Read the book: «Controversias. Libros I-V»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 339

Asesor para la sección latina: JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por OLGA ÁLVAREZ HUERTA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2005.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO419
ISBN 9788424937157.
INTRODUCCIÓN GENERAL
NOTICIA BIOGRÁFICA
No es tarea fácil intentar reconstruir la vida de Séneca el Viejo. Las fuentes antiguas apenas nos dan noticia de él y los escasos datos de que disponemos proceden, en su mayoría, de la obra del propio autor y de alguna otra información que puede extraerse de los escritos de su hijo, el célebre filósofo y preceptor de Nerón. Este altum silentium , en el que ya repararon los primeros estudios 1 y para el que no se ha encontrado una explicación satisfactoria, fue además el causante de que al menos desde la Edad Media y durante varios siglos la figura de Séneca el Viejo fuera confundida con la de su hijo y su obra retórica se atribuyera a éste. La identificación errónea se mantuvo con alguna significativa excepción —como la del erudito carolingio Walafrido Estrabón (s. IX ), que se refiere a los dos Sénecas en una clara reminiscencia de un epigrama de Marcial 2 — hasta que a finales del siglo XV 3 se advirtió que tenía que tratarse de dos personas distintas. Ahora bien, la feliz distinción entre dos Sénecas, padre e hijo, autores cada uno de obras de diferente naturaleza, vino acompañada de un nuevo error, esta vez con respecto al nombre: Se dio por supuesto que padre e hijo no podían llevar el mismo praenomen Lucius y, a la hora de buscar un praenomen para el padre, se creyó erróneamente que la costumbre romana de que los nietos recibieran el praenomen de los abuelos se tenía que aplicar necesariamente en el caso de los Sénecas. Por tanto, dado que dos nietos 4 de Séneca el Viejo se llamaban Marcus , se atribuyó también este praenomen a nuestro autor. Se trata de dos suposiciones infundadas que entran además en conflicto con el nombre Lucius Annaeus Seneca que ofrecen los mejores manuscritos de Séneca el Viejo, pero pese a ello el equívoco arraigó hasta el punto de que la denominación Marcus Annaeus Seneca se mantuvo durante largo tiempo como la forma más común de referirse a nuestro autor.
Lucio Anneo Séneca nació en Corduba , la moderna Córdoba, al igual que su hijo el filósofo y su nieto, Lucano 5 . Para determinar de manera aproximada la fecha de su nacimiento nuestra única fuente la constituye un pasaje del propio autor en el prefacio del libro primero de las Controversias , en el que se lamenta de no haber podido escuchar de viva voz a Cicerón, el orador al que más admiraba; al aducir las causas, señala que no fue la edad, sino las guerras civiles lo que le impidió dejar su colonia natal para viajar a Roma y lo que en definitiva lo privó de estar presente en un pequeño atrio en el que declamaba el Arpinate junto a «dos muchachos ya crecidos» (grandes praetextati ) 6 . Estos dos muchachos eran, aclara Suetonio 7 , Aulo Hircio y Gayo Vibio Pansa, cónsules en el 43 a. C 8 .
Ahora bien, aunque este pasaje senequiano marca claramente los últimos años de Cicerón (44 o 43 a. C.) como término ante quem para el nacimiento de nuestro autor, resulta muy difícil precisar cuánto tiempo antes de dicha fecha se produjo. Algunos han supuesto que por esos años Séneca habría acabado la educación elemental con el grammaticus y estaría en disposición de viajar a Roma para completar su formación. Como el estudio con el grammaticus solía concluir entre los doce y los dieciséis años, el cálculo correspondiente situaría la fecha de nacimiento aproximada entre el 60 y el 55 a. C. 9 , aunque ha de añadirse que en rigor nada impide que naciera incluso antes.
Otros estudiosos, sin embargo, no creen imprescindible que Séneca hubiera acabado su período de formación elemental en la época en que habría tenido la posibilidad de viajar a Roma y se conforman con que en el año 44 o 43 Séneca tuviera los años suficientes como para haber escuchado a Cicerón y recordarlo. Por ello postulan una fecha de nacimiento no muy alejada del año 43 a. C., aunque no aportan evidencia alguna a su favor 10 .
A falta de datos más concretos, la solución acaso menos precisa, pero sin duda más prudente, es situar la fecha de nacimiento entre el 60 y el 50 a. C., y ello sin descartar que éste hubiera podido tener lugar incluso poco antes o algo después de esos límites.
De las informaciones, siempre escasas, que tenemos sobre la trayectoria vital de Séneca el Viejo puede destacarse que su familia pertenecía a la clase ecuestre, lo que implica una situación económica muy desahogada. Estuvo casado con Helvia, con la que tuvo, que sepamos, tres hijos: Lucio Anneo Novato, Lucio Anneo Séneca (el célebre filósofo) y Lucio Anneo Mela, el padre de Lucano 11 .
Un aspecto de la vida de Séneca el Viejo que ha dado lugar a numerosas especulaciones es el de sus visitas a Hispania. Tal vez sea la desesperante escasez de información sobre su vida lo que ha llevado al intento de establecer el número y la duración de sus estancias en su ciudad natal, llegándose incluso a suponer que murió en Hispania, lo que no es más que una aventurada hipótesis 12 . Lo cierto es que resulta poco menos que inútil intentar determinar cuánto tiempo de su vida pasó Séneca el Viejo en Roma y cuánto en su Hispania natal 13 ; de hecho, en condiciones meteorológicas óptimas, el viaje entre Ostia, el puerto de Roma, y Gades podía realizarse satisfactoriamente en menos de siete días, como señala Plinio el Viejo 14 . Para nuestro autor, por tanto, viajar de Roma a Córdoba y viceversa no tenía por qué ser una empresa tan ardua que le obligara a largos períodos en una u otra ciudad. Teniendo en cuenta que la familia tenía en Hispania su lugar de origen y que allí debían de mantener importantes intereses financieros, resulta muy probable que Séneca el Viejo estuviera obligado a ir y venir con frecuencia 15 .
Por lo demás, lo poco que sabemos sobre nuestro autor lo cuenta él mismo en su obra y queda limitado casi siempre al ámbito de la declamación. Fue condiscípulo del rétor Porcio Latrón, gran amigo suyo e hispano como él, y es posible que ambos viajaran juntos a Roma después de las guerras civiles. Allí siguieron su formación con otro hispano, el rétor Marulo, declamador poco brillante al decir del propio Séneca, de cuyas clases lo que más destaca nuestro autor es la excelencia demostrada por su admirado Latrón, que descollaba como el mejor alumno 16 . Además de esta actividad escolar, Séneca tuvo la oportunidad de oír a todos los grandes oradores de la época con la excepción, por los motivos ya expuestos, de Cicerón. Así, frecuentó regularmente las declamaciones públicas de los rétores, afición ésta que mantuvo durante toda su larga vida, como lo prueba el hecho de que asistiera a estas declamaciones en compañía de sus hijos, que conociera y juzgara al orador Musa, amigo de ellos 17 o, en definitiva, que se decidiera, ya en edad muy avanzada, a poner por escrito su dilatada experiencia en este ámbito: «Mandemos a un anciano a la escuela», dice con humor al emprender tan magna tarea 18 .
Sin embargo, resulta difícil determinar si la relación de Séneca con la actividad declamatoria se limitó a esta simple faceta de oyente asiduo de declamaciones públicas y privadas, o bien si llegó a ser un declamador más o incluso un maestro de elocuencia. Nada en su obra apunta a una u otra de estas dos últimas posibilidades, aunque cuesta imaginar que él mismo no llevara a la práctica como declamador lo que con tanto interés había estudiado. Por eso, si Séneca no da ni un solo ejemplo de sus propios discursos, cabe suponer que es más bien por modestia o por coherencia con la concepción de la obra, dado que su voluntad manifiesta es la de dar a conocer a sus hijos los declamadores que ellos no tuvieron la oportunidad de oír 19 . Parece mucho menos probable, en cambio, que Séneca el Viejo hubiera tenido una escuela propia de declamación, ya que, en tal caso, sí sería de esperar alguna referencia a ella, al menos indirecta, a través de la mención de oradores alumnos suyos o de anécdotas acaecidas en su propia escuela. De ahí que exista hoy la opinión común de que Séneca no fue propiamente un rétor y que, en consecuencia, resulte del todo inadecuado, para diferenciarlo de su hijo, referirse a él como Séneca el Rétor o Séneca el Retórico 20 .
Sólo en un pasaje de la obra podemos encontrar una alusión muy fugaz a las ambiciones políticas de Séneca el Viejo. Se trata de aquél en el que se dirige especialmente al menor de sus hijos, Mela, para aconsejarle que se dedique a la elocuencia y que persista en su voluntad de no querer seguir una carrera política 21 . Comenta entonces que él mismo en otro tiempo deseó tentar ese camino, lo que se ha interpretado como una referencia a una carrera política frustrada quizás por algún importante revés 22 . Sea cual fuere el alcance real de esta alusión, su actividad política no debió de ser lo suficientemente relevante como para que otras fuentes antiguas nos dejaran constancia de ella. Además resulta significativo que Séneca el Viejo, en su prolongada vida, sobreviviera indemne a los tiempos convulsos de las guerras civiles y del fin de la república, al principado de Augusto y al sangriento período de Tiberio, lo que denota, como mínimo, una gran habilidad para saberse mantener al margen de las peligrosas luchas políticas.
Aunque la obra de Séneca el Viejo sea tan parca en datos concretos sobre su vida, sí deja entrever al menos algunos rasgos sobre su personalidad, sus opiniones políticas y sus convicciones morales. No tenemos noticias de particulares desavenencias entre Séneca y sus hijos, pero si en algún momento hemos de intentar trazar un perfil psicológico de nuestro autor, acaso convenga notar que en especial los lugares de la obra donde Séneca se dirige a sus hijos suelen estar tiznados de una cierta irritabilidad y de un humor variable que, de todos modos, podríamos acabar justificando por razones de autoridad paterna y de edad. Pero lo cierto es que esta primera impresión no se desdice en absoluto de otros datos, más aprensibles, que es posible obtener a partir de al menos un par de testimonios de su propio hijo. El primero, incluido en una carta a Lucilio, explica cómo su padre lo disuadió de seguir una dieta vegetariana simplemente porque aborrecía este tipo de doctrinas filosóficas, esto es, las pitagóricas, y no porque temiera que ello lo expusiera a ser acusado de prácticas supersticiosas 23 . En otro lugar, esta vez de la consolación dirigida a su madre Helvia, se lamenta de que su padre, demasiado aferrado a las costumbres tradicionales romanas, no le permitiera a su esposa profundizar en el estudio de la filosofía y de la literatura por temor a la ostentación que pudiera hacer del conocimiento de las mismas 24 .
Estos rasgos de la personalidad de nuestro autor tienen, por lo demás, una expresión también bastante explícita cuando se aplican a otros ámbitos. Así, por ejemplo, al comienzo de las Controversias , cuando se cita la definición de ‘orador’ que hizo Marco Catón, modelo paradigmático del antiguus rigor , es significativo que Séneca le otorgue al Censor la cualidad de un oráculo, considerándolo el más respetable intermediario de los dioses «no ya para aconsejar al género humano, sino para reprenderlo» 25 . No parece casual que esta alusión a Catón esté incluida en un pasaje en el que Séneca arremete contra los jóvenes de su época, a los que tacha, entre otras cosas, de perezosos y afeminados 26 . Igualmente significativos son los lugares que, en el ámbito de la práctica declamatoria, muestran un insistente rechazo hacia las expresiones vulgares y obscenas 27 así como, en general, la reprobación abierta de las costumbres de la época que menudea a lo largo de la obra 28 . Todo ello y los testimonios antes aducidos parecen arrojar, en definitiva, un retrato bastante coherente de alguien impregnado del espíritu de la antigua Roma o, por decirlo de otro modo, de un modelo de romano tradicionalista, severo y profundamente conservador 29 .
Igualmente tenemos cierta constancia, a través de comentarios ocasionales que van salpicando la obra, de algunas de sus opiniones políticas. En este sentido quizás lo más llamativo sea la mención explícita que hace de la libertad de expresión bajo el principado de Augusto 30 . Ello puede resultar sorprendente, ya que Séneca se muestra claramente beligerante contra la práctica aberrante de quemar las obras de los autores críticos con el régimen de Octaviano y de sus sucesores; en su obra habla elogiosamente de escritores situados en esa corriente de pensamiento, que sufrieron castigo por ello incluso en tiempos de Augusto, como es el caso de Tito Labieno o de Casio Severo 31 . Tal vez esta aparente incoherencia pueda resolverse si, leído entre líneas, el elogio a esa libertad de expresión del gobierno de Augusto es interpretado como una dura crítica a lo que vino después: la feroz represión desencadenada por su sucesor Tiberio.
A las opiniones de Séneca en el terreno político se podrían sumar ciertas valoraciones negativas y pesimistas sobre su época, ajenas en este caso al tópico retórico, como, por ejemplo, las que hace al tratar el declive de la elocuencia o al señalar los peligros que entraña emprender una carrera política 32 . No obstante, cuesta concluir de todo ello que en Séneca existiera un cierto sentimiento de añoranza de la República o, al menos, de profundo disgusto con la política romana de su tiempo 33 . Tal vez su posición política, más que republicana o augustea, fuera, ante todo, pragmática, oportunista incluso; no en balde los Anneos son un buen ejemplo del ascenso y de los privilegios, favorecidos por la política imperial, de los equites llegados a Roma desde las provincias.
En cuanto a la fecha de su fallecimiento, aunque no podemos precisarla con exactitud, sí podemos fijar unos márgenes más estrechos que en el caso del año de nacimiento. Sabemos que su muerte se produjo antes del 41 d. C., el año en que Séneca el Filósofo fue desterrado a Córcega, pues en un pasaje de la Consolación a Helvia , que Séneca hijo escribe a su madre desde el exilio, se señala con bastante claridad que por aquel entonces el padre ya había dejado de existir 34 . Como término post quem podemos servimos del fragmento de sus Historias transmitido por Suetonio, en el que nuestro autor describe la muerte del emperador Tiberio, acaecida en el año 37 d. C 35 . Que Séneca el Viejo sobreviviera a Tiberio unos años está en coherencia con el hecho de que en su obra hable libremente de autores como Cremucio Cordo, Tito Labieno o Casio Severo 36 , cuyas obras estuvieron prohibidas hasta que Calígula restableció su libre circulación tras la muerte de Tiberio 37 . Podemos, pues, concluir que la muerte de Séneca el Viejo debió de producirse entre los años 37 y 41 d. C. 38
Más allá de lo impreciso de las fechas del nacimiento y la muerte de nuestro autor, un dato al menos se nos revela claro: su longevidad. Con sólo contar los límites ante quem para el nacimiento y post quem para la muerte (43 a. C.-37 d. C.), Séneca el Viejo alcanzaría ya los ochenta años. Admitiendo las fechas más extremas que hemos barajado (60 a. C.-41 d. C.), el escritor cordubense habría pasado de los cien. Y, acercando posiciones, no parece aventurado pensar que Séneca alcanzara o incluso superara los noventa; de hecho, la longevidad no es sólo un dato biográfico destacable sino también un factor de especial importancia en su obra 39 .
