Read the book: «Controversias. Libros VI-X. Suasorias»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 340

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por OLGA ÁLVAREZ HUERTA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2005.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO420
ISBN 9788424937164.
CONTROVERSIAS
(LIBROS VI-X)
LIBRO VI (EXTRACTOS)
1. EL COMPROMISO POR ESCRITO CON EL HERMANO DESHEREDADO
Un joven se comprometió por escrito a darle a su hermano, que había sido desheredado, la mitad de la herencia, con la condición de que no recurriera contra el desheredamiento. Éste no recurrió. El otro hijo es desheredado por el padre 1 .
Contra el hijo
Ha contraído tantas deudas que no las va a poder pagar en vida de su padre. — ¿Quieres saber la confianza que inspiras? Ni siquiera tu hermano hubiera confiado en ti sin un compromiso por escrito. — Estoy retrasando las expectativas de uno y la promesa del otro. — Aún no me he muerto y mi patrimonio ya está repartido. — Como no me ayudéis 2 , me va a ganar incluso el que no recurrió. — No oculto que hoy estoy desheredando a los dos. — Muestra el escrito, ese acuerdo entre parricidas, ese pacto alimentado por unas expectativas criminales, ese escrito impío para el que lo ha propuesto, vergonzoso para el que lo ha aceptado y peligroso para el padre de ambos.
Por la parte contraria
Compartiré contigo, hermano mío, todo lo que el destino nos depare: si hemos de alistarnos en el ejército, juntos nos alistaremos; si hemos de viajar, juntos recorreremos las ciudades; si he de mendigar el pan de cada día, también lo compartiré contigo. — No era mi intención exacerbar la ira todavía reciente de nuestro padre y por eso me pareció mejor que mi hermano se ganara su favor guardando silencio. — «Heredaré la parte que me toca y custodiaré la tuya; pero, puesto que en asuntos de gran importancia en quien más se confía es en uno mismo, te entrego este escrito. Tú apáñatelas para que parezca que lo has recibido de tu padre más que de tu hermano». — Intentábamos proceder de manera honrada y respetuosa, y lo hicimos tan abiertamente que nuestro padre se enteró. Pues, ¿qué tenía yo que temer?, ¿que mi padre, si se enteraba, se tomara a mal que su hijo no fuera un avaro sino un buen hermano? — Ojalá consiga yo reconciliar a nuestro padre con nosotros dos.
2. EL PADRE EXILIADO QUE FUE EXPULSADO DE SU PROPIEDAD
Es ilegal ayudar a un exiliado dándole techo y alimento.
Aquel que sea convicto de homicidio involuntario deberá permanecer cinco años en el exilio.
Un hombre, que tenía un hijo y una hija, fue hallado culpable de homicidio involuntario y partió al exilio. Solía ir a una propiedad suya cercana a la frontera. El hijo se enteró e hizo azotar al encargado de esa hacienda que, a partir de ese momento, le negó la entrada al padre. Empezó a ir entonces a casa de su hija. A ella se la acusó de haber dado cobijo a un exiliado, pero fue absuelta gracias a la defensa de su hermano. Pasados los cinco años, el padre deshereda al hijo 3 .
Contra el hijo
Mi acusador me obligó a alejarme de mis conciudadanos, mi hijo hasta de mi familia. — He hallado mayor dignidad en mi hija, que fue acusada, y mayor honradez en mi esclavo, que fue azotado. — Te has portado mal con tu padre, al que no dejaste entrar, con tu hermana, a la que perjudicaste con tu comportamiento, con los jueces, a quienes temiste en una causa tan fácil de ganar. — O tú has actuado mal o es tu hermana la que lo ha hecho. — De acuerdo con lo que mi hijo me enseñó, no lo acojo en mi casa. — «Mi hermana ha sido absuelta gracias a mi defensa». ¿Y tú te negabas a acoger a tu padre, cuando eras perfectamente capaz de defender una causa como ésta? — Al absolver a la que me acogió, se condenó al que me había echado. — Mi hija vio en mí a su padre; los esclavos, a su amo; sólo a ojos de mi hijo era yo un exiliado. — Perdóname tú, el más leal de mis esclavos, porque también a ti te he hecho daño sin querer. — ¿Te das cuenta de lo fácil que era la causa de ella, cuando la han absuelto aun teniendo un defensor como tú? — Si tuviera la intención de hacerte mi heredero al morir, tendría que ser capaz de legarte a un hombre así como esclavo 4 . — El que para los demás es un exiliado, para ti es tu padre. — La ley no obliga a delinquir, de ahí que la mujer no lo hiciera y saliera absuelta. — La ley se le aplica a quien ayuda a un exiliado, no a quien permite que se le ayude. — Desentiéndete, haz ver que no sabes nada, pues la ley te obliga a ser inocente, no a vigilar a los demás. — Si lo hubieras hecho por mi bien, me lo habrías advertido y al esclavo le habrías prohibido que me acogiera, pero no lo habrías hecho azotar.
Por la parte contraria
No podía quedarme callado ante algo que está prohibido por la ley. — Fue acusada y enseguida absuelta porque se pensaba que, pobre mujer, no conocía bien las leyes. — No tuve miedo por mí, sino por ti, ya que el asunto había llegado a oídos de la gente e intentaban capturarte, y yo temía que te mataran. — ¿Quieres la prueba de que se sabía todo? Mi hermana fue acusada. — Preferí azotar al más honrado de los esclavos antes que perder al mejor de los padres.
3. LA MADRE DE UN BASTARDO QUE FUE ELEGIDA COMO PARTE DE UNA HERENCIA
Al hermano mayor le corresponde dividir el patrimonio y al menor elegir una parte.
Se puede reconocer a un hijo habido de una esclava.
Un hombre, que tenía ya un hijo legítimo, reconoció a otro habido de una esclava y después murió. El hermano mayor dispuso la repartición de la herencia de modo que, en una parte, quedara todo el patrimonio y, en la otra, la madre del bastardo. El hermano menor eligió a la madre y luego acusa a su hermano de fraude 5 .
Contra el hermano mayor
Soy el único al que han desheredado en un reparto. — «Él podría haber elegido la otra parte», dice. Y tú sólo podías ser un hijo del mismo tipo que el hermano que demuestras ser. — La ley dispone que tú hagas la repartición y que yo elija; es evidente que lo hace por temor a que se engañe al menor. — La repartición que ha hecho supone que, si no quiero ser pobre, he de dejar a mi hermano en la indigencia y a mi madre en la esclavitud. — Repartir no es poner en una parte el patrimonio y en la otra una carga. — Era de tal calaña que su padre reconoció al hijo habido de una esclava como coheredero. — «Elige: o patrimonio o crimen». — Se suele llamar estafadores a los que se llevan algo; pero éste no ha dejado nada. — Me dice: «Tú has elegido ser pobre». Si tanto me gustara la pobreza, no me estaría quejando. — «No se pueden poner objeciones a lo que se ha hecho conforme a la ley». No, es justamente al revés: sólo se pueden poner objeciones a lo que se ha hecho conforme a la ley, pues un acto cometido fuera de la ley queda de por sí invalidado. El fraude siempre encubre un delito bajo apariencia de legalidad; a simple vista es legal, pero esconde una trampa. El fraude siempre se vale de la ley para alcanzar objetivos ilícitos. — La ley dispone que el mayor haga la repartición y que el menor elija, y ni tú has hecho una repartición ni él ha elegido. Lo has coaccionado de tal modo que se ha visto obligado a elegir lo que va en contra de sus intereses. — El amor que siento por mi madre era de sobras conocido; por eso no le daba miedo que yo fuera a elegir la otra parte.
Por la parte contraria
Yo me limité a hacer la repartición. El fraude no radica en la repartición sino en la elección. — Tienes a tu madre, mientras que hay quien ha tenido que rescatar a la suya a costa de todos sus bienes; tienes fama, mientras que hay quien ha intentado obtenerla con el fuego y las armas. — Ella se gastó una buena parte del patrimonio ejerciendo los derechos de una matrona con el descaro de una esclava. — ¿Acaso temías que me ensañara con ella? No me convenía hacerlo si cabía la posibilidad de que ella acabara siendo todo mi patrimonio. — Ahora posees exactamente lo mismo que yo, pues posees la parte que has querido. — Ni siquiera nuestro padre quería que poseyeras lo mismo que yo y por eso dejó que tu madre siguiera siendo una esclava.
4. UN BREBAJE MORTÍFERO EN PARTE
Se puede entablar un proceso por envenenamiento.
Una mujer acompañó al exilio a su marido, un proscrito. Un día lo sorprendió a solas con una copa en la mano y le preguntó qué contenía. Él le contestó que era veneno y que quería morir. Ella le suplicó que le dejara beber un poco, diciéndole que no quería vivir sin él. Él se tomó parte del brebaje y le dio el resto a su mujer, pero únicamente murió ella. En el testamento aparecía como heredero el marido. Al volver del exilio se lo acusa de envenenamiento 6 .
Contra el marido
Se las arregló para que ella lo sorprendiera; tras ser sorprendido, para que le suplicara y luego bebió lo justo para seguir con vida. — Pero, ¿qué veneno es éste, que al único que no mata es al heredero? — No ha habido nunca nadie que le haya dado veneno a su mujer de manera tan descarada. — Éste, que dice desear la muerte, huyó para que no lo mataran. — Es el único que se ha hecho rico con una proscripción. Su mujer no pudo convencerlo de que viviera. Lo que lo convenció fue algo bastante más atractivo: la herencia de su mujer. — Sabía muy bien qué cantidad de brebaje tenía que beber. — Agredió a los del bando contrario con la espada, a los del suyo con veneno. — Los vencedores han dejado de matar antes que los vencidos. — ¿Cómo no pensar que pasaría esto si la mujer se había llevado al exilio el testamento, y el marido el veneno? — ¿Dónde está tu mujer? ¿Cómo no te da vergüenza? Ahora hasta los proscritos pueden regresar a la patria. — Apenas se hubo tomado el brebaje, se desplomó. No os sorprendáis de que el veneno fuera tan efectivo: es su heredero quien se lo dio. — Normalmente, el líquido menos denso e inocuo se queda flotando en la superficie, mientras que la parte más densa y letal se deposita en el fondo por su propio peso. — Es evidente que llevabas tiempo preparando el veneno, pues sabías perfectamente cómo dividirlo en dos. — Aunque se pueda exculpar a alguien que le haya dado veneno a uno que se lo estaba pidiendo, ¿se te puede exculpar a ti, que la incitaste a que te lo pidiera? — Era un tipo de veneno que, por su propio peso, quedaba depositado en el fondo del líquido. Él bebió justo hasta donde empezaba el veneno y su mujer se bebió el veneno.
Por la parte contraria
Amó a su marido en tiempos de paz, lo siguió en tiempos de guerra y no lo abandonó en su última decisión. ¡Cómo no se va a merecer que la siga yo, a pesar de mi inocencia! — Luché en la guerra civil, fui proscrito y partí al exilio. ¿Qué otra desgracia más cabe añadir a éstas, salvo beber veneno y seguir con vida? — Se lo dije: «Es veneno». Quienes tienen la intención de envenenar, lo ocultan. — En cierta ocasión Catón vendió veneno 7 . A ver si a un proscrito no le va a ser lícito comprar lo que a Catón le fue lícito vender.
5. IFÍCRATES, ACUSADO
Quien se valga de la violencia en un tribunal será condenado a muerte.
Ifícrates, enviado a luchar contra el rey de Tracia, resultó vencido dos veces en combate, pero hizo un pacto con el rey y se casó con la hija de éste. De vuelta a Atenas, cuando fue citado a juicio, se pudieron ver cerca de la sala del tribunal algunos tracios armados con cuchillos y el propio acusado se presentó espada en mano. Llamados a dar su veredicto, los jueces pronunciaron públicamente una sentencia absolutoria. Se acusa a Ifícrates de haberse valido de la violencia en un tribunal 8 .
Contra Ifícrates
Todos los jueces estaban completamente atemorizados, como si fueras tú el que tuviera que juzgarlos a ellos. — Tu defensor compareció con su reino al completo; no instruyó para la guerra tantas tropas como para este juicio. — Ifícrates, envaina la espada, que esto es un juicio. — ¿Qué haces con una espada? Sabes bien que los que han sido vencidos dos veces deben deponer las armas. — Pero, ¿qué manera es ésta de trastocar el orden natural de las cosas, una boda en una guerra y una guerra en un tribunal?
Por la parte contraria
No me he valido de la violencia. Todo se ha desarrollado conforme a la ley: el acusador ha hablado cuando era su turno y el acusado ha respondido en el suyo; el juicio se ha desarrollado en todas y cada una de sus partes. — Cuando los jueces venían con el veredicto, desenvainé la espada para darme muerte en caso de que me condenaran. — Los jueces pronunciaron públicamente una sentencia absolutoria como muestra de gratitud a su general. — Me casé pensando en el bien del Estado, ya que nuestros soldados habían sido derrotados demasiadas veces en una guerra desafortunada. — Los bárbaros que se apostaron armados cerca de la sala del tribunal no lo hicieron para asistirme, sino porque es su costumbre. — «¿De qué podéis quejaros?, dijo Ifícrates, ¿de que os haya traído un rehén 9 ?».
6. ADÚLTERA Y ENVENENADORA
Se puede entablar un proceso por envenenamiento.
Un hombre, que tenía mujer y una hija casadera habida de ella, le anunció a su esposa con quién pensaba casar a la hija. Ella le contestó: «¡Antes muerta que casada con ese hombre!» La muchacha murió la víspera de la boda y se encontraron indicios no se sabe si de indigestión o de envenenamiento. El padre hizo torturar a una esclava, que acabó diciendo que no sabía nada del veneno, pero sí del adulterio de su ama con el hombre con el que él iba a casar a su hija. El marido acusa a su mujer de envenenamiento y de adulterio 10 .
