Read the book: «Lady Felicity y el canalla»
Índice de contenido
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Epílogo
Nota de la autora
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Título original: Wicked and the Wallflower. The Bareknuckle Bastards, Book 1
©2018 by Sarah Trabucchi
Traducción de María José Losada Rey
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
Fotografía de cubierta: Shutterstock
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1.ª edición: junio 2020
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2020: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
A mi padre, que fue el primero en enterarse de la
existencia de mis lores del crimen de Covent Garden,
pero que nunca llegó a conocerlos.
Grazie mille, Papà.
Ti voglio tanto bene.
Prólogo
En el pasado.
Los tres estaban conectados, mucho antes de que fueran conscientes de ello, por unas hebras de sedoso acero entretejido que no podían desunirse, ni siquiera cuando el destino insistiera en ello.
Hermanos nacidos el mismo día, a la misma hora y en el mismo minuto, de distintas mujeres: la carísima cortesana, la costurera, la viuda del soldado. Nacidos el mismo día, a la misma hora y en el mismo minuto del mismo hombre: el duque, cuya arrogancia y crueldad castigaría su destino sin reparos al robarle lo único que deseaba y que su dinero y poder no podían comprar: un heredero.
Las pitonisas siempre han advertido sobre los idus de marzo, que auguran traición y venganza, un cambio de fortuna y una fatalidad inalienable. Pero para ese progenitor —que solo fue eso, pues nunca se asemejó a un padre—, no serían estos, sino los idus de junio, los que le traerían la ruina.
Porque ese mismo día, a esa misma hora, en ese mismo minuto, nació un cuarto hijo de una cuarta mujer; de una duquesa. Y fue a ese nacimiento —el de un hijo que todo el mundo creyó legítimo— al que asistió el duque, aun cuando sabía que quien iba a heredar su nombre, fortuna y futuro no era hijo suyo. Sin embargo, y de alguna manera, era su única esperanza.
Solo que fue una niña.
Y con su primer aliento, les robó el futuro a todos, tan poderosa de niña como lo sería de adulta. Pero la suya es una historia que contaremos en otro momento.
Esta historia comienza con los niños.
Capítulo 1
En la actualidad. Mayo de 1837.
Diablo permanecía en el exterior de Marwick House, bajo la negra sombra de un antiguo olmo, observando a su hermano bastardo que estaba en el interior.
Las velas vacilantes y los cristales moteados distorsionaban la imagen de los invitados que había al otro lado del cristal, dentro del salón de baile, y convertían a la multitud allí reunida —aristócratas y burguesía adinerada— en una turbamulta en movimientos que le recordaba la marea del Támesis, con las mismas bajadas y subidas y distintos colores y olores.
Los cuerpos sin rostro —los caballeros con oscura vestimenta formal y las damas con sedas y satenes de tonos más claros— estaban pegados los unos a los otros, casi incapaces de moverse, a excepción de los cuellos estirados y los abanicos que se agitaban para propagar chismes y especulaciones a través del aire estancado del salón de baile.
Y en el centro, el hombre que estaban desesperados por ver: el ermitaño duque de Marwick, tan nuevo y flamante a pesar de que había ostentado el título desde que su padre muriera. Desde que el padre de los dos muriera.
No. Padre no. Progenitor.
Y el nuevo duque, joven y apuesto, había regresado como el hijo pródigo de Londres. Sobrepasaba una cabeza en altura al resto de los allí reunidos, tenía el cabello rubio, el rostro como cincelado en piedra y los ojos color ámbar de los que los duques de Marwick habían hecho gala durante generaciones. Estaba en forma, era soltero y representaba todo lo que la alta sociedad deseaba de él.
Aunque no era nada de lo que la alta sociedad creía que era.
Diablo podía imaginar los susurros ignorantes que estarían recorriendo el salón de baile.
—¿Por qué un hombre de tal prominencia actúa como un ermitaño?
—¿A quién le importa, mientras sea un duque?
—¿Crees que los rumores son ciertos?
—¿A quién le importa, mientras sea un duque?
—¿Por qué nunca ha venido a la ciudad?
—¿A quién le importa, mientras sea un duque?
—¿Y si está tan loco como dicen?
—¿A quién le importa, mientras sea un duque?
—He oído que ha entrado en el mercado, necesita un heredero.
Fue eso último lo que había obligado a Diablo a emerger de la oscuridad.
Veinte años atrás, cuando eran hermanos de armas, habían hecho un trato. Y aunque habían sucedido muchas cosas desde que se forjara ese trato, había algo que todavía seguía siendo sagrado: nadie incumplía un trato con Diablo.
No sin castigo.
Y por eso, Diablo esperaba con infinita paciencia, en los jardines de la que había sido la residencia en Londres de muchas generaciones de duques de Marwick, a que llegara el tercero con quien había hecho el trato en cuestión. Habían pasado décadas desde que él y su hermano Whit —ambos conocidos en los rincones más nefastos de Londres como los Bastardos Bareknuckle— vieron al duque por última vez. Décadas desde que escaparon de la residencia campestre del ducado en mitad de la noche, dejando atrás secretos y pecados, para construir su propio reino de secretos y pecados, aunque de distinta clase.
Pero quince días antes se habían entregado las invitaciones en los hogares más fastuosos de Londres —los que tenían los nombres más venerables—, e incluso llegaron a Marwick House sirvientes armados hasta los dientes con plumeros, cera de abejas, planchas y cuerdas para tender. Una semana antes se habían entregado cajas —que contenían velas, mantelería, patatas y oporto— y media docena de divanes para el enorme salón de baile de Marwick, cada uno de ellos adornado con los volantes de las candidatas más eminentes de Londres.
Tres días antes, La voz de Londres aterrizó en el cuartel general de los bastardos en Covent Garden y allí, en la cuarta página, un titular en tinta emborronada rezaba: «¿Se va a casar el misterioso Marwick?».
Diablo había doblado cuidadosamente el papel y lo había dejado encima del escritorio de Whit. Cuando regresó a su lugar de trabajo a la mañana siguiente, lo atravesaba una daga, clavándolo en la madera.
Y así se había decidido.
Su hermano, el duque, había regresado y había aparecido sin previo aviso en ese lugar ideado para los mejores hombres y repleto de los peores, en la tierra que había heredado en el momento en que reclamó su título, en una ciudad que ellos habían convertido en suya. Y al hacerlo, había puesto en evidencia su codicia.
Pero la codicia, en ese lugar, en esa tierra, no estaba permitida.
Por eso, Diablo esperaba y observaba.
Después de unos minutos que se hicieron eternos, el aire cambió y Whit apareció a su lado, silencioso y mortal como un soldado de refuerzo. Como debía ser, puesto que aquello se parecía bastante a una guerra.
—Justo a tiempo —saludó Diablo en voz baja.
Un gruñido.
—¿El duque busca esposa?
Hubo un asentimiento en la oscuridad.
—¿Y herederos?
Silencio. No por ignorancia, sino por rabia.
Diablo observó como su hermano bastardo se movía entre la multitud que había en el interior y se dirigía al extremo más alejado del salón de baile, donde un oscuro pasillo se adentraba en las entrañas de la casa. Volvió a asentir.
—Pondremos punto final a ello antes de que empiece. —Dio unos golpecitos a su bastón de ébano, cuya cabeza de león plateada estaba ya desgastada por el uso y encajaba perfectamente en su mano—. Entraremos y saldremos, provocando los daños suficientes como para que no pueda seguirnos.
Whit asintió, pero no dijo lo que ambos estaban pensando: que el hombre al que Londres llamaba Robert, duque de Marwick, el muchacho al que una vez habían conocido como Ewan, era más animal que aristócrata, y el único que casi había conseguido superarlos. Pero eso había sido antes de que Diablo y Whit se convirtieran en los «Bastardos Bareknuckle», los reyes de Covent Garden, y aprendieran a empuñar las armas con precisión y a vencer cualquier amenaza.
Esa noche le demostrarían que Londres era su territorio, y le harían regresar al campo. Tan solo era cuestión de entrar y recordarle la promesa que habían hecho mucho tiempo atrás.
El duque de Marwick no engendraría herederos.
—Buena caza.—Las palabras de Whit sonaron como un gruñido, pues su voz sonaba rasgada por el desuso.
—Buena caza —respondió Diablo, y los dos se desplazaron en completo silencio hacia las oscuras sombras del largo balcón. Sabían que tendrían que actuar con presteza para evitar ser vistos.
Con una elegante agilidad , Diablo escaló el balcón, saltó por encima de la balaustrada y aterrizó con sigilo en la oscuridad que había al otro lado, con Whit siguiéndole los pasos. Se dirigieron hacia la puerta; sabían que la galería estaría cerrada y, por tanto, vedada a los huéspedes, lo que la convertía en el perfecto punto de acceso a la casa. Los bastardos habían escogido un atuendo formal para poder mezclarse entre la multitud hasta que encontraran al duque y asestaran el golpe.
Marwick no sería ni el primero ni el último aristócrata en recibir un castigo de los Bastardos Bareknuckle, pero Diablo y Whit nunca habían deseado aplicar uno tan a conciencia.
La mano de Diablo apenas había rozado el picaporte cuando este giró solo. Lo soltó al instante y retrocedió para volver a desvanecerse en la oscuridad mientras Whit volvía a saltar el balcón y caía sobre el césped sin emitir sonido alguno.
Y entonces apareció la joven.
Cerró la puerta a toda velocidad y apoyó la espalda en ella, como si así, solo porque lo deseara, pudiera evitar que otros la siguieran.
Curiosamente, Diablo pensó que sería capaz de hacerlo.
Se aferraba con fuerza a la puerta y apoyaba la cabeza contra ella. La palidez de su cuello destacaba bajo la luz de la luna, y su pecho subía y bajaba, mientras una solitaria mano enguantada se apoyaba sobre la piel del escote que las sombras cubrían para tratar de calmar su agitada respiración. Años de observación le revelaron a Diablo que los movimientos de la joven no eran calculados, sino naturales: no sabía que estaba siendo observada. No sabía que no estaba sola.
La tela de su vestido brillaba a la luz de la luna, pero era demasiado oscura como para adivinar su verdadero color. Azul, tal vez. ¿Verde? La luz la volvía plateada en algunos lugares y negra en otros.
«Luz de luna». Parecía estar vestida de luz de luna.
Aquella extraña idea se le ocurrió mientras ella se acercaba hasta la balaustrada de piedra y, en un instante de locura, Diablo sintió deseos de salir a la luz para poder observarla mejor.
Fue un impulso fugaz, hasta que escuchó el trino suave y bajo de un ruiseñor: era Whit avisándolo. Recordándole su plan, en el que no entraba esa joven. Lo único que ella estaba consiguiendo era evitar que lo pusieran en marcha.
Ella no sabía que el pájaro no era tal y giró la cara hacia el cielo, apoyando las manos en la barandilla de piedra mientras lanzaba un largo suspiro y bajaba la guardia. Sus hombros se relajaron.
La habían perseguido hasta allí.
Una sensación desagradable le recorrió el cuerpo al pensar que ella había huido hasta una habitación oscura y había salido a un balcón todavía más oscuro donde había un hombre que podía ser mucho peor que todos lo que había dentro. Y entonces, como si de un disparo en la oscuridad se tratara, escuchó su risa. Diablo se envaró, los músculos de sus hombros se tensaron y agarró con más fuerza el mango plateado de su bastón.
Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no acercarse a ella. Para recordar que había estado esperando ese momento durante años, tantos que apenas podía traer a su memoria un instante en el que no estuviera preparado para luchar contra su hermano.
No iba a permitir que una mujer lo desviara de su camino. Ni siquiera podía verla con claridad y, aun así, no podía despegar los ojos de ella.
—Alguien debería decirles lo horribles que son —dijo mirando al cielo—. Alguien debería plantarse frente a Amanda Fairfax y contarle que nadie cree que su lunar sea real. Y alguien debería decirle a lord Hagin que apesta a perfume y que no le vendría mal un baño. Y me encantaría recordarle a Jared aquella vez en que se cayó de espaldas en un estanque en la fiesta de la casa de campo de mi madre y tuvo que depender de mi amabilidad para poder secarse la ropa sin que lo vieran.
Hizo una pausa lo suficientemente larga como para que Diablo creyera que había terminado de hablar al aire.
Pero en vez de eso, volvió a la carga.
—¿Y de verdad tiene Natasha que ser tan desagradable?
—¿Y solo se le ocurre hacer esto, lady Felicity? —Se sorprendió a sí mismo al decir esas palabras; no era el momento de ponerse a conversar con una charlatana solitaria en un balcón.
Y todavía asombró más a Whit, a juzgar por la estridente llamada del ruiseñor que sonó justo después de que las pronunciara.
Pero la que más se asombró de todos fue la joven.
Con un pequeño chillido de sorpresa, se giró para enfrentarse a él y se cubrió con la mano la piel que asomaba por encima del corpiño. ¿De qué color era ese corpiño? La luz de la luna seguía haciendo de las suyas y era imposible distinguirlo con claridad.
Ella inclinó la cabeza a un lado y entrecerró los ojos para mirar hacia la oscuridad.
—¿Quién está ahí?
—Eso es lo que me preguntaba yo, querida, teniendo en cuenta que está hablando como una cotorra.
Ella frunció el ceño.
—Estaba hablando conmigo misma.
—¿Y ninguna de las dos puede encontrar un insulto mejor para esa Natasha que el de desagradable?
Dio un paso hacia él, pero entonces pareció pensarse mejor el acto de acercarse a un extraño en la oscuridad. Se detuvo.
—¿Cómo describiría usted a Natasha Corkwood?
—No la conozco, así que no lo puedo hacerlo. Pero teniendo en cuenta que ha arremetido con descaro contra la higiene de Hagin y ha resucitado las vergüenzas pasadas de Faulk, seguramente lady Natasha merezca un nivel de creatividad similar.
Ella miró fijamente hacia las sombras durante un buen rato, pero su mirada estaba fija en algún punto más allá de su hombro izquierdo.
—¿Quién es usted?
—Nadie importante.
—Dado que está en el oscuro balcón de una sala desocupada de la casa del duque de Marwick, yo diría que podría ser un hombre de bastante importancia.
—Si seguimos esa misma lógica, usted también debe de ser una mujer de bastante importancia.
Su risa, alta e inesperada, les sorprendió a ambos. Ella negó con la cabeza.
—Pocos estarían de acuerdo con usted.
—No suelo interesarme por las opiniones de los demás.
—Entonces no debe de ser miembro de la aristocracia —respondió con frialdad—, puesto que, para ellos. las opiniones de los demás son tan preciadas como el oro. De extrema importancia.
¿Quién era esa joven?
—¿Por qué estaba en la galería?
Ella parpadeó.
—¿Cómo sabe que es una galería?
—Mi oficio es saber cosas.
—¿Sobre casas que no le pertenecen?
«Esta casa fue casi mía, una vez». Se tragó aquellas palabras.
—Nadie usa esta habitación. ¿Por qué lo hacía usted?
Ella levantó un hombro y después lo dejó caer.
Ahora le tocó a él fruncir el ceño.
—¿Ha venido a reunirse con un hombre?
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Disculpe?
—Los balcones oscuros son perfectos para los encuentros amorosos.
—No tengo ni idea de qué me habla.
—¿Sobre balcones? ¿O sobre encuentros amorosos? —Tampoco era que a él le importara.
—Sobre ninguna de las dos cosas, con toda sinceridad.
No debería haberse sentido satisfecho con esa respuesta.
—¿Me creería si le dijera que me gustan las galerías? —prosiguió ella.
—No, no lo haría —respondió—. Y además, está prohibido acceder a esta.
La joven inclinó la cabeza a un lado.
—¿De verdad?
—La mayoría de la gente entiende que no se puede acceder a las salas oscuras.
Ella agitó la mano.
—No soy muy inteligente. —Eso tampoco se lo creía—. Yo podría hacerle la misma pregunta, ¿sabe?
—¿Cuál? —No le gustaba la forma en que ella le daba la vuelta a la conversación para llevarla a su terreno.
—¿Ha venido usted aquí por un encuentro amoroso?
Durante un único y loco instante tuvo una visión sobre el encuentro amoroso que podrían protagonizar ambos allí mismo, en ese balcón oscuro, en pleno verano. De lo que ella podría permitirle hacer mientras la mitad de Londres bailaba y chismorreaba no muy lejos.
O de lo que él podría permitir que ella le hiciera.
Se imaginó alzándola para sentarla sobre la balaustrada de piedra, descubriendo el tacto de su piel, su aroma. Escuchando los sonidos de placer que emitiría. ¿Suspiraría? ¿Gritaría?
Se quedó congelado. Esa mujer, con su rostro sencillo, su cuerpo nada memorable y que hablaba consigo misma, no era el tipo de mujer que Diablo se imaginaba poseyendo contra la pared. ¿Qué le estaba ocurriendo?
—Me tomaré su silencio como un sí, entonces. Y le doy permiso para que continúe con su encuentro amoroso, señor. —Comenzó a caminar por el balcón alejándose de él.
Debería dejarla marchar.
Y sin embargo no pudo evitar replicarle.
—No estoy aquí por ningún encuentro amoroso.
El ruiseñor otra vez. Más rápido y más fuerte que antes. Whit estaba enfadado.
—Entonces, ¿por qué está aquí? —preguntó la mujer.
—Tal vez por la misma razón que usted, querida.
Ella sonrió.
—Me cuesta creer que sea una solterona de cierta edad que se ha visto obligada a ocultarse en la oscuridad después de que se burlaran de ella aquellos a los que una vez llamó amigos.
Ajá. Estaba en lo cierto. La habían perseguido.
—Tengo que estar de acuerdo con usted, lo que ha descrito no tiene nada que ver conmigo.
Ella se apoyó en la balaustrada.
—Salga a la luz.
—Me temo que no puedo hacer eso.
—¿Por qué no?
—Porque se supone que no debo estar aquí.
Ella levantó un hombro y lo encogió levemente.
—Yo tampoco.
—Usted no debería estar en el balcón. Pero yo no debería estar en todo este lugar.
Sus labios se abrieron hasta formar una pequeña «O».
—¿Quién es usted?
Él ignoró la pregunta.
—¿Por qué es una solterona? —Tampoco era que le importara.
—Porque no estoy casada.
Reprimió las ganas de sonreír.
—Me lo merecía.
—Mi padre le diría que fuera más específico con sus preguntas.
—¿Quién es su padre?
—¿Quién es el suyo?
No era la mujer menos obstinada que había conocido.
—No tengo padre.
—Todo el mundo tiene un padre —le replicó ella.
—Ninguno que merezca la pena reconocer —afirmó con una calma que no sentía—. Así que volvamos al principio. ¿Por qué es una solterona?
—Nadie desea casarse conmigo.
—¿Por qué no?
