Read the book: «Astillas»
ASTILLAS

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones
© Fundación Banco Santander, 2013
© De la introducción, Ana Rodríguez Fischer
© Rosa Chacel y herederos de Rosa Chacel, 2013
ISBN: 978-84-92543-47-2
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ANA RODRÍGUEZ FISHER
ROSA CHACEL EN EL LABERINTO DEL TIEMPO
Cuando, hace ya un par de décadas, recopilaba y estudiaba (para proceder a su inmediata edición) los ensayos breves, artículos, conferencias, prólogos o epílogos y otros textos de similar naturaleza que Rosa Chacel había ido forjando en paralelo al resto de su creación (poesía, novelas, autobiografía, diarios y ensayo), puse al frente de aquellos dos voluminosos tomos una afirmación de la escritora vallisoletana: «Toda obra, como toda vida, tiene estrecha y fatal relación con el tiempo en que transcurre»[1]. Y no hay mejor prueba de la indisoluble e íntima trabazón de una obra con la vida que la alumbra y con el tiempo que la enmarca que la posibilidad de verificar de nuevo la pervivencia de esta alianza incluso en la más escondida y circunstancial de las piezas chacelianas, tan reveladoras todas de la profunda raigambre con que ciertos temas, procedentes del fondo personal propio, anidaron en el pensamiento de la autora, así como del modo en que se formulan y expresan: de la escritura propiamente dicha.
Y decir tiempo equivale a decir vida y realidad, o «el mundo ante mí»[2], instancias que Rosa Chacel encara y afronta (para analizarlas y meditar sobre ellas o para transformarlas en materia de su literatura) siempre desde un subjetivismo inamovible anclado en la experiencia personal. Abundan en estas páginas las afirmaciones que subrayan esta perspectiva o posición, abrazada desde muy temprano y que no se explica sólo por el autodidactismo de la escritora (que le impediría en ocasiones arropar o ilustrar sus argumentos e ideas con una vasta explayación histórica o cultural: «mi autoridad cultural es escasa pero mi patrimonio vivencial es abundante», reconoce en «Mi religiosidad»), sino también por otros atributos o cualidades no canonizadas ni calibrables como lo es la formidable potencia de su mirada, capaz de desnudar toda apariencia hasta alcanzar lo medular (de una experiencia, un suceso, un objeto, una imagen, un sentimiento, un rostro), el núcleo primigenio donde algo se modula y a partir del cual germina y brota. Desde ahí opera y actúa una tan prodigiosa como natural predisposición para descifrar, aun por tenues que sean, los múltiples hilos que anudan o quiebran hechos, ideas, conductas, sentimientos, pasiones… Quien conozca Desde el amanecer —la autobiografía donde Rosa Chacel rescata y narra los diez primeros años de su vida— sabe de lo que estoy hablando, pues hallará en esas páginas numerosos ejemplos de tan peculiar aprendizaje que, cuando tenía como escenario la naturaleza, derivaría en unas «nupcias con la vida»: los días en Rodilana, «tan cerca de la tierra, con todos los sentidos sumergidos en su proximidad», evoca la autora en el discurso pronunciado en Valladolid. Desde ahí era posible ascender otros peldaños: los que la llevarían, por ejemplo, a uno de los eslabones capitales del pensamiento de Ortega y Gasset (la razón vital, o el vitalismo orteguiano, idea que vertebra sus novelas Estación. Ida y vuelta, 1930, y La sinrazón, 1960, a las que a menudo se refiere en las páginas autobiográficas recogidas en este volumen), uno de sus grandes maestros, como lo fueron también Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, o Baudelaire y Nietzsche, según descubrirá el lector de estas páginas, donde Rosa Chacel declara abiertamente la liaison que une su obra con la de los grandes pensadores y poetas de su tiempo, «porque creo muy sustancioso continuar nuestro tejido o tapiz sobre la firme trama dejada» por ellos.
Si, en «Confidencia», la autora reconoce cómo en ocasiones la mente actúa a impulsos de una impresión o estímulo pasajero, una sacudida, un «pronto» —uno de esos momentos «en que no se posa la meditación más que de paso, causando sólo un pensamiento intenso pero breve»—, hay que destacar una nueva imagen que plasma de manera igualmente elocuente otro rasgo destacable del quehacer chaceliano: el abismamiento o inclinación hacia lo interior, que tan a menudo linda con las experiencias místicas.
«Como me conocéis bien, sabéis que no soy modesta, pero sin embargo sé que no llegaré a tener nunca una aceptación considerable, tal vez porque nunca aspiré a ello con empeño, porque vivo en mi rincón de cara a la pared —no es esto tan tonto ni tan falso como parece—; vivo de cara a la pared, es decir, a mi pantalla particular, donde aparece mi película interior, que, por la lentitud de mi trabajo, tardará mucho en proyectarse».[3]
Ni la imagen que traza este rasgo del autorretrato chaceliano ni el símil fílmico son caprichosos. A menudo destacó Rosa Chacel otra experiencia iniciática que modularía vida y obra: el aprendizaje de la mirada[4] o la capacidad de entender con sólo ver, leer y descifrar el mundo, abrirse a un destino de contemplación —visión y revelación— que seguirá en rigurosa progresión y que no es ajeno a la experiencia mística, al éxtasis que la autora reconoce como condición de su mismidad. Léase con cuidado el breve texto «La edad de mis novelas», donde aborda ese proceso que sitúa en el núcleo de su creación y que afecta al modo de novelar, porque enseguida quedaría reforzado por la llegada de «la otra escuela de la mirada» que crecería a la par que los jóvenes nacidos con el siglo, el cine, que afianzará aquel aprendizaje primero. De ahí que la autora reconozca en el verso de Rafael Alberti «Yo nací, ¡respetadme!, con el cine» una de las señas de identidad de su generación —el grupo del 27—, y que una y otra vez aborde las relaciones entre imagen y palabra, proceda aquella de la contemplación directa de la realidad, del cine o de la televisión, a la que alude especialmente en los escritos más tardíos, no sólo por la progresiva reclusión de la escritora sino también por el creciente papel de la televisión en nuestras vidas, en un presente cuyos signos ella sigue descifrando, a menudo para separar el grano de la paja. Porque así como en sus novelas queda excluido el didactismo, los ensayos chacelianos constituyen una lección de primer orden.
