Read the book: «Devoradores de sombras»
DEVORADORES
DE SOMBRAS


RICHARD LLOYD PARRY
DEVORADORES
DE SOMBRAS
El caso de la joven inglesa
que encontró el infierno
en Tokio
Traducción de Jorge Rizzo

Título original inglés: People who Eat Darkness.
Autor: Richard Lloy Parry.
© Richard Lloy Parry, 2011.
© de la traducción: Jorge Rizzo, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
La imagen del diario de Lucie Blackman de la página 109 se reproduce con la autorización de los herederos de Lucie Blackman.
Primera edición: junio de 2019.
REF.: ODBO548
ISBN: 9788491874638
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
PARA MAMÁ Y PAPÁ
CONTENIDO
1 Prólogo. La vida antes de la muerte
2 PRIMERA PARTE LUCIE 1. El mundo cuando todo iba bien 2. Normas 3. El largo viaje
3 SEGUNDA PARTE TOKIO 4. High Touch Town (Una ciudad humana) 5. Una geisha moderna 6. Tokio, ciudad de extremos
4 TERCERA PARTE LA BÚSQUEDA 7. Ha pasado algo terrible 8. Murmullos ininteligibles 9. Un atisbo de esperanza 10. S & M 11. Un hueco con forma de hombre 12. La policía, en entredicho 13. Las palmeras junto al mar
5 CUARTA PARTE OBARA 14. Los débiles y los fuertes 15. George O’Hara 16. El juego de la conquista 17. Carita 18. En la cueva
6 QUINTA PARTE JUSTICIA 19. Ceremonias 20. El hombre para todo 21. SMYK 22. Condolencias 23. El veredicto
7 SEXTA PARTE VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE 24. Qué japonés 25. Quién soy realmente
8 Notas
9 Agradecimientos
Entre los ancianos que venían secretamente a esta «casa de las bellas durmientes», debía haber algunos que no solo miraban con nostalgia hacia el pasado desaparecido sino que intentaban olvidar el mal que habían hecho en sus vidas. […] Entre ellos debía haber algunos que habían prosperado practicando el mal y que conservaban sus ganancias con malas acciones reiteradas. No serían hombres en paz con ellos mismos. Estarían entre los derrotados, o más bien entre las víctimas del terror. Mientras yacían contra la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño provocado, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y la inquietud tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas, no sollozaría ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, su orgullo permanecería intacto. Los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia «bella durmiente» una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos.
YASUNARI KAWABATA,
La casa de las bellas durmientes1
PRÓLOGO LA VIDA ANTES DE LA MUERTE
Lucie se despierta tarde, como siempre. Un hilillo de luz del sol se abre paso al borde de la ventana cerrada, penetrando en la penumbra de la habitación, un lugar atestado de cosas, sin color, de techo bajo. Hay pósteres y postales en las paredes, y blusas y vestidos sobre unos colgadores llenos hasta los topes. En el suelo, dos siluetas humanas sobre dos futones: una rubia, otra de cabello castaño. Duermen con camiseta, o desnudas bajo una misma sábana, porque incluso de noche hace demasiado bochorno como para dormir con nada más que una fina tela sobre la piel. En el exterior los cuervos graznan y revolotean sobre los cables de teléfono enmarañados entre los edificios. Se han ido a dormir a las cuatro de la mañana, y el despertador de plástico marca ya casi el mediodía. La cabeza morena sigue durmiendo sobre su almohada mientras Lucie se pone la bata y va al baño.
Ella llama a su casa de Tokio «el cagadero», y el baño es uno de los motivos de ese nombre. Lo comparten media docena de personas, más sus invitados nocturnos, y está hecho un asco, lleno de suciedad y basura. En los bordes del lavabo agonizan retorcidos tubos de pasta de dientes, el suelo de la ducha está cubierto de restos de jabón seco, y el desagüe está casi bloqueado por un tapón de pelos, restos de piel y uñas cortadas. Los cosméticos de Lucie, que son numerosos y caros, los lleva y los saca del baño a cada visita, junto con sus peines, cepillos y maquillaje. Su ritual de aseo es largo y exhaustivo, una sucesión de champú, aclarado, suavizante, jabón, toalla, secado, hidratación, tonificación, pinzas, cepillado, hilo dental y secador. Lucie es un claro ejemplo de la diferencia que hay entre darse una ducha por la mañana y arreglarse. Si un día tienes prisa, más vale que no te encuentres que tienes que pasar por el baño y ella está dentro.
¿Qué es lo que ve Lucie cuando se mira al espejo? Un rostro de piel clara, rodeado de una melena de un rubio natural que le cae por detrás de los hombros. Una barbilla marcada, incluso fuerte; dientes blancos; unos pómulos que se levantan y en los que aparecen sendos hoyuelos cuando sonríe. Una nariz de suaves curvas; unas cejas finas perfectamente depiladas y unos ojos pequeños, de un azul oscuro, algo arqueados. Lucie se lamenta siempre de sus «ojos caídos» y se pasa horas mirándoselos al espejo, deseando que fueran diferentes, pese a que resultan inesperadamente exóticos en una mujer de cutis tan pálido, de ojos tan azules y piernas y brazos tan largos.
Lucie es alta —175 centímetros—, y tiene buenas curvas en el pecho y las caderas. Siempre está atenta a cualquier variación al alza de su peso, que suele fluctuar bastante. En mayo, tras la odisea del viaje a Japón, la mudanza al cagadero y la búsqueda de trabajo, estaba más delgada que ahora, pero tras unas cuantas semanas de largas noches en el club, había recuperado todo el peso a base de alcohol. Si tiene un mal día, puede incluso desagradarle su aspecto, sentirse hinchada y fofa; se tortura por la marca de nacimiento que tiene en el muslo, y por el oscuro lunar entre las cejas. Un observador neutral podría describirla recurriendo a una definición tan anticuada y ambigua como la de «jamona» o «hermosa». La chica de cabello castaño con la que comparte colchón es la mejor amiga de Lucie, Louise Phillips, de una belleza algo más convencional: delgada, menuda y recatada. Pero la mayor parte del tiempo, al menos de cara a los demás, Lucie se mueve con confianza y desenvoltura. Su modo de reír, de mover las manos al hablar, de echarse atrás el cabello, su costumbre de tocar sin darse cuenta a las personas con las que habla…, todo ello le da un atractivo que perciben tanto hombres como mujeres.
Lucie sale por fin del baño. ¿Qué hace a continuación? Sé que no escribe nada en su diario, que ha dejado abandonado al menos desde hace dos semanas. No llama a Scott, su novio, que está de servicio en un portaaviones estadounidense en la ciudad portuaria de Yokosuka. Más adelante, entre sus posesiones personales, su familia encontrará una postal no enviada, dirigida a su gran amiga de casa, Samantha Burman. Quizá esté escribiendo esa postal ahora mismo.
Querida Sammy:
Solo unas líneas desde Tokio para decirte lo mucho que me gustó hablar contigo la otra noche. Estoy encantada de que hayas encontrado a un amigo/tío/pareja (sea lo que sea) tan encantador. Sé que para mí es fácil decirlo, ahora que ha cambiado tanto mi vida y que los domingos son tan diferentes, pero quiero que sepas que sin ti mi vida está incompleta y que —aunque no sepa aún muy bien cuándo— volveremos a vernos pronto, sea allá donde esté yo o en casa. Te quiero, te echo terriblemente de menos y lo haré siempre.
Todo mi cariño,
LULU
A la una y media suena el teléfono en el piso de abajo. Responde uno de sus compañeros de piso: es para Lucie. A diferencia de Louise, que tiene su propio teléfono móvil por cortesía de uno de sus clientes, Lucie tiene que recurrir al teléfono de pago compartido del cagadero. Es un voluminoso aparato de plástico rosa situado en la cocina que funciona con monedas de 10 yenes; y por supuesto cualquiera que esté en el piso de abajo puede oír la conversación. Pero Lucie no tendrá que aguantar esta situación tan incómoda mucho tiempo más; en solo unas horas tendrá su propio móvil.
Louise ya se ha levantado, y durante la breve conversación de su amiga está sentada en el salón de la casa. Era él, le dice Lucie después de colgar el auricular rosa: la reunión se ha retrasado una hora, hasta las tres; volverá a llamar y se encontrarán en la estación de tren. Comerán algo, pero Lucie tendrá tiempo para volver y acudir a la cita de las ocho con Louise y otra de las chicas del club para ir a bailar. Lucie se quita la bata y escoge el modelito para el día: su vestido negro, el collar de plata con el colgante de cristal en forma de corazón y el reloj de Armani. Las gafas de sol las tiene en el bolso negro. Llegan las tres, y sale. A las 15.20 el teléfono rosa suena de nuevo y preguntan por Lucie; él va de camino, y estará en la estación en diez minutos.
Los cuervos aletean y protestan cuando ven salir a Lucie, que experimenta el pequeño shock diario que supone para cualquier extranjero pisar la calle en Tokio. De pronto, se hace evidente la realidad, y el pulso se acelera: Aquí estoy, en Japón. Es algo que sigue sorprendiéndole cada mañana: la conciencia repentina de la profunda diferencia que supone. ¿Será el ángulo en que incide la luz, o cómo se transmiten los ruidos en el aire del verano? ¿O la actitud de la gente que camina por la calle, que conduce o que se sube a los trenes, anónima pero resuelta; educada, cortés, contenida pero decidida, como si siguieran órdenes secretas?
Aunque pasen años, o décadas, un extranjero nunca supera esa sensación, esa emoción diaria que supone vivir en Japón.
El cagadero —o la Sasaki House, que es su nombre real— es un mugriento edificio de paredes enyesadas situado al final de un callejón sin salida. Lucie sale, gira a la izquierda y pasa frente a otros viejos bloques de apartamentos, una zona de juegos para niños con estructuras de madera para trepar, y un restaurante anticuado que sirve tortillas de arroz y curry. Luego aparece una joya en medio de toda esa insipidez: un teatro clásico Noh que ocupa una moderna estructura de cemento, rodeado de setos tallados y un jardín de grava.
Lucie gira a la derecha, y de pronto el barrio experimenta una repentina transformación: ha dejado atrás un ambiente raído y suburbano y, en apenas cinco minutos, se encuentra recorriendo una calle principal de una gran ciudad. Por encima pasan los trenes, y una autopista urbana, en niveles superpuestos. Quinientos metros más allá está la estación de Sendagaya, donde se cruzan numerosos autobuses con líneas de metro y de tren suburbano. Los sábados por la tarde es un lugar muy concurrido, con un tráfico abundante y ruidoso, y con gente que entra y sale en estampida de la estación y del Gimnasio Olímpico, en el otro extremo, con camisas de manga corta y vestidos de verano. Él está ahí, esperando a Lucie, frente a la comisaría de policía; tiene el coche cerca.
Poco antes de que lo haga Lucie, Louise sale de la casa con otra misión: cambiar un par de zapatos en Shibuya, el gran barrio de compras al suroeste de Tokio. Toma el tren a la estación de Shibuya, donde nueve líneas diferentes depositan a 2,5 millones de pasajeros cada día, y donde Louise se pierde enseguida. Pasea, confusa, por entre la multitud, por calles llenas de tiendas y restaurantes que, a pesar de su vertiginosa diversidad, consiguen de algún modo distinguirse unos de otros. Emplea un buen rato, pero por fin consigue encontrar la tienda que busca; luego, agotada, vuelve a la estación.
Poco después de las cinco, le suena el teléfono. La pantalla muestra las palabras «usuario oculto». Pero la voz es de Lucie, que debería estar a punto de volver a casa para prepararse para la noche. Llama desde un coche en movimiento. Va en dirección «al mar», dice, donde almorzará con él (aunque desde luego es muy tarde para hablar de almuerzo). Sin embargo, no hace falta que cambien los planes para la noche, le dice a Louise; volverá a casa a tiempo, en un par de horas la llamará de nuevo para decirle cuándo. Parece alegre y contenta, pero mide las palabras, como si pudieran estar escuchándola. Está llamando desde el móvil de él, le dice a Louise, así que no quiere extenderse.
Más tarde Louise dirá que ese giro de los acontecimientos le había sorprendido, y que no era propio de Lucie subirse al coche de un hombre e irse fuera de la ciudad con él. Pero sí era propio de ella hacer esa llamada. Lucie y Louise se conocen desde que eran niñas, y así es la amistad que tienen. Se llaman solo por mantener el contacto, por reafirmar su cercanía y su confianza, aun cuando tengan poco que contarse.
Es una tarde de un calor húmedo y sofocante. Louise visita la tienda favorita de ambas, los grandes almacenes Laforet, y compra unas calcomanías brillantes y purpurina para decorarse el rostro cuando salgan a bailar. El sol va hundiéndose en el horizonte; está atardeciendo, y un manto de penumbra va instalándose sobre las viejas casas del extrarradio, encendiendo los neones de los restaurantes, los bares y los clubes, locales todos ellos de promesas y diversión.
Pasan dos horas.
A las siete y seis minutos Louise ya está de vuelta en casa, y suena de nuevo su móvil. Es Lucie, muy contenta y emocionada. Es muy majo, le dice. Tal como le había prometido, le ha dado un teléfono móvil nuevo y una botella de champán Dom Perignon que Lucie y Louise se podrán beber más tarde. No queda claro dónde está exactamente, y a Louise no se le ocurre preguntar. Pero volverá en menos de una hora.
A las siete y diecisiete, Lucie llama al móvil de su novio, Scott Fraser, pero le sale el contestador. Graba un mensaje breve pero alegre, prometiéndole que se verán al día siguiente.
Y entonces Lucie desaparece.
Cae la noche del sábado en Tokio, pero no van a salir a bailar, ni habrá encuentro con Scott. De hecho, no habrá nada más en absoluto. El mensaje de móvil de Lucie, almacenado en la base de datos digital del operador telefónico, será la última señal de vida de Lucie.
———————
Cuando Lucie no volvió a la hora prometida, Louise se alarmó de inmediato, tremendamente. Más tarde habría quien diría que eso resultaba sospechoso: ¿por qué iba a asustarse tanto Louise, tan pronto? Sus compañeros de piso, que estaban sentados en el salón fumando marihuana, no entendían su nerviosismo. Poco más de una hora después de la hora a la que se suponía que tenía que volver Lucie, Louise ya estaba llamando por teléfono a su madre, Maureen Phillips, en Gran Bretaña. «Le ha pasado algo a Lucie», le dijo.1 Luego se fue al Casablanca, el club de acompañantes del barrio de ocio Roppongi en el que servían copas y daban conversación a los clientes.
«Recuerdo ese primer día perfectamente, el 1 de julio —dijo un hombre que estaba allí en aquel momento—. Era sábado por la noche, y era la fiesta semanal de Lucie y Louise. Se suponía que ninguna de las dos tenía que trabajar. Pero de pronto apareció Louise diciendo: “Lucie ha desaparecido. Ha quedado con un cliente y no ha vuelto”. Bueno, no era tan extraño. Solo eran las ocho o las nueve. “Es normal, no es nada raro, Louise. ¿Por qué estás tan preocupada?”. Ella dijo que Lucie no era de las que no volvían a casa, y que si hubiera pasado algo la habría llamado. Y era cierto. Cuando una hacía una cosa, la otra siempre estaba informada. Tenían una relación muy intensa. Louise supo enseguida que algo iba mal».
Louise no dejó de llamar al club en toda la noche, preguntando si alguien tenía noticias de Lucie; pero no había noticias. Recorrió Roppongi a pie, visitando cada uno de los bares y clubes donde solían ir las dos: el Propaganda, el Deep Blue, el Tokyo Sports Café, el Geronimo’s. Habló con los tipos que distribuían flyers en Roppongi Crossing, y les preguntó si habían visto a Lucie. Luego tomó un taxi a Shibuya y se fue al Fura, el club donde tenían planeado ir juntas aquella noche. Sabía que allí no encontraría a su amiga; ¿por qué iba a ir Lucie por su cuenta, sin pasar por casa, o al menos llamarla? Pero no se le ocurría qué más podía hacer.
Llovió gran parte de la noche, una de esas cálidas lluvias de verano de Tokio, de las que hacen sudar. El domingo por la mañana, cuando Louise regresó a la Sasaki House después de pasarse por todos los bares posibles, ya había amanecido. Lucie no estaba en casa, y no había mensajes para ella.
Sin saber muy bien qué hacer, Louise llamó a Caz, un japonés que trabajaba en el Casablanca como camarero. Caz llamó a unos cuantos de los principales hospitales, pero ninguno de ellos tenía noticias de Lucie. ¿No sería mínimamente posible, le sugirió él, que Lucie hubiera decidido pasar la noche con su cliente «tan majo» y que simplemente se le hubiera pasado por alto o no hubiera podido informar a Louise? Ella dijo que aquello era impensable, y nadie conocía tan bien a Lucie como Louise.
Evidentemente, el paso siguiente era contactar con la policía. Pero esa perspectiva resultaba muy angustiosa. Lucie y Louise habían entrado en Japón como turistas, con visados de noventa días que les prohibían de forma explícita trabajar. Todas las chicas de los clubes —de hecho, la mayoría de los extranjeros que trabajaban en Roppongi— se encontraban en la misma situación. Tanto ellos como los clubes que les daban trabajo estaban infringiendo la ley.
El lunes por la mañana, Caz acompañó a Louise a la comisaría de Azabu, en Roppongi, y denunciaron la desaparición. Explicaron que Lucie era una turista de vacaciones en Tokio que había salido aquel día con un japonés que había conocido; no hicieron ninguna mención a su trabajo como acompañante en el Casablanca, ni a sus clientes.
La policía no se mostró muy interesada.
A las tres de la tarde, Louise se fue a la Embajada británica en Tokio. Habló con el vicecónsul, un escocés llamado Iain Ferguson, y le contó toda la historia. Ferguson fue el primero de muchos que se mostró asombrado ante las circunstancias en las que había salido Lucie aquella tarde. «Le pregunté qué sabía de aquel cliente, y me quedé de piedra al oír que no sabía nada —escribió en un informe al día siguiente—. Según Louise, las chicas del club iban dando tarjetas de visita a sus clientes, con el consentimiento de la empresa, con lo que en muchos casos tenían encuentros privados con los clientes. Yo manifesté que me resultaba difícil de creer que se les permitiera a las chicas salir con sus clientes sin el conocimiento del club. Pero Louise me lo confirmó. Desde luego, Lucie no le había dicho nada de su cliente, su nombre, ningún dato sobre su coche, o dónde habían ido, aparte de al mar…».2
Ferguson hizo muchas preguntas a Louise sobre el carácter de Lucie. ¿Era caprichosa, impredecible, informal? ¿Era cándida, o crédula? «Todas las respuestas de Louise trazaron una imagen inequívoca —escribiría— que definía a una persona segura, inteligente y de mundo, que tenía la experiencia y el sentido común suficientes como para no ponerse en situación de peligro». ¿Por qué se había metido, pues, en un coche con un perfecto desconocido? «Louise no…, no se lo explicaba, e insistió en que esa conducta era impropia de Lucie».
Nadie sabe mejor que los diplomáticos de una oficina consular las tonterías que llegan a hacer los británicos en el extranjero. Y nadie entiende mejor que ellos que la mayoría de las veces, cuando una persona joven «desaparece» suele haber una explicación perfectamente mundana: una riña entre amigos o amantes; drogas, alcohol o sexo. Pero Lucie había llamado dos veces durante la tarde para explicarle sus andanzas a Louise. Después de que llamara para decir que volvería en menos de una hora, resultaba difícil imaginar que no hubiera vuelto a llamar, aunque hubiera cambiado de plan. Iain Ferguson llamó a la comisaría de policía de Azabu y les dijo que la Embajada estaba muy preocupada por Lucie, y que lo consideraban no un simple caso de desaparición, sino un posible secuestro.
Louise salió de la Embajada. Las dos noches siguientes a la desaparición de Lucie casi no durmió. Le atormentaba la incertidumbre y la tensión. Le resultaba insoportable estar sola, aguantar un minuto en la habitación que había compartido con Lucie. Fue al apartamento de una amiga, donde iba a reunirse con otros conocidos de Lucie.
Justo antes de las cinco y media, le sonó el móvil, y respondió al momento.
—¿Diga?
—¿Hablo con Louise Phillips? —dijo una voz.
—Sí, soy Louise. ¿Quién es?
—Me llamo Akira Takagi. Llamo de parte de Lucie Blackman.
—¡Lucie! Dios mío, ¿dónde está? Estaba preocupadísima. ¿Está ahí?
—Estoy con ella. Está aquí. Está bien.
—Oh, Dios, gracias a Dios. Déjeme hablar con Lucie. Necesito hablar con ella.
Era una voz masculina. Hablaba bien inglés, pero con un marcado acento japonés. Parecía tranquilo, controlado y muy seguro en todo momento, casi amistoso, incluso cuando Louise se mostró agitada y disgustada.
—Ahora no debe ser molestada —dijo la voz—. Está en nuestro dormitorio. Está estudiando y practicando un nuevo modo de vida. Tiene mucho que aprender esta semana. No se la puede molestar.
Mientras tanto, Louise les decía a sus amigos, gesticulando con la boca: «Es él»; y pedía con gestos un bolígrafo y un papel.
—¿Usted quién es? —preguntó—. ¿Es el que salió con ella el sábado?
—Yo conocí a Lucie el domingo. El sábado conoció a mi gurú, al líder de mi grupo.
—¿Su gurú?
—Sí, mi gurú. El caso es que se conocieron en un tren.
—Pero ella…, cuando hablé con ella iba en un coche.
—Había mucho tráfico, mucho, y no quería llegar tarde a su encuentro contigo. Así que decidió tomar el tren. Justo antes de subir al tren conoció a mi gurú y tomó una decisión que le cambió la vida. El caso es que decidió unirse al culto esa misma noche.
—¿Un culto?
—Sí.
—¿Qué quiere decir con eso de un culto? ¿Qué…, dónde está Lucie? ¿Dónde está ese culto?
—Está en Chiba.
—¿Qué? Repita eso. ¿Puede deletreármelo?
—En Chiba. C-H-I-B-A.
—Chiba. Chiba. Y… ¿cómo se llama?
—Es la Nueva Religión.
—¿La qué? ¿Qué es…?
—La Nueva Religión —repitió el hombre, que le deletreó también este nombre con toda tranquilidad.
Louise tenía la mente desbocada.
—Tengo que hablar con Lucie —dijo—. Déjeme hablar con ella.
—No se encuentra demasiado bien —dijo la voz—. Además, ahora mismo no quiere hablar con nadie. A lo mejor te llama hacia el fin de semana.
—Por favor —insistió Louise—. Por favor, se lo ruego, déjeme hablar con ella.
Y se cortó la línea.
—¿Oiga? ¿Oiga? —dijo Louise, pero no había nadie al otro lado. Miró al pequeño teléfono plateado que tenía en la mano. Unos latidos de corazón más tarde, sonó de nuevo. Con dedos temblorosos, apretó el botón de respuesta.
—Lo siento mucho —dijo la misma voz—. Se debe de haber cortado la comunicación. El caso es que ahora Lucie no puede hablar contigo. No se encuentra bien. Quizá te llame el fin de semana. Ha iniciado una nueva vida y no volverá. Sé que tiene muchas deudas, 6.000 o 7.000 libras. Pero las pagará de un modo mejor. Solo quería que tú y S’kotto supierais que está bien. Ahora tiene planes para una vida mejor.
Dijo, con claridad, «S’kotto», que es el modo en que pronunciaría habitualmente un japonés el nombre inglés «Scott».
—Ha escrito una carta al Casablanca para comunicar que no va a volver al trabajo.
Hubo una pausa; Louise se puso a llorar.
—Por cierto, ¿cuál es tu dirección?
—Mi dirección… —dijo Louise.
—La dirección de tu apartamento, en Sendagaya.
—¿Por qué…? ¿Por qué quiere saber mi dirección?
—Quiero enviarte algunas de las cosas de Lucie.
El miedo de Louise, que hasta entonces había sido por su amiga, de pronto se volvió personal. «Quiere saber dónde vivo —pensó—. Ahora va a por mí».
—Bueno, Lucie la sabe. Sabe perfectamente su dirección.
—Ahora mismo no se encuentra demasiado bien, y no se acuerda.
—Oh, pues yo tampoco me acuerdo.
—Bueno…, ¿y no recuerdas nada que quede cerca?
—No, no recuerdo.
—¿Y la calle? ¿No recuerdas la calle?
—No, yo…
—Es que necesito enviar sus pertenencias.
—No recuerdo…
—Si es un problema, no te preocupes.
—Ahora mismo no la tengo por escrito…
—No pasa nada. No te preocupes.
Louise estaba fuera de sí por el pánico y la emoción. Llorando, le entregó el teléfono a un amigo, un australiano que llevaba años viviendo en Tokio.
—Hola —dijo él en japonés—. ¿Dónde está Lucie?
Al cabo de unos momentos, le devolvió el teléfono.
—Solo quiere hablar en inglés —dijo—. Solo quiere hablar contigo.
Pero Louise ya había reordenado sus pensamientos. Se daba cuenta de que era importante alargar la conversación, intentar descubrir dónde estaba Lucie.
—Hola —dijo—. Soy Louise otra vez. Y…, ¿yo podría unirme a su culto?
La voz pareció dudar un momento.
—¿Cuál es tu religión?
