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CASTRO, Rosalía: La hija del mar
Biblioteca Nacional de España
Edición original CDU: 821.134.2-31 '18'
© obra: Rosalía de Castro
© edición 2021 Ediciones Garoé
© imágenes cubierta: José Sellier Loup fotografía a Rosalía de Castro (1880)
Adaptación y actualización de la obra: María Ibaya Yuste González
Título de la colección: Ausencia, dolor y vanidad
Sinopsis y textos cubiertas: Eduardo Reguera
Prólogo: Josefa Molina
Dibujo patrón floral: Paula Marián Amado
Vectores ilustraciones: Luxuryos
Corrección Víctor J. Sanz
Maquetado Ebook: CaryCar Servicios Editoriales
1ª edición: mayo 2021
2ª reimpresión: octubre 2021
Impreso en España
ISBN Ebook: 978-84-124013-9-4
ISBN: 978-84-121248-8-0
Depósito legal: GC 175-2021
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Índice
Prólogo de Josefa Molina
Prólogo
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Conclusión
Cuando los hijos mueren
[I]
¡Ay!, cuando los hijos mueren,
rosas tempranas de abril,
de la madre el tierno llanto
vela su eterno dormir.
Ni van solos a la tumba, ¡ay!,
que el eterno sufrir
de la madre, sigue al hijo
a las regiones sin fin.
Mas cuando muere una madre,
único amor que hay aquí;
¡ay!, cuando una madre muere,
debiera un hijo morir.
Rosalía de castro
Prólogo
Rosalía de Castro y el mar infinito
Adentrarse en la obra de una de las principales figuras de la poesía de la literatura española del siglo XIX, personalidad clave del rexurdimento gallego, Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 1837-Padrón, 1885), no deja de ser un gran atrevimiento y una osadía por mi parte, que afronto con el más profundo de los respetos y con la mayor de las ilusiones.
Cuando me dispuse a abordar la escritura de este prólogo sobre la autora gallega, lo primero que me vino al pensamiento fue el recuerdo de mi primer acercamiento a su obra en mi época como estudiante de secundaria. Por aquel entonces, la autora de La hija del mar, junto a la también gallega Emilia Pardo Bazán (1851-1921), cuyo centenario de fallecimiento se conmemora este año 20211, y a Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea (1796-1877), eran las únicas escritoras reseñadas y estudiadas en mis clases de Literatura Española.
Lo dramático del tema es que hoy en día siguen siendo estas mismas autoras las incluidas en el temario de secundaria. Han pasado más de treinta años y parece que las escritoras aún no han ganado el derecho a ser estudiadas y reseñadas en los libros de textos. De hecho, según un estudio realizado por la Universidad de Valencia sobre la presencia de personajes femeninos en los libros de textos de 1.º a 4.º de Educación Secundaria (ESO) en nuestro país, se constataba que la presencia de las mujeres se reducía a tan solo el 7,5 %.2
¿Casualidad? En absoluto. Se debe, más bien, a una estrategia perfectamente orquestada con el fin de invisibilizar la presencia de la mujer en todos los ámbitos profesionales, culturales y académicos. En el caso de la literatura, esta estrategia ha partido de los que han ostentando el poder literario, es decir, escritores, catedráticos, editores, ensayistas…, que históricamente han diseñado todo un conjunto de artificios dirigidos a situar las obras de autoría femenina fuera de los cánones establecidos.
Según el crítico estadounidense, Harold Bloom: «El canon occidental existe precisamente para poner límites». Y se reafirma indicando que «Shakespeare es el canon. Él impone el modelo y los límites de la literatura»3. Es decir, todo lo que se escribiera fuera de las pautas establecidas por el citado canon no puede ser considerado literario ni mucho menos universal. O, lo que es lo mismo, todo lo que no fuera escrito por un autor varón, europeo, heterosexual y de clase media-alta, queda al margen de lo considerado como alta literatura. Se trata, pues, de una visión heteropatriarcal eurocentrista sesgada e interesada que sitúa en el margen no solo las obras escritas por la mujer, sino también las obras literarias no europeas o aquellas generadas por colectivos no heterosexuales. Afortunadamente, el discurso sobre un canon universal que define lo que es o no literario está más que entredicho gracias, sobre todo, a la crítica literaria feminista.
En mi opinión, el sesgo que establece un canon como el anterior solo provoca el empobrecimiento de la propia producción literaria que, además, no se corresponde con la libertad artística y creativa del ser humano. Creo que la capacidad de crear a través de la palabra y la escritura no debería verse afectada por el género, la raza o la condición social, sino por la propia capacidad humana para imaginar, fabular, narrar o poetizar y plasmarlo con la calidad suficiente para llegar al público y emocionarlo. Para mí, ese es el objetivo de escribir.
Por todo ello, resulta de vital importancia la reedición de textos de autoras como Rosalía de Castro, cuya publicación a través de una trilogía, rescata Ediciones Garoé bajo el lema «Ausencia, dolor y vanidad», y ello, por un doble motivo. Por un lado, porque no solo nos permitirá acercarnos a tres de las obras menos conocidas de la escritora gallega para la mayoría de las lectoras y los lectores, más acostumbrados a sus imprescindibles Cantares gallegos (1863) y, por otro, porque nos recuerda la importancia, siguiendo a la poeta e intelectual feminista estadounidense Adrienne Rich, de recuperar a nuestras madres literarias.
No podemos ni debemos olvidar de dónde procedemos ni quiénes fueron nuestros referentes literarios. El avance hacia el reconocimiento de las mujeres escritoras en igualdad de condiciones y oportunidades que los escritores varones exige afrontar la creación literaria de acuerdo con unos criterios literarios no sexistas que definan la calidad de los textos. En ese camino, las creaciones literarias de nuestras escritoras tienen, sin duda, mucho que aportar.
Centrándonos en la obra que nos ocupa, fue publicada en 1859, cuando su autora contaba con veintidós años. Se trata de una novela de corte romántico, de lectura fluida y rico léxico que enseguida nos da muestras de la descomunal capacidad descriptiva, rica en metáforas y figuras literarias, de la que hace gala la poeta gallega.
Especialmente subrayables son los pasajes en los que la autora realiza una contundente denuncia de la violencia ejercida contra la mujer por razón de su género.
Quien se adentre un poco en la obra de Rosalía de Castro podrá advertir la denuncia reiterada de la concepción intelectual y social sobre la mujer escritora. Ejemplo de ello lo encontramos en el breve y sublime ensayo de corte marcadamente feminista, Las literatas. Carta a Eduarda, publicado en 1865, dirigido a su amiga íntima, Eduarda Pondal, fallecida de tifus en 1853. Rosalía y su amiga habían acudido ese año a la romería de Nuestra Señora de la Barca en el municipio de Muxía, donde ambas contrajeron la enfermedad. Eduarda no pudo superarla. Fue precisamente en Muxía, municipio de La Coruña, donde Rosalía de Castro situó, seis años después, la trama de La hija del mar.
La dura crítica que la literata recibió de la sociedad de la época fue puesta de manifiesto por la propia autora en el prólogo de la novela que nos ocupa. Lo primero que llama la atención es el contenido marcadamente reivindicativo del mismo. En él, la escritora gallega hace patente su denuncia de la peyorativa concepción social e intelectual que en la época se tenía de la mujer que escribía porque, tal y como señala en el mismo prólogo: «… todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben». En este pequeño texto, la autora de Follas novas realiza una defensa de la escritura de obra femenina, nombrando a mujeres de distintas disciplinas artísticas que la han precedido como madame Roland, Rosa Bonheur, santa Teresa de Jesús y George Sand —seudónimo de la periodista y escritora francesa Amantine Lucile Dupin de Dudevant—, con cuyas citas comienza algunos de los capítulos de esta magnífica novela.
Destaco el tono irónico y lleno de sarcasmo que utiliza la autora gallega para dejar patente su disconformidad ante estos hechos en los siguientes términos: «Se nos hace el regalo de creer que podemos escribir algunos libros, porque hoy, nuevos Lázaros, hemos recogido estas migajas de libertad al pie de la mesa del rico, que se llama el siglo XIX».
Con esta exposición de intenciones inicial, la autora desarrolla una novela que divide en un total de veinte capítulos, a los que añade un capítulo final a modo de conclusión. Se trata de un texto de carácter marcadamente romántico acorde con el género literario imperante a principios y medianos del siglo XIX, donde priman las emociones, la idealización de lo tradicional y la muerte, el amor y la pasión como temas principales, entre otros elementos. No son pocas las citas de uno de los máximos exponentes del Romanticismo, el británico Lord Byron, con las que Rosalía de Castro encabeza los capítulos de la obra. También da cabida a citas de escritores españoles como Luis de Góngora y Zorrilla, así como del alemán Goethe y de los franceses Victor Hugo y George Sand, entre otros.
Resulta magnífica la descripción de acuerdo con los más clásicos cánones románticos que realiza la autora para describir el paisaje de las costas gallegas y sus gentes, especialmente de las formas de vida de la zona de Muxía, en la denominada Costa de la Muerte, a los que califica de «lugares malditos por Dios».
La hija del mar es una dignificación de las gentes de la mar. Frente a los marinos, a los que describe de corazón noble a pesar de su tosquedad en costumbres y tradiciones, sin faltar alguna referencia al ideario mitológico gallego como la procesión de la Santa Compaña, contrapone a las clases pudientes, centralizadas en la figura de Alberto Ansot. Es a este hombre, opresor y malvado, al que se enfrentan las dos protagonistas de la novela, Teresa y Esperanza.
Son ellas, dos mujeres que han crecido huérfanas en ausencia de la figura paterna, las protagonistas frente a los varones de la obra, circunscritos al papel de secundarios necesarios. Encontramos aquí cierto paralelismo con la biografía de Rosalía de Castro, quien, al nacer como hija ilegítima del sacerdote José Martínez Viojo (1798-1871) y de María Teresa de la Cruz Castro y Abadía (1804-1862), de familia noble venida a menos, fue registrada en su partida de nacimiento como hija de padres desconocidos.
Existe, como vemos, un trasfondo autobiográfico en esta novela que no puede pasar desapercibido para el lector, centralizado en un padre ausente y ajeno a la vida de las protagonistas, quien, además, resulta ser un hombre depravado y amoral que intenta seducir a Esperanza, lo que encubre la posibilidad de una relación incestuosa tal y como se descubre según se avanza en la obra.
