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SILVANA PETRINOVIC
Historias hilvanadas
Petrinovic, Silvana
Historias hilvanadas / Silvana Petrinovic. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
150 p. ; 20 x 14 cm.
ISBN 978-987-87-1352-6
1. Narrativa. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Dedico estas historias a los personajes que las habitan.
A Norberto que las llora con diluvios de amor infinito.
A Rodrigo que sostiene mis hombros cuando están por rendirse.
Y a los seres que han desnudado sus verdades para que yo las hilvane con hilos de sal y pimienta.
Prefacio Introducción a la obra literaria
Guardo las narraciones de vida que, por alguna cuestión del destino, las personas comparten conmigo. Registro las caras, los movimientos, las angustias y felicidades de cada una. Hago un bosquejo con oraciones cortas, que dejo reposar, como si fuera una masa para leudar. Una vez que los bosquejos se transforman en montones, me dedico a buscar los nombres propios de cada personaje.
Resuelto el nombre del sujeto de la historia, comienzo a darle vida según el bosquejo primigenio. Así, vivo con cada personaje, viajo, lloro y muero con ellos.
Cuando creo que la trama y su costura están a punto, corrijo cada narración miles de veces. Si la cuenta me parece un delirio y las anotaciones en rojo, que guardan mis borradores, emprenden la retirada de cada escrito, ha llegado el momento en el que el cuento, narración o historia están a punto de nacer. El parto nunca es fácil.
Cuando la editorial me manda la prueba de galera, y tengo el primer ejemplar para revisar, sé que mi nuevo hijo ha nacido.
Será libre y andará de mano en mano, gustará poco o mucho, se enamorarán de él o lo dejarán olvidado, pero hijo será para siempre.
Prólogo Introducción a la historia literaria
Noches de insomnio, cientos de anotaciones en servilletitas, marcadores, agendas electrónicas y blocs de notas fueron mis compañeros. Entendí que el conductor que uniría las historias debería ser un “hilo”.
Me gusta tejer y bordar. Eso me llevó a buscar dentro de mis cajas de manualidades los ovillos más bonitos, allí encontré emociones y sentimientos con sus colores estridentes.
Leí filosofía; me atraganté con buenos libros de todos los tiempos.
Comencé a bordarle a mis historias el marco en punto vainilla que me enseñó mi madre, fue así como surgieron los interiores de cada una de ellas.
Tropecé con emociones y sentimientos positivos, negativos, ambivalentes y tantos más.
Las “Historias” han sido hilvanadas con el hilo de mi pluma. Bordadas por esas musas ancestrales que habitan dentro de mí desde hace siglos. Urdí cada uno de los catorce capítulos con puntadas que mantienen a nuestros niños interiores presentes.
No escribo para niños, no escribo para mayores. Escribo para ser espejo de los lectores.
Amor, deseo, queja, orden, agradecimiento, promesas, salud, descanso, abuso, risa, aceptación, perdón, miedo y respeto son las Historias hilvanadas con el ciclo maravilloso de la vida y de la muerte.
Las emociones son reacciones afectivas ante determinados estímulos, que pueden ser externos –algo que vemos o vivimos– o internos –como un pensamiento o un recuerdo– Desatan un conjunto de respuestas que nos activan a una acción inmediata.
Los sentimientos generan las mismas respuestas que las emociones, pero tienen incorporada una valoración consciente de la emoción que estamos viviendo.
Silvana Petrinovic
Capítulo 1
El amor
El amor sólo da de sí y nada recibe sino de sí mismo.
El amor no posee, y no quiere ser poseído.
Porque al amor le basta con el amor.
—Khalil Gibran (1883-1931)
Ensayista, novelista y poeta libanés.
Como cuidar con amor a tu niño interior
El mejor medio para hacer buenos a los niños
es hacerlos felices.
—Oscar Wilde
El artículo que leí hablaba de que convertirnos en adultos no es solo acumular años y arrugas. Crecer es madurar, cosa que no es fácil y no siempre nos trae felicidad. Nuestro adulto se siente muchas veces frustrado, conflictuado, angustiado, así nos transformamos en criaturas taciturnas y tristes. Nuestro “niño interior” muchas veces no es comprendido. Al hablar de él, algunas personas se ríen y no entienden su significado. Es un error considerar la infancia como un periodo de “ciega inocencia”. Los niños son más sabios y libres de lo que pensamos los adultos.
El niño interior demanda aspectos que no siempre sabemos escuchar, como el de no darle tanta importancia a los problemas diarios, a sonreír y cambiar la cara de pocos amigos, a pasear en libertad.
El niño que llevamos dentro nos demanda dar y obtener “amor”. Te clama que no pierdas la ilusión por la vida, por las cosas simples y por ser feliz.
Los humanos que nos dedicamos a crear somos adultos que llevamos en los brazos al niño interior. Muchas veces la sociedad nos cataloga como locos o delirantes, pero que, al estar unidos a ese niño, nos es más fácil curar las heridas emocionales; de esta manera las emociones necesarias fluirán…
Después de haberlo entendido y de ejercitar mis hábitos dañinos, le escribí, con tinta del alma, a la mujer heroica que habita en mí.
A través de espacios de tiempos nacidos y muertos, veo la partida de la mujer que cría, protege, trabaja para traer el pan a casa y los ve dormir al caer la noche.
La mujer heroica de noches en vela, de sopas y dulces, de mimos y límites.
La que busca, indómita, la herramienta para tutelar la vida que crece, para que los vientos no la tuerzan o desgajen. La veo marcharse con la cabeza en alto, el paso seguro del guerrero, que sabe que ha defendido la muralla de las vidas que el destino le otorgó en custodia. La espalda erguida a pesar de las cicatrices, que duelen los días de lluvia, cuando llueve el alma… El cabello libre, errante en la brisa que levanta el sonido de su tarareo, de cantos de cuna guardados en los pentagramas de todos los tiempos.
La dejo partir…
Ella me devuelve, al verme tan mustia, una chiquilina de melena corta, vestida de niña como niña que es. Sus ojos curiosos desafían el ojo de la cámara que atesora el hueco de aquella ventana, que nació con la justeza de servir de nido, para que mi niña se estire y divague en la galería fresca y familiar que nos une a todas mientras transitamos la línea delgada de la vida corta.