Confiesa Rosa Chacel ver las palabras y apreciar su belleza tanto en la escala cromática que contienen como en el timbre que resuena al pronunciarlas. Y subrayará que una idea es también una forma. En la pubertad o primavera genésica fue el profesar en Apolo: juramento y nupcias que presidieron y presidirán la vida toda. La imagen apolínea como una ley: forma, logos y mito; serenidad, rigor, claridad, exactitud, belleza… En la prosa de Rosa Chacel —tan cuajada de impresiones y reminiscencias— la orientación apolínea —simetría y ritmo— se percibe en la amalgama o correspondencias profundas que se dan entre los diversos elementos que entran a formar parte de la composición; en el rigor semántico —un permanente esfuerzo por sacar a la palabra del «fango del uso», un trabajarla, limarla, ahondar en ella, probar su poder, su capacidad de matizar, evocar o sugerir—; en la exactitud y belleza de algunos títulos que todo lector reconoce como inequívocamente chacelianos. Desde entonces, lo clásico, ya no sólo como «origen primigenio», sino como la propia historia; los autores clásicos, como caudal o fuentes, lejanas y próximas: desde Platón a nuestro fray Luis, desde Alonso Quijano el Bueno a don Miguel el Terrible, desde Góngora y Quevedo a Juan Ramón Jiménez y Rilke, desde san Agustín a Kierkegaard, desde Nietzsche a Ortega, desde Dostoievski, Poe y Baudelaire a Proust, Joyce y Freud.
Ni tampoco dudará en afirmar que una imagen puede ser superior a una palabra y servir mejor a la expresión de un sentimiento como, por ejemplo, el de la piedad: «Piedad es algo de lo que se ha hablado y escrito incalculablemente, pero lo mejor que se ha dicho siempre ha sido imagen. Para hablar de dolor, tormento, injuria, se ha puesto ante los ojos Ecce Homo».
Una actitud o posición tal, es decir, el peso o la importancia que la imagen, semblanza y valoración del diario acontecer, tiene en su obra, inclinaría a catalogarla de realista (aunque para ello deberíamos acordar antes qué entendemos por realismo), no en vano se reconoce Rosa Chacel en la «mezcla arbitraria» que caracteriza al Caballero de la Mancha, en «ese contrasentido que parte de él y se reparte por todas estas tierras que nos retienen y nos lanzan». Tan atenta como a «lo que se ve» o «lo que pasa» lo está también a cuanto imaginamos o nos pasa, a «algo tan impráctico como las pasiones, materia prima de la literatura»[5]. Y de una literatura forjada con un lenguaje que para Rosa Chacel sigue siendo la piedra angular de su vocación y oficio. Bastaría con leer el breve texto «La belleza de las palabras» para advertir su personal relación con el lenguaje y calibrar la hondura de la misma. Nunca perderá de vista el punto de partida —«el capital infinito de la lengua materna»— y permanecerá fiel al mandato primero —«poseerla con todo el poder de su flexibilidad ilimitada»—. El aprendizaje de la palabra —aquellos ejercicios a que la sometía el padre, de rango ritual, casi sagrado— fue un aprender a mirar y a pensar, a comunicar el pensamiento, a dar palabra de algo. La niña vallisoletana aprendía a hablar el castellano con un rigor que, sobrepasando lo gramatical, adquiría un profundo sentido ético. Y así, la tarea vocacional, la escritura, la entenderá Rosa Chacel como la creación por la palabra: comprender los fenómenos a partir de la pura forma —forma del fondo, es decir, modo de informar lo más profundo— para poder expresar la exactitud de la idea. Una y otra vez aparecen defendidos en la obra de esta escritora los valores de rigor y claridad, auténticos soportes de su singular estilo literario.
No en vano entre sus diez mejores palabras de la lengua castellana figura CONSTANCIA: porque vivir es ante todo seguir. Y la continuidad se percibe en múltiples direcciones y sentidos: en el hecho de que los textos aquí reunidos podrían insertarse en las distintas secciones que en su día distinguí para el conjunto del articulismo chaceliano, en cómo los temas que la propia autora destaca en «Presencia» al recorrer el conjunto de su trayectoria de ensayo y novela, con ramificaciones de uno a otra y correspondencias mutuas, o en cómo un trabajo de circunstancia o de encargo para celebrar un aniversario o una efeméride no se desvían ni desentonan de los que brotan del fondo personal, en el atento seguimiento de obras o autores en quienes Rosa Chacel reconoce una fraternidad intelectual y estética y a los que examina con rigor y devoción. De ese grupo, merece la pena destacar las cartas a Javier Marías, que son respuesta a la recepción de las primeras novelas del autor, donde Rosa Chacel vierte la reflexión que le ha suscitado esa lectura: difícilmente hallaremos análisis tan hondos y certeros, además de sugerentes; y aún más admirable es comprobar cómo supo ver ya entonces en «el joven Marías» el potencial inmenso de un mundo narrativo —y una manera de concebir la novela— que hoy ya todos celebramos.
Si muy distintos entre sí —por su variada procedencia, extensión y temática—, unos de manera directa, otros en forma algo más tangencial, casi a contraluz, estos textos ahora recobrados iluminan la obra y la persona de Rosa Chacel, por los lazos mutuos con que ambas se anudan y por la peculiaridad de una literatura que discurre por el laberinto del vivir, renovando día a día, línea a línea, aquel destino de contemplación que la niña vallisoletana eligiera para sí. El últimamente tan celebrado microrrelato tiene aquí alguno de sus mejores (y tempranos) ejemplos en esos textos breves, tan diminutos como deslumbrantes algunos —«Reloj»—, trabajos casi de orfebrería que revelan la radical interioridad en que se forjan, y un permanente afán de búsqueda que desentierra las secretas creaciones, pues de la realidad o del mundo exterior no le interesa sólo lo que se ve al pasar sino también las zonas en sombra, lo que se capta desde el subterráneo o subsuelo personal.
De filiación saturnal, la obra de Rosa Chacel se nos muestra tan rica y profunda como extensa y viva. Nada más inexacto e infundado que la aplicación de adjetivos como «intelectual», «deshumanizada», «abstracta», a una literatura que nos habla del amor, de la piedad, de la culpa, de la duda, de la razón, de la moral, del arte, de la soledad, de la fe, del tiempo, de la pasión, del cine, de España, de las madres… Una literatura nacida con el siglo, que explora e ilumina el agitado pálpito de nuestro tiempo. Una literatura que sigue innumerables sendas, que desde el ensayo, la poesía o la prosa —tan ramificada y arborescente, tan plural en sus formas— brota del fondo último de la persona, transmutando la experiencia íntima en legado de validez universal. Y una literatura que aspira a ser alimento y esperanza, porque sin ella, sin la buena literatura —nos dice Rosa Chacel en Acrópolis— «no hay nutrición posible, no hay más que anemia, esclerosis, emasculación…».
