Read the book: «Naturaleza y salud»

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Título original inglés: THE NATURE PRINCIPLE: Human Restoration and the End of Nature-Deficit Disorder

© Richard Louv, 2012.

© de la traducción: Antoni Cardona, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO398

ISBN: 9788490068717

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

DEDICATORIA Y CITA

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

NEURONAS NATURALES: Inteligencia, creatividad y la mente híbrida

Cantar en tierra de osos

La mente híbrida

VITAMINA N. Cómo aprovechar el poder del mundo natural para nuestra salud física, emocional y familiar

El huerto

Fuentes de vida

Renaturalizar la psique

La euforia de lo verde intenso

La receta de la naturaleza

LA CERCANÍA ES LA NUEVA LEJANÍA. Conocer quién eres sabiendo dónde estás

En busca de tu lugar verdadero

La increíble experiencia de estar donde estás

Bienvenido al barrio

El lugar con sentido

La vinculación afectiva

LA CREACIÓN DE UN EDÉN COTIDIANO. Diseño de alta tecnología/alta naturaleza

El Principio de la Naturaleza en casa

Detente, mira y escucha

Las neuronas naturales se ponen a trabajar

Vivir en una ciudad tonificante

Un pequeño barrio residencial en la pradera

EL HUMANO DE ALTO RENDIMIENTO. Ganarse la vida y labrarse un futuro

Vitamina N para el alma

Todos los ríos corren hacia el futuro

El derecho a un paseo por el bosque

Donde hubo montañas y habrá ríos

EPÍLOGO

NOTAS

A la memoria e inspiración

de Thomas Berry y David J. Boe

La búsqueda que llevamos a cabo de esta cualidad, en nuestras propias vidas, es la búsqueda fundamental de cualquier persona y la clave de la historia de cualquier individuo. Es la búsqueda de aquellos momentos y situaciones en que estamos más vivos.

CHRISTOPHER ALEXANDER, The Timeless Way of Building

Cuando la desesperanza ante el mundo crece en mi interior y el menor ruido me despierta por la noche temeroso de lo que pueda ser de mi vida y de la de mis hijos, voy y me acuesto donde el joyuyo descansa en su belleza sobre el agua y la garza azulada se alimenta.

Penetro en la paz de las cosas salvajes...

Descanso en la gracia del mundo y soy libre.

WENDELL BERRY

Agradecimientos

En la elaboración de este libro y las ideas que contiene, mi mujer, Kathy, ha tenido un papel destacadísimo no solo por su amabilidad y la ayuda prestada al redactarlo, sino también por sus aportaciones intelectuales y su mentalidad artística, que a menudo se pone de manifiesto en estas páginas. Gratitud similar debo a mis hijos. Jason, fino estilista y editor, me ayudó a llevar a cabo gran parte del trabajo de investigación previo y aportó sus formidables conocimientos de filosofía, religión y publicidad; Matthew me ofreció su perspicacia e inteligencia, a menudo pescando en medio de un riachuelo. Mi amigo Dean Stahl me asistió con su experiencia editorial, y con su sabiduría y buen humor. Robyn Bjornsson también me proporcionó incesante ayuda en el campo editorial. James Levine es tan buen amigo como representante. A menudo digo que, en Algonquin, tengo al mejor editor del mundo. La brillante Elisabeth Scharlatt ahora imparte seminarios sobre paciencia, o debería hacerlo. Por todo el presente libro se pueden detectar las huellas del apoyo que me ha prestado el equipo editorial de Algonquin, entre cuyos miembros se incluyen mi persistente y sabia editora Amy Gash, así como Ina Stern, Brunson Hoole, Michael Taeckens, Craig Popelars, Kelly Bowen y Cheryl Nicchitta. Doy las gracias especialmente a Peter Workman y a Jackie Green, que maneja el universo. Desde la publicación de Last Child in the Woods me ha tocado en suerte una familia creciente de colegas que crearon o bien se encargan ahora de mantener la Children and Nature Network (C&NN), entre ellos Cheryl Charles, Amy Pertschuk, Martin LeBlanc, Mike Pertschuk y el difunto y muy añorado John Parr, así como el hermano Yusuf Burgess, Marti Erickson, Howard Frumkin, Betty Townsend, Fran Mainella y el antiguo miembro del consejo Steve Kellert; y en las bases: Juan Martínez, Avery Cleary, John Thielbahr, Nancy Herron, Mary Roscoe, Bob Peart, Sven Lindblad y muchos otros que han construido, entre todos, un movimiento, y que a lo largo del proceso han proporcionado ideas para el libro y han dado ánimos a su autor. Lo mismo puedo decir de mi hermano, Mike Louv, y su familia, y de mis buenos amigos (que, evidentemente, no nombro aquí en su totalidad), como Karen Landen, Peter y Marti Kaye, Anne Hocker Pearse, John Johns, Neal Peirce, Bob Burroughs, Peter Sebring, Jon Funabiki, Bill Stothers, Cyndi Jones, Jon Wurtmann, Gary Shiebler, John Bowman, Conway Bowman, Steve Bunch, Don Levering y la extensa familia de amigos llamada Capítulo Uno. También estoy agradecido a Bob Perkowitz y a ecoAmerica, que ayudaron a crear Nature Rocks, y a la Orion Magazine y al San Diego UnionTribune, en los que puse en circulación por vez primera algunos de estos conceptos. El presente libro es también, en parte, el resultado del trabajo inspirador y pionero de una red creciente de pensadores biofílicos entre los que se incluye Stephen Kellert, quien me invitó a una conferencia fundamental sobre diseño biofílico a la que asistieron el gran E. O. Wilson, David Orr, Tim Beatley, Robert Michael Pyle y otros que se hallan en la vanguardia de este nuevo mundo.

Introducción
El trastorno de déficit de naturaleza en adultos

Escucha: hay un universo estupendo ahí al lado; vamos.

E. E. CUMMINGS

Seguimos un camino de tierra y atravesamos Puerto de Luna, encantador pueblo de casitas de adobe de Nuevo México; cruzamos luego el poco profundo río Pecos por un puente bajo y penetramos en un valle verde de campos de chiles flanqueado por riscos de arenisca roja. Jason, nuestro hijo mayor, que a la sazón contaba tres años, dormía en el asiento trasero.

–¿Es este el desvío? –pregunté a mi mujer.

–El siguiente –dijo Kathy.

Me apeé del coche de alquiler para abrir el portón y entramos en la finca propiedad de nuestros amigos Nick e Isabel Raven. Aquel año estaban trabajando lejos, en Santa Fe, de manera que su granja y su casa estaban desocupadas. Los habíamos conocido antes de que naciera Jason. Kathy y yo habíamos vivido dos veranos cerca de allí, en Santa Rosa, donde ella había estado trabajando en un hospital local.

Tras haber vivido un período lleno de tensiones, regresábamos allí para quedarnos un par de semanas. Necesitábamos ese tiempo para nosotros, y lo necesitábamos para Jason.

Entramos en la polvorienta casa de adobe. Inspeccioné la habitación adicional que había ayudado a construir a Nick durante uno de esos veranos. Conecté la electricidad y el agua (finalmente habían llegado las cañerías al hogar de los Raven), fui a la cocina y abrí el grifo. Un ciempiés de más de un palmo saltó del desagüe blandiendo su cola frente a mi cara. No sé quién de los dos se asustó más, pero fui yo quien agarró el cuchillo de carne.

Más tarde, mientras Kathy y Jason dormían la siesta, salí al calor del exterior, encontré la silla plegable de Nick, ya oxidada, y la coloqué a la sombra de un árbol cerca de la casa. Nick y yo habíamos descansado bajo las ramas de ese árbol durante las pausas que hacíamos cuando preparábamos el adobe mezclando en un hoyo barro, paja, arena, tierra y agua. Pensé en Nick, en nuestras discusiones sobre política, y en el guiso de chiles verdes que Isabel cocinaba en un hornillo de madera y servía en cuencos de hojalata, incluso en los días más calurosos.

En aquel momento, sentado a solas, miré más allá del campo hacia una hilera de álamos que bordeaban el Pecos. Observé como se elevaban sobre el desierto, hacia el este, los cumulonimbos de la tarde y me fijé en los estratos de arenisca al otro lado del río. Los campos de chiles se estremecían bajo el sol. Por encima de mi cabeza, las hojas del árbol rumoreaban y sus ramas crujían. Fijé los ojos en un álamo singular a orillas del río, cuyas ramas y hojas superiores se mecían a un ritmo pausado sobre todos los demás. Pasó una hora, quizá más. La tensión que me dominaba fue arrastrándose lentamente fuera de mi cuerpo. Pareció que se devanara en el aire sobre el verdor del campo. Luego desapareció. Y fue reemplazada por algo mejor.

Veinticuatro años más tarde, a menudo pienso en aquel álamo a orillas del río y en momentos semejantes de admiración inexplicable, ocasiones en que he recibido de la naturaleza justo lo que necesitaba: un no sé qué escurridizo que no sé cómo llamar.

Desde entonces no hemos dejado de pensar en trasladarnos a Nuevo México. O al campo de Vermont. Pero cada día algo nos recuerda que ese no sé qué también ocurre donde vivimos; e incluso en las ciudades más densamente pobladas, donde lo natural urbano todavía existe en los lugares más insospechados. Puede ser recuperado e incluso creado allí donde vivimos, trabajamos y jugamos.

No somos los únicos que sentimos esta ansia.

Un día, en Seattle, una mujer me agarró literalmente por las solapas y me dijo: «Oiga, los adultos también sufrimos el trastorno de déficit de naturaleza». Y estaba en lo cierto, evidentemente.

En 2005, en Last Child in the Woods, introduje la expresión «trastorno de déficit de naturaleza» no como un término médico, sino como una manera de describir la distancia creciente que separa a los niños de la naturaleza. Tras la publicación del libro oí a muchos adultos hablar con emoción sincera, incluso con enojo, sobre esta separación, pero también sobre su propio sentimiento de pérdida.

Cada día nuestra relación con la naturaleza, o la falta de esta relación, influye en nuestras vidas. Siempre ha sido así. Pero en el siglo XXI nuestra supervivencia (o nuestra prosperidad) precisará un marco transformador para dicha relación, un reencuentro entre los humanos y el resto de la naturaleza.

En las páginas siguientes describo un futuro moldeado por lo que denomino el Principio de la Naturaleza, una amalgama de teorías y tendencias convergentes, así como una reconciliación con las antiguas verdades. Este principio sostiene que una reconexión con el mundo natural es fundamental para la salud, el bienestar, el espíritu y la supervivencia de los humanos.

Declaración filosófica ante todo, el Principio de la Naturaleza se sostiene en un conjunto de investigaciones teóricas, especulativas y empíricas que describen el poder tonificante de la naturaleza: su efecto en los sentidos e inteligencia; en la salud física, psicológica y espiritual; y en los vínculos familiares, de amistad y comunitarios. Ilustrado gracias a las ideas e historias de la buena gente que he conocido, este libro se pregunta: ¿Cómo serían nuestras vidas si nuestros días y noches estuvieran tan inmersos en la naturaleza como lo están en la tecnología? ¿Cómo puede cada uno de nosotros contribuir a crear este mundo más vital, no solo en un futuro hipotético, sino ya mismo, para nuestras familias y para nosotros mismos?

Nuestra sensación de urgencia aumenta. En 2008, por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial vivía en pueblos y ciudades.1 Las formas humanas tradicionales de experimentar la naturaleza desaparecen junto con la biodiversidad.

Al mismo tiempo, la fe de nuestra cultura en la inmersión tecnológica parece no tener límites, y cada vez nos vemos empujados más adentro en un mar de circuitos. Leemos en la prensa increíbles reportajes sobre la creación de vida artificial combinando bacterias con el ADN; sobre máquinas microscópicas diseñadas para introducirse en nuestros cuerpos con la finalidad de combatir a invasores biológicos o de avanzar en nubes letales a través de los campos de batalla; sobre una realidad intensificada mediante ordenadores; sobre casas futuristas en las que nos rodea una realidad acentuada transmitida desde cada pared. Oímos incluso hablar de la era «transhumana» o «posthumana» en que la tecnología mejora a la gente hasta niveles óptimos, o de un «universo posbiológico» en el que, tal como dice Steven Dick, de la NASA, «la mayor parte de la vida inteligente ha evolucionado hasta superar la inteligencia de carne y hueso».2

Este libro no pretende argumentar contra estos conceptos ni contra sus defensores (al menos no contra aquellos que se dedican a la aplicación ética de la tecnología para ampliar las capacidades humanas).3 Pero sí sostiene que estamos yendo demasiado lejos. Todavía no hemos comprendido totalmente, ni tan siquiera estudiado de manera adecuada, la capacidad para mejorar las aptitudes humanas mediante el poder de la naturaleza. En un informe elogioso con las aulas dotadas de alta tecnología, un educador cita a Abraham Lincoln: «Los dogmas del tranquilo pasado no resultan adecuados para el tempestuoso presente. Las circunstancias están plagadas de dificultades, y debemos estar a la altura de esas circunstancias. Como nuestra situación es nueva, debemos pensar de una manera nueva y actuar de una manera nueva». Quizá deberíamos hacerlo así; pero en el siglo XXI, irónicamente, una fe desmesurada en la tecnología (un alejamiento de la naturaleza) bien puede ser el dogma anticuado de nuestros tiempos.

Por el contrario, el Principio de la Naturaleza afirma que, en una época de rápidas transformaciones medioambientales, económicas y sociales, el futuro pertenecerá a los que se comporten de acuerdo con la naturaleza: a aquellos individuos, familias, empresarios y líderes políticos que adquieran un conocimiento más profundo de la naturaleza y que equilibren lo virtual con lo real.

En 2010, Avatar se convirtió en la película más vista de la historia. Su éxito tuvo menos que ver con la avanzada tecnología de 3-D utilizada que con el sentimiento que explotaba: nuestro conocimiento instintivo de que la especie humana se halla en una situación muy delicada y está pagando muy caro el hecho de alejarse cada vez más de la naturaleza. Al hablar del mensaje central del filme, su director, James Cameron, afirmó: «Plantea cuestiones sobre nuestra relación con los demás, entre culturas diferentes, y sobre nuestra relación con la naturaleza en una época de trastorno de déficit de naturaleza». Este trastorno colectivo amenaza nuestra salud, nuestro espíritu, nuestra economía y nuestra futura gestión del medio ambiente. Pero a pesar de que en apariencia las probabilidades sean mínimas, un cambio transformador es posible. La pérdida que sentimos, esta verdad que ya sabemos, crea el marco para una nueva época de la naturaleza. De hecho, a causa de los retos medioambientales con que nos enfrentamos hoy, puede que estemos (más bien deberíamos estar) iniciando el período más creativo de la historia de la humanidad, una época definida por un objetivo que se asienta sobre un siglo de ecologismo y lo prolonga, que incluye el concepto de sostenibilidad pero lo supera en pos de la renaturalización de la vida diaria.

Siete preceptos que se solapan, basados en la capacidad transformadora de la naturaleza, pueden reestructurar nuestras vidas ahora y en el futuro. Juntos adquieren una fuerza singular:

• Cuanta más alta tecnología entra en nuestras vidas, tanta más naturaleza necesitamos para lograr el equilibrio natural.

• La conexión entre mente, cuerpo y naturaleza, también llamada vitamina N (de Naturaleza), mejorará la salud física y mental.

• Utilizar tanto la tecnología como la experiencia natural aumentará nuestra inteligencia, pensamiento creativo y productividad,y dará origen a la mente híbrida.

• El capital social humanidad/naturaleza enriquecerá y redefinirá la comunidad para incluir en ella a todos los seres vivos.

• En el nuevo lugar con sentido, la historia natural será tan importante como la historia humana para la identidad regional y personal.

• Mediante el diseño biofílico, nuestros hogares, puestos de trabajo, barrios y ciudades no solo ahorrarán vatios, sino que también producirán energía humana.

• En su relación con la naturaleza, el humano de alto rendimiento conservará y creará un hábitat natural (y un nuevo potencial económico) donde vivir, aprender, trabajar y jugar.

Ya seamos jóvenes, maduros o viejos, todos podemos obtener unos beneficios extraordinarios conectándonos (o reconectándonos) a la naturaleza. El mundo exterior puede ayudar a aquellos de nosotros que nos sentimos hastiados y cansados expandiendo nuestros sentidos y despertando de nuevo en nuestro interior un sentimiento de sobrecogimiento y maravilla que no experimentábamos desde la infancia; puede ayudar a mejorar nuestra salud, a aumentar nuestra creatividad, a hallar nuevas carreras y oportunidades empresariales, así como actuar de agente vinculador en las familias y comunidades. La naturaleza nos puede ayudar a sentirnos plenamente vivos.

Los escépticos dirán que esta receta natural es difícil de aplicar dada la celeridad con la que destruimos la naturaleza, y con razón. Los beneficios del mundo natural para nuestra cognición y salud serán irrelevantes si seguimos destruyendo la naturaleza que nos rodea. Sin embargo, esta destrucción está garantizada sin una reconexión humana a la naturaleza. Es por ello por lo que el Principio de la Naturaleza trata de la conservación del medio ambiente, pero también de recuperar la naturaleza al mismo tiempo que nos recuperamos a nosotros mismos; de crear nuevos hábitats naturales allí donde ya existieron en el pasado o donde nunca existieron, en nuestros hogares, puestos de trabajo, escuelas, vecindarios, ciudades, barrios residenciales y granjas. Trata sobre el poder de vivir en la naturaleza: no con ella, sino en ella. El siglo XXI será el siglo de la reincorporación de la humanidad al mundo natural.

Martin Luther King Jr. solía decir que cualquier movimiento (cualquier cultura) fracasaría si no puede representar la idea de un mundo al que la gente quiera ir. Ahora, las primeras pinceladas ya son visibles.

El presente libro trata sobre la gente que está creando ese mundo, en su quehacer cotidiano y más allá, y sobre cómo nosotros podemos también contribuir a ello.

NEURONAS NATURALES:
Inteligencia, creatividad y la mente híbrida

El amante de la naturaleza es aquel cuyos sentidos internos y externos se mantienen aún verdaderamente ajustados entre sí.

RALPH WALDO EMERSON

El mundo natural es un conjunto no solo de restricciones, sino también de contextos en cuyo marco podemos realizar nuestros sueños más plenamente.

PAUL SHEPARD

Cantar en tierra de osos
Descubrir el pleno uso de los sentidos

Hay otro mundo, y se halla en este.

SUSAN CASEY, The Devil’s Teeth

Como especie, nos sentimos más animados cuando nuestros días y noches sobre la tierra entran en contacto con el mundo natural. Podemos hallar una fuente inconmensurable de dicha en el nacimiento de un niño, en una gran obra de arte o al enamorarnos. Pero toda nuestra vida está arraigada en la naturaleza, y una separación de este mundo más amplio nos insensibiliza y empequeñece nuestros cuerpos y espíritus. Reconectarnos a la naturaleza, de cerca y de lejos, nos abre nuevas puertas hacia la salud, la creatividad y el asombro. Nunca es demasiado tarde.

Caminaba con mi hijo menor, Matthew, entonces veinteañero, por la orilla de un riachuelo corriente arriba, en la isla Kodiak, en Alaska. Joe Solakian, nuestro guía, nos enseñaba a detectar la presencia de los osos pardos del lugar, los de mayor tamaño, esos que pueden correr a cincuenta kilómetros por hora.

–Lo principal es no cogerlos nunca desprevenidos –dijo Joe.

Y, teniendo presente la suerte que corrió el documentalista Timothy Treadwell (devorado por ellos), no intentar nunca ser su mejor amigo, pensé.

Los salmones (keta, rojo y rosado) acuden a las verdes y poco profundas pozas que se hallan allí, enmarcadas entre dos paredes boscosas, para desovar y morir, así que el lugar es un restaurante para osos. De manera que hablábamos, cantábamos y agitábamos las campanillas para osos de nuestros chalecos, buscábamos huellas y olfateábamos el aire en busca de los característicos y entremezclados olores a almizcle y a salmón podrido. Durante aquella semana, de vez en cuando esos olores llenaban de repente el aire y entonces el pelo de la nuca se nos erizaba. Porque eso significaba que un oso nos estaba observando desde los matorrales, o que se hallaba muy próximo, o que se acababa de ir.

Una tarde avistamos un oso. El viento soplaba en contra y no lo podíamos oír. Salió del bosque y atravesó pesadamente un banco de grava, alzó el hocico, dudó y luego dio media vuelta y cruzó al trote el riachuelo para desaparecer entre los árboles.

Cantar en tierra de osos permite valorar en su justa medida los riesgos de la vida cotidiana.

Hallarse en esta isla, también. En 1964, un tsunami de diez metros de altura destruyó las poblaciones de la costa. Un cataclismo aún mayor tuvo lugar en 1912, cuando el volcán Katmai, situado en el continente, entró en erupción.