Lejos quedó el artículo leído; cerca, mi niña rodeada por todos los niños que he atesorado con las alas de mi alma…
Ojeras de rímel y carbón
El camino henchido de curvas los empujaba. En aquellos días, transitaron el lento precipicio que conducía al amor. Sus historias más íntimas se fundían en cada vuelta del volante, mientras se observaban ciegos de ardor impaciente.
Las distancias entre un lugar y otro los obligaron a hacer una parada fuera del recorrido prefijado. La noche, conmovida por la luna, los invitaba a fusionar sus deseos de amarse. Un paraje fascinante del valle los albergó.
El auto se detuvo bajo un techo de coníferas. Envueltos en aromas veraniegos, caminaron juntos con rumbo al paraíso de la entrega. Los corazones palpitaron con la aceleración que nos da el calor de amar.
El amor no tiene límites, solo la mente perturba y clasifica.
El amor no juzga, ni tiene fecha de caducidad.
Un aire fresco invadió la espesura del abrazo y los arrastró dentro del espiral del deseo. Sucumbieron de placentero dolor en el núcleo de la tormenta perfecta, que solo el amor puede gestar.
Así, el alba los sorprendió ocupados en destilar piel, sudor, ensoñación y libertad para demostrarles la llegada implacable del nuevo día. Amanecer engrasado de sospechosa calma...
El coche los condujo por la ruta que habían dejado atrás. Los alejó del valle, de la luna y las coníferas. Las máquinas obedecen, las almas son libres.
Aquel espiral, que los llenó de magia, se disolvía entre los kilómetros de ruta. Quedó en el cosmos de los sueños juveniles, escondido en la memoria del pasado.
El amor se hizo canción, que suena en las voces de los que saben cantarla.
Lejos quedaron el maquillaje, la ropa interior elegida irrespetuosamente, las flores de jazmines en el pelo. Y en la lejanía que provoca el haber vivido, la vida misma las ha convertido en fabulosas e inolvidables “ojeras de rímel y carbón”.
N. del A.: Esta historia surge del análisis de la canción Catalina bahía, de Miguel Cantilo.
[…] Cuando se hacen las dos de la mañana cuando se hacen las cuatro del amor sus pupilas se hamacan porcelana en ojeras de rímel y carbón […]
El foco del barrio Minetti
Los clientes entraban uno tras otro y las piernas, a la altura de las rodillas, comenzaban a jugarle una mala pasada, pero logró someterlas a su antojo y siguió de pie. Ahí estaba mi hermana, con la atención puesta en las ventas y nada más.
Yo no sabía bien cuál era mi rol en la tienda de ropa. Para ella, mi presencia no era más que una visita que asomaba intermitente entre los percheros cargados de ropa y accesorios de moda. Al menos, esa era mi sensación.
Aturdida y con desánimo encontré un lugar entre las cajas repletas de mercadería que yacían en el suelo, acomodadas con el claro propósito de atrapar la mirada de las clientas, que parecían hambrientas de más y más prendas.
Esperé mi momento sin muchas pretensiones y dispuesta a poner un límite a mi paciencia.
Después del torbellino de compradoras, que dejó saldo positivo en la caja registradora, ella se acordó de mí, me dio una palmada en el hombro diciéndome:
—¡Qué bien nos vendría un café a las dos…!
No habíamos terminado con la colación, cuando un llamado telefónico la sobresaltó. Sin mirarme siquiera, dejó el aparato y anotó algo en un papel. Acto seguido, clavó la vista en la pantalla de la computadora y casi frenéticamente comenzó una sinfonía de clics que causó en mí verdadera inquietud. A sabiendas de que tal vez no compartiera conmigo la preocupación que se había apoderado de ella, me puse de pie para observar qué buscaba con tanto hermetismo.
Un estremecimiento recorrió mi columna cuando leí en la pantalla el nombre del lugar donde nos habíamos criado: el barrio Minetti. El barrio, conformado por un caserío que adornaba las sierras, custodiaba las espaldas de la fábrica de cemento; cada casa y chalé que lo formaban, fueron nuestros hogares.
¡Volver no es fácil! ¡Abrazar a tu niña, tampoco lo es! En especial, cuando no le has sido fiel.
¿Qué tipo de filmación era la responsable de atraparla, obligarla a pegar el rostro a la pantalla hasta el punto de haberla hecho olvidar de las ventas del local?
Las imágenes se amontonaban en la pequeña mampara del ordenador.
Pude observar, de pie junto a ella, que con estupenda destreza un grupo de alumnos de una escuela de la zona había realizado un cortometraje sobre nuestra fábrica de Dumesnil. El pasado se anudaba a fotos actuales con sutil encanto mientras una voz relataba en off lo que ahora es: “La historia de Dumesnil”.
Ahí estábamos, dos mujeres que vestíamos canas, sin saber mucho una de la otra, pero unidas por un lazo invisible cargado de infancia.
Las imágenes llenaron nuestros corazones de recuerdos de aquel viejo mundo. Aquel lugar… donde la iluminación de los caminos caprichosos que unían nuestras casas era tarea de unos postes de luz a los que llamábamos “focos”. Los focos distaban unos cuantos metros unos de otros. Eran zonas mágicas, sobre ellos revoloteaban centenares de insectos que los transformaban en universos colmados de satélites y lunas. Espacios únicos para encontrarse con amigos, sin que importara mucho la estación del año. Lejos de los mayores, que deshilachaban sus noches según las costumbres de cada hogar.
Risas, llantos, nombres, confidencias y picardías saboteadas de colores y sabores lo llenaban todo.
¡Tal vez, con aquel video que andaba por las redes, las dos podríamos cruzar el puente…! Era mi más profundo pensamiento.
Los clientes volvieron para renovar las actividades en el local y todo retornó a la normalidad de la tienda y su bullicio.
El cortometraje se perdió en el espacio virtual.
Hermética en sus silencios, cerró la última persiana y apagó las luces sin decir palabra. Mi rol de visitante me dejaba muda y estática. Dos mujeres que vestían canas, mudas… una vez más.
