Read the book: «Antigüedades coahuilenses»

© Rufino Rodríguez Garza
ISBN: 978-607-8801-21-3
Edición: Quintanilla Ediciones
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio impreso o electrónico, sin la autorización escrita por parte del autor, a menos que sean citas breves de referencia.

Dirección General: Dolores Quintanilla Rodríguez
Coordinador de Producción: Miguel Gaona
Editor de Contenido: Valdemar Ayala Gándara
Editora de Arte: Jazmín Esparza Fuentes
Diseño Editorial: César Nájera Zapata
Enlace Administrativo: Carmen González Cruz
Ventas: María Isabel Reyna Ibargüengoitia
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D.R. Quintanilla Ediciones
Josefina Rodríguez 1027, Col. Los Maestros. C.P. 25260. Saltillo, Coahuila
www.quintanillaediciones.com / editorial@quintanillaediciones.com.

Índice
1 Antigüedades coahuilenses
2 Introducción
3 Prólogo
4 REFERENTES Guachichiles y franciscanos Astronomía prehistórica Rupestrerías Más rupestrerías Cerro Bola Cruces Don Memo Andares coahuilenses Andares coahuilenses II La fortuna de tener Ventura María del Pilar Casado
5 SITIOS Estanque del León Lagartijas La Boquilla Ojo Caliente Puerto Cardonal La Presa La Presa II La Presa III Jamoncillos El Lechuguilloso El Lechuguilloso II El Borrado Loma de Sleihman Los José Narigua norte Amargos y el arroyo Cañón de San Lucas Cerro del Gallo Agua de la Mula Doce de Diciembre (El Doce) El Cerro El regreso Geoglifos del rancho Carolinas Las Esperanzas Las Iglesias
Landmarks
1 Cover
Introducción

En el ámbito de la cultura del estado de Coahuila, los referentes de la antigüedad que fueron heredados por los pueblos nómadas de cazadores–recolectores, representan los primeros vestigios humanos que perviven hasta nuestros días, ofreciéndose como signos de identidad invaluables para reconocernos como norestenses.
Debido a esto, el descubrimiento, valoración y divulgación de tales vestigios resulta una actividad de relevancia que requiere ser reconocida de forma creciente, así como el papel que cumplen tanto los especialistas académicos como los aficionados cuya pasión por recorrer senderos y localizar sitios los lleva a ser grandes descubridores, capaces de heredar el legado de sus propios hallazgos para la posteridad.
Es en esta línea donde se inserta la encomiable labor de Rufino Rodríguez Garza, quien por cuatro décadas, y haciendo uso de sus propios recursos, ha recorrido el tercer estado más grande del país para realizar descubrimientos sin los cuales la arqueología y la paleontología coahuilenses no serían las mismas. Junto con colegas suyos, en especial al lado de José G. Flores Ventura (otro de los autores que hemos tenido el honor de sumar en Quintanilla Ediciones), Rufino Rodríguez ha dado pasos invaluables para detectar huellas remotas y pretéritas, a fin de ponerlas al alcance de un número amplio de personas, a través de publicaciones constantes en El Periódico de Saltillo y de libros como el que ahora ponemos a disposición del público (y que abarca textos periodísticos aparecidos entre febrero de 2017 y noviembre de 2021 en el citado medio). Así, este título continúa con la línea de difusión que tuvo como antecedente el exitoso libro impreso Coahuila indígena, elaborado por nuestra casa editorial para la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Urbano del Estado de Coahuila de Zaragoza en el año 2018.
Esperamos que las lectoras y los lectores de todas las edades disfruten de este nuevo título de nuestro autor y, por qué no, encuentren en estas páginas la motivación necesaria para emular los pasos y trayectos de los grandes descubridores que, como Rufino, han podido acercarnos a la herencia de nuestros antepasados.
Quintanilla Ediciones
Prólogo

Una vez más recibimos de Rufino Rodríguez Garza una serie de textos en que se describen los demasiados esfuerzos que ha realizado por conocer lo que no existe sino hasta que alguien lo descubre. Sabemos que en Coahuila hay centenares de sitios arqueológicos o de simples vestigios que no alcanzarían la denominación de “sitios”, puesto que son huellas de los antiguos habitantes.
Cualquier material, un sencillo objeto o restos de una pintura rupestre, añade algo nuevo a los muchos datos que se tienen y obliga a los investigadores a tomar en cuenta algo que ignoraban. Los conocimientos generan nuevos conocimientos y éstos orillan a repensar lo ya sabido para transformarlo en ciencia, y ésta tiene siempre un momento: el suyo.
Aquí es importante retomar el sentido profundo de la palabra “verdad”, que en la antigua Grecia se decía aletheia, cuyo significado hondo es: sin ocultamiento o, más precisamente, descubrimiento, que implica quitarle a algo lo que lo cubre. La idea es clara, porque estos pequeños textos que llenan el volumen proponen quitar el velo que los cubría, así que son des-cubrimientos. Alguien podría alegar que encontrar algo que se desconoce no es un descubrimiento. Se equivoca. Los miles de vestigios materiales existentes a lo largo de la geografía están ahí, pero no se conocen antes de que alguien los ponga a la disposición de los demás, en este caso de los lectores. Es, en ese sentido, que el conocimiento nos acerca a verdades, que son certezas una vez que las conoces, y no antes.
Rufino ha caminado, visto y observado miles de esos “documentos” que hace milenios o centurias fueron creados por los habitantes indígenas que vivieron en estas regiones. Sus sistemáticas salidas al campo, que ya se cuentan por miles, lo han conducido a descubrimientos que ayudan (o pueden hacerlo) a comprender ese larguísimo pasado. Quiero decir que sin el trabajo de este atento y obsesivo explorador, seríamos todavía más ignorantes de lo que somos. Lo más interesante de sus escritos es que en cada uno nos regala un pedacito de conocimiento, y una vez que esos elementos se reúnen porque se multiplicaron, conducen a otra forma de conocimiento.
El trabajo rinde, y más si se hace de manera sistemática. De Rufino sabemos que ya cumplió 40 años de búsquedas. Sale cada fin de semana al campo simplemente a recorrerlo. A veces regresa a lugares que había visitado años atrás y, según declara, encuentra algo que no había advertido en la anterior visita. Esto significa que su perseverancia recompensa el esfuerzo, mismo que traducirá en un escrito como los muchos que podemos leer en éste y en sus anteriores libros.
Deseo añadir que, además de fotografiar los rastros de los indígenas, también destina horas a pasar sus observaciones a sus muchísimos diarios de campo que algún día serán tan valiosos como las fotos, puesto que en esos cuadernos traza con insistencia los dibujos que advirtió en una roca, una cueva, un conjunto de piedras, un pequeño guijarro con esbozos diversos (arte móvil que puede referir a cuestiones trascendentes, a deseos relativos a la vida amorosa o, simplemente, a los seres vivos que rodeaban a los nómadas). Sus más de 100 mil fotografías lo colocan como el dueño del acervo más importante del pasado indígena en nuestra entidad.
Este libro puede ser considerado un nuevo apoyo al saber y a la revaloración de la cultura ancestral de los antiguos habitantes de Coahuila. De ahí que su lectura pueda orientar a científicos que buscan nuevos datos.
El hecho de que se nos entregue en pequeños capítulos ayuda a que su consulta sea más personalizada y, sin duda, más lógica. No cabe duda que este vademécum es un aporte a considerar.
Carlos Manuel Valdés