—Bueno, soy católica, pero Lucie también es católica. No me importa cambiar. Yo también quiero un cambio de vida.
—En fin, depende de Lucie. Depende de lo que diga ella. Me lo pensaré.
—Por favor, déjeme hablar con Lucie —dijo Louise, desesperada.
—Hablaré con mi gurú y le preguntaré.
—Déjeme hablar con ella —insistió ella, llorando—. Se lo estoy rogando, por favor, déjeme hablar con ella.
—En fin, ahora tengo que colgar —dijo la voz—. Lo siento. Solo quería comunicarte que no volverás a verla. Adiós.
Y la línea se cortó por segunda vez.
———————
Lucie desapareció el sábado 1 de julio de 2000, en el punto central del primer año del siglo XXI. La noticia tardó una semana en hacerse pública a nivel mundial. El primer artículo apareció el domingo siguiente, el 9 de julio, cuando un periódico británico incluyó una pieza breve sobre una turista desaparecida llamada «Lucy Blackman». Al día siguiente, en los periódicos británicos y japoneses hubo artículos más detallados. Mencionaban a Louise Phillips, así como a la hermana de Lucie, Sophie Blackman, que se decía que había volado a Tokio para buscarla, y a su padre, Tim, que iba de camino. Se hacían referencias a una llamada telefónica amenazante, y se sugería vagamente que podía haber sido secuestrada por una secta. Dos de los artículos hablaban del «temor» a que hubiera sido «obligada a prostituirse»; identificaron a Lucie como una exazafata de British Airways. Pero las noticias del día siguiente la presentaron como una «chica de barra» o una «acompañante en clubes nocturnos» del «barrio de luces rojas de Tokio». La televisión japonesa se hizo con la historia y las unidades móviles se pusieron a peinar Roppongi en busca de extranjeras rubias. La juventud de la desaparecida, combinada con su nacionalidad, el color de su cabello y lo que se suponía que implicaba su trabajo habían hecho que su historia traspasara el umbral que separa un simple incidente de una noticia; ahora era imposible pasarla por alto. A las veinticuatro horas, veinte reporteros y fotógrafos británicos y cinco unidades móviles de televisión habían volado a Tokio para unirse a la docena de corresponsales y periodistas independientes instalados en la ciudad.
Ese día se imprimieron 30.000 carteles que se distribuyeron por todo el país, sobre todo por Tokio y Chiba, la prefectura inmediatamente al este de la capital.
DESAPARECIDA, decía el texto de la cabecera, en dos idiomas, y abajo, LUCIE BLACKMAN (MUJER BRITÁNICA).
Edad: 21 años
Altura: 175 cm. Complexión media
Color de cabello: rubio
Color de ojos: azul
Vista por última vez en Tokio el sábado 1 de julio. Desde entonces está desaparecida.
Si alguien la ha visto, o si tiene información relacionada con ella, se ruega que contacte con la comisaría de Azabu o con el puesto de policía más cercano.
El cartel mostraba la fotografía de una joven con un vestido negro corto sentada en un sofá. Tenía el cabello rubio, y mostraba una dentadura blanca en una sonrisa nerviosa. La cámara la había fotografiado desde arriba, haciendo que el rostro pareciera más ancho e infantil. Con aquella gran cabeza, su larga melena y su barbilla puntiaguda, la chica del cartel era la viva imagen de Alicia en el país de las maravillas.
———————
Lucie Blackman ya estaba muerta. Murió antes incluso de que yo llegara a saber de su existencia. De hecho, fue precisamente porque estaba muerta —o desaparecida, que era lo único que se sabía en aquel momento— por lo que me interesé por ella. Yo era corresponsal de un periódico británico en Tokio. Lucie Blackman era una joven británica que había desaparecido en la ciudad: así pues, es evidente que en un primer momento fue para mí una historia.
Al principio, la historia era un rompecabezas, que con el tiempo evolucionó hasta convertirse en un misterio profundo. Lucie resultó ser la víctima de una tragedia, y acabó convirtiéndose en el motivo, en el tema de un duro debate en un tribunal japonés. La historia despertó un gran interés en Japón y en Gran Bretaña, pero era incoherente y estaba cargada de contradicciones. Pasaban meses en los que se perdía el interés por el caso de Lucie; luego se hacía algún avance y de pronto aumentaba de golpe la demanda de noticias y explicaciones. En rasgos generales era una historia conocida: chica desaparecida, cadáver hallado, hombre imputado…, pero examinándola de cerca resultaba tan complicada y confusa, tenía tantos giros extraños y tantos elementos irracionales, que era casi inevitable que cualquier información de tipo convencional resultara insatisfactoria, y que diera pie a más preguntas de las que conseguía responder.
El misterio que la rodeaba, que le daba un atractivo mayor al de cualquier otra noticia de ese tipo, la convertía en una historia fascinante. Era como un prurito que no se calmaba ni con artículos a cuatro columnas ni con piezas de tres minutos en los noticiarios de la tele. La historia se me coló hasta en los sueños; incluso meses después, me resultaba imposible dejar de pensar en Lucie Blackman. Seguí la noticia desde el principio y a lo largo de todas sus fases, intentando crear un relato coherente e inteligible a partir de todos aquellos elementos extraños, aquellos nudos y aquella violencia. Tardé diez años.
Llevaba viviendo en Tokio casi toda mi vida de adulto, y había viajado por toda Asia y más allá. Como reportero de desastres naturales y de guerra, había sido testigo de mucho dolor y oscuridad. Pero la historia de Lucie me puso en contacto con aspectos de la experiencia humana que no había visto nunca. Era como la llave de una trampilla en una estancia conocida, una trampilla que ocultaba secretos y unas vidas terribles, violentas y monstruosas que hasta entonces había pasado por alto. Este descubrimiento me provocó una vergüenza incómoda y me hizo sentir que había sido un cándido. Era como si yo, el reportero experimentado, me hubiera estado perdiendo algo extraordinario en una ciudad que me jactaba de conocer a fondo.
No empecé a pensar en Lucie como persona —en lugar de verla como una historia— hasta que empezó a caer en el olvido. Había conocido a su familia durante sus visitas a Japón. Como reportero del caso, al principio me habían recibido con prudencia y desconfianza. Más adelante la desconfianza dio paso a una amistad, pero seguían mostrándose prudentes. Empecé a viajar a Gran Bretaña, donde visitaba a la familia Blackman. Busqué a los amigos y conocidos de Lucie en las diferentes fases de su vida. A través de unos conseguí llegar a otros. A los padres de Lucie y a sus hermanos volví a verlos repetidas veces a lo largo de varios años. Esas entrevistas, combinadas, suman varios días de grabaciones.
Pensaba que descubrir los elementos básicos de una vida truncada a los veintiún años sería un trabajo fácil. A primera vista, no había nada evidente que distinguiera a Lucie Blackman de millones de otras personas como ella: una mujer joven de clase media del sureste de Inglaterra, con unos recursos económicos y una educación medios. La vida de Lucie había sido como tantas otras, «normal»; con mucho, lo más notable había sido el modo en que había llegado a su fin. Pero cuanto más a fondo miraba, más misteriosa me resultaba.
Debería de haber sido algo obvio, puesto que es algo que todos vemos en nuestras propias vidas, pero tras veintiún años, la personalidad y el carácter de Lucie resultaban demasiado diversos, demasiado complicados como para que alguien pudiera entenderla del todo, ni siquiera las personas más próximas a ella. Todos los que la conocían tenían una imagen un tanto diferente. A los pocos años su vida ya era una compleja combinación de lealtades, emociones y aspiraciones, en muchos casos contradictorias. Lucie era leal, honesta y podía dar una imagen equivocada. Era segura de sí misma, de confianza y vulnerable. Era directa y misteriosa; abierta y reservada. Sentí la impotencia del biógrafo al tener que filtrar y combinar todo aquel material para hacerle justicia a toda una vida. Me fascinó el proceso necesario para llegar a conocer a alguien a quien no había visto nunca, y que no habría podido conocer, a alguien que me habría sido indiferente si no hubiera muerto.
A las pocas semanas de su desaparición, muchísimas personas habían oído el nombre de Lucie Blackman y conocían su rostro, o al menos la versión que había aparecido en los periódicos y en la televisión, aquel rostro de Alicia en el país de las maravillas que figuraba en el cartel de búsqueda. Para ellos era una víctima, casi el símbolo de un cierto tipo de víctima: la joven que encuentra un fin terrible en un país exótico. Así que esperaba poder hacerle un favor a Lucie Blackman, o a su memoria, devolviéndole su estatus de persona normal, de mujer compleja y adorable en su normalidad, con una vida propia antes de la muerte.
PRIMERA PARTE LUCIE
1 EL MUNDO CUANDO TODO IBA BIEN
Incluso más tarde, cuando le costaba ver algo bueno en su marido, Jane, la madre de Lucie, reconocería que Tim Blackman le había salvado la vida a su hija.
Lucie tenía veintiún meses en aquel momento, y estaba con su padre y su madre en la casita que habían alquilado en un pueblecito de Sussex. Desde la infancia había sufrido graves ataques de anginas que le provocaban fiebre alta y una fuerte inflamación de la garganta. Para bajarle la temperatura, sus padres le aplicaban esponjas mojadas con agua, pero la fiebre solía durar, y cuando por fin se le pasaba, a las pocas semanas llegaba otra infección. Un día Tim había vuelto antes del trabajo para ayudar a Jane en el cuidado de su hija enferma. Aquella noche, lo despertó un grito de su esposa, que había ido a ver a la niña.
Cuando llegó a la habitación de la niña, Jane ya estaba corriendo escaleras abajo.
«Lucie estaba inmóvil a los pies de la cuna, fría y húmeda —recordaba Tim—. La cogí y la puse en el suelo, y vi que por momentos estaba poniéndose gris, de un color oscuro enfermizo. Era evidente que no le circulaba la sangre por el cuerpo. No sabía qué hacer. La tenía abrazada en el suelo, Jane se había ido a llamar a la ambulancia. Lucie estaba completamente inmóvil, no respiraba. Intenté abrirle la boca. Estaba cerrada con fuerza, pero conseguí abrirla usando las dos manos, y mientras la mantenía abierta con el pulgar de una mano, metí los dedos de la otra y le tiré de la lengua, poniéndosela hacia delante. No sabía si aquello valdría de algo, pero fue bien; luego la tendí de lado y le hice respiración boca a boca, le insuflé aire y le hice sacarlo, y volvió a respirar por sí misma. Estaba desesperado, nervioso y preocupadísimo, pero entonces vi que le volvía el color rosado a la piel. Llegó la ambulancia, y aquellos tipos subieron por las minúsculas escaleras, esos hombretones con todo aquel equipo, unos tiarrones tan grandes como la casa. Extendieron la camilla, la ataron, se la llevaron abajo y la metieron en la ambulancia. Y se recuperó».
Lucie había experimentado una convulsión febril, un espasmo muscular desencadenado por la fiebre y la deshidratación que le había provocado que se tragara la lengua, lo que le impedía respirar. Un rato más, y habría muerto. «En ese momento supe que no podía tener una sola hija —dijo Tim—. Lo supe. Lo había pensado antes, cuando nació Lucie. Pero en ese momento sabía que si le ocurría algo y no teníamos ningún hijo más, sería algo terrible, un desastre».
———————
Lucie había nacido el 1 de septiembre de 1978. Su nombre deriva de «luz», en latín, y su madre decía que incluso de adulta buscaba siempre la luz, y que se sentía incómoda a oscuras, que no paraba de encender bombillas por toda la casa y que se iba a dormir con la lamparilla de la habitación encendida.
A Jane habían tenido que inducirle el parto, y había durado dieciséis horas. Lucie tenía la cabeza contra la espalda de su madre, una «presentación posterior» que durante el parto a Jane le provocó un gran dolor. Pero el bebé pesó 3,600 kilos y estaba sano, y al nacer su primera hija sus padres sintieron una felicidad profunda aunque complicada. «Yo estaba feliz, absolutamente encantada — decía Jane—. Pero creo que cuando eres madre… Yo habría deseado que mi madre estuviera allí, porque me sentía muy orgullosa con mi hija… Pero no estaba allí, así que por otra parte me sentía triste».
Jane recordaba poco de su infancia, pero sí recordaba la tristeza. Su vida adulta también se había visto marcada por momentos de pérdida desoladora y aplastante que le habían generado un carácter sombrío que a veces le llevaba a una feroz autocrítica y otras a ofenderse y ponerse a la defensiva. Cuando la conocí, tenía casi cincuenta años; era una mujer delgada y atractiva con el cabello corto, rubio oscuro, rasgos marcados y expresión atenta. Iba bien arreglada y tenía unas pestañas largas y finas, pero el aspecto juvenil que podrían haberle dado quedaba compensado por una actitud severa y una profunda intolerancia a las tonterías y los esnobismos. En Jane entraban en conflicto el orgullo y la autocompasión. Era como un zorro, un zorro testarudo y elegante vestido con un traje chaqueta azul marino.
Su padre había sido ejecutivo en un estudio de cine, y ella y sus hermanos menores habían crecido en la periferia de Londres, llevando una vida de clase media, recta y bastante tediosa, con mucho trabajo, en la que todo funcionaba como Dios manda, con buenos modales a la mesa y las vacaciones de verano en agosto, en una población turística de playa del sur de Inglaterra. Cuando Jane tenía doce años, la familia se mudó al sur de Londres. La mañana de su primer día en el nuevo colegio, Jane fue a despedirse de su madre con un beso, y se la encontró durmiendo tras una noche de migrañas e insomnio. «Sentí que iba a pasar algo horrible —recuerda Jane—. Y le dije a mi padre: “No se va a morir, ¿verdad?”. Él dijo: “Oh, no, no seas tonta, claro que no”. Me fui al colegio, y cuando volví, aquel mismo día, se había muerto. Tenía un tumor cerebral. Y mi padre quedó destrozado. Era un hombre roto, roto por dentro, y no tuve más remedio que hacer acopio de coraje. Aquel fue el fin de mi infancia».
En el momento de su muerte, la madre de Jane tenía cuarenta años. «Mi abuela nos cuidaba durante la semana, y los fines de semana se ocupaba papá —cuenta—. Recuerdo que lloraba constantemente». Quince meses después de la muerte de su esposa, se casó con una mujer de veintitantos años. Jane estaba consternada. «Pero él tenía tres hijos, y no era capaz de reaccionar. Fue terrible. Lo cierto es que no recuerdo mucho de mi infancia. Cuando has sufrido un shock así y has pasado por tanto dolor, el cerebro te obliga a olvidar».
Jane dejó el colegio a los quince años. Tomó clases de secretariado y encontró trabajo en una gran agencia de publicidad. Cuando tenía diecinueve años viajó a Mallorca con una amiga y se quedó allí seis meses, trabajando como lavacoches. Fue antes de la época del boom del turismo británico en España, y las Baleares eran aún un destino selecto y exótico. George Best, el famoso futbolista del Manchester United, solía ir allí. «No lo conocí, pero recuerdo haberlo visto en los bares, rodeado de chicas guapas —contaba Jane— . Pero yo era muy prudente, iba con mucho cuidado. Tengo la palabra “prudente” grabada a fuego en mi interior. Cualquier otra persona habría estado todo el día de fiesta, pero yo no. Era una persona muy aburrida».
En Mallorca, un joven puso a prueba el virtuosismo de Jane, un hombre al que apenas conocía y que se presentó un día ante su puerta e intentó besarla. «Yo estaba mortificada, porque apenas le conocía, y era media tarde. Era sueco, creo. Yo no le había provocado en absoluto, y aquello me hizo ser más desconfiada a partir de entonces. Me gustaban el sol y el mar, me gustaba estar al aire libre, pero no puedo decir que fueran unos meses locos, porque soy una persona prudente. Antes de acostarme con mi marido no me había ido a la cama con nadie».
Cuando conoció a Tim tenía veintidós años, y vivía con su padre y su madrastra en Chislehurst, en el distrito londinense de Bromley. Tim era el hermano mayor de una amiga, y Jane ya lo sabía todo de él. «La gente me decía: “Ese Tim es un buen chico, un buen partido”», recordaría después.
Tim acababa de volver del sur de Francia, de unas vacaciones con una novia francesa. «Pero igualmente se puso a flirtear conmigo, y yo le eché una de mis miradas gélidas —decía Jane—. Creo que fui la primera persona que no cayó prendada de él sin más, de modo que me vería como un desafío. Pero la verdad es que yo no tenía ninguna confianza en mí misma. Tenía un montón de amigas guapas que estaban siempre rodeadas de hombres, pero en las discotecas yo siempre era la que me quedaba al cuidado de los bolsos. Tim no entendía por qué no había caído de cuatro patas en la red, y yo no entendía por qué iba a fijarse nadie en mí, y supongo que fue por eso por lo que me casé con él». La boda fue año y medio más tarde, el día en que Tim cumplía veintitrés años, el 17 de julio de 1976.
Tim gestionaba una zapatería en Orpington, un pueblo cercano. La zapatería era una reliquia de la menguante cadena de negocios que había tenido su padre por todo el sureste del país. Pero la tienda quebró, y Tim se encontró viviendo del paro durante seis meses. Acabó haciendo trabajitos para sus amigos, ganando cuatro chavos como pintor y decorador. «Vivíamos con lo mínimo —recordaba—. Eran tiempos muy complicados, a principios de los años ochenta, y no sabíamos de dónde íbamos a sacar las próximas cincuenta libras. Pero estábamos en un lugar precioso con nuestro bebé, esta casita de estilo Laura Ashley, y nos gustaba nuestra vida. Aquella época, cuando Lucie era pequeña, fue estupenda».
En mayo de 1980, apenas dos años después del nacimiento de su primera hija, Jane tuvo a Sophie y, tres años más tarde, a Rupert. Tim encontró un socio y pasó de la decoración al sector inmobiliario; en 1982, la familia se trasladó unos kilómetros al norte, a Sevenoaks, un tranquilo pueblo residencial. Allí, ya superados los tiempos difíciles, Jane pudo crear para su familia la infancia que siempre había deseado para sí misma, un mundo idílico de flores, bonitos vestidos y risas de niños.
Desde la casa en la que vivían, que Jane bautizó como Daisy Cottage, se veía una escuela primaria privada, la Granville School, o The Granville School, como insistían en presentarla. Era la culminación de todas sus fantasías, un mundo de tal afectación que todo el que estudiaba allí lo recuerda con una sonrisa. Las niñas, con solo tres años, llevaban un uniforme de cuadritos azules y unos gorros grises con pompones; en el festival de primavera, se ponían en el pelo unas diademas de flores llamadas chaplets. El programa académico del colegio incluía el estudio del protocolo y los bailes de las cintas alrededor de los mayos. «Nuestro dormitorio daba directamente al patio —recordaba Jane—. Era perfecto: a la hora del recreo, Lucie podía girarse y saludarme con la mano, y yo podía devolverle el saludo». Era un colegio de otro tiempo, como sacado de las páginas de un libro infantil ilustrado. «Como vivir en la-la land —contaba Jane—. No parecía en absoluto el mundo real».
Desde el principio, Lucie fue una niña madura y consciente con un entusiasmo infantil que hacía sonreír a los adultos. Cuando Jane la ponía a desenvainar guisantes, ella los examinaba uno por uno, y descartaba cualquiera que tuviera la mínima imperfección. Le encantaban las muñecas y a veces se sentaba junto a su madre, dando el pecho a una muñeca de plástico mientras Jane daba de mamar a Sophie. «Era muy meticulosa, ordenada y pulcra —recuerda Jane—. Como yo cuando era pequeña». Sophie, en cambio, era «insolente» y solía protagonizar rabietas que su hermana mayor desmontaba con tacto y gran habilidad. Las dos hermanas compartían una gran cama a la antigua, y un domingo de Pascua se pasaron todo el día viviendo bajo la cama, llevándose allí la comida, leyendo sus libros ilustrados y jugando con sus juguetes.
Los cuadernos del colegio de Lucie hacen pensar en el éxito que tuvo Jane creando un mundo de inocencia e ilusión para sus hijos.
Nombre: Lucy Blackman
Tema: Las noticias
Lunes 20 de mayo
Hoy papá va
a venir a recogerme
al colegio y vamos
a ir a casa y
voy a ponerme
mi vestido de Laura Ashley
y es azul y
gris y tiene
florecitas y luego
voy a ir a Tescos
cosas de casa y ropa
y voy a comprarle
un regalo a Gemma
pero no se que
comprarle para
su cumpleaños
y ella va a inbitar
a cuatro amigas
o sea yo y Celia
y Charlotte y otra
amiga de su colegio
y yo seré la única
de Granville
amigas amigas amigas amigas
Y de otro cuaderno de ejercicios:
Nombre: Lucy Blackman
Tema: Experimentos
Luz
Usé un gran espejo.
Y me miré.
Y vi mi reflejo.
Cerré un ojo.
Y me vi con un ojo cerrado.
Me toqué la nariz.
Y me vi con la mano derecha en la nariz.
Di una palmada.
Y vi mis manos dando una palmada.

Usé un gran espejo.
Puse el espejo a un lado.
Y vi el mundo tal como debía ser.
«Como mi infancia había sido triste, yo siempre había querido tener una vida familiar feliz y maravillosa —recordaba Jane—. Solía ponerles las zapatillas junto a la estufa para que estuvieran calentitas cuando llegaran del colegio. Cuando Rupert jugaba a rugby y le iba a buscar al colegio, me llevaba una bolsa de agua caliente y un termo con té caliente. Mi mayor temor era perderlos. Incluso cuando eran pequeños. Tenía unas pequeñas riendas de cuero con un dibujo de un conejito, y se las ponía a Rupert. Lo llevaba atado, y a las niñas les decía que se dieran las manos. Y en el supermercado, si perdía a una de vista, me sentía… Para mí era lo peor del mundo, la pérdida, por lo que me había ocurrido. Ese era siempre mi gran temor: perderlos. Como había perdido a mi madre, no podía soportar la idea de perder a mis hijos. Así que fui una madre muy protectora. Sobreprotectora».
Pero la realidad económica se interpuso en el camino del cuento de hadas de Jane.
El negocio inmobiliario de Tim empezó a flaquear, y la matrícula de Lucie y Sophie en la Granville School quedaba fuera de sus posibilidades. Las inscribieron en el colegio público del barrio, un lugar sin ningún encanto y atestado de niños, con los baños en el exterior, y sin diademas, protocolo ni gorritos con pompones. «El contraste entre aquella pequeña escuela idílica y el colegio público… me partió el corazón —recordaba Jane—. Aquella intensa sensación de pérdida volvió a hacer acto de presencia, y me llegó muy dentro. No era más que un colegio, pero para mí era tan… idílico… Sabía que allí nunca les habría pasado nada malo. Y pensaba que así era como debía ser la vida: cantar canciones, hacer guirnaldas de margaritas y ser ajeno a cómo es realmente el mundo exterior».
El problema de la matrícula del colegio se solucionó cuando Lucie ganó una beca para estudiar en el Walthamstow Hall, un instituto clásico de ladrillo rojo fundado en el siglo XIX para las hijas de los misioneros cristianos. Lucie era muy aplicada, y era de esperar que diera el máximo en el «Wally Hall», que se enorgullecía del número de chicas que enviaba a la universidad. Y sin embargo, Lucie nunca encajó del todo allí. «El Walthamstow Hall era un instituto bastante pijo —cuenta Jane—. A muchas de las alumnas les regalaban coches para su cumpleaños: era lo que solía regalarse en ese ambiente, y desde luego no era el nuestro». No obstante, la sombra más negra que acechó los años de adolescente de Lucie no fue el dinero, sino la enfermedad.
A los doce años contrajo neumonía atípica, una rara forma de la enfermedad que la dejó postrada varias semanas. «Estaba muy, muy enferma y nadie sabía qué le pasaba exactamente —decía Jane—. La teníamos sentada en la cama con muchísimas almohadas, y tenía que darle su tratamiento para liberar la mucosidad, darle palmadas en la espalda. Cuando respiraba emitía un ruido rasposo procedente de los pulmones». Después Lucie contrajo una afección que hacía que le dolieran tanto las piernas que apenas podía caminar, y eso le costó dos años de colegio. Pasaban semanas enteras en que no tenía fuerzas para nada; el esfuerzo necesario para bajar un tramo de escaleras la dejaba exhausta, y médico tras médico decían que no sabían cuándo se recuperaría, o si llegaría a hacerlo.
Jane Blackman creía firmemente en los poderes ocultos de la mente, y en su propia capacidad de predicción y de intuición. Trabajaba de reflexóloga, de masajista y terapeuta podal, y muchas veces, decía, se había sorprendido a sí misma prediciendo acontecimientos inminentes, como la muerte de un pariente anciano o el embarazo de una paciente antes de que la propia interesada lo supiera. «Mientras trabajo percibo sensaciones sobre cosas diferentes —contaba—. Se me metía una voz en la cabeza que me decía algo, y luego resultaba que tenía razón. Tiene que ver con mi percepción de la justicia: siento el dolor de la gente. La gente dice que soy muy empática, pero yo creo que si tú misma has pasado por muchas cosas, ese don te viene de forma natural».
Su madre cree que fue durante la larga enfermedad de Lucie, cuando se hizo patente el don de su hija, su capacidad de percepción sobrenatural.