Largo había sido el camino recorrido hasta llegar a ella. Dentro de mí, una voz me aseguraba que el amor que nos había unido podría vencer el silencio que aturdía nuestros pasos mientras recorríamos la distancia que une la tienda con su hogar. Pero no fue así…
Nos despedimos al día siguiente con un abrazo.
Volví a mi vida llena de instantes cargados de costumbres. Ella, seguro, regresó a la suya. Desarmé la valijita de viaje y al revisar los bolsillos encontré un pequeño sobre. Lo abrí. Una frase escrita a mano cruzaba la tarjetita blanca, con la letra inconfundible de mi hermana, que rezaba:
Te quiero, pero te quiero como siempre, “te quiero hasta el foco del barrio, de la fábrica Minetti”.
Amigos para siempre
Dedicado a Congo
La noche se desploma sin pedir permiso y con ella, el indeseado rocío. Sí, es difícil para mí soportarlo, pero debo acompañar a mi amigo y estas molestias son parte del sacrificio de amarlo.
Es extraño, parece estar más demorado que de costumbre; tal vez no ha podido con la ingrata botella que lo envuelve trago a trago o quizás algún programa nuevo en la televisión lo retiene.
No importa, una de mis cualidades es la paciencia, así que lo voy a esperar. Han sido días difíciles, duermo en la planta baja y escucho sus pasos sobre mi cabeza en medio de la noche, hasta podría asegurar que llora.
Está muy triste, la soledad no le sienta bien a pesar de compartir conmigo momentos inigualables cuando salimos a correr o a caminar por la plaza. Me esfuerzo mucho para que aprecie mi presencia, pero creo que hoy no le soy suficiente.
¡Un momento! Está bajando la escalera, ahora sí.
—Es tiempo de caminar, amigo mío, y de movernos un poco antes de dormir —me dice con voz ronca.
Allá vamos los dos, amigos para siempre, inseparables como pocos, en silencio, sintiéndonos en cada paso y en cada respiración…
Llegamos al pequeño parque, él no ha dicho ni una palabra. Mientras tanto voy hacia el arenero, que es mi perdición.
Ah, hay poca maravilla en este mundo que supere el bienestar que me provoca esta tibieza acolchonada cuando piso la arena húmeda. ¡Es tan grato!
Alguien me habla desde allá lejos, me voy a acercar porque no escucho qué me dice.
—¡Qué bonito! Sos muy lindo —exclama una voz femenina.
Mi amigo llega primero, tal vez él tampoco ha escuchado con claridad lo que la dama está diciéndome con tanta dulzura.
¡Están conversando! Al fin se decidió a hablar.
¡Qué alegría!
Esto sí es una buena señal. Me acerco a los dos y espero que me presenten.
—Bueno, bueno…ya era tiempo. Pensé que jamás me llamaría. —Se lo ve muy entretenido esta noche.
Al fin escucho su voz clara y segura diciéndole a la dama:
—Te presento a mi amigo, a mi compañero. Vivimos juntos no muy lejos de aquí. Te presento a “Congo, mi perro”.
Un misterio las une
Dedicado a Lola
El viento sopla del sudeste con rachas encabritadas que la obligan a entornar los ojos. El celeste con que la madre naturaleza ha dotado su mirada le proporciona un extra muy importante en la vida diaria; tal vez porque el observado no puede interpretar qué clase de miramiento arremete contra él, ya que podría ser enojo, observación o agrado…
Lo que nadie sabe es cuánto le cuesta mantener la mirada en un punto fijo sin que se irriten sus pupilas; la arena, el polvillo, el sol y, por supuesto, el viento le juegan en contra. Pero esto de enfrentar las rachas le proporciona un bienestar intenso…
El horizonte le devuelve un cielo lleno de nubarrones, mezclados con algún rayo solar tardío, que le da un tinte rosado a los espacios que quedan entre las nubes. De todos modos, la tormenta asecha desde hace horas. Nada se compara a esta sensación de precaución ancestral que la hace protegerse de lluvias y borrascas, quizás porque presiente que morirá un día de tormenta.
A pesar del miedo, Lola espera a su amiga, que es una mezcla de hada madrina y bruja. Aprendieron a cuidarse una a la otra, porque la existencia no es fácil y desde el primer día se han amado.
Lola ha pasado años observándola correr de un lado al otro: los hijos, la comida caliente, las zapatillas blancas, cabellos ordenados, piojos. Hasta que llegaba la noche y todo terminaba para las dos, con aquel recorrido por la plaza a paso rápido, rozándose de tanto en tanto. ¡Juntas, piel a piel, paso a paso!
La vida ha transcurrido desde aquellas noches de ronda y hoy, en medio de este soplo lleno de historias, se devela el misterio que las ha unido desde siempre.
Su amiga ha soltado las riendas de los críos, igual que ella hace tiempo. El misterio es el amor infinito que las une.
Esta noche, su amiga ha dejado el teléfono, el ordenador, el auto, el reloj y la ropa de oficina. Corre dichosa, con trote firme, hacia la luz que irradia la luna llena entre las nubes del cielo tormentoso. Con ojos rasgados de celeste infinito, Lola presta atención a la sonrisa transformada en mueca de libertad infinita que lleva prendida en el alma su amiga, que aúlla con gritos de loba salvaje en cada trote y en cada vuelta. Lola la observa sin perderle el rastro –para custodiar su cambio– y se recuesta contra el tronco del árbol de la plaza, que protege su peluda espalda de perra siberiana.
La tormenta ha seguido de largo…
Un día de escuela
Aquella mañana su madre lo levantó de la cama como siempre, le acarició la cara y abrió lentamente los grandes postigos de su habitación. Una brisa fresca entró y rozó su cara con intención de despertarlo. La luz del pasillo, que daba a los tres dormitorios, lo golpeó directamente a los ojos, señal inconfundible de su madre para que también sus hermanos se movilizaran rumbo cada cual a su colegio.
Esperó a que terminaran todos con el baño mientras se vestía con la ropa que estaba a los pies de su cama, amorosamente doblada, con ese olor a jabón que le era tan familiar.
Más que cualquier otra mañana, la remera del uniforme del colegio se negaba a entrar por la cabeza. Ponía voluntad, pero la maldita prenda se enroscaba en el cuello sin permitirle a sus brazos encontrar la salida; la odiaba con todo su corazón.
