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LA ARTICULACIÓN ETNOGRÁFICA
La articulación etnográfica es una investigación sobre otra investigación. A través del análisis etnográfico textual, metodológico y técnico, la autora indaga en el complejo proceso de conocimiento que va desde los inicios del trabajo de campo hasta el armado del texto final, en busca de aquello que la mantiene unida en todos sus pasos, actividades, disposiciones y destrezas. Los materiales de esta investigación son los elaborados por Esther Hermitte (1921-1990), la primera argentina (por nacimiento, socialización y formación básica) titulada como “antropóloga social” y que ejerció como tal. Culminando en su tesis doctoral, Poder sobrenatural y control social (1970-2004), Hermitte llevó a cabo un extenso e intenso trabajo de campo en la localidad de Pinola-Villa las Rosas, en los Altos de Chiapas, México, entre 1959 y 1961, como integrante del equipo de investigación Man in Nature que condujeron Norman McQuown y Julian Pitt-Rivers, del departamento de Antropología de la Universidad de Chicago.
Valiéndose del diario de campo de Hermitte, sus cuadros, esquemas e informes temáticos y de avance, junto a la tesis doctoral que, con mínimos cambios, fue publicada en castellano por el Instituto Indigenista Interamericano en 1970, Rosana Guber nos propone reconocer los dilemas que se presentan a los investigadores que eligen la etnografía como perspectiva privilegiada para el conocimiento social. La articulación etnográfica indaga una etnografía por dentro, las lógicas que conducen al descubrimiento y las preguntas específicas, que son los garantes de un recorrido tan arduo como apasionante que, sin recetas y con humana creatividad, hace camino al andar.
Rosana Guber es investigadora del Conicet y directora del Centro de Antropología Social del Instituto de Desarrollo Económico y Social, Argentina. Es autora de El salvaje metropolitano (1991, 2004) y Etnografía: método, campo y reflexividad (2001, 2011), y compiladora con Sergio E. Visacovsky de Historia y estilos de trabajo de campo en Argentina (2002), entre otros volúmenes y artículos que tratan sobre la investigación etnográfica, el campo antropológico argentino y las memorias argentinas de la Guerra de Malvinas (Argentina-Gran Bretaña, 1982).
ROSANA GUBER
LA ARTICULACIÓN ETNOGRÁFICA
Descubrimiento y trabajo de campo en la investigación de Esther Hermitte

Índice
Cubierta
Acerca de La articulación etnográfica
Portada
Agradecimientos
Estudio preliminar. La trama, los hilos y los nudos de un proyecto de investigación. La Universidad de Chicago en los Altos de Chiapas, por Andrés Medina Hernández Introducción Las relaciones con la antropología de Estados Unidos El proyecto. Man-in-Nature El nahualismo y la cosmovisión Bibliografía citada
Prólogo
Introducción 1958-1964: Esther Hermitte de Buenos Aires a Chicago-Chiapas 1965-1990: un regreso sin gloria Los materiales Plan de este libro
Primera parte. El punto de llegada Capítulo 1. Lectura de una etnografía 1. La carátula de la investigación 2. El problema 3. La respuesta 4. El argumento, entre el problema y la solución Capítulo 2. Los métodos en el texto 1. ¿Dónde está la metodología? 2. “Los métodos” localizados 3. La presentación de la evidencia
Segunda parte. Organizar la evidencia Capítulo 3. El material analítico 1. Informes, cuadros y proyectos 2. El punto de partida 3. Informes temáticos Capítulo 4. La evidencia del consenso 1. Cuadros temáticos
Tercera parte. El trabajo de campo Introducción Capítulo 5. El registro en el diario de campo 1. ¿Cómo leer un diario? 2. Datos básicos de un diario de campo 3. Registrar lo inesperado 4. Los recursos del lenguaje escrito en el campo 5. El diario como historia Capítulo 6. Los “qué” del trabajo de campo: temas, rótulos y clasificaciones 1. El mundo temático mesoamericano 2. Un recorrido desde categorías académicas a categorías dialógicas Capítulo 7. Informantes, interlocutores y eventualmente compadres 1. ¿Quiénes son “los informantes”? 2. Primera muestra… etnocéntricamente hablando 3. La muestra como construcción recíproca 4. Segunda muestra: amigos y compadres Capítulo 8. Técnicas: ¿instrumentos o actividades? 1. Las condiciones necesarias para el trabajo de campo 2. ¿Técnicas? 3. Trabajo 4. Los otros contextos 5. Otras actividades, técnicamente hablando 6. La lengua Epílogo. La articulación etnográfica Bibliografía 1. Archivos empleados para esta investigación 2. Publicaciones de autoría de María Esther Hermitte (todos los períodos) 3. Publicaciones que analizan la trayectoria académica de Esther Hermitte Bibliografía sobre las antropologías argentina, mexicana y norteamericana, y bibliografía citada
Álbum de imágenes
Créditos
CULTURALIA Coleccion dirigida por PABLO WRIGHT
Agradecimientos
La elaboración de este volumen fue posible gracias a una serie de decisiones que en su momento tomaron determinadas personas. La primera, obviamente, fue Esther Hermitte, quien decidió hacer un doctorado sobre una especialidad desconocida en la Argentina de entonces, y sumarse al equipo de Man in Nature en los Altos de Chiapas para hacer su tesis; una vez defendida su tesis y publicado su libro, decidió guardar todas sus elaboraciones en cajas en las estanterías de su propia casa. La segunda fue Getulio E. Steinbach, su albacea, quien decidió junto a tres jóvenes antropólogas del IDES guardar sus papeles personales en la institución que cobijó a Esther de los vaivenes de la política nacional y la académica en nuestro país. En tercer lugar, los miembros del Grupo Taller de Trabajo de Campo Etnográfico del IDES que, en los 90, analizamos y publicamos un artículo sobre estos materiales y que fue el comienzo de estas páginas. En cuarto lugar, la extraordinaria apertura y ganas de saber de mis alumnos de la maestría de Antropología Social del IDES-IDAES/UNSAM con quienes comencé a organizar, en forma de curso, las piezas de este rompecabezas. En quinto lugar, el etnólogo mexicano Andrés Medina Hernández, que no ahorró nada de su saber y de sus fuentes contemporáneas al proyecto Chicago-Chiapas, incluyendo las fotos de Marcelo Díaz de Salas, para que yo pudiera entender siempre un poco más. También su esposa Beatriz Albores Zárate, quien me facilitó su libro sobre la antropología en Chiapas, tan esclarecedor para mí. Finalmente, el antropólogo mexicano Andrés Fábregas Puig, que no sólo encaró la publicación del diario chiapaneco de Esther Hermitte en 2007, ayudado por miembros del Centro de Antropología Social del IDES que nos abocamos a transcribir la totalidad de ese diario como escribas medievales; también me invitó al II Foro “Las ciencias sociales en Chiapas, México”, en la Universidad Intercultural de Chiapas, San Cristóbal de Las Casas; junto a Andrés Medina me pasearon por los sitios históricos de la antropología chiapaneca, mexicana y gringa, y hasta me llevaron a Pinola. Cada una de las lágrimas que derramé en ese viaje de 2010 guardaban mi agradecimiento a todas esas personas y sus decisiones que me ayudaron a explorar un segmento de nuestra antropóloga y primera maestra de trabajo de campo.
ESTUDIO PRELIMINAR
La trama, los hilos y los nudos de un proyecto de investigación
La Universidad de Chicago
en los Altos de Chiapas
Andrés Medina Hernández
Introducción
A fines de 1942 un grupo de ocho estudiantes de antropología llegaba a los Altos de Chiapas para realizar una primera exploración etnográfica en Zinacantán, una comunidad tzotzil relativamente cercana a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas; dirigía al grupo el joven antropólogo Sol Tax, investigador de la Carnegie Institution of Washington (CIW), quien había sido contratado por la Escuela Nacional de Antropología a instancias del doctor Alfonso Caso, director del recién fundado Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Sol Tax venía de una intensa experiencia de campo en el occidente de Guatemala y una sólida formación teórica bajo la tradición funcionalista, impartida en la Universidad de Chicago por Alfred R. Radcliffe-Brown. Incorporado al proyecto de investigación etnográfica auspiciado por la Carnegie Institution en 1934 y dirigido por Robert Redfield, tuvo a su cargo un reconocimiento de las comunidades mayenses de los Altos de Guatemala y se instaló para hacer una investigación en profundidad en Panajachel. Este proyecto formaba parte de uno mayor, dirigido por Sylvanus Morley, orientado básicamente a la arqueología y que se había iniciado en 1914.
Estos alumnos de la primera generación inscripta en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) mostraban ya un rasgo que caracterizaría a la composición de su cuerpo académico, alumnos y profesores: su diversidad nacional, pero también la trascendencia de una experiencia que está en el corazón de las investigaciones etnográficas, el trabajo de campo, y junto con ello el inicio de un proceso de construcción de redes académicas y personales, todo lo cual incidió en su formación profesional y en el carácter de sus contribuciones al conocimiento científico.
De los ocho estudiantes de antropología que acompañaron a Tax, cinco harían contribuciones significativas a la etnografía, y dos se convertirían en figuras emblemáticas de la antropología mexicana del siglo XX: Ricardo Pozas y Calixta Guiteras. Pero no adelantemos vísperas, pues esta primera experiencia duró un mes y sirvió para ponderar las capacidades de los alumnos participantes, pues para 1944 Tax regresaría con tres de ellos para hacer investigaciones etnográficas en profundidad. Del primer grupo continuaron, por otros caminos, Gabriel Ospina, colombiano, y Anne Chapman, estadounidense. Ospina se incorporó en 1945 al proyecto del Instituto de Antropología Social de la Smithsonian Institution, dirigido por George M. Foster, de la Universidad de California, y tendría un papel importante en la investigación de ambos en Tzintzuntzan, una comunidad de la región del lago de Pátzcuaro, estado de Michoacán. Como apunta Foster (1948) en su monografía, Ospina era coautor, pero no apareció en tal calidad por encontrarse preparando otra obra con los mismos materiales. La obra prometida nunca se publicó y Ospina no volvió a aparecer en el medio antropológico mexicano.
Por su parte, Anne Chapman, nacida en California, Estados Unidos, se incorporó posteriormente al grupo de alumnos del etnólogo Paul Kirchhoff en la tarea de estudiar la historia antigua de los pueblos mesoamericanos. Su tesis se refiere a la batalla en que se enfrentaron mexicas y tepanecas, en el siglo XV, es decir, los señoríos de México-Tenochtitlán y de Azcapotzalco, para dirimir la hegemonía en la Cuenca de México (Chapman, 1959). Después y bajo la orientación de los planteamientos de Kirchhoff, investigó el establecimiento de la frontera sur de Mesoamérica, lo cual resultó en un sustancioso aporte sobre la historia antigua de Centroamérica (Chapman, 1958). También hizo trabajo de campo entre los pueblos lenca y jicaque de Honduras, que la llevó a hacer diversas contribuciones a la etnografía, pues no se conocía prácticamente nada de ambos pueblos. Con sus datos históricos estudió los puertos de intercambio en Mesoamérica, lo cual constituyó parte de una original investigación dirigida por Karl Polanyi en la Universidad de Columbia, Nueva York, para fundar la propuesta sustantivista en la antropología económica (Polanyi, Arensberg y Pearson, 1957). Finalmente, se dirigió a los confines del continente americano e hizo trabajo de campo con los últimos onas de Tierra del Fuego, con cuyos datos reconstruyó la historia y la cultura de los pueblos fueguinos, y su dramática extinción (Chapman, 1967, 1982).
En cambio, Fernando Cámara Barbachano, Calixta Guiteras Holmes y Ricardo Pozas Arciniega se abocaron a la etnografía. Cámara era un joven yucateco que hizo trabajo de campo en Zinacantán, en Mitontik y en Tenejapa. Su tesis comparaba los sistemas de cargos en Tenejapa y Oxchuc, dos comunidades tzeltales (Cámara, 1966). Luego de su graduación viajó a Sudamérica con financiamiento de la Fundación Rockefeller, para realizar estancias en Colombia, Perú y Ecuador durante dos años. Posteriormente obtuvo una beca para seguir sus estudios en la Universidad de Chicago. De regreso a México, se instaló en la ENAH como profesor y como secretario académico, desde donde impulsó diversas investigaciones, como la de un grupo de sus alumnos en los Altos de Chiapas, en 1958. Su mayor contribución a la etnografía fue el ensayo sobre los sistemas de cargos en Mesoamérica, que presentó en 1949 en el Seminario de la fundación Viking (posteriormente Wenner-Gren Foundation) que Sol Tax organizó en Nueva York (Cámara, 1952).
Ricardo Pozas Arciniega era un comprometido maestro rural, originario de Amealco, Querétaro, que ingresó a la ENAH con el ánimo de contribuir a la transformación revolucionaria del país; militante comunista, participó en diversas organizaciones políticas bajo el aliento del nacionalismo revolucionario del presidente Lázaro Cárdenas; no fue, por lo tanto, casual que hubiera elegido estudiar una temática económica en una comunidad tzotzil, San Juan Chamula. Con la rígida metodología funcionalista enseñada por Tax, y con el rigor que imponía para el trabajo de campo, Pozas no encontró un espacio para su ánimo rebelde. En nombre de la objetividad despersonalizaba a sus entrevistados o a quienes refería en su investigación etnográfica, consignando de sus nombres sólo sus iniciales. Su monografía sobre Chamula fue una de las primeras que se publicaron sobre los pueblos mayenses de los Altos de Chiapas (Pozas, 1959). Sin embargo, canalizó su visión crítica en una historia de vida que realizó de uno de sus amigos chamulas, Juan Pérez Jolote, un testimonio dramático que revela la pobreza, la explotación y la discriminación a que eran sometidos los indios. Una vez en la ciudad de México, Pozas buscó la colaboración de Alberto Beltrán, un notable dibujante y grabador del Taller de la Gráfica Popular, con quien compartía sus concepciones políticas, para ilustrar su documento etnográfico. Con Beltrán regresó a Chamula para recoger algunos datos faltantes, pero también para que aquel hiciera sus primeros bocetos. La historia de vida y los espléndidos grabados de Beltrán fueron publicados en la editorial de los estudiantes de la ENAH (1948). Sin embargo, poco después este documento fue publicado por el Fondo de Cultura Económica en su colección “Letras mexicanas”, como “novela indigenista”, con lo que Pozas adquirió la condición de celebridad literaria (y, por cierto, neutralizó el carácter contestatario de su denuncia).
Pozas se incorporó pronto al grupo de antropólogos que diseñaban la política indigenista bajo la dirección de Alfonso Caso. Así, el primer centro coordinador indigenista se estableció en la ciudad que fungía como centro regional de los Altos de Chiapas, San Cristóbal de Las Casas. La localidad contaba con el antecedente de los trabajos de los alumnos de Tax y de otras investigaciones del cuerpo de antropólogos del Instituto Nacional Indigenista (INI) integrado, entre otros, por Julio de la Fuente, Gonzalo Aguirre Beltrán y el propio Pozas. Este centro coordinador se convirtió en el modelo de otros subsiguientes en otras regiones interculturales. Su director fue Aguirre Beltrán, el más importante teórico del indigenismo mexicano. Su segundo director fue Ricardo Pozas, quien luego dirigiría el flamante centro fundado en la región mazateca, en Oaxaca. Sin embargo, tras algunos desentendimientos entre Pozas con Caso y Aguirre Beltrán, dejó el INI y se instaló en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde realizó una intensa actividad docente. Fue en esta institución donde escribió una propuesta teórica que dio inicio a las discusiones de la antropología marxista en la antropología mexicana de los años 70 (Pozas, 1971).
Calixta Guiteras Holmes nació en Filadelfia, Estados Unidos, en 1906, hija de padre cubano y madre estadounidense. Se trasladó a Cuba con toda su familia cuando tenía diez años; estudió en la Universidad de La Habana donde obtuvo el doctorado en derecho y, junto a su hermano Antonio, participó activamente en el movimiento revolucionario que derrocó al dictador Gerardo Machado. Durante esta lucha Calixta fue encarcelada en varias ocasiones. Posteriormente, en la integración del nuevo gobierno su hermano ocupó un ministerio, pero poco después fue asesinado por órdenes de Fulgencio Batista. Calixta viajó entonces exiliada a México, junto con su marido Alberto Ruz. Posteriormente ambos se inscribieron en el Departamento de Antropología del Instituto Politécnico Nacional, que a partir de 1940 se convirtió en la Escuela Nacional de Antropología. Cuando regresó a Chiapas en 1944, en la investigación que dirigía Sol Tax, decidió dedicarse al estudio de las relaciones de parentesco, tema clásico del funcionalismo, y pronto publicó sus hallazgos de Cancuc y Chalchihuitán, comunidades tzeltal y tzotzil respectivamente (Guiteras, 1947, 1951). Participó también, junto con Cámara, en el Seminario de la Viking Foundation, donde presentó una ponencia sobre los sistemas de parentesco en Mesoamérica (Guiteras, 1952).
Cuando Robert Redfield, de la Universidad de Chicago, descubrió el trabajo de Marcelo Griaule, antropólogo francés que había hecho investigaciones en el pueblo dogón en lo que hoy es Malí, África, se propuso buscar a los pensadores de los pueblos mesoamericanos. Para ello se planteó un proyecto de investigación en el que participarían tres jóvenes antropólogos. Redfield le solicitó a Tax que le sugiriera un estudiante para llevar a cabo su propuesta en los Altos de Chiapas; Tax no dudó en recomendar a Calixta Guiteras. Así, a fines de 1952, Redfield le escribió una carta de invitación a “Cali” para hacer una investigación etnográfica entre los tzeltales de Cancuc sobre su visión del mundo. Sin embargo, Calixta no logró instalarse en esta comunidad y optó por otra tzotzil, San Pedro Chenalhó, donde había conocido a varias personas durante la temporada de campo de 1944. Una de ellas era Manuel Arias Sojom, autoridad tradicional y maestro rural, quien se convertiría en el personaje central de su larga investigación, y que culminaría en una obra clásica de la etnografía mesoamericanista, Perils of the Soul (Los peligros del alma, Guiteras, 1961).
Finalmente, Alfonso Villa Rojas, otro de los protagonistas, tuvo un papel fundamental en toda esta historia. Cuando llegaron los alumnos de la ENAH a los Altos de Chiapas en 1942, Villa Rojas estaba ya instalado en un paraje de la comunidad de Oxchuc para realizar una investigación etnográfica. Con una larga experiencia profesional y como investigador de la Carnegie Institution, igual que Tax, no dudó en apoyar el trabajo de campo de estos jóvenes estudiantes; más aún, Villa se convirtió en una figura clave en el futuro profesional de ellos.
Villa Rojas era un maestro yucateco que tenía a su cargo la escuela de Chan Kom, una población maya recientemente formada y cercana a la zona arqueológica de Chichén Itzá, donde estaban las instalaciones del gran proyecto arqueológico dirigido por Sylvanus Morley. Cuando llegó Redfield en 1930 para desarrollar un proyecto de investigación etnográfica, conoció a Villa Rojas. De su buena y cooperativa relación, Redfield y Villa Rojas eligieron Chan Kom como primera comunidad para hacer trabajo de campo. En este proceso de trabajo Villa Rojas aprendió la metodología etnográfica bajo la mirada cercana y atenta de Redfield. Sus notas de campo fueron publicadas como apéndice en la obra resultante (Redfield y Villa Rojas, 1934). Pero el interés de este proyecto abarcaba a otras poblaciones, principalmente la de los mayas rebeldes cercados en el territorio de Quintana Roo por el ejército mexicano. Conocidos como los macehualoob o cruzoob, estos rebeldes estaban en una situación estratégica frente al mar Caribe y en colindancia con la Honduras británica, por entonces una colonia del Reino Unido –hoy nación independiente– de donde se proveían de armas. Allí, en Tusik, se instaló Villa Rojas como representante de Morley, de quien los rebeldes esperaban apoyo para su lucha; elaboró la investigación en Tusik y logró uno de los mejores trabajos etnográficos sobre los mayas peninsulares (Villa Rojas, 1945).
