Read the book: «Honorables»

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© LOM ediciones Primera edición, marzo 2020 Impreso en 1000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1248-7 eISBN:9789560012821 RPI: 2020-a-511 Imagen de portada: Emiliana Rojas Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2 860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

MARZO

Miércoles 11 de Marzo de 2015

Tabla sesión de sala

Valparaíso 10:30 a 14:00

1  Inmediatamente después de la cuenta se votará la renuncia de los miembros de la Mesa de la Corporación, y posteriormente se procederá a la elección de los cargos de la nueva Mesa.

2  Proyecto que modifica disposiciones aplicables a los funcionarios municipales y entrega nuevas competencias a la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo. Boletín 10057.

3  3. Proyecto que modifica el Código Penal para tipificar el delito de acoso sexual en espacios públicos. Boletines 7606 y 9936.

4  Proyecto que modifica la ley General de Urbanismo y Construcciones, para extender la vigencia del certificado de informaciones previas que emite la Dirección de Obras Municipales. Boletín 10395.

5  Proyecto que aprueba el acuerdo entre Chile y Bahamas sobre exención del requisito de Visa para titulares de pasaportes diplomáticos y oficiales, suscrito en Nassau, el 20 de abril de 2015. Boletín 10218.

1. Los diplomas no sirven de nada
Javiera Koch

–¡Se necesitan 60 votos más uno para sacarme de aquí y no los tienes! Tú, en cambio, ni siquiera vas a ser reelecto. ¿Crees que no sé que estás mal evaluado? Lo comentan tus propios colegas.… Así es que tengo la impresión de que el que va a seguir acá en tres años más soy yo y no tú. Por lo tanto, me parece que seguir hablando contigo es una pérdida de tiempo.

La puerta de la oficina de Augusto Catalán, Secretario General de la Cámara de Diputados, estaba entreabierta. Todos los que estábamos sentados afuera podíamos escuchar la discusión en su interior.

–¿Qué te has creído? ¡Tú eres un funcionario acá y estás para servir a los diputados…! Voy a hablar esto con mi jefe de bancada. Esto no va a quedar así.

–¿Ah sí? Mándale mis saludos a Carlos. ¿O vas a hablar con Javier? Porque me dijeron que él asume este año… Da lo mismo; seguro que no tienes ni idea de las negociaciones en tu propia bancada. ¿Sabes? Ahora no tengo tiempo: si tienes algo más que hablar conmigo, puedes pedir hora con mi secretaria. Tengo que ir a ver al futuro Presidente y explicarle la ceremonia de cambio de Mesa: algo que nunca tendré que aclararte a ti, por cierto. ¡Ah! No sé si te enteraste, pero al final se confirmó que el futuro Presidente es tu correligionario, Ignacio Cruz.

Miré a mi alrededor: la secretaria no había movido la vista de la pantalla del computador. Inmutable. Al frente suyo, detrás de un escritorio más pequeño, el asistente, un hombre gordo y de tez morena, vestido con un apretado terno oscuro, hojeaba una revista. Impávido. A nadie parecía llamarle la atención el altercado en la oficina de la máxima autoridad administrativa de la Corporación. Aparenté no escuchar. Al parecer era lo apropiado.

El diputado salió murmurando garabatos. No lo reconocí, ni de la prensa ni de las ciento veinte fotos de la sección «Diputados» de www.camara.cl que había revisado reiteradamente las últimas semanas, y donde me percaté de que gran parte de los parlamentarios son desconocidos para la mayoría de los ciudadanos comunes y corrientes. Como lo era yo, hasta hace once días.

Augusto Catalán salió de su oficina con el ceño fruncido. Tenía la piel rosada y el pelo castaño oscuro, opaco y ralo, como pelo teñido. Bajo, más bien gordo, vestía un terno azul marino, corbata roja y camisa blanca, que le apretaba en la zona del abdomen. Se detuvo frente a la secretaria y le dijo:

–Vamos a ver si esta ceremonia sale mejor que el año pasado…¿Llegó el Presidente Céspedes?

Se dio vuelta y me vio.

–Tú debes ser la nueva Directora de Comunicaciones… No me vienes a ver a mí, ¿verdad?

–No, vengo a buscar la copia de un papel que envió Contraloría y que usted tenía que firmar –respondí mientras me ponía de pie, rápida.

Miró a su secretaria. Ella le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. No intercambiaron palabra.

–Está listo –me dijo–. Me hubiera encantado conversar contigo, ¿Javiera…?

Asentí con la cabeza.

–Sí… Javiera, pero ahora estoy muy ocupado con los últimos detalles de la ceremonia de instalación de la nueva Mesa. ¿Tú tienes alguna duda con eso?

–No… –respondí.

–Muy bien. Le dije a Bernardo San Martín que te explicara todo. Él lleva veinticuatro años acá, así es que debería saber. Es un poco lento, pero conoce la Cámara y sus procedimientos. Pide una cita con Carmen para que conversemos. Mejor para la próxima semana, porque ésta ya prácticamente terminó. Marzo es siempre así. Acá cada mes tiene su afán, pero en general todo es tranquilo. Si sigues el ritmo de la Corporación, no habrá problemas. Ya te vas a acostumbrar.

–Me imagino… Pediré la cita. También el Prosecretario me ha orientado –agregué.

Se detuvo.

–Es mejor que lo veas con Bernardo –dijo.

Me pareció amable. Correcto. Muy distinto al personaje que hace momentos le gritaba al diputado. Y a la descripción que de él me habían hecho de un par de amigos periodistas.

–Acá está la copia de la resolución enviada a Contraloría –me dijo Carmen, mientras me entregaba una carpeta blanca con el logo de la Cámara de Diputados–. Tiene el timbre de la Cámara y la firma del Secretario General.

Le agradecí y me preocupé de sonreír. Ella no. Tomé la carpeta, revisé el documento y salí de la Secretaría General. Ya en el pasillo del cuarto piso me acerqué a la baranda, desde donde se veía el gran hall «El Pensador», en el primer nivel, llamado así por la estatua de bronce que tiene al centro. Ahí estaban los trípodes con las cámaras de televisión, alrededor de los cuales conversaban camarógrafos, fotógrafos y periodistas. Hombres de terno oscuro y corbata cruzaban apurados de un lado a otro del hall. Las altas paredes de mármol generaban una acústica que permitía escuchar varias conversaciones, aunque estuvieran tres pisos más abajo.

–Dicen que el Canal 13 va a despedir a más de cincuenta personas, productores y periodistas –comentaba un camarógrafo.

–Pero si ahora nos mandan la pregunta por interno, grabamos la respuesta y hacen los despachos sin periodistas –respondía otro.

Por el pasillo del cuarto piso, sobre la alfombra roja, circulaba mucha gente, casi todos hombres. Apurados y serios. De terno. En este nivel se ubicaba la Presidencia, la Primera y Segunda Vicepresidencias, la Secretaría General y la Prosecretaría. Es decir, las oficinas de las máximas autoridades y personas con más poder de la Cámara de Diputados. Al menos eso creía yo en ese entonces. Después entendí que el poder lo pueden ejercer, de manera regular e irregular, las personas más variadas.

Carmen, la secretaria de Augusto Catalán, se acercó y se ubicó a mi costado derecho, afirmándose también en la baranda. Miró hacia abajo y me preguntó si había estado antes en una ceremonia de cambio de Mesa.

–No, nunca –respondí–. ¿Y usted?

–Llevo en la Cámara más de veinte años, así es que ya perdí la cuenta. Hace como tres años dejé de ir. Me aburrí. Pero, son bonitas. Solemnes. Le van a gustar; al principio al menos.

–¿Y se puede entrar al hemiciclo?

–Solo los funcionarios que han prestado juramento. Pero casi nadie entra, porque al Secretario no le gusta.

–¿Ni la Directora de Comunicaciones puede entrar? –insistí.

–Solo después de que preste juramento. Son las normas de la Corpo-ración. Pero puede subir a la tribuna y ver la ceremonia desde ahí.

Sonrió, se dio la vuelta y entró a su oficina.

Bajé por las escaleras. En el segundo piso me topé con una ex colega de la Radio Escucha, donde trabajé hace muchos años. Milena Bustamante. Me saludó de manera muy efusiva, demasiado me pareció. Desde el año pasado era corresponsal del Congreso para La Primera. Y se había hecho notar. Me preguntó qué hacía ahí.

–Acabo de asumir como Directora de Comunicaciones de la Cámara.

–¿En serio? ¿Tan buenos contactos tienes? –rió.

–No, para nada. Fue un largo proceso de selección, a cargo de una empresa. Y gané.

Había repetido la misma frase muchas veces en los últimos días. Y siempre sentía la misma satisfacción.

–Te felicito. En todo caso, ya pareces toda una Directora –dijo riendo–. Te va a tocar tremenda pega, y difícil… los diputados son de temer.

Seguía igual: cabellera larga y desordenada, ropa apretada que resaltaba sus atributos físicos. Había que reconocer que los tenía.

–Confío en que los diputados tienen claro que necesitan mejorar su imagen pública, y que para eso hay que hacer cambios –respondí.

Me miró sonriendo, sin decir nada.

–Tomémonos un café alguna vez –agregué–. Y ven a verme si necesitas algo. Estoy en el primer piso, en la Dirección de Comunicaciones.

–Pregunto por ti?

–Claro, todos me conocen… soy la jefa. La nueva jefa.

¿Qué quiso decir con que parecía «toda una directora»? ¿Que parecía una señora? Tenía razón. Eso mismo pensé esta mañana cuando me miré al espejo. Y dudé de nuevo.

Dudé desde el principio, cuando me invitaron a postular «para dirigir las comunicaciones en una importante institución del Estado» hace cinco meses. Los horarios, marcar tarjeta, sentarse todos los días en el mismo escritorio, con la misma gente, nunca había sido lo mío. Menos en una institución pública, con su formalidad y cultura funcionaria. Pero me hablaron de los desafíos del cargo, del prestigio, de la importancia de una institución como la Cámara de Diputados. Y me dijeron que podía hacer un aporte. ¿Y quién se resiste a un cargo importante? ¿O al reconocimiento?

Y, claro, estaban los beneficios. Muchos. Un sueldo de seis millones de pesos. Más dos sueldos extras al año. Podría ahorrar, terminar de pagar el departamento, comprarme todo lo que quisiera, viajar. Lo que hace la gente exitosa. Mis padres estarían contentos. Y mi hermana, envidiosa, porque dejaría de ser la única a la que le iba bien, la hija modelo. Había incentivos adicionales: un mes de vacaciones, días administrativos, viajes, seguro de salud, capacitaciones, aguinaldos, tarjetas de compra, almuerzos y cenas gratis, consultorio, gimnasio y hasta peluquería. Ser consultora estaba bien, pero era inestable. A veces había mucho trabajo; otras no. Y últimamente, me había sorprendido pensando en las bondades de la estabilidad laboral. De la seguridad. De vivir tranquila. Supongo que tenía que ver con pasar la barrera de los 40 y darme cuenta de que no tenía lo que la mayoría de las mujeres de mi edad: marido, hijos, departamento y contrato indefinido. Como mi hermana. Este cargo era la oportunidad de ordenarme y proyectarme. No era la forma de vida que había predicado en mis 20 años de vida profesional, pero todos tenemos derecho a cambiar. Así es que decidí que me interesaba.

Durante dos meses leí cuidadosamente www.cámara.cl. Cosas como: «La Cámara de Diputados de Chile es una de las dos ramas que integran el Congreso Nacional. Su función esencial es participar en la elaboración de las leyes junto al Senado y el Presidente de la República. Tiene como funciones fiscalizar los actos del gobierno e iniciar las acusaciones constitucionales contra el Presidente de la República, los Ministros de Estado, Ministros de Tribunales Superiores de Justicia…», etc.

No era precisamente emocionante. Pero me iba a acostumbrar. A los temas, las formalidades, los procedimientos. Concesiones menores comparadas con esta gran oportunidad: ser jefa de más de cincuenta personas, administrar un presupuesto de más de mil millones de pesos y, quizás, lograr hacer la diferencia. Era una buena opción. Así es que podía soportar parecer una señora.

Bernardo San Martín, Jefe de Relaciones Públicas, me esperaba fuera de mi oficina. Augusto Catalán le había encargado introducirme en materias de la Cámara, mostrarme las dependencias de la Dirección, presentarme a los equipos y explicarme los procedimientos más importantes. En eso habíamos estado la última semana. Me sorprendía su entusiasmo, porque, según supe, también había postulado al cargo de Director. Me parecía incómodo y algo cruel que tuviera que ayudar a la instalación de quien le había ganado el puesto. Pero a él parecía no importarle.

Bernardo era mayor que yo, alrededor de cincuenta y cinco, pero se veía más viejo, seguramente por la vestimenta. Delgado, alto, de ojos azules, piel blanca y pelo colorín. Se podría decir que era bastante atractivo. Vestía un traje gris, camisa rosada y corbata roja, con un broche de oro que tocaba de manera reiterativa. Me pregunté si mi falda y chaqueta se verían igualmente elegantes. Seguramente no. Lo invité a pasar. En la puerta leí una vez más el cartel que decía: «Director de Comunicaciones». Apenas llegué había pedido que lo cambiaran por uno que dijera «Directora», pero no lo habían hecho.

Mi oficina no era ni grande ni pequeña. Tenía amplios ventanales que daban a los patios del Congreso, con gruesas cortinas de terciopelo beige amarradas con cordones dorados a cada costado. En el centro había un escritorio antiguo, demasiado grande, de madera oscura y cajones con manillas de bronce, tras el cual asomaba una moderna silla negra. Sobre el escritorio, un computador, una agenda institucional de cuero del tamaño de un cuaderno, un taco de madera con el calendario del año, un portalápices y un cuchillo de metal para abrir sobres. En una esquina, un arrimo antiguo con una pantalla de televisión de 46 pulgadas. Una oficina ni tradicional ni moderna, poco funcional y de mal gusto.

–Voy a cumplir veinticuatro años en la Corporación –dijo Bernardo, mientras Joana, mi secretaria, servía dos tazas de café– y me va a creer, Directora, que aún hay temas de procedimientos legislativos que no entiendo.

Me trataba de «Directora» y de «usted», como todos.

–Supongo que no es fácil memorizar tanto detalle… –contesté–. Nunca pude entender que alguien quisiera dedicarse a las leyes…, tanto artículo... y tanta formalidad.

Me miró fijo sin hacer ningún gesto.

–Pero los abogados son los profesionales más importantes de la Corporación –dijo–. Partiendo por el Secretario. Son el escalafón con los mejores sueldos y mayores beneficios. Como quien dice, son reyes y señores en la Cámara.

–¿Y por qué decidiste venir a trabajar acá?