Cuando el baño estuvo por fin desocupado entró y cerró la puerta, sin darse cuenta de que estaba nuevamente en los brazos de Morfeo. Sorprendido, perdió pie al escuchar un golpe enérgico en la puerta de madera del sanitario. El mismo golpe de todos los días a la misma hora, recordatorio para el cumplimiento real de su aseo matinal. Era tan difícil cepillarse los dientes mientras los golpes se sucedían en un crescendo odioso. Una ampolla, o tal vez alguna pieza dental que pretendía emerger, le impedía el cepillado habitual; pero si no lo hacía su existencia no sería armónica, no era un buen comienzo del día un enfrentamiento con su madre.
Pasado un tiempo infinito frente al espejo, escuchó otra vez la voz que taladraba su cabeza preguntándole si necesitaba ayuda con el cabello.
¡Ese cabello rizado que cada día le traía tantos problemas!, aunque sin dudas lo asemejaba tanto a sus hermanos, que no tenía más remedio que aceptarlo como otra carga de la herencia genética.
Salió al pasillo y se cruzó con esa mujer molesta siempre dispuesta a colaborar con él, que rápidamente solucionaba este o aquel problema; pero que por momentos creía tan excéntrica y un poco loca. Es que su madre trabajaba tanto que jamás la veía en la puerta de la escuela hablando y riéndose como las demás; en cada reunión de padres siempre llegaba sobre la hora; nunca estacionaba el auto para comprar el diario o tomar un café –como todas las demás– en el barcito que estaba enfrente del colegio…
Bajó las escaleras y halló el jugo de naranjas de todas las mañanas, más las despiadadas contestaciones y el malhumor de su hermana mayor, quien no lograba despertase hasta casi el mediodía. Gracias a Dios entraba media hora antes que él, así que se iba sola y lo dejaba saborear unos tragos de paz anaranjada.
Mientras, observaba el subir y bajar de esa mujer trayendo y llevando infinidad de pequeñas y grandes cosas que, a esas horas de la mañana, era imposible para su cerebro establecer origen o pertenencia de alguna de ellas.
De repente sintió el peso de la mochila sobre la espalda, indicador que señalaba el momento de subir al auto sin discutir ni emitir queja alguna y partir hacia sus obligaciones. Tras la salida del vehículo, cerró el portón y se acomodó en el asiento trasero. Sabía que podría dormir hasta llegar a la escuela.
Al rato escuchó que la puerta trasera se abría y aquellas manos que tanto conocía, lo acariciaban y lo invitaban a bajar. Comenzaba nuevamente el calvario de la escolaridad. Atesoró el beso de despedida y sin darse vuelta para mirar escuchó que el auto comenzaba la marcha y se alejaba… con él, todas sus esperanzas de estar en otro lugar.
Entró en el aula y esperó al maestro. Había llegado a querer a ese hombre de lentes pesados y gruesos; ese hombre que siempre le obsequiaba una sonrisa o una palmada en la espalda, que lo alentaba a proseguir cuando lo veía flojear.
Pasaron las primeras horas de clase y llegó el recreo. Su cabeza, más despejada, estaba lista para correr tras alguna chica con el pretexto de jugar a la mancha; pero, como era habitual, el timbre desbarataba cualquier plan maestro en busca de una presa. Formaron la fila para entrar al salón, excepto aquellos que aún no respetaban al maestro y entraron corriendo. El pobre tuvo que ir a buscarlos para que cumplieran con las reglas establecidas.
En ese momento un ruido estalló, hizo temblar el edificio y después… Después, nada…
Al abrir los ojos estaba en el piso con la cara llena de polvo y mucho dolor en los oídos. Miró a su alrededor, percibió un olor extraño; buscó entre el humo espeso y reconoció la figura del maestro desparramada en el piso. Sin dudarlo se movió hasta él, pudo ver que sus lentes no estaban en esa cara conocida, ahora tan diferente; tenía los ojos cerrados y heridas en todas partes. Sintió tanto miedo que no pudo más que pensar en aquellas manos que arreglaban sus cabellos, que ajustaban su corbata a la maldita remera del uniforme, que lo despertaban cada mañana con caricias eternas.
Fue entonces cuando millones de lágrimas comenzaron a derramarse mientras no paraba de repetirse que debía encontrar la fortaleza necesaria para sostener la cabeza de su maestro entre sus piernas, que se veían tan pequeñas en ese lugar infernal. Miró a su lado y encontró los anteojos, los guardó en el bolsillo y esperó rezando que alguien viniera a ayudarlos.
El tiempo sin tiempo rozaba su alma como una guillotina, hasta que unos brazos fuertes lo separaron del maestro y lo llevaron fuera del edificio. Voces que gritaban, sirenas que sonaban, manos que lo tocaban y revisaban.
Lo llevaron a algún lugar, se sentó en una silla, le sirvieron un refresco. Esperó y esperó, palpando cada tanto los lentes en su bolsillo. Los olores no eran los de su hogar, pero parecían similares, estaba en una casa que no era la suya… no tenía intención de buscar más información.
Su infancia aturdida se sobresaltó al percibir una brisa fresca, que le rozó la cara como una navaja. La voz que se escuchaba, angustiada y resuelta a todo, desde el pasillo de la casa que no era la suya le cortó la piel del alma cuando gritó su nombre.
Giró la cabeza embotada de incendio y dolor. En ese instante sintió el cruce magnético de aquellos ojos color del tiempo con los suyos. El túnel invisible que lo llevaba a esos brazos, a esas manos expertas que lo colocaban en la ruta fabulosa de lo conocido y amado se había hecho presente.
¡Mamá lo había encontrado!
Capítulo 2
La queja
Una vez llegada la desgracia,
de nada sirve quejarse.
—Esopo (S. VII aC-S. VII aC)
Fabulista griego.
La hendidura, mi niña, el bicho y yo
Llueve, un insecto desafina su canto. Bendición que limpia, humedad que nutre mi profundo ser de marioneta.
El pobre bicho pretende hacer un ostinato que enriquezca el concierto de gotas; ojalá logre acompañar a la lluvia y componer una copla que no suene a quejas.