Guachichiles
y franciscanos


Por problemas de presupuesto en el Consejo Editorial del Estado, se vio retardada la salida de un nuevo libro del maestro Lucas Martínez Sánchez, Guachichiles y franciscanos, el cual contiene temas históricos de principios de la época colonial.
Este joven historiador es muy prolífico y desde hace algunos años tiene a bien elaborar uno o dos libros por ciclo de diferentes tópicos, que van desde leyendas de Monclova hasta biografías de héroes nacionales y de revolucionarios coahuilenses.
En esta ocasión Lucas nos entrega un libro que resume una investigación de legajos antiguos que corren de los años de 1586 a 1663 en archivos religiosos de Charcas, San Luis Potosí.
De 348 páginas, en gran formato, de 17 por 24 cm, con un prólogo de nuestro amigo el Dr. Carlos Manuel Valdés, e ilustraciones de Omar Campos Hernández, el libro se encuentra dividido en nueve capítulos y un extenso anexo documental.
Para efectuar este estudio, Lucas investigó una amplia bibliografía y se documentó en archivos nacionales y extranjeros. Hizo también uso de archivos digitales y de registros que documentaron los mormones.
También es de admirar el trabajo de paleografiado (ciencia que permite descifrar las escrituras antiguas) de escritos de finales del siglo XVI hasta mediados del XVII.
El libro más antiguo del convento de Charcas da mucha información sobre los chichimecas y los grupos que fueron evangelizados por los curas franciscanos y que, al bautizarlos, anotaban el origen del individuo, su nuevo nombre pero también el nombre que tenía en su tribu.
Gracias a estos datos se conoce el registro de 14 etnias que son las siguientes: chichimecas, negritos, guachichiles, bosales, tocas, borrados, alazapas, imañoa, rayados, juquialan, pisones, amuegui, cazuiaman y vocalos.
Lucas menciona al franciscano fray Juan García como el religioso que, al bautizar, no sólo preguntaba el nombre, sino la parcialidad a la que pertenecía el bautizado.
En los alrededores de Saltillo quedan algunos nombres que quizá provienen del lenguaje común de los chichimecas, en este caso de los guachichiles en la sierra de Zapalinamé y en Jamé, que es una comunidad de Arteaga, Coahuila.
El texto llena un enorme hueco que existía sobre el tema indígena norteño de los guachichiles. El trabajo que se despliega es novedoso y pleno de datos y significados.
En el anexo documental (p. 243), el maestro Lucas destaca un reporte elaborado por Pedro de Ahumada (1562) al virrey Luis de Velasco, donde le informa de la rebelión de los indios zacatecos y guachichiles y “la alteración que pusieron en todo el reino […]”. Describe a los guachichiles como: “[…] gente que andan desnudos hechos salvajes, no tienen ley ni casas ni contratación, ni labran la tierra ni trabajan más que en la caza y de ella y de los frutos silvestres y raíces de la tierra se sustentan […] Su principal mantenimiento son las tunas y mezquites […]”.
El libro bien vale la pena para estudiosos en la materia y todo aquel que le guste ahondar en la vida de los cazadores–recolectores del semidesierto mexicano.
El maestro Lucas ha escrito su mejor obra hasta el momento, y esperamos con ansia la publicación de otra en un futuro no lejano.
Astronomía
prehistórica

