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Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 0
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Nota del autor
Título original: Kult
© Stefan Malmström 2019. All rights reserved. Originally published in the Swedish language under the title Hjärntvättad in 2017. English language edition © Stefan Malmström 2019
© de la traducción: 2020, Alba Serrano Giménez
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Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
Fotografía de cubierta: Shutterstock
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1.ª edición: octubre 2020
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2020: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
«La noche ha caído en nuestra tierra.
¡Las estrellas la iluminan, relucientes, brillantes!
Nuestros mundos pequeños deambulan, distantes.
La oscuridad parece no tener fin.
La oscuridad y el crepúsculo y la profundidad,
¿por qué? ¿Por qué los amo?
Aunque las estrellas erren lejos.
La tierra es aún el hogar de la humanidad».
Erik Blomberg
Todos los personajes que aparecen en este libro —excepto los personajes públicos reconocibles— son ficticios, y cualquier parecido con personas reales, ya estén vivas o muertas, es pura coincidencia.
1
A Luke le tembló la mano cuando intentó meter la llave en la cerradura. Algo iba mal, muy mal.
—¡Abre la puerta de una vez! —gritó Therese, la exmujer de Viktor, de pie detrás de Luke y al borde de la histeria. A las ocho y media de la tarde de un lunes, estaban ante la puerta del piso de Viktor, en la tercera planta del número 30 de la calle Alamedan, en el centro de Karlskrona.
Luke maldijo. La llave no quería entrar.
—Debes de haberte equivocado de llave —dijo Luke—. Esta no entra.
Therese lo agarró del brazo y trató de quitársela.
—Dámela. Ya lo hago yo.
Luke apartó el brazo con brusquedad.
—No, yo lo haré —le espetó, y al momento se sintió culpable por la aspereza de sus palabras. No era justo hablarle de ese modo a Therese. Tenía derecho a que la preocupación la consumiera. Viktor tendría que haber llegado con Agnes, la hija de cuatro años de ambos, a casa de Luke para cenar a las seis de la tarde, y de eso hacía ya dos horas y media. Luke había llamado a Viktor cuando pasaba una hora de la cita, pero no le contestó. Una hora más tarde, Luke, preocupado, decidió salir de su cabaña y se dirigió al piso de cinco habitaciones y 275 metros cuadrados de Viktor, en un espectacular edificio de ladrillo visto. Hacía tres años que Viktor, su mejor amigo, vivía allí. Desde que se había divorciado de Therese.
Al llegar a la tercera planta, Luke oyó música y pensó que Viktor estaría dentro con Agnes. Pero nadie respondía al timbre. Tras llamar y aporrear la puerta durante diez minutos, no le quedó más remedio que telefonear a Therese para pedirle su llave.
Sonaron cuatro tonos y Therese respondió. Se oía mucho ruido y conversaciones de fondo. Estaba en una fiesta de trabajo y se mostró irritada y nerviosa cuando le preguntó si le podía traer su llave. Había dejado a Agnes con Viktor a las cinco de la tarde y todo le había parecido normal. Le dijo que le llevaría la llave enseguida.
Cuando colgaron, Luke pulsó el botón del ascensor para mandarlo abajo, de manera que Therese no perdiera tiempo subiendo por las escaleras. Al cabo de diez minutos oyó que el ascensor se ponía en marcha y paraba en la tercera planta. Therese apareció ante él. Iba muy arreglada.
—No tendría que haber aceptado la custodia compartida. —Fueron las primeras palabras que salieron de su boca—. Viktor apenas puede cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a cuidar de una niña?
Mientras le daba la llave a Luke, siguió quejándose:
—Ya me ha estropeado la noche. Estábamos celebrando el mayor encargo en toda la historia de la empresa y justo íbamos a sentarnos a cenar un menú de tres platos. Esta me la va a pagar, que le quede claro.
Unos minutos después, aquella calma contenida se había convertido en un pánico puro, visceral. Era la primera vez que Luke veía a una madre aterrorizada por la seguridad de su hijo, y le pareció la emoción más poderosa de la que había sido testigo en toda su vida. Incluso aumentó su desesperación por entrar al piso cuanto antes.
Inspeccionó la llave. Al principio pensaba que era una de esas que funcionan igual por las dos caras, pero ahora se daba cuenta de que quizás la había estado usando al revés. Le dio la vuelta y entró bien en la ranura. La giró y oyó el clic del cerrojo. Empujó la pesada puerta y el sonido de la música le martilleó los tímpanos. Era jazz.
«Qué raro —pensó—. A Viktor no le gusta el jazz».
Encendió la luz del salón y entró en el piso, elegante y minimalista. Viktor no había reparado en gastos cuando se divorció de Therese. Había comprado aquel inmueble y lo había renovado casi por completo. Cocina nueva, baños por estrenar, suelos restaurados y una mano de pintura: una reforma integral. Había contratado a una empresa de decoración de interiores y le había dado vía libre. Le costó una fortuna, pero si alguien podía permitírselo era Viktor. El suelo del recibidor, de baldosas cuadradas blancas y negras, parecía un tablero de ajedrez. Las paredes eran blancas, y sobre un pequeño secreter negro colgaba una obra del artista de la provincia de Blekinge Kjell Hobjer: un gran pez rojo que ocupaba prácticamente todo el lienzo sobre un fondo azul brillante.
En la cabeza de Luke se amontonaban preguntas, pero no respuestas. ¿Una fuga de gas? Imaginó a Viktor y Agnes tumbados en la cama, inconscientes. Pero no olía a gas, sino a limpio. Viktor tenía contratada a una mujer de la limpieza que solía venir los domingos.
«Esto es rarísimo», volvió a pensar Luke. El apartamento estaba a oscuras y sonaba jazz a todo volumen. Eso no era propio de Viktor.
—¡Viktor! —gritó Luke. Therese lo apartó para entrar, abrió de un golpe la puerta de la habitación de su hija, encendió la luz, miró dentro y luego siguió buscando por el piso. Luke también miró en la habitación. La cama estaba vacía y la colcha, en el suelo. Los cojines de color rosa y los peluches descansaban en el pequeño sillón rojo, bien colocados en fila. El libro de cuentos de hadas que Luke le había leído el domingo anterior por la noche seguía en la mesita.
Luke corrió hacia el enorme salón. El ordenador, del que salía la música, estaba encendido. Therese se había quedado de pie en la entrada del salón. Luego gritó y desapareció en su interior. Un segundo después, Luke se detuvo en el mismo lugar y vio a Therese inclinarse sobre Agnes, que estaba tumbada con su camisón en el sofá gris claro. Había vomitado y parecía dormir profundamente.
Luke dio la vuelta y se quedó helado al ver el cuerpo de Viktor colgando sin vida, ahorcado en la puerta del baño.
2
Luke corrió hacia Viktor y lo levantó mientras tiraba de él para que la cuerda, que estaba atada al pomo del otro lado de la puerta, se desprendiera de la parte superior. Cuando consiguió bajarlo, su mejilla se aplastó contra la de Luke. Se dio cuenta de que era la primera vez que sentía la mejilla de Viktor contra la suya. Cuando hacía días que no se veían, solían abrazarse, pero nunca mejilla con mejilla. Esta era la primera vez, y la mejilla de Viktor estaba fría.
—¿Qué diablos has hecho, Viktor? ¿Qué has hecho? —La voz de Luke se quebró mientras tumbaba el cuerpo a toda prisa en el parqué. Olía a orín. Trató de deshacer sin demasiado éxito el nudo alrededor del cuello. Lo miró a los ojos y no vio ningún indicio de vida en ellos. Buscó su aliento y su pulso en el cuello, pero no los encontró. Intentó reanimarlo varias veces insuflándole aire en los pulmones, pero pronto se rindió. No había respuesta. Viktor había muerto. Y a Luke lo asaltaron los recuerdos de otra época, cuando había formado parte de los Rebeldes del diablo y de la banda de Johnny Attias, en Nueva York. Hacía quince años que no presenciaba una muerte.
—¡Luke, está muerta!
El llanto de la exmujer de su amigo se convirtió en un grito. Luke corrió al sofá y apartó a Therese, que trataba de practicarle la reanimación cardiopulmonar a Agnes. Se inclinó sobre la niña, puso su boca cerca de la pequeña nariz y sintió un levísimo movimiento de aire.
—Respira —dijo Luke.
Empujó la mesa de centro de una patada, agarró a la niña, la tumbó sobre la pálida alfombra turquesa de IKEA y empezó a soplar con toda la fuerza de sus pulmones. Después, presionó con las dos manos el pecho de la niña. Tras treinta compresiones, le dio su móvil a Therese.
—¡Llama a una ambulancia! ¡Ahora!
Volvió a inclinarse y siguió soplando y presionando alternativamente. Se dio cuenta de que, si no era cuidadoso, podía romperle las costillas, tan pequeñas, y aflojó las compresiones. La miraba a la cara cuando presionaba, con la esperanza de percibir alguna señal de vida.
—Venga, Agnes —suplicó—. Tienes que lograrlo. Por favor.
Luke miró a Therese. Estaba sentada y se había quedado paralizada con el móvil en la mano. Se dio cuenta de que no sería capaz de decir nada comprensible y volvió a coger el teléfono.
—Sigue presionando. Treinta veces. Y luego le haces el boca a boca diez veces —dijo mientras se levantaba y marcaba el número de emergencias. Una mujer contestó de inmediato.
—Necesito una ambulancia. Es urgente. Calle Alamedan treinta. Hay dos personas: una esta muerta y la otra es una niña que todavía respira —dijo acelerado.
—¿Puede repetirlo, por favor? No vaya tan rápido y trate de vocalizar. También necesito saber su nombre —dijo la teleoperadora.
Cuando Luke estaba estresado se le notaba más el acento americano y a los suecos les costaba entenderlo.
—Luke Bergmann. Necesitamos una ambulancia. ¡Dense prisa, por el amor de Dios! ¡Hay una niña de cuatro años a punto de morir!
—Bien, trate de calmarse para que yo pueda entender bien la información. Inspire hondo y luego dígame dónde se encuentra. Necesito la dirección y la localidad.
Luke apretó los dientes. Inspiró hondo y se esforzó para hablar lentamente.
—La dirección es calle Alamedan número treinta, en Karlskrona. Dos personas. Una está muerta. La otra es una niña pequeña que se está muriendo y que se va a morir seguro si no envía una maldita ambulancia. ¡Ahora!
—¿Me puede decir qué ha pasado? —preguntó la mujer.
—¿Y qué más da? —soltó Luke con terquedad—. No sé qué ha pasado. Hemos entrado en el piso y nos hemos encontrado con esto.
—No puedo mandar una ambulancia si no entiendo bien la situación. Necesito asegurarme de que lo que me está diciendo es real, de que es una emergencia de verdad.
Luke bajó la voz para transmitir miedo en lugar de rabia.
—Le prometo que es real. Por favor.
La mujer se quedó en silencio durante un par de segundos.
—Le mando dos ambulancias.
Therese lloraba e insuflaba aire en los pulmones de su hija, como le había dicho. Agnes yacía inerte sobre la alfombra de color acuoso, con el pelo rubio y largo esparcido alrededor de la cabeza y su camisón blanco. Las lágrimas de Therese habían salpicado la bonita cara de la niña. Luke pensó en lo guapa que era Agnes, en lo impresionante que sería cuando se convirtiera en una adolescente. Viktor y él habían hablado de eso justo el domingo pasado. Agnes estaba mirando su programa de televisión favorito, Anki y Pytte, y se reía tan descaradamente con las ocurrencias del patito protagonista que Viktor y Luke dejaron de preparar la cena solo para mirarla.
—Cuando crezca va a tener problemas con los chicos —le dijo Luke a Viktor.
—Yo creo que es más probable que los chicos vayan a tener problemas conmigo —respondió Viktor.
A Luke se le borró la sonrisa de la boca y se cruzó de brazos.
—Y conmigo —dijo.
Más tarde, sonó el teléfono. Viktor se metió en el despacho y le pidió a Luke que llevara a Agnes a la cama, cosa que él hizo de buena gana. Ella pasó los deditos por el brazo musculoso y tatuado de Luke y le preguntó por qué no se lavaba mejor. El corazón se le derritió todavía más cuando Agnes le quitó el gorro de lana negro y empezó a enroscar los dedos en su pelo grueso y oscuro mientras, confiada, se dormía entre sus brazos.
—¡Agnes! ¡Por favor, Agnes! ¡Respira! ¡Por favor! —Therese se quedó sin aliento tras intentar, por cuarta vez, llenar de aire los pulmones de la pequeña. Agnes estaba tumbada con la boca medio abierta y los ojos cerrados. Las bellas y largas pestañas se le habían pegado a la piel. Parecía estar durmiendo tranquilamente. Solo que esta vez quizás no volviera a despertarse nunca.
La rabia de Luke hacia la teleoperadora se desvaneció. La sustituyó un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Le susurró una oración al Dios en el que no creía.
—Deja que Agnes viva. Si la dejas vivir, haré lo que quieras.
¿Dónde demonios estaban las ambulancias? Miró hacia el cuarto de baño en el que el padre de Agnes, su mejor amigo, yacía muerto. La música jazz se hizo más intensa y ahogó el sonido de los esfuerzos que Therese hacía por devolverle la vida a su hija. Un teclado eléctrico y una guitarra rivalizaban para ver quién podía tocar más notas por segundo.
«Qué música tan cargante», pensó Luke. Empezaba a tener náuseas y le temblaban las piernas. Tenía que detener ese ruido. Con las piernas vacilantes, se dirigió al ordenador y lo apagó. En la mesa había un pequeño tarro rojo con la tapa abierta y polvo blanco en el interior. Al lado, un vaso con una pasta granulosa pegada al fondo. En el suelo, al lado de la mesa, media tableta de chocolate con leche Marabou. Luke había notado un leve sabor a chocolate cuando había tratado de reanimar a Agnes. Oyó sirenas a lo lejos.
—¡Luke! ¡Ha dejado de respirar! ¡Agnes, no!
Therese comenzó a gritar, confundida, y tomó a su hija entre sus brazos. Sentada en el suelo, se sacudía frenéticamente hacia delante y hacia atrás. Luke se arrodilló y las abrazó a las dos muy fuerte.
3
Ronneby, 5 de octubre de 1991
—Si te digo que es 1787, ¿qué imagen te viene a la cabeza?
El tipo que le hacía esta pregunta a Jenny se llamaba Peter. Tenía veinticinco años, seis más que ella, y hacía medio que había obtenido su MBA en la Universidad de Lund. Llevaba una chaqueta marrón de pana, un pañuelo rojo alrededor del cuello, gafas y bigote. Su aspecto era aristocrático, como el de un dandi inglés; un estilo completamente distinto al del resto de chicos que Jenny conocía.
Hacía seis meses que Jenny había terminado el instituto en Karlskrona con matrícula de honor. Ahora trabajaba en una cafetería. Se había tomado un año sabático y planeaba empezar los estudios universitarios el otoño siguiente.
