proyectos. El cura le nota una pasión y ardor excesivo y le advierte que:

si te propones hacer la corte a los hombres que tienen el poder, es segura tu eterna condenación. Podrás hacer fortuna, pero tendrás que perjudicar a los pobres, adular al subprefecto, al alcalde, al hombre importante y servir a sus pasiones: esta conducta que en el mundo se llama buen vivir, puede para un laico no ser absolutamente incompatible con la salvación; pero en nuestra condición, hay que optar; se trata de hacer fortuna en este mundo o en el otro: no hay término medio (389).

Julien, que no suele mentirse a sí mismo, reconoce que el secreto ardor de que le habla el cura corresponde a su deseo de triunfar. Como no quiere obedecer sus consejos, implica engañosamente que la doncella no merece confianza. El narrador observa burlonamente:

No se debe augurar mal sobre Julien; inventó correctamente las palabras de una hipocresía cautelosa y prudente. No era poco para su edad. En cuanto al tono y a los gestos, vivía con campesinos, había estado privado de la visión de los grandes modelos. En cuanto a lo que siguió, apenas pudo aproximarse a estos caballeros se volvió admirable, tanto por los gestos como por las palabras (390).

Es claro que Julien y el abate Chelan no tienen la misma visión acerca del servicio sacerdotal. Julien piensa que el sacerdocio es un excelente medio para alcanzar posiciones de preeminencia y no tiene ningún problema en inventar una calumnia si de esta manera se le facilita el camino, mientras que Chelan privilegia el servicio público, la honestidad, el amor por los pobres y la fidelidad a uno mismo. Pero Julien es decente a su manera, no le interesa la salvación eterna (después se verá que no es creyente) y poco ciertos valores morales del sacerdote. Antes de morir, en su diálogo con un confesor jansenista le dice: «He sido ambicioso y no me lo reprocho: entonces obraba según los usos de la época» (803).

Julien tiene algunas convicciones sólidas y el lector las percibe en sus críticas a los seminaristas, al alcalde, al subprefecto de Verrieres y también a los pretendientes de Mathilde. Desprecia la avaricia de monsieur de Renal y la codicia de Valenod, le parecen extraordinariamente vulgares sus compañeros de Seminario, a quienes interesa solamente un plato abundante de comida y las prebendas que esperan conseguir. Siente insulsa la charla vacía de los pretendientes de Mathilde, él se las prohíbe al comienzo de la novela y cree que es mejor hablar de algo que de nada. Sus creencias corresponden más a una postura romántico-estética que a la moral. Por eso el narrador lo describe en la catedral de Besancon muy emocionado, con el alma exaltada por el sonido de la campana y comenta: «Jamás será ni un buen cura ni un buen administrador. Las almas que se conmueven así, todo lo más que dan de sí es un artista» (524). Raro que el narrador le asigne una vocación de artista. Lo de emocionarse en las iglesias es normal en él, antes le ocurrió en la abadía de Bray-Le-Haut y entonces el narrador comentó con ironía que en ese momento «se habría batido de buena fe por la Inquisición» (446). Lo conmovieron muchísimo las mil velas que iluminaban la abadía, los cirios de más de quince pies de altura, el perfume de los ramos de flores, las veinticuatro muchachas pertenecientes a las familias más distinguidas de Verrieres, la preciosa escultura dorada de San Clemente, de cuya herida en el cuello parecía manar sangre y mucho el rey que sollozaba teatralmente, aspectos que apelan más a la sensibilidad que a la moral22.