Contra la mujer
«Antes muerta»: ya tengo a la envenenadora, «que casada»: ya tengo a la adúltera. «Antes muerta»: así ha sucedido, «que casada»: así ha sucedido. — No me enteré del adulterio hasta después de que se hubiera cometido, pero del envenenamiento me enteré antes de que se cometiera. — Presento ante vosotros dos acusaciones y los testimonios de dos mujeres: una que dice lo que sucedió y otra que dice incluso lo que va a suceder. — Amante de su yerno, rival de su hija. — ¡Desdichada la casa en la que un adulterio sirve para demostrar un envenenamiento! — Le dije: «Es un hombre honesto»; le dije: «Es bien parecido». Mientras le alababa yo al yerno, se lo estaba recomendando como amante. — ¡Cuánto he tardado en darme cuenta de mis desgracias! No me creí lo del envenenamiento ni siquiera cuando se me advirtió, y sólo me enteré del adulterio por el envenenamiento. — Las bodas se han convertido en exequias y el lecho nupcial en uno fúnebre; con las antorchas de la felicidad 11 se ha encendido la pira. — He aquí un cuerpo en descomposición, tumefacto por el veneno. ¿Qué más queréis? Los indicios confirman las palabras y la tortura, los indicios. — Lo que ha pasado concuerda con tus palabras: «¡Antes muerta que casada!» Así ha sucedido. Hemos visto el cuerpo en descomposición y con el cadáver de la hija delante nos hemos creído las palabras de la madre. — Un adulterio me ha dejado sin yerno, un parricidio, sin mujer, y un envenenamiento, sin hija.
Por la parte contraria
La ha acusado de dos delitos muy graves: adulterio y envenenamiento. Del adulterio es testigo una esclava; del envenenamiento, ni siquiera una esclava. — Enfadada como estaba porque no se le había consultado, se le escaparon unas palabras que ahora lamenta tanto como la muerte de su hija. — Mira que decir: «¡Antes muerta que casada con ese hombre!» Pero son palabras de dolor, que se le escaparon sin pensar; es una predicción hecha al azar, como se hace tan a menudo.
7. EL LOCO QUE LE CEDIÓ LA MUJER A UN HIJO
Se puede entablar un proceso por demencia.
Un hombre que tenía dos hijos se casó. Uno de los jóvenes cayó enfermo y, cuando estaba en las últimas, los médicos dijeron que el origen del mal era psíquico. El padre entró en la habitación del hijo espada en mano y le pidió que le contara lo que le pasaba. El hijo le explicó que estaba enamorado de su madrastra. El padre le cedió la mujer. El otro hijo lo acusa de demencia 12 .
A favor del padre
Esto sí que es nuevo: un hermano cruel, una madrastra compasiva. — ¿Estoy loco porque gracias a mí, otro ha recobrado la cordura? — Sí, le he entregado a mi esposa, pero se la había quitado antes: «Pongo por testigos a los dioses que velan por el amor filial, me dijo, de que me enamoré de ella antes de que la tomaras por esposa». — ¿Y llamas injusticia a tener hermano y no tener madrastra? — Pasé armado ante los ojos de éste 13 ; nadie, salvo mi hijo enfermo, me arrebató la espada. — A un padre que no puede soportar ver a su hijo en peligro de muerte se le ha de perdonar cualquier cosa que haga.
Por la parte contraria
Uno lo ha curado haciendo de alcahuete, el otro se ha recuperado cometiendo un parricidio 14 . — ¿Qué? ¿No lo consideras adulterio porque el marido es el intermediario? No sé cuál ha sido su mayor locura, si casarse con su mujer, quedarse con ella, renunciar a ella o darle otro marido. — ¡Qué loco ha de estar quien se toma el adulterio como una buena acción! — El marido no empuñó la espada para castigar un adulterio sino para propiciarlo. — Más le valdría a mi hermano haberse muerto antes que dejarse curar de manera tan deshonrosa. ¿Y si hubiera deseado a su madre o a su hermana? Hay remedios peores que la propia enfermedad. — Todo lo tramaron entre el hijastro y la madrastra: simularon la enfermedad y se burlaron de mi padre con la más vil de las farsas.
8. EL VERSO DE LA VIRGEN VESTAL
Una virgen vestal compuso el siguiente verso: «¡Dichosas las casadas! Que me muera, si no es dulce casarse». Se la acusa de un delito contra la castidad 15 .
Contra la vestal
«¡Dichosas las casadas!»: así habla quien expresa un deseo. «Que me muera, si no…»: así habla quien está bien seguro de lo que dice. «…es dulce casarse»: o juras porque lo has probado o, si no lo has probado, estás jurando en falso, y ni lo uno ni lo otro es propio de una sacerdotisa. — Los magistrados bajan las fasces ante ti, los cónsules y los pretores te ceden el paso 16 . ¿Te parece poco como compensación a tu virginidad? — En contadas ocasiones una sacerdotisa debe hacer un juramento y sólo lo hará por Vesta, su diosa. — «Que me muera»: ¿Se ha extinguido acaso el fuego eterno 17 ? «Que me muera»: ¿Es que te han hecho una proposición de matrimonio? — A ti, Vesta, finalmente te invoco: sé tan hostil con tu sacerdotisa como odiosa le resultas a ella. — Recita el poema para que vea cómo es. — ¿Qué? ¿Vas a componer tú un poema, vas a suavizar las palabras convirtiéndolas en verso y vas a romper con el ritmo la austeridad que exige un templo? — Si realmente quieres ensalzar el matrimonio, cuenta la historia de Lucrecia, escribe sobre su muerte antes de ponerte a jurar por la tuya 18 . — ¡Te mereces todos los castigos, pues hay algo que te resulta más dichoso que el sacerdocio! — «Es dulce». ¡Qué frase más sentida! ¡Cómo se nota que sale de lo más profundo de las entrañas de alguien que no sólo lo ha probado sino que también ha gozado con ello! — Incluso la que nunca ha mantenido relaciones sexuales, con sólo desearlas viola su voto de castidad.
Por la parte contraria
Un solo verso, y ni siquiera entero, es lo que se le reprocha. — «No está bien que escriba poemas». Hay una gran diferencia entre un reproche y un castigo. — No se puede condenar a ninguna vestal por un delito contra la castidad si no han mancillado su cuerpo. — ¿Tú te crees que los poetas escriben lo que sienten? — Ha llevado una vida decorosa y estricta, no se arreglaba de manera muy vistosa, no mantenía conversaciones atrevidas con los hombres. Su único delito, eso es cierto, es que tiene talento. — ¿Por qué no puede envidiar a Cornelia 19 o a la madre de Catón o a las de las sacerdotisas?
Anexo
Vario Gémino dijo ante el César: «César, quienes se atreven a hablar en tu presencia ignoran tu grandeza, y quienes no se atreven, tu benevolencia».
1 Para el desheredamiento véase la nota inicial de la Contr. I 1.
2 Se dirige a los jueces.
3 La primera ley, si bien es griega, está en perfecto acuerdo con la aquae et ignis interdictio romana, esto es, «la prohibición de agua y fuego», fórmula que recogía la sanción tanto religiosa (excomunión), como administrativa (proscripción) y económica (confiscación de los bienes) que obligaba al sancionado a exiliarse. En CICERÓN , Sobre la casa 30, 78, la fórmula especifica la prohibición de «techo, agua y fuego». Se castigaba a quien diera acogida o asistiera a un exiliado (cf. CICERÓN , Sobre la casa 20, 51), medidas éstas que Augusto hizo más severas (DIÓN CASIO , LVI 27). Leyes parecidas en Declam. men. 248; 296; 305; 351. Para la segunda ley véase la nota inicial de Contr. IV 3; para el desheredamiento, la de Contr. I 1.
4 Y no de manumitirlo, según Winterbottom. El sentido resulta, de todos modos, algo oscuro.
5 La primera ley parece remontarse a ciertas disposiciones de la Ley de las XII Tablas; en cualquier caso, el procedimiento aquí descrito de división y repartición entre hermanos del patrimonio heredado debía de ser, en cierta medida, una costumbre, pues como tal aparece en AGUSTÍN , Ciudad de Dios XVI 20. La segunda ley, en virtud de la cual se reconoce a un hijo habido de una esclava, puede también responder a una costumbre, menos frecuente que la anterior, que conllevaría necesariamente la manumisión de un hijo que, de hecho, ha nacido esclavo. Menos claro resulta si este reconocimiento comportaba derechos de herencia idénticos a los de un hijo legítimo de nacimiento, como se da a entender en la presente controversia. Se ha sugerido que la legislación de época de Augusto pudo haber regulado de alguna manera una situación como ésta. Por otra parte, la acusación de fraude mencionada en el argumento se podía llevar a cabo en virtud de la Lex Plaetoria de circumscriptione adulescentium (ca. 200 a. C.) que establecía una serie de sanciones contra los que engañaban en los negocios a los jóvenes de una edad comprendida entre los 14 y los 25 años, edad que puede corresponderse muy bien con la del muchacho de la controversia. Las leyes y el argumento de esta controversia aparecen citados y comentados en SULPICIO VÍCTOR , Instituciones oratorias 38.
6 La ley, al menos en los términos en que aparece, no se ajusta con exactitud a la realidad romana. El proceso aquí mencionado es de tipo privado, cuando en realidad los casos de envenenamiento eran llevados ante un tribunal permanente, creado en tiempos de Sila, que se encargaba de juzgar estos crímenes (quaestio de sicariis et ueneficiis ) para los que existía una ley específica (cf. Contr. III 9). Sobre las proscripciones y los exiliados véase la nota inicial de Contr. IV 8.
7 Según Plinio el Viejo, Marco Porcio Catón de Útica (también conocido como Catón el Joven) fue acusado de haber vendido veneno en la subasta de los bienes de Ptolomeo de Chipre (PLINIO , Historia Natural XXIX 96).
8 Aunque el argumento y los personajes de esta controversia son griegos, la ley responde en buena medida a la normativa romana. En efecto, la intimidación a un tribunal mediante una intervención armada era castigada por la Lex Plautia de ui (89 a. C.) y por la Lex Iulia de ui publica (ca . 17 a. C.), aunque no parece que el castigo fuera la pena capital, al menos según la última ley citada. Ifícrates (s. IV a. C.), el general ateniense, fue un magnífico estratega e instructor de ejércitos, que se destacó en las luchas posteriores a la guerra de Peloponeso. Luchó con éxito en Tracia en el 396 a. C.; luego se alió con Cotis, rey de Tracia, de cuya hija tuvo un hijo (véase CORNELIO NEPOTE , Ifícrates ). Diversas fuentes señalan que fue acusado de alta traición junto con Timoteo, otro destacado general ateniense (DIODORO DE SICILIA , XVI 21, 4; NEPOTE , Ifícrates 3, 3, y Timoteo, 3). POLIENO , Estratagemas III 9, 29 añade que, durante el proceso, Ifícrates intimidó a los jueces mostrándoles su espada durante el juicio y que fue absuelto por miedo a que hiciera entrar en la sala a sus partidarios armados. Sin embargo, la acusación no fue como consecuencia de su actuación en Tracia —como se deja entrever en la controversia—, sino por acontecimientos ocurridos muy posteriormente, por lo que estamos ante una adaptación bastante libre de un hecho probablemente histórico. El argumento es tratado más brevemente en QUINTILIANO , Declamaciones menores 386, donde se acusa a Ifícrates de haber acudido al juicio acompañado por Cotis, el rey de Tracia, y con una espada al cinto.
9 El rey de Tracia, convertido en su suegro.
10 Para la ley véase la nota inicial de la Contr. VI, 4. El argumento está tratado en QUINTILIANO , Declamaciones menores 354 y en CALPURNIO FLACO , Declamaciones 40. Para el adulterio véase la nota inicial de Contr. I 4.
11 Alusión a las antorchas que acompañaban a la novia en su camino a la casa del novio después de la cena nupcial.
12 Para la ley y la acusación véase la nota inicial de Contr. II 3. El argumento, en lo que respecta a la enfermedad, al enamoramiento de la madrastra y a la cesión de la mujer, parece estar basado en la famosa historia de Antíoco y Estratonice, reina de Asiria, que recogen VALERIO MÁXIMO , Hechos y dichos memorables V 7, ext. 1, LUCIANO , Sobre la diosa siria 17-18, PLUTARCO , Demetrio 38. En QUINTILIANO , Declamaciones menores 291, y CALPURNIO FLACO , Declamaciones 48, encontramos una historia similar, aunque en ese caso el joven se enamora de su cuñada.
13 El hijo que lo acusa de demencia.
14 Robándole la mujer al padre. El término ‘parricidio’ está usado aquí hiperbólicamente; véase nota inicial de Contr . III 2.
15 Sobre las vestales y la acusación véanse las notas iniciales de las Controversias I 2 y I 3. El verso es un hexámetro dactílico (trad. de R. CARANDE , Fragmentos de poesía latina épica y lírica, vol. II, pág. 93). El argumento es comparable con el caso narrado por LIVIO , Historia de Roma desde su fundación IV 44, 11, de la vestal Postumia, acusada de falta de castidad por el cuidado que ponía en su atuendo y por su actitud poco cohibida.
16 Eran privilegios de las vestales; cf. Contr . I 2, 3.
17 Mantener siempre vivo el fuego sagrado de Vesta era la principal obligación de las vestales.
18 Sobre Lucrecia véase Contr. I 5, 3.
19 La madre de los célebres tribunos de la plebe Tiberio y Gayo Sempronio Graco.
LIBRO VII
PREFACIO
Séneca saluda a sus hijos Novato, Séneca y Mela.
Todos los días me insistís en que os hable de Albucio. [1] Ya no os voy a hacer esperar más, aunque lo cierto es que yo no iba a escucharlo con frecuencia, pues él hablaba en público sólo unas cinco o seis veces al año y eran pocos los que tenían acceso a sus ejercicios privados. Esos pocos, por lo demás, se arrepentían de disfrutar de tal privilegio; porque Albucio, cuando se entregaba a las multitudes era de una manera, y de otra muy distinta cuando se contentaba con una minoría. En tal caso solía empezar sentado y, si en algún momento se veía arrastrado por la pasión, sólo entonces se atrevía a levantarse 20 . En ocasiones como ésas, sus célebres reflexiones filosóficas, impropias de la declamación, se desplegaban sin control y sin final. Raramente desarrollaba una controversia entera y no se podría decir que lo suyo fuera ni una división ni una declamación; si bien le faltaba mucho para ser una declamación, le sobraba también mucho para ser una división.