No es frecuente la publicación de libros de temas de arte rupestre, pero celebramos al menos la publicación de un texto que trata precisamente de los astros tales como la Luna, el Sol, planetas como Venus, y no se diga de meteoritos, cometas y la bóveda celeste. Otro tema hermanado es el calendárico.
En su más reciente libro, Los astros en las rocas de Coahuila: arqueología de los antiguos habitantes del desierto, Yuri de la Rosa Gutiérrez, en referencia de Coahuila, establece que las cuentas a base de puntos y rayas son más que motivos relacionados con calendarios en su mayoría lunares.
Llama la atención que no cite a William Breen Murray (†), antropólogo que en los años 80 recibió al Dr. Aveni en la ciudad de Monterrey, donde comentaron el calendario de Presa de la Mula y otras cuentas calendáricas hechas a base de puntos.
Coahuila ocupa casi 8% del territorio nacional, y en arte rupestre se encuentra en el tercer lugar con sitios registrados, sólo por debajo de Baja California y Nuevo León; en el último caso, no porque tengamos menos sitios que el vecino estado, sino porque, a la fecha, no se han hecho las documentaciones de más lugares que, día a día, se van localizando, lo cual, de hacerse, sin lugar a dudas nos colocaría en el segundo lugar nacional con más manifestaciones de gráfica rupestre.
Así lo refiere Yuri de la Rosa en su más reciente obra, aunque hace la observación de que: “con apenas seis sitios estudiados es insuficiente el trabajo presentado en este ensayo”. Sólo revisó sitios del centro–norte de Coahuila, y un solo sitio con petrograbados, (Chiquihuitillos); por cierto que éste es de los escasos lugares con petrograbados en el norte del estado, el cual se encuentra localizado en la carretera 30 que corre de Monclova a Candela, y vale la pena recordar que en ambos lados de esta ruta hay manifestaciones rupestres grabadas.
Otra anotación importante es que, en el norte de Coahuila, predominan la pintura y las tumbas, y en el sureste dominan los petrograbados y algo de pintura, los cuales también nos dan mucha información de los astros, con la sola excepción de El Huizachal, ya que, en dicho lugar, la roca caliza es muy rugosa y dura, e imposible para el grabado. En cambio, de Torreón a Paredón, en lo que es el sureste del estado, la roca que domina es la arenisca, de arenas compactadas, y la cual es suave y propia para el grabado, pues la dureza no pasa del nivel tres en la escala de Mohs.
El libro se compone de siete capítulos, con una introducción y las conclusiones. El texto tiene 138 páginas y está ilustrado con mapas y tablas explicativas, cuenta con más de 40 referencias bibliográficas, anuarios estadísticos de 1997 y 2000, datos del INEGI y algunos dibujos de la arqueóloga Elvira Ochoa.
Mención aparte es lo que se refiere a las 104 fotos que complementan el libro, ya que están en blanco y negro, son muy borrosas y son de muy difícil apreciación. Queremos suponer que dicha circunstancia fue por evitar gastos excesivos, pues el color encarece sobremanera los costos de la edición. Y si no es posible reproducir a color, una buena solución sería a través de dibujos. Puede que en una segunda edición sea posible presentar las fotos a color o apoyarse con dibujos de Elvira y del mismo Yuri, para que se pudiera hacer más legible el contenido fotográfico y entender mejor los motivos referentes a los astros de los que eran tan buenos observadores los nativos.
Entre los futuros sitios que se encuentran en la lista para ser estudiados, está uno que lleva el nombre del astro rey, El Sol, en el municipio de Parras, y a pie de la carretera 40. El nombre se debe a la gran cantidad de representaciones solares en los grabados del sitio: círculos, círculos concéntricos, círculos radiados (con rayos), como es el caso del Sol.
En el sureste de Coahuila encontramos sitios con gráfica rupestre, muy retirados de El Junco, Espantosa, Catujanos, Huizachal, etc. Asimismo, podemos apreciar representaciones del planeta Venus, esa cruz enmarcada que se repite en el sur de Estados Unidos, norte de México y otros países de América.
En San Rafael de los Milagros hay representaciones solares y también de Venus, pero ahí el vandalismo ha hecho de las suyas; la cercanía a Torreón y la facilidad de acceso han ayudado a que se destruya parte del patrimonio, pues hablamos de que está a 60 metros de la carretera 40, la Saltillo-Torreón.
La fauna está poco representada en los sitios estudiados por Yuri y que son la base de los textos del libro. La excepción es el sitio de Mesa de Catujanos, donde se observan astas de venado, aves, tortugas, un vinagrillo, arañas e insectos, y también figuras humanas, además de que en el sitio conocido hay una luna en cuarto menguante, pero podemos mencionar que hay cuatro sitios más en Catujanos donde también se repiten la figura de la luna y otros motivos dignos de estudio.
Al principio de esta nota mencionaba al investigador recién fallecido Breen Murray, pues una de sus aportaciones a la arqueoastronomía es el calendario lunar de Presa de la Mula, y que el Dr. Aveni visitó en los años 80 del siglo pasado; ambos apuntaron que dicho calendario trataba del período de gestación de los venados cola blanca, de 206 días.
Yuri es egresado de la ENAH, y van para 20 años de que reside en Coahuila, primero en Cuatro Ciénegas y ahora en Torreón. Nos congratulamos de este trabajo que ayudará a esclarecer la vida de los nómadas y su obsesión por desentrañar el movimiento de los astros.
Los astros en las rocas de Coahuila: arqueología de los antiguos habitantes del desierto
Yuri de la Rosa Gutiérrez. Secretaría de Cultura de Coahuila, 2019, Saltillo, Coah. y Quintanilla Ediciones.
Rupestrerías