Hay que señalar, así mismo, la denuncia que realiza la autora de la condición de sometimiento al hombre por parte de la mujer de su época y, muy especialmente, de la capacidad del hombre de regir como dueño y señor sobre la vida y la voluntad de la mujer por el solo hecho de ser mujer, sobre la que llega, incluso, a ejercer violencia física y psicológica.
La hija del mar pone de manifiesto una relación entre las dos protagonistas entrelazadas por el amor, la solidaridad y la sororidad, que las unen frente a un hombre que se escuda en su posición social para abusar de ellas y humillarlas. Se trata, pues, de una novela que podríamos considerar feminista, dado que está protagonizada por mujeres, se centra en temáticas propias del universo literario femenino como la relación madre-hija y contiene una clara denuncia de la violencia machista ejercida contra la mujer.
No quiero culminar este prólogo sin hacer una referencia al mar, un elemento esencial en esta novela desde su mismo título. La idealización del mar como espacio para el reposo definitivo es una constante de la literatura española y muy especialmente en la literatura gallega en la que son casi inevitables las referencias de los naufragios de navíos y barcos pesqueros. La hija del mar comienza con la llegada de una niña casi recién nacida que fue abandonada sobre una roca y culmina con el cuerpo de esa misma niña, ya adulta, mecido por el arrullo de las olas. El mar como inicio y fin, como lugar de nacimiento y de muerte.
La casa museo dedicada a la figura de Rosalía de Castro, ubicada en el municipio gallego de Padrón, acoge una frase escrita en la pared en la que se apoya el cabezal de una solitaria y sencilla cama de hierro que reza: «Abride esa fiestra, que quero ver o mar» (Abrid esa ventana, que quiero ver el mar).
Esas fueron las últimas palabras de una mujer que imaginaba ver el mar en el río Ulla, dado que desde aquella ventana no se puede ver el mar pero sí el río. Allí, desde aquella cama, mientras vivía sus últimos momentos, Rosalía de Castro, yacente, víctima de un cáncer de útero que se la llevó el 15 de julio de 1885, con tan solo cuarenta y ocho años, pedía volver a ver el mar, su reposo infinito. «¡Ahí voy! Yo les dije. / Dame dulce muerte / aguas donde las plumas / duermen para siempre…». (Follas novas).
A Rosalía de Castro le debemos esta visión terrible y romántica del mar y de sus gentes. Su novela La hija del mar constituye una maravillosa manera de adentrarnos en el esplendoroso universo creativo en torno al mar, el amor entre madre e hija y la lucha por la libertad, de una de las principales figuras de la literatura gallega, española y universal.
Josefa Molina
La hija del mar
Rosalía de Castro
[Nota preliminar: Edición a partir de Vigo, Impta. de J. Compañel, 1859, cotejada con la de Mauro Armiño (Obra completa, Madrid, Akal, 1980, t. II, pp. 11—240) y la de Manuel Arroyo Stephens (Obras completas, Madrid, Fundación José Antonio Castro, 1993, t. I, pp. 43—216).]
A Manuel Murguía
A ti que eres la persona a quien más amo, te dedico este libro, cariñoso recuerdo de algunos días de felicidad que, como yo, querrás recordar siempre. Juzgando tu corazón por el mío, creo que es la mejor ofrenda que puede presentarte tu esposa.
La autora
Prólogo
Antes de escribir la primera página de mi libro, permítase a la mujer disculparse de lo que para muchos será un pecado inmenso e indigno de perdón, una falta de que es preciso que se sincere.
Bien pudiera, en verdad, citar aquí algunos textos de hombres célebres que, como el profundo Malebranche y nuestro sabio y venerado Feijoo, sostuvieron que la mujer era apta para el estudio de las ciencias, de las artes y de la literatura.
Posible me sería añadir que mujeres como madame Roland, cuyo genio fomentó y dirigió la Revolución francesa en sus días de gloria; madame Staël, tan gran política como filósofa y poeta; Rosa Bonheur, la pintora de paisajes sin rival hasta ahora; George Sand, la novelista profunda, la que está llamada a compartir la gloria de Balzac y Walter Scott; Santa Teresa de Jesús, ese espíritu ardiente cuya mirada penetró en los más intrincados laberintos de la teología mística; Safo, Catalina de Rusia, Juana de Arco, María Teresa, y tantas otras, cuyos nombres la historia, no mucho más imparcial que los hombres, registra en sus páginas, protestaron eternamente contra la vulgar idea de que la mujer solo sirve para las labores domésticas y que aquella que, obedeciendo tal vez a una fuerza irresistible, se aparta de esa vida pacífica y se lanza a las revueltas ondas de los tumultos del mundo, es una mujer digna de la execración general.
No quiero decir que no, porque quizá la que esto escribe es de la misma opinión.
Pasados aquellos tiempos en que se discutía formalmente si la mujer tenía alma y si podía pensar —¿se escribieron acaso páginas más bellas y profundas, al frente de las obras de Rousseau que las de la autora de Lelia?—, se nos permite ya optar a la corona de la inmortalidad, y se nos hace el regalo de creer que podemos escribir algunos libros, porque hoy, nuevos Lázaros, hemos recogido estas migajas de libertad al pie de la mesa del rico, que se llama siglo XIX.
Yo pudiera muy bien decir aquí cuál fue el móvil que me obligó a publicar versos condenados desde el momento de nacer a la oscuridad a que voluntariamente los condenaba la persona que solo los escribía para aliviar sus penas reales o imaginarias, pero no para que sobre ellos cayese la mirada de otro que no fuese su autora.
No es este, sin embargo, el lugar oportuno de hacer semejantes revelaciones.
Al público le importaría muy poco el saberlo y por eso las callo.
Pero como el objeto de este prólogo es sincerarme de mi atrevimiento al publicar este libro, diré, aunque es harto sabido de todos, que, dado el primer paso, los demás son hijos de él, porque esta senda de perdición se recorre muy pronto.
Publicados mis primeros versos, la aparición de este libro era forzosa casi.
La vanidad, ese pecado de la mujer, de que ciertamente no está muy exento el hombre, no entra aquí para nada: un libro más en el gran mar de las publicaciones actuales es como una gota de agua en el océano.
El que tenga paciencia para llegar hasta el fin, el que haya seguido página por página este relato, concebido en un momento de tristeza y escrito al azar, sin tino, y sin pretensiones de ninguna clase, arrójelo lejos de sí y olvide entre otras cosas que su autor es una mujer.
Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben.
Capítulo I
¡Buena pesca!
Era amable y graciosa como un ángel…
Van der Welde
La tarde era calurosa y el viento soplaba con violencia hacia el sudoeste.
En la playa se oían voces y algazara.
—¡Fuerza!, ¡fuerza! —gritaban enronquecidos los marineros en tanto envolvían apresuradamente en sus nervudos brazos las gruesas cuerdas de cáñamo empapadas de agua salada.
—¡Ea!, ¡valor! —repetían haciendo inauditos esfuerzos por atraer la red ya próxima a la orilla—. La tarde es buena, la pesca parece abundante y una buena cena nos espera; con tal de que Andrés nos dé de aquel vino que tiene en su bodega y que alegra las cabezas como un rayo de sol alegra estas olas de maldición.
—¡Soberbio vino!, —gritó uno—. Y si nuestro buen compañero quiere regalarnos con él y darnos un día de fiesta, juro por todos vosotros y por mí también que beberemos, aunque sea una azumbre.
—Somos veinte y cinco —añadió un segundo—. Somos veinte y cinco, Andrés…, suma… y es cuenta redonda, veinte y cinco azumbres…, nosotros en cambio llevaremos…
Y al decir esto hizo una seña maliciosa, a la que sus compañeros contestaron con una alegre carcajada.
—¡Silencio!, —interrumpió en tono de zumba una voz robusta que dominó la algazara, como la voz de Júpiter de quien dice Homero, el poeta divino, que serenaba las tempestades—; la frente de Andrés se torna de roja en pálida y sus labios se comprimen. ¡Mirad…, mirad sus ojos inyectados de sangre! Una palabra más y le veréis atacado de apoplejía por una indigestión de dichos atrevidos que conspiran contra su hacienda.
Y esas palabras eran acompañadas de risas y de miradas significativas que se cruzaban de una y otra parte con suma rapidez.
—¡Fuego sobre mis compañeros! —exclamó amostazado el personaje a quien iban dirigidas aquellas palabras—. Si tenéis sed, yo os zambulliré de buena gana en el mar para emborracharos a mi placer, pero nunca con mi vino añejo, a no ser que se convirtiese en veneno.
Algunos puños se levantaron a un tiempo mismo para contestarle; pero volvieron a bajarse en un instante por ser necesario detener las cuerdas que el peso de la red y el oleaje arrastraban hacia el mar.
Presentaron entonces un aspecto casi salvaje.
Ellos se animaban unos a otros con imprecaciones y juramentos, con apodos y con aullidos que retumbaban entre las peñas, en tanto sus atezados rostros eran azotados por el viento, así como sus crespos y enmarañados cabellos.
Los unos en pos de los otros, el cuerpo inclinado hacia atrás y los anchos pies hincados fuertemente en la arena de la playa, parecían nuevos Hércules dispuestos a combatir con los elementos.
La mar se agitaba sordamente resolviéndose en su profundo lecho, las olas empezaban a estrellarse contra las rocas y salpicaban las camisetas azules de los marineros, a través de las cuales se descubrían aquellas pronunciadas y nerviosas musculaturas capaces de resistir la intemperie y crudeza de las estaciones, que en aquel desolado rincón del mundo, más que en parte alguna, suelen ser crueles y rigurosas.
Las pescadoras iban en tanto apareciendo por los tortuosos caminos que conducían a la playa, y, posando sus cestos de mimbre en la arena, se sentaban sobre ellos y charlaban juntas, y murmuraban; feo vicio en el que, a pesar de que siempre se achaca a las mujeres, se me antoja creer, y, lo que es más, decirlo, incurren los hombres con demasiada frecuencia.
Por una senda oculta y extraviada apareció una joven que fue recibida por todos con muestras de particular predilección.
En sus brazos traía un niño al que muy pocas primaveras habían sonreído, y que, a juzgar por el cariño con que le cuidaba, no cabía duda alguna de que era su hijo, a pesar de que ella contaba apenas dieciocho años.