Padre y madre por separado empezaron a notar un leve pero distintivo olor en el dormitorio donde descansaba Lucie: un olor a tabaco. En la casa no fumaba nadie; Tim incluso llamó a los vecinos para comprobar que no entrara humo por la pared medianera. Unos días más tarde, Jane le mencionó aquel extraño olor a Lucie. En aquella época, la niña estaba extremadamente débil, alternando momentos de sueño y de lucidez, pero les sorprendió a todos con su respuesta:
—Es el hombre que se sienta a los pies de mi cama.
—¿Qué hombre? —preguntó Jane.
—Por la noche, viene un anciano que suele sentarse a los pies de mi cama, y fuma puros.
—¡Puf! —diría Tim, al contar la historia más tarde—. Todos pensamos: «Ya está. Lucie ha perdido completamente la chaveta».
Mucho más adelante, ya algo más recuperada, Lucie visitó la casa del padre y la madrastra de Jane. En un estante vio una foto de un anciano, y preguntó quién era. Aquel día estaba allí la abuela de Jane, bisabuela de Lucie, y el hombre de la foto era su marido, Hollis Etheridge, que había muerto años atrás.
—Es ese hombre —dijo Lucie—. El que venía y se sentaba a los pies de mi cama.
El bisabuelo había sido fumador de puros toda su vida.
Lucie se recuperó de la enfermedad y volvió a clase. Pero los años siguientes fueron muy tristes para la familia de Jane. Su hermana menor, Kate Etheridge, era la tía favorita de los niños, una mujer urbana, joven y glamurosa, once años más joven que Jane, que trabajaba en Londres como redactora en una revista. A veces los fines de semana, Lucie, Sophie y Rupert viajaban a Londres y se iban con su tía a museos y galerías de arte; después ella se los llevaba a comer hamburguesas o pizza a King’s Road. En el verano de 1994, la familia empezó a observar un cambio en Kate, una extraña lentitud de movimientos y cierta tendencia a balbucear. Empezó a sufrir intensas migrañas y náuseas; le detectaron un tumor enorme en el cerebro. A los dos meses ya había muerto, anestesiada, durante una operación que en cualquier caso la habría dejado discapacitada para siempre.
El padre de Jane, fumador impenitente, había empezado a sufrir de trombosis, que le dificultaba la circulación. Hizo su aparición la gangrena, y tuvieron que amputarle el pie derecho y luego toda la pierna. El día del funeral de su hija Kate tuvieron que llevarlo en silla de ruedas a la iglesia, muy demacrado.
El año siguiente de la muerte de Kate Etheridge, Jane y Tim pusieron fin a sus diecinueve años de matrimonio.
La desaparición de Lucie Blackman, los largos meses de incertidumbre y el descubrimiento de su terrible fin no hicieron más que contribuir al mal ambiente entre sus padres. Pero era algo que venía de antes de su muerte. La banda sonora de los últimos cinco años de la vida de Lucie fueron las agrias discusiones y las versiones enfrentadas de la verdad.
Según Jane, la ruptura de su matrimonio se produjo en un momento preciso de noviembre de 1995 en la casa a la que se acababan de mudar, una gran casa eduardiana de seis dormitorios en Sevenoaks, el lugar donde por fin los sueños domésticos de Jane se habían visto cumplidos. «Era la casa donde iba a tener mi cocina Aga, y mis hijos estarían ahí, y luego mis nietos. Pero no acabó saliendo así».
Era un domingo por la tarde, y los cinco miembros de la familia estaban sentados en el salón. El fuego ardía en la chimenea. Jane había preparado lo que los niños llamaban «tostadas de colores», con tres bandas, una de salsa Marmite y otras dos de mermelada de albaricoque y de fresa. «Estábamos viendo Aquellos maravillosos años, una serie que me encantaba —recordaba Jane—. A todos nos encantaba. Tim tenía a Rupert en el regazo, y nunca olvidaré lo que dijo. Dijo: “Me encanta estar en familia”, mientras estábamos todos ahí. “Me encanta estar en familia”. Eso fue lo que dijo. Y al día siguiente todo se había acabado».
El lunes por la mañana Jane recibió la llamada de un hombre que le dijo que Tim se estaba acostando con su mujer. Aquella noche, al enfrentarse a aquella acusación, Tim primero lo negó, pero luego reconoció su aventura. Jane le exigió que se fuera de casa de inmediato. Hubo gritos y chillidos; en un momento estaba llenando bolsas negras de basura con ropa y otras pertenencias y tirándolas por la ventana. «Yo creía que Tim era un hombre bueno que quería a su familia —dijo Jane—. Pero tras diecinueve años de matrimonio, me di cuenta de que vivía con alguien que no existía».
Tim reconoció que había sido infiel a su esposa. Pero en lugar de hablar de un hundimiento repentino de un matrimonio aparentemente feliz, lo que él vio fue un largo y demoledor proceso de creciente falta de comunicación y de antipatía. «Cuando a Jane no le gustaba algo que yo hubiera hecho, simplemente hacía como si yo no existiera —contaba—. A veces se pasaba todo el fin de semana sin decir palabra, como una estatua de piedra. A veces se pasaba así semanas, y al final podía durar meses, meses seguidos. Yo era el culpable, según la ley y según todo el procedimiento estándar, y a nadie le interesaba especialmente si la ruptura venía de una historia previa. Estoy seguro de que para los niños, yo soy quien rompió la familia. No es todo blanco y negro, como entenderá cualquiera que haya estado en una situación similar».
Jane y los tres niños pasaron unas tristes Navidades solos en la gran casa eduardiana, entre los fantasmas de los futuros nietos. Tim no les enviaba casi dinero, ya que su empresa estaba en quiebra. Tras la venta de la antigua casa, Jane se alquiló otra pequeña, un lúgubre cubo de ladrillo en un barrio menos elegante de Sevenoaks. Era un lugar con historia: su anterior dueña había sido Diana Goldsmith, una alcohólica de cuarenta y cuatro años que había desaparecido inexplicablemente después de dejar a sus niños en el colegio. Cuando Jane y los niños se instalaron, en las ventanas aún había rastros del polvo que la policía había usado en la búsqueda de huellas dactilares. «Los niños y yo solíamos decir cosas como “Espero que no esté debajo de la bañera” —recuerda Jane—. Y era broma, pero no del todo».
Al año siguiente, el cadáver de Diana Goldsmith apareció enterrado en un jardín de Bromley; su examante fue acusado del asesinato, pero quedó absuelto. «Todo el mundo odiaba la casa —recuerda Jane—. Estaba mugrienta y tenía un pasado horrible. Yo no soy nada materialista, pero me gustan las cosas bonitas que da gusto ver, y aquello ofendía mi sentido de la belleza. Lucie odiaba aquella casa».
Fue su último hogar.
2 NORMAS
«Un divorcio hace que te lo cuestiones todo de nuevo —contaba Sophie Blackman—. Porque cuando eres pequeña, lo único que sabes es esto: esta es mamá, este es papá, estos son tus hermanos, y así es como encajas. Cuando la situación cambia, te plantea la cuestión de quién eres y por qué existes. Rupert tenía trece años, así que lloró bastante, pero se adaptó. Yo tenía quince años, y a esa edad, cuando las cosas ya son raras de por sí, no sabía hacia dónde iba. Lucie tenía diecisiete años, era algo mayor. No es que Lucie se pusiera del lado de mamá: no había bandos. Pero Lucie empatizaba con mamá. Porque para Rupert y para mí, Lucie siempre había sido como una madre».
Sophie Blackman fue lo más cerca que estuve de conocer a Lucie Blackman en persona. Las dos se llevaban menos de dos años, y habían vivido juntas toda la vida. Todos los que las conocían señalaban su sorprendente parecido, en parte físico, pero sobre todo a causa de esos inconfundibles gestos y ritmos a la hora de hablar que suelen compartir dos hermanas.
Sophie era seca, cáustica y muy leal. De la gente que dejó Lucie al marcharse, habría otros que la necesitarían y dependerían más de ella, pero no creo que nadie la comprendiera como su hermana.
No obstante, tenían un temperamento muy diferente. Incluso de niñas, Lucie era femenina, conciliadora y materna, mientras que Sophie era tozuda, agresiva y algo masculina. De adolescente tenía tendencia a la polémica y los berrinches, pero a la vez era ocurrente, sarcástica y realista. Al igual que Jane, no soportaba a los idiotas, pero también era muy crítica con la «palabrería» de las supersticiones y de lo supernatural. Ella se sentía más próxima a Tim; con Jane solía discutir airadamente. Una de las consecuencias de la separación de sus padres fue que el conflicto entre madre e hija se volviera más agrio y más intenso.
El sueño de Jane de tener a toda su familia reunida en una cómoda casa eduardiana había muerto con su matrimonio, y al desaparecer el sueño se impuso un cambio en la familia. Jane, antes una madre estricta y protectora, se volvió liberal y permisiva. Dejaba que entraran novios y novias en casa, e incluso les animaba a que se quedaran a dormir; Rupert, aún adolescente, se quedó de piedra cuando su madre le dio un paquete de condones. Los amigos observaban la cercanía que había entre Lucie y Jane, más propia entre dos hermanas que entre una madre y una hija. Caroline Lawrence, que estudiaba con Lucie, recordaba: «Era el modo que tenían de hablar entre ellas: llamadas que le hacía a su madre, con risas y bromas. Solían intercambiar prendas de ropa. Incluso podían salir juntas por la noche. Yo puedo entenderlo porque tengo una relación muy estrecha con mi madre, pero no me iría de copas con ella».
En una casa con adolescentes, los conflictos eran inevitables; a menudo eran entre Jane y Sophie. En esas batallas, era Lucie la que ponía paz; algunos dirían que para Jane era algo más que una hermana. Val Burman, amigo de Jane, decía: «En realidad se convirtió en la figura materna de la casa. Cuando Sophie se ponía a gritarle a Jane, era siempre Lucie la que tenía que arreglar el problema. Tras la marcha de Tim creció a toda prisa. Se convirtió en la madre, y Jane era la niña».
Lucie no tenía una constitución menuda ni unos rasgos angulosos que le dieran una belleza clásica, pero lo primero que recordaba todo el que la conocía era su aspecto. Para Lucie era imprescindible ir meticulosamente arreglada; las amigas solían sonreírse al ver cómo se peinaba y se maquillaba para salir a comprar cualquier cosa o a correr por las mañanas. Cuando se reía, solía echar la larga melena hacia atrás y le temblaban los hombros. Con su altura y su cabello, Lucie destacaba entre las amigas de su edad; para Jane, «iluminaba la estancia». Val Burman dijo: «Me quedé hipnotizada la primera vez que la vi. Me encantaba oírla hablar. Tenía un modo fantástico de decir las cosas. Podía hablar de cualquier cosa, y te daban ganas de oírlo. Te podía contar una historia sobre un terrón de azúcar». Puntuaba el flujo de palabras con un movimiento rápido de los dedos y de sus cuidadísimas uñas. Caroline Lawrence recordaba: «Era todo cabello y uñas, como si hablara con las manos. Y no pasaba desapercibida. Ese cabello… Recuerdo que estábamos en un pub, el Dorset Arms, esperándola. Había una ventana, y ella cruzaba la calle y, no es broma, todo el pub se giró a mirarla. Hasta las chicas se giraban a mirar a aquella rubia explosiva que cruzaba la calle a paso ligero».
A Lucie le encantaba la ropa, y salir de compras; al igual que a Jane, le encantaba disfrutar del ambiente acogedor del hogar, y disfrutaba teniendo todas sus posesiones perfectamente ordenadas. El gusto por el lujo y la comodidad era una de las cosas que hacía que la vida de estudiante no le resultara atractiva. Aprobó la secundaria y siguió hasta los exámenes de acceso a la universidad, pero al igual que la mayoría de las chicas listas del Walthamstow Hall, no sintió la tentación de solicitar el ingreso en la universidad. Tras el bachillerato trabajó un tiempo en una pizzería, después como profesora auxiliar en una escuela privada local. Luego, a través de un amigo de la familia, consiguió un empleo en el Banque de Société Générale, o «SocGen», banco de inversiones francés en la City de Londres.
Lucie trabajaba como asistente de los corredores de bolsa, introduciendo las órdenes de compra y venta a medida que llegaban. Los corredores eran hombres jóvenes y competitivos que ganaban mucho dinero; el ambiente era frenético y agresivo. Nada más llegar —joven y rubia—, se convirtió en el centro de atención de los hombres, que la llamaban «Baps» en referencia a su busto. Tenía solo dieciocho años, pero disfrutaba de la emoción y del ambiente del flirteo; le encantaban las ropas y las joyas y el champán después del trabajo en los bares de la City. Caroline Lawrence, que también había dejado el Walthamstow Hall para trabajar en Londres, contaba: «Todos los demás estaban en la universidad, y nosotras estábamos trabajando. No ganábamos mucho dinero, pero para nosotras, que teníamos diecisiete o dieciocho años, aquello era como ser ricas. A Lucie le gustaba la SocGen, lo primero que veía fuera de Sevenoaks, y con todos esos chicos de la City. Nos considerábamos de lo más adultas, cogiendo el tren para ir al trabajo cada día. Solía verla, en plena hora punta, de pie, haciéndose la manicura francesa. La manicura francesa no es como una manicura normal. Te pintas las uñas de color neutro, y luego tienes que pintarte las puntas de blanco. No es fácil en circunstancias normales, pero ella podía hacerlo de pie. En el tren».
En la City, la gente ganaba y gastaba dinero sin parar, y a Lucie aquello también le gustaba. Se compró un coche, un Renault Clio, para hacer el viaje cada día de madrugada entre Sevenoaks y Londres y llegar a tiempo para la apertura de los mercados financieros. Los fines de semana iba de compras al Lakeside Shopping Centre de Thurrock; una vez, con una amiga, visitaron Rigby & Peller, tienda de ropa interior proveedora de la casa real británica, y sin pensárselo se compró diez de sus famosos sujetadores hechos a medida. Pero su sueldo, de unas 16.000 libras anuales, no era más que una fracción de lo que ganaban los hombres con los que trabajaba, y fue mientras trabajaba en la SocGen cuando por primera vez adquirió deudas. Las tarjetas de crédito, la tarjetas de cliente, los descubiertos y las compras a plazos eran parte de la vida de muchos trabajadores de la City, pero a Lucie le costaba acostumbrarse a aquello. Caroline Ryan, que trabajaba con ella en la City, contó: «Yo estaba infinitamente más endeudada que ella. Pero Lucie siempre sufría. Si tenía un descubierto de unas libras, se desesperaba».
Lucie trabajó un año en la SocGen, pero con el tiempo se cansó. El trabajo no la llevaba a ninguna parte; un romance con un joven corredor de bolsa acabó mal, dejándola triste y decepcionada. A Lucie le gustaba la idea de viajar, pero solo si podía hacerlo con un cierto nivel de comodidad y estilo. «Así era Lucie —recuerda Sophie—. Nunca mostró ningún interés en viajar de mochilera. Las mochileras no llevan secador ni maquillaje. A Lucie le gustaba llevar las uñas de manicura, y el cabello perfecto, y solía ponerse zapatos con un poco de tacón. Cuidaba su aspecto, y eso no encajaba con las mochilas y la suciedad de los albergues. Eso no lo quería, pero sí quería ver diferentes culturas y pueblos, y comer cosas interesantes, y hacerlo de un modo que le resultara cómodo». La solución llegó cuando llevaba un año trabajando en la City, después de que le aceptaran la solicitud para trabajar como azafata en British Airways.
Aquel era el trabajo perfecto para Lucie, guapa, de buen trato y con un nivel aceptable de conversación en francés. Empezó en mayo de 1998, con un curso de formación de veintiún días en el que aprendió, entre otras cosas, a asistir a un parto, a poner esposas y a reaccionar en caso de bomba (colócala en el extremo posterior de la cabina, cerca de la salida, y envuélvela con almohadas mojadas para que absorban el impacto).1 El primer año y medio que pasó trabajando en la aerolínea cubrió rutas cortas a ciudades británicas y europeas; su primer vuelo fue de cuarenta minutos, a la isla de Jersey. Jane Blackman decía: «No dejo de repetirme que ir en avión es más seguro que cruzar la calle, que el viaje al aeropuerto es más peligroso que el vuelo en sí. Pero cuando hizo su primer vuelo, sentí náuseas». Lucie tenía instrucciones precisas de llamar a su madre después de cada vuelo; durante el tiempo que trabajó para British Airways, Jane seguía las salidas y llegadas de los aviones de su hija en el teletexto y no se quedaba tranquila hasta ver que estaban en tierra.
———————
Quizá fuera consecuencia del tiempo que había pasado enferma en su adolescencia, y de aquellos meses de inactividad, pero Lucie era una joven obsesionada con el método y la técnica, y con disciplinar y ordenar su vida. Se hacía listados de tareas pendientes y de lo que tenía que lograr, como si fueran mantras que le ayudaran a no dejarse arrastrar por la inercia. Coleccionaba libros de autoayuda y de superación personal, y los hacía circular entre sus amistades: guías para la gestión de la deuda, para alisar el vientre o para potenciar la autoestima. Una página del diario de Lucie de 1999 recoge sus propósitos de principios de año en cuanto al cuidado del físico, la belleza, la salud y el dinero.
¡PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO!
1 IR AL GIMNASIO 3-4 VECES POR SEMANA.
2 PROBAR + HACER OTRAS 2 ACTIVIDADES.
3 DEJAR DE USAR AMBOS TELÉFONOS.
4 A PARTIR DE MARZO EMPEZAR A AHORRAR.
5 SEGUIR LAS NORMAS.
6 PASAR MÁS TIEMPO CON W+G//H + J.
7 DORMIR MÁS.
8 APRENDER ITALIANO.
9 AHORRAR TODAS LAS COMISIONES.
10 EXFOLIACIÓN Y BRONCEADO DÍA SÍ, DÍA NO.
11 LOCIÓN LOS DÍAS INTERMEDIOS.
12 BEBER MÁS AGUA.
El propósito 5) hacía referencia no a «las normas» en general, sino a The Rules («Las normas»), exitosa guía de citas y relaciones para chicas que Lucie intentaba seguir. Las normas proponían una especie de dieta de choque emocional, el retorno a las formas prefeministas de cortejo, que imponían que el hombre se esforzara mucho y durante un tiempo prolongado antes de que pudiera obtener ninguna recompensa. En otro diario, Lucie puso por escrito su propio resumen de Las normas.
1 Mantente fría.
2 Deja que sea él el que haga todo el trabajo: las llamadas…, todo.
3 No desveles tus cartas: si quiere saber qué sientes, que pregunte.
4 No hables demasiado.
¡¡NO VAS A CAER A SUS PIES!!
Lucie atraía a los hombres, y a partir de la adolescencia era raro que pasara mucho tiempo sin novio. Pero al igual que las resoluciones que imponían gastar menos y hablar menos por teléfono, la reticencia y la frialdad que exigían Las normas iban en contra de la naturaleza de Lucie. «Cuando Lucie conocía a alguien se entregaba por completo, y por eso le partieron el corazón unas cuantas veces —recordaba Sophie—. Ella no ocultaba nada: “Así es como soy, esto es lo que tengo, tómalo o déjalo”. Y lo tomaban durante un tiempo, y luego lo dejaban». Los amigos de Lucie fueron acostumbrándose a los nuevos «colegas» que conocía, de los que se prendaba enseguida, hasta que ellos perdían interés. «De pronto estaba locamente enamorada —decía Sophie—, y luego, unos dos meses más tarde, no soportaba ni oír su nombre. Tenía unas ganas enormes de conocer a alguien con quien establecerse, tener hijos y vivir en el campo. Y eso suponía que para encontrar su príncipe azul, tenía que pasar primero por muchas ranas».
Estaba Jim, que se granjeó el odio de todas las amigas de Lucie por una acción imperdonable: dejarla el día de su decimoctavo cumpleaños. Estaba Robert, que vivía sobre la pizzería del barrio, y que la dejó por una de sus mejores amigas. Estaba Greg, que trabajaba en la SocGen; la ruptura precipitó su decisión de trabajar en British Airways.2 Y luego estaba el más glamuroso y peligroso de todos, Marco: guapo, indómito, italiano y sin ningún futuro.
Fue Sophie la primera que vio a Marco, mientras trabajaba como camarera en el Royal Oak Hotel de Sevenoaks. De inmediato lo identificó como el tipo de Lucie: alto, corpulento, «impresionante». «Marco era realmente guapo —recuerda Sophie—. Había trabajado como modelo. Tenía treinta años; a Lucie siempre le habían gustado los chicos mayores que ella. Sobre el papel era un gran partido, y Lucie quedó prendada de él. Pero luego resultó que todo lo que se veía sobre el papel era mentira».
En British Airways, Lucie tenía diez días de fiesta al mes, y pasaba la mayoría de ellos con Marco. Cuando ella no estaba, él cogía el coche de ella e iba a recogerla cuando aterrizaba en Heathrow. Solían irse a bailar al Ministry of Sound y al Club 9 de Londres, y tomaban copas en los pubs de Sevenoaks, el Vine, el Chimneys y el Black Boy. Lucie a veces dormía en el piso de Marco, y otras él se quedaba en casa de las Blackman. Marco sufría fuertes resfriados y pasaba mucho tiempo en la cama recuperándose; las noches que salía con Lucie, a menudo desaparecía a ratos con algún amigo. Una vez que no se sentía nada bien, Lucie recogió unas cuantas cosas y se fue a hacerle compañía a su casa: pastillas para la garganta Strepsils, Vicks Vapour Rub para el pecho, pañuelos de papel, caramelos, jarabe para la tos, revistas… «Ninguna sospechamos lo que pasaba —reconocería Sophie—. Fuimos unas tontas simplonas».
Sus amigas lo encontraban vanidoso y distante, pero Lucie se estaba tomando la relación con Marco cada vez más en serio. Un fin de semana la dejó en Heathrow y se fue con su coche, con la promesa de volver a buscarla cuando volviera, al día siguiente. Pero cuando aterrizó, Marco no estaba allí. «No fue a recogerla, no apareció, y Lucie se quedó bastante afectada —dijo Sophie—. No lo encontraba por ningún sitio. No sabía dónde estaba su coche, no sabía dónde estaba él…, no sabía nada. Al final llamó a un familiar, un primo o algo así. El primo dijo: “Esperaba que no volviera a ocurrir algo así. Es lo que suele hacer Marco. ¿Qué es lo que te ha contado?”. Resultó que era un cerdo mentiroso».
Luego se enteraron de que Marco nunca había sido modelo. Es más, era consumidor habitual de cocaína. Las desapariciones en el pub, esos «resfriados» recurrentes y los días que se pasaba en casa, recuperándose… De pronto todo tenía sentido. Enfurecida, Sophie se fue a casa de Marco. Estaba en la cama, colocado tras una larga borrachera de alcohol y drogas, incapaz de responder a las furiosas peticiones de explicaciones por parte de Sophie. Las llaves del Renault Clio de Lucie estaban en la mesita, a su lado. Sophie las recogió, le dio un puñetazo de despedida y salió dando un portazo. El coche tenía rayada la puerta y el maletero por alguna colisión.
Lucie cuidaba su coche tanto como se cuidaba el cabello y las uñas: aquel fue el fin de su relación con Marco. Se quedó muy triste, pero duró poco. Unos meses más tarde llegó una noticia inesperada: Marco se había suicidado —o, según otra versión de la historia, había muerto de sobredosis accidental—. Cualquiera que fuera el caso, el guapo exnovio de Lucie estaba muerto.
No es que Lucie gustara a todo el que la conociera; en otras chicas jóvenes, especialmente, a veces provocaba una reacción de hostilidad. Para algunas, más que una persona con una conversación agradable era una charlatana; veían en sus movimientos de manos y en el vuelo de su rubia melena unos gestos irritantes y afectados. «Yo creo que el personaje de la inocente niña buena que se había creado en la escuela primaria no se adaptaba tan bien a la secundaria —observó Sophie—. Cuando llegas a la edad adulta a la gente no le gusta ese tipo de personajes: son los que se convierten en empollones, repelentes, pelotas y lameculos. Lo que en una niña puede resultar encantador puede convertirse en algo que no gusta en el mundo de los adultos».
El carácter leal y agresivo de Sophie hizo que una vez se metiera en una pelea de bar para defender a su hermana. Una noche de viernes o sábado, las dos salieron a tomar algo en uno de los pubs de Sevenoaks. Sophie estaba sentada con amigos alrededor de una mesa que compartían con un grupo de extraños. Lucie estaba de pie junto a la barra, hablando con un hombre. «Estaba tomándose una copa, charlando con un tipo que conocía —dijo Sophie—. Era un amigo suyo, y además era gay, así que no es que estuviera echándole los tejos. Estaban charlando, la música estaba alta y de vez en cuando hacían como que bailaban un poco. Y de pronto una chica que estaba sentada en mi misma mesa empezó a meterse con ella. No a su cara, sino desde la mesa. “¿Quién es esa chica que se pavonea tanto? ¿Quién se cree que es, para ponerse a bailar así en un pub?”. Que si era esto, que si era aquello, bla, bla, bla… No conocía a Lucie de nada. Simplemente decidió que le caía mal, así, de golpe. Estaba siendo muy borde. Y no sabía que yo era su hermana. Y podrías pensar: ¿Qué es realmente lo que no le gustaba de Lucie? ¿Solo el hecho de que estuviera imponente, que estuviera en un pub y que no le importara bailar con un amigo suyo, que no le importara que la gente la mirara y pensara que aquello era un poco raro? Sí, es cierto, yo no lo haría, porque me daría un poco de vergüenza, pero Lucie no era así.
