Read the book: «Añorantes de un país que no existía»

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© de los textos: los autores 2020

© de esta edición: Universitat de València, 2020

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Diseño de cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: David Lluch

ISBN: 978-84-9134-668-5

Edición digital

Para Ana y Antonio Deltoro Martínez

ÍNDICE

PRÓLOGO, Mariano Peset

PRESENTACIÓN: Entre España y México

FRAGMENTOS DE VIDA

DOS CONVERSACIONES CON ANTONIO DELTORO FABUEL (1978-1979)

1. Una infancia entre Chulilla y Valencia

2. Maristas, jesuitas y escolapios

3. En la universidad, de la Dictadura a la República

4. La guerra, con Renau en la Dirección General de Bellas Artes

5. De Madrid a Valencia, política y cultura

6. En Barcelona, del despacho al frente

7. La derrota, refugiados en Francia

8. Un año en República Dominicana

9. 1941, México, el exilio

Notas

POEMAS A MIS PADRES, Antonio Deltoro

TEXTOS Y DOCUMENTOS

Escritos de Antonio Deltoro Fabuel

Documentos

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

ÍNDICE ONOMÁSTICO

PRÓLOGO

Conocí a Ana Martínez Iborra y a Antonio Deltoro en agosto de 1986, en la ciudad de México, en su casa de Tejocotes, colonia del Valle. Aquel verano me acompañó mi mujer María Fernanda, que estableció contacto y amistad con varios españoles exiliados: con el ingeniero José Puche Planás que vivía en el mismo edificio –hijo del exrector republicano de Valencia–, con Elena Aub, y otros que mencioné en mi presentación del libro Universidades y exilio: homenaje a María Fernando Mancebo Alonso, recién editado por la fundación Max Aub de Segorbe… María Fernanda estaba realizando su tesis doctoral sobre la universidad de Valencia durante la república y la guerra civil, sobre la FUE que tanto protagonismo logró aquellos años. Ellos habían pertenecido a aquella organización de estudiantes que se enfrentó a la dictadura del general Primo de Rivera con intención de mejorar la universidad, el país… También en Valencia había hablado y trabado amistad con antiguos militantes de la FUE; tuvo el privilegio de conversar con protagonistas de su investigación, no solo escudriñar papeles.

Estuvimos un buen rato conversando sobre sus vidas. Ana recordó su bachiller en el instituto Luis Vives y sus estudios en la facultad de letras; su oposición a cátedra de geografía e historia de segunda enseñanza, con plaza en Irún. Al empezar la guerra volvió a Valencia, enseñó en el instituto-escuela y en el instituto obrero. Luego el exilio, Francia, Santo Domingo, en México fue profesora en el Luis Vives… Antonio Deltoro habló de sus primeros años en Chulilla, de su bachiller en los jesuitas y en los escolapios, de sus estudios en la universidad… Leyó mucho, conversó en tertulias; con José Renau participó en la creación de la Unión de escritores y artistas proletarios, que se reunía para renovar las vanguardias; fundaron la revista Nueva cultura, donde publicó sus primeros ensayos. Explicaba literatura en la escuela Cossío… Al estallar la guerra pasó a secretario de Renau, nombrado director general de bellas artes –ministro de instrucción pública Jesús Hernández–. Trabajaron para proteger el patrimonio, trasladando cuadros del Prado –Renau, Arte en peligro (1980)–, ofrecieron a Picasso la dirección del museo… Con el cambio de ministro se fue al frente, luego el destierro. En Santo Domingo dirige la revista Ozama –noticias, artes y letras–, destinada a los refugiados, donde publica nuevos ensayos. Pasan a México, enseña también en el Vives, pero al fin tuvo que dejarlo para mejorar los ingresos familiares… Desde aquel día surgió entre nosotros una amistad que duró toda la vida, aunque Antonio nos dejó pronto. Siempre que íbamos a México veíamos a Ana, en su casa de parque España, alegrías y tristezas compartidas.

María Fernanda –junto a Elena Aub– se reunió con ellos otras veces, y escribieron unas páginas que pueden leerse en este libro. Todavía en España la bibliografía sobre el exilio republicano era escasa, los volúmenes sobre El exilio español de 1939, que dirigió José Luis Abellán… Algunos diccionarios, luego fueron más, en la tradición del Espasa –Wikipedia o el flamante diccionario de la real academia de la historia–, quizá porque saben que se lee poco, solo se consulta. Aunque creo que breves vidas aisladas son solo datos; sus libros y publicaciones, meras relaciones bibliográficas… Aparte, como los autores son varios, hay diferente estilo o enfoque, ideologías distintas –recuérdese el numerito de la famosa entrada Franco–. Hay que reconstruir grupos y leer sus escritos, como se hizo en este artículo: en la escuela Cossío o en el instituto Vives, en el ministerio, en torno a Nueva cultura y Ozama… Comprender la situación, el espíritu de aquel trágico exilio. Otra cosa es el diccionario de Voltaire –un ejercicio literario, un ensayo sobre sus ideas– o el Dictionnaire historique et critique de Bayle, en el origen de la ilustración, incluso la Encyclopédie revolucionaria, que pertenecen a una época que los juzgaba vía adecuada para difundir ideas y conocimientos. Pero los diccionarios son para aprender idiomas, incluso los de la real academia o de María Moliner –tres veces mejor, según García Márquez–.

En La España de los exilios (2008) María Fernanda culminó una síntesis de sus conocimientos y buen hacer, que había anticipado en tantos trabajos. Llena de entusiasmo y firmes convicciones, quiso ofrecer su versión: «Solo quiero – dice– tras años de estudio, dejar mi interpretación para el futuro». Al ocuparse del instituto Luis Vives de México dejó –entre otras– una última mención: «por la amistad que me unió quiero recordar aquí a Antonio Deltoro y a su esposa Ana Martínez Iborra.» Y sendas fotografías, de su archivo personal.

***

Ana y Antonio no volvieron a España. Max Aub aclara esa actitud en La gallina ciega (1971): «Vengo –digo–, no vuelvo… volver sería quedarme…». Ellos también vinieron desde los sesenta para ver a la familia o arreglar algún asunto. El posible retorno de los exiliados republicanos tardó demasiados años en llegar.

Durante la segunda guerra mundial hubo esperanza, los aliados, tras los primeros éxitos del eje, iniciaron el camino hacia la victoria. En la carta del Atlántico de 14 de agosto de 1941, firmada por Roosevelt y Churchill para aunar fuerzas, prometieron respetar «el derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza.» El caso de España era flagrante. En febrero de 1945, la conferencia de Yalta –con Stalin– inicia la estructura de la organización de naciones unidas y diseña cómo quedarían Europa y Japón. Da un plazo a las naciones que quieran integrarse para declarar la guerra al eje –en Potsdam acuerdan romper toda relación con el gobierno de Franco–. El 26 de junio se firma en la conferencia de San Francisco la carta de las naciones unidas. La España oficial no está presente, aunque sí algunos republicanos exiliados. El consejo de seguridad nombró un subcomité para estudiar su postura sobre el régimen de Franco, y el 12 de diciembre de 1946 la asamblea general lo condenó «por su carácter fascista, establecido en gran parte gracias a la ayuda recibida de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini», a los que prestó ayuda considerable –la división azul-, la ocupación de Tánger… Retiraron embajadores… En 1948 la asamblea general aprobó la declaración de derechos, muy distante de la situación en España:

Artículo 21

1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos.

2. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país.

3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.

Sin embargo, todo cambió con la guerra fría. En 1950 se anula la condena y vuelven los embajadores, Estados Unidos concede un primer crédito. Luego vinieron los americanos con sus excedentes de leche en polvo y mantequilla y nuevos créditos que ayudaron a mitigar la pobreza y remediar la economía; establecieron sus bases con cierta limitación de la soberanía –Ángel Viñas, Los pactos secretos de Franco con los Estados Unidos: bases, ayuda económica, recortes de soberanía, Barcelona, 1981–. En diciembre de 1955 entran catorce naciones en la ONU, entre ellas España.

Los republicanos exiliados ya habían perdido la esperanza, había pasado demasiado tiempo, muchos habían muerto o no quisieron volver, su vida estaba en los países de acogida, México o Argentina, Francia, Rusia… Francisco Ayala lo atestigua: «Nuestra existencia durante este período ha sido pura expectativa, un absurdo vivir entre paréntesis, con el alma en un hilo, haciendo cábalas sobre la conflagración mundial, escrutando el destino que para los españoles prometía su deseado desenlace…», «¿Para quién escribimos nosotros?» (1949).

***

El retorno de los exilados fue dispar. El éxodo masivo de refugiados a Francia a inicios de 1939 se organiza mediante campos de internamiento cercanos a la frontera, que después se multiplican, incluso en el norte de África, en Djelfa, donde estuvo Max Aub. Muchos regresaron pronto a España –mujeres, niños, ancianos–; más aún cuando los alemanes entraron en Francia, mientras otros fueron internados en los campos de exterminio nazis o entregados por Pétain a Franco –Companys y Zugazagoitia, fusilados–. Muchos pasaron a la clandestinidad guerrillera y participaron en la liberación… Los más afortunados embarcaron hacia América. Franco continuó la feroz represión, juzgando y condenando, aniquilando la última resistencia del maqui interior… Sus campos de concentración no fueron muy diferentes de los hitlerianos –estudiados por Carlos Hernández de Miguel–.

En 1945 más de 100.000 españoles permanecían en suelo francés, en el sur y en las grandes ciudades; se les reconoció el estatuto de refugiado político, que perdían si volvían a España. Mientras, llegaron otros en sucesivas migraciones desde la España de la autarquía y el hambre. A partir de esta fecha Franco empieza a proclamar indultos y vías para el retorno; pero se ven con desconfianza, ya que no suponen amnistía, como muestra Pablo Aguirre Herráinz en su tesis de doctorado, ¿Un regreso imposible? Expatriación y retorno desde el exilio republicano (1939-1975) (2017). Se establecen filtros en la entrada o pueden ser denunciados y juzgados. Vienen algunos, pero la herida no se cierra. También en Rusia hubo un buen número de refugiados que ayudaron en el ejército soviético y se aclimataron en la paz. A partir de los cincuenta, un acuerdo permitió el retorno de los niños de la guerra…

En todo caso fue México el centro del exilio, gracias a la acogida del presidente Lázaro Cárdenas y la valía intelectual de muchos exiliados. La creación de la casa de España –después colegio de México–, su labor en la universidad nacional autónoma y en otras, facilitó su asentamiento. De otra parte, el SERE con el rector Puche a la cabeza y la JARE de Indalecio Prieto –enfrentados– pudieron financiar iniciativas y ayudas. Se agruparon en la unión de profesores universitarios españoles exiliados, creada en París, que pronto traslada su sede a México. En 1943 se reúnen en La Habana para sentar la restauración de un gobierno provisional republicano, las bases de su economía y del trabajo, una universidad nueva –Yolanda Blasco Gil, 1943: la transición imposible, también Jaume Claret–.

Las cortes republicanas se reunieron en México en 1945. Negrín continuaba de presidente del gobierno, renunció, y las cortes nombraron a José Giral, querían prepararse para el cambio. El presidente mexicano Ávila Camacho apoyó, decretó la extraterritorialidad del palacio de bellas artes para el discurso de Negrín y del salón de cabildos del palacio nacional para las sesiones.

En todo caso, sobre el retorno se puede reconstruir el marco legal –lleno de contradicciones–, intentar con esfuerzo fijar números en cada momento, sugerir razones; pero es casi imposible reconstruir tantas vidas, entrar en la mente y circunstancias de cada persona o familia. Habían transcurrido largos años, volver significaba abandonar logros alcanzados en el destierro, enfrentar, ya mayores, un nuevo comienzo con hijos nacidos o bien enraizados en su nueva patria: supondría un segundo exilio para los transterrados. Enrique Díez-Canedo había fallecido en México en 1944, sus hijos Enrique y Joaquín no volvieron, estaban instalados en su nueva patria –su nieta Aurora guarda la memoria de la familia, también Claudia Llanos y Clara Ramírez–.

Podemos abarcar un sector –el universitario–, algunos casos. Conozco de cerca el retorno de José María Ots Capdequí. Fue inhabilitado para cargos públicos, quince años y multa de 15.000 pesetas –datos de Vicent Sampedro Ramo–. Había pasado a Francia y después a Bogotá, pero regresó a España en 1953 por la muerte de su hijo mayor. Instó la revisión de su condena, y en 1961 logró su absolución, siendo repuesto en su cátedra un año después –datos de Carlos Petit–, poco antes de su jubilación. Agustín Millares Carlo volvió a España desde el exilio mexicano en 1952, algunos lo animaban. Antonio Rumeu de Armas le facilitó una entrevista con el ministro de gobernación Blas Pérez González y firmó la solicitud para incorporarse a su cátedra de paleografía en la central; pero Wenceslao González Oliveros, presidente del tribunal para represión de la masonería se opuso, y volvió a México –su expediente lo estudió Yolanda Blasco–. Fue repuesto en 1963, año de su jubilación, tornó a la UNAM, y después enseñó en Venezuela. No vino hasta la transición: tuvo un homenaje y unas clases en el centro asociado de la UNED en Las Palmas.

¿Era una regla no escrita en los recovecos del gobierno? Pensión sí, pero que no desempeñasen la cátedra. Max Aub pregunta a Américo Castro: «¿No te repusieron en tu cátedra? Quisieron hacerlo, meses antes de que me tocara jubilarme. No acepté. ¿Para qué? No lo hice por vanagloria ni por dármelas de héroe…» El histólogo Francisco Tello Valdivieso recuperó su cátedra en 1950, también en vísperas de su jubilación.

Es sabido que el régimen se ensañó con los discípulos de Cajal y arruinó su laboratorio. Pío del Río-Hortega se exilió en Argentina, Fernando de Castro hubo de esperar hasta 1950 para ser repuesto, todavía explicó unos años –véase José María López Piñero–. En el hospital provincial de Madrid estaba el psiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora, cercano a Cajal a través de Nicolás Achúcarro –muerto prematuramente– y de Río-Hortega. Depurado por ocho años y multa, se exilió a México, de donde volvió en 1947, aunque no logró ser repuesto hasta el año 60. Luis Urtubey, catedrático de histología en Valencia, fue separado, y nunca pidió la reposición, debían devolvérsela de oficio, pensaba.

En cambio, el matemático Julio Rey Pastor y sus discípulos tuvieron menos problemas; hacía años que había emigrado a Argentina donde encontró mejores horizontes –aunque en 1952 Perón le quitó la cátedra–. Roberto Araujo García, catedrático de análisis matemático en Valencia, fue condenado a seis años de prisión, una vez cumplidos fue reintegrado –como en mi facultad, Adolfo Miaja de la Muela–. El físico Nicolás Cabrera Sánchez vino del exilio a la autónoma de Madrid…

Llegada la tardía transición, regresaron otros. El camino estaba por fin abierto, incluso se reconocieron derechos y pensiones. En el archivo del reino vi a numerosas personas de edad buscando papeles para sus solicitudes, antiguos funcionarios –los más sin duda exiliados del interior–. Algunos entraron en el congreso de la mano de los partidos políticos: los comunistas Dolores Ibárruri, Rafael Alberti, Manuel Azcárate, Santiago Carrillo; en el senado Wenceslao Roces y el socialista José Prat, la eurodiputada Ludivina García Arias… Tarradellas volvió al frente de la Generalitat provisional: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!». El último presidente de la república José Maldonado fue a morir a Asturias –Manuel Vicent lo recordó en El País en abril del pasado año–; como Claudio Sánchez-Albornoz, también presidente del gobierno, a su Ávila natal. Jorge Semprún, español y francés –superviviente de Buchenwald– llegó a ministro, pero ésta es otra historia…

Por ley de vida apenas había cátedras que devolver. Max Aub en su viaje menciona a Francisco Ayala, que venía desde mucho antes; le van a reconocer la cátedra y se está comprando un piso en Madrid –en todo caso bordeaba la edad de jubilación–. En 1984 Ayala ingresó en la real academia española, fue premio Cervantes (1991) y recibió el Príncipe de Asturias (1998). En 2005 fue nombrado presidente del patronato de la biblioteca nacional… Nicolás Sánchez Albornoz –fugado de Cuelgamuros–, historiador y amigo, al que conozco hace muchos años, fue el primer director del instituto Cervantes en 1991. También desde Estados Unidos volvió ya jubilado, el historiador Vicente Llorens, investigador de la emigración liberal, donó su biblioteca y archivo a la Generalitat valenciana… Vino Elena Aub, su hija Teresa, la biblioteca y el archivo de Max, en la fundación de Segorbe, crucial para los estudiosos del exilio. Regresaría Manuel Tuñón de Lara, en Francia desde 1946: había pasado años en varios campos de concentración franquistas. Desde la universidad de Pau impulsó una historia más verídica, menos contaminada y nacionalcatólica. Fue catedrático en ésta y luego en el País vasco. Antes, no aceptó una invitación de catedrático extraordinario de la universidad de las Islas Baleares que le ofreció el claustro –nueve votos en contra, siete a favor y dos abstenciones. Más adelante, la universidad le nombró doctor honoris causa.

Los grandes médicos Severo Ochoa y Francisco Grande Covián eran emigrados científicos –ambos habían iniciado su carrera en el laboratorio de Negrín–. El régimen franquista intentó atraerlos, como años antes a Falla –deseaba su prestigio–. El premio Nobel partió pronto, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos. Venía cada año; cuando recibió el premio, La codorniz mostró su alegría por su concesión a un señor que veraneaba en Luarca. Jubilado en 1975, regresa y dirige dos grupos de investigación de biología molecular en Madrid y en Nueva Jersey. Grande Covián permaneció en España, en el instituto de Jiménez Díaz, y alcanzó en 1950 la cátedra de fisiología de Zaragoza. Luego se fue a Estados Unidos, quería investigar. Volvió a su cátedra en 1979, fue emérito. También desde México Mercedes Maestre y Libertad Peña, a los médicos quizá les era más fácil…

Hubo homenajes y reconocimientos sin duda. Algunos honores para los más preclaros. Exposiciones y congresos sobre el exilio –en especial de socialistas y comunistas y cenetistas–. Recuerdo a Adolfo Sánchez Vázquez en el avión desde México para asistir a alguno. Cambios en los callejeros de ciudades y pueblos, que son propaganda para los partidos –por eso no las numeran–. Hubo un redoblado interés sobre la historia del exilio. Abundaron las publicaciones; se formaron grupos de historiadores: Aemic o Gexel, la Cátedra del exilio –El retorno (2013)–. La edición de libros volvió a España, suprimida la censura. Quizá no fue bastante, pero fue algo si comparamos con la ley de memoria histórica, los muertos en las cunetas o en fosas colectivas, en el valle de los caídos. Triste España…

Sánchez Vázquez en «Fin del exilio y exilio sin fin» resumió el momento: el dilema ya no es monarquía o república sino dictadura o democracia. El precio de la transición fue un pacto de amnesia sobre el pasado, impuesto por antiguos franquistas, al ganar las elecciones Adolfo Suárez. El exilio no tiene fin.

***

Salvador Albiñana es un historiador cercano, hemos colaborado en varias ocasiones –además somos amigos–. Hace años leyó su tesis doctoral sobre La universidad de Valencia y la ilustración en el reinado de Carlos III, donde mostró su buen hacer y minuciosidad; en el segundo volumen, inédito, puntualizó las biografías académicas de los profesores… También ahora en estas páginas ha anotado hasta el último detalle las entrevistas de Antonio Deltoro, para ilustrar a fondo el complicado drama del exilio. Es además persona de buen gusto: en 1987 organizó una exposición en La Nave, cuando nos reunimos en el primer congreso de historia de las universidades hispánicas; años después la magna exposición del quinto centenario de la universidad, Cinc segles i un dia. Por las mismas fechas Letras del exilio. México 1930-1949, una muestra de la biblioteca del ateneo español, en colaboración con María Fernanda Mancebo y Francisco Caudet. Últimamente, Libros en el infierno. Biblioteca de la Universidad de Valencia, 1939; después, ¡Vámonos! Bernard Plossu en México, 1965-1966, 1970, 1974, 1981, con Juan García de Oteyza (2013) y La biblioteca errante. Juan Negrín y los libros (2015) en París y luego en Valencia, y tantas otras… Con este libro sin duda alguna confirma su cuidado y buen hacer.

MARIANO PESET

PRESENTACIÓN

Entre España y México

La memoria contiene detalles precisos, no el panorama completo; no resalta, si se quiere, todo el espectáculo. […] Más que nada, la memoria se parece a una biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie.

Joseph Brodsky, Menos que uno, 1986.

«Añorantes de un país que no existía» –verso de un poema de Antonio Deltoro, dedicado a sus padres– traza un apunte biográfico de Ana Martínez Iborra (1908-2002) y de Antonio Deltoro Fabuel (1906-1987). Fueron dos universitarios valencianos, estudiantes de Derecho y Filosofía y Letras en el tránsito de la dictadura de Primo de Rivera a la República, que trenzaron sus vidas muy jóvenes, en torno a 1931. Miembros de la FUE, la Federación Universitaria Escolar, por un largo tiempo militaron en el Partido Comunista. Deltoro colaboró en la revista Nueva Cultura y en la Dirección General de Bellas Artes –llamado por su amigo Josep Renau– en los dos primeros años de la Guerra Civil. Profesores de enseñanza media de literatura y de geografía e historia, el exilio los llevó a Francia, a República Dominicana y, en 1941, a México. Allí fallecieron.1

La exhortación moral de Manuel Azaña en su discurso de Barcelona, en julio de 1938 –el último de la guerra y el último, también, de su vida–, no fue escuchada por los vencedores. No hubo paz, piedad ni perdón.2 La derrota de la República obligó a miles de españoles a cruzar la frontera francesa a comienzos de 1939. La mayoría regresó unos meses después, pero 150.000 personas emprendieron el camino del destierro, un camino que no todos los vencidos pudieron seguir. Confiados en que la derrota del Eje los llevaría de vuelta a España, fueron muchos los que creyeron que el exilio no iba a resultar demasiado prolongado, pero en torno a 1946 esa esperanza se vio frustrada. El inicio de la Guerra Fría dio aliento al régimen del general Franco y alejó el horizonte de una restauración democrática en España. Los refugiados tuvieron que hacer frente a un destierro que se vislumbraba definitivo o, cuando menos, prolongado. Muchos lograron –con variada fortuna y a menudo con una agazapada melancolía– crearse unas renovadas vidas afectivas y profesionales. Fue un proceso complejo en el que hubo rasgos comunes, pero sobre todo múltiples variantes personales. La diáspora republicana se resiste al molde único. Fue heterogénea. Bien puede decirse que hubo tantos exilios como exiliados.3

No todos los desterrados vivieron atrapados en el anhelo del retorno, una historia que también ofrece perfiles variados y en la que alguna influencia ejerció la censura moral de la diáspora, la condena de la vuelta como claudicación política ante la dictadura franquista. Hubo, por lo demás, diversas temporalidades. Algunos regresaron a finales de los años cuarenta, otros en el crepúsculo del franquismo, ya prescritos los delitos de la Guerra Civil, o en los inicios de la Transición, pero la mayoría de los desterrados no regresó a España. En el ámbito de las letras o de la Universidad –como recuerda Mariano Peset en el prólogo de este libro–, hubo algunas excepciones, por lo común tardías y nunca exentas de dificultades.4

El esfuerzo de adaptación a la sociedad de acogida resultó más esperanzado para quienes habían comenzado el exilio con unos treinta años de edad, aquellos que pertenecían a lo que Vicente Llorens llamó «generaciones intermedias», en las que figuraba él mismo, nacido en 1906. La observación, escrita a casi treinta años de iniciada la diáspora, estaba referida sobre todo a los escritores, pero lograba un alcance mayor. Esas generaciones, escribe Llorens –primer historiador de los exilios españoles contemporáneos– «deseosas o necesitadas de abrirse camino han sido en conjunto las más afirmativas».5 A esa generación pertenecían Antonio Deltoro y Ana Martínez Iborra, para quienes México pronto dejó de ser un paréntesis y se convirtió en el escenario de una nueva vida. Lo recuerda la estrofa del verso que inicia este escrito: «En México mis padres se sintieron a salvo, exiliados y añorantes de un país que no existía, casi perdido del todo, pero al lado de un parque, con sus hijos jugando sin hambres ni guerras. Después nos decían que sus años más felices fueron nuestros años más tiernos».6