La respuesta llegó al instante.
—Es que… —Cuando ella se interrumpió y extendió las manos, él habría dado toda su fortuna por escuchar el resto. Y a la vista de lo que dijo a continuación, marcando cada punto con uno de sus largos dedos enguantados, habría valido la pena—. Se me ha pasado el arroz.
No parecía vieja.
—Soy sosa.
Eso se le había ocurrido a él, pero no lo era. En realidad, no. De hecho, parecía ser justo todo lo contrario..
—Soy poco interesante.
Eso no era cierto.
—Fui desechada por un duque.
Pero todavía no decía toda la verdad.
—¿Y ahí radica el problema?
—Su mayor parte —respondió—. Aunque realmente no es del todo cierto, porque el duque en cuestión nunca pretendió casarse conmigo, para empezar.
—¿Por qué no?
—Estaba locamente enamorado de su esposa.
—Vaya, eso sí que es una desgracia.
Ella le dio la espalda y volvió a mirar hacia el cielo.
—No para ella.
En su vida había deseado tanto acercarse a alguien. Aun así, Diablo permaneció en las sombras, observándola.
—Si no puede casarse por todas esas razones, ¿por qué pierde el tiempo aquí?
Ella soltó una suave carcajada, un sonido grave y encantador.
—¿Acaso no lo sabe? El tiempo de cualquier mujer soltera está bien empleado cuando se encuentra cerca de caballeros disponibles.
—Ah, así que no ha renunciado al matrimonio…
—La esperanza es lo último que se pierde —contestó.
Casi se rio ante la ironía que teñía aquellas palabras. Casi.
—¿Y entonces?
—Es difícil, porque a estas alturas los requisitos que mi madre impone a cualquier pretendiente son muy estrictos.
—¿Por ejemplo?
—Debe latirle el corazón.
Aquello sí le hizo reír, y su risa fue un único y estridente ladrido que lo dejó pasmado.
—No me sorprende que, con tan elevados estándares, haya tenido esos problemas.
Ella sonrió, y el blanco de sus dientes brilló a la luz de la luna.
—Es un milagro que el duque de Marwick no se haya desvivido para llegar hasta mí, lo sé.
Aquello le recordó, al instante y con toda dureza, cuál era el propósito de aquella noche.
—Quiere cazar a Marwick.
«Sobre mi cadáver en descomposición».
Ella hizo un gesto con la mano.
—Cosas de mi madre, igual que el resto de madres de Londres.
—Dicen que está loco —señaló Diablo.
—Tan solo porque no pueden imaginarse por qué alguien prefiere vivir alejado de la sociedad.
Marwick vivía alejado de la sociedad porque mucho tiempo atrás había hecho un pacto para no vivir en ella. Pero Diablo no se lo contó; buscó otra réplica.
—Apenas han tenido tiempo de echarle un vistazo.
Su sonrisa se convirtió en un gesto de suficiencia.
—Han visto su título, señor. Y es terriblemente apuesto. Un duque ermitaño también puede convertir a una mujer en duquesa, después de todo.
—Eso es ridículo.
—Así es el mercado matrimonial. —Se detuvo antes de continuar—. Pero no importa. No soy la adecuada para él.
—¿Por qué no? —No le importaba.
—Porque no estoy hecha para un duque.
«¿Por qué diablos no?».
No expresó la pregunta en voz alta, pero ella contestó de todas formas, con frivolidad, como si estuviera hablando en un salón repleto de damas a la hora del té.
—Hubo un tiempo en el que pensé que sería posible —dijo más para sí misma que para él—. Y entonces… —Se encogió de hombros—, no sé qué pasó. Supongo que todas esas otras cosas. Sosa, poco interesante, demasiado mayor, florero, solterona. —Se rio—. Supongo que no debería haber perdido el tiempo pensando que podría encontrar un marido, porque no sucedió.
—¿Y ahora?
—Y ahora —continuó en tono resignado—, mi madre busca una apuesta fuerte.
—¿Qué es lo que busca usted?
El ruiseñor de Whit arrulló en la oscuridad y ella respondió nada más terminar el sonido.
—Nadie me ha preguntado eso nunca.
—¿Y? —insistió, a sabiendas de que no debería hacerlo. A sabiendas de que debería dejar a esa joven a solas en el balcón, con lo que fuera que el destino tuviera previsto para ella.
—Yo… —Miró hacia la casa, hacia la oscura galería, el pasillo y el reluciente salón de baile que había al otro lado—. Deseo ser parte de todo esto otra vez.
—¿Otra vez?
—Hubo un tiempo en el que yo… —comenzó, para detenerse después y negar con la cabeza—. No importa. Tiene usted cosas mucho más importantes que hacer.
—Es cierto, pero como no puedo hacerlas mientras esté usted aquí, milady, estoy más que dispuesto a ayudarla a resolver el problema.
Ella sonrió por el ofrecimiento.
—Es usted divertido.
—Nadie que me conozca estaría de acuerdo con eso.
Su sonrisa se ensanchó.
—No me suelen importar las opiniones de los demás.
Se percató de que había repetido lo mismo que él había dicho antes.
—Ni por un segundo he creído lo que acaba de decir.
Ella agitó la mano.
—Hubo un tiempo en que formé parte de todo esto. Estaba justo en el centro de todos los salones de baile. Era increíblemente popular. Todos querían conocerme.
—¿Y qué ocurrió?
Volvió a extender las manos, un movimiento que comenzaba a resultarle familiar.
—No lo sé.
Levantó una ceja.
—¿No sabe qué la convirtió en una florero?
—No, no lo sé —respondió por lo bajo, y su tono denotaba confusión y tristeza—. Ni siquiera me acercaba a las paredes. Y entonces, un día —se encogió de hombros—, allí estaba yo. Adherida como la hiedra. ¿Todavía desea preguntarme qué es lo que busco?
Se sentía sola. Diablo conocía la soledad.
—Quiere volver a entrar.
Ella soltó una leve risa de desesperanza.
—Nadie vuelve a entrar a menos que atrape al mejor partido de todos.
Asintió.
—El duque.
—Las madres tienen derecho a soñar.
—¿Y usted?
—Yo quiero volver a entrar. —Whit emitió otro aviso, y la mujer miró por encima de su hombro—. Es un ruiseñor muy persistente.
—Está irritado.
Ella inclinó la cabeza, curiosa, pero cuando él no se explicó, volvió a hablar.
—¿Va a decirme quién es usted?
—No.
Asintió tan solo una vez.
—Supongo que es lo mejor, ya que solo salí para buscar un poco de tranquilidad lejos de sonrisas arrogantes y comentarios maliciosos. —Señaló hacia el lugar que estaba más iluminado del balcón—. Debería volver y encontrar un lugar adecuado donde esconderme, y usted podrá volver a husmear, si lo desea.
No respondió, pues no estaba seguro de sus palabras. No confiaba en que diría lo que debía decir.
—No le diré a nadie que le he visto —añadió.
—No me ha visto —respondió él.
—Entonces tendremos la ventaja adicional de estar diciendo la verdad —contestó con amabilidad.
El ruiseñor otra vez. Whit no se fiaba de lo que estuviera haciendo allí con aquella mujer.
Y quizá tenía razón.
Ella hizo una pequeña reverencia.
—En fin, ¿regresa pues a sus viles asuntos?
El tirón de los músculos en la comisura de sus labios le era desconocido. Una sonrisa. No podía recordar la última vez que había sonreído. Esta extraña mujer la había provocado como por medio de un hechizo.
Se marchó antes de que pudiera responderle, y sus faldas desaparecieron al girar la esquina para adentrarse en la luz. Le costó la vida no seguirla para poder quedarse con una imagen de ella, del color de su cabello, del tono de su piel, del brillo de sus ojos.
Todavía no sabía cuál era el color de su vestido.
Lo único que debía hacer era seguirla.
—Diablo.
Su nombre lo devolvió al presente. Miró a Whit, que volvió a saltar el balcón y se colocó a su lado, entre las sombras.
—Ahora —dijo.
Era el momento de regresar a su objetivo, el hombre al que juró matar si alguna vez se le ocurría poner un pie en Londres. Si alguna vez se le ocurría reclamar aquello que una vez robó. Si alguna vez osaba romper el trato que habían cerrado décadas atrás.
Y acabaría con él. Pero no sería con los puños.
—Vamos, hermano —susurró Whit—. Ahora.
Diablo sacudió una vez la cabeza, pero mantuvo la mirada fija en el lugar por donde habían desaparecido las misteriosas faldas de la mujer.
—No. Todavía no.
Capítulo 2
El corazón de Felicity Faircloth había estado latiendo con fuerza durante tanto tiempo que pensó que quizá necesitara un médico.
Había empezado a acelerársele cuando se escabulló del reluciente salón de baile de Marwick House y había mirado hacia la puerta cerrada que había delante de ella, ignorando el deseo casi irrefrenable de tocarse el peinado y quitarse una horquilla.
Y sabía que de ninguna manera debía quitarse una horquilla, y mucho menos dos, ni tampoco meterlas en la cerradura que había a poco más de diez centímetros ni después forzar los seguros con paciencia.
«No podemos permitirnos otro escándalo».
Podía escuchar las palabras de su gemelo, Arthur, como si estuviera junto a ella. Pobre Arthur, desesperado por que otro hombre más dispuesto que él se ocupara de su hermana soltera, de veintisiete años y ya casi para vestir santos. Pobre Arthur, cuyas plegarias nunca serían escuchadas, ni aunque dejara de forzar cerraduras.
Hubo otras palabras que ella escuchó aún con más fuerza. Los comentarios burlones. Los apodos. Felicity, la abandonada. Felicity, la inepta. Y el peor de todos… Felicity, la acabada.
—¿Por qué ha venido?
—Espero que no piense que alguien la va a aceptar.
—Su pobre hermano, desesperado por casarla.
—… Felicity, la acabada.
Hubo un tiempo en el que una noche como esa habría sido el sueño de Felicity: un nuevo duque en la ciudad, un baile de bienvenida, la seductora promesa de un compromiso con un desconocido y apuesto soltero y, además, un buen partido. Habría sido una velada ideal. Vestidos, joyas y orquestas al completo; cotilleos, charlas, tarjetas de baile y champán. Felicity apenas habría tenido espacio libre en su tarjeta de baile y, de haberlo tenido, habría sido porque se lo habría reservado para sí misma, para poder disfrutar de su posición en ese maravilloso mundo.
Pero eso se acabó.
Ahora, si podía, evitaba los bailes, pues sabía que pasaría horas merodeando por las esquinas del salón en lugar de bailar atravesándolo. Y también estaba la profunda vergüenza que sentía cada vez que se tropezaba con alguno de sus viejos conocidos. El recuerdo de cómo era reír con ellos, de sentirse superior, como ellos.
Pero no había manera de evitar un baile al que acudía un nuevo y flamante duque, así que se había embutido en un viejo vestido, subido al carruaje de su hermano y permitido al pobre Arthur que la arrastrara hasta el salón de baile de Marwick. Y había desaparecido en el momento en que él había mirado hacia otro lado.
Felicity había huido por un oscuro pasillo y, mientras el corazón le retumbaba, se había quitado las horquillas del peinado y las había doblado con cuidado para insertarlas de una en una dentro de la cerradura. Cuando sonó un pequeño chasquido y el cerrojo saltó como si de un querido viejo amigo se tratase, el corazón amenazaba con salírsele del pecho.
Y pensar que todos esos golpeteos fueron antes de que conociera a ese hombre.
Aunque «conocer» no era precisamente la palabra adecuada.
«Encontrarse» tampoco era del todo correcta.
Quizá el término que más se acercaba era «sentido». En el momento en que él habló, su voz grave y rasgada la había envuelto como la seda en una oscura brisa primaveral, tentándola de una manera pecaminosa.
Las mejillas se le tiñeron de rubor al recordarlo, al rememorar la forma en que parecía atraerla hacia él, como si estuvieran conectados por un hilo invisible. Como si pudiera tirar de ella. Y ella accediera a acercarse sin oponer resistencia. Había hecho más que atraerla. Le había sacado la verdad, y ella se la había ofrecido sin más.
Había catalogado sus propios defectos como si de un cambio climatológico se tratase. Casi lo había confesado todo, incluso las partes que nunca había contado a nadie. Las que mantenía bien ocultas. Porque lo cierto era que no le había parecido una confesión, sino como si él ya lo hubiera sabido todo de antemano. Y quizá fuera así. Quizá no se tratase de un hombre en la oscuridad. Quizá se trataba de la misma oscuridad, efímera, misteriosa y tentadora… Mucho más tentadora que la luz del día, en la que todos los defectos, marcas y errores quedaban al descubierto y era imposible ignorarlos.
La oscuridad siempre la había tentado. Las cerraduras. Las barreras. Lo imposible.
Ese era el problema, ¿no? Felicity siempre había deseado lo imposible. Y no era el tipo de mujer que pudiera conseguirlo.
Pero cuando ese hombre misterioso sugirió que ella era una mujer importante… Por un momento, le creyó. Como si no fuera ridícula la mera idea de que Felicity Faircloth —la sosa hija soltera del marqués de Bumble, ignorada por unos cuantos buenos partidos debido a su mala suerte y completamente fuera de lugar en bailes como ese, en los que un atractivo duque reaparecía para buscar esposa— fuera a salir vencedora.
Completamente imposible.
Así que había huido, había regresado a sus viejos hábitos y se había sumergido de nuevo en la oscuridad, porque todo parecía mucho más fácil en la oscuridad que bajo la fría y cruda luz.
Y ese extraño también parecía saber todo eso. Por lo menos, lo suficiente como para que a ella le hubiera costado dejarlo a solas en la oscuridad. Lo suficiente como para que Felicity casi lo acompañara entre las sombras. Porque durante unos breves y fugaces instantes se había planteado no regresar a su mundo, sino a uno nuevo y oscuro donde poder empezar de cero. Donde pudiera ser alguien que no fuese Felicity, la acabada, una florero solterona. Y el hombre del balcón parecía el tipo de hombre que podía hacer aquello realidad.
Lo cual era, evidentemente, una locura. La gente no se fugaba con extraños que acababa de conocer en un balcón. En primer lugar, porque así era como uno terminaba siendo asesinado. Y en segundo lugar, porque su madre no lo aprobaría. Y luego estaba Arthur. El formal, perfecto, y pobre Arthur, con su máxima: «No podemos permitirnos otro escándalo».
Y por eso había hecho lo que uno hace después de un momento de locura en la oscuridad: se había dado la vuelta y había regresado hacia la luz, ignorando la punzada de arrepentimiento que sintió nada más girar la esquina de la lujosa fachada de piedra y entrar en el resplandor del salón de baile que había tras los enormes ventanales, donde todo Londres daba vueltas y danzaba mientras reía, chismorreaba y competía por captar la atención de su atractivo y misterioso anfitrión.
Donde el mundo del que una vez formó parte seguía girando sin ella.
Se quedó observando durante un buen rato y hasta pudo vislumbrar al duque de Marwick al otro lado de la sala, alto, rubio e innegablemente apuesto, con una apostura aristocrática que debería de haberla hecho suspirar pero que, en realidad, no le causaba ningún impacto.
Su mirada se apartó del hombre del momento y se posó durante un instante sobre los reflejos cobrizos de su hermano, que estaba en la otra esquina del salón conversando de manera animada con un grupo de hombres más serios que los de su entorno. Se preguntó de qué estarían hablando. ¿De ella? ¿Estaba Arthur tratando de convencer a otra tanda de hombres sobre las competencias de Felicity, la acabada?
«No podemos permitirnos otro escándalo».
Tampoco habían podido permitirse el último. Ni el anterior. Pero su familia no quería admitirlo. Y allí estaban, en el baile de un duque, fingiendo que no era esa la verdad, que todo era posible.
Atreviéndose a creer que la sosa, imperfecta y repudiada Felicity podía ganar el corazón y la mente y —lo que era más importante— la mano del duque de Marwick, sin importar que fuera un ermitaño asocial.
Sin embargo, ella misma podría haberlo creído tiempo atrás, que un duque ermitaño caería de rodillas para suplicar a lady Felicity que se fijara en él. Bueno, tal vez no tanto como caer de rodillas y suplicar, pero sí que habría bailado con ella. Y ella le habría hecho reír. Y tal vez…, se hubieran gustado.
Pero eso podría haber sido cuando ni siquiera podía imaginar que observaría a la sociedad desde fuera, que ni siquiera existía un fuera. Ella estaba dentro, después de todo, y era joven, de buena posición, con título e ingeniosa.
Tenía docenas de amigos y cientos de conocidos, al igual que montones de invitaciones para visitas y fiestas y paseos por el Serpentine. No valía la pena asistir a ninguna velada si ella y sus amigas no estaban presentes. Nunca había estado sola.
Y entonces…, todo cambió.
Un día, el mundo dejó de brillar. O mejor dicho, Felicity dejó de brillar. Sus amigos se desvanecieron y, lo que es peor, le dieron la espalda sin siquiera intentar ocultar su desdén. Habían disfrutado rechazándola. Como si no hubiera sido una de ellos antes. Como si nunca hubieran sido amigos.
Lo cual suponía que era cierto. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no se había percatado de que nunca la habían apreciado de verdad?
Y la peor de todas las preguntas: ¿por qué no la habían apreciado? ¿Qué había hecho?
Felicity, la tonta, en efecto.
La respuesta ya no importaba, pues había pasado tanto tiempo que dudaba de que alguien lo recordara. Lo que importaba era que ya casi nadie se fijaba en ella, excepto para mirarla con lástima o desdén.
Después de todo, a nadie le gustaba menos una solterona que a la sociedad que la había convertido en una.
Felicity, que una vez fue un diamante de la aristocracia —bueno, puede que no un diamante, pero quizá un rubí o un zafiro, seguro, porque era hija de un marqués y tenía una dote a su nivel—, era una verdadera solterona destinada a llevar sombreritos de encaje y a esperar con ansias invitaciones enviadas por lástima.
Si al menos consiguiera casarse, como solía decir Arthur, podría evitar todo aquello.
Si al menos consiguiera casarse, como solía decir su madre, ellos podrían evitarlo. Porque aunque la soltería fuera humillante para la mujer en cuestión, también lo era para la madre, y más cuando esta había conseguido atrapar a un marqués.
Por tanto, la familia Faircloth ignoraba la soltería de Felicity y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirle un buen matrimonio. También ignoraban los verdaderos deseos de Felicity, aquellos por los que el hombre entre las sombras había sentido instantánea curiosidad.
La verdad era que deseaba la vida que le habían prometido. Deseaba formar parte de todo ello de nuevo. Y si no podía conseguirlo —lo cual, francamente, veía imposible, porque después de todo no era tonta—, quería algo más que el consuelo de un matrimonio. Ese era el problema con Felicity. Siempre había querido más de lo que podía conseguir.