»Y esa chica seguía criticándola sin parar. Así que le dije: “Esa que estás despellejando es mi hermana; quizá deberías dejarlo”. Bueno, pues no lo dejó, y acabó tirándome algo. Me puse en pie y dije: “¿Qué demonios haces?”, y le tiré otra cosa, por supuesto, y volví a sentarme. Ella vino y me agarró de la camiseta, y la cosa fue a más».
Fue Lucie la que se acercó y separó a Sophie de su antagonista.
«¿Qué estás haciendo?», le preguntó a su hermana. «¡Defenderte!». «Lo siento mucho», se disculpó Lucie con la chica, y sacó a Sophie del pub.
3 EL LARGO VIAJE
Lucie hacía amigos con facilidad, en la City, en British Airways y en los pubs de Sevenoaks. Pero las personas más cercanas a ella eran su madre, Sophie y un puñado de amigas, la mayoría del colegio. Conscientemente o no, Lucie tendía a mantenerlos separados; algunos de ellos conocían muy poco a los otros, o rara vez se veían. La mayoría compartían la experiencia de tener un padre ausente.
Estaba Caroline Lawrence, que había ido a la Granville School con Lucie y más tarde al Walthamstow Hall. Caz, como la llamaba todo el mundo, tenía una rizada melena pelirroja y un espíritu rebelde. Sus padres estaban divorciados, y era en la casa familiar de los Lawrence, cuando la madre de Caz no estaba, donde celebraban sus fiestas de adolescentes, con sidra y baile por las noches. Gayle Blackman conoció a Lucie en el Walthamstow Hall cuando ambas tenían catorce años (a pesar de la coincidencia de apellido no tenían relación de parentesco). El padre de Gayle también «se había ido», y durante su adolescencia ella también había sufrido enfermedades: asma y un grave eczema. Al igual que Lucie y Caz, al acabar el colegio no había solicitado el ingreso a la universidad, y había detectado un ambiente de reprobación en el Walthamstow Hall.
«Lucie no era una persona ambiciosa en el sentido que querían que lo fuéramos en ese colegio —contaba Gayle—. Ella quería un trabajo estable y luego quiso asentarse: en sus planes no estaba dominar el mundo entero. Pero yo encontraba que los profesores eran unos pretenciosos. Lo que les importaba era la calificación académica de la escuela, y daba la impresión de que no contaban con ello para las niñas de familias divorciadas. Si no querías ir a la universidad y estudiar ingeniería o medicina, daba la impresión de que no les interesabas».
La amiga más reciente que había hecho Lucie era Samantha Burman. Los hermanos de ambas iban juntos a clase, y la madre de Sam, Val, se hizo amiga de Jane Blackman. Ambas se habían divorciado hacía poco, tenían cuarenta y pico años e hijos adolescentes. De vez en cuando, Val y Jane se iban con Sam y Lucie a los clubes de Londres, combinación que a Sophie le provocaba una repulsa absoluta. «Las dos mamás divorciadas y sus hijas mayores: no sé, me parecía repugnante —recordaba—. Yo lo veía horroroso… Me daban ganas de decirles: “Actuad de acuerdo a vuestra edad. Salid con vuestras amigas, pero no os peguéis a chicas jóvenes”. Era algo falso, pretencioso, era horrible. No sé muy bien cómo definirlo… Me parecía odioso».
Unos días antes de la Navidad de 1999, Sam y Lucie salieron con un viejo amigo de Samie llamado Jamie Gascoigne. Jamie había oído hablar mucho de Lucie; tanto Sam como su madre, Val, llevaban semanas diciéndole que se la presentarían. Ya avanzada la noche, Lucie fue a buscar bebidas a la barra y un hombre se puso a hablar con ella de un modo bastante agresivo. Jamie se le acercó y, medio en broma y medio para protegerla, le dijo al tipo que Lucie era su esposa. «Ella se giró y me besó —recuerda él—. Y fue…, bueno…, eléctrico». Los tres volvieron a casa de Sam, donde Lucie y Jamie se quedaron hablando toda la noche. «No sé, era una mujer vibrante, excitante, divertida…, todo lo que quieres que tenga una chica, la verdad —dijo Jamie—. Cuando tocaba a la gente, te sentías vivo de pronto. Ella era así. Una de esas personas que atraen, era algo irrefrenable».
Ninguno de los novios de Lucie se había prendado tanto de ella como Jamie Gascoigne. De todos ellos, fue Jamie el único que intentó salvarla. Ella le cambió la vida, en un modo tal que parecía cosa del destino.
Se conocieron poco antes de fin de año. Jamie pasó aquellos últimos días del siglo embelesado. Era un joven corpulento y cariñoso, dos años mayor que Lucie, que trabajaba en la City para el banco de inversiones Lehman Brothers. Aquella Navidad, unos días después de su primer encuentro, agasajó a Lucie regalándole una joya; empezaron a salir inmediatamente. La víspera del nuevo milenio fueron a un baile de Año Nuevo. Jamie estaba muy resfriado y pálido; la mañana siguiente le llamaron para darle la noticia de que su abuela había muerto aquella madrugada.
«Lucie fue un gran apoyo —dijo—. Yo tenía una relación muy estrecha con mi abuela, pero Lucie se portó de un modo increíble, ayudándome a superar aquel período. Teníamos una relación intensa. Teníamos una canción, nuestra canción. Era una de Savage Garden que tocaban por todas partes: “Sabía que te quería antes de conocerte”. Llevábamos seis semanas juntos, y Jane y Val ya decían: “¿Cuándo es la boda? ¿Cuándo es la boda?”. Jane bromeaba y me llamaba yerno. Pasábamos juntos todo el tiempo posible, literalmente».
Jamie vivía con sus padres en Islington, en el norte de Londres, a dos horas por carretera de Sevenoaks. Cada fin de semana, y la semana al mes que Lucie pasaba en casa, iba en coche hasta casa de los Blackman para pasar la noche, y luego se levantaba antes del amanecer para volver a Londres a trabajar. «Decorar su habitación en Sevenoaks, salir a cenar… Todo, lo hacíamos todo juntos —explicaba Jamie—. Éramos tremendamente felices. Todo era perfecto, y teníamos la sensación de que todos los demás estaban con nosotros. Fue una época de mi vida que nunca olvidaré. Me cambió la vida, porque era una chica encantadora y yo estaba profundamente enamorado. Y es que era el tipo de chica de la que te gusta estar enamorado. De verdad. Porque era encantadora».
Empezaba a hacerse evidente que la vida de azafata no era la que quería Lucie; a principios del año 2000 tenía la sensación de que era una trampa de la que debía escapar con urgencia. A sus colegas les parecía inexplicable, porque acababa de conseguir el sueño de todo miembro de cabina de British Airways: pasar de los vuelos de radio corto que salían de Heathrow a los vuelos intercontinentales con salida desde Gatwick. Los vuelos largos eran más exóticos, más glamurosos y, sobre todo, se pagaban mejor. Como asistente de vuelo júnior, el sueldo base de Lucie era irrisorio: 8.336 libras brutas al año. Pero cobraba otro tanto de «dietas» que se añadían al sueldo según los destinos y el tipo de vuelos en los que trabajara. Los vuelos que salían muy temprano, o los largos, los vuelos de noche o los que tenían el regreso inmediato le suponían un extra. Había dietas por el desayuno, el almuerzo y la cena, calculadas según el coste en la moneda local de una comida de tres platos en un hotel de cinco estrellas. Se suponía que la mayoría de los empleados optarían por una comida más barata y se embolsarían la diferencia. Así que los vuelos menos deseables eran los cortos en el interior del Reino Unido; los que más salían a cuenta eran los que iban a ciudades caras de Asia y América: Miami, São Paulo y, el destino mejor pagado de todos, Tokio.
Tras pasar a vuelos intercontinentales, Lucie podía llegar a ganar un sueldo neto de 1.300 libras al mes. Pero por mucho que intentara controlar el dinero, seguía acumulando deudas. A finales de 1998, en el balance de gastos e ingresos de Lucie constaba un pago mensual de 764,86 libras, más de la mitad de su sueldo, con cargo a su tarjeta de crédito Diners Club. Luego estaba el pago mensual de 200 libras para el Renault Clio, un pago mensual de 47 libras para amortizar un crédito del banco, 89,96 libras de su tarjeta Visa, 10 libras de una tarjeta de crédito de Marks & Spencer así como 70 libras de alquiler a Jane, 32 libras de gimnasio y 140 libras de teléfono móvil. Sumando el maquillaje y la ropa que necesitaba para trabajar, Lucie gastaba unos cientos de libras más de lo que ganaba cada mes, y el interés de todas sus deudas hacía que cada vez le costara más pagarlas a tiempo.
Estaba cansada y enferma. Los largos vuelos nocturnos empezaban a agotarla, y ni siquiera eran divertidos. British Airways tenía 14.000 personas trabajando como personal de cabina; la mayoría de las veces, Lucie se encontraba en un vuelo con colegas que no había visto nunca y que no volvería a ver. Y el placer ocasional de trabajar con alguna amiga no compensaba la monotonía de verter una y otra vez zumo de tomate en jarras de plástico y pedir a los pasajeros que escogieran entre pollo o ternera. «Las habitaciones de hotel de todos los países se parecen mucho —contaba Sophie—. Podía estar en París por la mañana, en Edimburgo por la tarde y en Zimbabue al día siguiente. Pero no se movía del hotel, siempre con jet lag e incapaz de salir y disfrutar de la vida, de la cultura y de la comida, porque estaba destrozada. En los últimos tiempos se la veía bastante insatisfecha: cansada, triste…, nunca veía a las mismas personas dos veces».
Había algo siniestro en la dimensión del agotamiento de Lucie. «A veces dormía hasta quince horas seguidas —recuerda Sophie—. Se sentía fatal, empezó a estar realmente mal». Empezaba a recordar el alarmante período de ocho años antes, cuando había pasado tantos meses en cama por aquella afección posviral. Y fue en aquella situación de ansiedad y agotamiento cuando Lucie empezó a hablar de irse a Japón.
La idea se le ocurrió a finales de 1999 o principios de 2000; nadie recuerda muy bien cuándo o cómo. Pero estaba claro que tenía que ver con Louise Phillips.
Louise era la amiga más íntima de Lucie. Las dos se conocían desde que tenían trece años. Físicamente eran lo contrario: Louise era delgada, menuda, de cabello oscuro, con ese toque de belleza moderna que Lucie no tenía. Louise sabía lo que era vivir sin padre; el suyo había muerto de repente de cáncer cuando ella tenía doce años. Y los gestos y el modo de hablar de las dos, su afición por el maquillaje y el esmalte de uñas dejaba claro que eran íntimas; hasta sus nombres se parecían. Jane las veía como «almas gemelas»; Tim era más realista. «Louise podía parlotear hasta el infinito, igual que Lucie —comentaba—, así que las dos parloteaban sin parar y se encontraban divertidísimas la una a la otra».
Su proximidad se hacía evidente en la trayectoria de sus carreras profesionales; en cada fase de su vida, Lucie seguía el camino ya recorrido por su amiga. Louise había dejado el colegio a los dieciséis años y se había ido a trabajar a un banco de inversiones en la City, tal como haría Lucie dos años más tarde. Louise entró a trabajar como azafata en British Airways; Lucie la siguió. Y fue por iniciativa de Louise que ambas se fueron a Tokio a trabajar para conseguir pagar las deudas que tanto habían acabado pesándole a Lucie.
Los acontecimientos posteriores afectaron a la imagen de Louise, en especial entre las amigas y los familiares de Lucie; era difícil separar esas sensaciones de sospecha y desconfianza de la impresión que tenían todos de Louise antes de que se fueran a Japón. Pero Sam Burman siempre había desconfiado de ella: «Ella era amiga de Lucie desde mucho antes que yo, así que no dije nada. Pero Lucie siempre tenía la impresión de que Louise era la guapa y la segura de sí misma, que ella era la amiga fea que intentaba vivir a su sombra. Y no creo que Louise hiciera nada por cambiar esa sensación que tenía Lucie».
Las dos habían trabajado desde el momento en que habían dejado los estudios; muchas veces habían hablado de tomarse una pausa para viajar juntas por la ruta mochilera que atraviesa Tailandia, Bali y Australia. Pero a Lucie no le atraía viajar con lo mínimo, y tampoco tenía dinero para viajar, ni así ni de otro modo. Fue la hermana mayor de Louise, Emma Phillips, la que les habló de Tokio, donde había vivido dos años antes. Allí, les aseguró, podrían vivir en una ciudad emocionante y diferente y al mismo tiempo ganar mucho dinero. El resto de las amigas de Lucie nunca tuvo muy claro qué había hecho Emma en Tokio; parecía variar según a quién le contara la historia.
Sam Burman entendió que había trabajado en «bares». El novio de Lucie, Jamie Gascoigne, tenía la impresión de que Emma actuaba con una «compañía de baile». Sophie recordaba que alguien había hablado de un trabajo de «camarera». Gayle Blackman recuerda que Lucie no daba muchos detalles sobre lo que quería hacer; cuando Gayle insistía, «se mostraba bastante distante», lo cual le extrañó mucho. «Me tenía a oscuras —decía Gayle—. A mí me parecía un destino escogido al azar. Quiero decir, que Asia es muy diferente, ¿no? Australia o Nueva Zelanda es una cosa, pero nunca oyes que nadie se quiera ir a vivir a Japón».
En una carta de despedida enviada a sus amigos de British Airways, Lucie lo presentó como parte de un plan con el que ella no estaba demasiado vinculada. «Mi mejor amiga, Louise, va allí a visitar a unos parientes, y he aprovechado la oportunidad para ir yo también. No tengo planes precisos, quizá descubrir la cultura del país, aprender el idioma, ¡¡¡o convertirme en una geisha de clase alta, muy bien pagada!!! (es una broma). Solo quiero hacer un paréntesis de unos meses, algo diferente. Dicen que un cambio es tan sano como un descanso».
Según explicaron ambas, Louise tenía una tía en Tokio con la que podrían alojarse gratis; y eso hacía que el proyecto pareciera más seguro, más comprensible y más cercano. «Cuando se dio cuenta de que iba a dejar British Airways, no tuvo muy claro qué iba a hacer a continuación —decía Sam Burman—. Y lo que le atraía era la idea de irse lejos, ganar dinero, volver a casa, liquidar las deudas y empezar de cero. Además, eso le daría tiempo para pensar qué era lo que quería realmente».
Lucie solo le explicó a su madre lo que había hecho Emma Phillips en Tokio, y lo que ella y Louise pretendían hacer. «Dijo que pensaba irse a Japón con Louise para trabajar de azafata y pagar así sus deudas, y me dejó claro que todo iba a ir perfectamente. Lo único que sabía era lo que le había dicho la hermana de Louise. Dijo que no tenía más que servir copas a los clientes, escucharles, y que a veces querían cantar karaoke. A Lucie le encantaba cantar, así que le parecía pan comido».
Pero a Jane no le interesaban los detalles. Lo único que le preocupaba era evitar a toda costa que Lucie se fuera a Tokio. «No dejaba de insistir en que no haría ninguna tontería, que sería especialmente prudente. Pero yo sabía que le ocurriría algo horrible. No podía quitármelo de la cabeza. Nunca había pensado siquiera en Japón, ni siquiera como lugar. Pero en cuanto lo dijo, Japón, oí esa voz en el interior de mi mente que me decía: “Va a ocurrir algo terrible”. Quizá fuera más bien un pensamiento, no necesariamente una voz, un pensamiento que me vino a la mente. Estaba desolada. No lloraba delante de ella, pero a solas no paraba de llorar».
Jamie Gascoigne estaba casi tan desolado como Jane. En los pocos meses que habían pasado juntos se había enamorado profundamente de Lucie, y la idea de separarse de ella, aun cuando fuera por un tiempo, le resultaba difícil de soportar. «Desde luego, yo no soy nadie para impedir que la gente haga lo que quiera —dijo—, pero no quería que se fuera. Sin embargo, ella hablaba de aquel viaje como de la gran experiencia de su vida, ir a algún sitio, hacer algo diferente. El plan inicial era pasar allí tres meses, y no me parecía mal. Pensé: “Vale, genial; ve y diviértete. Pásatelo bien. Paga tus deudas, y vuelve. Con un poco de suerte, la relación dará un paso adelante”. Habíamos hablado de prometernos. Habíamos hablado de ello. No puedo describir cómo me sentía cuando estábamos juntos. Era como algo que tenía que ser, por el modo en que nos habían presentado, y porque todo el mundo quería vernos juntos».
Una noche, Jamie y Lucie decidieron ir a ver la película American Beauty. Mientras hacían cola en el cine, Lucie le dijo a Jamie que no quería sentirse atada a él mientras estuviera en Japón. «Me quedé absolutamente destrozado. Me dejé caer al suelo, con la espalda apoyada en la pared, sin saber qué decir. Estaba realmente triste. No me lo esperaba. Teníamos una relación estupenda. Yo no dejaba de ir arriba y abajo, de Londres a Sevenoaks. No habíamos discutido, no había habido peleas. “Hoy vamos al cine. Será una broma”, dije yo. “No, no —respondió ella—. Creo que deberíamos separarnos”. Yo no podía creerme que aquello fuera de verdad. No era Lucie la que hablaba. Ella no era así. En la última semana antes de cortar, había cambiado. No podía creerme lo mucho que había cambiado. ¿Sabes cuando tienes una relación muy estrecha con alguien y tienes la sensación de que te ocultan algo, que hay algo que no te cuentan? Era como si alguien le hubiera dicho que tenía que hacerlo. No podía creérmelo. No me parecía verdad. Era como si alguien le estuviera diciendo lo que tenía que hacer.
»Louise era una chica muy agradable. Desde luego, nunca tuve problemas con ella. Pero tenía ese poder sobre Lucie. Solo que no puedo demostrarlo. Todo lo que Louise decía era palabra de Dios. No era solo que admirara a Louise. Era como si pensara que Louise vivía una vida perfecta, todo risas y baile, como si lo supiera todo». Resultó que Louise estaba a punto de romper con su novio, Jay, con el que llevaba mucho tiempo. «Lo que Louise quería era que, ya que ella iba a romper con Jay, Lucie también se fuera a Japón con ella sin compromisos —concluyó Jamie—. Yo no podía entenderlo. En aquel viaje había un montón de cosas que no se explicaban, un gran secretismo sobre lo que realmente estaba pasando y sobre cómo iban a afrontarlo. No estaba bien planeado. Louise quería ir, así que iban. Fin de la historia. Y se fueron. Y yo me quedé destrozado, pensando: “Ya está; me toca seguir con mi vida”».
No fue el único que no entendía el comportamiento de Lucie en las semanas previas al viaje a Japón, y esa sensación iba en aumento a medida que se acercaba el día de la partida. «Se cerró en sí misma, al menos conmigo —recuerda Gayle Blackman—. Los últimos días casi no la veía. Parecía una persona diferente, muy introvertida». En casa, Lucie se embarcó en una limpieza a fondo, exagerada incluso para ella. «Lo revisó todo, eliminó cubos enteros de cosas —dijo Jane—. Viejas cartas, cosas personales. Tiró un montón de ropa. Era algo más que una limpieza, porque su habitación ya estaba limpia. No parecía que fuera a irse unos meses. Limpió su habitación como si no fuera a volver».
Lucie veía menos a sus viejos amigos, pero, hizo de todo para verse con otras personas con las que hasta entonces había pasado poco tiempo: primos, padrinos, tíos y tías lejanos. «Se esforzó mucho en verlos a todos, lo cual resultó algo raro, porque antes no era así —cuenta Sophie—. Antes de marcharse, quiso ver a un montón de gente. No nos habría parecido tan raro si hubiera vuelto. Pero precisamente porque no volvió había algo raro en todo aquello».
Entre las personas que Lucie buscó en particular estaba su padre. Tras la separación de Jane, en 1995, Tim Blackman había conocido a Josephine Burr, divorciada y con cuatro hijos adolescentes. Josephine era de Ryde, en la isla de Wight, donde había nacido Tim. Se fueron a vivir juntos. Tim no volvió a vivir con sus hijos, pero mantuvo el contacto con dos de ellos. Durante un período en que el enfrentamiento con su madre se endureció en especial, Sophie se fue a vivir un tiempo con él a Ryde; y Tim iba mucho a Kent para llevar a Rupert a los entrenamientos de rugby o para comer juntos en un pub. Pero a Lucie la veía mucho menos. El porqué y el cómo de todo ello formaba parte de la incesante batalla entre Jane y Tim por defender su verdad.
Jane insistía en que fue decisión de Lucie. «Lucie estaba muy decepcionada con su padre —dijo—. Pero yo nunca jamás le habría impedido que viera a sus hijos, nunca, porque son sus hijos. Lucie decidió no verle, pero yo nunca le dije que no lo hiciera. No puedes frenar a una hija adulta. Si hubiera sido pequeña, quizá sí. Lucie no lo vio durante unos años, porque no quería verlo, porque estaba enfadada con él. Y supongo que estábamos muy cerca la una de la otra, y que sentía la necesidad de protegerme».
No hay duda de que Lucie achacaba a su padre el dolor de su madre; así se lo había contado a varias de sus amigas. Pero Tim también detectó algo más sutil. Dijo: «A los niños no les habría hecho ningún bien que les intentara explicar o justificar mis acciones. No habría conseguido que se mostraran receptivos; solo podía decirles que antes de que ocurriera todo eso era muy infeliz. Acabé por pensar que el tiempo cambiaría las cosas, y que al final vendrían a verme. Y con Lucie empezaba a pasar. Había venido un par de veces en Navidad, y a hacer esquí acuático en verano. La había visto un poco en Sevenoaks; no se habían cortado los lazos por completo. Pero no era fácil. Los dos o tres primeros años fue muy difícil.
»Ahí es donde se complican las cosas. Conozco muy bien a Jane, y sé lo manipuladora que puede llegar a ser. Y estaba furiosa conmigo. Era imposible que no manipulara la situación. Por ejemplo, Lucie quedaba en que vendría a la isla, y que pasaría el fin de semana conmigo. Pero luego llegaba el jueves de esa semana, y de pronto surgían dificultades. Yo creo que la mayoría de las veces era porque tenía una situación en casa de la que no podía evadirse. Yo era el pequeño sacrificio que tenía que hacer para cumplir como hija mayor con el deber de dar apoyo a su madre destrozada. Estaba entre la espada y la pared. Y lo entiendo, pero no por ello me dolía menos».
Ante la inminencia de su viaje, disminuyeron todas las presiones que Lucie pudiera sentir por parte de sus padres. Jane insistió en que Lucie fuera a ver a su padre y, a mediados de abril, después de que fuera por última vez a British Airways a devolver su uniforme, se vieron en un pub fuera de Sevenoaks para cenar. Unos días antes, Lucie le envió un mensaje que Tim guardaría en su teléfono durante mucho tiempo tras su desaparición. Mucho más tarde, cuando los recuerdos de Lucie adquirieron un valor especial, lo transcribió letra por letra para conservarlo.
14-04-00 00.38 xxxxxxxxxxxxx ¡buenos días! mi papi guapo. Te quiero muchísimo & no veo la hora de ver tu carita sonriente el martes. muchos besos y abrazos… lula xx
Jane siempre había sido una sufridora, pero la ansiedad que le provocaba el viaje de Lucie a Japón, y su campaña para frustrarlo rozaban el absurdo; era algo parecido al miedo irracional que siente un niño o una niña ante la posibilidad de que a su padre o a su madre le pueda pasar algo. El motivo de Lucie para ir a Japón era pagar sus deudas, así que Jane empezó a recoger recortes de periódico sobre el mal estado de la economía japonesa, y los iba dejando sobre la cama de Lucie. Al ver que Lucie no hacía ni caso, pidió una cita con una médium en nombre de Lucie, con la esperanza de que la sabiduría de los espíritus triunfara donde sus propias artimañas habían fracasado. (Lucie canceló la cita). Al final, horas antes del vuelo a Tokio, se planteó una maniobra definitiva: ocultar el pasaporte de Lucie. Rupert Blackman recordaba ver a su madre de pie en las escaleras, con el pasaporte en la mano, gritándole a su hermana. «Pero pensé que si lo hacía obtendría otro, y se enfadaría conmigo —recuerda Jane—. Y no quería que se fuera a Japón enfadada conmigo».
Val Burman acabó molesta con Jane por el jaleo que estaba montando. «No entiendo por qué te comportas así —le dijo a su amiga—. Cualquiera diría que estás perdiendo a tu hija». Y Jane respondió: «Así es como me siento».
———————
Lucie no dejó de hacer lo que haría en circunstancias normales. En marzo aprovechó un viaje de trabajo a São Paulo para disfrutar de una semana de vacaciones con Sam. Pilló una gripe y se pasó gran parte de la semana en la habitación del hotel, pero ambas se consolaron con una salida de compras; cuando la tarjeta de crédito de ambas no dio más de sí, Lucie siguió comprando con una American Express que le había dado Jamie, vinculada a la cuenta de él. Poco después añadió 1.000 libras a su deuda al comprarse una inmensa cama de hierro en Marks & Spencer; este gesto, tan característico de Lucie, tranquilizó a sus amigas, dejando claro que al menos planeaba volver de Tokio. «La llamaba su “cama de princesa” —dijo Sam—. Era una gran cama doble con una estructura de metal, bastante clásica. Tenía un colchón grueso, estupendo, y bonitas sábanas a juego. Cuando Lucie volviera a casa, eso es lo que quería: poder acurrucarse en su cama. Siempre hablaba de ello».
