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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack HQN Susan Mallery 3, n.º 231 - enero 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-645-5

Índice

La caricia de un beso

Nota de los editores

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

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Dos almas gemelas

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

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De la pluma de la excepcional narradora Susan Mallery nos llega La caricia de un beso, una historia sobre primeros amores que nunca se olvidan, ambientada en un pequeño pueblo de California donde el sentido de comunidad fomenta el amor y la amistad.

Nuestros protagonistas, Patience y Justice, piensan que un beso no los comprometía, ni tampoco otro más... ni siquiera una noche juntos. Pero acabarán aprendiendo que enamorarse se escapa al control de cualquiera.

Mallery desarrolla magistralmente a sus personajes con una prosa ingeniosa y provocativa, y unos ágiles y divertidos diálogos que estamos seguros harán las delicias de nuestros lectores. Por eso no queremos pasar la oportunidad de recomendar esta novela.

Los editores

Prólogo

Quince años atrás...

Patience McGraw no podía respirar. Se puso la mano en el pecho preguntándose si era posible sufrir un infarto y morir de miedo... o tal vez de ilusión. Tenía un nudo en la garganta, las ideas se le agolpaban en la cabeza y ahí estaba, posiblemente en el día más importante de su vida y sin poder respirar. ¡Qué patético!

—La nieve se está derritiendo —dijo Justice señalando hacia las montañas al este del pueblo.

Patience alzó la mirada y asintió.

—Está subiendo la temperatura.

«¿Está subiendo la temperatura?». Contuvo un gruñido. ¿Pero por qué tenía que parecer tan estúpida? ¿Por qué tenía que estar tan nerviosa? Estaba con Justice, su mejor amigo desde que él se había mudado a Fool’s Gold a comienzos de octubre del año anterior. Se habían conocido en la cafetería del instituto cuando ambos habían ido a echar mano de la última magdalena. Él le había dejado quedársela y ella se había ofrecido a compartirla, suponiendo que, al ser mayor, se negaría, pero al contrario, Justice le había sonreído y así se habían convertido en grandes amigos.

Lo conocía. Salían juntos después de clase, echaban partidas de vídeo juegos e iban al cine. Se divertían. Era fácil estar con él, o lo había sido hasta hacía unas semanas, cuando de pronto lo había mirado a esos ojos de un azul intenso y había sentido algo que no había experimentado jamás.

Su madre le había asegurado que era normal. Patience tenía catorce años y Justice dieciséis, de modo que no era muy probable que siguieran siendo amigos para siempre. Sin embargo, Patience no estaba segura de que le gustara ese cambio. Antes no había tenido que pensar en todo lo que decía ni preocuparse por qué ropa se ponía o por cómo le había quedado el pelo, y ahora siempre le estaba dando vueltas a todo y eso complicaba mucho las cosas cuando quedaba con él.

Después de dos meses de pensarse mucho cada palabra que decía y cada cosa que hacía, se había cansado. ¡Iba a contarle la verdad a Justice! Iba a decirle que le gustaba, que quería ser algo más que su mejor amiga. Y si él le correspondía, pues entonces... no sabía qué pasaría, pero estaba segura de que sería maravilloso. Y si Justice no sentía lo mismo, entonces probablemente su corazón roto la mataría.

Paseaban por una tranquila calle residencial de Fool’s Gold. El pequeño pueblo estaba ubicado al pie de las montañas de Sierra Nevada. Ahora que la primavera estaba dejando de lado al invierno había capullos en los árboles y los primeros narcisos y tulipanes de la temporada se mecían con la brisa de la tarde. Y nada de eso tenía que ver con el hecho de que estuviera seriamente asustada. Porque mientras que hablar sobre morir por un corazón roto era muy de Orgullo y prejuicio, el libro y la película favoritos de su madre, podía ser doloroso y algo asqueroso.

Pero tenía que averiguarlo. Tenía que dejar de preguntárselo. Tenía que decírselo y acabar de una vez con el asunto. En dos semanas se celebraría un baile en el instituto y quería ir con Justice.

Estaba segura de que a él no le gustaba nadie porque, aunque era dos años mayor, no salía con ninguna chica y siempre almorzaban juntos. Por otro lado, tampoco podía decirse que hubiera intentado besarla ni nada por el estilo. Ella no estaba segura de qué pensar sobre el tema de los besos, pero sabía que si algún chico tenía que besarla quería que ese chico fuera Justice. Oh, ¿por qué le dolía tanto el estómago?

—¿Patience?

Ella se sobresaltó.

—¿Qué?

—¿Estás bien?

Patience se detuvo y se llevó los libros contra el pecho.

—Muy bien. ¿Por qué lo preguntas?

—Estás muy callada. ¿Pasa algo?

«Qué ojos más bonitos tiene», pensó. Azules oscuros, oscuros, y con unas arruguitas que le salían alrededor cuando se reía, lo cual no sucedía muy a menudo. Por otro lado, tenía una sonrisa preciosa. Era demasiado delgado, como si hubiera crecido demasiado deprisa, pero también era muy mono. Y muy dulce con ella.

—Justice, tengo que preguntarte algo.

Él asintió y esperó. La miró.

—Claro, dime.

Patience abrió la boca y la cerró al instante. Se quedó sin palabras al perderse en el miedo, en el pánico y...

—¡Ey, Justice!

Ambos se giraron y vieron a Ford Hendrix cruzando la calle hacia ellos. Tanto aliviada como frustrada por la interrupción, soltó el aire que había estado conteniendo.

Ford tenía cinco hermanos. Era moreno y con los ojos oscuros. Todas las chicas decían que estaba como un tren, pero ella solo tenía ojos para Justice.

—¿Te puedes creer lo de ese examen de Historia? —preguntó Ford. Justice y él eran de la misma edad y tenían muchas clases juntos—. Hola, Patience.

—Hola.

Y así, juntos los tres, echaron a andar hacia casa. ¡Había perdido la oportunidad!

—Tío, ¿por qué tenemos que saber esas cosas? La Primera Guerra Mundial pasó hace cientos de años o así. Esa pregunta de la redacción...

—Ha sido brutal —terminó Justice por él.

Patience lo miró y vio que estaba observándola como preguntándose qué le pasaba. Tragó saliva al darse cuenta de que él podría preguntarle de qué había querido hablar, pero estaba claro que no podía decir nada delante de Ford. No, por muy majo que fuera ese chico.

—Yo... eh... tengo que irme a casa. Voy a atajar por aquí. Hasta mañana.

—Patience, espera.

Pero lo ignoró y salió corriendo metiéndose por detrás de una casa y cruzando el patio trasero.

A la mañana siguiente, Patience estaba decidida a no esperar ni un segundo más para contarle la verdad a Justice. Había pasado una noche terrible dando vueltas y con náuseas y no podía seguir así. Sería valiente. Sería sincera. Y si las cosas salían muy mal, estaba segura de que su madre la ayudaría.

Como cada mañana desde hacía meses, salió de su casa para ir hacia la de Justice. Él vivía un par de manzanas más cerca del pueblo, así que le pillaba de paso. Al bajar por la acera, vio la pequeña casa de dos dormitorios que compartía con su tío. Normalmente cuando llegaba, Justice ya estaba esperándola sentado en los escalones del porche, pero esa mañana no estaba ahí.

¿Lo sabría? ¿Se habría imaginado qué iba a decirle? ¿Estaría molesto? ¿La consideraba una pirada y estaba tan avergonzado que no quería ni hablar con ella?

Subió los escalones movida por el nerviosismo. Si era algo malo, quería oírlo rápido; él debería decirle la verdad para no darle esperanzas. Después se le partiría el corazón y con el tiempo se recuperaría y...

Se detuvo en el porche al darse cuenta de que la puerta estaba parcialmente abierta, como si alguien se hubiera marchado apresuradamente. Frunció el ceño y dio un paso adelante.

—¿Justice? ¿Estás bien?

Llamó una vez y la puerta se abrió.

Había estado en esa casa montones de veces. Había un salón con un diminuto comedor y una cocina al otro lado. Tenía dos dormitorios y un baño al fondo. Recordaba que había un sofá, un par de sillas y una mesita de café.

Pero allí ya no quedaba nada de eso. El salón estaba vacío, igual que el comedor. No había nada. Ni un cojín, ni una caja o un trozo de papel. Era como si allí nunca hubiera vivido nadie.

Lentamente recorrió la casa y su fuerte respiración fue lo único que se oyó en el silencio del lugar. No lo entendía. ¿Cómo podía haber desaparecido todo?

La cocina estaba tan vacía como el resto. Los armarios estaban abiertos y los estantes vacíos, igual que la pila y los cajones. En el dormitorio de Justice no había ni rastro de que hubiera estado allí alguna vez.

Volvió al salón y parpadeó para librarse de las repentinas lágrimas que la asaltaron. Dio una vuelta sobre sí misma cada vez más asustada.

No podía ser, la gente no desaparecía en mitad de la noche sin más. Algo había pasado. Algo malo.

Salió corriendo hacia la puerta principal y volvió a casa. Entró por la puerta trasera y llamó a su madre a gritos.

—¡Justice no está! ¡No están ni él, ni su tío, ni todas sus cosas!

Su madre entró corriendo en el salón.

—¿De qué estás hablando?

Le contó lo sucedido. Ava agarró una chaqueta, la siguió hasta la puerta trasera y diez minutos después estaba viendo el interior de la casa vacío. Quince minutos más y la policía había llegado.

Patience presenció todo el movimiento y escuchó la conversación. Nadie sabía lo que había pasado. Nadie había oído ni visto nada, pero todos coincidieron en que era muy extraño. Justice y su tío habían desaparecido. Era como si nunca hubieran estado allí.

Capítulo 1

—Recórtame las cejas —dijo Alfred agitando sus blancas y pobladas cejas al hablar—. Quiero estar atractivo.

Patience McGraw contuvo la sonrisa.

—¿Tienes planeada una gran noche con tu señora?

—Y tanto.

Un concepto que resultaría romántico si Alfred y su encantadora esposa tuvieran menos de... pongamos... noventa y cinco. Patience tuvo que contenerse para no decirle que a su edad debían tener cuidado; suponía que la lección más importante que podía sacar era que el amor verdadero y la pasión podían durar toda una vida.

—Estoy celosa —le dijo mientras le recortaba las cejas.

—Elegiste a un hombre pésimo —le contestó Albert encogiéndose de hombros—. Con perdón.

—No puedo quejarme porque me digas la verdad —dijo Patience, preguntándose cómo sería vivir en una ciudad más grande donde nadie supiera cada detalle de tu vida personal. Pero había nacido en Fool’s Gold y había crecido con la idea de que entre amigos y vecinos pocos secretos podía haber.

Lo cual significaba que todo el pueblo sabía que se había quedado embarazada con dieciocho años y que «ese hombre pésimo», que era el padre de su hija, las había abandonado menos de un año después.

—Ya encontrarás a alguien —le dijo Alfred dándole una palmadita en el brazo—. Una chica tan bonita como tú debería tenerlos haciendo cola —le guiñó un ojo.

Pero a pesar de sus cumplidos, resultaba que estaba increíblemente libre de hombres. Por un lado, no es que en Fool’s Gold hubiera mucho donde elegir y, por otro, como madre divorciada, tenía que tener mucho cuidado. Además, estaba el hecho de que a la mayoría de los hombres que conocía no les apetecía tener que cargar con los hijos de otros.

Mientras Patience elegía las tijeras adecuadas para librarse de un par de pelillos rebeldes, no dejaba de decirse que estaba muy a gusto con su vida. Si le dieran a elegir, preferiría poder abrir su propio negocio antes que enamorarse. Pero de vez en cuando se veía anhelando a alguien en quien apoyarse; un hombre al que amar, un hombre que estuviera a su lado.

Dio un paso atrás y observó el reflejo de Albert.

—Estás más guapo todavía que antes —le dijo soltando las tijeras y quitándole la capa.

—Cuesta creerlo —contestó Albert con una sonrisa.

Ella se rio.

—¿Patience?

Se giró sin reconocer la voz que la había llamado. En la puerta del establecimiento había un hombre.

Su mente se percató de varias cosas a la vez. Albert era su último cliente del día. Si ese hombre estaba de paso por allí, no podía saber su nombre. Era alto, con el pelo rubio oscuro y los ojos de un azul intenso. Tenía los hombros anchos y un rostro que bien podía aparecer en una pantalla de cine. Sí, muy guapo, pero no tenía ni idea de quién era...

Al instante, y cuando lo vio avanzar hacia ella, la capa se le cayó de las manos. Era más alto y mucho más musculoso, pero sus ojos... eran exactamente los mismos. ¡Hasta le salieron unas arruguitas cuando le sonrió!

—Hola, Patience.

De pronto, volvía a tener catorce años y estaba en aquella casa vacía, más asustada que en toda su vida. No habían obtenido respuestas, no desde aquel día, ni ninguna solución al misterio. Solo preguntas y la agobiante sensación de que algo terrible había sucedido.

—¿Justice? —preguntó con voz débil—. ¿Justice?

El hombre se encogió de hombros y ese gesto tan familiar le bastó para echar a correr. Se abalanzó sobre él, decidida a no dejarlo escapar en esta ocasión.

Él la abrazó casi con la misma fuerza con la que ella se aferraba a él. Estaba ahí, era real. Patience apoyó la cabeza en su hombro e inhaló su aroma. Un aroma masculino a limpio que no tenía nada que ver con el aroma del chico que recordaba. No podía estar pasando, pensó aún aturdida. Era imposible que Justice hubiera vuelto.

Y, sin embargo, ahí estaba. Pero ese hombre era muy distinto de aquel chico y enseguida la situación se volvió algo incómoda. Se apartó y se apoyó las manos en las caderas.

—¿Qué te pasó? ¡Me dejaste! ¿Adónde demonios fuiste? Estaba aterrada. Todo el pueblo estaba preocupado. Llamé a la policía.

Él miró a su alrededor y Patience no tuvo que seguirle la mirada para saber que eran el centro de atención. Ella estaba acostumbrada, pero Justice podía encontrarlo algo embarazoso.

—¿Cuándo puedes tomarte un descanso?

—En cinco minutos. Alfred es mi último cliente del día.

—Te esperaré fuera.

Se marchó antes de que pudiera detenerlo y lo hizo moviéndose con una combinación de determinación y energía. En cuanto la puerta se cerró tras él, las demás peluqueras y la mitad de las clientas se acercaron.

—¿Quién es? —preguntó Julia, su jefa—. ¡Qué hombre más guapo!

—Ya lo he visto antes por el pueblo —añadió otra mujer—. Con esa bailarina. Era su guardaespaldas.

—¿Se ha mudado aquí?

—¿Es un antiguo novio?

Alfred carraspeó antes de decir:

—Tranquilas, señoras. Dejadle a Patience algo de espacio para respirar.

Patience le sonrió con gesto de gratitud. Él le pagó el corte de pelo y le dio cincuenta centavos de propina. «No me voy a hacer rica trabajando aquí», pensó al acompañar al anciano hasta la puerta y darle un beso en la mejilla.

Después, fue a ordenar su puesto de trabajo bajo la atenta mirada de Julia.

—¿Nos darás detalles mañana?

—Por supuesto.

Compartir lo que a uno le pasaba formaba parte de la cultura de Fool’s Gold, tanto como presentarte en una casa con una cacerola de comida recién hecha cuando se producía algún nacimiento, una muerte o una enfermedad grave. Por mucho que no quisiera revelar cada detalle de su inminente encuentro con un hombre de su pasado, sabía que esa decisión no estaba en sus manos.

Paró brevemente en el lavabo para asegurarse de que no tenía manchada la camiseta negra, se soltó su larga melena castaña de la cola de caballo y por un momento se paró a pensar que debería haberse echado las mechas, haber llevado algo de maquillaje y haberse puesto una ropa algo más llamativa ese día. Pero qué más daba. Era como era, y nada, a excepción de una cirugía plástica o un cambio de imagen total, la cambiaría ya.

Se puso un poco de brillo de labios y se estiró la parte delantera de su camiseta de «Chez Julia» una última vez. Dos minutos más tarde, ya tenía el bolso en la mano y estaba saliendo a la calle.

Justice seguía allí, con su más de metro ochenta. Llevaba un traje oscuro, una camisa blanca e impoluta y una corbata gris humo.

—Hace quince años no tenías tanto estilo.

—Gajes del oficio.

—Lo cual me lleva a hacerte la pregunta. ¿A qué te dedicas? Bueno, eso puede esperar —lo miró intentando relacionar a ese hombre con el adolescente al que había conocido y amado. Bueno, vale, tal vez no lo había amado, pero sí que le había gustado mucho. Había sido el primer chico que le había gustado de verdad; había querido decírselo, había querido ser su novia, pero él se había marchado—. ¿Qué pasó?

Él miró a su alrededor.

—¿Puedo invitarte a una taza de café?

—Claro —respondió ella señalando al final de la calle—. Por allí hay un Starbucks.

Comenzaron a bajar la calle. Miles de preguntas se le agolpaban en la mente, aunque no se sentía capaz de formular ni una sola. Tenía curiosidad, pero también vergüenza, una mezcla que no propiciaba una conversación fluida y natural.

—¿Cuánto tiempo llevas...?

—Creía que...

Hablaron al mismo tiempo.

Ella suspiró.

—Hemos perdido el ritmo; qué pena.

—Ya lo recuperaremos —le aseguró—. Dale un poco de tiempo.

Llegaron al Starbucks y él le sujetó la puerta, pero Patience se detuvo antes de entrar.

—¿Has vuelto para siempre? ¿O al menos para un poco?

—Sí.

—¿No desaparecerás en mitad de la noche?

—No.

Ella asintió.

—No sabía qué pensar. Estaba asustadísima.

Él posó esa intensa mirada azul en su cara.

—Lo siento. Sabía que estarías preocupada. Quise decirte algo, pero no pude.

Patience vio a un par de mujeres mayores acercándose y entró corriendo en el local. Al llegar al mostrador, sacó su tarjeta del Starbucks, pero Justice la apartó.

—Yo invito. Es lo menos que puedo hacer después de lo que pasó.

—¡Sí, claro! Con que intentas disculparte y crees que te va a bastar con un café en lugar de invitarme a un solomillo.

Él le sonrió y esa sonrisa le resultó tan familiar que se le encogió el corazón al mismo tiempo que experimentó un cosquilleo muy claro debajo de su vientre. «¡Guau, qué guapo!». Había pasado tanto tiempo que le llevó un segundo reconocer la presencia de la atracción sexual.

«Eres patética», pensó al pedir lo de siempre: su latte de vainilla grande light. Eso era lo más parecido a una cita que había tenido en los últimos cinco o seis años. Estaba claro que necesitaba salir más y, en cuanto tuviera un poco de tiempo libre, se pondría a ello.

—En jarra grande —le dijo Justice a la chica.

Patience puso los ojos en blanco.

—Muy masculino. Ni siquiera me sorprende.

Él le lanzó otra sonrisa.

—No te veo pidiéndote un latte de soja.

—No, pero pagaría por ver tu cara mientras te bebes uno.

—No hay suficiente dinero en el mundo para eso.

Se apartaron para esperar a que preparan su pedido y después lo llevaron a una mesa de una esquina.

—Imagino que querrás sentarte de espaldas a la pared, ¿verdad? —preguntó ella al sentarse.

—¿Y por qué lo dices?

—Alguien me ha dicho que eres guardaespaldas, ¿no?

Estaba frente a ella, con esos hombros tan anchos y ese cuerpo que parecía estar desafiando al espacio que los separaba.

—Trabajo para una empresa que proporciona protección.

Ella dio un trago de café.

—¿No puedes responder que sí, sin más?

—¿Qué?

—La respuesta es «sí». No sería más fácil que decirme que trabajas para una empresa que proporciona protección?

Él se inclinó hacia ella.

—¿Cuando éramos pequeños eras tan fastidiosa?

Ella sonrió.

—He mejorado con la edad —levantó su vaso—. Bienvenido, Justice.

Los ojos marrones de Patience parecían danzar de diversión, tal como él recordaba. Estaba un poco más alta y había desarrollado unas curvas fascinantemente femeninas, pero por lo demás seguía siendo la misma. «Atrevida», pensó. No era una palabra que habría utilizado para referirse a una adolescente, pero sí que encajaba a la perfección ahora. La Patience que recordaba había sido todo carácter y franqueza, y parecía que eso no había cambiado.

Ella miró a su alrededor y suspiró.

—¿Qué habrá? ¿Unos cinco millones como este en todo el país? Necesitamos algo distinto.

—¿No te gusta el Starbucks?

—No —respondió antes de dar otro trago—. Adoro Starbucks, pero ¿no crees que un pueblo como Fool’s Gold debería tener un establecimiento local? Me encantaría abrir mi propia cafetería. Qué tontería, ¿no?

—¿Por qué va a ser una tontería?

—No es un gran sueño. ¿No deberían ser grandes los sueños? ¿Como, por ejemplo, acabar con el hambre en el mundo?

—Tienes derecho a soñar lo que quieras.

Ella lo observó.

—¿Con qué sueñas tú?

Él no era un gran soñador. Quería lo que el resto de la gente no valoraba: la oportunidad de ser como los demás. Pero eso no lo podía tener.

—Acabar con el hambre en el mundo.

Ella se rio, y ese alegre sonido lo hizo retroceder en el tiempo hasta aquella época en la que eran niños. Lo habían obligado a mentir cada segundo del día. Lo habían intentado disuadir de que se hiciera amigos y se relacionara demasiado, pero los había desafiado a todos al decir que Patience era su amiga. Incluso, entonces, había sabido que era distinto, pero, aun así, había querido sentir que ese era su sitio. Ser su amigo había sido lo único «normal» de su vida. La había necesitado para sobrevivir.

Había hecho una elección egoísta y ella había pagado el precio. Cuando había tenido que marcharse, ni siquiera había podido decirle por qué, y más adelante había sabido que ponerse en contacto con ella la introduciría en su mundo y la apreciaba demasiado como para hacerle eso.

Pero entonces, ¿cuál era su excusa ahora? Mientras la miraba a los ojos sabía que de nuevo había optado por lo que quería en lugar de lo que era correcto para ella. Sin embargo, no había podido resistirse a la llamada de su pasado. Tal vez, en el fondo, había estado esperando que no fuera tan maravillosa como la recordaba y ahora tenía que lidiar con el hecho de que era aún mejor.

Patience se inclinó hacia él.

—Has estado fuera demasiado tiempo, Justice. ¿Qué ha pasado todos estos años? Primero estabas ahí y al segundo habías desaparecido.

Aún llevaba el pelo largo y él podía recordar esas suaves ondas y cómo se le había agitado el cabello al caminar. Muy sexy.

Por entonces, había sido demasiado mayor para ella. Al menos, eso se había dicho cada vez que se había visto tentado a besarla. Un chico de dieciocho años haciéndose pasar por uno de dieciséis para engañar al hombre que quería verlo muerto.

—Estaba en el programa de protección de testigos.

Ella abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierta.

Justice esperó a que asimilara esas palabras y se tomó un momento para mirar el dibujo de una peluquera que tenía en la parte delantera de su camiseta de «Chez Julia». La muñeca dibujada estaba empuñando unas tijeras con actitud muy cómica.

—¿Estás de broma? ¿En serio? ¿Aquí?

—¿Y dónde mejor que en Fool’s Gold?

—No puede ser verdad. Parece cosa de película.

—Fue real —dio un trago de café y pensó en su pasado.

Rara vez hablaba del tema y ni siquiera sus amigos más íntimos estaban al tanto de los detalles.

—Mi padre era un criminal reincidente —dijo lentamente—. Un hombre que se creía que el mundo le debía algo. Iba de crimen en crimen. Si hubiera puesto la mitad de esfuerzo en tener un trabajo estable, podría haber hecho una fortuna, pero eso a él no le iba.

Patience seguía con los ojos de par en par mientras sostenía su taza.

—Por favor, no me hagas llorar con tu historia.

Él levantó un hombro.

—Haré lo que pueda por ceñirme a los hechos.

—¿Porque eso no me hará llorar? —respiró hondo y añadió—: De acuerdo, así que fue un mal padre. ¿Y después qué?

—Cuando tenía diecisiete años, él y un par de colegas atracaron un supermercado. El dueño y un cajero murieron y fue mi padre el que apretó el gatillo. La policía pilló a sus amigos y ellos delataron a mi padre. Bart. Se llamaba Bart Hanson —al nacer, a él le habían puesto el nombre de Bart Hanson Junior, pero lo había rechazado hacía años y se lo había cambiado legalmente. No había querido nada que hubiera pertenecido a su padre—. Los SWAT fueron a buscarlo, pero mi padre no tenía intención de entregarse sin luchar. Lo había planeado todo y tenía pensado cargarse a tantos polis como pudiera. Yo descubrí lo que iba a hacer y salté sobre su espalda. Lo distraje lo suficiente para que la policía pudiera atraparlo y no le hizo ninguna gracia.

Bueno... eso era decir poco. En realidad, su padre lo había maldecido, había jurado que lo castigaría costara lo que costara. Y todo aquel que había conocido a Bart Hanson sabía que era más que capaz de asesinar a su único hijo.

—Es horrible. ¿Y dónde estaba tu madre?

—Había muerto años antes. Un accidente de coche.

No se molestó en mencionar que le habían cortado los frenos del coche. Las autoridades locales habían sospechado de Bart, pero no habían conseguido pruebas suficientes para poder condenarlo.

—Cuando testifiqué contra mi padre, su rabia se volvió en ira. Y justo después de que lo condenaran, se escapó de la cárcel y fue a por mí. Me metieron en el programa de protección de testigos y me trajeron aquí. Y ahí es cuando nos conocimos.

Ella sacudió la cabeza.

—Es increíble y aterrador. No me puedo creer que hayas pasado por todo eso. Nunca dijiste... —se detuvo y lo miró—. ¿Diecisiete? ¿Tenías diecisiete años? Creía que tenías quince cuando llegaste aquí. Celebramos tu cumpleaños cuando cumpliste dieciséis.

—Mentí.

—¿Sobre tu edad?

—Formaba parte del programa. Era dos años mayor de lo que pensabas. Y sigo siéndolo.

Pudo ver que a ella no le hizo gracia el chiste.

—Yo tenía catorce.

—Lo sé. Por eso nunca... —agarró su café—. Bueno, el caso es que vieron a mi padre por la zona. En aquel momento, yo estaba viviendo con un federal del programa de protección e inmediatamente decidieron sacarme del pueblo. Quería decírtelo, Patience, pero no pude. Pasó mucho tiempo hasta que detuvieron a mi padre y lo encerraron, y, después, ya no estaba seguro de que fueras a acordarte de mí.

O de que debiera ponerse en contacto con ella. Incluso ahora, mientras le contaba la versión saneada de su pasado, veía que estaba siendo demasiado para ella. Parecía impactada. Él mismo lo había vivido y aún le costaba creer lo sucedido.