El término oficial del exilio, la cancelación de las relaciones diplomáticas entre México y el Gobierno republicano, y el reconocimiento de la nueva España democrática alentaron unos primeros balances historiográficos y políticos, estimularon el memorialismo y propiciaron un mayor recurso a las historias de vida como fuente documental. Un método de investigación que matizaba el predominio de los relatos históricos carentes de protagonistas y fundados de modo exclusivo en el documento impreso. La historia oral había cobrado auge en la historiografía anglosajona desde mediados de los años sesenta, y no tardó en aplicarse –la edad de muchos protagonistas lo hacía posible– al estudio de la Guerra Civil. Valga la mención a Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, de Ronald Fraser, obra elaborada a partir de trescientas entrevistas realizadas en diferentes partes de España y que ofrece una impresionante historia oral de la contienda fratricida española.7 Pero tanto o más que a la guerra o al inicio de la represión franquista el recurso a las fuentes orales se aplicó de inmediato a dar cuenta de uno de sus desenlaces: el exilio. México fue una geografía privilegiada por cuanto reunía la densidad de la diáspora republicana con una tradición académica de registros sonoros interesados por la etnohistoria y por la Revolución mexicana. A comienzos de la década de los setenta el Instituto de Antropología e Historia de México creó el Archivo de la Palabra, un gran repositorio de fuentes orales que en 1979 incorporó el exilio republicano español.8

Los libros de Patricia Fagen –que realizó su trabajo de campo en 1966 y 1967– y de Ascensión H. de León-Portilla sobre los transterrados en México, publicados en 1973 y 1978, ya habían representado unos primeros logros.9 En ese último año, Francisca Perujo, integrante de la segunda generación del exilio –la de quienes habían llegado a México en su infancia–, proyectó una encuesta análoga. A ese empeño pertenece una entrevista con Antonio Deltoro que la escritora no pudo concluir, y quedó interrumpida por una larga estancia profesional en Italia. El registro de la conversación –que ha permanecido inédita– concluye con el efímero tránsito por República Dominicana, y no alcanza a tratar los largos años del exilio mexicano. Ana Martínez Iborra, también amiga de Perujo, no debió de mostrarse demasiado interesada en participar. «Para qué hablar de todos estos desastres», sentenció en la que pudo ser una primera y única entrevista tardía, en 1995. Los desastres eran los de la Guerra Civil, que, en suma, constituían la razón primera y determinante de esas conversaciones. «De la guerra todo el mundo te va a contar lo mismo», le dijo Deltoro apenas iniciado su encuentro.10

Por entonces, a partir de 1979, Eugenia Meyer, especialista en historia y memoria y en la utilización de fuentes orales como método auxiliar de la investigación histórica, concibió y coordinó el proyecto «Refugiados españoles en México» para el Archivo de la Palabra del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En lo esencial quedó concluido a inicios de los años noventa –ya bajo la dirección de Dolores Pla Brugat– y reunió 120 testimonios, recogidos en su mayoría en la ciudad de México por diferentes colaboradoras que, al igual que Perujo, pertenecían a la segunda generación del exilio. En ese programa participó Antonio Deltoro. Fue entrevistado en 1979 por la escritora y editora Matilde Mantecón de acuerdo con un cuestionario común estructurado en cuatro bloques –antecedentes biográficos, los años de la República, la Guerra Civil y el exilio–, lo que por momentos resta algo de viveza al relato.11 Por otro lado, la conversación con Perujo, amparada por la privacidad y no destinada a una institución pública, resulta más fluida y permite en mayor medida la observación cercana y desenvuelta. En ambos casos, las entrevistadoras no volvieron sobre sus preguntas, lo que hubiera propiciado un esfuerzo de rememoración por parte de Deltoro, haciendo posible respuestas más matizadas o de mayor calado documental; lo que sin duda se pretendía era, sobre todo, el recuerdo más espontáneo, aquel que sobreviene sin elaboración previa. Las entrevistas prestan mayor atención al periodo que media entre el declive de la dictadura primorriverista y la derrota republicana de 1939. Para Deltoro fueron años decisivos, años atesorados en la memoria y evocados de continuo en México:

Fui de la generación de la República. Y después de los enemigos de la República, bueno, no de la República en sí, sino de cómo era esa República. La guerra fue la culminación de todo ese proceso vital. […] Hay gente que ha seguido una línea recta, y yo he ido –le confiesa a Perujo citando a Baltasar Gracián– a brincos de conciertos y desconciertos, por el medio en que nací, por mi formación familiar, por mi evolución histórica.

He revisado la transcripción de la entrevista con Mantecón realizada por el INAH y he transcrito la de Perujo, que se editan por vez primera con el título: «Dos conversaciones con Antonio Deltoro Fabuel (1978-1979)». En razón de la temporalidad lineal que ambas mantienen, no he considerado necesario conservar las preguntas y he preferido que el lector se acerque a la narración de Deltoro de manera más inmediata. Para facilitar la lectura he creado nueve epígrafes cronológicos y temáticos que respetan el orden seguido por las entrevistadoras.12

He anotado las conversaciones por extenso. Ampliar la documentación y cruzarla con referencias bibliográficas diversas resulta necesario para contextualizar los acontecimientos y para vislumbrar los desajustes entre la verdad del recuerdo individual y la verdad documental o historiográfica. También me ha permitido precisar episodios de la vida política y cultural de la Valencia de los años treinta, como la exposición de José Gutiérrez Solana en la Sala Blava (1929) o la visita de Paul Vaillant-Couturier (1933) en apoyo de la recién creada Unión de Escritores y Artistas Proletarios (UEAP); así como perfilar con algún detalle su larga amistad con Renau, iniciada hacia 1930. La biografía de Antonio Deltoro y de Ana Martínez Iborra también ayudaron a construirla quienes aparecen en las notas, vestigios del fluido cruce de encuentros que crea todas nuestras vidas. Deltoro despliega un incesante elenco onomástico, entre su compañero de estudios en los jesuitas Ernesto Alonso Ferrer, el pintoresco anarquista Antonio Badal, Porro, o la enfermera comunista Águeda Serna, Mura, un encuentro breve, cuya mención arroja algo de luz sobre las biografías escondidas del exilio.13 «Parece ser que todo está ligado a la vida y la muerte en México de muchas personas», precisa al mencionar al escritor Paulino Masip, fallecido en 1963. El relato de Deltoro habla de una derrota, pero sobre todo evoca unas vidas que lograron reconstruirse en la diseminada diáspora que encontró en México una de las grandes geografías de acogida. Llegaron en torno a 20.000 españoles, en su mayoría trabajadores manuales, si bien quienes estaban vinculados a las letras y las artes, la actividad científica o la docencia –en torno a un 30 %– han sido objeto de un mayor número de estudios.14

A pesar de lo mucho que se ha escrito desde los años ochenta sobre la Valencia republicana y sobre el exilio en México, el conocimiento que tenemos de Deltoro y de Martínez Iborra es desigual y adolece de imprecisiones o errores documentales que este trabajo aspira a paliar. Puede servir de ejemplo una fotografía de abril de 1937 que muestra –de izquierda a derecha– a Manuel Altolaguirre, Antonio Deltoro, Ana Martínez Iborra, Juan Gil-Albert y Ramón Gaya. Una imagen tomada en Alicante, donde el grupo participaba en alguna actividad de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura. No siempre la acompaña el crédito correcto. En un reciente libro se confunde a Deltoro con Antonio Sánchez Barbudo y Martínez Iborra es silenciada con un escueto y resignado «dona no identificada».15


Manuel Altolaguirre, Antonio Deltoro, Ana Martínez Iborra, Juan Gil-Albert y Ramón Gaya, Alicante, 1937. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

Antonio Deltoro es mencionado en los repertorios con una identidad algo esquiva –profesor, escritor, intelectual, ensayista o abogado– porque algo esquivo fue también su perfil profesional. Ha merecido atención historiográfica en razón de su actividad cultural en los años treinta y su vinculación a Renau.16 Por el contrario, a Martínez Iborra –siempre profesora, antes y después de la guerra– se la encuentra más tardíamente en los estudios sobre la enseñanza secundaria en España y en México. No obstante, ambas siguen siendo, en cierto modo, biografías un tanto veladas. Sus nombres los reunió por vez primera Vicente Llorens en Memorias de una emigración (Santo Domingo, 1939-1945), libro sobre el exilio en República Dominicana publicado en 1975. Los recordó a propósito de Ozama, una efímera revista ideada y dirigida por Deltoro, de cuyo primer consejo de redacción formaron parte Ana Martínez Iborra, Álvaro Custodio y Joan Junyer. Más tarde, los encontramos en el primer índice biobibliográfico del exilio en México, elaborado por Matilde Mantecón en 1982. Algo después, Elena Aub y María Fernanda Mancebo –que entrevistaron a Deltoro y a Martínez Iborra en su domicilio en México, en 1986– ofrecieron una primera y más amplia semblanza que daba cuenta también de los años valencianos previos a la Guerra Civil, así como de la corta etapa dominicana, entre 1940 y 1941. Asimismo, reaparecieron en los trabajos de José Ignacio Cruz sobre la pedagogía republicana en América, o en el diccionario del exilio cultural valenciano editado por Manuel García en 1995. Finalmente, sus nombres saltan en las páginas de la reciente monografía de Julia Tuñón sobre el Instituto Luis Vives, el primer Colegio creado por el exilio en México, abierto en 1940.17

En las entrevistas despliega Deltoro su capacidad fabuladora en la evocación de tipos y de ambientes. Advierte contra el abuso de la anécdota, pero recurre a ella a menudo. «Brillante platicador y agudo polemista –y un tanto montaraz–», escribió Renau, que lo trató mucho y por largo tiempo.

No era de los más asiduos a nuestras reuniones y debates –prosigue Renau, en referencia a quienes formaban la redacción de Nueva Cultura–. Sin embargo, estaba siempre presente en nuestro ánimo, que temía y gozaba a la vez del cálido, ingenioso y cáustico juicio de su lengua. En nuestra redacción –cuando venía–, en las tertulias de café –donde estaba siempre– o en las de mi estudio, su «mala leche» ibero-valenciana era la sal y la pimenta, que él prodigaba y suministraba equitativamente. […] Aprendíamos mucho de él.18

Fue, sin duda, diestro en la controversia y un excelente conversador, educado en la frecuente lectura y en el templado florete de la tertulia de café.

En estas conversaciones Deltoro combina el retrato costumbrista y el boceto biográfico con el recuerdo de escenas y pormenores insignificantes, atento a lo aparentemente trivial. «Sólo el detalle tiene algún interés», aconsejó Baroja al referirse a los libros de recuerdos.19 Buen lector del escritor vasco, Deltoro aplica la exigencia sin el menor afán de apuntar el rasgo revelador. Tan solo por el paladeo de las anécdotas y porque dan forma a nuestra existencia, y en ellas se encuentra la textura de la vida. «Mi padre, el memorioso, el inventor de cuentos y de anécdotas», escribe Antonio Deltoro en el poema «Bajo el cielo de marzo».

1. «Parque México», en Rumiantes y fieras, México, Ediciones Era, 2017. A finales de 2017, Antonio Deltoro Martínez (Ciudad de México, 1947) preparó para este libro una selección de diez poemas a la que puso por título Poemas a mis padres.

2. Manuel Azaña: Obras completas, vol. 6 (edición de Santos Juliá), Madrid, Ministerio de la Presidencia-Centro de Estudios Constitucionales, 2007, pp. 168-181.

3. La bibliografía sobre el exilio de 1939 resulta inabarcable. José Luis Abellán dirigió una obra monumental en la que colaboraron muchos protagonistas de aquel destierro: El exilio español de 1939, 6 vols., Madrid, Taurus, 1976-1978. Una sugerente revisión de conceptos y problemas en Mari Paz Balibrea (coord.): Líneas de fuga. Hacia otra historiografía cultural del exilio republicano español, Madrid, Siglo XXI, 2017.

4. Olga Glondys: «Regresos», ibíd., pp. 217-224. Marisol Alonso, Elena Aub y Marta Baranda: Palabras del exilio 4. De los que volvieron, Archivo de la Palabra del INAH, México, INAH-Instituto de Investigaciones José Luis Mora-Librería Madero, 1988; Jordi Gracia: A la intemperie, Barcelona, Anagrama, 2010; Alicia Gil Lázaro, Aurelio Martín Nájera y Pedro Pérez Herrero (coords.): El retorno. Migración económica y exilio político en América Latina, Madrid, Cátedra del Exilio-Instituto de Estudios Latinoamericanos-Marcial Pons, 2013; Giulia Quaggio (ed.): «Volver a España. El regreso del exilio intelectual durante la Transición», Historia del Presente, 23, 2014, pp. 11-68.

5. Vicente Llorens: «Entre España y América. En torno a la emigración republicana de 1939», en Manuel Aznar Soler (ed.): Estudios y ensayos sobre el exilio republicano de 1939, Sevilla, Renacimiento, 2006, pp. 167-179, 174.

6. Ana Deltoro Martínez nació en la ciudad de México en 1942, y Antonio Deltoro Martínez, como queda dicho, en 1947.

7. Ronald Fraser: Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española, 2 vols., Barcelona, Crítica, 1979.

8. Un apunte sobre los inicios de la historia oral en México, en Eugenia Meyer: «El archivo de la palabra», Boletín del Instituto Nacional de Antropología e Historia, 23, México, 1978, pp. 3-7. Rehabilitada y controvertida, la memora individual está colmada de olvidos e inserta a su vez en una compleja red de memorias sociales y colectivas, Josefina Cuesta: La odisea de la memoria. Historia de la memoria en España, siglo XX, Madrid, Alianza Editorial, 2008, pp. 63-135.

9. Las obras de Fagen y de León-Portilla se consignan en la bibliografía.

10. Las entrevistas se encuentran en el archivo de Ana y Antonio Deltoro, en México. La de Antonio Deltoro se realizó los días 2, 3 y 4 de abril de 1978; de la de Ana Martínez Iborra ha quedado un breve registro cuya transcripción –Ana Martínez Iborra. Fragmento de una entrevista con Francisca Perujo, 1995, s/p– debo a Ana Deltoro. Sobre Perujo, véase la nota 178 en Notas a las conversaciones (en adelante NC).

11. La entrevista tuvo lugar el 14 de agosto y el 2 y 4 de octubre de 1979. El programa contó con la ayuda del Ministerio de Cultura de España, y por ello la transcripción puede consultarse en el INAH, en México, y en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca: PHO/10/039. Un breve resumen se encuentra en Dolores Pla Brugat (coord.): Catálogo del fondo de historia oral: refugiados españoles en México, Archivo de la Palabra, México, INAH, 2011, pp. 23-24. Sobre Mantecón, véase NC, 178.

12. La extensión de las entrevistas es similar, en torno a siete horas de conversación cada una de ellas. En la edición, he eliminado interjecciones y muletillas expresivas, he corregido los errores advertidos en nombres propios y topónimos, y he atendido algunas observaciones de Ana y Antonio Deltoro Martínez.

13. Deltoro la conoció al final de la guerra, cuando era comisario en el XIV Cuerpo de Ejército. Mura contrajo matrimonio con el bronco comunista mexicano David Serrano Andónegui, que la involucraría en el primer intento de asesinar a Trostki en mayo de 1940. Falleció en México en una fecha que no he podido precisar. Véase NC, 121.

14. La densidad del exilio intelectual en México convierte la bibliografía en inabarcable. Véanse las obras citadas en NC, 174-197. También Manuel Aznar Soler (dir.): «Homenaje a México y al exilio republicano español de 1939 en México», en Laberintos. Revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, 17, 2015, pp. 66-309. En la corrección de pruebas de este libro, Manuel Aznar Soler e Idoia Murga Castro han editado: 1939. Exilio republicano español, Madrid, Ministerio de Justicia / Ministerio de Educación y Formación Profesional, 2019, catálogo de una muestra comisariada por Juan Manuel Bonet.

15. El pie de foto precisa: «Juan Gil-Albert amb intel·lectuals republicans durant la Guerra Civil. Manuel Altolaguirre, Antonio Sánchez Barbudo, Ramón Gaya i una dona no identificada» [‘Juan Gil-Albert con intelectuales republicanos durante la Guerra Civil. Manuel Altolaguirre, Antonio Sánchez Barbudo, Ramón Gaya y una mujer no identificada’]. Salvador Calabuig i Sorlí (coord.): València republicana. Societat i Cultura, Valencia, Ajuntament de València, 2016, p. 170.

16. Juan Manuel Bonet: «Deltoro, Antonio», en Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936, Madrid, Alianza Editorial, 2007, p. 196, lo menciona como ensayista, (1.a edición 1995). Carlos Álvarez se refiere a él como profesor: «Deltoro Fabuel, Antonio (1907-1987)», en Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García (eds.): Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano, 4 vols., Sevilla, Renacimiento, 2016, 2, pp. 178-179.

17. Véase la bibliografía final. El trabajo de E. Aub y M. F. Mancebo se reproduce aquí como facsímil en Textos y documentos, 12. Mancebo los recordó de nuevo: La España de los exilios. Un mensaje para el siglo XXI, Valencia, Universitat de València, 2008, pp. 242 y 246-248.

18. Josep Renau: «Notas al margen de “Nueva Cultura”, Nueva Cultura. Información, crítica y orientación intelectual. Valencia (21 números) enero 1935 - octubre 1937. Problemas de Nueva Cultura, Valencia 1936, Vaduz-Madrid, Topos Verlag - Ediciones Turner, 1977, p. XXIII. Los comentarios de Renau sobre Deltoro, Ángel Gaos y Francisco Carreño Prieto los he reunido en el apartado Textos y documentos, 10.

19. Pío Baroja: «Desde la última vuelta del camino», en José-Carlos Mainer (ed.): Obras Completas, vol. I, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997, p. 117.

FRAGMENTOS DE VIDA

Antonio Deltoro nació en Chulilla a finales de 1906, en una familia de campesinos adinerados y de arraigadas convicciones católicas que al poco tiempo, para atender la educación de sus seis hijos, se trasladó a Valencia. Acabado el periodo escolar, la infancia y la juventud de Deltoro las constituyeron largos veranos en el pueblo: «Doy gracias al cielo por haber nacido allí», afirma con entusiasmo.

Chulilla fue enciclopedia del mundo natural y escuela de vida en el trato con algunos jóvenes algo mayores de edad, lectores del anticlerical semanario La Traca, y con el blasfemo Tisera, también jornalero de su familia y trovero procaz con quien tuvo una relación cercana. Deltoro destaca, como ya había hecho Cavanilles a finales del siglo XVIII, la medianía como rasgo social característico de aquel pueblo de mil quinientos habitantes: «Como no había grandes terratenientes, no había nadie que no tuviera su parcelita de tierra […] y compensaban esa economía con el jornal». Fue, con los años, destino de frecuentes excursiones de los amigos –artistas de la Valencia de los años treinta– y de visitas de su novia Ana, y ocasional refugio de Renau, necesitado de ocultarse en algún lance de la militancia comunista. Allí, en ese pueblo colgado sobre el Turia, recordará su hijo la infancia feliz del padre «nadando por el río, corriendo entre las peñas».1

Se trataba de un mundo familiar de acusado contraste entre la piadosa familia paterna y la más liberal y descreída de su madre, de la que recuerda a su abuelo Baltasar, bon vivant con maneras de hidalgo a quien veía a hurtadillas porque vivía amancebado con la tía Francisca. Había diversificado su economía y se dedicaba a la ganadería y al transporte de madera que desde los pinares de Cuenca bajaba por el río Turia. Un oficio arriesgado del que se ocupaban las cuadrillas de madereros de la cercana Chelva, que le hablaron por vez primera del Danubio. Deltoro atesoró en su memoria las imágenes de los gancheros colgados de la hoz cuando los troncos se enclavaban y había que subirlos. Una escena que desapareció con la construcción de una central eléctrica hacia 1920. Por un tiempo, el pueblo se llenó de obreros y de barreneros leoneses y asturianos que pervirtieron las contenidas costumbres campesinas.

«En mi casa no solamente conservaban la religión, la petrificaban», afirmaba al evocar el rezo diario del rosario y la lectura de La Hormiga de Oro, semanario carlista promovido por Luis María de Llauder. De cuidada impresión, trascendió el umbral de lo piadoso y se adaptó al periodismo moderno. En el recuerdo de Deltoro –que menciona el impacto que le causó una fotografía del pope Gapón ahorcado– quedaron latentes muchas imágenes de aquella publicación. Fue, señala, «mi primer contacto con el mundo, era la única revista que tenía información».2

De acuerdo con ese ambiente acomodado y severamente católico, tuvo una escolarización religiosa. Tras un periodo en los Maristas –allí se sintió como pera en tabaque, precisa–, estudió en el Colegio de San José de Valencia, donde ya lo habían hecho sus dos hermanos. A los jesuitas dedica una larga diatriba contra sus métodos pedagógicos, la solemne escenografía en la lectura de las calificaciones y contra el recurso a las terroríficas escenas del Infierno y el Juicio Final –que tanto afectaron también a Luis Buñuel, alumno del colegio de Zaragoza–, frecuentes en las pláticas de los ejercicios espirituales. Y todo ello sazonado con episodios de homosexualidad por cuenta de algún padre de la Compañía.

El rechazo de Deltoro hacia los jesuitas es coincidente con el programa de reforma educativa institucionista y con la denuncia del elitismo social de la Compañía de Jesús, que cristalizó con A.M.D.G., la novela autobiográfica de Ramón Pérez de Ayala, publicada en 1910. No fue el único estudiante que guardó un recuerdo adverso. Ángel Gaos consideró su educación aberrante y Luis Galán criticó la marginación de los alumnos externos en la concesión de las distinciones escolares, la llamada Promulgación de Dignidades –uno de los motivos de la crítica de Rafael Alberti en el poema «Colegio (S.J.)», escrito en 1934–.3 «Yo si tengo algo de rebelde, que es mucho –afirma Deltoro–, se lo debo precisamente a mi estancia en los Jesuitas». Debió de estudiar entre 1916 y 1920, como Ernesto Alonso Ferrer, que llegaría a ser un reconocido otorrino, con quien mantuvo una larga amistad y de cuyo inicial entorno familiar ofrece un detallado relato. Entre sus compañeros estaban Ángel Gaos y José Carbajosa, que fueron, al igual que Deltoro, tempranos militantes del Partido comunista en Valencia. Fue expulsado por mala conducta al cuarto año.

«Y entonces en vez de llevarme al Instituto de Enseñanza oficial, me llevaron a los Escolapios, que eran más liberales. He de confesar –precisaba a Perujo– que los escolapios tenían una formación pedagógica muy superior a la de los jesuitas». Conservó siempre un agradecido recuerdo de sus profesores de dibujo, Constantino Castellote, y de literatura, el padre Vicente Ten, un hombre con formación musical y literaria que en ocasiones llevaba a algunos alumnos al teatro. Fue una revelación: «Fíjate lo que supone para un muchacho de catorce años ir al camerino de la Josefina Díaz y ver los entresijos del Teatro Eslava. Pues cambió por completo mi mentalidad». En 1924 obtuvo el grado de bachiller; en aquel año están fechadas unas caricaturas que revelan su destreza con el lápiz. Deltoro admite haber sido un estudiante desigual, salvo en las materias de arte, preceptiva literaria e historia de la literatura.

***


Antonio Deltoro, Caricatura, 1924. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

Tampoco fue un buen estudiante universitario. Por imposición familiar se matriculó en un curso preparatorio de ingreso en las licenciaturas de Ciencias o Medicina. Apenas estudió dos años y tras un enfrentamiento violento con los catedráticos Enrique Castell y Antonio Ipiens en un examen de química, se le abrió, al parecer, un expediente académico y abandonó los estudios médicos.4 Ese incidente, viva aún la expulsión del Colegio de San José, quebró la relación con su familia. «Esto sería largo de contar, algo de tipo barojiano o galdosiano. Primero mi estancia con mi familia, en Valencia, luego la ruptura con mi familia. Independizarme, ser el consabido habitante de las casas de huéspedes. Me llevaría horas contar sobre los tipos que conocí». Una observación cuyos pormenores, por desgracia, no interesaron a Perujo en su entrevista.