En cambio, cuando hablaba en público, hacía acopio de todas sus energías y por eso no acababa nunca. A menudo sonaba el corno tres veces 21 mientras él estaba declamando, empeñado en decir en cada controversia no ya todo lo necesario, sino todo lo posible. Su modo de argumentar era más pesado que preciso: amontonaba argumento sobre argumento y, como si nada fuera lo bastante sólido, reforzaba todas [2] sus pruebas con nuevas pruebas. También tenía el defecto, cuando argumentaba, de desarrollar las cuestiones no como partes de la controversia, sino como controversias mismas: toda cuestión tenía su presentación, su exposición, sus digresiones, sus invectivas, incluso su conclusión. Es decir, que presentaba una sola controversia, pero declamaba más de una. ¿Y qué?, podréis decir, ¿acaso no hay que desarrollar cada una de las cuestiones en todos sus aspectos? Claro que sí, pero como parte de un todo y no como si fuera un todo por sí misma. Un miembro no tiene sentido si es igual de grande que el cuerpo entero.
Tenía un estilo brillante, como no sé si ha tenido algún otro; no mucha pericia, pero sí fluidez. Hablaba, en efecto, con ritmo rápido y seguido, pero tras haberse preparado bien a fondo. No le faltaba capacidad de improvisación, según afirmaban los que lo conocían de cerca, pero él creía que sí. Sus sentencias, que Asinio Polión llamaba con gran acierto ‘albas’, eran sencillas, claras, sin misterios ni sorpresas, antes [3] bien sonoras y brillantes. Despertaba la emoción de forma eficaz, usaba muy bien las figuras e intentaba predisponer al auditorio mediante insinuaciones, porque no hay nada tan perjudicial como una anticipación demasiado evidente, que siempre da la impresión de esconder algo malo. Por ello conviene cuidar que sea realmente una anticipación y no una confesión abierta.
Desarrollaba a placer los lugares comunes. No se podía uno quejar de la pobreza de la lengua latina cuando se lo escuchaba: tan abundante y culto fluía su discurso. Nunca se obsesionaba pensando en cómo tenía que decir algo sino en qué tenía que decir. Le asistía la facultad de expresar cuanto deseaba y él mismo, para demostrar que no dudaba a la hora de elegir las palabras, solía decir: «Cuando la mente se ha hecho con el asunto, las palabras lo rondan». Pero era un fastidio su sorprendente irregularidad. Era de lo más distinguido, pero nombraba también las cosas más ordinarias: vinagre y poleo y linternas y esponjas; le parecía que no había nada que no pudiera decirse en una declamación. No obstante, esto lo hacía por un motivo muy concreto: el miedo que tenía a parecer muy escolar. Por evitar un defecto caía [4] en otro, al no darse cuenta de que, con estas vulgaridades, lejos de matizarse el brillo excesivo de su oratoria, desaparecía por completo. Esto es lo mismo que les ocurre a todos, que prefieren tapar sus defectos en vez de evitarlos. De hecho, lo que Albucio buscaba no era evitar ser escolar, sino parecerlo; no reducía en nada sus inútiles estridencias, sino que agregaba estas palabras vulgares para compensar las demás.
A esto se añade que carecía de constancia en su criterio, llevado siempre por el afán de imitar al último que le había gustado. Lo recuerdo cuando, ajeno a cualquier otra cosa, se sentaba a tomar notas en casa del filósofo Fabiano, que era muchísimo más joven que él; lo recuerdo también cuando, mudo de admiración por Hermágoras, ardía en deseos de [5] imitarlo. No tenía confianza alguna en su propio talento y de ahí sus continuos cambios. Y de tanto cambiar de estilo al hablar, pretendiendo ora ser austero y ceñirse estrictamente a los temas, ora desaliñado y más áspero que refinado, ora breve y equilibrado; a fuerza de elevarse unas veces demasiado alto y de caer otras demasiado bajo, arruinó su talento y de viejo acabó hablando mucho peor que de joven. Además, como siempre andaba interesado en algo nuevo, los años no le ayudaban a progresar.
Entre las virtudes oratorias, los coloquialismos son algo que se da raramente, pues necesitan gran mesura y cierto don de la oportunidad. Él hizo uso de ellos con diferente fortuna: a veces le salían bien, a veces le fallaban. Sin embargo, no es de extrañar que sea tan difícil poseer una habilidad que casi raya en el defecto. En este tipo de destreza nadie destacó más [6] que nuestro amigo Galión. Cuando declamaba, ya de jovencito, empleaba este tipo de lenguaje de manera apropiada, conveniente y adecuada, cosa que me parecía de lo más admirable, pues a tan tierna edad se tiende a rehuir no ya lo vulgar sino todo lo que da la impresión de serlo.
A Albucio no le sonrió mucho la suerte, pero sí la fama. Siempre apetecía ir a escucharlo, aunque luego uno se arrepintiera de haberlo hecho. Era un orador pesimista, inquieto, preocupado por su manera de hablar incluso cuando ya había acabado, hasta el punto de no disfrutar ni de un momento de tranquilidad. Fue este nerviosismo lo que le alejó del foro, y también las terribles consecuencias derivadas del empleo de una sola figura. Sucedió que, en un proceso ante los centúnviros 22 , cuando se hablaba de una determinada fórmula de juramento propuesta en un momento dado por el adversario, introdujo una figura que le permitía dirigir todas las acusaciones en contra de aquél: «¿Quieres que el asunto [7] se resuelva mediante juramento? Jura, pero yo te impondré los términos: Jura por las cenizas de tu padre, que no han sido enterradas, jura por la memoria de tu padre». Y desarrolló ese lugar común. Apenas hubo acabado, se levantó por la parte contraria Lucio Arruncio 23 y dijo: «Aceptamos la condición. Mi cliente jurará». Albucio gritó: «No he puesto ninguna condición, sólo me he valido de una figura». Arruncio insistía. Los centúnviros ya tenían prisa por acabar. Albucio espetó: «¡Por este sistema se borran las figuras retóricas de la faz de la tierra!» Y replicó Arruncio: «Que se borren. Podremos vivir sin ellas». En resumen, los centúnviros dijeron que se pronunciarían a favor del adversario de Albucio si juraba. Y juró. Albucio, presa de un gran enfado, lejos de tolerar esa afrenta, se impuso a sí mismo esta condena: Nunca más volvió a hablar en el foro. Era realmente un hombre de gran honradez, incapaz de cometer una ofensa e incapaz de tolerarla. Decía a menudo: «¿Para qué he de ir [8] a hablar al foro si a mí en casa me escuchan muchos más que a cualquier otro orador en el foro? Hablo cuando quiero, defiendo la parte que quiero, hablo todo el tiempo que quiero». Y, aunque no lo reconociera, lo que le gustaba de las declamaciones era que en ellas se podían introducir figuras sin peligro.
Pero ni siquiera en las prácticas de escuela podía escapar a las ofensas de Cestio, un hombre muy mordaz. En [9] cierta controversia Albucio había planteado: «¿Por qué una copa se rompe si se cae, y en cambio una esponja, si se cae, no se rompe?» Cestio comentó: «Id a verlo mañana y os explicará por qué los tordos vuelan y las calabazas no». Asimismo, en la controversia sobre aquel hombre que abandonó a su hermano, condenado por parricidio, en un barco sin aparejos 24 , Cestio, después de haberle oído decir a Albucio «metí a mi hermano en un saco de madera 25 », expuso así el tema: «Un hombre recibió el encargo de castigar a su hermano, a quien el padre había condenado en juicio privado por una acusación de parricidio que presentó su madrastra. Lo metió en un saco de madera». A ello siguió una carcajada general. En cualquier caso, tampoco fue un éxito su propia declamación, pues no dijo casi nada que estuviera bien. Y al ver que no le alababan los de la escuela, dijo: «¿Por qué no va alguien y mete a éstos en un saco de madera y que se vayan a no sé qué país donde las copas se rompen y las esponjas no?»
Pero ya veo que lo que queréis es oír sentencias y no chanzas. Así sea: Escuchad las sentencias que se dijeron en esta misma controversia.
1. EL HOMBRE QUE FUE LIBERADO POR UN HIJO SUYO, JEFE DE PIRATAS
Un hombre, tras la muerte de su esposa, de la que tenía dos hijos, se volvió a casar. Uno de los jóvenes fue condenado en privado por parricidio y entregado a su hermano para que lo castigara; éste lo metió en una embarcación sin aparejos. El joven fue a parar a manos de unos piratas y se convirtió en su jefe. Más tarde el padre, que se hallaba de viaje, fue capturado por ese hijo y devuelto a su patria. El padre deshereda al otro hijo 26 .
SENTENCIAS
A favor del hijo
Albucio Silo: No me atrevo a juzgar [1] a mi hermano, ni siquiera a hablar de él. Le estoy agradecido y a la vez lo felicito porque, sentenciado a morir como estaba, fue capaz de salvar a su padre. — Confundido por tan tormentosos acontecimientos, yo no era capaz de sopesar ni de ver nada; no sé si a mi hermano me lo entregaste atado o desatado, porque mi asombro era tal que incluso hubiera podido escapárseme. No lograba recordar si un encargo así me lo había encomendado mi padre o mi madrastra, si se trataba de un encargo que se me hacía o de un castigo que se me imponía, si era una pena por parricidio o un parricidio en sí. — ¿Qué quieres, que meta a mi hermano en un saco y lo cosa? No me veo capaz, padre. ¿No quieres perdonarme o es que no me crees? Apuesto a que tú tampoco serías capaz. Supongamos que un tirano te dice: «Ve y cose dentro a tu hijo con tus propias manos». ¿Serías capaz tú de valerte de tus ojos y tus manos para hacerlo? ¿Serías capaz de escuchar los gemidos de tu hijo ahí dentro? Si me dices que sí, me temo que has condenado a un inocente; si no, entonces he encontrado en mi padre a un testigo de lo que no [2] es capaz de hacerle un hermano a otro. —¿Por qué me acusas de haber dejado sin castigo a mi hermano, cuando mi intención se ha visto desbaratada por el destino? Mi hermano no consiguió de mí que le dejara seguir con vida ni tampoco huir. Simplemente consiguió que lo dejara morir de otro modo que no fuera metido en un saco. Esta es una mala causa para mí, porque afecta a unos hermanos. ¿Dónde hallar esperanza? ¿En el timón? No. ¿En los remos? Tampoco ahí. ¿En un compañero? No encontró a un compañero de naufragio. ¿En la vela, en la entena? Se taló casi toda la arboladura, no hay ningún atisbo de esperanza. ¿Es mi padre el que debe perdonarme o más bien mi hermano? — En cuanto a tu hijo, lo que te digo es lo siguiente: Mientras pudo vivir en su tierra natal, fue un ciudadano, pero, una vez arrojado al mar, todo lo que ha hecho o ha sufrido tras el exilio y el naufragio, al margen de cualquier norma social, todo eso forma parte de su castigo, no es en modo alguno consecuencia de la maldad. — Y si alguien tiene algo que decir contra él, pienso citarte precisamente a ti para que testifiques que no es un pirata. [3] — Yo le privé de ver la tierra, de ver la luz, le privé incluso de la posibilidad de una muerte humana. La Fortuna misma, que se compadeció de él, no le dejó otra cosa que el mar. — «Mi padre ha dicho que debo morir, y ni yo te pido seguir con vida, ni tú tampoco puedes dejar de hacer lo que te han ordenado. Entre un padre enfadado y un hermano a punto de morir toma la decisión que tus sentimientos te dicten. Mátame y entrégame a mi padre, pero líbrame del saco. Estoy resuelto a morir, pero que tu mano se mantenga inocente. Me llevaré conmigo a los infiernos esta prenda de tu afecto: haber podido tener, gracias a mi hermano, una muerte distinta a la de un parricida».
Asinio Polión: Prestadme oídos imparciales. Os voy a presentar [4] a uno que, aunque ha sido condenado, merece ser absuelto. — «Tu hermano está vivo», me dice. No me lo creo. «Me ha perdonado la vida», añade. Ahora sí que me lo creo. — En resumidas cuentas esto es lo que ha pasado: En una casa donde tan fácilmente se ha dado crédito a un parricidio, yo no he sido capaz de matar a mi hermano y mi hermano no ha sido capaz de matar a nuestro padre. — «¿Para qué quiero yo esa tabla? Lo que deseo es morir de una vez».
Quinto Haterio: Había nubes espesas por doquier, entre las que se entreveían los refulgentes rayos, y unas tormentas espantosas acompañadas de un terrible estrépito habían ocultado la luz del día; lluvia por todas partes y toda la furia de una tempestad. Me dije: «El mar está esperando a un parricida». — Una tormenta repentina había encrespado el mar, haciéndolo temible incluso para la navegación en regla. Lo reconozco, padre, reconozco que dije: «Fortuna, te confío a mi hermano por si es inocente». — Encontré los restos de un barco abandonado por unos náufragos, presagio infausto también para futuros navegantes. Si un piloto lo hubiese advertido, habría aplazado el viaje. Ya era un náufrago cuando zarpó.
Marcelo Esernino: Le dije: «Hermano, si eres inocente, [5] esto es un barco, si eres culpable, no es más que un saco». — No he cometido parricidio y (¡con qué facilidad nos equivocamos los hombres!) creí haberlo cometido. — Estaba pensando si obedecer o no a mi padre cuando mi hermano me dijo: «Tú vas a ser el primero que cometa un parricidio en nuestra familia».
Argentario: «Tus órdenes se han cumplido; mi hermano ha muerto». «No, está vivo», me contesta, «y me ha dejado en libertad». Es una buena prueba de que está vivo. — Elevando sus manos al cielo, dijo: «Si mis pensamientos nunca han sido contrarios a la piedad, si aún después de que me haya condenado todavía sigo amando a mi padre, entonces asistidme, dioses inmortales, verdaderos jueces de todas nuestras acciones». Y rogó que los mares le fueran adversos si no era eso lo que sentía. Así subió a la barca.
[6] Blando: Estaba varado en la orilla un barco que, aun estando en buenas condiciones, no había tenido suerte en sus viajes. — Lo creeré un parricida si me dices que lo que te cedió para que regresaras fue esa nave suya. — De repente, sin darme cuenta, perdí el sentido y la espada a un tiempo. Se me paralizaron las manos y unas tinieblas surgidas de una extraña perturbación inundaron mis ojos y los velaron. Comprendí lo difícil que era llevar a cabo un parricidio, por más que me lo ordenara mi padre. — Ven en mi ayuda, Fortuna, tú, la única que en nuestra casa miras por los infelices, séame permitido o vivir honradamente o morir, sea yo el último de la familia en ser acusado si es verdad que él juró que tenía mejor madrastra que hermano.