—¿Y qué pasó con tu padre? ¿Aún sigue entre rejas?

—Está muerto. Murió en un incendio en la cárcel.

«Murió y quedó irreconocible», pensó. Lo habían identificado mediante informes dentales. Pero Justice no sentía nada por ese hombre, lo único que sintió cuando murió fue alivio.

Y la pregunta sobre cuánto había de su padre en él no era algo que quisiera discutir con ella. Patience no formaba parte de todo eso; era la luz para su oscuridad y no quería que eso cambiara.

—La cabeza me da vueltas —admitió Patience y soltó el café—. ¿Sabes qué es lo más retorcido? Que lo que más me sorprende es que tuvieras dieciocho años cuando yo creía que tenías dieciséis; me sorprende más que el hecho de que estuvieras en un programa de protección de testigos porque tu padre te quería ver muerto. Creo que eso significa que algo no me funciona bien y me disculpo por ello.

Él le sonrió.

—Al menos tienes prioridades.

Se quedó observándolo un segundo y después agachó la cabeza.

—No puedo imaginarme todo por lo que has pasado. ¡Y yo aquí compadeciéndome de mí misma porque estaba loquita por ti! Quería contártelo. Es más, iba a contártelo aquel día, pero apareció Ford.

Él se dijo que esa información era interesante, aunque no importante. Aun así, sintió cierta satisfacción seguida rápidamente por una sensación de pérdida. A menudo se había preguntado qué habría pasado si hubiera sido un chico normal que vivía en Fool’s Gold, pero, por desgracia, nunca había tenido tan buena suerte.

Sabía que si fuera un tipo medianamente decente, se marcharía de inmediato. Que un hombre como él no tenía cabida en su vida. Pero no podía marcharse, al igual que no había sido capaz de olvidar.

—Recuerdo aquel día —admitió—. Actuabas como si estuvieras pensando en algo.

—Y así era. Pensaba en ti. Con catorce años, mi corazón de chiquilla temblaba cada vez que estabas cerca.

Le gustó cómo sonó eso.

—Qué mal, ¿eh?

Ella asintió.

—Me daba esperanzas que no parecieras interesado en nadie, pero me preocupaba que solo me vieras como amiga. Estaba decidida a contarte la verdad, aunque también estaba aterrorizada. ¿Y si yo no te gustaba?

—Sí que me gustabas. Pero era demasiado mayor para ti.

—Eso lo veo ahora –sonrió—. Dieciocho. ¿Cómo puede ser? Estoy totalmente alucinada. Me recuperaré, pero necesitaré un momento —su sonrisa se desvaneció—. Justice, cuando te marchaste... Bueno, todos te echamos de menos y nos preocupamos por ti.

Él alargó la mano por encima de la mesa y le acarició el dorso de la mano.

—Lo sé. Y lo siento.

—Fue como si nunca hubieras estado allí. Solía pasar por tu casa esperando que aparecieras tan misteriosamente como te marchaste.

Y él, por su parte, había esperado que ella lo hiciera. A menudo había pensado en Patience, se había preguntado si se acordaría de él. En algunos momentos, pensar en ella había sido lo que le había ayudado a seguir adelante.

—¿De verdad estuviste aquí el otoño pasado?

—Un poco. Tenía una clienta.

—Dominique Guérin. Lo sé. Soy amiga de su hija —Patience ladeó la cabeza—. ¿Por qué no fuiste a buscarme?

Antes de que él pudiera pensar en una excusa que sonara mejor que decir que había tenido miedo, una niña entró en el establecimiento. Debía de tener diez u once años, tenía el pelo largo y unos ojos marrones que le resultaban familiares. Miró a su alrededor y corrió hacia su mesa.

—Hola, mamá.

Patience se giró y sonrió.

—Hola, cielo. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Julia me ha dicho que ibas a tomar un café —miró a Justice—. Con un hombre.

Patience suspiró.

—A este pueblo le encanta cotillear —rodeó a su hija con el brazo—. Lillie, te presento a Justice Garrett. Es amigo mío. Justice, te presento a mi hija, Lillie.

Capítulo 2

En cuanto pronunció la palabra «hija», supo que había un problema. ¿Cómo iba a decir sin más que no estaba casada delante de su hija y mientras Justice no dejaba de mirarle el dedo anular izquierdo? E igual de complicado fue contener el deseo de ir directa al grano y decir: «estoy soltera». Sin embargo, se resistió. Darle información era una cosa; parecer desesperada, otra.

—Hola —dijo Lillie con timidez y curiosidad a la vez que se inclinaba hacia su madre—. ¿De qué conoces a mamá?

—La conocí cuando era solo un poco mayor que tú ahora.

Lillie se giró hacia ella.

—¿De verdad, mamá?

—Ajá. Tenía catorce años cuando conocí a Justice. Vivió aquí un tiempo, aunque después tuvo que irse. Somos viejos amigos.

«Más amigos que viejos», pensó. O, al menos, eso esperaba.

Seguía rodeando a su hija con el brazo.

—Lillie tiene diez años y es la niña más inteligente, más preciosa y con más talento de todo Fool’s Gold.

Su hija se rio.

—Mamá siempre dice eso —se inclinó hacia Justice y bajó la voz—. No es verdad, pero me quiere y por eso se cree eso.

—Es el mejor amor que te pueden dar.

Ella estaba a punto de aprovechar para decir que no estaba casada cuando pensó que no sabía nada de la vida íntima de Justice. Respiró hondo y luchó contra el calor que ardía en sus mejillas. ¿Y si era la mitad de una feliz pareja con una docena de niños encantadores?

¿Pero por qué había admitido que había estado coladita por él sin haberse esperado a enterarse de algunos datos? Tenía que empezar a poner en práctica eso de pensar antes de hablar. Las noticias de la noche siempre hablaban de grandes historias sobre personas de ochenta años que se sacaban el diploma del instituto o que aprendían a leer, así que seguro que ella podía aprender a controlarse.

—Justice ha vuelto a Fool’s Gold. Va a... —se detuvo—. No tengo ni idea de lo que vas a hacer aquí.

—Voy a abrir una academia de entrenamiento de guardaespaldas. Mis socios y yo aún no hemos estudiado los detalles, pero vamos a ofrecer entrenamiento de seguridad para profesionales junto con actividades de incentivo para grupos corporativos y programas de defensa personal.

—¿Son cosas que se hacen al aire libre? —preguntó Lillie.

—Eso es.

—A mamá no le gusta eso.

—No soy una gran admiradora ni de las inclemencias del tiempo ni del barro, pero tampoco es que me guste vivir en una burbuja de plástico —esbozó una débil sonrisa—. Entonces... eh... ¿te mudarás aquí con tu familia?

—¿Tienes familia? —le preguntó Lillie—. ¿Algún hijo?

—No. Estoy solo yo.

«¡Punto para el equipo local!», pensó Patience aliviada.

—Yo solo tengo a Lillie —dijo esperando sonar natural y despreocupada—. Su padre y yo rompimos hace mucho tiempo.

—No lo recuerdo —apuntó Lillie—. No lo veo —parecía como si fuera a decir algo más, pero se detuvo.

Patience había esperado algún tipo de reacción por parte de Justice ante la noticia de que no estuviera casada; que hubiera cerrado el puño en señal de victoria habría sido perfecto, pero no hubo forma de descubrir en qué estaba pensando. Bueno, al menos no había salido corriendo del establecimiento, así que suponía que eso podía interpretarlo como una buena señal. Y, además, él mismo había ido a buscarla. No es que ella hubiera ido tras él ni que se hubieran encontrado por casualidad.

Por otro lado, era probable que hubiera abandonado el programa de protección de testigos hacía años y ni aun así se había molestado en contactar con ella en ningún momento. Los hombres de su vida solían abandonarla. Su padre. El padre de Lillie. Justice. Estaba claro que Justice no había elegido marcharse, pero tampoco había elegido volver a contactar con ella. Al menos, no hasta ahora.

Respiró hondo. Necesitaba poner un poco de distancia de por medio para verlo todo con perspectiva. Justice era un viejo amigo, no tenía por qué valorar su personalidad ahora mismo. Ella también tenía cosas que hacer y miles de detalles de los que ocuparse en su vida. Quería pasar más tiempo con él, conocer al hombre en quien se había convertido. Pero no ahí, en mitad del pueblo.

—Ven a cenar —le dijo antes de poder arrepentirse—. Por favor. Me gustaría que nos pusiéramos al día y sé que a mi madre le encantaría verte.

La expresión de él se suavizó.

—¿Aún vive por aquí?

—Vivimos juntas —le respondió Lillie—. Mamá, la abuela y yo. Es una casa de chicas.

Patience se rio.

—Está claro que ha oído esa frase antes —se encogió de hombros—. He vuelto a casa. Me marché poco después de casarme, y después volví con Lillie. Nos va muy bien juntas —porque, de ese modo, Ava tenía compañía, Patience tenía apoyo como una madre soltera y Lillie gozaba de la estabilidad que todo niño necesitaba.

Agradecía que la intensa mirada azul de Justice no la juzgara por ello.

—Hoy es noche de lasaña —le dijo Lillie—. Con pan de ajo.

Justice sonrió.

—Bueno, en ese caso, ¿cómo voy a decir que no? —se giró hacia Patience—. ¿A qué hora?

—¿Te viene bien a las seis?

—Sí.

Ella se levantó.

—Genial. Pues, entonces, luego nos vemos. ¿Recuerdas dónde está la casa?

Él se levantó y asintió.

—Nos vemos a las seis.

Patience se obligó a caminar a su paso habitual. Quería correr, o al menos ir dando saltitos, pero eso requeriría algún tipo de explicación y probablemente generaría algunas llamadas a las autoridades locales por parte de los vecinos.

Lillie le hablaba sobre cómo le había ido el día en el colegio y ella hizo todo lo que pudo por prestarle atención, aunque le resultó complicado. Su mente no dejaba de revivir el inesperado encuentro con Justice. No podía explicarse que hubiera aparecido así, sin previo aviso. Eso sí que era un buen regalo del pasado.

Doblaron la calle que conducía a su casa y se detuvo a observarla con ojo crítico mientras se preguntaba qué vería Justice al estar frente a ella.

El color había cambiado. Ahora era amarillo pálido en lugar de blanco. El invierno había llegado tarde y no habían caído las primeras nevadas hasta Nochebuena, pero después se habían quedado durante semanas. Los narcisos, el azafrán y los tulipanes habían llegado a mediados de marzo para iluminar el jardín y los que quedaban estaban haciendo un último esfuerzo antes de desaparecer con la calidez de los días de primavera. El césped no estaba demasiado mal y el porche delantero resultaba acogedor. Había sacado el banco y dos butacas justo la semana anterior.

La casa tenía dos plantas. Al igual que muchas casas de esa parte del pueblo, se había construido en los años cuarenta y era de estilo Craftsman con grandes ventanas frontales y pequeños detalles encastrados y molduras.

Lillie fue la primera en subir las escaleras y entrar por la puerta.

Las cosas habían cambiado dentro un poco. Además de cambiar el sofá y un par de electrodomésticos en la cocina, su madre había realizado algunas reformas cuando Patience se había mudado poco después del divorcio. Los tres dormitorios de arriba se habían convertido en dos, quedando los dos más pequeños como una suite de buen tamaño, y se había añadido un segundo dormitorio a la planta baja que daba al gran jardín trasero. Dado el estado de Ava, había sido un añadido necesario.

Cuando Patience tenía trece años a su madre le habían diagnosticado esclerosis múltiple. Y si había un tipo «bueno», ese era el que padecía Ava. La enfermedad avanzaba lentamente, y aún podía moverse, aunque tenía días complicados en los que subir escaleras se había vuelto demasiado difícil. Con el dormitorio adicional en la planta baja, se ahorraba ese problema.

—Abuela, abuela, ¿a que no sabes a quién he conocido hoy? —le preguntó Lillie al entrar corriendo en la casa.

Ava estaba en su despacho; un espacio abierto con un escritorio, tres monitores de ordenador y tres teclados. Una maravilla tecnológica que podría ser objeto de envidia para la NASA. Al parecer, los genios de la informática se saltaban una generación en su familia porque mientras que Lillie podía hacerlo casi todo con un ordenador, Patience tenía problemas para usar su smartphone.

—¿A quién has conocido? —preguntó Ava extendiendo los brazos.

Lillie corrió hacia ella y le dio su abrazo de la tarde. Se quedaron así varios segundos; era un ritual diario que Patience siempre encontraba gratificante.

—A Justice Garrett —respondió Patience junto a la puerta de su despacho.

Su madre se la quedó mirando.

—¿El chaval que desapareció?

—El mismo. Ha vuelto al pueblo y ya no es ningún chaval.

Ava sonrió.

—No me esperaba otra cosa. Pues va a tener que dar muchas explicaciones. ¿Qué pasó? ¿Te ha dicho dónde ha estado?

—Formaba parte del programa de protección de testigos.

Ava abrió los ojos de par en par.

—¿En serio?

Patience miró a Lillie, señal de que no quería entrar en detalles en ese momento. No era necesario que su hija de diez años supiera que había padres tan horribles como para querer matar a sus propios hijos.

—Lo hemos invitado a cenar —dijo Lillie—. Ha dicho que sí y le he dicho que tenemos lasaña.

—¡Por supuesto! ¿Quién podría resistirse a una lasaña?

Lillie se rio.

—Llegará a las seis —Patience miró el reloj. Tenía tiempo de sobra para ducharse, maquillarse un poco y volverse loca pensando en qué ponerse.

Ava la miró con un pícaro brillo en la mirada.

—Imagino que querrás prepararte.

—He pensado que debería cambiarme de ropa, aunque tampoco es para tanto.

—Claro que no.

—No es más que un viejo amigo.

—Sí, eso es.

Patience sonrió.

—No saques cosas de donde no las hay.

—¿Crees que yo haría eso?

—Sin dudarlo.

A las seis menos veinte, Patience estaba en su dormitorio. Se había duchado, se había secado su larga y ondulada melena hasta dejarla lisa, se había cambiado la camiseta del trabajo por un conjunto de camiseta y rebeca de punto fino en verde claro y los vaqueros negros por un par azul y ajustado. Después se había puesto un vestido, seguido por una camisa y una blusa antes de probarse unos vaqueros con una camiseta de manga larga que la proclamaba la reina de todo. Era la madre divorciada de una niña de diez años que, además, vivía en la misma casa donde había crecido y con su madre. No había prenda en el mundo que pudiera ocultar esa verdad. Y no es que quisiera cambiar nada de su vida, ni disculparse por ella. Había forjado una buena vida para su hija y para ella. El problema era que pensar en Justice la ponía nerviosa, aunque, por otro lado, si él no respetaba sus elecciones, ya fueran buenas o malas, más valía que se marchara.

Bajó y encontró a su madre y a Lillie en la cocina. La mesa estaba puesta. Habían cortado los últimos tulipanes del jardín y los habían metido en un jarrón de cristal. El olor a lasaña y a ajo llenaba la casa.

—Relájate —le dijo su madre.

—Estoy relajada. Alerta y relajada. Es una buena combinación.

Ava sonrió con gesto de diversión.

—Bueno, ¿y Justice va a venir solo?

—Sí. Ha dicho que no estaba casado.

—Y no tiene hijos —añadió Lillie—. Debería tener una familia.

Patience se giró hacia su madre.

—No empieces...

—¿Yo? Estoy contenta de recibir en casa a uno de tus amigos del colegio. Nada más.

—Vale. Pues que siga así.

—Sin embargo, siento curiosidad por su pasado.

Patience contuvo un gruñido.

—Por favor, mamá, no.

—Yo soy la madre —le recordó Ava guiñándole un ojo—. Puedo hacer prácticamente todo lo que quiera.

Justice estaba en la acera mirando la casa. Muy poco había cambiado. El color, tal vez el jardín, pero nada más. A un lado podía ver una rampa para silla de ruedas, pero conducía a la puerta trasera más que a la principal. Supuso que era para Ava.

Al subir los escalones, se preparó para lo que se podía encontrar. La madre de Patience siempre lo había recibido muy bien en su casa y se había mostrado muy amable y maternal. Como niño que había crecido rodeado de mucho miedo, había absorbido al máximo el afecto que la mujer le había brindado; había sido para él como un refugio emocional y la había echado de menos casi tanto como había echado de menos a Patience.

No sabía mucho sobre su enfermedad, pero sí que sabía que era implacable y cruel. Se recordó que había visto cosas mucho peores, que su trabajo le había enseñado a no reaccionar ante nada, y después llamó al timbre.

A los pocos segundos Lillie abrió y le sonrió.

—¡Hola! —le dijo alegremente—. Me alegro de que estés aquí. Me muero de hambre y el pan de ajo huele genial —dio un paso atrás para dejarle pasar y se giró para gritar—: ¡Mamá, el señor Garrett está aquí!

Patience entró en el salón.

—Nada de gritar, ¿recuerdas? —lo miró—. Hola.

—Hola. Gracias por invitarme a cenar.

Estaba guapa. Tenía una melena larga y lisa con un brillo de esos que le hacían a uno querer acariciarla. Llevaba unos vaqueros y una camiseta con una chica dibujada con una corona. Reina de todo estaba escrito debajo. Patience era muy curvilínea y, cada vez que sonreía, él se sentía como si le hubieran dado una patada en la tripa. La Patience de catorce años había hecho que se le quebrara la voz, pero la Patience madura era físicamente bella, emocionalmente dulce e intelectualmente desafiante. Una combinación letal.

Siempre había intentando no ser como su padre y, ante la duda, siempre pensaba en lo que Bart haría y entonces optaba por hacer lo contrario. Ahora se daba cuenta de que lo correcto sería alejarse..., aunque no quería hacerlo.

—De nada. Será divertido charlar y ponernos al día de nuestras vidas.

Le entregó la botella de vino que había llevado. Un buen Cabernet de California que, según el dependiente, iría muy bien con la pasta. Sus dedos se rozaron y sintió una sacudida de atracción. Maldiciendo para sí, dio un paso atrás. No, imposible. Con Patience, no. Se negaba a fastidiar uno de los pocos buenos recuerdos que tenía en toda su vida. Era su amiga, nada más.

—¡Vaya, mírate! Ya eres un chico mayor.

Se giró hacia la voz y vio a Ava entrando en la habitación.

Estaba igual, pensó aliviado. Necesitaba que Ava estuviera bien, pero no solo por ella, sino también por él. Necesitaba que mantuviera su conexión con el pasado.

Era unos centímetros más baja que Patience y con el mismo pelo castaño, aunque ella tenía unos rizos más marcados que le llegaban a los hombros. Tenía unos grandes ojos marrones y una agradable sonrisa. Cuando extendió los brazos hacia él, Justice se acercó instintivamente.

La mujer lo abrazó con fuerza. Había olvidado lo que era que Ava lo abrazara, verse sumido en un círculo de aceptación y afecto. Siguió abrazándolo como si no fuera a soltarlo jamás, como si siempre fuera a estar a su lado. Lo abrazó como una madre que de verdad quería a todos los jóvenes y que quería que lo supieran. Cuando era niño, Ava había sido una especie de revelación. Los federales habían hecho lo posible por darle un hogar estable, pero en el fondo habían sido unos meros empleados con un horario. Ava había sido la madre de su mejor amiga. Le había preparado galletas y había charlado con él sobre la universidad, como si fuera un chaval más.

—Estaba nervioso por verte —admitió él, hablando en voz baja para que solo ella pudiera oírlo.

Ava siguió abrazándolo con fuerza un momento más antes de soltarlo.

—Tengo días buenos y días malos —ladeó la cabeza.

Él le siguió la mirada y vio la silla de ruedas plegada en la esquina de lo que era, claramente, su despacho.

—Hoy tengo un día muy bueno —le dijo mirándolo fijamente—. Estábamos muy preocupadas por ti.

—Lo sé y lo siento. Os lo habría contado si hubiera podido.

—Pero has vuelto y eso es lo que importa —se giró hacia su nieta—. Tienes hambre, ¿verdad?

Lillie empezó a bailar mientras respondía:

—¡Sí, mucha! ¡Me muero de hambre!

Ava extendió una mano hacia ella.

—Pues vamos a poner las ensaladas en la mesa. Patience, ¿por qué no le dices a Justice que abra la botella de vino que ha traído?

Patience esperó hasta que ellas hubieron entrado en la cocina para acercarse más y decirle:

—Aún sigue gobernando el mundo, como puedes ver.

—Está genial y tiene un aspecto fantástico. Con su enfermedad... —no estaba seguro de qué quería preguntar.

Patience asintió y lo llevó hasta un aparador del comedor. Abrió un cajón y le pasó un sacacorchos.

—Ha tenido un par de brotes malos, pero después han remitido. Ahora mismo su enfermedad no es agresiva. La mayoría de los días no puede subir las escaleras; técnicamente podría, probablemente, pero le supone demasiado esfuerzo y la deja agotada. El problema lo tiene sobre todo en las piernas y eso supone que pueda seguir trabajando sin problema.

Ava era diseñadora de software. Había empezado en el negocio cuando los ordenadores eran una novedad, y su trabajo le permitía trabajar desde casa, lo cual era una ventaja teniendo en cuenta que su marido las había abandonado cuando le habían diagnosticado la enfermedad. Cuando Patience se lo había contado, él se había dado cuenta de que no hacía falta que un padre sacara un arma o empleara los puños para hacerle daño a su familia. El dolor podía presentarse de muchas formas distintas.

Se dispuso a abrir la botella de vino mientras Patience sacaba las copas del armario.

—Es la persona más valiente que conozco. Siempre está tan amable y cariñosa. Me gustaría gritar por lo injusto que es todo, pero ella nunca lo hace —sonrió—. Cuando sea mayor, quiero ser como mi madre.

—A mí también me inspira —admitió él—. Cuando me encontraba en una situación difícil, siempre pensaba en Ava y me recordaba que yo lo tenía fácil.

Patience parpadeó varias veces como si estuviera conteniendo las lágrimas.

—Es usted un gran adulador, señor Garrett. Podría haberme halagado con cumplidos vacíos, pero en lugar de eso me deja sin defensas al decir esas cosas sobre mi madre.

—Lo digo en serio —le respondió mirándola a los ojos e inhalando su perfume a limpio con un toque floral. No era su perfume, se recordó; era su esencia. Esencia de Patience—. No soy adulador. Estoy diciendo la verdad. He visto lo que hace falta para ser valiente, y tu madre lo tiene —sabía el peligro que supondría acercarse demasiado, pero no pudo evitar alargar la mano y acariciarle la mejilla—. Soy yo, Patience. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero no hace falta que estés con las defensas en alto.

Sin embargo, en cuanto pronunció esas palabras, se dio cuenta de que debería haber mantenido la boca cerrada. Patience tenía razón al ser cauta con él.

Algo cayó al suelo en la cocina. Patience se giró hacia el sonido y Justice aprovechó la distracción para seguir con el vino y, así, poner algo de distancia entre los dos.

Quince minutos más tarde todos estaban sentados a la mesa. Lillie había olfateado la copa de vino de su madre y había arrugado la nariz diciendo que era un olor «asqueroso». La lasaña estaba sobre la encimera, lista para servir, y ya tenían las ensaladas delante.

Patience alzó su copa.

—Bienvenido a casa, Justice.

—Gracias.

Todos dieron un trago a sus bebidas y después Lillie bajó su vaso de leche y miró a su abuela.

—El señor Garrett es guardaespaldas. Como en la tele, ¿sabes?

Patience se había referido a él como «el señor Garrett» a propósito, para que no resultara demasiado familiar, y la niña estaba dirigiéndose así a él porque así era como la habían educado.

—Si a tu madre no le importa, puedes llamarme «Justice».

Lillie sonrió.

—¿Te parece, mamá?

—Claro.

La pequeña se sentó un poco más derecha y se aclaró la voz.

—Justice es guardaespaldas, abuela.

—Ya lo he oído —respondió y lo miró—. Parece peligroso, ¿lo es?

—A veces. Normalmente protejo a gente rica que viaja a lugares peligrosos y me tengo que asegurar de que estén a salvo.

—¿Entonces qué estás haciendo en Fool’s Gold? —preguntó Patience—. Somos lo menos peligroso que te puedes encontrar. ¿Has venido por tu nuevo negocio?

Él asintió y miró a Ava.

—Quiero abrir un negocio con un par de amigos. Ofreceremos formación para empresas de seguridad.

Ava se mostró interesada.

—¿Una escuela de guardaespaldas?

—Nosotros lo vemos como algo más completo que eso. Ofreceremos formación sobre estrategia, armas y demás. Elaboraremos informes de última hora sobre distintos conflictos en diferentes partes del mundo y, además, queremos ofrecer actividades de recreo e incentivo para empresas que incluyan carreras de obstáculos y demás retos físicos.

Patience parpadeó.

—¡Vaya! Eso hace que mi idea de poner una cafetería parezca ridícula. Quiero decir, lo máximo a lo que puedo aspirar ahí es a tener un club de lectura u organizar alguna que otra noche de monólogos, pero nada más.

—Mis socios y yo llevamos tiempo ideándolo y hemos estado esperando a encontrar el lugar adecuado. Ford sugirió Fool’s Gold, así que cuando vine aquí el año pasado, eché un vistazo.

La sorpresa de Ava se hizo evidente en su tono de voz.

—¿Ford? ¿Ford Hendrix?

Él asintió.

—Hace tiempo que somos amigos y volvimos a encontrarnos en el ejército. Nuestro tercer socio es un tipo llamado Angel Whittaker.

—Había oído que Ford iba a volver —dijo Ava—, pero nadie sabe cuándo. Lleva años sirviendo en el ejército.

—Saldrá en los próximos meses y se supone que entonces volverá aquí.

A Angel no le importaba dónde montaran el negocio y, después de que Justice hubiera vuelto el año anterior, había hecho presión para que se decantaran por Fool’s Gold. En aquel momento había pensado en buscar a Patience, pero había tenido el autocontrol suficiente para evitarla. En esta ocasión, sin embargo, no había tenido tanto.

—¿Quién es Ford? —preguntó Lillie.

—Conoces a las mellizas Hendrix y a la señora Hendrix —dijo Patience—. Ford es el hermano pequeño.

—¡Pero si es un señor mayor!

Ava sonrió.

—Tendrá treinta y algo, Lillie.

La niña se mostró algo confusa.

—¿Tantos?

—¡Ah! Lo que daría por volver a ser joven —Ava levantó su tenedor y pinchó un poco de lechuga—. Bueno, Justice, cuéntame qué has estado haciendo los últimos quince años. ¿Te has casado?

Capítulo 3

Patience se juró que jamás volvería a quejarse de su madre. Y no es que lo hiciera mucho, pero a veces era difícil compartir casa. Esa noche, sin embargo, Ava había demostrado ser toda una maestra a la hora de sacarle información a alguien.