No fue un alumno aplicado salvo en las materias literarias, pero fue un atento y apasionado lector –en particular de literatura del Siglo de Oro– y, como todos, algo desordenado. «Todo aquel aluvión de cultura adquirida al modo corso, entrando a saco sin orden ni concierto en los libros que devoraba», afirmó Juanino Renau –también estudiante aquellos años– de sus erráticas lecturas.5 Algunas de ellas fueron las ediciones de la Revista de Occidente y los catálogos de Prometeo o de Sempere –muy completos en la Biblioteca Popular de Valencia, frecuentada por Deltoro–, los autores del hoy discutido marbete de la Generación del 98, en especial Valle-Inclán, Baroja y Unamuno, los ensayos de Ortega –«lo veíamos con cierto recelo, pero contribuyó mucho a mi formación»–, la literatura soviética –bien atendida en la Biblioteca de la FUE–, los libros de Cenit o la edición de El Capital preparada por Manuel Pedroso para la editorial Aguilar; «en fin, conocimientos dispersos que nos fueron formando», admitía. «Estudiante –malo– de leyes (de los que iban “a aprobar” a Murcia), de todas las personas que he conocido de cerca es la más y mejor versada en poesía y literatura españolas de cualquier tiempo y, sin duda alguna, la más culta de nuestra redacción», escribió Josep Renau a propósito de Deltoro y de Nueva Cultura.6


Arthur Schopenhauer: Fundamento de la moral, Valencia, Sempere, ca. 1912.


José Ortega y Gasset: La rebelión de las masas, Madrid, Revista de Occidente, 1930

Con la excepción del marqués de Lozoya y de José Deleito y Piñuela, a quienes elogiaba, el resto del profesorado de Letras era, a su juicio, «un almacén de cachivaches». Particular mordacidad muestra con Pedro María López Martínez, catedrático de Lógica entre 1895 y 1931, de quien recuerda una definición repetida en sus clases: «Lógica es aquella ciencia filosófica, derivada de la psicología, que estudia mediante la razón, apoyada en los datos que le suministra la inteligencia íntima, el conocer la inteligencia conociendo, y el orden que debe poner en su ejercicio para llegar como fin a la verdad y conquistar la ciencia». «Genial», concluye. La figura de López Martínez fue blanco de un buen número de comentarios satíricos de alumnos como Gil-Albert, Vicente Llorens y, sobre todo, José Gaos. Resulta, sin duda, un caso extremo de mediocridad rayana en lo extravagante, pero no debe tomarse como patrón de medida. En el claustro, formado por unos cuarenta y cinco catedráticos numerarios, había docentes valiosos como José Castán Tobeñas, Mariano Gómez, Francisco Beltrán Bigorra, Roberto Araujo, Juan Peset o Fernando Rodríguez-Fornos. Por lo demás, en aquellos años entre la Dictadura y la República llegaron jóvenes profesores, como los médicos José Puche y Luis Urtubey, el historiador del derecho José María Ots Capdequí, el físico Fernando Ramón o Dámaso Alonso, que en 1933 ocupó la cátedra de Lengua y Literatura española. Fue una etapa de grandes expectativas de reforma en la enseñanza superior, aunque los logros fueron discretos. En 1930 se formalizó en Valencia la Federación Universitaria Escolar (FUE), primer sindicato democrático de estudiantes –creado en Madrid en 1927– que tuvo gran protagonismo en los años de la República; se impulsó el campus universitario del Paseo de Valencia al Mar; se mejoró la dotación para laboratorios y bibliotecas y, tras el incendio que asoló parte de la universidad en mayo de 1932, se acometió con empeño la construcción de la Facultad de Ciencias, ahora ajustada al proyecto racionalista y moderno de Mariano Peset Aleixandre.7

A diferencia de Deltoro, Ana Martínez Iborra fue una aplicada estudiante de Filosofía y Letras. En el curso académico 1919-1920 había en España 345 universitarias; diez años más tarde el número se había multiplicado de manera sensible, elevándose a 1744.8 Acompañando ese crecimiento irrumpió la generación de Martínez Iborra. Fue una de las diecinueve matriculadas en Letras en el curso 1925-1926 y formó parte –como también su compañera Presentación Campos– de una generación de universitarias activas en la reforma pedagógica y en la defensa del ideario político y cultural republicano. Entre 1929 y 1931 cursó el doctorado en Madrid, unos estudios orientados hacia la historia de arte que compartió con Josefa Callao, José López-Rey y Carmen Caamaño, un entorno muy cercano a la FUE. A su regreso a Valencia trabajó por un tiempo como ayudante de José Deleito y Piñuela, catedrático de Historia Universal Antigua y Media. Fue por entonces cuando inició la relación con Antonio Deltoro, a quien había conocido a través de su hermano, Manuel Martínez Iborra, estudiante de Medicina y uno de los líderes de la FUE en Valencia. En 1933, Ana obtuvo por oposición una cátedra de Geografía e Historia en el Instituto de Enseñanza Media de Irún, que atendió hasta el comienzo de la guerra. Ese año, Deltoro se incorporaba como profesor de Lengua y Literatura a la Escuela Cossío de Valencia, creada en octubre de 1930 por iniciativa del ingeniero y pedagogo José Navarro Alcácer y de un grupo de amigos del que formaban parte María Moliner, la futura lexicógrafa, su esposo Fernando Ramón, decano de la Facultad de Ciencias, y los catedráticos Puche y Ots Capdequí. Otro repertorio de estirpe institucionista. Deltoro dio clases hasta julio de 1936. La Escuela Cossío se mantuvo en activo durante la guerra y fue cerrada en 1939.9

Martínez Iborra y Deltoro fueron miembros de la FUE, aunque en 1932 Deltoro se vinculó al sector más radical, el recién creado BEOR, Bloque Escolar de Oposición Revolucionaria, controlado por las Juventudes Comunistas, en las que debió de ingresar ese mismo año. También fueron miembros del Bloque Manuel Martínez Iborra y Juanino Renau, que lo calificó de reacción sectaria e intransigente ante la pérdida del «aliento renovador» de la FUE tras la llegada de la República. «Es una etapa –escribió– de admirable euforia deportiva y de vergonzoso olvido de la función reivindicativa que animó su origen».10 Por entonces, la nueva dirección del Partido Comunista impuesta por la Comintern, con José Díaz en la secretaría, se esforzaba en atraer intelectuales y mostró un repentino interés por las cuestiones universitarias y las organizaciones estudiantiles, culpando a la FUE de haber quedado estancada en el reformismo. La cercanía de muchos fueístas la recordó Josep Renau en 1977: «Creo que poco antes o poco después de la proclamación de la segunda República, el Partido Comunista de Valencia sacó la cabeza a una semilegalidad de hecho en la Universidad, entre los estudiantes de la FUE. Y a través de estos pedí el ingreso en las Juventudes Comunistas». Fue en 1931, año en el que también se afilió Ángel Gaos.11

En una ciudad pequeña como Valencia, la vida universitaria se entreveraba de continuo con las actividades políticas y culturales. Lo consignan diferentes memorialistas como Juanino Renau o Gonçal Castelló, quien da cuenta de episodios y nombres –apenas camuflados, en ocasiones, que no resulta complicado identificar–. El personaje de Antoni Pons, enemistado con el catedrático Antonio Ipiens por un inesperado suspenso que le obligó a abandonar Medicina, y luego eterno estudiante de Derecho, es, sin duda, trasunto de Antonio Deltoro. Aparece compartiendo habitación en una casa de huéspedes con un compañero de estudios, Bernat Claramunt –tras el que se oculta a Bernat Clariana–. Exaltado miembro de la FUE y asiduo de la concurrida tertulia del café Lyon d’Or, encontramos a Pons discutiendo de arte con un Mijail Dublic –serbio instalado en Valencia y vendedor ambulante de libros–, en defensa del cubismo y del arte revolucionario. El realismo pictórico había alcanzado su punto más alto con Velázquez, pero en nuestros días dejaba de tener sentido. «Ja tenim les fotografíes», sentencia. Algo después, Castelló lo recuerda en marzo de 1932 visitando la exposición de arte Novecentista presentada en el Ateneo Mercantil de Valencia. Iba acompañado de su novia, una bella estudiante de Letras cuyo nombre –Carme Rovira– enmascara a Ana Martínez Iborra. «Una jove alta i opulenta, bruna de cabells i ulls negres com l’atzabaja […] Va cofada amb una boina posada lleugeramemt de gairell, és molt atractiva!».12 Elegantes en el porte, los vemos caminando por una calle de Valencia, en una fotografía fechada ese año. Unos versos del poeta Antonio Deltoro evocan a su madre con «el traje sastre y los tacones bajos de una muchacha epigramática de los años treinta».13


Ana Martínez Iborra y Antonio Deltoro, Valencia, 1932. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

«Yo tenía una vocación bien definida por la literatura y por la pintura, y me conecté pronto con el movimiento artístico valenciano», afirmaba Deltoro. A tono con el combate contra el naturalismo de Blasco Ibáñez y la luminosidad de Sorolla, quienes propugnaban aires nuevos colaboraron en la exposición de José Gutiérrez Solana con la que se inauguró la Sala Blava en junio de 1929. Creada por el ilustrador y ceramista Ferrán Gascón Sirera, Nano, la Sala acogió exposiciones, conferencias, conciertos y debates y pronto se convirtió en la principal promotora de la renovación artística y literaria en Valencia. «¡Fíjate lo que suponía la pintura de Solana en oposición al sorollismo!, ese impresionismo fácil de retina limpia», le comentaba a Perujo. «Improvisadamente: a un grupo muy joven de jóvenes valencianos se les ocurrió abrir una Galería de Arte (La Sala Blava), llevar la obra de Solana y llevarme a mí», escribió Ernesto Giménez Caballero. El director de La Gaceta Literaria, presentado por Maximilià Thous en nombre de Taula de les Lletres Valencianes, pronunció la conferencia «Articulaciones sobre lo violento. Solana en Valencia».

«¡Qué bien está Solana en Valencia! –proclamó Gecé, que por entonces iniciaba la deriva hacia la literatura nacionalista de corte fascista–. ¡Qué bien se bebe su vaso de vino tinto con Ribera y con Ribalta a la sombra de la violencia, a la sombra del negro y del pardo, del ascetismo, de la fuerza, del pus y de la sangre!». Las arrebatadas acrobacias literarias de Giménez Caballero sobre Valencia, en las que hilvanaba a Blasco Ibáñez con Sorolla, César Borgia y san Vicente Ferrer, no convencieron demasiado a Adolf Pizcueta, pero la exposición fue muy elogiada y mereció algunas reseñas. Entre otros, de Almela i Vives y de Pérez del Muro, quien, entusiasta, propuso que el Museo Provincial de Bellas Artes adquiriese Santos de pueblo (1929), bodegón compuesto con tallas religiosas populares que, al decir de Eugenio Carmona, es uno de los motivos en los que mejor trasmite Solana el inquietante extrañamiento de su obra.14 Deltoro tendría ocasión de ver de nuevo al pintor –y de referir algún encuentro con él–. Gutiérrez Solana fue uno de los intelectuales y artistas evacuados de Madrid en noviembre de 1936 que formaron parte de la Casa de la Cultura en la Valencia capital de la República.


Francisco Carreño Prieto, Retrato de Antonio Deltoro, 1931, lapiz sobre papel, 41 x 29 cm. Colección Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.


Francisco Carreño Prieto, Retrato de Antonio Deltoro, 1931, óleo sobre tela, 125 x 94 cm. Colección Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

En torno a 1931, su amigo Francisco Carreño Prieto le hizo tres retratos, dos dibujos y un óleo de líneas y coloración cezannescas que emparentaba con el interés que en aquel momento tenía Carreño por el poscubismo y por la obra de Daniel Vázquez Díaz, a quien había tratado en Madrid. El lienzo que muestra a Deltoro absorto en la lectura, acodado en un escritorio, se exhibió en la muestra organizada ese año por la Agrupación Republicana Valencianista.15 Por entonces, Deltoro estrechó su relación con Josep Renau. Fue una amistad larga y muy cercana que alcanzó también a sus entornos familiares. Renau lo fotografió en 1934 y lo pintó diez años más tarde en el exilio mexicano. También en México, Manuela Ballester retrató a Ana Martínez Iborra apenas llegada. El trato entre ambos se convirtió en epistolar a partir de 1958, cuando el artista se instaló en Berlín este, en la República Democrática Alemana, aunque, en alguna ocasión, a finales de los años setenta, se encontraron de nuevo en Valencia. «Un hombre excepcional, un autodidacta con un talento natural como pocas veces he visto en mi vida», afirmaba Deltoro al referirse a las lecturas y discusiones del grupo formado por Carreño Prieto, Manuela Ballester, Francisco Badía y Tonico Ballester. Un círculo aglutinado en torno a Renau que comenzó a formarse hacia 1926, al que universitarios como Gaos o Deltoro se incorporaron más adelante: «Habíamos sido uña y carne» –recordó Deltoro en 1983–, «aunque a veces muy separada la carne de la uña». Junto a las afinidades –no siempre fáciles de sobrellevar, escribió Gil-Albert acerca de su estrecha amistad con Gaya–, debió de haber ocasionales distanciamientos, enfados y rupturas. Algo apuntó Renau en 1977, al referirse a Nueva Cultura: «Nos unía –y une– una mutua y “dura” simpatía fraternal salpicada –por mi parte y por entonces– por frecuentes accesos de ira, pues nunca logré sacarle, mientras fui animador de la revista, ni una sola línea para su publicación en ésta».16 Deltoro escribió algunas notas, pero lo hizo en la segunda etapa de la revista, en 1937.


Josep Renau, Retrato de Antonio Deltoro, 1934, 23 x 16 cm. Colección Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

En torno a 1932 fue creciendo la actividad comunista del grupo de Renau. Deltoro mencionó las algaradas dominicales –«treinta muchachotes vociferantes»– de un agit-prop de escasa repercusión en unos sectores obreros encuadrados por el blasquismo, el anarquismo y el socialismo. La imagen coincide con la de Gonçal Castelló: «L’aïllament del partit era total, ell mateix s’havia creat un ghetto del qual no en sortia, el moviment no creixía, els obrers se’l miraven amb indiferencia», quien además apuntaba que en esa fecha, sumando los afiliados a las Juventudes y al Partido, había en Valencia 150 militantes, aunque tan activos que producían el espejismo de ser miles.17 La necesidad de quebrar el aislamiento político al que conducía el dogma bolchevique e insurreccional acabaría llevando a los comunistas, sobre todo tras el fracaso de la revolución de octubre de 1934, a abandonar la línea sectaria y a postular un frente de carácter popular que tuvo como ingrediente esencial la denuncia del fascismo. No se apelará tanto al proletario como al pueblo.18 Entre los comunistas valencianos ese oscilante proceso se manifestó de una doble manera: en la creación de la UEAP, la Unión de Escritores y Artistas Proletarios (1933), y en la aparición de la revista Nueva Cultura (1935).

La UEAP fue la primera filial española de la Association des Écrivains et Artistes Révolutionnaires, creada en París en marzo de 1932. «Éramos muy jóvenes, gente de veintitrés, veinticuatro años –indicaba Deltoro– y con la pedantería propia de la edad nos dirigimos a la AEAR […] Nos contestó Vaillant-Couturier con una carta muy emocionada, y al poco tiempo se presentó en Valencia. Un tipo finísimo, de procedencia casi aristocrática, un hombre no de extracción proletaria, sino un intelectual, buen poeta y buen escritor». El contacto con Paul Vaillant-Couturier, uno de los fundadores del Partido Comunista francés, debieron de establecerlo Renau y Gonçal Castelló. De aquel viaje en la primavera de 1933 dejó testimonio en dos artículos publicados en L’Humanité: «Espagne: Republique sang et or. Le dragon rouge d’Alcalá» (30 de abril de 1933) y «Espagne: Republique sang et or. Révolution» (1 de mayo de 1933). Vaillant-Couturier relata su encuentro con un soldado comunista de nombre Juan, a quien acompaña a una corrida de toros –imagen de la que se vale para el título de sus notas– y con camaradas que le citan en el Café Colón –muy concurrido por cartelistas e ilustradores–, con quienes asiste a una conferencia sobre esperantistas. En el local que acoge el acto –en una estrecha calle del centro de Valencia–, unas grandes fotos reúnen a Lenin, Kropotkin y Pablo Iglesias. «Toutes les difficultés de la confusion résumées», escribía alarmado. «Les étudiants –observaba entusiasta en la segunda entrega–, qui sont sympathisants au communisme dans la proportion de 33 % au sein de leur organisation professionelle, la F.U.E., les écrivains et les artistes –dont un groupe vient de fonder une A.E.A.R. à Valence, avec déjà 70 membres–, les autonomistes –dont la jeunesse de gauche se rapproche de nous, tous parlent de l’U.R.S.S. avec sympathie, avec espoir, avec flamme».19

Finalmente, la filial de la AEAR se denominó Unión de Escritores y Artistas Proletarios por exigencias del gobernador civil de Valencia, Luis Doporto, que no admitió el término Revolucionarios.

No sé qué concepto tendría del proletariado y de la revolución. […] Excuso decirte –observó Deltoro– que en el grupo no había ningún proletario, todos éramos estudiantes, algún artista, algunos artesanos, en fin. […] Marcó la tónica de nuestra actuación en Valencia, que luego tuvo repercusiones nacionales cuando nos encargamos de la Dirección de Bellas Artes.

La Unión se dio a conocer en el Ateneo Científico de Valencia el 7 de mayo de 1933 y ese día el diario El Pueblo publicó el Llamamiento de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, declaración programática de la que Renau fue autor principal. La UEAP participó en la Primera Exposición de Arte Revolucionario, presentada en el Ateneo de Madrid, en 1933, y un año después promovió una muestra análoga en la Sala Blava. En los comienzos de la Guerra Civil se unió con el grupo Acció d’Art y se convirtieron en la Aliança d’Intel·lectuals per a Defensa de la Cultura.20

A finales de 1933 Renau concibió Nueva Cultura, pero «incidencias políticas de la época», que no precisa –aunque no olvida apuntar la hostilidad de Miguel Prieto y de Rafael Alberti–, retrasaron la aparición hasta enero de 1935. Fue la publicación marxista que mejor expresó el tránsito que se produjo en el Partido Comunista entre un discurso exclusivamente proletario y otro de carácter populista que apeló al antifascismo como urdidura de alianzas democráticas. Renau comentó el proyecto con Antonio Mije y con José Díaz, quienes, como recordaba Deltoro al referirse al viaje de Renau a Madrid, «nos dieron el banderazo para que hiciéramos lo que quisiéramos», si bien la revista no fue órgano de la UEAP ni de los comunistas. «Con pocos medios y sin grandes pretensiones, en fin […], empezamos a ejercer una dirección en Valencia y a conectarnos con los grupos del exterior». La tirada del primer número –mil ejemplares– ilustra el deseo de lograr una amplia presencia en la calle, más allá del restringido circuito de las librerías. «Fue concebida y diseñada para ser –recordó Renau al preparar la edición facsimilar en 1977– una modesta revista de kiosko».21

Los más próximos a Renau en las tareas editoriales fueron Gaos, Deltoro y Carreño Prieto, a quienes recordó, como ya he señalado, en el prólogo al facsímil de Nueva Cultura.

Escribió poco y bueno y podría haber sido –estoy seguro– uno de los más altos escritores o poetas o críticos –¿quién sabe?– de hoy. Mas prefirió y dedicó su tiempo y empeño a leer lo que otros habían escrito o escribían, a comentarlo y criticarlo, verbalmente por desgracia. […] Casi por pura rutina eufemística, he aludido antes a «la pluma» de Antonio Deltoro, en vez de haber dicho, más propiamente, su lengua. «Borracho» de leer, toda su ciencia y conciencia se le iba por la boca.

Renau reconocía en él un agudo e implacable polemista y –¡ay!– lamentaba la pasividad de su mano. Algo similar vino a decir, también años después, el escritor Manuel Andújar, que calificó a Deltoro de «docto catador de nuestros escritores principales», y lamentó que «el amargo deliquio de la perfección» le inhibiera de la escritura. La concisión y el ingenio de Deltoro le fueron útiles a Renau para componer «Testigos negros de nuestro tiempo», una sección de la revista en la que combinaba fotografías y fotomontajes con textos literarios o de prensa internacional para denunciar el colonialismo o el fascismo y para criticar a las derechas católicas y a intelectuales liberales como Marañón, Madariaga, Bergamín y Ortega y Gasset.22 Nueva Cultura, defensora de la crítica cultural marxista, se publicó entre enero de 1935 y julio de 1936, y reapareció por unos meses en 1937, al tiempo que comenzaba Hora de España, revista ideada por Rafael Dieste a la que puso título Moreno Villa, que acogió y promovió la libre creación literaria y ensayística.23


José Luis Almunia: «Las exposiciones vanguardistas de Valencia», La Semana Gráfica, 2 de mayo de 1931.


***

«Ya uno no tenía ganas de estudiar ni de nada, la vida estaba en la calle. […] Creo que fui uno de los tres o cuatro españoles que no estuvimos en el Cuartel de la Montaña, porque, si oyes, todos estuvieron en el Cuartel de la Montaña», afirmó Deltoro de aquellos inciertos días de finales de julio. El inicio de la guerra les sorprendió en Madrid, donde Ana –alojada en la Residencia de Señoritas– preparaba unas oposiciones restringidas a cátedra que no llegaron a celebrarse. Profesora en el Instituto de Irún, como se ha indicado, fue expedientada apenas ocupada Guipúzcoa por los franquistas, en agosto de 1936. «Conceptuada como comunista», se lee en el informe de la Guardia Civil. En sus clases –informaba la Alcaldía– «se ha complacido en suprimir siempre las lecciones referentes a la Iglesia y a las gloriosas cruzadas de la Edad Media, dando, en cambio, gran importancia a la última y nefasta época republicana». Fue separada de la cátedra en enero de 1937. Para entonces, era profesora del Instituto-Escuela y del Instituto Obrero de Valencia.24

En los primeros días de agosto regresaron a Valencia, pero volvieron a Madrid casi de inmediato. En septiembre de 1936, en el Gobierno de Francisco Largo Caballero, los comunistas lograban dos ministerios, un hecho inédito en Europa. La cartera de Agricultura –que desempeñó Vicente Uribe durante toda la guerra– y la de Instrucción Pública y Bellas Artes, que recayó en Jesús Hernández, hasta entonces director de Mundo Obrero. Wenceslao Roces ocupó la Subsecretaría y Josep Renau fue nombrado director general de Bellas Artes. La tarea debía centrarse en la defensa del patrimonio y resultaba necesario –le habría dicho Pedro Checa– «un camarada con disciplina militante y con experiencia de organización». Renau pidió a su amigo Deltoro que le acompañara como secretario personal.25

El trabajo del grupo comunista valenciano desde 1933 en la UEAP y en Nueva Cultura fue, sin duda, garante del nombramiento. Renau era –a juicio de Rueda– «el eslabón entre las iniciativas culturales anteriores y posteriores al 18 de julio». Con un elevado presupuesto, solo inferior al del Ministerio de Obras Públicas, el ministro Hernández diseñó y llevó adelante un programa educativo y cultural que representaba la asimilación por parte del Partido Comunista del proyecto republicano, popular y democrático de raigambre regeneracionista, si bien ahora resignificado.26

Renau, Deltoro y Martínez Iborra se alojaron en el Palacio de Revillagigedo, sede de Cultura Popular, organización creada por el Frente Popular en abril de 1936 que desde el inicio de la guerra se ocupó de la dotación de bibliotecas y de la distribución de la prensa en frentes y hospitales. En octubre de 1936, Ana y Antonio contrajeron matrimonio, una decisión que adoptaron por entonces muchas parejas para garantizar mejor que los destinos, en tanto durase la guerra, pudieran ser compartidos o que, en cualquier caso, no estuvieran demasiado alejados.