Se acurrucó en el sofá rojo —recién adquirido en IKEA— de Victoria, la hermana de su novio Stefan. Victoria vivía en un moderno piso de la calle Kungsgatan, en el centro de Ronneby. Acababa de cumplir veintitrés años y había invitado a unos amigos a comer tarta. Planeaba organizar una fiesta más adelante, a lo largo de ese mes.
Peter estaba hundido en un sillón enfrente del sofá y sujetaba un cigarrillo con elegancia. La mesa de centro estaba llena de platos de postre vacíos y de tazas. Hablaban mucho de política, cosa que a Jenny no le interesaba nada. La coalición burguesa había ganado las elecciones y había puesto fin a una etapa de tres legislaturas socialdemócratas seguidas. Justo ese día, el conservador Carl Bildt había tomado posesión del cargo de primer ministro. Peter pensaba que Suecia había regresado al buen camino.
Desde el impresionante equipo de sonido Pioneer, la sedosa voz de Whitney Houston los envolvía: I’m your baby tonight.
A la izquierda de Jenny estaba su novio, Stefan, y a la derecha, la hermana mayor de Stefan, Victoria. De las ocho personas que había en el salón, Jenny solo conocía a ellos dos. La última vez que había estado sentada en un sofá con Victoria había sido dos meses atrás, en casa de sus padres, un domingo a la hora de la merienda. Ese día, Stefan le había presentado a sus padres en medio de un ambiente tenso que Victoria había decidido relajar un poco. De pronto dio un respingo, se apartó de Jenny, se tapó la nariz, rio y dijo: «¡Uy, Jenny! ¿Te has tirado un pedo?».
¡Qué mala había sido Victoria! Jenny quiso que se la tragara la tierra. Intentó protestar, pero no sirvió de nada. Se puso completamente roja. Estaba segura de que toda la familia de su novio pensaba que tenía gases.
Así que esa era la segunda vez en solo unas semanas que se sonrojaba mientras estaba sentada en un sofá. La pregunta de Peter hizo que todo el mundo callara y mirara a Jenny. «¡Odio ponerme roja todo el tiempo!», pensó. Siempre la había incomodado ser el centro de atención. Hablar delante de sus compañeros en clase le suponía una tortura, aunque sabía que era guapa y una de las mejores estudiantes de su instituto. Cuando los profesores repartían los exámenes y anunciaban las notas en voz alta, una costumbre en las aulas de Suecia, casi siempre era ella quien había obtenido los mejores resultados. Pero le molestaba terriblemente oír su nombre y que todo el mundo la mirara. El calor se le subía a las mejillas automáticamente. La cosa se había salido tanto de madre que a veces le ocurría incluso antes de que repartieran los exámenes: se sonrojaba solo de pensar que pronto iba a ponerse roja.
En el salón de Victoria, todos miraron a Jenny. Los pensamientos se le arremolinaron en la cabeza. Se sintió presionada y nerviosa. De modo que, naturalmente, se ruborizó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Peter sonrió.
—Bueno, piensa en 1787. Y trata de proyectar una imagen que asocies a este año.
Jenny dudó, pero se sentía obligada a responder.
—Mujeres con vestidos bonitos —dijo—. Un baile. —Soltó una risita y miró a Peter.
—Muy bien —sonrió él—. ¿Dónde estás?
—No lo sé.
Peter no se rindió.
—¿Qué pensamiento ha venido a tu cabeza la primera vez que te he hecho la pregunta?
—Mmm. ¿París, quizás?
—¡Genial! ¿Qué lugar concreto de París? ¿Ves algún edificio?
Jenny cerró los ojos. Se agarró a la primera imagen que le vino a la cabeza.
—Un palacio. Versalles.
—¡Muy bien, Jenny! Y en el baile, ¿tú quién eres?
—¿Yo?
—Sí. ¿Te ves allí? ¿Quién eres?
Jenny cogió su taza y dio un sorbo de té para ganar un poco de tiempo.
—No lo sé. ¿Quizás una de las personas que baila?
—Descríbete.
Jenny volvió a cerrar los ojos. Bajo sus párpados, visualizó un gran salón de baile lleno de gente engalanada con ropa del siglo xviii. Luego vio a una bella mujer joven con un vestido de baile blanco. Reía y bailaba.
—Llevo un vestido blanco. También peluca, porque el peinado es muy voluminoso y está adornado con perlas. Ah, y una máscara.
Se quedó en silencio, un poco sorprendida por todos los detalles que acababa de revelar, aunque sospechaba de dónde podía haberlos sacado. El año pasado habían leído sobre la Revolución francesa en clase. A ella le había fascinado la historia de María Antonieta y había cogido un libro prestado de la biblioteca sobre ella. En el salón no se oía ni una mosca.
—¿Quién eres?
—Una mujer noble de la corte. —La respuesta le llegó de repente—. Mi deber es templar a la reina. Ese es mi trabajo. —Sonrió y miró a los demás. Le devolvieron la sonrisa.
—¡Fantástico! —dijo Peter—. ¿Hay alguna razón por la que creas que has visto esta imagen en particular?
Peter se inclinó hacia Jenny. La música había parado y la habitación estaba en silencio. Luego le preguntó:
—¿Puede ser que lo que acabas de contarnos sea un recuerdo y no solo fruto de tu imaginación?
Jenny miró a su alrededor. Los demás la observaban con interés. Estaba claro que para ellos aquella conversación no era extraña. Se dirigió a Peter:
—¿Te refieres a que en una vida pasada fui una mujer noble en París? —Soltó una carcajada—. Sí, quizás sí. Pero también puede ser que me esté acordando de un libro sobre María Antonieta que cogí prestado de la biblioteca hace unos meses.
—¿Por qué crees que estabas interesada en María Antonieta? —respondió rápidamente Peter.
Quizás lo que decía tuviera sentido, pensó Jenny. Aquel periodo histórico la fascinaba. Al leer el libro, había deseado vivir en París en el siglo xviii, estar allí. Le gustó pensar que quizás se había alojado en el palacio de Versalles. Y le atraía la idea de las vidas pasadas.
—Mucha gente cree en la reencarnación —continuó Peter, que seguía inclinado y ahora estaba apagando su cigarrillo en un grueso cenicero de mármol—. Más de mil millones de personas en todo el mundo, contando solo a los budistas y los hinduistas. ¿Quién dice que los occidentales tienen razón?
Jenny afirmó con la cabeza.
—No todo el mundo ha tenido una vida tan interesante como la tuya —añadió Max, uno de los chicos—. A finales del siglo xviii, yo era un granjero piojoso del montón en la provincia de Escania.
Todo el mundo rio. Hubo muchas más carcajadas durante el resto de la velada, además de otras conversaciones sobre vidas pasadas y acaloradas discusiones sobre la calidad de la música de Nirvana y sobre si Mikhail Gorbachev debía ganar el Nobel de la paz ahora que había muerto. Jenny estuvo a gusto con aquellas personas. Aunque era mucho más joven que los demás, sintió que la respetaban y que estaban genuinamente interesados en ella. Eran inteligentes y simpáticos, y no se preocupaban solo de ellos mismos. Jenny no estaba acostumbrada a rodearse de gente así.
Eran las once y media de la noche cuando Stefan y Jenny se fueron del piso y se dirigieron a la parada para coger el último autobús a Karlskrona.
—Los amigos de Victoria son muy interesantes —dijo Jenny.
—Sí, son majos —dijo Stefan—. Todo eso de las vidas pasadas es bastante atractivo.
—A mí me cuesta aceptarlo —dijo Jenny—. Pero las imágenes que me han venido a la cabeza se iban haciendo más y más concretas a medida que Peter me iba haciendo preguntas. ¿Y si somos almas que van saltando de cuerpo en cuerpo? Me encantaría que fuera verdad.
Anduvieron en silencio durante varias decenas de metros. En la parada, esperaron de pie. El autobús tardaría cinco minutos en llegar.
—¿De qué los conoce Victoria? —preguntó Jenny.
—Uno de los chicos, Max, es amigo suyo desde la escuela primaria —respondió Stefan—. La mayoría siempre ha vivido en Karlskrona, pero otros fueron lejos a la universidad y acaban de volver. Mi hermana me ha dicho que algunos forman parte de un grupo religioso que cree en la reencarnación. Cienciología, se llama. No tiene nada que ver con Jesús ni con el cristianismo. Creo que solo están interesados en este asunto de las vidas pasadas y en aprender técnicas comunicativas. A Victoria todo esto no le llama demasiado la atención, pero le caen muy bien.
—Y a mí —dijo Jenny.
—Sí, ya me ha dado cuenta —dijo Stefan, sonriendo y rodeándola con el brazo—. Qué, ¿Peter te ha parecido guapo?
—Idiota —dijo Jenny—. No es eso.
Y miró hacia otro lado para que Stefan no viera que se había puesto roja.
4
Miércoles, primera hora de la mañana en el parque Hogland. Había pasado un día y medio desde que habían encontrado a un padre y a su hija de cuatro años muertos en un piso a 750 metros de allí. El sol salía, pero con precaución. Una silenciosa niebla matutina cubría la ciudad, que estaba construida sobre treinta y tres islas. La niebla evitaba que el sol aterrizara y alcanzara las pocas almas madrugadoras que ya habían salido de sus casas en Trossö, la isla más grande de Karlskrona.
Una de aquellas almas era Luke Bergmann. A él no le importaba lo más mínimo si brillaba el sol o si diluviaba. Ni siquiera se habría dado cuenta.
Estaba sentado en un banco del parque con la mirada fija en la bolsita que un camello le había puesto en la mano. La bolsita contenía alivio. Posiblemente también muerte, pero, por encima de todo, un dulce alivio. Y eso era lo que él quería.
Había resistido la tentación durante dieciséis años. Desde que había aterrizado en Karlskrona no había caído en ese agujero ni una sola vez. Pero, aunque el deseo se hubiera apaciguado, siempre había estado allí.
Llevaba papel de fumar de la marca Rizla en el bolsillo y el camello le había dado una caja de cerillas. Tenía todo lo que necesitaba.
Se visualizó a sí mismo a los trece años, la primera vez que había fumado. Fue el día de la muerte de su madre, que falleció por una sobredosis de heroína. Todavía recordaba lo que aquel canuto le hizo sentir: liberación. Una sensación de calidez en el centro de su cuerpo expulsó toda la ansiedad, la angustia y el pánico.
Después de eso, siguió fumando marihuana. Para él era suficiente. El resto de chicos de la pandilla consumían todo lo que pillaban: crack, éxtasis, heroína, alcohol. Pero Luke no.
Cogió el papel de fumar y lo enrolló retorciendo un extremo. No quería usar filtro ni mezclar tabaco. El sol empezaba a desplegar su calor. Un grupo de jóvenes con monos de color naranja, el uniforme de su empleo de verano, recogían basura cerca de la zona de juegos. Luke sostuvo el porro entre los dedos.
La primera noche tras la muerte de Viktor y Agnes no había pegado ojo. Se tumbó y solo fue capaz de dar vueltas en la cama. Sudó. No podía dejar de pensar. La segunda noche la pasó dormitando, instalado en una especie de purgatorio entre el sueño y la vigilia, y tuvo pesadillas sobre la muerte. Todas trataban de lo mismo: el primer tipo al que había matado en una pelea de bandas en la calle Troutman de Brooklyn, veinticuatro años atrás —un adolescente afroamericano de dieciséis años de los Navajas negras— corría hacia él con los ojos abiertos como platos, drogado, mirándolo fijamente y blandiendo un cuchillo de carnicero. Luke vio que el filo cortante del cuchillo se acercaba a su cara y se quedó paralizado, esperando que el acero se clavara en su frente. Se despertó justo en el momento de la muerte, seguro de que todo había terminado. Confundido, saltó de la cama para escapar, y cuando recobró la conciencia estaba jadeando con el pulso acelerado.
Dos chicos jóvenes enfundados en sus monos y con bolsas negras de basura se acercaron al banco donde estaba Luke. Él se metió el porro en el bolsillo y se levantó. Decidió irse a casa y fumárselo allí.
El martes había llamado a Åsa Nordin, su jefa en Ekekullen, para contarle lo que había ocurrido y pedirle permiso para tomarse unos días libres. Ekekullen era una casa de acogida de Rödeby para jóvenes con un historial de delitos y consumo de drogas. Luke acababa de empezar a trabajar allí. Antes se había ocupado durante ocho años de una casa de acogida similar en Listerby, a las afueras de la ciudad de Ronneby.
Amanda, su exmujer, lo había llamado ese mismo día. Se había enterado de lo que había ocurrido y estaba desolada. También conocía bien a Viktor y había coincidido con Agnes unas cuantas veces. Luke no había hablado con nadie más en las últimas veinticuatro horas.
Tardó quince minutos en llegar a casa, a su pequeña cabaña del barrio de Björkholmen. No era para nada espaciosa y tenía los techos bajos. Los trabajadores del astillero que habían vivido allí a finales del siglo xvii debían de ser pigmeos. Cuando acababa de mudarse, Luke, que medía casi dos metros, se dio en la cabeza con las vigas del techo más de una vez, pero pronto aprendió dónde tenía que agacharse. Hacía cuatro años que se había enamorado de la pequeña cabaña, nada más verla. Era lo más lejos que se podía estar de Williamsburg, en Brooklyn, donde había crecido. Su casero había equipado la cabaña con un jacuzzi, una cocina moderna, una estufa de leña y un patio pequeño pero precioso. Justo allí estaba lo mejor de todo: un muelle privado con una barca a menos de cincuenta metros de la puerta de entrada. Gracias a ella, descubrió la tranquilidad que le daba remar. Cuando hacía buen tiempo, le encantaba ir a dar una vuelta por la tarde. A veces se llevaba la caña de pescar y volvía a casa con un lucio o una perca para la cena.
Fue al dormitorio, sacó el porro y las cerillas y los dejó en la mesita de noche. Miró una gran foto en blanco y negro, donde aparecía él en una de sus competiciones de lucha libre. Estaba enmarcada y colgada encima del cabecero de la cama. Le habían tomado aquella foto a los diecinueve años, cuando solía tratar de parecer un tipo duro. Qué ridículo. La descolgaría en cuanto tuviera fuerzas para hacerlo.
Estaba hambriento. El porro tendría que esperar. No había comido en dos días. Con la cabeza en otra parte, fue a la cocina. Abrió el congelador, sacó un plato preparado y lo metió en el microondas.
Luke y Viktor habían sido amigos íntimos durante diez años. Se habían conocido a través de sus mujeres, que eran profesoras en la misma escuela de secundaria de Karlskrona.