Para cuando habían retirado los platos y el postre estaba servido, Justice ya había escupido casi todos sus secretos. Había pasado diez años en el ejército antes de meterse en el sector de la seguridad privada. No se había casado nunca y no tenía hijos. Había estado a punto de comprometerse una vez, había vivido por todo el mundo, pero no tenía ningún sitio al que llamar «hogar», y había pospuesto encontrar una casa o un apartamento en Fool’s Gold al preferir vivir en un hotel hasta que el negocio estuviera en marcha y prosperando.

Patience se había limitado a escuchar. El amable interrogatorio de su madre había sido mejor que una función de teatro y había podido disfrutar tanto del espectáculo como de las vistas.

Desde su previo encuentro en la peluquería, Justice se había cambiado el traje por unos vaqueros y una camisa de manga larga. Le gustaba cómo la llenaba, era puro músculo, pura fuerza, sin duda fruto de una condición física excelente. Imaginaba que el negocio de los guardaespaldas lo requería.

Mientras lo observaba al hablar, se fijó en dos pequeñas arruguillas alrededor de los ojos y en cómo su expresión era más cauta de lo que recordaba. Además, cayó en la cuenta de que el último hombre que había pisado su casa había sido un fontanero y, antes que él, el chico que les había instalado la televisión por cable. Ava no había tenido muchas citas después de que su marido la hubiera abandonado. No tenía intención de seguir los pasos de su madre en ese terreno, pero, aun así, ahí estaba, acercándose a los treinta y soltera crónica.

Justice era la clase de hombre que podía alborotar hasta al más casto de los corazones y Patience debía admitir que, por su parte, la castidad había estado motivada por las circunstancias, no por su propia elección. Así que si su guapísimo y algo peligroso amor de juventud daba el primer paso, ella accedería tan contenta. Justice parecía la clase de hombre que podía curar prácticamente cualquier mal femenino siempre, claro estaba, que ella tuviera el cuidado de no involucrarse demasiado emocionalmente.

Suponía que hoy en día debería estar más que dispuesta a ser ella la que diera el primer paso, que debería actualizarse un poco, pero no era su estilo. Nunca había sido especialmente valiente, y ahora que estaba acompañando a Justice hasta el porche delantero no sentía ninguna ráfaga de valor repentino.

—¿Sigues adorando a mi madre a pesar de todo? —le preguntó al cerrar la puerta por si a él se le ocurría darle un beso de buenas noches. Cosa que debería hacer, por otro lado. Estaba haciendo todo lo posible por mandarle ese mensaje telepáticamente a pesar de no tener ningún poder psíquico.

Justice se sentó en la baranda del porche y asintió.

—Es muy buena. Voy a proponerles a Ford y a Angel que la contratemos para impartir las clases de interrogatorios.

Patience sonrió.

—Es un don y hace uso de él. Creo que la gente se piensa que yo fui una niña buena por naturaleza, pero no es verdad en absoluto. Lo fui porque sabía que mi madre podía hacerme confesar si sospechaba que había hecho algo malo —se apoyó contra el poste y sonrió—. También me sirve para mantener a Lillie a raya.

Justice sonrió.

—Lillie es genial. Eres afortunada de tenerla.

—Estoy de acuerdo.

Su sonrisa se desvaneció.

—¿Puedo preguntarte por su padre?

—Puedes y hasta te responderé —se encogió de hombros—. Ned y yo nos casamos porque me quedé embarazada. Era joven y estúpida.

—¿Lillie tiene diez años?

—Ajá. Te haré las cuentas. Yo tenía diecinueve cuando nació. Ned era un chico con el que salía. Estaba aburrida y no sabía lo que quería en la vida, y una cosa llevó a la otra. Me quedé embarazada y él hizo lo correcto y se casó conmigo. Seis meses después, se largó con una pelirroja cuarentona que tenía más dinero que sensatez. Lillie tenía tres semanas.

La expresión de Justice se endureció.

—¿Te pasa la manutención?

Se concedió la ilusión de creer que Justice iría a por Ned si le decía que no le pagaba y resultó una fantasía muy gratificante.

—No tiene que hacerlo. Renunció a sus derechos a cambio de no tener que mantenerla. Creo que yo salí ganando. No habría sido constante y eso le habría hecho mucho daño a Lillie.

—El dinero te habría venido bien.

—Tal vez, pero vamos tirando. Nunca podré ahorrar lo suficiente para abrir el Brew-haha, pero podré soportarlo.

Él se puso derecho.

—¿Qué?

Patience se rio.

—Brew-haha. Así llamaría a mi cafetería. Hasta he diseñado el logo. Es una taza de café con corazoncitos y «Brew-haha, Ooh la-la» escrito.

Él contuvo la risa y ella se llevó las manos a las caderas.

—Disculpa, pero ¿te estás riendo de mi negocio?

—Yo no.

—Te parece un nombre ridículo.

—Creo que es perfecto.

—No estoy segura de poder creerte. Juego a la lotería casi todas las semanas y cuando gane vas a ver lo genial que es ese nombre.

—Espero que ganes.

Tal vez era cosa de su imaginación, pero juraría que Justice estaba acercándose. Su intensa mirada azul se clavó en la suya. La noche era tranquila y de pronto notó que le costaba respirar.

«Bésame», pensó todo lo alto que pudo.

Pero Justice no la besó. Simplemente se quedó mirándola, lo cual la puso nerviosa. Y cuando estaba nerviosa, hablaba mucho.

—Me alegra que hayas vuelto —murmuró—. Que hayas vuelto a Fool’s Gold.

¡Arg! ¿En serio había dicho eso? ¡Estaba claro que había vuelto a Fool’s Gold!

—Y a mí me alegra estar de vuelta. Tu amistad significó mucho para mí.

—Para mí también significó mucho.

Él se acercaba más y más... hasta que se levantó.

—Debería volver al hotel —dijo echándose a un lado y empezando a bajar las escaleras—. Gracias por la cena.

Patience lo vio marchar. Tal vez tendría que haberle respondido, haber pronunciado alguna frase socialmente correcta, pero lo único en lo que podía pensar era en que Justice Garrett le debía un beso y en que tenía que encontrar el modo de reclamárselo.

La noche siguiente Patience estaba subiendo las escaleras de casa. Le había tocado trabajar hasta tarde y por eso ya eran casi las siete. En esos casos, su madre se ocupaba de prepararle la cena a Lillie y de ayudarla con los deberes, lo cual hacía que ese turno no le resultara muy complicado. Sabía que era afortunada y que muchas madres divorciadas no tenían ese apoyo.

Abrió la puerta principal y estaba a punto de decir que había llegado cuando vio a su madre hablando por teléfono. Ava parecía seria y preocupada y ninguna de esas cosas era buena. Patience soltó el bolso sobre la mesa junto a la puerta y subió a la habitación de su hija.

Lillie estaba acurrucada y leyendo en la cama.

—Ey, cielo —le dijo al entrar y sentarse en la cama.

—¡Mamá! —Lillie soltó el libro y se echó a sus brazos—. Ya estás en casa.

—Sí, aquí estoy. ¿Cómo te ha ido el día?

—Bien. El examen de Matemáticas era fácil. Mañana vamos a ver un vídeo sobre gorilas y hemos cenado tacos.

Patience la besó en la frente y se la quedó mirando a los ojos.

—Veo que has hablado muy por encima del examen de mates.

Lillie sonrió.

—Si estudio, los exámenes me resultan más fáciles que si no lo hago.

—Ajá. Y eso significa que yo tenía...

—Razón —farfulló su hija—. Tenías razón.

Patience la abrazó de nuevo.

—Eso siempre será verdad.

—Te encanta llevar la razón.

—Y me encanta más todavía cuando lo dices —miró hacia las escaleras—. ¿Sabes con quién está hablando la abuela?

—No.

Bueno, suponía que ya se enteraría cuando su madre colgara.

—Voy a prepararme una ensalada. ¿Quieres algo?

—No, gracias —respondió la niña agarrando de nuevo el libro.

Patience volvió a bajar y entró en la cocina. Podía oír la voz de su madre, pero no la conversación. Abrió la nevera y sacó la carne de los tacos que había sobrado. Para cuando su madre había colgado, ya se había preparado una ensalada y estaba llevándola a la mesa.

—Lo siento —dijo Ava al entrar en la cocina—. Era mi prima Margaret —se sentó frente a su hija.

Patience pinchó la ensalada y masticó.

—Vive en Illinois, ¿no? —preguntó al tragar.

Su madre tenía parte de familia en el Medio Oeste. Patience apenas los recordaba de cuando habían ido de visita siendo ella niña, pero en los últimos años no habían tenido mucho contacto. Intercambiaban las felicitaciones de rigor en Navidad y cumpleaños, pero no mucho más.

—Sí. Margaret y mi «tiastra», su madre. Es complicado.

Patience la miró, consciente de que había sucedido algo. Ava estaba sonrojada y no podía dejar de mover las manos.

—¿Estás bien?

—Muy bien —empezó a sonreír y después sacudió la cabeza. Hizo ademán de levantarse, pero volvió a sentarse de golpe—. La tía abuela Becky ha muerto.

—¿Quién?

—La tía abuela Becky. La madre de mi «tiastra». No era teóricamente pariente mía, o al menos no que yo sepa. Nos escribíamos de vez en cuando. La conociste una vez. Tenías cuatro años.

Patience soltó el tenedor.

—Siento que haya muerto. ¿Estás bien?

—Estoy triste, por supuesto. Pero no la vi muchas veces. Nos visitó cuando eras pequeña —sonrió—. A ti te encantaba. Desde el segundo en que la viste no pudiste apartarte de ella. Querías que te llevara en brazos, querías sentarte en su regazo. Cuando se levantaba, la seguías de habitación en habitación. Era muy dulce verte.

—O irritante, si a la tía abuela Becky no le gustaban los niños.

Ava se rio.

—Resultaba que estaba tan encandilada contigo como tú con ella. Prolongó su visita y las dos llorasteis cuando finalmente se marchó. Siempre decía que volvería, pero nunca pudo ser.

—Ojalá pudiera recordarla —tenía vagos recuerdos de una mujer alta, aunque podría haber sido cualquiera—. ¿Quieres que les envíe una tarjeta de condolencias?

—Si quieres... La cuestión es que la tía Becky te ha dejado algo de dinero. Una herencia.

—¡Oh! —eso sí que era inesperado—. ¿Es que no tenía hijos?

—Una hija. Ya te he dicho que era la madre de mi «tiastra». La tía abuela Becky era muy rica, así que sus familiares más directos están muy bien acomodados. No tienes que preocuparte por eso —se inclinó hacia delante y le agarró las manos—. Te ha dejado cien mil dólares.

Patience se quedó mirando a su madre. Oyó como un zumbido y, de haber estado de pie, se habría caído redonda al suelo. Sintió como si la habitación se moviera ligeramente a la izquierda.

—Cien...

—Mil dólares. Has oído bien.

Era una cifra demasiado grande. No. ¡Era enorme! Imposible de asimilar. Para ella era como todo el dinero del mundo.

—Margaret quería que supiera que el abogado que está llevando el tema de la herencia te llamará por la mañana. Tiene el cheque firmado y listo para entregártelo.

Patience se llevó una mano al pecho.

—Creo que no puedo respirar.

—Lo sé.

—Podremos saldar la hipoteca.

—No quiero que te preocupes por eso.

Patience sacudió la cabeza.

—Mamá, has estado cuidando de mí toda mi vida. Quiero saldar la hipoteca. Y después meteré dinero en la cuenta de la universidad de Lillie —se mordió el labio.

Y aun después de todo eso, le quedaría dinero de sobra. Tal vez unos veinticinco mil dólares. Y contando con guardar un poco para imprevistos y malas rachas, seguiría teniendo suficiente para...

Ava asintió.

—Lo sé. Yo también he pensado en eso.

—La cafetería.

—Sí. Podríamos hacerlo.

Patience se levantó y corrió arriba. Cuando llegó a su dormitorio, abrió el último cajón de su pequeño escritorio situado bajo la ventana y sacó una carpeta. Era su plan de negocio, el mismo en el que llevaba años trabajando.

Volvió a la cocina y extendió los papeles.

Todo estaba ahí. El coste del alquiler, el presupuesto para alguna que otra reforma, para suministros y para publicidad. Tenía proyecciones de costes, estimaciones de ingresos y un estado de ganancias y pérdidas.

—Podríamos hacerlo —dijo con la respiración entrecortada—. Aunque iríamos un poco justas.

—Yo tengo algunos ahorros y me gustaría invertir en el negocio. Así seríamos socias.

—Lo somos pase lo que pase.

—Quiero hacerlo, Patience. Quiero que abras ese negocio y quiero ayudarte.

Patience volvió a su silla.

—Estoy aterrorizada. Tendría que dejar mi trabajo con Julia para hacerlo —lo que implicaba renunciar a la seguridad de un sueldo regular. También tendría que hacerse cargo del alquiler y de contratar empleados.

El estómago le daba vueltas. Soñar era mucho más sencillo que enfrentarse a la posibilidad de intentarlo y fracasar. Pero a la vez que se preguntaba si podría hacerlo, sabía que no tenía elección. Le habían dado la oportunidad de su vida y el obsequio de la tía Becky se merecía mucho más que tener miedo.

—¿Quieres hacerlo? —le preguntó a su madre.

—Totalmente.

—Pues entonces lo haremos —respiró hondo—. Llamaré a Josh para ir a ver lo antes posible el local al que le había echado el ojo. Una vez sepamos si es el lugar adecuado, podremos seguir adelante con esto.

Se levantó y su madre hizo lo mismo. Se miraron.

—¡De verdad vamos a hacerlo! —dijo riéndose.

—¡Sí!

Se abrazaron y empezaron a dar saltos. Lillie apareció en las escaleras.

—¿Qué pasa?

—Vamos a abrir la cafetería —dijo Patience alargando el brazo para que su hija se uniera a ellas.

—¿En serio? ¿Vas a llamarlo el Brew-haha?

—¡Sí!

—¿Y puedo ayudar?

—¡Sí!

Se abrazaron, saltaron, gritaron y bailaron. Y cuando estaban agotadas, pero seguían sonriendo, Ava les indicó que la siguieran.

—Esto se merece un helado. Vamos a por unos helados con chocolate caliente.

Patience se rio.

—Siempre he admirado tu estilo, mamá.

—¿Justice?

Se giró al oír su nombre. Patience estaba al otro lado de la calle saludándolo.

Verla, ver esos vaqueros ciñéndose a sus curvas, esa camiseta de un gato con un martini en una pezuña, y esa melena larga y ondulada sacudiéndose con el viento hizo que un cosquilleo le recorriera el estómago. Y un poco más abajo. Su sonrisa lo hizo sonreír y su entusiasmo lo alcanzó.

En los quince años que llevaban separados nunca la había olvidado, ni siquiera a pesar de haberse preguntado si estaba recordando más de lo que había existido en realidad. Y ahora que la veía prácticamente bailando en la acera, mientras él cruzaba para acercarse, supo que había pasado por alto el detalle principal: que en la vida real, Patience era mucho más apasionante que en cualquiera de sus recuerdos.

—¿Sabes qué? —le preguntó cuando él llegó a su lado. Lo agarró del brazo y literalmente empezó a saltar—. ¡Adivina! ¡Adivina! —le agarraba con fuerza los bíceps y sonreía—. Jamás lo adivinarías, así que te lo voy a decir.

Sus ojos marrones resplandecían de emoción y tenía la piel sonrojada. Parecía alguien a quien acababa de tocarle la lotería... o a quien habían besado apasionadamente. De pronto, se vio deseando lo primero y pensando que, si era lo último, tendría que hablar muy seriamente con alguien.

—¡Mi tía abuela Becky ha muerto!

—¿Y eso es bueno?

—Oh —dejó de saltar—. Tienes razón. Está claro que no me alegro de su muerte. Al parecer, vivió una vida larga y muy feliz.

—¿No la conocías?

—La conocí cuando tenía cuatro años. No la recuerdo, pero al parecer la quería mucho. Y ella a mí también y era una mujer tremendamente generosa —se detuvo expectante—. ¡Me ha dejado cien mil dólares!

Él sonrió.

—¿Así que de eso se trata?

Ella empezó a saltar de nuevo.

—¿Te lo puedes creer? ¡Cien mil dólares! Es mucho dinero. Mi madre y yo estuvimos hablando anoche. Puedo saldar la hipoteca y reservar dinero para la universidad de Lillie.

Se inclinó hacia él y su aroma a vainilla y a flores lo alcanzó.

—Soy peluquera. Adoro a mis clientes, pero hay tipos que me dan cincuenta centavos de propina. Así me era imposible ahorrar para los estudios de Lillie. A mi madre le va bien como programadora de software, pero su seguro médico es muy caro y no cubre algunos de sus medicamentos. Me ayuda, pero también tiene que mantenerse. Este dinero supone seguridad para las tres. Jamás pensé que pudiera llegar a tenerlo.

Le soltó el brazo y dio una vuelta sobre sí misma.

—¿Y sabes lo mejor?

Él sacudió la cabeza, agradecido de no tener que hablar porque, teniendo a Patience bailando a su alrededor, su cerebro no funcionaba bien y otras partes de su cuerpo estaban empezando a tomar el control. El deseo comenzó a palpitar al ritmo de su corazón, y de no haber estado en un lugar público en mitad de Fool’s Gold, la habría tomado en sus brazos y la habría besado. Después... habría hecho mucho más.

—Me va a quedar dinero.

Él tardó un segundo en seguir la conversación.

—¿De la herencia?

Patience asintió enérgicamente.

—Mira.

Señaló al otro lado de la calle donde se veía un escaparate de un local vacío.

—¿No es perfecto?

El edificio no era demasiado especial; una puerta, ventanas y espacio dentro, pero sabía que esa no era la cuestión. Para Patience era su sueño.

Él también iba a abrir un negocio porque le parecía que era el siguiente paso que debía dar; sin embargo, por mucho que pensara que iba a tener éxito y por mucho que fuera a disfrutar con ese trabajo, no era ningún sueño. No se permitía soñar.

—Es perfecto —le respondió, disfrutando de ver cómo ella contemplaba el local como si se tratara de algo mágico.

—Sé exactamente cómo va a quedar. Ya tengo mi plan de negocio diseñado. Me he esforzado mucho por prepararlo todo y por ahorrar, pero lo cierto es que nunca pensé que fuera a tener la oportunidad.

Él alargó el brazo y le apretó la mano.

—Me alegro muchísimo por ti. Felicidades.

—Gracias —respondió ella entrelazando sus dedos—. Ven conmigo. He quedado con Eddie ahora mismo. Va a dejarme pasar para que pueda ver el local por dentro.

Sus resplandecientes ojos marrones lo animaron a asentir.

—Claro.

Patience respiró hondo y se acercó.

—Intentaré controlarme para no soltar los típicos grititos agudos de chica. Vivo con una niña de diez años y sé lo estridentes que pueden resultar.

—Puedes chillar todo lo que quieras. Esto es algo emocionante.

—Lo sé.

Le agarró la mano con las dos suyas, pero Justice ni se inmutó, al suponer que si le decía algo, ella se apartaría avergonzada, y eso era lo último que él quería. Su entusiasmo le recordaba que en el mundo aún quedaba mucha alegría y esa era una lección que necesitaba.

Patience iba tirando de él mientras cruzaban la calle.

—Está claro que la ubicación es fabulosa —le dijo prácticamente vibrando de entusiasmo—. Mira. Estamos justo al otro lado del parque y en la zona por donde pasan los desfiles cuando hay fiestas, lo que significa que estamos accesibles para los turistas y para los locales. Me encantaría estar cerca de la librería de Morgan, pero está justo al otro lado de la esquina de ya sabes dónde.

—¿Ya sabes dónde?

Patience miró a su alrededor como asegurándose de que no había nadie cerca que pudiera oír su conversación.

—La otra cafetería —susurró—. Los quiero y me siento un poco culpable por lo que estoy a punto de hacer.

—La otra cafetería... ¿Te refieres al Starbucks?

—Shhh —dijo agitando la mano que tenía libre—. No lo digas.

—¿Por qué no?

—No lo sé. No quiero herir sus sentimientos.

—¿Crees que ese establecimiento está triste por esto? —preguntó suavizando el tono—. Ya sabes que son una empresa multimillonaria. Seguro que no les pasa nada.

Ella se detuvo un segundo y asintió.

—Tienes razón. ¡Adiós a mi sentimiento de culpa! —tocó uno de los ventanales—. ¿Qué te parece?

—Es muy bonito.

Ella se rio.

—Ya lo sé, no es más que un local vacío, ¿verdad? Pero aquí hay mucho más. En cuanto Eddie nos deje entrar, te lo enseñaré.

—¿Eddie?

Antes de que Patience pudiera darle los detalles, una mujer más mayor dobló la esquina. Tendría unos setenta años y el pelo corto, blanco y rizado. Llevaba un chándal de velvetón color chillón y unas deportivas.

—Me alegra que no me hayas hecho esperar —dijo mientras sacaba la llave del gran bolso de mano que llevaba y la introducía en el cerrojo—. Tengo que ayudar a Josh a hacer entrevistas. Ese hombre no es capaz de conservar a sus empleados. No deja de hablar de sueños y de hacer lo que es correcto, y entonces les llena la cabeza de ideas sobre unirse a los cuerpos de paz o trabajar para organizaciones benéficas. Sí, sin duda están salvando el mundo, pero yo no dejo de formar a gente nueva.

Se detuvo y lo miró.

—No nos han presentado.

—Justice Garrett —dijo él apartándose de Patience y estrechándole la mano.

La mujer batió las pestañas al responder:

—Eddie Carberry. Eres muy guapo.

—Gracias.

—¿Soltero?

Esa mujer era incapaz de guardarse lo que pensaba y antes de que él pudiera procesar la pregunta, Patience se situó entre los dos.

—Lo siento, Eddie, está conmigo.

Eddie suspiró.

—Los buenos siempre están pillados —giró la llave y abrió la puerta.

—Tómate tu tiempo para echar un vistazo. Yo voy a volver a la oficina. Llámame cuando hayas terminado de verlo todo. Volveré y cerraré —lo miró—. Si cambias de opinión...

Él se aclaró la voz.

—Ha sido un placer conocerla, señora.

La mujer le tocó el brazo ligeramente.

—Llámame «Eddie» —se giró hacia Patience—. Josh quiere que te quedes con el local. Te dejará un buen alquiler, ya sabes lo mucho que apoya los nuevos negocios en el pueblo. Es un buenazo; me parece un milagro que pudiera llegar a hacerse tan rico —se acercó a Patience—. ¿Has comprobado su...?

—Sí —le susurró Patience interrumpiéndola—. Tal vez deberías volver a la oficina.

—Sí que debería. Llámame cuando termines.

—Lo haré.

Justice vio a la mujer marcharse. No había muchas situaciones en las que llegara a sentirse incómoda, pero esa había sido una de ellas.

—¿Estaba intentando...?

—¿Sugerirte que no le importaría tener un rollo contigo? —le preguntó Patience con los ojos brillantes de diversión—. ¡Claro! Eddie y su amiga Gladys se creen grandes entendidas en hombres guapos. Sobre todo en hombres guapos y desconocidos. Así que si te interesa, dímelo y te doy su número.

—Muy graciosa.

Ella sonrió.

—Antes he actuado sin pensar. Ya sabes, cuando he dicho que estábamos juntos. Porque puedo decirle que solo somos amigos. Eddie es muy dulce. Lleva años trabajando para Josh.

Justice supuso que ese hombre desconocido para él sería un tema de conversación más seguro.

—¿Josh?

—Josh Golden. Es un antiguo ciclista. Muy famoso.

—He oído hablar de él. Ganó el Tour de Francia varias veces.

—Entre otras carreras. Es un tipo genial y vive aquí en el pueblo.

De pronto, Justice vio que los demás hombres empezaban a caerle mal.

—¿Lo conoces?

—Todo el mundo lo conoce. Es un miembro muy importante de la comunidad. Se casó hace tres años, y Charity y él han tenido su segundo hijo hace un par de meses. Un niño —se giró hacia el espacio abierto—. Bueno, aquí está, ¿qué te parece?

Él centró su atención en el local. La sala principal tendría unos ciento cuarenta metros cuadrados y suponía que habría algo más atrás como almacén. Estanterías que iban de suelo a techo dominaban toda una pared y grandes ventanales dejaban entrar mucha luz.

—Me encanta el suelo —dijo Patience señalando los listones de madera noble—. Está en muy buen estado. No lo cambiaría y está claro que las estanterías se quedan. He pensado poner unas puertas en la parte baja para guardar cosas.

—Tendrás que cambiar las cerraduras.

Ella arrugó la nariz.

—Probablemente —y fue hacia el fondo del local—. En esta pared obraré mi magia. Tendremos un mostrador largo y ancho con tres pilas. El lavaplatos irá atrás.

Se giró y avanzó tres pasos.

—El mostrador principal estará aquí y habrá vitrinas con pasteles, sándwiches y cosas así. Mamá y yo hemos elegido una vitrina refrigerada genial—estiró las manos como señalándole dónde iría—. Llevamos meses mirándolas por Internet y ya sabemos qué electrodomésticos vamos a querer —su sonrisa aumentó—. Me he pasado la mañana mirando lo que tienen en oferta. ¡Es todo tan surrealista! Cuando termine aquí, voy a ir a hablar con un abogado sobre el tema del alquiler.

Juntó las manos y dio una vuelta.

—No me lo puedo creer. ¡Vamos a hacerlo! ¡Vamos a abrir el Brew-haha!

Todo su cuerpo era la viva imagen de la felicidad. Su pelo se sacudió cuando se movió y cerró los ojos. Se la veía absolutamente emocionada, esperanzada y sexy.

Cuando rozó una caja con el pie, tropezó e, instintivamente, Justice fue a sujetarla. En cuanto sus dedos se cerraron alrededor de su brazo, supo que estaba perdido y que solo había un modo de volver a encontrarse.

Capítulo 4

Patience abrió los ojos mientras intentaba recuperar el equilibrio. Unos brazos cálidos y fuertes la rodeaban. Justice la acercó tanto a sí que no tuvo más opción que dejarse caer contra él. Había estado en peligro de caer al suelo, pero al segundo ya estaba viendo sus intensos ojos azules. La cabeza le daba vueltas, aunque ahora por una razón muy distinta.

Apoyó las manos sobre sus hombros porque le parecía el lugar más sensato donde posarlas. Vio el sol colándose por las ventanas y diminutas motas de polvo flotando en el aire. Sintió cómo el corazón le latía demasiado deprisa y notó la intensidad de su mirada.

Al momento, él estaba agachando la cabeza y ella solo tuvo un segundo para recuperar el aliento antes de que sus bocas se rozaran.

Los labios de Justice eran firmes; no implacables, pero sí decididos. Él estaba tomando las riendas y, dadas las circunstancias, a ella le pareció bien. Ya había tenido demasiadas responsabilidades en su vida, así que era algo que agradecía.