«Hacia las tres de la tarde, al salir del bosque vimos por primera vez una nube enorme en forma de abanico justo a poniente del pueblo», escribió Hildred Erskine, superviviente de la isla de Kodiak. «Era la nube más negra y densa que había visto nunca. A menudo la atravesaban relámpagos... pero en Alaska no hay tormentas eléctricas. La electricidad estática era tan intensa que los radiotelegrafistas no se atrevían a acercarse a sus aparatos.» El cielo se oscureció, cosa extraña para un junio en Kodiak, donde la luz del día es casi continua. «Empezamos a pensar en la suerte que corrieron los habitantes de Pompeya.»

Los lagos se llenaron de cenizas, las perdices blancas murieron justo cuando estaban anidando, las truchas perecieron y, de hecho, la mayor parte de la fauna y flora de la isla fue enterrada viva. Pero pronto, de esas cenizas brotó de nuevo la vida. Con la ayuda de los vientos continentales, que llevaron las semillas de árboles y plantas que nunca habían crecido allí, la isla renació. Desde el punto de vista geológico, pues, la superficie y la biota de Kodiak son nuevas, lo que nos recuerda que la creación es la otra cara de la muerte.

Después del huracán Katrina hubo quien dijo que se debía dejar que Nueva Orleans volviera a su estado natural de marismas, que la población se reasentara en el terreno más elevado de los alrededores, quizá un parque de atracciones tipo Bourbon Street, fácil de evacuar, construido en esa piscina de muerte. Esta propuesta de reversión a las marismas es razonable, ya que hasta cierto punto restablece el hábitat natural, protector. Pero cuando la gente dice, y lo dice a menudo, que los humanos que viven en zonas propensas a los desastres naturales están locos, se basa en el supuesto de que siempre existe un terreno más elevado. ¿Se debería obligar a la gente (a usted y a mí) a abandonar cualquier hábitat amenazado por desastres naturales? No lo creo. ¿Adónde iríamos? ¿Adonde no hay nunca inundaciones ni incendios? ¿Al llamado talón de bota de Misuri, lugar aparentemente seguro, pero que resulta estar situado sobre una falla que en el pasado cambió el curso del río Misisipi?

Casi un siglo después de la erupción del Katmai, mi hijo y yo dejamos nuestras huellas en esa oscura tierra volcánica de renovación. La vida va apartándose poco a poco del borde y entonces avanza de nuevo. Así pues, Matthew y yo seguimos avanzando río arriba, despiertos, con más cautela de la que tendríamos en la vida cotidiana, escuchando, observando, alzando la cabeza para notar qué trae el viento. Algo se acerca. De manera que hacemos sonar las campanillas. Y cantamos.

MÁS SENTIDOS DE LOS QUE PODEMOS SENTIR

Cantar en tierra de osos, o bien olfatearlos, puede que no sea lo que se entiende por pasar un buen rato, pero nos recuerda el potencial sensorial propio de nuestra naturaleza, si bien raras veces hacemos uso de él.

Somos muchos los que deseamos una vida de los sentidos más plena.

Entendido en un sentido amplio, el trastorno de déficit de naturaleza es una atrofia de la conciencia, una disminución de la capacidad para encontrar sentido a la vida que nos rodea, tome la forma que tome. Este encogimiento de nuestra vida afecta directamente a nuestra salud física, mental y social. Sin embargo, no solo el trastorno de déficit de naturaleza puede invertirse, sino que también podemos enriquecer enormemente nuestras vidas mediante nuestra relación con la naturaleza, empezando con nuestros sentidos. En Una historia natural de los sentidos, Diane Ackerman escribió: «La gente cree que la mente está situada en la cabeza, pero los últimos descubrimientos en fisiología indican que en realidad no se halla en el cerebro, sino que viaja a través de todo el cuerpo en caravanas de enzimas, dando sentido afanosamente a las maravillas compuestas que catalogamos como tacto, gusto, olfato, oído y vista».1 Los que vivimos en ciudades nos asombramos de las aptitudes, aparentemente sobrehumanas o sobrenaturales, de los aborígenes australianos y otros pueblos «primitivos», y consideramos que tales habilidades son vestigios, como nuestra rabadilla. Pero hay otra manera de entenderlo: esos sentidos no son vestigios, sino que están latentes, ocultos bajo una capa de ruido y presuposiciones.

¿Se ha preguntado alguna vez por qué tenemos dos orificios nasales? Un grupo de investigadores de la Universidad de Berkeley, California, sí lo hizo. Y publicó sus descubrimientos en la revista Nature Neuroscience. Jay Gottfried, profesor de neurología de la Universidad Northwestern, escribió: «Para mí, lo más destacado de este estudio es que muestra que el sentido humano del olfato es mucho mejor de lo que mucha gente cree. Es cierto que las principales corrientes sensoriales de nuestras vidas las constituyen estrechos canales visuales y auditivos. Pero todos nuestros sentidos son mucho más capaces de lo que suponemos». Los investigadores equiparon a un grupo de estudiantes universitarios con gafas oscuras, orejeras y guantes de trabajo para embotar sus sentidos, y luego los llevaron a un campo; la mayoría de los estudiantes pudieron seguir un rastro de perfume de chocolate de diez metros e incluso giraron justo donde la senda invisible cambiaba de dirección. También se constató que podían oler mejor si utilizaban los dos orificios nasales, hecho que los investigadores compararon a la audición en estéreo.2 Uno de ellos indicó que el cerebro recogía las «imágenes» olfativas de cada uno de los orificios para luego elaborar, combinándolas, una representación de la senda. Los estudiantes descubrieron que avanzaban en zigzag, una técnica que emplean los perros cuando rastrean.

El estudio también reveló que la capacidad para seguir rastros de los estudiantes mejoraba con la práctica, lo que indica que los humanos podríamos desarrollar nuestra aptitud rastreadora hasta igualarla a la de muchos otros animales. Según el investigador Noam Sobel, una de las razones por las que los perros rastrean mejor que los humanos es que olfatean deprisa. Muy deprisa. «En nuestra opinión, estos resultados indican que, a medida que los sujetos aumentaban la velocidad, necesitaban oler más deprisa para obtener la misma calidad de información», explicó Sobel. «Descubrimos que los humanos no solo son capaces de rastrear olores, sino que también imitan de manera espontánea las pautas de rastreo de [otros] mamíferos».3

¿Qué más podemos hacer que hemos olvidado? ¿Qué dejamos de ver, de oír y de entender por el hecho de permitir que la maraña de cables tecnológicos nos aprisione un poco más cada día? ¿Y cómo podemos desarrollar estas aptitudes, naturales pero adormecidas, y darles un uso pertinente en la vida actual?

Quizá recuerde una época en que usted absorbía más cosas del mundo. Sencillamente podía hacerlo. Usted era nuevo y el mundo era nuevo. De niño, yo solía ir al bosque y, tras sentarme bajo un árbol, me humedecía el pulgar y acto seguido me lo pasaba por cada uno de los orificios nasales. Había leído en algún lugar que la gente (los pioneros o los indios) hacían esto para aguzar su olfato y percibir mejor si se aproximaba algún animal o incluso algún peligro. Después de hacerlo me quedaba totalmente quieto, con la espalda pegada a la áspera corteza, esperando. Y, poco a poco, la vida animal se reanudaba. Un conejo salía de entre los arbustos, los pájaros hacían vuelos rasantes, una hormiga se daba un paseo por mi rodilla para ver qué había al otro lado. Y yo me sentía intensamente vivo.

La mayoría de los científicos que estudian la percepción humana ya no creen que tengamos tan solo cinco sentidos, a saber: el gusto, el tacto, el olfato, la vista y el oído. En la actualidad, su número varía entre los diez y los nada menos que treinta, entre los que se incluyen la glucemia, el estómago vacío, la sed, las articulaciones y muchos más. La lista va creciendo.

En 2010, un grupo de científicos de la Universidad de Londres publicó los resultados de un estudio en que se sugería que los humanos podemos llevar integrado un sentido interno de la orientación.4 Otro sentido afín es la llamada propiocepción: la conciencia de la situación de nuestro cuerpo en el espacio, incluyendo el movimiento y el equilibrio; este sentido es el que nos permite tocarnos la nariz con los ojos cerrados. Los delfines y los murciélagos podrían enseñarnos varias cosas acerca de una aptitud latente que compartimos con ellos: la ecolocación o capacidad de situar objetos interpretando los sonidos que rebotan contra ellos. En 2009, investigadores de la universidad madrileña de Alcalá de Henares demostraron que la gente podía identificar objetos a su alrededor sin necesidad de verlos gracias al eco generado al chasquear la lengua. Según el director de la investigación, el eco era percibido mediante vibraciones en los oídos, la lengua y los huesos.5 Algunos invidentes, e incluso personas sin problemas de visión, han aprendido a desarrollar este fino sentido por el método del ensayo y error.

«En determinadas circunstancias, los humanos podemos rivalizar con los murciélagos en capacidad de ecolocación», afirma Juan Antonio Martínez Rojas, autor principal del estudio. «Hay muchas cosas, como una habitación vacía, que no emiten sonido alguno, pero sí lo estructuran: le dan una forma que la gente puede ver sin ver. Hice que un grupo de estudiantes escucharan sonidos emitidos entre dos tablones y fueron capaces de decirme si había suficiente espacio entre los tablones para que pudieran pasar.» La ecolocación humana puede hacerse sin tecnología o «sin tener que desarrollar ningún proceso mental nuevo», según Lawrence D. Rosenblum, profesor de psicología de la Universidad de Riverside, California. En su opinión, se trata de «escuchar» un mundo que existe más allá de lo que normalmente interpretamos erróneamente como silencio.6

Karen Landen oye este mundo. Antigua directora de un periódico, Landen llevaba muchos años aficionada a los pájaros cuando, en sus salidas de campo, se fijó en que determinadas personas tenían una habilidad asombrosa para detectar e identificar aves. Esos «superpajareros», tal como los llama ella, en cierto sentido veían con el oído. ¿Cómo? Habían asistido a los cursos Seattle Audubon de identificación de las aves por el canto, impartidos por el guía profesional Bob Sundstrom. Landen había estudiado canto e idiomas, de manera que pensó que el «lenguaje» de los pájaros sería fácil.

Pronto comprendería por qué la mayoría de los estudiantes eran repetidores:

–A diferencia del lenguaje humano, el de los pájaros no tiene reglas. Estudiamos páginas y páginas de tipos de canto (silbidos, graznidos, trinos, cotorreos, gorjeos) y de timbres (claro, líquido, metálico, áspero, tintineante, dulce). Escuchas con atención una muestra: número de acentos, duración, simplicidad/complejidad, frases repetidas. ¿Es la entonación ascendente o descendente? ¿Hay pausas o una respiración prolongada? Los cantos del robín americano y del picogrueso pechicafé suenan igual hasta que no adviertes que el robín emite sus notas con nitidez, mientras que el picogrueso lo hace arrastrándolas (de ahí que el canto del picogrueso se haya descrito como el de «un robín borracho») –explica.

Landen también aprendió que algunos pájaros son instrumentistas, mientras que otros son compositores:

–Los pájaros carpinteros tocan el tambor, las alas del colibrí zumban. Un gorrión melódico joven puede que solo cante una frase sencilla, pero uno de más edad con un territorio importante que defender emitirá florituras adicionales para anunciar su categoría. Por si todo esto fuera poco, los acentos de las diversas especies varían según la región y el individuo, tal como nos pasa a nosotros.

Lo que Landen aprendió es que en la observación de las aves se empieza utilizando un solo sentido al que poco a poco se van añadiendo otros. Un superpajarero aprende en primer lugar a ver pájaros, luego a escucharlos y, finalmente, a «verlos» escuchándolos.

–Cuando observas a los pájaros con el oído, te das cuenta de que ahí afuera están pasando muchas cosas: llamadas para advertir de la presencia de depredadores, un macho que canta «prohibido el paso» a los otros machos, pero que al mismo tiempo dice «eh, señoritas: he aquí un tipo apuesto y triunfador que sería un gran padre de familia». –Ríe–. ¿Sabías que cuando te despiertas hacia el final de un sueño, si este ha sido bueno su recuerdo crea una capa extra de bienestar que te envuelve durante todo el día? Pues bien, observar aves con el oído crea esta deliciosa capa extra en la vida que envuelve el día a día. No puedo concebir una vida sin aves, sin su belleza, su energía y su canto. Empobrecería nuestros sentidos.

Esto nos lleva al llamado sexto sentido, que para algunos es intuición, para otros percepción extrasensorial y para otros la capacidad humana de detectar el peligro de manera inconsciente.

En diciembre de 2004, cuando el devastador tsunami que barrió parte de Asia se acercaba, se dice que los miembros del pueblo de los jarawa y algunos animales sintieron o detectaron el sonido de la ola que avanzaba, o bien otro tipo de actividad natural inusitada, mucho antes de que el agua chocara contra la costa. Huyeron a terrenos más elevados. Los jarawa se sirvieron de su conocimiento tribal de las señales de alerta de la naturaleza, explicó V. R. Rao, director del Instituto Antropológico de la India, con sede en Calcuta. «Adivinaron el peligro inminente gracias a señales de alerta biológicas, como el grito de las aves y los cambios en las pautas de conducta de los animales marinos».7 En el caso de los jarawa, la explicación más sencilla puede ser que el sexto sentido es la suma de todos los otros junto con un conocimiento cotidiano de la naturaleza.

Investigadores de la Universidad de Washington en Saint Louis llaman la atención sobre el córtex cingulado frontal, sede del primitivo sistema de alerta del cerebro, que detecta sutiles señales de alarma mucho mejor de lo que los científicos creían hasta el momento. Joshua W. Brown, director del Laboratorio de Control Cognitivo de la Universidad de Indiana, Bloomington, es coautor de un estudio publicado en 2005 en la revista Science.8 «Es comprensible que exista este mecanismo porque en nuestra vida diaria hay multitud de situaciones que exigen al cerebro que controle los cambios imperceptibles que se dan en nuestro entorno y adapte nuestro comportamiento en consecuencia, incluso en aquellos casos en que podemos no ser necesariamente conscientes de las circunstancias que han provocado la adaptación», escribió. «En algunos casos, la capacidad del cerebro para detectar sutiles cambios ambientales y adaptarse a ellos puede, de hecho, ser incluso mayor si tiene lugar al nivel del subconsciente.»

Ron Rensink, profesor adjunto de psicología e informática de la Universidad de British Columbia, ha investigado el sexto sentido, que él denomina «visión mental», para entender cómo las personas pueden intuir certeramente que va a ocurrir algo. «En cierto sentido es como un sistema “a primera vista”... que usamos sin ser conscientes», explicó Rensink en Monitor, la revista de la Asociación Americana de Psicología.9 Su investigación indica que la visión es, de hecho, un conjunto de facultades y no un solo sentido; y que el cerebro puede recibir, a través de la luz, una especie de visión previa a la imagen. En la publicación mensual de la Universidad de British Columbia, UBC Reports, explicó: «Hay algo más, la gente tiene acceso a este otro subsistema... Resulta que se trata de dos subsistemas muy diferentes (uno consciente y el otro no consciente) que en realidad funcionan de una manera ligeramente diferente... En el pasado la gente creía que cuando la luz llega a los ojos, el resultado tenía que ser una imagen. Si no da como resultado una imagen, debe significar que no puede haber visión». Pero es al contrario, escribió: la luz puede llegar a los ojos y ser empleada por otros sistemas de percepción. «Se trata de otra manera de ver.»10

En otro estudio, el ejército de Estados Unidos ha investigado por qué algunos soldados y marines pueden aparentemente usar sus sentidos latentes para detectar bombas al borde de la carretera y otros peligros en las zonas de guerra de Afganistán e Irak. «Los investigadores militares han descubierto que hay dos grupos de soldados especialmente buenos para detectar anomalías: aquellos con un pasado cazador, que de jóvenes recorrieron los bosques en pos de ciervos o patos, y aquellos que se criaron en barrios conflictivos, donde a menudo es importante saber qué pandilla controla determinada zona», explicaba Tony Perry, de Los Angeles Times.11

Parece, pues, que aquí opera un factor común: mucha experiencia fuera de casa y fuera de la burbuja electrónica, en un entorno que exige un uso mejor de los sentidos. El brigada del ejército Todd Burnett, que ha servido en Irak y en Afganistán, dirigió la investigación. El estudio, realizado a lo largo de dieciocho meses con ochocientos militares de diversas bases, reveló que quienes mejor detectaban las bombas eran gente de pueblo familiarizada con la caza que se había alistado a la Guardia Nacional de Carolina del Sur. Según Burnett: «Sencillamente, parecía que captaban mejor las cosas... Saben cómo mirar su entorno». ¿Y los otros jóvenes soldados, los que se criaron con Game Boys y pasaban los fines de semana en los centros comerciales? En general, dichos reclutas no tenían la capacidad para percibir los matices que posibilitan que un soldado detecte una bomba oculta. Incluso con una visión perfecta, carecían de esta aptitud especial, esta combinación de percepción intensa, visión periférica e instinto, por así decirlo, para descubrir aquello que no encajaba en el entorno. Su atención era limitada, como si estuvieran viendo el mundo en un formato preestablecido, «como si el parabrisas de su jeep fuera una pantalla de ordenador», escribió Perry. El brigada Burnett lo expresó de la siguiente manera: «estaban más centrados en la pantalla que en todo lo que les rodeaba».

La explicación puede ser en parte fisiológica. Un grupo de investigadores australianos sugiere que el problemático aumento de casos de miopía está relacionado con el hecho de que los niños y los jóvenes pasan menos tiempo al aire libre, donde los ojos deben enfocar distancias largas.12 Pero es probable que esto no sea todo. La visión, incluyendo la «visión mental»; un oído más aguzado; un sentido del olfato receptivo; la capacidad para saber dónde está situado nuestro cuerpo en el espacio: todas estas aptitudes podrían estar funcionando simultáneamente. En un entorno natural, esta ventaja proporciona aplicaciones prácticas y beneficios: una mayor capacidad para aprender, una mayor capacidad para evitar peligros y, quizá la aplicación más importante de todas, una inconmensurable capacidad para vivir la vida más plenamente.

Además de la propiocepción, es decir, la conciencia de la posición de nuestro cuerpo mediante el movimiento y el equilibrio, la naturaleza también nos brinda la oportunidad de desarrollar un sentido todavía más amplio: ser conscientes de la posición de nuestro cuerpo y espíritu en el universo y en el tiempo.

Un día, mi hijo Matthew me preguntó:

–¿Es la fe un sentido?

–¿Qué quieres decir? –repuse.

–Ya sabes: como si sintiéramos un poder superior.

Se trata de una pregunta estupenda que lleva a otras preguntas: ¿Podría existir un sentido espiritual, entendido de manera literal, más allá de nuestros sentidos, allí donde termina el mundo corriente y empieza todo lo que se halla más allá y en nuestro interior? ¿Podría ser que los otros sentidos, cuando funcionan a pleno rendimiento, cosa que a menudo ocurre cuando estamos en la naturaleza, activasen este sentido en particular?

Quizá este sentido, si es que existe, explique por qué muchos de nosotros nos valemos de términos religiosos para hablar de nuestras experiencias en la naturaleza, incluso en el caso de que no seamos formalmente religiosos.

El escritor sobre temas de la naturaleza Robert Michael Pyle, que acuñó la elegante expresión «extinción de la experiencia», pregunta: «¿Qué le pasa a una especie que pierde el contacto con su hábitat?» Nuestra sensibilidad ante la naturaleza y nuestra humildad cuando estamos inmersos en ella son esenciales para nuestra supervivencia física y espiritual. No obstante, nuestra creciente desconexión de la naturaleza nos embota los sentidos y acaba por debilitar incluso el aguzado estado sensorial que suscitan los desastres, ya sean naturales o provocados por el hombre. Pasar tiempo en la naturaleza, especialmente en la naturaleza salvaje, puede amenazar la integridad física, pero rechazar la naturaleza a causa de los riesgos e incomodidades que comporta es un riesgo aún mayor.

EL SENTIDO DE LA HUMILDAD

En aquel riachuelo de Alaska, donde los salmones rojos avanzaban contra la corriente y el bosque se inclinaba sobre la orilla, la posibilidad de que un oso saliera de entre los arbustos constituía un peligro. Al mismo tiempo, la conciencia que teníamos de ello nos protegía y avivaba nuestros sentidos frente a todo lo que ocurría en el río. También nos proporcionaba algo más grande: un sentido de humildad natural.

Hubo un momento en que en el extremo opuesto de una amplia llanura, un oso echó a correr hacia nosotros. Joe propuso que nos mantuviéramos juntos.

–Así pareceremos un gran animal con un montón de patas –dijo.

Me pareció una propuesta sensata. No se me escapaba que el oso pardo de Kodiak, aislado en el archipiélago del mismo nombre durante doce mil años, es el carnívoro terrestre más grande del mundo, cuyo peso puede llegar a superar los seiscientos kilos.