«Las actividades académicas –recordaba Deltoro– habían desaparecido virtualmente, de modo que todos los esfuerzos se concentraron fundamentalmente en la Protección del Tesoro Artístico». La tarea ya la había iniciado el anterior director general, Ricardo de Orueta, quien poco después de la sublevación de julio creó una Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico e inició el traslado de fondos al convento de las Descalzas Reales y al Museo del Prado, cerrado al público el 30 de agosto para acometer trabajos de protección del edificio y de sus colecciones. Renau y su dinámico equipo continuaron la línea trazada por Orueta, si bien –como observa Cabañas Bravo– supieron imprimir al trabajo de protección del patrimonio un carácter más comprometido, modernizador y publicitario, apoyado en una acción artística y cultural avanzada.27

Una «hazaña de titanes», afirmaba Deltoro en sus comentarios sobre los trabajos de la Junta en la recogida, restauración y custodia de obras y objetos de arte. Elogió la competencia de los conservadores, restauradores –con el recuerdo a Thomas Malonyay, un copista del Greco– y arquitectos que reforzaron el Prado o, después en Valencia, las Torres de Serranos y la iglesia del Colegio del Patriarca. Y sobre todo destacó que fue también una tarea de búsqueda en edificios dañados por las bombas que desbordó el ámbito de los especialistas y cobró aliento popular. Deltoro refería la entrega efectuada por un miliciano en la Dirección General de Bellas Artes de cuatro pequeñas obras de Goya recogidas en algún frente cercano a Madrid: dos bocetos de los cuadros que la duquesa de Osuna había encargado para la catedral de Valencia y dos pequeños lienzos, La fabricación de balas en Tardienta y La fabricación de pólvora en Tardienta, fechados entre 1810 y 1814. El eco de esas dos tablas con lo que la propaganda republicana, a partir de los bombardeos de Guernica y de Almería, consideraba una segunda guerra de la Independencia, las llevó a las páginas de Nueva Cultura en abril de 1937.28

La llegada de Renau a la Dirección General de Bellas Artes vacante la dirección del Museo del Prado y el rápido avance de los sublevados sobre Madrid explican dos decisiones de fuerte calado simbólico y político y de indudable alcance propagandístico: el nombramiento de Pablo Picasso como director del Prado y la orden de trasladar a Valencia las obras más relevantes del Museo. Se alegaba el peligro de los bombardeos y la necesidad de que el patrimonio artístico acompañara al Gobierno en su decisión de abandonar Madrid y convertir Valencia en capital de la República.

La iniciativa de ofrecer a Pablo Picasso la dirección del Prado no ha podido documentarse con precisión. Fue sugerencia de Renau en una reunión con Roberto Fernández Balbuena, miembro de la Junta del Tesoro Artístico, y con Antonio Deltoro. Un encuentro que debió de producirse entre el 9 y 11 de septiembre, ya que el día 12 el ministro de Instrucción Pública, en una entrevista en Mundo Obrero, manifestaba la idea de llevar la propuesta al Consejo de Ministros, que la acordó el 19 de septiembre. Picasso aceptó el nombramiento y mostró su apoyo a la República, pero no tomó posesión del cargo; nunca viajó a España. De acuerdo con un testimonio de Renau de 1981, fue Deltoro –«testigo activo de los hechos que relata»– quien, apenas acabada aquella reunión, redactó la carta enviada a Picasso.

La Dirección del Museo del Prado estaba vacante –escribió Deltoro hacia 1972– y como en otras ocasiones se podía ocupar con cualquier figurón al uso, pero el momento exigía otra cosa. En una conversación con el entonces director de Bellas Artes, José Renau, surgió el nombre de Picasso para el cargo. […] el entusiasmo contagioso de Renau se impuso y allí mismo se escribió una carta de tanteo a Picasso. Pasó el tiempo, cerca de un mes, y cuando se pensaba en una salida en falso llegó la contestación emocionada de Picasso aceptando y poniéndose incondicionalmente al servicio del Gobierno […] Picasso no fue a Madrid por considerar que cualquier manifestación suya tendría mayor repercusión en París que en Madrid, con el Prado bombardeado y sus obras camino de Valencia.29

La cercanía de los rebeldes a Madrid, que el 4 de noviembre lograban quebrar las líneas de defensa de la ciudad, provocó una grave crisis en el Gobierno de Francisco Largo Caballero y la decisión de trasladarlo a Valencia. Deltoro recordó una larga noche previa a que se hiciera pública la medida, en la que se quemaron documentos y expedientes de depuración de funcionarios en los sótanos del Ministerio, «fichero codiciadísimo para los fascistas, si es que llegaban»; una tarea que compartió con Renau y con Roces.

El 5 de noviembre de 1936 Renau comunicó al subdirector del Prado la orden del Gobierno de trasladar a Valencia las obras de mayor valor del Museo alegando el peligro de los bombardeos y la necesidad de que el patrimonio artístico acompañara al Gobierno. Sánchez Cantón –que ya había iniciado la tarea de protección y reacomodo de obras en diferentes espacios del Prado– mostró su desacuerdo por considerar que los lienzos sufrirían daños.

Entonces –relata Deltoro– se procedió de una manera tremenda a sacar obras del Museo del Prado y llevarlas a Valencia, ante la pasividad –no la oposición tajante, pero sí la pasividad– de ese gran erudito y conocedor de la pintura nuestra, Sánchez Cantón, que era subdirector del Museo. Era apolítico por completo, y no sé si consciente o inconscientemente estaba deseando la llegada de los franquistas a Madrid para entregarles el Museo del Prado. […] pero no era cuestión de escoger si mayor o menor humedad, sino de salvarlas o no salvarlas, y se organizó por las noches una salida con camiones custodiados por el ejército.

Las expediciones comenzaron el 10 de noviembre, cuatro días después de la salida del Gobierno hacia Valencia. Algún envío inicial coordinado por María Teresa León –uno de ellos con Las Meninas de Velázquez– fue desacertado, sin embalajes adecuados y con itinerarios no bien previstos. No obstante, desde mediados de diciembre los errores se corrigieron por la intervención de la recién creada Junta Delegada de Madrid, que presidió el arquitecto y pintor Roberto Fernández Balbuena, cercano colaborador de Renau, al igual que Timoteo Pérez Rubio. Fue una decisión controvertida sobre la que no existe completo acuerdo en la historiografía. A juicio de Portús, vincular el destino del Prado al destino del Gobierno «suponía primar los valores simbólicos frente a los valores de conservación», aunque admite que el curso de la guerra amenazó la integridad del edificio. A mediados de octubre se habían intensificado los ataques aéreos sobre Madrid y corrían peligro el Prado y otras instituciones culturales como la Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno o la Academia de San Fernando. En Arte en peligro, Renau no ocultó el doble valor de la medida acordada por el Ministerio de Instrucción Pública: «Esta decisión se fundaba en motivos políticos y militares del Gobierno de la República. Mas, aunque solo hubiera sido por razones técnicas, la evacuación de las obras de arte de Madrid estaba plenamente justificada».30


Vicente Vidal Corella: «Crónica en Valencia», Crónica, Madrid, 3 de enero de 1937. Reportaje sobre la inauguración de la muestra de la colección del Palacio de Liria en el Colegio del Patriarca, Valencia, 25 de diciembre de 1936. De izquierda a derecha: Julio Just, José Moreno Villa, Carlos Esplá, Jesús Hernández, Josep Renau, José Gutiérrez Solana, José Puche y Vicente Beltrán.

Las Torres de Serranos y el Colegio e Iglesia del Patriarca –edificios reforzados por José Lino Vaamonde y otros arquitectos de la Junta– fueron los grandes depósitos de las obras procedentes de Madrid. En los primeros días de la guerra el rector José Puche puso el cercano Colegio de Corpus Christi, un bello edificio renacentista, bajo custodia de la Universidad para protegerlo de posibles actos vandálicos. A finales de diciembre de 1936 el Colegio acogió la exposición de obras de arte procedentes del Palacio de Liria, incautado por las milicias del Partido Comunista y arrasado por las bombas el 17 de noviembre. La muestra fue celebrada en el primer número de la revista Hora de España, en enero de 1937. Una nota anónima, quizá redactada por Ramón Gaya, elogiaba el montaje y las obras expuestas, en particular los dos retratos de Goya: la duquesa de Alba –«de esta mujer-muñeco es de donde arranca Solana sus maniquíes vivos con tan extraña vida»– y La marquesa de Lazán, «ángel salvaje y retador» que compendia todo Goya. El comentario destacaba igualmente las pinturas de Mengs, Esteve y Canaletto, así como algunos de los tapices flamencos de batallas.

La exposición de los fondos madrileños de la Casa de Alba tuvo una gran acogida y hubo que prorrogarla unos días. En alguna de las fotos que daba cuenta de la inauguración, el 25 de diciembre de 1936, aparecían en lugar destacado José Moreno Villa y José Gutiérrez Solana.31 Habían llegado a Valencia formando parte del numeroso grupo de intelectuales evacuados de Madrid por el Ministerio de Instrucción Pública con los que se había creado la Casa de la Cultura. Deltoro refirió algún encuentro con Solana, a quien animaba a pintar escenas de la guerra: «Uno pintaría milicianos, pero si uno los pinta como uno los ve, a lo mejor le dan el paseo». «Era todo un personaje Gutiérrez Solana», concluía. Por entonces, Solana manifestaba que no había sentido el menor deseo de abandonar Madrid y que pintaría algún cuadro sobre la heroica defensa de la ciudad cuando estuviera más lejano el estruendo de la guerra.32

La llegada del Gobierno a Valencia convirtió la ciudad en una «urbe promiscua en la que se codeaban los ministros con los milicianos, la gente de la huerta con los funcionarios madrileños, los desocupados con los excedidos por su labor», escribió Gil-Albert, que también la rememoró colmada de «transeúntes ilustres».33 La Casa de la Cultura, instalada en el céntrico Hotel Palace, abrió un periodo que culminó con el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, en el que Valencia dobló la capitalidad política con la cultural. La ciudad encontró un elevado número de memorialistas. Entre otros, Moreno Villa, que en febrero de 1937 inició un viaje de propaganda cultural a Estados Unidos del que ya no regresó. La joven Elena Garro, recién casada con Octavio Paz, a quien acompañó al II Congreso Internacional, la recordó afeada por los grandes cartelones que cubrían las fachadas de la plaza Emilio Castelar. También Esteban Salazar Chapela, periodista en la Subsecretaría de Propaganda entre enero y junio de 1937, que escribió sobre aquellos días una novela de tinte autobiográfico en la que menudean escritores y artistas con sus nombres levemente alterados.34

El censo de intelectuales que se reunió en la Casa de la Cultura era notable, entre Tomás Navarro Tomás, esforzado en mantener la tarea de la Junta para Ampliación de Estudios, y Pío del Río-Hortega, director del Instituto Nacional del Cáncer, cuyo laboratorio se transportó desde Madrid. Un numeroso grupo presidido por la patriarcal figura de Antonio Machado.35

El entusiasmo inicial fue declinando. Manuel y José Gutiérrez Solana, aconsejados por León Felipe, se trasladaron a París a los pocos meses. Y el escultor Victorio Macho declaró haberse sentido conminado a salir de Madrid, y años después, en sus Memorias, recordó con acritud su experiencia. John Dos Passos refería una triste cena en el Hotel Palace, en abril de 1937, con cuyos comensales «se sienten los hilos asfixiantes del enredo que nadie se atreve a desenredar».36 Los hilos asfixiantes del enredo eran diversos: los problemas de financiación, el eco de los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas en la Barcelona de mayo de 1937, el intento de utilización del Partido Comunista –que negó el ministro de Instrucción Pública Jesús Hernández– y el llamado «incidente Gide» en el reciente Segundo Congreso de Intelectuales, precipitaron el controvertido cierre, o refundación, de la Casa de la Cultura en agosto de 1937. «Abigarrada creación del ministerio de Instrucción Pública, después disuelta y rehecha sobre otras bases», observó Manuel Azaña.37

Hubo logros, qué duda cabe. Algunas de las conferencias organizadas en colaboración con la Universidad en las que participaron, entre otros, Julián Bonfante o Demófilo de Buen, fueron editadas en la revista Anales de la Universidad de Valencia. Notable fue el trabajo de Navarro Tomás y de Moreno Villa que se ocuparon de inventariar las treinta y dos cajas de libros de la biblioteca de El Escorial, depositadas en la sucursal del Banco de España. También merece crédito la publicación de los dos primeros números de Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura (enero y mayo de 1937), con espléndidos grabados de Arturo Souto, Aurelio Arteta y de Gutiérrez Solana. Escultores como Victorio Macho pudieron disponer de estudios, y pintores como Arteta, Solana, Castelao o Souto estamparon en el taller litográfico REM, que en 1932 habían abierto Renau, Estellés y Mañó, pero hubo exigencias como las vinculadas a la investigación histórica, que no era posible atender. Ricardo de Orueta, que por entonces concluía su libro sobre la escultura románica española, decidió regresar a Madrid a mediados de julio de 1937. Algo después escribió a Navarro Tomás:

… un historiador del arte no puede dar un solo paso, ni escribir un solo renglón si no tiene a mano libros y revistas españolas y extranjeras y fotografías. Cosas que faltan ahí en absoluto. La Biblioteca de la Universidad tiene poquísimos libros de arte y estos son los más vulgares de aquí, de España; extranjeros, ninguno; en revistas pasa lo mismo. La Casa de la Cultura se puede afirmar que no tiene nada, salvo unos manuales insignificantes. Fotografías mucho menos, porque no hay ni una sola.38


Ana Martínez Iborra impartiendo una clase en el Instituto Obrero de Valencia, en 1937. Fotograma del documental El Instituto Obrero de Valencia, Film Popular, 1937.

En un balance que Emili Gómez Nadal publicó en octubre de 1937, se distinguió una primera etapa –la Casa como residencia–, de una segunda –la Casa como lugar de trabajo y centro bibliográfico, para la que se proponía una nueva dotación de la Biblioteca y un amplio programa de edición de autores que iba del Poema del Cid a Valle-Inclán–. Pero nada pudo lograrse: «Tinc la impressió de que vàrem fer molt poc […] I sobretot no tinc idea d’haver fet gran cosa», afirmó Gómez Nadal años después, al mencionar el traslado de la Casa de la Cultura a Barcelona, en noviembre de 1937.39

En aquel año de la capitalidad republicana, Deltoro y Martínez Iborra residieron en Valencia, donde Ana, como ya he precisado, se incorporó al Instituto-Escuela y al Instituto Obrero como profesora de Geografía e Historia. Fue entonces cuando Deltoro publicó cuatro colaboraciones en la reaparecida Nueva Cultura, cuya dirección atendía en ese momento Ángel Gaos.40 La primera fue un bien trabado comentario sobre El Triunfo de las Germanías, una adaptación de Manuel Altolaguirre y José Bergamín estrenada en el Teatro Principal de Valencia, en enero de 1937, con decorados de Alberto. Por la calidad de los autores y la estirpe épica del acontecimiento podía haber sido –sugería– un primer paso hacia la creación del actual teatro de masas, cuyo punto de arranque estuvo en el drama barroco, pero fue un intento truncado: «La historia tiene sus imperativos de dicción, de acento, que no podemos ni debemos desvirtuar», y la obra se pierde en amplios vuelos líricos o en intrincados juegos conceptuosos, que flotan gesticulantes y se deslizan hacia el tópico. Del gremio al sindicato hubo un paso –concluía–, pero aquí no hay trecho entre la Germanía y la Unión de Hermanos Proletarios.41 En la siguiente entrega reseñó Galicia mártir, el primero de los tres álbumes de guerra de Castelao, editado en Valencia por el Ministerio de Propaganda, una denuncia de los crímenes y abusos cometidos tras la ocupación franquista. En el mismo número, en abril de 1937, escribió una diatriba contra las «disparatadas elucubraciones» del ilustrador Juan Pérez del Muro en la conferencia «Arte necesario y arte innecesario», que formaba parte de un ciclo organizado por la CNT. Finalmente, la nota «Otra vez Juan Ramón» elogiaba la tarea de Juan Ramón Jiménez en defensa de la República en Estados Unidos y en Cuba, y reproducía una de las versiones de la conferencia «Pueblo de España», pronunciada en el Círculo Republicano Español de La Habana, en julio de 1937. Fue la última colaboración y también el último número de la revista.


Carné de Ana Martínez Iborra, profesora del Instituto Obrero. Valencia, 7 de abril de 1937, firmado por el director Enrique Rioja Lo Bianco. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

En octubre de 1937, el Gobierno acordaba un nuevo traslado, ahora a Barcelona, donde pasó a vivir Deltoro:

Y entonces Valencia quedó en el recuerdo y pasamos a una nueva etapa, que fue la etapa catalana. […] Me hice cargo de la sección de ediciones de la Dirección de Bellas Artes. Preparamos –no es atribuible a mí, sino a Renau y a todo nuestro equipo– una serie de monografías que hoy tendrían un valor incalculable, pero desgraciadamente se perdieron y ahora, en fin, lamenta uno esa pérdida.

En enero de 1938 Deltoro fue nombrado secretario de ediciones y director de una serie de publicaciones sobre ilustración y política que preparaba la Dirección General de Bellas Artes. El proyecto debió de iniciarse en Valencia y emparentaba con el interés de Nueva Cultura por reconocer el rango artístico del dibujo y el valor de la caricatura como expresión de la sátira popular, una cuestión sobre la que había escrito Carreño Prieto, elogiando la obra de Hogarth, Goya, Daumier y Toulouse-Lautrec.42 El programa proponía editar tres monografías. La primera reunía a cuatro ilustradores que publicaban en diferentes diarios: Luis Bagaria (La Vanguardia), Francisco Rivero Gil (El Socialista), Ernest Guasp (Treball) y Ramón Puyol (Mundo Obrero). Los textos sobre Bagaría y Rivero Gil se habían encargado a Paulino Masip y a Castelao. La segunda obra, con prólogo de Enrique Díez-Canedo, reunía la caricatura española sobre la Gran Guerra con Feliu Elías, Apa, como autor más destacado. La última, centrada en el siglo XIX trataba la ilustración y las guerras civiles en España:

Todo este material estaba ya en prensa, corregidas galeras, hechas las pruebas, cuando por razones de tipo político se cambió el Ministerio […] el de Instrucción Pública pasó a manos de los anarquistas. El subsecretario era un personaje típico de la FAI y consideró que en esas circunstancias de guerra no tenían ningún interés estas publicaciones, ningún valor. El material desapareció por completo. En fin, allá él, allá ellos.

No he encontrado referencias a ninguno de esos tres libros al parecer cancelados por razones políticas. En abril de 1938, en el llamado gobierno de «Unión Nacional», los comunistas perdieron la cartera de Instrucción Pública, que pasó a manos de la CNT con Segundo Blanco como titular y, a juicio de Deltoro –que nunca ocultaba su antipatía por los anarquistas–, el nuevo subsecretario, el pedagogo Joan Puig Elias, paralizó las ediciones. Ciertamente, anarquistas y comunistas, al margen de sus enfrentamientos políticos, aunaban fuerzas en el terreno de la cultura plástica, como ha precisado Mendelson, pero en este episodio pudieron influir que no hubiera ilustradores que trabajaran en prensa anarquista o quizá también las dificultades de producción, ya avanzado 1938.43

Deltoro era vocal del comité ejecutivo de la Casa de la Cultura y pudo haber encontrado algún acomodo profesional en la ciudad, cuyo tono burgués algo le escandalizó, pero decidió alistarse y cambió el despacho por el frente. Debió de ser en junio de 1938. Destinado al Grupo de Artillería de Figueras, tras unos meses en Piedras de Aholo, en el Pirineo de Lérida, fue nombrado comisario político de una unidad organizada por el Partido Comunista, el XIV Cuerpo de Ejército; un grupo guerrillero muy activo en el frente catalán en operaciones de sabotaje e inteligencia militar. En aquel otoño tuvo ocasión de encontrarse con Ana, quien desde agosto residía en Barcelona como directora de la Biblioteca de la Inspección General de Sanidad militar, una tarea que le había ofrecido José Puche, por entonces Inspector General de Sanidad del Ejercito de Tierra.

Deltoro esbozó otra de sus animadas semblanzas y recordó con detalle a diferentes compañeros de aquella unidad: al arquitecto croata Ljubomir Ilić, experto en explosivos al que Trueta salvó un brazo con su novedoso tratamiento de fracturas de guerra; a un asesor soviético oculto tras el nombre de «coronel Andrés», también experto en explosivos, y al mexicano Serrano Andónegui, que coordinaría el atentado fallido contra Trotski en mayo de 1940. Y sobre todo a amigos de Valencia como Antonio Buitrago –que sería responsable del aparato militar comunista en la Francia ocupada y fue asesinado por la Gestapo en 1941–; Peregrín Pérez Galarza, Caragato, muerto en un enfrentamiento con la Guardia Civil en 1948, en una acción guerrillera; Domingo Ungría, atropellado comunista de quien relata un inverosímil y fracasado viaje de Valencia a Odessa hacia 1935; el castizo y mujeriego Pedro Lahuerta, apodado el Frare, y a Pepe Agut, a quien encontraría de nuevo en México convertido en escenógrafo de éxito. Con algunos de ellos pasó su última noche de la guerra. En La Vajol, en una arruinada casa del siglo XVIII, brindando por el regreso a España.44

***

Ana cruzó la frontera francesa el 8 de febrero por Le Perthus. Lo hizo en un coche del XIV Cuerpo de Ejército, acompañada de dos amigas, una de ellas, María, esposa de Antonio Buitrago:

El francés tiene un gran respeto a los burgueses –declaró en 1995, con una coquetería que nunca perdió–, y viendo que íbamos en un coche enorme y yo iba bien vestida –hábito que he procurado conservar–, no nos registraron. Lamento haberme deshecho de una pistola que llevaba. Pasé con ropa, algo de ropa de Antonio, y afortunadamente con todos mis papeles ya que los tenía en Barcelona, el título, el nombramiento, todo.

Fue a Perpiñán y, tras unos días en París, acogida por Mireille Tremoulié, esposa de Ilić, estuvo por un tiempo en la localidad de Saint-Jean-de-Vaux, en la Borgoña.

Deltoro dejó atrás la frontera unos días después.

Pasamos de una manera organizada el día trece, digo de una manera organizada porque los últimos días fueron de una desorganización completa, ya había desbandada. […] Los gendarmes nos indicaron el camino que debíamos seguir y en un retén de policía ya nos quitaron las armas. […] En aquel retén nos pusimos en plan teatral, formamos y cantamos el himno de Guerrilleros, que era el Partisan: «Por llanuras y montañas guerrilleros rojos van, los mejores luchadores del campo y la ciudad…».

La escena, tras la que iniciaron el camino hacia el campo de concentración, tuvo lugar en Le Boulou, donde Deltoro se tropezó con un aturdido y abatido Carl Einstein, notable ensayista y crítico de arte a quien había conocido en Valencia en 1937. Detenido y puesto en libertad, Einstein, angustiado por el avance alemán, se suicidó cerca de Pau un año después de este fugaz encuentro.45

Tras cinco días de laberínticas caminatas llegaron al campo de Saint-Cyprien, playa de enorme extensión acotada por una larga alambrada entre la arena y la orilla del mar, que reunió a cerca de 90.000 refugiados. «Hay escritas toneladas sobre los campos de concentración. Cada uno tiene su campo de concentración y su paso de la frontera con todas sus cosas personales», le decía a Perujo, al referir aquellos miserables días de hambre, frío y enfermedades. Un tanto oculto tras el pseudónimo de cabo Antonio de la Vargas Machuca –la militancia comunista debió de aconsejarlo–, Deltoro estuvo en Saint-Cyprien entre finales de febrero y abril, momento en el que, junto con su grupo y restos del Ejército del Ebro, pasó al cercano campo de Barcarès. Allí recibió alguna carta de Ana con noticias sobre la creación en París de la Junta de Cultura Española y la organización de embarques con destino a México.46

A través de Ana -que se entrevistó en París con Quiroga Pla y Giner Pantoja, miembros de la Junta- el Comité francés de Ayuda a los Intelectuales españoles, que dirigía Jean Cassou, localizó y pudo sacar a Deltoro de Barcarès. Debió ser mediado junio y le fue a recoger el escritor Vladimir Pozner, miembro de la AEAR, que le condujo a Perpiñán y a Narbona, a un Centro de Acogida atendido por el Comité Británico de Ayuda a España. Allí, 18 de julio, pudieron reunirse Ana y Antonio. Alguna foto les muestra felices por el reencuentro. Ya no se separarían. De los días de Narbona, Deltoro traza otra de sus pequeñas galerías de raros con el extravagante y pintoresco director de cine Francisco Camacho, el poeta valencianista Puig Espert –febrilmente prendado de Maruja Camarena, una modelo de los carteles taurinos de Ruano Llopis– y sobre todo con el médico Pedro Vallina, figura notable del activismo anarquista español, a quien evoca con veneración. «Me hizo feliz durante mi estancia en Narbona», declaraba. Aquellos días fueron un dolce far niente, con paseos, pláticas y lecturas. Entre ellas, La Veillée à Benicarlo, versión francesa de la obra de Manual Azaña, publicada en París en agosto de 1939. Esta reflexión sobre la guerra, escrita en abril de 1937, les indignó, una actitud acorde con la severa e injusta condena de Azaña que había lanzado Dolores Ibárruri en París, en marzo de 1939.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, creó una grave situación económica en el Centro: «El Comité británico que entregaba dinero para el refugio –recordó Martínez Iborra– dejó de hacerlo y nosotros contribuimos con la vendimia». Por un tiempo los más jóvenes trabajaron para un acomodado vigneron y colaboraron al mantenimiento, pero nada se logró. El Centro debió de cerrarse a lo largo del mes de noviembre. Fue entonces cuando Ana y Antonio Deltoro se trasladaron a París, donde residieron hasta enero de 1940. Allí recibieron alguna ayuda económica de la familia de Ana y la noticia de que su hermano Manuel se encontraba en la cárcel.