OBRA
Historias
Tenemos constancia de que Séneca el Viejo escribió unas Historias gracias al único fragmento conservado del De uita patris , la biografía del padre escrita por Séneca el Filósofo 40 . Dicho fragmento se conserva en un palimpsesto (Vaticanus Palatinus Latinus 24) descubierto por G. Migliore en 1773 e interpretado correctamente por B. G. Niebuhr a principios del siglo XIX 41 . De él se deduce que las Historias comprendían desde el inicio de las guerras civiles hasta poco antes de la muerte del propio Séneca el Viejo, esto es, hasta el reinado de Tiberio y tal vez incluso hasta los primeros años del de Calígula.
Sólo existen dos fragmentos de las Historias , llegados hasta nosotros a través de las citas de otros autores; no obstante, como suele ocurrir en los casos de tradición indirecta de Séneca el Viejo, existe la posibilidad de que dichos fragmentos deban atribuirse más bien a la obra del hijo. En uno de ellos, citado por Lactancio, se traza una analogía entre los períodos de la historia de Roma y las edades del hombre 42 . En el segundo, cuya fuente es Suetonio 43 , se describen las circunstancias de la muerte de Tiberio.
De la alta consideración que a Séneca el Viejo le merecía una disciplina como la Historia y de su buen manejo de las fuentes históricas son prueba palmaria varios pasajes de su obra, especialmente los relacionados con Cicerón en la sexta suasoria, donde nuestro autor dedica un largo excurso a repasar el trato dispensado a la figura del orador por diferentes historiadores, ofreciéndonos asi unos testimonios únicos y valiosísimos.
«Controversias» y «Suasorias»
De la producción de Séneca el Viejo sólo conservamos por tradición directa una obra, cuyo título genérico, transmitido por algunos manuscritos 44 , es Oratorum et Rhetorum Sententiae, Diuisiones et Colores (Sentencias, divisiones y colores de oradores y rétores) . La obra está constituida por dos grandes bloques bien diferenciados, Controuersiae y Suasoriae , hecho que explica la denominación, más común y más cómoda, de Controversias y Suasorias para referirse al conjunto de esta antología declamatoria.
No cabe duda de que se trata de una obra escrita en los últimos años de la vida de Séneca, quien la habría acabado de componer con posterioridad al año 37 d. C., a lo sumo, dos o tres años después, tal como apuntan todos los datos contenidos en las postrimerías de la obra y la propia muerte del autor 45 . En cuanto al inicio de la redacción, más difícil de precisar, lo único que se puede realmente afirmar es que, cuando ésta se hallaba a más de la mitad, se había ya superado, no sabemos en cuánto tiempo, el año 31 46 .
Las Controversias y Suasorias no nos han llegado en su integridad 47 , pero pese a su carácter incompleto, podemos forjamos una idea bastante exacta de la estructura de la obra, especialmente en lo concerniente a las Controversias . Éstas estaban divididas en diez libros, cada uno de los cuales contenía presumiblemente un prefacio y un número variable de controversias, que oscila entre seis y nueve. Conservamos completos los libros I, II, VII, IX y X, en tanto que los restantes los conocemos sólo en forma de extractos. Algo menos clara es la situación en el caso de las Suasorias , de las que sólo nos ha llegado el primer libro, con siete suasorias y sin prefacio, si bien es seguro que existió al menos un segundo libro dado que algunos manuscritos señalan el final del libro primero y el inicio del segundo tras la última suasoria conservada 48 .
Como es sabido, «suasoria» y «controversia» son dos formas fundamentales de declamación. La primera, más elemental debido a su naturaleza deliberativa, consiste en un ejercicio sencillo, donde se espera del declamador que dirija admonitoriamente su consejo a uno o más personajes, legendarios o históricos, puestos en una situación crítica, y que haga inclinar, mediante sus argumentos, la decisión de éstos en uno u otro sentido. Dada esta estructura básica, los más experimentados podían demostrar sus dotes oratorias abundando, según el caso, en la descripción de lugares geográficos o de costumbres, o en el relato de episodios de carácter histórico, desarrollando cualesquiera circunstancias dramáticas hasta obtener un discurso lo más brillante posible. Sirva como ejemplo de suasoria la primera de la obra de Séneca, en la que el cometido de los declamadores consiste en persuadir o disuadir a Alejandro Magno de su propósito de surcar el Océano. Por otra parte, existe también una variante de suasoria, conocida como prosopopeya, donde el declamador asume el papel y la deliberación del personaje en cuestión. Un buen ejemplo de esta modalidad nos la ofrece la tercera de Séneca, en la que los declamadores se ponen en el lugar de Agamenón, situado en el dilema de si inmolar o no a su hija Ifigenia.
No ha de constituir ninguna sorpresa, dados los orígenes de la declamación 49 , que de las siete suasorias conservadas, cinco lo sean de tema griego, histórico o mitológico 50 . Frente a ellas, las dos últimas (Suas . 6 y 7) no sólo constituyen un ejemplo de romanización de los temas, sino que además revisten especial interés por centrarse en un asunto, el de la persecución política de Cicerón, cronológicamente muy cercano a los declamadores y al propio Séneca 51 .
La controversia, por su parte, es un tipo de ejercicio declamatorio más avanzado, preparatorio para la elocuencia judicial. Se trata, esencialmente, de someter causas ficticias y controvertidas al arbitrio de un tribunal mediante la elaboración de un discurso legal. El tema que para ello se propone debe tratarse en el marco que trazan la presentación de una situación particular y el concurso de una o más leyes. Tomemos de modelo para ejemplificarlo la primera controversia de Séneca:
EL HOMBRE QUE DESHEREDA A SU SOBRINO
Los hijos han de alimentar a sus padres o se los encarcelará
Dos hermanos estaban peleados. Uno de ellos tenía un hijo; el otro cayó en la miseria. El sobrino lo alimentó pese a la prohibición de su padre, por lo cual fue desheredado; sin embargo, no protestó. Lo adoptó su tío quien, tras recibir una herencia, se hizo rico. El padre empezó a pasar penalidades y su hijo lo alimentó pese a la prohibición del tío. Es desheredado.
La situación que se describe es ciertamente intrincada, hecho bastante habitual en las controversias dado que la complejidad argumental ofrece mayores posibilidades de tratamiento. En esta ocasión se obtiene cruzando dos argumentos que tienen en común el desheredamiento, tema éste que, junto con la ley que lo ampara, es uno de los más recurrentes en las controversias. En realidad, tanto las leyes como los temas de estos ejercicios son pocos y repetitivos, y el carácter ficticio de las primeras junto con el novelesco de los segundos se compadece casi siempre con situaciones conflictivas e incluso violentas: hijos desheredados por sus padres, jóvenes violadas, falsos testimonios, adulterios, envenenamientos. Asimismo, los personajes responden por lo común a estereotipos convencionales como piratas, héroes, pobres enemigos de los ricos, madrastras, asesinos, tiranos y tiranicidas, etc. 52 . Hay que pensar, no obstante, que los temas y los tópicos de la declamación tienen una importancia relativa, ya que el armazón que conforman es solamente una excusa atractiva para la brillantez, la fuerza y la elocuencia del orador.
Quizás el rasgo más original de esta obra de Séneca, y a la vez el que más obstáculos presenta para una cómoda lectura e interpretación de la misma, es la forma en que se organiza el contenido de cada una de las controversias y suasorias que conforman la antología. A diferencia de otras obras, como las declamaciones atribuidas a Quintiliano, en la obra de nuestro autor no se contienen ejemplos de discursos completos 53 . Séneca ordena los materiales de una manera totalmente diferente y, para entender su proceder, vale la pena recordar el título genérico de la obra al que hemos aludido anteriormente: «Sentencias, divisiones y colores de oradores y rétores». Efectivamente, eso es lo que encontramos en cada controversia (y, con ciertos matices que luego veremos, en cada suasoria), ya que, después de presentar un argumento y, si es necesario, la ley o leyes que entran en juego, Séneca sigue casi siempre el mismo esquema: una sección de sententiae , una discusión sobre la diuisio de la controversia y una antología crítica de diferentes tipos de colores .
¿Qué significan estos tres términos técnicos? 54 Una sententia es, en el sentido estrictamente sintáctico, el equivalente a una oración o, en algunos casos, a un período formado por más de una oración. Pero en el contexto de la práctica declamatoria, la relevancia de la sentencia estriba evidentemente en su valor estilístico, tanto desde el punto de vista formal como semántico. Se trata de algo así como una ‘frase brillante’, una expresión limitada a una oración o poco más, pero que tiene un valor notable para la defensa de una determinada causa gracias al impacto conseguido mediante una adecuada combinación de forma y fondo. Con ellas se busca resumir o concluir una argumentación de la causa o puntualizar aspectos esenciales de la misma, y ello a través de la agudeza y la habilidad. Pueden estar estrechamente apegadas al tema que se debate o bien tener un valor más general, en cuyo caso se acercan a las máximas y a los proverbios.
Que las sentencias más logradas o, también e inevitablemente, las de peor factura trascendían los límites de una determinada controversia y eran celebradas e imitadas en unos casos, y ridiculizadas y parodiadas en otros, lo prueba no sólo el hecho de que Séneca construya su obra dedicando un apartado específico a este tipo de expresiones, sino también las continuas referencias que hace al éxito con que esta o aquella sentencia fue acogida, la alusión a los imitadores que se sirvieron de una u otra, o la mención, en fin, de aquéllas que, fruto del desatino, acabaron por ser tan recordadas como las mejores.
La diuisio es la estructura que se adopta para organizar los argumentos de un caso. Se procede mediante la formulación de una serie de preguntas o puntos de discusión (quaestiones , ‘cuestiones’) que sirven para elaborar el discurso y que en principio giran en tomo a lo que disponen las leyes invocadas junto al tema de cada controversia. El declamador ha de preguntarse, punto por punto, si el modo de actuar de los personajes se ajusta o no a la ley; de ahí que el típico encabezamiento de este tipo de cuestiones sea: «¿es lícito…?, ¿puede…?». Sin embargo, en muchas ocasiones el problema no es estrictamente legal sino que, como cabe esperar de temas tan deliberadamente alambicados como los de las controversias, pueden y deben formularse preguntas de índole moral. Así, a los problemas de derecho (ius ) se añaden los de equidad (aequitas ), entendida ésta desde un punto de vista ético. La pregunta entonces no es ya si una determinada acción es lícita, sino más bien si existe la obligación moral de llevarla a cabo; «¿debe…?» es entonces el inicio habitual de este tipo de preguntas. Si las cuestiones legales exigen una respuesta tajante, acompañada de su justificación razonada, las preguntas de equidad requieren en cambio un desarrollo más detenido, una tractatio o ‘tratamiento’ de los motivos de tipo ético que sirven para explicar un determinado comportamiento en unas circunstancias muy concretas e independientemente de lo que diga la ley 55 .
Por último, los colores son los distintos modos de acercarse a un caso, según las exigencias de la causa que se está defendiendo. Entra entonces en juego la imaginación del declamador a la hora de explotar a su antojo el tema de la controversia, enfocando el caso de acuerdo con sus intereses. En este sentido, el color es algo así como la táctica utilizada para atenuar o agravar, según convenga, un determinado modo de actuar. Sirva de ejemplo la Controversia II 6 sobre el padre de un libertino que se convierte él mismo en libertino y por ello es acusado por su hijo de locura. Lo escueto de la exposición del argumento, que nada dice de las razones que llevan al padre a tal comportamiento (lo que a su vez explica que se lo pueda acusar de demencia) deja en manos de los declamadores que hablan a favor del padre recurrir al color de que todo obedece a un plan premeditado cuya encomiable finalidad es escarmentar al hijo. Por su parte la causa del hijo tiene a su alcance excusar este tipo de vida en un hombre joven y censurarla en un hombre anciano, ridiculizando su comportamiento y atribuyéndolo sin duda a la locura.
El esquema tripartito ‘sentencias-división-colores’ sólo es válido propiamente para las controversias. En las suasorias no tiene sentido hablar de colores ya que no se trata de demostrar la inocencia o culpabilidad de un determinado acto, sino simplemente de deliberar en torno a un dilema. En estos casos Séneca se limita a dar ejemplos de sentencias y a comentar diferentes propuestas de división que ahora no atañen, lógicamente, a cuestiones de tipo legal, sino que intentan simplemente encontrar las preguntas o las ideas que han de permitir discutir ordenadamente el tema de la suasoria.
Los oradores y rétores en la obra de Séneca el Viejo
Además de mostrar exactamente la organización a que somete Séneca los materiales utilizados, el título genérico de la obra nos orienta sobre otro rasgo singular de la misma: Sentencias, divisiones y colores no son fruto del ingenio de nuestro autor, sino que proceden de un largo elenco de oradores y rétores (más de un centenar), cuyas intervenciones Séneca somete a una labor crítica de recopilación y sistematización. Las razones de este modo de proceder las deja bien claras en los párrafos iniciales de la obra, cuando señala que su principal objetivo es el de dar a conocer a sus hijos, destinatarios de la misma, muestras de los grandes oradores que ellos no tuvieron oportunidad de oír, y evitar así de paso que otros puedan apropiarse de ellas y que sus autores caigan definitivamente en el olvido. En este sentido la obra de Séneca tiene mucho de reivindicación de la práctica declamatoria de su generación, contrapuesta ésta a las declamaciones que sus hijos ya habían podido escuchar de viva voz 56 .
Declamadores y oradores son, pues, los verdaderos protagonistas de Controversias y Suasorias; de ellos proceden todas las sentencias, las propuestas de división y los colores empleados en las declamaciones recogidas por Séneca. Pese a ello, esta obra no es simplemente una antología de citas ajenas, sino una recopilación hecha con un claro sentido crítico, donde abundan las apreciaciones de nuestro autor. De entrada, cada libro va precedido de un prefacio dedicado a la personalidad de uno o más declamadores y oradores; pero además, si bien en las sentencias Séneca se limita a reproducir textualmente sin ningún comentario las que él recuerda más destacadas, en la división, y sobre todo en los colores, toma la palabra para verter sus juicios favorables o desfavorables, o para hacer suyos los de otros declamadores que tiene en gran estima, como es el caso de Porcio Latrón.
Séneca, en fin, no nos ahorra sus opiniones sobre los declamadores y los oradores que antologa, por lo cual detenernos algo en ellas nos ha de permitir no sólo conocer su propia valoración, sino acercamos de paso a las figuras más relevantes o más peculiares de las que se ocupa 57 .
Deja claras nuestro autor sus preferencias en el prefacio del último libro de las Controversias , donde, en lo que tiene mucho de valoración conclusiva, cita a los cuatro declamadores que considera más importantes, un cuarteto al que describe metafóricamente como una cuadriga: Porcio Latrón, Arelio Fusco el padre, Albucio Silo y Junio Galión. De los cuatro despuntan especialmente dos: Latrón, acreedor de la gloria, y Galión, merecedor del premio.