Posteriormente, en 1935, Villa Rojas fue a estudiar a la Universidad de Chicago, precisamente cuando Radcliffe-Brown formaba a la primera generación de funcionalistas en Estados Unidos, Tax entre ellos. Villa regresó a México como investigador de la Carnegie. Con el fin de continuar el proyecto etnográfico de Redfield, se dirigió a los Altos de Chiapas para realizar un recorrido de reconocimiento en 1939. Luego decidió establecerse en la comunidad que consideraba más “primitiva” de la zona: Oxchuc (Redfield y Villa Rojas, 1939).
Para entonces, Villa Rojas se había incorporado a la comunidad científica mexicana, en los años en los que se armaba la trama institucional de la política indigenista y de la investigación antropológica. En 1939 se celebró la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas, de la que surgió el Consejo de Lenguas Indígenas. Aquí encontramos ya a Mauricio Swadesh, lingüista discípulo de Edward Sapir, y uno de los organizadores por parte del Departamento de Asuntos Indígenas, además de maestro en el Departamento de Antropología, del Instituto Politécnico Nacional. También participaron William C. Townsend y sus colaboradores, del Instituto Lingüístico de Verano, y Norman A. McQuown, joven lingüista de la Universidad de Chicago. En ese mismo año se fundó el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), del que Alfonso Caso fue primer director. Para 1940 el Departamento de Antropología se adscribió al INAH, de cuya conjunción resultó la ENAH. Ese mismo año se organizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán, del que surgió el Instituto Indigenista Interamericano.
Villa Rojas aparecía en las reuniones de la Sociedad Mexicana de Antropología, fundada en 1937, como se manifiesta en su publicación, Revista Mexicana de Estudios Antropológicos. Presentó una ponencia en el Congreso de Pátzcuaro, al que asistió como miembro de la delegación mexicana, y se relacionó con la comunidad de profesores de la ENAH.
Tal es, pues, el escenario mexicano en plena efervescencia nacionalista, cuando se inició la formación profesional de los antropólogos y se establecieron numerosos nexos entre la nueva profesión, la política indigenista y el discurso sobre el patrimonio histórico.
Las relaciones con la antropología de Estados Unidos
Si bien se habían ya establecido relaciones entre antropólogos de México y de Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XX, éstas no habían impactado mayormente a la pequeña comunidad nacional. La presencia de Franz Boas en la cátedra de Antropología, en la fundación de la Universidad Nacional y en la creación de la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología Americanas, en 1911, no incidió en la orientación evolucionista vigente entre los investigadores mexicanos que trabajaban en el Museo Nacional. Ciertamente uno de sus becarios, Manuel Gamio, alumno también del Museo, obtendría el doctorado en arqueología en la Universidad de Columbia y se convertiría en un importante funcionario del gobierno que emergió de la guerra civil, creando la Dirección de Antropología, a la cabeza de la cual fue nombrado. Posteriormente, asumió la Subsecretaría de Educación en el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles, puesto en el que permanecería solamente seis meses, pues debió renunciar por las pugnas políticas internas. Durante su estancia en la Dirección llevó a cabo un gran proyecto de investigación en el valle de Teotihuacán que fundó los estudios regionales e integrales en la antropología mexicana (Gamio, 1922).
La mayor presencia de antropólogos y de instituciones antropológicas de Estados Unidos en México se dio en el marco político y militar que impuso la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El completo involucramiento militar estadounidense en el conflicto armado condujo a una profunda reorganización de la estructura institucional responsable de la investigación y de la formación de científicos, es decir, de las fundaciones que financiaban la mayor parte de las investigaciones, de las universidades que formaban a sus profesionales y de los centros de investigación. Pero tal vez lo más importante es que todo este entramado institucional fue reorganizado no sólo para la guerra, sino también para desplegar una hegemonía imperial sobre los pueblos “liberados” –lo que abarcaba la mayor parte del mundo–, ya que Estados Unidos emergería como la mayor potencia mundial.
La articulación del complejo institucional fue promovida por la Office of Strategic Services (OSS), cuyo director se apoyó en la comunidad académica para integrar un equipo de expertos en inteligencia con el fin de respaldar la estrategia militar. Cientos de destacados académicos fueron convocados, muchos de los cuales continuarían en tareas de espionaje en la lucha contra el fascismo y el comunismo (Nugent, 2008). Bajo los auspicios del National Research Council, en 1940, se reunieron todos los estudiosos que trabajaban en América Latina para formar un comité. Para 1942 se constituyó un comité conjunto (Joint Committee) cuya función principal fue coordinar las acciones del American Council of Learned Societies, el National Research Council y el Social Science Research Council. Al mismo tiempo la Smithsonian Institution organizó un comité de guerra y alojó al recién creado Ethnogeographic Board que debía proporcionar información regional específica, con una adecuada evaluación, a las instancias militares involucradas en la guerra (Kemper, 1993).
Como parte de este replanteamiento en función de las necesidades militares y del proyecto de hegemonía, tres antropólogos con amplia experiencia en la etnografía de México y Guatemala, Ralph Beals, Robert Redfield y Sol Tax (1943), hicieron un balance de las investigaciones realizadas y apuntaron las líneas a seguir, siempre desde la perspectiva de los estudios de aculturación y con el enfoque de los estudios de área. Con respecto a la parte operativa, Sol Tax fue comisionado para establecerse en México, pues así convenía a “los intereses de la política exterior de Estados Unidos, las actividades de las fundaciones privadas y los esfuerzos de investigación y formación etnológicas” (Kemper, 1993: 48). En 1943 se creó el Instituto de Antropología Social, bajo la dirección de Julian H. Steward. Los objetivos declarados eran la creación de programas docentes y de investigación en antropología en instituciones universitarias de América Latina, con el fin de realizar estudios intensivos en comunidades en proceso de cambio (ídem: 52). Ese mismo año se fundó la Sociedad Interamericana de Antropología con su revista Acta Americana, bajo la dirección de Ralph L. Beals. En su primer número apareció el ensayo seminal de Paul Kirchhoff sobre Mesoamérica y en su número 5 el primer ensayo de Guiteras sobre el sistema de parentesco en Cancuc, Altos de Chiapas (Guiteras, 1947). Por su parte, Oscar Lewis llegó, también en 1943, al Instituto Indigenista Interamericano como representante del Instituto Indigenista de Estados Unidos, e inició su investigación en Tepoztlán, el famoso reestudio del clásico de Redfield, para lo cual incorporó a tres estudiantes de la ENAH (Angélica Castro de la Fuente, Isabel Horcasitas y Anselmo Marino Flores). Sabemos que tanto Lewis como Tax enviaban reportes periódicamente a la embajada de Estados Unidos (Kemper, 1993).
Finalmente, Ralph Beals, de la Universidad de California, había establecido un convenio en 1939 con el Departamento de Asuntos Indígenas y con el Departamento de Antropología, del Instituto Politécnico Nacional, para realizar un Proyecto Tarasco, cuya primera comunidad bajo estudio fue Cherán. Sin embargo, resultó en un esfuerzo aislado, sin muchos resultados, por lo que Steward hizo los arreglos necesarios para que George M. Foster, de la Universidad de California, fuera a México para impartir cursos en la ENAH y para continuar con las investigaciones etnográficas en la región tarasca. Así, en 1945 Foster organizó un equipo con estudiantes de la ENAH, para hacer trabajo de campo en una comunidad del lago de Pátzcuaro. Entre ellos estaban Ospina y Pedro Carrasco, uno de los mejores etnólogos mexicanos del siglo XX. En 1946 Foster fue designado director del Instituto de Antropología Social de Washington DC y entonces Isabel Kelly, quien hacía investigaciones arqueológicas en el occidente de México, fue nombrada representante de dicho instituto en la ENAH, donde impartió cursos y organizó una investigación en el Tajín con varios estudiantes. Kelly permaneció como maestra e investigadora en la ENAH hasta 1952, cuando concluyó el programa de cooperación (Kemper, 1993).
Así, la naciente comunidad de antropólogos profesionales que se formó en México en los años 40 tenía múltiples nexos con universidades y fundaciones de Estados Unidos. De esta comunidad, el grupo más activo fue el que se dirigió a Chiapas con Tax. Una ocasión en la que se advierte la intensidad en el intercambio de puntos de vista sobre las investigaciones antropológicas fue el Seminario de la Viking Foundation (hoy Wenner-Gren Foundation), organizado por Sol Tax en Nueva York en 1949, en vísperas del XXIX Congreso Internacional de Americanistas. Durante una semana un grupo de diecinueve especialistas en la antropología mesoamericanista discutieron once ponencias; entre los expositores estaba Cámara, quien presentó una ponencia sobre los sistemas de cargos, Guiteras con una propuesta sobre los sistemas de parentesco y Julio de la Fuente, antropólogo formado en la Universidad de Yale cuando Bronislaw Malinowski realizaba una estancia. De hecho ambos, de la Fuente y Malinowski habían realizado una investigación sobre los mercados de Oaxaca en 1940 (Malinowski y de la Fuente, 1982). La ponencia de De la Fuente trató sobre las relaciones interétnicas en Mesoamérica. Entre los invitados como comentaristas estuvieron Wigberto Jiménez Moreno, Daniel F. Rubín de la Borbolla y Alfonso Villa Rojas. También asistió Kirchhoff, una figura ya central en el desarrollo del paradigma mesoamericanista en México. Su ensayo fundacional publicado originalmente en español en Acta Americana (Kirchhoff, 1943) fue traducido en el volumen que recogiera las once ponencias con las consiguientes discusiones (Tax, [1952] 1968).
Otro ejemplo de estrecha colaboración entre las comunidades antropológicas de Estados Unidos y México fue la preparación del Handbook of Middle American Indians, en cuyos dieciséis tomos participaron treinta y seis investigadores mexicanos. En su consejo editorial figuraban Ignacio Bernal, destacado arqueólogo mexicano, y tres antropólogos con experiencia en Chiapas: Norman A. McQuown, Evon Z. Vogt y Manning Nash. A diferencia del volumen editado por Tax, cuyo marco de referencia era Mesoamérica en tanto área cultural, en el Handbook el referente era una concepción geopolítica, Middle America, un espacio que se extendía desde el río Bravo, la frontera de México con Estados Unidos, hasta Panamá, en Centroamérica (Wauchope, 1964-1976).
El proyecto Man-in-Nature
Tres distinguidos profesores del Departamento de Antropología de la Universidad de Chicago organizaron en 1956 un proyecto de investigación diseñado originalmente para realizarse en dos años en los Altos de Chiapas, México. Se trataba de Tax, con su vasta experiencia profesional en la antropología social, Robert M. Adams, arqueólogo especialista en Oriente Medio, y el geógrafo Philip Wagner. La propuesta general era estudiar las relaciones entre las comunidades mayenses y su entorno natural con una perspectiva histórica y contemporánea. Posteriormente se incorporaron al núcleo directivo Manning Nash, antropólogo social con experiencia en el área maya guatemalteca; Guiteras, que trabajaba en el proyecto sobre la visión del mundo al que la habían comisionado Redfield y Tax, desde 1952; el botánico Lawrence Kaplan y el lingüista McQuown, especializado en lenguas mayenses y quien, al poco tiempo de haber ingresado, se hizo cargo de la dirección del proyecto, luego de la renuncia de Tax.
Este proyecto establecía su área de investigación en la parte sur de la región tzeltal-tzotzil de los Altos de Chiapas, cuyo centro político y económico es la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, antigua capital colonial. En la sección de antropología social participó un grupo considerable de alumnos graduados del Departamento de Antropología de Chicago, quienes formaban parte del Programa de Estudios Mayas; el trabajo de campo se organizó por equipos. Así, en Aguacatenango se instalaron los esposos Duane y Barbara Metzger, y Eva Verbitsky, una estudiante argentina que había estado en la ENAH antes de incorporarse al Departamento de Antropología de Chicago. Verbitsky había formado parte del grupo cultural “Miguel Othón de Mendizábal”, en el que participaban Guillermo Bonfil, Leonel Durán, Rodolfo Stavenhagen y Mercedes Olivera, entre otros.
En Venustiano Carranza, pequeño centro urbano con población tzotzil, estaban Michael Salovesh y Arthur Rubel, antropólogos sociales; John C. Hotchkiss y John Baroco trabajaban en varias comunidades del área. Hotchkiss estuvo más tiempo en Teopisca, una población de reciente llegada que había desplazado a la comunidad tzeltal original. Baroco se dedicó a investigaciones históricas que publicaría luego el INI (McQuown y Pitt-Rivers, 1970). Finalmente, el otro equipo radicado en Amatenango lo formaban Joan Ablon, June y Manning Nash, quien era el director general y le imprimió una orientación teórica funcionalista en la línea planteada por Eric Wolf para el estudio de las comunidades campesinas corporadas; Nash había publicado ya su estudio sobre Cantel, comunidad quiché que se enfrentaba a las consecuencias de una instalación industrial en sus cercanías. También había publicado un artículo en el que sintetizaba las propuestas de Wolf sobre las comunidades corporadas cerradas (Nash, 1958).
El grupo de lingüística estaba dirigido por McQuown, y allí estábamos Roberto Escalante y yo, Andrés Medina. Nuestra tarea era hacer un recorrido por las comunidades y los parajes ubicados en la frontera entre el tzeltal y el tzotzil. Como no era claro dónde se encontraba dicha frontera, a Roberto le correspondió recoger la información lingüística en la zona del valle de Teopisca, es decir, en Aguacatenango, Amatenango, Pinola y El Puerto, en tanto que a mí me tocó la montaña, para lo cual recorrí la ruta que va de Chilil, en el municipio de Huistán, a Chanal. Huistán era una comunidad tzotzil, pero en el territorio municipal había rancherías y parajes con hablantes de tzeltal a las que había que identificar. Escalante y yo utilizamos un cuestionario de 250 oraciones para obtener registros que anotábamos y grabábamos en un pesado aparato de casi diez kilos de peso. Roberto instaló su base en Pinola y yo en Chanal. Mi participación en esta primera parte del proyecto se redujo al verano de 1958 y a dos meses en 1959, cuando levanté un censo y obtuve vocabularios en Chanal exclusivamente.
El equipo de arqueología, también numeroso, tenía la misma estructura que el de antropología social y el de lingüística: un profesor con experiencia y un grupo de estudiantes graduados.
El proyecto Man-in-Nature tuvo el apoyo y la colaboración de varias instituciones mexicanas en las que desempeñaban papeles destacados investigadores que se formaron en la primera generación y con la experiencia en los proyectos conjuntos de Estados Unidos y México. El Instituto Nacional Indigenista ofreció el apoyo de su subdirector técnico, de la Fuente, y sobre todo de Villa Rojas, quien en esos años dirigía el Centro Coordinador Indigenista Tzeltal-Tzotzil con sede en San Cristóbal de Las Casas. Este centro coordinador era el modelo para los establecidos en otras regiones interculturales, además del lugar que se mostraba a visitantes distinguidos procedentes de otros países; tenía una zona de salones y zonas deportivas para los estudiantes indígenas que se formaban como promotores bilingües; también había campos agrícolas experimentales y dormitorios para los estudiantes. Para los visitantes se contaba con dormitorios sobrios y cómodos, además de viviendas para los principales funcionarios del centro coordinador; un restaurante, La Cabaña, atendía tanto a los funcionarios del centro como a los visitantes.
En esta primera parte del proyecto Roberto Escalante y yo nos instalamos en La Cabaña, como se conocía al centro coordinador en San Cristóbal, o a veces en la casa de Franz Blom y Gertrude Duby, Na Bolom, que también funcionaba como hospedaje para investigadores extranjeros.
La colaboración de la ENAH se estableció con el apoyo de Fernando Cámara, su secretario académico. Roberto Escalante y yo éramos alumnos de Mauricio Swadesh, quien tenía cercana amistad con McQuown y compartía sus planteamientos teóricos y metodológicos. Swadesh era profesor de la ENAH, así como investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Como apunté, ambos habían participado en la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas, en 1939, y presentado ponencias en algunas de las mesas redondas de la Sociedad Mexicana de Antropología.
En la misma época la ENAH tenía también varios equipos de estudiantes bajo la dirección de Cámara, haciendo investigaciones en los Altos de Chiapas; un equipo, que estaba compuesto por Aura Marina Arriola, guatemalteca; Rosendo Escalante, peruano, y Fernando Samayoa, mexicano, hacía un recorrido aplicando un cuestionario en varias comunidades; los encontré en Chanal en febrero de 1959. Otro equipo estaba integrado por Luis Reyes y Marcelo Díaz de Salas, quienes recorrían el norte de la región tzeltal-tzotzil buscando la presencia de hablantes de la lengua náhuatl; Manuel Zabala Cubillos, colombiano, estudiaba el sistema de cargos en Zinacantán, siguiendo las propuestas de Cámara.
La realización de la VIII Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología en San Cristóbal de Las Casas, en septiembre de 1959, fue una buena ocasión para que los investigadores del proyecto Man-in-Nature presentaran ponencias resumiendo los resultados de sus investigaciones. Robert M. Adams (1961) hizo un balance de las investigaciones arqueológicas, Guiteras presentó una apretada síntesis sobre la cosmovisión de San Pedro Chenalhó (1961), Verbitsky expuso los resultados de una comparación de las comunidades de la región bajo estudio desde el punto de vista de sus características corporadas, siguiendo los planteamientos de Nash y de Wolf (Verbitsky, 1961). Finalmente, McQuown presentó dos ponencias, una con un balance de los resultados de las investigaciones lingüísticas y otra en la que apuntaba los logros y los problemas pendientes del proyecto, pues para entonces estaban ya aprobados los presupuestos para la segunda parte de Man-in-Nature (McQuown, 1961a, 1961b).
El grupo director del proyecto, con McQuown a la cabeza, consiguió presupuesto para el tercer año de la primera etapa, e incorporó a tres estudiantes con financiamiento externo; se trataba de Esther Hermitte y Albert Wahrhaftig, antropólogos sociales, y Christopher Day, lingüista. Esther y Chris se instalaron en Villa Las Rosas, una comunidad tzeltal.
Durante la segunda etapa (1959-1962) el proyecto se extendió a toda la región tzeltal-tzotzil e incluso algunos de sus investigadores hicieron incursiones en la zona limítrofe con Guatemala, particularmente los arqueólogos y los lingüistas. Creció también el número de investigadores, tanto en el papel de coordinadores, como fue el caso del británico Julian Pitt-Rivers, como en el grupo de colaboradores mayenses en lingüística. En este último grupo se preparó a diez hablantes de diversas comunidades para escribir y leer su lengua, hacer transcripciones y generar textos para los lingüistas; el más hábil, según McQuown, fue Mariano Juárez de Aguacatenango; otros hablantes de tzeltal eran Alonso Méndez Ton y Pedro Jiménez Wakax, de Tenejapa; José Gómez López, de Oxchuc; Alberto Méndez Tovilla, de Villa Las Rosas, y Juan Álvaro, de Sivacá. Hablantes de tzotzil eran Antonio López Tzintán, alto funcionario de Zinacantán; Bartolomé Hidalgo Sabanillas, de Venustiano Carranza; Salvador López Castellano y Juan Méndez Tzotzec, de Chamula.