Ninguna de las dos parejas tenía hijos, cosa poco común entre la gente de su edad, y empezaron a quedar. Luke y Viktor se cayeron bien desde el primer momento. Aunque hacía años que Luke vivía en Karlskrona, no había hecho demasiados amigos más. Cuando se mudó, dedicaba todo su tiempo a aprender el idioma y a intentar adaptarse a la cultura sueca. Además, al principio de vivir en Suecia, se desplazaba a diario a Jämshög, a ochenta kilómetros de Karlskrona, para terminar sus estudios de Trabajo Social.
Nunca antes había tenido un amigo con quien le resultara tan fácil y cómodo hablar, aunque parecieran diametralmente opuestos. Viktor era extrovertido, abierto y se interesaba mucho por los demás. Luke era un lobo solitario, hablaba más bien poco y a veces daba la impresión de ser huraño. A Viktor le costó horrores conocer bien a Luke. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que Luke le contara el secreto que solo su mujer sabía: que su pasado incluía una vida de drogas y crimen en una banda de Williamsburg y un trabajo como guardia de seguridad para la mafia israelí de Nueva York, además de un vuelo en 1997 a Londres, donde se había enamorado locamente de Amanda, de Karlskrona, que trabajaba como au pair. Y todo lo que vino después: el traslado a Karlskrona, los cursos de sueco, las clases de adaptación y los estudios en Jämshög para convertirse en trabajador social. A Viktor le fascinaba el camino vital de Luke y, sobre todo, el tipo de terapia que había hecho. Habían pasado horas y horas hablando sobre las diferencias entre los distintos tipos de terapia.
2008 fue un año terrible para Viktor. Su mujer, Lotta, se quedó embarazada después de años de intentos. Por fin iban a tener un bebé. Pero Lotta empezó a sufrir unos dolores de cabeza horribles y problemas de visión. Resultaron ser síntomas de un tumor cerebral y ella y su hijo nonato murieron solo cuatro meses después del diagnóstico. Viktor, destrozado, cayó en una profunda depresión de la que solo se salvó al conocer a Therese, unos meses después. Therese era nueve años más joven que él y de una belleza cautivadora. Viktor se enamoró de ella al instante. Al cabo de tres meses de relación, Therese estaba embarazada. Se casaron medio año después, casi al final del embarazo. Entonces llegó el siguiente golpe. Cuando Agnes tenía solo seis meses, Therese le dijo a Viktor que ya no sentía nada por él y que iba a volver con su exnovio, de quien seguía enamorada. Se mudó y se llevó a Agnes con ella. Aquello fue demasiado para Viktor, que tuvo que recibir ayuda psiquiátrica. Esta vez, la depresión fue aún más profunda, y le costó meses de terapia de crisis volver a ser el que era.
El matrimonio de Luke se había roto un año antes que el de Viktor, cuando Amanda se cansó de ver a su marido más interesado en la vida de los adolescentes drogadictos con los que trabajaba que en la de ella. Además, Amanda quería tener hijos, y cuando Luke se negó, le dio un ultimátum. Luke tuvo que elegir entre los hijos o el divorcio, y eligió el divorcio. Así que cuando Viktor cayó en su segunda gran crisis, Luke tenía muchísimo tiempo libre. Prácticamente se mudó con Viktor y lo ayudó, asegurándose de que se cumpliera el régimen de visitas de Agnes. Estaba convencido de que solo gracias a Agnes su amigo había vuelto a ser feliz. Amaba a su hijita más que a nada en el mundo. Y ahora los dos estaban muertos.
Mientras Luke se comía una pechuga de pollo calentada al microondas que no sabía nada, rememoró las dos imágenes que ya jamás olvidaría: la de Viktor colgando de la puerta del baño y la de Agnes tumbada sin vida sobre la alfombra turquesa. Y volvió a hacerse la pregunta que centraba todos sus pensamientos desde el lunes: ¿cómo podía ser que Viktor no solo se hubiera quitado la vida, sino que también se la hubiera arrebatado a Agnes? Y si de verdad era capaz de hacer algo tan horrible, ¿cómo a él se le podían haber pasado por alto las señales? Había notado a su amigo extrañamente feliz el sábado por la noche. Le había hablado de sus viajes a Rusia, de que iba a volver a Kaliningrado. Tenía algo gordo entre manos, pero no le había querido dar demasiados detalles. ¿Se había comportado así para esconder sus verdaderos planes? ¿Por qué diablos no le había dicho nada, si tan mal se sentía?
Luke estaba furioso. Nunca podría entender a los suicidas. ¿Qué pasa por la mente de una persona que ha decidido hacer algo tan irreversible? ¿Por qué su amigo había escondido aquellos pensamientos destructivos? ¿Por qué no había confiado en él?
Miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Volvió al dormitorio y vio el porro. Al día siguiente contactaría con la psicóloga de Viktor. Necesitaba entender por qué.
Lo había decidido después de hablar por teléfono con la policía. Lo habían llamado para que el jueves por la tarde acudiera a la comisaría a leer su testimonio y a contestar algunas preguntas más sobre lo ocurrido. Después de hablar con ellos, esperaba que la psicóloga de Viktor lo recibiera. Tenía que hacerlo, por Viktor. Cogió el porro y la bolsita de hojas verdes. Fue al baño, vació su contenido en la taza del váter y tiró de la cadena. De vuelta a la cocina, cogió de la bodega una botella grande de ron Capitán Morgan que aún conservaba el precinto, se sentó a la mesa de la cocina, la abrió y empezó a beber. Así adormecería sus sentidos sin caer de lleno en la más absoluta oscuridad.
5
Le volvían a picar los huevos. A Thomas Svärd siempre le ocurría por la noche, y entonces el picor lo despertaba. Se rascó con el pulgar y el dedo índice y luego pasó las uñas, una tras otra, por la zona afectada. Era una sensación agradable, pero al rato empezaba a preocuparse por si, de tanto frotarse, empezaba a sangrar y el placer se convertiría en dolor.
Encendió la luz, se bajó los calzoncillos y echó un vistazo. Detectó una leve rojez y se preguntó si se la habría provocado él mismo al rascarse o si serían hongos. El muñón de lo que una vez había sido su polla estaba ahí. Era un pequeño colgajo de piel que medía unos pocos centímetros. Todavía se mareaba cuando lo miraba, así que intentaba ignorarlo.
No siempre podía. A veces lograba olvidarse de él. Sin embargo, eso era negar la realidad. En las últimas semanas, se había ido haciendo más y más consciente de su situación. Ya no tenía pene. Nunca volvería a follar. Nunca volvería a sentir el placer de la penetración. Nunca volvería a tener un orgasmo.
Lo peor de aquella desgracia era que seguía excitándose tanto como antes, sobre todo por la mañana. A menudo soñaba que follaba, revivía aquellos momentos con las niñas y se levantaba cachondo. Pero ahora ya no se podía desahogar.
Aquello era increíblemente cruel. Hubiera sido mejor deshacerse de ambas cosas: la excitación y la polla. De hecho, si hubiera podido deshacerse de la excitación no lo habría pasado tan mal, aunque estar vivo no hubiera valido tanto la pena. Pero perder el instrumento que le había proporcionado experiencias tan maravillosas era, probablemente, el peor castigo que le podían haber infligido. La tortura más implacable.
Ahora, cuando se excitaba, se sentía como un león en una jaula. Tenía que moverse, caminar sin descanso y forzarse a pensar en otras cosas para distraerse. Trataba de invocar pensamientos que lo incomodaran. Algo que solía funcionar era recordar el incidente de la bañera, que le había ocurrido a los doce años. Más o menos un año antes había descubierto lo que pasaba cuando movía arriba y abajo la piel de su pene, y fue una grata sorpresa. Sentado en el baño, tiró de su salchicha. Como le gustó, empezó a tirar más rápido y el placer fue en aumento. De pronto, un chorro blanco salió disparado de la punta y aterrizó en la alfombrilla. Debió de emitir algún tipo de sonido, porque su madre llamó muy fuerte a la puerta del baño y le preguntó qué hacía. Él entró en pánico y se puso a limpiar aquella mancha blanca y pegajosa con papel higiénico. Cuando abrió la puerta y salió, su madre lo miró con suspicacia, pero por suerte no podía saber lo que había hecho.
El día del incidente estaba tumbado en la bañera y la puerta se abrió de golpe. Había olvidado cerrarla. Mamá entró y, al ver lo que estaba haciendo, se puso hecha una furia. Se fue, volvió con una olla llena de agua hirviendo y la volcó sobre su pene erecto. Por suerte, tuvo tiempo de sumergirse un poco en la bañera, pero gran parte del agua hirviendo lo salpicó. Él aullaba de dolor y su madre estaba como loca, echaba chispas. «¡Esta es la perdición de los hombres! ¡Si haces eso, irás al infierno!», le gritó. Lo obligó a leer la Biblia cada tarde durante tres semanas. Al finalizar la lectura le pegaba para «sacarle el demonio de dentro».
Todo empezó más o menos por entonces, pero el engranaje se puso realmente en marcha solo unas semanas después. El hijo del vecino, Patrick, que tenía catorce años, había montando una tienda de campaña en el bosque. Estaban jugando a indios y vaqueros, y después se reunieron en la tienda. Patrick le ordenó a Susanne, que tenía doce años, que se quitara los pantalones y la ropa interior y se tumbara boca arriba. Había cinco niños más. Patrick se deshizo de los pantalones y los calzoncillos. Le había salido un poco de pelo alrededor de la polla. Thomas no pudo apartar la vista. Era la primera vez que veía el pene erecto de otra persona, largo y puntiagudo. Patrick se lo agarró y se tumbó encima de Susanne, que estaba ahí tirada, en silencio. Entonces empezó a follársela. Pero el sonido de unas voces que se aproximaban lo interrumpió.
Aunque Patrick se había quedado a medias, a Svärd la escena lo había impresionado mucho. La suave vagina de Susanne, libre de pelos negros asquerosos. La lanza puntiaguda acercándose y penetrándola. En aquel momento había entendido para qué servía aquella herramienta.
Se sentó en la cama, descansó los pies en la alfombra sucia y andrajosa, encendió un cigarrillo y miró el reloj. Las doce y media de la noche. Tenía que mear. Se levantó y recorrió los dos metros hasta el baño. Desde el ataque de hacía un año, no soportaba orinar. El chorro salía disparado en todas direcciones, y el líquido se dispersaba, salvaje. El médico había hecho lo que había podido, pero lo que quedaba del orificio de la uretra ahora funcionaba más o menos como un aspersor en un día caluroso de verano.
El baño no era grande. Construido a mediados del siglo pasado, por lo menos era bastante bonito y luminoso, pero también era estrecho, y Svärd se había acostumbrado a entrar de culo. Estaba completamente alicatado y el mango de la ducha colgaba de la pared de detrás del inodoro. Cuando se duchaba, todo el baño quedaba empapado y después tenía que pasarse quince minutos fregándolo. Imposible que cupiese más de un hombre en aquel maldito búnker.
Se levantó y tiró de la cadena. Fue al salón, se sentó a la pequeña mesa desvencijada y encendió el portátil. Necesitaba completar los datos del siguiente encargo, pero antes de hacerlo entró en SexNordics BBS. Se metió en su galería de fotos y vio que tenía mensajes nuevos. Un imbécil de Dallas decía que su última foto de Sandra era falsa. Seguramente había buscado las marcas de nacimiento y ahora estaba convencido de que la niña de la foto no era ella. También le pedía otra foto de Sandra, pero más joven; una chica de trece años era demasiado mayor para su gusto.
Svärd sopesó el comentario de aquel tipo. Había ganado mucho dinero con las fotos de Sandra, pero no era suficiente. La demanda del rango de edad de cuatro a seis años había subido. Había locos que estaban dispuestos a pagar hasta cien euros por una foto de una niña de cuatro años desnuda en una pose sexy. Leyó el resto de mensajes y maldijo. Ninguno de aquellos cabrones estaba dispuesto pagar; solo eran imbéciles que querían descargarse las imágenes gratis, a quienes no les importaba que hubiera marcas de agua, porque lo único que querían era admirar su exquisita colección.
Entró en la cuenta del banco y revisó el saldo. Todo lo que tenía eran 258,54 euros. Maldita sea, con eso no podía pagarse ni un vuelo. Tenía que conseguir más dinero.
Se pasó una hora buscando guarderías en el barrio de Kungsholmen, en Estocolmo: había más de veinte. Entró en todas las páginas para ver cuáles estaban abiertas durante el verano y se sorprendió al encontrar siete. Redactó una carta para postularse como profesor sustituto y la mandó a las siete, junto con su diploma falsificado de la Universidad de Linné y un currículum inventado. Usó su antiguo nombre falso, Gustav Thordén. Estaba seguro de que alguna de aquellas guarderías haría las llamadas correspondientes para comprobar que todo era verdad. Pero, incluso si llamaban, les resultaría casi imposible encontrar a alguien durante las vacaciones. Y si estaban desesperadas por contratar a alguien, quizás se saltaran esa parte del proceso.
Después consultó la previsión meteorológica para el día siguiente en una página web: soleado y caluroso todo el viernes. Como era la temporada de vacaciones, las zonas de juegos estarían llenas de familias con niños pequeños. Cerró el portátil y se metió en la cama con una media sonrisa en los labios.
6
Karlskrona, 6 de diciembre de 1991
—Luego quiero que vayas corriendo a casa de mi madre. Mira qué ropa lleva, vuelve aquí enseguida y dime lo que has visto. Hantverkargatan 17 A, tercera planta. Podrás encontrarlo, ¿verdad?
Jenny suspiró por lo bajo. Aunque a regañadientes, admiraba a aquel jugador de fútbol a quien todo el mundo llamaba Piddle y que se había atrevido a retar a Peter. Miró a Piddle, que a su vez miraba a Peter con atención. Ya no bromeaba. En los últimos minutos, las mejillas se le habían enrojecido, el volumen de su voz había aumentado considerablemente y su tono se había endurecido.
Piddle, que en realidad se llamaba Per Johansson, era la estrella de Karlskrona AIF, el equipo de fútbol de la ciudad. Estaba allí porque era amigo de Affe, que iba camino de meterse de cabeza en la cienciología (aún no estaba convencido del todo, pero le faltaba poco). Piddle era popular entre la gente joven de la ciudad. Había estudiado en la Universidad de Växjö para ser maestro. Inteligente y atractivo, su futuro como jugador de fútbol prometía, lo cual no era muy común entre los jugadores de Karlskrona. A Jenny le caía bien, pero pensaba que aquella noche se podría haber dejado el pañuelo palestino en casa. Seguro que lo llevaba para provocar. Había oído a los demás hablar de él. Decían que era comunista. El comunismo no estaba nada bien visto entre los cienciólogos, de eso no tenía ninguna duda.