Lo cual la había dejado sin nada, ¿verdad?
Felicity lanzó un suspiro impropio de una dama. Su corazón ya no palpitaba con fuerza. Suponía que eso era bueno.
—Me pregunto si podré marcharme sin que nadie se dé cuenta.
Justo acababa de decir aquellas palabras cuando se abrió la enorme puerta de cristal que daba al salón de baile y asomaron por ella media docena de invitados con una sonrisa en los labios y una botella de champán en las manos.
Ahora le tocó a Felicity esconderse entre las sombras y apretarse contra la pared mientras se acercaban a la balaustrada entre risas estridentes y casi sin aliento. Los reconoció.
«Por supuesto».
Eran Amanda Fairfax y su esposo, Matthew —lord Hagin—, junto con Jared —lord Faulk— y su hermana menor, Natasha, y dos más, una pareja joven, rubia y reluciente como juguetes nuevos. A Amanda, Matthew, Jared y Natasha les gustaba captar a nuevos discípulos. Al fin y al cabo, ya habían captado antes a Felicity.
Ella fue una vez la quinta de su cuarteto. Amada, hasta que dejó de serlo.
—Ermitaño o no, Marwick es terriblemente apuesto —dijo Amanda.
—Y rico —señaló Jared—. He oído que llenó esta casa de muebles la semana pasada.
—Yo también lo he oído —dijo Amanda con voz alterada y casi jadeante—. Y también he escuchado que está haciendo la ronda de los salones de té de las matronas más influyentes.
Matthew gimió.
—Si eso no lo convierte en sospechoso, no sé qué lo hará. ¿Quién quiere tomar el té con una veintena de viudas?
—Un hombre que busca esposa— respondió Jared.
—O un heredero —añadió Amanda, con anhelo.
—Ejem, esposa —bromeó Matthew, y todo el grupo rio, haciendo que Felicity recordara por un segundo cómo era ser acogida entre sus bromas, chistes y chismes. En una parte de su resplandeciente mundo.
—Tuvo que reunirse con las viudas para atraer a todo Londres aquí esta noche, ¿no? —intervino la tercera mujer del grupo—. Sin su aprobación, nadie habría venido.
Se hizo un silencio, y luego el cuarteto original rio, pero aquel sonido pasó de la camaradería a la crueldad. Faulk se inclinó hacia delante y le dio unos golpecitos en la barbilla a la joven rubia.
—No eres muy inteligente, ¿verdad?
Natasha atizó a su hermano en el brazo y fingió regañarle.
—Jared, vamos. ¿Cómo va a saber Annabelle cómo funciona la aristocracia? ¡Se casó tan por encima de sus posibilidades que nunca le hizo falta!
Antes de que Annabelle pudiera asimilar aquellas hirientes palabras, Natasha se inclinó.
—Todo el mundo habría venido a ver al duque ermitaño, querida —susurró con claridad y lentitud, como si la pobre mujer fuera incapaz de comprender el más simple de los conceptos—. Podría haber aparecido desnudo y todos habríamos estado encantados de bailar con él y fingir no darnos cuenta.
—Con la fama de loco que tiene —añadió Amanda—, creo que casi esperábamos que apareciera desnudo.
El marido de Annabelle, heredero del marquesado de Wapping, se aclaró la garganta e intentó ignorar el insulto a su esposa.
—Bueno, ya ha bailado con un buen puñado de damas esta noche. —Se giró para mirar a Natasha—. Incluyéndola a usted, lady Natasha.
El resto del grupo soltó una risita nerviosa mientras Natasha se acicalaba; bueno, todos menos Annabelle, que miró a su marido con los ojos entrecerrados. Felicity encontró esa respuesta profundamente gratificante, ya que el marido en cuestión seguramente se merecía cualquier perverso castigo que su esposa estuviera maquinando por no haber saltado en su defensa.
Y ahora era demasiado tarde.
—Oh, sí —continuó Natasha, que se asemejaba cada vez más a un gato atusándose los bigotes después de comer—. Y debo añadir que es un conversador brillante.
—¿De verdad? —preguntó Amanda.
—Sí, lo es. Ni un indicio de locura.
—Eso es interesante, Tasha —respondió lord Hagin, como quien no quiere la cosa, para después darle un trago al champán y hacer más dramática su intervención—. Os observamos bailar y no nos pareció que te hablara ni una sola vez.
El resto del grupo se mofó y Natasha enrojeció.
—Bueno, estaba claro que deseaba hablar conmigo.
—Como el agua, por supuesto —bromeó su hermano, brindando hacia ella con su copa de champán.
—Y —continuó la joven—, me sostuvo con bastante fuerza. Era evidente que estaba luchando contra sus instintos para no estrecharme más de lo apropiado.
—Oh, sin duda… —La sonrisa de Amanda dejaba claro que no se había creído nada de lo que ella había dicho.
Puso los ojos en blanco mientras el resto del grupo se reía. Es decir, el resto del grupo menos uno.
Jared, lord Faulk, estaba demasiado ocupado mirando a Felicity.
Maldición.
Su mirada estaba llena de hambre y placer, e hizo que el estómago de Felicity cayera directamente hasta las piedras que había bajo sus pies. Había visto esa expresión mil veces antes. Solía quedarse sin aliento cuando aparecía, porque significaba que estaba a punto de ensartar a alguien con su malvado ingenio. Ahora se quedó sin aliento por una razón muy distinta.
—¡Escuchad! Pensaba que Felicity Faircloth se había marchado del baile hace siglos.
—Creía que la habíamos echado —dijo Amanda, que no podía ver lo que Jared sí estaba viendo—. De verdad. A su edad, y sin amigos con quien hablar, debería haber dejado de asistir a los bailes. Nadie quiere a una solterona merodeando por ahí. Es francamente deprimente.
Amanda siempre había tenido una habilidad asombrosa para hacer que las palabras hirieran como el viento de invierno.
—Y sin embargo, aquí está —respondió Jared con una mueca, mientras señalaba con la mano en dirección hacia donde ella estaba. Todo el grupo, junto con sus seis respectivas sonrisas, cuatro bien ensayadas y dos ciertamente incómodas, se volvió con espantosa lentitud—. Acechando entre las sombras, escuchando a escondidas.
Amanda observó una pequeña mota que había en uno de sus guantes, blancos como la espuma de mar.
—En serio, Felicity. Qué agobiante. ¿No hay nadie más a quien puedas espiar?
—¿Quizás un lord ignorante cuyas habitaciones desearías explorar? —añadió Hagin, quien sin duda pensaba que era muy inteligente.
No lo era, aunque el grupo pareció no darse cuenta, pues seguía con sus risitas y muecas. Felicity odió la ola de calor que se extendió por sus mejillas, una combinación de vergüenza por el comentario y por su propio pasado, por la forma en que ella también solía reírse y hacer muecas.
Se pegó a la pared, deseando poder desaparecer a través ella.
El ruiseñor que había escuchado antes volvió a cantar.
—Pobre Felicity —dijo Natasha al grupo con un tono de falsa compasión que hizo que la piel de Felicity se erizara—, siempre deseando ser alguien de importancia.
Y así, con aquella única expresión —de importancia—, Felicity descubrió que ya había tenido suficiente. Se acercó a la luz, con los hombros erguidos y la columna vertebral recta, y dirigió su mirada más fría hacia la mujer que una vez había considerado una amiga.
—Pobre Natasha —dijo, imitando el tono que ella acababa de emplear—. Vamos, ¿crees que no te conozco? Te conozco mejor que ninguno de los presentes. Soltera, igual que yo. Sosa, justo como yo. Muerta de miedo por quedarse sola. Como estaba yo. —Los ojos de Natasha se abrieron de par en par ante aquella descripción. Felicity se lanzó a dar la estocada final, deseando castigar a esa mujer más que a nadie, la mujer que había fingido tan bien ser su amiga para después herirla profundamente—. Y cuando lo estés, todos estos no te querrán.
El ruiseñor volvió a silbar. No. El ruiseñor no. Era un silbido diferente, grave y largo. Nunca había oído un pájaro así.
O tal vez fuera el tamborileo de su corazón el que hacía que el sonido fuera extraño. Envalentonada, se volvió hacia las últimas incorporaciones al grupo, cuyos ojos abiertos de par en par estaban fijos en ella.
—Sabéis, mi abuela solía decirme que tuviera cuidado. Le gustaba decirme que se podía juzgar a un hombre por sus amigos. Ese refrán es más que cierto con este grupo. Y deberíais tener cuidado de no mancharos con su hollín. —Se giró hacia la puerta—. Yo, por mi parte, me considero afortunada de haber escapado de ellos cuando lo hice.
Mientras se dirigía a la entrada del salón de baile, orgullosa de sí misma por haberse enfrentado a esas personas que la habían consumido durante tanto tiempo, las palabras que había escuchado antes resonaban en su interior: «Eres una mujer de importancia».
Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordarlas.
En efecto. Lo era.
—¿Felicity? —Natasha la llamó cuando llegó al umbral.
Ella se detuvo y después se giró.
—No te escapaste de nosotros —dijo la otra mujer—. Nosotros te expulsamos.
Natasha Corkwood era… tan… desagradable.
—Ya no te queríamos y te echamos —añadió Natasha, en un tono frío y cruel—. Igual que lo ha hecho el resto. Igual que lo seguirán haciendo siempre. —Se giró hacia sus amigos con una risa de extrema alegría—. ¡Mírala, pensando que puede competir por un duque!
Tan desagradable.
«¿Es lo mejor que puedes hacer?».
No. No lo era.
—El duque que tú quieres conseguir, ¿verdad?
Natasha sonrió con suficiencia.
—El duque que yo conseguiré.
—Me temo que llegas demasiado tarde —replicó Felicity sin pensárselo dos veces.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué? —terció Hagin. Hagin, con su cara engreída y su sofocante perfume y su pelo como el de un príncipe de cuento de hadas. Hizo aquella pregunta con sumo desdén, como si casi no se dignara a hablar con ella.
Como si no hubieran sido amigos antes.
Más tarde, culparía al recuerdo de aquella amistad por haberla obligado a dar esa respuesta. El susurro de la vida que había perdido en un instante, sin entender siquiera por qué. La devastadora tristeza que sintió después. La forma en que la habían catapultado a la ruina.
Después de todo, tenía que haber alguna razón para que dijera lo que dijo, considerando el hecho de que era una completa idiotez. Una locura absoluta.
Una mentira tan enorme que eclipsaba el sol.
—Llegas demasiado tarde para el duque —repitió aun a sabiendas de que debía impedir que aquellas palabras salieran de su boca. Pero eran como un caballo desbocado, que se había liberado de sus ataduras y corría libre y salvaje—. Porque ya lo he cazado yo.
Capítulo 3
La última vez que Diablo había estado en el interior de Marwick House fue la noche en que conoció a su padre.
Tenía diez años, y era demasiado mayor para quedarse en el orfanato donde había pasado toda su vida. Diablo había oído rumores de lo que les ocurría a los chicos que crecían fuera del orfanato. Se había preparado para huir, pues no estaba preparado para enfrentarse a la fábrica en la que, de ser ciertos los rumores, era probable que muriese y nadie encontrara su cuerpo.
Se había creído las historias.
Cada noche, sabiendo que era cuestión de tiempo que vinieran a por él, había ido empaquetando con cuidado sus pertenencias: un par de medias demasiado grandes que había robado de la lavandería, una corteza de pan o una galleta dura rescatada de las sobras de un almuerzo, un par de guantes usados por tantos chicos que no se podían ni contar y con tantos agujeros que apenas calentaban las manos y el pequeño alfiler dorado que había clavado en su pañal cuando lo encontraron de bebé y del que colgaba un bordado en el que había una magnífica «M» roja. El alfiler había perdido hace tiempo su barniz y tan solo quedaba el latón y la tela, que una vez había sido blanca, se había vuelto gris por la suciedad de sus dedos. Pero era lo único que Diablo poseía de su pasado, y la única fuente de esperanza que le quedaba para el futuro.
Cada noche se tumbaba en la oscuridad, escuchaba el sonido del llanto de los otros niños, y contaba los pasos para llegar desde su jergón al pasillo y desde el pasillo hasta la puerta. Salía y se adentraba en la noche. Era un excelente escalador y había decidido tomar los tejados en lugar de las calles; allí era menos probable que lo encontraran si lo perseguían.
Aunque parecía improbable que alguien lo persiguiera.
Parecía improbable que alguien lo quisiera.
Escuchó los pasos que sonaban por el pasillo. Venían a buscarlo para llevarlo a la fábrica. Giró hasta bajar por el lateral del jergón, se agachó, recogió sus cosas y se desplazó hasta colocarse de pie, pegado a la pared que había junto a la puerta.
La cerradura dio un chasquido y la puerta se abrió, dejando entrever el haz de luz de una vela, algo que nunca se veía en el orfanato después de oscurecer. Trató de escapar escurriéndose entre dos personas y llegó hasta la mitad del vestíbulo antes de que una mano fuerte se posara sobre su hombro y lo levantara del suelo.
Pataleó, gritó y se retorció tratando de morder aquella mano hiriente.
—Dios mío, este sí que es salvaje —dijo una profunda voz de barítono, y Diablo se quedó completamente quieto al escucharla.
Nunca había oído a nadie hablar un inglés tan perfecto y comedido. Dejó de tratar de morderle para girarse a mirar al hombre que lo sostenía: era alto como un árbol, estaba más limpio que nadie que él hubiese visto jamás, y sus ojos eran del color de las tablas del suelo de la sala donde se suponía que debían rezar.
Aunque él no era muy bueno rezando.
Alguien levantó la vela a la altura de la cara de Diablo, y la brillante llama le hizo encogerse.
—Es él —dijo el rector.
Diablo se giró de nuevo para enfrentarse a su captor.
—No voy a ir a la fábrica.
—Por supuesto que no —le respondió el extraño.
Le quitó el paquete a Diablo y lo abrió.
—¡Oye! ¡Son mis cosas!
El hombre lo ignoró, arrojó las medias y la galleta a un lado y levantó el alfiler para colocarlo junto a la luz. Diablo se enfureció ante la idea de que ese hombre, ese extraño, tocara lo único que tenía de su madre. Lo único que tenía de su pasado. Sus pequeñas manos se cerraron en puños y lanzó un golpe que fue a dar contra la cadera del hombre elegante.
—¡Eso es mío! ¡No te lo puedes quedar!
El hombre siseó de dolor.
—Jesús. Este demonio sí que sabe dar puñetazos.
El rector se acercó, nervioso.
—Eso no lo ha aprendido de nosotros.
Diablo frunció el ceño. ¿En qué otro lugar lo iba a aprender?
—Devuélvemelo.
El hombre bien vestido se acercó más a él y agitó el tesoro de Diablo en el aire.
—Tu madre te dio esto.
Diablo extendió la mano y le arrebató el paquete al hombre, pero odió la vergüenza que le provocaron aquellas palabras. Vergüenza y anhelo.
—Sí.
El hombre asintió.
—Te he estado buscando.
La esperanza estalló, cálida y casi dolorosa, en el pecho de Diablo.
El hombre continuó.
—¿Sabes lo que es un duque?
—No, señor.
—Lo sabrás —prometió.
Los recuerdos eran una mierda.
Diablo se deslizó por el largo pasillo de la planta superior de Marwick House mientras los acordes de la orquesta se colaban desde el piso inferior e inundaban la oscuridad. No había vuelto a pensar en la noche en que su padre lo encontró desde hacía más de una década. Tal vez más tiempo.
Pero en ese instante, en esa casa que, de alguna manera, conservaba su olor, recordó cada momento de aquella primera noche. El baño, la comida caliente, la cama blanda. Como si se hubiera dormido y despertado de un sueño.
Y es que aquella noche había sido un sueño.
La pesadilla había comenzado poco después.
Consiguió sacar aquel recuerdo de su mente al llegar al dormitorio principal. Puso la mano en el picaporte, lo giró rápida y silenciosamente, y entró.
Su hermano estaba de pie junto a la ventana con un vaso en la mano y el pelo rubio brillando bajo la luz de las velas. Ewan no se giró para enfrentarse a Diablo. En vez de eso, dijo:
—Me preguntaba si vendrías esta noche.
La voz era la misma. Cultivada, calculada y profunda, como la de su padre.
—Suenas igual que el duque.
—Soy el duque.
Diablo dejó que la puerta se cerrara tras él.
—Eso no es lo que quería decir.
—Sé lo que querías decir.
Diablo golpeó el suelo dos veces con el bastón.
—¿No hicimos un pacto hace años?
Marwick se giró para dejar ver un lado de su cara.
—Os he estado buscando durante doce años.
Diablo se dejó caer en el sillón bajo junto al fuego y extendió las piernas hacia el lugar donde estaba el duque.
—Ojalá lo hubiera sabido.
—Creo que sí lo sabíais.
Por supuesto que lo sabían. En el momento en que alcanzaron la mayoría de edad, un reguero de hombres había venido a husmear al barrio preguntando por un trío de huérfanos que podrían haber llegado a Londres años antes. Dos varones y una mujer, cuyos nombres nadie conocía en Covent Garden… Nadie aparte de los mismos bastardos.
Nadie aparte de los mismos bastardos y Ewan, el joven duque de Marwick, rico como un rey y con la edad suficiente para saber cómo utilizar bien el dinero.
Pero ocho años en aquel suburbio habían convertido a Diablo y a Whit en hombres tan poderosos como astutos, tan fuertes como intimidantes, y nadie hablaba de los Bastardos Bareknuckle por miedo a las represalias. Y mucho menos los forasteros.
Así que al enfriarse el rastro, los hombres que llegaban husmeando siempre abandonaban la búsqueda y se marchaban.
Esa vez, sin embargo, no era un empleado quien había ido a por ellos. Era el propio Marwick. Y con el mejor plan de todos.
—Supongo que pensaste que al anunciar que buscabas esposa, captarías nuestra atención —dijo Diablo.
Marwick se dio la vuelta.
—Ha funcionado.
—No puede haber herederos, Ewan —declaró Diablo, incapaz de usar el nombre del ducado en su cara—. Ese fue el trato. ¿Recuerdas la última vez que incumpliste un trato conmigo?
Los ojos del duque se oscurecieron.
—Sí.
Esa noche, Diablo había tomado todo lo que el duque amaba y había huido.
—¿Y qué te hace pensar que no lo haré de nuevo?
—Porque esta vez soy el duque —respondió Ewan—. Y mi poder se extiende mucho más allá de Covent Garden. No importa lo duros que sean tus puños en estos tiempos, Devon. Haré que el infierno caiga sobre ti. Y no solo sobre ti, sino también sobre nuestro hermano. Sobre vuestros hombres. Sobre vuestro negocio. Lo perderás todo.
«Valdría la pena».
Diablo entrecerró los ojos para mirar a su hermano.