Junto con Pitt-Rivers participaron como coordinadores del trabajo de campo Guiteras y Muriel E. Hunt (antes conocida por su nombre de soltera, Eva Verbitsky). Robert M. Adams continuó como coordinador del equipo de arqueología y McQuown del de lingüística, además de ser el director general de todo el proyecto. Nuevos equipos se formaron para trabajar en las comunidades. En Venustiano Carranza se instalaron Michel Salovesh, antropólogo social; Díaz de Salas, antropólogo social de la ENAH, y Harvey Sarles, lingüista. En Sivacá trabajaron Manuel Zabala y Evangelina Arana de Swadesh, ambos de la ENAH; en Pinola, continuó Hermitte y se incorporó R. Radakrishnan, un estudiante tamil de lingüística; en Tenejapa me instalé para hacer una investigación etnográfica, y Brent Berlin, para lingüística; en Ocosingo, una pequeña ciudad del noreste de Chiapas poblada principalmente por ganaderos y comerciantes ladinos y antigua entrada a la selva, llevaron a cabo una investigación etnográfica Julian Pitt-Rivers y Charles E. Mann; en Bachajón hicieron trabajo de campo Guiteras y Roberta Montagú; finalmente, en Chiapilla, una antigua población chiapaneca asentada en la ribera del río Grande de Chiapas, también conocido como Grijalva, hizo trabajo etnográfico Lilo Stern, una estudiante inglesa y alumna de Pitt-Rivers.
En vista de la magnitud del proyecto se rentó una casa en el barrio de San Francisco, en San Cristóbal de Las Casas, y se contrató a un grupo de mujeres del barrio de Mexicanos para ocuparse de la cocina, la limpieza y la lavandería, pues en la casa residirían los colaboradores mayenses y los visitantes ocasionales a la ciudad. Allí se realizaron los seminarios de una semana en que se reunían todos los investigadores para presentar sus avances, o bien, como en el caso de los antropólogos sociales, para responder a los guiones temáticos que nos impartían los coordinadores. Entonces se generó una intensa actividad social, además del intercambio académico, entre los investigadores del proyecto. Nos reuníamos para comer, o acabábamos el día reunidos frente a la chimenea y cantando canciones, alentados por la guitarra de Michael Salovesh. Las canciones más frecuentes provenían de los republicanos españoles. Entonces se invitaba a cantar a doña Margot, la esposa de Pitt-Rivers, procedente de la aristocracia hispana y prima de Francisco Franco, quien declinaba el convite y, con gesto altanero, se pronunciaba del lado de los triunfadores de la guerra civil.
Se concretaron seis seminarios, dos en 1960 (en septiembre y en diciembre) y cuatro en 1961 (en marzo, junio, septiembre y diciembre); en todos ellos inevitablemente se cerraba la semana con una fiesta en la que se cenaba y se bebía en abundancia (al menos en las cuatro de 1961 en las que participé). A estas fiestas se invitaba a visitantes extranjeros que pasaban por la ciudad y a intelectuales chiapanecos como don Prudencio Moscoso, el cronista de San Cristóbal. Hicimos buena amistad con Juanito Hotchkiss y Nick Hopkins; otros lingüistas fueron Gerald Williams y Terry Kaufman. Como Manuel Zabala, el estudiante colombiano discípulo de Fernando Cámara, estaba con su esposa y tres pequeñas niñas, asistía brevemente, aunque yo tenía una buena amistad com él, establecida desde las aulas de la ENAH. En estas reuniones se tejió una muy buena amistad entre Esther Hermitte, Marcelo Díaz de Salas y yo, lo que me dio la oportunidad de visitar a ambos en las comunidades donde hacían sus investigaciones etnográficas, y de tomar fotos de sus amigos y colaboradores; incluso hice tomas de ellos mientras conversaban entre sí, dejando ver la calidez amistosa de sus vínculos.
Todos nosotros llevábamos un diario de campo y entregábamos una copia a los coordinadores, sobra cuya base hacían preguntas, comentarios o sugerencias; era el punto de partida para profundizar algunas cuestiones, como seguramente sucedió entre Esther y Cali Guiteras sobre el tema de la cosmovisión, particularmente con referencia a las manifestaciones diversas y particulares sobre el nahualismo, es decir, las relaciones entre la persona y lo que Esther llamó “sus coesencias”. En esta segunda etapa se diluyó la perspectiva funcionalista, estando ya ausente Manning Nash, y se abordaron más las cuestiones relacionadas con el simbolismo, particularmente sobre la visión del mundo. De este entorno temático resultó el sugerente trabajo de Díaz de Salas sobre las manifestaciones de los tzotziles de Venustiano Carranza (Díaz de Salas, 1963).
El Instituto Nacional Indigenista solicitó al director del proyecto un conjunto de colaboraciones para publicar un volumen en la serie de antropología social, en el cual se reunieron las contribuciones a la antropología mexicana; el libro fue editado por McQuown y Pitt-Rivers (1970), y contiene sendos artículos de Robert M. Adams y Philip Wagner, los cuales son traducciones de textos publicados en revistas de Estados Unidos; Edward Calnek y Esther Hermitte entregaron avances de sus respectivas tesis doctorales, en tanto que los lingüistas presentaron trabajos también relacionados con sus tesis, como fue el caso de Chris Day y Harvey Sarles, que trataban temas de sociolingüística, igual que McQuown. Nick Hopkins preparó un muy sugerente ensayo sobre la dialectología del tzeltal y el tzotzil. El libro abre con un ensayo conjunto de McQuown y Pitt-Rivers que incluye una descripción de los planteamientos del proyecto, particularmente en su segunda etapa, una enumeración de los integrantes que participamos en las investigaciones, señalando su estatus académico, y una referencia al financiamiento por las fundaciones de las que se consiguió el presupuesto.
Pitt-Rivers publicó en el referido volumen un ensayo sobre el contraste entre indios y ladinos en los Altos de Chiapas, en el cual destacaba aquello que compartían, es decir, su común base cultural establecida en siglos de convivencia, y que contrastaba con las distinciones que los oponían, porque eran remarcadas fuera por los propios sujetos o por la mayor parte de los estudiosos dedicados a las relaciones interétnicas en los Altos de Chiapas. Fue ésta la principal contribución de este antropólogo británico a los estudios del área (Pitt-Rivers, 1970). Por su parte, Roberta Montagu presentaba un ensayo sobre los tzeltales que vivían en las fincas del noreste de Chiapas, peones acasillados que mantenían su organización comunitaria. Este trabajo etnográfico se ha convertido en histórico, pues las movilizaciones agrarias de la segunda mitad del siglo XX y el levantamiento zapatista acabaron con estas antiguas formas de explotación de los campesinos tzeltales (Montagu, 1970).
El papel de los niños como mensajeros de los adultos en Teopisca fue el tema del ensayo de John Hotchkiss, una situación que revelaba mucho de la vida cotidiana de esta comunidad compuesta principalmente por ladinos, con la presencia de algunas familias tzotziles de reciente arribo (Hotchkiss, 1970). Gerry Williams y Duane Metzger presentaron un ensayo desde la incipiente antropología cognitiva, enfoque que también compartía Brent Berlin, dedicado a investigar los sistemas de clasificación de las plantas de la cultura tzeltal de Tenejapa basado en sus sistemas terminológicos. Williams y Metzger indagaron en las concepciones y las prácticas de los curanderos en Tenejapa a partir de preguntas y respuestas formuladas en tzeltal a los colaboradores tenejapanecos del proyecto (Metzger y Williams, 1970).
La mayor contribución del proyecto Man-in-Nature se sitúa en el campo de la lingüística; por una parte, están las investigaciones correspondientes a la sociolingüística, como el ensayo sobre el bilingüismo de McQuown (1970) y los de Sarles y Day; pero también los trabajos sobre lingüística histórica, como el de Kaufman en el volumen del INI, y el sugerente e imaginativo ensayo de McQuown en el que proponía una hipótesis para dar cuenta del proceso de dispersión y diferenciación de las lenguas mayas a partir de una comunidad originaria; este ensayo lo presentó, en 1962, en el seminario organizado por la fundación Wenner-Gren en Austria (McQuown, 1964). Sin embargo, el mayor peso de las investigaciones lingüísticas correspondía al campo de la dialectología, pues los materiales reunidos a lo largo de los seis años del proyecto, en sus dos fases, fueron muchos; tan sólo en el primer informe (McQuown, 1959) se aportaba una densa información sobre las variantes recogidas en los vocabularios y en las grabaciones, sobre las cuales se hacían iniciales estimaciones lexicoestadísticas. Para la segunda fase, los colaboradores mayenses del proyecto y los recorridos intensivos realizados durante el verano de 1961 aportaron otro gran cuerpo de datos. Sin embargo, estos materiales nunca se publicaron y permanecen aún en los archivos de la Universidad de Chicago. Por otra parte, McQuown comenzó a preparar un manual para aprender tzeltal, basado en el de Carlo Antonio Castro, lingüista mexicano que trabajó durante varios años en el centro coordinador indigenista tzeltal-tzotzil, para uso de técnicos y profesionales (ingenieros, médicos, antropólogos, agrónomos). El manual que preparó McQuown era para hablantes de inglés, para lo cual se valió de las comparaciones con los datos de los colaboradores mayenses del proyecto. Posteriormente, siguió el mismo planteo para elaborar un texto para aprender maya yucateco, en el que participó Refugio Vermont, de Yucatán, y otro para aprender quiché, en el que colaboró Remigio González Cochogil, de Quetzaltenango.
El nahualismo y la cosmovisión
Las contribuciones de Esther Hermitte y de otros miembros del proyecto a los estudios mesoamericanistas que se hacían en México se ubican en uno de sus temas clásicos, el nahualismo; una concepción según la cual algunas personas tienen la facultad de convertirse en animales, generalmente felinos, que atacan y devoran a sus víctimas. Este tema era, en efecto, el eje de una novela que obtuvo el premio nacional de literatura en 1935, El indio, de Gregorio López y Fuentes, y que anticipó la novela indigenista. El planteamiento general del estado de la discusión lo hizo George Foster en un célebre ensayo de 1944, en el que distinguía entre el nahualismo y el tonalismo, es decir, la creencia de que toda persona tiene un animal o espíritu guardián (tona, en náhuatl). Villa Rojas criticaba este planteo basado en la rica información etnográfica que había recogido en Oxchuc, la comunidad tzeltal en la que realizó una larga investigación etnográfica. El artículo en el que expresaba esta crítica apareció en la revista American Anthropologist. Allí mostraba las implicaciones del nahualismo para la configuración del poder, pues los poseedores de esa facultad eran los ancianos que ocupaban la jerarquía política de la comunidad y castigaban a quienes violaban las normas sociales vigentes, a través de sus nahuales, los cuales residían en su cuerpo y se desplazaban en la noche a través de los sueños para enfermar, o incluso matar, a los transgresores. El poder se expresaba en una persona en términos de calor. Lo interesante es que las formas que asumían estos nahuales eran muy variadas, desde fenómenos meteorológicos a representaciones humanas, como sacerdotes en miniatura, pasando por animales (Villa Rojas, 1947).
Aguirre Beltrán retomó los datos de Villa Rojas para definir lo que llamaría “gobierno de principales” en el libro que fundó los estudios de poder en las comunidades indígenas, Formas de gobierno indígena (1953). Allí transcribió la estructura de poder, cuyos miembros tenían la facultad de castigar a través de sus nahuales, siendo el más poderoso el que estaba en la cúpula y se conocía como k’atinab en tzeltal (el que calienta). Paradójicamente, cuando Aguirre Beltrán se refería a las concepciones sobre la salud y la enfermedad en las comunidades indígenas, retornaba a la propuesta de Foster, sin recuperar la complejidad del planteo de Villa Rojas (Aguirre Beltrán, 1963). Sin embargo, Calixta Guiteras revolucionó este tema con su trabajo en San Pedro Chenalhó, instalándolo en el más amplio y complejo campo de la cosmovisión; así comenzó a explorarse la articulación de las creencias sobre las entidades anímicas de los pueblos mayenses con las más generales concepciones espacio-temporales (Guiteras, 1961, 1965).
Sin duda, las dos figuras principales que influyeron en las investigaciones etnográficas de la segunda etapa del proyecto fueron Calixta y Villa Rojas. Desde la mesa redonda que se reunió en Na Bolom en 1958, Cali presentó avances que culminarían con su libro de 1961, Perils of the Soul. Lo mismo hizo en la VIII Mesa Redonda de Antropología, en San Cristóbal de Las Casas en 1959. Villa Rojas no hizo ninguna presentación formal de sus propuestas sobre el tema, sino que se limitó a expresarlas en sus intervenciones, y también en conversaciones que sostenía individualmente con los miembros del proyecto que se lo solicitaban. Entre ellos, estaba Esther Hermitte. La presencia de Villa Rojas en el Centro Coordinador Indigenista, del que era director y donde residía con su esposa, facilitó esta comunicación.
Cali Guiteras avanzó en la discusión al señalar la existencia de dos entidades anímicas: una inmortal, que residía en el cuerpo, el ch’ulel, y otra en el cerro principal de la comunidad, mortal, el wayjel, y que con frecuencia asumía la forma de animal. Por esos mismos años un estudiante de la Universidad de Arizona descubría concepciones semejantes entre los tzotziles de San Andrés Larrainzar (Holland, 1961), y en Zinacantán, donde investigaban los estudiantes de la Universidad de Harvard, su director Evon Z. Vogt, reconocía también dos entidades anímicas, el ch’ulel y el chanul (Vogt, 1966).
En este campo temático se sitúan las aportaciones de Esther con su investigación en la comunidad tzeltal de Pinola. En primer lugar propuso el concepto de “coesencia” para definir las relaciones entre el sujeto y sus entidades anímicas; distinguió de estas entidades, entre el ch’ulel como centro del lenguaje, la inteligencia y la voluntad, y el nahual como agente activo que castigaba, agredía y asumía diferentes formas, como se advierte con los “viejitos” que cuidan al pueblo, los me’iltatiletik. Ellos eran las autoridades que gobernaban y cuidaban en la comunidad, distinguiéndose por poseer un mayor número de nahuales, hasta alcanzar el número de trece. Mientras el resto de los miembros de la comunidad tenían como entidades anímicas diversas clases de animales, los cuidadores tenían fenómenos meteorológicos –rayo, centella y torbellino–, estableciéndose en cada una de estas categorías una jerarquía definida por su altura y su color. El rayo era el nahual de mayor importancia, siguiéndole la centella (paslam) y el torbellino. Cada uno, a su vez, tenía una jerarquía establecida por su color. En orden de importancia, los nahuales podían ser negros, rojos o blancos; la centella, o meteoro, era verde, roja o blanca. El torbellino, por su parte, era “el nahual que camina con los pies en alto y la cabeza abajo, cerca del fuego, y por eso los hombres que son Torbellino tienen calva” (Hermitte, 1970b: 48). Aquí podía observarse una referencia a las concepciones espaciales en la cosmovisión mesoamericana, tanto por los niveles del cielo como por los colores que identifican los rumbos del mundo.
En segundo lugar, el aporte mayor de Esther fue señalar la existencia de esta forma de gobierno en una situación “metafísica”, es decir, sólo en la mente de los miembros de la comunidad y reconocida principalmente a través de las experiencias oníricas. En este sentido, una de las más ricas contribuciones de su trabajo fue la recopilación de los sueños de los pinoltecos a quienes ella entrevistó, y con los cuales mantuvo relaciones de amistad y colaboración. Otro dato significativo relacionado con la vigilancia que ejercían los “viejitos” fue su circunscripción a una de las mitades en las que estaba organizada la población, mitades llamadas “barrios” y que asumían la forma de quincunce.
Si bien estas propuestas están parcialmente presentadas en el ensayo que Esther publicó en el volumen del INI (Hermitte, 1970a), su planteo más elaborado puede encontrarse en su tesis doctoral, presentada al Departamento de Antropología de la Universidad de Chicago, y que fue publicada, traducida al español, por el Instituto Indigenista Interamericano, cuando Villa Rojas se desempeñaba como director de investigaciones (Hermitte, 1970b).
Marcelo Díaz de Salas también hizo una contribución con sus datos sobre los tzotziles del barrio del Convento, en Venustiano Carranza. Estos pobladores reconocían dos entidades anímicas que denominaban con la misma palabra: ch’ulel. Una subía al cielo y, al morir la persona, era guiada por un perro; la segunda quedaba en este mundo para reparar las faltas cometidas en su vida. “A estos chuleles los acechan muchos peligros por parte de los dueños de los cerros, el «sombrerón» y enfermedades como el mal de ojo” (Medina, 2000: 133). Estas entidades anímicas, finalmente, se situaban en un tiempo y un espacio cuyas características correspondían a una cosmovisión mesoamericana (Díaz de Salas, 1963).
Este conjunto de contribuciones de los investigadores del proyecto Man-in-Nature sobre las entidades anímicas y la cosmovisión locales adquirió mayor relevancia cuando Alfredo López Austin (1980) replanteó las características de la cosmovisión entre los nahuas del siglo XVI. EN los datos de su etnografía encontramos las aportaciones de aquellos estudiosos que trabajaron los pueblos mayenses de los Altos de Chiapas entre fines de los 50 y primera mitad de los 60. Con nuevas preguntas y discusiones centradas en otros enfoques temáticos, el nahualismo, punto de partida de la discusión, fue integrado al más amplio campo de las concepciones sobre la persona en las comunidades contemporáneas de tradición mesoamericana. De este modo, las contribuciones de Esther Hermitte, junto a las de otros miembros del proyecto, como Calixta Guiteras, Alfonso Villa Rojas y Marcelo Díaz de Salas, fueron retomadas pese a la apariencia de los cambios teóricos abruptos que emprendieron las academias mexicanas y en parte las norteamericanas de los años 70.
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Prólogo
Este libro es el resultado de una investigación sobre un descubrimiento antropológico que mi maestra, Esther Hermitte, antropóloga social de nacionalidad argentina, concibió hace cincuenta años para su tesis doctoral en la Universidad de Chicago, Estados Unidos. Su extraordinaria experiencia en los Altos de Chiapas, la “zona fría” de ese mosaico cultural que fue objeto de la dura conquista española y de la no menos dura nacionalización mexicana, además de campo de la mejor antropología social anglosajona de mediados del siglo XX, es un capital del que no podemos prescindir en la construcción de las antropologías del continente y en el aprendizaje del oficio de “hacer etnografía”.
Para comprender aquella experiencia que derivó en el descubrimiento de un gobierno sobrenatural que esquivaba con cierto éxito los tentáculos del poderoso aparato estatal mexicano, fue necesaria, además de las fuentes escritas que dejó Esther, la disposición a imaginar, casi arqueológicamente, un rumbo que se hizo camino al andar. Vista de cerca su investigación, como probablemente la mayoría de su estirpe etnográfica, no discurrió en línea recta, aplicando las consignas teóricas sobre “el material empírico recolectado”. En los años que le llevó concretarla –1959-1965– Esther tomó una serie de grandes y pequeñas decisiones que, vistas desde el siglo XXI, requirieron de nuestras hipótesis interpretativas para reconstruir su desenvolvimiento. Estas hipótesis resultaron, además de los materiales propiamente dichos –acaso rotulados como “fuentes secundarias”–, de diversos intercambios intelectuales y afectivos que mantuve con antropólogos sociales argentinos, mexicanos, brasileños y norteamericanos, investigadores consolidados y candidatos de maestría y doctorado en antropología y ciencias sociales. Y porque fui enhebrando sus aportes en mi composición, decidí redactar esta obra en la primera persona del plural. Convergieron aquí colegas y estudiantes de distintas épocas: los jóvenes contemporáneos de Esther que asistíamos a sus cursos en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de Buenos Aires, Argentina, entre 1977 y 1982, como Mauricio Boivin, Victoria Casabona, Nora Garrote, Carmen Guarini, Blanca Carrozzi, Ana Rosato, Fernando Jaume, Martha Rombo, Claudio Paleka, Carlos González, Mirta Barbieri, Juan Carlos Radovich, Mónica Berón, entre los muchos que buscábamos hacer una antropología menos exotista, más aplicada y actual; también los colegas de Esther que la acompañaron antes de partir a Chicago –Elena Chiozza, Amalia Sanguinetti de Bórmida, Zunilda van Domselaar– y desde su regreso –Leopoldo Bartolomé, Carlos Herrán (h.), Beatriz Alasia de Heredia, Alejandro Isla–; además, los investigadores que apenas la conocieron o que supieron de ella por comentarios y por sus escritos, que integraron conmigo el Grupo Taller de Trabajo de Campo Etnográfico del IDES entre 1993 y 2004, y con quienes hicimos un primer artículo sobre su investigación –“De las notas de campo a la teoría. Descubrimiento y redefinición de «nahual» en los registros chiapanecos de Esther Hermitte” (1998)–: Virginia Vecchioli, Andrea Mastrangelo, Sabina Frederic, Rolando Silla, Carolina Feito, Alejandro Grimson, Brígida Renoldi, Iris Fihman, Elías Prudant, Eugenia Ruiz Bry, Patricia Durand y Christine Danklemaer. Algunos encuentros con June Nash, veterana antropóloga de Chiapas, y también con las compatriotas Judith Freidenberg y María Laura Lagos, residentes por largo tiempo en Estados Unidos, ayudaron a contextualizar aquel emprendimiento.
