Read the book: «La cuarta copa»
SCOTT HAHN
LA CUARTA COPA
Desvelando el misterio de la Última Cena y de la Cruz
Tercera edición
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: The Fourth Cup. Unvelling the Mistery of the Last Super and the Cross.
© 2018 by Scott HaHn. Publicado por Image, Crown Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC.
© 2020 de la presente edición, traducida al castellano por GLORIA ESTEBAN,
by Ediciones Rialp, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Primera edición: septiembre de 2018
Tercera edición: mayo de 2020
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Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-5018-0
ISBN (versión digital): 978-84-321-5019-7
A Marcus Grodi,
amigo muy querido,
peregrino y discípulo conmigo
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
DEDICATORIA
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
1. ¿QUÉ ESTÁ CONSUMADO?
2. LA PASCUA Y LA ALIANZA
3. UN SACRIFICIO TÍPICO
4. UN GIRO EN EL RITO
5. LA FORMA PASCUAL DE LOS EVANGELIOS
6. ESTE ES EL CORDERO
7. EL CORDERO DESDE EL PRINCIPIO
8. EL PAN ÁCIMO
9. LAS COPAS
10. LA HORA
11. LOS CÁLICES Y LA IGLESIA
12. LA FORMA PASCUAL DE LA LITURGIA
13. LA PASCUA CRISTIANA
14. LA FORMA PASCUAL DE LA VIDA
BIBLIOGRAFÍA
AUTOR
PRÓLOGO
Jesús de Nazaret fue un hombre de muchos misterios. Habló en parábolas desconcertantes, realizó signos y milagros extraños, y planteó un enigma tras otro. Y a sus discípulos judíos y a las muchedumbres judías que recibían sus enseñanzas eso les gustaba, aunque muchas veces los dejara sin palabras.
Pero los misterios de Jesús no acabaron con su ministerio público. Según los evangelios, siguió haciendo y diciendo cosas desconcertantes hasta el momento de su muerte. Entre los grandes enigmas de la Pasión de Jesús se incluye la misteriosa promesa que realizó durante la Última Cena. La noche en que iba a ser traicionado, cuando la cena se acercaba a su fin, Jesús anunció solemnemente que no volvería a beber «del fruto de la vid» hasta la venida del «reino de Dios» (Lc 22, 18; cf. Mt 26, 29 y Mc 14, 25). Más adelante, de camino al Gólgota, los soldados le ofrecieron vino y Jesús, fiel a su promesa, «no lo bebió» (Mt 27, 34; cf. Mc 15, 23). El evangelio de Juan, por su parte, cuenta que en sus últimos instantes de vida, justo antes de morir en la cruz, Jesús pidió que le dieran vino: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Y lo que es aún más misterioso: después de beberlo, afirmó: «Todo está consumado», inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Jn 19, 30).
¿Cómo resolver este enigma? ¿Cómo es posible que Jesús prometiera en la Última Cena no volver a beber vino, que lo rechazara de camino a la cruz y que, acto seguido, cambiara de opinión y pidiese de beber justo antes de morir? ¿Cómo se pueden conciliar las palabras de Jesús en la Última Cena con las que pronunció en la cruz? ¿Rompió su promesa o fue otra cosa lo que ocurrió?
Y eso no es todo. Aún queda otro misterio por resolver: uno que tiene lugar entre el cenáculo y el Calvario. En el huerto de Getsemaní, cuando su oración se centra en su muerte, Jesús dice algo extraño: «Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26, 39). Y luego vuelve a decir: «Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 42). Si fueras tú a quien estaban a punto de crucificar ¿habrías orado así? ¿Por qué habló Jesús de su muerte como de «beber» un «cáliz»? ¿A qué cáliz se refería?
En La cuarta copa Scott Hahn nos proporciona las claves para desvelar este misterio: el misterio de la Última Cena y de la cruz. Y lo hace de dos maneras: en primer lugar, retrocediendo a las raíces judías de lo que dijo e hizo Jesús; y, en segundo lugar, contándote la historia del viaje personal que lo llevó del protestantismo al catolicismo. El resultado se lee casi como una novela de detectives: un apasionante viaje de exploración que cambiará para siempre tu forma de ver la Última Cena, la Pasión de Cristo y la Eucaristía.
Nunca olvidaré la primera vez que escuché a hablar a Hahn de la cuarta copa. Me quedé totalmente deslumbrado. Fue como si hasta entonces nunca hubiera leído la Pasión. No me malinterpretes: con esto no quiero decir que me pasara despierto noche tras noche preguntándome por qué en la Última Cena Jesús prometió no volver a beber vino y por qué el viernes santo pidió de beber. Tampoco es que me hubiera planteado exactamente por qué Jesús habló de su crucifixión como de beber «una copa». Todo eso me había limitado a darlo por hecho . Pero, después de escuchar la conferencia de Hahn, fue como si encajaran de repente las piezas de un puzle en el que ni siquiera me había fijado. Lo que sí me había preguntado siempre era esto: ¿por qué los católicos creen que la Eucaristía es un sacrificio? ¿No se entregó Jesús en el Calvario «de una vez para siempre»? ¿Qué relación existe entre la ofrenda de Jesús de su cuerpo y de su sangre en la Última Cena y su muerte en la cruz?
Si alguna vez te has preguntado lo mismo, si alguna vez has celebrado el Séder de la Pascua o si siempre has querido profundizar en las raíces judías de la Eucaristía, tengo algo que decirte: lee este libro. Y no te limites a leerlo. Reza con él. Medítalo. Y compártelo con otros.
Porque, si tú y yo tenemos algo en común, una vez empieces a contemplar el misterio de la Última Cena y de la cruz con los ojos de un judío de la antigüedad, tu vida cambiará por completo. Y es que, como demuestra Scott Hahn, la Pascua de Jesús que se inició en el cenáculo y quedó consumada en el Calvario hoy sigue con nosotros. Cada vez y dondequiera que se celebra la misa, el Misterio Pascual —es decir, el misterio de la «Pascua»— se hace realmente presente. La cuarta copa, además de desvelar el misterio de la promesa de Jesús, te proporciona ese vínculo perdido entre el cenáculo y el Gólgota, y te ayuda a ver con mayor claridad cómo el sacrificio de Cristo en la Última Cena y el sacrificio de Cristo en el Calvario son el mismo sacrificio ofrecido «por muchos para remisión de los pecados» y por la redención del mundo (Mt 26, 28).