La alta consideración que Séneca profesaba hacia su íntimo amigo y paisano Porcio Latrón llena todos los rincones de la obra senequiana. A él está consagrado el prefacio del primer libro de las Controversias , donde se le rinde un sentido homenaje; en las sentencias ocupa siempre un lugar destacado y es con mucha frecuencia el primer declamador al que se cita; a la hora de abordar la división de las distintas controversias y suasorias, casi siempre se menciona el procedimiento seguido por él; suyo es, como se ha señalado más arriba, el único ejemplo conservado de declamación continuada; las opiniones de Latrón sobre los colores, en fin, merecen siempre el interés y el aprecio de Séneca 58 .
Poco más conocemos de Latrón aparte de las informaciones transmitidas por Séneca, pues las noticias ajenas a menudo son coincidentes con las de nuestro autor. Es el caso, por ejemplo, de Quintiliano 59 , que explica la misma anécdota referida por Séneca sobre los problemas de Latrón para hablar en el foro (cf. Contr . IX pref., 3); o de Plinio el Viejo 60 , cuando relata la costumbre de los discípulos de Latrón de comer comino para imitar su palidez, rasgo este último al que también alude el propio Séneca en el prefacio del libro I (§ 7). Finalmente sabemos, esta vez por el testimonio de Jerónimo que Porcio Latrón se suicidó en el 4 a. C. para poner fin a unas fiebres cuartanas que le aquejaban.
Algo mayor es la información que poseemos acerca de la vida del otro miembro destacado de la cuadriga, Junio Galión. Éste era también un hispano afincado en Roma, como Séneca y Latrón 61 . En la capital del Imperio trabó amistad con Ovidio, quien le dirigió sus condolencias a la muerte de su esposa 62 . Bastante más joven que Séneca (debió de nacer hacia el 30 a. C.), adoptó tras la muerte de éste a su hijo Novato. La valoración que Séneca hace de su persona es siempre favorable, como en el pasaje en que le elogia la gran destreza en el uso de coloquialismos (Contr . VII pref., 5-6), y su juicio se ve acompañado en más de una ocasión de términos afectuosos. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre con Porcio Latrón, son sorprendentemente pocas las ocasiones en que se lo cita; pero de ello, más que a Séneca, acaso quepa responsabilizar a la transmisión incompleta de su obra, ya que es bastante probable que alguno de los prefacios hoy perdidos estuviera dedicado en exclusiva a Galión.
También es posible que otro de los prefacios no conservados tuviera como centro de atención la personalidad de Arelio Fusco, llamado ‘el padre’ para diferenciarlo de un hijo del mismo nombre. Nada sabemos de su vida, aunque se ha conjeturado que era de origen griego 63 y que había nacido algunos años antes que Séneca. Fue maestro de un ilustre discípulo, el poeta Ovidio, y también de Papirio Fabiano, cuya figura glosa Séneca en el prefacio del libro segundo. Por suerte, en este lugar y también al comentar las suasorias, se detiene nuestro autor en el estilo de Fusco a quien, a pesar de la vistosidad de su arte, le critica lo rebuscado y lo desigual de su discurso: Exponía, dice, algunas partes con concisión, pero en otras, especialmente en las descripciones, Fusco resultaba excesivamente prolijo (Contr . II, pref., 1). Es por tanto comprensible que prefiriera las suasorias, ya que éstas daban pie con mayor frecuencia a digresiones de carácter general donde podía dar rienda suelta a su verbosidad afectada, muy del gusto de sus admiradores. Séneca había sido uno de ellos en su juventud y nos recuerda cómo todos disfrutaban recitando, cada uno a su manera, las largas disquisiciones de Fusco (Suas . 2, 10). Pero el entusiasmo de Séneca disminuyó con la edad (Suas . 2, 23) y sus hijos le tomaron el relevo, no sin cierto fastidio por parte del padre (Suas . 3, 7).
Cierra el cuarteto de grandes declamadores Albucio Silo, a quien se dedica el prefacio del libro séptimo. Es el único declamador del que Suetonio 64 ofrece una semblanza, aunque ésta se limita a un ramillete de anécdotas, alguna, por lo demás, también presente en Séneca.
Gayo Albucio Silo, nos cuenta Suetonio, era natural de Novara, ciudad de la que llegó a ser edil. Perseguido por sus conciudadanos, marchó a Roma, donde obtuvo un gran éxito como declamador. Luego, gravemente enfermo, regresó a su ciudad natal y allí decidió quitarse la vida dejándose morir de hambre, no sin antes convocar al pueblo a una asamblea para informarle de su decisión. Fue una puesta en escena digna de un rétor, ya que una de las muchas leyes ficticias de las controversias castigaba con la privación de sepultura al suicida que no hubiera visto aprobada por el senado su decisión 65 . Anécdotas más o menos verosímiles al margen, sí parece probable que Albucio naciera por las mismas fechas que Séneca y que muriera en los primeros años de nuestra era. Escribió un tratado de retórica que Quintiliano cita en diversos lugares de su Institución oratoria . De su forma de declamar, Séneca admira la brillantez y la fluidez, pero no deja de mencionar sus defectos, especialmente dos: la duración excesiva de sus discursos, debida al desarrollo demasiado amplio de las cuestiones y al acopio de argumentos, y la falta de criterio y de seguridad en sí mismo, lo que lo llevaba a ser muy irregular y a dejarse seducir fácilmente por lo novedoso.
Más allá del cuarteto de cabeza, la especial consideración que otros oradores le merecen a Séneca es manifiesta, por más que él se niegue a dar una clasificación de los que vienen tras la cuadriga (Contr . X pref., 13). Pueden mencionarse primeramente los que merecen los honores de ser objeto de los restantes prefacios conservados.
A Papirio Fabiano, como hemos dicho, está dedicado íntegramente el prefacio del libro segundo de las Controversias , donde se repasan sus estudios con Arelio Fusco y con Rubelio Blando, su formación como filósofo en la escuela de los Sextios, que profesaban una mezcla de estoicismo y pitagorismo, su mayor competencia para las suasorias y su estilo sencillo y espontáneo, aunque en ocasiones algo oscuro. Cabe añadir a estos datos los elogios que le prodiga Séneca el Filósofo, que fue alumno suyo y que alaba en él la fluidez y la soltura del discurso 66 .
Asinio Polión y Haterio son los protagonistas del prefacio del libro IV. Gayo Asinio Polión era mucho más que un declamador. Nacido el 76 a. C., combatió junto a César contra Pompeyo en la batalla de Farsalia (48 a. C). Desempeñó la pretura en el 45, y en el 40 fue el artífice del acuerdo entre Octaviano (el futuro Augusto) y Marco Antonio en Bríndisi. Ese mismo año fue cónsul y en el 39 triunfó sobre los partinos, un pueblo ilirio que había apoyado a los cesaricidas. Luego, tras retirarse de la política, se consagró a la literatura y, de manera privada, a la declamación. Murió el 5 d. C. No hay que olvidar su gran amistad con Horacio y sobre todo con Virgilio, quien le dedicó la cuarta égloga. Como declamador, Séneca le reprocha que no sea tan severo consigo mismo como lo era con los demás. Repara también en el detalle de que Polión nunca admitiera público en sus declamaciones y lo atribuye a la poca importancia que concedía a la práctica declamatoria.
Quinto Haterio nos es mucho menos conocido, pero afortunadamente tenemos algún dato sobre él, cosa que no puede decirse en otros muchos casos. Era de familia senatorial y debió de ser en algún momento cónsul sustituto, porque Tácito lo denomina excónsul a pesar de que no aparece en las listas de cónsules. Nació hacia el 63 a. C. y murió en el 26 d. C. 67 Séneca destaca de él su impetuosidad, precisamente el mismo rasgo que resaltan el propio Tácito y Séneca el Filósofo 68 . Por otra parte, nuestro autor añade que Haterio fue el que mejor supo trasladar al latín los recursos de los declamadores griegos.
Los prefacios de los libros III y IX glosan las figuras, respectivamente, de Casio Severo y Vocieno Montano. Ambos oradores muestran rasgos comunes y semejante es también el modo en que Séneca se ocupa de ellos al explicar que, siendo los dos destacados oradores en el foro, parecían encontrarse mucho menos cómodos en la práctica declamatoria. Casio Severo era mucho peor declamador que orador forense, mientras que Vocieno Montano acabó abandonando la declamación. Séneca les cede la palabra para que se justifiquen y ambos formulan una crítica similar contra la declamación escolar: Un abismo la separa de la verdadera actividad oratoria desarrollada en el foro. De este modo, y en su afán por dar cabida a todo tipo de opiniones, Séneca incluye hábilmente en su obra dos voces discordantes.
En el prefacio del libro X Séneca repasa muy someramente los rasgos de ocho declamadores: Marco Emilio Escauro Mamerco, Tito Labieno, Volcacio Mosco, Musa, Fulvio Esparso, Gavio Silón, Clodio Turrino el padre y Clodio Turrino el hijo. Sólo de los tres primeros disponemos de alguna información adicional a la que puede entresacarse de la propia obra de Séneca. Escauro fue cónsul sustituto en el 21 d. C. y se suicidó en el 33 tras haber sido acusado ante Tiberio de adulterio con Livia y de prácticas mágicas 69 . Muy dotado para la oratoria forense, Séneca le reprocha su indolencia, que le hizo desaprovechar su talento. De Labieno sabemos que sus obras fueron quemadas por un decreto del senado (presumiblemente en el 12 d. C., año en se inicia la política antilibelo de Augusto) 70 y que no fueron autorizadas a circular hasta la época de Calígula 71 . Séneca explica que la prohibición de sus obras lo llevó a suicidarse encerrándose en la tumba de sus antepasados; en cuanto a su estilo, deja patente su gran admiración. También fue accidentada la vida de Mosco: Nacido en Pérgamo y afincado en Roma a principios del principado de Augusto, fue acusado de envenenamiento, condenado y desterrado a Marsella, donde murió en el 25 d. C. 72 Séneca admite que no declamaba mal, pero le afea su empeño en usar siempre figuras.
Para los cinco declamadores restantes mencionados al inicio del libro X, nuestra única fuente es el propio Séneca. La valoración de Musa como declamador parece haber sido causa de discrepancias entre Séneca y sus hijos, pues éstos eran amigos de Musa y, en especial Mela, admiradores de su estilo, mientras que Séneca padre, aunque le reconoce cierto talento, critica su falta de sensatez y no deja de lanzarle pullas en diferentes lugares de la obra. También Séneca desaprueba a Esparso, que era un imitador de Latrón, pero de estilo rudo. Mucho más elogioso se muestra en cambio con Gavio Silón, un buen declamador alabado por el mismo Augusto, con Clodio Turrino el padre, orador eficaz y cuidadoso, y con el hijo de éste, de idéntico nombre. Cabe señalar que estos tres últimos eran también hispanos 73 y que al menos con los dos Clodios mantenía Séneca una estrecha relación de amistad.
El catálogo de declamadores de las Controversias y Suasorias senequianas supera con mucho el de los nombres mencionados hasta ahora. Lamentablemente, la pérdida de varios prefacios nos impide saber qué otros merecieron una atención especial por parte de nuestro autor, de manera que el sistema más neutro que podemos utilizar para valorar su importancia pasa por atender al número de apariciones de cada uno de ellos a lo largo de la obra. En este sentido, resulta especialmente destacable un declamador como Cestio Pío, citado en casi todas las Controversias y Suasorias . La única información sobre su vida nos la ofrece Jerónimo: Nació en Esmirna en el 13 a. C. y era maestro de retórica en Roma. De la anécdota ocurrida en su escuela que nos narra Séneca (Contr . I 3, 10), en la que se alude a la derrota de Quintilio Varo en Teutoburgo, se deduce que en el 9 d. C., fecha de dicha batalla, aún estaba vivo.
A partir de las numerosas referencias de Séneca a Cestio Pío es posible trazar un retrato del personaje y, a la vez, constatar la opinión que nuestro autor tenía de él. Su rasgo más característico era su agudísimo espíritu crítico y la mordacidad, muchas veces desmesurada, con que lo empleaba. Un ejemplo es la falta de delicadeza que tuvo al recordarle al hijo de Quintilio Varo la derrota, antes mencionada, sufrida por su padre. Era, además, lo suficientemente pretencioso y engreído como para creerse mejor que Cicerón (Suas . 7, 12-13), llegando a escribir discursos ficticios de réplica a los del gran orador, cosa que desesperaba a Casio Severo, quien lo hizo objeto de sus chanzas e invectivas (Contr . 111 pref., 15-17). Pese a ello, Séneca parece tener un alto concepto de Cestio Pío como rétor, y por ello resulta algo sorprendente que no lo sitúe al mismo nivel que los cuatro grandes declamadores. Quizás la explicación de esta omisión pueda deberse a una circunstancia que Séneca no ahorra mencionar y es que, siendo el griego la lengua materna de Cestio Pío, le faltaba en latín la fluidez suficiente para poder expresar toda la riqueza de sus ideas (Contr . VII 1, 27).
De los restantes declamadores en lengua latina abordaremos a continuación los que juzgamos más relevantes, sea por el número de ocurrencias que presentan, sea por lo que Séneca explica de ellos, sea, en fin, por las informaciones biográficas que nos es posible obtener de otras fuentes. En cuanto a los demás, sólo podemos sugerir la lectura de las sentencias y colores por los que son mencionados y alguna que otra pincelada que sobre ellos traza Séneca 74 . Los que citamos a continuación siguen un orden decreciente de acuerdo con el número de apariciones en la obra:
Pompeyo Silón, del que nada sabemos. Las escasas veces en que Séneca emite alguna opinión sobre él es elogiosa, como por ejemplo en Suas . 7, 10.
Argentario, de origen griego, discípulo e imitador de Cestio —lo que le granjeó el desdén de éste (Contr . IX 3, 12)—, al que se ha querido identificar con un poeta del mismo nombre de época de Augusto que aparece como autor de algunos poemas en la Antología Palatina .
Triario, otro declamador sin dato biográfico alguno al que no se le ahorran críticas en la obra senequiana. Cestio Pío lo da como ejemplo del empleo de palabras biensonantes que acaban por embelesar al auditorio y le hacen desatender al contenido (Contr . VII 4, 10); Cestio y el propio Séneca resaltan lo absurdo de algunos de los colores que utiliza.
Rubelio Blando, del que sabemos que era de Tívoli y que pertenecía al orden ecuestre 75 . Séneca no se pronuncia sobre él.
Cornelio Hispano, del que nada puede decirse, pues lo ignoramos todo sobre su vida. Séneca se limita a reproducir sus sentencias.
Romanio Hispón, que se caracterizaba por un estilo agresivo y directo que Séneca atribuye a su propio temperamento (Contr . 1X3, 11).
Vario Gémino, a quien Jerónimo llamó sublimis orator 76 . Merece algún elogio ocasional de Séneca (Contr . VII 2, 9) y sobre todo de Casio Severo por su forma de enfocar la suasoria sexta (Suas . 6, 11).
Julio Baso, a quien se refiere brevemente Séneca al hablar de Fulvio Esparso en el prefacio del libro X, ya que ambos eran rivales. Aun reconociendo su elocuencia, Séneca le reprocha «la amargura que siempre le acompañaba y su manía de imitar la práctica forense» (Contr . X pref., 12).
Marulo, que fue el maestro de Séneca y de Porcio Latrón, pese a lo cual el juicio de nuestro autor no es muy favorable: Le reconoce originalidad, pero le critica la escasa brillantez de su estilo (Contr . I pref., 22).