Cuando empecé a enseñar con los materiales que Esther nos legó –diarios de campo, esquemas, mapas, listados, notas, transcripciones, cintas grabadas, papeles sueltos y unas pocas fotos–, se incorporaron las voces de mis alumnos de Métodos de Investigación Etnográfica en la maestría de Antropología Social del IDES-IDAES/UNSAM (desde 2004), y en los posgrados antropológicos de Misiones, Córdoba y Norte de Chile (desde 2008), y también los estudiantes del posgrado de Ciencias Sociales del IDES-UNGS (2010-2011), de algunas clases en la ENAH de México (2009), en la UFRGS de Brasil (2010) con los estudiantes del curso regular de las queridas colegas Cornelia Eckert y Ana Luiza Carvalho da Rocha, y los colegas y estudiantes del flamante doctorado en Antropología de la Universidad Nacional de Colombia (2011). Este plural mundo de interlocutores al que debo sumar a Esteban Krotz de la Universidad de Yucatán y la UAM-Iztapalapa, a Carlos Uribe Tobón de la Universidad Javeriana de Colombia y a los miembros del Centro de Antropología Social del IDES que Esther Hermitte creó en 1974 y yo continué desde 1992, me viene acompañando en sucesivas exposiciones y discusiones que me ayudaron a reconstruir una investigación formidable que, según creo coincidimos, vale la pena exponer en el formato más estable de un libro.
Cuando estaba dando los toques finales de esta composición, el rector de la Universidad Intercultural de Chiapas y antropólogo Andrés Fábregas Puig me invitó a participar en el segundo foro de “Las ciencias sociales en Chiapas” (2010). En 2006 Fábregas había tenido la grandiosa gentileza de publicar, con el Centro de Antropología Social del IDES, su diario de campo bajo el título Chiapas en las notas de campo de Esther Hermitte. Su invitación en 2010 me permitió conocer, al menos someramente, el ambiente chiapaneco, algunos sitios importantes para la antropología mesoamericana y algunas fisonomías con las que Esther debió intimar durante sus casi dos años de estadía. “Estar ahí” me obligó a reparar en la enorme presencia de Chiapas en la realidad de ese país, pero no sólo como excusa para el desarrollo teórico de una disciplina; también, quizá fundamentalmente, ese viaje me sumergía en una realidad que era, también por entonces y en sí misma, poderosamente académica.
No puedo remediar, con tan breve acercamiento, mi relativa ignorancia sobre otra antropología latinoamericana que albergó a tan destacados intelectuales cuando la academia de mi país los expulsaba. Por eso le pedí a un compañero de Esther en el equipo de Chicago, además de extraordinario conocedor y estudioso de la antropología mexicana, que nos explicara el mundo intelectual-antropológico de 1950-1960. Andrés Medina Hernández, a quien conocí en ese foro de 2010, accedió gentilmente a mi solicitud. Su reconstrucción pormenorizada y minuciosa de las redes académicas y personales –expuestas en el estudio preliminar que escribió para este libro– da cuenta de un clima que excedía a la poderosa Chicago. México y Mesoamérica no eran sólo “el campo” de las academias metropolitanas, sino también muy activos protagonistas de la creación teórica fundada en el trabajo de campo etnográfico, labor en la que participaron mexicanos, argentinos, colombianos y una cubana. Parte del registro fotográfico de Andrés Medina ilustra este volumen y ojalá contribuya a abreviar las distancias entre nuestras antropologías y nuestras épocas, y a revisar las nociones acerca de los posicionamientos que nuestras academias ocuparon en el pasado.
A todos y cada uno de ellos, a quienes deseo sumar a Santiago Álvarez quien aceptó reeditar Poder sobrenatural y control social en 2004, y a mis amigos y colegas Diana Milstein, Ester Kaufman, Patricia Vargas, Ana Domínguez Mon, Beatriz Ocampo y Sergio Visacovsky les agradezco su presencia y sus puntos de vista, a sabiendas de que la responsabilidad de este escrito me corresponde en sus aciertos y en sus deficiencias.
Si el conocimiento, sobre todo el etnográfico, no puede ser impersonal, es porque se sitúa entre las personas, entre las realidades y entre las distintas capacidades que desarrollamos los seres humanos –no sólo sus científicos sociales– para vivir y, como una de las actividades vitales, para conocer. Por eso este texto busca desentrañar los tesoros escondidos y las honduras acaso inconfesables de una investigación etnográfica que discurre por varios pasajes que no son de exclusivo arbitrio del investigador. Espero pues ayudar a reconstruir la lógica que Esther debió crear para entender una realidad exóticamente próxima. Quizá el principal hallazgo de esta (nuestra) investigación sea demostrar que Esther se volvía más sabia cuanto más la permeaban sus pinoltecos y más se reconocía afectada por ellos en sus recelos, simpatías y temores. Su investigación se tornaba más profunda cuanto más evidente le resultaba su propia ignorancia, y tomaba cauces más resueltos cuando admitía sus incertidumbres. ¿Dónde quedaría el puente que uniría estos azares con las certezas requeridas en la presentación de una tesis doctoral? ¿Qué hacer ante las eventualidades del campo sobre las que nada dicen los manuales ni los artículos académicos? ¿Cómo incorporarlas a la comprensión y enunciación del proceso de conocimiento? Escuchando a aquellos con quienes estamos y a quienes queremos conocer; a nuestros colegas locales, a los baquianos profesionales y a los menos experimentados; incluso a los advenedizos, a los improvisados, a los fatuos y a los mentirosos; a todos los que “estando allí” nos hacen la vida posible y a veces también imposible… en fin, a quienes nos enseñan que la arrogancia académica con la que fuimos en su busca puede revertirse en gratitud y sabiduría gracias a su tolerancia y a su íntima fortaleza.
ROSANA GUBER
Buenos Aires, 13 de agosto de 2011
Introducción
A comienzos del siglo XXI los investigadores en ciencias sociales nos vemos arrastrados por una marea cualitativa. Ya no bastan las estadísticas para describir a los conjuntos sociales porque, escuchamos decir, hay algo más en la gente que indicadores censales y encuestas de opinión. Los estudiantes de grado y, sobre todo, los de posgrado llegan a los cursos de “métodos” pidiendo “más herramientas” que les permitan dar cuenta de cómo piensan y viven los residentes en las ciudades, los empleados y los desempleados, los grupos de fe, los jóvenes y los ancianos, las mujeres y los inmigrantes. Puestos a esclarecer estas demandas, surge que el requerimiento no es por “más” herramientas, sino por “otras” percibidas acaso como más genuinas para penetrar en las muchas formas que los seres humanos tenemos de vivir y de pensar, incluso dentro de una misma sociedad. Entre esas “otras herramientas” el recurso a los métodos etnográficos ha tomado un carácter imperioso entre los graduados en educación, ciencias políticas, comunicación, trabajo social, sociología, economía y administración, por no incluir también a profesionales en ciencias médicas, derecho, veterinaria, arquitectura y diseño. La necesidad parece suplirse con la extensión de un curso sobre trabajo de campo, observación participante y entrevista en profundidad, que le brindará al novicio una sensibilidad o “mirada” capaz de recuperar “la perspectiva nativa”. Pues bien, ¿es esto efectivamente posible?
Las ciencias antropológicas en general –la etnología, el folclore, la arqueología, la antropología forense, la antropología biológica– y la antropología social en particular han recurrido a la etnografía para dar sentido a formas de vida extrañas a Occidente y a la era industrial. Desde fines del siglo XIX esas “herramientas alternativas” comenzaron a emplearse con pretensiones de sistematicidad y, aunque el primer y único texto fue, por mucho tiempo, la introducción de Bronislaw Malinowski a Los argonautas del Pacífico occidental, de 1922 –texto de extraordinaria vigencia–, los artículos relatando experiencias, las autobiografías y los manuales de “cómo hacerlo” fueron ingresando, giro reflexivo mediante, a las secciones metodológicas de los fondos editoriales. Sin embargo, esta literatura no alcanza a dar cuenta de cómo usamos los antropólogos los métodos etnográficos en tanto que fase de la investigación (también) etnográfica.
Generalmente, y según puede inferirse de los programas de estudio, la unidad del proceso investigativo, incluso del antropológico, parece atribuirse a la teoría. Serían sus preceptos y conexiones los que, se cree, mueven al investigador a elegir su tema, establecer su problema, construir su objeto, e ir al campo para ver y escuchar aquello para lo cual esa teoría lo habilita. En esta línea, serían sus preceptos los que vendrían a organizar nuestro trabajo de campo y a perfilar cierto tipo de información que decimos “construir” como “datos”.
Es probable que la creciente popularidad de los métodos cualitativos en la investigación social provenga de la igualmente creciente insatisfacción con esta misma certeza que, premeditadamente o no, termina ubicando el trabajo de campo y el material resultante en un lugar epistemológicamente subsidiario. Esta insatisfacción es bastante lógica en antropología porque la subsidiariedad del trabajo empírico afecta no sólo el estatus de los datos sino también del proceso general de conocimiento. Ese proceso recibe el nombre de “etnográfico”. Un antropólogo suele emplear métodos etnográficos (trabajo de campo) para reunir material que expondrá en su etnografía (género textual académico) al cabo del proceso en que adopta un enfoque en el que requiere comprender teóricamente un fenómeno social desde la perspectiva de sus protagonistas (Guber, 2011). Desde esta postura, entonces, ¿dónde radica la unidad de su proceso de conocimiento? Si se responde “en la teoría”, ¿cómo justificar una prolongada estadía en el campo, repleta de incomodidades y de obstáculos? ¿Qué valor, más allá de su exotismo, tienen aquí los datos habidos en la cotidianidad de una población extraña? Y si, por el contrario, se esgrime que la unidad de la investigación y, más aún, su elemento distintivo proviene del campo, ¿cómo establecer y comunicar la significación de los datos, sin parecer diletante o impresionista?
Para salir de este aparente callejón, podemos aplicar la muy antropológica distinción entre lo que la gente hace y lo que dice que hace a los investigadores mismos. Más allá de discutir en términos teóricos con sus pares académicos acerca de lo que dice que ha hecho en su investigación, el investigador sabe que necesita ofrecer sus datos de campo a riesgo de perder credibilidad y sabe, también, que esos datos los obtuvo en formas bastante ateóricas (o preteóricas), intuitivas, inesperadas y hasta casuales. Más aún: sabe que el baño de teoría es un arreglo a posteriori, un dispositivo que comienza a operar después de haber llegado, haber visto, hablado y escuchado no todo pero sí lo suficiente. Así, buena parte de sus esfuerzos reside, precisamente, en asignarle un valor teórico a la información obtenida a lo largo de un proceso que tiene su propia dinámica, jalonada por procedimientos y enmarcada en situaciones que quedan bastante alejadas de la concienzuda y minuciosa discusión conceptual.
Afortunadamente, hace mucho tiempo que la antropología viene haciendo dialogar datos y teoría de maneras muy fructíferas, aunque tal diálogo suela entablarse predominantemente en torno al texto final. Quizá por eso el papel de la teoría aparezca sobredimensionado frente al de las otras etapas de la investigación. En las fases que preceden a la redacción etnográfica, conceptos y prácticas teóricos, de sentido común y nativos se topan en distintas dosis y con diversos impulsos, presentándose en disposiciones no siempre planificadas. Aún no sabemos cómo sucede esto a lo largo de la investigación, pero sí sabemos que el famoso “marco teórico” está lejos de explicarlo. Si lo hiciera, todas las investigaciones encuadradas en una misma corriente serían demasiado similares y descubrirían más o menos lo mismo. Sin embargo, los modelos de redacción etnográfica presentan cierto aire de familia en el interior de las corrientes y las épocas, lo cual no llega a opacar la originalidad y la creatividad que resultan de los actores y de los autores. Entonces, ¿no residirá la unidad del proceso de investigación más en esa referencia tripartita del término “etnografía” –abarcando, claro está, su dimensión teórica–, que en un solo punto o aspecto de ese proceso (“la teoría”, “el trabajo de campo”)?
Para averiguarlo hemos decidido analizar una investigación específica y concreta en cuyo recorrido intentaremos reconocer lo que hemos llamado aquí “la articulación etnográfica” de sus segmentos y dimensiones, desde su concepción hasta su conclusión. En este libro nos proponemos reconstruir una investigación socioantropológica para comprender cómo se integran sus partes desde la perspectiva de quien la ha llevado a cabo, la antropóloga argentina Esther Hermitte. Su camino académico y personal de posgrado se inició en 1958, año de su partida a Estados Unidos, y culminó en 1965, año de su regreso a la Argentina. En el ínterin obtuvo su Master of Arts (maestría) y su Philosophical Doctor (doctorado) en el Departamento de Antropología de la Universidad de Chicago. Las razones de esta elección tienen algo de personal, algo de práctico y algo de académico.
En cuanto a lo personal, es éste un reconocimiento a quien fue una verdadera maestra de trabajo de campo etnográfico para una generación de antropólogos argentinos. Ella identificó para nosotros los hilos dorados del maravilloso estandarte antropológico, las palabras mágicas para ingresar a la gruta donde el Alí Babá del mundo social esconde los grandes tesoros de ser humanos; la llave maestra de, por eso, una disciplina a la vez social y humanística: la antropología. Fue en sus cursos sobre “Técnicas de trabajo de campo” en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de Buenos Aires donde varios, al escucharla, ingresábamos a una dimensión que solía estar ausente de libros y artículos y, sobre todo, de los debates públicos en aulas y congresos.
En cuanto a las razones de orden práctico, después de su fallecimiento en julio de 1990, quienes integrábamos el Centro de Antropología Social que ella había fundado en el IDES, en 1974, procedimos a guardar sus papeles personales y sus manuscritos, incluyendo los materiales de sus dos principales investigaciones, la de Chiapas y la de Catamarca (con Carlos Herrán). Esto es: disponíamos de todos los recursos para emprender una investigación sobre otra investigación acotada en el tiempo (y en las cajas).
En cuanto a lo académico, y contra la objeción de que ya no se investiga como en la década de 1960, señalamos, en primer lugar, que esta investigación se encuadra en una de las líneas dominantes con que la antropología se constituyó y “universalizó” como una ciencia moderna. En segundo lugar, toda investigación adopta alguna perspectiva, de manera que lo que importará aquí no es tomar la investigación de Hermitte como un modelo a reproducir, sino como una lógica a reconocer. Y en tercer lugar, es sorprendente cómo el campo y la flexibilidad de la investigadora permitieron llegar a conclusiones que no condicen ni con el equilibrio ni con la integración que se le suele atribuir al marco estructural-funcionalista de entonces.
Así, aun cuando una investigación etnográfica no pueda estandarizarse, los puntos en común con otras investigaciones provendrán, precisamente, de su singularidad, la que la hará comparable con el desarrollo y los resultados de otros trabajos. Para que esto sea posible, necesitamos reconocer dónde reside la singularidad de una investigación etnográfica. Esa singularidad, sugerimos, reside en su articulación, es decir, una serie de puentes que en forma de preguntas y apuestas (o hipótesis) va tendiendo el investigador desde que esboza su objetivo inicial en el proyecto hasta que presenta su trabajo final tras la enésima corrección. Precisamente, nos referimos a “investigación etnográfica” en tanto: a) trabajo de campo, etapa crucial e inexcusable; b) un proceso de conocimiento que incluye, como otros, una conceptualización inicial o proyecto, la identificación de un problema central y de problemas secundarios, la selección y articulación de conceptos; c) la perspectiva comparada con otros casos, la organización de los materiales empíricos obtenidos en terreno y su aplicación para resolver los problemas planteados y para descubrir otros nuevos, y d) nos referimos, también, a organización textual con argumento y sucesión de capítulos y secciones, con la inclusión del material empírico.
Cuando hablamos de “trabajo de campo”, estamos refiriéndonos a más cuestiones que las aplicadas a la obtención de información. Hablamos también de la articulación de lógicas que suelen ser distintas y a menudo contradictorias; incluimos aquí lógicas teóricas y socioculturales del mundo del investigador y del mundo de los investigados o, como hemos dicho en otra parte, correspondientes a la reflexividad1 del investigador en tanto ser académico, la reflexividad del investigador en tanto ciudadano y las reflexividades de los sujetos de estudio (Guber, 2011). El trabajo de campo suscita, además, los tiempos de esa articulación, los procesos de reconocimiento e identificación de esas diversas reflexividades, hasta que el investigador se da cuenta de que la reflexividad de sus interlocutores no es la suya propia; ni la personal, ni la ciudadana, ni la académica. Cuando hablamos de trabajo de campo, aludimos a pistas encontradas, reconocidas, olvidadas y negadas, hablamos de advertir problemas nuevos y de cómo hacerles un lugar en nuestros esquemas conceptuales, hablamos de descubrir vetas promisorias y, sobre todo, de darnos cuenta de que las hemos descubierto. Y, por supuesto, hablamos de situaciones de interacción y de participación, de reconocernos en ellas y de convertirlas en nuestras vías de conocimiento tratando, en lo posible, de no imponer patrones de observación, presencia y comunicación que les resulten ajenos o violentos a nuestros interlocutores (de campo).
En este libro, entonces, intentaremos reconstruir la articulación etnográfica de una investigación antropológica concreta, planteando lógicamente las preguntas que nos permitan reconocer el proceso de conocimiento de Hermitte y las preguntas que nos permitan bucear en los dilemas reales que se le plantearon a la investigadora a lo largo de su trayecto. Recorreremos para ello las etapas, las instancias y los materiales de la investigación socioantropológica que llevó a cabo esta candidata doctoral en antropología en la Universidad de Chicago, entre 1959 y 1964, y dispondremos de los materiales del archivo personal y de una de las colecciones especiales de la Universidad de Chicago, correspondientes a la investigación Man in Nature.
1958-1964: Esther Hermitte de Buenos Aires a Chicago-Chiapas2
En la Argentina conocíamos a María Esther Álvarez de Hermitte (1921-1990) como Esther Hermitte y, para quienes estudiamos con ella en los cursos del IDES, simplemente como Esther. Ella fue nuestra antropóloga social, probablemente la primera que tuvimos en la Argentina por titulación, capacitación y práctica. Sin embargo, esto no le valió demasiado. Quizá hasta le resultó problemático en tanto había ingresado a otro idioma académico que no se hablaba todavía en el país, salvo en reducidos núcleos que proponían la antropología social más como una afirmación de compromiso político que como perspectiva de investigación.
Cuando se implantó la antropología como carrera universitaria en la Argentina en 1957, se la entendía como auxiliar de la Historia y como vehículo para la reconstrucción de patrimonios pretéritos de la humanidad. En ese clima que definía el perfil académico posible, Esther cursó el profesorado de Enseñanza Media, Normal y Especial en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La antropología que ella aprendió se impartía en dos asignaturas: Antropología que era predominantemente antropología física, y Arqueología orientada a la prehistoria.