Brant Pitre
INTRODUCCIÓN
En 1989 pronuncié por primera vez en Marytown (Chicago) una conferencia titulada «La cuarta copa», en la que abordaba algunas de las investigaciones que tres años antes me llevaron a convertirme al catolicismo. En aquella época era profesor adjunto de estudios religiosos en el College St. Francis de Joliet (Illinois). No ganaba mucho. No tenía una plaza fija ni había publicado nada. Pero era feliz porque era católico, y quería decírselo al mundo. Y tenía la oportunidad de hacerlo.
Estaba encantado de poder contar mi historia ante un pequeño auditorio de gente que tenía interés en ella; y me quedé más encantado aún de la entusiasta respuesta que recibió mi conferencia. Luego corrió la voz y hubo más grupos de gente que me invitaron a narrar mi «búsqueda de la cuarta copa», que yo planteaba como una historia detectivesca protagonizada por mí mismo (con el «Colombo» de Peter Falk como modelo) en el papel del patético investigador que soy en realidad.
Aquello sucedió hace millones de palabras, docenas de libros y miles de lecturas. No sé cuándo perdí la cuenta del número de veces que he hablado desde entonces de «la cuarta copa». No menos de varios centenares, desde luego. He tratado el tema en distintos continentes —casi in situ en el cenáculo de Jerusalén— ¡y hasta lo he contado en medio del mar!
El año pasado, hablando con un viejo amigo que había oído mi conferencia más de una vez a lo largo de los años, me dijo que nunca trataba «la cuarta copa» del mismo modo. Aunque siempre abarcaba el mismo período temporal, me basaba en acontecimientos distintos y en distintas fuentes antiguas.
Reconocí que tenía razón. Emprendí esta gran aventura entre 1982 y 1986, cuando aún era un marido joven, un padre primerizo, un pastor recién ordenado y un erudito novel. Me enfrentaba por primera vez a buena parte de la vida. Y entonces Dios provocó un caos y una confusión que amenazaron todo lo que estaba empezando a amar. Corría el peligro de perder cuanto me brindaba consuelo y confianza. Mi sacerdocio, mi cargo académico, mis amistades e incluso mi matrimonio podían venirse abajo.
¿Cómo iba a ser capaz de resumir esa experiencia en una sola conferencia?
Naturalmente, no era capaz. Por eso me limitaba a contar mi historia una y otra vez, tomando la Pascua como hilo conductor y sin perder de vista el reloj. Llenaba el tiempo con cualquier historia y con cualquier fuente que me pasaran por la memoria.
Mi amigo me sugirió que reuniera todas esas historias y todas esas fuentes en un único libro con todo lo que tenía de aventura y labor detectivesca.
Eso hice. Y aquí está.
He procurado evitar repetir lo que ya he contado en otros libros como Roma, dulce hogar (escrito en colaboración con mi mujer, Kimberly) y La cena del Cordero. Lo que cuento aquí pretende completar mis relatos anteriores.
Cuando estudiaba en un seminario protestante, a algunos nos gustaba cantar los himnos de antaño. Uno de ellos decía así:
Grato es contar la historia
del celestial favor,
de Cristo y de su gloria,
de Cristo y de su amor.
Hace muchos años la cantaba de corazón, y sigo haciéndolo hoy. Treinta años después, ser católico continúa haciéndome extraordinariamente feliz y sigo queriendo contárselo al mundo.
* * *
Nota acerca de las fuentes: Los acontecimientos de que trata este libro tuvieron lugar hace mucho tiempo. He procurado, en la medida de mis capacidades, complementar mis recuerdos basándome en los libros que leía por entonces. A veces, cuando me ha fallado la memoria, he tenido que acudir a otras fuentes recientes con las que estoy más familiarizado.
1. ¿QUÉ ESTÁ CONSUMADO?
Estaba viviendo un sueño; o, en cualquier caso, mi sueño. Me había graduado en mi universidad favorita, me había casado con la mujer ideal y en ese momento estaba estudiando para convertirme en ministro de la Iglesia presbiteriana.
Una vez más, asistía a la Universidad cuidadosamente elegida por mí: el Seminario Teológico Gordon-Conwell. Mi esposa Kimberly y yo teníamos grandes expectativas y la Universidad respondía a ellas. Vivíamos en una comunidad donde las conversaciones del día a día giraban en torno a las Escrituras. Mis compañeros de clase compartían mis inquietudes y mi fervor. La Facultad contaba con académicos de primer orden y muchos de ellos eran también destacados predicadores.
Mi cristianismo era evangélico en la forma y calvinista en esencia. Yo conocía bien el mercado religioso del mundo protestante y elegí mi confesión con tanto cuidado como la universidad y el seminario. En Gordon-Conwell —a diferencia de casi cualquier otro lugar de este mundo— me hallaba entre gente a la que podía calificar de afín a mí. Juntos creamos un grupo de desayuno semanal y le pusimos por nombre Academia de Ginebra, en recuerdo de la escuela fundada por Juan Calvino, nuestro héroe de la Reforma, allá por el siglo XVI.
Estaba más que satisfecho con todas mis decisiones. Imposible diseñar un entorno más adecuado para desarrollar la vida intelectual a la que aspiraba. No me malinterpretes: había alumnos y profesores que disentían de mis amigos y de mí, pero nos tomábamos muy en serio sus argumentos: «Hierro se afila con hierro» (Proverbios 27, 17).
Así que la siguiente decisión a la que me enfrenté fue a qué iglesia asistir. Acertar con el culto dominical sería como poner la guinda a la experiencia. En aquella época el culto me parecía un ejercicio ante todo intelectual, un estudio bíblico condensado y adornado con himnos y oraciones. Desdeñaba cualquier indicio de ritual —de liturgia— por considerarlo una repetición vana: algo inútil y exactamente la clase de aberración de la que los reformadores habían liberado al cristianismo. La liturgia era para los descarriados: católicos, ortodoxos y episcopalianos, compañeros de viaje de los dos primeros.
Me pasé algún tiempo buscando antes de dar con la iglesia perfecta. Se hallaba en una población pequeña, a una media hora en coche de nuestro lugar de residencia. El pastor era Gordon Hugenberger, mi profesor de hebreo. Formado en Harvard y a punto de obtener un doctorado en Oxford, se convirtió en mi héroe, mi amigo, mi modelo y mi mentor. Aunque con el tiempo se ganó una fama merecida, todas sus inmensas dotes me resultaron evidentes desde la primera vez que lo oí predicar.