Vibio Rufo, declamador de época de Tiberio, de quien Dión Casio explica una curiosa anécdota 77 . De su declamación Séneca menciona su forma de hablar a la antigua, con expresiones arcaicas y vulgares (Contr . IX 2, 25).
Vibio Galo, alumno de Arelio Fusco. Aunque Séneca elogia su gran elocuencia, señala que acabó loco merecidamente, de tanto imitar a los locos (Contr . II 1, 25).
Buteón, un orador indudablemente poco verboso, pero hábil a la hora de estructurar las controversias (Contr . II 5, 15); ello no obstante, en Contr . VII 4, 3, se considera absurda la primera cuestión que propone.
Junio Otón, autor de cuatro libros sobre colores. Séneca loa su habilidad en las controversias difíciles, en las que no es aconsejable hablar abiertamente. Su gran defecto era que abusaba de los sueños como recurso: «Y es que Otón era de los soñadores y, siempre que le faltaba un color, explicaba un sueño» (Contr . VII 7, 15). De su vida sabemos lo que cuenta Tácito 78 : Siendo pretor, participó en la acusación contra Gayo Silano, procónsul de Asia acusado de concusión. Al decir del mismo Tácito, era un oscuro maestro de escuela.
Pasieno, hombre de gran elocuencia y, para Séneca, el mejor orador forense de su tiempo (Contr . II 5, 17). También suscribía esta opinión Casio Severo, amigo suyo (Contr . III pref., 14). Según Jerónimo murió en el 9 a. C.
Marco Claudio Marcelo Esemino, nieto y alumno de Asinio Polión, pretor en el 19 d. C. Era un orador eminente según Tácito 79 . Fue uno de los abogados cuyos servicios requirió Gneo Calpurnio Pisón cuando fue sometido a investigación por la muerte de Germánico en el 20 d. C. 80 , pero renunció a la defensa.
P. Ovidio Nasón, el famoso poeta. Discípulo de Arelio Fusco y admirador de Porcio Latrón, Séneca destaca su talento refinado, cuidado y atractivo, y observa con acierto que lo suyo era la poesía, porque su oratoria era «poesía en prosa» (Contr . II 2, 8). De todos modos, Séneca opina que era buen orador en su etapa de estudiante y reproduce algunas sentencias de una controversia declamada por él (Contr . II 2, 9-10); no obstante, a continuación recuerda que Ovidio tenía mayor predilección por las suasorias (Contr . II 2, 12).
Valio Siríaco, hombre de gran elocuencia. Cuenta Dión Casio 81 que fue asesinado simplemente porque Tiberio se había referido a él como «el amigo de Asinio Galo». Esto debió de ocurrir en el 30 d. C., año en que Asinio Galo fue perseguido por Tiberio.
Alfio Flavo, precoz declamador (Contr . I 1, 22), discípulo de Cestio Pío. Éste lo reprende en una ocasión.
Publio Vinicio, elogiado por Séneca porque era incapaz de decir cosas absurdas. Fue cónsul el 2 d. C. Como en el caso de Marcelo Esernino, Calpurnio Pisón quiso contar con él como abogado, pero no lo consiguió. De su forma lenta de hablar se hace eco Séneca el Filósofo 82 .
Capitón, a quien Séneca tiene en muy alta consideración como declamador de escuela, llegando a afirmar que sólo le supera el cuarteto de cabeza (Contr . X pref. 12). Pese a ello, aparece muy pocas veces en la obra.
Marco Emilio Lépido, preceptor de Nerón César, cónsul en el 11 d. C. y muerto en el 33 d. C. Fue uno de los defensores de Calpurnio Pisón en el Senado 83 . También defendió a su hermana Lépida de diversas acusaciones (adulterio, envenenamiento, simulación de tener un hijo de un hombre rico y sin descendencia, etc.). Es elogiado por Séneca.
Marcio Marcelo, amigo íntimo de Vocieno Montano, quien lo citaba como un modelo que se debía seguir.
Asilio Sabino, «el gracioso más encantador de todos los rétores», según Séneca (Suas . 2, 12). Se lo ha querido identificar a la vez con dos personas del mismo nombre o similar: uno, autor de un diálogo cómico que gustó mucho a Tiberio 84 y otro, preceptor de Calígula en el 14 d. C. 85 .
Quintiliano el Viejo. Puede tratarse del abuelo del célebre rétor calagurritano. Séneca declina hablar de él (Contr . X pref., 2).
Surdino, un joven talentoso que tradujo magníficamente al latín obras griegas. Solía pronunciar sentencias «dulces, si bien a menudo demasiado dulzonas y sin fuerza» (Suas. 7, 12).
Un capítulo aparte merecen aquellos declamadores que deben su presencia en la obra de Séneca más a sus defectos que a sus virtudes. Nuestro autor no suele escatimar palabras hirientes y cáusticas al referirse a ellos, tildándolos en más de una ocasión de locos. Así, aunque trata con cierta benevolencia a Gargonio, un alumno de Buteón de voz enronquecida (Contr . I 7, 18), a quien define como «el más encantador de los insensatos» (Suas . 7, 14), otros, como Licinio Nepote, Seniano, Cacio Crispo (un «rétor de pueblo»), Antonio Ático, Festo, Floro, Mamilio Nepote y Sabidieno Paulo son inmisericordemente criticados. Pero quien se lleva la palma de la estulticia es, sin duda, Murredio. Séneca censura en varias ocasiones su torpeza, su estupidez, su extravagancia y su costumbre de imitar los recursos de Publilio Siro y del mimo. Entre los declamadores peor valorados se cuenta también Séneca Grandión, por el divertido retrato que Séneca traza de este ejemplo clínico de megalomanía (Suas . 2, 17) y Tusco, por su lamentable ocurrencia de usar anacrónicamente en una suasoria de tema griego la célebre frase de Julio César «llegué, vi, vencí» (Suas . 2, 22). Finalmente, sin llegar a usar con él la dureza empleada con los declamadores anteriormente citados, Séneca muestra poco aprecio por Paulo Fabio Máximo, cónsul en el 11 a. C. y amigo de Augusto 86 , al que acusa de haber introducido en el foro la manera de declamar de las escuelas (Contr . II 4, 11) y a quien da como ejemplo de lo que no hay que imitar.
Por lo general Séneca recoge también algunas intervenciones de declamadores que usaban la lengua griega. Su presencia, con todo, es proporcionalmente mucho menor y aparecen casi sistemáticamente relegados a la parte final de cada controversia o suasoria. Aunque Séneca no llega al extremo de su amigo Porcio Latrón, que «no es que despreciara a los griegos sino que incluso los ignoraba» (Contr . X 4, 21), su preferencia por los declamadores latinos es manifiesta. Así, por ejemplo, cuando da la primacía a los declamadores griegos en el tratamiento de una parte de una controversia, parece tratarse de algo excepcional (Contr . I 4, 10) y, aún en ese caso, encuentra a un declamador latino que los supera (Contr . I 4, 12). En Contr . VII 1, 25 llega incluso a considerar mucho mejor una sentencia latina que su supuesto modelo griego, y no deja, en fin, de ser significativo que, para la suasoria segunda, cuyo tema es griego, sólo encuentre una sentencia que valga la pena recordar entre todas las pronunciadas por los declamadores en dicha lengua (Suas . 2, 14). En definitiva, para Séneca la oratoria latina en tiempos de Cicerón había igualado, si no superado, a la de la «altanera Grecia» (Contr . I pref., 6) y el paso de un tipo de elocuencia a otro era muy fácil, ya que la lengua latina suplía su aparente inferioridad de recursos con una mayor licencia (Contr . X 4, 24).
A esta ya de por sí limitada presencia de ejemplos griegos se suma la triste circunstancia de que la transmisión manuscrita de Séneca ha maltratado en grado sumo las sentencias escritas en griego. En muchas ocasiones no nos han llegado sus intervenciones y en otras la fijación del texto resulta muy problemática.
El declamador griego más veces citado es Glicón Espiridión 87 . La opinión que Séneca da del modo en que declamó la suasoria de Alejandro y el Océano («dijo cosas sublimes y cosas malas en igual medida», Suas . 1, 16) puede tal vez hacerse extensiva a su forma habitual de declamar, ya que, en general, Séneca alterna valoraciones muy favorables con otras mucho más críticas.
Aunque aparezca en menos ocasiones que Glicón, Nicetes es un declamador muy bien considerado por Séneca. Este rétor, cuya madurez sitúa Jerónimo en el 33 a. C., compartía con Latrón, según Séneca, el raro privilegio de tener alumnos dispuestos a no ser escuchados sino sólo a escuchar (Contr . IX 2, 23), algo que da la medida del éxito que alcanzó en Roma como profesor. Séneca es siempre elogioso con Nicetes, destacando su carácter impetuoso (Suas . 3, 6), y sólo llama la atención sobre un anacronismo cometido por él al declamar la suasoria de los espartanos que deliberan sobre su retirada (Suas . 2, 14). Es muy posible que perteneciera a la escuela de Apolodoro, ya que Tiberio, seguidor de la escuela contraria, la de Teodoro de Gádara, no apreciaba nada el ingenio de Nicetes (Suas . 3, 6).
También merecen por parte de Séneca comentarios elogiosos Hermágoras e Hibreas. Hermágoras es probablemente el mismo Hermágoras de Temno del que nos habla la Suda , autor de varios tratados de retórica y profesor en Roma en tiempos de Augusto. Hibreas de Milasa, por su parte, era, según Estrabón, «el mejor orador de nuestra época» 88 . A su condición de orador hay que añadir su intensa actividad política, al menos durante unos años: En el 41 a. C. fue el portavoz ante Marco Antonio de las quejas por los tributos impuestos a las ciudades de Asia y en el 40 a. C. encabezó la sublevación de Milasa frente a Quinto Labieno, un partidario de los cesaricidas que, aliado con los partos, se estaba haciendo con el control de gran parte de Asia. La sublevación fue sofocada e Hibreas tuvo que huir, aunque regresó al año siguiente. De su celebridad da cuenta el episodio, narrado por Séneca (Suas . 7, 14), en el que interviene su hijo, del mismo nombre, recitando precisamente ante el hijo de Cicerón un pasaje de Hibreas padre que era «conocido por todos».
Poco más puede decirse de los demás declamadores griegos, cuya presencia en la obra de Séneca es muy reducida. Los que siguen, no obstante, son al menos conocidos por otras fuentes:
Átalo, «el estoico, que tuvo que exiliarse víctima de las maquinaciones de Sejano» (Suas . 2, 12) y que recibe claros elogios como orador y como filósofo por parte de nuestro autor, fue maestro de Séneca el hijo, que lo recuerda con admiración en diferentes pasajes de sus obras.
Damante Escombro era cario, de Trales 89 . Séneca reparte por igual elogios y reprobaciones a sus sentencias.
Gorgias, cuyas sentencias citadas por Séneca no nos han llegado, parece ser el rétor que fue maestro de Cicerón hijo hasta que su padre le ordenó abandonarlo porque lo estaba induciendo a los placeres y a la bebida, según explica Plutarco 90 .
Un caso especialmente complicado es el de Esquines, citado dos veces por Séneca y que, evidentemente y como el propio Séneca se encarga de aclarar, no tiene nada que ver con el célebre orador griego del siglo IV de idéntico nombre. Se ha intentado identificarlo con Esquines de Mileto, una de las glorias de esta ciudad destacadas por Estrabón 91 , que lo menciona como contemporáneo suyo y que señala que tuvo que vivir en el exilio por haberle hablado con demasiada franqueza a Pompeyo el Grande. Ahora bien, Séneca, en los dos pasajes donde lo menciona, lo incluye entre los declamadores nuevos (noui declamatores) . Si éstos son, como en otros lugares, los de la generación siguiente a Latrón, resulta harto improbable que el Esquines de Séneca sea el mismo orador desterrado por su atrevimiento ante Pompeyo, habida cuenta de que este último murió en el 48 a. C.
Los restantes declamadores en lengua griega deben exclusivamente a Séneca no haber caído en el olvido más absoluto y son para nosotros poco más que un nombre. De algunos de ellos nos da Séneca una valoración general. Así, dice de Euctemón que era «de poco fuste pero agradable» (Contr . I 1, 25) y de ingenio agudo (Contr . VII 4, 8); de Nicócrates de Esparta señala que era «un declamador árido y sin frescura» (Contr . VII 5, 15); de Agretas que «tenía una expresión poco pulida que denotaba que no había frecuentado a los griegos, pero sus sentencias eran contundentes, hecho que denotaba que había frecuentado a los romanos» (Contr . II 6, 12); considera a Dionisio un orador más elegante que vehemente; elogia de Furio Saturnino su forma tan agradable de declamar; descalifica con dureza, en cambio, a Emiliano, que era «de esa clase de tontos simpáticos, necios porque no dan para más» (Contr . X 5, 25). Mucho más limitadas son las consideraciones sobre otros declamadores griegos, como Adeo, Apaturio, Apolonio, Artemón, Cratón, Diocles de Caristo, Dorión, Metrodoro y Potamón. Por último, de los siguientes declamadores Séneca no comenta nada: Bárbaro, Dionisio Ático, Glaucipo de Capadocia, Pámenes, Pausanias y Plutión.
Naturaleza e importancia de las «Controversias» y «Suasorias»
Las peculiares características de la estructura y del contenido de las Controversias y Suasorias hacen que sea una obra difícil de clasificar y de valorar. No estamos, evidentemente, ante un tratado de retórica, ni tampoco ante una simple antología de declamadores o de declamaciones. De hecho, la obra sólo cobra un sentido cabal y profundo si se la contempla como un ejemplo de crítica literaria. En efecto, las Controversias y Suasorias están repletas de valoraciones estéticas sobre el estilo y la eficacia de los declamadores, tanto en sentido general como en el contexto de un determinado tema de declamación. Vista así, la obra senequiana adquiere una clara coherencia, formal y de fondo, y si de su lectura resulta cierta extrañeza o cierta sensación de distancia, ello debe atribuirse no al propio Séneca como escritor sino más bien a la pérdida del corpus declamatorio en el que se basan e insertan las Controversias y Suasorias , una obra crítica concebida como algo inseparable de un género muy concreto, el de la declamación. Esta disciplina, trascendiendo su misión estrictamente educativa, se convirtió durante el periodo augusteo en un modo de entretenimiento enormemente popular e incluso en una actividad artística del gusto de los adultos 92 . Las declamaciones acabaron por ser consideradas un objeto artístico susceptible de ser valorado literariamente y a tal valoración se aplicó a conciencia nuestro autor, convirtiéndose en el mejor testigo de la importancia que tuvo la retórica para las clases cultas de los primeros tiempos del Imperio 93 .
Todo ello explica que Séneca el Viejo se nos revele mucho más cercano cuando su labor de crítico literario supera los límites del ámbito declamatorio y se adentra en otros géneros menos ceñidos a los imperativos de una moda pasajera. En este sentido, Séneca constituye no sólo una fuente de gran relevancia para la producción de época augustea, pues por él tenemos noticia e incluso testimonios directos de carácter único sobre poetas e historiadores de los primeros tiempos del Imperio, sino también para la valoración literaria de la misma: Juicios como los que encontramos en la obra sobre Ovidio o Virgilio, ya sean propios o ajenos, justifican por sí solos la importancia de la misma.