A. R. F.
PROCEDENCIA DE LOS TEXTOS
«Discurso leído en la entrega de la Medalla de la Provincia de Valladolid»: inédito, hacia 1990, procedente del archivo de la autora.
«Presencia I»: conferencia inédita pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, en el ciclo «Clásicos contemporáneos», el 17 de noviembre de 1992.
«Presencia II»: conferencia pronunciada en el Congreso en Homenaje a Rosa Chacel celebrado en la Universidad de La Rioja-Logroño, del 21 al 23 de abril de 1993, y posteriormente recogida en las Actas del mismo, editadas por María Pilar Martínez Latre (Logroño, Universidad de La Rioja, 1994, págs. 13-16).
«Prólogo a Desde el amanecer»: texto inédito redactado con motivo de la reedición de la autobiografía Desde el amanecer (Madrid, Editorial Debate, 1991).
«Discurso pronunciado en la sede de Nueva Sociedad»: inédito, procedente del archivo de la autora, fechado el 10 de junio de 1993.
«La edad de mis novelas: sujetos y objetos»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Mi religiosidad»: texto inédito; por la referencia de la autora al «segundo libro de la trilogía empezada —que todavía no llega más que a la mitad—», podemos datarlo hacia 1980 o 1981, dado que Acrópolis apareció en 1984.
«El heroico triunfar de lo desconocido»: artículo publicado en ABC, 28 de julio de 1994.
«El Prado»: texto publicado en VV. AA., El Prado vivo, Madrid, Museo del Prado, 1992, págs. 70-75.
«La belleza de las palabras»: respuesta a la consulta solicitada por el profesor Javier Bernal Cruz («¿Cuáles son, para usted, las diez palabras más bellas en la lengua castellana?»), el 29 de septiembre de 1981, para ser publicada en el periódico chileno El Mercurio.
«Sobre la paz»: inédito, procedente del archivo de la autora. Me ha sido imposible datar y conocer la procedencia de este texto, posiblemente escrito a principios de los años ochenta.
«Timoteo Pérez Rubio»: texto inédito escrito para la presentación del libro (biografía y ensayo) que Rosa Chacel dedicó a su esposo: Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, Madrid, Cátedra, 1980.
«Preliminar a Cartas a Rosa Chacel»: texto recogido en Cartas a Rosa Chacel, edición de Ana Rodríguez Fischer, Madrid, Cátedra-Versal, 1992, págs. 13-14.
«Luis Cernuda a través de Gregorio Prieto»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Prefacio a Jean Cocteau, Reinaldo y Armida»: publicado en Jean Cocteau, Antígona– Reinaldo y Armida, Buenos Aires, Emecé Editores, 1952, págs. 7-17.
«Por qué yo te amo, ¡oh, Eternidad!»: inédito, procedente del archivo de la autora.
«Contradicciones: los horrores del placer»: inédito, procedente del archivo de la autora; escrito posiblemente a principios de los años ochenta.
«Los toros (hoy, ayer y mañana)»: texto escrito para la revista Quites (1992).
«Yo quiero»: artículo publicado en ABC Literario, núm. 149, 9 de septiembre de 1994.
«Reloj»: texto redactado para conmemorar el número 100 de Babelia (Revista de Cultura), «Palabras. Cien autores, cien conceptos, para el número cien de “Babelia”», publicado el 11 de septiembre de 1993, pág. 7.
«Cartas a Javier Marías»: inéditas, procedentes del archivo de la autora.
ASTILLAS
DISCURSO LEÍDO EN LA ENTREGA DE LA MEDALLA DE LA PROVINCIA DE VALLADOLID
Quiero ante todo decir algo de lo que es casi imposible expresar: mi emoción y mi gratitud por esta medalla que me otorga la Provincia de Valladolid, ámbito de mi mundo cordial tanto como intelectual. El tono o el aliento de esta tierra es el que prevalece en cada una de mis palabras, y repito: no es expresable mi gratitud, por lo tanto queda resumida en una emoción dichosa que me da fuerzas para contaros el cuento de mi vida.
Parece innecesario mentar algo unánimemente sabido, sin embargo empiezo por notificar que nací en VALLADOLID y veo que me será difícil demostrar mi profundo arraigo, porque aunque me crié en esta tierra en la que conocí los primeros placeres, y desperté a la sensualidad elemental, ahora intento, sin más testigo que mi insuperable memoria, evocar el alcance sugestivo—imagen del mundo en total— que rebullía en mi patio, calle de Núñez de Arce, entresuelo, portal tan grande como para haber entrado, tiempo atrás, coches de caballos. Al fondo del patio, dos pequeñas cuadras; también había un pozo al que a veces me asomaba. La riqueza de aquel mundo, sus hierbas, sus hormigas —que yo contemplaba con el mismo arrobo que lo que se alcanzaba a ver de lo exterior, por ejemplo, la torre de la catedral, torre mocha, como corresponde a su estilo—, estas pocas cosas tan intensamente vividas con la ansiedad devoradora del que come con gran apetito, al ser asimiladas, dejaban un remanente tan substancial como para llenar páginas; no he de repetir aquí las que van dispersas en mis libros.
Como detesto las anécdotas, me abstengo de relatar el hecho que fue decisivo en mi porvenir. En el otoño de 1906, mi padre, empeñado en hacerme dibujar, me llevó a la academia, yo tenía ocho años, no podía ingresar, pero fui no sé cómo. En prosa tanto como en verso, he glosado aquel momento de inspiración, podría decir de vocación fulminante. Llegó 1908 en que salimos para Madrid, a la casa de mi abuela, barrio de Maravillas, que llegó a ser para mí algo tan entrañable como el patio cuna de mi persona. Por la fuerza del sino, mi vocación me llevó a la escuela superior del arte, San Fernando, donde ingresé con —quiero decir el mismo día que— Timoteo Pérez Rubio, que quedó incluido en un mismo movimiento —allegro andante vivace—, oficio e intimidad…, amor, seguidamente matrimonio, seguidamente amor perdurable hasta la vejez. La vejez, lento ingreso en la muerte que nos es dado… Antes, en la lejana juventud, salimos para Roma, viajes exhaustivos por Italia, luego saltos a París y Londres, con vueltas continuas a Roma reanudando el trabajo, engendro apasionado de mi primer libro, al fin vuelta a España, cierto intento de estabilidad literaria en el que pasa cierto tiempo. En el 30 nace mi hijo, en el 36 estalla el horror. Confieso que no afronté la guerra; Timoteo enrolado por la República en la dirección de la Defensa del Tesoro Artístico me llevó con mi hijo a París y él volvió, como es proverbial, a soportar la guerra… Y pasó más tiempo y acabó el horror, salimos al fin para América, junio de 1940, salida de Burdeos, desgarramiento de dejar Europa.