—¿Qué es lo que quieres?
—Te dije que vendría a por ella.
«Grace». La cuarta de su banda, la mujer a la que Whit y Diablo llamaban hermana, aunque no compartían la misma sangre. La chica a la que Ewan había amado incluso entonces, cuando eran niños.
Grace, a quien los tres hermanos habían prometido proteger tantos años atrás, cuando eran jóvenes e inocentes, antes de que la traición rompiera su vínculo.
Grace, quien, ante la traición de Ewan, se había convertido en el secreto más peligroso del ducado. Porque era Grace quien representaba la verdad del ducado. Grace, nacida del matrimonio del anterior duque y su esposa, la duquesa. Grace, bautizada como su hija a pesar de ser, en cierta forma, ilegítima.
Pero era Ewan quien, ahora, años después, detentaba su nombre por bautismo. Quien ostentaba el título que no pertenecía a ninguno de ellos por derecho.
Y Grace era la prueba viviente de que Ewan le había usurpado el título, la fortuna y el futuro; un robo que la Corona no se tomaría a la ligera.
Un robo que, de ser descubierto, llevaría a Ewan a retorcerse al final de una cuerda en el exterior de Newgate.
Diablo miró a su hermano con los ojos entrecerrados.
—Nunca la encontrarás.
Los ojos de Ewan se oscurecieron.
—No le haré daño.
—Estás tan loco como va contando por ahí tu apreciada aristocracia si crees que nos vamos a creer eso. ¿No recuerdas la noche en que nos fuimos? Yo sí lo hago, cada vez que me miro en el espejo.
La mirada de Marwick se desvió hacia la retorcida cicatriz de la mejilla de Diablo, un poderoso recordatorio de lo poco que había significado la hermandad cuando llegó el momento de reclamar el poder.
—No tuve elección.
—Todos tuvimos elección esa noche. Tú escogiste tu título, tu dinero y tu poder. Y los tres te lo permitimos, aunque Whit quisiera borrarte del mapa antes de que la podredumbre de nuestro progenitor te consumiera. Te dejamos vivir a pesar de que tú preferías a las claras vernos muertos. Con una condición: nuestro padre estaba loco por un heredero y, aunque pudiera conseguir uno falso contigo, no tendría la satisfacción de que su linaje se perpetuara, ni siquiera estando él muerto. Siempre estaremos en lados opuestos de esta lucha, duque. La regla era que no hubiera herederos. La única regla. Te hemos dejado en paz todos estos años con tu título ilícito debido a ello. Pero quiero que sepas una cosa: si decides incumplirlo, te destrozaré y nunca encontrarás ni un ápice de felicidad en esta vida.
—¿Y crees que ahora estoy pletórico?
Maldición, Diablo esperaba que no. Esperaba que no hubiera nada que hiciera feliz al duque. Se había alegrado del legendario retiro de su hermano, pues sabía que Ewan vivía en la casa en donde los habían obligado a competir; los hijos bastardos sumidos en una batalla por la legitimidad, por el nombre, el título y la fortuna. Se les enseñó cómo bailar, cómo comportarse en la mesa y cómo hablar con elocuencia para ocultar la vergonzosa forma en que los tres habían nacido.
Esperaba que cada recuerdo de su juventud consumiera a su hermano, y él mismo se consumía de arrepentimiento por haberse permitido desempeñar el papel de complaciente hijo de un maldito monstruo.
No obstante, Diablo mintió.
—No me importa.
—Os he buscado durante más de una década, y ahora os he encontrado. Los Bastardos Bareknuckle, ricos y despiadados, que dirigen Dios sabe qué clase de red criminal en el corazón de Covent Garden, el lugar que me vio nacer, debo añadir.
—Te escupió en el momento en que lo traicionaste. Y a nosotros —le respondió Diablo.
—He hecho la misma pregunta de mil maneras diferentes. —Ewan se giró y se pasó la mano, nervioso, por su rubio cabello—. Nadie suelta prenda, ¿dónde está ella?
Había pánico en sus palabras, como si pudiera volverse loco si no recibía una respuesta. Diablo había vivido en la oscuridad lo suficiente como para entender a los locos y sus obsesiones. Agitó la cabeza y agradeció en silencio a los dioses que la gente del Garden les fuese fiel.
—Siempre fuera de tu alcance.
—¡Me la quitaste! —El pánico se convirtió en rabia.
—La alejamos del título —le contestó Diablo—. El que hizo enfermar a tu padre.
—También era tu padre.
Diablo ignoró la corrección.
—El título que te enfermó. El que te hizo estar dispuesto a matarla.
El duque se quedó mirando al techo durante un rato antes de proseguir.
—Debería haberte matado.
—Ella habría escapado.
—Debería matarte ahora.
—Entonces nunca la encontrarás.
Su mandíbula, tan parecida a la de su padre, se tensó. Su mirada adquirió una sombra de locura y después volvió a tornarse inexpresiva.
—Entonces entiende, Diablo, que no tengo interés en cumplir mi parte del trato. Tendré herederos. Soy un duque. Tendré esposa y un hijo dentro de un año. Renegaré de nuestro trato, a menos que me digas dónde está.
La rabia de Diablo se encendió y agarró con más fuerza la cabeza plateada de su bastón. Debería matar a su hermano ahora. Dejar que se desangrara en el maldito suelo y darle al fin su merecido a la línea sucesoria Marwick.
Comenzó a golpearse la punta de su bota negra con el bastón.
—Harías bien en recordar la información que tengo sobre ti, duque. Una palabra mía haría que te colgaran.
—¿Y por qué no la usas?
La pregunta no era desafiante, como Diablo habría esperado. Era más bien triste, como si Ewan fuera a aceptar la muerte. Como si la deseara.
Diablo ignoró aquel pensamiento.
—Porque jugar contigo es más entretenido.
Era mentira. Diablo habría destruido felizmente a este hombre, a quien una vez consideró su hermano. Pero todos esos años atrás, cuando él y Whit escaparon de la residencia de Marwick y se dirigieron a Londres y a su terrible futuro, prometiendo mantener a Grace sana y salva, habían hecho otra promesa, y esta era a la propia Grace.
No matarían a Ewan.
—Sí, creo que jugaré a tu estúpido juego —prosiguió Diablo, tras levantarse y dar dos golpes con su bastón en el suelo—. Subestimas el poder del hijo bastardo, hermano. Las damas adoran a los hombres dispuestos a llevarlas a pasear por la oscuridad. Estaré encantado de arruinar a tus futuras esposas. Una tras otra, hasta el fin de los tiempos. Sin pensármelo dos veces. Nunca engendrarás un heredero. —Se acercó a su hermano hasta quedar frente a frente con él—. Te quité a Grace delante de tus narices —susurró—. ¿Crees que no podré hacerlo con otras?
La mandíbula de Ewan se apretó en un arrebato de furia.
—Te arrepentirás de haberla alejado de mí.
—Nadie aleja a Grace de nadie. Ella fue quien decidió abandonarte. Eligió huir. No confiaba en que la mantuvieras a salvo. No cuando ella era la prueba de tu más oscuro secreto. —Hizo una pausa—. Robert Matthew Carrick.
La mirada del duque se nubló al escuchar ese nombre, y Diablo se preguntó si era posible que los rumores fueran ciertos. Si Ewan estaría loco de verdad.
No sería una sorpresa, dado el pasado que lo atormentaba. Que los atormentaba a todos.
Pero a Diablo no le importó, y continuó con su discurso.
—Ella nos eligió, Ewan. Y me aseguraré de que todas las mujeres a las que cortejes hagan lo mismo. Disfrutaré arruinando a cada una de ellas. Y al hacerlo, las estaré salvando de tu obsesión por el poder.
—¿Crees que tú no tienes la misma obsesión? ¿Crees que tú no la heredaste de nuestro padre? Os llaman «los reyes de Covent Garden», y todo lo que os rodea es poder, dinero y pecado.
Diablo sonrió con suficiencia.
—Ganado a pulso, Ewan.
—Robado, querrás decir.
—Tú sí que debes de saber mucho sobre futuros robados. Sobre nombres robados. Robert Matthew Carrick, duque de Marwick. Un bonito nombre para un niño nacido en un burdel de Covent Garden.
El duque frunció el ceño y sus ojos se oscurecieron.
—Entonces, que empiece el juego, hermano, ya que parece que me han regalado una prometida. lady Felicia Fairhaven o Fiona Farthing o algún otro nombre estúpido.
«Felicity Faircloth».
Así es como la habían llamado aquellos asnos en el balcón antes de destrozarla en pedazos y hacer que se sintiera obligada a prometerse al duque en un arrebato de insolencia. Diablo había sido testigo de cómo sucedía el desastre, pero había sido incapaz de evitar que se viera envuelta en los asuntos de su hermano. En sus propios asuntos.
—Si piensas convencerme de que no estás en el mercado para herir a las mujeres, involucrar a una joven inocente en esto no es la forma de hacerlo.
La mirada de Ewan encontró la suya al instante, y Diablo lamentó haber dicho aquello. Lo que Ewan parecía pensar que había insinuado.
—No le haré daño —anunció Ewan—. Me voy a casar con ella.
Aquella afirmación le molestó, pero Diablo hizo lo posible por ignorar aquel sentimiento. Felicity Faircloth, la del nombre estúpido, ya estaba involucrada hasta las cejas. Lo cual significaba que no tenía otro remedio que comprometerla.
Ewan siguió presionando.
—Su familia parece desesperada por cazar a un duque, tan desesperada que la misma dama nos ha declarado comprometidos esta noche. Y que yo sepa, ni siquiera nos hemos conocido. Evidentemente, es una bobalicona, pero no me importa. Los herederos son herederos.
No era una bobalicona. Era fascinante. Ingeniosa, curiosa y se sentía más cómoda en la oscuridad de lo que él habría imaginado. Y con una sonrisa que hacía que los hombres se fijasen en ella.
Era una lástima que tuviera que arruinarla.
—Encontraré a la familia de la joven y les ofreceré fortuna, título, todo. Lo que sea necesario. Las amonestaciones se publicarán el domingo —continuó Marwick con toda tranquilidad, como si estuviera hablando sobre el tiempo— y estaremos casados dentro un mes. Los herederos pronto vendrán en camino.
«Nadie vuelve a entrar a menos que atrape al mejor partido de todos».
Diablo escuchó cómo resonaban en su cabeza las palabras de Felicity. La mujer iba a estar encantada con ese giro de los acontecimientos. El matrimonio con Marwick le traería lo que ella deseaba, el regreso a la aristocracia como una heroína.
Solo que no regresaría.
Porque Diablo nunca lo permitiría, tuviera una sonrisa preciosa o no. Aunque la sonrisa facilitaría mucho la tarea de arruinarla.
Diablo frunció el ceño.
—Solo conseguirás herederos de Felicity Faircloth sobre mi propio cadáver.
—¿Crees que se quedará con Covent Garden en lugar de con Mayfair?
«Quiero volver a entrar».
Mayfair era todo lo que Felicity Faircloth deseaba. Lo único que debía hacer él era mostrarle que había más donde elegir. Pero antes de ello, lanzó su dardo más envenenado.
—Creo que no es la primera mujer que prefiere arriesgarse conmigo en vez de pasar toda una vida contigo, Ewan.
Y era cierto.
El duque miró hacia otro lado, a través de la ventana.
—Vete.
Capítulo 4
Felicity atravesó la puerta abierta del hogar de sus ancestros ignorando el hecho de que su hermano le pisaba los talones. Se detuvo para sonreír con educación al mayordomo, que seguía sosteniendo la puerta.
—Buenas noches, Irving.
—Buenas noches, milady —entonó el mayordomo, para después cerrar la puerta tras Arthur y girarse a recoger los guantes del conde—. Milord.
Arthur negó con la cabeza.
—No voy a quedarme, Irving. Solo estoy aquí para hablar con mi hermana.
Felicity se volvió para encontrarse con una mirada castaña idéntica a la suya.
—¿Ahora te gustaría hablar? De regreso a casa has estado callado.
—Yo no lo llamaría callado.
—¿Ah, no?
—No. Yo lo llamaría «enmudecido».
Ella se mofó mientras se quitaba los guantes, utilizando aquella excusa para no mirar a su hermano a los ojos y evitar la violenta culpa que la atormentaba solo de pensar en que debía hablar sobre la desastrosa velada que acababa de finalizar.
—Por Dios, Felicity, no estoy seguro de que haya un hermano en toda la cristiandad que pueda encontrar palabras para tu osadía.
—Oh, por favor. Solo he dicho una pequeña mentira. —Se dirigió a la escalera al tiempo que agitaba una mano en el aire y trataba de no parecer tan horrorizada como lo estaba—. Mucha gente ha hecho cosas mucho más escandalosas. Tampoco es que haya empezado a trabajar en un burdel.
Los ojos de Arthur casi se salieron de sus órbitas.
—¿Una pequeña mentira? —Antes de que ella pudiera responderle, prosiguió—: Y ni siquiera deberías conocer la palabra burdel.
Felicity miró hacia atrás; los dos escalones que había subido la hacían superar a su hermano en altura.
—¿En serio?
—En serio.
—Supongo que crees que no es apropiado que yo conozca la palabra burdel.
—No es que lo crea, es que lo sé. Y deja de decir burdel.
—¿Te hago sentir incómodo?
Su hermano la miró con los ojos entrecerrados.
—No, pero intuyo que esa es tu intención. Y no quiero que ofendas a Irving.
El mayordomo elevó las cejas.
Felicity se volvió hacia él.
—¿Te estoy ofendiendo, Irving?
—No más de lo habitual, milady —contestó el hombre mayor con seriedad.
Felicity soltó una risita mientras el hombre se marchaba.
—Me alegra que uno de los dos aún sea capaz de tomarse nuestra situación a risa. —Arthur miró hacia la gran lámpara de araña del techo antes de continuar—. Dios mío, Felicity.
Y de nuevo estaban donde habían empezado, con la culpa y el pánico y una cantidad no precisamente pequeña de miedo recorriendo todo su cuerpo.
—No quise decirlo.
Su hermano volvió a mirarla.
—¿Burdel?
—Oh, ¿ahora eres tú quien está de broma?
Él abrió los brazos.
—No sé qué más hacer. —Se detuvo, y luego pensó en algo más que añadir. Lo más obvio—. ¿Cómo es posible que pensaras…?
—Lo sé —le interrumpió ella.
—No, no creo que lo sepas. Lo que has hecho es…
—Lo sé —insistió.
—Felicity, le has contado a todo el mundo que te vas a casar con el duque de Marwick.
Se sentía bastante mareada.
—No a todo el mundo.
—No, solo seis de los peores cotillas. A ninguno de los cuales le caes bien, debo añadir, así que no habrá manera de silenciarlos. —El recuerdo del odio que sentían hacia ella no estaba ayudando a que sus entrañas se calmaran. Sin embargo, Arthur continuó presionando sin percatarse de ello—. Tampoco es que importe. Bien podrías haberlo gritado desde la plataforma de la orquesta, a juzgar por la velocidad con la que atravesó el salón de baile. Tuve que salir corriendo de allí antes de que Marwick me buscara para pedirme explicaciones. O, lo que es peor, antes de que se levantara delante de todos los invitados y te llamara mentirosa.
Había sido un terrible error. Lo sabía. Pero habían conseguido que se enfadara tanto. Y habían sido tan crueles. Y se sentía tan sola.
—No pretendía…
Arthur lanzó un largo y pesado suspiro, como si llevara una carga invisible a cuestas.
—Nunca lo pretendes.
Lo dijo tan bajito que parecía un susurro, casi como si no deseara que Felicity lo escuchara. O como si no estuviera allí. Pero lo estaba, por supuesto. Puede que siempre lo estuviera.
—Arthur…
—No pretendías que te descubrieran en la alcoba de un hombre…
—Ni siquiera sabía que era una alcoba.
Era una puerta cerrada con llave. En la planta superior del salón de baile donde le habían roto el corazón. Por supuesto, Arthur nunca lo entendería. En su mente, aquello había sido una estupidez. Y tal vez lo fuera.
Pero ahora ya había cambiado de tema.
—No pretendiste rechazar tres ofertas sumamente adecuadas en los meses siguientes.
Su columna vertebral se enderezó. Eso sí había querido hacerlo.
—Eran ofertas sumamente adecuadas si te gustan la vejez o la ineptitud.
—Eran hombres que deseaban casarse contigo, Felicity.
—No, eran hombres que deseaban casarse con mi dote. Deseaban hacer negocios contigo —señaló. Arthur poseía una mente privilegiada para los negocios y era capaz de convertir las plumas de ganso en oro—. Uno de ellos incluso me dijo que podía seguir viviendo aquí, si así lo deseaba.
Las mejillas de su hermano adquirieron un tono rojizo.
—¡¿Y qué tiene eso de malo?!
Ella parpadeó varias veces.
—¿Te refieres a vivir separada de mi marido en un matrimonio sin amor?
—Por favor —se burló—, ¿ahora hablamos de amor? Es mejor que te vayas metiendo tú misma en el florero, ya puestos.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Por qué? Tú tienes amor.
Arthur exhaló con fuerza.
—Eso es diferente.
Años atrás, Arthur se había casado con lady Prudence Featherstone. Lo suyo había sido un reconocido matrimonio por amor. Pru era la chica que había vivido en la ruinosa residencia que había al lado de la casa de campo del padre de Arthur y Felicity. Todo Londres suspiraba cuando nombraba a Arthur, el joven y brillante conde de Grout, heredero de un marquesado, y a Prudence, su pobre pero encantadora esposa, que no había tardado en dar a luz al heredero de su enamorado marido y que estaba actualmente en casa, esperando el nacimiento del segundo, que le serviría de repuesto.
Pru y Arthur se adoraban de una manera irracional, hasta tal punto que nadie lo creería de no haber sido testigo. Nunca discutían, disfrutaban de las mismas cosas y a menudo se les podía ver juntos por los rincones de los salones de baile de Londres, pues preferían su mutua compañía a la de cualquier otra persona.
Era nauseabundo, de verdad.
Pero no podía ser tan inalcanzable, ¿no?
—¿Por qué?
—Porque conozco a Pru de toda la vida, y el amor no es algo que le suceda a todo el mundo. —Hizo una pausa y luego agregó—: Y aun cuando sucede, suele venir acompañado de sus propios problemas.
Ella ladeó la cabeza ante aquellas palabras. ¿Qué significaban?
—¿Arthur?
Él agitó la cabeza, negándose a contestar.
—El caso es que tienes veintisiete años, y ya va siendo hora de que dejes de titubear y te cases con un hombre decente. Por supuesto, ahora lo has hecho casi imposible.
Pero ella no quería a un anciano de marido. Quería más que eso. Quería a un hombre que pudiera…, ni siquiera lo sabía. Un hombre que pudiera hacer algo más que casarse con ella y dejarla sola durante el resto de su vida, eso estaba claro.