[7] Cornelio Hispano: Quería matarlo, lo confieso, pero entonces me di cuenta de lo difícil que era cometer un parricidio. — «¿Que yo quise matar a mi padre?», decía mi hermano. «Ni siquiera ahora sería capaz de hacerlo». — Nuestro padre navegaba en un día sereno, en un mar en calma, en un viaje bendecido por los auspicios, en un buen barco. ¿Cómo es posible que un hombre condenado tuviera más suerte en su navegación que quien lo había condenado? — «Vete», le dijo, «ya que no pude tenerte como padre, te tendré de abogado. Regresa a casa». ¡Qué gran prueba de afecto que un hijo siga amando a su padre incluso después de haber sido condenado a muerte por él! ¿Qué os parece, que ha adquirido la inocencia entre los piratas o más bien que no la ha perdido ni siquiera entre piratas?
Arelio Fusco el padre: Tuvo ocasión de matar a su padre. ¿Acaso había testigos que temer? — Si mi padre me deshereda, ¿a dónde iré? Al mar no puedo, porque los piratas están a malas conmigo 27 . — Cuando me fue entregado mi hermano con la orden de castigarlo, de verdad que pensé que me estaban poniendo a prueba para ver si era capaz de cometer un parricidio.
Porcio Latrón: ¡Habrías muerto, padre, si no hubieses [8] caído en manos de un parricida!
Triario: Navegaba en una embarcación destrozada. — No es sólo que no matara a su padre, sino que lo hizo zarpar en una nave en buen estado. Y todavía lo llaman pirata. Otra vez tiene que oírse una falsa acusación.
Cestio Pío: Lo que se dice un barco, lo era (digamos mejor que lo había sido), pero estaba podrido, con las juntas despegadas, un mal agüero para navegar. «Méteme en el saco. Notaré el mar, pero al menos no lo veré». — Las velas, pese a estar rasgadas, se acabaron hinchando y aquella embarcación naufragada llegó a superar a las flotas bien aparejadas. Se diría que en ella navegaba alguien destinado a salvar a su padre. — ¡Madrastra cruel y obstinada! Cuando todo ya ha pasado, a ella todavía le puede la rabia. Los mares ya están en calma, los piratas ya se muestran compasivos, estaban enfadados y ya no lo están. — Pasamos por delante de la tumba de nuestra madre, él con miedo a morir, yo a cometer un crimen. No os impacientéis, jueces. La Fortuna ya se encargará de echarnos en cara nuestro crimen. — Había allí varada una nave muy vieja, corroída por los embates del mar, con cabida apenas para una sola persona.
[9] *** Acudo ante vosotros para obtener el bonito triunfo de demostrar que soy un parricida. Me dice: «No mataste a tu hermano». Madrastra, escucha una cosa que te va a gustar mucho: Me confieso un parricida, he matado a mi hermano. ¿Me salvaré si lo demuestro, padre? Lo metí en una nave sin aparejos. ¿No es eso matarlo? Ciertamente para una madrastra nunca se mata del todo a un hijastro. La naturaleza nos deja abiertas mil rutas hacia la muerte y nuestros hados discurren por numerosos caminos; y ésta es la más triste condición de la especie humana, porque hay un solo modo de nacer y muchos de morir: Una cuerda, una espada, un precipicio, un veneno, un naufragio y otras mil muertes acechan nuestra desgraciada existencia. Y a esto del barco también se le llama matar, aunque de forma más lenta. Cualquiera de los que están ahí puede decir: «¿Es que todo el mundo va a perdonar a este hombre, que ha matado a su hermano y viene aportando pruebas de haberlo hecho?» — [10] Ve y organiza en tu casa un combate singular, uno haciendo de parricida por delito propio y el otro por encargo. — «Metió a su hermano en un barco». ¡Menudo barco! Vosotros sabéis que no hay nada más peligroso que los barcos, incluso los bien pertrechados; una fina madera lo separa a uno de un trágico destino. ¿Y qué pasa si además no se confía la vida a unas escotas, a unas velas, a un timón? Es una nave desarbolada, con vías abiertas a uno y otro lado. Al pobre lo meten en un barco destrozado, añadiendo peso a un barco que por sí solo ya se hundiría. Pero hete aquí que los dioses aparejan el barco. De repente aparecen las velas, de repente la nave empieza a erguirse y a enderezarse. En medio del peligro, ser inocente constituye una gran protección. Ya puede el mar revolverse furioso, las tormentas, impetuosas y espumeantes, embestir los costados del barco, los peligros amenazar a la nave por todas partes, que la inocencia está a salvo. ¡Oh mares más justos que los tribunales, oh tormentas [11] más benignas que un padre! ¿A quién habéis dado alguna vez mayor protección? Y la divinidad no se limita a hacerlo llegar seguro a puerto, sino que se ve acogido por una flota de piratas. — «Haremos que al padre le dé por navegar; haremos que se capture al juez para que se arrepienta de su veredicto 28 ». — «Mi madrastra consiguió hacerme condenar por parricidio, pero ni siquiera condenándome consiguió hacer de mí un parricida. Reconóceme, en medio del mar, la inocencia que no quisiste reconocerme en casa» (y acompañó sus palabras de besos y abrazos). Así fue cómo el parricida dejó marchar a su padre.
Junio Galión: Hay muchas cosas que no entiendo. Mi [12] hermano fue condenado en privado, yo en público; a él lo acusaron de haber cometido parricidio, a mí de no cometerlo; él negó la acusación y yo, en cambio, he de recurrir a un tipo de defensa insólito y declarar que he matado a mi hermano. Esto se considera inocencia en una casa donde se condenan los parricidios. Pero ya me doy cuenta de que no estáis dispuestos a escuchar un tipo de defensa como éste, o sea que prefiero demostrar mi inocencia ante vosotros que ante mi padre. No he matado a mi hermano. No fui capaz de hacerlo. Teníamos los mismos miedos, los mismos sufrimientos, llorábamos por lo mismo; teníamos un mismo padre, una misma madre, una misma madrastra. Yo soy, por [13] naturaleza, de buen corazón y de carácter apacible. La naturaleza no ha concedido a todos los mortales una misma forma de ser, sino que uno tiene un carácter más fuerte, otro más benévolo. Incluso entre piratas hay quien no es capaz de matar. ¿Me imagináis diciendo que lo entregó a su hermano para que nadie pudiera salvarlo? No, está claro que lo hizo para que nadie lo matara. Es más, si nuestra madre hubiera estado viva, creo que se lo hubiera entregado a ella. Así que hizo lo que más se le parecía, entregármelo a mí. ¿Qué os parece, que la intención era castigar a un hijo a manos de un hermano o más bien alejar a un hijastro? Me avergüenzo de cómo me estoy defendiendo, porque me temo que, cuando empiece a explicar lo que hice, me diréis: «¿Y tú eres el que decías que no podías matar a un hombre?».
[14] Musa: Para que mi hermano recibiera su castigo, me lo entregaste precisamente a mí. Cuál era tu intención al hacerlo, padre, muchos lo discuten. Pero lo que es yo, si en aquel momento pretendías que actuara con más benevolencia, no te entendí. Lo embarqué, a pesar de que ofrecía mucha resistencia y me suplicaba que lo metiera en el saco. — Me echas en cara que mi carácter sea demasiado débil. Mira, unos son benévolos, más de lo que deben; otros más crueles de lo necesario; y entre ambos extremos se sitúa un tercer tipo de hombres de talante mesurado, que son completamente dueños de sí mismos. Unos pueden acusar, y condenar, y matar; otros son tan débiles que no pueden ni siquiera prestar testimonio en caso de delito capital. Yo no soy capaz de matar a un hombre, debilidad ésta que se da incluso entre piratas. Los hay que no pueden vivir sin dedicarse a la política; para otros la tranquilidad consiste principalmente en refugiarse en su vida privada, lejos de las habladurías. A algunos no se les puede convencer de que acepten el vínculo del matrimonio, a otros, de que no se casen. Los hay que tienen miedo a la vida militar y hay quien se enorgullece de sus heridas de guerra. Ante tan [15] gran variedad de caracteres, fijaos qué leve es la falta por la que debo disculparme. No pido perdón por mi ambición o por la falta de ella; sencillamente, soy compasivo, no soy capaz de matar a un hombre. Felicítate, padre, por mi forma de ser. Un hijo así nunca cometerá un parricidio. Y me parece que esta debilidad la he heredado de ti. ¿O no os parece compasivo quien condena a su hijo dejando el castigo en manos del hermano? El centurión de Luculo no pudo matar a Mitridates, pues su brazo y su mente se quedaron sin fuerzas a la vez. ¡Y eso que, por Júpiter benigno, Mitridates sí que era un parricida, sin lugar a dudas 29 !
Pompeyo Silón: Alégrate, padre, ya que ninguno de tus dos hijos ha cometido un parricidio. — Ya era un náufrago cuando lo despedí en el puerto. Explica, padre, cómo te despidió a ti quien había sido despedido de esa manera. — ¿Quieres saber, padre, si es más culpable el acusador o el acusado? Mete a mi madrastra en otro barco y que haga sus votos, que ruegue; si acusó a un culpable, si hundió merecidamente a su hijastro, ya caerá en manos de piratas capaces de liberar a los cautivos.
Por la parte contraria
Musa: El que quería matarme señorea [16] los mares.
Sepulio Baso: ¡Venga, niega que fuera un parricida ahora que sabes que es un pirata!
Gavio Sabino: ¡Qué injusticia! Un joven condenado por parricidio está en situación, tras haber sido castigado, de decirle a su padre: «Muere».
DIVISIÓN
Latrón dividió la controversia en las cuestiones siguientes: ¿Le era lícito hacer lo que su padre le ordenaba? «No, no es lícito matar a un hermano que, por lo demás, no ha sido condenado de manera legal, no ha sido sometido a un juicio público. Perdona que sea tan escrupuloso, pero cuando veo que es tan fácil condenar a un hombre, me da miedo que alguien vaya a acusarme a mí de parricidio. Es así de fácil. Si el juicio se celebra en privado, puedo abrigar la esperanza de ser absuelto por muy culpable que sea, pero en el foro ¿qué he de responder?, ¿que he matado a mi hermano? Hay quien ya me llama parricida porque no acudí en su defensa cuando se le acusó». Si le era lícito, ¿debía hacerlo? «‘Él es culpable’. Lo sé, pero es mi hermano. Y los vínculos [17] naturales son sagrados. ¿Qué habrías pensado de mí si lo hubiera hecho? Supongo que de ahora en adelante te costará más dar crédito a una acusación de parricidio contra mí». Incluso si debía obedecer a su padre, ¿no hay que disculparle si no fue capaz de hacerlo? «Os voy a confesar algo que quizás os suene raro: Yo quería obedecer a mi padre, pero no pude matar a mi hermano. De repente me vi envuelto en tinieblas, se me heló el alma, me quedé sin aliento y me desmayé. No me veo capaz de matar a mi hermano. Imagina a un pirata en esta situación; tampoco podría. Hay personas que no son capaces de matar a un hombre, sin más; a otros les falla el pulso ante el enemigo. Y el favor que te hizo mi hermano tampoco es tan grande como crees, padre, porque no es que él no te quisiera matar, es que no fue capaz». Y planteó así la parte final: Aunque no llegara a matarlo, ¿debe ser desheredado cuando de hecho sí que infligió un castigo al hermano condenado? Por su parte, el padre dice: «Si no podías hacerlo, tendrías que haberte negado y haberme hecho saber que no eras capaz». En este lugar Latrón hizo [18] un comentario que fue muy aplaudido: «‘Tendrías que haber dicho que no eras capaz’, dice mi padre. ¿O sea que tú no lo sabías? ¿Pensabas que yo era capaz de matarlo? Entonces, ¿por qué dabas a entender que sólo condenabas por parricidio a uno de tus hijos?» Y a continuación: ¿Castigó a su hermano? Aquí venía la descripción del suplicio que, según afirmaba Latrón, era más duro incluso que el saco; explicaba que él todavía hoy expía su culpa confinado entre bárbaros, obligado a carecer de patria, de gente y de familia para poder ser uno de ellos, pero no a cometer parricidio, ni siquiera para poder ser uno de ellos.
Siguieron esta división los que creyeron oportuno no defender la causa del hermano condenado por parricidio sino simplemente la que les había tocado. En cambio, siguieron otra diferente aquellos a los que les pareció bien defender también la causa del otro hermano. Entre estos últimos se encontraba Vario Gémino, para quien el joven contaba ya con una defensa muy buena si se demostraba que no había matado a su hermano aun sabiéndolo culpable. No obstante, pensaba Gémino que la defensa era todavía mejor si el hermano era inocente, cosa que el tema permite. Por tanto, Gémino y [19] los que coincidían con él plantearon las siguientes cuestiones: ¿Debe ser desheredado si no mató a su hermano aun sabiéndolo culpable? Aquí dijo: «No me estaba permitido, no debía hacerlo, no fui capaz». Y: ¿No lo mató porque era inocente? Gémino tuvo una intervención brillante en este punto, al empezar a defender por todos los medios al hermano como si fuera el acusado: «Alguien dirá: ‘¿No es un poco tarde para defenderlo?’. No he podido hacerlo antes, ya que hoy es la primera vez que se lleva la causa al foro». Y por último: Si era culpable, ¿recibió castigo suficiente?
COLORES
[20] En cuanto al color, los principales oradores y declamadores discutieron sobre si había que decir algo contra la madrastra o no. Pasieno, Albucio y, al margen de los oradores, un gran puñado de rétores actuales no entraron en ello. Pero también hubo quienes sí atacaron a la madrastra e incluso otros que, sin decir nada abiertamente, lo hicieron mediante insinuaciones y figuras. Pasieno no aprobaba tal proceder y decía que acusar a la madrastra abiertamente era más respetuoso o al menos más aceptable que difamarla. Algunos se contuvieron sólo al inicio, pero después se dejaron llevar por la pasión. Lo cierto es que caer sin querer en un mal color es más excusable que pasar por él deliberadamente.