Podría decir y nada más, porque estamos aquí, no felizmente porque no estamos los tres; claro que los tres sufrimos —por inevitables circunstancias— frecuentes separaciones, la primera en París en el momento grave; la segunda en Río, lugar tan acogedor y completamente grato, pero la lengua era un obstáculo, yo no podía publicar y sobre todo mi hijo, ya en edad de estudiar en serio, de haber seguido allí habría perdido el castellano… Ante ese peligro me lo llevé a Buenos Aires, donde hicimos los dos nuestras carreras… La mía, literaria, afrontó la etapa editorial; Timo siguió en la guerra sin cuartel del orbe económico. Sólo me queda por tratar de explicar cómo corrí tanto sin haberme sentido lejos, y no por un melancólico recordar sino por un implacable mantenimiento de mi tono. He vivido en aquellos pueblos tan amigos, tan queridos, donde no me sentí ni un instante extranjera, y sin embargo no perdí el acento, mi castellano sigue virgen.
Y claro está que, por hablar de las cosas importantes, quedan silenciadas etapas deliciosas, entremezcladas a las brillantes en andanzas. Ya afincada en Madrid, en mis primeros años de Maravillas, correteando en mis cursos académicos, al llegar las vacaciones, visitas a la abuela de Valladolid, excursiones a tantos pueblos, difícil recordar aquellos momentos tan luminosos como gemas talladas con facetas de memoria y olvido. Inmersión en los pueblos de los tíos queridos (tengo que detenerme en un paréntesis para mentar un libro que el tiempo atropelló tristemente, el libro era —de haber sido— Monumento a mis tíos, númenes de la ruta ascendente, mentores de los pequeños y exquisitos pecados). ¿Cómo hablar de aquellos pueblos inefables? He llevado Simancas a una insensata historia de amor, pero otros menos gloriosos me han inspirado a veces versos impensados, esos versos, que saltan como la rana al charco… Del maravilloso Santibáñez de Valcorba, Sardón de Duero, Traspinedo, alamedas voladas por la oropéndola, oriol, pájaro de oro, gritando con la intensidad de la luz en las hojas temblonas de los chopos. En Santibáñez, era la persecución con lazos ocultos para alcanzarla por mi desaforado capricho. El recuerdo —más bien visión súbita— de mi más arriesgado paladín brotó un día en cinco versos, a los que di categoría de oda, comprimiendo en tan poco espacio su infinitud. Tengo la tentación de lanzarla entre esta prosa, confesando que más tarde la extendí como canto a Castilla, largo, insoportable tal vez si lo recitase. No lo temáis, os daré sólo la síntesis, semblanza del doncel —permitidme resucitar la juventud de esta palabra—. El doncel era así.
¿Qué, menos que pavesa o fuego fatuo
serán mi nombre y rostro en tu memoria?
¡Oh dulce rubio amigo de otros tiempos!,
¡Oh Leónidas áureo entre las mieses!,
De la Tierra de Campos fiel cachorro.
Prodigioso vivir el verano entre los mozos, amigos del maestro joven, mi tío Marcos, ya personaje de Rodilana glosado en mi autobiografía de la infancia; allí en Rodilana, a mis siete años, mi amor era Victoriano el Grande, que me enseñaba a cazar lagartijas, tan cerca de la tierra con todos los sentidos sumergidos en su proximidad… Es la misma relación que mantuve en todas mis andanzas, lo mismo fue en Italia leer o meditar en el jardín, bajo laureles, o salir a los montes con los cazadores, cruzar el Piave sobre las nubes y a varios miles de metros, Timoteo pintando, yo durmiendo al sol envuelta en mantas, y a las doce comer como fieras y beber Chianti sin parar, cosa tan armónica como en Rodilana, en mi pintada merienda en el Adaja, atrapar la bota y beber el vino de La Seca hasta la marcha en un indecible sueño, al lento ritmo de la mula en los brazos de Victoriano.
Creo que carezco de amenidad, la reiteración incansable puede hacerme pesada, pero es, al mismo tiempo, el arraigamiento que me mantiene —algo así como un árbol andante—… Tal vez sea esa mezcla arbitraria la que caracteriza al Caballero de la Mancha, ese contrasentido que parte de él y se reparte por todas estas tierras que nos retienen y nos lanzan.
PRESENCIA I
Parece cosa natural que un autor, aportando la presencia de su madurez, exponga una visión de su obra que defina sus ambiciones logradas, sus anhelos inalcanzables, su visión del mundo, en fin, y su propósito de intervenir en él. Una vez expuesto el corpus de su obra en total, puede muy bien aludir al proceso seguido desde los comienzos y puede suceder que un autor, en su madurez, encuentre difícil dar una idea clara del fruto de su largo trabajo; en consecuencia, puede suceder que sus dificultades parezcan vaguedad, indecisión o inconsistencia, cuando en realidad obedecen a causas bien determinantes, tan enmarañadas que sólo una exégesis minuciosa podría abarcar su número aterrador, calcular la…, no quiero decir inmensidad, cosa que no es numerable, diré multitud de notas que le causa una especie de desfallecimiento, por no saber cómo empezar la cuenta, por titubear ante el orden —¡máximo desorden!— en que ello se produjo.
El autor, que conserva sus haberes caóticamente revueltos, despreocupadamente abandonados a su natural bullicio en el que nada se pierde porque cada entelequia se mantiene por la densidad de su ser y su querer seguir siendo; ese autor, para poder circular, como autor, no tiene más recurso que el marchamo del arte. Quedamos, pues, en ver a ese autor como artista y así la indecisión aparente queda admitida. Pero no se crea ni un momento que esta definición resulte encubridora por su semejanza con el período caótico del arte actual —tan necesitado de defensa ante el ignaro que no sospecha sus causas ni razones—. Yo no hablaba de eso, yo hablaba del gran arte, cuando el gran arte existía y sin embargo era igualmente difícil calibrar los elementos de su génesis. Con este título de artista cualquier autor se atreve a confesar la maraña inextricable, por su enmarañamiento adorable.
