Read the book: «Demasiado odio»

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Este libro es para ti, porque siempre estás aquí.

Pero no te lo voy a dedicar, porque no te lo puedo dedicar.

Esto existe. El que venga y no lo encuentre, que no le salga a la autora con reclamaciones.

HEINRICH BÖLL

No se odia a quien hace algo malo, sino a quien habla de eso.

ROBERTO SAVIANO

Las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho.

BALTASAR GRACIÁN

1

Querida Beatriz,

México no es para ti, México ya no es para nadie. Por favor piénsalo bien, por favor ¡no se te ocurra venir!

No cabe en mi cabeza que te quieras salir de ese país hermoso en el que naciste y en el que tienes hecha tu vida, para instalarte en éste en el que todo está muy revuelto. Te lo digo yo que lo recorrí de punta a punta, que fui feliz por sus caminos y senderos y playas y mares y ríos y montañas y ciudades y pueblos, te lo digo porque hoy ya no se puede ir a ninguna parte, nunca sabes lo que te puede suceder ni quién se te va a atravesar.

Y menos cabe en mi cabeza que te quieras quedar con mi negocio. Te lo digo yo que fui feliz con los muchos clientes que tuve, con sus historias de dicha de frustración de miedo de aventura de secreto, y te lo digo porque hoy ya no son ésos los que llegan, y nunca sabes quién se te va a atravesar ni lo que te puede suceder.

Si no cerré, es porque no puedo dejar de trabajar, no tengo a dónde ir ni cómo ganar dinero para comer. Lo que había guardado durante toda mi vida, se perdió cuando el gobierno acusó de lavado de dinero al banco en que lo tenía depositado y lo intervino como dijeron en la televisión, pero a los ahorradores no nos devolvieron ni un centavo de lo nuestro.

Lo que me salvó fue un cliente que decidió protegerme. Yo lo conocía, pues cuando era muchacho y sin un centavo, lo inicié en las artes amatorias aunque no me pagara, sólo porque me inspiraba ternura. Él se quedó con buen recuerdo de mí y cuando se hizo rico, regresó. En adelante yo voy a mantener este lugar y voy a mantenerte a ti dijo. Y así fue. Puso dos tipos con pistola en la puerta y se convirtió en mi único visitante.

Hasta que un día no volvió más.

Fue entonces, cuando estaba yo tratando de reorganizar mi vida y de retomar mi trabajo, que apareciste tú. No puedo olvidar la cara de sorpresa que pusiste al verme y ver el departamento, seguro que imaginabas todo de otra manera, seguro creíste que las cosas seguían siendo como las leíste en mi cuaderno, sobre el hombre amado el país amado los clientes mi vida y hasta sobre mi apariencia. Y es con esa idea que pensaste que podrías repetir mi historia. Pero como te digo, eso es ya imposible.

Así que por favor, no vengas para acá, no vengas a México.

2

Sobrina adorada,

Vengo entrando del aeropuerto. Acabo de encontrar el sobre que dejaste encima de la mesa y casi me desmayo. ¡Tanto dinero sólo para mí! ¡Y un boleto de avión para irme a la playa!

He llorado mucho, demasiadas emociones se me juntaron. Gracias a ti podré dejar atrás esta vida, gracias a ti podré cerrar para siempre la puerta detrás de mí.

Mientras escribo estas palabras, tú vas por las nubes cruzando el mar, y quién sabe en qué estás pensando.

Hace muchos años le escribí una frase como ésta a tu madre, cuando se fue para Italia a cumplir nuestro sueño de poner allá un hotel, y yo me quedé en México para conseguir el dinero con el cual llevarlo a cabo.

Pero sucedió que nunca la seguí. Ella se casó y vivió allá hasta su muerte y yo me quedé acá porque me enamoré de un hombre con el que viví una pasión tal, que de sólo recordarla aún me estremezco, y con el que conocí y aprendí a amar cada rincón de mi patria.

Entonces no imaginábamos lo que serían nuestras vidas, mucho menos que nunca nos volveríamos a ver. Y peor todavía, que hasta perderíamos todo contacto.

Catorce años han pasado desde la última vez que tuve comunicación con mi hermana. Tú eras una niña y ahora eres una mujer que casi me provocó un infarto cuando te me paraste enfrente, tan parecida a ella. Fue como si el tiempo no hubiera transcurrido o la muerta hubiera regresado de su sepulcro.

Te escribo para darte las gracias por haberme venido a visitar, las gracias por los días maravillosos que pasamos juntas, las gracias por contarme sobre ella, sobre su vida buena y su muerte tranquila, con todo y que tenía esa terrible enfermedad, las gracias por ser como eres, y las gracias por hacerme ver lo importante que es escribir, porque algún día, en alguna parte, alguien lo leerá y tal vez eso servirá para un encuentro un reencuentro un cambio, como me sucedió a mí contigo.

Me parece increíble que te hubieras acordado de tu tía, con todo y que nadie te habló nunca de mí. Me emociona pensar que allí siguen las hadas buenas que siempre me han acompañado. ¿Te imaginas si no hubieras encontrado el cuaderno que alguna vez le mandé a tu madre diciéndole que era para ti? ¡Fue un milagro que ella no lo destruyera con todo y lo muy enojada que estaba conmigo!

Tal vez lo que sucedió es que quería conservar algún recuerdo de mí, aunque fuera escondido en el último rincón de la casa, como dices que estaba cuando te topaste con él.

También es un milagro que hayas sido tú quien lo encontró y no alguno de tus hermanos, porque a saber lo que habría pasado de caer en sus manos. Por lo que me platicaste, no son muy dados a guardar nada, así que menos lo habrían hecho con unas viejas hojas de papel escritas a mano por alguien cuya existencia ignoraban.

Quiero que sepas, aunque no me alcancen las palabras para expresarlo, lo grande que es mi cariño por ti y lo grandes que son mis deseos de lo mejor para ti, adorada sobrina y ahijada, que llevas mi nombre, el que te pusieron por el amor que me tuvo mi hermana y por el que las dos le tuvimos a nuestra madre.

Estas líneas son las últimas que te escribo. Muy pronto mi viaje habrá de comenzar. Te prometo que seguiré escribiendo todo y que algún día te haré llegar el nuevo cuaderno. Tal vez lo querrás leer y quizá hasta servirá para que nos volvamos a ver, si las hadas buenas me siguen acompañando.

Te mando mil besos.

3

Necesito contarte algo para que entiendas por qué no quiero que vengas a México: me preparaba para irme, empacando algo de ropa y algunos recuerdos, cuando se presentó en la puerta uno de los empistolados que siempre acompañaban a mi excliente, ése del que te platiqué que me tuvo en exclusiva para él y que luego desapareció sin dejar rastro. Y así sin más, se me vino encima y me empezó a golpear. Entrégueme usted los billetes que le mandó mi jefe gritaba furioso, los que le trajo mi compañero que cuidaba conmigo su puerta, los necesito ahorita mismo.

¿De qué dinero hablaba? No tenía yo la menor idea. ¿Y por qué me lo pedía de manera tan violenta? Tampoco tenía yo la menor idea. Pero no dije ni una palabra, porque sabía que cualquier cosa que dijera en lugar de calmarlo lo alteraría más.

Me esculcó toda, volteó de cabeza los pocos muebles que quedaban, rajó con una navaja el colchón y el sillón, abrió cajones y puertas del armario y la cocina, hasta que se percató de que no había lo que buscaba. Yo estaba segura de que me mataría, pero lo que hizo fue sentarse en la cama, cabizbajo y desolado. Y se soltó hablando: necesito de verdad ese dinero, necesito independizarme, ser mi propio jefe, dejar de obedecer a otros. Voy a formar un grupo que hará muchas cosas pequeñas, de esas que nadie tiene tiempo ni ganas de perseguir y que me harán rico en muy poco tiempo.

Pero la emoción con que explicó eso se convirtió de repente en enojo. Se puso de pie y se me acercó tanto, que creí que empezaría otra vez a golpearme. Pero no fue así, sólo siguió hablando: mire señora, si no me lo entrega tendré que matarla. Y no quiero hacerlo porque usted no me desagrada, nunca fue grosera conmigo. Así que mejor flojita y cooperando. Y otra cosa: debe largarse ahorita mismo de acá, porque yo me voy a quedar a vivir en este lugar.

Debo de haber puesto cara de sorpresa porque dijo: nimodo que toda su vida se va a quedar en el mismo sitio. Seguramente está absolutamente harta de eso.

Otra vez no dije ni una palabra, porque después de todo, ese departamento no era mío y además ya estaba por irme, pero también porque sabía que cualquier cosa que dijera en lugar de calmarlo lo alteraría más.

El momento fue difícil, pero el sujeto por fin se fue. No te imaginas el estado de nervios en que quedé. Afortunadamente Dios es grande y el tipo no se dio cuenta de que el dinero que tú me habías dejado, estaba encima de la televisión, envuelto en la vieja mascada que me había regalado mi primer novio, una que no me quitaba nunca, aunque él se burlaba y decía que parecía yo retrato, diario con lo mismo.