Me pregunto si los bichos tienen nombre. No logro entender por qué el alboroto. Tal vez, cuando consiga lo que quiere deje de quejarse, apague el motor que lo mantiene y me permita bucear en mis adentros…
La ventana a medio abrir nos separa a él y a mí, por suerte.
¡Sé que escucha el sonido del teclado que acompaña mi viaje en estos tiempos! Tal vez, para él sea tan monótono el golpe de mis dedos como para mí su compañía.
Así, sin propuesta previa, se ha creado este tintineo, mezcla torpe de felicidad y angustia, que moverá el mecanismo que germina en esta tarde sin montañas ni río…
A pesar de todo, busco sin treguas la paz que tanto ansío. Pero allí, detrás del canto desafinado, está ella, pequeña y aturdida…
Quiero rescatarla y ofrecerle el mundo, quiero abrazarla y deshacer sus miedos; pero el bicho tenaz, allá afuera, entre las plantas, se ocupa de mantener mis nervios en la cornisa. Mis ansias locas esperan que su grito de barítono en desgracia calle de una vez.
Anhelo desde hace tiempo conocer a la pequeña que, encarcelada detrás de la puerta que nos separa, me persigue con sus ojos de niña.
Hasta ahora, no he podido.
Ahí está. Saca su manito por una rendija, la sacude con los pocos movimientos que le deja la abertura alargada y estrecha. Sus ojos de nena me imploran que elimine la hendija y la libere pronto.
¡Hoy más que nunca, mi pequeña, el bicho y yo en infinita queja!
La lluvia se dispersa, el bicho calla al mandato de quien sabe qué patrón de pacotilla. Por la hendidura de la odiosa puerta, ella estira su manito para tocar la mía.
Decido estrechar, por fin, sus dedos regordetes. Empujar la gruesa y oscura lámina que nos separa con un valor germinado en tantos años sin ella; es en esta tarde, de bichos y de quejas, una de mis más dignas batallas.
Al apreciar la tibieza infantil de su sabiduría, mi alma se funde con su cuerpo pequeño. La puerta se rompe como un terrón de azúcar en el chocolate caliente.
El apretón nos mantiene para siempre juntas, libres y en paz.
La hendidura, por donde su carita buscaba mi abrazo, se queda en el tiempo de las fotos viejas; esas fotos viejas que, en un futuro desconocido, alguien destruirá.

Una noche de abril
Esta es una de tantas noches en mi vida, de más está decirles que será la última.
La contemplo en silencio, sus movimientos se han vuelto partes de mi rutina. Espero a cada uno de ellos con ansiedad y expectativa. Cada noche, llega a la habitación y busca el interruptor que está entre el marco de la puerta y la biblioteca, embutido en la pared. Le molesta la luz que cuelga del techo, lo sé. Una vez que el espacio es visible, enciende la lámpara que está sobre el viejo escritorio, acomoda los papeles y objetos que acumula a diario mientras observa sus manos una y otra vez.
Me pregunto si el barniz con el que pinta sus uñas se le habrá vuelto a correr, porque nunca espera a que se seque completamente cuando decide arreglarlas. El líquido cremoso se transforma en una masa brillante que la fastidia porque se corre y muy rara vez la pintura queda pareja. ¡Me encantaría interpretar sus pensamientos cuando emplea tiempo indefinido en la observación de cada dedo!
Mi instinto me dice que esta noche es especial, y vaya si lo es. No quiero preocuparme ni lidiar con quejas que solamente me traen cambios de humor. La verdad es que, hasta ahora, he podido moverme a voluntad.
Esta mujer siempre está tan concentrada en sus dedos, en sus escritos y en las luces que no me tiene en cuenta, no es novedad en lo absoluto.
¡Un momento!
Sus manos recorren el teclado con ese sonido característico que me tiene embrujada. ¡Ahora sí ha comenzado mi velada!
Esta noche no ha cruzado las piernas sobre el sillón de cuero, como es su costumbre. Lleva el cabello suelto, atrevidamente revuelto, debo decir que no le queda nada mal.
La lámpara del escritorio se entrega a los golpeteos de sus dedos sobre el pobre teclado. Espero que sea el final de ciclo luminoso de la lamparita que tanto me perturba. No puedo leer lo que escribe porque las intermitencias de su luz son insoportables. Ella parece no percibir el temblor radiante que reina en la habitación y sigue con el acompasado movimiento de parir letras sobre la pantalla. El embrujo corre por todo mi cuerpo de tal manera que logra borrar todos mis lamentos en contra de la lámpara, los dedos, el barniz, las uñas y la luz mortecina.
¡Ah, la pequeña luz ha decidido dejar de parpadear!
Esta es la oportunidad perfecta para acortar distancia y leer de qué trata el escrito de esta noche.
¡Necesito saber cómo continúa la historia! Es ahora o nunca.
La luz es constante por primera vez en mucho tiempo. Soy muy afortunada porque la naturaleza me ha dotado de movimientos silenciosos y ella no escucha cuando me traslado de un rincón a otro.
Puedo distinguir, con esfuerzo, el inicio de las oraciones que escribe, no así los finales que, generalmente, intuyo.
Habrán notado que tengo algunos problemas con la visión; nadie es perfecto y he pasado casi toda mi vida rezongando por mi disminución visual, pero hoy me doy cuenta de que no ha sido tan terrible ver un poco menos que otros.
Se recuesta sobre el respaldo de cuero oscuro, piensa, se mira las manos, cruza los dedos y resuelve si va a limar el índice o el mayor con la pequeña lima de vidrio que le trajeron de Viena.
¡Este es el momento justo para leer lo que escribe!
Para que se entienda mi relato, quiero contarles que lo que escribe mi observada señora, es una historia de amor que –como toda historia romántica– está llena de encuentros, desencuentros y dos quejosos que no paran de discutir.
Resumo lo que ha pasado hasta ahora:
La pareja lucha por emerger de costumbres familiares que arrastran en la biografía natural desde hace siglos. Pertenecen a distintos clanes o etnias. El amor los une desde que se conocieron. El modernismo, y lo atrevido de la personalidad de la mujer, los hace huir del pueblo en donde viven sus familias y amigos para poder estar juntos. En algún lugar distante, apartados lo más que puedan de tantas viejas tradiciones.
