Read the book: «Pasión en Madeira»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1995 Sally Wentworth
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Pasión en Madeira, n.º 1035 - febrero 2021
Título original: Francesca
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-117-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
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Prólogo
EL BICENTENARIO DE LA CASA BRODEY
El magnífico palacio barroco del siglo XVIII de la familia Brodey, situado a orillas del río Duero, en Portugal, será pronto el escenario de una magnífica fiesta para celebrar el bicentenario de la fundación de la famosa compañía vinícola.
La Casa Brodey, conocida en todo el mundo por sus exquisitos vinos de oporto y madeira, ha diversificado en los últimos años sus intereses, convirtiéndose en una de las empresas más saneadas de Europa. Fundada en la bella isla de Madeira, la compañía se trasladó a Oporto, después de que Calum Lennox Brodey, el fundador de la familia, comprara unos terrenos en el pintoresco valle del Duero. Sus propiedades están cubiertas con los millares de cepas que producen el vino de oporto en el que se fundamenta la prosperidad de la familia.
UN ACONTECIMIENTO FAMILIAR
Todos los miembros del clan Brodey estarán en Oporto para recibir a los invitados que acudirán a los festejos.
Se comenta que el patriarca de la familia, Calum Lennox Brodey, que, al igual que todos los primogénitos de la rama principal lleva el nombre del fundador de la familia, espera complacido la llegada de sus parientes. A pesar de que ya cuenta con más de ochenta años, Calum el Viejo, como es conocido en los círculos vinícolas, todavía se ocupa de las labores de la empresa, y se le puede ver a menudo recorriendo los viñedos para comprobar la buena marcha de las cosechas, o supervisando el trabajo en la planta embotelladora de Oporto.
ATORMENTADOS POR EL PASADO
Aunque esta celebración será sin duda una ocasión feliz, no hará olvidar la terrible tragedia que sacudió a la familia hace unos veinte años, cuando los dos hijos mayores de Calum el Viejo perecieron junto a sus esposas en una accidente automovilístico, cuando se encontraban de vacaciones en España. Cada uno de ellos tenía a su vez un hijo, de aproximadamente la misma edad, y de ambos se hizo cargo Calum el Viejo. Superando su pena, los acogió en su palacio, y empezó a prepararles para que pudieran hacerse cargo del negocio familiar.
Durante un tiempo se rumoreó que el anciano señor Brodey pensaba dejar sus negocios en manos de su tercer hijo, Paul. Sin embargo, éste prefirió dedicarse a la pintura, convirtiéndose en un reputado artista. Actualmente vive cerca de Lisboa con su esposa, Maria, de ascendencia portuguesa. Hace poco tiempo, su único hijo, Christopher, se ha incorporado al negocio y trabaja en las oficinas que la empresa tiene en Nueva York.
Sólo uno de los nietos vive aún con Calum el Viejo en el magnífico palacio familiar: se trata del único hijo de su primogénito quien, siguiendo la tradición familiar, también se llama Calum… Calum el Joven en este caso. A sus treinta y pocos años, se le considera uno de los solteros más codiciados no sólo del país, sino de toda Europa. Aunque es él quien virtualmente dirige los asuntos de la empresa, durante los días que duren los festejos se mantendrá en un discreto segundo plano, cediendo todo el protagonismo a su abuelo.
¿MATRIMONIO A LA VISTA?
Otra peculiar tradición que se ha mantenido entre los Brodey lleva a los hombres de la familia a mantener los lazos con su país de origen mediante el matrimonio con rubias muchachas típicamente inglesas. Durante generaciones, han viajado a Inglaterra para regresar con alguna hermosa «Rosa de Inglaterra» del brazo. ¿Mantendrán Calum el Joven y su primo Christopher esta singular costumbre?
El tercero de los nietos, Lennox, quien actualmente reside en Madeira, asistirá a los festejos con su bella y encantadora esposa Stella. La pareja espera su primer hijo para finales de año. Ni que decir tiene que Stella es una encantadora rubia inglesa.
La hija pequeña de Calum el Viejo, Adele, está casada con el famoso y aún apuesto Guy de Charenton, millonario francés conocido por su generoso mecenazgo a la Ópera de París y sus filantrópicas aportaciones a numerosas asociaciones de carácter benéfico.
Aunque los Brodey están muy bien relacionados con las mejores familias, especialmente en Inglaterra, fue la única hija de Adele, la bellísima Francesca, la primera en emparentar con la nobleza, merced a su matrimonio con el Príncipe Paolo de Vieira. La boda se celebró en el magnífico castillo familiar del novio, en Italia, y aunque entonces nadie podía imaginar un final tan triste para un romance que parecía salido de un cuento de hadas, lo cierto es que la pareja acabó divorciándose tras apenas dos años de vida en común. Desde entonces, Francesca ha tenido varios pretendientes, siendo el último y más asiduo el conde Michel de la Fontaine, con quien ha sido vista a menudo tanto en París como en Roma, ciudades en las que habitualmente reside.
Desde aquí queremos felicitar a todos los miembros de la familia Brodey, y desearles una venturosa celebración; estamos seguros de que sus afortunados huéspedes disfrutarán de la ya legendaria hospitalidad de esta influyente familia.
Capítulo 1
TODOS los miembros de la extensa familia Brodey estaban reunidos en los bellos jardines del magnífico palácio barroco cercano a Oporto. Habían acudido desde todos los rincones del mundo para celebrar los dos siglos de existencia de la Casa Brodey.
Incluso Francesca, la princesa, estaba allí.
Calum Lennox Brodey, el patriarca de la familia, se quedó mirando a su única nieta con una mezcla de orgullo y exasperación. Alta y rubia, esbelta y elegante, su increíble belleza causaba admiración donde quiera que fuera… pero también había sido mimada más allá de toda medida tanto por él mismo como por sus padres. Un camarero le sirvió otra copa de vino blanco de oporto muy frío procedente de su propia bodega, que el anciano, en un gesto automático, olfateó con placer antes de paladearlo.
Muchos de los invitados a la fiesta tampoco podían apartar la vista de Francesca, deslumbrante con su precioso vestido de brillantes colores; deambulaba por los jardines seguida de cerca por aquella especie de perro faldero de conde francés, empeñado en aparecer como su más rendido admirador. Aquel hombre no la convenía en absoluto, pensó su abuelo, quien tampoco había confiado nunca en su ex-marido; sin embargo, la joven se había empeñado en casarse con aquel príncipe italiano, y estaba acostumbrada a conseguir siempre lo que se le antojaba, lo que incluía a los hombres. Excepto en una ocasión. Por desgracia, reflexionó el anciano, aquel empeño en alcanzar siempre lo que deseaba no parecía haberla hecho feliz.
Sin sospechar lo que su abuelo estaba pensando en aquellos momentos, Francesca estaba pasándoselo en grande. Le encantaba estar de vuelta en el palácio donde tantas y tan felices vacaciones había pasado en su infancia; disfrutaba además enormemente de la compañía de sus familiares, que aquel día asistían a la comida ofrecida a los representantes de las más importantes empresas vinícolas. Muchos parientes se quedarían durante toda la semana de festejos, que finalizaría con el gran baile de gala.
Por encima de las cabezas de los invitados su mirada se cruzó con la de su abuelo, a quien sonrió cariñosamente. Después, se dirigió al encuentro de un grupo de invitados que parecían haberse quedado un poco aparte del resto. De inmediato, Michel le fue a la zaga, poniéndole una mano en el hombro para detenerla.