Creo que queda bien expuesto el motivo de mi torpeza y quisiera subsanarlo, pero para ver claro tendría que recurrir a los espíritus benignos que se esforzaron en juzgarme, todos ellos críticos altamente autorizados que tienen toda mi gratitud, a los que elaboran magníficas tesis sobre mi obra, a los que calificaron alguna de ellas entre las más magistralmente acatadas.
Puesto que me complace destacar a críticos tan halagüeños, puede parecer que tengo una completa satisfacción de mi obra. No, no la tengo, pero tampoco puedo decir todo lo contrario. Lo justo es que conservo el mismo anhelo, impulso inacallable, vitalmente imprescindible, que me sentencia a seguir labrando la tierra. Hablo, pues, de aquel tiempo en que había que trazar surcos impolutos y arrojar en ellos la pura ambición que germinaría sustentada por la única sustancia que teníamos segura, la lengua materna, que en aquel tiempo nos esmerábamos en afianzar. Tengo que decir qué tiempo era aquel, para que quede a la vista la ocasión gloriosa en que sentíamos lo que era empezar, aquel era el tiempo singular en que la pluralidad de los ánimos tendía al mutuo entendimiento. Con esto voy destacando el comienzo sin definir la conclusión. No había nada que significase llegar al final, nuestra finalidad evidente era no tener fin mientras tuviésemos vida. Aquel tiempo, pues, fue el tan famoso que parece haberse congelado, fijo en su esplendor. En ese tiempo teníamos —unos más, otros menos— el capital infinito de la lengua materna y el mandato —orden naturalmente magistral— era poseerla con todo el poder de su flexibilidad ilimitada. Podría decir que la orden —la moda, el deseo, la gracia, gratuidad de gracia divina— era aceptarla como aventura.
Una vez decidido como propio el ejercicio, quedaba clara la ruta de la profesión, y tengo que recalcar el hecho de que mi inicio profesional fue el juego del lenguaje, no especialmente de la lengua, sino de los juegos en que ella, la lengua, se entrelaza con el silencio. En esa empresa se abismó mi naciente profesión de novelista.
La novela no tiene, como las ciencias o la sociología, grados de conocimiento que van adquiriéndose en las aulas; la novela parece que en cada lengua reflejaría los sucesos que el tiempo va eslabonando y dejaría una descendencia familiar, marcando el sello de cada tierra. Digo expresamente tierra porque hablo del timbre genérico inconfundible. En aquel tiempo nuestro no seguimos en España la alcurnia de nuestros ancestros: grandiosos ejemplares de otros pueblos se impusieron por ser más concordes con la marcha del mundo. Algunos nombres destacados dieron la tónica. Los de mayor dimensión fueron sin duda Proust y Joyce. Yo opté por el segundo, que, coincidiendo con el agustiniano «Ama y haz lo que quieras», afirmaba los grandes impulsos del alma y de la mente, y aparte de eso, la libertad completa. Claro que al intentar —a mis pocos años— una novela, suscité el tema de un amor, pero como mar de fondo; espontáneamente el personaje masculino se impuso en mi mente, embrazando la primera persona, a través de innumerables sucesos, la persona en su mismidad, sin comunicar nada de lo padecido, más exactamente vivido, o pensado… Mi ambición era lograr el transcurso del pensamiento en un hombre que piensa, también ama. Sin explicación ni comentario, deseos e ideas surgen como meros actos, como presencias. Todo ello envolviendo una historia de amor, por tanto los sucesos del que piensa y ama y es amado. Aquí se presenta la máxima arbitrariedad, en los dos concurren los amores y desamores y los dos, él y ella, no tienen nombres. Él es el que habla y hablándose a sí mismo se llama YO y a ella solamente ELLA… En ese nido de silencio irrumpe de pronto el mundo, con sus nombres y sugestiones de otros mundos —es decir, nombres— que arrebatan y despiertan, con ahínco arqueológico, ambiciones que exigen o provocan la escapada, la inmersión en los nombres hasta agotarlos nombrándolos. Luego la vuelta, otra vez inmersión en el silencio. En ese libro de apenas cien páginas agoté lo que significaba oficio, métier, avanzada en la cúspide literaria; claro que no sólo eso: allí crecieron brotes, vástagos atrapados de la filosofía, del trasiego humano, del vaticinio porvenirista, de todo lo que al vivir se iba incorporando, de lo que me hacía sentir en posesión de un lenguaje sagrado, o sea intacto, soberano, exento de servidores, sucediéndose en apariciones que se mantienen y se destruyen entre ellas mismas, creando una actividad de actos voluntarios que jamás se explican entre sí. Jamás el hombre —digo el HOMBRE— se dice a sí mismo voy a hacer; su mente le pone en el acto —posible o imposible— de la pura acción.
De allí me hizo salir el encargo de la biografía de Teresa Mancha, que debía figurar en la colección de «Vidas extraordinarias del siglo XIX», y de allí no pasé a otro libro, sino a otro mundo, a otra orilla más exactamente. El clima novelístico se fundió o se ramificó en numerosos cuentos, temas breves, casi siempre imágenes transformadas en momentos poéticos que admiten la brevedad del relato siempre disimulado, enterrado en un sinfín de sugestiones. Y ahí en ese terreno sí que seguí el aprendizaje de un genio, me sumergí en los cuentos de Poe, que desde mis primeros años en que era devota de Julio Verne adoré la inmensa poesía enramada en la ciencia, plasmada y abismada en la investigación, que abarca el misterio racionalizado, entreverado de la más dura lógica especulativa. En ese universo me mantuve durante años, delineando mis cuentos, que —por circunstancias de nuestro exilio— ocupan el tiempo en que transcurría la adolescencia de mi hijo. Aquí el dato estrictamente íntimo se hace oportuno por lo mucho que aparece en el resto de mis libros la sugestión de lo que entonces primaba en la juventud incipiente, influencia de los cómics: presencia o personificación de los grandes monstruos, temibles o benignos. Esos cuentos quedaron allá en aquellas tierras con fondo de pampa o selva.
En medio de esa racha dejé escapar una novela no muy breve, pero no de gran formato, Memorias de Leticia Valle. En ese libro tiene precisamente mucha importancia el nombre: así como la mayor parte de mis cosas habían brotado de alguna sugestión visual, ese nombre franciscano —«Perfetta Letizzia »— se lo adjudiqué a una criatura tal vez existente, en un lugar donde había oído contar una historia dramática. Con ese nombre como signo de excelencia compuse una fisonomía que —a la vista está— es mi retrato. Al fondo el castillo de Simancas, con el clima de una insensata pasión.