Todavía desde Narbona, Deltoro había escrito a Juan Larrea –secretario de la Junta de Cultura– interesándose por su salida a México, pero –ausente Larrea, de camino a Nueva York– fue Giner Pantoja quien le contestó el 28 de octubre, ofreciéndose a gestionar su viaje a Chile, «ya que México –le precisaba– ha cerrado por ahora sus puertas». Por entonces estaba reciente el atraque en el puerto chileno de Valparaíso del Winnipeg, un carguero remozado por el SERE, que abría la expectativa de otras travesías al país sudamericano. También por entonces México había suspendido los embarques. El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los problemas de integración de los primeros refugiados –llegados a Veracruz en junio y julio de 1939– y los conflictos entre prietistas y negrinistas, explican la actitud del Gobierno de Cárdenas, que finalmente levantó la prohibición en junio de 1940.47

Dijeron que había una lista de intelectuales para salir de Francia y venir a México –declaró Martínez Iborra a Francisca Perujo en 1995– y no sé cómo se extravió el pasaporte…, que si estaba en Burdeos, o no sé dónde, pero el caso es que nosotros no pudimos salir ni en el Sinaia ni en ninguno de los posteriores. Y no había más opción que ir a Santo Domingo.

Ana y Antonio achacaron ese inesperado cambio a errores burocráticos en el consulado de Burdeos, pero debieron de ser más determinantes la interrupción de los embarques a México y la creciente amenaza alemana.

Ciertamente, a finales de enero de 1940, José Ignacio Mantecón –secretario general del SERE– recibió un oficio de Fernando Gamboa, de la Legación de México en Francia, notificándole que, a petición de la Junta de Cultura Española, México admitía la llegada de un grupo de treinta intelectuales, entre los que se encontraba Deltoro; pero ese escrito no debió de tener efecto alguno. Por lo demás, el oficio de Gamboa se solapó seguramente con la salida a Santo Domingo.48

Fue Emili Gómez Nadal, en un encuentro algo tenso en las oficinas del SERE, quien comunicó a Deltoro y a Martínez Iborra que el único destino en ese momento era la República Dominicana. «I em veig arribar, entre altres, Deltoro i la muller […]», recordó en 1980 en la entrevista con Manuel Aznar Soler y Francesc Pérez Moragón.

Era després de la ruptura de la famosa bretxa de Sedan i els alemanys estaven a divuit dies en París. Hi havia un barco en Vernon, al costat de Burdeus, i el SERE […] va dir: s’han acabat els cupos. Tot el que siga comunista, prioritari. Que no s’arrisquen més. I us hem fet vindre per anarvos-en. Ara, aneu a Santo Domingo. I em contesta [Deltoro]: «¿I México? Que tenemos todos los amigos y no sé qué…». Dic: «Escolta […] Si vas a Santo Domingo, des d’allí està molt prop. […] Del que es tracta ara és d’eixir de París».

La entrevista debió tener lugar a comienzos de enero de 1940, durante la inquietante calma de la llamada drôle de guerre, cuando la amenaza del avance alemán no ofrecía dudas. La decisión pudo contrariarles, pero, admitía Deltoro: «Yo no quería pasar otra guerra».49

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Por un error burocrático nos tiramos año y pico en Santo Domingo, cosa que a mí no me desagrada porque fue otra experiencia más, una experiencia estupenda por la edad que teníamos. […] para nosotros fue un sainete tragicómico que me hizo feliz.

A pesar del ambiente opresivo del régimen de Trujillo, Deltoro ofrece un vivo y entretenido relato de las dichas y desdichas de aquellos meses dominicanos, entre febrero de 1940 y abril de 1941.50 Un tiempo que compartieron con Álvaro Custodio, a quien habían conocido durante la travesía, dando inicio a una amistad que prosiguió en México tiempo después. En el largo trayecto entre Burdeos y Puerto Plata, hubo ocasión –lo recordó Custodio entrevistado por Elena Aub– para que Deltoro argumentara de manera convincente que había que admitir el pacto germano-soviético que tantos carnés comunistas había roto: «Deltoro me habló muy bien, en una forma muy consciente y me convenció de que era un paso difícil, pero había que comprenderlo».51

La crítica internacional al presidente Rafael Leónidas Trujillo tras la matanza de miles de haitianos en 1937 le obligó a ofrecer una imagen humanitaria, y en la conferencia de Evian, en 1938, se comprometió a acoger a un elevado número de refugiados europeos, judíos y españoles. A la prioritaria razón política se añadía, de manera retórica, el impulso económico que se lograría mediante el establecimiento de colonias agrícolas en la frontera con Haití. En apenas siete meses, entre noviembre de 1939 y mayo de 1940, llegaron a Santo Domingo en torno a 3.000 refugiados españoles. La precaria economía dominicana fue incapaz de incorporar a un número tan elevado de inmigrantes, entre los que era notorio el predominio de las clases medias urbanas y profesionales. La República Dominicana fue de inmediato una estación de tránsito hacia Cuba, Venezuela o México.

«Así llegamos –afirmó Custodio en 1981– a ese lugar absurdo y disparatado que era la antigua isla de La Española. Yo, en cuanto pude, salí corriendo de ese lugar y me trasladé a Cuba». La imagen se reitera. A la somnolencia económica y cultural dominicana, se unía el discreto acoso a los republicanos españoles, siempre sospechosos de una peligrosa orientación política. El deseo de huir era contagioso, escribió Teresa Pàmies, joven comunista, recordando la vigilancia de los domicilios y los interrogatorios de que eran objeto al tramitar el permiso de residencia.

«Todo el mundo esperaba –recordaba Deltoro– no se sabe qué, no la llegada del maná, pero si la llegada de algún cheque que le permitiera salir de la isla». Entretuvieron la espera de manera diversa. Ana trabajó por un tiempo en la Biblioteca Municipal de Santo Domingo, donde introdujo el sistema de clasificación decimal, mejoró el equipamiento y promovió la lectura con exposiciones ambulantes de libros. También realizaron el programa de radio «Hora del Mundo», un boletín diario de noticias internacionales sobre la Segunda Guerra Mundial, cuyas críticas hacia el Eje les costó una advertencia de las autoridades dominicanas. Un logro que merece crédito fue la publicación de Ozama, revista literaria de información y crítica cuyo primer número apareció en febrero de 1941. Pretendió servir –decía el editorial, escrito por Deltoro– como órgano de expresión de «solidaridad moral y cultural de la emigración española». El interés por establecer contactos con los intelectuales de la isla no debió de ser por completo ajeno a la percepción de los comunistas de que su situación política era precaria y aconsejaba un mayor anclaje en la sociedad dominicana.

Ozama, la cuidada revista de interesante modulación cultural y literaria, que ideó y capitaneó Deltoro. No obstante su corta vida –escribió Manuel Andújar en 1976–, manifiesta la preparación y talentos del escritor valenciano, por los pasajes seleccionados, la atención que dispensó a las artes plásticas, en un medio nada propicio al comienzo, y sus opiniones de los libros, a la sazón de mayor entidad.52

Los redactores fueron Ana, Custodio y el pintor Joan Junyer, que bien pudo ocuparse del diseño de la cabecera, y colaboró con alguna ilustración.

«Había cosas que en ese momento teníamos que tocar –afirmaba Deltoro–. Considerábamos que pronto nos reintegraríamos a España y, por lo tanto, debíamos mantener vivo el fuego de nuestro patriotismo». Escribió acerca del Idearium español, de Ángel Ganivet, un libro que juzga vivaz y actualísimo, con el que traza un cierto paralelismo entre el error de la fugaz intromisión española en los negocios de Europa durante la edad moderna y los riesgos del presente, la preocupación «de saber a España, destrozada aún y ya con el fantasma de una guerra, extraña a sus intereses, en ronda de muerte». Se trataba de un parangón que adquiría calidades muy contrastadas. Durante la monarquía de los Austria España intervino como protagonista; ahora lo haría desde la condición de lacayo. El comentario sobre Ganivet iniciaba una sección sobre escritores españoles, pero tan solo logró una segunda entrega, dedicada a Antonio Machado, de la que se ocupó Antonio Regalado. Una tercera, sobre Ortega y Gasset, que corría por cuenta de Deltoro, ya no llegó a publicarse. En el primer número también se editó «Si caigo aquí», poema del Romancero del destierro, de Unamuno, un autor que gozó de un amplio reconocimiento entre los exiliados.

En la revista colaboraron Bernaldo de Quirós, el músico Enrique Casal Chapí y escritores dominicanos como Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro René Contín Aybar o el poeta Fabio Fiallo. Ozama fue expresión del componente nacionalizador de las izquierdas españolas en el exilio.

España ya no está en un solo lugar, está en dos. Allí y aquí –fue la exhortación de Paulino Masip en sus Cartas a un refugiado español, de 1939–, y el último adverbio tiene una aplicación muy dilatada. Aquí quiere decir cualquier punto del planeta en donde haya un republicano.53

Deltoro ideó la publicación, dirigió los dos primeros números y debió de colaborar en el tercero, en cuyo crédito aparece como director Justo Tur Puget, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas. En el último –una doble entrega 5-6, aparecida en julio de 1941– podía leerse una defensa de la Unión Soviética que refleja la impronta sectaria que lamentaba Deltoro. Para entonces ya había dejado atrás República Dominicana. José Puche, presidente de la filial mexicana del SERE, envió el auxilio económico para el pasaje. Ana y Antonio salieron de Santo Domingo rumbo a La Habana. Un viaje accidentado en el que Ana sufrió un aborto que les obligó a permanecer un mes en la isla.54

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República Dominicana, el primer contacto con América, había sido casi una aventura; todavía no era el exilio. Tampoco lo fue inicialmente México, a donde llegaron en mayo de 1941.

Nosotros pensábamos –como creo que todos– que si España había sido el primer país que se había enfrentado al fascismo, al triunfar la democracia sobre el fascismo nos iban a reponer, era lo normal. No pensábamos que el exilio iba a ser tan largo. Nuestra mentalidad era la de hombres en tránsito… y madurar un poco, pasar ese poco de cualquier manera.

A lo largo de las entrevistas, Deltoro utilizaba indistintamente los términos emigración, refugiado y exilio, cultismo algo más tardío reintroducido por el destierro republicano de 1939. Apenas recurre –con tan solo dos menciones– al neologismo transterrado, controvertida y afortunada sugerencia de José Gaos que aspiraba a resolver la tensión entre el atavismo y el nuevo arraigo y era, a su vez, un gesto de reconocimiento a México. Para el también filósofo Adolfo Sánchez Vázquez se trataba de un eufemismo bien intencionado pero deformante: «el exilio –concluyó– es un desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza, una puerta que no parece abrirse y nunca se abre».55

No resulta fácil determinar, lo ha apuntado Clara Lida, cuándo el refugiado convirtió lo extraño en íntimo, en qué momento, por decirlo con la precisa imagen de Vicente Llorens, la emigración fue dejando atrás una vida a medias para iniciar una vida de veras.56 Un proceso que se resiste a pautas y a moldes comunes y se fue desplegando en el trabajo y los afanes cotidianos. Apenas llegados, Ana y Antonio adoptaron la nacionalidad mexicana, acogidos a una norma reciente que permitía mantener la española: «Yo soy mexicano, sigo siendo mexicano», afirmaba Deltoro al final de la entrevista con Mantecón. «No he tenido nada que ver con la nueva embajada española».

Fue recién acabada la Segunda Guerra Mundial cuando adquirieron conciencia de que el triunfo de los aliados no representaba el final del exilio. Deltoro habla en 1978, tras casi cuarenta años de vida en México. Sin embargo, en su relato, México se agosta. La vida vivida cede el paso a la vida recordada: «La guerra de España… siempre la guerra de España, en carne viva y no obstante no vivida, como telón de fondo de la casa y los rayos», escribe su hijo en «Agua enlodada», un poema en el que evoca su infancia. Quizá acierta Brodsky al decir que el exiliado es un ser retrospectivo.57

Apenas llegados, lograron trabajo en el Instituto Luis Vives –nombre de claro alcance simbólico–, el primer centro educativo creado por el exilio en la ciudad de México, abierto en enero de 1940. Fue un trasplante del programa institucionista y pronto gozó de un gran prestigio. Deltoro ingresó en agosto de 1941 como profesor de Literatura Española, plaza vacante por la salida de Concha de Albornoz. Ana lo hizo algo después, por el fallecimiento de Pedro Moles, y fue una reconocida profesora de Geografía e Historia por largo tiempo, entre 1941 y su jubilación en 1978:

Un cuarto a espadas al surgir Antonio Deltoro en este breve repaso de conocimientos previos, afirmó elogioso el escritor Manuel Andújar. No sólo competente y alentador maestro de literatura en la mejor etapa del Instituto Luis Vives, sino catador docto de nuestros escritores principales, sin condescender cuando aplicaba sus plausibles normas de valoración.58

El salario era escaso y las necesidades económicas crecientes con el nacimiento de sus hijos Ana (1942) y Antonio (1947). Además de la docencia hubo de atender otras tareas, como la venta a domicilio de los volúmenes del diccionario de UTEHA –uno de los grandes logros editoriales del exilio–, dar clases de español en la embajada soviética, como recuerda Ana, o trabajar de agente médico en los laboratorios de IQFA, una empresa química creada por el SERE. Los primeros años exigieron un continuado y laborioso esfuerzo. «En nuestra casa –recordó el poeta Antonio Deltoro– había una soleada austeridad, una conciencia de las penurias mezclada con jacarandas; vivíamos de forma que nos permitía comer todos los días».59


Antonio Deltoro Fabuel, Antonio Deltoro Martínez, Ana Martínez Iborra y Ana Deltoro Martínez, México, 1955. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

En 1951, razones económicas llevaron a Deltoro a abandonar la docencia de manera definitiva y comenzó a trabajar en la mejor retribuida industria farmacéutica. La decisión no debió de resultarle fácil: «Allí torcí mi destino, […] Ya me había orientado en un derrotero un poco falso, la propaganda farmacéutica…», le confesaba a Matilde Mantecón en una afirmación no exenta de tristeza, como si con ella se produjera la quiebra de una vocación y de un interés profesional por las letras. Mantuvo el gusto por la lectura –y así le retrató su amigo Renau en 1944–, y como directivo de imagen y publicidad pudo aplicar de algún modo sus conocimientos sobre la tipografía y el diseño. Deltoro ideaba la imagen, redactaba el texto y cuidaba su impresión, por lo común en los talleres de Elicio Muñoz Galache, un impresor del exilio. La biblioteca que fueron reuniendo Deltoro y Martínez Iborra, conservada en la actualidad por sus hijos Ana y Antonio, reunía el amplio catálogo del exilio en México, era variada de autores y temas –en particular en lo referido a historia, artes y letras– y contaba con un buen número de primeras ediciones de poesía española contemporánea. Los libros, al igual que las revistas, en su mayoría escritas por y para el exilio, fueron otro ejercicio de memoria de la España perdida.

Ana y Antonio, como tantos exiliados, irían arraigándose en México –un país por el que viajaron y al que mostraron aprecio–, al tiempo que se insertaron en las redes de sociabilidad española, una amplia y densa trama a la que también incorporaron a los «gachupines», los viejos residentes de la tradicional emigración en cadena. Deltoro admitió el error de haberlos desdeñado inicialmente desde la supremacía moral de los derrotados republicanos. Fueron variados los espacios e instrumentos de esa trama. Noticias, libros o espectáculos que llegaban de España, un flujo nunca interrumpido entre ambas orillas. También entidades asociativas como el Ateneo Español de México, creado en 1949, que propició los intercambios entre el exilio y el medio cultural mexicano, o la Casa Regional Valenciana, en cuya revista Mediterrrani Deltoro colaboró por un tiempo.60 En los primeros años frecuentó las ruidosas tertulias de españoles. Simón de Otaola, excelente cronista del destierro, lo menciona en el café El Papagayo, sentencioso y admirado de Carmen Laforet, cuya novela Nada se había publicado en 1944, y receloso del interés de Camilo José Cela. A finales de los años cincuenta, Ana y Antonio abandonaron la militancia en el Partido Comunista. Debió de existir un desinterés cada vez mayor previo a la decisión formal, si bien Deltoro –siempre hostil hacia los anarquistas al referir episodios de la guerra– mantuvo lo que Rueda ha llamado «la memoria orgánica de partido». El exilio propició en cierto modo una «despolitización»; el refugiado no podía intervenir en la política mexicana –aunque tampoco se interesó en hacerlo–, y entre los sectores intelectuales vinculados al Partido Comunista existió, a juicio de Faber, un progresivo desengaño.61 Las relaciones amistosas fueron determinantes en esa red de afectos que hicieron posible una España vicaria. Un amplio círculo en el que menudearon el escenógrafo Manolo Fontanals, Gabriel García Maroto, León Felipe y Álvaro Custodio –vuelto a ver desde los días de Santo Domingo–, así como José Ignacio Mantecón, Luis Buñuel y Roces, amigos muy frecuentados a quienes Deltoro llama el trío de la bencina. Ruy Renau recuerda a Ana y a Antonio –«amigos de juventud de mis padres en Valencia»– en las comidas dominicales, en la amplia casa que Renau y Manuela Ballester –que retrató a Ana en 1942– tenían en Mixcoac. Fue una relación muy cercana, que alcanzó también a sus hijos.


Antonio Deltoro Martínez, Luis Buñuel, José Ignacio Mantecón, Wenceslao Roces, Ana Martínez Iborra, Carmen Dorronsorro y Ana Deltoro, en casa de Ana Martínez Iborra y Antonio Deltoro, Ciudad de México, ca. 1973. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

También las cartas y los viajes episódicos tejieron esas redes. A comienzos de 1959, la joven Ana Deltoro viajó a Valencia para restablecer unas relaciones familiares casi interrumpidas desde el final de la guerra. En el verano lo hizo su madre, acompañada de su hijo Antonio. Regresaron juntos a México en septiembre. Algún tiempo después, en 1961, Antonio Deltoro viajó por vez primera a España. Fue una estancia breve, de apenas dos semanas: «Sufrí el trauma terrible del primer contacto con la España que perdimos», recordó Deltoro, pero fue feliz el reencuentro con su pueblo, con Chulilla, y el trato con sus hermanos, y con la más liberal familia de Ana. A comienzos de los años setenta las visitas se hicieron algo más frecuentes, aunque en ningún momento consideraron la idea del regreso definitivo. Vivieron ajenos al anhelo de la vuelta.62 En 1976 Ana Martínez Iborra trabajó temporalmente en el Instituto Ausiàs March de Gandía para tramitar su jubilación voluntaria como profesora de enseñanza media. Un derecho que le fue reconocido en diciembre de ese año, tras lo cual regresó a la ciudad de México.

Para mí ser refugiado es perder las raíces que todo ser viviente tiene, y no encontrar dónde enraizarse de manera plena. Estoy incorporado, pero hay cosas que…, uno ha nacido… […] Más que ser refugiado, siento la nostalgia de lo que pasó y de lo que pudiera haber sido uno de no haber sido desterrado o transterrado.

Ana y Antonio, como todos los refugiados, tuvieron un sentido de pertenencia múltiple, aunque esa percepción debió de ser oscilante y lábil, y por momentos, como le sucedió a Tomas Segovia, existió un sentimiento de no pertenencia al territorio de destino que entrañaba la pertenencia continua al lugar de origen.63 En la travesía del Sinaia entre Sète y Veracruz, en la primavera de 1939, Benjamín Jarnés, en una breve nota, advirtió «Contra la nostalgia»:

Circulan unas píldoras contra el mareo –señaló–, también debieran circular píldoras contra la nostalgia. Para extirparla radicalmente, porque no es este el momento de entregarnos al tiempo perdido sino de hincar nuestra voluntad en el futuro. No debemos reclinar la cabeza sobre el cojín de los recuerdos sino alzarla gallardamente para salir al encuentro del pueblo fraternal que nos acoge.

Pero no resultaba fácil vencerla. La añoranza de ese país que no existía estaba entreverada con la nostalgia y la creciente certeza de que aquellos tiempos de su juventud y de los anhelos republicanos habían desaparecido para siempre. Nostalgia de lo que pudo haber sido y ya nunca volvería a ser. Los refugiados fueron en cierto modo sobrevivientes de sí mismos. «Mis padres invocaban el exilio y la guerra, pero llegaba por las ventanas el Parque México».64 Fue el drama y el doble rostro del exilio: una vida entre la integración y el desarraigo. Una vida escindida entre México y España.

1. En el poema «Bajo el cielo de marzo».

2. Véase NC, 4.

3. Véase NC, 15.

4. En el archivo de la Universidad de Valencia no he encontrado el expediente disciplinario al que se refiere Deltoro. Véase NC, 32 y 33.

5. Juan Renau: Pasos y sombras. Autopsia (edición, introducción y notas de Rosa Martínez Montón), Sevilla, Renacimiento, 2011, p. 289; 1.a edición, México, Aquelarre, 1953.

6. Entre 1926 y 1929, y de nuevo entre 1931 y 1935, Deltoro cursó diferentes asignaturas de Letras y Derecho en Valencia y Murcia, universidad creada en 1915. El recurso a la matrícula no oficial en Murcia para la obtención de la licenciatura en Derecho era una práctica extendida. Renau dedicó un extenso comentario a Deltoro, Ángel Gaos y Francisco Carreño Prieto como redactores de Nueva Cultura, véase Textos y documentos, 10.

7. M. F. Mancebo: La Universidad de Valencia. De la Monarquía a la República (1919-1939), Valencia, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert-Universitat de València, 1994, passim. Ernest Sánchez Santiró y Ximo Revert: «Una arquitectura per a la ciència. La Facultat de Ciències de la Universitat de València (1909-1944)», Afers, 10, 1990, pp. 455-474. Véase NC, 35-37.

8. La creciente presencia de alumnas en la universidad fue lenta, pero sostenida, si bien Valencia –a enorme distancia de Madrid o Barcelona– ofrece porcentajes bajos respecto a distritos como Zaragoza o Santiago de Compostela. Mercedes Montero: La conquista del espacio público. Mujeres españolas en la universidad (1910-1936), Madrid, Minerva Ediciones, 2009, pp. 110-114. Dolores Sánchez Durá y Vicenta Verdugo Martí: Memoria. El acceso de las mujeres a la Universitat de València (1910-1965), Universitat de València. Unitat de Igualtat, 2011.

9. Véase NC, 13, 60 y 61.

10. J. Renau: Pasos y sombras…, pp. 296-297. Sobre Manuel Martínez Iborra y la FUE, véase NC, 34 y 50.

11. Mayte Gómez: El largo viaje. Política y cultura en la evolución del Partido Comunista de España, 1920-1939, Madrid, Ediciones de la Torre, 2005, p. 159. Renau: «Notas…», p. XVI.