De lo que no hablaba tanto era de su último fracaso, que condicionó en parte su conducta en los últimos tiempos: Alex, un joven australiano que trabajaba de barman en el pub Blackboy. Tenía dieciocho años, tres menos que Lucie; lo conoció a menos de un mes de irse a Japón. «Tenía el cabello castaño y rizado, y el clásico tipo de surfista —recordaría Sophie—. Tenía mucha energía. A Lucie le gustaba, le gustaba muchísimo». Años después de la muerte de Lucie, Jamie Gascoigne no tenía ni idea de que lo hubiera dejado por un nuevo novio, ni tampoco Sam Burman, la amiga íntima de ambos.
Entre los misterios de aquel período está el del 2 de mayo, martes, la última noche de Lucie en Gran Bretaña; entre sus amigos íntimos y familia cercana, todos guardaron un recuerdo diferente de cómo pasó aquel día, y con quién. Tim Blackman se mostró bastante seguro de que había pasado la tarde con Lucie, y de que habían cenado en un restaurante en Sevenoaks con Sophie y Rupert. Gayle Blackman pensaba que había tomado una copa con su hermana y con Lucie en un pub. Sophie recordaba claramente que Lucie había pasado gran parte de la velada con Alex, su nuevo novio. El recuerdo que le quedó a Jane de las últimas horas con su hija estaba nublado por su gran ansiedad, pero no incluía ni a Tim ni a Alex. Las amigas que mejor recordaban la última noche de Lucie eran Sam Burman y su madre, Val.
Ellas no tenían duda de que habían pasado la tarde con ella. «Lucie vino a casa de mi madre —dijo Sam—. Y lo que más nos sorprendió era que no se había hecho una lista de tareas pendientes. Había recogido unas cuantas cosas, pero no lo tenía ya todo organizado y empaquetado, como era habitual en ella. Y estaba un poco triste por su marcha, algo dubitativa. No dejaba de señalar los puntos negativos, pero luego volvía a convencerse a sí misma. Era como si no estuviera muy decidida, pero ahora ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Se había comprometido con Louise, y yo creo que no quería decepcionarla».
Val recuerda que Lucie le habló de Jane, y del ambiente que había en casa. «En esa casa se gritaban —cuenta Val—. Había muchos gritos entre Jane y Sophie y entre Sophie y Lucie. Si se hubiera quedado, en unos años la situación se habría arreglado y todo sería algo más soportable. Pero Lucie era adulta y en aquella época Jane era la niña. Lucie me decía que aquello era una gran presión para ella. Discutían mucho sobre su marcha, y yo creo que eso hizo que Lucie estuviera aún más decidida. Porque quizá Lucie tuviera la impresión de que no tenía otra salida, y en ese momento irse a Japón era su manera de escapar… Necesitaba distanciarse, aunque ello supusiera dejar a Jane».
Tal como lo recuerda Sophie, Alex se presentó aquella tarde en casa, y Sophie les dejó a solas. «Después de que me fuera a la cama —dijo—, empecé a pensar en las cosas que quería decirle a Lucie antes de que se fuera, y pensé en escribirlas. Empecé lo que debía ser una nota de despedida, y se convirtió en algo intenso. Empecé diciéndole lo estupendo que era haber crecido contando con una hermana mayor que me protegiera y me cuidara, y que me había ayudado en los momentos difíciles de la vida. Acabó convirtiéndose en una carta de dieciocho páginas. Recuerdo que estaba escribiéndola y se me saltaban las lágrimas; no es que estuviera un poco triste, estaba hecha un mar de lágrimas. Me cuesta decir que era casi como si le estuviera escribiendo por última vez, pero fue una experiencia dolorosa. Se iba a ir por tres meses; ya había estado fuera otras veces. Pero había algo en esa carta que me rompía el corazón.
»Aquello tenía algo de definitivo. En los viajes de Lucie con British Airways, nos habíamos dicho adiós, pero a la vez hacíamos planes. Sin embargo, cuando Lucie hablaba de Japón, yo no me imaginaba qué pasaría cuando volviera. Me costaba crear una imagen mental de su regreso».
El vuelo a Tokio salía a mediodía. Fue la madre de Louise, Maureen Phillips, la que vino a buscar a Lucie antes del amanecer y llevó a las dos amigas en coche a Heathrow. Lucie entró en la habitación de Sophie a oscuras y le dio un beso de despedida. «Me dio una tarjeta, y yo le di mi carta y le dije: “No la abras hasta que estés en el avión”. Ella se estiró sobre mi cama y nos acurrucamos juntas. Ambas estábamos bastante emocionadas. Luego llegó el momento de irse. Le dije: “Te quiero”, y se fue».
Lucie tenía veintiún años cuando salió de la casa familiar por última vez. La querían mucho, tanto sus amigas como su atribulada familia: había hecho de hermana —o incluso de madre— a su propia madre, así como a sus hermanos. Había volado muchas veces antes, pero esta era la primera vez que iba tan lejos y que se apartaba tanto de todos los suyos, e iba a un país que para todos sus conocidos era en otro mundo, un lugar remoto y desconocido. Los que la querían estaban intranquilos. En las últimas semanas, Lucie —que siempre se había mostrado tan abierta y directa— se había vuelto misteriosa. Nadie, salvo Louise, quizá, conocía todos los detalles de lo que esperaban hacer las dos en Japón. Le hicieron preguntas, pero sus respuestas no eran claras ni satisfactorias. La verdad sobre Lucie Blackman ya iba enturbiándose.
———————
La última persona que habló con Lucie fue Jamie Gascoigne, apenas unos momentos antes de que subiera al avión. «La llamé, y estaba comunicando —diría después—. Era evidente que estaba hablando con otra persona. Así que seguí llamando, seguí marcando una y otra vez a intervalos de cinco minutos, y por fin conseguí línea. Le dije. “¿Estás bien, cariño? ¿Estás bien?”. Me resultaba natural decirlo así; para mí era como si aún estuviéramos juntos. Le dije: “Te quiero un montón: por favor, no te vayas. Nadie quiere que te vayas”. Ella dijo: “Lo sé, lo sé. No creo que sea lo correcto. No estoy demasiado segura”, pero luego dijo: “Tengo que subir al avión”.
»Estaba a unos pasos de la escalerilla y se le notaba en la voz: estaba haciendo algo que no quería hacer. Yo creo en el destino. Las cosas ocurren por algún motivo. Pero ¿sabes cuando tienes la impresión de que algo no está bien? Yo creo que ella por fin se había dado cuenta de que lo que hacía no estaba bien. Pero había llegado demasiado lejos, hasta un punto de no retorno. No podía girarse y decirle a Louise: “Mira, no puedo ir”. Oía el viento a su alrededor, y el ruido de los motores de fondo. Me dijo: “Estoy en la escalerilla. Estoy en la escalerilla”. Y yo quería decirle: “Pues baja. Baja, vete de ahí”. Pero no lo hizo, y se acabó. Subió al avión y se fue».
SEGUNDA PARTE TOKIO
4 HIGH TOUCH TOWN (UNA CIUDAD HUMANA)
Se tardan menos de doce horas en volar de Heathrow al aeropuerto de Narita, pero pocos trayectos dan esa vertiginosa sensación de cambio. Lucie y Louise dejaron atrás los tejados de Londres, los campos de East Anglia y el mar del Norte. Para cuando les sirvieron el almuerzo y les pusieron la primera película ya estaban sobrevolando Siberia, donde pasarían siete horas. Una extensión inimaginable de espacio vacío las rodeaba por todas partes; 12.000 metros más abajo se extendía la tundra, con cordilleras montañosas cubiertas de nieve y anchos ríos oscuros que brillaban a la luz del sol. Era un viaje que trasladaba al viajero en el tiempo, no solo en el espacio. Las dos amigas salieron a mediodía, atravesaron una larga tarde y aterrizaron a una hora que sus cuerpos interpretaban como la de acostarse, solo que la mañana acababa de empezar en Japón.
«Son las 9.13 aquí, en Tokio, las 12.10 de la medianoche en Inglaterra», escribió Lucie en su diario, unos minutos después de llegar. «Estoy sentada sobre una maleta en el metro, absolutamente anonadada. Estoy muy cansada…, también asustada, nerviosa, perdida…, ¡y hace mucho calor! Solo espero que un día me acuerde de este día y me ría de mi inocencia, de lo poco que me imaginaba lo que me esperaba».
Pese a los meses que habían pasado volando como azafatas, ni Lucie ni Louise habían estado nunca en un país tan diferente y misterioso. Tras las torres de vigilancia del aeropuerto de Narita, rodeadas de alambrada, se extendían verdes arrozales, y en los tejados de tejas de las casas ondeaban banderolas rojas, amarillas y negras que representaban estilizadas carpas. Pero esos símbolos del Extremo Oriente enseguida dejaban paso a la periferia de Tokio, que rebasaba la frontera oficial de la ciudad, engullendo pueblos satélite como una ameba insaciable. El tren elevado atravesaba un paisaje monótono de edificios grises y plateados de oficinas, bloques de apartamentos con salidas de incendios metálicas, y hoteles de citas sin ventanas con nombres como Marie Celeste o Wonderland en rótulos de neón. Luego llegaron una serie de puentes que cruzaban anchos ríos estáticos, y por fin vieron la bahía de Tokio, con las islas artificiales ganadas al mar, cubiertas de edificios de cristal y de aluminio. Las nubes daban al agua un tono oscuro y satinado, y a los edificios un color apagado, mate. Con sol, aparecían reflejos plateados en las enormes torres, las inmensas esferas, las conducciones eléctricas y los grandes depósitos de energía y de combustible, y también en las sinuosas curvas del puente del Arco Iris.
En aquella megalópolis vivían treinta millones de personas. Salvo por las breves excepciones que suponía la vegetación de parques, santuarios, templos y del Palacio Imperial, el paisaje urbano se extendía sin cambios hasta los montes Okutama, 65 kilómetros al oeste. En un día claro, mirando desde lo alto del mayor rascacielos de Tokio, eso es lo único que se puede ver: Tokio, y luego más Tokio, gris, marrón y plateado, como una marea informe que se pierde en todas direcciones.
Y sin embargo, con tales dimensiones y tal densidad, la impresión que creaba era cualquier cosa menos caótica. Tokio era una ciudad limpia y con una imagen perfectamente definida, sin las miserias de muchas ciudades asiáticas. Oculta tras una pantalla de calma e indiferencia se escondía una energía irrefrenable y una eficiencia maquinal. A cualquier recién llegado le parecería algo inusitado; producía una sensación no de euforia inmediata, sino de extraña emoción ante sus misteriosas posibilidades. «Esto ya es tan diferente… —escribió Lucie en el andén de la estación del metro del aeropuerto de Narita, cuando apenas se había adentrado unos cientos de metros en Japón—. Acaba de salir el tren más impecable que he visto nunca, y en él iba un hombre diminuto vestido todo de azul marino, con unos guantes blancos inmaculados. Acabo de hacer mi primera compra: una botella de agua cubierta de arriba abajo de escritura japonesa… Estoy aquí sentada, sintiendo una cálida brisa procedente de algún sitio que me acaricia el rostro. Levanto la vista y rezo para que sea el viento del cambio que haga realidad todos mis sueños».
Llegar a Tokio suponía una transformación que sintió casi como una metamorfosis física. Para empezar, estaba el efecto debilitante del jet lag: lo que su cuerpo le decía que era plena noche en realidad era el día, y viceversa. Aún más incapacitante era la repentina privación del lenguaje: de un plumazo, el extranjero se volvía no solo incapaz de hablar o de comprender, sino también analfabeto. Que la gente fuera relativamente pequeña, que las puertas y los techos fueran más bajos, las sillas más estrechas, que hasta los platos fueran más pequeños creaba la ilusión de haber aumentado de tamaño, como Alicia en la madriguera del conejo. En el Tokio del siglo XXI, la gente casi nunca miraba a los extranjeros directamente a los ojos, pero aun así sentías que eras el objeto de una atención inusitada por parte de la población humana; no es que te contemplaran descaradamente, ni era una mirada de afecto o de desaprobación directa, sino simplemente el reconocimiento discreto de la diferencia. En Japón, te convertías en ciudadano de una nueva nación: la del gaijin, el forastero. Aquello te ponía en una situación estimulante, pero también resultaba agotador. Donald Richie, escritor estadounidense residente en Japón, escribió: «La vida aquí significa no dar nunca nada por sentado, no dejar de prestar atención. El forastero atento vive siempre con esa conexión activada: siempre está ocupado observando, evaluando, descubriendo o sacando conclusiones… Me gusta esta vida, en la que no puedo dar nada por sentado».1
Pero esa no fue la experiencia de Lucie y Louise. Sin ser conscientes siquiera de la opción que tomaban, dieron la espalda a la esencia japonesa de Japón. A Lucie le quedaban cincuenta y nueve días de vida, y los pasaría en unos cientos de metros cuadrados de Tokio diseñados para el placer y el beneficio de los gaijin: Roppongi.
De día, al menos, podías atravesar Roppongi en coche y no prestarle atención. Desde el interior de un coche, no era más que un cruce más concurrido de lo normal en la calle de ocho carriles que iba de Shibuya a los fosos del Palacio Imperial. La autopista elevada Shuto pasaba sobre Roppongi Avenue, creando un techo de cemento en plena calle y convirtiendo la calle principal en una oscura fisura.
Una pantalla luminosa gigante en lo alto de una esquina del cruce mostraba anuncios sin parar; el ojo se iba a un McDonald’s, a una cafetería rosa, a un banco, a un bar de sushi… Un peatón con tiempo para observar el entorno notaría las filas de edificios de ocho y diez plantas a los lados de Outer Moat East Avenue, la perpendicular a Roppongi Avenue. Cada bloque tenía un estrecho panel que lo recorría verticalmente desde la azotea al nivel de la calle, con los nombres de las decenas de bares, clubes y cafés del interior. Los edificios eran de cemento a la vista y azulejos color beige, con las fachadas cubiertas de tubos de neón apagados, sucios de polvo y de humo de los tubos de escape. Había numerosos pasos de peatones, entradas a pasos subterráneos y, en las paredes externas de la autopista, visible desde cualquier punto del cruce, de norte a sur, el misterioso lema de Roppongi, escrito en inglés: «High Touch Town».
En horario de oficina, Roppongi era dominio de la gente diurna: empleados de las tiendas y de los restaurantes, escolares con sus minúsculos uniformes y los funcionarios del Ministerio de Defensa de Japón que trabajaban en el complejo cercado al norte del cruce. La transformación llegaba cuando la tarde daba paso a la noche, y la población vestida de traje vaciaba las oficinas, llenando los trenes en dirección a la periferia. Al caer la oscuridad, empezaban a encenderse los neones a los lados de los edificios, y las jóvenes extranjeras empezaban a concentrarse en el club de fitness situado tras la comisaría de Azabu. Cuando salían del gimnasio, dos horas más tarde, se encontraban con un Roppongi que empezaba a despertarse de su sueño vampiro. Al anochecer, el sonido, el olor, el aspecto y el tacto del barrio ya eran otros.
Los primeros días de mayo, cuando llegaron Lucie y Louise, marcaban la transición de los meses fríos a los cálidos; con el paso de las semanas el aire de la primavera empezó a volverse cálido y húmedo. La noche apenas era más fresca que el día; en junio empezaba la estación de lluvias, un mes de tanta humedad que acababa mojando la piel. El verano traía el olor a heces de las cloacas de Tokio, poco profundas: un hedor inesperado del Tercer Mundo, que se mezclaba con el humo de las pizzas, el olor a pollo a la plancha, a pescado y a perfume. (El único olor que no se percibía en Japón era el de sudor humano). La pantalla gigante sobre el cruce brillaba con fuerza, inundando el barrio con cambiantes imágenes de coches, prendas de ropa, alcohol, comida y chicas. Y el machacón murmullo de la autopista quedaba eclipsado por el parloteo de las aceras, el tráfico humano que le daba a Roppongi toda su vida y su personalidad.
En un radio de unos cientos de metros desde aquel cruce se concentraba toda la caótica diversidad humana y étnica que faltaba en el resto de Japón. Roppongi no era un barrio especialmente de moda; por calidad, variedad o relación calidad-precio, en la ciudad había barrios de ocio mucho más interesantes: la elegante Ginza, con sus grandes almacenes a la antigua y su público educado de mediana edad; la vida callejera de vanguardia de Shinjuku, con sus gánsteres y sus espectáculos pornográficos; y Shibuya, dominio de los jóvenes maqueados a la última. Por supuesto, se veían extranjeros por todo Tokio, pero solo en Roppongi eran parte del paisaje. La mayoría de la gente de la calle sería japonesa. Pero los que destacaban no lo eran, y ese ambiente internacional era la característica propia y la marca de identidad de Roppongi.
Había extranjeros que venían a estar con otros extranjeros; había japoneses que acudían para estar con extranjeros; y luego estaban los extranjeros, sobre todo hombres, que acudían para estar con japonesas, sobre todo mujeres, que querían conocer a hombres extranjeros. En Roppongi conocías a gente que no encontrarías en ningún otro sitio; era el único lugar de Japón donde uno se quitaba de encima esa sensación excitante pero opresiva que producía ser algo tan diferente, un gaijin.
Por la salida del paso subterráneo y por toda la acera se sucedía todo un enjambre de caras de todo el mundo: camareros brasileños, albañiles iraníes, modelos rusas, banqueros alemanes, estudiantes irlandeses… Algunas razas monopolizaban determinadas ocupaciones: por algún motivo, un extranjero que intentara venderte una fotografía o un cuadro enmarcado (de una puesta de sol, un bebé sonriente o una bella mujer paseando con un perrito) resultaba ser casi siempre israelí. Frente a los salones de «masajes» había mujeres chinas y coreanas con largos vestidos que agarraban a los hombres que pasaban por delante de la manga y les susurraban. «Massāji, massāji, massāji…». Cuando el portaaviones americano USS Kitty Hawk estuvo atracado en el puerto de Yokosuka, los bares de copas se llenaban de torsos de marineros y marines estadounidenses. Y en esa época se registró una alta incidencia de otro fenómeno infrecuente fuera de Roppongi: las peleas de bar.
Tres grupos destacaban por encima de los demás.
El primero era el de los africanos. Los negros en Japón ocupaban una categoría propia de gaijin. Incluso en el centro de Tokio llamaban la atención, y en ningún otro lugar del país los había en tanta concentración como en el tramo de 400 metros de Outer Moat East Avenue al sur del cruce. Al igual que otros grupos étnicos, tenían una función especializada en la maquinaria de Roppongi: la de atraer a los transeúntes varones a los clubes de estriptis, a los bares con acompañantes y a los locales de danza del vientre. Un grupo más reducido de chicos japoneses acicalados y con el cabello engominado se preocupaban de los clientes nativos, pero los dueños de la calle eran los africanos, hombres de Ghana, Nigeria y Gambia. Muchos de ellos llevaban allí años; la mayoría hablaba bien japonés. No resultaban en absoluto amenazadores; al acercarse al paseante mostraban una sonrisa franca, le apoyaban una mano en el hombro y con la otra le entregaban un flyer obsceno. El parloteo se prolongaba durante varios cientos de metros, y pasaba de uno al otro con un suave murmullo de barítono: «¡Buenas noches, señor! —empezaba—. Club para caballeros, el mejor de Roppongi. Bar topless, señor, preciosas señoritas. Muy sexis, señor, en topless, bottomless. Tetas y culo, señor. Tetas y culo, tetasyculo, tetasyculotetasyculo. Venga, eche un vistazo. Siete mil yenes. Le doy media hora por tres mil yenes. Venga y verá».
A la policía les habría encantado detener y deportar a aquellos hombres, pero casi todos estaban casados con japonesas. En algunos casos aquellos matrimonios eran un montaje, renovado cada año a cambio de una cantidad fija en efectivo. Pero a los maridos les daba el derecho a residir y trabajar libremente en Japón, en el puesto que quisieran, y la policía no podía hacer nada al respecto.
La segunda tribu dominante era la principal atracción para la mayor parte de la población masculina de la noche de Roppongi: las chicas de Roppongi, esas mujeres japonesas con predilección por los hombres extranjeros. De vez en cuando, la escasez de tela de sus vestidos y su falta de inhibición las convertía en blanco de las críticas por parte de los medios japoneses; su aspecto fue cambiando con las corrientes de moda en la ciudad. A principios de los años noventa, una discoteca ya desaparecida llamada Juliana’s Tokyo dio origen al estilo conocido como bodi-con, unos modelos ajustados que dejaban poco a la imaginación y que las chicas lucían en las famosas tarimas elevadas de la discoteca. En la época de Lucie y Louise, el bodi-con había dejado paso al ganguro, un look muy estilizado que combinaba una piel bronceada artificialmente, de un naranja profundo, con un cabello teñido de color gris ceniza, maquillaje blanco y pintalabios blanco. Cada jueves, viernes y sábado se veían chicas ataviadas de esta guisa, caminando en parejas por Roppongi con botas de plataforma, como si fueran muñecas zancudas fluorescentes producto de alguna alucinación. Venían en tren o en metro de la periferia o de municipios de prefecturas colindantes. Pasaban la noche en clubes y bares con nombres como Motown, Gaspanic o Lexington Queen. Al llegar el amanecer, cada viernes, sábado y domingo, las menos afortunadas emprendían el melancólico camino de regreso al extrarradio y volvían a casa con el primer tren del día.
Luego estaba el tercer grupo de las tribus urbanas de Roppongi: jóvenes mujeres blancas que trabajaban como bailarinas, estríperes o acompañantes. Empezaban a aparecer en las calles a última hora de la tarde, con el cabello perfectamente brillante tras haber pasado por el gimnasio. Llevaban vaqueros y camiseta; antes de entrar en los bares, de vestirse y maquillarse, cargaban combustible para la noche en el McDonald’s o en KFC, o en el restaurante de sushi de la esquina. Se movían con decisión, sin la desconfianza de los turistas, y pese a tener orígenes muy diversos —australianas, neozelandesas, francesas, británicas, ucranianas— tenían algo en común aparte de la juventud y la belleza. Algo difícil de definir: un gesto en la boca o en los hombros, una mueca de desafío, de irritación, o incluso de resentimiento. A diferencia de las amistosas japonesas de Roppongi, eran inasequibles. Lucie y Louise habían venido para unirse a ellas.
Efectivamente, Louise tenía una tía japonesa, la esposa del hermano menor de su madre. Pero Masako vivía en el sur de Londres, no en Tokio; la idea de que fuera a acoger a las chicas en su casa de Japón no fue más que una mentirijilla destinada a tranquilizar a Jane Blackman. La hermana de Louise, Emma, aún tenía amigos en Tokio, y fue a través de una de ellas, una escocesa llamada Christabel, como encontraron la habitación de la Sasaki House. El viaje en tren desde el aeropuerto fue complicado y agotador; exigió varios transbordos y subir empinados tramos de escaleras. Las maletas que llevaban eran un peso muerto, los tacones altos resultaban poco prácticos, y cuando sacaron sus pertenencias del taxi —dolorosamente caro— con que cubrieron el último tramo hasta su nuevo hogar, estaban doloridas y cubiertas de sudor.
Esperaban encontrarse un sencillo albergue con sábanas almidonadas y una solícita encargada, pero lo que se encontraron era un tipo de alojamiento que en Japón se conoce como gaijin house, una casa con habitaciones alquiladas a una población itinerante de extranjeros compuesta por mochileros, profesores de inglés, vendedores ambulantes y trabajadoras de la noche. A la entrada había unos cuantos tiestos con plantas moribundas y bicicletas apoyadas contra la fachada. Sobre la maraña de cables que había en lo alto había unos cuervos enormes. «Era asqueroso —recordaba Louise—. Estábamos en shock. Miramos en dirección al salón y nos encontramos a dos personas colocadas en el sofá. Subimos a la habitación y allí estaba Christa, arreglándose el pelo. Se estaba poniendo un aceite espeso que parecía grasa. Y todos fumaban porros. La habitación apestaba. Apenas se veía nada con tanto humo».
La ventana de la minúscula habitación no tenía cortinas; Lucie y Louise tuvieron que cubrirla con sarongs para protegerse del sol de la mañana. Aunque no es que entrara mucha luz; la única vista que tenían era la de la pared de cemento del edificio vecino. Los futones no tenían sábanas; el espejo estaba roto y la letrina a la turca del baño era inenarrable. Su gran logro de la primera semana en Tokio fue transformar «el cagadero» en un espacio habitable —con pósteres, postales, velas y telas—. Era, con mucho, el lugar más diminuto en el que habían vivido las dos.
Casi todo el día siguiente lo pasaron durmiendo, atontadas por el calor y el jet lag. Aquella tarde, un viernes, fueron hasta Roppongi con unas bicis prestadas, bastante decididas a encontrar trabajo. Christa, que también trabajaba como acompañante, les había dado el nombre de varios clubes, pero aún no sabían muy bien dónde estaban cuando se les acercó un joven japonés de aspecto agradable y les preguntó si podía ayudarlas. ¿Estaban buscando trabajo, quizá? ¿Les interesaba trabajar como «azafatas»? Si le acompañaban, él podría presentarles a gente que podría ayudarlas.