–Francesca, chérie, ¿por qué no me enseñas estos magníficos jardines? Nadie nos echará de menos si nos perdemos un rato. Además, quiero pedirte una cosa –le insinuó con una de sus encantadoras sonrisas–, algo que creo que tu familia debería…
Sin embargo, ella no le dejó continuar; cada vez estaba más arrepentida de haberlo invitado. Pero últimamente se habían estado viendo con tanta frecuencia, que hubiera sido una grosería por su parte no hacerlo; además, él había insistido en que aquélla sería una oportunidad inmejorable para conocer a su familia… y, de paso, se dijo Francesca cínicamente, calcular de primera mano sus riquezas.
Decidida, se acercó al grupo de invitados y les saludó con una cálida sonrisa.
–Hola, soy Francesca de Vieira, la nieta de Calum Brodey. Me parece que no nos conocemos…
Siempre conseguía que la gente se sintiera a gusto con ella. Su madre tenía a gala haberle inculcado una cortesía exquisita, lo que unido a su naturalidad y simpatía, la convertía en la perfecta anfitriona. Sus padres también estaban en la fiesta; por desgracia, su madre seguía enfadada con ella: no le perdonaba que se hubiera separado del príncipe, ni que la prensa sensacionalista se hubiera cebado en ellos. Su madre se oponía por completo a la idea de divorcio… y, a decir verdad, ella también. Pero había llegado un punto en su matrimonio en el que la convivencia era imposible, por lo que el divorcio había sido su única salida. Hubiera deseado llevar el asunto con mayor discreción, pero las ansias de venganza de Paolo lo había hecho imposible.
En las revistas del corazón se daba por hecho su próximo matrimonio con Michel, o, mejor dicho, el Conde de la Fontaine. Sin embargo, ella no lo tenía tan claro: para empezar, era un poco mayor, rondaba los cuarenta años, aunque todavía era un hombre muy atractivo, y se preocupaba por mantenerse en forma. También era muy alto, lo que dada la alta estatura de ella, resultaba una ventaja. Sin embargo, no dejaba de pensar que había sido un error invitarlo: en París, Michel había sido el compañero ideal, pero aquí él parecía de alguna forma fuera de lugar. Quizá lo mejor hubiera sido separarse una temporada para poder pensar con claridad en qué decisión tomar…
Al poco rato, se sumaron a su grupo otros invitados, en su mayoría hombres, atraídos por su belleza, su título y posición, y también por un par de detalles sobre su vida privada que el príncipe no había tenido empacho en revelar públicamente durante el proceso de divorcio.
Sin embargo, había que reconocer que siempre le había gustado a los hombres; por desgracia, en aquellos momentos se sentía incapaz de que a ella le atrajera ninguno. Podía ser que sólo fuera una consecuencia de su desdichado matrimonio. Por otra parte, a pesar de las ardientes palabras de Michel, dudaba de que la amara sinceramente, de que en realidad no tuviera en mente las ventajas que aquella boda podría reportar a su maltrecho patrimonio.
Desde su divorcio había salido con varios hombres, todos integrantes de la jet-set internacional, pero, al final, no había conseguido confiar en ninguno. Dudaba de que llegaran a apreciarla o quererla por ella misma y no por su fortuna.
Sólo estaba a gusto con sus primos. Habían pasado juntos largas temporadas desde que eran niños, siempre bajo la benévola tutela de su cariñoso abuelo. Recordó con nostalgia cuando se dedicaban a corretear por los campos, remar en el río, trabajar en los viñedos en la época de la vendimia… Ella era la más pequeña de los cuatro, y al ser la única chica, sus primos la trataban como a una especie de cachorrillo al que tenían que cuidar y que les seguía a todas partes.
Francesca echó un vistazo a su alrededor para ver dónde estaban sus primos. Vio a Calum hablando con un grupo de gente en un extremo del jardín, y a Lennox, que buscaba una silla para que se sentara su mujer, embarazada de unos cuantos meses. Desde que se había casado, su primo parecía más feliz que nunca, pensó Francesca. Justo entonces vio que se acercaba a ella Christopher, acompañado de una atractiva joven, rubia y muy menuda. Su primo parecía evidentemente encantado a su lado.
–Francesca, te presento a Tiffany Dean –dijo cuando llegó a su altura–. Tiffany, mi prima, la princesa de Vieira.
–¡Qué suerte tiene de ser tan alta, princesa! –dijo la vivaracha joven al estrecharle la mano.
–Por favor, llámame Francesca… y no te creas que es tanta suerte. Piensa en la cantidad de hombres entre los que tú puedes elegir comparada conmigo.
Las dos se echaron a reír ante aquel comentario, momento que aprovecharon para examinarse mutuamente de arriba abajo. Comparado con el brillante vestido de Francesca, el traje de seda gris de Tiffany parecía algo severo; sin embargo, con su preciosa melena rubia parecía una muñequita frágil y adorable. A su lado, Francesca se sentía como una giganta. Al principio pensó que Christopher la había invitado a la fiesta, pero enseguida se enteró de que había acudido con una invitación.
Francesca empezó a bromear con su primo mientras los invitados empezaban a dirigirse hacia las mesas dispuestas para la comida. Michel, que empezaba a cansarse de que ella lo ignorara, llamó su atención groseramente.
–Van a servir el buffet –le dijo en francés–, ¿dónde quieres que nos sentemos?
–Si tienes hambre –le espetó Francesca en el mismo idioma, molesta por su interrupción, y más molesta aún por su propia estupidez al haberle invitado–, vete y siéntate. Yo iré cuando me apetezca.
Por supuesto, Michel se quedó a su lado, pero sin esforzarse lo más mínimo por disimular su aburrimiento, mientras Tiffany charlaba sin parar. Francesca tuvo que admitir que la joven era simpática y tenía mucha gracia; empezaba a gustarle, y pudo darse cuenta de que su primo tampoco era inmune a sus encantos. Con una pizca de tristeza, pensó lo mucho que cambiarían las cosas si Chris y Calum también se casaban; se rompería aquella relación tan especial que los cuatro mantenían desde niños y que, en cierto sentido, era un lazo más fuerte de lo que cualquier matrimonio podía llegar a ser.
Poco a poco, el jardín se fue quedando vacío. Michel seguía impertérrito a su lado, por lo que no le quedaría más remedio que comer con él. Sin embargo, quería sentarse a la misma mesa que Christopher y Calum, así que invitó a Tiffany a que comiera con ella, sabiendo que, de ese modo, Chris también lo haría.
–Será mejor que vayamos a comer. Tiffany, ¿quieres sentarte con nosotros? –preguntó–. Por cierto, ¿dónde está Calum? –prosiguió, buscando al mayor de sus primos con la mirada.
Al darse cuenta de que ella lo buscaba, Calum se dirigió a su encuentro con una sonrisa.
–Recuerda que el abuelo quiere que nos sentemos entre los invitados –le dijo cuando oyó su sugerencia.
Francesca le asió el brazo persuasivamente.
–¿Tenemos que hacerlo? Hace siglos que no os veo. Prefiero sentarme con vosotros…
Calum le acarició la mano cariñosamente y le dedicó una de las deslumbrantes sonrisas que reservaba sólo para ella… y para los animalitos que le parecían divertidos y encantadores.
–Ya nos pondremos al día a la hora de la cena –le prometió.
–Pero el abuelo estará con nosotros, y ya sabes que con él delante no podremos hablar a gusto…
–Si no llevaras una vida tan alocada, no te pasaría eso –la interrumpió Calum burlón.