Sin embargo, no quería que su familia sufriera a causa de sus locuras. Se miró las manos y dijo la verdad.
—Lo siento.
—Tu arrepentimiento no es suficiente.
La respuesta fue brusca. Más de lo que se hubiera esperado de su hermano gemelo, que había permanecido a su lado desde el nacimiento. Incluso antes. Buscó su mirada castaña, una mirada que conocía al dedillo puesto que era igual que la suya, y lo vio. Incertidumbre. No. Peor. Decepción.
Descendió un escalón para acercarse a él.
—Arthur, ¿qué ha pasado?
Él tragó saliva y negó con la cabeza.
—No es nada. Yo solo… pensé que tal vez teníamos una oportunidad.
—¿Con el duque? —Sus ojos se agrandaron de incredulidad—. No la teníamos, Arthur. Ni siquiera antes de decir lo que dije.
—Con… —Hizo una pausa, serio—. Con un buen partido.
—¿Acaso había un grupo de hombres reclamando conocerme esta noche?
—Estaba Matthew Binghamton.
Ella parpadeó.
—El señor Binghamton es terriblemente aburrido.
—Es tan rico como un rey —le recordó su hermano.
—No lo suficientemente rico como para que me case con él, me temo. La riqueza no compra la personalidad. —Cuando Arthur gruñó, ella continuó—. ¿Tan malo sería que me quedara soltera? Nadie te culpará porque sea incasable. Mi padre es el marqués de Bumble, y tú eres conde y heredero. Podemos prescindir de un buen partido, ¿no?
Aunque estaba totalmente avergonzada por lo que había sucedido, había una parte no pequeña de ella que sentía bastante agradecida por haber terminado con aquella farsa.
Él parecía estar pensando en otra cosa. Algo importante.
—¿Arthur?
—También estaba Friedrich Homrighausen.
—Friedrich… —Felicity ladeó la cabeza, sumida en la confusión—. Arthur, herr Homrighausen llegó a Londres hace una semana. Y no habla inglés.
—No parecía tener problemas con eso.
—¿Y no se te ocurrió que yo sí podría tener problemas con eso, ya que no hablo alemán?
Él levantó un hombro.
—Podrías aprender.
Felicity volvió a parpadear.
—Arthur, no siento ningún deseo de vivir en Baviera.
—He oído que es un lugar muy bonito. Se dice que Homrighausen tiene un castillo —hizo un ademán con la mano—, con torrecillas.
Inclinó la cabeza.
—¿Es que estoy en el mercado en busca de torrecillas?
—Puede que lo estés.
Felicity observó a su hermano durante un rato mientras alguna absurda idea le rondaba la mente, algo que no podía pronunciar en voz alta, así que se decidió.
—¿Arthur?
Antes de que pudiera responder retumbaron media docena de ladridos desde el piso superior, seguidos de unas palabras.
—Oh, santo cielo. Supongo que el baile no salió como estaba planeado, ¿verdad? —La pregunta bajó por la barandilla del primer piso tras las patas de los tres perros salchicha de pelo largo, el orgullo de la Marquesa de Bumble, quien, a pesar de tener la nariz roja por un resfriado que la había mantenido en casa, apareció con toda su elegancia, envuelta en una hermosa bata de color vino y con el pelo plateado cayéndole por los hombros.
—¿Has conocido al duque?
—De hecho, no —respondió Arthur.
La marquesa se giró para lanzar una mirada de decepción a su única hija.
—Oh, Felicity. Eso no puede ser. Los duques no crecen en los árboles, ya lo sabes.
—¿Ah, no? —preguntó ella con descaro, deseando que su gemelo permaneciera callado mientras ella trataba de ahuyentar a los perros, que ya se habían levantado sobre sus patas traseras y estaban pisoteándole el vestido—. ¡Abajo! ¡Fuera!
—No eres tan divertida como crees —continuó su madre, ignorando el asalto canino que se estaba produciendo abajo—. Puede que haya un duque disponible al año. ¡Algunos años, ni siquiera eso! Y ya perdiste tu oportunidad el año pasado.
—El duque de Haven ya estaba casado, madre.
—¡No lo digas como si yo no lo recordara! —señaló—. Me gustaría darle una buena charla por cómo te cortejó sin tener siquiera la intención de casarse contigo.
Felicity ignoró el soliloquio que, de todas formas, ya había escuchado miles de veces. No la habrían enviado a competir por la mano del duque de no ser porque no había otros maridos que clamaran por ella, por lo que no le importó demasiado que él hubiera elegido seguir casado con su esposa.
Aparte de que la duquesa de Haven le caía bastante bien, también aprendió una lección importante sobre la institución del matrimonio: que un hombre perdidamente enamorado era un marido extraordinario.
No es que Felicity fuera a tener la oportunidad de encontrar a un marido perdidamente enamorado. Ese barco en concreto acababa de zarpar esa noche. Bueno, había zarpado meses atrás, para ser sincera, pero esa noche se había enterrado a sí misma para siempre.
—Estoy mezclando metáforas.
—¿Qué? —gruñó Arthur.
—¿Que tú qué? —repitió su madre.
—Nada. —Hizo un ademán con la mano—. Estaba pensando en voz alta.
Arthur suspiró.
—Por el amor de Dios, Felicity. Eso no te va a ayudar a atrapar al duque —dijo la marquesa.
—Madre, Felicity no va a atrapar al duque.
—Con esa actitud seguro que no —respondió su madre—. ¡Nos invitó a un baile! ¡Todo Londres cree que está buscando esposa! ¡Y tú eres la hija de un marqués, hermana de un conde y tienes todos los dientes!
Felicity cerró los ojos por un instante, tratado de controlar las ganas de gritar, llorar, reír o hacer las tres cosas al mismo tiempo.
—¿Es eso lo que quieren los duques hoy en día? ¿Que tengamos todos los dientes?
—¡Pues es una parte importante, sí! —insistió la marquesa, y sus palabras llenas de pánico se convirtieron en una tos descontrolada. Sacó un pañuelo para cubrirse la boca—. ¡Maldito frío! ¡Si no hubiera tenido que quedarme en casa os habría presentado yo misma hoy!
Felicity dio gracias en silencio al dios que había hecho llegar el resfriado a Bumble House dos días atrás, ya que si no se habría visto obligada a bailar o incluso a tomar ratafía con el duque de Marwick.
Y a nadie le gustaba la ratafía. El motivo por el que estaba presente en todos y cada uno de los bailes seguía siendo una incógnita para Felicity.
—No podrías habernos presentado —le dijo al fin—. Todavía no conoces a Marwick. Nadie lo conocía. Porque es un ermitaño y un loco, si hemos de dar crédito a los rumores.
—Nadie se cree los rumores.
—Madre, todo el mundo cree en los rumores. Si no lo hicieran… —Se detuvo mientras la marquesa estornudaba—. ¡Jesús!
—Si Jesús tuviera algo que ver, ya se habría encargado él de casarte con el duque de Marwick.
Felicity puso los ojos en blanco.
—Madre, después de esta noche, si el duque de Marwick mostrara algún interés en mí sería un claro indicio de que es el tipo de loco de remate que corretea por esa enorme casa que tiene y colecciona mujeres solteras para ponerles vestidos bonitos y exponerlas en su museo privado.
Arthur parpadeó.
—Eso es un poco grotesco.
—Tonterías —dijo su madre—. Los duques no coleccionan mujeres. —Se detuvo antes de proseguir—. Espera, ¿después de esta noche?
Felicity se quedó en silencio.
—¿Arthur? —le instigó—. ¿Qué ha pasado esta noche?
Felicity le dio la espalda a su madre y miró a su hermano con los ojos muy abiertos y suplicantes. No podía soportar tener que relatarle la desastrosa noche a su madre. Para eso, antes necesitaba dormir. Y posiblemente un poco de láudano.
—Sin incidentes, ¿no es así, Arthur?
—Qué lástima —respondió la marquesa—. ¿No ha picado nadie más?
—¿Nadie más? —repitió Felicity—. Arthur, ¿tú también estás buscando un marido?
Arthur se aclaró la garganta.
—No.
Las cejas de Felicity se levantaron.
—¿No, a quién de las dos?
—No a mamá.
—Oh —replicó la marquesa desde su elevada posición—. ¿Ni siquiera Binghamton? ¿O el alemán?
Felicity parpadeó.
—El alemán. Herr Homrighausen.
—¡Dicen que tiene un castillo! —chilló la marquesa antes de sumirse en otro ataque de tos, seguido de un coro de ladridos.
Felicity ignoró a su madre y no dejó de observar a su hermano, que hizo todo lo posible para evitar mirarla antes de responder al fin con tono irritado.
—Sí.
La palabra desbloqueó el pensamiento que había estado rondándole antes por la cabeza a Felicity.
—Son ricos.
Arthur le lanzó una mirada enfurruñada.
—No sé a qué te refieres.
Ella se giró hacia su madre.
—El señor Binghamton, herr Homrighausen, el duque de Marwick. —Miró a Arthur de nuevo—. Ninguno de ellos es mi pareja ideal. Pero todos son ricos.
—¡Cielos, Felicity! ¡Las damas no hablan sobre la situación financiera de sus pretendientes! —gritó la marquesa, y sus perros salchicha ladraron y brincaron en torno a ella como pequeños y rechonchos querubines.
—Pero no son mis pretendientes, ¿verdad? —preguntó. De repente lo comprendió todo, y dirigió una mirada acusatoria a su hermano —. Y si lo fueran, esta noche lo he echado todo a perder.
La marquesa jadeó al escucharla.
—¿Qué has hecho esta vez?
Felicity ignoró el tono, como si ya hubiera esperado que hiciera algo para espantar a sus pretendientes. El que hubiera sido justo eso lo que hizo era del todo irrelevante. Lo que importaba era lo siguiente: que su familia le ocultaba secretos.
—¿Arthur?
Arthur se volvió para mirar a su madre, y Felicity reconoció la mirada de súplica frustrada de cuando eran niños, como cuando robaba la última porción de tarta de cereza o cuando le pedía que la dejaran ir con él y sus amigos al estanque por la tarde. Siguió su mirada hasta donde se encontraba su madre, vigilando desde arriba y, por un momento, se preguntó cuántas veces habían estado ya en aquella misma posición, los niños abajo y uno de sus padres arriba, como Salomón, esperando una solución a sus ínfimos problemas.
Pero este problema no era ínfimo.
A juzgar por la mirada de impotencia de su madre, el problema era más grande de lo que Felicity se había imaginado.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Felicity antes de colocarse justo frente a su hermano—. No. A ella no. Es evidente que yo también estoy metida en esto, así que me gustaría saber qué ha pasado.
—Yo podría preguntar lo mismo —replicó su madre desde arriba.
Felicity no la miró al responder.
—Le dije a todo Londres que me iba a casar con el duque de Marwick.
—¡¿Que has hecho qué?!
Los perros comenzaron a ladrar de nuevo, esta vez enloquecidos, mientras su ama se sumía en otro ataque de tos. Aun así, Felicity no apartó la vista de su hermano.
—Lo sé. Es terrible. He armado un buen lío. Pero no soy la única… ¿verdad? —La mirada culpable de Arthur se encontró con la suya, y ella repitió—: ¿Verdad?
Él inspiró profundamente y luego soltó todo el aire con lentitud y frustración.
—No.
—Algo ha sucedido.
Él asintió.
—Algo relacionado con el dinero.
Otro asentimiento.
—Felicity, no hablamos de dinero con los hombres.
—Si es así, madre, deberías marcharte, porque tengo la intención de continuar con esta conversación. —Los ojos marrones de Arthur se encontraron con los de ella—. Algo relacionado con el dinero.
Él desvió la mirada hacia la parte trasera de la casa, donde había un largo y oscuro pasillo que finalizaba en una escalera que subía a los aposentos del servicio, donde dormía una docena de sirvientes sin saber que su destino estaba en juego. Igual que lo había hecho Felicity hasta ahora, hasta que su hermano, a quien ella amaba con todo su corazón, asintió por última vez.
—No tenemos nada —dijo.
Ella parpadeó ante aquellas palabras; por más que había reclamado una respuesta, esta era más impactante de lo que esperaba.
—¿Qué quieres decir?
Él se giró, frustrado, y se pasó las manos por el pelo antes de volverse de nuevo hacia ella con los brazos abiertos.
—¿Que qué quiero decir? Que no hay dinero.
Ella descendió del todo la escalera, agitando la cabeza.
—¿Cómo es posible? Eres Midas.
Él rio, aunque fue un sonido totalmente exento de humor.
—Ya no lo soy.
—No es culpa de Arthur —anunció la marquesa de Bumble desde el rellano—. No sabía que era un mal negocio. Pensó que los otros hombres eran de confianza.
Felicity sacudió la cabeza.
—¿Un mal negocio?
—No fue un mal negocio —replicó él en voz baja—. No me estafaron. Yo solo… —Ella se acercó a él y extendió un brazo para tratar de consolarlo. Y luego añadió—: Nunca imaginé que lo perdería.
Ella tomó las manos de él entre las suyas.
—Todo irá bien —afirmó en voz baja—. Solo has perdido algo de dinero.
—Todo el dinero. —Miró sus manos entrelazadas—. Por Dios, Felicity. Pru no puede enterarse.
Felicity no creía que a su cuñada le importara lo más mínimo que Arthur hubiera hecho una mala inversión. Le sonrió.
—Arthur. Eres el heredero de un marquesado. Papá te ayudará a recuperar tu negocio y tu reputación. Hay tierras. Casas. Todo se arreglará por sí solo.
Arthur negó con la cabeza.
—No, Felicity. Papá invirtió conmigo. Todo se ha esfumado. Solo nos queda el título.
Felicity parpadeó y se giró al fin hacia su madre, que seguía de pie con una mano sobre su pecho, y asintió.
—Todo.
—¿Cuándo?
—No es importante.
Ella se volvió hacia su hermano.
—De hecho, creo que sí que lo es. ¿Cuándo?
Él tragó saliva.
—Hace dieciocho meses.
La mandíbula de Felicity se desencajó. Dieciocho meses. Le habían mentido durante un año y medio. Habían tratado de casarla con un montón de hombres totalmente inadecuados para ella, y después la habían enviado a una ridícula fiesta en una residencia campestre para que se uniera a otras cuatro mujeres que intentaban convencer al duque de Haven de que aceptara a alguna de ellas como su segunda esposa. Debería de haberlo adivinado entonces, justo en el momento en que su madre, quien adoraba los buenos modales, a sus perros y a sus hijos —en ese orden—, le había sugerido que la idea de que Felicity compitiese por la mano del duque era sensata.
Debería de haberlo sabido cuando su padre se lo permitió.
Cuando su hermano se lo permitió.
Ella lo miró.
—El duque era rico.
Él pestañeó.
—¿Cuál de todos?
—Los dos. El del verano pasado. El de esta noche.
Su hermano asintió.
—Y todos los demás.
—Eran lo suficientemente ricos.
La sangre le llegó hasta los oídos.
—Tenía que casarme con uno de ellos.
Él asintió de nuevo.
—Y ese matrimonio llenaría las arcas.
—Esa era la idea.
La habían estado usando durante un año y medio. Haciendo planes sin que ella lo supiera. Durante un año y medio. Solo había sido un peón en el juego. Negó con la cabeza.
—¿Cómo no me dijiste que el objetivo era casarme a cualquier precio?
—Porque no lo era. No podría casarte con cualquiera…
Se percató de que dudaba al final de la frase.
—Sin embargo…
Suspiró e hizo un gesto con la mano.
—Sin embargo.
Escuchó las palabras que se quedaron sin pronunciar.
«Necesitábamos ese compromiso».
No había dinero.
—¿Qué hay de los sirvientes?
Él movió la cabeza.
—Hemos recortado el personal en todas partes menos aquí.
Felicity imitó el gesto de su hermano y se volvió hacia su madre.
—Todas esas excusas…, las innumerables razones por las que no nos fuimos al campo.
—No queríamos preocuparte —le respondió ella—. Ya estabas tan…
«Abandonada. Acabada. Olvidada».
Volvió a sacudir la cabeza.
—¿Y los arrendatarios?
Los arduos trabajadores del campo. Que dependían del título para subsistir. Para protegerlos.
—Ahora se quedan con lo que consiguen —respondió Arthur—. Son ellos quienes comercian con su propio ganado y arreglan sus propias casas.
Estaban protegidos, pero no por el título al que estaba atada la tierra.
No había dinero. Nada que pudiera salvaguardar las tierras para las futuras generaciones, para los hijos de los arrendatarios. Para el hijo pequeño de Arthur y el segundo que estaba en camino. Para su propio futuro, si no se casaba.
«No podemos permitirnos otro escándalo».
Las palabras de Arthur volvieron resonar en su interior de manera inesperada, pero esta vez con un nuevo significado, más literal.
Era el siglo XIX, y ostentar un título no aseguraba un estilo de vida acorde con él, como antes solía ocurrir; había aristócratas empobrecidos por todo Londres, y pronto, la familia Faircloth se añadiría a sus filas.
No era culpa de Felicity, pero, de alguna manera, sentía que lo era.
—Y ahora no me aceptarán.
Arthur desvió la mirada, avergonzado.
—Ahora no te aceptarán.
—Porque he mentido.
—¿Qué se te pasó por la cabeza para contar una mentira tan espantosa? —clamó su madre casi sin aliento por el pánico.
—Supongo que lo mismo que os pasó por la cabeza cuando decidisteis ocultarme un secreto tan espantoso —le respondió Felicity, presa de la frustración—: Desesperación.
Rabia. Soledad. El deseo de formarse un futuro sin pensar siquiera en qué podría ocurrir después.
Su gemelo le lanzó una mirada clara y honesta.
—Ha sido un error.
Ella alzó la barbilla, y una intensa sensación de rabia y terror la inundó.
—El mío también.
—Debería habértelo contado.
—Hay muchas cosas que ambos deberíamos haber hecho.
—Pensé que podría protegerte… —comenzó, y Felicity alzó las manos para detenerlo.
—Pensaste que podrías protegerte a ti. Pensaste que podrías ahorrarte el tener que contarle a tu esposa, a quien se supone que adoras, toda la verdad sobre ti. Pensaste que podrías ahorrarte la vergüenza.
—No solo la vergüenza. La preocupación. Soy su marido. Soy quien debe cuidarla. Cuidarlos a todos.
Una esposa. Un niño. Otro en camino.
Felicity sintió una punzada de tristeza, de compasión, teñida con su propia decepción. Su propio miedo. Su propia culpa por comportarse de manera tan impulsiva, por hablar tan alto, por haber cometido un error tan grande.
Arthur continuó después de que se hiciera un silencio.
—No debería haber pensado en usarte.