Él movía la boca lentamente, con suavidad, explorando, probando, como si disfrutara con lo que estaba haciendo, y ella se entregó a esa deliciosa presión.

Hacía mucho tiempo que un hombre no la besaba; años en realidad. Casi había olvidado lo emocionante que era esa cercanía, el cosquilleo en su estómago, pensar que podía haber más; algo más que podría arrebatarle la respiración.

Era consciente de la suavidad de su camisa bajo sus dedos y de sus esculpidos músculos. De que era mucho más alto y fuerte que antes y de cómo se había imaginado a sí misma recostada sobre él de muchas más formas.

Entonces, su boca se movió un poco más, adelante y atrás, como si se estuviera pensando cómo hacerlo. Esos primeros cosquilleos comenzaron en lo más profundo de su ser y, en ese momento, razonar se volvió muy complicado. Ahora solo podía sentir. Sentir sus manos sobre su cintura, su boca sobre la suya. Sentir el acelerado palpitar de su corazón y cómo su sangre parecía fluir más y más deprisa.

Él se movió, le besó una mejilla, y después la otra. Le besó la nariz y la barbilla antes de volver a centrarse en su boca.

Con la primera caricia, Patience tuvo que contener un gemido. Con la segunda, le temblaron las rodillas. Con la tercera, quería suplicar. Su deseo no era nada sutil. Estalló en sus pechos y después salió disparado a cien kilómetros por hora en dirección al centro de su ser. Se excitó tanto y tan deprisa que casi le dolió.

Lo rodeó por el cuello y, sin decir nada, lo animó a aprovecharse de ella, aunque fuera de forma poco apropiada. ¿Es que de verdad no quería tocarle los pechos o colar la mano entre sus muslos? La idea de que la llevara contra la pared y le hiciera el amor ahí la hizo estremecerse de placer. Era una idea tan vívida que empezó a respirar con dificultad.

«Ahora», pensó desesperadamente. Debería actuar ahora.

Él se echó atrás y le sonrió.

—Tal vez debería dejarte ponerte con esto.

«¿Esto?» No tenía ni idea de a qué se refería.

Justice se aclaró la voz.

—Tienes mucho que hacer.

Dio otro paso atrás, fue hacia la puerta y antes de que ella pudiera enterarse de lo que pasaba, ya se había ido. Así, sin más. Un par de besos ardientes y se había largado por la puerta.

Patience tenía la sensación de que debía de parecer tan impactada como se sentía. ¿Cómo podía haberla dejado así? La había besado. Apasionadamente. ¿Es que no quería hacer nada más? ¿Algo más? ¿Algo para lo que tuvieran que desnudarse y sudar?

Allí de pie y sola en el local tenía la respuesta: no.

La decepción reemplazó a la emoción y la excitación. La realidad se había entrometido. Justice era un tío bueno; lo había sido cuando eran niños y eso no había cambiado. Le había gustado por entonces y ahora seguía gustándole, lo cual la hacía más vulnerable.

Aunque no podía culparlo por haberse esfumado de su vida tantos años atrás, por otro lado, tampoco había hecho nada por intentar contactar con ella. Se le podían ocurrir cientos de razones que explicaran sus actos, pero no podía evitar la verdad: si hubiera querido verla antes, lo habría hecho, así que quedaba claro que no había querido.

Ahora había vuelto y resultaba más tentador de lo que debería, tan tentador que podría resultar peligroso. Ella ya no era una niña de catorce años, era una madre divorciada con una hija impresionable. Sabía cómo Justice podía terminar rompiendo sus tiernos corazones, y por eso tenía que ser fuerte y resistir. Por su bien, pero también por el de Lillie.

Justice estaba en el centro del viejo almacén en el extremo del pueblo. El edificio era mucho menos bonito que el local que había visitado el día anterior con Patience. Los suelos eran de cemento, no había paredes ni ventanas y las cañerías estaban a la vista, pero era un edificio resistente además de apartado. Levantar tabiques sería fácil. Si le añadían ventanas, reservando la mitad del espacio para distintas salas de entrenamiento, podría funcionar. Fuera tenía terreno también, el suficiente para prácticas de tiro y pistas de obstáculos. La ubicación era buena y el precio aún mejor. Si elegían ese edificio, tendría que encontrar un lugar en las montañas para una pista de obstáculos más avanzada, pero no sería complicado.

Dio una vuelta; la luz solo provenía de los fluorescentes del techo y de las puertas dobles que había dejado abiertas. Sabía que no tenía el entusiasmo de Patience por su nuevo negocio, pero no importaba. No le gustaban los altibajos emocionales. Hacía mucho tiempo había aprendido a aceptar las cosas según iban sucediendo y a seguir adelante.

Él también tenía un plan de negocio junto con el dinero suficiente para hacerlo realidad. Su amiga Felicia le había escrito esa misma mañana preguntándole si ya había tomado alguna decisión. Si se había instalado en Fool’s Gold, tenía que hacérselo saber. Si no, ya era hora de que se buscara otro sitio. Después de todo, no estaba solo él. Tenía socios que querían que se decidiera ya.

En lo que concernía a Felicia, ella iría a cualquier parte que fuera normal. Los pueblos pequeños la atraían, y Fool’s Gold encajaba a la perfección en esa definición. Iría allí a montar el negocio y, si terminaba odiando el pueblo, se mudaría. Pero los demás se quedarían.

Ford Hendrix también le había enviado un correo electrónico dos días antes para decirle que se decantara por Fool’s Gold, sin embargo, el día anterior le había dicho que eligiera cualquier sitio menos ese. La ambivalencia de Ford era fruto de su tan unida familia. Había días en los que el antiguo SEAL quería volver a conectar y otros en los que necesitaba alejarse y que nadie volviera a saber de él. Era la clase de ambivalencia con la que Justice podía identificarse. Con Patience...

Sacudió la cabeza. No había ido allí para pensar en ella.

Su tercer socio, Angel, se encontraba en terreno neutral. Nunca había estado en el pueblo y, cuando había leído la descripción, le había resultado intrigante el hecho de que estuviera tan cerca de las montañas. Le gustaban las actividades al aire libre y alejarse del mundo, y la accidentada topografía del lugar ofrecía mucho de ambas cosas. Así que la decisión recaía en él que, para ser sinceros, no tenía ni la más mínima idea de qué hacer.

Sin embargo, lo cierto era que sí lo sabía. Una parte de él siempre había querido volver allí, al único lugar en el que se había sentido bien recibido.

Sí, admitía que Patience era uno de los principales atractivos, si no el único. Nunca la había olvidado y a menudo se había preguntado dónde estaría y qué estaría haciendo. Con sus recursos, le habría resultado fácil encontrarla, podría haber tenido un informe completo sobre ella en menos de seis horas. Pero nunca lo había hecho.

Ahora sabía que seguía en el pueblo y que estaba soltera, lo cual la convertía en una tentación. Su beso de la mañana anterior no había hecho más que avivar la fantasía y ahora quería más. La quería en su cama, cerca de él, tomándolo con tanta pasión como él quería tomarla a ella.

Y eso significaba que la mejor solución para ambos era que se alejara de allí.

Sabía quién era y la clase de hombre que podía llegar a ser. Patience se merecía alguien mejor. Quería pensar que él podía ser mejor, hacer las cosas mejor que su padre, que el ADN de Bart Hanson no era el destino de su hijo. Sin embargo, no podía estar seguro. Cuando por fin habían atrapado a su padre y lo habían metido en la cárcel, Justice se había sentido con libertad de elegir. Podría haber sido cualquier cosa, haber ido a cualquier parte, y el hecho de que se hubiera alistado en el ejército no era digno de mención. Sí que lo era, en cambio, la ocupación por la que había optado.

Era francotirador. Ni policía ni técnico. El hijo de un asesino había elegido matar a otros. Era la prueba definitiva de la oscuridad de su alma y eso quería decir que marcharse de allí era lo mejor para Patience y su familia. Se merecían a alguien mejor que él, pero el problema era que no quería irse, y eso lo convertía en un absoluto bastardo.

Oyó pisadas y al girarse se encontró a una mujer mayor y bien vestida entrando en el almacén. Al igual que Eddie, tenía el pelo blanco, pero las similitudes se quedaban ahí. Esa mujer llevaba un traje sastre, zapatos de salón y perlas. Sonrió al acercarse y extendió la mano.

—Bienvenido de nuevo, Justice Garrett. Soy la alcaldesa Marsha Tilson. Imagino que no me recordarás.

—No, pero es un placer conocerla... otra vez.

Se estrecharon la mano.

La alcaldesa lo miró fijamente.

—Has crecido mucho. Recuerdo cuando eras un adolescente alto y flacucho. Eras amigo de Patience McGraw y Ford Hendrix. Siempre ibais los tres juntos, pero me daba la sensación de que sentías algo por Patience.

Se quedó mirando a la mujer. Estaba hablando de relaciones que habían tenido lugar quince años atrás y, aunque para él esas relaciones habían sido importantes, no podía imaginar cómo una mujer de cincuenta años podía prestarles atención a las vidas de un grupo de adolescentes.

Ella sonrió ampliamente.

—Veo que te han sorprendido mis observaciones. Confieso que me resultaste intrigante desde el principio. Tus tutores hicieron un excelente trabajo para hacer encajar tu historia, pero había ciertas inconsistencias. Cuando llegaste, estaba claro que habías sufrido algún tipo de trauma.

—¿Sabía que me estaban protegiendo?

—No. Nunca me enteré. Creía que tal vez el hombre que decía ser tu tío no era pariente tuyo y que no queríais que nadie lo supiera. Podía haber muchas razones para esa excusa falsa, así que os vigilé para asegurarme de que no estaban abusando de ti y cuando vi que empezabas a encajar, a asentarte aquí y a hacer amigos, supe que todo iría bien.

Él se movió ligeramente, incómodo ante la idea de que lo hubiera estado vigilando.

—Estaba muy bien.

—Hasta que tuviste que marcharte tan misteriosamente. Todos estábamos preocupados y, sobre todo, Patience. Dadas las circunstancias, tuviste que irte, eso lo sabemos ahora, pero en aquel momento estábamos muy preocupados.

Estaba claro que la alcaldesa estaba al tanto de lo sucedido. Y no debería sorprenderle. En un pueblo tan pequeño como ese, las noticias volaban.

—Ahora has venido a abrir un negocio. Una escuela de guardaespaldas o algo así, ¿verdad?

Él se rio.

—¿Eso van diciendo?

La mujer se rio a carcajadas.

—Sí, aunque admito que tenía mis dudas. ¿Cuál es la verdadera historia?

—El negocio ofrecerá formación avanzada de todo tipo en el ámbito de la seguridad.

—¿No en plan vigilante de centro comercial?

—No. Nos interesan las fuerzas de seguridad que viajan a zonas del mundo peligrosas. Cubriremos técnicas básicas de evasión, combate mano a mano, además de manipulación de armas. También entrenaremos a fuerzas de seguridad para que conozcan las formas más seguras de viajar y cruzar zonas conflictivas. Gran parte de eso se centra en la planificación.

Además iban a ofrecer talleres para enfrentarse a terroristas locales y para negociaciones de rehenes, aunque dudaba que la alcaldesa quisiera conocer los detalles al respecto.

—También ofreceremos actividades de incentivo para empresas. Unas instalaciones donde puedan poner en práctica la creación de un equipo.

Ella asintió.

—Parece una buena y constante fuente de ingresos —se detuvo—. ¿Ya ha decidido Ford si quiere volver a Fool’s Gold?

Justice se le quedó mirando. ¿Cómo demonios sabía en qué estaba pensando Ford?

—Aún no.

Ella asintió.

—Ha estado fuera mucho tiempo. La transición a la vida de civil debe de ser complicada para cualquier soldado, pero con lo que Ford ha visto... —suspiró—. Aquí tiene familia, y supongo que eso lo considera tanto una bendición como una maldición. No puedo evitar pensar que va a necesitar su apoyo. Pero también hay otras cosas en las que pensar, ¿qué hay del señor Whittaker?

—¿Conoce a Angel?

—He oído algunas cosas. Aún no nos hemos conocido, aunque lo estoy deseando.

Fue hacia la puerta. Y, sin saber por qué, él la siguió.

—¿Tendréis instalaciones para practicar fitness?

—Sí. Y una pista de obstáculos al aire libre.

—Estáis muy cerca de la escuela de ciclismo de Josh Golden —le dio una tarjeta de visita—. Puede que quieras hablar con él para utilizar las instalaciones. El ciclismo es un ejercicio muy bueno para una buena condición física general.

Él tomó la tarjeta.

—Ha venido preparada.

—Yo siempre estoy preparada, Justice. Este es mi pueblo y me preocupo por mis vecinos.

Él captó el mensaje y la advertencia. Se dijo que no era más que una señora inteligente, pero no lo creía. Esa mujer sabía cosas y eso significaba que fácilmente podía haber descubierto sus asuntos. Estaba advirtiéndolo y él no podía culparla por ello.

—Verás cómo el pueblo te respalda en tu aventura. Si necesitas algo, ponte en contacto conmigo directamente y yo contactaré con la persona adecuada. Este es tu sitio, Justice. Tengo esa sensación.

Lo habían capturado en una ocasión mientras cumplía una misión. Lo habían retenido y golpeado durante horas. Acababa de empezar a prepararse para el calvario que lo esperaba cuando su equipo había irrumpido y lo había rescatado. En aquel momento se había quedado tan impactado con su llegada como lo estaba ahora con las palabras de la alcaldesa.

—A lo mejor quieres ofrecer algún servicio a la comunidad, como clases de defensa personal o algo para los niños. Te recibirán bien aquí de cualquier modo, pero siempre es agradable devolver el favor. Te sentirás mejor contigo mismo y la transición será más sencilla para todos tus empleados.

La mujer volvió a sonreír.

—Dudo que tus empleados sean unos tipos corrientes, ¿no?

—La verdad es que no.

—Eso pensaba. Necesitarán encontrar su sitio aquí y establecerse. A algunos les parecerá imposible, pero tú y yo sabemos que no lo es. Está en nuestras manos mostrarles todo lo que Fool’s Gold tiene que ofrecer.

—No había pensado en clases para la comunidad —admitió.

—Para eso estoy yo aquí, para ofrecerte posibilidades —le tocó el brazo ligeramente—. Bienvenido a casa, Justice. Me alegra que hayas encontrado tu camino.

Quería decirle que no estaba seguro de que fuera a quedarse, pero incluso mientras lo pensaba, sabía que no era verdad porque había tomado la decisión en cuanto había regresado. Ver a Patience había sido el detonante. Aunque no pudiera llegar a tener con ella lo que quería, tampoco se veía con fuerzas para alejarse. Se encontraba en un dilema bastante incómodo.

La alcaldesa Tilson le deseó lo mejor y salió del almacén. Justice se metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.

—¿Es Fool’s Gold? —le contestó Felicity a modo de saludo.

—Sí.

—Genial. Voy a tardar un par de semanas en prepararlo todo, tal vez tres. Te avisaré cuando salga para allá. Mientras tanto avisaré a Ford y a Angel y nos pondremos a organizar las cosas. Envíame fotos del edificio y de la zona circundante. Hablaré con el abogado sobre la compra e investigaré opciones de alquiler también.

Felicia no era de cumplidos ni de comentarios de rigor. Ella iba directa al problema y en cuestión de segundos encontraba dieciséis soluciones y las listaba en orden de margen de éxito, peligro o coste. Era la persona más inteligente que conocía y probablemente una de las diez más inteligentes de todo el mundo. A veces resultaba todo un desafío trabajar con ella, pero nunca resultaba una persona aburrida.

—¿Cómo estás? —le preguntó él, básicamente, para meterse con ella.

Felicity suspiró.

—¿En serio? ¿Tenemos que hacer eso cada vez que hablamos? —hubo una pausa—. Estoy muy bien, Justice. Muchas gracias por preguntar. ¿Qué tal por Fool’s Gold? ¿Lo estás pasando bien?

—Es muy agradable —sonrió—. ¿A que estás calculando cuánto más podrías haber trabajado si no hubiéramos perdido tiempo con esta conversación?

—No. Estoy intentando ser más sociable. Voy a vivir en un pueblo pequeño y quiero ser como todos los demás.

No tuvo valor de decirle que eso jamás pasaría. Ella era muchas cosas, pero no «como todos los demás».

—¿La has visto? ¿A tu amiga?

Le había hablado un poco de Patience, le había contado que se habían conocido en el instituto, pero no que no había podido olvidarla desde entonces.

—Sí.

—¿Y es tal cual recordabas?

Él pensó en cómo se sintió al tenerla en sus brazos, en cómo la había besado. Recordó su risa y cómo había dado vueltas en mitad de un local vacío.

—Es mejor aún.

Julia extendió los brazos.

—¡Felicidades, Patience! Es todo lo que querías.

Patience abrazó a su jefa.

—Lo sé. Estoy muy ilusionada —Josh había accedido a alquilarle el local, y ella había llevado el documento al abogado esa misma mañana. Lo siguiente que había tenido que hacer era decirle a la mujer para la que trabajaba que se marcharía.

—¿En cuánto tiempo abrirás? —le preguntó Julia soltándola.

—En seis semanas. Tal vez ocho. He pensado que durante un tiempo podría trabajar media jornada, si te parece bien —alzó las manos—. Me siento como si te estuviera dejando en la estacada.

—Y así es, pero qué más da. Esto es como ganar la lotería. No puedes darle la espalda a esta oportunidad. Ya veremos a quién podemos pasarles a tus clientes y después podrás llamarlos para contarles lo que va a pasar —el buen humor de Julia se disipó ligeramente—. Pero no dejes que se marchen a la peluquería de Bella.

—Sí, señora —murmuró Patience ansiosa por evitar esa conversación en particular.

Bella y Julia eran hermanas. Hermanas separadas. Sus peluquerías se hacían la competencia en el pueblo y eso requería que los buenos habitantes de Fool’s Gold tuvieran mucho cuidado si querían mantener la paz.

Patience prometió contactar con sus clientes en un par de días y se salió de su despacho. Había ido a hablar con Julia aprovechando su día libre y ahora tenía miles de cosas por hacer y ni idea de por dónde empezar.

Según lo acordado, el abogado de la tía abuela Becky le había enviado el cheque de un día para otro y el dinero ya estaba en su cuenta. Ava ya había investigado dónde ingresar los fondos para la universidad de Lillie y a finales de semana saldarían la hipoteca. Una vez firmaran el alquiler, empezarían a encargar todo lo que necesitaban y hablarían con un constructor para la reforma del local.

Estaba entrando en la sala de la peluquería para recoger su bolso y seguir con sus quehaceres cuando una rubia alta la detuvo.

—Tu madre me ha dicho que te encontraría aquí.

Patience vio a su amiga Isabel y se rio.

—¡No me lo puedo creer! ¿Cuándo has vuelto?

—Ayer.

Se abrazaron.

—¿Me habías dicho que teníais previsto venir? —le preguntó Patience emocionada de ver a su amiga.

—No, ha sido algo inesperado.

Isabel vivía en Nueva York y trabajaba en publicidad. Al igual que Patience, había crecido en Fool’s Gold y su familia seguía allí.

Patience miró el reloj de la pared. Eran casi las once y media.

—¿Quieres que vayamos a comer algo y nos ponemos al día?

—Estaba deseando que me lo propusieras. Tengo muchas cosas que contarte.

—Pues estoy deseando oírlas.

Fueron paseando hasta Margaritaville y se sentaron en una tranquila mesa junto a la ventana. Después de pedir un refresco y guacamole, retiraron las cartas y se miraron.

—Tú primero —dijo Patience.

Isabel se colocó un mechón de su larga melena rubia detrás de la oreja y se encogió de hombros.

—No estoy segura de por dónde empezar.

Patience la conocía de toda la vida. Isabel era un par de años más pequeña, así que nunca habían salido juntas en el instituto, pero poco después de que Ned la hubiera abandonado con su hija recién nacida, a Isabel la habían expulsado de la Universidad de California y había vuelto a Fool’s Gold. Les hacía gracia decir que sus desgracias las habían unido, y desde entonces habían sido amigas.

—Antes de contarte mi triste historia —le dijo Isabel—, quiero ver fotos.

Patience se rio y le pasó el teléfono. Isabel fue pasando las imágenes.

—Crece por minutos. Está preciosa. Dile a Lillie que estoy deseando verla.

—Se lo diré.

Le devolvió el teléfono justo cuando la camarera llegó con sus bebidas, patatas, salsa y guacamole. Isabel esperó hasta que se quedaron solas y al instante puso la mano izquierda sobre la mesa y sacudió los dedos.

—Me voy a divorciar.

Patience se quedó mirando su dedo desnudo.

—¡No! ¿Qué ha pasado?

—Nada dramático —respondió con sus enormes ojos azules llenos de pena, aunque sin lágrimas—. Eric y yo seguimos siendo amigos, lo cual es muy triste. Creo que la verdad es que siempre hemos sido amigos. Nos llevábamos tan bien que queríamos creer que con la amistad bastaba, pero no era así.

—Lo siento —dijo Patience mirándola. Pero había más, algo que Isabel no le había contado. Sin embargo, no quería presionarla. Cuando su amiga estuviera lista, ya se lo contaría.

—Yo también. Me siento estúpida y perdida. Mis padres llevan casados como ciento cincuenta años —esbozó una compungida sonrisa—. Bueno, vale, unos treinta y cinco, pero aun así... Maeve lleva doce años casada y no deja de tener bebés. Soy el fracaso de la familia.

Patience le acercó el guacamole.

—¿Por eso has venido de visita? ¿Por el divorcio?

—Más o menos. Mis padres han decidido que les ha llegado la hora de seguir sus sueños. Maeve y yo ya somos mayores y ellos no quieren esperar demasiado para poder viajar. Así que han sacado sus ahorros para rachas malas y se han comprado billetes para hacer un crucero por todo el mundo.

—¿En serio?

—Sí. Se marchan en un par de semanas. Y también quieren vender Paper Moon.

Patience se la quedó mirando con una patata a medio camino de la boca.

—¡No! —Paper Moon era la tienda de novias del pueblo, toda una institución desde que la abuela de Isabel había abierto el establecimiento.

—Lo sé. Yo también me quedé impactada, pero mi madre está cansada de llevar la tienda y a Maeve no le interesa. Y, aunque le interesara, tiene demasiados bebés que cuidar.

—No puedo imaginarme la plaza sin la tienda de vestidos de novia Paper Moon.

—Seguirá donde está. Seguro que encontramos un comprador.

—Pero no será lo mismo.

Isabel miró por la ventana.

—Todo cambia, incluso cuando no queremos —agarró una patata—. Bueno, el caso es que esa es la razón por la que he vuelto. Voy a trabajar en la tienda los próximos ocho meses para prepararla antes de venderla, y a cambio me llevo una tajada de las ventas. Es una gran noticia porque voy a necesitar el dinero.

Se inclinó hacia delante con gesto más animado.

—Tengo una amiga en Nueva York, Sonia. Es una diseñadora magnífica. Vamos a meternos juntas en el negocio, así que trabajar en la tienda de mis padres unos meses me dará la experiencia en la venta de cara al público que necesito y algo de dinero extra para los gastos del principio.

—Se te ve muy ilusionada.

—Lo estoy, y creo que podré soportar quedarme aquí un tiempo.

—No se está tan mal aquí. Estarás genial.

—No me puedo creer que nunca te hayas marchado.

—Nunca he querido hacerlo. Me gusta el pueblo.

—A mí también, pero ¡venga!, ahí fuera hay todo un mundo.

Patience sabía que era verdad, aunque nunca le había interesado conocerlo.

—Bueno, solo he hablado yo. ¿Qué novedades tienes?

—Por una vez tengo noticias —le contó lo de la tía abuela Becky, lo del dinero y lo de la cafetería que su madre y ella iban a abrir.

Isabel se rio.

—¡Es fantástico! —levantó su vaso de refresco—. ¡Por que todos tus sueños se hagan realidad!

Brindaron.

—Estoy aterrorizada —admitió Patience—. No sé nada sobre atender al público. He dado algunas clases, pero no es lo mismo.

—Sé a qué te refieres. Yo trabajé en la tienda de novias mientras estuve en el instituto y la universidad, pero solo lo hice por el dinero. No le estaba prestando atención a cómo funcionaban las cosas. Si no me va bien, no podremos venderla por la cantidad suficiente y me quedaré sin el dinero extra.

—Aprenderemos juntas.

—Me gusta cómo suena eso. Nos apoyaremos —tomó otra patata—. ¿Sabes algo sobre Ford Hendrix?

La pregunta tenía un tono de indiferencia, y para alguien que no conociera el pasado de Isabel no habría sido más que un comentario, pero Patience conocía toda la historia. En lugar de responder, enarcó las cejas.

—¿En serio?

Isabel puso los ojos en blanco.

—No me mires así. Es solo por curiosidad.

—¿Porque te vas a divorciar?

—No, por supuesto que no. He vuelto y eso me está haciendo pensar en el pasado.

—¿Y en que fue tu «único y verdadero amor»?

Isabel hizo una mueca de disgusto.

—Por favor, no lo digas así. Me hace parecer una loca obsesiva.

—Eras una niña de catorce años encaprichada con un chico. No creo que haya mucha diferencia —sonrió—. Estabas loquita por él.

—¡Mira quién fue a hablar! Tú estabas coladísima por ese chico que se marchó. ¿Cómo se llamaba?

—Justice.

—Eso. Fue todo muy misterioso. ¿Llegaste a descubrir qué le pasó?

—Sí.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—Hace unos días. Ha vuelto.

Isabel se la quedó mirando.

—¿Y no me lo habías contado? ¿Has dejado que siguiera hablando sobre mi aburrida vida cuando tenías una noticia así? ¿Has hablado con él? ¿Cómo está? ¿Adónde fue? ¿Por qué ha venido?

Patience dio un trago a su refresco.

—Por muy increíble que parezca, estaba en un programa de protección de testigos —le resumió los detalles—. Vino a Fool’s Gold el año pasado como guardaespaldas y decidió que quería volver. Así que va a abrir un negocio aquí con un par de amigos. Lo pintan como si fuera otra cosa, pero básicamente será una escuela de guardaespaldas.

—Un hombre peligroso. ¿Está guapo?

Patience hizo lo que pudo por no sonrojarse.

—Sí.

—Entonces lo has visto.

—Vino... a cenar la otra noche a casa. Ya sabes, para ver a mi madre y esas cosas.

Isabel apretó los labios.

—Lo que me interesa más son «esas cosas». Aún te gusta.

—No. Bueno, a lo mejor —no dejaba de moverse en su asiento—. De acuerdo, sí. Es el chico ideal y ahora ha crecido, y cuando estoy con él me cuesta respirar.

Algo se encendió en los ojos de Isabel por un instante antes de disiparse.