Pero entonces tuve clara conciencia de que mi decisión era la correcta. Porque si antes lo dudaba, ahora estoy segura de que no podría seguir en este negocio, y si antes lo dudaba, ahora estoy segura de que no podría soportar más esta vida mía que había sido el paraíso, pero ahora ya era nada más y todo el tiempo el infierno, el puro infierno.

4

Como el boleto que me diste era para Cancún, porque según tú lo que más falta me hacía era ir a la playa, pues para allá me fui.

Pero ¡qué cosa! Desde que bajé del avión todo fue horrible. No tenía yo idea de que se podía cobrar tanto por un taxi por un refresco por una habitación de hotel. Y todo ¿para qué? Llegas a la playa y no puedes echarte a tomar el sol porque las famosas arenas blancas ya no existen, hay tanto sargazo que parece que caminas en un pantano y además huele feo. ¡Hasta los lancheros se quejan porque el mar también está lleno de eso! ¡Hasta un bloguero famoso estaba grabando un video en el que le reclamaba al presidente de la República por no atender el problema!

Así que, querida sobrina, con disculpas pero me fui lo más pronto que pude. Total, lo que sobra en México son playas. Así que decidí buscar alguna que estuviera limpia y con precios normales.

Empecé por ir a las de Yucatán, porque están allí nomás, cerquita. Tomé un camión y en tres horas estaba yo en Progreso, en eso que llaman la costa esmeralda, porque el mar tiene ese color bellísimo.

Lo que no es bello, es que el camino que corre paralelo a la playa está lleno de basura botellas de plástico cajas empaques vacíos, y que las lagunas a donde llegan los flamingos y otras aves están llenas de cascajo.

Nunca me pude bajar del camión, pues en todo el camino no había hoteles donde quedarse. Según una mujer que venía sentada junto a mí cargando un bebé, aquí son puras casas de gente que viene en los veranos y les renta a otros que vienen en los inviernos.

¿Y tú cómo sabes eso? pregunté.

Yo limpio una de esas casas y mi esposo la cuida contestó. Está más adelante, orita se la enseño.

Varios kilómetros después me señaló una construcción. Afuera había un pequeño muro negro que decía Las Xaninas. Allí es dijo, pero no se bajó. Me voy a seguir a mi casa, nosotros somos de Telchac, Telchac pueblo, no Telchac puerto dijo.

¿Cómo se llama tu niña? pregunté.

Xanina contestó.

¿Igual que la casa donde trabajas?

Igual que las hadas a las que les pedimos el favor: sal xanina sal, toma de la mi pobreza y dame de la tu riqueza.

Me quedé callada, ¿qué podía decir?

Pasamos por lugares con nombres extraños: Chicxulub Dzemul Xcambó. En Dzilam acabó la corrida.

Hasta acá nada más se puede pasar me explicó el conductor, un huracán se llevó el camino y no lo han reparado.

Regresé entonces a Progreso y en la terminal, viendo las opciones, tomé el camión para Veracruz.

Me dormí cuando pasamos por Campeche, así que no vi la muralla que apenas si recordaba, pero estuve despierta cuando pasamos por Tabasco y me dolió ver que allí seguían, igual que en mi recuerdo, las pobres vacas hechas puro esqueleto, muertas de sed en un estado con los ríos más anchos del país, un estado que año con año se inunda y el agua arrasa con todo a su paso.

Muchas horas después, cuando por fin llegué al puerto jarocho, me seguí hasta Boca del Río, pues aunque la arena y el mar son grises y fríos, yo la recordaba como una playa tranquila.

Pero nunca supe si seguía siendo así, porque me topé con un verdadero lío, las calles llenas de patrullas y policías, pues esa mañana habían encontrado un montón de cadáveres debajo de un puente.

Entonces, pues me regresé a la terminal y le pregunté al que vendía los boletos a cuál playa bonita se podía ir, empeñada en darte gusto a ti, que me lo ordenaste.

Mire señora contestó, aquí en Veracruz la cosa está muy fea por todas partes. Por qué no se va más al norte, dicen que hay buenas playas. Una vecina nuestra habla de una que se llama Barra del Tordo, que está en una zona donde convergen laguna, río y mar, hay manglares y cenotes y tortugas.

Le agradecí al señor Rodulfo y me subí al camión que iba para Tampico. Era un viaje largo en una carretera que costeaba por el Golfo.

Allí íbamos muy a gusto, cuando nos detuvieron y ya no nos dejaron seguir. Había helicópteros y soldados, parecía zona de guerra. Según una señora que venía sentada en la fila de atrás, un comando armado había entrado a no sé cuál municipio y calle por calle había ido asaltando golpeando disparando a cuanto ciudadano encontraron, a los policías los colgaron de los semáforos y destruyeron todo a su paso.

Mucho rato estuvimos sin movernos y sin que nadie nos explicara nada. Había niños llorando, el baño estaba al tope de su capacidad, el aire olía a encierro y sudor y desesperación. En el radio se escuchaba un comercial: Visita Tamaulipas, maravilloso destino que te dejará deslumbrado, lleno de naturaleza, playas, pueblos mágicos y lugares listos para recibirte.

Me di cuenta entonces, de que venir acá tampoco había sido la mejor decisión, así que apenas llegamos a la terminal y con todo y lo cansada que estaba, me fui al aeropuerto para salir de allí, irme lejos, al otro extremo del territorio, hasta el Océano Pacífico que seguro, ése sí, me esperaba con los brazos abiertos.

Quiero un boleto para una playa tranquila en Baja California le pedí al que atendía en el mostrador. Ay señora, se acaba de ir el vuelo a La Paz, de allí ya quedan cerca Los Cabos, pero dentro de dos horas sale un vuelo a Hermosillo y de allí ya quedan cerca las del Mar de Cortés.

Eso hice. En avión primero y luego en camión me fui para allá. Según las fotos de una revista que encontré sobre el asiento junto al mío, era un lugar precioso, así que iba yo feliz. Pero cuál no sería mi sorpresa, que cuando llegué no se podía ir a la playa, porque a una empresa se le acababan de derramar tres mil litros de ácido en pleno mar, y aunque ellos decían que no pasaba nada, que todo estaba controlado, los ambientalistas aseguraban que el agua se había contaminado mucho.

Así que mejor puse pies en polvorosa. Y de plano hice lo que debí haber hecho desde el principio: irme a lo conocido, a la playa de la que escuché hablar desde niña, a la que siempre fue la ilusión de mis padres aunque nunca pudieron ir, a la que el hombre que hace muchos años me llevó por todo el país decía que era la más hermosa del mundo porque allí habían estado Rita Hayworth y María Félix: Acapulco. ¡Cómo le gustaba cantar Acuérdate de Acapulco / María bonita María del alma!

Así que compré mi boleto y para allá me fui.

Pero sucedió que cuando me bajé del avión y tomé un taxi para ir al hotel, no pudo pasar porque el camino estaba cerrado por maestros enojados con el gobierno quién sabe por qué, y su actitud era bastante agresiva. Así que tuvimos que dar un vueltón de casi dos horas, en pleno calor del día, por lugares que yo ni imaginaba que existían, un Acapulco que no sale en las fotos ni en las películas, calles de tierra casuchas con techo de lámina montones de niños descalzos y moquientos de jóvenes sin nada que hacer y de muchachitas vendiéndose.

Para cuando por fin llegué al hotel, agotada física y emocionalmente, sólo pensaba en cómo irme de allí lo antes posible.

Y eso hice. A la mañana siguiente me trepé a un camión (¡no iba a regresar al aeropuerto!) y me fui para mi adorada Ciudad de México ¡aunque no tuviera playas!

Pero sucedió que el dicho camión hizo una parada en Cuernavaca, y a mi memoria llegaron unas camas que rechinaban cuando mi amado y yo hacíamos el amor y un jardín donde nos sentábamos en las tardes para oír a los pájaros que se ponían sobre los cables de luz. Entonces sin pensarlo dos veces, me bajé.

Mi primera impresión del zócalo de la ciudad, fue que todo estaba igual que en mi recuerdo: el kiosco donde venden licuados de frutas, las dos plazas una junto a la otra. Pero poco a poco me di cuenta de que no era así, porque la grande estaba sin sus viejos y frondosos árboles y demasiado llena de gente que la había convertido en un muladar.

Frente al Palacio Municipal había un plantón y las personas llevaban fotos de unos jóvenes a los que habían asesinado. Más allá, otros escuchaban un concierto sentados en sillas plegables. Y todavía más allá, había parejas bailando danzón mujeres indígenas vendiendo artesanías hombres jugando ajedrez puestos de fritangas y heladerías con mucha gente comprando.