Era un hombre que infundía vida a las Escrituras. Poseía una vasta erudición. Dominaba a la perfección las lenguas clásicas. Se había licenciado en físicas, en ingeniería y en teología. Y se notaba. Pero él no se daba ninguna importancia y lo llevaba con un humor digno de mención. El Dr. Hugenberger trabajaba mucho sus sermones y siempre procuraba encontrar un detalle impactante: alguna novedad que ofrecer y con la que captar la atención de los fieles. Y luego, una vez atrapados, caíamos bajo su hechizo.
LA LÍNEA DE META
Tengo un vívido recuerdo de un sermón que predicó el domingo anterior al de Pascua. Los fieles de las iglesias litúrgicas agitaban sus ramos y lo llamaban «domingo de Ramos»: nada que ver con nosotros. Pero ni siquiera en una iglesia evangélica se podía ignorar la cercanía de la Pascua y el tiempo que faltaba para su llegada; de modo que aquel «domingo sin Ramos» la predicación del pastor Hugenberger se centró en los acontecimientos del viernes santo.
Siempre lo hacía bien, pero nunca tanto como cuando captaba nuestra atención y la fijaba en la cruz que nos ha salvado. El material con el que trabajaba es riquísimo, más valioso aún que la plata y el oro, y él no desperdiciaba la ocasión.
Gordon Hugenberger era un maestro de la predicación y sabía calibrar con precisión sus palabras. Pero también estaba abierto al Espíritu Santo y, cuando hablaba, se dejaba llevar, aunque al hacerlo su hechizo pudiera romperse.
Nos hizo un relato de la Pasión, reuniendo el material a partir de los cuatro evangelios; y, al mismo tiempo, expuso la base teológica que se esconde entre líneas en el texto sagrado. Sus comentarios surgían siempre al hilo del drama, al hilo del relato: no se apartaba del tema, sino que seguía avanzando.
Hasta que llegó a Juan 19, 30, donde Jesús dice: «Todo está consumado»; y, de repente, se detuvo. Yo pensé que se trataba de un recurso dramático. Y estoy seguro de que todo el mundo pensó lo mismo.
No obstante, al proseguir se salió de la homilía que estaba pronunciando y nos preguntó si alguna vez nos habíamos planteado qué quería decir Jesús con ese «todo». ¿Qué estaba consumado?
Como había estudiado homilética, comprendí lo que hacía. Planteando esa pregunta a los fieles nos preparaba para la respuesta antes de blandirla y golpearnos con ella. Yo estaba preparado. La cosa prometía.
Pero el golpe no llegó. El pastor Hugenberger admitió que carecía de respuesta. Era evidente que aquella digresión no formaba parte del sermón que llevaba escrito. Se trataba de una idea que había captado momentáneamente su atención.
Me removí en mi asiento mientras pensaba: ¡Claro que sabemos qué es ese todo! Es nuestra redención. Eso es lo que está consumado. Lo que está consumado es nuestra redención.
Pero él, como si me hubiera leído el pensamiento, continuó: «Si os quedáis ahí sentados pensando que Jesús se refería a nuestra redención, deberíais darle otra vuelta». Y señaló que en Romanos 4, 25 Pablo dice que Jesús fue resucitado para nuestra justificación. De modo que su misión no quedó «consumada» ese viernes en el Calvario, sino el domingo siguiente en la Tumba del Jardín.
El pastor Hugenberger admitió que él no tenía la respuesta.
Y siguió adelante.
Pero yo no. Fui incapaz. Creo que no escuché una sola palabra más de su sermón.
Me quedé allí sentado, pasando con frenesí las páginas de mi Biblia y preguntándome: Vale. Entonces ¿qué es ese todo? ¿Qué está consumado?
No tengo ni idea de si canté el himno final.
Kimberly y yo salimos de la iglesia para encontrarnos con un espléndido día de primavera. El pastor estaba de pie a la salida, estrechando las manos de los fieles que pasaban a su lado.
Cogiéndole la mano, le dije:
—¡Eso no ha estado bien!
Se quedó de piedra. Entonces le expliqué a qué me refería.
Él dijo que no traía preparada esa pregunta retórica ni tenía intención de plantearla. Insistió en que estaba seguro de no poder responderla… y me animó a que la respondiera yo.
—¡Escarba, Scott! Investiga. Y vuelve con una respuesta.
Me pasé el resto de la tarde y la noche del domingo escarbando en el texto y en su contexto. Y no me paré ahí. De hecho, seguí estudiando durante días y semanas; en realidad, durante meses. Se podría decir que todavía hoy sigo buscando.
BUSCA QUE TE BUSCA
Mi primera ronda de investigación consistió en volver al texto y centrarme en él, leyendo primero el versículo en el original griego y luego sus distintas traducciones; cotejando primero los comentarios clásicos y luego las interpretaciones más recientes. Examiné el texto en su contexto. Analicé los pequeños detalles del pasaje más largo: la esponja empapada en vinagre, la minuciosa anotación de la fecha del calendario, la decisión de no romper las piernas del cadáver y la repetida mención del cumplimiento de la «Escritura».
Todas las notas al pie y todos los comentaristas me llevaban en directo a un único tema común, a un relato oculto detrás —o dentro (pero incuestionablemente inseparable de él)— del relato narrado por Juan en su evangelio. Ese tema común era la fiesta judía de la Pascua. Todos los detalles circundantes estaban relacionados con la observancia tradicional de esa fiesta. Tenía el presentimiento de que la clave del significado de «todo está consumado» también debía buscarse en la Pascua. La muerte de Jesús tuvo lugar durante la Pascua y todos los testigos oculares tendían a encontrar un significado en el momento providencial del acontecimiento. Ese día estaba presente en los detalles y, aparentemente, en cada uno de los detalles.
Aunque la literatura erudita sobre la Pascua podría llenar bibliotecas enteras, me sumergí en ella con frenesí. Todos y cada uno de los comentaristas señalaban que la Pascua era la fiesta anual en la que el pueblo judío renovaba su alianza con Dios. Y en ese punto los comentarios coincidían conmigo. En la teología de mi héroe, el reformador Juan Calvino, la alianza era un tema central, como lo era también en la teología de mi mentor y pastor. Calvino consideraba la alianza la clave interpretativa de toda la Biblia. La alianza definía el vínculo legal que configuraba y regía la relación de la humanidad con Dios desde los albores de la creación.