El estado de Coahuila destaca en este tema de forma nacional, así como internacionalmente.
Las rocas fueron los cuadernos del pasado, y en esas piedras están los mensajes que los antiguos pobladores del desierto nos dejaron y que, poco a poco, iremos descifrando.
Pero… ¿quiénes fueron las personas que nos dejaron estas manifestaciones? La respuesta es sencilla: los cazadores–recolectores, hombres que habitaban y vivían con muchas dificultades y penurias en el semidesierto del norte de México. Basta recorrer localidades de estos rumbos para encontrarnos con vestigios de aquellos que nos antecedieron en el tiempo.
Varios autores y estudiosos relacionados con el tema (Carlos Manuel Valdés, Solveigh Turpin, el profesor Carlos Cárdenas) refieren que la llegada del hombre antiguo a estas tierras tiene una antigüedad de más de 10,000 años.
Un ejemplo de la presencia de vestigios de los habitantes del desierto es lo que podemos observar en las partes bajas o en los llanos: las chimeneas, esos rodetes de piedras cuya utilidad era para proteger el fuego del viento, fuego que se usaba para preparar alimentos, pero también para calentarse en invierno, ahuyentar animales, alumbrarse por las noches y hasta para hacer señales a la distancia.
Algunas de estas señales ya han sido estudiadas e inclusive descifradas por especialistas, y las cuales tenían un lugar importante en la sociedad de los hombres del semidesierto, pues eran básicas por si se avizoraban individuos en el horizonte; se avisaba si eran amigos o enemigos, y la cantidad de individuos que contenían las hordas.
Caminar por estos parajes es toparse con otros vestigios como son los petrograbados, las pinturas, los geoglifos y el material lítico que ya cada vez es más difícil observar; nos referimos a flechas, lanzas, buriles, raspadores, cuentas, morteros, metates y alisadores.
El arte rupestre está constituido por esas extrañas figuras grabadas y/o pintadas en las rocas donde los cazadores–recolectores dejaron plasmados sus, hasta ahora, indescifrables mensajes.
Para realizar el estudio de los petrograbados podemos dividirlos en naturalistas y abstractos y, a su vez, cada una de estas fracciones contiene nuevas subdivisiones. En general, por naturalistas podemos considerar aquellos dibujos que contienen o que reflejan cosas relacionadas con animales, plantas, figuras humanas y partes del cuerpo (pies, cabeza, manos, etc.). También consideramos naturalistas los grabados de herramientas para la cacería o la defensa, como serían: proyectiles, lanzas, cuchillos enmangados, arco y flechas, el átlatl y algunos símbolos astronómicos que nos indican orientación: el sol, la luna y planetas, como Venus, etc.
En el caso de los grabados de formas abstractas, son muy abundantes, aunque de difícil interpretación, ya que se componen de dibujos sin aparente congruencia entre sí, pero que nosotros, gente del siglo XXI, no podemos entender su mensaje.
La economía de los cazadores–recolectores era de subsistencia, cazaban y recolectaban para sobrevivir. La fauna que atrapaban era variada, iba desde mamíferos como venados, osos, bisontes o algunos roedores, y también reptiles tales como tortugas, víboras o lagartijas, hasta a veces aves, peces y algunos insectos, como los gusanos de las palmas.
El alimento a recolectar era muy variado y dependía de la región y de la temporada que variaba en el transcurso del año; por ejemplo, la flor de palma, los mezquites, las tunas, las pitahayas, granjenos y algunas raíces de tubérculos se daban en temporada de lluvias o de secas, y les proporcionaban los nutrientes para la dieta de todos los días.
Hay dichos populares y ancestrales que dicen que “Lo que corre, repta o vuela, directo a la cazuela”. O hay otro que reza que “Lo que se mueve, se come”.
La constante de los nativos era preocuparse pero, sobre todo, ocuparse por el alimento. Buscar la comida y los aguajes, enterrar a sus muertos, marcar sus territorios y defenderlos de sus contemporáneos que tenían las mismas necesidades de ellos, nos habla de su cultura.
Periódicamente estas tribus dispersas se reunían con el objeto de intercambiar productos, sellar alianzas y emparentar matrimonios, ya que no se casaban entre los mismos habitantes o familiares, es decir, no practicaban la endogamia. A estas reuniones se les llamaba “mitotes”, y eran eventos de una o dos veces por año.
Coahuila ocupa el 8% del territorio nacional y no son pocos los sitios en los que cuenta con arte rupestre. Esta condición nos coloca en un honroso tercer lugar con más sitios registrados. Sólo están, por arriba de Coahuila, Baja California y Nuevo León, pero Coahuila merece subir al segundo lugar, y seguramente lo hará, cuando se registren todos los sitios por parte del INAH.
En general podemos decir que la gente del desierto supo sacar provecho de los pocos recursos que éste, con mucha dificultad y esfuerzo, proporciona. Fue gente que vivió en un sano equilibrio con su medio ambiente, que nos legó sus artísticos grabados y no pocas pinturas, pero que también dejaron vestigios de otro tipo de arte rupestre poco estudiado por la complejidad del mismo, como es el de los geoglifos.
Más rupestrerías