–De acuerdo –admitió Francesca con un suspiro, soltándole al fin el brazo–, nos dispersaremos. Lo siento mucho, Tiffany, pero tendrás que conformarte con el pesado de Chris…
–¡Oye, cuidado con lo que dices! –protestó su primo.
Calum se echó a reír y después les pidió que le presentaran a Tiffany, a quien tampoco conocía. Cuando Chris estaba a punto de hacerlo, les interrumpió uno de los invitados.
–¡Tiffany! ¡Por fin te encuentro! Como el hielo de tu copa estaba a punto de derretirse, me la he bebido yo –dijo el desconocido con un fuerte acento americano.
Por un momento, Tiffany fue incapaz de disimular el desagrado que le producía aquel inesperado encuentro. Francesca se dio cuenta enseguida, lo que estimuló su curiosidad femenina: ¿por qué la joven reaccionaba de forma tan sorprendente? Discretamente, examinó de arriba abajo al desconocido, que era tan alto como Calum, pero muy moreno en lugar de rubio. También tenía los ojos oscuros, y los hombros muy anchos, como si estuviera acostumbrado a realizar duros trabajos con sus manos.
Francesca reparó en que ni Chris, que parecía haberse quedado estupefacto, ni Calum conocían a aquel hombre. A los dos les había pillado por sorpresa darse cuenta de que Tiffany no estaba sola.
–Hola a todos –les saludó el americano, muy campechano.
Tiffany procuró ocultar su disgusto mientras hacía las presentaciones.
–Éste es el señor… lo siento, no puedo recordar el nombre… Bueno, es otro de tus invitados –continuó, dirigiéndose a Calum.
–Me llamo Gallagher, Sam Gallagher –se presentó el hombre estrechando las manos de los dos primos–. Supongo que usted debe de ser la princesa –dijo, mirando a Francesca.
Francesca se figuró que Tiffany había conocido a aquel hombre en la fiesta y había intentado zafarse de él sin éxito… sin embargo, no lograba entender su interés en conocer a Chris y a Calum. Aquella situación la divertía y la intrigaba a la vez.
–Sí, supongo que lo soy –contestó–. ¿Estaba buscando a Tiffany? –continuó, deseando saber más cosas.
–Sí: fui a buscarle una copa y, cuando regresé, parecía haberse esfumado. Supongo que entabló conversación con algún otro invitado.
Francesca se quedó mirando a Chris enarcando una ceja.
–Lo siento –se disculpó su primo con una sonrisa–, no tenía la menor idea de que estaba acompañada.
Tiffany se apresuró a quitar importancia al asunto, pero Chris se marchó con Calum, tal y como Francesca había supuesto que haría: estaba demasiado bien educado como para indisponerse con uno de sus invitados.
Durante un instante, un destello de ira cruzó la mirada de Tiffany, fue tan breve que si Francesca no la hubiera estado observando atentamente, no se habría dado cuenta, ya que al segundo la joven esbozó una brillante sonrisa, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
Francesca estaba cada vez más intrigada, y decidió que podía ser divertido seguir de cerca a aquella chica tan peculiar.
–Bueno, nosotros no tenemos que separarnos, así que, ¿por qué no te sientas con nosotros, Tiffany? Y usted también, señor Gallagher, por supuesto –añadió, sólo para ver cuál era la reacción de la muchacha.
–Encantado.
El americano asió a Tiffany por el brazo para guiarla entre la multitud, pero ella se desasió de inmediato, lanzándole una elocuente mirada de disgusto que, aparentemente, él pasó por alto, limitándose a seguir andando a grandes zancadas hacia las mesas.
Deliberadamente, Francesca los condujo hacia una mesa en la que podrían sentarse las dos parejas enfrentadas, ya que estaba deseando comprobar cómo se comportaban Sam y Tiffany al tener que estar juntos. Aunque procuraba disimularlo, era evidente que la joven estaba muy disgustada con Sam por haberla separado de Chris.
Se quedó mirando al apuesto americano, pensando lo distinto que resultaba de Michel. El conde podía resultar encantador y sutil, pero artificial comparado con la franca rudeza que transmitía Sam, un hombre que, se dijo, parecía más que capaz de hacer frente a cualquier situación. Calculó que debía de ser más joven que Michel, rondando los treinta quizá, y, sin duda, no pertenecía a la jet-set, como demostraba la forma en que se comportaba, más como un espectador de aquella elegante fiesta que como un participante.
Cuando Calum llegó con los últimos invitados, comprobó consternada que faltaba un sitio. De inmediato, se puso en pie, pero cuando llegó a la mesa, su primo ya había dado las órdenes necesarias para que añadieran la silla y el cubierto necesarios. Justo en aquel momento acudió también Elaine Beresford, la responsable del catering.
–Hemos dispuesto exactamente las plazas que nos pediste, Francesca –se disculpó–. Me dijiste ciento sesenta, así que colocamos dieciséis mesas de diez.
–¿No se habrá quedado una plaza libre en otra de las mesas? –indicó Francesca,
–No, lo acabo de comprobar, están todas completas. Estoy segura de que hay un invitado que no figuraba en la última lista que me diste.
–¡Qué raro! Supongo que será alguien que llamó para decir que no venía y que cambió de idea en el último momento. Bueno, no te preocupes más –Francesca volvió a su sitio, pensando que en una reunión en la que había tantas personas a las que no conocía le sería imposible adivinar quién era el comensal misterioso. Desconocidos como Tiffany y Sam, se dijo, preguntándose cómo habrían conseguido que los invitaran a una fiesta en principio preparada sólo para la familia y los representantes del comercio del vino.
No dejó de observarlos durante la comida: tras ignorar a Sam durante un buen rato, Tiffany pareció relajarse un poco y se decidió a charlar con él, quien empezó a contarle curiosas anécdotas de su trabajo en un rancho ganadero. Hablaba con tanta gracia y elocuencia, que la joven se echó a reír complacida. Quizá, se dijo Francesca maliciosamente, ya no le importaría tanto que Sam la hubiera apartado de Chris. En un momento de la comida, sin que el americano lo notara, le hizo un significativo gesto a Tiffany con la mirada, pero ella le respondió de inmediato con igual discreción sacudiendo la cabeza categórica, negando que pudiera tener ningún interés en su acompañante, a pesar de su atractivo y simpatía evidentes.
Cuando terminó la comida, los huéspedes se dispersaron por el jardín mientras los camareros les servían oporto. Sin preocuparse por Michel, Francesca fue en busca de Chris, a quien por fin encontró en animada charla con un grupo de empresarios australianos.
–Tendrán que disculparme –les interrumpió con su más encantadora sonrisa–, pero les voy a robar a mi primo por un ratito, si no les importa. Tengo que preguntarle una cosa muy importante –y asiéndole por el brazo, se lo llevó a un rincón del jardín.
–Bueno, ¿qué es eso tan importante que tienes que preguntarme?
–¡Nada! Sólo quería rescatarte: me pareció que estabas atrapado en una conversación de lo más aburrida.
–Nada de eso. ¿Y qué es lo que te hace pensar que tú no me aburres con tu charla insustancial? –se burló.
Ella levantó la naricilla con cómico orgullo.
–Hasta en los peores tiempos de nuestro matrimonio, Paolo tuvo que admitir que yo podía ser cualquier cosa menos aburrida –declaró.
Chris se la quedó mirando cariñosamente: su prima casi nunca mencionaba a Paolo, y quizá el que empezara a hacerlo indicara que estaba empezando a superar el trauma de su desastroso matrimonio.
–¿Lo has visto alguna vez? –preguntó interesado.