Lo que dice Chelan de un trepador es respaldado en parte por la novela. Durante su corta vida, Julien no solamente aprende a callar cuando es prudente hacerlo, sino también a colaborar con la fracción política más conservadora de París. Al comienzo de la novela su héroe es Napoleón, pero muy pronto disimula su adhesión y lo mismo le pasa con Rousseau, de quien fue alguna vez admirador, pero a quien niega en la fiesta del duque de Retz, respondiendo a la ironía de unos nobles con bigote que lo comparan con el escritor: «J.J. Rousseau […] no es a mis ojos más que un tonto, cuando se lanza a juzgar al gran mundo; no lo comprendía en absoluto y tenía el corazón de un lacayo que ha ascendido de clase» (606). El lujo de la fiesta le despierta los mismos sentimientos que experimentó en la abadía y en la catedral23, pero lo saca de este embeleso la ironía de los nobles que lo comparan con el filósofo. Sintiéndose humillado, en vez de referirse al pensamiento de Rousseau, habla de su clase, porque es en eso que se siente ofendido. Parece un triste intento de acercarse a la nobleza. La disculpa que se ofrece a sí mismo en la cárcel por haber aspirado a convertirse en uno de ellos se entiende sin dificultad: «entonces obraba según los usos de la época» (803), puesto que muy pocos se excluyen de estos usos para los que no hay nada más importante que la adquisición de fortuna y un título nobiliario.

Pero Julien mantiene respecto del dinero una conducta noble. Cuando Louise le ofrece dinero para que se compre ropa interior, él responde indignado: «Yo soy pequeño, pero yo no soy bajo» (384). Y más se ofende cuando le ofrece un monto mayor antes de marcharse al Seminario: «¿Quieres acaso hacer abominable el recuerdo de nuestro amor?». Para Julien las mujeres no son una fuente directa de dinero, ellas le devuelven una imagen amable de sí mismo, y la imagen reflejada es mucho más meritoria y dulce si proviene de una bella noble. Pero como al dinero lo identifica con el poder burgués, al que desprecia por bajo y vulgar, nunca lo busca directamente. Desprecia ese brillo que dora los objetos de la mansión de Valenod, de cuyo precio se entera por los dueños de casa, que vocean lo que vale cada cosa: «Jamás a monsieur de Renal se le ocurrió decir a sus huéspedes el precio de cada botella de vino que ofrece» (477). Esa conducta ordinaria lo hace sentirse «completamente aristócrata en ese momento; él, que durante mucho tiempo se choqueara ante la sonrisa desdeñosa y la altanera superioridad que percibía en el fondo de toda las finuras que le destinaban en casa de monsieur Renal». Sabe que al marido de Louise le importa el dinero tanto como a Valenod, pero reconoce que su refinamiento le impide tocar el tema.

Se siente muy superior a Valenod y a sus amigos, a Renal y también al marqués de la Mole, y a todos los nobles que acuden a su casa, lo que no impide que lo preocupe la opinión que ellos puedan tener sobre él. Su orgullo no le permite pedir favores y por eso el narrador estima que para cumplir su ambición debería haberse asociado a un grupo o a una camarilla: «Pobre del hombre estudioso que no pertenece a ninguna camarilla; le reprocharán incluso algunos éxitos poco consistentes y la alta virtud triunfará contra él» (671). La novela prueba que siempre conviene asociarse con personas preeminentes y complotar con ellos si se quiere conseguir reconocimientos importantes y distinciones. El mérito personal no asegura el éxito, al contrario, despierta la envidia y la maledicencia de los mediocres, que junto con perseguir al talentoso, justifican sus porquerías con razonamientos virtuosos24.