–¡Alejémonos del agua! –gritó Joe.

El animal pasó frente a nosotros y se zambulló en el meandro del arrollo por donde acabábamos de cruzar. Lo observamos sobrecogidos. Joven pero imponente, el oso se abalanzaba sobre los salmones en migración dando zarpazos y de vez en cuando alzaba el hocico, meneaba la cabeza y miraba hacia nosotros, tras lo cual reanudaba su pesca.

–También tiene que buscarse la vida –dijo Joe.

Eché una mirada a Matthew, que tenía firmemente agarrado su espray de pimienta. De una manera irracional, sentí una explosión de alegría que superaba con mucho toda preocupación que pudiera tener por nuestra seguridad. Qué bien que le irá a Matthew, pensé, experimentar este momento, con su belleza y la obligada humildad natural que comporta. El placer de estar vivo se intensifica cuando debes necesariamente estar atento a seguir con vida. Con vida en el amplio universo, con vida en el tiempo.

La isla de Kodiak, con una población más numerosa de osos que de personas, es uno de los últimos lugares salvajes del planeta donde el ser humano puede sentir ese peculiar cosquilleo en la nuca que tan solo se siente cuando uno se halla en el hábitat de otro depredador. Incluso los que viven en las zonas menos desarrolladas del mundo saben que tales momentos se están haciendo cada vez más raros. En su libro Monsters of God, publicado en 2003, David Quammen pronostica que antes del año 2150 todos los principales depredadores de la Tierra se habrán extinguido o estarán en parques zoológicos, con su reserva genética menguada y su fiero potencial enjaulado. Entonces, escribe, a la gente «le resultará difícil concebir que en el pasado esos animales eran orgullosos, peligrosos, imprevisibles, majestuosos... Los niños se sorprenderán y tendrán ganas de aprender si alguien les explica que antaño los leones corrían sueltos por este mundo». Y los tigres, y los osos.

En algunos casos excepcionales, los depredadores de gran tamaño se encuentran en vías de recuperación. Tras ser diezmados por los cazadores en la década de 1940 y gracias a los esfuerzos subsiguientes para protegerlos, en la actualidad la población de osos kodiak es estable y posiblemente esté creciendo. En el sur de California, el número de pumas ha aumentado de manera espectacular desde que dicho estado prohibiera su caza en 1990. Sin embargo, se hace difícil llevar la cuenta exacta por culpa de la mentalidad «dispara, entierra y calla la boca» de los rancheros, que a veces controlan la población animal a su manera. Los lobos reintroducidos en Yellowstone se enfrentan a un futuro igualmente incierto. Ya no se oye hablar mucho sobre el control de la natalidad humana, tan solo se habla de controlar la fauna y la flora.

Lejos de la civilización, y en entornos naturales e incluso en parques naturales urbanos, reencontramos nuestros sentidos. Pero ¿podremos entrar en razón a tiempo? Aunque los seres humanos nunca lleguen a encontrarse con una especie depredadora (distinta de la humana), la protección de la vida animal conserva o recupera parte de nuestra humanidad; alimenta los vestigios de nuestros sentidos más profundos, en especial el sentido de humildad que exige la verdadera inteligencia humana.

En Kodiak sobrevive parte de esa frontera: una especie de Parque Jurásico con salmones. Otro día, mi hijo y yo volvimos a ver un oso: subía apresuradamente por una pequeña cresta en dirección a una manada de caballos salvajes, los cimarrones, que pueblan la isla. Quizá tenía la esperanza de arrebatarles un potrillo blanco que estaba con ellos. Sorprendentemente, los caballos (más peligrosos para la gente que los osos, según nos dijo Joe), liderados por un magnífico ejemplar de crin blanca, echaron a correr directamente hacia el oso. Al verlos avanzar a toda velocidad, con las colas al viento como banderas, el plantígrado decidió cambiar de plan.

Los caballos salvajes se detuvieron, se mantuvieron juntos y observaron, al igual que nosotros, cómo el oso se alejaba lentamente por la playa hasta desaparecer en la niebla. Luego siguieron su propio camino. Y volvimos a quedarnos solos en la llanura.

La mente híbrida
Mejorar la inteligencia mediante la naturaleza

Seamos realistas. Aunque tengamos la suerte de ir a Alaska a avistar osos o de haber establecido vínculos con el mundo natural cuando éramos jóvenes, conservar estos vínculos o principiar una relación evolucionada con la naturaleza no es tarea fácil.

Mi despacho de San Diego es un mar de distracciones. Dos ordenadores, dos impresoras, un fax-contestador-escáner, un escáner de negativos y diapositivas, una radio y cuatro discos duros ocupan mi mesa de trabajo, bajo la cual hay una maraña de cables que me ha estado apabullando durante años. No me extrañaría que cualquier noche ese revoltijo de ganglios subiera sigilosamente las escaleras, como un Slinky asesino en serie, y me estrangulara en el dormitorio. No obstante, justo ahora veo a través del cristal de la puerta corredera algo que se mueve en los arbustos: un rascador manchado entre las hojas, rascando cómicamente con las patas mientras busca insectos y cantando tuuíííí. Hace poco, nuestro hijo Matthew, que se ha aficionado a observar pájaros con verdadera pasión, nos regaló a mi mujer y a mí unos prismáticos de 10x42 y la Guía de campo de aves de la Sociedad Nacional Audubon: región occidental. Ha pegado etiquetas amarillas en algunas páginas del libro para indicarnos qué pájaros frecuentan nuestro territorio.

Los prismáticos y el libro también están sobre mi escritorio. La mesa empieza a vibrar. Alargo la mano para coger el iPhone.

Robert Michael Pyle sería el primero en afirmar que hallar el equilibrio no es fácil. En 2007, Pyle anunció en su columna sobre ecologismo de la Orion Magazine que se estaba planteando abandonar el correo electrónico. «El tiempo dirá si puedo vivir sin correo electrónico», escribió. «Mientras tanto, volveré al correo ordinario, y a las virtudes de la paciencia y el silencio. Tú te lo pierdes, diréis. Es posible. Ya veremos...»1

Dos años más tarde, envié un e-mail a Bob preguntándole cómo le iba la vida después de haber prometido dejar de usar el correo electrónico. Fue una mala señal obtener una respuesta, y rápida. «He recaído», me escribió. «Se podría decir que he hecho una pausa, pero aún no he logrado del todo alcanzar mi ideal. Sin embargo, intento limitar todo lo que puedo el tiempo que paso escribiendo en el ordenador y navego lo menos posible por la red.» Cuando debe sentarse frente a la pantalla para escribir sus artículos diarios, se levanta y sale a pasear lo más pronto que puede.

A veces, incluso gente como Pyle, una persona de lo más optimista y llena de energía, se muestra desesperanzada respecto a la posibilidad de conseguir un reencuentro entre el hombre y la naturaleza.

Personas empalagosas nos chillan desde televisores de pantalla plana instalados sobre los surtidores de las gasolineras. Las empresas de publicidad sustituyen los carteles por deslumbrantes pantallas digitales. Las pantallas pululan ahora en los aeropuertos, las cafeterías, los bancos, sobre las colas ante la caja de la tienda de comestibles e incluso en los aseos, sobre los urinarios o sobre los secadores de manos. En algunas compañías aéreas, los mensajes publicitarios nos llegan desde las mesitas plegables y las bolsas para el mareo de los respaldos anteriores. Disney anuncia DVD para preescolares en las sábanas de papel de las camillas de las consultas de los pediatras. Quizá sea nuestro castigo por usar el DVR para saltarnos los anuncios. «Nunca sabemos dónde va a estar el consumidor en un momento determinado, por lo tanto debemos encontrar la manera de estar en todas partes», explicaba al New York Times Linda Kaplan Thaler, presidenta de la agencia de publicidad Kaplan Thaler Group. «La ubicuidad es la nueva exclusividad.»2

Este intenso bombardeo informativo ha dado origen a una nueva disciplina llamada «ciencia de la interrupción» y a una afección recién acuñada: atención parcial continuada.3

Maggie Jackson, autora de Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age, explica que un trabajador que se distrae tarda casi media hora en reanudar una tarea; el 28 % de una jornada típica se pierde en interrupciones y el tiempo subsiguiente para recuperar la atención; las constantes intromisiones electrónicas que distraen a los trabajadores hacen que estos se sientan frustrados, presionados, estresados y menos creativos.4 Escribimos más, pero nos comunicamos menos. En el Centro de Estudios de la Vida Familiar Cotidiana de la UCLA, Elinor Ochs, una antropóloga lingüística, junto con un equipo de veintiún investigadores, se ha servido de los instrumentos de la etnografía, la ecología, la arqueología y la primatología para grabar y estudiar las rutinas de treinta y dos familias del área de Los Ángeles. El equipo descubrió que los miembros de familias inquietas se movían deprisa, se reunían en la misma habitación tan solo un 16 % del tiempo, tendían a gruñir más que a hablar, se cruzaban sin saludarse y apenas si alzaban la vista del videojuego, el televisor o el ordenador. «Volver a casa al final de la jornada es uno de los momentos más delicados y vulnerables de la vida. En todo el mundo, en todas las sociedades, existe alguna forma de saludarse.» Pero no en esas familias.5

Larry Hinman, profesor de filosofía y director del Instituto de Valores Morales de la Universidad de San Diego, ha estudiado la evolución de los robots. Un científico a quien entrevistó le comentó que las máquinas «no tienen vínculos», hecho que consideraba positivo. «La naturaleza es un mundo complejo y ya nacemos con vínculos, empezando por el cordón umbilical», afirma Hinman. A pesar de los cables eléctricos, «el mundo tecnológico es el mundo de la tabula rasa; puedes rehacerlo sin el desorden de la realidad. Un sueño falso, pero es lo que atrae la imaginación de algunas personas que trabajan en el campo de la robótica». Esto es especialmente cierto en Japón, donde los robots se están haciendo cada vez más inquietantemente parecidos a los humanos. «Una noche, en la televisión, dio las noticias un robot presentador y casi nadie notó la diferencia», dice. «Otro científico creó un prototipo básico con las facciones de su propio hijo pequeño, quien le preguntó: “¿Es que no tienes suficiente conmigo, papá?” Fue un duro golpe para él.»

Llevada al extremo, una vida desnaturalizada es una vida deshumanizada. Tal como dijo el naturalista y escritor norteamericano Henry Beston, cuando el viento que acaricia la hierba «ya no forma parte del espíritu humano, de su carne y hueso, el hombre se convierte, por así decirlo, en una especie de forajido cósmico». Los beneficios de Internet son innegables. Pero la inmersión electrónica sin ninguna fuerza que la equilibre provoca un agujero en la barca por el que se escapa nuestra capacidad para prestar atención, para pensar con claridad, para ser productivos y creativos. El mejor antídoto contra la inmersión negativa en la información electrónica será un incremento de la cantidad de información natural que recibamos.

Cuanto más tecnológicos nos hacemos, tanta más naturaleza necesitamos.

NATURALEZA INTELIGENTE

Durante una visita a las islas Galápagos en 2010, pasé una tarde en la Escuela Tomás de Berlanga, en la isla de Santa Cruz. La Fundación Scalesia, una organización no gubernamental creada en 1991 para dar una educación alternativa a los habitantes del archipiélago, financia esta escuela, que atiende a un número creciente de niños cuyos padres se han trasladado a esta isla en busca de trabajo en el campo del ecoturismo. Incluso allí, en esas extraordinarias islas (donde uno debe tener cuidado donde pone el pie para no pisar una iguana, un lagarto de lava, un león marino o un alcatraz patiazul), los niños saben pocas cosas sobre su propia biorregión.

Pero no es ese el caso en esa escuela. Exceptuando los cursos que requieren el uso de ordenadores, las clases se hacen bajo toscos cobertizos sin paredes. Este tipo de «escuelas forestales», especialmente populares en Europa, comprende desde escuelas tradicionales que envían a los alumnos al aire libre unas cuantas horas a la semana hasta otras que no utilizan edificio alguno. Diversos estudios avalan su eficacia.

La directora de la Escuela Berlanga, Reyna Oleas, es una vivaz ecuatoriana de cerca de cuarenta años, antigua asesora medioambiental que antes de cambiar de vida ayudó a proyectar más de veinte fundaciones ecologistas en Latinoamérica y el Caribe. En 2007 se trasladó a las Galápagos para abrir esta escuela. Le pregunté cómo había influido el mundo natural en su manera de pensar. ¿La había hecho más inteligente?

–Prefiero hablar de perspicacia. Soy más perspicaz y tengo la conciencia despierta permanentemente –contestó–. Antes de venir aquí mi vida era... letárgica.

Me dio una interesante definición de lo que entendía por letárgico: no dormido, sino más bien desquiciado.

–Escribes correos electrónicos, miras la televisión, contestas al teléfono... Tienes la cabeza en muchos sitios a la vez. Tu cuerpo podría sufrir un colapso y ni tan solo te darías cuenta. Fumaba dos paquetes de cigarrillos al día. Estaba estresada. No me sentía bien. Aquí me curé, dejé de fumar.

Y aquí sus ideas se aclararon.

–Cuando tienes que enfrentarte con algo, vas y lo haces. Las soluciones llegan de una manera más natural. Puedo distinguir el problema real del ruido de fondo. Antes, cuando tenías un problema todo se te hacía enorme. Ahora, si te pasa algo dices: de acuerdo, es lo que hay. ¿Cómo lo solucionamos?

Me parece que queda lo suficientemente claro: cuando vivimos de verdad en la naturaleza, usamos todos nuestros sentidos al mismo tiempo y eso nos pone en la situación óptima para aprender.

Ese mismo día, durante el almuerzo, conocí a Celso Montalvo, un naturalista y guía de expediciones de poco más de cuarenta años que trabajaba para Lindblad National Geographic Expeditions. Celso pasó parte de su infancia en las Galápagos. Tras licenciarse en la Escuela Naval de Ecuador, estudió informática en Nueva York, pero decidió regresar a sus amadas islas. Estaba hablando con Oleas sobre la inteligencia natural (o, tal como decía ella, perspicacia y conciencia) cuando Celso se unió a la conversación. Según él, la inteligencia natural es «conocer las señales de la naturaleza».

–Hay un tipo general de inteligencia animal. La veo en los peces, en los pájaros –dijo–. Todos nacemos con ella. Y podemos activarla de nuevo. No es muy difícil. Saber biología ayuda, pero se trata de un conocimiento más profundo. Cada vez que salgo a cubierta, o fuera de casa, puedo sentir la dirección de la brisa. Siento lo que los animales pueden sentir. Ellos pueden sentir la salida y la puesta del sol. Las plantas apuntan en una dirección cuando el ambiente es húmedo y en la otra cuando es seco. Se trata de unir puntos. Así de sencillo. Excepto Internet, todo te conecta con el mundo. Todo.

El mundo natural nos ayuda a percibir las conexiones; también puede ayudarnos a afinar el conocimiento.

Wolf Berger, eminente profesor del Departamento de Investigaciones Geológicas de la Institución Scripps de Oceanografía y amigo mío, hace excursiones para aclarar la mente y centrarse. Normalmente camina por la playa de La Jolla, sube por los senderos del parque estatal de Torrey Pines, a lo largo de las retorcidas esculturas de barro de los acantilados de arenisca congelados por el tiempo, a través del chaparral de brezales californiano, donde las serpientes de cascabel toman el sol, o por los bosquecillos que forma el pino más raro de Norteamérica, vestigio de la antigua vegetación litoral. Mira hacia el mar y sigue la evolución de las marsopas mientras cosen las olas con sus lomos curvos, o bien las zambullidas de las gaviotas.

Un día, mientras caminaba con él por una meseta más al interior, me explicó cómo su mente científica procesa la naturaleza.

–Los varios tipos de suelo y las plantas presentan un gran número de tonos diversos de marrón y verde, y observándolos con detenimiento puedes adivinar qué rocas y qué clase de vegetación encontrarás al acercarte más –me dijo Wolf–.A medida que envejezco voy perdiendo oído, pero todavía disfruto del susurro de la brisa entre los pinos y los abetos, y del canto de los pájaros. Intento adivinar el tamaño de cada pájaro a partir de la distribución de frecuencias en sus emisiones acústicas, lo que quizá no sea un enfoque muy romántico. Incluso más que mis sentidos, la naturaleza potencia mi pensamiento.

Nuestra sociedad parece mirar a todas partes excepto al dominio natural para desarrollar la inteligencia. Gary Stix, en un artículo publicado en Scientific American, informa sobre un auge en el consumo de pastillas para potenciar el funcionamiento del cerebro. Mucha gente toma ya suplementos «naturales» para mejorarlo o para calmarlo: ginkgo biloba para incrementar su riego sanguíneo, hipérico para las depresiones, etcétera. Y las sustancias psicoactivas hace miles de años que se usan para estimular la capacidad humana de tener visiones y crear. Pero tal como puede atestiguar cualquier superviviente del boom de natalidad de la década de 1960, los resultados son diversos. Ahora estamos dando el siguiente salto. «Tras los años noventa, en los que el presidente George H. W. Bush proclamó la década del cerebro, llega la que podría ser catalogada como “la década del cerebro mejor”», escribe Stix. Los estudiantes universitarios y los ejecutivos consumen estimulantes para mejorar su rendimiento mental cotidiano, aunque dichos fármacos nunca han sido autorizados para esta finalidad. Llamados neuropotenciadores, nootropos o fármacos inteligentes, entre las píldoras inteligentes favoritas normalmente se incluyen el metilfenidato (Medicebran), las anfetaminas y el modafinilo (Modiodal). «En algunos campus, una cuarta parte de los estudiantes ha admitido estar tomando alguno de estos medicamentos», según Stix.6 Hay gente que necesita dicha medicación, por supuesto, pero la dependencia de esas sustancias sigue siendo un experimento a gran escala cuyos efectos secundarios a largo plazo aún no han sido determinados. Aparte de los fármacos, la atención de los medios de comunicación se ve atraída por el potencial de las redes neuronales artificiales (la reproducción o ampliación del sistema nervioso biológico) para incrementar la inteligencia humana. Pero ya existe un suplemento potenciador de la inteligencia, económico y al alcance de todo el mundo.

El estudio de la relación entre la agudeza mental, la creatividad y el tiempo pasado al aire libre es una barrera para la ciencia. Pero una investigación reciente indica que la exposición al mundo natural puede mejorar la inteligencia en algunas personas. Es probable que esto ocurra al menos de dos maneras: en primer lugar, nuestros sentidos y sensibilidades mejoran mediante nuestra interacción directa con la naturaleza (y el conocimiento práctico de los sistemas naturales todavía tiene aplicación en nuestra vida cotidiana); en segundo lugar, un entorno más natural parece estimular nuestra capacidad para prestar atención, pensar con claridad y ser más creativos, incluso en barrios urbanos densamente poblados. Este estudio tiene implicaciones positivas para la educación, los negocios y la vida diaria de jóvenes y mayores.

El trabajo fundacional en este campo lo iniciaron en los años setenta los psicólogos medioambientales Rachel y Stephen Kaplan.7 Las conclusiones del estudio, que realizaron a lo largo de nueve años para el Servicio Forestal de Estados Unidos, y de investigaciones posteriores sugieren que el contacto directo e indirecto con la naturaleza puede ayudar a recobrarse de la fatiga mental y a recuperar la atención. Además de apoyar la teoría según la cual la experiencia de la naturaleza puede mejorar la salud psicológica, descubrieron que ayudaba a recuperar la capacidad del cerebro para procesar información. Realizaron un seguimiento de los participantes en un programa de contacto con la naturaleza de hasta dos semanas de duración, del tipo de los que organiza Outward Bound. Las personas estudiadas explicaron que durante las excursiones o después de ellas habían experimentado una sensación de paz y una capacidad para pensar más claramente; también dijeron que el mero hecho de estar en la naturaleza les resultaba más tonificante que las actividades que suponían un reto físico, como por ejemplo escalar, por las que dichos programas son principalmente conocidos.

Con el tiempo, los Kaplan desarrollaron su teoría de la fatiga de la atención dirigida. Tal como se describe en un artículo escrito por Stephen Kaplan y Raymond DeYoung: «Sometida a una tensión constante, nuestra capacidad para dirigir nuestros procesos inhibidores se cansa... Esta afección disminuye la eficacia mental y dificulta la toma en consideración de objetivos abstractos a largo plazo. Normalmente se atribuye a esta fatiga una serie de síntomas: irritabilidad e impulsividad, que acarrean decisiones lamentables, impaciencia, que nos hace tomar resoluciones mal razonadas, y tendencia a la distracción, que permite que el entorno inmediato ejerza un efecto magnificado en nuestras elecciones conductuales».8 Los Kaplan plantean como hipótesis que el mejor antídoto contra este tipo de fatiga, provocada por una atención dirigida excesiva, es la atención involuntaria, que ellos denominan «fascinación», y que se da cuando nos hallamos en un entorno que cumple ciertos requisitos: debe transportarnos lejos de la rutina diaria, proporcionarnos una cierta fascinación, darnos sensación de amplitud (un espacio suficiente para permitir la exploración) y una cierta compatibilidad con nuestras expectativas para que el entorno sea explorado. Además, han descubierto que el mundo natural es un lugar especialmente eficaz para que el cerebro humano supere la fatiga mental, para que se restablezca.