La pandemia y la falta de un vehículo me han impedido salir con la frecuencia a la que estoy acostumbrado. Han pasado ya seis semanas y no se me ha hecho llegar a nuevos sitios para detallarlos, retratarlos y documentarlos.
Estoy revisando una de las libretas de campo del año 2002 y me permitiré transcribir alguno de los apuntes de una de mis salidas y de mis lecturas acerca del tema que me es apasionante: el gusto por las antiguas manifestaciones gráficas de esta región del sureste de Coahuila, las cuales contienen de todo, desde grabados hasta pinturas, de geoglifos a materiales de piedra ―como son las flechas o los pedernales, las cuentas para adorno, los metates y morteros para la molienda―, hasta las abundantes chimeneas.
Las pinturas rupestres están conformadas por figuras humanas, de fauna, grabados geométricos y abstractos, etcétera.
Ciertos lugares donde se grabó o se pintó no fueron elegidos al azar, sino que los nativos les atribuían algún contenido mítico o especial. Coahuila es la única región de México en la que nunca hubo población agrícola sedentaria, por lo que sus habitantes fueron cazadores–recolectores, mismos que en el siglo XVI fueron denominados “chichimecas”. Al ser sociedades nómadas, no hubo asentamientos permanentes, más bien se trataba de campamentos estacionales al aire libre. La tasa de población debió de ser relativamente baja.
Cabe aclarar que nuestros pueblos fueron acerámicos, no manejaron trastes o útiles de barro, ya que el constante cambio de lugar no permitía la duración de las piezas, pues éstas se hubieran roto.
La excepción a la regla la constituyen dos sitios del estado donde se ha localizado cerámica; se trata de Charcos de Risa y Tres Manantiales, en el municipio de Francisco I. Madero, y Finisterre, en el municipio de San Pedro de las Colonias. Con esas excepciones, el resto de Coahuila fue acerámico.
La cerámica mencionada es de influencia de los indios conchos, de los indios pueblo del sur, de Estados Unidos, y de la cultura chalchihuite.
Cuando uno ve una de las manifestaciones rupestres, trátese de pinturas o grabados, se pregunta por qué en este cerro y no en el que está enfrente, por qué en este panel y no en el que está al lado, o a 100 metros de distancia si hay tantas rocas y tantos abrigos en el semidesierto, por qué eligieron particularmente uno de estos sitios, y eso nos hace pensar que esos lugares fueron sagrados o les atribuyeron ciertas cualidades místicas. Tal es el caso de ciertos paneles solares, con manifestaciones en las que se ve una serie de elementos que tienen relación con el culto al peyote o a otras plantas que les alteraron el estado de conciencia a sus creadores.
Recordemos que el arte rupestre se relaciona con los jefes o chamanes del grupo y que tenían la particularidad de atraer la cacería, la buena recolección y estar pendientes de la salud de la tribu.
Algunos cronistas, como Sahagún, Guillermo Santamaría, etc., describen a estos grupos humanos como grandes conocedores de las plantas, en especial del peyote, y relatan que cuando hacían sus mitotes, o sus rituales nocturnos, lo consumían, y aquí, en el sureste de nuestro estado, es muy abundante. Por ello que tales pinturas o grabados sean producto del consumo de esta planta: el peyote.
Carlos Viramontes sostiene que, cuando se consume peyote, se forman ciertas imágenes mentales; hay visiones y alucinaciones en general, que después se pueden plasmar, en la pintura y en los grabados, en este caso. “Cuando uno consume peyote o un alucinógeno se tiene la capacidad de entrar en trance, en un viaje, y es un viaje porque se tiene la sensación de volar.”
Entre los cazadores–recolectores existía el culto al peyote, a los muertos, a los ancestros y al agua. “La serpiente normalmente, en casi todo el mundo, pero principalmente en las sociedades americanas antiguas, se asocia con el agua.”
De otros elementos, como la tortuga en la pintura rupestre del norte de México, se tenía la creencia que atraían las lluvias, los dones, la fertilidad y los alimentos.
Cerro Bola


Nos congratulamos de ver un libro de arte rupestre escrito por el antropólogo Lorenzo Encinas Garza, originario de Sabinas, Nuevo León, y avecindado en la ciudad de Monterrey.
No es frecuente que aparezcan libros de este apasionante tema y Lorenzo nos obsequia no sólo éste que estamos comentando, acerca de un lugar arqueológico en la frontera de Coahuila y Nuevo León, sino dos más que aparecieron a finales del año pasado, 2020; de ellos hablaremos en posterior ocasión.
De sumo interés es el libro Cerro Bola, pues el lugar así llamado, y que está en los alrededores de Paredón, en el municipio de Ramos Arizpe, Coahuila, es un sitio que aporta mucha información y que nos permite ir conociendo el modo de vida de los cazadores–recolectores que habitaron estos inhóspitos parajes.
El libro cuenta con más de 170 fotos de grabados, paisajes, fauna y personajes citados en el texto. Tiene 158 páginas y un formato cómodo, de 16.5 por 22.5 cm. Se compone de 15 capítulos, portada del autor, tiene fecha de publicación de junio de 2020 y fue impreso en Monterrey, Nuevo León.
En el prólogo del amigo Cristóbal López Carrera, él expresa lo acucioso del autor, y hace alarde de las referencias para apoyar y fundamentar el ensayo sobre estos lugares: Cerro Bola y La Biblioteca, además de dos más anexos a los anteriores.
Al igual que Lorenzo, conozco el lugar y sé de lo valioso de la información que proporciona, por ser un sitio donde se practicaron eventos propiciatorios, tanto de cacería como de la salud. En muchas ocasiones fuimos a este sitio y a otros que hay en los alrededores, como son Ojo Frío y Presa de La Mula, y algunos más que hacen de ésta toda una zona arqueológica que se tendrá que ir estudiando, registrando y documentando, para que ya no se pierda información ni se siga vandalizando cada sitio.
Encinas dedica buena parte del libro al Cerro Bola, donde sobresale el “altar de los cuchillos”, con 43 piezas finamente grabadas y en las que se observa con claridad la división entre lo que sería la herramienta de pedernal y el mango de madera.
Es todo un agasajo observar el enorme tablero de las navajas, un culto a las armas con las que cazaban a las presas y que, seguramente, también servían de instrumento de defensa y de ataque en contra del enemigo que, con probabilidad, envidiaba el sitio, ya que estaba rodeando de arroyos intermitentes y no pocos ojos de agua.
A unos pasos hacia el norte del tablero se aprecian cuentas a base de puntos, astas de venado, dibujos abstractos y antropomorfos varios.
Los mejores cuchillos o navajas enmangadas se localizaron en la cueva mortuoria de La Candelaria, en San Pedro de las Colonias, Coahuila, y las mejores representaciones de esta útil arma se encuentran en la zona de El Pelillal y Presa de la Mula.
El libro Cerro Bola no tiene desperdicio, pues abarca ampliamente desde la ubicación hasta la descripción de los motivos grabados, pero también la vocación del lugar que fue, seguramente, dedicado a prácticas rituales y peticiones para que la caza les fuera propicia. El lenguaje empleado en el texto es de fácil comprensión no sólo para el especialista, sino para el público interesado en el tema, y también vale la pena mencionar que el libro está sustentado en una amplia bibliografía; en este sentido, tiene 52 referencias que van desde Vito Alessio Robles, Aveleyra, Arroyo de Anda, Breen Murray, Mendiola Gal, etc., hasta Flores Ventura, Rodríguez Garza y el doctor Carlos Manuel Valdés.
La publicación tiene un tiraje muy corto, y esperamos que pronto el autor nos lo haga llegar para su venta en Saltillo, para que aquí se pueda disfrutar este texto, el cual lleva de la mano por la geografía del sitio, por sus paisajes y por el pensamiento mágico–religioso de los antiguos pobladores del norte de México.
Lorenzo nos habla de un lugar tan sagrado, que hasta la fecha se siguen practicando rituales en el área, en devoción al espíritu del Niño Fidencio. Felicitamos al autor por rescatar este trazo de la historia de los cazadores–recolectores. ¡Enhorabuena!
Cruces