–¡Santo Cielo, claro que no! –replicó con una amarga carcajada–. Y no tengo la menor intención de volver a verlo. No tenía que haberme casado con él.
–¿Por qué lo hiciste entonces?
Pero eso era algo de lo que Francesca no tenía la menor gana de seguir hablando.
–Pues de rebote –explicó burlona–. Estaba harta de vosotros tres.
–¿De nosotros?
–Sí, tenía tanto miedo de acabar con alguien tan arrogante y machista como vosotros que me fui al otro extremo…
Chris apretó el puño, amenazándola en broma.
–Escucha, princesa o no, todavía puedo darte una buena paliza…
–¡Huy, qué miedo! –replicó Francesca siguiéndole el juego.
Sin embargo, Chris no la escuchaba: Tiffany acababa de salir de la casa, y Sam, que se había tomado una copa de oporto con Calum, se acercó a ella y, agachándose, le dijo algo al oído.
El sonido de la bofetada que le propinó Tiffany se oyó por todo el jardín, y provocó que los invitados se volvieran atónitos hacia ellos.
–¿Cómo te atreves? –gritó la joven.
Tras el primer momento de asombro, Chris se dirigió hacia ellos a toda prisa, lo mismo que Calum desde el otro extremo del jardín. Tiffany le dio la espalda a Sam y echó a correr no hacia Chris, sino hacia Calum, reacción que a Francesca le pareció cuando menos curiosa.
–Mi primo le acompañará hasta la puerta –dijo Calum a Sam fríamente, colocándose entre Tiffany y él.
Sam empezó a protestar, pero Chris le asió por el brazo, obligándole a retirarse. Por un momento, pareció que se iba a resistir, pero, tras mirar largamente a Tiffany, cedió por fin. Francesca vio alejarse a su primo y a él hacia el portón, preguntándose qué sería lo que habría hecho para merecer que lo abofetearan en público de forma tan humillante. Aunque apenas lo conocía, no le parecía un hombre grosero. Quizá la culpa la tuviera el vino, se dijo… pero entonces recordó la mirada que le había dirigido Tiffany cuando Sam había intentado defenderse: casi se podía haber tomado por un gesto de súplica, en absoluto parecía ofendida, mucho menos ultrajada.
Más intrigada que nunca, Francesca se acercó a la extraña joven.
–Quizá sea mejor que entres un momento en la casa –le propuso. Tiffany le dijo que quería asegurarse primero de que Sam se iba. Mientras esperaban, Francesca le hizo notar que tenía toda la falda manchada de vino. Seguramente había salpicado cuando a Sam se le cayó la copa.
–¡Oh, no! –exclamó Tiffany, sinceramente horrorizada al ver el estropicio.
–Vamos dentro; si lo limpiamos enseguida, seguro que no se nota nada.
Francesca la condujo hacia el baño de una de las habitaciones de invitados, le prestó uno de sus albornoces y llamó a una de las doncellas para que se llevara la falda y la limpiara.
–Espero que quede bien –dijo Tiffany preocupada.
Su angustia casi resultaba exagerada: sólo se explicaba si era un persona extremadamente cuidadosa con la ropa…, o si no tenía demasiadas prendas de calidad en su guardarropa. A Francesca le hubiera gustado investigar más aquel punto, pero tuvo que bajar al jardín a toda prisa para despedir a los invitados junto a Calum. Cuando el último grupo se hubo marchado, Chris se acercó a ellos.
–¿Ya se ha marchado ese Gallagher? –preguntó Calum disgustado–. ¿Cómo demonios ha podido colarse en la fiesta? –continuó después de que su primo asintiera–. Nunca lo había visto antes, y estoy prácticamente seguro de que no se le envió una invitación. Creo que él era el invitado de más…, o, mejor dicho, el intruso.
–¿Qué intruso? –preguntó Chris. Cuando Calum le explicó lo ocurrido con los asientos, Chris negó con la cabeza–. No, tenía una invitación: se la pedí y me la enseñó. No era suya, sino de un empresario americano amigo suyo. Sam me dijo que, como no podía venir, se la pasó a él.
–Supongo que le habrás dicho que ya no es bienvenido en esta casa –dijo Calum severamente–. No me gusta que se insulte de esa forma a nuestros invitados.
–¿Dijo algo para disculparse? –preguntó Francesca.
–No le hizo mucha gracia verse expulsado, eso era evidente, pero no dijo absolutamente nada en su defensa. Le pedí que me diera una explicación de lo ocurrido, pero no quiso hacerlo.
–¡Qué raro! –comentó Francesca–. La mayoría de los hombres en su situación habrían proclamado a los cuatro vientos su inocencia.
–Bueno, por mucho que hubiera protestado, es evidente que no le hubiera servido de nada –dijo Calum secamente–. ¿Tiffany está bien?
–Sólo un poco preocupada por su traje. La he dejado en una de las habitaciones de invitados mientras se lo limpian.
–Por favor, pídele que baje, quiero hablar con ella. Estaré en la sala.
–Te acompañaré –dijo Chris, y los dos primos entraron en la casa.
Francesca subió al piso de arriba sin dejar de pensar en Sam Gallagher. Si él tenía una invitación auténtica, quizá fuera Tiffany la intrusa. Tal vez, si le hiciera unas cuantas preguntas discretas, lograra adivinarlo. Sentía curiosidad por saber qué era lo que Sam le había dicho exactamente para merecer semejante bofetón.
Se encontró a Tiffany sentada en el borde de la enorme cama con dosel, envuelta en un albornoz varias tallas superior a la suya. Tenía un aspecto tan abatido que por un momento llegó a confundir a Francesca. Sin embargo, enseguida recuperó su presencia de ánimo y se sentó a su lado, dispuesta a averiguar cuanto fuera capaz.
–Debes sentirte fatal –empezó, procurando reconfortarla–. ¡Qué hombre tan odioso! ¿Es que no van a aprender nunca? Hay algunos que se creen que porque les sonrías y seas simpática con ellos ya estás deseando acostarte con ellos o algo parecido. Y el caso es que Sam parecía simpático… eso sólo demuestra lo engañada que una puede estar…
Una oleada de rubor cubrió las mejillas de Tiffany. ¿Culpabilidad quizá? Cambió de tema tan rápidamente que Francesca empezó a pensar que todo el asunto de la bofetada había sido una farsa… de lo que casi tuvo la certeza cuando Tiffany le preguntó si podía quedarse hasta que el vestido estuviera limpio.
–Por supuesto, pero no creo que te apetezca quedarte encerrada en esta habitación toda la tarde. Te prestaría algo mío, pero me temo que te quedaría enorme –una idea empezó a tomar forma en su mente–. Veré lo que puedo hacer –añadió poniéndose en pie–. ¡Ah! Calum quiere hablar contigo, está en la sala.
Tiffany pareció estallar de contento.
–¿De qué? –preguntó, incorporándose animada.
–No me lo ha dicho… nunca me dice nada. Baja y lo sabrás.
–¿Con esta pinta? No me parece buena idea –protestó Tiffany, que, sin embargo, se puso en pie de un salto.
–No te preocupes, seguro que a Calum no le importa –la tranquilizó Francesca, aunque para sus adentros pensó que de encontrarse en su situación, en albornoz y rodeada de extraños en una casa desconocida, ella estaría de lo más incómoda. Sin embargo, Tiffany, sin molestarse siquiera en ponerse los zapatos, la siguió dócilmente al salón donde las esperaban los dos hombres.
Los dos sonrieron al ver entrar a Tiffany envuelta en el amplio albornoz; en su presencia, la joven pareció revivir, e incluso hizo un par de bromas acerca de su apariencia con la única intención de atraer aún más la atención sobre ella.