Latrón introdujo en la narración un color adecuado y lo utilizó a lo largo de toda su intervención: «No fui capaz de matarlo». Y tras presentar a un joven vacilante y abrumado ante la idea de matar a su hermano, dijo: «Madrastra, invéntate otro delito contra tu hijastro, porque él es incapaz de cometer un parricidio».
[21] Cestio empleó un color diferente: «Pasábamos, dijo, junto al sepulcro de nuestra madre y él empezó a invocar a sus manes. Me conmoví». Y pasó rápidamente por el color, razonando como lo haría un niño: «¿Qué podía hacer? Mi padre me ordenaba matarlo, mi madre me lo prohibía». Y utilizó también este color: «Me puse a darle vueltas al asunto. No se me ha ordenado que lo mate con las manos, con una cuerda o en el mar, o sea que puedo elegir libremente el tipo de castigo».
Arelio Fusco usó este color: «Creí que mi padre me estaba tanteando. Me dije: Quiere que un mismo suplicio le sirva para castigar a un hijo y poner a prueba al otro».
Albucio puso mayor énfasis en la argumentación, y los colores los trató casi todos por encima. En la narración empleó el color siguiente: «Hazme sólo un favor», dijo el hermano, «no me dejes morir como a un parricida».
Argentario, en cambio, se expresó como si no hubiera [22] sido el hermano condenado el que había tenido la idea: «Pensé en qué podía hacer y al final hallé el modo de castigar un parricidio sin necesidad de otro parricidio».
Pasieno empleó el color siguiente: «Yo no pensé que mi padre deseara de ninguna manera la muerte de su hijo. Todo parecía apuntar a la compasión: un juicio en casa, entre los suyos. Se lo ha entregado a su hermano, me dije. ¡Vamos, hombre! ¿Se lo hubiera entregado de no haber querido salvarlo?»
Asinio Polión habló en contra de la madrastra, así que empleó un color bien conocido: «Sopesé lo que me estaba permitido, lo que era conveniente. Si se ha cometido un crimen tan terrible», me dije, «yo no debo intervenir en absoluto, pues el castigo de un asesinato atañe a los triúnviros 30 , al comicio, al verdugo. Para tamaño crimen no puede haber ni juicio ni castigo privados».
Marcelo dijo: «¿Así que porque éste haya cometido un parricidio, también yo he de cometerlo?» Y, además, aquella sentencia que ya he mencionado más arriba 31 : «Le dije: Hermano, esto es…»
También Vario Gémino dijo: «No quise matarlo. ¡Qué [23] bien ha repartido nuestra madrastra», pensé, «su odio entre los dos hijastros! Los ha atacado a ambos de diferente manera, imputándole a uno un parricidio, ordenándoselo al otro». Y lo defendió en la narración con la figura siguiente: «Le pregunté a mi hermano ante qué pretor había expuesto su causa. ‘Ante ninguno’, respondió. ‘¿Quién ha hecho de acusador?’ ‘Nadie’. ‘¿Quién de testigo o, mejor dicho, quiénes de testigos? (pues incluso cuando se trata de un crimen menos importante no se confía sólo en uno)’. ‘Nadie’, dijo. ‘¿Quién pronunció tu sentencia?’ ‘Nadie, pero ¿por qué insistes? Si yo hubiese sido acusado, ¿no crees que me habría dirigido a ti?’»
Sepulio Baso empleó este color: «Yo no tenía los instrumentos necesarios para castigar a un parricida, ni saco, ni serpientes; pero sí que arrojé al parricida al mar».
[24] Hispano utilizó un color cruel: «Escogí este tormento porque era el más duro. ¿Qué he de hacer?, me dije, ¿meterlo en un saco y dejar que pierda enseguida toda sensación de suplicio? No, que esté pendiente e inquieto y que contemple su propio castigo, tormento que no sufren ni siquiera los parricidas en el saco. Que lo dé todo por perdido, que tenga miedo de todo. Ha de tener peor muerte que todos los demás parricidas, pues ha sido condenado por su padre». Y el color que empleó a lo largo de toda la declamación consistió en decir que había escogido ese tipo de tormento porque le pareció el más duro. Pero este color podría no ser del agrado de los más juiciosos, pues, ¿qué esperanza de absolución puede éste abrigar si ni obedeció a su padre ni tuvo compasión de su hermano?
Haterio empleó el color siguiente: «Hace tiempo que me lo vengo preguntando: Uno que no ha sido señalado por ningún delator, que no ha sido acusado por ningún testigo, ¿es un parricida? Y entonces, uno que ha sido condenado por su padre, ¿es inocente? Di con un castigo muy del estilo del acusado: un barco que había sido hundido, pero no destruido del todo, que pudiera servirle a mi hermano de castigo o de absolución».
También Triario procedió como si el joven hubiera pretendido [25] que se dictara sentencia sobre su hermano y le hizo decir: «Finalmente exclamé, con las manos levantadas al cielo: A quienquiera que gobierne en la tierra, a quienquiera que reine en los mares, a quienquiera que observe desde las alturas los asuntos humanos, yo lo invoco. Encomiendo a este condenado a las profundidades. ¡Dioses, juzgadlo vosotros, ahora que mi padre ya lo ha hecho!» Decían que esta sentencia era una traducción del griego, pero la griega es peor: «Poseidón, señor de las profundidades inconmensurables, a quien ha correspondido el reino marino, un parricida se hace a la mar. Júzgalo tú, ahora que ya lo ha hecho su padre».
A favor del padre y sobre su puesta en libertad por parte del jefe de los piratas, Cestio habló así: «Pensó que un castigo como éste sería más duro para mí que la muerte». Y también introdujo esta idea en la narración: «Yo pedía que me mataran, pero no lo conseguí».
Vario Gémino dijo: «Me dejó marchar no porque quisiera [26] verme a salvo, sino en defensa propia, para que pareciera que, como ahora no me había matado, tampoco lo había querido hacer antes».
Latrón dijo: «¿Hay alguien más desgraciado que yo, que le debo la vida a un parricida?»
Diocles de Caristo introdujo en el exordio un pensamiento muy bien escogido en favor del joven. Alegó que no encontraba motivos para que lo desheredaran, ya que ni había tenido ocasión de cometer excesos, ni se le había imputado ningún parricidio, sino todo lo contrario; él era víctima de un delito. «Quizás mi padre se queja», dijo, «de que, estando él cautivo, yo no lo rescatara». Y añadió: «Pero no había necesidad de rescate, ya que se trataba de su hijo». Y en la última parte, al tratar el asunto de que un padre debe ser tolerante con los defectos de los hijos, especialmente cuando se trata de un hijo único, añadió: «Ya habrás aprendido, padre, que a veces hasta un mal hijo tiene su utilidad».
Artemón fue muy aplaudido por su descripción de la tormenta. La abordó con elegancia: «Escucha cómo zarpó el de feliz navegación». Y al hablar en concreto del barco, tuvo un buen comienzo: «Un barco abandonado, destinado a no regresar». También introdujo acertadamente la última frase de la descripción: «Ya era un náufrago cuando zarpó del puerto», y pasó elegantemente a otra parte de la narración: «Explica, ahora, padre, cómo te despidió a ti quien había sido despedido de esa manera».
Glicón dijo: «La condena en privado de un único juez no es suficiente. En *** Su falta de culpabilidad le trae buena suerte».
[27] Os he dicho a menudo que Cestio, griego como era, lo pasaba mal porque le faltaban las palabras en latín, mientras que las ideas le sobraban. Así pues, siempre que se decidía a hacer una descripción en un tono algo elevado, se atascaba, especialmente cuando se había propuesto imitar a algún gran talento, como hizo en esta controversia. En efecto, en la narración, al describir el momento en que el hermano le es entregado, se recreó en esta única y desafortunada explicación: «Era ya avanzada la noche y todo lo que es sonoro de día hallábase callado bajo las estrellas». Julio Montano, que fue compañero de Tiberio y un poeta destacado 32 , decía que Cestio había querido imitar una descripción de Virgilio:
Era la noche. Por la tierra toda sumía la fatiga
en un profundo sueño a los vivientes, a toda suerte de aves y de brutos 33 .
Y añadía que a Virgilio sí que le había salido bien la imitación, porque había recogido y mejorado la expresión de aquellos magníficos versos de Varrón:
Habían dejado de ladrar los perros, y las ciudades se hallaban en silencio. Calmo era todo, de la noche en la plácida quietud 34 .
Ovidio solía decir de estos versos que podrían ser mucho mejores si se les quitaba la parte final del último verso y se dejaban así:
Era todo de la noche.
Varrón desarrolló magníficamente la idea que quería expresar y, en este verso de Varrón, Ovidio halló una propia, ya que el verso, si se corta significa una cosa, y otra totalmente diferente si se deja entero.
2. POPILIO, ASESINO DE CICERÓN
Puede entablarse un proceso por mala conducta.
Cicerón defendió a Popilio de una acusación de parricidio y consiguió que lo absolvieran. Cuando Cicerón fue proscrito, Popilio, enviado por Antonio contra él, le dio muerte y luego le entregó la cabeza a Antonio. Se lo acusa de mala conducta 35 .
SENTENCIAS
Contra Popilio
[1] Sepulio Baso: Cicerón aún seguiría con vida si hubiera llevado la acusación contra Popilio. — Popilio mató a Cicerón. Supongo que a estas alturas ya estaréis convencidos de que él también mató a su padre. — «Para que muera de un solo golpe, te daré tal cantidad»; que se permita llegar a un pacto de este tipo por Cicerón 36 …
Gavio Sabino: Hemos hecho lo único que estaba en nuestras manos: hacer que llegara el momento en que Popilio echase en falta a Cicerón. — «Popilio, le dijo Antonio, tú eres capaz de matar a Cicerón; eres capaz de matar incluso a tu padre».
Porcio Latrón: Dado que iba a acabar matando a Cicerón, bien estuvo comenzar por su propio padre 37 . — «Antonio me lo ordenó». ¿No te da vergüenza, Popilio? Tu propio general te creía capaz de cometer un parricidio. — Le cortó la cabeza, le amputó la mano, consiguió que el delito de menor importancia fuera haber matado a Cicerón. — ¡Oh crimen infame! Por bien que nos vaya en esta causa, lo único que obtendremos es que quien mató a Cicerón simplemente se sonroje. ¡Dioses bondadosos, que a matar a Cicerón se le llame mala conducta!
Albucio Silo: A un hombre como él lo golpea en el cuello [2] y le corta la cabeza de un tajo a ras de hombros. Ahora ve y explica que no eres un parricida. Sólo una cosa te salió bien, haber matado a tu padre antes que a Cicerón. — Le fue más fácil a Cicerón conmover al juez en favor de un parricida que conmover a su defendido en su propio favor. Éste es un precedente que os afecta a vosotros, defensores, ya que a nadie odia más Popilio que a quienes debe mucho. — Jueces que presidisteis la causa contra este acusado, dondequiera que estéis, ¿no os arrepentís de haberlo absuelto?
Argentario: Es un impío, un desagradecido; lo diré, sí, es un parricida; tuvo ocasión de comprobarlo quien lo había defendido. — Mira el foro; aquí estuviste sentado a los pies de Cicerón 38 . Mira la tribuna; aquí estuviste con Cicerón a tus pies 39 . — ¡Qué poder el de tu elocuencia, Cicerón! A Popilio se le acusa de mala conducta. — Le cortó el cuello mientras le estaba hablando. Así le presenta sus respetos, tras largo tiempo, un cliente agradecido por haber sido absuelto. — ¡Basta ya, Popilio, por favor!, que Antonio sólo te ordenó que mataras a Cicerón. — Cometió dos parricidios; de uno habéis oído hablar, el otro lo habéis visto.
[3] Cestio Pío: Si yo le digo: «Tu juventud fue vergonzosa, tu infancia infame», Popilio responderá: «Cicerón ya me defendió de esas acusaciones». — ¿No te da vergüenza, Popilio? El que te acusó aún está vivo 40 . — «¿Hay algo tan común como el aire para los que viven, la tierra para los muertos, el mar para los que flotan sobre las aguas, y la costa para los que el mar arrojó 41 ?» Parricida, tú también tendrías que haber muerto así.
Fulvio Esparso: Antonio no habría creído que Popilio era capaz de hacerlo si no tuviera presente que ya había cometido un parricidio. — ¡Es indignante que yo esté defendiendo a Cicerón cuando fue Cicerón quien defendió a Popilio!
Mentón: El único capaz de matar a Cicerón fue Popilio, del mismo modo que el único capaz de defender a Popilio fue Cicerón. — Cicerón, que negó en vida que éste fuera un parricida, ha demostrado con su muerte que lo era. — ¡Qué sino el de Cicerón! Antonio, que fue acusado por él, lo proscribió y Popilio, que fue defendido por él, lo mató. — Si hubieras sido condenado, el verdugo te habría metido sin mutilar en un saco. Pero ya veo lo que me va a responder: Antonio no creería que Popilio había matado a Cicerón si no le llevaba alguna prueba de ello.
Triario: Garantízale a Cicerón lo que le garantizaron los [4] partidarios de Catilina 42 , los amigos de Verres 43 : que lo dejarían en paz, ahora que era un proscrito. — Su mano no se arredra ni siquiera ante un muerto y lo mutila tras haberlo asesinado. Popilio, éste es tu tercer parricidio.
Pompeyo Silón: ¿Puedo aligerarte de esa pesada carga? Hazle a Cicerón sólo lo que Antonio ordenó.
Cornelio Hispano: Di: «Antonio, soy capaz de cometer este crimen; incluso he matado a mi padre». — Los amigos de Cicerón se quedaron tranquilos al saber que se mandaba a Popilio para matarlo.
Arelio Fusco el padre: ¿Fuiste capaz de matar a Cicerón? ¡Con lo bien que nos había convencido Cicerón de que eras incapaz de cometer un parricidio! — Mataste a Cicerón cuando te estaba diciendo: «¿Temes acaso que te delate alguno de los que te acompañan? ¿Debe Cicerón recelar de alguno de los que vienen con Popilio?»
Quinto Haterio: A éste, que hace poco era llevado a [5] hombros de Italia 44 , se lo lleva ahora Popilio en estas condiciones. Cuando la cabeza de Cicerón fue expuesta en la tribuna del foro, a pesar de que el miedo lo invadía todo, el pueblo dio rienda suelta a sus lamentos 45 .