A pesar de las envidias y los malos tratos, Julien logra convertir las adversidades en triunfos y casi siempre gracias a sus méritos personales. Su primer éxito lo obtiene sobre Renal, que lo reprende injustamente por no trabajar seriamente con sus hijos y el joven, después de probar lo infundado de la crítica, consigue unos días de asueto y un aumento de sueldo que nunca buscó. Dichoso asciende la montaña y sobre una roca enorme, aislado de todos, su Yo se infla al compararse con un gavilán que vuela alto. Entonces asimila su destino con el de Napoleón. También convierte en triunfo su estancia en el Seminario de Besancon, al que identifica desde su llegada con un mundo infernal: «He aquí pues el infierno en la tierra, un infierno del que no podré salir» (500). Por cierto que sus pensamientos no son ni muy píos ni muy vocacionados. El narrador comenta que fue la época más difícil de su vida, fue duro que lo apodaran Martín Lutero, y también que tuviera que defenderse con un compás de fierro de los golpes de sus compañeros. Gracias a Pirard, que lo nombró repetidor para el Nuevo y Antiguo Testamento, pudo transformar este tormento en triunfo. Algo parecido le ocurrió en los exámenes donde lo castigaron con el lugar 198 por haber mencionado a ciertos autores latinos profanos. De Frilair fue el responsable. Al enterarse el marqués de la Mole, enemigo feroz de Frilair, le envió anónimamente 500 francos a Julien, y luego lo contrató como secretario personal. Incluso el duelo con Bauvoisis le fue provechoso, los duelistas terminaron íntimos y esta nueva amistad le facilitó a Julien el trato con el gran mundo. Y tanto y tan bien aprendió, que en su viaje a Londres conoció a unos jóvenes de la nobleza rusa que lo alabaron: «es usted un elegido, querido Sorel, usted posee naturalmente ese gesto frío y a mil leguas de la sensación presente que nosotros nos esforzamos tanto por adoptar» (599). Incluso tuvo su día de gloria en el palacio de Fitz-Folche, donde se hizo esperar una hora, «su aire fue insuperable» y «la manera como se condujo en medio de veinte personas que le esperaban se cita todavía entre los jóvenes secretarios de embajada en Londres» (id). Y tuvo el desenfado de visitar al filósofo Philippe Vane en la cárcel, de quien dijo a su regreso en Francia que era el único hombre alegre que había conocido en Inglaterra. El marqués, orgulloso de su desempeño y sus graciosas historias le regaló una cruz, esa que había negado a su propio hijo. Y cuando viajó al extranjero con el fin de conseguir apoyo para la conspiración de los promonárquicos tuvo dificultades importantes, pero finalmente consiguió completar exitosamente la misión y repetir de memoria todo lo que se había conversado durante la reunión de los realistas. En lo que casi fracasó fue en disciplinar a Mathilde y si no hubiera sido por el método Korasoff, al que se aplicó con gran empeño y sufrimiento, no habría logrado enrielarla. Su último triunfo, antes del final de lo que llama «mi novela» fue hacerle un hijo y con ello obtuvo para sí mismo las tierras de Languedoc, una renta de 10000 francos, un nombramiento de teniente de húsares, y un nuevo nombre. En vez de Sorel se apellidaría caballero de la Vernaye.

Tanto triunfo o deseo cumplido lo hace decir casi al final de la novela: «mi novela ha llegado al final, y el mérito es sólo mío» (749). Y no exagera, porque en sus logros hay más mérito que suerte. Gracias a sus esfuerzos se hace querer por sus dos maestros jansenistas y lo mismo le ocurre con sus dos enamoradas, que reconocen en él a un individuo excepcional. Ambas se sienten orgullosas de que las ame un hombre cínico, hábil, inteligente, con control de sí mismo, fino, valiente. Y el marqués reconoce que no puede vivir sin él; no sólo le organiza eficientemente las finanzas, también responde a su correo personal con elegancia, soltura y habilidad. Y compromete su propia vida por servirle en esa arriesgada misión promonárquica. Demuestra que es un hombre superior y todos sus próximos lo ven así.

Da la impresión que su deseo era convertirse en noble, de allí que se preguntara: «¿Será posible […] que yo sea en realidad hijo natural de algún gran señor desterrado en nuestras montañas por el terrible Napoleón?» (750). Cada vez le parecía menos improbable que fuese así y tampoco encontraba raro integrarse como teniente de húsares al regimiento número 15, uno de los más brillantes del Ejército, siendo que no había sido subteniente. El caballero de la Vernaye se merecía el finísimo caballo de Alsacia de 6000 francos que Julien Sorel compró gracias a los dineros del marqués. «Su aire impasible, sus ojos adustos y casi crueles, su palidez y su inalterable sangre fría comenzaron a labrarle una reputación desde el primer día» (751). De la Vernaye estaba loco de ambición, se sentía reconocido, y empezó a pensar que debía apurarse porque para llegar a general a los treinta años, había que ser más que teniente a los veintitrés. Pensaba mucho en su hijo, al que quería honrar. Su locura duró apenas unos pocos días.