Después de pasear un rato, regresé a la terminal y esa misma noche llegué a mi ciudad, la Ciudad de México.

Aunque parezca de risa, pero me tuve que quedar en un hotel, pues ya no tenía casa. Elegí uno en el centro, porque no eran tan caros.

Lo primero que hizo el hombre de la recepción luego de asignarme la habitación y hacerme pagar por adelantado, pues le pareció muy extraño que no tuviera una tarjeta de crédito, fue hacerme firmar de enterada de todas las cosas a que los obligaba el gobierno y que ellos cumplían: qué hacer en caso de incendio o temblor conocer dónde está la salida de emergencia no fumar pues es un espacio libre de humo decir no a las drogas nada con exceso y todo con medida se prohíbe la entrada a menores de edad a los lugares donde se expende alcohol y ver los canales de cable no vigilados por los padres usar siempre el cinturón de seguridad en el auto y el casco en la moto o bici. Al final de la lista venían tres leyendas: en esta empresa no se discrimina por razones de género color de piel edad religión condición económica ni ninguna otra tanto para nuestro personal como para nuestros clientes sus datos personales están protegidos por la ley aliméntate sanamente.

Una vez enterada de todo eso, y portándome como turista, que al fin y al cabo sí lo era, le pregunté a dónde me recomendaba ir. A Chapultepec Xochimilco y Coyoacán dijo, y me entregó un folleto con los museos iglesias sitios arqueológicos restoranes y antros. ¡Era de no creerse la cantidad de cosas que había en la ciudad y yo que aquí había nacido no tenía ni idea!

Comencé con la colonia Condesa, porque me acordé que con mi primer novio íbamos a los parques que tienen allí y nos sentábamos durante horas en las bancas.

Y sí, allí seguían esos parques. Pero ahora estaban llenos de perros, montones de perros a los que les enseñaban a sentarse a recoger una pelota a correr y caminar, pero cuya mierda nadie recogía.

Regresé al hotel a pie, porque quería conocer. Me fui caminando por Insurgentes luego por Reforma luego por Juárez luego por Madero y para cuando llegué creí que me desmayaría de tan cansada.

El de la recepción no se sorprendió cuando le conté lo que hice, al contrario, le pareció perfecto porque según dijo, en el transporte público asaltan. A mi vez le dije que era peor caminar, pues las calles están demasiado llenas de gente y de autos que nunca se detienen ni dejan cruzar y con las banquetas chuecas baches desniveles y coladeras sin tapa.

Dos días completos no me moví de la cama hasta que logré reponerme. Pero en ese tiempo fue cuando decidí quedarme a vivir en la capital y dejarme de dar vueltas por el país, que ya no era el que yo había conocido.

El de la recepción me consiguió un taxi manejado por un amigo suyo y me lancé a buscar departamento.

Pero para mi sorpresa, en el centro los que parecían vacíos no estaban en renta porque eran bodegas o talleres de costura, tampoco lo estaban los de la Cuauhtémoc porque se los habían apropiado grupos de delincuentes y solamente su gente podía habitarlos, ni los de la Condesa porque se habían dañado con un temblor y no los habían arreglado, ni los de Coyoacán porque sólo recibían extranjeros.

Así que otra vez, cuando llegué de regreso al hotel, creí que me desmayaría de tan cansada y otra vez dos días completos no me moví de la cama hasta que logré reponerme.

Pero en ese tiempo me di cuenta de que ya no tenía nada limpio que ponerme. El de la recepción me consiguió otra vez el taxi manejado por su amigo y me lancé a un centro comercial. Allí aproveché para entrar a un salón de belleza y cortarme el cabello.

Salía yo del almacén con mis bolsas llenas de camisetas y ropa interior, cuando vi en el estacionamiento a dos hombres que discutían. Era por un lugar para dejar el auto, que yo lo vi primero no que yo, cuando de repente uno de ellos sacó un cuchillo y se lo clavó al otro en la sien, junto al ojo. Pero el lastimado siguió de pie como si nada, con el punzante enterrado en su cabeza y hablando por teléfono. El lastimador en cambio se quedó inmóvil, como si estuviera sorprendido por lo que había hecho. Y los que estábamos alrededor tampoco nos movimos ni hicimos nada, como no fuera mirar.

Así que una vez más, cuando llegué al hotel creí que me desmayaría, pero esta vez no por cansancio sino por horror. Así que de nuevo dos días completos no me moví de la cama hasta que logré reponerme, pero fue en ese tiempo que decidí mejor no quedarme a vivir en la capital porque ya no me sentía a gusto y me urgía alejarme de allí.

5

Pero ¿a dónde?

El país que había yo recorrido hacía años, el país que me sorprendió me encantó me sedujo me fascinó, hoy me era no sólo desconocido sino ajeno. Y por si eso no bastara ¡me daba miedo!

¿Ir a San Miguel de Allende a Oaxaca a San Luis Potosí a Orizaba? ¿Habrá todavía azulejos y huipiles y enchiladas rojas y neblina? ¿Ir a Villahermosa en un extremo del territorio o a Monterrey en el otro, a los Altos de Jalisco o a los Altos de Chiapas? ¿Habrá todavía manatís serpientes vivas frutas recién cosechadas leche apenas ordeñada? ¿Existirán todavía los que tejen los que amasan los que rezan en un templo los que trajinan en un mercado?

¿A dónde entonces?

No se me ocurría nada. Hasta que a mi mente empezaron a llegar los recuerdos. Me acordé de las caminatas por las ciudades coloniales, con sus calles derechitas sus iglesias sus plazas, y entonces quise volver a Mérida y a Guanajuato y a Morelia y a Zacatecas.

Y para allá me fui.

A la ciudad blanca llegué un mediodía lleno de luz, y me sorprendió que ni una sola persona andaba por las calles. ¿Qué pasa? le pregunté al del hotel. Es que todos le huyen a los 41 grados de calor me contestó. Y en efecto ¡hasta los árboles parecían acalorados!

Como yo tampoco lo aguantaba, me subí a una calandria de las muchas que esperaban en la esquina. Pero en cuanto el conductor empezó a golpear con el fuete al caballo que la jalaba, el pobre animal cayó muerto, completamente muerto. El hombre no podía creerlo. Se bajó corriendo y quiso desatarlo acariciarlo hacer algo, pero era demasiado tarde, el animal insistía en estar muerto. De las otras calandrias se acercaron los conductores: ¿Pos qué no le dites agua? ¿Pos qué no había tragado? ¿Pos qué no te fijates si ensució con sangre? ¿Pos a quioras te quitaste?

Entonces mejor me fui de allí, la imagen del pobre animal doliéndome en el cuerpo.

A Guanajuato llegué una media tarde con poca luz, y también me sorprendió que ni una sola persona andaba por las calles. ¿Qué pasa? le pregunté al del hotel. Es que todos le huyen a las balaceras me contestó. Y en efecto ¡hasta los policías parecían tenerle miedo a los disparos!

Entonces mejor me fui de allí, la imagen de la bella ciudad doliéndome en el recuerdo.

Tomé el camión para Morelia a la medianoche. Iba muy contenta por acordarme de lo que me había comprado allí el amado: los muebles de madera blanca el cofre laqueado y la falda de enredo con blusa bordada, que cuando me la puse por primera vez me recitó unas palabras en purépecha: mian shan xarani/estoy pensando en ti.

Apenas habíamos salido al camino, cuando me quedé dormida, agotada de tanto andar de acá para allá. Y no me enteré de nada hasta que alguien me tocó el hombro y me dijo que me tenía que bajar porque allí terminaba el viaje.

¿Ya llegamos a Morelia? pregunté completamente adormilada.

Estamos en Apatzingán contestó el hombre.

¡Pero si yo iba a Morelia!

Ah, se rio, pues ya no fue usted, eso quedó atrás hace muchas horas. Ahora está usted en Apatzingán, Apatzingán de la Constitución.

6

Me bajé del camión sin la menor idea de dónde estaba, pues con todo y mis viajes por México, jamás había escuchado hablar de este lugar.

Empecé a caminar arrastrando mi maleta. Aquí tampoco había ni un alma en las calles y ningún negocio estaba abierto, quizá por el calor, quizá por las balaceras, quizá porque era demasiado temprano.

En eso vi una casa en cuya puerta de metal de color negro colgaba un letrero anunciando que se rentaba habitación para señorita decente. Toqué mientras me encomendaba a todos los santos del cielo y de la tierra.

Unos minutos después abrió una señora que dijo ser la dueña y me enseñó el cuarto de marras. Tenía una cama una mesa un ropero con espejo las paredes pintadas de verde y el piso de cemento. Enfrente, el baño recubierto de mosaico también verde un escusado un lavamanos una regadera sin cortina.

Por supuesto, allí me quedé. No era cosa de ir a buscar otro lugar, considerando que de todos modos no conocía nada.