Después de ese libro —mucho después, años después—, me lancé a un abismo que no era más que un pozo de meditación ferozmente interna. La ambición de dialogar sólo con presencias, eludiendo toda explicación, compone las vivencias eslabonadas de un hombre. Igual que en mi primer libro, el protagonista es un meditador cuyo pensamiento tiene un peso específico tan denso como la vida, pero este nuevo, del meditar tiene que salir a todas horas actuando en la avalancha que le rodea. Durante diez años escribí ese libro, de un valor autobiográfico integral y poco perceptible, que no refleja ni justifica ninguna de mis andanzas, pero relata C por B la historia de mi mente. La fortuna amorosa y pecuniaria de mi héroe se desenvuelve a lo largo de una vida cuyo patetismo justifica el título, que puede llevar a confusión; La sinrazón no alude a lo irrazonable, sino al entuerto que Don Quijote habría querido deshacer. Del Quijote he tomado la prodigiosa carta de amor y la he convertido en oración, casi imprecación a la divinidad, imprecación amorosa. La carta que Cervantes toma de Feliciano de Silva dice: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, tanto mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Esta queja de amor a una dama es pintiparada a la querella del hombre ante Dios; hay una en lenguaje vulgar, pero muy famosa, «Hago lo que no quiero y lo que quiero no hago». Mi transformación de la carta en plegaria es, tal como el amante dice a la bella, la sinrazón que a mi razón se hace, tanto mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Hay que entender que le dice a la dama como se dice a la reina de vuestra majestad, considerando no un grado, sino un ser de majestad, como Dios es un ser de hermosura, hermosura d’ilcreato. Todo esto no diré que parece sino que es disparatadamente abstruso, es como la flor exquisita de la locura con que Cervantes engalana a Don Quijote. ¿Exageración? Nada de eso: la frase es la orquídea que destaca por su singularidad de caracol. Si la he tomado como lema de mi libro no es, como tampoco lo es en Cervantes, por su rareza sino por su facultad de englobar el conflicto substancial del héroe patético. El conflicto es la incalculable disputa de una conciencia inquisitiva con un hervidero de deseos, un organismo de sensualidad amorosa y una alegría descentelleante. Me esfuerzo en vano para hacer inteligible este libro que ha absorbido diez años de mi vida y que creo el más conseguido, sobre todo el más autobiográfico, esto se verá corroborado por el último de mis libros que pertenecen al exilio.
Después de las novelas y de los cuentos aparecieron dos ensayos; uno, Saturnal, dedicado al tiempo; otro, La confesión, una meditación sobre las confesiones generosamente otorgadas por los que necesitaban confesar y también de las extraídas a fuerza de escarbar líneas entre las páginas que pretenden calibrar lo grave, sin conseguirlo. El primer ensayo, el del tiempo, fue madurado en Nueva York, adonde fui arrebatada por la amistad de los que el exilio ya había instalado allí, mi amiga fraternal Concha de Albornoz y nuestro querido y admirado Severo Ochoa; ellos me indujeron a pedir una beca a la Fundación Guggenheim; esta vez sí que di a mi actividad nombre de trabajo. Tenía que realizar el ensayo prometido y me puse a ello con furor…, me compré una pipa india y me dispuse a encerrarme en mi cuarto con una buena dosis de café, y sí que me encerré muchos ratos, pero no los suficientes para lograr el número de páginas necesarias. La belleza de Nueva York me absorbía y me enorgullecía ser capaz de percibirla, cuando los comentadores del asfalto no la notan. No diré nada de mis dos años en Nueva York, sola en la ciudad inmensa —Concha dando sus clases en Mount Holyoke—, tenía amigos argentinos en Coney Island que a veces frecuentaba, y, en consecuencia, mi trabajo, aunque sumamente grato, era muy lento, tanto que no pude entregar a la Fundación un ensayo completo. Quiero señalar que me fue perdonado con tal generosidad que todavía —hace treinta años— sigo recibiendo formularios en los que me consideran como fellow, título que con orgullo me hizo continuar el trabajo hasta tener el volumen suficiente para ir a la imprenta.
El ensayo, locamente ambicioso, integralmente cedido a la inspiración, no puedo desestimarlo enteramente porque su tema, el tiempo, era y sigue siendo mi obsesión. Como dedicatoria o entrega, lo intitulé Saturnal y, si yo hubiera tenido los hábitos de los estudiosos —siquiera de los estudiantes—, habría procedido organizándolo en capítulos que llevasen a demostrar algo, pero incapaz de tal formalidad —aun siendo tan amante de la forma— opté por agruparlo en un sinnúmero de racimos de ideas —quede aquí la imagen ecológica— unidos por su esencial correspondencia y precedidos, para darles cierta autoridad y tono, por el nombre de algún poeta. Así el primero lleva como lema el primer verso del soneto admirable de Mallarmé, «Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui» y acomete el estudio de lo bello hoy día, tratando de averiguar qué es lo más patente, cuál es la modificación más ostensible, común a todos los países, a todos los grupos sociales, cuál es el hecho problemático y fatal que atañe a todo nacido, la relación de la pareja humana, uno ante otro como prójimos. En torno a esto queda la búsqueda caótica y la idea del tiempo pasa a ser explicitada por Rafael Alberti, que la marca con su autodefinición «Yo nací —¡respetadme!— con el cine», verso primero de la «Carta abierta», que podría haber sido el manifiesto de nuestra generación, si nuestra generación hubiera querido manifestarse abiertamente —quiero decir eficazmente—. El final de la carta es definitivo: «¿Quién eres tú, de acero, rayo y plomo? / —Un relámpago más, la nueva vida». El libro sigue y otro poeta, Rainer Maria Rilke, desentendiéndose del rayo pone «Todo está, tal vez, regido por una vasta maternidad». Bajo ese foco de interioridades vitales queda el parágrafo que le corresponde. Luego llega Christopher Fry, que dice «Estas son las cosas que producen manchas en el sol». Exquisito modo de aludir a la estupidez humana. Pasada la vertiente de ironía, llega Quevedo y dice «Si hija de mi amor mi muerte fuese…», y a tal tono patético de ultimidades sigue el acorde anárquico del rojo y el negro. Como horizonte, cerrando el concertante, Jorge Guillén afirma «Mis ojos ven lo que he amado siempre», su mirada se dilata inmensamente porque ancha es Castilla, y termina el libro que tanto rodó por la indecisión y la pretensión superlativa.