–Se detuvo un segundo y luego dijo:

Bueno Directora, había llegado de España hace un año y me puse a trabajar en las elecciones presidenciales y parlamentarias. Fue una época intensa: ganamos la democracia, se reabría el Congreso y me pareció un desafío hermoso trabajar en la reconstrucción de esta institución que había estado cerrada por diecisiete años. Así es que cuando se abrieron las postulaciones para el cargo, me presenté.

–Muy inspirado, por lo que escucho.

–Así es…

–Y después de tantos años, cuando ya el Congreso funciona normalmente, te sientes orgulloso, me imagino.

Tomó un sorbo de su café y miró hacia el pasillo.

–Claro… sin duda. Aunque todo es siempre muy distinto a lo que uno se imagina… sobre todo en política.

–Y en todo este tiempo que ha cambiado el país, la Cámara y la Dirección de Comunicaciones, me imagino que también ha cambiado tu rol como Jefe de Relaciones Públicas, ¿no?

–La verdad es que no mucho –respondió.

Guardamos silencio. Me habían comentado que Bernardo tenía problemas dentro de Comunicaciones. Que era el funcionario de mayor rango en la Dirección, con el mejor sueldo, pero que nadie sabía exactamente cuál era su trabajo.

–Pero usted viene del mundo de las asesorías, Directora. Debe ser interesante… –dijo finalmente.

–Siempre es interesante trabajar con personas y temas distintos, pero creo que acá puede ser similar: muchos temas y muchos diputados.

–En realidad no creo que sea nada parecido. Los diputados son muy especiales.

–Eso dicen. ¿Es tan así?

–Supongo que viven estresados y necesitan que uno los ayude a solucionar sus cosas, pero nunca piensan que ellos son ciento veinte y que es imposible atenderlos a todos a la vez.

–¿Y eso quieren?

–A veces se juntan los requerimientos.

–¿Y ustedes les explican que no se puede?

–No. Corremos para darles en el gusto, lo que a veces es un poco estresante. Pero lo que nadie hace, Directora, es decirle que no a un diputado. Porque eso puede llegar a complicarle la vida. No se lo recomiendo.

Lo quedé mirando.

–¿Lo dices por experiencia propia?

–Digamos que en veinticuatro años me ha tocado sufrir a un par de honorables.

–¿Y qué dicen los jefes al respecto?

–¿A qué jefes se refiere…?

–No sé, el Secretario General. ¿No es él nuestro jefe?

–Claro. El Secretario es el jefe superior del servicio y la máxima autoridad administrativa de la Cámara. El jefe de todos nosotros. Pero el Presidente es la máxima autoridad de la Corporación. Por tanto nuestro jefe.

–¿O sea también es el jefe de Catalán?

–Sí y no…

–¿Sí o no? ¿No está el Presidente por sobre el Secretario General?

–Sí, pero solo por un año… El próximo año viene otro Presidente.

–Pero entonces ese Presidente será la máxima autoridad de la Cámara y estará por sobre Catalán… o no?

–Sí, pero será otra persona. De otro partido. Y quizás no tendrá las mismas prioridades que el actual…

–¿Y eso cambiará las prioridades de todos? ¿De Comunicaciones, por ejemplo?

–Sí y no.

–No te entiendo.

–Es que puede tener prioridades distintas, eso digo.

–Pero me imagino que hay prioridades que son institucionales. Esas no dependen del nombre que asuma la Presidencia, ¿no?

–Tiene que conocer a los diputados, Directora. Son muy especiales. Y cuando asumen como presidentes, se ponen aún más especiales. Hemos tenido varios ejemplos de eso…

Joana apareció en la puerta. Se veía alarmada.

–Viene entrando el diputado Dalmazzo. La busca a usted, Directora… –alcanzó a decir.

Lo vi entrar. No lo conocía personalmente, pero ubicaba de nombre a Dalmazzo, diputado de la Democracia Cristiana, conocido por sus polémicas declaraciones a la prensa. Me puse de pie para recibirlo. También Bernardo.

–Diputado, qué gusto tenerlo por acá...

–¡Ah! Usted es la nueva jefa de las Comunicaciones –dijo sin mirarme–. Quería conocerla. Me dicen que la eligieron por sus antecedentes profesionales.

–Entiendo que sí, diputado…

–Bueno, yo vengo a darle un consejo; en el fondo, a hacerle un favor, porque usted es nueva acá, y porque me dicen que tiene la idea de hacer muchos cambios en Comunicaciones.

–Esa es la idea, diputado.

–Escúcheme: acá llega mucha gente que cree que sabe mucho, que trae postítulos, doctorados y una montonera de esos diplomas que acá no sirven de nada. ¿Sabe por qué? Porque en la Cámara los únicos que sabemos algo somos nosotros, los diputados… ¿me entiende? Así es que no se las dé de inteligente ni innovadora ni nada. Usted se limita a hacer lo que le decimos los diputados y no va a tener problemas. Y no se ponga a hurguetear tampoco. No es necesario.

Sentí un aire caliente subiendo por las mejillas. Bernardo miraba la escena sin mover un músculo.

–Disculpe, diputado, no entiendo por qué me está diciendo esto. Estoy segura de que usted todavía no sabe lo que voy a proponer, lo que voy a presentar la próxima…

–Es que no me está escuchando –interrumpió–. Le estoy diciendo que usted no está acá para proponer nada. Usted está acá para hacer lo que le digamos los diputados. Así es que no ande pensando en lo que va a cambiar. Tómelo como un consejo. Si no lo entiende le va a ir mal. Hasta luego.

Se dio media vuelta y salió de mi oficina. Yo me quedé mirando el umbral de la puerta. No sabía si sentarme o seguir de pie. Afuera, los periodistas de mi equipo seguían trabajando como si nada hubiera pasado. Como si nadie hubiera escuchado nada. Igual que hace unos momentos, afuera de la oficina del Secretario General. Me sentí avergonzada, aunque no supe por qué. Pasó un rato, no sé cuanto, y apareció Joana para ofrecerme otro café.

–Creo que Bernardo también necesita uno –respondí.

Me senté sin saber qué acababa de ocurrir.

Bernardo seguía mirando hacia afuera. También parecía avergonzado.

Se sentó frente a mí, tomó aire y me dijo en voz baja:

–Usted debe tener muy claro, Directora, que acá todo se sabe, de inmediato… y todos saben que todo se sabe de inmediato.

Me miró unos segundos, como viendo el efecto de sus palabras.

–El diputado Dalmazzo también lo sabe –continuó–. Y, en el fondo, para él lo más importante de esta conversación con usted, es que toda la Cámara sepa que la tuvo. Y lo que dijo. Y, también, que usted no le respondió nada.

Calló unos instantes y luego agregó:

–Pero olvídese de eso, Directora. Vamos a ver el cambio de Mesa.

2. El podio: un lugar definitivo e implacable
Ignacio Cruz

–Les ruego a los señores y señoras diputadas que tomen asiento. De conformidad a lo dispuesto en el artículo 49 del Reglamento de la Corporación, corresponde la elección de los miembros de la Mesa, de manera secreta y en un solo acto. Para tal efecto, el señor Secretario procederá a llamar a las señoras diputadas y señores diputados para que emitan su voto mediante la cédula respectiva.

El diputado Oscar Céspedes, Presidente en ejercicio de la Cámara, leía un tarjetón y trataba de poner orden en la sala de sesiones. Muchos conversaban de pie sin prestar atención a la ceremonia. El diputado Ignacio Cruz miraba la escena. Estaba nervioso, pero no se notaba: sonreía.

Los diputados se fueron sentando y Augusto Catalán comenzó a llamarlos en voz alta y por orden alfabético:

–¡Señor Abarca…!

–¡Señora Aguilar…!

–¡Señor Amenábar…!

El diputado Ignacio Cruz miraba atento cómo cada uno se paraba de su asiento y caminaba hacia la mesa en el centro del hemiciclo.

–¡Señor Jiménez…!

–¡Señora Miranda…!

Todos dejaban el papel con su voto para la presidencia y vicepresidencias en el recipiente de plata sobre la mesita al centro del hemiciclo. Cruz observaba cada detalle. Llegar acá le había costado mucho trabajo. Y un par de amigos. Pero no había dudado ni un momento: sería Presidente de la Cámara. Sentía un vértigo interior ahora que todo estaba sucediendo. Calculó que cada diputado se demoraba en promedio alrededor de quince segundos en votar. Los antiguos, con más rodaje, tardaban diez. Los más nuevos, que aún lo consideraban un acto simbólico, se tomaban más tiempo: mostraban el papel antes de dejarlo y saludaban al funcionario que custodiaba la mesita y a la galería. La votación de los ciento veinte tomaría alrededor de media hora. Paciencia, pensó Cruz. No era nada comparado con el tiempo que había esperado para vivir este momento. Ser Presidente de la Cámara de Diputados marcaba una inflexión en su carrera política. Se transformaría en la cuarta autoridad del Estado, un actor político nacional, con llegada directa al Gobierno, al Presidente de la República, incluso. Las leyes de este periodo llevarían su firma y él incidiría en qué proyectos se discutirían y con qué prioridad. Y accedería a las asignaciones extras, que le permitirían contratar a profesionales y asesorías, algo fundamental para crecer y estar en condiciones de ser senador. Porque de eso se trataba todo esto: de su futuro.

Anoche había estado despierto hasta tarde contando los votos que necesitaba. Había repasado cada uno de los nombres que lo apoyaban y evaluó cuáles podrían, a pesar de todo, cambiar de parecer a última hora. Era posible. Él mismo lo había hecho muchas veces, aun después de haber dado su palabra. Era parte del juego. Los volvió a llamar a todos. Cuidadoso y metódico. Había dado confianza, seguridad y se había comprometido con muchas solicitudes.

No había sido fácil. Sobre todo porque el nombre propuesto originalmente por su colectividad –el Partido Por la Democracia– para presidir la Corporación este año no era el suyo, sino el del diputado Paredes, uno de los más votados a nivel nacional en las últimas elecciones. Pero Cruz se le atravesó en el camino. Contra la opinión del propio Paredes, de la directiva del PPD, e incluso de su círculo más cercano, desafió todas las probabilidades de éxito, con el apoyo casi exclusivo de su equipo, encabezado por Francisca, su fiel y eficiente secretaria, posterior asistente y futura jefa de gabinete. La vida política le había enseñado a ser solitario y desconfiado. No creía tener amigos, y si los tuvo, los había perdido. No pensaba en eso. Eran costos que había que pagar. Había mucha envidia, sobre todo cuando alguien tenía potencial. Como él. Por eso había aprendido a desconfiar de casi todos, exceptuando a su mujer y Francisca.

Dentro de breves momentos, el Secretario General lo proclamaría Presidente de la Cámara, un cargo que se merecía y que, además, desempeñaría con honores, como lo había hecho en todas las responsabilidades que había asumido: la presidencia del centro de alumnos de la Facultad de Derecho, de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, de la Juventud del PPD y como diputado. Esta Presidencia brillaría con temas nuevos y ciudadanos y sería su trampolín para el Senado. Y luego, quien sabe, hasta podría llegar a ser candidato a la Presidencia de la República. Todo era posible si uno se abría camino. Como él lo estaba haciendo.

En la testera, el diputado Céspedes, los vicepresidentes Hernández y Urrutia, el Secretario General y el Prosecretario esperaban el fin de la votación. Abajo, en la testera más pequeña, los ministros de Trabajo, Salud, Minería, Transporte, Mujer y Secretaría General de la Presidencia observaban atentos. Cruz sabía que no eran de los ministros más importantes –como Interior, Hacienda, Relaciones Exteriores–, pero era un buen número y eso valía. También a ellos tuvo que reconfirmarlos uno a uno anoche. Y también se hicieron de rogar hasta el final, exigiendo cada uno algo a cambio. Pero valió la pena. Tener seis ministros en la sala indicaba un respaldo del Gobierno a su presidencia. Y significaba muchos proyectos de ley, mucha presencia pública, muchas posibilidades.

–¡Señor Cruz de la Fuente, don Ignacio…!

Su turno de votar. El Secretario General pronunció su nombre con especial énfasis. Se escucharon aplausos cerrados. Sonrió a sus colegas y bajó al hemiciclo. Se demoró. Estrechó la mano del funcionario antes de dejar su papeleta. Saludó a la galería. Vio a Isabel, su mujer, y a su hijo haciéndole señas entre la gente. Los ministros aplaudían de pie. «Estoy listo», pensó.

–¿Hay algunos señores diputados o diputadas que no hayan emitido su voto? –preguntó Catalán cuando todos hubieron pasado adelante.

Hizo un gesto para que le pasaran el recipiente con las papeletas y comenzó a sacarlas una por una, secundado por una abogada. Cinco minutos después, leyó:

–Han votado 99 diputadas y diputados, y el resultado es el siguiente: para Segundo Vicepresidente: diputado Álvarez: 58 votos. Para Primer Vicepresidente: diputada Valdebenito, 68 votos, Y para Presidente de la Cámara, don Ignacio Cruz, 63 votos.

Cruz sonrió. Todos cumplieron. Se puso de pie entre aplausos, saludó y recibió las felicitaciones, abrazos, apretones de mano y bromas de sus colegas. Desde las tribunas se escucharon vítores y gritos. Estaba sucediendo.

Avanzó hacia la testera, con el discurso apretado en su mano derecha. Lo había modificado hasta las tres de la mañana. Quería que fuera un mensaje potente, que marcara un nuevo estilo, ciudadano, progresista, cercano. Como tenía que ser su presidencia. Como quería proyectarse. Un político llamado a hacer grandes cosas.

Era importante marcar la diferencia porque el ambiente estaba complejo. Denuncias de financiamiento irregular, de privilegios, de colusión entre políticos y empresas, de aprobación de leyes de manera poco transparente. Los periodistas buscando cualquier cosa que significara un titular. La aprobación del Congreso bajaba en cada nueva encuesta pública y el prestigio de los políticos caía en picada. Muchos diputados tenían tejado de vidrio y estaban nerviosos, porque nadie sabía bien qué estaba permitido y qué no. Ya no bastaba con haberse ceñido a la ley, o a lo que la ley no prohibía, porque –como le había dicho Francisca– ahora las cosas tenían no solo que ser legales sino también éticamente correctas. Cruz no estaba cien por ciento seguro de pasar esa prueba pero lo intentaría. Enfrentaría cualquier cuestionamiento y, si era necesario, haría un mea culpa público. Él iba a enarbolar las banderas de probidad y la transparencia. No se trataba solo de sacar cuentas políticas –que ya las había sacado–, sino también de defender principios. Y, aunque a muchos no les gustara, era lo que la gente quería. Tenía un año y lo iba a aprovechar al máximo. Su presidencia lo consolidaría como político.