Nos caímos bien la señora Lore y yo. Vivía en esa casa con su madre, que pasaba el tiempo sentada en un sillón mirando la televisión y a la que todos respetaban y cuidaban, dos niñas flacas que temprano se iban a la escuela y una muchachita muy joven que limpiaba la casa y lavaba la ropa.

En las mañanas doña Lore guisaba y en las tardes se sentaba ella también frente al televisor. Entonces llegaban otras mujeres: que la vecina que la de las limosnas de la parroquia que la de la bonetería del jardín, y todas veían las novelas y platicaban.

¿Quién es esta señora? se oyó una noche decir a un joven que apareció junto a nosotros sin hacer ruido, como caído del cielo.

Es la que me renta el cuarto le respondió doña Lore.

El joven desapareció sin decir más. Es mi hijo me explicó, un buen muchacho que nos cuida nos da para el gasto nos compra ropa nos hace regalos, es el que me trajo la pantalla plana que ves en la sala.

Ya tarde, después del último noticiero, me fui a mi cuarto a descansar.

Me despertó un golpe brutal en plena cara. Mi nariz empezó a sangrar como llave abierta. Los golpes siguieron, en la cabeza en el estómago en el pecho. Dígame qué busca qué hace aquí a qué vino decía el que me golpeaba. Yo no podía ni siquiera verlo y no alcanzaba a decir nada cuando ya me caía encima el madrazo siguiente y la siguiente pregunta. La voy a matar si no me dice la verdad decía.

Si no cumplió su amenaza fue porque entró doña Lore, pero qué haces por amor de Dios, deja en paz a esa mujer gritó mientras trataba de detenerlo.

Quiero que diga a qué vino quién la mandó qué quiere de nosotros.

Nadie me mandó y no quiero nada ni busco nada, respondí como pude, sólo ando paseando por México y vine a dar acá por error, porque me quedé dormida en el camión.

Quiero que se largue de aquí ahorita mismo, y agradézcale a mi señora madre que la haya defendido, porque si no es por ella, ya no estaría usted en este mundo.

Pero no me pude ir. Porque no me pude levantar. Me dolía todo el cuerpo, tenía la nariz la cara y el estómago hinchados hasta la deformidad, y el médico que trajeron aseguró que tenía rotas dos costillas y la clavícula.

Fue la abuela la que se enfrentó al muchacho. Siete semanas ella no se debe mover para que los huesos le peguen dijo, así que aquí se queda la señora.

Y allí me quedé. A esperar a que mis huesos pegaran.

Los primeros días el dolor era tan grande, que se me salían las lágrimas. Las mujeres de la casa me daban a tomar agua y me ponían la bacinica. Dormía yo mucho tiempo, creo que por las medicinas tan fuertes que me recetaron, unas inyecciones que la abuela me aplicaba. Y yo, que tan miedosa era de las agujas, ni chistaba.

Entre sueños escuchaba: cuando el hijo se iba cuando regresaba cuando venían las vecinas cuando la muchacha salía al mercado. También oía las pláticas de las mujeres: que si agarraron a fulano y su esposa jaloneó a los policías gritando que lo suelten que si mengano ya no pudo seguir con el limón y tuvo que juntarse con los malos qué podía hacer el pobre si tiene montón de hijos y además se encarga de sus padres y de varios hermanos que si eso que andan diciendo de que el ejército va a patrullar servirá de algo yo creo que no porque los soldados a los que mandaron tienen el miedo puesto en la cara.

Mucho tiempo estuve así, no se cuánto. Me familiaricé con los ruidos de la casa con sus olores con sus ires y venires. Y las mujeres que allí vivían se familiarizaron con la idea de que había una mujer más en su hogar a la que cuidaban y alimentaban.

Hasta que me sentí mejor. Hasta que ya me pude sentar en la cama y mirar por la ventana la calle solitaria, en la que a veces algún perro buscaba algo de comer en las bolsas de basura que dejaban allí nomás sobre la banqueta. Hasta que pude comer los purés que la abuela ordenó que me cocinaran. Hasta que logré ir al baño apoyada en las hijas de doña Lore que se volvieron mis muletas. Y por fin, hasta que conseguí bajar las escaleras y sentarme en la mesa y comer la comida y empezar a ayudar en la cocina: me pasaban los frijoles para limpiarlos los ejotes para cortarles las puntas las verduras para picarlas las papas para pelarlas.

Así pasaron los días y las semanas y los meses. Hasta que mis huesos pegaron y ya no me dolían más. Entonces me paré en la sala cuando estaban viendo el noticiero y les dije a doña Lore y a la abuela: ya estoy curada, ya me voy.

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando las dos dijeron que no, que por ningún motivo me podía ir, y cuál no sería todavía más mi sorpresa cuando el muchacho, que en ese momento entraba a la casa, ordenó: ni se le ocurra, aquí se queda la señora.

Y allí me quedé. Porque ésas fueron sus órdenes.

Y porque la verdad es que no tenía a dónde ir ni con quién ir ni para qué ir.

Empezó entonces mi vida en Apatzingán de la Constitución Michoacán de Ocampo México.

7

Una noche mientras dormía, el muchacho se subió encima de mí y sin más trámite me violó. Y antes de que pudiera yo siquiera chistar habló: en esta casa mando yo, soy el mero mero y todos lo saben, también usted lo debe saber y por eso ahorita se lo estoy haciendo saber.

Y así fue. Me lo hizo saber y lo supe. Y desde entonces tuve que aceptarlo encima de mí noche tras noche madrugada tras madrugada, aunque mi cuerpo lo último que quería era sexo. Y tuve que bailar con él pieza tras pieza cuando puso música a un volumen insoportable, aunque mi cuerpo lo último que quería era moverse. Y tuve que beber con él vaso tras vaso de las botellas que traía con líquidos de sabor horrible, aunque mi cuerpo lo último que quería era alcohol. Y tuve que escucharlo cantar canción tras canción, si eso que salía de su garganta se podía considerar canto.

En algún momento estuve tentada a pedirle ayuda a la madre o a la abuela, pero ellas hacían como si nada pasara, como si no se hubieran enterado o no les importara.

Y no sólo eso. En una de esas mañanas en que preparábamos el guisado en la cocina, doña Lore me la soltó: mi hijo es el rey de esta casa, ya te habrás dado cuenta. Él tiene el derecho de hacer y decir lo que quiera. Y nadie lo contradice. También tú lo debes saber y por eso ahorita te lo estoy haciendo saber.

Y así fue. Me lo hizo saber y lo supe.

Días después, en una de esas tardes en que veíamos la televisión en la sala, doña Lore me lo repitió: mi hijo nos cuida nos da para el gasto nos trae regalos. Es un buen muchacho, aunque a veces un poco enojón, pero eso no es su culpa, son las malas influencias de algunos con los que anda y es el estrés que tiene por su trabajo.

Me quedé callada, ¿qué podía decir?

Una noche el rey de la casa, el que tenía derecho de hacer y decir lo que quisiera, al que nadie contradecía, decidió que ya no se iría a su habitación, sino que se quedaría a dormir conmigo.

Fue así como Alfonso, a quien todos llamaban Poncho, dejó de ser mi golpeador y mi violador y se convirtió en mi amante. Un amante impetuoso, lleno de energía y juventud.

Cosa extraña: de repente era yo otra vez la proveedora de lo que un hombre buscaba y sabía yo perfectamente cómo hacerlo, pues según decía la abuela, lo que bien se aprende no se olvida.

Mi vida adquirió entonces su rutina: en las mañanas ayudaba en la cocina, en las tardes veía televisión con las mujeres y en las noches me ocupaba del muchacho, que había encontrado en mi cama su escuela para aprender artes amatorias y también el único lugar del mundo donde se sentía seguro, donde se atrevía a dormir.

Usted me va a cuidar ¿verdad señora? no me va a abandonar ¿verdad señora? no me va a traicionar ¿verdad señora? preguntaba. Claro que te voy a cuidar claro que no te voy a abandonar ni te voy a traicionar le contestaba.

Empecé a sentir una gran ternura por este jovencito que se fingía tan poderoso y actuaba con tanta violencia, pero que cuando se quedaba dormido, con su cuerpo flaco y su cabello revuelto, parecía tan desvalido.

Pronto lo comencé a limpiar con un trapito, humedecido con agua y jabón, pasándoselo muy suavemente. Le tuve que quitar las botas y la chamarra, porque siempre se acostaba vestido de pies a cabeza. Y él se dejó, y una vez hasta se acurrucó en mí y me dijo madre.

Y fue así como Alfonso, a quien todos llamaban Poncho, dejó de ser mi amante y se convirtió en mi hijo, un hijo asustado, lleno de miedos y pesadillas.

Cosa extraña: de repente era yo por primera vez madre y no tenía ni la menor idea de en qué consistía eso, pues según decía la abuela, lo que no necesitamos nunca lo aprendemos.