—Es una descripción impresionante. Aunque me parece que ahora viene un «pero».

Patience asintió.

—¿Pero por qué ahora? Mientras estaba en el programa de protección de testigos no podía decirme quién era, pero después arrestaron a su padre y lo metieron en la cárcel, lo cual significaba que Justice podía hacer lo que quisiera. Sin embargo, está claro que no quería ponerse en contacto conmigo.

—Vaya —Isabel se puso derecha—. Muy bien pensado.

—Con Ford sí que contactó. Son amigos. Y ahora ha vuelto y mis hormonas se han revolucionado, aunque no dejo de decirme que he de tener cuidado.

—Sí, tenlo. Los hombres no siempre son lo que parecen —agarró otra patata—. Nunca es fácil, ¿verdad?

—No. Intento estar calmada y comportarme como una adulta —pensó en el beso y en cómo le habían temblado las rodillas—. Si va a abrir un negocio, no creo que vaya a desaparecer otra vez, ¿no? —porque eso sí que no lo soportaría. Todos los hombres por los que había sentido algo habían terminado marchándose.

—Es una muy buena señal.

Patience respiró hondo.

—Eso espero. Y hablando de esperanzas, tengo algo que contarte sobre Ford.

Isabel la miró.

—¿Qué?

—Pronto vendrá. Al parecer, va a dejar el ejército y va a volver a Fool’s Gold.

Isabel abrió la boca y la cerró.

—¿Vendrá al pueblo?

—Eso se rumorea. No tengo ni detalles ni fechas.

—Oh, Dios mío, no. No puedo mirarlo a la cara. Me pasé años escribiéndole. No estoy segura de si recibió mis cartas o si las ha leído, pero aun así.

—Le habrían gustado tus cartas.

—Eso no lo podemos saber. Seguro que piensa que soy una acosadora —se cubrió la cara con las manos—. Sabía que volver a casa sería complicado, pero no pensaba que tuviera que ver a Ford —posó las manos sobre la mesa—. ¿Está casado?

—No lo sé.

—Probablemente esté casado y con seis hijos, ¿verdad? Y un perro. Así que no tengo que preocuparme, porque ni siquiera se acordará de mí.

Patience agarró otra patata.

—Me gustaría burlarme de ti, pero no puedo porque sé exactamente por lo que estás pasando.

—Eso me hace sentir mejor. ¿Si te enteras de algo me lo dirás?

—Con todo detalle.

—Yo haré lo mismo por ti. Aunque no es que esté esperando oír toda clase de cotilleos. Cuando la gente viene a la tienda, suelen obviar la racha dramática de su relación —dio un trago al refresco—. ¿Crees que Ford está casado? —le preguntó sonando tanto aterrada como esperanzada.

—Podría estarlo. Y estoy segura de que ya no está tan guapo como antes.

—Es verdad. Ahora estará viejo y habrá perdido todo su atractivo —se detuvo—. Has dicho que Justice está como un tren.

Patience contuvo el aliento.

—Más que eso.

—Bien. Una de las dos debería conseguir a un chico genial.

—Es muy pronto para saber si es genial o no —quería creer que lo era, por supuesto, pero no tenía pruebas.

Capítulo 5

—El tuyo es más grande que el mío —dijo Patience recorriendo el almacén.

Justice se rio. Fuera la circunstancia que fuera, siempre lograba hacerlo reír.

—Creía que a las mujeres les gustaba decir que el tamaño no importa.

Ella lo miró sonrojada y se dio la vuelta.

—Me refería a tu negocio.

—Ya lo sé. Aquí haré cosas distintas. Necesitaremos mucho espacio.

—Imagino que la buena noticia es que puedes hacer todo lo que quieras.

—Eso creía. Marcos en las paredes, montar algunos despachos y salas de reunión.

—Y un cuarto de baño —añadió ella—. Si tus clientes van a hacer ejercicio, tal vez deberían tener unas duchas.

Él tenía muchas ganas de pensar en duchas, aunque no del modo en que ella se refería.

La siguió mientras avanzaba por el espacio abierto. Patience vestía unos vaqueros y otra de sus camisetas decoradas. Esa era rosa con flamencos cubiertos de brillantes sentados en una mesa y tomando unos martinis. No estaba seguro de qué significaba, pero era pura Patience.

—¿Ya te has decidido? ¿Te quedas?

Él se preguntó si la realidad era que, desde que la había visto, marcharse ya no era una opción.

—Me quedo.

—¿Y vas a abrir el negocio con tus socios?

—Con Ford y Angel.

—¿Angel?

—Aún no lo conoces.

Ella enarcó las cejas.

—¿Le has advertido sobre dónde se está metiendo al venir a un sitio como este?

—Estará bien.

Se acercó a él.

—Has mantenido el contacto con Ford.

Él asintió, y después se preguntó si su interés sería personal más que general. Los tres habían sido amigos, y Ford había pasado años en el pueblo después de que él se hubiera marchado. ¿Habrían salido? Ford nunca le había dicho nada, pero tampoco es que compartiera muchas cosas con él. De pronto, sintió una fuerte tensión en los hombros.

—¿Tienes muchas ganas de verlo? —le preguntó Justice.

—Claro —se detuvo—. ¿Está casado?

No le gustó la pregunta y mucho menos la respuesta que iba a darle.

—No. ¿Es una buena noticia?

Ella sonrió.

—Siempre es divertido que regrese un héroe local, aunque creo que su madre y sus hermanas estarán más emocionadas —su sonrisa se volvió algo pícara al añadir—: Y en cuanto a lo del matrimonio, no se lo digas a nadie, pero mi amiga Isabel está loca por que Ford vuelva.

Sus músculos se relajaron.

—¿Le gustaba?

—Muchísimo. Ford estaba prometido con su hermana. Maeve lo engañó con su mejor amigo y Ford, como era de esperar, se enfadó mucho. Se marchó y se alistó en el ejército. Maeve se casó con su mejor amigo y siguen juntos. Pero Ford no viene de visita casi nunca. Cuando ve a su familia, queda en alguna otra parte y tampoco muy a menudo. Isabel solo tenía catorce años cuando Ford se marchó y estuvo años escribiéndole. Ahora ya han crecido y ella ha vuelto al pueblo. Está muy nerviosa por volver a verlo —se detuvo—. ¿Es demasiada información?

—No. Es algo confusa, pero no demasiada.

Ella miró a su alrededor.

—¿Estás asustado?

—¿Por?

—Por abrir un negocio. Yo estoy aterrada. Si pienso demasiado en ello, empiezo a dudar de mí misma. Mi padre se marchó cuando yo solo era un par de años mayor que Lillie y ni se molestó en mantener el contacto conmigo. Después de aquello, solo estábamos mi madre y yo, y entonces conocí a Ned y fue un desastre. Estaba sola y tenía a Lillie, y mi madre me invitó a volver a casa. Siempre ha estado a mi lado. La herencia ayudará a saldar la hipoteca y eso nos dará seguridad a las dos. Pero tengo a Lillie y, si la cafetería fracasa, habré desperdiciado todo ese dinero. ¿Estoy siendo una irresponsable por correr el riesgo?

Él se acercó y le puso las manos sobre los hombros.

—No. Tienes derecho a ser feliz.

—Pero ya soy feliz trabajando en la peluquería de Julia.

—¿Tu sueño es ser peluquera?

—No, pero...

—¿Es el Brew-haha?

Las comisuras de sus labios se elevaron.

—Sí, pero...

—Nada de peros. Tienes que cumplir tu sueño, Patience. Te has ocupado de la casa de tu madre y de los estudios de tu hija. Ahora te mereces quedarte un poco para ti también.

—Abrir un negocio es algo muy serio.

—Mereces cumplir uno de tus sueños.

—¿Y si fracaso?

Los ojos de él se oscurecieron cuando pronunció esas palabras y supo que Patience le había expresado su mayor temor. Pero antes de poder decirle que no fracasaría y darle los motivos, alguien pronunció su nombre.

—¡Ahí estás! Eres un hombre muy difícil de encontrar.

Patience dio un paso atrás y bajó los brazos. La mujer que se acercaba a él con paso decidido tendría unos cincuenta años, era rubia y su rostro le resultaba familiar. Buscó en su memoria y dio con un nombre.

Denise Hendrix. La madre de Ford.

Patience vio al gran guardaespaldas retroceder al ver a la madre de su socio y se preparó para presenciar un espectáculo excelente.

Denise Hendrix tenía seis hijos. Patience estaba segura de que los quería a todos por igual, pero cinco de ellos seguían viviendo en el pueblo mientras que el sexto arriesgaba su vida sirviendo en el ejército, y para cualquier madre eso sería difícil y delicado.

Se detuvo delante de Justice.

—Eres la razón por la que por fin mi hijo va a volver a casa.

Justice tragó saliva y a Patience le pareció ver en su mirada algo que se acercaba mucho al miedo. Él levantó las manos en un gesto de defensa y rendición.

—Yo... eh...

Denise asintió conteniendo las lágrimas.

—He estado rezando para que llegara este momento. Estaba tan triste cuando se marchó. ¡Cómo no iba a estarlo! —miró a Patience—. Culpo a Maeve, aunque la he perdonado, claro. Pero aun así, ¿tuvo que irse mi hijo? Han sido muchos años. Sé que su trabajo es peligroso y que no habla del tema. Solo escribe e-mails. ¿Es que acaso un e-mail es igual de bueno que una visita?

Se giró hacia Justice.

—Y entonces tú vienes aquí y decides abrir tu negocio. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.

—Nosotros... eh...

Ella asintió y se secó las mejillas.

—Lo sé. No ha sido todo por ti. Pero estaba empezando a pensar que jamás volvería y ahora resulta que va a venir. Tengo que asegurarme de que no vuelva a marcharse nunca.

«Pobre Ford», pensó Patience. Esperaba que supiera dónde se estaba metiendo al volver.

—Gracias —dijo Denise y fue hacia él.

Patience estaba segura de que Justice conocía decenas de movimientos para esquivar a la madre de su amigo, pero en lugar de emplearlos, la abrazó.

Cuando por fin quedó libre, logró decir:

—De nada.

Denise se sorbió la nariz.

—Recuerdo cuando no eras más que un adolescente, Justice. Eras muy buen amigo de Ford. Me alegra que hayas encontrado el camino de vuelta —sonrió a Patience, se despidió con la mano y se marchó.

Patience se giró hacia Justice.

—Siempre el héroe.

Él se tiró del cuello de la camisa.

—La señora Hendrix es muy entusiasta.

—Todos somos adultos y te acaba de dar un abrazo súper fuerte. Creo que ya puedes llamarla Denise.

Justice esbozó una mueca de disgusto.

—Me parece más apropiado llamarla señora Hendrix.

Patience sonrió, le hacía mucha gracia ver lo incómodo que se sentía con la idea. Le gustaba saber que el cabal y fuerte Justice Garrett podía ponerse nervioso con una mujer de mediana edad y madre de seis hijos.

—¡Ajá! Así que te aterroriza.

—Solo un poco.

Ella empezó a reírse.

—Siempre es divertido ver cómo se desmorona la fachada de un tipo duro.

Él entrecerró los ojos.

—¿Es que sabes mucho de tipos duros?

—Eres el primero, pero me resulta mucho más atrayente de lo que pensaba. Para que lo sepas, después te voy a pedir que me demuestres cómo desarmar a alguien con un bastoncillo de los oídos.

—¿Por qué te da miedo alguien con un bastoncillo de los oídos?

Ella se acercó y se llevó las manos a las caderas.

—Muy gracioso. Ya sabes lo que quiero decir.

—Lo sé y un bastoncillo para los oídos es un arma bastante estúpida.

—Pues entonces con una cuchara.

—Se pueden hacer muchas cosas con una cuchara.

Mientras hablaba, posó las manos sobre sus caderas y la llevó hacia sí. Ella accedió de buen grado, consciente del repentino interés procedente de sus zonas más femeninas. Era consciente del peligro, pero la posibilidad de que la abandonara parecía menos importante ahora que estaban tan cerca. Y la posibilidad de que la besara de nuevo parecía mucho más importante.

No se estaban tocando, al menos no aún, pero lo tenía lo suficientemente cerca como para sentir su calor.

Era alto, ancho y fuerte y debería ser alguien que la pusiera nerviosa. Pero no era así. Y tal vez eso se debía a su pasado, porque había adorado a aquel niño y ahora confiaba en ese hombre. Había estado predispuesta a que le gustara desde el segundo en que había regresado a su vida y ahora lo único que podía esperar era que no resultara ser un error amoroso más.

Lo miró a los ojos fijándose en los distintos tonos de azul que conformaban su iris. Sus pestañas eran ligeramente más oscuras que su pelo. Con esa esculpida barbilla y esos pómulos tan altos, era guapo y, aun así, resultaba muy masculino. En conjunto, un lote impresionante.

—¿Qué demonios vais a hacer en este pueblo tan diminuto? ¿No deberíais haberos instalado en París o Nueva York?

—Mi francés es pésimo y Angel odia Nueva York.

Buena información, aunque no respondía a la respuesta real... probablemente porque no la había formulado.

«¿Vas a romperme el corazón?». Eso era lo que de verdad quería saber.

Al parecer, Justice leía la mente además de tener otras habilidades como guardaespaldas porque su mirada se intensificó.

—No soy de los buenos. Eso tienes que saberlo.

No estaba segura de si se refería a un dato general o a algo que ella tenía que plantearse y asimilar realmente. Al final, supuso que no importaba.

—¿No has pensado que al decirlo estás demostrando lo contrario?

Él movió las manos hasta el bajo de su camiseta y tiró de la tela para observar el estampado.

—¿Flamencos?

—Son aves divertidas a las que les encanta tomarse un buen martini.

—Ya veo.

Justice la miró fijamente, levantó los brazos y deslizó los dedos entre su pelo.

—¿Qué voy a hacer contigo?

Ella suponía que debía quedarse callada y dejarle solucionar el problema a él solo, pero la respuesta le parecía obvia y no pudo evitar decir:

—Bésame.

Él esbozó media sonrisa.

—¿Por qué no he pensado en eso?

Aún con la mano en su cabeza, se acercó y la besó en los labios. Ella apoyó las manos contra su pecho y cerró los ojos. Sentir su boca, tan suave pero firme, la dejó clavada al suelo. En cuestión de segundos, supo que era inevitable rendirse. Tal vez no ese día, pero sí pronto. Cuando le preguntara, le respondería que sí. Y no porque hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez, sino porque se trataba de Justice y llevaba media vida sintiéndose conectada a él.

Sin embargo, eso tendría consecuencias. Siempre había consecuencias. Ya averiguaría un modo de mantener a salvo su corazón. Pero eso lo dejaría para más adelante...

Ladeó la cabeza y llevó las manos hasta sus hombros. Él bajó las suyas hasta sus caderas y la llevó contra sí. Y mientras sus lenguas se acariciaban, los dedos de él se posaron en sus nalgas y las apretaron.

Patience le dejó acunar su cuerpo. Esos profundos besos le despertaron los sentidos mientras recorría sus hombros con los dedos y de ahí bajaba hacia sus brazos, queriendo sentirlo por completo. El deseo se apoderó de ella frenéticamente.

Él movió la cabeza para poder besar su mandíbula y de ahí bajó a mordisquearle el lóbulo de la oreja. Descargas de deseo y anhelo la recorrían mientras Justice acariciaba con su lengua ese punto tan sensible de su oreja al mismo tiempo que posó las manos en su cintura y comenzó a deslizarlas hacia arriba. A ella se le cortó la respiración anticipándose a lo que vendría a continuación. Justice le besaba el cuello y echó la cabeza atrás esperando a que sus dedos tocaran su...

Justice se puso recto y apartó las manos. Ella abrió los ojos bruscamente. Los ojos de él se habían oscurecido por la pasión, pero junto al deseo, en ellos se podía ver una expresión de determinación. La pregunta era, ¿a qué venía esa determinación? ¿Estaba dirigida a evitar el siguiente paso? Porque ella estaba preparada. ¡Más que preparada! Estaba ansiosa.

Bajó la mirada y vio lo que parecía una erección impresionante contra la parte delantera de sus pantalones. Bueno, eso estaba bien. Dejaba claro que no era la única ansiosa.

—No soy quien tú crees.

La frase salió como de la nada y Patience tardó un segundo en procesarla.

—¿Es que antes eras una mujer?

La tensión se disipó en el rostro de Justice, que dejó escapar una carcajada.

—No, me refiero a mi pasado. A lo que he hecho y lo que he visto. Es complicado.

Ella quería discutírselo y decirle que era fácil. Tan fácil que deberían quitarse la ropa y ponerse al lío. Pero de pronto recordó el consejo de sus amigas, ese consejo según el cual si un tipo te decía que tenía defectos, debías escucharlo.

Un hombre que admitía que nunca había sido leal o que no le interesaban los compromisos, probablemente estaba diciendo la verdad, así que cuando Justice decía que las cosas eran complicadas, debería prestarle atención.

—¿Hay alguien más?

—No.

—¿Estás jugando conmigo?

Él le acarició la mejilla.

—No. Te doy mi palabra.

—Es porque no has vuelto antes, ¿tiene que ver con la razón por la que te has mantenido alejado?

Vio la verdad en sus ojos y retrocedió.

—De acuerdo —dijo lentamente—. Dímelo ya. ¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo antes? ¿Por qué te parecía bien ver a Ford pero no verme a mí?

—Porque a Ford no puedo hacerle daño.

—Y a mí sí puedes —alzó la barbilla mientras hablaba, decidida a ser fuerte.

—No quiero —parecía como si le costara encontrar las palabras adecuadas—. Maldita sea, Patience, sé lo que está bien y no puedo resistirme...

¿A ella? ¿A ellos? ¿Al sexo? No era el mejor momento para dejar una frase a medias. Esperó a que él dijera más o que tal vez admitiera que lo tenía hechizado porque le encantaría verse como la clase de mujer que encandilaba a un hombre en lugar de una que llevaba camisetas divertidas y cortaba el pelo.

Él le rodeó las mejillas y le dio un delicado beso en la boca.

—Complicaciones. Venga, vamos. Te invito a un café en ya sabes dónde.

Tal vez debería haberse negado. Marcharse y fingir que nada de eso había sucedido. Ya tenía suficiente en su vida como para, además, preocuparse por Justice. Pero no se veía capaz de reunir la fuerza necesaria para resistirse.

—Puede que quiera dosis doble de moca en el mío.

—Creo que lo soportaré —respondió él.

Justice miraba la hoja de cálculo que tenía en la pantalla del ordenador. Como era habitual, Felicia había hecho un trabajo excelente a la hora de hacer cuentas y establecer relaciones entre las cifras.

Estaba a punto de leer las proyecciones de ingresos cuando oyó que alguien llamaba a la puerta.

Se levantó y cruzó el salón de la suite del Ronan’s Lodge. Con el tiempo tendría que buscarse un piso o casa de alquiler, pero, por ahora, el hotel respondía a todas sus necesidades.

Abrió la puerta preparado para decirle a la doncella que no necesitaba más toallas, pero en lugar de eso se encontró allí a una niña de diez años.

—Hola. Soy Lillie McGraw. La hija de Patience.

—Te recuerdo.

Estaba claro que había ido al salir del colegio porque llevaba una mochila y un libro en la mano. Le sonrió con timidez.

—¿Puedo hablar contigo?

—Claro —agarró la llave de la habitación y salió al pasillo—. Vamos al vestíbulo. Te invito a un refresco.

Ella sonrió.

—Genial, gracias.

Subieron al ascensor y bajaron al espacioso vestíbulo donde llevó a la pequeña hasta un sofá.

—¿Qué te apetece? —le preguntó mirando la carta de la cafetería.

Lillie negó con la cabeza.

—Creo que nada. Solo quería hablar contigo, si no te importa.

—Por supuesto.

Tenía los ojos del mismo marrón que su madre y en ella podía ver mucho de Patience además de otros rasgos que no reconocía y que le vendrían por parte de padre. Patience había dicho que las cosas no habían funcionado con él, aunque no le había dado detalles.

Se sentó frente al sofá en una silla.

—¿Cómo has sabido dónde estaba alojado?

Lillie sonrió.

—No hay muchos hoteles en el pueblo y la abuela estaba hablando de ti el otro día y dijo que no eras chico de alojarte en un hostal —se detuvo—. Aquí hay un par.

—Ya lo he visto.

Lillie se inclinó hacia delante y bajó la cremallera de su mochila. Sacó unos cuantos billetes y se los acercó.

—Quiero contratarte.

Era lo último que Justice se habría esperado.

—¿Para qué trabajo?

—Necesito un guardaespaldas. Hay un chico en el cole, Zack —arrugó la nariz—. Siempre está persiguiéndome y observándome. Me da miedo, ¿sabes? No sé qué hacer y no quiero contárselo a mamá porque a lo mejor se enfada y habla con mi profesora y eso me daría mucha vergüenza. Pero eres un chico y he pensado que sería mejor si tú hablaras con Zack.

Justice la observaba fijamente.

—¿Y qué ha hecho exactamente? ¿Te ha pegado? ¿Te ha empujado?

Lillie frunció el ceño.

—No, ni siquiera me habla. ¡Pero, no! —dijo sacudiendo la cabeza—. No me amenaza ni nada de eso. Ya hemos hablado del acoso en el cole y hemos visto pelis sobre el tema. No me están acosando. Solo está ahí todo el tiempo y no sé qué querrá. Le he preguntado, pero sale corriendo. Los chicos son muy raros. Mamá dice que algún día me gustarán, pero no lo creo.

Él se relajó un poco.

—De acuerdo.

—No quiero que se preocupe. No se lo puedes contar.

—Lillie, si te pasa algo, tengo que contárselo.

La niña suspiró.

—¿Y no puedes decírselo mejor a mi abuela?

Era una buena negociadora.

—Claro. Si descubro algo, se lo diré a Ava y te informaré a ti —porque si alguien estaba molestando a Lillie, quería asegurarse de que esa situación terminara.

—Genial —volvió a mostrarle el dinero—. ¿Con esto vale?

—No tienes que pagarme. El primer encargo es gratuito.

Ella sonrió.

—Gracias —se guardó el dinero en la mochila y sacó un trozo de papel—. Aquí están su nombre y dirección y esas cosas. Para que puedas encontrarlo.

Él se quedó con la información.

—Investigaré y me pondré en contacto contigo —no estaba seguro de qué pasaba con Zack, pero lo averiguaría.

—Gracias por ayudarme. Mamá está ocupada con la cafetería. Está muy alegre y sabía que esto la preocuparía. La abuela también está muy emocionada, así que no sabía con quién hablar. A lo mejor si tuviera padre sería distinto —apoyó los codos en sus muslos y la barbilla en las manos—. Quiero decir, tengo padre, pero nunca lo he visto.

—Lo siento.

—No pasa nada. No lo recuerdo. Se marchó cuando nací o algo así. No viene a verme.

Hablaba sin emoción porque era todo lo que sabía. Él se preguntó qué clase de hombre podía alejarse de su hija, pero entonces se dijo que esa pregunta era estúpida. Los padres se alejaban de sus hijos constantemente o hacían cosas peores. No había más que mirar al suyo. Justice había vivido la pesadilla del maltrato paterno, así que si su padre lo hubiera abandonado habría sido una bendición para él.

—Si tienes preguntas, seguro que puedes hablar con tu madre.

—Lo sé. O con la abuela. Siempre me lo dicen. ¿Pero qué voy a preguntarles? —se levantó—. Gracias por ayudarme.

—De nada. Te informaré en un par de días.

Ella sonrió.

—¿Podemos quedar en un sitio secreto como si fuéramos espías?

—Claro.

—Me gustaría, aunque tampoco pasa nada si vienes al cole. Mamá dice que estás ocupado con tu negocio.

Recogió su libro y la mochila y fue hasta la entrada del hotel. Justice la siguió a la puerta y la vio marcharse. Después, volvió a su habitación subiendo por las escaleras y retomó su tarea con el ordenador, aunque en lugar de ver la detallada hoja de cálculos de Felicia, lo que vio fue el pasado. Vio a una Patience mucho más joven y sonriéndole.

Por entonces solo era cuatro años mayor que su hija. Una niña preciosa que se había convertido en una bella mujer.

Se levantó y fue a la ventana para asomarse y contemplar las vistas de la montaña.

Ojalá las cosas hubieran sido distintas, pensó, aunque sabía que pensar eso era una pérdida de tiempo. Las cosas no podían haber sido distintas. No, teniendo en cuenta quién era y cómo lo habían criado. A Bart Hanson le había gustado vivir al otro lado de la ley, le había gustado el riesgo y flirtear con la muerte. Sus tendencias sociópatas habían hecho que todo aquel que los rodeaba viviera intranquilo.

Recordaba la última noche que había pasado en Fool’s Gold, cómo habían recibido la llamada alertándolos de que habían visto a Bart por la zona. A Justice lo habían sacado de allí en cuestión de segundos y, menos de una hora después, un equipo había llegado a recoger la casa. Por la mañana había sido como si nunca hubieran estado allí.

Se había resistido a que se lo llevaran e incluso había intentado negociar con ellos para que le permitieran al menos telefonear a Patience y contarle lo sucedido, pero uno de los federales le había explicado que, si ella se enteraba, podían ponerla en peligro. Justice lo había entendido y había dejado de preguntar.

Después de que capturaran a Bart, por fin había quedado libre, ya que la condena por homicidio junto con sus otros crímenes había asegurado que muriera entre rejas. Sin embargo, no había tenido una entrada en la cárcel muy discreta y sus últimos gritos mientras se lo llevaban habían sido el juramento de que su hijo moriría. De que lo perseguiría y lo mataría.

Incluso ahora, mucho después de la muerte de su padre, Justice no podía quitarse de encima la sensación de que Bart seguía ahí fuera. Esperando. Vigilándolo. La sensación de que si llegaba a ser una persona como otra cualquiera, si llegaba a ser feliz, su padre lo destruiría todo.

Miró la calle y vio a Lillie caminando por la acera. Un par de niñas se cruzaron con ella y siguieron avanzando juntas, charlando y riéndose juntas.

No podía arriesgarse. Su padre lo perseguía. No había forma de saber que podría mantener a salvo a todos los que le importaban, y mucho menos si el enemigo era él.

Patience estaba mirando el suelo de su recién alquilado local. Había barrido y limpiado antes de reunirse con el constructor y, ya que antes de entregarle el depósito para la reforma quería estar bien segura de lo que hacía, se había presentado allí armada con un plano, un metro y cinta adhesiva.

Hasta el momento había marcado con la cinta la forma del mostrador trasero y el frontal junto con varias mesas y sillas. Se acercó a la puerta principal para verlo todo desde ahí y después fue hasta la zona vacía junto al escaparate más alejado. ¿Qué iba a poner ahí? Estaba mirando una vitrina refrigerada, o también podría poner algún tipo de estantería y reservar el espacio para pequeñas reuniones. Como un club de lectura, por ejemplo. Ava no dejaba de proponerle que pusiera una máquina de karaoke, pero a Patience no le hacía mucha gracia la idea.