Subió a la testera y tomó el asiento del centro. Miró hacia la tribuna y vio a Francisca. Estaba de pie y con la vista fija en él. Orgullosa. Lo habían logrado juntos. Pensó en todo lo que le había costado llegar ahí. En todos los que habían tratado de impedirlo. Y en qué dirían ahora, cuando apareciera en todos los medios como el nuevo Presidente de la Cámara. Cuarta autoridad del Estado.

Sonrió. Esperó que se hiciera el silencio. Y comenzó a leer.

–Señoras y señores diputados, señoras y señores ministros de Estado, autoridades presentes, queridos familiares, amigas y amigos. El podio es un lugar único, definitivo, implacable. Una vez que uno se instala acá, miles de miradas se fijan en ti y esperan lo que viene. Y uno aquí solo…

3. Reality con nuevos capítulos a diario
Fernando Müller

–(…) El podio es un lugar único, definitivo, implacable. Una vez que uno se instala acá, miles de miradas se fijan en ti y esperan lo que viene. Y uno aquí solo…

El diputado Müller bostezó. Y no le importó que se notara. Estaba aburrido. Antes de entrar a la sala ya estaba aburrido. De hecho, cuando despertó esa mañana estaba aburrido. Una vez más la misma cantinela. Veinticinco años en la Cámara de Diputados. Un exceso. Y una injusticia. Porque hace más de diez que debería haber pasado al Senado, como ya lo habían hecho varios. Muchos que llegaron después que él. A la Cámara y a la política. Eso lo tenía disconforme. Y no estaba acostumbrado. Sus logros siempre habían sido el resultado natural de un camino que había seguido con la rigurosidad y disciplina que se esperaba de él. Era lo que tenía que suceder. Así fue en el colegio, en su trayectoria política y cuando se postuló a diputado. Así fue cuando se casó con Magdalena. Lo que tenía que suceder. Cuando eso no pasó con su senaduría, se dio cuenta de que las cosas estaban cambiando.

A sus 64 años, llevaba más de cuarenta en la política. Fue presidente del centro de alumnos de la Universidad de Concepción después del golpe militar. El 77 participó en el acto del Cerro Chacarillas, encabezado por el presidente Pinochet, que después lo nombró alcalde de Talcahuano. Cuando lo invitaron a integrar el Comando del Sí, a principios de 1988, se mudó a Santiago y desde que el Congreso se reabrió, en 1990, era diputado por el distrito N° 25, de La Granja, Macul, San Joaquín. Además, desde 2012 hasta la fecha era presidente de su partido, la Unión Demócrata Independiente. Así que nadie podía cuestionar su trayectoria.

Pero algunos lo hacían. En los últimos años las cosas estaban cambiando demasiado rápido y de manera muy profunda. Los principios básicos ya no estaban tan claros, sobre todo no para la juventud, incluyendo la de su partido. Había quienes estaban a favor del divorcio, del matrimonio entre homosexuales y que incluso no se negaban a discutir el aborto. ¿En qué momento el país se alejó tanto de los valores fundamentales? ¿Qué pasó con el orden moral, la familia, base de nuestra convivencia? ¿Y en qué momento perdió importancia la opinión de los dirigentes con más experiencia, como él? En las reuniones de bancada, los diputados jóvenes se ponían incómodos cuando él tomaba la palabra. Discrepaban con él, pero no abiertamente. Se juntaban entre ellos, después, y acordaban posturas distintas, escondidos, como un partido dentro del partido. Eran ambiciosos y calculadores y, aunque Müller no creía que ellos, los viejos, necesitaran consideración especial, la desfachatez de los diputados jóvenes a veces lo tomaba desprevenido, como si no existieran normas mínimas a las que atenerse.

Fueron ellos los que se opusieron a su candidatura a senador en las últimas elecciones. La UDI necesitaba caras jóvenes y modernas en el Senado, menos ligadas al pasado. Eso dijeron. Que no era un buen candidato porque se le asociaba al gobierno militar. Y aprovecharon de endosarle los malos resultados en las últimas elecciones, bajo su presidencia. Fue duro. Más que por sus pretensiones senatoriales, porque nada le molestaba más que le faltaran el respeto a la historia. Y a la importancia del Gobierno Militar. Estos jovencitos que se llenaban la boca con los principios democráticos, los derechos humanos y los «errores» del pasado, no tenían idea de lo que significó reconstruir el país. O el Congreso. Era fácil hablar porque ahora todo estaba funcionando, pero cuando llegaron, el noventa, el edificio estaba sin terminar, no existían las oficinas de los diputados, y había solo dos baños y un comedor para todos. Tenían que compartir. Y eso facilitó los acuerdos. Todo tipo de acuerdos. En ese entonces, hasta las mesas del Senado y la Cámara, y también las presidencias de las comisiones, se acordaban entre todos. ¿Qué tenía eso de malo? Nada. Todo lo contrario. Pero ¿qué sabían ellos de acuerdos, de política, de una visión de país? ¿Qué sabían de Dios, de la fe, de la Patria? Nada.

Cuando se reabrió el Congreso, la Concertación de Partidos por la Democracia, que agrupaba a los partidos opositores al Gobierno Militar, creía que venía a terminar con todo rastro de los últimos 17 años: la Constitución del 80, el sistema binominal, los senadores designados, etc. Y resulta que la primera ley promulgada fue una que suspendía la obligación de un seguro por daños de vehículos. La primera ley de la República. Hasta ahí no más llegaron las consignas. Porque la vida de las personas y del país no tiene que ver con consignas, sino con cosas concretas. Como los seguros de vehículos.

En todo caso, más que rabia, a Müller esto le provocaba cansancio. Se sabía imprescindible para el partido, la bancada y la coalición. Pero estaba cansado. Empezaba su séptimo periodo en la Cámara y estaba cansado. Y aburrido.

–…también agradecer a los parlamentarios y parlamentarias de la oposición, a quienes expreso mi más profundo respeto por sus ideas y mi sincero afecto.

Ignacio Cruz era un payaso. Ahora cualquiera llegaba a Presidente de la Cámara, solo se necesitaba salir en la prensa. No importaba en relación a qué. Lo que importaba era la «cuña». Y en eso los diputados de ahora eran especialistas. Sobre todo este nuevo Presidente, que se la pasaba en programas de televisión, algunos hasta de corte farandulesco. Vergonzoso. Creían que el trabajo en el distrito se resumía a fiestas, bingos, cenas, concursos y entrega de regalos. Por eso la UDI tenía problemas. Ya nadie hacía la labor de los años ochenta en los barrios. Ya nadie se acordaba de cuando trabajaban codo a codo con los pobladores y se los quitaban a los marxistas. ¡Cuántos líderes poblacionales formados en ese trabajo que difundieron los valores de la República, de la familia, la seguridad, y consolidaron la influencia gremialista en la gente. Como Simón Yévenes, dirigente de La Granja, asesinado en 1986 por el grupo terrorista del Frente Manuel Rodríguez. Los militantes posteriores al 2006 no sabían quién era Yévenes. Llegaron cuando el partido ya era el más grande del país, después de veinte años de trabajo. Llegaron a cosechar lo que otros habían sembrado. Lo que, entre otros, Müller había sembrado.

Ya nada era igual: ni el país, ni la derecha, ni su partido. Y menos el Congreso. En el periodo legislativo anterior habían llegado los comunistas. ¡Los comunistas! Porque una cosa era la izquierda moderada, con los que se podía conversar, y otra eran los comunistas. Ideologías y partidos totalitarios como esos deberían estar prohibidos. Que llevaron el país a la debacle, que tenían armas escondidas en las fábricas, en los colegios, en las universidades. En La Moneda. Si hasta el Presidente de la República tenía una metralleta. Y ahora se vinieron a meter al Congreso, dictando cátedra sobre la democracia y los derechos humanos, haciéndose las víctimas. Y ahora llegaron estos dirigentes estudiantiles, chascones, desordenados, irreverentes. ¿Cómo la gente votaba por ellos? ¿A quién podía representar un pendejo que hasta hace poco andaba con una molotov en la calle? ¿Cómo podía votar leyes de la República? Y creían que venían a hacer la revolución en el hemiciclo, como si dirigir los destinos del país fuera lo mismo que gritar consignas. Patético.

La Cámara perdió toda formalidad. Se olvidaron los ritos, la solemnidad, las ceremonias. Todo era un despelote permanente. Mirar la Sala frustraba a cualquiera. Todos conversaban, nadie escuchaba. En las conferencias de prensa, todos estaban en un pasillo, a codazos, peleando por quién hablaba primero, quién hablaba después, quién hablaba más tiempo. Tragicómico. Se había perdido el sentido republicano, del deber, de la responsabilidad, del respeto. Si apenas se estaban abriendo las sesiones en nombre de Dios y la Patria… incluso esa diputada comunista, Antonia Moreno, presentó una moción para prohibir la obligación de hacerlo. No le sorprendía. Ellos estaban por demoler todas las tradiciones.

¿Tenía sentido seguir viajando a Valparaíso, soportar todas las reuniones, las peleas? Se lo había planteado a su mujer, Magdalena. Pero a ella no le interesaba dejar el Congreso. Había llegado lejos en su carrera: desde hace algunos años era Abogado Secretario

de Comisiones y ahora apuntaba aún más alto. Él la había ayudado. Con apoyo de varios diputados. Augusto Catalán se opuso al principio, fundamentalmente porque no quería a una mujer en puestos claves de la Cámara. Pero llegaron a un acuerdo. Como siempre. Incluso diría que habían consolidado su relación a partir de ello. Una relación que había sido beneficiosa para ambos.

Magdalena era una de las pocas personas importantes para él. Era bella, ambiciosa y doce años menor. No sabía si se había enamorado, pero eso nunca fue tema. Ni para ella ni para él. Tenían muchas cosas en común. Ella entendía y valoraba el Congreso, lo que para él era fundamental.

–Tenemos que ordenar la casa, dar señales concretas, dotar a este Parlamento de los más altos estándares de transparencia y participación, y recuperar la confianza de la ciudadanía. Me comprometo a hacer de éste uno de los pilares de mi gestión.

Müller miró al ahora presidente Cruz y sonrió con un mueca. ¿Transparencia? ¿De qué transparencia hablaba? Era el concepto de moda que ahora todos repetían de manera irresponsable, sin medir consecuencias. ¿Acaso todo se puede transparentar? ¡Por favor! Todos sabían que no era así. También Cruz. Esto estaba transformado en un reality, con capítulos nuevos a diario, anunciados por la prensa. Todo se filtraba, hasta las reuniones más confidenciales. Y los periodistas competían por las denuncias de supuestas irregularidades. Donde varios de la UDI aparecían injustamente mencionados. No había nada irregular, nada que la ley prohibiera. Pero ya los habían crucificado a todos. El sistema democrático no era perfecto, tenía baches, y también tenía problemas de financiamiento. Y ellos –todos los parlamentarios– habían tenido que ponerse creativos para sortear esas falencias. Y lo habían hecho sin robarle a nadie. Pero ahora eso se había transformado en el peor de los pecados. Después de que el sistema había funcionado sin problemas por veinticinco años.

Quizás debería olvidarse de la política. Él ya había cumplido. El país funcionaba, estaba seguro, resguardado de cualquier intento marxista, con una Constitución e instituciones sólidas. Quizás debería dedicarse a su mujer y a la familia. Sobre todo a su mujer. No lo habían conversado, pero sabía que no estaban bien. Él siempre había sido de pocas palabras, principalmente porque pensaba que para hablar había que tener un objetivo claro. De lo contrario, mejor callar. Eso le había servido mucho en el Congreso, pero no en la familia. Los temas de familia había que abordarlos con tiempo y energía y él no tenía ninguno de los dos en este momento.

Quizás no era mala idea irse del Congreso y dedicarse a su mujer e hijos. Y dejarle este pastel a otros, a los jóvenes. A ver si eran tan capaces.

–Sí… misión cumplida –murmuró.

4. Sin padrinos no se puede
Matías Tello

El timbre intermitente que avisa a los diputados del próximo inicio de la sesión sonó por tercera vez. Se escuchaba en todo el edificio del Congreso: en el hall El Pensador, donde estaba la prensa, en las oficinas de los diputados y del personal administrativo, en los comedores, las cafeterías, los ascensores, el gimnasio, los estacionamientos, la peluquería. Y también en la Sala de Prensa del segundo piso, donde estaba Matías Tello.

Se paró de su escritorio y se dirigió a las escaleras que llevaban a las tribunas sobre la Sala de Sesiones. Aunque en los tres años que reporteaba el Congreso nunca le había interesado la ceremonia de cambio de Mesa, esta vez había decidido verla hasta el final.

Llegó a La Crónica hace cinco años, después de haber pasado por varios medios escritos y radiales. Aunque se consideraba buen periodista, no había destacado demasiado. Le había prometido a su editor –y a sí mismo– que si lo destinaban al Congreso, haría la diferencia. Lo hizo bien al principio, con un par de notas que lograron cierta connotación, pero luego había pasado por un largo periodo sin publicaciones relevantes. Hasta fines del año pasado, cuando nuevamente logró notoriedad con un reportaje sobre los privilegios de los honorables. Pero de eso ya varios meses. Necesita golpear de nuevo. Su propio editor se lo había dicho. Sin ánimo de preocuparlo, claro, pero lo había dicho. También le dijo que sus colegas más jóvenes venían con energía, ambición y menos exigencias de sueldo. Y que querían su puesto. Sin ánimo de preocuparlo, insistió. Como si Matías no lo supiera. La competencia era enorme. Y desleal. Los periodistas jóvenes efectivamente eran muy ambiciosos, no trepidaban en su objetivo de conseguir información exclusiva. Algunos usando incluso artilugios no muy éticos, por decirlo de alguna manera. Nada con lo cual él pudiera ni quisiera competir. Porque, si bien era informal, creía en la ética periodística, en resguardar la fuente, en respetar el off, en contrastar los datos antes de publicar. A la antigua.

Pero estaba convencido de que éste sería un buen año. Había mucha información dando vueltas. Estaba dedicado a su trabajo ciento por ciento y se tenía confianza. Era lo que mejor sabía hacer y lo que más satisfacciones le daba. Porque de la vida personal no había mucho que rescatar. A sus 45 años, no había matrimonio, ni hijos, ni casa. Ni nada parecido en el horizonte. Solo había tenido una relación seria, que había terminado hace más de diez años. El resto habían sido vínculos pasajeros y sin importancia. Era el único de los cuatro hermanos que no se había casado. Pero no era tema. Su meta era ser un periodista exitoso y disfrutar de la vida. Y sus preocupaciones actuales tenían que ver con la seguridad laboral y económica, no con otra cosa. Tenía que pensar en su futuro.