La obra de los Kaplan indica que la naturaleza calma y centra la mente simultáneamente, y al mismo tiempo proporciona un estado que sobrepasa a la relajación, permitiendo que la mente detecte pautas que de otra manera le pasarían por alto. Sí: hay gente que podría alcanzar un estado similar paseando por las calles de Nueva York, o mediante técnicas de meditación avanzada, o quizá algún día gracias a una pastilla. Pero el mundo natural nos ofrece sus propios suplementos. «Nuestro trabajo se ha centrado en las múltiples maneras en que la naturaleza cercana, experimentada directa o indirectamente, puede contribuir al bienestar», dice Rachel Kaplan. «Cuidar de las plantas de casa, ver un árbol desde la ventana, la horticultura, los árboles de las calles, macetas con flores en las paradas de autobús... el mundo natural puede resultarnos beneficioso de muchas maneras.»

Estudios posteriores han confirmado las conclusiones de los Kaplan. Los investigadores Marlis Mang y Terry Hartig, de la Universidad de California-Irvine, compararon tres grupos de entusiastas del excursionismo. El grupo que salió de excursión por la montaña mejoró su capacidad para corregir pruebas de imprenta, mientras que los otros dos, que no salieron de excursión o que lo hicieron por la ciudad, no mostraron ninguna mejora en dicha actividad.9 Investigadores de la Universidad de Michigan demostraron que la memoria y la atención de los participantes en un estudio mejoraba un 20 % tras una sola hora de interacción con la naturaleza, según los resultados publicados en Psychological Science en 2008.10 Marc Berman, psicólogo de la Universidad de Michigan y autor principal del estudio, comentó: «No es necesario disfrutar de la excursión para beneficiarse de ella: se obtuvieron los mismos beneficios durante el verano, con tiempo soleado y temperaturas cercanas a los 30 grados, que cuando estas bajaron en picado hasta los 4 grados negativos en enero. La única diferencia fue que los participantes en el estudio disfrutaron más de las excursiones en primavera y en verano que en lo más crudo del invierno».

Por otro lado, en el Laboratorio de Investigación del Medio Humano de la Universidad de Illinois, un grupo de investigadores ha descubierto que los niños con déficit de atención muestran una reducción significativa de los síntomas cuando se relacionan con la naturaleza.11 Como los adultos también pueden padecer déficit de atención, se podría conjeturar que este estudio resulta igualmente pertinente para ellos.

La mayoría de investigaciones sobre cómo la experiencia de la naturaleza puede mejorar el aprendizaje se han llevado a cabo con gente joven. Pero la educación acorde con la naturaleza parece funcionar con todos los implicados en ella, maestros incluidos. Un estudio realizado en Canadá mostró que ajardinar los terrenos de una escuela no solo mejoraba el rendimiento académico de los alumnos, sino que también reducía la exposición a toxinas y aumentaba el entusiasmo de los maestros con su tarea, en parte debido a que había menos problemas de disciplina en el aula.12

En las escuelas con jardines el absentismo es menor. Las clases de jardinería pueden mejorar la capacidad de aprendizaje y el comportamiento de los alumnos; los que habían asistido a dichas clases mejoraron su actitud y su capacidad para trabajar en equipo y ampliaron sus oportunidades de aprendizaje. Un enfoque natural en los institutos puede influir positivamente en los logros académicos y la actitud de los jóvenes. Una investigación que estudió 101 institutos públicos del estado de Michigan descubrió que los estudiantes cuyos centros tenían ventanas más grandes y más espacios con vistas a la naturaleza cercana (desde las aulas, los comedores y los patios) sacaban mejor puntuación en los exámenes, y que un porcentaje elevado de dichos estudiantes pensaba ir a la universidad. (También se constató una tasa menor de actos delictivos.)13 Las salidas de campo reales ofrecen mejores entornos para el aprendizaje que las virtuales. Esto no quiere decir que las salidas de campo virtuales (por ejemplo, mediante webcams) no sean útiles, pero la experiencia real brinda a los estudiantes la oportunidad de usar todos sus sentidos y su espontaneidad en un aprendizaje «instigativo»: lo que los investigadores calificaron de entorno de aprendizaje superior que sobrepasa a los métodos de aprendizaje basados en el plan de estudios.14 Los denominados estudiantes en situación de riesgo que no han tenido muchas experiencias en la naturaleza muestran una notable mejora del 27 % en las puntuaciones de los tests para comprobar su dominio de las ciencias cuando siguen programas educativos al aire libre de una semana de duración. También desarrollan su capacidad para cooperar y solucionar conflictos, aumentan su amor propio, tienen un comportamiento medioambiental positivo y más capacidad para resolver problemas, están más motivados a aprender y su conducta en clase es mejor.15 Normalmente este tipo de estudios tiene en cuenta la posición social y económica, la procedencia étnica, la edad y el número de alumnos.

En cuanto al aprendizaje de los adultos, hacen falta más investigaciones, pero los estudios y teorías referentes a los jóvenes son pertinentes en cualquier discusión sobre la inteligencia, independientemente de la edad del estudiante.16

¿Se ensució usted? Un estudio dirigido por Dorothy Matthews y Susan Jenks, de los Sage Colleges de Troy, Nueva York, ha descubierto que los ratones a los que se suministraba una bacteria recorrían un laberinto dos veces más deprisa de lo normal. La bacteria en cuestión es la Mycobacterium vaccae, que se halla de forma natural en la tierra y que la gente que pasa tiempo en contacto con la naturaleza ingiere o inhala con frecuencia. El efecto desaparece al cabo de pocos días, pero según afirmó Matthews, dicho estudio sugiere que la M. vaccae puede tener su importancia en el aprendizaje de los mamíferos. La investigadora conjeturaba que la creación de entornos de aprendizaje al aire libre con presencia de esa bacteria podría «mejorar la capacidad para aprender nuevas tareas».17 Píldoras inteligentes contra microbios inteligentes.

Aunque las conclusiones de este estudio sobre bacterias son interesantes y correctas, que nadie espere que se empiecen a repartir microbios inteligentes en las aulas o en los salones de juntas. Pero el número creciente de investigaciones sobre la relación entre la capacidad de aprendizaje y el contacto con la naturaleza, independientemente de que los estudios se realicen con adultos o con niños, tiene sin duda consecuencias para los métodos de enseñanza a todos los niveles, así como para el diseño de las escuelas y sus patios. Estas ideas son extensibles a las universidades y a los programas educativos para adultos que podrían ofrecer las instituciones docentes. No resulta difícil imaginar un movimiento educativo basado en la naturaleza que rivalice con el boom de la educación virtual de alta tecnología. El estudio citado también indica que los individuos pueden proceder por sí solos para sacar provecho intelectual y creativo de la naturaleza.

No obstante, la mayoría de la gente necesita un poco de ayuda de sus amigos para aguzar su mente en la naturaleza. Jon Young, instructor de orientación al aire libre desde hace muchos años, trabaja con adultos y niños en el área de la Bahía para el Instituto de Diseño Regenerativo de Bolinas, California.

–Casi nunca te encuentras con el caso de que una persona esté conectada a la naturaleza y toda su comunidad no lo esté –dice–. Hay usos culturales que implican a toda la comunidad en lo que se refiere a la práctica de conexión con la naturaleza.

Young trabaja con grupos de hasta doscientos adultos al año a los que enseña a convertirse en asesores de la disciplina llamada conexión con la naturaleza. En sus cursos, aplica los métodos expuestos en el Coyote’s Guide to Connecting with Nature, libro que escribió junto con Ellen Haas y Evan McGown. Entre los ejercicios y rituales hallamos: radar corporal, las seis artes del rastreo, trazar mapas, imaginar con el ojo mental, escuchar el lenguaje de los pájaros y concentración vegetal. Su escuela enseña a orientarse, a ser consciente de la hora del día, a conocer qué pájaros han regresado de la migración, a anticipar el cambio estacional, a saber dónde saldrán las setas basándose en el régimen de lluvias...

–Todo esto lo tenemos profundamente incrustado en... ¿puedo decir nuestro software? Odio usar esta analogía –confiesa Young–. Se trata del sistema operativo con el que nuestro hardware está diseñado para funcionar, si lo prefieres... Y cuando nos conectamos con la naturaleza, todas estas funciones se activan por sí mismas. Jugamos al aire libre, seguimos pistas, caminamos sin rumbo fijo. Al cabo de un par de meses metidos en ello, su mirada se ilumina y de repente exclaman: «¡Ah! Es magnífico. No me había sentido así desde los nueve años». Cuando tiene lugar este nuevo despertar es como si ocurriera algún tipo de fenómeno neurológico. A algunos adultos esto les hace sentir culpables: creen que el aprendizaje debe ser doloroso. Los sistemas educativos a los que están acostumbrados se basan en la transmisión de información.

Si se aplica exclusivamente este enfoque, la gente tiende a almacenar la información en su memoria a corto plazo, sacarla de ahí para hacer un test «y luego dejan que se pierda: no se guarda en los archivos de la memoria a largo plazo». En el extremo opuesto del espectro de los entornos de aprendizaje hallamos lo que Young denomina «conexión plena». Da el siguiente ejemplo:

–Una niña de once años que ha conectado profundamente con un caballo puede darte una cantidad extraordinaria de información sobre los caballos sin saber siquiera de dónde la saca. Y te la transmitirá mediante atractivos y animados cuentos. Siempre recuerdo a la gente que si nos conectamos con la naturaleza de una manera eficaz, la información vendrá por sí sola de manera placentera.

La palabra inteligencia hace que Young se pare a pensar.

–Considero que la conexión con la naturaleza es algo más nutritivo en un sentido emocional, intelectual, espiritual. Es una parte profundísima de lo que somos en cuanto seres humanos, y nuestro potencial.

Así pues, Young se pregunta si debemos hablar de inteligencia o más bien de lo que él denominaría conciencia innata.

–La inteligencia podría situarse en el contexto de esta conciencia más amplia, ser un subconjunto de un conjunto perceptual mayor: el gran recipiente, mayor que la suma de las inteligencias, el sistema de fondo –reflexiona.

CREATIVIDAD NATURAL:

PORQUE NO SOLO EL MIEDO GOBIERNA LA VIDA HUMANA

El genio creativo no es la acumulación de saber; es la capacidad para descubrir pautas en el universo, para detectar vínculos ocultos entre lo que es y lo que podría ser.

Unir los puntos, tal como dice Celso Montalvo, de la escuela de las Galápagos. Ralph Waldo Emerson, en un discurso pronunciado en el funeral de Henry David Thoreau, enumeró los múltiples talentos de su amigo: «Era buen nadador, corredor, patinador, barquero, y probablemente ganaría caminando a la mayoría de campesinos... La longitud de sus paseos constituía exactamente la longitud de sus escritos. Si se quedaba encerrado en casa no escribía nada».18 Estos paseos no solo estimulaban su creatividad, sino que también tenían una aplicación práctica, cotidiana: las experiencias al aire libre de Thoreau lo convirtieron en un agrimensor muy solicitado; además de determinar las lindes con exactitud, podía explicar el ecosistema de un área determinada con gran detalle. Aficionado a observar los ríos, riachuelos y estanques, conocía los secretos de las aguas de su región mucho antes de que los hidrólogos profesionales realizaran sus medidas.

Cuando el comentarista de la NPR informó sobre la investigación que demostraba que se tiene mayor agudeza mental tras un paseo por la naturaleza, señaló que Albert Einstein y el matemático y filósofo Kurt Gödel, «dos de las personas más brillantes que han hollado la faz de la tierra, es notorio que cada día paseaban por los bosques del campus de Princeton». De acuerdo, no todos somos Einstein. Pero sí que hemos experimentado todos ese momento de ¡eureka! en que el cerebro se halla en un estado positivo de relajación.

Al igual que los estudios sobre la capacidad de aprendizaje, la mayor parte de investigaciones sobre la relación entre las experiencias en la naturaleza y la creatividad se llevan a cabo con gente joven. En 2006, por ejemplo, un estudio realizado en Dinamarca descubrió que los parvularios al aire libre son mejores que los situados en recintos cerrados para estimular la creatividad de los niños. Los investigadores explicaron que el 58 % de los párvulos que tenían un contacto estrecho con la naturaleza a menudo se inventaban juegos nuevos, mientras que de los que estaban en recintos cerrados tan solo un 16 % hacía lo mismo.19 Una explicación de esto, válida tanto para niños como para adultos, podría aportarla la «teoría de las partes sueltas» en educación, según la cual cuantas más partes sueltas hay en un entorno determinado, tanto más creativo es el juego. Un juego de ordenador tiene una gran cantidad de partes sueltas, en forma de código de programación, pero el número de ellas y sus interacciones están limitados por la mente humana que creó el juego. En un árbol, un bosque, un campo, una montaña, un barranco o un solar, el número de partes sueltas es ilimitado. Por lo tanto, es posible que la exposición a las partes sueltas, pero interrelacionadas de la naturaleza, estimule una mayor sensibilidad a las pautas que subyacen a toda experiencia, toda la materia y todo lo que importa.

En 1977, la difunta Edith Cobb, una destacada defensora de la educación basada en la naturaleza, sostuvo que los genios comparten una característica: experiencias trascendentes en la naturaleza durante sus primeros años de vida.20 La psicóloga medioambiental Louise Chawla, de la Universidad de Colorado, ofrece una perspectiva más amplia. «La naturaleza no es solo importante para los futuros genios», afirma. Se dedica a investigar lo que denomina «lugares extáticos». Pero usa el adjetivo extático con cuidado: más que la acepción actual de «deleite», «arrobamiento», prefiere su significado etimológico, que deriva del griego ék stasis «desplazamiento» o «situación fuera de uno mismo». Estos momentos extáticos son «joyas radioactivas ocultas en nuestro interior que irradian energía a lo largo de nuestras vidas», tal como dice Chawla. Tales momentos se experimentan con frecuencia durante los años de formación. Pero gracias a la plasticidad del cerebro y a las sensibilidades individuales pueden ocurrir en cualquier momento de la vida.

Lo mismo puede decirse de la creación de nuevas neuronas, las células del cerebro que procesan y transmiten la información. Es razonable conjeturar, pues, que el tiempo pasado en contacto con el mundo natural, al restablecer y estimular nuestros cerebros, puede desembocar en estallidos de nuevas neuronas o «neuronas naturales», como las denomina mi mujer.

La conciencia del tiempo también puede ser un factor. Tal como se señala en el informe «Parques sanos, gente sana», publicado por la Facultad de Salud y Desarrollo Social de la Universidad Deakin de Melbourne, Australia: «La vida urbana está dominada por el tiempo mecánico (puntualidad, fechas límite, etcétera), pero nuestros cuerpos y mentes lo están por el tiempo biológico». Sabemos que un desfase entre ambos tipos de tiempo (recordemos el jet lag) puede provocar irritabilidad, inquietud, depresión, insomnio, tensión y dolores de cabeza. Además, «desde un punto de vista neurológico, las experiencias en la naturaleza pueden ayudar a fortalecer las actividades del hemisferio cerebral derecho y a restablecer la armonía en las funciones del cerebro en su totalidad», explica el citado informe.21 «He aquí una posible explicación técnica del proceso que tiene lugar cuando las personas “se aclaran las ideas” saliendo a pasear por el parque (...). Por otro lado, los investigadores han descubierto que, en el acto de contemplar la naturaleza, el “exceso” de circulación (o actividad) del cerebro se relaja y disminuye asimismo la actividad del sistema nervioso.»22

Sea cual sea el proceso, las personas creativas a menudo son conscientes de que se ven arrastradas al aire libre para refrescar sus ideas. «Siempre que me es posible trabajo al aire libre. Es importante atrapar los pensamientos instantáneos», dice la escritora Hilary Mantel, ganadora del prestigioso Booker Prize en 2009.23 El pintor norteamericano Richard C. Harrington continúa la tradición de los artistas que hallaban la inspiración al aire libre. Escribe: «El hecho de estar lejos de mi entorno o de no poder salir al aire libre con regularidad me provoca tensión, depresión y, en general, infelicidad».24

El escultor David Eisenhour, de cincuenta y tantos años, vive en un pueblecito del estado de Washington. Lo conocí un día de 2009 en el otro extremo del continente, en el Chautauqua Festival que se celebra en el norte de Nueva York, donde se exponía una obra suya. De niño vivió con su padre en una caravana, en una comunidad de granjeros del norte de Pensilvania. Pasaba la mayor parte del tiempo en la naturaleza, pero también tenía acuarios con ranas, peces, cangrejos e insectos. Con un buen microscopio se sumergía en un mundo diferente. En la actualidad, sus esculturas de hierro fundido representan formas naturales que parecen familiares, pero a menudo halla la inspiración en objetos o criaturas tan pequeños que pasan desapercibidos. Líquenes o escarabajos adoptan formas sorprendentes en sus manos. La pieza presentada en Chautauqua era una enorme e insólita escultura de la cabeza de un escarabajo pelotero; parecía más bien un triceratops y era hermoso. Sentado sobre un muro de piedra cercano a la exposición, me habló de los vínculos entre la naturaleza y la inspiración.

–La razón por la cual mi trayectoria artística parece progresiva es que las esculturas que hago no son sentimentales, sino que tienen un aspecto muy orgánico y muy primigenio. Les está llegando su momento porque la gente necesita esta conexión con el mundo natural. Proporcionan de nuevo esa fascinación de la infancia –dijo–. Busco un tipo de imágenes que, a nivel macro o microscópico, se repiten. Miras más a los componentes básicos de la vida. En algún lugar de nuestro cerebro de simio, en el subconsciente, tenemos toda esa información. Simplemente hemos perdido la capacidad de acceder a ella... al hecho de que la espiral de un caracol y la espiral de la Vía Láctea son lo mismo.

Pero el motivo principal por el que elige representar este tipo de imágenes, dice, es porque:

–Estar en la naturaleza me sosiega la mente y es de este sosiego de donde nace el verdadero arte.

En el verano de 2009 fui invitado con varios colegas al rancho Pecos River, que el actor Val Kilmer tiene en Nuevo México, para hablar con él sobre su proyecto de creación de una especie de museo de arte/centro creativo en su finca. Durante la visita, lo que más me llamó la atención no fue la visión de futuro del actor, sino una pequeña fotografía en blanco y negro de un cumulonimbo sobre el agua que había en la repisa de la chimenea. Bajo ella, Kilmer había escrito con su apretada letra la siguiente dedicatoria para su hijo: «La inspiración es la confirmación... Besos. Papá». En uno de los extremos inferiores de la fotografía había añadido una posdata: «pero si alguna vez te quedas sin ideas, no tienes más que salir al aire libre».

EL PENSAMIENTO HÍBRIDO

Una reflexión más antes de pasar a tratar la salud física y emocional. Sin abandonar el ámbito de las discusiones sobre naturaleza e inteligencia, abramos algunas brechas en la falsa dicotomía entre naturaleza y tecnología.

Durante su infancia y adolescencia, mis hijos pasaron mucho tiempo al aire libre, pero también jugaron a un montón de videojuegos: tantos como para incomodarme. De vez en cuando, Jason y Matthew intentaban convencerme de que su generación estaba protagonizando un salto evolutivo: como pasaban tanto tiempo escribiendo mensajes, jugando a videojuegos, etcétera, etcétera, estaban conectados de manera diferente. Yo les respondía señalándoles que mi generación había dicho cosas similares sobre las drogas, y que los resultados no habían sido demasiado buenos. Lo más probable es que con la adicción electrónica ocurra lo mismo, y es por ello por lo que resulta tan necesario el equilibrio natural. En la actualidad, la diferencia estriba no en la presencia de la tecnología, sino en el ritmo del cambio: la rapidez con que se han introducido nuevos medios y se han adoptado nuevos dispositivos electrónicos.

Gary Small, un neurólogo de la Universidad de California-Los Ángeles, sugiere que el ritmo del cambio tecnológico está abriendo lo que él denomina una «brecha cerebral» entre generaciones. «Posiblemente el cerebro humano no se había visto afectado de una manera tan rápida y tan radical desde que el hombre primitivo descubrió cómo usar herramientas», escribe en su libro El cerebro digital: cómo las nuevas tecnologías están cambiando nuestra mente.25

Si Small está en lo cierto, entonces la respuesta dada a mis hijos (que la evolución no va tan deprisa) puede que esté fuera de lugar.