¿Por qué antropología social? Esther habrá sabido de ella en Estados Unidos, donde había viajado algunas veces con su marido, el ingeniero Raúl Hermitte, quien iba a ese país por razones de trabajo. Al parecer fue en esos viajes cuando hizo algunas indagaciones universitarias (en Boulder, Colorado) o en la misma Chicago, y supo que la antropología podía ocuparse del presente y además resolver problemas concretos de la gente. Con esta orientación, en los veranos de 1957 y de 1958 hizo un relevamiento de campo en la usina y cantera minera de la empresa El Aguilar, en la puna argentina, para conocer cómo se relacionaban funcionarios de la empresa y trabajadores atacameños y bolivianos. También en 1958 presentó un resumen de esta miniinvestigación a la reunión “Semana de la Sociedad Argentina de Antropología”, donde se refería a la “antropología aplicada” y a su relevancia en el país. Sin embargo, su perfil no tenía posibilidades de consolidarse ante un frente conformado por la antropología del Volkerkunde centro-europeo, por una parte, y por la otra una poderosa sociología cuantitativa que impartía en el novel Departamento de Sociología el llamado “padre de la sociología moderna” argentina, Gino Germani. Así que, salvo estas pequeñas tentativas y reseñas bibliográficas que publicó en la revista del Instituto de Antropología, Runa, ni el entorno ni ella misma disponían de los medios para emprender una línea de trabajo en Buenos Aires o su vecina La Plata, las dos universidades que desde 1958 y 1957 respectivamente titulaban antropólogos. De hecho, y hasta tiempos muy recientes, otros intentos en Córdoba y Rosario no lograron establecer una escuela.
Después de vanos intentos de obtener financiamiento de los departamentos norteamericanos, consiguió una beca externa del flamante Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicet) que dirigía su fundador y primer presidente Bernardo Houssay, y fue aceptada por Chicago. El año de partida de Esther fue importante para la antropología profesional en la Argentina: comenzaba a dictarse la licenciatura de La Plata y se firmaba la creación de la carrera porteña que empezaría a impartirse el año siguiente. También fue un año significativo en la antropología norteamericana. Alfred Kroeber y Talcott Parsons publicaban “The concept of Culture and of Social System” en American Sociological Review (1958: 583), donde proponían reorganizar el campo de las ciencias sociales norteamericanas. Con este “pacto de caballeros”, como lo describe George Stocking Jr., Parsons y los caciques de la antropología norteamericana (Kroeber y Clyde Klukhohn) trataban de establecer la división del trabajo intelectual académico: “la cultura” para los antropólogos, el “sistema social” para los sociólogos y la “psiquis” individual para los psicólogos (Silverman, 2005b).
Varias unidades académicas, sin embargo, rechazaron este nuevo orden. Es fácil comprender por qué el departamento de Chicago fue una de ellas. Alfred R. Radcliffe-Brown, uno de los fundadores de la antropología social británica entendida como disciplina científica abocada al estudio de la “estructura social”, había dejado su marca después de seis años de permanencia (1931-1937). Esta cabeza de playa de la antropología social británica en Estados Unidos no le regalaría el estudio de las relaciones sociales a la sociología.
La influencia socioantropológica fue bienvenida por el fundador del departamento en 1928, Robert Redfield, su chairman (jefe) y por un largo tiempo dean (decano) de la división Ciencias Sociales de la universidad. Redfield mantenía una perspectiva acentuadamente sociológica de la antropología desde que conoció la sociología cualitativa del vecino departamento de Sociología que, en esa misma universidad, había dirigido su suegro y maestro Robert E. Park. Redfield, sin embargo, no sometía el estudio de la cultura a la estructura y destacaba un perfil más funcionalista. Su proyecto de área en Yucatán fue simultáneo a la estadía de Radcliffe-Brown en Chicago.
La influencia del insigne británico también afectó la organización departamental que, supuestamente, debía seguir los lineamientos de la “disciplina de los cuatro campos” (four-fields discipline): antropología física, arqueología, lingüística y antropología cultural. La antropología social era, según Radcliffe-Brown, una disciplina práctica más próxima a la sociología comparada que a la reconstrucción del pasado. La incorporación en 1935 de William Lloyd Warner, su discípulo en el estudio de aborígenes australianos, Fred Eggan3 y Sol Tax4 dio a ese departamento un perfil británico no exclusivo ni excluyente, pero bastante consolidado.
Hacia 1958 la presión parsoniana se hizo sentir en Chicago gracias a la partida de Warner, la muerte de Redfield y la llegada de tres jóvenes discípulos de Parsons a través de Kroeber y Klukhohn. David Schneider, Lloyd “Tom” Fallers y Clifford Geertz disentían tanto con la four-fields discipline como con la orientación sociológica (Silverman, 2005b). Los cursos sobre sistema social que Esther realizó en 1958 tenían este sesgo aunque compensado por un miembro más añoso del departamento que, sin embargo, no revistaba en las filas de la antropología social.
El lingüista Norman McQuown (1940, Ph.D. Yale) comenzó estudiando el náhuatl del centro de Veracruz y pasó luego al maya. En 1956 relanzó el proyecto interdisciplinario Man in Nature con financiamiento de la National Science Foundation y el National Institute of Mental Health.5 El sesgo en ecología cultural dejaba traslucir cierta vertiente neoevolucionista como la de Julien Steward desde Columbia. El objetivo del proyecto era registrar y comparar los procesos de cambio social y cultural, y la adaptación al ambiente por parte de las comunidades indígenas en los Altos de Chiapas, al sur de México. La integración entre antropología cultural y lingüística podía evocar cierto pasado boasiano, pero la vertiente socioantropológica estaba bajo la dirección del discípulo de un dilecto alumno de Radcliffe-Brown.6
Julian Pitt-Rivers, formado en Oxford con Edward E. Evans-Pritchard,7 el autor de Brujería, magia y oráculos entre los azande, acababa de publicar People of the Sierra donde planteaba el complejo honor/vergüenza como un sistema de control social propio del área cultural del Mediterráneo. Esther era una de las candidatas doctorales de Pitt-Rivers quien, junto con McQuown, firmaba el informe final Man in Nature y supervisaba la sección socioantropológica del proyecto. Él acompañaba el trabajo de campo de maestrandos, doctorandos e investigadores adjuntos, visitando a cada equipo –un lingüista, un intérprete indígena y un antropólogo social– en cada una de las localidades seleccionadas. Leía y discutía sus notas de campo, visitaba a antropólogos e informantes de antropólogos, conocía sus lugares de residencia, y con “Don Antonio” (o “Mac” o “SuperMac” como apodaban a McQuown) se reunían cada tres meses en la casa que el proyecto había alquilado en San Cristóbal de Las Casas (Medina, 2009 comunicación personal, ver Estudio Preliminar). Allí cada investigador presentaba sus avances y sus dificultades. Pitt-Rivers y McQuown hacían trabajo de campo parcial y dos investigadoras, Calixta Guiteras, graduada en Derecho en La Habana, de donde era oriunda, e incorporada a la ENAH, y la argentina Eva Verbitsky de Hunt, antropóloga de Chicago, coordinaban a los graduate students (estudiantes de posgrado). Si bien el proyecto tenía una ambición holística –ecología, arqueología, lengua y cultura–, cada investigador ensayaba una línea propia según su campo empírico, aportando datos sobre aspectos que hicieran comparables a las comunidades de la rama lingüística tzotzil y tzeltal (McQuown y Pitt-Rivers, 1964: ix).
El caso de Esther fue notable en este contexto. Era ella una estudiante de posgrado en busca de su maestría y doctorado, entre otros estudiantes avanzados, tesistas doctorales y de maestría, simpatizantes de la antropología, de diversas procedencias y afiliaciones institucionales en Estados Unidos y en México: los norteamericanos Albert Wahrhaftig, Roberta Ashley Montagu y Charles A. Mann; la británica Lilo Stern, el colombiano Manuel Zabala Cubillos y los mexicanos Marcelo Díaz de Salas (Chicago) y Andrés Medina Hernández (ENAH, México). La localidad base de Esther era Villa Las Rosas, que los indios locales llamaban Pinola, término pipil de los nahuas llegados a los Altos de Chiapas después del siglo VIII, que fue modificado por los nahuas del centro de México en el siglo XVI (Medina, comunicación personal). Esther la llamaba Pinola en todos sus escritos; correspondía al “área Tzeltal Sur del equipo número 1”, junto al lingüista Christopher Day (llamado corrientemente Chris), sucedido por el estudiante R. Radhakrishnan. Alberto Méndez Tobilla y Emilio Solano (ver como “Milo”) eran los intérpretes indígenas, y sus discursos están registrados y almacenados en la biblioteca de la Universidad de Chicago.
La estadía de Esther en el campo fue una de las más extensas del equipo, con un total de veinticuatro meses en el barrio Golowuitz. Entre julio y diciembre de 1959 realizó el primer tramo exploratorio de la localidad. En julio de 1960 regresó y allí permaneció hasta diciembre de 1961 con breves interrupciones, como las mencionadas “reuniones de equipo”, las jornadas de capacitación para el censo lingüístico que organizó Chicago en Chiapas en 1961 y un viaje a la Argentina a visitar a su madre y a Chicago, en marzo-abril de 1961.8 Dado que a mediados de 1960 culminó su beca externa del Conicet, McQuown y su director de tesis, Pitt-Rivers, le extendieron parte de los fondos generales provenientes del National Institute of Mental Health (NIMH) que financiaba el proyecto.
De su estadía resultaron, casi consecutivamente, su grado de Master of Arts en 1962 y de Philosophical Doctor en 1964. Ambas tesis estaban estrechamente vinculadas con el proyecto general sobre cambio social y cultural, y guardaban entre sí una gran coherencia. “Movilidad social en una comunidad bicultural de Chiapas”, tesis de maestría, y “Poder sobrenatural y control social”, tesis doctoral, mostraban que una misma área cultural puede encerrar profundas diferencias que no se detectan a simple vista. Productos del mismo trabajo de campo, “Movilidad…” y “Poder sobrenatural…” son las dos caras de una moneda: por una parte, las fuerzas sociales que promueven el cambio social y cultural a través de la ladinización (cambio de adscripción indígena a ladina) y el revestimiento (abandono de la vestimenta indígena por la vestimenta ladina); por otra parte, las fuerzas sociales que lo limitan y desalientan a través del daño-mal echado o la brujería. Cuatro años antes de que Fredrik Barth y Abner Cohen publicaran sus estudios sobre etnicidad y relaciones interétnicas de los pathanes (Barth, 1969) y los yoruba (Cohen, 1969) respectivamente, Esther argumentaba, como veremos en el primer capítulo, que la etnicidad no era un conjunto de rasgos esenciales sino una forma de relación social en una comunidad bicultural. Lo que Barth denominaría “límites interétnicos” es lo que Hermitte, en el lenguaje norteamericano de la época, llamaba “control social”.9
Gracias a su arduo trabajo de campo y a sus muy focalizadas y minuciosas discusiones sobre la concepción de nahual, piedra angular de la cosmovisión mesoamericana, Esther Hermitte había logrado imprimirle un sello absolutamente peculiar a Pinola, una comunidad que había perdido las jerarquías políticas y religiosas indígenas y las tradiciones artesanales. Los miembros de su comité doctoral –Manning Nash y Lloyd Fallers– y sus mentores Pitt-Rivers y McQuown recomendaron que las dos tesis fueran premiadas: la de maestría con el Roy D. Albert Prize y la doctoral con el Bobbs Merryl Award. Estas distinciones le garantizaban a su autora un excelente porvenir en la academia de Estados Unidos. Sin embargo, y después de dictar algunas clases sobre etnografía americana y colaborar como asistente de David Schneider en la obtención de datos sobre familia y parentesco en Estados Unidos (American Kinship Project) en 1965, Hermitte regresó a la Argentina donde permaneció, salvo una breve estadía en la Universidad de Michigan, hasta su muerte en 1990.
1965-1990: un regreso sin gloria
Las razones de su vuelta debieron ser varias y caen en el terreno de la especulación: quizá ser hija única de una madre añosa y largamente viuda devolvió a Esther al Río de la Plata, hecho que coincidió con las primeras graduaciones en la licenciatura en Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires, con la misma orientación oficial que Esther había dejado siete años antes. Sin embargo, las preocupaciones de estos flamantes graduados eran bastante diversas y, en unos cuantos casos, divergían de la orientación filosófica del Departamento.
Estados Unidos no era buena palabra para los universitarios argentinos (y latinoamericanos) en proceso de veloz radicalización y encantamiento con la revolución cubana (1959) y proporcional rechazo a la naciente guerra contra el gobierno de Vietnam del Norte y la guerrilla comunista del Vietcong (1959). La permanencia de Esther en Estados Unidos no pudo ser más contemporánea de las ominosas intervenciones del aparato estatal norteamericano en el plano internacional y en las conciencias de los ciudadanos de ese país. La Guerra Fría (1946-1964) y la paranoia macarthista contra los reds (rojos) en las ciencias, las humanidades, la prensa y las artes, las denuncias de la Thailand Controversy (Wakin, 1992) y del Camelot Project en Chile (1964), conllevaron un movimiento inverso de prevención generalizada de cierto espectro intelectual latinoamericano contra toda presencia estadounidense en forma de visita de profesores, financiamiento, respaldo de fundaciones y envío de jóvenes a sus prestigiosos posgrados. ¿Cómo ponderar las vinculaciones entre el mundo académico de un país con las razones de Estado? ¿Cómo delimitar la ciencia aceptable de la inaceptable en un contexto académico que derramaba dólares creando fundaciones, expertos y universidades, que cobijaron tanto a colaboradores de la Guerra Fría –George Murdock, Karl Wittfogel, Michael Moerman entre otros (Price, 2004, 2008)– como a sus tenaces críticos– Eric Wolf, Carl Jorgensen o Gerald Berreman? Si el NIMH, la Comisión Fulbright y la National Science Foundation eran excelsos productos de la segunda posguerra y la difusión del americanismo (Patterson, 2000), ¿acaso quienes fueron financiados por estas poderosas entidades participaban de su afán imperialista? (ver Gil, 2010, acerca del debate argentino sobre el Proyecto Marginalidad, financiado por la Fundación Ford).
Una vez más, las cuestiones no se dirimen en términos abstractos ni universales. Los criterios para establecer la polución o la pureza de las actividades y los conocimientos son histórico-contextuales. ¿Habría que juzgar la labor académica de Esther en función de sus fuentes de financiamiento, o atendiendo a sus conclusiones, su perspectiva teórica y su articulación entre datos y conceptos? ¿Acaso por su sagaz descubrimiento chiapaneco?
Nuestra respuesta a este tipo de interrogantes fue tratar de quitar a Esther de un absoluto moral y reintegrarla a una generación cuyos intelectuales, nacidos en la década del 20, tomaron cierta distancia de los “antropólogos comprometidos” de los 60-70 (nacidos entre fines de los 30 y en los 40). Quizá Esther había labrado su ser académico a la sombra de un liberalismo renuente a toda injerencia de la política nacional en el mundo universitario. Esta actitud estaba fundada en su nefasta experiencia durante la década peronista, cuando su profesor Francisco De Aparicio que era, a su vez, director del Museo Etnográfico, profesor de arqueología y presidente de la Sociedad Argentina de Antropología, fue apartado de sus cargos para morir poco después en el mayor ostracismo. El grupo de estudiantes y recién graduados que ella integraba (Akida, en Lafón, 1976; Guber, 2004) quedó desmembrado, y ella se apartó de la Facultad y del Museo Etnográfico para buscar otros horizontes. Su liberalismo antiintervencionista no nació en 1966, cuando de todos modos fue la única con cargo de “profesor” en Ciencias Antropológicas que renunció en protesta contra el vandalismo policial de la llamada “noche de los bastones largos”. Ese liberalismo nació frente a Juan Domingo Perón, en un clima donde los jerárquicos cuerpos profesorales denostaban el carácter improvisado y obsecuente, que apodaban “flor de ceibo”, de quienes decidían quedarse en la universidad. Si a esto se le agrega la inserción concreta de esta extranjera “hispana” y divorciada, sin hijos, en uno de los mejores departamentos de antropología de la academia metropolitana, con sus lúcidos y dedicados profesores, sus amplísimas bibliotecas y un dinero en apariencia infinito con el cual solventar lo que su nativo Conicet ya no podía darle, es quizá comprensible el silencio que Esther mantuvo el resto de su vida acerca de la persecución ideológica estatal y los servicios prestados por algunos colegas al Departamento de Estado. Allí estaban los debates que suscitaban en la American Anthropological Association sus admirados Eric (Wolf) y Gerry (Berreman), autores que nunca cesó de recomendar a sus estudiantes argentinos y que ella misma utilizó en sus investigaciones posteriores.
En suma, haberse graduado en Estados Unidos no le reportó grandes dividendos académicos ni económicos, ni tampoco le aseguró una apacible vida en la academia del Río de la Plata, pese a que le facilitó el logro de algunos éxitos puntuales. En 1965 fue incorporada por el Instituto Torcuato Di Tella, donde llevó a cabo investigaciones en el noroeste, el nordeste y la Capital Federal de la Argentina. En el noroeste, la experiencia catamarqueña la desarrolló con su asistente y entonces joven colega Carlos A. Herrán, como investigación y consultoría al Consejo Federal de Inversiones. Allí trató de determinar por qué las cooperativas que alentaba el gobierno federal para tejedoras de poncho y chales, y para minifundistas pimentoneros, no remediaban la desigualdad ni la emigración (Hermitte y Herrán, 1970, 1977; Hermitte, 1972a, 1972b, 1984; Hermitte y Klein, 1972-1979). En el nordeste relevó la situación aborigen en la provincia del Chaco, como coordinadora de un extenso equipo de campo del cual ella misma era parte, para demostrar que los aborígenes no necesitaban integrarse a la sociedad nacional, sino hacerlo de otra manera (Hermitte e Iñigo Carrera, 1977; Hermitte y equipo, 1996; Vecchioli, 2002). Toda esta producción, sin embargo, fue siempre marginal a las universidades centrales de la Argentina –Buenos Aires y La Plata–, a las que no pudo ingresar como profesora regular, y al Conicet. En el ostracismo impuesto a la antropología social por los etnólogos que condujeron las instituciones académicas públicas entre 1975 y 1983, Hermitte residió en el IDES, donde creó un centro de discusión y formación superior, el Centro de Antropología Social. Durante el Proceso de Reorganización Nacional permaneció en la Argentina dando cursos sobre temáticas y autores que, salvo en Misiones, no se impartían en las pocas carreras de antropología que quedaban en pie. Así, pese a su distancia premeditada de las cuestiones político-académicas, fue más una víctima que una triunfadora en el mundo institucional antropológico argentino. Con este volumen esperamos suscitar cierto reconocimiento a su olvidada o desconocida obra.
Los materiales
Este libro está construido sobre la base de los materiales del archivo personal de Esther Hermitte que corresponden a su investigación de posgrado en el sur de Chiapas, México. Estos materiales permanecieron bajo la custodia del IDES para luego ser entregados a las colecciones especiales del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires.