Cuando entró a las graderías vio a la gente del distrito del diputado Ignacio Cruz, próximo presidente de la Cámara. Juntas de vecinos, clubes deportivos, centros de madres y representantes de otras organizaciones comunitarias hablaban, se ponían de pie, se sentaban, reían. Sostenían banderas y pancartas. Matías se preguntó qué los motivaría a viajar al Congreso. Qué obtendrían a cambio del esfuerzo. ¿Viajarían por un monto de dinero? ¿Por una canasta con comida? ¿Por un paseo a Viña del Mar? Porque estaba claro que esa gente no asistía al Congreso por convicción política. ¿Quién tenía convicción política hoy en día? ¿Quién podía tenerla? Él no. Eso terminó cuando salió de la Universidad. No había cómo creer en los políticos. Menos ahora con tantas denuncias dando vueltas.

No se sentó con los otros periodistas. No era muy comunicativo. Ni en el trabajo ni en lo personal. Su vida social se circunscribía a una junta mensual con dos ex compañeros de periodismo, también separados, muy ocasionales encuentros con mujeres, o un par de cervezas después del trabajo con colegas –colegas, no amigos– de La Crónica. El resto eran muchas noches solo en su departamento, mirando televisión o trabajando.

Desde su asiento veía gran parte de la Sala. Observó la testera: un mesón largo con asientos para ocho personas, emplazado sobre una plataforma de un metro de altura. Detrás se alzaba un muro verde oscuro, de cobre, de aproximadamente siete metros de alto por seis de ancho, que le daba a la Sala un aspecto sombrío. Más abajo estaba la testera chica, ahora ocupada por seis ministros. «Buen número», pensó Matías, y anotó los nombres en su libreta. Frente a ellos, y sentados en semicírculo, se ubicaban los ciento veinte honorables.

En la testera principal estaba el Secretario General, Augusto Catalán. Lo conocía. A veces le daba información exclusiva a cambio de decidir el carácter de la nota. Matías siempre quedaba con la sensación de salir perdiendo. Quizás por la sonrisa con la que Catalán se despedía. Satisfecho. La misma que tenía ahora. A su lado estaba Alfonso Pesutic, el Prosecretario, también fuente de Matías. Pesutic odiaba a Catalán; decía que le había tendido una trampa para robarle el cargo de Secretario. Matías siempre tenía la duda de si ellos estaban al tanto de que él conversaba con ambos y solo aparentaban no saberlo.

Algunos diputados conversaban de pie o cruzaban de un lado a otro del hemiciclo; otros esperaban sentados, leían las pantallas de sus computadores o revisaban su celular. Matías conocía a varios desde sus tiempos en la universidad, de reuniones, tomas y protestas; principalmente a socialistas y demócrata cristianos, con quienes había desarrollado una relación de cierta confianza que lo ayudaba en su reporteo. De los diputados jóvenes que venían del movimiento estudiantil, le llamaba la atención la diputada comunista Antonia Moreno. Por sus opiniones pero también por sus labios rojos. Pero no había hablado mucho con ella. Las mujeres no eran su fuerte; más bien lo contrario.

En la tribuna, además del público general, había funcionarios de la Cámara. Todos muy formales. Las secretarias con uniforme de pantalón y chaqueta celeste, y una delgada blusa blanca. Casi todas con zapatos de taco alto y peinado de peluquería. Los hombres vestían ternos oscuros, camisas blancas, corbatas y zapatos relucientes.

«…De conformidad a lo dispuesto en el Reglamento de la Corporación, corresponde proceder a la elección de los miembros de la Mesa…», se escuchó desde abajo. Los diputados volvieron a sus asientos. Los invitados se sentaron. Los periodistas levantaron la vista y los fotógrafos y camarógrafos apuntaron sus lentes.

De pronto escuchó su nombre:

–Pero, ¿ si no es Matías Tello…?

De pie al costado de su asiento estaba una señora de traje dos piezas. No la reconoció, pero se paró a saludarla.

–¡Hola!, ¿como está?

–¿Así es que ahora me tratas de «usted»? –contestó ella.

La miró de nuevo. Ahí estaba Javiera Koch, ex compañera de curso de la universidad. Se veía mucho mayor que la última vez que se encontró con ella. Pero seguía bonita. Como cuando la conoció en la Escuela de Periodismo. No es que le hubiera gustado, o al menos no tanto. Y nada pasó entre ellos. Es decir, casi nada. Salvo un encuentro apasionado en una toma de la Escuela. Nada más.

–¿Qué haces acá…? –le preguntó–. No me digas que estás cubriendo Congreso… Yo te hacía dedicada a las asesorías, eso me dijeron en el último encuentro del curso; al que no fuiste, por cierto.

–Estaba dedicada a las asesorías –respondió ella–, y se puede decir que sigo en lo mismo: asumí como la nueva Directora de Comunicaciones de la Cámara.

–¿En serio? ¿En qué partido estás…?¿O tienes a un diputado como padrino…?

Ella rio.

–Me han hecho la misma pregunta varias veces. Aparentemente, nadie cree que se pueda acceder a un cargo en el Congreso sin «patrocinadores» políticos –dijo–. Pero no milito en ningún partido: llegué por concurso público.

Él le sonrió. Lo enternecía de alguna manera. No recordaba por qué nunca pasó nada después de la toma. Solo sonrisitas y miraditas. Él no se había atrevido.

–En el Congreso que yo conozco no es posible no tener padrinos políticos –dijo–. Pero de cualquier forma te va a tocar harta pega. Uno cree al principio que los diputados no son tan importantes. Hasta los encuentras medio ridículos. Pero al final te das cuenta de que no solo son importantes, sino también peligrosos y que hay que andarse con cuidado.

Ella dejó de sonreír.

–No, no quiero asustarte –continuó él–. Solo digo que es más difícil cuando estás sola.

–¿Quién dijo que estoy sola?

–Tú lo dices. Que no militas. Que no tienes padrinos.

Se quedaron en silencio. Escucharon una voz desde el hemiciclo: «Para Presidente de la Cámara, don Ignacio Cruz, 62 votos».

–¿Lo conoces? ¿A Cruz? –preguntó él.

–¿Al Presidente? No. Pero ya lo conoceré.

–No es mal tipo. Para ser diputado. Pero mucha farándula. No sé si tiene el carácter suficiente. Es medio gringo para sus cosas. Creció en Estados Unidos…

–¿Suficiente para qué?

–Para hacer cambios. Escuchar los reclamos de la gente. Enfrentarse a la máquina política y administrativa. Que se supone que es lo que quiere hacer, por las entrevistas que le he leído… A propósito, ¿ya conociste a Catalán?

–Sí…

–Un personaje. El verdadero rey detrás del trono. El que controla la Cámara.

–¿A ti tampoco te cae bien? A mí me pareció bastante amable. Pero los colegas tienen algo contra él. Seguro que es porque no habla con la prensa.

–¿Quién dijo que no habla con la prensa?

–Él lo dice. Mi equipo lo dice. Es uno de los problemas que tienen con él, que no quiere hablar con la prensa. No le gustan los periodistas.

Matías le sonrió de nuevo. Ya no le pareció tierna, sino un poco tonta.

En la Sala, un funcionario puso un pequeño pódium portátil al centro de la testera y Catalán se acercó al micrófono:

–Honorable Cámara: quiero dejar con ustedes al nuevo Presidente de la Corporación, diputado Ignacio Cruz de la Fuente.

«Señoras y señores diputados, señoras y señores ministros de Estado, autoridades presentes, queridos familiares que nos acompañan, amigas y amigos …», se escuchó.

–¿Por qué todos los discursos son iguales? –preguntó Matías.

–A lo mejor no te das el tiempo de escucharlos bien –contestó Javiera.

–Veo que rápidamente te has transformado en una relacionadora pública ejemplar…

Ella se puso de pie y le dio un beso en la mejilla. Él la miró. Sí, seguía bonita. Pensó que iría a tomarse un café con ella.

Un grupo de cuatro secretarias pasó hacia la puerta.

–Esto está cada vez más fome –dijo una.

–¿Viste a la diputada Aguilar? Parecía arreglada como para una fiesta.

–¿Y los otros dos, Kovacevic y Navarrete? Muy jóvenes serán, pero encuentro que se les pasa la mano, ni siquiera planchar la camisa. Al final esto es el Congreso, no una sede universitaria…

Rieron. Abajo, el nuevo Presidente de la Cámara había terminado su discurso. Algunos diputados se acercaban a la testera, otros salían de la Sala. Cruz y Catalán conversaban.

«Será un buen año», pensó Matías.

5. Política y rabia
Antonia Moreno

Antonia Moreno estaba molesta. No sabía bien por qué. O sí sabía, pero no quería pensar en eso. Miró a su alrededor. Una oficina ni muy grande ni muy pequeña, de seis por siete metros, paredes blancas, librero de dos metros de alto –lleno de papeles y carpetas–, dos sillas para visitas, mesita con impresora al lado del escritorio. Todos los muebles de madera enchapada, color caoba. Ventanas con persianas. Igual de feo que cuando lo vio la primera vez, hace un año. Igual al resto de las oficinas de los diputados. Ni la foto de Gladys Marín, ni el afiche de los 100 años del Partido Comunista, ni sus fotos familiares lograban dar a este espacio un aire distinto. Demasiado formal. Deshabitado. Lo único que le gustaba era la vista a la bahía de Valparaíso.

Sonó el timbre llamando a bajar a la Sala se Sesiones: partía un nuevo periodo legislativo. Recordó el mismo momento el año pasado. Casi irreal. Había sido electa diputada cuatro meses antes, en noviembre, por su comuna: San Miguel. A sus 25 años, llevaba más de doce en el Partido, pero jamás había soñado con ser una «profesional» de la política. Cuando ingresó a la Jota, todo era convicción, rebeldía y compromiso. Quedarse en el colegio planificando la marcha del día siguiente; comprar papel y pintura para los lienzos; conseguir botellitas de Pepsi y monedas para las bombas de ruido; o comprar Poxipol para el «chapazo». A lo largo de los años, hubo distintas responsabilidades y tareas, pero la pasión fue siempre la misma. Pero eso estaba cambiando, lo sentía. Y la tenía preocupada. Y molesta.

A la ceremonia de instalación del Congreso del año pasado, ella y otros tres diputados llegaron atrasados. Así es que tuvieron que prestar juramento solos, delante de los otros ciento dieciséis. Cuando tuvo que responder a «¿Juráis o prometéis guardar la Constitución Política, desempeñar fiel y legalmente el cargo que os ha confiado la nación, consultar en el ejercicio de vuestras funciones sus verdaderos intereses y guardar sigilo acerca de lo que se trate en sesiones secretas?», prometió. Pero en silencio. Y con dudas, por qué no decirlo. ¿Qué hacía ahí? Sentía rabia con ese lugar, con esos viejos acomodados que llevaban años empotrados en sus asientos, orgullosos de sus rituales burgueses, sumergidos en la pompa, las apariencias. Y no quería que nadie pensara que ahora era parte de todo eso. Por el contrario, ella venía a cambiar todo eso.

Pero después de un año estaba decepcionada. Pensó que iba a ser fácil llevar la visión de la calle al Congreso, «ciudadanizarlo». Pero no había sido así. El conservadurismo que estaba en todos lados, también en su partido, era capaz de detener casi cualquier cambio, de forma y de fondo. Conoció las peores prácticas: el egoísmo, la hipocresía, el doble estándar, el oportunismo, el personalismo, las peleas de poder por el poder; incluso dentro de su partido, que fue lo más decepcionante. Y desmoralizante. Y contra eso, lo único que hasta ahora encontraba para resistir era la rabia.

Tenía rabia con algunos de sus compañeros, que veía acomodados al cargo parlamentario y los beneficios asociados. Ya en su campaña se había llevado sorpresas. Cuando la propusieron como candidata al parlamento, hubo reparos. «Reparos políticos», dijo la Dirección. Pero ella supo que eran personales, machistas. Hubo comentarios que jamás pensó escuchar. Como que era una aparecida, una cabra chica, que otros militantes tenían más derecho a ser diputados porque habían luchado contra la dictadura y eso tenía más valor que ser figura del movimiento estudiantil. Pero ella decidió que una diputada joven, mujer y revolucionaria le haría bien al país, al Congreso y al partido. Y ganó.

En el proceso perdió a Alex, su novio desde hacía años, el secretario político del Comité Regional de la Jota de la Octava Región, con quien el amor, la militancia y el futuro eran parte del mismo proyecto, con quien se hizo dirigente comunista. Y con quien fue feliz.

Pero los roles se invirtieron. Antonia adquirió una relevancia pública y política que a Alex parecieron no gustarle. A poco andar, se transformó en su principal crítico y comenzó a sugerir que ella era políticamente débil.

El principio del fin fue una discusión sobre Claudio Kovacevic, también líder del movimiento estudiantil y su amigo personal. A juicio de Alex, pasaba demasiado tiempo con Antonia. Por supuesto que no eran celos, dijo, sino preocupación por la influencia política que pudiera tener en ella. Eso la indignó:

–¿Y no piensas que yo puedo influenciarlo a él?

Cuando Alex se opuso a su candidatura al Congreso, el quiebre fue inevitable. Dijo que otros compañeros tenían mayor experiencia y manejo político para el trabajo parlamentario. Ella respondió que se había transformado en un funcionario del aparato y le propuso terminar. Él dijo que se rehusaba a mezclar la política con temas personales. Ella lo mandó a la mierda.

Pero no solo perdió a Alex: también a sus padres –a quienes casi no veía– y a algunos amigos importantes. Como Claudio –el ahora diputado Kovacevic–, de quien se distanció por diferencias «legislativas». Algunos decían que así era la política, un cliché que acá se usaba para justificar casi todo. Pero Antonia lo echaba de menos.

Escuchó el timbre de la Sala sonar por segunda vez. Tenía que bajar. Salió al pasillo. «Diputada Antonia Moreno», decía en la puerta de su oficina, al igual que en su estacionamiento, su pupitre en la Sala y sus tarjetas de visita con el escudo de la Cámara impreso en cuño seco. Le seguía pareciendo raro. Y le preocupaba la posibilidad de finalmente acostumbrarse.

La ceremonia de hoy era simple. Iban a elegir a Ignacio Cruz, diputado PPD, como nuevo Presidente. Era lo acordado. Antonia lo conocía desde la época del movimiento estudiantil. Y de la tele. Aparecía en muchos programas que no tenían nada que ver con política. También había coincidido con él en la Comisión de Familia el año pasado. Tenía que reconocer que era uno de los pocos con los que había podido trabajar. Las comisiones no le importaban a nadie, salvo cuando se discutían proyectos más mediáticos; en general, los diputados entraban, completaban el quórum, esperaban que sonara la campanilla, que se abriera la sesión en nombre de Dios y la Patria, y después se levantaban y se iban. Casi todos. Quedaban tres o cuatro. Entre los que generalmente estaba Cruz.