Tenía el rostro oscurecido por ese color tostado que presta el mar, y sus ojos de un brillo casi luminoso daban a su fisonomía delicada, y un tanto marchita, cierto reflejo extraño e incomprensible que llamaba la atención de todo aquel que la veía, aun cuando fuese por primera vez.
Traía los brazos y los pies desnudos, y estos, así como todo su cuerpo, tenían una forma casi aristocrática que era fácil distinguir a pesar de su desaliño.
No obstante, el color pálido que teñía sus facciones se adivinaba, gracias al aspecto de su construcción, que debía ser robusta y de pasiones exaltadas.
La languidez de su mirada y las largas pestañas que hacían sombra sobre sus mejillas no bastaban a ocultar el rayo brillante que despedía su pupila oscura y fosforescente.
Al llegar cerca de las demás pescadoras, tomó asiento entre ellas y les dirigió la palabra con un aire modesto y gracioso, al mismo tiempo que prestaba a su fisonomía un tinte especial, conjunto de tristeza y de alegría, de melancólicos y de risueños pensamientos.
Diríase que dos rayos de luz, sombrío el uno y brillante el otro, iluminaban alternativamente su semblante prestándole un aire extraño y sobrenatural.
La pobre niña había adquirido desde sus primeros años cierta apartada reserva para con los que la rodeaban, que rayaba ya en severidad y algunas veces en fiereza; triste efecto de una vida solitaria y errante como los vientos de aquellas comarcas.
Hija de un momento de perdición, su madre no tuvo siquiera para santificar su yerro aquel amor con que una madre desdichada hace respetar su desgracia ante todas las miradas, desde las más púdicas hasta las más hipócritas.
Hija del amor, tal vez, apenas la luz del día iluminó sus inocentes mejillas, fue depositada en una de esas benditas casas en donde la caridad ajena puede darle la vida, pero de seguro no le dará una madre; así fue que las únicas caricias que halagaron la existencia de aquella criatura fueron las de un marido que la abandonó en medio de sus sueños de ángel, cuando empezaba a comprender que la vida tiene más encantos que la soledad de los bosques y el canto de los pájaros en una mañana de primavera.
Su belleza y hasta aquella grave reserva con que las más de las veces evitaba hablar con los que la buscaban, la hicieron querida para todos y recibida siempre, aun a pesar suyo, con muestras de regocijo allí a donde quisiera que se acercase.
Risas estrepitosas y voces alegres llenaron bien pronto el silencio de aquella ribera, en tanto vagaban por la playa las frescas y robustas hijas de aquellas montañas que comunican su salvaje belleza a sus moradores.
Los marineros, más animados que nunca en su trabajo, juraban, cantaban y reían, escarneciéndose sin compasión, pero también sin que, como solía suceder, pasaran de palabras sus amenazadoras promesas y sus juramentos, que escandalizarían los oídos menos castos si algunos hubiese por aquellos lugares.
Cubríase el cielo poco a poco de nubes plomizas, y los relámpagos, reflejándose en las olas que empezaban a rugir sordamente, prestaban un aspecto asolador a aquel vasto océano que parecía extenderse hasta la inmensidad.
Pasaron desapercibidos al principio aquellos tristes augurios de una próxima tempestad, no cesando, por tanto, ni las risas ni el tumulto de aquella loca alegría, pero tan pronto como el ruido del trueno pasó rodando sobre las olas y, llenando la playa, hirió el oído de aquellas pobres mujeres, que creen reconocer en él la ira de Dios que de este modo se muestra visiblemente a los pecadores, se acercaron temblando las unas a las otras como si quisiesen de este modo amparar su flaqueza con el miedo y la flaqueza ajena, y entonando cada vez y en voz baja sus oraciones se arrodillaban y guarecían sus cabezas de la lluvia con los cestos todavía vacíos.
Los marineros, sin embargo, no tomaban parte en aquellas oraciones, cuidaban, sí, de terminar su trabajo con la mayor presteza.
Las olas cada vez más gruesas llegaban irritadas hasta sus rodillas y, estrellándose contra las peñas, formaban una armonía lúgubre, mezclándose al rugido de la tempestad y al rezo de aquellas temerosas mujeres.
Parecía una sinfonía infernal con sordos rumores y silbos agudos, con murmullos tenebrosos y maldiciones y agitados suspiros.
El cielo oscurecido, las rocas peladas, la mar hirviente y amenazadora, iluminada al vivo lampo y deslumbrador del rayo que aparece y desaparece a nuestros ojos, como una mirada de fuego que brilla y se oculta rápidamente deslumbrándonos más y más con su movilidad incesante; todo esto presentaba un aspecto de luz y de tinieblas, de desorden, si así puede decirse, y de grandiosidad, difícil de comprender si causaba espanto o admiración.
Hay cuadros sublimes en la naturaleza que conmueven de una manera extraña e indefinible, sin que nos sea posible juzgar de nuestros mismos sentimientos en aquellos instantes en que no nos pertenecemos.
Un poeta, un artista, que de repente se hallara transportado a aquellas riberas salvajes, enmudecería de admiración al ver un tan grandioso desorden, al escuchar aquellos acentos gemidores de la naturaleza que no sabemos si se irrita, o si reza o llora, implorando al ser que la gobierna; y, sin embargo, todos los que se hallaban allí, mudos testigos de tan conmovedor espectáculo, no veían más que truenos y relámpagos que les causaban miedo y una mar irritada que amenazaba romper la red en que tenían todo su tesoro.
Teresa era la única que con una extraña mezcla de miedo y de curiosidad seguía ansiosa con su mirada aquellas ráfagas brillantes que, iluminando cuanto la rodeaba, mostraban la grandeza del océano con sus abismos profundos y con su cólera que recuerda la de otro ser más poderoso que nosotros.
Por fin, un grito de alegría se escuchó en medio de aquel tumulto y las pescadoras, levantándose presurosas, se acercaron a la orilla para recoger en sus cestos la pesca plateada y brillante que la red acababa de traerles.
Los esfuerzos de los marineros habían conseguido vencer a la tormenta.
La lancha que traía el cabo de la red acababa de doblar el peñón inmenso, parecido a un castillo feudal con sus almenas y sus torres, llamado el peñón de la Cruz, presentándose triunfante a la vista de los que se hallaban en tierra.
Reinaba a bordo una algazara y alegría no acostumbrada y mucho más cuando la tormenta amenazaba todavía destrozar sus jarcias y sus remos.
—¡Eh! —preguntaron entonces los de la playa—. ¿Qué novedad ocurre? Pues, a fe que no está el tiempo para chanzas y risas; acabad pronto, que la tormenta arrecia más y más y amenaza confundirnos.
—¿Qué queréis? —replicaron los de la lancha—, nuestra pesca ha sido admirable…, sobre todo, hemos cogido este pequeño pescado que seríais capaces de comerlo crudo…, mirad… —Y uno de los más robustos marineros mostraba oculto casi entre sus grandes y callosas manos un objeto sonrosado que desde tierra no se podía distinguir por ser demasiado larga la distancia.
—¡Qué diablos enseñas tú! —gritaron los de tierra—. ¡Eh! Tú, el de los pantalones tan negros como esta noche de maldición, ¿es alguna azucena monstruo cogida en la peña encantada?
Sí —repitieron los interpelados—, una azucena más hermosa que las que florecieron en la vara de nuestro patrono san José.
Y volviendo al silencio y a la faena interrumpida dejaron a los de tierra tan ignorantes acerca de lo que pasaba entre sus compañeros como al principio.
Ellos, sin embargo, formaran por su parte mil extrañas conjeturas sobre un lance al parecer tan extraordinario.
Las mujeres, sobre todo, serían capaces de dar toda su pesca de aquel día por enterarse cada una la primera de lo que pasaba en la lancha vecina.
Por fin tocó esta la orilla y algunos marineros saltaron a tierra llevando uno de ellos en sus brazos un bulto cuidadosamente cubierto.
Verle y abalanzarse todos hacia él fue obra de un instante, y, rodeándole y haciendo mil curiosas preguntas, en poco estuvo que hiciesen pedazos la no muy fuerte camiseta del pobre Lorenzo que, pavoneándose lleno de una inocente vanidad, como aquel que va a hacer una revelación que ha de dejar suspensos a sus oyentes retarda el momento decisivo para que de este modo parezca más interesante su narración. Pero la mano harto rechoncha de una muchachuela de quince años, de aire picaresco y maneras atrevidas, osó posarse sobre el pañizuelo y, frustrando de un modo cruel los planes de Lorenzo, dejó descubierto, en un abrir y cerrar de ojos, el arcano misterioso a todos los circunstantes, que lanzaron una misma exclamación de sorpresa.
El quejido de una criatura recién nacida, lánguido, dulce y suave como una melodía, se dejó oír al mismo tiempo que el zumbido del trueno que resonó cercano, así como la luz fosfórica del relámpago iluminara antes la imagen de la inocencia, reposando en brazos de la fuerza.
Lo que pasó entonces en el alma de aquellos sencillos pescadores y en la de aquellas mujeres, poetas las más sin que lo conozcan e impresionables hasta la sublimidad sin que puedan percibirse de ello, la extraña sensación que experimentaron sus corazones ante aquellas dos imágenes de calma y tempestad, de pureza infinita iluminada por una luz llena de miasmas devastadoras, sería imposible describirlo, porque hay cosas que solo la inspiración puede crearlas, pero no descifrarlas.
Imaginaos una criatura medio dormida en los brazos de aquel rudo marinero que, insensible a las tempestades, se conmueve profundamente con la sonrisa de un inocente que le mira como pidiéndole compasión; imaginaos un ángel bajado del cielo con sus cabellos dorados, sus mejillas rosadas, su boquita diminuta como la hoja del capullo de las rosas margaritas, una cosa sin nombre, en fin, pero que embriaga a la par que purifica con la aureola de inocencia y santidad que vierte en torno suyo, y os podréis formar una idea incompleta de aquel cuadro digno de trasladarse al lienzo por el pincel de Murillo y Rembrandt, tan opuestas son las tintas que deberían emplearse en él.
—¿De dónde diablos traéis esa criatura? —preguntaron algunos a un mismo tiempo—. ¿La ha dejado alguna meiga en vuestro regazo, o la hallasteis dormida sobre la cubierta de la lancha?