Los registros de los antropólogos, tan abundantes como ignorados con el paso del tiempo, son sumamente valiosos. El Council for the Preservation of Anthropological Records es una organización destinada a “ayudar a antropólogos, bibliotecarios, archivistas, especialistas en información y otros, a preservar y dar acceso a los registros de la diversidad humana y a la historia de la disciplina” (mi traducción). Los boletines del COPAR (http://www.nmnh.si.edu/naa/copar/bulletins.htm) presentan distintos aspectos de la gestión con archivos antropológicos. En el primero Sydel Silverman, directora por muchos años de la Wenner-Gren Foundation, señalaba que los archivos personales y no publicados de los antropólogos son de gran utilidad por varios motivos:
son un repositorio de datos primarios potencialmente útiles para la investigación antropológica futura del investigador que los produjo y de otros; a diferencia de otras disciplinas, estos materiales nunca pierden vigencia ya que dan cuenta de una encrucijada témporo-espacial del pueblo en cuestión; la pérdida de los datos primarios implica la imposibilidad, o la enorme dificultad, de recuperar esa época, sus condicionamientos y su devenir; su preservación es la de la base de la investigación y del pensamiento antropológicos;
son un registro necesario para la comprensión histórica de la formación de conceptos y la producción de conocimiento antropológico en el proceso interpretativo, donde confluyen materiales empíricos y campo teórico disciplinar; su preservación es la de un segmento de la historia de la antropología, y
con relación a lo anterior, estos materiales dan acceso a la historia de la antropología como parte de la historia de la ciencia y de las ideas.
Podríamos agregar que los materiales de investigación permiten visualizar los caminos trazados por innumerables decisiones que resultan en una conclusión que incorpora, de alguna manera, las contradicciones, las paradojas y los dilemas que los antropólogos enfrentamos en nuestros recorridos, repletos de interrogantes sobre lo que queremos saber, ignorancias mayúsculas sobre lo que no sabemos que existe y renuencias a algunos aspectos que nos negamos a reconocer. Estas páginas apuntan en este último sentido, aunque pueden emplearse para dilucidar los otros tres. Se trata de una elaboración más próxima a la metodología que a la historia de la antropología, procurando dar continuidad a El salvaje metropolitano que Esther misma nos hizo el honor de prologar.
Plan de este libro
A continuación presentamos la reconstrucción inversa de la investigación de Esther Hermitte sobre el poder sobrenatural ejercido como recurso de control social en una comunidad india tzeltal, sobre la base de su trabajo de campo en los Altos de Chiapas, en una sección de la localidad de Pinola-Villa Las Rosas, entre 1960 y 1961, y de su labor analítica y literaria entre 1960 y 1964.
El minucioso Estudio Preliminar de Andrés Medina Hernández describe el contexto de aparición y desarrollo del proyecto Man in Nature, los climas de opinión y de avance teórico de los investigadores sociales que transitaban Chiapas, Esther Hermitte entre ellas. Este escrito adopta un enfoque muy distinto a los análisis del desarrollo disciplinar. En lugar de hacer foco en el devenir teórico, Medina reconstruye la constitución de los Altos de Chiapas como un mundo de debate y de ideas entre académicos de México, Estados Unidos y otros países de Europa y de América Latina, en una coyuntura geopolítica que marcó hondamente al hemisferio. En su advenimiento, el conocimiento antropológico discurre lejos de los habituales y frecuentemente no demostrados preceptos de la asimetría entre metrópolis (Chicago) y periferia (México), y más cerca de los intercambios donde académicos mexicanos y norteamericanos fungen a la vez como académicos, ciudadanos y funcionarios de sus países y de la región.
La primera parte, “El punto de llegada”, contiene dos capítulos donde describimos y analizamos el resultado final de la investigación. “Lectura de una etnografía” es su primer capítulo y trata sobre el texto etnográfico Poder sobrenatural y control social. Sugerimos aquí cómo leer este género literario y cómo identificar su proceso de construcción argumental, para detectar los elementos distintivos y más problemáticos del género. Pero el punto más importante de ese capítulo es identificar su problema de investigación y la solución a ese problema. Esta sección, acaso tediosa, es imprescindible para entender el punto de llegada de la autora y provocar así la formulación de preguntas que nos permitan reconstruir su trayecto investigativo. El lector puede acompañarse leyendo la etnografía propiamente dicha. Sin embargo, aspiramos a dar una idea lo más clara posible de cómo la solución a un problema de investigación se desarrolla a lo largo de un argumento.
En el segundo capítulo, “Los métodos en el texto”, nos abocaremos al análisis metodológico y técnico de la investigación tal como es presentado en el volumen. Identificaremos allí las señales que Esther le dio al lector acerca de cómo procedió para obtener, reunir y organizar el material empírico, dónde hizo su trabajo de campo; con quiénes, de qué manera; cuándo y con cuántos… Intentaremos así poner en relación estas decisiones con el problema de investigación y con la solución propuesta. Sin embargo, cabe advertirlo, ese capítulo contiene los elementos metodológicos y técnicos que ella dejó traslucir en su texto, lo cual es, según veremos, una mínima parte de las decisiones que adoptó en este sentido
La segunda parte, “Organizar la evidencia”, también contiene dos capítulos. En el tercer capítulo de este libro y primero de esa parte, describiremos “El material analítico”, los informes parciales sobre su trabajo en ciernes, en desarrollo o próximo a concluir. Trataremos así de identificar a qué momento o etapa de investigación corresponde cada informe, cuál era el rumbo de la investigadora y cuáles fueron sus bases empíricas. Examinaremos aquí reportes finales, informes parciales sobre aspectos de la vida social pinolteca e informes de avance. El capítulo cuarto examina la estrategia de la investigadora para dar cuenta de un sistema político de existencia sobrenatural: “La evidencia del consenso”. Ambos capítulos son el tramo netamente metodológico de esta investigación.
Los cuatro capítulos siguientes estarán dedicados a los dos volúmenes de su diario de campo y permiten reconstruir la lógica real del trabajo de campo etnográfico tal como ella lo concibió y practicó. Componen esa tercera parte, llamada precisamente “El trabajo de campo”, un primer capítulo que describe con cierto detalle estos materiales encuadernados, en tanto que “registro” de campo. El segundo examina el diario en busca de “los temas” que Hermitte investigó o encontró en el campo. El tercero se vuelca a los informantes o con quiénes trabajó, y el cuarto a las llamadas “técnicas de recolección de datos”. Estos cuatro capítulos nos permitirán develar los contextos, las situaciones y las decisiones con que Esther descubrió lo que no esperaba encontrar.
Este libro presenta una investigación sobre otra investigación. La nuestra comenzó en 1997 con el Grupo Taller de Etnografía y Métodos Cualitativos del Centro de Antropología Social del IDES, y siguió por mi cuenta desde 2004 en mis cursos de métodos etnográficos. En las sucesivas lecturas y composiciones, ayudando a comprender10 la investigación que Esther llevó a cabo hace cuatro décadas, mis estudiantes me forzaron a precisar con sus preguntas y observaciones mi propia investigación. Es éste, por lo tanto, un texto abierto, discutible y reinterpretable. Pero es también una aproximación que considero única a un material singular que no suele encontrarse a disposición pública. Espero no traicionar secretos ni cometer gruesos errores por ser ésta una investigación sobre una colega mayor y por tratarse también de su memoria.
1. Digamos, por ahora, que nos referimos a la constitución de marcos de significación en situaciones de interacción.
2. Con ligeras variantes, esta sección corresponde a un esquema biográfico publicado en la segunda edición (primera edición argentina) de Poder sobrenatural y control social (Buenos Aires, Antropofagia, 2004).
3. Fred Eggan hizo un relevamiento comparado de la estructura social de los indios de América del Norte para el gobierno federal. El dossier fue compilado por él bajo el título de Social Organization of North American Tribes: Essays in Social Organization, Law, and Religion presented to Professor A.R.Radcliffe-Brown (University of Chicago, 1937).
4. Sol Tax discutía con Redfield vía Radcliffe-Brown, desde sus estudios sobre comunidades guatemaltecas. En efecto, el campo de Tax, siempre tan próximo a los emprendimientos en Chiapas, arrojaba distintas conclusiones a las de Redfield, más en una vena mercantilista que pretendidamente cultural (Patterson, 2000).
5. Como se señala en el Estudio Preliminar de Andrés Medina, el proyecto había sido concebido e iniciado por Sol Tax en los años 40, pero éste renunció a su dirección en 1955, y pasó a trabajar en Guatemala. McQuown se hizo cargo y le imprimió un fuerte sesgo lingüístico.
6. Chiapas, como gran parte de México, era constante e intensamente recorrida por antropólogos, geógrafos, historiadores y lingüistas. Evon Vogt, investigador del equipo dirigido por Clyde Klukhohn en el departamento de Social Relations de la Universidad de Harvard, encabezó el Proyecto Harvard-Chiapas desde 1956 hasta 1963, con centro en Zinacantán y por donde pasaron varios estudiantes de posgrado. Su objetivo era establecer la dirección y la magnitud del cambio cultural en México y particularmente en los altos de Chiapas en poblaciones tzotziles y tzeltales, de cara a los proyectos de intervención del Instituto Nacional Indigenista. Las diferencias con Chicago eran exiguas no sólo en el fundamento teórico sino también en el personal que interactuaba y se intercambiaba materiales, especialmente de índole lingüística y, eventualmente, informantes. McQuown proveía de guías tzeltales a Vogt y abrevaba en los etnógrafos más experimentados (Manning y June Nash, Roberta Montagu y Calixta Guiteras) para elegir comunidad, detectar rasgos salientes y datos significativos (Vogt). Los dos equipos se encontraron en la “Mesilla redonda chiapaneca” que se llevó a cabo en la casa de los Blom (Na Bolom o Casa del Tigre) en junio de 1958, en San Cristóbal de Las Casas, ciudad de paso obligatorio para todo recién llegado a la región y donde ambos equipos tenían sus casas o “cuarteles generales” para mantener sus reuniones (Medina, 2011, comunicación personal; también ver Estudio Preliminar).
7. Evans-Pritchard compartió con Vogt una posición de investigador visitante, en la Universidad de Stanford, en 1947.
8. Los encuentros se realizaron en septiembre y diciembre 1960, y en marzo, junio, septiembre y diciembre de 1961 (McQuown y Pitt-Rivers, 1964: ix).
9. Quizá esto no era tan casual. De la célebre compilación del noruego Barth, Los grupos étnicos y sus fronteras, participaría Henning Siverts, un estudiante de la Universidad de Oslo que hacía campo sobre los tzeltales protestantes de Oxchuc, Chiapas, en 1956. Siverts participó informalmente en las discusiones de la Casa Chicago.
10. Mi primer ensayo usando estos materiales para un curso de métodos fue en la maestría de Antropología Social del IDES/IDAES-UNSAM en 2004, y por su éxito lo repetí desde entonces. En 2009 decidí extender la experiencia a otros contextos: en la maestría de Antropología Social de la Universidad Nacional de Córdoba (donde enseñaba desde 2005), en el Programa de Posgrado en Antropología Social de la Universidad Nacional de Misiones (donde venía enseñando desde 1997), en el Programa de Posgrado en Antropología de la Universidad del Norte de Chile (donde enseñaba desde 2004) y en 2010 en el Posgrado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento y en el Programa de Antropología Social de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul. Expuse la investigación en tres reuniones en México (35º Congreso Internacional de Americanistas, 2009, en el simposio “Situación, problemas y perspectivas del «trabajo de campo» en los programas de estudio de antropología en América Latina”, coords. Esteban Krotz y Rosana Guber; Coloquio Internacional de Antropología, Etnografía e Interculturalidad en América Latina, ENAH, UNAM 2009; II Jornadas de Investigación Social en Chiapas (2010, coord. Andrés Fábregas Puig), en las VI Jornadas de Etnografía y Métodos Cualitativos (panel “Enlatados o artesanales: el análisis de datos en ciencias sociales” en el IDES-CAS, Buenos Aires, 2010) y en la conferencia inaugural del doctorado en Antropología de la Universidad Nacional de Colombia (2011). Lo que me alentó a reiterar la experiencia en la docencia fue observar cómo mi audiencia partía de cierta indiferencia hasta internarse profundamente en el caso pinolteco, manejando datos y vicisitudes como si les fueran propios.
PRIMERA PARTE EL PUNTO DE LLEGADA
CAPÍTULO 1
Lectura de una etnografía
Siguiendo con el esquema propuesto por David Jacobson, una etnografía es un texto que tiene una pregunta o un problema, y una respuesta o una solución. Problema y solución, pregunta y respuesta, están articulados por un argumento. Ese argumento consiste en la presentación de una tesis (claim) que responde a la cuestión (“pregunta” o “problema”). La tesis se sostiene sobre cierta evidencia que proviene del material empírico que la o el investigador ha obtenido/producido en su trabajo de campo. Ahora bien, si plantear una cuestión, proponer una tesis, articular un argumento, alinear capítulos y secciones, y presentar evidencias son tareas siempre complejas, en el caso de la etnografía tienen una complejidad adicional. Para esto, y antes de empezar con la obra de Hermitte, es necesario que reparemos en esas señas particulares que hacen que un texto sea etnográfico… o no lo sea.
Sugiero tener en cuenta las siguientes premisas:
1 la etnografía es una perspectiva de conocimiento que aspira a comprender los fenómenos sociales desde el punto de vista de sus protagonistas;
2 ese punto de vista, lejos de ser una traducción mecánica, es una conclusión interpretativa del investigador sobre la base de su trabajo de campo, y
3 el trabajo de campo no es el espacio de “recolección de datos”, sino el escenario donde el investigador pone en interlocución sus categorías teóricas y prácticas de académico y de ciudadano con las categorías y prácticas nativas.
Clifford Geertz decía que la etnografía se caracterizaba por la descripción densa, no porque fuera un texto de lectura tediosa, sino para referirse a la labor del investigador en la reconstrucción y explicitación del marco interpretativo con que las personas dan sentido a su mundo. Esta tarea demanda verter articuladamente en el texto etnográfico un cúmulo de datos que componen, según el investigador pueda demostrar a través de la evidencia, su conclusión de cómo es y cómo opera ese marco. Dicho esto, pareciera que el investigador puede confeccionar su descripción de cara al campo, al material empírico, al mero “estar ahí”. Esto no puede ser, al menos por dos razones. La descripción nunca es neutral, esto es, no se hace desde “ninguna parte”, primero porque siempre se pronuncia desde determinado punto de vista. Cuando se describe un fenómeno social se adopta la perspectiva de algún protagonista, algún sector, y si la descripción parece dada desde un satélite, es casi seguro que el autor esté adoptando la jerga y la aproximación del gran ojo omnipotente, omnipresente y omnisciente. Ese ojo puede ser Dios o el Estado. Pero, ¿acaso existe esa perspectiva? Más como ficción gubernativa que como realidad concreta. La segunda razón por la que una descripción no puede ser neutral no está en el objeto descripto sino en el sujeto que describe. El investigador necesita una teoría de la alteridad y de su representación para elegir dónde poner el foco de descripción y cómo exponerlo. Sabemos que nadie puede transcribir absolutamente todo lo que ve, percibe, encuentra u oye, y que, aun cuando eso fuera posible, sería tan inconducente como copiar punto a punto el océano o la ciudad. Una descripción y la transcripción que esa descripción demanda son labores que requieren conceptualización e interpretación y, por eso, cierto recorte que está guiado por problemas; esos problemas están sugeridos –aunque no por eso resueltos– por la teoría, esto es, por una serie de premisas sujetas a discusión y eventualmente a contrastación empírica, acerca de determinados órdenes del mundo y de cómo éstos operan. La concepción resultante permite problematizar algunas cuestiones más que otras. De manera que la etnografía es una descripción donde convergen, articuladamente, teorías, problemas y prácticas académicas y nativas. Lo que la caracteriza es cierta articulación entre teoría y material empírico porque uno no tiene sentido sin el otro.
La etnografía que leeremos a continuación está formulada siguiendo las teorías de la alteridad y de la representación textual en boga a mediados del siglo XX en algunos departamentos de antropología de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, esa etnografía no es una imposición mecánica y unilateral de esos preceptos sobre la realidad empírica. Veamos cómo funcionan entonces.
1. La carátula de la investigación
El acceso a un texto etnográfico comienza por su título, eventualmente un subtítulo y por los capítulos con sus nombres y extensiones. Poder sobrenatural y control social es el título, que se continúa en letras más pequeñas en un pueblo maya contemporáneo. El texto contiene, según dice el índice:
| Agradecimientos | 19 |
| Introducción | 21-40 |
| Descripción etnográfica | 41-88 |
| El nahual y el ch’ulel | 89-109 |
| Enfermedad, curas y sueños | 111-144 |
| Los agentes de control social | 145-164 |
| Resumen y conclusiones | 1651-174 |
La cantidad de páginas no necesariamente indica la importancia de cierto capítulo en el desarrollo argumental, pero henos aquí que las conclusiones son lo más breve del texto propiamente dicho, nueve páginas (y de ello estoy excluyendo, no por importancia sino por centralidad argumentativa, los agradecimientos). Ya veremos que, aunque lo que Hermitte llama “Introducción” y “Descripción etnográfica” reúnen la mayor cantidad de páginas, los capítulos centrales son los tres siguientes que ella califica de “analíticos”.
¿Qué puede extraerse de este comienzo? En primer lugar, es notable la terminología propia de la literatura estructural-funcionalista de mediados del siglo XX en Gran Bretaña y en Estados Unidos que se vierte en un tono objetivista o “realista”, en línea con las etnografías clásicas británicas. Ello se manifiesta, a primera y simple vista, en la ausencia de términos nativos tanto en el título general como en los capítulos. Y aun cuando el segundo capítulo se llame “El nahual y el ch’ulel”, su contenido ostenta, como veremos, un carácter analítico más que experiencial. En segundo lugar, la introducción tiene la misma extensión que los capítulos centrales. Y en tercero, las conclusiones son demasiado breves. ¿Es éste un defecto o una característica de este tipo de obra?
2. El problema
Ingresando al libro, necesitamos buscar en el objetivo la pregunta y/o el problema. Lo que encontramos en la primerísima línea de la introducción es más bien un tema o categoría teórica: “El propósito de este estudio es analizar el sistema de control social” (21). Por suerte la autora aclara que ese análisis no comprenderá tal sistema en su totalidad, esto es, todas las normas y valores, las sanciones positivas y las negativas de la comunidad, sino sólo “aquellas sanciones sobrenaturales impuestas a los indios tzeltales de Pinola cuando transgreden el código moral local” (21). La particularidad es introducida con la expresión “sanciones sobrenaturales”. ¿A qué se refiere? A las “actividades metafísicas de individuos poderosos que envían a sus nahuales a dañar los espíritus de los transgresores, haciendo que se enfermen. En esta comunidad las sanciones sobrenaturales pueden equipararse con la brujería” (21). Después de algunas aclaraciones, agrega en la segunda página que su “Objetivo final” es “explicar cómo una institución de control, originada en un sistema social, sobrevivió y adaptó a la estructura social cambiante” (22).
Siendo que estos planteos aparecen en las primeras dos páginas del libro, podemos suponer que la autora desea que el lector sepa desde el comienzo de qué tratará el libro (tema), cuál será su cuestión central (problema) y qué se propone (objetivo). Este formato obedece a la tradición científica anglosajona en que la norma es “ir derecho al punto”.
Habría mucho que decir sobre esa primera página introductoria pero notemos, por ahora, que Hermitte presentó un concepto teórico, “sistema de control social”, y luego procedió a recortarlo en función de su trabajo. Empezar por un concepto teórico la obliga a hacer la debida aclaración, ya que se trata de una expresión claramente identificable con la tradición estructural-funcionalista. Inmediatamente remite a Talcott Parsons, organizador de las ciencias sociales en los años 50 y 60 en Estados Unidos, quien, según también explica Hermitte, define el sistema de control social como “aquellos procesos en el sistema social que tienden a contrarrestar las tendencias desviantes, y de las condiciones bajo las cuales tienen lugar tales procesos” (21). Pero analizar el sistema de control social en sí no plantea todavía un problema sino un área temática. Por eso la autora procede a cambiar de nivel, especificando con qué dos aspectos está relacionado ese sistema. Allí agrega que se limitará a “aquellas sanciones sobrenaturales impuestas a los indios tzeltales de Pinola cuando transgreden el código moral local” (21).