Julio Baso: Dice: «Cicerón era un proscrito». Pero tu padre no lo era.
Blando: Los manes del viejo Popilio y el espíritu, todavía sin vengar, de este padre te persiguen, Cicerón, para que admitas que sí es un parricida el que tú dijiste que no.
Capitón: Os presento al peor criminal que hay en la tierra, desagradecido, impío, asesino, parricida por partida doble. Pero a mí no me da miedo; que vayan con cuidado sus abogados: Popilio no asesina a nadie que no le haya hecho antes un favor. Y no es que yo haya perdido la esperanza de que se le condene, pues no está Cicerón para defenderlo. Lo que sí temo es no estar a la altura de la causa, porque denunciar que Popilio asesinó a Cicerón es un asunto mucho más grave de lo que lo fue en su momento demostrar que no [6] había asesinado a su padre. ¿Cómo podría matar a Cicerón alguien que lo ha oído hablar? La laguna de Minturnas no engulló a Mario en el exilio; el cimbrio, aun viéndolo cautivo, reconoció a su general; el pretor se desvió de su ruta por no ver al exiliado; y uno que vio a Mario tirado en el suelo se lo imaginó en la silla curul 46 . — No podemos hacerle grandes reproches a Popilio pues tuvo la misma consideración por su abogado que por su padre. — Gneo Pompeyo, conquistador de tierras y mares, reconoció de buen grado que era cliente de Hortensio, y eso que lo que Hortensio había defendido eran los bienes de Pompeyo, no al propio Pompeyo 47 . Rómulo, fundador de estas murallas y antepasado nuestro consagrado entre los dioses, no fundó una ciudad tan grande como la que Cicerón salvó 48 . Metelo apagó [7] el incendio del templo de Vesta 49 , Cicerón, el de Roma. Ya pueden jactarse Escipión de Aníbal 50 , Fabricio de Pirro 51 , el otro Escipión de Antíoco 52 , Paulo de Perses 53 , Craso de Espártaco 54 , Pompeyo de Sertorio 55 y de Mitridates 56 ; ningún enemigo se acercó tanto a Roma como Catilina. — Popilio lleva la cabeza asida por los cabellos y la sangre que va goteando ensucia el mismo lugar en que Cicerón habló en su defensa.
Buteón: ¡Qué gran elocuencia! Llegó a demostrar que un hombre capaz de matar al propio Cicerón no había matado antes a su propio padre.
Marulo: Si yo fuera enemigo de sus abogados, desearía que el acusado resultara absuelto. — Me parece vergonzoso que Cicerón no halle un defensor en una ciudad en la que se llegó a defender incluso a Popilio.
DIVISIÓN
[8] Son pocos los historiadores que dan testimonio de que Popilio fue el asesino de Cicerón; es más, para estos pocos, Popilio fue defendido por Cicerón, pero no en una acusación de parricidio sino en un juicio privado. En realidad, fue a los declamadores a quienes les vino bien esta acusación de parricidio. Pero llevan la acusación como si no tuviera defensa posible, cuando, de hecho, sería fácil absolverlo ya que ni siquiera se lo pudo acusar.
A Latrón no le gustaba que se acusara a Popilio del modo en que algunos lo hicieron: «Te acuso, decían éstos, de haber matado a un hombre, a un ciudadano, a un senador, a un excónsul, a Cicerón, a tu abogado». Con enumeraciones de este tipo no se consigue aumentar la indignación sino que se agota. «Se ha de llegar enseguida a lo que el auditorio está impaciente por oír, pues, por lo demás, Popilio tiene una defensa tan buena que, salvo el hecho de haber matado a su abogado, no va a encontrar dificultad alguna. Su defensa es la fuerza de las circunstancias en una guerra civil. Por lo tanto, no quiero hacer pasar al acusado por las consabidas fases que, en cualquier caso, va a poder superar, pues es lícito en una guerra matar a un ciudadano, a un senador, a un excónsul. El delito no radica siquiera en que se tratara de Cicerón, sino en que fuera su abogado. Es natural, eso sí, que lo que nunca debió pasarle a ningún abogado, resulte más escandaloso tratándose de un abogado llamado Cicerón».
Latrón lo acusó de mala conducta, primero por haber [9] llevado un tipo de vida que le hizo verse involucrado en una acusación de parricidio, después por haber matado a su abogado. Y planteó las cuestiones siguientes: ¿Puede alguien ser acusado de algo de lo que ha sido absuelto? «Si alguien quiere hoy acusarme de parricidio, no podrá. ¿Y cómo puede castigarse un crimen que no se puede imputar?» ¿Pueden imputarse como cargos los actos cometidos en una guerra civil? Vario Gémino estuvo muy acertado al tratar este tópico: «Si se hace recaer la acusación sobre la época, no se está hablando de la conducta de un hombre sino de la del Estado». Si puede imputarse lo cometido en una guerra civil, ¿debe imputarse este hecho en concreto? Esta cuestión la dividió así: Primero, por más que se viera en la obligación de hacerlo, ¿se le ha de disculpar, cuando lo cierto es que no hay nada que nos obligue a determinados actos? En este lugar dijo Latrón entre grandes aclamaciones lo siguiente: «Así que tú, Popilio, si Antonio te lo hubiera ordenado, ¿habrías matado también a tu padre?» En segundo lugar: ¿Se vio realmente en la obligación de hacerlo? «Pudiste buscarte una excusa, pudiste enviarle a Cicerón a alguien que lo avisara para que huyera. Es evidente que no había ninguna necesidad de cortarle la mano y la cabeza una vez muerto».
COLORES
[10] Latrón tuvo para Popilio un color sencillo: Lo había hecho por obligación. Y en este punto pronunció una sentencia memorable: «¿Os asombra que Popilio se viera forzado a matar en una época en la que Cicerón se vio forzado a morir?»
Albucio dijo que, para desgracia de Cicerón, Antonio había elegido a un amigo íntimo de aquél, como si buscara de este modo hacerle escarnio de su suerte: «Le hará sufrir más, pensó, verse morir a manos de Popilio que el hecho mismo de morir».
Marcelo Esernino introdujo el mismo color de un modo diferente. «Antonio, dijo, andaba dándole vueltas: ‘¿Qué tipo de tormento puedo idear para Cicerón? ¿Hacerlo matar? Hace ya tiempo que ha fortalecido su espíritu para afrontar ese temor. Sabe que no hay muerte prematura para un excónsul ni triste para un sabio 57 . Probemos algo nuevo, que no se lo espere, que no se lo tema. Si no le ofende tenderle el cuello a un enemigo, le ofenderá tendérselo a un cliente. ¡Que alguien llame a Popilio para que se entere Cicerón de qué poco le sirven sus defendidos!’»
[11] Pompeyo Silón empleó el color siguiente: «Yo estaba indignado con las proscripciones y hablaba de ello sin tapujos. ‘No me sorprende, dijo Antonio, pues eres cliente de Cicerón. Razón de más para que mates tú a Cicerón’». Y pronunció una sentencia impropia de su flaqueza habitual: «Ambos hemos sido castigados, pero de diferente manera; la proscripción para Cicerón consistió en morir, para mí en matarlo».
Mi maestro Marulo hizo la siguiente narración: «Eran órdenes del general, órdenes del vencedor, órdenes del hombre que decidía las proscripciones. ¿Podía yo negarle algo a un hombre a quien nada podía negarle el Estado?»
Blando empleó este color: «Intenté poner una excusa y le dije a Antonio: ‘Cicerón me defendió’. Él me respondió: ‘Ya lo sé, pero a mí me acusó 58 . O sea que ve y que se entere de que haber acusado a Antonio le ha perjudicado mucho más de lo que le ha beneficiado haber defendido a Popilio’».
El color de Buteón fue: «‘Que llamen, dijo Antonio, a [12] ese ciceroniano, cliente y amigo suyo. Tengo pensado cómo hacer que Cicerón muera por su propia mano’».
Cestio usó el siguiente color: «Mi servicio en el campamento de Antonio fue muy duro precisamente porque yo era cliente de Cicerón; se me encargaban las misiones más peligrosas. También en esa ocasión Antonio me llamó como si fuera a castigarme. Me dijo: ‘Ve y mata a Cicerón; y no me lo creeré, añadió, si no me traes su cabeza’. Y se quedó absolutamente encantado de ver qué grande era su poder, no tanto porque él pudiera permitirse matar a Cicerón, sino más bien porque Popilio no podía permitirse salvarlo».
Éste fue el color que utilizó Arelio Fusco: Popilio se había hecho partidario de Antonio con el fin de, si le resultaba posible, hacer algo por Cicerón. Según contaba, tras hacerse pública la lista de los proscritos, se había echado a los pies de Antonio y le había rogado por Cicerón; Antonio, ofendido, le había dicho: «Razón de más, mata tú a quien no quieres ver morir». Este color disgustaba a Pasieno, porque lleva ***; pues, si Popilio se comportó así, no tiene de qué defenderse, sino de qué enorgullecerse.
[13] Romanio Hispón empleó un color vehemente y difícil, pues lo que hizo fue asignarle a Popilio un abogado que, según advirtió, rebatiría de maneras distintas las acusaciones contra Popilio y Antonio. En favor de Popilio iba a decir: «No quise matarlo, me obligaron». Y se proponía decir en favor de Antonio: «Convenía matar a Cicerón». Y desarrolló el tópico de que no podía pacificarse el Estado más que eliminando del Estado a quien ponía en peligro la paz. Fue el único declamador que atacó a Cicerón. Dijo: «¿Cómo? ¿Pero no se daba cuenta de que, declarando enemigo público a Antonio y a todos los soldados de Antonio, proscribía también a Popilio?» Este color parece a simple vista muy duro, pero él lo trató de manera brillante.
Vario Gémino dijo: «Cuando Antonio me lo ordenó, acepté hacerlo por miedo a que mandara a algún cliente de Publio Clodio para ultrajar a Cicerón antes de matarlo, y para despedazarlo vivo».
[14] Argentario dijo: «Cuando me mandó llamar, acudí. Tras la proscripción, Antonio se había vuelto más terrible, incluso con los suyos. Se me ordenó matar a Cicerón. ¿Qué podía hacer? Sólo podía desobedecer dándome muerte. Y de eso ni siquiera Cicerón hubiera sido capaz».
Por la parte de la acusación todos quisieron añadir algo nuevo acerca del momento en que llegó Popilio 59 . Latrón dijo: «Había cerrado las puertas, en casa del proscrito no se recibía a nadie. Pero cuando llegó Popilio, se lo dejó entrar».
Cestio dijo: «Cuando le fue anunciada su llegada a Cicerón, éste dijo: ‘Siempre estoy disponible para Popilio’».
Cornelio Hispano hizo que Cicerón incluso le hiciera algún reproche: «¿Tan tarde, Popilio?»
Albucio dijo: «¿Qué pasa, Popilio? ¿No estoy a salvo aquí oculto? ¿Acaso he de cambiar de sitio?»
Sabidieno Paulo cometió la torpeza de presentar a Cicerón justo en el momento en que estaba leyendo su discurso en defensa de Popilio. Murredio, por su parte, fue incapaz de dar por acabada esta controversia sin dejar alguna prueba de su estupidez, ya que describió a Popilio llevando la cabeza y la mano de Cicerón, y soltó a este respecto una publiliada 60 : «¡Popilio, de qué modo tan distinto le cogías la mano a Cicerón en el juicio!»
3. EL HIJO TRES VECES DESHEREDADO QUE PREPARABA UN VENENO
Un hijo que había sido desheredado tres veces y tres veces absuelto fue sorprendido por su padre en un lugar apartado de la casa preparando una pócima. Al preguntarle qué era aquello, dijo que era veneno y que quería matarse; luego lo derramó. Se le acusa de parricidio 61 .
SENTENCIAS
Por parte del hijo
[1] Cestio Pío: Dime qué delito he cometido. ¿No lo sabes acaso? Y eso que no se te escapan ni mis pensamientos más íntimos. — Dejadme libre: Así sabréis para quién lo preparaba. — Dime qué delitos he cometido con anterioridad. ¿O es que tal vez te contentas con acusar al reo de parricidio y no acusar ya de nada más a un parricida 62 ?
Argentario: Quería morir por haber sido llevado a juicio. «¿Por qué? ¿Acaso no puede seguir con vida quien haya sido llevado a juicio?» Sí puede, pero siempre que a su lado se siente su padre vestido con harapos 63 . — Volveré a probar con el veneno, dado que la injusta Fortuna no me ha permitido librarme del peligro de una vez por todas.
Albucio Silo: «Y entonces, ¿por qué no te mueres?» No deseo morir si algún otro lo desea. — Cuando me interrumpió, me entregué a estas reflexiones: «¿Hay alguien más infeliz que yo? ¿Hay alguien que me odie más de lo que me odio yo?» Entonces empecé a compadecerme de mí mismo.
[2] Vario Gémino: «Has sido desheredado tres veces» Parece, padre, que me reproches haber vivido tanto tiempo. — No os sorprendáis de que yo comparezca aquí, de que hable en mi defensa; a un desdichado le resulta tan agradable tener que defenderse como a un inocente tener que morir.
Cornelio Hispano: Sé que algunos hombres, al ser llevados a juicio, proclaman aquello de «es mi primer proceso». Yo no puedo decir eso, pues fui acusado en tres ocasiones, y no dudo que os resultaré odioso, ya que me odio yo a mí mismo.
Porcio Latrón: Me he defendido en tres ocasiones. A estos tormentos que he padecido se ha sumado ahora el veneno. — Lo tengo aquí. Si esto no te basta, seguiré vivo.
Por la parte contraria
Albucio Silo: Pongo por testigos a [3] los dioses inmortales de que yo, tras haberlo desheredado ya tres veces, procuraba que no hubiera veneno en casa. — Sigue vivo un acusado de parricidio que, al ser desheredado, quiso morir. — ¡En qué aprieto se ve puesto el destino de mi familia! Ha de morir o el padre o el hijo. — ¿Qué te pasa que quieres morir? Viven los huérfanos, viven los náufragos, viven incluso aquellos a los que ha tocado la desgracia de tener hijos tres veces desheredados. — Mientras dice que quiere morir, ruega por su vida. — He dado con un parricida que al parecer está muy dispuesto incluso a darse muerte él.