—Nada de eso —respondió Lorenzo, vuelto por esa sola pregunta a su posición interesante—, escuchad y os admiraréis. Doblábamos el pico de la peña Negra en donde, como sabéis todos, hay siempre más abundancia de sardina, cuando nos pareció percibir, entre el rumor del viento, el débil y apagado llanto de un niño sin que por eso descubriésemos en torno nuestro objeto alguno que nos hiciese creer que no era ilusión de nuestros sentidos, sino realidad; mas no bien nuestra lancha dobló hacia el sur dejándonos percibir perfectamente el plano que rodea aquel negro, triste y solitario picacho, a cuyos pies se arremolinan y saltan las olas, cuando el llanto se dejó sentir más cercano, pudiendo notarse entonces que hacia la parte más musgosa de la peña se movía una cosa blanca como las perlas, y que contrastaba notablemente con el verde oscuro de las algas esparcidas en torno suyo. Entonces nos miramos unos a otros y, quizá impulsados por un mismo pensamiento, nos pusimos a bogar en silencio y hacia el sitio indicado. Llegamos, y a nuestra vista se apareció una niña, recostada sobre el musgo húmedo, la más hermosa que he visto en mi vida, y que tiritaba de frío, la pobrecilla, a pesar del calor sofocante que se iba extendiendo por la costa. La cogí entonces para acercarla a mi pecho y darle el calor que su madre le había negado…
—¡Su madre…!, prorrumpieron todas las que allí había. ¿Es posible que esa pobre criatura tenga madre?
—Pues qué, ¿pensáis acaso —repuso el marinero con ciertas pretensiones de sabiduría— que ha nacido por obra y gracia de la roca negra?
—¡Quién sabe! ¡Quién sabe! Es demasiado hermosa para ser de este mundo.
—¡Bah! ¡Bah! —añadió el pobre pescador con una sonrisa de un contento inefable—. ¡Qué tontas son estas mujeres…! ¿No ha salido un santo del vientre de una ballena tan vivo y tan listo como si saliera del de su madre? Pues esta niña pudo salir también del de un tiburón, por ejemplo, y quien dice tiburón dice otra cosa cualquiera que no es del caso averiguar…, pero —añadió besándola con cariñosa dulzura—, gracias a Dios, tendrá desde hoy un padre…
—¡No, no! —gritaron muchas voces descontentas que aturdieron al buen Lorenzo—. Reflexiona, le dijeron, que tienes muchos hijos y que esa niña causará un perjuicio a tu familia. Aquí estamos bastantes que no tenemos ninguno, y podemos mejor que tú encargarnos de ella, porque al fin, por hermosa que sea, tendrá dientes y comerá andando el tiempo como tú y como yo…
—Pero también trabajará —exclamó el marinero contento de hallar una contestación que dar a aquellos hombres que le decían razones que le iban convenciendo…
—¡Trabajar…! —murmuraron los demás—. Esa niña no debe trabajar, se moriría; ¿piensas que es como tus hijos y como los míos?
—Vaya si lo pienso…
Las voces de los descontentos sofocaron las palabras de Lorenzo, y entonces pasó una verdadera tormenta de disputas.
Todos querían para sí aquella hermosa criatura, todos querían ser padres de aquel niño, de aquel hijo del acaso.
Lorenzo, sobre todo, quería alcanzar con gritos y, lo que era mejor todavía, con tinos puños capaces de convencer a un bretón, como diría Dumas, lo que ni sus razones ni la buena voluntad de sus compañeros querían darle.
Por fin se decidieron a aceptar el fallo de la suerte.
Se decidió esta por Teresa la expósita, y así se vio a la vagamunda tomar bajo su amparo a la pobre desheredada como ella.
Teresa era una muchacha simpática para todo el mundo, tanto por su belleza como por su buena conducta, aunque fuese algún tanto insociable y le agradase más vagar solitaria a orillas del mar y llevar sus ovejas al campo a la hora en que el fresco de la mañana y los primeros rayos de luz despiertan a las flores de sus sueños de aromas.
Lorenzo le entregó la niña con menos sentimiento que lo hubiera hecho con otro alguno, diciéndole:
—He aquí una perla de gran valía, yo te la cedo a condición de que seas para ella una buena madre; pero también yo quiero llamarme a mi vez su padre, y que cuando empiece a balbucear tu nombre, le enseñes el mío, para que de este modo me conozca y me quiera poco menos que a ti, ¿lo entiendes?
Y enjugando con la manga de su camiseta una lágrima que rodó silenciosamente por sus tostadas mejillas, volvió la espalda a los que le miraban como queriendo ocultar aquella debilidad indigna de un viejo marino.
De este modo todo volvió a su silencio, y las faenas olvidadas empezaron de nuevo.
La tormenta bramaba sobre sus cabezas, y las olas eran cada vez más gruesas, más fuertes y amenazadoras.
Contenta Teresa con su nueva hija, querido tesoro que no cambiaría por nada de este mundo, se acercó la primera a la orilla para que los pescadores llenasen su cesta antes que la de otra alguna.
Su felicidad era grande, pero estaba escrito que en aquel día su alma había de sufrir los más fuertes sacudimientos, los más grandes dolores que pueden lacerar el alma de una madre.
Su hijo, rosado, rubio, hermoso y, sobre todo, travieso se entretenía en andar todo el espacio posible con sus débiles piececitos y cayendo a cada paso sobre la arena. Pero adelantose tanto hacia la orilla, tal vez para coger con sus pequeñas manos aquellas verdes olas que brillaban fosfóricas a la luz de las exhalaciones, que era inminente el peligro en que le exponía su inocencia.
De repente un viento fuerte sopló sobre todas las olas y las empujó hacia la playa: la mar lanzó terribles rugidos, pareciendo querer salvar la débil muralla de arena que se oponía a su paso y desbordarse.
Las olas se agolparon tumultuosas y se adelantaron hacia los que estaban en la playa.
Entonces un leve quejido, ahogado por el rumor de la tempestad, hendió el espacio; suspiro lastimero que penetró en el corazón de los que le escucharon, sucediéndose a este suspiro un grito desgarrador, profundo, intenso, que hizo helar la sangre en las venas.
Era Teresa que acababa de ver a su hijo arrastrado por aquel torbellino de agua, fiera implacable que no devuelve nunca lo que una vez se ha sepultado en su fondo de arena.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! —balbuceó delirante queriendo arrojarse al mar para socorrerle—. ¡Mi hijo…, mi pobre niño inocente…, el hijo de mis entrañas!
Y cayó sin sentido sobre la arena.
Cuando despertó de su desmayo, pareció reflexionar algunos instantes: un raudal de lágrimas inundó su semblante; se calmó algún tanto su pesadumbre, más que nada por el mismo exceso de dolor que la abrumaba, y apareció así, a los ojos de los que la rodeaban, resignada y serena.
Preguntó por su hija adoptiva que le presentaron hermosa como una flor bañada de sol y de rocío.
Ella la envolvió en su pañuelo y, tratando de adormecerla en su seno, se dirigió silenciosamente hacia su pobre vivienda, no sin echar antes a aquel mar proceloso una dolorosa y profunda mirada.
Los que la vieron partir sintieron su corazón oprimido de angustia.
Los truenos y los relámpagos fueron los únicos que la acompañaron por la triste y oscura encrucijada que guiaba hacia su pobre vivienda.
Capítulo II
Teresa
Voici Minona qui marche dans sa beauté, le regard
baissé et les yeux pleins de larmes. Ses cheveux épars
flottent au vent inquiet qui souffle de la colline.
Ossian
El embravecido mar de Finisterre lanzaba sus verdes y espumosas olas contra los peñascos que rodean el antiguo santuario de Nuestra Señora de la Barca.
Un sol de invierno, claro, pero frío, iluminaba aquellas montañas que, ya graníticas, ya arenosas, tienen siempre ese aspecto desolado y salvaje de las comarcas estériles, en cuya tierra no brotan jamás ni arbustos ni verdura; y un silencio lleno de sordos y misteriosos rumores se extendía doquiera alcanzase el oído.
El cielo estaba sereno; pero el cielo que cubre aquellos tristes paisajes no es de ese azul tranquilo en que el alma se espacia cuando nuestra mirada se alza hasta él, porque si allí hay días de sol y de calma, es una calma inquieta y zozobrante en la cual no se respira con libertad, pues aquella mar de tornasoles sombríos comunica a la misma atmósfera sus turbados y glaciales vapores.
La niebla densa y de un olor acre, que de ella se levanta a la hora en que sale el sol, apaga las hermosas tintas de la mañana y cubre como un sudario aquella desnuda tierra que semeja una tumba.
Allí no se escucha más que el silbido del viento y de unas olas siempre en lucha y que amenazan tragar los pequeños pueblecillos que se extienden a la orilla, como abandonados despojos de quien nadie se cuida.
Algunos huertos, guarecidos por elevados muros, conservan a duras penas plantas raquíticas y agostadas por los torbellinos de arena que se levantan con la tempestad y las aplastan bajo su peso.
Un viento fuerte y continuo que viene del mar arranca a veces, como árboles que troncha el huracán, las pobres chozas de los pescadores dejándolos expuestos a la inclemencia de las estaciones, y, no obstante, los hijos de aquellas riberas abandonadas y tristes aman su país, mucho más que los que viven en esas fértiles y risueñas campiñas de los climas del mediodía, a quienes regala la naturaleza con cuanto tiene de más hermoso.
Ellos aman sus chozas arruinadas, sus lanchas sucias y con el olor de la brea y sus redes, que ellos mismos hacen y ven envejecer, dulces tesoros que no abandonarían por todas las bellezas de la tierra. En aquellos desiertos arenales pasan la mayor parte de su vida, y acostumbrados a su silencio y a su bravura se alejan de toda otra existencia, como huye el ciervo al escuchar los sonidos del cuerno de caza que le sorprende en medio del bosque.
Sin embargo, su corazón es benigno y caritativo para el que se acerca a sus cabañas; jamás he encontrado un carácter más dulce y bondadoso que el de aquellas pobres gentes.
La choza de Teresa se hallaba situada en medio de una pequeña llanura rodeada de inmensos y descarnados peñascales, y cercana al célebre santuario de Nuestra Señora de la Barca.