Fragmentos inciertos
Han llegado hasta nosotros, a través de las citas de otros autores, tres fragmentos que las ediciones de Séneca incluyen como apéndice a su obra retórica 94 . Las fuentes que los han transmitido son, para los dos primeros, la Institución oratoria de Quintiliano y la Vida de Virgilio de Suetonio-Donato para el tercero. Sin embargo, la atribución no ya a libros perdidos de las Controversias y Suasorias sino incluso al mismo Séneca el Viejo dista mucho de ser segura. Al estar asignados en los tres casos a un genérico Séneca, existe como casi siempre la posibilidad de que pertenezcan a obras no conservadas de su hijo.
Así, los dos pasajes de la Institución oratoria de Quintiliano en los que se ha querido ver una referencia a la obra retórica de nuestro autor deben contemplarse con cierta cautela. El primero de ellos 95 reproduce unas frases que el rétor calagurritano califica de imágenes llenas de audacia y vivacidad; son aparentemente unas sentencias que, como señala el texto, declamó Séneca en una determinada controversia. Habida cuenta de que Séneca el Viejo nunca se cita a sí mismo como declamador en su propia obra, este testimonio, en el supuesto de que esté refiriéndose a él y no a su hijo 96 , difícilmente podría estar aludiendo a algún pasaje perdido de las Controversias y Suasorias . Por lo que respecta al segundo testimonio de Quintiliano 97 cabe admitir que el contexto donde hallamos la referencia a Séneca recuerda sobremanera a las Controversias , pues el rétor calagurritano recoge la opinión de un Séneca haciéndola preceder de una anécdota que también se encuentra en Contr . VII pref., 6-7: Se trata del aprieto en que se encontró Albucio Silo cuando en un juicio empleó un juramento a modo de figura retórica y la parte contraria se lo tomó al pie de la letra. Tras narrar este episodio, dentro de unas consideraciones sobre la formulación de juramentos, Quintiliano añade: «Séneca dijo con elegancia que ello es propio no de los abogados sino de los testigos». Ahora bien, si ésta es una opinión expresada por Séneca el Viejo, resulta algo extraño que él no la incluyera en su propia obra, allí donde cabría esperarla, esto es, en el lugar donde narra, él también, el juramento de Albucio Silo 98 .
El testimonio que tiene más visos de poderse poner en relación con nuestro autor tal vez sea el de la vida virgiliana, donde se cita a Séneca como fuente de un comentario del poeta Julio Montano sobre la voz y la expresión del Mantuano 99 . El problema es esta vez que dicho comentario no se reproduce bajo forma alguna en las Controversias y Suasorias , ausencia que se ha querido justificar sugiriendo que podría estar representando un fragmento perdido de la obra senequiana 100 . Es cierto que en Contr . VII 1, 27 Séneca recoge ciertas consideraciones de Julio Montano a propósito de una imitación virgiliana, pero ni siquiera esta coincidencia nos permite descartar del todo que la fuente del pasaje de la vida de Virgilio sea Séneca el Filósofo, habida cuenta de que también éste se ocupa en un lugar de su obra de Julio Montano y su poesía 101 .
PERVIVENCIA
El profundo silencio de las fuentes clásicas en tomo la figura de Séneca el Viejo no sólo afecta a los testimonios sobre su vida, como hemos visto ya en la noticia biográfica, sino que se extiende también a su producción literaria. Es tal la falta de noticias que resulta casi imposible extraer conclusiones sobre la repercusión que su obra pudo tener en autores posteriores o, simplemente, sobre la opinión que a éstos les merecía.
No hallamos, en efecto, ninguna mención explícita a la producción de nuestro autor en toda la Antigüedad Clásica y, aunque no han faltado intentos loables de reconocer su influencia no sólo en obras específicamente dedicadas a la oratoria sino en otras de muy diverso tipo 102 , las afinidades que se han señalado son tan vagas que resulta aventurado considerarlas muestras de pervivencia.
Así las cosas, Séneca el Viejo, y con él los más de cien oradores y rétores que encontramos en su obra, parecen haberse evaporado. Ni siquiera es posible hallar huellas manifiestas en los escritos de su propio hijo, a pesar de que se hayan advertido vagas coincidencias entre uno y otro en algunos juicios u opiniones. Es el caso de la parecida valoración que hacen ambos de Papirio Fabiano 103 , donde la ausencia de mención alguna del padre en la obra del hijo no nos permite saber hasta qué punto el juicio de éste es deudor de la opinión de aquél. Además, Séneca el Filósofo fue discípulo de Fabiano y tuvo, por lo tanto, elementos suficientes para formarse una opinión propia sobre él. Algo parecido sucede con la explicación en ambos autores del declive de la oratoria como consecuencia de la degeneración moral 104 : Aquí, las consideraciones de Séneca hijo son tan generales que, a falta de referencias concretas a la obra del padre, difícilmente pueden ser juzgadas como vestigios de una misma idea. En definitiva, si hubo influencia de Séneca el Viejo en su hijo, ya sea en estos casos concretos o en otros aspectos de tipo más general 105 , lo que resultaría de lo más lógico, Séneca el Filósofo no creyó oportuno o necesario reconocer su deuda de manera expresa.
Por más que Séneca el Viejo sea el primero en reflexionar sobre la decadencia de la oratoria 106 , cuyas causas serán profusamente analizadas por autores de época neroniana y flavia, sucede que éstos ni mencionan a nuestro autor ni dejan entrever una influencia de las opiniones que él vierte en su obra 107 . Esta ausencia de testimonios es especialmente llamativa en el Diálogo sobre los oradores de Tácito y, lo que aún resulta más extraño 108 , en la extensa y detallada Institución oratoria de Quintiliano 109 , dos obras que, por sus características, parecerían ser las más indicadas para hacerse algún eco de las Controversias y Suasorias o, al menos, de algunas de las ricas informaciones sobre oratoria que contienen.
En cuanto a las colecciones de declamaciones que han llegado hasta nosotros, el hecho de que en ellas no se aluda a la obra de Séneca puede atribuirse más bien a las características mismas de estas obras. Se trata de excerpta de sentencias, como las de Calpurnio Flaco, o de ejercicios escolares, como las Declamaciones mayores y menores atribuidas a Quintiliano, en las que no tienen cabida las citas de otras obras. Aunque algunos de los temas tratados en la obra de Séneca reaparezcan en estas colecciones, las afinidades, por lo demás no tan estrechas, deben imputarse necesariamente a una tradición declamatoria común 110 .
El desolado panorama que venimos observando no mejora mucho en la Antigüedad Tardía, pues las supuestas trazas que habría dejado en este período la pervivencia de Séneca pueden explicarse como continuidad en los temas y argumentos de la declamación en general 111 . La Edad Media y los siglos posteriores tampoco han dado mayor cabida al legado de nuestro autor. Tanto mientras duró la confusión entre los dos Sénecas como cuando, en el siglo XVI , se estableció la pertinente distinción entre ambos, la obra filosófica y dramática del hijo eclipsó (y continúa eclipsando) las Controversias y Suasorias del padre, una obra poco capaz, por sus peculiares características, de despertar el mismo interés que ha suscitado Séneca el Filósofo y su amplia y rica producción literaria 112 .
A finales de la Edad Media, sin embargo, hallamos una importante excepción: Nicholas Trevet (1258-1328), el erudito dominico autor de una crónica sobre los reyes angevinos de Inglaterra, de diferentes tratados teológicos y, sobre todo, de importantes trabajos de exégesis de textos antiguos, como sus comentarios sobre Livio y sobre las tragedias de Séneca el Filósofo, escribió unas Declamaciones Senece reducte ad moralitates en las que empleó todos los temas de las Controversias de Séneca el Viejo reinterpretándolos con un afán moralizante y poniéndolos alegóricamente en relación con la vida de Cristo 113 . Los ejemplos senequianos de Trevet sirvieron de base a las Moralitates de Robert Holcot, otro teólogo dominico fallecido en 1349. En las Moralitates Holcot incluye, junto a exempla procedentes de otras fuentes clásicas y cristianas, algunos de los temas de las Controversias , interpretados igualmente en clave cristiana 114 . Esta última obra es, a su vez, una de las fuentes de los Gesta Romanorum , una extensa colección anónima de ejemplos moralizados elaborada a mediados del siglo XIV que tuvo una amplia difusión 115 . De los 181 exempla de que consta la versión uulgata del texto, trece proceden claramente de argumentos de las Controversias de Séneca 116 .
En el Renacimiento, el único autor en el que cabe observar la clara huella de la lectura de las Controversias y Suasorias es el dramaturgo y poeta inglés Ben Jonson (1572-1637), contemporáneo y rival de Shakespeare. A su muerte, Jonson dejó manuscritas una miscelánea de notas y apuntes que fueron publicadas en 1640 sin ningún intento de clasificación u ordenación. La obra se publicó bajo el doble título de Timber: or, Discoveries , pero es con este último como habitualmente se la conoce 117 . Entre los autores que se citan y se traducen en ella a propósito de los temas más variados (la elocuencia, el amor a la patria, las costumbres…), aparece también Séneca el Viejo. Sin duda, el lugar más curioso es aquel en el que Ben Jonson habla de cómo la edad ha hecho mella en su memoria. Se trata, como señalan los editores oxonienses, del pasaje más autobiográfico de los Discoveries , pese a lo cual Jonson, para explicar su experiencia personal, no duda en recurrir a Séneca, a quien menciona expresamente: «Memory of all the powers of the mind, is the most delicate, and fraile: it is the first of our faculties, that Age invades. Seneca, the father, the Rhetorician, confessed of himselfe, hee had a miraculous one; not only to receive, but to hold 118 ». También resulta destacable que, a la hora de valorar la obra de Shakespeare, Jonson haga suyos los términos que Séneca emplea para enjuiciar a Quinto Haterio 119 y que incluso cite en latín lo que, según nuestro autor, Augusto decía de este declamador: sufflaminandus erat «había que ponerle freno». Varios pasajes más de los Discoveries dan asimismo testimonio de que Jonson conocía bien las Controversias y Suasorias , especialmente sus prefacios 120 .
Ben Jonson no es sino un islote en el mar del profundo silencio con que la obra de Séneca el Viejo parece haber sido acogida a lo largo de los siglos. Es posible que una investigación exhaustiva y sistemática de los períodos medieval y renacentista pudiera descubrir más huellas significativas de su influencia. Sin embargo, no creemos aventurado vaticinar que, tal como ocurre con los testimonios hasta ahora conocidos, resultará difícil en la mayoría de los casos discernir si estamos ante una auténtica influencia directa de Séneca el Viejo, ante elementos más generales de la práctica declamatoria y de la crítica literaria que son comunes a Séneca y a otros autores, o ante la mediación de alguna obra situada entre Séneca y las obras supuestamente influidas por él 121 .
Séneca el Viejo en España
A la vista de la escasa presencia de Séneca el Viejo en la tradición clásica europea, no sorprenderá que la pervivencia de este autor en España haya dejado asimismo un rastro exiguo; en este sentido, resultan muy sintomáticas las pocas líneas que Menéndez Pelayo le dedica tanto en su Biblioteca de traductores españoles como en su Bibliografía hispanolatina clásica . Sin embargo, en este terreno poco fértil de la tradición hispana de Séneca el Viejo hay unas pocas excepciones, una de ellas notabilísima, que vale la pena destacar.
Hasta finales del siglo XII la ausencia de noticias sobre la obra de nuestro autor resulta inseparable de la poca relevancia que tuvo en ese período el corpus conjunto de Séneca el padre y Séneca el hijo, considerado entonces aún como obra de un mismo autor en la Península Ibérica 122 . El interés por Séneca (entiéndase, por las obras filosóficas y morales de ese supuesto único Séneca, más que por la obra retórica) no irrumpe claramente hasta el siglo XIII , aunque habrá que esperar al siglo XV para su definitivo resurgimiento.
A principios del siglo XV , Alonso de Cartagena (1385/86-1456), obispo de Burgos, llevó a cabo la traducción de algunas obras de Séneca el Filósofo, a las que añadió once controversias procedentes de los excerpta de las Controversias . Son (en el orden seguido por el traductor) Contr . I 5; VIII 2; III 9; III 8; IV 4; V 1; V 7; II 2; V 5; VI 6 y III 8. Estas versiones castellanas tuvieron una gran difusión, como lo prueba el gran número de manuscritos que aún se conservan de ellas. Parte de sus traducciones, incluyendo las de las controversias mencionadas, fueron impresas en diferentes ediciones entre 1491 (fecha de la editio princeps de Sevilla) y 1551 (Amberes) bajo el título de Los cinco libros de Séneca . Hay que señalar que estas ediciones fueron realizadas a partir de un manuscrito claramente corrupto, lo cual, en lo que atañe a los excerpta , supone que los textos aparezcan desordenados y separados entre sí. Alonso de Cartagena no se limitó a traducir del latín (la suya es la primera traducción directa de los dos Sénecas al castellano), sino que añadió algunas notas explicativas a sus versiones. Las razones que le llevaron a seleccionar precisamente las once controversias citadas nos son desconocidas 123 .
En 1539 se publicaron en Alcalá de Henares unos Progymnasmata artis rhetoricae (…) una cum annotationibus in Senecae declamationes, controversias, et deliberativas , esto es, una edición anotada de las Controversias y Suasorias , realizada por Juan Pérez (Petreius Toletanus). De la larga epístola que encabeza la edición cabe destacar un pasaje en el que Petreius reflejó mejor que nadie la impresión que suele producir la lectura de la obra de Séneca el Viejo: «Así, cuando empecé a leerlo, no acababa de ver qué gran utilidad podía esconder, pero cuando empecé a profundizar y a poner atención en lo que leía, me pareció que encerraba un tesoro nada común para quien supiera desenterrarlo y sacarlo» 124 .
Debemos mencionar también la repercusión que tuvo en esta época la definitiva distinción entre los dos Sénecas en la valoración que Ambrosio de Morales (1513-1591) hace de uno y otro autor; en su intento de refutar las críticas que por falta de grauitas había vertido Erasmo de Rotterdam, en su edición de 1529, contra el todavía entonces único Séneca, Ambrosio de Morales desvía los ataques de Erasmo hacia el padre, exonerando de toda culpa a Séneca el Filósofo 125 .
De 1626 es un manuscrito de una obra de Sebastián de Mesa, «cura de St. Juste de la Villa de Madrid y Comissario de el Sancto Officio de ella», conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid y titulado Primera parte de las invectivas de Cicerón contra Catilina y declamación de Porcio Ladrón [sic], que entre otras cosas incluye una vida de Porcio Latrón elaborada a partir de las Controversias y Suasorias de Séneca y una declamación apócrifa de Porcio Latrón contra Catilina 126 .
Pero sin duda la más importante excepción al pobre eco cosechado por la obra de Séneca el Viejo en España la constituye un escritor de indiscutible relevancia: don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). El interés de Quevedo por nuestro autor no se limitó a una importante labor de traducción, sino que, como ningún otro de quien tengamos noticia, hizo suya la peculiar estructura de la obra senequiana y se convirtió en émulo de Porcio Latrón, Quinto Haterio y demás declamadores.