Cornelio Hispano: No os sorprendáis si no muestro la energía que mi sufrimiento exige; tras tres juicios habéis podido comprobar que los padres no sirven para acusar.
Vibio Rufo: Siendo tan grave lo que confiesas, ¿cuán [4] grave no será lo que te callas? — ¿Quieres saber qué has hecho mal? Tú buscaste el veneno, tú compraste el veneno, tú llevaste el veneno a una casa en la que tenías a tu padre por enemigo. Con razón odiarías la vida si yo te hubiera acusado de parricidio. — Dinos quién te lo vendió. Le preguntaremos: ¿Tú vendías veneno a cualquiera? ¿Tú le vendiste veneno a uno que había sido desheredado tres veces? No cabe duda de que no sabías a quién iba destinado. — ¿Así que con este juicio estoy retrasando la muerte de mi hijo? Si me recluís con él en una misma casa, moriré y así haré que os granjeéis la misma mala fama que éste quiso hacerme granjear a mí.
Vario Gémino: ¿Queréis saber para quién preparó mi hijo el veneno? Él no se lo bebió.
Pompeyo Silón: Dice él: «Lo preparé para mí». Esto significa que lo preparó para su padre. — Si sale absuelto, quiere morir, pero mientras es acusado, sigue con vida.
Musa: «Mitridates llevaba consigo una medicina mortal». ¿Quién más iba a tenerla sino un parricida 64 ? «Demóstenes, dice, tenía un veneno y se lo bebió». ¿Y yo, tu padre, significo para ti lo mismo que Filipo para Demóstenes 65 ?
[5] Porcio Latrón: Cuando lo desheredaba, si le echaba en cara alguna falta, me decía: «¿Acaso me has visto cometiéndola?» — No tendréis, empero, muchas dudas sobre su caso, pues lo que niega es un parricidio, lo que confiesa, un envenenamiento. — Dice él: «Quiero morir»; al estar su padre vivo, esto también es un parricidio; desgraciado de mí, temí por igual que se bebiera el veneno como que me lo administrara a mí.
Arelio Fusco el padre: «Preparé el veneno para mí». Entonces, que nadie dude que es capaz de matar a otro.
Junio Otón el padre: Es reo de parricidio quien prefiere morir que poder ver a su padre. — ¿Cómo queréis que os demuestre más claramente que él no quería morir? No quiere morir ahora. — «Quería morir». ¿Por qué?, ¿porque ganaste tres juicios? Si queréis creerme a mí, quiso cometer un parricidio; si queréis creerle a él, lo que quiso es que lo cometiera yo. — Pero, ¿qué clase de acusado es éste cuya única defensa consiste en no haber sido digno de seguir con vida? — Yo afirmo que su padre le resultaba tan odioso que quería matarlo; él reconoce que se resultaba a sí mismo tan odioso que quería matarse él.
DIVISIÓN
No creo que me pidáis que os plantee una división, tratándose [6] de una controversia conjetural. Sin embargo, la conjetura que comporta esta controversia es, con respecto a las otras, diferente y doble. No se trata, como sucede a menudo, de dos inculpados de los que hay que acusar a uno, ni de dos delitos, cuando se debe probar que se ha cometido uno de ellos a fin de que se demuestre que se ha cometido también el otro. Es lo que pasa, por ejemplo, cuando afirmamos que una mujer es una adúltera para que a partir de ahí se crea fácilmente que es también una envenenadora. Lo que tenemos aquí es una conjetura doble con respecto a una sola persona, pues nos planteamos si preparó el veneno para matarse a sí mismo o para matar a su padre.
COLORES
Si se quiere, se puede hablar en favor del joven usando [7] el color con el que habló Latrón, es decir, sin modificar la determinación del muchacho: «Quise morir, hastiado como estaba de los desheredamientos y de la continua infelicidad, ya que me quitaba los harapos sólo para volvérmelos a poner con mayor sufrimiento y cada absolución, en mi caso particular, no constituía el fin de mis inquietudes sino el inicio de las mismas». Si se sigue en esta línea se ha de desarrollar, además de la conjetura, aquella célebre cuestión, típica de esta clase de controversias y tan trillada, de si está permitido estar en posesión de veneno para suicidarse.
Albucio, en favor del joven, se valió de aquel color que consistía en afirmar que no era veneno. «Como pensaba que mi padre me odiaba, decidí poner a prueba su cariño, ver cómo encajaba la noticia de mi muerte; por ello, lo hice a la vista de todos y para que mi padre interviniera».
Arelio Fusco usó este mismo color, pero de otro modo; no dijo «decidí poner a prueba a mi padre», sino «quise inspirarle lástima a mi padre».
[8] Murredio, en su línea de torpeza habitual, dijo que él se había preparado una poción somnífera porque las incesantes preocupaciones le provocaban insomnio *** incluyó un color y una publiliada 66 . Dijo: «Disolvió en veneno sus desheredamientos». Y añadió otra: «Derramó mi propia muerte».
Recuerdo que Mosco, al hablar de ese tipo de sentencias que ya habían corrompido el talento de todos los jóvenes, se quejó de Publilio, pensando que era éste quien había introducido todas estas tonterías. Casio Severo, el más ardiente admirador de Publilio, decía que no era éste quien tenía la culpa, sino quienes imitaban esa faceta suya totalmente evitable, en vez de imitar las palabras que él había sabido expresar mejor que cualquier otro escritor cómico o trágico, tanto romano como griego. Como, por ejemplo, aquel verso que, según Casio Severo, no había quien superara:
Al avaro le falta tanto lo que tiene como lo que no tiene 67 ;
y aquel otro dicho a propósito del mismo tema:
Al lujo le faltan muchas cosas, a la avaricia, todas 68 ;
y aquellos versos que se le pueden aplicar también al tres veces desheredado de esta controversia:
¡Oh vida, larga para el desgraciado, breve para el dichoso 69 !
Y a continuación citaba muchos versos de Publilio muy ingeniosos. Añadía que el que había introducido este defecto, [9] consistente en jugar con una sola palabra que tiene varios significados, había sido el escritor de atelanas, Pomponio 70 , y que, de él, esta práctica había pasado por imitación primero a Laberio 71 y después a Cicerón, quien la había convertido en una virtud. Pero, por no mencionar las innumerables expresiones de este tipo que Cicerón empleaba en sus discursos y en la conversación, y por no citar frases de Laberio, pues todo lo que de soportable hay en sus mimos presenta este rasgo, ofreceré como única muestra lo que Cicerón dijo contra Laberio y lo que éste le respondió. Julio César hizo que Laberio actuara de mimo en unos juegos organizados por él y después lo reintegró a la clase ecuestre. Cuando le ordenó que fuera a sentarse en las localidades de los caballeros, todos se arrimaron unos con otros para no dejarle sitio. Cicerón tenía fama de no ser un amigo demasiado fiable para Pompeyo y para César, sino un adulador de uno y otro. Por aquel entonces, César había elegido a muchos para el senado, tanto para volver a llenar una institución diezmada por la guerra civil, como para devolverles el favor a los que habían hecho méritos honorables en su facción. Cicerón aprovechó ambas circunstancias 72 para bromear, soltando lo siguiente al paso de Laberio: «Te haría sitio si no estuviera tan estrecho». Laberio le contestó a Cicerón: «Sin embargo, tú acostumbras a sentarte en dos sillas 73 ». [10] Siendo uno y otro tan ingeniosos, ninguno de los dos sabía mantener la moderación en este estilo. A partir de ellos se fue difundiendo entre muchos esta práctica por imitación.
Pero, volviendo a la controversia, Casio Severo aseguraba que le gustaba aquel color de «quise morir» y pronunció algunas sentencias durante la discusión: «Cuando fui desheredado por tercera vez, me dije: ‘No hay nada que valga la pena; esta vida mía tan desgraciada, que mi padre no cesa de hostigar y de arruinar, que se la quede de una vez’. Pero también, por otra parte, yo me hacía la siguiente reflexión: ‘Conserva la vida; una vez absuelto harás con ella lo que quieras’. Alguien dirá: «Entonces, ¿por qué no te mueres ahora?» En primer lugar, porque los desdichados no tienen que desear siempre lo mismo; a veces les entran ganas de competir con su propio destino y cansarlo. Y en segundo lugar, ¿quieres de verdad saber por qué no me muero, de momento? Porque me imagino que eso es lo que tú deseas.
La siguiente sentencia de Junio Otón pareció bastante absurda: «No veo yo mucha diferencia, pues él quiso matarme a mí o a mi propio hijo».
4. LA MADRE CIEGA QUE RETIENE A SU HIJO
Los hijos han de procurarles el sustento a sus padres o se los encarcelará.
Un hombre casado y con un hijo se marchó de viaje. Capturado por los piratas, escribió cartas a su esposa y a su hijo para pedirles que lo rescataran. La esposa perdió los ojos de tanto llorar. El hijo se dispone a partir para rescatar a su padre, pero su madre le reclama la manutención. Resuelto él a no quedarse, ella pretende que se lo encarcele 74 .
SENTENCIAS
A favor de la madre
Cestio Pío: No juzguéis los sentimientos [1] de esta mujer a partir de la ley con la que amenaza a su hijo, pues está haciendo todo lo posible para que no sea apresado. — Cuando el padre se disponía a zarpar, le dejó el hijo a la esposa. Y ella aún no estaba ciega.
Albucio Silo: No quiso separarte de tu hijo. Retenlo pues, abrázalo. Me atrevo a decir que ni siquiera los piratas separarían a estos dos. — Si deseara que su hijo fuera apresado, le permitiría ir a donde tanto ansía. — ¿Y tú, muchacho, no le vas a restituir a tu madre ni siquiera el alimento de los nueve meses? Si no quieres mantener a tu madre, espera al menos a enterrarla.
Triario: Ella esgrime una ley que amenaza con las cadenas, pero lo hace porque las teme.
Marcelo Esernino: Si insistes en marcharte, entrégame a mí también a los piratas. Les pediré que me alimenten, puesto que mantienen también a mi marido.
Fulvio Esparso: La madre, si no recibe alimento, se va a morir; al padre, aunque no lo rescate nadie, lo alimentan.
Julio Baso: A tu padre todavía le quedan ojos y alimento.
Por la parte contraria
[2] Cestio Pío: Quiero emular a mi madre, que me enseñó a amar a los míos. — Con las cadenas de uno nos ata a los dos. — Si he de demostrar amor siguiendo el ejemplo de mi madre, hasta los ojos debo dar por mi padre.
Arelio Fusco el padre: A éste, que ahora te abandona, lo encontrarás junto a su padre.
Vario Gémino: ¡Qué destino el mío! Si pierdo la causa, madre, me amenazas con las cadenas, y si la gano, habré de vérmelas con los piratas. — Por muy dispuesto que esté yo a hacerlo todo por mi padre, su esposa siempre será para él mejor que yo. ¡No son pocos los que piensan que estoy confabulado con mi madre porque no quiero ir a rescatar a mi padre!
Fulvio Esparso: No temo por mi madre si la dejo en vuestras manos. Pero, ¿cómo no voy a temer por mi padre si lo dejo en manos de piratas?
Buteón: Acabaré por arrancarme los ojos, que no se diga que la esposa ha hecho por su marido más que yo.
DIVISIÓN
Latrón declamó esta controversia como si toda ella girara [3] en torno al sentido del deber, o sea que no introdujo ninguna cuestión legal sino que comparó entre sí las desgracias del padre y las de la madre, y planteó como tema de discusión lo siguiente: El deber del hijo ¿es ir a rescatar a su padre cautivo o quedarse a alimentar a su madre ciega? Y lo dividió diciendo: Lo que el padre necesita no es bueno para la madre, mientras que lo que la madre necesita sí es bueno para el padre. Finalmente desarrolló la idea de que ni siquiera el padre querría que su hijo se fuera. No cabe duda de que, si supiera que la madre se encontraba en tales circunstancias, no lo permitiría.
Buteón había suscitado una primera cuestión absurda: La ley que prescribe la obligación de alimentar a los progenitores ¿afecta sólo a los padres? «Todos los privilegios que éstos tienen y el tipo de castigo que se establece para quien no los alimenta son una muestra de que no se trata de un derecho propio de mujeres». El planteamiento es tan improcedente que no vale la pena refutarlo, por lo que lo pasaré por alto. Sólo mencionaré lo que decía Asinio Polión: «En una causa respetable no se debe intentar introducir una cuestión infame».
Romanio Hispón planteó la cuestión siguiente: La ley [4] que establece alimentar a los progenitores ¿incluye también a las madres cuando los padres aún viven? «Un hijo menor de edad —señalaba— no podrá estar sujeto a nadie que no sea el padre, ya que está libre de toda otra sumisión. Supongamos que tú le pides sustento a un hijo al que su padre ha enviado a otras tierras u ordenado embarcarse; lo que dice el padre va en primer lugar, lo que dice la madre en segundo».
Albucio no hizo de esto una cuestión de derecho sino de equidad, pero sin olvidar los aspectos legales *** y que antes estaba el deber hacia el padre que hacia la madre.
Pompeyo Silón planteó la cuestión siguiente: Si se trata de dos personas que comparten una posesión, el derecho sobre la misma ¿no lo tiene por completo el que se halla presente? «Imagina que tú eres esclavo de dos amos: servirás al amo que se halle presente. Imagina el caso de un terreno compartido: Recibirá sus frutos quien se halle presente». A esta cuestión añadió otra de gran dureza: ¿Conserva el padre algún derecho sobre el hijo? «Del mismo modo que quien no tiene derechos de hombre libre no tiene derechos de ciudadano, quien no tiene derechos de ciudadano tampoco los tiene de padre». Si él no tiene derecho alguno sobre ti, tu madre está por ley en posesión de todos sus derechos. No es que ella comparta su derecho sobre ti, sino que lo tiene en exclusiva.