Lugar este el más apartado y salvaje de aquella comarca, tiene cierta ruda belleza, digna de ser descrita por Hoffmann, y que tal vez solo puede ser grata a los caracteres tétricos o a las imaginaciones exaltadas.
Si Byron, ese gran poeta, el primero sin duda alguna de este siglo, hubiese posado sobre el desnudo cabo de Finisterre su mirada penetrante y audaz, hubiéramos tenido hoy tal vez un cuadro más en su Manfredo, o algunas de aquellas grandiosas creaciones inspiradas bajo el sereno cielo de la Grecia, y con la cual haría ver al mundo que hay en este olvidado rincón de Europa paisajes dignos de ser descritos por aquel que era el más grande de los poetas.
Aquel paisaje, uno de los más desolados y tristes que pueden hallarse en Galicia y quizás aun en la mayor parte de España, armonizaba admirablemente con el carácter de la expósita, acostumbrada a la soledad y a la vida errante.
El mar se divisa desde allí más irritado y soberbio, las olas se estrellan bramadoras contra las rompientes y los bajíos, formando torrentes de espuma que saltan a una altura inmensa, cayendo después como una lluvia de perlas.
Cuando los vientos se cruzan, entonces las olas chocan con violencia las unas con las otras, y se arremolinan y crecen de un modo prodigioso formando vistosos campanarios de un verde claro, que vienen a deshacerse sobre la arena como torres que se derrumban.
Otras veces hierve y se agita en un punto solo, semejando un abismo profundo, o un sumidero que amenaza absorber toda el agua que encierran los mares del universo.
Aquello es una lucha sin término, una ira que no se calma, unos aullidos que nunca cesan, una babel, en fin, de lenguajes desgarradores que lastiman y no se comprenden.
Los buques se alejan de aquel huracán eterno y, al divisarlo, oponen todas sus fuerzas para no ser arrastrados hacia él, y huir la atracción fatal de aquel infierno en donde se perece entre bramidos que amedrentan, lleno de terror el espíritu como si todas las iras del cielo se conspiraran para darle un fin horrible contra aquellos negros y elevados peñascos.
Numerosas embarcaciones han sido allí juguete de las olas irritadas, y como ligera pluma desaparecieron en un instante de la superficie de las aguas, sin que el mar arrojase a la playa el más pequeño resto que indicase más tarde la pasada tormenta y el triste naufragio.
En otros tiempos se creía, y aun hoy se cree, que aquellos lugares están malditos por Dios y, en verdad que jamás la conseja popular tuvo más razones de vida que en esta ocasión en que todo parece indicar al alma atribulada que una maldición pesa sobre aquellas playas tan desiertas en medio de su desnudez.
Teresa gozaba de aquella naturaleza excepcional como pudiéramos hacerlo nosotros entre el ruido de una fiesta.
Muy lejos está seguramente de parecerse la música de nuestros salones al silbo agudo del viento que, rodando sobre el techo de su cabaña solitaria, le acompañaba en su rezo fervoroso y en su sueño inquieto y desasosegado la mayor parte de sus noches de soledad, pero su alma triste a la par que fuerte, y su dolor y sus lágrimas, le hacían amar aquel errante compañero que, como ella, ni hallaba nunca reposo ni cesaba de gemir.
Las horas de aquella mujer, llena de aspiraciones que ella no comprendía, eran largas, cansadas y aun irritantes, pues las lágrimas, único consuelo de los que sufren, se negaban a veces a calmar la pena en que rebosaba su corazón.
El día de que hablamos era un sábado y, como hemos dicho, estaba claro y sereno pero triste.
Teresa había ido a visitar la santa piedra, como allí la llaman, que se balancea pausadamente produciendo en su acompasado movimiento un ruido sordo y metálico que se escucha a larga distancia.
Reinaba en torno el más profundo silencio dejando percibir más claramente aquel ruido extraño, y Teresa, de pie, encima de aquella piedra misteriosa y flotando las puntas del blanco pañuelo que sujetaba sus cabellos agitados por el viento, la cabeza vuelta hacia el mar y los brazos tendidos con abandono, parecía una sublime creación evocada de entre aquellas espumas, blanca como ellas y bella como un imposible.
La peña se balanceó largo tiempo, hasta que cesando poco a poco quedó enteramente inmóvil.
Teresa quedó inmóvil también, y su vista, fija tenazmente en el horizonte, parecía empeñada en descubrir un punto blanco que se distinguía apenas entre la niebla que empezaba a extenderse hacia aquella parte.
Más tarde se percibió débilmente un buque que parecía navegar con rumbo hacia Camariñas.
Teresa permaneció largo tiempo en un estado casi angustioso con la penetrante mirada fija en el buque que cortaba las ondas con suma rapidez, hasta que la niebla, ocultándolo enteramente, no presentó a sus ojos más que un horizonte solitario y triste.
Teresa entonces se dirigió a su cabaña, mas sus ojos iban bañados de lágrimas y animado su semblante.
Capítulo III
Emociones
Magdalena, eres buena como Dios, y yo no me
quisiera separar de ti.
George Sand
La pesca del atún había sido excelente.
Algunos de estos informes animales arrojados sobre la arena, y con el cuerpo acribillado de heridas que arrojaban sangre a borbotones, lanzaban feroces y entrecortados resoplidos con que anunciaban el fin de su agonía.
Multitud de curiosos, de esos que no se cansan nunca de ver reproducirse ante su vista unas mismas escenas, se agrupaban con ansia en torno de ellos, sin que apareciese en su semblante el más pequeño indicio de repugnancia.
Los marineros hundían sus grandes navajas con ligera y segura mano en el cuerpo áspero y palpitante de aquellos monstruos, y sus vestidos, salpicados de sangre, exhalaban un olor nauseabundo.
La terrible agonía de aquellos animales torturados hasta en su último suspiro presentaba un aspecto desagradable.
Ellos se revolcaban en la arena pugnando por acercarse al mar, su elemento y su única salvación; pero eran vanos todos sus esfuerzos.
Las olas pasaban casi rozando su cuerpo, y volvían a retirarse hacia su centro sin prestarles a su paso la vida que le pedían con su mirada apagada y turbia. La mar se adelantaba rugiendo, pasaba y retrocedía sin hacer más que borrar en la arena los rastros de sangre con que la manchaban sus hijos.
—¡Apartémonos de aquí, Fausto! —dijo una voz dulce que salía del grupo de espectadores interesados en contemplar la lenta y trabajosa agonía de los monstruos—. No puedo ver sin estremecerme —añadió— las heridas de esos animales que, al fin y al cabo, deben padecer de un modo horrible.
—Espera un momento y todo habrá concluido —respondió otra voz que, aunque dulce, tenía algo de varonil—; esos pescados son muy feos y no deben, por lo mismo, sufrir tanto como los demás.
—¡Ah! ¡No, no! —interrumpió la voz primera—. Eso que dices no puede ser cierto, Fausto… Ellos viven y respiran, y deben sentir lo mismo que todo lo que respira y vive… ¡Vamos…!
Entonces se vio salir de entre aquella curiosa multitud una niña hermosísima que, cogida de la mano de un marinerillo tan joven casi como ella, pugnaba por atraerlo hacia sí y apartarlo de tan cruel y sangriento espectáculo.
Todas las miradas se volvieron hacia aquella casta aparición de rubios cabellos y tez de nieve, que airosa y ligera parecía entre aquellas gentes de rostros varoniles y atezados lo que un blanco lirio nacido entre maleza.
—¡Bendita seas tú, niña hermosa, santa de nuestros lugares! ¡Bendito sea el día en que la Virgen Nuestra Señora te arrojó a nuestras playas! ¡Y bendita la mujer que te recogió criándote tan fresca y limpia como los claveles…! Y le abrían paso respetuosamente en tanto los marineros jóvenes dejaban caer sobre su rostro de ángel ardientes y fugitivas miradas, murmurando a su oído al pasar palabras cariñosas.
La pobre niña las escuchaba sin comprenderlas y, sonriendo a cuantos hallaba a su paso, hacía graciosos saludos con su cabeza elegante como la de un pájaro. Pero una tinta sombría cubrió el rostro de su compañero desde el momento en que las palabras de los jóvenes hicieron sonreír a sus amigos, y con la mirada fija en las olas parecía no atender a lo que pasaba en torno suyo.
Siguió como distraído a la hermosa niña, que se alejaba de la muchedumbre, y cuando se hallaron lejos de las curiosas miradas, de los que les rodeaban momentos antes, gracias a un pequeño y arenoso montecillo que se interponía entre el camino que seguían y la playa, apartó su mano de la de su compañera con muestras de mal reprimido enojo.
Le miró esta sorprendida y, volviendo a coger aquella mano esquiva que se había alejado de ella y que Fausto llevaba caída con cierto abandono e indiferencia que le sentaba admirablemente, le preguntó con voz dulce y cariñosa:
—¿Por qué te incomodaste? Hace algún tiempo que observo que se cambia tu carácter de un modo repentino y sin que yo pueda adivinar jamás la causa de tus resentimientos.
Esta pregunta no tuvo respuesta alguna. El joven marinero parecía absorto y ocupado más que en nada en observar el movimiento que hacían sus pies blancos y desnudos al pisar la arena.
—¡Ah! ¿Conque no me contestas? —volvió a decir la niña entre risueña y triste—. Pues bien, eso está muy mal hecho, y a mí no me agrada porque yo jamás he estado de ese modo contigo.
Dicho esto, guardó silencio por algunos instantes, como esperando alguna cariñosa demostración de su amigo, el cual seguía imperturbable con la cabeza inclinada y con la mirada fija en la arena que se entretenía en lanzar con los pies sobre los lagartos que asomaban la cabeza al tibio rayo del sol que entraba hasta sus escondrijos.
Observó Esperanza la asiduidad con que Fausto se ejercitaba en semejante operación, y con esa volubilidad propia de los niños, mucho más burlones de lo que generalmente se cree, le dijo lanzando una franca y estrepitosa carcajada:
—¡Dios mío, Fausto! ¡Pobres pies…! ¿Y si rompes los zapatos? —añadió aludiendo al marinerillo que iba descalzo.
Entonces alzó este sus ojos, y su mirada colérica y brillante cayó sobre la pobre niña.
—¡Esperanza…! —exclamó con entrecortado acento; pero su voz, anudándose en su garganta, no le dejó proseguir.