A su Vida de Marco Bruto , publicada en 1644, Quevedo añadió la traducción parcial de las Suasorias 6 y 7, precisamente por ser éstas, como señala en el epígrafe que las introduce, «declamaciones varias acerca de la vida y escritos de Cicerón» 127 . Quevedo traduce las sentencias de los declamadores para sumarse después él mismo a ellos. Así, por ejemplo, leemos en la introducción a la suasoria sexta: «Consulta Cicerón si le es decente rogar por su vida a Marco Antonio. Declaman a Cicerón Quinto Haterio, Porcio Latrón, Ciro Marilio Esernino, Cestio Pío, Pompeyo Silón, Triario, Aurelio Fusco, Cornelio Hispano, Argentario. Declama, después de todos estos antiguos declamadores, don Francisco de Quevedo Villegas». Si en el caso de esta suasoria Quevedo secunda a todos los declamadores al pedirle a Cicerón que no ceda ante Antonio, en el de la suasoria séptima, en la que se discute si el Arpinate ha de quemar o no su obra para salvar la vida, el escritor español, curiosamente, asume la parte contraria basándose en las palabras del propio Séneca, quien juzgaba que dicha parte no era tan mala (Suas . 7, 10) 128 . En cualquier caso, lo más notable de las intervenciones de Quevedo travestido en declamador es seguramente el modo en que sabe captar las más de las veces el estilo propio de las sentencias reunidas por Séneca. Así, frases del tipo: «Libros tales la persecución los encomienda, la contradicción les da precio: puede Cicerón morir, ellas, no», o: «Más importa a Cicerón que le oigan, que no que le lean», con las que Quevedo va tejiendo su parte contraria de la Suasoria 7, podrían pasar perfectamente por traducciones de verdaderas sentencias de un Porcio Latrón o un Cestio Pío.
Pero esto no es todo. Aunque Quevedo sólo publicó estas dos traducciones y reelaboraciones de las Suasorias 6 y 7, en el prólogo de la Vida de Marco Bruto cuenta que, al ser encarcelado en 1639, le fueron embargados varios escritos suyos (es el caso del propio Marco Bruto) y que algunos de ellos no se le restituyeron cuando fue puesto en libertad; entre las obras que no le devolvieron dice que se encontraban «todas las Controversias de Séneca, traducidas, y cada una añadida por mí la decisión de las dos partes contrarias» 129 . No se tenía noticia alguna de estas versiones perdidas de Quevedo hasta que, muy recientemente, Francisco Plata Parga las encontró milagrosamente conservadas gracias a una copia realizada por Juan de Iriarte, bibliotecario de la Biblioteca Real en el siglo XVIII 130 . Es éste un descubrimiento sensacional que permite completar nuestra visión de Quevedo como traductor y a la vez imitador de las declamaciones. No se trata, pese a lo que el autor aseguraba, de una traducción completa de las controversias. Consta únicamente de catorce de ellas 131 procedentes además de la tradición de los excerpta , a las que Quevedo añade una «decisión y sentencia» sólo en algunos casos 132 . La «decisión y sentencia» consiste en agregar a las partes propias del texto senequiano otras partes afectadas por el caso que también toman la palabra. Sirva como ejemplo de esta manera de rizar el rizo la Controversia IV 4, que trata de uno que se convirtió en héroe luchando con unas armas que había tomado de la tumba de otro héroe y que por ello es acusado de violar el sepulcro. A la acusación y defensa del héroe, Quevedo suma otros tres tipos de discursos: el del sepulcro al difunto, el de las armas al difunto y el del difunto al que tomó las armas. En cuanto a la forma, Quevedo imita aquí, como en las Suasorias , la sucesión de sentencias del original de Séneca.
Estas traducciones y reelaboraciones de Quevedo han de contemplarse como una muestra de la más genuina y preciada imitatio: la traducción de los modelos latinos y su imitación con textos semejantes en castellano 133 . Por otra parte, la elección de Séneca el Viejo como modelo no parece casual. Es posible que la gran influencia de Séneca el Filósofo en Quevedo (el famoso senequismo de Quevedo) hubiera llevado al español a interesarse también por la obra del padre, pero, al margen de esta consideración, no podemos dejar de plantearnos si Quevedo no vería en las Controversias y Suasorias una forma de expresión que coincidía perfectamente con sus propios intereses estilísticos. Una de las cosas que Séneca y sus contemporáneos más apreciaban en las sentencias era sin duda la síntesis perfecta entre riqueza de contenido y concisión de forma, con su consiguiente impacto inmediato sobre el oyente; justamente el mismo ideal buscado por el conceptismo.
En lo que respecta a la influencia de Séneca el Viejo, el de Quevedo constituye un caso tan aislado como el antes mencionado de Ben Jonson; en toda la literatura española no parece encontrarse ningún ejemplo parecido al del autor de la Vida de Marco Bruto . Tras Quevedo, Séneca sólo vuelve a aparecer de un modo ocasional, por lo que citaremos brevemente dos ejemplos de los que tenemos noticia.
En primer lugar, Séneca el Viejo es utilizado como arma arrojadiza en la polémica que enfrentó a italianos y españoles a finales del siglo XVIII a propósito de la responsabilidad hispana en la decadencia de la latinidad clásica. Los italianos G. Tiraboschi y S. Bettinelli habían acusado de dicha decadencia a autores latinos de origen hispano, como Séneca, Lucano o Marcial. Estos ataques provocaron la furibunda y (al decir de Menéndez Pelayo) exagerada respuesta de algunos de los jesuitas españoles que vivían en Italia tras su expulsión de España. Entre éstos, el catalán Xavier Lampillas (1731-1810) elaboró una apología en la que se sirvió de los declamadores citados en las Controversias y Suasorias de Séneca el Viejo para demostrar que la elocuencia latina ya estaba corrompida desde los tiempos mismos de Augusto 134 .
En segundo lugar, el propio Menéndez Pelayo puede citarse como lector atento de Séneca el Viejo. Las palabras que dedica a su obra en su Historia de las ideas estéticas demuestran no sólo un buen conocimiento del texto latino de Séneca, sino también un juicio muy exacto sobre el verdadero carácter de una obra tan mal interpretada y, quizás por ello, poco valorada y menos difundida 135 .
Finalmente, no estará de más acabar con una muestra de cómo la influencia de una obra tan compleja y rica como la de Séneca el Viejo puede llegar, directa o indirectamente, a los lugares más insospechados. Se trata del soneto que Juan de Arguijo (1567-1623) dedicó a la muerte de Cicerón. El eco de los versos de Cornelio Severo («Un solo día se llevó la gloria de su época, y herida por la aflicción enmudeció de tristeza la elocuencia de la lengua latina»), cuya única fuente es Séneca el Viejo (Suas . 6, 26), resuena claramente en los versos finales 136 :
A CICERÓN , DEGOLLADO POR POMPILIO [sic]
Detén un poco la cobarde espada ,
Cruel Pompilio, ingrato; y considera
La injusta empresa, que a tu brazo espera ,
Y largos siglos ha de ser llorada .
¿Posible es que se ve tu mano armada
Contra el gran Tulio, a quien librar debiera
En igual recompensa de la fiera
Muerte, a tu ingratitud encomendada?
¡Oh, cuán poco aprovecha la memoria
Del recibido bien; que al obstinado
Ninguna cosa de su error le muda!
Desciende el golpe sobre la alta gloria
De la latina lengua; y derribado
Yace el valor, y la elocuencia muda .
LA TRANSMISIÓN DE LAS CONTROVERSIAS Y LAS SUASORIAS
Tradición manuscrita
El texto de las Controversias y Suasorias de Séneca el Viejo ha llegado incompleto hasta nosotros a través de dos vías independientes y diferenciadas. Por una parte, un grupo de manuscritos nos ha transmitido cinco libros de Controversias (I, II, VII, IX y X) y el único libro conservado de Suasorias . En esta tradición manuscrita, los libros II y X están incompletos y, por otra parte, sólo los libros VII, IX y X van precedidos de su correspondiente prefacio (truncado el del IX); no obstante, las Controversias conservan su estructura tripartita (sententiae, diuisiones, colores) y su contenido tal como fueron concebidos por Séneca.
Un segundo grupo de manuscritos son los que transmiten los diez libros de Controversias , pero en una versión muy abreviada (excerpta) . Se trata de una selección de las sentencias de cada libro, realizada en el siglo IV o V , que sólo esporádicamente se acompaña de alguna información procedente de los colores, en cuyo caso se añade en forma de anexo (extra) . Este grupo nos ha transmitido además los prefacios de los libros I, II, III, IV, VII y X, con lo cual, combinando ambas tradiciones manuscritas es posible reunir los prefacios de todos los libros de Controversias exceptuados los del V, VI y VIII, irremisiblemente perdidos.
Los manuscritos más importantes del primer grupo son los tres siguientes:
A Antverpiensis 411, del siglo X o XI .
B Bruxellensis 9581-9595, del siglo IX .
V Vaticanus Latinus 3872, del siglo IX .
Todos ellos remontan a un arquetipo (a) y durante años se dio por buena la colación seguida por H. J. Müller en su edición de 1887 en el sentido de que, a diferencia de V, los manuscritos A y B procedían de un misma copia de dicho arquetipo. Sin embargo, L. Håkanson, el responsable de la edición más reciente de Séneca el Viejo, ha demostrado convincentemente que es innecesario postular un modelo intermedio para A y B, pues las lecturas divergentes que V presenta con respecto a ellos pueden deberse a la intervención posterior de uno o varios correctores 137 . Ahora bien, este nuevo stemma codicum , como señala el propio Håkanson, no es especialmente relevante para la fijación del texto y, sea cual sea su filiación, las lecturas de A y B son generalmente preferibles a las de V, habida cuenta de que este último, como ya había visto Müller, ofrece un texto muy alterado y con muchas interpolaciones. El resto de códices de este primer grupo son, en fin, de época posterior y derivan claramente de V, según se encargó de demostrar Vervliet en su momento 138 .
De los manuscritos que contienen los excerpta de las Controversias , los editores suelen atender, casi en exclusiva, a uno solo de ellos, el Montepessulanus H 126 (M), del tercer cuarto del siglo IX , ya que los restantes, mucho más recientes, contribuyen muy escasamente al establecimiento del texto.
Ediciones
De Séneca el Viejo existen dos ediciones consideradas principes . La primera es la de Nápoles de 1475, que fue editada por el monje de Poblet Blas Romero (Blasius Romerus) y que sólo contiene los excerpta de las Controversias . La otra es la de Venecia de 1490, a cargo de Bernardino de Cremona y Simón de Luero, que fue publicada en 1492 y luego en 1503. A estas ediciones les siguen otras dos preparadas por Erasmo (Basilea 1515, 1529) y una de Muret (Roma 1585), con diferentes impresiones a lo largo del tiempo. De estas últimas destaca la preparada por Nicolas Lefèvre (Nicolaus Faber, París 1587), ya que es la primera en que ambos Sénecas aparecen por fin separados. Las ediciones anteriores al siglo XIX culminan con la de Andreas Schott (Heidelberg 1604), la cual, durante más de doscientos años sirvió de base a numerosas reediciones a las que se fueron añadiendo comentarios y notas de diversos estudiosos.
Las que podemos considerar ediciones modernas de Séneca el Viejo empiezan con la de K. Bursian (Leipzig 1857), siguen con la primera teubneriana de A. Kiessling (Leipzig 1872) y culminan en la de H. J. Müller (Viena 1887), que durante un siglo y hasta la aparición de la nueva edición teubneriana de L. Håkanson, ha sido la edición de referencia para la obra de nuestro autor. Desde el punto de vista de la fijación del texto no han de omitirse, sin embargo, las dos ediciones acompañadas de traducción de las Controversias y Suasorias realizadas por H. Bornecque (París 1902, 1932), la edición, traducción y comentario de las Suasorias de W. A. Edward (Cambridge 1928) y, muy especialmente, la edición y traducción de la obra completa de M. Winterbottom (Londres 1974). Esta última, aunque no se trate propiamente de una edición crítica y sea presentada por su autor como una versión corregida del texto de Müller, supuso en su momento una contribución sustancial a la lectura e interpretación de las Controversias y Suasorias .
La edición crítica más reciente, llamada desde su aparición a reemplazar definitivamente la envejecida edición de Müller, es la teubneriana de Håkanson (Leipzig 1989). La excesiva intervención de Müller a la hora de enmendar el tan corrupto texto de Séneca abre paso en manos de Håkanson a una edición mucho más rigurosa, en la que, si bien no faltan las inevitables conjeturas en los numerosos pasajes oscuros de la transmisión manuscrita, éstas suelen estar dirigidas, por lo general, a una mejora sustancial del texto.
Traducciones
Séneca ha sido un autor muy poco traducido. Sólo en época relativamente reciente se han publicado traducciones íntegras a algunas lenguas de Europa, y, aún así, sólo tenemos noticias de tres. Éstas son, en orden cronológico, la francesa de H. Bornecque en la colección Garnier (1902, 1932), la inglesa de M. Winterbottom en la colección Loeb (1974) y la italiana de A. Zanon dal Bo (Bolonia 1986). Todas ellas son anteriores a la edición de Håkanson en la que se basa nuestra traducción, extremo éste que ha de tenerse en cuenta dadas las nuevas lecturas e interpretaciones que esta última edición aporta. De las tres traducciones, sin duda la más destacada es la de Winterbottom, tanto porque se basa en un texto mejor que el utilizado por Bornecque como por las brillantes soluciones que aporta a la interpretación de muchos pasajes sumamente oscuros.
De las traducciones parciales cabe destacar la de las Suasorias realizada por Edward (Cambridge 1928).
Séneca el Viejo nunca ha sido traducido íntegramente ni al castellano ni a ninguna otra de las lenguas peninsulares; por otra parte, las únicas traducciones parciales de que disponemos son las ya mencionadas de Alonso de Cartagena y de Quevedo, que se limitan a una parte muy pequeña de la obra.
NUESTRA TRADUCCIÓN
La traducción que aquí presentamos es la primera al castellano del texto completo de las Controversias y Suasorias . Está basada en la edición teubneriana de Håkanson, de la cual nos hemos apartado únicamente en los lugares que se señalan más abajo, en la nota textual.
Séneca el Viejo, como la crítica ha convenido en señalar, es un autor difícil de traducir y de interpretar, hecho que explica en parte que las traducciones existentes se cuenten con los dedos de una mano 139 . Dado que casi cada sentencia podría requerir una nota explicativa sobre su sentido y que las referencias de carácter histórico y mitológico, siempre muy escuetas, no son suficientemente informativas, el intento de dar respuesta a ambas dificultades nos habría llevado a un número de notas elevadísimo, totalmente inadecuado a las normas de la presente colección y más pertinentes para un comentario a la obra de Séneca que para una traducción propiamente dicha. Así pues, hemos optado deliberadamente por dar prioridad a las notas de realia , limitando en cambio las que explican el sentido del texto sólo a aquellos casos en que la extrema dificultad del pasaje las hace imprescindibles. Por su parte, las notas iniciales de cada controversia y suasoria pretenden servir de orientación para las leyes y los argumentos en que se basan 140 . Siguiendo normas de esta colección, hemos citado los textos clásicos, cuando así ha sido posible, a partir de las traducciones aparecidas hasta el momento en la Biblioteca Clásica Gredos.