Small y sus colegas estudiaron mediante la técnica de la resonancia magnética el área dorsolateral del córtex prefrontal, que integra información compleja con la memoria a corto plazo y es fundamental para la toma de decisiones.26 Hicieron un experimento con dos grupos de personas: uno con experiencia en el uso de ordenadores, los «espabilados», y otro sin experiencia, los «torpes». Al efectuar búsquedas en la red, el área dorsolateral de los espabilados presentaba una actividad considerable, mientras que la de los torpes permanecía quieta. Tal como informó la revista canadiense Macleans: «Al quinto día, el cerebro de los espabilados tenía más o menos el mismo aspecto. Pero en el grupo de los torpes había ocurrido algo asombroso: a medida que habían ido buscando por Internet, de pronto su sistema de circuitos se había activado y centelleaba exactamente de la misma manera que el de los versados en tecnología».27

¿Había bastado con este breve período de tiempo para que los torpes renovaran el «sistema de circuitos de su cerebro»? La gente mayor de treinta años, cuyos cerebros estaban ya completamente desarrollados cuando descubrieron Internet, también pueden adquirir competencia en el universo virtual. Pero los cerebros de los adolescentes son especialmente maleables, más propensos a ser moldeados por la experiencia tecnológica.

Hay quien opina que las personas que tienen demasiadas experiencias tecnológicas durante sus años de formación frenan el desarrollo normal de los lóbulos frontales, «con lo que a la postre se quedan atascados en la modalidad cerebral juvenil», tal como se lee en Macleans. «¿Estamos creando una generación con los lóbulos frontales atrofiados, incapaz de aprender, recordar, sentir, controlar sus impulsos?», se pregunta Small. «¿O quizá desarrollarán nuevas y avanzadas aptitudes que les permitirán tener experiencias extraordinarias?»28

Los investigadores optimistas dicen que gracias a todo este mundo de funciones multitarea y correos electrónicos está surgiendo la generación más inteligente que haya habido nunca, liberada de las limitaciones de la geografía, el clima y la distancia: todas esas fastidiosas molestias del mundo físico. Pero Mark Bauerlein, profesor de filología inglesa en la Universidad de Emory, en su libro The Dumbest Generation cita una larga serie de estudios que comparan la actual generación de estudiantes con las anteriores y que concluyen que «ahora no tienen más conocimientos que antes de historia, economía, ciencias, literatura o de lo que sucede en la actualidad», a pesar de toda la información que tienen a su disposición.

Hay una tercera posibilidad: puede que estemos desarrollando una mente híbrida. El súmmum de la multitarea será vivir simultáneamente en ambos mundos, el digital y el físico, usando los ordenadores para potenciar al máximo nuestra capacidad para procesar información intelectual y los entornos naturales para avivar nuestros sentidos y acelerar nuestras aptitudes para aprender y sentir; de esta manera, podríamos combinar las facultades «primitivas» de nuestros antepasados con la velocidad digital de nuestros adolescentes.

Puede que no esté en nuestras manos controlar la evolución (o puede que sí), pero como individuos podemos aceptar y celebrar nuestras aptitudes tecnológicas al mismo tiempo que buscamos los dones de la naturaleza que son esenciales para la plena realización de nuestro potencial intelectual y espiritual.

Posiblemente, la mejor manera de prepararse para el siglo XXI sea combinar la experiencia natural con la virtual. Un instructor que forma a gente joven para pilotar transatlánticos explica que hay «dos clases de alumnos: los que tienen facilidad para los videojuegos, que manejan el timón electrónico estupendamente, y los que crecieron al aire libre: estos son mucho más buenos a la hora de determinar la posición del barco, poseen un sentido especial. Solemos tener de ambas clases». El piloto ideal, dice, es aquel que sabe equilibrar los conocimientos naturales con los de la alta tecnología: «Necesitamos gente que posea ambas maneras de conocer el mundo». En otras palabras: una mente híbrida.

Harán falta nuevas estrategias de disciplina personal para integrar o armonizar estas dos maneras aparentemente incompatibles de estar en el mundo. Quizá un quinceañero pueda empezar a enseñarnos cómo hacerlo.

En su página LinkedIn, Spencer Schoeben se define como «Director de Mercadotecnia de Adolescentes en Redes Tech; Fundador y Artífice Principal de Twitloc; Creador de Webs en Cassy Bay Area; Webmaster y Redactor de Social Media en Paly Voice; y Fundador de Netspencer (trabajador por cuenta propia)». Toda una tarjeta de presentación tecnológica. También dedica parte de su tiempo a estudiar en el instituto de Palo Alto. Schoeben se enorgullece de sus conocimientos en el campo de la informática y tiene claras las ventajas de vivir «una vida de conectividad», tal como dice en su sitio web. «Da igual dónde esté, da igual lo que haga: tengo en la punta de mis dedos todas las cosas y todas las personas que me importan.» Pero también explica el impacto que le causaron dos semanas de campamento de verano en Hidden Villa, una organización educativa sin fines de lucro con una granja ecológica y vegetación autóctona situada en las estribaciones de las montañas de Santa Cruz, al sur de San Francisco. Escribe que al principio la idea de ir a Hidden Villa no le entusiasmaba demasiado. «Pensaba en lo duro que me resultaría sobrevivir sin estar conectado a Internet.» Pero se fue al campamento, donde «freí patatas cosechadas por nosotros mismos e incluso saqué a pasear una cabra por el bosque. Todo fue bien. De hecho, fue estupendo. No me podía creer que lo hubiera hecho». Y aprendió que hay «miles y miles de especies de árboles, plantas y animales que no usan ni una pizca de electricidad».

Al regresar a casa, se fue directamente a su habitación, se abalanzó sobre su portátil y leyó los mensajes de correo electrónico y de Facebook que se habían acumulado en doce días. «Pero no les presté atención. Lo que de verdad quería hacer era salir y divertirme en el mundo real.» Se dio cuenta de que la mejor manera de vivir posiblemente esté «en el medio». Sigue siendo un apasionado de la tecnología («no tiene ningún sentido dejarla de lado»), pero ahora sabe que Internet no es el universo. «Es difícil darte cuenta de lo aislada que puede ser tu vida... hasta que no experimentas qué es vivir en el otro lado.»

Spencer ha reorientado su vida. Al menos de momento, piensa equilibrar el mundo de la tecnología con las experiencias en el mundo de las conexiones naturales. En su búsqueda de esta experiencia híbrida, cita a Carl Sagan: «En algún lugar hay algo increíble esperando ser descubierto».

VITAMINA N
Cómo aprovechar el poder del mundo natural
para nuestra salud física, emocional y familiar

Necesitamos el tónico de la naturaleza.

HENRY DAVID THOREAU

El huerto

Los recuerdos son semillas. Durante mi infancia, los buenos ratos pasados en familia se asociaban frecuentemente con la naturaleza: excursiones para ir a pescar, el descubrimiento de serpientes, la caza de ranas, el reflejo de las estrellas en el agua oscura.

Vivíamos en las afueras de Raytown, Misuri. Al final de nuestro patio trasero empezaban los maizales, y tras ellos, los bosques, y luego granjas y más granjas que parecían extenderse ilimitadamente. Cada verano corría por el campo con mi collie, abriéndome paso a través del bosque entre los arañazos de la maleza, para excavar mis fortines subterráneos y encaramarme a los brazos de un roble que había sobrevivido a Jesse James. Al acabar la cosecha del maíz, paseaba con mi padre entre los rastrojos y buscábamos los nidos y los huevos moteados del chorlitejo culirrojo. Juntos, observábamos con admiración cómo los padres intentaban, con trágicos chillidos y fingiendo tener las alas rotas, apartarnos de sus nidos.

Recuerdo el cuello bronceado de mi padre, surcado por arrugas llenas de polvo, mientras labraba nuestro huerto. Yo corría delante de él, apartando rocas y huesos y juguetes de su camino. Mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y yo plantábamos estolones de fresa y enterrábamos semillas de calabaza y de maíz. Un año, mi padre leyó algo sobre el rendimiento de la remolacha y, como de costumbre, se entregó a su cultivo en cuerpo y alma. Aquel verano estuvimos cosechando remolacha durante semanas enteras. Llenamos hasta los topes la cocina y parte del sótano. Mi madre preparó conserva. Yo llevaba bolsas de compra marrones llenas de remolacha a los vecinos. A mi madre le encantaba explicar la anécdota del verano en que la remolacha se comió al vecindario.

Como no lo controlaba ninguna asociación comunitaria, nuestro huerto estaba avasallado por las langostas, el calor y otras alianzas naturales. Recuerdo con especial intensidad una tarde en que mi padre, mi madre, mi hermano y yo nos apresurábamos a acabar un muro de contención en el huerto antes de que se nos echara el mal tiempo encima. Mientras alineábamos los bloques de caliza para frenar la erosión, notábamos como el viento arreciaba y cambiaba la atmósfera. Hacia el final, nos agrupamos, nos secamos el sudor de la frente y clavamos los ojos en el cielo plomizo, acolchado de nubes: sentimos la calma tensa y, tras una repentina ráfaga de viento, vimos como la cortina de granizo iba avanzando de jardín en jardín como un ejército invasor. Corrimos a la puerta del sótano.

Momentos así devenían parte del acervo familiar, porque las horas pasadas en el huerto, en el agua y en el bosque mantenían unida a nuestra familia.

Al cabo de cierto tiempo, mi padre, que trabajaba de ingeniero químico, empezó a ganar más dinero y a salir menos de casa. El huerto desapareció bajo un manto de césped. Los vecinos pusieron vallas de tela metálica. A partir de entonces, nuestro collie ya no pudo correr a su antojo, y nosotros tampoco. En vez de tener remolacha y desiguales caballones de tierra para las calabazas y zapallos, el huerto se convirtió en un espacio ordenado y flanqueado por arbustos dispuestos a intervalos regulares. En vez de plantar verduras, arrancábamos dientes de león, eliminábamos la variedad, imponíamos el orden. El sol veraniego llegó a hacerse sofocante. Mi madre ya no explicaba con la misma frecuencia la anécdota de la remolacha y, finalmente, dejó de hacerlo. El huerto se convirtió en un recuerdo borroso. Nos mudamos a una casa más grande.

Mientras yo estaba fuera estudiando en la universidad, la demanda de ingenieros químicos cayó en picado. Mi padre siempre había soñado en la jubilación, en irse a vivir a los montes Ozark. Creía que una vez instalado allí se pasaría el día pescando y tendría un gran huerto. De manera que él, mi madre y mi hermano se trasladaron a las montañas del sur de Misuri, al lago Table Rock. Sin embargo, por aquel entonces mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo en la mesa de la cocina, con la mirada perdida. Pescó pocos peces. No plantó ni cultivó ningún huerto. Él y mi madre regresaron a las afueras de Raytown.

Doce años más tarde, sentado frente al mismo escritorio donde se había quitado la vida, abrí un cajón. En su interior hallé un documento escrito a mano titulado «Cuentas pendientes». Era un descarnado libro de contabilidad de su existencia, nuestra familia reducida a números, pero metida entre todas aquellas anotaciones se hallaba una frase que hacía referencia a una época feliz de su vida: lo que él llamaba su «breve edén personal».

Me quedé un rato mirando la frase. Sabía a qué época se refería.

Ahora tengo más años de los que tenía mi padre cuando murió. Mi vida y mis escritos han sido moldeados por aquella época pasada al lado de los maizales. A veces me da la impresión de que lo que le pasó a mi padre (su alejamiento de la naturaleza y su declinar hacia la enfermedad) es análogo a lo que le pasa a nuestra cultura: los niños ya no tienen tanta libertad para vagar a sus anchas, las familias se han retraído, la naturaleza se ha convertido en una abstracción. Sé que esta analogía es incompleta. ¿Qué fue primero, la enfermedad o el alejamiento de la naturaleza? Sinceramente, ignoro cómo dar respuesta a esa pregunta. Pero a menudo me pregunto cómo habría sido la vida de mi padre si la jerga de la terapia de la salud mental hubiera ganado la partida a neurolépticos como la clorpromazina y hubiera penetrado en el reino de la terapia natural.

De niño, debí de darme cuenta de los poderes curativos de la naturaleza. Al ver cómo mi padre se iba retrayendo, deseaba que abandonara su trabajo de ingeniero y se hiciera guardabosques. De alguna manera tenía la certeza de que si hacía eso se pondría bien y todos estaríamos bien. Ahora me doy cuenta, evidentemente, de que la naturaleza por sí sola no lo habría curado, pero no tengo la menor duda de que habría ayudado.

Quizá estas experiencias infantiles expliquen por qué, ya de adulto, me veo empujado a creer en el poder tonificante de la naturaleza, en una reunión de la humanidad con la naturaleza. Y que gracias a esta reunión, la vida será mejor.

Fuentes de vida
La conexión mente, cuerpo y naturaleza

El tiempo pasado en el mundo natural puede ayudarnos a fortalecer nuestra salud física, emocional y familiar. La conexión entre mente y cuerpo es, por supuesto, una noción consabida, pero las investigaciones y el sentido común sugieren un nuevo concepto: la conexión entre mente, cuerpo y naturaleza.

Hace más de dos mil años, los taoístas chinos crearon huertos e invernaderos para mejorar la salud humana. En 1699, el libro English Gardener aconsejaba al lector pasar «el tiempo libre en el huerto, ya sea cavando, plantando o desherbando; no hay manera mejor de conservar la salud». Y hace un siglo, el naturalista John Muir escribía: «Miles de personas cansadas, con los nervios destrozados e hipercivilizadas están empezando a descubrir que ir a la montaña es como ir a casa; que el contacto con la naturaleza es una necesidad; y que los parques y reservas naturales son útiles no solo como fuentes de leña y de agua para regar, sino también como fuentes de vida».1

En la actualidad, la creencia tradicional de que la naturaleza ejerce un efecto positivo directo sobre la salud humana está pasando de la teoría a la demostración, y de la demostración a la acción. Ciertas investigaciones han llegado a conclusiones tan convincentes que algunos profesionales y organizaciones sanitarias convencionales han empezado a recomendar la terapia de la naturaleza para el tratamiento y prevención de diversas enfermedades. Y muchos de nosotros, sin haberle puesto nombre, usamos el tónico de la naturaleza. Es decir, nos automedicamos con un sustitutivo de los fármacos barato y de lo más apropiado. Llamémoslo vitamina N (de Naturaleza).2

Investigaciones recientes apoyan la idea de que la terapia de la naturaleza ayuda a controlar el dolor y el estrés negativo; y para la gente con enfermedades cardíacas,3 demencia4 y otros problemas de salud, la prescripción de naturaleza comporta beneficios que pueden sobrepasar los previsibles resultados de hacer ejercicio al aire libre.5 El poder tonificante del mundo natural puede ayudar a curarnos, incluso a una distancia relativa. En las plantas de posoperatorio de un hospital de doscientas camas de las afueras de Pensilvania, hay habitaciones que dan a un bosque de árboles caducifolios, mientras que otras dan a un muro de ladrillos marrones. Una investigación descubrió que, comparados con los pacientes de las habitaciones que daban al muro, los que disfrutaban de vistas al bosque estaban hospitalizados un período de tiempo más breve (casi un día entero menos como término medio), necesitaban menos analgésicos y habían sido objeto de menos observaciones negativas en las notas de los enfermeros.6 En otro estudio, una serie de pacientes que debían someterse a una broncoscopia (una técnica de exploración que supone la introducción de un tubo de fibra óptica en los pulmones) fueron separados al azar en dos grupos: a uno se le administró sedantes, mientras que al otro, además de los sedantes, se le acercó a la naturaleza (en este caso mediante un mural que representaba un arrollo de montaña en un prado primaveral y una grabación continua de sonidos naturales: el murmullo del agua, gorjeos de pájaros...). Los pacientes del segundo grupo controlaron considerablemente mejor el dolor.7

Estar cerca de la naturaleza puede ser un antídoto contra la obesidad. Un estudio publicado en 2008 en el American Journal of Preventive Medicine concluía que cuanto más ajardinado estaba un barrio, tanto menor era el índice de masa corporal de los niños. «Nuestro nuevo estudio, realizado con más de 3.800 niños de áreas urbanas deprimidas, reveló que vivir en barrios con zonas verdes tiene efectos positivos a largo plazo en su peso y, por lo tanto, en su salud», afirmó el doctor Gilbert C. Liu, director de la investigación. Y si bien esta no demostraba que existiera una relación directa de causa y efecto, había tenido en cuenta muchas variables, por ejemplo la densidad de población de los barrios. Sus resultados apoyan a los que creen que cambiar el entorno urbanístico de estos niños es tan importante como intentar cambiar el comportamiento de sus familias.8

Si bien es cierto que una exposición excesiva a los rayos solares puede provocar melanomas, pasar muy poco tiempo al aire libre también puede tener efectos negativos sobre la salud. Según un estudio, nada menos que tres cuartas partes de la población adolescente y adulta de Estados Unidos tiene carencia de vitamina D, que se obtiene de manera natural del sol y de determinados alimentos, o bien tomando suplementos. Los afroamericanos son los que corren mayor riesgo, explica un investigador en Scientific American, puesto que «tienen más melanina o pigmento en la piel, lo que hace más difícil que el cuerpo absorba y utilice los rayos ultravioleta del sol para sintetizar la vitamina D».9 Algunos científicos ponen en duda el porcentaje citado de norteamericanos en situación de riesgo (que posiblemente se acerque más a la mitad que a las tres cuartas partes), pero todos están de acuerdo en que el nivel de vitamina D en la sangre está disminuyendo y que su carencia está relacionada con un gran número de dolencias, entre ellas el cáncer, la arteriosclerosis en los adolescentes afroamericanos, la diabetes de tipo II, la tendencia a la depresión durante el invierno, la falta de fortaleza física en los jóvenes y la disfunción pulmonar en los niños con asma. Se ha determinado asimismo que la vitamina D ayuda a reducir el riesgo de contraer ciertas enfermedades infecciosas, autoinmunitarias y periodontales.

Se han llevado a cabo más investigaciones sobre los efectos de la naturaleza en la salud mental que en la salud física; pero ambos campos (junto con la agudeza mental) están interrelacionados. La ciencia no está muy metida en estos temas, y las pruebas de que disponemos no son totalmente consistentes. En su mayoría son correlativas, no causales. Sin embargo, de una lectura honrada de la literatura científica se pueden sacar algunas conclusiones prudentes.

Diversos informes, incluyendo un minucioso repaso de la bibliografía llevado a cabo por investigadores de la Universidad Deakin de Melbourne, Australia, detallan lo que se sabe hasta el momento.10 Según este último estudio, cada uno de los siguientes beneficios para la salud, entre otros, ha sido corroborado por investigaciones especulativas, teóricas y empíricas:

• La exposición a entornos naturales, como parques, mejora la capacidad para sobrellevar el estrés y recuperarse de enfermedades.11

• Los métodos establecidos de terapia de la naturaleza (como los basados en la naturaleza salvaje, la horticultura o el contacto conanimales) consiguen buenos resultados con pacientes aquejadosde determinadas afecciones emocionales o físicas que previamente no habían respondido a otros tratamientos.12

• La gente tiene una actitud más positiva ante la vida y vive más satisfecha cuando está cerca de la naturaleza, especialmente en lasáreas urbanas.13

INMUNIDAD GRACIAS AL AIRE LIBRE

En 2007, mientras el naturalista Robby Astrove y yo conducíamos por West Palm Beach, Florida, camino de un acto a favor de la conservación de la región de Everglades, Astrove me dijo:

–De niño estaba siempre pegado a la ventanilla del coche, prestando atención a todo lo que veía. Todavía lo hago, y cuando vuelo tengo que sentarme al lado de la ventana. Teniendo esto en cuenta, no es ninguna sorpresa que me haya dedicado a las ciencias naturales, ya que habitué mis sentidos al detalle, a las pautas, las imágenes, los sonidos y los sentimientos.

Cuando Astrove hacía quinto, un viaje de estudios a Everglades fue determinante para decidir qué carrera estudiaría. Tras licenciarse, exploró cientos de kilómetros de Everglades. Como docente, ha llevado a miles de estudiantes a esta región pantanosa para que conozcan el gran río de hierba, las amenazas que se ciernen sobre él y qué se puede hacer para su recuperación. En 1979, a los quince años, le detectaron el VIH y le diagnosticaron hepatitis C. Había contraído el virus por culpa de tres transfusiones de sangre que tuvieron que hacerle para tratar una infección generalizada por estafilococos originada en una ampolla en el pulgar. Después de los análisis de sangre que revelaron la existencia del VIH, lo llamaron a la consulta del médico. Encontró a sus padres llorando.

–El doctor me hizo sentar y me dio la noticia. Lo primero que dije fue: Y ahora ¿qué haremos?

Durante los años siguientes se fue sintiendo cada vez más atraído hacia el río de hierba.