El otro ensayo, menos de doscientas páginas, lo nombro porque tiene un peso decisivo en toda mi obra. El título, La confesión, pretende ser una respuesta a Ortega, que pregunta por qué apenas hay confesiones ni memorias en la literatura española. Con ese fin acometo la revisión de las principales obras que francamente se descubren y de las otras, que sólo deduciendo algunas líneas se logra entender el proceso de sus vidas, quedando casi al desnudo rasgos no enteramente confesables. La confesión es una dádiva, pero el hecho es que el que confiesa es el que pide confesión. La confesión quiere ser oída, espera que quede en el que la oyó el eco de su ultimidad. La culpa proyecta en ella su más hiriente luz, con su sombra.
Temo haber hablado en exceso de mi obra, el deseo de justificar mi presencia en esta sala me ha llevado a buscar notas importantes en la producción de nuestros escritores, que, por demasiado próximos, pueden quedar poco escamondados y, mediante la búsqueda de lo inconfesable, logramos descubrir sus móviles más poderosos y verdaderos. Nunca intenté una crítica, que no sería necesaria porque hay muchas. Un día, leyendo una de [Ricardo] Gullón en la que repasa la mayor parte de nuestros novelistas, al incluir en ella, como es obvio, a Cervantes, ensalza sus Novelas ejemplares y todo el resto de su producción. Yo tuve el arrojo de destacar el Quijote, desechando todas sus excelencias, salvo las que nos entronizan ante el mundo con una lengua de insuperable pulcritud y, además, con la creación de… ¿un tipo, un alma, una criatura eternamente andante por los siglos?… de una índole más elevada que la mayor parte de los héroes comúnmente historiados. Meditando en la existencia del Quijote, en una de esas meditaciones que descuellan vivamente entre las habituales, percibí su condición —calidad— que le destaca en el tema tan perseguido por mí, la confesión. La singularidad que yo propugno es que Don Quijote no fue jamás mirado, observado ni interpretado de hechos o imágenes exteriores. El Quijote fue engendrado en el silencio de lo inmediato, en su interioridad personal alienta —en modo y grado no superables— lo que llamo voluntad última de un alma en soledad. Su excepcionalidad radica en esa nota única, clamor singular, que es la confesión, tan patéticamente exhalada que abarca el entorno que la percibe: la confesión demostrativa de Don Quijote asume la de su creador. Esta forma indirecta, al ser ya de por sí una búsqueda y también una máscara, hace al autor en cierto modo impune, le hace despiadado consigo mismo, con un sí mismo cuyo padecer puede tratar como ajeno.
Para aclarar —no diría jamás demostrar— que el Quijote es confesión de Cervantes, lo primero es localizar su conflicto. Si hablásemos del Quijote como de un libro —que no es este mi caso—, diríamos el Quijote es un libro casto, porque el eros de Cervantes no entra en conflicto ni positivo ni negativo con la carne. Ya Maeztu definió a Don Quijote como «El amor», definición sumamente exacta. La fêlure—término que se aplicó con acierto al caso de Baudelaire— del ánimo de Cervantes ocurre en el ámbito del amor pero del amor en cuanto caridad y fe. En el cautiverio es donde Cervantes empieza a conocer el desamparo y luego, en la repatriación, donde lo constata como realidad inexorable, es donde el temple de Cervantes concibe que se puede perder la integridad. Adopto por eso el término fêlure, sugeridor del vaso o la campana cascada, que ya no puede emitir su nota; ese tono de campana cascada es en el que Cervantes refugia su ironía. Si Cervantes hubiera optado por el resentimiento, habría en el libro alguna idea ponzoñosa, pero no hay ni una. Hay muchas crueles, indeciblemente crueles. Cruelmente Cervantes se ensaña consigo mismo en su criatura. Si Don Quijote fuese un personaje observado, tratado de cerca o de lejos, que hubiera podido inspirar a Cervantes tan sangriento ridículo, tan constante fracaso y desacierto, es casi imposible que no hubiera visto en él algún rasgo de humana flaqueza. Nunca existió Don Quijote sobre la tierra ni nadie que se le pareciera. Donde existió es en el alma de Cervantes, que lo revivió al comprobar que había dejado de existir.
Es imposible a estas fechas tener una idea clara del ser moral de Cervantes, en todo caso no es concebible que un hombre que vivió la vida de su siglo, con faenas, trajines, necesidades y obligaciones, deambulase por entre sus contemporáneos con la pureza de Don Quijote. Pero si esto no es concebible lo que es seguro es que Cervantes concibió esa pureza y esa fe. Cuándo y en qué medida, no tiene importancia, tal vez fue sólo un instante, que quedó resonando en su mente como la nota de su juventud, que ya no podía volver a sonar. Y el rencor de Cervantes no se malgasta en execrar a su siglo, ante el cual se sentía impotente, al que temía —como todos sus contemporáneos dentro y fuera de España—. El rencor se polariza en aquel momento suyo, tan plenamente capaz de amar, de creer, de errar, de ser engañado. Desde el desengaño se ejercita en la venganza, haciendo vivir a aquel ser que fue, en realidad, haciéndole vivir dilatadamente —sólo en el tiempo hay padecer— la vida que dejó, esmerándose en apalearle y cocearle sin piedad. Oí decir hace tiempo, a uno de los más duros censores del espíritu español, de la lengua y de la literatura: «Me gusta mucho Don Quijote, pero no me gustan sus aventuras », y tuve que convenir en ello. Es cierto, las aventuras en que se ve Don Quijote son extremadamente groseras; desde entonces estoy meditando en el porqué de esa grosería (consejos valiosísimos los de esos censores que sin más que apuntar con el dedo nos ponen en la pista de nuestros defectos). Cervantes llega al escarnio grosero porque ha creado a Don Quijote para que tenga lo que se merece, para que pague aquella fe, aquel amor, aquella integridad. Cervantes no se conforma con lanzar al mundo a su criatura, con exponerla al maltrato de los otros; la maltrata él mismo —rasgo fundamental de la soberbia española— para que nadie pueda creer que él cree.