Affe jugaba en la liga juvenil de fútbol con Piddle y le habían encargado que captara su interés. Esa era la estrategia: conseguir que gente popular, inteligente y famosa de la ciudad sintiera curiosidad por el movimiento; luego otros los seguirían. La idea había salido del Centro de Famosos de Hollywood, dirigido con éxito por un grupo de cienciólogos durante más de diez años. Habían conseguido reclutar al actor favorito de Jenny, John Travolta, la primera estrella internacional en convertirse a la cienciología. Jenny casi se cayó de la silla cuando Stefan se lo contó. ¡John Travolta! Y el año anterior, Tom Cruise también se había unido al movimiento. Eso era importante, porque si ellos formaban parte de la cienciología, es que algo genial debía de tener.
Aquella noche estaban tomando té en el piso de Peter, situado en la calle Vallgatan. Los había invitado para celebrar que había alcanzado el estado TO III de la cienciología, thetán operante nivel tres. Eso significaba que estaba tres niveles por encima del primer nivel de oyente, llamado Claridad, y que por lo tanto ahora podría abandonar su cuerpo y actuar en el mundo material solo con la fuerza de su mente. A Jenny eso la inquietaba un poco. ¿Y si de pronto Peter aparecía en su casa cuando ella estaba a punto de ducharse o se dedicaba a sobrevolar su cama en mitad de la noche?
Había candelabros con velas encendidas en el suelo, una gran cabeza de Buda tallada en madera de nogal los miraba desde el escritorio, una impresionante lámpara de araña colgaba como un débil sol encima de una mesita de centro de estilo art déco, redonda y con las patas curvas. El salón parecía una tienda de antigüedades, un museo de la galantería de otros tiempos y de la burguesía sueca que había invadido la provincia de Blekinge a finales del siglo xvii.
En la mesita de centro había té de grosella negra y bocadillos, mermelada de moras de Robinson y el aperitivo favorito de Peter: quesitos de La vaca que ríe. En los altavoces sonaba Like a prayer, de Madonna. Diez personas estaban sentadas en el pequeño salón, algunas en el suelo y el resto repartidas entre el sofá de piel marrón y los sillones. Jenny y Stefan ya se sentían parte del grupo. Tras la primera noche en Ronneby, habían quedado varias veces con ellos para tomar café. En esas veladas, Jenny había aprendido mucho sobre la cienciología. Peter, y Mikael, Fredrik y Maria, que también eran agradables, inteligentes y sofisticados, le habían abierto un mundo completamente nuevo.
Aquella era la primera vez que alguien osaba contradecir a Peter, cuestionar lo que decía, y el salón enmudeció tras el reto de Piddle. Stefan bajó el volumen de la música. A Jenny le interesaba mucho saber cómo saldría parado Peter de todo aquello, aunque no creía que Piddle tuviera ninguna oportunidad. Todo el mundo estaba pendiente de Peter, que miró a Piddle con atención y sonrió.
—¿Por qué debería hacerlo? No necesito demostrarte nada. Esta habilidad no debe usarse para jugar, sino para cosas más importantes.
Piddle miró a su alrededor, a la docena de chicos y chicas que se habían congregado allí. Levantó las manos.
—Pero aquí hay unas cuantas personas, creo, que puede que duden de que tú, tu alma o como quieras llamarlo pueda abandonar tu cuerpo. Quizás duden incluso de la existencia del alma. Esta es tu oportunidad para convencernos. Venga, Peter, ve y compruébalo. Luego yo llamaré a mi madre y veremos si tienes razón.
Peter se echó para atrás y se acomodó en el sofá de piel marrón, se acercó la taza a la boca y le dio un sorbo a su té antes de contestar.
—Así que no crees que tengamos alma. ¿Piensas que simplemente somos trozos de carne que satisfacen sus necesidades primarias durante unos cuantos años y luego nos entierran y nos convertimos en polvo?
Dejó la taza en la mesa y muchos sonrieron. Jenny ya había oído esos argumentos antes. Le gustaban.
Piddle no se rindió.
—No cambies de tema, Peter. Ve ahora para que podamos comprobarlo. Si aciertas la ropa que lleva mi madre, te prometo que me inscribiré en la iglesia y empezaré a trabajar mañana mismo —dijo Piddle mientras levantaba la mano como si estuviera haciendo un juramento.
Los seguidores devotos de la cienciología firmaban un contrato mediante el que se comprometían a trabajar para la iglesia las tardes y los fines de semana durante dos años y medio. A cambio, tenían acceso a determinadas terapias y cursos gratis.
—No te esfuerces. —Peter levantó un poco la voz—. No voy a hacerlo. No jugamos con estas cosas, ya te lo he dicho.
Jenny empezó a dudar. Aquello era un poco extraño. En realidad, Peter tenía una oportunidad perfecta para hacer callar a Piddle de una vez por todas y convencer a quienes todavía mostraban reticencias. ¿Por qué no lo hacía? Peter estaba a punto de terminar aquel debate en una posición subordinada muy poco natural: Jenny nunca lo había visto perder una discusión. Y seguro que ella no era la única que estaba pensando eso. La duda se coló en su interior. ¿Era posible que en realidad Peter no pudiera abandonar su cuerpo?
—Supongo que comprendes que eso no suena especialmente creíble —continuó Piddle—. Aseguras que has alcanzado un determinado estado, ¿cómo lo has llamado?
—TO. Thetán operante. El tercer nivel.
—Exacto. Eso significa que puedes abandonar tu cuerpo, lo que te permite hacer ciertas cosas. ¿O solamente puedes mirar? ¿Puedes o no hacer otras cosas?
—Recuperas habilidades que te permiten impactar en lo que llamamos MEST[1] sin depender de tu cuerpo. Recuperarlas es el término correcto, ya que son habilidades que teníamos en el pasado. Incluso los materialistas como tú, Piddle. —Peter miró alrededor y sonrió. La sonrisa le fue devuelta.
Piddle rio por lo bajo.
—¡Qué inteligente era Hubbard! ¿Qué chaval de diez años no ha soñado con ser invisible para dedicarse a hacerles trastadas a los demás? Hubbard robó ideas del budismo y del hinduismo para crear su propia pócima, y luego la formuló de manera que pareciera científica. Se inventó unos cuantos ejercicios y dijo: «¡Voilà, una nueva religión!». Su objetivo era convertirse en un Superman invisible que lucha contra el mal. Y con el tiempo, su cuenta bancaria fue creciendo más y más. Porque Hubbard era un escritor de ciencia-ficción fracasado. Escribía tan mal que no conseguía ganarse la vida con la literatura. Por eso, en lugar de seguir escribiendo, decidió fundar una religión. Es la mejor manera de hacerse rico. Él mismo lo dijo.
Jenny pensó que se notaba que Piddle había venido preparado. La historia sobre Hubbard y el dinero no era nueva para ella. Pero sabía que Peter tenía buenas respuestas en la recámara. Escuchar aquella discusión era como mirar un combate de boxeo.
Peter se inclinó sobre la mesa, sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió con calma. Ahora tenía a Piddle en su terreno, y Jenny lo sabía. Ya había sido testigo de esa misma polémica en otras ocasiones.
—L. Ron Hubbard escribió cuarenta libros sobre cienciología. También nos dejó un volumen de diecisiete mil setecientas páginas sobre técnicas y procesos terapéuticos, y un volumen adicional de once mil ochocientas páginas sobre cómo dirigir una organización de cienciología. Impartió más de cinco mil conferencias y trabajó más horas que un reloj durante treinta años. ¿De verdad crees que una persona que solo quisiera hacerse rica invertiría tanto tiempo en un negocio? ¡Ni siquiera tuvo tiempo de disfrutar del dinero, por el amor de Dios! Habría sido mucho más fácil vender el producto de cualquier otro.
—Lo que tú digas —contestó Piddle—. Está claro que crees que es un genio, y ya veo que no eres el único que lo piensa. Pero yo solo quiero una prueba. Dame una evidencia de que puedes abandonar tu cuerpo y te seguiré en cuerpo y alma.
—Hay muchísimas evidencias —respondió Peter—. El Instituto de Investigación de Stanford, en California, ha analizado algunas habilidades de los TO que pueden abandonar su cuerpo. Un tipo, Ingo Swann, les demostró que era capaz de ver lo que ocurría en otros lugares, y dejó a los científicos completamente perplejos. Las evidencias se suceden experimento tras experimento. El gobierno de Estados Unidos está invirtiendo millones de dólares en investigación porque cree que los rusos nos llevan la delantera. Los thetanes operantes de Rusia han desarrollado métodos para modificar bombas atómicas y mísiles a una gran distancia.
—Quiero ver los informes de esos experimentos —dijo Piddle.
Peter volvió a reclinarse en el sofá y soltó una bocanada de humo como quien no quiere la cosa.
—Son estudios confidenciales —dijo mientras apagaba el cigarrillo—. ¿Y sabes qué? Incluso si esta misma noche pudiera mostrarte la información, estoy seguro de que no te rendirías, porque ya has tomado tu decisión. No crees en ello y solo aceptas lo que sostiene tu forma de ver las cosas. Es completamente natural. A esto se le llama «sesgo de confirmación». Nosotros, los cienciólogos, respetamos la libertad de opinión. Tú puedes pensar como quieras. A mí lo que me importa es que las cosas funcionen y que la gente se sienta bien, que todo el mundo pueda crecer y evolucionar hasta convertirse en una persona libre y librepensadora que alcance su máximo potencial.
Peter se quedó en silencio. Piddle lo miró. Una pequeña sonrisa jugueteaba en las comisuras de sus labios.
—Esta noche tu alma no va a ir a dar una vuelta, ¿verdad?
Peter negó con la cabeza.
—De acuerdo. Ya lo tengo claro. Gracias por el picoteo, estaba rico. Especialmente los quesitos de La vaca que ríe. —Se levantó, giró sobre sus talones y salió del piso dando un portazo.
—Piddle es el ejemplo perfecto del lavado de cerebro al que nos han sometido durante los últimos cincuenta años —dijo Peter—. Está completamente encerrado en su cuerpo, secuestrado por una mentalidad materialista. Me da pena. Es nuestro deber intentar que estas personas eleven su estado de conciencia. Tenemos que enseñarles a ver su propia grandeza para que quieran liberarse de la prisión en la que están cautivos. El futuro del planeta está en juego. No podemos ir por ahí jugando con nuestras habilidades. Tenemos obligaciones más importantes.
Peter y Mikael se pasaron el resto de la noche dando lecciones sobre las fuerzas malignas que se habían propuesto boicotear a la cienciología. Dijeron que esas fuerzas malignas llevaban siglos lavándole el cerebro a la humanidad para que la gente se considerara a sí misma un trozo de carne, en lugar de lo que eran en realidad: criaturas de un nivel más elevado. Peter sacó un libro que había sido publicado dos años antes, Operación control de mentes, que revelaba cómo el gobierno de Estados Unidos se había servido de la hipnosis y las drogas para transformar a personas normales en mercenarios y espías.
Hablaron de las culturas altamente desarrolladas que habían existido millones de años atrás. De Atlantis, von Däniken y Jonathan Livingstone Seagull, la gaviota que no quiso ser como las otras gaviotas, que rechazó la felicidad de limitarse a pescar y seguir a la bandada, que quería saber cuáles eran sus límites, cuán alto y cuán lejos podía volar. Al final de la noche, Jenny había olvidado por completo que Pidde había estado allí.
Se sentía como si estuviera drogada. Drogada de cienciología, de aquellas personas que querían hacer tanto bien y que estaban convencidas de que Jenny había empezado a utilizar sus habilidades ocultas. Todo aquello había tocado algo muy profundo dentro de ella, un hilo del que hasta ahora no había sido consciente, que había hibernado en su interior durante los diecisiete años que había durado su vida y que ahora empezaba a vibrar. Un anhelo que había notado en alguna ocasión, pero al que no había sido capaz de darle un nombre. Por primera vez en su vida, se sentía exultante, colmada de una energía poderosa que la hacía invencible.
Cuando Jenny y Stefan estaban a punto de irse, Peter salió al vestíbulo.
—¿Qué pensáis de lo que ha ocurrido antes con Piddle? —les preguntó.
Jenny no estaba segura de lo que debía decir. Stefan contestó:
—Bueno, Piddle es un comunista enajenado, así que no me ha sorprendido nada. Si te soy sincero, no entiendo por qué lo has invitado, pero creo que podrías haberle seguido la corriente. Ahora da la impresión de que algo ha quedado inconcluso, y eso me fastidia. Realmente me habría gustado verte ganar, aunque creo que entiendo tu postura.
Peter sonrió.
—He considerado seriamente aceptar su reto —dijo—. Pero por suerte me lo he pensado mejor. Usar mi habilidad de esta forma está estrictamente prohibido. Además, aunque lo hubiera hecho y hubiera probado que funciona, no creo que Piddle se hubiera rendido. Es un buen chico que quiere hacer lo correcto, pero el comunismo es una ideología engañosa que se abandera con la consideración por los demás para esconder lo que en realidad pretende: la esclavitud. Nosotros queremos emancipar a la humanidad, darle libertad espiritual y física, asegurarnos de que la gente tiene la oportunidad de explotar todo su potencial y de usar este potencial para hacer el bien.
Jenny y Stefan anduvieron en silencio cogidos de la mano el primer trecho desde la calle Vallgatan, donde estaba el apartamento de Peter. Giraron a la derecha en el parque Amiralitet para pasar por Stortoget y llegar hasta Kungsplan, donde Jenny tenía que coger un bus a Hästö. En la calle Södra Smedjegatan, Jenny vio a un grupo de gente de distintas edades que salía en masa de un restaurante elegante. Reconoció a los padres de un compañero de clase de noveno grado, Bosse, y se dio cuenta de que todas aquellas personas eran empleadas de una división del astillero de Karlskrona y que habían celebrado una cena de empresa. Miles de hombres y mujeres aún trabajaban en el astillero, a pesar de todos los recortes de los últimos veinte años. Su padre siempre había bromeado con que los alumnos que no se tomaban en serio los estudios acababan limpiando lonas en el astillero. Bosse había hecho prácticas allí, luego lo habían contratado un verano y, más tarde, consiguió un trabajo fijo de soldador. Todo el mundo lo envidiaba porque de repente tenía un montón de dinero y pronto se mudaría a su propio piso en el centro de la ciudad.
Jenny observó a los trabajadores del astillero, que iban muy arreglados, decirse adiós con la mano, y de pronto fue consciente de lo intrascendentes que eran sus vidas. Mujer, hijos, piso, quizás un coche. Esclavizados desde primera hora de la mañana hasta última hora de la tarde en su mortalmente aburrido y monótono trabajo en alguna máquina. Su único sueño: ahorrar suficiente dinero para comprarse una casa, y quizás también un barco de vela. Uno de madera, porque los karlskronitas despreciaban los barcos de fibra de vidrio.
Ella anhelaba algo distinto. Algo mucho más sustancial que un trabajo, una casa y un barco. Se detuvo y miró a Stefan, que se giró y clavó los ojos en Jenny.
—Stefan, quiero dar un paso más. Quiero asistir a cursos como oyente. Quiero ser una ciencióloga de verdad.