h. Deseo morir a mi manera, como caballero de la Vernaye y acompañado de Louise

Es claro que Julien jamás imaginó el contenido que tendría su nueva novela. La primera termina cuando el marqués le concede el título nobiliario de caballero de la Vernaye. Pero no fue el camino al generalato lo que empezó, sino el camino hacia la guillotina, el mismo que siguieron muchos nobles durante la Revolución. Comienza otra vida, que el texto describe secamente: «le condujeron a la cárcel. Le metieron en una celda, le pusieron las esposas y le dejaron solo. La puerta se cerró con doble vuelta de llave. Todo esto fue ejecutado muy rápido y le dejó insensible» (754).

Lo que ocurrió poco antes de que lo encarcelaran ha sido tema de muchas especulaciones. Los críticos lamentan que Stendhal no metiera al narrador dentro de la cabeza del héroe, de modo de saber lo que pensó y sintió después de leer la carta acusatoria de Louise. Se limitó a decir que Julien corrió a tomar un coche y que en el trayecto no pudo escribir a Mathilde, porque su mano temblaba demasiado. Como en otras ocasiones, Stendhal prefiere decir menos para significar más. Lo que hace a Julien dirigirse a Verrieres, comprar el arma apenas llega allí, pedirle al armero que la cargue mientras lo escucha hablar de sus éxitos es un vacío que el lector tiene que llenar25. Pero si se atiende al temblor de la mano, a que el dueño de la armería carga el arma, porque él mismo no puede, y a que sólo logra dispararle a Louise cuando no es visible su forma se entiende que lo suyo es un estado de alienación momentánea. El narrador dice posteriormente lo mismo: que estaba loco26.

He leído muchas veces la novela y siempre he sentido que el crimen de Julien no requiere explicación. Por eso el silencio. Me parece que basta haber interiorizado lo que ocurrió antes, me refiero a los esfuerzos enormes del héroe por enamorar a Mathilde, al continuo control que tuvo que ejercer sobre sí mismo para no malograr sus proyectos de ascenso, a la rabia que debe haber sentido ante la carta innoble de Louise y a su sentimiento de orfandad por haber sido traicionado por la persona en que más confiaba.

El silencio es un recurso literario poderoso. En este caso especialmente, porque aunque comprensible, el crimen de Julien suscita sorpresa, y el lector quiere justificarlo o condenarlo. Y el narrador no lo ayuda, no aclara, se encuentra fuera de la conciencia del personaje. El lector tiene que poner la sustancia, si puede. Se trata de un cambio de estilo, que de no haberse producido hubiera obligado al autor implícito a aclarar cosas que no le convenía dejar expresas. Todo el desarrollo de la primera novela revienta junto con el pistoletazo de Julien. Efectivamente, se siente como el disparo que inicia las grandes carreras de competición, aunque en este caso la meta es la muerte.

La carta la escribió el confesor jansenista de Louise, ella solamente firmó, pero eso no la hace menos lamentable:

Lo que yo debo a la causa sagrada de la religión y a la moral me obliga, señor, a dar este penoso paso que cumplo en relación a usted; una regla que no puede fallar me ordena perjudicar en este momento a mi prójimo con el fin de evitar un mayor escándalo. El dolor que ello me causa debe ser superado por el sentimiento del deber. Ciertamente, señor, la conducta de la persona acerca de la cual usted me pide toda la verdad ha podido parecer inexplicable y hasta honrada. Ha podido parecer conveniente ocultar o falsear una parte de la realidad; la prudencia lo exigía así como también la religión. Pero esa conducta que usted desea conocer ha sido condenable en extremo, más de lo que yo puedo decir. Pobre y ambicioso, con la ayuda de la hipocresía más extrema y mediante la seducción de una mujer débil y desgraciada ese hombre ha tratado de crearse una posición y llegar a ser algo. Forma parte de mi penoso deber añadir que no tengo más remedio que creer que Monsieur J… no tiene ningún principio religioso. En conciencia, no puedo menos que pensar que uno de sus medios para triunfar en una casa consiste en procurar seducir a la mujer más considerada de la misma. Bajo una apariencia de desinterés y con frases de novela, su grande y único objeto es llegar a disponer del dueño de la casa y de su fortuna. Deja tras sí la desgracia y remordimientos eternos, etc, etc, etc… (753).