[5] Vario Gémino hizo esta división: ¿Se puede obligar a un hijo en cualquier circunstancia a mantener a su madre? Y en segundo lugar: ¿Se le ha de obligar en este caso? Dijo: «No siempre un hijo está obligado a ello. Paso por alto a los que no están capacitados, a los enfermos, a los inválidos. Pero, aquel que va a enfrentarse con el enemigo porque de su acción militar depende exclusivamente la salvación de la patria, a ése ¿va a retenerlo su madre? Imagínate un embajador para asuntos de Estado de primerísimo orden, imagínatelo en un tratado de paz: ¿Va su madre a retenerlo agarrándolo del cuello?» Y al comparar caso por caso una y otra obligación, dijo: «Él está fuera, tú en casa; él está cautivo, tú en libertad; él está en manos de piratas, tú entre ciudadanos; él está encadenado, tú, libre de cadenas. Es verdad que tú estás ciega, pero él es más desgraciado precisamente porque puede ver. ¿Y qué es lo que ve? Ve sus cadenas, los golpes, las heridas y las cruces de las que penden los que no son rescatados. ‘Pero es peligroso’, dirás. ¡Son muchos los que piensan que no hay nada peligroso cuando se trata de hacer algo por un padre!»
El griego Apolonio se mostró vehemente en el epílogo: «‘Pero es peligroso’. Todo lo es; también quedarse en casa y llorar».
COLORES
Latrón dijo que en favor de la madre había que proceder [6] de manera contenida y moderada. «Ella no busca venganza sino compasión, y se enfrenta en el juicio con este joven exigiéndole un acto de amor filial que le impide a él cumplir con otro». Decía, por tanto, que habían de evitarse las palabras demasiado crispadas cada vez que se presentase un tema así. El propio discurso convenía suavizarlo ajustándolo al tipo de sentimientos que queremos provocar. En los epílogos —decía— incluso hemos de quebrar deliberadamente la voz y bajar la cabeza, esforzándonos para que el aspecto del orador no sea muy diferente al de su discurso. Es conveniente que incluso el ritmo sea más pausado.
Calvo, que mantuvo largo tiempo una pugna muy desigual con Cicerón por la primacía en la oratoria, actuaba con tanta violencia y pasión que un día, en mitad de un discurso suyo se levantó el acusado, Vatinio 75 , y dijo a gritos: «Os lo suplico, jueces, por muy elocuente que sea éste, ello no os [7] obliga a condenarme». Asimismo, en otra ocasión, cuando vio que, en el foro, partidarios de Catón 76 , su defendido, rodeaban y golpeaban a Asinio Polión, se hizo subir a un pilar —pues era muy bajito, razón por la cual Catulo en sus endecasílabos lo llamó «elocuente pito» 77 — y juró que si Catón le hacía algún daño a Asinio Polión, que llevaba la acusación, presentaría cargos contra él. Y después de esto Polión nunca más fue atacado por Catón y sus partidarios ni de palabra ni de obra. Por otra parte, acostumbraba a dejar su asiento, corriendo impetuosamente hacia el sitio de la parte contraria. Incluso sus poemas, aunque de carácter festivo, demuestran su gran temperamento. Dijo de Pompeyo:
se rasca la cabeza con un solo dedo, para que se vea que lo que quiere es un hombre 78 .
[8] Asimismo, el ritmo de sus discursos es vigoroso, a la manera de Demóstenes. No es en absoluto ni tranquilo ni apacible, antes bien violento y agitado. Sin embargo, en el epílogo que pronunció en favor de Mesio 79 , que por aquel entonces acudía a juicio por tercera vez, adoptó un tono no sólo contenido sino incluso humilde, al decir: «Creedme, no es de afeminados compadecerse». Y la verdad es que casi todo en aquel epílogo tiene también un ritmo no ya suavizado sino entrecortado.
En esta controversia, cierto profesor de retórica llamado Festo, hombre de baja estatura, dijo una publiliada 80 y Euctemón, cuyo ingenio era muy agudo, le espetó en griego: «Antes de conocerte no sabía que hubiera profesores de retórica de tan poca monta 81 ». La sentencia de Festo era ésta: «‘Mi padre está privado de libertad’. Bueno, si te conmueven los que están privados de libertad, también esta mujer está privada». Y como si no lo hubiésemos entendido, añadió: «¿No sabéis que se dice ‘privada de vista’?» Y dijo esto 9 otro: «Tira esa carta al mar. Deberías odiarla, porque es la que ha vuelto ciega a tu madre». Y aquella otra tontería en la que muchos cayeron: «Precisamente por esto hay que llorarla a ella, porque ella no puede llorar». Y una vez más: «Las lágrimas —dicen— le faltan a la madre y le sobran a su causa». ¡Como si los ciegos nunca lloraran!
Recuerdo que un tal Crispo, un antiguo profesor de retórica, en aquella controversia en la que un veterano retiene consigo a su tercer hijo después de que el primero haya perdido los ojos en un tiranicidio y el segundo las manos en un combate, dijo: «Levantaos ahora, cadáveres vivientes, rogad por vuestro padre. Pero, ¿por qué burlarme de mis propios hijos si el uno no puede ver a quiénes ha de suplicar y el otro no tiene con qué suplicar?»
Muchos se dejaban seducir por el ritmo de una sentencia [10] que sonara bien. Tanto es así que Porcio Latrón, para advertir a sus alumnos de que no se puede atender de una forma tan descuidada —sobre todo porque Triario con su ritmo armonioso de palabras biensonantes agradaba a muchos estudiantes y los embaucaba a todos—, en cierta controversia, tras explayarse con un estilo espléndido y apasionado, concluyó así un pasaje: «Entre los sepulcros están los monumentos». Y al ver que los estudiantes lo premiaban con un gran aplauso, los reprendió convenientemente, consiguiendo que en el futuro se esperaran un poco a aplaudir incluso lo que estaba bien dicho, por si había trampa.
Glicón dijo: «Corre, mujer, agarra a tu hijo, porque no lo vas a ver, desgraciada, ni siquiera si ganas el juicio». Y dice la madre: «Si no me alimentas, quédate al menos para darme sepultura».
Hibreas dijo en esta controversia: «Hijo, por mucho que me rehuyas, te retendré con mis súplicas». Esto a algunos les pareció de mal gusto. Pero Romanio ***
5. UN NIÑO DE CINCO AÑOS, TESTIGO CONTRA UN ADMINISTRADOR
Un hombre casado y con un hijo, tras morir su esposa, se volvió a casar y tuvo otro hijo. Tenía en su casa un administrador muy atractivo. Como las discusiones entre madrastra e hijastro eran frecuentes, el padre obligó al hijo mayor a irse de casa. El joven cogió una habitación pared con pared con la del padre. Corría el rumor de que había una relación adúltera entre el administrador y la mujer. Un día se halló al padre asesinado en su dormitorio, a la esposa, herida, y un agujero en la pared medianera. A los familiares se les ocurrió preguntarle al hijo de cinco años, que dormía con sus padres, si sabía quién era el asesino; él señaló con el dedo al administrador. El hijo mayor acusa de asesinato al administrador; éste, por su parte, acusa al hijo de parricidio 82 .
SENTENCIAS
A favor del hijo
Arelio Fusco el padre: Cuando oí [1] los gritos, creedme, pensé que mi padre había sorprendido a los adúlteros. — ¿Quién iba a tolerar que vinieras a la sala de justicia a testificar voluntariamente, por más que lo hicieras para hablar en defensa de tu hijo 83 ? — Pobre niño, aunque soy yo quien corre peligro, temo más por ti, pues sigues muy de cerca los pasos de tu hermano y por eso ya no te llevas bien con tu madre. — Mientras vivió mi madre, mi padre se contentó con que fuera yo su administrador. — Un parricidio no se comete fácilmente. ¿Quieres saber hasta dónde pueden llegar los lazos de sangre? Incluso un niño que no sabe hablar es capaz de hacerlo en defensa de su hermano.
Triario: Adúltera en vida de mi padre, cómplice en el momento de su muerte, testigo una vez muerto. — Si es suficiente con un solo testigo, haré que comparezca el niño. Si no es suficiente con un solo testigo, haré que comparezca la gente de la calle. — Acusa a su hijastro de parricidio y a su propio hijo, de mentir. — El administrador entra por donde [2] solía. — «Dime, niño, quién mató a tu padre, dilo sin miedo; ése que dices es el mismo que dice la gente. — La noche es propicia para el crimen y, por eso precisamente, es la ocasión para el adulterio. — Mi padre era tan bueno que, aunque quería tener una esposa, no quiso que yo tuviera una madrastra. — ¿Para qué habría de llevar yo una luz? Quien va a cometer un crimen tan abominable lo que busca es la oscuridad 84 . Dice el administrador: «¿Qué crímenes he cometido antes?» Es distinto. Recuerda que esto es un juicio por homicidio. Un homicidio puede ser un modo de estrenarse, un parricidio no 85 . — Llevabas una luz para distinguir bien, porque tenías que ir con cuidado al herir. — Vemos la espada clavada en el corazón; así es como hubiera herido yo a mi madrastra. — Hermano, te estoy preguntando si viste al administrador la última noche; no te pregunto nada de las anteriores.
[3] Vibio Galo: ¿He de callarme yo un adulterio que denuncia hasta la gente de la calle, callarme un parricidio que denuncia hasta un niño? Os pongo por testigos, jueces, de que mi padre estaba sano y salvo cuando lo dejé. — ¡Qué aberración más grande y qué contradictoria en esta época nuestra! ¿Así que hay alguien capaz de matar a su padre y de no matar a su madrastra? Incluso si uno no es capaz de matar a su padre, lo es de matar a su madrastra.
Sepulio Baso: Si me pongo a agujerear la pared, alguien me oirá. ¿Quién crees que tiene el sueño más ligero: un niño, un anciano o una persona de mediana edad? ¿Un niño? Será mi hermano quien me oiga. ¿Un anciano? Será mi padre. ¿Una persona de mediana edad? Mi madrastra. — Yo intentaría averiguar en qué sórdida casa ha nacido el administrador si tuviera una, pero su baja condición escapa a nuestras indagaciones. — No me sorprende que ignores lo difícil que es matar a un padre, cuando no sabes quién es el tuyo.
Albucio Silo: Te pregunto, mujer, si consideras que hay [4] que dar crédito a tu hijo. — Que se me deje criar al niño, porque no va a estar bien ni con su madre ni con su tutor 86 . — En la habitación hay tres personas; a mi padre lo matas, al niño no le haces caso y a tu amante no la temes. — Esclavos y hombres libres pasaban, uno a uno, para que el niño los identificara. Yo estaba en pie delante de todos, mientras que el asesino se ocultaba tras la adúltera. — ¿Qué precedentes tengo? ¿A quién le he quitado la mujer? Además, en caso de haberlo hecho, sería capaz de matar a un hombre pero no a mi padre. *** depende de otro. — Mira el cadáver de mi padre: ¡Qué herida tan horrible, cuán profundamente ha penetrado la espada! Así es como hubiera asesinado yo a mi madrastra.
Cestio Pío: Para demostrar que eres un adúltero no voy a presentar un testigo único ni sobornado, sino que voy a presentar muchos, voy a presentar incluso niños. — ¿Acaso he golpeado a mi padre con la fuerza que debí haber utilizado contra mi madrastra, mientras que a mi madrastra ni siquiera la he golpeado como a mi padre?
Julio Baso: Tú necesitabas una luz para no matar a la [5] que te inducía a matar, pero a mí más me valía no tenerla, no fuera a ser que algo que ha de servir para cometer un parricidio, acabara por revelármelo. Si las circunstancias lo permitían, yo debía olvidarme de mi padre mientras lo mataba. Las cosas que no vemos las hacemos con mayor libertad y, aunque no por eso es menor la atrocidad del crimen, sí lo es el miedo a perpetrarlo. Puesto a matar a mi padre, debí haber expurgado la cama entera. Como parricida que soy, no tengo motivos para perdonarle la vida a nadie. — No puedo jactarme de haber vengado a mi padre, pues mi hermano se me ha anticipado.
Blando: ¡Qué difícil es para un hijo herir a su padre y qué fácil para un hijastro matar a su madrastra!
[6] Vario Gémino: Dice mi madrastra: «Mataste a tu padre». ¿Y a ti no te maté porque no quise o porque no tuve la oportunidad de hacerlo? Eso sí, te hirieron… Vosotros sois testigos, jueces, de que mi manos no saben hacer nada a la ligera, y a ti te hirieron ligeramente porque se cuidaron de dejarte con vida. Da tú tu testimonio y muéstranos eso que más que una herida es una prueba. Muestra la herida: ¡Hay que ver cuánto miedo tenía de matarte aquel asesino!
Porcio Latrón: ¿Para qué voy a llevar una luz? Tendré más valor para cometer el parricidio si no veo a mi padre. — ¿Puede alguien matar a su padre antes que a su madrastra, y no matar a su madrastra después incluso de haber matado a su padre?
Triario: ¿Hay alguien que llegue al parricidio sin antes haberse manchado las manos de sangre, comenzando con un crimen tan difícil de llegar a cometer?
DIVISIÓN
[7] Este tipo de controversia, que comporta a la vez acusación y defensa, no todos la declamaron siguiendo el mismo orden. Hubo quienes llevaron a cabo la defensa antes de la acusación, Latrón entre ellos. Fusco Arelio dijo: «El acusado debe dejar de serlo en el epílogo». Hizo bien en enlazar epílogo y defensa, porque todo el mundo se suele inclinar más a favor de la defensa que de la acusación y conviene que la parte final se conciba de manera que pueda poner al juez a nuestro favor.
Algunos, entre los que se contaba Cestio, combinaron acusación y defensa para proceder mediante la comparación de los dos acusados y cargar así en una parte la acusación tras haberla rebatido en la otra. Este procedimiento no siempre daba buen resultado, dado que, particularmente a quien tiene peor defensa, no le es provechoso un enfrentamiento cara a cara. De hecho, es más fácil ocultar lo que no se compara. En esta controversia *** tres acusados, pues al [8] administrador cabe añadirle la madrastra. Así pues, decía Fusco que, por parte del hijo, necesariamente había que acusar primero, ya que debía defenderse de un solo crimen e imputar dos: adulterio y asesinato.
COLORES
Los aspectos difíciles que presentan cada una de las partes no necesitan colores sino argumentos, así que, para no extenderme demasiado, pasaré por alto los primeros.
A propósito de la herida de la madrastra algunos dijeron cosas logradas, otros, absurdas; o mejor dicho, fueron muchos los que dijeron cosas absurdas. Pero primero voy a explicar las más logradas.
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