[1]. MEST: Materia, energía, espacio y tiempo, en sus siglas en inglés. (N. de la T.)
7
El día era silencioso como una tumba y abrasador como un horno. En la distancia, el cielo azul se iba aclarando poco a poco mientras el sol se deslizaba sobre las islas. Luke pasó por el parque Hogland de camino a la comisaría. Tenía sed y náuseas. Estaba pagando el precio de haber dejado que el ron corriera por sus venas. Su único consuelo era que se había ido pronto a la cama y había dormido profundamente.
Tres turistas polacos estaban sentados en la terraza de la parada de kroppkakors, una especie de empanadillas de cerdo y patata. Discutían a voces mientras engullían aquellas bolas grisáceas. Justo ahí, Viktor lo había convencido de que les diera una oportunidad. Hasta entonces, se había negado a meterse en la boca aquellas bolas blandurrias. Parecían kneidels, las típicas albóndigas judías que su tía solía servir con la sopa de pollo en su casa de Williamsburg los domingos. Luke las odiaba tanto como los rituales religiosos que sus tíos practicaban a diario. Eran buenas personas, pero estaban totalmente esclavizados por las ceremonias y las leyes judías. Los kroppkakors sabían distinto a los kneidels, y Luke había aprendido a saborearlos. Pero hoy no tocaba. Solo de verlos se le revolvió el estómago, y apartó la vista rápidamente.
Pasó por la zona de juegos, donde un padre consolaba a su hija, que se había caído del columpio circular en el que él había empujado a Agnes hacía solo unas semanas. Agnes había estallado en risas cuando él había empezado a girarlo muy rápido.
La comisaría estaba en la esquina noroeste de Trossö, en un edificio grande, alegre y amarillo. Luke había estado allí antes, y cada vez que lo visitaba recordaba la primera vez que había pisado la comisaría del nonagésimo distrito de policía de Nueva York, en la Union Avenue de Williamsburg. Era 1981, él tenía catorce y hacía un año que había muerto su madre. Luke formaba parte de los Rebeldes del diablo, una de las muchas pandillas callejeras que había en Brooklyn en los setenta y los ochenta. Los Rebeldes del diablo aglutinaban cuatro bandas: los Latin kings, los Leyes homicidas, los Judas y los Reclutadores imperiales. Luke había entrado pronto, con solo trece años. Se había hecho un hueco a puños cuando tres Rebeldes lo atacaron para robarle y Luke luchó como un poseso hasta dejarlos K.O. a los tres. Los rumores sobre aquel chaval enorme y valiente corrieron como la pólvora, y dos días después de la pelea el presidente de los Rebeldes del diablo, Apache, fue a buscarlo para preguntarle si quería unirse a ellos. Aunque Luke dormía en la casa judía de su tía, la pandilla se convirtió en su nueva familia, una familia en guerra permanente con otras bandas rivales de Williamsburg. Allí fue donde Luke aprendió a luchar, con y sin armas.
Después de un enfrentamiento con los Nómadas salvajes, dos policías asquerosos detuvieron a Luke y lo llevaron esposado a la comisaría, donde lo metieron en un minúsculo agujero inmundo. Podía ver a aquellos agentes amargados y descreídos a través del cristal a prueba de balas. Lo tiraron en una celda estrecha en la que pasó dos días, hasta que una trabajadora social lo sacó de allí.
La comisaría de Karlskrona era un espacio abierto, aireado y acogedor. En la recepción había un mostrador de abedul largo adornado con grandes plantas en los extremos. En el fotomatón para hacerse las fotos de carné, una madre y su hijo esperaban para renovar el pasaporte. Al otro lado del mostrador, había dos zonas con sofás rojos y unas bonitas mesas de abedul. Una mujer madura vestida de paisano estaba sentada a la izquierda del fotomatón. Le sonrió y le hizo una señal para que se acercara.
—¡Hola! Me llamo Luke Bergmann. Tengo una cita, pero no recuerdo el nombre de la persona que me llamó —dijo. La mujer miró la pantalla de su ordenador.
—Ha quedado con el detective Anders Loman —respondió ella, y tecleó su número en el teléfono de la recepción. El detective contestó enseguida.
—Recepción. Ha llegado tu visita. —Colgó y se dirigió a Luke—: Anders baja ahora mismo.
Luke se sentó en uno de los sillones rojos de la sala de espera. Hacía cuatro días que habían encontrado a Viktor y a Agnes. No podía quitarse de la cabeza la imagen de su amigo colgando de la puerta del baño, ni tampoco la del cuerpecito sin vida de Agnes en los brazos de Therese. La cita con el detective lo había obligado a salir de la cama, ducharse y dar un paseo.
Tras unos minutos, un hombre llegó a la recepción y se presentó. Era Anders Loman.
—Gracias por venir. Vamos a mi oficina.
Loman tenía unos cincuenta y tantos años, era alto y delgado, estaba en forma para su edad y lucía un bronceado natural como resultado de pasar tiempo al aire libre. Llevaba el cabello cuidadosamente teñido de negro y bien peinado hacia atrás. Cada pelo de su cabeza parecía estar dispuesto de forma exactamente paralela a los demás. Mientras lo seguía hacia el interior de la comisaría, Luke pensó que parecía una reproducción en chocolate del vaquero de Marlboro. Subieron tres pisos y se metieron en una sala que debía de ser su oficina. Al verla, Luke tuvo la impresión de que Anders Loman era muy quisquilloso. Había un montoncito de papeles en perfecto orden sobre su mesa, un ordenador con la pantalla plana, una mesita con un termo de café y dos tazas, y una carpeta verde cerrada en el centro del escritorio. También había archivadores de distintos colores alineados en las estanterías y, en la pared de detrás de la silla, un gravado de Erik Dahlberg, donde se podía apreciar la ciudad de Karlskrona a finales del siglo xvii. Todo estaba meticulosamente dispuesto.
Loman invitó a Luke a que se sentara en la silla de confidente y llenó las dos tazas con café. Se le cayó una gota pequeña en la mesa e inmediatamente sacó un rollo de papel de cocina del cajón y la limpió. Luke cogió la taza, agradecido. Empezaba a sentir un sudor frío y le temblaban las manos.
—Parece que necesita un poco de café —dijo Loman.
—Ayer me emborraché —dijo Luke—. Desde el lunes me cuesta dormir.
—Es comprensible —dijo Loman mientras abría la carpeta verde—. Es una historia muy triste.
Luke no respondió. Anders Loman sacó un documento de la carpeta y lo examinó.
—Luke Bergmann —dijo—. Se mudó de Nueva York a Agdatorp, a las afueras de Karlskrona, en 1997. Graduado en Trabajo Social en 2004 con un título de la Universidad de Jämshög. Asistente en el Centro de Rehabilitación de Apelgården, en Listerby, desde 2004.
—Acabo de empezar a trabajar en Ekekullen, en Rödeby —dijo Luke—. La semana pasada.
Loman lo anotó.
—Una historia interesante —dijo, levantando la mirada—. ¿Puede contarme más sobre cómo terminó en este agujero perdido de la mano de Dios?
—No —dijo Luke—. No entiendo qué podría tener que ver con el caso.
—Nada, en realidad. Solo siento curiosidad. Me gusta Estados Unidos. Viví en el sur de Washington DC durante unos meses a finales de los noventa, cuando estuve en la Academia Internacional del FBI en Quantico. Fue la mejor época de mi vida.
—¿Y cómo es que un policía de Karlskrona tiene unos estudios tan superiores? —preguntó Luke.
—Durante esa época trabajaba para los servicios secretos en Estocolmo —contestó Loman—. Pedí una beca de investigación, me la dieron y, como no tengo familia, vine aquí.
Luke se mantuvo en silencio. Loman se aclaró la garganta.
—Bien, he leído lo que le dijo al sargento Larsson el lunes —prosiguió, mientras cogía otro documento de la carpeta verde—. ¿Quiere volver a leer su declaración para comprobar si sigue siendo correcta? Si lo es, le agradecería que la firmara al final de la última página.
Le acercó el documento a Luke, que empezó a leer. Terminó, firmó y se lo devolvió a Anders Loman.
—Es correcto.
—Muy bien. Gracias. —Loman lo metió en la carpeta verde.
Luke sorbió el café.
—¿Y qué se les ha ocurrido?
Anders Loman se apoyó en la silla y miró a Luke con sus claros ojos azules, que brillaban como dos arándanos aún por madurar en contraste con la tez morena.
—¿Qué quiere decir?
—Pues que qué se les ha ocurrido en relación a lo que pudo pasar. ¿Cómo murieron?
Anders Loman se inclinó hacia Luke. Apoyó los codos en la mesa y juntó sus finos dedos. Soltó un largo suspiro.
—Todavía no tenemos los resultados de las autopsias, así que no podemos estar seguros. Pero si quiere saber cuál es mi hipótesis, se la diré con gusto.
Luke asintió.
—¿Se dio cuenta de que había un tarro con un polvo blanco al lado del ordenador del salón? —preguntó Loman.
Luke volvió a asentir.
—Se llama natrium phenobarbital y se conoce comúnmente como «fenobarbital» —continuó Loman—. Es un veneno que, en dosis muy pequeñas, solo es un somnífero. Pero un gramo es suficiente para matar a una persona. Actualmente lo usan los veterinarios para dormir a los animales. También lo emplean en una conocida clínica de eutanasia en Suiza. En el vaso que había al lado del tarro encontramos polvo mezclado con agua. Probablemente esa fue la causa de la muerte de Agnes Spandel. Hablé con los paramédicos que fueron al apartamento y dijeron que había restos de polvo en la boca de la niña. De la causa de la muerte de su padre no estamos seguros. Probablemente murió por ahorcamiento, pero lo sabremos con certeza en unos días, cuando el departamento forense de Lund nos mande el informe de la autopsia.
—¿Quiere decir que Viktor obligó a Agnes a tomar el veneno? —preguntó Luke.
—No creo que ella lo tomara voluntariamente —contestó Loman—. Se trata de una sustancia terriblemente amarga, y había una tableta de chocolate medio empezada al lado del vaso. Probablemente él le diera el chocolate cuando ella se bebió la mezcla. Agnes la derramó o escupió un poco. La policía científica ha encontrado restos del líquido en el suelo.
Luke negó con la cabeza. Loman lo miró, sorprendido.
—¿Usted no cree que ocurriera así?
—Es que no lo entiendo —dijo Luke—. Me cuesta muchísimo creer que Viktor pudiera hacer algo semejante. ¿Es fácil encontrar ese veneno? ¿Puede comprarlo cualquiera?
—No en Suecia, a no ser que seas un veterinario certificado —contestó Loman—. Mi teoría es que Viktor lo buscó por internet y lo compró en una página extranjera.
Luke se quedó en silencio un momento.
—¿Cuándo murió Viktor? —preguntó.
—Esto tampoco lo sabemos todavía —contestó Loman—. Pero nuestro forense hizo una estimación preliminar de la hora de la muerte alrededor de las ocho y media de la tarde del lunes. La niña murió después, como ya sabe. Usted estaba en el piso en ese momento.
—Media hora antes de que yo llamara al timbre —dijo Luke.
Loman asintió.
—Usted lo conocía bien, según tengo entendido —dijo Loman—. ¿Tiene idea de por qué haría algo tan drástico?
—Es totalmente incomprensible. Lo vi el sábado y estaba de muy buen humor, como siempre. Se encontraba bien.
Loman revolvió los papeles.
—Por lo que nos han dicho, Viktor Spandel había sufrido algunos episodios depresivos recientemente. El último fue cuando su mujer lo dejó en… —Loman cogió un documento y leyó—: 2001, hace tres años. —Volvió a levantar la vista—. Quizás esto lo explica todo. Puede que volviera a estar deprimido y decidiera quitarse la vida y vengarse de su exmujer llevándose a la niña con él. No sería la primera vez que ocurre algo así.
Sus ojos azules se clavaron en Luke. Él se reclinó en la silla e intentó digerir lo que acababa de oír. ¿Vengarse de Therese? ¿Podía ser esa la causa? Viktor se había quedado hecho polvo después de que ella lo dejara, pero era imposible que llegara hasta el punto de matar a Agnes. Viktor no. No era una persona amargada ni vengativa. Y, por encima de todo, nunca mataría a su propia hija.
—Es imposible que Viktor hiciera pasar por eso a su hija, ella era lo que más quería en el mundo.
Anders Loman se reclinó.
—Queremos creer que conocemos a los amigos —dijo—. Pero la gente no siempre nos muestra lo que piensa y siente en realidad. Ni siquiera nuestros amigos más íntimos. ¿Es posible que Viktor no quisiera parecer débil o que quisiera evitar que usted se preocupara? ¿Cuánto hacía que se conocían?
—Diez años —contestó Luke—. Incluso viví con Viktor y Agnes durante algunas temporadas, como hace tres años, la última vez que él pasó por una mala época.
—Entiendo lo terrible que debe parecerle esta hipótesis —dijo Loman—. Créame. Sé lo que se siente.
Anders Loman se inclinó hacia delante y apoyó sus manos en la mesa. Luke pudo apreciar que las tenía muy arrugadas y dedujo que era mayor de lo que parecía.
—Pero también había una especie de nota de suicidio en el piso. Estaba en el dormitorio. Encima de la almohada.
Luke lo miró fijamente. Se le erizó el vello de los brazos. Si Viktor había escrito una nota de suicidio, entonces podría ser que el inspector tuviera razón.
—¿Una especie de nota de suicidio? —preguntó con calma, como si le diera miedo saber más.
—Sí. Es críptica, pero claramente es una nota de suicidio. Usted lo conocía bien. ¿Sabe si Viktor creía en la reencarnación?
—¿Puedo ver la nota?
Anders Loman volvió a abrir la carpeta verde y empezó a pasar documentos. Sacó un trozo de papel metido en una bolsa de plástico y lo dejó enfrente de Luke, que lo cogió con cuidado. En el papel había escrita una sola frase:
Del nacimiento del cuerpo a la
tumba del cuerpo y luego
de nuevo al nacimiento.
El texto estaba escrito a ordenador. Luke leyó la frase varias veces. Tuvo que concentrarse para poder asimilar el significado de aquellas palabras. Estaba claro que tenía que ver con la reencarnación, y estaba escrito como un poema.
Viktor no era aficionado a la escritura, y mucho menos a la poesía. Lo único que escribía eran correos electrónicos de trabajo.
—Esto es absurdo —dijo Luke finalmente—. Hablábamos muchísimo sobre religión y Viktor era agnóstico, como yo, aunque yo nací en una familia judía. Me dijo que cuando era joven fue captado por una secta, pero al cabo de un tiempo logró escapar y durante muchos años se opuso firmemente a cualquier religión. Después del divorcio, relajó un poco su postura y terminó decidiendo que no le importaba si Dios existía o si había vida después de la muerte. Me dijo que ya lo descubriría cuando llegara el momento.
Luke volvió a mirar la frase.