–Señorita Dean –dijo Calum acercándose y asiéndola de la mano–, permítame que me disculpe en nombre de mi familia. Lamentamos mucho que le haya ocurrido una cosa tan desagradable precisamente en nuestra casa.
Tiffany aceptó sus excusas con tan perfecta modestia, que Francesca no supo si pensar que era tan inocente como aparentaba o más astuta de lo que todos imaginaban. Calum no parecía sospechar nada pero, sin embargo, Chris la miraba irónico, por lo que podía ser que él también pensara que estaba fingiendo.
–Por favor, no hace falta que se disculpe –dijo Tiffany–. A decir verdad, creo que exageré un poquito. Aunque en cierto modo –continuó juguetona–, puede que también tengan ustedes algo de culpa: estuve sentada al lado del señor Gallagher durante la comida, en la que se sirvió un vino más que excelente…
Este comentario les hizo reír a todos, incluso a Francesca.
–¡Y en abundancia además! –dijo Francesca, pensando que tal vez estuviera mostrándose demasiado suspicaz.
–Me parece que, dadas las circunstancias, es usted muy amable –intervino Calum sonriendo cálidamente–. Pero tiene que permitirnos que hagamos algo por usted. Quizá…
–¡Ya lo sé! –le interrumpió Francesca. Todavía no sabía a qué carta quedarse con aquella misteriosa muchacha, y ansiaba tener una oportunidad para observarla mejor–. ¡Tienes que quedarte a cenar con nosotros! –propuso.
Aunque aquella sugerencia le pilló por sorpresa, Calum la apoyó calurosamente. Tiffany protestó un poco, aunque resultaba evidente que lo hacía puramente por compromiso, y que estaba deseando aceptar. Francesca suponía que les pediría que la acercaran a su casa para cambiarse, pero, en vez de eso, se echó a reír, llamando la atención sobre su informal atuendo.
–¡Pero no puedo quedarme con esta pinta!
–Bueno, eso tiene fácil solución: llamaré a una de las boutiques de la ciudad y les diré que nos envíen unos cuantos conjuntos para que puedas elegir. Podrán traerlos enseguida –propuso Francesca cautelosamente, preguntándose cuál sería la respuesta de Tiffany.
Ninguna de las mujeres que ella conocía hubieran aceptado pero Tiffany, en cambio, la miró visiblemente aliviada. Se volvió hacia Calum y empezó a decirle que no se molestaran tanto con ella, pero, de hecho, lo único que quería era que él le halagara un poco más los oídos, insistiéndole para que se quedara. Cuando por fin aceptó, Francesca estaba casi convencida de que eso era lo que había querido desde un primer momento.
Calum salió para dar orden al servicio de que pusieran un cubierto más, mientras que Francesca se aprestó a llamar a la boutique. Sin embargo, Chris le hizo una señal, alzando la ceja expresivamente para que le dejara a solas con Tiffany.
–Creo que tengo apuntado el número en mi agenda –improvisó Francesca–. Voy a buscarla y ya, de paso, llamaré desde mi habitación.
Francesca deseaba más que nada quedarse para escuchar por el ojo de la cerradura, ya que intuía que Chris no iba a decirle nada; a pesar de la confianza que habían compartido de pequeños, al crecer sus tres primos habían dejado de compartir sus secretos con ella.
Ya en su cuarto llamó a la mejor tienda de modas de Oporto, encargándoles que le llevaran una completa selección de vestidos de tarde y de noche para que Tiffany pudiera elegir.
Aquel dormitorio, con su cama con dosel y las paredes enteladas con cretona floreada, era el mismo que había tenido de pequeña. Daba al jardín que se extendía detrás de la casa y estaba situado justo encima de la estancia donde había dejado a Chris y Tiffany, quienes, por lo visto, no hablaron mucho, ya que a los pocos minutos su primo salió al jardín. Mirando a través de su puerta entornada, vio que la joven subía al cuarto de invitados que le habían asignado. En cuanto oyó que cerraba la puerta detrás de ella, Francesca se precipitó escaleras abajo en busca de su primo.
–¡Chris! –le llamó.
Él se dio la vuelta y se detuvo a esperarla.
–¿Y bien? ¡Cuenta! –le urgió impaciente–. ¿Qué ha pasado?
–¿Que qué ha pasado? ¡Nada!
–¡Chris, eso no es justo! –protestó–. Entonces, ¿para qué me has hecho una señal para quedarte a solas con ella?
–Puede que quisiera tener una oportunidad para conocerla mejor –respondió su primo divertido.
–¿Y por qué habéis acabado tan pronto? Apenas han pasado cinco minutos.
–A veces, con eso basta –replicó Chris maliciosamente.
Exasperada, Francesca le sacudió un brazo.
–¡Deja de hacerte el misterioso! ¿Es que acaso ella te gusta?
–Por supuesto… aunque debo reconocer que me gustan las mayoría de las mujeres, excepto tú claro…
–No te vayas por las ramas, Chris. ¡Anda, dímelo! –insistió persuasiva.
Chris se echó a reír.
–No insistas. Eres una cotilla, te conozco muy bien.
Francesca decidió entonces emplear otra táctica. Asiéndole por el brazo, le obligó a sentarse a su lado en uno de los bancos de piedra del jardín.
–Lennox parece tan feliz –comentó–, ¿no crees? El matrimonio le ha sentado estupendamente. Quizá debiéramos seguir su ejemplo… y también Calum, por supuesto –se quedó un segundo en silencio, pensando en el mejor modo de plantear lo que tenía en mente–. ¿Qué te parece Tiffany para él? Es rubia, y se supone que todos los hombres de la familia tenéis que casaros con rubias, ya sabes.
Chris frunció el ceño, obviamente molesto por su comentario.
–¡Otra vez ese cuento de viejas! –dijo al fin con una carcajada–. No esperarás que sigamos a rajatabla esa tonta tradición, ¿verdad?
–La mujer de Lennox también es rubia.
–Mera coincidencia. Cualquiera se da cuenta de que está loco por Stella. Se hubiera casado con ella sin reparar siquiera en el color de su pelo.
–Está bien –continuó Francesca sin dejarse amilanar–, tú puedes hacer lo que quieras; a fin de cuentas, tu padre también se salió de la tradición, pero Calum no lo hará. Puede que la llegada de Tiffany a esta casa sea cosa del destino: a mí me parece que ella le gusta –aventuró–, ¿tú que crees?
Chris se removió inquieto.
–¡Pero si la acaba de conocer, por Dios bendito!
–Sí, pero tú mismo has dicho que, a veces, con unos pocos minutos es suficiente –le recordó su prima con una sonrisa maliciosa.
–¡Vaya, he caído en mi propia trampa! –reconoció Chris haciendo una cómica mueca.
–No, en serio, ¿no te parece que Tiffany y Calum harían buena pareja? –insistió–. Me pregunto si él le gustará a ella.
–Imagino que tarde o temprano nos enteraremos, sobre todo gracias a tu insistencia para que se quedara a cenar.
–Era lo menos que podíamos hacer por ella después de lo que pasó en la fiesta –dijo Francesca inocentemente.
–¡Tonterías! Lo que pasa es que has decidido meterte en un lío de los tuyos.
–¿A qué te refieres? –preguntó ella como si no lo supiera.
–A que te encanta hacer de casamentera –le espetó Chris–. Pero… sin embargo, no creo que te guste mucho la institución del matrimonio después de lo que acabas de pasar, así que, confiesa, ¿qué es lo que estás tramando, primita?