No muy convencidas, siguieron al hombre hasta Outer Moat East Avenue y entraron en uno de los edificios con rótulos de neón. En el primer club no había puestos disponibles, pero en el segundo las acogieron calurosamente. Era evidente que el dueño, un hombre hosco llamado Míster Nishi, conocía bien a su joven guía. Las miró de arriba abajo, les hizo unas preguntas básicas —edad, nacionalidad, dónde se alojaban— y al momento les ofreció trabajo. A los pocos días de su llegada a Japón, Lucie y Louise ya trabajaban como acompañantes en un pequeño club nocturno de Roppongi, el Casablanca.
5 UNA GEISHA MODERNA
Si uno no sabe qué está buscando, podría pasar mil veces por delante del Club Casablanca sin mirárselo dos veces. El edificio en el que estaba era marrón y anónimo; desde la calle la única prueba de su existencia era el largo cartel vertical lleno de nombres de establecimientos, la mayoría de ellos más exóticos y sugerentes. Estaba el Raki Raki, el Gay Arts Stage y el Seventh Heaven. El «Séptimo Cielo» era uno de los clubes de estriptis más grandes de Tokio, y su llamativo neón destacaba en la fachada del edificio. El Casablanca estaba en el sexto piso. Al abrirse las puertas del ascensor te encontrabas una puerta de aspecto pesado forrada con cuero capitoné y una placa de latón con el nombre del club.
Tras la puerta se abría una sala de luces tenues, de quizá 6 metros por 18. A la izquierda, las botellas, dispuestas en fila, brillaban tras una barra baja. A la derecha había un teclado eléctrico sobre un soporte elevado, y la pantalla y los altavoces de un equipo de karaoke. Por todo el perímetro había sofás y sillones de color azul pálido, y doce mesas bajas; de las paredes colgaban grabados o pinturas apenas visibles.
Un hombre asiático de edad y nacionalidad indeterminadas guiaba al cliente a una de las mesas, provista de un complicado sifón de cristal que dispensaba agua. Traían un cubo de hielo, un par de pinzas de metal y un voluminoso decantador de whisky —herramientas e ingredientes para elaborar el mizuwari, la mezcla de whisky y agua que suelen tomar los ejecutivos veteranos—. A pesar de los detalles pomposos —la puerta tapizada, las pajaritas negras que llevaban el camarero y el barman— era un espacio sin ningún glamur. El whisky del decantador era barato y empalagoso; el teclado eléctrico tenía un sonido crudo y molesto; el sifón de agua pretendía impresionar, pero simplemente llamaba la atención. El club quería dar una imagen de lujo, pero el ambiente que habían creado era más acogedor que sofisticado, y algo pretencioso, como si fuera el salón de segunda clase de una línea barata de cruceros, o un casino en decadencia de Las Vegas, o de un salón suburbano de la Inglaterra de los años setenta. Uno casi se esperaba que el camarero apareciera con una bandeja de pinchos de queso cheddar con trozos de piña.
Pero era un local japonés, y a los ojos de ciertos japoneses presentaba un encanto crepuscular. El motivo estaba en las dos mesas más próximas a la barra, donde se sentaba un grupo de acompañantes extranjeras, la mayoría —aunque no todas— blancas. Hajime Imura,1 editor que visitó el Casablanca un par de veces cuando Lucie trabajaba allí, explicó: «Era un lugar bastante oscuro y transmitía una sensación algo extraña. Tenía un ambiente algo misterioso, sospechoso. Había chicas con un color de piel diferente, quizá israelíes, no sé. La sala estaba oscura, con tonos negros y azules. Sillas y mesas oscuras. Un cantante filipino, gritaba mucho. Un hombre de mediana edad que parecía ser el gerente, unos cuantos camareros, quizá filipinos: tenían cara de asiáticos. Y unas diez chicas».
Una vez que el cliente estaba cómodamente sentado con su mizuwari, el gerente solía hacer un gesto en dirección a la mesa de las chicas extranjeras. Dos se separaban del grupo y se acercaban, y empezaba su labor como acompañantes.
¿Qué era exactamente una acompañante? A oídos de un occidental, la palabra puede sonar a eufemismo, por no usar algún término más sórdido. El concepto no resultaba mucho más respetable que el de escort, que recuerda perfumes baratos y sótanos lóbregos en el Soho o en Times Square. Cuando Sam Burman recibió una llamada de Lucie unos días después de su llegada y se lo explicó, se quedó de piedra: «¿Qué significaba eso de “acompañante”? Parecía algo nerviosa diciéndomelo por teléfono. Tuve la impresión de que le daba vergüenza porque nos había contado una cosa, y al final iba a ser otra, e íbamos a estar preocupados por ella. Lo último que quería era que nos preocupáramos».
Sophie tuvo la impresión de que el trabajo implicaba «conversaciones vacuas y aburridas con gente a la que tendría que sonreír y reírles las gracias. No es que fueran a decirle: “Enséñanos las tetas” o “¿Cuánto cobras?”. No tiene nada que ver con eso». Más tarde, cuando el tema de qué significaba en realidad ser acompañante se convirtió en objeto de discusión en los tabloides británicos, Sophie encontró un modo de explicárselo a los periodistas más escépticos: «La única diferencia entre ser azafata en British Airways y acompañante en el Casablanca es la altitud», les dijo.
Meses más tarde, Tim Blackman recibiría una larga carta muy sentida de un amable caballero de edad llamado Ichiro Watanabe,2 cliente habitual del Casablanca, en la que expresaba su preocupación por la desaparición de Lucie. «El club no tiene nada que ver con esa imagen irresponsable que han dado los medios de comunicación con intención de crear vulgares cotilleos a partir de conjeturas sin fundamento —le escribió con perfecta caligrafía cursiva—. El trabajo de las señoritas solo consiste en encenderles los cigarrillos a los clientes, prepararles un whisky con agua, cantar con ellos en el karaoke y charlar con ellos para hacerles compañía. Eso es todo, nada más, tal como le dijo a su madre, “una especie de trabajo de camarera”. —Y añadió—: No le digo esto por proteger mi reputación. ¡Quiero que quede claro por el honor de ella!».
Y resultó que todo aquello era cierto.
El club abría a las nueve. Poco antes de esa hora, en un estrecho vestidor de la parte trasera, entre doce y quince chicas se maquillaban, se quitaban los vaqueros y las camisetas y se ponían vestidos. Aunque en el verano del año 2000 había un contingente relativamente grande de británicas, venían de todo el mundo. Aparte de Lucie y Louise estaba Mandy, de Lancashire, y Helen, de Londres. También estaban Samantha, australiana; Hanna, sueca; Shannon, estadounidense; y Olivia, rumana. En el club trabajaban tres hombres: Tetsuo Nishi, el encargado, un cincuentón con la cara marcada de viruela; Caz, el barman japonés; y un cantante filipino cuyo nombre no recordaba nadie. Caz y Nishi eran los que decidían qué chicas iban a sentarse con qué clientes, haciéndolas rotar estratégicamente por las mesas, y los que les daban unas instrucciones someras sobre sus obligaciones como acompañantes. En su mayoría eran prohibiciones: no permitas que el cliente tenga que servirse personalmente el whisky, ni que tenga que encenderse el cigarrillo. Pero una vez sentadas, el único trabajo que tenían era el de hablar.
Eso no era tan fácil como parece. Pocas de ellas eran capaces de decir en japonés algo más que «sí, gracias» o «disculpe», y aunque era raro que aparecieran clientes que no hablaran inglés, no todos lo hacían con la misma fluidez. Para algunos, pasar unas horas con una acompañante extranjera era como una clase de inglés. Algunos hombres incluso tomaban notas y, desde luego, una conversación informal, de las que pueden nacer de forma natural con un desconocido, quedaba fuera de toda posibilidad. Además, por ser cliente, al cliente nunca se le podía discutir, contradecir ni dejar solo. La novelista Mo Hayder había trabajado como acompañante,3 y lo comparaba con «tener que ser agradable con un compañero de trabajo que no te interesa. Les preguntaba de qué trabajaban, por qué vivían en Tokio… Les hacía algún cumplido, como “Me gusta su corbata”. ¡Cuántas corbatas me han gustado!».
Helen Dove,4 que trabajó en el Casablanca en la misma época que Lucie y Louise, contaba: «No haces más que hablar de tonterías con ellos, “¿Qué tal le ha ido el día?”. O intentabas hincharles el ego: “Es un hombre muy apuesto; cánteme algo”. Ellos te decían lo guapa que eras. Hablabas de Inglaterra, del viaje de negocios que él había tenido que hacer a Londres. A las pocas semanas empecé a aborrecer aquello. Era muy aburrido, te agotaba. Las mismas conversaciones noche tras noche, conversaciones aburridas con gente que no te importa. Algunas chicas eran muy buenas, eran realmente amables. A mí me costaba encontrar temas de conversación. ¡Todo era tan falso! Tampoco me ayudaba que no se me diera bien cantar, porque había mucho karaoke, y tenías que mostrarte encantada ante la posibilidad de cantar en dúo».
También había una buena dosis de lujuria pura y dura. «Supongo que muchos de ellos hablarían de sexo —contaba Helen—. Yo intentaba evitar el tema todo lo posible». Pero en cuatro semanas de trabajo en el Casablanca, su único encuentro alarmante fue con un hombre que tenía una obsesión con Audrey Hepburn. «Buscaba morenitas con esa imagen: piel pálida y ojos grandes —recuerda—. Había una chica que a las dos semanas se fue porque el tipo daba miedo. Se le sentaba al lado, y le decía cosas como “¡Ahora eres mía!” o “¡He pagado por ti, ahora soy tu dueño!”, y la agarraba fuerte del brazo. La chica se fue, y entonces el tipo empezó a preguntar por mí. Pero yo le planté cara; no le permití que me tocara».
Pero lo peor no eran esas escenas inquietantes, sino el aburrimiento. Todas las acompañantes se encontraban alguna vez metidas en conversaciones tan incongruentes o forzadas que si alguna otra persona hubiera asistido a la escena se habría echado a reír. Hajime Imura, el editor, recordaba haberle estado contando a Lucie sus hazañas pescando calamares. Me dijo: «Una vez pesqué una gran cantidad de calamares, y se lo conté. Nunca volví a saber de ella». Lucie también tuvo que oír una elaborada exposición por parte de un cliente sobre el funcionamiento de los volcanes, que culminó con la construcción de una maqueta a escala de un cráter activo usando las cosas que había en la mesa: una cubitera que hacía de montaña, el agua del sifón era la lava, y un cigarrillo servía para hacer el humo.
Tal como le reveló en su carta a Tim Blackman, el anciano señor Watanabe no tenía problemas para encontrar temas de conversación. A todas las chicas del Casablanca les caía bien por su edad, por su extrema amabilidad y por la regularidad de sus visitas. Le llamaban «Photo Man» por su hábito de tomar innumerables fotografías y llevarles copias al club en su siguiente visita, cuidadosamente dispuestas en álbumes como regalo a las chicas. Con Lucie amortizaba el dinero gastado: «Teníamos interesantes conversaciones muy ilustrativas, que a veces duraban tres horas». Recordaba una noche que había estado charlando con ella: «Hablamos de historia inglesa, de literatura, de arte, de escritores, de artistas, de la relación histórica entre Gran Bretaña y Japón, de los parecidos y de las diferencias de naturaleza y mentalidad entre ambos países y del sentido del humor típico de los ingleses, que me gusta y respeto enormemente, y de cosas así». Cabe imaginar el efecto que harían todas las atenciones recibidas a esta azafata de solo veintiún años.
El Casablanca podía resultar aburrido, y en ocasiones algo raro, pero también era un lugar extrañamente reconfortante. Encerradas en su pequeño universo de tenues luces azules, bajo la supervisión de Caz y del adusto Nishi, las chicas que trabajaban allí se sentían seguras.
———————
En Japón, donde todo tenía su sitio, las acompañantes y los clubes de acompañantes no eran una entidad aislada. La jungla de establecimientos nocturnos que se podían encontrar en Roppongi —baratos y de lujo, decentes y escandalosos— se incluían en un conjunto con una definición muy sugerente: mizu shōbai, literalmente, el «negocio del agua». La frase tenía su misterio. ¿Hacía referencia a las copas, parte esencial de la experiencia nocturna? ¿A la evanescencia de los placeres, que fluían como un arroyo? La imagen del agua hacía pensar en el sexo, en los partos y en la muerte por ahogamiento. En un extremo, el mizu shōbai incluía las geishas, acompañantes femeninas de excepcional habilidad y refinamiento que se encontraban solo en los barrios más tradicionales de Kioto y Tokio; en el otro extremo estaban los clubes hardcore de sadomasoquismo y de tortura, donde la degradación más extrema se pagaba con dinero. Entre un extremo y el otro se extendía todo un espectro de sordidez y elegancia, cutrerío y lujo, de apertura y exclusividad.
Algunos japoneses incluirían a los bares, pubs y locales de karaoke en el mizu shōbai, pero para la mayoría el concepto exige, al menos en teoría, la presencia de mujeres atractivas para los hombres. Podía ser simplemente la mama-san de un minúsculo «snack-bar» (en japonés, sunakku), un localito con cuatro sillas regentado por una dueña-camarera de mediana edad con un menguante poder de seducción. En algunos sunakku había camareras-acompañantes más jóvenes que charlaban y servían copas bajo la dirección de la mama-san. La frontera entre los sunakku más grandes y los clubes de acompañantes era difusa; estos últimos eran más frecuentes en grandes ciudades, donde se ofrecía compañía femenina, conversación y karaoke, por un precio fijo, con copas y tentempiés. Los «clubes de caballeros» eran los que contaban con acompañantes que charlaban en las mesas, pero que también hacían estriptis en el escenario, o en bailes «privados» en un reservado. La bailarina se movía sinuosamente subida a caballo sobre el cliente, que tenía permiso para tocarla y chuparle los pezones y los pechos y que, en algunos lugares, podía pagar por llegar más lejos. Así, del mismo modo que la camarera se convertía en acompañante, y que la acompañante podía convertirse en estríper, la estríper también podía acabar convirtiéndose en prostituta.
En respuesta a las leyes contra la prostitución del país, poco decididas e imposibles de aplicar, ninguna otra raza ha invertido tanta imaginación y creatividad como los japoneses en la presentación del sexo por dinero. Lo único que es estrictamente ilegal es cobrar por un coito convencional hombre-mujer. La felación y la masturbación en todas sus formas están permitidas. Por supuesto, es imposible demostrar que un orgasmo ha tenido lugar de forma legal y manual —y no ilegal y vaginal—. Y para disimular lo evidente, los negocios sexuales presentan sus servicios con una increíble variedad de nombres, tan numerosos y tan cambiantes que resulta difícil seguirles la pista.
En Roppongi hay salones de «masaje» en los que una friega superficial sirve como excusa para un final feliz administrado manualmente. También hay servicios de fasshyon herusu (fashion health) que ofrecen una amplia gama de servicios, siempre excluyendo el coito convencional. Todo eso se puede obtener en un sōpu rando (soap land), donde el pretexto es un lavado integral efectuado por una mujer que usa su cuerpo a modo de esponja. El deri-heru (delivery health) es un placer sexual a domicilio, en casa o en el hotel. El esute (pronunciado «es-te» y derivado de la expresión inglesa aesthetic salon) es un masaje sexual que puede adoptar formas muy diversas. Está el «salón estético coreano» (masaje y alivio manual) o el «salón estético de estilo coreano» (igual que el anterior, pero con la masajista desnuda). Hay muchas otras modalidades, cada una con alguna particularidad, desde el «salón estético chino» al «salón estético taiwanés», el «salón estético singapurense», los «sexy pubs», los pubs de lencería, los pubs para mirones, los cabarés de contacto o el «masaje de estilo coreano efectuado por un ama de casa japonesa». En los «coffee shops sin ropa interior», las camareras van casi desnudas, y proporcionan alivio a cambio de una propina preestablecida. En un «coffee shop-karaoke sin ropa interior», las mujeres semidesnudas hacen dúos con los clientes antes, después o durante el alivio. En un «shabu-shabu sin ropa interior», se sirve una cazuela de shabu-shabu en lugar del café.
Cuanto más caros, exclusivos y respetables sean los establecimientos de tipo mizu shōbai, más probable es que las mujeres sean japonesas; en el extremo más sórdido se encuentran más tailandesas, filipinas, chinas y coreanas.
Las mujeres «occidentales» —es decir europeas, rusas, americanas del norte y del sur y oceánicas— suelen encontrarse únicamente en el tramo intermedio del espectro, que va de las acompañantes a las estríperes, la zona en la que más que tocar, la principal atracción es hablar y observar. Hablo de un espectro, pero sería más preciso hablar de tonos diferentes, no de colores claros y luminosos, sino de gris.
En Japón, la práctica de pagar por la compañía femenina tiene una larga y noble historia. Las primeras referencias a las geishas —acompañantes con una gran formación en las artes de la danza, la música, el vestuario, el maquillaje y la conversación— datan del siglo XVIII; un abismo de éxito y respetabilidad las separaba de las oiran o cortesanas, y de las prostitutas comunes que frecuentaban tabernas y salones de té. Fue durante los agitados años veinte, cuando la occidentalización se puso de moda, cuando aparecieron las primeras acompañantes tal como las entendemos hoy: las bailarinas de pago de los nuevos salones de baile y las café girls cuya compañía podía comprarse, y a veces algo más, no solo café. En ese mismo período se hizo un experimento que duró poco imitando a las geishas seculares, pero con vestidos occidentales en lugar de kimonos, y tocando pianos y guitarras en lugar del shamisen. El estadounidense Edward Seidensticker, gran historiador de Tokio, escribió: «No todos están de acuerdo en que las mujeres que entretienen hoy en día a los clientes en los clubes nocturnos hayan alcanzado el nivel de las antiguas geishas, pero las geishas han ido cediendo terreno gradualmente. La historia del ocio del siglo pasado puede definirse como la retirada de unas y el avance de las otras».5
Las primeras participantes extranjeras en el «comercio del agua» fueron las prostitutas coreanas y chinas, víctimas del colonialismo del Imperio japonés de preguerra. En 1945 llegaron occidentales en gran número, durante los siete años de ocupación estadounidense, pero como clientes más que como proveedores de servicios. Fue la época en que Roppongi empezó a convertirse en barrio de ocio.6 Roppongi significa «seis árboles», y antes de la guerra había sido un barrio residencial anodino lleno de barracones del ejército imperial japonés. Tras la rendición, el ejército estadounidense se hizo cargo de los barracones, y junto a las entradas fueron apareciendo pequeños bares destinados a los soldados de permiso, con nombres como Silk Hat, Green Spot o The Cherry. Fue entonces cuando nació el curioso lema de Roppongi. Los lugareños observaron que los soldados estadounidenses se saludaban entrechocando la palma de la mano por encima de la cabeza. Podemos imaginarnos la escena, entrada la noche, cuando el barman japonés, intrigado, preguntaba a sus clientes por ese gesto, y las dificultades de los soldados borrachos para explicar la teoría y la práctica del high five. En japonés se transliteró erróneamente como hai tacchi o «high touch» (contacto en alto), y ese fue el origen del eslogan que se ve en las paredes de la autopista de Roppongi: High Touch Town.7
En 1956 se inauguró en Roppongi el primer restaurante italiano de Tokio, dando inicio a una pasión por cosas exóticas como la pizza y el chianti. Dos años más tarde, en el extremo sur de Roppongi se construía la Tokyo Tower, una inmensa torre de telecomunicaciones roja al estilo de la torre Eiffel. Cerca de allí, una cadena de televisión privada, TV Asahi, construyó sus estudios centrales, y en 1964 Roppongi tuvo estación de metro. Fue el año de los Juegos Olímpicos de Tokio, símbolo de la transformación de Japón, de la miseria de la posguerra a la riqueza y la influencia internacional. Para entonces, la ciudad ya contaba con numerosos bares de acompañantes, pero las mujeres que trabajaban en ellos eran japonesas. En 1969 apareció otro símbolo de riqueza en Roppongi, el primer club de acompañantes extranjeras, llamado Casanova.
Había muchos japoneses dispuestos a pagar por pasar un rato con acompañantes —generalmente con cargo a las empresas, puesto que los clubes eran considerados como un modo respetable de entretener a los contactos comerciales, de cerrar negociaciones y de recompensar a los empleados por su lealtad y su duro trabajo—. La inauguración del Casanova marcó el inicio de una nueva entidad demográfica del mizu shōbai: empleados de oficina con clientes extranjeros y dinero, y la educación y la confianza necesarias como para conversar en inglés con acompañantes extranjeras.
El Casanova era carísimo, pero en los treinta años siguientes inspiró a muchos otros clubes de kimpatsu —«rubias»— más baratos. Una hora en el Casanova costaba 60.000 yenes, pero el Club Kai, que abrió en 1992, y su sucesor, el Club Cadeau, costaban unos 10.000 yenes por hora. Los primeros clubes dieron empleo a mochileras que pasaban por allí; muy pronto los dueños de los clubes empezaron a poner anuncios en periódicos y revistas extranjeros y a enviar agentes a otros países para reclutar a jóvenes aptas para el trabajo. Pero el número de bares de acompañantes extranjeras de Roppongi —sin contar los de estriptis— nunca fue muy alto. En la época de Lucie, estaban el Casanova, el Club Cadeau, el Club Vincent, el J Collection, el One Eyed Jack’s (el mayor de todos; de los mismos dueños que el «club de caballeros» Seventh Heaven) y el Casablanca.
En el año 2000, Anne Allison era profesora de antropología cultural en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte. En 1981, mientras preparaba su doctorado, pasó cuatro meses en un club de acompañantes de Roppongi donde era la única extranjera. Su trabajo de campo sirvió de base para su tesis doctoral, publicada posteriormente como libro: Nightwork: Sexuality, Pleasure and Corporate Masculinity in a Tokyo Hostess Club (Las trabajadoras de la noche: sexualidad, placer y masculinidad corporativa en un club de acompañantes de Tokio).8 En su mayor parte, la obra era un ensayo con un gran componente teórico muy bien argumentado en el que abundaban expresiones como «autoimagen falificada» o debates sobre conceptos japoneses como el jikokenjiyoku («el deseo de exponerse al público y sentir que esta exposición es bien recibida»). Pero también contenía escenas cómicas que la imperturbable y analítica antropóloga cultural asoció con los patrones de represión neurótica del Mundo Flotante. En Nightwork, la profesora Allison relataba:
Estaba sentada en una mesa con cuatro hombres, todos de cuarenta y pocos años. Hablaban pausadamente, y el discurso era interesante, sobre las relaciones entre Estados Unidos y Japón, las universidades, los viajes, etcétera. En un momento dado llegó la Mama, les preguntó qué tal les iba, y a uno de los hombres le dijo que cada vez que venía al club lo veía más guapo. Sonrió afectuosamente, les dijo a todos que se divirtieran y se fue a la mesa siguiente.
Uno de los hombres habló de cantar [karaoke] en un club como aquel: sostenía que no se trataba de si te gustaba o no, sino que era algo que había que hacer. «Es inevitable» (shōganai), dijo. Alguien me preguntó cuánto medía, y luego todos ellos me dijeron cuánto medían sus penes. Uno dijo que el suyo medía 50 centímetros. Otro hizo un movimiento con los brazos para indicarme que el suyo medía dos pies. Otro dijo que el suyo era tan grande que habría podido usarlo para saltar a la comba, lo cual resultaba muy incómodo.
Luego llamaron a otra acompañante, y a mí me asignaron otra mesa.
La profesora Allison describió —igual que otra antropóloga habría podido describir una ceremonia de iniciación en Micronesia— la dinámica de la llegada al grupo de un nuevo grupo de oficinistas. Primero, el silencio tenso, mientras los compañeros de oficina —jefes y subordinados, jóvenes y de mediana edad— se sentaban juntos para una velada de «diversión» organizada. Luego la sensación de liberación a medida que llegaban la cerveza y el mizuwari, y la tendencia de los clientes a comportarse como si estuvieran borrachos antes siquiera de acabarse la primera copa. Por último, la señal de que la noche había alcanzado su punto álgido: las inevitables risitas y referencias a los pechos de alguna de las acompañantes, en algunos casos acompañadas por lo que la profesora llamaba «el bop», una rápida palmadita en un pecho a la acompañante entre las risas de los presentes. La profesora Allison escribió: «La charla sobre los pechos era la señal de que empezaba la hora de la diversión. Inevitablemente, en cuanto oía que hacían un comentario sobre pechos, observaba la misma reacción: sorpresa, regocijo y liberación».
Sin embargo, y pese a todo esto, ella insistía en que la razón de ser del club no era la carnalidad. En un ensayo posterior escribiría: «Al empezar nos enseñaban tres cosas: cómo encenderles el cigarrillo a los clientes, cómo servirles las copas y a no apoyar los codos sobre la mesa. También se nos advertía que no debíamos comer delante de ellos: es señal de falta de sumisión. Pero aparte de esas normas, el trabajo consistía en dar respuesta a sus fantasías. Si te querían estridente, te mostrabas estridente. Si te querían inteligente, te mostrabas inteligente. Si te querían cachonda, te mostrabas cachonda. ¿Sórdido? Sí. ¿Degradante? Sí. Pero desde luego no era esclavitud sexual. Si hay algo que no tiene que ver con los bares de acompañantes, es el sexo».9
Las cabinas de teléfono de Tokio están llenas de anuncios impresos de prostitutas; lo que ofrecían los clubes de acompañantes era algo más especializado y más costoso. Curiosamente, cuanto más caro y más selecto era un club, menos tolerante era con los tocamientos y los manoseos. «Otros clubes del mizu shōbai proporcionan a los hombres servicios de masturbación, hasta hacerles eyacular —observó la profesora Allison—. En cambio, en los clubes de acompañantes, el único tipo de masturbación que se efectúa es la del ego».