Ese «todo» que estaba consumado, fuese lo que se fuese, se hallaba ligado a la renovación de la Antigua Alianza con Israel y a la Nueva Alianza sellada con la Iglesia. Es más: en la salvación ese «todo» era algo central y no periférico. No era algo de lo que se pudiera prescindir.
Con el tiempo, ese «todo» pondría a prueba mi relación con la vida y con el sueño que tan cuidadosamente me había forjado.
Pero eso sucedió mucho más tarde. La búsqueda que empezó ese domingo solo tenía que ver con el referente de ese pronombre. La respuesta —estaba convencido— la encontraría en la Pascua, la fiesta que se convirtió en el objeto de mi búsqueda y, más adelante, en el tema de este libro.
2. LA PASCUA Y LA ALIANZA
La Pascua es la clase de tema que amenaza con superar a alumnos como yo. Naturalmente, no era la primera persona en reconocer su importancia capital. Tampoco fui el primero en sumergirme en el abismo de la investigación sobre el tema, ni he sido el primero en sentir la urgente necesidad de plasmar en un libro mis ideas sobre ella. Los volúmenes que encontré en la biblioteca de Gordon-Conwell eran muchos y estaban desgastados por el uso. Cargué con ellos hasta mi casa. Encorvado sobre la mesa, los leí hasta altas horas de la noche; y allí seguían esperándome cuando me levantaba a primera hora de la mañana. Estaba convencido de que en uno de esos libros —o en todos ellos— hallaría la respuesta a la pregunta de qué quedó consumado con ese grito de Jesús en la cruz.
Hace más de un siglo, el estudioso judío Hayyim Schauss señalaba que, tanto para los judíos del siglo I como para los de hoy en día, la Pascua era «algo más que una fiesta: ha sido la fiesta, la festividad de la redención»[1]. De hecho, en las fuentes judías antiguas y modernas el lenguaje de la redención y de la salvación se halla presente por todas partes.
Cosa que a mí, como cristiano, me parecía providencialmente oportuna. Si para los judíos la Pascua es la fiesta de la redención, para Jesús —judío entre los judíos— aquel era el momento apropiado para consumar su misión redentora.
Jesús no otorgaba la misma importancia a todos los elementos de su tradición. No dudó en descartar algunas costumbres, mientras que otras las observó devotamente. No dudó en sanar en Sabbath, por ejemplo, aunque ese día los fariseos prohibían trabajar. Tampoco dudó en tratar con extranjeros —incluso con extranjeras—, algo prohibido también por los fariseos. No obstante, los evangelios demuestran su regular observancia de la Pascua, tanto en su infancia como durante su ministerio público. Lo que yo quería saber era qué significaba la Pascua para él, para los suyos y para los testigos oculares cuyo testimonio recogían los evangelios.
SUELO DE PLAGAS
A lo que nosotros hoy llamamos Pascua los antiguos lo llamaban Pésaj: una raíz hebrea que significa «saltarse algo» o «pasar de largo». La fiesta conmemora el milagro más espectacular de los muchos realizados por Dios cuando liberó a los hebreos de la esclavitud en Egipto. El monarca egipcio, el faraón, se negaba con insistencia a permitir que sus esclavos practicaran su religión. Dios respondió a su negativa con una serie de plagas que se abatieron sobre el pueblo egipcio. Pero el faraón no se arredró. El capítulo 12 del libro del Éxodo narra la historia de la última plaga que se cobró la vida de todo hombre y animal primogénito en suelo egipcio.
No obstante, Dios dio a Moisés y a Aarón instrucciones detalladas sobre el sacrificio que debían hacer los hebreos: la ofrenda de un cordero con cuya sangre tenían que pintar los dinteles y los marcos de las puertas de sus hogares. Cuando el ángel de la muerte pasara por las casas, «se saltaría» a las familias de los hebreos. Sus primogénitos quedaban perdonados. Quedaban excluidos. Quedaban salvados. Sus vidas quedaban pagadas con el precio de la sangre del cordero pascual.
Pero la historia, evidentemente, no acabó ahí. Todo el mundo conoce el resto del relato: si no es por la Biblia, al menos por las versiones de Hollywood. Aunque el faraón permitió a los israelitas salir de su territorio, más tarde se arrepintió y emprendió su persecución. Las aguas del Mar Rojo, después de separarse para dejar pasar a los israelitas, volvieron a juntarse engullendo al ejército del faraón. El pueblo elegido anduvo errante durante cuarenta años, milagrosamente alimentado por Dios. De Él recibió la ley. Y, finalmente, entró en la tierra prometida.
Por memorables que fueran esos acontecimientos, el pueblo elegido era olvidadizo y Dios quiso asegurarse de que contara con un recordatorio fijo. Según el libro del Éxodo, el Señor instituyó la fiesta de la Pascua antes incluso del final de los acontecimientos. «Este mes —dijo a Moisés y a Aarón— será para vosotros el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año» (Ex 12, 2).
Moisés transmitió las detalladas instrucciones recibidas de Dios para la cena ritual que se debía celebrar anualmente en el aniversario de la liberación de Israel. El plato principal sería siempre el cordero con cuya sangre se untaron las puertas. Dios especificó la edad y las características del cordero. Prescribió cómo se debía preparar y cocinar. E indicó también con qué se debía acompañar: con panes ácimos y hierbas amargas.
Cada uno de los ingredientes de esa comida era un elemento mnemotécnico. Las hierbas servían para recordar al pueblo la amargura de una vida esclava. El pan ácimo remitía a la precipitación con que prepararon su última comida en Egipto: no dio tiempo a que la masa fermentara. ¿Y el cordero? Su muerte sustituyó a la de los primogénitos.
El mandato era claro: la fiesta debía observarse a perpetuidad. «Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis como institución perpetua de generación en generación» (Ex 12, 14). Así debía hacerlo año tras año todo hogar israelita en recuerdo del Señor y de sus poderosas obras.