–Es difícil de explicar, pero conocer los ciclos, las pautas y las múltiples interconexiones del mundo para mí ha tenido efectos curativos –me dijo–. A veces me despierto a medianoche y, de pronto, ya me estoy calzando las botas y cogiendo apresuradamente un impermeable y las cajas para los especímenes. No me cuestiono actos como este. Me entusiasma caminar a oscuras sin saber qué voy a encontrar. Puede que hasta que no oigo el reclamo de un cárabo no me dé cuenta de por qué he salido. O al ver un árbol conocido que he estudiado millones de veces durante el día que me revela algo nuevo por la noche. Salgo porque confío en mi intuición, porque tengo paciencia y dejo que pasen las cosas. Bueno, también hay que tener suerte. Pero la misma confianza y el mismo instinto son necesarios para dominar una enfermedad. Cuando no he pasado bastante tiempo en la naturaleza, mi cuerpo me lo dice. Y le hago caso.

Astrove, que ahora está estudiando salud pública internacional en la Universidad de Emory, considera que el VIH es fascinante desde un punto de vista biológico:

–Es capaz de reproducirse rápidamente y puede mutar, siempre está reclamando nuevos fármacos. Aunque suene raro, el VIH es elegante, hermoso. Soy consciente de lo que es capaz de hacer este monstruo, de manera que pongo límites: no salir hasta muy tarde, comer de manera sana, no fumar nunca.

Evitar los malos hábitos le costó durante la adolescencia, pero el respeto que le infundía el virus pudo más que las presiones de sus compañeros.

–Si la naturaleza está adaptándose constantemente, ¿no puedo yo hacer lo mismo? Escucho. Y cuando oigo «descansa», descanso –dice Astrove–. El hecho de ver macroinvertebrados en un arroyo, lo cual es indicio de la pureza del agua, me recuerda que debo prestar atención a los indicadores de mi propia salud. Y cuando tropiezo con una planta rara, me acuerdo de la singularidad de mi situación. No hay dos personas que respondan de la misma manera a un virus.

En su actividad docente enseña a sus alumnos que las marismas actúan como el «hígado de la naturaleza» y se identifica personalmente con el sistema. «Las marismas purifican el agua y retienen agentes contaminantes.» Explica que en las selvas tropicales y otros espacios naturales se hallan muchas de nuestras medicinas, y que pasar tiempo en estos lugares reduce la tensión.

–Nos sentimos bien porque esto estimula la secreción de endorfinas y porque nos inspira. La inspiración es otra fuente de salud. Cuando voy al bosque sé que experimentaré su poder curativo. Y los beneficios se concretan en mejoras físicas, psicológicas y espirituales. A veces, cuando tengo una sensación de luz, energía y sobrecogimiento, es como un subidón natural. –Astrove miró el paisaje por la ventanilla mientras conducía–. Ahora que hace ya cierto tiempo que me estoy medicando así, en los análisis de sangre no me pueden detectar el virus. Está «latente».

¿Respaldan las investigaciones la experiencia de Astrove? Es posible. Un estudio llevado a cabo con 260 personas de veinticuatro lugares diferentes de Japón descubrió que, entre aquellos que contemplaban el paisaje de un bosque durante veinte minutos, el promedio de concentración de hidrocortisona en la saliva, una hormona relacionada con el estrés, era un 13,4 % más bajo que en las personas que habitaban en zonas urbanas.14 «Los humanos (...) hemos vivido en la naturaleza durante cinco millones de años. Estamos hechos para encajar en un entorno natural (...). Cuando nos ponemos en contacto con la naturaleza, nuestros cuerpos vuelven a ser como deberían ser», explicó Yoshifumi Miyakazi, principal autor del estudio en el que se informa de la relevancia de la hidrocortisona salival. Miyakazi es director del Centro de Salud Medioambiental y Ciencias del Campo de la Universidad de Chiba y el principal especialista de Japón en «medicina forestal», un concepto médico aceptado en dicho país, donde a veces es denominado «baños de bosque». En otra investigación, Li Qing, profesor adjunto de medicina forestal en la Facultad de Medicina de Tokio, concluyó que el «ejercicio verde» (practicar alguna actividad física en un entorno natural) puede aumentar la actividad de las células T citotóxicas o células asesinas. Este efecto puede mantenerse durante treinta días.15 «Cuando la actividad de las células asesinas aumenta, el sistema inmunitario se fortalece y con ello se incrementa la capacidad de resistencia frente al estrés», explica Li, quien atribuye dicho aumento de la actividad de las células asesinas en parte al hecho de inhalar aire que contiene fitoncidas, aceites esenciales antimicrobianos que emanan de las plantas. Estudios de este tipo requieren un examen más riguroso. Por ejemplo, el que acabamos de citar sobre las células asesinas se llevó a cabo sin grupo de control, por lo que resulta difícil determinar si el cambio fue debido al tiempo pasado sin ir al trabajo, al ejercicio físico, al contacto con la naturaleza o a alguna combinación de estos y otros factores.

No obstante, en el caso de Astrove, la naturaleza salvaje le ha ayudado a crear un contexto para la curación y es posible que haya fortalecido su sistema inmunitario y le haya proporcionado propiedades protectoras que ni él ni nosotros acabamos todavía de entender.

FANTASMAS DEL PASADO NATURAL

Terry Hartig, actualmente profesor de psicología aplicada en la universidad sueca de Uppsala, recomienda prudencia. A veces le da la impresión de que la «naturaleza» en que piensa la gente cuando habla sobre naturaleza y salud es una naturaleza «pasteurizada»: sin dientes, zarpas ni aguijones, sin ninguna exigencia. También señala que la gran mayoría de investigaciones que se llevan a cabo sobre la naturaleza y la salud estudian temas como las enfermedades infecciosas y las catástrofes naturales. «Es importante no olvidar que la humanidad ha estado luchando durante miles de años para protegerse de las fuerzas de la naturaleza», dice.

Interesante observación. Pero veamos otro punto de vista. Desde el patio trasero de casa hasta el campo lejano, la naturaleza se presenta de muy diversas maneras. El impacto negativo de los riesgos que se corren en la naturaleza salvaje (ante los grandes depredadores, por ejemplo) debería compensarse con los beneficios psicológicos positivos de dichos riesgos (la humildad, como mínimo).Y sí: la gran mayoría de estudios sobre la naturaleza y la salud humana se ha centrado en las patologías y los desastres naturales, pero esta preferencia de los investigadores tiene algo que ver con la procedencia de los fondos para dichas investigaciones. Los investigadores que estudian los beneficios de la naturaleza para la salud de hecho se enfrentan a un desequilibrio de información.

En cuanto al motivo de preocupación de Hartig, cabe decir que la ciencia tiene dificultades para definir cómo percibimos la naturaleza. Hace pocos años trabajé con un consejo de neurólogos especialistas en el desarrollo del cerebro durante la infancia. Cuando les preguntaba cómo afecta el mundo natural al desarrollo del cerebro, normalmente no contestaban. «¿Cómo define usted la naturaleza?», me preguntaban a su vez sin esperar respuesta. Sin embargo, esos mismos científicos simulan «condiciones naturales» en sus laboratorios para los grupos de control. Tengo un amigo a quien le gusta decir que la naturaleza es cualquier cosa molecular, «incluyendo al tipo que bebe cerveza en un cámping para caravanas y a la pija que bebe combinados en Manhattan». Estrictamente hablando, tiene razón. En general, hemos dejado la definición de naturaleza a criterio de filósofos y poetas. Gary Snyder, uno de nuestros mejores poetas contemporáneos, ha escrito que damos dos significados a esta palabra, que deriva del latín natura y nasci, y que ambos sugieren la noción de nacimiento.

He aquí mi definición de naturaleza: el ser humano existe en la naturaleza en cualquier lugar donde siente una afinidad significativa con otras especies. Según esto, podemos hallar un entorno natural en el bosque o en la ciudad; no siendo necesario que sea prístina, la naturaleza está influida al menos tanto por un mínimo de silvestría y condiciones climáticas como por los promotores, científicos, bebedores de cerveza y pijos. Conocemos esta naturaleza cuando la vemos.

Y siglos de experiencia humana sugieren que el tónico natural es algo más que un placebo. ¿Cómo actúa pues, en lo referente a la salud, la naturaleza?

Es posible que las respuestas estén ocultas en nuestras mitocondrias. Según la hipótesis del profesor de Harvard E. O. Wilson, la biofilia16 es nuestra «conexión emocional innata con (...) otros organismos vivos».17 Sus intérpretes han ampliado esta definición para incluir en ella el paisaje natural. Varias décadas de investigaciones inspiradas por la teoría de Wilson indican que, a un nivel que no comprendemos del todo, el organismo humano necesita la experiencia directa con la naturaleza.

Gordon H. Orians, reputado ornitólogo, sociobiólogo y profesor emérito del Departamento de Biología de la Universidad de Washington, sostiene que nuestra atracción por el entorno natural existe a nivel cromosómico y que, en sus variadas formas genéticas, nos acosa como un fantasma. Señala que entre la aparición de la agricultura y el desayuno de esta mañana tan solo han transcurrido unos diez mil años. «El mundo biológico, al igual que el mundo mental de Ebenezer Scrooge18, está repleto de fantasmas», dice. «Hay fantasmas de hábitats, depredadores, parásitos, rivales, simbiontes y congéneres del pasado, así como fantasmas de meteoritos, erupciones volcánicas, huracanes y sequías del pasado.»18 Dichos fantasmas pueden residir en nuestro desván genético, pero a veces se dirigen a nosotros y nos susurran al oído: el pasado es prólogo.

Esta opinión, basada en la ecología conductual o sociobiología, tiene sus detractores, que sospechan que tales ideas evocan el predeterminismo genético. Sin embargo, en los últimos años, los partidarios de la biofilia y sus oponentes parecen haber alcanzado algo cercano a un acuerdo: la genética puede marcar a largo plazo un camino admisible para el desarrollo del cerebro, pero el resultado también lo determina el entorno más actual (por ejemplo, mediante la inclinación a criar seres humanos). Orians asegura que todas las adaptaciones lo son a entornos del pasado. «Nos hablan sobre el pasado, no sobre el presente o el futuro (...). Tal como descubrió

Ebenezer Scrooge, los fantasmas, por inoportunos que nos lleguen a parecer, pueden aportar auténticos beneficios.» Y añade: «La gente ha comprendido claramente de manera intuitiva el valor tonificante de las interacciones con la naturaleza desde hace mucho tiempo». Así lo testifican los huertos del antiguo Egipto, los huertos amurallados de Mesopotamia, los huertos de mercaderes en las ciudades chinas medievales, los parques públicos americanos que diseñó Frederick Law Olmsted, e incluso los lugares que elegimos para nuestras casas y nuestra receptividad visual a determinados paisajes. Orians y Judith Heerwagen, una psicóloga medioambiental afincada en Seattle, pasaron años encuestando a gente de todo el mundo, enseñándoles diversas imágenes y preguntándoles cuáles preferían. Descubrieron que, independientemente de su cultura, todos se sentían atraídos por imágenes de la naturaleza, en especial de la sabana, con sus boscajes, doseles arbóreos, amplios horizontes, flores, agua y elevaciones diversas.

Otro investigador de las tendencias biofílicas humanas, Roger S. Ulrich, profesor de arquitectura paisajística y urbanismo en la Universidad A&M de Texas, expuso en 1983 su teoría de la recuperación del estrés psicofisiológico, según la cual nuestras respuestas frente al estrés se localizan en el sistema límbico, que controla los reflejos de supervivencia. Citando a Ulrich, el médico William Bird, profesor honorario de la Universidad de Oxford y asesor principal en temas de salud de Natural England, la sección de medio ambiente del gobierno británico, explica: «El reflejo que nos empuja a luchar o a huir es una respuesta normal a las situaciones de tensión provocada por la secreción de las catecolaminas (incluyendo la adrenalina), lo que se traduce en tensión muscular, presión arterial elevada, pulso acelerado, desviación de la sangre desde la piel hacia los músculos y sudoración. Todo ello ayuda al organismo a enfrentarse con una situación peligrosa. Sin embargo, sin una recuperación rápida esta respuesta al estrés acarrearía daños y agotamiento, así como una capacidad de respuesta limitada ante una nueva situación peligrosa».19 La evolución favoreció a aquellos de nuestros antepasados remotos que podían recuperarse del estrés provocado por las amenazas naturales sirviéndose del poder tonificante de la naturaleza.

Una de las mejores explicaciones de este proceso me la dio la difunta Elaine Brooks, una profesora californiana que trabajó de bióloga durante años en la institución Scripps de Oceanografía. En Last Child in the Woods referí que Brooks subía con frecuencia a la loma más alta del último espacio natural que queda en La Jolla. Me dijo que, sobre todo en momentos de estrés por motivos personales, se imaginaba que era su remota antecesora, encaramada a un árbol, recuperándose de la amenaza de algún depredador. Entonces miraba hacia el mar por encima de los tejados (que veía como si fueran las llanuras de la sabana) y sentía como su respiración se hacía más lenta y su corazón se relajaba.

–Cuando nuestros antepasados se encaramaban a un árbol, el hecho de mirar el paisaje tenía algo: algo que los curaba rápidamente. Descansar en aquellas ramas elevadas posiblemente facilitaba una pronta recuperación tras la explosión de adrenalina provocada al saberse presa potencial –me dijo un día mientras paseábamos por aquel lugar–. Todavía estamos programados para enfrentarnos a grandes animales o huir de ellos. Desde un punto de vista genético somos esencialmente las mismas criaturas que al principio. Nuestros antepasados no podían correr más que un león, pero éramos inteligentes. Sabíamos cómo matar, sí, pero también cómo correr y cómo trepar... Y cómo usar el entorno para recuperar nuestra inteligencia.

Elaine pasó entonces a describir la vida moderna: cómo en la actualidad estamos constantemente alerta, perseguidos, dijo, por una estampida interminable de turismos de una tonelada y todoterrenos de dos. En casa y en el trabajo el asalto continúa: imágenes amenazadoras irrumpen en nuestros dormitorios a través del televisor. Probablemente, a nivel celular hemos heredado el antídoto eficaz contra todo esto: sentarnos en lo alto de una colina, como hacía Brooks.

Debería añadir ahora que hay muchos contextos en que la naturaleza es capaz de neutralizar el estrés tóxico que puede no conllevar peligro físico. Los encuentros breves y tranquilos con los elementos naturales pueden simplemente calmarnos y hacernos sentir menos solos.

Renaturalizar la psique
Cómo aplicar el principio de la naturaleza a nuestra salud mental

Como director del Observatorio de Aves Rapaces Golden Gate, Allen Fish da clases de rutas migratorias de las rapaces y de observación de la naturaleza. El noventa por ciento de sus alumnos son adultos, cientos de voluntarios que cuentan, anillan y siguen la pista de los ratoneros.

–Muchos de nuestros voluntarios se quedan con nosotros cinco años o más. Su trabajo con las rapaces tiene un efecto muy terapéutico en sus vidas urbanas –explica Fish–. Conozco casos de autocuración ocurridos aquí que harían temblar a cualquier terapeuta: de psicosis maníaco-depresiva, de malos tratos, de drogodependencia... La firmeza con que estas personas están determinadas a conectar con la naturaleza es totalmente conmovedora. Y he escuchado miles de veces la frase siguiente: «Pensaba que para hacerme adulto debía renunciar a la naturaleza».

Nada podría estar más lejos de la verdad. Para hallar esperanza, sentido y alivio al dolor emocional nuestra especie se abraza a la meditación, a la medicación, al merlot y a muchas cosas más. Estos métodos funcionan durante algún tiempo, algunos más que otros, algunos bastante bien, otros en detrimento nuestro. Pero siempre tenemos a nuestra disposición el poder tonificante de la naturaleza. «Ganamos vida mirando a la vida.» Así lo expresó la doctora Mardie Townsend, profesora adjunta de la Facultad de Salud y Desarrollo Social de la Universidad Deakin de Victoria, Australia. «Si vemos seres vivos, no nos sentimos como si viviéramos en el vacío.»1 Pasar algún tiempo en un entorno natural no es ninguna panacea; no sustituye en absoluto otras formas de terapia profesional o de autocuración, pero puede constituir una poderosa herramienta para preservar o mejorar nuestra salud mental.

Nancy Herron, natural de Austin, Texas, ha estado casada treinta y un años y tiene dos hijos varones mayores. Trabajó como voluntaria en una residencia para enfermos terminales y actualmente hace lo propio en Texas Parks and Wildlife. Se define como perfeccionista, competidora y ambiciosa, con personalidad del tipo A. Cuando nacieron sus hijos, durante algún tiempo dejó de trabajar a tiempo completo. Al reincorporarse a la vida activa, ardía en deseos de consolidar su carrera y su credibilidad.

–Pero tal como cualquier madre trabajadora, también quería hacer lo mejor por mis hijos, mi marido, mis amigos, familiares y vecinos. Mi vida era un frenesí, no sabía cómo parar. Tenía insomnio, me preocupaba demasiado... Todos sabemos qué es eso.

Fue entonces cuando empezó de nuevo a salir de acampada. Y como terapia, funcionó.

–Piensas solamente en tus necesidades más básicas. Ves que la fauna y la flora tan solo se preocupan de sus necesidades más básicas. Esto me hizo recordar que la vida nos pide muy poco: comer, dormir, procrear... Exigencias de verdad, de hecho, no tenemos muchas. Así pues, ¿qué diablos estaba haciendo yo? Todas esas minucias que me preocupaban, que me hacían subir la tensión, que me estaban matando de asfixia, en realidad no tenían nada que ver con la vida. Ir al campo me lo hizo ver todo claro como el agua. Vivir y basta. Una vez estamos muertos y enterrados, la mayoría de cosas ya no importan. Son invenciones nuestras. La naturaleza nos recuerda lo simple y asequible que es la vida. Cuando empiezo a agobiarme por tonterías regreso a la naturaleza y me acuerdo de lo que verdaderamente importa.

Y la perfección, según su definición ordinaria, no importa.

Tal como me dijo un padre que había vivido un penoso divorcio:

–A veces salgo al campo para hacer un poco de ejercicio y desentumecer los músculos, sobre todo después de haber pasado un montón de tiempo frente al ordenador o en reuniones. Pero lo que con más frecuencia me empuja hacia la naturaleza es la necesidad de recuperarme psicológicamente. Y nunca falla: me hace sentir mejor conmigo mismo, con mi vida, el trabajo, la familia. Me convierte en una persona más creativa y generosa.

Hacer ejercicio ayuda a prevenir la fatiga mental, desde luego. Pero este padre también reconoce que la naturaleza aporta un valor adicional al ejercicio, y acude a ella para curarse las «heridas emocionales que nos puede inferir la vida». Para justificar esa opinión, me explica que poco después de mudarse a San Diego su primera mujer le llamó por teléfono:

–Me dijo que, después de todo, seguramente no vendría conmigo a California y que, además, no acababa de tener claro si aún me quería.

A los pocos minutos de haber colgado subió al coche y se dirigió al parque más cercano: el parque estatal de Torrey Pines, que no había visitado nunca.

–Tras caminar por el chaparral de brezales en plena floración primaveral –recuerda–, me encontré de pronto al borde de un impresionante acantilado erosionado por las tormentas, frente al océano Pacífico. Reconozco que en aquel momento me entraron ganas de saltar, pero el deseo de regresar a lugares como ese fue en parte el responsable de mantener mis botas en tierra firme.

La naturaleza siempre sigue adelante, y normalmente la vida halla un camino.

No sorprende que la gente cuyos trabajos están relacionados con la naturaleza esté predispuesta a apreciar el tónico natural, y tampoco que sea más propensa a servirse de él, sobre todo en momentos de crisis. «La naturaleza es el mejor antidepresivo», asegura Dianne Thomas, directora de un programa de salud en un condado de Carolina del Norte que ha sido testigo de los efectos de la naturaleza en los asistentes a sus cursos al aire libre. Algunas organizaciones de salud mental empiezan a estar de acuerdo con estas tesis, si bien solo hasta cierto punto. Parece evidente que los entornos naturales ofrecen algo especial para la salud mental, un tónico que supera los beneficios del mero ejercicio físico.

EL TÓNICO DE LA NATURALEZA PARA LA SALUD MENTAL

Al igual que cuando se trata de la salud en general, la utilización de la naturaleza para la salud mental adopta tres formas básicas: la terapia decidida por uno mismo o prescrita por un profesional; el impacto de la degradación del medio ambiente en la psique y el espíritu humanos; y la recuperación de la naturaleza en el entorno donde vivimos, trabajamos y jugamos.

«Cada vez hay más pruebas empíricas que demuestran que el contacto con la naturaleza conlleva beneficios considerables para la salud mental», se asegura en «Ejercicio verde y cuidados verdes», un informe publicado en 2009 por un grupo de investigadores del Centro para el Medio Ambiente y la Sociedad de la Universidad de Essex. «Nuestras conclusiones indican que fomentar el uso del ejercicio verde como intervención terapéutica (cuidados verdes) debería ser una prioridad.»2 Tras un estudio en el que participaron más de 1.850 personas, los investigadores determinaron que el ejercicio verde tiene tres consecuencias claras para la salud: mejoría del bienestar psicológico (puesto que aumenta el buen humor y el amor propio, y disminuye los sentimientos de ira, confusión, depresión y tensión); obtención de beneficios para la salud física (ya que baja la tensión arterial y quema calorías); y, tal como discutiremos en capítulos posteriores, creación de redes sociales.