–¡Qué gusto que me llames así? Vosotros tres sois los únicos que lo hacéis.
–¿Es que tus padres no te han mimado lo suficiente? –preguntó Chris intrigado.
–Últimamente apenas los veo: papá está muy liado con los asuntos de la ópera y sus galerías de arte; y ya he perdido la cuenta de las asociaciones de caridad que preside mamá. Ni siquiera cuando estoy en París los veo.
–¡Pobrecita! –se mofó Chris cariñosamente.
Ella se echó a reír despreocupadamente, pero lo que le había dicho era cierto. Cuando se separó de su marido y necesitó el cariño de su familia, sus padres le habían dado la espalda: su padre no hizo el menor comentario, mientras que su madre se enfadó terriblemente con ella, insistiéndole además para que volviera con Paolo. En aquel entonces, Chris estaba en Australia y Lennox en Madeira, por lo que sólo pudo acudir en busca de apoyo a su abuelo y a Calum el Joven. Fueron los únicos que la consolaron en aquellas amargas horas. Les estaría eternamente agradecida por su comprensión, y por eso, además, evitaría con todas sus fuerzas que nada ni nadie les hiciera daño.
Decidió que lo mejor sería exponer abiertamente a Chris sus sospechas sobre Tiffany, antes de que sucediera nada irremediable.
–¿No crees que Tiffany puede ser la intrusa de la fiesta? –le preguntó.
–¿Eso crees tú?
Aunque le molestó que su primo eludiera la pregunta, procuró disimularlo.
–Sí –admitió abiertamente–. Pienso que lo mejor que podemos hacer es obligarla a que nos dé una explicación –dijo, y se puso en pie con determinación, pero antes de que pudiera dar un paso, Chris la detuvo.
–No, no vas a hacer eso.
–Pero si ella…
–Puede que sea completamente inocente.
–¿Eso crees de verdad? No sabemos nada de ella. ¿Es que acaso a ti te ha dicho algo? –insistió.
–Me dijo que trabaja en Oporto, en el distrito financiero.
–¿En qué empresa?
–No me lo dijo.
–No había ninguna invitación a su nombre, estoy segura.
–No: me dijo que se la había dado un compañero de la empresa que no pudo venir.
–Puede que sea cierto, pero sigo opinando que lo mejor sería preguntárselo.
–No –volvió a oponerse Chris con firmeza–. Deja que pase un poco de tiempo, espera a ver qué ocurre.
–¿Y qué hacemos si consigue engatusar a Calum?
–Ya veremos.
–Pe… pero yo creía que a ti también te gustaba.
Chris esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca.
–Puede que Tiffany sea la intrusa, incluso que esté urdiendo algún plan. Pero, ¿no te parece divertido intentar adivinar de qué se trata? Nos limitaremos a observarla, sin hacerle ninguna pregunta que pudiera ponerla en guardia.
Francesca se le quedó mirando, sorprendida: nunca hubiera adivinado que su primo pudiera ser tan astuto. Dudó por un momento, pero al fin se dejó vencer por la curiosidad.
–De acuerdo: vigilaremos… y esperaremos…
Capítulo 2
UNA sirvienta avisó a Francesca de que había llegado una empleada de la tienda de modas con su encargo. Esperó una media hora antes de subir a ver lo que había escogido Tiffany, preguntándose si la muchacha se ofrecería a pagar la ropa.
La joven se había quedado con un vestido negro de terciopelo para la cena y llevaba puesto un bonito conjunto de pantalón corto que le sentaba estupendamente. Tras alabarlo convenientemente, Francesca le dijo a la empleada de la tienda que lo cargara todo en su cuenta.
–No tienes por qué hacerlo… –empezó a decir Tiffany, pero era tan evidente que lo hacía de boquilla que no tenía ni que haberse molestado en intentarlo.
–No te preocupes –la atajó Francesca secamente. Cada vez tenía más claro que aquella chica era una cazafortunas–. Venga, y ahora vayamos al salón.
Mientras bajaban por la escalera, Francesca decidió averiguar cuanto pudiera.
–¿Vives en Oporto? –preguntó, después de contarle dónde vivía ella.
–Sí, comparto un piso con unas amigas –contestó Tiffany, pero sin añadir más explicaciones.
Recordó lo que Chris le había aconsejado, y, a su pesar, decidió dejar el interrogatorio de momento. Llegaron al salón y salieron a la terraza, donde encontraron a Calum charlando con la encargada del catering.
–Francesca, ¿no tenías que comentarle un par de cosas a la señorita Beresford sobre los preparativos para fiesta en la quinta? –le preguntó nada más verlas aparecer.
Efectivamente, Francesca debía encargarse de hablar con la empleada, pero le fastidiaba dejar a Calum y a Tiffany a solas.
–Sí, claro –admitió de mala gana–. ¿Me perdonas un momento, Tiffany?
La chica apenas pudo disimular su entusiasmo ante la perspectiva de quedarse con Calum; ya le había indicado que se sentara a su lado antes incluso de que las otras dos mujeres hubieran salido de la terraza.
Francesca se dirigió al despacho para buscar la carpeta con los detalles de la fiesta que pensaban organizar al cabo de un par de días para los trabajadores de las fincas. Empezó a repasarlos con Elaine Beresford, procurando al mismo tiempo no quitar ojo a Calum y Tiffany. Por desgracia, no podía oír ni palabra de lo que estaban diciendo, aunque estaba claro que la muchacha se estaba esforzando por ser lo más simpática posible con su primo quien, por su parte, parecía encantado, a juzgar por la forma en que sonreía. Francesca apretó la mandíbula, disgustada al ver a su primo utilizado por aquella aventurera, ya que a aquellas alturas estaba convencida de que Tiffany se proponía pescarlo. Desde luego, la joven era ambiciosa, se dijo, pretendiendo engatusar al heredero del imperio Brodey, que sin duda sería muy pronto uno de los hombres más ricos de Portugal.
¿Cómo se atrevía a hacer semejante cosa? Francesca sintió avivarse en su interior una llamarada hecha de furia y decepción. ¿Es que sólo les apreciaban por su fortuna? Primero Michel y después Tiffany… Al principio la chica le había resultado simpática, pero estaba claro que su único propósito había sido introducirse en la casa y engatusar a Calum. Y por el modo en que éste reaccionaba, parecía que lo estaba consiguiendo. Que ella recordara, su primo no había estado tan contento en compañía de una chica desde hacía siglos. Hirviendo de rabia, Francesca estuvo a punto de salir a la terraza y decirle a aquella fresca un par de cosas.
–¿Sabes ya cuántos bailarines y cantantes de fados se quedarán a cenar? –preguntó Elaine interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.
–Unos veinte –respondió al fin Francesca, haciendo un esfuerzo por concentrarse–. También habrá que contar a los conductores de los autobuses que trasladarán a los trabajadores de las otras quintas y a sus familias. ¡Ah! Y a los toreros y sus ayudantes.
–¿Toreros? –Elaine se la quedó mirando espantada.
–¡Oh! No te preocupes, en Portugal no se mata a los toros –la tranquilizó Francesca–. De hecho, está prohibido.
–Pero, ¿y los pobres caballos?
–Tampoco los usamos. Los toreros van a pie. El espectáculo se parece más a un ballet. Deberías quedarte a verlo.
Elaine no parecía en absoluto convencida, pero se abstuvo de hacer más comentarios.