8

La maternidad se convirtió en mi vida. Nada me interesó más, nada me atrajo más, y nada me ocupó más. Descubrí un mundo no sólo desconocido sino inimaginable. Y descubrí un modo de querer a alguien que nada tenía que ver con los amores que había experimentado.

El Poncho se convirtió en el centro de mi existencia. Y en su periferia. En su cielo y en su tierra. En el todo y en las partes. En el arriba y el abajo, el en medio y las orillas.

Lo esperaba a cualquier hora, le preparaba sus alimentos, le lavaba y planchaba su ropa, lo bañaba y acicalaba. Y eso le gustó tanto, que me empezó a hacer regalos: que una mascada que un perfume que unos zapatos, y hasta puso una televisión en mi recámara, para que yo pudiera escoger lo que quería ver.

Así fue que en vez de telenovelas, empecé a ver programas en los que sicólogas educadoras médicas y madres de familia, explicaban cómo había que cuidar alimentar educar y apoyar a los hijos.

Esto es lo que decían: que las madres son las que enseñan los saberes básicos para la vida los modelos de conducta y de relación los valores; que las madres tienen virtudes como la compasión la paciencia el sentido común; que las madres son las conservadoras del fuego doméstico centro mágico de todo lo que existe; que las madres deben hacerse responsables de sus crías amarlas y cuidarlas hasta que crezcan; que la relación madre-hijo está sustentada en el amor, la madre ama al hijo incondicionalmente no porque él lo merezca sino porque es su hijo, lo adora y admira no porque haga esto o aquello sino porque es él.

Y pues yo me lo tomé completamente en serio. Y a las pocas semanas ya había asumido completamente el papel.

¿A dónde vas mijo? preguntaba.

A mis asuntos respondía.

¿Cuáles son esos asuntos?

Usted eso no lo debe preguntar.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

Dime nomás si estudias o trabajas preguntaba.

Eso no es asunto suyo respondía.

Pero quiero saber de ti, quién eres qué haces con quién te juntas.

Pues con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Por qué llegas tan tarde mijo? preguntaba.

Porque ando haciendo mis cosas respondía.

¿Y cuáles son esas cosas?

Usted eso no lo debe preguntar.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

Dime nomás si andas metido con los malos preguntaba.

Eso no es asunto suyo respondía.

Pero quiero saber de ti, si corres algún peligro.

Pues con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Estuviste en la balacera que hubo hoy en la plaza? preguntaba.

Usted eso no lo debe preguntar respondía.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Tuviste algo que ver con la muchacha esa que desapareció? preguntaba.

Usted eso no lo debe preguntar respondía.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Andabas con los que quemaron el restorán del centro? preguntaba.

Usted eso no lo debe preguntar respondía.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Participaste en el asesinato del síndico? preguntaba

Usted eso no lo debe preguntar respondía.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

¿Sabes que si haces cosas malas te pueden llevar a la cárcel y hasta te pueden matar? preguntaba.

¿Y a usted qué le importa? respondía.

Porque las madres sufrimos si a nuestros hijos les pasa algo. Como la pobre que vio al suyo policía morir cuando los emboscaron en el camino hacia Aguililla. Tan joven él. Ella lloraba y le decía horrores al gobierno que no cuida a sus agentes.

¡Ésa fue la Catrina!

¿La conoces?

La conozco. Muy guapa, le gusta harto la fiesta.

¿Y su madre no se enoja?

Pues eso no sé, pero lo que sí sé es que hay madres que no se enojan. Al revés. Yo vi a una decirle a mi jefe que no uno sino dos de mis muchachos ya trabajan para usted y ahora le ofrezco a mi hija, mire qué bonita es.

¿Tu jefe? ¿Cuál jefe?

Usted eso no lo debe preguntar.

¿Y qué pasa si lo pregunto?

Pues que con la pena, pero no le voy a contestar.

¡Es que no quiero que te maten!

¿Y a usted qué le importa?

Porque te quiero.

¡Pues no me ande queriendo!

9

Mira, le dije un día muy seria, necesito saber la verdad de ti. Para poderte cuidar.

Mire, me dijo él también muy serio, no sé de qué verdad habla. Yo no sé nada, nada de nada.

Pero sí que sabía. Y gracias a que se enfermó con mucha calentura y estuvo delirando, empecé a saber yo también.

Supe que andaba con los empistolados y que su jefe le tenía buena ley. Que cobraba las cuotas para él pero tenía permiso de cobrar también sus propias cuotas, aunque muchos se molestaban por tener que pagar doble.

Supe que a todas partes iba con uno al que le nombraban el Botas y que su jefe le encargó enseñarle lo que tenía que aprender.

Así que cuando lo mandaron a matar a un comandante, de esos que vienen de la capital muy engallados y quieren decidir y mandar, llevó al Poncho. Se fueron en una patrulla y cuando el hombre salió de su casa ni tiempo tuvo de reaccionar, el Botas le dio los tiros y se largaron del lugar.

El jefe quedó tan contento que les regaló a cada uno un buen fajo de billetes.

Y cuando lo mandaron a quitar a unas viejas que andaban frente a la presidencia municipal con las fotografías de sus hijos desaparecidos y de sus chamacas violadas, también llevó al Poncho. Se fueron en una patrulla y cuando llegaron a la plaza las mujeres ni tiempo tuvieron de reaccionar, el Botas echó los tiros y se largaron del lugar.

El jefe quedó tan contento que les regaló a cada uno una pistola y además les permitió ir con los que emboscaron a unos soldados, a los que les dejaron cinco muertos y tres heridos, y eso que ellos eran sólo catorce y que toda la balacera no duró ni media hora.

Supe que si el Americano que si el Hipólito que si el Chango que si El Más Loco que si el Kike que si la Tuta; que si el Mencho peleaba contra el Marro que si el Nazario estaba vivo aunque el gobierno dijera que lo había matado que si cuando se llevaron al Abuelo todo el pueblo salió a defenderlo y cuando lo soltaron todo el pueblo salió a recibirlo con mariachis; que si la Familia Michoacana que si los Templarios que si los Jalisco Nueva Generación que si los Viagras y que todos pelean contra todos; que si las guardias comunitarias que si las fuerzas rurales que si las autodefensas y que todos dicen que ellos son los buenos y los otros son los malos y todos se acusan que tú estás infiltrado, el infiltrado eres tú.

Supe que si el limón el aguacate el mango el melón deben pagar cinco dólares por caja y que en los pueblos indios deben pagar dos mil pesos por hectárea y que en Aguililla cobran por tonelada de mineral que sacan y además se llevan para venderlo por su cuenta o para cambiarlo por lo que necesitan para fabricar las pastillas que son lo más importante, lo que más dinero deja.

Supe que un día se llevan a los municipales y traen a los federales que otro día se llevan a los federales y traen a los soldados que al rato regresan aquéllos y se van éstos y todo vuelve a empezar.

Supe que al jefe le gustaba ir a los restoranes en Morelia y sus sicarios cerraban el lugar para que nadie pudiera entrar ni salir, les quitaban los celulares a los comensales y todos se tenían que aguantar nadie podía protestar. Eso sí, les decían que pidieran lo que quisieran beber y comer, pues todo correría por cuenta de ellos.

Supe que cuando al jefe no le gustaba algo, sus sicarios cerraban la ciudad para que nadie pudiera entrar ni salir, ni los camiones ni las personas ni los alimentos ni las medicinas ni la gasolina y todos se tenían que aguantar nadie podía protestar. Eso sí, todo parecía muy alegre, pues los tipos cantaban somos banda, banda sin vergüenza y banda sinvergüenza.

Supe que un presidente les declaró la guerra y otro les mandó a un comisionado que un gobernador se entendía con ellos y otro dijo que iba a despachar en Apatzingán.

Todo esto supe, pero me quedé callada, ¿qué podía decir?

10

Por la ventana de la cocina los vi venir. Luego luego se miraba que no era para nada bueno.

Apenas tuve tiempo de avisarle a Poncho, cuando ya habían tirado la puerta y ya se habían metido a la casa.

Eran cuatro con unas armas enormes que empuñaron contra nosotras. ¿Dónde está ese hijo de puta? preguntaban mientras buscaban por todas partes gritaban insultaban. No sabemos decía doña Lore, él nunca nos avisa a dónde va ni cuándo va a regresar. Como eso no les gustó, pues así sin más le metieron dos tiros. Luego le preguntaron lo mismo a la abuela, que no contestó pero jaló a la sirvienta y se cubrió el cuerpo con ella. La bala que iba para la anciana le rozó el brazo a la muchacha y de allí se fue derechito al perico, que en su jaula gritaba enloquecido.

A mí uno me dio un golpe tan fuerte que fui a dar bajo la mesa y a las dos niñas se las llevaron pataleando y gritando enloquecidas.

Pero por más que hicieron todo eso y por más que voltearon la casa patas arriba, no encontraron al Poncho.