Entró a la Sala y fue a su asiento. Casi todos habían llegado. Miró a su alrededor. Claudio Kovacevic conversaba con otros diputados. Miró hacia las galerías: en primera línea, los camarógrafos y fotógrafos apuntando hacia el hemiciclo. Varios la fotografiaron. Más atrás, familiares de diputados, gente de los distritos y funcionarios de la Cámara. Un grupo levantaba un lienzo que decía «Diputado Ignacio Cruz, Presidente de la Cámara 2015-2016».

Cuando el Secretario General anunció la elección de Cruz media hora después, la Sala estalló en aplausos. Él se notaba orgulloso. Antonia escuchó su discurso con desgano. Palabras escritas por encargo, con mea culpas, promesas y compromisos. Que después se hundirían en el pantano del Congreso. Ella era parte de ese pantano ahora. Ya no representaba al movimiento estudiantil sino a quienes detentaban poder. La habían criticado, confrontado, pifiado. Antes marchaba y gritaba. Ahora se sentaba en una comisión y discutía una ley. Se decía a si misma que mantenía las mismas ideas y objetivos. Que ahora podía influir en las decisiones legislativas. Que no estaba arrepentida. Pero a veces dudaba. Y entonces se refugiaba en lo único que no había cambiado: la rabia. Y hoy, cuando se reanudaba el periodo legislativo, sentía rabia.

ABRIL

Martes 14 de Abril de 2015

Tabla sesión de sala

Valparaíso 10:30 a 14:00

1  Informe de Comisión Mixta de proyecto que moderniza el sistema de relaciones laborales. Boletín 9835.

2  En segundo trámite, proyecto relativo al fortalecimiento de la regionalización del país. Boletín 7963.

3  Homenaje al bombero Álvaro Plaza Ramos, desaparecido en acto de servicio con ocasión de los aluviones que afectaron a diversas ciudades y localidades de la Región de Atacama, y a todos los caídos en esa catástrofe.

1. Personas de confianza
Javiera Koch

–Gracias por recibirme, Ramiro, sé que estás muy ocupado con la preparación del presupuesto, así es que me imagino que no te sobra el tiempo…

–No se preocupe Directora. Estamos aquí para servirle… Dígame, ¿en qué la puedo ayudar?

Ramiro Sotomayor, Director subrogante de Finanzas, me había enviado diez días antes un memorándum: «PROCESO PRESUPUESTARIO 2015: «Con el fin de dar cumplimiento al proceso presupuestario para el año 2016, agradeceré a Ud. se sirva hacer llegar a esta Dirección de Finanzas, antes del 31 de mayo del 2015, la estimación de gastos del área que dirige y que deberá financiar el Presupuesto que se formula para el próximo período presupuestario. Dios Guarde a US.».

O sea, tenía un mes para revisar las finanzas de toda la Dirección de Comunicaciones, concordar un plan de trabajo y hacer una proyección de gastos para el próximo año. Le pedí a los encargados de cada área que me entregaran sus balances de costos, gastos e inversiones y pasé días y noches revisando números y tablas. Para mi sorpresa, no me cuadraban. Me llamó la atención la disparidad de los presupuestos. De los cerca de mil millones de pesos aprobados para Comunicaciones, más del 80 por ciento estaba destinado al canal de televisión. Y, más extraño aún, a diferencia de las otras áreas, no existía por parte de la estación una contabilidad detallada, sino solo gastos generales. Abundaban ítems como «Contratos de producción externa», «Compras y arriendos varios», «Equipamiento menor», «Costos menores de Producción», etc. No decían nada y, sin embargo, podían llegar a sumar más de 100 millones de pesos. Pedí el detalle de esos gastos al Canal, pero su Director, Ricardo Fuenzalida, se negó a entregármelos. Al principio estuve luchando sola contra glosas, acápites, plantillas, anexos y terminología desconocida, porque nadie fue destinado a apoyarme. Hasta que Joana me contactó con un funcionario de la Dirección de Finanzas, Esteban, contador y amigo suyo, quien se ofreció a socorrerme, «pero de manera anónima». Lo que significaba que mientras no supiera si su apoyo implicaba ventajas o problemas, prefería mantenerlo en reserva. Nada personal.

Esteban fue un gran colaborador y coincidió conmigo, aunque no explícitamente, en que la mayoría de los gastos de Comunicaciones no tenía respaldo y que había procedimientos de chequeo contable mínimos que no se estaban llevando a cabo. Por eso decidí solicitar información directamente Director de Finanzas, Ramiro Sotomayor.

Ramiro me miraba sonriendo. No tenía más de 40 años. Era moreno, bajo, no muy bien parecido, pero se notaba que dedicaba tiempo y dinero a mejorar esa falencia. Usaba el pelo engominado y, como muchos, vestía un terno caro, en esa ocasión de color gris perla, con camisa blanca y corbata de seda, azul. Un funcionario exitoso y ambicioso. O eso proyectaba. Hace más de un año que subrogaba a su anterior jefe, que había jubilado.

–Una de las cosas negativas de la Cámara, Directora, es que todos se ponen mañosos y delicados y a veces solo complican la pega de uno, siendo que podrían hacerla más fácil –dijo ante mi exposición–. ¿Y qué información necesita del Canal?

–Bueno… toda. Porque no sé cómo estructuran su presupuesto, cuánto gastan, por ejemplo, en compra o mantención de equipos; cuánto en producción de programas, en contratación de personal; cuáles funcionarios son permanentes y cuáles subcontratados, si tienen otros servicios o asesorías externas… En fin, todo.

Ramiro dejó de sonreír.

–Pero, ¿es necesario ese nivel de detalle, Directora?

–¿Te parece muy detallado? A mí me parecen más bien las áreas gruesas de gasto. E imagino que hay ítems separados dentro de cada una. Si voy a presentar un presupuesto tengo que saber en qué se gasta el dinero.

–Mmm… es que la verdad no sé si lo tenemos tan especificado.

–No entiendo. El Canal recibió un presupuesto de más de 800 millones de pesos este año, similar a lo que obtiene desde hace varios años. Son montos importantes y supongo que se sabe cómo se gastan.

–¿Está segura de que ése es el monto? ¿De dónde sacó esa información?

–Es la información que estaba en la carpeta que me entregó el Prosecretario cuando llegué...

–Ah. El Prosecretario… Pero yo tendría que revisar esas cifras…no tengo claro que ése sea el presupuesto… el Prosecretario no necesariamente tiene la información actualizada de finanzas.

–¿No? ¿Y de dónde habrá sacado esa información? No creo que la haya inventado.

–No, no se trata de eso, Directora. Lo que pasa es que, como usted es nueva, hay muchas cosas que desconoce. Créame, hacerse cargo de las finanzas de esta Corporación es un puzzle. Porque los diputados tienen requerimientos permanentes y disímiles. Quieren que les solucionen una cosa, luego otra… y uno tiene que ver cómo les da en el gusto porque, de lo contrario, son capaces de dejar la grande. Ya sabe, son temperamentales. Entonces el Secretario me ha encargado estar pendiente y resolver siempre sus problemas. Lo peor que nos puede pasar es que un diputado nos presente un requerimiento del que nosotros no nos hagamos cargo.

–Pero, ¿y si ese requerimiento está fuera de lo que ustedes pueden solucionar?

–Eso es lo que digo: hay que solucionarlo todo. Porque además está tan poco tipificado qué corresponde y qué no, que hemos optado por hacernos cargo de todas sus solicitudes. Esas son las instrucciones del Secretario. Así es que, aunque quisiéramos, no siempre se puede funcionar de acuerdo al presupuesto original, y preferimos poner ítems generales de gastos para no amarrarnos.

–¿Eso quiere decir que los fondos se gastan en cosas distintas a las que se señalan, para responder a los requerimientos de los diputados? ¿Es eso lo que ocurre en el Canal?

Me miró unos segundos.

–No dije eso –respondió serio–. Solo le estaba tratando de explicar un poco cómo funcionan las cosas acá y aclararle que ponerse purista no siempre sirve.

La amabilidad había desaparecido. Pero insistí.

–Estimado Ramiro: llegué a la Cámara para reordenar las comunicaciones institucionales. Así, en el presupuesto 2016, que debo presentar en dos semanas, estoy obligada a reasignar recursos en función de esos cambios. Y para eso necesariamente debo entender en qué se gasta actualmente el presupuesto de mi área, en detalle.

Me observó en silencio.

–¿Están aprobados esos cambios en Comunicaciones? Porque no he escuchado nada al respecto –dijo.

Mi solicitud de información no era bienvenida; ni por parte del Director del Canal ni del Director de Finanzas. Había escuchado acerca de la carrera funcionaria de Ramiro. Se decía que se basaba en su cercanía con el Secretario y no en capacidades profesionales. Eso generaba críticas, porque en la Cámara la estratificación del poder institucional se ceñía a normas establecidas. Supuestamente. En nuestra primera conversación, el prosecretario Alfonso Pesutic se explayó sobre el punto y me entregó el «Reglamento de la Cámara de Diputados de Chile», un libro azul de 360 páginas con la normativa, reglas, procedimientos y deberes que rigen el funcionamiento institucional. También me dio el «Estatuto del Personal de la Cámara de Diputados», de 40 páginas, donde se explicitaban las normas que definían la relación de la Corporación con sus funcionarios. Hojas y hojas que explicaban los tipos de empleados, los cargos de confianza, los requisitos de ascenso, la carrera funcionaria, los escalafones, los concursos, las calificaciones, etc.

Pero al parecer, las cosas funcionaban de otra forma en la vida real. Se decía que había una decena de casos similares al de Ramiro, donde el Secretario había ubicado a personas de su confianza en los cargos de jefatura vacantes, saltándose los procedimientos reglamentarios.

–Los cambios en Comunicaciones están aprobados por el Presidente –mentí–. Solo falta el visto bueno de la Comisión de Comunicaciones, que se reúne dentro de dos semanas, entre otras cosas para ver el presupuesto 2016. Así es que sería de gran utilidad contar con toda la información antes de ese entonces.

–No se preocupe Directora, le haré llegar todo lo que tengo –respondió serio.

Una semana después recibí una carpeta con información financiera del Canal casi idéntica a la que ya tenía, con listas generales de insumos, servicios, asesorías, que podrían estar contenidos en los gastos. Pero nada sobre los desembolsos efectivamente ejecutados.

2. Lo principal es que te consideren útil
Francisca Reyes

Francisca Reyes subió rápidamente al ascensor de vidrio y bajó del cuarto piso al hall El Pensador. Estaba contrariada. En su mano llevaba el celular, en cuya pantalla releyó por tercera vez: «Un tercio de los diputados enfrenta demandas por no pago de cotizaciones laborales. El Presidente de la Cámara, Ignacio Cruz, es uno de la lista». El diario electrónico El Mirador había subido la noticia hacía diez minutos.

Miró hacia el hall. Estaba, como de costumbre al mediodía, repleto de periodistas, fotógrafos y camarógrafos, que en ese momento cubrían las declaraciones de tres diputados, detrás de los cuales otros cinco esperaban su turno. Cruzó por el costado, evitando a la gente. Estaba apurada. Y enojada. Pasó delante de la Sala Inés Enríquez, dobló a la izquierda por el pasillo que conducía a la entrada de la Sala de Sesiones y se detuvo en la puerta. Le preguntó al funcionario de guardia si podía pedirle al Presidente que saliera, porque debía comunicarle algo urgente. Él le pidió usar el procedimiento regular: el papelito con la solicitud escrita.

–No puedo interrumpirlo, señorita Francisca. Perdóneme.

Respiró hondo y continuó por el pasillo hacia la puerta que conducía a la cafetería, tras la cual había un escritorio con una pila de papeles cortados. Tomó uno y anotó: «Debe salir. Tengo algo que mostrarle. Urgente». Volvió sobre sus pasos, le entregó el papel al funcionario y se sentó a esperar en el sillón del pasillo.

Francisca había llegado a la Cámara hacía siete años a reemplazar a una amiga que se iba de viaje. Desde hace tiempo quería entrar al Congreso. Sabía que los sueldos eran buenos, las jornadas cortas y que trabajar allí tenía un cierto glamour. Y Francisca quería tanto el dinero como el glamour. Como contadora trabajaba mucho y ganaba poco, y no se libraba de las recriminaciones de sus padres, que pensaban que la única forma que tenía de alcanzar un buen pasar era casándose con un hombre adinerado. Se lo venían repitiendo desde que estaba en la escuela. Por eso nunca entendieron que quisiera estudiar contabilidad ni menos que después consiguiera un trabajo y se fuera a vivir sola. Pero ella estaba acostumbrada a que no la entendieran. Desde chica soñaba con ser exitosa, tener dinero, un departamento con todas las comodidades, auto, ropa de marca y vacaciones en el extranjero. Pasarlo bien, lejos del ambiente mediocre, amargado y sin horizonte de donde provenía.

Por eso, cuando Carla le habló de la posibilidad de reemplazarla como secretaria de su diputado, no dudó. Sabía que si lograba entrar al Congreso, con el tiempo se haría un espacio propio. Así es que se compró un vestido nuevo y leyó sobre el funcionamiento de la Cámara un par de días antes de la entrevista.

–¿Por qué quieres trabajar aquí? –le preguntó el parlamentario cuando la recibió en su oficina.

–Porque Carla me ha hablado de su trabajo y me parece interesante. Se está cerca de temas importantes.

–¿Y sabes algo de política?

–No, no mucho.

–¿De qué tendencia es tu familia?

–Bueno… de derecha. Pero yo no –agregó.

–Pero tú sabes cómo funciona acá, ¿cierto? Yo necesito alguien de confianza.

–Por supuesto. Si Carla no pensara que soy de confianza, no me habría recomendado.

Causó buena impresión en el diputado. Seguramente más por sus piernas que por su destreza. Pero daba lo mismo, porque entró a trabajar cuatro días después.

Terminados los tres meses, el diputado le pidió que se quedara de manera permanente, lo que significó el término de su amistad con Carla. Pero así es la vida, pensó Francisca. Aprendió rápido a redactar memorándums, a coordinar audiencias, a responder correos electrónicos formales, informar las citaciones a comisiones, manejar la agenda, armar su propia red de contactos, acceder a información y hacerse cargo de situaciones delicadas. Cuando el diputado no fue reelecto, el jefe de bancada del PPD le pidió que asumiera como secretaria de todo el grupo. Ella aceptó, negoció mejores condiciones laborales que su antecesora y confirmó que iba por el camino correcto. En dos años se había hecho un espacio: su nombre ya era conocido entre varios diputados y asesores, y también entre los trabajadores y funcionarios de la Cámara.