Para la diferenciación de las distintas sentencias, tanto en el apartado de este mismo nombre como en el correspondiente a los colores, hemos seguido a Håkanson. No obstante, en el aspecto formal, hemos adoptado la convención de Winterbottom de marcar dicha diferenciación mediante guiones. De acuerdo también con la práctica del editor inglés señalamos sólo con comillas dobles las citas directas de los declamadores que aparecen en los apartados de la división y los colores, y no así las sentencias reproducidas en la sección correspondiente. Cuando la cita entrecomillada incluye a su vez estilo directo, éste aparece entre comillas simples.
No hemos considerado necesario añadir una traducción separada de los excerpta , porque creemos que poco aporta en nuestro caso la traducción duplicada de las sentencias de varios libros. Asimismo, tampoco hemos juzgado conveniente recurrir al procedimiento seguido por Winterbottom de diferenciar formalmente los excerpta dentro de la traducción de los libros completos. Saber qué sentencias fueron seleccionadas por el autor de los excerpta sólo ha de resultar de interés para el especialista de la obra senequiana (y éste sin duda podrá tener fácil acceso a las ediciones del texto latino), mientras que el lector al que va dirigida esta colección preferirá, a nuestro entender, una traducción que permita la lectura seguida, liberada de engorrosas diferenciaciones tipográficas.
NOTA TEXTUAL
CONTROVERSIAS




1 Así Nicolas Lefèvre (Nicolaus Faber) en la editio Elzeviriana (Amsterdam, 1672). Véase al respecto L. A. SUSSMAN , The Elder Seneca , Leiden 1978, pág. 18, n. 2.
2 Se trata del poema 35, 4 (MGH, PLAC II). Por su parte, el epigrama de Marcial es el que aparece citado más abajo, en la nota 5.
3 Ya en 1490 Paulo Pompilio indicaba que esta cuestión era debatida en los círculos humanistas italianos de entonces. Así pues, es errónea la creencia, muy extendida, de que la distinción entre los dos Sénecas se debió a Rafael de Volterra. Cf . K. A. BLÜHER , Séneca en España. Investigación sobre la recepción de Séneca en España desde el siglo XIII hasta el siglo XVII , Madrid 1983, p. 252.
4 Uno de ellos es Marco Anneo Lucano, el célebre autor de la Farsalia .
5 Ilustra este dato MARCIAL , I 61, 7-8: «y de los dos Sénecas y del único Lucano / habla la elocuente Córdoba» (trad. de A. RAMÍREZ DE VERGER , B.C.G. 236).
6 Contr . I pref., 11. Séneca atribuye precisamente a Cicerón esta expresión jocosa que, no obstante, no aparece en la obra conservada del orador.
7 Gramáticos y rétores 25, 3.
8 Esta identificación se ve confirmada por el propio Cicerón, quien en una carta fechada en abril del 44 cuenta que se vio obligado a dar clases de declamación a los dos cónsules designados, esto es, los elegidos para ejercer el consulado al año siguiente (Cartas a Ático XIV 12, 2). Esta información puede completarse con la de Cartas a familiares IX 16, 7.
9 H. BORNECQUE , Les déclamations et les déclamateurs d’après Sénèque le Père , Hildesheim 1967, pág. 10, sitúa la fecha de nacimiento entre los años 58 y 55, y L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 20, a mediados de la década de los 50, entre el 58 y el 53.
10 W. A. EDWARD , The Suasoriae of Seneca the Elder , Cambridge 1928, pág. XXIV , no cree que haya que situar la fecha de nacimiento antes del 50, opinión ésta que comparte M. GRIFFIN , «The Elder Seneca and Spain», Journ. Rom. Stud . 62 (1972), 5, poco partidaria, en cualquier caso, de establecer una fecha concreta. J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca and Declamation», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt (ANRW) 11, 32, 1 (1984), pág. 517, matiza una opinión suya anterior en Seneca the Elder , Cambridge 1981, pág. 3, y concluye que nació unos años antes del 43, no necesariamente muchos.
11 En un discurso recreado por TÁCITO , Anales XIV 58, Séneca el hijo menciona su origen ecuestre y provincial. Séneca el padre no es tan explícito, aunque cabe destacar un pasaje de las Controversias (II, pref., 3) en que le dice a su hijo Mela que, si quiere, puede mantenerse alejado de la carrera política y vivir dándose por satisfecho «con la clase social de su padre». A las ventajas económicas propias de la clase ecuestre de Séneca se habría sumado, en fin, la posición acomodada de su esposa Helvia (cf . SÉNECA , Consolación a Helvia 14, 3, y 16, 3).
12 Para los intentos de precisar los viajes de Séneca a Hispania véase W. A. EDWARD , op. cit ., pág. XXV , H. BORNECQUE , op. cit ., págs. 11-12, L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 21-23 y A. ZANON DAL BO , Seneca il Vecchio. Oratori e retori , Bologna 1986, vol. I, pág. 36. Es partidaria de situar la muerte en España M. GRIFFIN , «The Elder Seneca…» págs. 7-8; véase también al respecto, de la misma autora, Seneca, a philosopher in politics , Oxford 1976, págs. 32-33.
13 Así lo sostiene J. FATRWEATHER , «The Elder Seneca…» pp. 518-519.
14 Historia Natural XIX 1, 4.
15 Del texto de la Consolación a Helvia se puede deducir que al menos la esposa de Séneca alternaba sus estancias entre Hispania y Roma; cf. por ej. 15, 2.
16 Sobre los datos relativos a la formación de Séneca, véase Contr . I pref., 13, 22 y 24, y el comentario al respecto de L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 20-21.
17 Véase Contr . X pref., 2 y 9.
18 Cf. Contr . I pref., 4.
19 Las palabras de Contr . I pref., 1 constituyen el mejor ejemplo de la intención de Séneca al escribir su obra.
20 Es preferible, pues, referirse a él como «Séneca el Viejo» o «Séneca el Padre», por más que la denominación «Séneca el Rétor» se mantenga en publicaciones tan significativas como L’Année Philologique y aunque exista en España una cierta tradición en el nombre de «Séneca el Retórico». Nosotros hemos adoptado la primera de ellas porque es la que parece estar imponiéndose en la bibliografía sobre este autor. Tal es el caso, por ejemplo, de las dos monografías más recientes en inglés (las ya citadas de L. A. SUSSMAN en 1978 y J. FAIRWEATHER en 1981), del único libro publicado en español (P. LEÓN , Séneca el Viejo. Vida y obra , Salamanca 1982) y de las dos últimas traducciones aparecidas (M. WINTERBOTTOM en 1974 y A. ZANON DAL BO en 1986).
21 Contr . Il, pref., 3-4. Véase al respecto S. LILLE , «Die politischen Ambitionen des alteren Seneca: Überlegungen zu Sen. contr . 2, praef . 3», Vir bonus dicendi peritus. Festschrift für Alfons Weische zum 65 Geburtstag , Wiesbaden 1997, págs. 261-270 y A. VASSILEIOU , «A propos d’un passage de Sénèque le Père (contr . 2, praef ., 4)», Latomus 32 (1973), 162-165.
22 Cabe señalar que esta interpretación del pasaje, que es la comúnmente aceptada (y la adoptada en nuestra traducción), ha suscitado dudas en algunos estudiosos. Véase J. FAIRTHWEATHER , Seneca the Elder , págs. 8-9 y. de la misma autora, «The Elder Seneca…», págs. 519-522.
23 SÉNECA , Epístolas morales a Lucilio 108, 22: «Empujado por estas razones empecé a abstenerme de la carne de animales y, transcurrido un año, la costumbre no sólo me resultaba fácil, sino agradable. Tenía la impresión de que mi espíritu estaba más ágil y hoy no podría asegurarte si lo estuvo realmente. ¿Quieres saber cómo dejé de abstenerme? La época de mi juventud coincidía con los primeros años del principado de Tiberio César: entonces eran llevados en procesión los objetos sagrados de los cultos extranjeros y se consideraba prueba de superstición la abstinencia de carne de ciertos animales. Por ello, a ruegos de mi padre que no temía una falsa acusación sino que aborrecía la filosofía, volví a mi antigua costumbre; sin dificultad me persuadió a que tomara alimentos más nutritivos» (trad. de 1. ROCA MELIÁ , B.C.G. 129).
24 SÉNECA , Consolación a Helvia 17, 3-4: «¡Ojalá mi padre, sin duda el mejor de los hombres, menos aferrado al uso de los antepasados, hubiera querido que te instruyeras en los preceptos de la sabiduría mejor que te iniciaras sólo! No tendrías ahora que procurarte defensas contra la suerte, sino sacar las tuyas. Por culpa de esas que no utilizan las letras por saber sino que se instruyen en ellas por ostentación, apenas consintió que te dedicaras a los estudios» (trad. de J. MARINÉ ISIDRO ).
25 Contr . I pref., 9.
26 Contr . I pref., 7-10.
27 Sirva de ejemplo Contr . I 2, 21-23.
28 De hecho, la denuncia de las costumbres de la época es casi un tópico declamatorio que no aparece tanto en boca de Séneca como de muchos de los declamadores.
29 Véase H. BORNECQUE , op. cit ., págs. 16-21, M. GRIFFIN , «The Elder Seneca…», pág. 13 y L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 26-28, cuyas opiniones pueden contrastarse con las de J. FAIRWEATHER «The Elder Seneca…», págs. 522-523, que analiza desde una perspectiva sumamente crítica gran parte de los testimonios.
30 Cf. Contr . II 4, 13.
31 Véase al respecto Contr . X, pref. 6-8. En realidad da la impresión de que Séneca intenta exculpar a Augusto de toda responsabilidad con respecto a esta práctica, pues atribuye la quema de libros de Labieno a los adversarios de éste e insinúa que el instigador de este tipo de castigo, cuyo nombre no menciona, acabó sufriéndolo él mismo. Además, arremeter con fuerza contra la quema de libros no le impide criticar a Labieno por haber ido mucho más allá de lo que se entiende por libertad de expresión.
32 Véanse, respectivamente, Contr . I pref., 7 y Contr . II pref., 4.
33 Cf. L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 31-33 y J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca…», pág. 523.
34 SÉNECA , Consolación a Helvia 2, 4.
35 Siempre que este fragmento transmitido por Suetonio no haya de atribuirse a su hijo. La opinión mayoritaria de los estudiosos, a la que nos sumamos, es la de considerar muy probable que la fuente de Suetonio sean estas historias perdidas de Séneca el Viejo. Cf. W. A. EDWARD , op cit ., pág. XXIV , H. BORNECQUE , op. cit ., pág. 12, L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 23 y J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca…», págs. 517-518. Por el contrario, para M. GRIFFIN , «The Elder Seneca…», págs. 9-10, el biógrafo se estaría refiriendo a Séneca el Filósofo. Sobre los fragmentos de las Historias , véase más abajo en la sección correspondiente a la obra de Séneca el Viejo.
36 Dado que Séneca habla siempre en pasado de Casio Severo, la fecha de la muerte de este orador ha sido también aducida como término post quem . El problema estriba en establecer con precisión el año de su fallecimiento, pues nuestra única fuente para datarlo es el Chronicon de JERÓNIMO , donde se afirma que Casio Severo murió en el 32 d. C., tras veinticinco años de exilio. Sin embargo, si se tiene en cuenta que el exilio fue consecuencia de las medidas antilibelo promovidas por Augusto, éste debió de comenzar el 12 d. C., año de tales medidas según DIÓN CASIO , Historia romana LVI 27. A partir de aquí, la suma de los veinticinco años de exilio obligaría a avanzar la fecha de la muerte hasta el 37 d. C.
37 Cf. SUETONIO , Calígula 16, 1.
38 Algunos estudios se esfuerzan por afinar en la fecha de la muerte de Séneca. Así W. A. EDWARD , op. cit ., pág. XXV , propone los años 38 o 39; H. BORNECQUE , op. cit ., pág. 1, el 39; M. GRIFFIN , «The Elder Seneca…», pág. 8, hacia el 40; L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 24, alrededor del 39, si bien luego se decanta por los años 37-41, como parece hacer también J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca…», págs. 517-518.
39 Véase E. ARTIGAS , «Les Controvèrsies de Sèneca pare, obra de vellesa», en Ciència, didàctica i funció social dels estudis clàssics , Barcelona 2004, págs. 135-143.
40 Cf. H. PETER , Historicorum Romanorum reliquiae II, Stuttgart, Teubner, 1967, pág. 98 (Leipzig, Teubner, 1906).
41 L. D. REYNOLDS , N. G. WILSON , Copistas y filólogos: las vías de transmisión de las literaturas griega y latina , Madrid, 1986, pág. 252.
42 Instituciones divinas VII, 15. La misma comparación se da en FLORO , Epítome de la Historia de Tito Livio , I, 1, 4.
43 Tiberio 73.
44 Atestiguan este título los manuscritos B y V en el colofón del primer libro de las suasorias.
45 Cf. el apartado correspondiente a la noticia biográfica.
46 Los datos y las diversas consideraciones que avalan esta fecha se hallan recogidos en E. ARTIGAS , «La datación de las Controversias de Séneca el Viejo: la cuestión de los prólogos», XI Congreso Español de Estudios Clásicos , Santiago de Compostela 2003 (en prensa).
47 Los detalles concretos de la transmisión manuscrita pueden seguirse en la sección correspondiente de esta introducción.
48 La pérdida de este segundo libro, o incluso de algún otro, justificaría, por ejemplo, que no hallemos entre las Suasorias conservadas la que SÉNECA promete a sus hijos en Contr . II 4, 8.
49 Para los orígenes de la declamación puede verse, entre otros, S. F. BONNER , Roman Declamation in the Late Republic and Early Empire , Liverpool 1949, págs. 1-26.
50 Dos están basadas en la vida de Alejandro (Suas . 1 y 4); otras dos, en las guerras médicas (Suas . 2 y 5) y una en el ciclo mitológico troyano (Suas . 3).
51 El tratamiento de este episodio histórico por parte de los declamadores puede seguirse en M. B. ROLLER , «Color-Blindness: Cicero’s Death, Declamation, and the Production of History», Classical Philology 92 (1997), 109-130.
52 Desde siempre, los temas y los personajes de la declamación han sido objeto, por su particular atractivo, de numerosos estudios. En concreto, para los utilizados en Séneca, véase H. BORNECQUE , op. cit ., págs. 75-89. Estudiosos como S. F. BONNER , op. cit ., págs. 33-39 y E. P. PARKS , The Roman Rethorical Schools as a Preparation for the Courts under the Early Empire , Baltimore, 1945, págs. 88-97, consideran que hay que matizar la afirmación del carácter ficticio de los temas, desde el momento en que éstos reflejan a veces la vida contemporánea romana; cf. también en este sentido S. Rossi, «Vita e realtà nelle Controversie di Seneca il Retore», Riv. Indo-Greco-Italica 2 (1918), 203 y sigs.; ibid . 3 (1919), 13-28; N. DERATANI , «Le realisme dans les déclamations», Rev. Phil . 55 (1929), 184-189; E. MIGLIARIO , «Luoghi retorici e realtà sociale nell’opera di Seneca il Vecchio», Athenaeum 67 (1989), 525-547. Tratamientos particulares de los mismos pueden hallarse, por ejemplo, en artículos como los de D. B. KAUFMAN , «Poisons and Poisoning among the Romans», Class. Phil . 27 (1932), 156-167; R. GRANATELLI , «L’adulterio come controversia figurata in una causa realmente svoltasi nel foro: Sen. Contr . II 1.34-36», Retorica della communicazione nelle letterature classiche , Bolonia 1990, págs. 201-232; M. LENTANO , L’eroe va a scuola: la figura del «uir fortis» nella declamazione latina , Nápoles, 1998; o R. CHAMBERT , «Pirates et voyageurs dans les Controverses de Sénèque le Père», Rev. Ét. Lat . 77 (1999), 149-169.