—No —le respondió ella, lo suficientemente enfadada como para no permitirle salir airoso—. No deberías haberlo hecho.
Soltó otra carcajada desprovista de humor.
—Supongo que me merezco lo que se avecina. Después de todo, no te vas a casar con un duque rico. Ni con nadie que sea rico, ya que estamos. Y no deberías verte obligada a rebajar tus expectativas.
Pero ahora Felicity había propagado una enorme mentira y había arruinado cualquier posibilidad de que sus expectativas se cumplieran, y con ello también cualquier posibilidad de que su familia tuviera el futuro asegurado. Nadie la aceptaría; no solo estaba marcada por su comportamiento pasado, sino también había mentido. Públicamente. Sobre su matrimonio con un duque.
Ningún hombre en su sano juicio juzgaría ese pecado como expiable.
Adiós, expectativas.
—No merece la pena siquiera pensar en las expectativas si no tenemos un techo sobre nuestras cabezas. —La marquesa suspiró, como si pudiera leer los pensamientos de Felicity desde arriba—. Por Dios, Felicity, ¿qué se te pasaría por la cabeza?
—No importa, madre —intervino Arthur antes de que Felicity pudiera responder.
Arthur, siempre protegiéndola. Siempre tratando de protegerlos a todos, el idiota.
—Tienes razón. —La marquesa suspiró—. Supongo que a estas horas ya le habrá abierto los ojos a toda la alta sociedad al respecto, y nosotros volveremos al lugar que nos corresponde: el del escándalo.
—Probablemente —terció Felicity.
La culpa, la furia y la frustración se agolpaban en su interior. Después de todo, como mujer, tenía un objetivo singular en situaciones como esa… Casarse por dinero y devolver el honor y la riqueza a su familia.
Salvo que, después de esa noche, ya nadie querría casarse con ella.
Al menos, nadie en su sano juicio.
Arthur sintió aversión por el rumbo que estaba tomando la conversación y le colocó las manos sobre los hombros, para después inclinarse y darle un beso casto y fraternal en la frente.
—Estaremos bien —declaró con firmeza—. Encontraré otra solución.
Ella asintió, tratando de ignorar las lágrimas que amenazaban con manar de sus ojos. Sabía que ya habían pasado dieciocho meses, y que la mejor solución que Arthur había encontrado era casarla.
—Vete a casa con tu esposa.
Él tragó saliva al escucharla, al recordar a su hermosa y amante esposa, que no sabía nada del lío en el que se habían metido. Qué afortunada, Prudence. Cuando Arthur fue capaz de encontrar la voz, volvió a hablar en susurros.
—No puede saberlo.
El miedo que manaba de sus palabras era palpable. Horrible.
En qué lío estaban metidos.
Felicity asintió.
—Guardaremos el secreto.
Cuando la puerta se cerró tras él, Felicity se levantó las faldas. Las faldas de un vestido de la temporada pasada que había sido modificado para que estuviera a la moda antes que retirarlo y sustituirlo por otro nuevo. ¿Cómo no se había dado cuenta? Subió las escaleras con los perros zigzagueando delante de ella.
Cuando llegó al rellano, se enfrentó a su madre.
—Tus perros están tratando de matarme.
La marquesa asintió, agradeciendo el cambio de tema.
—Es posible. Son muy inteligentes.
Felicity forzó una sonrisa.
—Tus mejores hijos.
—Dan menos problemas que el resto —replicó su madre, inclinándose y recogiendo uno de los largos y peludos animales entre sus brazos—. ¿Era muy apuesto el duque?
—Apenas lo vi entre la multitud, pero eso parecía.
De repente, Felicity se encontró pensando en el otro hombre. El que estaba entre las sombras. El único al que deseaba haber visto. Parecía mágico, como si de una llama invisible se tratara.
Pero si esa noche había aprendido algo, era que la magia no era real.
Lo real eran los problemas.
—Lo único que deseábamos era encontrar un buen partido.
Las palabras de su madre interrumpieron sus pensamientos, y los labios de Felicity se torcieron.
—Lo sé.
—¿Ha sido tan malo como suena?
«No te escapaste de nosotros. Nosotros te expulsamos».
«Felicity, la acabada. Felicity, la olvidada. Felicity, la abandonada».
«Llegas demasiado tarde para el duque, porque ya lo he cazado yo».
Felicity asintió.
—Ha sido peor.
Recorrió los oscuros pasillos hasta llegar a su dormitorio. Al entrar en aquella habitación poco iluminada, arrojó los guantes y el retículo sobre la pequeña mesa que estaba justo al pasar la puerta, la cerró para apoyarse sobre ella. Finalmente logró soltar el aire que había estado reteniendo desde que se había vestido para el baile de Marwick horas atrás.
Se dirigió hacia la cama a oscuras y se echó boca arriba. Observó el dosel durante un rato mientras rememoraba los horribles eventos de la noche.
—Qué desastre…
Por un fugaz instante imaginó lo que haría si no fuera ella misma: demasiado alta, demasiado sosa, demasiado mayor y sincera, una verdadera florero, sin esperanza de conquistar a un soltero de buena posición. Se imaginó que salía a hurtadillas de la casa y volvía a la escena de su devastador crimen.
Que obtenía una fortuna para su familia, y el mundo entero para ella misma.
Quería más de lo que podría conseguir.
Si ella fuera diferente, podría hacerlo. Podría encontrar y conquistar al duque. Podría ponerlo de rodillas. Si fuera hermosa, ingeniosa y brillante. Si estuviera en el centro y no en una esquina del mundo. Si se encontrara dentro de la sala, y no mirando a través del ojo de la cerradura.
Si fuera capaz de incitar pasiones como las que había visto consumir a un hombre, igual que la magia. Igual que el fuego. Que una llama.
Su estómago se revolvió al pensarlo, al imaginar aquella posible fantasía. El placer que le provocaría, algo que nunca se había permitido imaginar. Un duque, desesperado por ella.
«El mejor partido de todos».
—Si tan solo fuera fuego —le dijo al dosel—. Eso lo resolvería todo.
Pero era imposible. Y se imaginó un tipo de fuego diferente, capaz de atravesar Mayfair y calcinar su futuro y el de su familia.
Se imaginó los apodos.
«Felicity, la mentirosa».
«Felicity, la farsante».
—Por el amor de Dios, Felicity —susurró.
Permaneció allí, avergonzada y llena pánico, mientras daba vueltas a su futuro durante un buen rato hasta que el aire se volvió pesado y pensó en dormir con el vestido puesto antes que llamar a una doncella para que la ayudara a quitárselo. Pero pesaba y le apretaba, y el corsé le dificultaba la respiración.
Con un gemido, se sentó, encendió la vela que había en la mesilla de noche y fue a tirar de la cuerda para llamar a la criada.
Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarla, una voz sonó desde la oscuridad.
—No debería contar mentiras, Felicity Faircloth.
Capítulo 5
Felicity dio un salto en el aire, lanzó un grito al escucharlo y se giró para mirar hacia el extremo de la habitación que estaba sumido en la oscuridad, donde no parecía haber nada fuera de lugar.
Tras levantar la vela escudriñó las esquinas y la luz llegó al fin hasta un par de brillantes botas negras que se estiraban y cruzaban a la altura del tobillo, así como hasta el refulgente extremo plateado de un bastón que descansaba sobre la punta de uno de los pies.
«Es él».
Ahí. En su dormitorio. Como si fuera completamente normal.
Nada de lo sucedido aquella noche era normal.
El corazón comenzó a latirle con más fuerza que lo había hecho un rato antes, esa misma noche, y retrocedió hacia la puerta.
—Creo que se ha equivocado de casa, señor.
Las botas no se movieron.
—Estoy en la casa correcta.
Ella parpadeó varias veces.
—Entonces no hay duda de que debe de haberse equivocado de habitación.
—También estoy en la habitación correcta.
—Esta es mi alcoba.
—No podía llamar a la puerta en plena noche para pedir una audiencia con usted, ¿verdad? Escandalizaría a los vecinos y, entonces, ¿dónde quedaría su reputación?
Se abstuvo de señalar que los vecinos iban a escandalizarse de todos modos a la mañana siguiente, cuando todo Londres supiera que había mentido.
Aunque él pareció adivinar lo que estaba pensando.
—¿Por qué ha mentido?
Ella hizo caso omiso a la pregunta.
—No hablo con extraños en mi alcoba.
—Pero no somos extraños, querida.
El extremo plateado del bastón golpeó la punta de su bota con un ritmo lento y uniforme.
Ella torció los labios.
—No tengo tiempo para gente de poca importancia.
Aunque él seguía en la oscuridad, casi podía verle sonreír.
—Y esta noche lo ha demostrado, ¿verdad, Felicity Faircloth?
—No soy la única que ha mentido. —Entrecerró los ojos para observar en la oscuridad—. Sabía quién era yo.
—Pero sí es la única cuya mentira es tan grande que podría acabar con esta casa.
Ella frunció el ceño.
—Me ha vencido, señor. ¿Con qué fin? ¿Quiere asustarme?
—No. No deseo asustarla.
La voz del hombre era pesada como la oscuridad en la que estaba envuelto. Grave, calmada y, de alguna manera, tan nítida como un disparo.
El corazón de Felicity retumbaba.
—Creo que eso es precisamente lo que pretende hacer. —El extremo plateado volvió a golpetear y ella dirigió su mirada irritada hacia él—. También creo que debería marcharse antes de que decida que, en vez de asustada, debería estar enfadada.
Una pausa. Más golpeteo.
Y entonces, él se movió: se inclinó hacia el círculo de luz hasta que ella pudo verle las piernas y la chistera negra que reposaba en su muslo. Tenía las manos desnudas, y tres anillos de plata brillaban a la luz de las velas —en el dedo pulgar, índice y anular de la derecha. En sus manos acababan las mangas negras de un abrigo que se ajustaba a la perfección a sus brazos y hombros. El anillo de luz terminaba en una mandíbula afilada recién afeitada. Levantó la vela un poco más, y allí estaba él.
Inhaló bruscamente; y pensar que antes había tenido la ridícula sensación de que el duque de Marwick era apuesto.
Pues ya no.
Porque seguramente no había hombre en la tierra que fuera más apuesto que este. Su aspecto acompañaba por completo al sonido de su voz: como un murmullo grave, líquido. Como la tentación. «Como el pecado».
Un lado de su cara permanecía en la sombra, pero el que podía ver… era glorioso. Un rostro largo y delgado, de ángulos afilados y huecos sombreados, de cejas oscuras y arqueadas y labios llenos, con unos ojos que brillaban repletos de conocimiento, algo que suponía que no compartiría, y una nariz que avergonzaría a la realeza, perfectamente recta, como si hubiera sido esculpida por una hoja afilada y decidida.
Tenía el pelo oscuro y bastante corto, suficiente como para poder apreciar la redonda forma de su cabeza.
—Su cabeza es perfecta.
Él sonrió.
—Siempre lo he pensado.
Ella dejó caer la vela y lo devolvió a las sombras.
—Quiero decir que tiene una forma perfecta. ¿Cómo consigue cortarse el pelo tan cerca del cuero cabelludo?
Él dudó antes de contestar.
—Lo hace una mujer en la que confío.
Ella arqueó las cejas ante la inesperada respuesta.
—¿Sabe ella que está aquí?
—No, no lo sabe.
—Bueno, ya que ella suele acercar una cuchilla a su cabeza, será mejor que se marche antes de que se lleve un disgusto.
Se oyó un rumor grave, y se le cortó la respiración. ¿Era risa?
—No antes de que me diga por qué mintió.
Felicity sacudió la cabeza.
—Como ya he dicho, señor, no tengo la costumbre de conversar con extraños. Por favor, váyase. Salga del mismo modo que ha entrado. —Hizo una pausa—. Por cierto, ¿cómo ha entrado?
—Tiene un balcón, Julieta.
—También tengo una habitación en el tercer piso, no Romeo.
—Y una robusta celosía.
Percibió una chispa de perezosa diversión en sus palabras.
—Subió por la celosía.
—En efecto, lo hice.
Siempre se había imaginado que alguien trepara por esa celosía. Pero no que fuera un criminal que viniera a… ¿A qué había venido?
—Entonces supongo que el bastón no le sirve de apoyo.
—No es ese tipo de apoyo, no.
—¿Es un arma?
—Todo es un arma si uno sabe usarla.
—Excelente consejo, ya que parece que hay un intruso en mi habitación.
Él chasqueó la lengua.
—Pero uno amistoso.
—Oh, sí… —se burló—, amistoso es la primera palabra que usaría para describirle.
—Si fuera a secuestrarla y llevarla hasta mi guarida, ya lo habría hecho.
—¿Tiene una guarida?
—De hecho, sí que la tengo, pero no tengo intención de llevarla allí. Esta noche no.
lady Felicity mentiría si dijera que la última frase no le sonaba emocionante.
—Ah, eso me permitirá dormir bien en el futuro —afirmó.
Él soltó una risa suave y grave, justo como la luz que iluminaba la habitación.
—Felicity Faircloth, no es usted lo que esperaba.
—Lo dice como si fuera un cumplido.
—Lo es.
—¿Seguirá siéndolo cuando le golpee en toda la cabeza con este candelabro?
—No va a herirme —le contestó él.
A Felicity no le gustó lo bien que parecía entender que lo que acababa de decir no era más que pura bravuconería.
—Parece terriblemente seguro de sí mismo para ser alguien que no me conoce.
—La conozco, Felicity Faircloth. La conocí en el momento en que la vi en el balcón del invernadero clausurado de Marwick. Lo único que no conocía era el color de ese vestido.
Ella se miró el vestido, que ya había visto dos temporadas y tenía el color de sus mejillas.
—Es rosa.
—No es solo rosa —añadió en un tono misterioso lleno de promesas y de algo más que a ella no le gustó—. Es el color del cielo de Devon al amanecer.
Tampoco le gustó la forma en que aquellas palabras parecieron llenarla, como si algún día fuera a ver ese cielo pensando en ese hombre y en ese momento. Como si pudiera dejarle una marca que no sería capaz de borrar.
—Responda a mi pregunta y me marcharé. ¿Por qué mintió?
—No lo recuerdo.
—Sí, sí que lo recuerda. ¿Por qué mintió a ese montón de desgraciados?
La descripción era tan ridícula que casi se rio. Casi. Pero él no parecía encontrarlo divertido.
—No son tan desgraciados.
—Son aristócratas pretenciosos y malcriados con las cabezas tan metidas en el culo del resto que no tienen ni idea de que el mundo avanza rápidamente y pronto otros ocuparán su lugar.
Se le desencajó la mandíbula.
—Pero a usted, Felicity Faircloth —dio dos golpes de bastón en su bota—, nadie le va a arrebatar su lugar, así que se lo preguntaré de nuevo: ¿por qué mintió?
Ya fuera por lo sorprendida que estaba ante su análisis o por la manera tan objetiva en que lo había expresado, Felicity le respondió.
—Nadie desea mi lugar. —Él no habló, así que ella llenó el silencio—. Lo que quiero decir es que… mi lugar no existe. No está en ninguna parte. Antes estuvo con ellos, pero entonces… —Su voz se fue apagando. Se encogió de hombros—. Soy invisible. —Y después, sin poder evitarlo, añadió en voz baja—: Quería castigarlos. Y quería que desearan que volviera.
Odiaba la verdad de aquellas palabras. ¿No debería ser lo suficientemente fuerte como para darles la espalda? ¿No debería importarle menos? Odiaba la debilidad que mostraba.
Y lo odiaba a él por obligarla a exponerla.
Esperó a que él respondiera desde la oscuridad mientras recordó con extrañeza aquella vez que había visitado la Real Sociedad Entomológica y había visto una enorme mariposa atrapada en ámbar. Hermosa, delicada y perfectamente conservada, pero congelada en el tiempo por siempre.
Aquel hombre no la capturaría. Ese día no.
—Creo que voy a llamar al servicio para que vengan a sacarlo de aquí. Ha de saber que mi padre es un marqués, y es bastante ilegal entrar en la casa de un aristócrata sin permiso.
—Es bastante ilegal entrar en la casa de cualquiera sin permiso, Felicity Faircloth, pero ¿le gustaría que le dijera que estoy bastante impresionado por el título de su padre y también por el de su hermano?
—¿Por qué debería ser la única que miente esta noche?
Se hizo una pausa.
—Así que lo admite.
—No tengo más remedio. Mañana lo sabrá todo Londres. Felicity, la feliz, con su falso fantoche.
Él no encontró divertida la aliteración.
—Sabe, el título de su padre es ridículo. Y el de su hermano también.
—¿Disculpe? —respondió ella, pues no se le ocurría nada más.
—Bumble y Grout. Por Dios. Cuando la pobreza los atrape al fin, pueden convertirse en boticarios y vender tinturas y tónicos a los desesperados de Lambeth.
Él sabía que eran pobres. ¿Lo sabía todo Londres? ¿Era la última en enterarse? ¿La última a quien se lo había contado incluso la familia que pretendía usarla para remediarlo? Tan solo con pensarlo volvió a sentirse en extremo irritada.
El hombre continuó.
—Y usted, Felicity Faircloth, con ese nombre debería aparecer en un libro de cuentos.
Ella le lanzó una mirada cortante.
—Me interesa taaanto su opinión sobre nuestros nombres…
Él ignoró su burla.
—Una princesa de cuento, encerrada en una torre, desesperada por formar parte del mundo que la atrapó allí… Por ser aceptada por él.
Todo en este hombre era desconcertante y extraño y vagamente exasperante.
—No me gusta usted.
—No, no le gusta la verdad, mi pequeña mentirosa. No le gusta que vea que su absurdo deseo es una falsa amistad con un puñado de aristócratas estirados y perfumados que no pueden verla como realmente es.
Debería de sentir una docena de emociones negativas estando él tan cerca y en la oscuridad. Y sin embargo…
—¿Y qué es lo que soy?
—El doble de buena que esos seis.
Aquella respuesta le hizo sentir un atisbo emoción, y casi se dejó arrastrar por ese hombre, que bien podría estar hecho de magia con champán. En vez de eso, negó con la cabeza y esbozó su mejor expresión de desdén.
—Si yo fuera esa princesa, señor, entonces no estaría usted aquí.
Se desplazó por la pared, lista para tirar de la cuerda de nuevo.
—¿No es esa la parte que a todos les gusta? ¿La parte en la que la princesa es rescatada de la torre?
Ella lo miró por encima del hombro.
—Se supone que es un príncipe el que la rescata, no un… lo que sea usted.
Agarró la cuerda.
Él habló antes de que ella pudiera tirar.
—¿Quién es la polilla?
Ella se volvió hacia él muerta de vergüenza.
—¿Qué?
—Deseaba ser fuego, princesa. ¿Quién es la polilla?