Cuando se fueron, aquello era un desastre. De todas las mujeres de la casa, una era cadáver, otra estaba herida, una golpeada y la abuela a punto de un ataque al corazón. Y había dos menos.

Poco a poco me pude levantar, aunque todo el cuerpo me dolía. Lo primero que hice fue tomarme una de aquellas pastillas que alguna vez, cuando me dieron otra golpiza, me había recetado el doctor. Y en cuanto me hizo efecto, empecé a actuar.

A doña Lore, que había quedado al pie de la escalera, la envolví en una sábana grande para poderla arrastrar hasta la sala, donde la acomodé muy estiradita encima del tapete y le prendí una veladora. A la abuela, que había quedado paralizada en su sillón, le preparé un té de tila y la llevé a su cama donde la acosté para que descansara. A la sirvienta, que había quedado tirada en el piso, la puse en la cama de una de las niñas desaparecidas y la curé como Dios me dio a entender, con puro alcohol y más alcohol. Pero como la herida no paraba de sangrar, corté una sábana y se la amarré bien apretada como había visto en la televisión que se hacía para parar las hemorragias, y le di también de las medicinas que habían sobrado de cuando yo estuve lastimada.

Era casi una niña y me miraba con ojos de cordero asustado cuando le saqué la plática.

¿Dónde es tu cuarto? pregunté.

No tengo cuarto seño contestó.

¿Dónde duermes? pregunté.

Pongo mi catre en la despensa seño contestó.

¿Dónde es tu baño? pregunté.

No tengo baño seño contestó.

¿Dónde haces tus necesidades? pregunté.

En la coladera del patio de atrás de la cocina seño contestó.

¿Dónde te bañas? pregunté.

En la misma coladera me echo el cubetazo de agua seño contestó.

¿Y tu familia dónde está? pregunté.

No lo sé seño contestó.

¿Cómo que no sabes? pregunté.

Es que nosotros somos de La Ruana, pero ya se juyeron y quién sabe para dónde contestó.

¿Y por qué huyeron? pregunté.

Porque ya no podían sembrar contestó.

¿Y por qué no podían sembrar? pregunté.

Pero ya no me contestó. Se quedó callada. Y yo no insistí.

Cuando me fui de allí me di cuenta de que no le había preguntado su nombre. En la casa todos la llamaban oye tú y yo también la llamé siempre así.

11

Enterré a doña Lore sin que su madre ni sus hijos estuvieran presentes. La abuela, porque no se podía mover, el susto y el dolor la habían afectado mucho, y las niñas y el muchacho, porque sólo Dios sabía dónde estaban.

Un señor al que le regalábamos diario las sobras de la comida, me trajo un cajón de muerto, de madera color café, barnizado y con algo grabado encima, que, según dijo, se había encontrado abandonado en el basurero municipal. Le quise preguntar cómo sabía que lo necesitábamos, pero no me atreví. Le quise preguntar cómo era que había un cajón de muerto tirado así nomás, pero no me atreví.

Así que lavé y vestí a la difunta, la metí en su ataúd y le pedí ayuda al vagabundo para conseguir un taxi que me llevara al camposanto.

Yo nunca había salido de casa de doña Lore, desde que llegué a Apatzingán estuve siempre adentro.

El taxista se dio cuenta de cómo miraba todo y dijo: si quiere la llevo a conocer. Y antes de que yo dijera sí o no, ya me estaba enseñando: aquí tenemos la plaza de la Constitución la plaza de los Constituyentes y la casa de la Constitución. En Apatzingán es cosa de mucha Constitución, por el cura Morelos que en este lugar la escribió. Ésa es la presidencia municipal y ésa la iglesia con su torre que tiene un reloj. Para allá están las avenidas Constitución y Plutarco Elías Calles y para acá están el centro cultural que hicieron hace poco en la vieja estación del tren y el lienzo charro. Por este lado se llega a la unidad deportiva con su alberca y por aquel lado a la biblioteca pública con sus libros. Más para allá se llega al mercado y más para acá se llega a la terminal de camiones. Le puedo enseñar el zoológico, allí los niños patinan. O Las piedritas, allí los jóvenes platican. Como hay que enterrar a la difunta, ya no le voy a enseñar los fraccionamientos como La Huerta ni las colonias como Palmira Niños Héroes Los arquitos. Pero cuando quiera, con gusto la llevo. Lo que sí le ofrezco es, si ocupa una misa de cuerpo presente con mariachis como se acostumbra acá, conseguirla a buen precio.

No gracias dije, apabullada con tanta palabra.

Usted manda seño.

Cuando llegamos al panteón, me ayudó a bajar la caja y antes de irse dijo: gracias por su pago, me hizo usted el día y hasta la semana. No sé por qué me prefirió a mí, pero me imagino que es porque las funerarias cobran mucho, con tanto muerto tienen el negocio más próspero de todos los negocios de esta ciudad. Bueno, es un decir, porque los negocios deveras prósperos de esta ciudad son otros, y solito se rio de su broma que yo no entendí.

Unos señores que trabajaban en el lugar, llevaron la caja hasta el sitio donde abrieron un agujero. No había nadie más que mi persona frente a la tumba. Miré el cielo, había un atardecer precioso. Me quedé pensando que la vida tiene cosas extrañas, pues yo que hacía tan poco tiempo ni los conocía, ahora era la única familia presente.

Cuando empezaban a echar las paletadas de tierra, llegó un cura que dijo ser amigo personal de la abuela y al que ella le había llamado para pedirle que fuera. Ahora éramos dos frente a la tumba en ese atardecer precioso. Me quedé pensando que la vida tiene cosas extrañas, pues yo que era una pecadora redomada, ahora rezaba por la señora Lore nada menos que con el Señor Obispo de Apatzingán.

Terminado el entierro y mientras caminábamos hacia la salida, el prelado me contó que la abuela había nacido en Nueva Italia, en una hacienda fundada por un inmigrante italiano en el siglo XIX, en la que vivían y trabajaban puros italianos, más de tres mil según dijo, que era muy próspera, producía maíz frutas algodón arroz. Hasta que el general Cárdenas la expropió y la convirtió en ejido. Fue entonces cuando la familia se vino para Apatzingán y pusieron una tienda, pero no se hallaron, estaban acostumbrados a ser agricultores y no comerciantes, así que acabaron regresándose a su tierra allá en Lombardía. A la hija la dejaron, porque para entonces ya la habían casado con un mexicano, un cacique de esos que siempre andaba con pistola al cinto, queriendo siempre más tierras y más ganado, siendo siempre amigo del delegado del banco ejidal del comandante del batallón y del jefe de la zona militar, que siempre resolvía los asuntos a su modo y hacía de las suyas sin que nadie pudiera con él. Yo le digo doña dijo muy serio, que la violencia por acá ha existido siempre, que no me vengan a decir que es cosa de hoy.

Me quedé callada, ¿qué podía decir?

Salimos del panteón dejando a doña Lore en su última morada como decía doña Livia, y dejando que el Señor goce de su compañía como dijo el obispo.

A lo lejos se escuchaba una canción: Qué bonito Apatzingán / tierra de lindas palmeras / y de hombres de valor sin igual.

12

Lo primero que hice fue limpiar bien la casa, que había quedado llena de lodo de los zapatos de los atacantes y de sangre de los cuerpos de los atacados. Después puse orden en la cocina la sala y las recámaras, que habían quedado revueltas por la buscadera de los armados. Y por fin, enterré junto al árbol de la calle al perico que todavía estaba en su jaula el pobre, ya duro y apestoso.

En los siguientes días, todo fue atender a las dos enfermas: darles sus baños de esponja ponerles ropa y sábanas limpias administrarles sus medicinas servirles sus comidas y sus tés de yerbas. Yo misma me los tenía que tomar, pues estaba muy triste, extrañaba a doña Lore, extrañaba a las niñas y extrañaba sobre todo a mi muchacho.

Así pasaron varias semanas en las que aquello era un hospital y un lugar de duelo.

Pero cuando doña Livia y la muchachita se sintieron mejor, empecé a salir. Necesitaba aire fresco, caminar.

Las primeras veces fui solamente alrededor de la cuadra, porque me dio miedo aventurarme más lejos en esa ciudad desconocida pero de la que había escuchado cosas tan terribles.

Eran puras casas como la nuestra, una tenía zaguán ciego y otra lo tenía de reja ésta era de dos pisos y aquélla de tres las había pintadas de blanco o pintadas de color con jardinera al frente o sin jardinera al frente, pero todas muy parecidas. Y todas cerradas a piedra y lodo, las ventanas protegidas con barrotes para que nadie se pudiera meter y con cortinas para que nadie pudiera ver lo que sucedía adentro.

Había algunos árboles sembrados en las banquetas, parecidos al que ahora alberga a nuestro perico, todos maltratados y llenos de basura que se ve llevaba allí un buen rato: vasos de unicel cáscaras de plátano pañales usados.