Encontramos aquí, en los primeros dos párrafos de la introducción, el fundamento del título de la obra: Poder sobrenatural y control social en un pueblo maya contemporáneo. El lector sospecha que el libro le mostrará o bien que el control social opera a través del poder sobrenatural, o bien que el poder sobrenatural incide y modela el control social. Hermitte aclara, en ese sentido, que hablará de “sanciones sobrenaturales impuestas a los indios tzeltales de Pinola cuando transgreden el código moral local” y que las sanciones sobrenaturales no son las únicas que pueden encontrarse en esta “comunidad bicultural”, pues también existen las sanciones del “código legal mexicano bajo la jurisdicción de funcionarios ladinos y bajo las presiones sociales y económicas que ejercen los ladinos” (21). Así, al terminar la primera página queda claro que la conexión entre control social y poder sobrenatural se establece y aplica a un grupo social determinado: “los indios tzeltales de Pinola”, y no corresponde ni a los mexicanos como tales, ni a los ladinos que viven en Pinola, ni a otros indígenas que se han establecido allí. O sea que en los primeros párrafos Hermitte ha dado los signos que permiten reconocer la información básica necesaria para su investigación: qué, con quiénes y dónde. ¿Y el cuándo?
Si, como dice en el subtítulo, se trata de mayas –los conocidos pueblos originarios del sur de la actual República de México y norte de Guatemala–, esta etnografía no analiza a pueblos precolombinos sino a “contemporáneos”. Así la autora localiza su investigación en el presente. ¿Por qué preocuparnos por la ubicación temporal de la investigación? Porque Hermitte entiende que esta localización define su problema de investigación, diferenciándose de otro tipo de producción antropológica de la época que suele atribuir los sistemas de creencias a una presunta esencia cultural (que hoy llamaríamos “identidad”) indígena que permanece a través del tiempo. Que se trate de “mayas contemporáneos” introduce una diferencia sustancial: la sorprendente constatación de que ese uso del poder sobrenatural en el ejercicio del control social por parte de indígenas haya permanecido a través del tiempo. Entonces la autora nos estaría comunicando, en el mismo título de la obra y en la primera página y media de su introducción, que no sólo es interesante atender a los cambios culturales sino también a las permanencias. Esto es exactamente lo que dice, repitámoslo, en su “objetivo final”: “explicar cómo una institución de control, originada en un sistema social, sobrevivió y adaptó a la estructura social cambiante” (22). Probablemente tal permanencia no denuncie esencias atávicas sino nuevos sentidos en el contexto actual. Pero, por ahora, esto es sólo un supuesto.
Dicho de otro modo: ¿cómo es que esta población indígena atravesó cambios y, sin embargo, mantuvo este sistema de control sobrenatural? Ésta es la pregunta que aspira a responder esta etnografía, quedando el problema en la órbita del cambio sociocultural: comprender (describir y analizar, acaso explicar) la relación entre el control social y el poder sobrenatural en condiciones de cambio sociocultural. Ahora bien: el interrogativo “cómo” es engañoso pues puede referir a funcionamiento (cómo es, cómo opera) o a explicación (cómo es posible). Más aún, el primer “cómo”, el de funcionamiento, puede requerir una respuesta desde una perspectiva externa o interna de sus propios actores. ¿Está Hermitte preguntándose por qué los indígenas siguen aplicando el poder sobrenatural para ejercer el control social? ¿O está preguntándose para qué lo hacen? ¿O bien, cómo lo hacen? Cada una de estas preguntas puede responderse desde su propio punto de vista (teórico, filosófico, ideológico) o del de los indios pinoltecos. Esta última cuestión es central en la literatura etnográfica y afecta la presentación del problema, la organización textual y la retórica de la exposición.
El énfasis en la perspectiva sociológica de los miembros de una cultura acerca, como en este caso, de la sanción, la enfermedad, etc., resulta afín a los estudios estructural-funcionalistas británicos. Este punto también está explícito en la primera página y media de la introducción, donde la autora adelanta la respuesta a la pregunta: “Ellos [los tzeltales] saben qué clase de transgresiones y de conflictos […] pueden resolverse tan sólo mediante la intervención de los agentes sobrenaturales” (21). Ya vimos que advertía seguidamente que las sanciones sobrenaturales implicaban el daño al espíritu de los transgresores a través de la enfermedad y que “en esta comunidad” las sanciones sobrenaturales equivalen a la brujería (21). El “cómo” aparece sintetizado en la página siguiente para fundamentar el desdoblamiento de la investigación en capítulos: “Una transgresión implica las acciones concertadas de los dirigentes espirituales, las actividades de sus nahuales, los sueños oraculares del transgresor –y de los guardianes y curanderos–, y la enfermedad cuya etapa final puede ser curarse o morir” (22). Henos aquí la base del argumento. Sólo nos falta mirar hacia afuera: ¿por qué y hacia qué “cambiarían” los pinoltecos tzeltales? Si no erramos en la identificación del problema de esta etnografía (cómo persistió el sistema de creencias), el punto nodal es el cambio sociocultural. En esta sucinta presentación debe aludir a las relaciones de los tzeltales con el resto de la sociedad local, esto es, con “los ladinos”. Como tratamos de atenernos a lo que aparece en el texto, no podemos saber todavía si la brujería afecta esa relación de manera positiva (acercándolos) o negativa (alejándolos), pero no demoramos en aprender que la persistencia de la brujería como forma de control social tiene que ver precisamente con la relación ladino-indígena. Hermitte señala, en la segunda página de la introducción: “Los pinoltecos todavía consiguen erigir barreras para conservar la cualidad corporada de su comunidad” (22).
Si dedicamos estos párrafos para analizar sólo las primeras dos páginas de la introducción, es porque Hermitte logra reunir sintéticamente y de manera magistral una serie de signos que bien leídos nos ubican y disponen a comprender el texto. Exhumamos esos signos y sus correspondientes coordenadas precisamente para mostrar el poder revelador de un comienzo. Al cabo de dos páginas, entonces, ya sabemos varias cosas: 1) que el tema de este libro es el sistema de control social mediante el poder sobrenatural entre los indígenas tzeltales y contemporáneos de Pinola, Chiapas; 2) que la pregunta refiere a cómo sobrevivió cierto tipo de control social basado en el ejercicio del poder sobrenatural, en una estructura social cambiante, y 3) que el problema es la permanencia de formas culturales tradicionales ante, y pese, al cambio sociocultural. Esto es, ¿por qué, pese a toda una diversidad de condiciones propicias, el cambio sociocultural –la “integración indígena”– no se operó totalmente?
3. La respuesta
En términos lógicos, deberíamos buscar la respuesta en las conclusiones. Allí Hermitte explica que los indios sostienen una integración sólo formal con el gobierno ladino, pese a que carecen de una organización propiamente indígena. Por los años 30, esta población perdió sus organismos autónomos de gobierno, decisión y control. Sin embargo, el sistema de brujería denuncia (en tiempo presente del trabajo de campo de la autora) un entramado político basado en jerarquías, que actúa en el plano sobrenatural y se materializa en este mundo a través del poder de enfermar, a veces fatalmente. Ese entramado político persiste en torno a un conocimiento esotérico cuyos canales de transmisión son bastante difusos, igual que las formas de reclutar a sus agentes (“agentes de control”). Aun así, el sistema permaneció a través de facciones transitorias pero “su eficacia depende de la identificación aunque imprecisa de los que integran el consejo sobrenatural con los ancianos de la comunidad social” (166). Esto es: el sistema permaneció sin correlato terrenal en organizaciones corporadas ni divisiones territoriales terminantes.
Hermitte concluye que esta cosmovisión de los pinoltecos tzeltales es consustancial con su carácter indio, pues la matriz en la que se configuran las relaciones sociales es la visión pinolteca de lo sobrenatural cuyo concepto central es la brujería (165). Así, “la brujería está en el sistema el cual es casi tautológicamente la definición identitaria de la indianidad” (170). Entonces, “el poder o su carencia para embrujar son la base del estatus” y “quienes alcanzaron un estatus sobrenatural ocupan el poder en la comunidad”, habiendo reemplazado la institución gubernamental indígena anterior absorbida por los ladinos (165). Dicha absorción tuvo dos efectos: dejar a los indios sin un grupo de dirigentes organizados y claramente identificables, y constituir a cambio canales de conocimiento esotérico y puestos en un orden más difuso. Sin embargo, el sistema siguió siendo eficiente. La brujería, eje práctico de esta cosmovisión, “funciona como un medio de mantener los límites sociales contra los ladinos. La integridad de la cultura india y la solidaridad del grupo indio frente al impacto de los ladinos se conserva sancionando al pinolteco que se atreve a explorar las fronteras de su propia sociedad” y, por ende, a ladinizarse. El carácter bicultural de Pinola se sostiene aquí en el precepto de que “nadie puede tener base sólida en las dos sociedades” (171).
Resta aún saber cómo ha sobrevivido este sistema. Según Hermitte, “la mayor parte del sistema de creencias en Pinola se ha estado moviendo lentamente hacia arriba, al plano celestial” (171), y ahora “la jerarquía sobrenatural de control social se mantiene en una esfera de acción separada de la organización política de los ladinos. Al moverse hacia arriba ha conseguido hacerse clandestina” (172). Su existencia es desconocida para los ladinos quienes, para gobernar, sólo tratan con los indios que operan como “puente” gracias a sus conocimientos sobre el mundo ladino. Sin embargo, esto no debe leerse como unilateral de los ladinos hacia los indios: “La jerarquía [india] se opone al gobierno ladino volviéndose hacia adentro y estableciendo límites en la conducta de los indios, evitando su identificación con las clases superiores e incluso restringiendo su participación en las actividades supervisadas por los ladinos” (172). Esta segregación en la oposición implica que, primero, quien pasa de indio a ladino “está moralmente perdido para el grupo”, el cual no permite que eso suceda; el sistema de creencias mantiene entonces una frontera intergrupal que se refuerza hacia su interior pues las sanciones sobrenaturales no funcionan más allá de sus límites, esto es, con los ladinos. Así, la jerarquía indígena sobrenatural desconoce a los pocos indígenas que ocupan algún cargo terrenal en el gobierno ladino, no se interesa y, por lo tanto, no participa de las cuestiones de política terrenal. Por el contrario, se aboca al control de la economía diaria, para que nadie exceda los valores estándar, y al control de las relaciones sociales vitales –familia nuclear, parentesco ritual, amistad– para que las fuentes de reclutamiento se mantengan dentro de sus límites. Este sistema moral, dice la autora con sus propias categorías analíticas, “no es realista” sino ideacional (funciona en el mundo de las ideas), pero provee de mecanismos efectivos de recompensas y castigos para resolver los conflictos entre indios, los medios para elegir líderes indios legítimos para perpetuar este sistema moral y las formas de aplicar sanciones negativas a los transgresores. La brujería provee un vehículo sobrenatural para ordenar las relaciones sociales ante la ausencia de un sistema terrenal de control social indio y, ciertamente, a través de un procedimiento totalmente inaccesible a la influencia de los ladinos (173).
Este mecanismo está en la mente de los indios pero anclado en relaciones sociales del mundo terrenal. Por lo tanto, incide en ellas. La cuestión a resolver ahora es cómo Hermitte llegó a esta respuesta y cómo desplegó su argumento en el orden lineal de los capítulos. A continuación nos ocuparemos de esta segunda pregunta, y en los capítulos siguientes atenderemos a la lógica investigativa que la llevó a proponer esa respuesta.
4. El argumento, entre el problema y la solución
El argumento, hilo conductor y organizador del texto, contiene la tesis de la investigación, su aporte y su hallazgo en términos teóricos y de evidencia empírica. Pero la forma en que se expone no sigue ni la secuencia de su experiencia de campo, ni las discusiones teóricas como precedentes de la información que la investigadora fue a buscar o que encontró. Toda esa ingente cantidad de material debe organizarse de manera secuencial, tal como lo requieren las obras literarias: una idea, después otra. El argumento permite desplegar las evidencias que promueven y a su vez sustentan la tesis en una articulación permanente con los conceptos teóricos que, en la historia antropológica, se labran de cara a la conceptualización de la alteridad. Esto significa que las evidencias (lo que comúnmente llamamos “datos”) no valen por sí mismas sino en tanto permiten esclarecer, confrontar o profundizar nociones acerca de cómo interpretar la diferencia. Pero como los antropólogos no discuten estas nociones en abstracto sino sobre la base de sus trabajos de campo desarrollados en alguna comunidad en particular, las formas de interpretar la diferencia operan siempre, y como aquí también veremos, a través de la comparación.
De manera que en el argumento textualizado encontramos dos líneas de abordaje que son conceptualmente diferentes: una es la lógica narrativa y expositiva. Las grandes unidades de la etnografía, los capítulos, son las piedras para cruzar el río que se extiende, en una orilla, como el planteo del problema y el objetivo, y en la otra orilla, la solución. Cuanto mejor alineadas estén esas piedras, más seguro será el cruce del lector. De lo contrario, éste hará tantos esfuerzos para hacer pie que correrá el riesgo de caerse al agua… o abandonar el libro. La otra línea de abordaje es la antropológica. Los capítulos desarrollan las unidades conceptuales de la disciplina y, para ello, se nutren de material empírico significativo y de conceptos que han sido generados en investigaciones llevadas a cabo en otras circunstancias temporales, espaciales y teóricas. Como veremos, estos conceptos (por ejemplo, nahual) y las realidades empíricas en las que se han originado (San Pedro Chenaló, Zinacantán, etc.) son puestos en interlocución con el caso presente (Pinola) por una decisión de la autora, y con algún propósito teórico ulterior, que en Poder sobrenatural es mostrar por qué ella ha optado por dar esa respuesta a su problema de investigación. Aquí atenderemos a estas dos líneas de abordaje distinguiéndolas siempre que sea posible.
Como adelantamos en la lectura del índice, la autora divide este volumen en dos partes: una “descripción etnográfica” precedida por la introducción, y los tres capítulos siguientes que, por sus títulos, parecen estrictamente dedicados al análisis y que ella rotula precisamente como “analíticos”. En la introducción Hermitte hace una “descripción de Pinola en su carácter de comunidad bicultural” (22) y la descripción de la cosmovisión tzeltal en Pinola. El propósito de la introducción “es presentar las formas restringidas de comunicación entre las dos culturas imperantes –ladina e india–, y hacer destacar la distancia cultural que existe entre ellas” (22). Hermitte explica inmediatamente: “Las sanciones negativas ejercidas para corregir las tendencias desviantes de los indios” –que ella tratará en los capítulos siguientes– sirven “para reforzar la adhesión de los indios a los mandamientos morales tzeltales, manteniendo así las fronteras que separan a los indios de los ladinos” (22). Este punto es el que ha presentado en su tesis de maestría (1962).
Según la autora, en el segundo capítulo, la “Descripción etnográfica”, anuncia el plan de la obra que presenta en la introducción, transcribiendo el “sistema de creencias tal y como se expresa en: los mitos de origen, la concepción mágica del cosmos, el concepto de enfermedad, del nahual y del ch’ulel, la teoría de los sueños, y la estructura del poder” (22). Hermitte identifica este capítulo, por título y sustancia, como “puramente descriptivo”. Aquí constan abreviadamente o, si se quiere, de manera estandarizada las versiones que le han dado sus informantes sobre su visión del mundo. No se cansa de repetir que este capítulo no excede la “descripción”: “Estos datos sobre el sistema de creencias [que se brindan en este capítulo] son tema de análisis en otras secciones de la tesis” (22). Hermitte fundamenta esta escisión entre “una descripción” y el análisis señalando que es necesario 1) proveer datos aun cuando no vayan a ser retomados en el resto del trabajo, y 2) elaborar un registro para la posible comparación con otra literatura sobre el área.
En efecto, en el segundo capítulo incluye, como hacen otros investigadores, materiales que no hacen estrictamente a su problema relativo a la brujería, los agentes sobrenaturales y el complejo nahual-ch’ulel. El origen del sol, del maíz rojo, la historia del diluvio, no volverán a aparecer. Ella esgrime que asentar ese material por escrito obedece a la ausencia de la publicación del corpus mítico pinolteco y en este sentido su cometido se asemeja al salvataje de nociones que se perderán ante el vertiginoso cambio sociocultural que sufren estos pueblos. Sin embargo, su efecto retórico y antropológico excede las tareas de rescate. Gradualmente, y desde los mitos de origen, Hermitte va desembocando en la presentación de los componentes sobrenaturales del sistema de control social local: el rayo y los nahuales poderosos, el ch’ulel, los sueños, la enfermedad y los agentes de control sobrenatural. Todos estos ingredientes serán retomados en los capítulos posteriores pero desde otra óptica. ¿Dónde reside la diferencia?, esto es, ¿en qué consiste, para Hermitte, la “descripción etnográfica”?
En la introducción presentó los datos geográficos, históricos y sociales de Pinola, adoptando una perspectiva objetivista más propiamente sociológica y generalista, y apelando a un concepto que es nodal para caracterizar a este pueblo: la comunidad bicultural. Con bastante evidencia señala que la biculturalidad ladino-india no es igualitaria sino jerárquica. Pero como esto ha sido parte de su tesis de maestría, sólo provee las conclusiones de aquel trabajo. Ahora, en su “Descripción etnográfica”, nos presenta relatos, uno tras otro, hilvanados por cosmogonías que van desde los orígenes –mitos débiles entre los pinoltecos– hasta la dinámica onírica sumamente actual. La sucesión de temas del capítulo 2 tiene una particularidad: está expuesta como dada, sin interrogaciones y hasta con aparente ingenuidad. Ciertamente, ni la investigadora ni los probables lectores del texto, supuestamente occidentales, comparten estos relatos como factibles y reales. ¿Por qué parece admitir lisa y llanamente que el maíz rojo surgió por el sangrado de la hija del Rayo, a la que castigó el hombre? ¿O que la Luna era la madre del Sol, que lleva en brazos un conejo, y que madre Luna e hijo Sol murieron apedreados por los hombres? Pues bien, Hermitte desarrolla una redacción tal que transmite estos relatos como hechos reales aunque de otros tiempos: el maíz brotó de una piedra y el rayo negro es más poderoso que el rojo y, obviamente, que el blanco. Sin sombra de duda, la autora no introduce atenuantes ni aclaraciones. No dice: “Los pinoltecos creen en nahuales”, sino: “Muchos de los brujos son tigres, venados, monos y otros animales malignos” (46).
Este modo de exposición tiene dos efectos, ambos inspirados en la premisa base de esta labor antropológica que es comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva nativa. El primer efecto es que la autora se adscribe y sumerge en la lógica pinolteca de la constitución del orden sobrenatural indio, y por eso comienza con el origen del mundo, el diluvio y Pinola como el centro del universo; aquí no hay lugar para procesos históricos habitados por mayas y conquistadores castellanos, ni para clases sociales y la explotación indígena. Y no lo hay porque los relatos y el mundo sobrenatural de los pinoltecos no los incorporan al menos explícitamente. Entonces la autora tampoco lo hace; se abstiene así de corregirlos y de evaluarlos.
El otro efecto es que, tratándose de una descripción fenoménica, esto es, de una exposición de cómo los indios afirman concebir este mundo, sin problematización sugerida por la mirada analítica, la investigadora se va sumergiendo de manera lineal y acumulativa en otra lógica, y va llevando al lector con ella.
En este punto, Hermitte parece seguir la lógica del antropólogo social británico Meyer Fortes quien advertía la distinción entre la descripción, donde las observaciones se agrupan más o menos de manera aproximada a cómo se encuentran en el campo, cómo se suceden y cómo se reúnen, y el análisis, donde la secuencia empírica se altera en el debate o la presentación de categorías generales fundadas teóricamente. A diferencia de la descripción, la interpretación antropológica puede diferir de las interpretaciones nativas e, incluso, utilizar conceptos ajenos a los de los nativos (Jacobson, 1991: 5).