—¡Ay, qué miedo…! —repuso la niña con ese tono inocente y burlón del que no teme una amenaza que sabe no ha de realizarse y haciendo una graciosa mueca de espanto, con la que pretendió imitar la cólera de su amigo, abriendo también con exageración sus grandes ojos negros de un tornasol azulado.
—¡Ah! —tartamudeó entonces Fausto—, ¡riéndote…, siempre riéndote…!
—Pues ¿cómo quieres que esté seria? —interrumpió Esperanza.
—¡Lo mismo que lo estoy yo! —Y Fausto, volviendo la espalda, echó a andar por otro camino, dejando sola a su compañera.
La pobre niña, entonces pálida de emoción, le vio alejarse por algunos instantes, hasta que las lágrimas empañaron sus ojos, prorrumpiendo después en amargos sollozos.
—¡Fausto! ¡Fausto! —le decía llamándole a grandes voces—. ¡Ven, dime qué mal te he hecho…! ¡Ven y perdóname…! —Y corría tras él mientras Fausto acortaba cada vez más su paso, previsión amorosa que equivalía a un perdón.
El llanto de la mujer dicen todos los hombres que puede mucho en su corazón, y esto debe ser cierto, porque Fausto volvió la cabeza, y entonces pudo ver Esperanza que este tenía también llenos de lágrimas los ojos.
—¡Ah, no llores más! ¡No llores más! —le decía el joven marinero, al tiempo que cogía entre las suyas las manos de su amiga—. ¡No llores más! —añadía tratando de dar a su voz un acento seguro—. Yo te quiero y seré siempre tu amigo…, pero tú te sonríes para mis compañeros, a pesar de que me has asegurado que yo solo era tu amigo y no ellos…
—¡Tus compañeros…! —murmuró pensativa la pobre niña, bañados sus hermosos ojos en dos lágrimas que semejaban dos gotas de rocío suspendidas todavía de sus largas pestañas—. ¡Me río con ellos como con todos…!
—Con los demás nada me importa…, ¡pero con ellos…!, escucha —añadió después de una breve pausa—, no quiero que los mires y mucho menos que te sonrías, cuando te miran, de la manera que lo haces.
—Entonces cerraré los ojos y apartaré la cabeza cuando pase a su lado, pero… ¿y si caigo y me hago daño?
—No es necesario que cierres los ojos, sino que tú no mires para ellos —respondió Fausto volviendo a su mal humor—; ya sabes que Juan y yo estamos reñidos; pues bien, como yo no quiero mirarle a la cara, cuando él está en la playa y yo paso por allí…, miro hacia mi casa…
—¡Bien, bien…! —dijo Esperanza con coquetería y como olvidada de su llanto, fresco rocío de mañana de primavera que el primer rayo de sol disipa—. Vaya unos caprichos que yo no entiendo y que no has tenido nunca…; pero, en fin, más valdrá mirar para tu casa cuando ellos estén en la playa, que no que tú vuelvas a mirarme con los ojos que hoy lo has hecho. —Y luego añadió, apoyando su linda cabeza de blondos cabellos en el hombro de Fausto—: Ahora, ¿amigos como siempre?
Y le miró con la tentadora mirada de la hermosura y de la inocencia.
—¡Para siempre! —respondió Fausto, ebrio de felicidad.
Y enlazadas las manos, como dos pájaros alegres, se dirigieron hacia la cabaña de Teresa que se divisaba a corta distancia.
—¡Qué hermosa es! —decía entre sí el marinerillo, mirando furtivamente a su compañera.
Un rayo de alegría bañaba el rostro de Esperanza, más hermoso que nunca; sus cabellos caían sobre las mejillas, su frente rosada parecía pedir un beso cariñoso al viento que pasaba; era una casta aparición de inocencia. Fausto iba a su lado como un esclavo, subyugado, sin voluntad propia pero feliz. Su contento se leía en sus grandes ojos, en las mejillas que se ruborizaban bajo la morena piel, en sus labios en que sonreían las temblorosas palabras, en su paso inseguro.
Las primeras emociones de la adolescencia pasaban calladamente sobre el corazón de Fausto.
Capítulo IV
Esperanza
¿Quién de tus gracias no se enamora?
Hija del aire, ¿quién no te adora?
José Zorrilla
Esa niña ligera y airosa, que alegra las áridas riberas que os he descrito como un rayo de sol ardiente el desnudo y aterido cuerpo del mendigo, esa es Esperanza, la hija del mar, la que, arrojada sobre una pelada roca, no sabemos si es aborto de las blancas espumas que sin cesar arrojan allí las olas, o un ángel caído que vaga tristemente por el lugar de su destierro.
Ella creció esbelta como la palma y hermosa como una ilusión que acierta apenas a forjar el pensamiento; creció al abrigo de aquella otra huérfana llamada Teresa, cuya existencia solitaria era respetada en toda la comarca.
La vida de aquellas mujeres, las dos buenas, las dos jóvenes y hermosas, había llegado a ser para todos un objeto de veneración casi, que nadie osaba profanar, y su cabaña tan solitaria y tan pobre no fue jamás perturbada por ninguna mirada indiscreta. Tal vez, porque esos lugares en donde mora la virtud inocente encierran en sí mismos un poder misterioso e invencible que rechaza la calumnia y la curiosidad del vulgo.
La una, casi niña todavía, y con esa belleza pura que algunas imaginaciones privilegiadas han soñado en los serafines —ángeles que se acercan más al trono del que todo lo es—, solía inspirar esa simpatía, dulce e insinuante a la vez, que deja en pos de sí un rastro luminoso que no es jamás oscurecido por las sombras.
Ni Rafael, ni el beato Angélico, esos dos grandes artistas que tan bien han sabido trasladar al lienzo sus celestiales visiones, delinearon jamás facciones más puras, ni contornos más perfectos. Esa muestra inimitable de los artistas, la naturaleza, había sobrepujado esta vez a todas las inspiraciones, a todos los sueños imaginables.
La cabellera, que por una rareza extraña jamás crecía hasta más allá de sus hombros, flotaba suelta y en rizados bucles alrededor de su cuello de una blancura alabastrina.
Los ojos y pestañas eran de un color negro fuerte, en tanto que sus cabellos dorados como un rayo de sol despedían reflejos pálidos, semejantes a la luz de la luna cuando en clara y serena noche de verano cae como un haz plateado sobre las temblantes ondas.
Tenía su voz cierta vibración armoniosa y clara que, hiriendo dulcemente el oído, conmovía el corazón de un modo extraño cual si se escuchara el eco de un instrumento armonioso o la última cuerda del laúd que estalla gimiendo.
Cuando su mirada cándida pero resuelta se fijaba en algún objeto, parecía atraerlo hacia sí por una fuerza invencible, y el arco perfecto de sus cejas tomando una rigidez indomable, bajo la que se creería adivinar un poder sobrenatural, prestaba a su semblante una belleza severa e inimitable. La sonrisa que vagaba siempre en sus labios finos y de un rosado pálido, cual suele serlo el de las flores de invierno, dulcificaba aquella dura pero poderosa influencia que, como todo lo que no pertenece a la tierra, parecía rodeada de una aureola refulgente que, envolviéndola en sus vapores, la alejaba de las demás criaturas.
Tal vez de aquellas nieblas del Sur, de aquellas algas verdes y transparentes que flotan en las aguas en formas diversas y caprichosos festones, tal vez de las blancas espumas, y del tornasol que forman las olas, y de las gotas brillantes que esparcen en torno como lluvia de plata cuando un viento fuerte las desparrama, y de las perlas que encierran las conchas, y de la esencia en fin de todo lo bello que esconde el mar, se formó aquella hermosa criatura, que el acaso trajo a la tierra, cuando era quizás su destino ser diosa de silenciosas grutas y reina de ocultos misterios.
Su paso era ligero siempre, y su pie breve y rosado como el de un niño dejaba apenas impresa su huella en la arena, hollando sin romperlas las delicadas conchas que se ven en las orillas blanquizcas de aquellas ásperas riberas, cual las flores silvestres en las selvas regadas por arroyos cristalinos.
Cuando se la veía pasar y desaparecer en un instante, con los rizos suaves de su cabellera agitados por el viento o bien acariciando su frente blanca y lisa como la de una estatua, y los entreabiertos labios como queriendo aspirar el aroma salobre que el viento llevaba hasta ella, se la creería más bien que mujer una visión angélica, un sueño que quisiéramos se prolongara una eternidad de siglos, una ilusión, en fin, que temiéramos verla desvanecida entre los vapores de nuestro mismo pensamiento.
Por eso Fausto, su compañero de infancia, el marinerillo de rostro moreno y cabellos de ébano, la sigue a todas partes como sigue la sombra al cuerpo, como sigue a la aurora la alba estrella de la mañana.
Ella es el espejo en donde se reflejan las ilusiones de su primer cariño; ese risueño sol de primavera que presta vida a las flores inocentes, y él respira con loca avidez el aroma que despide aquella sencilla clavellina de tallo ligero, en cuyos pétalos perfumados encuentra las primeras dulzuras de un amor casto y lleno de sonrisas.
Ella es para su alma lo que ese lago tranquilo y purísimo de los cuentos mágicos, terso cristal del que no se exhalan ponzoñosos vapores y en cuyas arenas plateadas no pueden arrastrarse los asquerosos insectos que mezclan su saliva amarillenta a la transparente linfa de las aguas. La dulzura que experimenta su alma cuando está a su lado es la de aquellos que, ignorando el mal, gozan tranquilamente las dulzuras que le prodiga el ángel cariñoso que vela por los días de su existencia.
Hacía algún tiempo, no obstante, que su espíritu, más inquieto que de costumbre, daba a su mirada ese recelo continuo del que teme ser sorprendido en medio de una gran felicidad. Poco tranquilos sus sueños, solían presentarle imágenes que reproduciéndose luego en su memoria le causaban vértigos extraños que trastornaban su cerebro, y cuando la voz de su padre le llamaba para el trabajo de todos los días, mostraba un descontento en aquel semblante por lo general risueño y afable.
Solía algunas veces abandonar su lecho antes que la aurora iluminase con sus tibios rayos las olas que venían a morir en la desierta playa y vagar alrededor de la cabaña de Esperanza, como un fantasma errante en medio de aquella claridad dudosa y sin nombre que precede a las tinieblas y que no es todavía ni sombra ni luz.