Pasados algunos días fui más lejos. Las cuadras de los alrededores eran iguales, las mismas casas las mismas banquetas chuecas los mismos árboles maltratados con la misma basura de latas vacías bolsas de plástico restos de comida.

Una de las casas por las que pasé estaba cerrada con cadenas y candados y tenía colgado un pedazo de cartón con un letrero que decía ¿por qué él? Y junto alguien había pegado una hoja de papel con un letrero que decía cállate el osico dices puras estupideses quieres una madrisa.

Pasados otros días fui aún más lejos, siempre pendiente de saber por dónde regresar y siempre atenta a que aún hubiera luz de día. Llegué a una calle ancha en la que había una papelería Carmelita una tortillería El grano de oro una frutería verdulería y recaudería La frescura de Tierra Caliente y una miscelánea El supercito. Había también puestos en los que vendían comida preparada zapatos vestidos juguetes maletas. En el que se llamaba Churrería General de la República vendían los más deliciosos churros, en el que se llamaba Textiles La Fama vendían los más preciosos sarapes, y en el que se llamaba La biblioteca vendían muchas revistas con fotografías de mujeres semidesnudas con unas nalgas descomunales y de asesinados con los ojos muy abiertos.

Otro día llegué hasta una avenida en la que había una tienda de plantas La nochebuena roja y una tienda de telas La seda roja. Entré a las dos, en aquélla estuve viendo las macetas, había rosas de muchos colores y flores azules blancas y moradas y en ésta estuve viendo las muestras, había algodones de muchas texturas y con dibujos gruesos y delgados.

Pensé en aprender a usar las viejas palas arrumbadas en el patio de atrás para sembrar mis propias plantas, y en aprender a usar la vieja máquina de coser arrumbada en la habitación de la difunta para coser mi propia ropa. Empezaría por sembrar flores amarillas ahora que se acercaba el día de muertos, quién quita y a doña Lore eso le gustaría y nos echaría su bendición desde el más allá, y empezaría por coserme una camiseta de esa tela amarilla que tiene dibujos de dólares, montones de billetes de cinco y diez y veinte y cincuenta y hasta de cien, que se enciman y se acomodan para un lado y para otro, quién quita y me darían buena suerte para tenerlos de a deveras.

Unos días después encontré sobre esa misma avenida una tienda en la que vendían libros y discos, en cuyo nombre no me fijé. Los libros no me llamaron la atención, pero los discos sí. Entré y estuve viéndolos todos, uno por uno, y pensé en mandar a componer el viejo tocadiscos que tenían arrumbado en un rincón de la sala para escuchar la música de Michoacán, quién quita y me darían buena suerte para que me aceptaran como de este lugar.

Allí mismo se escuchaba una canción: Soy de puro Michoacán / honrado y trabajador.

Una vez me tocó presenciar un desfile. Eran muchachas con uniformes de gala, marchando muy derechitas, moviendo piernas y brazos al mismo tiempo, con un tambor que les marcaba el paso. Cada contingente llevaba un letrero con el nombre de su escuela: academia de belleza tal escuela de estética tal instituto de maquillaje tal centro de estudios de alto peinado tal. Pensé en aprender a usar la vieja cámara de fotografía que tenían arrumbada en el cuarto de Poncho para retratar lo que estaba viendo, quién quita y cuando regresaran nuestras niñas les gustaría también ser cultoras de belleza.

Otra vez me tocó presenciar un asalto. Eran muchachos con las caras tapadas y armas enormes, que entraron al banco gritándole a todos los presentes que se tiraran al piso, mientras saqueaban las cajas de adentro y los cajeros de afuera. Pensé que convendría tener un celular y tomar un video para mandárselo a la policía, quién quita y tal vez así podrían detener a los delincuentes.

Lo que nunca faltó, hubiera sol o lluvia, desfiles o asaltos, fue el carrito que vendía los elotes. Allí estaba todos los días con la gran olla en la que se mantenían calientes y humeantes, los frascos de vidrio llenos de mayonesa mantequilla chile piquín, y su letrero de colores que anunciaba el nombre de la empresa: my lindo apatsingan.

Una vez mientras comía el mío, una señora que también comía el suyo le preguntó al vendedor: ¿Se acuerda don cuando aquí mismo se paraba uno que vendía hamburguesas que luego resultaron ser de carne de perro?

Yo no me acuerdo de nada respondió el aludido. Lo que era era y lo que es es.

Otra vez cuando ya había terminado el mío, una señora que estaba a punto de empezar con el suyo le preguntó al vendedor: ¿Se enteró don de que en el asalto al banco hubo dos muertos y tres heridos?

Yo no me entero de nada respondió el aludido. Yo me enfoco en mis cosas y que ruede el mundo.

Lo que tampoco nunca faltó, hubiera sol o lluvia, desfiles o asaltos, fue el señor que pedía limosna. Allí estaba todos los días con sus viejos zapatos que alguna vez habían sido negros y su viejo suéter que alguna vez había sido blanco. ¿No tendrá un trabajo para mí? preguntaba a cualquiera que pasara ¿No me puede cooperar para comprarme un taco? pedía a cualquiera que pasara.

Cuando por fin alguien le daba, sonreía con la boca abierta a la que le faltaban los dientes de arriba y hacía por besarle la mano al generoso mientras murmuraba: Diosito le ha de dar más, avíseme cuando vaya a la sierra de Oaxaca, lo recibiremos con mucho gusto.

Una tarde pasó muy despacio una camioneta y aventó algo. Cuando me acerqué a ver, resultó ser un anuncio: Se venden bonsai. Como vi que se detuvo en la esquina, fui para allá. Estaban preciosos, pero carísimos. Me puse a platicar con los vendedores, un padre que usaba bastón y pasaba el tiempo sentado y un hijo sano y fuerte que hacía todo el trabajo.

Me llevé a la casa uno de esos arbolitos, que se volvió un compañero fiel, allí puesto en mi habitación junto a la ventana, y que se conformaba con un poco de agua dos veces a la semana y algunas palabras de cariño de vez en cuando.

Otra tarde pasó a toda velocidad una camioneta y también aventó algo. Cuando me acerqué a ver, resultó ser una perra con sus cachorros recién nacidos. Estaban preciosos pero muy malhe­ridos. Me puse a acompañarlos en su agonía sin poder hacer nada. Al poco rato habían muerto todos menos uno, a pesar del esfuerzo conmovedor de la madre por acercárseles y lamerlos.

Me llevé a la casa a la sobreviviente, que se volvió una compañera fiel que a todas partes me seguía y se conformaba con sobras de lo que comíamos y algunas palabras de cariño de vez en cuando.

Un domingo me topé con un señor que me preguntó: ¿Es usted la pariente de doña Lorena que en paz descanse?

Sí soy contesté ¿por qué?

Me llamo Baldomero, soy esposo de Gloria, la vecina. Ella era muy amiga de la señora Lorena que en paz descanse, una vez hasta se fueron juntas con otras mujeres a la playa, invitadas por el hijo de doña Lorena que en paz descanse, quien pagó por todas las veintidós en avión y ocho días completos en el mejor hotel. Pero cuando pasó lo que pasó, pues le prohibí que visitara a la señora Livia para darle el pésame, no fuera ser que nos quisieran hacer daño también a nosotros, ya ve como son ésos, agarran parejo.

Me quedé callada, ¿qué podía decir?

Pero él siguió hablando: por favor dele nuestro pésame a la señora Livia, dígale que lo sentimos mucho por Lorena que en paz descanse, y por el muchacho desaparecido, y dígale que de las niñas no se preocupe, cualquier chico día se las encuentra por allí caminando, eso sí, preñadas, porque para eso las quieren.

Me quedé callada, ¿qué podía decir?

Otro domingo se puso en la esquina un hombre que vendía cosas viejas y me llamó: ¿No quiere ver lo que tengo?

Como me agarró por sorpresa, me quedé paralizada. Entonces él siguió hablando: ofrezco pinturas con paisajes que ya no existen sillas y mesas a las que les falta una pata relojes que no caminan y otras cosas para adornar su hogar.

Pero yo no tenía hogar, lo tuve durante un tiempo y ahora mi hogar era la casa de otras personas.

Ándele anímese dijo.

Pero no me animé. Lo que sí hice fue ponerme a conversar con él. Hablamos de cómo los tiempos de antes habían sido muy buenos pero los de hoy ya no lo eran.

Otro domingo se abrió la ventana de una casa que parecía abandonada y un hombre se asomó y me llamó:

¿No quieres subir?

Como me agarró por sorpresa, me quedé paralizada. Entonces él siguió hablando: te voy a hacer gozar güerita, te voy a hacer que te diviertas flaquita dijo.

Pero yo no era güerita, lo fui durante un tiempo y ahora era castaña como en mi niñez. Y tampoco era flaquita, lo fui durante un tiempo y ahora era regordeta como en mi juventud.