Lo primero señalable son los etcéteras. De nuevo el texto omite, pero en este caso no es necesario agregar nada, con lo dicho basta. Se alude mucho al deber, a lo sagrado, a la preocupación por el prójimo, al dolor de estar perjudicando y aunque Julien no es un santo, y ha sido egoísta, imprudente e irresponsable, jamás quiso utilizar a Louise para llegar a la fortuna de su marido. Y Louise lo sabe. Tampoco es verdad que practicara con la familia o con las gentes de la región una estrategia hipócrita para trepar a posiciones superiores. Louise le rogó que hiciera vida de sociedad con los amigos de Valenod para que no sospecharan de sus relaciones adúlteras. Y ella inventó esa astuta explicación para convencer a su marido que los anónimos provenían de Valenod, método tan retorcido que hizo pensar a Julien: «¡Perversidad femenina! […] ¡qué placer, qué instinto las lleva a engañarnos!» (470). Pero la carta no miente cuando le niega a Julien principios religiosos, aunque a Louise nunca le importó su poca religiosidad.

Tan pronto entra en la cárcel Julien entiende que se acabó todo y lo primero que le dice al juez cuando le pide su declaración es: «He matado con premeditación, compré e hice cargar las pistolas en casa de un fulano, el armero. El artículo 1342 es claro: yo merezco la muerte y la espero» (755). Y al recuperar la cordura piensa: «Yo fui ofendido de manera atroz; he matado, merezco la muerte, pero eso es todo» (757). Después que lo declaran culpable en el juicio, reconoce: «pues al fin y al cabo la quise matar por ambición o por amor a Mathilde» (784).

Estos dichos de Julien y otros parecidos han extrañado a los comentaristas, que identifican su manera de actuar con la de un suicida. ¿Pero el texto permite pensar algo así? Leemos que «la muerte en sí misma no era horrible a sus ojos. Toda su vida no había sido más que una larga preparación para el infortunio, y nunca se le ocurrió olvidar al que pasa por ser el más grande de todos» (757). Eso explica que cuando se ve dentro del presidio y siente la inmediatez del fin piense: «¡Y qué! […] si dentro de sesenta días tuviera que batirme con un hombre muy diestro en el manejo de las armas, ¿iba a tener la debilidad de estar pensando constantemente en ello, con el terror en el alma?» (id) Lo que ahora se le ha agregado es la certeza del plazo final. Y no es tan anómalo su comportamiento, sé por lo menos de una persona con un diagnóstico equivocado de muerte a fecha fija, que al saberse víctima de un error de laboratorio dijo que al volver a una vida de término incierto, perdió con eso la felicidad. No es inverosímil que Julien piense en las bondades de su situación, ni lo es su alegre presteza a disfrutar el poco tiempo que le queda.