—Además, esto está escrito como un poema. Viktor no escribía poesía. Es más, tampoco la leía. Solo le gustaban las novelas negras y los libros de psicología.
Anders Loman se frotó las manos.
—Suena extraño, eso es innegable —dijo—. Pero la nota estaba ahí, y hemos comprobado que salió de impresora de su casa. ¿Cómo explica esto?
—No lo sé —dijo Luke—. Solo sé que Viktor nunca le haría nada malo a su hija.
—¿Así que cree que alguien los mató? —preguntó Loman—. Si es así, ¿por qué? Por lo que sabemos, no robaron nada del apartamento. Tampoco hay signos de que forzaran la puerta. Además, hemos comprobado la cuenta bancaria y las acciones de Viktor y están intactas.
Luke se cubrió la cara con las manos, se dejó caer hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. No entendía nada. ¿Podía ser que estuviera equivocado sobre Viktor? Obviamente, todo el mundo tiene secretos. Pero ¿por qué iba a mentir Viktor sobre ser agnóstico? No tenía sentido.
Levantó la vista. Anders Loman lo miraba en silencio. Luke asumió que si seguía enrocado en que Viktor no había asesinado a su propia hija, no lograría avanzar.
—Entonces, ¿por qué Viktor no se tomó también ese polvo? —dijo Luke, cambiando de tercio—. ¿Por qué forzar a Agnes a que se lo tomara y luego ahorcarse? Anders se levantó e hizo una señal para darle a entender que la conversación había terminado.
—Sí, buena pregunta. Pero ¿quién sabe? Quizás pensó que era una forma más rápida de llegar a la otra vida. El veneno puede tardar horas en afectar al sistema nervioso y la respiración.
Luke se levantó, encajó la mano de Anders Loman y preguntó si podía ir al piso de Viktor. Dijo que necesitaba recoger algunos libros y cedés que le había prestado.
—Sería mejor que esperara unos días —dijo Loman—. El piso estará precintado hasta que tengamos los resultados de las autopsias. Hemos cambiado la cerradura y está prohibido entrar. Pero en cuanto el acceso esté permitido, me pondré en contacto con usted para que pueda ir a recoger sus cosas.
Luke asintió y salió del despacho. Ya fuera de la comisaría, miró el reloj y lo cegó la brillante luz del sol. Faltaba media hora para su cita con Karin Hartman, la psicóloga de Viktor, que había accedido a hablar con él inmediatamente. Estaba al corriente de lo que había ocurrido.
Se quedó de pie en la acera unos minutos. Ya no tenía náuseas, pero el calor lo mareaba. Tuvo que sentarse para pensar. Vio un banco al otro lado de la calle, cruzó y se sentó. Se sentía como si estuviera dentro de un acuario, mirando lo que ocurría a través del cristal. La imagen que tenía de Viktor había cambiado por completo. Pensaba que lo conocía bien, pero estaba claro que se había equivocado. Viktor tenía ciertas ideas… ideas desesperadas que no compartía con él.
Miró hacia el edificio de la comisaría. Anders Loman lo observaba de pie junto a la ventana. Sus meses de formación con el FBI habían impresionado a Luke. Además, parecía competente y educado. Luke no estaba acostumbrado a eso en lo que respectaba a los policías. Loman lo saludó. Luke respondió levantando la mano y empezó a caminar lentamente hacia el sur de la ciudad.
Ya conocía a Karin Hartman. La había visto algunas veces. La primera había sido dos años atrás, cuando llevó a Viktor a la clínica privada de Ronnebygatan después de que sufriera un episodio depresivo menor. Karin irradiaba inteligencia y competencia, y le cayó muy bien. Sabía que Viktor todavía la visitaba, aunque no tan a menudo como cuando había estado realmente mal. Karin era especialista en depresión e incluso había publicado un libro al respecto.
Luke cogió el ascensor hasta la quinta planta y entró por la puerta señalizada: «Nivel sanitario 5». La doctora compartía recepción y espacio con otros trabajadores autónomos del sector sanitario: un masajista, una osteópata y un especialista en mindfulness. Aquella sala le recordaba a un spa: iluminación tenue, mobiliario en tonos claros, velas aromáticas en los alféizares de las ventanas y una pequeña fuente borboteante que transmitía calma y armonía.
Se dirigió a la recepción y, cuando estaba a punto de tomar asiento en la sala de espera, Karin salió de su despacho. Tenía unos sesenta años y el pelo rubio cortado a lo paje. Era bajita y rechoncha, llevaba gafas de pasta negra y un vestido estampado. Tenía una mirada avispada pero tranquila. Fue hacia Luke y lo abrazó.
—Siento muchísimo lo que ha ocurrido, Luke —dijo—. Ven, vamos a mi despacho.
Si no fuera por el escritorio, podrían haber estado en el salón de una casa particular. Junto a la ventana de principios del siglo xx había dos sillones negros pulcros y elegantes y una mesita redonda de cristal. Una estantería llena de libros de medicina y psicología cubría todo el lateral de la estancia. Bonitas litografías colgaban de las paredes. Y, por supuesto, había un sofá: un mueble cómodo y acogedor, no del estilo austero y geométrico que a menudo aparecen en las películas intelectuales estadounidenses.
Karin invitó a Luke a sentarse en el sofá.
—¿Quieres algo? ¿Café, té?
Le dijo que no.
—Te agradezco que me recibas con tan poca antelación —dijo Luke.
—Es lo menos que puedo hacer. Viktor era un paciente que tenía en gran estima.
Karin parecía una modelo del catálogo de Gudrun Sjödén. Se movía con gracia. «Todavía es guapa —pensó Luke—. De joven debió de ser preciosa». Se sentó en uno de los sillones negros.
—Normalmente solo hablo de los pacientes con sus familiares, si tengo el permiso del paciente, claro —continuó—. Pero no queda nadie vivo de la familia de Viktor, y como me contó que teníais una relación muy estrecha, haré una excepción. Seguramente estés pensando por qué no pudiste anticiparte —continuó Karin, expresando precisamente lo que obsesionaba a Luke.
—He empezado a cuestionar mi juicio —contestó Luke—. No puedo entender cómo se me pasó por alto.
—No eres el único. Yo he estado aquí sentada con Viktor durante muchos meses, hablando detalladamente sobre su vida emocional, y tampoco pude preverlo.
Se reclinó en el sillón, descansó las manos en el regazo y negó con la cabeza mientras hablaba.
—Si lo hubiera visto venir, me habría asegurado de que me visitara con más frecuencia y de que recibiera atención inmediata.
—Entiendo que todavía os veíais a menudo —dijo Luke.
—Venía dos veces al mes. Nos estuvimos viendo cada quince días durante casi un año.
—¿No te parece extraño que siguiera viniendo aquí, que invirtiera tiempo y dinero en una psicóloga, y que no te hablara de los pensamientos destructivos que tenía?
—Viktor confiaba completamente en mí —contestó Karin—. Tuvo ideas suicidas justamente después de salir del hospital, hace más de dos años. Ese es el momento más crítico para las personas con depresión. Pero lo superó, y durante el último año no dijo nada que indicara que tenía planes de este tipo.
—Nunca me habló de estos pensamientos —dijo Luke.
—La mayoría no lo hace.
—¿Pensaba en la religión? —preguntó Luke—. ¿Te contó que cuando era joven estuvo en una secta?
—Sí, pero no me dijo que eso lo afectara en la actualidad. Hasta cierto punto estaba agradecido por la experiencia, aunque lo que vivió fuera una locura. Se lo tomaba como un delirio de juventud.
Karin se acercó a Luke.
—Tú no podrías haber hecho nada, ¿lo entiendes? Te lo garantizo. Es muy usual que las personas que se suicidan lo hagan sin haber dado ninguna señal.
—Es que no lo entiendo —dijo Luke—. Estuve en su casa el sábado por la tarde, y Viktor estaba de tan buen humor… Dos días después, hace esto.
—Eso también ocurre a veces—dijo Karin—. Para algunas personas, la decisión de suicidarse es liberadora. Cuando toman la determinación, piensan que han encontrado la solución a sus problemas. Y entonces se sienten felices, por más extraño que te parezca.
Karin calló. Los dos se quedaron en silencio unos instantes.
—Lo que más me cuesta entender es por qué se llevó a su hija con él —dijo Karin después—. No encaja con la imagen que tengo de Viktor. No soy una experta en este tema, pero podría asegurar que, cuando un progenitor mata a su hijo o a su hija, suele padecer una enfermedad psicológica grave y a menudo lo hace bajo una fuerte influencia de las drogas. Sea como sea, se trata de un suceso trágico.
Suspiró y se levantó, dando por terminada la conversación.
—Cuando ocurren estas cosas, una se siente incompetente como doctora.
Luke también se levantó y le dio la mano.
—Creo que tú tampoco podrías haber hecho nada.
Karin le dio las gracias y se encaminó hacia la puerta.
—Deberías saber que Viktor valoraba muchísimo tu amistad —dijo Karin—. A menudo hablaba de ti durante las sesiones. Espero que puedas encontrar algún consuelo en ello.
Aquellas palabras volvieron a meter a Viktor en el acuario. Prefirió bajar los cinco pisos a pie. Ni siquiera se dio cuenta de que hacía un día espléndido y soleado en Karlskrona, la capital de la costa sueca.
8
Pasadas las once de la mañana, Thomas Svärd salió de la autopista E22, que unía Karlskrona y Nättraby, y se metió con el coche en el aparcamiento de Summerland, el parque acuático de Blekinge. Summerland tenía una piscina, una zona de juegos con chorros de agua, una pista de karts y castillos hinchables. Fuera había unos cien vehículos aparcados. Antes de entrar, Svärd sacó una sillita infantil del maletero y la colocó en el asiento del copiloto.
Esa mañana se había levantado pronto para teñirse la melena rubia de negro azabache. También se había repasado la barba. Cuando se miraba al espejo, le gustaba lo que veía. Sabía que era atractivo. Además, se esforzaba por estar en forma. Cada dos días salía a correr un buen rato por la isla, y los días que no corría hacía flexiones, abdominales y dominadas. Las mujeres se fijaban en él. Con su pelo oscuro y su barba de tres días, se parecía a George Clooney.
A las diez en punto entró en el Intersport del centro comercial Amiralen, en Karlskrona. Compró un gorro de paja, un bañador, una bolsa de playa, un pareo, dos flotadores de colores, una toalla de adulto y dos de niño: una con una imagen de Pipi Calzaslargas y otra de la película Cars. Luego fue a la gasolinera Statoil, de donde salió con una silla plegable de playa, gafas de sol, chucherías y la última novela negra de Jens Lapidus.
Cuando llegó a la puerta de Summerland, vestido con su camisa de lino blanca y sus bermudas azul marino, iba cargado con todas aquellas compras. La chica de la entrada era nueva. La última vez, Svärd solo había ido a comer y a mirar a los críos, pero el personal del parque reparó en él. En la entrada, se dio cuenta de que lo miraban más de lo normal, y luego la encargada le ordenó a una de las chicas que lo siguiera. Esta vez tendría que ir con más cuidado.
La recepcionista se apoyó en el mostrador y lo miró de arriba abajo.
—¿Ha venido solo? —preguntó. Svärd le respondió con una sonrisa.
—No. Mi ex está a punto de llegar. Se ha retrasado un poco, eso es todo. Pagaré ahora las entradas. Un adulto y dos niños.
—¿Miden más de un metro?
Svärd la miró con cara de no entender nada.
—Los niños de menos de un metro entran gratis —le aclaró la chica.
—Ah, sí, claro. Uno mide menos y la otra más.
Pagó, cogió sus cosas y entró directamente a la zona de la piscina. Estaba a reventar. Casi todas las tumbonas estaban ocupadas y el césped, sembrado de toallas y pareos. Hacía calor. Sobre la caseta de información, el termómetro digital marcaba 30 grados. Svärd se quedó de pie, buscando el mejor sitio. Si se ponía en el césped con la toalla, se arriesgaba a que alguien viera que estaba solo, pero si encontraba una tumbona al lado de una madre sola parecería que había venido con ella.
Bajó la escalera, pasó por la piscina infantil y se acercó sigilosamente a las tumbonas. Vio a una mujer y a dos niños comiéndose un helado. Justo al lado había una tumbona libre. Le preguntó a la mujer si estaba ocupada y ella le dijo que no. Svärd se dio cuenta de que miraba alrededor, buscando a su familia.
—Mi ex viene ahora con los niños —dijo él con una sonrisa—. Llegan un poco tarde.
La mujer le respondió con otra sonrisa mientras limpiaba los churretes de helado de la cara de su hija, que no paraba de dar saltitos. Se notaba que estaba deseando que la dejaran volver a la piscina. Thomas calculó que tendría unos ocho o nueve años. Era demasiado mayor. Y demasiado fea.
Thomas dejó las cosas en el suelo y colocó la tumbona de cara a la piscina infantil y a la entrada. Se quitó la camisa de lino y se envolvió con la toalla para ponerse el bañador. Mientras se cambiaba, se dio cuenta de que la mujer lo miraba disimuladamente. Era gorda y poco atractiva, seguramente estaba soltera. Él se tumbó, cogió el libro y fingió sumergirse en él, aunque, en realidad, tras las gafas de sol, sus ojos iban en busca de la niña adecuada. Después de quince minutos, la encontró. Tenía unos cinco años y el pelo rubio y ondulado. Estaba preciosa con su diminuto bikini rojo. De pronto echó a correr y se sentó a menos de veinte metros de Thomas, en un pareo donde había dos niños más —seguramente sus hermanos— y una mujer.
Los niños comían y la mujer hablaba por el móvil. Thomas se fijó en que cuando no estaba hablando, se dedicaba a mirarlo. Perfecto: una madre egocéntrica y distraída. Al rato, los niños terminaron de comer y salieron disparados hacia la piscina infantil. Entonces, la madre levantó la vista y gritó algo, pero no le hicieron caso. Seguramente les estaba diciendo a los mayores que vigilaran a su hermana pequeña. Thomas se levantó, cogió la cámara y se dirigió a la piscina, donde se quedó de pie, mirando a los críos. Alrededor había bastantes padres y madres vigilando a sus pequeños. Thomas agarró bien fuerte su cámara: la niña se había arrodillado en el borde de la piscina e intentaba alcanzar un juguete que flotaba en el agua. La parte de abajo del bikini se le había metido entre las pequeñas nalgas, que habían quedado al descubierto.
Se puso al lado de la niña. Primero fingió fotografiar otras cosas, pero cuando lo vio claro la apuntó disimuladamente con el objetivo durante un segundo y tomó tres fotos. Luego alejó la cámara hábilmente y volvió a hacer como que estaba pendiente de la piscina. Momentos después, bajó la cámara y miró alrededor. Ningún padre había reparado en él. De pronto, la chiquilla se inclinó demasiado y cayó a la piscina. No era profunda, pero se asustó y empezó a dar manotazos y grandes salpicones. Sus hermanos estaban en el tobogán y no se dieron cuenta de lo que había ocurrido, de modo que Thomas dejó la cámara en el suelo, se lanzó a la piscina y sacó a la niña del agua. La pequeña, que gimoteaba y se sorbía los mocos, lo rodeó con los brazos. Él la consoló y la sentó en el borde de la piscina.