Te voy a hacer feliz mamacita insistió.

Pero yo no era mamacita, lo fui durante un tiempo y ahora sólo Dios sabía dónde estaba mi hijo.

Ándale anímate dijo.

Pero no me animé. Al contrario, me fui rápido como si el diablo me persiguiera, pensando que yo ya había cubierto mi cuota de amor en esta vida mi cuota de sexo en esta vida mi cuota de diversión en esta vida y ahora sólo quería la que me correspondía por la maternidad, que me había sido arrebatada.

13

Cuando la muchachita por fin se pudo levantar, lo primero que hice fue mandarla al mercado, porque ya nos urgía comer algo fresco, desde el día del asalto habíamos estado a puro arroz y frijol del que había en la despensa. Trae huevos leche un queso cotija grande gorditas de nata cecina y bastante alfalfa para preparar agua le pedí, y de una vez lo necesario para enseñarme a preparar esos tamales dulces tan sabrosos que hacía la señora Lore.

¿Uchepos? preguntó.

Pues no sé si así se llaman contesté.

Ocupamos elotes y leche, azúcar aquí hay.

Mientras los preparábamos, la muchacha me dijo: ¿Quiere saber cómo se metió el joven Alfonso con los malos?

Y sin esperar mi respuesta habló: desde que era chiquito le gustaba ver a los que llegaban en sus trocas grandotas y con sus armas. Apenas oía los motores, corría a la calle y decía que iba a ser como ellos cuando creciera. A doña Lore le daba mucha risa y hasta le compró su rifle de juguete. Al poco tiempo ya se quedaba a la entrada del camino y si venían los federales o los soldados o los comunitarios, corría a avisarle a uno de ellos al que le nombran el jefe. Gracias a eso nunca los agarraron desprevenidos. A doña Lore le daba mucho orgullo y hasta le echaba su bendición.

¿Y tú cómo sabes eso? pregunté.

Ay seño, a mí nadie me considera, es como si no existiera, entonces hablan todo y yo oigo todo contestó.

Otro día la mandé de nuevo al mercado, trae pollo otro queso cotija grande tortillas aguacates para hacer salsa y bastante jamaica para preparar agua le pedí. Y de una vez lo necesario para enseñarme a preparar esos tacos tan sabrosos que hacía la señora Lore.

¿Chavindecas? preguntó.

Pues no sé si así se llaman contesté.

Ocupamos masa y carne asada, chiles aquí hay.

Mientras las preparábamos, la muchacha me dijo: ¿Quiere saber más de cómo se metió el joven Alfonso con los malos?

Y sin esperar mi respuesta habló: un día doña Lore se fue derecho a ver al jefe, yo la acompañé. Vivía por Los Reyes y hasta allá fuimos para pedirle que le consiguiera trabajo al muchacho, pero algo que no sea peligroso le dijo la doña. Cómo conocía a ese señor y por qué él la ayudó, sólo Dios y ella y él lo sabían, pero lo hizo. Al poco tiempo el Alfonso ya se quedaba en la presidencia municipal, viendo todo y oyendo todo, y corría a contárselo al tal jefe. Gracias a eso, él sabía quién se casaba con quién cuál compraba qué cuánto valía tal casa terreno auto joya. A doña Lore le daba mucho gusto y hasta decía que Dios le estaba cumpliendo su sueño.

¿Y tú cómo sabes eso? pregunté.

Ay seño, ya le dije que a mí nadie me considera, es como si no existiera, entonces hablan todo y yo oigo todo contestó.

Un día cuando limpiábamos el arroz la muchacha me dijo:

¿Qué cree usted que era lo único que doña Lore no le permitía al muchacho?

Y sin esperar mi respuesta habló: decir groserías. Como ella era maestra de español, eso le importaba mucho. Él era de puro güey cabrón hijo de la chingada puta de mierda así nos hablaba a todos. Y pues la doña se enojaba y hasta le lavaba la boca con jabón y lo encerraba con llave al grito de en esta casa hablamos correctamente. ¡Imagínese! Decirle a un joven que no hable como hablan los jóvenes era como decirle a uno de tierra caliente que no tenga armas. Pero el muchacho se tuvo que cuadrar, porque doña Lore lo amenazó con pedirle al tal jefe que lo sacara del grupo y eso sí le pudo al joven Alfonso, su sueño era andar con ellos, ser como ellos.

Un día cuando limpiábamos los frijoles, antes de que la muchacha empezara a contar alguna historia, la abuela nos llamó: ayúdenme dijo.

Y allá fuimos atrás de ella, a acomodar las cosas de Poncho y de las niñas para cuando regresaran, y a guardar las de la difunta en unas cajas grandotas, que fueron a parar a un cuarto en donde tenía guardadas otras cajas grandotas con ropa de otros de sus hijos también ya difuntos.

En el trajín de doblar y guardar, doña Livia habló: cuando llegamos acá era un pueblo tranquilo, había bailes se coronaba a la reina se paseaba en el jardín se iba a las aguas termales. Todo muy bonito, pero a mí este lugar sólo me ha traído desgracias. A mi hija mayor se la llevó uno de ellos, por culpa del miserable de mi marido que se la regaló, pues según decía, lo mejor que le podía pasar en la vida era que un jefe le hiciera un hijo. El tipo estaba feliz porque la verdad es que ella era muy hermosa. Nunca la volví a ver, alguien me dijo que se fueron lejos.

Mis hijos chicos también se juntaron con los malos y también por culpa del miserable de mi marido, pues según decía, lo mejor que les podía pasar en la vida era estar protegidos por ellos. Nunca los volví a ver, alguien me dijo que a uno lo mataron y el otro anda en Estados Unidos.

Por eso del miserable de mi marido no guardo ni un pañuelo, ojalá se esté quemando despacito en las llamas eternas del infierno.

Otro día cuando picábamos las verduras, antes de que la muchacha empezara a contar alguna historia, otra vez la abuela llamó pero sólo a mí: ayúdame dijo.

Y allá fui atrás de ella, cuarto por cuarto, para sacar de adentro de los colchones y de las almohadas bolsas de plástico llenas de billetes. Eran dólares americanos, muchos, muchísimos. Y en el trajín de sacarlos, doña Livia habló: el miserable de mi marido me dejó bien provista, con todo y que se jugó mucho en la baraja y con todo y que le salieron otros hijos que reclamaron su parte. Poncho también nos daba dinero, bastante dinero. No me preguntes de dónde lo sacaba porque nunca nos dijo, pero mi hija se ponía feliz, lo gastaba en tinte fino para el cabello y bolsas de marca como las que usan las actrices de la televisión, era muy manirrota mi Lore que Dios la tenga en su gloria, el dinero se le escurría entre los dedos, igualita que a su padre. Yo en cambio lo guardé, porque en mi casa aprendí que hay que prepararse para las vacas flacas. Y mira tú, Bendito sea Dios que lo hice, porque si no, ahora nos moriríamos de hambre.

Y otro día cuando lavábamos la alfalfa para el agua y antes de que la muchacha empezara a contar alguna historia, otra vez la abuela llamó y otra vez sólo a mí: ayúdame dijo.

Y allá fui atrás de ella, a acomodar los dólares americanos que habíamos sacado, haciendo paquetes según la denominación de los billetes. Y en el trajín de hacer los montones, doña Livia habló: mi Lore que Dios la tenga en su gloria, era la más chica. Ella se hizo maestra por culpa del miserable de mi marido que la obligó a estudiar y le compró su plaza con los del sindicato, porque según decía, lo mejor que le podía pasar en la vida era tener con qué mantenerse puesto que era muy fea y jamás se casaría.

Pero sí se casó. O mejor dicho, se juntó con uno que trabajaba en el municipio, vivían en una casa pequeña, bien puesta y adornada con las cosas que le gustaban a él, y no les iba mal con todo y que al José le quitaban un montón de su sueldo, casi la mitad, como donativo obligatorio para sus superiores.

Lo bueno fue que la aceptó con el chamaco. Nosotros nunca supimos quién es el padre de Poncho, ella no dijo nada y nosotros no preguntamos nada ¿para qué? A lo hecho pecho como dicen acá. Luego tuvo a las dos niñas y una más que se murió al nacer.

Hasta que un día el hombre desapareció sin dejar rastro. Decían que se había ido con una que lo habían levantado que lo habían mandado a otra plaza que lo habían visto en tal municipio, vete tú a saber. Lo único seguro es que no supimos más de su persona y entonces Lore se regresó para acá, a vivir conmigo.

Fue entonces cuando se le ocurrió lo de rentar el cuarto que fue del miserable de mi marido ojalá se esté quemando despacito en las llamas eternas del infierno, que para ayudarse decía, pero yo creo que lo hizo para conocer gente, porque siempre vemos las mismas caras decía.

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Release date on Litres:
02 March 2026
Volume:
192 p. 4 illustrations
ISBN:
9786075572598
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