Sacó el teléfono y tomó una fotografía de los diseños que había hecho en el suelo con la cinta y después le echó un vistazo al diseño que tenía dibujado a mano. Tal vez si movía las mesas hacia la derecha de la puerta...

—¿Patience?

Se giró al oír su nombre y se encontró a alguien de pie en la puerta del local. Con la luz del sol tras él, al principio no pudo verlo con claridad. Cuando entró, vio los rasgos de un hombre mayor. Tenía los ojos verdes y el pelo casi blanco.

Lo primero que pensó fue que no lo conocía de nada, pero había algo familiar en él, así que supuso que debía de haberlo visto en alguna parte...

Su cuerpo se tensó a medida que su cerebro iba rellenando las lagunas e, instintivamente, dio un paso atrás.

—Hola, Patience.

—Steve.

El hombre sonrió levemente.

—No estaba seguro de que fueras a reconocerme. Solo nos vimos aquella vez.

—Es verdad. Dos semanas antes de la boda. Nos llevaste a cenar y nos prometiste que nos verías en la ceremonia.

El padre de Ned les había hecho más promesas que tampoco había cumplido. Había desaparecido. Ella se había quedado impactada, pero Ned le había restado importancia por estar acostumbrado a no esperar nada más de su padre.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó con frialdad.

—Quería hablar contigo.

—No voy a prestarte dinero.

La expresión de Steve era de arrepentimiento.

—Supongo que me lo merezco. No he sido muy buen abuelo.

«Tan mal abuelo como padre», pensó Patience. Cuando había conocido a Ned, una de las cosas que habían tenido en común era que a los dos los habían abandonado sus padres. Ella hacía años que no veía al suyo, mientras que Steve había estado entrando y saliendo de la vida de Ned. Cuando habían hablado de todo por lo que habían pasado, Patience pensó que habían aprendido la misma lección: que era importante seguir adelante y comprometerse en la vida.

Por el contrario, Ned había aprendido lo fácil que era alejarse de todo.

Tal vez no era justo, pero culpaba a Steve por haberle enseñado esa lección a su hijo. A nivel personal, no le importaba que Ned se hubiera ido y no tenía ningún interés en que regresara, pero no se trataba de ella. Lillie era la que sufría sin su padre.

Miró a su alrededor.

—He oído que vas a abrir una cafetería.

—Algo así.

—Felicidades. Debes de estar muy ilusionada.

Ella se cruzó de brazos y lo miró.

—No has venido por eso.

—No.

Llevaba una camisa blanca por dentro de los pantalones y su aspecto no era amenazador en absoluto. Aun así, Patience no podía evitar pensar que si era necesario, echaría a correr y saldría por la puerta de atrás.

—No soy el hombre que era. Durante años, mis prioridades fueron patéticas y perdí a mi mujer y a mi hijo por eso.

—No perdiste a tu hijo. Te alejaste de él. Es diferente.

—Tienes razón. Me responsabilizo por lo que pasó con Ned. He intentado verlo, pero no tiene ningún interés en mí —su verde mirada se volvió pensativa—. No puedo culparlo por eso, aunque sí que deseo que las cosas hubieran sido distintas.

Ella se tensó.

—Estás aquí por Lillie.

—Me gustaría tener la oportunidad de conocerla.

Quería decirle que no, quería gritarle que saliera de allí y no volviera jamás. Lillie no necesitaba que otro hombre de su familia le rompiera el corazón.

—Llevo unos años jubilado. Hice recuento de mi vida y me di cuenta de que había hecho mal las cosas —sonrió suavemente—. Fui a un terapeuta y entendí lo que había hecho mal. Quiero ser mejor y hacer las cosas mejor por mi nieta.

—¿Puedes darme una sola razón por la que debería confiar en ti?

Steve sacudió la cabeza.

—Ni una.

Podía sentir cómo se iba enfureciendo por dentro. Quería gritar que no era justo, pero en lugar de eso dijo la verdad.

—Te culpo por el comportamiento de Ned. Hizo lo que le enseñaste y se marchó. ¿Sabes que nunca ve a Lillie? Renunció a todos sus derechos y así no tener que pasarme la pensión. Ella es una niña muy dulce e inteligente y fui yo la que tuvo que explicarle porque ya no tiene padre. De momento acepta lo que le he contado, pero ¿qué crees que pasará cuando sea mayor? ¿Cuando sepa que directamente su padre no se interesó por ella? ¿Cuánto daño crees que le hará eso?

—Lo siento.

—Sentirlo no es suficiente. Ya es suficientemente malo que Ned me abandonara, pero además abandonó a mi hija y jamás lo perdonaré por eso. No hay ninguna razón para que me fíe de ti y te deje conocer a Lillie. ¡Eso nunca!

Él alzó las manos.

—Tienes razón. No hay motivos para que confíes en mí, pero eso no cambia el hecho de que sea el abuelo de Lillie y quiera poder conocerla. Quiero formar parte de su vida. Te estoy pidiendo una oportunidad para verla.

—¿Qué plan tienes? ¿Vas a presentarte unas cuantas veces y hacer que acabe apreciándote para luego desaparecer y partirle el corazón?

—No —respondió en voz baja—. Me he mudado aquí. Quiero estar cerca de la única familia que me queda. Estoy dispuesto a hacer lo que haga falta por ganarme tu confianza —vaciló como si tuviera algo más que decir y después sacudió la cabeza—. Por favor, piensa en ello.

Patience odiaba que un «no» rotundo no fuera una opción, porque aunque no había nada que pudiera decirle para hacerla confiar en él, esa no era la cuestión. A menos que Steve fuera un completo cretino, Lillie merecía conocer a su abuelo. Se merecía tener más familia, tener a más gente que se preocupara por ella.

Steve sacó una tarjeta de visita del bolsillo de su camisa.

—Aquí tienes mi número de móvil. No estaré lejos. Puedes limitarme las visitas, supervisarlas o hasta puedo dejarte una fianza como garantía —esbozó una breve sonrisa—. Haré lo que haga falta, Patience. Siento cómo te han afectado mis actos. Si pudiera cambiarlos, lo haría. Créeme.

Le pasó la tarjeta y se marchó. Ella se la guardó en el bolsillo trasero e hizo lo que pudo por olvidarse del tema. No quería tener que enfrentarse a la situación de que el abuelo de su hija se hubiera presentado de pronto.

Justice llamó a la puerta de la casa y un par de minutos después, Ava la abrió y le sonrió.

—Patience no está aquí —le dijo a modo de saludo—. Esta tarde le tocaba trabajar en la peluquería.

—He venido a verte a ti.

Ava se rio y lo invitó a pasar.

—Lo interpretaré como lo que has querido decir en lugar de deducir cualquier otro motivo.

Justice sonrió.

—Gracias.

Ella lo condujo hasta el salón. Ese día sus pasos no eran tan firmes como antes y usaba un bastón. Ahí estaba su enfermedad, pensó él, deseando poder hacer algo para que se recuperara.

Una vez los dos estuvieron sentados, Ava le preguntó:

—¿En qué puedo ayudarte?

—Lillie ha venido a verme —le contó lo de Zack y lo incómoda que se sentía Lillie cuando el niño estaba cerca—. Quiere que descubra qué está pasando para que pare. Dice que no la están acosando, pero no estoy muy seguro. En circunstancias normales yo mismo iría a hablar con el problema, pero en este caso el problema es un niño de diez años.

—Entiendo que pueda hacerte sentir incómodo. No sabía que a Lillie le preocupara alguien.

—Creo que ha venido a mí porque soy profesional, pero esto se sale de mi campo.

—Lo comprendo —respondió Ava, quedándose pensativa un segundo—. Voy a llamar al colegio y concertaré una cita con la orientadora y con la profesora. A lo mejor así obtengamos una respuesta. Se lo diré a Patience, pero le diré que nos deje ocuparnos de esto a ti y a mí. Así si Lillie te pregunta si ha intervenido su madre, podrás decirle que no.

—Agradezco tu ayuda.

Ava sonrió.

—Siempre has sido muy dulce con mi niña, incluso cuando eras mucho más pequeño. Me alegra poder ayudarte ahora.

No estaba seguro de poder definir sus sentimientos como «dulces», pero tampoco era una conversación que fuese a mantener con la madre de Patience. Ni siquiera estaba seguro de que fuese a mantenerla con Patience. No sabía qué estaba pasando entre ellos. Sabía lo que quería, pero ir por ese camino implicaba llamar al peligro. Su deseo de protegerla era más importante que el deseo físico que sentía por ella y eso lo situaba en un gran dilema.

Capítulo 6

—Gracias por reunirte conmigo —dijo Patience al sentarse en un banco en el Fox and Hound—. Seguro que por teléfono he sonado muy misteriosa.

—Tu petición tenía cierto aire de James Bond —le respondió Justice, además de farfullar algo parecido a «es cosa de familia», pero como no le encontró sentido, ella lo dejó pasar.

Lo había llamado esa mañana y le había preguntado si estaba libre para almorzar. Tenía un millón de cosas que hacer, pero el asunto era demasiado importante como para posponerlo. Además, ¿quién podía resistirse a almorzar con un hombre atractivo por mucho que ese hombre la confundiera?

Wilma, la camarera de unos sesenta y tantos años que no dejaba de mascar chicle miró a Justice.

—No te conozco, pero tienes la mirada de mi Frank. Es un cumplido, por si te lo estás preguntando.

—Gracias —respondió Justice.

Wilma se giró hacia Patience.

—¿Está contigo?

—Más o menos.

Las perfiladas cejas de Wilma se enarcaron.

—¡Vaya! ¿No es maravilloso? Bueno, ¿qué vais a tomar?

—Yo quiero una Coca Cola Light —respondió Patience, sabiendo que pretender evitar que el pueblo dejara de interesarse por ella y por su vida privada era lo mismo que pretender querer parar la rotación de la tierra.

—Yo quiero café —le dijo Justice a la camarera—. Solo.

La mujer anotó el pedido.

—Antes ha habido un pequeño accidente en la cocina. No es preocupante, pero si fuera vosotros me limitaría a tomar unos rollitos.

Patience contuvo un gruñido. Estaba claro que tenían que haber elegido otro sitio.

—Gracias por la información.

Justice la miró.

—¿Me recomienda alguno?

—El London es el mejor —dijo Wilma—. Con patatas fritas. Te gustará.

Él le devolvió la carta.

—Seguro que sí.

—Lo mismo para mí —dijo Patience sin muchas ganas.

—Chica lista.

Cuando Wilma se marchó, ella miró a Justice.

—Puede ser un poco enérgica.

Justice parecía más divertido que molesto.

—Me parece bien. Es parte del encanto de este pueblo.

—Eso lo dices ahora, espera —respiró hondo—. Gracias por ayudar en el asunto Lillie-Zack. Mi madre me lo ha contado todo. Estoy de acuerdo en que yo debería mantenerme al margen para que Lillie no piense que has traicionado su confianza.

—Gracias. No quiero que me odie. Es una niña genial.

—Y una niña que despierta un gran afecto entre sus compañeros de clase —se estremeció—. Me temo que voy a verme en serios problemas cuando cumpla dieciséis.

—Enciérrala en una torre.

Ella se rio.

—Es una opción que no había contemplado —se aclaró la voz sabiendo que tenía que ir al grano y al motivo de ese almuerzo—. Sobre el motivo de que te haya pedido quedar contigo...

—¿Sí? —le preguntó él mirándola.

—Me ha visitado el abuelo de Lillie —le pasó la tarjeta de visita de Steve—. Quiere empezar a verla de forma regular e imagino que establecer una relación con ella.

—¿No la ha visto antes?

—No. Abandonó a su familia cuando Ned era pequeño. Ned siempre sintió mucha rabia hacia su padre y cuando nos conocimos lo interpreté como una buena señal. A los dos nos habían abandonado nuestros padres, así que supuse que los dos estaríamos dispuestos al compromiso —sacudió la cabeza—. Pero me equivoqué.

—¿Y habías visto antes a... —miró la tarjeta— Steve?

—Una vez. Antes de la boda. Apareció, nos llevó a cenar, hizo muchas promesas y desapareció. No creo que sea peligroso, pero tampoco confío en él. Lillie no necesita que su abuelo se presente de pronto para desaparecer después. Quiero saber qué clase de hombre es y he pensado que tú podrías ayudarme a averiguarlo.

—Claro que sí. No me será difícil —se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa—. ¿Qué pasó con Ned?

Wilma llegó con sus bebidas y volvió a la cocina. Patience desenvolvió su pajita.

—Nada fuera de lo común. Empezamos a salir. Era divertido, pero no genial. No estaba enamorada de él ni nada por el estilo, aunque pensé que tal vez podría estarlo. No sé. Me acosté con él y probablemente no debería haberlo hecho. Fue una época muy complicada para mí. Estaba confundida sobre lo que quería hacer con mi vida. Era joven.

—Muy joven —apuntó Justice mirándola fijamente.

—Has hecho las cuentas, ¿eh?

—Lillie tiene diez. Eras una adolescente cuando te quedaste embarazada.

—Lo sé. Recién salida del instituto. Bueno, el caso es que me quedé embarazada. A Ned no le hizo ninguna gracia, pero dijo que quería hacer lo correcto. Nos casamos. Yo trabajaba a tiempo parcial en la librería de Morgan. Al poco tiempo de que naciera Lillie, Ned me dijo que se marchaba porque había conocido a otra persona. Era mayor y muy rica.

Miró por la ventana obligándose a no mostrar ninguna emoción. Y no porque estuviera hundida por lo sucedido, porque ya no lo estaba, pero sí por haber sido tan estúpida y confiada.

—Pensé que estaría a mi lado simplemente porque me había dicho que lo estaría. Como te he dicho, por el modo en que hablaba sobre su padre y cómo lo había abandonado, supuse que él jamás le haría lo mismo a su hija, pero me equivoqué. Me quedé impactada cuando admitió que había tenido una aventura y que quería irse —volvió a mirar a Justice—. Ya tenía listos los documentos. Su abogado se los había preparado. Ned me abandonó y abandonó a Lillie. Y renunció a sus derechos.

Dio un trago de refresco.

—Durante mucho tiempo pensé en ello y entendí que no quería ser padre y que de nada me serviría obligarlo a visitarla y verla. ¿Para qué? ¿Para que la niña viera que no era importante para él? En los días buenos me digo que vio que era demasiado parecido a su padre como para comprometerse a cuidar de su hija. En los días malos creo que era un bastardo. Al final lo firmé todo. Me mudé con mi madre, fui a la escuela de estética y peluquería y el resto ya lo sabes.

Él le agarró la mano por encima de la mesa. Sus dedos resultaron cálidos y reconfortantes.

—¿Y no habías vuelto a ver a Steve?

—No, ni tampoco he sabido nada de él. Ayer me giré y ahí estaba, diciendo que quería entablar una relación con Lillie.

—Descubriré todo lo que pueda antes de irme.

Ella apartó la mano antes de poder detenerse. La temperatura pareció bajar varios grados y perdió el apetito. No debería sorprenderla, pero lo hizo.

—¿Te marchas?

—Un par de semanas. Aún... —se inclinó hacia delante—. No, Patience. No me marcho del pueblo. Aún tengo una misión con la empresa para la que trabajaba. Tengo un último trabajo que hacer y estaré fuera unos diez días, no más.

—Ah —su rostro quedó cubierto por una máscara de alivio. Se aclaró la voz, esperando mantener una expresión que pareciera normal—. Vale. ¿Y qué clase de trabajo es?

—La típica labor de guardaespaldas.

Ella sonrió.

—¿Y eso qué significa? No creo que conozca a una sola persona que alguna vez haya necesitado a un guardaespaldas —alzó una mano—. Lo retiro. La madre de mi amiga Charlie contrató a uno una vez, pero es una bailarina famosa. Estuviste aquí con ella el año pasado, ¿verdad? —precisamente cuando no se había molestado en ir a verla.

¿Por qué no podía llegar a entender a Justice? La apoyaba tanto y era tan simpático y sexy, pero nunca antes había hecho intención de acercarse. ¿Qué significaba eso? Necesitaba que la ayudara con Steve y le gustaba tenerlo cerca, pero ¿estaría pagando un precio demasiado alto por eso?

«No te desvíes del tema», se dijo.

—Bueno, sigamos con lo del guardaespaldas. La mayoría logramos vivir nuestro día a día sin protección. Así que, ¿quién es ese tipo?

—No puedo decírtelo.

Ella esperó, aunque él parecía estar hablando en serio.

—De acuerdo. ¿Y significa eso que tampoco puedes decirme adónde vas a ir?

—Sí.

—¡Vaya! —no estaba segura de qué hacer con la información, aunque sí que sabía que no le gustaba—. ¿Y hablan inglés en ese misterioso lugar?

—No.

—Entonces es peligroso.

—No todos los lugares de habla no inglesa son peligrosos.

—Lo sé, pero si fueras a un lugar donde hablan inglés, probablemente, no sería peligroso. No me imagino que haya muchos peligros en la Gran Barrera de Coral, a menos que incluyamos a los tiburones.

Hizo lo que pudo por hablar con tono animado, más por el bien de él que por el suyo.

—No tienes que preocuparte por mí.

—No lo estoy. Tal vez un poco. No quiero que desaparezcas como antes.

—No lo haré. Lo prometo.

¿Esa promesa se aplicaba a ese viaje en especial o incluía toda la eternidad? Tenía la sensación de que preguntárselo la haría pasar de ser una amiga encantadora a una que daba miedo.

Wilma apareció en ese momento y les colocó el almuerzo delante. Patience le dio las gracias y agarró una patata frita mientras se preguntaba si podría confiar en que Justice cumpliera con su palabra. Quería decir que conocía a ese hombre, pero seguía siendo un misterio para ella. Sabía quién había sido, pero de aquello ya había pasado mucho tiempo.

Sabía que le gustaba y adoraba sus besos y, tal vez, aunque fuera de tontos, se metería en su cama. Pero eso no era lo mismo que confiar en él. La confianza había que ganársela. Solo esperaba que no estuviera en riesgo de enamorarse de un hombre que no se merecía su corazón.

Justice estaba esperando en la acera a las puertas de la escuela elemental. Los niños salían; unos se metían en los coches que los esperaban, pero la mayoría volvía caminando a casa con sus amigos. El pueblo era uno de esos lugares donde los niños podían volver solos a casa sin ningún peligro.

Observó a la multitud y entonces vio a Lillie. Estaba hablando con un par de niñas. Cuando lo vio, lo saludó con entusiasmo. Le dijo algo a sus amigas y salió corriendo.

—¡Hola! Estás aquí.

—Quería hablar contigo sobre mi investigación.

Echaron a caminar juntos hacia la casa.

—Últimamente, Zack ha estado distinto. Sabía que le habías dicho algo.

—Tuvimos una charla.

Ella lo miró expectante.

—No es que te esté acechando ni nada raro. Le gustas.

Dos días antes, Justice se había reunido con Ava, la orientadora del colegio, los padres de Zack, la profesora de Zack y el propio niño. Y lo que todos habían descubierto al instante era que al pequeño le gustaba Lillie. No era ningún acosador. Era solo un niño coladito por ella.

Sus padres habían sido muy comprensivos y habían prometido enseñarle que observar a su objeto de afecto no era el mejor modo de conquistarla, y Justice había accedido a compartir el encuentro con Lillie.

—No lo entiendo. ¿Y por qué no me habla?

—Le gustas.

—Pero es un chico. Los chicos son raros —arrugó la nariz—. Esto no es como en la tele, ¿verdad? ¿Lo de los besos?

—Nada de besos.

—Vale. Mamá dice que algún día miraré a los chicos de manera distinta, pero no lo creo. Gracias por ayudarme. Creo que lo que tengo que hacer es mantenerme alejada de su camino.

—Ahora se comportará mejor.

—Bien —sonrió—. ¿Vas a mandarme la factura? Nunca me han enviado una factura.

—No. Esto lo he hecho porque conozco a tu madre.

—Qué bien. Gracias.

Ya habían llegado a su casa y él se detuvo en la acera.

Lillie era una niña brillante, simpática y dulce. Una niña genial. La clase de niña que hacía que la gente que no quería tener hijos se lo pensara dos veces.

—Tengo que irme.

—Vale. Gracias, Justice.

—De nada.

Volvió por donde había llegado. Tal vez Ford tenía razón, tal vez Fool’s Gold no era la clase de lugar en la que ninguno de los dos debería instalarse. Pero marcharse... eso era algo que no podía hacer. Aún no. La atracción era demasiado poderosa y su deseo demasiado extremo. Tendría que recordar tener cuidado y asegurarse de que mantenía a salvo a las personas que le importaban.

Patience estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Sostenía una libreta y un boli y delante tenía un bote de refresco light. Necesitaba cafeína aun a riesgo de caer en una locura histérica.

—El equipamiento ya está encargado —dijo Ava sosteniendo una carpeta—. Aquí tengo todos los recibos. He creado un calendario con fechas de entrega. El fontanero y el electricista tienen que venir primero, así que necesitamos saber dónde va a ir todo.

Patience respiró hondo.

—De acuerdo. Así que tenemos que ultimar la ubicación de todo. ¿Qué opinas?

—Creo que deberías pedir otra opinión —le dijo su madre—. Pregúntale a Justice qué opina. Era militar. Está acostumbrado a colarse en sitios y salir de ellos. Debe de tener una buena idea de la distribución del espacio y de lo que puede obstaculizar el paso.

—Vaya, no había pensado en eso —aunque tampoco le importaba tener cualquier mínima oportunidad de ver a Justice—. Tienes razón. Nos dará una nueva perspectiva. Luego lo llamaré para quedar.

—Perfecto —su madre abrió la carpeta—. Entre la construcción y el equipamiento, hemos utilizado la mayor parte del presupuesto.

—Lo sé. Sabíamos que eso iba a pasar.

Un equipo decente y de calidad profesional no era barato. Después estaban todos los suministros necesarios para abrir una cafetería. Tazas, vasos, mesas, sillas, servilletas, un lavaplatos.

—Tenemos dinero para pagar empleados —dijo Patience— y nuestros fondos de reserva. Yo no voy a tener sueldo al menos durante los dos primeros meses.

—No te preocupes por las facturas. Yo me ocupo. Con la hipoteca saldada, tenemos más que suficiente, además de algo de dinero extra para invertir en el local.

Patience asintió. Nada de lo que oía era información nueva. Habían repasado su presupuesto en muchas ocasiones antes y poniéndose en distintos escenarios y situaciones. La diferencia era que esta vez iba de verdad. Estaban haciéndolo. La herencia había supuesto que no tuvieran que pedir un préstamo bancario ni preocuparse por él. ¡Eso sí que había sido un milagro!

—En todo caso, tengo un recurso —dijo con una sonrisa—. Siempre puedo volver a la peluquería.

—No tendrás que hacerlo —le dijo su madre—. Vamos a arrasar en este pueblo.

—Taza a taza —añadió Patience.

—Eso es —su madre hojeaba los documentos—. Tenemos que organizar un equipo de trabajo. El constructor instalará los armarios empotrados y luego vendrán el electricista y el fontanero, pero ¿qué pasa con la limpieza general y la pintura? Sería mucho más barato si lo hiciéramos nosotras.

—Tienes razón. ¿Cuánto serían? ¿Tres semanas desde ahora?

—La reforma empieza el lunes y tardarán una semana. A la semana siguiente recibiremos los electrodomésticos, así que serían unas tres semanas —Ava lo anotó—. Haremos una cadena de llamadas.

Una de las ventajas de vivir en un lugar como Fool’s Gold era la implicación de la comunidad. Los vecinos siempre acudían a ayudarse los unos a los otros. Si en el colegio hacía falta pintar las clases o se necesitaba remodelar escenarios para una función de Navidad, la gente aparecía para ayudar. Y aunque Patience había formado parte de muchos equipos de trabajo, nunca había sido la que había pedido la ayuda.

—¿Crees que deberíamos molestar a la gente? —preguntó a pesar de saber cuál sería la respuesta de su madre.

—Todos los que nos quieren estarán encantados de ayudar.

—Lo sé. Tienes razón.

—Al menos tienes un plan.

Repasaron el resto de los detalles. Durante los siguientes días la imprenta tendría las pruebas para su logo que iría en los rótulos, en los delantales y en las tazas. Incluso estaba pensando en vender artículos promocionales del Brew-haha.

—Y con eso habremos terminado —dijo Ava.

—¡Sí! —Patience soltó la libreta y el boli y estiró las piernas—. Lillie no tardará en volver —su hija había ido a pasar la tarde a casa de una amiga.

—Ya sabes que está resuelto el asunto de Zack, ¿verdad?

Patience sonrió.

—Sí. Pobre niño. Ha tenido que soportar una reunión en la que todos han estado hablando de su enamoramiento. Eso le va a dejar huella.

—Justice ha manejado la situación extremadamente bien. Sé que no tengo nada que ver, pero, aun así, estoy orgullosa del hombre en que se ha convertido.

Patience también estaba impresionada con él, pero no creía que estar «orgullosa» se ajustara a sus sentimientos.

—Es un buen tipo.

Un buen tipo que la confundía. Ojalá no le gustara tanto. Había pensado en mantenerlo alejado de Lillie para que su hija no estableciera ningún vínculo con él, sin imaginarse que la niña iba a actuar por su cuenta. Y ahora Justice se había convertido en el héroe de Lillie y también en su propio héroe por haber ayudado a su hija.

Justice había decidido abrir su negocio en Fool’s Gold, lo cual implicaba que iba a quedarse. Pero aún no había explicado por qué la había estado evitando durante años. Mantenerse alejada de él hasta que lo descubriera le parecía la mejor opción, pero, por un lado, era un pueblo pequeño y, por el otro, no quería hacerlo.

Al menos estar tan ocupada con el local la ayudaría. Ahora mismo no tenía tiempo para pensar en los «y si...».

—Es interesante que haya elegido establecerse aquí —dijo su madre—. Podría haber ido a cualquier otra parte.

—Creo que Ford tiene algo que ver en eso. Siguen siendo amigos —se rio—. O tal vez es por Fool’s Gold. Una vez este pueblo te encuentra, no te deja escapar.

—Eso da un poco de miedo.

—No quería expresarlo así —miró a su madre—. Me alegra que Justice esté bien. Aunque solo éramos niños, he pensado mucho en él y en lo que podía haberle pasado.

Ava asintió.

—Recuerdo cómo la alcaldesa intentó averiguarlo. Y Alice Barns también echó mano de sus contactos.

Alice, que por entonces era ayudante del sheriff y ahora la jefa de policía Barns.