Tanto en el libro del Éxodo como en la literatura rabínica posterior se hace especial hincapié en la exactitud del ritual. De hecho, existía incluso una catequesis escrita en forma de preguntas y respuestas:
Cuando entréis en la tierra que va a daros el Señor, como os prometió, guardaréis este rito. Y cuando vuestros hijos os pregunten qué significa este rito para vosotros, responderéis: «Este es el sacrificio de la Pascua del Señor, que pasó de largo por las casas de los hijos de Israel, cuando hirió a los egipcios y preservó nuestras casas» (Ex 12, 25-27).
Las prescripciones para la fiesta no podían ser más claras. Había que instituirla a prueba de fallos. El pueblo de Israel no podría olvidar nunca los prodigios que el Señor había hecho por él durante el éxodo. ¿O sí…?
UN TESTAMENTO VALIDADO
El Señor, por su parte, manifestó claramente que escuchó sus quejas y lo rescató en virtud de «su alianza» con sus antepasados, «con Abrahán, con Isaac y con Jacob» (Ex 2, 24; 6, 5). El libro del Éxodo recuerda a los lectores más de una docena de veces que «la alianza» es la razón por la que Dios actúa en favor de Israel.
«Alianza» es la traducción al español de la palabra hebrea berit. Los judíos de habla griega la tradujeron como diatheké. Para Israel ese término contenía la clave interpretativa de su historia como pueblo. Toda religión bíblica se basa en esta noción. Desde la primera generación de cristianos, la Escritura (y la historia entera) se dividió en la Antigua Alianza y la Nueva Alianza (v. Ga 4, 24; 2 Co 3, 6 y 14; Hb 8, 6-9 y 13). En Occidente la decisión de traducir el título de las dos partes de la Biblia —diatheké— como «testamento» y no como «alianza», nos hace perder de vista ese significado —y la unidad estructural— de la Escritura.
Cuando Dios «recuerda» su alianza, alude al acto por el cual estableció un vínculo de parentesco con su pueblo elegido. De hecho, Dios estableció ese vínculo con toda la humanidad desde la creación de Adán y Eva[2] quienes, al violar los términos de la alianza, se privaron —ellos y a todos sus descendientes— de la gloria de Dios. Y es que de todo vínculo contractual se derivan unos deberes mutuos. Quienes cumplen esos deberes disfrutan de las bendiciones de la alianza. Quienes dejan de cumplir esos deberes rompen la alianza y sufren consecuencias desastrosas. Esta afirmación clásica aparece reflejada en el capítulo 11 del Deuteronomio, cuando Dios dice:
Mirad, pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. La bendición, si escucháis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno hoy. Y la maldición, si no escucháis los mandatos del Señor, vuestro Dios… (Dt 11, 26-28).
La consecuencia de la desobediencia de Adán fue el distanciamiento de Dios. No obstante, Dios buscó una y otra vez restaurar el vínculo con la humanidad. Estableció una alianza con la familia de Noé, y luego con la de Abrahán y su descendencia. Ahora, en el Éxodo, «recuerda» su alianza con Abrahán, refiriéndose a ella como la razón de la redención de Israel.
En la Biblia no existe nada más serio que una alianza, la cual se sella con un acto ritual solemne, equivalente a un juramento que invoca a Dios. Los detalles del ritual indican la gravedad del acto. La sangre es la señal de la alianza renovada en la Pascua. Cuando más tarde Moisés entregó la ley a Israel, la llamó «el libro de la alianza»; y tomó la sangre de un sacrificio y «roció con ella al pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que ha hecho el Señor con vosotros de acuerdo con todas estas palabras”» (Ex 24, 7-8).
Los primeros cristianos conservaron este marcado sentido de la centralidad de la alianza en la Escritura: un sentido que, desde entonces, se ha diluido y difuminado en la interpretación bíblica. Juan Calvino y otros reformadores protestantes insistieron en la dimensión legal y jurídica de los actos de Dios, generando una primavera del interés por las alianzas bíblicas: una primavera de cuyos mejores frutos disfruté mientras fui seminarista en Gordon-Conwell. El Dr. Hugenberger era joven y empezaba a despuntar como un teólogo de la alianza ampliamente reconocido; y la Universidad contaba también con el Dr. Meredith Kline, su principal mentor. El estudio de la alianza vivió esa primavera incluso entre los católicos. Y, aunque yo era un seminarista profundamente anticatólico, conocía bien la obra de Dennis McCarthy, jesuita del Pontificio Instituto Bíblico.
PASADO Y FUTURO DE LA PASCUA DEL PRESENTE
La noción de alianza era tan evidente que no podía ser ignorada mucho tiempo. Y, sin embargo, lo fue, y no solo entre los cristianos: también en el mundo antiguo. Mientras que Dios permaneció fiel, su pueblo cayó repetidamente en el pecado, atrayendo sobre él maldiciones de dimensiones catastróficas: el diluvio, la esclavitud en Egipto, cuarenta años de vida errante en el desierto, la quiebra de un reino y muchos años de exilio en Babilonia.
El libro del Éxodo era explícito: la Pascua se debía observar todos los años en señal de la renovación de la alianza. Moisés presenta el ritual como algo prescrito por Dios mismo. De hecho, en los últimos libros de las Escrituras hebreas vemos que así es como observa la Pascua Israel. Mientras Moisés siguió con vida, el pueblo celebró la fiesta en el desierto del Sinaí. Cuando Josué entró en la tierra prometida, el pueblo celebró la Pascua en Guilgal (Jos 5, 10).
Pero pasaron los siglos. En realidad, pasó buena parte de un milenio; y el pueblo se sentía seguro en la tierra que había recibido. Parece ser que, con el tiempo, olvidó su propia historia. Olvidó la alianza.
El segundo libro de las Crónicas muestra la decadencia de los últimos días del reino. En el capítulo 34 vemos cómo el sumo sacerdote Jilquías «descubre» el libro de la ley, que de alguna manera había caído en desuso. Jilquías lee el libro y, horrorizado, comprende que el pueblo ha dejado de cumplir por completo sus deberes hacia Dios; e informa al rey Josías, que se queda tan horrorizado como él y decreta una renovación religiosa que se inicia con la celebración de la Pascua (2 Cro 35, 1).
La Pascua se celebraba en Jerusalén. De hecho, era una de las tres fiestas judías de peregrinación: esas tres veces al año en que la ley obligaba a todo varón israelita a trasladarse a Jerusalén para cumplir con la práctica religiosa (v. Ex 23, 14-17).