Como la sociedad, en Japón el sexo tiene su orden y sus normas. A los hombres japoneses les gusta saber exactamente qué se espera de ellos y cómo se supone que deben actuar antes de involucrarse en cualquier situación. Y en los clubes de acompañantes, saben que lo único que se ofrece es una emoción… La Mama que dirigía mi club, la propietaria, dejaba una cosa muy clara: si había algún contacto esporádico con algún cliente no pasaba nada; el sexo era una falta que podía provocar el despido. Pero la mayoría de los clientes, al menos los japoneses, no esperaban ningún contacto sexual. Buscaban flirteo y halagos, y eso es lo que conseguían.
Teniendo esos parámetros en cuenta, ibas capeando todo lo que se te presentaba. Algunas conversaciones eran ofensivas, otras no, pero lo más importante era no quedarse callado. Una noche podías estar hablando de Chaikovski con un caballero cortés y encantador. La noche siguiente, el mismo hombre quizá te preguntara cuántas veces podías llegar al orgasmo en una noche, cuándo habías perdido la virginidad, y podía comparar tus pechos con los de las otras dos acompañantes de la mesa. Tu trabajo consistía en sonreír y fingir que te parecía entretenido. Le hacías creer que era el hombre más maravilloso y más importante del mundo, que estabas loca por meterte en la cama con él. Él se engañaba pensando que la mujer occidental guapa y alta que tenía delante estaba desesperadamente enamorada de él, que lo encontraba fascinante y que esa misma noche se convertiría en su amante. Les encantaba hablar de sexo y a veces las conversaciones se volvían explícitas o muy sugerentes, pero al final de la velada cada uno se iba por su camino. Aquello no era una sorpresa ni una decepción para ninguna de las dos partes, porque ninguna de las dos se esperaba otra cosa.
Tú le dices que te habría gustado que fuera tu amante. Él te dice que le gustaría llevarte a casa. Tú le dices que eso sería estupendo, pero añades: «Mi hermana está en la ciudad y tengo que llevarla a hacer turismo». Es el tipo de respuesta que espera; cualquier otra le habría provocado el pánico.
Los únicos que no entendían estas reglas y que no se avenían a seguirlas eran los extranjeros, hombres occidentales que no entendían la obsesión de los japoneses por el ritual y el juego de roles. Recuerdo a un francés que se enfureció cuando su acompañante se negó a ir con él al hotel. «¿Y para qué me ha seguido el juego toda la noche si no quiere acostarse conmigo?», estalló.
El concepto de fondo de Nightwork es que más que un entorno para el sexo, los clubes de acompañantes eran un mero trabajo. Animando y financiando a los empleados para que pasaran las tardes con sus colegas, clientes y acompañantes (en lugar de quedarse en casa con sus esposas e hijos), las corporaciones japonesas conseguían que liberaran estrés y frustraciones, lo cual resultaba positivo para los intereses de la empresa, al fortalecer los vínculos con los compañeros de trabajo y crear buenas relaciones con los clientes. El club de acompañantes era ocio y trabajo; al colonizar las horas posteriores a la jornada laboral, la compañía se aseguraba de que el empleado dirigiera su lealtad sobre todo al trabajo, y no a la familia. La profesora Allison escribió: «Cuando llegan están cansados, y lo último que quieren es tener que exprimirse la mollera para entretener a un cliente o a una mujer. La acompañante resuelve ese problema. Entretiene al cliente, adula al hombre que paga y le hace parecer importante e influyente ante los demás… Es probable que si ese mismo hombre fuera a una discoteca no conseguiría ligar con ninguna mujer, y se volvería a casa deshinchado y sintiéndose rechazado. Los clubes de acompañantes eliminan el riesgo de fracaso».
¿Cómo acabaron encajando en este engranaje las mujeres occidentales? Según la profesora, en realidad no fueron más que una novedad. «Sin duda, los hombres japoneses fantasean con las mujeres occidentales, pero la realidad de tener a una de ellas como esposa o como amante les asusta —escribió—. Les intrigamos, sí, y sin duda llevar a una mujer occidental del brazo da puntos, pero también saben que las mujeres occidentales tienen opiniones, y que no son obedientes ni sumisas». Era una fantasía que se mantenía viva con el consentimiento de todas las partes solo durante una velada, y solo en el entorno del club. Y a su vez el club estaba supervisado de cerca por un encargado, por los camareros o por la mama-san que lo dirigía todo. Anne Allison escribió: «No puedo decir que disfrutara el tiempo que pasé haciendo de acompañante. El trabajo era duro, y en muchas ocasiones era degradante. Cuando tienes que quedarte ahí sentada sonriendo educadamente mientras un hombre te pregunta si se te escapan los pedos al hacer pipí, cuando tienes que mantener la sonrisa mientras él insiste y te lo pregunta por décima vez… acabas harta. Pero nunca me sentí amenazada, nunca me sentí en peligro, y nunca tuve la impresión de perder el control de la situación. Y si hubiera tenido problemas, la Mama habría acudido en mi ayuda. Incluso en este barrio de luces rojas, en Tokio me sentía mucho más segura que en Nueva York».
———————
Si el trabajo de acompañante hubiera quedado realmente confinado al interior del club de acompañantes, Lucie Blackman estaría viva. Pero la cosa era más complicada que todo eso. Fuera consciente de ello o no, la mujer que entraba en el mizu shōbai se veía sometida a presiones y tentaciones que marcaban su vida en Japón.
Arraigaban en lo que en japonés llaman el shisutemu —el «sistema»—, la lista de tarifas e incentivos que imponía cada club a sus clientes y a sus acompañantes. En el Casablanca, un cliente pagaba 11.700 yenes por hora (en aquella época, equivalente a unas 73 libras), que incluían barra libre de cerveza o mizuwari, y la compañía de una o más chicas. De ese dinero, una acompañante nueva como Lucie recibía 2.000 yenes (unas 12,50 libras) por hora. Trabajando cinco horas por noche, ganaba 10.000 yenes; si lo hacía seis noches por semana, la cifra alcanzaba los 250.000 yenes al mes, unas 1.600 libras. Pero eso era solo la base de un sistema de extras y cargos obligatorios.
Una chica que hubiera impresionado a un hombre una noche podía ser «requerida» por el mismo hombre al día siguiente; por ello, el hombre pagaba un suplemento y ella recibía un suplemento de 4.000 yenes, por considerar que generaba negocio. Si un cliente pedía champán o una «botella del cliente» —una botella de un whisky o un brandy caro que, una vez comprada por el cliente, se conservaba para su consumo privado—, las acompañantes del cliente se llevaban una comisión. También se les animaba para que accedieran a salir a algún dohan, una cena con los hombres que se encaprichaban con ellas, y que posteriormente volverían al club para verlas de nuevo. El cliente disfrutaba de una cita con una mujer joven y atractiva, ella se libraba del trabajo por una noche y cenaba gratis, y el club hacía más negocio.
Los dohan no eran opcionales. En algunos clubes, una docena de dohan al mes suponían una comisión extra de 100.000 yenes, más de 600 libras. En la mayoría de los clubes —el Casablanca entre ellos—, cualquier chica que fuera a menos de cinco dohan al mes, y tuviera menos de quince «peticiones», se enfrentaba a la posibilidad de despido. Para muchas acompañantes, asegurarse los dohan suficientes acababa convirtiéndose en una obsesión y en una fuente de profundo estrés. No era solo cuestión de acceder a salir a cenar con hombres que no les gustaran; cuando se acercaba el final del mes, las acompañantes que no alcanzaban la cota se apuntaban a un dohan con cualquiera que se lo ofreciera. A veces buscaban incluso a amigos varones que les ayudaran a alcanzar el número; a veces, ante un peligro inminente de despido, una acompañante podía pagar el dohan ella misma.
«En el vestuario, junto al váter, había una tabla en la pared con el nombre de todas las chicas y el número de peticiones y de dohans que habían registrado ese mes —recordaba Helen Dove—. Si junto a tu nombre había un cero, era una vergüenza. A mí se me daba fatal; siempre estaba hacia el final de la lista. Llegó un punto en que dejó de importarme. Había perdido el entusiasmo por completo. Prefería hablar con las otras chicas que fingir interés por aquellos hombres japoneses. Ese mes solo había salido a uno o dos dohan, y había tenido pocas solicitudes. La cosa se puso tan mal que acabé pidiéndole a mi casero que me hiciera el favor y fingiera ser mi dohan».
Fue despedida igualmente, la semana antes de que Lucie desapareciera.
Aquel ambiente competitivo del Casablanca podía fomentar tanto la rivalidad como la amistad entre las acompañantes. Pero Lucie y Louise se llevaban bien con casi todo el mundo. «Eran muy buenas amigas. Lo hacían todo juntas —recordaba Helen Dove—. Vivían juntas, venían juntas en bici al trabajo, salían con las mismas personas. Se llevaban muy, muy bien. Me parecían…, no sé…, algo cándidas, jovencitas, un poco alocadas, algo niñas. Solían besarse cada vez que se encontraban, aunque solo hubieran pasado unas horas sin verse. Eso me parecía muy tierno». A Helen le sorprendió —como a casi todo el mundo— la atención que prestaba Lucie a su cabello, a su ropa y a su maquillaje. «Yo no diría que era una chica imponente, pero tenía una personalidad muy dinámica que la hacía muy atractiva —dijo—. No me pareció insegura. Era alta, tenía un pelo estupendo, una personalidad estupenda, y era encantadora».
También gustaba a los clientes: «Era diferente a las canadienses o estadounidenses, que se reían sonoramente, mujeres demasiado animadas y expansivas —contó el señor Imura, el editor que pescaba calamares—. Su conversación no era nada extraordinario». El señor Watanabe, el hombre de las fotos, quedó impresionado al instante: «Nada más verla, deduje que era de buena familia. Era educada, elegante, refinada, con encanto… Me di cuenta de que estaba bien educada, de que tenía cultura y mucha sensibilidad».
«Desde luego no es el trabajo de mis sueños, pero me resulta muy fácil —le escribió Lucie a Sam Burman en un correo electrónico—. Estoy ganando un buen dinero y el ambiente es muy diferente al del Reino Unido. Los hombres son de lo más respetuosos. Siempre hay alguno rarito, pero de momento he dado siempre con gente de lo más agradable». Con lo del «rarito» quizá se refería al cliente no identificado que le había ofrecido el equivalente a 10.000 libras por acostarse con él. En la versión de la historia que contó a su madre y a su hermana, ella se rió de su oferta. Tal como lo recordaba Louise, «se puso furiosa y le pidió al encargado que sacara al tipo de allí».
A las acompañantes también se les animaba a que se hicieran con una tarjeta de cada uno de sus clientes y que luego les llamaran o les escribieran por correo electrónico para animarles a volver al club. Se han conservado unos cuantos de los correos electrónicos de Lucie, en los que juega con el perfecto equilibrio entre un flirteo casto y un coqueteo nada comprometedor.
De: lucie blackman@hotmail.com
Para: Imura, Hajime
Fecha: miércoles, 21-06-2000, 3.01
Querido Hajime:
Solo quería escribir para saludar. Soy Lucie, del Casablanca, la chica de Londres, con el cabello rubio, con la que tan bien se llevó…
Fue un placer conocerle la otra noche en el club, me lo pasé muy bien con usted, y tal como planeamos me encantará quedar un día de estos para cenar.
[…] Le llamaré el miércoles entre las 12.00 y las 16.00 para hablar y hacer planes para nuestra cita. ¿Qué le parecería la semana que viene?
Bueno, ahora tengo que irme, pero quería dejarle este mensaje para que lo recibiera la mañana del miércoles. De este modo podrá organizarse la tarde para que cuando le llame pueda hablar con mi nuevo amigo especial.
Espero que pase un día estupendo; yo sé que para mí lo será, ya que voy a hablar con usted muy pronto.
Cuídese,
LUCIE X
De: Imura, Hajime
Para: lucie blackman@hotmail.com
Fecha: miércoles, 21-06-2000, 17.30
¡Hola! Gracias por tu e-mail.
¿Cómo estás hoy, Lucie, chica guapa con larga melena rubia? Siempre me han gustado las chicas con cabello rubio y también con falda corta. Espero que todo vaya bien.
¿Qué cocina te gusta más? ¿Francesa, japonesa, china, etc.? ¿Por favor escoge una e iremos a un restaurante a cenar conmigo? ¿Qué tal el martes próximo? ¿Tienes tiempo libre? […]
Por cierto, ¿sabes hablar inglés americano? Yo no hablo muy bien el inglés de la reina, porque como arroz y sopa de miso todos los días. Supongo que no entendiste muy bien lo que dije la otra noche. Pero yo entendí lo que dijiste. Así que, por favor, susúrrame al oído lo que quieras decirme.
En todo caso, disfruta tu vida en Tokio…
HAJIME IMURA
El secreto del éxito de las acompañantes era crear una cartera de clientes fieles para los que la principal atracción fuera la chica, y no el bar, y que regularmente les hicieran solicitudes especiales, haciéndoles ganar comisiones por las copas o por los dohan.
Sin un puñado de «clientes habituales», resultaba difícil sobrevivir. Pero en ese sentido Lucie empezó bien. «Tengo un amigo […] que ha venido todas las noches los últimos ocho días —le escribió a Sam Burman—. Es estupendo, porque habla muy bien inglés, no es feo y es aristócrata, ¡así que está forrado! […] Me ha dicho que si alguna vez necesito ayuda para alcanzar la cifra [de peticiones], vendrá en cuanto se lo pida». Era Kenji Suzuki,10 el cliente más fiel de Lucie, su salvación profesional y su carga emocional.
Ken tenía más de cuarenta años y era soltero. Llevaba unas gafas grandes con montura de metal, tenía los pómulos altos y un flequillo ondulado. No sabemos si su familia descendía de la vieja aristocracia feudal japonesa, abolida tanto tiempo atrás, pero sin duda tenía dinero. Dirigía con su anciano padre una empresa de electrónica, pero en el año 2000 el negocio familiar pasaba por un momento difícil. En sus muchos correos electrónicos a Lucie, tras una fachada de alegría y risas asomaban la preocupación y la soledad. Hablaba de reuniones difíciles con clientes, de pesados viajes de negocios a Osaka. Algunas noches se quedaba en la oficina hasta las once de la noche, y a las seis de la mañana siguiente tenía que tomar un tren bala. El alcohol y Lucie eran su consuelo. «No te he explicado mi complicada situación y el entorno de mi negocio —le escribió, en un inglés algo impreciso—. Puedes imaginar que es un asco. Podría beber para olvidar, pero no conseguí SONREÍR hasta que te encontré. ¡Oh, pobre de mí, hohohohohohohoh!».
Conoció a Lucie a las dos semanas de llegar ella al Casablanca; solía escribirle y visitaba el club casi a diario, salvo durante sus viajes de negocios a otras ciudades. La fascinación que le creó Lucie —no una pasión de adolescentes, sino prácticamente infantil— resultaba evidente solo con ver la frecuencia de sus visitas. Pero sus mensajes de e-mail la hacían aún más patente.
«Gracias por la paciencia de anoche —decía su primer mensaje—. Lo único que te puedo decir es que desde luego envidiaré a tu futuro novio en la Ciudad Loca, Tokio».
El día siguiente pedía disculpas: «Ayer estaba muy borracho, como siempre, así que quiero charlar contigo ahora que estoy sobrio. Puede que te resulte muy aburrido, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja».
Tres días más tarde: «Me interesas porque eres tú misma. Sé que eres la chica más ENCANTADOOOOOORA de este planeta… ¡Nos vemos pronto! Kennnnnnnneeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee».
Lucie le había dicho que una de las cosas que echaba de menos en Japón eran las aceitunas negras; en su primer dohan, llegaron al restaurante y se encontró con que siguiendo instrucciones de Ken en la mesa había un cuenco con aceitunas. Observó que el cristal del reloj de Lucie estaba agrietado; se encargó de que se lo reparan, y le dio un reloj de Snoopy para que llevara mientras tanto. «Es encantador —le escribió Lucie a Sam—. El viernes de la semana pasada volvió a llevarme a cenar y me recogió con su deportivo Alfa Romeo. Me llevó a un bonito restaurante en un hotel, en un doceavo piso, con vistas a la ciudad. Fue fabuloso. Luego volvió conmigo al club, lo que me supone una comisión extra de 4.000 yenes».
«Mañana tengo que levantarme de madrugada para la reunión importante —le escribió Ken a Lucie el 24 de mayo—. Pero pasaré por el CB para verte la cara aunque esta noche no puedo charlar».
Menos de dos horas más tarde: «Supongo que es demasiado pronto para que me prometas que la cena no será solo mañana por la noche. Cenar conmigo a lo mejor es demasiado aburrido o desagradable. Solo quería advertirte. Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja».
Una semana más tarde:
A decir verdad, no he dejado de pensar en ti ni un segundo. […] Por supuesto, me interesa mucho conocerte más. No obstante, siento que ya te conozco muy bien. Probablemente quieras conocerme más más más È ¿Qué te parecería? ¿Qué te parecería? ¿Sí? Te recomiendo mucho que trates con cuidado a este hombre amable. Es dulce, listo y sexy, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja , , , , ,
Y el 5 de junio:
Querida y dulce amiga Lucie:
Me has salvado la vida. Acabo de volver de la reunión de hoy, pesada y de mierda (upppps). Aunque es lunes, casi tengo la sensación de que es jueves. Mi tanque de bromas (otros dicen que es un «cerebro») está medio muerto. Hoy de algún modo está muy animado pero agotado. A media tarde he escalado hasta la cima del Everest y a última hora había caído al fondo de la sima de las Marianas en el Pacífico, no son los simples altibajos de un día. No obstante, ahora estoy flotando en la superficie porque tu dulce e-mail ha sido como un salvavidas. […] Por favor, perdona los errores del inglés de mi mensaje. Estoy seguro de que a veces tienes la impresión de que te escribes con un papuano de Nueva Guinea o con un niño de siete años.
«[Ken] esta noche estaba hecho polvo, así que ha sido bastante duro», escribió Lucie en su diario. Unos días más tarde: «[Ken] … absolutamente hecho polvo; para mí, ¡¡la peor noche hasta ahora!!». Pero no se mostraba demasiado preocupada por la relación. Era un hombre que le doblaba la edad, con una dependencia del alcohol, aparentemente sin otros amigos o relaciones, colado por ella. En un momento de crisis de su empresa, estaba despilfarrando miles de libras para pasar todas las noches con ella. Y ella, en lugar de desanimarlo, se mostraba como una novia emocionada, encantada y reconocida. Y eso, para alguien en la posición de Lucie, era normal. Más que normal, era su deber profesional. Ken, vacilante, decente, enamorado y forrado, era el cliente perfecto. Si ella no le hubiera animado, habría perdido su empleo.
Las acompañantes de Roppongi, los encargados y los camareros que gestionaban los bares, e incluso una antropóloga como Anne Allison, decían lo mismo: que el negocio de las acompañantes era un juego, gobernado por unas reglas claras y vinculantes, y que todo el mundo —tanto los clientes como las chicas— comprendían de forma instintiva dónde estaban las fronteras y en qué momento las estaban traspasando. Pero ¿y si alguno de esos hombres empezaba a confundir las cosas, a causa de la soledad, del alcohol, del amor o de la lujuria? ¿Y si una de las partes dejaba de reconocer las reglas?
«Yo no estoy de acuerdo en que sea un loco, pero muchas personas lo dicen —escribió Kenji Suzuki—. Muy bien. Aunque esté loco, no me porté como un loco anoche contigo ni lo haré en un futuro próximo. ¡No te preocupes! Probablemente muy pronto seas tú la que estés loca y enfadada conmigo a veces… Jajajajajajajaja».
6 TOKIO, CIUDAD DE EXTREMOS
«Durante el tiempo que ha pasado entre mi llegada a Tokio y la compra de este diario han pasado muchas cosas», escribió Lucie.
Solo han sido veinte días. Hemos llegado a una casa de mierda, pero poco a poco la hemos convertido en nuestro hogar. Hemos sobrevivido a la inanición y hemos recuperado el peso perdido a base de alcohol. Hemos encontrado trabajo como acompañantes en un club llamado Casablanca. Hemos bebido más alcohol en los últimos veinte días de lo que he consumido en toda mi vida […].
Han sido tres semanas muy duras y agotadoras a nivel emocional. Tokio es una ciudad de extremos. Aquí todo está a nivel estratosférico o más bajo de lo que puedas imaginar. […] No existe un espacio intermedio.
La página siguiente está llena con unas letras gigantes superpuestas, con unas letras de tonos diferentes, como si fuera un grafito: TOKIO MOLA.
El Casablanca cerraba a las 2.00, después de que se hubieran ido los últimos clientes. Las chicas les ayudaban a ponerse sus americanas, les acompañaban hasta la puerta tapizada de cuero y les daban las gracias mientras llegaba el ascensor.
«Adiós, Yamada-san. Adiós, Imoto-san. ¡Vuelva otro día! ¡Adiós, hasta pronto!».
Luego volvían al interior, se quitaban el vestido, se cambiaban y huían, sumiéndose en la húmeda oscuridad.
Ese era el momento de inflexión de Roppongi, cuando las acompañantes extranjeras salían de sus clubes. Si en ese momento te volvías a casa, al día siguiente te levantabas con algo de tiempo por la mañana: tiempo para limpiar la casa, ir de compras, quedar con algún amigo para almorzar. Si te quedabas en la calle, seguías de copas hasta la madrugada. «En Roppongi no existe la posibilidad de tomarse solo una copa», solían decir los empleados en bancos de inversión, y Lucie sabía por experiencia que era cierto. «La semana pasada fue una locura —le escribió a Sam—. Por algún motivo he acabado pillando una cogorza todas las noches a partir del miércoles. Después del trabajo te invitan a un montón de copas, y dado que el trabajo nunca acaba antes de las 2, antes de que te des cuenta son las 7, se hace de día y vas tambaleándote por las calles de Tokio. Aquí los bares son muy chulos, casi no puedes evitarlo».
Estaba el Geronimo’s, en Roppongi Crossing: abarrotado, ruidoso y decorado con las puntas de corbatas de seda caras que se habían cortado los empleados de banca borrachos para ofrecerlas como regalo. Luego estaba el Castillo’s, con su cartel que prohibía la entrada a los iraníes y su famoso DJ, Aki, que tenía una colección incomparable de discos de los años ochenta. En el Wall Street había una pantalla sobre la barra que mostraba los valores de la bolsa; el Gaspanic era el más sofocante y el más sensual de todos, un antro donde bailar, beber y toquetearse. El local más frecuentado por las chicas que trabajaban de acompañantes era el Tokyo Sports Café, de los mismos dueños que los clubes de estriptis Seventh Heaven y Private Eyes, y que el bar de acompañantes One Eyed Jack’s. A aquellas horas de la noche, un grupo de acompañantes rara vez tenía que esperar mucho antes de que alguien les ofreciera copas; en el Sports Café, como en los clubes, recibían una comisión por el vino y el champán que compraran sus amigos varones. Tras ser despedida del Casablanca, Helen Dove vivió así durante un tiempo: pasando el rato en el Sports Café y ganándose una comisión de 50 libras por noche con las bebidas que conseguía que compraran otros.
Lucie disfrutaba de las noches —o de las madrugadas— después del trabajo. Pero nadie se lo pasaba mejor que Louise.
Un sábado, Ken Suzuki llevó a Lucie a cenar. Después, Lucie estuvo escribiendo correos electrónicos en un cibercafé, y quedó con Louise a medianoche. En el Geronimo’s había un montón de rostros familiares. Las chicas bebían chupitos de tequila. Louise pilló enseguida una buena cogorza y se puso a charlar con un hombre llamado Carl. «Luego fuimos al Wall Street —escribiría después Lucie—, donde la noche empezó a torcerse de verdad». Louise hizo un nuevo amigo. Era un «chico majo», tal como reconoció Lucie, pero percibía cierto peligro en él. Le recordaba, escribió, a su exnovio farsante autodestructivo, Marco. «En cualquier caso, a estas alturas Lou ya estaba demasiado borracha como para pensar racionalmente». Los tres salieron del Wall Street y se fueron a un club llamado Deep Blue, «donde Louise decidió que necesitaba tomar algo que la animara —añadió Lucie—. Allí encontramos a unas amigas, y yo me lo estaba pasando bien…, hasta que Lou empezó a perder los papeles».
Llegó la novia del nuevo amigo de Louise, pero Louise no era consciente de los evidentes celos de la recién llegada. «Lou estaba poniéndose cada vez más en evidencia, besando al tipo enfrente de ella, sin darse ni cuenta», escribió Lucie. De pronto la música se paró, se encendieron las luces, y todo el mundo en el club se puso a mirar la pelea a cinco que tenía lugar en la pista de baile. «La chica fue a por Lou —escribió Lucie—, yo fui a por la chica, el tipo fue a por Lou, yo fui a por el tipo, el tipo fue a por mí, el portero fue a por él, al final yo fui a por los bolsos, volví a por Lou, fuimos a buscar el ascensor, nos vimos acosadas por aquel tipo psicótico y por fin llegamos a casa».