Les digo que hace tiempo que escribe sobre esta trama, que gira entre amores, peleas, enfermedad y reencuentro. Esta noche algo diferente brota de su creación y por ninguna razón voy a perderme un capítulo de la historia.
Los amantes están juntos en un entorno de montañas; él ha decidido rebelarse, por fin, a los mandatos familiares y ella se entrega al amor sin condiciones…
Veo algunos párrafos borrosos, pero la historia me cautiva de tal manera que adivino las palabras que no alcanzo a leer. La pequeña luz no parpadea, podré seguir el golpeteo del teclado hasta el fin de este capítulo.
¡Estoy feliz!
Es de día en la narración. Tiempos de lluvia, la protagonista grita…
El eco de sus lamentos choca con las paredes del cuarto de hospital, está rodeada de médicos y asistentes; él se ha desmayado, pero nadie puede atenderlo porque la mujer se retuerce en la cama. Ella es la prioridad de los que la asisten, médicos y enfermeras con barbijos y guantes.
¡Ah, mis ojos…! ¡Qué difícil me resulta enfocar! Me acerco un poco más, tanta incertidumbre provoca en mí un nerviosismo incontenible. Ahora sí, solo me queda orientar la visión y esperar a que se disipe la niebla de mi vista para poder continuar la lectura.
Los médicos gritan: «Ya viene, tengo su cabecita entre mis manos». La mujer, en la camilla de parto, jadea su último esfuerzo perfeccionado por el nacimiento de una hermosa niña de cabellos pegados a su cráneo. La pequeñita grita y se contorsiona sin poder adaptarse al nuevo ambiente sin líquido amniótico ni cordón que resuelva sus apetencias…
¡Otra vez la lámpara parpadea! No lo puedo creer. ¿Cuándo piensa cambiar la lamparita del maldito cacharro luminoso?
¡No es la lámpara esta vez!
¡Es mi tela que cede, me acerqué demasiado sin calcular el peso que he ganado en estos tiempos! ¡Se está deshilachando la trama del tejido, el hilo que sujeta mi cuerpo se deshace!
¡Caigo a la velocidad del rayo!
¡Ella grita!
¡El sillón de cuero gira sobre sí mismo!
La luz se apaga para siempre cuando un objeto desconocido y pesado cae sobre mí y termina con la vida de araña que me tocó en suerte…
¡Qué pena… ser una araña y morir el mismo día de abril en que nació la beba de la historia!
¿Volverá?
La foto nos muestra a los dos: rubios, pequeños y tristes. Intento apoyar el codo sobre el pasto y descansar; posición que no me deja ver el cielo, aunque me da comodidad para observar el horizonte. Mi hermano, siempre pegado a mi cuerpo, insiste en meterse debajo de mi panza, pero he desarrollado una nueva teoría que se llama “crear un muro”; no me sale tan mal. Por suerte la fotografía es en blanco y negro, no se distingue con claridad que el color original de nuestros ojos es muy claro, demasiado claro para mi gusto.
¿Cómo no lo entendí antes?
Los mayores prometen un par de cosas y, como somos niños, debemos creerles y no quejarnos porque somos niños.
¿Creer…?
Si me esfuerzo un poco más, tal vez llegue a distinguir algo en esa inmensidad que es el mar, pero… ¿si con tanto esfuerzo mis brazos se duermen, si mi panza ya no quiere quedarse tranquila y aparece el dolor del hambre?
No importa, voy a resistir; tengo que hacerlo y dejar de quejarme.
Qué suerte que está mi hermanito cerca. Espero que se quede en su lugar, no podría soportar el roce de su piel; es tan pequeño, no entiendo por qué insiste en hacer lo mismo que yo. A veces no sé si piensa o usa mis ideas para hacerlas propias.
Creo que voy a suspender el proyecto muro en unos minutos más.
No voy a girar mi cabeza, no voy a mirarlo; no obstante, apuesto a que está en la misma posición que yo. Somos parecidos, pero no iguales, él es tierno y yo siempre estoy enojada.
¿Qué me importa?
Papá dijo que volvería. Los grandes no cumplen su palabra, el tiempo pasa, los inviernos se van y dan paso a este sol que quema. No hago otra cosa más que buscar en el horizonte y él no regresa a casa.
Tal vez se olvidó de nosotros, tal vez no se acuerda de mí o quizás olvidó mi nombre, ¿sabrá que lo espero? ¿Sabrá que no podemos hacer lo que hacen los demás niños porque él no está?
¿Cuándo aprenderemos a nadar? Sin padre no podemos entrar al mar.
¿Y si no viene? ¿qué vamos a hacer?
¿Este niño seguirá copiando todo lo que yo hago o alguna vez tendrá una idea propia?
El proyecto muro será demolido si papá no regresa, alguien tiene que cuidar de mi hermanito. Tal vez sea tiempo de eliminar también mis quejas y dejar de mirar el horizonte…
¿Volverá?

Ese raro color de cabello
El viaje en tren fue más corto de lo que Rufo había imaginado. Para él todos los sitios eran iguales, los paisajes no lo conmovían y los viajes no le gustaban.
Rufo había perdido a su madre hacía un tiempo ya. Nadie le contó cómo fue que murió, sabía que algo tremendo le había pasado cuando viajaba en auto con su papá, rumbo a San Luis. Desde entonces a Rufo no le gustaba viajar. Su padre lo trataba de quejoso, motivo que lo hacía reprimir toda conversación posible con el único familiar que le quedaba al niño, que era su padre. Cuando subieron al tren supo, con solo ver la actitud del hombre, que no habría conversación posible, ni roce de cuerpos, ni caricias, ni nada.
Al llegar a destino, un alivio inesperado se apoderó de él y amortiguó la tristeza que le provocaba la distancia que imponía su padre. Rufo pensaba que había una razón secreta que hacía que el hombre no se le acercara. Estaba convencido de que era ese color de cabello rojo y estridente. Además, su nombre significaba pelirrojo o rojizo, según recordaba que le había contado la mamá en alguna de aquellas charlas de cocina y guisos, tan lejanas ahora.