12. [‘Ya tenemos las fotografías’] [‘Una joven alta y opulenta, morena de cabello y ojos negros como el azabache. Va tocada con una boina ligeramente ladeada, es muy atractiva’]. La exposición –que exhibió el retrato de Max Aub pintado por Genaro Lahuerta– fue organizada por el crítico Manuel Abril, promotor de la renovada Sociedad de Artistas Ibéricos. En el relato de Castelló aparecen Joan [Renau], Antoni Pons [Deltoro] y Bernat Claramunt [Clariana], amigos inseparables, asistiendo a la conferencia de Juan Chabás que acompañó la muestra de arte moderno, G. Castelló: València dins la tempesta, Valencia, Edicions del Bullent, 1987, pp. 19-23, 60-61. Javier Pérez Segura: «La Exposición Novecentista de Valencia», Arte moderno, vanguardia y estado. La Sociedad de Artistas Ibéricos y la República (1931-1936), Madrid, CSIC-Junta de Extremadura, 2003, pp. 81-88.

13. En el poema «Caligrafías» (1997), véase p. 260.

14. Véase NC, 44. La propuesta de Pérez del Muro no fue atendida. Santos de pueblo pertenece a la Fundación Cultural Mapfre. Eugenio Carmona: «Solana. El invitado, el primitivo y lo inquietante», en María José Salazar y Andrés Trapiello (dirs.): José Gutiérrez Solana, Madrid, Turner-Grupo Santander-MNCARS, 2004, pp. 121-189.

15. José Luis Almunia: «Las exposiciones vanguardistas de Valencia», La Semana Gráfica, 2 de mayo de 1931, reproduce el cuadro con el título Retrato.

16. Véase Textos y documentos, 10 y 11. Juan Gil-Albert: Memorabilia, Barcelona, Tusquets, 1987, p. 205.

17. [‘El aislamiento del partido era total, él mismo se había creado un gueto del que no salía, los obreros lo miraban con indiferencia’]. Véase NC, 54 y 55.

18. Mayte Gómez: El largo…, pp. 187-189. Fernando Hernández Sánchez: «El Partido Comunista de España en la Segunda República», Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 51, 2017, pp. 85-100.

19. [‘Todas las dificultades de la confusión resumidas. […] Los estudiantes, que simpatizan con el comunismo en una proporción del 33 % en el seno de su organización profesional, la FUE, los escritores y los artistas –de los que un grupo acaba de fundar una AEAR en Valencia, que cuenta ya con 70 miembros–, los autonomistas –cuya juventud de izquierda se acerca a nosotros, todos hablan de la URSS con simpatía, con esperanza, con ardor’]. Véase NC, 51.

20. Véase NC, 53.

21. Véase NC, 56.

22. «Testigos negros de nuestro tiempo» apareció en los números 1, 2, 3, 6, 7-8, 9, 10, 10 bis, 12, 13 y en la primera entrega de la segunda época, en marzo de 1937. Manuel Andújar: «Los valencianos que conocí en México», en M. García (ed.): Exiliados. La emigración cultural valenciana (siglos XVI-XX), Valencia, Conselleria de Cultura, 1995, II, pp. 203-209.

23. Hora de España, revista mensual (23 números), Valencia, enero 1937-Barcelona, noviembre 1938, 5 vols., Liechtenstein-Barcelona, Topos Verlag AG-Editorial Laia, 1977. A comienzos de 1937, en las páginas de ambas revistas discutieron Renau y Gaya acerca del cartelismo y la guerra. En esa fecha, Nueva Cultura editó la obra de Renau Función social del cartel publicitario.

24. Véase NC, 66 y 92.

25. Josep Renau: Arte en peligro: 1936-1939, Valencia, Ayuntamiento de Valencia-Fernando Torres, 1980, p. 13; el libro está dedicado a Antonio Deltoro y a Manuela Ballester. En 1977 Renau escribió a Deltoro y le consultó acerca de una visita de trabajo a Toledo; no he podido documentar si atendió la consulta. La carta se encuentra en Textos y documentos, 9. Véase NC, 71 y 72.

26. J. C. Rueda Laffond: Memoria roja…, p. 228. M. Gómez: El largo viaje…, pp. 219-220, considera estéril prolongar el debate acerca del uso propagandístico de las actividades culturales por parte del Ministerio o del Partido Comunista; fue «una decisión consciente y en absoluto subrepticia».

27. Orueta había sido director general de Bellas Artes entre 1931 y 1933, y de nuevo entre febrero y septiembre de 1936. Miguel Cabañas Bravo: «Ricardo de Orueta, guardián del arte español. Perfil de un trascendente investigador y gestor político del patrimonio artístico», en Miguel Cabañas Bravo y María Bolaños Atienza (eds.): En el frente del arte. Ricardo de Orueta 1868-1939, Madrid, CSIC, 2014, pp. 20-80 y 218-239.

28. Nueva Cultura, año III, 2, abril de 1937 [p. 297]. Véase NC, 77.

29. El director del Museo era Ramón Pérez de Ayala, que apenas se había ocupado de la gestión; abandonó Madrid a comienzos de septiembre y se instaló en París. Sánchez Cantón era subdirector desde 1922. Josep Renau: «Connotaciones testimoniales sobre el “Guernica”», en Álvaro Martínez-Novillo (ed.): Guernica-Legado Picasso, Madrid, Ministerio de Cultura, 1981, pp. 8-22. El escrito de Deltoro, que puede fecharse hacia 1972, en Textos y documentos, 8. Debió de redactarlo a petición de José Puche, quien le derivó la consulta de una periodista norteamericana acerca del Guernica. Puche lo remitió a Renau, cuya dirección en Berlín le habría facilitado Deltoro. La consulta podría guardar relación con la noticia aparecida en el diario mexicano Excelsior (26 de agosto de 1972) que daba cuenta de la sugerencia del Gobierno republicano en el exilio de que el cuadro debía ir a México por tratarse del único país que reconocía a la República española. Un breve fragmento de la nota de Deltoro se utilizó para anunciar una conferencia de Renau organizada en Valencia por el Partido Comunista del País Valenciano con ocasión del centenario del nacimiento de Picasso. No he podido documentarla. Véase NC, 74.

30. J. Renau: Arte en peligro…, p. 60. Véase NC, 81-85.

31. Véase NC, 80 y 104. «La colección del Palacio de Liria, salvada. Su exposición en Valencia», Hora de España, I, enero de 1937, pp. 60-61.

32. Véase NC, 106, 108.

33. J. Gil-Albert: Memorabilia, pp. 204 y 247.

34. José Moreno Villa: «En Valencia», en Vida en claro. Autobiografía, México, El Colegio de México, 1944, pp. 227-236; hay edición reciente de Juan Pérez de Ayala, Madrid, Visor, 2006. Elena Garro: Memorias de España 1937, México, Siglo XXI, 1992, pp. 50-57. Esteban Salazar Chapela: En aquella Valencia edición, introducción y notas de Francisca Montiel Rayo, Sevilla, Renacimiento, 2001; el personaje de Puga, director general de Bellas Artes por quien el autor muestra animadversión, podría ser trasunto de Renau. Una antología de textos en Antonio Calzado Aldaria y Javier Navarro Navarro (eds.): Valencia, capital antifascista: visiones e impresiones de una ciudad en guerra, Valencia, PUV, 2007.

35. Véase NC, 100-102.

36. John Dos Passos: «La casa de los sabios», en Viajes de entreguerras, Barcelona, Península, 2005, p. 318. Victorio Macho: Memorias, Madrid, G. del Toro, 1972, p. 91.

37. Véase NC, 100 y 101. Una amplia edición de los textos de la polémica en torno a la Casa de la Cultura, en M. Aznar Soler: «L’Aliança d’Intel·lectuals per a Defensa de la Cultura de València i la creació de la Casa de la Cultura», en M. Aznar Soler y otros: València, capital cultural de la República (1936-1937). Antologia de textos i documents, Valencia, Conselleria de Cultura, Educació i Ciència, 1986, pp. 99-318.

38. En la Casa pudieron trabajar el escultor Macho y los oftalmólogos Manuel Márquez y Trinidad Arroyo. Miguel Cabañas Bravo: «Ricardo de Orueta, guardián del arte español. Perfil de un trascendente investigador y gestor político del patrimonio artístico», en M. Cabañas Bravo y María Bolaños Atienza (eds.): En el frente del arte. Ricardo de Orueta 1868-1939…, pp. 20-80, 218-239 y 274.

39. El balance de la Casa de la Cultura puede consultarse en M. Aznar Soler: «L’Aliança…», pp. 314-317. En 1980, en la entrevista que le hicieron M. Aznar Soler y F. Pérez Moragón. A. Gómez Andrés y F. Pérez Moragón (eds.): Emili Gómez Nadal: diaris i records, Valencia, PUV, 2008, pp. 369-413 y 404. [‘Tengo la impresión de que hicimos muy poco […] Y sobre todo no tengo idea de haber hecho gran cosa’].

40. Las colaboraciones de Deltoro se reproducen en Textos y documentos, 1-4.

41. El texto de Altolaguirre y Bergamín no se ha localizado, Francisca Ferrer Gimeno: «Vestuario para El Triunfo de las Germanías», Stichomythia, 11-12, 2011, pp. 268-283. Los decorados de Alberto fueron elogiados por Francisco Carreño Prieto: «Elementos para una plástica teatral española», Nueva Cultura, 2, abril de 1937, p. 15, y por Ramón Gaya, en una nota sin firma: «Teatro», Hora de España, II, febrero de 1937, p. 60.

42. Francisco Carreño Prieto: «El arte de tendencia y la caricatura», Nueva Cultura, 11, marzo-abril de 1936, pp. 14-15; en ese mismo número, p. 6, «Cuatro dibujos políticos de Alberto Sánchez».

43. Véase NC, 109-111. Jordana Mendelson: «Los laboratorios de la propaganda: artistas y revistas durante la guerra civil española», en Revistas y guerra, 1936-1939, Madrid, MNCARS, 2007, pp. 15-267, 181.

44. Véase NC, 112-124.

45. Véase NC, 125. En el verano de 1936 Carl Einstein (1885-1940) se integró con su esposa Lyda Guevrekian en la columna dirigida por Buenaventura Durruti –de quien escribió un elogio fúnebre– y estuvo en diferentes frentes en Aragón y Guadalajara. Problemas de salud le obligaron a retirarse a Barcelona, donde al parecer menguó su inicial fervor anarquista.

46. Véase NC, 127-130.

47. Sobre el Centro de Acogida de Narbona, véase NC, 132-143; para la carta de Giner Pantoja y la estancia en París, véase NC, 144-145.

48. A. Martínez Iborra: Fragmentos…, s/p. Los tres grandes embarques a México fueron los del Sinaia, Ipanema y Mexique, que trasladaron a 4.660 refugiados entre junio y julio de 1939; en ese tiempo Ana y Antonio todavía no habían logrado reunirse en Narbona. Véase NC, 146.

49. ‘Y veo llegar, entre otros, a Deltoro y a su mujer. […] Era después de la ruptura de la brecha de Sedán y los alemanes estaban a dieciocho días en París. Había un barco en Vernon, al lado de Burdeos, y el SERE […] dijo: se han acabado los cupos. Todo el que sea comunista, prioritario. Que no se arriesguen más. Os hemos hecho venir para que os vayáis. Ahora, vais a Santo Domingo. Y me contesta [Deltoro]: ¿Y México? Que tenemos todos los amigos y no sé qué… Digo: Escucha […] Si vas a Santo Domingo, desde allí está muy cerca […] De lo que se trata ahora es de salir de París’. En el recuerdo, Gómez Nadal equivoca las fechas: la brecha de Sedán fue en mayo de 1940 y Deltoro y Martínez Iborra habían llegado a Santo Domingo en febrero. Véase NC, 146.

50. Sobre la estancia en Santo Domingo, véase NC, 147-168.

51. Véase la entrevista con Elena Aub citada en NC, 151.

52. Lo afirmó en el primer trabajo amplio sobre el exilio republicano que dirigió José Luis Abellán. Un año antes, como queda dicho, Vicente Llorens había recordado la revista con algún recelo: «aunque reflejara de algún modo la orientación política de quienes la dirigían se presentó como “revista literaria de información y crítica”», Memorias de una emigración…, p. 319. Sobre Ozama, véase NC, 160-167.

53. Las Cartas las publicó en México la Junta de Cultura Española. Sobre Masip y la retórica idealizante, Francisco Caudet: El exilio republicano de 1939, Madrid, Cátedra, 2005, pp. 277-283, y J. de Hoyos Puente: La utopía del regreso. Proyectos de Estado y sueños de nación en el exilio republicano en México, México / Santander, El Colegio de México, Editorial de la Universidad de Cantabria, 2012, p. 12. Las colaboraciones de Deltoro pueden consultarse en Textos y documentos, 5-7.

54. Sobre la estancia en Cuba, véase NC, 171-173.

55. Adolfo Sánchez Vázquez: «Fin del exilio y exilio sin fin», Del exilio en México. Recuerdos y reflexiones, México, Grijalbo, 1997, pp. 35-38; se publicó por vez primera en 1977. En un texto de 1999 admitió que, muy avanzado el destierro, se dieron pasos hacia expresiones de transtierro: «El exilio del 39. Del destierro al transtierro», en M. F. Mancebo, Marc Baldó y Cecilio Alonso (eds.): L’exili cultural de 1939. Seixanta anys després, Valencia, Universitat de València-Biblioteca Valenciana, 2001, 1, pp. 37-50. Véanse los trabajos de Claudio Guillén, Francisca Montiel Rayo, Aurora Valero y Jordi Gracia, citados en NC, 165 y 174. Sobre los años de México, NC 174-197.

56. V. Llorens: «El retorno del desterrado», Estudios y ensayos sobre el exilio republicano de 1939, edición, estudio introductorio y notas de M. Aznar Soler, Sevilla, Renacimiento, 2006, pp. 105-127 y 126. El texto se publicó en la revista Cuadernos Americanos en 1948. Clara E. Lida: Caleidoscopio del exilio. Actores, memoria, identidades, México, El Colegio de México, 2009, p. 17, y «Un exilio en vilo», en Andrea Pagni (ed.): El exilio republicano español en México y Argentina. Historia cultural, instituciones literarias, medios, Madrid/México/Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert/Bonilla Artigas Editores, 2011, pp. 21-32.

57. Joseph Brodsky: Dall’esilio, Milán, Adelphi, 1988, p. 22.

58. Sobre el Instituto Luis Vives, NC, 176-178. Manuel Andújar: «Los valencianos que conocí…», p. 208.

59. Antonio Deltoro: «Un trayecto por las piedras azules», Favores recibidos, México, FCE, 2012, p. 9.

60. J. de Hoyos Puente: «Construyendo nuevos espacios de sociabilidad», La utopía del regreso…, pp. 156-169. Véase NC, 189 y 190.

61. Sobre la militancia comunista, véase NC, 183. Sebastian Faber: «Silencios y tabúes del exilio español en México: Historia oficial vs. Historia oral», en Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, 2005, pp. 373-389.

62. Sobre la vuelta, Marisol Alonso, Elena Aub y Marta Baranda: Palabras del exilio 4. De los que volvieron…, passim. Mari Carmen Serra Puche y José Francisco Mejías Flores: «La Colonia española y los exiliados de la Guerra Civil: una comparación de su experiencia en el México posrevolucionario», y Carmen Capella: «¿Se puede volver?», en A. Gil Lázaro, A. Martín Nájera y P. Pérez Herrero (coords.): El retorno…, pp. 147-159 y 229-238. Véase NC, 8, 27, 194 y 195.

63. José Ramón Ripoll: «Marginalidad y exilio, una conversación con Tomas Segovia», Campo de Agramante, Revista de literatura, 12, 2009, pp. 35-56.

64. Sinaia, diario de la primera expedición de republicanos españoles a México, edición facsimilar, presentación y epílogo de Adolfo Sánchez Vázquez, México, UAM/UNAM/La Oca Editores/Redacta, 1989. La nota de Jarnés se encuentra en el nº 3, 28 de mayo de 1939, p. 2. A. Deltoro: «Un trayecto…», p. 9.

DOS CONVERSACIONES
CON ANTONIO DELTORO FABUEL
(1978-1979)

De la guerra todo el mundo te va a contar lo mismo, poco más o menos. A mí lo que me importa de la guerra es que fue la culminación de un proceso, un proceso que se inició precisamente en mi juventud, con la Dictadura que viví, con los largos años de la Dictadura. Fui de la generación de la República. Y después de los enemigos de la República, bueno, no de la República en sí, sino de cómo era esa República. La guerra fue la culminación de todo ese proceso vital. Y otra cosa, aunque voy a ser un poco pedante. Recuerdo siempre una frase de Gracián que para mí es la definición mejor de la dialéctica. Decía –creo– que todo el mundo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos. A mí me parece una magnifica definición. Hay gente que ha seguido una línea recta, y yo he ido a brincos de conciertos y desconciertos, por el medio en que nací, por mi formación familiar, por mi evolución histórica.1

1. UNA INFANCIA ENTRE CHULILLA Y VALENCIA

Nací el 28 de diciembre de 1907, pero tengo que hacer cálculos para saber cuántos años tengo. Estoy seguro de que era el día de los Inocentes porque me pusieron de nombre Antonio Fernando Inocencio. Nací en un pueblo cercano a Valencia, Chulilla, el nombre es precioso. Mis padres se llamaban Vicente Deltoro Rodrigo y Patrocinio Fabuel Clemente; fuimos seis hermanos de los cuales solo quedamos cuatro, fui el quinto. Se llamaban, Patrocinio, la mayor, Alfredo, Vicente, Adelina, yo, y Consuelo, la última. Mis padres eran campesinos adinerados, a todos nos dieron carrera. Fuimos la primera generación de universitarios, incluso mis hermanas, cosa rara en aquella época y dada la mentalidad de mis padres, estudiaron la carrera de maestras. Fueron a la Normal de Maestras, imagínate en esa época lo que suponía darle una profesión a una hija, era una cosa revolucionaria.2

Apenas salí de Valencia en la época formativa. Hablo el valenciano, aunque en mi pueblo se habla castellano, un castellano con giros y arcaísmos que muchas veces ya no se usan en el lenguaje común. Casinos es el último pueblo de lengua valenciana y Villar del Arzobispo y Chulilla son los primeros pueblos de habla castellana. Toda esa zona se llama Los Serranos y una de las puertas que todavía quedan de la muralla de Valencia es la de Serranos, donde desembocaba la carretera que llegaba de esa zona montañosa.

Valencia está a cincuenta y seis kilómetros de mi pueblo y para ir a Valencia tenía que tomar primero un caballo para ir a Losa del Obispo, por donde pasaba –así lo llamaban– el Camino Real, y después esperar las diligencias. Había allí una venta, la Venta del Hambre, que era un cruce de caminos. Una venta magnífica donde hacían el cambio de tiro de caballos; venían diligencias en sentido contrario, del Rincón de Ademuz. En fin, íbamos a Liria. Liria era el segundo pueblo de habla valenciana, un pueblo precioso. Recuerdo que para mí de chiquillo la idea de eternidad era una recta que había desde la Venta del Hambre hasta Liria, una recta que tendría como quince kilómetros, y en la distancia se veía el campanario, serían como dos horas con el tintineo de los cascabeles. En Liria bajábamos y tomábamos un ferrocarril de vía estrecha para llegar a Valencia. Desde mi pueblo castellano, Valencia era un contraste tremendo.

Mi pueblo es una maravilla. Vivir y haber nacido en un pueblo así es tener una cultura que difícilmente puede tener un hombre de la ciudad y llamo cultura al conocimiento de las cosas elementales y al paladeo de estas. Salir de la casa, encontrar un río, el Turia, que se abre paso entre una hoz que muchos geógrafos consideran que tiene la misma estructura que el Cañón del Colorado, aunque de menor tamaño. Por ejemplo, Martín Echeverría, Tormo, y Cavanilles, historiador de la geografía de Valencia en el siglo XVIII, establecen un parangón entre el río Turia y el Cañón del Colorado. Ver cómo se cruzan los animales y ver florecer distintos árboles es una cosa que no se aprende en los libros. Doy gracias al cielo por haber nacido allí. No aprendí en los libros estas cosas tan elementales, en los libros no existen, y menos en la televisión. No me atiborré de datos, pero viví la naturaleza. Pasaba los tres meses de verano en Chulilla y el resto en Valencia. Incluso ahora, siempre que vuelvo a España, vuelvo a Chulilla.3

En mi casa no solamente conservaban la religión, la petrificaban. Todas las noches se rezaba el rosario. Ya habían desaparecido la mayor parte de las monarquías y se rezaba un padrenuestro y un avemaría para que hubiese paz y concordia entre los príncipes cristianos. No creo que hubiera muchos príncipes cristianos. Francisco José, que era la única dinastía católica, había desaparecido, y solamente quedaba en España Alfonso XIII.

No se hablaba allí de nada, solo de lo que el catecismo del padre Ripalda dictaminaba. No se leía absolutamente nada, solo lo que editaba el apostolado de la buena prensa. Mi pan espiritual eran El Pan de los Pobres, La Montaña de San José, otra revista, y la más amena de todas, La Hormiga de Oro, una publicación católica y tradicionalista. El periódico, Las Provincias. Hay estampas de La Hormiga de Oro que tengo todavía latentes. Recuerdo en uno de los números el retrato del pope Gapón muerto. Un individuo que para el público era un agitador rojo que en un momento determinado conjuró a los obreros de San Petersburgo y organizó lo que llamaban los siete domingos rojos. Y en el séptimo domingo salieron los cosacos e hicieron una masacre tremenda. Una de las imágenes espeluznantes era del pope que ahorcaron colgado del techo al ser descubierto como agente de la Ojrana, la policía secreta zarista. La Hormiga de Oro fue mi primer contacto con el mundo, era la única revista que tenía información porque en El Pan de los Pobres, excuso decirte, siempre había un cuento en el que el niño bueno lograba un premio y el niño malo…4

Todo eso era por parte de la familia de mi padre, por parte de la de mi madre era muy diferente. Mi abuelo Baltasar, apodado Carrerillas, era un chaparrito que siempre iba muy deprisa, siempre llevaba buenos caballos. Lo recuerdo con saco de pana y pantalones de pana, con coderas de piel, como ahora se estila. Estábamos distanciados porque mi abuelo Carrerillas, que era una especie de hidalgo, tenía su barragana, y mi madre no podía tolerar ni entrar en su casa mientras la barragana, que era la tía Francisca, estuviera, de modo que yo me veía con mi abuelo a hurtadillas.

Mi abuelo Baltasar tenía una magnifica casa, con buenos muebles de estilo isabelino. Era un hombre de gusto, no sé de dónde le venía y tuvimos pocas relaciones por imposición de mi madre, pero al final las cosas se fueron puliendo, y yo iba a su casa porque a él le gustaba, le dibujaba cosas, le escribía con letra redondilla, con letra inglesa, en fin, hubo unas afinidades entre los dos. Me atraía mucho la figura de mi abuelo, porque era todo lo opuesto a la familia de mi padre, y además era un hombre, pues, hasta cierto punto un bon vivant, un tipo que sabía vivir. Diversificó su economía, tenía buenos caballos, buen ganado, conducía maderas desde los pinares de Cuenca.

Para mí era una imagen estupenda ver la bajada de los pinos por el río Turia. Era la fantasía. Los madereros procedían de un pueblo que estaría a veinte kilómetros que se llamaba Chelva. Estaban especializados en la conducción de madera en todos los ríos europeos. He oído hablar por primera vez del Danubio a estos tipos que iban y venían organizados en cuadrillas a la manera un poco militar, venían por el cauce del Turia que allí se estrecha. Es una hoz tremenda y cuando se enclavaba un tronco los gancheros se descolgaban con cuerdas y empezaban a subir los troncos, y aquello era un caos, de locura. Todo esto desapareció con la llegada de una compañía de electricidad valenciana que en torno a 1920 hizo una presa, precisamente en la estrechez del río Turia, que pasa por debajo del pueblo, y por lo tanto la conducción de maderas de esa forma ya no era rentable, tenía que ir por otros caminos.5

Esto fue determinante. Un pueblo eminentemente católico cambió de la noche a la mañana por la llegada de los obreros de la presa; la mayoría eran asturianos, mineros que taladraron la montaña. Eso cambió todo. Los sábados había grandes juergas, traían a sus putas de Valencia, se ganaban buenos jornales, empezaron a ser descreídos, la gente ya no iba a misa. Todo esto lo he vivido. Luego, cuando se terminó la presa –recuerdo imágenes de mi infancia–, llegó una misión de franciscanos, de capuchinos por ser más concreto, para atraer al seno de la Iglesia a todas aquellas ovejas descarriadas. Y hubo una semana de ejercicios, se organizó una liga contra la blasfemia; con lo que es el pueblo español de blasfemo se habían acumulado blasfemias de leoneses, asturianos, de todas partes. Uno de los franciscanos nos aleccionó a los niños en esa liga contra la blasfemia de la cual era presidenta mi tía Consuelo y el leitmotiv era: «Cuando oigáis blasfemar, decid todos a una voz: ¡Jesús mío, quiero amar. Alabado sea Dios!». Es precioso.