Aspira a eso, no siempre lo logra, las visitas que recibe en la cárcel le mudan el temple y la decisión de estar a la altura de lo que tiene por delante. En vez de alegrarlo que la guillotina lo libre de una decrepitud como la de Chelan, se deprime cuando lo ve anciano y débil. Y a tanta altura siente la muerte que cuando Chelan se va, Julien calcula que se encuentra a diez grados bajo el coraje que necesita para estar al nivel de la guillotina (762). Su flaqueza aumenta antes de la visita de Fouqué y diagnostica que está a veinte grados bajo la cuchilla, pero su generoso amigo le ofrece comprar a los carceleros con todo el dinero que ha ahorrado y aunque Julien no acepta la oferta, lo reanima su bondad. A Julien lo eleva la nobleza del alma y le quita fuerza lo decadente y deplorable. Tampoco lo benefician las visitas de Mathilde, la primera vez aparece disfrazada de campesina, y Julien se siente fortalecido ante esta mujer extraordinaria, que en un rapto de romanticismo le propone suicidarse con él. Pero luego se impacienta ante sus gestos teatrales: «El hubiera sido sensible a una ternura simple, inocente y casi tímida mientras que el alma altanera de Mathilde necesitaba siempre la idea de un público y de los otros» (771). Tanta abnegación exaltada le resulta penosa y le irrita que no lo emocione su heroísmo: «Es extraño, se dijo Julián un día al salir Mathilde de la prisión, que una pasión tan viva y de la cual soy yo el objeto me deje tan insensible. ¡Y hace dos meses la adoraba! Yo había leído que la proximidad de la muerte nos desinteresa de todo; pero es tremendo sentirse ingrato y no poder remediarlo. ¿Seré entonces un egoísta? Y se hacía a este respecto los reproches más humillantes».

O sea, la muerte no es lo que dicen los libros. La condena no vuelve indiferente al condenado, que sigue experimentando los mismos altibajos de siempre, pero con una conciencia distinta. Ahora los vuelos románticos de Mathilde lo cansan, la joven se ha vuelto pasado, pertenece a ese tiempo en que soñaba con poseer a una dama como ella. Mientras su deseo era pertenecer a la nobleza, lo llenaba de orgullo que lo amara una reina como Mathilde, pero al que será decapitado lo deja frío. Ahora su deseo es morir a su manera, y el contenido de eso se aclara recién después del juicio.

Mathilde no se equivocaba en la fiesta del duque de Retz, cuando ponía por encima de todo la condena a muerte, y razonaba que todo lo demás se podía comprar salvo eso. Frente a la muerte, los estímulos del sistema pierden fuerza. Durante el tiempo en que se sentía inmortal, Julien tenía los mismos deseos de todos los demás, quería dinero, éxito y mujeres bellas. La característica principal de estos deseos es que son centrales al sistema, y desplazan cualquier otro interés posible. Asombra que Stendhal en 1830 haya podido ver lo que recién ahora convence de la idea de Mathilde: lo único que distingue realmente de los demás es la condena a muerte, pero no porque no pueda comprarse, sino porque induce una cabal marginación del sistema. «¿Qué dirán los salones de París al ver a una mujer de mi rango adorar hasta tal punto a un amante destinado a la muerte?» (772) es una pregunta que se hace repetidamente la vanidosa Mathilde, pero que no puede interesar a Julien, que «no pensaba jamás en sus triunfos de París» (id). Cuando recuerda su condición triunfante de teniente de húsares piensa: «En Estrasburgo estaba yo hecho un imbécil: mi pensamiento no iba más allá del cuello de mi ropa» (762).

Ahora lo preocupan los problemas prácticos que por su muerte tendrán que enfrentar las personas que quiere. Desde allí le recomienda a Mathilde que tan pronto enviude se case con el marqués de Croisenois y ponga a su hijo al cuidado de una nodriza vigilada por Louise. Más tarde, al enterarse de que el marqués murió en un duelo por defender la honra de Mathilde, le sugiere que se case con monsieur de Luz. El condenado se ocupa de estar sintiendo y viviendo sus últimos momentos de manera digna27. Para esto no necesita disimular, ni mentir ni hacer imagen. Frente a la muerte puede ser el que siempre quiso ser. Mathilde tenía razón.