Pero lo que buscaba su corazón en aquella correría incierta y vaga, lo que le arrastraba hacia la vivienda de aquella pobre niña, que había sido lo más querido de los días de su infancia y que hoy era la hermana que no abandona nunca a su hermano, lo que le trastornaba haciéndole sufrir y derramar lágrimas, ni lo sabía, ni lo comprendía, pero se dejaba arrastrar por aquel instinto que le transportaba a regiones desconocidas, que ya eran luz, ya tinieblas, desconcierto rápido e instantáneo, que no le dejaba pensar, ni preguntarse a sí mismo qué era lo que pasaba en su corazón cuando tan inquieto, tan turbio y tan lleno de locas sensaciones se sentía.
Fausto se hallaba en ese instante tormentoso que experimenta el niño cuando quiere ser hombre.
Los pensamientos agitados se agolpaban en su mente débil, y las imágenes brillantes pasaban y volvían a pasar ante su vista conturbada; él creaba y sentía, los fantasmas tomaban a veces en su espíritu una forma real, pero aquella forma era incierta, trémula, semejaban un hermoso poema escrito en un momento de delirio.
¡Fausto era casi desdichado!
Asomaban en el lejano horizonte los primeros rayos de luz que anuncian el día cuando el joven marinero se hallaba ya a pasos de la cabaña de Esperanza.
El cielo estaba sin nubes, pero el bochorno de la atmósfera dejaba adivinar que el día sería tormentoso.
No se sentía en torno el más ligero ruido, solo el mar lanzaba sus largos bramidos y sobre las olas turbulentas volaban las gaviotas como indiferentes a tan impotente cólera.
El alma de Fausto consonaba perfectamente con el estado de la naturaleza, y sus sombrías miradas mostraban que él participaba del triste placer de aquella soledad y de aquel aislamiento que semejaban admirablemente el vacío que experimentaba entonces su corazón.
El cerco azulado que se percibía al redor de sus ojos, la palidez de sus mejillas, y su aire taciturno y sombrío, indicaban demasiado la lucha interior que le rendía. Su aspecto en el momento de que hablamos era el de una de esas criaturas hermosas que, bañadas por el primer rayo de devoradores males que tal vez le han de conducir a un helado y solitario sepulcro, aparecen más bellas que en un estado de perfecta salud, porque también la fiebre comunica brillantez a las miradas moribundas y tinte rosado a las mejillas lívidas y tristes.
Algunas veces, en medio de su ronda amorosamente solitaria, se acercaba a la puerta medio carcomida de la cabaña de Esperanza y, comprimiendo su respiración agitada, ponía atento oído para percibir de este modo hasta el más insignificante ruido que dijera a su corazón: «¡Ella es!»; pero sus esperanzas quedaban frustradas. Entonces volvía a su inquieto paseo a lo largo de la ribera, mirando receloso a todas partes, como si temiese haber sido sorprendido en vergonzoso acto de espionaje, que todos reprobarían pues, en efecto, él era el primero que trataba de sorprender los castos misterios de la vida de aquellas dos mujeres, tan respetados hasta entonces.
Pero su corazón le vendía, su corazón le llevaba hacia allí y a pesar suyo volvía y escuchaba atento qué era lo que pasaba dentro de tan santa vivienda.
Llegó, pues, un momento en que Fausto creyó percibir el sonoro murmullo de dos voces. Los que hablaban parecían hacerlo acaloradamente, y aun podía creerse que a las palabras se mezclaban sollozos.
Entonces, con el corazón palpitante y lleno de una curiosidad que jamás había experimentado, se acercó más a la puerta para poder oír de este modo y distintamente cuanto pasaba en lo interior de la cabaña.
Pero como si fuese de repente, se presentó ante sus ojos una visión que sin tener nada de horrible le sobrecogió mucho más que todas cuantas había forjado su enferma imaginación; sin embargo de que no era otra cosa que un hombre esbelto y de estatura más que regular, cuyo exterior le hacía aparecer como extranjero, al menos para Fausto, que jamás le había visto.
Vestía con cierta elegancia desdeñosa un largo gabán de abrigo, un pantalón oscuro y unos botines de paño que casi cubrían sus pies, demasiado pequeños si se atendía a su estatura. Su rostro apenas dejaban verlo el ala de su sombrero y el ancho tapabocas que arrollaba al redor de su cuello; sin embargo, el curioso podía ver todavía unos ojos azules hermosísimos, y una nariz afilada y perfecta.
—¡Vaya una extraña curiosidad! —exclamó dirigiéndose a Fausto, que le miraba con esa rara mezcla de cólera y de miedo que experimentan algunos en presencia de aquellos cuya superioridad física les amenaza con su tranquilidad.
El pobre marinero tenía ante sí aquella colosal y airosa estatura, aquel hombre que le había sorprendido en el crimen más grande de su vida y que, sin derecho alguno para reconvenirle ni interrogarle, tenía fija sobre él una mirada escudriñadora y burlona. Todo esto, que él comprendía vagamente, había de tal modo irritado su carácter susceptible que los instintos de refinado orgullo que empezaban a desarrollarse en su corazón se revelaron entonces en toda su fuerza. Tan vivas emociones hervían y se ocultaban dentro de su pecho, no apareciendo a los ojos del extranjero más que como un niño avergonzado ante las severas miradas del que le sorprendiera en un delito.
—¿Qué es lo que esperas aquí? —le preguntó entonces aquel hombre que, con las manos sumergidas en los profundos bolsillos de su gabán, parecía divertirse, con un raro placer, en contemplar tan inocente turbación.
Sintió entonces aquel niño que la sangre se agolpaba a sus mejillas, porque semejante hombre, gracias a una extraña influencia que no comprendía, pero que le causaba vértigos, le turbaba, y repuso en tono irritante aunque tembloroso.
—¿Y a usted qué le importa?
Una carcajada sardónica y fría contestó a estas palabras del pobre inocente que, sobrecogido por el sonido casi metálico de aquella risa diabólica, echó a correr instintivamente alejándose de aquel ser que le causaba espanto.
Este le vio alejarse con una calma indiferente, y siguió paseándose silenciosamente a lo largo de la ribera.
Capítulo V
Confidencias
—¡Se me marchan, y yo me quedo!
Soulié
Teresa se había levantado al amanecer y vistiéndose apresuradamente parecía haber puesto el mayor cuidado en no interrumpir el dulcísimo sueño en que reposaba su hija adoptiva, cuyo rostro angelical presentaba en aquellos instantes esa quietud y belleza inefables que caracterizan a los seres que se aduermen todavía en el seno de la inocencia.
El semblante de Teresa, por el contrario, aparecía marcado por ese indeleble sello que distingue a los espíritus intranquilos y errantes, y por esa vaguedad sin nombre que se refleja en las miradas de los que no encuentran nunca reposo.
Parecía agitada por un poder desconocido y grandioso que, al par que daba a su cuerpo una fuerza febril, prestaba a su imaginación un valor ardiente y sombrío, como el que animaba a los héroes de los antiguos tiempos, que, yendo en pos de fantásticas aventuras, abandonaban su hogar para encontrar después en remotos climas y muy lejos quizás de todo socorro humano una muerte segura pero rodeada del fanático misterio que les impelía hasta ella.
Teresa, la pobre huérfana abandonada, la tórtola gimiente que no halló nunca bosque solitario en que llorar sus penas, era uno de esos genios indómitos y poetas, una de esas imaginaciones ardientes que solo viven de grandes emociones y que en el aislamiento se consumen como nieve que derrite el sol, no hallando atmósfera que llegue a su deseo ni horizonte bastante lejano a donde volver sus miradas. Tal vez si hubiese nacido en épocas más remotas se presentaría orgullo de su siglo como Juana de Arco, o santa Teresa de Jesús, pero en estos tiempos en que el positivismo mata el genio y en que la poesía tiene que cubrirse de terciopelo para tener cabida en la sociedad, la pobre pescadora, sin más apoyo que la soledad que la rodeaba y más instrucción que la de su propio entendimiento, tenía que vagar por aquellas riberas como un alma errante o como un astro perdido entre sombras que no admiten claridad.
Sin duda se había levantado tan de mañana este día para emprender alguna de las largas correrías que sin objeto solían arrastrarla a parajes lejanos y a retiros desconocidos, en los que no sabemos si soñaba o dormía, si derramaba lágrimas o dirigía al Eterno plegarias fervorosas por los amados de su corazón.
Contra su costumbre ordinaria, había cubierto su hermosa cabeza con un pañuelo de luto, menos negro que sus cabellos esparcidos en desorden sobre sus espaldas.
Dispuesta ya a abandonar la cabaña, un movimiento de su hija la detuvo.
Se cubrió entonces su semblante de un ligero carmín cual sucede al niño sorprendido en oculta falta, hizo un movimiento de impaciencia y, conteniendo cuanto le era posible su agitada respiración, se ocultó en el lugar más oscuro de la estancia.
Observó desde allí, y con minuciosa atención, todos los movimientos de su hija temiendo que despertase, pero esta no hizo otra cosa que extender sus torneados brazos hacia el sitio que ocupaba Teresa en el lecho vacío y, murmurando algunas palabras inconexas, volvió a quedar en la quietud más completa.
Un rayo de sol que penetraba en aquel momento por los cristales, cayendo de lleno sobre su rostro, le daba un aspecto tal de belleza y hacía brillar de tal modo las graciosas ondas de sus cabellos que pudiera muy bien comparársele a uno de esos luceros misteriosos cuyo reflejo tímido pero brillante nos hace seguirle con nuestras miradas hasta que se oculta tras los horizontes vagos y nebulosos de la noche.
Teresa no pudo menos de sorprenderse ante aquella hermosura de los cielos que se presentaba a sus ojos como una dulce ilusión o una imagen aérea de los sueños mágicos.
—¡Así deben ser los ángeles! —murmuró con recogido acento—; así debe estar mi hijo en el cielo…, esos cabellos rubios, esa tez blanca como la nieve que corona las cumbres de las montañas, esa tranquilidad eterna son el distintivo de los serafines y los arcángeles favorecidos del Ser Supremo… Solo Luzbel, el ángel indómito y soberbio, tenía los cabellos negros como estos que coronan mi pobre cabeza. ¡Oh!, me doy miedo a mí misma cuando, mirándome en el fondo del agua que refleja mi semblante, comparo este con el de mi hija, porque entonces más que nunca creo que no podré gozar de la paz que ella disfruta.