—¿Te has asustado? —le preguntó.
La niña asintió con la cabeza.
—No te preocupes, ya estás a salvo. ¿Cómo te llamas?
—Anna.
—Qué nombre tan bonito. ¿Te puedo llevar con tu madre?
Ella volvió a asentir, y Thomas salió de la piscina, rescató su cámara, cogió a Anna de la mano y la llevó hacia el césped. Allí, la niña le contó a su madre lo que había ocurrido, y la madre le dio las gracias a Thomas.
—Tendré que hablar muy en serio con sus hermanos —aseguró—. Me han prometido que la vigilarían. Anna, ¿ya le has dado las gracias a este señor tan amable?
Anna negó con la cabeza.
—Pues dáselas, venga.
—Gracias —dijo la niña mirando a Thomas, que le dedicó su sonrisa más seductora.
—De nada, Anna. Prométeme que irás con cuidado la próxima vez que estés cerca de la piscina.
Anna sonrió con timidez y se agarró a su madre. Thomas les dijo adiós antes de volver a su tumbona.
—He visto lo que ha pasado —dijo la mujer de al lado—. Bien hecho.
—Gracias —respondió Thomas—. Seguramente no le habría ocurrido nada, no ha caído en una zona demasiado profunda.
—Nunca se sabe —contestó la mujer—. No sé qué le pasa por la cabeza a esa mujer. Ella se queda ahí, sentada con el móvil, y delega en los hijos mayores la responsabilidad de cuidar a la pequeña. No me entra en la cabeza.
Thomas cogió el libro y volvió a fingir que leía. Le pareció que la mujer pretendía coquetear, y él no quería seguirle la corriente. No tenía tiempo para aquella gorda pesada. Miró hacia el césped, donde ahora la madre de Anna estaba riñendo a sus otros hijos. Al cabo de unos minutos, Anna quiso ir a jugar. La madre le ordenó al hermano mayor que la cogiera de la mano, y los dos niños se dirigieron a la zona de juegos que había cerca de la entrada y del restaurante. Thomas simuló que miraba el móvil, se levantó, cogió sus cosas y se despidió de la mujer de la tumbona.
—Me acaba de escribir mi ex. Qué pena, al final los niños no podrán venir a nadar —le dijo antes de dirigirse hacia la salida. Allí, dejó sus cosas al lado de la puerta y luego volvió sobre sus pasos y se quedó de pie en la tarima de madera que había enfrente de la zona de juegos. Anna y su hermano mayor estaban en el tobogán, por donde Thomas los miró tirarse una y otra vez, hasta que el niño vio que abrían la pista de karts, pegó un chillido y salió corriendo. Justo en ese momento, Anna estaba bajando por el tobogán, y no vio irse a su hermano. Al llegar al suelo lo buscó con la mirada, pero antes encontró a Thomas, que la saludó con la mano. Ella sonrió y le devolvió el saludo. Entonces Thomas le hizo un gesto con el brazo para que se acercara. Cuando vio que corría hacia él, se le aceleró el pulso. Miró hacia la piscina. Desde allí no alcanzaba a ver a la madre. El niño, que estaba en la cola de los karts, no se dio cuenta de nada.
La niña llegó y Thomas se agachó.
—Anna, ¿te gustan las chucherías?
Anna asintió.
—Tengo una bolsa grande en mi coche. Si vienes conmigo, dejaré que te las comas. ¿Te apetecen?
Anna asintió una vez más. Thomas se incorporó, le acercó la mano y ella se la cogió. Salieron juntos del parque.
9
El viernes por la tarde, a las siete y media en punto, cuatro días después de que Viktor y Agnes murieran, Luke entró en el vestíbulo de la casa de acogida Ekekullen, en la ciudad de Rödeby. Con ese turno de noche volvía al trabajo después de haberse visto obligado a tomarse unos días libres.
La visita a Karin Hartman había sido deprimente, y lo peor de todo fue enterarse de que Viktor tenía pensamientos suicidas. Luke estaba decepcionado por que su amigo nunca se lo hubiera dicho. Hacía unos días estaba seguro de que Viktor confiaba en él, pero ahora pensaba que quizás solo se lo había parecido. Le llevaría tiempo aceptar que se había equivocado.
Había tomado una decisión: concentrarse en su trabajo y en su propia vida para dejar de pensar en aquella desgracia. Quería pedirle más turnos a Åsa Nordin, la directora de Ekekullen, porque sabía que ocupar su tiempo trabajando lo ayudaría a sobrellevar la pérdida.
Al final del vestíbulo, vio a tres trabajadores vestidos con los uniformes nocturnos. Arrastraban a un adolescente a su habitación mientras él gritaba y se resistía. Era Gabriel, de dieciséis años. Luke solo había trabajado dos días en Ekekullen antes de tener que pedirse cuatro días libres, pero fueron suficientes para aprenderse los nombres de los seis chicos y las cuatro chicas que vivían en la casa de acogida en ese momento. Gabriel era de los más problemáticos. En su primer día, Luke había intentado acercarse al chico. Le recordaba a él a los dieciséis años. La misma frustración, la misma testarudez y la misma lucha ciega contra los adultos y la autoridad. Por lo menos, para Gabriel las cosas no se habían torcido tanto como para Luke a su edad. Todavía no.
Luke se acercó a los tres trabajadores, que habían encerrado a Gabriel en su habitación y ahora estaban frente a la puerta, escuchando lo que ocurría dentro.
—¡Os voy a matar, cabrones! ¡Os voy a matar a todos! —gritó Gabriel. Además de los gritos, se oían los golpes de los objetos que lanzaba contra la puerta.
Luke reconoció a dos de los trabajadores. Eran Åsa Nordin y Olle Nordlund, el psicólogo. Al otro hombre, que tenía rasgos árabes, todavía no lo conocía. Ninguno de los tres oyó llegar a Luke, probablemente debido al estruendo que estaba provocando Gabriel.
—Tendríamos que vaciar su habitación —dijo el hombre—. El chaval está fuera de control.
—¿Qué ocurre? —preguntó Luke.
Los tres se giraron.
—No te había visto llegar, Luke —dijo Åsa—. Es Gabriel, que ha montado en cólera. Antes, en la cola para la cena, no hacía más que molestar a una chica y no quería parar, así que lo hemos encerrado hasta que se calme.
—No parece que esté dando muy buen resultado. —Luke hizo una mueca—. Hola, por cierto. —Se dirigió al hombre al que todavía no conocía, que se presentó. Era Hamid Rasabi, el asistente de rehabilitación.
—¿Te parece bien que entre? —preguntó Luke a Åsa.
Los tres miraron a Luke. Tuvieron que levantar la vista porque le sacaba una cabeza a Hamid, que, con su metro ochenta de estatura, ya era más alto que los otros dos.
Åsa interrogó con la mirada a Olle, que asintió.
—Por supuesto. Adelante.
Luke fue hacia la habitación y abrió el pestillo en el preciso instante en que un objeto se estrellaba contra la puerta. Luego entró.
Los gritos y el lanzamiento de objetos pararon en seco. Åsa, Olle y Hamid se quedaron allí unos momentos para ver qué ocurría, pero, al ver que la habitación seguía en silencio, volvieron al comedor.
Veinte minutos más tarde, Luke entró en el comedor, se acercó a una mesa larga llena de bocadillos y empezó a servirse un plato.
—Luke, ¿qué le pasa a Gabriel? —preguntó Åsa.
—Que tiene hambre. Voy a llevarle unos bocadillos.
—¿Ya se ha calmado?
—Sí.
—¿Y cómo lo has hecho? —preguntó Hamid.
—No he tenido que hacer demasiado —contestó Luke—. Ha sido verme y tranquilizarse. Luego le he enseñado mis tatuajes y él me ha enseñado los suyos. Suele funcionar.
Luke puso el plato y un vaso de zumo en una bandeja y volvió a la habitación, pero al entrar vio que Gabriel se había quedado dormido hecho un ovillo, de modo que se acercó a la mesa sigilosamente y dejó la bandeja encima. Luego bajó la persiana y, antes de salir, apagó la luz.
De pronto, se detuvo. Volvió a encender la luz. Miró el reloj. Eran las ocho en punto, la hora a la que, según Loman, había muerto Viktor. Se acercó a la ventana, levantó la persiana y miró a la calle. Todavía no había anochecido, exactamente igual que hacía cuatro días a esa misma hora. Luke se acordó de cuando Therese y él habían conseguido entrar en el piso y le pareció recordar que todo estaba a oscuras, completamente negro. Juraría que era así, aunque tenía que reconocer que se había centrado tanto en Viktor y en Agnes que quizás se le habían escapado algunos detalles. Trató de concentrarse para estar seguro. ¿El piso estaba a oscuras o no? Finalmente decidió que sí, lo estaba.
Entonces se le ocurrió que no tenía mucho sentido que Viktor se hubiera suicidado y hubiera matado a Agnes a oscuras. Cerró los ojos para repasar los hechos detenidamente. No tenía ninguna duda de que las persianas del piso estaban bajadas, pero hasta aquel momento no había reparado en ese detalle.
¿Por qué diablos querría suicidarse Viktor con el apartamento a oscuras? ¿Era siquiera posible matarse sin ver absolutamente nada?
Gabriel empezó a roncar. Luke volvió a ir hacia la puerta y apagó la luz. Se quedó allí unos segundos, escuchando la respiración de Gabriel y esperando a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Podía intuir el contorno de la cama. Se acercó y se sentó en el suelo, donde volvió a pensar en lo que había ocurrido hacía cuatro días. Visualizó a Viktor planeándolo todo. La nota, la cuerda, el veneno, el chocolate. Lo vio bajar las persianas de todo el piso, poner la música, darle el veneno a Agnes. ¿En qué momento había apagado la luz? Quizás lo hizo justo antes de ahorcarse. Pero ¿por qué querría ahorcarse a oscuras? Además, si también había ingerido el veneno, estaría mareado.
Mareado y a oscuras: no había motivos para que se lo pusiera tan difícil.
Gabriel dormía profundamente. Luke se levantó, salió del dormitorio y cerró la puerta sin molestarse en echar el cerrojo. Decidió que al día siguiente por la tarde iría al piso de Viktor y trataría de reconstruir los hechos. A las ocho en punto, bajaría las persianas para comprobar hasta qué punto estaba oscuro el salón.
10
Karlskrona, 29 de febrero de 1992
Aunque todavía era febrero, ya olía a tierra mojada en la avenida Östra Vittusgatan. Jenny iba de camino a la Iglesia de la Cienciología, situada en la céntrica zona de Möllebacken. Trescientos veinte años antes, el ganado de Vittus Andersson había pastado allí. Pero aquella calle que llevaba el nombre del granjero ahora se había modernizado y acogía sobrios edificios de ladrillo amarillo y rojo. Eran bloques de pisos de los años sesenta. Jenny se estremeció. Aquellos edificios siempre le habían parecido de los más feos de Karlskrona.
«Quién sabe. Quizás en el siglo xvii fui una granjera aquí al lado, en la isla de Trossö —pensó—. Y cien años más tarde bailé en los salones más elegantes de París». Era tan feliz que hasta se le escapó una carcajada.
El invierno estaba siendo inusualmente templado. La primavera solía quedarse a las puertas del archipiélago y tardaba en llegar a Karlskrona. El frío mar siempre retiene a la primavera en la bahía para asegurarse de que los karlskronitas tengan que ponerse el abrigo unas semanas más que la gente del interior.
Jenny estaba emocionada, pero no porque la primavera estuviera al caer, ni tampoco porque quizás hubiera sido parisina en una vida pasada. Lo que la tenía tan contenta era que se dirigía a su primera sesión de terapia o, como la llamaban los cienciólogos, a su primera auditoría. Para colmo, no le había tocado con cualquier auditor: le habían asignado a Peter, que era uno de los mejores. Según le había contado él mismo, los novatos podían hacer aquella sesión de prueba tras una revisión de su salud mental. Era como una degustación. Servía para hacerte una idea de lo que te podías encontrar más adelante. Si te gustaba y querías repetir, tenías dos opciones: pagar o empezar a trabajar para la Iglesia de la Cienciología, o más bien para el «centro», como lo llamaban en Karlskrona. La palabra «iglesia» no tenía buena fama entre la gente joven, pero a Jenny le habían explicado que aquello era una iglesia, una religión en toda regla. Para entenderlo, solo hacía falta tener claro el significado etimológico de la palabra «religión». Re significa «volver» y ligare significa «origen»; volver al origen, a lo que hubo al principio de todo. Ayudar a la gente a desarrollar y recuperar sus habilidades originales. A Jenny aquello le había parecido bonito, y desde entonces no tenía ningún problema en presentarse como miembro de la Iglesia de la Cienciología.
El centro estaba en un local de la calle Bryggaregatan que había sido una tienda de muebles. Tenía ventanales que daban a la calle, varias salas en la planta de abajo y un gran sótano que antes era el almacén.
Jenny acababa de cumplir diecinueve años y en solo unos meses su vida había dado un vuelco. Después de terminar el instituto, había encontrado su propósito, su motivo para vivir. Se había ido metiendo más y más en el movimiento, y ahora se dedicaba casi por completo a la cienciología. A Stefan, por el contrario, todo aquello no lo había seducido del todo. Es más, en las sesiones de orientación, que se hacían en el bosque, en lugar de prestar atención se había dedicado a leer la información de los postes sobre la flora y la fauna. Así que Jenny y él se fueron distanciando. Dos meses atrás, ella asistió al curso de comunicación y conoció a un chico tan novato como ella. Se llamaba Daniel y era un año mayor, alto, tímido y con una sonrisa encantadora.
El curso de comunicación duraba una semana. El primer día tuvieron que sentarse enfrente de un compañero, con las manos en el regazo y los ojos cerrados. El objetivo de aquel ejercicio era aprender a conectar con los demás y a ser felices en cualquier situación. Para ello era crucial no pensar en nada, simplemente estar presente. Después tenían que provocarse entre ellos, tratar de que al otro se le cayera la máscara. Daniel y Jenny rieron mucho haciendo los ejercicios. También hablaron en los descansos y coincidieron en las salidas grupales del final del día. Cuando estaban terminando el curso, Jenny empezó a enamorarse de Daniel, y se dio cuenta de que él sentía lo mismo. Quince días después, rompió con Stefan y empezó a salir con él. Al cabo de un mes, se fueron a vivir juntos.
Daniel había hecho su primera auditoría hacía dos días. Volvió a casa pletórico, pero no le contó nada a Jenny porque estaba prohibido. Ahora, por fin, ella también empezaría su terapia.