—Pero se trataba del programa de protección de testigos, así que era imposible que hubiéramos descubierto algo —incluso ahora le costaba creer que alguien se hubiera llevado a Fool’s Gold a un niño en peligro. Allí no pasaban esas cosas... así que probablemente por eso habían elegido ese lugar.

Agarró el boli de nuevo y se puso recta. Una molesta sensación se apoderó de ella y supo que tenía que contárselo a su madre.

—Mamá, el padre de Ned vino el otro día.

Ava se giró hacia ella.

—¿Steve?

—Ajá. Dice que quiere ejercer de abuelo con Lillie.

Patience se preparó para la diatriba de su madre. Ava ya había tenido que soportar el abandono de un hombre más de una vez en su vida. Primero su padre, después su marido y por último había tenido que presenciar cómo a su hija le hacían lo mismo.

No había duda de que tendría unas cuantas cosas que decir sobre el padre de Ned y que no serían muy agradables. Después de todo, Steve también había abandonado a su familia. Parecía que había una epidemia de hombres que no eran capaces de mantener un compromiso a largo plazo.

—¿Y cómo es? —le preguntó al contrario de lo que se había imaginado.

Patience se encogió de hombros.

—Tranquilo. Agradable. Se ha disculpado por lo que le había hecho a Ned y por cómo Ned nos trató a Lillie y a mí. Dice que ha cambiado y que quiere una segunda oportunidad con su nieta.

—¿Y le crees?

—No lo sé. Solo lo había visto una vez en mi vida y Ned nunca tenía nada bueno que decir sobre él, así que no creo que sea alguien en quien confiaría juzgando su carácter. Le he pedido a Justice que lo investigue.

La expresión de su madre era difícil de descifrar.

—Me parece una solución muy sensata. Justice descubrirá si hay algo en él que deba preocuparnos.

Patience esperó.

—¿Y ya está? ¿No vas a decir que es un hijo de..., ni vas a decirme que agarre a Lillie y salgamos corriendo?

—La gente cambia.

—¿Y crees que Steve ha cambiado?

Ava se movía incómoda en su asiento.

—No estoy segura. Solo digo que puede que haya hablado en serio. El tiempo aclara las cosas y para algunas personas eso equivale a enfrentarse a sus remordimientos. Si Steve es sincero, entonces deberías tomarlo en serio.

Patience no estaba tan segura.

—No quiero que haga daño a Lillie. Ella nunca habla de su padre, pero sé que piensa en él. Sus amigas tienen padres e incluso las que tienen padres divorciados ven a sus papás. Ella nunca lo ha visto porque se fue y no ha vuelto jamás. Sería distinto si hubiera muerto... porque en ese caso su ausencia no sería una opción. ¿Y si Steve no ha cambiado? ¿Y si la ve unas cuantas veces y luego desaparece?

—A lo mejor no lo hace.

—Te estás poniendo de su parte.

—Solo digo que necesitas más información.

Patience no lo entendía. Era como si su madre le estuviera ocultando algo.

—Voy a esperar a oír lo que Justice tiene que decir. Si le da el visto bueno a Steve, entonces me pensaré que conozca a Lillie. De lo contrario, no le permitiré acercarse a mi hija.

Capítulo 7

El bar de Jo era uno de esos lugares únicos en Fool’s Gold. Decorado con colores femeninos, con televisores sintonizados en canales de teletiendas y programas de televisión divertidos, era un lugar dirigido a las mujeres del pueblo. En la carta había muchas opciones bajas en calorías, una zona de juegos para niños durante el almuerzo y una ausencia absoluta de solteros merodeando. Aunque los hombres eran bien recibidos, solían evitar el bar de Jo. Si aparecían por allí, se iban a la sala del fondo donde podían encontrar una mesa de billar y televisores más pequeños emitiendo deportes.

Patience entró y vio a sus amigas en una mesa de la pared del fondo. Normalmente se sentaban en uno de los bancos grandes, pero con Annabelle a punto de dar a luz y Heidi de siete meses se había vuelto complicado sentarse en los bancos.

—¿Cómo estáis? —les preguntó al acercarse.

—Yo, enorme —respondió Annabelle.

La menuda pelirroja sí que parecía incómoda con su peso, pensó Patience mientras la abrazaba. Heidi era algo más alta y tenía menos barriga todavía.

—Yo estoy bien —le dijo Heidi con una sonrisa.

—Está tranquila —anunció Charlie—. Y eso resulta algo irritante.

—Estoy en la fase zen de mi embarazo —dijo Heidi riéndose—. El universo y yo somos uno.

Heidi era una preciosa rubia que vivía en el rancho Castle justo a las afueras del pueblo. Charlie era una bombera local. Fuerte, alta y posiblemente la mujer menos femenina que conocía. Era atractiva, pero tenía un aire de suficiencia que ahuyentaba a la mayoría de los hombres.

El año anterior las tres amigas se habían enamorado de los hermanos Stryker. Como amiga suya, Patience había sido espectadora de primera fila de toda la emoción del principio, de los problemas amorosos y, finalmente, de los finales felices.

Se sentó en una silla y colgó su bolso en el respaldo.

—He invitado a una amiga a unirse a nosotras. Espero que no os importe.

Charlie se inclinó hacia ella.

—Sabes que nos parece perfecto. Nos gustan las multitudes. Hace que las conversaciones sean más animadas. ¿Quién es?

—Se llama Isabel Beebe. Su familia ha regentado desde siempre la tienda de novias Paper Moon. Ha vivido en Nueva York los últimos años, pero ahora ha vuelto durante una temporada. Sus padres quieren vender la tienda y ella va a ocuparse mientras tanto para prepararlo todo.

Los ojos de Annabelle se llenaron de lágrimas.

—¿Van a vender Paper Moon? Pero si me iba a hacer allí mi vestido. Es una institución en Fool’s Gold y yo quiero formar parte de una institución.

—Más de lo que necesitas que te encierren en una —murmuró Charlie dándole unas palmaditas en la espalda—. Anda, venga. Respira hondo un par de veces. Estás demasiado sensible. Es por las hormonas. No pasa nada en realidad.

Annabelle se sorbió la nariz.

—No puedo evitarlo. Lloro con todo.

Heidi le dio una palmadita en la mano.

—Charlie tiene razón, prueba a respirar hondo.

—Tengo que recomponerme —dijo con un diminuto sollozo—. No quiero asustar a Isabel, por mucho que vaya a cerrar la tienda.

Patience miró a Charlie, que elevó los ojos al cielo.

—Pero si ni siquiera has entrado nunca en esa tienda. ¿Cómo puedes estar tan triste?

—Tenía pla... planes.

—Estoy deseando que el bebé llegue pronto —murmuró Charlie—. No puedo soportarlo más.

Patience contuvo una sonrisa. No recordaba haber estado tan sensible en su embarazo, pero cada uno era diferente.

Annabelle levantó la mano y se sorbió la nariz.

—Oh, mirad. Es ella. Es muy guapa. Tiene un nombre muy bonito. A lo mejor deberíamos añadirlo a la lista.

—Lo que me faltaba por oír, matadme ahora mismo —dijo Charlie con un suspiro—. No pienso quedarme embarazada nunca. No merece la pena.

—¡Pero si es maravilloso! —le dijo Annabelle con entusiasmo—. Serás una madre genial.

—Y las lágrimas han desaparecido.

Patience avisó a Isabel con la mano para que se acercara y después hizo las presentaciones. Isabel se sentó a su lado y miró a las dos mujeres embarazadas.

—Creo que voy a beber mi agua directamente de la botella mientras esté en esta mesa.

Heidi se rio.

—No es contagioso.

—No quiero correr riesgos —se giró hacia Charlie—. ¿Cómo has escapado a su destino?

—Con mucho cuidado.

Heidi se acercó.

—Clay, su prometido, está más preocupado por casarse que por cualquier otra cosa ahora mismo.

—Vamos a casarnos —dijo Charlie—. En cuanto le haga entrar en razón a base de tortazos.

Patience miró a Isabel.

—Clay quiere una gran boda. Charlie no.

—Es una estupidez reunir a un montón de gente para celebrar una gran ceremonia. Deberíamos fugarnos.

Los ojos de Annabelle volvieron a llenarse de lágrimas.

—¿Odias las bodas?

Jo, la propietaria, se acercó.

—Me alegra veros a todas almorzando juntas —miró a Isabel—. Soy Jo.

—Isabel Beebe.

—Paper Moon —dijo Jo—. Es una tienda fantástica. Conozco a tu hermana Maeve. Esa sí que es una mujer comprometida con tener hijos —señaló la pizarra que había junto a la barra—. Hoy tenemos dos especialidades. Una es la ensalada, mucha proteína y verduras para mis clientas embarazadas. Y la otra es un nuevo zumo con yogur. Puedo hacerlos de chocolate o arándanos.

Heidi respiró hondo como si estuviera buscando su centro zen.

—Sí a las dos, por favor. De chocolate.

—Aún estoy angustiada —admitió Annabelle.

—Necesitaremos unos minutos —le dijo Charlie a Jo—. Tráele a la llorona algún té de hierbas. Con hielo y extra de limón.

—Yo un refresco light —dijo Patience.

—Yo lo mismo —añadió Isabel.

—Yo un chupito doble de tequila —le dijo Charlie a Jo antes de levantar la mano—. Estoy de broma, pero me tomaré un batido de chocolate y menta.

Jo asintió.

—Si es demasiado pronto para el alcohol, hay que darle al azúcar —anotó los pedidos—. Os dejaré mirar las cartas.

Cuando Jo se hubo marchado, Annabelle se sorbió la nariz de nuevo y miró a Isabel.

—Entonces tú también te has criado aquí.

—Ajá. Estaba deseando escapar de aquí —respondió arrugando la nariz—. Así que, que quede claro que mi regreso es temporal.

—Estás hablando con las conversas de Fool’s Gold —le dijo Patience—. No lo entenderán.

—Aquí demasiada gente sabe demasiado sobre los demás —apuntó Isabel—. Cuando era pequeña, me sentía como si tuviera quince madres y quince padres.

Patience sonrió.

—Tiene razón. Era así, aunque a mí no me importaba mucho. Isabel tenía grandes sueños.

—¿Dónde has estado viviendo? —preguntó Charlie.

—En Nueva York. Trabajaba en publicidad —respondió con sus ojos azules cargados de emoción.

Patience tenía la sensación de que estaba pensando en el divorcio y todos los cambios que iban con ello.

—A Charlie le pidieron matrimonio en Times Square.

Charlie se recostó en la silla.

—¿Tenemos que hablar de eso?

—Fue maravilloso —dijo Heidi—. El prometido de Charlie es muy ingenioso y está loquísimo por ella.

—Qué bonito —respondió Isabel con tono melancólico.

—Deberías darle la gran boda que quiere —dijo Annabelle.

—No soy de bodas grandes.

Patience se preguntó si su reticencia se debía a que de verdad no le gustaban las bodas grandes o a si se sentía incómoda con lo que todo ello conllevaba: el vestido femenino y ser el centro de atención. Charlie era la persona más competente que conocía, pero al igual que todo el mundo, tenía sus propios miedos.

—Es por el vestido —apuntó Heidi confirmando lo que Patience pensaba.

Isabel la observó.

—Tengo una gran selección de vestidos que te sentarían genial.

Charlie la miró.

—Ya solo la palabra «vestido» me resulta desagradable. Nos acabamos de conocer. ¿Por qué no te estoy intimidando? Asusto a la mayoría de la gente cuando me conoce.

—Oh, lo siento —dijo Isabel con una pícara sonrisa—. La próxima vez temblaré.

Charlie miró a Patience.

—De acuerdo, me cae bien.

—Ya tenemos una nueva amiga —Annabelle las miró y los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¡Qué bonito!

Charlie se cubrió la cara con las manos.

—Matadme directamente.

Jo volvió con sus bebidas y la charla pasó a centrarse en lo que estaba pasando en el pueblo.

—¿De verdad vais a vender Paper Moon? —le preguntó Annabelle.

—Sí, pero aún no. Les he prometido a mis padres que lo pondría todo a punto y queremos esperar hasta que pase la temporada de bodas.

—¿Y cuándo es eso? —preguntó Heidi.

—Desde finales de otoño a principios de marzo. Hay muchos compromisos para bodas que se celebrarán en junio y las novias suelen encargar sus vestidos con varios meses de antelación.

Charlie le dio un codazo a Annabelle.

—¿Lo ves? Te estarán esperando.

—Es todo un alivio.

Heidi miró a Patience.

—¿Y tenéis fecha de apertura? Estamos muy emocionadas con el Brew-haha.

—En un mes más o menos —respondió Patience poniéndole una mano en la barriga—. Yo también estoy emocionada y muy nerviosa.

—Vas a hacerlo genial —le dijo Charlie—. La ubicación es excelente y yo misma he visto ese local. Es completamente seguro.

Heidi se inclinó hacia Isabel.

—Charlie está obsesionada con el fuego. Gajes del oficio.

—Te he oído —le dijo Charlie.

—Sí y me queréis de todos modos.

—Sí, sí, a lo mejor.

Heidi se rio y Charlie volvió a centrar su atención en Patience.

—Sabes que todas estamos a tu lado para lo que necesites. ¿Estáis pensando en organizar algún equipo de trabajo?

—Sí, pero primero tenemos que terminar con las reformas.

—Avísame cuando esté terminada y me aseguraré de estar libre para ayudaros. Si hace falta, cambiaré algún turno.

Heidi y Annabelle se miraron.

—Nosotras somos unas inútiles —dijo Annabelle.

—No es que seamos inútiles, es solo que podemos ayudar menos —añadió Heidi.

—No os angustiéis —les dijo Patience—. No podéis estar cerca de pinturas ni limpiadores. Ya ayudaréis la próxima vez.

—¿Estás segura? —preguntó Annabelle.

—Lo juro —le dijo Patience y dirigiéndose a Isabel añadió—: Pero espero que tú te presentes allí temprano.

—¿Un equipo de trabajo? ¿Como cuando éramos pequeñas y todos los vecinos llegaban a ayudar con una mudanza o cosas así? ¿Todavía se hace? ¿En serio?

—Nos gustan las tradiciones —le dijo Patience.

—Se rumorea que van a abrir otro negocio —comentó Charlie—. Un sitio de artículos navideños. Lo ha dicho la alcaldesa.

—¡Me encantaría! —dijo Heidi—. ¿Y ya tiene ubicación?

—He oído que al otro lado del parque y junto a la tienda de artículos de deporte —respondió Isabel—. Doblando la esquina del Brew-haha.

—Todos estamos abriendo negocios al mismo tiempo —dijo Patience—. No hay más que buenas noticias.

Heidi batió las pestañas.

—Y no olvidemos la escuela de guardaespaldas que va a abrir tu guapísimo amigo.

Patience dio un trago de refresco e hizo lo que pudo por adoptar una expresión totalmente inocente.

—Eso he oído.

—Ajá —Annabelle posó las manos sobre su barriga—. Está como un tren. Qué fuerte y protector. Son unas cualidades excelentes en un hombre.

—Somos amigos. Apenas lo conozco.

—Pues tu rubor no dice lo mismo —le dijo Charlie.

Isabel abrió los ojos de par en par.

—¿Estás saliendo con Justice?

—No. Lo he visto por el pueblo y ha venido a cenar a mi casa con mi hija y con mi madre —añadió negándose siquiera a pensar en los besos que habían compartido—. Es muy agradable.

—¿Agradable, eh? —Heidi no parecía muy convencida—. Creo que la historia no se queda ahí.

—¿Ya estáis listas para pedir? —les preguntó Jo.

—Yo sí —dijo Patience apresuradamente y ansiosa por cambiar de tema.

Isabel se acercó y bajó la voz.

—Jo te ha salvado, pero no te creas que no voy a pedirte los detalles después.

Patience se encogió de hombros como si no supiera de qué estaba hablando su amiga. En cuanto a lo de compartir detalles, no había muchos. Justice era atractivo, aunque potencialmente peligroso, y lo mejor era evitarlo. De acuerdo, no es que fuera lo mejor, es que era lo más inteligente.

«¿Con que era lo más inteligente, eh?», pensó la tarde siguiente esperando en la que pronto sería su cafetería mientras Justice estudiaba el local. Tenía la cinta adhesiva marcando el suelo y delimitando lo que serían el mostrador principal, la vitrina refrigerada, el mostrador de pasteles, las mesas y las sillas.

Él se movió entre las representaciones bidimensionales de lo que serían objetos reales, se dio la vuelta y la miró.

—Lo tienes todo muy bien planeado. La distribución está muy bien.

—¿Significa eso que es una buena composición para retener a un dictador sudamericano o un mal lugar para hacerlo?

Él le sonrió.

—Podría preparar un secuestro aquí, o evitarlo. La flexibilidad es importante.

Ella intentó como pudo ignorar cómo su sonrisa hizo que se le encogieran los dedos de los pies. Ahora mismo su negocio tenía que ser su prioridad, no ese guapo hombre que merodeaba por su local... por muy guapo que estuviera merodeando a su alrededor. Se le veía competente y decidido. Y mientras un cosquilleo la recorría y le hacía preguntarse: «¿Pero en qué estoy pensando?», se imaginaba rodeada por esos fuertes brazos. Suponía que era bueno saber que en una batalla de fuerza, las hormonas vencían al sentido común. El conocimiento era poder.

Él se giró y enarcó las cejas.

—¿Tienes frío?

—Estoy aterrorizada.

—¿Los nervios de abrir un negocio?

—Básicamente. No dejo de decirme que no puedo asustarme. Quiero decir, dentro de lo que supone toda una vida, ¿qué es abrir un negocio? Mira con lo que tiene que lidiar mi madre cada día con su esclerosis. Debería poder llevar esto con dignidad, ¿no?

Él se acercó.

—No pasa nada por estar asustada. Es natural teniendo en cuenta lo que estás haciendo.

Sus oscuros ojos azules parecían absorberla y ella se sintió como si estuviera perdiendo su voluntad. Pedirle opinión era una cosa, pero anhelar algún rato de diversión era algo totalmente estúpido.

—Esto supone un gran cambio —admitió sabiendo que confesar eso era mucho más seguro que contarle lo que le decía esa voz dentro de su cabeza, la misma que le gritaba «¡Tómame ahora!».

Ella carraspeó.

—He leído los artículos. Sé el porcentaje de nuevos negocios que fracasan.

—Tú no serás uno de ellos. Tienes un gran producto en una ubicación excelente. Serás un negocio local y te apoyarán por ello —la agarró por los brazos—. Todo te irá genial.

—Eso es lo que no dejo de decirme —quería apoyarse contra él, lo cual no era nada bueno. Una distracción, eso era lo que necesitaba—. Oye, y tú estarás matando gente. Eso debe de ser muy estresante.

Él le dirigió una sonrisa sexy y lenta.

—No tenemos pensado matar a nadie en clase.

—Solo después, si llegan tarde a clase o son unos bocazas.

—Es una forma de tratar los problemas —bajó las manos—. Bueno, ¿cuál es el siguiente paso?

—Fontanero, electricista y constructor —fue hasta el mostrador principal—. ¿Ves esos cuadrados grandes? Son las máquinas de espressos. Hay que conectarlas a las tuberías del agua y al sistema eléctrico. Las vitrinas refrigeradas y las expositoras ya están en camino. Las máquinas de espresso llegarán el lunes.

Esos detalles suponían una distracción del hecho de estar tan cerca de Justice y eran una ruta directa a un estómago que no dejaba de dar vueltas. Se llevó la mano a la cintura.

—Todos los trabajos profesionales estarán terminados en dos semanas y después llega lo divertido. Pintar, limpiar, prepararlo todo. Para eso organizaremos un equipo de trabajo. Después, otra semana para prepararlo todo, entrenar a los empleados que contratemos y ¡a abrir!

—¿Un equipo de trabajo?

—Claro. Solo tenemos que correr la voz de que necesitamos ayuda y la gente empezará a llegar para hacer lo que haga falta —ladeó la cabeza—. He participado en un montón, pero nunca he pedido ayuda. Me resulta raro, pero no puedo ocuparme de todo sola, y pagar al constructor para hacer labores sencillas acabaría con todo mi presupuesto.

—¿Un beneficio más de vivir en un pueblo pequeño?

Ella sonrió.

—Podríamos ayudaros a vosotros también, si queréis. Llenaríamos las estanterías de dardos letales y bolis de tinta invisible.

—Creo que nos apañaremos.

—Si estás tan seguro...

—Lo estoy —la observó—. ¿Nunca has querido vivir en otro sitio?

—Este es mi hogar. ¿Crees que hay algún sitio mejor?

—Para ti no. Este es tu lugar.

Patience no estaba segura de si esas palabras eran buenas o malas, aunque tal vez no tenía que darle vueltas al asunto.

Abrió la boca para decir algo más, y entonces vio su reloj.

—¿Ya es esa hora?

Él extendió el brazo para verlo con más claridad.

—Lo tengo en hora.

—En diez minutos tengo que dar unas mechas.

La llevó hacia la puerta.

—Venga, yo cierro y dejo la llave.

—¿En serio? Gracias.

Y Patience salió corriendo por la puerta.

«Ojalá no fuera tan simpático», pensó mientras corría hacia el salón. Ya era toda una tentación sin tener que ser tan dulce y atento. Con todo lo que estaba pasando, se sentía más vulnerable de lo habitual.

«Sí o no», pensó. Sí a Justice y a un posible desastre, aunque también a una experiencia excitante. O no, que era lo mismo que decir «sí» al sentido común.

Lo quería todo. Al hombre que le provocaba un cosquilleo y la hacía reír, y que además era peligroso y misterioso. Quería la incertidumbre y también quería algo seguro. Una combinación imposible.

Justice hizo lo prometido. Cerró el local y le devolvió la llave a Patience, que estaba ocupada aplicando una mezcla sobre mechones de pelo antes de envolverlos en tiras de papel de aluminio.

«Los misterios de ser una mujer», pensó mientras salía del salón antes de que alguien se fijara en él. Sin embargo, estaba feliz de ayudarla. Estar cerca de ella lo relajaba y se sentía mejor cuando estaban en la misma habitación. La atracción sexual era un problema que no había resuelto. Ceder era la solución más sencilla, pero ¿después qué? ¿Cómo la ayudaba eso? Exceptuando todos los modos en los que había planeado complacerla.

No había sido la clase de hombre que se sumía en relaciones. Entre su trabajo y su pasado, sabía que no era una buena apuesta. Hasta el momento, resistirse a la llamada de una relación estable había sido fácil, pero últimamente...

Se sacó de la cabeza esa idea y salió a la calle. Al llegar a la esquina, vio a un hombre caminando delante de él. Era alto y con el pelo oscuro. Había algo familiar en él, algo que lo puso en alerta. Sabía que el otro hombre no empezaría la pelea, pero él la terminaría.

Cuando el hombre se giró, pudo ponerle nombre a esa cara y saber que no había peligro. Al menos, no todavía.

—Gideon Boyland.

El hombre de pelo oscuro no parecía sorprendido.

—Garrett.

Gideon se parecía a un montón de otros tipos que conocía: con cicatrices, tatuados y pinta de peligrosos. Tenía una cicatriz junto a la ceja, aunque Justice estaba seguro de que tenía más. En su trabajo lo importante no era si te habían herido, sino cuándo.

—Qué curioso verte por aquí —le dijo Justice.

—Había oído que estabas en el pueblo, así que era cuestión de tiempo que nos encontráramos.

—¿Vives aquí?

Gideon asintió.

—Me mudé el año pasado —miró a su alrededor, hacia la tranquila calle y los bonitos escaparates—. Es un lugar genial —volvió a mirar a Justice—. Ford me habló de él. Un día no tenía adónde ir y pensé en pasar por aquí. Al final decidí quedarme.

Justice sabía que detrás de esa historia había mucho más. Gideon había trabajado en operaciones encubiertas, de esas que hacen que un hombre se adentre tanto en ellas que luego no sabe encontrar su camino de vuelta. Por lo que le habían contado, a Gideon lo habían capturado, pero ya que la naturaleza de su misión implicaba que no estuviera autorizado, no podían darlo por desaparecido. Y si no te daban por desaparecido, nadie iba a buscarte.

Por lo que Justice había sabido, Ford y Angel habían tardado casi dos años en encontrarlo. Y después de haberse visto sometido a torturas y cautiverio, el hombre había aparecido más muerto que vivo.

No había duda de que se había recuperado. Al menos por fuera, porque no había forma de saber nada sobre las cicatrices internas. La gente pensaba que el verdadero peligro al que se exponían los soldados era físico, pero lo cierto era que el peor daño que recibían solía ser en el corazón y en la mente; lo peor era cuánto y cómo te cambiaba todo lo que veías en la guerra. Eso sí que no tenía solución.

—¿Y qué haces aquí?

—He comprado un par de emisoras de radio y soy el pinchadiscos de Viejos Éxitos por la noche. También hablo un poco. No sé si alguien me escucha, pero hasta el momento no me han echado del pueblo —esbozó una sonrisa que no llegó a reflejarse en sus ojos.

La sonrisa se desvaneció.

—No me habría imaginado que te iba un sitio como Fool’s Gold.

—Pasé alrededor de un año aquí cuando era pequeño. Ford no dejaba de recordármelo y un día decidí volver —se sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la camisa y se la pasó.

Gideon la agarró.

—SDC. Sector de Defensa Cerbero —volvió a sonreír—. ¿El perro de tres cabezas que guarda las puertas del infierno? Eso sí que son delirios de grandeza.

Justice se rio.

—Me parecía muy apropiado. Somos Ford, Angel y yo.

—¿Angel también se va a mudar aquí? ¿En serio? ¿Y crees que va a encajar?

—Creo que Fool’s Gold podrá soportarlo.

—Ya veremos —respondió Gideon devolviéndole la tarjeta.

—Quédatela. A lo mejor quieres unirte a nosotros.

—Ya tengo mi trabajo.

—Podrías dar algunas clases. Así no perderías la práctica.

Gideon se guardó la tarjeta en el bolsillo de sus vaqueros.

—No lo creo. ¿Para que querría no perder la práctica? ¿Has visto este lugar? Estamos muy seguros.

Eso podía ser verdad, pero Justice sabía que el peligro siempre acechaba. Que durante el resto de su vida, Gideon seguiría alerta y en guardia, al menos, contra la oscuridad.

—Puede que cambies de idea. Si lo haces, llámame. Nos vendría muy bien un tipo como tú.

Gideon alzó las manos.

—Ahora soy un civil y me dedico a mis cosas.

—¿Estás casado?

—No. No he sentado cabeza hasta ese punto.

Lo cual podía ser un problema, pensó Justice.

—He visto el gesto que has puesto. ¿Por qué te importa si...? —maldijo—. No. ¿Va a venir aquí?

Los dos sabían a quién se referían. Felicia.

—Sí y te mantendrás alejado de ella.

Gideon se tensó.

—¿Vas a obligarme?

—Es importante para mí. Es como una hermana.

Gideon esbozó una mueca de disgusto.