He dado una idea breve y más bien vaga de lo que ha sido mi vida en muchos años, suficiente tal vez para sugerir mi presencia, pero en mi acumulación de años quedan todavía unos cuantos que no he bosquejado. Después de mi largo exilio, queda una zona o etapa de extrema importancia: mi vuelta a España. El deseo de empezar un cuento por el principio me ha hecho contaros todo lo lejano, pero en los años posteriores trabajé mucho, de modo que tengo mucho que confesar, es decir ya confesado en unos cuantos libros. Me limitaré a nombrarlos, porque todo nombre delata a un ser. Así pues, yo volví y justifiqué mi vuelta con noticias —podríamos decir— de lo que atañe al pasado y presente. Empecé por lo que llamé Barrio de Maravillas, biografía de los hijos del siglo; seguí con Acrópolis, nombre tomado de una optimista profecía profesional; luego Ciencias naturales, que señala la única ciencia realmente natural, la experiencia, la vivencia de la historia, el vivir como conocimiento, esto es, la razón vital, continente descubierto por el maestro Ortega y habitado por…, por quien quiere y quien no quiere. Eso es todo lo que he hecho desde que volví, y además de mil tonterías, algunas conferencias más o menos como esta, en las que no hay nada estimable si no es mi adhesión apasionada a lo que vive, a vosotros, estudiantes, que vivís y si queréis vivir en profundidad sólo os queda el recurso de meditar e indagar sin descanso…
Con esta revisión de mis cosas dejo delineado el tiempo de mi afortunado exilio, tal vez inmerecido porque yo no afronté la guerra, el peligro ni la obstrucción de mi vida intelectual. En fin pongo ante vosotros mi presencia, una mera semblanza que no he tratado de embellecer. Rasgos más duros, íntimamente cervantinos, van en mi Alcancía, no enteramente semejante, pero sí parecida a un cementerio de coches, donde se ve todo lo que se rompe en el afán del vivir.
Y una vez más pido perdón por hablar tanto, pero mi hablar no es nunca ostentar, sino confesar, por eso he querido poner como cumbre de mi discurso la suprema figura que nos disculpa de existir (insisto con frecuencia en la definición calderoniana: confieso el pecado de haber nacido). Ahora, siempre pensando en el tiempo, tengo que ceñirme al presente y poner sobre la mesa el resultado…, recalco esta palabra que parece extraída del mundo de las finanzas y sí que lo es, pero me parece oportuna para valorar todo lo que dilapidamos y que, sin optimismo, tanto hemos ganado y mucho más nos queda por bregar. Dichosos por poseer la más deleitable azada que labró pampas y selva, instrumento potente de cuyo ejercicio no queremos descansar.
La Historia, diosa tan adorable, tiene hoy día una cooperadora, sirviente halagüeña que le aporta los más incorruptibles frutos de inmortalidad, la cámara, estática o móvil, vertiginosa, en la pantalla. El libro y el cine nos impiden olvidar a los grandes que lucharon y gozaron, queda por historiar el primer combate, el que consistió en forjar el arma, en crearla, no de la nada, sino como se crean los seres vivientes, desprendiéndose de otras vidas ya logradas por pueblos imperiales. Sería preciso estudiar —sé que hay muchos que lo están estudiando— el nacimiento de las palabras cuando todavía no existían, y había que arrancarlas de las madres soberanas, ya exhaustas de haber amamantado tantos cachorros. En un tiempo remoto, en el que malamente se tejían paños para abrigar el cuerpo, un luchador se afanaba en el trance de partear los simples balbuceos del pueblo, sacándolos de las más consagradas entrañas y haciéndoles colear como peces recientes, en los labios de razas multicolores… Valiosos y admirables son los estudios profesorales de esta hazaña, pero un poeta académico, esquivando la lección magistral, lo englobó en tiradas de versos que, sonoramente, van enumerando a todos los capitanes de las huestes de Nebrija, de todos aquellos que, poco a poco, fueron construyendo un ámbito parlante en el que llegó a lucubrar —en sus noches— Cervantes, en el que dio rienda suelta a su alma andante, que sólo tuvo un momento de paz —forzosamente nocturno— con los cabreros. Hoy, después de todo lo que ellos hicieron, no nos queda más que entrar, con amor, en ese clima que nos es dado, y poner la vida misma en mantener su pulcritud, en saber que esa es nuestra única grandeza, nuestro único poder, inagotable, de conquista, ¿Tierras susceptibles de mudanza en el mapa?… Nunca jamás vanidad limitada, sólo inspira un puro deseo la inmensidad de la criatura humana que, uno a uno, oye, entiende y responde.
Desgraciadamente dedicamos mucho tiempo a ese espectáculo que nos ofrece la pequeña pantalla a diario, porque el mundo está lleno de dolor, y no es posible ignorarlo, pero sí es posible contemplar todo lo que nos rodea en esta época, si no feliz podríamos decir acaudalada, porque tiene más riquezas al alcance de la mano como ningún otro siglo tuvo. La belleza del mundo en su ser natural —campos, bosques, ríos y el mar inmensurable—, todo esto fue contemplado y ensalzado por la poesía y los simples cánticos del pueblo, pero hoy tenemos medios de visión incomparables y además se ha descubierto un sentido, una extrema percepción y una —o varias— condiciones que nos llevan al goce desmedido: en primer lugar los medios de locomoción, ¡llamémoslos por sus nombres!, coches, motos, aviones… Dije en primer lugar, pero hay algo que ocupa el primer lugar en esto y en todo, la libertad. ¿Cuándo el hombre ha gozado de su iniciativa, de su elección en oficio, en afectos, en sexo? Es tanto lo que tenemos que parecería suficiente para creernos en el mejor de los mundos y, sin embargo, la realidad es muy otra. ¿Por qué?… Podría decir que averiguarlo es cosa de vida o muerte, sí, en efecto…, pero no sirve ordenar las cosas de casa, como desempolvar y cambiar de lugar… Lo vitalmente necesario es el estudio. Pero no se alarmen los escolares, el estudio exige una previa meditación, es decir, una disposición de ánimo, una seriedad ante lo que nos ayuda a vivir, un convencimiento de que nada de lo bueno fue obtenido gratis, sólo el conocimiento práctico o impráctico, es decir el conocimiento de las ciencias de la naturaleza y, ¡sobre todo!, de la naturaleza humana, el conocimiento de la pura ambición que fue animando el pasado, creando la historia de la cultura como una cadena sin falla, sin solución de continuidad, sin tropiezo… Claro que nuestra historia —digo nuestra— hablando del mundo…, de nuestro mundo que es delicioso si sabemos gozarlo, ¡con mucho cuidado!… De la rectitud de nuestra mente y la habilidad de nuestras manos depende su imprevisible existencia.
The free sample has ended.