Y de esas tres fiestas la Pascua era, con mucho, la más importante. En la visión del profeta Ezequiel aparece idealmente como un tiempo de gozo en el que el pueblo entero comía hasta la saciedad y el Príncipe corría con los gastos. Era una fiesta —comedidamente— alegre además de solemne, mientras que la fiesta de Shavuot (Pentecostés), que también se celebraba en Jerusalén, destacaba por el jolgorio. Ese ambiente no era propio de la Pascua, cuya alegría era hondamente religiosa.
Puede ser que la reforma del rey Josías restaurara la práctica religiosa en Jerusalén, pero lo hizo de un modo insuficiente y demasiado tarde; y no mucho después las tierras fueron conquistadas y el pueblo quedó exiliado. Aun así, los efectos de la reforma se prolongaron en el tiempo. Sabemos que, a su regreso del exilio, el pueblo reanudó de inmediato la celebración formal de la Pascua (Esd 6, 19-20).
La fiesta se instituyó con dos objetivos: recordar y dar gracias. También hoy los días de fiesta nacionales se siguen celebrando por ambos motivos. No obstante, cuando se analizan las fiestas de Israel, hay que hacer una puntualización importante, ya que su noción de «recuerdo» difiere radicalmente de la nuestra.
En la religión bíblica la memoria no consiste solamente en el acto psíquico de recordar un acontecimiento pasado, sino en la re-presentación de ese acontecimiento. Todavía hoy, cuando los judíos observan la Pascua, se consideran protagonistas del éxodo y dan gracias por su liberación. Cuando el hijo pregunta al padre cuál es la razón de esa celebración, este último responde con un versículo de la Torá: «Esto es por lo que me hizo el Señor cuando salí de Egipto» (Ex 13, 8). La liberación no era algo propio de la última generación que vivió la esclavitud de Egipto: el acontecimiento de la Pascua era algo propio de todos los judíos a título colectivo y de cada judío a título individual.
En tiempos de Jesús la Pascua debía constituir uno de los vívidos recuerdos de los judíos corrientes. Para los que habitaban en el interior comenzaba con un arduo viaje. Una vez llegados a la ciudad, la fiesta duraba ocho días completos. La «Pascua» designa propiamente al primer día, cuando se sacrificaba y se comía el cordero. Pero la celebración continuaba siete días más con la fiesta de los Ácimos. Ambas fiestas estaban estrechamente relacionadas y los judíos empleaban indistintamente los dos nombres para referirse a esta práctica tan prolongada.
La población de la ciudad aumentaba considerablemente y la gente se instalaba en incómodos espacios reducidos. Todos tenían que encontrar un lugar donde celebrar el banquete pascual, además de un grupo formado por no menos de diez personas con quienes compartir el cordero. En el siglo i el historiador Josefo menciona un año en que se sacrificaron 255.600 corderos y se contó con la asistencia de dos millones de personas. Por mucho que estuviera exagerando, e incluso si reducimos sus cálculos a la mitad, sigue siendo una muchedumbre inmensa. Todos los años, durante al menos una semana, Jerusalén se convertía en una de las ciudades más pobladas del mundo antiguo.
Los alrededores del Templo bullían en constante actividad. Era de esperar que los veinticuatro grupos de levitas (la tribu de los sacerdotes) asumieran sus funciones. Unos cantaban, otros sacrificaban los corderos y otros más recogían la sangre en vasos de oro y plata. Luego los sacerdotes vertían la sangre sobre el altar y comían en él.
Pero el sacrificio solo estaba completo después de comer el cordero. Ese era el acto que renovaba la alianza. Ese era el acto que constituía a Israel como nación. Ese era el acto por el que todos los judíos reconocían la comunión entre ellos y con Dios. Por eso las fuentes rabínicas ordenaban que la pobreza no privara de él a ningún judío. Todos debían tener la posibilidad de compartir el cordero pascual —una porción del tamaño al menos de una aceituna— y las cuatro copas de vino que jalonaban el menú de la Pascua.
Esos días debían de constituir un vívido recuerdo de la infancia de Jesús y de los primeros años de vida de los apóstoles. La excitación, una confianza exultante y el orgullo nacional se apoderaban de la ciudad en días sucesivos. No es de extrañar que durante la Pascua a veces se produjeran actos de rebelión contra las fuerzas de ocupación[3]. Las fuentes antiguas mantenían la creencia compartida por los judíos de que el ungido, el Mesías, se manifestaría durante la Pascua.
Incluso los romanos reconocían la extraordinaria importancia de la Pascua y mostraban su respeto con algunas señales: por ejemplo, la de liberar a un prisionero en honor de ese día.
UNA DEVOCIÓN PASCUAL
Durante esa primera semana de investigación, con sus noches y sus días, aprendí todo lo que pude acerca de las huellas históricas de la celebración tradicional de la Pascua. Esos rastros, a veces vagos e implícitos, eran intensamente evocadores de una historia que creía conocer bien: una historia que llegaba a su fin con las palabras de su protagonista: «Todo está consumado».
En la antigua Pascua estaba presente la sangre; estaba presente la alianza; estaba presente el cordero de Dios; estaban presentes la salvación, la redención, la liberación; estaban presentes unos prisioneros liberados. Cada uno de los detalles esclarecía algún aspecto de la pasión de Jesús.
Y, por otra parte, coincidía con lo que yo sabía desde hacía mucho tiempo sobre la alianza. Todo lo que leía me resultaba familiar y, sin embargo, lo asimilaba como si fuera totalmente nuevo.
Sí, hacía mucho que «todo» se había consumado. Pero yo presentía que tan solo estaba empezando a comprenderlo.
[1] Hayyim Schauss. The Jewish Festivals: A Guide to Their History and Observance. Nueva York: Schocken, 1996 (reimp).
[2] Sobre la alianza con Adán, ver Gordon P. Hugenberger. Marriage as a Covenant: Biblical Law and Ethics as Developed from Malachi. Grand Rapids, MI: Baker Books, 1998; y Scott Hahn. A Father Who Keeps His Promises: God’s Covenant Love in Scripture. Ann Arbor, MI: Servant, 1998, p. 37–76.
[3] Ver Josefo. La guerra de los judíos 2.14.3, 6.9.3.