—Pues peor todavía.

—Sí. Quiere decir que siempre me preocuparé por ella. Es mi familia, Gideon, y si le haces daño, te mataré.

Los dos sabían a qué se refería Justice, y también sabían que Gideon no se alejaría tan fácilmente.

—Seguro que me ha olvidado. Pasó hace mucho tiempo.

—Yo también estoy seguro.

Pero cuando los dos se separaron, Justice se vio preguntándose si ambos habían mentido o solo él. Porque para él Felicia era de su familia, y eso significaba que sabía que ella jamás había olvidado nada. Ni a Gideon ni la noche que habían pasado juntos. Y cuando la joven se enterara de que estaba en el pueblo, tenía muy claro lo que pasaría.

Capítulo 8

Patience se sentó en el sofá del salón e ignoró la carpeta que Justice le había puesto delante.

—¿Estás seguro?

—Pareces decepcionada.

—Esperaba que me dijeras que el abuelo de Lillie es un criminal famoso al que buscan en quince estados. Eso me habría facilitado mucho la decisión.

—Lo siento, pero no tiene antecedentes penales. Un par de multas de tráfico en muchos años. No parece que tenga éxito con sus relaciones personales, pero por lo demás, ha pagado sus impuestos a tiempo y ha dirigido un negocio bastante próspero. Lo vendió hace un año, hizo algunas inversiones seguras y se mudó aquí hace unos cuatro meses.

Patience se estremeció.

—¿Tan cerca está?

—Tiene una casa alquilada a las afueras del pueblo —Justice se sentó en el sofá y la miró—. No sé nada de su personalidad, pero en cuanto a todo lo demás, es un tipo muy normal.

—Lo cual significa que no tengo ninguna razón para mantenerlo alejado de Lillie.

—No es la respuesta que querías.

Ella se encogió de hombros.

—Sé que me hace parecer una persona terrible, pero estoy dispuesta a vivir con esa opinión.

—Solo intentas proteger a tu hija.

Patience deseaba poder aceptar el cumplido, pero no estaba siendo del todo sincera.

—Puede que tenga algún otro motivo. Admito que una parte de mí no quiere que mi relación con mi hija cambie. No quiero compartirla con Steve. Y también me preocupa que, si se conocen, Ned se entere y tenga alguna especie de despertar espiritual.

Justice se acercó un poco y le agarró la mano.

Ella le dejó, le gustó ese contacto físico y el apoyo que transmitía. Tenía las manos grandes, pensó antes de tener que aclararse la voz cuando la parte más descarada de su mente le susurró ese mito que se decía sobre los hombres con manos grandes...

«Tonterías», se dijo. Además, no venía al caso.

—También he investigado a Ned. Es un cretino. Y no creo que tengas que preocuparte de que de pronto le entren remordimientos de conciencia. Por lo que sé, no tiene ninguna.

—Lo cual me convierte en una estúpida por haber tenido una relación con él —levantó la mano que tenía libre—. Me estoy yendo del tema. Lo importante es que Steve no es un mal tipo y que probablemente debería darle una oportunidad.

—¿Y qué dice tu madre de él?

—Está de su lado, lo cual me sorprende. Habría pensado que le preocuparía, pero está a favor de que Lillie conozca a su abuelo —se mordió el labio—. Y eso me preocupa también. El hecho de que esté de acuerdo. Últimamente la he notado muy rara. La llaman y contesta en privado sin decirme quién es. No espero que comparta conmigo cada detalle de su vida, pero algo está pasando.

Justice la miraba fijamente.

—¿Crees que se trata de su salud?

Él acababa de ponerle voz a su mayor temor.

—Espero que no, pero me preocupa. ¿Y si está más enferma de lo que hace aparentar? A lo mejor quiere que Lillie tenga más familia porque ella no va a estar aquí tanto como le gustaría.

Un gran nudo se le formó en la garganta y los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas. Parpadeó y tragó saliva al no querer estallar en sollozos histéricos en ese preciso momento.

Justice le agarró la otra mano.

—Ey, mírame.

Y lo miró.

—Tu madre no se está muriendo. La has visto por aquí. Se mueve genial. Hace lo mismo que hacía antes y además está completamente volcada en el Brew-haha. ¿A que sí?

—Sí.

—Así que sea lo que sea lo que está pasando, no creo que tenga nada que ver con su salud. Pero si sigues preocupada, pregúntale.

Él entrelazó sus dedos.

—Venga, pregúntale.

—Lo haré. Después de la inauguración. No quiero que sienta que la estoy espiando y ahora mismo las dos estamos muy estresadas.

Además, lo que había apuntado Justice sobre cómo Ava seguía desempeñando sin problemas sus actividades era cierto. No había habido ningún cambio en su estado, exceptuando las misteriosas llamadas. Ava seguía saliendo con sus amigas y trabajando las mismas horas de siempre.

Respiró hondo.

—Supongo que tengo que llamar a Steve para decirle que puede ver a Lillie.

—¿Quieres que esté con vosotras en la primera visita?

—¿No te importaría? Me ayudaría mucho —esbozó una débil sonrisa—. Sé que si las cosas se complican, puedes intervenir.

Además, Justice sería una buena distracción para su hija. Y si encima un guardaespaldas profesional ponía un poco nervioso a Steve, mejor que mejor. Tuvo que admitir que su plan de mantener alejados a Justice y a Lillie se había ido por el retrete, pero ahora mismo Steve era la mayor amenaza.

—No me habría ofrecido si no quisiera hacerlo. Lillie es una niña fantástica. Me alegra poder asegurarme de que no le pase nada malo.

—Gracias. Como pronto tienes que irte a cumplir con tu misión secreta de guardaespaldas, organizaré la visita para antes de eso —se rio—. ¿A que es una estrella de rock? Son una banda y te da vergüenza, y por eso estás fingiendo que es peligroso.

Los ojos de él se llenaron de una emoción que Patience no pudo identificar del todo.

—Me has pillado.

—Lo sabía.

—Eres muy lista... para ser chica.

Ella se puso recta.

—¿En serio? No me puedo creer que me hayas dicho eso.

—Me gusta que seas una chica.

—No intentes hacerte el simpático ahora. Me siento insultada.

Empezó a levantarse, pero él la agarró por la cintura y la llevó hacia sí. Patience no había pretendido detenerlo, pero aunque lo hubiera hecho, era él el que llevaba las riendas de la situación. Un par de movimientos y ya la tenía sentada sobre su regazo y con su rostro a escasos centímetros del suyo.

Sus muslos parecían roca bajo sus nalgas. Sus brazos la rodeaban haciéndola cautiva. Podía inhalar su aroma, a jabón, a limpio y algo más sensual y masculino.

—¿Estás tomando el control de la situación? —le preguntó ella en voz baja.

—Sí.

Sabía que había cosas que le preocupaban. Sabía que él no era el mismo que había sido antes. Estaba dando por hecho que aquel chico se había convertido en la misma clase de hombre. Su instinto le decía que confiara en él, pero no era su instinto lo que le preocupaba. Ni siquiera su cuerpo. Era su corazón.

Justice era el caballero de ojos azules que iba a su rescate. Después de años de cuidar de sí misma era complicado resistirse a lo que le estaba ofreciendo, pero tenía preguntas. Y aun a riesgo de parecer un padre de una novela del siglo XVIII, tenía que saber «¿qué intenciones tenía?» No era buen momento para que le partieran el corazón.

Pero cuando él se acercó y la besó, no logró resistirse. Ese hombre era ardiente y ella llevaba casi toda una vida sin disfrutar de una ardiente pasión.

De buen grado recibió el calor y la presión de su boca y separó los labios al instante. Él deslizó la lengua dentro y ella se perdió en la erótica danza mientras un escalofrío la recorría. Lo rodeó por el cuello y se inclinó para sentir su cuerpo contra el suyo.

Más cerca, pensó, ladeando la cabeza y besándolo con intensidad. Necesitaba acercarse más.

Por suerte, parecía que Justice podía leer la mente y, así, la agarró y la sentó a horcajadas sobre él. Ahora ya estaban lo suficientemente cerca para hacer un montón de cosas excitantes.

Abrió los ojos y lo miró a la cara. Lentamente, sin querer precipitar el momento, le acarició la mejilla y después dibujó la línea de su mandíbula.

—Eres un chico duro —murmuró.

Él esbozó una media sonrisa.

—Así soy yo. Duro.

Patience suponía que «letal» era una palabra mejor, aunque no para lo que ella tenía pensado. Posó los dedos sobre sus hombros y se perdió en su mirada.

—¿Estás seguro de esto?

—¿De vivir en Fool’s Gold y abrir el negocio o de estar contigo?

—De todo, supongo.

—Me consideras mejor de lo que soy.

Eso sí que era esquivar bien una pregunta.

—¿Y no debería eso hacerte feliz?

Él posó las manos en su cintura.

—No quiero decepcionarte.

—¿Es posible?

—En la vida, no en la cama.

—¡Oh, vamos! Qué comentario tan típico de chico.

—Culpable. Pero te deseo —le dijo en voz baja—. Bésame, Patience.

Ella se acercó más para cumplir su petición y cuando sus bocas se tocaron sintió las manos de Justice sobre sus pechos, rodeándolos con sus palmas. Unos largos dedos acariciaban sus pezones y lanzaban sacudidas de deseo a todo su ser. Se hundió en él, queriendo eso y más.

Empujó su lengua contra la suya a la vez que él rozaba sus pezones un poco más rápido y con más fuerza, haciendo que le costara respirar. Cuando bajó las manos a sus caderas, a punto estuvo de protestar, pero entonces se dio cuenta de que solo estaba acercándola más. Llevándola hacia su erección.

Estaba muy excitado y ella deseó que no estuvieran separados por capas de ropa. Se moría por lo que le estaba ofreciendo, estaba desesperada por tenerlo.

Él coló las manos debajo de su camiseta de los rinocerontes bailarines y, con un ágil movimiento de dos dedos, le soltó el sujetador; al momento ya estaba tocando sus pechos, piel con piel, y ella se puso derecha para dejarle más espacio.

Se movía contra él incluso mientras estaba subiéndole la camiseta, quitándole el sujetador y posando la boca en uno de sus pechos.

El suave y húmedo contacto la hizo gemir. Él le lamió un pezón antes de cerrar los labios a su alrededor y succionar con delicadeza. Ella hundió las manos entre su pelo y se acercó más, deseando todo lo que tenía que ofrecer.

Justice pasó al otro pecho y repitió el proceso. Cuando se apartó, sus ojos estaban muy oscuros, sus pupilas dilatadas y ambos tenían la respiración entrecortada.

—Deberíamos...

«Ir arriba. Hacerlo ahora. Desnudarnos». Patience no estaba segura de qué iba a decir a continuación, aunque sí que tenía cierta idea del contexto. Pero en lugar de terminar la frase, oyó una risa familiar desde fuera.

Lillie.

—¡Mierda! —gritó levantándose de su regazo y buscando su sujetador—. Estamos en mi salón en mitad de la tarde. No podemos hacer esto aquí.

Él miró hacia la puerta, se levantó y fue hacia la butaca que había junto al sillón. Ella tardó un segundo en darse cuenta de que estaba colocándose tras ella para que su «estado» no fuera tan obvio.

—Tienes razón. Este no es el lugar. Puedo disculparme si quieres, aunque técnicamente no lo siento.

Ella se abrochó el sujetador y se bajó la camiseta. Después de asegurarse de que todo estaba en su sitio, lo miró y sonrió.

—Yo tampoco lo siento, pero la última vez que me enrollé en el sofá aún estaba en el instituto.

La mirada de Justice se quedó clavada en la suya. No habló, pero ella juraría haber oído las palabras. «Debería haber sido yo».

En ese segundo estuvo de acuerdo. Debería haber sido él. Su primer beso, su primera vez. Porque lo que fuera que había sentido por Justice antes había permanecido con ella todo ese tiempo. No era amor y probablemente no era lo más inteligente, pero ahí seguía. Una sensación de conexión que implicaba que alejarse fuera imposible de imaginar.

Justice no había sabido qué esperarse del equipo de trabajo en el Brew-haha y, aun así, ver allí a casi cincuenta voluntarios le supuso una sorpresa. Durante las últimas dos semanas, Patience había elaborado una lista de las cosas que había que hacer y de los suministros que había que reunir. La había visto algún rato, pero nunca sola ni en una situación en la que pudiera aprovecharse de que estuvieran a solas.

No podía recordar la última vez que había pasado tanto tiempo esperando algo que no podía tener. Incluso de adolescente, había estado más centrado en ocuparse de la situación con su padre que en conseguir a la chica. Había tenido sentimientos hacia Patience, pero ella había sido tan pequeña que había sabido que no tenían ningún derecho a estar juntos.

Con el paso de los años había aprendido a perderse en su trabajo, y cuando había querido o necesitado estar con una mujer, siempre había tenido muchas donde elegir. Pero haber querido a una en concreto y no poder tenerla era algo nuevo para él.

Esa brillante y cálida mañana de primavera estaba junto al resto de la multitud escuchando las explicaciones de Patience.

—Hay una lista general pegada en la puerta —dijo ella señalando al papel de color chillón—. Los suministros están en el centro de la sala, sobre la lona. Una vez se haya completado una tarea, por favor, tachadla para que los demás sepamos que está terminada.

Se había recogido su larga y ondulada melena en una cola de caballo y llevaba una camiseta roja con un gato dibujado por delante. Parecía una chica de diecisiete años. Una chica llena de energía y guapísima.

Sabía que Lillie pasaría el día con sus amigas y que Ava había tenido algunos problemas últimamente, por lo que estaría usando la silla de ruedas. Sabía el color que había dentro de los botes de pintura y lo que había que hacer, pero seguía un poco al margen de lo que estaban haciendo. Estaba observando más que participando.

Así prefería hacer las cosas. El problema era que con Patience estaba más involucrado de lo que hubiera querido. Aun así, echarse atrás no lo contemplaba como opción.

—Ethan y Nevada han traído herramientas —continuó Patience—. Ella está al mando de las labores de construcción. Si alguien tiene la necesidad de aporrear un martillo, que vaya a verla.

Un hombre gruñó y Justice supuso que sería Ethan. Un tipo alto y rubio le dio un golpe en el brazo.

—Tu hermana está al mando, tío. Qué humillante.

Ethan se giró hacia su amigo.

—¿Te has fijado en que no ha dicho que tú tuvieras herramientas, Josh? ¿Sabes lo que significa eso?

Josh se rio.

—Gracias otra vez por venir —dijo Patience—. Os lo agradezco muchísimo.

—¡Todos estamos aquí por vosotras! —gritó alguien.

Se oyeron murmullos asintiendo y después la multitud se dividió y la gente se puso manos a la obra.

Una rubia alta y delgada se acercó a Justice y se lo quedó mirando.

—Bueno —le dijo con una sonrisa—. Me rindo. No puedo recordar tu nombre. Soy Evie Stryker. Me mudé aquí el año pasado y aún sigo investigando quién es quién —alargó la mano—. Soy profesora de danza, por si tienes hijas.

Se estrecharon la mano.

—Ninguna hija. Pero sí que conozco a Lillie, la hija de Patience.

—Es una de mis alumnas. Qué niña tan dulce —Evie miró a su alrededor—. Bueno, ese de allí es Dante, mi prometido. Y esos tres que están forcejeando por ver quién se lleva la brocha más grande son mis hermanos —sacudió la cabeza—. En fin, qué más da. Este pueblo es demasiado. La gente es demasiado simpática y lo saben todo sobre la vida de los demás. Es una locura. En serio, márchate mientras puedas.

—Pues no veo que tú te hayas marchado.

—Me pillaron en un momento de debilidad y ahora no me puedo imaginar viviendo en ningún otro sitio. Te absorben.

—Yo viví aquí un tiempo cuando era pequeño.

—Y volviste, lo cual demuestra lo que estoy diciendo.

—¡Ahí estás!

Justice se giró y se vio frente a frente con Denise Hendrix, que lo abrazó y le lanzó una amplia sonrisa.

—¡Qué alegría me da que sigas aquí, Justice, y que Ford vaya a volver! ¿Aún no te he invitado a cenar? Tienes que venir en cuanto llegue Ford. Así tendremos a toda la familia reunida.

—Recuerdo esas cenas —dijo él, pensando en esos buenos momentos—. Eran muy escandalosas.

Con seis hijos, más los amigos que llevaban a casa a cenar, siempre había habido mucha conversación y jaleo. La casa de los Hendrix había sido uno de los pocos lugares que había podido visitar. La casa de Patience también había estado en la lista y por eso había querido ir lo más a menudo posible. Estar con otras familias le había permitido olvidar por qué estaba huyendo, ya que a su lado podía fingir que era un niño como otro cualquiera.

—Seguimos pasándolo de maravilla —le dijo Denise—. Ahora estamos más apretados porque la familia ha aumentado, pero eso solo hace que lo pasemos aún mejor.

Él se agachó y la besó en la mejilla.

—Estoy deseándolo.

—Bien.

Y con eso se excusó y se marchó.

Justice estaba a punto de unirse a un grupo de trabajo cuando vio a Ava entrar con la silla de ruedas en el abarrotado lugar. Su silla se movía fácilmente por los suelos de madera. Al verla mirar a su alrededor como si no supiera qué hacer, corrió hacia ella.

—¿Estás ocupándote de todo?

Ella le sonrió agradecida.

—Creo que Patience ya lo está haciendo muy bien. Solo quería pasar y ver al pueblo volcarse con mi hija.

—Hay mucha gente.

Patience se acercó.

—Hola, mamá. ¿Estás bien?

—Sí, muy bien.

Pero Patience no se quedó muy convencida y Justice miró a Ava.

—Con mucho gusto me quedaré aquí contigo, así me libro de trabajar.

Patience articuló un «gracias» y añadió en voz alta:

—¡Ah, muy bonito! Aunque ni siquiera me sorprende. Es muy típico, un hombre disfrutando viendo como los demás trabajan.

Él agarró una silla y se sentó al lado de Ava, que le lanzó una mirada especulativa.

—Quieres echar un ojo a ver qué pasa y me utilizas como excusa.

—Puede que sí.

—Puede que no. Estás diferente, Justice. Ha pasado el tiempo y, por supuesto, has cambiado, pero ese no es el único cambio, ¿verdad?

Automáticamente, él adoptó una postura de aparente tranquilidad y, mirándola, le respondió:

—¿Estás preguntando o afirmando?

—Las dos cosas —lo observó—. Entraste en el ejército después de que arrestaran a tu padre.

Él asintió.

—Lo que hacías era peligroso. Patience y yo hemos especulado sobre el tema, aunque estoy segura de que no podremos saber nunca la verdad.

—Probablemente no.

—Has visto cosas.

Más de las que se podía llegar a imaginar.

—Y ahora vas a abrir aquí tu escuela.

Él se rio.

—No es una escuela.

—Ya sabes a qué me refiero —se inclinó hacia él—. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes establecerte en un pueblo pequeño?

—No lo sé —admitió—. Pero quiero estar aquí.

Fue una respuesta sincera. Por mucho que el pueblo lo atraía, le preocupaba no saber encajar. Podía fingir una situación durante un tiempo, pero al final acabaría saliendo a la superficie quién era en realidad.

Había hecho cosas con las que ningún hombre debería vivir. Y, aun así, como Ava había dicho, ahí estaba. Había preguntas a las que no podía dar respuestas, como cuánto tenía de su padre, si podría escapar de la influencia de Bart, si terminaría haciendo daño a la gente que le importaba. Nunca había corrido ese riesgo, no había merecido la pena hacerlo. Siempre había preferido seguir adelante, pero ahora estaba empezando a pensar que quería quedarse allí.

—¿Y hasta que punto Patience influiría en tu decisión? —le preguntó Ava.

—Ella es uno de los motivos que me atraen a quedarme. Nunca la he olvidado.

—Ahora los dos sois personas diferentes.

—Ella no es diferente —estaba más mayor, más bella. Pero la esencia seguía ahí. La dulzura, el buen humor, su única perspectiva del mundo que, en su caso, se reflejaba a través de esas camisetas tan graciosas.

—¿A qué tienes miedo?

—A hacerle daño.

—Pues entonces no se lo hagas.

—No es tan sencillo.

—A veces sí que lo es.

Patience consultó la lista de cosas que tenía por hacer y lo poco que le quedaba de estrés se disipó. Todo estaba en marcha y más rápido de lo que podría haber imaginado. Ya habían limpiado, y todos los platos, tazas y vasos se habían sacado de las cajas. En la trastienda un equipo trabajaba con las estanterías bajo las órdenes de Nevada.

Charlie se acercó.

—El embellecedor ya está pintado y Finn, Simon y Tucker están instalando las barras de las cortinas. Tucker tiene experiencia profesional, pero Simon le está aplicando su precisión de cirujano, así que imagina cómo está saliendo. Finn los está picando a los dos porque la situación es muy graciosa. No me voy a molestar en decirte el problema en el que se están metiendo los hermanos Stryker, pero que sepas que después tendrán su castigo.

Patience se rio.

—No me preocupa. Todos están trabajando mucho y la lista ya está casi completa —abrazó a Charlie—. Adoro este pueblo.

—Y el pueblo te adora a ti —Charlie giró la cabeza y gruñó—. Las mayores a las diez en punto.

Patience le siguió la mirada y vio que Eddie y Gladys habían aparecido. No había duda de que las casi octogenarias mujeres querían ver a jóvenes guapos con vaqueros ceñidos. Las dos eran unas desvergonzadas. El año anterior, Clay había reunido a varios amigos para posar para un calendario benéfico, y cuando Eddie y Gladys se enteraron, se habían presentado allí con sillas plegables para ver el espectáculo.

Para algunas fotos, los chicos se habían tenido que desnudar y ellas habían quedado encantadas y hasta les habían sacado fotos con los móviles. Charlie se había visto obligada a eliminar los desnudos frontales para consternación de Eddie y Gladys.

—Iré a asegurarme de que se comportan —dijo Patience.

Charlie la agarró del brazo.

—Ya lo hago yo. Tú tienes que ocuparte de esto. Además, eres demasiado amable. Conmigo, al menos fingen estar asustadas.

—Gracias.

—¿Qué puedo decir? Soy una amiga increíble y tienes suerte de tenerme en tu vida.

Patience se rio y vio que cuando las ancianas vieron a Charlie acercarse intentaron escabullirse. Pero ella era más rápida y pronto las acorraló. Después, Patience hizo una ronda y fue deteniéndose a ver cómo iba todo.

Simon y Tucker se miraban.

—Hay un milímetro de más —dijo el cirujano—. ¿Sabes lo que eso significa?

—Nada —le respondió Tucker—. Porque no queda fuera. Fíjate en el nivelador.

—Estoy tomando medidas y eso es más preciso que una burbuja.

Finn se apoyó contra la pared y disfrutó del espectáculo.

—Las cortinas están genial —dijo Patience—. Me encantan.

—¿Lo ves? —apuntó Tucker.

—Hay que subirse a una escalera para ver la diferencia —le informó Simon.

—No creo que muchos clientes vayan a subirse a una escalera —respondió Patience antes de sonreírles y seguir avanzando.

Al dar una vuelta a la sala pasó por delante de Kent Hendrix y su madre. Denise estaba mirando a su hijo.

—¿Estás seguro? —le preguntó con voz esperanzada.

—Ha pasado mucho tiempo. Quiero seguir adelante con mi vida. Lorraine se ha ido y no va a volver. Tengo que seguir adelante. Ya he malgastado demasiado tiempo con ella.

Denise se acercó para abrazarlo y Patience se apartó al no querer inmiscuirse en un momento tan íntimo y familiar.

Conocía los detalles. Kent había estado casado y Lorraine y él tenían un hijo, Reese. Hacía unos años, Lorraine había decidido que no quería ser ni esposa ni madre y se había marchado abandonándolos a los dos. Algo parecido a lo que hizo Ned.

En ese momento, Josh y Ethan pasaron por su lado con unos tablones sobre los hombros dejándola atrapada donde estaba.

—Cuánto me alegro —le dijo Denise a su hijo—. Tienes que empezar un nuevo capítulo en tu vida. ¿Estás saliendo con alguien?

—Mamá, déjalo. Yo encontraré a mi chica.

—Pero quiero ayudarte.

Patience miró a su alrededor nerviosa y aún sin poder salir, atrapada por las piezas de madera. En cualquier segundo, Denise empezaría a buscar una futura señora de Kent Hendrix y no quería ser la primera que la mujer viera. Kent era un tipo genial, pero solo eran amigos.

Por fin logró colarse por debajo de las tablas e ir hacia la trastienda. Allí se escondería hasta que el peligro hubiera pasado, pensó riéndose para sí.

Una vez estuvo a salvo, casi se compadeció de Kent. Denise era una mujer formidable. Si decidía que iba a buscarle novia a su hijo, Kent se iba a encontrar con todo un desfile de mujeres pasando por delante de su casa.

Miró hacia la sala principal y vio a Justice con su madre. Estaban sumidos en una intensa conversación y tenían las cabezas muy juntas.

Aunque se preguntaba de qué estarían hablando, lo que de verdad se estaba preguntando era cuántas ganas tenía de acercarse a Justice. De estar cerca de él y ver cómo le sonreía. Era consciente de que estaba dejándose llevar por sus sentimientos demasiado y muy rápido, y no sabía cómo ralentizar un poco el proceso.

A solo un par de semanas de la inauguración, estaba tremendamente ocupada y aun así encontraba huecos para pensar en Justice. Tal vez era positivo que él fuera a estar fuera unos días porque así podría intentar olvidarlo. O si no le era posible, tal vez sí que podría ver las cosas con perspectiva.

La alcaldesa Marsha se le acercó.

—Todo está saliendo genial. Felicidades.

—Gracias —respondió Patience, fijándose en el traje de falda que siempre llevaba la mujer—. Vaya, me esperaba que te hubieras puesto pantalones —la alcaldesa se había puesto pantalones una vez para formar parte de un equipo de trabajo en Navidad y había causado una gran impresión a todos.

La mujer sonrió.

—Hacía mucho frío aquel día y por eso hice una excepción —ladeó la cabeza—. Mmm, me pregunto qué significa eso.

—¿El qué?

La alcaldesa señaló y Patience se giró y vio a Charlie sacando el móvil y sacudiendo la cabeza.

—¡A ver, callaos todos un momento, por favor! —gritó Charlie—. Puede que sea importante.

La sala se quedó en silencio.

Charlie escuchó bajo la atenta mirada de todos los demás. ¿Sería una buena noticia? ¿Habría pasado algo?

Finalmente sonrió.

—De acuerdo. Haré correr la voz —se apartó el teléfono de la oreja para decir—: Es Annabelle. ¡Se ha puesto de parto!

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0+
Release date on Litres:
23 October 2024
Volume:
604 p. 7 illustrations
ISBN:
9788413756455
Copyright Holder::
Bookwire
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