Con el descubrimiento de este continente, los españoles y portugueses trajeron su religión, la cual después fue impuesta a los nativos de América, los cuales tenían sus propias creencias y adoraciones.
Con los primeros arribos de los ibéricos, llegaron los primeros padres, pertenecientes a diferentes órdenes sacerdotales, siendo algunas de las mismas los franciscanos, agustinos e inclusive los jesuitas, que con la espada y la cruz empezaron su cruzada institucional en contra de los nativos: ¡la evangelización!
“La evangelización en la Nueva España, también llamada por algunos como la ‘Conquista Espiritual’ fue un proceso histórico que implicó mediante la predicación, enseñanza e implantación de la fe católica en los territorios de la Nueva España y la transmisión de la cultura occidental […]” (Wikipedia.)
Esto viene a cuento porque en infinidad de sitios arqueológicos del norte de México los capitanes, los sacerdotes y los tlaxcaltecas que llegaron allá por el año de 1591 y ya venían evangelizados, y junto con los anteriores grabaron la cruz en sitios sagrados de nuestros nativos, por aquello de reprimir sus diabólicas creencias.
De allí que un grabado histórico lo representa precisamente la cruz. El símbolo no es exclusivo de los cristianos, es una marca universal que la podemos encontrar en cualquier parte del mundo, pues basta que se crucen dos rectas y ya tenemos una cruz.
En el catolicismo hay muchas de estas representaciones con diferentes significados, pues podemos encontrar cruces de la pasión, cruces con pedestal, y si éstas son cuatro, se refieren a los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
En el cañón de San José, en El Pelillal, del municipio de Ramos Arizpe, se localiza una enorme roca de varias toneladas y que está llena de símbolos nativos de arte rupestre, y lo que llama mucho la atención es que la gran roca está “rodada”, es decir, que fue de alguna manera girada, y cuando los europeos grabaron o encimaron los grabados de las cruces, está roca ya estaba así. Los grabados de los naturales quedaron de cabeza, pero no así las cruces. La roca está justo en el lecho pedregoso del arroyo San José, y los grabados son muy abundantes y de buena hechura.
Hace aproximadamente un mes, allá por marzo de 2021, estuve en dicho lugar en compañía del doctor y arqueólogo Francisco Patiño, de la ciudad de Monterrey, con el cual he salido a mostrarle sitios emblemáticos del arte rupestre de Coahuila.
Platicando sobre estas cruces, el Dr. Patiño me hizo la observación de que son “patanas”, es decir, con “patas”, también llamadas “patadas” o “cruces pate”, las cuales difieren de otras cruces porque los brazos se estrechan al llegar al centro y se ensanchan en los extremos.
Esta cruz es importante, pues fue la que usaron los caballeros templarios o de la Orden del Templo.
En este caso no tengo la menor duda de que algunas cruces pudieran parecerse a la “cruz patada”, por las que hemos localizado en muchos lugares de Ramos Arizpe, por ejemplo. El tipo de cruces localizadas en estos territorios del norte de México lo conocemos como “cruz colonial”, pues de esas fechas data, y se trata de una cruz con triángulos en los extremos, nada que ver con la cruz del templo. No tengo duda de que algunos sacerdotes europeos tenían conocimiento de esa representación, pero no hay grabados que nos confirmen tal cruz.
Las cruces localizadas en las rocas de Coahuila están relacionadas, podemos afirmar, con la Orden de Cristo, o también con la llamada “portuguesa”.
Mencionaré algunos sitios icónicos donde existen cruces coloniales: cañón de San José, en Ramos Arizpe; en General Cepeda, las cruces de casi dos metros, en la comunidad de La Puerta, y las de otros sitios que se encuentran en el kilómetro 21 de la carretera 57, en El Tajito, y en Santa Cruz, en El Barril, que antes se llamó “Las Iglesias”. También se observan en Narigua, Fraustro, Saucillo, San Felipe, Presa de los Gutiérrez, etc.