Por eso el tono cambia profundamente en los capítulos posteriores. El capítulo tercero “marca el comienzo del análisis antropológico de los datos”, donde el nahual y el ch’ulel son los dos protagonistas principales de las sanciones sobrenaturales. En el cuarto capítulo “se discute el núcleo del sistema de control social”, que es la enfermedad por brujería y la curación como “etapa decisiva para resolver las tensiones creadas por la brujería” (24). Los distintos tipos de sueños se analizan como parte de este sistema. En el capítulo quinto se analiza la “estructura de poder en Pinola” pasando revista a los “roles más importantes”: el me’iltatil o guardián sobrenatural, el poshtawaneh o curador, y el ak’chamel o brujo, cada uno con sus atributos, funciones y jurisdicciones territoriales (24).
Volviendo a la introducción, la presentación de capítulos en un típico “plan de la obra” no bien comienza el libro contiene un alto grado de información donde no sólo se explica de qué trata cada uno, sino también por qué ocupan determinado lugar en la lógica general del argumento: los sueños sirven para revelar los actos de brujería o para encaminar una carrera política en el gobierno sobrenatural (24). Articulan el ch’ulel y el nahual, sustancia, instrumento y objeto de las fuerzas sobrenaturales (cap. 3), con sus daños –brujería y enfermedad–, sus causas –transgresión al código moral local– (cap. 4) y sus agentes (cap. 5). Ya al describir el contenido de cada capítulo, Hermitte logra dar cuenta de “cómo es” y “cómo funciona” esta institución de control social fundada en la brujería, que ha sobrevivido a los cambios.
El tercer capítulo comienza por una “definición preliminar” de nahual que ocupará una mayor cantidad de páginas (77-94) que su noción compañera, el ch’ulel (94-100). Ya introducido el lector en el nahualismo desde la perspectiva india (cap. 2), la novedad con respecto al capítulo precedente es que Hermitte se dispone a discutir la literatura existente sobre “nagualismo”, fenómeno detectado ya en las viejas crónicas y analizado en las etnografías académicas sobre el área maya. La autora procede entonces con total minuciosidad, presentando citas textuales de otros autores, algunos muy encumbrados y reconocidos: Alfonso Villa Rojas, Calixta Guiteras, Evon Vogt, Charles Wisdom, Georges Foster, Gonzalo Aguirre Beltrán, entre otros. Todos ellos han caracterizado el fenómeno del nahualismo en otras localidades chiapanecas: Vogt en Zinacantán, Guiteras en San Pedro Chenaló, etc. Esto es: cada autor hace su caracterización basado en una plataforma de lanzamiento que ha conocido antes de salir al campo (la literatura preexistente) y luego procede a formular lo que cree que es su contribución, con los materiales de su campo específico.
El nahualismo es un fenómeno típico y hasta metonímico del área mesoamericana, particularmente de México y Guatemala. Hermitte no llega a Pinola con un desierto conceptual. Pero para dar respuesta a su pregunta de investigación y hacer alguna contribución al área de conocimiento, debe poner en interlocución ese mundo abigarrado de voces y experiencias teóricas que ella aprendió en los libros y artículos académicos, y su propia experiencia acerca del nahualismo pinolteco. Esta interlocución no puede hacerse sin ordenar a los interlocutores teóricos y ese ordenamiento es el producto de la investigación misma. Es decir, la investigadora llegó a Chiapas con lecturas acerca de las particularidades de la zona india mexicana, también la maya. Una de esas particularidades es el nahualismo. Sin embargo, en el libro no aparece todo cuanto fue escrito sobre este fenómeno cultural. Constan allí sólo los elementos necesarios para discutir una postura que, como veremos, a Hermitte le parece objetable. La ocurrencia de lo objetable nace de su campo, mucho más que de un diferendo teórico en el interior del estructural-funcionalismo o entre corpus teóricos antagónicos. Esa experiencia de campo está, sin embargo, presentada en términos teóricos: la permanencia de un sistema de control social de orden sobrenatural. Así, para proceder en su argumento, debe hacer un recorte de todo lo escrito, según su relevancia con respecto al control social sobrenatural. No es “el nahual” en general lo que ella está analizando en Pinola y en otros autores, sino cómo es concebido y aplicado contextualmente por los pinoltecos para acometer, recibir, disputar, un castigo o una recompensa sobrenatural, que puede resultar en la enfermedad y en la muerte. Así, si el castigo o la recompensa operan en un nivel sobrenatural, la noción de nahual y de ch’ulel deben corresponder también a ese orden.
En suma, la autora discute al menos dos cuestiones sobre la noción india de nahual: una, si es interpretado adecuadamente por otros especialistas, por ejemplo, sin caer en interpretaciones cristianocéntricas; otra, si las interpretaciones expertas le permitirían a ella comprender cómo opera la noción de nahual en el sistema de control social (brujería) en Pinola. Pero los expertos se refieren al nahual como un “ser sobrenatural automotivado” (79), la “contraparte animal” (79), el “espíritu animal compañero” (79), el “anhel” (88), definiciones que, según Hermitte, son algo imprecisas y hasta contradictorias. Frente a esto, ella responde posicionándose en su propio campo y replicando desde allí: “Lo encontrado en Pinola nos permite profundizar las características del nahual y […] aclarar este concepto tan importante entre los indios mayas de Pinola contemporánea” (79). “Nuestra terminología seguirá el uso local en vez del que han establecido los autores citados” (81). Esta singularización le permite dar un giro y establecer que, a diferencia de otras localidades, “En Pinola no hay distinción terminológica en cuanto al nahual de los individuos comunes y al de los dirigentes” (81). Aquí Hermitte se aparta de la distinción introducida por Foster y Aguirre Beltrán, entre tona y nahual, pues en Pinola parecen ser la misma cosa. Los dirigentes y la gente común, todos tienen nahuales, sólo que aquéllos los tienen en mayor número y mucho más poderosos –vuelan más alto como el Rayo, el Meteoro y el Torbellino– (88-94). Más aún, según ella, nahual y hombre son lo mismo, y el nahual, concluye, es la coesencia del hombre (también de la mujer) quien no podría sobrevivir sin tres o más nahuales (82). Sucede, sin embargo, que ningún pinolteco indio sabe a ciencia cierta con cuántos y qué nahuales cuenta. Sólo quienes ocupan un lugar en la jerarquía sobrenatural pueden saberlo. Algunas páginas se dedican a esos nahuales principales como el Rayo, para mostrar que, aun cuando la literatura clásica lo refiere como una deidad, en el marco del nahualismo refiere fundamentalmente a una máxima capacidad de poder.
¿Por qué, entonces, son importantes los nahuales en la estructura argumental de Hermitte? Porque en su cantidad y calidad reside el sistema de estatus sobrenatural de los indios pinoltecos. Las clases de nahuales refieren diferencias de poder, actitud y vulnerabilidad (94). Los nahuales son la persona misma y en este sentido la retórica empleada por la autora en el segundo capítulo de la descripción etnográfica es conceptualmente atinada en términos locales, pues denotan inmediatez y proximidad.
La discusión sobre el ch’ulel es más breve y Hermitte se concentra en diferenciarlo del nahual, punto que, en su opinión, no termina de estar completamente claro en otros autores. ¿Dónde reside y qué es? ¿Por qué importa? Porque, juntos, nahual y ch’ulel expresan la dinámica de los ataques que culminan en la enfermedad por brujería.
Poder contestar las cuestiones principales relativas al nahual y al ch’ulel; saber si la vida onírica es dominio privado de uno, de otro, o de ambos; averiguar cuál es activo y cuál pasivo en la brujería, son algunos de los difíciles problemas que hay que abordar para tratar de explicar la semántica india. Una separación de las esferas de acción tiene tan poca base como una total fusión del nahual y el ch’ulel (98).
El ch’ulel parece ser “el centro del lenguaje, de la inteligencia y de la voluntad”, lo cual queda explícito en la expresión local “Lo miró en su espíritu y entonces su nahual atacó” (100). El problema es que no habría una distinción esencial entre nahual y ch’ulel, lo cual es capital en el tema de los sueños. Si en el sueño aparece un animal, seguramente se trata de un nahual; pero si aparecen figuras humanas, se trata del ch’ulel (99). Todo depende del contexto de interpretación. Sólo su análisis permite decidir si los indios interpretan al agente o a la víctima como nahual o como ch’ulel.
Este capítulo sobre nahual y ch’ulel, que hemos visto con cierta extensión, sirve argumentativamente para varias cosas: 1) para visualizar cómo la autora se posiciona –desde su material de campo– de cara a la literatura existente sobre uno de los temas preferidos de la antropología mesoamericana. Si bien los otros autores no necesariamente descubrían jerarquías sobrenaturales como las que existen en el mundo pinolteco, sus definiciones de estas dos entidades ayudan a explicar cómo esa jerarquía puede operar efectivamente; 2) para visualizar cómo los pinoltecos conciben que opera la brujería en cada persona, y 3) para evidenciar el sentido crítico con que los antropólogos encaran un debate teórico acerca de conceptos locales o nativos elaborados a partir del material empírico. El caso del nahual es particularmente ilustrativo porque no se trata de un concepto occidental como “clase social”, “hegemonía” o “relaciones sociales de producción”. Se trata, en cambio, de un concepto indígena cuya interpretación depende del bagaje teórico y empírico de cada analista.
Asimismo, estos debates ponen de relieve una de las claves del análisis antropológico, que es la comparación. Hermitte afirma que el concepto de anhel o el de “espíritu animal compañero” no se aplican a Pinola. Pero no se limita a esto: procede además a mostrar inconsistencias en el tratamiento que dan algunos autores y cuestiona sus conclusiones. Discusiones como éstas abundan en la literatura antropológica, sobre todo en el interior de las áreas culturales establecidas por los antropólogos, como los conceptos de honor y vergüenza en el Mediterráneo, las sociedades duales en el Amazonas, la reciprocidad del tipo kula en Melanesia, etc. (Fardon, 1990). El nahualismo es un complejo conceptual emblemático de Mesoamérica y, como Hermitte y otros lo han demostrado, es una vía de acceso a la comprensión de la sociedad indígena mexicana y guatemalteca hoy. En estas discusiones reside el poder de la etnografía: la crítica etnográfica puede hacerse examinando la consistencia de un texto, como ya señalamos, pero también comparando el caso con literatura sobre la misma área cultural. Ambos son blancos que Hermitte eligió al discutir la consistencia interna de los enunciados de sus colegas y cuestionando la interpretación que ellos proponían del nahual en esas otras localidades. La conclusión del debate es si los autores son inconsistentes en la prueba empírica de sus afirmaciones y en el argumental de sus interpretaciones, ¿no será que el nahualismo en esas localidades es otra cosa y está funcionando de otra manera que la que aquellos autores registraron e interpretaron? Y si así fuera, ¿no será que el ejemplo pinolteco de la coesencia está indicando que así funciona también en otras sociedades?
El cuarto capítulo está dedicado a describir y analizar la operatividad del sistema de control social en el plano sobrenatural. “Enfermedad, curas y sueños” es, por eso, su título. El capítulo comienza con una breve referencia a un sistema de clasificación de las enfermedades provista por otros autores –sobrenaturales, mecanicistas y emocionales– para luego examinar su aplicación al caso pinolteco. Pero rápidamente, tras mencionar algunas enfermedades típicas como la disipela y el cólico, la autora se concentra en aquellas que implican sanciones sobrenaturales. Éstas son sólo las provocadas por mal echado o brujería, las que Hermitte identifica como “el centro del sistema de creencias” que “explica la supervivencia y validez de las instituciones de control social que ya no existen en el nivel de la realidad sino tan sólo en el mundo del espíritu” (112). Éste es, probablemente, el primer lugar del libro donde la autora habla del “nivel de realidad” de este sistema de control social, “que pone coto a las tendencias desviantes de los indios locales” (112). Ese nivel es el ideal, el de las ideas, pero no sólo eso sino que la enfermedad establece el nexo entre lo sobrenatural y lo natural. Lo que sigue es una explicación minuciosa, también en debate con otros autores, acerca de cómo opera ese nexo. Es aquí donde intervienen las inmaterialidades de espíritu (ch’ulel) y coesencia (nahual) (112-120) pues, según se los defina, así serán los ataques que la persona pueda sufrir. Y así también serán los diagnósticos, las admoniciones y las curaciones. ¿Es la carne o el espíritu lo que se ataca mediante la brujería? Si el espíritu es dañado, ¿dónde, en qué plano se debe operar para obtener el diagnóstico y la sanación? (119).
Si la enfermedad advierte sobre una mala intención o sanción negativa proveniente del gobierno sobrenatural, los sueños son el nivel en que las fuerzas del mundo sobrenatural encuentran al hombre. Pero no lo encuentran en la vigilia cotidiana sino “en su espíritu”, esto es, en sueños. Para que el hombre común pueda “saber” qué le sucede y por qué, qué código ha infringido o si se trata de un blanco errado cuyo daño estaba destinado a otra persona, o si fue por pura maldad y envidia de un brujo sin autorización de los me’iltatiles, para todo esto se requiere la mediación (vía interrogatorio, pulso, etc.) de los expertos, aquellos que detentan un estatus sobrenatural. Este factor es crucial para mostrar que la brujería que se opera mediante cierto tipo de enfermedad (el mal echado) y la cura que requiere conforman un sistema social de creencias que sirve para el control social.
Hablar de un “sistema de creencias” requiere demostrar que un grupo de personas comparte ciertas nociones y ciertas prácticas relativas a un problema que identifican de manera común, la brujería, con su etiología, sus destinatarios y sus agentes sociales (esto último, materia del capítulo siguiente). Pero este saber compartido debe vincular a las personas entre sí según sus adscripciones sociales. Esta articulación no opera sólo normativamente. Siguiendo la premisa malinowskiana, detectar sólo la norma o “cultura ideal” no basta para dar cuenta de un sistema de creencias. Es necesario relevar lo que la gente dice que hace (lo que prescribe la norma) y lo que hace realmente. Es en este margen donde se produce “la adaptación de un sistema de creencias externamente rígido a la compleja red de las relaciones interpersonales” (125). Y es en ese margen donde un conjunto de normas se actualiza en la interacción reproduciendo un sistema social. Hay dos vías a través de las cuales la abierta dinámica de la vida cotidiana permite ajustar la relación entre normas y acciones: el diagnóstico de mal echado y la comprensión de los sueños, esto es, dos interpretaciones.
El experto –el curador– diagnostica sobre la base de los síntomas pero, a diferencia de la medicina científica, “no hay ninguna relación estrecha entre los síntomas y el diagnóstico” (120), de manera que otros datos intervienen en el proceso. La dimensión onírica y sus interpretaciones son fundamentales porque los sueños mismos son tanto diagnóstico como escenario y evidencia de la curación misma o el escalón, el anuncio o la comprobación de la carrera política hacia el gobierno sobrenatural. Claro que los sueños no son transparentes y su interpretación es cultural y social: hay sueños de brujería, de prueba y de iniciación (138), pero cómo se determina qué son, en cada caso concreto, a quién involucran o de quién hablan, depende del sujeto que sueña, de su contexto relacional y del agente curador. Sólo “los que saben” proveen la interpretación socioculturalmente válida y, por consiguiente, determinan los cursos de acción sucesivos que no sólo alcanzan al paciente sino también a su núcleo familiar y a su mundo de relaciones. Así, el que determinada interpretación sea pronunciada, escuchada y, sobre todo, creída, depende del consenso (142).
La brujería, mediante la enfermedad y la probable curación, es el núcleo de este sistema de control social que opera en un nivel ideal, pero esto no lo hace ilimitado ni caprichoso. Existen ciertos confines para dicho control, esto es, el establecimiento de ciertas normas donde algunos pueden controlar y algunos pueden ser controlados. Como vimos en lo referente a “la respuesta” (ver supra), este punto es central porque culmina en una de las conclusiones capitales de este estudio: que la brujería no es sólo un sistema de control de la agresión o una forma de resolver conflictos. Para los pinoltecos, la brujería es definitoria de su adscripción social a la comunidad tzeltal; por eso, la brujería no alcanza ni a indios de otras comunidades (como los comitecos), ni a los ladinos. “La brujería opera exclusivamente para el control social de los pinoltecos. Ningún ataque intergrupal puede tener éxito” (134).
La evidencia de tal razonamiento está expuesta en párrafos anecdóticos y breves descripciones de sueños (142-144) y en tres tablas: los Casos de Brujería (126-133), los Agentes (135-136) y las Causas de Brujería (136-137). Su uso cuali y cuantitativo será analizado en el próximo capítulo de este libro.
El capítulo “Los agentes del control social” habla precisamente de los operadores de este sistema de creencias pero, dado que ese sistema opera como control social, refiere fundamentalmente a quienes controlan. Y puesto que quienes controlan operan en un sistema de brujería sólo de y para tzeltales de Pinola, se trata de agentes indios y para indios en la localidad. Pero hay algo más que ya viene siendo anunciado, aunque no será totalmente desplegado hasta las conclusiones.
Por el momento digamos que este capítulo trata de los principales o me’iltatiles, que son los guardianes de la comunidad o viejitos; los médicos o poshtawaneh y los brujos o ak’chameles. Hermitte pasa revista a las características de cada función y estatus, pero no deja de advertir, desde el comienzo, que nadie ocupa necesaria y formalmente un solo rol. Como no existen autoridades indígenas en Pinola, más que unas pocas formales y dominadas por los funcionarios ladinos (147), los roles se desempeñan en el curso de la interacción y al calor de los acontecimientos. Esto diferencia a Pinola de otras localidades (como Oxchuc) donde “las sanciones siguen líneas definidas”: los ancianos del linaje, ancianos del clan, jefes del calpul, etc. (146-147). En Pinola sólo existe la familia nuclear. La inexistencia de autoridades tzeltales en el plano terrenal no impide que operen en el otro, en el sobrenatural. La autora plantea aquí, y por primera vez en el libro, la idea de que el gobierno indio se movió hacia arriba, “pero conservando la estructura y funciones de los organismos tradicionales de funcionarios indios. Ese gobierno sobrenatural –que no tiene ninguna correspondencia con ningún grupo indio a nivel terrenal– consta de un presidente, un secretario, un juez y varios policías. Pero nadie sabe quiénes son” (148).
Se presume, se actúa, se plantean formas de trato que denotan respeto y deferencia, o temor, subordinación, etc. Todo el capítulo está dedicado a dar cuenta de las distintas funciones –principal, curador y brujo– en virtud de nociones y prácticas donde los roles no están consagrados por una institución formal. Función, expectativas y desempeño (146; poshtawaneh, 152-155; ak’chamel, 155-158), jurisdicción de su rol (150-151), reclutamiento (159), sanciones positivas y negativas, se exponen de cara a una inespecificidad básica y en juego permanente: nadie sabe quiénes son. Es el consenso y el contexto de la interacción lo que inviste a estos funcionarios sobrenaturales, del mismo modo como garantiza tal o cual interpretación de un sueño o la sentencia de tal o cual diagnóstico.
Recapitulando, entonces, hasta ahora y de la mano de Hermitte hemos hecho lo siguiente: conocimos a Pinola en términos sociológicos como una comunidad bicultural que atraviesa un proceso de cambio, muy lejos del paradigma de comunidad indígena aislada; accedimos a los pinoltecos desde su cosmovisión tzeltal, en mitos y creencias tal como ellos los expresan; nos internamos en el análisis de su sistema de creencias que sirve de control social. Para ello, identificamos 1) los dos materiales personales con los que opera dicho sistema, nahual y ch’ulel; 2) el funcionamiento de ese control social mediante la enfermedad causada por mal echado o brujería, y su proceso de diagnóstico, tratamiento, curación y/o muerte, y 3) quiénes son los que la comunidad identifica y trata como expertos en este métier y por lo tanto les asigna el rol de controladores: el principal, el curador y el brujo.
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