Cuando el tren se detuvo sintió un pellizco en el brazo y la voz del padre, que le decía:
—¡Llegamos a Córdoba!
Bien recordaría aquel día el resto de su vida. Algo inesperado sucedió después. Papá lo tomó de la mano con fuerza, sin soltarlo siquiera dentro del coche que los condujo al destino que le cambiaría la vida para siempre. El conductor del auto no paraba de hablar ni un instante. Sus dedos empezaban a dormirse por la fuerte presión de la mano del padre, que miraba el paisaje por la ventanilla; le daba la sensación de que estaba perdido o desorientado porque no despegaba la nariz del vidrio.
El vehículo comandado por el parlanchín chofer comenzó a trepar por un camino terrible de curvas y contracurvas. El pequeño colorado pudo dominar el estómago de milagro.
El auto se detuvo en un paraje lleno de pinos. La puerta se abrió y la mano del niño, la que hasta aquel momento se mantenía libre sobre sus piernitas, fue agarrada por una fuerza desconocida. Lo raro fue que el papá lo permitió, le soltó la otra mano que, a esas alturas, estaba agarrotada por la presión. Sin decir palabra alguna lo desenganchó.
La mujer que lo sujetaba lo llevaba casi a la rastra por el sendero de lajas. Apenas pudo Rufo observar la partida del taxi con su padre dentro. La valija con sus pocas cosas de niño se había quedado sola debajo del arco de entrada de aquel lugar enorme. ¡Tan sola como su propio ser!
La señora que sostenía con rudeza el brazo del niño parecía no darse cuenta de que no era un brazo extensible, porque lo llevaba a los tirones. Cuando detuvo la marcha, se presentó como la Señora Directora y sin ninguna contemplación lo llevó del mismo modo por pasillos y puertas demasiado altas para observarlas.
Interrumpió la caminata al llegar a un gran salón lleno de camas superpuestas. Le indicó una cama con el número nueve, sin mirarlo a los ojos, mientras el niño sostenía su abrigo gris, el saco de felpa destinado a los domingos o festivos que le había hecho su difunta madre. La directora le informó que la cama nueve sería desde ese momento la suya. Debería desarmarla para dormir y volverla a tender por las mañanas, le explicó. El niño contenía el llanto lo más que podía porque un par de muchachos estaban detrás de una puerta observándolo y, seguramente, se burlarían de su color de cabello. El olor de las mantas era horrible, la almohada que mamá le había hecho no estaba ahí.
Papá lo había abandonado…
Pronto llegó la noche y lo llevaron junto a los demás rumbo a un gran comedor. Le sirvieron un plato de comida que no supo que era, pero el hambre y el susto pudieron más, y Rufo comió. Al sonar una campana, todos doblaron las servilletas y las pusieron sobre la mesa. La directora ordenó el retiro a los dormitorios, allá fue nuestro pequeño pelirrojo sin entender nada de nada. Totalmente convencido de que todo esto le pasaba por su color de cabello.
Un hombre, que se hizo llamar “señor celador”, les ordenó el ritual previo a meterse en las camas y así lo hicieron todos a la vez.
El llanto brotaba sin control dentro de la trinchera que formaron las sábanas, que olían a miedo, en la cama nueve del salón dormitorio. Hasta que escuchó una voz desde el lecho de arriba que le decía:
—No llores, colorado, mañana será igual y pasado también. Lo mejor es dormirse porque si te escuchan llorar serás castigado.
—Es que no sé dónde estoy —rebatió el pequeño sin aliento.
Desde una cucheta lejana a la nueve, otro chico contestó su interrogante:
—Estás en algún lugar de las sierras de Córdoba; un internado en donde nos dejan porque somos huérfanos… lo primero que tenés que aprender es a “no quejarte”.
Aquella noche se durmió con al menos una pregunta respondida.
Al día siguiente, comenzó un nuevo ritual que con el tiempo se le hizo costumbre. Lo que nunca pudo entender fue el nombre del lugar: “Hogar Escuela…”.
El hogar era otra cosa, estaba seguro.
A pesar de lo raro del color de su cabello, Rufo se hizo un hombre de bien. Formó un hogar de verdad, lejos de las serranías y de los abandonos. Un hogar en donde aprendió a criar y amar a sus hijos.
Cierta mañana, cuando las canas ya habían coronado parte de su cabeza, y las sierras habían quedado muy lejos, conducía su taxi en busca de un cliente, como todos los días, en la ciudad de la furia. En plena Avenida de Mayo, subió a una pasajera con tonada cordobesa que le ponderó ese raro color de cabello. Rufo la observó por el espejo retrovisor y decidió contarle su historia en “El Hogar Escuela de Córdoba”.
Fue entonces cuando el taxista colorado le pidió a la escritora que escribiera su historia, que cuento hoy.
El edificio ministerial
Atrapada entre cuatro paredes de metal, miró hacia arriba con la esperanza de encontrar una forma de salir, pero los remaches firmes y agarrados eran fieles testigos del hermetismo de la caja del montacargas detenido. Bajó la vista y observó que los pies estaban en una posición rara, los contempló al tiempo que pensaba en cuan solos se veían desde el metro cincuenta que marcaba su visión. Claro, con una estatura pequeña como la suya sería un milagro llegar hasta el techo del ascensor; más aún, no creía posible que sus pies, en las condiciones en las que se encontraban, pudieran hacer algo por ella. El razonamiento lógico de la situación la dejó conforme. Era un hecho consumado que, siendo tan petisa y con el techo del ascensor totalmente sellado, sería imposible salir, al menos por la parte de arriba. Andy sentía una especie de alivio al poder gobernar los pensamientos negativos y sofocar la claustrofobia que gritaba por salir desde un lugar oscuro de su mente. Estaba lúcida y el pánico que había comenzado a manifestarse desde la parte inferior de su cuerpo, con aquella improvisada percusión que provenía de la suela de sus zapatos, estaba sometido aún a su voluntad. No era el momento de traer o relacionar detalles vividos en el pasado, su terapeuta le había indicado con claridad que una orden la da el cerebro y otra muy distinta la psiquis. Era el momento de callar al cerebro.