3. UN SACRIFICIO TÍPICO
Como he dicho antes, en Gordon-Conwell las conversaciones solían girar en torno a la interpretación de la Escritura. Algunos temas siempre eran controvertidos y entre ellos se contaban incluso ciertos principios fundamentales. Tanto los alumnos como el claustro disentían, por ejemplo, acerca de cómo leer el Antiguo Testamento. Y el asunto de la tipología era particularmente espinoso.
La tipología es el estudio de los personajes, los acontecimientos o las cosas del Antiguo Testamento como prefiguras —prototipos— que adquieren su plenitud en el Nuevo Testamento. Todos los cristianos coinciden en que Jesús aparece prefigurado en las Escrituras hebreas. Así lo manifestó Él mismo. Jesús se refirió a Jonás (Mt 12, 39), a Salomón (Mt 12, 42), al Templo (Jn 2, 19) y a la serpiente de bronce (Jn 3, 14) como «signos» que apuntaban hacia Él. También los primeros cristianos interpretaban las Escrituras de ese modo. Felipe veía a Jesús prefigurado en el Siervo Sufriente descrito por el profeta Isaías (Hch 8, 32-35). Pablo enseñaba que Adán era «figura del que ha de venir» (Rm 5, 14). Y la primera carta de Pedro presenta el diluvio de Noé como una figura del bautismo (1 P 3, 21).
Los tipos bíblicos en sí no son controvertidos. Entre mis amigos de Gordon-Conwell la controversia versaba acerca del grado de libertad con que el lector puede identificar esos tipos en el Antiguo Testamento. A algunos compañeros de clase yo los provocaba llamándolos «hiper-tipistas», porque buscaban a Jesús —y lo encontraban— en casi todos los pasajes y preceptos de la ley y la historia de Israel; mientras que otros amigos míos sostenían que solo hay que identificar como tipos las figuras del Antiguo Testamento que el Nuevo Testamento identifica como tales.
La Pascua se hallaba a salvo, ya que pertenecía a esta última categoría. Así lo señala toda una autoridad como san Pablo en la primera carta a los corintios. La afirmación no puede ser más clara: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Co 5, 7). La palabra esencial, pascha en griego, se ha traducido bien como «Pascua», bien como «cordero pascual». Cualquiera de las dos traducciones es válida, porque en aquella época los judíos empleaban el término pascha para referirse tanto a la fiesta como al sacrificio que la caracterizaba: el cordero. El tenor de la frase siguiente evidencia claramente que Pablo habla en sentido amplio de la «fiesta» celebrada tradicionalmente con «panes ácimos».
Pablo distingue entre la plenitud cristiana («nuestra Pascua») y su antiguo tipo judío. Sitúa los dos en un contraste explícito mediante las palabras «viejo» y «nuevo». Pero, al mismo tiempo, reconoce una continuidad entre la sombra y la realidad. Algunos términos e imágenes permanecen constantes: la Pascua, el sacrificio, los panes ácimos.
A raíz de mis estudios sobre la Pascua empecé a comprender que la tipología era mucho más operativa de lo que yo mismo había estado dispuesto a admitir. La antigua Pascua prefiguraba la salvación en Cristo no limitándose a ofrecer un nombre, sino ofreciendo el contexto más rico posible para que la entendiéramos. Comencé a comprender con cuánto cuidado Dios, en su providencia, había preparado el camino a su Hijo. Así lo dice san Pablo un poco antes en esa misma carta a los corintios: «Enseñamos la sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, que Dios predestinó, antes de los siglos, para nuestra gloria» (1 Co 2, 7). La tipología del Antiguo Testamento, que se hace evidente en el Nuevo Testamento, muestra la unidad dinámica de los planes de Dios desde la creación hasta la redención. Lo que Dios había decretado desde el principio fue avanzando gradualmente hacia su cumplimiento. De hecho, en el Antiguo Testamento los signos estaban presentes por todas partes.
EL ECLIPSE DEL SACRIFICIO
El estudio de la Pascua me llevó a un examen más atento de los términos que siempre había dado por sentados. Cuando presenta la Pascua como una figura, Pablo se refiere principalmente al sacrificio; y yo, naturalmente, sabía que el sacrificio se hallaba en el núcleo del culto del Antiguo Testamento. Es más, sabía que el Nuevo Testamento describía el sistema sacrificial de Israel como una figura. La idea aparece de forma muy explícita en la carta a los hebreos, que considera la muerte de Cristo una ofrenda sacrificial. Como en los ritos del Antiguo Testamento, la muerte de Jesús conllevaba el derramamiento de sangre y la ofrenda de un cuerpo. Como en los ritos del Antiguo Testamento, su muerte sellaba una alianza entre el cielo y la tierra, entre Dios y su pueblo.
Y, al contrario que en los ritos del Antiguo Testamento, el sacrificio de Jesús era suficiente en sí mismo e irrepetible: «No tiene necesidad de ofrecer todos los días, como aquellos sumos sacerdotes, primero unas víctimas por sus propios pecados y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre cuando se ofreció él mismo» (Hb 7, 27; v. también 9, 12; 9, 26; 10, 10).
Empezaba a darme cuenta de lo revolucionario que tuvo que parecerle el cristianismo al mundo antiguo. Los estudiosos suelen señalar la influencia de Jesús en la historia intelectual posterior a Él. Pero eso es algo que solo podemos ver ahora, en retrospectiva. En los siglos i y ii lo más sorprendente del cristianismo fue probablemente lo poco que se parecía a una religión.
Todas las principales religiones del siglo i y todos los cultos populares practicaban el sacrificio cruento, la matanza ritual de animales con fines religiosos. Como los romanos. Como los griegos. Como los judíos. Y no es un fenómeno peculiar de los pueblos occidentales. En ese mismo siglo, pese a su absoluta desconexión con el mundo grecorromano, los mayas ofrecían sacrificios de animales (y humanos) en los altares de Centroamérica. Los sacrificios de esta clase estaban tan extendidos que eran aparentemente algo inherente a la religión: una característica definitoria.
Los autores del Nuevo Testamento dan por supuesto que sus lectores piensan en la religión como sacrificio cruento. Pero, al mismo tiempo, presentan el cristianismo como una religión cuyo único sacrificio tuvo lugar «de una vez para siempre» y estaba completado.