Me acuerdo de uno de los jornaleros de mi casa, que ese sí merece una biografía, llamado Tisera, una corrupción de tijera. Trabajaba toda la semana a jornal nuestro y el fin de semana, el sábado por la tarde y el domingo, se dedicaba a esquilar burros y caballos, y de esquilar y esquilador viene lo de Tisera. Era un blasfemo barroco, se cagaba en los aparejos de decir misa, en fin. Recuerdo que un día venía de la era con tres mulas, eran carros pesados, y en un bache se enclavó el carro y empezó a cagarse en Dios por todo lo alto. Y en la ventana, mi tía: «Por Dios, Tisera». Y nosotros debajo: «Jesús mío». «Me cago en Dios». «Jesús, quiero amar. Alabado sea Dios». «Me cago en la puta madre». «Jesús mío, quiero amar». Y mi tía nos dijo: «Por favor, es peor el remedio que la enfermedad, dejad que blasfeme». Para mí en aquella época una blasfemia era un tiro en la nuca.

Otro de los que intervinieron en la misión esta era un boticario que se llamaba Ginés, era de Albatera, el pueblo que se hizo célebre después por el campo de concentración. En aquella época, por el comercio, venían los quincalleros, los santeros que vendían rosarios, etcétera, etcétera. Y unos quincalleros que eran de Albatera llegaron en el momento de las misiones y se encontraron con el paisano este. –«Es un cabrón –dijeron–, dejó a la mujer con dos hijos». Allí en Chulilla, Ginés era el prototipo de las buenas costumbres, tanto es así que aleccionaba a los chiquillos, y el día que se hizo la procesión tenía que ir con una cruz delante cantando: «Al cielo, al cielo, al cielo quiero ir», pero el Tisera, que era el trovador del pueblo, nos reunió a todos los chiquillos y nos aleccionó y nosotros íbamos detrás. «Si al cielo quieres ir, confiésate primero y dile los pecados al padre misionero. Al cielo no irás, Ginés, el boticario, al cielo no irás porque estas amigado». Dejó la cruz y hasta la fecha, desapareció. La influencia de un poeta popular, de un juglar, en la vida de un pueblo, los chiquillos en una procesión, toda la gente del pueblo, el cura, los franciscanos aquellos con sus barbotas. Un espectáculo tremendo.

Este Tisera se enamoró de una medio riquilla que llamaban –allí siempre ponían apodos– Tona la Manrupa. No sé lo que significa. Le llevaba serenatas y aquella nada; un tipo que se dedicaba a esquilar burros y que iba a jornal, ¿cómo podía casarse con el Tisera? Era un tipo estrafalario y decía las mayores barbaridades. «Le he compuesto una copla para este sábado», me dijo. Recuerdo aquello: «Tona la Manrupa segando hierba se clavó una paja por donde mea, fue a arrancarse la paja y se arrancó un pelo, y se hizo sangre en el mochuelo». «Pero no seas bestia –le decía yo–, cómo te va a querer con esas canciones». Esto lo heredó de otro individuo que estuvo en casa de mi abuelo, era el trovero del pueblo.

En toda esa parte y en el Rincón de Ademuz, limítrofe con Cuenca y Aragón, había una festividad el primer domingo de mayo, «Los Mayos». Los clavarios y las clavariesas son adolescentes, es la llegada de la primavera y en ese día primero el tío Pascual, a quien aún conocí, y luego el Tisera, hacían una especie de crónica de lo que había ocurrido en el pueblo y cantaban unas coplas en alabanza a las clavariesas: «Tu frente espaciosa es campo de guerra donde el dios Cupido plantó su bandera, tus ojos serrana son dos fuentes de agua…, ahí, se abrevará tu boca», y de ahí iban bajando y al final acababa como el Rosario de la Aurora. Este Tisera era un tipo inesperado.6

Cuando llegaba a Chulilla me encontraba como pez en el agua. Me reunía con un grupo de mozos de estos que leían La Traca, que era el periódico valenciano anticlerical por excelencia. Había muchas ilustraciones de monjas con muchas tetas y mucho culo perseguidas por frailes sedientos y hambrientos de carne. Y cuando llegó Franco a Valencia fusiló a Carceller, que era el director y propietario de La Traca. Tiraba doscientos cincuenta mil ejemplares; era la publicación de mayor tiraje de España.7

Pues este grupo, fíjate en la influencia que puede tener un maestro… Llegó un maestro muy joven a Chulilla y todos los que habían estudiado con don José sabían leer y escribir. Leían, tocaban instrumentos musicales y cuando venían los bañistas –hay un balneario allá–, pues hacían sus pininos. Este grupo era con el que me relacionaba cuando llegaba. A los veintitantos años de exilio, cuando volví a Chulilla, me dijeron que alguno había muerto en la cárcel.8 Después de perdida la guerra, el Partido organizó las guerrillas y una de las acciones guerrilleras de más trascendencia se hizo en Losa del Obispo, este pueblo que te decía que se ve a cuatro kilómetros. Hicieron una acción guerrillera para escabecharse a todo el puesto de la Guardia Civil en Losa del Obispo. Y todos estos amigos míos que había perdido de vista –habían pasado muchos años–, tuvieron que salir, entre ellos Tisera, que se había marchado a Barcelona. A mí me interesaba mucho la vida de Tisera, juglar pueblerino. Era mayor que yo. Estos eran jornaleros de mi casa, tendrían veinte años y yo doce; cuando yo tenía veintitrés ellos ya se habían casado. Las relaciones cordiales se mantenían. Por el mero hecho de leer y escribir el horizonte se les había abierto, y estos fueron durante nuestra guerra del Frente Popular, algunos se hicieron del Partido Comunista. Todo un proceso.9

En un pueblo de mil quinientos habitantes había un ejemplar de todo: Paco, el Manco; José, el Cojo; Genaro, el Pelotero, que era el tonto declarado del pueblo, después, una puta donde iban los recaudadores de contribuciones a pernoctar. Había dos republicanos ateos, que es precioso eso, pues curiosamente eran gentes de buen pasar. Uno era el tío Lorencico y el otro el tío Ponciano, que vivía frente a mi casa, y su mujer, la tía María –allí todos eran tío y tía– estaba espeluznada porque en vez de tener en la cabecera de la cama un Cristo tenía una litografía con los de la Primera República, Salmerón y Pi y Margall. Los domingos la procesión pasaba por delante de nuestras casas y este buen señor, cuando la procesión se acercaba a su casa sacaba el burro con los aparejos –y todo eso en dirección contraria a la procesión– y se iba a trabajar, no sé por qué, porque el resto de la semana no trabajaba. Era un hombre de cierta edad, republicano y anticlerical, y de ese modo hacía una demostración semanal de su anticlericalismo. Y el tío Lorencico era lo mismo, pero era un hombre de más letras, todo lo centraba en las ruinas de Palmira que era un folletón y cuando hablabas de cualquier cosa decía: «Ya en las ruinas de Palmira…». Y con eso quedaba todo liquidado.

La organización era semifeudal. Por ejemplo, el horno del pueblo era un horno comunal. La gente iba al horno como iba al lavadero, un horno gótico que luego han destruido. Se reunían allí las mujeres a hacer el pan, llevaban la masa y tenían el derecho a la cocción del pan únicamente dejando una hogaza por equis hogazas. Era una cosa comunal, no se pagaba ningún impuesto, el Ayuntamiento tenía sus propios medios de recaudación. Uno de ellos era la servidumbre de pastos. En el pueblo los cultivos fundamentales eran el olivo, la vid, la algarroba, etcétera, y durante el invierno estaban en barbecho el trigo y demás, y entonces venían los ganaderos de Cuenca y Teruel a invernar en estas tierras más cálidas, y había una subasta, todo ese terreno lo ponían en parcelas y pujaban, tanto y tanto y cada uno contribuía con el terreno que tenía y eso iba al Ayuntamiento. Por ejemplo, había una división, el arca mayor y el arca menor, tantos miles de pesetas y todo el que tenía terreno ahí contribuía con eso.

Es un pueblo de una tradición tremenda, por ahí han pasado… Corona el pueblo un castillo romano, y yo he encontrado cerámica ibérica. Era la cabeza de lo que llamaban la Baronía de Chulilla, que abarcaba una serie de pueblos que luego han cobrado mucho más auge que Chulilla. Ahora Chulilla es un pueblecito que tiene los mismos habitantes que en el siglo XVIII. Hay un historiador maravilloso de la época de Carlos III, Cavanilles, cuyas Observaciones sobre la historia natural del Reino de Valencia tengo por ahí. Recorrió Valencia a pie y ofrece estadísticas de lo que se recogía de vino, de aceite, de tal otra cosa…, hace la descripción perfecta de lo que era Chulilla y de lo que era la Baronía. Concluye diciendo que mientras los habitantes de Chulilla no construyan sus casas fuera del cogollo del pueblo, este continuará teniendo los mismos habitantes, se debía construir hasta el llano de la ermita que está a tres kilómetros. El pueblo está en un mogote que rodea el Turia, lo abarca como un círculo. Y el castillo corona el pueblo. Precioso.10



«Mapa de la baronía de Chulilla» y «Vista de la villa de Chulilla», Antonio José Cavanilles: Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia (2 vols.), Madrid, Imprenta Real, 1795-1797, II, pp. 57 y 59. Grabados de Tomás López Enguídanos, Biblioteca Històrica, Universitat de València.

¡Han cambiado tanto las cosas! Ahora viajo de aquí a España y no me entero de quién está al lado, y yo me he enterado de la vida y milagros de la gente que iba en la diligencia. Recuerdo de chico, ante mi padre, que estaba colorado como un pavo, la descripción de la noche de bodas de un quincallero que iba a Chelva. Se había casado la semana anterior y le preguntaron y nos explicó a todos. ¿Quién se podía oponer ante la curiosidad de todos los que estaban interesados por lo que había pasado aquella noche? El quincallero era bastante locuaz y mi padre, que era rígido, esperando que yo no me enterara de lo que estaba diciendo, y claro me enteré de todo. En un viaje de esos, si eran ocho o diez en la diligencia, te enterabas de la vida y milagros, se trababan amistades para siempre… ¡A ver si viene por las fiestas del pueblo!

Es un pueblo de una gran tradición. Vamos siempre. La primera vez que Toni fue a Chulilla se quedó pasmado. Estuvo en la Cruz de Mayo. El pueblo es blanco, la obligación –ya no es necesario que la recuerden– es blanquear las fachadas. Pese a las discrepancias nunca hubo durante nuestra guerra ni derramamiento de sangre ni nada.11 Había una unidad, una convivencia en el horno, en el lavadero… Como no había grandes terratenientes, no había nadie que no tuviera su parcelita de tierra. Claro, lo más codiciado era la huerta, el terreno de regadío en los meandros que forma el río, allí es donde teníamos nosotros el privilegio, porque en el secano podía haber mala cosecha por falta de lluvia, pero en la huerta siempre se aseguraba la cosecha. Otra cosa, no había ricos, los jornaleros atendían su tierrita y compensaban esa economía con el jornal. Es un pueblo idílico.

Allí venían los amigos, Renau y Carreño, antes y durante la guerra. El otro día leía el prólogo de la edición de Nueva Cultura y Renau habla de Chulilla, donde dice que en alguna ocasión fue huyendo de la policía porque era nuestro refugio.12 Eso sí, con la obligación, cuando venían, de ir el domingo a misa. Íbamos a misa, a misa mayor. Era una forma de camuflarse. La sorpresa de mi familia cuando en nuestra guerra se enteraron de que eran unos rojos peligrosísimos que me habían conducido al mal. ¡Ah! Y que Ana, mi mujer, había sido copartícipe en esa perdición.13

2. MARISTAS, JESUITAS Y ESCOLAPIOS

Nos trasladamos a Valencia cuando yo tenía escasamente seis u ocho meses, y alternábamos nuestra estancia entre Valencia y Chulilla. La primera enseñanza la tuve en un parvulario que era piloto de la Escuela Normal de Maestras; después pasé a los Maristas y allí hice mis primeras letras. Era una orden dedicada a la enseñanza y fundamentalmente a la enseñanza religiosa, aunque de todas las órdenes dedicadas a la enseñanza considero que en aquella época era la más liberal. Estudié hasta los nueve años, hasta que entré en los Jesuitas. Como mis hermanos mayores se habían educado en los Jesuitas –era el colegio más acreditado, por lo menos el que costaba más dinero–, pues me llevaron allí. Yo seguí la tradición de la familia, sin consultarme, claro está. En los Maristas me encontré como pera en tabaque. Todavía recuerdo a dos hermanos, al hermano Camilo, navarro, chaparro y buen jugador de pelota, y al hermano Luis, que influyó seguramente en mi visión de las cosas. Era un tipo también muy fornido, con dedicación a las artes plásticas y buen acuarelista. Cuando había que hacer algún letrero en la pizarra era la persona indicada, dominaba ya la letra gótica, la letra redondilla, incluso hacía unas florecillas muy cucas. Lo recuerdo con cariño.14

No así a los profesores de los Jesuitas. La orden, desgraciadamente, no era lo que hoy en día es. Yo, si tengo algo de rebelde, que es mucho, se lo debo precisamente a mi estancia en los Jesuitas. Allí estaba perfectamente delimitada la sociedad. En el colegio existían tres estratos: los internos, los mediopensionistas y los externos. Los internos, de familias no citadinas; los terratenientes, no solamente de Valencia sino de todas partes de España, puesto que el Colegio de San José era uno de los más acreditados; y los mediopensionistas, donde figuraban los hijos de la alta burguesía, incluso de la nobleza. Yo tuve de compañeros al barón de Cárcer, al barón de Vallvert, al marqués del Turia, etcétera. Y luego los externos que, por regla general, eran de estratos inferiores. La enseñanza era gratuita y de allí salían las infanterías que más tarde jugarían su papel en los Jesuitas. Gente despierta, porque no toleraban gente tonta, que luego ocuparía un lugar destacado en la sociedad. Recuerdo a algunos de ellos, que con el tiempo llegaron a ser catedráticos, capitanes de industria… Era un tamiz y una estructura perfectamente organizada. No estuve los seis años de bachillerato en los Jesuitas. En el cuarto año mi rebeldía explotó y me expulsaron. Mis hermanos habían sido modelo de alumnos con matrículas de honor, que se plegaban a todos los dictámenes de la orden, y yo, por el contrario, fui todo lo opuesto, un pésimo alumno y me rebelé contra el medio aquel.15

Recuerdo compañeros en sentido positivo y negativo. Uno con el cual hice una amistad que perduró hasta la guerra era Ernesto Alonso Ferrer, fue uno de los más caracterizados otorrinos de España, una persona de gran formación y muy liberal. En sentido negativo recuerdo como tipo característico del Colegio a un tal Andresito Gargallo; era hijo de una de las familias más opulentas de Valencia. Su padre donó todo el material para el Laboratorio de Fisiología del Colegio de San José, que contaba con más microscopios que la propia Facultad de Medicina. Este Andresito Gargallo era un tipo esmirriado, que cotizaba su esmirriamiento y lo estaban preparando para ser un santito de la compañía, una especie de san Estanislao de Kostka o san Luis Gonzaga. Lo recuerdo vestido con un sobrepelliz en las fiestas del Colegio y se frustró el tal Andresito, al cual vaticinaban un puesto en el santoral de la orden, murió camino al Grao que lleva al puerto de Valencia… en un coche deportivo, con dos mujeres de la vida alegre…, de modo que fue el final de un presunto santo.16


De pie, de izquierda a derecha: Adelina, Alfredo, Antonio y Vicente Deltoro. Sentados, de izquierda a derecha: Consuelo Deltoro, Patrocinio Fabuel Clemente, Vicente Deltoro Rodrigo y Patrocinio Deltoro, ca. 1924. Archivo Ana y Antonio Deltoro Martínez, México.

Conocía a muchos más, pero los he olvidado, los olvidé ya al salir de los Jesuitas. Solamente recuerdo en este momento a estos dos, a Andresito Gargallo y a Alonso Ferrer, que era un pícaro tremendo. Ernesto Alonso Ferrer podría ser la base de una novela social. Era hijo de la viuda de un carpintero, una mujer de un temperamento tremendo, que llevó adelante el pequeño taller que tenía. Un hermano de la madre de Alonso Ferrer era rector del Colegio de los Franciscanos de Onteniente, y otro hermano, gran tahúr, había estudiado medicina. Al término de la carrera quería establecerse y el hermano franciscano seguramente desvió de la caja del Colegio una cantidad para ayudarle a establecerse con otro socio que era el mejor otorrino que había en Valencia, Vilar Fiol creo que le llamaban. El tío de Ernesto recogió el dinero que era para una clínica, se lo jugó, y a la salida de la casa de juego subió al Miguelete, que es la torre más alta de Valencia, y se precipitó al vacío. Entonces, el socio, Vilar Fiol, se consideró moralmente obligado a proteger al sobrino y desde el primero o segundo año de medicina lo enviaba en los veranos a Alemania, Inglaterra, o Estados Unidos y Ernesto salió hecho un gran especialista. Luego casó con la más rica heredera de Valencia, cuyo padre fue colaborador del primer ministro de Hacienda de Franco. Ernesto, al cual me unía una íntima amistad, había sido uno de los fundadores del partido político de los intelectuales, de la Agrupación al Servicio de la República, pero en un determinado momento de nuestra guerra, cuando las cosas no andaban muy bien para la República, se pasó a la zona contraria. El suegro, que lo había tolerado a la fuerza, pensó: «Bueno, esta es la mía» y lo metió en la cárcel. Y Ernesto se pasó el primer año de la España franquista en la cárcel. Fue el otorrino de la familia de Franco… Recuerdo con añoranza aquellos tiempos.17

En el Partido, en Valencia, los primeros fueron todos alumnos de los Jesuitas. Un tal Pepe Carbajosa, que anda por aquí, Ángel Gaos y yo. No había más salida, o te plegabas a las normas de lo que eran los jesuitas en aquella época, y acatabas lo bueno que era la jerarquía y todo eso, o te rebelabas.18

Yo fui la oveja negra de la familia Deltoro y los jesuitas han sido en mi vida un verdadero tormento, hasta el punto de que cuando tenía fiebre una de mis pesadillas era que desfilaba por aquellos corredores del Colegio de San José. Íbamos en dos filas, en el piso había dos franjas de baldosas por las cuales circulábamos los de las Brigadas y en medio el prefecto con una chasca marcando los movimientos, cuándo nos teníamos que parar para entrar en clase. Todo esto sin hablar, no se podía hablar salvo en el comedor cuando el prefecto decía Gaudeamus, entonces la gente, como un estampido, gritando. Lo demás era el silencio.

Me preguntas por las relaciones turbias y es una cuestión que se ha suscitado en las conversaciones que tenemos periódicamente Buñuel y Mantecón, que se educaron en el Colegio de los Jesuitas, en Zaragoza. Ellos dicen que no, pero a mí me consta que sí. Hay un hecho demostrable. Es que el hermano enfermero de todos los colegios, tanto del San José, en Valencia, como el de Zaragoza, nos daba una lavativa en cuanto llegábamos a la enfermería y nos daba un masaje en el bajo vientre. No sé qué tenía que ver con el aparato digestivo, pero eso era típico y ellos también abundan en la misma idea, que el hermano enfermero era maricón. Ese seguro. Yo creo que también el padre Eixarch. Un hombre un tanto extraño. Había sido profesor en el Instituto de Teruel antes de entrar en la orden. Llevaba melena y pasaba por hombre muy leído e instruido y era buen poeta. Por este, siempre le decía Luis a Mantecón: «¿Te acuerdas cuando el padre Eixarch te sentaba en sus rodillas y te mordía el lóbulo de la oreja?». José Ignacio dice que no, pero él insiste en que sí –en esa época José Ignacio llevaba tirabuzones– y qué le levantaba los tirabuzones para morderle el lóbulo de la oreja. Eso me consta.

Por cierto, en una de las concertaciones literarias que se celebraban, el padre Eixarch, profesor de geografía, preparó una pieza teatral literario-geográfica en la cual se hablaba del río Ebro y de sus afluentes. Hizo una composición y cada uno recitaba su papel, yo no sé cuál de los afluentes del Ebro era, pero en la preparación de esa concertación –pasamos creo que un mes– me aprendí parte del Ebro y sus afluentes. Te la voy a recitar. Ana ya la sabe. «No digas más» –era el Ebro–, «ya te entiendo, tú me quieres, yo te quiero, este nos quiere a los dos, y nosotros te queremos y a tu lado formaremos uno solo en cuerpos tres». Y no sé que otro afluente decía: «Eso es». Y otro: «Este lazo será abrazo de eterno amor y ventura, llenaremos de hermosura todo el suelo que pisemos, y a nuestras plantas veremos la abundancia nacer». Y el otro: «Y crecer nuestros límpidos caudales de riqueza de los manantiales…». Precioso. Todo eso con el capitán general, el gobernador, el obispo y toda la gran burguesía y la aristocracia, mira tú si es bonito… Pues sí, hubo algún escarceo de ese tipo.19

Ahora que estuvimos en Valencia y a través de las memorias de Juanito Gil-Albert volví a recordar a una sombrerera, seguramente de origen francés, que le llamaban Baylach, era la sombrerera de la burguesía alta, tenía su boutique en la calle de la Paz. Al hijo le llamaban Arturito Cot, era un efebito, un efebito mariconcito y hubo un lío tremendo de tipo homosexual entre los alumnos y con ese estilo inquisitorial de los jesuitas nos fueron llamando uno por uno. Unos acusaban a los otros y al final estaba toda la clase involucrada. A los últimos que llamaron fue a Alonso Ferrer, que era muy arrabalero, lo mismo que yo, y a mí. El rector nos dijo: «Pasen ustedes, ¿por qué han hecho cosas obscenas?». «¿Qué quiere decir con obscenas?», le contesté. El padre Belda se puso colorado y no sabía cómo explicar lo de las cosas obscenas; empezó a apuntar lo que eran y yo le respondí un poco arrabaleramente. Total, nos tiró a cajas destempladas. Ese es uno de los episodios de homosexualismo al cual asistí, el de Arturito Cot Baylach. El rector era un individuo con apariencia, con voz aflautada, hijo de una viuda con una gran fortuna. Al morir, dejó toda la fortuna al Colegio de San José, con ella hicieron grandes reformas y automáticamente el padre Belda pasó a ser rector. El padre Belda es el culpable de que yo apenas sepa multiplicar y dividir, porque era el profesor de matemáticas y se trababa en las ecuaciones de primer grado. Fue escalando puestos hasta llegar a ser rector.20

Dentro del colegio estaba la que se llamaba Congregación de San Luis Gonzaga y luego, cuando se salía del colegio, había otra congregación para los exalumnos. Establecieron una especie de club tipo inglés –en eso eran avanzados– donde se hacían reuniones sociales. Había una buena biblioteca, buenos butacones donde se tomaba café. Al frente de ese club había un padre especializado en este tipo de relaciones, el padre Conejos. Tenían acceso a esas actividades las señoritas de la buena sociedad valenciana, y aquello era un vivero de matrimonios. Ahí empiezan a jugar los peones de los jesuitas. A un individuo inteligente casarlo con un rica heredera, aunque fuera horrible; a una muchacha virtuosa que pudiera atraer a un individuo que posiblemente descarriara, pero de dinero, la casaban. Era una fábrica de matrimonios.21

Luego, estos individuos eran accionistas de la compañía de tranvías que estaba en manos de los jesuitas; los ferrocarriles no lo sé, pero, en fin, las fábricas de electricidad estaban controladas por los jesuitas. No hubo ingenieros electricistas hasta que se estableció una Escuela de Ingenieros Electricistas en Madrid, en la calle Areneros, bajo los auspicios del padre Pérez del Pulgar. Había una universidad confesional que era la Universidad de Deusto cuando no existía tal tipo de universidad y los abogados que salían de Deusto eran los abogados de las grandes empresas y compañías. Había un observatorio, el Observatorio del Ebro, en Tortosa, donde estaba un padre Rodés que luego durante nuestra guerra estuvo a nuestro favor. Un biólogo, el padre Pujiula. En fin, todo lo tenían perfectamente organizado para ocupar los puestos clave. Este padre Pujiula funcionaba como una eminencia en el terreno de la biología; el de Areneros era un gran matemático; el del Observatorio también.22

Los jesuitas gozaban de fama como grandes pedagogos, pero excuso decirte las barbaridades, una cosa de tipo nemotécnico, de emulación brutal entre unos y otros. Lo antipedagógico estaba cristalizado en los jesuitas. Todos los sábados, con una tramoya tremenda, se leían las notas. Primero, íbamos a la capilla y la capilla olía a una capilla recién lavada, en fin, los olores ya los asociaba uno al sábado; el órgano acomodado al preámbulo de la lectura de notas. Y luego en la Brigada el padre prefecto leía las notas, clasificadas de la A a la O, uno por uno. Y todo esto acompañado de unas pausas y unos silencios terribles, porque uno tenía que presentar el lunes firmadas por sus padres las notas que le habían dado. Eran calificaciones en aplicación y en conducta. Fulano de tal, una pausa tremenda, todo el mundo expectante, «E en conducta», estremecimiento, «O en conducta», que era tremendo. Estaba uno coaccionado.