También se llevó a cabo una investigación con dos grupos de personas que participaron en sendos paseos, uno por un parque, entre bosques, prados y lagos, y otro por un centro comercial; ambos grupos invirtieron el mismo tiempo en el paseo. «El grupo que había caminado al aire libre mostró una mejora significativamente mayor de su autoestima y estado de ánimo que el que lo había hecho por el centro comercial, especialmente en lo que se refiere a sentimientos de rabia, depresión y tensión. Tras el paseo por el parque, el 92 % de los participantes se sintió menos deprimido; el 86 %, menos tenso; el 81 %, menos enojado; el 80 %, menos fatigado; el 79 %, menos confuso y el 56 %, más vigoroso», mientras que «después de pasear por el centro comercial, el 22 % de participantes estaba más deprimido y el 33 % no había experimentado ningún cambio en su estado anímico».3

Análogamente, investigadores suecos han determinado que la gente que hace footing en entornos naturales con árboles, follaje y buenas vistas se siente más revitalizada y menos inquieta, enojada o deprimida que la gente que quema las mismas calorías corriendo en un entorno urbano.4 Dicho de otra manera, los beneficios para el estado de ánimo pueden atribuirse al ejercicio, que normalmente ayuda, pero también a la vitamina N, cuya carencia posiblemente contribuya a aumentar nuestra propensión a deprimirnos.

¿Cuánta naturaleza hace falta para que sintamos sus efectos en nuestra salud mental? Según un estudio, sus beneficios se notan casi inmediatamente. Y en otro estudio publicado en la revista Environmental Science and Technology por Jules Pretty y Jo Barton, de la Universidad de Essex, se indica la posología mínima adecuada de vitamina N. «Por primera vez en la literatura científica, hemos podido mostrar las relaciones entre dosis y respuesta referidas a los efectos positivos de la naturaleza en la salud mental de los humanos», escribió Pretty. El estado de ánimo y la autoestima mejoraban tras una dosis de cinco minutos. El ejercicio verde y azul es todavía mejor: dicho estudio descubrió que un paseo por un entorno natural con agua en sus cercanías da los mejores resultados. Pero esto no significa que con cinco minutos al día quede cubierta nuestra necesidad de naturaleza. El análisis que llevaron a cabo de 1.252 personas de ambos sexos y edades, y estados mentales diversos, basado en diez estudios ya existentes en el Reino Unido, concluyó que se benefician de la naturaleza personas de todas las edades y clases sociales, si bien los mayores cambios en la salud los experimentan los jóvenes y los enfermos mentales. «El contacto con la naturaleza mediante el ejercicio verde puede, por lo tanto, ser considerado una terapia fácilmente asequible y sin efectos secundarios evidentes», según el citado informe.5

Incluso el contacto con la tierra puede levantar la moral y estimular el sistema inmunitario. El estudio que daba cuenta de los efectos positivos del Mycobacterium vaccae en la capacidad de los ratones para recorrer un laberinto también constató una disminución de su ansiedad. Otro estudio llevado a cabo en la Universidad de Bristol, y cuyos resultados se publicaron en la revista Neuroscience, descubrió que los ratones expuestos al M. vaccae, la bacteria «amistosa» que se halla normalmente en la tierra, secretaban más serotonina.6 La carencia de serotonina se relaciona en los humanos con la depresión, y los antidepresivos usuales actúan aumentando la producción de esta sustancia neuronal. Aunque la influencia de la serotonina ha sido puesta en duda por algunos científicos, los estudios sobre los efectos del M. vaccae «nos ayudan a entender cómo el cuerpo se comunica con el cerebro y por qué un sistema inmunitario sano es importante para preservar la salud mental», afirma Chris Lowry, director de la citada investigación. «También nos hacen preguntarnos si no deberíamos pasar todos más tiempo jugando en la tierra.»7

Los animales también nos pueden ayudar. La mayor parte de investigaciones sobre los efectos de los animales en la salud mental de las personas se han llevado a cabo con mascotas domésticas. Sus resultados son positivos. Los científicos han descubierto, por ejemplo, que los niveles de neurotransmisores y hormonas relacionados con los vínculos sociales son elevados durante las interacciones entre humanos y animales. Un estudio realizado con esquizofrénicos de mediana edad internados concluyó que la presencia de animales les ayudaba durante las sesiones terapéuticas y también en la vida diaria. Y una investigación llevada a cabo en la Facultad de Enfermería de la Universidad de Purdue descubrió que los enfermos de Alzheimer a los que se mostraba acuarios con peces de colores intensos mejoraban su comportamiento y hábitos alimentarios. Esta información ya ha sido aprovechada.8 Los terapeutas hace tiempo que se sirven de animales para tratar la soledad de la gente mayor y, últimamente, también para reducir la ansiedad de los pacientes con problemas psiquiátricos. El uso formal de animales para el tratamiento de la salud mental tiene incluso su propio acrónimo: TAA (terapia asistida por animales, en inglés AAT).

En 2008 se publicaron los resultados del primer estudio aleatorio con grupo de control sobre los beneficios terapéuticos de los animales de granja. Llevado a cabo por investigadores noruegos de la Universidad de Oslo, dicho estudio descubrió que los animales de granja pueden ser útiles en las terapias para tratar trastornos mentales como la esquizofrenia, los problemas afectivos, la ansiedad y las alteraciones de la personalidad.9 ¿Y los animales salvajes? Un estudio de 2005 indica que la interacción directa con al menos una especie no doméstica (los delfines) puede reducir los síntomas de la depresión entre leve y moderada.10 Tal como se informó en el British Medical Journal, nadar con delfines «resultaba efectivo para aliviar los síntomas de depresión tras dos semanas de tratamiento». Los investigadores afirmaban que los pacientes con depresión leve o moderada podrían reducir el consumo de antidepresivos o bien limitar las sesiones de psicoterapia convencional. La terapia asistida por delfines tiene sus detractores (incluyendo a los que ponen en duda parte de las investigaciones y a los que se oponen a lo que consideran una explotación de estos cetáceos). Pero las investigaciones, si con los años no se demuestra lo contrario, de momento establecen un vínculo claro entre la salud mental y nuestra relación con miembros de otras especies.11

Así pues, aunque gran parte de los trabajos de investigación se han dedicado exclusivamente a estudiar el ejercicio físico en la naturaleza, no para de crecer el número de pruebas que demuestran que el mero hecho de vivir y trabajar en un entorno natural o renaturalizado (ya se trate de nuestras casas, hospitales, barrios o ciudades) puede tener un profundo impacto en nuestra salud mental. Volveré a ocuparme de este tema, sobre el que hay noticias esperanzadoras, en capítulos posteriores. Sin embargo, ahora debemos tratar otro asunto relacionado con la salud mental: los efectos negativos, a veces devastadores, derivados de los daños que causamos los humanos al mundo natural.

EL INCONSCIENTE ECOLÓGICO

La noción de «inconsciente ecológico», la idea de que toda la naturaleza está interconectada de maneras que no comprendemos plenamente, se halla ahora en un lugar indeterminado entre la ciencia, la filosofía y la teología. En su ensayo de 1841 titulado «El alma universal», Ralph Waldo Emerson habla de «esa gran naturaleza en que reposamos, tal como la tierra descansa en los mullidos brazos de la atmósfera, esa alma universal que engloba el ser particular de cada hombre y lo hace uno con todos los otros; ese corazón común». La teoría de un inconsciente ecológico, con antecedentes en el trascendentalismo, el budismo y el romanticismo, es incómoda para la ciencia e incluso resulta ofensiva para determinadas personas religiosas. Sin embargo, la mayor parte de la gente tiene una sensación de ruptura, tal y como indica el hecho de que miles y miles de nosotros todavía experimentamos un profundo sentimiento de pérdida a causa de los daños medioambientales que provocó el vertido de petróleo de la compañía BP en el Golfo de México, un desastre que rebasó fronteras estatales y límites entre especies.

La Asociación Norteamericana de Psiquiatría enumera más de tres mil enfermedades mentales en su Diagnostic and Statistical Manual. «Los psicoterapeutas han analizado exhaustivamente todas y cada una de las clases de familias y relaciones sociales disfuncionales, pero las “relaciones medioambientales disfuncionales” no existen ni siquiera como concepto», afirma el escritor y crítico social Theodore Roszak. Y señala que en el citado manual «se define el “trastorno de ansiedad por separación” como “ansiedad excesiva motivada por la separación del hogar y de las personas queridas”. Pero en esta Época de Angustia no hay separación más generalizada que nuestra desconexión del mundo natural». Ya va siendo hora, dice, de «dar una definición de la salud mental basada en el medio ambiente».

En Last Child in the Woods presenté como hipótesis el trastorno de déficit de naturaleza, que describe el precio que debe pagar la humanidad por su alienación de la naturaleza. Otros observadores proponen otros nombres. El profesor australiano Glenn Albrecht, director del Instituto de Sostenibilidad y Estrategias Tecnológicas de la Universidad Murdoch de Perth, ha acuñado un término específico de la salud mental: solastalgia.12 Combina el latín solacium, «consuelo» (más tarde «placer»), con -algia, forma sufijada del griego álgos, «dolor», y según él significa «el dolor que se siente al darse cuenta de que el lugar donde uno reside y que uno ama está a punto de ser atacado». Albrecht concibió esta teoría e inventó el neologismo para designarla mientras trabajaba con comunidades gravemente afectadas por explotaciones mineras a cielo abierto en Nueva Gales del Sur, y con granjeros del este de Australia que sufrían las consecuencias de una devastadora sequía que persistía desde hacía seis años. Conocí a Albrecht durante una visita al oeste de Australia: un hombre alto, desgarbado y amable que más tarde me explicó el caso de Wendy Bowman, una mujer de noventa y tres años que se resistía a la expropiación de sus tierras y que sentía angustia, solastalgia, a medida que el desastre se acercaba. Me la describió apretando el puño, señalándolo con la otra mano y diciendo: «He perdido mucho peso. Me solía despertar a medianoche con el estómago así».

En el primer caso, era el hombre quien destruía el entorno. En el segundo, la sequía pertinaz era un fenómeno natural. A no ser que debamos culpar de ello al calentamiento global, posibilidad que ahora tienen muy en cuenta los australianos. Albrecht se pregunta: ¿podría ser que toda una serie de cambios, incluyendo sutiles variaciones climáticas, deteriorase la salud mental de la gente?

Independientemente del nombre que le demos, padecemos esta pérdida a un nivel primario. Los humanos que habitan en lugares carentes de árboles o de otras características naturales sufren pautas de deterioro social, psicológico y físico sorprendentemente similares a las observadas en animales que han sido apartados de su hábitat natural. «En los animales, lo que vemos es un aumento de la agresividad y una alteración de las pautas de crianza y de las jerarquías sociales», dice Frances Kuo, una profesora de la Universidad de Illinois que, junto con sus colegas, ha estudiado el impacto negativo de un modo de vida desnaturalizado en la salud y el bienestar de los humanos. Entre estos, han detectado menos educación, más agresividad, más delitos contra la propiedad, más desidia, más grafitos, más basura, así como menos control de los niños cuando están fuera de casa. «Podríamos denominarlo “ensuciar el propio nido”, actitud que no es sana –dice–. No hay ningún organismo que con buena salud se comporte así (...). En nuestros estudios hemos visto que la función cognitiva, la atención, la capacidad de gestionar los asuntos importantes de la vida y de controlar los impulsos son relativamente deficientes en la gente con menos acceso a la naturaleza».13

Si Albrecht está en lo cierto, y si el cambio climático sucede a la velocidad que algunos científicos creen, y si los seres humanos seguimos hacinados en ciudades desnaturalizadas, entonces la solastalgia contribuirá a acelerar la espiral de enfermedades mentales.

Al igual que el trastorno de déficit de naturaleza, la solastalgia sigue siendo una hipótesis, algo teórico, no un diagnóstico oficial. Pero aun así, estas y otras hipótesis proporcionan una manera de nombrar e identificar la discordancia, ese dolor psicológico, e incluso físico, que sentimos tantos de nosotros al ver cómo los paisajes naturales que amamos son sustituidos por minas a cielo abierto o centros comerciales. El desánimo es real. Esta realidad no significa que la vida urbana sea, por sí misma, intrínsecamente mala para la salud humana. Pero el tipo de vida que muchos de nosotros llevamos, incluso en zonas rurales, no ayuda a conseguir una salud y bienestar óptimos.

TERAPIA QUE TIENE EN CUENTA A LA NATURALEZA

En Santa Bárbara, California, la psicoterapeuta Linda Buzzell-Saltzman pide a sus pacientes adultos que lleven un diario de sus rutinas. Explica que algunos de ellos se dan cuenta entonces de que, exceptuando lo que caminan para ir al coche, pasan menos de treinta e incluso menos de quince minutos diarios en el exterior, en cualquier entorno, sea natural o no. Les dice que necesitan salir más y, bajo su supervisión, lo hacen. Pero primero deben aceptar que pasar tiempo al aire libre, aunque sea divertido, es un asunto serio. Buzzell-Saltzman, fundadora de la Asociación Internacional para la Ecoterapia, nos da la que quizá sea la definición actual más sucinta de terapia basada en la naturaleza. Según ella, la ecoterapia es «la reinvención de la psicoterapia teniendo en cuenta a la naturaleza».14 Independientemente del nombre que se le dé, la terapia natural está abriéndose paso en la psicología convencional a medida que las tensiones de la vida urbana combinadas con la pérdida de hábitat natural provocan problemas psicológicos para cuya solución otros tipos de tratamiento parecen inadecuados.

Como en el caso de las terapias naturales para tratar enfermedades físicas, la aplicación terapéutica del mundo natural en el campo de la salud mental empezó hace siglos. El médico Benjamin Rush, pionero de la psiquiatría norteamericana y uno de los signatarios de la Declaración de la Independencia, creía que «cavar la tierra tiene efectos curativos en los enfermos mentales». Fundado en la década de 1870, el Hospital Cuáquero de Pensilvania trataba los trastornos mentales, en parte, proporcionando a los pacientes un invernadero y extensos terrenos en espacios naturales. Durante la Segunda Guerra Mundial, Karl Menninger, otro precursor de la psiquiatría en Estados Unidos, inició un movimiento terapéutico basado en la práctica de la horticultura en el sistema de hospitales de la Administración de Veteranos.15

En la actualidad, Mind, la principal organización benéfica para enfermos mentales de Inglaterra y el País de Gales, define la ecoterapia como «una parte importante del futuro de la salud mental», en palabras de su presidente, Paul Farmer. «Se trata de una opción terapéutica convincente, clínicamente válida, y que debería ser prescrita por los médicos de cabecera, sobre todo teniendo en cuenta que hay mucha gente para quien es sumamente difícil beneficiarse de otro tipo de terapia que no sea a base de antidepresivos». Mind no sostiene que la ecoterapia pueda sustituir a los fármacos, sino que propone que se amplíe el número de enfoques terapéuticos. Si la ecoterapia formara parte de la medicina convencional, «posiblemente ayudaría a millones de personas de todo el país con problemas mentales», añadió.16 En un importante informe, Mind recomendaba que los servicios de salud mental siguieran lo que llamaba una «nueva agenda»: «Dada la multitud creciente de nuevas pruebas, Mind pide que la ecoterapia sea reconocida como una tratamiento puntero y válido clínicamente para los problemas de salud mental».

Este enfoque no es compartido por todo el mundo. Alan Kazdin, expresidente de la Asociación Norteamericana de Psicología y profesor de psicología y psiquiatría infantil en la Universidad de Yale, ha dicho: «La psicología moderna trata de lo que se puede estudiar y verificar científicamente (...). Y en esto yo veo una verdadera falta de rigor espiritual».17

No obstante, los profesionales que se sirven de la terapia de la naturaleza generalmente informan de buenos resultados.

Marnie Burkman, doctora en psiquiatría y medicina holística que trabaja con pacientes externos adultos para el Departamento de Veteranos de Colorado, trata a veteranos de todas las edades. Dice que le «inspiran un gran respeto los poderosos efectos curativos de la naturaleza». Refiere el caso de un paciente, Al (nombre ficticio), veterano de Vietnam y hombre muy enfadado: con el gobierno, con la vida, consigo mismo. Al tiene dificultades para amoldarse al día a día. Burkman explica una sesión en que Al no paraba de despotricar y descargar su ira contra todo, sentado en el borde de la silla con los puños apretados, prácticamente gritando.

–Para reconducirlo, le pregunté: ¿Cómo se las arregla? ¿Qué le ayuda a relajarse? Se quedó callado un momento y entonces empezó a explicarme lo mucho que le gustaba recorrer las montañas con su motocicleta y acampar –dice Burkman.

Al habló a la doctora Burkman de sentarse bajo las estrellas sin nadie alrededor, al lado de un refugio de montaña, y de cómo le gustaría pasar el resto de sus días en un entorno así.

–Lo que más me llamó la atención mientras lo observaba fue que, a los pocos segundos de empezar a compartir conmigo sus ganas de ir en moto a la montaña para estar inmerso en la naturaleza, tuvo lugar ante mis ojos una transformación postural absoluta sin que él se diera cuenta –explica Burkman–. En vez de seguir como hasta entonces, con los puños apretados, sentado hacia delante con enfado y agitando los brazos mientras hablaba en voz alta, se reclinó en la silla, estiró las piernas, cruzó los brazos por detrás de la cabeza y sonrió: una postura cómoda y relajada. ¡No sé de ningún ansiolítico que actúe con la misma rapidez! En unos segundos, el mero hecho de imaginarse en la naturaleza provocó en su sistema nervioso este profundo cambio.

Burkman ha observado este efecto también en otros pacientes, especialmente en aquellos que tuvieron una relación afectuosa con la naturaleza durante su infancia. Y ha advertido un marcado contraste con aquellos que no la tuvieron, normalmente sus pacientes más jóvenes:

–Cuando pregunto a veteranos jóvenes [a menudo de los conflictos de Irán y Afganistán] cómo se las arreglan, muchos me dicen que «ni idea». Otros recurren al alcohol, a la televisión o a veces al gimnasio. Sin embargo, cuando comparten conmigo sus experiencias, no he visto, ni siquiera en los que se valen del gimnasio, ese marcado cambio corporal que resulta evidente en aquellos que me explican su profunda conexión con la naturaleza.

Yusuf Burgess (él prefiere que lo llamen Hermano Yusuf tras su conversión al islam) combatió por primera vez como soldado a los diecisiete años. Pasarían veinte más antes de que le diagnosticaran estrés postraumático.

–Dos décadas de aislamiento, separación, consumo de drogas, encarcelaciones y un dominio casi completo de las técnicas de escaqueo que me dejaron muy solo y alienado, incluso en medio de la muchedumbre y sobre todo dentro de la familia –explica–. Gracias a un programa de doce pasos y a un psicólogo clínico que me prescribió hacer piragüismo empecé a recuperarme y a vivir de nuevo.

En la actualidad, el Hermano Yusuf es conocido en todo Estados Unidos por su innovador trabajo con jóvenes de zonas urbanas deprimidas, a los que lleva a los montes Adirondack para reformar su carácter. Esta ocupación lo fortalece y lo llena de paz. Diversas iniciativas, entre ellas la Iniciativa para Familias de Militares del Sierra Club, ofrecen la posibilidad de experimentar los efectos curativos del aire libre a los veteranos de guerra y a sus familias.

Peter H. Khan Jr., profesor adjunto de psicología en la Universidad de Washington y destacado investigador en el campo de la ecopsicología, y Patricia Hansen Hasbach, psicóloga con consulta privada que da clases de ecoterapia en la Universidad Lewis and Clark de Portland, Oregón, colaboran en la actualidad para definir mejor los vínculos entre salud mental y mundo natural. Khan ha centrado su trabajo en la relación de los seres humanos con el «mundo mayor que el humano»; Hasbach estudia la naturaleza como metáfora, lo que ella denomina «cartografiar el paisaje interno». Considera la aparición de la ecoterapia como parte de la evolución natural de la psiquiatría: la terapia psicológica empezó con los trabajos intrapsíquicos de Sigmund Freud (en que se hacía hincapié en las primeras experiencias del individuo), luego se amplió al ámbito interpersonal y más tarde al de toda la familia.

–En los años setenta dimos un gran salto hacia los sistemas familiares y luego, entre finales de los ochenta y principios de los noventa, pasamos a los sistemas sociales –me explicó Hasbach mientras tomábamos un café en un pequeño bar de Chautauqua, Nueva York, el mismo donde conocí al escultor David Eisenhour–. Ahora, con la ecopsicología o ecoterapia pasamos a la etapa siguiente: el contexto en el que vivimos nuestras vidas, el mundo natural –añadió.