Las mejillas le ardían. No había dicho nada sobre polillas. ¿Cómo sabía él lo que ella había querido decir con exactitud?
—No debería escuchar a escondidas.
—Tampoco debería estar sentado en su habitación a oscuras, querida, pero aquí estoy.
Ella entrecerró los ojos.
—He de asumir que no es el tipo de hombre que suele acatar las reglas.
—¿Me ha visto cumplir alguna durante el extenso periodo de tiempo que ha pasado desde que nos hemos conocido?
Volvió a sentirse irritada.
—¿Quién es usted? ¿Por qué acechaba Marwick House como si fuera un perverso… acechador?
Él permaneció impertérrito.
—Un acechador que acecha, ¿es eso lo que soy?
Aquel hombre, al igual que todo Londres, parecía saber más que ella. Entendía el campo de batalla y era diestro en la guerra. Cosa que ella odiaba.
Le lanzó su mirada más fulminante.
No tuvo ningún efecto.
—Se lo repetiré una vez más, querida. Si usted es la llama, ¿quién es la polilla?
—Seguro que usted no, señor.
—Es una lástima.
A ella tampoco le gustó la insolencia en sus palabras.
—Pues yo estoy muy contenta con mi decisión.
Él rio por lo bajo, aquella risa que a ella le provocaba cosas extrañas.
—¿Le digo lo que pienso?
—Desearía que no lo hiciera —le replicó ella.
—Creo que su polilla es muy difícil de atraer. —Ella frunció los labios pero no habló—. Y sé que puedo atraerla para usted. —Recobró el aliento conforme él continuaba—. Sí, esa polilla que, según ha presumido ante la mitad de Londres, ya ha chamuscado.
Felicity se sintió agradecida por la oscuridad que reinaba en la habitación y que evitaba que él pudiera ver lo roja que se le había puesto la cara. O su espanto. O su emoción. ¿Acaso ese hombre, que de alguna manera había logrado colarse en su dormitorio en mitad de la noche, le estaba sugiriendo en serio que no había arruinado ni su vida ni las oportunidades de subsistencia de su familia?
Sintió una esperanza tan salvaje que la asustó.
—¿Podría conseguírmelo?
Entonces se rio. Su risa era grave, oscura y exenta de humor, y le provocó un desagradable escalofrío.
—Como a un gatito su platillo.
Ella frunció el ceño.
—No debería burlarse.
—Cuando esté de broma, querida, lo sabrá. —Se inclinó de nuevo hacia atrás, estiró las piernas y volvió a golpearse la bota con el bastón infernal—. El duque de Marwick podría ser suyo, Felicity Faircloth. Y sin que Londres se enterara nunca de la mentira que ha contado.
Comenzó a hiperventilar.
—Eso es imposible.
Y aun así, sin saber cómo, se creía lo que le estaba diciendo.
—¿Hay algo que sea realmente imposible?
Ella lanzó una risa forzada.
—¿Aparte de que un cotizado duque me elija a mí en vez de a cualquier otra mujer de Gran Bretaña?
Tap. Tap.
—Incluso eso es posible, Felicity Faircloth, la mayor, sosa, testaruda y abandonada. Esta es la parte del cuento en la que la princesa consigue todo lo que siempre ha deseado.
Pero aquello no era un libro de cuentos. Y ese hombre no podía darle lo que ella deseaba.
—Esa parte suele comenzar con algún tipo de hada. Y usted no tiene aspecto de nada mágico.
Volvió a escucharse su risa grave.
—Ahí debo darle la razón. Pero hay otras criaturas que, sin ser hadas, se dedican a una profesión similar.
Su corazón volvió a latir con fuerza, odiaba que continuara invadiéndola aquella salvaje esperanza de que ese extraño en la oscuridad pudiera cumplir su imposible promesa.
Era una locura, pero fue avanzando hacia él hasta volver a iluminarlo, y más cerca, hasta llegar al final de sus piernas increíblemente largas, al final de su bastón increíblemente largo y, entonces, alzó la vela para revelar su rostro increíblemente apuesto una vez más.
Esta vez, sin embargo, pudo verlo entero, y su perfecto lado izquierdo no coincidía con el derecho, donde había una terrible cicatriz, blanca y fruncida, que empezaba en la sien y terminaba en la mandíbula.
Cuando ella inhaló con brusquedad, él apartó la cara de la luz.
—Una lástima. Esperaba con ansias el sermón que parecía estar a punto de darme. No pensaba que se desanimaría tan fácilmente.
—Oh, no estoy en absoluto desanimada. De hecho, estoy agradecida de que ya no sea el hombre más perfecto que haya visto nunca.
Él se volvió y su oscura mirada buscó la de ella.
—¿Agradecida?
—En efecto. Nunca he entendido del todo qué es lo que se debe hacer con hombres extremadamente perfectos.
Él levantó una ceja.
—Lo que se hace con ellos.
—Además de lo obvio.
Ahora inclinó la cabeza.
—¿Lo obvio?
—Mirarlos.
—Ah… —respondió.
—En cualquier caso, ahora me siento mucho más cómoda.
—¿Porque ya no soy perfecto?
—Todavía está muy cerca de parecerlo, pero ya no es el hombre más apuesto que haya conocido nunca —mintió.
—Creo que debería sentirme insultado, pero lo superaré. Por curiosidad, ¿quién ha usurpado mi trono?
«Nadie. Si acaso, la cicatriz le hace más apuesto».
Pero ese no era el tipo de hombre al que podía decirle aquello.
—Técnicamente, él tenía el trono antes que usted. Simplemente ha vuelto a reclamarlo.
—Agradecería un nombre, lady Felicity.
—¿Cómo lo llamó antes? ¿Mi polilla?
Se quedó completamente quieto por un momento, pero no lo suficiente como para que una persona normal se diera cuenta.
Felicity sí se dio cuenta.
—Creí que ya se lo esperaba —dijo en tono burlón—. Dado que se ha ofrecido a conseguirlo para mí.
—La oferta sigue en pie, aunque no encuentro al duque apuesto. En absoluto.
—No es necesario debatir sobre ello. Ese hombre es empíricamente atractivo.
—Mmm… —replicó, aparentemente sin estar convencido—. Dígame por qué mintió.
—Dígame usted por qué está tan dispuesto a ayudarme a arreglarlo.
Él le sostuvo la mirada durante un buen rato.
—¿Me creería si le digo que soy un buen samaritano?
—No. ¿Por qué estaba fuera del baile de Marwick? ¿Qué significa él para usted?
Él levantó un hombro y después lo dejó caer.
—Dígame por qué no cree que él estaría encantado de prometerse con usted.
Ella sonrió.
—En primer lugar, porque no tiene ni idea de quién soy.
Un lado de su boca se movió, y ella se preguntó cómo sería verlo sonreír por completo.
Tras dejar a un lado ese estúpido pensamiento, continuó.
—Y, como dije, los hombres extremadamente apuestos no me sirven.
—Eso no es lo que dijo —respondió él—. Dijo que no estaba segura de qué se debía hacer con los hombres en extremo apuestos.
Ella pensó por un momento.
—Ambos enunciados son ciertos.
—¿Por qué cree que Marwick no le serviría?
Ella frunció el ceño.
—Creo que eso sería obvio.
—No lo es.
Se resistió a contestar, y cruzó los brazos como si quisiera protegerse.
—Esa es una pregunta grosera.
—También ha sido grosero por mi parte trepar por la celosía e invadir su dormitorio.
—Así es. —Y entonces, por algún motivo que nunca llegaría a comprender, respondió a su pregunta, dejando que la frustración, la preocupación y una sensación muy real de ruina inminente se apoderaran de ella—. Porque soy el epítome de lo ordinario. Porque no soy hermosa, ni entretenida, ni una conversadora ejemplar. Y aunque una vez pensé que era imposible que acabara siendo una solterona madura, aquí estamos, y nadie me ha querido de verdad. Y no espero que las cosas comiencen a cambiar ahora con un apuesto duque.
Él permaneció en silencio durante bastante tiempo, y la vergüenza que sentía la sofocaba.
—Por favor, váyase —añadió al fin.
—Conmigo sí parece ser una conversadora ejemplar.
Ella ignoró el hecho de que él no se mostrara en desacuerdo con el resto de sus descripciones.
—Es usted un extraño en la oscuridad. Todo es más fácil a oscuras.
—Nada es más fácil a oscuras —la contradijo él—, pero eso es irrelevante. Está equivocada, y por eso estoy aquí.
—¿Para convencerme de que soy una buena conversadora?
Unos dientes brillaron y se puso en pie, llenando la habitación con su altura. Los nervios de Felicity revolotearon en su interior al contemplar su figura, hermosamente esbelta, de anchos hombros y estrechas caderas.
—He venido a darle lo que desea, Felicity Faircloth.
La promesa escondida en ese susurro recorrió todo su cuerpo. ¿Era miedo lo que sentía? ¿O algo más? Negó con la cabeza.
—Pero no puede hacerlo. Nadie puede.
—Quiere el fuego —dijo en voz baja.
Ella volvió a negar.
—No, no lo quiero.
—Por supuesto que sí. Pero no es eso todo lo que desea, ¿verdad? —Dio un paso más hacia ella, y ella pudo olerlo, cálido y ahumado, como si procediera de algún lugar prohibido—. Lo quiere todo. El mundo, el hombre, el dinero, el poder. Y algo más, también. —Se acercó todavía más, abrumándola con su altura y su embriagadora y tentadora calidez—. Algo más. —Sus palabras se convirtieron en un susurro—. Algo secreto.
Ella dudó y odió que él, ese extraño, pareciera conocerla tan bien.
Odió su deseo de responderle. Odió haberlo hecho.
—Más de lo que puedo tener.
—¿Y quién ha dicho eso, milady? ¿Quién le ha dicho que no puede tenerlo todo?
Ella le miró la mano. El mango plateado del bastón relucía entre sus largos y fuertes dedos, y el anillo de plata de su índice le lanzaba destellos. Estudió el patrón del metal para tratar de discernir la forma que se ocultaba en el bastón. Después de lo que pareció una eternidad, ella lo miró.
—¿Tiene un nombre?
—Diablo.
Su corazón se aceleró al escuchar esa palabra, que parecía totalmente ridícula pero sencillamente perfecta.
—Ese no es su verdadero nombre.
—Es extraño el valor que le damos a los nombres, ¿no cree, Felicity Faircloth? Llámeme como quiera, pero soy el hombre que puede dárselo todo. Todo lo que desee.
Ella no le creyó. Estaba claro. En absoluto.
—¿Por qué yo?
Él tendió entonces su mano hacia ella, y ella supo que debería haber retrocedido. Sabía que no debería haber permitido que la tocase, sobre todo cuando sus dedos le recorrieron la mejilla izquierda dejando un rastro de fuego a su paso, como si estuviesen dejando su marca sobre ella, la marca de su presencia.
Pero el ardor que provocaba su tacto no se parecía en nada al dolor. Especialmente cuando respondió.
—¿Por qué no?
¿Por qué no ella? ¿Por qué no debería tener lo que deseaba? ¿Por qué no debería hacer un trato con este diablo que había aparecido de la nada y que pronto desaparecería?
—Deseo no haber mentido —dijo.
—No puedo cambiar el pasado. Solo el futuro. Pero puedo cumplir su promesa.
—¿Convertir la paja en oro?
—Ah, así que estamos en un cuento, después de todo.
Hacía que todo pareciera tan fácil, tan posible, como si pudiera hacer un milagro en la noche sin esfuerzo alguno.
Claro que era una locura. No podía cambiar lo que ella había dicho. La mentira que había contado, la mayor de todas. Las puertas se habían cerrado en torno a ella esa noche, bloqueándole cualquier camino posible, cercenando su futuro y el futuro de su familia. Recordó la impotencia de Arthur. La desesperación de su madre. La resignación de ambos. Como cerraduras que no se podían forzar.
Y ahora, ese hombre… blandía una llave.
—¿Puede hacerlo realidad?
Él giró la mano, y ella sintió su calor contra la mejilla y a lo largo de su mandíbula y, durante un fugaz instante, Diablo se convirtió en el rey de las hadas, que la tenía cautiva.
—El compromiso es fácil. Pero eso no es todo lo que desea, ¿verdad?
¿Cómo lo sabía?
Su tacto prendió fuego por su cuello, y sus dedos le besaron la curva del hombro.
—Cuénteme el resto, Felicity Faircloth. ¿Qué más desea la princesa de la torre? Que el mundo esté a sus pies, que su familia sea rica de nuevo, y…
Las palabras se fueron apagando y llenaron la habitación hasta que la respuesta brotó de lo más profundo de Felicity.
—Quiero que él sea la polilla. —Él levantó la mano de su piel, y ella sintió una aguda pérdida—. Deseo ser el fuego.
Diablo asintió, sus labios se curvaron como el pecado, sus ojos incoloros se oscurecieron entre las sombras y ella se preguntó si se sentiría menos cautiva si pudiera ver su color.
—Desea que se sienta atraído por usted.
Un recuerdo le sobrevino, un marido desesperado por su mujer. Un hombre desesperado por su amor. Una pasión que no se podía negar, todo por una mujer que poseía todo el poder.
—Sí.
—Tenga cuidado con la tentación, milady. Es una palabra peligrosa.
—Hace que suene como si ya la hubiera experimentado.
—Eso es porque lo he hecho.
—¿Su barbera? —¿Sería esa mujer su esposa? ¿Su amante? ¿Su amor? ¿Por qué le importaba a Felicity?
—La pasión quema en ambos sentidos.
—No tiene por qué —dijo, sintiéndose de repente profunda y extrañamente cómoda con ese hombre al que no conocía—. Espero poder llegar a amar a mi esposo, pero no tengo por qué estar consumida por él.
—Quiere ser usted quien lo consuma.
Quería que ser deseada. Más allá de la razón. Deseaba que se murieran por ella.
—Quiere que vuele hasta su llama.
«Imposible».
—Cuando las estrellas te ignoran —repuso ella—, te preguntas si alguna vez serás capaz de brillar. —Inmediatamente avergonzada por las palabras, Felicity se dio la vuelta y rompió el hechizo. Se aclaró la garganta—. No importa. No puede cambiar el pasado. No puede borrar mi mentira y convertirla en verdad. No puede hacer que me desee. No podría ni aunque fuera el diablo. Es imposible.
—Pobre Felicity Faircloth, tan preocupada por lo imposible.
—Era una mentira —proclamó—. Ni siquiera he conocido al duque.
—Y aquí tiene la verdad… El duque de Marwick no ignorará su reclamo.
Imposible. Y aun así, una pequeña parte de ella esperaba que fuera verdad. De serlo, podría ser capaz de salvarlos a todos.
—¿Cómo?
Él sonrió.
—La magia de Diablo.
Ella levantó una ceja.
—Si puede conseguirlo, señor, se habrá ganado su estúpido nombre.
—La mayoría de la gente opina que mi nombre es inquietante.
—Yo no soy la mayoría de la gente.
—Eso es cierto, es Felicity Faircloth.
No le gustaba la calidez que se extendió a través de ella al escuchar esas palabras, así que las ignoró.
—¿Y lo haría porque tiene un corazón bondadoso? Perdóneme si no me lo creo, Diablo.
Él inclinó la cabeza.
—Por supuesto que no. No hay nada bueno en mi corazón. Cuando esté hecho y lo haya conseguido, tanto su corazón como su mente, vendré a cobrar mi deuda.
—Supongo que esta es la parte en la que me dice que su deuda será mi primogénito.
Él se rio. Su risa sonaba contenida y secreta, como si hubiera dicho algo más divertido de lo que ella pensaba, antes de continuar.
—¿Qué haría yo con un bebé llorón?
Sus labios se curvaron al escucharlo.
—No tengo nada que darle.
La miró durante un largo momento.
—Se vende mal, Felicity Faircloth.
—A mi familia ya no le queda dinero —afirmó—. Usted mismo lo ha dicho.
—Si lo tuviera no estaría en este aprieto, ¿verdad?
Ella frunció el ceño ante su objetiva evaluación de los hechos, ante la impotencia que le provocaron aquellas las palabras.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Que el conde de Grout y el marqués de Bumble han perdido una fortuna? Querida, todo Londres lo sabe. Incluso aquellos que no estamos invitados a los bailes de Marwick.
Ella hizo una mueca.
—No lo sabía.
—Hasta que no han necesitado que lo supiera.
—Ni siquiera entonces —refunfuñó—. No lo he sabido hasta que no he podido hacer nada para solucionarlo.
Él golpeó el suelo dos veces con su bastón.
—Estoy aquí, ¿no es así?
Ella lo miro con los ojos entrecerrados.
—Por un precio.
—Todo tiene un precio, cariño.
—Y supongo que ya sabe el suyo.
—De hecho, sí, lo sé.
—¿Cuál es?
Sonrió con picardía.
—Si se lo contara se perdería la diversión.
Sintió un hormigueo, cálido y excitante, que se extendía hacia sus hombros y a lo largo de su columna vertebral. También era aterrador y esperanzador. ¿Qué precio tenía la seguridad de su familia? ¿Qué precio tenía su reputación de rara pero no de mentirosa?
¿Y qué precio tenía un esposo que no conocía su pasado?
¿Por qué no hacer un trato con ese diablo?
La respuesta la atravesó en un susurro, la promesa de algo peligroso. Pero, a pesar de ello, todavía sentía aquella profunda tentación. Aunque primero debía asegurarse.
—Si acepto…
Esa sonrisa de nuevo, como si fuera un gato delante de un canario.
—Si acepto… —repitió frunciendo el ceño—, ¿él no negará el compromiso?
Diablo inclinó la cabeza.
—Nadie se enterará nunca de su mentira, Felicity.
—¿Y me querrá?
—Como al aire que respira —le respondió, y sus palabras sonaron a una maravillosa promesa.
No era posible. Ese hombre no era el diablo. E incluso aunque lo fuera, ni siquiera Dios podría borrar los acontecimientos de esa noche y hacer que el duque de Marwick se casara con ella.
Pero ¿y si pudiera?
Los tratos tenían doble filo, y este hombre parecía más excitante que la mayoría.
Quizás si no conseguía la pasión imposible que él le prometía, podría obtener algo distinto. Se enfrentó a su mirada.
—¿Y si no puede hacerlo? ¿Me deberá usted un favor?
Él se quedó en silencio antes de contestar.
—¿Está segura de que desea que Diablo le deba un favor?
—Me parece que sería un favor mucho más útil que el de alguien que sea bueno todo el tiempo —señaló.
La ceja que quedaba sobre su cicatriz se elevó divertida.
—Me parece justo. Si fracaso, puede reclamarme un favor.
Ella asintió y extendió la mano para estrechar la de él, algo de lo que se arrepintió en el momento en que su enorme mano tomó la de ella. Era cálida y grande, con la palma áspera, como si realizara trabajos de los que no solían ocuparse los caballeros.