Los habitantes temporarios de los pisos del viejo edificio, que alguna vez había sido una casa velatoria, se dividían en dos grupos. Uno subía y bajaba solo por las escaleras, el otro grupo usaba de vez en cuando el montacargas cuando el pequeño ascensor de la entrada funcionaba con intermitencias; se encontraban en el pasillo y hasta no tener un cupo de al menos cuatro personas, nadie subía a la cabina del oscuro y alargado ascensor. Siempre en compañía de otros oficinistas, nunca solos. Era una tradición tácita que Andy no respetaba.
Muchas veces se escuchaban voces, llantos y quejas que dormían entre los muros del viejo edificio de la avenida Jujuy.
Aquella tarde, varios de los profesionales que estaban trabajando lo hacían con rapidez porque el reloj solar comenzaba a transformarse en lunar y ninguno de ellos quería permanecer en el edificio en horario nocturno. Una voz distante se quejaba con estridencia sofocada y les perturbaba el trabajo. Lo nuevo para todos era que después de los lamentos se oía el timbre del maldito montacargas, una y otra vez. Lo que llevaba a pensar que era un ser vivo atrapado en la caja siniestra.
Antiguamente, en él, subían y bajaban a los muertos que eran velados en los distintos pisos o salas velatorias. Además de hermético, el ascensor tenía la capacidad justa para dos camillas o, más bien, dos ataúdes. Ahí estaba Andy, sola y temblorosa.
—¡Otra vez el timbre! —comentó una voz fastidiada del cuarto piso.
—Es el llamado del ascensor grande, será el chistoso de siempre. O tal vez hoy se ha quedado alguien adentro. Les comento que un fantasma puede quejarse o llorar, pero tocar el timbre es una cualidad de algún ser vivo que subió y quedó atrapado.
Nadie escuchó las palabras de la mujer, que cada vez se ponía más nerviosa con el lamento y el sonido del timbre.
—¡Siempre soy yo la que corre! —se quejaba la oficinista con hartazgo infinito.
—Resulta que un chistoso se divierte apretando el botón de emergencias más de una vez, hasta que un día pase algo grave y ni siquiera yo tenga ganas de salir al rescate.
—No voy a moverme de mi escritorio, deberían tener vergüenza los que nunca salen en auxilio de nadie.
—¿Si realmente hay alguien atrapado?... no me lo perdonaría, mejor salgo al pasillo y curioseo sin quejarme de nada más. Si es un fantasma, lo saludo. Pero si es una persona viva intentaré sacarla —dijo enojada y salió a los corredores desolados del edificio, a la vez que gritaba haciendo una bocina con sus manos
—¿En qué piso estás? —gritó varias veces.
Andy logró escuchar la voz de su compañera.
¿En qué piso?
¿Cómo saberlo?, si el ascensor marcaba un “menos cinco” y ella se había subido en la planta baja. Estaba segura de que en el sótano solo existía el tanque de agua que proveía de un oscuro líquido a los sanitarios que funcionaban, a pesar de no ser mantenidos.
La maldita caja se movía como una nave espacial mientras la compañera de oficina que había salido en su auxilio parecía haber perdido las fuerzas de tanto subir y bajar las escaleras acompañando el derrotero del fúnebre ascensor. Si las dos mujeres lograban encontrarse en algún momento, tal vez podrían entenderse.
Andy rogaba que el ascensor o la compañera se detuvieran pronto.
Atrapada, se daba cuenta de que el volumen de sus palabras se empequeñecía en el derrotero de la cabina por los pisos del viejo edificio del ministerio.
La compañera sabía que mientras más se agitaba ella menos oportunidades de mantenerse fresca tendría Andy que, según su estado de salud, podría descompensarse por el frío sepulcral dentro de la caja que seguía su trayectoria errante a pesar del corte de luz. Conocía a Andy, por lo que estaba segura de que la situación de frío y oscuridad podría volverla más loca de lo que realmente estaba.
Resolvió usar el protocolo y llamó a los bomberos, que no contestaban. Pidió ayuda a la policía, pero el teléfono estaba sin señal. Hasta que escuchó el freno brusco de las poleas desde dentro del túnel que albergaba a la caja y a tantos espíritus más.
En aquella dependencia ministerial sobraban las personas insensibles. Pero como existe lo malo también, bajo algunas baldosas, se encuentran los buenos.
Desde la terraza un hombre tiraba con fuerza de la polea del aparato que había dejado de funcionar por alguna razón que desconocemos. El hombre había sido intervenido hacía un año por problemas cardíacos, y al escuchar a las dos mujeres salió en auxilio de la atrapada. Lo que ninguna de las dos nunca supo fue que el enfermo del corazón era el chistoso que hacía sonar todos los días el timbre del ascensor para divertirse con las corridas del personal.
Solo, y fundido en su propia culpa, tiraba con sus manos de la polea engrasada de añil y fantasmas para destrabar el montacargas mortuorio y llevarlo hacia uno de los pisos y así poder rescatar a la “petisa del cuarto”.
A esas alturas, Andy había perdido gran parte de su dominio. Reconoció la voz del compañero cardíaco y el hecho de pensar que ese pobre hombre sería su salvador la había terminado de desquiciar.
Dentro de la caja, sintió que la boca se le había secado como un desierto en pleno día. Ya no podía ver sus manos ni sus pies. La voz desde afuera le hablaba con ternura, a la vez que le aseguraba que en poco tiempo todo estaría bien y que podrían disfrutar de un buen café caliente en unos minutos más. Había aprendido varias cosas importantes en los últimos años, una de ellas era la figura salvadora de la frase que reza: esto pasará, esto pasará… Como un mantra salvador lo repetía y lo repetía.
Retornó la luz en el edificio. El ascensor comenzó un nuevo viaje hacia la terraza, en donde un abnegado bombero abrió las puertas. Rescató a Andy quien con la lucidez mínima que le quedaba pudo decirle “gracias”, antes de ser trasladada al hospital en donde por varios días repitió la misma frase. “Esto pasará, esto pasará…”.
Tirados en el piso, a la vista de varios fantasmas muertos de risa, el cardíaco y la compañera ministerial esperaron unos instantes para reponer las fuerzas necesarias que les permitiera salir de la ex casa mortuoria antes de que el sol dejara de esparcir su luz en la cuidad de la furia.
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