Al decir estas palabras, guardó Teresa un triste silencio durante cortos instantes para proseguir de nuevo con más exaltación.
—Ella está siempre tranquila, ella sonríe hasta cuando duerme mientras que de mis ojos caen amargas mis lágrimas aun en esos instantes de reposo en que no puedo sentirlas… ¿Y qué he hecho yo para sufrir estos tormentos? Amar y esperar mucho, y poseer dolores en cambio de esa esperanza. Hace hoy doce años que él me abandonó, hoy once que mi hijo ha muerto y que todo se acabó para mí: desde entonces la vida ha faltado a mi vida, y aquellos sueños míos y aquellos delirios se acabaron para no volver jamás…; en cambio, los que ahora me persiguen son desgarradores como el grito de la tormenta en las soledades de la playa… Hago bien en huir de su lado —prosiguió después de mirar a Esperanza, que sonreía dulcemente en medio de su sueño—, necesito desahogar mi corazón con suspiros y acentos que la estremecerían. Ella se preguntaría, citando que escuchase mis congojas, si tenía una madre demente, y herido entonces por el dolor mío su corazón de paloma tal vez se convirtiera esa dulce tranquilidad en desesperación. ¡Pobre hija mía! ¡Mi única compañera!: tú te quejas cuando te dejo sola con tu reposo, y lloras citando despiertas y no me encuentras a tu lado para darme tu abrazo cariñoso…, pero yo debo huir porque no te contagien mis locuras… Si lloras porque te abandono algunos instantes…, lágrimas de sentimiento no son lágrimas de desesperación… Duerme, hija mía, yo te dejo, yo voy a preguntar a las olas por qué me arrebataron al que debía ser tu hermano…, voy a ver si distingo alguna vela en el horizonte que me haga delirar algunos instantes con la esperanza de que será él. Se mezclaron mis lágrimas con las olas amargas y correré sola y me complaceré en ver las nieblas lejanas y las nubes que llegan más allá de donde yo me encuentro… ¡Oh! ¡Adiós, hija mía! Cuando vuelva volveré desahogada del peso que me oprime y podré entonces cuidar de tu existencia…, así podrás ignorar siempre que tu madre es loca.
Al decir esto, Teresa se fue adelantando hacia la puerta, pero cuando estaba próxima a trasponer su dintel, Esperanza, que había despertado, se lanzó como una loquilla fuera de su lecho y, asiéndola de la falda del vestido, exclamó con sentimental candidez.
—¡Hoy no…!, hoy no te irás sin que yo vaya contigo. —Y como Teresa hiciese al oír esto un gesto de impaciencia, la pobre niña añadió con triste acento—: ¡Querías dejarme sola!
—¡Suelta, hija mía! —le respondió en tono serio pero dulce. Tú no puedes acompañarme…, vuélvete a tu lecho y déjame.
—¡Ah! —prorrumpió Esperanza, escondiendo su rostro entre las manos que humedecía con su llanto—, ¡tú ya no me quieres…!
Teresa al oír estas palabras, dichas con la mayor tristeza posible, volviose hacia ella y la estrechó con cariñosa efusión confundiendo sus lágrimas con las de Esperanza.
—¡No quererte yo, pobrecita mía! Mi única compañera… —exclamó con voz entrecortada por los sollozos—, no quererte cuando como yo no posees en la tierra más bienes que tu libertad y tu aislamiento… ¡Ah, yo no podría abandonarte nunca…! —y Teresa y su hija adoptiva se abrazaron confundiendo en uno solo aquellos dos dolores tan diferentes entre sí, pero tan sinceros.
Esta sencilla escena tenía tan melancólica belleza que no podría uno menos de participar del profundo sentimiento que en sí encerraba, porque hay dolores que aun cuando no puede profundizarlos nuestro pensamiento hieren las fibras más delicadas del corazón, viniendo a reflejarse en nuestros ojos con el primer rayo luminoso que se desprende de ellos.
Se diferenciaban aquellas dos almas como se diferencia la luz de las tinieblas, como las nevadas cumbres de los Alpes de las risueñas campiñas de Italia bañadas por un sol meridional, y sin embargo las dos eran como palomas cariñosas, las dos se amaban y sufrían.
Aquella madre torturada por sus propios pesares los había olvidado un instante para calmar el dolor de su hija, y la pobre niña celosa de aquel único cariño que le había dado abrigo trataba a su vez de calmar el pesar primero que acababa de herirle en brazos de la misma que lo había causado.
Acostumbrada a las dulzuras de un cuidado maternal no interrumpido, empezaba a inquietarse por aquellas ausencias cuya causa ignoraba: su alma sencilla empezaba a conmoverse bajo la influencia de un sentimiento desconocido, tratando en vano de medir aquel caos de ideas que de pronto había surgido de su pensamiento; y por eso en aquellos instantes de expansión confió a su madre, con la sencillez propia de su carácter, algunos de los recelos que la agitaban.
—¡Oh! No me martirices con preguntas a las que no puedo contestarte, querida mía —le dijo Teresa enjugando las últimas lágrimas que pendían de sus párpados—, ni creas que te amo menos porque te dejo sola algunas horas… Sabe, puesto que no eres tan inocente ni tan niña que no puedas comprenderme, que oprimen mi corazón melancolías terribles que turban los días más serenos de mi vida…; por eso me acerco cuando asoma la primera luz del alba al sitio donde murió mi hijo, mi querido hijo; pues creo que en esta hora tranquila, la más hermosa de todas las horas, lloran conmigo las olas y los vientos. Pero, de esto, ¿qué entiendes tú, querida niña, mecida siempre al cariñoso arrullo, al suave calor de mi regazo? ¿Qué entiendes de esto cuando yo misma que lo siento no lo he comprendido jamás?
Y Teresa guardó silencio algunos momentos después de pronunciar estas palabras, en tanto que su hija la miraba con particular atención.
—Cuando era niña —prosiguió— y cruzaba, huérfana y abandonada, las montañas en donde los pinos se mueven armoniosos, cuando mis pies desnudos hollaban los desiertos caminos, y al acercarse una noche de invierno tenía que recostar mi cabeza en la húmeda hierba de las praderas, en donde al despertar del hermoso sueño que había dormido en aquel lecho de vagamundos sacudía mis negros cabellos emblanquecidos y compactos por la escarcha que se había detenido en ellos formando allí su empedernido cristal, me esperezaba, apartaba de mi cuerpo la húmeda ropa que se ceñía a él, y ágil ya trepaba a las más altas colinas para contemplar los anchurosos ríos, los montes lejanos confundidos con las nieblas, las verdes praderas veladas todavía por tenues sombras nocturnas, en tanto las altas cimas y mi moreno rostro estaban ya iluminados por el primer rayo descolorido que un sol de octubre lanzaba desde el horizonte bañando todas las altas cumbres de la tierra; nadie podía comprender la melancolía profunda que se apoderaba de mi pobre corazón falto de afecciones y de cariño. Mi pensamiento se lanzaba con los alegres pájaros por aquel espacio inmenso, que yo deseaba cruzar ligera como ellos, pobre paloma inocente y solitaria que, careciendo de abrigo en la tierra, quería hacer su nido en el aire…; yo quería también mecerme en las olas como las blancas gaviotas para vivir en aquella extensión sin límites sin tener que fatigar mis pies, ni cansar mi alma con las tormentas de este mundo: ¡cuántas veces por eso mismo deseé convertirme en una de esas flores que nacen al pie de los arroyos, a quien dan vida y movimiento las olas suaves…! Aquellos éxtasis eran largos…, los campesinos que iban al molino o a labrar sus tierras y que me dirigían la palabra al pasar murmuraban de mí al ver que no contestaba a sus preguntas, y me llamaban la loca… ¡La loca…!, ¿lo oyes bien, hija mía?, y yo que he seguido huérfana y desamparada sin que una caricia maternal haya humedecido mi frente —porque las caricias maternales son el rocío que da vida a esas pobres plantas que salen al mundo en un día de dolor—; he podido comprender cuánto daño hacen semejantes delirios, pues no he perdido aún las ideas errantes que han engendrado y los deseos desconocidos que solo, y para desgracia mía, han adquirido un rayo más de sentimiento y una esperanza… ¡sin esperanza! Mira, pues, hija mía, si debo yo acostumbrarte a esos locos devaneos que no conoces y que te harían desgraciada… Yo, por mi parte —añadió—, hace algún tiempo que he deseado volver a contemplar aquellas mañanas frías, cubiertas de nieblas, llenas de soledad y embalsamadas por salobres aromas, y por eso te dejo sola, pues tú eres demasiado débil para sufrir tanto sin que sucumbas…; mi cariñosa previsión quiere salvarte… ¿No es verdad que ya no te quejarás si te dejo sola?
Esperanza, que había escuchado a su madre atónita y confusa y sentido palpitar su corazón cuando quiso profundizar su pensamiento el loco y revuelto torbellino de ideas que Teresa había presentado de golpe ante su inocente imaginación, le respondió tristemente:
—Yo te prometo ser fuerte y valiente como tú…, no me hará daño el rocío de la mañana, aunque me lleves contigo…, no pensaré en tus locuras…, pensaré, sí, en tu hijo, mi pobre hermano…, las otras cosas no…, porque, mira —añadió titubeando—, yo no quiero discurrir tantas cosas como tú piensas…, pero no te haré ningún daño, y aun, si quieres, no te miraré para no aprender en tus ojos lo que tú quieres saber sola…
—¡Dios mío! —murmuró Teresa al oír a su hija.
—¡Por Dios —interrumpió Esperanza al notar el gesto de disgusto de su madre—, llévame contigo a la playa, andan por allí tantas gaviotas…! ¡Oh, llévame, mamá mía!
Fue tal el dulce acento y la coquetería con que la pobre niña trató de conmover a su madre que esta, estrechándola contra su corazón, exclamó:
—¡Pobre inocente…! Tú sola puedes calmar algo estas tristezas y estos dolores que me martirizan…, vendrás conmigo una vez que quieres eso…, y si acaso fuese tu destino llorar. ¡Dios sabe cuánto me duele semejante desgracia que traté en vano de conjurarla!; ¡ven pues…!
Y saliendo de la cabaña se dirigieron hacia la playa.
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