Francisca se llevaba bien con todos. Sobre todo con los funcionarios. Sabía que los necesitaba para hacer bien su trabajo. Ellos se percibían a sí mismos como una categoría superior entre los trabajadores de la Cámara. Estaban al servicio de los diputados, igual que los empleados de los parlamentarios, pero no dependían de los vaivenes de la política ni de la reelección de sus jefes para mantener el trabajo. Sostenían que daban continuidad, estabilidad y permanencia al trabajo legislativo, y decían que los trabajadores de los diputados eran «aves de paso», al igual que sus jefes. Por eso consideraban natural tener mejores sueldos, horarios más cortos, vacaciones más largas, derecho a pago por horas extras, gratificaciones tres veces al año, regalos y un listado de prebendas a las que los trabajadores parlamentarios no accedían. A Francisca esto le parecía una injusticia, pero había aprendido a callarse y a soportarlo. Además, algunas mejoras habían conseguido a lo largo de los años.

Fue así como conoció al Secretario, cuando lo fue a ver junto a otros dos colegas con quienes organizaba el sindicato Catalán. Los hizo esperar una hora y media antes de recibirlos. Y eso molestó a Francisca.

–Disculpen la demora, pero estoy en medio de un tema –les dijo cuando finalmente los recibió–. No tengo mucho tiempo, así es que díganme en qué los puedo ayudar. Ah sí, ahora recuerdo: el sindicato de trabajadores parlamentarios.

–Bueno, Secretario, como usted sabe, estamos hace meses intentado conformar este sindicato… –dijo Alberto, uno de los compañeros de Francisca.

–Por supuesto que lo sé. Seguramente lo supe antes que ustedes mismos. Pero la verdad es que no tengo claro el propósito. Ya existe un sindicato que ha logrado varias cosas, como que los inviten a la fiesta de aniversario de la Cámara, que les den uniformes de trabajo a las chiquillas, para que también se vean ordenaditas, y que los incluyan en el almuerzo del casino. Más que armar algo nuevo, tenemos que fortalecer lo que ya existe, para que estos beneficios lleguen a todos… ¿no les parece?

Francisca miraba a sus compañeros, pero ninguno decía nada.

–Deben entender que mi labor acá es ver que las cosas funcionen –¬continuó Catalán–. Y para eso debo estar atento a los intereses de todos, principalmente de los diputados, para quienes trabajamos. Pero también tengo que responder a los funcionarios, sin los cuales esta corporación no se movería, y a ustedes, que tienen un rol importante. Pero no se puede hacer todo. Por eso les hice una propuesta seria y realista, que incluye obviamente un acápite especial para ustedes tres, para que me ayuden a manejar esta situación y velar porque todos nos mantengamos tranquilos y contentos. ¿Me entienden?

–Entendemos. Pero no nos parece –respondió Francisca.

La oficina quedó en silencio.

–Nosotros queremos que la Cámara nos contrate –continuó–. Que nos pague las imposiciones y todo lo que corresponde según el Código del Trabajo. Es lo mínimo.

Catalán se volvió hacia ella.

–Y tú eres….? Ah sí, Francisca, la secretaria de la bancada PPD, que llevas tres años en la Cámara y llegaste como reemplazante, ¿no es cierto? Sí, yo conocía a Carlita, tu antecesora… a quien no le fue tan bien como a ti, veo.

Francisca sintió el calor subir por las mejillas.

–Lo que Francisca quiere decir, don Augusto –dijo Alberto–, es que queremos ver si es posible que los trabajadores parlamentarios avancemos en tener contratos acordes a la legislación vigente… claro, a través de un proceso gradual y consensuado con usted, por supuesto…

Francisca no se llevó una buena impresión de Catalán en ese primer encuentro, y le quedó claro que nunca llegarían a ser amigos. Pero también supo que tenía todo el poder y que llevarse mal con él le traería problemas.

Volvió al artículo de El Mirador: «La revisión arroja que casi el 20% de los diputados enfrenta procesos por incumplir el pago de cotizaciones previsionales o seguros de cesantía de sus empleados. Incluso el presidente de la Cámara, diputado Ignacio Cruz, figura en el listado de morosos».

¿Quien había entregado los antecedentes a El Mirador? Desde el año pasado se sabía que había problemas con el pago de las imposiciones. Pero la Dirección de Finanzas nunca había aclarado nada. Catalán le había asegurado al presidente del sindicato que solo era «un problema de flujos» que se arreglaría pronto. Ella sabía que algo andaba mal, porque se trataba de dineros que estaban en el presupuesto anual de la Cámara y no podían desaparecer. Pero el problema no se arregló y ahora aparecía en la prensa, con su jefe encabezando la lista de responsables. Increíble. Era la Dirección de Finanzas quien debía pagar las cotizaciones, y que sabía que estaban impagas. Esto era una operación en contra de su jefe. Pero, ¿por qué Catalán quería perjudicarlo?

Francisca llevaba tres años trabajando exclusivamente para el diputado Cruz. Cuando él se lo pidió, ella no dudó en aceptar. Porque le hizo una buena oferta, pero también porque sentía especial cariño por él. Sus amigas le habían preguntado si le gustaba, pero ella lo negaba. Aunque no estaba segura, para el caso daba lo mismo. Jamás se le pasaría por la mente involucrarse con un diputado. Tenía claro que eso era un camino rápido y expedito a ninguna parte. Y ella quería llegar lejos. Tenía fama de ambiciosa, pero no le molestaba. Primero, porque era verdad, y segundo, porque era algo que aplicaba prácticamente a todos en la Cámara, desde los abogados hasta los garzones. La diferencia era que a algunos les resultaba y a otros no. Ella siempre tuvo claro que en el Congreso no bastaba con hacer bien la pega. Ni siquiera era lo fundamental. Lo principal era que quienes ejercían poder la consideraran útil para su desempeño. Y ella era imprescindible para el diputado Cruz. Nadie lo conocía como ella. Ni siquiera su mujer. Con su personalidad de hijo único y mimado, con sus excentricidades de gringo y sus manías de político grandilocuente. Por su parte, él la conocía y la respetaba. Como ningún hombre la había respetado. Y, a su manera, la necesitaba. Eso era suficiente para lo que ella quería y sentía. Por lo mismo, no se dejaría confundir por este año en Presidencia, donde abundarían los amigos, los piropos, las invitaciones, los regalos. Sabía que todo eso era mentira. Y pasajero.

¿Cómo había llegado esta información a El Mirador? Francisca lo sabía. Y decidió devolver el golpe a Catalán. Esto requería una respuesta institucional. Señalar, desde la Presidencia, a nombre de la Corporación, quiénes eran responsables. A ver qué les parecía probar su misma medicina.

Llamó a Marisol, la secretaria de la Presidencia, y le dijo:

– Comunícate con la Directora de Comunicaciones por favor. Dile que quiero conversar con ella en media hora, en mi oficina.

3. Lo correcto no es prioridad
Javiera Koch

–Pasa, pasa, Javiera –dijo Augusto Catalán desde su escritorio. Carmen, su secretaria, hizo un gesto afirmativo con la cabeza, como validando que efectivamente podía entrar a la oficina. Finalmente se concretaba esta reunión, que yo venía intentando gestionar desde que llegué. Tenía muchas expectativas. Y preguntas. Hasta ahora, mi arribo a la Cámara, una institución tan formal, me había parecido bastante informal. Como si nadie supiera a ciencia cierta a qué venía o pudiera darme una orientación sobre el punto. Y el Secretario, mi jefe directo, se demoró un mes en recibirme.

Me habían presentado al equipo, a mi secretaria y a las otras jefaturas; me habían entregado mi oficina y mostrado el edificio con todas sus dependencias. Tenía correo electrónico institucional, tarjetas de visita y estacionamiento con mi nombre. Y dejaron en mi escritorio una lapicera en una caja de madera, un block de notas, un pendrive y una minilinterna, todo con el logo de la Cámara.

Pero no sabía cuáles eran mis funciones ni atribuciones administrativas y operativas como Directora de Comunicaciones. Nadie me lo había informado. Ni querían hacerlo, al parecer. Tampoco había contrato, solo una «resolución» –RES. Nº 679 (P) 2014–, comunicación del Secretario General al Contralor General de la República, que decía: «Cúmpleme informar a US. que por acuerdo de la Comisión de Régimen Interno, Administración y Reglamento, se ha resuelto contratar a la señora Javiera Koch Bastidas, Rut 8.443.132–4, a contar del 1 de marzo de 2015 y mientras sean necesarios sus servicios, asimilada a la categoría «D», de la Escala de Remuneraciones del Acuerdo Complementario de la ley 19.297». Y terminaba con un «Dios guarde a US».

Todo me parecía muy extraño. ¿Cómo podía ser, después de un proceso tan largo y quisquilloso de selección?

Catalán no me miró ni se puso de pie cuando entré.

–Pasa, Javiera, que te quiero mostrar algo –dijo desde su computador.

Su despacho era grande. Dos sillones Chesterfield, de tres cuerpos, forrados en cuero café oscuro, ocupaban la mitad de la habitación en una especie de salón. Al medio había una enorme mesa de centro de madera con patas de león, sobre la cual descansaban libros con tapas de cuero, una antigua campanilla de bronce con mango de madera y los típicos regalos corporativos: figuras de cristal, medallas en cajas forradas en terciopelo, galvanos de madera y metal. Me quedé en la mitad de la habitación sin saber si debía ir a su escritorio o sentarme en los sillones.

–Acércate, te voy a mostrar un regalo que me hicieron hoy –dijo sin levantar la vista.

Estaba sentado detrás de una enorme mesa de trabajo, de más de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho, sobre cuya cubierta yacían altos de papeles y carpetas, una estatuilla de una mujer con túnica, los ojos vendados y una balanza sobre sus hombros, además de libros, objetos y lápices. Al centro, una enorme pantalla a la que él no le despegaba la vista.

–Mira esto –me dijo apuntando una tabla con información en el computador –. Es un regalo del Departamento de Informática. ¿Quieres saber cuántos rollos de papel higiénico se compraron el mes pasado? Acá está: cinco mil quinientos.

No supe qué decir. ¿Rollos de papel higiénico?

–Es un programa hecho solo para mí. O sea, soy la única persona en toda esta institución, es más, en todo el país, que lo tiene instalado. ¿Sabes lo que hace?

–No, no sé…

–Integra la información de todo lo que ocurre en la Cámara. Yo la tenía, pero dispersa, en distintas aplicaciones y archivos. Ahora la tengo toda aquí: a un click… ¿Quieres saber cómo votaron los diputados en el proyecto de ley de tenencia de mascotas? Acá está…

Miré la pantalla, donde se desplegó VOTACIONES:

• Diputado Enrique Mancilla – Afirmativo

• Diputada Antonia Moreno – Afirmativo

• Diputado Carlos Lorenz – Negativo

–¿Y quieres saber qué funcionarios se quedaron a trabajar hasta tarde la semana pasada? Acá: nombre, departamento al que pertenece, profesión, grado, y la hora en que se fue… y puedo acceder al video que muestra cuando salió del edificio. ¿Bueno no?

–Impresionante.

Lo miré: seguía pendiente de la pantalla. Recordé las cámaras fuera de los ascensores, en los pasillos, en las escaleras interiores y exteriores. En todos los pisos.

–Bueno, pero tú no vienes acá a aburrirte con esto. Por favor, sentémonos –dijo finalmente, apuntando a los sillones–. ¿Quieres tomar algo? Carmen, por favor que le ofrezcan algo a Javiera.

Era el jefe. Se movía, manejaba los espacios, pronunciaba las palabras como jefe. Según cámara.cl, había asumido el cargo hace diez años, reemplazando al anterior Secretario, Vicente Hidalgo. El texto explicaba que era abogado de la Universidad de Chile, que había ingresado a la Cámara en 1990, y que había ejercido como abogado de comisiones, Oficial de Actas, Oficial Mayor de Secretaría, Secretario de la Comisión de Constitución, Legislación, Justicia y Reglamento, Secretario Jefe de Comisiones y Prosecretario. Es decir, había hecho todo el camino y conocía la institución al dedillo.

Un mozo entró y dejó dos tazas de café y un plato con galletas en la mesa.

–Bueno, Javiera, te pedí que nos juntáramos porque quiero que tu gestión sea exitosa –dijo–. Quiero que hagamos todo lo que sea necesario en la Cámara y que te vaya bien, porque si te va bien a ti, quiere decir que le irá bien a la Cámara. Y eso es lo que todos queremos. Y para eso, me parece que siempre es mejor conversar y concordar la mejor forma de hacer las cosas. Porque esta institución es muy especial, la gente es complicada, los diputados y los funcionarios son mañosos, se quejan mucho… en fin. Y yo quiero ayudarte… Pero Javiera…, ¿estás contenta de estar acá con nosotros?

Me demoré un par de segundos en responder:

–Muy contenta –respondí–. Le agradezco esta reunión…

–¡Por favor! No me trates de «usted», me vas a hacer sentir viejo –interrumpió.

–Bueno. Te agradezco la reunión y estoy de acuerdo en que hay que conversar y ponerse de acuerdo. Sobre todo cuando hay una labor tan importante que desarrollar… a fin de cuentas, los diputados toman las decisiones que norman prácticamente cada momento de nuestras vidas. Yo soy una convencida de que….

–Ah sí. Muy bien –interrumpió de nuevo–. Claro, yo sé que vienes con muchas ideas y ganas. También el Presidente tiene muchas expectativas con tu llegada a la Corporación. Me parece bien. Yo también las tengo. Pero quiero que sepas algo, Javiera: acá llega mucha gente creyendo que va a cambiar cómo se hacen las cosas. Pero eso nunca ocurre, ocurre muy poco u ocurre muy lento, de manera muy, muy gradual. Por la simple razón de que la Cámara tiene sus formas, que las viene consolidando a lo largo de décadas, y que ni siquiera se modificaron durante los 17 años que estuvo cerrada, en el gobierno militar. Y quienes sabemos cómo funcionan las cosas en la Cámara somos nosotros, los funcionarios, los que trabajamos acá de manera permanente. No los diputados ni sus asesores. Ni siquiera el Presidente, tu jefe. Y mi jefe. Que ahora, por ejemplo, ha dicho en todas las entrevistas que viene a dar un golpe de timón en materia de probidad. ¿Qué sabe él de probidad en la Cámara? Yo no me lo tomo en serio porque estoy acostumbrado a estas cuñas que dan los honorables para hacerse los interesantes con la prensa. Pero es arriesgado lo que está haciendo porque le puede salir el tiro por la culata… ¿me entiendes?