Don Memo

Primero don Memo nos mandó por el panteón del ejido, y no dimos con el “apache”. Quizá no entendimos las señas.
Regresamos al rancho y decidimos documentar la loma que corre paralela a las vías del ferrocarril. Los grabados son muy buenos y dan bastante información de la forma de vida de los nativos de esta región. Como está junto a la comunidad ejidal y a la antigua hacienda de Amargos, se abusó de los grabados históricos y no pocos están vandalizados.
¿Pero quién es don Memo? (Guillermo Covarrubias): es un buen hombre que frisa los 77 años. Buena parte de su vida trabajó en Texas, concretamente en Fort Worth, hizo familia allá y uno de sus hijos salió bueno para el futbol americano, Alejandro, quien jugó con los Vaqueros de Dallas, de la NFL, por varias temporadas.
Don Memo se avecindó desde hace muchos años en la comunidad de San Juan de Amargos, junto a las vías de ferrocarril, y en un enorme jardín que rodea su casa tiene árboles frutales donde cosecha guayabas y toronjas pero, sobre todo, naranjas de un sabor exquisito.
Don Memo, a su edad, padece algunos males propios de la vejez, entre otros la diabetes y todo un rosario más, que ahora le impiden treparse a la sierra como antes lo hacía. Ha hecho amistad con buscadores de tesoros, con amantes de la paleontología, con rastreadores de vetas minerales, pero también con gente como Ventura y yo, que amamos la naturaleza y los vestigios de las antiguas culturas del desierto. Él también ha sido guía de fotógrafos, cazadores y demás amantes de la prehistoria.
Don Memo se mueve en una vieja camioneta que gasta mucha gasolina, y el lugar más cercano para cargar combustible se encuentra en la estación de Paredón, poblado que cuenta con tiendas, cantinas, farmacias, pequeños restaurantes y un tianguis en el que, domingo a domingo, lleva sus mercancías para la vendimia. El vendedor de gasolina hace su agosto todo el año, pues la vende más cara que en la ciudad, y con $250.00 pesos no le alcanza a don Memo ni para 10 litros de carburante.
Nuestra llegada es al filo de las 7 a.m., y le tenemos que tocar el claxon para saludarlo, y aprovechando la ocasión nos invita a Paredón a desayunar, ya sea barbacoa o menudo, pues jura que allí lo preparan muy bien. Nosotros por supuesto que le agradecemos el gesto de la amable invitación, pero preferimos que nos dé “nortes” de dónde podemos localizar grabados, pinturas, geoglifos y morteros.
A don Memo se le conoció desde hace algunos años, pues llegó a formar un pequeño museo donde mostraba algunos fósiles, piedras raras, puntas de flecha y una tablilla (arte móvil), pieza que localizó por el rumbo de Paso de Guadalupe. En este sitio, años después, localizamos cinco piezas más, ahora en poder del INAH.
Es bueno mencionar que también en esa localidad el profesor Claudio de León nos indicó un sitio con grabados que no conocíamos. Cuando el ingeniero Ventura y yo fuimos al lugar referido por el profesor de León, nos dimos cuenta que se trataba de grabados incisos.
Al preguntar a don Memo el destino del museo, dice que lo prestó a un profesor y ya no le regresó ninguna pieza. De seguro el tal amigo acabó vendiendo aquellos tesoros.
Amargos es toda una zona arqueológica digna de cuidarse pero, sobre todo, de estudiarse y elaborar ensayos que describan y detallen el estilo de estos vestigios de los más antiguos pobladores del desierto. Esta zona está enmarcada por sitios que van desde la Sierra Pinta, la Sierra del Soldado y la presa de Santa María de las Hediondas.
En Amargos se encuentra la hacienda del mismo nombre, que fue fundada en el siglo XVIII y que, aparte de tener una importante huerta de nogales y de contar con siembra de forrajes, ahora tiene un viñedo y produce vinos tintos.
Lo más grandioso de esta hacienda es que, entre el casco y las construcciones propias de esta unidad económica, hay pequeños promontorios que contienen importantes grabados que, bien estudiados, nos darán mucha información de la forma de vida de nuestros antepasados pues, aparte de los motivos abstractos, se localizan representaciones de flora y fauna. Cuando vayan a la comunidad de Amargo visiten a don Memo.
Andares
coahuilenses