53 La única excepción la constituye Contr . II 7, que reproduce lo que parece ser un amplio pasaje de una declamación de Porcio Latrón. Por desgracia, la transmisión manuscrita nos ha conservado sólo la parte inicial de esta declamación.
54 Evidentemente son muy numerosos los estudios que se han ocupado de esta teirninología, pero puede verse un análisis de amplio espectro en el de H. BARDON , Le vocabulaire de la critique littéraire chez Sénèque le Rhéteur , París 1940, págs. 19-20, 27 y 53; cf. también, por su especificidad, el de A. RIQUER , «Aproximación a la terminología retórica en Séneca el Viejo: sentencias y colores», Ciència, didàctica i funció social dels estudis clàssics . Barcelona 2004, págs. 369-377.
55 Para la oposición entre quaestio y tractatio puede consultarse I. J. ADIEGO , E. ARTIGAS , «Terminología retórica en las Controversias de Séneca el Viejo: quaestio frente a tractatio», La Filología Latina hoy. Actualización y perspectivas , Madrid 1999, 1, págs. 305-313.
56 No hay duda de que los hijos de Séneca son, en primera instancia, los destinatarios de la obra, tal como deja claro, desde el inicio, la fórmula epistolar que abre el libro primero: Seneca Nouato, Senecae, Melae filiis salutem , y tal como recuerdan, a lo largo de la obra, los numerosos apóstrofes de nuestro autor a sus pretendidos interlocutores. No obstante, los problemas derivados del desajuste entre la fecha de composición de la obra y la edad que tendrían a la sazón los hijos de Séneca parecen apuntar claramente al hecho de que tanto la apariencia epistolar de la obra como los propios destinatarios de la misma formen parte de una ficción literaria fruto de la convención. Séneca se habría servido, en definitiva, de este artificio retórico como excusa para dirigirse al gran público y alcanzar así los objetivos expuestos arriba, con independencia de los presuntos requerimientos de los hijos.
57 El registro más completo de oradores y declamadores citados en Séneca es el de H. BORNECQUE , op. cit . Puede verse también A. D. LEEMAN , Orationis ratio , Amsterdam 1963, cap. IX y L. DURET , «Dans l’ombre des plus grands: I. Poètes et prosateurs mal connus de l’époque augustéenne», ANRW II, 30, 2, 1983, págs. 1447-1548.
58 Véase al respecto F. CASACELI , «La formazione dell’oratore ideale nella opera di Seneca Padre», Vichiana 7 (1978), págs. 52-65.
59 Institución oratoria X 5, 18.
60 Historia Natural XX 160.
61 ESTACIO , Silvas II 7, 30 y ss.
62 Pónticas IV 11, 1.
63 Cf . H. BORNECQUE , op. cit., pág. 150.
64 Sobre los gramáticos y rétores 30.
65 Véase H. BORNECQUE , op. cit. . pág. 146. La ley (Qui causas in senatu uoluntariae mortis non approbauerit, insepultas abiciatur) aparece en QUINTILIANO , Declamaciones menores 337 y en PSEUDO QUINTILIANO , Declamaciones mayores 4.
66 Epístolas morales a Lucilio 40, 12; 52, 11; 100, passim .
67 TÁCITO , Anales IV 61.
68 TÁCITO , ibid.; SÉNECA , Epístolas morales a Lucilio 40, 10.
69 TÁCITO , Anales VI 29. También Séneca alude a la persecución y muerte de Escauro en Suas . 2, 22.
70 DIÓN CASIO , Historia romana LVI 27.
71 SUETONIO , Calígula 16.
72 PORFIRIÓN , Comentarios a las epístolas de Horacio I 5, 9; TÁCITO , Anales IV 43.
73 El origen hispano de Clodio Turrino padre e hijo se señala expresamente en Séneca. En cuanto a Gavio Silón, todo apunta a ese mismo origen, ya que fue en Tárraco donde Augusto lo oyó pleitear.
74 Estos declamadores en lengua latina son, por orden alfabético: Abronio Silón, Ayecio Pastor, Broco, Clodio Sabino, Estatorio Víctor, Gavio Sabino, Lucio Magio, Menéstrato, Mentón, Moderato, Lucio y Publio Nonio Asprenate, Pacato, Paterno, Postumio Acao, Quintilio Varo, Sepulio Baso y Lucio Vinicio.
75 Ambas informaciones las da TÁCITO , Anales VI 27. También Séneca menciona su pertenencia al orden ecuestre, destacando que fue el primer caballero romano que dio clases de retórica (Contr . II pref., 5). Puede tratarse del mismo que menciona SERVIO como historiador (Comentarios a Geórgicas I 103).
76 JERÓNIMO , Contra Joviniano I 28 (PL 23, 261).
77 Cuenta DIÓN CASIO , Historia romana LVII 15, que Vibio Rufo tenía por esposa a quien había sido mujer de Cicerón, Publilia, y que solía sentarse en una silla que había pertenecido a Julio César. Se jactaba de ambas cosas, pues pensaba que llegaría a ser un orador gracias a su esposa o un César gracias a la silla; esto último no sólo no le granjeó la inquina de Tiberio, sino que incluso llegó a ser cónsul.
78 Anales III 66.
79 Anales XI 6.
80 Cf. TÁCITO , Anales III 11.
81 Historia romana LVIII 3.
82 Epístolas morales a Lucilio 40, 9.
83 TÁCITO , Anales III 11.
84 Véase SUETONIO , Tiberio 42.
85 Véase SUETONIO , Calígula 8.
86 Según TÁCITO , Anales I 6, Fabio Máximo habría sido la única persona que había acompañado a Augusto en su supuesta visita a su nieto Póstumo Agripa durante su exilio de Planasia, realizada cuando el emperador estaba próximo a morir (15 d. C). Habría sido el causante, además, de que esta entrevista, que abría las puertas a una reconciliación peligrosa para los intereses de Tiberio, llegara a oídos de éste y de Livia. Fabio Máximo murió poco después, tal vez envenenado.
87 También lo menciona brevemente QUINTILIANO , Institución oratoria VI 1, 41.
88 Geografía XIII 4, 15.
89 ESTRABÓN , Geografía XIV 1, 42.
90 Cicerón 24; véase también la carta de Cicerón hijo a Tirón en Cartas a los familiares XVI 21.
91 Geografía XIV 1, 6.
92 Cf. G. KENNEDY , The Art of Rhetoric in the Roman World , Princeton 1972, págs. 312 y sigs.
93 G. KENNEDY , op cit ., pág. 330.
94 Véanse, por ejemplo, las respectivas ediciones de M. WINTERBOTTOM y L. HÅKANSON .
95 Institución oratoria IX 2, 42.
96 Es sabido que Séneca el Filósofo destacó como brillante orador desde que empezó su carrera política en el 31 d. C. y sus discursos incluso llegaron a despertar la envidia del emperador Calígula, como se desprende, por ejemplo, de SUETONIO , Calígula 53.
97 Institución oratoria IX 2, 95-98.
98 Por lo demás, la anécdota de Albucio Silo y el juramento debió de gozar de cierta popularidad, pues la recoge asimismo SUETONIO , Gramáticos y rétores 30, razón por la cual parece arriesgado sostener que, en este pasaje, Séneca el Viejo sea la fuente de Quintiliano; véase a este respecto, L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 161.
99 Vida de Virgilio 29: «Y Séneca cuenta que el poeta Julio Montano solía decir que le robaría a Virgilio algunos versos si pudiera robarle también su voz, pronunciación y mímica: pues los mismos versos pronunciados por Virgilio sonaban bien, sin él eran vacíos y no decían nada» (trad. de M.a L. ANTÓN PRADO et alii ).
100 Véase L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 166.
101 Epístolas morales a Lucilio 122, 11; cf. M. GRIFFIN , «The Elder Seneca…», pág. 10.
102 En concreto véase el capítulo titulado «Afterwards» en L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 153-172.
103 Véanse, respectivamente, Contr . II pref. y Epístolas morales a Lucilio 100.
104 Véanse Contr . I pref. 6-10 y Epístolas 114.
105 Veáse E. ROLLAND , De l’influence de Sénèque le Père et des Rheteurs sur Sénèque le Philosophe , Gante 1906; cf. también L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 157-158 y J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca…», pág. 536.
106 Cf. sobre todo en Contr . I pref., 7.
107 En este sentido, los análisis de L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 154-155 y J. FAIRWEATHER , «The Elder Seneca…», págs. 535-536 se limitan a constatar los puntos de coincidencia entre la crítica de Séneca y la de los autores posteriores.
108 Para el sorprendente silencio de Quintiliano sobre Séneca hay una hipótesis que lo atribuye a cierta enemistad entre ambas familias (cf. L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 163-166). De hecho, hay algunos indicios que dejan entrever algo en este sentido: por una parte, el desprecio que muestra Séneca el Viejo hacia Quintiliano el Viejo, un más que probable antepasado del escritor calagurritano, y, por la otra, la crítica que QUINTILIANO (Institución oratoria X 125-132) hace de Séneca el Filósofo como escritor, en un pasaje largo y en gran medida duro, que tal vez no se pueda explicar alegando sólo divergencias en los modelos estilísticos de ambos autores.
109 Los dos pasajes de QUINTILIANO (Institución oratoria X 5, 18 y X 5, 20) donde podría intuirse la influencia de Contr . IX pref., 3 están puestos por Séneca en boca de Vocieno Montano, por lo que no permiten descartar la posibilidad de una fuente común.
110 L. A. SUSSMAN , op. cit ., págs. 153-154.
111 Es el caso, por ejemplo, de la novela latina de fecha discutida (IV-VI a. C.), Historia de Apolonio, príncipe de Tiro , que incluye un episodio muy similar al recogido en el argumento de la Contr . I 2 de nuestro autor.
112 Baste recordar, como muestra, algunas de las numerosas y polémicas discusiones que la figura y la obra de Séneca el Filósofo han provocado: los puntos de contacto entre su estoicismo y el cristianismo, su responsabilidad en la supuesta decadencia de la lengua latina o la contradicción entre su doctrina moral y su vida.
113 J.-TH . WELTER , L ’exemplum dans la littérature religieuse et didactique du Moyen Âge , París 1927, pág. 363, n. 60. De Nicholas Trevet se conserva también un comentario a las Declamaciones de Séneca en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia.
114 J.-Th. WELTER , op. cit ., págs. 363-364.
115 L. A. SUSSMAN , entre otros autores, señala las Controversias como fuente directa de los Gesta Romanorum y omite toda referencia a Trevet y a Holcot. Sobre Holcot como fuente de los Gesta , véase la obra citada de J.-Th. WELTER , págs. 366 y 371; cf. asimismo la edición de V. DE LA TORRE y J. LOZANO ESCRIBANO , Gesta Romanorum . Exempla europeos del siglo XIV , Madrid, Akal, 2004, pág. 35.
116 La edición uulgata es la de H. OESTERLEY , Gesta Romanorum , Berlín, Weidmannsche Buchhandlung, 1872. Sobre esta edición y, en general, sobre la transmisión del texto y las diferentes recopilaciones de esta obra, véase la introducción a la traducción de V. DE LA TORRE y J. LOZANO ESCRIBANO citada en la nota anterior. Los lugares paralelos son los siguientes: GR 2 = Contr . I 1; GR 3 = Contr . I 2; GR 4 = Contr . I 5; GR 5 = Contr . I 6; GR 6 = Contr . II 2; GR 7 = Contr . II 4; GR 14 = Contr . VII 4; GR 73 = Contr . III 1; GR 90 = Contr . VI 3; GR 100 = Contr . I 4; GR 112 = Contr . IV 5; GR 116 = Contr . IV 6; GR 134 = Contr . IV 4.
117 Cf. C. H. HERFORD PERCY y E. SIMPSON , Ben Jonson , Oxford, Clarendon Press, 11 vols.; texto de los Discoveries en vol. VIII, 19542 , págs. 561-649; introducción a la obra en vol. II, 19542 , págs. 437-451; comentarios en vol. XI, 1952, págs. 210-294.
118 Discoveries VIII, pág. 578. A continuación, Jonson se expresa en términos muy parecidos a los de Séneca diciendo que su memoria es mucho mejor para lo remoto que para lo reciente y que a veces, por mucho que se esfuerce, no halla en ella un recuerdo que luego, cuando menos se lo espera, le viene a la mente. Cf. Contr . I pref. 2-5.
119 Discoveries VIII, pág. 584. Sirva como ejemplo la frase con que concluye su juicio sobre Shakespeare: «There was ever more in him to be praysed, than to be pardoned», traducción directa de Séneca: «tenía más cosas dignas de alabanza que de perdón». Cf. Contr . IV pref., 7-11.
120 Véase una lista de pasajes de los Discoveries con su referencia correspondiente a la fuente senequiana en L. A. SUSSMAN , op. cit ., pág. 171, n. 92.
121 Un buen ejemplo de este último supuesto lo constituye la novela Ibrahim ou l’illustre Bassa y la tragicomedia del mismo título, ambas de la escritora francesa Madeleine de Scudéry (1607-1701). Observa L. A. SUSSMAN , op. cit. . págs. 169-170, que su argumento recuerda al de Contr . I 6, pero añade oportunamente que el tema también está en los Gesta Romanorum 5.
122 Sobre la recepción de Séneca el Filósofo (y colateralmente de Séneca el Viejo) mientras ambos fueron considerados un mismo autor, véase K. A. BLÜHER , op. cit .
123 Para Alonso de Cartagena como traductor de los dos Sénecas, cf . K. A. BLÜHER , op. cit. . págs. 133-148.
124 M. MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía hispano-latina clásica VIII, Santander 1952, pág. 80.
125 AMBROSIO DE MORALES , La corónica general de España . Alcalá de Henares 1574, IX, ix, f. 248v.
126 M. MENÉNDEZ PELAYO , Bibliografía hispano-latina clásica II, Santander, 1950, págs. 386-387.
127 Antes de la traducción de la suasoria sexta Quevedo abunda en los motivos que le llevaron a adjuntarla como complemento a su Marco Bruto: «Esta suasoria de Marco Séneca, traducida y añadida por mí, ocupa a propósito estas pocas hojas, por tocar a Marco Antonio y Cicerón, cuyas costumbres y méritos son parte desta historia, y no poco necesarias para conocimiento de la intención facinorosa de Marco Antonio, principal interlocutor deste suceso». Véase la edición de L. ASTRANA MARÍN , Obras completas de don Francisco de Quevedo Villegas. Obras en prosa , Madrid, Aguilar, 1932, pág. 634.
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