Hasbach me explicó cómo usa la naturaleza como metáfora, para desinhibir a los pacientes, y también como terapia directa. Durante la fase de toma de contacto interroga a los pacientes sobre el trabajo, la familia y otros aspectos de su vida. También se interesa por su relación con la naturaleza y por cuánto tiempo pasan al aire libre.

–Hay quien me dice que hace años que no sale al campo.

Les pregunta si de pequeños tenían algún paraje favorito.

–Y con esto consigo romper el hielo. A menudo me proporciona más información que cuando les pregunto sobre su familia.

También sale con sus pacientes al aire libre.

–Estaba sentada en el parque con una paciente y pasó alguien en bicicleta. Ambas advertimos que llevaba una cacatúa en el manillar. Tenía las alas desplegadas y resultaba evidente que se las habían recortado, razón por la cual no volaba. Esto la emocionó mucho. Rompió a llorar y me dijo que así vivía ella, con las alas cortadas.

En otra ocasión, una mujer pudo hablarle sobre los vaivenes de su vida «al observar el río frente al que estábamos sentadas». Y Hasbach me contó también el caso de un paciente de diecisiete años.

–Ese chico se estaba haciendo mucho daño. Sus padres habían iniciado los trámites del divorcio y no se ocupaban directamente de él. Ya había ido a dos terapeutas. Pero tras la primera visita, no volvía. Sin embargo, él y yo conectamos cuando empezó a hablarme sobre la pesca. Entonces le dije: «Voy a ponerte deberes: quiero que esta semana vayas a pescar tres veces». A la semana siguiente volvió y me dijo que a veces iba al estanque y se limitaba a quedarse ahí sentado. Empezó a hablarme sobre las tortugas, cómo se metían en el caparazón. En la tercera sesión ya confiaba en mí lo suficiente como para decirme que había llegado a pensar en el suicidio.

Hasbach le prescribió un breve período de medicación y pasar más tiempo al aire libre.

–Impliqué a su padre, con quien vivía, para que reanudara ese vínculo. Esta semana están pescando los dos en Alaska.

Más tarde, mientras Hasbach y yo caminábamos por la calle, la lluvia empezó a caer sobre la plaza mayor de Chautauqua y los edificios victorianos que la rodean. Dejamos de conversar por un momento.

Luego le expliqué que había visto cómo mi padre se separaba de la naturaleza, que había sido fuente de placer en su juventud, así como del vínculo emocional que había existido entre mis padres, mi hermano y yo. Esto sucedió muchos años antes de que los psiquiatras y los sanatorios que frecuentó consideraran su enfermedad como parte de todo un sistema familiar. De manera que su afección, seguramente trastorno bipolar combinado con los efectos del alcoholismo, fue tratada sin tener en cuenta a su familia, a la sociedad y al mundo natural.

Me pregunté si la terapia de la naturaleza podría haber ayudado a mi padre. Sin duda alguna habría ayudado a nuestra familia.

Hasbach estuvo de acuerdo.

–Cuando nos enfrentamos a este tipo de retos difíciles, es muy frecuente que los miembros de la familia, asustados, pierdan la esperanza –me dijo–. Entreviendo tiempos más felices, en un entorno familiar y con la esperanza de alcanzar la plenitud en una actividad familiar compartida, tu padre podría haber conseguido conectar con una esfera más profunda de conocimiento y curación, arraigada en nuestra conexión biofílica con la naturaleza. La cartografía interior de la que hemos hablado le habría podido ser útil para alcanzar esta profundidad de experiencia –me explicó–. La terapia de la naturaleza quizá no habría ayudado a tu padre a superar el momento crítico y empezar de nuevo, pero posiblemente le habría aliviado el dolor y habría consolado a la familia, os habría dejado con mejores recuerdos suyos y quizá lo habríais tenido con vosotros un poco más de tiempo.

La euforia de lo verde intenso
La verdadera salud es un asombro radical

John Muir relacionaba la naturaleza salvaje con la salud y las experiencias extremas: «Una de las tormentas más bellas y excitantes que he disfrutado jamás en Sierra Nevada (California) tuvo lugar en diciembre de 1874, cuando exploraba uno de los valles tributarios del río Yuba». Muir se encaramó a la copa de un abeto de Douglas de treinta metros de altura para sentir la fuerza desatada del vendaval. Las ramas altas del árbol escogido, así como las de los árboles de alrededor, «se agitaban y remejían en un éxtasis desenfrenado».

Había trepado a muchos árboles para sus estudios botánicos, de manera que alcanzó fácilmente la cima de aquel abeto. Luego empezó el «paroxismo del movimiento». Las copas de los árboles se inclinaban y revolvían mientras Muir se mantenía aferrado a las ramas «como un tordo arrocero posado en un junco». Estuvo así durante horas. A menudo cerraba los ojos «para disfrutar solo de la música o para embriagarme tranquilamente con la deliciosa fragancia que corría a raudales». Cuando la tormenta comenzó a amainar, bajó del árbol y se puso a caminar por el bosque. «El sonido de la tormenta se iba apagando y, de cara al este, contemplé el innumerable ejército de árboles, ya callado y tranquilo, que cubría las laderas de los montes como un auditorio devoto. La puesta de sol los bañaba con una luz ambarina y parecía decir a sus atentos oídos: “mi paz os doy”.»1

En el mundo de Muir, la extrema animación de la naturaleza era contagiosa.

La salud no es solamente la ausencia de enfermedad o de dolor, es también la buena forma física, emocional, mental, intelectual y espiritual: en resumen, se trata de la alegría de estar vivo. ¿Por qué estar en forma? Stephen Kellert, el profesor de la Universidad de Yale que ayudó a perfeccionar y divulgar la hipótesis biofílica de E. O. Wilson, indica que hablar de estar en forma, en la acepción más amplia de esta palabra, nos ayuda a desplazar el debate desde la patología hasta la potencialidad.

De acuerdo con esta idea, la gimnasia al aire libre tiene sentido. Los movimientos que se hacen al caminar, pescar, montar a caballo, acampar y otras actividades al aire libre robustecen el cuerpo, al igual que las acciones de levantarse, agacharse y estirarse propias de la horticultura. De esta manera fortalecemos los músculos y aumentamos la flexibilidad de las articulaciones, la resistencia física, el equilibrio y la coordinación. Tal como se ha dicho en los capítulos anteriores, el ejercicio practicado en la naturaleza no solo mejora la forma física, sino que también aguza los sentidos y potencia la capacidad intelectual y la salud mental.

«Recuerdo perfectamente el momento en que cambió mi concepto de forma física», afirma Tina Vindum, exesquiadora alpina, competitiva ciclista de montaña y autora de Outdoor fitness, un libro en que recomienda sustituir el gimnasio por el aire libre.2 Ella pasó años enteros de su vida dentro de gimnasios. «Con el tiempo me fui sintiendo cada vez más descontenta de entrenar bajo techo, en un entorno estático», escribió. «Tenía los músculos tan acostumbrados a los ejercicios repetitivos practicados con los aparatos convencionales de un gimnasio, que llegó un momento en que me estanqué y mi rendimiento empezó a bajar. Un día, haciendo la enésima tanda aburrida de ejercicios bajo techo, me descubrí mirando por la ventana hacia la majestuosa Sierra Nevada y me sentí coartada y frustrada (...). El suelo estaba cubierto de hojas y soplaba un viento frío y vigorizante. Como un colegial metido en el aula, anhelé la libertad que se me ofrecía al otro lado de la ventana. Ese día me rebelé.» Salió al exterior y al poco rato estaba corriendo en zigzag por el terreno más desafiante e irregular del bosque, y practicando ejercicios de fortalecimiento en los troncos de los árboles y en las rocas.

Al igual que Vindum, Kelli Calabrese, una entrenadora afincada en Texas, coautora del libro Feminine, Firm & Fit, escribe que el terreno al aire libre es mucho mejor que los aparatos de los gimnasios.3 «Los aparatos están hechos para facilitarte las cosas, pero el terreno te obliga a adaptarte a los accidentes naturales», afirma. «Cada parte de una colina es literalmente diferente y hace trabajar a tus pantorrillas de manera levemente distinta.»

No necesitamos a ningún entrenador para salir al aire libre. Pero hay gente que sí. Y no hay que olvidar a los que prefieren las actividades en grupo. En el Reino Unido, el programa Green Gyms, desarrollado por la Fundación Británica para los Voluntarios Conservacionistas, saca a la gente de los extenuantes gimnasios bajo techo, la pone en contacto con la naturaleza y se sirve de sus músculos para mejorar los paisajes de la zona.4 La idea básica es que la gente pueda agruparse para organizar sus propios gimnasios naturales, reuniéndose en parques, jardines y vías verdes locales para hacer senderismo, trabajos de jardinería o de recuperación de espacios naturales. Evidentemente, esto también se puede hacer a solas. Lo que nos debe quedar claro es que, si sabemos buscarlos, la naturaleza está llena de gimnasios.

Además de los efectos beneficiosos para la salud física y mental, el ejercicio verde tiene un valor espiritual añadido. El rabino y teólogo Abraham Joshua Heschel escribió: «Nuestro objetivo debería ser vivir la vida radicalmente asombrados, mirar el mundo sin dar nada por sentado. Todo es extraordinario; todo es increíble; ser espiritual es estar constantemente maravillado».

EJERCICIO VERDE PROFUNDO

Me acuerdo de las palabras que acabo de citar cada vez que hablo con Brook Shinsky, que vive en Oakland, California, y trabaja para The North Face, una empresa de ropa y material para actividades al aire libre. La relación de deportes que Shinsky practica en la naturaleza es extraordinariamente variada: ciclismo (por pista y por montaña), snowboard, escalada en roca, footing y vuelo con wingsuit (modalidad de caída libre realizada con un traje especial aerodinámico que da fuerza propulsora). Con ese traje, llamado de alas, de hombrepájaro, de ardilla o de Batman, Shinsky obtiene ventajas espeluznantes sobre los que practican la caída libre convencional, entre ellas una velocidad de descenso menor, mayor tiempo en el aire y mayor maniobrabilidad. Le pregunté a Shinsky, de poco más de treinta años, si alguna vez había estado tan concentrada en el acto de saltar, planear y aterrizar como para perder de vista el mundo natural.

–Al contrario –repuso–. De niña siempre sentí una gran curiosidad por los pájaros, y ahora sé cómo te sientes al volar: me convierto en un pájaro. Veo el mundo como las aves lo ven y es entonces cuando estoy verdaderamente presente y soy plenamente consciente.

Al describirme su experiencia entendí mejor la atracción por los deportes extremos, preferidos a los deportes al aire libre más tradicionales, como la pesca o la caza, por un número creciente de jóvenes. Se trata de una inmersión total en la naturaleza, con el atractivo añadido del riesgo. Hay personas que cuando practican algún deporte al aire libre se tapan los oídos con los auriculares del iPod: con ello no se enteran del mundo natural, o como mínimo empañan la experiencia de estar en él. Pero resulta obvio que Shinsky busca un tipo diferente de comunión con la naturaleza.

Hace pocos años conocí a Margot Page. Vive en una alquería de madera de 160 años de antigüedad situada en lo alto de una colina desde la que se dominan un valle y un pueblo. Su casa es blanca con esquinas verdes y parece como si la sujetaran al suelo los arces de hondas raíces que la circundan. Page es una de un puñado de mujeres que se han hecho famosas en el mundo de la pesca con mosca. Ella y otras pescadoras (y también algunos hombres, admite) están ampliando de manera ingeniosa, imaginativa, su relación con la naturaleza. Practican «una modalidad de pesca diferente», dice. «No se ponen a pescar enseguida, primero se acercan al agua. Observan y escuchan, se alejan y entonces intentan integrarse en el entorno. Es así como se pesca, es así como se conecta.» Al final acabé considerando esta modalidad de pesca como «pesca profunda».5

Page también me habló de un tipo diferente de organización pesquera: Recupérate Pescando, una asociación sin fines de lucro que enseña a pescar con mosca a mujeres que han sobrevivido a un cáncer de mama. Aunque ella no ha tenido cáncer, es miembro de su consejo asesor. La idea de utilizar la pesca como terapia es vieja; la creación de grupos de terapia pesquera es relativamente nueva.

–La mayoría de las mujeres que se unen a nuestra asociación –explica– no habían pescado nunca con mosca. Cuando vuelven a la sala de quimio para enfrentarse al mal rato, tienen un lugar al que regresar mentalmente que posiblemente les proporcionará momentos de paz.

Los médicos del consejo asesor de Recupérate Pescando creen que los beneficios son tanto físicos como psicológicos.

–Pescar con mosca es bueno para los músculos que han estado paralizados, para los nervios que han sido seccionados. Hay mujeres que, tras sufrir una mastectomía, tienen los hombros bloqueados. Los movimientos que se hacen al pescar les ayudan a desentumecerlos. Los monitores están preparados para adaptarse a las condiciones físicas de cada paciente, sean cuales sean –explica Page.

Aquí funciona algo más que trasciende la terapia física. Algunas de estas mujeres siguen el ejemplo de Page y llevan a cabo una inmersión curativa más profunda en la naturaleza.

El concepto de pesca profunda de Page es similar al enfoque que Brook Shinsky da al vuelo con wingsuit. Podríamos decir que lo que Shinsky practica es «vuelo intenso». Desde su posición privilegiada como trabajadora de The North Face, Shinsky percibe un cambio que está teniendo lugar entre un número cada vez mayor de gente joven (los millennials, tal como los llama la industria de artículos deportivos, o generación Y) que tendía a ver el mundo natural como un escenario donde vivir emociones fuertes: la naturaleza como un parque temático.

–Ahora muchos jóvenes se están dando cuenta de que esas actividades al aire libre proporcionan algo más que un simple subidón de adrenalina –me dijo Shinsky–. Están descubriendo los beneficios físicos, psicológicos e incluso espirituales de practicar deportes al aire libre y cada vez son más conscientes de su entorno.

En cierto sentido, fueron los surfistas de finales de 1960 y principios de 1970 quienes abrieron el camino. Sus películas muestran esta conciencia más profunda, y ahora Shinsky puede citar a algunos cineastas jóvenes que prefieren otros deportes extremos al aire libre cuyas películas tienen la misma estética y expresan la misma reverencia por los dones de la naturaleza.

Es por tanto posible que tras la moda de los deportes extremos llegue ahora la del «ejercicio verde profundo» o que por lo menos este concepto los haga más interesantes. Podemos imaginarnos una práctica «profunda» del esquí, el snowboard, la escalada... Conway Bowman, una estrella de la pesca del canal ESPN, usa el término «deportes de filo mellado». Él y yo hemos pensado cuáles deberían ser los parámetros o preceptos de este nuevo género, entre ellos: sumergirse sensorialmente en la naturaleza en vez de ser un mero espectador; practicar deportes al aire libre de maneras inusuales y en escenarios imprevistos; realizar más de una actividad a la vez (pescar y observar aves, pescar y hacer safaris fotográficos); combinar el esparcimiento con tareas medioambientales (catalogar tiburones, contar pumas); evitar el equipo más caro, preferir el hecho a mano o el reparado, y practicar el minimalismo; al pescar o cazar, matar únicamente para comer (algunos pescadores ahora usan cebos sin anzuelo para sentir simplemente la emoción del estirón en el sedal). Y, sobre todo, apagar el iPod y abrir todos los sentidos para tener una experiencia plena.

RECORRER LA SENDA DEL GENOMA

Nacimos para caminar. Y correr. Y hacer excursiones. Necesitamos estar en movimiento. Quizá cuando practicamos senderismo lo hagamos por necesidad, ya que rastreamos los invisibles trazos de la canción de nuestro genoma.

Una de las satisfacciones que obtienen ciertos excursionistas (y quizá especialmente los que corren campo a través) es lo que algunos llaman el «subidón del excursionista», que se podría definir como la euforia del corredor con el añadido de estar al aire libre. Scott Dunlap empezó a correr por la montaña en 2001 «para escapar de la rutina del trabajo y ver un poco más de naturaleza». En su blog, Dunlap describe esta euforia, que tiene lugar tras correr trece o catorce kilómetros, como «la sensación mística de que puedes correr eternamente, sin límites psicológicos ni físicos». Esta euforia, dice, «puede provocarla algo tan sutil como un cambio súbito de la temperatura o bien algo tan épico como correr por una estrecha cresta a cuatro mil metros mientras se fragua una tormenta en el horizonte». Otro excursionista, Sage Ingham, de Rockville, Maryland, escribió en el consultorio on line «Ask Adventure» de National Geographic: «Nunca falla: a las tres o cuatro horas de caminata me coge lo que he acabado llamando el “subidón del excursionista”, es decir que de pronto tengo un ataque de risa tonta. ¿Por qué?» Podemos hallar una explicación en las investigaciones que han demostrado que los corredores de fondo experimentan un aumento de la secreción de opiáceos endógenos, lo que les provoca una sensación de euforia y alegría.6 Mi sobrino Kyle Louv es considerado uno de los mejores corredores universitarios de California. Desde sus tiempos de instituto ha estado corriendo durante años por los bosques cercanos a su casa, situada en las afueras de Eureka. Está convencido de que entrenar en aquel territorio influyó, de una manera imperceptible y a veces no tan imperceptible (de cuando en cuando se topaba con osos), en hacerle aumentar espectacularmente su velocidad, su resistencia y su euforia. Quizá estaba explotando su pasado genético, la respuesta de huir o luchar combinada con la euforia del corredor en plena naturaleza.

El ansia por las drogas de nuestra sociedad puede relacionarse en parte con nuestro anhelo de este estado unificado de mente, cuerpo y naturaleza. Las drogas tomadas por placer, así como las utilizadas en un contexto religioso, se hallan presentes en casi todas las sociedades, incluidas las de pueblos tribales que viven más cerca de la naturaleza. Pero su consumo tiene más a menudo una finalidad trascendente que de huida. En las sociedades occidentales lo más normal es que las drogas y el alcohol se usen para calmar el dolor, para cerrar el paso al ruido de fondo: el exceso de información, a menudo sin sentido, que nos asalta a diario. Por el contrario, la euforia que se logra mediante el ejercicio verde intenso nos aguza los sentidos; tiene que ver con la trascendencia, con el éxtasis natural. El renombrado filósofo de la naturaleza australiano Glenn Albrecht ha acuñado un nombre para esta euforia espontánea, esta sensación de unidad con la tierra y sus fuerzas: eutierria (del griego eu, «bueno», y tierra).

Cuando tenía poco más de veinte años y trabajaba para Project Concern, una organización benéfica sanitaria, pasé unas cuantas semanas en Guatemala. Como disponía de más tiempo libre que de trabajo, a menudo hacía excursiones. Recorrí kilómetros y kilómetros a orillas del lago Atitlán, el más profundo de Centroamérica. Aquel mismo año, un terremoto mató a más de veintiséis mil personas en Guatemala; fue tan intenso que agrietó el lecho del lago y abrió un canal de desagüe subterráneo, con lo que en menos de un mes el nivel de las aguas bajó dos metros. La naturaleza, como las personas, puede llenarnos durante toda la vida o vaciarnos en un milisegundo. Tiempo después, cerca de Antigua, una población de la altiplanicie central guatemalteca, ascendí al volcán Agua, que los mayas cakchiquel llaman Hunapú. Empecé a subir por la empinada senda bajo el calor tropical y poco a poco fui internándome en la espesura de la selva. Cuando la niebla empezó a envolverme, la temperatura había caído en picado y yo estaba tiritando. Como no iba preparado para los rigores de los casi cuatro mil metros de altitud, di media vuelta a regañadientes y empecé a descender.

Esta fue la primera vez que experimenté la euforia del excursionista. Había cogido una rama para usarla como bastón y a medida que iba apretando el paso por el resbaladizo sendero, a veces saltando sobre fisuras profundamente erosionadas, mis zancadas devenían más largas y ligeras. Las tragedias del mundo, tanto las naturales como las provocadas por el hombre, desaparecieron. Me sentí como si estuviera volando a través de las nubes y en aquellos momentos deseé (y sentí que podía) seguir avanzando eternamente y recorrer el mundo entero.

La única vez que he vuelto a sentir ese tipo determinado de euforia fue unos cuantos años más tarde, tras coronar el pico Stonewall, en el condado de San Diego, que visto de lejos se asemeja a la montaña que se alza sobre el lago Atitlán. Mientras bajaba de Stonewall con mi futura esposa, Kathy, abriendo la marcha (el ritmo al que avanzábamos se estaba acelerando peligrosamente) de pronto me di cuenta con absoluta claridad de que era feliz, y de que si podía seguir caminando con Kathy, la excursión no hacía falta que acabara nunca.

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14 November 2024
Volume:
420 p. 1 illustration
ISBN:
9788490068717
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