Era deliciosa, y ella la soltó de inmediato.
—No debería haber aceptado —manifestó él.
—¿Por qué no?
—Porque los tratos en la oscuridad no conducen a nada bueno. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta de visita—. La veré dentro de dos noches, a menos que me necesite antes. —Dejó caer la tarjeta en la mesita junto a la silla que Felicity pensó que él nunca abandonaría—. Cierre esa puerta con llave cuando salga. No querrá que entre ningún bellaco mientras duerme.
—Las cerraduras no han impedido que entre el primer bellaco esta noche.
Él sonrió de lado.
—No es la única que sabe forzar cerraduras en Londres, querida.
Ella se sonrojó cuando él inclinó el sombrero y salió a través de las puertas del balcón antes de que ella pudiera negar que forzara cerraduras, y su bastón plateado brilló bajo la luz de la luna.
Para cuando ella llegó al borde del balcón, él ya había desaparecido, amparado por la noche.
Volvió a entrar y cerró la puerta con llave para después fijar la mirada en la tarjeta de visita.
La levantó y estudió la elaborada insignia que contenía:

En la parte trasera había una dirección —una calle de la que nunca había oído hablar— y, debajo de ella, con la misma caligrafía masculina, había escrita la siguiente frase:
«Diablo le da la bienvenida».
Capítulo 6
Dos noches después, mientras los últimos rayos del sol se desvanecían en la oscuridad, los Bastardos Bareknuckle recorrían las sucias calles de los rincones más apartados de Covent Garden, donde el barrio popular por sus tabernas y teatros daba paso al conocido por el crimen y la crueldad.
Covent Garden era un laberinto de calles estrechas que se retorcían y giraban sobre sí mismas de forma que sus ignorantes visitantes quedaban atrapados en su telaraña. Un solo giro equivocado después de salir del teatro, y cualquier ricachón podía verse despojado de su cartera y arrojado a la cloaca, o algo peor. Las calles que conducían hacia el interior del suburbio del Garden no eran amables con los extraños —en especial con caballeros impecables vestidos con atuendos todavía más impecables—, pero Diablo y Whit no eran impecables ni tampoco eran caballeros, y todo el mundo sabía que era mejor no cruzarse con los Bastardos Bareknuckle fueran como fueran vestidos.
Es más, los hermanos eran venerados en el vecindario, pues ellos también provenían de los bajos fondos, habían peleado, robado y dormido entre la inmundicia con muchos de ellos, y a nadie le gustaba tanto un rico como a los pobres que habían tenido los mismos comienzos. No hacía daño a nadie que la mayoría de los negocios de los Bastardos se cerraran en ese suburbio en particular, donde había hombres fuertes y mujeres inteligentes que trabajaban para ellos y buenos chicos y chicas listas que permanecían atentos ante cualquier cosa extraña que sucediera para informar de sus hallazgos a cambio de una corona de oro fino.
Allí, una corona podía alimentar a una familia durante un mes, y los Bastardos se gastaban el dinero en la chusma como si fuera agua, lo que los convertía a ellos —y a sus negocios— en intocables.
—Señor Bestia. —Una niña pequeña tiró de la pernera del pantalón de Whit, usando el nombre que él utilizaba con todos menos con su hermano—. ¡Aquí! ¿Cuándo vamos a tomar helado de limón otra vez?
Whit se detuvo y se agachó, su voz áspera por el desuso y con el profundo acento de su juventud, que solo regresaba cuando estaba allí:
—Escucha, muñeca. No se habla de helado en la calle.
Los brillantes ojos azules de la niña se abrieron de par en par.
Whit le revolvió el pelo.
—Guarda nuestros secretos y tendrás tus dulces de limón, no te preocupes. —Un hueco en la sonrisa de la niña indicó que acababa de perder un diente. Whit le indicó que se marchara—. Ve a buscar a tu mamá. Dile que iré a buscar mi ropa limpia cuando termine en el almacén.
La niña corrió como un rayo.
Los hermanos reanudaron su camino.
—Está bien que le des a Mary tu ropa sucia —dijo Diablo.
Whit gruñó.
El suyo era uno de los pocos arrabales de Londres que disponía de agua fresca comunitaria, porque los Bastardos Bareknuckle se habían asegurado de ello. También se habían asegurado de que hubiera un cirujano y un sacerdote, y una escuela donde los pequeños pudieran aprender las letras antes de verse obligados a salir a las calles y encontrar trabajo. Pero los Bastardos no podían conseguirlo todo y, de todas formas, los pobres que vivían allí eran demasiado orgullosos para aceptarlo.
Así que empleaban a tantos como podían, una combinación de viejos y jóvenes, de fuertes y listos, de hombres y mujeres de todos los rincones del mundo: londinenses y norteños, escoceses y galeses, africanos, hindúes, españoles, americanos. Si llegaban hasta Covent Garden y podían trabajar, los Bastardos los colocaban en uno de sus numerosos negocios. Tabernas y rings de pelea, carnicerías y pastelerías, curtidurías y tintorerías, y otra media docena de comercios repartidos por todo el barrio.
Por si no fuera suficiente que Diablo y Whit hubieran medrado de entre la mugre del lugar, el trabajo que proporcionaban —con salarios decentes y en condiciones seguras— compraba la lealtad de los residentes del suburbio. Era algo que los propietarios de otros negocios nunca habían comprendido sobre los barrios bajos: pensaban que podían traer a trabajadores de otros lugares mientras había barrigas a tiro de piedra que se morían de hambre. El almacén que había en el extremo más alejado del vecindario, y que ahora pertenecía a los hermanos, se usó una vez para producir brea, pero había sido abandonado mucho tiempo atrás, cuando la compañía que lo construyó descubrió que los residentes no les tenían lealtad y robaban todo lo que no estaba bajo vigilancia.
Pero no había ocurrido lo mismo cuando el negocio había empleado a doscientos hombres locales. Al entrar en el edificio que ahora servía como almacén centralizado para todo tipo de negocios de los Bastardos, Diablo saludó con la cabeza a la media docena de hombres diseminados por la oscuridad que vigilaban los contenedores de licores y dulces, de cuero y de lana; si la Corona cobraba impuestos por algo, los Bastardos Bareknuckle lo vendían, y barato.
Y nadie les robaba por temor al castigo que prometía su nombre, uno que les había sido adjudicado décadas antes, cuando eran mucho menos corpulentos, cuando solían luchar con unos puños más rápidos y fuertes de lo que deberían para reclamar su territorio y no mostrar misericordia ante los enemigos.
Diablo fue a saludar al hombre fornido que dirigía la vigilancia.
—¿Todo bien, John?
—Todo bien, señor.
—¿Ha nacido el bebé?
Los dientes blancos y brillantes brillaron con orgullo sobre la piel marrón oscura.
—La semana pasada. Un niño. Fuerte como su padre.
La sonrisa satisfecha del flamante padre brilló como la luz del sol en la habitación poco iluminada, y Diablo le dio una palmada en el hombro.
—No tengo ninguna duda al respecto. ¿Y tu esposa?
—Sana, gracias a Dios. Es demasiado buena para mí.
Diablo asintió y bajó la voz.
—Todas lo son, hombre. Mejor que todos nosotros juntos.
Le dio la espalda al sonido de la risa de John para encontrarse con Whit, que estaba ahora con Nik, la capataz del almacén, una chica joven —poco más de veinte años— y con una capacidad de organización que Diablo no había conocido en otra persona. El pesado abrigo, el sombrero y los guantes de Nik escondían la mayor parte de su piel, y la escasa luz ocultaba el resto, pero extendió una mano para saludar a Diablo cuando él se acercó.
—¿Dónde estamos, Nik? —le preguntó Diablo.
La rubia noruega miró a su alrededor y luego les hizo señas para que se acercaran hacia el rincón más alejado del almacén, donde un vigilante se agachó para abrir una compuerta en el suelo que daba paso a una oscura y enorme caverna.
Diablo sintió un escalofrío de inquietud y se volvió hacia su hermano.
—Después de ti.
El gesto de Whit con la mano fue mucho más expresivo que cualquier palabra que hubiera podido pronunciar, así que se agachó y se introdujo en la oscuridad sin dudarlo.
Diablo entró después, estiró una mano para aceptar una lámpara apagada que le ofreció Nik mientras los seguía, y miró al vigilante de arriba solo para ordenarle que cerrara la puerta.
El vigilante obedeció sin dudarlo, y Diablo estuvo seguro de que la negrura de aquella gruta solo rivalizaba con la de la muerte. Se esforzó por controlar la respiración. Por no recordar.
—Joder —gruñó Whit en la oscuridad—. Luz.
—La tienes tú, Diablo —añadió Nik con un pronunciado acento escandinavo.
¡Jesús! Se había olvidado de que la llevaba en la mano. Buscó a tientas la abertura de la lámpara, pero la oscuridad y su propia inquietud hicieron que tardara más de lo habitual. Finalmente, localizó el pedernal y se hizo la bendita luz.
—Rápido, pues. —Nik le quitó la lámpara y le indicó el camino—. No queremos provocar más calor del necesario.
El área de almacenamiento, oscura como boca de lobo, daba a un estrecho corredor. Diablo siguió a Nik y, a mitad del pasillo, el aire comenzó a enfriarse. La mujer se giró hacia ellos.
—Sombreros y abrigos, por favor.
Diablo se cerró el abrigo, abotonándoselo hasta arriba, tal y como hizo Whit, y se caló el sombrero hasta las cejas.
Al final del pasillo, Nik extrajo un aro repleto de llaves de hierro y comenzó a afanarse con una larga línea de cerraduras que había en una pesada puerta de metal. Cuando todos los cerrojos se abrieron, la puerta cedió y se afanó con otra tanda de cerrojos; doce en total. Se dio la vuelta antes de abrir la puerta.
—Entremos rápido. Cuanto más tiempo dejemos la puerta…
Whit la cortó con un gruñido.
—Lo que mi hermano quiere decir —intervino Diablo— es que hemos llenado esta bodega durante más tiempo del que tú llevas viva, Annika. —Ella entrecerró los ojos ante el uso de su nombre completo, pero abrió la puerta—. Adelante, entonces.
Una vez dentro, Nik cerró la puerta de golpe y de nuevo quedaron a oscuras, hasta que ella se giró y levantó la luz para iluminar la enorme y cavernosa sala, llena de bloques de hielo.
—¿Cuánto ha sobrevivido?
—Cien toneladas.
Diablo silbó por lo bajo.
—¿Hemos perdido el treinta y cinco por ciento?
—Estamos en mayo —explicó Nik, quitándose el pañuelo de lana de la parte inferior de la cara para que pudieran oírla—. El océano se calienta.
—¿Y el resto del cargamento?
—Todo está contabilizado. —Sacó un albarán de embarque de su bolsillo—. Sesenta y ocho barriles de brandy, cuarenta y tres cubas de bourbon americano, veinticuatro cajas de seda, veinticuatro cajas de naipes y dieciséis cajas de dados. Además, una caja de polvos de maquillaje y tres cajas de pelucas francesas, que no están en la lista y que voy a ignorar, aunque supondré que quieres que se entreguen en el lugar habitual.
—Exactamente —le respondió él—. ¿No hay daños por el deshielo?
—Ninguno. Estaba bien empaquetado en la otra punta.
Whit emitió un gruñido de aprobación.
—Gracias a ti, Nik —dijo Diablo.
Ella no ocultó su sonrisa.
—A los noruegos les gustan los noruegos. —Hizo una pausa antes de continuar—. Hay algo que quería contaros.
Dos pares de ojos oscuros se posaron en ella.
—Había un vigía en los muelles.
Los hermanos se miraron el uno al otro. Aunque nadie se atrevería a robar a los Bastardos en el suburbio, su transporte terrestre había corrido peligro dos veces en los últimos dos meses; sus caravanas habían sido asaltadas a punta de pistola al salir de la seguridad de Covent Garden. Era parte del negocio, pero a Diablo no le gustaba el aumento de los robos.
—¿Qué tipo de vigía?
Nik inclinó la cabeza.
—No podría describirlo con seguridad.
—Inténtalo —insistió Whit.
—Por sus ropas, diría que pertenecía a la competencia del muelle.
Tenía sentido. Había un gran número de contrabandistas que trabajaban con los franceses y americanos, aunque ninguno tenía un método de importación tan impenetrable.
—¿Pero…?
Ella apretó los labios.
—Sus botas estaban demasiado limpias para tratarse de un chico de Cheapside.
—¿La Corona?
Siempre era un riesgo en las operaciones de contrabando.
—Puede ser —respondió Nik, pero no parecía segura.
—¿Y los contenedores? —inquirió Whit.
—Ocultos todo el tiempo. El hielo se desplazó con carros de plataforma y caballos, y los contenedores estaban seguros en su interior. Y ninguno de nuestros hombres ha visto nada fuera de lo común.
Diablo asintió.
—El producto se quedará aquí durante una semana. Nadie puede entrar ni salir. Diles a los chicos de la calle que estén atentos a cualquier persona fuera de lo común.
Nik asintió.
—Hecho.
Whit dio una patada a un bloque de hielo.
—¿Y el embalaje?
—Impecable. Lo suficientemente bueno como para venderlo.
—Asegúrate de que las tiendas de despojos del barrio reciban algo esta noche. Nadie debe comer carne rancia cuando tenemos cien toneladas de hielo para repartir. —Diablo se detuvo—. Y Bestia prometió a los niños helado de limón.
Las cejas de Nik se alzaron.
—Muy amable por su parte.
—Eso es lo que todo el mundo dice —replicó Diablo en tono cortante—. Oh, ese Bestia, es tan amable.
—¿Vas a mezclar el jarabe de limón también, Bestia? —preguntó ella con una sonrisa.
Whit gruñó.
Diablo se rio y puso una mano en un bloque de hielo.
—Envía uno de estos a la oficina, ¿quieres?
Nik asintió.
—Ya está hecho. Y una caja de bourbon de las colonias.
—Me conoces bien. Tengo que regresar.
Después de un paseo por el barrio iba a necesitar un baño. Tenía negocios que atender en Bond Street.
Y después tenía otros negocios que atender con Felicity Faircloth.
Felicity Faircloth, que tenía una piel que se tornaba dorada a la luz de una vela y unos grandes e ingeniosos ojos castaños, llenos de miedo, fuego y furia. Y era capaz de discutir como nadie que hubiera conocido hasta donde la memoria le alcanzaba.
Quería volver a discutir con ella.
Se aclaró la garganta ante ese pensamiento y se volvió para mirar a Whit, que lo observaba con una mirada cómplice.
Diablo lo ignoró y se apretó el abrigo contra el cuerpo.
—¿Qué? Hace un frío de cojones aquí.
—Vosotros sois los que habéis elegido comerciar con hielo —terció Nik.
—Es un mal plan —le dijo Whit sin dejar de mirarla.
—Bueno, es un poco tarde para cambiarlo. Se podría decir que el barco —agregó Nik con una sonrisa burlona— ha zarpado.
Diablo y Whit no sonrieron ante aquel mal chiste. Ella no sabía que Whit no estaba hablando del hielo; estaba hablando de la chica.
Diablo les dio la espalda y se dirigió hacia la puerta de la bodega.
—Vamos, Nik —exhortó—. Trae la luz.
Lo hizo, y los tres salieron. Diablo evitó encontrarse con la astuta mirada de Whit mientras esperaban a que Nik cerrara con llave las puertas dobles de acero y los guiara hacia el almacén a través de la oscuridad.
Continuó esquivando la mirada de su hermano mientras recogían la colada de Whit y se dirigían de nuevo al corazón de Covent Garden, abriéndose camino a través de las calles empedradas hasta sus oficinas y apartamentos en el gran edificio de Arne Street.
Después de un cuarto de hora de caminata silenciosa, Whit habló finalmente.
—Le estás tendiendo una trampa a la chica.
A Diablo no le gustó aquella acusación.
—Les estoy tendiendo una trampa a los dos.
—Todavía tienes la intención de seducir a la chica delante de sus narices.
—A ella y a todas las que vengan después, si es necesario —respondió él—. Es tan arrogante como siempre, Bestia. Piensa tener su heredero.
Whit agitó la cabeza.
—No, él quiere tener a Grace. Piensa que se la entregaremos para evitar que le endiñe un pequeño duque a esta chica.
—Está equivocado. No conseguirá ni a Grace ni a la chica.
—Dos carruajes que se abalanzan, a gran velocidad, el uno contra el otro —refunfuñó Whit.
—Él girará.
Los ojos de su hermano se encontraron con los suyos.
—Nunca antes lo ha hecho.
Un recuerdo le vino a la mente. Ewan, alto y delgado, con los puños levantados y los ojos hinchados, el labio partido y negándose a ceder. Poco dispuesto a echarse atrás. Desesperado por ganar.
—No es lo mismo. Nosotros hemos pasado hambre durante más tiempo. Hemos trabajado más duro. El ducado le ha reblandecido.
Whit resopló.
—¿Y Grace?
—No la va a encontrar. Nunca la encontrará.
—Deberíamos haberlo matado.
Matarlo habría hecho que todo Londres se les echara encima.
—Demasiado arriesgado. Ya lo sabes.
—Sí, lo sé, y también que le hicimos una promesa a Grace.
Diablo asintió con la cabeza.
—Eso también.
—Su regreso es una amenaza para todos nosotros, para Grace más que para nadie.
—No —le contestó Diablo—. Su regreso hace que la amenaza se cierna sobre él. Recuerda, si alguien descubre lo que hizo… Cómo consiguió su título… Terminará colgando de una soga. Es un traidor a la Corona.
Whit negó con la cabeza.
—¿Y si está dispuesto a arriesgarse para tener una oportunidad con ella?
Con Grace, la chica que una vez amó. La chica cuyo futuro había robado. La chica a la que habría destruido si no hubiera sido por Diablo y por Whit.
—Entonces lo sacrificará todo —replicó—, y no conseguirá nada a cambio.
Whit asintió.
—Ni siquiera herederos.
—Herederos, nunca.
Después, su hermano continuó.
—Siempre está el plan original. Le damos una paliza al duque y lo enviamos a casa.
—No detendrá el matrimonio. Ahora no. No cuando cree que está cerca de encontrar a Grace.
Whit flexionó una mano y el cuero negro de su guante crujió con el movimiento.
—Sería gloriosamente divertido, eso sí.
Caminaron en silencio durante varios minutos, antes de que Whit prosiguiera.
—Pobre chica, no podría haber imaginado que su inocente mentira la llevaría a la cama contigo.
Era una absurda fantasía, por supuesto, pero la imagen le sobrevino igual, y Diablo no pudo resistirse a ella: Felicity Faircloth, con el pelo oscuro y las faldas rosas extendidas frente a él. Inteligente, hermosa y con una boca que incitaba al pecado.
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