Aquel día había muchísima gente en el centro. Jenny colgó el abrigo en la entrada y fue a la pequeña recepción. Las paredes estaban llenas de cuadros, muchos de ellos con citas del fundador, L. Ron Hubbard, o Ron, como lo llamaban los cienciólogos que ya habían terminado la formación. Había una cita que a Jenny le gustaba especialmente: «Un hombre que no puede comunicarse está muerto. Un hombre que puede comunicarse está vivo». Detrás del mostrador colgaba un cuadro de un puente que se adentraba en un sol enorme. Debajo de la imagen ponía: «El puente a la libertad».
En la sala grande con la moqueta de color marrón verdoso, que cuando aquello fue una tienda había sido la zona de exposición de muebles, ahora había diez personas sentadas por parejas haciendo ejercicios de comunicación. Las vidrieras estaban cubiertas por dentro con pósteres del movimiento. Antes, como no había nada, los niños y los adolescentes fisgoneaban desde la calle, y luego empezaron a tirarles cosas y a escupirles.
Maria, Camilla y Mikael estaban al fondo de la sala leyendo libros de Ron. Los tres eran cienciólogos dedicados que trabajaban para el movimiento en su tiempo libre. La hermana de Daniel, Åsa, acababa de empezar el curso de comunicación y en aquel momento estaba haciendo los ejercicios en el centro de la sala. Peter estaba en el mostrador de la recepción tomando café y charlando con George, el mítico y místico inglés que había impulsado el movimiento en Karlskrona. Jenny solo lo había visto de pasada una vez, pero había oído hablar mucho de él. George era importante. Trabajó con el fundador en los sesenta y estuvo en el Apollo, el barco con el que Ron difundía su mensaje por Europa y África. Todo el mundo hablaba de George con veneración. Decían que era muy inteligente y que fue una de las primeras personas en todo el mundo en alcanzar el estado de TO VI, que era casi lo más alto que se podía llegar en el camino a la libertad espiritual. Jenny reunió todo su coraje antes de acercarse a ellos. Cuando Peter la vio, se le iluminó la cara y se acercó a ella para darle un abrazo.
—¿Preparada para el gran día?
—Sí. ¡Será tan emocionante! Anteayer, cuando Daniel volvió a casa después de la sesión, estaba encantado.
Peter dejó la taza en el mostrador y se giró hacia George, que estaba de pie dándole caladas a su pipa.
—George, esta es Jenny. Ya ha hecho el curso de comunicación y viene para su primera auditoría.
George se sacó la pipa de la boca, sonrió, levantó la mano y le hizo una pequeña reverencia. Era bajito y delgado, tenía una perilla rubia y el pelo rojizo e iba todo vestido de color beis: el jersey, la camisa y los pantalones de pinzas.
—Bienvenida, Jenny. Es un placer conocerte —dijo en inglés.
Jenny no supo cómo comportarse con George. Se sentía insegura, intimidada por todo lo que la gente decía sobre él. Primero le dio la mano, pero luego le salió hacer una genuflexión. Se arrepintió de inmediato. Se sentía como una niña pequeña.
—Gracias. He oído hablar mucho de ti. Me alegro de conocerte finalmente —respondió, también en inglés.
Tan pronto como aquellas palabras salieron de su boca, se dio cuenta de lo estúpidas que sonaban. ¿Que había «oído hablar mucho» de él? Ahora seguro que le preguntaría qué había oído y ella tendría que responder. Menos mal que Peter la salvó:
—George entiende sueco, Jenny. Pero prefiere hablar en inglés. —Le dedicó una gran sonrisa a George y le dijo en sueco—: Hablas nuestra lengua, ¿verdad, George?
Lo dijo con un marcado acento inglés y dejó ir una carcajada. George también rio con ganas, soltando un falsetto estridente.
—¡Ya lo creo! —respondió George, todavía riendo.
Entonces Peter cogió a Jenny del brazo y la acompañó a la sala de las auditorías. Era un espacio pequeño con una bonita mesa de roble en el centro. A su vez, en el centro de la mesa había una cajita de madera con una pegatina redonda y roja en el medio. En la pegatina, una gran «s» se enredaba en dos triángulos. De la caja salían dos cables, cada uno sujeto con un tornillo a una lata de aluminio. Parecían latas de cerveza en miniatura, aunque no había nada escrito en ellas. Peter se sentó en la silla de oficina e invitó a Jenny a acomodarse en el sillón.
—Esto es un e-metro —dijo Peter, levantando la cajita de madera—. La palabra completa es electrómetro. Como ves, es un modelo antiguo. Ahora los hacen de plástico, pero yo prefiero este. Es más auténtico.
Abrió la tapa y la colocó como soporte del resto del aparato. Ahora, Jenny podía ver el interior de la caja. Tenía un monitor analógico que ocupaba gran parte de una superficie azul brillante de vidrio. Una flecha metálica se movía dentro del monitor, apuntando a una línea semicircular que marcaba cuatro velocidades: salida, crecimiento, caída y prueba. Debajo del vidrio había tres ruedecitas negras y, a la izquierda, dos controles. Peter le pidió a Jenny que cogiera una lata en cada mano.
—Cuando encienda el e-metro, sentirás que una pequeña corriente eléctrica pasa por tu cuerpo y vuelve al aparato —aclaró.
Jenny levantó las cejas.
—Tranquila —dijo Peter—, la corriente es demasiado débil para causar daños, tan débil como la batería de una linterna. Puedes relajarte. —Encendió el aparato y miró a Jenny—: No notas nada, ¿verdad?
Jenny negó con la cabeza.
—Ahora mira la flecha.
Jenny se inclinó y vio que la flecha apuntaba hacia arriba, a la mitad del semicírculo. Prácticamente no se movía, solo vibraba levemente.
—Sigue mirando. Yo te contaré un chiste. Tú escúchame y no dejes de mirar la flecha. Esto son dos tomates que van andando por la carretera y uno le dice al otro: «Cuidado, que viene un camión». «¿Un qué?». «Un chof».
Jenny rio. La aguja había empezado a moverse. Ya se sabía el chiste, pero siempre le hacía gracia.
—¿Has visto lo que ha hecho la flecha? —le preguntó Peter.
—Sí. Ha empezado a moverse justo cuando he sabido qué chiste ibas a contar.
—Bien. Lo que ha pasado es que primero tu mente se resistía, pero cuando tus pensamientos se han vuelto positivos, has bajado la guardia y la energía ha cambiado. Cuando ocurre esto, decimos que la flecha fluye: se mueve de forma uniforme, deslizándose por la línea con pasos pequeños. En terapia, utilizamos el e-metro para identificar las experiencias negativas que tienen lugar en un estado de PC, es decir, de pre-claridad. Las personas tenemos tendencia a bloquear todo aquello que nos causa dolor. La psicología los llama traumas a estos acontecimientos, pero nosotros los llamamos engramas. El bloqueo de engramas es un mecanismo de supervivencia: nuestras percepciones sensoriales se almacenan en el subconsciente para que podamos identificarlas y así evitar situaciones parecidas en el futuro. El problema es que si tienes demasiados engramas empiezas a sentirte mal y a actuar sin ton ni son. De hecho, los engramas son la causa de todas las enfermedades mentales y provocan mucho sufrimiento. Por eso uso el e-metro: me ayuda a ver el momento en que tus pensamientos chocan con un engrama, porque justo entonces la aguja da una sacudida brusca. Así puedo ayudarte a recuperar el recuerdo que tienes que sacar a la luz. Cuando ese recuerdo pasa de tu subconsciente a tu consciente, también liberas la energía negativa que contiene. ¿Me sigues?
Jenny asintió y se irguió en el sillón. Sentía mariposas en el estómago.
—Cuando alguien libera todos sus engramas llega al nivel Claridad. A un Claridad ya no le afectan los engramas. Es sencillamente una persona inteligente, satisfecha y feliz, una persona que tiene su vida bajo control.
Peter giró el e-metro para ver el monitor. Luego sacó una libreta grande y un bolígrafo.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Pues genial —contestó Jenny—. Emocionante.
—Bien. Manos a la obra, pues. Empezaremos con una serie de engramas sobre el dolor de cabeza.
Miró el e-metro y apuntó algo en la libreta. Jenny empezó a tener espasmos en las manos y las relajó para no apretar tanto las latas. Peter levantó la vista:
—Te recomiendo que busques una forma cómoda de cogerlas y que luego trates de quedarte quieta. Si mueves la mano, afectas el movimiento de la aguja.
Jenny asintió.
—Estaré quieta —prometió.
—Bien. Empecemos. Piensa en la última vez que tuviste dolor de cabeza.
La respuesta llegó con rapidez.
—Creo que fue hace dos meses. Después del curso de comunicación de tres horas que hice aquí, al llegar a casa tuve una jaqueca repentina, y cuando me metí en la cama me dolía mucho. Me tuve que tomar un ibuprofeno y todo.
Peter le pidió que le diera más detalles. Jenny tuvo que hacer un gran esfuerzo para recordarlos. Hasta que no contó la misma historia tres veces, Peter no prosiguió.
—¡Bien! La aguja ya fluye —dijo con una gran sonrisa. Luego le preguntó si recordaba haber tenido jaquecas en circunstancias similares. A Jenny no le solía doler la cabeza y al principio no se le ocurrió nada, pero finalmente se acordó de la primera vez que había bebido alcohol. Cogió una borrachera tremenda y al día siguiente se levantó con resaca. Peter le hizo las mismas preguntas sobre aquella ocasión y luego pasaron a la siguiente experiencia. Jenny le contó que a los seis años se había caído de la mesa del comedor y se había abierto la frente. Todavía tenía la cicatriz. Se sabía aquella historia porque sus padres la contaban a menudo, pero en realidad ella no se acordaba de nada. Aun así, al final, Peter —Jenny no supo cómo— consiguió que ella rescatara los detalles que permanecían escondidos en su mente. O por lo menos eso pensó Jenny. Cuando tuvieron bien clara la historia, Peter repitió:
—¿Recuerdas algún momento anterior en el que tuvieras jaqueca?
Jenny lo miró. No podía creer lo que le estaba preguntando.
—Pero Peter, ahora nos estamos remontando a cuando era una bebé. Soy incapaz de recordar si me hice daño o si tuve dolor de cabeza cuando era tan pequeña.
Él no dijo nada. Esperó a que ella hablara. Jenny se quedó en silencio y trató de pensar. Se imaginó a sí misma de bebé, pero aparte de eso tenía la mente en blanco.
—No. No consigo recordar nada.
—Te lo volveré a preguntar. Ve a un momento previo en el que tuvieras jaqueca.
Peter no se rendía. Jenny volvió a intentarlo. Se quedó en silencio. Luego le entró la risa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Peter.
—Que veo a una bebé que se resbala del cambiador y cae a la bañera. Pero solo me lo estoy inventando para no decepcionarte.
Peter la miró tranquilamente.
—Describe lo que ves.
Lo hizo, y se le ocurrieron muchísimos detalles. O quizás los recordó. No sabía si la historia era cierta o falsa, pero en ese momento le importaba bien poco. Las palabras fluyeron con una facilidad asombrosa. Pensó que tendría que preguntarle a su madre si de bebé se había caído en la bañera y se había dado un golpe en la cabeza. Después de contar la historia varias veces, Peter dijo que la aguja fluía y le hizo la pregunta de nuevo:
—Ve a un momento previo en el que tuvieras jaqueca.
Jenny volvió a mirarlo. Lo decía totalmente en serio. Ella trató de pensar en algún momento anterior a 1972, el año de su nacimiento.
La sala se quedó en silencio mucho tiempo. Como no se le ocurría nada, le empezó a entrar sueño. Peter volvió a decir lo mismo. Jenny se incorporó.
—Eso es —dijo Peter de pronto, mirando el e-metro—. ¿Qué ha sido eso? ¿En qué acabas de pensar?
Jenny sonrió. Se sentía tonta, pero lo dijo:
—He visto una oficina.
—¿Dónde estás? —preguntó Peter.
—En Nueva York. —Las palabras le salieron con naturalidad—. Me parece que es la década de los cuarenta. Estoy en una oficina bancaria y el dolor me martillea en la cabeza. Acabo de averiguar algo horrible: que mi yerno, a quien yo mismo contraté (porque soy el director del banco, por cierto) ha defraudado dinero. Lo estoy mirando. Él me devuelve la mirada y me doy cuenta de que sabe que lo sé. —Jenny se quedó en silencio, sumida en sus pensamientos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Peter.
—Sí. Solo estoy pensando que es raro que en mi última vida fuera un hombre.
Peter no respondió.
—Y… vaya, lo que veo es horrible —prosiguió Jenny—. Creo que cuando descubrí el desfalco, se lo dije a mi yerno. Él lo admitió. Estaba destrozado. Lo despedí y salió de la oficina. Era el padre de mis nietos.
Más imágenes, algunas de ellas fragmentarias, le vinieron a la cabeza. Jenny no hizo ningún esfuerzo, simplemente dejó que la historia saliera de su boca.
—Está claro que lo primero que hizo fue emborracharse en un bar. Luego se fue a su casa, metió a mi hija y a mis dos nietos en el coche y se tiró por un barranco. No me extraña que haya notado el dolor de cabeza.
Jenny rio por lo bajo. Se sentía feliz y triste a la vez. La historia la había impactado. Como había hecho con las otras, la contó varias veces, añadiendo detalles en cada ocasión. Entonces Peter dio por terminada la sesión, satisfecho. No acordaron qué harían a partir de ahora, pero Peter le pidió que volviera al centro para hablar de si quería colaborar con ellos. Luego le dijo que la terapia costaba dinero, pero que si trabajaba allí se la harían gratis.
Salió del centro mareada. ¡Las imágenes que le habían venido a la cabeza parecían tan reales! ¿Era cierto todo aquello? Si lo buscaba, quizás podía encontrar aquella historia que había sucedido en el Nueva York de los años cuarenta. Tendría que dar con un hombre que hubiera estado casado con la hija de un director de banco y que se hubiera suicidado con su familia. Pero lo que más la acuciaba eran sus ganas de contárselo todo a Daniel. No podía esperar a llegar a casa.
Cuando entró en el piso, el ambiente era muy acogedor. Había velas encendidas por doquier, Daniel había preparado té y en la minicadena sonaba Black Velvet, de Alannah Myles. Hablar de las auditorías estaba prohibido, pero ellos decidieron saltarse la norma y prometieron que no lo compartirían con nadie más.
Jenny fue la primera en contar su historia. Estaba tan inmersa en ella que no se dio cuenta de la reacción de Daniel. Hasta que, de pronto, dejó de hablar. Daniel se había quedado pálido y miraba el techo sentado en el sofá, con las manos en la nuca.
—¿Te pasa algo? —preguntó Jenny. Él bajó los brazos y se inclinó hacia ella.
—Jenny, el yerno soy yo.
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