Me miró fijamente. Quería saber el efecto de sus palabras.

–A eso es a lo que me refiero –contesté–. La gente no sabe cómo funcionan las cosas acá, muchos creen que no se trabaja, que todos son flojos y solo andan preocupados de sus sueldos y sus privilegios. Por eso digo que hay que mostrar el trabajo de los diputados, de la Cámara, acercarla a la ciudadanía…

–No puedo estar más de acuerdo contigo, Javiera, y me parecen muy loables tus intenciones. Por eso te reitero que los únicos que saben cómo funcionan las cosas acá somos los funcionarios. Nosotros movemos los engranajes de esta gran máquina que es la Cámara de Diputados de Chile. Y de los funcionarios, yo soy el que más sabe…

Esperé que continuara.

–Mira, llevo diez años como Secretario y, antes de eso, quince ocupando todos los cargos a los que pueden acceder los abogados en esta Corporación. He sorteado con éxito los cambios de Mesa, de jefes de comités, de correlación política, de alianzas y mayorías parlamentarias, de izquierda y derecha. Conozco bien a todos los diputados, salvo a los que ingresaron el año pasado, pero a esos los estoy conociendo… Y, créeme, yo sé mejor que nadie lo que quieren Y lo que no quieren. Y créeme también que todos son más o menos iguales. Más allá de lo que digan o declaren cuando recién llegan. Así, para que las cosas salgan bien, especialmente cuando se trata de hacer cambios, y más aún cuando son cambios en la forma de nuestro funcionamiento interno, hay que coordinarse con todos los involucrados. Y por supuesto, conmigo. ¿Está claro?

Estaba claro: cualquier cambio que quisiera hacer debía contar con su aprobación. Se puso de pie y continuó:

–Supe que fuiste a hablar con Ramiro por las finanzas del Canal…¿cómo te fue?

Me pilló desprevenida.

–Bien… él fue muy atento.

–O sea que eso se arregló.

–Sí… o sea, más o menos. Me envió la información, pero a mi juicio sigue estando incompleta: no se entienden los gastos del Canal.

–Ya veo. Déjame verlo con él. Le voy a pedir que te ayude en lo que pueda. Pero déjame verlo yo. Acá la gente se pone muy quisquillosa cuando se empieza a pedir información. No están acostumbrados. Y menos si se la pide alguien que no conocen, como tú. He sabido que estás haciendo una revisión acuciosa de información en la Dirección de Comunicaciones. Me parece muy bien, pero probablemente habrá cosas que no entiendas o que creas que hay que mejorar, o incluso cambiar…

–Bueno, he estado revisando papeles….

– Mmm… ¿Me pregunto si será necesario hacer todo eso de inmediato? Puede ser percibido como un poco agresivo… como una suerte de investigación. Y generarte malos ratos. Te sugeriría que vayas de a poco, conozcas a la gente primero, sobre todo que los diputados te conozcan… y luego lleves adelante tus planes.

Tanto Bernardo como el Prosecretario me habían dicho que debía hacerme conocida entre los diputados. Presentarme, ponerme «a su disposición». Preguntarles si necesitaban ayuda en algo especifico. Y, en lo posible, lograr que me dieran un encargo lo suficientemente simple como para cumplirlo de manera rápida, y lo suficientemente importante para ellos como para que se sintieran agradecidos. Como eran 120, la sugerencia era priorizar a aquellos honorables con influencia y que podían hacer la diferencia a la hora de necesitar apoyo. Yo no entendía esta necesidad de buscar «apoyos». Me sonaba como una lógica electoral. En mi óptica, el apoyo a mi gestión debía ser el resultado de los logros de la misma, que yo presentaría cada tres meses ante la Comisión de Comunicaciones.

–¿Tú crees que debo esperar para proponer cambios? –pregunté–. Porque eso fue lo que pedían en el proceso de selección…

–Javiera… debes entender que acá no todo es tan absoluto. Por ejemplo, una cosa es lo que algunos diputados dicen que se debe hacer, porque es de sentido común, como por ejemplo, mejorar las comunicaciones. Pero otra es lo que se hace. Y no siempre coincide. Porque lo correcto no siempre es prioridad. Algo así trató de decirte el diputado Dalmazzo cuando te fue a ver a tu oficina.

Lo quedé mirando, incrédula.

–¿Tú sabías que fue a mi oficina?

–Por supuesto que lo sé. Pero no te lo tomes a pecho. El diputado puede ser bastante impetuoso, eso todos lo sabemos, pero no es una mala persona. Él solo está preocupado porque hay gente dentro de Comunicaciones, de la que él es amigo, que a su vez está preocupada por la forma en que estás entrevistando a todos y pidiendo información. Y él, seguramente no de la mejor manera, quiere ayudarlos.

–¿Ayudarlos? ¿A qué? Pero si solo quiero interiorizarme de cómo funciona todo. Entre otras cosas porque hay muchos temas que no entiendo, algunos de los cuales tienen que ver con mi gestión. No entiendo que alguien se preocupe por eso.

–Ya lo entenderás. Esto es política… Yo coincido en que hay cierto desorden. Pero te pido que antes de sacar conclusiones, lo veas conmigo primero. No te quepa duda de que solucionaremos todo. Pero juntos. Y de a poco. Y quiero que sepas que cuentas con todo mi apoyo, Javiera, porque es muy importante que tengas éxito en tu labor. Mi oficina está siempre abierta: ven cuando quieras. Sé que harás una gran labor; leí tu currículum y de verdad es un honor para nosotros contar con una profesional de tu nivel. Serás un gran aporte. Ahora te pido que me disculpes porque me esperan en la Sala.

Volvió a su escritorio mientras llamaba a su secretaria. Comenzó a sonar el timbre que anunciaba el inicio de la sesión.

–Tenía varios puntos que quería ver contigo –contesté–. Aspectos técnicos de mi contrato y otros de funcionamiento.

–Velos con el Fiscal, o con Carmen, o con Bernardo… ¿no le dije a Bernardo que te contara cómo funciona todo? No me digas que no lo ha hecho, porque lo llamo de inmediato. Ése es muy bueno para sacar la vuelta y no hacer nada.

–No, no Bernardo ha sido de gran ayuda…

–Bueno, lo otro velo con el Fiscal, o con Carmen. Ella te dirá con quién debes resolver cualquier duda. Y por supuesto, si necesitas conversar conmigo de nuevo, por favor, estoy a tu disposición. Pero tenme paciencia, porque los honorables siempre me mantienen muy ocupado.

Me quedé de pie unos segundos. Luego pregunté:

–¿Y tú sabes lo que me dijo el diputado Dalmazzo? ¿Y cómo lo dijo?

–Supongo que lo sé. O me lo imagino. Mira, te reitero, no lo tomes a pecho. Él es así. Algunos te podrán haber dicho que es una situación de maltrato, que hay que llevarlo a la Comisión de Ética y esas cosas, pero no te lo recomiendo. Porque vienes recién llegando y los diputados pueden hacerse la idea de que eres una persona problemática. Y eso no es bueno. Además, para eso necesitas tener testigos.

–Bernardo es testigo. Estaba en mi oficina.

Se puso serio. Muy serio. Diría que se molestó.

–Bernardo no es testigo de nada. Tiene una larga historia de descrédito en la Cámara, entre los diputados y entre sus propios compañeros. No te lo recomiendo como aliado. Debes acercarte a gente que te convenga, que te pueda abrir puertas. Ya aprenderás.

Se puso de pie, tomó unos papeles y me dio un beso en la mejilla. La reunión había terminado.

Salí al pasillo.

Abajo, en el hall El Pensador, se comenzaba a juntar la gente de la prensa en torno a lo que serían las pautas del día.

No supe si me había ido bien o mal. Pero pensé que efectivamente tenía que comenzar a generar alianzas. Y conseguir apoyos. Hacer una lista con los diputados a los que debía hacer una visita. Quizás Bernardo me podía ayudar.

4. Necesitamos logros, eventos y titulares
Javiera Koch

–Pase, Javiera. Y disculpe la espera, pero los diputados siempre quieren que uno vea sus temas de inmediato. Pero eso usted lo sabe mejor que yo.

El Presidente Cruz me recibió ayer. No porque le estuviera solicitando una reunión desde hace un mes, sino porque quería que lo apoyara con la denuncia de El Mirador sobre los diputados que adeudaban las cotizaciones de sus trabajadores, noticia donde él era protagonista. Me lo dijo Francisca Reyes, su jefa de gabinete, cuando me llamó. Con un tono imperativo.

–El Presidente quiere que venga a su oficina dentro de media hora para hablar un tema de comunicaciones.

–¿Podrá ser un poco más tarde? Tengo una reunión de trabajo con todo mi equipo a esa hora.

–Pues tendrá que cambiar su reunión. La esperamos a las tres y media.

Era coherente con lo que Pesutic había dicho de ella: que tenía mal carácter, era ambiciosa y estaba enamorada del Presidente. Y que había sufrido la misma metamorfosis que todos los asesores de diputados que llegaban a la Presidencia: «por un año, son los empleados más importantes y con más poder de toda la institución. Es su minuto de gloria y lo hacen valer. Y, como son unos pobres peleles, se ponen insoportables y manduquean a todo el mundo».

Así es que cambié mi reunión y subí a Presidencia.

–Usted dirá en qué lo puedo ayudar, Presidente –le dije después de presentarme y confirmar que no tenía idea de quién era yo.

–Me dice Francisca que usted es la nueva Directora de Comunicaciones y que ve los temas institucionales. Pues bien, necesito que me ayude, porque, como habrá visto en la prensa, me acusan de algo que no es verdad. Y creo que debemos responder como Corporación. Para que no queden dudas de las responsabilidades.

La oficina de la Presidencia se suponía elegante. A la entrada había un arrimo de madera café oscuro sobre el cual reposaba un enorme reloj con aplicaciones metálicas. Al fondo, un escritorio grande, antiguo y de madera rojiza, detrás del cual había un sitial y un gran ventanal tapado por gruesas cortinas de terciopelo beige, parcialmente recogidas y que obstruían la luz natural. En una pared colgaban dos espejos con gruesos marcos dorados, y en otra un paisaje campestre del pintor Valenzuela Llanos, de aproximadamente dos por tres metros. Las banderas de Chile y de la Cámara de Diputados pendían en una esquina, de sus respectivas astas de bronce, que terminaban en unos cóndores con las alas desplegadas. Al costado derecho había una mesa de reuniones, también antigua, con seis sillas. Al centro, dos sillones de cuero negro, donde el Presidente, Francisca y yo estábamos sentados.

–Como te comenté –intervino Francisca–, esta denuncia de las cotizaciones impagas es un error enorme, porque no son los diputados los responsables de pagar esos dineros, sino la Cámara. La Dirección de Finanzas para ser más exactos. Y, entonces, son ellos quienes están atrasados. Los diputados ni siquiera sabían de estas deudas.

–¿Y eso es lo que quiere decir a la prensa? –pregunté–. ¿Que la administración de la Corporación es responsable?

–Bueno, la prensa debería hablar con el Secretario General

–continuó Francisca–. Él es el encargado de dilucidar cómo se originó este problema. Y tú deberías coordinar esa entrevista.

Se hizo un silencio donde ambos me miraron. Me pedían apuntar públicamente a Catalán, mi jefe como responsable de las deudas. A través de una entrevista gestionada por mí.

–Entiendo que querías presentar al Presidente una propuesta para reorientar las comunicaciones de la Cámara –dijo Francisca–. Has solicitado una reunión con él en un par de oportunidades. No la fijé porque teníamos la agenda copada, pero ahora puede ser la oportunidad de hablar de eso también.

Una cosa por otra. Si los ayudaba a culpar a Catalán, apoyarían mi plan de comunicaciones. De lo contrario, me podía olvidar de su patrocinio.

–Sí, efectivamente, Francisca –respondí–. He elaborado una propuesta para renovar y potenciar las comunicaciones de la Corporación. Pero no puedo desarrollarla sin la aprobación del Presidente.

–Bueno, me interesa mucho verla, Javiera –dijo él–. Pero supongo que no será contradictorio con lo que te estamos solicitando ahora, ¿verdad?

No tenía alternativa. Lo del Secretario tendría que arreglarlo después. Bernardo me había explicado que acá todos los proyectos eran anuales, porque su implementación dependía de la voluntad –tiempo, ganas, metas– del Presidente de turno. Mi propuesta dependía del diputado Cruz. Así es que el problema con el Secretario tendría que arreglarlo después.

–No, Presidente. Lo que sugieren para el tema de las cotizaciones impagas es absolutamente coherente con mi propuesta, porque busca que las comunicaciones de las máximas autoridades adquieran una connotación institucional y menos político-partidista. Como usted sabe, la anterior Mesa consideró necesario reestructurar el trabajo de mi área, dada la mala imagen pública de la institución y sus diputados, y del desconocimiento de la ciudadanía acerca de aspectos básicos del proceso legislativo…

Él miraba la pantalla de su celular. Ni siquiera sabía si me estaba escuchando.

–…y queremos avanzar especialmente en un par de temas específicos…

–Me parece bien, Javiera –contestó sin levantar la vista–. ¿Y tiene alguna sugerencia concreta?

–Sí, Presidente. Pienso que debemos trabajar los temas de transparencia y probidad, que son muy importantes para la ciudadanía y que usted ha mencionado en su discurso y en varias entrevistas. Según entiendo, hay diversas iniciativas en discusión, que se concretarían durante su gestión.

Dejó de mirar el teléfono.

–Muy interesante, Javiera. ¿Le parece elaborar una propuesta y me la presenta? Coordine una reunión con Francisca y vamos avanzando. Pero rápido, porque ya me han dicho que el año de la Presidencia pasa volando y se alcanza a hacer muy poco. Y coordinemos también una reunión con la Comisión de Comunicaciones, en la que me comprometo a participar para ver su propuesta y cómo mejoramos el trabajo de la Dirección.

–Sería muy bueno, Presidente, porque he estado revisando documentos y creo que hay un desorden grande…

–Bueno, con el tema de las imposiciones quedó claro que hay desorden… quizás debería proponer una auditoría a las finanzas de la Cámara. Eso sería un golpe periodístico… ¿No cree, Javiera?

No respondí.

–Sin duda, Presidente –dijo Francisca–. Pero hay que planificar bien cómo lo comunicamos, porque me imagino que muchos se opondrán. Quizás Javiera nos puede ayudar en eso también.

–No es mala idea –respondió él–. Pero lo importante es que haga el anuncio. Si después lo boicotean, ellos tendrán que hacerse cargo, pero yo quedaré como un presidente que quiso introducir transparencia. Me gusta ese tema. Transparencia. Y enfrentar el desorden…

–¿Desorden? ¿Dónde hay desorden…?