En los ejercicios espirituales –san Ignacio era un señor con toda la barba, un doblegador de conciencias tremendo–, había tipos especializados en las pláticas que se daban en esa semana de ejercicios. Había uno que estaba especializado en penas del infierno, en materializar las penas del infierno, el padre Solá, un hombre también candidato a morir en olor de santidad. No daba clases, iba con la sotana raída, siempre llena de caspa, tenía una voz abaritonada profunda y pronunciaba la palabra infierno de una manera estremecedora. Las imágenes del infierno del padre Solá eran terribles. Yo he soñado con el infierno, como te digo, años y años. A las almas del purgatorio las temía. No temía la entrada de un ladrón en mi cuarto, pero la presencia de las almas del purgatorio me apabullaba, me despertaba por la noche despavorido ante las almas del purgatorio. Fíjate. Es increíble. Todo esto era de una riqueza de fantasía tremenda.

Por ejemplo, la pureza de María, la Inmaculada Concepción, lo que supone para un niño o para un adolescente, porque es una imagen de tipo sexual. El compendio de toda la belleza, de toda la poesía, está en la Virgen María, y además las imágenes –detestables desde el punto de vista plástico, pero a esas edades encantadoras– pues eran un foco de sexualidad. Ellos que fueron una orden combativa en su época, con la evolución de la sociedad acomodaron su pensamiento y su táctica a esa sociedad, de modo que el Corazón de Jesús es una creación jesuítica, es decir, es la Inmaculada Concepción con barbas, es tan guapo como la Virgen y tiene un corazón que se ha de ver, un corazón ortopédico que está por encima de sus vestiduras. Todos los símbolos perfectamente especificados y barajando los conceptos sexuales con la cosa religiosa.

Había otro padre –no recuerdo cómo se llamaba– especializado en ejercicios espirituales para criadas, les hablaba en su idioma. «Tenéis que ir con cuidado con vuestros amos» –les decía– «porque siempre van con malicia; primero os regalan una sortija, luego os regalan cualquier chuchería y luego una pieza de Holanda. ¡Tomada la Holanda, perdidos los Países Bajos!». Y otra barbaridad, porque, claro, estaba a la altura de la mentalidad de las criadas a quienes se dirigía. Un día les decía: «La tentación está en todas partes, tenéis al chiquillo en vuestras manos y le besáis la carita y le besáis la boquita y le besáis la minina, ¡pecado mortal!, como si me la besaseis a mí». De modo que desde las más altas elucubraciones teológicas hasta las cosas más zafias, pero todo muy bien diseñado. Un mundo en el que cuadraba todo. Y esto ha tenido una influencia tremenda, en Buñuel y en todos nosotros. Tan tremenda que siempre decimos que gran parte de nuestra personalidad se la debemos a los jesuitas, en pro o en contra. Este mundo tan complejo que uno lleva adentro pues en parte se debe a ellos. Esta rebelión ante la sociedad perfectamente delimitada también se debe a ellos. Y estas cosas de tipo surrealista también. Todo estaba eficazmente instrumentado.23

Luego, la creación de santitos, porque había que hacer un santo para cada personalidad, para un adolescente, un santo adolescente. Esto lo ves aquí, no me acuerdo si es en Tepoztlán o Tepotzotlán. En el noviciado de la Compañía de Jesús en México hay una capilla hecha para los novicios donde todas las imágenes son chiquitas, unas casitas de muñecas. Entonces ellos se veían reflejados en esos santitos, los fervorines en las ceremonias religiosas. Así como hay la homilía, pues los fervorines eran una exaltación de cualquier santo. Había un padre, el padre Tarré, que estaba especializado en fervorines, era un hombre rubito, con un sobrepelliz magnífico, perfectamente planchado, era un figurín, con una voz de tenorino que le temblaba de emoción ante la Virgen. Todo perfectamente orquestado. El barroco de los jesuitas es eso, manejar los sentimientos y castrar los sentimientos al mismo tiempo. Por eso digo que de ahí salen los grandes ateos. Allí empecé a ver estas desigualdades sociales. No era muy brillante como alumno, nunca lo he sido –salvo en aquellas asignaturas que me interesaban–, pero recuerdo una clase de historia universal, el profesor era un jesuita típico, le llamaban el padre Godo. Hubo, no digo examen, sino una especie de pugilato de sabiduría, preguntas que hoy se estilan en las estaciones de radio de los veinte mil pesos y conforme ibas acertando ibas ganando sitios y al final de la clase me encontré en el primer lugar. Entonces no sé qué inconveniencia hice, sin darme cuenta, y entonces: «Señor Deltoro» –porque nos llamaban señores–, «a la cola». Me puse como un basilisco, lo insulté, tuve que ir a hablar con el rector, llamaron a mi padre, le dijeron que era lo más opuesto a mis hermanos, que no podía permanecer por más tiempo en el colegio si no mejoraba. Para mí fue un acto de rebeldía natural, pretextar cualquier cosa para tirarme a la cola y colocar a Andresito Gargallo a la cabeza.24

Esto tiene cierta gracia. Me acuerdo que en una de las iglesias más bonitas de Valencia, la de San Martín –que tiene una escultura de un artista flamenco, un San Martín precioso, de bronce–, se ponía una especie de mendigo que modelaba en barro figuras de toros, de toreros… Y yo, que desde chico tenía mucha afición, incluso habilidad, para las cosas plásticas, un día, un sábado o domingo, me quedé allí a ver las figuritas que modelaba. «¿Te gusta esto, pues por qué no nos marchamos?», me dijo. «Yo dentro de unos días me marcho de Valencia, voy a Castellón, cómprate una caja de pinturas y nos marchamos». Para mí era una liberación. Me conchabé con dos amigos de mi misma vena, uno era hijo del general Azcárraga y el otro Alonso Ferrer, que ya recordé, íntimo amigo. Me fui a casa, vendí un tratado de patología médica de mi hermano mayor, me compré una pistola y una caja de pinturas, dispuesto a marcharme de casa y abandonar el colegio. Tendría trece o catorce años.25

Todo eso coincidió con una Promulgación de Dignidades, así llamaban a una ceremonia que se hacía al final del semestre o al final del año. A esta ceremonia acudían, como no, el arzobispo, el capitán general o el gobernador, y se llamaba Promulgación de Dignidades porque se otorgaban los premios que se habían merecido durante el transcurso del año. De modo que, fulanito de tal y tal, emperador romano en gramática. En una bandeja, una corona de laurel de hoja de lata, tocaban la Marcha de Infantes e iban a que les colocaran la corona el arzobispo o el capitán general o cualquier personaje. Los títulos eran emperador, cónsul y procónsul del Imperio romano o cartaginés, era la pugna entre los romanos y los cartagineses. Las dignidades mayores eran las romanas, las clases divididas en un graderío a una parte y otra, unos eran romanos y otros cartagineses. Había una pugna por alcanzar esas dignidades, de modo que un súbdito romano trataba de ser emperador por sus propios méritos, claro que esos méritos estaban respaldados por el dinero del papá. En esa Promulgación estaba ya con mi dinero, mi pistola y mi caja de colores, y de pronto veo a mi hermano que me dice: «Cuando vuelvas a casa, vas a ver». Total, se descubrió el complot y excuso decirte la paliza que me pegó mi padre. Al año siguiente mi permanencia en los Jesuitas pues ya era imposible y entonces en vez de llevarme al Instituto de Enseñanza oficial, me llevaron a los Escolapios, que eran más liberales. He de confesar que los escolapios tenían una formación pedagógica muy superior a la de los jesuitas. La de los jesuitas era deplorable, ahora me doy cuenta; enseñanza memorística, emulación entre los alumnos, divididos en los bandos cartaginés y romano que entablaban luchas, unas veces de verbos, otras de matemáticas. Ese era el tipo de enseñanza.


Patio del Colegio de las Escuelas Pías, Valencia, ca. 1920-1930. Archivo del Colegio de las Escuelas Pías, Valencia.

Las Escuelas Pías eran una Orden religiosa española que fundó san José de Calasanz para la enseñanza de las clases humildes. En su tiempo supuso un progreso en las técnicas de la educación. No eran tan rígidos como los jesuitas, salían tranquilamente del colegio, hacían lo que les daba la gana, porque los jesuitas no podían salir solos –era una institución que, como la Guardia Civil, tenía que funcionar en parejas–; se prohibían las visitas en los domicilios. Era una enseñanza más abierta. Ahí cambió por completo mi modo de ser, me encontré con tres o cuatro profesores… Me encontré con el padre Vicente Ten, un hombre con pujos literarios que nos llevaba a dos o tres al Teatro Eslava, donde actuaba una compañía de Artigas y de Josefina Díaz. Ahora la he visto hecha un desastre en la película Cría Cuervos –la viejita esta, ¿no la viste tú?, esta que está delante de las fotografías, bueno pues esta era un cuerazo en aquella época–. Fíjate lo que supone para un muchacho de catorce años ir al camerino de la Josefina Díaz y ver los entresijos del Teatro Eslava. Pues cambió por completo mi mentalidad.26

Luego me encontré con un padre, no recuerdo en este momento cómo se llamaba, que era un chalado por la biología, y conociendo mis aptitudes para el dibujo pues iba los sábados y domingos, me llevaba a su celda y me ponía bajo el microscopio a hacer preparaciones de tejidos y todo eso. El padre Castellote, que era profesor de dibujo, me nombró su ayudante. Todavía en el Colegio de los Escolapios hay un misal cuya portada está dibujada por mí. Entonces la vida se me hizo un poco más cómoda. En fin, el criterio este de los estamentos me puso rebelde y eso es lo que me hizo conectar mucho más tarde con lo que después fue mi vida. Recuerdo a mi hermana mayor, que murió el año pasado, monja de clausura de las clarisas capuchinas. Esta hermana se metió en el convento para salvar mi alma, se metió religiosa a la terminación de la guerra. Como era yo el hermano predilecto, pues toda la comunidad rezaba por nosotros. Éramos muy populares en el Convento de Santa Clara. Estuvimos sin escribirnos muchos años, muchos años. Luego sí, ya cambiaron las cosas. A Ani cuando terminó el bachillerato la envíamos a España, y sirvió de puente entre unos y otros, las cosas ya se dulcificaron y continuamos, pues, con las relaciones que siempre habíamos tenido. ¿Por qué te decía eso? Ah, sí. Hice mis pininos literarios. Hubo unos juegos florales con motivo de la Coronación Pontificia de la Virgen de los Desamparados y me dieron la Flor Natural. Vino el provincial de la Orden, le llamaban José Carbonell, que también tenía sus pujos literarios y me encargaron que hiciera un soneto alusivo que por ahí anda, en una orla con pajaritos que también dibujé. En los Escolapios terminé el bachillerato.27

Nunca fui un gran alumno. En las cosas que me gustaban sí, preceptiva literaria, historia de la literatura, biología, todavía te puedo recitar de memoria la clasificación de los coleópteros, de los himenópteros…, en fin, pero muy desigual, muy desigual. Ahí conocí, bueno después, porque ya había salido unos años antes, a Juanito Gil-Albert, que había dejado allí su estela, en los Escolapios. Quedaba ahí el ectoplasma de Juanito Gil-Albert, porque el profesor de Fisiología –que le llamaban con un apellido poco poético, Alcantarilla, era el padre Alcantarilla–, las malas lenguas decían que era el padre de Juanito Gil-Albert. Desde luego era un tipo muy apuesto, el pelo rizado, sotana de esas de seda brillante, zapatos de charol con hebilla de plata y cuando venía la madre de Gil-Albert pues se suspendía la clase de Fisiología y salía el padre Alcantarilla pretextando dolor de cabeza. Yo conocí a Juanito Gil-Albert a través del padre Alcantarilla, al cual dedica en sus memorias un capítulo muy interesante.28

3. EN LA UNIVERSIDAD, DE LA DICTADURA A LA REPÚBLICA

La primera noticia de la dictadura del año 1923 la tuve con la llegada del periódico Las Provincias a Chulilla, fue en el mes de septiembre. Nosotros teníamos una bodega donde se recolectaba la uva y se hacía el vino, a una distancia de cuatro o cinco kilómetros del pueblo. Estaba en el centro de nuestras fincas y llegó la noticia. Para la gente sin formación política pues era un cambio de rumbo de la vida del país, se iba a terminar la guerra de África que era el problema que todas las familias llevaban dentro, incluso mi hermano estuvo a punto de ir a África porque se sorteaban los mozos en el reclutamiento, en fin el Desastre de Annual, el expediente Picasso y todo eso. A mi padre –a quien me hubiera gustado conocer más– quisieron hacerlo alcalde del pueblo y dijo que no, no estuvo de acuerdo con la Unión Patriótica ni con los somatenes. Era un hombre profundamente religioso y profundamente silencioso, profundamente recto, era una especie de alcalde de Zalamea, de contextura, de aplomo ante las cosas y de pocas palabras, de solidez.29 Como mis dos hermanos mayores eran médicos, yo, por inercia, también comencé la carrera de Medicina. Yo tenía una vocación bien definida por la literatura y por la pintura, y me conecté pronto con el movimiento artístico valenciano, pero forzado por la familia me matriculé en Medicina.30

Por entonces tuve un tropiezo, como siempre he sido un poco rebelde… Me encontré con la realidad del elemento reaccionario que estaba introducido, como en todos los rincones, en la propia Universidad. He de decirte que había en la Facultad de Ciencias un curso que servía como preparatorio a las carreras de Ciencias Físico-Químicas y Matemáticas, a la carrera de Medicina, a la de Farmacia, etcétera, de modo que se llamaba el Preparatorio y se daban cuatro asignaturas: Biología, Geología, Física y Química. En Geología y Biología pasé airosamente. El profesor era un tipo pintoresco y trágico: después de la terminación de nuestra guerra destrozó la Universidad, fue un tamiz para que cualquier elemento liberal prosperase en la Universidad. Este tipo curioso era el lobo feroz, los trescientos y pico alumnos los dejaba reducidos a treinta o cuarenta.

La Universidad en aquella época era un verdadero desastre. Ahora cuando me reúno con gente de mi edad, nos dedicamos a recordar aquellos buenos tiempos, lamentando el medio cultural en que nacimos y vivimos. Recuerdo en este momento, en la carrera de Ciencias, una lección que nos dio el profesor de Geología sobre los radiolarios. Era un tipo chaparrito, con bigotes a lo káiser y con una prosopopeya en su exposición tremenda, además de tribunicia. Entonces dijo de los radiolarios: «Ni los más bellos encajes de Brujas y de Malinas, ni los más bellos atardeceres en la provincia de Cuenca –no sé por qué–, nada comparable a la belleza de los radiolarios». Total, nunca supimos qué eran los radiolarios. Recuerdo también que al lado mío –seguramente había tenido una noche de farra–, un compañero estaba roncando. Y este profesor, que se llamaba Beltrán Bigorra, se dirigió así, con el dedo: «Usted, usted». Y todo el mundo: «¿Qué? ¿Yo? ¿Yo?». Y toqué al que estaba roncando que era el objeto de su señalamiento, y le dijo: «Esa actitud marmórea que usted observa en clase la tendré presente en el acto decisivo del examen». Llamar actitud marmórea al que está roncando ya es la…31

Ya te digo, pasé airosamente esas dos asignaturas, pero se dio la coincidencia de que en el tribunal de Química figurase un tal Castell que era el decano de la Facultad de Ciencias en aquel momento y figura de la Unión Patriótica, el partido único de la dictadura de Primo de Rivera y después de Berenguer. En Valencia, como en toda ciudad provinciana en aquella época, nos conocíamos todos. Yo le conocía a él, y él me conocía a mí. En el examen, que era el típico examen de aquella época, tres canastillas llenas de bolas; se sacaba una bola de cada una de ellas y en cada bola estaba el número de la lección consiguiente. No sé, por la cara de satisfacción –tuve suerte de encontrar tres magníficas bolitas–, me dijo: «Eche usted las bolas, usted las ha mirado». «Usted me perdonará, pero no las he mirado». Bueno, nos trabamos de palabras. Total, me sublevé y le dije: «Usted es un cabrón, así, pero no en sentido metafórico, toda Valencia sabe que usted es un cabrón». «Retírese». En septiembre me presenté otra vez y la misma escena: me reprobó. Me matriculé al año siguiente en la Facultad de Medicina condicionalmente, pues existía la que se llamaba «enseñanza libre». Aprobé por exámenes parciales el primero de Medicina, pero al regresar a examinarme de Química ocurrió lo mismo, se repitió la escena. Total, para no hacer la cosa larga, salí violentamente detrás del profesor de Química –que no tenía arte ni parte– y le pegué un trancazo de miedo. Se me formó consejo de disciplina y se me imposibilitó seguir la carrera. Bueno, este fue mi tropiezo… Aquí casi he vivido a base de mis precarios conocimientos de medicina.32

Luego me matriculé en Derecho y simultáneamente en Filosofía y Letras, donde estudiaba Ana. Debió de ser hacia 1928, se me han olvidado muchas cosas. Esto sería largo de contar, algo de tipo barojiano o galdosiano. Primero mi estancia con mi familia, en Valencia, luego la ruptura con mi familia. Independizarme, ser el consabido habitante de las casas de huéspedes. Me llevaría horas contar sobre los tipos que conocí.33 He tenido una formación muy compleja. A finales de la Dictadura comenzó mi incorporación, como la de otros muchos, a la política, sobre todo por esas actitudes cerriles contra los intelectuales, contra Ortega, contra Unamuno. Ya hay un fermento revolucionario, se organiza la FUE, intervengo en ella y, dentro de ella, en la fracción extremista de los estudiantes. La FUE era una organización estudiantil en principio apolítica, puramente profesional, pudiéramos decir, aunque con matices de izquierda.34

En la Facultad de Filosofía, salvo dos buenos profesores –el marqués de Lozoya, especializado en historia del arte, y Deleito y Piñuela, muy conocedor de los siglos XVII y XIX–, el resto era un almacén de cachivaches.35 El decano de la Facultad de Filosofía y Letras era un tipo pintoresco, lo hemos comentado mucho. Desde José Gaos, que fue alumno suyo, a Medina Echavarría, todos recordaban cosas de su Lógica y Teoría del Conocimiento. Una vez, estando Medina Echavarría en mi casa, surgió el nombre de Pedro María López y no se acordaba Medina de la definición que daba de la Lógica. Yo la tengo grabada perfectamente, me acuerdo más de eso que del número de teléfono de mi casa, y te la voy a repetir. Decía: «Lógica es aquella ciencia filosófica, derivada de la psicología, que estudia mediante la razón, apoyada en los datos que le suministra la inteligencia íntima, el conocer la inteligencia conociendo, y el orden que debe poner en su ejercicio para llegar como fin a la verdad y conquistar la ciencia». Genial. Recuerdo también otra cosa, porque es digna de recordar. Decía: «Así como en la esfera material el artífice se sirve del diamante para pulir el diamante, así en la esfera del conocimiento nos servimos del conocer y del conocimiento para conocer y conocer el conocimiento». Pues el tal don Pedro…, una vez visité su casa y tenía como únicos libros en su biblioteca una colección de Blanco y Negro, que era una revista, así, parecida a ¡Hola!, con un poco mas de categoría, encuadernada. Era su único saber, su única fuente de conocimiento.36


José López-Rey: Los estudiantes frente a la dictadura, Madrid, Javier Morata, 1930.

Excuso decirte, con personajes así como decanos lo que eran las universidades… Afortunadamente uno recurría a las bibliotecas, que lamentablemente eran una sucursal del desierto del Sáhara. La biblioteca central de la Universidad de Valencia era magnífica, aunque un poco anticuada. Entre sus visitantes asiduos recuerdo a dos tipos, a un cura viejecito que todos los días iba a la biblioteca, al que yo le decía que estaba haciendo oposiciones para papa, y a un anarquista que llamaban Porro, un personaje curioso que se dedicaba a copiar la enciclopedia Espasa. En la Facultad de Filosofía y Letras había gente, y entre clase y clase… Mi formación se la debo a eso y a una Biblioteca Popular que abrió el Ayuntamiento de Valencia un poco más diversa que la biblioteca de la Universidad. Era de tendencia republicana.37 Allí estaban los libros de Schopenhauer, las cosas de Nietzsche, de Spencer, editadas por aquella magnífica editorial de Blasco Ibáñez, Prometeo, y también por Sempere. Hechas algunas veces de malas traducciones del francés, pero que contribuyeron enormemente a la formación intelectual y política no solamente de Valencia, sino de toda España; eran libros que se vendían a cuatro reales, una peseta. Allí leí las Sonatas de Valle-Inclán, que para un adolescente fueron como un descubrimiento. Después de haber leído al padre Coloma como novelista máximo de España, el contraste con Valle-Inclán… La Generación del 98 fue fundamental, en particular Baroja y Unamuno. Unamuno muchas veces me indignaba. Cuando mi formación política era más o menos aceptable, me servía de revulsivo.38

Valencia, tradicionalmente, ha sido una ciudad republicana. Durante la monarquía la mayoría de los concejales del Ayuntamiento eran de tendencia republicana; esto se debe fundamentalmente a un personaje literario y político, Blasco Ibáñez. El blasquismo se extendió no solamente en la ciudad, sino en toda la vega de Valencia. Como contraste, había también un núcleo tradicionalista, carlista, de modo que existía la pugna entre unos y otros. Yo todavía he vivido el Rosario de la Aurora, devoción típica de Valencia. Era frecuente por parte de los blasquistas disolver el Rosario de la Aurora. Los domingos, con la aurora, salían las beatas cantando el rosario por las calles con golpes de bombo y en la época de Blasco era frecuente que soltaran un toro en la dirección contraria a la del Rosario. Cosas de este tipo eran manifestaciones de republicanismo que fundamentalmente era ateo y anticlerical. Por eso la República vino sin darse cuenta, no hubo grandes alteraciones en la vida valenciana.39

El blasquismo se apoyaba en la estructura agrícola de la Valencia rica, productora de naranja y de arroz de exportación. Valencia, sobre todo la ciudad y la región colindante, eran agrícolas. El pequeño agricultor, de vida dura, pero fácil, pequeñas parcelas de donde se sacaban tres y cuatro cosechas, el carácter abierto del huertano, el tono de la ciudad la marcaba el huertano. Iba uno a una ópera y allí estaba el huertano al lado del gran comerciante o el gran industrial; iba uno a un cabaret, el huertano había vendido su cosecha y no se consideraba menos. Muchos de los exportadores de naranja, algunos han sido compañeros míos, de Gandía…, salían a Inglaterra, estaban en Hamburgo, iban a Suiza, e incluso hablaban varios idiomas, cosa inusitada en España.

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