Para los cristianos la muerte de Jesús puso fin a los sacrificios ofrecidos en el templo de Jerusalén. De hecho, no habían pasado cuarenta años desde la muerte de Jesús cuando el Templo fue totalmente destruido y no se volvió a edificar. Las religiones griegas y romanas, por su parte, desaparecieron. Ninguna de las religiones fundadas a partir del siglo I (el judaísmo rabínico y el Islam, por ejemplo) es sacrificial. Hoy apenas queda un lugar en el mundo donde se practique la inmolación de animales.
En mi opinión, esto supone una desventaja cuando intentamos entender el discurso de Pablo sobre el sacrificio. Hoy pensamos en el culto como un acto incruento. Cuando leemos los pasajes paulinos acerca de altares, sacerdotes y ofrendas, los traducimos inmediatamente en metáforas. No vemos los torrentes de Jerusalén correr teñidos de sangre cuando, año tras años, los sacerdotes cumplían con su cometido durante la Pascua.
Con mi nuevo estudio de la Pascua quería recuperar el sentido que le dio Pablo al comprender por primera vez que «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado». Quería saber qué significaba el sacrificio para él y para sus contemporáneos. Quería saber qué significaba el sacrificio en el contexto de la Pascua, la fiesta de la redención.
UN SELLO DE MALDICIÓN
El sacrificio constituye la principal ruptura entre nosotros y nuestros lejanos antepasados de la religión bíblica. No obstante, se halla o bien en el fondo, o bien en el primer plano de casi todos los libros de nuestra Biblia. Es el acto que sella y renueva cada una de las alianzas entre Dios y su pueblo. Dios y sus mediadores pusieron un cuidado especial en especificar los pequeños detalles —el quién, qué, cuándo y dónde— de cada ofrenda.
A nosotros, sin embargo, el «porqué» nos resulta lo más desconcertante. Los antiguos daban por sentados los motivos, demasiado obvios para ser dignos de mención. Por eso muchas veces tenemos que leer entre líneas. A los hombres de hoy en día el sacrificio animal puede parecernos un ritual vacío, la satisfacción de un impulso primitivo: violento, inútil y brutal. Pero para Israel era cualquier cosa menos vacío: desbordaba significado.
El sacrificio era el principal modo de ratificar, renovar y reparar el vínculo relacional entre Dios y su pueblo. Nuestra palabra «sacrificio» procede de un compuesto latino que significa «hacer sagrado» o «singularizar». (El equivalente hebreo, corbán, posee las mismas connotaciones). Mediante la ofrenda de un sacrificio el hombre prestaba un juramento activo y ponía a Dios por testigo.
Pensemos en la alianza sellada entre Dios y Abrán (más adelante convertido en Abrahán). Dios ordena a Abrán reunir varios animales destinados al sacrificio: una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón (Gn 15, 9). Abrán partió en dos los animales más grandes y puso cada mitad enfrente de la otra. Luego Dios envió una llama de fuego que pasó entre esas mitades y anunció los términos de la alianza, tanto las bendiciones como las maldiciones.
En su sentido más elemental, ese sacrificio devuelve a Dios lo que es suyo por derecho. Quien sacrifica reconoce que Dios es el creador y soberano del universo. Toda vida le pertenece. Por lo tanto, el sacrificio es una forma de culto, de alabanza y de acción de gracias.
Pero hay mucho más: las víctimas sacrificiales significan mucho más. En la violencia del sacrificio está cifrada una amenaza implícita. Toda alianza contenía bendiciones y amenazas: las bendiciones derivadas de su cumplimiento y las maldiciones derivadas de su incumplimiento. La sangre de los animales representaba el nuevo vínculo familiar establecido mediante la alianza. Ahora ambas partes eran «familia de sangre». Esa es la bendición, el lado positivo. Los animales sacrificados, no obstante, representaban también las consecuencias de toda infidelidad a los términos de la alianza. Violar la alianza significaba quebrantar un juramento prestado ante Dios. La infidelidad era algo parecido a la blasfemia y, por eso, merecía la muerte. Nadie que ofreciera el sacrificio podía alegar ignorancia, porque los términos de la alianza habían quedado expuestos sobre el altar.
Las alianzas con Dios no eran algo trivial, sino asuntos de vida o muerte. Siempre se sellaban con sangre, lo que implicaba un nuevo vínculo familiar. La sangre significaba también el poder de Dios, que da la vida y la muerte. Así lo anunciaban los profetas en sus oráculos: «Por la sangre de tu alianza, sacaré a los cautivos del aljibe sin agua» (Za 9, 11). La sangre de la alianza testimoniaba el poder divino para liberar a su pueblo.
La víctima constituía una advertencia, pero era también un representante. Cada vez que el pueblo de Dios violaba sus alianzas —cada vez que caía en el pecado—, ofrecía un sacrificio para reparar y restaurar su vínculo con Dios. Reconocía que sus pecados merecían la muerte y ofrecía un animal que ocupaba su lugar. Su sacrificio era la expresión viva de su arrepentimiento.
El cordero pascual era claramente un sacrificio sustitutivo. Dios había reclamado las vidas de todo varón primogénito de la tierra de Egipto. La sangre del cordero en los dinteles de las puertas era señal de que su deuda había quedado satisfecha. Pero nos podríamos preguntar: ¿por qué no quedaron eximidos los hebreos simplemente en razón de su etnia? Lo cierto es que no quedaron eximidos. Recibieron una maldición por haber violado la alianza. Sus antepasados, los hijos de Jacob, habían pecado gravemente al vender a su hermano José como esclavo. Los hebreos de las generaciones posteriores siguieron pecando, y más gravemente aún, al rendir culto a las divinidades animales de Egipto.
A los hebreos se les perdonó la muerte y se les liberó de Egipto no porque merecieran la salvación, no porque fueran inocentes, sino porque Dios es misericordioso. En la Pascua —y, más adelante, mediante el sistema sacrificial— el Señor les exigió «ejecutar» a los ídolos que habían adorado. También les exigió ser testigos de su propia ejecución poniendo por sustituto un animal. El rabino medieval Nahmánides llamaba a ese sacrificio animal una «ejecución en efigie». El erudito contemporáneo Joshua Berman explica que dicha acción es a la vez punitiva y compensatoria: «Con su presencia ante Dios en el Templo y siendo testigo de su propia ejecución en el que asume los pecados cometidos por él, lo que se espera del propietario de la ofrenda es una nueva conciencia de sus obligaciones para con Dios de modo que su infracción no se repita»[1].
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