«Lucie nunca me dijo que se lo estuviera pasando tan bien —recordaba Sophie—. Estoy segura de que saldría y se emborracharía, que iría de fiesta hasta las tantas, pero no creo que fuera feliz. No lo digo por cómo acabó; realmente creo que no lo fue. Recuerdo que me preocupaba la posibilidad de que no fuera feliz.
»En eso era como yo. Prácticamente… nos encontrábamos de pronto actuando. Si la gente a mi alrededor se emborracha, yo me emborracho; y si la gente a mi alrededor lee libros en la biblioteca, yo leo libros en la biblioteca. Eso no quiere decir que siempre haga lo que no quiero hacer. Pero esa búsqueda de la aceptación tiene algo de genuino. Lucie disfrutaba siendo querida y aceptada, y lo era. Pero con el paso de los años empezó a hacer cosas que realmente no eran para ella.
»Yo creo que Lucie se sentía bastante rechazada en Japón. Desde luego, enseguida tuve la impresión de que no se estaba divirtiendo, y que estaba actuando: saliendo, integrándose en el grupo, pero sin sentirse satisfecha realmente en su papel».
A Lucie seguían preocupándole las cosas de casa, y las personas que había dejado atrás. Una noche, en el Geronimo’s, el DJ pinchó «Fields of Gold», de Sting, que le recordó a Alex, el joven barman australiano de Sevenoaks. «No puedo ni imaginarme qué sentiré cuando le vea otra vez por fin —escribió en su diario—. Siento un revoloteo en el estómago solo de pensar en ello; a veces tengo la impresión de que será mañana; otras veces me parece que falta un siglo. No hago más que pensar en él… cogiéndome de las manos, mirándome con esos ojos preciosos que me atraviesan con la mirada, mordiéndose el labio de abajo… Me lo imagino incluso en el bar, agotado, rodeado de otros tíos».
El dinero era otra de sus preocupaciones, como siempre. A finales de mayo, tres semanas después de su llegada a Tokio, Lucie hizo una de sus revisiones periódicas a sus finanzas. Sus deudas —incluidos dos préstamos bancarios, un descubierto, lo que debía a su madre y a su padre, la cuenta de la tarjeta de crédito y el balance de la «cama de princesa» ascendían a 6.250 libras. Todas sus ganancias como acompañante se iban con los pagos mínimos para amortizar la deuda, sumados al alquiler de la Sasaki House, el alquiler de la bicicleta y una modesta asignación de 20.000 yenes a la semana para los gastos de mantenimiento. Era evidente que tardaría meses en reducir el volumen de sus deudas, aunque fuera ligeramente; tendría que abandonar su plan original de volver a casa a principios de agosto. «No puedo hacer nada más que afrontarlo —escribió—, pero tengo la frustrante sensación de que lo de Alex y yo no funcionará, y ahora mismo siento que la vuelta a casa está mucho más lejos. Aún me siento desorientada y perdida, y sin embargo, cada vez que intento aferrarme a algo… cambia».
Pero había algo más que inquietaba a Lucie, aparte del dinero y de un novio ausente. Se hizo evidente en un apunte apasionado, solitario y probablemente achispado, tres semanas después de su llegada a Japón.
Fecha: 26-05 – 5.50
No sé qué es lo que pasa, pero este lugar parece sacar lo peor de mí. No puedo dejar de llorar. Me duele tanto el estómago —claro síntoma físico de que estoy absolutamente destrozada—. Estoy cansada de tanto llorar; las lágrimas ya no me salen de golpe, sino en oleadas que me dejan agotada.
No lo llevo bien. No consigo salir de este hoyo en el que he caído.
He tenido que dejar a Lou en el Sports Café con Keenan: no podía soportarlo más. Me siento fatal aquí: odio este lugar.
Me siento tan fea y gorda e invisible que me odio constantemente. Soy de lo más mediocre. Cada parte de mí, de la cabeza a los pies, es completamente mediocre. Debo de haber estado engañándome, diciéndome que podría hacerlo. Odio mi aspecto, odio mi pelo, odio mi rostro, odio mi nariz, odio mis ojos caídos, odio el lunar de mi cara, odio mis dientes, odio mi barbilla, odio mi perfil, odio mi cuello, odio mis tetas, odio mis caderas enormes, odio mi barriga, odio mi culo flácido, ODIO mi marca de nacimiento, odio mis piernas llenas de cardenales, me siento tan desagradable y fea y mediocre.
Estoy hasta el cuello de deudas y necesito desesperadamente ganar dinero. No está mal hacer esto con Lou, y estoy muy contenta por ella…, pero yo soy una acompañante terrible. Solo he conseguido un dohan, y gracias a Shannon; otro me ha dejado plantada —menuda mierda tienes que ser para que te plante un dohan—. Ahora solo tengo a Ken, pero… ¿cuánto me durará? Louise tiene una cola de candidatos pidiéndole citas. Yo solo citas falsas y plantones.
Nishi le ha dado una propina y ella lo lleva genial, pero es que se integra estupendamente: hace montones de amigos y, como siempre, esté donde esté, yo me siento sola. No es 7oaks, soy yo.
No puedo contarle cómo me siento a nadie; lo mucho que me detesto, esta sensación de mediocridad. He intentado por todos los medios entender el porqué, y hacérselo entender a Mamá y a Lou —ellas piensan que es una tontería— pero el caso es que esto es muy fuerte. Es una sensación de ser invisible, de no ser nadie, de sentir que nunca formo parte de nada, que nunca encajo.
…Sé que Lou ha estado dispersa todo el año pasado, pero ella nunca ha sentido que no valía nada. Los hombres más guapos caen a sus pies. Siempre tiene la sensación de que se merece lo mejor, y está cada vez más radiante y más segura de sí misma. No lo digo en broma; sé que suena tonto, pero estoy cansada de sentirme así de mal, tan sola a pesar de estar con Lou cada día, de sentirme tan decaída y de estar tan hasta las cejas con las deudas… A veces no tengo ganas ni de esperar a ver qué pasa. Solo quiero desaparecer. Me da la impresión de estar tambaleándome, y no sé qué hacer.
Me siento apartada de todo.
No tengo nada, en ningún sitio.
———————
Un hombre llamado Kai Miyazawa1 me describió el arte de gestionar un club de acompañantes. Kai era un tipo que se hacía ver en cualquier parte, y en Japón, entre los japoneses de mediana edad, destacaba. Tenía algo más de cincuenta años, y un rostro atractivo, anguloso, con el cabello ya algo gris recogido hacia atrás en una cola de caballo. Llevaba una camisa con flores bordadas desabotonada hasta el pecho, y unos pantalones de color naranja intenso con un cinturón a rayas naranja y blanco. En el cuello lucía una cadena plateada, en la muñeca izquierda otra cadena y un voluminoso reloj plateado, y en los pies un par de botas de vaquero.
Kai era historia viva de los bares de acompañantes de Roppongi. En 1969, cuando tenía dieciocho años, había visitado el primer club de kimpatsu, el Casanova, y se había quedado prendado de las bellezas que trabajaban en él. Los veinte años siguientes pasó la mayoría de las noches en Roppongi, dando rienda suelta a su fascinación. Un día, un amigo le dijo que si tanto le gustaban las chicas extranjeras, podía abrir un local él mismo. El Club Kai abrió sus puertas en 1992, y un año más tarde le sucedió el Club Cadeau. Aquello era un trabajo duro, y Kai tenía dificultades para ganar dinero; cada dos por tres tenía que trasladarse a algún local más barato, o se encontraba con problemas con la yakuza, la mafia japonesa. «Gestionar un negocio…, eso no lo sé hacer muy bien —me confesó—. De lo que sí sé es de chicas».
Kai estaba orgulloso del Club Cadeau. Como encargado, además de propietario, controlaba a sus acompañantes con la concentración con que mira sus cartas un jugador. Conocía todos sus puntos fuertes y sus puntos débiles; las situaba estratégicamente y con delicadeza en el momento en que más dinero podían darle. Para el cliente distraído que iba emborrachándose a lo largo de la noche, las idas y venidas de las diferentes acompañantes parecían un proceso natural, como el subir y bajar de las mareas. Pero Kai lo controlaba todo, como un Zeus con cola de caballo observando el mundo desde la barra del monte Olimpo.
Rara vez salía personalmente a la pista del club; solo intercambiaba breves comentarios cordiales con sus mejores clientes. El trabajo de Kai consistía en supervisar la sala, sintonizar las frecuencias invisibles y las vibraciones que rodeaban a cada grupo de acompañantes y clientes, detectar el aura de cada hombre y ver cómo fluctuaba a lo largo de la noche. Tenía que saber en todo momento en qué punto del ciclo «del sistema» se encontraba cada cliente, y cómo podía alargar su permanencia un poco más. «Si un cliente se queda solo una hora, yo no gano dinero —explicaba Kai—. Él paga 10.000 yenes. Yo les pago a las chicas 3.000 yenes, así que, después de pagar el alquiler y las copas, me quedan unos 2.000 yenes. Si un cliente se queda una hora, no me importa. Si pasa más de una hora, entonces es cuando me importa».
Al entrar en el club, al cliente se le destinaba una de las chicas más atractivas. Era su «luna de miel» en el bar: se le recibía con una deferencia especial: una chica guapa, el whisky que le calienta por dentro, y la luz tenue que da un aire de promesa erótica al sórdido entorno. Chica y cliente empezaban a charlar; Kai observaba. «Primero le asigno una chica guapa con un carácter agradable —cuenta—. Y luego compruebo cómo les va. ¿Han conectado?». Si no, Kai le murmuraría algo al oído al camarero, que a su vez le murmuraría algo al oído a la chica número uno. Esta se excusaría educadamente, y en su lugar aparecería de inmediato una segunda acompañante. Quizá esa chica sí congeniara con el cliente. Solo tenía que entretenerlo hasta el final de la primera hora y el inicio de la segunda. Si lo conseguía, Kai había ganado la primera mano.
«Pasada la primera hora, aunque solo sea un minuto, saco a esa chica y la paso a otra mesa, y le dejo con una chica fea. Si quiere hablar con la guapa otra vez, puede solicitarla: 3.000 yenes. O puede que diga: “La quiero otra vez”. Y tú le dices: “Lo siento, no está disponible; espere media hora”». Para entonces, el cliente estará en su tercera hora, con una cuenta de 30.000 yenes y creciendo.
«Les observas —contaba Kai, con la sonrisa de un cazador experimentado recordando la persecución a un alce—. Sabes lo que están pensando. Si va al baño y mira el reloj justo antes de entrar, sabes que está pensando en irse. Así que le das la mejor chica del club. Ella le espera al salir, la chica de sus sueños». Ella le entregará una toallita caliente nada más cerrar la puerta del baño, y le acompañará de nuevo a la mesa. Él decidirá quedarse a tomar solo un whisky con agua más…, pero su nueva amiga tendrá ganas de tomar champán (a 30.000 yenes la botella). Tictac, tictac: muy pronto habrá empezado la cuarta hora. En tres horas y un minuto, el cliente habrá gas-tado casi 500 libras. Y luego la chica del champán, la mujer de sus sueños, desaparece.
«Tienes que mirar en el interior de esos hombres —decía Kai—. Tienes que leerles el cerebro. En eso yo soy un genio».
Parte de su habilidad consistía en encontrar las chicas más idóneas. Kai las cazaba como un experto comerciante de caballos. «Las chicas deben tener menos de veintidós años —decía—. Es muy importante que tengan buen aspecto, como flores. En el interior del club, si solo una de las chicas es guapa, todas las otras también lo parecen. Roppongi es pequeño. Si una chica es guapa, corre la voz, y todo el mundo acaba hablando de ella; la gente hace cola. En aquella época en mi club estaban las chicas más guapas, las chicas más fantásticas. Cuando las chicas llegaban a Tokio tenían una lista de los clubes en los que querían trabajar: el número uno era el One Eyed Jack’s, porque era el más grande. El segundo era mi club, el Cadeau. A veces yo estaba en el primer puesto». A principios de los años noventa, en el momento álgido de su negocio, la cosecha de chicas procedentes de las calles de Roppongi no bastaba para satisfacer la demanda. Kai y su esposa, una británica que también había ejercido de acompañante, ponían anuncios en medios extranjeros y hacían viajes para reclutar chicas, a Gran Bretaña, a Suecia, a Checoslovaquia, a Francia o a Alemania, en busca de nuevos talentos.
Kai, tal como decía, conocía a las chicas extranjeras. Le encantaban las chicas extranjeras. Vivía de ellas. Y las despreciaba. Y expresaba su desdén de forma inintencionada, desapasionada, sin pensarlo siquiera. Tras el entusiasmo con el que hablaba de la gestión del club, aquello resultaba chocante. Pero nacía de un desdén recíproco, el que también sentían las acompañantes, o el que Kai percibía: una condescendencia y una indiferencia que tenía un carácter racista.
«Solo el 10 por ciento de ellas son chicas normales, chicas con una identidad que saben por qué están en Japón —contaba—. Solo al 10 por ciento les gusta Japón, les interesa el país, la cultura». La mayoría de las chicas que reclutaba en Tokio, decía, eran viajeras que se habían encontrado de pronto en Tailandia, siguiendo la ruta de los mochileros, por las islas turísticas del sur, con sus fiestas de la Luna Llena y su gran oferta de marihuana, éxtasis y cocaína. «De pronto se quedan sin dinero. Y oyen que en Japón pueden ganar dinero fácilmente. Así que vienen aquí, trabajan tres meses, y cuando han ganado suficiente dinero, se vuelven a Tailandia. No les gusta esto. No respetan a los amarillos. Solo les interesa el dinero».
«El 90 por ciento son chicas que no podrían conseguir un trabajo en su propio país. Solo el 10 por ciento tiene un motivo para estar en Japón. No tienen ni idea: solo les gusta la fiesta. Toman drogas, van a por los chicos. Todas toman drogas: el fin de semana siempre toman éxtasis, y van de fiesta como locas. Una locura: la cultura de las drogas aquí es una locura, una locura. Solo las de Europa del este son algo diferentes, porque envían todo el dinero a casa, a sus familias.
»Quizá el 20, o el 30 por ciento, tienen problemas sexuales. ¿Qué significa eso? Significa que su padre se las follaba, mucho. Solían contármelo, porque conmigo resulta fácil hablar. Me dicen: “Kai, mi padre sigue siendo mi novio”. Y eso hace que siempre estén enfadadas. Quizá el 70, el 80 por ciento se han divorciado en su propio país. Ese es el pasado que suelen tener, un pasado problemático.
»No tienen amigas. No pueden comunicarse con otras personas. Y luego se van a Tailandia, y allí sí consiguen hacer amigos por fin, porque conocen a otras personas como ellas. La vía de comunicación son las drogas. Los fines de semana, eso es lo que comparten. Quizá el 90 por ciento se acuestan con sus clientes, ya sabes. Yo diría que sí: el 90 por ciento. ¿Por qué no? No te hace ningún daño, la sensación es buena, ganas dinero, te enriqueces…, ¡ningún problema!».
Hablando así, Kai expresaba la sensación de superioridad moral que tenía, y eso hacía que costara tomárselo en serio. Yo no creía que nueve de cada diez acompañantes se prostituyeran. Tampoco me creía los otros porcentajes que presentaba con tanta vehemencia. No eran más que un modo pomposo de hacer una generalización misógina: todas las acompañantes son zorras. Por otra parte, no había duda de que las mujeres que describía —enganchadas a las drogas, jodidas y perdidas— estaban presentes en grandes cantidades en Roppongi, al igual que las estríperes, y también en los clubes de acompañantes. Pero la repulsa que manifestaba Kai reflejaba otra cosa. Por su posición, era el menos indicado para juzgar a las acompañantes. Que lo hiciera era una señal de su propia hipocresía, pero también hacía pensar en algo típico de la actitud general de los japoneses.
Después de pasar un tiempo en Roppongi, los ojos se te acostumbraban a su espectro, y conseguías percibir las diferencias entre una camarera y una acompañante, una estríper y una «masajista». Pero para la mayoría de la gente esas diferencias no resultaban tan evidentes, y tampoco especialmente interesantes. «Algunas acompañantes no se consideran parte del mizu shōbai porque no practican el sexo con sus clientes —exponía Mizuho Fukushima, diputada japonesa que defendía los derechos de las mujeres extranjeras en Japón—. Pero la gente de fuera considera que forman parte de la industria del sexo».2
Anne Allison escribió: «Hay algo sucio en [la acompañante], la sexualidad que evoca, y el mundo del mizu shōbai que representa. Toda esta suciedad sexual, a su vez, hace que la mujer que trabaje en este mundo no pueda optar a un matrimonio respetable, por lo que tampoco puede convertirse en una madre respetable con hijos legítimos. […] En una cultura en la que la maternidad es considerada algo “natural” para las mujeres, la mujer del mizu shōbai es concebida como una mujer que transgrede su naturaleza. Eso le supone una degradación, pero también es alguien que hace disfrutar a los demás».3
———————
El bajón de Lucie duró hasta el final de mayo y bien entrado junio. Hacia la segunda semana del mes se animó un poco, y empezó a pensar de nuevo en el futuro. «Ha sido duro afrontar estas emociones horribles —escribió—. Pero hoy me siento bien. De pronto me he dado cuenta de que no quiero estar aquí hasta noviembre-diciembre. Necesito aire fresco, espacios abiertos. Es lo que siento desde el momento en que llegué».
El viernes, las dos chicas salieron del club y se pasaron por el Wall Street para encontrarse con el nuevo novio de Louise, un francés llamado Côme («como el final del Lancôme», le explicó Lucie a Sam), que había prometido traer un amigo para presentarle a Lucie. El bar estaba hasta los topes: los chicos llegaban tarde. «Como no han llegado, pedimos una copa y nos sentamos —le escribió a Sam— ¡cuando de pronto, MR. DIOS DEL SEXO DEL SIGLO ENTRA EN EL BAR!». Louise enseguida le hace venir hacia donde están ellas. «Nos ponemos a charlar y es un crío —escribió Lucie—. Se llama Scott y tiene veinte años, es americano de Texas y tiene un acento que te mueres, ojos azules, 1,88 metros, unos hombros enormes, tableta de chocolate, cabello rubio tostado, un buen culo, podría trabajar de modelo, pero en realidad es —no te lo pierdas— ¡Marine de los Estados Unidos! ¿Estás pensando en el uniforme? ¡Yo también lo pensé!». Lucie ya estaba desplegando su táctica: «Decidí disfrutar de aquella noche sin más —escribió—, y lo llevaba bien, porque no babeaba por él como estoy segura que muchas hacen, ni me acosté con él, ni hice ningún movimiento desesperado. Me mantuve tranquila y segura de mí misma, y se puso a revolotear a mi alrededor como una abeja en torno a la miel».
Se fueron a la discoteca más antigua de Roppongi, Lexington Queen. Pidieron champán; Lucie y Scott bailaron. «Congeniamos como el fuego y la gasolina. Es un bailarín fabuloso. Nos hicimos los dueños de la pista, y me encantó». Fueron a un tercer local, llamado Hide Out. Para entonces ya estaba amaneciendo. Côme estaba borracho como una cuba, y Louise decidió llevarlo a casa. Scott ya hacía rato que había perdido el tren de vuelta a su portaaviones, así que Lucie tomó una decisión. Con las Normas en mente, le dio lo que llamaba el «Discurso que te jodan»; y luego le invitó a casa.
Lucie registró el «Discurso que te jodan» en una página especial de su diario con el título «¡¡Citas!! Recuerdos de Tokio». Decía así: «Mira, eres muy mono. Estoy segura de que habrá montones de chicas que querrán acostarse contigo, pero si es eso lo que quieres de mí, te has equivocado de chica. Así que, si es así, lárgate y que te jodan».
Ya en la Sasaki House, besó a Scott, pero no le permitió subir a la habitación. «Al principio me pareció que estaba un poco decepcionado, pero al final… Cualquiera puede acumular un montón de líos de una noche, pero en realidad todos queremos encontrar a alguien a quien querer, y que también nos quiera. Así que hice lo que sabía que le haría verme de un modo especial en comparación con cualquier otra chica del lugar. Le di unos besos tiernos, lo suficientemente sugerentes como para dejarlo enganchado, largos abrazos cálidos y tiernos, y… funcionó».
Lucie conoció a Scott el viernes 9 de junio de 2000. Los veintidós días siguientes fueron días de gran felicidad y emoción. Quedaron para el domingo por la noche, no muy tarde. Mientras se estaba preparando, le llamó Alex, el barman de Sevenoaks. Solo unos días antes, aquello habría sido lo más emocionante de la semana; en aquel momento no fue más que una nota a pie de página. «Como siempre, me ha gustado saber de él —escribió en su diario—, pero siento que está más distante cada vez… Bueno, volvamos a lo de Scott».
Gracias a Alex, llegó media hora más tarde al punto de encuentro, el Almond Café, la cafetería rosa de Roppongi Crossing. «Llevaba vaqueros y un polo azul. No me vio porque me tenía de espaldas. Le di una palmadita en el hombro y se giró: es guapísimo. Sus ojos eran más azules de lo que recordaba, su sonrisa más cálida, y su beso más estremecedor».
Tomaron el tren a Harajuku, lugar donde solían quedar los jóvenes de Tokio los fines de semana, y pasearon por Omotesandō, la calle más romántica de Japón, y lo más parecido que hay en Asia a un bulevar parisino: una calle ancha flanqueada por árboles que desciende suavemente hacia la entrada de un santuario Meiji. «Nos llevábamos estupendamente —escribió Lucie—. Me sentía muy cómoda con él, y muy cómoda conmigo misma estando con él… Hablamos un montón, pero estábamos tan enganchados, tan tontos, que el 80 por ciento de las veces acabábamos sin saber de qué estábamos hablando: era una sensación genial. Me sentía como si estuviera borracha: casi se me escapaba la risa tonta. Pero mantuve la compostura en todo momento».
Cenaron en un restaurante italiano, y luego cruzaron por uno de los largos puentes de peatones que atravesaban la avenida a la altura de los plátanos. Con el calor y la humedad de junio, tenían las hojas de lo más verdes y frondosas. «Mientras atravesábamos el puente, nos pusimos a besarnos —escribió Lucie—. Estaba oscuro, y las luces de Tokio se extendían hasta donde se perdía la vista, Omotesandō bullía de vida y mientras nos besábamos perdí el control y sentí como si el corazón se me hubiera subido a la garganta de un salto… Cuando nos separamos, sentí que me invadía una enorme sensación de felicidad».
En la parte trasera de su diario, Lucie hizo un dibujo de aquel momento: el beso con Scott en el puente, sobre la bonita avenida llena de árboles.

Lucie escribió: «Hoy creo que es la primera vez, hasta donde me alcanza la memoria, que puedo decir al ciento por ciento que estoy feliz. Nunca he tenido tan poco, y sin embargo siento que tengo tanto».
Tras conocer a Scott, los días pasaron volando. El lunes después de su primera cita, Lucie escribió: «Día normal y noche normal, pero se han vuelto fantásticos, porque era como si flotara». La mañana siguiente se levantó muy temprano, agotada y con resaca, y tuvo que ir a Tokyo Disneyland, en la periferia este de la ciudad, con Louise y un cliente suyo. «Estaba lloviendo a mares y las dos estábamos hechas polvo… Cuando llegamos me sentía mejor, animada y excitada». El miércoles por la mañana, Lucie tuvo una crisis, cuando se vio al espejo y se encontró con que tenía el labio cubierto de un doloroso herpes labial. Canceló la cita que tenía aquella noche con Scott. «Me habría sentido fatal —por no decir insegura—, y nada atractiva». En lugar de eso fue a un dohan con Ken al Georgian Club, «el restaurante más bonito que he visto nunca; me sentí como una princesa».
El código de las acompañantes (había clubes que incluso obligaban a las chicas a prometerlo por escrito) imponía que nunca jamás les hablaran a los clientes sobre ningún novio o amante «externo». Pero estaba claro que Ken notaba la diferencia, que Lucie mostraba menos interés en él. Aquella ilusión continuada, que tan caro le costaba, resultaba cada vez más difícil de mantener. La ansiedad y la inseguridad de Ken se reflejaban en sus correos electrónicos.
«No tienes por qué disculparte conmigo —le escribió a mediados de junio—. Entiendo que el trabajo de acompañante te absorbe mucha energía, más de la que podías imaginarte. […] De todos modos, pensaba que tu novio también iba a venir a Japón, ja, ja, ja, ja, ja, , , , , , , , , ,». Pero unos días más tarde se mostraba de lo más afectuoso y necesitado. «Te echo mucho de menos. ¡Nos vemos el domingo, espero!». El domingo llegó y pasó sin que hubiera respuesta por parte de Lucie. El mensaje siguiente de Ken mostraba un tono de tímido reproche:
Supongo que no he sabido comunicar bien contigo. Creía que querrías cenar conmiiiiiigo. En fin, te agradecería que me dijeras si has cambiado de opinión.
Dos horas y media más tarde llegó otro mensaje con el asunto: «¡Sayonara!»:
The free sample has ended.