Francesca echó otro vistazo a la terraza, diciéndose que cuanto más tiempo les dejara juntos, más le costaría convencer a Calum de que a Tiffany sólo le interesaba su dinero. La joven parecía muy convincente, muy sincera… Por suerte, justo en aquel momento Chris entró en el salón, por lo que pudo hacerle una expresiva señal con los ojos para que saliera de inmediato a la terraza. Cuando Tiffany lo vio entrar, apenas pudo disimular el disgusto que le producía verse interrumpida tan de improviso.
Más tranquila, Francesca se volvió hacia Elaine, dispuesta a dedicarle toda su atención, pero comprobó sorprendida que ahora era ella la que parecía abstraída por la escena que se desarrollaba en la terraza.
–¿Elaine?
–¡Oh! Perdona –parpadeó, y con una sonrisa de disculpa, volvió a concentrarse en la tarea.
Después de que quedaran fijados todos los detalles de la fiesta, Francesca salió a la terraza y se sentó entre Calum y Chris, empezando a hablar a propósito de amigos y parientes a los que, sin duda, Tiffany no conocía.
La joven les escuchó un rato en silencio, hasta que, de repente, se levantó.
–¿A qué hora es la cena? –preguntó.
–¡Oh, cariño! Perdona, te hemos dejado de lado. Lo siento mucho, pero es que hace tanto tiempo que no nos vemos… no queríamos aburrirte –dijo Francesca hipócritamente–. Chris, ¿por qué no te llevas a Tiffany a dar una vuelta por los jardines mientras yo me pongo al día con Calum? –propuso maliciosamente–. Me reuniré con vosotros dentro de un rato.
Tiffany torció el gesto.
–No, de verdad, no es necesario que te molestes…
–Pero si estoy encantado –dijo Chris–. Francesca ya me contará sus secretos luego –continuó, lanzándole una mirada cargada de ironía.
–¿Y qué te hace pensar que yo tengo secretos? –replicó Francesca un poco picada.
Chris se agachó para besarla en la mejilla.
–Víbora –le susurró al oído–. Siempre los has tenido –añadió en voz alta–, y los tendrás hasta que llegue un hombre que te dome.
–¡Mira qué listo! ¿De dónde has sacado esa psicología barata? –exclamó Francesca molesta–. Para tu información, puede que me case con Michel.
–¡Felicidades! Te doy seis meses –declaró su primo imperturbable.
–¿Seis meses?
–No, ahora que lo pienso, con tres creo que ya te habrás aburrido y le dejarás en la cuneta.
Francesca le tiró un cojín, aunque en su fuero interno sabía que ya estaba aburrida de Michel, y dudaba de que la vida en común pudiera mejorar la situación. Quizá no hubiera un hombre en el mundo capaz de disipar la soledad que inundaba su corazón.
–Por cierto –dijo Calum cuando los otros dos se hubieron marchado–, ¿dónde está Michel?
–Se ha vuelto al hotel.
–Podría haberse quedado aquí, sabes que hay sitio de sobra.
–No quería que se quedara en la casa –replicó Francesca de mal humor–. De hecho, me gustaría no haberlo invitado.
–¿Con eso quieres decir que no piensas casarte con él? –preguntó Calum con calma.
–¡Claro que no! Ni siquiera entiendo cómo fui capaz de empezar a salir con él… supongo que estaba trastornada por el divorcio –se levantó y se dirigió a la barandilla de la terraza, donde se quedó contemplando el jardín con la mirada perdida–. ¿Por qué no puedo encontrar un hombre al que pueda… respetar? –preguntó dándose la vuelta de improviso–. Alguien que sea como tú, o Chris, o Lennox.
–Bueno, yo no nos consideraría precisamente un modelo de…
–¡Pero lo sois! Los tres sois hombres cabales: controláis vuestras vidas, y podríais salir adelante si no tuvierais el negocio familiar. Fíjate, habéis doblado las ganancias desde que el abuelo os dejó al cargo de la empresa. Sois tan fuertes, tan capaces…. ¿Por qué no puedo conocer a alguien como vosotros?
Calum se acercó a ella, poniéndole el brazo sobre los hombros cariñosamente.
–Seguro que encuentras pronto a tu media naranja, pequeña.
–No, no lo creo –dijo Francesca alzando la cabeza para mirarlo–. Tendría que encontrar algo que diera sentido a mi vida, pero no sé cómo. Fíjate en Elaine: cuando su marido murió, ella decidió dedicarse a los negocios… en cambio, yo no tengo la menor idea de qué hacer. A veces me siento como un cuadro colgado en la pared: caro, bonito… pero completamente inútil.
–¡Francesca! ¡No es propio de ti que digas semejantes cosas! Tú siempre has sido muy optimista. Cometiste un error, es cierto, pero ahora ya eres libre para empezar una nueva vida. Ya verás como muy pronto te vuelves a enamorar.
–No creo que pueda confiar otra vez en el amor –continuó Francesca inconsolable–. Cuando estaba en la universidad, creí que estaba enamorada, pero aquel chico se marchó sin darme una explicación –Calum la estrechó con más fuerza, y ella le dedicó una débil sonrisa–. Después me convencí de que estaba enamorada de Paolo. Todo parecía un cuento de hadas, pero la magia apenas duró. Él convirtió su palacio en una prisión, en la que nuestro dormitorio era la cámara de tortura –rió sin pizca de alegría–. El sueño se convirtió en una pesadilla, y aún creo que nunca me despertaré, que jamás podré librarme de él. Deseaba más que nada conseguir el divorcio, pero ahora que soy libre, tampoco he alcanzado la felicidad. No sé qué hacer, Calum –miró a su primo implorante–. Dime qué hacer, por favor.
–De acuerdo –contestó él por fin–, pero tienes que dejar que lo piense un poco. Ya hablaremos cuando haya pasado la semana de fiestas –agachándose un poco, la besó cariñosamente en la frente–. Quiero que me prometas que, durante estos días, y por el abuelo, intentarás animarte un poco. Ya sabes que él te adora, y que le entristecerá mucho ver que no eres feliz.
–Lo sé, y te lo prometo.
–Buena chica –dijo, soltándola por fin–. Mira, por ahí viene Elaine a buscarte. Subiré un momento a ver cómo está el abuelo –continuó, tras echar un vistazo a su reloj–. Te veré en la cena.
Elaine le pidió que hiciera una llamada de teléfono por ella en portugués y después la dejó sola. Se preguntaba cómo le iría a Chris con Tiffany, sintiendo que en su interior crecía la ira ante la desfachatez de aquella intrusa. Incluso llegó a pensar que todo el asunto de la bofetada había sido una pura comedia urdida por los dos. Subió a su cuarto y se puso a llamar a todos los hoteles de Oporto, para averiguar dónde se alojaba el americano.
Le sorprendió enterarse de que estaba en uno de los mejores de la ciudad, el Porto Atlántico, pero cuando el empleado se ofreció a pasar la llamada, ella rehusó, decidiendo que sería mejor hablar con él más tarde, dependiendo de cómo se desarrollaran los acontecimientos aquella noche. A fin de cuentas, todavía no tenía pruebas concretas de que Tiffany fuera una farsante. Malhumorada, subió a cambiarse, maldiciéndose aún por el impulso que le había llevado a pedir a la joven que se sentara con ellos a la hora de la comida.
Ya habían llegado casi todos los invitados a la cena cuando Tiffany hizo su aparición. Francesca, con un deslumbrante vestido plateado, estaba en el recibidor, junto a Chris y Calum, saludando a los invitados, cuando por fin Tiffany se decidió a bajar. Desde luego, se las apañó para conseguir un efecto deslumbrante, permaneciendo en lo alto de las escaleras con su elegante vestido negro hasta que consiguió atraer las miradas de todos los presentes. Incluso entonces permaneció un momento más inmóvil para saborear su triunfo.