Los tres nos dimos vuelta. Parado en el umbral de la puerta estaba Augusto Catalán.

–¿Interrumpo? –preguntó.

–No, Augusto, pasa –contestó Cruz.

–¿La Directora piensa que hay desorden en alguna parte? –insistió Catalán.

–No, Secretario –respondió el Presidente–. Pedí hablar con la Directora para solicitarle que nos ayude con un tema de prensa de la Presidencia.

–¡Ah! No sabía que hizo esa solicitud, Presidente, ni de esta reunión. La Directora no me informó. Pero voy a tener que interrumpirlos, porque hay un problema con algunos jefes de comité sobre la modificación del inicio de la sesión del jueves. Tenemos que verlo ahora si queremos solucionarlo.

–Hágalos pasar. Nosotros ya habíamos terminado –dijo Cruz.

–¿Vamos a mi oficina, Javiera? –dijo Francisca.

Tomé mis papeles, me despedí del Presidente y salí tras la jefa de gabinete. El Secretario salió de la oficina sin que pudiera saludarlo.

***

–¿Hace cuanto llegaste a la Cámara, Javiera? –me preguntó Francisca cuando estuvimos en su oficina.

–Hace dos meses. ¿Por qué?

–Solo quería saber… –respondió–. Tú entiendes que el Presidente es la máxima autoridad de la Cámara, ¿verdad? Es decir, tu jefe…

Me sentí incómoda.

–Bueno –continuó–, el Presidente quiere dar un sello a su gestión y tiene muy claro que para eso las comunicaciones son fundamentales. Entonces, la idea es que trabajemos juntas.

–Claro, yo tengo más o menos lista la propuesta, que se basa en cuatro ejes…

–Sí, te entiendo –interrumpió–. Mira, Javiera, te propongo que trabajemos juntas en función de temas concretos que al Presidente le interesan, como los de transparencia y probidad, y las solicitudes que vayan saliendo de la agenda. Hay que hacer un plan de prensa porque queremos muchas entrevistas, en lo posible en televisión, y mucha presencia pública. No nos interesa que aparezca como diputado PPD con temas del partido, sino como Presidente de la Cámara. Un hombre de Estado.

–Entiendo…

–Y quiero ser franca: no sé cuáles son tus propósitos ni tu agenda, pero sí sé cuáles son los de mi jefe. Y no tenemos cuatro años para implementar largos procesos de reestructuración organizacional o cosas por el estilo. Necesitamos hechos, logros, eventos y titulares…¿se entiende? Él quiere ser senador… Y por supuesto quiere ser un buen Presidente, pero no olvidemos el contexto.

No supe qué decir.

–Tenemos dos temas entonces –prosiguió–: la respuesta al tema de las imposiciones, que debería ser una entrevista al Secretario, y los temas de probidad, donde el Presidente podría anunciar algunas medidas de la comisión Bicameral de Transparencia, que integra. A muchos no les gustará el anuncio anticipado, pero estamos acostumbrados a lidiar con eso. Y esta idea de la auditoría la vamos a preparar en términos de apoyos internos antes de difundirla. ¿Tienes una idea de cómo partir?

–En la Cuenta Pública del Congreso que se celebra el próximo mes –respondí–. Es la primera vez que el parlamento entrega un balance de gestión al país; los medios estarán pendientes y es una buena oportunidad para que el Presidente haga anuncios de probidad.

Sonrió.

–Nos estamos entendiendo –dijo–. Me encanta. Efectivamente, es una oportunidad inmejorable. Trabajemos una propuesta.

Salí de su oficina pensando que había conseguido apoyo para mi plan de reestructuración. Pero no tenía la sensación de que avanzaba, sino más bien de que venían problemas.

Decidí llamar a Matías Tello por la entrevista a Catalán. Le pediría que la solicitara como algo suyo. Que no comentara que yo se lo sugerí.

5. Control de daños
Javiera Koch

–¿Tú sabes cómo se manejan los dineros de la Cámara?

–¿A qué te refieres…?

Matías Tello, mi ex compañero de universidad, me había invitado a un café. Le propuse que fuera a mi oficina, pero insistió en que nos juntáramos en la cafetería de los diputados, hoy, a las nueve de la mañana. Me provocó curiosidad. A esta hora, este sector del edificio estaba vacío. Desde nuestro encuentro para el cambio de Mesa, solo había hablado con él la semana pasada por la entrevista a Catalán. A la que el Secretario no había accedido y que finalmente dio el Presidente.

Me había decepcionado un poco que Matías no me hubiera contactado antes. Sé que habían pasado más de veinte años desde que tuvimos ese pequeño affaire en la universidad, pero siempre sentí que había quedado algo. No pendiente, pero sí presente. Lo confirmaba cada vez que nos habíamos topado en la calle, en un evento de trabajo o en las reuniones de curso. Pero era verdad que hace mucho tiempo que no lo veía. Y que mis pretensiones eran bastante ridículas. Tampoco eran pretensiones. Más bien una idea. Solo eso.

Llegué atrasada. No quería parecer ansiosa. Los mozos estaban limpiando y preparando cafeteras y vajilla para cuando comenzara la afluencia de público y autoridades. Faltaba más de una hora. Matías me esperaba en una mesa, concentrado en su celular. Estaba igual: alto, flaco y desgarbado. El pelo seguía largo pero ahora lo controlaba con gel y había cambiado la polera de algodón por chaqueta, camisa y corbata. Me pareció que tenía una mirada triste. O quizás solo aburrida.

En la universidad militaba en la Juventud Socialista y participaba en todas las asambleas, mítines, protestas y paros, y en todo lo que significara no ir a clases. Como alumno, se caracterizaba por llegar atrasado, no tener la materia ni saber cuándo había prueba. Pero era inteligente y chistoso.

–¿A qué te refieres con el manejo de dineros? –repetí.

–A lo que pasa después de que el presupuesto de la Cámara se aprueba, cómo llegan esos fondos a la Corporación, si se entrega todo de una vez o se van transfiriendo por remesas, si se depositan en una o varias cuentas de la Cámara, quién las maneja, quién o quiénes tienen la facultad para girar de esas cuentas, quién toma las decisiones de los gastos, cómo se rinden… En fin. ¿Sabes eso o no?

–Claro que no, no tengo idea. Pero supongo que es información que se puede solicitar a través de la página web, en Transparencia Activa.

–Es que lo hice, y respondieron que no pueden entregar esos antecedentes.

Catalán me había comentado acerca de esa solicitud y preguntado si conocía a Matías. Dijo que era un periodista de cuidado y que había publicado un reportaje sobre los privilegios de los diputados. Recordaba la nota: hablaba de los pasajes de avión, los estacionamientos gratis en el aeropuerto, el pago de cuentas telefónicas, el cobro de dobles viáticos, los regalos que no se declaraban, etc. De todo. Y abrió un debate sobre el tema que aún no se calmaba.

–¿En qué andas? –le pregunté.

–Haciendo mi pega: reporteando.

–¿Sobre el manejo de las platas?

Pesutic y Catalán estaban nerviosos después de que apareció la entrevista de Matías al Presidente en La Crónica, donde sindicaba a la Dirección de Finanzas como responsable de las imposiciones impagas. Me dijeron que esto confirmaba la necesidad de un mayor manejo institucional de la prensa. Que ése había sido uno de los argumentos para traer a alguien externo, con experiencia, a Comunicaciones y no elegir a alguien de la Cámara. Por tanto, mi labor era desarticular este tipo de publicaciones sobre la institución.

–Pero no opera así –respondí–. Uno no puede pautear a la prensa sobre qué pueden y qué no pueden investigar. ¿Cómo creen ustedes que funciona?

–¿Qué cómo creo que funciona? Como la mierda –contestó Pesutic–. Con cahuines, periodistas poco serios que publican lo que escuchan sin informarse bien, que escriben con errores porque no saben la diferencia entre proyecto de ley, proyecto de acuerdo, proyecto de resolución, un mensaje o una moción; que lo único que quieren es una exclusiva y que para eso son capaces hasta de meterse a la cama con los diputados.

–Yo creo que los periodistas funcionan como lo hacemos todos –intervino Catalán– negociando lo que les interesa a las partes. ¿Qué le interesa a los periodistas?: información. Exclusiva, por supuesto. Entonces eso es lo que hay que facilitarles… y pedir algo a cambio.

–Bueno, pero es justamente esa información la que muchas veces no nos interesa que publiquen, porque nos perjudica –respondí.

–Siempre va a haber cosas que nos dañan menos que otras

–contestó Catalán–. O, mejor dicho, que permiten un mayor «control de daños». Es decir, perjudican a menos personas, o a personas que son menos importantes para nosotros. Esa es la información con la que debemos negociar. ¿Quiere hablar de privilegios? Bueno, entreguémosles algunos de los que nadie sabe, como los pasaportes diplomáticos para las esposas e hijos de los honorables, por ejemplo, pero ocultemos otros que son más complicados. Entreguémosles nombres, pero de los diputados que no le importan a nadie. ¿Me entiendes a lo que me refiero, Javiera?

–Si sabes qué les puedo ofrecer a los periodistas para que se olviden de los asuntos más delicados, me lo dices y lo veo con ellos –contesté–. Pero me gustaría saber cuáles son esos temas…

–Los temas más delicados son aquellos relacionados con las finanzas de la Corporación –dijo Catalán–. Porque son temas que la opinión pública no entiende; involucran grandes sumas, generan titulares, conciernen a otras instituciones del Estado, y porque la dinámica de la Corporación es tan compleja, que aunque intentáramos explicar cómo se gastan los más de 65 mil millones de nuestro presupuesto, nadie lo entendería. Es un tema que solo causa problemas. Y entiendo que hay algunas solicitudes al respecto en el portal de Transparencia, justamente de un periodista amigo tuyo, el mismo que entrevistó al Presidente: Matías Tello. ¿Tienes alguna idea de cómo podemos manejarlo?

–Amigo no –corregí–. Ex compañero de universidad, de hace más de veinticinco años.

Catalán sonrió.

–No conozco las solicitudes ni la forma en que la Cámara las aborda –continué–. Dame los antecedentes. Supongo que podremos decir que cierta información no se entrega por razones de buen funcionamiento de la institución, o algo por el estilo.

Al otro lado de la mesa, Matías me miraba fijamente mientras tomaba su café.

–Me dicen que existe la idea de hacer una auditoría a las finanzas de la Cámara –continuó–. Que Cruz lo planteó ayer en la reunión de Régimen Interno y que generó una pelea entre los diputados.

–No sé nada al respecto.

–No necesitas confirmarme eso, ya me lo contaron. Solo quiero que me corrobores algunas cosas, como que los principales detractores fueron Müller y Dalmazzo.

–Es que en realidad no sé de qué me estás hablando. No tengo esa información –insistí.

Me quedó mirando, decidiendo si me creía o no. Finalmente dijo:

–¿Y quieres que te la dé?

Catalán tenía razón: había que negociar información con la prensa. Si le pedía a Matías que me contara lo que sabía, quedaría en deuda con él. Pero Catalán también tenía razón en que siempre había cosas que se podían entregar.

–Ok –le dije–. Cuéntame.

Se paró y volvió con otros dos cafés cortados. Yo me di vuelta a mirar hacia el pasillo. No había nadie.

–Cruz no estaba hablando de la auditoría sino de un nuevo estatuto parlamentario que se está trabajando y que contiene un largo listado de limitaciones a los beneficios de los honorables –dijo después de sentarse.

–¿Qué limitaciones?

–Entre otras, eliminar la acumulación de millas aéreas, restringir la compra de pasajes en clase business y reemplazarla por clase económica, prohibir el alargue de los viajes institucionales por motivos personales, eliminar almuerzos y cenas gratis en el Congreso, etc. También planteó la idea de reducir la dieta parlamentaria.

Era un golpe periodístico. Claramente, el presidente estaba decidido a posicionarse con estos temas. ¿Por qué yo no estaba al tanto?

–¿Y eso provocó reacciones, dices?

–Más que reacciones, una verdadera batalla. Varios dijeron que las medidas eran oportunistas, solo para dejar contenta a la galería, pero que no tenían que ver con el buen funcionamiento de la Cámara. Cruz dijo que la situación de descrédito no daba para más y que había que tener una postura como Cámara frente a privilegios, desórdenes e incluso eventuales irregularidades. Que quizás había situaciones anómalas de las que ni siquiera tenían antecedentes. Que la prensa tarde o temprano iba a saber todo y que no podían darse el lujo de aparecer pasivos, dando explicaciones todas las semanas por algo nuevo. Que él no estaba disponible para eso. Y que era mejor reconocer, arrepentirse y cambiar las cosas. Y dijo que la próxima Cuenta Pública era un buen momento para eso.

–¿El Presidente te contó eso?

Matías hizo como que no me había escuchado.

–Sobre todo Dalmazzo y Müller reaccionaron muy fuertemente…

–¿Quién más estaba?

–No tengo todos los nombres, pero estaba la diputada Moreno, que en un momento se puso a discutir con Dalmazzo. Y todo empeoró cuando Cruz propuso transparentar la ejecución de gastos de la Cámara con una auditoría. Dijo que el episodio de las cotizaciones impagas, que se había explicado por un «descalce en los flujos» y donde él tuvo que dar la cara, había evidenciado tal despelote en los manejos de dinero que ameritaba una investigación y mayor fiscalización.

–¿Dijo despelote o mal uso?

–Dijo desorden. Müller contestó que las cuentas estaban muy claras, que desde hace dos años se hacían auditorías internas y que la Comisión Revisora de Cuentas tenía todos los antecedentes. Que no había nada que esconder pero que tampoco había que dar a conocer todo. Y que la opinión pública o los periodistas podían pedir lo que quisieran, pero que ni siquiera la Contraloría tenía derecho a fiscalizar los gastos de la Cámara, y él no iba a dar su apoyo a cambiar eso.

–¿Y?

–Ahí todo terminó, porque Catalán dijo que había que bajar a la sesión de Sala. Así es que acordaron seguir con el tema la próxima semana.

¿Cómo tenía Matías acceso a esa información? ¿A quién le convenía filtrar eso? No al Presidente, porque si sus propuestas salían a la prensa le traería problemas con otros diputados. ¿Catalán? No pareciera. No después de la reunión que tuve con él.

–Interesante –dije–. Habría que ver cuánto de todo eso es verdad. Ya sabemos que a los honorables les gusta adornar las historias para que salgan en la prensa.

Matías dejó su taza en el plato y dijo en voz baja:

–Es que no fue un diputado quien me lo contó.

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351 p. 3 illustrations
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9789560012821
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