Sin embargo, en muchos sentidos el condenado sigue siendo el de antes, especialmente en su desprecio de ciertos valores sociales. Tras la sentencia, privado de toda compañía, salvo de Mathilde, que en ese momento le resulta insoportable, reflexiona sobre la verdad, la religión, el derecho y las leyes, los salones de París, y el amor por el oro de los provincianos. Piensa que a los provincianos les ha escandalizado su rápido éxito y que todos desean su ajusticiamiento, y siente «una gran piedad filosófica por aquella multitud de envidiosos que sin crueldad iban a aplaudir su sentencia a muerte». Uno de ellos es su padre, imagina que un domingo cualquiera, después de comer «enseñará su oro a todos los que lo envidian en Verrieres y dirá: por este precio […] ¿quién de vosotros no estaría encantado de que le guillotinaran a un hijo?» (797)28. Y respecto de los salones parisinos piensa que abundan en ellos los que «se jactan de su probidad […] Pero en cuanto se trata de ganar o perder una cartera, mis honradas gentes de salón caen en delitos exactamente iguales a los que la necesidad obliga a cometer a estos dos presidiarios [sus dos compañeros en la prisión]» (796). No cree que exista el derecho natural, «sólo existe el derecho cuando hay una ley que prohíbe hacer tal cosa so pena de castigo. Antes de la ley, lo único natural es la fuerza del león, o la necesidad del que tiene hambre» (id). Del Dios bíblico sostiene que es un pequeño déspota, cruel y sediento de venganza, y prefiere al Dios de Voltaire, justo, bueno, infinito. Porque el problema con Dios es «¿cómo creer en ese gran nombre de Dios después del horrible abuso que hacen de él nuestros sacerdotes?» (798) Hay semejanza entre estas ideas y las de Nietzsche, y también la hay entre el perspectivismo nietzscheano y la visión que Julien tiene de la verdad:

Un cazador dispara un tiro en un bosque, cae la presa, él se lanza a cogerla. Su bota tropieza con un hormiguero de dos pies de alto, destruye la casa de las hormigas, dispersa a lo lejos a las hormigas, a sus huevos… Las más filósofas de estas hormigas no podrán comprender jamás ese cuerpo negro, inmenso, espantoso: la bota del cazador, que de pronto ha penetrado en su morada con una increíble rapidez y precedida de un ruido espantoso acompañado de unos rayos de fuego rojizo…

…Así la muerte, la vida, la eternidad, cosas muy simples para quien tuviera órganos tan vastos como para concebirlas….

Una mosca efímera nace a las nueve de la mañana de un día estival para morir a las cinco de la tarde: ¿cómo va a comprender la palabra noche?

Dadle cinco horas más de existencia y verá y comprenderá lo que es la noche» (799).

En esta meditación, Julien cuestiona la existencia de la verdad objetiva, como la entendió la tradición filosófica. Las perspectivas de la hormiga y de la mosca son tan limitadas como las del científico, sólo alcanzan lo que sus sentidos les dejan ver. Y estos instrumentos invariablemente mienten, porque apenas perciben una fracción minúscula del infinito. Cambiados los condicionamientos materiales de una especie, necesariamente cambia su visión del mundo. Se puede entonces decir que la condena a muerte ha acercado su visión de las cosas a la del narrador.

En la nueva novela lo más saliente es el fuerte contraste entre la postura del condenado, quieta, relativamente pareja, y la movilidad desaforada de los individuos que se agitan en torno a él. Van y vienen, traen propuestas y soluciones, lo exhortan a que actúe de un modo u otro. Tienen intereses proselitistas y los presentan como buenos medios de salvación. El Julien que actuaba según los usos de la época corría igual que ellos. Ahora, en su nueva condición de condenado repite a todos los que lo interrogan que cometió un crimen premeditado y que por lo tanto merece la muerte.