Caminar por el semidesierto es tropezarse con los vestigios de los antiguos pobladores del sureste de Coahuila. En los espacios abiertos del desierto de Mayrán o Viesca, el primer vestigio que podemos observar a simple vista son las chimeneas o fogones donde los nativos preparaban sus alimentos, se calentaban y se alumbraban por las noches invernales, y también les servían para ahuyentar a las fieras o hacer señales de humo. En sus reuniones periódicas el fuego atávico aparecía como testigo para el intercambio de productos, acordar enlaces matrimoniales, en sus fiestas o mitotes y para celebrar ritos funerarios, así como también los triunfos en sus constantes luchas por aguajes, lugares de cacería o territorios.
Precursores
Antes de entrar en el tema, quisiera hacer mención de los iniciadores de la arqueología del desierto. En primer lugar, quiero mencionar a un lagunero distinguido, el ya fallecido doctor Luis Maeda Villalobos, quien publicó en diversos periódicos y revistas, y fue autor de varios libros, fundador de casas de la cultura, museos y publicaciones.
También de San Pedro el queridísimo amigo Manuel Lerma y el grupo de entusiastas exploradores del grupo Irritila, fundadores de un museo y de un parque recreativo, así como también del proyecto de un museo ambulante montado en un autobús; a la fecha no sé en qué quedó tal proyecto, pero era en verdad interesante.
El licenciado Federico Elizondo (†) no fue el descubridor, pero si la persona que gestionó ante las autoridades del municipio, estado y federación para el rescate de la Cueva de la Candelaria, muy estudiada en los años 50 del pasado siglo y de la que han derivado infinidad de notas, ensayos, artículos y libros. El licenciado Elizondo en esas épocas era director de la famosa prepa Venustiano Carranza. Gracias a esa labor se constituyeron el museo de la prepa y el del INAH, y buena parte de los hallazgos se fue para el Museo de la Universidad Autónoma de Durango y para el Museo Nacional de Antropología e Historia.
Otros amigos que han contribuido al conocimiento de nuestros antepasados laguneros son los hermanos Fernández, el señor Dagoberto Pro, Enrique Gómez Dena, Enrique Alfredo Garza (quien nos dio cobijo una ocasión en La Jococa y ya falleció), el doctor Terán Lira (quien ha publicado textos sobre los irritilas) y, por último, el doctor Quiroz. Asimismo, de Torreón, está el grupo de los Gigimes de Lerdo, Durango, y los amigos de la revista Nomádica que han hecho hablar a las piedras con sus localizaciones y sabias interpretaciones.
Merece mención especial el finado doctor J. J. Dávila y su libro Chichimécatl, con sus consejos y relatos de sus incursiones en muchos sitios de Coahuila. Su colección se puede admirar en la ciudad de Monclova, en el Museo El Polvorín.
Otro que a sus 95 años aún escribe, da conferencias y asiste a congresos del tema es el profesor Carlos Cárdenas Villarreal, a quien le fue dedicada el aula 117 de la Benemérita Escuela Normal de Coahuila, para instalar un museo que lleva su nombre y su colección de piezas líticas y fotos de arte rupestre de todo el estado.
De los investigadores recientes mencionaré al ingeniero Alfonso González Contreras y su libro sobre la lítica lagunera, un estudio de las piezas de uso diario de los cazadores–recolectores, libro que clasifica flechas, lanzas, raspadores, metates, morteros, cuentas de collar y hachas.
Otro amigo y compañero, él también ingeniero, es José Guadalupe Flores Ventura, con el que he registrado más de 400 sitios de arte rupestre, en su mayoría de La Laguna y del sureste del estado, y no por último, menos importante, el amigo Ariel Colín Morales, quien ha sido compañero de aventuras y, de vez en cuando, le da por escribir sus observaciones.
Quisiera hacer una mención especial de algunos estadounidenses, como Herb Eling Jr. y otros ya tristemente fallecidos, como la señora Solveig Turpin y Breen Murray.
Por supuesto hay más que no conozco, pero desde esta tribuna les brindo un merecido reconocimiento.
Hablar de arqueología es hablar de petroglifos, pinturas de cuevas, tumbas y lítica; es hablar de la entrada del hombre a este continente y es jugar con fechas de asentamientos en estos lugares.
Recientemente he localizado para la arqueología de México, de Coahuila y del mundo, los llamados “geoglifos”, arte móvil, estelas y minilítica; esto sería nuestro aporte a la arqueología de la región.
Para conocer la vida de los cazadores–recolectores, el investigador echa mano de lo poco que se puede localizar, pero una flecha o una cuenta nos dan información, siempre y cuando la estudiamos en el sitio, pues el entorno aporta grandes conocimientos.
El petroglifo nos da información, por ejemplo, de la fauna o de la flora útil para la subsistencia, el grabado otorga conocimientos referentes a la geología, pues no hay en buena parte del estado las rocas apropiadas, es decir: entre más se camina hacia el Norte se acaban los grabados, no el arte rupestre, porque es abundante la pintura, y en el sur y sureste de la entidad están las zonas donde el petroglifo predomina, y algo de pintura.
Para el estudio de estas expresiones, las podemos dividir en naturalistas y abstractas que, a su vez, tienen otras subdivisiones; entre los grabados naturalistas hay antropomorfos, zoomorfos, fitomorfos, de herramientas, etc., y entre los abstractos detectamos geométricos, cómputos, líneas, círculos, espirales, entre otros. Todos estos símbolos nos hablan de mensajes tanto a los dioses como a los miembros de las tribus propias y ajenas.
Hemos podido identificar figuras aparentemente abstractas como símbolos de territorialidad, el “hongo”, las líneas onduladas paralelas y el llamado “ratón Miguelito”, el cual sabemos que es la representación rupestre del borrego cimarrón.
Otra figura observada en muchos sitios es la “cruz enmarcada” que, según el ingeniero Ortiz Zárate, tiene que ver con el planeta Venus o la estrella de la mañana o Quetzalcóatl. Hay, también, una serie de puntos que los investigadores relacionan con conteos numéricos y movimientos astrales y estacionales. Un número multirrepresentado es el 28, que coincide con los días del movimiento de la Luna y los de la fertilidad de las mujeres.
Herramientas
En algunas localidades se aprecian grabados que representan herramientas conocidas, como, por ejemplo, navajas enmangadas, cuchillos de mano, flechas o proyectiles, lanzas y el átlatl, utilizado para arrojar azagayas o lanzas, y que constaba de gancho, contrapeso y maneral o agarradera. Apuntamos que cayó en desuso cuando apareció el arco y la flecha, arma complicada pero muy efectiva (creada aproximadamente en el año 500 de nuestra era), así como la lanza, que es una herramienta de las más antiguas.
Arte móvil
La gráfica no sólo es fija. Descubrimos hace años arte móvil con tradición rupestre, se trata de pequeñas piedras generalmente de arenisca en las cuales los nativos, mediante delicados grabados incisos, nos dejaron este raro arte móvil, pues se podía transportar sin peligro de romperse. Su uso es desconocido, e intuimos que servía como amuleto, como ofrenda o como algún juego. El Museo del Desierto tiene 15 piezas así, y el Coahuila y Texas, 10.
Algunas de las piezas que he descubierto en mis recorridos por el desierto durante varios años, ahora las conserva el Museo de Torreón, pues la arqueóloga Leticia González las ha estado estudiando, pero los estadounidenses Solveig Turpin (†) y Herb Eling Jr. han publicado tres artículos sobre nuestras piezas (Pelillal Collection).
Uno de los motivos reconocibles es el de la mariposa, que está relacionado con la guerra y la fertilidad; 60 de las 140 piezas muestran este motivo.
Incisos
Al doctor Maeda (†) y al Doctor en Arqueología, Luis Aveleyra Arroyo de Anda (†), les llamaron mucho la atención unos grabados localizados por Maeda en El Cadillal, municipio de Parras, y escribió acerca de su importancia pues, en su opinión, manifestó que “no hay otros similares en México o en el mundo”. Desconozco si tuvo la oportunidad de visitar los sitios de El Sol y El Buey, así como otros tres en Ramos Arizpe, que contienen el mismo estilo.
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