Todos se reunieron en el salón para tomar una copa antes de cenar. Aunque aún no tenía ninguna prueba, Francesca estaba convencida de que Tiffany era una farsante, y le costaba mucho disimular sus sentimientos. Decidió recurrir a toda su habilidad para conseguir que ella misma se pusiera en evidencia.
–¿No te parece raro que Lennox sea el único de la última generación de la familia que se haya casado con una rubia? A lo mejor Chris y Calum están más que hartos de esa especie de imposición y de que continuamente haya rubias a su alrededor intentando echarles el anzuelo –dijo venenosamente–. Creo que deberían romper de una vez con una costumbre tan tonta, ¿no te parece?
Para su sorpresa, Tiffany no pareció molestarse en absoluto por ese comentario.
–Por supuesto –replicó de inmediato–. No deben consentir verse ligados por esa costumbre familiar, sino casarse con las chicas de las que se enamoren. Pero, dime, ¿hay alguna regla que diga con quién tienen que casarse las mujeres de la familia?
–¡Oh, no! –contestó Francesca secamente–. Somos libres de escoger a quien queramos.
–¡Qué bien! Por lo que veo tú has empezado por lo más alto de la aristocracia…
¡Aquello era un ataque en toda regla! Francesca se dijo que si aquella tonta quería guerra, tendría guerra, aunque en el fondo no pudo evitar sentir cierta admiración por el arrojo que demostraba.
Se le ocurrió una treta con la que podría tomarse la revancha, y, de paso, hacerse un favor, así que, discretamente, se dirigió al comedor y cambió de sitio un par de tarjetas. Chris le había dicho que quería sentarse al lado de Tiffany, pero ella puso la tarjeta de su primo al lado de la suya, en el centro de la mesa, y colocó la de Michel al lado de la de Tiffany, en el extremo más cercano a la puerta.
Su pretendiente se enfadaría mucho, no sólo por verse separado de ella, sino por que lo colocaran en un lugar de tan poco relieve. Su madre, al ser la única hija del abuelo, era la anfitriona de la fiesta, y se sentaría en el centro de la mesa, justo enfrente del abuelo. Como el rango y el protocolo era lo único que le importaba al conde, se molestaría mucho al enterarse de que había sido precisamente Francesca la que lo había arrinconado de esa forma. No le preocupaba lo más mínimo que se sintiera insultado y que se marchara de la casa incluso, pues eso le ahorraría la molestia de tener que decirle que no le importaba en absoluto.
Pero fue Chris quien se enfadó con ella al ver la jugarreta que había hecho, y no perdió tiempo en decírselo. Sin embargo, Francesca no estaba en absoluto arrepentida, sino muy complacida al ver cómo Tiffany y Michel empezaban a flirtear en cuanto se sentaron el uno al lado del otro: evidentemente, el conde pretendía ponerla celosa, pero eso le tenía sin cuidado. Para su sorpresa, Chris, en cambio, parecía estar muy celoso.
Cuando terminó la cena y salieron del comedor, Francesca se fijó en que Tiffany llevaba un bolsito de mano muy pequeño; seguramente habría dejado el bolso en la habitación. Recordó que las invitaciones para la fiesta de aquella mañana eran muy aparatosas, así que, si Tiffany tenía una, debía de estar en el otro bolso. Cediendo a un impulso, Francesca se disculpó con los invitados y se dirigió sin pensárselo dos veces a la habitación de invitados.
El bolso estaba encima de una mesita; Francesca dudó un momento, pues tenía plena conciencia de que lo que estaba a punto de hacer era algo vergonzoso. Pero, se dijo, tenía que salir de dudas como fuera. Asió el bolso y se puso a examinar su contenido: sólo había unos cuantos artículos de maquillaje, pero ninguna agenda o libreta en la que figurara su nombre y dirección, y mucho menos la invitación. Para asegurarse, Francesca registró la habitación, mirando incluso en la papelera y en el cuarto de baño. Nada. Tenía razón: ¡Tiffany era la intrusa!
Cuando bajó, se encontró con que Michel la estaba esperando en el recibidor.
–Supongo que te habrá resultado muy divertido sentarme al lado de esa chica –le espetó sin preámbulos.
–Sí, en efecto –replicó Francesca–. Y espero que tú también lo hayas pasado bien flirteando con esa pobre tonta toda la noche.
Michel sonrió satisfecho ante el éxito de su ardid.
–Tiffany es una muchacha encantadora. ¿Por qué no mostrarme atento con ella, especialmente cuando…?
–No tengo nada que objetar –le interrumpió Francesca–. Me alegro de que lo pasaras bien. Eso me ha demostrado la clase de hombre que eres, por lo que me resulta más fácil decirte que no quiero volver a verte nunca más.
–No lo dices en serio.
–Lo siento, pero sí.
–¡Bah! –exclamó Michel alzando los brazos en un gesto melodramático–. Sólo lo dices porque te fastidia que le dedicara a esa chiquilla un poco de atención. Sabes de sobra que no me interesa lo más mínimo, que tú eres la única que cuenta para mí. Eres tan hermosa, tan…
–Rica –le interrumpió Francesca completando la frase por él–. Lo siento Michel, pero no me interesas.
Quiso marcharse, pero Michel la asió por el brazo.
–No te quiero por tu dinero, ¿sabes?
Mirándolo a los ojos, Francesca se dio cuenta de que era sincero.
–Puede que no –reconoció–, pero, lo siento, será mejor que nos separemos.
–¡Pero tú me invitaste a pasar toda la semana!
–Quédate si quieres.
–Estás haciendo esto sólo para castigarme –dijo muy enfadado, incapaz de admitir que ella hablara en serio.
Cuando Francesca estaba a punto de repetirle que habían terminado, Lennox y Stella salieron de la sala, dispuestos a marcharse. Enseguida llegaron más huéspedes que también deseaban irse, pues ya era bastante tarde. Enfadada con Michel, y deseando fastidiar a Tiffany, Francesca decidió matar dos pájaros de un tiro, así que se dirigió a la joven que, evidentemente, estaba esperando que alguien se ofreciera a llevarla a la ciudad.
–Michel está a punto de irse a Oporto, Tiffany, puedes ir con él. Estoy segura de que os lo pasaréis bien hablando durante el viaje.
Sin embargo, Calum intervino ofreciéndose a llevar a Tiffany en su coche. Francesca no esperó para ver cómo se marchaban: decidida a comprobar sus sospechas como fuera, se fue al garaje a por su coche, y saliendo por la entrada de servicio, condujo hasta llegar a las afueras de Oporto. Una vez allí, llamó al coche de Calum por el teléfono móvil.
Hizo creer a su primo que todavía estaba en casa, y le pidió que le dijera a Tiffany que pasara a buscar las ropas que había dejado en la habitación al día siguiente por la tarde, a eso de las tres.
Muy pronto vio que se acercaba la limusina de Calum, y se aprestó a seguirla el resto del trayecto. Por suerte, no había mucho tráfico, así que pudo hacerlo con comodidad hasta que su primo se detuvo frente a un lujoso bloque de apartamentos en uno de los mejores barrios de la ciudad. Tras acompañar a Tiffany al portal, Calum volvió al coche y emprendió el regreso. Bastante decepcionada, Francesca estaba a punto de hacer lo mismo, cuando, para su sorpresa, vio que Tiffany se asomaba a la puerta, y tras echar un vistazo, echaba a andar calle arriba.
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