A los demás los mueven como siempre sus deseos e intereses personales. De Frilair quiere un obispado, Valenod una prefectura, pero también condenar a muerte a Julien. El marido de Louise desea que ella no visite a Julien para que la mala reputación de la pareja no lesione sus actuales objetivos políticos. El marqués de la Mole se abstiene de intervenir en este juego de intereses, pero quisiera que Julien desapareciera para poder casar a su hija con un duque. Los jansenistas calculan que la conversión de Julien podría influir en las jóvenes de Besancon y alejarlas de la política, en la que en ese momento se interesan excesivamente. Su padre quiere una compensación por las vergüenzas que está pasando y se va satisfecho con el oro que le regala Julien. Mathilde y Louise quieren salvarlo, la segunda escribe cartas a los jueces, la primera consigue una carta de solicitud de absolución del obispo de la iglesia de Francia. En algún momento Mathilde imagina la posibilidad de arrojarse al paso de la carroza del rey para pedir piedad por Julien, Louise, menos aparatosa, quiere tirarse a los pies del monarca, confesar sus amores con Julien, y aducir que disparó por pasión celosa. Hay también un abogado que desea que Julien firme el recurso. Y hay el generoso ofrecimiento de Fouqué de darle sus ahorros para que Julien compre a los guardias. Pero nuestro héroe no se mueve de su decisión; ha querido matar y merece la muerte.

Después del pistoletazo piensa muy poco en Mathilde. Su acción criminal le ha quitado la ambición: «Qué cosa más extraña. Yo creía que con su carta al marqués de la Mole había destruido para siempre mi felicidad futura, y transcurridos apenas quince días de la fecha de aquella carta, ya no pienso en nada de lo que entonces me ocupaba» (760). Se da cuenta que sus esfuerzos de antes por conseguir los bienes ambicionados por toda la sociedad correspondían a valoraciones de las que no se pudo sustraer. Ni se arrepiente ni se aprueba. No le interesan ya las pequeñas intrigas de los que lo rodean, siente que «Cada cual muere como puede, y yo sólo quiero pensar en la muerte a mi manera» (775). Próximo a morir decapitado empieza a aprender el arte de gozar de la vida; disfruta los cigarros que le consigue Mathilde y los vinos que le envía Louise, se da unos paseos por el torreón desde donde puede mirar toda la comarca, y goza la experiencia de estar amando y de ser amado. Su comportamiento se entiende sin dificultad, es natural que un condenado a muerte se distancie de los deseos y ambiciones de los que creen tener un futuro por delante.

En cambio su desempeño durante el juicio no es fácil de entender, y precisamente en esas pocas páginas se encuentra a mi entender el sentido del texto. Sigo la idea de Riffaterre de que es justo en los tropiezos de la lectura donde se encuentra su sentido. Hay muchas cosas que el lector no entiende de este final: no sabe desde dónde hace Julien su discurso, no entiende realmente lo que dice en ese discurso, no sabe por qué dice lo que dice, y no sabe lo que piensa el narrador de este discurso. Quizá en ninguna otra parte de la novela se pruebe tan poderosamente el disimulo del autor. Al mismo tiempo, al leer con cuidado lo que dice, se descubre lo que realmente piensa de la sociedad francesa de 1830.

Voy a proponer una lectura que no he encontrado en ninguno de los críticos de Stendhal que he leído y para ello voy a partir por el ánimo de Julien durante el juicio. El texto destaca que siente un profundo desprecio por algunos asistentes, un gran afecto por las mujeres identificadas con su suerte trágica, emoción ante el discurso de su abogado defensor y una repulsión violenta cuando se mira a los ojos con Valenod. Este último dato es muy importante, la mirada de su enemigo le despierta el odio por la burguesía codiciosa y envidiosa y desde este sentimiento hace su discurso. Y el narrador, en vez de burlarse de Julien, como suele hacer con los personajes que siente próximos, ahora dice algo muy raro, casi sin sentido, que Julien «iba a ceder a la emoción que lo embargaba, cuando felizmente para él ´[hereusement pour lui] sorprendió una mirada insolente del barón de Valenod» (781). Para mí, esta frase es la clave de toda la novela, pero antes de examinarla, creo que conviene detenerse en el discurso de Julien;

Señores jurados:

El horror del desprecio que yo creía poder desafiar al momento de la muerte, me hace tomar la palabra. Señores, no tengo el honor de pertenecer a vuestra clase; veis en mí un campesino que se ha levantado contra la bajeza de su fortuna.

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421 p. 3 illustrations
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9789560012630
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